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EL ERIAL Constancio C Vigil

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PARÁBOLAS

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LA CONGOJA Aquel hombre quería ahondar en los dolores del mundo, para disminuirlos; aquilatar sus goces, para multiplicarlos. Atravesó los campos y las ciudades; oyó rugir las arenas del desierto y sollozar al océano; comprendió el gesto de la montaña y el silencio de la tierra. Anduvo tanto que sus piernas temblaban cada vez que se disponía a caminar más. Y, ya blanca la cabeza, volvió a su patria, llegó a su pueblo y penetró en su casa. Pero la gente supo su venida, y pidió a gritos lo que había aprendido para mejorar la vida. Salió y la muchedumbre lo empujó hasta una altura. Allí todos le veían, y de todos seria oído. Las manitas crujían entre las manos nerviosas de las madres y los hombres dilataban el pecho, para no respirar seguido. En los árboles había racimos de muchachos. Las viejas, sobre las puntas de los pies, parecían mozas, y las mozas tenían aire de viejas. Habló… ¿Qué voz era aquella? ¿Qué idioma hablaba aquel hombre, que no era de ningún pueblo de la tierra?... Una voz rara, extraña, dolorosa; con sonido de bronce y de cristal; que recordaba todo; pero que nadie entendía. ¡No era el tiempo de entenderlo; no estaban aún preparados para recibir la verdad que habría de redimirlos! El hombre, entonces, dejó caer bruscamente la cabeza sobre el pecho y sintió que toda aquella multitud, sin comprender una palabra, lloraba. EL SEÑOR Inclinado sobre la Tierra vio el Señor que los vecinos de una aldea iban en fila como apresuradas hormiguitas hacia el templo. Descendió y poniéndose ante ellos dijo: --¡Deteneos!... No todos me encontraréis en donde vais a buscarme. --¡Señor! –Exclamó un aldeano.- No entiendo eso; vamos a tu casa. --No entiendes, por que tus bueyes no pueden explicártelo; más sufren hambre y sed, y junto a ellos te aguardo. --¿También lo dices por mí? –preguntó una mujer. --También por ti, que cada hora inventas un pretexto para abandonar a tu pequeño hijo. En él me encontrarás.

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--Verdad es –observo un hombre. —Mejor haría en no privarlo de la ternura maternal. --Y mejor harías tú –dijo el Señor—si aprendieras a amarme mostrando gratitud hacia tus ancianos padres. Al escucharlo, muchas de las hormiguitas se volvieron, decididas a cumplir su deber, y hallaron al Señor en su propia casa, y sintieron que les colmaba de dulzura el corazón. UN NEGOCIO Dormitaba Caín en la caverna de la ignorancia y oyó decir con voz bronca: --¡Levántate, Caín! Salió Caín y preguntó: --¿Qué pasa? --Que has de venir con nosotros. --¿Adonde me llevaréis? --A la guerra. Te daremos un fusil y matarás a todos los que puedas. --¿Quiénes son? --Tú no los conoces, estarán muy lejos. --Y ellos, ¿Qué harán? --Ellos querrán también matarte a tí. Si lo consiguen, paciencia. --¿Y si salgo con vida? --Entonces gozarás con el regreso a tu casa. --Ya estoy en ella. ¿No es esto estúpido? --No, Caín, no lo es. Fíjate cuántos lo aceptan y con furioso entusiasmo. --Bueno. ¿Y qué me daréis? --Te lo hemos dicho: Un fusil. --¿Nada más? --¡Vamos, hombre, decídete! Si por tus actos de arrojo te haces digno de ella, recibirás una medalla con una cinta para que te la cuelgues sobre el pecho. --¡Ah, bueno! Eso y es otro cantar… ¡Venga el fusil!

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PADRE E HIJO (Atribuido León Tolstoi) N.E Padre, como tú me dijiste, así lo hice. Compré primero el carro, un hermoso, sólido carro de cuatro ruedas, y la yunta de caballos adiestrados; luego, compré las diversas provisiones, tu poncho de vicuña, todo lo demás, hasta llenar el carro. Y todavía me sobró la mitad del dinero. --Compraste bien, hijo mío. --Partí, pues, de regreso. Al salir del pueblo, pasé delante de una miserable choza. Cinco hombres sacaban de allí un muerto. Me detuve. En medio de la pieza vi a una infeliz mujer con los brazos cruzados. Numerosas criaturas agrupábanse a su lado y se abrazaban a ella. Todos lloraban, menos la más chiquita, que me miró fijamente. Comprendí. Me puse de pie y desde lo alto arrojé dentro el resto del dinero… La viuda se inclinó a recogerlo. Por la barba del viejo cruzó furtivo un estremecimiento. --Reanudé la marcha –siguió diciendo el hijo. —Un pobre hombre que temblaba de frío me tendió la mano. Le di el poncho. Después encontré un grupo de muchachitos descalzos… No pude menos que entregarles la caja de los dulces. El viejo miro al suelo para dejar caer una lágrima. --Al pasar por aquel bello monte de álamos que hay a la derecha de los cerros, los pájaros piaron desesperadamente. Abrí la jaula. No lo pude resistir. Fui dejando después, a lo largo del camino, las demás provisiones. El sillón… lo di a una pobre inválida. El perro… Lo regalé a un ciego… Todo lo di, padre mío, y por último el carro, ya vacío, lo necesitaba Juan, aquel Juan de la casucha de lata y de madera, que me mostró a sus hijos, su terrible lucha, su huerta tan bien cultivada, cuyos productos llevaba el infeliz marchando a pie por el largo camino, con la pesada carga… Veo que lloras, padre… --¡Tu corazón es grande y generoso! --Pero mi proceder!... ¡Perdóname, padre mío! --Tu proceder es el de un rey, si alguno existe que merezca serlo. Mi llanto es de alegría, una alegría tan viva que no podrá atravesar mi corazón sin desgarrarlo… Apresúrome a dar gracias a Dios, por que tú, ¡oh dicha inmensa!, eres mi hijo.

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LAS SÚPLICAS Nosotros querríamos algo que nos permitiera extraer de la tierra los frutos que deseáramos; vivir sobre el suelo tan abrigados como en una caverna; poder desafiar el frió sin helarnos y el fuego del verano sin que nos tueste la piel. Querríamos emplear las energías para disminuir las privaciones y acrecentar nuestros goces. El Señor les dió el trabajo. Volvieron otra vez a su presencia y dijeron: --Todo cuanto nos has dado vale mucho, pero a veces sufrimos enfermedades, y tu, ¡oh, Señor!, que todo lo sabes, enséñanos algo que purifique nuestra sangre, cure nuestras llagas y nos preserve en lo posible del mal; algo que se halle al alcance del sabio y del ignorante, del opulento y el mendigo, y que no se acabe nunca. --Mucho pedís –dijo el Señor sonriendo dulcemente;-- pero quien tanto pide acaso sufre mucho. –Y, levantando su mano, les mostró el Sol. Volvieron por tercera vez y le suplicaron: --Inmensa, oh Padre, es nuestra gratitud; mas ya que todo lo puedes, danos algo que nos anticipe el porvenir, pues nuestra permanencia aquí en la tierra es muy breve; que haga visible lo invisible, pues es muy poco lo que alcanzan nuestros ojos; que nos permita transmitir la propia vida a lo que carece de ella, ya que nuestro poder es tan limitado; algo, en fin, que propague las vibraciones de un alma a otra, y así, en su corta existencia, podrá el hombre vivir muchas excelsas vidas. El Señor sonrío de nuevo. Las almas encarceladas en este mundo tentaban el cerrojo de la prisión; presentían los misterios de la eternidad. Entonces les dio el arte.

LA CARIDAD Una señora muy rica deseaba practicar la caridad en una forma bien amplia y eficiente. Después de reflexionarlo algunos días, resolvió aconsejarse de un hombre renombrado por su sabiduría y buen corazón. Oyó éste encantado los propósitos de su visitante. Aclaró que no debe pedir consejo quien se reserva la decisión, por lo cual él se limitaría a dar su parecer y se expreso así:

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--Hay una caridad, de primer grado, a la cual todos estamos obligados. Consiste en evitar que el prójimo padezca por nuestra culpa. La sencillez y la sobriedad, por ejemplo, inducen a imitarlas y disminuyen el dolor de la especie, mientras la vanidad, la gula, la ostentación, el lujo lo acrecientan. Luego, no hay que olvidar que la buena caridad empieza por los que están más cerca; entre ellos, los más humildes servidores. La caridad suprema de una madre es consagrarse a asegurar la salud física y moral del hijo. Todo esto cumplido, si aún se puede más, es permitida la caridad en otras esferas. --He pedido –exclamó la señora—una opinión para emplear mi dinero en buenas obras y no que me aconseje sobre mi vida. --Yo creí señora –repuso el hombre de buen corazón--, que se trataba de la caridad y del amor a los que sufren; pero advierto que la duda consiste en lo que se ha de hacer con el dinero. En tal caso, corresponde el consejo de un hombre de negocios. Prometió ella reflexionarlo nuevamente. Es lo que hace ahora.

LA CASA CERRADA En aquel triste camino, a través de la sierra desolada, solo existía una vivienda humana. Su puerta tenía la forma de un corazón. Cuando en las tardes ardientes del verano preguntaban: “¿Será preciso derribar esta puerta para beber un poco de agua?”; cuando en la noche oscura, en la que ni una estrella miraba el planeta, decía un transeúnte extraviado: “¿No hay aquí un cristiano que por temor de Dios, siquiera, se conduela del prójimo y le hospede hasta el alba?”; cuando un viajero opulento consultaba: “¿Cuánto dinero es preciso para franquear este umbral?”, sólo el viento con sus gruñidos respondía. Y así pasaban los años y los viajeros odiaban cada vez más la casa y al morador. Vino por fin un bandido cuyos crímenes atemorizaban a la comarca y dijo: --Tengo hambre, mucha hambre, y me persiguen. Déme un pedazo de pan el que aquí vive y que no me conoce. Y aquella puerta que nunca se apiadaba y que a nadie temía, siempre cerrada a las amenazas y a las dádivas, se abrió de par en par.

