Bajo la piel

Meeting John Doe

Rachel Allman

Obra registrada en SafeCreative

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El desconocido que albergamos dentro Muchas veces nos preguntamos si conocemos a los que nos rodean. Más de una vez no entran dudas de su sinceridad. ¿Y nosotros? ¿Somos sinceros con nosotros mismos? Conocemos nuestros temores y los afrontamos o los mantenemos ocultos en un rincón de nuestra mente, esperando que nunca afloren. Cuando nuestros más ocultos tormentos aparecen y se apoderan de nosotros, ¿tenemos la fuerza de hacerles frente?

Tres grupos Casi 7 mil millones de personas habitan la Tierra. De todas ellas, una ínfima parte se cruzarán en nuestro camino, para recorrerlo juntos durante un periodo indeterminado, algunos como una estrella fugaz (breve pero a la vez intenso), otros tal un meteorito (llegan súbitamente pero causan un gran impacto) y algunos, los escogidos, caminan a nuestro lado y nos ayudan a esquivar las piedras que en él nos encontramos. Siguiendo esta línea de análisis, las personas que forman parte de tu día a día se pueden clasificar en 3 grupos: los que te quieren, los que te conocen y los que te odian. Qué decir de los primeros. Te aconsejan, cuidan de tí y siempre están ahí cuando más los necesitas. Aquí entran la familia y los amigos más íntimos, aunque en algunos casos no se pueda contar con la familia o no consigas poder confiar al 100% en tus amigos. Ya se sabe: "No escoges a la familia, ellos te escogen a tí". En cuanto a los conocidos, no hay gran cosa que decir. Compañeros de clase, de trabajo, del gimnasio,… Te conocen, les has contado anécdotas y habéis pasado tiempo juntos pero ¿realmente sientes que darían su vida por tí? Yo creo que no. Y llegamos al tercer grupo, mis favoritos. Cuanta envidia, celos y rabia sienten cada vez que te ven o saben de tus éxitos. ¡Y qué felicidad cuando te ven caer! Aunque ellos se interesen por tí y compartan tus vivencias, ¡desconfía! A la menor oportunidad serían capaces de clavarte un puñal en el corazón.

Miedo Caminaba con calma. Sobre las ocho de la mañana, me dirigía al trabajo. La gente corría por las aceras para no perder el autobús o llegar a tiempo de coger el metro. Sin apenas respirar, nadie mira a los que se cruzan. Cabizbajos, o con la mirada perdida en el horizonte. Todos tienen demasiada prisa para fijarse en lo que pasa a su alrededor. Un perro estaba solo, junto a una farola, iba de arriba a abajo con gesto impaciente. Parecía perdido. Durante un rato, lo miré con simpatía. Nunca había tenido un perro. Peces sí, pero nunca un animal que me mostrara su cariño. Y la memoria de éstos juega en su contra. Al cabo de un rato, apareció un hombre. Empezó a gritarle y a darle golpes. El perro aullaba de dolor. Las personas que pasaban junto a nosotros miraban sin hacer nada al respecto. Me enfurecí. ¿Cómo era alguien capaz de maltratar a alguien tan indefenso, aun cuando el pobre lo único que había hecho era esperar a que apareciera su dueño? Abalanzándome sobre él, le detuve. Él me increpó, era su amo y podía tratarle como quisiera. ¿Acaso prefería que se hubiera escapado y que un coche lo hubiera atropellado? – Mejor que lo mate un desconocido a que le dé una paliza su dueño. – En efecto, soy "su dueño" y lo trato como quiero. Y se marchó. Aún no sé cómo se lo permití. La rabia me invadía y se ramificaba por todo mi cuerpo. Algo iba a cambiar. En efecto, me lo volví a encontrar a la mañana siguiente. Esta vez le seguí a una distancia prudencial. Recorrí con él la ciudad, recordé sus pasos y sus rutinas durante varios días. Cuando lo tuve controlado y seguro de lo que iba a hacer, le esperé una noche frente al portal de su casa. Bajó sobre las nueve de la noche a pasear al perro. Estaba distraído hablando por el móvil. Se dirigía a un descampado cercano. Con sumo cuidado, me acerqué por detrás y le asesté un golpe en la cabeza. Arrastré al hombre a una casa cercana en ruinas que ya sabía que estaba vacía, mientras el perro me seguía con pasos rápidos. Siempre había sentido curiosidad por la muerte. ¿Qué se debía sentir al matar a alguien? Esa fuerza, poder que tenía de decidir si alguien vive o muere. Sentir clemencia. Con él no la tuve, de la misma forma que él no la tuvo con su perro. Miro el televisor sin ver un canal en concreto. Sugus está tumbado a mi lado al sofá mientras le acaricio la cabeza. Levanta la cabeza y me mira. Yo le sonrío, mientras le rasco detrás de las orejas. Ahora tiene un nuevo hogar.

Retrato robot Esta mañana han encontrado el cuerpo sin vida de M. G, de 45 años y residente en el centro de la ciudad. Le habían dado una paliza y la causa de su muerte pudo ser la gravedad de ésta. La noticia aparecía en la sección de sucesos del periódico que habitualmente compro. En las lineas siguientes, se daban más detalles del suceso. El sujeto había bajado a pasear a su perro, como solía hacer todas las noches, cuando fue asaltado, asestándole un golpe en la nuca que lo dejaría inconsciente. El agresor lo arrastró a un descampado cercano, poco transitado, en el que le propinaría la paliza cuya consecuencia sería la muerte. El perro había desaparecido. La hipótesis principal de la policia es el robo (siempre lo es) ya que se ha encontrado la cartera de la víctima con su documentación intacta pero sin tarjetas de crédito ni dinero en efectivo y todo el mundo coincide en que la víctima era un ser amable y que se llevaba bien con todo el mundo (sí, que se lo pregunten a su perro si son capaces de encontrarlo). Algunos testigos han afirmado que vieron merodeando por los alrededores un hombre, de unos 40 años aproximadamente, moreno de piel y de pelo oscuro, de estatura media y complexión normal. La policía investiga esta información y ha difundido el retrato robot para poder identificar al agresor. Pobres infelices. Quizás debería enviarles una foto mía.

La escalera Faltaban quince minutos para la reunión cuando aparecía un mensaje de alerta en la pantalla de mi ordenador. Movido por una descarga de energía, revisé por enésima vez los apuntes de mi presentación antes de enfrentarme a su exposición frente a la gran manada de lobos, en la que mi jefe, el líder de ésta, me arrancaría la cabeza sin dudar al más nimio error para regocijo del resto. Me puse en pie, respiré pausadamente y con paso firme me dirigí a la sala de reuniones. Allí ya se encontraban algunos de mis camaradas, la gran mayoría repasando sus últimas notas. Sólo un par de ellos parecían tranquilos. Paul y Edward conversaban entre ellos, con sus aires de suficiencia, mirando por encima del hombro a los demás. Me aproximé a uno de los sitios libres, dejé mis anotaciones y me reuní con ellos. Aquél era el momento de mostrarse seguro y confiado. Me recibieron como a uno de ellos, el grupo de los fuertes, de los que nunca dudan y siempre consiguen lo que se proponen. Por el pasillo se acercaba el jefe, escoltado por sus asistentes. Apremiados por el miedo, todos aquellos que se encontraban fuera de sus asientos dejaron lo que estaban haciendo para que cuando él llegara, los encontrara en su puesto asignado. Nosotros nos dirigimos a la mesa central, nos despedimos con una palmada en la espalda y con palabras de ánimo para enfrentarnos a aquello. No lo necesitábamos, éramos triunfadores. Comenzaron las presentaciones. Cada uno de nosotros teníamos asignada una cuenta debíamos realizar una campaña publicitaria para ese cliente. Una tras otra, se presentaron las nuevas propuestas. Todas ellas, muy válidas para nosotros, fueron desestimadas por el "gran lobo". - Bien, parece ser que la imaginación brilla por su ausencia últimamente en esta agencia. Tendré que replantearme muchas cosas. Todos callamos. Nadie sería tan osado de replicar. - John, tu turno. Todos me miraron, como si fuera un reo dirigiéndome a la horca. Edward y Paul me miraron con una gran sonrisa, pero sé que esperan que falle, como el resto. Me puse en pie. Me dirigí adonde se encontraba la pantalla y comencé mi exposición. No me permití el lujo de dudar. Aquella era la oportunidad que tanto había estado esperando, de ser uno de los responsables de las grandes cuentas, puesto al que aspirábamos los tres. Un peldaño menos en la escalera que me había tocado ascender. Sabía que la idea de Edward no era tan buena como la mía, y Paul carecía de imaginación, pero siempre salía airoso de cualquier situación. Él era el que más me preocupaba. Finalicé y tomé asiento. Expectantes, se miraban unos a otros mientras el jefe deliberaba. - Por fin hay alguien que se toma en serio su trabajo. Paul, eres el siguiente.

