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DINAMICAS FAMILIARES EN EL CONTEXTO DE LOS BICENTENARIOS LATINOAMERICANOS. CIECS CONICET 2010 GHIRARDI Y CHACÓN (EDS).

DINAMICAS FAMILIARES EN EL CONTEXTO DE LOS BICENTENARIOS LATINOAMERICANOS. CIECS CONICET 2010 GHIRARDI Y CHACÓN (EDS).

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DINÁMICAS FAMILIARES

en el contexto de

LOS BICENTENARIOS LATINOAMERICANOS

DINÁMICAS FAMILIARES
en el contexto de

LOS BICENTENARIOS LATINOAMERICANOS
Mónica Ghirardi / Francisco Chacón Jiménez (Editores)

CIECS (CONICET - UNC)

CENTRO DE ESTUDIOS E INVESTIGACIONES SOBRE CULTURA Y SOCIEDAD CIECS (CONICET-UNC) Directora: Dra. Dora Celton

Programa de investigación y docencia de posgrado Estructuras y estrategias familiares de ayer y de hoy
CIECS (CONICET-UNC) / CEA-UNC Directora: Dra. Mónica Ghirardi Comité Científico • Dra. Dora Celton, CONICET–UNC, Argentina. • Dra. Sonia Colantonio, CONICET–UNC, Argentina. • Dr. Francisco García González, Univ. de Albacete, España. • Dra. Florencia Guzmán, CONICET-UBA, Argentina. • Dra. Silvia Mallo, CONICET-Univ. de La Plata, Argentina. • Dr. Pablo Rodríguez Jiménez, Univ. Nacional de Colombia, Colombia. • Dra. Nora Siegrist, CONICET-CEMLA, Argentina. • Dra. Ana Silvia Volpi Scott, Univ. do Vale do Rio dos Sinos (UNISINOS), Brasil. ISBN 978-897-9357-98-9
Todos los derechos reservados. Este libro no puede reproducirse total o parcialmente por ningún método gráfico, electrónico o mecánico, sin expreso consentimiento por escrito del autor.

Dibujo y diseño de tapa: Rudy Gil Cuidado de edición: Mariú Biain Diagramación: Miguel Sablich

La publicación de este volumen ha sido financiada con el aporte del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) PIP 112-200801-00924. (2009/2011) La familia, reflejo de la diversidad en el pasado de Córdoba. Siglos XVIIIXIX, dirigido por Dora Celton.

Índice
Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .9 Familias y sociedad. Reflexiones teóricas y debates historiográficos Formas familiares y dinámicas de la sociedad. Notas teóricas sobre problemas historiográficos . . . . . . . . . . . . . .19 Ricardo Cicerchia Francisco Chacón Jiménez Hacia un paradigma de la historia de la familia que incluya la pobreza estructural: El caso del Río de la Plata . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .43 José Luis Moreno Matrimonio, celibato y catolicismo ilustrado Clérigos y castidad. A propósito de un manuscrito sobre el celibato de comienzos del siglo XIX . . . . . . . . . . . . . . . . . .79 Antonio Irigoyen López Compadrazgos, redes y poder Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del siglo XVII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .111 Juan Pablo Ferreiro Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .145 Carlos de Almeida Prado Bacellar Entre matrimonios y compadres. El parentesco como piedra fundamental de redes sociales en la campaña de Buenos Aires. Quilmes, 1780-1840 . . . . . . . . . .165 Daniel Santilli Um método em questão: as ‘estratégias do bem viver’ das elites em regiões periféricas do Brasil setecentista . . . . . . . .209 Paula Roberta Chagas / Milton Stanczyk Filho Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .243 Maria Silvia C. B. Bassanezi 7

Familias, justicia y vida material El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .277 Paula Salguero Aproximaciones a la familia y a la vida material en la campaña porteña (mediados del siglo XVIII) . . . . . . . . . . . .309 Adela M. Salas População portuguesa na Baía de Paranaguá: notas de pesquisa (c.1790-1830) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .325 André Luiz M. Cavazzani Cuestiones de familia en la modernidad En poder de empoderarse. La construcción de la ciudadanía desde la familia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .355 Sandra Gramajo Transferencias Condicionadas (CCT). ¿De la retórica inclusiva hacia la familiarización del bienestar? Estudio preliminar de la concepción de la familia en las políticas de familia. El caso de Familias en Acción. (Colombia) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .373 Juan Carlos Sabogal Carmona Noticias de los autores . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .399

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Presentación
El 11 de julio de 2010 se conmemoró el día Mundial de la Población. El lema de la Organización de las Naciones Unidas fue “todos cuentan” enfatizando la necesidad de que todos los grupos sociales sean considerados y sus problemáticas identificadas procurando la concreción de acciones tendientes a disminuir la pobreza y la desigualdad en el mundo. Coherente con esta idea fuerza, el UNFPA (United Nations Population Fund) reafirmó el derecho de cada persona a ser tenida en cuenta, especialmente las familias pobres, las mujeres, las niñas y los marginados. En el contexto de la conmemoración de los bicentenarios de las independencias de los países latinoamericanos, la profundización de la solidaridad internacional, de la dignidad y del respeto a los derechos humanos, constituyen ejes ineludibles de acción inmediata para garantizar la protección a las familias de la región. En ese sentido los estudios científicos sobre el objeto de estudio “familia” en Iberoamérica han comenzado a tener gran desarrollo en las últimas décadas, lo cual ha permitido el crecimiento de redes científicas y espacios de investigación especializados en la reflexión sobre la dimensión del universo familiar en su relación con la sociedad. En Córdoba está funcionando desde hace casi diez años el Programa de investigación y docencia de posgrado interdisciplinario: Estructuras y estrategias familiares de doble dependencia (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba; Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CONICET-UNC) y Centro de Es9

Mónica Ghirardi / Francisco Chacón Jiménez

tudios Avanzados (CEA-UNC) fundado por la Dra. Dora Celton y en la actualidad bajo la dirección de la Dra. Mónica Ghirardi. Una de las actividades académicas que en él se desarrollan desde hace cuatro años consiste en el Seminario Permanente de Estudios de Familia, espacio destinado a la formación y actualización de investigadores a través de presentación y seguimiento de proyectos de investigación y lecturas bibliográficas seguidas de debate crítico. Asimismo, en diciembre de 2007 se constituyó, en el marco de la Asociación Latinoamericana de Población (ALAP) la Red de investigación Formación, comportamientos y representaciones de la familia en Latinoamérica de ayer y de hoy bajo la coordinación de Mónica Ghirardi, en la que participan investigadores representantes de distintos países de Latinoamérica y de España. Por su parte es de amplio reconocimiento y trayectoria de muchos años (creación 1982 y vigente en la actualidad) el Seminario Familia y élite de poder que dirigen Francisco Chacón Jiménez y Juan Hernández Franco en la Universidad de Murcia. Habiéndose además conformado, muy recientemente, una Red Internacional sobre estudios de familia en el pasado y el presente organizada por la Universidad de Murcia y la Fundación Séneca (REFMUR), bajo la dirección de los profesores Francisco Chacón Jiménez y Ricardo Cicerchia. Existe asimismo desde el año 2008 un Convenio Específico de Colaboración académica entre el Programa Estructuras y Estrategias familiares y el Departamento de Historia Moderna, Contemporánea y de América de la Universidad de Murcia a través del Seminario Familia y élite de poder, cuyo objetivo consiste en el establecimiento de un Programa de Cooperación académica y científica entre ambos Centros de Estudio bajo la denominación Familias y organización social en Iberoamérica. Siglos XV-XXI. El resultado se traduce en copiosas realizaciones conjuntas en materia de docencia de posgrado e investigación ya realizadas y en proyecto. Todo lo cual constituye un indicador, desde el punto de vista institucional, del crecimiento que en las últimas décadas se viene dando respecto de los estudios de familia en las ciencias sociales. Sin embargo, los trabajos de investigación y el desarrollo de recursos humanos como maestrandos y doctorandos observan escasas vinculaciones e interacciones, fun10

Presentación

damentalmente si los programas o áreas donde se encuentran inscritos pertenecen a distintas instituciones y países. Por ello es necesario promover espacios de reflexión conjunta donde las comparaciones sean posibles a partir del planteamiento de problemas comunes. Una historia comparada es necesaria para establecer y fijar los estados de la cuestión y detectar los problemas comunes a la historiografía de América Latina y su integración en diversos espacios, tanto el europeo como el de América del Norte. De esta manera evitaremos el desarrollo anárquico de líneas de investigación que se superponen o resultan de difícil conocimiento para los investigadores de los distintos países obstaculizando análisis comparativos y miradas integradoras. En el mes de agosto de 2010 se realizó el Seminario internacional Familias Iberoamericanas en el marco del Bicentenario en la Universidad Nacional de Córdoba organizado por el Programa Estructuras y estrategias familiares con la adhesión de ALAP y REFMUR. El mismo apuntaba principalmente a una mayor vinculación de investigadores de las distintas instituciones y países abocados a los estudios de familia. El objetivo consistió en permitir el conocimiento, la integración, el intercambio y la sinergia de las distintas líneas de investigación que se desarrollan en los Centros y Redes mencionadas favoreciendo además el contacto de investigadores formados y en formación, y la socialización de las investigaciones en la temática. En ese sentido, se pretendió promover estudios comparativos sobre la familia en Iberoamérica, desde una perspectiva inter y multidisciplinar, crítica y analítica. El programa estuvo compuesto por la participación de becarios, doctorandos, así como investigadores de renombre nacional e internacional en cada una de las líneas de investigación a fin de lograr una actualización y discusión en diferentes propuestas. Esta obra que el lector tiene en sus manos1 editada por los responsables del Convenio de cooperación académica en su primer trienio, constituye el resultado de una selección de ponencias presentadas en el mencionado Seminario realizado en Córdoba en versiones corregidas y sometidas a proceso de evaluación ciega. Se encuentra en preparación otro volumen que se editará bajo el sello de la Universidad de Murcia que contendrá otra selección de artículos 11

Mónica Ghirardi / Francisco Chacón Jiménez

presentados en el mismo Seminario, manifestación de una labor académica tan fructífera como sostenida. El presente volumen, que compendia escritos de autores argentinos, brasileros, colombiano y españoles está organizada en cinco ejes. El resumen que precede cada uno de los artículos que integran la obra nos exime de mayores precisiones acerca del contenido de los mismos ya que preferimos que sus autores y los resultados de las investigaciones presentadas hablen por sí mismos. De manera que nos limitaremos solo a un breve comentario que sirva como orientación al lector. El primer eje: Familia y sociedad. Reflexiones teóricas y debates historiográficos discute aspectos teórico-conceptuales y modos posibles de abordaje y escritura de la historia de la familia. El ensayo de Ricardo Cicerchia y Francisco Chacón Jiménez, Formas familiares y dinámicas de la sociedad. Notas teóricas sobre problemas historiográficos, pone en debate y propone reflexiones críticas acerca del impacto del giro culturalista y del neo-institucionalismo en el campo de la historia social dentro de los itinerarios y desafíos de la historia de familia. El artículo de José Luis Moreno Hacia un paradigma de la historia de la familia que incluya la pobreza estructural: el caso del Río de la Plata, plantea la necesidad de poner bajo la lupa a la pobreza estructural como categoría analítica comprensiva y clave en la escritura de la historia de la familia hispanoamericana; serían las familias de estratos subalternos fundadas en uniones de hecho, más que en el matrimonio según estipulaciones del modelo católico plasmado en Trento (no pocas con jefatura femenina), las predominantes en la región hispanoamericana con fuerte persistencia temporal desde la conquista hasta la actualidad. El segundo eje analítico propuesto: Matrimonio, celibato y catolicismo ilustrado, está conformado por un único trabajo, cuyo autor es Antonio Irigoyen López: Clérigos y castidad. A propósito de un manuscrito sobre el celibato de comienzos del siglo XIX. Es a partir del hallazgo de un manuscrito anónimo escrito en Perú que el autor bucea sobre los efectos potenciales de la Filosofía ilustrada en el ideario del matrimonio católico consagrado en Trento. Un análisis pormenorizado del documento permite a Irigoyen concluir que dentro de la lógica planteada en este ideario la prioridad no consistiría en promover el modelo de santidad sacerdotal 12

Presentación

como el de clérigos en tanto que ciudadanos útiles y comprometidos en el servicio a la comunidad republicana, proyecto que no encontraría fácil concreción, en la práctica, en el modelo católico decimonónico. El tercer eje se titula Compadrazgos, redes y poder y reúne cinco artículos que desmenuzan (a partir del empleo de metodologías y fuentes diversas) aspectos fundamentales para aproximarse a las lógicas de las dinámicas familiares en el pasado: alianzas, vínculos, entramados interpersonales y parentales en distintos estratos sociales (desde miembros de la élite hasta esclavos) y a partir de diversos espacios temporales y geográficos de las actuales Argentina y Brasil en sus distintas manifestaciones: lazos de consanguinidad, afinidad, vecindad, amistad, parentesco espiritual, político y vínculos profesionales y de interés. Ellos consisten en Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del siglo XVII de Juan Pablo Ferreiro; Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, século XVIII de Carlos Bacellar; Entre matrimonios y compadres. El parentesco como piedra fundamental de redes sociales en la campaña de Buenos Aires. Quilmes, 1780-1840 de Daniel Santilli; Um método em questão: as ‘estratégias do bem viver’ das elites em regiões periféricas do Brasil setecentista de Paula Roberta Chagas y Milton Stanczyk Filho y Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930 de Maria Silvia Bassanezi. Denominamos Familias, justicia y vida material al cuarto eje en el cual se divide la obra, que reúne tres trabajos: El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850) de Paula Salguero, en el cual la autora analiza los discursos emergentes de las prácticas judiciales de homicidio familiar, desentrañando móviles, racionalidades y singularidades en una época de convulsión política particular, bajo la administración de Juan Manuel de Rosas. En Aproximaciones a la familia y a la vida material en la campaña porteña (mediados del siglo XVIII) una serie de padrones complementados con otras ricas fuentes primarias específicas, permiten a Adela Salas analizar con pericia la estructura, composición y tamaño de los hogares en la campaña de Buenos Aires en vinculación con tipos de producción y sistemas de tenencia y propiedad de la tierra. André Cavazzani en População portuguesa na Baía de Paranaguá: notas de pesquisa (c. 1790-1830), a partir de una maravillosa fuente 13

Mónica Ghirardi / Francisco Chacón Jiménez

cualitativa (diario personal) y cuantitativas (listas nominativas de habitantes), aborda aspectos de la preeminencia social de migrantes portugueses instalados en dos villas litoraleñas de la Capitanía de San Pablo a través del análisis de las características de conformación de sus hogares (tenencia o no de esclavos, rangos militares alcanzados, entre los numerosos aspectos tratados), buscando recuperar fragmentos de los mecanismos de inserción y ascenso social del grupo en estudio. Finalmente, el eje Cuestiones de familia en la modernidad nos introduce a problemáticas familiares del presente no ausentes en el pasado, como es la recurrencia del tema de la pobreza y las necesidades (no exclusivamente materiales) que afectan a las familias. El trabajo de Sandra Gramajo: En poder de empoderarse. La construcción de la ciudadanía desde la familia, se refiere a las políticas hacia las familias, subraya la importancia del refuerzo de las prácticas de atención primaria de organismos estatales, concerniente al concepto de ciudadanía y del ejercicio y goce de derechos que ello conlleva. Por último el escrito de Juan Carlos Sabogal Carmona Transferencias Condicionadas (CCT). ¿De la retórica inclusiva hacia la familiarización del bienestar? Estudio preliminar de la concepción de la familia en las políticas de familia. El caso de Familias en Acción (Colombia), el autor desarrolla un análisis de los discursos sobre las familias que identifica en las políticas sociales y específicamente en el programa Familias en Acción en el cual centra el análisis, insiste en lo que denomina una “fuerte carga de concepciones eurocéntricas” en los organismos transnacionales en el modelo de familia occidental propuesto impregnando la concepción de la familia presente en el Programa en el caso colombiano. Así, pues, como podrá comprobar el lector, una variedad y diversidad de problemáticas nos acercan al pasado y al presente de las realidades, las prácticas y las dinámicas familiares en América Latina. Los ejemplos de caso, la temporalidad y temas que van desde el celibato a comienzos del siglo XIX hasta la concepción de familias dentro del plan que se lleva a cabo en Colombia denominado Familias en Acción. Los bicentenarios constituyen nuestro marco genérico y espacio de reflexión dentro de una perspectiva de historia social comparada 14

Presentación

que tiene como principal objetivo poner de manifiesto las diferencias y similitudes de los comportamientos sociales en espacios diferentes. Las familias han ocupado nuestra atención y la relación Familia-Sociedad-Individuo se convierte, junto con biografía-genealogía y organización social en las preocupaciones de quienes tenemos como objeto de estudio las dinámicas familiares. Estudiándolas y explicándolas contribuimos a cumplir nuestro compromiso con la comunidad y la sociedad como científicos sociales. Mónica Ghirardi Francisco Chacón Jiménez Córdoba / Murcia, diciembre de 2010

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Familias y sociedad. Reflexiones teóricas y debates historiográficos

Formas familiares y dinámicas de la sociedad
Notas teóricas sobre problemas historiográficos1
Ricardo Cicerchia SEPHILA/ Instituto Ravignani Universidad de Buenos Aires CONICET REFMUR Francisco Chacón Jiménez Universidad de Murcia REFMUR

Resumen
La nueva impronta del giro cultural en el estudio de las sociedades pretéritas reavivó la importancia del poder estructurante de las sagas discursivas. Muchos historiadores coincidieron en la resignificación del lenguaje y sus prácticas, y sin consensuar del todo, dando a tales aspectos de la vida social un alcance explicativo casi absoluto. Muchas investigaciones se involucraron con el énfasis de los condicionantes culturales de las relaciones sociales, sosteniendo que las condiciones materiales eran percibidas a través de las experiencias y disposiciones simbólicas y que la vida social sólo existe en y a través de acciones culturales históricamente mediadas. Este ensayo se propone una revisión crítica del impacto del giro culturalista y del neo-institucionalismo en el campo de la historia social en el marco de alguno de los itinerarios y desafíos de la historia de familia. 19

Ricardo Cicerchia / Francisco Chacón Jiménez

Family forms and dynamics of society. Theoretical notes on historiographical problems Abstract
The new imprint of the cultural turn in the study of ancient societies revived the importance of power structuring the discursive sagas. Many historians agreed on the new meaning of the language and practices, and no consensus at all, giving such aspects of social life, an explanatory reach almost absolute. Much research has engaged with the emphasis on the cultural conditions of social relations, arguing that the material conditions were perceived through the experiences and symbolic measures and social life exists only in and through cultural activities historically mediated. This essay proposes a critical review of the impact of cultural change and neo-institutionalism in the field of social history as part of one of the routes and challenges of the family history.

Principios generales
Cierto descrédito de las explicaciones socio-económicas del cambio histórico y el interés creciente en la cultura y las interpretaciones culturalistas tanto del presente como del pasado son partes de las reformulaciones actuales en el campo historiográfico. Escepticismo sobre la posibilidad de captar estructuras y procesos más amplios y de usarlos para explicar las acciones, las trayectorias y los acontecimientos. Esa vocación por las representaciones –dramáticas–, en apariencia la única vía posible de recepción de los procesos históricos de amplios sectores de la sociedad, se vio plenamente respaldada por propuestas enamoradas de aquellos vestigios de naturaleza simbólica enmarcados en singulares episodios locales. Los nuevos estilos narrativos hicieron el resto. Cada sociedad y época plantean sus prioridades. Y las del espacio iberoamericano se encuentran muy condicionadas por la fuerte y potente tradición de la familia y su notable repercusión en la organización social contemporánea así como en los conflictos, proyecciones y perspectivas de las personas que integran dichas poblaciones. La complejidad y contradicciones de los sistemas sociales son los res20

Formas familiares y dinámicas de la sociedad

ponsables de esta especie de “angustia” vital de origen y significación respecto a la comprensión del mundo en el que se vive. La familia constituye no sólo una de las preocupaciones sociales y políticas de los gobiernos actuales, sino también el primer punto de referencia e interés para los propios ciudadanos y ciudadanas. Los historiadores debemos continuar desarrollando nuestra capacidad de reflexión. Aunque nuestras agendas regionales no pueden ser iguales, permanecen hoy zonas del conocimiento insuficientemente exploradas y continúan repitiéndose ideas adocenadas y superadas sobre tópicos que demandan mayor profundidad y prolijidad de investigaciones. Los trayectos seguidos en España y América Latina respecto al papel de la mujer, el matrimonio, las nuevas formas de familia, la nuclearización de los hogares, el aumento del número de ancianos en relación con la fuerte disminución de las tasas de natalidad o las corrientes migratorias y las desigualdades sociales, pese a ser muy distintos, son siempre factores complementarios y estrechamente relacionados en el interior de cada uno de dichos espacios. En su origen –a lo largo del siglo XIX–, fueron las revoluciones políticas, económicas y sociales las que producen aquellas transformaciones que ocupan a numerosos pensadores contemporáneos: filósofos, sociólogos y antropólogos. Los procesos de industrialización, urbanización y migración alteran las relaciones de producción y, en consecuencia, el sistema social de jerarquía y dominación con notable repercusión en la individualización de la comunidad, el sentido y sentimiento de familia; es decir, cómo la perciben los propios individuos (Chacón Jiménez y Hernández Franco, 2007: 20-23). La separación trabajo/hogar con la crisis gremial y el surgimiento de la fábrica; la vida en las ciudades con la segmentación de funciones; las nuevas relaciones sociales tras la ruptura de los sistemas políticos con nuevas formas de organización política y social desestructurantes de los antiguos sistemas de jerarquía y dominación; las nuevas realidades corporativas y políticas que se expresan en constituciones y códigos civiles; y la homogeneización de los sistemas de transmisión de la propiedad que anula las diferencias entre igualdad o desigualdad en la distribución y redefine el papel secundario que para la formación de nuevos hogares comienza a 21

Ricardo Cicerchia / Francisco Chacón Jiménez

tener lo heredado frente a lo adquirido, generan toda una serie de cavilaciones, estudios, propuestas y análisis que centran su atención, en buena medida, en el impacto de muchos de estos fenómenos sobre uno de los núcleos primordiales de la organización social y política: la familia.

Nuevas definiciones y debates
De la clásica demografía histórica hemos aprendido que no eran el hambre, las epidemias o las guerras y, en consecuencia, la fecundidad o la natalidad, las causas que determinaban a largo, o incluso, a medio plazo, la suerte de las poblaciones en la sociedad preindustrial, sino más bien la curva de matrimonios y asimismo que la mano de obra y no el nivel de precios determinaba la producción campesina. En palabras de James Casey: “la entidad que estamos estudiando es, en cierto modo, demasiado compleja para ser reducida a cualquier concepto universal, ya sea la lucha de clases o la solidaridad de las pequeñas comunidades”. ¿Qué es entonces la familia en el contexto de las ciencias sociales y de la Historia Social? Podríamos afirmar que la familia es una representación social expresada mediante una descripción que recoge morfología y funciones. El modelo familiar es una articulación entre el orden biológico y el orden social y hay una relación directa entre el modo de concebir la familia y los comportamientos. La etnología y la antropología nos han enseñado a considerarla como una construcción cultural y unidad elemental de la función social. La familia es, pues, un sistema de relación con el contexto social y la red de relaciones comunitarias. Este intento de definición se puede aplicar tanto al espacio regional latinoamericano como al europeo, salvando, eso sí, las dinámicas específicas de los cosmos rural-urbano, portuario-interior, dependiendo del tamaño de las poblaciones y, sobre todo, de su composición étnica, racial y social, considerando en sus contextos, los factores de jerarquía y dominio social. Nos encontramos en un momento de transición fundamental: nos hemos acostumbrado a pensar e interpretar la historia a partir de categorías rígidas y preestablecidas que arrancan de finales del 22

Formas familiares y dinámicas de la sociedad

siglo XIX y primera mitad del XX, tales como revolución industrial, revolución francesa, Antiguo Régimen, burguesía, nobleza o campesinado, entidades que se han proyectado sobre las fuentes para confirmar o no unas hipótesis de trabajo construidas a partir de lecturas sobre el pasado en las que predominaba lo estructural. Un viraje en esta perspectiva holística nos da la sensación de que según el período histórico que se analice o la problemática que se estudie, el enfoque cambia y las teorías deberían aplicarse de manera aleatoria. Hoy por hoy, el justo vínculo entre teoría, método y experiencia empírica sigue siendo el desafío. Tomaremos en consideración los elementos constitutivos de los debates que han caracterizado la historiografía reciente, en primer lugar: los modos de descripción de las lógicas del pasado. Desde las nuevas perspectivas, el giro lingüístico afirma que el lenguaje es el factor clave que da contenido y significación al pasado; de tal forma y con tanta fuerza, que la semiótica se convierte en una referencia ineludible para algunos historiadores, como un dispositivo de relaciones objetivas que explica el discurso, convirtiéndose este en la clave explicativa del pasado y del presente, y cuya comprensión viene dada por su estructura y sus códigos. Nos enfrentamos a dos problemas: el anacronismo del lenguaje utilizado para referirse a situaciones y hechos del pasado, con la proyección del presente sobre fuentes creadas en otras épocas y contextos y, por tanto, con significados diferentes; y, en segundo lugar, en sus significaciones políticas y culturales. La postura de E.P. Thompson sintetiza los cambios que se producen en el análisis histórico; en lugar de estructura hablamos de proceso, impulsando una historia cultural que intenta superar la división entre sociedad y cultura, rechazando su autonomización y subrayando su dinámica con el contexto espacial y temporal. Diferencia notable con los planteos de los Cultural Studies, que al anular las jerarquías y los sistemas de dominación, rompen con la misma trama social. La dimensión cultural y material deben de guardar una estrecha relación; así lo prueban los estudios que desde el consumo y las relaciones comerciales alteran los presupuestos de procesos históricos que, como la Revolución Industrial, por ejemplo, sólo se han explicado desde perspectivas y miradas economicistas 23

Ricardo Cicerchia / Francisco Chacón Jiménez

Efectivamente aceptamos la relevancia de la esfera de las representaciones y, por tanto, el de percepción y recreación del discurso. Pero en el concepto de representación conectamos tres realidades: a) las expresiones colectivas que incorporan los individuos, b) las formas e imágenes del poder y de lo social, y c) la identidad individual y colectiva. La organización social de una comunidad puede ser conceptualizada a través de la imagen y la representación de un conjunto de individuos que reúnen mediante sus interacciones una serie de cadenas de relaciones. Sin embargo, estas representaciones e imágenes pueden no corresponderse con las prácticas, ya que dichas cadenas de relaciones son factibles de ser cambiadas, alteradas o determinadas por las mismas prácticas. En otras palabras, son estas prácticas el eje del sistema.

Estratificación y organización de la sociedad
Más que de unidades individuales se trata de pensar en términos de sistemas de relaciones. Al reconstruir las interrelaciones no debemos limitarnos a niveles de análisis preestablecidos (relaciones de producción), el horizonte social lo diseñan y concretan los individuos a través del recorrido que llevan a cabo en diferentes territorios: la familia, el trabajo, la vida social. Lo importante es comprender las formas que adoptan la estratificación social y las razones íntimas de sus reformulaciones. Tenemos que dirigir nuestra mirada hacia las imposiciones normativas y hacia la capacidad de los actores sociales para direccionar el rumbo. Como consecuencia de todo lo expuesto, no se puede hablar de un conjunto único de fenómenos que determinan las formas de organización social y su transformación, sino más bien de una pluralidad de fenómenos independientes y de naturaleza diferente que coexisten en el mismo espacio social, y que evolucionan según sus propias lógicas y no según un proceso general preestablecido y predeterminado. En el panorama de la historia social el giro culturalista y la reivindicación de lo individual trae nuevas formas, ya que sociedad e individuo están relacionados y genealógicamente unidos. Los límites y las facultades de elección del individuo dependen, esencialmente, de las características que presentan sus relaciones. Es este proceso 24

Formas familiares y dinámicas de la sociedad

social el que se sitúa en el corazón del análisis y el que desplaza la historia hacia el proceso y la conectividad. En este cuadro podemos dibujar una trilogía formada por: individuo-sociedad-social, en la que la estadística juega un papel importante que fortalece la dimensión de lo social. Se trata, al mismo tiempo, de una formalización de lo social que tendrá en lo biográfico su mejor reflejo. Los datos son necesarios para la recuperación del pasado social; y en cuanto a las referencias nominativas, deben ser desplazadas hacia las articulaciones internas de las acciones y realidades sociales de cada momento; es por ello, que podemos afirmar que abandonar la cuantificación de manera absoluta significa una involución en el desarrollo disciplinar de la historia social. Afirmación un tanto atrevida o que será leída con cierto desdén, pero que nos parece fundamental en el sentido particular y global de la producción histórica. El sistema de relaciones, o capital relacional, se convierte en un atributo fundamental para explicar la organización social, sus equilibrios, desigualdades y conflictos. Hay que tener en cuenta que entre individuo, sociedad, discurso y cultura se produce una relación fluida y básica. Por otra parte, las acciones que llevan a cabo los individuos contienen y explican las relaciones de interdependencia de los seres humanos. Una relación fundamental es la que se establece entre los pensamientos, valores y significados que pertenecen al proceso cognitivo y cultural del individuo y sus reflejos en las prácticas públicas, los rituales y los simbolismos y, que por lo tanto, se pueden expresar, conocer, medir, valorar y comparar.

Hacia una capacidad explicativa de las formas familiares como realidad social
El surgimiento de nuevos enfoques y planteamientos en el horizonte historiográfico sitúa a la familia y su capacidad explicativa en un primer plano; ciertamente no exenta de problemas respecto a los mecanismos de relación, ya que habría que preguntarse cómo toman forma los destinos individuales y en qué medida son influenciados, organizados y encuadrados por las estructuras y las relaciones sociales. Es evidente que nos encontramos en plena fase de cambio y transformaciones. Así, tras la reconstrucción familiar, la tipología estructural y una intensa etapa de intentos de modelización a través 25

Ricardo Cicerchia / Francisco Chacón Jiménez

de establecer relaciones entre tipología y variables demográficas y económicas (edad femenina en las primeras nupcias, niveles de celibato definitivo, sistemas de herencia), aparecen nuevas cuestiones: integrar el parentesco en su dimensión social; analizar y explicar los vínculos que ponen en relación a los individuos; o situar a la familia en la red social de solidaridad, relaciones de dependencia y ciclo de vida. El entramado que se produce presenta una gran complejidad por cuanto los lazos y vínculos de la relación social están atravesados por la consanguinidad, el parentesco, el parentesco ficticio, la alianza, la amistad, el clientelismo y, además, se entretejen sobre diversas instituciones que actúan como órganos independientes, aunque quienes les dan vida pueden y suelen estar relacionados entre sí por fuertes y sólidos lazos de sangre o/y amistad. Por ello, es fundamental reconstruir la red de relaciones que se entrelazan a partir del mundo doméstico y en la que los intereses horizontales de grupo están cohesionados por la familia y la amistad, mientras que el sistema clientelar, al tener un carácter jerarquizado, aparece entroncado por relaciones de dominación de carácter vertical. Pero no pensemos que ambas situaciones se dan en estado puro; al contrario, el recorrido de la relación y la estrategia suelen caracterizarse por un entramado a la vez vertical y horizontal con nudos centrales muy fuertes que van conformando fortalezas y debilidades. En las sociedades tradicionales, estas relaciones se plasman, se consolidan o se enfrentan alrededor de los poderes señoriales, eclesiásticos, locales o monárquicos. Sólo desde una perspectiva generacional es posible entender los ideales de reproducción y perpetuación. Por todo ello, es más que explicable la fuerte presencia historiográfica que tienen los estudios de network analysis o redes sociales. Pese a debates como el reflejado en la crítica de Gareth Stedman Jones al libro de Bernard Le Petit, Les formes de l´experience. Une autre histoire sociale (1998), no podemos decir que se hayan producido novedades de interés o que las propuestas teóricas hayan alcanzando ejemplos prácticos que demuestren una renovación profunda en la historiografía internacional, más allá de lo que ha significado el lingüistic turn, o la historia conceptual e intelectual de origen alemán y su relación con la historia social. 26

Formas familiares y dinámicas de la sociedad

La historiografía social que hizo suyo el giro cultural fue impactada por la penetrante influencia de Clifford Geertz, quien puso énfasis en la riqueza de significados presentes en una situación social determinada y bastante menos en la búsqueda de regularidades empíricas, y la autoridad de Pierre Bourdieu, con su llamada de atención hacia la cultura como un conjunto de prácticas que grupos sociales heterogéneos utilizan de diversos modos. Su relato apuntaba al discernimiento de la “lógica específica” de los “bienes culturales”. En esta lógica son trascendentes las maneras y los medios de apropiación de los objetos culturales y los desniveles sociales en el manejo del sistema cultural. En síntesis, la nueva impronta del giro cultural en el estudio de las sociedades pretéritas reavivó la importancia del poder estructurante de las sagas discursivas. Los historiadores coincidieron en la resignificación del lenguaje y sus prácticas, y sin consensuar del todo, dando a tales aspectos de la vida social un alcance explicativo casi absoluto. Muchas investigaciones se involucraron con el énfasis de los condicionantes culturales de las relaciones sociales, sosteniendo que las condiciones materiales eran percibidas a través de las experiencias y disposiciones simbólicas y que la vida social sólo existe en y a través de acciones culturales históricamente mediadas.

Trayectorias de la historia social y la búsqueda de la razón doméstica
Tales transformaciones fundamentales del debate historiográfico contemporáneo, merecen una breve genealogía. Hacia fines de la década de 1960 la historia social conseguía su hegemonía. Un liderazgo fundamentalmente marxista en su orientación. Pero ya en el curso de las décadas de 1980 y 1990, algunos de sus principales exponentes confirmaban la insuficiencia de los análisis materialistas. En contraposición, la importancia de las estructuras y procesos culturales. Esta reorientación lingüística y fundamentalmente interdisciplinaria, tuvo enormes alcances en los nuevos consensos historiográficos. El movimiento fue desde la sociología, la ciencia política, la demografía y la economía hacia la antropología, la filosofía, los estudios culturales, el feminismo y la crítica literaria. La búsqueda de estruc27

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turas globales cedió su lugar a las microhistorias e historias de las subjetividades y el postestructuralismo. Hoy este giro comienza a erosionarse, y la necesidad de elegir entre historia social e historia cultural parece al menos ineficiente, dando paso a lo que Geoff Eley definió como la Historia de la Sociedad (Eley, 2008: 391)2. La primera frustración devino de la historia social cuantitativa, la que efectivamente podía cuantificar y reconstruir las estructuras pero nada decía de las creencias y prácticas sociales. Por otro lado la clase social como categoría de análisis comenzaba su decadencia teórica, algo exacerbada por la crisis de los paradigmas del socialismo real y un imaginario social mucho más acrítico de las formas del capitalismo mundial contemporáneo. Cuando los historiadores declinaron las explicaciones del determinismo socio-económico en la búsqueda de las fuentes de las identidades subjetivas de las comunidades, reflejaban al mismo tiempo, la desaparición del capitalismo fordista y la emergencia del neoliberalismo global (Revel, 1996: 18). La historia cultural postulaba las prácticas significantes como la llave del entendimiento de la acción social, la textualidad como vehículo y objeto de análisis y el lenguaje y las prácticas de representación como los fundamentos de ruptura de una historia materialista y totalizante. Entre sus proposiciones metodológicas la contingencia, las rupturas episódicas desligadas de las contradicciones estructurales, localidad, irresolubilidad, fragmentación. Horizontes teóricos alimentados por los procesos sociales de escala mundial que han profundizado la primacía de la información tecnológicamente formalizada sobre los sentidos narrativos, produciendo, en mi opinión, excesos de representaciones sociales y el raquitismo de una conciencia histórica3. También, se confirmaron virajes en otros campos. Los antropólogos renegaron de los protocolos de la etnografía tradicional, los críticos literarios abrazaban la deconstrucción, todo en un contexto de flexibilidad epistemológica: apogeo de las incertidumbres de la teoría social. Nace entonces esta nueva historia cultural como un verdadero repertorio ecléctico y destituyente de enfoques y temas. Casi todo fue tributario de esa categoría clave de discurso y su poder de captación de subjetividades, corrosivo de los conceptos 28

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de agencia, experiencia y prácticas sociales. El desafío, aun en etapa experimental, puede entonces circunscribirse a las posibilidades de repensar el arraigo esencial de la historia social en el materialismo histórico, luego de más de 25 años de afinidad con el carácter lingüístico y cultural de la realidad social. Remover los patrones formales y los modos de representación y reubicar los conflictos sociales como objetos de la investigación histórica. Reintroducir el agente como un actor social eficiente que convoca los significados culturales, sus usos individuales y el continente de formas históricamente condicionadas. Una encarnación de las fuerzas colectivas en personas individuales (Sahlins, 2000: 25). En esta línea, la cultura se nos presenta menos como una estructura sistemática que como un repertorio de competencias, un sistema de racionalidades prácticas o como un simple conjunto de estrategias reales. La cultura como un giro preformativo. Una historia de las prácticas como núcleo del análisis social. Tal como nos aclaraba Roger Chartier, las representaciones son matices que modelan las prácticas, a través del cual el mundo social es construido. Ello significa que las visiones, divisiones y categorías organizativas de la vida social son el producto de una estructura de diferencias que es objetiva4. Lo que sí podemos afirmar es que no hay historias sociales generales y que las dimensiones de localidad, campo discursivo y agencia deben articularse a los niveles estructurales de las dinámicas humanas. O en la proposición de Robert Darnton: lograr una historia con espíritu etnográfico. El retorno al sujeto es producto de esa prioridad del estudio del sentido y de la acción simbólica, por una ciencia entendida como de lo singular y de la experiencia vivida. Esta historia debe entender cómo el poder y sus significados fueron expresados en forma cotidiana: cómo la hegemonía fue construida, combatida y reconstruida a través del discurso y los ritos; cómo los grupos subalternos expresaron una visión alternativa de la nación y cómo la gente común, percibía, se adecuaba y resistía el capitalismo, la formación del estado-nación, los procesos de modernización, urbanización e industrialización. La afirmación de que las acciones humanas portan sentidos implica bastante más que una referencia a las intenciones conscientes de los individuos, requiere también 29

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aprehender el contexto social dentro del cual adquieren significación tales intenciones, es decir implicar la vida material, estructural, objetiva de los fenómenos sociales. Entender dicho contexto como texto. Así enfocamos un itinerario historiográfico específico, a modo de ejemplo: la historia de familia. Es el campo de la historia de la familia un escenario de combate, pero ¿todavía una historia de la familia? Era esta la pregunta que nos formulábamos no hace mucho un grupo de historiadores y antropólogos de la familia (conversaciones de los autores con Giovanni Levi y Joan Bestard). Aquí un detalle somero de nuestro debate5. Una de las consecuencias del gradual abandono del funcionalismo y su reflexión sobre los procesos de modernización ha sido la reorientación de las ciencias sociales hacia la dinámica de los cambios sociales, las transformaciones no lineales y la historia social6. Una impresionante ruptura epistemológica, un indiscutido crédito para el campo. La pregunta insinuaba la geografía de la pugna actual acerca de las potencialidades de la historia de familia, sus encrucijadas y por qué no, su envejecimiento. Pensamos en una serie de premisas-consigna que habíamos desarrollado en alguno de nuestros trabajos anteriores y que pueden resumir los contenidos de una futura salida. Aquí las sintetizamos: reafirmar el carácter patriarcal y el impacto decisivo de la lógica económica de los discursos de la modernidad sobre la organización familiar; revisitar la hermenéutica de la razón familiar; reinterpretar las prácticas familiares como expresión de un sistema cultural con eje en el locus y las identidades; y profundizar el desafío propuesto por el giro lingüístico y el giro cultural a la narrativa histórica. La reconstrucción pormenorizada de la razón doméstica durante los procesos de modernización a partir de comienzos del siglo XVIII constituye un micro-análisis que permite especificar y enriquecer la comprensión de los procesos estructurales del cambio social. Pero dicha tarea, entendemos, sólo adquirió relevancia historiográfica en el marco de la definición de un núcleo de sentidos y en la demarcación de los itinerarios de una trama de evidencias cuantitativas y cualitativas recogidas sobre una amplia gama de problemas sociales, económicos, políticos y culturales, como las características del cre30

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cimiento económico, los desajustes sociales, las manifestaciones de la cuestión social, las nuevas formas familiares, la lenta consolidación de las capacidades institucionales del Estado, las concepciones sobre la pobreza y la beneficencia, y las culturas asistenciales imperantes. Marcas tan potentes como a veces invisibles del proceso de secularización. En el convencimiento de la capacidad explicativa del universo doméstico, tomamos la decisión de presentar, de manera sintética, el abordaje a un asunto de familia en la era de las independencias.

Revolviendo el avispero: una viñeta sobre los Bicentenarios y sus modas
En los últimos años los estudios sobre las guerras de independencia se concentraron en el lenguaje político y las instituciones. Aquí entablaremos un diálogo crítico con la historia política en sus nuevos andamiajes: los discursos que configuran acción política, y el neoinstitucionalismo, en ambos casos de manera combativa. Un lenguaje como acción política, perspectiva que recoloca la complejidad de los procesos de independencia no sólo en la instauración del nuevo régimen, sino esencialmente con el aseguramiento de un orden político legítimo idóneo capaz de fundar un espacio público. Un escenario formado por ciudadanos virtuosos, prohombres de la libertad y patriotas, que sobrellevando sus diferentes pabellones partisanos fueran aptos para imponer méritos republicanos. Estos valores representarían el núcleo simbólico del nuevo poder. Y aún más, formulaban el tránsito directo hacia las acciones prácticas. Las concepciones de ley, libertad, virtud republicana y patriotismo conformaron ese glosario motor de la experiencia política7. Las independencias implicaron formas nuevas de representación del pueblo. Cabe decir que las referencias republicanas, todas presentes dentro del lenguaje de la monarquía, se rearticularon con una noción de pueblo fundamento y paradigma de la revolución. Este discurso no se propuso novedoso sino que recogía los valores republicanos del mundo clásico, y cuyo horizonte fue la acción política desde un lenguaje constituido en el marco de una dinámica de intertextualidad cultural atlántica, mediada por los actores sin amarras ni de origen ni de destino. 31

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Al momento del establecimiento del Virreinato del Río de la Plata en 1776, había pocos elementos de unidad entre los diferentes territorios que lo integraron. En realidad, eran las ciudades las que siguieron ejerciendo facultades de gobierno, hacienda y justicia. El plan del reformismo borbónico forzó la centralización de esas facultades en las instituciones regias con resultados esquivos. La crisis ocasionada por las abdicaciones de 1808 dio lugar a que las ciudades-territorios incrementaran sus atribuciones convirtiéndose en los principales actores del proceso emancipador (Chiaramonte, 1997: Introducción). Entonces, nuevamente ¿ha sido el XIX el siglo de la política? Un siglo a lo largo del cual los principales interrogantes sobre la organización de la sociedad por sí misma han quedado planteados y en el que un largo abanico de respuestas posibles ha sido ensayado. Veamos el giro de la historia intelectual en América Latina de la mano de los estudios culturalistas y revisionistas. En diálogo con las más consagradas vertientes de historia política (como la historia contextual anglosajona, la historia conceptual alemana y la historia intelectual francesa) se nos ofrece una historia intelectual de características propias. Una historia intelectual en la que América Latina intenta recuperar el análisis de las dimensiones sintáctica, semántica y pragmática del lenguaje político en tanto discurso y práctica (Palti, 2007). En nuestras palabras una sinuosa fuga teórica hacia los lenguajes políticos arrebatada de todo protocolo de historicidad. ¿Qué significa hacer historia de los lenguajes políticos? No se trata de la historia de las ideas o conceptos en uso en un contexto específico y, ciertamente, no es la tarea de analizar su imperfección o inadecuada aplicación en el mismo. Los lenguajes se proponen como entidades objetivas que se encuentran públicamente disponibles para diversos usos posibles por distintos interlocutores, y existen de manera independiente de su voluntad. Entidades, por cierto, precariamente articuladas. La historia de los lenguajes es entonces la historia del modo de producir conceptos, no sólo de los cambios de sentidos en esas categorías sino del sistema de sus relaciones recíprocas. Sistemas conceptuales como formaciones históricas contingentes, constitutivamente incompletas, dislocadas respecto de sí mismas. Nuestra apuesta lleva a cuestionar no sólo las condiciones 32

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locales de aplicabilidad del tipo ideal (modernidad, liberalismo, soberanía) sino a cuestionar el tipo ideal mismo. Se nos impone el análisis de la primera alteración en las condiciones objetivas de enunciación de los discursos que se produce como consecuencia de la vacancia del trono en 1808. En primer lugar, el carácter contingente y contradictorio del lazo entre el liberalismo español y el colonialismo, así como entre el republicanismo americano y su autonomismo. En segundo lugar, es importante valorar la idea de la preexistencia de la nación como una premisa clara del proceso gaditano y la fuente de la que los poderes representativos tomaron su legitimidad. En América no habría sucedido lo mismo, el nacimiento a la política moderna podríamos ubicarlo en el proceso de reformas borbónicas, casi tres décadas antes del inicio de las guerras de independencia. La discusión podríamos centrarla en el sujeto de la soberanía. ¿Fueron las ideas su fundamento a través de ese lenguaje performativo? La historia social o de las sociabilidades demuestra una relación mucho menos que lineal en relación a tal soporte. Ese desafío universal de los contemporáneos por elucidar el nuevo orden político ¿fue tan universal? ¿Se trató de un solo pacto? Resumiendo, la fuerza de las palabras debe ser indagada en clave social. Esta es nuestra propuesta. Se trata de los límites de una realidad impuesta por la revolución. Sobriedad, disciplina, orden, subordinación, fueron también parte de la nueva nomenclatura. Una apelación al soldado cuya eficacia pretendemos inquirir en nuestros casos de estudio. La segunda avanzada en clave política del período ha derivado de la punción del neo-institucionalismo. Hablamos de un conjunto de teorías que asigna una importancia central a las instituciones y sus estructuras, y específicamente a las reglas, procedimientos, organizaciones y componentes que instituyen el sistema, y su influencia en las relaciones, conductas, comportamiento, estabilidad e inestabilidad de los gobiernos y en la vigencia y reproducción del sistema social. Así, los agentes individuales y los grupos persiguen sus proyectos en un contexto constreñido colectivamente, las restricciones asumen la forma de instituciones, patrones organizados de normas y roles socialmente construidos, los cuales son creados y recreados cons33

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tantemente, estos constreñimientos son en ciertas ocasiones ventajosos para los actores sociales en el logro de sus objetivos. Pero entendemos que es su historicidad la que debe ser cotejada en procesos sociales específicos: factores contextuales que restringen las acciones de los actores sociales individuales o colectivos moldean sus deseos, preferencias y motivos, los aspectos que constriñen por lo general tienen raíces históricas, son residuos de acción y consecuencia de decisiones externas, y tales elementos que delimitan, confinan, implican y difunden diferentes recursos de poder a los diferentes actores individuales o colectivos. La trama entre prácticas y lenguajes, empecinada según esta óptica en la construcción de un nuevo orden político –y social–, debe reconocerse imperfecta en dos niveles. En los propios desajustes de la performance revolucionaria, y en el relativo impacto sobre la sociedad civil. Y justamente por esto, es la sociabilidad en la era revolucionaria, de la que recortaremos algunos fragmentos, la que afirma un laboratorio propicio para tal escrutinio. Ya que la propuesta parecería indicarnos que el juego del lenguaje y los dispositivos institucionales son suficientes para alimentar estas novedosas especulaciones de la historia política, acepté el desafío. De los escenarios de la vida maridable y las guerras domésticas, recuperados a través de los archivos judiciales, reconstruimos 450 juicios que giraron en torno a las siguientes figuras jurídicas: Disensos; Separaciones; Alimentos; Cesión de menores; Disputas patrimoniales; y Violencia doméstica. De una muestra significativa de estos juicios por asuntos de familia de ciudad y campaña de Buenos Aires entre 1780 y 1820, registramos entre sustantivos, adverbios y adjetivos un total de 27.000 palabras. De este total, menos del 1% (250 voces), hacen referencia a los cambios en la sociedad (Cicerchia, 1990; 1997; 1998a). Se trató de un problema del escenario judicial… Fue la sociedad reaccionaria respecto de las transformaciones… Prorrumpió el reducido campo semántico del vocabulario explícito de los conflictos domésticos…

Primera línea de conclusiones
Tanto los cambios borbónicos y la propia revolución en el Río de la Plata, como las otras revoluciones hispanoamericanas, pueden 34

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comprenderse como una serie de ensayos políticos y sociales inciertos. Mientras el poder circulaba y se disputaba entre las élites urbanas, la crisis de la monarquía auspiciaba transformaciones en la sociabilidad que serán base de los cambios lentos pero consistentes de los modelos de dominación. Las posiciones más radicales, bajo la influencia del giro lingüístico, han dado lugar al denominado Postsocial History, que tiene la particularidad de argumentar por una nueva ontología social que involucra una ruptura sustancial con las prácticas precedentes en la escritura de la historia social. En efecto, la denominada historia postsocial, representada en el trabajo de historiadores como Patrick Joyce, Joan Scott y James Vernon, sostiene que la esfera social no es una entidad estructural y, por lo tanto, no existe una relación causal entre la posición social de los individuos y sus prácticas. Mientras los historiadores socio-culturales afirmamos que las condiciones sociales devienen estructurales y comienzan a operar como un factor causal de la práctica una vez que han alcanzado cierta clase de existencia significativa y no meramente por su existencia material, los historiadores postsociales sostienen, por el contrario, que la serie de categorías a través de las cuales los individuos entienden y organizan la realidad social, no es un reflejo o expresión de esa realidad social, sino un campo social específico con su propia lógica histórica. Estas categorías constituyen una red compleja y relacional, cuya naturaleza no es ni objetiva ni subjetiva y cuyo origen es diferente y externo a la realidad social y a la conciencia humana; ellas no son meramente medios para transmitir los significados de la realidad, sino una activa parte en el proceso de constitución de esos significados. De allí se concluye que los discursos operan como principios estructurantes de las relaciones sociales e instituciones. Por otra parte, si para la historia social el lenguaje es un medio de comunicación a través del cual los contextos y divisiones sociales son transformados en subjetividad y acción, para la historia postsocial, el lenguaje es una noción constitutiva o performativa que participa en la formación de los significados de los contextos sociales. Como Joan W. Scott afirma, el lenguaje no es simplemente palabras, sino modos de pensar y entender cómo el mundo opera y cuál es nuestro lugar en él. La experiencia que la 35

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gente tiene de su mundo social –noción nodal de la historia social– no es algo que la gente experimenta, sino algo que significativamente construyen en el espacio de enunciación creado por la mediación discursiva. Desde esta perspectiva, la pobreza, la exclusión, la marginalidad no deriva de una situación vivencial sino de la manera en que los sujetos sociales las articulan discursivamente. Y más aún, la capacidad creativa y manipuladora de los agentes, tantas veces comprobada históricamente, sería una falacia. En el marco de estas nuevas trayectorias de reflexión historiográfica asoma, desde otra vereda, el neo-institucionalismo. Según Douglass North la escuela ha introducido una especie de psicología experimental para sustituir el utilitarismo y el propio proceso de optimización, lo que hace al individuo un agente menos racional y soberano. Herbert Simon definió a los agentes ejerciendo una racionalidad acotada o limitada por las carencias de información aludidas y por los propios procesos cognitivos de los agentes. Eso significa que los agentes disponen de información incompleta, que es costoso conseguir información adicional y que incluso con buena información los modelos mentales de los individuos que la interpretan pueden estar operando de manera equivocada frente a la realidad. Más importante aún es que las instituciones guían su comportamiento, las normas sociales castigan o aprueban sus acciones, de tal modo que las decisiones económicas óptimas sólo se pueden tomar en ambientes institucionales propicios a la creación de riqueza. Es posible entonces que no se puedan tomar buenas decisiones cuando las instituciones tienen formas de orientar de manera cooperativa los intereses sociales; lo que hacen entonces es propiciar la captura de otras lógicas que permean la voluntad de los individuos. Sociales, familiares, de vecindad. En el enfoque de Anthony Giddens este nuevo institucionalismo considera a la cultura como la generadora de las instituciones, pues supone que estas conforman el conjunto de normas y tradiciones que tienen su origen en las rutinas organizacionales. Sirven así de soporte social y configuran, sin determinarlas, conductas, usos, costumbres, con sanciones y premios, incentivos y castigos. Sin embargo, mirar las instituciones como grandes marcos de referencia cultural es insuficiente. Entendemos la performance de los actores 36

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mucho más comprometida con los procesos sociales que los afectan. Y junto a esto el propio incidente del hecho. Las instituciones y las redes que se estructuran alrededor de ellas (socialización-deliberación-participación) son efectivamente marcos culturales, pero creados social e históricamente. La fórmula neo-institucional guarda algunos supuestos del paradigma neo-clásico de la economía contemporánea, como los procesos de maximización que gobiernan el comportamiento de empresas y agentes, cierto nivel de racionalidad mínimo del agente individual, pero el punto de partida es igualmente el individualismo metodológico, aunque se le preste algo más de importancia a las normas que emiten las instituciones que en nuestro criterio son básicamente construcciones sociales de sentido. Tampoco entendemos, al menos históricamente, la idea de un aparato de justicia imparcial fundamental para el funcionamiento adecuado del sistema. La garantía de resolución de conflictos de forma rápida y en función de los méritos, tiene, independientemente de la eficacia de la justicia, siempre relativa, una vinculación mucho más estrecha con las relaciones de poder. Inscribimos nuestro ensayo en el campo de los enemigos explícitos de estos libertinos eruditos, como afirmaría Carlo Guinzburg (Guinzburg, 2006) y de las mencionadas tendencias de moda, diciendo que: • Estas narraciones no nos hablan de la realidad historiográfica tanto como, antes bien, de quien las construye. • Cada testimonio histórico tiene, a contrapelo de lo que indican los escépticos y deconstructivistas, elementos no controlados. • El vínculo entre relatos históricos y de ficción debe afrontarse de la manera más concreta posible (Ej.: testimonios de sobrevivientes de campos de concentración). • Los historiadores debemos desenredar el entramado de lo verdadero, lo falso y lo ficticio. • La historia como un modelo estilístico y cognitivo y no como mera convención literaria con efectos de verdad. • Revisión crítica del retorno a la tradición de la histoire philosophique al uso de Voltaire, y revalorización de la indagación antiquaria como nos sugería Arnaldo Momigliano. 37

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Proponemos el retorno a lo social, recuperando el recorrido del giro cultural y las fórmulas institucionalistas vis a vis la performance y trayectoria de los actores en el estudio de los fenómenos sociales y considerar a la cultura como una categoría de la vida social distinta, pero relacionada con la economía, la sociedad y la política. Con más astucia, debemos considerar a la cultura como un sistema de símbolos que poseen una coherencia real pero frágil en riesgo por las prácticas y por lo tanto sujeta a transformaciones. La cultura, como las instituciones, son un campo de juego con sus límites y protocolos internos menos transparentes, en el cual actores y grupos compiten por posición y poder; concretamente por el control de los significados, diversos, temporales y emergentes. Así nuestras fuentes gozarán de una libertad condicional, carne de una deseada nueva estética historiográfica. Los pleitos familiares en la era de las independencias demuestran un margen aceptado de disputa al poder patriarcal, el reconocimiento de las voces femeninas como sujetos de derecho, y cierta heterogeneidad social en la “ocupación” de espacios institucionales, en este caso el de la esfera judicial. Un teatro capaz de accionar dispositivos de confrontación y negociación de un territorio importante del conflicto social. El nuevo tipo de intervención del poder público en la vida civil (en especial, un sistema judicial caracterizado por una mayor preferencia por la “razón” y menos vulnerable a los dogmas), descubrió un mundo doméstico de prácticas y representaciones sociales que manifiestamente poco encajaban con los valores familiares tradicionales. El escándalo fue el límite político a la mesa de los arreglos privados. Aunque el matrimonio consagrado continuaba significando el triunfo de una mentalidad barroca, nuestras guerras domésticas premodernas son los seguros indicadores de una tendencia apoyada en el proceso de reconfiguración permanente de las formas familiares y en la falacia de un mito, el de la sagrada familia. Otra manera, más inteligente y justa, de entender la construcción del orden social. En la línea de las reflexiones finales, concluimos que la sociedad experimenta el cambio; la conflictividad doméstica representa transformaciones culturales; los sujetos históricos operan sobre las instituciones; y los lenguajes, siempre polisémicos, despliegan estrategias. 38

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Panorama de cercanías
¿Al giro lingüístico le está sucediendo un giro histórico? A esta manera ruda de definir la situación creada por las influencias historiográficas de las nuevas corrientes, podríamos darle un sentido más exacto si afirmásemos que al giro lingüístico se le está superponiendo y relacionando de manera más estrecha cada vez, lo que nunca debió de abandonarle: el giro histórico; es decir, una nueva interpretación y revolución de lo nominativo. Al ya clásico trabajo de Guinzburg y Poni, “Il nome e il come…”, tendríamos que añadirle las propuestas que desde la categoría del individuo se han presentado en el escenario de la historia social para recuperar su necesario protagonismo (Guinzburg y Poni, 1979: 181-190). Y así, la biografía, la prosopografía, la genealogía y las redes sociales se integran en las nuevas interpretaciones de una historia social en la que la acción histórica supone poner en relación al individuo con el contexto cultural en el que se insertan y explican los poderes y las instituciones formadas por individuos, pero a los que no podemos entender como seres aislados sino integrados en espacios familiares, de parentesco y de carácter económico y político. Alrededor de esta problemática surgen dos cuestiones clave: • La estructuración de las sociedades en grupos sociales con recuperación del concepto clase, pero concibiéndolo como el producto de un proceso histórico que no precisa cumplirse forzosamente, sino que se encuentra condicionado por realidades y relaciones sociales que pueden matizar la integración del individuo en dicho espacio social, al tratarse de una situación mucho más compleja en la que entran en juego las jerarquías sociales. • El estudio de las desigualdades y sus itinerarios, con especial atención a la jerarquía como factor explicativo de la dominación y la dependencia. Hay que tener en cuenta que es la reputación o la fama pública el factor clave en la consideración y aceptación respecto a la jerarquía social, que correspondía, en parte, a la memoria de los antepasados. La mayor preocupación de la historiografía actual se centra en comprender la jerarquía social en su relación con las formas de soli39

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daridad comunitaria frente al leviatán moderno del Estado y a los relatos de los sistemas políticos. Parece que la tarea historiográfica actual se caracteriza por una mayor atención a la contingencia de los factores que se conjugan en la construcción de la jerarquía social. Estas dos cuestiones previas, reenvían al estudio de la familia, la acción, las circunstancias de vida y la autoridad bajo las cuales las personas se agencian y elaboran sus interpretaciones. Es ahora cuando la familia se convierte en un laboratorio de relaciones de clase y procesos sociales. La organización social es un tejido complejo de relaciones verticales y horizontales, y son las relaciones sociales en las que el individuo se encuentra integrado las que hay que reconstruir. El objeto es captar la cohesión y/o la tensión; la inestabilidad y/o el equilibrio; la flexibilidad y/o el conflicto de las sociedades; estudiando sus relaciones sociales, sus vínculos y lazos en sus múltiples, diversas y profundas dimensiones. La historia de la familia, no sólo puede hacerlo posible, sino que es el instrumento y el objeto imprescindible para semejante empeño y aventura historiográfica.

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Notas
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Versión corregida de la Conferencia Inaugural del Seminario Internacional Familias Iberoamericanas en el marco del Bicentenario. CONICET-UNC/ALAP/REFMUR. Córdoba, Argentina, 19-20 de agosto, 2010. Para una interesante puesta al día del debate ver The American Historical Review, Vol. 113, Nro. 2, April, 2008, y su versión en castellano: Entrepasados, 35, 2009: pp. 564. Recientemente, Historia Social (69, 2011, pp. 91-142), ha traducido el dossier con textos de William H. Sewell, Jr (93-106); Gabrielle M. Spiegel (107-118); Manu Goswami (119-127) y Geoff Eley (129-142). Entre las excepciones, la vitalidad de los esquemas neogramscianos de la historiografía moderna latinoamericana en asociación con la proliferación de movimientos sociales autónomos de los sistemas políticos formales. Esta preocupación fue recogida por algunos trabajos en el Journal of Social History, Fall, y Spring, 2003, y en American Historical Review. Vol. 107, Nro. 5, diciembre, 2002. Debate retomado y actualizado en Historia Social, 60, I, 2008. entre Buenos Aires, Barcelona y Murcia, fueron presentadas en el “Foro Internacional sobre el Nexo entre Ciencias Sociales y políticas” patrocinado por UNESCO (Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, 2006); y luego publicadas en la Revista Lati-

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5 Parte de estas conclusiones, producto de varios años de investigación compartidos

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Ricardo Cicerchia / Francisco Chacón Jiménez noamericana de Ciencias Sociales, niñez y juventud. CICERCHIA, Ricardo y Joan Bestard (2006). Los argumentos centrales también fueron expuestos en la ponencia “Formas familiares y vida material: Estrategia, performance y alteridades” en el marco del “Congreso Internacional: Familias y organización social en Europa y América, Siglos XV-XX” (Murcia-Albacete, 2007). Versiones de estas reflexiones fueron publicadas en CICERCHIA, Ricardo y Joan Bestard, “Estudios de Familia, entre la antropología y las historias” en CELTON, Dora, Mónica Ghirardi, Enrique Peláez (Editores) (2008), El nexo entre ciencias sociales y políticas: migración, familia y envejecimiento. Córdoba/Argentina: Universidad Nacional de Córdoba-UNESCO/Editorial Copiar; y CICERCHIA Ricardo, “¿Astucias de la razón doméstica? Formas familiares y vida material: estrategia, performance y narrativa de un teatro social” en CHACÓN JIMÉNEZ, Francisco et al (Ed.) (2007) [2009], Familias y organización social en Europa y América. Siglos XV-XX. Murcia, Ediciones Cátedra/Universidad de Murcia. También en Nuevo mundo mundos nuevos (2009) (Revista electrónica http://nuevomundo. revues.org); y en “Historiografia das formas familiares. Dilemas e encruzilhadas” en História. Questoes & Debates, 50, 2009: 103-125.
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Críticas al modelo de Parsons han desafiado sus afirmaciones sobre el aislamiento de la moderna familia nuclear y han documentado patrones de asistencia interfamiliares. Por otro lado, desde la demografía histórica, los hallazgos de la preexistencia del modelo familiar nuclear al momento de la revolución industrial en Europa Occidental terminaron por develar el carácter ideológico de la perspectiva estructuralfuncionalista. Sobre el debate ver: Laslett y Wall (Eds.), 1972; Bestard, 1998; y Cicerchia, 1998b; 2005. Con diferentes aportes, historiadores y filósofos asociados a la Escuela de Cambridge, como Pocock y Skinner, han entendido la existencia de una relación entre lenguaje, tradición y teoría política, como un ethos de la vida civil (Pocock, 1975; Skinner, 2002).

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Hacia un paradigma de la historia de la familia que incluya la pobreza estructural: El caso del Río de la Plata1
José Luis Moreno Conicet – Universidad Nacional de Luján

Resumen
El trabajo se propone reflexionar sobre el papel de la pobreza en el Río de la Plata, pobreza más que secular, plasmada en la organización familiar y en la construcción de la historia de la familia de los sectores subalternos. El eje sobre el que se construye esta larga reflexión son las uniones de hecho convertidas en una variante “familiar” paralela a la familia ideal basada en el matrimonio. Las tipologías de diverso origen no son útiles para entender a los grupos de bajos recursos y a las formas familiares que adoptan. Se discute además la idea de un sistema cultural que estaría en la base de los distintos arreglos familiares de los grupos originarios en las latitudes latinoamericanas. Son examinados también los hogares de jefaturas femeninas. El trabajo apunta finalmente a preguntarse si los paradigmas que alumbran los estudios sobre la familia son apropiados para estudiar estos fenómenos.

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José Luis Moreno

Toward a pattern of the history family including the structural poverty: the case of the Rio de la Plata Abstract
This work will reflect on the role of poverty in the Rio de la Plata, poverty rather than secular, as one of the decisive in the family organization and construction of poor and subordinate sectors, has been hidden by the myths and symbolic representations. The axis on which to build this long reflection are joints in consensual unions. The typologies of diverse origin are not useful for understanding to lowincome groups and the family forms take. Discusses also the idea of a cultural system that would be on the basis of different family arrangements in originating groups in Latin American latitudes. Households with female heads are also examined because they are partly a consequence of joints in fact. Make up a model closely linked in which males does not attach to the ideal types of family. Work aims, then, to wonder if the paradigms that illuminate the studies on the family are suitable for studying these phenomena. “… Hace ya 150 años, Charles Dickens y Víctor Hugo nos hicieron plenamente conscientes de que la miseria es la gran matadora de la familia”2

1. La familia hispanoamericana ¿una familia diferente?
El presente trabajo pretende reflexionar sobre el papel de la pobreza estructural en el Río de la Plata, pobreza más que secular que, como uno de los elementos históricos decisivos en la organización familiar y de la construcción de la historia de la familia de los sectores subalternos, ha quedado oculta en el decurso temporal. La persistencia en el tiempo de las uniones de hecho, asociadas al inicio mismo de la conquista, es un fenómeno que creció en el Río de la Plata en el siglo XIX y nunca desapareció en los siglos siguientes. El análisis apunta a colocar en el escenario histórico este fenómeno que parece constituir la punta de un iceberg cuyas dimensiones son muy amplias, y que se asocian a la pobreza y a los “núcleos duros 44

Hacia un paradigma de la historia de la familia que incluya la pobreza estructural

de la pobreza” (Bolsi, Hernández, Madariaga y Paolasso, 2009: 63). El foco central se dirige al Río de la Plata y a la Argentina en el escenario hispanoamericano. La complejidad, diversidad, los cambios y las tensiones a los que han sido sometidas las instituciones familiares en América Latina a lo largo y a lo ancho y en toda su historia, han llevado a muchos autores, incluido el que suscribe, a preguntarnos hasta qué punto el concepto de familia tiene validez histórica si no es a través del uso de adjetivos: familia nuclear, alargada, extensa, informal, incompleta, ensamblada, hogares de jefaturas femeninas, etc., sólo para señalar algunos de los más utilizados y comunes, y no excluyentes. Algunas de esas formas organizativas han predominado entre las familias más pobres, entre ellas las basadas en las uniones de hecho aunque no han formado parte de las tipologías clásicas. El mestizaje tanto como las organizaciones previas a la conquista crearon condiciones diversas al modelo traído por los españoles, el modelo ideal, y algunas de aquellas se resistieron a pesar de la violencia con que se trató de imponer la religión. El matrimonio católico fue el único admitido y administrado a todos, incluidos los esclavos africanos, a pesar de ser originalmente considerados cosas u objetos, sin dejar la mínima abertura formal por donde se pudieran escapar formas no autorizadas de convivencia matrimonial. Con todo, encontraremos en el Río de la Plata, a mediados del siglo XVIII, poligamia entre los aborígenes del “otro lado de la frontera”, pero también movilidad de varones en distintos hogares y obviamente distintas parejas de hecho de “este lado civilizado de la frontera”, como así también inmigrantes varones indígenas en la región pampeana conviviendo con una mujer (indígena, mestiza y hasta blanca), habiendo dejado lejos a su esposa o concubina “legítima” en Santiago del Estero o Tucumán. Casa grande y casa chica se instala en México en el siglo XVII y en el siglo XX, y no constituye un patrimonio de los estratos más encumbrados sino también de los más bajos como lo demostró el tan discutido antropólogo norteamericano Oscar Lewis (1959 y 1961), hace ya 50 años. La bigamia y los hijos ilegítimos emergen como un “hecho natural”. La frontera en Brasil parece ejercer sobre las parejas un efecto similar al del Río de la Plata. Además, fue creciendo 45

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una población mulata por el efecto de las relaciones de los varones blancos con las esclavas de origen africano. Dentro de este cuadro y volviendo al Río de la Plata, cuando nos referimos a la familia ¿de qué familia estamos hablando? ¿De aquella sustentada en la firme institución del matrimonio, común a los países católicos y protestantes o de una institución distinta? Sabemos que el matrimonio hunde sus raíces en la civilización romana, y ha sufrido profundas mutaciones a lo largo de los siglos. En él influyen elementos sociales, culturales, religiosos y jurídicos, cambiantes de siglo a siglo y variables de lugar a lugar. Tal como se refiere Gaudemet (1993), sólo era válido entre los romanos el iustum matrimonium, el matrimonio justo, conforme a derecho: el matrimonio monógamo, que no se celebraba entre esclavos, esclavos y libres o entre personas de condición desigual, o entre romanos y no romanos. Esa idea se correspondía con la de una sociedad en que la libertad constituía un privilegio de un grupo social o de varios grupos relacionados con el poder imperial. Luego la iglesia católica iría redefiniéndolo con el paso del tiempo, agregando otros elementos constitutivos como las limitaciones de la sexualidad, la edad de los cónyuges, la libertad de elección y las prohibiciones que eran muchas, y toda una normativa compleja para perfeccionar la idea misma del “matrimonio verdadero”. Una institución que pudiera abarcar a los pobres y a los ricos aunque estos últimos debieron ser el modelo a imitar. A pesar de la perdurabilidad del matrimonio occidental, también la idea de familia en Europa no se corresponde con una sola imagen como la de la típica familia nuclear o de la familia extensa, como si hubieran sido los extremos de un continuo entre los cuales se expresaran otros tipos menos predominantes. En realidad, no siempre fue posible encontrar mayoritariamente los modelos “puros” de familia, aunque la familia nuclear haya sido claramente predominante (Cicerchia y Bestard, 2006). Los mismos sistemas de parentesco se interconectan, en el modelo europeo, creando sistemas de compadrazgo, de alianzas económicas y políticas, relativizando y afianzando simultáneamente la idea de la familia basada en el matrimonio. En otras palabras, el iustum matrimonium persistió hasta bien avanzado el siglo XX aún en contextos sociales, culturales y económicos muy 46

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diversos, dando lugar a hogares conformados de diversos modos “familiares”: la historia europea de la familia da cuenta de ellos aunque predomine en todo Occidente la familia nuclear. En Iberoamérica el trasplante produjo variaciones no sólo generadas por la persistencia de los conquistadores blancos por tomar la cantidad de esposas indígenas consideradas parte del botín, sino también por las mezclas raciales en las relaciones sexuales, base de la gran cantidad de nacimientos ilegítimos en todo el territorio colonial. En Europa también se han registrado uniones ilícitas, pero jamás en las proporciones evidenciadas en la América ibérica. Es más, el hijo bastardo, en aquel continente, era estigmatizado durante toda su vida. Todas estas consideraciones nos llevan a reflexionar acerca de las dimensiones metodológicas cuya consistencia pueden definir el concepto de familia conforme a tiempo y lugar. Según nuestro criterio es necesario tener en cuenta las siguientes dimensiones o parámetros relacionados con las unidades familiares, muchos de los cuales son de carácter cualitativo y por esa razón de complejidad metodológica: Poder: a) cultural-simbólico, b) económico, c) de género, d) de edad. Género: a) roles de la mujer y del varón en la sociedad y la familia; b) división del trabajo sexual; c) ser esposa y ser hija; d) los mandatos de género (tradición); d) el ideal de mujer. Valores religiosos: a) el cumplimiento de los preceptos (matrimonios, bautismos, ritos de iniciación o de transición en el ciclo de vida); b) el peso sacerdotal; c) las creencias (religiosidad y religiosidad popular). Espacio: a) territorial y espacio privado, b) espacio simbólico: estrategias matrimoniales y parentales; estrategias de supervivencia. Dimensión política jurídica: a) Estado y familia; b) las desigualdades jurídicas: de género, de estrato social, de edad; c) derecho y poder de policía. Este esquema constituye una aproximación de carácter metodológico para el análisis de la dinámica familiar, incluidas las familias pobres, cuya pobreza debe orientar y ajustar los límites del estudio. El mismo asume el rol central de las familias en las sociedades y ex47

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presa vivamente las relaciones sociales dentro de un sistema de dominación en el que se exhiben las jerarquías, el poder y las formas horizontales de sociabilidad. En ciertos momentos históricos pueden o deben enfatizarse algunos aspectos o dimensiones que surgen de los análisis de las estructuras sociales y familiares, de los cambios y de las permanencias expresadas a través de las fuentes. Se considera que el conjunto de estas dimensiones permite diferenciar a través del análisis de las evidencias no sólo al conjunto de las familias sino a las familias muy pobres en sus formas de organización, en cuya constitución no emerge históricamente alguna forma sistemática de unión formal matrimonial. Entre los dos enfoques clásicos sobre la pobreza: el cultural –ligado al antropólogo norteamericano Oscar Lewis (1959 y 1961) que concibiera el concepto de “cultura de la pobreza” a través de la cual se reconocen valores y modelos transmitidos de modo intergeneracional determinantes de la inferioridad del estatus social–, y el situacional –personificado en la figura del pensador y activista norteamericano de ideología socialista Michael Harrington (1962), quien la atribuye a una derivación de la ubicación objetiva de los pobres en la sociedad, es decir a un resultado de la estructura de dominación–, Geremek se coloca en la intersección de ambos conceptos teóricos “… debido al convencimiento de que el fenómeno de la pobreza no podía examinarse de manera separada respecto al contexto social y a la actitud del resto de la sociedad hacia los marginados y ante los valores del éxito/fracaso material”3. Nuestro enfoque, orientado en esta última dirección, pretende abarcar y superar la propuesta del antropólogo David Robichaux (2007) cuando postula la idea de sistemas culturales que condicionan la perpetuación de los grupos domésticos para intentar comprender las diferencias sustanciales en la composición de la familia en Iberoamérica. A través de ese concepto se asume que “las personas tenderían a organizar sus familias a la manera que han aprendido al criarse entre otras personas que organizan sus familias del mismo modo”. La propuesta es muy sugerente y sería un buen soporte teórico conceptual para el estudio de las familias y de las familias pobres actuales, pero es importante también considerar los condi48

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cionamientos socioeconómicos, y algo que podríamos denominar la perpetuación de la pobreza. Aunque si se aplicara el esquema de Robichaux avant la letre, desde la perspectiva histórica emerge en principio un problema importante: cuando se producen cambios en las dinámicas familiares –incluso entre las familias pobres–, no podrían explicarse sólo en el marco de esa propuesta teórica. Un trabajo posterior (Robichaux, 2008), es más claro y contundente al discutir el uso común en Iberoamérica del concepto de familia ideal, sin reparar en el peso de los fragmentos diseminados a lo largo y a lo ancho del continente que dan cuenta de las diversidades culturales (mestizos, nativos originarios, negros o mulatos) que acompañan las formas en que se organizan las bases familiares de diversas culturas. Aún admitiendo lo razonable del diagnóstico de Robichaux nuestra observación está dirigida a la existencia, en diferentes contextos históricos y socio geográficos, de núcleos muy duros de la pobreza que pueden abarcar porciones variables de la población, ajenos o víctimas de los diversos procesos de modernización o desarrollo (Torrado, 2008a). En el caso de la Argentina esos sectores están ligados –aunque no exclusivamente– a la sociedad mestiza e indígena del noroeste y también del nordeste. Cuando se asume la historicidad de la familia no se afirma que esos núcleos carecen de historia, todo lo contrario, sino que permanecieron al margen de los ciclos de modernización que los ha excluido, como el ciclo agrícola ganadero de la región pampeana (1870-1930) y el industrial (1940-1972) y otros procesos regionales como el de la caña de azúcar (Parolo, 2005/6). El problema que le surge al historiador no es sólo de carácter metodológico, también debe cargar en su mochila profesional la casi ausencia de evidencias empíricas sistemáticas para los mismos grupos a través del tiempo. El sistema estadístico nacional yace en una crisis más que coyuntural y los modelos estadísticos no han sido diseñados para medir dimensiones de la pobreza en términos históricos ya que en la Argentina no ha sido considerada un problema social y económico hasta bien avanzados los años 60 del siglo XX, en que comenzaron a estudiarse las “necesidades no satisfechas” mediante un índice, en ciertos sectores de la población. En ese orden, tampoco las familias pobres fueron un foco de atención de los organismos 49

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destinados a recoger las estadísticas nacionales; no ha sido sistemática la aplicación de un índice homogéneo para estimar la pobreza en distintos momentos históricos. Si se asume una posición crítica respecto de la aplicación del concepto de familia (y otros más o menos asimilables como agregados domésticos, unidades familiares, etc.), tampoco nos parece adecuada la aplicación de tipologías basadas en criterios clásicos. La confusión entre la metodología adecuada, el (mal) uso de tipologías y la falta de definiciones conceptuales, ha sido señalado ya hace un tiempo (Gil Montero, 2004b). Robichaux (2008) cuando analiza el caso argentino lo hace a través de los resultados del prisma analítico de Susana Torrado (2003), señalando que la investigadora encuentra mayor incidencia de familias extensas entre la población pobre del norte. El gran esfuerzo metodológico realizado por Torrado (2008b) no tiene el correlato en los modelos estadísticos nacionales de recolección de datos, salvo, probablemente, en la ciudad capital del país que cuenta con mejor información. Nosotros consideramos que las formas organizativas de las familias pobres pueden asumir distintos tipos según los contextos sociales y económicos (Moreno y Parolo, 2007). Lo importante es que las familias pobres sean objeto de estudios más allá de los instrumentos y tipologías utilizadas. En tanto la historia es tiempo y espacio, se considera válido reconstruir una institución como la familia teniendo en cuenta el punto de partida de cada escalón temporal y el punto final de las observaciones. Al partir de algún tipo de definición de familia, será necesario encontrar los puntos de ruptura y continuidad. Por lo general la historia de la familia ha partido del modelo ideal típico en base al matrimonio, y ha minimizado las “desviaciones” sin considerar que estas podrían también pensarse como otros modelos ideales paralelos en distintos contextos económicos, sociales y culturales, atribuyéndolas a conductas ilícitas o marginales. En instituciones como la familia las rupturas no se producen de un día para otro sino que forman, como parte de su misma estructura, un entramado complejo de todos los aspectos o dimensiones señalados insertos en el sistema de relaciones sociales. 50

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2. La familia hispanoamericana al sur del continente
En el continente sudamericano se fueron gestando al menos dos modelos básicos de familia: los basados en las uniones de hecho y en los matrimonios. El fenómeno de los nacimientos ilegítimos comienza en la América hispana con la conquista y colonización: los españoles durante el período de ocupación territorial y sometimiento de las culturas originales eligieron esposas y amantes indígenas, dando nacimiento a un fenómeno novedoso, el mestizaje, y colocando en el escenario ingredientes simbólicos contradictorios como el matrimonio y el concubinato. Los conquistadores y primeros adelantados plantaron sobre el territorio la espada como símbolo del poder, y la cruz, representando a la religión católica, única reconocida. Bajo esa advocación, los reyes católicos de España habían reconquistado las tierras y señoríos en manos de los moros, los infieles. Esos hombres, en consonancia, estaban imbuidos de las costumbres del cristianismo católico, reconociendo solo el matrimonio frente al altar de la iglesia. Religión que, utilizando el instrumento de la Santa Inquisición, con sus tormentos y horrores había logrado exterminar todo vestigio de judaísmo e islamismo en la Península Ibérica. La religión en América, mediante el vasallaje y la catequesis impuesta, fue el mecanismo de persuasión más efectivo contra los valores y dioses paganos. Las rebeliones indígenas fueron sofocadas por la violencia, pero también, y muy especialmente, por su debilitamiento debido a las enfermedades traídas por los españoles, contribuyendo a lo que se ha denominado el “derrumbe demográfico”. Este proceso duró siglo y medio, hasta que la población se estabilizó y volvió a crecer lentamente. El sometimiento religioso fue, de todos modos, un proceso complejo como lo fuera el apresamiento de las mentes indígenas en los valores “verdaderos”, una lucha despareja en que hubo vencedores y vencidos. La etapa de conquista y colonización tuvo efectos singulares: la creación de un nuevo colectivo social, el mestizo. Los miembros de las expediciones destinadas al Río de la Plata –según los documentos 51

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que analiza un miembro conspicuo de la Academia Nacional de la Historia, José Torre Revello (2004)– fueron reclutados entre los grupos marginales y delincuentes del sur de España. Gozaron de privilegios destinados a favorecer un área que carecía de la importancia de los centros mineros, como los de México o Perú. La corona española les otorgó enormes poderes que ellos transformaron muchas veces en abusos. En particular, en contra de las normas civiles y eclesiásticas vigentes en España se apoderaban de las mujeres indígenas y constituían verdaderos harenes, entre otros hechos condenables. Ello sublevaba el espíritu de la catequesis y el adoctrinamiento. Aquellos aventureros blancos del siglo XVI (españoles y demás europeos que los acompañaron) que juraban por la cruz de la espada y que hacían otras manifestaciones externas para proclamar su fe religiosa, no fueron o no supieron ser dignos cristianos legitimando los frutos de su desenfadada lujuria, por cuanto era indispensable solicitar al rey ese requisito que casi nadie pidió (Torre Revello, 2004: 58-59). El mestizaje fue, entre otros de carácter económico, social y político, el fenómeno social que iba a dejar profundas e indelebles huellas en el largo período. Introdujo una cuña en el tejido social de las naciones existentes, transformando aún más la trama de las desigualdades en un mundo de rígidas jerarquías. Desde el punto de vista aborigen ya no era una la casta española, sino dos, la blanca y la mestiza, las que dominaban los sectores clave de la sociedad. Hacia alrededor de mediados del siglo XVIII el proceso de miscegenación se había consolidado. Un grupo o estrato mestizo se erigía en todos los pueblos de la América española, habiendo adquirido poder, no sin resistencias. En algunos lugares amenazaba con sumergir al estrato blanco dominante, y en virtud de los progresos realizados en el orden económico y político, a nivelar la sociedad. Muy desigual fue la distribución de los tres troncos raciales en el espacio americano, los blancos, indios y negros, estos últimos introducidos, debido a la caída demográfica, para reemplazar la mano 52

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de obra indígena. En apariencia, los territorios de la cuenca del Plata presentaban después de la mitad del siglo XVIII altos porcentajes de blancos en las ciudades de Buenos Aires y Montevideo, disminuyendo hacia el interior. En las áreas rurales el predominio indígena y mestizo balanceaba el de las ciudades. En las áreas de frontera los indígenas gozaban de preeminencia sobre los demás componentes de la sociedad debido a que la penetración de los blancos fue mínima o inexistente. La movilidad territorial y social permitió a algunos sectores en ascenso, en particular mestizos, irrumpir como blancos como producto de la adquisición de poder económico (Canedo, 2000). El recorrido matrimonial, superados los primeros tiempos de la ocupación y dominación española con la ausencia de mujeres españolas, franqueó las barreras impuestas por la corona española. La dotación de mujeres blancas en el primer siglo y medio de dominación apenas satisfacía las demandas de la feria nupcial. Razón por la cual muchos blancos, españoles o criollos acudieron en búsqueda de mestizas más o menos acomodadas. Es decir, el control ejercido por la corona chocaba contra una realidad compleja. Es en los grupos de la elite en los que recae el cumplimiento de la relación conyugal legítima: aquella realizada en la ceremonia religiosa. Pasados los primeros tiempos tumultuosos la elite debía constituirse en el modelo a seguir. Durante los siglos XVIII y XIX los matrimonios de las elites estuvieron precedidos de verdaderas estrategias, por las cuales las uniones de los hijos e hijas con comerciantes, funcionarios, estancieros o profesionales tendieron a tener un entramado de relaciones destinado a unificar el poder económico y político. En el Río de la Plata el método de sucesión patrimonial se rigió básicamente por el derecho castellano trasladado a estas geografías, derecho que tuvo vigencia hasta la aprobación del Código Civil en 1870, que a su vez recoge dicha tradición. Es considerado un sistema “igualitario” toda vez que los hijos e hijas son favorecidos con una parte equivalente de la fortuna que el testador legaba, aún cuando podía disponer de un quinto para favorecer a alguna institución como la iglesia, o simplemente dotar de un mayor patrimonio a alguno de los hijos o algún otro pariente o institución. 53

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Durante gran parte del período colonial los hijos ilegítimos no podían heredar al padre, aunque sí a la madre. Recién en 1794, en pleno período borbónico, las reformas operadas en el derecho sucesorio incluyeron a los hijos ilegítimos a la herencia, lo mismo que a las esposas. Hasta entonces ellas solo tenían derecho a los bienes incluidos como parte de la dote y recién a fines del siglo XVIII se comenzó a reclamar lo correspondiente a los bienes gananciales, es decir a los obtenidos durante el matrimonio. La estrecha relación entre matrimonio y patrimonio no necesariamente condicionó a todos los sectores sociales a la obligación de la institución matrimonial. Los sectores pobres de la población con asiduidad no pudieron eludir el cerco religioso, aún cuando lo desearan, así como lo hicieron en cambio muchos españoles no pobres, en todas las latitudes de la América española, incluido el Río de la Plata. La historiografía recoge desde México, Perú, Chile y el Río de la Plata tantas excepciones, que el concubinato o unión de hecho parece transformarse en una verdadera institución familiar complementaria (Lavrin, 1991). Los nacimientos ilegítimos fueron una constante durante el imperio español, aunque crecieron ostensiblemente en el siglo XIX cuando su andamiaje sucumbió a los destellos iluministas e independentistas desde su interior. Por ejemplo, el crecimiento de un 20 a un 30% en la región pampeana durante los primeros 50 años del siglo XIX, tal vez sea un cálculo conservador en cuanto a que esas cifras se correspondieron con el bautismo de niños en esa condición. No se disponen de registros de las parejas amancebadas y en consecuencia de su fecundidad, a menos que se acercaran a las parroquias o que los clérigos fueran a sus moradas a liberar a sus hijos del “pecado original”.