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LOS DESCONTENTOS Aquellos eran los que siempre se quejaban por la distribución de los bienes naturales. Tan continuas y airadas eran sus protestas, que fueron conducidos a la presencia de Dios. Ante la Divina Majestad repitieron sus quejas y declararon que casi todo se les había dado a los irracionales y poco a la humanidad. Por lo cual Dios les concedió el derecho de apropiarse libremente, en aquél mismo día, de las cualidades de los irracionales que quisieran. Apresuráronse los descontentos a usar de tal franquicia y tomaron de la abeja el aguijón, del sapo el poder inflarse, de la hormiga la avaricia, de la lechuza el chirrido, del zorro la astucia, del elefante la venganza, del asno la gravedad, de la víbora el veneno. Y así quienes no vieron en su ignorancia la misericordia de Dios, buscaron más dolor y lo encontraron.

LA VERGÜENZA El apesadumbrado marido le confesó a un amigo: --Mi mujer ya no me quiere como antes, y esto me llena de vergüenza. --¡Bah! –Contestóle el amigo.- la culpa de tu mujer no puede caer sobre tí. El marido no se dio por satisfecho y repitió a otro amigo la causa de su amargura. --Alabo tu perspicacia –dijole este,-- que te permite evitar el deshonor. ¡Abandónala, pues que aún estas a tiempo! ¡Quédate solo y con tu dignidad! Pero tampoco esta vez quedó el marido libre de su carga, y a un tercer amigo le confió su secreto. El cual después de oírlo, permaneció callado. --¿Nada me dices? –Exclamó el afligido.-- ¡Pésame haberte molestado! --Pienso –repúsole—que aquel hombre que adoraba tu mujer cuando erais novios es el que ella ama todavía y amará siempre. Ella es la misma, y su alma estará de novia mientras viva; pero tú has estrujado con tus groseras manos la mas bella y fragante de las flores… ¡Tienes sobrada razón para afligirte! ¡Esto es una gran vergüenza para tí! El marido se sintió libre de su carga; abrazó al amigo fiel, y, al llegar a su casa, gritó desde la puerta: --¡Novia mía! ¡Esposa mía! ¡Mira las lindas rosas que te traigo!... ¡He venido corriendo para besarte mas pronto!...

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LO MAS DIFICIL Al cabo de muchos años de afanosos esfuerzos había logrado descubrir una verdad beneficiosa para sus semejantes. Pero cuando el amigo lo felicitó por su conquista, vió sus ojos velados por el dolor. --¡Cómo! –Exclamó el amigo sorprendido.-- ¡Triste, tú, tan luego ahora! --Es que ahora –repuso el pensador—me falta descubrir lo mas difícil: el modo de que la gente acepte esa verdad… ¡Y ya soy viejo para poder evitar que ella sea como una hija que muere con su padre! LO INVISIBLE Estoy solo, nadie me oye –pensó el hombre. Pero él sentía que alguien lo escuchaba. --Robaré esto –propúsose cierta vez. —Ahora no me ve nadie. Pero él sabia que alguien, sin duda alguna lo miraba. --Lo engañaré –dijo en otra ocasión. —Nadie podrá desmentirme. Pero estaba seguro de que alguien lo desmentiría. --¡Mataré a mi enemigo! –exclamo un día enfurecido. Pero alguien trabó sus manos con manos más poderosas que las suyas. Y así fue cómo el hombre supo que tenía espíritu. LOS HÉROES Volvía el trabajador, a través del vasto campo, de su penosa jornada, y con la misma mano sostenía su azadón apoyado en el hombro y una pequeña bolsa con monedas de cobre. Allá, a lo lejos, delante de su choza, el viejo árbol familiar movía las ramas llamándolo. Un bizarro militar se detuvo ante él, y le dijo: --Yo soy el que está pronto en todo tiempo para defenderte de los que te atacaren. El trabajador le dió parte del dinero. --Amigo –dijole el médico. —no te olvides de mí: soy el que te defiende de la muerte. El trabajador pagóle lo que le reclamaba. Venía por el mismo camino el sacerdote y le pidió su dádiva para las obras del templo.

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--Soy –dijole luego el político—quien vela por tu seguridad, quien vigila la equitativa distribución de las riquezas, quien estudia el pasado, el presente y el porvenir, para aumentar tu bienestar. Contribuye. El trabajador dejó caer la azada y se cruzó de brazos, y el político tomó lo que juzgó conveniente. Faltaba aún el propietario de la tierra, el cual revisó la bolsa y la devolvió, dejando en ella lo que supuso que bastaba. El trabajador recomenzó pesadamente la marcha. Llegó, al fin, a su choza. Entregó a su compañera lo que restaba del dinero y tocando una a una con la tosca mano las hirsutas cabezas de sus hijos, se inclinó sobre la cuna del más chiquito que dormía, lo contempló un momento, y, serenado de pronto, lo besó. --Demos gracias a Dios –dijo al sentarse a la mesa.—El patrón me ha hablado hoy... Me ha declarado que está contento de mí y que por este año no me faltará trabajo. – Y endulzó con su sonrisa el negro pan que cortaba. Sonrió más dulcemente aún su mujer, rugosa y requemada como el pan, y dijo: --No te preocupes, querido. Yo también, llegando el caso, podría trabajar en algo… EL REPARTO Un hombre alcanzó la suma del poder de su nación, y apesadumbrado de las miserias que veía, cifró su felicidad en lograrla para sus compatriotas. Meditó todo lo que haría, y decidió que se le entregaran todos los bienes materiales para repartirlos. Así se hizo, se distribuyó con extremada equidad entre todos, y suponiendo cumplida su misión, se alejó del país. Pero pronto volvieron las desigualdades y aflicciones, y anhelaron el regreso de quien les prometiera la felicidad. Por fin un día entró en la capital un pobre viejo encorvado, y ante la ansiosa muchedumbre, habló de esta manera: --Al repartir las cosas, creí haceros iguales y dichosos, y no hice más que perturbar las leyes de la vida, que dan la compensación a cada esfuerzo, que empujan al indolente, que liman con el dolor las asperezas, que restablecen la justicia, a través de aparentes contradicciones… Y ahora estoy nuevamente entre ricos y pobres, amos y esclavos, sinceros y traidores, laboriosos y haraganes, ingeniosos y torpes, sangradores y desangrados. Y juntando las manos cual si rezara, exclamó: --¡Lo verdaderos bienes no pueden ser repartidos! ¡Nadie cambiará vuestro destino, sinó vosotros mismos! ¡Conseguid por vuestro propio esfuerzo la inteligencia y la virtud, y entonces seréis iguales; entonces, sí, tendréis toda la felicidad posible en este mundo.

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ALICHARAN La clientela era tan pobre, que únicamente en su amor se fiaba Alicharán para asistirla. En su primera visita de aquella mañana, al disponerse a indicar el tratamiento, vió que la esposa del enfermo le hacia una seña. --Doctor –le dijo en voz baja. —estamos sin dinero; ¿Qué ordenará usted? Solo tengo aceite. --Eso es lo que conviene –contestó. Y le dio la manera de aplicarlo. En la segunda visita, los pacientes le advirtieron: --Nada tenemos. ¿Quizá servirá la sal? --Con ella curaremos al enfermo –repuso Alicharán. En otras casas ni siquiera poseían tales substancias, y había que recurrir a la tierra, al agua, a la ceniza, a las hojas de las plantas. Así todos los días, y todos los días curaba. Era un médico sabio Alicharán; pero no se supo entonces, no se sabe quizá hoy, que era lo mas grande en él, si la bondad o la sabiduría.

LA SANTA Después de haber andado mucho, y ya en el linde del cielo, vió a un anciano luminoso. Y el anciano le preguntó: --¿Qué buscas, mujer? --Alivio para el dolor de mis hermanos, ayuda para que alcancen la felicidad. --Ellos debieran venir, no tú, a buscarlo. --Los pobrecitos no pueden. --Y tú ¿Cómo pudiste? ¿Quién te enseño el camino y te dio fuerzas para llegar hasta aquí? ¿Quién te hizo olvidar tus amarguras y pedir por tus hermanos? --¡Dios Misericordioso! –repuso ella sonriente. —Con Él, ¡Todo es tan fácil y tan dulce! --Anda, mujer, diles eso, sonríe como ahora, ¡Y sentirán pequeños sus pesares y al alcance de la mano su esperanza!

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LA ESCALERA Un carpintero se puso a construir una escalera. Pero vino un desdichado y le pidió un pedazo de su obra. Se rascó la cabeza, y se lo dió. Vino otro, y le explicó que, permitiéndole usar unos peldaños, trabajaría y alimentaría a sus hijos. Vinieron muchos más. El invierno era duro, la miseria muy grande, y el carpintero daba a todos pedazos de su escalera, aun para quemarlos como leña. Y decía: --No comprendo, mujer. Mi escalera es cada vez más chica y, sin embargo, ¡subo por ella al cielo!

EL GRAN REY Para llegar a la sala del Gran Rey es necesario pasar por siete estancias y subir siete escaleras. En la primera estancia se ofrecen al que llega mil motivos que deleitan los sentidos. ¡Cuántos se quedan para siempre en ella! En la segunda, cautivan las riquezas y a muchos los retienen para siempre. En la tercera, reina la vanidad. La lisonja se enrosca en el que llega y lo aprisiona, si su voluntad no es poderosa. En la cuarta, el amor de una mujer invita al grato reposo y al menosprecio de todo lo demás. En la quinta se alcanza la fama, la celebridad, la gloria. Brillan algunas luces verdaderas y muchos fuegos fatuos. Quien entra en la sexta estancia, sólo ve allí la séptima escalera y estas palabras: “Si retrocedes reconquistarás cuanto anhelaste y poseíste; si subes, has de dejarlo todo: el mundo con sus placeres y triunfos se desvanecerá”. Raro es el ser humano que asciende por esta última escalera, la más larga y empinada; más quien lo hace llega a la presencia del Gran Rey, y el Gran Rey, al mirarlo, llena su alma de luz incomparable y le da todos los goces y todas las riquezas que no se extinguen jamás.