Y aquello era todo. Había ganado. Ya podía esperar tranquilo. Paul hizo una intervención excelente. No tan buena como la mía, pero demasiado como para que se le hubiera ocurrido a él sólo. Examiné las caras de los que allí estaban hasta que topé con lo que buscaba: Emily tenía la cara colorada y le comenzaban a brotar lágrimas de los ojos. Pero aguantó la compostura hasta el final. Hacía poco que acababa de entrar pero era una mujer brillante, con un gran ingenio, además de una belleza única. Sólo tenía un problema: hacía poco que estaba en este mundo y había cometido el error de confiar en Paul. No hacía falta ser adivino para saber qué había pasado. Después de que éste hubiera acabado y que hubiera recibido su correspondiente felicitación, si a esas palabras se las podía considerar así, le tocó a Edward. Hizo una presentación bastante buena, por lo que también fue premiado. - ¿Lo véis? Este es el trabajo que espero de vosotros. Sóis profesionales y es lo mínimo a lo que debéis llegar. No entiendo cómo después de tanto tiempo seguís metiendo tanto la pata. Emily, a ver qué tienes preparado. Ella se resignó. Estaba vendida. Se puso en pie y comenzó su presentación. La defendió con toda la energía de la que disponía, pero aquello no evitaba que todo el mundo pensara que la había copiado de Paul. ¿Quién se iba a atrever a pensar lo contrario? Cualquiera con dos dedos de frente. Acabó y se sentó, abatida. - Que no vuelva a pasar. - No, señor. - Bien, esto es todo. Fue lo único que dijo. Me sorprendió que no la hubiera hundido delante del resto. Era famoso por hacer llorar a la gente en las reuniones y hundirlos en la tristeza más profunda. Abandonamos la sala. Eran ya más de las seis de la tarde. Me acerqué a mi mesa para revisar el correo. - ¿Te vienes a tomar una cerveza para celebrar el éxito? Era Edward, mientras Paul me miraba. - Sí, por supuesto. Esperadme allí, que tengo que revisar un par de cosas. - !No tardes mucho, que te dejaremos sin chicas! Hice una mueca mientras se dirigían al ascensor. Fui a la mesa de Emily, que se tapaba el rostro para ocultar las lágrimas. Me senté en el borde de su mesa y le puse la mano en su hombro. - No eres la primera a la que se lo hace. Ella me miró con resentimiento. Aquellos ojos rojos se habían hinchado aún más. - Eso no me consuela demasiado.

Su respuesta está cargada de acritud. No sabía qué decir para consolarla. - Sólo digo que eres una chica fantástica y brillante. Llegarás muy lejos en este trabajo, si no cometes ninguna estupidez. - ¿Y si ya la has hecho? - No cometas otra. Es lo único que te puedo decir. Me fui al ascensor. No soportaba ver a aquella chica así. A cada planta que descendía mi rabia aumentaba. Con la brisa de la calle, me calmé un poco. Crucé la calle sin apenas mirar si venían coches. Ya en el bar, los busqué con la mirada. Me acerqué a ellos y pedí una pinta de Guinness. - Paul me estaba contando cómo consiguió la presentación de Emily. - Fui muy fácil, la verdad. La invité a cenar. Ella aceptó, por supuesto. - Por supuesto – repuse yo con cierta ironía que él no percibió. - En el restaurante, empezamos a hablar y una cosa llevó a la otra. Fuimos a su casa a tomar la última copa, que acabó en el último desayuno. ¡Tendrías que verla al día siguiente en la oficina! No hacía más que preguntarme por qué la ignoraba. - Pobrecilla. - Yo ya le dije que para una noche estaba bien, pero que conmigo no tenía futuro. Y ambos se rieron a carcajadas. Brindamos y Paul se acercó a una chica que acababa de divisar. "Conmigo no tenía futuro", repetí. Él sí que no tenía futuro.

Doble espejo - ¿No te vas a quedar a desayunar? Te has levantado muy temprano - me dijo con voz soñolienta, mientras intentaba abrir los ojos para ver mi respuesta. Con los ojos puestos en el espejo mientras me abotonaba la camisa, trataba de urdir una excusa creíble para poder marcharme de allí sin tener que soportar una escena. - Aún he de ducharme y cambiarme. Tengo una reunión muy importante con un cliente. - Me giré para mirarla. - Tú también tendrás cosas que hacer. - ¿Qué hora es? Miré el reloj que llevaba en mi muñeca. No estaba allí. Revolví toda la casa hasta que lo distinguí entre su ropa. - Son las siete. - Es muy prooooooooooooooooooonto. Y se giró. Al cabo de unos pocos minutos ya estaba profundamente dormida. Cogí mi chaqueta, eché un último vistazo y me fui. Comenzaba a despuntar el día cuando salí a la calle y tomé un taxi. Al llegar a casa, fui directo a la ducha. Me quité la ropa por el camino, sin preocuparme de ella. Abrí el grifo y dejé correr el agua hasta que el calor llenara de vapor el baño. La había conocido la mañana anterior. Se llamaba Ciara y estaba en el estudio, junto a otras chicas, posando para unas fotos cuando yo llegué. Se trataba de una campaña de lencería de uno de nuestros grandes clientes. Casi me muero cuando, Jack (el lobo, el gran jefe) me dijo que yo me encargaría de todo. Lo mejor fue la cara que puso Paul. ¡Parecía que le habían clavado un puñetazo en el estómago! Edward al menos mantenía la compostura mientras me felicitaba. No voy a negar que me fijé en ella. Es una chica espectacular y cualquiera con dos ojos en la cara lo habría hecho. Muy a su pesar, yo estaba demasiado preocupado por la sesión de fotos. Estuvimos trabajando toda la mañana. Fui a comer con Joshua, fotógrafo de gran renombre en el mundillo y el responsable de hacer de ésta la campaña más exhuberante del mundo (según sus propias palabras) a un restaurante vegetariano de diseño que acababan de abrir. Allí me presentó a unos amigos suyos, todos artistas, y estuvimos hablando del arte moderno y de lo difícil que era encontrar una buena exposición en esta maldita ciudad.

Por la tarde me pasé por la agencia, donde me pasé varias horas revisando las fotos de la sesión y haciendo descartes. Volví a fijarme en Ciara. Era espectacular. Una sombra me distrajo: Emily se dirigía a la fotocopiadora. Me costó trabajo no seguirla. Ya de vuelta a las pruebas, separé un par de ellas y recogí mis notas. Edward apareció para sonsacar información sobre la mañana. - ¿Y bien? - ¿Y bien qué? - ¿Cómo que qué? Has estado rodeado de modelos toda la mañana y me dices ¿y qué? - ¿Qué quieres que te diga? Hemos estado trabajando - rematé con un gesto indiferente. - Sí, claro. En ropa interior. En fin, sólo quería que me adelantaras algo. Esta noche podrás darme más detalles. - ¿Esta noche? - Sí. Paul ha conseguido invitaciones para ese nuevo club que han abierto. - Estoy muy cansado...- comencé a balbucear. - Sin excusas. Fue allí donde la volví a ver. Estaba en un privado junto al resto de las modelos que habían trabajado en la sesión y Paul había conseguido que nos pusieran en el contiguo. Estábamos tomando una copa, recostados en las camas, cuando ella se acercó con un par de amigas. Se sentó a mi lado y me besó apasionadamente. A los diez minutos estábamos en la calle esperando un taxi. A la media hora estábamos en la cama de su hotel. Una noche de sexo salvaje difícil de superar. Con los ojos puestos en el espejo mientras me abotonaba la camisa, trataba de urdir una excusa creíble para poder marcharme de allí sin tener que soportar una escena. Reparé en la imagen que se reflejaba y sonreí. Ciara me miraba con ternura mientras yo me vestía.

La oferta del diablo

¿Quién dijo que si trabajas duro, te esfuerzas y haces bien las cosas, serás recompensado? Los buenos nunca consiguen lo que se merecen. Los malos tampoco. No debería haberme sorprendido. Sabía que los tres luchábamos por lo mismo: la cuenta Johnson, la cuenta con las mejores campañas y el mayor presupuesto para llevarlas a cabo. Por eso sería absurdo pensar que yo era el único aspirante. La mañana había comenzado como cualquier otro día. Casting, sesión de fotos, casting, ... Al final de la mañana, volví a la oficina. Al salir del ascensor, me topé con Emily. "Sé valiente", me repetía una vocecilla en mi cabeza. Avancé con ella hasta su mesa. Ella se sentó y me miró, esperando a que dijera algo. - ¿Vienes a comer conmigo? Han abierto un restaurante vegetariano a la vuelta de la esquina y sería fantástico que me acompañaras. Lo solté todo de un tirón. Sin apenas respirar, esperaba que ella me interrumpiera, ya fuera para aceptar como para rechazarme amablemente, como solía hacer cada vez que le proponía algo. Sin embargo, se quedó con la mirada clavada en mis ojos. Su cara no mostraba expresión alguna, por lo que me era imposible saber cómo iba a reaccionar. Aquello me ponía aún más nervioso. - Sí. ¿Me vienes a recoger? Aquellas palabras me arrancaron de mis pensamientos y me cogieron por sorpresa. Asentí, prácticamente paralizado y di media vuelta para ir a mi mesa. Contaba los minutos que faltaban. Por suerte no tuve que esperar mucho. Cuando fui a buscarla, ya estaba en pie, revisando todas las cosas que tenía encima de la mesa con la mirada, como si se dejara algo. Cogimos los abrigos y fuimos a esperar el ascensor. Traté por todos los medios de mirarla embobado, así que me concentré en los números que aparecían a medida que descendíamos. El viento de la calle me supuso una inyección de esperanza. Avanzamos unos metros hasta la esquina donde se encontraba el restaurante sin pasar de un par de palabras. Nos prepararon una mesa para dos junto a la ventana, por lo que pudimos disfrutar de uno de los pocos cálidos y soleados días de invierno que hacía. Emily pidió musaka y yo un rissotto al funghi, acompañados con un vino blanco bastante bueno.