3. Fronteras y familias de los estratos populares (aborígenes, mestizas y negras). Actores de una cultura impuesta
Hacia fines del siglo XVIII se asistió a una desorganización de las encomiendas aborígenes, hecho reflejado en los arreglos familiares. Sometidos a tributación, servicios personales tanto de varones como mujeres, sobrevivieron en condiciones de extrema precariedad. 54

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Las fuentes, los padrones de indios, que por lo general tenían objetivos fiscales, no siempre son fiables en cuanto a la calidad de la información y es difícil encontrar un patrón único de organización. Se observa que el matrimonio religioso convivió al lado de prácticas poligámicas, información obtenida por otras fuentes. Los varones se veían obligados en muchas oportunidades a permanecer en las haciendas o las minas, lejos de sus hogares. Los abusos de los propietarios en cuanto a los servicios personales a cumplir agravaron la situación familiar. No es extraño, entonces, que los estudios fragmentarios realizados hasta el presente encontraran una baja fecundidad en este grupo social. A los niños aborígenes se los preparaba desde muy pequeños para los menesteres de la unidad doméstica. Acarreaban leña, agua, ayudaban a las tareas agrícolas o al pastoreo. A veces los varones, al cumplir la edad de tributar, se evadían de las encomiendas, cuando no trataban de evitar el control de las autoridades. Muchas encomiendas entraron en crisis y los pueblos de indios vieron debilitados sus vínculos de servidumbre. La movilidad territorial comenzó un proceso secular, desde la mitad del siglo XVIII, ayudado por la crisis y estancamiento que desencadenó la disminución de la producción de la plata potosina, verdadero motor de la economía colonial del Río de la Plata. En consecuencia, las modalidades que adquirieron las organizaciones de los distintos grupos aborígenes fueron una adaptación a las circunstancias económicas y sociopolíticas. Distintos modos de concebir el parentesco consanguíneo y político permitieron que los grupos familiares adquirieran estructuras no sólo lejanas al modelo impuesto por los conquistadores, sino, también, al propio y original antes de ser sometidos al designio colonial. Estudiar las familias indígenas conlleva un esfuerzo metodológico importante para dar cuenta de todas las formas de organización familiar durante el período colonial (Mercado, 2002). El trabajo estacional o la migración de los varones por largos períodos o definitiva, impuso renovados impulsos a estructurar hogares “alargados” en la región de origen, en los cuales se organizaba el trabajo productivo mancomunado y donde se cumplía la reproducción social y biológica. Aborígenes de distintas culturas y origen, santiagueños, tucumanos, salteños o cordobeses se habrían de alternar con los guaraníes, li55

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berados estos de las misiones jesuíticas cuando la Compañía de Jesús fue expulsada por Carlos III. Un número importante de ellos confluyeron a los relativamente libres espacios de la frontera pampeana. Si las familias aborígenes fueron desarrollando estrategias de supervivencia variables con relación a los distintos desafíos, la familia afroamericana no tuvo menos dificultades. La situación legal era distinta. Los esclavos no tenían derechos; desde el punto de vista jurídico eran objetos. La esclavitud se transmitía por vía materna, con lo cual numerosos mulatos, fruto de relaciones sexuales con blancos –violentas o no– fueron de esa condición. Los estudios han señalado la baja fecundidad de los negros. Ello no es sorprendente si se tiene en cuenta la dificultad de establecer matrimonios. Con el tiempo se pudieron casar, pero siempre con el consentimiento de los propietarios, quienes se debían poner de acuerdo y establecer a quién correspondería la descendencia. Ello no facilitó la institución matrimonial y en cambio favoreció las uniones sexuales, más allá del amancebamiento, el cual era posible en tanto las parejas negras fueran libres o se liberaran del control de sus amos. Ciertos esclavos y esclavas pudieron comprar su libertad o sus propietarios los liberaron en tanto formaron parte, a veces entrañable, de sus propias familias, no solo para ser libres sino también para elegir su pareja matrimonial. El siglo XIX asistió a los movimientos emancipadores e independentistas cuando el cuadro social era de extrema complejidad en todo el continente hispanoamericano incluida su región meridional. Las mezclas raciales dominaban todo el espacio cultural y social. Si el sistema de estratificación había pretendido mantener atados a los individuos a su situación de nacimiento, muchos la eludieron. La movilidad geográfica forzada dio lugar a otra relativamente libre. Allí donde faltaban brazos no se indagaba demasiado de dónde provenían. El comercio de esclavos fue activo en todas las latitudes: legal o de contrabando permitió amasar grandes fortunas. Hacia los inicios del siglo XIX la población negra y de “color”, es decir mezclas resultantes con los negros, podía alcanzar el 30, 40 o 50% de la población, no solo de Buenos Aires, sino de las provincias del interior. La imposición del certificado de pureza para la celebración matri56

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monial, introducido por el reinado Borbón, dio lugar a muchos litigios en relación con los antecedentes de los cónyuges, aunque fue inocuo en cuanto a las uniones de hecho. A las parejas no les importaba –o tal vez sí aunque no lo consideraron un impedimento– la composición racial de su sangre en el momento de amancebarse. También la movilidad social ascendente pudo actuar como un acicate para borrar las huellas, no tanto de la ascendencia negra como india. La independencia no eliminó la esclavitud, como sabemos, ni parece haber mejorado la situación de la población afroargentina. Es más, las promesas de libertad movieron a muchos negros y mulatos a reclutarse en los ejércitos libertadores y las evidencias parciales muestran una alta mortalidad. No obstante, la libertad de vientres decretada por la Asamblea Constituyente de 1813 permitió que los nacidos desde entonces no fueran esclavos. Todo ello no impidió que este segmento social se encontrara entre los más pobres y que unido a las dificultades de establecer matrimonios, su fecundidad fuera muy reducida aún a mitad del siglo XIX (Besio Moreno, 1947). No obstante, familias negras o mulatas no solo pueden encontrarse, analizando las fuentes, en la ciudad sino a veces también en la campaña. La escasez de mujeres negras movió seguramente a la búsqueda de parejas y las encontraron entre las indígenas y mestizas, razón por la cual esta parece haber sido otra de las causas de las mezclas étnicas. Ello unido al abuso sexual a las que a veces eran sometidas por sus amos completa el panorama de las uniones raciales por consenso o violencia contra la mujer. En el Río de la Plata, como en el resto de la América hispana, han convivido al menos dos patrones de conformación de la familia. El que surgía del matrimonio religioso, legal, legítimo y, seguramente, mayoritario. Y el consensual, no legal, aunque legitimado por la práctica. Ambos cumplieron la misma función de constituir el ámbito de la reproducción biológica y social. En consonancia, habría que preguntarse si no es más lógico y cercano a los hechos referirse a la historia de las familias más que de la familia. Al menos, en la América ibérica nos acercaríamos un poco más a la verdad histórica. Si se observa en Europa la historia de la familia, surge la fuerte evidencia de haber sido el matrimonio la institución fundamental 57

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sobre la que se estructuró la familia tanto en los países católicos como protestantes. La existencia del divorcio en las religiones protestantes no impidió que la institución matrimonial fuera tan esencial como en la religión católica. En consecuencia, se trató de la única institución sobre la que giró sus funciones reproductoras. Los amores “ilícitos”, las uniones de hecho, las relaciones sexuales fuera del ámbito matrimonial recibieron diversas sanciones a lo largo de la historia. Los hijos bastardos, ilegítimos y expósitos sufrieron un fuerte rechazo del resto de la sociedad. Pudo haber cambiado la organización, los modos de inserción en el tejido productivo, o las alternativas de la dura vida campesina, sin embargo, siempre la familia giró sobre el eje de la institución matrimonial. El paradigma de la familia surgido de la realidad histórica europea trasladado al ámbito americano dio un producto nuevo, o si se prefiere un paradigma distinto. Las bases desde el punto de vista social y etnocultural fueron diferentes. En Europa pueden inferirse distintas estrategias matrimoniales y patrimoniales de los diferentes estratos sociales en función de su inserción social. En América la organización estamental, pseudoestamental, y libre, que pretendía organizar las estructuras familiares de blancos, indios y negros no tuvo, en cuanto al matrimonio, ni el mismo espesor ni la misma consistencia que en Europa. Una realidad diversa generó comportamientos diversos de las estructuras familiares y por supuesto, del matrimonio. Los estudiosos de la historia de las familias nos formulamos preguntas en cuanto a las causas de la frecuencia de uniones de hecho y nacimientos ilegítimos, cuyas evidencias empíricas son claras y rotundas. ¿Hasta qué punto pervivieron relaciones poligámicas entre los diferentes grupos culturales como respuesta a la imposición del matrimonio católico? ¿Pudieron ser un mecanismo de rebelión larvado que se manifestaba cuando las autoridades no podían ejercer el poder y el control más directamente? ¿Fueron el resultado de la mixtura étnica en la que los mismos españoles jugaron un papel trascendental? ¿Fueron también respuestas sociales y culturales a condiciones ecológicas particulares, como la vida en la frontera o en las inmensas llanuras? ¿O también y en ciertas circunstancias, la pobreza que caracterizó a todas las etapas históricas fue un fuerte condicionante que, unido a alguno de los elementos anteriores, 58

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obró como detonador de la constitución de un cierto tipo de arreglo familiar? En el Río de la Plata se presentan casos relacionados con el avance de la frontera, tanto en la región pampeana como en la Patagonia y en el Nordeste. La historiografía reciente muestra que la frontera es un espacio de fuerte interacción social y cultural, además de constituir un espacio de intercambio comercial y bélico. En la frontera aparece con mayor claridad la mezcla racial, los migrantes, los campesinos y los buscadores de oportunidades, sea tierras, contrabando o comercio (Mandrini, 2003). La región pampeana ha sido, tal vez, el escenario en el que se han verificado estos fenómenos de las uniones de hecho con mayor nitidez, y en donde las naciones aborígenes practicaban la poligamia aún hacia la mitad del siglo XIX (Ratto, 2005). Los antecedentes en el área manifiestan de un modo contundente un doble patrón sexual. El que conduce al matrimonio y el caracterizado por una marcada liberalidad en las relaciones sexuales entre varones y mujeres, aún en lo que podríamos denominar sectores de la elite. El despertar sexual de las mujeres era temprano, a los 14 o 15 años, por promesa de matrimonio, casamiento o fuera de él. La promesa de esponsales, una ceremonia formal en la cual los futuros cónyuges quedaban comprometidos, abría cauce para la iniciación del juego amoroso por parte de la pareja que terminaba con cierta frecuencia en la relación sexual. Si la promesa no era cumplida por el novio, daba lugar a reclamos judiciales para salvar el honor de la joven, y si quedaba embarazada el reclamo era aún más severo. La promesa formal no fue una condición suficiente para el inicio sexual; en muchos casos no existió. Ni la liberalidad de las relaciones sexuales ni la existencia previa de hijos naturales, tanto de la mujer como del varón, eran obstáculo para la formación de la familia. Muchas veces las fuentes nos hablan de los hijos habidos precedentemente a la constitución de la pareja como de un “matrimonio anterior”, o simplemente de una “relación que tuvo” uno de los cónyuges. Las parejas en unión consensual se comportaban como un matrimonio normal. En particular si era duradero y reconocido por la comunidad de vecinos. En algunas localidades de la campaña de Buenos Aires se han encontrado, en los archivos parroquiales, ma59

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trimonios realizados después de que la pareja hubiera tenido tres, cuatro o más hijos. El uso combinado de fuentes, tales como los padrones de población, los archivos parroquiales y las fuentes judiciales, permite inferir que estos comportamientos estaban bastante generalizados. Se ha constatado que muchos pobladores de la campaña de Buenos Aires no se casaban por la iglesia, aún teniéndola muy cerca. Es decir, la distancia geográfica no parece haber sido el obstáculo explicativo de las uniones de hecho, aunque en muchas oportunidades los clérigos rurales salían en “campaña” para bautizar a los niños y casar a los adultos. Estos no ofrecían mayores reparos en cuanto seguramente se reconocían como católicos, no obstante parece no haber habido urgencias en el cumplimiento de un precepto claro para el catolicismo como el del matrimonio. Desde las últimas décadas del siglo XVIII y la primera mitad del XIX el área pampeana se vio poblada de migrantes de las más diversas regiones del vasto interior de lo que había sido el virreinato del Río de la Plata. Esa migración se caracterizó por sus rasgos aborígenes y mestizos, captados muchas veces por las fuentes. Los patrones nupciales de estos grupos fueron similares a los de los originarios, es decir, a los nacidos en la región pampeana. Podían o no aceptar el matrimonio. Algunas culturas aborígenes lo habían asimilado rápidamente y otras no. Las migraciones, en particular de varones jóvenes, desequilibraron la feria nupcial debido a la menor cantidad de mujeres de los mismos grupos de edad. De todos modos los varones no quisieron siempre someterse a las reglas del matrimonio y prefirieron mantener relaciones con diversas mujeres, aprovechando las oportunidades de moverse dentro o fuera del territorio pampeano. El transporte en carretas, el arreo del ganado, los trabajos estacionales en la agricultura y en la ganadería, el comercio o el contrabando con los aborígenes, provocaba que los hombres transcurrieran mucho tiempo fuera del hogar, lo cual es abonado por los múltiples juicios por ausencia y abandono de la mujer y los hijos que reposan en los archivos judiciales. En algunos casos las mujeres podían aceptar la compañía de otros hombres que les ofrecían protección y alimentos para ella y sus hijos. Parece evidente que la sociedad había cambiado ostensiblemente algunos de sus hábitos, en cambio 60

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la justicia lo había hecho sólo parcialmente. En un escenario como el descrito, las contradicciones y tensiones entre los sexos fueron manifiestas y visibles. La mujer, por constituir el eslabón más débil del orden jerárquico en la cadena de conflictos amorosos, sufrió en muchas oportunidades el abandono del hombre que buscaba formar otra pareja. El doble patrón de constitución de las familias, a través del matrimonio o de las uniones consensuales, no presenta perfiles diferentes en cuanto a la composición de los hogares. Ambos suelen estar precedidos por una pareja completa o incompleta, con sus hijos y otros miembros que por diversas razones formaban parte de los arreglos familiares. Una parte sustancial de los hogares rurales estaba compuesta por “agregados” que compartían la vida cotidiana. Las fuentes son claras cuando se trataba de peones y jornaleros, no así cuando convivían parientes de uno u otro sexo cuyos roles estaban menos definidos, aunque no pueden dejar de inferirse funciones económicas. Esto no cambia cuando se trata de analizar el hogar matrimonial o el consensual. En todo caso, en los hogares de migrantes en uniones de hecho es más fácil determinar en las fuentes que los agregados tienen un mismo origen y que eventualmente pudieron formar parte de las cadenas migratorias desde el interior. Al volver a los interrogantes antes formulados sobre la campaña, el “desierto” parece un excelente escenario en el que aparecen muy diferentes actores conformando un mundo familiar muy complejo. En el que muchas de las sospechas sobre las uniones de hecho parecen transformarse en evidencias. Pareciera que las uniones de hecho junto a los matrimonios fueran un producto complementario de la necesidad de fecundar en un doble sentido: humano y la tierra. Los varones y mujeres buscaron, del modo más natural y armónico con el ambiente, convivir con menos preámbulos que los habitantes de las ciudades o pueblos, en los que el control social fue más eficiente. Aunque, con la modernización del campo, finalmente el modelo europeo habría de volver de la mano de los inmigrantes extranjeros.

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4. La mujer y la familia
En los últimos tiempos, tanto en la historiografía demográfica como en la social y contra todo lo que se pueda suponer, ha aparecido la institución de la mujer sola, y aún más, como cabeza visible de los agregados domésticos, es decir, como jefas de hogares, tal como técnicamente se las suele definir y con una incidencia muy importante en algunos períodos (Cacopardo y Moreno, 1997). Si bien esta categoría ha sido central en los análisis contemporáneos, también puede retrotraerse a la historia misma. Las “viudas” y las “solteras” conforman una suerte de instituciones coloniales, en particular las primeras, cuyo verdadero significado social ha sido poco o nada estudiado, pero que generan dudas en cuanto a la realidad de su estado marital. En efecto, es posible que hubieran tenido maridos o parejas que encontraron la muerte. O bien, en un área de frontera como la pampeana, tan vasta, tan inasible, pudieron haber permanecido vivos sin retornar al hogar y establecer otro en un lugar más o menos distante. Condiciones semejantes podrían inferirse para algunas solteras, en cuanto, al menos en el período tardo colonial y en buena parte del siglo XIX, muchas parejas no se casaban pero establecían uniones de hecho, y los varones también cambiaban de pareja, aún cuando hubieran tenido hijos. Muchos maridos y padres traspasaban con frecuencia el límite de la prudencia, en cuanto a la “corrección” de las conductas de esposas e hijos que las prescripciones legales permitían. “Desobediencia”, “insubordinación”, y la ausencia de “conducta arreglada”, es decir el no debido respeto a la figura masculina, eran argumentos, tal como veremos, que se ventilaban en los tribunales de justicia. Eran las razones y excusas que esgrimían los maridos y padres de familia frente a las denuncias de las esposas por malos tratos, y pedidos de divorcio por la misma razón; un modo de descalificar la denuncia, y al mismo tiempo, imágenes que muchos jueces estaban dispuestos a escuchar. Los maridos podían decidir –o los mismos jueces aceptaban el pedido de los maridos–, internar a sus mujeres en la “Casa de Ejercicios Espirituales”, una especie de cárcel con un aspecto menos tenebroso, ya que era el lugar de destino de muchas mujeres que 62

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deseaban entregar su vida a la oración y a la piedad, pero que estaba celosamente custodiado y del que no se podía salir. Allí eran “depositadas” hasta que aceptaran, con el rigor de la vida ascética y de los rezos, durante todo el tiempo que fuera necesario, el destino de sujeción y dependencia respecto al marido, que la sociedad y los valores le habían determinado. También los jueces podían determinar la internación de la mujer que solicitaba el divorcio, durante el transcurso de las actuaciones judiciales. No sólo constituía un medio de coerción sino también de disuasión, al mismo tiempo que de preservación del “honor” y la reputación de la mujer, pero sobre todo, el del marido, padre y hermano. Si la mujer blanca ocupaba un rol secundario en la sociedad colonial, piénsese en la mujer indígena, mestiza, negra o mulata, es decir en las mujeres de las castas. No obstante, en el caso de las indias, ha sido remarcada la importancia de su rol en la economía doméstica, en tanto los varones mayores de 18 años eran tasados, es decir, contribuían con el tributo. La explotación de los varones se transmitía al resto de la unidad doméstica en la medida en que el trabajo necesario para la supervivencia debía suplirse con el trabajo de la mujer y de los niños. La huerta, el pastoreo, el tejido, las actividades más importantes requerían así de todas las manos disponibles. A su vez las mujeres jóvenes también eran obligadas a prestaciones domésticas como criadas en las casas patronales. A veces compartían con los esclavos y esclavas el trabajo más pesado de las unidades domésticas de sus señores. Y volviendo al presente, en los hogares pobres todavía es la mujer el eje organizador del hogar como consecuencia de factores tales como el trabajo estacional de los varones en las regiones del noroeste y nordeste y de lazos o uniones superficiales en las cuales son los varones los que dejan el hogar y los hijos (Paolaso y Pérez, 2009).

5. Migraciones y renovación del modelo ideal de familia
Casi todo el siglo XIX estuvo signado por guerras. Primero por la emancipación nacional contra el imperio español, a continuación las guerras civiles por la organización nacional y por último, guerras 63

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internacionales (contra el imperio brasileño y la guerra de la Triple Alianza). A ello se debe agregar el fenómeno de las migraciones de varones desde el interior hacia la región pampeana. Estos fenómenos produjeron profundas modificaciones en las estructuras familiares. Una de las más salientes fue la jefatura de los hogares de las provincias del interior, hasta tal punto que se ha registrado un 52% de jefaturas femeninas en el primer censo nacional de 1869 (Cacopardo y Moreno, 1997). No se dispone de estudios que hayan podido estimar la mortalidad de los soldados o de los gauchos que componían los regimientos o montoneras. En cambio, las fuentes demográficas de la primera mitad del siglo XIX manifiestan un aporte sustancial de varones en distintas regiones de la región pampeana. Región que después de la crisis de 1820 fue creciendo y cuyas tierras fueron aumentando su valor. En otras palabras, se detecta una ausencia de varones en el interior, muchos probablemente muertos en las contiendas, y otros migrantes de ese mismo origen en la región pampeana en búsqueda de oportunidades. El contexto en el que se desarrolló inmigración temprana (vascos, genoveses e irlandeses) se corresponde con la adopción de criterios de corte liberal incorporados a la Constitución de 1853 y aceptados con algunas reformas por Buenos Aires, después del período secesionista finalizado en 1862. La década de los 60 y 70 va a preanunciar la plena inserción del país en el mercado mundial como proveedor de materias primas agropecuarias. Entre las transformaciones importantes y directamente vinculadas con la familia, hacia fines de los 60 y comienzos de los 70, se aprobó y puso en práctica el Código Civil argentino, que si bien recreaba los postulados de la Constitución liberal de 1853 en lo referente a la familia, sancionaba el matrimonio civil obligatorio, aunque bloqueaba el divorcio aceptando sólo la separación de cuerpos y bienes. En esto recoge la idea sacramental de la indisolubilidad matrimonial de la tradición católica, y la no admisión del divorcio, más común en países de organización liberal pero de religiones protestantes. No obstante, no debe minimizarse la existencia del matrimonio civil, en tanto un país como la Argentina que llamaba a los extranjeros a ocupar las enormes extensiones vacías no podía llevarlo a cabo con criterios dogmáticos. Debía darle cabida a la presencia desde temprano de inmigrantes de 64

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religión judía, de diferentes credos protestantes y árabes, entre otros, y que privilegiaban sus propios ritos religiosos. El rito laico dejaba en libertad a la conciencia de los pertenecientes a otras religiones de realizar sus propias ceremonias religiosas, con el paso previo por las oficinas del Estado en las que se registraba la unión civil de los cónyuges. Es conocida la fuerte transformación que sufrió buena parte del territorio argentino entre 1880 y 1930. Transformación que favoreció sustancialmente la región pampeana, con relación al mercado mundial que demandaba los cereales y el ganado que esa región estaba en condiciones de abastecer. Ese cambio notable estuvo acompañado de un proceso migratorio sin precedentes. La conocida frase de Alberdi “gobernar es poblar” se fue transformando en realidad. A partir de 1880 se acentuó el ingreso de miles de inmigrantes, que se había insinuado en los últimos dos años de la década anterior. Entre ese año y 1930 ingresaron al país algo más de 6.000.000 de inmigrantes dejando un saldo de más de 3.200.000 individuos. Los extranjeros no se distribuyeron armónicamente. Prefirieron la región pampeana y una porción sustancial se estableció en las ciudades, dando origen a un proceso de urbanización sin precedentes. El impacto en provincias del noroeste fue mucho menor y en algunas áreas inexistente, pero en la región de Cuyo, en particular Mendoza, su influencia también fue importante. A su vez el nordeste tuvo un aporte significativo de extranjeros, favorecido por planes de colonización oficial que se dedicaron al cultivo de la yerba mate en Misiones y al algodón en Chaco, Formosa y norte de Santa Fe, empujando a los nativos originarios y mestizos hacia las zonas marginales. Mucho más de la mitad de los inmigrantes ingresados al país eran varones jóvenes adultos que optaron por casarse con mujeres argentinas. Entre italianos –la mayoría de los inmigrantes– y españoles sumaron más del 80% del aporte migratorio. Provenientes de países católicos, en los que la única institución reconocida era el matrimonio religioso, los inmigrantes terminaron de renovar las bases de la institución matrimonial del país. En todo ese contexto se fueron generando rápidas transformaciones de carácter social. Al proceso de urbanización lo acompañó el 65

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desarrollo de las clases medias, que fueron imponiendo un modelo de familia ideal basado en el matrimonio y una fecundidad progresivamente contenida. El “honor” (la virginidad) de la mujer (Ruggiero, 1993) volvió a ocupar un lugar también renovado y si bien no se generalizó una moral puritana, el cuidado de las hijas, futuras madres, formó parte de la literatura eugenésica e higienista. A pesar de todo este proceso social y familiar que renovó las bases de la familia a partir del matrimonio, debemos señalar nuevamente que todo ese desarrollo estuvo localizado principalmente en la región pampeana y en las ciudades del litoral, con escaso eco en las provincias del noroeste y nordeste. En 1904 y 1905 el ministro de Interior Joaquín V. González encargó a un ingeniero y científico español, Bialet Massé, que realizara una larga visita al interior del país para verificar la situación de los trabajadores. Bialet Massé (1905) en su viaje pintó minuciosamente el estado de los trabajadores en el norte argentino, dejando un documento único e invalorable sobre las áreas de pobreza extrema en distintas zonas donde no sólo se explotaba miserablemente a la mano de obra –alguna de ella de origen indígena–, sino en las que no predominaban reglas de juego capitalistas como la ausencia de pago de salarios y la ausencia de normas laborales. Además, a través del jefe de familia se explotaba la familia –mujeres e hijos–.

6. El modelo “ideal” por integración al proceso de industrialización
El proceso industrial por ampliación del mercado interno trajo aparejadas también profundas transformaciones en la economía y en la estructura social. Ello fue acompañado de migraciones internas que nunca habían cesado, pero que se aceleraron con la presencia de las fábricas en las áreas urbanas y los puertos. Muchos de los nuevos puestos de trabajo requerían mano de obra femenina. Si durante la década de los años 30 y 40 del siglo pasado se insistía, y así aparece en las representaciones sociales, que la mujer debía estar al cuidado del hogar y de los niños, las nuevas condiciones laborales trajeron aparejadas fuertes contradicciones, tanto en la sociedad como en la familia. Esas representaciones pudieron debilitar la 66

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figura de la mujer trabajadora, quien debía asumir su doble rol de madre y obrera. Aún durante el peronismo, cuya ideología retomaba los valores del catolicismo militante de los años 30, esa contradicción se hizo más evidente. Mientras desde una perspectiva se le pedía a la mujer una mayor participación cívica –no solo con el voto sino política–, desde otra se enaltecía el rol de la maternidad, subrayando su influencia en la estructuración de un hogar cristiano. De hecho, el desarrollo industrial acentuó el proceso de urbanización y en la familia obrera se operó también una disminución de la fecundidad, que en un proceso secular se había iniciado hacia fines del siglo XIX. Todas estas transformaciones, sin embargo, no pudieron ocultar la persistencia de uniones de hecho cuya manifestación evidente fueron los nacimientos ilegítimos. Estimaciones que iban de un 20 a un 30% de nacimientos ilegítimos podían producir cierto desvelo en analistas sociodemográficos como Alejandro Bunge (1940), y tiempo después en Gino Germani (1962), quien lo atribuyó a la persistencia de valores tradicionales en una porción no pequeña de la sociedad argentina o a problemas de “desorganización social” o anomia, como la promiscuidad y el alcohol. ¿Es que el matrimonio y el modelo de familia que impusieron las clases medias y altas habían fracasado? ¿Tampoco la iglesia católica preocupada por la transmisión de los valores éticos y religiosos y que había logrado que el gobierno militar de Ramírez en 1943 decretara la obligatoriedad de la enseñanza de la religión, había logrado todos sus propósitos? Si bien las fuentes disponibles no permiten interpretaciones sutiles, es claro que una buena parte de la sociedad participaba de los valores del matrimonio –civil o religioso–, de la familia, y de comportamientos de género “adecuados”, entre los cuales se encontraba la preservación de la “virtud” de la mujer, aunque no era el único. La mayoría de los nacimientos era legítimo, una de las pruebas importantes. Es más, un estudio relativamente reciente (Acha, 2005) considera, a partir de registros parroquiales matrimoniales (1940-1955) de barrios populares como Chacarita y Villa Crespo, al matrimonio religioso como uno de los mecanismos de integración social durante el período de industrialización durante la etapa peronista. Al analizar los lugares de origen de los contrayentes, 67

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además de extranjeros y nacidos en la ciudad de Buenos Aires, observa la presencia de provincias del interior como Catamarca, La Rioja, Salta, San Juan, San Luis, Formosa, Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires y otras provincias. Respecto de los provenientes de estas últimas tres provincias, advierte también que en su mayoría pertenecían a pequeñas localidades o a zonas rurales. Además, una parte sustancial de las mujeres también eran originarias de las provincias y no de sus ciudades capitales. En otras palabras, provenían de las áreas de mayor proporción de nacimientos ilegítimos y de pobreza. La idea del casamiento como uno de los indicadores de “integración” no deja de ser atrayente, por más que persistieran las uniones de hecho con sus hijos ilegítimos en la búsqueda de la equidad prometida por el gobierno (Cosse, 2006). Sin embargo, fue durante el peronismo que en algunos gremios se permitió la inclusión en la cobertura de salud de concubinas o concubinos. En todo caso, el modelo ideal se reinterpretaba en función de las necesidades de la población afiliada, población que en las políticas del peronismo era igualada en sus derechos. ¿Acaso el gremialismo y los militantes gremiales no hacían gala también de su fe en el cristianismo y el catolicismo? Se descubre nuevamente una tensión entre el tipo ideal y la realidad, realidad que parece muy terca.

7. Las “familias” y el núcleo duro de la pobreza ¿es necesaria la construcción de un nuevo paradigma?
Nuevamente, frente al fenómeno de la ilegitimidad, o dicho de otro modo, de las uniones de hecho, nos encontramos frente a una encrucijada de índole conceptual y metodológica. Más allá de la exactitud con que las fuentes hayan registrado el fenómeno, este ha existido y con mayor fuerza de la que hemos creído. La cuestión central parece hallarse encerrada en una suerte de “capullo conceptual”, cuya flor no termina de germinar y expandirse. Se carece de herramientas conceptuales y fuentes apropiadas para ser aplicadas al pasado, tales como algunas que se plantean en el trabajo de Susana Torrado (2005), siguiendo las trayectorias nupciales de mujeres de distintas edades del área metropolitana. Es que las 68

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uniones de hecho pueden ser estables, duraderas o efímeras. Sin embargo, hacia los años 70 del siglo XX, o tal vez antes, parece haberse acentuado una crisis del modelo de la familia a partir del “matrimonio para toda la vida” y de las transformaciones de los roles de género. El problema que se plantea aquí es anterior a esa ruptura, a menos que partamos de otras premisas conceptuales y de la idea de la familia siempre en crisis, lo cual no parece adecuado. Se trata de encontrar y recrear los significados adecuados en cada circunstancia histórica de las uniones de hecho, y en particular, en los “núcleos duros de la pobreza” de acuerdo al esquema de aproximación metodológica propuesto inicialmente. La pobreza condiciona material y culturalmente la composición familiar y este debiera ser, a nuestro juicio, un elemento conceptual de las definiciones de familia a partir de las uniones de hecho o de “familias” monoparentales, en particular con jefas mujeres pobres. Parece razonable plantear que en un país de tradición católica –aún con sus raíces debilitadas como en casi todo el siglo XIX– convivir en forma consensual era considerado “vivir en pecado” o en todo caso un pecado que Dios podía perdonar. De modo concomitante, muchas uniones de hecho fueron tan estables como los matrimonios, con lo cual el o los modelos de familia ideal no eran tan lejanos. Otras no lo fueron, y en muchos casos, las mujeres estuvieron al frente de los hogares, incluso con hijos de diferentes varones (Cacopardo, 1999). En ese contexto, y aunque se encuentren bastantes excepciones, el fenómeno de las uniones de hecho está, desde el punto de vista histórico, de un modo sistemático ligado a los sectores populares –y más específicamente a los más pobres– que a los medios o a la elite, a pesar de que en el origen fueron los hombres de las elites los que desafiaron el orden, tal como lo hemos visto. Desde comienzos del siglo XIX, cuando los derechos hereditarios podían aplicarse también a los hijos ilegítimos reconocidos, la cuestión del matrimonio podría desvincularse del tema patrimonial, tan importante entre los grupos propietarios. Esos derechos fueron incorporados al derecho testamentario argentino. La persistencia del fenómeno de la ilegitimidad aparece ligado a las provincias pobres y a los sectores pobres de todo el país y en 69

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particular al norte grande (Bolsi y Paolasso, 2009), incluida el área metropolitana de la ciudad capital con sus bolsones de pobreza creciente. Pobreza más que secular en las provincias del noroeste y centro del país, y otras regiones como el nordeste, fundamentalmente después de 1930, donde se constituyen los “núcleos duros” de la pobreza, caracterizados no sólo por carencias de tipo patrimonial sino privaciones corrientes como la alimentación, la vivienda, el acceso a los servicios de salud y educación. Justamente a falta de trabajos de campo en las áreas pobres sobre la familia, un trabajo desarrollado algunos años atrás muestra el subregistro de los nacimientos y de las defunciones infantiles en cuatro de las provincias más pobres del norte (Cacopardo, 2000). Esa omisión de registrar a los hijos vivos y las muertes de los niños pequeños, constituye un indicador más que sugestivo de las dificultades de las familias pobres en alimentar y sanar a sus hijos. Para los individuos que apenas lograban el sustento diario de subsistencia, casarse o no casarse no constituía la elección importante de sus vidas. Además, casarse siempre ha conllevado una serie de gastos tales como la responsabilidad de la casa –no importa si fuera un rancho o una pieza–, días dedicados a organizar el humilde evento, pagar una tasa en el Registro Civil y concurrir a él, oficina que no siempre estaba cercana ni espacial ni culturalmente. En esta verdadera “cultura de la escasez” no aparece el matrimonio formal como una forma posible de unir a las parejas de jóvenes. Y esta –la de la cultura de la pobreza– parece una senda apropiada para la investigación sobre algunos tipos de familia. La crisis de valores sufrida actualmente, es decir en los últimos 20 y 30 años alrededor de la idea de familia, corresponde a otro orden valorativo y a otras representaciones simbólicas, en las que se abandona la idea del matrimonio para toda la vida, los roles femeninos y masculinos se han transformado de un modo visceral, y se registra una tendencia a la fragmentación de los tipos de hogares clásicos. A su vez el “vivir en pareja” del siglo XIX manifiesta nuevas bases, en las que se sustenta una concepción diferente de la mujer y del varón, y por supuesto, la del matrimonio al que se puede arribar o no. Esas transformaciones se reflejaron en la Argentina en la ley del divorcio, a mediados de los 80, que sinceró la situación de 70

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miles de parejas separadas y vueltas unir, pero que la ausencia de una norma legal impedía. Esta crisis de valores también sacudió los modos en que las parejas asumen su sexualidad, dando lugar a su vez a nuevos fenómenos, entre otros, el de los embarazos adolescentes que no desembocan necesariamente en el matrimonio y cuyos “costos” y “beneficios” pueden distribuirse o no entre las familias de los menores. Desde 1960 viene incrementándose el número de nacimientos ilegítimos, tanto por un número relativo provenientes de mujeres separadas y divorciadas, como por un aumento de la cohabitación (Torrado, 2003). Además, en la ciudad de Buenos Aires ese aumento contemporáneo es todavía más acentuado, en particular en la década de los 90 (Mazzeo, 1998). La crisis en que desembocó el modelo neoliberal impuesto en los 90 no parece la causa, pero tampoco un elemento ajeno. Acentuó de manera impensable los márgenes de la pobreza y segmentó socialmente un país que la industrialización había logrado integrar en buena parte. Fue un acelerador también de la crisis de los valores de género, manifiesto desde mucho antes, entre los cuales se cuenta la función del varón de “parar la olla”. En ese contexto emerge una idea de familia herida de muerte y la búsqueda concomitante de un sostén o de un ámbito de reproducción biológica y social alternativo a la vieja idea sobre la familia ideal. Un nuevo paradigma debiera recostarse al menos en dos ejes: las uniones de hecho y las jefaturas femeninas de hogar. Las familias pertenecientes a los sectores duros de la pobreza debieran ser objeto de estudios específicos tratando de descubrir y describir los patrones de organización y de reproducción familiar. Este es además nuestro desafío.

Bibliografía
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Notas
1

Una primera versión más extensa de este trabajo fue presentado en el IX Congreso de la Asociación de Demografía Histórica (España y Portugal), Ponta Delgada, Azores, junio de 2010. Este trabajo se apoya no sólo en las reflexiones a partir de las investigaciones del autor sino en muchos otros trabajos incluidos en la bibliografía aunque no todos citados puntualmente en el texto. 2 Martine Segalen en entrevista de Rosa Bertino, en M. Ghirardi (2008). 3 B. Geremek, op. cit., páginas 13 y 14.

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Matrimonio, celibato y catolicismo ilustrado

Clérigos y castidad. A propósito de un manuscrito sobre el celibato de comienzos del siglo XIX
Antonio Irigoyen López Universidad de Murcia, España

Resumen
A través de un manuscrito anónimo donde se aboga por la abolición del celibato sacerdotal, se pretende investigar los contenidos y efectos del catolicismo ilustrado en el virreinato de La Plata, en dos cuestiones fundamentales en una época de cambios sociales. Primero, la construcción del modelo de sacerdote. Y, segundo, la consideración del matrimonio. Al final, se trata de averiguar si las disposiciones del Concilio de Trento comenzaban a ser cuestionadas.

Clergymen and Chastity. On a manuscript about celibacy in Early Nineteenth Century Abstract
Through an anonymous manuscript which called for the abolition of priestly celibacy, we want to investigate the contents and effects of Illustrated Catholicism in the Viceroyalty of La Plata in an era of social change. There are two key issues to analyze. First, the construction of ideal priest. And second, the consideration of marriage. In the end, we must find out whether the provisions of the Council of Trent began to be questioned. 79

Antonio Irigoyen López

¿Cuáles eran las virtudes y las cualidades que deberían tener los buenos sacerdotes? Desde que el Concilio de Trento cerrara sus puertas hasta la actualidad han sido numerosísimos los autores que se han ocupado de ello. Sin lugar a dudas, la mayor explosión tuvo lugar entre los siglos XVI y XVIII. Normalmente, el contenido apenas difería pero con todo se puede detectar una evolución en los contenidos; eso sí, casi imperceptible. En el siglo XVIII hispánico siguieron publicándose tratados de este tipo. Los asuntos eran muy numerosos pero el presente trabajo se va a centrar en el análisis de uno solo de ellos, aquel que tiene que ver con la sexualidad. El presente trabajo pretende analizar un texto manuscrito hallado en el Archivo General de la Nación de Buenos Aires que fue escrito en Perú a principios del siglo XIX y donde se cuestiona la institución del celibato sacerdotal1. Este texto va a servir para comprobar los contenidos y efectos del catolicismo ilustrado en el virreinato de La Plata y, sobre todo, sus contradicciones y paradojas. La tesis central es que escritos como el que se analiza se pueden considerar anticipos del cambio, puesto que, de forma más o menos soterrada, es posible hallar en ellos planteamientos radicales. Aquí lo que se perseguía no sólo era una reforma integral de la Iglesia y una propuesta para un nuevo modelo de sacerdote; se iba más allá. A la postre de lo que se trataba era de poner en entredicho el Concilio de Trento. Qué mejor momento que los convulsos años iniciales del siglo XIX.

La Ilustración católica y catolicismo ilustrado
¿Qué es la Ilustración... católica? Parafraseando a Kant, lo cierto es que si se le hubiera hecho esa pregunta, seguro que se habría sorprendido, probablemente mucho. Porque, como escribe Chiaramonte, se trata de un concepto contradictorio, paradójico (Chiaramonte, 1989: 2 y 51). Pese a lo cual, su uso se ha generalizado y ha sido aceptado por la historiografía (Góngora, 1957: 96-151; Hof, 1993: 150-154). Es cierto que todavía se sigue cuestionando, sobre todo porque la crítica a la Iglesia fue uno de los puntos fuertes de la Ilustración (Domínguez Ortiz y Cortés Peña, 2006: 831; Chiaramonte, 1989: 113-114). Sigue siendo difícil dotarlo de contenido, pues más que un cuerpo doctrinal o una filosofía cristiana era una praxis, una 80

Clérigos y castidad. A propósito de un manuscrito sobre el celibato…

actitud mental o una visión del mundo y de la religión (Di Stefano y Zanatta, 2000: 150-151). Al hilo de todo esto, una solución sencilla sería aceptar que las ideas reformistas en el mundo católico –siempre con la excepción de Francia– nunca se plantearon cuestionar ni la fe ni el dogma, lo que no les impidió participar del resto de las aspiraciones ilustradas, aun a riesgo de marginar a la “sacrosanta razón”. Este solo hecho ya de por sí justificaría una excepcionalidad y la pertinencia del adjetivo “católico”. Mas si este movimiento se circunscribe a los territorios de la Monarquía hispana, aparecen entonces más rasgos peculiares derivados tanto de su estructura social como de la persistencia de la Inquisición (Domínguez Ortiz y Cortés Peña, 2006: 843). ¿Habría que hablar entonces de una Ilustración católica hispana? Pero cuando no sólo se trata de mejorar y reformar las estructuras eclesiásticas, sino incluso de cambiar el modo de entender y vivir el cristianismo, tal vez sea más correcto la utilización del concepto de catolicismo ilustrado (Rodríguez López-Brea, 1999: 355-371). Se trataba, como muy bien indica Im Hof, de una verdadera reestructuración del sistema vigente a la luz –nunca mejor dicho– del espíritu de la Ilustración: reforma interna, regreso a los orígenes del cristianismo, erradicación de la falsa devoción, el exceso de liturgia y de ritual religioso (Hof, 1993: 153). El catolicismo ilustrado se circunscribiría, por tanto, sólo al ámbito religioso. Lo cual permite salvar un poco la contradicción de que se ha hablado más arriba y, al mismo tiempo, conectar esta tendencia con los movimientos que se venían desarrollando desde mediados del siglo XVII como el jansenismo, el pietismo, el galicanismo, el episcopalismo y, por qué no, también con el regalismo. En cualquier caso, las reformas borbónicas, en especial desde el reinado de Carlos III, dieron un impulso fundamental al movimiento ilustrado en la monarquía hispana (Sarrailh, 1985; Domínguez Ortiz, 1996; Sánchez-Blanco, 1997; Lynch, 2005). Una minoría de gobernantes, intelectuales, miembros de las elites y no pocos eclesiásticos participaron de él: se trataba de reformar y mejorar la Monarquía. Se comprobó entonces que en materia religiosa, el punto más radical habría de venir de un regalismo cada vez más activo, un creciente intervencionismo en los asuntos eclesiásticos, toda vez que el 81

Antonio Irigoyen López

Estado no paraba de fortalecerse. Como señalara Domínguez Ortiz, el regalismo no implicaba una lucha entre el poder civil y el eclesiástico pues el rey también tenía un poder eclesiástico; por eso, el regalismo no supone un conflicto Iglesia-Estado, sino una pugna de poderes dentro de la misma Iglesia (Domínguez Ortiz, 1996: 142). La consecuencia inevitable sería la tensión y los conflictos con Roma (Olaechea, 2000). Todo nacía de la distinción que los ilustrados hispanos hacían entre la Iglesia como institución –cuyo funcionamiento se cuestionaba, de ahí que se reclamara la reforma de sus aspectos temporales– y la Iglesia como comunidad de fieles que profesan una fe, de la que nadie quiere apartarse (Domínguez Ortiz, 1996: 141). La expulsión de los jesuitas sería la guinda del pastel. El enfrentamiento con Roma se podía aceptar, en tanto que dominio temporal, pero nunca cuando se cuestionara la Iglesia ni las creencias. Pero los sucesos finales del siglo XVIII hicieron que los opositores a las reformas fueran ganando terreno. Durante el reinado de Carlos IV las dos tendencias se enfrentaron. El grupo de los reformistas (los jansenistas) pareció ganar cuando en 1799, el ministro Urquijo publicó el controvertido decreto por el que se permitía a los obispos españoles conceder dispensas matrimoniales reservadas a la Santa Sede y que provocó, pese a que en 1800 fue derogado, un verdadero cataclismo en la Iglesia española y una fuerte tensión entre las cortes de Madrid y Roma (La Parra López, 1989-90: 228-ss; Callahan, 1989: 77-88; Herr, 1989: 290-313; Sierra Nava, 1963). En América, como en España, el movimiento ilustrado también se difundió entre los grupos más preparados intelectualmente y, por tanto, minoritarios, con unos planteamientos similares. Sin embargo, se fue asistiendo a una progresiva radicalización que se aceleraría tras las revoluciones norteamericana y francesa y que se aprovecharía de las dificultades internas de la monarquía española. El texto que se analiza en este trabajo resultaría impensable apenas unos años antes. El caso es que la Ilustración americana también tuvo que lidiar con el choque de la ciencia y filosofía modernas con los fundamentos religiosos de la cultura española e hispanocolonial y la solución adoptada fue la conciliación: la ya citada y sorprendente Ilustración católica (Chiaramonte, 1989: 12). En cuestiones religiosas, estos intelectuales reclamaban una religiosidad más interior que re82

Clérigos y castidad. A propósito de un manuscrito sobre el celibato…

chazaba el aparatoso culto barroco; querían depurar la fe de toda clase de supersticiones y supercherías (Di Stefano y Zanatta, 2000: 158-169). Pero también propugnaban nuevos cometidos para los eclesiásticos.

El manuscrito
El texto que se va a analizar consta de 15 folios. Viene sin fechar y no se conoce ni el autor ni el destinatario. El problema de la fecha puede solucionarse por cuanto el escrito tiene su origen en el comentario que el autor hace a la petición que el emperador Napoléon Bonaparte hizo al Papa para eliminar los votos al clero. Podría datarse, por tanto, entre 1804 y 18152. Pronto el autor se desmarca de la figura napoleónica pues no le considera un ejemplo cristiano: “Soy de sentir, que aunque al Emperador de los Franceses no le impele en esta empresa aquel espíritu de rectitud que caracteriza y forma al hombre christiano”3. De hecho, como señaló Albert Soboul, su concepto de la religión era meramente utilitario; veía en ella una forma de control social. Esto fue lo que le movió a firmar el Concordato en 1801 y luego, al año siguiente y a espaldas del pontífice, a promulgar los Artículos orgánicos del culto católico. Si Bonaparte restableció el catolicismo sólo lo hizo en su propio interés (Soboul, 1993: 72-80). Por eso concibió al clero como una especie de gendarmería moral encargada de asegurarle la sumisión del pueblo (Bertier de Sauvigny, 1986: 293). Pero para los intelectuales hispanoamericanos más avanzados, la fuerza y el atractivo de las ideas y realizaciones de la Revolución Francesa fueron tan grandes que no pudieron por menos de anhelar la realización de algunas de ellas. Como ya se ha indicado, el desconcierto de la metrópoli facilitaba la exposición de propuestas algo más radicales, a lo que se unía el siempre más laxo control de que gozaron los territorios americanos de la monarquía hispana. Es en este contexto donde el autor del manuscrito aboga por la supresión del celibato eclesiástico. Para ello se basa en tres puntos fundamentales: no fue orden de Cristo, ni siquiera aparece mencionado en el Nuevo Testamento; en segundo lugar, aun admitiendo que fuera instituido con la finalidad de solucionar algún problema, el caso es que había llegado a convertirse en sí mismo en un problema; 83

Antonio Irigoyen López

y, por último, podía solucionarse fácilmente con su supresión porque el celibato es una mera cuestión de disciplina. Es evidente que este texto particular se refiere sólo a un aspecto muy concreto; si se quiere, incluso algo menor. Con todo y con eso, se puede intentar la detección no sólo de ideas ilustradas sino incluso radicales; el asunto se convierte entonces en mayor. No se han podido conocer datos sobre el autor, dado que se trata de una investigación en curso. No se sabe si se trataba de un eclesiástico, aunque no parece que lo fuera; desde luego, no firma como tal. Por el contrario, se tiene la sensación que sí se dirige a un clérigo4.

La problemática del celibato eclesiástico
El texto se centra en analizar una cuestión disciplinaria que, en España, a lo largo del siglo XVIII parecía ir disminuyendo, ya que se asiste a una disminución de las causas contra eclesiásticos por cuestiones de carácter sexual y de amancebamiento (Morgado García, 2006: 497-498). Lo cual no obsta para que en la época hubiera voces que clamaban contra la incontinencia clerical. Como Juan Antonio Llorente, el clérigo afrancesado que escribió la Historia crítica de la Inquisición en España, quien declaraba que no creía que ni un solo clérigo hubiese podido respetar el voto de castidad y que no había clérigos castos, sino cautos (Dufour, 1996: 78). Si se toman los procesos inquisitoriales contra clérigos solicitantes en España entre 1700 y 1820 se puede encontrar alguna explicación que complete mejor el cuadro. En efecto, según Gérard Dufour, 660 confesores fueron denunciados al Santo Oficio por solicitación, a un promedio anual de seis clérigos, cifra ínfima si se tiene en cuenta que el Censo de Floridablanca de 1787 arrojaba una cifra total de eclesiásticos de 110.769 individuos (49.152 clérigos seculares y 61.617, regulares). Pero lo más interesante es que después de 1730 y hasta 1790 se observa un incremento de las causas, con un promedio anual de siete clérigos juzgados (Dufour, 1996: 95-97). Estos datos explican la divergencia expresada. Los clérigos cuestionados por sus comportamientos sexuales eran una minoría, pero es posible que hubiera un ligero aumento, al menos en los juzgados por la In84

Clérigos y castidad. A propósito de un manuscrito sobre el celibato…

quisición, lo que explicaría esa sensación de ser un comportamiento desviado bastante frecuente. Parece fuera de duda que el generalizado ambiente sexual más libre existente en la América colonial –a pesar de la fuerte campaña de la Iglesia por imponer un comportamiento sexual reglado y el matrimonio como norma (Ortega Noriega, 2001: 73-78)– habría tenido como consecuencia también una mayor extensión de comportamientos desviados por parte del clero. Sin embargo, al margen de las causas inquisitoriales, es difícil encontrar testimonios sobre este asunto. Por ejemplo, si se acude al estudio de la ilegitimidad, los hijos de clérigos (los llamados espurios o sacrílegos), como muy bien indica Susan Socolow, son difíciles de encontrar en los registros parroquiales pues corrían con las mayores desventajas sociales (Socolow, 2005: 34). Así, en el estudio que ha realizado Sandra Olivero sobre ilegitimidad en el pago de la Costa entre 1731 y 1757 no se ha podido hallar ningún ilegítimo cuyo padre fuera un clérigo (Olivero, 2008). Pero, como se ha venido diciendo, no era extraño conocer eclesiásticos con unos comportamientos sexuales que no estaban de acuerdo con los votos del celibato. Por eso no puede extrañar que el autor del manuscrito diga: “¿No estamos experimentando que una parte muy considerable entre ellos viven con no pequeño escándalo de los seculares, rodeados de una numerosa familia de hijos?”5. Aunque dedica la mayor parte del tratado a los argumentos religiosos que permiten la eliminación del celibato eclesiástico, acude en un par de ocasiones a un razonamiento típicamente ilustrado como el de utilidad. Hay que remediar una situación “por ser materia beneficiosa a la religión y al Estado”6. Según Roberto Di Stefano, este escrito retoma las argumentaciones del libro Les inconvéniens du celibat des prêtes, de Jacques Goudin, publicado en París en1781 (Di Stefano, 2010: 71).

La argumentación con ideas ilustradas
A lo largo de todo el texto se pueden encontrar múltiples referencias a conceptos que remiten a la ideología de la Ilustración. A continuación se van a referir algunos de ellos, para luego examinar asuntos propios del catolicismo. 85

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1) Razón En primer lugar, como argumento primero fundamental en que sostener su propuesta, el autor está de acuerdo con la pretensión napoleónica de eliminar los votos eclesiásticos pues “si este proyecto se pesara en las balanzas de una fiel razón y constante experiencia”, se comprobará que se trata de una medida acertada y lógica. Eso sí, para fundamentarlo el autor no dudará en acudir a una justificación clásica totalmente católica: “se verá que de su execución resultaría mayor gloria a Dios, mejor servicio a la Yglesia y un imponderable consuelo a las almas”7. A todo esto se añade que considera al celibato eclesiástico como una práctica ilógica, sin ningún fundamento que la respalde: ¿Qué razón hay para que se sostenga un precepto tan perjudicial a la parte más noble de la christiandad, que no se conoció en la ley de la naturaleza, ni en la ley escrita, ni Jesuchristo la ordenó en la ley de gracia? 8. 2) Felicidad He aquí un concepto clave, una de las esencias de la Ilustración: la mayor felicidad para el mayor número posible. El optimismo incuestionable e irrefrenable. En el texto se puede vislumbrar que la felicidad es un derecho al que todas las personas pueden aspirar, sin tener que esperar a la eternidad, ya en la tierra, en el mejor de los mundos posibles. Además es querida por Dios: “Es preciso que la dicha de los hombres fuese el primer objeto del criador”9. Por tanto, el catolicismo no puede entenderse sino como la mejor forma de lograrla: “Nunca me parece la religión tan santa y augusta como quando asegura nuestra felicidad”10. El autor sostiene que los clérigos también deben gozar de esta felicidad terrena, por lo que hay eliminar todas aquellas trabas que impiden su consecución. De este modo, si se eliminara el celibato, se quitarán la pesada losa del remordimiento puesto que “muchos infelices se dejan arrebatar del torbellino de las pasiones y caen en un cahos de miserias, cuyo término es el infierno”. Lo cual redundará beneficiosamente en su labor pastoral y, por extensión, en la felicidad de los fieles: “Quán felices seríamos entonces y qué propicia y benéfica experimentaríamos la mano del Señor!”11. 86

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3) Igualdad La Revolución Francesa ya había consagrado esta aspiración. La igualdad flota a lo largo de todo el manuscrito. El autor reclama que los sacerdotes tengan derecho a recibir el mismo trato que el resto de los fieles; que, como ellos, puedan recibir el perdón. Se trata de una igualdad por defecto porque todos los hombres se equivocan, caen y pecan: “Mas como su posesión [de la castidad] no me parece en todo asequible, atendidad la fragilidad human y experiencia, tengo por más conveniente la relaxación de la ley o voto que obliga a los eclesiásticos al celibato”12. Pues a los eclesiásticos se les pide más y se les niega el que puedan rectificar: Porque tubieron debilidad y pequeña reflexión de no medir sus fuerzas con la sublimidad del estado que se les preparaba, se les han de cerrar las puertas y todo recurso posible, y si acaso se les franquea alguno, es dejandolos en la misma dificultad y desigualdad? Son acaso estas almas nobles menos dignas de la piedad de la Yglesia que las de los demaas fieles? Y si a beneficio de estos últimos se relaxa continuamente su disciplina y practica, ¿por qué a fabor de primeros se manifiesta tanta inflexibilidad en sostenerla? ¿Por qué sienta la condenación del comun de los fieles, y no la de los ministros de Santuario? ¿Por qué a estos de les castiga con barillas de fierro, y a los primeros se les halaga con la blandura posible? Para los sacerdotes todo es dificultad inaccesible, para los que no lo son todo facilidad conculcable13. El autor va más allá porque no entiende que los seglares puedan salvar situaciones excepcionales como pueden ser las dispensas matrimoniales y que la propia Iglesia sea incapaz de ofrecer soluciones a sus ministros, lo cual se podría considerar una desvirtuación del mensaje cristiano: Y si un sagrado ministro que se halla en las mismas o más funestas circunstancias, solicita su espiritual remedio por igual vía, siendo sólo ley eclesiástica la que se lo impide, no hay súplicas ni ruegos que sean bastantes para conseguir su relaxación. ¿Le parece a Vd. que esta desigualdad será oriunda 87

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de un espirítu puramente divino, qual debe ser el que caracteriza a los prelados de la Yglesia, o de aquella prudencia que los padres llaman la sal de las virtudes? ¡O buen Dios, ten misericordia y piedad de la Yglesia, y de la parte más noble de tu grey!14. Además, el autor está reclamando que a todos se les exija por igual: “La prudencia dicta que a un cuerpo moral se le preceptúe, no lo que uno, sino lo que todos puedan”15. Así pues, a través de la igualdad, sólo considerando a la Humanidad en su conjunto, se podrá logar unas normas morales de obligado cumplimiento para todos (¿no está aquí presente el imperativo categórico de Kant?) y se alcanzará la justicia: “Casi me atrevo a asegurar a Vd. que hoy día la ley que obliga al celibato debe ser menospreciada de los prudentes; no porque considerada en sí misma no sea buena, sino por carecer de aquellos signos que únicamente pueden caracterizarla de equitativa”16. Pero también para solicitar la eliminación del celibato, el autor recurre a la lógica, a la razón se podría decir. Si se ha comprobado que algo no funciona, lo mejor es quitarlo. Si el remedio se ha convertido en enfermedad, entonces hay que extirparla. Y la palabra que el autor utiliza es una que, aunque ya contara con tradición, se rellenó de contenido en el siglo XVIII: abolición: “Mas considerando con respecto a las fracciones que de él [el celibato] los eclesiásticos llevados de la fragilidad que es inseparable de nuestra deleznable naturaleza es más justa su abolición que su existencia”17. Al final parece clara la orientación ilustrada. Como señala Im Hof, la Ilustración no aceptaba autoridad alguna hasta haberla verificado según baremos filosóficos; lo primordial eran la utilidad y la moral, la claridad y la naturalidad en la expresión (Hof, 1993: 144). De todos estos rasgos participa el manuscrito sobre el celibato. 4) Crítica Se acaba de comprobar cómo el autor hace responsable de la deficiente situación en que, según él, se encontraba la Iglesia, a sus cuadros dirigentes. El texto presenta una fuerte carga crítica. Es este un aspecto que caracteriza al movimiento ilustrado. Los ataques a la Iglesia por tratarse de estructura jerárquica que impone sus 88

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dogmas y doctrina estuvieron en la base de los ilustrados. Desde la segunda mitad del siglo XVIII tuvo lugar una importante radicalización que se traduciría, con frecuencia, en una verdadera ruptura con el cristianismo y la Iglesia. Lo sucedido en la Revolución Francesa es el mejor testimonio de lo dicho. Pero, lógicamente, dentro del mundo de la Ilustración católica, tal quiebra no podía tener lugar. A lo máximo que se podía aspirar era a realizar críticas contra determinados aspectos de la realidad eclesiástica, en especial, los administrativos o disciplinarios. En suma, se podían cuestionar todos los aspectos humanos de la Iglesia. Y las jerarquías constituían el mejor objetivo. ¿Acaso no lo hacían los reyes que eran los primeros y principales cristianos? El texto sobre el celibato es una profunda crítica contra el Papa y contra los obispos, es decir, contra las jerarquías eclesiásticas. Una perspectiva ilustrada fundamental (y también regalista, como se ha visto antes) es la limitación del polo de poder que era la Santa Sede, pues lo que se perseguía era una mayor autonomía de las iglesias locales (Di Stefano, 2002: 18-19). Al mismo tiempo, el anticurialismo se convirtió en un movimiento muy extendido entre los intelectuales católicos (Von Aretin, 1970: 18). El texto critica la poca capacidad de respuesta por parte del Papado ante los nuevos retos planteados. A esta imagen contribuyó, sin duda, la escasa notoriedad de los pontífices del siglo XVIII, entre los cuales sólo se puede destacar a Benedicto XIV (Domínguez Ortiz y Cortés Peña, 2006: 849). En esta cuestión del celibato se critica ese alejamiento de la primitiva iglesia. El autor explica que el celibato nunca fue impuesto por Cristo. Luego señala, basándose en numerosos textos de San Pablo, la inexistencia del celibato en los primeros tiempos del cristianismo, lo que le lleva a inquirir a su interlocutor: “Al confrontar Vd. estos textos con la presente disciplina y practica de la Yglesia, le parecerá a Vd., o que sueña, o que ha habido en su fantacia algunas immisiones por Angeles malos”18. Pero las críticas son mucho más elocuentes y directas cuando, un poco antes, disertaba sobre las razones por las que Cristo no ordenó el celibato: Y lo que él no hizo ni reprobó respecto al sacerdocio, ¿por qué se nos quiere suponer tan esencial y característico al estado que 89

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no pueda subsistir el uno sin el otro? Será acaso por que J.C. lo ignoró o no lo previó con su infinita ciencia discretiva? O acaso por que quiso fundar en su Yglesia una gerarquia, aunque en si eminente, llena de imperfecciones, para que sus subcesores como mas abundantes en arbitrios y poder la perfeccionaran y corrigieran? No soy tan herejote ni fatuo para persuadirme estas groserías. Si nuestro adorado salvador nada determinó sobre el celibato de los sacerdotes, fue porque amaba a su Esposa la Yglesia y la salvación de una alma mucho más que . los Pastores que nos rigen19. La añoranza por la pureza del primer cristianismo es muy intensa. La comparación de las jerarquías eclesiásticas de aquel tiempo con la del actual no tiene, para el autor, parangón: Quán distante miro a la disciplina y práctica de estos tiempos de la prudencia que animaba a los pastores de la primitiva Yglesia. Yo no puedo hacer la comparación de la una con la otra sin prorrumpir en triste lamentación del profeta Jeremías: Quién dará agua a mi cabeza y una fuente de lágrimas a mis ojos para llorar día y noche la desolación de mi pueblo20. El tono crítico se mantiene en unos niveles muy altos. El Papado es negligente porque no actúa ante un problema que se le presenta de forma continuada: “¿No están palpando los Sumos Pontífices los frequentes recursos que se les introducen para alcanzar de su paternal clemencia la facultad de cumplir con los sagrados derechos de la naturaleza en que los han constituido sus delitos?”21. Es del todo reprobable que las jerarquías eclesiásticas quieran construir su autoridad únicamente sobre el control: “No es creíble que los Sumos Pontífices con tanto dispendio espiritual de las almas quieran tener ligados a sus súbditos a una ley puramente de disciplina”22. Reprocha al papado y al episcopado su excesivo rigor y “la inflexibilidad que muestran los pastores de la Yglesia en su custodiación”23. Precisamente, el autor expone que los papas medievales transigieron muchas veces con situaciones extraordinarias para asegurarse la paz. La comparación con los rectores actuales de la Iglesia no tiene parangón: 90

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Es verdad que muchos de estos pontífices para relaxar la practica de la Yglesia en los indicados casos fueron impelidos de la grave necesidad de conservar la unidad y equilibrio del orden social y político. ¿Pero acaso estos males pesan más en las balanzas del Santuario que los llevo a Vd. referidos? ¿No se interesan al presente la gloria de Dios, el buen régimen de la Yglesia, el decoro del sacerdocio, el servicio exacto de los fieles, la abolición del escándalo, la propagación de la naturaleza, el socorro de la humanidad y la salvación de los ministros del Santuario?24. Las acusaciones han subido de tono. Se les acusa de rigor excesivo y de insensibilidad: “Y qué más encalladas quiere Vd. las conciencias de los prelados? ¿Se mueven acaso a la vista de la perdición eterna de las almas?”25. Se critica que las autoridades eclesiásticas utilicen unos fundamentos tan contrarios a las enseñanzas de Cristo: No es creíble, amigo mío, que J. C. hubiera omitido el precepto expreso del celibato si lo hubiera conceptuado útil a su mayor gloria y sagrados ministros; y por más que los enemigos de las almas quieran sugerirnos con subtiles discursos y capciosas congeturas la existencia de la ley preceptiva del celibato; con todo debe Vd. estar persuadido que este empeño nace, o del adormecimiento de las pasiones causado por la decrepitez de la edad, o de una refinada hypocresía, o de un exceso de prudencia. No se encuentra en toda la Sagrada Escritura o página un solo precepto que obligue al celibato a los sagrados ministros26. Desde luego que no salen muy bien parados los mandatarios eclesiásticos. Están incumpliendo su deber principal que no es otro que el cuidado espiritual de sus fieles: “¿No es crueldad diametralmente contraria a la piedad de la religión el querer sostener una ley exorbitante en el derecho divino que sirve de escándalo y tropiezo a tantas almas nobles?”27. Pero no se para ahí. Les censura que estén permitiendo mancillar los sacramentos; casi está abriendo la puerta a la acusación de consentir un sacrilegio: 91

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Cómo no se consternaría el corazón virtuoso de estos piadosos varones al ver que un cura de almas encenegado en el vicio detestable de la sensualidad administra todos los sacramentos y exerce las funciones sagradas de su ministerio sin permitirle la constitución local otro sacerdote con quien pueda primero labar sus manchas en el tribunal de la penitencia? ¿Cómo tan deplorable circunstancia no correría con gusto a relaxar una ley principio y origen de tantos males? 28. 5) Emancipación del principio de autoridad Es el “sapere aude” en la creación y difusión del conocimiento, el pensamiento autónomo y liberado de tradiciones (Duchhardt, 1997: 182). En efecto, los autores ilustrados confiaban básicamente en la razón y en el entendimiento. La revolución científica del siglo XVII, así como las corrientes filosóficas del racionalismo y empirismo, había acabado con el principio de autoridad, tan caro a los humanistas y hombres del Renacimiento. Ahora la Ilustración cuestionaba las autoridades tradicionales, al tiempo que era preciso ponerlo todo en tela de juicio (Hof, 1993: 143-144). El texto que se está analizando participa, en gran medida, de esta forma de redacción; si bien es cierto, que no puede prescindir del todo de la referencia a las autoridades. Pero básicamente recurre a una única fuente: el Nuevo Testamento. Y sólo de manera complementaria y en muy contados casos recurre a referencias a algunos Padres de la Iglesia, como San Juan Crisóstomo, San Ambrosio, San Agustín, San Cipriano o a algunas disposiciones de concilios. Pero ni una sola referencia a todo ese elenco de autores a los que se recurre cuando se escribían tratados de materia religiosa, salvo una a Santo Tomás de Aquino. Es lógica esta forma de proceder porque el texto, como se viene señalando, participa del movimiento de reforma de la Iglesia que pretendía una vuelta a la pureza del primitivo cristianismo. Además con este procedimiento, el escrito queda al margen de las controversias teológico-doctrinales que se desarrollaron en el siglo XVIII. Lo paradójico es que todavía utiliza un método tan escolástico como éste de recurrir a las Sagradas Escrituras y a los Padres de la Iglesia para construir su fundamentación teórica (Di Stefano y Zanatta, 2000: 150), a pesar de que el escolasticismo se halló ausente en los 92

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clérigos americanos que participaron de la Ilustración católica como, por ejemplo, Juan Baltasar Maziel (Chiaramonte, 1989: 55). A fin de cuentas, las enseñanzas en los centros religiosos argentinos incorporaban, cada vez más, nuevos contenidos y participaban del eclecticismo (Di Stefano y Zanatta, 2000: 128-145; Chiaramonte, 1989: 63-80). Un rasgo típico de la Ilustración protestante fue someter a las Sagradas Escrituras a una profunda crítica científica (Hof, 1993: 146); pues bien, el autor del manuscrito también expone su propia concepción acerca de cómo debía interpretarse la Biblia: “Por que a más de que la Sagrada Escritura debe entenderse en el sentido obvio y literal quando éste no se opone a los dogmas de la religión y buenas costumbres”29. Por otro lado, el hecho de que el autor no parece que fuera eclesiástico también está revelando el nuevo estado de las cosas. Antes era prácticamente impensable que un laico escribiera sobre asuntos religiosos. En el siglo XVIII, por el contrario, ningún filósofo o reformista que se preciara, podía dejar de hacerlo. Por eso, abundaban autores laicos que se ocupaban de cómo debían ser los clérigos, qué cualidades tener o qué funciones cumplir.

La argumentación con ideas católicas
Todas las ideas anteriores es cierto que eran propugnadas por los ilustrados: pero también ha quedado de manifiesto que fueron readaptadas a los intereses de los reformistas católicos que las emplearon para lograr sus objetivos de transformar la Iglesia. Por todo esto, la argumentación se funde con principios netamente cristianos.

1) El hombre, el pecado y la salvación
En las primeras partes del manuscrito, el autor no deja lugar a ninguna duda para criticar los comportamientos desviados de los clérigos que no cumplen con el celibato y las funestas consecuencias que se derivan de su actuación: Un sacerdote impuro y relaxado puede asegurarse que tiene todos los males, y es malo de todos modos y por todos los caminos. Malo para la Religión, malo para el Estado, malo para sí mismo y malo para todos los fieles. Es malo para la Re93

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ligión, porque con su vida licenciosa la abandona y profana precipitandose a obras en todo contrarias a los preceptos y máximas que ella prescribe. Malo para su estado porque lo afrenta y envilece con sus execrables acciones. Malo para sí mismo, porque se abate con indignidad a unas operaciones vergonzosas; y finalmente malo para todos los fieles, porque lejos de consolarlos y ayudarlos en sus espirituales indigencias con la administración de los sacramentos y caritativas exhortaciones, los retrahe del exercicio de las virtudes y los precipita en un cahos incomprensible de miserias30. Es cierto que luego los disculpa porque considera que el celibato es una carga muy pesada y difícil de cumplir y que es innecesaria y que nunca Cristo lo mencionó. En todo el texto se constata una visión de la naturaleza humana del hombre negativa, corrompida por el pecado. En seguida habla de “la miseria y fragilidad humana”31. De igual forma de lo arraigado que se halla en el género humano esa capacidad de autodestrucción y del enfrentamiento con el otro: Me confundo amigo mío quando en mi soledad medito estos desastres, y me lleno de una justa admiración al reflexionar que los hombres se causan recíprocamente la ruina y la perdición eterna sin saber el porqué32. También muy pronto se adhiere a la condena de los placeres carnales que se consideraban la fuente de todo mal: Mas para comprender en pocas palabras el gran número de lamentables efectos que ocasiona en las almas el pecado de que hablamos, oiga Vd. al autor de Bono pudicitae, comunmente atribuido a San Cipriano: La impureza, dice, es una pasion detestable, que ni perdona los cuerpos ni las almas; que hace al hombre esclavo del amor impudico, alhagandolo a los principios para perderle mas poderosamente quando le ha ganado el corazon: que agota juntamente los bienes con la vergüenza: que excita las pasiones hasta el exceso: que destruye la buena conciencia, es la madre de la impenitencia, la perdición y ruyna de la mayor parte de los hombres33. 94

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Si entre los tratadistas católicos la cuestión de la lujuria (así como del resto de los siete pecados capitales) había dejado de ser en el siglo XVIII un asunto importante, como se puede comprobar por el hecho de que prácticamente había desparecido de los manuales de confesión, lo cierto es que persistía la preocupación por el sexto mandamiento de tal modo que la mayoría de los autores cristianos consideraban el pecado contra la carne el más grave de todos (Dufour, 1996: 44). En efecto, las connotaciones negativas que acompañan a los deseos descontrolados, “la torpeza”, salpican todo el manuscrito, el cual, en ocasiones, llega a adquirir cierto tono apocalíptico pues señala que “el amor a los impuros placeres ha sido siempre un pozo franco para el error, para la incredulidad, y aun para el mismo atheismo”34. Provoca corrupción, perversidad, iniquidad. Es “espiritual sordera”, un “impuro volcán que consume y engaña”, que genera “ruido” y hace cautivos a los hombres que quedan “sordos a Dios” y “ciegos ante los sacramentos”. En cierto sentido, en el ataque feroz contra la esclavitud por el sexo se puede encontrar una visión propia de los ilustrados pues las pasiones desenfrenadas son enemigas de la razón: ¿Quantos poseidos de esta espiritual sordera, sólo andan de casa en casa, y de fuego en fuego, huyendo de exercer las altas facultades que se le han confiado para mitigar el impuro volcán que interiormente los consume y enagena? 35. Es el hombre vencido, anulado, sin voluntad ni entendimiento que no sólo incumple su ministerio sino que incluso puede llegar a rechazar a Cristo: Apenas Amodeo se posesiona del corazón de un sacerdote quando lo manifiesta en sus operaciones. Desde aquel punto abandona el exercicio de sus sagradas funciones y empieza a perder aquel carácter de amabilidad que parece derivarse de J.C. Si antes encontraba sus delicias en el diario Sacrificio que celebraba, ahora se ven salir espantosos rayos de aquel lugar sacrosanto que lo apartan de su presencia. No busca ya los consuelos interiores del espiritu, sino los regosijos momentáneos de la carne. No se arrostra ya con los peligros para la salvación de las almas, sino por el logro satisfactorio de las pasiones, y 95

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sin reparar en la iniquidad de los medios que se le presentan para la execución, trata de reducirlos a la práctica36. Queda la impresión de que el autor considera que los clérigos no son tanto culpables como víctimas de una cuestión disciplinaria sin fundamento y sin lógica que se mantiene por inercia pero que no aporta nada; todo lo contrario, perjudica al clero pues le empuja hacia el pecado y le impide desarrollar sus funciones de forma correcta: Si el sacerdocio les diera a sus ministros castidad, como les da autoridad o potestad de orden sería muy justo se le preceptuará el celibato, pero no dándosela es preciso no desentenderse de la miseria y fragilidad, que es característica y desbaratar un escollo fixo de condenació37. Pero el autor considera que el catolicismo es la religión del perdón y ya no tanto la de la condenación. Todo por la gracia de Jesucristo que sólo quiere la salvación de los hombres, a pesar de sus errores. La felicidad suprema es la salvación y no hay camino más fácil que seguir el ejemplo y enseñanzas de Cristo: No fundaba su gloria sobre la ruina de los hombres, cuyo eximio amor se obligó a la Encarnación, sino sobre el perfecto cumplimiento de los preceptos que su Eterno Padre le había impuesto. Hecho medianero, abogado y maestro de sus criaturas, y habiendo tomado sobre sus hombros el grave peso de sus culpas, era forzoso les presentara el camino más fácil y ordinario de la salvación 38. Con este razonamiento el autor parece separarse de los movimientos rigoristas como el jansenismo. Ahora el catolicismo es suave, amable, natural, no impide gozar, hasta cierto punto, del mundo. Este compromiso, empero, se adecúa a ese afán, ya comentado, de volver a los primeros tiempos del cristianismo, libres de controversias teológicas estériles, centrados únicamente en seguir las palabras y obras de Cristo. El perdón posee tanto una dimensión religiosa evidente –la reconciliación con Dios– como social –la reconciliación con la comunidad de los fieles–. Pues el perdón es manifestación de caridad: “La caridad es un dulce martirio 96

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que labra al hombre, y que está dictando en el santuario del corazón los medios y arbitrios para socorrer las necesidades espirituales del próximo”39. Como insiste el autor: “Las Escrituras y Santos Padres nos enseñan que la base y fundamento de los preceptos de la Yglesia es la caridad con el próximo”40. Porque, al final, lo que se debe buscar es la salvación: “El amor innato y natural inclinación que nos impele a todos a buscar una felicidad eterna”41. Felicidad; felicidad en la tierra, felicidad en el cielo.

2) El papel del clero
Conectando con lo expuesto más arriba, lo que el texto analizado está propugnando es un nuevo clero. Y su propuesta no deja de ser de las más radicales, ¿no cabría calificarla mejor de revolucionaria? Sea como sea, el autor hace su propia aportación para participar en la construcción del nuevo mandato para el clero, por utilizar la feliz expresión de Roberto Di Stefano. En efecto, el movimiento reformista en todos los territorios de la monarquía hispana quiso hacer del clero uno de los vehículos difusores de las nuevas ideas ilustradas. Desde su posición preeminente en la sociedad, el clérigo debía no sólo cultivar las ciencias y experimentar los avances y nuevas técnicas, sino también, y sobre todo, instruir al pueblo que está bajo su custodia. La Corona participaba de este espíritu. El clérigo debía enseñar los nuevos métodos e ideas sobre agricultura, industria o higiene. Al mismo tiempo, debía difundir un cristianismo menos doctrinal y más enfocado a una actuación en el mundo: un cristianismo más dotado de contenido moral. El eclesiástico se convertía en un “funcionario de la civilización” (Di Stefano, 2004: 61-89). Al margen de que numerosos clérigos estuvieran de acuerdo con este programa y que incluso participaran en su diseño, lo verdaderamente significativo es que provenía del mundo laico. Eran los seglares los que estaban proponiendo qué debía ser un sacerdote, qué funciones debía tener y cómo debía actuar. Ya no era lo más importante servir a Dios (o sólo servir a Dios); el servicio a la comunidad y a los seres humanos en particular, a la sociedad y a la patria, ese era el principal cometido. Resume bien todo esto lo que JHV escribía a su hermano Anselmo, cura en la jurisdicción de Buenos Aires:

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Tú puedes por tu alto ministerio concurrir de algún modo a desarraigar las erradas máximas que inspiraron los tiempos oscuros en que se difundieron, y que aún mantienen por desgracia tantos partidarios. Así te harás digno de la gloria que está reservada al que trabaja por el único interés de beneficiar al hombre y a la patria (Chiaramonte, 1989: 285). ¿A cuánta distancia se encontraban estos planteamientos de los propuestos por Gregoire, el constitucional, republicano y cívico obispo de Blois (Soboul, 1993: 73-74)? En el manuscrito que se analiza, el nuevo clérigo se ha igualado al resto de los fieles, tal y como se dijo anteriormente. Lo más llamativo es que el autor tiene poca esperanza en encontrar sacerdotes que fueran capaces de cumplir con el voto del celibato. Haciendo gala de un fuerte realismo y llevado por la razón y por la experiencia, parece renunciar al modelo postridentino que buscaba el clérigo perfecto, santo. No, para el autor es evidente que la santidad es un don, una gracia divina que sólo muy pocos, los seres excepcionales, pueden alcanzar: Los mismos Apóstoles no se hubieran conservado célibes, ni apartado de sus mugeres a no haber recibido una gracia tan universalmente fecunda que los hacía prorrumpir en todo género de lenguas, milagros y virtudes. Y unos carismas tan especiales, ¿por qué se quieren suponer tan comunes que puedan subsistir en millares de sacerdotes? 42. Pero el autor sabe que el Concilio de Trento había establecido la superioridad del celibato sobre el matrimonio43. Por eso realiza todo un canto a la perfección que implica la castidad, aunque luego vuelve a la dura realidad: Yo desde luego deseo que todos los que están agregados al culto divino sean castos. Ésta es una de aquellas virtudes tan apreciables, que a los que la poseen más bien se les debe llamar Ángeles que hombres. Mas como su posesión no me parece en todo asequible, atendida la fragilidad humana y experiencia, tengo por más conveniente la relaxación de la lay o voto que obliga a los eclesiásticos al celibato. 98

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Bien conozco que es mejor el celibato que el matrimonio; pero también conosco que es mejor el matrimonio que el concubinato [...] Yo no encuentro menos dificultad en alcanzar la perfección que la castidad, hablando con respecto al todo; porque si la primera se tiene por un don singularísimo con que Dios premia acá en el mundo la virtud de algunas almas, la segunda no debe considerarse en gerarquía inferior 44. En el manuscrito el clérigo que se propugna es del integrado en su comunidad, es verdad que en una posición algo superior, pero siempre cercano a sus fieles, comprometido con ellos y compartiendo las dificultades y las ventajas de la vida. ¿No se haría realidad el nuevo mandato del eclesiástico como agente civilizador y difusor de las Luces con un modelo de clérigo como éste? Lo que se está defendiendo, antes que nada, es la humanidad del clérigo. Se le está incluyendo en el conjunto de los fieles. Es cierto que en algún momento el autor le reserva un cariz especial como administrador de sacramentos. Lo cual no debería implicar que se le exigiera más: Además de que el orden no pide mayor perfección en sus ministros que la que pide el sacramento de la comunión en el común de los fieles; y si este último que es más perfecto que el orden, según los sostienen los teólogos apoyados en los concilios florentino y tridentino, no es incompatible con el matrimonio, ¿por qué se nos quiere suponer que lo sea éste con el primero? 45. 3) La consideración del matrimonio Al exigir la eliminación del celibato eclesiástico, el autor lo que está haciendo es una loa en toda regla: “El matrimonio en todos es amable y respetable”46 . Ya se ha visto que se ha cuidado mucho de contravenir los decretos del Concilio de Trento, aunque implícitamente realice una velada crítica. A lo largo de todo el texto no se deja de remarcar el carácter sacramental del matrimonio porque confiere la gracia divina y da fuerza “a los casados para que vivan entre sí pacíficamente y puedan soportar las cargas anexas al estado por derecho divino y natural”47. Nada más dentro de la pura ortodoxia. Y más en 99

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unos momentos en los que, como perfectamente señala Mónica Ghirardi, la legislación sobre el matrimonio (la Real Pragmática de 1776) ignoraba los principios fundamentales consagrados en el Concilio de Trento al exigir el consentimiento paterno para la realización de las bodas (Ghirardi, 2004: 47). Y también cuando, a nivel social en la metrópoli, algunos sectores –con el auge de prácticas como el cortejo y el galanteo– parecían querer devaluar la institución del matrimonio (Martín Gaite, 1988: 139-168). Frente a todo esto, el autor del manuscrito insiste su razonada inclusión entre los siete sacramentos: Nuestra sagrada religión se compone de unos sacramentos y virtudes que guardan entre sí una admirable armonía y consonancia. Jamás he podido persuadirme que en la Iglesia haya algún sacramento que con algún otro tenga una recíproca y substancial oposición. El Angélico Doctor de las Escuelas Santo Tomás nos lo enseña expresamente [...] Con razón el Apóstol llama a este sacramento grande en Christo y en la Yglesia: Sacramentum hoc magnum est in Christo et in Ecclesia, Eph. c. 5 48. Y si el autor del texto termina por aceptar la virtud suprema que es la castidad, no por ello le impide señalar que: En todas las edades de los siglos que se han cursado desde la creación del mundo se han visto florecer en santidad y perfección innumerables profesores del matrimonio [...] En la ley de gracia no se encuentra un solo precepto que obligue a la virginidad. Lexos de esto sabemos que J. C. tomó para el apostolado y cabeza de la Yglesia a un Pedro casado, a quién no se le ordenó la separación de su consorte 49. Este manuscrito también está muy en la línea de los ilustrados que consideraban el celibato algo antinatural (Dias, 1986: 735-749). Además los ilustrados también tenían un pensamiento poblacionista; de ahí que el autor considere que el matrimonio también es útil a la Humanidad pues tiene ese fin poblacionista, además de cumplir con la voluntad de Dios: “Aquel divino precepto, creced y multiplicaos y llenad la tierra: crescite, multiplicamini et replete terram, no sólo se dixo a los animales, sino a los hombres, como consta del cap. 1º del Génesis”50. 100

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También es cierto que la Iglesia defenderá el matrimonio como un eficaz remedio contra la concupiscencia, siguiendo básicamente las enseñanzas de San Pablo. El autor cita las palabras del apóstol a los corintios y a los hebreos: Contesto a lo que me escribiste sobre si sería bueno que el hombre no tocara a su muger, y digo: que para evitar la fornicación cada varón tenga su muger, y cada muger su varón. Quisiera que todos vosotros permanecieráis como yo, pero cada qual ha recibido su don especial de Dios unos de un modo, y otros de otro. A la verdad digo a los no casados y viudos que obrarían bien si permanecieran como yo, mas si no se contienen casense, mejor es casarse que quemarse. Si a sus amados corinthios los instituye repetidas veces sobre la necesidad y utilidad del matrimonio a los hebreos en el cap. 13 les hace en pocas palabras un elogio bien digno de este sacramento: Honorable es, dice, en todos el matrimonio y una cama inmaculada. A la verdad sólo a los adúlteros y fornicadores condenará y juzgará Dios 51. Pero, sobre todo, el autor piensa que el matrimonio es fundamental para la organización social, no puede entender la sociedad sin él. De ahí que, casi al final, escriba: Casi creo que el mundo va a dar el último estallido en su carrera; porque según se expresa el Apóstol en su carta 1ª a Timotheo: En los últimos tiempos se apartarán algunos hombres infelices de la verdadera fee de la Yglesia santa, atendiendo a los espíritus malignos del error y las doctrinas falsas de los demonios que teniendo sus conciencias encalladas y hablando con mortal hypocresía, mentiras perniciosas prohibirían a los hombres el casarse 52.