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LOS TRABAJOS El barro dice: --Todos estos hombres trabajan para mí. Me amasan para hermosearme. La verdad es que tal como soy valgo bien poco. Me convertirán en bonitos cacharros de alfarería. Los cacharros negros dicen: --Ved cómo trabajan para nosotros los que caldean el horno donde habrán de cocernos y darnos dureza y ese lindo color con que nos pinta el fuego. Los cacharros rojos dicen: --Ese carro está a nuestro servicio. Viene a buscarnos para conducirnos a la ciudad, humildes como somos, merecemos el gran honor de que carrero y caballos trabajen para nosotros. Los caballos del carro dicen: --Aquí estamos muy quietos, mientras esos pobres hombres se afanan para colocar el fruto de su labor en nuestro carro. Trabajaron antes también para nosotros desde que comenzaron a moldear el barro. ¡Todo lo llevaremos orgullosamente ahora, como una cosa nuestra!

EL CONSEJO INFALIBLE Tenía aquel viejecito fama de buen consejero y en secreto le consultaban sobre sus dificultades hombres y mujeres de toda condición. El viejecito aparentaba escuchar las dudas y aspiraciones del consultante, y permanecía un momento como abstraído en la meditación. Luego, sintetizaba su parecer en estas pocas palabras: --¡Simplifica, hijo, simplifica! El consejo, siempre, el mismo, maravillaba por su eficacia. Y ninguno sabia que el propio viejecito, mucho más sordo de lo que se suponía, simplificaba igualmente su tarea, pues opinaba y acertaba sin escuchar una palabra de la disertación del consultante.

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LAS TRES MUJERES Buscaba el Hombre la Felicidad por todas partes y al no hallarla se sentía muy afligido. La Felicidad, entonces, le dijo a la verdad: --Te suplico que vayas a la casa del Hombre. Explícale que yo paso cada día ante su puerta, y la encuentro cerrada; que me ve de continuo y no me reconoce. Fué la Verdad, volvió y dijo: --Dentro de la casa estaba mi enemiga la Mentira, que es muy hermosa y vive espléndidamente. Quizá por verme tan simple, tan humilde y sencilla, el Hombre no me preemitió siquiera entrar y nada pude decirle. Y la felicidad insistió: --Te suplico que vuelvas; siéntate en el umbral de su morada, y aguarda a que te reciba. Fue de nuevo la Verdad. Pasó un tiempo, volvió apresurada y dijo: --Salió la otra, pude entrar y el Hombre al verme se abrazó a mí llorando. --¡Corro hacia él! –exclamo la felicidad. Pero cuando ella llegó, ya estaba el Hombre acostado y rígido. Solo pudo inclinarse y besarlo en la frente. EL PALACIO DEL CIEGO Un ángel se le había aparecido muchas veces para brindarle lo que considerara más importante y deseable. El hombre se decidía siempre por cosas triviales, vanas apariencias, fútiles halagos de su vanidad. Y en todo fue complacido hasta que un día cayó en trance de muerte, y vió al ángel, y clamó: --¡La vida! ¡Dame la vida, que es lo más importante! En esta ocasión el ángel no le hizo caso, lo dejo morir, llevóse su alma y la hizo entrar en un magnifico palacio dorando con esplendidos tapices y pinturas, y bronces, y cristales. Preguntó el alma de quien era todo aquello. --De un ciego –repuso el ángel. --¿Y para qué –dijo el alma,-- para qué quiere el ciego todo esto si no ve? --No has comprendido aún –exclamó el ángel. —El ciego eres tú mismo, este palacio es la vida. ¡No la veías y querías vivir!

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EL ABUELO Y LA NIETA El trabajo canta su salud y su alegría. La Miseria se le aproxima y exclama: --¡Feliz de tí, que puedes estar contento! El Trabajo la mira compadecido de su tristeza, y le dice: --No me conoces, pero yo sé quién eres. --¡Imposible que sepas mi alto origen! --Lo sé mejor de lo que te imaginas. Tuve una hija, la Riqueza, y me sentía dichoso de poseerla; pero se unió con el Ocio. Yo era madrugador, sobrio y diligente; ellos, en cambio, se entregaron al Vicio y a la Molicie. Te estoy hablando de tus padres. --Así es, en verdad –dijo la Miseria. —Has dicho mi triste historia. --Y aquí está ante tí, tu abuelo, al que ellos menospreciaron. ¡Vuelve a mí y hallarás la salud y la alegría! LA IGNORANCIA La Caridad, puesta por Dios en el mundo para acompañar al prójimo hasta el cielo de la redención, se convenció de que poco, muy poco, conseguiría en su empresa si no triunfara de la Ignorancia. Ardiendo en cristiano amor, fue en busca de ella. Estaba en una caverna. Llegó allí la Caridad, con una luz encendida, pero la Ignorancia es ciega y no distinguía la luz de las tinieblas. Le habló, pero la Ignorancia es sorda, y no entendía. Quiso sacarla del antro, pero la Ignorancia es paralítica, y se resiste a todo cambio. Entonces la Caridad curvo la espalda y, con el rostro abatido sobre el pecho, se convirtió en plegaria. LOS DOS ANCIANOS Dos ancianos conversan mientras descienden por la montaña de la vida. --Me afané locamente –dice uno. —Todo es una ilusión. Vuelvo decepcionado. --Por que buscaste los bienes fuera de tí. Querías el poder para mandar a otros, no a ti mismo, que era lo necesario; no te preocupó sentir amor, sino ser tú mismo amado; atesoraste la riqueza de otros, soñaste con una felicidad que no era la tuya. --Renuncié a todo eso, y busqué la paz. ¡En ningún lado pude descubrirla y disfrutarla!

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--Dentro de tí tan sólo la hallarías. --Me entregué a la devoción. ¡Inútilmente! Ni siquiera pude entrever aquella mansión sublime que es el cielo. --Porque tú mismo deberías tenerlo dentro de ti. --¡Ni aun Dios misericordioso ha escuchado mis súplicas! ¡No ha permitido que me acercara a Él! --Es que no lo buscaste donde podías encontrarlo, que era en tu propio ser. --Si sabías todo eso, tú habrás sido feliz. --Tampoco yo lo sabía. Viví para aprenderlo. Y solo ahora comprendo que todo está en nuestro espíritu. Nada existe fuera de él.

LOS OTROS CRUCIFICADOS Algo traerá, sin duda, aquel que avanza con la firmeza y la serenidad de un astro por el camino que une la tierra al cielo. Del cielo es la verdad y la virtud, la belleza y la justicia, la caridad y el amor. Así dijo la Historia, la del cabello blanco y los ojos siempre nublados por las lágrimas. El que venía llegó, y de su alma, trémula como el arco, partió hacia la multitud la flecha luminosa de su mensaje. Prodújose un remolino de sorpresa. Y resonaron, después, las mismas voces que hace veinte siglos: --¡Crucificadle! El hombre del mensaje fue llevado adonde había muchas cruces y muchos crucificados en torno de la gran cruz del Nazareno, que crece siempre, por que sus maderos tienen vida, y es tan alta que no se alcanza a verle el fin. Las mismas horrendas voces repetían: --¡Crucificadle! Y al fin, el hombre aquel, pequeñito en su humildad, mereció y tuvo el grandioso destino del Salvador. Con un mechón de sus cabellos blancos secó sus ojos la Historia, y escribió: --¡Traer algo de allá arriba es peligroso!

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EL HOMBRE DEL PORVENIR Un hombre va de fuente en fuente, y en cada una bebe, con sed que no es del cuerpo, sino del alma, con esa sed sagrada de la gracia de Dios, gracia que también se manifiesta en esas aguas tan puras. Arrodíllase ante los ríos y en todos lava su boca. ¡En todos lava su boca, sus labios y sus palabras! Después se dirige al mar y hunde sus manos en él. ¿Es posible que no le basten los ríos para limpiarlas? ¿Tanta es la infamia heredada? ¿Tantos los crímenes de estas míseras manos de la especie?... ¡Ay, mejor seria no ver!... ¡Allí donde las restriega, allí queda el mar turbio y sanguinolento! Preguntan: --¿Quién, quién busca la pureza con ese ahínco sobrenatural? ¿Qué hombre es el que pretende dejar de ser lo que fué y surgir como una aurora entre las viejas tinieblas? Una voz nos responde, una voz que no sabemos si sale de nuestra alma, o si nos llega del cielo. Y ella dice: --¡El hombre aquel que esperabais! ¡El hombre del porvenir!

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TEMAS DE LA MISERIA
Cierto es que hay mucha miseria. No solamente la miseria que viene de la esterilidad de la tierra, sino la gran miseria, la que procede de la esterilidad de las almas y de la dureza de los corazones. El mundo es viejo, y sus generaciones, más renovadas que las hojas de los árboles, más segadas y vueltas a crecer que la hierba de los prados, han padecido muchas veces hambre, y tantas otras esta hambre de comer fue satisfecha. Mas la miseria siguió, debido a los miserables. En vano es que se pretenda distraer a la gente. Cada vida y todas las vidas transcurren para el gran tema de la miseria que no acaba. En vano es que los que estamos ahora pretendamos ocultarla con nuestro silencio, con alguna ilusión, o una mentira. Prontamente seremos renovados, como las hojas de los árboles, como la hierba de los prados, y aquellos que llegaran pondrán sus ojos en esta enorme desdicha. Unos hay que procuran desentenderse. Cuando el ave perseguida no puede huir, esconde la cabeza para no ver, y cree todo peligro conjurado. Pero la inteligencia del hombre debe sobrepujar a la del ave. No aportaran luz quienes buscan la paz en las tinieblas. Tengámoslos por los más necesitados. Los demás, todos miran y procuran ver, con ojos que parecen dos grandes lágrimas, y, cuando la muerte les oprime los párpados, su misma visión es la del mundo rodando como una lágrima en el vacío. Dentro, en el hogar, hay calor; fuera, el aire esta helado, y los cristales se cubren de rocío.