Supongo que fue el vino el que me dio el valor suficiente. Estaba harto de hablar del trabajo y de trivialidades varias. Visualicé la escena en mi mente y decidí hacerla realidad. - Me gustaría que salieras conmigo. No dije nada más. Esperé su reacción, impaciente. A ella no pareció sorprenderle en absoluto todo aquello. No obstante, su rostro cambió y una sombra se asentó en él. - John, tú sabes que te aprecio muchísimo. Y que eres un gran chico. Aquello no pintaba nada bien. Esperé, rezando para que la escena se pareciera a mi sueño. - Pero ahora no. No soy capaz de confiar en nadie. No después de lo de...Paul. Él era el culpable. Ella había sufrido demasiado y yo no podía hace nada al respecto. Aquella sensación me invadió de nuevo. Estaba furioso. No con ella, sino con Paul. Emily no se atrevió a decir nada más. Terminamos en silencio y volvimos a la oficina. Cuando me lo encontré, tonteando con una de las nuevas secretarias, me entraron ganar de correr hacia él y romperle la cara. Emily fue más discreta. Dio media vuelta y se fue al baño. Supuse que todavía seguía enamorada de él. Había sido amable, me preocupaba por ella. ¿Y qué había conseguido? Que ella estuviera enamorada hasta la médula de un cretino. Poco antes de marcharme a una sesión me enteré de lo peor: a Paul le habían asognado la preciada cuenta Johnson. ¿Cómo era aquello posible? Mi propuesta era la mejor de todas. Enfadado con el mundo, tomé un taxi y me dirigí al estudi de Joshua. Las modelos aún no habían llegado. - Te has adelantado un poco, ¿no? - Si me hubiera quedado cinco minutos más en la oficina, hubiera matado a alguien. Y era cierto. Pero Joshua no me miró sorprendido. - No me extraña. Perder la cuenta Johnson ante el cretino de Paul.... - ¿Y tú cómo lo sabes?

- La otra noche lo vi salir del club abrazando a Cristie Johnson. Llevan saliendo un par de semanas. Dudo mucho que salga con ella por su conversación. Así que me la había vuelto a jugar. Increíble. ¿Cómo podía salir siempre tan bien parado? La llegada de las modelos interrumpió el hilo de mis pensamientos. Ciara estaba entre ellas. Me miró, con aquella sonrisa pícara que la hacía tan irresistible. Esperé a que se cambiara una vez finalizada la sesión y la acompañé al hotel. Eran las tres de la mañana y no podía dormir. Me levanté y fui directo al baño. Me refresqué la cara con agua. Apoyado en el lavabo, miré a la imagen que mostraba el espejo. Ésta me miraba con desprecio. - Te estás dejando ganar. - No puedo hacer nada. Es injusto. La vida es injusta. - Deja de lloriquear y haz algo. - ¿Cómo qué? - Justicia. Pronunció aquella palabra con una gran sonrisa, mientras asentía con la cabeza. Sí, ya era hora de que los pecadores obtuvieran su castigo.

Claro de luna

De todas las definiciones que he encontrado de la palabra justicia, la tercera es quizás la más interesante y con mayor significado para mí. Después de mi breve conversación con el espejo, me planteé realmente su significado. Siempre he tratado de ser una persona honesta, pocas veces he mentido y tampoco me gusta responder con violencia a un enfrentamiento. Es quizás por ese motivo que siempre me he considerado una buena persona. Entonces, ¿por qué me sentía tan reticente a abrazar mi nuevo destino?¿Qué me impulsaba a lanzarme y abrazar la misión que se me había encomendado? Un mar de dudas azotaba en mi interior, mientras un barco, dirigido por su valiente capitán, esquivaba la embestida de las olas y se dirigía con rumbo firme al horizonte. Sí. El rocío de la mañana se posaba en las hojas de los árboles y me refrescaba mientras seguía el camino dibujado en el parque cercano al hotel. Por fin empezaba a ver las cosas claras. Tan claras como la luz de la luna llena, tan real como su reflejo, que me señalaba a un hombre bajo el pequeño puente que cruzaba el estanque de los cisnes, tan nítida como su reflejo en la navaja de ese hombre, que desaparecía en el interior de un bulto recostado en el suelo.

Cristales rotos

- ¿Has visto la noticia? Alcé la vista y me encontré con una visión escalofriante: Emily me observaba pálida, con los ojos abiertos, temerosa. Me puse en pie y la llevé a la cocina. Mientras le preparaba una taza de té caliente, ella vigilaba a su alrededor, esperando ser atacada. Ya más calmada, bebía con dificultad mientras escrutaba mi rostro. Miraba con impaciencia. Yo la observaba, esperando el momento oportuno para preguntar. - ¿A qué se debe todo esto? - ¿Es que acaso no vives en este mundo? Se puso en pie y la taza cayó al suelo. En seguida se apresuró a recoger. Le acerqué unas bayetas y juntos recogimos aquel estropicio. Allí, agachados, tomé sus manos entre las mías y la miré a los ojos. Eran los ojos verdes más bonitos que jamás había visto. Le ofrecí una sonrisa cálida y le aseguré que todo estaba bien. Nos acercamos a la mesa y se sentó. - Han encontrado a Mary en el parque. Muerta. Mentiría si dijera que aquella noticia me afectaba. Ni siquiera sabía quien era Mary. Sólo sabía que ella estaba muy asustada. Y eso era lo único que para mí contaba. - ¿Cómo ha sido? Vale, no fui muy original. Fue lo primero que se me ocurrió. - Había quedado con un chico para cenar el jueves pasado. Siempre solía llamarme para comentarme cómo era el chico y si iba bien la cita. Pero esa noche no lo hizo. Al día siguiente, por la mañana, cuando me desperté, ella no estaba en su cama. Supuse que habría pasado la noche en casa del chico, pero me extrañaba que no me hubiera avisado. Y esta mañana, al leer el periódico... la he visto. Me tendió un trozo de papel arrugado que había estado guardando todo el rato. Su compañera de piso. La habían encontrado bajo un puente. Su cuerpo había sido perforado repetidas veces (catorce para ser más precisos). A su alrededor encontraron los restos de una botella. Según la policía, había sido violada y después asesinada. No había signos de forcejeo. La noticia adjuntaba una foto de la chica, cubierta por esas mantas de color dorado que vemos en las películas. Emily estaba destrozada. Volví a mirar la foto. Aquel puente, la zona, ... me eran familiares. Aquella chica... era la que no había podido salvar.

Emily me miró, buscando consuelo. Al menos aquel desgraciado no volvería a hacer daño a nadie.

Juicio, sentencia y ejecución

- Puede comenzar, letrado. - Muchas gracias, señor juez - le contesté. Miré al público y comencé mi actuación. Señoría, miembros del jurado, respetable público, aquí sentado vemos a un asesino, un monstruo, un... - ¡Protesto, señoría! - me interrumpió el abogado defensor. - Mi cliente es inocente hasta que se demuestre lo contrario y el fiscal parece haberlo sentenciado. - Protesta aceptada - el juez me miró con gesto desaprobador - Recuerde que estamos aquí no para juzgar al acusado, sino para conocer la verdad. No se desvíe. Proceda. Asentí con sumisión. Tomé aliento y continué con mi cometido: hacer que aquel hombre pagara por el brutal asesinato. Proseguí con mi alegato. - En la noche del 17 de diciembre, Mary Collins fue brutalmente asaltada y asesinada bajo un puente en el parque. Su atacante la asaltó mientras ella se dirigía a su casa, después de una cita. Éste se aproximó por la espalda y la derribó. Ya en el suelo, abusó de ella hasta que perdió el conocimiento. No contento con eso, rompió una botella de cristal y con uno de los pedazos le asestó catorce puñaladas con ensaño. Después, abandonó el cuerpo. ¿Y cómo sabemos que fue el acusado? Porque tenemos un testigo. Toda la sala al unísono exclamó sorprendida. Yo miré al juez y éste me devolvió la mirada. - Llame a su testigo entonces. - Señoría, llamo a declarar a John Doe. Me acerqué al estrado y juré. Una vez sentado, esperé al interrogatorio del fiscal. - Usted nos ha confirmado que vio al acusado apuñalando a la víctima la noche citada. ¿Es correcto? - Así es. - Y díganos, ¿qué hacía en el parque? - No podía dormir y salí a dar un paseo. - Y fue cuando vio al acusado. - Sí. Entré en el parque y bajo uno de los puentes vi a alguien que se movía.