A modo de conclusión. El cuestionamiento
A lo largo de las palabras antecedentes ha estado implícitamente presente una concepción de la Iglesia muy determinada. Como muy bien ha expuesto Antonio Mestre, en el siglo XVIII convivieron dos 101

Antonio Irigoyen López

formas diferentes, casi opuestas, de entender la Iglesia. La primera de ellas la veía como la asamblea de los fieles, mientras que la otra resaltaba el papel dirigente del clero y propugnaba el valor de las jerarquías (Mestre, 1991: 258-264). La primera propugnaba un modelo de Iglesia que se adaptara mejor a los importantes cambios que se estaba produciendo y agrupaba a los reformistas entre los que habría que contar con los regalistas y con los jansenistas (Loupès, 2004: 97-110); si bien no es pertinente identificarlos totalmente (Rodríguez López-Brea, 1999: 368-371). La segunda opción fueron los ultramontanos o tradicionalistas y se caracterizó por su inmovilismo y por una defensa a ultranza del Papado. Ni que decir tiene que el texto que se ha analizado se encuadra en la primera de las opciones. Y no se trata de un caso aislado, anecdótico: por el contrario se enmarca dentro de un movimiento más amplio, universal si se quiere. No se trata de un anticlericalismo al uso de los filósofos como Diderot. No, el autor es un cristiano convencido y se cuida mucho de mantener la ortodoxia. Esta la gran dificultad con que se enfrentaron los reformistas católicos: pedían cambios pero no podían caer en la heterodoxia, no podían ser “herejotes” como indicaba el autor del manuscrito. De ahí que proclame que “no es esto de aquellos puntos en que a los prelados y concilios está prevenida la fidelidad”. Está reclamando, como fiel y miembro de la Iglesia, su derecho a opinar sobre una materia sobre la que sí está permitido opinar. Lo hace directamente, exigiendo responsabilidades y acusando: “Desde luego no hubieran variado ni errado tanto los pastores de la Yglesia si no se hubieran apartado de la doctrina que su Divino Maestro les dio hablando y obrando”. Ofrece el autor una salida pero sigue sin cesar en sus reproches: “Ya era tiempo que éstos [los prelados] abriendo los ojos y desprendiéndose de todo amor propio, trataran de reformar la presente disciplina tan poco favorable a la religión y al Estado”53. Porque él estaba pidiendo, a través del asunto concreto del celibato, un verdadero cambio de dirección en el catolicismo. Parece como si lo que el catolicismo ilustrado esté reclamando es la reforma que no se pudo hacer en el siglo XVI debido a que entonces lo que más importaba era hacer frente al avance protestante. Lo que salió de Trento fue una Iglesia belicosa, jerárquica, controladora. 102

Clérigos y castidad. A propósito de un manuscrito sobre el celibato…

El modelo se había vuelto obsoleto. Ahora que la época de la confesionalización había pasado, ahora que gracias a San Francisco de Sales y San Vicente Paúl el catolicismo se había suavizado tanto, ahora que de nuevo se podía volver a conectar con el humanismo renacentista y con Erasmo, ahora que ya se habían relativizado las estériles controversias teológicas, ahora que ya no había enemigos beligerantes, ahora que todo un conjunto nuevo de ideas se desarrollaba por doquier, ¿no era el momento de vivir con mayor profundidad el mensaje evangélico, no había llegado el momento de llevar a cabo la reforma en profundidad que no se pudo hacer en el siglo XVI? Esto sin duda pensaba el autor del manuscrito y todos los reformistas. Planteamiento erróneo, utópico; al fin y al cabo, la utopía era un componente básico de la Ilustración (Hof, 1993: 135). Los reformistas sólo representaron una parte minoritaria de la Iglesia. Los tradicionalistas y las jerarquías eclesiásticas no compartían el discurso anterior. Es más, consideraron que ahora se enfrentaban a un enemigo mucho más potente que en el siglo XVI: la filosofía y con ella la secularización, la descristianización, la impiedad, la incredulidad, el ateísmo. No era el momento de experimentar; era el momento de la unión y del afianzamiento. Fue entonces cuando el Papado asumió el mando y encaró, fortalecido, los nuevos tiempos. No cabía el diálogo. El siglo XIX será el testigo de este antagonismo. El autor del escrito se refiere a una Iglesia “a quien miro fluctuar en medio de los vicios”54. Vicios internos, propios, y no tanto externos. Problemas que deben solucionarse, por consiguiente, desde dentro. Y la Iglesia tenía medios para ello. El autor lo sabe y, por esta razón, al final del texto expone su solución que no es otra que la convocatoria de un concilio: Mejor sería que dexando a un lado sistemáticas opiniones y enstusiasmos perniciosos trataran con la equidad y pulso conveniente en un concilio general una materia que por tanto interesa a la salvación de las almas y publica felicidad 55. Un concilio: la palabra maldita para el papado y los ultramontanos. Pero más si esta petición se inspira en los nuevos ideales ilustrados como la pública felicidad o en la igualdad y participación activa de 103

Antonio Irigoyen López

todos: “A este sabio congreso deben asistir todo el sacerdocio, porque todo él tiene parte en su resolución”. Y más si existe una desconfianza hacia los grupos dirigentes de la Iglesia pues “si la decisión se dexa en manos de unos hombres decrépitos e insensibles a los estímulos de las pasiones podremos quedar en la misma dificultad”56. Una voz en el desierto; las jerarquías eclesiásticas y los tradicionalistas no podían siquiera imaginarlo. El Papado había triunfado; el conciliarismo ya era cosa del pasado y nada podía temer de él. Así, para la Iglesia el enemigo estaba fuera. Y cuando en 1869 la Iglesia convoque por fin un concilio ecuménico, no se ocupará de reformar sino de condenar el racionalismo y el materialismo. Casi cien años después, el Concilio Vaticano II intentó esa reforma interna: el aggiornamiento de la Iglesia. Es posible que habría satisfecho en parte las pretensiones del autor del manuscrito. Al margen de esa petición de reforma institucional de la Iglesia, lo que más se destaca en el manuscrito es la intención clara de construir un nuevo modelo de sacerdote. Es la resocialización del clero y humanidad del eclesiástico lo que se estaba proponiendo. Había que superar los presupuestos tridentinos. Ya no era el tiempo de la rígida ortodoxia. Había que buscar la felicidad; el diálogo y la tolerancia eran aspiraciones del movimiento ilustrado. Muy cercano a él, el clérigo debía cuidar de sus fieles a través de un paternalismo racional. Para lograrlo, el eclesiástico debía tener con su comunidad una relación nueva, más estrecha y cercana. El sacerdote podía ser guía pero debía compartir con el resto de los fieles las virtudes y los defectos del género humano. El matrimonio de los eclesiásticos era una de las formas de lograrlo, todo según un esquema típicamente ilustrado:

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Clérigos y castidad. A propósito de un manuscrito sobre el celibato…

Ya no se buscan sacerdotes santos sino sacerdotes útiles y comprometidos en el servicio a la comunidad. Se buscan sacerdotes ciudadanos, sacerdotes republicanos. El siglo XIX será el testigo de las dificultades de este proyecto.

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Notas
1

Archivo General de la Nación de Buenos Aires (en adelante, AGNBA), IX 7 1 5. El texto se presenta sin foliar pero articulado en 48 párrafos numerados. A fin de facilitar su localización en el manuscrito, las citas que se hagan en adelante se harán respecto a esa numeración. Ahora bien, a menos que estemos equivocados, la cuestión de la supresión de los votos religiosos por ser contrarios a las libertades fundamentales del hombre tuvo lugar bajo la Asamblea Constituyente, en 1790, poco antes de la promulgación de la Constitución Civil del clero. No ha sido posible hallar ninguna referencia biblio-

2

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Clérigos y castidad. A propósito de un manuscrito sobre el celibato… gráfica sobre esta pretensión de Napoléon de eliminar los votos de los clérigos.
3

AGNBA IX 7 1 5, nº 1. “Tenga Vmd. paciencia mi amigo, y mientras Dios suspende este duro, como dilatado azote, no cese de levantar sus castas manos al todopoderoso para que derrame los abundantes tesoros de su misericordia sobre su amada esposa a quien miro fluctuar en medio de los vicios” (AGNBA IX 7 1 5, nº 48).

4 La frase con que termina el texto puede ser considerado como un indicio de lo dicho.

5 6 7 8 9

AGNBA IX 7 1 5, nº 29. AGNBA IX 7 1 5, nº 44. AGNBA IX 7 1 5, nº 1. AGNBA IX 7 1 5, nº 38. AGNBA IX 7 1 5, nº 27. AGNBA IX 7 1 5, nº 27. AGNBA IX 7 1 5, nº 33. AGNBA IX 7 1 5, nº 24. AGNBA IX 7 1 5, nº 10. AGNBA IX 7 1 5, nº 11. AGNBA IX 7 1 5, nº 25. AGNBA IX 7 1 5, nº 27. AGNBA IX 7 1 5, nº 27. AGNBA IX 7 1 5, nº 21. AGNBA IX 7 1 5, nº 13. AGNBA IX 7 1 5, nº 33. AGNBA IX 7 1 5, nº 28. AGNBA IX 7 1 5, nº 32. AGNBA IX 7 1 5, nº 24. AGNBA IX 7 1 5, nº 40. AGNBA IX 7 1 5, nº 48 AGNBA IX 7 1 5, nº 14. AGNBA IX 7 1 5, nº 27. AGNBA IX 7 1 5, nº 32. AGNBA IX 7 1 5, nº 23. AGNBA IX 7 1 5, nº 3. AGNBA IX 7 1 5, nº 2. AGNBA IX 7 1 5, nº 30. AGNBA IX 7 1 5, nº 7. AGNBA IX 7 1 5, nº 4. AGNBA IX 7 1 5, nº 9.

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AGNBA IX 7 1 5, nº 6. AGNBA IX 7 1 5, nº 43. AGNBA IX 7 1 5, nº 13. AGNBA IX 7 1 5, nº 32. AGNBA IX 7 1 5, nº 31. AGNBA IX 7 1 5, nº 43. AGNBA IX 7 1 5, nº 21. Concilio de Trento, Sesión XXIV, Canon X sobre el sacramento del matrimonio: “Si alguno dijere, que el estado del Matrimonio debe preferirse al estado de virginidad o de celibato; y que no es mejor, ni más feliz mantenerse en la virginidad o celibato, que casarse; sea excomulgado”. AGNBA IX 7 1 5, nº 24 y nº 25. AGNBA IX 7 1 5, nº 26. AGNBA IX 7 1 5, nº 18. AGNBA IX 7 1 5, nº 21. AGNBA IX 7 1 5, nº 18. AGNBA IX 7 1 5, nº 35. AGNBA IX 7 1 5, nº 18. AGNBA IX 7 1 5, nº 17 y 18. AGNBA IX 7 1 5, nº 47. AGNBA IX 7 1 5, nº 43. AGNBA IX 7 1 5, nº 48. AGNBA IX 7 1 5, nº 46. AGNBA IX 7 1 5, nº 46.

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Compadrazgos, redes y poder

Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del siglo XVII
Juan Pablo Ferreiro CONICET

Resumen
El objetivo principal de este trabajo es buscar, documentar y analizar asociaciones recurrentes entre las redes de parientes y las redes comerciales y productivas presentes en la élite de San Salvador de Jujuy, durante el siglo XVII. Para ello, recurrimos al análisis de redes sociales a través de algunos de sus recursos básicos, como lo son el análisis de la centralidad, el poder, el prestigio, la conformación de cliques como expresión de estrategias clientelares, y su visualización a través de grafos y curvas de distribución. Dicha estrategia nos permitirá identificar y analizar asociaciones entre individuos y conjuntos familiares, y reconocer los límites sociales, políticos y familiares de estos grupos de poder.

Economic and relative frames in the elite’s networks of the seventeenth century Jujuy Abstract
The main objective of this work is to find, document and analyze recurrent associations between kinship, commercial and productive networks in the elite of San Salvador de Jujuy, in the seventeenth century. To do this, we turn to social network analysis through some of its core resources, such as the analysis of centrality, power, prestige, 111

Juan Pablo Ferreiro

and the formation of cliques like expression of patronage strategies, and their visualization through graph and distribution curves. This strategy allows us to identify and analyze joint partnerships between individuals and families, and recognize the social, political and familiar limits of these power groups.

“y vioú-se a terra inteira, de repente, surgir redonda do azul profundo”
Fernando Pessoa A la memoria de mi hermana en el afecto, Claudia Pérez Miranda

El objetivo principal de este trabajo es buscar, documentar y analizar asociaciones regulares o recurrentes entre las redes parentales y las redes comerciales y productivas presentes en San Salvador de Jujuy, durante el siglo XVII. Las características propias del material documental que las élites coloniales jujeñas dejaron como testimonio de sus actividades (acuerdos comerciales, contratos de compraventa y laborales, registros de casamientos, etc.) facilitan la utilización de estrategias destinadas a identificar tales regularidades colectivas. Nos aproximamos a estos a través de las acciones particulares ejecutadas por individuos, díadas y pequeñas sociedades. Dichas actividades se inscriben en tendencias colectivas subyacentes, que no son otra cosa que la dinámica efectiva de tal entramado relacional, desplegado a lo largo del tiempo y conformándose así en un hábitus identificable1. Tales tendencias adquieren un espesor histórico exhibiendo grupos de sujetos (individuos o familias) que tendieron a asociarse entre sí para realizar alguna actividad, así como “zonas muertas” de la sociabilidad, donde las conductas resultaron las contrarias, reflejando un bajo, o inexistente, patrón de interactividad o vínculo; lo cual permite proponer el reconocimiento de algunos límites tanto dentro de la organización, como de las estructuras sociales. 112

Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII

Para ello, recurrimos al análisis de redes sociales –o análisis estructural– a través de algunos de sus recursos básicos, como lo son el establecimiento de los criterios de centralidad, poder, influencia o prestigio, la conformación de cliques o camarillas como expresión de estrategias clientelares y la búsqueda de articulaciones y concentraciones intra-reticulares como los hubs. Los materiales que se utilizaron en dicho análisis fueron ciento quince actas de representación u otorgamiento de poderes personales, ochenta y cinco escrituras de obligación de pago, ciento treinta y tres escrituras de compraventa de propiedades inmobiliarias, veintidós escrituras de compraventa de ganado, ochenta y ocho escrituras de concierto y compañía, once escrituras de compraventa de esclavos, cien actas matrimoniales, noventa y cinco actas electorales capitulares y doscientas treinta y cuatro beneficios de merced de tierras. Toda esta documentación procede de los principales repositorios públicos provinciales (Archivo de Tribunales, Histórico Provincial y del Obispado) y representa al período que transcurrió entre 1596 y 1690 en la jurisdicción de San Salvador de Jujuy. El marco general que da origen y sentido histórico a esta sociedad emergente, la asentada definitivamente el 19 de abril de 15932 en San Salvador de Velasco en el Valle de Jujuy, es la fase del proceso de acumulación primitiva del capital que Assadourian (1982) identifica como Sistema de la Economía Mercantil3. Se caracterizó por forzar la separación entre productores directos y sus medios de producción, constitutiva también del hecho colonial; y por imponer la transición entre la reproducción mercantil simple y la ampliada. Su principal consecuencia fue que tanto la forma de acumulación dominante, como la ocupación y control efectivos de la población y su territorio estuvieron regidos por la economía mercantil. A su vez, la producción, actividades y relaciones sociales, fueron determinadas por este fenómeno general. En este contexto, la conquista y colonización efectivas de una amplia jurisdicción con eje en el valle de Jujuy, resultaron consecuencias geopolíticas de las necesidades provocadas por el aumento productivo de Potosí. Este último se debió a la introducción de innovaciones tecnológicas y a la ampliación del hinterland que debía 113

Juan Pablo Ferreiro

abastecer tal crecimiento con recursos, mano de obra y un corredor que vinculase al polo altoandino con la salida marítima del Río de la Plata. También significó la clausura de la etapa de conquista en el Tucumán Colonial y Río de La Plata (Kossok, 1986). En estas condiciones la nueva jurisdicción fue integrada a una región mayor que la contenía y de la cual dependía. Esta última se caracterizó por un alto grado de especialización productiva –su economía giraba alrededor de la explotación minera– y una autosuficiencia relativa en cuanto a alimentos e insumos básicos para la producción principal –en buena medida controlada externamente–. Políticamente disponía de un margen también relativo de autonomía, ya que si bien estaba regida desde la metrópoli, la distancia y el control imperfecto que esta ejercía ampliaban los márgenes de maniobra locales con relación a la toma de algunas decisiones. Sus centros eran la ciudad de Los Reyes, en el Perú y sede virreinal; Charcas, sede de la Real Audiencia, y Potosí, núcleo económico y productivo. A la vez, esta región –identificada como Espacio Peruano– presentaba un muy desigual desarrollo socioeconómico y político (Assadourian, 1982: 111). En los grandes poblados y relativamente organizados centros de poder ya mencionados, los mercados y las conductas a ellos vinculadas ya estaban en pleno desarrollo. En las zonas marginales y nuevas como Jujuy, en cambio, los mercados eran inexistentes o incipientes y frágiles. Tales situaciones determinaron las particularidades que presentó la incipiente sociedad jujeña colonial. En este escenario aún en formación para 1593, altamente provisorio y volátil, que comenzó como necesidad de un circuito mercantil externo, pero sin la existencia de mercados autorregulados locales, era imprescindible la intervención de alguna forma de organización social que garantizase la renta colonial –la transferencia de los recursos nativos aún más allá del límite de la propia sustentabilidad–, y una ideología que la promoviese y sancionase. Aquí, sin dudas, la piedra de toque de todo el sistema lo constituyó la capacidad para establecer parentescos con otros grupos familiares y patrimoniales. La principal característica de la colonización y conquista, su carácter de empresa “privada” capitulada con la corona, otorgó un 114

Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII

rasgo particular y definitivo a tales actividades, transformando a la hueste en clientelas que pivotaron sobre una base organizativa de familias extensas, cuyos miembros no siempre corresidían, y que se articularon a partir de una figura patriarcal masculina. Las instituciones que tuvieron a su cargo dicha tarea fueron la familia extensa no residencial, como estructura político-parental –y unidad productiva– que expresaba en términos de organización social este orden de cosas, y la encomienda. La primera se articulaba a partir de una figura central, el paterfamiliae o patriarca, cuyas características lo asimilaban primero al capitán de hueste y al patrono clientelar, y luego a la función del monarca en su reino. Dicha imagen coincidía, en sus aspectos centrales, con la noción de señorío, y también con su agente sustituto americano, el feudatario o encomendero. Su forma histórica fue la “casa”, en la que el patrimonio condensaba la capacidad de alianza y la memoria genealógica. La “mesa poblada” fue su característica, y en ella se acogió a parientes, aliados, sirvientes y esclavos y constituyó un cuasi-grupo permanente, disponible para una movilización política o económica y de volumen variable. De allí que el relevamiento de la red nupcial establecida nos revela de qué manera, con qué extensión, y a través de quiénes, se desplegaron estrategias destinadas a vincular a personajes y grupos familiares que poseían cierta notabilidad y/o recursos en algún otro campo socialmente importante. Tales conjuntos se ordenaban estratificadamente y de acuerdo a una jerarquía más o menos rigurosa, la cual, a su vez, informaba y determinaba la producción y la reproducción, la filiación, la identidad y la herencia, y delimitaba, sobre todo, la extensión de los roles y la capacidad de intervención en la toma de decisiones apoyándose sobre una doble diferenciación establecida sobre el género y la diferencia etaria o generacional. A través de la primera se trazaban los vínculos asimétricos entre los sexos; por la segunda se establecían las relaciones con los herederos y sucesores. Esto conformaba un conjunto patrimonial cuya reproducción y transmisión se organizaba, aunque no se agotaba en él, a partir de un núcleo de parentesco que se extendía de manera reticular englobando tanto a parientes, como a asociados y dependientes. 115

Juan Pablo Ferreiro

Iniciaremos, entonces, nuestra aproximación a esta pequeña sociedad colonial, entonces, examinando los vínculos que generaban redes de parentesco, esto es, las alianzas matrimoniales; ya que en este contexto los lazos de parentesco asumieron la condición de relaciones sociales de producción.. Para ello, recurriremos a la elaboración de un modelo reticular básico, un grafo, en el que representaremos dichas alianzas. La función de este modelo es la de traducir los datos vinculares formalizados y recogidos en una matriz, en un conjunto que expone los hechos principales de la red. Este procedimiento nos permitirá describir los lazos entre pares de vértices o nodos –que en este caso simbolizan otros tantos grupos familiares–, unidos por líneas o aristas que simbolizarán dicotómicamente la presencia o ausencia de alianzas matrimoniales entre los nodos o grupos en cuestión. Estos datos nupciales fueron ordenados en una matriz normal asimétrica de 57 entradas por 57, y con datos ponderados; esto es, registrando no sólo la presencia/ausencia de vínculo, sino la cantidad de líneas registradas por vértice. En ella se reconocieron la cantidad de intercambios matrimoniales que cada nodo/grupo familiar había establecido con el resto de la red. En todos los casos, el material fue procesado y calculado con la versión de prueba de UCINET v. 6.178, disponible en: http://www. analytictech.com/downloaduc6.htm (Borgatti, Everett and Freeman, 2002). Los grafos, por su parte, fueron elaborados con el programa de visualización NetDraw, integrado al paquete UCINET. El primer paso fue establecer cuántos lazos había, entre quiénes, y cuál era su porcentaje en relación al total posible de vínculos. El análisis de la densidad que presenta esta red, esto es, la razón entre las relaciones reales y las posibles dentro –de muy bajo valor–, nos indica que no existió un comportamiento nupcial “promedio” con visibilidad estadística y al que se ajustara la mayoría. Es necesario aclarar que estos no eran los vínculos nupciales contraídos durante el siglo XVII en la élite jujeña, sino sólo aquellos de los que sobrevivió algún registro. Aún así, resulta evidente que estamos ante una red poco vinculada, expresada en una baja tasa efectiva de alianzas matrimoniales. Pero esto no indica una baja tasa nupcial, sino el bajo nivel de alianza con otros sectores sociales locales. Tal situación se 116

Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII

explica a partir de una característica particular de esta jurisdicción. La tendencia familiar local de casar a sus herederas con foráneos. De los cincuenta y dos matrimonios celebrados durante el período 1679/1698 de los que se ha conservado registro, en treinta y dos ocasiones (el 61,5% de los casos) el esposo era de fuera de la ciudad, y en todos los casos la esposa y la residencia de la nueva pareja fueron locales. Seis de estos maridos eran peninsulares, la mitad de ellos vascos y, en general, pertenecientes al mismo sector social que sus cónyuges locales. Diez de esos esposos eran de distintas ciudades de la provincia, mientras otros tantos provenían de Charcas. Esta elección matrimonial de foráneos, asociada a un hábitus residencial uxorilocal –se residía habitualmente en propiedades de la familia de la esposa–, tuvo profundas e importantes consecuencias en la acotada estructura socio-demográfica jujeña del siglo XVII (Ferreiro, 2010). Hacia fines del siglo ninguno de los apellidos que distinguían a los principales grupos familiares se mantiene conduciendo un patrimonio económico y político clave. En su lugar, aparecen los apellidos de los foráneos casados con mujeres locales, quienes ahora se han integrado a dichos patrimonios familiares, y muchos se han transformado en sus cabezas. Esto resulta comprensible a la luz de la especialización productiva de dicha élite en el tráfico comercial y el transporte y al hábitus homogámico primero, y luego endogámico, que caracterizó a la élite jujeña temprano-colonial. A semejanza de la organización familiar pirenaica que constituyó su modelo, la jujeña también mostró una marcada tendencia a la endogamia, circunstancia matrimonial habitual y recurrente en las provincias vascongadas4. La endogamia se presentaba bajo dos formas. La primera se asimilaba a una homogamia de origen étnicoregional, por la cual se privilegiaba el casamiento con migrantes del mismo origen peninsular, y que pertenecían habitualmente al mismo sector social. La segunda, que reconoceremos como endogamia estricta, expresa las alianzas matrimoniales cercanas y se manifestó bajo la forma de re-encadenamientos entre grupos familiares previamente emparentados en diverso grado. En todos los casos, ambas se implementaron como estrategias para impedir la dispersión patrimonial generada por el sistema de herencia castellano, divisible e igualitario. 117

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Grafo nupcial de San Salvador de Jujuy durante el siglo XVII5

A través del grafo resulta evidente que la dinámica que adquirieron las políticas nupciales en esta jurisdicción durante el siglo XVII provocó concentraciones de enlaces alrededor de algunos grupos familiares específicos. Algunos linajes eran más buscados que el resto, por el valor de su patrimonio y por su disponibilidad de personal en estado nupcial. No resulta casual que estas concentraciones se produjesen sobre encomenderos y ganaderos, a la vez miembros del cabildo local, desde donde se controlaban los precios, la mano de obra, la producción y el comercio de la jurisdicción. El único grupo que no estuvo vinculado directamente –sólo por vía afinal– a una merced de encomienda (Rodríguez Vieira/Rodríguez de La Mota) tuvo, en cambio, un acceso preferencial a la mano de obra esclavizada en las entradas punitivas “malocas” al Chaco y al Valle Calchaquí y le cupo, además, un papel principal en otro tipo de lazos que complementaban a los de parentesco real, las relaciones de compadrazgo. Contra ese fondo irregular se destacó nítidamente la familia del fundador de la ciudad, Argañarás y Murguía, quienes, además, poseyeron el único mayorazgo y la única casa nobiliaria auténtica en Jujuy durante todo el siglo XVII. 118

Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII

Este linaje fue el núcleo que concentró y acumuló la mayor cantidad de vínculos con los principales grupos familiares de la élite local y regional. Le siguieron cinco o seis apellidos en importancia (Ochoa de Zárate, Rodríguez Vieira, Pérez Cisneros, Godoy, Tobar, Salcedo Poblete). Todos ellos estuvieron emparentados entre sí para mediados del siglo XVII. A los Argañarás se unieron los Ochoa de Zárate, los Pérez Cisneros y los Rodríguez Vieira; mientras que los Godoy, los Tobar y los Salcedo Poblete se vincularon entre sí. En este marco, más de un tercio de la red nupcial de la élite mantuvo una cantidad de lazos entre sí superior al promedio. Se revela así, por un lado, la desigual disponibilidad de vínculos nupciales al interior de la élite, los cuales se concentraron delimitando un sector que, además, también logró acumular poder político y económico. Por otra parte, y ligado a lo anterior, indica el mencionado proceso a través del cual la homogamia se transformó en endogamia práctica. Esta, con el correr del siglo, se transformó en una herramienta de descomposición de los viejos linajes principales, agotándose o disolviéndose la mayoría de los apellidos beneméritos –y sus patrimonios–, en sus troncos afinales; tal como ocurrió con los Argañarás y los Zárate y, aún más acusadamente, con los Tobar. Paradójicamente, entre los Argañarás, los Zárate y los Salcedo Poblete, también fueron los afinales, bajo la figura del esposo de la heredera, los responsables de incrementar el caudal familiar y demorar el proceso de disolución y transferencia patrimonial de un tronco a otro. Ahora bien, y ya en términos estructurales, ¿qué significan estas concentraciones de lazos? Siguiendo la lógica de la perspectiva que estamos utilizando, una respuesta posible nos la ofrece la topología de la red. Ante una preocupación similar, los antropólogos argentinos J. Miceli y S. Guerrero ensayaron explicar la arquitectura de la red parental en la comunidad mapuche del Chalía, Patagonia argentina (Miceli y Guerrero, 2007), a partir de distinguir entre redes aleatorias y redes libres de escala. Las primeras, definidas hace más de 50 años por los matemáticos húngaros P. Erdös y A. Rényi exhiben un carácter exponencial. Alrededor de su pico convergen la moda, la media y la mediana, para luego caer abruptamente; siendo representadas gráficamente como una campana de Gauss, o “Bell curve”. 119

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En este tipo de redes la distribución es normal, lo que significa que la mayoría de los nodos están comprendidos en las medidas de tendencia central –lo que constituye su escala representativa–, quedando muy pocos al margen con valores más altos o más bajos. Los nodos en una red libre de escala, en cambio, no se agrupan alrededor de un valor promedio o característico –de allí su nombre–, ni presentan un pico, sino una función continua y suavemente decreciente, cuya forma ideal de representación es una recta inclinada. Su distribución se realiza de acuerdo a una ley de potencia –o distribución 1/ƒ– que permite aquello que la red aleatoria impide, el surgimiento de clusters jerárquicos a su interior. En otras palabras, agrupaciones de unos pocos nodos que concentran diferencialmente los vínculos de la red –conocidos como hubs–, mientras la mayoría presenta muchos menos lazos y, en todo caso, siempre relacionados a estos hubs (Reynoso, 2008). Este es el modelo que desarrolló el físico norteamericano de origen transilvano A.-L. Barabási, sobre la red informática global. A partir de él, explicó la dinámica de tales redes a través de su crecimiento mediante elecciones preferenciales (Barabási, 2002). Según estas, los nuevos nodos que ingresan a la red se van sumando a otros ya mejor conectados, y no distribuyéndose al azar. Adaptando a nuestras necesidades la estrategia desarrollada por Miceli y Guerrero, ordenamos la cantidad de vínculos nupciales que presentaba cada conjunto familiar, según su grado de relación. A la vez, tomamos la prevención de hacerlo sobre valores normalizados, para de ese modo disminuir la relevancia local de los nodos y facilitar la manifestación de una tendencia más definida. A continuación ofrecemos el producto gráfico de la distribución de los lazos matrimoniales emitidos (out-degree). En este caso, lo que se observa no es definido; aunque puede reconocerse un pico que, si bien no coincide exactamente con las medidas de tendencia central, se ubica cerca de ellas. El descenso del pico es bastante abrupto, asemejándose bastante a lo que se puede esperar de una red aleatoria o normal; sin embargo, la cola del gráfico desciende suavemente, lo cual es característico de una red libre de escala.

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Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII

Gráfico de distribución de vínculos nupciales, S. S. de Jujuy, siglo XVII - cónyuges ofrecidos (out degree) normalizado.

En otras palabras, se hace evidente la existencia de un conjunto muy reducido de nodos que concentran la mayor cantidad de vínculos –uno de ellos en particular, el grupo familiar del fundador de la ciudad, Argañarás y Murguía–, aunque el resto de la red no presenta un valor aglutinante característico, se observa que la mayoría presenta valores diversos, pero cercanos entre sí. En términos prácticos, esto no significa otra cosa que los Argañarás eran el grupo familiar que había logrado desarrollar la más amplia red de alianzas matrimoniales durante el siglo XVII. En este aspecto resulta el grupo dominante. No sólo habían contraído muchas uniones con los grupos locales –16, contra nueve que exhibían los Zárate, el segundo grupo mejor posicionado– sino, además, lo habían hecho con los mejor conectados; con aquellos que, a su vez, acumulaban las mejores relaciones6. No obstante, y leído en un plazo de seis o siete generaciones, este último grupo familiar resulta ser el más exitoso, ya que al unirse a los Argañarás y Murguía logran tomar el control del patrimonio nobiliario de los primeros –el señorío de Murguía–; siendo Zárate el apellido que durante el siglo siguiente se asociará al patrimonio común, desapareciendo el apellido Argañarás de las crónicas locales7. La distribución correspondiente a los valores de entrada o in-degree es similar, y aunque presenta leves diferencias no aporta datos diferentes de significación para el análisis. 121

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De acuerdo a esto, resulta evidente que no todos los grupos familiares que lograron establecer alianzas exitosas lo hicieron de igual manera, con similar intensidad, o con grupos bien posicionados; salvo la familia del fundador de la ciudad. En este punto resulta de utilidad diferenciar las nociones de centralidad de la de poder. Según Hanneman ambas nociones son funciones de la relación del nodo con su entorno e indican la capacidad vincular de los puntos con los que el nodo se conecta (Hanneman, 2001: 6, 21/2). De esta manera, mientras más lazos establezcan los puntos vinculados, más central se vuelve el papel del nodo que los articula. En tanto menos contactos tengan aquellos mismos nodos, más poderoso se vuelve el articulador. En términos concretos significa que cuantos más vínculos matrimoniales tienen los aliados de, por ejemplo, los Argañarás, más central se vuelve este grupo en relación a esos lazos. Mientras que si los Argañarás se hubiesen conectado con aliados de baja capacidad vincular, habrían sido más poderosos. Esto es, sus aliados habrían dependido proporcionalmente más de su relación con los Argañarás por sus deficientes vinculaciones con el resto. Nuevamente los Argañarás y Murguía son el grupo familiar dominante según ambos criterios. Pero, en el caso de la medida directa del poder, tal como fuese definido antes, su diferencia con el segundo grupo más poderoso, los Tobar, es de bastante más del doble. Esto significa que sus lazos se extendían a grupos que actuaban, en el sentido que se les está otorgando para esta medida, como subsidiarios o dependientes, esto es, con escasas vinculaciones de relevancia. De hecho, de los aliados matrimoniales de los Argañarás sólo los Zárate (nueve uniones matrimoniales) y los Pérez Cisneros (ocho uniones) poseen un número de vínculos con el resto por encima del promedio. Todos los demás poseen una cantidad inferior a cinco lazos matrimoniales con el resto de la red. En tanto, el resto de los grupos poderosos –Rodríguez Vieira, Salcedo Poblete, Tapia y Loayza, Bernárdez de Ovando, Rodríguez de Armas, Carvajal y Vargas–, salvo Tobar, no forman parte de los nodos apellidos más conectados; muy en particular los Bernárdez de Ovando, quienes poseían, en realidad, muy pocas alianzas matrimoniales locales. Los Bernárdez de Ovando estaban restringidos 122

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por su escaso personal local en condición nupcial. Pablo Bernárdez de Ovando, quien fuese hijo de Gutierre Velásquez de Ovando y Juana Ortiz de Zárate y Castro sólo logró tener una hija, doña Juana Clemencia, que lo sobrevivió pocos años sin dejar descendencia y a través de la cual discurrió el patrimonio familiar hacia su viudo, Juan José Campero y Herrera, futuro primer marqués de Tojo. Pablo tuvo dos hijos varones. Uno de ellos, habido en su matrimonio con Ana María Mogollón de Orozco y hermano menor de Juana Clemencia, murió a las pocas horas de nacer. El otro, extramatrimonial, Miguel de Ovando, quien no participó de la herencia paterna, fue favorecido en vida de su padre con algunas propiedades y ganado en pie. Uno de los hermanos de Pablo, el licenciado Gutierre Velásquez de Ovando, abogado de la Real Audiencia de Los Reyes, alternó su residencia entre Lima y San Salvador de Jujuy. Estuvo casado con Ana María de Riva de Neira y lo heredó el hijo de ambos, el alférez Nicolás de Riva de Neira. Ni la esposa, ni el hijo figuran en registro alguno relativo a la ciudad, por lo que cabe suponer que su residencia permanente fue la ciudad capital del Virreinato. Entre los seis hijos de Velásquez de Ovando y Ortiz de Zárate y Castro hubo dos mujeres, Lorenza de Ovando y Zárate, quien fue monja y no dejó descendencia; y Mariana de Ovando y Zárate. Esta mantuvo una posición económicamente solvente en Mizque, donde residió hasta el final de sus días desde su cuarto y último matrimonio con Francisco de Laoseja y Alvarado. Por no haber dejado esta tampoco descendencia alguna, legó a su hermano don Pablo un tambo en el río San Juan más el servicio de seis mitayos de Talina, Santiago de Cotagaita y Calcha; o mejor dicho, se los confirmó, porque de todas estas propiedades, e inclusive de los mitayos, don Pablo ya gozaba a la muerte de su hermana. Otro hermano, Pedro de Ovando y Zárate, fue encomendero de Ocloyas y Tumbayas y abogado de la Real Audiencia de La Plata, se casó con la nuera de su primo hermano Juan Ochoa de Zárate, doña Petronila de Garnica, y no se ha conservado registro de que haya dejado descendencia. Hacia la década de 1640 fue ordenado sacerdote y finalizó luego sus días como presbítero de la parroquia de Santiago de Cotagaita. 123

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Finalmente, su hermano Juan Ochoa de Zárate y Ovando, quien sí residió en San Salvador de Jujuy al menos durante la primera mitad del XVII, se casó con María de La Paz, hija del Teniente de Gobernador en Jujuy desde 1617 a 1619, Juan Serrano de Los Reyes. De esta pareja tampoco se conservó registro de descendencia. La vida económica que desarrollaban estos grupos, y la sociedad jujeña en general, estaba determinada completamente por el nuevo ciclo minero potosino, del cual Jujuy era una consecuencia geoestratégica, y por sus crecientes necesidades de abastecimiento. La condición mediterránea del polo potosino, sus elevados costos, el inicio de un largo ciclo productivo descendente, el elevadísimo contrabando de plata en diversos formatos y un proceso inflacionario agudo –a lo que se sumaba una auténtica hecatombe demográfica provocada por las guerras civiles peruanas y epidemias masivas–, hicieron que en zonas como el Tucumán colonial se volviese crónica la falta de circulante. Esto último potenció dos de los rasgos salientes de esta fase, el giro comercial y la importancia del crédito y el préstamo. Estos, junto al control de la menguada mano de obra aborigen eran las claves del sistema económico local. Pero, precisamente porque Jujuy fue fundado como una necesidad del polo minero potosino, su producción se orientó, desde antes de instalada la ciudad, a la exportación hacia los mercados del norte. Al ser una localidad de paso sobre la principal ruta hacia el Atlántico desde el Perú, y al haberse especializado en cría de ganado y transporte, la fuente principal de sus ingresos dependió durante prácticamente todo el siglo XVII de sus contactos exteriores. Y eran estos, también, quienes proveían los préstamos y, sobre todo al principio, los capitales principales. Sólo con el correr del siglo la iglesia se transformó progresivamente en una fuente de crédito y préstamo a través de diversos mecanismos. De estas actividades ha quedado huella en las obligaciones de pago, y en los poderes conferidos por particulares, y por el cabildo local. Entre 1610 y 1619 fueron frecuentes en las obligaciones de pago las alusiones a que el origen de la deuda era por un préstamo anterior. Sin embargo, no es perceptible aún ningún mecanismo crediticio reconocible como tal. Recurrentemente, los poderes para cobrar, que en su abrumadora mayoría autorizaban a emitir carta 124

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de pago, eran una forma particular que podía asumir una operación de venta; que en todos los casos implicaba pago diferido, y “en veces” o cuotas, en la mayoría de ellos. Esta situación parece haber tenido una inflexión hacia 1619, cuando se registraron para un período de seis años, ocho censos, mientras que sólo se identifica uno sólo desde la fundación a esa fecha, y en total para todo el siglo no hemos encontrado más de 20. También en este lapso comienzan a advertirse gravámenes hipotecarios en beneficio eclesiástico bajo las formas de capellanías u obras pías8. Hacia 1620/30 se ubicó un punto de inflexión en la vida de la ciudad, ya que durante la década siguiente se observaría un fenómeno de contracción de las operaciones, registrado no tanto en un descenso en volúmenes y montos negociados, sino en una concentración del mismo. A partir de 1620 la necesidad de crédito comienza a manifestarse en el registro de censos de diverso tipo, y es también a partir de esta fecha, aproximadamente, que parte del capital acumulado por la élite local se vuelca hacia gravámenes de beneficio eclesiástico. Los montos y volúmenes impuestos a partir de esas fechas son indudablemente mayores que los del período precedente. La causa era doble: por un lado la falta de circulante y de liquidez, y por otra la acentuación de la crisis potosina que obligó a restaurar medios de cambio alternativos (lienzo de algodón, plata sin quintar, grano, etc.) y a volver a una economía de tipo natural, dominada por el trueque. El entramado vincular que constituyeron esas obligaciones de pago y esos poderes conferidos pone de manifiesto una red cuya morfología difiere un tanto de la matrimonial y revela algunas características del período. La principal es, sin dudas, el grado de desarticulación de la red, que aunque inferior al que presentan las ventas de ganado o de esclavos, sigue siendo notorio. Una explicación tentativa que hemos encontrado es que buena parte de las obligaciones de pago –y que no son registradas localmente– fueron contraídas en otras jurisdicciones, comprometiendo personajes y capitales foráneos. No obstante ello, se puede observar, también con claridad, la existencia de un conjunto de vínculos articulados entre sí y pivotando alrededor del nodo más importante (el de mayor diámetro). Este 125

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era Juan Ochoa de Zárate, el segundo personaje más importante de la ciudad, y su empresario más destacado. Principal exportador de granos y comida, ganadero y el más poderoso encomendero de los primero treinta años de vida jujeña. Descendiente de un antiguo y frustrado fundador del valle de Jujuy y originario de Charcas, sus contactos familiares lo ubicaban en un puesto principal entre los más destacados comerciantes y funcionarios de la Real Audiencia. Grafo de obligaciones de pago, S. S. de Jujuy, siglo XVII.

Los otros nodos/nombres que le siguen en importancia, en cuanto a la cantidad de las obligaciones de pago que los tuvieron como agentes, son casi exclusivamente de miembros destacados de la élite local. Sólo los fuertes comerciantes Sancho de Figueroa, charqueño, y Francisco González, avecindado en la ciudad, alteran ese rasgo de la red. En ella también aparecen algunos fuertes encomenderos/estancieros como Alonso de Tobar, con el feudo de Yala; y Cristóbal de Sanabria, señor de casabindos y cochinocas y teniente de gobernador de la ciudad de Jujuy. También Francisco de Argañarás

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y Murguía, y su viuda, doña Bernardina de Mirabal aparecen entre los que concentran obligaciones de pago. Pero, sin dudas, alrededor de Ochoa de Zárate y, en menor medida, de Alonso de Tobar, se establecen la mayor cantidad de relaciones. También es a través de estos dos personajes que resulta más fácil y directo llegar a otro miembro de la red, ya que son los que interactúan con más gente, y por lo tanto, los más conocidos e influyentes en esta trama. En ella también es posible descubrir una clique, o sea un subconjunto de individuos que mantienen entre sí vínculos más estrechos que con el resto. Está constituido por tres comerciantes: Nicolás Barbossa, tratante de esclavos y mercader, Francisco González, que poseía tiendas en la ciudad y Martín de Viscarra, mercader foráneo. En la matriz correspondiente a esta red encontramos que el 47,16% de sus nodos supera el promedio tanto de deudores como de acreedores y el grado de centralización es esperablemente muy bajo en ambos casos. Esto indica claramente que el comportamiento vincular que se estableció al interior de esta red no se ajustaba al promedio. La dispersión de valores es consecuentemente alta y, en las deudas contraídas, la actividad vincular del principal nodo es más del doble que la del segundo. Sin embargo y aún así, la diferencia entre la enorme mayoría de los nodos no supera los cuatro puntos. Esto significa que existe una concentración puntual, de bajo valor, pero de significativa diferencia con el resto. En otras palabras, Juan Ochoa de Zárate era el doble más activo que el segundo y entre tres y cuatro veces que el resto; sobre todo a la hora de emitir obligaciones de pago como deudor. Su importancia como acreedor –receptor de obligaciones– es muy inferior y no se destaca del resto; allí el personaje más destacado es el encomendero Alonso de Tobar, quien, además, poseía una tienda comercial en la ciudad, por lo que presumiblemente a esto se deba la relevancia de su participación en este rubro. A continuación ofrecemos el gráfico con valores normalizados.

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Gráfico de distribución logarítmica de obligaciones de pago normalizada, S. S. de Jujuy, siglo XVII -deudores-

Este caso, a diferencia del anterior, ilustra con claridad una marcada tendencia a una red libre de escala y, por lo tanto, una distribución de acuerdo a una ley de potencia, señalando la conducta distintiva de un nodo en particular, que concentra y acumula más deudas que el resto. Si realizamos el mismo procedimiento con los datos de salida –acreeduría–, la situación se modifica levemente, pero aún sigue siendo reconocible la distribución 1/ƒ. Evidentemente, y como ya lo indicaban los datos de la matriz, el comportamiento de esta red no se aproxima a ninguna medida de tendencia central, debido a la existencia de un nodo que duplica al segundo, y triplica o cuadruplica al resto. En estos datos que indican el comportamiento de los nodos/agentes en tanto que acreedores, resulta evidente que no hay un nodo concentrador (J. Ochoa de Zárate) como en los datos de salida, y que, en consecuencia, su curva de distribución –aún sin agruparse a una medida característica–, tampoco resulta completamente decreciente. La dinámica que parece haber seguido esta red es que los nodos que iban integrándose a ella, lo hacían preferentemente ligándose al mejor conectado y más antiguo, en primer término, y a los dos que le seguían en orden (el encomendero C. de Sanabria, el capitular y ganadero J. Gaytán y el estanciero y productor de textiles de algodón santiagueño P. de Zamora). 128

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En su influyente libro Linked (2003), el ya mencionado A.-L. Barabási asocia a este tipo de distribución y de redes un fenómeno, al que denomina “el rico se enriquece” (Rich get rich). Esto consiste en la problematización de la noción de crecimiento a través del enlazamiento preferencial, por el cual la red se desarrolla favoreciendo a los nodos mejor conectados, más antiguos y mejor ubicados. Esto, aplicado a nuestro caso señala a la movilidad y a la reproductibilidad de los grupos de poder. Nuestro ensayo explicativo indica que el mayor exportador de alimentos y granos local fue, también, quien más contrajo deudas localmente –y hay razones para pensar que también fue así en otras jurisdicciones–; deudas que podía contraer debido a su notoriedad empresaria, a su participación decisiva en el cabildo local –llegó a ser teniente de gobernador–, y a los decisivos contactos de su grupo familiar, fuera y dentro de la ciudad. Un rasgo decisivo de un desarrollo de estas características es señalado contundentemente por los datos provenientes del análisis de la intermediación; esto es, la capacidad que tiene un nodo de intervenir en y articular los vínculos del resto. De acuerdo a los datos provenientes de los cálculos de salida (deudores, out-degree), Juan Ochoa de Zárate, seguido ahora en un segundo lugar por Alonso de Tobar, el principal acreedor local, prácticamente triplican al tercero en el orden. Esto es, la participación de ambos, sobre todo del primero, resulta decisiva en la conformación y extensión de las conexiones de la red de obligaciones de pago. No sólo son los agentes/nodos que presentan los valores más altos, sino también aquellos a los que están vinculados más cantidad de nodos, y a través de los cuales resulta más fácil vincularse con terceros. Finalmente, también los datos obtenidos del análisis del poder, definido en los términos que venimos utilizando, confirman convincentemente lo recién señalado. De acuerdo a estos, Juan Ochoa de Zárate está más del doble mejor conectado que el segundo en el orden, el encomendero y empresario minero y estanciero Cristóbal de Albornoz y casi cuatro veces más que los terceros (Juan Gaytán y Pedro de Zamora). Planteábamos, también, que los otorgamientos de poderes, que designaremos provisoriamente con el rótulo de “empoderamientos” 129

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formaban parte esencial de estos mecanismos a través de los cuales es posible ver la circulación y adquisición de capitales –aunque estos hayan sido casi invariablemente muy discretos montos–. Como señalamos antes, a través de estos empoderamientos se cancelaban deudas anteriores, se adquirían bienes y recursos y se participaba más o menos activamente de la vida económica local. De los 115 poderes generales y particulares otorgados de los que disponemos hasta 1630, el 70,5% está compuesto por otorgamiento de poderes para cobro de deudas y autorizando la entrega de cartas de pago, mientras el 16% eran deudas impagas. Los montos involucrados habitualmente en esos préstamos eran de escaso monto; excepcionalmente sobrepasaban los 2.000 pesos en reales de a ocho9. En la mayoría de los casos estas operaciones se sustanciaban sobre mercancías entre particulares; sobre todo miembros de la misma familia, como en el caso de Argañarás y Murguía; entre amigos, paisanos, o socios comerciales foráneos. Ahora integraremos a lo ya visto, el análisis de la trama de personajes vinculados a través de los otorgamientos de poderes particulares o generales. Poderes otorgados en San Salvador de Jujuy

Este grafo representa una red aún más interconectada y densa que la anterior; pero sin embargo, menos centralizada. En los datos 130

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de salida –poderes conferidos–, el nodo con el grado más elevado es el cabildo local. El cuerpo de gobierno municipal fue el principal agente de empoderamiento, al solicitar a diversos personajes, locales y foráneos, su representación ante distintas instancias provinciales, de la Real Audiencia y del Virreinato. Sin embargo, no ocurre lo mismo, lo cual es esperable en términos de los empoderamientos, donde su participación es obviamente nula. Por lo tanto, lo que debemos considerar es el agente individual que detente el mayor grado de vinculación. Y este es el segundo en el orden, el escribano público y capitular originario de Salta, Francisco Morillo, quien exhibe dos conexiones de salida –otorgó su poder para diversas gestiones en otras tantas oportunidades–. En cambio, es por mucha diferencia el más buscado localmente, con 17 eventos en los que fue apoderado por otros agentes. En este último rubro registra más del doble del segundo en el orden, Juan Ochoa de Zárate, y cuadruplica a los terceros (los encomenderos Diego Núñez, Francisco de Argañarás, Bartolomé M. Quintana y Diego de Castro, y el capitular y hacendado Juan Ortiz de Mendoza, todos con cuatro). En cambio, como mencionábamos, su participación fue mucho menos activa otorgando poderes. Creemos que esto tiene que ver con el hecho de que Morillo fue un individuo relativamente marginal dentro de la élite local. Durante muchos años fue el único escribano público y también del cabildo, además de haber formado parte de este último cuerpo como regidor en diversas oportunidades. Fracasó en su intento de instituirse violentamente como teniente de gobernador, y fue rechazado por la mayor parte del grupo de los más poderosos, quienes lo acusaban, además, de amenazarlos con su clientela armada. El resto de su familia se asentó en Salta, de donde también provenía él, adonde uno de sus hermanos accedió al cargo de teniente de gobernador. Creemos que esa actividad notarial resulta decisiva a la hora de explicar la gran centralidad de este personaje dentro de la red. Todos los personajes mencionados a continuación de él fueron agentes principales del sector más concentrado del poder local. Estos articulaban al resto de la red entre sí y con ellos. Puntualmente, los que hacían llegar su influencia más lejos, esto es, aquellos que establecieron más vínculos con los más poderosos y mejor co131

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nectados –por mucha diferencia–, resultaron ser, no los miembros de la vieja guardia conquistadora, sino Francisco Morillo, y un fuerte comerciante local, Juan de Salinas. Entre ambos presentaban más del doble de los valores que el tercero en el orden, el también comerciante local Pero Sánchez. En consecuencia, lo que esta trama revela, es que existía un conjunto discreto de individuos, encabezado por los recién mencionados, que no sólo concentraba fuertemente las actividades de empoderamiento que implicaban pagos, cobros u otras gestiones, sino que el resto de la red sólo tenía vínculos entre sí a través de los miembros de aquel grupo. Esto es, no sólo presentaban la mayor cantidad de operaciones, sino que además tenían, y ejercían, el poder de la intermediación. A continuación ofrecemos el gráfico de la distribución logarítmica, al que nuevamente hemos realizado sobre valores normalizados + 2, a fin de evitar su negativización. Gráfico de distribución logarítmica de poderes otorgados en S. S. de Jujuy siglo XVII, normalizado + 2 (out degree)

El aspecto general de la curva tiende a asemejarse a una distribución 1/ƒ, esto es, a graficar una red libre de escala, en la cual, sobre todo en el rubro de intermediación, queda evidenciado que existen muy pocos nodos -2- que concentran buena parte de la actividad, a mucha distancia del resto, que se halla distribuido, esta vez sí, siguiendo una suave curva descendente. Por su parte, la curva de entradas, la de los empoderamientos recibidos, adonde no es relevante la participación de la institución 132

Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII

capitular, es semejante en casi todo al anterior, siendo la caída de la curva aún menos pronunciada. Aquí Morillo cumple un papel análogo al del cabildo para los datos de ingreso, y se puede decir que su grado de conexión es decisivo en sostener la morfología de esta distribución. Obviamente, entonces, esta distribución tiende a desenvolverse de acuerdo a una ley de potencia. La red así representada tiende, también, a comportarse de manera próxima a lo descrito por Barabási y comentado antes; el crecimiento de esta trama opera a partir de una elección preferencial que identifica a F. Morillo como un proto-hub. O sea, un agente que tendió a aglutinar y a concentrar la expansión reticular a partir de una posición favorable. Finalmente, deseamos analizar ahora un último aspecto de la vida económica del Jujuy del XVII, los contratos de trabajo (conciertos) y de compañía. Este tipo de sociedad productiva y comercial aparece como la vía indicada para los montos que se manejaban en la región, era la expresión económico-contractual de ese volumen y calidad de negocios, ya que “Con la denominación de ‘compañías’ o ‘conciertos’, (…) unían cortos capitales y trabajo personal para negocios concretos...” (Garzón Maceda, 1968: 25). A través de estos contratos atisbaremos la dinámica que adquirió la relación entre la élite local y el mundo del trabajo, fundamentalmente españoles pobres, indígenas encomendados de otras jurisdicciones e indígenas “libres” no sujetos a relación de servidumbre, todos volcados a un proto-mercado laboral de origen agropecuario en el que la relación salarial aún no resultaba dominante. Tanto compañías como conciertos fueron decisivos en dos actividades productivas de enorme importancia, una, la ganadería, que constituyó el eje de toda actividad productiva y comercial local durante los primeros dos siglos de vida de Jujuy. La minería también se desarrolló habitualmente bajo ese marco contractual, y a pesar de la escasez de registros sobre esas actividades resulta claro que fue una actividad importante para los miembros más prominentes de la incipiente sociedad jujeña. De hecho, entre sus participantes más conspicuos se encontraban algunos encomenderos, capitulares y eclesiásticos locales y regionales. El pastoreo de mulares requería más mano de obra que el de vacunos. A diferencia de estos últimos, habitualmente capturados en 133

Juan Pablo Ferreiro

vaquerías de cimarrones, la mula requería para su reproducción y crianza de más cuidados, y de un proceso más rico y complejo10, incluyendo especialistas como domadores y herreros. El aumento de las tropas arreadas convocó mano de obra foránea, y esto se expresó en la documentación bajo la forma de un inédito y anormal aumento de conciertos laborales entre propietarios/ganaderos locales e individuos procedentes de fuera de la jurisdicción en busca de contratación. Entre 1602 y 1630 se registraron 80 conciertos en la ciudad de Jujuy. El 20% declaraba que el motivo del contrato eran la invernada y el arreo, y en algunos casos esto se combinaba con tareas de mayordomía o de poblero. La mitad de todos ellos se suscribió entre 1620 y 1621, y el 80% (32) de estos se concretaron entre indígenas de otras jurisdicciones (La Rioja, Tucumán, Córdoba, Salta, Santiago del Estero, Chile) y propietarios locales. Si bien en estas operaciones no se declaraba la tarea específica a la que se dedicarían, todas se establecieron con conocidos productores de ganado local o tratantes de paso; incluyendo a varias de las cabezas de los conjuntos familiares más poderosos de la élite jujeña temprana, como Juan de Herrera y su sobrino Lorenzo, Hernando Diaz Caballero, Juan Ochoa de Zárate y Castro, Alonso de Tobar, entre otros. El plazo habitual del convenio era un año, aunque había algunos pocos hechos por menos tiempo. Las cifras que se pagaban por ese trabajo contratado eran variables. Oscilaban entre 5 y 80 pesos y se estipulaba a razón de 4 pesos el mes de servicios. En todos los casos se apartaban 10 pesos para el pago del tributo al encomendero, y se conformaba el pago con un porcentaje diverso pero usualmente muy alto en ropa de la tierra, telas bastas como el cordellate, más alimento y curación en caso de enfermedad. La tasa del encomendero más ocasionalmente una mínima suma, parecen haber sido abonados en moneda. En los 47 casos detectados entre 1620 y 1630 el “salario” por un servicio anual no especificado oscilaba entre 5 y 70 pesos, dependiendo, muy posiblemente, del grado de especialización de la tarea y el concertado. De todos esos conciertos, en 24 casos la ropa que 134

Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII

se les dio para su avío anual formó parte central del monto salarial, del cual, además, se le descontaban (en los 47 conciertos) los habituales 10 pesos para el pago del tributo a su feudatario. En sólo 2 oportunidades la ropa que integraba el pago contempló vestimenta para el concertado y para su esposa. En el resto, sólo estaba prevista la vestimenta del trabajador. En todos los casos, la alimentación y las medicinas sólo se calculaban para estos y en 8 casos la comida estaba contada dentro del salario. En resumidas cuentas, la supervivencia del grupo doméstico de aquellos trabajadores estaba a su propio cargo y a su regreso, si tal cosa ocurría en algún momento, sólo llevaban consigo lo puesto y lo debido a su encomendero. Si acaso obtenían algún plus, este no salía del salario del concierto. Y en algunos pocos casos, ni siquiera se garantizaba la reproducción del trabajador como tal. Creemos, por otros montos expuestos en la misma tabla y pagados a especialistas, que las cifras de los salarios más altos deben haberse relacionado con el desempeño de alguna especialidad; en tanto las cifras más bajas pueden haber reflejado las tareas de servicio personal y menos específicas. Algunos años después, en 1648 y en medio de un estancamiento demográfico de la ciudad, por lo menos 11 de los 91 vecinos y moradores declararon desarrollar sus actividades en relación a la producción y transporte de ganado. Para 1658, la población se encontraba en franco descenso: 43 moradores y vecinos11. El contexto del momento se corresponde con una fuerte depreciación de la moneda, y con una inversión de la tendencia de los destinos del ganado. Alrededor de 1660 Potosí dejó de ser un centro captador de mulares y fue sustituido por otros, entre los cuales se destacaba Oruro12. Para esta época, el principal exportador de ganado y quien disponía del control de mayor cantidad de mano de obra sujeta era Pablo Bernárdez de Ovando, el gran terrateniente de la Puna durante la segunda mitad del siglo. El grafo siguiente presenta la red de vínculos de concierto contraídos en Jujuy durante la primera mitad del siglo XVII.

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Juan Pablo Ferreiro

Grafo de conciertos y compañías, S. S. de Jujuy, siglo XVII

Este grafo presenta, también, un porcentaje de centralización sumamente bajo para los datos de salida –vínculos contratados por un nodo “patrono”–; y para las conexiones laborales establecidas por los nodos contratados como “mano de obra”. Entre ambos existe una diferencia de prácticamente el doble, que se debe a la concentración exhibida entre los patronos, quienes contrataban a más de un trabajador, mientras que salvo en casos excepcionales los trabajadores o “asociados” menores –en el caso de las compañías– únicamente registraban un solo lazo convenido. De este modo, el nodo/agente que sobresale netamente del resto en el contexto de una red altamente desarticulada, señalado por un diámetro mayor y de color azul, fue Juan Ochoa de Zárate, el poderoso empresario encomendero. El segundo en el orden, quien exhibe menos de la mitad de conexiones que Ochoa de Zárate, Juan Fernández Barrio, en cambio, fue un comerciante foráneo, el único en este grupo en los que se concentraron los conciertos, y que no formó parte de la élite local. De los siguientes 14 nodos que les seguían en orden, sólo cuatro (Domingo Soto, Francisco González, Juan de Avila y Pedro López Barros, estos dos últimos, foráneos) no eran encomenderos o parientes de encomenderos. Se puede decir 136

Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII

que entre los primeros diez puestos estaban ubicados los miembros de la vieja guardia que acompañó a Francisco de Argañarás y Murguía en la fundación, o sus deudos. Por ejemplo, Hernando Díaz Caballero –ganadero y pariente de encomenderos de Santiago del Estero–, quien cambiaba el personal de sus arreos en el valle de Jujuy, lo cual posiblemente pueda explicar su capacidad relativamente elevada para concertarse. Francisco González, en cambio, fue un importante comerciante residente que, hasta donde sabemos, no parece haber incursionado en la cría de ganado, aunque sí en su transporte y el de otras mercancías. Lorenzo de Herrera y Pedro de Godoy son de los máximos representantes de la “vieja guardia” conquistadora que rápidamente volcaron sus esfuerzos a la cría y transporte de ganado. Las actividades ganaderas a las que estaban destinados la mayoría de los conciertos y compañías se localizaban fundamentalmente en los valles y praderas del sur de la jurisdicción. En las tierras del norte, en cambio, se verifica, desde la primera mitad del siglo XVII, un fuerte lazo entre encomienda y hacienda, en realidad, el único con esas características durante toda la centuria, ya que la encomienda de Casabindo y Cochinoca, la de mayor volumen de toda la jurisdicción jujeña, fue, también, en la que más perduró ese vínculo servil, disolviéndose recién en los primeros años del siglo XIX y siendo el sustento real de la hacienda. En esa gran unidad productiva se amalgamaron la ganadería, la producción agropecuaria, la elaboración de algunas manufacturas y la explotación minera. En cambio, en los valles bajos del sur, no se encuentra una relación semejante entre encomienda y gran propiedad. Finalmente, deseamos conocer el comportamiento y distribución de esta red, claramente más desarticulada que las dos anteriores, por lo que ofrecemos el gráfico de la distribución logarítmica, el que como en el caso anterior ha sido realizado sobre valores normalizados + 2. A pesar de las diferencias en el grado de centralización con los anteriores, volvemos a encontrarnos con una función descendente, de suave gradiente en la que la curva tiende a no coincidir con las medidas de tendencia central, y en la que, además, existe una importante distancia relativa entre los valores más extendidos (1 y 2) 137

Juan Pablo Ferreiro

y el máximo. Creemos que esto señala la posición del nodo Ochoa de Zárate, quien si bien concentra bastantes más vínculos que el resto, exhibe, por otra parte, una centralidad relativa, casi de valor local de acuerdo al grafo anterior, por la cual no puede actuar de articulador de una red casi desintegrada. Este último evento creemos que señala el rasgo principal de este rubro de actividad –los contratos laborales–, su dificultad y precariedad para constituirse en un auténtico mercado laboral autoregulado. No puede, entonces, reconocerse tal mercado, sino un campo más o menos restringido y volátil donde las transacciones con la fuerza de trabajo estaban sujetas y limitadas por condiciones extraeconómicas, como las relaciones tributario-serviles, la dependencia personal, en un marco de sustitución de la función tradicional de las comunidades locales, ya en proceso de desintegración. Gráfico log-log de conciertos laborales y compañías en Jujuy, siglo XVII, normalizado + 2

El gráfico de la distribución logarítmica correspondiente a los datos de entrada –fuerza de trabajo vendida– continúa con la tendencia recién señalada y no aporta más datos de significación.

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Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII

Conclusiones
A la hora de dar estado a la descendencia, o al personal matrimoniable de la familia, no todos los grupos de la élite lograron implementar alianzas exitosas. El análisis de las redes matrimoniales muestra claramente que existió gran disparidad en cuanto a la intensidad (con cuántos grupos se vincularon y cuántas veces lo hicieron), a la calidad de tales relaciones (vínculos con otros grupos bien conectados y de similar o superior rango social), y a las consecuencias (acrecentar el patrimonio, o al menos preservarlo, y generar descendencia propia que continúe manteniendo el linaje en un rango similar). Contra ese fondo irregular se destacó nítidamente el grupo familiar del fundador de la ciudad, los Argañarás y Murguía, quienes, además, poseyeron el único mayorazgo y la única casa nobiliaria auténtica que se conoció en Jujuy durante todo el siglo XVII. Este linaje fue el núcleo que concentró y acumuló la mayor cantidad de vínculos con los principales grupos familiares de la élite local y regional. Luego, y a menor escala, les siguieron cinco o seis apellidos que podían exhibir y disfrutar de la cantidad y calidad de sus conexiones familiares (Ochoa de Zárate, Rodríguez Vieira, Pérez Cisneros, Godoy, Tobar, Salcedo Poblete). Todos ellos estuvieron emparentados entre sí para mediados del siglo XVII. Los Argañarás aglutinaron a los Ochoa de Zárate, a los Pérez Cisneros y a los Rodríguez Vieira; mientras que los Godoy, los Tobar y los Salcedo Poblete se unieron entre sí. En este marco, más de un tercio de la red nupcial de la élite mantuvo una cantidad de vínculos entre sí superior al promedio. El vínculo político y familiar intentó suplir las carencias del orden institucional y del mercado a través de la manipulación de las normas sobre transmisión patrimonial, a fin de provocar un efecto contrario a la dispersión que habitualmente provocaban. Dichos lazos conformaron la trama sobre la que se producía la riqueza. En este contexto, es posible reconocer en el grupo dirigente dos sectores articulados, interdependientes, pero diferenciados. Uno, nuclear, estaba compuesto por muy pocos linajes. Durante el XVII alrededor de diez conjuntos familiares o casas –no todas contemporáneas– lo integraron (Argañarás y Murguía, Velásquez de Ovando, Rodríguez Vieira, Zárate y Castro, Godoy, Tobar, Salcedo Poblete, 139

Juan Pablo Ferreiro

Herrera, Chávez, Sanabria) y durante buena parte del XVIII parece haberse contraído a su mínima expresión (Goyechea, Campero/La Tijera, Calvimonte). El otro, compuso una suerte de “anillo exterior” o elite secundaria que constituye el sector más importante de las clientelas del sector nuclear y donde ejercieron sus prácticas de compadrazgo preferenciales a nivel local (vgr. Díaz Caballero, Ferreyra, Benavente, Pérez Cisneros, Morillo, Guerrero, etc.). Reconocemos, finalmente, un tercer sector, una “periferia” de la élite, que sin formar parte de la misma, participó más o menos marginalmente de la vida política y de los recursos económicos más importantes, integrando las camarillas y grupos de apoyo de los personajes y grupos familiares principales. En él ubicaremos, entonces, a los Guamán, los Arana, el mercader Francisco González, el ganadero portugués Marco Antonio Gavín, entre muchos otros.
Agradecimientos: A Sofy, Juli e Iri, por bancarme, que no es poco.

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Documentación utilizada
Archivo de Tribunales de Jujuy (ATJ)
Caja 1 – Legajos 1 al 20, 1595/1612 Caja 2 – Legajos 21 al 39, 1605/1615 Caja 3 – Legajos 40 al 60, 1612/1632 Caja 4 – Legajos 61 al 80, 1620/1630 Caja 5 – Legajos 81 al 101, 1625/1783 Caja 6 – Legajos 102 al 142, 1608/1648 Caja 8 - Legajo 162, 1632 - Legajo 178, 1639 Caja 9 - Legajo 187, 1639 Caja 10 - Legajo 213, 1640 - Legajo 216, 1641 - Legajo 217, 1641 - Legajo 224, 1641 Caja 11 – Legajos 250 a 271, 1644/53 Caja 12 – Legajos 278 al 315, 1647/51 Caja 13 – Legajos 319 al 342, 1652/56 Caja 14 – Legajos 346 al 368, 1660/71 Caja 15 – Legajos 369 al 404, 1661/66 Caja 16 – Legajos 405 al 450, 1666/69 Caja 17 – Legajos 452 al 485, 1670/76 Caja 18 – Legajos 489 al 519, 1617/77 Caja 19 – Legajos 525 al 576, 1676/81 Caja 20 – Legajos 577 al 613, 1682/85 Caja 21 – Legajos 614 al 639, 1686/89 Caja 22 – Legajos 640 al 681, 1689/92

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Juan Pablo Ferreiro Caja 23 – Legajos 682 al 716, 1692/95 Caja 24 – Legajos 717 al 759, 1696/99 Caja 27 – Legajo 870, 1716 Caja 29 – Legajo 955, 1722 Archivo Histórico de la Provincia de Jujuy (AHPJ) Colección Ricardo Rojas (CRR) Caja VII - Legajo 1, 1701/58 Caja IX - Legajo 2, 1774 Caja X - Legajo 1, 1677/1772 Caja XXI - Legajo 1, 1618/19 - Legajo 2, 1620/1641 Caja XXII - Legajo 1, 1619/1627 - Legajo 2, 1665 Caja XXIII - Legajo 1, 1634/36 - Legajo 2, 1680/94 - Legajo 3, 1625/30 Caja XXIV, 1694/1712 Caja XXV - Legajo 1, 1654/56 - Legajo 2, 1665/79 Caja XXX - Legajo 1, 1669/1778 Caja XXXI, legajo 1, 1713/21 Caja XXXIII - Legajo 2, 1680/9 Caja XXXVIII - Legajo 1, 1682/87 - Legajo 3, 1691 - Legajo 4, ¿1698?

Notas
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Siguiendo a Bourdieu (Bourdieu, 1994), quien destacó analíticamente el concepto, proponemos entenderlo aquí como un conjunto de condicionamientos y disposiciones colectivas, convencionales y frecuentes que orientan acciones específicas, y que por esas razones, precisamente, están sujetas a modificaciones. El 20 de agosto de 1561 Gregorio de Castañeda fundó la denominada Ciudad de Nieva, no lejos de donde en 1593 Argañarás fundaría San Salvador. El 13 de octubre de 1575, el general Pedro de Zárate fundó San Francisco de Alava, en un sitio ubicado unas pocas cuadras al sur de la actual plaza Belgrano. Assadourian (1982), el investigador cordobés, pone reparos al uso de la categoría de Acumulación Originaria, debido a que las rupturas con las economías domésticas

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3

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Tramas económicas y parentales en las redes de la élite jujeña del S. XVII aldeanas presentan un grado, importante a su criterio, de reversibilidad. No obstante, y en el marco del proceso secular que analizamos, que comienza con una hecatombe demográfica y culmina con la aparición de las grandes propiedades territoriales a expensas de las poblaciones nativas, creemos que sólo la noción clásica elaborada por Marx, puede dar cuenta satisfactoria y plenamente del proceso estructural; de allí su adopción como categoría clave en este trabajo.
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La endogamia fue, además, una de las particularidades visibles de las élites vascas del Antiguo Régimen, tal como ha sido señalado por diversos autores, que implicaba, por un lado, una estrategia colectiva a mediano y largo plazo; y por otro, la idea de una pertenencia y de distinción grupales, que fue uno de los elementos que favoreció la agrupación en torno a una “casa” y linaje. Ver Martinez Rueda, 1996; García Giraldez, 1994; Stabili, 1999; Casey, 1990. nupciales; (mientras el color indica una similar capacidad de intermediación entre distintos conjuntos nupciales).

5 En el grafo cada nodo representa a través de su diámetro, el volumen de sus alianzas

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Los grupos con los que estaban unidos en matrimonio eran los Zárate, Rodríguez de Armas, Rodríguez Vieira, Pérez Cisneros, Yansi y Ubilla, Palacios, Ybarguren, Goyechea, Iñiguez de Chavarri, Vieira de La Mota, Ibarra, Ledesma Balderrama, Mejía Mirabal, Olmos y Aguilera, Serrano de Los Reyes y Bustos. Hemos realizado un análisis en profundidad del emparentamiento en la élite local en Ferreiro (2010). gravaba un inmueble, limitando su dominio con obligaciones entre las cuales la principal era el pago de un canon anual. No obstante, según Bauer (1983), tales derechos implicaban, sí, un gravamen; pero también implicaban, muy habitualmente, un préstamo.

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8 Según Beato (Assadourian, Beato y Chiaramonte, 1986) un censo era un derecho que

9 El único que sobrepasó ese monto hasta 1630, fue uno suscripto por Juan Ochoa de

Zárate y Castro quien recibió 2.800 pesos al contado y los devolvió en especies producidas por sus tributarios en 1620. Pocos años antes el mismo personaje había solicitado, y conseguido, otro préstamo a fin de poder pagar las arras nupciales de su matrimonio.
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Assadourian reconoce como etapas de la producción mular que requieren de técnicas específicas a “... seleccionar y separar los conjuntos reproductores, cuidar de la alimentación de las pequeñas crías, capar los machos, marcar los animales con el hierro, amansarlos. Queda todavía el arreo hacia el Alto Perú, formando tropas que llegan hasta las tres mil o cuatro mil cabezas. Vale decir, la producción de mulas insume un sector ocupacional estacional y fijo muy superior al que exige la explotación del vacuno...” (Assadourian, 1982: 42). Los datos son proporcionados por dos padrones levantados a los fines de cobrar tributo. El de 1641 es un padrón levantado por el cabildo local a fin de cobrar el impuesto a la Unión de las Armas. Mientras que el de 1658 está hecho a fin de solventar el avío de la tropa local enviada a la guerra. No obstante todas estas consideraciones, son las únicas fuentes demográficas directas y locales que hemos encontrado sobre la ciudad de Jujuy hacia mediados del siglo XVII. Assadourian (1982). Por información personal suministrada por el Dr. Víctor Morales, del Depto. de Historia de la Universidad de Antioquia (Colombia), las

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Juan Pablo Ferreiro mulas de Jujuy habrían llegado, durante la segunda mitad del XVII, tan lejos como los mercados de Cuenca (Ecuador) y Pasto (Colombia). Esta referencia lleva nuevamente a plantear el papel que le cupo a la Iglesia en este tráfico de larga distancia, a través de la participación de personajes como el canónigo de Popayán, Miguel de Urdayaga, primo y agente comercial de F. de Argañarás y Murguía.

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Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII
Carlos de Almeida Prado Bacellar

Universidade de São Paulo

Resumo
Até meados do século XVIII, a principal força de trabalho na capitania de São Paulo, na América portuguesa, foi constituída por índios. Pouco conhecemos sobre a organização dessa população cativa nas propriedades agrícolas do período, que produziam para o mercado interno. Os registros de batismos de adultos e crianças constituem uma fonte documental importante para o esforço de ampliação de nossas informações sobre a vida cotidiana desses indivíduos. Enfocando-se especificamente na questão do compadrio, torna-se viável uma análise preliminar dos possíveis padrões de estruturação de redes de solidariedade, principalmente se comparados aos nossos conhecimentos sobre o compadrio entre escravos de origem africana.

Slavery and Godparenthood in 18th Century Colonial São Paulo Abstract
Until the mid-Eighteenth century, the main labor force in the captaincy of São Paulo, in Portuguese America, was constituted by Indians. Little we know about the organization of the captive population on farms of the period, which produced for the internal market. The 145

Carlos de Almeida Prado Bacellar

church records of baptisms for adults and children constitute an important source for the effort to expand our information on the daily lives of these individuals. Focusing specifically on the question of the godparenthood, a preliminary analysis of the network of friendships becomes possible, especially if compared to our knowledge about those networks between slaves of African origin.