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II Y piensan unos que no habría miseria si todos trabajaran. Piensan bien. Pero podrían pensar mejor. La suma de trabajo supera las necesidades de la especie. No obstante, todo hombre cierra con déficit el balance de su vida. Todos los pueblos viven con escasez de pan y de alegría. Todas las épocas han perecido a manos de la desgracia. No bastará, en consecuencia, suprimir a los holgazanes. Será preciso que el trabajo sea retribuido con equidad. Si pernicioso es el haragán, también lo es el hombre que hace de burro. La falta de coordinación en el esfuerzo es una dolorosa realidad. ¡Guerra sin pausa la que libran los hombres en su trabajo! Desenvuelven sus actividades en órbitas separadas, todas con centros distintos, de manera que, en los puntos en que las órbitas se cruzan, las actividades se destruyen. Así, quien emplearía cien energías, empleará mil. El exceso se gasta en contrarrestar los afanes de otros trabajadores. Considerad en cualquier individuo, empresa o gremio los mounstruosos sacrificios consagrados a malograr la obra ajena. Fracasará la lucha contra el dolor mientras este no sea comprendido, mientras dure la gran miseria que viene de la esterilidad de las almas y de la dureza de los corazones. III Piensan otros, que la miseria no acaba por culpa de los malos. Desde un principio ellos cobran esta culpa. Con el hacha o el veneno, con la hoguera o la guillotina, con el fusilamiento, con la horca, con la fulminación eléctrica. Sin la benignidad de la naturaleza, que todo lo disuelve y transfigura, la obra de éstos que se juzgan buenos rebosaría de la atmósfera. No habría montañas tan altas como las levantadas con los huesos de los malos; no habría ya sitio en el orbe donde apilar o enterrar tantos escombros humanos. La maldad, empero, continúa. Ni la exterminaran, aunque conviertan el mundo en una cárcel y aunque enrojezcan con su bondad los mares. Antes, pues, que tanto apremio en cobrar culpas, averiguad si es mayor la maldad del que sepulta vivos o la del que se pudre en la prisión; la del que arma la horca o la del ahorcado.

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Mas los buenos que no matan y no roban, también tienen su parte. Ellos ven la interminable caravana de las almas sedientas de placer. Ven cómo ahonda en el arenal el pozo de cada vida, en busca del agua que aplaca la gran sed. Y no ponen el agua que redime al alcance de las bocas, cuya avidez hace llorar. Pero hay alguien que sabe del manantial, sabe lo que todos buscan, sabe de la caravana que pasa junto a los buenos y sigue con su gran sed por el inmenso arenal. Después de la última posta, cuando las horas del camello no andan, cuando el viajero se echa, y las arenas lo cubren, y la caravana sigue… hay quien todo lo mira. Y ve al malo, con el martirio que encubrió su falsa dicha; y ve al supuesto bueno, ahíto de placer disimulado tras su hipocresía. Lo de buenos y malos puede cambiar. Acaso muchos se creen en demasía aliviados. Muchos están, quizá, cargados en exceso. Dejaos, pues, de malos y de buenos, de culpas y de castigos. La gran miseria que entristece al mundo, la vida vuestra que la puede aliviar; éstos son los dos hechos, las dos grandes verdades que debierais contemplar. IV Otros dicen que el hombre se libraría de su miseria si pediera el instinto de propiedad. Sin propiedad individual, no hay libertad. El hombre ya no es dueño de sí. Con collar y cadena sigue a la mano que lleva su alimento y su destino social. Para evitar que lo exploten, retornaría a la esclavitud. Sin propiedad individual, desaparecería la única igualdad posible, la que nos hace iguales, respecto a la consecuencia de cada acción y en el derecho a la justicia terrenal. No habrá quien restablezca la igualdad una vez rota la ley natural de la compensación. Sin propiedad individual, no hay esperanza de fraternidad. El odio, como una peste, se propaga entre los esclavos. Las fallas del sistema suscitan repulsiones feroces. Los disimulados amos aprecian de tal manera el trabajo de cada esclavo, que ni uno solo se conforma con su apreciación. La astucia erígese en cualidad victoriosa, substitutiva de las reales que ahora prevalecen y prevalecerán aún más en lo por venir.

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Aumentan la miseria de la vida, no la propiedad en sí, sino su mal origen y sus perversiones. La adquisición de riquezas por la violencia o el fraude ocasiona el exceso de riquezas y su mal uso, males que castigan de por sí y que principalmente la cultura evitará. Lo más pernicioso del derecho de propiedad es su aplicación a algo indebido. Lo que es necesario no puede ser vedado, no puede ser acaparado, sin culpa, por un solo hombre o por una clase. Delinquen los que se apoderan de extensiones enormes del suelo común o de cualquier otra cosa indispensable a los demás. Ved en los contrahechos de cuerpo o de alma, testimonios vivientes del abuso en el derecho de propiedad. Considerad tan delincuente al que comete este abuso, como al que mutila o mata a un ser humano. Y quitareis la miseria que aflige al que posee en exceso y al que se priva de lo necesario. V Otros dividen a la humanidad en ricos y pobres y mutuamente se acusan de la miseria que les devora el corazón. Llaman ricos a los que poseen en abundancia bienes materiales; pero no juzgan por la riqueza en sí, como los que condenan la propiedad, sino por las circunstancias que dificultan o favorecen la riqueza. “¡Por algo sois pobres!”, “¡Por algo sois ricos!”, se dicen con esto, tratándose con esto de torpes o de ladrones. Mas, al echarse el camello cuando silba ya el viento que levanta la arena cubridora, ricos y pobres, tiemblan como en el patíbulo, y buscan por todo el cuerpo la causa del temblor, como una mujer su aguja en una sala de fiesta. ¿No sois todos iguales? Muchos pobres, ¿No fueron ricos? Muchos ricos ¿No padecieron antes hambre? Los mismos pobres, ¿No son los más enemigos de los necesitados? Y si el rico es por algún vicio, el pobre, ¿no lo será por algún vicio mayor? Pobres los que han robado el trabajo de los otros; pobres los condenados por su egoísmo a comer en demasía; pobres los que no beben nunca agua; los que no tienen necesidad de trabajar; los que matan el tiempo para que el tiempo no los atormente;

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los que satisfacen todos sus gustos; los que se convierten en alcancía; los que saben que con dinero todo se consigue; los que han despojado al labrador de su tierra y al hijo de la madre para tenerla de nodriza; los que se valen de las manos y la espalda de los demás; los de lengua áspera y los de ojo soberbio; los que pasean su joroba de oro y creen que nadie los nota; los que llevan joyas a los santos y pasan insensibles ante los niños que tiemblan de hambre y de frío; pobres los que caminan y no conocen su camino; pobres los que van cargados y no saben de qué; pobres los que se apuran por llegar y nunca se han preguntado adónde van. Ricos, los ricos de paz, los sobrios y los rectos; los que gozan de la alegría de su buen corazón y no roban la ajena; los que siembran con sus manos, y no necesitan que los otros siembren y sieguen para ellos; los que pueden mostrarse como son, y no niegan y no desfiguran a los demás; los que se dicen a si mismos la verdad, y se juzgan a si mismos con justicia y pueden dar a los demás de su bien y de su paz, de su alegría y de su riqueza, y de todo esto dan, en la buena palabra de la verdad y en la buena caridad de la justicia. No os acuséis los unos a los otros; miraos los corazones y las almas. No os limpiéis sólo por fuera; limpiaos también por dentro. Quitaos la propia miseria, y la miseria del mundo acabará.

VI Otros juzgan que hay miseria por que falta caridad. Primeramente, para hacer caridad digna de aplauso, tendríais que hacerla en secreto. Hacéis la caridad de tal manera que parece un negocio en el que traficáis con las penas de los afligidos. ¡Cuantos tristes! - ¡Alegrémonos! - ¡Cuántos tuberculosos! ¡Cuántos niños hambrientos! - ¡Hagamos una gran fiesta! Luego, habrá que saber si dais lo propio, a su tiempo y en la cantidad debida. ¿Cómo sabéis que es vuestro lo que dais? ¿Por qué la caridad es necesaria? ¿Cuánto es lo que debéis dar? La madre se ve forzada a abandonar a su hijo; una áspera nodriza viene y se encarga de la crianza del niño. ¡Esa es vuestra caridad!

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El viejo amanece en el umbral. Tose y mira tristemente. Levantó muchas paredes con sus manos; pero no tiene donde refugiarse. Alguien viene, lo recoge y lo pone en la antecámara de la muerte. ¡Esa es vuestra caridad! El propietario de las casas inhumanas, donde los niños languidecen privados de sol y de aire puro, y tienen por pradera húmedas losas, da una suma de dinero por la infancia desvalida. El rico se conduele de los pobres de quienes le hablan, y da su óbolo. La verdadera caridad quiere que aquella madre viva en salud y en honra, y críe a su hijo con la doble dulzura de su seno y su corazón. Que el trabajador sea pagado con equidad durante toda su vida y acompañado por los buenos al bien. Que nadie lucre con la salud del semejante. Que el rico se conduela de los pobres que ve, los pobres de su casa, sus empleados, sus obreros, sus sirvientes. Pero en vez de dar esto, que es amor, dais aquello que os sobra, dais lo de unos a otros y trocáis toda justicia, como ladrones y malversadores que sois de los ajenos caudales. Tal es vuestra caridad, engendrada y amamantada por el egoísmo. No hay palabra más triste que la palabra caridad. Bajó del cielo para endulzar el corazón humano, y la habéis convertido en instrumento de la iniquidad Jesús se alejo, una vez, desalentado por la multitud; fué al notar que lo seguía en espera de la repetición del milagro de los panes. Mas vosotros hacéis reparto de panes cada día, con mucha complacencia, y ciertamente que no es honra en vosotros, ni es milagro. Os debíais avergonzar. Si antes hicierais justicia, vuestra caridad seria imposible. La verdadera caridad no es dar al necesitado, sino evitar que el necesitado exista. L a verdadera caridad consiste en darlo todo; no todo lo del que da, sino todo lo que corresponde al que recibe. Y más aún: La verdadera caridad no es dar, sino reconocer. VII Otros por último, afirman que la miseria del hombre subsiste por su ignorancia. Mas cuando queréis saber qué entienden por ignorancia, entonces veis con dolor que cada uno llama sabiduría a lo que el sabe, e ignorancia a lo que saben los demás. Por que están los conocimientos compensados entre si y todos ellos son limitados e imperfectos.