- ¿Qué hacía? - Clavaba repetidamente algo a un bulto que había en el suelo. - ¡Y ese bulto era el cuerpo de Mary Collins! - exclamé triunfalmente. - No hay más preguntas. Todo el mundo asintió con la cabeza. - ¿Tiene alguna pregunta la defensa? - ¡Estás loco! ¡Todo esto es una locura! - ¡Silencio! O le acusaré de desacato. Está siendo juzgado. El juez se mostraba sereno aunque su tono pareciera irritado. El acusado nos miraba como si estuviéramos todos locos. - ¿Un juicio? ¡Si el jurado son un puñado de peluches y el juez, fiscal, testigo y defensa eres tú! Todo esto es una farsa. Estoy en manos de un psicópata. - No, el psicópata eres tú que atacaste a una chica inocente y destruiste su futuro. - Silencio - sentenció el juez. - El jurado ya tiene todo lo necesario para decidir un veredicto. Pueden retirarse a deliberar. Mientras esperaba una sentencia, observaba atento al acusado. Sentado en un taburete, con las manos atadas, abatido, esperaba qué iba a sucederle. No tardaron mucho en regresar los testigos. Esperé a que se sentaran y miré al juez. - ¿Tienen ya un veredicto? - Sí, señoría. - el portavoz aguardó al juez. Éste hizo un gesto para que continuara. Declaramos al acusado ... culpable de todos los cargos. - Bien, le condeno a morir como su víctima. - ¡Nooooooooooooooooooooooo! Por favor, señoría. Yo no quería hacerlo, de verdad. Se me fue de las manos. Sólo quería divertirme un rato con ella. Arrodillado ante mí, suplicaba perdón. Un perdón que Mary seguro que le había rogado también y que él no le había concedido. - ¿No decías que todo esto era una locura? Que estabas rodeado de peluches y que nada era real.

- Se lo suplico, ¡tenga piedad! - Alguacil, acompañe al acusado para que se ejecute su sentencia. Aquel pobre infeliz se resistía mientras lo arrastraba al fondo de la nave. Allí, en un antiguo muelle abandonado, Peter Donahue recibió catorce puñaladas. Mientras se desangraba lentamente, miré a mi alrededor: Guizmo, Bugs Bunny y un oso amoroso me observaban con aprobación. Dejé caer el pedazo de cristal ensangrentado y esperé a que exhalara su último aliento. La sentencia había sido cumplida.

Gritos en la oscuridad Después de meses perdido en el lúgubre laberinto en el que se había convertido mi mente, una chispa de luz ha logrado atravesar la barrera de nubes negras que dominaba todo mi ser. Me sentía extraño. Los días transcurrían inevitablemente, pero era incapaz de comportarme de manera autónoma. Me levantaba por las mañanas movido por una fuerza desconocida, que me llevaba a repetir las mismas acciones una y otra vez. Había perdido mi poder de decisión, aquel impulso que hacía que un día fuera diferente al anterior. Mi corazón había dejado de latir. Las horas en la oficina se tornaban interminables. Las ideas se habían desvanecido y no veía manera posible de hacerlas volver. Las agujas del reloj parecían inertes. No dejaba de observarlas, ansioso por ver el más mínimo indicio de movimiento bajo la esfera. ¿Qué hacer si la creatividad me ha abandonado?¿Cómo recuperar mi ingenio, cuando es lo único que tengo? Sin él no soy más que un tarro de cristal vacío y transparente, esperando con ansiedad ser rellenado. Por eso rechacé la invitación de Edward. Mi ánimo no sería capaz de cumplir con las normas de protocolo establecidas para ese tipo de eventos. Una fiesta en su casa de la playa para celebrar el inicio de la primavera no parecía la solución a mi estado actual de zombie. Paul nos observaba pacientemente, de pie junto a Edward, aguardando sin prestar demasiada importancia a la conversación. Parecía que mi falta de ánimo no le importara demasiado, sin embargo, algo me hacía temer que no permitiría que me librara tan fácilmente de aquella invitación. En sus ojos se reflejaba un destello de malicia. Alguna idea se le había pasado por la cabeza y estaba seguro de que yo formaba parte de ella. - ¿Estás listo para la reunión? La voz profunda del jefe interrumpió mi intento para escapar de aquella trampa. Suerte, ya que tanto Paul como Edward esperaban con gesto de sumisión, confiando en ver algún gesto suyo de aprecio. La esperanza fue en vano, ya que se me quedó mirando con urgencia. Recogí mis apuntes y nos dirigimos a la sala de reuniones. Allí nos esperaban tres hombres, socios de una gran firma. Los tres mostraban un aspecto sombrío, pero uno de ellos provocaba escalofríos con sólo mirarlo. Era menudo y delgado, con grandes bolsas bajo los hombros y con la tez muy pálida. Cualquiera que se lo cruzara por la calle creería que un villano de los dibujos animados había cobrado vida. La presentación transcurrió como de costumbre, pero un aura negra parecía haberse posado sobre ese extraño hombre, lo que me obligó a centrarme más en la exposición si quería salir adelante. Finalicé y recorrí las caras de mis jueces, esperando encontrar un indicio de sus pensamientos.

La idea fue aceptada sin gestos de entusiasmo por parte de la tríada. Al finalizar, los acompañamos a recepción. Allí me despedí cordialmente mientras mi jefe daba por cerrada la visita, como era habitual. Al estrechar la mano, una latigazo helado me sacudió. Volví a mi mesa bastante contrariado. Me faltaba el aliento. El aire que había en la oficina se había vuelto tóxico y era insuficiente para todos los que estábamos allí. Fui corriendo al lavabo. El agua no me refrescaba y no se me ocurría nada en lo que pensar que me tranquilizara. Unas voces gritaban rogando que les ayudara. Los gritos eran ensordecedores. De repente, como por arte de magia, cesaron. Por aquella tarde.

Paso en falso

Las tres de la mañana. En quince minutos se escabullirá, sigiloso, de su casa familiar. La oscuridad es su aliada.
Espero. Una sombra cautelosa se mueve entre unos arbustos y se acerca a un coche. Rápidamente se introduce en él y lo pone en marcha. Con sumo cuidado, se incorpora en la carretera. Le sigo de cerca, manteniendo la distancia para que no sospeche. Conducimos un buen rato hasta acceder a la autovía. Atrás dejamos las luces de la ciudad, que espera con los brazos abiertos la llegada de nuevos visitantes. No tiene prisa. Conduce despacio, intentando no llamar la atención y que nadie frustre sus intenciones. Pasados unos kilómetros, toma un desvío y el asfalto desaparece, dejando paso a una pequeña carretera polvorienta flanqueada por inmensos árboles. De repente, se detiene. Delante aparece una casa, no muy grande y en ruinas, rodeada de un gran bosque de secuoyas. Sale del coche, seguro de sí mismo. Aquí no tiene que ocultarse, ni vigilar los pasos que da. Se dirige a la casa, se asoma a una de las ventanas que hay en la fachada principal. "Parece que todo está tal y como lo dejé", debe pensar. Bordea la casa y se dirige a la parte posterior. Allí se encuentra con un cobertizo, unos metros hacia el interior del bosque. Espero a que entre. Como todas las veces anteriores, se quita la chaqueta, la deja en un colgador detrás de la puerta y se gira para mirar a su alrededor. Todo en orden. Se aproxima a una mesa de madera envejecida y la retira con cuidado. Debajo de ella se esconde una pequeña trampilla, que da acceso a la bodega. La abre y desciende por los peldaños de una escalera dañada por el transcurso de los años, que se queja a cada paso que el hombre da. No se da cuenta de que le sigo, ni me oye al bajar por la misma escalera. Está demasiado consternado para fijarse en mí. Al fondo, en la cara este de la sala, hay cinco montículos de tierra. Se aproxima, temeroso para observarlos más de cerca. Es entonces cuando se da cuenta de que las tumbas que él había excavado han sido abiertas. Se inclina para ver su interior y allí están, observándole con los bien ojos abiertos los cadáveres de tres muchachos y dos chicas. Ninguno de ellos tendría más de diez años cuando acabó con ellos. Las voces cobran vida de nuevo en mi cabeza. Reclaman justicia, poder descansar en paz. El hombrecillo retrocede, sin dejar de mirar las tumbas abiertas. Ha perdido toda la seguridad que muestra en su vida cotidiana. Me situo detrás de él. Treinta segundos más tarde, cae desplomado al suelo.

Cuando despierta, se encuentra maniatado, sentado en un taburete frente a las tumbas. Yo lo miro, de pie, esperando a que reaccione. - ¡Tú! - la expresión de su rostro había cambiado completamente. - ¿Que estás haciendo aquí? Su consternación se torna rabia. Trata de adoptar el papel de líder que tanto tiempo ha mantenido. - Dímelo tú. ¿Qué es este lugar? - le digo con una amplia sonrisa, mientras le señalo las tumbas. - No es asunto tuyo. - ¿Eso crees? Dudo que la policía opine lo mismo. - ¿Y a quién van a creer? ¿A un muchacho que me ha traído aquí a la fuerza o a un hombre respetable de esta comunidad? Si intentas darme una lección de moralidad, estás muy equivocado. Y si crees que me van a culpar a mí de todo esto, aun más. - Tienes razón. - Saldré de esta - me confirma con una sonrisa triunfal. - De eso yo no estaría tan seguro. ¿Por qué has hecho esto? - Yo no he hecho nada. - ¿Sabes qué? No siento que digas eso. Un pinchazo y vuelve a quedarse inconsciente. Cuando despierta, una soga aprieta su cuello y el frágil taburete es lo único que le separa de la muerte. El pánico retorna a su rostro. Suplica clemencia, pero sus ojos no muestran arrepentimiento alguno. Una corriente de aire hace que el taburete se desplace y unos quejidos dan paso al silencio más absoluto.