O estudo sobre as práticas do compadrio no seio da população escrava vem atraindo um número bastante significativo de historiadores da família, que buscam melhor entender as práticas da sociabilidade e solidariedade na sociedade colonial brasileira. Como pano de fundo, revela-se uma preocupação bastante evidente no sentido de entender a lógica de funcionamento do sistema escravista nas distintas realidades econômicas da América portuguesa. A escravidão durante o período colonial brasileiro pode ser caracterizada, de uma maneira bastante genérica, como um sistema multifacetado, variável no tempo e no espaço. Das grandes escravarias das fazendas açucareiras às posses de apenas um ou mais cativos na pequena lavoura, podemos vislumbrar conjunturas de um escravismo que não pode ser tratado como uníssono. Hoje sabemos que a realidade demográfica de propriedades escravas de dimensões muito distintas não podia ser a mesma, especialmente pelas diferentes razões de sexo instaladas. Grandes conjuntos escravistas tendiam, quase sempre, a concentrar fortes contingentes de homens, contrapondo-se às pequenas posses, onde o equilíbrio entre os sexos era mais viável. Além disso, sabemos que os escravos reunidos em uma mesma propriedade podiam ter proveniência bastante heterogênea, com cativos nascidos no Brasil (os crioulos) convivendo com africanos das mais distintas etnias, num equilíbrio muitas vezes precário e conflituoso1. No contexto desse cadinho de homens e mulheres obrigados a conviver de maneira forçada, as soluções de sobrevivência disponíveis vem sendo objeto de ampla investigação. De há muito se sabe que o matrimônio era uma instituição disponível para alguns cativos, mas evidentemente não para todos. Logo, podemos inferir, com grande segurança, que alcançar a condição de casado seria facilmente razão para o surgimento de atritos e conflitos no interior da senzala. 146

Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII

Do ponto de vista senhorial, a possibilidade de ter cativos casados significava, antes de tudo, a certeza de que crianças iriam nascer, e que deveriam ser objeto de alguma atenção. Aquelas que sobrevivessem à elevada mortalidade poderiam alcançar a idade de trabalho, quando da adolescência. Tais crianças podiam, também, ser convertidas em seu correspondente valor de mercado, caso vendidas, ou usadas para pagamento de dotes aos herdeiros. A grande dúvida, todavia, reside no papel que estes nascimentos ocorridos entre os escravos teriam na manutenção e ampliação da força de trabalho cativa. Embora saibamos que o tráfico atlântico de escravos foi crucial para a concretização do sistema escravista, resta ainda pouco claro o peso que a reprodução endógena da força de trabalho cativa assumiu nas diversas realidades escravistas verificadas na América portuguesa2. De certo, temos o testemunho documental da presença mais ou menos expressiva de escravos crioulos, a conviver com os africanos. Observado sob a ótica dos escravos, o matrimônio era uma possibilidade ao alcance de alguns. As mulheres, geralmente minoritárias, seriam alvo de disputas de uma maioria de homens. Concretizadas as uniões, e sempre restrita a cativos da mesma propriedade, restava aos demais uma vida sexual aleatória, ao sabor das eventualidades do cotidiano, e cuja real dimensão permanece de muito difícil investigação. Havia, ainda, diferenças de oportunidades de matrimônio que dependiam das dimensões do plantel escravo. Pequenas propriedades escravistas tendiam a contar com uma razão de sexo mais equilibrada, mas num contexto aparentemente generalizado de interdição informal de casamento entre escravos de senhores distintos, constituíam um ambiente bastante restrito para consolidar as uniões. As grandes propriedades escravistas, por outro lado, contrapunham contingentes elevados da força de trabalho a uma razão de sexo bastante desequilibrada, fazendo inevitável que inúmeros homens restassem sem opção matrimonial (Slenes, 1999: 69-130). Os matrimônios de escravos vêm sendo, já há algumas décadas, objeto de acalorado debate historiográfico. Negando a afirmação de ocorreria uma espécie de desregramento sexual no trato entre escravos, diversos autores apontaram justamente para a possibilidade 147

Carlos de Almeida Prado Bacellar

concreta de ocorrência de uniões conjugais, de formação de famílias multigeracionais e do estabelecimento de laços afetivos e espirituais entre aqueles indivíduos3. Se, em um primeiro momento, houve argumentações isoladas no sentido de que tais descobertas acobertariam mensagens conservadoras, interessadas em defender uma escravidão brasileira mais cordial e menos repressora (Gorender, 1991), hoje a família escrava tornou-se importante objeto de estudos. Casamento, compadrio e camaradagens entre escravos não negavam, de qualquer maneira, o caráter violento e opressor da escravidão, mas passaram a ser vistos como elementos fundamentais para o entendimento da lógica do sistema escravista. Nesse sentido, duas grandes linhas historiográficas buscam entender o papel do matrimônio e da constituição de famílias no contexto de uma economia escravista. Manolo Florentino e José Roberto Góes veem o casamento como um elemento estrutural do escravismo, que permitiria o estabelecimento da “paz” no relacionamento entre senhores e escravos, na medida em que respondia aos interesses específicos de ambos os lados (Florentino e Góes, 1997; Florentino e Góes, 1998). Robert Slenes, por seu turno, vê no casamento e na constituição da família “um campo de batalha, um dos palcos principais, aliás, em que se trava a luta entre escravo e senhor e se define a própria estrutura e destino do escravismo” (Slenes, 1999: 49). Seja qual for o viés explicativo, as uniões formais estavam presentes no cotidiano, lado a lado com uniões informais4. Estas últimas, como seria de se esperar, apenas podem ser identificadas pela proliferação de batismos de filhos de mães solteiras, também bastante corriqueiro. A presença de crianças nascendo resultava na proliferação de cerimônias de batismo, cujos registros foram mais bem preservados a partir do século XVIII5. Nesses assentos, chama a atenção a nomeação dos padrinhos e madrinhas, constituindo informação fundamental para o estudo do fenômeno do compadrio. Para trabalhar a questão do compadrio, selecionamos a paróquia de Nossa Senhora da Candelária, da vila de Itu. Situada a oeste da cidade de São Paulo, na então capitania de São Paulo, esta paróquia conta com registros de batismos de cativos preservados a partir de 1705, embora sua fundação date de princípios do século 148

Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII

XVII. Neste primeiro século de existência, e até aproximadamente meados do século XVIII, sua população vivia dos frutos da pequena produção agrícola, bem como da captura de índios nos sertões do Brasil. Feitos cativos, estes índios foram utilizados na manutenção dessa lavoura, bem como no fornecimento de mão-de-obra para a realização de novas expedições de captura. Desta maneira, o período de assentos de batismo do intervalo entre 1705 e a década de 1760 referem-se, em sua grande maioria, a indígenas recém-capturados, muitos dos quais adultos, ou aos descendentes destes, já nascidos em cativeiro. O Gráfico 1 apresenta a evolução dos batismos de cativos e livres ao longo do grande intervalo entre 1698 e 1836, cerca de um século e meio. O crescimento contínuo dos batismos de livres sugere um forte crescimento demográfico, principalmente após meados do século XVIII, por ocasião dos primeiros sinais de crise da mineração aurífera na vizinha capitania de Minas Gerais, e dos primeiros sucessos de implantação da lavoura da cana-de-açúcar no município de Itu. O progressivo crescimento da economia de exportação atraiu migrantes, e fixou uma população que, até então, se sentida atraída para outras paragens. Gráfico 1 Batismos de livres e cativos, Itu, 1698-1836

Mas, para o escopo de nossa análise, é bastante interessante a curva fortemente descendente dos batismos de cativos até a década 149

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de 1760. A partir desse momento ocorre a inversão da tendência, levando a uma retomada do crescimento no número de registros. A queda dos batismos ao longo da primeira metade do século XVIII traduz, com clareza, a progressiva decadência da experiência de captura de índios. As proibições régias cada vez mais consistentes, no sentido de proibir a escravização de índios, levaram, num primeiro momento, à estratégia de manter a captura, mas adotando outras expressões para descrever os indivíduos nessa condição: servos, serviços ou administrados6. Mesmo assim, a expansão do povoamento pelos territórios mais interiores da América portuguesa havia levado as populações indígenas, passíveis de captura, para pontos bastante afastados. As expedições de apresamento tornavam-se cada vez mais difíceis, principalmente pelas distâncias cada vez mais alongadas a serem percorridas. Nessa conjuntura –primeira metade do século XVIII– os moradores de Itu não podiam fazer frente ao elevado custo dos africanos introduzidos em função da mineração, uma vez que suas rendas com a agricultura eram relativamente modestas. A curva expressivamente descendente comprova, portanto, a momentânea decadência do uso da mão-de-obra cativa, e indígena, em São Paulo. E deixa claro, também, que escravos africanos não se tornaram acessíveis, devido aos preços bastante elevados com que eram vendidos na capitania de Minas Gerais. Podemos imaginar que os cinquenta anos iniciais do século XVIII foram marcados, na capitania de São Paulo, pela contínua diminuição da força de trabalho forçada, levando muito provavelmente à queda da produção agrícola. Por outro lado, a curva ascendente a partir da década de 1760 indica não apenas o princípio do crescimento econômico paulista, mas também a decadência da mineração: os preços dos cativos de origem africana tornaram-se mais acessíveis, permitindo sua introdução mais consistente na capitania de São Paulo. A transição da escravidão indígena para a africana pode ser mais bem percebida pelo Gráfico 2. Ao considerarmos a condição declarada dos batizados, percebemos uma íntima relação entre a condição de indígena, e a ocorrência da ilegitimidade e do batismo de adultos. Capturados e introduzidos nos domicílios, homens e mulheres chegavam sem o reconhecimento de condições conjugais pré-existentes, 150

Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII

sendo quase sempre declarados ilegítimos, ou filhos de pais desconhecidos7. Somente depois de instalados junto a seu senhor, podiam ser oficialmente reunidos em matrimônio e reconhecidos como estando em uma união formal. Gráfico 2 Condição dos batizados cativos, por década. Itu, 1704-1800

A entrada de africanos levaria ao estabelecimento de novas práticas; embora aumente o número de ilegítimos, foi a legitimidade que ganhou contornos mais fortes. Para o intervalo entre 1704 e 1749, os legítimos constituíam apenas 38,6% dos batismos de crianças, contra 61,4% de ilegítimos8. Na segunda metade do século XVIII, a legitimidade sobe para 59,6%, baixando a ilegitimidade para 40,4%. Isto pode ser interpretado de maneira bastante clara: a prática de promover uniões conjugais estáveis é uma realidade inequívoca, tornando-se francamente majoritária frente aos filhos de mães solteiras. Algo mudou: começaram a ser introduzidos escravos de origem africana, e o casamento tornou-se mais interessante para os senhores. Diante do anterior panorama da escravidão indígena, isto é um fato novo; as motivações subjacentes a esta política senhorial resta, contudo, à espera de maiores pesquisas. Cabe ressaltar que o volume de legítimos encontrados para a segunda metade do século XVIII é consideravelmente elevado se comparado com outras realidades escravistas do mesmo período. Silvia Brügger identificou, para São João Del Rey, capitania de Minas 151

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Gerais, 21,6% de legítimos em 1736-1740 e 26,2% para 1741-1750. Para a segunda metade do século, encontrou índices que chegam a 41,2% na década de 1791-1800, ainda assim muito abaixo dos índices de Itu (Brügger, 2007: 116). Cacilda Machado encontrou 44,6% de legítimos em São José dos Pinhais, extremo sul da então capitania de São Paulo, zona de pequena propriedade escravista, para os anos entre 1775 e 1802 (Machado, 2008: 94-95). Isto posto, podemos analisar como se estabeleciam tais laços de compadrio. De maneira bastante uniforme, as pesquisas desenvolvidas até o presente em torno do compadrio valeram-se das séries de registros paroquiais de batismo como principal e por vezes única fonte de informação. Todavia, esta fonte, por si só, estabelece limitações à análise: o nome dos padrinhos apresenta-se isolado, sem qualquer qualificação. Em outras palavras, não se sabe ao certo quem era o indivíduo, nem sua eventual relação de parentesco com o proprietário do escravo. Esta limitação restringe o alcance das análises, a não ser que disponhamos de outras fontes de informações, como listas nominativas de habitantes e genealogias, que possam auxiliar na identificação de eventuais laços consangüíneos. Diversos autores preocuparam-se em caracterizar o compadrio para as crianças escravas. Segundo Donald Ramos, a bibliografia tem chamado a atenção ora para os aspectos espirituais, ora para os sociais do fenômeno (Ramos, 2004: 49-52). O batismo seria fundamental, assim, por permitir a inserção do batizado –inclusive o africano que desembarcava na colônia– na comunidade dos fiéis, ao mesmo tempo em que permitia que o indivíduo passasse a fazer parte de redes mais ou menos amplas de solidariedade horizontal e vertical. Para além dos laços espirituais, os batismos poderiam “reforçar laços de parentesco já existentes, ou solidificar relações com pessoas de classe social semelhante, ou estabelecer laços verticais entre indivíduos socialmente desiguais” (Schwartz, 2001b: 266). Não é nosso objetivo recuperar essa discussão, que já foi bastante desenvolvida. Mas acreditamos ser fundamental alertar que, na ainda relativamente grande imprecisão atual do conhecimento, ambas vertentes explicativas –sacra e leiga– podem ser perfeitamente aceitas como motivadoras do compadrio. Todavia, mesmo tais ponderações merecem cuidados. Em investigação recente, tivemos oportunidade de demonstrar a ocorrência de 152

Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII

alguns casos de adultos africanos sendo batizados até três anos após ingressarem na senzala, numa interessante inversão do modelo historiográfico amplamente reproduzido (Bacellar, 2010). Nestes casos, o batismo parece ter servido apenas para confirmar a prévia inserção do cativo na comunidade, que se dera ao longo dos meses ou anos precedentes. Sintomaticamente, esses adultos eram mencionados nas listas nominativas de habitantes já portando seus futuros nomes cristãos de batismo, deixando claro que a cerimônia na Igreja era tão somente de confirmação, e não de inserção inicial do indivíduo na sociedade. Cabe ressaltar, a propósito, que um africano batizado um, dois ou três anos após sua chegada à propriedade de seu senhor muito provavelmente já falava português, e já havia estabelecido diversos laços afetivos entre seus pares de cativeiro. Ainda mais, nessa posição ele teria, com certeza, condições muito mais efetivas de influenciar na cerimônia, e na escolha de padrinhos. No mesmo sentido, detectamos, para os batismos ocorridos na vila São Luiz do Paraitinga –também na capitania de São Paulo–, a inexistência de batismos de adultos africanos sendo efetuados na própria paróquia anteriormente à década de 1800 e escassos casos para a década de 1810 (Bacellar, 2010). Para Itu, constatamos algo bastante próximo: entre 1750 e 1800, apenas 83 adultos africanos sendo batizados, meros 2,2% do total de batismos9. Como as listas nominativas de habitantes são pródigas em apontar a grande presença de africanos nas duas localidades já na segunda metade do século XVIII, somos obrigados a concluir que todos os batismos de africanos de São Luiz, e a grande maioria de Itu, anteriores a 1800, ocorriam previamente, em outra paróquia. Muito provavelmente, eram batizados no porto de desembarque, que seria o Rio de Janeiro ou Santos. Portanto, seriam batizados pelos negociantes do tráfico ou, talvez, pelos novos senhores que acabavam de adquirí-los. Fosse como fosse, custa a crer que tal cerimônia, e a correspondente escolha de padrinhos, tenham sido promovidas com outra intenção, senão a burocrática da religião. Logo, o batismo nessas condições dificilmente poderia ser considerado como um mecanismo de inserção na comunidade de escravos, ou na sociedade como um todo. E, após 1810, em ambas as paróquias, começam a aparecer muitos adultos sendo batizados. Esta mudança de prática, deixando 153

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para trás cerca de meio século de procedimentos firmemente estabelecidos, como acima descrito, fica à espera de melhores explicações, mas talvez envolvam mudanças no funcionamento do mercado de escravos justamente no momento de transferência da Corte portuguesa para o Rio de Janeiro, em 1808. Estas questões em torno da cerimônia do batismo de cativos atestam a necessidade de maiores investigações, que permitam melhor desvendar seu papel no contexto da escravidão. Poderíamos imaginar, a esse respeito, quais seriam as relações eventualmente estabelecidas entre o compadrio de livres e escravos, no interior de um mesmo domicílio. Seria interessante, por exemplo, comparar as escolhas de compadres dos filhos do senhor com a dos escravos, para perceber coincidências e distanciamentos. Ou mesmo buscar detectar os afilhados dos senhores, e os de seus escravos, enfocando o compadrio num âmbito ainda mais complexo de formação de redes verticais e horizontais. Esta teia em diversas direções e níveis é, indubitavelmente, o cerne da questão e, ao mesmo tempo, seu principal nó analítico. Reconstituir tais teias de um modo inteligível é, ainda hoje, um dos grandes desafios dos estudiosos do compadrio. Muito pouco se conhece, todavia, sobre o compadrio de crianças livres em nosso passado, que possibilitasse um ensaio de análise comparativa. Os trabalhos mais antigos sobre o tema buscaram discutir, em linhas gerais, quantos livres e quantos escravos haviam atuado como padrinhos para uma dada série de registros de crianças cativas. A principal descoberta, então, foi a constatação de que não havia um padrão de práticas entre escravos e/ou entre seus senhores. Uma realidade escravista tão vasta e diversificada como a brasileira não poderia comportar uniformidade de modelos. Estas investigações, centradas no uso das informações constantes nos assentos paroquiais de batismo, não podiam, portanto, avançar mais além da simples constatação da condição de escravo ou livre dos padrinhos. As dificuldades de identificação de indivíduos pelo nome, graças à tradição de instabilidade dos nomes em populações coloniais portuguesas, é um obstáculo considerável para melhor precisar a identidade das pessoas envolvidas. Qualquer tentativa de melhor qualificar tais personagens exige um exaustivo cruzamento de fontes. 154

Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII

Os laços de compadrio estendem-se para todas as direções, com a escolha de escravos, forros e livres das mais variadas qualidades, esparramados por espaços territoriais mais ou menos amplos, para exercerem a função de padrinho e madrinha. Tivemos oportunidade de analisar, em trabalho anterior, o compadrio de escravos através da observação de propriedades escravistas consideradas isoladamente (Bacellar, 2007). Ou seja, buscamos reconstituir a prática de escolhas de compadres para a comunidade dos escravos reunidos por senzala, num esforço de perceber particularidades. Claro que esta tentativa parte do princípio de que, tal como o casamento, o batismo também sofreria as conseqüências de alguma forma de negociação entre o senhor e seus cativos, tanto no que diz respeito à data da cerimônia –uma vez que era necessário resolver quando os envolvidos deviam comparecer na sede da paróquia– quanto na escolha dos padrinhos. Esta negociação entre senhor e escravos parece inevitável, uma vez que aquele deveria autorizar a saída de sua força de trabalho das lides cotidianas. Esta necessidade de comum acordo, e mesmo participação do senhor, fica bastante evidente quando descobrimos reiterados casos de batismo ao longo da semana, em dia de trabalho; ou, então, quando ocorriam batizados em grupos de cativos, que aparentemente o proprietário deixava acumular para realizar de uma só vez, economizando as saídas para a vila. Acreditamos que a necessidade de negociações entre as partes era a causa principal de práticas de compadrio diferenciadas para cada propriedade escravista. A reconstituição de diversos casos para a vila de São Luiz do Paraitinga deixou patente que ocorriam opções distintas (Bacellar, 2007). Em algumas senzalas, havia nítida preferência por padrinhos cativos, enquanto em outras se optava por livres. Os compadres cativos poderiam ser os companheiros da mesma senzala, mas, por vezes escolhiam-se somente escravos pertencentes a outros senhores. Em um dos casos, os escolhidos eram na maioria o próprio senhor, sua esposa e filhos, em um padrão usualmente considerado incomum, na linha de pensamento de que o senhor, que podia punir seus escravos, não poderia assumir o papel oposto, de proteção, na figura do compadre. Nas palavras de Schwartz, “como poderia o senhor disciplinar, vender ou explorar irrestritamente sua propriedade viva enquanto assumia as obrigações do compadrio?” (Schwartz, 1988: 331). 155

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De qualquer maneira, as análises dos plantéis escravos da vila de São Luiz, para princípios do século XIX, demonstraram que por trás dos números mais genéricos do compadrio, conhecidos por meio dos registros de batismo, se ocultava uma realidade muito mais complexa, de políticas de compadrio estabelecidas internamente a cada domicílio escravista, fruto de acertos negociados no cotidiano. Para uma melhor compreensão das dimensões do compadrio escravo, desenvolvemos um ensaio semelhante de análise de domicílios, agora para a paróquia de Itu, mas com um componente a mais: o parentesco entre os senhores. Selecionamos, para tanto, os domicílios dos irmãos Pascoal Delgado Lobo, Matias de Oliveira Gago e Joana de Almeida, casada com Jordão Homem Albernaz, bem como uma filha do primeiro, Maria Soares, casada com Bartolomeu Bueno de Siqueira. A intenção é buscar perceber se o pertencimento a uma mesma família implicou em similaridades no trato do compadrio escravo. A proposta ainda difere da análise realizada para São Luiz do Paraitinga pelo fato de ser desenvolvida com o recurso a registros de batismo da primeira metade do século XVIII, onde a vasta maioria dos batizados era de origem indígena, e não de africanos. Trata-se de uma realidade escravista distinta. Não eram cativos comprados, mas sim capturados, a um custo relativamente menor –o custo da expedição–. Não eram, também, destinados para a produção voltada para o mercado atlântico, mas sim para o mercado de abastecimento interno. Mesmo assim, trabalhavam compulsoriamente, e não teriam liberdades mais amplas que seus sucessores, os africanos. Mas permaneciam no domicílio de seu senhor, a despeito da regulamentação que coibia ou proibia o cativeiro, e eram igualmente submetidos à necessidade de batismos regulares. O batismo e o compadrio teriam, portanto, a mesma importância que a historiografia atribui para os escravos de origem africana: indivíduos estranhos à sociedade local, que necessitariam de mecanismos de socialização, mesmo que forçada. A análise dos casos demonstra, mais uma vez, a diversidade de arranjos possíveis na prática do compadrio. Na primeira metade do século XVIII, estes proprietários estavam intimamente relacionados ao apresamento de indígenas, e esta era a sua mão-de-obra por excelência. Grosso modo, são batismos de adultos e crianças recémcapturados, ou então de crianças nascidas no domicílio, filhas de 156

Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII

casais ou de mães solteiras. Raros eram os escravos de origem africana. Como ao longo de todo o período a escravidão de índios era formalmente proibida, os colonos buscaram subterfúgios para manter sua força de trabalho. Na prática, e principalmente em áreas mais periféricas da América portuguesa, como é o caso da capitania de São Paulo, o uso dos nativos (os chamados “negros da terra”) permanecia amplamente difundido. Contudo, para evitar maiores confrontos com as autoridades régias, raramente eram denominados escravos. Mas eram, de fato, privados de sua liberdade, e permaneciam como objeto de partilha nos inventários, mesmo sem receber qualquer avaliação de valor formal. Stuart Schwartz, ao analisar os batismos de escravos indígenas da vila de Curitiba, no mesmo período, alega que, para os senhores, haveria diferença no trato dispensado a estes indivíduos. Por razões ideológicas e religiosas, segundo ele, os senhores teriam que exercer, de fato, o papel de administradores desses índios, atuando no sentido de favorecer sua civilização, tornando-os membros da comunidade cristã. Deste modo, a condição de responsável pela introdução do indígena no mundo cristão não tornaria contraditória a possibilidade de o senhor atuar como padrinho do próprio indígena a seu serviço, tal como acontecia quando se tratava de cativos de origem africana (Schwartz, 2001b: 278-9). A Tabela 1 permite perceber as diferentes qualidades dos padrinhos e madrinhas escolhidos para os batizados dos escravos dos quatro plantéis em foco. De imediato, percebemos situações diferenciadas entre si. Embora o número absoluto de batismos de cada proprietário não seja coincidente, ficam nítidas as escolhas preferenciais. Para os cativos de Pascoal Delgado Lobo, o grosso dos compadres era de condição livre – familiares do próprio senhor (51 casos), outros indivíduos livres (38 casos) e o próprio Pascoal (quatro casos), contra apenas 14 possíveis cativos. Nenhum cativo deste senhor apadrinhou qualquer dos companheiros de infortúnio. Para os cativos de seu irmão Matias de Oliveira Gago, ocorreu uma situação com uma distribuição de compadres mais concentrada nos livres (21 casos), nos familiares de Matias (11 casos) e ele próprio (três casos), e apenas dois casos isolados de seus cativos apadrinhando. 157

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Tabela 1 Condição social dos padrinhos e madrinhas de cativos indígenas batizados por quatro proprietários
Cativos Familiares Cativos Possíveis de outros Livres 1 de Ego de Ego cativos2 senhores 51 0 0 14 38

Proprietário Pascoal Delgado Lobo (1705-1720) Matias de Oliveira Gago (1705-1722) Jordão Homem Albernaz (1705-1743) Bartolomeu Bueno de Siqueira (1713-1737)

Ego

4

3

11

2

0

0

21

3

3

56

24

15

25

9

5

0

0

0

28

1. Esposa, filhos, genros e noras. 2. Embora não formalmente descritos como cativos, a ausência de sobrenome sugere a condição.

A situação que verificamos para estes dois plantéis diferencia-se frontalmente do ocorrido na propriedade de seu cunhado, Jordão Homem Albernaz. Dos 64 batismos ali verificados, descobrimos que nada menos que 56 compadres eram escravos da mesma senzala, que se somavam a 24 cativos de outros senhores, e a 15 possíveis cativos. A estes impressionantes números, se contrapunham somente 31 compadres livres, demonstrando que, nesta propriedade, os laços de compadrio eram preferencialmente voltados para os companheiros de cativeiro. Por fim, o único representante da geração seguinte da família, na figura de Bartolomeu Bueno de Siqueira, batizou somente 24 cativos e teve a totalidade dos compadres perfilados na condição de livre, com especial destaque para o próprio Bartolomeu, que apadrinhou nove de seus próprios cativos. O que teria levado este indivíduo a não se sentir constrangido ao batizar seus escravos? Como resolvia o impasse de ser padrinho daqueles que cotidianamente explorava, 158

Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII

e mesmo punia? De modo bastante significativo, seu sogro, Pascoal Delgado Lobo, era proprietário de cativos também preferencialmente batizados por seus familiares. Poderíamos dizer, nesse sentido, que sogro e genro compartilhavam a crença de que o senhor, e seus parentes mais próximos, seriam padrinhos ideais? É uma hipótese interessante, que poderia ser checada com uma ampliação dos casos estudados, especialmente comparando gerações sucessivas de escravistas. Mesmo se considerarmos as ponderações de Schwartz, de que o senhor batizava mais livremente seus próprios cativos indígenas, fica patente que esta possibilidade não foi praticada pelos outros senhores, pondo em dúvida a efetividade dessa afirmação. Podemos ainda tentar observar os cativos dos mesmos quatro senhores por ocasião de serem convidados para serem padrinhos, dentro ou fora da propriedade. A existência ou não destes vínculos possibilitaria perceber o quanto eram valorizados pelos envolvidos. O resultado alcançado é bastante interessante. Dentre os cativos de Pascoal Delgado Lobo, nenhum serviu como padrinho em qualquer momento de sua existência na propriedade. Para os cativos de Matias de Oliveira Gago, há dois casos de apadrinhamento no interior da propriedade, e nenhum caso externo. E para Bartolomeu Bueno de Siqueira, não ocorreu qualquer apadrinhamento interno, e apenas um externo. Os três casos podem ser considerados como dentro de uma linha comum: os seus cativos não costumavam atuar enquanto compadres, seja de adultos ou crianças nascidas na propriedade, seja fora. E destoam, significativamente, do panorama que encontramos entre os cativos de Jordão Homem Albernaz: aqui, acham-se 24 situações em que seus índios atuaram como padrinhos fora da propriedade. Em suma, os três primeiros plantéis não eram habituais fornecedores de padrinhos, as relações de compadrio eram estabelecidas quase tão somente a partir de batismos de crianças ali nascidas e de adultos recém-chegados, mas os compadres escolhidos, em sua grande maioria, vinham de fora. Para os escravos de Jordão Homem Albernaz, no entanto, foram diversas as oportunidades de atuarem como padrinhos, o que permitia, sem dúvida, o estabelecimento de laços bastante mais diversificados. Neste caso, o compadrio ocorria corriqueiramente em duplo sentido, com padrinhos escolhidos fora 159

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da propriedade, enquanto que seus componentes também eram convidados para apadrinhar. A questão que resta, todavia, é saber por que as práticas podiam ser diversas, com plantéis escravos mais abertos para fora, enquanto outros parecem menos generosos em estabelecer redes. De qualquer maneira, os resultados de padrões diversos reitera o que já havíamos detectado em nossas análises similares para a vila de São Luiz do Paraitinga, mas para princípios do século XIX. Cada propriedade apresenta, ao menos nestas investigações preliminares, padrões de montagem das redes de compadrio com perfis bastante destoantes. Portanto, não havia modelos consolidados, tal como as estatísticas feitas a partir dos registros paroquiais podem sugerir. Não havia práticas consolidadas como as melhores para encaminhar a questão. Tudo indica que os padrões eram estabelecidos internamente à propriedade, de acordo com conjunturas específicas. No embate entre interesses do senhor e interesses de seus cativos, soluções bastante distintas podiam ser alcançadas. Podemos imaginar que tais soluções estariam influenciadas por dificuldades de ordem prática: a localização da propriedade, que muitas vezes podia estar afastada a muitas léguas da paróquia, dificultando os contatos corriqueiros com outros indivíduos. A distância para com as propriedades vizinhas também podia ser grande, tornando mais difíceis as relações cotidianas. E também as dimensões da escravaria do senhor, sua composição étnica e etária, sua razão de sexo, tudo pesava na hora de construir laços. Tal como em relação ao matrimônio, a rarefação de adultos disponíveis na senzala podia impedir o estabelecimento de laços internos de compadrio. Todos esses elementos a influenciar as estratégias de montagem de teias de relacionamento são de difícil análise, especialmente para a primeira metade do século XVIII, onde a documentação é mais escassa e a escravidão, para o caso paulista, não era de origem africana. Nossos conhecimentos sobre a escravidão indígena são ainda bastante lacunares; são ainda rarefeitas as investigações, e nenhuma delas de caráter demográfico10. Os dados dos batismos, por si só, não permitem que avancemos demasiadamente na caracterização dos arranjos familiares desses indígenas escravizados. Mas algumas breves considerações podem ser desenvolvidas, de maneira a propor um primeiro debate11. 160

Escravidão e compadrio em São Paulo colonial, Século XVIII

Analisando os batismos de cativos de Jordão Homem Albernaz, podemos perceber que havia indivíduos preferenciais no momento de escolha de compadres. Pedro e Manuel, índios, foram padrinhos por cinco vezes. Afonso, um raro tapanhuno12, apadrinhou quatro vezes, tal como fizerem Severino, Pedro e Maria. Por outro lado, os registros permitem detectar a presença de casais longevos, e reprodutivos: Francisco e Maria batizam seis filhos entre 1730 e 1743, enquanto Antonio e Josefa batizam cinco filhos entre 1733 e 1742. Há também uma mãe solteira, Josefa, que batiza oito filhos entre 1729 e 1741. Entre os cativos de Pascoal Delgado Lobo também detectamos a presença de uniões estáveis. O casal Quirino e Adriana, formalmente constituído, teve quatro filhos entre 1705 e 1715; Manuel e Josefa, igualmente casados, também tiverem quatro filhos entre 1708 e 1715. Havia, ainda, dois casos de mães solteiras que se casaram. Veríssima teve dois filhos enquanto solteira, em 1707 e 1711; depois, casada com João, teve outros dois, em 1716 e 1720. Tibéria foi outra que teve sua filha em 1714, e após casar com João, teve outros dois filhos, em 1717 e 1720. Aparentemente, trata-se de casos em que uma união informal passa para a formalidade, sendo bastante provável que os filhos anteriores à união fossem fruto do mesmo pai. Esta situação é, também, bastante recorrente entre escravos de origem africana para a segunda metade do século XVIII e princípios do XIX, comprovando uma prática de promover a união de maneira consensual, para posteriormente formalizá-la. A permanência de casais ao longo dos anos atesta que a estabilidade familiar de indígenas no interior de uma propriedade era possível. Casais e mães solteiras, tendo seus filhos e constituindo redes de compadrio, viviam por anos a fio subordinados a seus senhores, em uma solução de continuidade possível. Não temos quaisquer informações sobre os índices de mortalidade dessas populações indígenas, supostamente mais fragilizadas do que as africanas no enfrentamento das doenças européias, para as quais não dispunham de imunidade. A possibilidade de trabalhar com os registros de óbito, igualmente preservados, permitirá alguns avanços no conhecimento das condições de vida dessas populações, em que pese a notória deficiência desses registros para o passado colonial. 161

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Uma investigação mais profunda sobre as populações indígenas capturadas, e colocadas a serviço dos colonos, possibilitará uma melhor compreensão das sociedades de regiões periféricas da América portuguesa. Essas áreas, onde a força de trabalho africana foi introduzida mais tardiamente, permanecem muito menos conhecidas que aquelas tradicionalmente voltadas para a grande lavoura exportadora. Se hoje conhecemos algo sobre a história da família escrava em cativeiro, certamente diz respeito a cativos de origem africana. No caso de São Paulo, a transição entre os dois modelos de escravidão se deu em meados do século XVIII, e a população de origem indígena praticamente desaparece dos registros documentais. Aos historiadores da família cabe, assim, a fascinante tarefa de não somente investigar o processo de introdução desses cativos na sociedade colonial, mas também de rastrear sua integração final, após 1758, já na condição de efetivos livres.

Bibliografia
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Notas
1 Para um exemplo quase único de manifestação de conflitos entre escravos africanos

e crioulos, veja-se o caso do Engenho Santana, em Ilhéus, capitania da Bahia, onde os escravos, em famosa proposta de paz dirigida a seu senhor, quando de uma rebelião, sugerem que as tarefas de “fazer camboas e mariscar”, não desejadas, fossem reservadas “aos Pretos Minas” (Tratado proposto a Manoel da Silva Ferreira pellos seus escravos durante o tempo em que se conservarão levantados, apud Schwartz, 2001a: 119).
2

Alguns autores chegaram a conclusões interessantes sobre a possibilidade de, em determinadas conjunturas, a reposição de escravos pela reprodução ter se mostrado viável. Vide, a esse respeito, os trabalhos de Martins Filho e Martins (1983), Paiva e Libby (1995), Gutièrrez (1987), e Marcondes e Garavazo (2002).

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Carlos de Almeida Prado Bacellar
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Para um balanço da visão que os viajantes deixaram sobre a escravidão e a vida familiar dos cativos, vide Slenes (1988). Em artigo mais recente, José Flávio Motta faz um rápido histórico dos estudos sobre a família escrava no Brasil (Motta, 2002) As uniões formais podem ser identificadas através dos assentos de crianças legítimas. especialmente devido ao clima tropical.

4

5 A grande maioria dos registros paroquiais dos séculos XVI e XVII não foi preservada, 6

A administração de indígenas foi finalmente proibida pelo Alvará de 1758. Muriel Nazzari, ao estudar os inventários do bairro de Santana, na cidade de São Paulo, ao longo do século XVIII, afirma que a menção a índios administrados nesses documentos é quase nula já ao longo da década de 1750. Tal constatação não confirma, contudo, o que percebemos nos registros de batismo de Itu: indígenas ainda identificados como tendo um vínculo com determinado proprietário (Nazzari, 2000: 36). Também era comum descrever os batizados como filhos de “pais infiéis”. Excluídos os batismos de adultos, não considerados. A título de comparação, os batismos de adultos para Itu no intervalo 1704-1749 somam 1.113 casos, ou 19,2% do total de assentos. brasileiro são as obras de Monteiro (1994) e Schwartz (2001b).

7 8 9

10 Duas importantes referências sobre a população indígena escravizada no passado 11

Cabe dizer que não dispomos, no atual estágio de pesquisa, dos registros de casamento e óbito, que certamente possibilitarão melhor reconstruir os laços familiares dessa população cativa. Tapanhuno era a denominação tupi-guarani para africano.

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Entre matrimonios y compadres. El parentesco como piedra fundamental de redes sociales en la campaña de Buenos Aires. Quilmes, 1780-1840
Daniel Santilli UBA – Instituto Ravignani

Resumen
Se estudian las redes sociales que se encuentran entre los habitantes de un partido de la campaña de Buenos Aires entre fines de la colonia y principios de la etapa independiente. El trabajo se basa en el análisis del parentesco tanto sanguíneo como ritual para establecer posibles redes que permitieran generar un entramado de reciprocidades simétricas y asimétricas. El vínculo básico aquí estudiado es la conformación de parejas a través del análisis de los archivos parroquiales de bautismos y matrimonios, pero la investigación no se detiene en las parejas constituidas mediante el sacramento sino que indaga también en las informales. El resultado final es que las relaciones así establecidas fortalecían u originaban y organizaban lazos entre vecinos nativos, así como integrarse a la sociedad a los recién venidos, en una época de intensa movilidad horizontal.

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Daniel Santilli

Between married and godfathers. The relationship as foundation of social networks in the countryside of Buenos Aires. Quilmes, 1780-1840 Abstract
This research is focused on social networks found among the inhabitants of a town in the countryside of Buenos Aires in the late colonial and early independent periods. The work is based on the analysis of both blood and ritual kinship to establish possible networks that can generate a framework of symmetrical and asymmetrical reciprocity. The basic link studied here is the formation of couples and the main source of information are parish registers of baptisms and marriages, although the research also includes informal couples. The final result shows that the relationships thus established originated and strengthened ties between native neighbors as well as integrated the newcomers into the local society, in an era of intense horizontal mobility.

Introducción
El presente trabajo tiene como objetivo estudiar la conformación de redes sociales, si no su funcionamiento, en un partido de la entonces campaña de Buenos Aires, en el momento del despegue de la economía ganadera con vistas a la integración al mercado mundial. Era la región un espacio relativamente vacío que, a partir del crecimiento de la ciudad de Buenos Aires se convirtió, con el transcurso de los años analizados, en productor de cueros para el mercado externo, pilar de la economía porteña y, no menos importante, en el abastecedor de alimentos del mercado urbano, cada vez más importante. En efecto, el crecimiento de la ciudad, a partir de la creación del virreinato del Río de la Plata y de la asunción de las funciones de capital de aquel, con el asiento de sus autoridades y de sus fuerzas armadas, requirió la incorporación de cada vez mayores parcelas a la provisión de alimentos para sus habitantes. Con la independencia y la pérdida de la plata de Potosí, a lo que hay que agregar la apertura del mercado externo, los porteños destinaron además sus fértiles llanuras a la cría de ganado para sa166

Entre matrimonios y compadres

tisfacer las demandas del mercado externo. Estas aperturas y necesidades impulsaron un amplio proceso migratorio para incorporar el capital humano que requería la economía. La mano de obra fue provista por las regiones más antiguas y pobladas del territorio del virreinato, como Santiago del Estero, San Luis, Córdoba y el norte del litoral, entre otras. Estos pobladores trajeron sus costumbres ancestrales que se incorporaron al acervo cultural ya desplegado en la campaña, mezclándose con rasgos traídos de la Península Ibérica y adecuándose a las particularidades ecoambientales y económicas de la región. Una de esas raíces culturales, que se puede rastrear tanto en el interior como en las regiones de España, es la conformación de redes sociales para proveer de contención y de solidaridades a estas comunidades. Ejemplo de ello son las denominadas “mingas” andinas y las reciprocidades en las comunidades campesinas españolas. Como dijimos entonces, nuestro trabajo tiene por objetivo estudiar estas conformaciones a través de una representación de las redes sociales, como es el parentesco. Consideramos que esta verificación es necesaria pero no suficiente, ya que la existencia de parentesco sólo prueba la presencia de la red, pero no su funcionamiento. Es decir, no se prueban las solidaridades y reciprocidades simétricas o asimétricas que se generan en el curso de las actividades y en los problemas cotidianos. Pero de todos modos, es una de las maneras de acercarse a su existencia y para ello veamos primero qué son las redes sociales.

El concepto de redes sociales
Es indudable que los estudios de redes sociales han adquirido una actualidad notable, a pesar de que sus primeros esbozos datan por lo menos de mediados del siglo pasado. Pero es en estas últimas décadas, sobre todo ante la formalización teórica y metodológica de que ha sido objeto (Mitchell, 1969; Wassermann y Faust, 1994), que su difusión ha llegado a la ciencia histórica1. En efecto, la observación de los vínculos interpersonales, privativos hasta hace pocos años de la sociología, se ha convertido en una herramienta adecuada para la historia en una buena parte de todos sus enfoques. Se lo utiliza para analizar las migraciones intercontinentales (Bjerg y Otero, 1995), para los estudios denominados de microhistoria 167

Daniel Santilli

(Revel, 1996a y b; Levi, 1990), la conformación de las élites porteñas (Moutoukias, 1992), etc., al punto tal que parece haberse convertido en la gran teoría explicativa2 de la diversidad y complejidad de las sociedades y de la construcción del poder en su seno. Esta generalización ha llevado también al planteo de ciertas reservas que ven que su aplicación deja de lado otras contribuciones teóricas hasta hace poco válidas para realizar este tipo de análisis (Miguez, 1995b). Pero veamos primero de qué se trata. Para la network analysis, denominación que adopta en Estados Unidos, pero cuyas raíces hay que buscarlas en la antropología social británica y la sociología y psicología social alemanas (Moutoukias, 1995), los individuos, en el seno de la sociedad, tejen una serie de vínculos entre sí de manera tal que se formaliza una tupida malla que da forma a la sociedad. Por esa red circulan bienes materiales e inmateriales y la incidencia que los individuos tienen en el control del flujo de esos bienes determinará la posición de mayor o menor preponderancia de los mismos3. En definitiva, se explica el comportamiento social de los sujetos como resultado de su participación en esos vínculos, vistos como relaciones sociales (Rodriguez, 1995). De tal forma pasan a primer plano las relaciones antes que los individuos, los que en el fondo son intercambiables. Las jerarquías sociales están, de tal modo, marcadas por la posición, por su interrelación, más que por otras consideraciones. El cargo principal que se le hace es precisamente que en el pasaje de las clasificaciones individuales basadas en clase, actividad, etnia, etc. al estudio de los vínculos que se generan entre los individuos, se pierden de vista las relaciones sociales halladas o descriptas en tal análisis para priorizar únicamente el vínculo, como si este por sí sólo fuera el constructor de la sociedad. De tal modo se pierden asimetrías basadas en esas premisas. Además resulta muy difícil verificar su existencia. Y en el caso de la historia, se vuelve más intrincado, ya que si es difícil reconstruir los vínculos desde la sociología o la antropología, que pueden trabajar con entrevistas, es mucho más dificultoso para la historia, que se tiene que guiar por los testimonios históricos (Miguez, 1995b). Por tal razón ha primado en nuestra disciplina el uso metafórico de este concepto más que la aplicación formal, que implica un 168

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profuso estudio de las fuentes para la reconstrucción de su arquitectura (Pro Ruiz, 1995). La utilización que haremos nosotros pretende no ser contradictoria con las clasificaciones por estatus, actividades, etnia, residencia, etc. sino que nuestra intención es que ambos se complementen. Es decir, consideramos que si bien las categorías analíticas basadas en las clasificaciones históricas son válidas, no explican la totalidad de la realidad, sobre todo en sociedades de Antiguo Régimen4. Para los análisis estructurales, un individuo porta un conjunto dado de las variables mencionadas y es eso lo que lo representa, mientras que en el análisis de redes, cada uno es una concatenación de relaciones. La amalgama de tales aplicaciones es lo que trataremos de desarrollar. De modo que consideramos, junto con Eduardo Míguez y otros investigadores, que toda teoría debe ser utilizada sin olvidar que existen otras que explican la historia desde diversos ángulos, y que cada una de ellas es nada más y nada menos que una herramienta en manos del historiador o del científico social (Miguez, 1995a). Esta breve alocución sirve sólo para dejar sentado que no desconocemos esas controversias pero que, como vamos a hacer uso de la metodología cruzándola con análisis más tradicionales, no consideramos relevante discutirla aquí. Dicho esto, pasemos a la clarificación de algunos de los conceptos con los cuales vamos a trabajar. Podríamos enfocar el análisis de redes en historia desde dos ángulos, entre muchos otros. El primero se aplica al conglomerado formado por las élites, o por alguna parte de ellas, que eran utilizados para el manejo del poder en tiempos históricos. El segundo tiene que ver con los lazos que se establecían en los niveles más bajos de la sociedad, en lo que muchos científicos sociales denominan la plebe. Ejemplos de ambas vertientes los encontramos en numerosos estudios, empezando en nuestro Río de la Plata por uno de los pioneros, el de Susan Socolow, aunque tenemos otros mucho más recientes, sin olvidarnos del ya mencionado Moutoukias (Socolow, 1991; Bragoni, 1999; Moutoukias, 1992). La segunda ha sido menos observada pero podemos destacar el trabajo de José Mateo al respecto (Mateo, 2001). En esta última vertiente podemos a su vez distinguir el análisis de la totalidad de una comunidad, tratando de reproducir el conjunto de relaciones que ha sido posible detectar 169

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por parte del analista, y el estudio de la red establecida a partir de un sujeto específico, parcializando de esa manera el universo completo en el que esa red estaba inmersa5. Debe aclararse que no se puede ver la red egocentrada o parcial sin tener en cuenta que esta es parte de un conglomerado general y que toda trama en definitiva es parcial ya que resulta imposible percibir la totalidad de las relaciones6. En definitiva, el viejo apotegma de la profesión histórica, la contextualización. Si ya de por sí trabajar en historia con redes sociales, como dijimos, es difícil, más lo es tratar de hacerlo desde los sectores populares: resulta dificultoso comprobar esa articulación, porque su paso por la historia ha dejado muy pocos rastros; no encontramos casi cartas, libros, testamentos, escrituras, poderes, etc. que sí es más fácil hallar entre los adscriptos a las élites. Nuestros testimonios quedan generalmente reducidos, salvo por alguna excepción, a los archivos judiciales, siempre que acudieran a los estrados para dirimir alguna cuestión, o que fueran acusados de algún delito. Ante todas estas dudas se propone trabajar con las redes en un punto intermedio entre el uso metafórico y el formal o, como opina Miguez en contraposición a Ramella, un fuerte uso del método, aunque la aplicación del concepto sea blanda (Miguez, 1995a; Ramella, 1995). En todo caso, lo que el análisis de redes propone, y que nosotros suscribimos, es hacer visible una parte de la realidad que en la investigación estructural puede no percibirse (Moutoukias, 2002). Los análisis que se hacen aplicando de un modo formal la teoría tienen en cuenta tres aspectos: densidad, centralidad y distancia de sus componentes. La cantidad de lazos encontrados en un universo dado relacionado con la cantidad posible de los mismos, es lo que se denomina densidad; esto también está relacionado con el tamaño del universo. La posición relativa de un nodo (individuo, casa, etc.) con respecto a los demás es lo que se denomina centralidad; en general está dado por la cantidad de vínculos que ha generado. Por último, la distancia hace referencia a las conexiones directas entre los miembros, así como a las que se pueden comprobar entre dos puntos pasando por un tercero. La demostración gráfica de estas situaciones es mucho más representativa que las descripciones escritas; para la representación visual se ha adoptado la teoría de 170

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los grafos, que mediante algoritmos establece distancias matemáticas a partir de las relaciones entre los nodos7. Los vínculos que se pueden analizar con la teoría de las redes son innumerables; la vecindad, el lugar de trabajo, los destinatarios de cartas, las menciones que se hacen de personas en un diario, los contactos telefónicos, el estudio de una libreta de direcciones, los clientes de un determinado negocio, los alumnos de un curso y así hasta el infinito8. Pero la piedra angular para el análisis de las redes, sobre todo entre los sectores populares, tal como lo asegura Giovanni Levi (Levi, 1990), es el parentesco, que constituye la base de las redes sociales en las sociedades de Antiguo Régimen. Por estas redes circulan bienes y servicios, materiales y simbólicos9. Ahora bien, estas redes pueden estar basadas en el parentesco sanguíneo, padres e hijas o hijos, hermanos y/o hermanas, primos, tíos y sobrinos, etc. lo que le otorga a la red un cierto carácter “natural”, dada la concepción del parentesco en nuestra civilización. También podemos comprobar otros vínculos que se asumen como parentesco, como los lazos resultantes de la alianza por matrimonio o el parentesco ritual establecido por el compadrazgo, que no son heredados sino, en cierto modo, elegidos. Pero además podemos constatar la existencia de otro tipo de lazos más allá de la genealogía y el casamiento, como los que son visibles a través de los escritos elaborados ante los estrados judiciales, que implican un compromiso de las partes en su relación entre ellos y hacia fuera, o en los contratos comerciales. En los dos primeros casos, ascendencia y alianza, con matices, podemos comprobar la existencia de la red pero no de su funcionamiento o de su funcionalidad para algún objetivo específico, ya que los vínculos de parentesco pueden ser precisamente nada más que eso. Justamente, el tercer caso es el que nos muestra el efectivo funcionamiento de una red social, cuando sus actores se buscan y apoyan entre sí ante una determinada necesidad. En este sentido también es posible estudiar los contactos específicos de los actores de los que nos han quedado noticias, como la correspondencia (Moutoukias, 1992) o los contratos de compraventa de propiedades (Levi, 1990).

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El parentesco
Pero es el parentesco la piedra fundamental que nos permite ir dilucidando las redes. En ese sentido es necesario reconocer que el parentesco es sin duda una relación social, que se convierte en especial a partir de su rasgo biológico (o asumido como tal aunque no lo fuera), lo que la hace diferente y enmascara su contenido real (Gonzalez Echeverría, 1994). Ha sido, por lo tanto, el vehículo que permitía la generación de relaciones que hoy están totalmente independizadas de las funciones familiares. De tal modo podemos ver que sobrinos, primos, etc. hayan sido empleados en diversas tareas por quienes cumplían funciones patriarcales y, por el otro lado hayan sido protegidos en situaciones difíciles10. Como se puede apreciar, la definición que adoptamos de parentesco está fuertemente condicionada por la cultura en todos sus aspectos y matices, incluyendo la economía, más allá de la obvia relación sanguínea. Ya que acordamos que sólo existe como hecho natural el alumbramiento11, es decir la maternidad, debemos conceder que todos los otros hechos relacionados con el parentesco son culturales y definidos por cada sociedad. La paternidad es el reconocimiento del hijo por parte del padre, originalmente a cambio de la protección del primero y de su madre. Tal aceptación es también, en nuestra sociedad occidental, la incorporación del hijo a la sociedad y la regulación de la herencia. Es por ello que puede hacerse un juego de palabras entre patrimonio y matrimonio (Flaquer, 1998). Dos son los componentes esenciales del parentesco que vamos a tener en cuenta en nuestro trabajo. Por un lado, la filiación, es decir la relación entre padres e hijos y hermanos, lazos basados en la sangre. Y por el otro la alianza, es decir el matrimonio, la relación entre los cónyuges y entre las familias originales de ellos. En este sentido es tan importante el vínculo entre los protagonistas como los lazos que genera entre las familias y no sólo entre los consuegros, también entre los cuñados y concuñados. Desde otro ángulo, el parentesco puede ser observado teniendo en cuenta la pertenencia (filiación y alianza), la diferencia (género) y la asimetría (edades) (Bestard, 1998). Nuestro estudio se construyó a partir de las UC12 del padrón de 1815, es decir de las parejas (o solitarios) que encabezaban cada 172

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una de esas UC, sin tener en cuenta si se trataba de matrimonios legítimos o no. Como ya hemos analizado en otros trabajos (Santilli, 2008, 2001), las relaciones se establecían más allá de los mandatos de la iglesia, por lo que los efectos sociales deberían ser similares en el entramado que estamos investigando. A partir de esas 260 UC, hemos reconstruido las relaciones de parentesco presentes en el padrón, y las que surgen a partir de actos que quedan registrados en los archivos parroquiales, como los casamientos, nacimientos y padrinazgos13. Lamentablemente, el producto será una fotografía de principios de siglo, ya que como no tenemos otro censo con posterioridad con esa riqueza, no vamos a poder cotejar su evolución, salvo en algunos aspectos muy parciales que de todos modos nos servirán para plantear algunas hipótesis. En esta primera aproximación hemos constatado la existencia de 436 relaciones de ese tipo entre las 260 UC del padrón de 1815. Dado que la cantidad de relaciones posibles equivale al cuadrado de las unidades existentes (dividido dos para evitar la reciprocidad)14, esta cantidad parece mínima, ya que representan apenas el 1,29% de las mismas. Pero si tenemos en cuenta que estas relaciones conectaban a las ¾ partes de las unidades tendremos alguna idea acerca de su importancia. En efecto, sólo 61 no estaban ligadas por ningún tipo de relación de parentesco como las aquí consignadas15. Demás está decir, como ya lo mencionamos con anterioridad, que estas no cubren todo el abanico posible de relaciones constitutivas de redes, como así tampoco su sola presencia lo asegura; pero es siempre un indicio y en ese sentido es que las utilizamos16. Además, la comprobación de que muchas de ellas son construidas conscientemente, como el compadrazgo y el matrimonio, y no heredadas, abona esta presunción. Es en ese sentido que podemos afirmar que en una sociedad de amplia movilidad horizontal la cantidad de cruces por parentesco está indicando claramente cómo llegaban y se insertaban estos migrantes. Podemos suponer, siguiendo a muchos autores, que en muchos casos existía un contacto previo, sea familiar o de otro tipo. La otra posibilidad es que para avecindarse, para establecerse, era necesario generar algún tipo de contacto con el medio, generalmente lazos de parentesco. Vamos a ver que la mayoría de los que no 173

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tenían ningún nexo desarrollado, no volvieron a aparecer en los censos o en los archivos parroquiales. Pero veamos cómo se componían esas relaciones. Cuadro 1 – Relaciones entre jefes de UC 1 2 3 4 5 6 7 8 9 Relación Suegro-yerno Consuegros Cuñados y concuñados Compadrazgo simple 1 a 3 reforzada con padrinazgo Compadrazgo cruzado Padre-hijo Otros parentescos Presunto parentesco Total Casos 20 9 15 169 7 39 15 2 160 436 % acumulado 4,6 6,7 10,1 48,8 50,4 59,2 62,7 63,1 100,0 100,0

Hemos ordenado las relaciones desde las generadas conscientemente hacia las que se fundamentan en vínculos sanguíneos directos. De tal modo, quedan en primer lugar las establecidas a partir de matrimonios (o conformación de parejas ilegítimas), como es el caso de suegro-yerno, que implica alguna asimetría teórica, única comprobable según nuestras fuentes; y el de consuegros que en teoría ejemplifica la alianza en términos de equivalencia. Ya volveremos sobre cómo se construyeron tales relaciones. Luego, la de cuñados y concuñados, pero en este caso es difícil deducir desde nuestra fuente qué grado de efectividad tiene, ya que no podemos establecer si existió intencionalidad entre estos actores en emparentarse. Es decir si de algún modo intervinieron en la formalización de la unión de sus hermanos. Los acápites 4, 5 y 6 se refieren al vínculo establecido en la pila bautismal entre los padres del nacido y los padrinos del mismo. Los tres casos que mostramos son la conformación entre personas no emparentadas previamente (4), el reforzamiento a través del bautismo de relaciones previas, como suegros, consuegros y cuñados, (5) y, por último, el cruzamiento de padrinazgos, es decir la elección de un padrino para el bebé, que ya antes los había elegido para apadrinar a su hijo (6). Si bien podemos pensar estas relaciones como asimétricas, y seguramente son las que más se 174

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prestan para establecer clientelismos, vamos a ver más adelante que en nuestro caso hemos podido comprobar también una alta cuota de horizontalidad, sobre todo en el caso de relaciones cruzadas, donde la equivalencia de los roles es evidente. Hemos dejado para el final del cuadro las relaciones basadas en el parentesco sanguíneo porque el criterio que estamos empleando, el de la constitución consciente del vínculo, no es comprobable en este caso. Es decir, con nuestra fuente sólo encontramos una relación padre-hijo, hermanos, primos, etc. formateada por el nacimiento pero no fomentada desde la cotidianeidad, la solidaridad o la dependencia, por lo que las consideramos menos importantes para nuestros objetivos. También aplicamos un cierto grado de inferencia en el acápite 9, presunto parentesco, que establecemos a partir de apellidos de cierta trayectoria en la zona, como Barragán, o poco común, como Viveros, que además eran vecinos, etc. Debemos hacer notar que tal inferencia es del 37% de nuestra base total. Según puede verse en la columna de porcentaje acumulado de relaciones, las que consideramos conscientes, desde la número 1 a la 6, equivalen al 60% del total de relaciones comprobadas. Consideramos que esta es una muestra del grado de coherencia interna de la comunidad, de su alta necesidad de relacionarse y de que, tratándose de una sociedad de antiguo régimen, el modo que consideraba más adecuado era la generación de lazos de parentesco. El diagrama de las relaciones comprobadas se muestra en el Gráfico 117. El gráfico nos muestra un abigarramiento notorio para nuestros ojos y que no pasaba desapercibido para los actores. Recordemos que sólo quedaban afuera de este tramado reconstruido 61 UC, que aquí no hemos incluido para no enturbiar la lectura. Además, prácticamente todas estas UC están interconectadas formando un solo grupo homogéneo. Sólo queda afuera un pequeño conjunto ligadas entre sí pero no con el resto, formado por 8 UC que se vinculan de a pares, que se pueden ubicar visualmente en el siguiente gráfico y que en el diagrama general se encuentra en la parte superior:

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Gráfico 1 - Relaciones de parentesco entre UC – Quilmes 1815 Completa18

Entonces, queda claro el por qué de ese abigarramiento. Otro ejercicio que puede realizarse es seguir desde un punto cualquiera, es decir desde una UC cualquiera, todos los lazos que se generan para notar que lentamente se va develando la totalidad de la trama19. También puede apreciarse a simple vista un núcleo más o menos central alrededor del cual se podría decir que giran las demás UC. Ese núcleo central está conformado mayormente por las UC con 176

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algún componente apellidado Barragán, lo que puede hablar del arraigo de ese linaje en la zona. En la imagen que se despliega a continuación, donde se modificó el tamaño de los puntos de acuerdo con la cantidad de relaciones que confluyen en él, se percibe tal centralidad. Y que ella tiene que ver con la cantidad de lazos establecidos; por ejemplo la UC 120, la que más relaciones tenía, acumulaba 22; además las 7 UC en las que más líneas confluían, todas tenían algún componente de apellido Barragán, marido o esposa, y más de 13 nexos cada una, incluyendo las generadas entre ellas mismas. Gráfico 2 - Centralidad de las UC

Claro que aquí no se tiene en cuenta la calidad del vínculo. Si nuestro objetivo es demostrar que el parentesco ritual o sanguíneo ocupaba un lugar central en la conformación de la sociedad de antiguo régimen de la colonia y primeros años de la independencia en el espacio denominado campaña de Buenos Aires, a través del 177

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análisis de Quilmes, no será igual una relación basada en algún antepasado común que la construida a partir del matrimonio o del padrinazgo. Por tal razón ahora mostraremos el diagrama completo pero remarcando la importancia de los vínculos con un trazo más grueso, de manera tal de hacer notar esas diferencias. Gráfico 3 – Relevancia de los vínculos

Hemos borrado las etiquetas de UC para mayor claridad en la exposición de los lazos. Los trazos más finos indican un grado de relación menor, comenzando por verosimilitud del vínculo por el apellido común. El inmediato más grueso es el del padrinazgo simple, cuya presencia es más importante que el simple apellido. Algo más remarcado aparece el padrinazgo cruzado, o el elegido como refuerzo de otra relación menor. Pero lo que es más notable, a nuestro juicio, es la importancia que adquieren los lazos surgidos a partir del matrimonio, o los que incluyen varios tipos de ligamentos superpuestos, que se ejemplifican con los trazos más gruesos. 178

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También hay que rescatar que esos trazos gruesos están repartidos por todo el ámbito, lo que nos indica que a partir de ellos se construyen otros lazos de intensidad menor. A pesar de que los Barragán serían los más ricos en cantidad de relaciones, no lo eran en cuanto a su calidad. En ese sentido se destaca la UC 244, a cuya cabeza estaba una viuda, la hacendada María Andrea Bravo, que mantenía nueve relaciones, y cuyos hijos, Bartolo Gomez (UC 245) y María Teresa (UC 246), ocupaban tal vez las parcelas vecinas. Contiguo también era su consuegro, Juan Manuel Caballero (o Montes de Oca). Dos cuñados suyos también habitaban Quilmes, Pedro (UC 23) y Lorenza Gomez (UC 202). También un hijo, Paulino, convivía con Tomasa Ramos, descendiente de los antiguos pobladores de la reducción, es decir era considerada india, por lo tanto tenemos una relación de consuegro con un miembro de la reducción. El resto de los ligamentos corresponde a compadrazgo, destacándose que todas ellas responden a personajes más o menos importantes dentro del partido. Marcelino Galíndez, Calixto Barboza y Santiago Ramirez, cuya esposa tenía apellido Gomez, pero no pudimos establecer otra relación. El contiguo es el diagrama propio de esta UC.

Hemos incluido además el recorrido que debe hacerse desde la UC 244 hasta conectarse con el núcleo que consideramos central,

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Daniel Santilli

el de los Barragán, representado en este caso por la UC 13, Juan Barragán. Otras UC ricas en cuanto a la calidad de las relaciones es la 138, encabezada por Juan José Chuliver, con doce nexos y de quien nos ocuparemos luego, y la UC 13 citada, con 16 relaciones. También de los Barragán nos ocupamos un poco más abajo.

Quería ahora llamar la atención sobre un caso, el de la UC 91, correspondiente a Francisco Rojas, miembro de la Reducción. En el año del censo se casó con María de la Cruz Santos, también de la reducción, con quien ya había tenido tres hijos, y que a su vez era viuda de Juan Marcelino Aguirre desde hacía por lo menos 12 años. De modo que la UC coleccionaba relaciones entre Francisco y María, ya que ambos habían nacido en Quilmes y tenían numerosos parientes; uno era el padre del varón, Juan Isidro (UC 90) y otra su hermana, Romana (95); otra era una hija de la mujer (243), cuya suegra también estaba en el partido (242). Otra hija estaba casada con un hijo de Mauricia Navarro (117), tal vez la única descendiente directa de los primitivos indios calchaquíes traídos a Quilmes en 1666, según el testimonio del cura de la reducción (Santilli, 2007). El diagrama se completa con una cantidad de ligazones por compadrazgo entre los indios, uno de ellos Fermín Santos (102), el último alcalde del cabildo indígena de la reducción (no pudimos establecer un posible parentesco sanguíneo con María de la Cruz, a pesar de que llevaban el mismo apellido), a través de quien se conectan con los Barragán, UC 13 y UC 120. Volviendo al diagrama general, como se puede apreciar a simple vista, encontramos dos o tres centros donde se concentran o a 180

Entre matrimonios y compadres

donde se dirigen la mayor parte de los trazos. El más importante parece ser el que está en la parte inferior derecha. Se corresponde con las UC cuyos jefes o sus esposas se apellidaban Barragán. En los gráficos contiguos se muestran esas UC más las directamente relacionadas con alguna de ellas, es decir hijos, compadres o cualquier otro parentesco que conozcamos. Veámoslo de cerca. Hemos mostrado los tres formatos vistos hasta ahora, es decir modificando el tamaño de los núcleos para demostrar la cantidad de relaciones, el modo plano es decir tamaño y trazo sin resaltar y por último, remarcando la importancia de las relaciones. En los tres casos mostramos sólo el primer grado de las relaciones, es decir aquellas directas, que no es necesario pasar por otro sujeto para relacionarse. Se ven así todas las relaciones de los Barragán con cualquier otro habitante de Quilmes en forma directa. De tal modo, resulta muy gráfico el entrelazamiento de diversas relaciones entre todas las UC desde las elementales de padre e hijo, hasta las más simples de presunto parentesco por el 181

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apellido común Barragán, pasando por el compadrazgo y el matrimonio. Ahora bien, sólo 14 de las 260 UC tenían uno de los cónyuges con tal apellido y en muchos casos no hemos podido comprobar el parentesco. Sin embargo las relaciones que generaban involucraban a cuatro veces más UC; esto da la pauta de cuál era la importancia de tal pertenencia en la comunidad. De acuerdo con las reglas del análisis de redes, es este un claro ejemplo de centralidad. En el primer caso, resalta la UC 120, correspondiente al comerciante Francisco Gonzalez Balverde casado con María del Rosario Barragán, cuyo parentesco con el tronco familiar no pudo ser establecido con exactitud. Esta pareja no tuvo hijos, pero a pesar de ello estableció un entramado de relaciones que los convirtió en la UC con mayor cantidad de relaciones, sobre todo de padrinazgo. Sobre esta pareja volveremos asiduamente porque su magnitud hace que nos los encontremos en muchos ejemplos de aquello que tratamos de demostrar: la importancia de los lazos de parentesco en el establecimiento de relaciones personales. Pero no era ese el único caso de magnitud; el 57, Francisco Barragán, junto con el 13, Juan, y el 53, su hijo Andrés, más el 50, José Gervasio, se constituyen también en núcleos muy relevantes. Un escalón más abajo en magnitud encontramos a la UC 118, la viuda Teresa Barragán, la 142, Pedro Iturre, casado con Juana Barragán, o 182

Entre matrimonios y compadres

la 84, otra viuda de Barragán, Juana Ventura Gomez. Como se ve, el núcleo fuerte lo conforman las UC relacionadas por parentesco sanguíneo directo y por alianza, mientras que los más alejados son los ligados sobre todo por lazos generados en la pila bautismal. Nótese que son algo más gruesos que las simples conexiones por apellido común. Si observamos el diagrama general, es notorio cómo, partiendo desde un punto cualquiera puede llegarse a este núcleo central fuerte, según ya dijimos. Por ejemplo desde la UC 182, el ignoto labrador arroyeño Lázaro Montoya se conecta por padrinazgo cruzado (más tarde serán consuegros) con la viuda india María Terraza (186); esta a su vez tiene como compadre a otro viudo, Raymundo Sosa (20), pero blanco y hacendado, cuñado de la UC 27, Ramirez, y estos, por fin, compadres de la UC 13, el mencionado Juan Barragán. También hay caminos alternativos; a través de la UC 26, cuñado de Ramirez, se llega a nuestro conocido Balverde (120). Pero no son los Barragán los únicos núcleos fuertes; otro es el que podemos encontrar hacia la izquierda y hacia abajo en el diagrama general. Se trata de la UC 138, de Juan José Chuliver y su mujer María Teresa Hornos. Pese a lo que dice el censo de 1815, no nos consta que el marido haya nacido en Quilmes, ya que su bautismo no figura en los archivos parroquiales. Sí figura el de su mujer, nacida en 1774, por lo que bien podría tratarse de un migrante que se ha casado con una nativa, tal como otros casos que vamos a consignar más abajo. El tal Chuliver era un labrador de 51 años en 1815, que ha tenido seis hijos, aunque podría tener otro, ya que ese mismo apellido, bastante original por otro lado, lo porta un vecino que por la edad podría ser hijo suyo. Veamos el diagrama de sus relaciones. Se puede apreciar con total claridad su centralidad. La UC 133 corresponde a la de su suegro, Anastasio Hornos, un apellido bastante común y portado por varios hacendados. La 181 y 123 están ligadas por un presunto parentesco a través de su esposa, al igual que 137 y 126 aunque en este caso reforzada por padrinazgos; a su vez 181 y 126 guardaban parentesco entre sí a través de sus esposas, Reyes. 183

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Las 132, 122 y 164, están relacionadas por padrinazgo, las dos primeras ligadas entre sí. Por último, las otras relaciones más fuertes son con la 170, Fermín Barrios, su consuegro, que a su vez está casado con otra Hornos; la 171, su hijo, casado con Clara Barrios, y 161, su hija, casada con un migrante. También en este caso, muy rico por cierto, se pueden apreciar lo endebles que eran en ese entonces las barreras étnicas, ya que si bien Chuliver era mencionado como blanco, y los Hornos parecían portar cierto abolengo, esto no es óbice para que se relacione con Barrios, un indio de Misiones, al igual que la mujer de este (a pesar del apellido Hornos) y sus hijos. Sin embargo, Clara Barrios, casada con el hijo de Chuliver, es considerada blanca por el censista. Otra particularidad de este caso, de la que ya hicimos mención en otro trabajo nuestro (Santilli, 1998), es el hecho de que algunos de los hijos de Juan José no figuran en el registro parroquial, como si se hubiera mudado de parroquia; pero lo más notorio es que estos son intermedios y no del principio del matrimonio; es decir como si su movilidad fuera de ida y de vuelta. Como se ve, un nudo importante de relaciones de parentesco. Ahora, ¿cómo se relaciona este núcleo con el de los Barragán? El siguiente es el esquema correspondiente:

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Entre matrimonios y compadres

El nexo es la UC 126, relacionada por padrinazgo directo. Se trata del comerciante europeo Bartolo Jayme, casado con Magdalena Reyes, hija de Martín (124) y hermana de Quilino (150), quien es compadre de Juan Crisóstomo Barragán, la UC 48. A través de su parentesco con esta UC 150 Jayme, y así los Chuliver, llegan a los Barragán. El papel de Quilino es aquí el del portador del vínculo. De otros núcleos importantes que se pueden apreciar en el diagrama general, como el 113 de los indios Francisco Cuello y Simona Romero, viuda de Estanislao Cisneros, o el 206, Marcelino Galíndez, un hornero, nos ocuparemos cuando hablemos de la conformación reticular con los migrantes. Otro de los centros es el correspondiente a la UC 240, Calixto Barboza, pero su relevancia está dada exclusivamente por sus relaciones de padrinazgo hacia sus vecinos más inmediatos.

Un eje constitutivo: el matrimonio
Veamos entonces cómo se conformaban esas primitivas relaciones basadas en el matrimonio20. Los 20 casos de UC que vemos como suegro y yerno en el Cuadro 1 nos indican los matrimonios o uniones entre hijas de habitantes de Quilmes con varones en diversas situaciones. Así, nueve de ellas se relacionaron con migrantes y nueve con nativos de Quilmes; ignoramos la situación de los dos restantes, pero no fueron bautizados en el partido, ya que no figuran en el registro correspondiente. Asimismo, cuando la relación matrimonial se reforzaba con el padrinazgo de infantes, la situación era la misma; la mitad de las mujeres se había casado con migrantes y 185

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la otra con nativos. En cuanto al vínculo de consuegros, los causantes son generalmente nativos o nativas que han formado una pareja. El hecho de que no encontremos padres de migrantes en esa situación nos indica que los mismos permanecían en sus lugares de origen; es decir la aventura de la migración, en este caso, era un proyecto individual de los hijos, a lo sumo en pareja, pero no traían a sus padres. En el caso de los concuñados (la relación entre dos jefes de UC cuyas mujeres son hermanas), ellas eran todas nativas de Quilmes y los hombres eran migrantes y quilmeños por partes iguales. Estos cuatro casos, si no fueran tan escasos, podrían servir de muestra para afirmar que la conducta ante la formación de parejas era bastante libre para las mujeres, ya que no se sentían constreñidas a elegir sólo entre vecinos o parientes lejanos, sino que agregaban a sus posibilidades a los migrantes. Hemos revisado de tal modo algo así como 50 relaciones entre jefes de UC de Quilmes; se nos puede decir que la proporción con respecto a la totalidad de los ligamentos encontrados, el 12%, es exigua, a pesar de que incluyen al 20% de todas las UC del partido en 1815. Tampoco nada nos dice si estas modalidades de relacionarse se pueden generalizar a todo el período, cosa por otra parte muy probable, o mejor dicho si tales costumbres se mantienen a través del tiempo. Trataremos de analizar esta posibilidad antes de presentar nuestra hipótesis basada en nuestras verificaciones. Para ello, hemos vuelto nuestra vista a la reconstrucción de familia que hemos descripto en otros trabajos (Santilli, 2001, 2008). De ella deducíamos 2.144 uniones que se han formado durante todo nuestro período en estudio, según clasificamos en el anexo de tal capítulo. Es decir hemos revisado el origen de cada uno de los componentes de las parejas que hemos reconstruido. El Cuadro 2 nos revela algunos aspectos de ese entramado. Lamentablemente no conocemos el origen de 1.645 mujeres y 1.710 varones; pero podemos asegurar que no figuraban en los registros de bautismos de Quilmes en el período, por lo que suponemos que la gran mayoría de ellos no había nacido en el partido, es decir eran migrantes. 186

Entre matrimonios y compadres

Cuadro 2 Origen de la conformación de familias
Formaron parejas con varones Nacidos en Quilmes Mujeres Nacidas en Quilmes Migrantes Origen ignorado Totales Cant. 154 13 117 284 % 38,7 12,9 7,1 13,2 Migrantes Cant. 58 72 20 150 % Origen ignorado Cant. % Total Cant. 398 101 % 100,0 100,0

14,6 186 46,7 71,3 16 15,8

1,2 1508 91,7 1.645 100,0 7,0 1710 79,8 2.144 100,0

Formaron parejas con mujeres Nacidas en Quilmes Varones Nacidos en Quilmes Migrantes Origen ignorado Totales Cant. 154 58 186 398 % 54,2 38,7 10,9 18,6 Migrantes Cant. 13 72 16 101 % 4,6 48,0 Origen ignorado Cant. % Total Cant. 284 150 % 100,0 100,0

117 41,2 20 13,3

0,9 1.508 88,2 1.710 100,0 4,7 1.645 76,7 2.144 100,0

Analicemos por partes. Las mujeres nacidas en Quilmes se casaban en un 38,7% con varones nacidos en Quilmes y, de acuerdo con ese razonamiento previsto, el 61% restante debería haberse casado en su gran mayoría con migrantes, a pesar de que sólo podemos confirmar un 15%. Pero sólo el 12,9% de las mujeres no nativas confirmadas, o el 7% de las que no conocemos su lugar de nacimiento, se casaban con varones del lugar, mientras que más del 70% de las migrantes convivía con un migrante. En cambio, entre los varones nativos, el 54,2% se casaba con una mujer quilmeña, destacándose esa preferencia; entre los varones no lugareños, el porcentaje ascendía al 38,7%. Es evidente que la mujer nacida en Quilmes era preferida por sobre las otras, tanto para los 187

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nativos como para los migrantes; aunque esto parezca algo obvio, ya que si los hombres migraron solos y dada la relación de masculinidad positiva del partido, no van a encontrar otras mujeres más que nativas para relacionarse. Esto no resta importancia al hecho de que sea la mujer la puerta de entrada a la comunidad, el sello que les permitía a estos varones formar parte de las redes sociales de Quilmes. O sea que se ingresa a través de constituir una pareja, con los requerimientos y dificultades que hemos ya analizado en capítulos previos. En los totales estas diferencias parecen perder relevancia, ya que son más numerosos los casos en los que no tenemos datos, cerca del 80%; por eso preferimos desagregarlos para notar estos matices. Es importante verificar además que estos migrantes en 1815 eran en su mayoría jefes de hogar que habían sabido construirse un lugar prominente, o que habían arribado a Quilmes con una preeminencia previa. Nos referimos a los 58 casos comprobados de varones que se casaron o formaron pareja con mujeres lugareñas. Por ejemplo, uno de ellos era el alcalde de hermandad que firmó el censo de 1815, Juan Blas Martinez, y otro, Marcelino Galíndez, lo fue con anterioridad, aunque aquí figura por su primer matrimonio; para el segundo se buscó una extraña a la comunidad. Nuestro ya citado Balverde era uno de estos migrantes, y otros, que compartían su carácter de europeos y comerciantes, como Jayme, Márquez o Pita. También encontramos migrantes que se han casado con mujeres que formaban parte de la reducción de los indios, pero en este caso habían nacido en regiones cuyos habitantes se consideraban indígenas, como San Luis o las misiones21. También, y para confirmar algunas costumbres mencionadas en las investigaciones de Mateo y Farberman (Mateo, 1993; Farberman, 1996) acerca de los santiagueños, tenemos dos sujetos apellidados Torres, de ese origen, que han formado hogar en estos pagos. Otra variante que se puede verificar entre esos 58 casos es el de los recién llegados que establecían casa con mujeres de linajes con cierto renombre en la zona, de antigua data, como Barragán, Arroyo o Ximenez, o más nuevo, como Cárdenas, Piñeyro, Godoy, Ramirez o Visuara. 188

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Veamos la graficación de algunos de estos casos. Solo indicamos la relación directa que se establece con la UC que tomamos como ejemplo, es decir el nexo de primer grado. Por consecuencia, no tenemos en cuenta en el gráfico cómo se conectan con la totalidad de la comunidad. Para tal efecto, debe consultarse el gráfico general.

En estos tres casos, los migrantes y sus esposas nativas ocupan un lugar central dentro de sus redes. El primero de ellos, que lleva el Nº 120 es nuestro ya mencionado Francisco Balverde, el comerciante español casado con María del Rosario Barragán. Recordemos que el tamaño del núcleo indica la cantidad de relaciones que confluyen en él. El segundo caso es el de un inmigrante indio que se casó con una de las habitantes de la reducción y de quien también nos ocuparemos cuando hablemos del padrinazgo. Se trata de Estanislao Cisneros y su mujer Simona Romero, quien lo sobrevivió y contrajo nupcias nuevamente con un puntano, Francisco Cuello. El tercer caso es el de Marcelino Galíndez quien, si bien no mantiene tantas relaciones como los anteriores, su centralidad para su núcleo es interesante rescatar. Se trata de un inmigrante español que se instaló en Quilmes hacia 1800 cuando se casó con una quilmeña y de quien enviudó en 1812, luego de tener seis hijos. Este señor había sido alcalde de hermandad y sus hijos adquirirán notoriedad en la época rosista, uno por federal acérrimo, teniente de alcalde, y el otro por unitario, sujeto a embargos22. Otros gráficos demuestran cómo algunos migrantes han logrado colocarse a la sombra, o en las cercanías de algún personaje con muchas relaciones dentro de la comunidad. 189

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El primero de nuestros ejemplos, la UC 170 encabezada por Fermín Barrios, un indio de Misiones, se ha emparentado con la UC 138, Chuliver, relación de la que ya hablamos; además su mujer se apellidaba Hornos, al igual que la esposa de Chuliver, por lo que la relación que los emparentaría primero sería a través de sus esposas y luego la de consuegros, que ya mencionamos. Tenemos un claro caso de alianza entre el abastecedor Barrios y el labrador Chuliver, que generó una nueva UC, la 171, que asume como actividad la del padre de él, abastecedor. En cambio la UC 108 se ha acercado a la 113 que vimos antes, Cisneros-Romero, a través del padrinazgo de estos a uno de sus hijos. Conecta de esa manera a su padre, José Manuel Córdoba (109) y a su hermana Josefa (107). El tercer caso, la UC de Camilo López y su mujer Visuara, estaba a la sombra del poderoso en relaciones de parentesco Balverde (120), quien era su compadre. Su conexión le permitía hacer de nexo entre su suegro José Prudencio (165), un hacendado dueño de cinco esclavos, y su cuñado Saturnino Visuara (166), y el tal Balverde. En este caso tal vez pueda decirse que Lopez les ofreció a los Visuara un contacto que ellos no poseían con anterioridad. Un último caso, abusando de la buena voluntad de los lectores. El matrimonio formado por el comerciante Bartolomé Jayme, español, y Magdalena Reyes, hija de Martín (124) se conectó por compadrazgo cruzado con nuestro ya conocido Chuliver (138), ligándolo a sus parientes Reyes (150 y 153)23.

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Entre matrimonios y compadres

Debemos destacar que esta estrategia de los migrantes de insertarse a través del matrimonio o del padrinazgo en la comunidad, es aceptada por los nativos, según hemos podido comprobar por este breve recorrido. Pero esto no debe ocultarnos la importancia del matrimonio entre nativos, que sería el modo de constituir alianzas, reforzar lazos previos, generar nuevos entre vecinos, etc. La importancia de tal vínculo queda establecida al comprobar que el 38,7% de las mujeres y el 54,2% de los varones nacidos en Quilmes constituían parejas entre sí, según vimos en el Cuadro 2. Esta comprobación no autoriza a hablar de homogamia, máxime teniendo en cuenta que para que pueda ser considerada como válida esta hipótesis debería comprobarse una característica común entre los nativos que los diferencie de los migrantes, como ciertos rasgos culturales, más allá de su origen24. Tampoco se puede hablar de diferencias étnicas fundamentales, ya que la mayoría de los migrantes era vista como blanca y los considerados castas que migraban se casaban con otras de su misma condición étnica pero nativas. Sin embargo, tal preferencia existía, si nos guiamos por la verificación que más de la mitad de los varones nativos que no migraban se casaban con mujeres también nativas. Muchas razones pueden estar jugando para que esto ocurra, entre ellas la vecindad en la infancia y la primera adolescencia. Pero también, y esta debe ser una razón de peso, es la conformación de uniones entre vástagos de familias ya establecidas, es decir con casas ya formadas. Ahora no se trata de la inserción en la sociedad, sino de la permanencia. Y este criterio era comprobable en todos los estamentos, etnias, actividades, etc. en que podemos clasificar a los habitantes. Pero veamos algunos ejemplos. 191

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Un claro modelo es el de la pareja formada por Marcos Caballero y María Tadea Gomez, que se casaron en 1811 (en el gráfico forman la UC 246). El apellido Caballero es intercambiado frecuentemente por Montesdeoca por varios de los actores. Marcos era el hijo de Juan Manuel, un viejo vecino del partido que en los censos de 1836/8 estaban ubicados en el cuartel 2º, en Lomas de Zamora. María Tadea era hija de Tiburcio y de María Andrea Bravo, viuda en 1815, hacendada. Ya hemos visto cómo esta señora había construido lazos de parentesco importantes en la zona, incluyendo a habitantes de la reducción. El gráfico que ilustra esta unión es altamente demostrativo de lo que venimos diciendo; se ve cómo los dos agrupamientos se ponen en contacto a través de la UC 246. Es decir la riqueza en relaciones que ambas UC poseían se entrecruza a través del matrimonio de sus dos integrantes. Además, si estamos autorizados a suponer vecindad a partir de la cercanía del número de UC, este es un caso paradigmático, ya que entre los números 234 y 248 encontramos 8 UC relacionadas por parentesco. Otro es el del matrimonio de Juan Rosa Castillo y Donata Casado, celebrado tan tarde como 1832. Ambas familias estaban radicadas 192

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en el cuartel 1, en Barracas al sur y su primera aparición en los registros parroquiales es de 1806 y 1798 respectivamente. Ninguno de ellos tenía una actividad asignada en 1815, presumiendo que se trataba de labradores. Donato Castillo, el padre del varón, era un correntino que se casó en 1806 con Simona Hornos, apellido bastante extendido en Quilmes, y que murió en 1830. Como se puede notar en el gráfico adyacente, el matrimonio Castillo-Hornos (181) había generado una serie de lazos en la comunidad que incluía reforzamiento de vínculos sanguíneos con la familia de su esposa, a través del bautismo de sus hijos y de apadrinar hijos de esos parientes. Juan Rosa, nació en 1811 y era el segundo de seis hermanos. \

Nazario Casado, el padre de Donata, se había casado en segundas nupcias con Josefa Ramirez en 1813. Josefa era hija de Santiago Ramirez (237), un hacendado de cierto prestigio en Quilmes para esa época; también en este caso las relaciones del matrimonio se basaban en la importancia de la familia de su mujer. Donata era la primera hija de ese segundo matrimonio. Aquí también se percibe 193

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visualmente con claridad la importancia del nexo que produce el casamiento de ambos vástagos. Luego de 30 años de relativa vecindad, y a una edad convencional para la época, 21 y 18 años, sus hijos contraen matrimonio. En 1834 tienen su primer y único hijo que nosotros registramos, y eligen como padrinos al hermano de ella y a una de sus suegras, reafirmando los lazos de parentesco25. En los censos del rosismo encontramos a Juan Rosa como jefe de familia habitando en Puente de la Restauración junto a nueve personas más, es decir junto a su esposa e hijo y tal vez su madre y algunos hermanos, sucediendo a su padre. De la familia original de Donata, su medio hermano Domingo era jefe de una UC en el mismo cuartel, algo más alejado del riachuelo, conviviendo también con otras nueve personas.

El tercer caso es el de apellidos archiconocidos en la campaña de Buenos Aires, de modo tal que uno ha dejado su rastro en la toponimia y el otro ha dado lugar a familias terratenientes de Buenos Aires26. Se trata del matrimonio de Celestino Arroyo y Micaela Ximenez. Él nació en 1799 y era hijo de Don Pedro José Arroyo, hacendado y alcalde de hermandad en 1811, y de Francisca Pereyra (76) viuda en 1815 y cabeza de una de las UC más numerosas. Tuvieron diez hijos y prácticamente todos permanecieron en Quilmes hasta el final de nuestro período, pero parece que la explotación quedó indivisa a la muerte de la madre Francisca Pereyra en 1828, ya que uno solo de sus hijos, Juan Crisóstomo aparece como cabeza de familia en los censos del rosismo y con ganado y tierras en 1839. 194

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Por su parte, Micaela tenía la misma edad que su marido y era hija de Paulino (103), también alcalde de hermandad. No pudimos establecer con precisión si era pariente de los Ximenez de Paz, antiguos propietarios de la zona. Paulino habitaba en las chacras de Quilmes en una modesta parcela y no declaró ganado en 1839. Celestino y Micaela se casaron en Quilmes en 1830, a una edad ya avanzada para la época, sobre todo para Micaela, 30 años, y tuvieron dos hijos hasta el momento en que cortamos nuestra investigación. En este caso no podemos hablar de vecindad, de inmediatez de sus casas, ya que los Arroyo vivían en el cuartel 6, el más austral, y Ximenez en el 4, el pueblo y sus cercanías. También parece haber cierta asimetría entre ambas familias; mientras los Arroyo aparecen con una fortuna nada despreciable, en comparación con otros hacendados del partido, Ximenez podría aportar un apellido y una trayectoria más importante. Como se ve en el gráfico, la relación entre ambas familias se establece por este casamiento. En estos tres ejemplos es claramente perceptible el resultado de las relaciones de parentesco generadas por las uniones, al margen de la intencionalidad de los actores. Tenemos otros casos en los que se testimonian posibles reforzamientos de lazos previos, o en los que el nuevo lazo se suma a un enmarañamiento precedente. Tal es el caso de los Barragán, más precisamente el casamiento de Fabián Barragán y Victoria Sosa, celebrado en 1829. Como se ve en el gráfico, resulta casi imposible distinguir el trazo que une a las dos casas, dada la cantidad de líneas que se cruzan. Se trata de los hijos de dos hacendados, Juan Barragán e Ildefonso Sosa, que en 1829 tuvieron un hijo natural, hecho 195

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que se repitió en 1834. Podemos preguntarnos entonces por qué no se casaron, dando marco legal a una unión que formaba parte de las pautas normales del mercado matrimonial del partido; dos hijos de hacendados, vecinos del cuartel 5, que poseen riquezas similares, y que están inmersos en un marco de relaciones que los contienen. Es que la relación parece tan cercana a la normalidad que tal vez por eso mismo no hacía falta consagrarla religiosamente27. El único problema podría ser la herencia, pero cerramos nuestro registro en 1838, por lo que más tarde pueden haberse casado y asegurado así la situación jurídica de sus hijos. Un último caso de reforzamiento, abusando de la paciencia de nuestros obligados lectores. En esta ocasión los contrayentes hasta comparten el apellido. Toribio Llanos, nacido en 1800, se casó con Juana Llanos, cinco años menor, en 1824. No sabemos cuál era la relación entre los padres de ambos, Anastasio y Juan Rosa, de edades similares y ambos hacendados. El apellido Llanos se lo encuentra a mediados del siglo XVIII en el partido. El segundo será alcalde en época de Rosas. Si bien la construcción no es tan abigarrada como en el caso de los Barragán, el dibujo de sus relaciones muestra que las había previas al casamiento entre las familias que nos ocupan.

Conclusiones
Hemos tratado de demostrar la aplicabilidad de la teoría de las redes sociales para analizar la estructura social de la campaña de Buenos Aires durante la primera mitad del siglo XIX. Nuestro trabajo 196

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sólo es un aditamento a lo apropiado del tema para tal análisis, ya probado por José Mateo en el estudio citado (Mateo, 2001). Pero creímos necesario repetir el ejercicio, ya que, al margen de la confirmación de la pertinencia señalada, pretendemos agregar unas conclusiones que enriquecerán las obtenidas por Mateo. Como dijimos más arriba, somos conscientes de los límites de la teoría como explicación del funcionamiento general de la sociedad. Por eso es necesario no olvidar las categorías que históricamente se han utilizado para clasificar individuos y familias en el Antiguo Régimen. Es decir, consideramos que la teoría de las redes debe ser utilizada en conjunto con esas clasificaciones para obtener mayores precisiones sobre el contexto con el que se trabaja; en definitiva usarla como metodología antes que como teoría explicativa. Sobre todo en nuestro caso, y en similares investigaciones, donde la información sobre los individuos que analizamos es variada y permite un número considerable de evaluaciones. Como dijimos al inicio de este capítulo, así como las explicaciones apoyadas en categorías sociales resultan insuficientes para dar cuenta de la totalidad de la realidad social, tampoco la aplicación del análisis reticular permite observar la complejidad general de la sociedad. Dicho esto, es interesante señalar el alto grado de conectividad que hemos encontrado. Casi el 77% de las UC de Quilmes en 1815 estaban de algún modo conectadas entre sí, sólo teniendo en cuenta lazos de parentesco. Es muy probable que estas redes se ampliaran si pudiéramos tener en cuenta otros vínculos, como la vecindad, la amistad, el paisanaje, etc. Vínculos que tal vez no estén en primer plano en las estrategias de supervivencia de los pobladores, pero que seguramente solían ser utilizados. También puede decirse que en otros casos estas conexiones eran más importantes que los propios lazos de parentesco, porque podían ser más inmediatos. De todos modos ellos forman parte de la malla que protegía a los pobladores, que les servía de contención, y que tan bien caracterizara Giovanni Levi (Levi, 1990). También debemos rescatar la funcionalidad que podrían tener los vínculos de segundo, tercer y más grados, es decir aquellos que unen dos puntos a través de un tercero (segundo grado) o aquellos recorridos que necesitan pasar por dos o más nodos para unir dos 197

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UC. Un estudio indica que estos son los lazos débiles y concluye el autor que ellos podrían tener una fuerza importante en la medida en que son utilizados para obtener beneficios que los primarios no conceden (Granovetter, 1973). El ejemplo clásico que se utiliza es el de la circulación de información entre los migrantes ya establecidos y los futuros originarios del mismo lugar. El vínculo fuerte está entre el migrante y el familiar que ha quedado en origen, pero la información de la posibilidad de migrar llega a un tercero que no tiene ninguna relación con el migrante, pero sí con su pariente. En nuestro caso, dado lo intrincado que resulta la figura de los lazos de parentesco encontrados, estas conexiones de 2º y más grados son numerosísimas. Es de hacer notar la independencia de muchas UC relacionadas entre sí, como hermanos, padres e hijos, primos y otros parentescos asumidos como sanguíneos que forman familias nucleares por separado, pero en muchos casos se podría deducir alguna vecindad, lo que permite suponer algún grado de complementación en actividades económicas. Además, es visible una jerarquización aunque más no sea por la cantidad de lazos que confluyen en algunas UC, en general de personajes ya notorios por otras características relacionadas con modos más tradicionales de estudiar la sociedad. Pero la piedra fundamental sobre la que se construyen las redes parece ser el matrimonio o, lo que es similar en algunos efectos, la conformación de parejas por fuera del sacramento religioso. En primer lugar, y en forma clásica, se puede observar que los nativos de Quilmes se casaban entre sí en una alta proporción, siendo más alta la proporción de varones que de mujeres. Las relaciones fomentadas desde la infancia entre vecinos más o menos pares daban sus frutos conformando relaciones que ponían en contacto a dos familias o reafirmando lazos de parentesco previos. Algunas de estas conformaciones podrían ser el producto de acuerdos entre las familias vecinas, pero de ello no debemos deducir que se conformarán parejas muy diferentes a las surgidas más o menos espontáneamente. Es decir, las relaciones de vecindad o las conveniencias de las familias no nos parece que sean muy diferentes en cuanto al resultado perseguido consciente o inconscientemente por los pobladores. Volveremos unos renglones más abajo sobre esto. 198

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Asimismo, las pautas matrimoniales parecen ser lo bastante amplias o permisivas como para incluir la unión de mujeres nativas con varones migrantes, lo que no es ninguna novedad en sociedades con alta cuota de migrantes masculinos. Es más, calculamos que esa es la manera de ingresar y de establecerse en la sociedad de destino para estos viajeros. Sin embargo, más que indicar un permiso, esto podría indicar también el funcionamiento real del mercado matrimonial. Por último, no queremos dejar pasar la relación positiva que hemos encontrado entre parentesco y cercanía de residencia; con lo que dejamos en claro que un rasgo influye en el otro y viceversa. Los parentescos se generan por vecindad, pero también la vecindad es generada por el parentesco. No podemos establecer desde esta fuente y tal vez desde ninguna otra para los sectores populares, si realmente estos casamientos son una estrategia consciente para desarrollar nexos que le permitan insertarse y sobrevivir en el medio que les ha tocado o si simplemente estos matrimonios, estas relaciones, se producen por la cercanía, la vecindad. De todos modos, ciñéndonos a la concepción de Bourdieu (1987, 1991) sobre el hábitus, pierde importancia relacionarlo con la conciencia, ya que la internalización de las estrategias, de las conveniencias, hace que la mayoría de las personas actúe en consecuencia con lo que la sociedad espera de ellas, demostrando que son su producto, en definitiva, que han sido socializadas. Así podemos explicar el motivo por el cual no se formalizan determinadas relaciones de pareja, ya que son vistas como naturales, normales, comunes, etc. Sólo si hace falta o si la presión externa es fuerte se llega a la legalización del vínculo.

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Notas
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En el caso argentino, por ejemplo Miguez (1995), Moutoukias (1995, 2002), Anuario del IEHS, Nº 15. Sin embargo Moutoukias afirma que se tiene la idea de que las elaboraciones basadas en tal cuestión no son “un texto teórico sino un ejercicio retórico de historiador…” (Moutoukias, 1995: 221). Para las explicaciones teóricas y metodológicas, ver Wasserman y Faust (1994), Scott (2000) y Wellman y Berkowitz (1988). Ramella, 1995, entre otros).

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4 Tampoco en sociedades más complejas como las actuales occidentales (Bott, 1990; 5

Un ejemplo del primer tipo de análisis, Mateo (2001) y del segundo, Garavaglia (1996 y 1998). Moutoukias (1995), quien recuerda al respecto la pretensión inútil de representar un mapa en escala 1 a 1, parafraseando a Jorge Luis Borges. Originadas en estudios de matemáticos, arquitectos e ingenieros del siglo XVIII. Para la aplicación práctica de la metodología y de la teoría de las redes sociales se puede ver a los ya citados Bott (1990), Levi (1990) y Moutoukias (1992), y a Castellano (1998) y Lepetit (1995). Bourdieu (1991).

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9 Tal la expresión de Bestard (1991), basado en la concepción de capital simbólico de 10

Sobre un caso porteño de relaciones familiares de este tipo ver el análisis que hace J.L. Moreno sobre la familia de Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, donde se entrecruzan relaciones de parentesco con económicas y políticas (Moreno, 2004, cap. 5). Queremos significar que, si bien hay una necesaria concurrencia masculina en la fecundación, es también necesario el reconocimiento de la paternidad por parte de la madre, lo que lo convierte en un hecho cultural. al household de Laslett.

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12 Unidad Censal es denominada la mínima agrupación de la población, el equivalente 13

Sobre el padrinazgo en Quilmes y las relaciones que generaba, ver Santilli (2008, 2010). Toda relación implica dos partes, por ejemplo el padrinazgo implica dos intervinientes padrino-ahijado o padres y una relación, el compadrazgo. En ese sentido, lo que hemos contado son las relaciones y no los intervinientes, que son exactamente el doble. Además, el universo de relaciones posibles incluye que todas las UC se conecten en forma directa entre sí, situación que es imposible y que implicaría la inutilidad de nuestro trabajo porque no se generarían ningún tipo de jerarquía. Para aspectos metodológicos seguimos a Rodriguez (1995). Por supuesto, esta afirmación no niega la existencia de algún tipo de relación entre esas 61 UC y el resto, pero con nuestras fuentes no hemos podido localizar vínculo alguno. Tenemos, en algunos casos, la fuerte presunción de la existencia de algún lazo, pero preferimos no incluirla.