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El que sigue a los astros en su vuelo quizá ignora lo que ocurre en su casa. El que encuentra la solución a los mas arduos problemas, deja a menudo sin ninguna el de su vida. Y hay quien, buscando el porqué de todas las cosas, no se ha buscado a si mismo. Pues la sabiduría que viene de Dios la recoge lo mismo el humilde labrador durante el día que el astrónomo en la noche, y para siempre perdura. Mas la que viene del hombre cambia para cada tiempo y con cada tiempo acaba. Todas las ciencias van, como los ríos al mar, al misterio de la materia y de la fuerza. Y así como suele un perro guiar a un hombre que no ve, suele el que no sabe nada servir de sostén y guía al que supone saber mucho, y esta ciego. Por que no ve que este mundo es cual un barco que repite sus viajes siempre iguales, mientras los viajeros cambian; no ve cómo salen de él los enjambres de almas, cada vez con un nuevo aprendizaje. Y busca el bien y el progreso en lo que queda en el barco.

VII Pero uno, a los de Occidente, os enseñó que la miseria acabará por el amor. Después de él, sesenta generaciones se han sucedido, y los sesenta obstinaronse en destruir su doctrina. Habéis escrito millones de libros, reverenciando a centenares de sabios, inventando sistemas y palabras para explicar el bien y el mal; mas la miseria siempre permanece y vuestra gran turbación aumenta cada siglo. Cierto es que Jesús esta crucificado con los clavos de vuestros egoísmos; pero un día tendréis que descolgarlo y dejarlo vivir entre vosotros. Matáis al semejante. Matad mejor, las perfidias que cual serpientes anidan en vuestro corazón. Alumbráis los templos y os prosternáis ante imágenes. Alumbrad, también, vuestra conciencia. Arrodillaos ante las victimas de vuestra perversidad. Lloráis a Jesús; mas no lo conocéis, pues si lo conocierais, sabríais que no murió, ni morirá. Lloraos a vosotros mismos; ablandad en lágrimas vuestro propio corazón. Todo lo puede el amor y él es quien ha de mejorar la vida. Con más amor florecerán los muros de vuestra vivienda y anidarán en ellos los pájaros silvestres. Pero estos, buenos y alegres como son, huyen a vuestro paso; si no pueden huir se esconden, y si no se pueden esconder tiemblan, por que os falta amor.

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Se habla del bien, de la verdad y de la belleza, y todo esto es amor, sin el cual, nada conoceréis en plenitud. Se anhelan triunfos y progresos, y todo esto es amor, sin el cual, nada de lo que valga se alcanza. Por más vueltas que dé la especie humana en la noria de vuestras vanidades no sacara otra agua que esta verdad. Por poco amor se llora en cada jornada y al morir. Aun ante vuestros muertos, dobla vuestra aflicción el pensamiento de los que disteis en vida menos amor del que necesitaban. Preparaos el buen dormir, amando durante el día. Preparaos el buen morir, amando mientras vivís. Amad al rico, que padece su riqueza, y al pobre, que envidia al rico. Del ladrón o el impostor, pasad la vista a su casa, y ved allí a su mujer y a sus hijos que los esperan. Amad a los desconocidos, pues entre ellos muchos os amaron al sacrificarse en beneficio de la especie. Y amad también a los sucios, a los lisiados, los de áspera lengua, los de ojos mentirosos, los que esgrimen cinco puñales en cada mano; por que tenéis vuestra parte de culpa en la desgracia de ellos y vuestro amor es lo único que los puede redimir. Amad a los hijos de todos, y aprenderéis a amar a vuestros hijos. Pensad, ante un hombre, cuando estaba en los brazos de su madre que soñaba. Si este sueño se cumplió, amad al hombre bueno; y si no, amadlo por aquella pobre madre. Y así aprenderéis a amaros, pues ni a vosotros mismos os amáis al buscar vuestro bien en vuestro mal, el placer en el exceso, la dulzura en la hiel del egoísmo. Todo lo que el hombre arroja con su mano desde la tierra al mar, el mar se lo devuelve. Mil veces lo arrojara y otras mil el oleaje se lo traerá. Así es también el mar de lo infinito. Mil veces os desprenderéis de un bien para entregarlo a los demás y otras mil os será restituido. Amad sin medida, y sin medida os amaran. Dad esta vida y otra mejor os será dada. Alguien os devolverá mal por bien; pero este alguien no es la vida, ni ese mal es positivo y duradero. La vida devuelve aquello que recibe. Os parecerá obtener en algún caso bien del mal. No os engañéis: del mal, mal recogeréis.

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Amad al sol, que os da su amor en su luz, y a la bóveda estrellada que os envuelve en su paz mientras dormís. Amad a los árboles, que os entregan cuanto tienen y cuanto pueden hacer con su trabajo, y sólo hablan con su belleza y en la dulzura de sus frutos. Amad los pájaros, que parecen nada más que lindos cantorcillos vagabundos, y luego se ponen serios, forman el nido, el sorprendente hogar, y crían a sus hijitos a fuerza de incomparables sacrificios y con ternura de abuelos. Amad a todos los seres, por que aun la serpiente no hiere si no es herida y salva vuestras cosechas de ser devoradas por las ratas. Amad a todas las cosas, por que el mismo veneno que en una dosis mata, en otra cura, como toda virtud se prostituye por el odio, y todo vicio atenúa su fealdad con el amor. Allí donde viene uno, y hace diez, poned más amor que él, y haréis ciento. Y al que levanta su furor contra vosotros, amadlo, y su furor e aplacara; amadlo mas aún y os amará a su vez. Mientras no améis, la vida será triste, como una mujer que llora bajo un duraznero en flor. Por que el amor es la vida, y al no sentirlo, estamos como muertos. Por que el amor es la luz, y si falta anochece en nuestra alma. Por que el amor es la felicidad, y mientras vuestro saber no alcance a esto, la miseria os arañará y angustiará Amad a la naturaleza, y curará vuestra congoja; amad a los hombres, y compartirán vuestros anhelos; amad a Dios, y alumbrará vuestro espíritu.

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PLEGARIAS
PLEGARIA DEL SEMBRADOR Es el tiempo de sembrar. Hombres de las ciudades: id a ver a los que escriben su plegaria al Señor con esa pluma grande del arado, y ved cómo el Señor pone en los rasgos de la escritura sus presentes, como los Reyes Magos en los zapatitos de los niños. De los granos de la tierra saldrán granos de trigo. ¡Ved el parto de la tierra, negra, humilde y hollada sin cesar, frente a la esterilidad de la cumbre altiva y fría! Mientras se elogia a quienes mucho hablan, gesticulan y cambian la forma y el sitio de las cosas, pocos recuerdan a los que siembran el trigo que convertido en pan ha de saciar el hambre de la especie. Su plegaria es gratan a Dios. Primero es tierra labrada; después, esmeralda; después, oro; después, armiño; después, alegría y paz en los hogares. Andando el sembrador halla una piedra que no puede remover. Bajo ella, la tierra queda estéril y se convierte en refugio de seres dañinos. Y piensa: Así la mano del hombre suele posarse, fría y dura, sobre un pueblo o una época. Luego, encuentra un hoyo, y dice: La tierra me pregunta por quienes de ella se alejaron con los bolsillos llenos y andan por ahí borrachos de artificio y disfrazados. ¿Vendrán por sí o esperarán que los traigan? Sólo en ella, vivos o muertos, tendrán paz. Y el otro sembrador dice: Ya mi tierra esta arada y rastrillada; ya mi tierra esta pronta para la germinación. ¡Cae, bendita simiente!... amo a todos los hombres y para todos siembro. Yo no quiero saber quién comerá mi trigo.

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Unos días más y, en vez de entregar mi siembra, pondrán mi cuerpo entero bajo tierra. ¡Qué él también sirva de algo, hermanos míos, y nutra aunque sea una flor en que descanse un segundo vuestra vista! Sembrad, igual que yo, cuántos améis la verdad, la belleza y la justicia, y tendréis la alegría de la buena cosecha. Aunque vuestra era los siglos, y vuestra troje el mundo, a vosotros os quedará la paz de la obrar del bien y hasta las piedras del campo os querrán alimentar. Por fin la hora del descanso llega y el sembrador de la buena palabra se pierde en la oscuridad, como en su choza aquel que siembre trigo. Su boca, seca de sed; sus pies, pesados de barro: sus manos, sarmientos secos. A veces, a mitad de la noche siente frío; pero olvidado de sí, percibe en aquel silencio que lo envuelve la angustia de los otros sembradores que se afanan como él cada jornada, y quisiera consolarlos y alentarlos, y les dice: El amor de los buenos os acompañe, ¡Oh, escritores y artistas, curadores del hambre del espíritu, pintores y escultores de la mágica espiga de la belleza, músicos de la canción fortificante, forjadores del verbo que entra en todos y de todos es comprendido y alabado!