Zombies a plena luz

Están por todas partes. Deambulan sin rumbo, arrastrados por la marea, como una gran masa uniforme. No se preguntan adónde, ni por qué. Simplemente se mueven impulsados por una corriente eléctrica que les dirige a un punto en común: el centro comercial. No comprar un regalo en una fecha señalada parece inconcebible para ellos. Víctimas de una lobotomía total, vagan por las tiendas hambrientos de objetos inútiles que adquirir para sus seres queridos. Los criticaba, pero me estaba comportando como uno de ellos. Aunque trataba de nadar contra corriente y dirigirme a mi objetivo, no podía evitar sentirme parte de aquello. Finalmente logré llegar a mi destino. La librería estaba a rebosar. Si apenas podía moverme, menores probabilidades tendría de buscar un libro en concreto. Después de revisar tres veces las estanterías y de sendas consultas a los dependientes (que tenían menos idea de lo que le pedía que un niño de tres años), empecé a desesperarme. Me encaminé hacia la salida, evitando las ordas de cadaveres andantes que aferraban entre sus huesudos dedos algún ejemplar del best seller de turno y se dirigían a pagar. Otros contemplaban ensimismados la abundante publicidad de estasgenialidades de la literatura universal. ¿Acaso no existía nadie en este mundo con inteligencia capaz de no dejarse arrastar por la corriente? Ya me había contestado antes aquella pregunta. Salí del centro comercial y me dirigí a una pequeña librería situada unas calles más abajo. Me gustaba ir allí y pasear entre libros antiguos. También era el sitio perfecto para escapar de la multitud. Cuando entré, pensé que me había equivocado de sitio. Estaban por todas partes. El dependiente estaba abrumado ante tanta gente y la cola parecía no tener fin. Pero no iba a desistir en mi búsqueda, así que me adentré y recé para tener suerte. Recorrí las estanterías sin poder acercarme a ellas demasiado ya que todos las contemplaban, inmóviles, sin permitirme avanzar más que unos pasos. Desesperado, opté por salir en busca de un poco de aire fresco. Tuve que atajar entre unos pasillos poco iluminados pero prácticamente desiertos para poder escapar de aquella horda. Aminoré mi ritmo súbitamente. Había ido a parar a una zona oscura, desierta, con olor a humedad. Aquella zona infundía una sensación extraña, en una combinación de frustración, tristeza y rabia. Había ido muchas veces a aquella librería pero nunca había recorrido aquellos pasillos. Me encanté al repasar los lomos de los libros con las yemas de los dedos, entreteniéndome en reescribir los títulos que habían impresos. La mayoría eran ediciones bastante antiguas pero bien conservadas al mismo tiempo. Uno de ellos

aceleró mi corazón: un ejemplar de "El hobbit" en edición especial. Emily estaría encantada. Me apresuré a apropiarme de él cuando una voz interrumpió mi gesto. - ¡Ese libro es mío! - exclamó seriamente. Me volví para ver de dónde procedía. Una mujer delgada, con piel de porcelana, me miraba con ojos inquisitivos. - Pero yo lo he cogido antes. Mi tono era amable pero firme al mismo tiempo. No me apetecía que me montara una escena, aunque dudaba de que alguien se percatara de los gritos. - ¿Me ves? - su semblante cambió. Se mostraba muy sorprendida. - Pues claro - afirmé, un tanto asombrado. Simplemente se desvaneció. Ante mis ojos, su imagen se esfumó.

Revelaciones

Chicas corriendo por la oficina, tratando de no perder la compostura por el camino. Paul se agitaba continuamente, como si alguien apretara un botón y se le aplicara una descarga. En medio de toda esa agitación, paraba a una de las chicas al azar le echaba una pronca descomunal, por lo que la pobre acababa llorando en el baño. - Suerte que solicitaste que fuera tu asistente, sino ahora sería una de ellas. Sonreí. Había trabajado muy duro en mi último proyecto y su ayuda había sido fundamental para el éxito que obtuvimos. El trío (ahora duo) lo aceptó sin mostrar sentimiento alguno, pero el jefe dio aquello por todo un triunfo. Gracias a eso, pude convertir a Emily en mi asistente. - El mérito fue tuyo. Yo sólo traspasé tu petición y mi valoración. - Pero tú me has permitido pasar de una simple becaria a tu ayudante. Otro no lo hubiera hecho. Ambos miramos a Paul, que continuaba gritando a diestro y siniestro. - Por cierto, el libro me encantó. No tenías por qué haberte molestado. Gracias. En realidad no sabía por qué lo había hecho. Simplemente deseaba que ella fuera feliz. - Si no hubiera sido por tu ayuda no lo habría conseguido. Y era verdad. Después de mi exhaustiva investigación para "educar" a mi estimado cliente, se me había pasado por completo la organización de la campaña. Emily se ocupó de planificarlo todo y estuvo a mi lado en todo momento. Por supuesto que me encantaba tenerla cerca, pero no podía evitar mostrarme distante. No había habido ninguna referencia en periódicos, noticias, ... sobre lo sucedido en aquella cabaña. Sus socios tampoco se habían pronunciado, y el jefe obvió que faltara uno de los tres miembros. Estaba seguro de que la policía habría dado con el lugar que amablemente les indiqué. Me imaginaba sus caras una y otra vez al encontrar todo aquello. No había supuesto , sin embargo, que una familia de una posición social como la suya se encargaría de que nada se supiera. Aún así, Emily nunca perdió su sonrisa y yo no podía evitar desearla más. Deseaba mostrarle mis sentimientos. Por eso busqué el libro. Mi menté volvió a viajar a la librería donde lo había comprado y donde había conocido a aquella extraña mujer. Un grito agudo me devolvió a la realidad. - Creo que alguien tiene problemas.

Primer intento

No podía dormir. Las sábanas me aprisionaban. Daba vueltas y más vueltas y era incapaz de librarme de ellas. El aire era escaso en la habitación. Por más que me revolvía, no lograba conciliar el sueño. Aquella piel de porcelana se aparecía constantemente. Parecía que quisiera decirme algo, pero no conseguía descifrar el qué. Miré el despertador y faltaban dos minutos para que sonara la alarma. Me levanté y comencé mi rutina diaria. El día en la oficina fue de lo más tranquilo, incluso fue un gran día, gracias en gran parte a la noticia que me dio Emily. - ¿Sabes que han echado la bronca a Paul? Yo la miré sorprendido, ya que por mucho que había rezado, jamás creí que aquello fuera a suceder. - Ah, ¿en serio? No habrá sido tan grave... Le resté importancia al asunto. No quería crearme falsas esperanzas. - Pues se rumorea que lo van a despedir... Como fue incapaz de tener lista la presentación de la cuenta Gilmore a tiempo... - Hoy ha venido a trabajar - puntualicé. - Sí, pero ahora está en el despacho del jefe. Y dudo que sea una reunión amistosa. Coincidía con ella en la observación, pero no íbamos a dar más vueltas al asunto. Volví a centrarme en el trabajo. Una hora después vi pasar a Paul con su maletín que con el gesto altivo que le caracterizaba se dirigía al ascensor. Entonces los rumores se sucedieron. Sentía curiosidad por saber qué le había pasado, pero más aún por la mujer misteriosa de la librería. Decidí volver a su encuentro. Nada más salir del edificio, corrí a la tienda. Recorrí los pasillos en su busca sin éxito. Finalmente llegué al pasillo donde la había conocido, por un instante solamente. Allí estaba. Con una mirada que congelaba la sangre en las venas. Traté de buscar un tema con el que entablar una conversación. Estaba a punto de hablar cuando vibró mi móvil. Era Edward.

- ¿Qué dices?¿Que Paul está borracho?¡¡Pero si son las cinco y media solamente!!Sí, termino un asunto y voy para allá. Nos vemos en el 40's. Colgué rápidamente para seguir mi conversación, más bien comenzarla, cuando me di cuenta de que estaba solo. Había vuelto a desaparecer.

Sin mirar atrás (parte I)

Hacía ya varios meses que había desaparecido de mi vida. Volvía a dormir plácidamente y me levantaba de mejor humor. No la había vuelto a ver desde la noche en la que Paul murió. Tras recibir la llamada de Edward aquella tarde, tomé un taxi y me dirigí hacia el 40's. Recorrimos las calles sin apenas tráfico y en pocos minutos me encontraba frente a la puerta del local. No había mucha gente en su interior, sin embargo el ambiente era muy bullicioso. En la barra, Edward trataba de evitar que Paul se metiera en problemas. - ¡Eh, tú, chico! Ponme otro whiskey con hielo. Paul balbuceaba sin coherencia alguna. - Paul, déjalo ya. - Decía, alejándole de la barra mientras negaba con la cabeza al camarero. -Llevas cinco copas. - ¡A ti qué te importa!- le apartó de un empujón. - ¡Ésta es la última! La cara de Edward era un poema. Su rostro cambió cuando me vio aparecer. - ¡Menos mal que has llegado! - exclamó sin apartar su mirada de Paul. Me aproximé a la barra y me pedí una Bud, a la vez que los contemplaba discutir. Casi me atraganto al ver una figura femenina entre ellos. Su tez, blanca, de porcelana, se distinguía del resto. Sus ojos, grises, fríos, helaban la sangre. Si las miradas mataran, ella lo habría conseguido, ya que ese parecía ser su propósito. Ponía todo su empeño en Paul, pero éste parecía no percatarse. En ese preciso instante, sus ojos se encontraron con los míos. No me dio tiempo a reaccionar. Nuevamente desaparecía frente a mí. - ¿Qué sucede, John? - Paul apenas se sostenía en pie y Edward hacía malabarismos para sujetarlo. - Parece que hayas visto un fantasma. ¿vas a ayudarme o qué? La busqué con la mirada, pero no tuve éxito. Viendo que no obtenía respuesta, Edward se olvidó de mí y arrastró a Paul a la salida, llamó a un taxi y metió a Paul en él a la fuerza. Se sentó a su lado y el vehículo arrancó. Decepcionado, paré un taxi y me fui a casa.