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Relaciones de vecindad, similitud de origen, generacionales, laborales, etc. no quedan reflejadas en los censos o los archivos parroquiales que tal vez son más constantes que las de parentesco, ya que como dijimos, el parentesco no determina el real funcionamiento de una red social. Hemos utilizado para confeccionar la base de datos y el diagrama una versión share de Ucinet IV, disponible en http://www.analytictech.com. Sobre la metodología utilizada, remitimos a nuestro trabajo (Santilli, 2004b). Los puntos equivalen a una UC, que están numeradas según su orden en el censo de 1815. Ver las equivalencias en los anexos al final del capítulo. Cada línea equivale a una relación. No hemos incluido ninguna diferenciación ni jerarquía entre las UC o las relaciones. Como ya hemos indicado, la comprobación de este posible recorrido no implica que los actores lo reconocieran ni nosotros podemos deducir automáticamente el funcionamiento de la trama. Por supuesto nuestro análisis no se limita a las relaciones legalmente constituidas sino también a las relaciones ilegítimas. su funcionalidad para el mantenimiento de la comunidad y el acceso a la tierra para esos migrantes, ver nuestros trabajos acerca del funcionamiento demográfico y productivo de la misma (Santilli, 2007).

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21 Sobre la formación de parejas entre mujeres de la reducción y hombres migrantes,

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El padre reclamará por el embargo, marcando las diferencias políticas con su hijo (Santilli, 2008, cap. 5). Nótese también la cercanía de la numeración, que podría indicar vecindad física, si le hubiéramos podido encontrar alguna lógica al ordenamiento del recuento hecho por el alcalde Blas Martinez en 1815. Sobre los condicionantes en la elección de pareja ver Miguez et al., 1991. En otro trabajo nos hemos ocupado del reforzamiento de los lazos de parentesco a través del bautismo (Santilli, 2010). El curso de agua denominado arroyo Ximenez en Quilmes y las 13 UC con ese apellido que figuran como capitalistas en la contribución directa de 1839. Compárese este razonamiento con el que propone Franco Ramella de individuos normativamente orientados, siendo su conducta previsible si se conoce su clase social, ubicación laboral, etnicidad, etc. (Ramella, 1995).

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Um método em questão: as ‘estratégias do bem viver’ das elites em regiões periféricas do Brasil setecentista
Paula Roberta Chagas Milton Stanczyk Filho Universidade Federal do Paraná CNPq

Resumo
A historiografia encarregada dos estudos sobre a história da família na América portuguesa colonial, vem apontando algumas estratégias utilizadas, especialmente pela elite, para a manutenção de seu local social. Dentre as mais usuais estão as alianças matrimoniais, o pertencimento ao círculo de vereança local, o acúmulo de bens materiais e simbólicos advindos tanto do comércio quanto da posse de terra, de escravos indígenas e africanos e a consolidação de laços de compadrio. Utilizando um conjunto documental de testamentos, autos de contas e inventários post-mortem, juntamente com um cruzamento nominativo de habitantes nas atas de batismo; recompôs-se a história de vida de um dos primeiros moradores da vila de Curitiba no transcorrer do século XVII para o XVIII, concentrando a investigação nas redes parentais estabelecidas pelo camarista João Rodrigues Seixas, analisando-se o peso que elas tiveram no encaminhamento de sua vida e na de seus descendentes.

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Paula Roberta Chagas / Milton Stanczyk Filho

A method in question: ‘The strategies for living-well’ of the elite in outlying regions of Brazil (18th century) Abstract
The historiography in charge of the studies about the family’s history in Portuguese America, is pointing out some strategies used by the elite to maintain their social site. Among the most common are the matrimonial alliances, the belonging to the local City Councilmen circle, the material goods backlog arising from both the trade market and the indigenous and African slaves possession and the godparenthood ties consolidation. Using a set of documentary testaments, records of accounts, post-mortem inventories, along with a habitants cross word in the baptism minutes; raises a life history of one of the first Curitiba’s village dweller on the course of the 17th to the 18th century, concentrating the investigations at the parental networks established by the assembly’s participant, João Rodrigues Seixas, analyzing the value that they had on the routing of his life and his descendants.

A historiografia há muito vem apontando o papel do casamento e da organização parental no período colonial. Destaca-se ainda, sob explicações diferentes, o papel da família e das redes parentais no Brasil colônia1. Neste trabalho, entende-se a concepção de família como um arranjo horizontal entre parentes, ou seja, cada familia proviene de la unión de otras dos familias, lo cual quiere decir también que proviene de su fragmentación: para que se funde una familia es necesario que dos se vean amputadas de sus miembros (...) Este perpetuo movimiento de vaivén, que desagrega las familias biológicas, transporta sus elementos a distancia y los agrega a otros elementos para formar nuevas familias, teje redes transversales de alianza en las que los fieles de la iglesia ‘horizontal’ ven las líneas de fuerzas que sirven de base e incluso engendran toda organización social (Lévi-Strauss, 1988: 12).

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Este conceito seria apropriado para fundamentar estudos que focalizam a América portuguesa, pois ao consultarmos o dicionário de Antonio de Moraes Silva, de 1813, encontramos a família definida como “as pessoas, de que se compõe a casa, e mais propriamente as subordinadas aos chefes, ou pais de família. Os parentes e aliados” (Silva, 1922). Tendo isto em vista, observa-se que a família exerceu importância fundamental no funcionamento e na montagem das atividades econômicas, nas relações sociais e políticas dos indivíduos, assim como em suas trajetórias de vida. “Da ou para a família, não necessariamente a consangüínea, que todos os aspectos da vida cotidiana ou pública se originavam ou convergiam” (Faria in: Cardoso, 1997: 256). No Antigo Regime, a referência social ao indivíduo era frágil, sendo sua identificação social quase sempre associada ao seu pertencimento a um grupo mais amplo. Nota-se que o termo família aparece no verbete de Moraes Silva, junto a elementos que extrapolavam os limites da consangüinidade, entremeando-se à coabitação e à parentela, incluindo relações rituais e alianças políticas. Diante disso, pode-se inferir que, em muito, a família cujo indivíduo pertencesse, determinava sua condição social. Mas, se o escravismo situava dois pólos opostos naquela sociedade, colocando livres e escravos em esferas distintas, esta clivagem jurídica não exauria toda a vasta gama de atores sociais que interagiram no palco da colônia. Estudos vêm mostrando que os mestiços de toda ordem buscavam ‘alçar condição’, porque entendiam o sistema de classificação que ordenava a posição das pessoas naquela sociedade (Lewcowicz, 1988: 103). A liberdade e a posse de outros homens, conforme Laima Mesgravis, não era suficiente para o exercício do poder ou gozo da estima social. “Para tal era preciso ser ‘homem bom’; ‘um dos principais da terra’; ‘andar na governança’; ‘viver à lei da nobreza’; ‘tratar-se nobremente’; ‘ser limpo de sangue’; ‘não padecer de acidentes de mecanismo’”(Mesgravis, 1983: 799). Como se sabe, a idéia de “homem bom” refletia uma atitude mental aos moldes da hierarquização típica do Antigo Regime. Era incapaz de considerar os indivíduos, nascidos iguais e portadores dos mesmos direitos. Eram o sangue, a linhagem, a ocupação e os 211

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privilégios que estabeleciam as diferenças. “Homem bom” era aquele então, que reunia condições para pertencer a um estrato social distinto o bastante para manifestar a sua opinião e exercer determinados cargos. No Brasil Colônia, associava-se em particular àqueles que podiam participar da “governança” municipal, elegendo e sendo eleito para os cargos públicos que, então, estavam reunidos nas Câmaras, principais instâncias da representação locais da monarquia (Vainfas, 2000: 284). Neste ponto observa-se que a distinção era uma das principais metas que grande parte das famílias almejava dispor. Mesmo nos mais longínquos rincões da América lusa, não se pouparam esforços para alçar ou para manter posições dentro da sociedade a fim de gozar de prestígio e diferenciação social. Entretanto, ser livre não era suficiente para o gozo de reconhecimento. A idéia do ‘ser nobre’ atuava no sentido de conformar oposições distintas, que acabava criando uma miríade de pequenos traços distintivos entre as pessoas, que eram zelosamente cultivados por quem os conquistava, independente da maneira pela qual foi conquistado. Afinal era uma sociedade multiracial e desde o primeiro momento, conforme destaca muito bem Gilberto Freyre, os portugueses não tiveram o menor pudor em atuar no sentido de criar uma sociedade mestiça. Vê-se que nobre, no dicionário de Antonio de Moraes Silva, está definido como “conhecido e distinto pela distinção, que a lei lhe dá dos populares, e plebeus, ou mecânicos, e entre os fidalgos por grandes avoengos, ou ilustres méritos” (Silva, 1922). Remete, portanto, para a existência de dois tipos de nobreza: uma calcada no sangue, na linhagem, que passava de pai para filho, formada pela alta aristocracia; e outra que estava assentada em serviços prestados à Coroa, fosse pelo bom exercícios de funções públicas ou, particularmente após a expansão marítima, aos feitos prestados à monarquia lusa na própria construção do Império Português (Fragoso, 2001). Como aponta Maria Beatriz Nizza da Silva em conformidade com o tratadista luso Luís da Silva Pereira Oliveira, uma seria a ‘nobreza natural’ e a outra a ‘nobreza civil ou política’(Silva, 2005: 16). À medida que a nobilitação era um ideal disseminado na sociedade que se organizou na América portuguesa e que no novo mundo 212

Um método em questão: as ‘estratégias do bem viver’ das elites…

haviam brechas para alçá-la, muito dos homens que por aqui se radicaram desenvolveram estratégias com vista a conquistar sua própria distinção. Os caminhos mais recorrentes para o enobrecimento apontados pela historiografia foram percorridos por aqueles que se empenharam em associar-se a grupos dos ‘principais’ da localidade, particularmente pela via matrimonial, pela posse da terra e de outros homens, pelo pertencimento às instâncias que controlariam o ordenamento social e, no mesmo esteio, pela consolidação através dos laços de compadrio. Ao enfatizar nestas estratégias o local exercido pelo casamento, estudos revelam que muitas vezes via-se na união de duas famílias uma porta de acesso tanto para a ascensão social como para o ‘embranquecimento’ dos indivíduos2. Se aos mestiços o casamento hipergâmico podia ter esse efeito, ele foi muito usado por homens do reino que emigravam para a América e aqui contratavam núpcias com moças da terra a fim de alçar novo status a sua condição. Um dos estudos pioneiros nesse sentido foi o de Muriel Nazzari demonstrando, numa perspectiva de ampla duração o quanto esses jovens portugueses se valeram de seu capital simbólico -branco e reinol- para enobrecer e conferir honorabilidade social à descendência das filhas e netas dos principais sertanistas paulistas. Focalizando o espaço social paulistano, Nazzari mostrou os vultosos dotes conferidos aos genros e seu papel capital na organização da hierarquia local (Nazzari, 2001: 70). Outro caminho para situar-se numa esfera privilegiada se dava com a posse de terra. Evidentemente, ao homem livre e pobre que arrendava um pedaço de terra ou mesmo que adquirisse sua propriedade via concessão de sesmarias de tamanho regular, era concedido um diferencial social significativo, unicamente por possuir ‘seu chão’. Ele detinha condição melhor do que muitos outros, mas ainda, sendo um lavrador, um dentre tantos outros que ‘plantava para comer’, mantinha-se em situação de certa rusticidade material. A verdadeira ‘nobreza da terra’ na colônia era aquela que obtinha vastos latifúndios, como foi o caso de tantos senhores de engenho ao longo da área litorânea nordestina ou os grandes pecuaristas instalados em áreas centrais dessa região e mesmo na esfera de influência paulista. 213

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Além das porções doadas pela Coroa a determinadas famílias lusitanas, muitos dos que já estavam radicados na América entenderam o princípio nobilitante conferido pela posse de áreas maiores e desenvolveram estratégias para, conjugando-se requerimentos de sesmarias, angariar um patrimônio familiar considerável. Casos dessa natureza podem ser ilustrados com as sesmarias concedidas à família Taques nos Campos Gerais que formaram um enorme latifúndio, envolvendo os atuais municípios de Jaguariaíva, Piraí do Sul, Castro e parte de Ponta Grossa (Ritter, 1980). Porém, dada a vastidão das terras a serem ocupadas, já houve época em que se asseverou que elas teriam pouco valor na colônia. Alcântara Machado observou, nessa linha, que até boa parte do século XVII, no momento da partilha, nos montes sequer se avaliava seu valor (Machado, 1972). Todavia, neste caminho vale recuperar uma síntese efetuada por Simonsen, ao afirmar que é porém a propriedade rural que classifica e desclassifica o homem; sem ela não há poder definido, autoridade real, prestígio estável. Fora das grandes famílias arraigadas ao chão, o que se encontra é a classe de funcionários, é uma récua de aventureiros, é a arraia miúda dos mestiços, é o rebanho dos escravos. Em tal ambiente, a figura central que domina realmente, pela fora irreprimível das coisas, e a do senhor de engenho, do fazendeiro, do dono da terra. Conforme observação de Oliveira Viana, os que não possuem sesmarias ou não conseguem assegurar terras se acham deslocados na própria sociedade em que vivem (Simonsen, 1978: 221). Essa percepção da importância extra-econômica da terra já pela historiografia tradicional é indicador da alteridade dos signos de diferenciação social numa sociedade monetarizada, em que nas relações econômicas concorriam fortemente fatores não econômicos. Giovanni Levi, ao analisar a comercialização de terras na América colonial, observa que seu preço variava de acordo com o relacionamento de parentesco entre as partes contratuais (Levi, 1992: 141). Ou seja, o que dava prestígio, poder e nobilitação ao indivíduo não era somente a posse da terra, mas sim o reconhecimento dentro de 214

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um círculo de relacionamentos, aliado à posse de outros homens. Este é o caminho da ‘nobreza da terra’, ou seja, daqueles que assentavam os esteios de seu prestígio a terra, muitas vezes pelas sesmarias e do número de escravos possuídos. Na região paulista, constata-se que muitos habitantes ligados a esse estrato social mantiveram a atividade de preação, colocando os ameríndios como seus administrados (Monteiro, 1994: 142). Para Ilana Blaj, o primeiro sinal de distinção social era o estatuto de homem livre e, em seguida, o de proprietário de terras e de escravos. Se a monopolização desses dois últimos caracteriza o grande senhor, a elite colonial, por outro lado, possuir dois ou três escravos e uma pequena propriedade não era tarefa impossível para os demais. Mentalmente, a posse de uma faixa de terra e de alguns escravos (mesmo que fossem indígenas) permitia o sonho da ascensão para as demais camadas de homens livres do mundo colonial (Blaj, 2002: 326). Tal aprisionamento indígena é manifestado como “elemento básico na formação e reprodução da sociedade colonial e sua manutenção garantiu e legitimou a continuidade de escravização dos povos indígenas” (Almeida, 1996: 50). Em São Paulo e no Rio de Janeiro nos seiscentos, ao menos, a montagem das fortunas das famílias mais poderosas da região dependeu da guerra contra o gentio em prol de conquistas de novos espaços e de mão-de-obra para as atividades agrícolas ou extrativistas que eram desenvolvidas. Desse modo, a posse de indígenas tornou-se um dos mecanismos fundamentais na formação do processo produtivo colonial (Monteiro, 1994). “[...] os índios constituíam também o principal recurso da capitania. Os portugueses de São Paulo mediam sua riqueza pelo número de escravos e partidários a que podiam recorrer. ‘Ricos em flecheiros’ era uma descrição comum dos cidadãos mais proeminentes do planalto” (Schwartz, 2001: 313). Segundo João Fragoso, o patrimônio agrário carioca –que posteriormente teve nos escravos africanos a mão-de-obra principal– num primeiro momento “constituiu-se e reproduziu-se pela doação de sesmarias, índios e créditos, aos quais [as famílias mais poderosas] 215

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tinham acesso exatamente por suas estreitas relações com o poder, o que lhes conferia a possibilidade de ocupar importantes cargos de comando na colônia” (Fragoso, 2000: 54). Esta seria outra porta de acesso à distinção: o contato com o poder local, ou no caso das franjas do além-mar lusitano, a criação das vilas e o pertencimento às câmaras municipais. É possível entrever as possibilidades que surgiam para os indivíduos com a criação deste espaço uma vez que para João Luis Fragoso a formação da primeira elite senhorial se dá através do pertencimento as câmaras municipais, e o vindouro círculo camarário familiar, principalmente na formação do corpo eleito uma vez que este momento se configurava como uma ocasião propícia para as pessoas tentarem uma inserção no núcleo de poder da sociedade, já que ela própria estava em processo de redefinição das posições sociais, ou mesmo da legitimação de quem seriam os ‘principais’ da localidade, agora legalmente instituídos. Os cargos que compunham o quadro dos funcionários da administração, em cujo ápice estavam os juízes e os vereadores seguidos dos ofícios de escrivão, de tabelião, contador, inquiridor, porteiro, carcereiro, integravam a estrutura do oficialato da justiça local (Salgado, 1985: 50). Com base nos estudos de Antonio Manuel Hespanha, atenta-se para a importância dos oficiais de justiça não somente pelos rendimentos que eram recebidos, mas pela centralidade dos seus ofícios no conjunto da estrutura administrativa do poder local. Eram postos estratégicos pois esses oficiais detinham em suas mãos os documentos principais da sociedade, visto que: Os documentos escritos eram decisivos para certificar matérias decisivas, desde o estatuto pessoal aos direitos e deveres patrimoniais. As cartas régias de doação (v.g., de capitanias) ou de foral, as concessões de sesmaria, a constituição e tombo dos morgados, as vendas e partilhas de propriedades, os requerimentos de graças régias, a concessão de mercês, autorizações diversas (desde a de desmembrar morgados até à de exercer ofícios civis), processos e decisões judiciais, tudo isto devia constar de documento escrito, arquivado em cartórios que se tornavam os 216

Um método em questão: as ‘estratégias do bem viver’ das elites…

repositórios da memória jurídica, social e política (...) De fato, parece que muitas compras se destinavam justamente à remuneração de favores ou a atos de proteção; com que, além do mais, se recebia em troca a garantia de que os papéis, cômodos ou incômodos, estavam em boas mãos (Hespanha, 1994: 170). Tendo em vista que a estrutura administrativa da América portuguesa fazia-se nos moldes das existentes no Reino3, é possível transpor essas observações para a realidade colonial. Nos domínios americanos, além de serem, em sua maioria, os “homens bons” da vila iletrados, é a partir da instalação da câmara que a sociedade paulista, em suas franjas meridionais se vê inserida às justiças, nos trâmites da burocratização da época. É então no espaço da câmara municipal onde circulam os indivíduos que organizam o espaço público. “Obviamente havia pouca coisa na vida colonial que a câmara não considerasse atribuição sua (...) seria natural que a câmara definisse bem comum como aquilo que beneficiaria os grupos econômicos dominantes aos quais pertenciam os conselheiros” (Lockhart, 2002: 287). Exercer um ofício ou cargo público na administração colonial concedidos pelo Rei, dentro de uma sociedade de ordens, era uma das dignificações que mais traziam “prestígio, honras e privilégios, não apenas no nível mundano, mas com resultados sociais práticos” (Wehling, 2000: 143), constituindo um fator de enobrecimento para seu ocupante e seus descendentes. Entretanto, o que se observa é que não seria apenas um espaço que diferenciaria os indivíduos. Mas, sobretudo na instauração da câmara, parece ter sido entre os seus integrantes que ocorrem as alianças que aumentariam os relacionamentos entre os indivíduos, recentemente estabelecidos como da “nobreza da terra” e que tenderiam a organizar seu viver cotidiano. Finalmente, elencamos a importância do compadrio como outro elo fundamental que ampliava e fundamentava o reconhecimento social, amparado sobretudo, pela via eclesiástica que ampliava a parentela. De acordo com as Constituições do Arcebispado da Bahia, “mandamos, que no Baptismo não haja mais que um só padrinho e uma 217

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madrinha e que se não admittão jutamente dous padrinhos e duas madrinhas; os quaes padrinhos serão nomeados pelo pai ou mãi, ou pessoa, a cujo cargo estiver a criança; e sendo adulto, os que elle escolher”. Como o batismo representa um rito de passagem, um renascimento da criança que se torna um verdadeiro cristão, há a necessidade de “novos pais”, os pais espirituais, que se encarregariam da instrução da criança na fé católica. Além de cuidar da vida religiosa teriam também a função de cuidar da vida terrena desta criança, caso lhe faltassem os pais, “o compadrio surgiu, a partir de então, como uma relação de caráter puramente social baseada no rito católico” (Brugger, 1991: 226), pois era um laço estabelecido dentro da Igreja e que era levado para a vida secular de todos os envolvidos (padrinho, madrinha, pai, mãe e batizando). A consolidação de laços de compadrio era extremamente importante para as sociedades do Antigo Regime, podendo funcionar como estratégia de manutenção de poder e bens para as classes mais abastadas, ou como um instrumento eficiente de burlar a falta de mobilidade social e econômica pelas classes mais pobres, incluindo os escravos. Estabelecidos esses laços, formavam-se verdadeiras redes de relacionamento. A escolha do padrinho parece indicar para algumas regras da ação social pautadas principalmente na confiança, na segurança e na honra. É principalmente esta última que dá primazia a uma hierarquia social baseada na reputação e induz a procura ou a manutenção da ‘boa identidade’. Segundo Pitt-Rivers, é a honra que os outros lhe concedem: ... o valor que uma pessoa tem aos seus próprios olhos mas também aos olhos da sociedade. É a sua apreciação de quanto vale, da sua pretensão ao orgulho, mas é também o reconhecimento dessa pretensão, a admissão pela sociedade da sua excelência, do seu direito ao orgulho (Pitt-Rivers, 1965: 13). Ao conseguirmos pinçar da malha da social as trajetórias de um reinol nos sertões de Curitiba, que conseguiu situar-se na localidade se utilizando de ‘estratégias do bem viver’, alguns pontos são colocados à reflexão: nos meandros de uma sociedade, à primeira vista hierárquica 218

Um método em questão: as ‘estratégias do bem viver’ das elites…

e ordenada, brechas de mobilidade social e de acúmulo de cabedal estão sempre presentes. De acordo com Giovanni Levi, ... o discurso sobre a estratificação social não pode, portanto, ficar limitado às dimensões das propriedades e nos conduz à compreensão de estratégias familiares complexas, sobre as quais funcionavam mecanismos fatais, que filtravam o sucesso e o insucesso, a sobrevivência e o desaparecimento (Levi, 2000: 96). Para tal, recompôs-se a história de vida de um dos primeiros moradores da vila de Curitiba, atento as relações sociais estabelecidas na localidade e analisando o peso que elas tiveram no encaminhamento de sua vida e de seus descendentes, ao longo do século XVIII. O fio condutor da investigação foi a busca de reorganizar suas estratégias do bem viver, expressão que designam um conjunto de atos que compreendem os arranjos matrimoniais, organização parental e formação de ‘cabedal’ simbólico e/ou material, pautado em muitos casos, no pertencimento à câmara municipal. Em todo o estudo opera-se fazendo um jogo entre escalas de observação (Levi in Burke, 1992), reduzindo a análise da pesquisa ao indivíduo e conseqüentemente, recompondo a vida de João Rodrigues Seixas em três gerações de seus descendentes, atentando para as modalidades de suas relações profissionais e familiares com outros indivíduos observados à luz dessas estratégias. As fontes que documentam esse período e que dão base ao estudo são os registros de batismo, testamentos, auto de contas e inventários port-mortem. Para analisar os registros de batismo, foi utilizado o livro 1 de batismo da Igreja Matriz de Nossa Senhora da Luz dos Pinhais de Curitiba, que possui a sua primeira ata datada de 1684, ou seja, uma década antes da fundação da Vila. Essa coleção de registros traz informações sobre os primeiros povoadores e também dados extras que não precisavam obrigatoriamente ser registradas pelos párocos, conforme as Constituições do Arcebispado da Bahia. De acordo com o concilio de Trento, no séc XV, foram estabelecidos, dentre outras normas que regulamentavam os sacramentos, que a Igreja passaria a registrar em livros específicos, os nascimentos, 219

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os casamentos e os óbitos de cada paróquia como forma de maior controle do seu rebanho. No Brasil, a adaptação desse conjunto de leis eclesiásticas à realidade da Colônia deu origem às Constituições do Arcebispado da Bahia. A obrigação do vigário era fazer o registro seguindo o modelo que constava nas constituições, porém, cada vigário tinha uma forma peculiar de compor o texto das atas –uns mais sucintos, outros mais elucidativos–, mas, geralmente, seguiam um padrão social, ou seja, quanto mais alta a posição dos pais do batizando dentro da sociedade, mais estendido no conteúdo era o registro de batismo, constando muitas vezes, inclusive, o nome de todos os avôs e de onde eles eram naturais. Ao contrario, um registro de batismo de um cativo era bem mais “resumido” do que de uma criança livre, faltando às vezes, inclusive o nome dos padrinhos. Apesar das atas paroquiais referentes ao início do século XVIII serem mais “econômicas” em informações do que as apresentadas para o século XIX, contamos com a presença de vigários muito diligentes já a partir de 1700 que registravam muito mais informações nas atas do que as obrigatórias estabelecidas pelas normas da Igreja Católica, como por exemplo, a data de nascimento, o nome dos avôs maternos e paternos do batizando e as respectivas naturalidades. Essas informações são utilizadas para a reconstrução das redes de parentesco, facilitando a localização desses indivíduos nas famílias residentes na Vila de Curitiba, e da mesma fora, servindo para verificar a qualidade social dessas pessoas. Outro corpus documental analisado para investigar a “fortuna” e as estratégias de mobilidade dos indivíduos, são os testamentos, os autos de contas e os inventários post-mortem. O testamento, bem como todos os demais documentos que acompanham a transmissão patrimonial, é um instrumento legal regulado como matéria jurídica. No caso do direito português, com base nas transformações no direito sucessório no período pré e pós-pombalino, a sucessão deveria objetivar a consolidação do patrimônio dentro da organização familiar. Todavia, o processo sucessório tinha a seu dispor outras estratégias. Assim, parte-se da premissa em que os testamentos, pari e passu sua natureza legal, permitem observar aspirações pessoais e laços sociais que os indivíduos construíram ao longo de sua vida. De fato, o momento de testar pode ser equiparado a um 220

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balanço da própria existência. Não apenas no que se refere aos aspectos materiais, em torno do qual é construído o documento testamentário, mas, no período setecentista, seria uma ocasião estratégica de acionar mecanismos com vistas na implementação de determinados planos para certos membros da família. Planos estes voltados a aplicar partes do patrimônio na aquisição ou manutenção da honorabilidade para as gerações posteriores. Os autos de contas são processos abertos pelos testamenteiros, indicados pelos testadores, de dar cumprimento as vontades do falecido. Geralmente volumosos, anexavam os recibos das missas rezadas, das terças doadas, do cortejo fúnebre realizado em virtude da morte do testador. Já os inventários post-mortem são os processos judiciais para a legalização da transferência de bens. De acordo com as Ordenações, eram legalmente obrigatórios em quatro casos: quando ao falecer um dos cônjuges ficassem com filhos ou netos menores de 25 anos, mesmo que ilegítimos, sob a pena de perder o usufruto dos bens destinado aos menores, caso o inventário não fosse aberto no prazo máximo de 30 dias após o falecimento do cônjuge; quando os interessados estivessem ausentes; quando o falecido não deixasse herdeiros; quando houvesse bens dos pródigos, órfãos e mentecaptos. Contudo, era recorrente a abertura de inventário mesmo que os herdeiros fossem maiores, pois havia interesse em reconhecer a real situação patrimonial dos falecidos. E, em não havendo herdeiros necessários forçados, interessava à Coroa e também a terceiros possíveis direitos na herança. Os inventários deveriam ser procedidos por um juiz ou escrivão de órfãos, porém, caso estes estivessem ausentes, poderiam ser executados pelo tabelião. Márcia Graf pontua que “o inventário dos bens deixados por falecimento podia ser requerido pelos herdeiros, pelo testamenteiro ou qualquer outra pessoa que o desejasse” (Graf in Daumard, 1984: 179). Precedendo às partilhas, os inventários têm por fim apurar o que constitui a herança, os haveres, tais como terras, casas, escravos, gado, ferramentas, móveis, armas, tecidos, roupas, livros, jóias, objetos de uso pessoal e do doméstico, entre outros. Esses bens são avaliados individualmente por peça, por um, ou dois, avaliadores indicados para esse fim. 221

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As partilhas fazem cessar o estado de comunhão sobre todos os bens da herança, distribuindo-a entre os herdeiros. Os inventários, além do inventariante, em geral indicam o nome do inventariado, a data do óbito, o local do mesmo e a causa-mortis, bem como o estado civil do falecido, o nome do cônjuge, a filiação, a existência de herdeiros, o seu número, se diretos ou colaterais, os seus nomes, o sexo, o estado civil, a idade, o grau de parentesco, legitimidade, entre outros. Incluem, como vimos, a descrição pormenorizada dos bens móveis, imóveis, das dívidas ativas e passivas, suas respectivas avaliações judiciais, o total do espólio, os impostos de tramitação, entre outros. Após a partilha, que é principiada pelos bens móveis, passando aos bens de raiz e depois às dívidas ativas, o escrivão faz as entregas aos herdeiros na forma das cotas ordenadas pelo juiz. Os herdeiros colocam-se de posse das respectivas porções, determinadas nas partilhas que, para efeito, lhes foram passadas. O documento é encerrado com as assinaturas dos inventariantes e dos herdeiros, que, em muitos casos, são os mesmos. Vale dizer que os testamentos e os inventários post-mortem são de grande valia porque seus formatos sofreram poucas alterações no correr dos séculos XVI ao XIX. Portanto, tais documentos se prestam-se a estudos que permitem comparações entre parentes, famílias e bens nesse período, já que apresentam aproximadamente o mesmo tipo de informação. Deixam revelar, não só os bens que significam rendimentos, mas também as questões da vida em família, as divergências, as disputas, os contornos afetivos das ligações dentro do lar e as amizades, que, além das determinantes econômicas e sociais, influenciaram as estratégias familiares. O método da construção de trajetórias de vida, utilizado para a análise, deveu-se em redimensionar a noção do indivíduo deslocado para uma nova subjetividade: a do ‘vivido’. E nele, não apenas observar os indivíduos planos, mas sim estando sujeitos a transformação e a interpretação em que suas ações sociais devessem ser analisadas enquanto resultado de suas negociações, manipulações e escolhas. E essas, transportadas ou assumidas através dos laços sociais que conseguissem erguer durante suas vidas com outros indivíduos ou grupos. De acordo com Giovanni Levi

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... neste tipo de investigação, o historiador não está simplesmente preocupado com a interpretação dos significados, mas antes em definir as ambigüidades do mundo simbólico, a pluralidade das possíveis interpretações desse mundo e a luta que ocorre em torno dos recursos simbólicos e também dos recursos materiais (Levi, 2000: 95). Há que se observar que, até o momento, este estudo tem caráter metodológico no sentido de indicar as possibilidades e limitações da compreensão das ‘estratégias do bem viver’.

Mais um reinol em terras além-mar
João Rodrigues Seixas, nasceu no Reino, na pequena vila medieval de Vianna do Castelo, situada à margem da foz do Rio Lima, na região do Alto-Minho. Era filho do Capitão Antonio Rodrigues Seixas e de sua mulher Catharina Martins. A documentação compulsada não nos permite saber se ele veio para os domínios ultramarinos acompanhado de familiares ou não, apenas, como já foi dito, que ele emigrou muito jovem. Aqui chegando, estabeleceu morada inicialmente em Cananéia, no litoral da capitania de São Vicente. Essa localidade já agrupava população desde o início da chegada dos portugueses na América e era um centro razoavelmente importante no contexto regional. Em Cananéia, segundo a interpretação espanhola, passaria o meridiano de Tordesilhas e, portanto, os portugueses se ocuparam de incentivar fixação populacional bem como de que ela se irradiasse pelo litoral sul, com vistas em garantir sua dominação territorial. Além do mais, o intenso tráfego de navios portugueses, espanhóis e de outras nações européias, particularmente no século XVI, acabou concentrando desde muito cedo nessa região náufragos (o mais famoso dele, o “bacharel de Cananéia”) e pessoas banidas do reino que, interagindo com a população ameríndia, vão produzindo a população mestiça, marca do caiçara paulista. Até onde avançou a investigação, João Rodrigues Seixas ali residiu por aproximadamente 30 anos e nesse período conheceu e contraiu núpcias com Maria Maciel Barbosa. Como tantos outros portugueses, casou-se com moça da terra, e pouco depois esta deu 223

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à luz um menino, o primogênito Antonio Rodrigues Seixas, que recebeu o nome do avô paterno. Por algum motivo, talvez o de buscar melhores condições de vida e novas oportunidades, João partiu de Cananéia e rumou com sua família mais para o sul transpondo a serra do mar e se fixando em área do planalto. Naquela época eram poucos que faziam isso com vistas a fixar-se, até porque eram poucas as vilas estabelecidas no interior da América portuguesa até meados do século XVII. Estabeleceu morada nos campos de Curitiba por volta de 1689. Vale notar que é possível que ele partilhasse expectativas próprias dos inúmeros reinóis que tentavam a vida em alguma parte dos domínios portugueses além-mar. Vê-se que a presença constante de lusos, não somente na região sul, traz consigo uma gama de valores do Antigo Regime. A este respeito já foi indicado que Os indivíduos que foram para o ultramar levaram consigo uma cultura e uma experiência de vida baseadas na percepção de que o mundo, a “ordem natural das coisas” era hierarquizado; de que as pessoas, por suas “qualidades” naturais e sociais, ocupavam posições distintas e desiguais na sociedade. Na América, assim com em outras partes do Império, esta visão seria reforçada pela idéia de conquista, pelas lutas contra o gentio e pela escravidão. Conquistas e lutas que, feitas em nome del Rey, deveriam ser recompensadas com mercês – títulos, ofícios e terras–. Nada mais sonhado pelos “conquistadores” –em sua maioria homens provenientes de uma pequena fidalguia ou mesmo da “ralé”– do que a possibilidade de um alargamento de seu cabedal material, social, político e simbólico. Mais uma vez o Novo Mundo –assim como vários outros territórios e domínios ultramarinos de Portugal– representava para aqueles homens a possibilidade de mudar de “qualidade”, de ingressar na nobreza da terra e, por conseguinte, de “mandar” em outros homens – e mulheres (Fragoso, 2001: 24). João Rodrigues Seixas, com qualquer outro emigrante voluntário que vinha para a América, integrava a gama dos indivíduos que vinham tentar a sorte. No entanto, há indicadores de que sua família de origem pertencesse à pequena e empobrecida fidalguia do Reino, 224

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haja vista que seu pai, Antonio Rodrigues Seixas, era Capitão na vila de Vianna do Castelo. Mesmo não sendo possível aferir se esse título referia-se a seu pertencimento ao oficialato das tropas auxiliares ou das tropas pagas, é indicativo que sua família, e ele por extensão, não pertencia à aludida ‘ralé lusitana’. A região para a qual ele se dirigiu, os campos de Curitiba, já vinha sendo ocupada desde o início do século XVII, por uma população luso-paulista oriundos de São Vicente, São Paulo de Piratininga, Santos e Cananéia. Os diversos estudos que se dedicaram ao movimento de ocupação do atual Estado do Paraná convergem ao indicar essas vilas e povoados como locais de irradiação da população que se radicou no planalto curitibano4. Nesse sentido, o deslocamento geográfico de João Rodrigues Seixas não configurava nenhuma exceção no conjunto dos movimentos migratórios que ocorreram no século XVII. É nesse período e em função desses pequenos fluxos migratórios que se constituiu a sociedade nos campos curitibanos, formada originalmente por faiscadores e mineradores de ouro que vieram tentar a sorte no planalto. Visto que o ouro não era mais encontrado nas veias dos rios litorâneos, configurou-se como um contingente populacional diminuto e disperso. Esses habitantes, morando provisoriamente choças cobertas com folhas de palmeira, “vasculhavam os cascalhos dos riachos à procura de pequenas pepitas de ouro, tão avaramente cobiçadas” (Wachowicz, 2001: 69). Alguns estudos sugerem, contudo, que por volta de 1639 iniciouse o povoado de Nossa Senhora da Luz, com vistas à exploração agro-pastoril. Mas era uma região pobre, afastada das atividades econômicas ligadas à exportação, e foi com a agricultura de subsistência que essa gente sobreviveu, com uma condição de vida descrita como sendo “miseráveis e primitivas” (Machado, 1963). Curitiba teve, então, sua população formada por lusos, paulistas e seus descendentes que possuíam alguns escravos, poucos índios e que conviviam com aqueles primeiros povoadores que vieram à cata de ouro e, não o encontrando, se fixaram na região. Prova da sua fixação é a construção de uma capela, provavelmente na década de 1650. Vale dizer que “à época, Curitiba era o extremo meridional da ocupação portuguesa na América” (Pereira, 1993: 19).

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Instituir as justiças: João Rodrigues Seixas e a Câmara Municipal
João Rodrigues Seixas estabeleceu-se com sua família no povoado de Nossa Senhora da Luz, e aí nasceu sua filha, Isabel Rodrigues. Radicou-se num momento em que os povoadores requeriam de Portugal a institucionalização do povoado. Embora o Pelourinho já estivesse levantado desde 1668, somente vinte e cinco anos depois é que o povoado de Curitiba foi elevado à categoria de vila. Os moradores requeriam a criação das justiças, “paz quietasão e bem comum deste povo, e por ser já oje mui crecido por passarem de noventa homes” (Boletim do Archivo Municipal de Curytiba, 1906: 4). O Capitão-mor de Paranaguá Francisco da Silva Magalhães, sabendo que Gabriel de Lara5 já havia autorizado esse ato em 1668, concordou e deu ordens para o Capitão-povoador Mateus Leme deferir o pedido. Aos 29 de março de 1693, na pequena capela de Nossa Senhora da Lux e Bom Jesus dos Pinhais, reuniram-se os “homens bons” para escolherem seus eleitores. Estes indicarem os membros da câmara municipal, os juízes, o procurador da câmara e o escrivão, organizando assim, politicamente a vila de Curitiba. Dadas essas condições, é possível entrever as possibilidades que surgiam para os indivíduos com a criação de uma vila. Esse momento se configurava como uma ocasião propícia para as pessoas tentarem uma inserção no núcleo de poder da sociedade, já que ela própria estava em processo de redefinição das posições sociais. O reinol João Rodrigues Seixas era aceito e transitava nesse espaço, pois detinha um saber precioso para essa localidade (como para toda a América seiscentista): sabia ler e escrever, ou seja, ele dominava as letras. Possuía assim uma competência que não era tão comum na população das vilas coloniais, visto serem repletas de homens analfabetos (Nizza Da Silva, 1993). Mais do que isso, a habilidade de ler e escrever estendia-se a seus familiares, pois seu filho primogênito Antonio foi quem redigiu a ata de elevação do povoado de Curitiba à condição de vila. Desde a primeira eleição camarária da nova vila, em 1693, João Rodrigues Seixas foi convocado pelos “seis omens de sam comsiensa (...) Agostinho de Figueiredo, Luiz de Góis, Garsia Rodrigues Velho, João Leme da Silva, Gaspar 226

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Carrasco do Reis (e) Paulo da Costa Leme” para ser o primeiro escrivão da Câmara, cargo que exercera até a sua morte. Os ofícios de escrivão, de tabelião, contador, inquiridor, porteiro, carcereiro, integravam a estrutura do oficialato da justiça local. Porém, esses cargos compunham o quadro dos funcionários menores da administração em cujo ápice estavam os juízes e os vereadores. Deve ser destacado que, aos trabalhos de escrivão, João acumulava as funções de tabelião de notas e escrivão de órfãos, recebendo o ordenado anual de 6 mil réis (Salgado, 1985: 70). Vale notar que em Portugal esse cargo parecia ter sido reservado para gente nobre de poucos recursos, ou empobrecidos, pois permitia enriquecimento ora pela remuneração anual recebida, ora pelos ganhos advindo do pagamento dos custos para a elaboração dos diversos tipos de registros, bem como pelo encaminhamento de outros processos ou de inventários. Aqui fica o indício de que João Rodrigues Seixas tinha sua importância, pois, pelo próprio fato de ser reinol, trazia consigo uma noção de ordenamento jurídico, representação que deveria ser incomum no planalto curitibano, ocupado em grande parte por população nascida na colônia e onde a criação das justiças vai se dar apenas em 1693. Como morou por 30 anos em Cananéia, ponto regionalmente importante nos contatos com o reino e que era vila desde meados do século XVI, fundada por Martin Afonso de Souza, é possível pensar que, mais do que do Reino, sua vivência em Cananéia tenha lhe ensinado os valores da vivência cívica, pois aquela vila, já contava com Senado da câmara desde o século XVI. Some-se a isso o domínio das letras e pode-se ver que ele detinha uma posição privilegiada no conjunto dos homens bons da vila de Curitiba. Mesmo sendo uma das funções menores da administração pública, o ofício de escrivão consistia no posto mais alto de sua categoria. E certamente na trama das relações da ‘coisa’ pública, seu local social pode sugerir o sentimento de pertencimento ao reino e mais do que isso, confere a João Rodrigues Seixas o trânsito neste espaço social por seu sangue português e por regular em seu ofício os atos sociais. É então no espaço da câmara municipal e, sobretudo pelo exercício dos ofícios de escrivão e de tabelião, que podemos tentar recompor 227

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traços e analisar aspectos da trajetória de vida de João Rodrigues Seixas. Um primeiro ponto a ser destacado é que ele foi uma pessoa que circulou na administração camarária curitibana desde a sua criação6. Em função do cargo que ocupava, ele detinha posição estratégica para observar o jogo social da região do planalto curitibano, tendo acesso a informações e à documentação que selava ou que rompia alianças entre os poderosos da localidade. Mas, sobretudo, muitos elementos para avaliar a quem deveria aliar-se e a quem deveria evitar o estreitamento das relações. Pois é na câmara onde circulam os indivíduos que organizam o espaço público. A tais interesses eram acompanhados ainda o de adquirir, com o tempo, maior representação social e política na sua localidade. Desse modo, era importante escolher os cônjuges que favorecessem os interesses das famílias de ambos os noivos. O casamento religioso era a condição fundamental para a busca de status, ascensão social e obtenção, em muitos casos, de posições administrativas. Assim, o casamento era não tanto um assunto pessoal quanto era um assunto de família, e isso favorecia a família de muitos modos. (...) Além disso, o casamento de um filho dava a sua família como um todo uma aliança com a família da noiva, acrescida de uma nova unidade produtiva, instalada, em sua maior parte, com o dote da noiva. Inversamente, pelo casamento de uma filha, a família ganhava um novo sócio, que podia colaborar para a expansão do empreendimento familiar (Nazzari, 2001: 66). Um primeiro indicador de que o cargo na câmara municipal favoreceria a mobilidade social de uma família pode ser exemplificado com as alianças que João Rodrigues Seixas obteve ao casar seus filhos: Antonio Rodrigues Seixas e Isabel Rodrigues. Ambos fizeram casamentos hipergâmicos, e pode-se aferir que isso decorreu do relacionamento de João Rodrigues Seixas com as pessoas de melhor qualidade na vila de Curitiba, desde o momento em que ela se organizou juridicamente. Ainda, não se pode desdenhar do capital simbólico que ele detinha por ser homem branco e do Reino e até, por que não, de um certo carisma que João detivesse, favorecendo suas relações. O fato é que os matrimônios de seus filhos foram celebrados com pessoas de posição social e econômica superior a dele. 228

Um método em questão: as ‘estratégias do bem viver’ das elites…

Essa é uma das marcas da sociabilidade colonial, que mesmo configurada sob os códigos de uma sociedade estamental, detinha a especificidade de permitir trânsito no interior da hierarquia social7. A trajetória de João em Curitiba sugere que ele tenha se valido de um capital simbólico, tendo em vista que não era sesmeiro e nem tinha um grande número de índios administrados. Deixou pouco em bens materiais8, mas, ao que tudo indica, legou para a mulher e ao casal de filhos algo precioso nas representações do Antigo Regime: respeito e honorabilidade social, conferidos a ele tanto pela pureza de sangue como por não ter, ao longo da vida, se maculado com ofícios mecânicos.

A viúva
A historiografia demonstra que, nas sociedades do Antigo Regime, era muito mais fácil a um viúvo estabelecer novas núpcias do que a uma viúva. No entanto, Maria Maciel Barbosa, a viúva de João Rodrigues Seixas, escapou do destino de tantas outras desamparadas e retomou a vida conjugal após a morte de seu marido. Naquele momento, seus dois filhos já estavam casados e, mesmo sem fontes que forneçam algum indicador a respeito, podemos imaginar que na ausência de seu marido, ela tenha passado a chefiar o domicílio acompanhado de alguns escravos, ou, com maior probabilidade, de alguns “servitos”, pois no início do século XVIII eram mais comuns a escravidão indígena na região do planalto curitibano. Seu segundo marido foi Luiz Rodrigues Velho, irmão do capitão Garcia Rodrigues Velho. Não há documentação que permita identificar a idade em que ela ficou viúva nem com quantos anos ela recasou. No entanto, ela deveria estar entre 35 e 45 anos de idade, à medida que, com seu segundo marido, ela teve mais um filho. Conhecido sertanista da região, Garcia Rodrigues tornou-se detentor de um número significativo de índios administrados nas últimas décadas do século XVII. Isto pode ser observado analisando a presença de grande número de índios de sua propriedade que recebiam o sacramento do batismo. Segundo esses registros, no período de 1688 a 1691, Garcia Rodrigues Velho tinha posse de 17 servitos. Destaca-se que outros notáveis moradores da vila, como Mateus Martins Leme, Manoel Soares, Baltazar Carrasco dos Reis e 229

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o próprio João Rodrigues Seixas, também possuíam índios em suas propriedades, num número considerável, porém inferior ao de Garcia Rodrigues Velho. Ainda que não conste nenhum registro de batismo cujo proprietário de servitos fosse Luiz Rodrigues Velho, sua ligação com seu irmão Garcia Rodrigues era visível na medida em que obtiveram conjuntamente com seu pai, Domingos Rodrigues da Cunha, uma sesmaria em 1668, uma das doze que foram doadas no século XVII na vila de Curitiba. Assim, neste caso específico, não somente o pai, mas também o irmão de Luiz Rodrigues Velho garantia a viabilidade de uma aliança matrimonial que se apresentava bastante interessante para ambas as famílias. Ainda que fosse escasso o número de mulheres brancas e livres para o casamento nesse período, Maria Maciel Barbosa apresentou-se como uma das possibilidades que trazia benefícios para as duas famílias, já que era branca e tinha sido casada com um reinol. Enquanto a família Rodrigues Velho possuía bens materiais, o grupo dos Rodrigues Seixas possuía o sangue português e os bons relacionamentos na câmara, pois Antonio Rodrigues Seixas assume como escrivão após a morte de seu pai9. Tendo em vista que os integrantes desta intrépida família de sertanistas haviam, ao que a documentação demonstra10, sido comerciantes de índios e estarem bem estabelecidos na vila, agora não necessitavam de alianças matrimoniais que suprissem carências econômicas. O irmão mais novo dos Rodrigues Velho (ou da Cunha) interveio com uma aliança política vantajosa em que a agregação de novos membros garantisse uma certa proteção e uma melhor inserção social, visto que o aprisionamento indígena estava sendo coibido pelo reino. Como podemos observar nos Provimentos do Ouvidor Raphael Pires Pardinho para a vila de Curitiba em 1721, no título 72: Proveo que os Juizes e Off.es da Câmera pello q’tóca prohibão que nenhua pessoa entre pelo certão a corre o Gentio pêra os obrigarem a seu serviço, por ser contra as Leis expresas de Sua Magestade, q’Deus G.de, e ainda contra o serviço de Deus, em que muito em carregão suas conciencias. E em nenhù cazo se pod vender ao d.o Gentio e hindios, das campanhas, armas 230

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alguas de qual quer gênero que sejão quer offencivas, quer defencivas por ser prohibido pellas Leis do Reyno, e expeciais neste Estado, Subpenna de morte natural e de perdimento de todos os seus bens a metade para cativos (sic) e a outra para quem os acusar, em q’em corre quem as ditas armas vender. Os Juises e Off.es de Justiça que antes nelles serviram proguntarão por este caso como se declara no auto que se fez a dita devasa este anno (Boletim do Archivo Municipal de Curityba, 1924: 42). Assim, manter um relacionamento com um membro da câmara favorecia, se é que podemos aferir, num maior contato com a legislação vigente e suscitando as brechas possíveis para que esses sertanistas não sofressem alguns percalços. Podemos transpor o que Hespanha indicou para Portugal sobre a importância das letras que, sobre elas, os desígnios da Coroa deveriam ser colocados em prática na municipalidade, atento que o escrivão detinha em suas mãos os papéis, fossem eles cômodos ou incômodos a determinadas famílias. Vê-se também que, em 1713, quando já participavam de um mesmo grupo de parentes, Garcia Rodrigues constituiu como seu procurador Antonio Rodrigues Seixas, filho de Maria Maciel Barbosa. Este, em Curitiba, tratava de representá-lo no inventário e herança por testamento de sua primeira esposa, Izabel de Lara. Percebem-se, assim, alguns indícios que podem ter determinado a escolha de Antonio nesse processo. Além de implicar uma relação de confiança entre dois envolvidos, ou como sugere Elizabeth Kuznesof, um principio de lealdade pessoal (Kuznesof, 1988: 45), verificou-se também pelo lado prático, ou processual, que exigia tal operação. Ou seja, era preciso saber ler e escrever para fazer cumprir o que determinava tal documento. A proximidade entre os membros das famílias, ainda que não demandasse nenhuma consangüinidade direta entre eles, fundamentava-se num relacionamento de colaboração contínua e de troca de favores. Além do mais, vale enfatizar que essa mulher soube muito bem negociar a posição e o poder simbólico que o marido, João Rodrigues Seixas, havia deixado a ela e a seus filhos quando morreu. Na prática, sua herança material foi exígua: poucos escravos e não 231

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tinham sesmarias. Mas, no tempo em que exerceu seus cargos na câmara municipal de Curitiba esse homem parece tê-los usado para estrategicamente se inserir no espaço dos homens bons. Essa astúcia no jogo social foi, assim, reatualizada pela viúva, que a desdobrou para garantir sua posição social e, como se verá adiante, assegurar uma efetiva mobilidade social para os seus descendentes.

Os filhos
A filha e sua descendência A descendência de João Rodrigues Seixas tomou dois rumos distintos. Assim, Antonio Rodrigues Seixas deu prosseguimento ao sobrenome que herdou do pai, desdobrando-o em sua filiação. Já sua irmã Isabel Rodrigues, no entanto, gerou descendência que adotava tanto a nominação recebida paternalmente quanto maternalmente. Isabel Rodrigues casa-se com o reinol Lourenço de Andrade (nascido na vila de Ornellas) filho de Marcos de Andrade e Catharina Luiz. Assim como João Rodrigues Seixas, Lourenço veio ainda jovem aos domínios portugueses no ultramar, vindo se estabelecer na vila de Curitiba na segunda metade do século XVII. Participou da corpo político da vila, exercendo o cargo de vereador nos anos de 1706,1707, 1708, 171211. Vale notar que ele também aparece na câmara sem informação sobre seu cargo nos anos de 1701, 1704, 1710, 1714, mas que, pelo período, intercala-se com o de seu cunhado Antonio Rodrigues Seixas. Nota-se, portanto, um ciclo de vereação no qual uma relação de parentesco fazia-se presente. O casal Lourenço de Andrade e Isabel Rodrigues teve três filhos. O primogênito Antônio Rodrigues de Andrade casou-se com Maria do Valle em 25 de outubro de 1734. Ela era filha de João Ribeiro do Valle e Izabel Soares Paes. A segunda, e única filha Maria Rodrigues de Andrade, casou-se com Miguel Rodrigues Ribas, nascido em São Miguel de Villa Franca, Arcebispado de Braga (Leão, 1994: 1304), mais um reinol que integrava a família. Miguel também foi membro da câmara, sendo juiz nos anos de 1729, 1741, 1743, 1747, 1749, 1773 e aparece sem função definida no ano de 1753. Tiveram seis filhos, sendo que os mais notáveis foram o Capitão Miguel Ribeiro Ribas e o Dr. Lourenço 232

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Ribeiro de Andrade. O Capitão Milguel foi juiz nos anos de 1755, 1774, 1779, 1783, 1784,1787, e vereador no ano de 1748. O Dr. Lourenço Ribeiro de Andrade, provavelmente o primeiro desta região a estudar em Portugal, mais especificamente na cidade de Coimbra, recebeu o título de licenciado por volta de 1747. Volta, ao que demonstra a documentação, em 1750, quando exerce a função de juiz ordinário na câmara de Curitiba. Em 1754 exerce novamente esse cargo. Em outros períodos aparece circulando pela câmara, nos anos de 1756, 1780. Mas sobressai esta figura, principalmente, por se tornar o Capitão-mor da vila em 1765, cargo máximo a que se poderia chegar, e nesta condição permaneceu até seu falecimento em 1799. Já o último filho do casal Lourenço de Andrade e Isabel Rodrigues foi Agostinho de Andrade, que se casou com Gertrudes Pereira Telles. Ela, filha do sargento-mor Francisco Diniz Pinheiro, reinol de Cascaes e de Clara Pereira Telles, natural de Nazareth, São Paulo, também residiam em Curitiba. O filho e sua descendência O Capitão Antonio Rodrigues Seixas nasceu em Cananéia por volta de 1670 e vem com a família para região de Curitiba. Como já dissemos, assim como seu pai, Antonio sabe ler e escrever. Casa-se com Maria Soares Paes, filha de Manoel Soares e Maria Paes. Manoel Soares, lisboeta que emigrou ao Brasil vindo estabelecer-se em Curitiba no último quarto do século XVII, obteve em 1686, do Capitão-mor governador Thomaz Fernandes de Oliveira, a sesmaria de Butiatuba, sendo vizinha a de seu sogro na Campina D. Rodrigo e o rio Passaúna. Seu sogro era o capitão Baltazar Carrasco dos Reis, um dos povoadores dos campos de Curitiba, que se instalou aqui pouco antes de 1661, ano em que pede ao Capitão-mor governador do Rio de Janeiro Salvador Correa de Sá e Benevides uma sesmaria, pois “...nam tem therras para laurar e agasalhar seu gado tanto vacum como cavalar nem choins para edificar sua morada de casa...”. Sertanista, Carrasco dos Reis em 1645 já havia feito entradas no sertão à busca de índios. Antes de vir para os Campos de Curitiba, morou na vila de S. Anna de Parnahyba, onde exerceu o cargo de juiz de órfãos. Teve três filhos homens e cinco mulheres e faleceu 233

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entre março e abril de 1697 sendo seu inventário um dos mais antigos documentos existentes no cartório de órfãos de Curitiba12. Seu genro Manoel Soares (que será sogro de Antonio Rodrigues Seixas) exerceu também vários cargos públicos, sendo um dos primeiros juízes escolhidos para a eleição da Câmara em 1693, vereador em 1700, 1703, e procurador em 1701, 1704. Vale notar que ele também aparece na câmara sem informação sobre seu cargo nos anos de 1694, 1696, 1697. O Capitão Antonio Rodrigues Seixas exerceu os cargos de vereador nos anos de 1713, foi a também almotacé no ano de 1704 e procurador do concelho nos anos de 1716, 1717, 1726. Vale lembrar que ao procurador cabia cuidar dos bens da municipalidade, sendo auxiliado pelo tesoureiro, e a cada ano as contas deveriam ser submetidas ao controle do provedor da capitania, o qual poderia rejeitá-las, obrigando os vereadores a restituírem à câmara o que considerasse dispêndio ilegal (Salgado, 1990: 71). Foi também, em 1710, 1720, juiz ordinário, principal cargo da câmara, ao qual competia, além da aplicação da lei na instância do município, a fiscalização dos demais funcionários municipais, como os almotacés, quadrilheiros, meirinhos, alcaides-pequenos, tabeliães, escrivães e outros ilegais. Ele também aparece na câmara sem informação sobre seu cargo nos anos de 1698, 1701, 1703, 1705. De seu casamento com Maria Soares Paes nasceram, ao que se sabe, quatro filhos: João Rodrigues Seixas, Manoel Rodrigues Seixas, Ignez Rodrigues Seixas e Juliana Rodrigues. Caso interessante ocorre com Manoel e João, pois os dois irmãos se casam com duas irmãs, Izabel Martins Valença e Francisca Maciel de Sampaio, respectivamente. Filhas de Manoel Martins Valença e Joana Maciel de Sampaio, ao que tudo indica, moravam nos Campos Gerais. Contudo, o pai das jovens deteve certa importância na vida local, visto que Valença foi comerciante em Curitiba e exerceu o cargo de procurador da câmara. Foi para Goiás abandonando sua mulher e cinco filhos, para tentar fazer fortuna, pois “o negócio ia cada vez mais ruinoso”. Entretanto, ao que indica Leão, apesar de ter vivido penosamente em Goiás por mais de vinte anos, a sorte não lhe sorriu. Joana requer em 1752, uma procuração para chamá-lo de volta ou arrecadar seus bens caso tivesse morrido. Dizia que o marido estava carregado de anos 234

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e de moléstias e desejava que Deus dispusesse da sua vida na sua presença e por isso solicitava licença para continuar ausente do lar. Observamos que, na lista nominativa de 1775, Manoel continua ausente de casa, e suas filhas, nessa época, já se encontravam casadas. Mas os infortúnios da vida do sogro não impediram que tanto Manoel quanto João participassem do círculo camarário. João, alferes desde 1728, exercia o cargo de vereador em 1728, 1735. Já seu irmão mais moço também partilhava cargos nas milícias com os da câmara. O Tenente Manoel foi eleito almotacé em 1737 e 1742, vereador em 1739 e procurador do concelho em 1743. Participantes da elite camarária, João morava no rocio da vila e Manoel no bairro do Passaúna, nas proximidades onde moravam os antigos povoadores. Não eram sesmeiros, mas possuíam terras e bens de valor para a época. Por exemplo, Manoel, em 1765, na primeira lista nominativa da vila de Curitiba, indica possuir 2 armas, 1 pique e 11 escravos. No decorrer de sua vida, percebemos que sobrevivia de suas lavouras e sempre contava com a força do braço escravo, alternando-se em posse entre 4 e 13 escravos.

Mobilidade dos Rodrigues Seixas
Neste acompanhamento da trajetória da família Rodrigues Seixas, observamos alguns aspectos que não configuram de maneira alguma uma conclusão final sobre família, poder camarário e elite local. Mas podemos perceber que, para esta família, a mobilidade social ascendente via alianças matrimoniais que adquiriram ao longo dos séculos XVII e XVIII, esteve em muito relacionada com o posicionamento do patriarca João Rodrigues Seixas na câmara Municipal da vila de Curitiba. É nela que verificamos um espaço que apresenta as brechas que uma sociedade em formação, em tese hierárquica e ordenada, oferecia para que indivíduos buscassem a tão esperada distinção e honorabilidade e assim empreendessem trajetória de mobilidade social ascendente. A inserção de João Rodrigues Seixas no poder público parece ter facilitado que ele estabelecesse alianças matrimoniais de seus filhos principalmente com os notáveis homens de posse da vila. Se pelo seu ofício ele conhecia os indivíduos, saberia quem eram aqueles 235

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com quem deveria manter relações de afinidade. De fato, seus dois filhos se casaram com descendentes dos primeiros povoadores e sesmeiros dessa região. Essa integração permitiu que seus dois filhos constituíssem casamentos hipergâmicos, fazendo com que a primeira geração dos Rodrigues Seixas adquirisse mobilidade social ascendente. Já num outro momento, a segunda geração se vê participante da elite camarária. Percebe-se que suas alianças matrimoniais eram feitas num relacionamento de troca de favores configurando uma aliança política vantajosa para ambas as famílias, tendo em vista que os netos de João Rodrigues Seixas faziam parte de uma elite camarária que circulava entre os cargos municipais. Ao longo de mais de cem anos, os “saberes” dos Rodrigues Seixas garantiram alianças cada vez mais estáveis.

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Um método em questão: as ‘estratégias do bem viver’ das elites… ————— & Sérgio Odilon Nadalin (2008), Para o mundo e para a eternidade: a idade do batismo nas atas paroquiais (Curitiba, séculos XVIII-XIX). Comunicação apresentada no XVI Encontro Nacional de Estudos Populacionais, ABEP, Caxambu (MG), 29 de set. a 3 de out. de 2008. Disponível em: http://www.abep. nepo.unicamp.br/encontro2008/docsPDF/ABEP2008_972.pdf CORREA, Marisa (1994), “Repensando família patriarcal brasileira” in Antonio Augusto Arantes et al., Colcha de retalhos: estudos sobre a família no Brasil. Campinas, Editora da Unicamp. FARIA, Sheila de Castro (1997), “História da família e demografia histórica” in Ciro Flamarion Cardoso, Ronaldo Vainfas (Org.), Domínios da história: ensaios de teoria e metodologia. Rio de Janeiro, Campus. ————— (1998), A Colônia em movimento. Rio de Janeiro, Nova Fronteira. FRAGOSO, João (2000), “A nobreza da República: notas sobre a formação da primeira elite senhorial do Rio de Janeiro (séculos XVI e XVII)” in Topoi Nº 1. Rio de Janeiro. ————— , Maria Fernanda Bicalho, Maria de Fátima Gouvêa, (Org.) (2001), O Antigo Regime nos trópicos: a dinâmica imperial portuguesa (séculos XVI-XVIII). Introdução. Rio de Janeiro, Civilização Brasileira. GRAF, Márcia Elisa de Campos (1984). Os Testamentos. In Adeline Daumard (et al.). Op. cit.. HESPANHA, Antonio Manuel (1994), As vésperas do Leviathan: instituições e poder político – Portugal, século XVII. Coimbra, Almedina. KUZNESOF, Elizabeth Anne (1988), “A família na sociedade brasileira: parentesco, clientelismo e estrutura social (São Paulo, 1700-1980)”, Família e grupos de convívio. São Paulo, N. 17, set. 1988/fev. 1989, pp. 37-63. LEÃO, Ermelino de (1994), Dicionário Histórico e Geográfico do Paraná. Curitiba, Instituto Histórico, Geográfico e Etnográfico Paranaense, 6v. LEVI, Giovanni (1992). Sobre a micro-história. In: BURKE, Peter (org.). A escrita da história: novas perspectivas. São Paulo: Ed. Unesp , 1992. pp. 133-161. ————— (2000). A Herança Imaterial. Trajetória de um exorcista no Piemonte do século XVII. Rio de Janeiro : Civilização Brasileira. LÉVI-STRAUSS, Claude (1988), “Prólogo”, in André Burguière, et al. Historia de la familia. Madrid, Alianza Editorial. LEWCOWICZ,Ida (1988). Herança e relações familiares: os pretos forros nas Minas Gerais do século XVIII. Família e grupos de convívio, São Paulo, n. 17. LOCKHART, James y Stuart Schwartz (2002), A América Latina na época colonial. Rio de Janeiro, Civilização Brasileira. MACHADO, Alcântara (1972), Vida e Morte do Bandeirante, São Paulo, Martins. MACHADO, Brasil Pinheiro (1963), Formação da estrutura agrária tradicional dos Campos Gerais. Boletim da Universidade do Paraná. Departamento de História, Nº 3, jun. MARCÍLIO, Maria Luiza (1998), “A população do Brasil colonial” in Leslie Bethell (Org.), A América Latina colonial. São Paulo, Edusp.

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Paula Roberta Chagas / Milton Stanczyk Filho

Anexo 1: Composição da Câmara Municipal de Curitiba (século XVII e XVIII). “Família” Rodrigues Seixas.
CAMARISTAS Nomes Antônio (Roiz) Rodrigues Seixas João Roiz (Rodrigues) Seixas Manoel Rodrigues Seixas Matheus Leme 1743 Procurador Vereador 1716, 1717, 1726 CARGOS Juiz Sem informação 1698, 1701, 1703, 1705 Outros

1713

1710, 1720

1728, 1735

1695 1706, 1707, 1708, 1712 1750, 1754

1699, 1703 1701, 1704, 1710, 1714 1756, 1780 1711, 1718, 1719

Lourenço de Andrade Lourenço Ribro. (Ribeiro) de Andrade João Ribeiro do Vale 1725,

1709, 1720 1713, 1731 1755, 1774, 1779, 1783, 1784, 1787 1729, 1741, 1743, 1747, 1749, 1773

Miguel Ribeiro Ribas

1748,

Miguel Rodrigues Ribas Mel. (Manoel) Martins Valença Manuel Soares Garcia Rodrigues Velho Luís Roiz (Rodrigues) Velho

1753

1723

1719, 1720 1694, 1696, 1697 1697, 1699 1696, 1700

1701, 1704 1700, 1703 1693, 1696

1693

Fonte: Atas da Câmara Municipal de Curitiba (1693-1780). Levantamento realizado no CEDOPE através do projeto: Formação da sociedade paranaense: “População, administração e espaços de sociabilidade” – módulo “Pelouros e Barretes; juízes e vereadores da Câmara Municipal de Curitiba – século XVIII”.

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Notas
1 Neste ponto tendemos a concordar com Ronaldo Vainfas e Sheila de Castro Faria no

que diz respeito ao patriarcalismo, quando se estuda o período colonial brasileiro, pois família extensa e patriarcalismo não são sinônimos e nem patriarcalismo e família conjugal se excluem. Se anteriormente estava-se preocupado em analisar o domínio e o prestígio social dos senhores escravistas, ou seja, o poder local, agora os estudos têm apontado para a atuação e a organização dos diversos grupos no conjunto social, tentando entender a lógica de suas condutas. Ver:Vianna (1987), Almeida (1987: 53-66), Correa (1994), Vainfas (1998), Faria (1998).
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Ver mais sobre isso em: Faria (1998), Bacelar (2001), Fragoso (2000), Silva (1984), etc. duplicação e devidas adaptações das instituições portuguesas pelas diversas partes mantidas sob o domínio lusitano. Dentre os estudos que pioneiramente destacaram esse fator de unidade do império português situam-se os de Boxer. Cf. Boxer (1969).

3 De fato, o funcionamento administrativo do amplo império português, se fez, com a

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Ver mais sobre isso em: Balhana (1969), Nadalin (2004), Wachowicz (2001). “Capitão-mór, ouvidor e alcaide mor da capitania de Nossa Senhora do Rosário de Paranaguá e das quarenta legoas da costa do sul, loco-tenente perpetuo do donatário Marquez de Cascaes” (Leão, 1994: 729). Fonte: Atas da Câmara Municipal de Curitiba (1693-1780). Levantamento realizado no CEDOPE através do projeto: Formação da sociedade paranaense: “População, administração e espaços de sociabilidade” – módulo “Pelouros e Barretes; juízes e vereadores da Câmara Municipal de Curitiba – século XVIII”. Ver anexo. Vale retomar a indicação de Fernando Novais quando observou que “a sociedade da Colônia, ao mesmo tempo, estratificava-se de forma estamental e apresentava intensa mobilidade; o que provavelmente, criava uma situação de ambigüidade, pois a junção dessas duas características envolvia, simultaneamente, tendência de aproximação e distanciamento entre as pessoas” (Novais, 1997: 13-39). Arquivo Público do Paraná – Juízo de Órfãos de Curitiba, 10ª Vara Cível. Caixas 0501-05 – Processos Gerais Antigos – Processos de Auto de Contas – 1727-1777. 1736 – Auto de Contas de Antonio Rodrigues Seixas. Testamento em anexo de 1733. Caixa PJI-04 – Processos Judiciários Inventários nº 04 - 045 – 1795 – Auto de Inventário de Antonio Rodrigues Seixas. Vale lembrar que o ofício de escrivães judiciais ou da câmara, poderiam ter nomeação vitalícia e até hereditária (Bicalho, 1998: 192). Acervo da Catedral Basílica de Curitiba. Livro de Assentos Paroquiais de Batismo, Nº1 (1684-1732). Sobre a participação dos membros da câmara municipal de Curitiba, ver Anexo. do Inventário do Capitão Povoador Baltazar Carrasco dos Reis – 1697 – Edição do Arquivo Público do Paraná, 1986.

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12 Arquivo Público do Paraná – Juízo de Órfãos de Curitiba, 10ª Vara Cível - 001 – Peças

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Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930
Maria Silvia C. B. Bassanezi Universidade Estadual de Campinas (UNICAMP)

Resumo
Este texto trata das escolhas matrimoniais –de “quem casa com quem”– e das escolhas do compadre –“quem apadrinha o filho de quem”–, realizadas por famílias imigrantes e descendentes que trabalhavam na fazenda de café, na região do Estado de São Paulo (Brasil) chamada Velho Oeste Paulista, sob o regime de trabalho conhecido como colonato. A reconstituição dessas escolhas foi realizada a partir das informações contidas nas atas de casamento e nas de batismo e na documentação de fazenda relativas a colonos de uma importante propriedade cafeeira. Essas escolhas geravam, reforçavam e ampliavam (ou limitavam) as relações sociais na terra do café. Nelas –além da origem étnica, do volume e da composição do fluxo migratório– jogavam importante papel a organização do trabalho e do espaço na fazenda e a intensa mobilidade espacial dos trabalhadores no mundo cafeeiro.

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Maria Silvia C. B. Bassanezi

Moving families. Spouses and Godfathers São Paulo (Brazil) 1890-1930 Abstract
This text is about wedding choices –about “who marries who”– and godfather choices –“who acts as godfather of the son of whom”– made by migrant families and descendants who worked on coffee plantation, in São Paulo State (Brazil) in a region knowledge as Velho Oeste Paulista (São Paulo State Old), under the colonato regime. The reconstitution of these choices has relied on data from marriage and baptism registers and plantation documents, related to immigrant colonos from an important coffee property. These choices generated, reinforced and stimulated (or limited) the social relationships established by immigrants and their descendants in the coffee land, many of them originated in their homeland. Beyond them, besides the ethnic origin, volume and composition of the migration flow, the organization of work and the plantation space and the intense spatial mobility played an important role.

Eugenio Affonso, nascido em Vicenza (Itália) em 1878, chegou ao Brasil jovenzinho, no início dos anos 1890, acompanhando seus pais, Luigi e Lucia Affonso, e, provavelmente, alguns parentes e conhecidos. A vinda de sua família ao Brasil não era um fato isolado. Fazia parte do contexto das grandes migrações humanas do século XIX e da primeira metade do século XX, determinadas por e/ou acompanhadas de um conjunto complexo de transformações sociais, demográficas, econômicas e políticas pelas quais passavam a Europa e algumas regiões da Ásia. Tais transformações geraram excedentes populacionais que, com maior ou menor intensidade, acabaram conduzidos às emigrações transoceânicas. Como tantas outras famílias que atravessaram o Atlântico, a família de Eugenio chegou ao Brasil respondendo também à política migratória vigente nesse país, cuja meta era receber unidades familiares, principalmente européias, e destiná-las ao trabalho na lavoura cafeeira, em plena expansão na época. Essa política marcaria o Brasil como um país que sistematicamente influenciou a imigração 244

Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930

através do subsídio que beneficiava a vinda de famílias originárias, muitas vezes, de uma mesma região. Em 1906, Eugenio Affonso estava com 28 anos e trabalhava na Fazenda de Santa Gertrudes, uma importante propriedade rural produtora de café do estado de São Paulo. Antes disso, já havia vivido, junto com seus pais, em outras fazendas desse mesmo Estado. Foi, nesse ano, 1906, na Santa Gertrudes, que Eugenio desposou Teresa, que morava e trabalhava na mesma fazenda. A noiva, de 18 anos, era filha de Francesco Modolo e Angela Corte, italianos também de Vicenza. Teresa havia chegado ao Brasil ainda criança, acompanhando pais e parentes, em novembro de 1891. Eugenio e Teresa permaneceram por muitos anos trabalhando nessa fazenda, onde nasceram e batizaram seus dez filhos (entre 1908 e 1923) e apadrinharam seis crianças (entre 1906 e 1925). Dessa forma, reforçaram velhas ou teceram novas redes de parentesco e amizade. Este texto trata das escolhas matrimoniais –de “quem casa com quem”– e das escolhas dos compadres –“quem apadrinha o filho de quem”–, realizadas por famílias imigrantes e por famílias delas descendentes. Não trata da dimensão religiosa do casamento e do batismo. Trata sim, das escolhas enquanto procedimentos que geravam, reforçavam, ampliavam (ou limitavam) relações sociais estabelecidas na terra do café ou geradas ainda na terra natal. Em termos mais amplos que os de uma simples opção individual, nessas escolhas, tinham influência: a origem étnica, o volume e a composição do fluxo migratório. Concomitantemente, em outro nível, jogavam importante papel: a organização do trabalho e do espaço da fazenda, além da intensa mobilidade espacial dos trabalhadores ligados ao mundo cafeeiro. De fato, a organização do espaço e do trabalho na fazenda restringia as relações sociais em termos de possibilidades de contatos, pois, de certa forma confinava as pessoas, mas também aprofundava as relações existentes. A mobilidade –tanto a internacional como a ocorrida dentro do Brasil– por sua vez, contribuía para criar e ampliar redes sociais em determinados momentos do ciclo de vida, posto que proporcionava 245

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uma grande teia de relacionamentos apoiada no parentesco, na amizade e também na origem geográfica comum. Por outro lado, essa mesma mobilidade podia provocar rompimentos com antigas redes (cujos laços poderiam ser resgatados ou não no futuro). Este texto cobre especificamente o mundo da Fazenda de Santa Gertrudes (Mapa1), onde predominavam famílias italianas e, em escala bem menor, famílias espanholas, portuguesas, luso-brasileiras além daquelas descendentes de ex-escravos. O principal foco recai sobre as de origem italiana e espanhola, por questões numéricas. Mapa 1 Fazenda de Santa Gertrudes. Estado de São Paulo, Brasil

Fonte: IBGE, Base cartográfica integrada digital do Brasil ao milionésimo, de 2003.

Para tratar das escolhas dos cônjuges e dos padrinhos, a pesquisa valeu-se das informações contidas nas 2.015 atas dos batismos realizados na capela daquela fazenda (entre 1899 e 1930) e nas 353 atas de casamentos localizadas no Registro Civil1 (relativas aos anos 1890-1930) em que aparece especificado que os dois cônjuges (ou pelo menos um deles) residiam na Fazenda de Santa Gertrudes no momento de casamento (a grande maioria) e em que puderam ser identificados cônjuges que passaram por essa fazenda em algum 246

Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930

momento de suas vidas. Certamente, muitos outros casamentos ocorreram entre os trabalhadores dessa fazenda, mas não puderam ser computados já que em vários registros encontra-se anotado somente “residente neste município”, sem maiores especificações quanto ao local exato da residência. A pesquisa também se valeu de documentação complementar, produzida pela própria fazenda, como Copiadores, Conta-correntes. As informações coletadas encontram-se armazenadas, no momento, em bancos de dados, cuja principal ferramenta de busca é o sobrenome das pessoas envolvidas, o que permite o cruzamento das informações que constam nesses bancos. No universo das pessoas resgatadas para este estudo constam as pessoas nascidas fora do Brasil, de nacionalidade estrangeira explícita no registro de casamento. Constam também as nascidas em terras brasileiras2 que são descendentes de estrangeiros: os identificados, na Tabela 2, como sendo de origem italiana, origem espanhola, origem portuguesa e origem luso-brasileira. Estas puderam ser identificadas ou porque a nacionalidade dos pais está registrada nas atas de casamento ou porque têm sobrenomes que não deixam dúvidas sobre a sua origem étnica.

O mundo da fazenda
Formada em meados do século XIX, como propriedade dedicada à lavoura da cana de açúcar, a Fazenda de Santa Gertrudes, com a expansão da cafeicultura no estado de São Paulo (Brasil), transformou-se na fazenda de café mais importante do município de Rio Claro, localizado no chamado Velho Oeste Paulista. Seus primeiros proprietários foram da nobreza do Império e, no período republicano, seu novo proprietário pertencia à nobreza papal em reconhecimento aos serviços prestados à Igreja Católica. Nos limites dessa fazenda, já nas últimas décadas do século XIX, passavam e paravam trens da Companhia Paulista de Estradas de Ferro, colocando-a em contato com a capital do estado, com o porto de Santos (por onde se exportava o café e por onde chegavam os imigrantes), e com outras localidades do interior. Por essa ferrovia escoava-se o café, chegavam à fazenda mercadorias, transitavam os trabalhadores, o proprietário e seus familiares. 247

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Considerada propriedade modelo, essa fazenda se constituía em um exemplo da complexa empresa capitalista cafeeira de então, ilustrando, inclusive, a propaganda brasileira na Europa. No início do século XX, com o seu território ampliado através da anexação de terras vizinhas, chegou a possuir cerca de um milhão de pés de café e abrigar mais de mil e quinhentos moradores: trabalhadores e suas famílias, alguns poucos em casas próximas à sede e a imensa maioria nas quase duas centenas de casas espalhadas pelas oito colônias3 (conjuntos de casas localizados em diferentes planos da fazenda onde habitavam os colonos).

Casas de colonos. Fazenda de Santa Gertrudes 1973. Acervo pessoal Maria Silvia C.B. Bassanezi

Na cafeicultura paulista, colono significava não o trabalhador individual, mas seu núcleo familiar. A família aparecia aí como unidade de produção, pois ao contratar os serviços do colono, o fazendeiro estava contratando era toda a família. Cada chefe de família era responsável pela execução das tarefas diárias em que a família, ou pelo menos seus membros aptos, devia desempenhar. A atividade do núcleo familiar consistia em: cuidados com o cafezal (pelo qual o chefe recebia um pagamento fixo em dinheiro proporcional a cada mil pés de café sob sua responsabilidade); colheita do café (pela qual recebia uma quantia fixa proporcional ao volume de café colhido); prestação de outros serviços avulsos à fazenda (remunerados 248

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ou não) e produção direta da subsistência. Segundo o contrato assinado com a fazenda, a família colona tinha direito à moradia gratuita, a um pedaço de terra designado pelo fazendeiro onde podia plantar milho, feijão e arroz e ainda manter uma pequena horta, criar animais de pequeno porte (aves e suínos) ao redor da casa e usar as pastagens para poucas vacas e cavalos. Essa produção independente respondia pela subsistência da família e o excedente, quando gerado, era comercializado pelo colono. Essas famílias colonas provinham diretamente da Hospedaria de Imigrantes, na cidade de São Paulo, ou eram arregimentadas nas fazendas e municípios vizinhos. Podiam ser recém-chegadas ou estar há tempos no Brasil, em São Paulo e mesmo na própria fazenda. Elas podiam diferenciar-se quanto à etnia, composição, tamanho e por se encontrarem em diferentes etapas do ciclo vital. Assim, muitas eram formadas apenas pelo casal ou casal com filhos e outras eram ampliadas comportando parentes e agregados. As famílias italianas existiam em maior número e, portanto, seu peso na população da fazenda era bastante significativo. Além da família colona, a fazenda absorvia outros trabalhadores assalariados, em quantidade menor: o responsável pela coordenação e supervisão das atividades na fazenda (administrador); os encarregados do escritório; os fiscais ou diretores de colônias, a quem se subordinavam os colonos; os fiscais ou chefes de turmas de camaradas; os camaradas que trabalhavam em grupos no terreiro, na abertura de caminhos, em atividades ligadas às necessidades imediatas, aos serviços mais urgentes; aqueles cuja ocupação dependia de certa especialização (maquinista, eletricista, pedreiro, carpinteiro) e ainda os carroceiros, cuidadores dos animais, da horta, do jardim, da capela. Os italianos, com exceção das atividades onde o domínio da língua portuguesa era fundamental, predominavam em todas as demais. Eram, sobretudo, colonos, no conjunto dos quais chegavam a somar dois terços dos mesmos. Esses trabalhadores na Fazenda de Santa Gertrudes, mais que em outros lugares, podiam contar com assistência religiosa. A capela dessa propriedade rural, consagrada à Santa Gertrudes, possuía regalias especiais concedidas pela Igreja Católica e, em consequência, eram frequentes as celebrações religiosas com a presença de padre; 249

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ela também estava vinculada à Igreja de São João de Latrão, em Roma, quanto às indulgências e graças espirituais. Esse vínculo, solicitado pelo proprietário da fazenda, foi concedido por Roma em 20 de fevereiro de 1900. Os trabalhadores católicos eram atendidos, principalmente, por padres italianos pertencentes às ordens religiosas, scalabrinianos primeiramente (i benemereti dei coloni delle fazendas) e stigmatinos posteriormente, algumas vezes por padres seculares, que ali celebravam batizados e missas, atendiam confissões e dirigiam as celebrações do calendário litúrgico da Igreja Católica. As ordens religiosas italianas na época tinham entre seus objetivos manter a fé nos imigrantes e conservar entre os italianos o seu sentimento de nacionalidade e o afeto à pátria. O atendimento dos sacerdotes aos colonos da fazenda, no entanto, não era exclusivo aos imigrantes italianos, mas se estendia a todos os demais trabalhadores estrangeiros ou nacionais residentes na fazenda e vizinhanças. Na realidade, no mundo da fazenda –mundo católico por excelência– as funções do padre eram ambivalentes. De um lado, ele cuidava de assegurar a assistência espiritual dos colonos e muitas vezes social, proporcionando a esses a oportunidade de buscar na religião uma orientação de vida, capaz de norteá-lo na nova terra. Por outro lado, o proprietário, conde papal, além de atendido à altura de seu status, contava com a presença de sacerdotes como um elemento que contribuía para garantir a fixação do colono na fazenda, situação desejada por todos os fazendeiros da época (Bassanezi, 1973). Nesse contexto, é preciso lembrar que a Igreja no Brasil –que fora separada do Estado com a Proclamação da República, em 1889– passava por transformações e havia todo um esforço concentrado em “romanizá-la”, adequá-la às normas do Vaticano. Até então, os traços do catolicismo no Brasil estiveram presos ao passado nacional de origem portuguesa e ao desenvolvimento de uma religião, que embora cristalizada em formas relativamente estáticas, também se amoldou à sociedade inclusiva (Camargo, 1971: 11). Entretanto, o respeito ao sentimento religioso não era suficiente para que todos os colonos permanecessem por longo tempo traba250

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lhando na fazenda. Embora a Fazenda de Santa Gertrudes apresentasse essa e ainda outras características positivas (entre elas a preocupação com escola para os filhos dos trabalhadores) que a distinguiam de outras fazendas, a árdua labuta nos cafezais, as cobranças e a vigilância severas eram as mesmas que em outras fazendas. Além disso, os colonos podiam vislumbrar vantagens econômicas em lavouras do café que se abriam em áreas novas no interior do estado, maiores que as conseguidas nas zonas mais antigas, ou ainda oportunidades que se abriam em áreas de predomínio da pequena propriedade rural e nas cidades. Assim, procurando melhorar sua situação econômica, os imigrantes, tanto os subsidiados quanto os espontâneos, e seus descendentes circulavam por todo o estado de São Paulo. Mesmo os colonos nacionais seguiam essa tendência. Com isso, as famílias trabalhadoras deslocavam-se de fazenda em fazenda, das zonas cafeeiras mais velhas para áreas de fronteira em expansão ou dirigiam-se para áreas de predomínio de pequenas propriedades rurais ou para as cidades (Bassanezi, 1973 y Holloway, 1984). Nesses deslocamentos, as redes sociais estabelecidas tinham um papel importante no sentido de informar sobre as oportunidades de trabalho que surgiam em outros locais. A instabilidade dos trabalhadores na lavoura cafeeira foi sempre um dos grandes problemas enfrentados pelos fazendeiros, que necessitavam manter constantemente um determinado número de empregados para que todas as tarefas fossem executadas dentro do prazo previsto sem qualquer prejuízo à fazenda. Dessa forma, os proprietários utilizavam vários recursos na tentativa de reter a força de trabalho, tais como elevar salários, melhorar as condições de conforto e bem estar, providenciar assistência religiosa, médica e educacional, que chegavam a impressionar observadores na época: In questa fazenda [de Santa Gertrudes] (...) anche le esigense di educazione civile e morale non sono transcurate; i sentimenti religiosi dei coloni sono rispettati (Marzano apud Pesciolini, 1910: 320). Mas também estabeleciam sansões, como a aplicação de multas por quebra de contrato, retenção do trabalhador por endividamento, 251

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vigilância constante contra fugas. Estes recursos, porém, nem sempre eram eficazes. Como o contrato de trabalho com a fazenda era anual, o término da colheita do café marcava o momento do colono decidir seu futuro, optando ou não pela sua permanência na fazenda. Pesquisa realizada por amostragem revelou que, no período de 1895-1930, cerca de um terço dos colonos não permaneceram na Fazenda de Santa Gertrudes por mais do que três anos e que aproximadamente um quinto deles chegaram a trabalhar nessa propriedade por mais de 12 anos4. Os italianos permaneceram, em média, oito anos, portugueses e espanhóis bem menos, por volta de três anos, em média. Em que se pese essa grande mobilidade espacial, durante o tempo em que as famílias se encontravam na fazenda, a organização do espaço e do trabalho, isolando as mesmas nas colônias e nos talhões do cafezal, acabava por estreitar as oportunidades de encontro entre os habitantes. Nos dias da semana considerados “dias de trabalho”, além da labuta nos cafezais, os colonos viviam isolados não só do mundo exterior aos limites da fazenda, mas, dentro destes, nas colônias em que habitavam e no cafezal sob sua responsabilidade. Esse isolamento era reforçado pela contínua vigilância a que eram submetidos pelos supervisores, pela proibição de deixar a propriedade ou receber visitas sem prévia autorização. As raras oportunidades de encontro ocorriam nos domingos e dias festivos, que, portanto, desempenhavam um papel muito importante no lazer, na recreação, nos contatos sociais e nas relações comerciais estabelecidas entre as pessoas. Missas, procissões e outras solenidades religiosas constituíam, então, ao mesmo tempo, expressão religiosa, forma de lazer e meio de inter-relação social. Nesses dias, os colonos tinham a oportunidade de visitar parentes e amigos, na própria fazenda ou nas redondezas, e os homens, em especial, podiam dirigir-se à vila para as compras necessárias e para a venda do excedente da cultura de subsistência. Outros momentos de contato entre os trabalhadores eram: as festas no final das boas colheitas, as festas juninas em honra a Santo Antonio, São João e São Pedro, que eram comemoradas com atividades religiosas e profanas (música, danças, com comidas e be252

Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930

bidas). Além de encontrar nos quadros da religião “expressão autêntica de diversão e lazer”, em alguns momentos, os colonos puderam usufruir de formas de diversões citadinas, como espetáculos de teatro e ginástica, apresentação de bandas e sessões cinematográficas (em 1912 foi instalado na fazenda o primeiro aparelho cinematográfico e, em 1914, inaugurado o cinema). Nesse mundo, Eugenio e Teresa, os personagens que abrem este texto, viveram por cerca de vinte anos. Outros imigrantes e/ou seus descendentes estiveram ali apenas por alguns meses ou por poucos anos. Para muitos essa estadia, longa ou curta, propiciou a oportunidade de encontrar ali um parceiro conjugal, casar-se, batizar filhos e apadrinhar filhos de outros casais.