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PLEGARIA DE NOCHEBUENA “Y aconteció que, estando ellos allí, se le cumplieron los días en que había de dar a luz, y nació su hijo primogénito, y le envolvió en pañales, y lo acostó en el pesebre, por que no había lugar para ellos en el mesón” Nace un niño y muere otro a cada golpe que da la sangre en nuestras arterias, y si la humanidad está hoy de fiesta por uno que nació hace veinte siglos, forzoso será creer que ese niño inolvidable ha sido inmensamente grande. Creció y fue siempre humilde, sin dejar de ser valiente hasta el supremo heroísmo; fue pobre hasta no tener donde reclinar su cabeza; pero prodigó a raudales los tesoros de más precio, enseñó, alivió, curó, rondando por aldeas y ciudades, hasta que al fin lo mataron aquellos “en quienes no había caído su palabra”. Como alguien le dijera”Maestro bueno”. Él repuso: “¿Por qué me dices bueno? Ninguno es bueno, sino uno: Dios”. Mas sí Él ni siquiera quiso que un solo hombre le llamara bueno, bueno le han dicho y bueno le dirán tantos millones de hombres como arenas tiene el mar. ¿Qué buscan los reformadores que se han sucedido en estos diecinueve siglos y en los siglos que antes fueron? Nada beneficioso para el hombre, que no haya salido en palabra armoniosa, bella y pura de la boca de Jesús. Y en la absoluta abnegación por el ideal, ¿Quién lo ha igualado? ¿Quién como Él tuvo amor para sus enemigos, hizo bien a sus perseguidores y murió pidiendo al cielo el perdón de sus verdugos? Aquellas multitudes semibarbaras, amamantadas en la crueldad, enceguecidas por los bajos instintos, iban en pos de Él, cautivas de su mirar sereno y su palabra armoniosa, como sedientos detrás de un cántaro de agua fresca. Parábase Jesús y les decía: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Y a raudales bebían amor en su corazón, mientras Él dulcemente les decía: “Bienaventurados los tristes, los mansos, los que tienen hambre de justicia. Los misericordiosos, los de limpio corazón”. Sobre los expoliadores y parásitos su palabra caía cual vivo fuego, por que Él nunca temió a los poderosos. No todos los que dicen ser discípulos de Jesús saben quien fue éste formidable revolucionario. ¡Pero menos aún lo han comprendido aquellos que prosiguen en los siglos la triste obra de injuriarlo! Muchos hay que tienen sed y que no saben adónde irán a beber el agua que la quita, y que parecen malos, por que la engañan con vicios o con licores que creen de sabiduría –los que un instante la aplacan, y luego vuelve más devoradora aún.-- ¡Decid a los sedientos de toda condición que se incorporen a aquellas multitudes que seguían a Jesús y, renovadas sin cesar, lo siguen todavía!

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PLEGARIA DE AÑO NUEVO Cuan ligeros pasan los años! Este otro año, ¡Qué pronto acabará! Nuestra vida misma terminara muy en breve; antes que se agriete el techo de nuestra morada, antes que se seque el árbol que nos da su fruto. ¡Si atrapáramos las horas! ¡Si moderáramos la marcha de los días! ¡Si fuéramos, si hiciéramos aquello que anhelamos! Terminemos el año bruñendo la voluntad para la nueva batalla. Esta alegría con que se despide el año que se va y se recibe al que llega muestra la decepción de lo vivido y la esperanza, siempre renovada, en un porvenir mejor. Corazones templados y espíritus ávidos de luz, no desmayéis. Sucede el alba a la noche, la calma a la tempestad y la reconciliación a la feroz matanza. ¡Que la bondad divina descienda en mayor porción sobre la especie! ¡Que sean más buenos los buenos, para que el amor rebose de sus corazones y se infiltre hasta en las fieras que hablan, y las amanse y las redima! ¡Que redoblen su afán los plantadores de la buena simiente, para que no quede un palmo donde puedan crecer las malas hierbas, cuyo solo contacto con el aire envenena las almas! Plantan algunos un árbol y lo consagran al culto de un recuerdo, o al hijo recién nacido ¿Por qué no plantar este año un árbol en nuestro corazón, consagrándolo al amor? ¡Que se nutra de nuestra sangre, que forme de nuestra carne su ramaje, que florezca en piedad, que fructifique en comprensión de todas las ansiedades! Marca ya la media noche el reloj de diamantes estelares. Ven, búscame en la soledad, bajo el inmenso cielo y ante la enorme angustia de esta vida. Ven y brinda conmigo por que los dormidos del corazón o del alma, de pena o alegría, de soberbia o de odio, despiertan en la próxima aurora para siempre, y abran los ojos a la blanca luz, y abran el pecho al puro aire que sopla del naciente. ¡Pidamos juntos al cielo que su misericordia se derrame sobre este infinito de ansiedades que es nuestra especie, atormentadas entrañas en que se gesta la humanidad futura!

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PLEGARIA POR EL ARBOL El árbol purifica y fecundiza, no solo el aire y la tierra, nuestro corazón también. Apóstol silencioso, nos predica el bien, prodigándolo a cuanto se le acerca. Basta mirarlo para sentir su dulzura; basta tocarlo, para sentir su paz. Él siempre esta aconsejándonos. Los malhechores tiemblan al oírlo de noche, como si murmurara. Tiemblan por que no oyen lo que dice, y temen amenazas como las del hombre. ¡Si entendiesen serian buenos! La armonía y la bondad fluyen de cada una de sus hojas, como de un libro santo. El ombú es la historia de la patria vieja; y la palmera, la del indio. Además de filósofo, historiador y poeta, el árbol es profeta. Contáis los árboles de una nación y leeréis su porvenir. Nada grande hay que esperar de los países sin abundancia de árboles. Felices, fuertes y triunfadores son los pueblos que surgen en medio de los árboles, y gozan de su caricia de su sombra y de la terapéutica de su fruto. ¿Sabéis de donde viene, si no es de sus bosques, esta fragancia virginal de América, que con fruición aspira el mundo? ¡Hay de América si sus bosques desaparecen! En ellos está el secreto de su vitalidad exuberante, en ellos nace el soplo soberano que nos empuja al porvenir. Amar el árbol es comprender la vida. Salió de debajo de la tierra para mirar el sol, y compadecido de los pájaros, abrió los brazos para protegerlos, y compadecido de los hombres, les da, cuanto posee. Recibe cada mirada como una caricia, y cada gota de agua como un tesoro. Trasunto del universo, por su serenidad, belleza y armonía. ¡Sabio que enseña en silencio, santo que con cada mano pide al cielo la bienaventuranza universal, artesano y artista que trabaja día y noche para convertirse él mismo en una plegaria que asciende al cielo!

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PLEGARIA POR EL INDIO ¿Cómo ha de ser cabal la beneficencia si no contempla y ampara a los indígenas de América, los habitantes más dignos de piedad y de protección? … ¡Tantos asilos, tantas instituciones piadosas!... ¿Y todas aquellas manos de mendigos que se alzan a millares en el desierto y en la selva, implorando la caridad de la república? Preciso es quitar al indio el temor al blanco, el temor al soldado; darle parte en la heredad, personería en los estrados de la justicia: luz, por que esta ciego; amor, por que esta dolorido de martirio tan cruento y prolongado. Una ley debe declararlo hijo menor de la patria, colocado bajo su amparo y potestad, y concederle garantías en el trabajo, ropas para cubrir su desnudez, toda la ayuda material y moral que necesita. ¡Que salga cuanto antes de su precaria y lastimosa situación! ¡Repudiemos la solidaridad con el despojo que significó la conquista, purifiquémonos de esta herencia de culpa; demos al mundo ejemplo de equidad con el débil, de regeneración por la cultura, de comprensión de la fraternidad, de acatamiento a las supremas leyes.

PLEGARIA POR UN HEROE DE CUATRO PATAS Hubo un tiempo en que fué el tren, la diligencia, la carreta, el único vehículo, el único medio de transporte. Su casco puso el bautismo en las llanuras de América, en el suelo misterioso de sus bosques, en las ásperas cuchillas. Su crin fue el primer penacho del progreso que erizó el viento en la pampa. ¡Cuántas noches ha llevado en su jinete aquel ensueño que hoy es realidad triunfal! Y el breve descanso, su comida era el pasto, si había pasto que tapizara el campamento; su box era el campo abierto, sin más abrigo que el Sol. Tascando el freno en silencio, veló innúmeras noches el sueño de los que ganaron el continente para la vida civilizada. Y ahora, en campos y ciudades, trabaja para el hombre, sumiso y dócil, ofuscada su inteligencia por el trato brutal, perdida su libertad, privado de los goces naturales, sin otro premio que una rara caricia que él no puede explicarse entre tantas crueldades y tan horrenda ingratitud.

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PLEGARIA POR LOS MUERTOS Es el día de los muertos. ¿Lloraremos a aquellos que desaparecieron para convertirse en polvo igual al que ellos levantaban en la marcha? ¡Sea mas bien esta vez nuestra plegaria por los muertos que están entre nosotros! Los de oídos que no oyen, los de ojos que no ven, los de corazón sin amor, los de alma sin la pasión de la justicia. Los que se apesadumbran ante los nichos de los cementerios y no recuerdan los nichos de las cárceles; los que tiemblan al agitarse los cipreses, y pasan junto a los muros de los hospitales sin sentir el dolor que los conmueve. Los que condenan sin misericordia. Los que se hartan sin pudor ante el hambriento. Lo que cobran una ofensa, y un error y un centavo. Los que sonríen ante la mujer que se hizo madre y no tiene hombre ni ley que la ampare. Los que vuelven la espalda al que está sucio por dentro y no se sabe limpiar. Los mordidos por la envidia y que ignoran que todos somos uno y que el triunfo de uno es el de todos. Los que pisan la alfombra sin recordar las manos que febriles la tejieron, y el césped, sin saber que cada paso destruye muchas vidas, al pueblo, sin apiadarse de su martirio. Los que saborean la fruta sin cariño hacia el árbol; los que comen el pan sin gratitud para el labrador ni compasión para el buey. Los que visten la seda que elabora un gusano y tienen aversión a los débiles seres que se arrastran en la tierra. Los que aman a las mariposas para verlas morir, y a los pájaros, para encarcelarlos, y a las flores, para arrancarlas de la planta. Los otros pobrecitos, que uno es juez, y no sufre porque el inocente esté en presidio por su negligencia; otro, médico, y duerme después de negar alivio al dolorido; otros, funcionarios y traficantes; que guardan sonriendo el fruto del despojo; otros, que llenan su bolsa de odio a falta de oro. Los otros, muertos también, que mató el frío social; los sin pan, los sin hogar, sin un afecto y sin rumbo; y los niños, que son como si no existieran para el bien y la cultura; y los infelices indios, todos muertos a manos de la codicia y la crueldad; y aquellas sacrificadas a la lujuria, que mueren acurrucadas en las cavernas del vicio. ¡Amémoslos a todos! Ya que el amor de dos les dió la vida, pueda el amor de muchos realizar el milagro de la resurrección. ¡Elevemos al cielo la plegaria por todos estos muertos!