Durante la noche, miles de imágenes asaltaban mi mente. Figuras en blanco y negro se superponían las unas a las otras sin sentido. Yo me encontraba en medio, rodeado por esas figuras, sin lograr comunicarme con ellas. Angustiado, me levanté de la cama. En la televisión sólo había canales comerciales. En la mesa había un bloc de notas y un lápiz. Instintivamente, los cogí y comencé a garabatear. El sonido del despertador me sacó de mi trance. Me levanté de la silla y me preparé para ir a trabajar. La mañana en la oficina comenzó bastante agitada. Con el despido de Paul, los rumores se sucedían a lo largo de la mañana. A media mañana, Jane, la secretaria del jefe, se acercó sigilosa a mi mesa. - El jefe quiere hablar contigo. – Susurró mientras se aseguraba de que nadie nos observaba. – Ahora. - ¿Ahora? – exclamé, sorprendido. No quería ser el próximo en caer. - ¿Y sabes para qué es?– mantuve su mismo tono de sigilo y le añadí una sonrisa cómplice. - No, y ya sabes que no se le puede hacer esperar. Aunque… – y con la misma sonrisa cómplice – parece que esta mañana está de muy buen humor. No me entretuve y acompañé a Jane al despacho del jefe. Esperé a que ella me anunciara y él me hiciera pasar. Nunca había estado antes y siempre me lo había imaginado como un lugar bastante tétrico. Todo lo contrario, los grandes ventanales permitían que los rayos del sol iluminaran la estancia. Las sillas y el escritorio le conferían un diseño minimalista y moderno. De pie, mirando a través de la ventana central, se encontraba él. - Siéntate, John. Aquella voz intimidaba de verdad. Rápidamente fui a sentarme en una de las sillas que se encontraban frente a su escritorio. - Siempre me han gustado las personas ambiciosas. Hizo una breve pausa, sin girarse, esperando una palabra por mi parte. Yo permanecía callado, expectante ante lo que podía suceder a continuación. - Pero valoro mucho más la lealtad y la entrega. Esta vez me miró a los ojos cuando pronunció las palabras. Sin saber cómo reaccionar, mantuve mi pose sobria, aguardando la bomba. Viendo que no emitía sonido alguno, prosiguió. - Por eso sé que eres el candidato idóneo para el puesto de director creativo.

Aquello no me lo podía creer. Después de las innumerables horas de trabajo y la competencia desleal por parte de Paul, recibía mi recompensa. El brusco carraspeo me hizo bajar de las nubes. - Gracias, señor. – Era lo único que se me ocurría en aquél instante. - Bien. Jane te acompañará a tu nuevo despacho para que puedas instalarte. Mañana a las doce hay una reunión en la que te presentaré formalmente. Puedes retirarte. Me levanté de un salto, como si fuera un muñeco con resorte en una caja musical. Salí sigiloso y esperé frente la mesa de Jane. Al cabo de unos minutos, ella volvía con una taza humeante de café. Se sorprendió de verme allí, pero fue directa a la puerta. Llamó con dos golpecitos y esperó unos segundos para entrar. Instantes después, salía muy seria. Yo permanecía de pie, explotando por dentro. Ella se dirigió a su mesa y buscó en uno de sus cajones. Luego se puso frente a mí - Si es tan amable, señor director, acompáñeme por aquí. – Dijo en tono solemne, haciendo ademán para que la siguiera. Seguimos por el pasillo hasta llegar a mi nuevo despacho, sólo le separaban otros tres de donde estaba el del jefe. Jane abrió la puerta y me hizo pasar. Ella entro detrás de mí, me dio las llaves al mismo tiempo que besaba mi mejilla y se fue, cerrando la puerta tras ella. Me acerqué al gran ventanal y ante él, observé las fabulosas vistas de la ciudad que me ofrecía. Fue entonces, con aquella claridad, que recordé el blog de notas. Bajé a mi antiguo despacho y lo busqué en mi maletín. En la hoja garabateada, aparecía la imagen de la mujer que me perseguía. Su rostro tenía todo lujo de detalles. No podía dejar de pensar en ella y no sabía como encontrarla. - ¡Guau! ¿De dónde has sacado el retrato de Emma? ¿Lo has hecho tú? Edward acababa de irrumpir en mi despacho. - ¿De qué narices me estás hablando? - De ese dibujo – dijo, señalando el bloc con mi boceto. – Era una antigua “novia” de Paul. ¿Es tuyo? - Me he encontrado el bloc en uno de sus cajones y estaba curioseando un poco – mentí.- ¿Y dices que era novia de Paul? No me suena. - Desapareció poco antes de que entraras a trabajar aquí, si no recuerdo mal. Un día Paul le dijo que ya no quería seguir viéndola y ya no supe nada más de ella. – Se acercó a mí y en tono confidente añadió – Era una chica estupenda, pero ya sabes cómo trata Paul a las chicas.

Asentí sin añadir palabra. ¡Por ese motivo se encontraba ella en el 40’s! ¿Pero por qué Edward no la había visto? - ¿Emma, eh? Es posible que se la haya oído mencionar a Paul – insistí. - Sí, Emma Stuart, creo recordar. Perfecto, ya tenía por dónde comenzar a investigar. Ahora sólo tenía que deshacerme de Edward. - Oye, Edward, ¿tienes los informes de las cuotas de mercado del último trimestre? - No, de eso se encargaba Paul. ¡Mierda! – Exclamó, al ver la expresión de mi rostro ¡Y es para mañana! Más vale que busque a su ayudante. Recogí mis cosas y me trasladé a mi nuevo despacho. Nadie excepto Jane sabía que me encontraba allí, así que no sería molestado. Estuve todo el día buscando información sobre esa chica. Había comenzado a oscurecer y no había encontrado nada. Era un nombre bastante común y todo eran comentarios en redes sociales. Desesperado, aparté el bloc de un manotazo. Frustrado, comencé a dar vueltas en la silla. Acabé mareado y frente a la ventana. Entonces, en el cristal, vi su imagen. Temeroso ante la idea de verla desaparecer de nuevo, giré la silla muy despacio para ver aquello que se había reflejado. En el monitor, aparecía la foto de Emma y una detallada descripción. Era su perfil en la página de personas desaparecidas.

Sin mirar atrás (parte II)

- ¿A quién no le gustaría pasar unos días en el sur de Florida? A cualquiera que le preguntes mataría por poder ir. Edward se mostraba sorprendido ante mi rotunda negativa. Cualquiera querría ir, sí, todos excepto yo. - Será genial. Habrá chicas en bikini, música, alcohol, la playa... - él seguía con su charla, tratando por todos los medios de convencerme. Sonaba a la típica fiesta de adolescentes que salían en las películas, en las que un tímido muchacho aprovechaba que sus padres se marchaban de fin de semana para invitar a todo el mundo y ser el más popular del instituto. - Ya te he dicho que tengo mucho trabajo - le interrumpí bruscamente. Comenzaba a estar aburrido de tanta charla. Mi tono de voz le hizo bajar de las nubes. - No sé qué te pasa últimamente. Sé que tienes mucho trabajo desde que echaron a Paul, pero todos sufrimos las consecuencias. Por eso quiero que vengas, para que te relajes un poco y que volvamos a reunirnos los tres. - ¿Los tres? - le pregunté, intrigado - ¿A quién más has invitado? - Hombre, no pretenderás que te dejemos todas las chicas para ti sólo. Paul también viene. Esas tres palabras captaron mi atención por completo. Así que Paul también iba a ir... No se me volvería a presentar una ocasión mejor. - ¿Has conseguido hablar con él? Lleva semanas desaparecido. - Sï, está en la casa que tienen sus padres en los Hamptons. Dice que se está tomando un descanso, para pensar qué quiere hacer. - Añadió con tono irónico. - Está bien, me apunto. No me gustaría que se os aguara la fiesta por mi culpa. - ¡Sí que te has hecho de rogar!Menos mal que ya rerservé el vuelo, sino ahora tendríamos que ir en turista. - Puso cara de espanto con sólo pensarlo. - O podrías pedirle el jet a tu padre....