Cônjuges e compadres
Ao batizarem seus filhos ou apadrinharem outras crianças, Eugenio e Teresa não precisaram sair dos limites da Fazenda de Santa Gertrudes, pois os batizados, na época, ocorriam com regularidade na própria capela lateranense. Para se casarem, no entanto, eles, assim como outros trabalhadores da fazenda, tiveram que se locomover até a Igreja e o Cartório do Registro Civil do núcleo urbano (a cidade de Rio Claro e, posteriormente, o distrito de Santa Gertrudes). Os casamentos na capela eram raros. No ato do casamento, Teresa e Eugenio tiveram como testemunhas: Vitorio Pavan e Inocenzo Quaglio, italianos e também colonos da Fazenda de Santa Gertrudes. Esse último e sua esposa, Francisca Correia Dias (não italiana), seriam os padrinhos de batismo do primeiro filho do casal Teresa e Eugenio. Já o quinto filho seria batizado pela irmã e pelo cunhado de Teresa; o sexto, pelos pais de Teresa; o oitavo, pela irmã e pelo cunhado de Eugenio. As demais crianças do casal seriam afilhadas de pessoas de origem italiana moradoras da mesma colônia da fazenda em que Teresa e Eugenio viviam: a colônia de São Joaquim. Por sua vez, Teresa e Eugenio batizariam seis crianças, duas delas filhas de pessoas que haviam batizado seus filhos (Figura 1 e Quadro 1)5.

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Quadro 1 Afilhados de Eugenio Affonso e Teresa Modolo
Nome do batizando Antonia Francisco Angelo Angelo Eugenio Teresa Nome padrinho Giovanne Affonso Vitorio Benetti Pietro Berthie Hermenegildo Carita Virgilio Carita Paolo Guaino Nome madrinha Nazarena Nunes Maria Modolo Albina Evangelista Albina Nhan Angela Salvatore Giovanna Tempo

Fonte: Registro de Batismo. Fazenda de Santa Gertrudes.

Em 1894, nasceu em Ribeirão Preto (município cafeeiro paulista) uma irmã de Eugenio, Adélia, que, ainda criança, mudou-se, com a família para a Fazenda de Santa Gertrudes. Nessa mesma fazenda, aos 23 anos, Adélia desposou Vicente Tonon, também filho de italianos, nascido em Pirassununga (outro município paulista) em 1897 e morador da fazenda. A união do casal teve como testemunhas Antonio Tonon, artista (se pai ou homônimo do pai não se sabe, mas certamente parente do noivo) e Manoel Augusto de Oliveira (agente de negócios). Adélia e Vicente tiveram pelo menos um filho do qual se tem notícia e foram “pais espirituais”, de pelo menos duas crianças, cujos pais tinham origem italiana, um deles aparentado de Vicente. Duas irmãs de Teresa, Paola e Maria, também nascidas na Itália, se casaram com homens de origem italiana moradores da Santa Gertrudes, respectivamente Giordano Salvatore e Vitorio Benetti. No casamento de Paola e Giordano, testemunharam Felice Milano e Artur Jose Garcia (espanhol) e, no de Maria e Vitorio, Giovanne Marega e Giordano Salvatore, cunhado de Maria. Paola e Giordano tiveram apenas um filho do qual se tem notícia, que foi batizado por Amabile e Felice Milano, o mesmo Felice que testemunhara o casamento dos pais do bebê. 254

Figura 1

Maria Silvia C. B. Bassanezi

Cada um dos dois filhos de Maria e Vitório foi batizado na capela da fazenda e foram escolhidos como padrinhos: Giuseppe Benetti e Maria Picelli (tios paternos) e Teresa e Eugenio Affonso (tios maternos) (Figura 1). Ao que tudo indica a irmã de Eugenio e as irmãs de Teresa não permaneceram na Fazenda de Santa Gertrudes tantos anos como esse casal. Maria e Vitorio e Paola e Giordano, depois de algum tempo, migraram para outros locais. O desenho da teia de relações que os colonos do café estabeleceram em terras brasileiras, especificamente na Fazenda de Santa Gertrudes, através do casamento e do batizado de suas crianças, continua a ser feito. Este texto traz um primeiro olhar sobre as informações contidas nas fontes privilegiadas. Embora todas as variáveis e situações ocorridas ainda estejam sendo quantificadas para futura análise, já é possível identificar constantes com relação à escolha dos cônjuges e dos compadres que talvez passem despercebidas em análises apenas quantitativas e macro. Tendo em vista a tendência geral de as pessoas escolherem seus parceiros nos locais que frequentam e entre seus pares (e, portanto, de a endogamia ser a forma de união predominante), um primeiro olhar sobre os casamentos que envolveram os trabalhadores de Santa Gertrudes mostra que eles não fugiam à regra. Os exemplos das famílias Affonso-Modolo e Miranda-Alonso –retratados nas Figuras 1 e 2– assim como os números apresentados nas Tabelas 1 e 2, não deixam dúvidas sobre a alta frequência de uniões endogâmicas, definidas quanto ao local de residência e origem étnica, entre os colonos do café. Tabela 1 Casamentos Segundo o Local de Residência
Mulher Homem FSG Outros locais Total FSG 274 40 314 Outros locais 38 01 39 Total 312 41 353

Fonte: Casamentos. Registro Civil. Rio Claro e Santa Gertrudes (Sp-Brasil) 1890-1930.

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Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930

Tabela 2 Casamentos Segundo a Nacionalidade dos Cônjuges Fazenda de Santa Gertrudes 1890-1930
Mulher Italiana PortuHomem guesa Italiano Português Espanhol Or. Ital. Or. port. Or.esp. Or.luso./ bras. Total 88 7 19 117 11 18 80 1 4 2 1 4 3 15 3 69 18 2 1 1 Espanhola 4 Origem Origem Origem Origem Origem ital. Port. Esp. Luso/Bras Germânica Total 25 3 6 1 1 6 1 9 72 17 4 2 15 2 1 1 117 12 23 94 21 14 72 353

Fonte: Casamentos. Registro Civil. Rio Claro e Santa Gertrudes (SP-Brasil) 1890-1930

Durante o tempo em que permaneciam na fazenda, era ali que, majoritariamente, buscavam seus parceiros conjugais. Os parceiros podiam ser encontrados inclusive no interior da própria colônia em que se habitava. Além da muito provável interferência dos pais, que demonstravam preferir para seus filhos cônjuges de seu grupo étnico, a endogamia étnica era favorecida pela organização do espaço e do trabalho na fazenda marcada, entre outras coisas, pelo costume dos fazendeiros de alocar patrícios e parentes, migrados em cadeia ou “chamados por parentes” em uma mesma colônia. Este costume, ao mesmo tempo em que contribuía para tornar escassas as oportunidades de vida associativa fora da colônia, ajudava a estreitar as relações e os vínculos de solidariedade entre aqueles que haviam migrado juntos ou vindo a encontrar parentes e amigos da mesma origem e que, agora, eram seus vizinhos. Assim, pertencer a uma cadeia migratória, como já salientou Otero (1995), tinha efeitos decisivos na determinação dos níveis individuais de endogamia; somava-se ao contexto da fazenda cafeeira para que a escolha dos cônjuges se desse entre iguais: 257

Maria Silvia C. B. Bassanezi

(…) Es evidente que el comportamiento matrimonial no puede ser estudiado solamente a partir de la presencia de individuos en un mercado matrimonial, del que correspondería medir las probabilidades de integración solamente en función de los stocks respectivos de hombres y mujeres, ya que la pertenencia a una red familiar tiene un peso importante en los comportamientos “individuales” de los migrantes (Otero, 1995: 93). O que se observa também é que uma parcela dos casamentos entre os colonos estrangeiros, principalmente italianos e espanhóis, ocorreu inclusive entre pessoas provenientes do mesmo local na terra de origem. Isso coincide com o que Otero (1995) constatou entre imigrantes franceses na Argentina e corrobora o reconhecimento da importância na endogamia das redes migratórias quando se observa a origem geográfica e social dos cônjuges: La influencia de las redes migratorias es igualmente visible a través del espacio social pre-migratorio ya que — si los muy escasos matrimonios con datos de la comuna de origen completos son generalizables — una importante proporción de los matrimonios entre vascos franceses fueron protagonizados por individuos provenientes de la misma ciudad (…) Este ejemplo muestra además que el espacio social pre-migratorio no constituye una variable de análisis “externa” sino que resulta un concepto susceptible de verificación empírica a partir de indicadores independientes entre sí (Otero, 1995: 94). No universo da Fazenda de Santa Gertrudes viviam os irmãos Giovanne e Amabile Arnosti, ambos nascidos em Treviso (Itália). Os irmãos Arnosti casaram-se em 1914, respectivamente com Emilia Pugliese e Giuseppe Denardi, também nascidos em Treviso e de famílias colonas moradoras da Colônia Santo Antonio (Figura 3). Na Colônia Santo Antonio também vivia o casal espanhol Jose Romero e Ana Batista Gouvea, naturais de Granada, casados em 1907, época em que suas famílias trabalhavam como colonas na propriedade cafeeira de Santa Gertrudes. Várias outras uniões conjugais entre pessoas de mesma origem geográfica, como essas, foram detectadas na documentação. É muito provável que além das uniões passíveis de comprovação, muitos 258

Figura 2

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outros casos semelhantes tenham acontecido, mas não podem ser constatados, pois nos documentos produzidos no Brasil anotava-se apenas o país de origem do imigrante. O local do qual os cônjuges eram naturais quase nunca aparece nos documentos. Em menor escala, mas não raro, ocorria que duas ou mais famílias casavam seus filhos entre elas mesmas, estabelecendo uma rede estreita entre estas famílias ou reforçando a ligação já existente forjada por antigos laços de parentesco, compadrio e amizade de antes ou depois da chegada ao Brasil (Figuras 2-5). Domenico Buoro e sua mulher, Maria Brescia, de Treviso, chegaram ao Brasil em 1896 ou 1897, trazendo cinco filhos pequenos. Em terras paulistas, tiveram pelo menos mais quatro filhos. Os nove filhos de Domenico e Maria sobreviveram à idade do casamento. Três deles se uniram em matrimônio com filhos de Antonio e Angela Pin, também naturais de Treviso. Quatro dos Buoro casaram-se com pessoas naturais de Rovigo ou Treviso. Só um fugiu à regra, casouse com Cristina Miranda, filha de espanhóis (Figura 4). Ferdinando Zoppi e Anna Venturi, italianos, casaram cinco filhos no Brasil, pelo que se tem notícia. Três deles uniram-se a italianos ou filhos de italianos; dois, um filho e uma filha, quebraram a regra de endogamia étnica e uniram-se em matrimônio com uma filha e um filho do casal português José Ferreira e Vitorina de Jesus, criando uma nova rede de relações de parentesco com imigrantes de outra origem (Figura 5). Através desses casos pontuais, verifica-se que o mercado matrimonial que marcou o comportamento da nupcialidade entre os colonos do café apresentou características semelhantes ao que foi observado nas áreas de colonização do sul do Brasil. Nessas últimas, onde imigrantes se instalaram como pequenos proprietários rurais, com poucos contatos com o mundo exterior, eles e seus descendentes realizaram, de preferência, uniões endogâmicas, em virtude dos mecanismos de solidariedade grupal, intensificada em torno de seus valores culturais, como ocorreu com os italianos de Santa Felicidade (Curitiba, PR) estudados por Balhana (1977). Uniões endogâmicas também eram as preferenciais entre os ucranianos que se instalaram no estado do Paraná — nelas jogavam papel importante: a interferência dos pais, do padre da comunidade, do consenso de que o casamento 260

Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930

inter-étnico não seria bem acatado na sociedade e da própria restrição do mercado matrimonial (Andreazza, 1999). A preferência pela endogamia matrimonial, portanto, vinha marcada pelas especificidades dos respectivos contextos e bagagem cultural. No contexto da cafeicultura, especificamente, a mobilidade espacial era muito maior que nas áreas sulinas de pequena propriedade e, por outro lado, a proximidade espacial entre os trabalhadores de outras origens em uma mesma fazenda e em uma mesma colônia da fazenda contribuía para que a regra da endogamia por etnia fosse quebrada mais vezes. Durante sua estada na Fazenda de Santa Gertrudes, alguns poucos homens e mulheres buscaram parceiros fora dos limites da fazenda. Na realidade, esses parceiros “de fora” provinham em geral das propriedades vizinhas, bem próximas –aqueles que participavam dos rituais religiosos na capela da fazenda– ou eram conhecidos, com quem haviam se encontrado anteriormente em algum lugar que podia ser a própria fazenda, alguma outra propriedade onde se havia morado, a terra de origem e/ou o navio que os trouxera para o Brasil. Albino Codo passara sua infância na Fazenda de Santa Gertrudes, onde seus pais, Santo Codo e Ludovica Picelli, eram colonos. Em 1929, aos 22 anos, estava trabalhando na Fazenda Itaúna, mas foi entre as moradoras da Fazenda de Santa Gertrudes que buscou sua esposa. O mesmo aconteceu com Pietro Bresotti, morador da Fazenda Goiapa, que retornou ao seu antigo local de trabalho, Santa Gertrudes, para buscar sua noiva, Luiza. Um caso que ilustra, ao mesmo tempo, a mobilidade espacial dos colonos do café e a endogamia –étnica e por local de residência– é o do casal italiano Antonio Albertone e Constantina Trevisan, cujos filhos se casaram com pessoas de origem italiana, moradoras das fazendas onde morava e trabalhava essa família no momento em que ocorreram os respectivos matrimônios. O primeiro filho a casar de que se tem notícia foi Caetano, natural da Itália. Quando do seu casamento, Caetano era colono na Fazenda Santo Antonio onde também trabalhava sua noiva brasileira filha de italianos. O segundo 261

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filho de Antonio e Constantina, também italiano, casou-se em 1918, quando a família era colona na Fazenda de Santa Gertrudes, com uma colona italiana dessa mesma fazenda. A terceira filha do casal Albertone, nascida no Brasil, uniu-se em matrimônio com um brasileiro filho de italianos em 1930, ano em que os cônjuges e suas famílias eram colonas da Fazenda São Bento (Figura 6). Figura 6

Muitas famílias colonas, terminado o ano agrícola, abandonaram a Fazenda de Santa Gertrudes, ao mesmo tempo ou em anos diferentes, seguindo um mesmo rumo, como pode ser observado com aqueles que se instalaram no núcleo urbano do município de Rio Claro, mais precisamente no bairro de Santa Cruz. Em Rio Claro, dedicaram-se ao comércio, a ofícios diversos ou à lavoura de subsistência em sítios da proximidade do município. Santa Cruz caracterizou-se como um bairro essencialmente italiano. Lá, os padres stigmatinos construíram uma igreja e instalaram um seminário. Neste bairro, os ex-colonos continuaram alimentando as antigas redes de parentesco e amizade, mas também estabeleceram novas relações, pois ali as oportunidades de encontro e escolhas eram mais amplas que no mundo da fazenda. Foram vistos até aqui exemplos de casos em que a mobilidade deu-se em um espaço mais restrito, ou seja, entre fazendas da mesma região e/ou municípios próximos. Mas, também há histórias em que a mobilidade entre os colonos do café atingiu um espaço mais abrangente e um universo populacional mais amplo, onde as 262

Figura 3

Figura 4

Figura 5

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antigas redes de relacionamento puderam continuar tendo um papel importante ou foram rompidas definitivamente. Diante da realidade de uma terra estranha, vivendo sob o regime de colonato –onde a unidade familiar não tinha patrimônio a preservar– os laços familiares eram extremamente importantes para a sobrevivência do grupo, uma vez que o sucesso da família dependia muito da postura que ela assumia frente ao trabalho. Além disso, para os imigrantes, principalmente os oriundos do norte da Itália, a família era um valor a ser preservado (Alvim, 1986). Nesse contexto, o casamento formal era fortemente incentivado e, em consequência, o celibato definitivo (principalmente o feminino)6 era raro, assim como eram raras as uniões consensuais e a existência de filhos ilegítimos7. O casamento de imigrantes e de seus descendentes no Brasil –precoce em relação ao país de origem (onde o matrimônio se dava em idades mais velhas)– devia unir duas capacidades de trabalho: um homem muito trabalhador, disposto a não poupar esforços no cafezal e na roça de subsistência, e uma mulher prendada e inteligente (nas palavras de Lombroso 1908), capaz de cuidar e educar os filhos, costurar, lavar, cozinhar e usar a lenha, além de manter a criação e a horta, “lidar com o porco” (isto é, saber fazer linguiça, banha, sabão e conservar a carne) e ainda trabalhar com o marido no cafezal e na roça de subsistência. Nesse contexto, a escolha do parceiro matrimonial devia ser feita, sobretudo, entre gente de “boa família”, o que significava gente trabalhadora, fisicamente forte e saudável, que soubesse aproveitar as vantagens oferecidas pelo sistema de colonato. Daí a preferência por cônjuge pertencente à família conhecida com a qual se mantinham vínculos de amizade e de solidariedade. O controle e as pressões do grupo familiar eram muito fortes e provavelmente contribuíam para intensificar as uniões entre conhecidos. Quebrar este controle ou resistir às pressões certamente não se fazia sem tensões (Bassanezi, 1988). Assim como nas escolhas conjugais, as alianças e relações tecidas na pia batismal descritas nesse texto referem-se àquelas realizadas no mundo da Fazenda de Santa Gertrudes, enquanto a família colona aí permanecia. Não se tem notícias das alianças, via batismo, pregressas à estada na fazenda, realizadas pelos imigrantes e suas famílias, e nem posterior a ela. 264

Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930

Na fazenda, colonos batizavam filhos de colonos, na sua grande maioria. As relações de compadrio davam-se dentro do mesmo grupo social, de preferência no mesmo grupo étnico. Em escala bem menor, colonos em posição superior apadrinhavam filhos de trabalhadores assalariados com menor qualificação. Esses, no entanto, raramente eram escolhidos como compadres pelos colonos. Os proprietários da fazenda também não batizavam colonos. Uma única ata de batismo registra o fazendeiro e senhora como padrinhos de uma criança em 1899, que seria filha de alguém das relações de amizade ou filha de um trabalhador da fazenda com status maior, provavelmente o administrador. Em 1923, o filho do proprietário batizou um filho do administrador e, em 1930, dois batizados tiveram como madrinhas as netas do proprietário, uma das crianças era filha do cocheiro da fazenda. O fazendeiro provavelmente evitava participar como padrinho, para que sua autoridade –expressa também pelo direito de cobrar bom serviço, de multar o colono e despedi-lo como e quando lhe aprouvesse– não se visse diminuída, uma vez que o laço espiritual o irmanaria aos pais da criança8. O colono dava preferência a seus iguais, em quem depositava mais confiança do que em seus superiores (proprietário, o administrador e fiscais de colônia) cujos interesses eram outros e, por vezes, opostos. Contudo, não há como saber ao certo qual das duas partes relutou mais em estabelecer esse vínculo. O que se pode afirmar é que o compadrio na Fazenda de Santa Gertrudes não foi recurso utilizado para atenuar as tensões entre os proprietários ou os seus representantes (administrador e fiscais) e os colonos, ou mesmo como estratégia dos colonos para garantir certos privilégios perante aqueles. Religiosos, crianças ou santos também não apareciam como padrinhos de filhos de colonos –prática comum em algumas regiões no Brasil Colônia9–, porque esse costume provavelmente fugia às normas do Vaticano e na fazenda (e também entre os imigrantes) a “romanização” da Igreja se fazia presente. Casais (marido e mulher) eram preferidos para apadrinhar os filhos dos colonos. A escolha de padrinhos casados entre si, 265

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entretanto, também não era habitual no Brasil Colônia10 e nem generalizada em todos os grupos de imigrantes contemporâneos aos colonos do café. Não ocorreu, por exemplo, com os luteranos de origem germânica do Paraná, estudados por Nadalin (1996) –onde os padrinhos inclusive eram em número de três ou quatro pessoas– e nem entre os ucranianos pesquisados por Andreazza (1999). Como no casamento, na escolha dos compadres entre os imigrantes ucranianos, os aspectos culturais tinham seu peso: Todavia, a escolha [dos padrinhos entre os ucranianos do Paraná] embutia, até muito recentemente, um cuidado muito importante: tanto a madrinha quanto o padrinho deveriam ser casados, embora não entre si. Isso porque o compadrio criava laços de parentesco não só dos padrinhos com os pais do afilhado, como entre os próprios padrinhos. E, as pessoas acreditavam que caso uma união acontecesse entre os dois, o resultado seria desastroso: seus filhos nasceriam defeituosos ou com todas as condições de se tornarem lobisomem (Andreazza, 1999: 253). Na Fazenda de Santa Gertrudes, os imigrantes não comungavam da mesma crença que os ucranianos do Paraná. No entanto, houve algumas exceções. Em alguns casos, observa-se a formação de outros tipos de pares apadrinhando crianças: um irmão junto com sua irmã, um pai e sua filha, um parente do pai com uma parenta da mãe, um conhecido com uma parenta ou vice versa, mas sempre um homem e uma mulher. A existência de parentes residindo na fazenda não significava que eles necessariamente seriam os selecionados ou, em sendo, seriam os primeiros na fila dos compadres escolhidos por um casal. Dos dez filhos de Teresa e Eugenio, seis (inclusive os quatro primeiros) tiveram como padrinhos casais sem vínculos de parentesco. O quinto filho foi batizado por tios do lado materno; o sexto por avós, pais da mãe; e o oitavo por tios do lado paterno (Figura 1). Vicenzo Buoro e Enrica Pin tiveram nove filhos nascidos e batizados na fazenda. Pelo que tudo indica, contavam com uma parcela razoável de parentes vivendo na mesma fazenda, uma vez que apenas seu segundo filho teve como padrinhos um casal não parente; dois casais, marido e mulher eram dos quadros dos irmãos de Vicenzo e Enrica (Quadro 2, Figura 4). 266

Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930

Por meio do compadrio reiteravam-se alianças previamente existentes, consolidadas em casamentos. Entre os colonos, as uniões conjugais e o compadrio certamente tornaram os laços de solidariedade ainda mais fortes e provavelmente foram utilizados como estratégia no enfrentamento da nova realidade. Quadro 2 Padrinhos dos filhos de Vicenzo Buoro e Enrica Pin
Nome do Batizando Guilherme Antonio Domingos Helena Luis Regina Rosa Francisco José Aparecida Nome Padrinho Romano Torini Antonio Pugliese Domenico Pin Angelo Buoro Jose Pin Luigi Pugliese João Buoro Giuseppe Buoro Domenico Buoro Nome Madrinha Isa Pin Anunciata Toso Erminia Buoro Vitoria Buoro Giovanna Buoro Maria Pin Gioconda Buoro Cristina Miranda Maria Brescia

Fonte: Registro de Batismo. Fazenda de Santa Gertrudes.

Os colonos da fazenda alternavam seus compadres, indo buscálos principalmente entre familiares e/ou amigos, pessoas da mesma etnia e também da mesma colônia em que habitavam, mas sem um padrão pré-estabelecido por outros critérios. Assim, alguns buscavam seus compadres entre aqueles que conheceram durante sua estada na fazenda, oriundos de países diferentes dos seus, entre os seus vizinhos com quem riam e choravam; uma vez afastados da terra e da família os imigrantes tenderiam a estabelecer novas relações e investir no parentesco através do compadrio. E isso vale tanto para aqueles que permaneceram na fazenda por muitos anos, como para os que permaneceram na fazenda por pouco tempo (Quadros 3 e 4).

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Quadro 3 Padrinhos dos Filhos de Miguel Romero e Maria Vitoria Martins Rodrigues
Nome do Batizando Maria João Fabiano Gertrudes Amelia Nome Padrinho Ezequiel Erenha Hermenegildo Carita Alfonso Xavier Negreiros Enrico Pugliese Francesco Giongo Nome Madrinha Elvira Viterbo Albina Nhan Letícia de Almeida Negreiros Mentana Zanfelice Ângela Gioongo

Fonte: Registro De Batismo. Fazenda De Santa Gertrudes.

Quadro 4 Padrinhos dos filhos de Hermenegildo Carita e Albina Nhan
Nome do Batizando Vitorio João Carlos Pedro José Ângelo Nome Padrinho Antonio Artur Miguel Romero Giordano Salvatore Fortunato Berthie Luis Salvatore Eugenio Affonso Nome Madrinha Dolores Alonso M.Vitoria Martins Rodrigues Paula Modolo Rosa Ardoine Luiza Salvatore Teresa Modolo

Fonte: Registro de Batismo. Fazenda de Santa Gertrudes.

Se havia um padrão de compadrio nas sociedades de origem, isso não transparece na documentação analisada. No contexto da imigração para o café, nem sempre era possível reproduzir na sua totalidade os costumes vivenciados na terra de origem, uma vez que imigraram casais jovens, com ou sem filhos, que deixaram para trás pais e sogros, irmãos, tios, primos e amigos que não migraram na mesma época e, se e quando o fizeram, nem sempre permaneceram juntos, como foi o caso das irmãs de Teresa que com seus maridos deixaram a Fazenda de Santa Gertrudes, migrando para outros locais. Em casos como esses, a mobilidade enfraqueceria antigas relações sociais. 268

Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930

No universo das relações de compadrio, embora colonos batizassem colonos, havia casais com maior prestígio no grupo que eram escolhidos por muitos pais como padrinhos de seus filhos. Esse prestígio podia advir da experiência, da idade, do fato de morarem mais tempo na fazenda ou de terem alcançado maior sucesso econômico no sistema de colonato e, assim, poderem ajudar nos cuidados ou na educação dos afilhados. O casal de espanhóis Antonio Artur e Dolores Alonso batizou 24 crianças, a maioria de origem espanhola, alguns filhos de espanhóis com italianas e poucos filhos de italianos e luso-brasileiros (Quadro 5). Além de respeitado no grupo, provavelmente era um casal mais velho que seus compadres, pois não chegou a batizar os próprios filhos na Fazenda de Santa Gertrudes (notícias sobre ele são encontradas nos registros de casamentos de seus filhos). Antonio Gasparine e Luigia Tambaglioli, italianos, batizaram três filhos na fazenda, mas foram padrinhos de 10 crianças e sempre crianças de origem italiana (Quadro 6). Além dos Alonso e dos Gasparine, outros casais se destacaram por apadrinharem muitas crianças. Por outro lado, a pesquisa encontrou casais com muitos filhos batizados, mas sem nenhum afilhado, ou com apenas um. Problemas como alcoolismo, doença, dificuldades econômicas e fama negativa, como a de “mau trabalhador” entre outras, podiam criar rejeição entre os que procuravam padrinhos para os filhos. Retornando ao casal que introduz este texto, Affonso Eugenio e Teresa Modolo, as atas de batismo revelam que eles fizeram um grupo grande de compadres, não só porque deram seus filhos a batizar, mas também porque foram padrinhos de várias crianças (Figura 1). Dessa forma ampliaram em muito as suas relações sociais dentro da fazenda; com Paolo Guaino e Giovanna Tempo duplamente, pois não só eles batizaram um filho desse casal, como os convidaram para batizar um dos seus.

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Quadro 5 Afilhados de Antonio Artur e Dolores Alonso
Nome do Batizando Candida Hermenegildo Artur Vitorio Sebastião Antonio Antonia Antonia Rosa Palmeira Antonio Maria Teresa Lazara Francisco Marcela Antonio Clemente Antonio João Antonio Antonio Carlos Presentina Nome Padrinho Pedro Brasil Francisco Caceres José Camargo Hermegildo Carita João Aparecido da Cunha João Darossi Pedro Delgado João Maria Esteves Antonio Feria Francisco Feria Domingos José Garcia Domingos José Garcia Domingos José Garcia Manoel Garcia João Lopes João de Sousa Loureiro José Marino José Miranda Batista Pisani Felix da Rocha Jose Romero Antonio Soares Domingos da Veiga Antonio Venditti Nome Madrinha Teodora Alves Maria Hernandez Sebastiana de Jesus Albina Nhan Antonia Mendes Helena de Jesus Augusto Lidia Miranda Felipa Delgado Regina Geniselli Rita Senem Otavia Rebechini Otavia Rebechini Otavia Rebechini Celeste Tamburu Conceição Garcia Luisa Tonon Luisa Ferro Maria Engracia Puga Zulmira Soares Domingas Camunda da Rocha Anna Batista Gouvêa Amélia Forster Hiegues Cecília Ramos Julia Ferrão

Fonte: Registro de Batismo. Fazenda de Santa Gertrudes.

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Quadro 6 Afilhados de Antonio Gasparine e Luigia Tambaglioli
Nome do Batizando Silvio Hermínia Clementina Antenisa Idalina Antonio Cecília Pedro Olga Maria Luisa Pedro Nome Pai Demetrio Scagni Augusto Ceregato Jose Denardi Angelo Gasparine Vitorio Gasparine Antonio Marega João Pagotto João Picelli Enrico Pugliese Ângelo Tom Vitorio Tambaglioli Nome da Mãe Teresa Gasparine Angela Buoro Lavínia Genisselli Angela Tomazella Virginia Pugliese Teresa Bobich Elvira Tambaglioli Regina Gasparine Mantana Zanfelice Justina Boin Amabile Valentini

Fonte: Registro de Batismo. Fazenda de Santa Gertrudes.

“Troca de afilhados” também ocorreu entre muitas outras famílias. Também não era raro o compadrio que unia através dos batizados três ou mais casais, em uma espécie de triangulação, como aconteceu, por exemplo, com o casal Eugenio e Teresa e o casal Paolo e Giovanna, que se tornaram padrinhos, respectivamente, de dois filhos de Antonio Evangelista e Catarina Scatolin. A pesquisa nas atas de compadrio mostrou, ainda, que vários casais batizaram dois ou mais filhos de um mesmo casal. Domingos José Garcia e Otavia Rebechini escolheram Antonio Artur e Dolores Alonso como padrinhos de três de seus filhos (Quadro 5); Miguel Romero e Maria Vitoria batizaram dois filhos de José Juvenal e Sebastiana América da Silva. O segundo ou terceiro afilhado de um mesmo casal de padrinhos, possivelmente, estaria compensando a perda de uma ou duas crianças batizadas anteriormente e, dessa forma, mantendo-se laços sociais que, no ver dos pais e/ou padrinhos, poderiam ser truncados com a morte precoce dos afilhados. * 271

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“Quem casa com quem” e “quem apadrinha o filho de quem”, como se davam as escolhas do cônjuge e do compadre entre os imigrantes e seus descendentes no mundo do café (condicionantes e implicações) foram o foco deste texto, no decorrer do qual é possível visualizar a família sempre em movimento, em um sentido bem amplo: deslocando-se da terra natal, para o trabalho, para a casa, para a igreja, para fora da fazenda; trabalhando, multiplicando-se, tecendo novos ou ampliando velhos, perdendo ou renovando antigos laços sociais, daí o título: Famílias em movimento.

Referências
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Famílias em movimento. Cônjuges e compadres. São Paulo (Brasil) 1890-1930 OTERO, Hernán (1995), “Redes sociales primarias, movilidad espacial e inserción social de los inmigrantes en la Argentina. Los franceses de Tandil, 1850-1914” en María Bjerg y Hernán Otero (Eds.), Inmigración y redes sociales en la Argentina Moderna, Tandil:CEMLA- IEHS, pp. 81-105. PESCIOLINI, V. (1910), “I coloni italiani nelle fazendas dello Stato di San Paolo Del Brasile”, Italica Gens, Anno 1. RAMOS, Donald (2004), “Teias sagradas e profanas”, Varia História, vol. 31. TEIXEIRA, P. E. (2008), “O compadrio entre as famílias da elite campineira: 17741854”, XVI Encontro Nacional de Estudos Populacionais, ABEP, Caxambu. Disponível em: http://www.abep.nepo.unicamp.br/encontro2008/docsPDF/ABEP2008_1369.pdf Acesso em: maio 2010. VENÂNCIO, Renato Pinto (1986), “A madrinha ausente - condição feminina no Rio de Janeiro (1750-1800)” en Iraci Del Nero Costa, Brasil: História econômica e demográfica. São Paulo, IPE/USP.

Notas
1

Atas de Casamentos do Registro Civil do município de Rio Claro e do distrito de Santa Gertrudes. A fazenda de Santa Gertrudes pertenceu ao município de Rio Claro, assim como o distrito de Santa Gertrudes que se tornou município em 1948. A preferência recaiu sobre o Registro Civil porque, confrontado com o Registro Paroquial, mostrou-se mais completo no que diz respeito à naturalidade e ao local de residência. Em virtude da norma do jus solis, pessoas nascidas em terras brasileiras eram consideradas brasileiras, a não ser que se manifestassem em contrário. Colônias: São Joaquim, São José, Santo Antônio, São Guilherme Santo Eduardo, São Benedito e Santa Cruz e Santa Maria. Entre as famílias colonas, 34,2% não permaneceram na fazenda mais do que três anos; 20,5% ficaram entre 3 e 6 anos; 26,1% entre 6 e 12 anos e 10,9% entre 12 e 18 anos e 8,3% mais de 18 anos. Nas figuras que se seguem, abaixo do nome das pessoas, estão anotados: o país onde nasceram, a colônia onde habitavam na Fazenda de Santa Gertrudes ou o nome da fazenda em que residiam no momento do casamento ou batizado. brasileiras, onde havia uma alta frequência do celibato definitivo, um grande número de uniões consensuais e um alto índice de ilegitimidade.

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6 Características que diferem em muito das apresentadas pelas populações tradicionais

7 No conjunto dos 2.015 batizados realizados na capela da Fazenda de Santa Gertrudes

aparecem apenas duas crianças filhas de mães luso-brasileiras registradas como “filhas naturais”.
8

Gudeman y Schwartz (1988) observaram esse mesmo comportamento em relação ao batismo de filhos de seus escravos por seus senhores. Ver Haimester (2006); Venâncio (1986); Ramos (2003), entre outros. Na elite campineira colonial os casais também eram escolhidos para padrinhos como demonstrou Teixeira (2008). Mas essa prática não foi verificada para vários outros locais e momentos já estudados que focalizaram o período colonial.

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Familias, justicia y vida material

El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850)
Paula Salguero CONICET – Universidad Nacional de La Plata

Resumen
Este trabajo aborda móviles, racionalidades y discursos emergentes en las prácticas judiciales por casos de homicidio familiar. Se interroga la manera en que la justicia dio tratamiento a estas causas, cómo se construyeron estos relatos dramáticos, cuáles fueron las representaciones y los argumentos puestos en juego al momento de definir las sentencias. Se traza un perfil de regularidades entre los casos investigados durante dos décadas para construir escenas comunes, pero también se marcan las singularidades propias de aquellos que tuvieron más resonancia. Focaliza especialmente en aquellos cometidos por los jefes de hogar y ensaya la viabilidad del uso de las categorías de tiranía y escándalo, para dar explicación a estos fenómenos extremos cuya intervención fue ineludible para la justicia republicana en formación en el territorio bonaerense.

Domestic murder before the court (Buenos Aires, 1830-1850) Abstract
This paper addresses the motives, rationalities and emerging discourses in the judicial practices of family homicide cases. It seeks to 277

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explore how the judicial system treated these proceedings, how dramatic narratives were constructed, and what representations and arguments were put into play when the time came to decide the sentences. It traces a profile of similarities among the cases investigated over the course of two decades in order to build common tropes, but also marks the peculiarities of those cases which achieved a higher resonance. This paper focuses specifically on the homicides committed by the heads of household and tests the feasibility of using the categories of tyranny and public outrage to explain these extreme events in which the still-developing Republican justice system necessarily intervened in the region of Buenos Aires from 1830-1850.

Introducción
Este estudio presenta resultados parciales de una investigación en curso sobre los procesos de judicialización de la violencia familiar en Buenos Aires entre 1830 y 1850. El foco para este artículo se coloca en las acciones homicidas cometidas en los espacios domésticos tanto de la ciudad como en la campaña bonaerense, construidas como delitos criminales por la institución judicial en formación desde el ascenso al gobierno de Juan Manuel de Rosas hasta la decadencia de su poder a fines de la década de 18401. A partir de las percepciones y las representaciones de los sujetos sociales implicados en este tipo de delito, se establece un análisis de las racionalidades emergentes en las causas judiciales sobre actos homicidas cometidos en espacios domésticos y su relación con el proceso social e ideológico de una burocracia y una estructura estatal en formación, como la justicia criminal. Se reconstruyen escenas de la violencia interpersonal familiar y la historia de las personas involucradas, en medio de un contexto histórico violento, a partir de un trabajo heurístico minucioso. Estos expedientes permiten reflexionar sobre los mecanismos de intervención de la nueva institucionalidad en los conflictos privados y vincular los relatos de la agresividad doméstica a la trama mayor de la existencia social. La incertidumbre de la guerra, las luchas facciosas entre caudillos y las peculiaridades de los 278

El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850)

distintos gobiernos de Rosas que experimentaron la violencia con diversa intensidad, fueron el telón de fondo de estas tragedias familiares. La progresiva constitución de los poderes e instituciones, su injerencia en los asuntos personales, en los espacios de la intimidad, los avances y retrocesos sobre lo que habría de constituirse como esfera privada y el proceso de desarticulación de las autoridades estamentales, fue un largo camino donde estos crímenes funcionaron a manera de signos. En lo teórico, se parte de considerar que la historia social contemporánea no aspira a construir una teoría general que posibilite la explicación de una sociedad total, sino que, alejada de los exámenes macrosociales prevalecientes en los años 1950 y 1960, sus objetivos actuales ofrecen explicaciones de los fenómenos en sus dimensiones experienciales y subjetivas (Moreyra, 2006). La reconsideración de los actores y de las prácticas nos lleva a resituar el lugar de las instituciones, no como maquinarias reguladoras y productoras de efectos unívocos sino también como la representación de un mundo social irregular, discontinuo, regido por formas de racionalidad discretas, asideros y posibilidades de elección (Revel, 2005: 17). Desde esta perspectiva, retomar la relación entre los ámbitos judiciales, los sujetos y el homicidio doméstico, impone el desafío de agudizar la contextualización, articular las dinámicas sociales con las estructuras y al conjunto de los actores en relación, sean estos los agentes de justicia, los litigantes, los testigos, las víctimas y los victimarios en un contexto social-político particular. El estudio se inscribe en filiación directa con los aportes que han imbricado las problemáticas sociales de los sectores medios y populares con la lógica criminal y los mecanismos de administración de justicia durante el siglo XIX (Barreneche, 2001; Garavaglia, 1999). Establece puntos de encuentro concretos con los trabajos de Ricardo Salvatore, quien desde la década de los 90 ha explorado la relación entre las autoridades y los sectores subalternos durante el rosismo, pero que ha descartado deliberadamente de su análisis el ámbito doméstico, los lazos parentales y los vínculos familiares (Salvatore, 1994; 2003; 2010). 279

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Por otro lado, la nueva agenda de la historia social de la justicia acordada en la última década permite insertar este tipo de problemáticas, puesto que revisa a la ley y la justicia criminal no sólo desde su aspecto normativo sino como espacio de conflicto donde se produce y reformula la cultura (Aguirre, Joseph y Salvatore 2001; Aguirre y Buffington, 2000; Di Liscia y Bohoslavsky, 2005; Gayol y Kessler, 2002; Zimmermann, 1999; Cutter, 1995). Los trabajos más recientes han vuelto sobre la experiencia vivida de los sujetos que haciendo justicia-administrándola, vinculan su ejercicio (lego, letrado, civil, militar o eclesiástico) con la historia de la organización política en el Río de la Plata (Barriera, 2009) y que también puntualizan en el estudio sobre el avance de la frontera judicial, la implementación de dispositivos institucionales y la trama de relaciones sociales que construyó legal y socialmente las figuras delictivas (Fradkin, 2007). Así, desde entonces se ha desafiado la tarea de unir los conflictos y percepciones familiares a las transformaciones económicas y políticas para conectar los núcleos individuales a los cambios que atravesó la sociedad. Algunos, enfocados a menudo en otras sociedades americanas, dieron énfasis a las estrategias femeninas para defender sus derechos legales en los tribunales y a la manera en que sus argumentos reflejaban los cambios sociales, legales y culturales en las relaciones de género durante las conformaciones nacionales y el ingresos a la vida ciudadana durante el largo siglo diecinueve (Chambers, 2003; Twinam, 1999; Hunefeldt, 2000; O´Phelan Godoy, 2003; Johnson y Lipsett-Rivera, 1998), reconociendo a menudo el carácter conflictivo, la centralidad de lo jurídico, del espacio de la intimidad y la acción política inserta en ello. Los estudios europeos, por otro lado, contribuyeron en la comprensión de la necesidad de imbricar los mecanismos de administración de justicia con los espacios sociales, atender a las prácticas centrales que asumían los círculos de vecindad en estos casos, el rol social del escándalo público, el papel de los auxiliares de justicia y de los testigos en los litigios (Mantecón Movellán, 1997 y 2002; Garnot, 1993; Farge y Revel, 1998; Llanes Parra, 2008; Rodríguez, 1998)2. De este modo, se entiende que es preciso acercar aportes a los estudios que han revisado los litigios familiares, estableciendo cate280

El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850)

gorías como “malos tratos”, “sevicia” o “desórdenes domésticos” (Socolow, 1980; Cicerchia, 1996; Mallo, 1992; Kluger, 2003; Ghirardi, 2001). Análisis que fueron pioneros en el hallazgo de los fenómenos y establecieron las primeras rutas metodológicas para el estudio a través de este tipo de fuentes, en ocasiones colocando el énfasis en las continuidades con el periodo colonial o mirando este tipo de conflictividad familiar con acento en la dinámica interna doméstica, y en su gran mayoría ofreciendo una nueva perspectiva sobre los potenciales de la fuente judicial como cristal de excelencia para la observación de estos fenómenos. En los últimos años, algunos estudios han tomado nota de la necesidad de poner en contexto este tipo de violencia en una sociedad que contemplaba el castigo corporal como válido y legítimo método correctivo de los jefes de familia (Ghirardi, 2008: 19-21) reconociendo la necesidad de explorar el impacto de las transformaciones políticas, económicas e institucionales de la primera mitad del siglo XIX en el ámbito de la intimidad, de las sensibilidades, y siendo incluso señalado en coloquios internacionales: “El énfasis temporal de estos trabajos ha sido puesto en el período colonial y relativamente pocos de ellos se han centrado en el siglo XIX” (Szuchman, 2009: 244) opiniones que animan a explorar aquello que ha sido definido por el mismo autor como “la multivalencia de las revoluciones”.

El contexto de la violencia intrafamiliar en Buenos Aires
Entre 1830 y 1849 Buenos Aires asistió al ascenso y consolidación de un gobierno que se haría cada vez más unánime en lo político y que sellaría también, como parte de un proceso conjunto, su hegemonía económica como región productiva predominante. Estas décadas fueron centrales en el proceso de construcción de un orden estatal legítimo, de afirmación territorial, y de fortalecimiento de las identidades y los liderazgos tanto a nivel provincial como local. Pero también aquellos años estuvieron signados por un entorno general de guerra facciosa, incertidumbres sociales y la demanda de orden tanto en las relaciones sociales como interpersonales (Barba, 1950; Gelman, 2000; Miguez, 2003; Szuchman, 1988). 281

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En este contexto, la justicia también se institucionalizó como una de las aristas centrales de la política. Las reformas de 1821 dieron muchos de los perfiles centrales que tendrían continuidad por varias décadas y tras los diversos reacomodamientos que tuvieron lugar en esos primeros años, el aparato burocrático fue adquiriendo su forma definitiva. Este trabajo toma como punto de partida 1830, año en que Rosas asumió su primer mandato y los jueces terminaron de convertirse en una de las aristas centrales para el orden administrativo, coercitivo y judicial de la campaña (Gelman, 2000: 11). Durante los primeros meses se establecieron decretos y disposiciones relativos a la organización de la justicia designándose jueces de paz y de primera instancia. El 5 de marzo de 1830 se introdujeron las primeras designaciones de cargos interinos para el nuevo gobierno, dejando en suspenso los nombramientos hasta una innovación definitiva3. La administración transitó los primeros años con pocas modificaciones, tras lo que sobrevinieron cambios en los procedimientos y en la toma de decisiones, especialmente luego de otorgar la suma del poder público en marzo de 1835 al gobernador Rosas. Desde entonces, el aparato judicial fue consolidando una identidad particular, siempre auxiliar del régimen rosista y de las formas republicanas, aunque sujeto a las coyunturas durante las siguientes dos décadas (Barreneche, 2001). La justicia criminal de primera instancia evidenció mucha actividad interviniendo en una amplia diversidad de asuntos. Tenía competencia directa sobre todos los delitos que ocurrían en la capital pero también actuó decisivamente en otros que, debido a su gravedad, los jueces de la campaña derivaban para su tratamiento (Díaz, 1959; Garavaglia, 1999; Fradkin, 2007). Los casos de violencia extrema quedaban fuera de la competencia de las autoridades menores, no tenían resolución sumaria y a menudo el proceso se extendía por meses o años. Los jueces de paz, alcaldes y comisarios sólo se limitaban a la conformación de los sumarios, la aprehensión de los culpables y remisión a la cárcel de la capital del acusado, arma homicida y relevamiento de testimonios tanto si ocurrían en espacios distantes o en la capital (Díaz, 1959: 50; Salvatore, 2010: 60-61). 282

El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850)

Al momento de caratular los hechos y determinar las penas, hubo cambios pero también predominaron las continuidades con el periodo anterior. El espíritu de la legislación hispánica perduró en el imaginario de los jueces (Barreneche, 2001: 75-101) y aunque la Partida Séptima de la legislación alfonsina fue la principal fuente de derecho penal (Yangilevich, 2009: 207), también en ocasiones se hizo referencia a los decretos y disposiciones promulgados por los distintos gobiernos del periodo independiente. Una de las herramientas de jurisprudencia más utilizada fue el Diccionario Razonado de Legislación civil, penal, comercial y forense, instrumento del que se sirvió la justicia letrada para calificar las causas como asesinatos alevosos (Escriche, 1831). Algunos interrogantes tentativos para la aproximación al tratamiento judicial, a las voces de los sujetos y a las narrativas trágicas: ¿Fueron significativos estos casos para la justicia criminal?; ¿presentaron algún tipo de particularidades que los pudiera diferenciar?; ¿qué indicios podemos encontrar en estas causas del contexto político y social conflictivo en el que tuvieron lugar?; ¿se manifestaron de manera similar en la ciudad que en la campaña? Desde una perspectiva quizás más amplia, sin querer agotar la inquietud sólo en la fatalidad de la muerte, ¿en qué medida la erosión de la trama de relaciones familiares se debía a factores internos a la propia institución, o hubo una confluencia además, con las condiciones externas propias de la transformación en las sensibilidades, de los desequilibrios emocionales, la incertidumbre en la vida de las personas, los temores por la vida material y por la inserción en los mercados emergentes?

Un asesino en el hogar: el homicidio familiar como objeto de análisis
Este trabajo se limita al universo de los casos de violencia extrema en entornos familiares que fueron judicializados. No pretende establecer generalizaciones sobre la muerte en términos amplios sino sólo sobre los homicidios cuando fueron instituidos como delitos criminales, es decir, merecedores de una pena porque habían perjudicado al cuerpo social y constituían una infracción grave sobre un consenso indiscutible como el orden de la vida (Barriera, 283

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2008: 229-246 y Clavero, 1990: 823). Es pues en este sentido que se califica al homicidio como una verificación explícita del acto de violencia criminal en su manifestación más extrema, producto de una acción interpersonal y cometiendo un delito (RAE, 1734: 170, 2) ocasionalmente denominado también como parricidio puesto que aún cuando éste suele asociarse sólo al asesinato de los progenitores, se extendía también a cualquier pariente inmediato como hijos, abuelos, hermanos, marido y mujer (Escriche, 1831: 499). De un total de 369 homicidios en la ciudad y campaña bonaerense que fueron llevados ante la justicia durante este periodo, al menos 25 asesinatos tuvieron origen en situaciones conflictivas familiares con grados diversos de escándalo e impacto social en los ámbitos de sociabilidad a los cuales pertenecían. Se habla de familiar puesto que supone involucrados como víctimas o victimarios a personas con lazos afectivos íntimos, filiales o de parentesco; que participaban de un mismo ámbito de convivencia, por voluntad propia o sujetos a una determinación mutua y no forzados por circunstancias de tipo económicas. Con lo cual excluye en esta ocasión los actos cometidos sobre dependientes o esclavos y no considera otras variantes investigadas por la justicia como muertes accidentales, dudosas, por incompetencias médicas o aquellas que fueron producto de acciones políticas4. Por ejemplo el descuido que mató a Micaela Rodríguez por impericia de Mariano Leguizamón con una escopeta cuyo disparo fue a dar en el centro del estómago de la muchacha; (AHPBA 7.1.83.15) o también un caso de muerte por mala praxis de un médico en la localidad de San Pedro (AHPBA 146.10)5. Lo que a continuación se presenta es un repaso sucinto de los casos relevados con un detalle de la distribución temporal, la identificación de la víctima en cada uno de ellos y las principales observaciones relativas a localización geográfica, móviles o agresor cuando estos datos estuvieran consignados en los expedientes.

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El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850)

Detalle de los casos
FECHA VÍCTIMA OBSERVACIONES, CIRCUNSTANCIAS

Asesinada por su mancebo, Jacinto Casaballe en San Nicolás en la cocina de su empleador tras una discusión. Fueron dos Dominga Acosta heridas hechas a cuchillo: una entre la tercera y cuarta costilla; la segunda en el mismo lado bajo la clavícula, habiéndole partido el esternón del pecho. Asesinada por el hombre con el que iba a casarse. En ciudad, volviendo del mercado tuvieron una discusión y él le tiró una cuchillada que dio en la ingle y de la cual murió desangrada. Extenso proceso donde no logra dilucidarse si se suicidó o fue asesinada por su marido ya que el hecho se produjo en la intimidad.

1830 (4 casos)

La morena Francisca

Encarnación

Su marido es procesado por malos tratos y por incendiar la casa que compartían en Anacleta Artuso Chascomús. La mujer muere al poco tiempo. 1831 (1 caso) Asesinada por su marido, Jacinto Batalla. El caso es calificado de uxorcidio.

Eusevia

Si bien el homicidio es cometido en oca1832 Nicolás Reynoso sión de robo, es procesada y sospechada (1 caso) la esposa de complicidad. Denuncia sin curso de una mujer que reclama que el marido le ha matado un hijo. Asesinada por su esposo, Luis Biscarra en la localidad de Monsalvo.

Infanticidio 1833 (2 casos) María Iginia Gudiño

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FECHA

VÍCTIMA

OBSERVACIONES, CIRCUNSTANCIAS Proceso contra María Escalante y Rufina Casas por arrojar un niño recién nacido a una azotea, quedan libres puesto que aducen que ya había nacido muerto.

Infanticidio

Muerte tras heridas en accidente domésJuana de la tico cometido por el menor Domingo Cruz González Gomez, el director del hospital dice morirá.

Asesinado en Pilar por Fortunato Alvares y Juan Bautista Torres. La esposa es acusada de instigadora. Es degollado y tiene herida en la cabeza al parecer de rebenque y dos 1834 heridas en el estómago una de las cuales lo (5 casos) Mariano Garin atravesaba. Se los condena a pena de muerte con 8 horas de exposición a uno y 200 azotes y 8 años en la frontera al otro. A la mujer se la envía desterrada también a la frontera y luego a Ejercicios.

José García

Asesinado por su yerno Julián Bergoisen, Quilmes.

Asesinada por José Justino Farías, brasilero, labrador, hombre al que llamaba padre Paula Ramírez y la había criado. En Quilmes, el caso es calificado de aleve y se lo condena a pena de muerte. 1835 (1 caso) 1836 (1 caso) Simona Godoy Asesinada por su esposo en el Fortín de Areco.

Suicidio en ciudad (calle de Suipacha). Claudia López Tomó veneno para ratas, se acusa al marido de haberla inducido pero es absuelto. Asesinado por la esclava Rosa Carranza, situación que linda la venganza por abusos, ella es declarada demente.

1837 (1 caso)

Juan Gómez

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El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850)

FECHA

VÍCTIMA

OBSERVACIONES, CIRCUNSTANCIAS Asesinado por su sobrino Silvestre Gorocito de 10 años en el Fortín de Areco de dos puñaladas, dice inducido por otro, se lo envía a disposición del inspector de armas. Asesinada por su esposo Ricardo Francisco. Asesinada por su esposo Juan Bautista Morales, en ciudad (calle de la piedad), apaleada y apuñalada. Es enviado a las armas por orden de Rosas. Asesinado por los hermanos Laureano y Geronima Díaz en San Lorenzo de Navarro por venganza afectiva. Él es enviado a las armas, ella queda libre. Asesinada por el soldado Olegario Ilarión, habían tenido amores y ella lo dejó. Homicida prófugo.

1838 (1 caso)

Olegario Gorocito

Prudencia Otarola

1839 (3 casos)

Nieves Buenahora

Daniel (el Irlandés)

1840 (1 caso)

Carmen Posadas

1845 (1 caso)

Rosa Palacios

Asesinada por su esposo Agustín López.

1847 (1 caso)

Luisa Campos

Asesinada en circunstancias dudosas, posible envenenamiento.

Mariana Smith 1849 (2 casos) Margarita la irlandesa

Suicidio, se lanzó desde un barco y murió ahogada.

Asesinada de una cuchillada por el hombre con el que iba a casarse, también irlandés. Se lo declara demente.

TOTAL 25 CASOS
Fuente: Elaboración propia, relevamiento - Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires ¨Dr. Ricardo Levene¨

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El componente pasional en este tipo de homicidios
Desde la antropología se ha diferenciado este tipo de homicidios y su necesidad de desagregarlos de las tasas habituales de violencia social (Jimeno Santoyo, 2004). Estas perspectivas sostienen que los crímenes pasionales son distintivos de otros porque se los supone no peligrosos para la sociedad, pero que, sin embargo, la alteración que provocan en el orden público es de otra naturaleza, influyen en el imaginario y en las percepciones, producen el escándalo tan temido por las autoridades políticas, y se articulan con la trama de rumores que funciona más bien a nivel de las sensibilidades del espacio público (Santoyo, 2004: 15-46). Lo que preocupa es la repercusión y la resonancia en la comunidad y cuánto desencaja o estremece la red de relaciones sociales cotidianas. En la medida en que fueron calificados como más sanguinarios o atroces para la justicia, fueron utilizados por el Estado para activar la maquinaria pedagógica que bien ilustra Ricardo Salvatore (2003). Así, el crimen pasional (y lo extendemos aquí al crimen filial) ha sido analizado en tres dimensiones: como emoción violenta que niega la razón; como transgresión a un sistema moral en un contexto de relaciones asimétricas de género; y finalmente como reducto de incivilidad a veces ligado a la posición social. La autora subraya que más allá de las contemplaciones valorativas que los crímenes brutales de este tipo conllevan, es posible atender a la eficacia expresiva de este tipo de acto de violencia, como medio de reafirmación de la persona en el mundo y como forma de negociación frente a los otros. Aún cuando tenga efectos corrosivos sobre la sociedad y sobre las personas (Jimeno Santoyo, 2004: 30). Este resultado social erosivo o cáustico es más notable en los espacios rurales que en los urbanos, donde el componente de escándalo y desorden tiene más impacto. Este aspecto ha sido caracterizado especialmente para la región de la Cantabria del siglo XVIII donde se pone en evidencia el rol central de las redes de solidaridad comunales, los liderazgos y las dimensiones de infrajudicialidad insertas en esos ámbitos disímiles a los entornos urbanos (Mantecón Movellán, 1997). La viabilidad de tales categorías para el espacio bonaerense está en que cuando 288

El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850)

aquí el asesinato afectaba la tranquilidad de los pueblos rurales, los vecinos y autoridades se comprometieron en una búsqueda común de la verdad y recolección de evidencia (Salvatore, 2003: 170). Los agentes de justicia rurales demostraron mayor minuciosidad para tomar testimonios y confeccionar los sumarios a pesar de las adversidades que la extensión del territorio presentaba a la efectividad de la justicia. En agosto del año 1833, por ejemplo, Luis Biscarra asesinó a su esposa, María Gudiño, en el partido de Monsalvo, y dos meses más tarde el juez de paz Agustín Acosta remitió el reo y el cuchillo al Jefe de Policía junto con una nota en la que ponía de manifiesto el impacto que tales hechos tenían para la comunidad local y las dificultades que se le presentaban para la captura de los reos: El qe suscribe cree de su deber llamar la atención de VS pa qe igualmente lo haga con la de los señores Jueces qe entiendan en esta causa, no sobre enemistad del crimen de este reo, que sin duda es de los primeros en ferocidad, sino sobre la necesidad de satisfacer la vindicta pública tan atrozmente ultraja; y qe pr su naturaleza y circunstancias se ha hecho tan ruidoso que todo este público ha fixado su atención en él. Asi mismo jusga un deber en manifestar a VS qe la prisión de dho reo ha sido debida a una casualidad sin exemplo; pues qe pr lo común en la campaña y mui particularmente en este Partido, quedan impunes los mayores crímenes; ya pr qe su mucha extensión, con parte desierta (...) presentan al deliquente medios fáciles de burlar el celo y vigilancia de las hautoridades, como pr qe los recursos con qe estas cuentan son mui pequeños comparativamente a los qe se hasen necesarios pr todo lo qe creyendo oportuno el qe firma algunos exemplares, como unico medio a contener dhos crimenes, se trebe a indicar quan combeniente sería qe el castigo a qe sea sometido este reo sea executado en el mismo punto donde produjo el escándalo (AHPBA – Criminal Provincial fs. 9 y 9 vta.). Por otro lado, la mirada sociológica si bien analiza situaciones contemporáneas, delinea algunos perfiles de los sujetos que cometen la acción. Los homicidas domésticos no son en general criminales 289

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profesionales sino que a menudo la muerte aparece aquí como un accidente o un descuido producto de la mala coordinación. Kessler (2006: 125) subraya que este tipo de homicidas provocan “la disrupción repentina de un equilibrio inestable” y que a menudo lo hacen revirtiendo la carga de culpabilidad en la víctima por haber hecho un movimiento en falso. Esta dimensión se observa con frecuencia en los interrogatorios a los acusados o en los argumentos de los defensores, quienes tienden a revertir la carga de la culpa en las acciones de las víctimas. Así por ejemplo, en abril de 1830, el procurador de pobres Joaquín Ruti suplicaba que no se ejecute una sentencia de doscientos azotes sobre un hombre que había matado a la mujer con la que iba a casarse. Sus fundamentos resaltaban las buenas características del reo que sólo había actuado en un arrebato intempestivo provocado, a entender del defensor, por las malas acciones de su manceba: La conducta de Casavalle (…) ha sido siempre ejemplarmente honrada, laboriosa y pacífica. Un arrebato de zelos, producido por el insulto y una agresión armada ha arrastrado a Casavalle por la primera vez de su vida a cometer un acto cuya barbarie recién ahora se ha hecho sentir en el espíritu de este infeliz (…) Extranjero en este País y sin más amparo ni deuda que su infatigable industria, él había concentrado sus afectos en aquella extraviada mujer que había elegido para su esposa, haciendola dueña de cuanto tenía y adquiría. Estaba ya próximo á unirse en matrimonio con ella cuando descubrió que le era infiel escandalosamente (…) la fuerza de su resentimiento e indignación habían cegado su conciencia hasta hacerla aprobar lo que hoy, vuelta a sí misma no puede mirar sin horror (AHPBA 94.28 f. 25).

Los jefes de familia como perpetradores
El patrón más recurrente, aunque no exclusivo, en este tipo de homicidios es el acometimiento por el varón cabeza de hogar. La perpetración de actos por parte de la víctima de los malos tratamientos dentro del círculo doméstico es una excepcionalidad mientras que la regla común es la instauración del acosador como homicida de mujeres o niños que padecían los castigos. 290

El homicidio familiar ante la justicia (Buenos Aires, 1830-1850)

Anacleta Artuso, por caso, pobladora de Chascomús, declaró en el año 1830 que se encontraba componiendo una ropa de su marido, Fernando Elegues, cuando él entró, se la arrebató e hizo pedazos. Dijo que él sacó luego una pistola cargada y mientras ella corría a la cocina, se disparó un tiro de lo que resultó incendiarse la casa. La mujer no volvió a declarar durante el proceso porque murió al poco tiempo y su deceso jamás fue investigado. No obstante, un peón vecino expresó que “(…) harane como dos meses biniendo a llegar a las casas del declarante vio que la Sra Da Anacleta con otra muger más hivan disparando para el campo y el dho Elgues habiendolas alcanzado las trajo para las casas (…)” (AHPBA 92.13). Un 17 de agosto pero tres años más tarde, los vecinos de la localidad de Monsalvo escucharon a las dos de la mañana los clamores de María Iginia Gudiño, y cinco horas después el juez de paz Agustín Acosta despachaba un chasque donde informaba que había sido asesinada de tres puñaladas por su esposo, quien luego del acto se había fugado (AHPBA 107.19). Esta mirada regional se corresponde con algunos estudios estadísticos que han puesto en evidencia que tanto en espacios rurales como en urbanos, el victimario más frecuente del homicidio en la familia es quien ejerce el poder patriarcal dentro del hogar, mientras que la víctima habitual son las mujeres sobre las cuales se debería ejercer protección (Llanes Parra: 2008). El brutal homicidio de Paula Ramírez, asesinada por su padre en 1834, originó un verdadero escándalo en la localidad de Quilmes; el de Simona Godoy asesinada por su esposo Juan Lázaro Torres en el Fortín de Areco o el de Encarnación Fierro en el Fuerte Protectora Argentina fueron los más resonantes en los espacios rurales. Sólo con algunas variaciones en la conformación de los sumarios, los casos urbanos señalan similares regularidades como el de Nieves Buenahora, perpetrado en calle de la Piedad por el marido Juan Bautista Morales con quien convivía en una habitación de alquiler en 1839 o el de Rosa Palacios cometido en la calle de los Representantes N° 15 en 1845. Algunos autores, aunque para otros contextos, han vinculado estos crímenes con las condiciones generales de fragilidad o con el estatus legal en el que vivían las mujeres del periodo como sustrato cultural, en buena medida proyectado por teólogos y moralistas. 291

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Según esta interpretación, ni la sujeción al jefe de familia ni el recogimiento evitaban la vulnerabilidad (Mantecón Movellán, 2006: 282). Si bien en teoría la autoridad reconocida al paterfamilias debía propiciar la estabilidad en la res pública, sin embargo en la práctica amparó abusos del varón sobre aquellos que estaban bajo su dependencia. Así, se trataba de un escenario en el que los agresores atravesaban la frontera de la corrección permitida por la costumbre exagerando el escarmiento permitido como tutores. La función conciliadora que asumía la justicia en los casos no extremos, se desplazaba aquí, dando lugar a una compleja burocracia de peritajes, valoración de testimonios y el consenso de los castigos. En cuanto a la racionalidad o lógica interna del imaginario criminal, las coyunturas de conflictos militares recurrentes, la necesidad de disciplinamiento y orden en la campaña junto con las preocupaciones por la vida material que a menudo obligaban a los desplazamientos permanentes en el territorio, enfrentaron a la población a una naturalización de la violencia y cercanía con la muerte que alimentaba el universo posible de resolución de conflictos. La alternativa de la cuchillada, el degüelle o la riña (sea accidental, provocada o en la circunstancia que fuere) se presentaba como una de las opciones probables frente a la intolerancia de situaciones opresivas, inclusive en las relaciones humanas. En una sociedad donde la muerte estaba en todas partes –en la lucha facciosa, la guerra e inclusive en algunos ámbitos de sociabilidad como las pulperías–, instalada como un fenómeno cotidiano, no es de extrañar que esta violencia extrema pretendiera resolver los desacuerdos aún en los espacios más íntimos. Los celos y la ebriedad eran los argumentos más frecuentes y la justicia procedía a menudo como en otros tipos de homicidios por riñas no dudando en determinar envíos a las armas e incluso penas de muerte. A menudo esto llevó a poner en tensión durante los interrogatorios de los criminales, el papel social considerado propio para ese marido o padre. Uno de los más resonantes, como se ha señalado, tuvo lugar en Quilmes, cuando en octubre de 1834 Faustino Farías asesinó a la joven Paula Ramírez de 16 años. La justicia, a través de la argumentación del fiscal, subrayó como dimensión criminal la tiranía doméstica del reo, pronunciando que debería penalizarse el exceso cometido hacia personas sobre las cuales tenía deberes de protección: 292

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resulta que el confesante acostumbraba maltratar, no sólo a Petrona Paula con cuyos días concluyó, sino también a las demás personas de su familia, incluso su consorte con quien ejercía una sevicia que se había hecho notar en todo aquel vecindario: era un tirano doméstico, tanto más agresor cuanto más cercano, tanto más odioso cuanto que ejercía su rigor sobre unas mugeres y unas mugeres hacia las cuales tenía deberes especiales de protección y cariño: hizo espirar a sus manos a una de ellas y quien sabe hasta donde llebaría sus excesos si no se le suprime por lo que se le forma culpa y cargo (AHPBA 119.9 foja 49). En este caso, a pesar de la extensa argumentación del fiscal que subraya la gravedad y el vínculo, el juez atiende a las presentaciones del Defensor de Pobres y sostiene que el reo “no estaba en el pleno goce de su razón por la embriaguez”, la considera atenuante y cambia la pena de muerte por una condena a doscientos azotes a ser aplicados en la plaza de Quilmes y a diez años de trabajos públicos en la frontera, donde el Supremo Gobierno designe. El Camarista Juez Comisionado no refrenda la sentencia atendiendo que la embriaguez no puede ser tomada como atenuante y decide que se aplique la pena capital. A un año de cometido el asesinato, la firma del gobernador aprueba la decisión del camarista y el 6 de noviembre de 1835 Farías es fusilado y su cuerpo suspendido en la plaza de Quilmes durante seis horas. Mantecón Movellán (1997: 25) fue quien puso en primer plano el concepto de tiranía para el espacio doméstico, categoría con la que los testigos describían estas acciones cuando se presentaban ante los magistrados. Esta tiranía se hacía evidente por efecto del escándalo que borraba las fronteras entre lo público y lo privado. Estos elementos retratados por la historiografía europea refuerzan la idea de que la problemática debe ser abordada con profundidad en el contexto del Río de la Plata desde un enfoque regional. Los excesos, arbitrariedades y discrecionalidades de estas autoridades patriarcales no estaban desvinculados sino que se hallaban en íntima relación con una sociedad preocupada por el orden, el afianzamiento de la autoridad política pública y atravesada por la violencia. 293

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Otras variables de homicidios: mancebos, madres y criados
En notable minoría con los casos reseñados anteriormente, algunos mancebos, madres y criados fueron los agresores de los homicidios. La importancia de considerarlos radica en la frontera difusa que la misma justicia evidenció para calificar los hechos penando a mancebos homicidas como maridos y considerando en ocasiones a criados víctimas como hijos. Las uniones que a menudo no respetaban el sacramento matrimonial eran frecuentes. La escasa institucionalidad de las relaciones y una tendencia a las uniones de hecho predominaban en la campaña bonaerense pero también en la ciudad, intensificadas por la alta movilidad de la población. En ocasiones la relación entre víctima y homicida era afectiva de hecho, validada por la comunidad, públicamente aceptada y por tanto las autoridades locales y las letradas daban entidad familiar a este tipo de asesinatos. Los excesos cometidos sobre personas sin vínculo legal o eclesiástico podían resultar agravantes o atenuantes para la justicia y especialmente los fiscales colocaban el acento en la ausencia de títulos de sujeción que otorgaran derechos de reprimendas y por los cuales debían intensificarse las penas. Uno de los más típicos lo expresa la muerte de la joven Dominga Acosta por su mancebo Jacinto Casaballe –delante de su hijo de ocho años, con el cuchillo que ella estaba usando para cocinar–, quien dijo haberlo hecho por saber que andaba con otro. Sobre este aspecto puntualiza el fiscal cuando atiende que bastantes derechos se han concedido a un hombre sin ser este el marido y que por tanto se le deben denegar las súplicas: ni aquellos zelos honestos y legales como que se versan sobre una cosa suya propia habida bajo todas las formas establecidas civiles y eclesiásticas podrían libertar al Marido de la pena de un homicida alevoso (…) no serían en su favor más efecto que el hoy concedido á un mancebo por un hecho atroz sobre una persona que no le correspondía por los títulos sancionados por la sociedad y la religión y que podía dejarlo cuando quisiera y entregarse a otro también sin ofender derecho alguno del 294

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Agresor (…) y respetando hoy como debe el fiscal todas las justas consideraciones que debe haber tenido V.E. al pesar en la balanza de la justa las circunstancias del suceso, (…) equidad que inclina ya la resolución a la parte más favorable al Reo que ha obtenido en su favor por lo respectivo á la pena de Muerte (…) cree el fiscal impertinente la súplica cuando sí se le ha considerado ya cuanto podía considerársele (AHPBA 94.28)6. No obstante, en estos casos son frecuentes también los celos y el arrebato además de los fines correctivos; las escenas evidencian conductas intempestivas y la cólera repentina que desenlaza los trágicos finales entre personas comprometidas o bien que tenían uniones de hecho. Así, por caso, ocurre en el asesinato de la morena Francisca por su prometido, el español Galves en 1830. Aunque sin oficio, el hombre trabajaba de peón en lo de don Ventura Rueiva y esa fue su coartada cuando se indicó inocente en la primera declaración. La relación amorosa tenía al menos dos años; el acusado y varios testigos admitieron que estaban a poco de casarse y que para ello, Galves le había estado dando dinero para que se comprara ropa y zapatos. En la confesión aceptó también que habían tenido discusiones, que estaba “incomodado con las palabras que le había dicho Francisca” y que “una muger le dijo que por qué gastaba la plata con Francisca quando [ella] tenía otro” (AHPBA 91.20). Una década más tarde, cuando Carmen Posadas apareció muerta en 1840, el soldado Olegario Hidalgo con quien había tenido amistad, jamás fue aprehendido pero el alcalde de barrio aseguró que un mes antes del suceso, el sospechoso, estando ebrio, le había contado sobre una carta que había recibido de una concubina que lo había dejado por otro, en la que avisaba que habría de volver a la ciudad. Dicho alcalde Juan Pedro López agregó además que le habría dicho: “así como lo había dejado a él por otro, dejaba al otro por él”, sugiriendo en el interrogatorio intenciones maliciosas en Hidalgo y asegurando que esa carta había sido escrita por la víctima (AHPBA 130.61). Amor o venganza, este tipo de homicidios incluyen componentes de impulsividad y efervescencia frente al rechazo en una relación afectiva que antecede a los hechos. Frustraciones y desengaños pu295

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dieron ser los motores de las conflictividades de distinto tipo que las larvadas en el vínculo matrimonial, vinculadas más bien con supuestos derechos morales de posesión que podrían habilitar márgenes mayores de violencia ante la relación amorosa. Los homicidios de menores, escasos en número, hacen presumir que probablemente esta sea una de las dimensiones donde el subregistro puede ser mayor de lo efectivamente ocurrido debido a que para la justicia, la noción de menor víctima es una construcción tardía, más cercana al proceso de codificación que a este periodo (Cowen, 2005). Lo cierto es que si bien existe una numerosa cantidad de casos de violencia a menores por parte de extraños, la violencia correctiva (y su extremo, el homicidio) no ingresa al proceso de judicialización como en el caso de las mujeres, donde la agencia y la denuncia tanto por parte de ellas mismas o de sus vecinos (en los casos extremos) sí ha dejado mayor evidencia. Sí llegaron a la justicia algunos casos de muerte del recién nacido, virtual denominación del aborto, propiciado por mujeres que concebían fuera del matrimonio o por gestaciones indeseadas. Elisa Speckman Guerra explica este tipo de casos con varios ejemplos ocurridos en México. Aunque situados en un periodo posterior, esta mirada resulta de utilidad para comprender que en este tipo de homicidios intervenían conceptos cambiantes y flexibles a cada grupo social como la feminidad, el papel de la mujer en la familia y el honor, subrayando además que en el caso mexicano, una vez apresadas, ellas eran castigadas con mayor severidad por una justicia masculina que veía en el acto homicida una trasgresión a las pautas de conducta femeninas y en ocasiones consideraban más grave matar a un recién nacido que a un adulto (Speckman Guerra, 2003: 295-320). Esta apreciación contrasta sin embargo con lo ocurrido en Buenos Aires durante este periodo. En 1834, María Escalante y su hija Rufina Casas, fueron procesadas por arrojar sobre las azoteas de una casa en la calle de Córdoba, a una criatura muerta recién nacida. El examen del médico de policía certificó el estado de puerperio, con lo cual ambas mujeres fueron alojadas en la cárcel pública. En el interrogatorio la joven detalló la situación:

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que su marido estaba ausente pues los lunes se embarca y vuelve los sábados a las ocho de la noche. Como la declarante recién hacía como quince días que se había casado, como esta criatura no era de su marido, y como la madre de la declarante es una señora tan cruel y tan delicada, temió que se lo avisase a su marido y de miedo tiró la criatura. Preguntada si el feto tenía vida, contestó que cuando nació ya estaba muerto (AHPBA 113.12 foja 5 vta.). El juez solicita al comisario se hagan las indagaciones para saber si el niño fue arrojado ya muerto o murió después de arrojado. Luego de las diligencias y “no resultado probado el infanticidio ni cargo alguno” se las deja en libertad. Si bien el fiscal advierte malos procedimientos de la policía, “considera el fiscal justo el pronunciamiento (…) con presunción favorable a la muger en su exposición qe la fundan el temor (…) y las circunstancias muy atendibles de su reciente matrimonio” y pide al juez que prevenga a todos los comisarios que especialmente en el caso de muertes pasen los casos sin demoras al juzgado (Fojas 20 vta. y 21). También se registran algunas denuncias de mujeres acusando que sus maridos les habían muerto a los hijos. Pero en ocasiones también se trató de imputaciones que no tuvieron curso legal y que quedaron sólo en las quejas. En 1833 Dolores Guerrero acusa a su marido y si bien el médico de policía certifica la muerte del niño, el acusado se apersona ante el juzgado y reclama que se lo ha injuriado. El juicio queda inconcluso y sólo consta de algunas fojas iniciales (AHPBA 110.12). Los casos donde las víctimas de la violencia cometen asesinato sobre sus padres o tutores son notablemente escasos, no obstante esta agresividad homicida puede entenderse en un marco de trasgresión o respuesta al sometimiento padecido en el entorno de convivencia. El caso de Juan Gomez, asesinado por Rosa Carranza en 1837, atraviesa una delgada línea entre la afectividad, el abuso y la violencia doméstica en el cual un sujeto criado durante largo tiempo de su vida asesina a su patrón (AHPBA 124.22).

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Aunque con algunas singularidades, corresponde a esta categoría el asesinato de Olegario Gorocito en el Fortín de Areco. El 28 de septiembre de 1838, Silvestre de diez años es remitido por el juez de paz a disposición del señor gobernador; se trata del sobrino de la víctima. De dos puñaladas el niño mató a quien era su tutor y lo había criado como padre (AHPBA 127.13). Si bien Silvestre dice haber sido inducido por otro, el fiscal es de opinión que hasta los diez años y medio no hay dolo y envía al muchacho a disposición del inspector de armas. En estos casos los móviles y racionalidades de los perpetradores se emparentan con algún tipo de venganza de reparación por las condiciones de existencia o de sometimiento que los colocaba en una posición desventajosa en el espacio doméstico. La muerte violenta aparece en el imaginario de estos actores como represalia redentora, probable justicia por mano propia del subalterno que ejerce cierto tipo de agencia individual frente a un tipo de poder que asume como opresivo.

Suicidios apasionados o presunciones de homicidio
Algunos suicidios fueron calificados por la justicia como muertes en situaciones dudosas y su carácter violento generó profusas investigaciones para la justicia que intentó determinar si se debía obrar de oficio y entablar cargos contra algunos de los hombres que acompañaron a las víctimas en sus últimas horas de vida. Dos casos fueron en ello representativos: uno en septiembre de 1836 y otro en 1849. En el primero, la sospecha de que un marido hubiera envenenado a su esposa se presenta como una hipótesis viable en razón de las numerosas presentaciones y denuncias que contiene el expediente por parte del hermano de la difunta. El de Mariana Smith, ya a mediados del siglo, nos deja más interrogantes que certidumbres: muchacha que decide no desembarcar en el puerto y que en un arrebato inexplicable por sus contemporáneos decide arrojarse al río. En ambas el conflicto pasional, el desencanto y la angustia se leen entre las líneas de las interpretaciones de todos aquellos que examinan las razones por las cuales Claudia y Mariana tomaron las decisiones fatales. El examen comparativo con otros casos de 298

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suicidios masculinos, deja entrever que en aquellos la justicia profundizaba escasamente los móviles o bien estos eran más diversos, siendo asociados en ocasiones con cuestiones financieras o laborales, mientras que en el caso de las mujeres la justicia tendió a subrayar la dimensión espiritual y la debilidad. Vale citar como ejemplo el caso de Francisco Rossi, que atentó contra su vida en 1836. El médico informó que fue producido con navaja de afeitar en el cuello, pero el expediente sólo consta del parte policial y no hay investigación judicial alguna (AHPBA 121.45). En los casos de mujeres, en cambio, la presunción por parte de la justicia de cuestiones domésticas se da como explicaciones a priori: la policía dio parte de que doña Claudia López hija del país, y mujer del francés Don Luis Guiol había tomado veneno. Se procedió de oficio instantáneamente a levantar sumario con el objeto natural en semejantes casos, de averiguar si había suicidio u homicidio, y en el primo caso si había sido voluntario o casual. Resultó plenamente que doña Claudia se propinó a sabiendas arsénico que su marido había comprado para las ratas (…) Del sumario aparecieron también indicaciones de que este matrimonio no era feliz pues el marido por su parte tenía celos, y la mujer por la suya aparecía continuamente melancólica, y se dice que manifestaba deseos de morirse o de que su marido la llevase a Francia (AHPBA 121.31 foja 25. Luego de ello el marido queda absuelto de toda responsabilidad). La norteamericana Mariana Smith en cambio, ni siquiera esperó el desembarco para tomar su resolución definitiva. Luego de algunas discusiones con el piloto y capitán de la Goleta Oriental “Julieta” que había llegado al puerto de Buenos Aires en julio de 1849 y de negarse a desembarcar, decidió lanzarse al río y pereció ahogada días más tarde. Del sumario y las declaraciones, el agente fiscal resumió: se ha arrojado a la agua de un momento o acto de locura procedente sin duda del licor espirituoso que esa noche había tomado como se lo expresó al Piloto cuando solicitaba de este que le diese un poco de opio (AHPBA 147.24 foja 11). 299

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El agente fiscal considera que no deben formarse cargos y sólo se hace inventario de los bienes que había dejado en su camarote. No obstante también se lee en las declaraciones que la mujer había sido forzada a embarcar, que al capitán se le había pagado para que la llevara a Buenos Aires, que había estado arrestada en el puerto de origen a solicitud de la esposa de un capitán con quien Mariana tenía amores y que debieron separase.

Consideraciones finales
Este enfoque ha explorado el funcionamiento de la justicia en los casos extremos de la violencia intrafamiliar. Su intervención ineludible en estos asesinatos, que a menudo eran calificados de atroces y producidos por actos de violencia descarnada y excesiva, formó parte también de una dimensión singular en la construcción cotidiana del Estado y de la legitimidad de sus instituciones. En este contexto se pretendió fundamentalmente examinar un tipo particular de homicidio, el que fuera cometido por situaciones de conflictividad intrafamiliar, llevando adelante un análisis de tipo cualitativo, avanzando en algunas problemáticas e hipótesis posibles para la comprensión de las racionalidades y móviles tanto de los perpetradores de los crímenes como de aquellos ocupados de determinar sus castigos y las penas. Se determina entonces que estos actos resultaron subsidiarios del amplio abanico de tensiones sociales que atravesaban los pobladores de Buenos Aires y de ningún modo su análisis puede ser interpretado como aislado de un contexto mayor, una situación general de hostilidad en otros diversos espacios de sociabilidad donde la agresividad, la provocación y la violencia fueron los mecanismos naturales de resolución de conflictos. El homicidio doméstico aumentó en aquellos años de crisis política e inestabilidad social y si bien descendió en los años de supuesta estabilidad, no desapareció totalmente sino que mantuvo relativa continuidad especialmente en lo concerniente a sus móviles y racionalidades. Asimismo se evidencia que en estos periodos más hostiles se implementaron penas más severas, ya sea por sugerencia de los fiscales y magistrados o bien por la intervención del Poder Ejecutivo en los casos. 300

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La muestra de casos evidencia que el principal agresor fue el jefe de familia y que a menudo los excesos en sus deberes de protección sobre el grupo familiar fueron móviles del asesinato. El calificativo de tirano doméstico fue utilizado por los agentes para designar a los perpetradores de actos de sevicia, con lo cual se podría inferir que persistía en el imaginario cierta connotación alrededor del vínculo de sujeción que unía al varón cabeza de hogar con el resto de sus cohabitantes. Dependencia que, en estos términos, se vuelve entonces cubierta de sesgo político dentro del espacio de convivencia. El fenómeno del escándalo se volvió una preocupación para las autoridades públicas en la medida en que la trascendencia de los hechos pudiera afectar el orden tan afanosamente custodiado. El escarmiento público y la ejecución de las sentencias en los sitios donde se habían producido los hechos fue la herramienta que encontró la justicia para apaciguar mayores repercusiones. La alteración que este tipo de delitos provocó, tanto en los espacios comunitarios como en la sociabilidad urbana, evidencia que si bien devenían de situaciones íntimas constituyeron crímenes de alcance social e impactaron en los imaginarios públicos, y resulta sugestivo que en la medida que avanzara el siglo, la institución judicial y el derecho positivo se tensaran por retirar al Estado de los asuntos privados mientras que la opinión pública insistía en considerarlos una infracción social. La doble estrategia ensayada en este estudio de, por un lado, acotar a un tipo específico de delito desagregándolo del amplio abanico de la violencia doméstica, y por el otro, sumar las explicaciones no reductibles sólo a la conyugalidad o a las relaciones de género, permitió complejizar la perspectiva en el análisis de estos fenómenos a fin de ofrecer nuevos matices que no implican en ningún caso desconocer las anteriores explicaciones. De este modo fue posible visibilizar tanto a nuevos actores en la dinámica –como los mancebos, las mujeres perpetradoras y aún las víctimas de la violencia, criminales de sus perpetradores–, como a los agentes de la institución judicial y su composición heterogénea en la judicialización de estos hechos e inclusive en la interpretación de los móviles probables de los suicidios ocurridos en espacios domésticos. 301

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Sobre estos casos se han ofrecido aquí algunas aproximaciones, representan una significación que permite avanzar sobre los aspectos cualitativos que implicaron las transformaciones en los mecanismos de administración de justicia criminal en asuntos privados, una justicia que para este tipo de casos extremos se volvió cada vez más centralizada en lo referido a la toma de decisiones sobre los castigos y penas, pero tanto más dispersa y capilar a las tramas comunitarias en función de la heterogeneidad espacial donde se daban los hechos. Si bien no presentaron particularidades en lo formal de la confección burocrática respecto de otros tipos de homicidios, los agentes de justicia a menudo fueron más minuciosos en la recolección de la información en los ámbitos rurales que en los urbanos, donde además solían tener mayores problemas para capturar a los culpables y para completar todos los procedimientos que la justicia letrada demandaba. Las causas evidencian, en ocasiones, algunos indicios de la situación conflictiva y de preocupación que experimentaban los sujetos en su entorno material y social: la alusión a la guerra como referente temporal es dato de numerosos interrogatorios. Así, desde una perspectiva más amplia e inclusiva de las diversas manifestaciones de la violencia, sin querer agotar la inquietud sólo en la fatalidad de la muerte, se entiende que las condiciones externas de desequilibrios e incertidumbre en la vida de las personas contribuyeron en la erosión de la trama de relaciones familiares, erosión que además fue coadyuvante del carácter que cobró la administración de justicia en este tipo de casos.