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PLEGARIAS POR LA PAZ I ¡Bendita sea la paz y sus cosechas! ¡Bendito el amor y todos sus frutos! ¡Benditos los pensamientos de las madres, que uno solo de ellos pesa más en la balanza de los cielos que toda la soberbia de los Césares! ¡Maldita sea la guerra! ¡Malditas sean las armas y los planes homicidas! ¡Muera el gran monstruo que devora en la paz el trabajo de los pueblos, que se bebe en la guerra la sangre de los hombres! ¡Unámonos, hermanos! ¡Levantemos bajo la mirada de Dios que la bendice nuestra enseña de paz y de justicia! ¡Sálvese, oh santas madres, el fruto de vuestro vientre, vuestro imperio y vuestra gloria, y mueran para siempre las torpes y funestas ambiciones! ¡Abominación para la guerra! Abstengámonos de toda manifestación de ferocidad. Emplacemos las energías para las nobles luchas del trabajo, para las honradas victorias de la paz. ¿Quién llorará a los muertos? ¿Quién sufrirá el dolor y la carga de los mutilados? ¿Quién edificará sobre las ruinas? El pueblo, vencedor o vencido, que dió su juventud y su alegría, su sangre y sus esperanzas, que soportó el martirio en el hogar, en los cuarteles y en los campos de batalla, y que recoge en su cuerpo y en su alma las inmensas aflicciones que son el único fruto de la guerra. ¡Perfúmate de amor, oh América! ¡Serás la mano en que el mundo apoyará su frente vuelta fuego! ¡Cuida tu huerto! La dulzura de sus frutos aliviará a vencedores y vencidos. ¡Vigila la pureza de tu fuente! ¡Serás la copa de agua para la especie sedienta! Alabada sea la paz que deja a los bueyes uncidos al arado, y el arado abriendo el surco, y el surco en hervor de vida, y la vida derramándose prodiga y triunfal sobre la haz de la Tierra.

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Alabada sea la paz en la que el rosal florece, el árbol fructifica, la mies madura, y están juntos aquellos que se aman, y se aman todos aquellos que se juntan en las lides del trabajo y en las fiestas del placer. Alabada sea la paz, en cuyo seno se ganan las batallas contra el hambre y la ignorancia, y se acrecientan sin cesar las filas de los ejercitos de Dios. ¡Compasión para las madres que no infunden a sus hijos la aversión a Caín! ¡Compasión para los padres hacedores de huérfanos! ¡Compasión para los que con el culto de la guerra preparan la desolación de las ciudades y de los corazones, la matanza de los hombres y de sublimes pensamientos! II Vosotras, madres, decís: ¡Los hombres hacen esto! ¡Los hombres lo han querido! ¡Los hombres se han vuelto fieras! ¿Y quienes son los hombres? Miradlos, pues. Son esa cosa diminuta que sonríe y crece a la sombra de vuestro seno, como se agranda y dora el grano de uva a la sombra del parral. De vosotras salieron; vosotras los alzasteis en vuestros brazos mientras ellos no pudieron caminar; vosotras los trajisteis de la mano hasta juntarlos a los que estaban antes… y ahora os sentís extrañas de ellos, os asustáis de sus crímenes y exclamáis: ¡Los hombres! ¡Los hombres!, como gritarían las madres del rebaño devorado en la noche: ¡Los lobos! ¡Los lobos! En todas esas horas, en todos esos años que estáis a solas con ellos… ¡Salvad con vuestro amor a la humanidad del siniestro delirio de la guerra! ¡Arrancad la crueldad de su carne y de su alma! ¡Redimid a la especie de los instintos feroces! ¡Ahora, que con una palabra vuestra llena su corazón! ¡Ahora, que con un beso vuestro vibra su alma! ¡Trabajad sin descanso, madrecitas! III Sed, maestros, consientes de vuestro inmenso poder sobre la vida; sed como fuisteis en aquel sublime ensueño de la adolescencia en que se pronunció vuestra vocación. Si un padre puede hacer mucho dignificando a su hijo, ¡Cuánto no haréis vosotros con vuestros hijos espirituales, cada año renovados, para darles la paz de la conciencia y la del corazón, que es dar la paz al mundo?

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¡Deseen vuestros alumnos buena cosecha para todos los labradores de la tierra, y que los pescadores de tantos mares regresen a la playa cantando su alegría, el barco henchido de abundante pesca! Difundid el culto por los héroes aliados de la vida y la pasión por las guerras necesarias: las guerras contra la ignorancia, la miseria, la violencia y el dolor. ¡Vibre en vuestra palabra el fervoroso anhelo de bienestar y de dulzura para todos los pueblos, todos merecedores, por su infortunio o sus virtudes, de una mayor felicidad! ¡Diseminad amor en el futuro que germina al alcance de vuestra mano!

PLEGARIA POR LOS PRESOS Por la miseria cae el ser en la prisión, y la prisión agranda su miseria. No hay en la tierra seres mas necesitados. ¡Y la limosna que reciben es de odio! ¡Cuantos hermanos y hermanas, cuántos padres y madres, cuantos hijos tenemos en la cárcel! ¿Y no nos ha de doler? Carne de nuestra carne ha de llenarla mañana, ¿Y no nos ha de afligir? Ante tales cementerios de cuerpos y de almas, tentada está la piedad de pronunciarse por la pena de muerte, por que no vivirán los que salgan de allí, aunque anden por el mundo. ¡Llegue un rayo de sol, una sonrisa de amor, una palabra de misericordia a los hermanos que lagrimean de frío, mientras deliran o sueñan, sepultados en vida bajo la piedra y la sombra de nuestras cárceles!

PLEGARIA MATINAL De cuantos se me allegan, yo te pido, Dios mío: Que ninguno deje de escuchar algo que pueda serle útil; Ninguno dude de mi serenidad y mi paciencia; Ninguno note debilitada su fe en si mismo; ninguno lleve de mi alma menos de lo que él me entregue; Ninguno piense que me considero superior a él; Ninguno sienta disminuido su contento; Ninguno se retire sin alivio para su dolor.

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PLEGARIAS POR EL NIÑO I He aquí, Dios mío, que voy perdiendo las hojas, que se agrieta mi piel y que mi tronco se inclina como para caer al primer vendaval que lo sacuda, y no brindé a los que llegan a la vida el fruto que dulcifica el corazón, ni la frescura que serena el alma. Ahonden más mis raíces en tu misericordia. Pon en mi savia el fuego de tu amor y hará un milagro en cada vieja rama. Cada vez que pase un niño dejaré caer una fruta. Cada vez que un niño llore… ¿Qué puede hacer un árbol para que un niño no llore? Vuélveme pájaro, para que lo alegre con sus cantos y sus vuelos. Cada vez que lo maltraten… ¿Qué hará un pobre pajarito para que se maltrate a un niño? Vuélveme nave, Santo Dios clemente. Me lo llevaré bien lejos, donde no suenen las palabras ásperas… Más, ¿Qué podar hacer la nave cuando el niño tenga miedo y pregunte por su madre? Llega así mi vejez y no encontré todavía lo que te pedí en mi mocedad. Yo sé que Tú me has oído; yo se que Tú me lo has dado; pero yo no lo encuentro; mi boca entorpecida no sabe repetirlo… ¡Habla, habla Tú, Padre mío! ¡Dilo a todos los hombres! II Creed, seres piadosos, que deplorarlo en un rincón no basta para redimir a tantos niños incomprendidos, desamparados y olvidados entre las fieras que hablan. ¡Mirad en el adulto al pequeñito de ayer desfigurado por la torpeza, la incomprensión y la crueldad, y deseareis convertiros en mano que mendiga para los niños el amor que se derrama sobre los irracionales y sobre las cosas insensibles! Creed que hasta las rocas vierten a veces lagrimas por los chiquitos que padecen hambre, mientras tantos hombres mueren por que comen demasiado; por los que sufren en su carne y en su alma las amarguras de los padres; por los que se hallan confiados a cuidadores mercenarios; por los que miran como los gorriones, sin que sepan como ellos por qué se les persigue; por los que al dormirse clavan como alfileres sus gemidos en la almohada.

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III Colme el Señor sus bienes a los padres que tienen al hijo en su corazón y en su conciencia, y crece como un rosal a pleno sol sin padecer la dureza de la tierra! Los que saben que aún así se puede morir, y de su muerte hay consuelo, mas no lo hay para el dolor de haberlo torturado, que sube cada hora de las entrañas al corazón y del corazón a la boca. Los que contemplan en su hijo a la patria que renace, a la humanidad futura que se malogra o triunfa. Los que reconocen que es imposible dignificar al niño sin que los propios padres se dignifiquen a si mismos. Los que embellecen su vida y la vida del hijo con la luz del amor.

IV Yo iba en busca de los hombres para mejorar en ellos a la humanidad, y a más de la mitad de la jornada comprendí que mi afán era ilusorio, y me detuve, y me volví hacia los niños. ¡Ojalá todos lo comprendan como yo! ¡Ojalá que améis mas a los chiquitos, a los del propio hogar y a los que halláis en la calle, a los que ríen y a los que lloran, a los que veis y a los que no podéis ver! ¡Ojalá verifiquéis cuán poco roban los ladrones de dinero comparados con los que roban la alegría y la dulzura de quienes seran los dueños del mundo! ¡Ojalá distingáis entre las culpas aquella tan horrenda de matar en un niño a un hombre a quien no se conoce y que la vida reclama! ¡Pidamos a Dios clemente y misericordioso que el espíritu humano se redima por el amor al niño; que las mentes que vagan en las tinieblas busquen la luz en la mirada del niño; que las conciencias torturadas hallen la paz en el amor al niño!