- Ojalá pudiera, pero está en plan "ejemplar" y quiere que sea independiente, me labre una carrera por mí mismo y blah, blah, blah - entornó los ojos mientras comentaba- le ha nacido la vena paternalista. ¡A buenas horas! Horas después nos encontrábamos los dos plácidamente acomodados en nuestros asientos, rumbo a Miami. El avión de Delta AIrlines se preparaba para despegar, dejando atrás el aeropuerto JFK de Nueva York. Una vez se elevó del suelo, recliné mi asiento y cerré los ojos, dispuesto a dejarme llevar por la música que sonaba en mi iPod. Tres horas más tarde nos encontrábamos en el aeropuerto de Miami. Tomamos un taxi y que nos llevó hasta la casa, en Indian Creek, una isla al noroeste de Miami Beach. Al salir del taxi, una mansión espectacular nos daba la bienvenida. - No te dejes impresionar aún - presumió Edward. - Lo mejor está por llegar. Y estaba en lo cierto. En su interior, una marabunta correteaba frenética por los pasillos. Los tacones de las camareras repicaban contra el suelo de mármol mientras llevaban las bandejas de canapés a las mesas bajo la atenta supervisión de Desmond, el mayordomo de la familia. Edward quería que su fiesta fuera la más sonada de la zona y lo iba a lograr. Cualquiera que fuera alguien estaría aquella noche. - Buenas tardes, señor Goldman - se apresuró a saludar Desmond. - ¿Han tenido un vuelo agradable? - Sí, gracias Desmond. - contestó mientras el mayordomo nos cogía las americanas y las guardaba en un pequeño armario en el hall, camuflado detrás de un gran espejo de cuerpo entero - ¿Cómo va todo? - Según lo previsto, señor. Sus habitaciones están preparadas, por si desean descansar antes de la velada. - Magnífico. Paul llegará en un par de horas. Yo me quedaré a supervisar, pero tú si quieres puedes irte a dar una vuelta, John. - ¿Desea que lo acompañe a su habitación, señor? - No, tranquilo Desmond. Ya lo acompaño yo. - Muy bien señor. Si no desea nada más, continuaré con los preparativos. - Gracias, Desmond.

Dejamos el salón principal y subimos la escalera central, que conducía al piso superior y que estaba exquisitamente enmoquetada en un tono crudo. En la planta, todas las paredes exteriores eran grandes cristaleras sujetadas por columnas de madera de teka. Entramos en la primera habitación y Edward hizo un gesto. - Bueno, aquí tienes. ¿Qué te parece? - Espectacular. Edward sonrió complacido. No podía dejar de mirar por la cristalera. La puesta de sol dejaba sin palabras. Las siluetas de los edificios que se veían a lo lejos se realzaban gracias al intenso color naranja que predominaba, mientras se ocultaba el sol tras ellos. Las palmeras que había en el embarcadero de la casa transmitían calidez. Era una vista única. - Te dejo, que tengo que vigilar todo esto. A las nueve empieza, ¡así que no te retrases! - Y dicho esto salió tras cerrar la puerta. Disponía de poco menos de dos horas para conseguir un coche y una lancha. No había tiempo que perder. Llamé a un taxi que me llevó a Bal Harbour Beach. Allí había una oficina de alquiler de coches. Bajé del taxi y entré. Una rubia muy bronceada me dio las llaves de unFreelander sin perder su blanca sonrisa, mientras pestañeaba sin cesar. Era muy atractiva y seguro que podría pasar un buen rato con ella, además me proporcionaría una coartada. Así que le di la dirección de la casa. Estaba seguro de que Edward estaría encantado. Ya con el Freelander me dirigí a mi siguiente parada: buscar una lancha en los Everglades. El navegador me llevó hasta un cruce entre la 27 y Krome Ave. Giré a la izquierda y me adentré en una carretera secundaria. Buscaba algún granjero que tuviera allí una lancha pero no hubo mucha suerte. Unos diez kilómetros más adelante, un hombre salía de una caseta bastante ruinosa de madera y a su lado, cercana a la orilla, había una lancha. Premio. Era un hombre bastante castigado, de mediana edad, que aparentaba más edad de la que en realidad tenía. Llevaba unos tejanos roídos y una camiseta de tirantes bastante sucia y que en otros tiempos fue blanca. Me miró sorprendido y echó la mano al interior de la caseta mientras esperaba a que saliera del coche. - Hola, buenas tardes - comencé a hablar en tono conciliador, mientras salía del coche y me acercaba pausadamente. - Sé que sonará extraño, pero mi prometida, bueno, mi esposa ... estamos aquí de luna de miel - añadí una media sonrisa he hacía vibrar mi voz - siempre ha deseado visitar este lugar.. y me gustaría saber si podría alquilarme su lancha para dar un paseo.

El hombre soltó aquello que debía agarrar dentro de la caseta, una pala tal vez, y se acercó. Estuvo pensando unos minutos y finalmente habló. - Yo no paseo a la gente. Hay gente que hace viajes... - No, no. - Interrumpí. - La alquilaría para mi mujer y para mí. Un par de horas como mucho, para dar un paseo. Esta noche. - Este lugar es muy peligroso si no se conoce bien y más si es de noche. Debía convencerle, rápido. - He estado estudiando mapas y viendo documentales. Por favor....sería un regalo fantástico para mi esposa. Acabamos de perder el bebé que esperábamos y he organizado este viaje para animarla un poco. - Creí que estaban de luna de miel. Este hombre era más listo de lo que parecía. - Sí, es una segunda luna de miel. Vinimos aquí en la primera y se quedó con las ganas de visitar este lugar. Espero que la alegre, lleva unos meses muy deprimida. Asintió brevemente. - ¿Ya sabe manejar estos cacharros? - He llevado lanchas motoras. ¿Son muy diferentes? - No, podrá manejarla. ¿Cuánto va a pagar? - El dinero no es un problema. En cinco minutos ya tenía las llaves de la lancha y las indicaciones de su funcionamiento. Además, me había aconsejado adónde llevarla y los lugares más peligrosos de la zona. -¡Sobretodo, vigile que no se le suban los cocodrilos a la lancha! Los cocodrílos no serían el único problema para Paul. Me había retrasado bastante. El trayecto de vuelta duraba una hora aproximadamente. Logré llegar a la casa en treinta minutos. Esquivé a Edward, que gritaba a todo el que pasara delante suyo y subí a cambiarme. Salía de la ducha cuando Paul apareció por la puerta.

- Edward necesita una copa. - Y tú se la ibas a llevar, ¿verdad? - señalé la que llevaba en la mano. - No, ésta es para mí. - Añadió con una sonrisa. Acabé de vestirme y bajamos. Algunos invitados ya se encontraban allí, mayoritariamente chicas. En apenas veinte minutos, el salón principal se llenó de vestidos de diseño y camisas de última moda. Paul llevaba un buen rato en la barra cuando noté unos golpecitos en mi hombro. - ¡Hola! - exclamó pizpireta mi cita de aquella noche. - Hola. Estás preciosa. - solté mientras le daba un beso en la mejilla. Bajo el moreno noté como se coloreaban sus mejillas. - Espera un segundo que voy a buscarte una copa. Me acerqué a la barra. Paul ya iba por el quinto bourbon. Me iba a poner el trabajo bastante fácil. - Ahhhhhhhhhhh, ¿y eesa rubia? - comenzaban a relucir los efectos del alcohol. - ¿Qué va a tomar? - nos interrumpió el camarero. - Dos copas de Moët, por favor. - Contesté, y mirando a mi cita le dije a Paul. - Es una chica que he conocido esta tarde. - Mmmmmmmmm. Para él acababa de convertirse en la presa de aquella noche. A la que me separara de ella, se abalanzaría como un buitre. Pero en realidad ella era el cebo. Y él, mi presa. Hacia la medianoche, se había trasladado la fiesta a la playa. Habíamos pasado la noche bailando y bebiendo y tenía que reconocer que estaba siendo una de las mejores citas que había tenido últimamente. Pero no podía perder mi objetivo de vista. Paul había mantenido las distancias y seguía cerca de la barra. - Voy un momento al baño. ¿Me esperas aquí? - añadió con voz sexy. - Sí, por supuesto - añadí con el mismo tono. Ella respondió con un beso.

- Espera - la agarré del brazo.- Mejor sube a mi habitación, que tiene baño y estarás más tranquila. Es la primera. Sabía que Paul iría tras ella, así que esperé a que la siguiera y subí. Paul estaba a punto de entrar en el baño. No me fue difícil sacar su cuerpo y meterlo en el maletero. La dosis de sedante que le había administrado era pequeña, por lo que debía darme prisa en llegar. Una vez hube aparcado, saqué a Paul del coche y puse en marcha la lancha. En pocos minutos nos encontrábamos en medio de un canal. Detuve el motor y esperé a que despertara. Era una noche apacible. La brisa hacía el ambiente más soportable y se podían ver las estrellas. Finalmente, la bella durmiente despertó. Aún confundido y desorientado, comenzó a gritar. - John, ¿dónde estamos? Trataba por todos los medios de soltarse, pero era una tarea difícil estando tendido en la lancha, boca arriba, con los pies y las manos bien atadas con cinta. - Díle a Edward que salga. Ya os habéis divertido bastante a mi costa. - Edward no está aquí. Estamos solos tú y yo... y los caimanes. Es hora de darte una lección. - Si es por cómo me he comportado estos meses... lo siento. He perdido el norte. Pero vamos, tampoco es para ponerse así. - ¿Acaso crees que me importa tu humor de estos meses? - Entonces...¿qué narices hacemos aquí? - Paul, si colaboras más, todo será más fácil....y menos doloroso. - Mira, cretino - comenzaba a enfurecerse.- O terminas ya con toda esta historia o te aseguro que acabaré contigo. Haré que tu vida sea un infierno. No serás nadie... - Como hiciste con Emma. - ¿Quién? - Una chica rubia, con la piel de porcelana... ¿la recuerdas? - ¡Sácame de aquí! - He estado hablando con ella... - ¿Y se puede saber cómo ha sido eso, si está muerta?