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Notas
1 El proyecto de doctorado titulado “Delitos privados, conflicto social y violencia do-

méstica” se lleva adelante en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UNLP). Agradezco aportes y comentarios para este trabajo de la Dra. María Elena Infesta, Dr. Guillermo Banzato y la Dra. María Fernanda Barcos.
2

En el último caso con mayores aportes desde lo metodológico que en lo estrictamente temático dado que el eje de la problemática del estudio no está dada por la conflictividad y la muerte sino en todo caso por la judicialización de las prácticas sexuales. El decreto considera que el número de cinco camaristas y un fiscal de que se compone al presente no es bastante “por la extensión de los trabajos en que debe ocuparse, ya porque la mayor reunión de luces y de opiniones resulta la garantía de las resoluciones”. Determina la formación de dos salas, extendiendo su composición a siete vocales; dos fiscales, uno para lo civil y otro para lo criminal; dos jueces civiles y dos criminales; subrayando “hasta la publicación de las reformas, los juzgados de 1ª instancia serán servidos en comisión” (Registro Oficial de Leyes y Decretos, 1830: 42-44).

3

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4 No se consideran los homicidios cometidos en situación de guerra, luchas facciosas

o prácticas al margen de la institucionalidad, como el accionar de la Mazorca en el año 1840.
5

La referencia AHPBA refiere al Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, sección Juzgado del Crimen seguido de los números de legajo y expediente en cada uno de los casos. Vale recordar que en este caso el fiscal había recomendado la pena capital mientras que el juez sentencia una de azotes y presidio. Más tarde, el Defensor de Pobres reclamaría que sólo se ejecute la de encierro argumentando el arrebato y los celos, a lo que el fiscal recusa con los argumentos expresados. El expediente se remite para el cumplimiento de los azotes, no obstante por decisión del Superior Tribunal se lo envía a las armas, probablemente las urgencias del abastecimiento de los ejércitos sopesaron con mayor vigor en las decisiones de los magistrados.

6

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Aproximaciones a la familia y a la vida material en la campaña porteña (mediados del siglo XVIII)1
Adela M. Salas Universidad del Salvador

Resumen
Este trabajo busca aproximarse, un poco más, al conocimiento de la familia en la campaña porteña a mediados del siglo XVIII. En primer lugar se caracterizarán a las familias según los tipos para luego profundizar en su conformación, y la relación con la propiedad de la tierra y los tipos de producción. Cuanto mejor era la situación de los jefes de hogar, más hijos retenían en la casa. El propietario estaba en mejores condiciones que el arrendatario y que el dependiente y eso se notaba porque sus hijos se quedaban en el hogar cuidando sus bienes patrimoniales. Además, los hacendados eran los que tenían más hijos conviviendo con ellos. Así también, esas familias que tenían pocos hijos solían sumar agregados y esclavos según su necesidad productiva.

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Approaches to family and the material life in the Buenos Aires campaign (mid-eighteenth century). Abstract
This paper intends to further approach the knowledge of the family in the Buenos Aires country side during the mid eighteenth century. First, families will be featured according to the types and then, they will be analyzed more deeply according to their conformation, and the relationship with the land and the type of production. The better the situation of the head of the household, the more children he retained in the house. The landowner was in a better position than the tenant and than the dependant, and that was showed by the fact that their children stayed at home taking care of their assets. On the other hand, farmers were the ones who had more children who lived with them. Those families with fewer children used to bring in more “added” [agregados in Spanish] and slaves according to their production needs.

Este trabajo busca aproximarse, un poco más, al conocimiento de la familia en la campaña porteña a mediados del siglo XVIII. Conocer sus características, su conformación y la relación con la propiedad y las actividades económicas. Estas páginas son de síntesis y de comparación, de investigaciones terminadas y en curso sobre las familias que habitaban en varios pagos de la campaña porteña. Se tratará de caracterizar a las familias según los tipos para luego profundizar en su conformación: los hijos y entenados, los agregados y esclavos, y la relación con la propiedad de la tierra y los tipos de producción. La familia es una unidad dinámica que cambia en el tiempo. Se inicia en el matrimonio2, continúa con el nacimiento de los hijos y con las incorporaciones que se realizan a lo largo de su existencia, y se transforma a medida que alguno de sus miembros se separa para formar otra familia o muere. Por ello, cuando clasificamos a las familias lo hacemos en un momento dado de su existencia sabiendo 310

Aproximaciones a la familia y a la vida material en la campaña porteña

que cambiará su composición posterior. Las fuentes básicas utilizadas en este trabajo son los padrones de 1726 y 1744, que tienen graves errores de cobertura y contenido (Salas, 2008). Sus datos fueron completados con otros extraídos de registros parroquiales y sucesiones. Cuando nos acercamos al estudio de las familias rioplatenses en el período proto-estadístico, adaptamos la clasificación de Peter Laslett (Laslett y Wall, 1972; Laslett, 1983)3. En ella se denomina familia nuclear restringida a la conformada por “los cónyuges tengan o no hijos; puede tratarse de restringidas incompletas” (Frías, García Belsunce y Olivero 1998: 29) a falta de alguno de los cónyuges, sea por muerte o ausencia transitoria. La familia amplia4 es aquella que al núcleo primario suma otras personas, parientes o no, pueden ser también agregados, esclavos o conchabados. La troncal es la compuesta por el núcleo original y ascendientes y/o descendientes. También existe la posibilidad de que la troncal sea amplia si incorpora agregados. Se denomina múltiple a dos familias o más que cohabitan. En la ciudad de Buenos Aires, Magdalena, La Costa, La Matanza, Arrecifes y otros lugares del Río de la Plata primaban las familias nucleares restringidas (Frías, García Belsunce y Olivero, 1998: 29; Salas, 2006: 63)5, mientras que en el pago de Areco las nucleares amplias. En Arrecifes y en La Matanza el porcentaje de familias nucleares restringidas era más elevado que en los otros pagos. En 1726, en La Matanza, el 12,5% de las familias era amplia pero este porcentaje no tiene valor real por el subregistro que presenta la fuente. En 1744 los porcentajes son bastante similares, entre el 34 y 36%, en los pagos de La Matanza, Magdalena, San Isidro y Arrecifes, mientras que en Areco era la mayoría (75%). En 1744 las familias troncales eran más frecuentes en San Isidro y Magdalena, y menos habituales en La Matanza, Arrecifes y Areco. Con respecto a las familias múltiples, había tres en La Matanza y dos en Areco, mientras que en Magdalena, Arrecifes y San Isidro no se registró ninguna.

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Cuadro I Tipos de familia en Areco, La Matanza, Magdalena, San Isidro y Arrecifes 1726-1744
Lugar Areco Fecha 1744 1726 La Matanza 1744 1726 Magdalena6 1744 1726 San Isidro7 1744 1726-27 Arrecifes 1744 59,82% 34,82% 4,46% 0,89% 52,89% 89,3% 36,23% 10,63% 9,23% — — — 50,9% 59,64% 36,8% 31,57% 9,7% 8,77% — — 58,62% 62,8%
34,48% 3,44% 3,44%

Restringida 13,88% 82,5%

Amplia 75% 12,5%

Troncal 5,5% 2,5%

Múltiple 5,5% 2,5%

32,0%

1,3%

Las familias ampliaban su capacidad productiva teniendo hijos, incorporando agregados parientes o no parientes, o comprando esclavos. La conformación de una estructura familiar más amplia era muy importante en aquellas unidades productivas donde se carecía de la posibilidad de conchabar o de poseer mano de obra esclava8. En el pago de Magdalena la amplitud de la familia se debía a la existencia de parientes mientras que en los pagos de La Matanza, la Costa (Frías, García Belsunce y Olivero, 1998:10), Arrecifes y Areco, había agregados parientes y no parientes. En tres pagos, Areco, La Matanza y Arrecifes, encontramos familias múltiples. En Areco, la primera habitaba en la estancia del general don Joseph de Arellano. En ella convivían cinco familias nucleares –tres de castas, dos sin especificación étnica– y figuran agregados una familia de indios, ocho hombres solos –uno de ellos indio paraguayo– y dos chinas misioneras (Padrón de Areco y Cañada Honda, 1744: 372). La segunda era en la estancia de don Nicolás de la Quintana. Estaba compuesta por dos matrimonios de esclavos, dos familias de castas, y otra sin especificación de etnia, con tres agregados libres (Padrón de Areco y Cañada Honda, 1744: 6). 312

Aproximaciones a la familia y a la vida material en la campaña porteña

En La Matanza, las tres familias múltiples identificadas estaban compuestas por indios. La primera habitaba en la estancia de los jesuitas donde convivían tres familias nucleares junto con un mulato agregado. La segunda, en la chacra de don Juan Cabezas, compuesta por tres familias, una de mulatos y dos de indios misioneros, junto con un negro esclavo y un indio conchabado; todos, aparentemente, bajo el mismo techo. La tercera familia múltiple se encontraba en la estancia de don José Andújar donde habitaban un mulato esclavo con su mujer india y tres hijos, otro mulato esclavo con su mujer india e hija y otro esclavo solo (Padrón de La Matanza, 1744). En el pago de Arrecifes, en Cañada Honda, habitaba en tierras del capitán Machad otra familia múltiple, compuesta por los hermanos Carvajal, Martín y Lorenzo, cordobeses, casados con Juana Candia y Bernabela Machado, respectivamente (Padrón de Areco y Cañada Honda, 1744: 6).

Hijos y entenados
Cuando nace un niño se suele decir que “trae un pan bajo el brazo”. A la alegría del nacimiento se le suma la necesidad de cuidar y alimentar al nuevo integrante de la familia, que provoca, a corto plazo, un gasto importante. Sin embargo, a edad temprana, los niños comenzaban a colaborar en la economía del hogar. Se ha discutido mucho sobre los beneficios de la procreación tanto para los mismos padres como para la sociedad en general. A las razones sentimentales se les han sumado las económicas de “sustituir productores por (otros) más jóvenes y vigorosos” (Harris y Ross, 1987: 20) o sumar mano de obra para ayudar en las tareas cotidianas. Los niños tenían importancia por la posibilidad de convertirse en adultos pero la alta mortalidad infantil hacía que pocos lo lograran (Moreno, 2004: 70). En toda la campaña porteña, la mano de obra infantil era muy utilizada tanto para tareas agropecuarias como domésticas9. José Luis Moreno señala que, hacia 1744, el 40% de la población rioplatense era hijo lo que sería un patrón demográfico de altísima fecundidad (Moreno, 2004: 70). Si analizamos detalladamente cada 313

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pago vemos que mientras en La Matanza el 38,57% era hijo, en Arrecifes, en donde la mayoría de la gente que la habitaba correspondía al grupo joven, el 57,45% pertenecía a hijos. En el pago de La Matanza, la cantidad promedio de hijos por familia era de 2,75 para 1726 y de 2,4 para 1744. Estos valores son similares a los que registra en los mismos años García Belsunce para el pago vecino de Magdalena: 2,8 y 2,6 respectivamente (García Belsunce, 2003: 140) y los que calcula Ghirardi para Córdoba: 2,46 (Ghirardi, 1994: 63). En Arrecifes, en 1744, la cantidad de hijos por familia era de 3,10. Si comparamos la cantidad de hijos en las familias restringidas con la de las familias amplias en ambos padrones el promedio de hijos es menor en el primero y, al igual que en Magdalena, la diferencia disminuye con los años, mientras que en 1726 la media en las familias restringidas era de 2,45 y en las amplias 5,8; en 1744 era de 1,68 y 2,76 respectivamente. En Arrecifes había, para 1744, un promedio de 2,47 hijos por familia nuclear, 3,35 por amplia y 3 por troncal. En el pago de La Matanza, los valores extremos de la cantidad de hijos en 1726 iban de 0 a 10 hijos en las familias restringidas y de 0 a 14 en las amplias, en 1744 en las primeras 0 a 7 y en las segundas 1 a 7. En este año, las familias troncales tienen un promedio de 6,66 hijos pero no lo podemos comparar con 1726 porque sólo conocemos la existencia de una con dos hijos. Lo mismo pasa con las familias múltiples: mientras que en 1744 había tres con un promedio de 5 hijos, en 1726 se registra una sola con 8 hijos. En Arrecifes, los valores extremos se amplían, las familias nucleares tenían entre 0 y 11 hijos, las amplias de 0 a 9, la troncal de 0 a 7 y sólo aparece una familia múltiple con un hijo. En el padrón de 1726 hay un fuerte predominio de familias nucleares y la mayoría de los hijos se encontraban en ella. Los errores de cobertura del padrón –falta de edades y de actividad productiva– hacen imposible, por una parte, relacionar las edades de los hijos con las de los padres y, por el otro, vincular la actividad económica con la cantidad de hijos. Lo único que se puede calcular es el porcentaje de los hijos en relación al padre cabeza de explotación o dependiente. Nos referimos al dueño de la casa, según lo expresa la fuente, pero desconocemos si la tierra le pertenecía, la arrendaba 314

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o era un simple ocupante. Teniendo en cuenta esta aclaración, en el pago de La Matanza, el promedio de hijos de los cabeza de explotación era de 2,96 mientras que entre los dependientes, 2,5. El padrón de 1744 es una fuente mucho más completa aunque también tiene errores de cobertura y contenido (Salas, 2008). En La Matanza, el promedio de hijos de propietarios era de 3,23; el de los arrendatarios 2,1; el de los dependientes 2,5; pero si discriminamos entre capataces y dependientes, los primeros tenían 2,6 y los segundos 2. Similares son los números que da García Belsunce para el pago vecino de Magdalena: 3,2, 2,7 y 1,8 respectivamente, incluyendo en este promedio a los capataces y dependientes (García Belsunce, 2003: 141). Llama la atención que en el caso de La Matanza los arrendatarios tenían un promedio de hijos menor que los dependientes en general, pero hay que tener en cuenta que existía una cantidad muy importante de arrendatarios pobres. En Arrecifes, el porcentaje de hijos por propietario era de 3,62 y 2,59 para los que habitaban en tierras ajenas, ya que no se puede distinguir entre arrendatarios, agregados y dependientes. También existían nueve familias de las que no se conoce su relación con la tierra que tenían un promedio de 2,66 hijos, similar a las que habitaban en tierras ajenas. En cuanto a las familias subordinadas, el promedio de hijos era de 1 por familia. Al realizar un análisis de la edad del jefe según la relación con la tierra –propietarios, arrendatarios y dependientes– los propietarios se distribuían entre los 30 y 70 años de edad, los arrendatarios entre los 25 a 64 años y los dependientes entre los 26 y 39 años; concentrándose el 57,14% de estos últimos en la franja de 25 a 29 años. Posiblemente estos últimos, a medida que pasaran los años, buscarían arrendar o comprar tierras.

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Cuadro II Promedio de hijos de propietarios, arrendatarios y dependientes
Pago La Matanza Magdalena Arrecifes Propietario 3,25 3,2 3,62 Arrendatario 2,1 2,7 2,5910 Dependiente 2,3 1,8 1

Si clasificamos a los hijos según la actividad productiva de sus padres, notamos una similitud entre los tres pagos, donde los hacendados tenían un promedio de entre 3,2 y 3,6 hijos, los labradores de entre 3 y 2,66 y los dependientes de entre 1,16 y 1,5 hijos. Entonces podemos concluir también que “las familias con mayores recursos retenían con ellas un mayor número de hijos” (García Belsunce, 2003: 141). En Arrecifes los hacendados-labradores y los labradores se distribuían en forma pareja en los distintos grupos etarios. Los dependientes, en cambio, tenían entre 20 y 39 años pero el 52,25% se encontraba en la franja de 25 a 29 años. Cuadro III Promedio de hijos según actividad productiva de los padres. La Matanza, Magdalena y Arrecifes 1744

Además, hay que tener en cuenta que muchos jefes de familia tenían una segunda actividad para mantener a su familia, así, en Las Hermanas, Lorenzo Bernal, quien vivía con su mujer, sus siete hijos y un conchabado en tierras propias, sumó a su actividad de labrador la de fletero; por su parte, Antonio Tellez, portugués, quien vivía junto a su esposa y a sus ocho hijos, se dedicaba a la carpintería y a 316

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labrar sus tierras. Juan Arvallo, tucumano, vivía con su madre viuda y sus dos sobrinos, hacía tareas de carpintería y labraba las tierras que no le pertenecían.

Agregados11
Se entiende por agregados a quienes no siendo esclavos ni conchabados habitan con una familia o en una propiedad determinada, “al que trabaja o al menos parece que no trabaja por un jornal” pero que recibe algún beneficio hasta “vestuario y comida” (Bazán Lascano, 1980: 41). Según los estudios realizados, tanto en La Costa, Luján, Magdalena y La Matanza, la diferencia de la cantidad de agregados entre el padrón de 1726 y 1744 es muy alta. Así, en La Matanza en 1726 habitaban 19 agregados (9%) que, junto a sus familias, sumaban 40 personas (28,1%). En 1744, los agregados aumentaron a 94 (17%) y junto a sus familias sumaban 175 (32%). Esta diferencia tan notable entre un padrón y otro se debe, fundamentalmente, a la omisión de datos de la gente de servicio en el padrón de 1726, que es más notoria en la parte correspondiente a Arrecifes donde no aparece ningún agregado. Para 1744, en este pago habitaban 82, que corresponde al 13,57% del total del la población del pago. Consideramos, como lo hiciera Carlos Mayo, que “no es fácil analizar las características de la agregación porque se basaba en relaciones informales, no escritas, entre el dueño y el agregado” (Mayo, 1995: 71-72). Teniendo en cuenta la clasificación realizada por García Belsunce, los agregados podían ser parientes o no. En general (La Costa, Luján, Magdalena, Cañada de la Cruz, La Matanza y Arrecifes) los no parientes superaban a los parientes, salvo en Cañada de Escobar en 1726 donde predominan los familiares (García Belsunce y Frías, 2000: 20 y 45). Además, podían agregarse a un hogar o a la tierra. Los estudios realizados en los distintos pagos arrojan que era más común la agregación al hogar que a la tierra, salvo en casos en que eran más los segundos como La Costa en 1744 y Luján y Cañada de Escobar en 1726 (García Belsunce, 2000: 45). En La Matanza, en 1726, el 73,7% lo era a un hogar y sólo el 26,3% a la tierra. En 1744 los por317

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centajes no varían demasiado, mientras el 66% lo era a un hogar, el 34% lo era a la tierra12. En Arrrecifes, todos los agregados son al hogar, aunque en Cañada Honda hay algunas familias que no se sabe si son agregadas a la tierra o arrendatarias. En La Matanza, según el padrón de 1726 la mayoría de las agregaciones era con intención económica; sólo había un caso que podría ser una agregación por parentesco: el de Fulano de Acosta, casado, arrimado a Bernardo de Acosta, recientemente difunto al momento del empadronamiento; y un caso de agregación por caridad en la misma propiedad: una viuda y sus seis hijos. En 1744 aumentó el número de agregados por caridad: sumaban 14 de los cuales dos eran enfermos –Ignacio, indio de 30 años arrimado a Bartolo de Jara y Antonio Ranchel, de 40 años agregado a Gregoria Fredes– y 12 eran hijos de crianza. La mayoría de los agregados tenía una relación económica con el propietario, aunque también existían vínculos de afecto y confianza entre ellos. Sirva de ejemplo Marcos Espinosa, mulato libre, agregado a la estancia de Ramón Baldivia, casado con una mulatilla que crió… paraguayo de edad de 40 años y la mulatilla su mujer Petrona Baldivia de 18 años con 3 hijos el uno llamado Fernando de 4 años y Matías de 3 años y Manuel13 de dos meses con otro mulatillo también que ha criado el dicho Ramón / llamado Alexos Baldivia de 12. Otro mulato también tiene agregado llamado Diego Espinosa de 32 años. Estos todos los mantiene el dicho Baldivia (Padrón La Matanza, 1744: 4 y 4v.). En su testamento, Marcos Espinosa expresó vivir en la estancia del capitán Ramón Baldivia “en cuya compañía he vivido desde que me cabe quien dará razón de mis pertenencias” (AGN, Sucesiones, Leg. 5672: 2v.). Con estas palabras el agregado dejó muy en claro la relación familiar que tenía con el dueño de la tierra. La sucesión da noticias que Espinosa tenía su rodeo en la estancia del capitán, compuesto por 83 cabezas de ganado, 7 bueyes, 3 lecheras, 81 yeguas de vientre, 11 rocines mansos, 4 redomones de rienda y 1 mula de dos años. Además, dejó 40 fanegas de trigo que fueron utilizados por su viuda para el funeral. Sus bienes, escasos, sumaban 318

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202 pesos. Su viuda Petrona Márquez, que había sido criada por Ramón y que incluso en el padrón se la anotó con el apellido Baldivia, contrajo matrimonio en segundas nupcias con José Ilarío Baldivia. No sabemos quién era pero su apellido nos hablaría de una relación de parentesco con el dueño de la tierra. Otro agregado, Francisco Antonio Espinosa, casado con Doña Francisca Ramírez, habitaba junto a ella en su rancho en tierras de Bartolomé Ramírez, su suegro. En 1765 se realizó la tasación de sus bienes donde se detalló que vivían en un rancho cubierto de paja con cocina y corral de 140 postes. Era hacendado labrador, tenía 125 cabezas de ganado vacuno de dos años, 54 terneros, 20 bueyes mansos, 120 yeguas de cría, 63 potrillos, 20 caballos mansos, 12 yeguas madrinas, 7 potrillos de un año y 6 pollinos. Además, 20 fanegas de trigo, dos arados usados y demás herramientas dan cuenta de su actividad como labrador. Si bien sus bienes eran humildes, tenía la ayuda de sus esclavos: una negra Isabel tasada en 24 pesos, por lo que la estimo vieja o enferma; un mulatillo Juan tasado en 120 pesos y una negra Isidora de 18 meses tasada en 80 pesos. Algunas armas usadas –un par de pistolas, una carabina y una espada–, junto con algunos objetos lujosos –hebillas de plata para los zapatos, un freno y pretal con chapa de plata–, completan el listado de sus bienes (AGN, Sucesiones, Leg. 5272). Muchos de los propietarios no habitaban su tierra, que estaba al cuidado de los agregados que la trabajaban y aseguraban al dueño el dominio de su propiedad. Pedro López (Padrón La Matanza, 1744: 2 y 2v.) tenía asiento en la ciudad y tenía a cargo de su chacra a Joseph López, hijo de crianza de 18 años, con otro agregado sembrando para sí y un esclavo. En su estancia y en rancho aparte el teniente Nicolás Ávalos, su mujer y dos hijos, quienes convivían en el casco con la guardia de vecinos compuesta por un sargento y seis soldados –aunque estos últimos “se mantienen de la vecindad contra la voluntad de los dueños de los ganados”– (Padrón La Matanza, 1744: 2v.). Además, en otro rancho estaba Baltasar Pérez con su mujer, cuatro hijos y dos agregados. Así, las tierras de Pedro López estaban cuidadas por sus agregados que habitaban tres ranchos en distintos lugares de la propiedad. 319

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Esclavos
En la campaña porteña era muy común que las familias tuvieran esclavos. El padrón de 1726 no consigna a los esclavos para La Matanza ni para Arrecifes. En el primer pago se enumeran 15 personas de color repartidas entre dos propietarios: los capitanes Bernardino de Rocha y Domingo Bidela. Fueron los dos primeros en ser empadronados y tal vez por ello su gente de servicio fue tan detenidamente consignada. Cuando el empadronador censó a los otros ocho propietarios que tenían gente a su cargo, no detalló ni la cantidad, ni el color, ni la condición y sólo mencionó que había “gente de servicio”. En Arrecifes sólo se nombra un negro cabeza de familia que habitaba con su mujer, sus tres hijos y cuatro hijas. En Magdalena era donde había mayor cantidad de esclavos, 86 negros y 29 pardos (García Belsunce, 2003: 243) cantidad que se redujo hacia 1744 cuando se cuentan 20 negros y 56 pardos (García Belsunce, 2003: 244). En La Matanza la media de esclavos era de 1,88, uno de los propietarios –el capitán Sebastián Cabral de Ayala–, tenía 10 varones; sus distintas actividades como hacendado y transportista hacían necesarias la tenencia de mano de obra joven y fuerte (AGN, Sucesiones, Leg. 5335)14. Pero algunos propietarios tenían esclavos viejos o enfermos, como María Peñalva que poseía a Gregoria “negra enferma de enfermedad penosa” (AGN, Sucesiones, Leg. 5672) tasada en 90 pesos o Pedro Fortete, dueño de María, vieja, María Josefa, “empeñada” –¿en garantía?–, María de la Asunción que murió de viruelas y una enferma de dos años, Rosalía (AGN, Sucesiones, Leg. 8135). El padrón de 1744 para Arrecifes enumera 13 esclavos repartidos entre siete propietarios, lo que da un promedio de 1,85, pero la distribución no era equitativa, mientras que el capitán Luis González, hacendado de Espinillo, tenía 9, la viuda Agustina Irala, hacendada en tierras ajenas en San Pedro, tenía una niña de dos años. Entre el propietario y el esclavo se establecía, a menudo, una relación afectiva, tanto que muchos dueños llegaban a otorgar la manumisión15. Así, Nicolás Barragán decidió dejar libre a su esclava mulata Nicolaza, madre de 3 hijos. El mismo dueño confirmó que había recibido de otro mulatillo 100 pesos como adelanto para su libertad (AGN, Tribunales-40-4-3). 320

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Palabras finales
A medida que avanzan las distintas investigaciones sobre la población de la campaña porteña en la primera mitad del siglo XVIII, se van conociendo las familias. La mayoría nucleares, y donde la relación entre los hijos, por un lado, y la propiedad y la producción, por el otro, eran muy importantes. Cuanto mejor era la situación de los jefes de hogar, más hijos retenían en la casa: el propietario estaba en mejores condiciones que el arrendatario y el dependiente y eso se notaba porque sus hijos se quedaban en el hogar cuidando sus bienes patrimoniales. Además, los hacendados eran los que tenían más hijos conviviendo con ellos aunque requerían mucho menos mano de obra que los labradores a la hora de la cosecha; estos debían recurrir a mano de obra volante. Los habitantes de la campaña no se dedicaban a una sola actividad sino que sumaban otras según sus habilidades y necesidades económicas. Así también, esas familias que tenían pocos hijos solían sumar agregados y esclavos según su necesidad productiva. En el transcurso de la primera mitad del siglo XVIII disminuyó la cantidad de hijos y aumentó la cantidad de agregados, sobre todo parientes. Interesa continuar avanzando en el estudio de la familia de la campaña porteña y la vida material en lo que respecta al tipo de vivienda y a la calidad de vida, que completarían el panorama de estas páginas.

Fuentes
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Notas
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Un primer análisis comparativo de las familias de la campaña porteña en Salas (2007). Véase Bentancur (2004). Actualmente algunos consideran el modelo laslettiano muy rígido: Mikelarena Peña (1992: 44) y Frías, García Belsunce y Olivero (1998). Más allá de las críticas que se pueden hacer al modelo, lo aplico para poder realizar posteriores comparaciones. También conocida como familia extendida. Véase Cuadro I. Datos de García Belsunce (2003: 130). A estos números el autor agrega 2,6 de familias fragmentadas en ambos padrones y 1,3 no identificadas en el padrón de 1726. Datos de Frías, García Belsunce y Olivero (1998: 31). Esto se nota claramente en la zona rural de San Pablo, Brasil (Metcalf, 1994: 455). En otras áreas rurales como Castilla, los niños a los 7 años cuidaban rebaños o cosechaban y a los 10 acarreaban (Reher, 1991: 75). Este promedio corresponde a los que habitaban en tierras ajenas, sin hacer distinción entre arrendatarios y agregados. El tema de la agregación en el Río de la Plata está analizado extensamente en nuestro trabajo en García Belsunce y Frías (2000). indios, mestizos y mulatos libres arrimados a ellas… hacen daños en la sementeras y ganado ajeno” (AECBA T. IV: 712). Y, nueve años después, habla de “los muchos forasteros y vagabundos que hay en ellos” designando al capitán Don Juan de Alsa con amplia facultad para ir contra ellos. (AECBA, T. VI: 178). Estos ocupaban tierras sin consentimiento de sus dueños, los consideramos vagabundos y no específicamente agregados.

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12 En 1721 en el Cabildo se considera que “hay en dichas estancias y chacras muchos

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Según la Sucesión de Marcos Espinosa el bebé no es Manuel sino María Manuela que muere luego de la muerte de su padre (AGN, Sucesiones, Leg. 5672: 2 v.). Sus esclavos tenían entre 53 y 20 años. Era frecuente la manumisión de esclavas embarazadas por sus amos (Mariluz Urquijo, 1988: 76).

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População portuguesa na Baía de Paranaguá: notas de pesquisa (c.1790-1830)1
André Luiz M. Cavazzani Universidade de São Paulo

Resumo
Esse texto consiste num exercício metodológico que busca apresentar indicadores acerca da população portuguesa radicada em duas vilas litorâneas –Paranaguá e Antonina– localizadas nas extensões meridionais da Capitania de São Paulo. Buscando mesclar analises quantitativas e qualitativas esse estudo esteve pautado em dois corpus documentais assentados em suportes distintos. Assim, foram analisadas Listas Nominativas de Habitantes em conjunto com a autobiografia escrita pelo portuense Antonio Vieira dos Santos. A partir dessas fontes foi possível identificar e quantificar os lusitanos radicados em Paranaguá e Antonina; avaliar o perfil de seus domicílios; e, finalmente, recuperar indícios acerca dos mecanismos de enraizamento e ascensão social empregados por esses indivíduos.

Portuguese population in the Bay of Paranaguá: research notes (c.1790-1830) Abstract
This text is a methodological exercise that presents indicators of the population based in two coastal villages - Paranaguá and Antonina 325

André Luiz M. Cavazzani

- located in the southern extensions of the Capitania de São Paulo. Seeking to merge quantitative and qualitative analysis this study was guided by two documentary corpus seated on different media: Nominative Lists of Inhabitants and the autobiography written by the portuguese named Antonio Vieira dos Santos. From these sources it was possible to identify and quantify the Lusitanian rooted in Paranagua, analyze the structure of their households; assess their social-economic occupations; and, finally, trying to recover evidence about mechanisms of social climbing and rooting employed by these individuals. __________ Em 26 de Maio de 1797 Sesta fra de manhã sahi de caza de meus Pais na Cidade do Porto e me fui embarcar no Caes de Lordellos em hum Bergan do Motta... Em 27 de Maio de 1797 Sabado sahi pla barra fora da Cidade do Porto pa Lisboa adonde Cheguei com 3 dias de viagem e estive 70 dias desde o da entrada A da Sahida. Em 30 de Maio de 1797 se entrou na cidade de Lisboa. Em 3 de agosto de 1797 quita fra de tarde salthei em terra na Cide. De Lisboa e fui pa. Terra desde a Junqueira ate ao Corro na rua Maria da boa morte. Em 7 de agosto de 1797 Segunda fra sahi da cidade de Lisboa em hum grande Comboio e troucemos 78 dias de viagem te a cidade do Rio de Janeiro... Em 10 de 9mbro de 1798 Sabado sahi pella barra fora da Cidade do Rio de Janeiro pa a Villa de Paranaguá em cuja viagem se gastou 11 dias. Tendo estado na Ilha de S.Sebastião desde o dia 12 ate 15. E de arribada na Ilha de Cananeia no Cardoso 3 ou 4 dias entrado na Villa de Paranaguá em a Quarta fra. 21 de 9bro de mesmo anno frentiando ponteiro a Villa no dia Quinta 22= Em 23 de 9mbro de 1798 e tarde saltei em terra na Villa de Paranaga e fui pa caixro do Ajudante Franco Ferra. de Olivra na rua do Collegio Cazas Nas 4 e 5...2 O autor do relato acima se chama Antonio Vieira dos Santos. Como se vê, esse indivíduo português empreendeu uma jornada de quase dois anos até se estabelecer na Vila de Nossa Senhora do 326

População portuguesa na Baía de Paranaguá: notas de pesquisa (c.1790-1830)

Rosário de Paranaguá, localidade portuária situada nas extensões meridionais da Capitania de São Paulo. Tal qual Antonio Vieira dos Santos, dezenas de milhares de portugueses cruzaram o Atlântico com destino ao Brasil alimentando um impressionante fluxo migratório. É sabido que tal processo de mobilidade populacional, ocorrido ao longo de quatro séculos, acabou por vincar de forma indelével não apenas o Brasil, principal ponto de destino dos portugueses até a década de 1960, mas –em via de mão dupla– também Portugal3 (Arroteia, 1983; Brettel, 1991; Godinho, 1971; Scott, 2010). Dada a vultuosidade deste fenômeno e suas inegáveis implicações, Maria Beatriz Nizza da Silva, numa das Reuniões da Sociedade Brasileira de Pesquisa Histórica, ocorrida nos idos da década de 1980, levantou seus protestos contra aquilo que considerou a “mais impressionante lacuna historiográfica” nos estudos luso-brasileiros (Silva, 1984). Ela se referia, por suposto, a uma grande carência de exames históricos acerca dos processos de êxodo português para o Brasil. Entretanto, a partir do ano 2000, por ocasião dos festejos acerca dos 500 anos dos “descobrimentos” portugueses, uma série de agendas, convênios e intercâmbios acadêmicos incentivou a proliferação de análises acerca da e/imigração portuguesa. Marcadas pela diversidade de recortes temporais, corpus documentais e respectivos aportes teórico-metodológicos, essas investigações contribuíram, sem dúvida, para uma importante diminuição da tal brecha observada na historiografia luso-brasileira4. Quanto aos resultados desses estudos, constatou-se em uníssono o seguinte paradoxo: o apogeu do processo migratório não ocorreu durante o período colonial, mas várias décadas, ou até mesmo um século, após a emancipação brasileira. Outra questão recorrente refere-se, justamente, ao entendimento do fenômeno da e/imigração lusa como “um fluxo contínuo de natureza multissecular” (Brettel, 1991), ou então, dito de outra forma, “uma constante estrutural”5 (Florentino e Machado, 2002: 8). Porém, nesse último caso, o debate historiográfico não se furtou a problematizar tal acepção das migrações lusitanas. Miriam Halpern Moreira indica, por exemplo, que, se o fenômeno da transferência 327

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populacional portuguesa para o Brasil foi interpretado como uma “permanência estrutural”, é porque tal interpretação “assenta num conceito muito lato da palavra emigração, a que lhe corresponde um significado predominantemente demográfico” (Pereira, 1981: 30). Assim, a autora sugere em sua argumentação que, se a emigração deita raízes antigas em Portugal, ela também sofreu, ao longo dos séculos, importantes variações diacrônicas a interferir: no perfil dos e/imigrantes, nos fatores de atração/repulsão, na inserção em suas praças de destino e, finalmente, nas motivações que lançaram os portugueses ao Atlântico (Ibidem). Caminhando nessa direção, Renato Pinto Venâncio observou que a vinda dos homens d’além mar em direção ao Brasil teria compreendido, em sua longa duração, quatro fases distintas, a saber: a) fase restrita (1500-1700); b) fase de transição (1701-1850); c) fase de imigração de massa (1851-1960); d) fase de declínio (1961-1991) (Venâncio, 2000: 61). Dito isso, as linhas que seguem têm por baliza temporal, justamente, o período caracterizado como sendo o da fase de transição. Essa etapa, ainda pouco abordada pela historiografia (Barbosa, 2008), foi marcada por um fluxo migratório capilar, porém constante e, ao que tudo indica, conheceu um perfil de migrante muito próximo do que foi descrito com maestria por Joel Serrão: No seio de uma família rural minhota ou beirã, proprietária ou arrendatária de uma pequena parcela de terra, parte dos filhos machos não cabe nos acanhados limites da exploração familiar. Deitando contas à vida, os pais vendem ou hipotecam alguns de seus bens para pagar as viagens e mandam para o Brasil filhos que assim –e só assim– têm possibilidade de tentar uma vida nova. Eles partem, ou antes dos catorze anos para eximirem-se às leis do recrutamento militar, ou entre os vinte e trinta anos. Esta emigração masculina e jovem vai recomendada a parentes e desembarca no Recife, na Bahia, sobretudo no Rio de Janeiro, por onde fica, dedicando-se, predominantemente, ao “negócio”, ou seja, à rede de distribuição comercial de retalho: caixeiros, pequenos comerciantes, associando-se, por vezes a patrões abastados, até mediante o casamento com as respectivas filhas (Serrão, 1977: 81, grifo meu).

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População portuguesa na Baía de Paranaguá: notas de pesquisa (c.1790-1830)

Ao que parece, o perfil do caixeiro Antonio Vieira dos Santos acomoda-se ao quadro pintado há pouco, a não ser por um motivo: ele não ficou no Rio de Janeiro. Na realidade, saiu de lá em direitura a Paranaguá depois de amargar “dias e meses sem ganhar nada” 6 . Enquanto viveu, cerca de dezesseis anos nessa última vila, Vieira dos Santos indica, em suas memórias, viagens para o Rio de Janeiro e Bahia, em busca de mercadorias para revender em Paranaguá7. Finalmente, em 1814, as memórias indicam uma nova mudança, agora de domicílio. Dessa vez, seu destino foi a freguesia dos Morretes adjunta à Vila de Nossa Senhora do Pilar de Antonina, que ficava próxima a Paranaguá onde, ao que tudo indica, Vieira dos Santos viveu até o fim de seus dias8. Embora seja inegável, uma presença massiva de portugueses nos grandes centros coloniais e, depois, provinciais, parece ter escapado a Joel Serrão que o padrão de mobilidade, tão característico dos lusitanos, não cessava nas cidades sedes dos grandes portos como Bahia, Recife e Rio de Janeiro. Pelo contrário, estes locais pareciam funcionar como verdadeiros pólos de passagem de imigrantes lusitanos que, por sua vez, irradiavam-se em várias direções das terras brasileiras. Talvez em função da própria natureza das práticas comerciais, atividade primordial dos portugueses no Brasil, antes e mesmo após a fixação definitiva eram muitas as idas e vindas desses sujeitos (Borrego, 2009). Fossem grandes cidades ou vilas diminutas, o fato é que os portugueses não pareciam escolher seus destinos de forma aleatória. Pelo contrário: analisando listas nominativas da Capitania de São Paulo, Carlos Bacellar levantou que as maiores taxas de presença portuguesa davam-se sempre em vilas portuárias ou então relacionadas a grandes rotas comerciais. As menores taxas estavam, sobretudo, nas vilas de menores dimensões ligadas à agricultura de subsistência (Bacellar, 2000). Em suma, não seria exagerado dizer: onde havia comércio (de grande, médio e até pequeno porte) havia portugueses. Localizada nos lindes meridionais da Capitania de São Paulo, Paranaguá notabilizou-se por ser uma das vilas paulistas que mais receberam adventícios lusitanos entre a população autóctone (Bacellar, 2000).

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Primeiro núcleo populacional a ser estabelecido no território que hoje corresponde ao Paraná, lugar estratégico à época das guerras luso-espanholas, Paranaguá era, em fins do século XVIII, a sede e a maior vila da comarca paranaense. Pelo seu porto, transitavam embarcações trazendo gente e mercadorias oriundas do Rio de Janeiro, Santos, Salvador e até Lisboa. Já entrado o século XIX, essa localidade conheceria um incremento sem precedentes a partir do beneficiamento e exportação da congonha para os mercados platinos (Mequelusse, 1975; Westphalen, 1998; Santos, 2001). Também portuária, também localizada no complexo estuário da Baía de Paranaguá, ao sul da capitania de São Paulo, a Vila de Nossa Senhora do Pilar de Antonina, segundo destino de Antonio Vieira dos Santos, conheceu igualmente notável incidência de portugueses. Deste modo, apresenta-se o objetivo central deste breve exercício metodológico: tomando o caso de Antonio Vieira dos Santos como fio condutor das análises, pretende-se conhecer os modos de vida, a organização familiar, a situação material, enfim: o cotidiano dos portugueses que optaram por se arraigar em duas vilas portuárias de médio porte relativamente distantes dos grandes centros coloniais. Isso tudo num período singular que correspondeu à ocorrência da emancipação brasileira. Para tanto, as pesquisas empreendidas estiveram alicerçadas em basicamente dois grupos documentais assentados em suportes distintos. Inicialmente, foi analisado o inédito Breve resumo das memórias mais notáveis aconteçidas desde o anno 1797 ate 1823 9 , que consiste no primeiro tomo de memórias escritas por Antonio Vieira dos Santos, e que teve parte de sua abertura transcrita no presente trabalho. Fontes preciosas, que apontam para diversos caminhos de análise, os diários pessoais requerem certa organização na hora de serem analisados (Cunha, 2009: 72). Para este trabalho, utilizou-se como “porta de entrada” das análises a recuperação da trajetória migratória empreendida por Antonio Vieira dos Santos, dedicando especial atenção ao caminho desse sujeito rumo à aliança matrimonial e aos laços sociais que ele pôde conformar em decorrência desta. Cabe explicitar, que no presente trabalho as análises acerca da tra-

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jetória deste sujeito histórico, privilegiaram, sobretudo, o período em que este viveu em Paranaguá. Quanto à análise da aliança matrimonial de Antonio Vieira dos Santos, partiu-se do princípio de que os matrimônios de outrora resultam incompreensíveis quando encarados como assunto de foro puramente privado (Ghirardi e Irigoyen Lopez, 2009). Como se sabe, “em todos os meios –inclusive as áreas mais periféricas da América Portuguesa–, o casamento é considerado primeiramente como um negócio de interesses, no sentido amplo do termo, e muito secundariamente como um negócio de sentimentos” (Lebrun, 1984: 75)10. Sem dúvida, tais constatações historiográficas trouxeram um maior grau de inteligibilidade para analisar a trajetória de Antonio Vieira dos Santos, em seu processo de arraigamento na sociedade local. Ao mesmo tempo, como já apontado, procurou-se situar Antonio Vieira dos Santos no conjunto da população portuguesa estabelecida em Paranaguá e Antonina. Por conseguinte, foram analisados dados provenientes de censos protoestatísticos. Chamados de Listas Nominativas de Habitantes, estes documentos, relativamente abundantes para a Capitania de São Paulo, começam a ser produzidos a partir da década de 1760, no contexto da administração pombalina11. Para o presente estudo, trabalhou-se especificamente com as Listas Nominativas de Habitantes da Vila de Nossa Senhora do Rosário de Paranaguá e da Vila de Nossa Senhora do Pilar de Antonina elaboradas em 183012. A escolha desses levantamentos em especial não foi aleatória. Ela se justifica porque estes “censos”, ao contrário de outros referentes a períodos e localidades diversas, indicam a naturalidade dos indivíduos. Também não foi aleatória a escolha de se ajustar o foco das análises nas vilas de Paranaguá e Antonina. Levou-se em consideração a própria circulação de Antonio Vieira dos Santos por esses espaços e a considerável presença portuguesa nessas localidades, à qual já se fez referência. A fim de identificar os indivíduos portugueses recenseados nos ditos levantamentos; qualificar o perfil dos fogos compostos para, enfim, tentar compreender, de maneira geral, qual seria a sua situação nos quadros sociais das mencionadas povoações, formouse um banco de dados empregando o software SPSS (Statistical 331

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Package for the Social Sciences). Tal programa viabilizou as contagens de freqüências, a ordenação dos dados e, finalmente, os testes estatísticos aqui realizados. Desta feita, foram construídas duas planilhas SPSS: a primeira delas alimentada com dados provenientes do levantamento nominativo de Paranaguá, e a segunda com dados do “censo” de Antonina. Trabalhando com duas planilhas em separado, foi possível preservar as especificidades da composição populacional de cada uma das vilas. Para conferir densidade ao universo empírico das análises, o preenchimento do banco de dados não ficou restrito à compilação de dados referentes a indivíduos portugueses. Pelo contrário, foram coligidos e tratados dados referentes a 970 domicílios chefiados por homens livres das Sete Companhias de Ordenança da Vila de Nossa Senhora do Rosário de Paranaguá e também dados referentes a 629 fogos chefiados por homens livres das Cinco Companhias de Ordenança de Nossa Senhora do Pilar de Antonina. Optou-se por recolher dados apenas de domicílios chefiados por homens livres, uma vez que, conforme será indicado adiante, a presença de mulheres entre os migrantes portugueses resume-se a apenas duas ocorrências13. *** Em 1830 viviam em Paranaguá cerca de 84 portugueses correspondendo à 1,5% da população livre (5.382 habitantes) desta mesma vila. Em Antonina, contando com Antonio Vieira dos Santos, foram somados 56 indivíduos oriundos de Portugal. Numa interessante equivalência proporcional os lusitanos em Antonina representavam também 1,5% num total de 3.824 livres. Considerando apenas os chefes de domicílios, a proporção de portugueses entre eles aumenta para 8,5% tanto em Paranaguá, quanto em Antonina14. Em seguida, a partir da própria estrutura das Listas Nominativas, separadas em companhias de ordenança, foi possível verificar como esses 140 portugueses estavam distribuídos espacialmente nas vilas em análise. Para o caso de Paranaguá a esmagadora maioria dos portugueses estava concentrada na Primeira Companhia de Ordenanças das duas localidades. Ou seja, entre 84 portugueses radicados em Paranaguá 332

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cerca de 62 (74,6%) optaram por constituir domicílio na primeira companhia da vila. Diante do total de 183 domicílios chefiados por homens existentes na Primeira Companhia cerca 34% dos fogos (domicílios) tinham como cabeça indivíduos portugueses. Ao ser analisado o caso de Antonina, percebe-se uma tendência se esboçando, afinal nessa vila de 56 portugueses arrolados, cerca de 39 (69,6%) concentravam seus domicílios na Primeira Companhia, representando 29,3% dos domicílios chefiados por homens livres. Disso depreende-se que se, à primeira vista, contando 1,5%, a representatividade numérica dos portugueses entre a população livre não parece ser tão significativa, em termos que extrapolam o fator quantitativo, a presença desses indivíduos nas duas vilas em pauta não deve ser subestimada. Isso porque, em geral, eram nos setores arrolados como Primeira Companhia que estavam localizados: o centro administrativo, comercial e, no caso de localidades portuárias, os principais portos (Kato, 2008). Assim, é possível aventar que a presença desta ganha densidade numa área bastante estratégica na dinâmica das sociabilidades locais. Quanto a Antonio Vieira dos Santos, ressalta-se que num primeiro momento ele não contrariou as tendências observadas. Quando ele viveu em Paranaguá sempre foi arrolado em domicílios referentes à Primeira Companhia, assim ocorreu em 1801 quando ele foi anotado como caixeiro de Francisco Ferreira de Oliveira – tio de sua futura esposa. Posteriormente, em 1805, cerca de um ano após seu casamento, ele foi novamente contado na Primeira Companhia como chefe de domicílio e negociante de fazenda seca, a situação se repetiria em 181015. Entretanto, em 1830 Antonio Vieira dos Santos passará a ser arrolado na Quinta Companhia –freguesia dos Morretes– da Vila de Nossa Senhora do Pilar de Antonina. O que explicaria essa mudança? Na realidade, isso foi fruto de uma reorientação nos negócios de Vieira dos Santos que passaria a se dedicar a outra atividade: o beneficiamento e exportação da Herva Mate. Conforme a historiografia observa, em função das conjunturas belicosas na Bacia do Prata, o início do século XIX marcará a abertura do comércio e exportação da congonha brasileira para os mercados platinos (Westphalen,1998). 333

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A experiência de Antonio Vieira dos Santos nesse ramo, bem como, sua circulação entre uma pequena elite ervateira que se formou em Antonina e Morretes, será abordada em trabalhos futuros quando o estágio desta pesquisa estiver mais avançado. Outro dado que interessa avaliar refere-se à origem dos portugueses radicados em Paranaguá e Antonina. Antonio Vieira dos Santos nos revela sua origem: a cidade do Porto16. O mesmo, entretanto, não ocorre com outros 140 indivíduos. Porém, mesmo que estes não tenham deixado registros pormenorizados de suas procedências, as listas nominativas podem trazer algumas pistas. Entretanto, vale frisar que, nesse caso, se trata de uma análise delicada, em que o recurso a esses documentos permite apenas algumas aproximações. Embora seja inegável a virtualidade das listas nominativas, há que tomá-las com cautela. Essas fontes não correspondem exatamente a um retrato fiel de seu tempo, mas são fruto do olhar “muitas vezes enviesado do recenseador”, a trazer informações imprecisas ou, até mesmo, inverídicas (Bacellar, 2008). As origens dos portugueses são indicadas, nesses documentos, de forma bastante vaga. Indica-se que o indivíduo é proveniente de Portugal, e, quando muito, a jurisdição eclesiástica da qual ele provém. Essa última, por sua vez, é territorialmente bem mais ampla que a civil. Além disso, fica a impressão de que o local anotado pelo recenseador como sendo a naturalidade do indivíduo refere-se, muitas vezes, não à sua cidade natal, mas meramente ao seu local do embarque. Dito isto, com relação aos 140 portugueses radicados nas duas vilas, as listas trazem as indicações da Tabela 1. Se forem agregadas as localidades nortistas tais como Braga, Guimarães, Viana do Castelo e Famalicão ao cômputo geral somado para a localidade do Porto, chega-se ao dado de que nas duas vilas havia cerca de 70 portugueses (50%) provenientes do norte. Na realidade, tomando-se a própria descrição de Joel Serrão como exemplo, no que se refere à fase de transição, diversos estudos, analisando as estruturas agrárias e o sistema de heranças nas áreas ao norte de Portugal, reconhecem essas regiões como sendo, por excelência, pólos de transferência de homens portugueses em direção ao Brasil (Brettel, 1991; Scott, 1999; Rodrigues, 1995). 334

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Tabela I Locais de origem de Portugueses nas Vilas de Paranaguá e Antonina, 1830
Locais de Origem Porto Lisboa Ilhas Atlânticas Braga Guimarães Viana do Castelo Portugal* Portalegre Aveiro Alentejo Cascais Coimbra Famalicão Total Núm. Abs. 49 40 19 10 6 4 4 2 2 1 1 1 1 140 % 35,0 28,6 13,6 7,1 4,4 2,8 2,8 1,4 1,4 0,7 0,7 0,7 0,7 99,9

Fonte: Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas de Habitantes da Vila de N. Sra. do Rosário de Paranaguá e Nossa Senhora do Pilar de Antonina 1830. Documentos originais pertencentes ao Arquivo Público de São Paulo. Portugal*: trata-se de uma indicação genérica transcrita ipsis litteris da lista nominativa.

Em paralelo, o recurso a estudos genealógicos permite entrever uma importante quantidade de minhotos que se tornaram troncos de novas famílias em Paranaguá17. Samuel Guimarães Costa, ao avaliar a extensa Genealogia de Francisco Negrão, chegou a contabilizar que metade dos trinta títulos das famílias recompostas nessa obra têm seus troncos originários em indivíduos provenientes do setentrião Português (Costa,1988: 28). Em paralelo, ao recorrer-se a outro grupo documental –as Dispensas Matrimoniais– em que as naturalidades são reveladas, a priori, de forma mais objetiva, foi possível capturar que o grupo dos cônjuges nortistas era de fato maioria, contando 42 (70%) processos em 6018.. 335

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De outro lado, a presença de lisboetas e ilhéus que se radicaram em Antonina e Paranaguá não deve ser desprezada. Lisboa é de fato reconhecida pela historiografia como um importante pólo fornecedor de migrantes. Entretanto, a julgar pelo próprio relato de Antonio Vieira do Santos, não é impossível que os indivíduos que se declaravam lisboetas ao censor estivessem fazendo referência não ao seu lugar natalício, mas, tão-somente, à última escala que fizeram antes de lançarem-se ao Brasil. Desta maneira, a incidência de indivíduos lisboetas pode estar sobrevalorizada, desencorajando análises mais aprofundadas. Já com relação aos insulanos, de fato, as ilhas atlânticas consistiram, ao lado do norte, como um dos principais pólos fornecedores de migrantes para os limites meridionais do Brasil. Todavia, o processo migratório dos insulanos foi marcado por políticas oficiais de recrutamento de casais para o povoamento de áreas de fronteira ao longo dos setecentos (Hameister, 2005). Com relação aos açorianos instalados em Paranaguá e Antonina, a partir da análise das listas nominativas, aventou-se que estes migraram solteiros, impulsionados, possivelmente, por fatores não muito diferentes, dos que repeliram tantos casais açorianos em direção ao Brasil: carência de terras cultiváveis e crises agrícolas. Com relação ao gênero, o perfil do imigrante português estabelecido em Paranaguá é totalmente coerente com o que já foi observado pelos historiadores das migrações portuguesas na fase de transição. Assim, tal como Antonio Vieira dos Santos, a esmagadora maioria dos reinóis arraigados em Paranaguá eram homens, tendo sido registradas apenas duas mulheres. No caso de Antonina, sequer foram anotadas portuguesas. Em outras vilas da Capitania de São Paulo, também foi verificada uma presença extremamente rara de mulheres portuguesas (Bacellar, 2000). O fato é que a predominância de indivíduos jovens, homens e solteiros entre os imigrantes portugueses tem sido vista pela historiografia como um dos marcos diferenciadores do que viria a ocorrer a partir de 1850, na chamada fase da migração de massa, quando a transferência populacional de casais, muitas vezes com filhos, viajando em grandes navios, se tornará mais freqüente (Pereira, 1981 e Venancio, 2000). 336

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Se os jovens portugueses emigravam solteiros, uma vez em terras brasileiras eles tendiam a buscar o casamento. Entre 139 indivíduos19 portugueses estabelecidos em Paranaguá, 112 (80,5%) declararam ser casados, 18 (12,8%) declararam ser solteiros e 9 (6,6 %) declararam ser viúvos. Ao ser agregado o número de viúvos –pelo fato de já terem sido casados– ao total de indivíduos unidos pelo matrimônio, chega-se ao dado de que 121 (87,1%) portugueses recorreram pelo menos uma vez na vida ao casamento. Ainda nesse contexto, foi interessante perceber que, tanto em Paranaguá quanto em Antonina, os reinóis optaram pelo casamento com mulheres locais. Para o caso de Antonina, descontando-se as ocorrências em que a naturalidade da esposa não foi indicada, dentre os 48 reinóis casados, 40 o eram com mulheres locais (83,3%). No caso de Paranaguá, também descontados os casos de naturalidade não indicada, entre 64 homens casados, 54 (84,5%) optaram pela união com mulheres locais20. Se é certo que o predomínio de alianças matrilocais, realizadas por estes portugueses, pode ser lido como o simples reflexo da própria configuração de um mercado matrimonial no qual há abundância de mulheres autóctones, alguns casos evidenciaram o peso da legítima união para o grupo dos portugueses no sentido do seu arraigamento social, político e econômico na comunidade receptora. Conforme indica a historiografia, mesmo nas áreas mais longínquas da América portuguesa, mesmo na entrada do século XIX, imperava um horizonte de consciência típico dos quadros do Antigo Regime, onde a distinção social era uma meta buscada de forma constante. Distinguir-se significava a possibilidade de ostentar uma série de elementos materiais e simbólicos que eram fundamentais na ordenação de uma sociedade organizada hierarquicamente e pautada pela escravidão. Assim, a posse de cativos, a posse de terras, a participação em instâncias governativas, a ostentação de altas patentes milicianas e a arrematação de contratos reais eram objetivos visados por indivíduos que buscavam alçar a condição e ostentar as prerrogativas de homem bom (Mesgravis, 1983: 799). Nessa direção, num ambiente em que, ao que tudo indica, a referência social ao indivíduo relacionava-se à sua pertença a um grupo 337

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mais amplo, a estratégia matrimonial parecia ter um papel-chave. E, nesse caso, os adventícios portugueses pareciam ter uma situação privilegiada. Brancos, provenientes da metrópole, muitas vezes com alguma instrução relativa à leitura e à escrita (Rodrigues, 1995), estes indivíduos pareciam levar vantagem na hora de aliar-se, pela via do casamento, a “elites inegavelmente homogâmicas”, que “procuravam uniões com pessoas do reino ou, no limite, com filhos de reinóis” (Andreazza, 2002: 14). Além disso, as famílias de boa estirpe muitas vezes tendiam a escolher um genro que se ajustasse ao tipo de negócios em que seu sogro tinha interesse (Nazzari, 2001: 75). Assim, em terras brasileiras, não foram incomuns alianças entre caixeiros portugueses com moças filhas, ou, no extremo, parentes de seus patrões. Veja-se o caso de Antonio Vieira dos Santos. Como está indicado em sua autobiografia, ele teria chegado a Paranaguá como caixeiro do Capitão Francisco Ferreira de Oliveira. Esse último, também português, era um comerciante local, proprietário de escravos, que, além de possuir patentes milicianas, era membro da câmara, tendo desempenhado a função de vereador durante vários anos consecutivos. Em suma, era um indivíduo bem colocado nos quadros sociais da Vila de Paranaguá21. Se a historiografia tem observado que, na busca pela organização do comércio, “o imigrante português recorria quase que necessariamente à formação de laços entre parceiros no jogo mercantil” (Lima, 2000: 92), Antonio Vieira dos Santos e o Capitão Francisco Ferreira de Oliveira não se portaram de maneira diferente. Conforme a narrativa autobiográfica, em 24 de agosto de 1804 o primeiro casouse com Maria Ferreira de Oliveira, sobrinha de seu anfitrião22. A partir desse casamento, Antonio Vieira dos Santos indica que se tornou proprietário de uma loja e um armazém, adentrando numa rede de crédito e comércio, que envolvia seu anfitrião, seu sogro –João Ferreira de Oliveira– e um poderoso comerciante local –Capitão-mor Manuel Antonio Pereira– que, como os outros dois, era também português.23 Embora as pesquisas ainda não tenham permitido um aprofundamento acerca desse assunto, pôde ser recuperado que essa rede mercantil parecia ligar Paranaguá, Antonina, Rio de Janeiro e Bahia24. 338

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Isso à parte, cerca de um ano após se casar, Antonio Vieira dos Santos parece ter alçado condição, entrando para a governança local como almotacé (1805), vereador (1812) e, finalmente, recebendo a patente de Alferes de Ordenança. Nesse ínterim, ele anotou em suas memórias o óbito de seu sogro “que falleceu da vida presente pellas 7 horas em 4 de dezembro”25. Dado interessante é que Vieira dos Santos, além de se ocupar do inventário post mortem do seu sogro, intermediou posteriormente, a pedidos da sogra, as núpcias de sua única cunhada com Antonio de Araújo, também caixeiro, também português26. Após a morte do sogro, Antonio Vieira dos Santos parece ter consolidado seu processo de arraigamento, galgando uma posição destacada tanto na sociedade que se inseriu, quanto na família em que adentrou. Além disso, agindo, ao que tudo indica, como representante de seu falecido sogro, deu recorrência a uma situação que parece ter sido corriqueira no processo de inserção dos reinóis na sociedade local: o casamento de moças de boa família com imigrantes portugueses ligados ao comércio. Tal parece ser também o caso de Manoel Antonio Pereira, compadre e sócio credor de Antonio Vieira dos Santos. Português natural de Braga, era um verdadeiro potentado local, destacando-se como um dos maiores proprietários de escravos e embarcações entre os negociantes em grosso do litoral paranaense. Embora não tenha ainda sido possível recuperar dados a respeito de sua biografia em fontes primárias, linhagistas do período atestam que ele teria iniciado sua vida tal qual seus pares: como caixeiro de seu sogro (Costa, 1988). Trajetória essa que reitera as constatações historiográficas de que os adventícios portugueses tendiam a adentrar em redes familiares que, muitas vezes, redundavam em redes de poder, de comércio, que a todo tempo se entrecruzavam e produziam ramificações (Borrego, 2010). *** Contudo, cabe indagar ainda acerca da situação social e material dos outros conterrâneos de Antonio Vieira dos Santos e de Manoel Antonio Pereira, radicados na Vila de Nossa Senhora do Rosário de Paranaguá e na Vila Nossa Senhora do Pilar de Antonina. Nessa 339

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direção, as listas nominativas permitiram que fossem levantadas algumas variáveis. Numa sociedade onde “ser pobre significava, entre outras coisas, não ter escravos” (Fragoso, 1990: 147), um primeiro indício que permitiu estipular algo a respeito da situação material dos portugueses refere-se, por exemplo, à incidência de cativos em seus domicílios. Seguindo-se os direcionamentos de Carlos Bacellar, tomou-se a posse escrava, mesmo que de um único elemento, como um parâmetro diferenciador do status socioeconômico do indivíduo (Bacellar, 2000). Em Paranaguá, dentre os 84 portugueses homens chefes de domicílio, 49 (58%) possuíam escravos, enquanto 34 (42%) eram desprovidos de cativos. Esses dados ganham vulto ao serem comparados com as ocorrências de escravos para o conjunto total dos fogos chefiados por homens livres moradores da Vila de Paranaguá. Dentre esses, que somam 970 homens, 142 (14%) possuíam pelo menos um escravo contra 828 (86%) que não possuíam. O mesmo procedimento foi adotado para Antonina. Ali, dentre os 56 portugueses, 17 (30,3%) não detinham posse escrava, contra 39 (69,3%) detentores de escravos. Para o total dos 627 homens cabeças de domicílios antoninenses, foi possível recuperar a mesma inversão percebida em Paranaguá: 491 (78,3%) eram despossuídos, contra 136 (21,7%) proprietários de escravos27. Com efeito, esses dados indicam que, no conjunto dos cabeças de domicílio, os portugueses sobressaíam-se em melhores condições do que os indivíduos locais. Afinal, se no grupo lusitano –seja em Paranaguá, seja em Antonina– mais da metade dos homens possuíam escravos, no outro grupo a franca maioria era despossuída dos mesmos. Outro indicativo, senão de riqueza, pelo menos de status social, refere-se à incidência de patentes milicianas acompanhando o nome dos chefes dos domicílios. Conforme a historiografia tem observado, exercer cargo público outorgado pelo Rei, dentro de uma sociedade de ordens, consistia em importante dignificação a trazer distinção aos indivíduos (Wheling e Wheling, 2000: 143).

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Nesse sentido, para entender a situação dos portugueses, buscou-se novamente o contraste entre estes e o grupo dos homens livres chefes de domicílio. A partir daí, os resultados, nesse particular, foram os seguintes: do total de 83 portugueses chefes de domicílio radicados em Paranaguá, 65 (78,3%) não possuíam patentes, contra 18 (21,6%) que possuíam. No caso de Antonina, entre os 56 portugueses, 43 (76,7%) não possuíam patente contra 13 (23,2%) que possuíam. Para o conjunto dos cabeças de domicílio livres em Paranaguá, 636 (65,6%) não possuíam patentes contra 248 (25,6%) que as possuíam. Em Antonina, a situação se repetiu: a franca maioria –431 (76,2%)– não detinha nenhum título miliciano, contra 135 (23,8%) que o possuíam28. Esses dados revelam, portanto, certo equilíbrio, já que nos dois grupos a incidência de patentes acompanhando o nome dos indivíduos foi minoritária. Entretanto, ao serem analisados isoladamente os indivíduos que portavam patentes, algumas importantes nuances puderam ser observadas: Tabela II Incidência de Patentes Milicianas entre chefes de domicílio livres, Paranaguá e Antonina, 1830
Patente* PortuParanaguá gueses Alta Interm. Baixa Total 10 5 3 18 % 55,5 27,7 16,8 100 Demais 40 28 180 248 % 16,2 Patente PortuAntonina gueses Alta 12 0 1 13 % 92,4 0 7,6 100 Demais 31 27 77 135 % 23,0 20,0 57,0 100

11,3 Interm. 72,5 100 Baixa Total

Patente*: Alta Patente (Capitão-mor, Sargento Mor, Capitão, Tenente, Alferes); Patentes Intermediárias (Ajudante, Cadete, Cabo); Baixa Patente (miliciano, ordenança). Fonte: Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas de Habitantes da Vila de N. Sra. do Rosário de Paranaguá e Nossa Senhora do Pilar de Antonina, 1830. Documentos originais pertencentes ao Arquivo Público de São Paulo.

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Como pode ser visto na Tabela II, a incidência de altas patentes no grupo dos portugueses sobrepujou a ocorrência de baixas patentes. Já no grupo dos demais, a tendência mostrou-se inversa. Esses dados devem ser vistos com cautela, pois é de se supor que a oferta de baixas patentes era bem mais comum do que a concessão de altas patentes. Isso explicaria uma maior incidência de baixas patentes justamente no grupo majoritário. Porém, esses dados não deixam de trazer indícios de que a probabilidade de um português possuir alta patente fosse maior do que entre os milicianos livres locais. Afinal, nesses últimos, foi muito mais comum a incidência de postos subalternos. Em última instância, fica novamente a impressão de que, ao reunirem proporcionalmente mais cativos do que os locais e, além disso, ostentarem patentes superiores aos demais, os portugueses ocupavam posições de destaque tanto em Antonina quanto em Paranaguá. Outras evidências que puderam ser levantadas atuaram no sentido de corroborar tal suposição. Tanto em Paranaguá quanto em Antonina, eram portugueses os indivíduos que possuíam a mais alta graduação entre os milicianos. Em Paranaguá, o já citado português Manoel Antonio Pereira (Guimarães) encabeçava a lista da Primeira Companhia, ostentando o título de Capitão-Mor29. Seguia-se a ele o Coronel Comandante João Francisco Bellagoarda (Lisboa)30. Em Antonina, encabeçava a lista o Capitão Manoel José Alvares. Das outras seis companhias Paranaguaras, em pelo menos três os primeiros capitães arrolados eram de naturalidade portuguesa. Assim, lidera a Segunda Companhia o Capitão Antonio José Pereira, natural de Braga. A Terceira Companhia é liderada pelo lisboeta Capitão João da Silva Negrão; finalmente, liderando a Sétima Companhia, temos o Capitão Bento José da Cruz, natural de Braga31. Este fato parece se configurar em tendência, já que, em Antonina, de cinco companhias pelo menos três são encabeçadas por reinóis. O Capitão Manoel José Álvares, natural de Braga, encabeça a Primeira Companhia. A Segunda Companhia é liderada pelo lisboeta João Claudino Brandão. Finalmente, a Quinta Companhia é aberta com o domicílio chefiado pelo negociante José Ferreira Guimarães, seguido pelo domicílio chefiado pelo Alferes Antonio Vieira dos Santos32. 342

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Além dos indícios acerca da situação socioeconômica, a Lista Nominativa permitiu recuperar instantâneos acerca das ocupações cotidianas às quais se dedicavam os chefes de domicílio das vilas em questão, incluindo-se aí, evidentemente, os portugueses. Considerando os 970 domicílios chefiados por homens livres em Paranaguá, foi possível recuperar que 275 (28,3%) sobreviviam sem cativos, plantando pequenas lavouras de subsistência. Em segundo lugar, estavam aqueles indivíduos que viviam da extração de madeiras e cipós para a produção de cordames, provavelmente utilizados nas embarcações. Estes somavam 193 (19,8%). Seguiam em terceiro lugar –no ranking das ocupações– os pescadores, embarcados, marítimos, que vivam da arte do mar, contando 161 (16,5%) e, finalmente, contando 139 indivíduos (14,3%), somavam-se aqueles pequenos lavradores que, com a ajuda da família e, quando presentes, no máximo dois escravos, produziam algum excedente passível de ser comercializado. Completavam a lista os comerciantes de pequeno, grande e médio porte e os trabalhadores miúdos33. Ao ser analisado o perfil das ocupações em Antonina, foram captadas sensíveis nuances. Ali, 303 indivíduos (48,3%) declararam ser pequenos plantadores que, embora nem sempre contassem com escravos, chegaram a vender algum excedente; em seguida, contando 125 (19,9%), estavam os plantadores de subsistência. Seguiam-se a eles, somando 47 (7,4%) ocorrências, os pequenos comerciantes; os marítimos, 47 (7,4%), e os trabalhadores miúdos, 40 (6,3%), tais como ferreiros, carpinteiros, sapateiros, entre outros34. Quanto aos portugueses vistos isoladamente, o ranking de ocupações parece se inverter. Assim, em Paranaguá, ao contrário do que ocorre no grupo geral, entre os portugueses a ocupação preferida referia-se às atividades comerciais. Dos 84 lusitanos registrados, 35 (41,6%) dedicavam-se aos comércios de grande, 7 (8,3%), médio, 1 (1,1%), e pequeno porte, 27 (32,1%)35. O restante dividia-se respectivamente entre trabalhadores do mar, 15 (17,8%), e trabalhadores miúdos, 9 (10,7%); lavoura de grande porte, 2 (2,3%); pequeno porte, 5 (5,9%); subsistência, 5 (5,9%), religiosos, 1 (1,2%); lenhadores, 8 (9,5%); profissionais liberais, 3 (3,5%), como Cirurgião-mor; Boticário e Mestre de Escola particular36.

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Em Antonina, o quadro é semelhante. Nessa vila, 24 portugueses (42,9%), quase a metade deles, declararam a participação nos comércios de pequeno, 16 (28,5%), grande, 7 (12,5%) e médio porte, 1 (1,7%). Aos comerciantes, seguem-se os lavradores, que totalizam 16 (28,5%) entre os de grande, 9 (16,0%), e pequeno porte, 7 (12,5%)37. Finalmente, somando 14 (25%) dos casos, foram registrados trabalhadores do mar, 7 (12,5%), e trabalhadores miúdos, 7 (12,5%). Esses dados, além de corroborarem as indicações historiográficas que relacionam os portugueses à prática do comércio, revelam muito acerca da posição dos portugueses na sociedade local. Tanto em Paranaguá, quanto em Antonina, os portugueses correspondiam sozinhos à metade dos comerciantes de grande porte registrados. No caso de Antonina, correspondiam também à metade dos lavradores de grande porte. Desta maneira, fica-se com a impressão de que, efetivamente, os portugueses se sobressaíam entre os locais, ocupando cargos e funções estratégicas nessas duas localidades. Assim, embora seja perigoso afirmar categoricamente –apenas com o recurso às Listas Nominativas–, os dados expostos acima permitem, ao fim e ao cabo, o encaminhamento da hipótese de que, no período imediatamente posterior à emancipação brasileira, os adventícios portugueses ainda ostentavam uma posição social privilegiada entre os autóctones. Isso corrobora algumas indicações historiográficas de que a desvalorização do elemento português começa a ocorrer somente a partir de 1850, quando, “passando a integrar grossos caudais migratórios, assumindo ofícios antes restritos aos escravos, o português teria perdido seu antigo status de colonizador, tornando-se um mero imigrante” (Venâncio, 2000: 13). *** De outro lado, essa proeminência social dos portugueses, que veio sendo indicada até agora, deve ser problematizada. Se na história cabe sempre lugar ao acaso, ao lado de indivíduos de posses, como o já mencionado Capitão-mor Antonio Manuel Pereira, ou então de Antonio Vieira dos Santos, foram encontrados nas Listas Nominativas conterrâneos menos afortunados. Tal era o caso dos portugueses Fernando, José e Policarpo Antonio. Esses três indivíduos, registrados como portuenses, viviam 344

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com suas famílias em Paranaguá avizinhados, ao que tudo indica, num bairro distante, vendendo alguns peixes e plantando “para o seo gasto” 38. Em Antonina, também foram encontrados lusitanos vivendo à míngua, despossuídos, como o pescador Ventura, que vivia com sua esposa Joaquina sem contar com escravos, e seu conterrâneo, também despossuído, Manoel da Silva, que vivia com sua mulher Prudência39. Ora, a existência desses sujeitos, permite uma visão menos esquemática, ou então “uma leitura mais arejada das sociedades estamentais, descongelando-as” (Fragoso, 2006). Assim, num quadro em que, a priori, havia uma nítida valorização dos Reinóis os destinos poderiam ser muito diversos no interior desse grupo, marcando o alerta de Ana Sílvia Scott de que “qualquer estudo sobre imigração estará incompleto se contemplar apenas a história dos sucessos, pois além das vitórias cantadas em verso e em prosa pelos que voltam ricos à terra natal ou os que se fixaram na sua nova terra como proprietários é necessário que o processo seja virado do avesso para dar visibilidade à pobreza dos bastidores da imigração” (Scott, 2008: 24). Portanto, se a ênfase desse artigo recaiu sobre os indivíduos que conseguiram alçar condição, a existência de portugueses que fracassaram nesse sentido serve como um incentivo para a continuidade dessa pesquisa, no sentido da ampliação de seu foco de análise.

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Notas
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Este estudo é parte integrante do projeto de doutoramento: Tendo o Sol por Testemunha: população portuguesa na Baía de Paranguá (c.1790-1850) atualmente em curso no Programa de Pós-graduação em História Social da Universidade de São Paulo. Tal projeto conta com a orientação do prof. Dr. Carlos de Almeida Prado Bacellar, e com o amparo financeiro da Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de São Paulo / FAPESP. Antonio Vieira dos Santos registrou suas próprias memórias e de sua família em dois códices, somando juntas 579 folhas, intitulados respectivamente: Breve resumo das memórias mais notáveis aconteçidas desde o anno 1797 ate 1823; Memorias dos sucessos mais notaveis acontecidos desde o anno de 1838 a Antonio Vieira dos Santos portuense depois que sahio da Cidade do Porto sua pátria Tomo 2 anno 1838. Esses dois códices, que haviam sido dados por perdidos, hoje repousam sob o resguardo do Círculo de Estudos Bandeirantes/Pontifícia Universidade Católica do Paraná. Para o presente trabalho foram exploradas as folhas iniciais do primeiro códice, doravante referenciado como: Santos, Antonio Vieira. Breve resumo das

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População portuguesa na Baía de Paranaguá: notas de pesquisa (c.1790-1830) memórias... O trecho acima transcrito refere-se a: Santos, Antonio Vieira. Breve resumo das memórias... fl.4frente; fl4 verso.
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Conforme estimativas levantadas por Renato Venâncio, durante a fase restrita, o número médio de portugueses que vieram anualmente para o Brasil variou de 500 a 5.000. No período denominado de transição, esse índice alcançou a casa dos 10.000, mas, em seguida, declinou para médias próximas a 500. Já no período de imigração de massa, foram comuns médias superiores a 15.000 imigrantes, havendo épocas, como ocorreu às vésperas da 1° Guerra Mundial, em que essa cifra alcançou o astronômico índice de 76.000 imigrantes anuais. A última etapa desse processo, a de declínio, é ilustrada com dados referentes aos anos 1981-1991, quando podem ser identificadas médias novamente inferiores a 500 imigrantes por ano (Venancio, 2000). Cf. Arruda e Fonseca, 2001; Lessa, 2002; Matos, Souza e Hecker, 2008. Expressão já clássica teria sido cunhada por: Godinho,1971. Santos, Antonio Vieira. Breve resumo das memórias... fl.4frente; fl4 verso. Idem. fl5v; fl6; fl7v. Ibidem.fl14f;fl14v. Cf. nota 2. Capitania de São Paulo ver entre outros: Campos (2003) e Nazzari (2001).

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10 Ver, entre outros: Goody (1985), Macfarlane (1986), Flandrin (1989). Para o caso da

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Ao início da segunda metade do setecentos, na Metrópole, ascendia ao poder Sebastião José de Carvalho e Melo, o Marquês do Pombal, que na prática se tornaria o principal ministro de Dom José I. A ele tem sido reputado o processo de centralização de poder que se verificou naquele reinado. Processo esse fundamentado na introdução de medidas político-administrativas que tinham no horizonte o ideário iluminista. Atrelada a esta transformação na maneira de gerir o Estado, estava uma nova maneira de se pensar a questão da população. Maneira esta que em Portugal, ao que tudo indica, estaria delineada pelos preceitos da Aritmética Política de William Petty, pensador contemporâneo ao Marquês de Pombal. Do ponto de vista da Aritmética Política, os homens constituem-se na mais importante riqueza de um Estado. A população começara a se tornar objeto de preocupação do Estado, que buscava cada vez mais, através do aparelho burocrático que se desenvolvia, controlar, contar, classificar sua população visando àquele que seria o resultado perfeito: a construção de riquezas e o desenvolvimento do comércio. Este ideário, antes de tudo, europeu, encontrava vias de circulação na esteira do comércio. Circulava tanto quanto as mercadorias e chegava também ao Brasil, colônia de Portugal. Desta feita, cumprindo ordens vindas da Metrópole, o governador da Capitania de São Paulo, Dom Luiz Antonio de Souza Botelho Mourão, também conhecido como Morgado de Mateus, a exemplo de outros governadores da Colônia, implementaria em 1765 a contabilidade sistemática da população concretizada nas Listas Nominativas. Estes censos visavam, inicialmente, alguns objetivos específicos, a saber: o conhecimento das potencialidades militares do efetivo populacional da colônia em função das disputas territoriais com a Espanha, a busca de uma otimização na arrecadação de impostos e, finalmente,

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André Luiz M. Cavazzani conhecer a população para manobrá-la de acordo com as conveniências de ocupação do território. Ver: Burmester (1999), Santos (2001), Nadalin (2002).
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Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas de Habitantes da Vila de N. Sra. do Rosário de Paranaguá e Nossa Senhora do Pilar de Antonina 1830. Documentos originais pertencentes ao Arquivo Público de São Paulo. Parte dessa documentação encontra-se micro filmada e transcrita no Centro de Documentação e Pesquisa dos Domínios Portugueses no Brasil CEDOPE, sediado no departamento de História da Universidade Federal do Paraná. Cabe salientar que, num próximo trabalho, essas mulheres migrantes serão foco de um estudo mais aprofundado. Uma estratégia de estudo acerca da trajetória dessas imigrantes femininas consiste na investigação dos processos e dispensas matrimoniais referentes aos seus casamentos. Tais documentos, pertencentes ao Arquivo Dom Leopoldo Duarte e Silva da Cúria Diocesana de São Paulo, já estão em fase de transcrição, visando o futuro do plano de trabalho do qual o exercício ora apresentado é parte integrante. tierrez (1985).

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14 Os números totais da população livre de Paranaguá foram retirados de Costa e Gu15 Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas... 1801, Fogo 70 16 17

Primeira Companhia; 1805 Fogo 70 Primeira Companhia; 1810 Fogo 61 Primeira Companhia.

Santos, Antonio Vieira. Breve resumo das memórias... fl.4 frente. Aqui me refiro às obras de Leão (1994) e Negrão (1926). Obras genealógicas de fôlego que datam de inícios do século XX, esses compêndios têm permitido a vários pesquisadores contornar inevitáveis lacunas de documentação referente aos séculos XVII, XVIII e XIX. Metropolitano Dom Leopoldo e Silva, da Mitra Arquidiocesana de São Paulo. Processos Gerais Antigos – Processos de Casamento e Dispensas Matrimoniais. Caixas PGA1780, até PGA 1806. Vide nota 12.

18Arquivo

19 Um dos portugueses foi excluído do cômputo por ser religioso, portanto, celibatário. 20 21

Fonte: Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas de Habitantes... Santos, A.V. Breve Resumo... fl 8 e próximas. Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas... 1801 Fogo 70 Primeira Companhia; 1805 Fogo 70 Primeira Companhia; Santos, A.V. Breve Resumo... fl 8 e próximas. Gomes pela referência.

22

23 Sobre o Capitão-mor Manoel Antonio Pereira ver: Costa (1988). Agradeço a Sandro 24 25 26 27 28 29 30

Ibidem. Op.cit. fl. 8v. Op.cit fl.9. Fonte: Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas... Idem. Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas... Fogo 1 Primeira Companhia. Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas... Fogo 2 Primeira Companhia.

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População portuguesa na Baía de Paranaguá: notas de pesquisa (c.1790-1830)
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Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas... Fogo 1 Primeira Companhia; Segunda Companhia; Terceira Companhia. Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas... Fogo 1 Primeira Companhia; Segunda companhia; Quinta Companhia. a posse de embarcações, armazéns, e mais do que dez cativos. Considerou-se comerciante de médio porte o indivíduo que vivia de negócios de fazenda seca e/ou molhada e que reunia entre um e dez cativos. Finalmente, foram considerados comerciantes de pequeno porte aqueles indivíduos que foram listados como vendeiros e que não possuíam escravos. Fonte: Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas...

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33 Foram considerados comerciantes de grande porte aqueles indivíduos que reuniam

34 35 36

Fonte: idem. Vide nota 33. Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas... ou mais cativos e era dono de engenho. O chefe de domicílio que, com ou sem a presença de escravos, conseguiu vender algum excedente foi considerado lavrador de médio porte. Finalmente, aqueles que não possuíam escravos e não venderam excedentes, conseguindo plantar apenas para o gasto, foram considerados lavradores de subsistência. Fonte: Arquivo Público do Paraná - Listas Nominativas Fogo 119; 120; 122 Quinta Companhia.

37 Considerou-se lavrador de grande porte o indivíduo que detinha um plantel de dez

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Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas Fogo 118;119;120 Quinta Companhia. Fonte: Arquivo Público do Paraná. Listas Nominativas Fogo 98; 130; Primeira Companhia.

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Cuestiones de familia en la modernidad

En poder de empoderarse. La construcción de la ciudadanía desde la familia
Sandra Gramajo Universidad Nacional Comahue “La promesa final al los de los tiempos, cuando determinadas “La promesa de que alde que de finaltiempos, cuando determinadas popolíticas tengan éxito, se producirá como un subproducto la magia líticas tengan éxito, se producirá como un subproducto la magia de de sociedades sin pobres, no alcanza a ser un programa que entusociedades sinapobres,Entre otras cosas porque el planetaquetestigo de qué siasme nadie. no alcanza a ser un programa es entusiasme a nadie. Entretendrá que ser, porque el planeta es testigo la tendencia de magia otras cosas porque las cifras indican que de qué magia la pobreza que la tendencia de la pobretendrá que ser, porque las cifras indican es ascendente” (Carlos Blanco) za es ascendente” (Carlos Blanco)

Resumen
El artículo constituye un análisis de los recorridos profesionales y teóricos de la autora. Tiene como objetivo visualizar la incidencia de los contenidos de la CDIN, en cuanto a cambio de paradigma, hacia el interior de las familias y otros organismos ejecutores de las políticas de Estado. Se hace hincapié en la repercusión de lo jurídico respecto de la construcción de los imaginarios sociales. En las conclusiones se evalúa la importancia del refuerzo a partir de las prácticas de atención primaria de distintos organismos estatales, respecto del concepto de ciudadanía y del ejercicio y goce de los derechos que esta implica. Las conclusiones no son acabadas, en tanto familia y contexto están en constante modificación, pero se 355

Sandra Gramajo

habla de la importancia del empoderamiento de los ciudadanos respecto de los derechos que le son propios a los fines de realizar acciones para que el Estado garantice los mismos.

In order to become empowered. The construction of citizenship from the family Abstract
The article is an analysis of career paths and theories from the author. It aims to visualize the impact of the contents of the CRC, about paradigm shift, into families and other implementing agencies of state policy. It emphasizes the impact of the legal limitations on the construction of social images. The conclusions evaluate the importance of reinforcement from primary care practices of various state agencies, regarding the meaning of citizenship and the exercise and enjoyment of the rights which that implies. The conclusions are not finished, while family and context are constantly changing, but it speaks of the importance of empowering citizens to the rights of its own for the purpose of taking action to ensure that the State will garantees them. El presente trabajo pretende ofrecer una serie de reflexiones en torno a la influencia de la Convención Internacional de los Derechos del Niño (CDIN)1 y otras leyes, al interior de las prácticas familiares y de otras instituciones sociales tales como escuelas, hospitales, etc. Nuestro propósito consiste en indagar acerca del impacto que el cambio paradigmático generado a partir de la Convención, ha tenido sobre las distintas instituciones, a los fines de visualizar si la efectivización de derechos que esta implica, se realizan o no. Es de destacar que el estudio se sitúa en Argentina a partir del año 1990, fecha en que el país incorpora la Convención a su estructura jurídica. Nos preguntamos entonces ¿por qué citar a lo jurídico como parte del cambio paradigmático? Hipotetizamos a priori que un cambio paradigmático desde lo jurídico constituye un aporte fundamental en lo que se refiere a la construcción de los imaginarios sociales que rondan sobre la familia y por ende sobre la ciudadanía. Además pensamos que lo jurídico puede llegar a constituir un plafond para los procesos 356

En poder de empoderarse. La construcción de la ciudadanía desde la familia

sociales, que inminentemente contribuyen a generar rupturas y cambios en el pensamiento social. Las prácticas sociales son algunas de las formas empleadas por nuestra sociedad para definir tipos de subjetividades, formas de saber, y en consecuencia, relaciones entre el ser humano y su concepción de la “realidad social”. La ley es una herramienta intelectual del ser humano. Tanto su confección como su puesta en práctica implica la razón de dicho ser. Se dice que necesitamos de las leyes para convivir, que no podríamos vivir en una sociedad anómala carente de leyes, porque todo quizás sería un caos. Las leyes y normas regulan el modo de proceder de las personas dentro de la sociedad. La vida corre de manera tan vertiginosa y los cambios en las sociedades también, al punto de poder observar cómo las leyes van por detrás de los hechos, no los anteceden, salvo en algunas situaciones. Tal como afirmara Foucault (1988: 3) las prácticas engendran dominios de saber y de verdad. Siguiendo su línea de razonamiento, estos dominios de saber hacen surgir nuevos objetos, conceptos y hasta sujetos. Las prácticas están enmarcadas por determinadas condiciones históricas. Por su condición de marcar los cuerpos de los sujetos, y a partir de engendrar dominios de saber, dan origen a determinados usos sociales enmarcados dentro del campo de “verdad”. Las prácticas sociales son algunas de las formas empleadas por nuestra sociedad para definir tipos de subjetividades, formas de saber y, en consecuencia, relaciones entre el ser humano, su pensamiento y práctica que merecen ser abordadas. Nos proponemos como desafío intentar comprender, y en lo posible develar, la complejidad de un cambio de paradigma respecto de la mirada hacia el niño2 y de la protección de derechos que implica respeto, exigibilidad y reclamo de los mismos. Todo lo cual conlleva necesariamente un cambio de miradas, como dejar de depositar la responsabilidad en “el otro” para pasar a hablar de corresponsabilidad; implica además trascender el concepto de “responsabilidad de la familia”, para pasar a hablar de “corresponsabilidad del Estado”, ya que la CIDN habla de que las funciones básicas de la familia como protección y cuidado de los miembros, podrán ser llevadas a cabo por estas siempre que el Estado garantice el goce de 357

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sus derechos esenciales (vida, salud, cuidado y educación) para que esta última pueda cumplir con las funciones asignadas. El cambio de mirada hacia el niño es nodal. Este, a partir de la CIDN y de la ley 26061 (Honorable Congreso de la Nación, 2005), pasa de ser objeto de asistencia a ser considerado sujeto de derechos. El paso de objeto a sujeto conlleva el ejercicio de derechos y responsabilidades conforme a la edad evolutiva a la que pertenece. Para que este ejercicio de derechos se efectivice es necesario el cumplimiento por parte del Estado de las responsabilidades nombradas con anterioridad. Consideramos que el sujeto se construye a partir de oportunidades que se materializan si encuentra una serie de condiciones, entre las que prevalece la presencia de un otro que sea posibilidad de subjetivación. Un otro en función de “madre”, utilizamos este concepto desde la concepción de Piera (1988) quien destaca: “… la palabra materna derrama un flujo portador y creador de sentido…”. “Lo materno en relación a que nutre, cuida, brinda afecto, toca y habla. El padre, que al igual que la función materna, se trata de una función simbólica, o sea, no importa quién la ejerza, sino la posibilidad de que sea inscripta significativamente”. La función de referente afectivo ofrece además una función identificatoria, que le proporciona al niño/ña un conjunto de significados que permitirán vivenciar en forma saludable los diferentes estados por los que atraviesa. Desde estos conceptos se hace hincapié en la estrategia de crianza que despliega la familia, ya que esta es el actor principal en la constitución de subjetividad y saberes del sujeto. Este saber es externo y variable, tiende a la complejización y a independizarse de los aportes individuales de los humanos. ¿Qué queremos decir con el término independizarse de los aportes individuales de los humanos? Que las prácticas que realizamos y la ritualización de estas contribuyen a construir identidades culturales y familiares. El proceso de crianza y socialización implica la apropiación por parte del niño/ña, del mundo adulto y de la sociedad. Además comprende el reconocimiento de sí mismo y de su cuerpo como externalidad, la adquisición de sistemas simbólicos y del lenguaje, hasta la construcción del pensamiento abstracto.

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En poder de empoderarse. La construcción de la ciudadanía desde la familia

Los factores ambientales en general y la vivienda en particular influyen en la salud física, mental y social de los niños. La escala y el grado de su influencia varían con el tipo de hábitat y, por consiguiente, con las necesidades insatisfechas de cada sector de la población. Cualquiera sea su grado de incidencia clasifica a cada niño, desde el inicio de su vida, sujetándolo a una existencia con posibilidades muy diferentes que son consecuencia directa de la familia donde nació y del hábitat en que esa familia vive. El hábitat de la pobreza tiene un costo social que impacta especialmente en los niños. En este proceso, la familia, en cuanto agencia de la socialización primaria, se constituye para el niño/ña en un espacio de descubrimiento y construcción del lenguaje (como se dijo con anterioridad), en la transmisora principal de la cultura y de los valores sociales que por lo tanto va a incidir en las representaciones del niño acerca de lo social. Refiere Avila Testa (2008-2009: 4): “la CIDN viene a refundar los criterios en los que se asientan las relaciones entre los adultos y los niños/as”. Su valor real está dado en que se constituye en un instrumento de mediación de dichas relaciones. Además se brinda como soporte, posibilidad y al mismo tiempo, herramienta necesaria para el desarrollo de esas nuevas subjetividades emancipatorias, significando una ruptura paradigmática en la relación niño-adulto. La CIDN refuerza esa ilegitimidad de la “discrecionalidad” vigente en lo social, dando paso al comienzo emancipatorio, en la relación niño-adulto, significando asumir y resolver con seriedad el tema de la autoridad. No es la “autoridad” de los adultos y de las instituciones lo que los niños y adolescentes rechazan. Es el “autoritarismo”, entendido como la autoridad despojada de razones. Hablábamos en un comienzo sobre la efectivización de derechos que conlleva la incorporación de la Convención, debemos hacer mención a cómo el neoliberalismo agudizado en la época de los 903 implicó un consecuente crecimiento de la pobreza y amplió la brecha de la polarización social, ricos-pobres. La clase media argentina tiende a desaparecer conformando, como lo establece Minujin (1992), los NuPo (Nuevos Pobres)4. Nos preguntamos entonces: ¿Cómo conviven la pobreza y los derechos humanos en Argentina? ¿Conviven? 359

Sandra Gramajo

A los fines de ahondar en la temática planteada, nos parece pertinente definir aquellos conceptos que entran en interjuego en el momento de intentar dar respuesta al objetivo planteado, y esos conceptos son: Estado (materializado a través de las políticas sociales), derechos humanos, ciudadanía, empoderamiento, familia y pobreza. Estado Es tan amplia su acepción que lo definimos a través de las políticas públicas, concebidas como un conjunto de acciones que manifiestan una determinada modalidad de intervención en relación a una cuestión que concita atención, interés y movilización de otros actores de la sociedad y que dentro de sus características importantes, según sintetizan Ozlack y O’Donnel5, se encuentran: • Cuentan con un respaldo de normas de cumplimiento obligatorio. • Tienen repercusiones en la sociedad afectando la vida de las personas e influyendo en su interpretación de la realidad. Lo anterior supone hacer un análisis ético de la política social. Hemos aprendido a analizar las políticas sociales desde diversas perspectivas: metas, recursos, costo-beneficio, cobertura, adecuación, etc. pero hemos olvidado la dimensión ética del análisis, que implica a su vez otras dimensiones: justicia, libertad, participación, no exclusión. El paradigma de los derechos humanos nos aporta elementos esenciales para ese análisis ético. Pobreza Conceptualizada por Irene Vasilachis (2001: 4) como “personas que se ven sometidas a un entramado de relaciones de privación de múltiples bienes materiales, simbólicos, espirituales y de trascendencia imprescindibles para el desarrollo autónomo de su identidad esencial y existencial”. “La privación material y espiritual inherente a la pobreza pone en riesgo la vida de las personas y desconoce su identidad al negarle el derecho al trato como iguales. Esto último les impide a quienes padecen la misma, elegir libremente el sentido de su existencia, y consideran la pobreza en la que se encuentran sometidos, como su propia trascendencia”. 360

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Derechos humanos Es una concepción filosófica que afirma valores permanentes y universales como la vida, la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad, la participación, el pluralismo y la no discriminación. Creemos que esta definición ofrece una perspectiva amplia, abarcativa e integradora de lo que debe entenderse por derechos humanos en general. Pueden definirse además, como el conjunto de derechos civiles, económicos, políticos, sociales y culturales que pertenecen a toda persona por su condición de tal y que los Estados deben respetar y garantizar por todos los medios democráticos y legales a su alcance. Por ende son universales, indivisibles, interdependientes e irrenunciables. Al derecho se le reconocen tres funciones: 1) Una función reguladora porque organiza las relaciones. 2) Una función como instrumento de paz y de satisfacción de necesidades. 2) Una función de modelación social porque tiende a generar cambios sociales precisando los límites de la intervención del Estado. Ciudadanía El diccionario de la Real Academia Española define a ciudadano como: “sujeto de derechos políticos que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país”. En este siglo recién comenzado, la noción de ciudadanía ha cobrado una gran vitalidad, hasta el punto de convertirse en el concepto clave que concreta las aspiraciones de participar de manera real y efectiva en la toma de decisiones de aquellos grupos y colectivos tradicionalmente excluidos del poder. La ciudadanía requiere del ejercicio y goce de los derechos que están llamados a satisfacer necesidades elementales de la persona, como la educación o el trabajo. Satisfacción de derechos de primera, segunda y tercera generación6. Por otra parte, el concepto de ciudadanía nos remite necesariamente a hablar de una ciudadanía democrática que se construye a partir de la posibilidad de constitución histórica de sujetos que internalicen las dimensiones: 361

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a) Formal, ser miembros de una comunidad política. b) Sustantiva, saberse portadores de derechos individuales civiles, políticos y sociales. c) Normativa, tener capacidad de autonomía. Esta última dimensión es la que diferencia el ejercicio de la ciudadanía en regímenes democráticos de los que no lo son. Esta propuesta, en definitiva, incorpora a la noción de ciudadanía el componente de la acción. Una de las ideas que ronda es la de “ciudadanía” y la de “preservar inclusiones” y están presentes también las ideas que apuestan a políticas universales que precisamente puedan prevenir y evitar no sólo las flagrantes discriminaciones cotidianas sino que puedan hacer viables proyectos vitales de las personas = seres humanos. Empoderamiento Ciudadanía y empoderamiento son conceptos que se ligan inexorablemente. El ciudadano que no sólo posee los derechos y responsabilidades sino que hace un ejercicio de ellos y en cada uno de los actos de su vida cotidiana se posiciona como titular de dichos derechos, realiza de este modo un empoderamiento de sus derechos, que si bien legalmente posee, no siempre están garantizados. Este asir los derechos, este hacer que no queden en una entelequia conceptual sino que los pase por la mente y el cuerpo significa realmente el empoderamiento de los mismos y el ejercicio de una ciudadanía formal, sustantiva y normativa. Mariana Blengio Valdés (2005) aporta una caracterización de la democracia perfectamente convergente con los derechos en tanto propone un régimen de derechos humanos: “Una democracia real se construye desde el respeto de los derechos civiles y políticos, de los derechos económicos, sociales y culturales, y de aquellos otros derechos cuya naturaleza nos vuelve a los primeros, como es el derecho a vivir en un medioambiente sano y ecológicamente equilibrado, el derecho a vivir en paz o el derecho a que existan condiciones de desarrollo que permitan a los habitantes del país usufructuar de la vivienda, la alimentación, el agua y la salud en el más amplio sentido de la palabra. 362

En poder de empoderarse. La construcción de la ciudadanía desde la familia

Familias Definen Salles y Tuiràn (citado en Gomes, 2001): “Ámbitos de relaciones sociales de naturaleza íntima donde conviven e interactúan personas emparentadas, de géneros y generaciones distintas. Existen fuertes lazos de solidaridad, relaciones de poder, de autoridad. Se distribuyen los recursos para satisfacer las necesidades básicas. Se definen obligaciones, responsabilidades y derechos de acuerdo con las normas culturales, la edad, el sexo”. Agregamos a esta definición de los autores, que las familias constituyen microcosmos de relaciones de producción, de reproducción y distribución, con una estructura de poder y con fuertes componentes ideológicos y afectivos (como se explicitó anteriormente) que cimentan esa organización y ayudan a su persistencia y reproducción, pero donde también hay bases estructurales de conflicto y lucha. Ahora, si comenzamos a poner en interjuego los conceptos previamente vertidos podemos inferir que la intervención del Estado en el ámbito de las políticas públicas destinadas a la familia debiera girar en torno a la prevención de determinadas problemáticas. Hasta el presente, tanto en el ámbito nacional como provincial, en Argentina el Estado ha desarrollado políticas insuficientes e ineficaces para la protección familiar. La familia ha ido adaptándose a los cambios históricos y dando respuesta a través de sus conformaciones a estos7. Pero esta insuficiencia e ineficacia de políticas familiares crea una sobreexigencia, tanto individual como societaria, hacia la familia que no constituye un aditamento que contribuya a sostenerla, sino por el contrario a desmembrarla, a reconfigurarla y a repensarla; en la que las contradicciones respecto de lo “que debe hacer” (protección y cuidado) chocan en forma permanente con la práctica, donde la búsqueda de recursos para la manutención cotidiana se convierte en el fin elemental de las familias y quedan así los miembros que la integran entrampados en dicha tarea, lo que constituye una disminución de los tiempos requeridos para el cuidado afectivo de integrantes de la misma. La pertinencia y la eficacia de los programas de compensación del ingreso como política de tratamiento a la pobreza, lejos de haber resuelto el problema, lo perpetuaron. Hoy con una economía 363

Sandra Gramajo

de lento crecimiento y baja absorción de empleo, no se puede pensar sólo en apoyos monetarios temporales, o en programas que sustenten por un tiempo la economía de las familias, porque no habrá a mediano plazo un dinamismo económico suficiente para incluirlas en el mercado. Ante la insuficiencia de las políticas sociales para abarcar la complejidad del fenómeno pobreza, los programas de ayuda al ingreso alimentaron a toda una generación de personas con derechos vulnerados, que sin lograr resolver sus condiciones de carencia, se hicieron dependientes estructurales a estos apoyos. Se generó con ello una franja social dependiente de subsidios y que gravita fuertemente, no sólo sobre los recursos asignables, sino sobre los costos de administración de los sistemas, que cada día requieren del uso de más medios para comprobar la necesidad de apoyo de los “beneficiarios”, sosteniendo con estos “parches” –léase con programas sociales–, la continuidad del sistema. Vemos así cómo se diluye el concepto de ciudadanía; el sujeto para asumir su dimensión social, debe considerar que forma parte de una comunidad política (política8, concepto actualmente en descrédito). Este descrédito obtura la dimensión sustantiva para el ejercicio de derechos individuales civiles, políticos y sociales. Los programas sociales que promueven subsidios a aquella población carente de recursos, realizan de esta forma una paradójica y entrampada tarea: por un lado, se tornan necesarios en tanto contribuyen a satisfacer las necesidades inmediatas de subsistencia, y por el otro, crean sujetos dependientes de dichos recursos incidiendo negativamente en su dimensión normativa necesaria para generar la capacidad de autonomía. Por otro lado si hablamos acerca del poder del Estado, y de la repercusión en la vida de las personas, observamos cómo se ha generado un ideario social en el que la exclusión y la marginación son vistas como naturales y necesarias, que promueve un enfrentamiento entre los sectores de la sociedad: los integrados vs. los excluidos. Este proceso requiere del refuerzo de actitudes individualistas, “sálvese quien pueda”, la visualización de los sectores que van quedando marginados como enemigos potenciales de los que sobreviven en el sistema, y la legitimación del sufrimiento social. “La política neoconservadora tiene cierta posibilidad de imponerse si encuentra una base en una sociedad dividida en dos segmentos” (Habermas, 1988). 364

En poder de empoderarse. La construcción de la ciudadanía desde la familia

Conclusiones
Se torna muy difícil hablar de conclusiones en temas como familia, ciudadanía y empoderamiento, que están en constante transformación y de manera tan vertiginosa que cualquier análisis puede parecer apresurado y paradójicamente a destiempo. De todas formas a los fines de no ser taxativos, comenzaremos este intento de conclusión con inferencias surgidas a partir del escrito. En la realidad cotidiana, el Estado interviene permanentemente “conformando” a la familia y los roles dentro de ella, controlando su funcionamiento o poniendo límites. En algunas circunstancias “el Estado” pareciera sacudirse de sus responsabilidades y otorgárselas sin ningún prurito a la familia. Esto se manifiesta no solamente en las situaciones en las que confronta a los padres, sino también en un sinnúmero de pequeñas y grandes acciones permanentes, con efectos directos e indirectos sobre las prácticas familiares cotidianas y en la “aplicación” de las leyes. Respecto de la incorporación de la Convención en el seno de las familias, podemos pensar que sobre el niño no existen miradas únicas, en lo que respecta a su consideración como sujeto u objeto. Es decir, según las circunstancias esta mirada varía, lo que permitiría decir que aún no se ha incorporado totalmente visualizar al niño como sujeto. Por otro lado, las prácticas en forma permanente nos muestran que es difícil que los niños o adolescentes ejerzan en forma responsable sus derechos, cuando muchas veces no han sido educados en un plano de derechos concomitante con obligaciones. Podríamos decir que los cambios sociales han sustituido las bases del llamado conflicto generacional. Nuevas relaciones entre jóvenes y adultos (entre ellos la flexibilización en la puesta de límites de padres a hijos), nos llevan a pensar que el cambio del comportamiento adulto respecto de los jóvenes no responde necesariamente al entramado jurídico de la Convención y sí, quizás, a la ruptura de viejos esquemas de educación en los que no necesariamente existió el derecho a la participación, a la opinión, a la oposición con argumentos a las palabras vertidas por el adulto. Esta ruptura de esquema, que podríamos inferir que surge a partir de los 80, está quizás más relacionada con las secuelas que se siente, o se piensa, 365

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que dejó esta educación de límites rígidos y por ello se pasa a una de límites difusos; y no con límites claros que formen parte de la protección integral del niño. La firma de la CIDN es una demostración de una voluntad política. Pero si esa voluntad política no fue acompañada de acciones que impliquen uso del presupuesto público para la protección de las familias, queda en un texto que no llega a visualizarse en las prácticas. La Convención adoptada por Argentina puede quedar en un “como si”, en tanto las familias de menores recursos no sean vistas como familias con derechos vulnerados, sino como familias con necesidades o como familias en riesgo o “de riesgo”. En nuestro país coexisten “perversamente” dos concepciones que se refieren a la edad evolutiva que transcurre de 0 a 18 años: la establecida por la CIDN (niños y adolescentes - sujetos de derecho) y la que expresa el Código Civil (menores incapaces - objeto de protección); decimos perversamente porque, como en otros espacios, en la ley también ronda el “como si”: como si concibiera al niño como sujeto de derecho, al ratificar la Convención, pero al coexistir la definición del Código Civil, deja lugar al concepto de menor incapaz, que se viene perpetrando en las instituciones y en el imaginario de cada sujeto social y profesional dando lugar a la ritualización de determinadas prácticas respecto de niños y adolescentes que los despojan de sus derechos. Queda para futuros trabajos investigar las causas político-sociales por lo que la Convención (que implica una fuerte intervención del Estado en materia de garantía a los ciudadanos), se ratifica en el momento de auge de las políticas neoliberales (que conlleva justamente una menor intervención del Estado). Creemos que el actual contexto económico, político, social no constituye el espacio propicio para el surgimiento de sujetos sociales activos, ya que el vacío de proyectos de los partidos políticos obtura desde algún lugar el surgimiento de estos sujetos sociales. El neoliberalismo ha penetrado en cada uno de los sujetos a través del individualismo y el pragmatismo, con resultados quizás cortoplacistas, y termina así cobrando mayor fuerza la ciudadanía asistida, en lugar de una emancipada, con ciudadanos críticos del sistema, que reconozcan que la asistencia no constituirá para ellos un pasaporte hacia un empoderamiento de derechos y hacia un mejoramiento de 366

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las condiciones materiales de existencia. Esta asistencia seguirá gravitando sobre los estamentos del Estado, que muchas veces los considera como recursos materializados de futuros votos, y realiza un trueque con dichos sujetos, garantizándoles en cuotas (como las cajas alimentarias o varias otras formas de política social) mínimos recursos materiales para la subsistencia cotidiana, que no es lo mismo que la existencia cotidiana. Es inminente un cambio fundamental tanto en los imaginarios como en las prácticas, de sujetos pasivos determinados por el contexto, a sujetos activos artífices de su historia y de los cambios sociales. Al mismo tiempo el Estado es incapaz desde su desguace de responder a las crecientes demandas de una sociedad cada vez más numerosa y desasociada. Las transformaciones del mercado laboral han generado en nuestra sociedad el fenómeno de la pobreza, como proceso acumulativo y complejo relacionado con la falta de ingreso suficiente, problemas de salud, vivienda, desesperanza e imposibilidad de pensar un proyecto de cambio a corto plazo. Y la pobreza se transmite a través de la familia. La pobreza cruza generaciones. Las historias de carencias se van repitiendo de abuelos a padres y de padres a hijos, sembrando el determinismo y la desesperanza. Por ello la familia se torna, sin duda, en el mejor lugar de intervención para romper el círculo de la pobreza y afianzar la democracia. Conforme lo expresado, desde todos los ámbitos debemos seguir reflexionando y profundizando sobre la importancia de la comprensión e incorporación de los derechos para la construcción de ciudadanos autónomos, activos en el diseño, conformación y reclamo de políticas sociales que apunten a la redistribución del ingreso, que contribuyan a achicar la brecha entre ricos y pobres. Las políticas sociales debieran estar orientadas hacia una redistribución del ingreso que permita el ejercicio y goce de los derechos a todas las familias. Resulta imprescindible subrayar en este escrito que, para que un cambio paradigmático se comience a dar en una sociedad, es necesario llevar a cabo acciones de prevención primaria, a través de la capacitación de cada uno de los actores que realizan 367

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funciones en las diferentes áreas del Estado, para que estos sujetos internalicen el cambio paradigmático y se constituyan en efectores del mismo. Al momento de diseñar los programas es necesario superar la tendencia de las políticas sectoriales que consideran en forma fragmentada y parcial a los miembros de la familia (niños, mujeres, jóvenes o adultos mayores), para asumir un enfoque que integre a la familia como un todo. Esto significa pasar de la familia considerada como una suma de individuos, a la familia considerada como una unidad básica de convivencia; en la que el Estado asegure el derecho de los adultos a percibir una remuneración digna que les permita asumir el rol de proveedores de sus familias para así poder garantizar la educación de los niños. En general, el objetivo preferente de las políticas dirigidas a las familias es normar sus relaciones internas, así como sus formas de constitución, desarrollo y disolución. Por lo anterior se impone la necesidad de realizar lecturas permanentes del intercambio existente entre el individuo y la sociedad, teniendo en claro que el primero constituye parte de la segunda y recíprocamente. De observar si los cambios se producen por la sumatoria de acciones individuales, conjuntas, de movimientos sociales, o son el resultado mismo de la sumatoria de acciones individuales. Los constructos e imaginarios sociales llevan tiempo en cambiar porque están compuestos de subjetividades. Se hizo referencia también en el trabajo a cómo las leyes contribuyen a configurar y reconstruir en forma permanente dichos imaginarios sociales. Los discursos que producimos y reproducimos constituyen y refuerzan las estructuras del imaginario9 al decir de Verón (2006): “red compleja de representaciones engendradas en el seno mismo de las prácticas sociales”. A modo de ejemplo: el cambio de las estructuras cognitivas que nos ha permitido pensar a la mujer en otros ámbitos que no sean los de madre - reproductora - ama de casa, han significado y significan ingentes esfuerzos, como lo significa el cambio paradigmático conceptual de menor a niño o el paso del concepto de necesidad, al de derechos vulnerados. Los ciudadanos para poder empoderarse de los derechos que les son propios en definitiva, no sólo requieren de condiciones que preparen y garanticen la posibilidad del ejercicio pleno de sus dere368

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chos, sino que también implica posicionarse “en-poder-darse” a sí mismos la oportunidad de ser titulares efectivos de los mismos. Ahora, si analizamos los desafíos que establece la implementación de la Convención podríamos decir que estos implican: la visualización y pronta resolución de situaciones que amenazan o violan los derechos del niño, la desinstitucionalización y el fortalecimiento de la familia como agente insustituible para el bienestar de estos últimos, la desjudicialización de problemas sociales, el pasaje de una concepción centrada en la protección de personas, a una concepción que plantee la garantía de derechos, y la coordinación de las políticas públicas que permitan la protección integral a partir de una oferta articulada de los servicios que se brindan. En un enfoque centrado en los derechos, los niños, adolescentes y familias e instituciones, pasan de ser receptores pasivos a sujetos activos en la definición de políticas y programas orientados a satisfacer sus necesidades o, lo que es lo mismo, a recuperar sus derechos; se produce así un pasaje de las necesidades a los derechos, como diría Baratta: “que permitan al portador de necesidades percibirse y organizarse como sujeto de derechos”.

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Sandra Gramajo

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Notas
1

En este trabajo se utilizará la sigla CIDN para hacer referencia a la Convención Internacional de los Derechos del Niño. El cambio paradigmático respecto a la mirada hacia el niño es generado a partir de la ratificación de la CIDN, como se explicará durante el trabajo. La sociedad argentina sufre profundas transformaciones económicas, políticas, sociales y culturales. A partir de los años 90 estos cambios se aceleraron de manera dramática y comenzaron a tener claras repercusiones en la estructura social. Se aplica el modelo neoliberal en su máxima expresión. Continúa agudizándose el retiro del Estado en funciones que antes le eran asignadas como educación y salud. Se privatizan un número importante de empresas estatales con el argumento de que estas no funcionaban y se venden, muchas de ellas, a empresas internacionales. Comienza una explosión masiva tanto de escuelas como de clínicas privadas, que empezaron a visualizarse como alternativa “al deteriorado” servicio ofrecido por el sector público. Cabe destacar que los sectores altos y una franja de los sectores medios podían costear dichos servicios y visualizaron en lo privado la alternativa al “mal funcionamiento de lo público”. En este nuevo marco social todas las clases sociales sufrieron grandes transformaciones. Clases medias y populares experimentaron serias dificultades en la satisfacción de sus necesidades materiales.

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3 1990, gobierno de Menem.

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En poder de empoderarse. La construcción de la ciudadanía desde la familia
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Constituyen la clase media empobrecida, con ingresos por debajo de la línea de pobreza y con valores sociales y culturales de la clase media como, por ejemplo, la importancia del estudio como posibilidad de ascenso social. Citado por Silberman (2009). Las tres generaciones de derechos humanos es una propuesta efectuada por el jurista checo Karel Vasak en 1979 para clasificar los derechos humanos. Su división sigue las nociones centrales de las tres frases que fueron la divisa de la revolución francesa: Libertad, igualdad, fraternidad. Derechos de primera, segunda y tercera generación. Entre las respuestas a los cambios históricos podríamos incluir a familias ensambladas, monoparentales, la jefatura de hogar que pasa a ser predominantemente femenina, etc. Creemos necesario que el concepto política recobre su dimensión original, en tanto a partir de las prácticas ha caído en desmedro e incluso es empleado en forma peyorativa. Definimos a los imaginarios sociales, como el mecanismo interpretativo de “lo social” producto del sistema en el que se está inmerso. Este mecanismo está articulado a la matriz que le da sentido, fuera de la cual no se pueden explicar las prácticas sociales.

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8

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Transferencias Condicionadas (CCT). ¿De la retórica inclusiva hacia la familiarización del bienestar? Estudio preliminar de la concepción de la familia en las políticas de familia. El caso de Familias en Acción (Colombia)
Juan Carlos Sabogal Carmona SECyT- UNC

Resumen
En este documento se propone reflexionar acerca de la articulación entre los lineamientos de la política social y económica a nivel internacional y los programas de Transferencia Condicionada CCT, enmarcando este estudio en el programa Familias en Acción. Se desarrolla un análisis de las formas como son nombradas las familias en las políticas sociales y específicamente en el programa. La metodología parte de un abordaje cualitativo, desde el análisis de contenido de documentos y discursos políticos con la intención de comprender e interpretar dichas concepciones. Se plantean como resultados la fuerte carga que tienen las concepciones eurocéntricas que definen ideales de la familia occidental en el contexto de los organismos transnacionales y la forma en que dichos discursos permean la concepción de la familia presente en el programa. De la misma forma, se observa una tendencia regresiva en las políticas sociales que imprimen una carga mayor en la familia sobre su propia reproducción.

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Juan Carlos Sabogal Carmona

Conditional Cash Transfers (CCT). From inclusive rhetoric toward welfare familiarization? Preliminary study of the conception of the family in the family policies. The case of Familias en Acción (Colombia) Abstract
This document propose to think about the relationship between the guidelines of international social and economic policies, and the Conditional Cash Transfers CCT, this study will be framework in the Familias en Acción program. This intends explain ways to name families in the social policies and specifically in the program. The methodology is a qualitative approach, whit a documents content analysis and policies speeches, with the purpose to understand and to interpret these conceptions. Some results propose, the burden of Eurocentric conceptions define ideals in the western family on the context of the transnational agencies, and how the discourses permeate the conception of the family in the program. In the same way, there is a regressive trend in the social policies, printing a greater burden in the family on its own reproduction.

1. Introducción
Desde las ciencias sociales se ha abordado la temática de las familias a partir de diversos ángulos, concepciones y fundamentaciones que se han erigido sobre las posibilidades de intervención o ejercicio comprensivo, en el espacio de lo doméstico. Desde propuestas terapéuticas, educativas, asistenciales, organizativas, políticas, culturales, entre muchas otras. El abanico es amplio y los paradigmas que ponen el ojo en el contexto familiar, también son pródigamente abarcativos. Es factible también que para algunos, el tema resulte soporífero (Anderson, 2008: 235), pero de lo que podemos estar seguros es de que todos –querámoslo o no– estamos directamente relacionados con la idea de familia. Además, probablemente, nuestras experiencias vitales han sido marcadas por las “huellas” que dicho contexto primario de sociali374

Transferencias Condicionadas (CCT)

zación han traído consigo; y eventualmente, los investigadores contradictorios a los itinerarios trivializantes del campo de los estudios familiares, han hecho más visible, más relevante si se quiere, e incluso apasionante implicarse en dichas reflexiones. Este estudio se ocupa indirectamente sobre la familia1, principalmente en lo que se dice de ella, lo que se intenta construir de ella en los discursos de la política social en Colombia, poniendo énfasis en el estudio de las familias pertenecientes al programa colombiano Familias en Acción. Programa cuya ejecución se lleva a cabo con recursos de Transferencias Condicionadas (CCT). El artículo es parte de un proyecto de investigación denominado “La conceptualización de las familias y las necesidades en el programa colombiano Familias en Acción en el periodo 1999-2008”, que se encuentra actualmente en desarrollo. Se pretende como objetivo de esta enunciación adelantar algunas reflexiones que han surgido durante el periodo de realización de dicha investigación. Así se busca discurrir por las formas como se nombra a las familias en las políticas y específicamente en el programa Familias en Acción; indagar acerca de la noción de familia que se construye en el programa mediante un abordaje cualitativo, desde el análisis de contenido de documentos, discursos políticos y notas de prensa, con la intención de comprender e interpretar dichas concepciones a la luz de la política social en auge en la Colombia contemporánea2.

2. Nexos entre política económica global, Transferencias Condicionadas (CCT) y política social
La asignación de recursos3 para la política social, pone en evidencia el tipo de régimen político y social de cada nación. Lo peculiar de este asunto es que las políticas sociales en la región latinoamericana son –en la gran mayoría de los casos–, convenidas desde y por los organismos que diseñan e implementan la política económica global (BM, el FMI, G8/20, OMC); estas políticas de ayuda para el desarrollo propuestas, han estimado lineamientos de ajuste estructural que condicionan a los Estados Nación y sus prioridades de inversión (Spicker, Álvarez y otros, 2009). El aumento de injerencia de dichas instituciones transnacionales a partir de las reformas de primera y segunda generación del 375

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consenso de Washington4, se ha reforzado en las políticas económicas de los países de la región, lo que se hace visible en la liberalización de los mercados internos, y en una avalancha de contraprestaciones como el sometimiento al pago de la deuda externa, entre otros aspectos. En este panorama, una oleada de programas sociales son creados desde mediados de la década de los 80, en los que se plantean directrices generales y son aplicados directamente por las burocracias gubernamentales locales. Los conditional cash transfers (CCT), son hoy por hoy objeto de debate en las políticas sociales globales; su incremento a 30 programas en los últimos años –en todos los continentes–, son prueba de ello (Yeates, 2009). En el plano internacional, algunos lineamientos para atender las necesidades de la población en extrema pobreza son construidos con referencia a la posición que representan dichos organismos multilaterales de crédito y el papel que han jugado las agencias que representan los intereses del capital financiero, generando o reproduciendo prácticas políticas discursivas que condicionan las formas como se define e interviene sobre la población en situación de pobreza a nivel global. Como parte de estos lineamientos, en la sociedad neoliberal emergen los CCT como programas estándar, que vinculan cada vez más población excluida, en un marco de políticas de emergencia, restringiendo de esta manera el acceso real a los derechos sociales de los ciudadanos y los convierte en beneficiarios de políticas de asistencia directa o focalizada, que, por la buena voluntad del gobierno son asistidas (Álvarez, 2005). Del mismo modo, la seguridad social para los países subdesarrollados ha sido construida principalmente desde lineamientos que sitúan el énfasis en la sociedad del trabajo, donde el empleo formal de los trabajadores de sectores urbanos fue el punto predominante. Las condiciones planteadas inicialmente se han ido transformando, buscando la inclusión de los sectores de población pobre, del mercado informal y las regiones rurales (entre otras); dicha inclusión también hace parte de los requerimientos puestos en el debate por la presión de organismos internacionales como la OIT (Leisering, 2009). En este panorama de condicionamientos, la influencia de los procesos de flexibilización laboral y la división mundial del trabajo, suponen un orden jerarquizado en las relaciones norte-sur. 376

Transferencias Condicionadas (CCT)

3. Las nuevas configuraciones de la cuestión social y los regímenes de bienestar en América Latina
En relación con el anterior apartado, y dadas estas características, la “cuestión social”5 como categoría fundamental para la comprensión de las tensiones inherentes a la sociedad, se evidencia como referente para razonar sobre las condiciones de desigualdad y exclusión de las familias. Es así como las respuestas a la “cuestión social” son provistas por el Estado, el cual desde el gobierno refleja un proyecto de sociedad que se traduce en instituciones, normas o arreglos institucionales, es decir, políticas que propenden por legitimar dicho proyecto, a partir de las decisiones que se adoptan para la intervención en problemáticas sociales. Este proceso ocurre en el marco de la distribución secundaria del ingreso como una de las funciones principales del Estado, desde el régimen de bienestar y la política social, donde se regula pero no se elimina la injusticia en los escenarios de la contradicción capital-trabajo. De esta forma, los regímenes de bienestar en América Latina en su mayoría informales-liberales6 o liberales residuales y sus consecuentes políticas sociales, no han dado respuesta a las diversas manifestaciones de la cuestión social. Así, las reformas sociales de las últimas décadas en la región, generaron procesos de flexibilización laboral, ajustes previsionales y jubilatorios, disminución en el acceso a la salud, educación, vivienda y la consecuente privatización de los servicios públicos, limitando las políticas sociales y aumentando las condiciones de pobreza de la población. Por otro lado, y acercándonos al caso colombiano, si observamos la clasificación de Filgueira (1997)7, podríamos decir, según su propuesta fundamentada en Mesa-Lago (1978) y Esping-Andersen (1985, 1993, 1995) que las políticas de protección social colombianas, pertenecerían a cierto tipo híbrido, de regímenes duales y excluyentes, en el sentido de una elevada heterogeneidad regional al interior del país, una economía primaria con alta intensidad de mano de obra, burocracia clientelar y un alto nivel de corrupción; la pobreza, la precarización del empleo, los niveles de desigualdad, narcotráfico y una guerra irregular interna, marcan un panorama aún más complejo.

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Comprender los lineamientos de la política social global promovidos por organismos internacionales desde los programas de CCT y sus articulaciones con los regímenes de bienestar regional y local, resulta un ejercicio pertinente desde el cual dimensionar los impactos que dichos programas de CCT traen consigo a las familias a las que son dirigidos. En tal sentido lo propuesto por Murillo es acertado en la medida que: “(…) si en el modo de producción feudal la iglesia fue un dispositivo ideológico dominante, y en el capitalismo industrial lo fueron la escuela y la familia conyugal fuertemente aliados al Estado-nación, en el capitalismo posindustrial ese lugar del Estado se subsume al de los organismos internacionales”. Esta mutación no ha hecho desaparecer a los otros dispositivos, sólo les ha asignado un lugar diverso en las relaciones de fuerzas (Murillo, 2008).

4. El contexto colombiano reciente
La situación coyuntural del contexto colombiano en el marco de una guerra irregular interna, y de la inmersión profunda del Estado en el modelo neoliberal –desde el segundo quinquenio de los 80, pero principalmente desde principios de los 90 con la adopción de la agenda postulada por el consenso y postconsenso de Washington–, han traído consigo la retracción de la intervención social del Estado y de sus políticas sociales. Al mismo tiempo, se ha ampliado el margen de inversión estatal alrededor de lo que se concibe como guerra contra el “narco-terrorismo”8, en general en el aumento del gasto militar, el sostenimiento del ejército, la compra de armas y aeronaves, las aspersiones con glifosato sobe los cultivos de coca, entre otros rubros. En un marco donde el gobierno de Colombia incorpora los intereses geoestratégicos del complejo militar-industrial y de la empresa transnacional, principalmente estadounidense, en la consolidación de la hegemonía a nivel regional, sobre los recursos y las reglas de juego sobre su distribución (Sousa Santos, 2008). En este contexto, se incrementan las críticas de la comunidad nacional e internacional frente al escalamiento del conflicto, y sus efectos sobre el desplazamiento forzado y la crisis humanitaria concomitante. Es así como se computan desde los datos registrados del gobierno colombiano (Gráfico 1) 3.486.000 personas desplazadas 378

Transferencias Condicionadas (CCT)

en los registros y según la ONG, Codhes, en 4.361.355 personas, para el periodo de 1985-2008 (IDMC, Centro de Monitoreo Internacional para el Desplazamiento) y de cerca de 552.000 de refugiados y en situación de refugio (ACNUR, 2010). Dichas críticas generan un viraje discursivo del Plan Colombia que pasó a ser publicitado en el gobierno de Pastrana (1998-2002) como una “estrategia social”. Es así como “Un plan diseñado para la guerra aparecía de repente como un plan de lucha contra la pobreza” (Estrada, 2002: 35). Al darse por terminados los diálogos de paz, y con la asunción del gobierno de Uribe, el Plan Colombia muta y se interrelaciona directamente con el Plan de “Seguridad Democrática” donde se vigoriza la posición bélica y de enfrentamiento militar a las guerrillas. Dados los procesos de securitización se amplía el aparato militar, buscando un control social del territorio, a la vez que se privilegia la inversión extranjera a través de megaproyectos de explotación de recursos, y de sus consecuentes articulaciones con políticas económicas; generando acontecimientos transversales complejos, como el rearme y reagrupamiento de los grupos paramilitares ya desmovilizados; así como los nexos entre política y narcotráfico, y política y paramilitarismo que han sido evidenciados por las investigaciones y denuncias de la Corte Suprema de Justicia y de diversos organismos externos, nacionales e internacionales. Paralelo a esto se implementa el programa Familias en Acción, un programa público para la reducción de la pobreza, como componente para la asistencia social, del Departamento de Acción Social que depende de la presidencia de la República, en el contexto del Plan Colombia y el Plan de “Seguridad Democrática” del gobierno de Álvaro Uribe (Leibovich, 2005).

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Gráfico 1 Personas en situación de desplazamiento forzado 1989-2010

Fuente. Con base a datos de Sistema de Registro de Población Desplazada. 31 de julio de 2010.

5. El programa Familias en Acción
El programa Familias en Acción, como desglose del Plan Colombia, implica una transferencia monetaria de recursos (cash transfers) directamente a las familias con ingresos más escasos de determinadas regiones del país, para subvencionar gastos alimentarios (nutrición), de subsistencia básica, y un subsidio escolar para familias con hijos menores de 17 años, entregado directamente a las madres de los hogares, que implica como contraprestación asumir compromisos por parte de las familias. Si bien se asume que la cobertura del plan es nacional, su direccionamiento se encontraba en la etapa inicial condicionado a las poblaciones con menos de 100.000 habitantes, que cuenten con banco, y donde las personas pertenezcan al nivel 1 del SISBEN encuestadas antes del 31 de diciembre de 19999. Las familias son con380

Transferencias Condicionadas (CCT)

sideradas “beneficiarias” y representan, según las estadísticas del programa (Gráfico 2), unas 340.000 en 2002, 1.500.000 en 2008 y actualmente cerca de 3.000.000 de familias son las que pertenecen al Programa. Para el año 2005, se incluye la atención de familias en situación de desplazamiento forzado, entre el grueso de la población con cobertura social del programa. El programa se estructura desde la importancia de la crisis económica vivenciada en 1999 que representa una de las crisis más relevantes históricamente en Colombia, y que en confluencia con la gestación del Plan Colombia y la creación de la Red de Apoyo Social (RAS), consolida tres programas manejados directamente por el Departamento Administrativo de la Presidencia de la República, y por la agencia de Acción Social y de Cooperación Internacional: Jóvenes en Acción, Empleo en Acción y Familias en Acción. Familias en Acción tomó más relevancia por la cantidad de familias que se iban incluyendo paulatinamente al programa, y que después de las pruebas piloto, promueve ampliarse a centros urbanos y a comunidades desplazadas, indígenas y afrocolombianas.
Gráfico 2 Evolución de las inscripciones de familias del Nivel 1 del Sisben Período 2005-2009

Fuente. Programa Familias en Acción. 2009.

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6. Política familiar en el programa Familias en Acción, consideraciones sobre la retórica de la inclusión
Consideramos que se entiende por política familiar aquí, lo propuesto por Flaquer (2000), como una intervención en las familias desde programas, medidas y directrices. En tal sentido, “como un conjunto de medidas públicas destinadas a aportar recursos a las personas con responsabilidades familiares para que puedan desempeñar en las mejores condiciones posibles las tareas y actividades derivadas de ellas, en especial las de atención a sus hijos menores dependientes”. Sin embargo, frente a este propósito, la intervención del Estado ha tendido en las sociedades latinoamericanas a privilegiar el mantenimiento del control y el orden social, desvirtuando la responsabilidad frente al apoyo requerido por las familias o unidades domésticas para las tareas de reproducción (González, 2003). La creación de instituciones sociales protectoras de la familia en Colombia, hacen presencia alrededor de 1968 con la creación del Instituto Colombiano de Bienestar familiar (ICBF), que centra la atención y asistencia a nivel nacional en los niños(as) y adolescentes en la protección y restablecimiento de derechos principalmente. Con la aparición de la ley 1098 de 2006, se intenta dar consistencia a dicha protección, y se sustenta el Sistema Nacional de Bienestar Familiar (SNBF) propuesto cerca de dos décadas atrás. Desde este SNBF, se postula como ente rector de todo el sistema al ICBF, de allí que los lineamientos que son construidos desde dicha institución misionalmente, sean atribuidos al resto de instituciones propias del SNBF. En general, la perspectiva presente en esta institución se consolida actualmente, desde sus lineamientos, en un proceso de transición desde una perspectiva tradicional de atención a la familia hacia una perspectiva ecosistémica, donde se entiende la intervención de sujetos de la familia, principalmente niños y adolescentes desde sistemas relacionales, donde su intervención debe estar mediada por factores fundamentalmente relacionados con la motivación de la capacidad de resiliencia en los sujetos pertenecientes a familias pobres; es decir, la consolidación al interior de las familias, que en condiciones adversas cuenten con los recursos propios necesarios para resolver sus problemas y necesidades, y que acudan fundamentalmente a sus propias redes afectivas y emocionales. 382

Transferencias Condicionadas (CCT)

La superposición de funciones en el marco de consolidar un SNBF, permitió que desde el Departamento Administrativo de la Presidencia de la República, se tratara como un proceso independiente el abordaje a nivel de asignación de recursos económicos, y el programa Familias en Acción se consolidó como ente autónomo del SNBF, pero dependiente del Departamento de Acción Social y Cooperación Internacional así como de la Red Juntos, como nucleadora de los programas sociales dirigidos a las personas pobres. El discurso presente en el SNBF se encuentra desarticulado con los planteamientos presentes en el programa Familias en Acción, fundamentalmente porque no se encuentran consolidados en un organismo o entidad pública que oriente y provea marcos de acción unificados. Como evidencia de esta superposición, el documento Visión Colombia 2019 plantea que el programa Familias en Acción debe ser el que asuma en algunos años la política social dirigida a las familias sin plantear algún vínculo con el SNBF. En relación al análisis de políticas dirigidas a familias, Goldani propone tres formas de clasificarlas: Políticas de familia serían el “conjunto de medidas o instrumentos que intentan intervenir en el modelo de familia existente, tratando de “conformar” estructuras familiares para lograr un cierto modelo ideal de familia”. Este ideal respondería tanto a los valores culturales dominantes como a una concepción de desarrollo económico y al papel que se le atribuye a la población en este modelo. Políticas referidas a la familia, “conjunto de medidas o instrumentos de políticas públicas cuyo objetivo es fortalecer las funciones sociales que cumplen las familias”. Entre estas funciones se destacan “la reproducción y socialización de sus miembros, filiación y herencia, garantías de las condiciones materiales de vida, construcción de la subjetividad de sus integrantes (sistemas de valores, actitudes, ideologías y personalidades”. Y, finalmente, políticas públicas orientadas para la familia. En este caso se trataría de nuevas políticas “que partirían de una concepción amplia de familia y, al mismo tiempo, representarían una nueva articulación entre el trabajo para el mercado, el trabajo doméstico y la provisión de bienestar por parte del Estado” (Goldani, 2005). Relacionado con lo anterior, algunos autores consideran que no existe ni ha existido una política social dirigida a las familias en Co383

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lombia, y que son más bien, intervenciones aisladas sobre determinados miembros de la familia, principalmente sobre la niñez. Es decir “la política de familia es en la práctica una política de infancia, centrada en la niñez en “situación irregular” y no en un enfoque de protección integral basado en los derechos ciudadanos” (Rico de Alonso, 2005; Linares y Quijano, 2005). Desde estos puntos de vista, podríamos pensar que Familias en Acción se encuentra direccionado fundamentalmente a establecer una relación Estado-familia que en términos de Goldani, se aproximaría a las políticas de familia desde la perspectiva del ideal de familia nuclear-conyugal, donde los sujetos serían los únicos responsables de su reproducción y las políticas sociales regresivas dirigidas a las familias excluirían a mayor población de su protección desde una perspectiva de derechos. En tal sentido, no sería pertinente ubicarlas en las referidas a la familia dado que la protección social ofrecida no cumpliría con una construcción de las subjetividades que permita, además de los espacios de socialización propios de las reuniones y los Encuentros de Cuidado, fomentar condiciones materiales de vida digna; y tampoco podríamos ubicarlas en el campo de políticas públicas orientadas para la familia, fundamentados en la poca relación con la generación de ingresos a partir de incrementar la protección integral de los ciudadanos y ofrecer políticas públicas estructurales que amplíen a su vez el mercado del trabajo. “La nueva política social del actual gobierno se caracteriza por una serie de subsidios dirigidos a diferentes grupos de población en situación de pobreza o pobreza extrema (…) Estas políticas de subsidios focalizados y condicionados están centradas en la familia como eje de intervención” (Informe alterno comité DESC, 2010: 199-200). Es así como la creación de la Red Juntos, como estrategia que engloba las distintas formas de atención de las familias principalmente pobres, a partir del Programa Familias en Acción y los microcréditos ofrecidos por la Banca de oportunidades –como una estrategia de masificación de acceso a deuda a bajo interés– entre otras estrategias, siguen promoviendo un ideal asistencialista en el Estado colombiano en relación a la familia. 384

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La intencionalidad de la bancarización juega un rol fundamental en la estrategia de política social, en la medida en que los préstamos de bajo interés funcionan como una dinámica de endeudamiento de la población y una dependencia del sistema financiero. “Se fomenta así una posición mendigante, de recepción de dinero que avoca a desvalorizarse para tener el mérito de recibir el cheque y no para desarrollar iniciativas en calidad de gestora o gestor de iniciativas sociales que les permitan la autogestión o, por lo menos, el aprendizaje de proyectos de vida alternativos” (Puyana, 2008: 37). Por otro lado, y a modo de ejemplo comparativo, podemos ver el caso de Argentina en relación a los programas de transferencia condicionada. A finales de 2009 se implementa el programa Asignación Universal por Hijo para la Inclusión Social con la idea de complementar la protección social del Estado. Esta medida ha traído en los primeros estudios un significativo aumento en el acceso a bienes y servicios de los sectores pobres, pero que deben estar acompañas de políticas masivas de acceso a empleo (Agis, Cañete y Panigo, 2010). ¿Entonces cuáles serían las diferencias de aplicación de este tipo de programas, siendo enmarcados en un contexto regional próximo, con características tan heterogéneas? Podríamos aproximar respuestas parciales en la medida en que la política social en el contexto argentino, tiene un patrón particular dado el carácter de acceso a políticas tanto de salud, como de educación. De esta forma podemos proponer que los efectos de las estrategias de transferencia de recursos condicionados, serán diferenciales dependiendo del régimen de bienestar en auge en el país donde sea implementado. Esto tendría relación con: en el caso colombiano, la caracterización del régimen de bienestar como dual y excluyente que contribuye a que las transferencias condicionadas tengan una representación baja en términos de protección social de las familias, es decir, en la medida en que el acceso a bienes y servicios prestados por el Estado es de carácter limitado, el acceso a derechos es igualmente restringido. Y, en el caso argentino, donde el contexto del régimen de bienestar se configuró como un híbrido institucional –que se refleja en términos relativos en un mayor acceso a la población a los servicios sociales del Estado–, el programa de transferencia condicionada redundaría en un significativo incremento de la redistribución 385

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secundaria del ingreso, que solventará tangencialmente las falencias en la atención a las necesidades de las familias si no se desarrollan políticas de empleo adecuadas. En ambas situaciones la necesidad de transversalidad de la política familiar, en el sentido de políticas públicas del Estado que atiendan los diversos efectos que las dinámicas de la cuestión social generan en las familias, y tengan en cuenta el carácter complejo de la intervención social en ellas, será un factor fundamental en juego para generar acceso a derechos.

7. La familia nuclear, objeto de la política social
El mito de la familia nuclear ha derivado en el planteamiento de una opción hegemónica de construcción del discurso en torno a la familia, y desde el que se ignoran las complejidades y diversidades inherentes a la composición y estructura de las familias de ayer y de hoy. Esta consideración es pertinente dadas las reflexiones previas donde se consideró que las políticas de familia, reproducen patrones ideales familiares. Los siguientes serían según nuestros primeros hallazgos, los patrones que reproduce el caso del programa Familias en Acción, que podríamos caracterizar como patrones de referencia de ideales de familia que se superponen en los discursos de las políticas familiares colombianas. Es así como las ideas de familia occidental, o familia mediterránea, y sus diferentes elementos, ejercen aún hoy una relevante injerencia en las formas de conceptualizar la familia y en la reproducción de patrones patriarcales. En este sentido, pensarse las formas familiares fuera de la idea eurocéntrica, en la cual los sistemas familiares son derivados de realidades europeas, o la denominada familia occidental, o incluso la idea de la familia mediterránea como única y homogénea, y su influencia o extrapolación a Latinoamérica, ha tenido un gran peso en la construcción de dichos ideales de familia. Los cuales se mantienen aún a pesar de haber sido descartados por estudios remotos y recientes que subdividen en varios grupos los sistemas familiares europeos (Gil Montero, 2007) y demás propuestas metacomprensivas de familias en el mundo, como la de Therborn (2006)10. Algunas visiones eurocéntricas construyeron discursos sociales que a partir del Concilio de Trento (1545-1563), las reformas borbónicas 386

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(siglo XVIII), el Código Civil Francés o Napoleónico (1870), la encíclica del papa León XIII Rerum Novarum (1891), entre otros, especularon que las normas impuestas a los habitantes de las regiones latinoamericanas, fueron adaptadas y aceptadas por las poblaciones existentes en América en la época de la colonia, sin ningún discernimiento. El matiz, con una fuerte carga de colonialidad también presente en ese discurso academicista, reducía las grandes diversidades y particularidades de las familias en América y no tuvo en cuenta el carácter autónomo o sincrético de otras tradiciones y valores presentes en las comunidades del subcontinente (Robichaux, 2008). Por ende, la familia en el mundo es percibida como un elemento periférico de la familia europea. Y en la lectura hegemónica de las formas familiares se pierde el carácter multifacético e interactuante de las relaciones de género, generación, los conflictos políticos, el patriarcado, la vejez, la niñez, entre otros relevantes temas presentes en el amplio campo de lo familiar. La temática observada desde los márgenes, desde una perspectiva crítica, permite visualizar una construcción histórica de la familia enmarcada en la racionalidad formal abstracta propia de la sociedad capitalista11. Con lo anterior se intenta expresar que el desarrollo de las ideas en torno a la familia y en particular al modelo conyugal/nuclear, son expresión –en gran medida– de discursos estatales en torno a los fines y condiciones presentes en la sociedad del trabajo, y el lugar12 asignado que debe cumplir la familia, discurso que, influenciado por las prácticas legitimadoras de los regímenes políticos en auge, condicionan y reproducen la institución familiar como unidad que debe responder a los intereses de acumulación de capital económico. Por otro lado, Arriagada plantea frente al Estado desarrollista latinoamericano, que su política pública se asentaba en una estructura particular de las familias y que hace enormemente funcional a la familia nuclear para la reproducción de la fuerza de trabajo: “… Al mismo tiempo, se fortaleció un tipo de estructura familiar –la familia nuclear– que se presentaba como funcional al desarrollo” (Arriagada, 2007). Si bien han existido cambios en dichas configuraciones familiares a través de la historia reciente y se perciben otras formas familiares 387

Juan Carlos Sabogal Carmona

(monoparentales, homosexuales, etc.), dichas construcciones son poco y nada tenidas en cuenta en los diseños de las políticas sociales para el caso colombiano. Es así como en estas condicionalidades de los programas, se plantean también ideales de familia que construyen y recrean dicho formato familiar en la sociedad de consumo. Y donde el lugar de la familia conyugal/nuclear ha jugado una función preponderante, como ideal de reproducción de dicha sociedad. Sin embargo, los cambios en la centralidad de los dispositivos ideológicos y el lugar que ocupan la familia en ellos y sus efectos sobre su misma reproducción, se tejen como una red multívoca de influencias, considerando principalmente a los organismos transnacionales como quienes dirimen las políticas sociales globales de asistencia a la familia. Y es en este campo, donde mediados por luchas permanentes de resistencia, filtraciones y apropiaciones discursivas, las familias también recrean los discursos establecidos para su atención en los actuales regímenes familiaristas o familistas13.

8. Algunas concepciones sobre la familia
Por otro lado, de acuerdo con Shore y Wright (1997) y su propuesta de análisis desde la antropología de las políticas, las políticas son instrumentos que codifican normas y valores sociales, relacionan pautas e influyen en la conducta de las personas, construyendo o sosteniendo modelos de sociedad. Las personas son clasificadas y rotuladas a través de diversas políticas –familiares sociales, económicas, de seguridad, carcelarias–, que asignan un lugar a los sujetos (pobres, ciudadanos, migrantes, presos, terroristas, etc.) y crean una serie de nuevas relaciones entre individuos y grupos, familia y Estado, entre lo público y lo privado, redimensionando qué se entiende por estos conceptos. Desde la universidad hasta la escuela, agencias públicas y grandes corporaciones, trabajadores y gestores, se refieren a las políticas como las líneas que legitiman e incluso motivan sus comportamientos (Shore y Wright, 1997). En otras palabras, plantea Bourdieu al respecto de la capacidad del Estado de nombrar: “En nuestras sociedades, el Estado contribuye en una parte determinante a la producción y a la reproducción de 388

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los instrumentos de construcción de la realidad social. En tanto que estructura organizativa e instancia reguladora de las prácticas, ejerce permanentemente una acción formadora de disposiciones duraderas, a través de todas las coerciones y de las disciplinas corporales y mentales que impone uniformemente al conjunto de los agentes. Además, impone e inculca todos los principios de clasificación fundamentales, según el sexo, según la edad, según la “competencia”, etc., y asimismo es el fundamento de la eficacia simbólica de todos los ritos de institución, de todos los que fundamentan la familia por ejemplo…” (Bourdieu, 1997). En resumen, las políticas pueden ser leídas como textos culturales, como instrumentos de clasificación, como narrativas para justificar o condenar el presente y como formaciones discursivas que funcionan para dar poder a algunos sectores y silenciar otros (Gil Araujo, 2010). Por ende, la forma de nombrar o silenciar la idea de familia deviene en una concepción propia que asigna lugares a los sujetos que son nombrados. Un ejemplo de las construcciones discursivas acerca de ideales de familia puestos en juego se puede observar en la siguiente cita de un discurso del presidente Uribe: Y ese programa es un programa que se radica especialmente en la mujer colombiana. Ese pago lo reciben las mamás, porque la mujer es la que mejor maneja el dinero del hogar. La mujer es la que lo sabe priorizar. La mujer es la que lleva esa plática a garantizar la educación de sus hijos. La verdad es que yo llevo ese programa en el alma, porque ese es uno de los grandes avances de esta Patria para que, entregando un dinero del Estado a las mujeres colombianas de los hogares más pobres, ellas cumplan con esa tarea que es propósito de cada mujer: la educación de sus hijos. Este país va a cambiar si logramos que definitivamente, a través de las mamás colombianas, los hijos de los hogares más pobres puedan tener un ciclo educativo completo (Discurso presidencial de Uribe Vélez, Día de la Mujer, marzo 8 de 2010). El discurso paternalista, presente en las alocuciones presidenciales, si bien era la forma específica de oratoria propia de Álvaro Uribe 389

Juan Carlos Sabogal Carmona

Vélez y de las políticas de su gobierno, explicita una forma de dirigirse a los ciudadanos y de conceptualizar el lugar asignado a la familia, recargando en la mujer la responsabilidad en la reproducción social de la misma a partir de la educación de sus hijos. Al respecto dicha responsabilidad y otras más, no pueden ser solo una obligación de las mujeres, sino de los padres y debe ser compartida igualmente por el grupo familiar ampliado y por el Estado. Al respecto plantea Puyana que el debate en la actualidad es “estudiar y buscar alternativas sobre la conciliación entre el trabajo productivo y reproductivo, ya que el espacio “familia” no puede seguir siendo asunto de mujeres y abordarlo implica más bien un compromiso tanto del sector productivo como de cada uno y una de los ciudadanos y ciudadanas” (Puyana, 2008: 39). En la misma dirección se plantea el informe alterno sobre derechos humanos a la ONU14: El enfoque de asistencia y/o de protección refuerza el estereotipo que considera a las mujeres como población “vulnerable”, debilitando su derecho para decidir autónomamente, y desde este punto de vista, ninguno de los programas asistencialistas que se dirigen hacia ellas son aceptables ni adecuados. Tampoco permiten la democratización de la familia, y renaturalizan y exacerban el rol social que la cultura patriarcal les ha asignado a las mujeres (Informe alterno comité DESC, 2010: 200). La familia es asumida como un concepto sobreentendido en los discursos y no se hace claridad sobre su definición en el programa Familias en Acción. Es así como las denominaciones de familia –más allá de la definición constitucional de 1991 que entiende a la familia como núcleo de la sociedad– son visibilizadas más claramente en la reglamentación fundamentalmente abordada a partir de la ley 294 de 1996: Por la cual se desarrolla el artículo 42 de la Constitución Política y se dictan normas para prevenir, remediar y sancionar la violencia intrafamiliar. Art. 2.- La familia se constituye por vínculos naturales o jurídicos, por la decisión libre de un hombre y una mujer de contraer matrimonio o por la voluntad responsable de conformarla.

390

Transferencias Condicionadas (CCT)

Para los efectos de la presente Ley, integran la familia: Los cónyuges o compañeros permanentes; El padre y la madre de familia aunque no convivan en un mismo hogar; Los ascendientes o descendientes de los anteriores y los hijos adoptivos. Todas las demás personas que de manera permanente se hallaren integrados a la unidad doméstica. Esta concepción más amplia aunque aún parcial de la realidad familiar, y consolidada en la unidad doméstica, transita en la actualidad hacia los lineamientos propuestos por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. La definición propuesta por los Lineamientos técnico-administrativos-misionales y herramientas metodológicas para la inclusión y la atención de familias en los programas y servicios del ICBF, ente rector del Sistema Nacional de Bienestar Familiar, es la siguiente: La familia es una unidad ecosistémica de supervivencia y de construcción de solidaridades de destino, a través de los rituales cotidianos, los mitos y las ideas acerca de la vida, en el interjuego de los ciclos evolutivos de todos los miembros de la familia en su contexto sociocultural. La definición anterior se propone como un referente para todas las instituciones de servicio público en Colombia y se representa como una definición diferenciada de las perspectivas tradicionales asociadas a la consanguinidad, la identidad antropológica y cultural y los aspectos legales. La prioridad de la ley es atender como población objetivo a la infancia y la adolescencia, y a partir de allí incluir a la familia. El dilema presente entre la puesta en funcionamiento del SNBF, a partir de la coordinación del ICBF y los diversos programas de atención a la pobreza que en su mayoría se encuentran dirigidos a la familia configurados a partir de la Red Juntos, generará a futuro una superposición de funciones, dependencias y formas de intervenir en el contexto familiar, lo que probablemente redundará en la desarticulación de las políticas de familia en Colombia hasta tanto no se desarrollen como una política estructural hacia las familias y trasciendan la dinámica de emergencia presente hoy.

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Es así como en Colombia la intervención social dirigida hacia las familias, se presenta principalmente como una atención dirigida a determinados integrantes de las familias –niños, jóvenes, ancianos, mujeres madres cabeza de familia, etc.–, más que a una atención del grupo familiar –si bien es cierto que algunos grupos requerirán una atención diferenciada dadas sus necesidades singulares–15. Esto es reflejo de las tendencias de focalización presentes en los contextos con deficientes políticas públicas sociales dirigidas al bienestar de los sujetos, y con una inapropiada distribución de recursos en el marco de los servicios sociales; sumado probablemente también a una incipiente observancia de diagnósticos e investigaciones relacionadas con la temática de las “formas familiares” que podrían contribuir a ampliar el abanico de interpretaciones sobre la diversidad familiar y las distintas dinámicas en las que se relacionan en la actualidad los distintos sujetos que las componen.

Conclusiones
Las políticas sociales dirigidas a las familias, parten por tanto de una interpretación de lo que se entiende por familia, de lo que se dice de ella, de lo que es plausible de apropiación por parte de los sujetos que construyen la política, de la expresión en la norma y de la posibilidad de recursos materiales y simbólicos, de quien –o quienes– interpela(n) dicha norma y que posibilitan la formulación de políticas públicas dirigidas a las familias. Es decir, consideramos que la construcción de un programa social como Familias en Acción, es una puesta en juego de multiplicidad de intereses, de interpretación de necesidades, de discursos políticos, y de recursos posibles que, definidos por una política pública más amplia, construyen el imaginario social de familia pertinente a una situación espacio temporal dada. En tal dirección se plantea que los posicionamientos de los gobiernos reconfiguran o amplían marcos de atención a la familia; más que atender directamente las necesidades familiares se observa en la actualidad la intención de familiarizar las necesidades que debería solventar el Estado. Lo anterior se evidencia en las configuraciones de la cuestión social, la minimización del Estado y la privatización de los bienes y servicios públicos, generando que las familias se 392

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responsabilicen más allá de las actividades de reproducción cotidiana y generacional de la existencia (Cerrutti y Binstock, 2009). Permitiendo que en la dinámica de exclusión presente, las relaciones de intervención social del Estado sigan permeadas por la mercantilización de las relaciones sociales y la naturalización de las situaciones privativas a las que se enfrentan los sujetos en situación de pobreza. En líneas generales, el programa se encuentra dirigido en el discurso a todos los miembros de la familia para el incremento del consumo de bienes y servicios que generen inversión en capital humano, pero es indudablemente dirigido al acceso a salud y educación de los niños, más que al grupo familiar en conjunto. Las madres de familia asumen la carga de la contraprestación, es decir asisten a los Encuentros de Cuidado y algunas son madres líderes; lo que ha implicado incremento de actividades sin beneficios dentro de la seguridad social. Coincidiendo con el patrón tradicional de la familia patriarcal, el programa Familias en Acción concibe a la familia desde el ideal de la familia conyugal/nuclear, donde el hombre proveedor es asalariado y la mujer se encarga de las tareas del hogar. Desde esta consideración el programa no tiene en cuenta criterios de género, más allá de la asignación del subsidio a las mujeres madres del hogar. En ese sentido, la tendencia del programa Familias en acción, estaría marcada por individualizar la intervención social del Estado a partir de un proceso de focalización y derivando el acceso universal a salud y educación a una responsabilidad únicamente de las familias colombianas; es decir, consolidando una tendencia regresiva y familiarista en el contexto colombiano, donde la familia en el programa, sería considerada probablemente solo desde el polo de la reproducción de “capital humano”. De esta forma, las consideraciones sobre la(s) forma(s) de conceptualizar la familia en el programa Familias en Acción, evidencian un criterio arbitrario en el cual la familia no es definida, se asume o sobreentiende que dicho concepto expresa una idea universal, una representación consolidada en los imaginarios societales de la familia occidental. Sin embargo y a modo de cierre provisorio, consideramos que así como los discursos de la familia construyen ideales de familias, las familias también interpelan dicha sociedad y la co-construyen. 393

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Las familias no son históricamente las mismas, ni se encuentran condicionadas totalmente a los subterfugios de la política y de los discursos que de ellas se erigen. Las familias son ante todo un espacio de reproducción social, generacional y cotidiana de la existencia; por tanto profundizar en los estudios sobre las formas familiares adquiere un papel fundamental para desnaturalizar las concepciones ideales de las estructuras y estrategias familiares en las políticas sociales contemporáneas.

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396

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Discursos presidenciales
Acceso en http://wsp.presidencia.gov.co/Prensa/2009/Paginas.aspx Consultado el 09/08/2009

Notas
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Definimos en primer lugar a la familia siguiendo a Jelin (2005) quien entiende a las familias y sus necesidades como: “La familia es una institución social anclada en necesidades humanas universales de base biológica: la sexualidad, la reproducción y la subsistencia cotidiana. Sus miembros comparten un espacio social definido en términos de relaciones de parentesco, conyugalidad y patermaternalidad. Se trata de una organización social, un microcosmos de relaciones de producción, reproducción y distribución, con su propia estructura de poder y fuertes componentes ideológicos y afectivos. Existen en ella tareas e intereses colectivos, pero sus miembros también tienen intereses propios diferenciados, enraizados en su ubicación en los procesos de producción y reproducción” (Jelin, 2005). Para la investigación se exploraron alrededor de 651 discursos presidenciales de Álvaro Uribe Vélez de sus dos periodos presidenciales, de los cuales se encontraron 75 textos con posibilidad de analizarse y brindar información relevante. De igual forma, se tuvieron en cuenta 16 documentos de evaluación del programa, entre documentos oficiales y de organismos multilaterales. Tanto materiales como simbólicos. Siguiendo a Pereyra, las reformas presentes en dicho consenso indicaban en primer lugar la respuesta estructural a la crisis de la deuda en Latinoamérica, a partir de políticas económicas que se caracterizaban por la privatización de servicios y empresas públicas, la reducción del déficit fiscal, la desregulación de los mercados, la apertura económica, entre otros ajustes estructurales. Las denominadas reformas de segunda generación buscaron darle prioridad al papel del Estado en el desarrollo, desde las omisiones presentes en las reformas del primer tipo. Es así como las continuidades parecen más significativas que las rupturas (Pereyra, 2000). Es así como la “cuestión social” según Castel es: “una aporía fundamental, una dificultad central, a partir de la cual una sociedad se interroga sobre su cohesión e intenta conjurar el riesgo de su fractura. Es en resumen, un desafío que cuestiona la capacidad de una sociedad de existir como un todo, como un conjunto ligado por relaciones de interdependencia” (Castel, 1996). Es de resaltar al respecto el esfuerzo de establecer criterios de clasificación de los distintos regímenes de bienestar, diferenciándose de las posiciones ya clásicas de Esping-Andersen (1993, 2000) y otros que centran su visión en los “tres mundos del bienestar” y que dejan por fuera del análisis a Asia, África y América Latina. Ver: Filgueira (1998), Ian Gough y Geof Wood (2004), Rudra (2005) y Martínez Franzoni (2004). Sobre los efectos de las políticas sociales en los procesos de protección social, “seguridad social” en América Latina; ver Mesa-Lago (1978, 1998), Filgueira (1997) y Fleury y Molina (2000). Filgueira en su clasificación no toma en cuenta al caso colombiano, entre su análisis de las políticas de protección social con base en el efecto redistributivo del gasto social.

2

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8

Inicialmente, los conceptos se habían manejado diferenciadamente, guerra contra el narcotráfico y guerra contra el terrorismo, pero en el discurso actual, es más reiterativo su uso de forma conjugada. El SISBEN (Sistema de Identificación y Clasificación de Potenciales Beneficiarios para Programas Sociales) representa el sistema de registro de beneficiarios de programas sociales estratificado, quienes se encuentren registrados allí en los niveles 1 y 2 -de una estratificación de 1 a 6-, representan las familias y sujetos más pobres entre los pobres.

9 Sexo

e poder, a família no mundo 1900-2000 es un estudio riguroso de la familia, que presenta desarrollos exhaustivos desde la categoría de geocultura, de grandes sistemas familiares en el mundo, construidos a partir del estudio del patriarcado, el matrimonio y la sexualidad, y la fecundidad. Los principales sistemas familiares serían cinco: de África (subsahariana), Europeo (incluyendo las colonizaciones del Nuevo Mundo), del Este Asiático, de Asia del Sur, de Asia occidental/Norte de África. Y dos intersticiales: Sudeste Asiático y América Criolla (dividida en indoamericana y afroamericana -de esclavitud de plantation-). de la realidad, y consecuentemente, la posibilidad del sujeto de intervenir sobre la misma que, según este pensamiento, se da objetivamente por conexiones causales, posee una legalidad férrea y une la “positividad” que garantizan la manutención, cristalización y permanencia de determinadas formas de pensamiento/conocimiento sobre el orden social burgués, y de comportamientos propios a él”. Cfr. Guerra (2007).

10 La racionalidad formal abstracta, “Falsea, mistifica, niega los aspectos ontológicos

11

En el sentido de Bourdieu y las posiciones en el campo de poder, y la distribución desigual de recursos y capitales (social, cultural, simbólico y no solo material) detentados por los distintos agentes en el entramado de lo social. Se observa como antecedente, entre otros, una investigación de la ETS-UNC, donde se percibe la reproducción discursiva de los criterios de focalización de las políticas sociales por parte de las mismas familias, en el marco del programa Familias por la Inclusión Social en Argentina (Bilavick, Nucci y otros, 2009). otra visión de la realidad sobre la protección y fortalecimiento de acceso a derechos de la población en Colombia.

12

13 Documento construido por varias ONG colombianas, como estrategia para exponer

14

En las campañas electorales, previas a las elección presidencial de 2010 y que dio como ganador a Santos, se observó la presencia de discursos similares en la mayoría de candidatos sobre el programa y se asumió como una política incremental. Es decir, se mantuvo el criterio de no transformar el programa e incluso ampliar su cobertura con las condiciones actuales. En las campañas electorales, previas a las elección presidencial de 2010 y que dio como ganador a Santos, se observó la presencia de discursos similares en la mayoría de candidatos sobre el programa y se asumió como una política incremental. Es decir, se mantuvo el criterio de no transformar el programa e incluso ampliar su cobertura con las condiciones actuales.

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Noticias de los autores
Bacellar, Carlos de Almeida Prado
cbacellar@usp.br Professor de História da FFLCH/USP. Linha de Investigação: Demografia Histórica, História da Família. Publicações: História de São Paulo Colonial (2009); Atlas da imigração internacional de São Paulo, 1850-1950 (2008); Viver e sobreviver em uma vila colonial - Sorocaba, séculos XVIII e XIX (2001); Os senhores da terra: Família e sistema sucessório entre os senhores de engenho do Oeste paulista, 1765-1855 (1997).

Bassanezi, Maria Silvia Casagrande Beozzo
msilvia@nepo.unicamp.br Doutora em História, pesquisadora do Núcleo de Estudos de População (NEPO/UNICAMP) e Bolsista PQ/CNPq, Brasil. Área de investigação: demografia histórica, imigração internacional e família. Coordenadora e co-autora da trilogia: Atlas da Imigração internacional em São Paulo; Repertório da legislação brasileira e paulista referente à imigração e Roteiro de fontes sobre a imigração em São Paulo, 1850-1950 e co-organizadora do livro Linhas e entrelinhas – as diferentes leituras das atas paroquiais do setecentos e oitocentos.

Cavazzani, André Luiz M.
andrexcava@hotmail.com Doutorando do Programa de Pós-graduação em História Social da Universidade de São Paulo. Bolsista da Fundação de Amparo à 399

Dinámicas familiares en el contexto de los bicentenarios latinoamericanos

Pesquisa do Estado de São Paulo/ FAPESP. Publicações recentes: CAVAZZANI, André Luiz (2010), “Expostos, enjeitados, estratégias matrimoniais na Curitiba Colonial” in VENANCIO, Renato Pinto (Org.), Uma história social do abandono de crianças de Portugal ao Brasil séculos XVIII e XIX. São Paulo, Alameda.

Chacón Jiménez, Francisco
chaconmu@um.es Licenciado por la Universidad de Murcia. Doctorado por la Universidad de Murcia (1977, Murcia en la centuria del Quinientos). Creador y Director de tres colecciones de libros relacionadas con las temáticas de Familia y Sociedad: Seminario Familia y élite de poder. Siglos XV-XIX, Mestizo, Biblioteca Básica de Historia de la Familia en Cuba; englobadas e integradas en una sola colección: Familia, élite de poder, historia social, a partir de 2007. Catedrático de Historia Moderna. Profesor de la Universidad de Murcia desde el curso 1971-72. Creador y Director del Seminario Permanente de: Familia y Élite de Poder. Siglos XV-XIX, fundado en 1982. Coordinador del doctorado con mención de calidad: HISTORIA, SOCIEDAD, FAMILIA, que tiene un convenio con la Dirección General e Familias e Infancia del Ministerio de Sanidad y Política Social. Coordinador del Máster en: Historia Comparada. Relaciones Sociales y Familiares. Siglos XVI-XXI. Líneas de Investigación y publicaciones más relevantes: Historia de la Familia, Familia, Sociedad y Parentesco; Movilidad Social y organización social; Familia y Transmisión de la propiedad. CHACÓN, F. (1986), Los murcianos del siglo XVII. Evolución, Familia y Trabajo, prólogo de Antonio Domínguez Ortiz, Editoria Regional de Murcia, Murcia. CHACÓN, J. Casey, et al, (1987), La Familia en la España Mediterránea (siglos XV=XIX), presentación Pierre Vilar, Crítica, Barcelona. CHACÓN, F. (1987), Familia y Sociedad en el Mediterráneo Occidental. Siglos XV-XIX, Universidad de Murcia, Murcia. (1987); Historia Social de la Familia en España, Instituto Juan Gil Albert, Alicante. 400

Noticias de los autores

CHACÓN, F. (1991), “Nuevas tendencias de la demografía histórica en España: las investigaciones sobre historia de la familia”, ADEH, 79-98 CHACÓN, F. y J. Hernandez Franco (1992), Poder, Familia y Consanguinidad en la España del Antiguo Régimen, Anthropos, Barcelona. CHACÓN, F. (1995),”Dossier Familia y relaciones de parentesco”, Historia Social, 21, U.N.E.D. Valencia. CHACÓN, F., J. Hernandez Franco (2000), Familia, Poderosos y Oligarquías, Universidad de Murcia, Murcia. CHACÓN, F.(2003), “Notas para una reflexión sobre el estado de la cuestión de la historia de la familia en España”, Populaçao e Familia, 5, 19-38 CHACÓN, F. et al (editores) (2003), Sin distancias. Familia y tendencias historiográficas en el siglo XX, Universidad de Murcia-Universidad Externado de Colombia. CHACÓN, F. y Nuno G. Monteiro (eds.) (2006), Poder y movilidad social. Cortesanos, religiosos y oligarquías en la Península Ibérica (siglos XV-XIX), C.S.I.C.-Universidad de Murcia. CHACÓN, F. y J. Méndez (2007), “Miradas sobre el matrimonio en la España del último tercio del siglo XVIII”, Cuadernos de Historia Moderna, 32, 61-85. CHACÓN, F. y J. Hernández (2007), Espacios sociales, universos familiares. La familia en la historiografía española, Universidad de Murcia. CHACÓN, F. (2008), “La revisión de la tradición: prácticas y discurso en la nueva Historia Social”, Historia Social, 60, 145-154. CHACÓN, F. (2009), “Familia y hogar en la sociedad española. Mitos y realidades históricas”, en F. Javier Lorenzo Pinar (ed.), La Familia en la Historia, Univ. de Salamanca, 121-135.

Chagas, Paula Roberta
paulinha_chagas@yahoo.com.br Mestranda no Curso de Pós-Graduação em História da Universidade Federal do Paraná – UFPR, na Linha de Pesquisa “Espaço e Sociabilidades”, sob orientação do Prof. Dr. Sergio Odilon Nadalin. Bolsista 401

Dinámicas familiares en el contexto de los bicentenarios latinoamericanos

da Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal de Nível Superior – CAPES. Membro do Centro de Documentação e Pesquisa de História dos Domínios Portugueses – CEDOPE, Departamento de História, UFPR e do Grupo de Pesquisa “Demografia & História” (UFPR/CNPq).

Cicerchia, Ricardo
rcicerch@retina.ar / rcicerchia@conicet.gov.ar Doctor (Ph. D) en Historia, Columbia University. New York, 1995. Post-Doctorado (P. Ph. D) en Historia Cultural, University of London. London, 1997. Especialista en Historia Social y Cultural Se desempeña actualmente como Profesor Regular Titular, Historia de América Latina. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, desde 1998; es Investigador, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina, desde 1994, y Coordinador, SEPHILA (Seminario Permanente de Historia Latinoamericana Contemporánea). Instituto Ravignani, CONICET. Buenos Aires, desde 2008. Entre sus libros recientes: Historia de la vida privada en la Argentina, Vols. I-V. Buenos Aires, Editorial Troquel, 1998-2009; Journey, Rediscovery, and Narrative: British Travel Accounts on Argentina (18001850). Institute of Latin American Studies, University of London, 1998; Formas familiares, procesos históricos y cambio social en América Latina (Comp.). Quito, Abya-Yala, 1998; Viajeros. Ilustrados y románticos en la imaginación nacional. Buenos Aires, Editorial Troquel, 2005; Identidades, Género y Ciudadanía. Procesos históricos y cambio social en contextos multiculturales en América Latina. Quito, Abya-Yala, 2005; con Matthew O’Meagher, Tales of Land and Sea. Travel Narratives of the Trans-Pacific South, 1700-1900. Sydney, Australian Humanities Press, 2006; y Viaje y modernidad. Relatos de cielo, mar y tierra. 7 performances para una historia etnográfica. Quito, Abyayala, 2009 (en prensa).

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Noticias de los autores

Ferreiro, Juan Pablo
jpferreiro@yahoo.com.ar / ferbray@arnet.com.ar Etnólogo y doctor en Historia. Investigador del CONICET y Profesor Adjunto Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. Estudios de parentesco, Historia Colonial, Análisis Estructural, Estudios de las élites. “Aproximación analítico-estructural a los hábitus nupciales, parentales y políticos de Jujuy durante el siglo XVII” (2010), revista digital SURANDINO MONOGRÁFICO: Homenaje a Enrique Tandeter. Minería y trabajo indígena, población, familia y sociedades campesinas e historiografía andina. PROHAL-FFYL-UBA, ISSN 1851-9091, n° 1, Buenos Aires. “Metáforas y paradigmas. El recorrido del análisis de redes sociales desde el funcionalismo hasta sus aplicaciones en la historia colonial latinoamericana” (2009), Revista Nuestro NOA, Hacia la construcción de conocimientos sociales emancipatorios, FHyCS-UNJu, Año 1, n° 1, ISSN 1852-8287, S. S. de Jujuy, Pp. 137/156.

Gramajo, Sandra Angélica
sgramajo18@hotmail.com Licenciada en Trabajo Social. Máster en “Historia comparada de la familia”. Especialista en “Políticas Sociales”. Desempeño laboral: Universidad Nacional Comahue - Neuquén - Cátedra de familia (desde 2001 a la actualidad). Línea de investigación: Familia. Publicaciones relevantes: Niñez en Riesgo y políticas sociales. Proyecto de investigación. Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. ISBN 987-1154-78-X. Libertad o privación de libertad en el contexto de responsabilidad. Título del libro: Los jóvenes múltiples miradas. ISBN 987- 1154-35-6.

Irigoyen López, Antonio
adiri@um.es Profesor Contratado Doctor del Departamento de Historia Moderna, Contemporánea y de América de la Universidad de Murcia (España). Pertenece al Seminario Familia y élite de poder de la citada universidad desde 1992. Sus principales líneas de investigación son la Historia 403

Dinámicas familiares en el contexto de los bicentenarios latinoamericanos

Social de la Iglesia y la Historia de la familia. Su enfoque analítico pasa por estudiar el clero, las relaciones familiares y el cambio social en la Monarquía Hispánica entre los siglos XVII y XVIII desde una perspectiva comparativa.

Moreno, José Luis
cano.moreno@gmail.com Profesor Consulto Demografía Histórica (UBA). Investigador Principal (Conicet). Profesor Extraordinario Universidad Nacional de Luján. Fue rector de la Universidad Nacional y Director del Archivo General de la Nación. Ha publicado doce libros entre ellos Historia de la Familia en el Río de la Plata, (Sudamericana) y Éramos tan pobres… De la caridad colonial a la Fundación Eva Perón (Sudamericana) y más de 80 artículos en revistas argentinas y extranjeras.

Sabogal Carmona, Juan Carlos
juancarlossabogal@hotmail.com Doctorando en Ciencias Antropológicas, FFyH-UNC, Argentina. Trabajador Social, Universidad Nacional de Colombia. Candidato a Magister en Trabajo Social con mención en Intervención Social de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Miembro del Grupo de investigación “Estructuras y estrategias familiares de ayer y de hoy”, CIECS (CONICET-UNC) / CEA-UNC y adscripto al proyecto “Las políticas hacia las familias en Córdoba: institucionalidad, procesos y sujetos”. ETS-UNC. Becario SECyT-UNC. Línea de investigación: políticas sociales hacia las familias y transferencias condicionadas.

Salas, Adela M.
adelamsalas@hotmail.com Doctora en Historia. Miembro del Grupo de Trabajo de Historia de la Población de la ANH. Profesora y Prosecretaria Académica en la Usal. Ex becaria de la Fundación Carolina. Líneas de investigación: Historia de la población e historia social en la época colonial. Publi404

Noticias de los autores

caciones más recientes: El pago de la Matanza. Población y Sociedad, Buenos Aires, 2006, y diferentes artículos de su especialidad.

Salguero, Paula Andrea
paulasalguero@gmail.com Licenciada en Comunicación Social y Doctoranda en Historia. Becaria Conicet con lugar de trabajo en el IdIHCS – FaHCE y Docente UNLP. Integrante de equipos de investigación sobre sociedad, violencia, familia y justicia criminal en la primera mitad del siglo XIX. Ha publicado recientemente “Carmen Machado: acción política y guerra civil en Chascomús a mediados del siglo XIX” en Adriana Valobra (Comp.), Mujeres en espacios bonaerenses, La Plata, UNLP, 2009.

Stanczyk Filho, Milton
miltinhostanczyk@hotmail.com Mestre em História pela Universidade Federal do Paraná – UFPR, na área de concentração História, Cultura e Sociedade. Professor do Departamento de História da Universidade Estadual do CentroOeste – UNICENTRO. Coordenador de tutoria de História na modalidade a distância - UNICENTRO/MEC/CAPES/UAB. Membro do Centro de Documentação e Pesquisa de História dos Domínios Portugueses – CEDOPE, Departamento de História, UFPR, e do Grupo de Pesquisa “Demografia & História” (UFPR/CNPq).

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Impreso en Editorial Copiar Entre Ríos 2075, San Vicente. Córdoba, Argentina. X5006CCU Tels.: (54 351) 4869706 / 4553299 editorialcopiar@arnet.com.ar www.editorialcopiar.com.ar en el mes de diciembre de 2010.

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