Mi sonrisa empalideció su rostro. Se acercaba el momento. - Es curioso que lo menciones... El caso es que ella quería vengarse de ti, hacerte lo que tú le hiciste. - ¡Yo no le hice nada! - ¿Y cómo sabías que estaba muerta? La policía la sigue buscando. Se acababa de descubrir. - Me lo he imaginado, cuando has mencionado que no la habían encontrado. - No van a encontrarla, ¿verdad? Ya te has encargado tú de eso. ¿Dónde está? - No lo sé. Si lo supiera, te lo diría. ¡Acaba ya con todo esto! - Tranquilo, no serías tan impaciente si supieras cómo va a acabar esta noche. - ¿Qué piensas hacerme? Saqué un cuchillo y se lo mostré. El reflejo de la luna se podía ver en su hoja. - ¡Estás loco! - ¿Me vas a decir dónde está? - ¡No lo sé! Comenzaba a ponerse histérico. - Veo que no quieres colaborar. Segundo intento: ¿por qué lo hiciste? - ¿Quieres saberlo? - Sí. - Porque era un rollo de una noche, pero ella no lo entendió y empezó a llamarme llorando. Aparecía en el club y montaba una escena si me veía con otra chica. - Y por eso la mataste. -¡Fue un accidente! Una noche se presentó en mi casa. Me enseñó unas fotos y dijo que las iba a enviar a todos los periódicos. ¡Me quería destruir!Yo intenté convencerla pero salió corriendo. Corrí tras ella entre los árboles. Traté de alcanzarla pero desapareció. La estaba buscando cuando oí un grito. La encontré en el suelo. Se había

caído y se había golpeado la cabeza con una piedra. Tenía sangre por toda la cara y una brecha en la sien derecha. Yo seguía impasible, esperando a que saciara mi curiosidad. - No tenía pulso y sabía que nadie me creería. Así que decidí librarme de ella. - ¿En qué bosque está? - Detrás de casa tenemos un acceso al Highlands State Park. Pero ella no está allí. - ¿Qué hiciste con ella? - Tiré su cuerpo al Hudson. No había motivo para alargar aquelo más tiempo. Guardé el cuchillo en mi mochila y Paul respiró aliviado. Me acerqué a él. Rápidamente se sumió en un profundo sueño del que jamás despertaría. Los cocodrilos harían el resto.

Segunda oportunidad

Después de una tarde fructífera, decido recoger mis cosas y marcharme a casa. Abatido, abandonado por las musas, desecho cualquier atisbo de idea creativa que he tenido durante estas últimas horas. - No te voy a preguntar qué bicho te ha picado, porque ya lo sé. Pero no te negaré que estoy preocupada... Absorto en analizar los pasos que me han llevado a hundir mi relación con Emily esta tarde, no me doy cuenta de la presencia de Jane en el despacho. - ¿Perdona? - Desde que trabajo para ti siempre te he visto sereno, nunca has perdido las formas. Entiendo por qué has explotado, pero las formas... lo de esta tarde no ha sido normal. - Pues luego ha sido peor. Lo he estropeado con Emily. Para siempre. Jane me mira extrañada. - ¿No has hablado con ella? - No. Suspiro. No me apetece revivirlo, pero espero que al contarlo pueda librarme de este peso que llevo encima. - Al poco de llegar a la oficina, ha venido Emily y me ha preguntado por qué me he comportado así con ella. - ¿Y? - me mira suspicaz, temiendo mi respuesta. - Me he enfadado - viendo su reacción, añado- aún más. Y he estallado. Le he dicho que estoy loco por ella. Sus carcajadas resuenan por todo el despacho. Hubiera esperado cualquier reacción excepto esa. La miro, dolido y ella para en seco. - Perdona - se disculpa, intentando contenerse. - Es que sois tal para cual. - ¿Qué quieres decir? - Estás tan seguro de lo que crees que siente Emily que no te das cuenta de lo que verdad siente.

- Si lo que estás insinuando es que siente algo por mí, creo que estás muy equivocada. - No lo insinúo. Lo sé. - Si hubieras estado aquí esta tarde dirías lo contrario... - Soy muy intuitiva. No suelo equivocarme en estas cosas. - ¿En serio? Pues entonces haces sufrir a Edward a propósito. - ¿Edward? - pregunta sorprendida. - No puedo creer que no te hayas dado cuenta. - Adopto el mismo tono socarrón que había tenido ella hasta ahora. - Estás de broma. ¡Pero si cada vez que estamos juntos sólo dice estupideces! - ¿Y por qué crees que es? Le pones nervioso y no sabe cómo actuar. Justo en ese instante, Edward irrumpe en el despacho. - John, te vienes a...esto, tenemos que preparar la reunión...- me mira apurado, esperando que le eche una mano. Sonrío, ya que Jane se da cuenta de que lo que le he dicho es cierto. - Yo ya me iba. Mañana hablamos. Se dirige a la puerta, no sin antes detenerse para lanzarme una señal de aviso, empequeñeciendo sus ojos. Asiento con la cabeza y prosigue. Pasa cerca de Edward, que se aparta de la puerta para cederle el paso, pero ninguno de los dos dice nada. Cierra tras de sí la puerta y nos deja a solas. - Esta tía me tiene loco. - ¿Y por qué no le dices nada? - le animo, aunque sé a ciencia cierta que no se atreverá. - ¡Qué dices!¿Acaso no has visto cómo me trata? Si ni me mira a la cara...Se pensará que soy gilipollas. - ¿Estás harto de salir con modelos y ahora me dices que tienes miedo de pedirle una cita a una compañera de la oficina? - Ella es diferente. - ¿Por qué?

Después de un largo suspiro, responde tímidamente. - Porque ella es diferente. No se deja impresionar por ropa de marca o cenas en salas VIP. - Yo sólo te digo que si no lo intentas nunca lo sabrás. Asiente, pensativo, plenamente consciente de que tengo razón. Decido no machacarle más, así que recojo mis cosas y bajamos a tomar algo al 40's. Hacemos una copa rápida y cojo un taxi para volver a casa. Jack, el portero, me abre amablemente la puerta. Le saludo y entro decidido a tomar el ascensor, cuando Jack me para y susurra en tono cómplice: - Una señorita le espera. Asomo la cabez entre las puertas y veo que Emily me espera, sentada en uno de los sillones que hay en la sala principal del portal. - Muchas gracias. Me acerco a ella, ansioso por saber qué quiere pero temeroso al mismo tiempo, ya que tengo la certeza de que no me gustará lo que me vaya a decir. - ¿Tienes un minuto? - Sí, claro. Podemos ir a una cafetería que hay cerca. - Prefiero que vayamos a tu casa, si no te importa. Hago ademán para que se dirija al ascensor y la acompaño dos pasos detrás suyo. Esperamos a que llegue sin mirarnos, los dos vista al frente. Entramos en silencio, evitando encontrarlos con la mirada. Las notas del hilo musical hacen más incómoda la situación. Finalmente el ascensor para en mi planta. Salimos en silencio. Rezo para que los segundos pasen y se acabe esta tortura. - Creo que te debo una disculpa. No debería haberme marchado así. Eso sí que no me lo esperaba. ¿Debería disculparme yo por lo que le había dicho o esperar a ver en qué desembocaba aquello? - Creo que soy yo el que debería disculparse. Siento haber perdido las formas. - La verdad es que te has pasado un poco - sonrió.- Pero tienes toda la razón para estar enfadado conmigo. Es por eso que he venido.

Hace una breve pausa, estudiando mi reacción y prosigue. - Al principio no sabía si podía confiar en ti. Eras amigo de Paul y te comportabas como él. Pero luego descubrí que érais totalmente diferentes. Si no hubiese sido por ti, después de cómo me trató Paul, no sé qué habría hecho. Lo pasé muy mal y tú fuiste testigo de ello. Se acerca el momento. Ahora es cuando dice que sólo me ve como a un amigo. - La gente siempre te dice que las cosas mejorarán, que recibirá su merecido...pero yo nunca lo he visto, sino todo lo contrario. Te hacen daño y siguen con su vida. Es por eso que quiero saber qué es de él, si se está pudriendo en algún lugar de mala muerte, abandonado, sin un centavo, llorando por las noches. Es muy cruel, ¿verdad? - No, tienes todo el derecho del mundo a odiarle. - No le odio. Sólo quiero que sufra aunque sea una décima parte de lo que ha hecho sufrir él. No puedo evitar sonreir. No conocía esa faceta sádica de Emily. - Te puedo asegurar que ha sufrido lo suyo. - ¿Sabes lo más extraño? En realidad le estoy agradecida. - ¿Y eso? - Porque gracias a él he aprendido a conocer mejor a las personas y...- se acerca a mí sin dejar de mirarme a los ojos -he podido conocerte a ti. No puedo responder. Sus labios sellan los míos con un beso cálido e inesperado. J.D.

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