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PLEGARIA AL SOL Entra como buen padre a los hogares y alégralos con tus caricias vivificantes! ¡Mézclate con nuestra sangre y purifícala! Arrastra en el torrente de tu luz la angustia de la especie. Reconfórtanos con tu palabra luminosa. Contempla, ¡Oh Sol, a tantos niños pálidos que vacilan por el camino de la vida, a tantas madres débiles, a los ancianos que con pesada carga descienden por la empinada cuesta hacia el olvido. Mira las mieses y los frutos de todos, y más aún los de los pobres. Tu mirar basta para que se llenen de jugos nutritivos. También la ágil hormiga te reclama tu fuego; y la leona, a la entrada de la cueva, te aguarda ansiosa para presentarte a sus cachorros.

PLEGARIA POR UN MUERTO. Sólo sé que fue un buen hombre, ese que pasa acostado entre el bullicio de la gran ciudad. Va, Señor, hacia Tí. A Tí sólo te ve y te escucha, y en Tí sólo confía por que para todos hay en tu casa un aposento, para todos un sitio en tu corazón. Si sus ojos miraron maliciosamente, si su lengua o sus manos destruyeron alguna esperanza, si con sus pies holló este hermano mío algo sagrado… ahora, que su ser visible ha de convertirse en polvo y va hacia Tí su pobrecita alma, temblorosa y desnuda, ¡cúbrela, oh Padre, con el divino manto de tu misericordia!

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PLEGARIAS DEL HOMBRE DEL NUEVO MUNDO Salve, América, nuevo milagro de Dios para la redención del hombre! Sobre la esfera terráquea, tus letras brillan como una constelación. Tu nombre suena como promesa de bienaventuranza. Extrañas fulguraciones se perciben en tus montañas. Misteriosos ecos se oyen en tus llanuras. Una mano invisible alisa aquí la frente del hombre dolorido. ¡Alma de América! ¡Manifiéstate francamente! ¡Llueva sobre los hombres tu justicia y tu amor! Las multitudes sienten al llegar a tí los afanes del viento; como él se diseminan por tus vastas soledades; y piensan: hemos encontrado el Paraíso. Y se deleitan con los perdidos bienes: recobran el ritmo del movimiento, la íntima dulzura de la armonía universal, la serenidad que rejuvenece, mientras escuchan trémulas el himno de los seres y de las cosas al hombre que llega: ¡Salve, extranjero, que vienes desde lejos con tu hijo en los brazos! ¡Seca tus ojos, y entra! ¡América es el hogar de los desdichados! Y todo hombre se inclina confiadamente sobre tu tierra, cuyo vigor fecundo pasa a su corazón. Y todo hombre se hace bueno, y dice junto contigo: ¡Paz y amor! Tu sol despierte a las almas, tus aguas calmen su sed, tus vientos las saturen de libertad y de amor. ¡Siquiera en tus entrañas se nutra y crezca el germen de la paz! ¡Siquiera en tu corazón vibre el ensueño de la fraternidad!

II Mantengámonos firmes en nuestros ideales, en nuestra moral y en nuestro rumbo. Todavía no esta en nuestro código; pero lo llevamos en el corazón. Representamos el nuevo mundo moral que corresponde al nuevo mundo físico.

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Avancemos un paso cada día. Nada podemos perder; todo está por conquistar. Allí donde otros hombres ponen su duda, pongamos nuestra fe. Purifiquemos el corazón, oigamos a la conciencia. El mundo no comprende nuestro destino; tampoco comprendemos nosotros que haya rodado hasta hoy por lo infinito sin contagiarse de su serenidad y su pureza. ¡Tantas crueldades, tantas ambiciones viles, y tan distinta la dicha; tan breve la duración de la existencia! No ambicionamos ninguno de los trofeos que se conquistan con el crimen. No confundimos la ferocidad con la nobleza y la gloria. No olvidamos jamás que sin amor y justicia no hay felicidad posible.

III Compañeros que dormiremos bajo la misma manta: ¡Vivamos en nuestra ley! El nuevo mundo tiene alma, y esta alma va al porvenir, jinete de los siglos, en el galope tendido del gaucho por la pampa. Oíd el clamor de los bosques, de las montañas y los ríos, y de las razas que soportaron exterminio. No vaciléis ante lo desconocido. Nada hay más pavoroso que los abismos llenos de sangre del pasado y las tinieblas erizadas por los gemidos de las generaciones que murieron en las garras del odio y la crueldad. ¡Que la divina misericordia nos ayude para cerrar el alma y las fronteras a las torpes ambiciones, para distinguir en lo moral el día de la noche, para ser menos traidores que el jaguar, menos malos que las humildes criaturas desposeídas de razón! Llenos de la claridad de nuestro cielo, de la serenidad de nuestras pampas, erguidos los espíritus como las cumbres de los Andes, contemplemos los albores del nuevo día. ¡Cristo ha de renacer en cada uno de nosotros!

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¡PADRE NUESTRO! Inútilmente se ha pretendido suplantarte en el reinado del mundo. Los que se levantan contra Tí desaparecen como las estrellas al asomarse el Sol. Tú, solo, en mi voluntad y en mis días, y en mi destino. A Tí te entregué mi vida, y la acrecientas y pones tus tesoros a mi disposición, y vienes a mí cuando te llamo, y me consuelas en mis penas, y me orientas en las dificultades. Junto a mí estás, Padre y Rey mío, al dormirme cada noche, a mi lado te encuentro, al despertarme y sé que estarás conmigo en la hora de la muerte. Para mejor servirte y ver únicamente tu grandeza prefiero tomar el rumbo de tus aflicciones. Para mejor escucharte te busco en la soledad y en ella ante Tí me humillo.

II ¡Padre nuestro! Los hombres hablan mucho, y cuanto más hablan menos se entienden, Multiplican sus afanes, y cuanto mas se afanan, más padecen. Juntan tu agua en cestos y la derraman sin beberla. Caminan pisoteando su propia vida. No miden la pequeñez de sus grandezas, ni la mezquindad de su opulencia, ni la amargura de sus goces. Mucha es su hambre de pan a pesar de que en la tierra y en el mar hallarían lo necesario para el sustento; mucho es lo que sufren, a pesar de que Tu amor debió ya redimirlos. Por las veredas de la mentira quieren llegar a la verdad; sin renunciar a las iniquidades, elogian a la justicia, y en la dura esclavitud de la ignorancia exaltan los beneficios de la libertad. ¡Padre nuestro! ¡Ayúdalos para que estas dos palabras que viajan ha dos mil años desde Tus labios al corazón del hombre, lleguen, por fin, a su destino!

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LAS ENFERMEDADES
Dice el hombre que es la salud el primero de los bienes terrenales. Lo confirman sus lamentos, su angustia, sus clamores de auxilio cuando le falta. Pero sería forzoso dudar de su sinceridad si no aceptáramos su ignorancia y confusión, pues compromete ese bien en todas las circunstancias. No hay mayor infortunio que la enfermedad, ni miseria mas extremada, ni estado que tanto exija piedad, ayuda y consuelo. Todas las exigencias populares tienden a la conquista de la salud, la triple salud: la del cuerpo, de la mente y del espíritu, la dicha tan ansiada como desconocida y escondida dentro de vosotros mismos.

II Lo primero que deberíais hacer ante las enfermedades es clasificarlas por su origen. Unas no dependen de vosotros; otras, las más numerosas y terribles, salen de vuestra propia intimidad. Inacabables anomalías orgánicas brotan del alma perturbada por las bajas pasiones, del corazón petrificado, del cerebro entenebrecido por la ignorancia. Abundan quienes sistemáticamente esquivan del cumplimiento del deber, respiran en atmósfera de simulaciones y mentiras y hieren al prójimo con sus maldades y calumnias. Luego reclaman salud para su cuerpo y paz para su alma. Tanto suelen parecerse ciertas enfermedades a los remordimientos de conciencia, que es imposible dudar de su identidad originaria. Pero el vulgo solo quiere que el médico suprima los efectos mas visibles o dolorosos del mal y únicamente menciona estos efectos. Nunca se oye decir que alguien esté enfermo de torpeza, holgazanería, soberbia, gula, codicia, lujuria. No obstante, son las enfermedades más comunes.

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Como hay quienes esperan morir para ir al cielo, que es un estado de conciencia, existen, quienes, viciosos, haraganes o perversos, confían en que se les inyecte esa serena y apacible regularidad orgánica que es la salud. El átomo se halla sujeto como Júpiter al ritmo augusto. No hay una idea, un sentimiento, que no produzcan reacciones disonantes o conformes con la universal armonía. Nada existe en secreto para la vida; nada esta aislado; todo influye en los demás y es influido por todo. Cada mentira, cada injusticia, cada culpa repercuten en cierto órgano y modifican su actividad. Hay vicios y pasiones que alteran todas las células, comunicándoles una vibración anormal. En rigor, la mayoría de las enfermedades son consecuencia de las perturbaciones del espíritu. Por la ignorancia de estos hechos, agranda el ser humano su martirio.

III Nada más humano y triste que vuestra confusión en cuanto se refiere a la salud. Lo frecuente es que evitéis como un mal lo que os conviene; que busquéis como beneficioso lo que solo redunda en vuestro daño. Es que no tenéis el guía casi infalible que es el instinto, para asegurar la salud en cuanto depende de causas materiales. Si un gato es atravesado por una bala, y no muere en seguida, se esconde en un rincón, sale de allí, si le es posible arrastrarse, para tomar sol, no come; y en muchos casos, ni agua puede beber. Sus posibilidades de curación son a veces mayores que la de un príncipe rodeado de los más eminentes facultativos. Mi perro elige el alimento mas adecuado para él; cualquiera sea la cantidad que se le ofrezca, toma solamente lo necesario, no come nunca sin hambre, no come dos veces algo que le haya dañado; si enferma, se prescribe la quietud, la dieta, y busca e ingiere hierba que le ayudan a recobrar la salud. Es lo probable que muera de vejez. Todo esto, sólo por excepción ocurre entre los humanos. Verdades útiles y trascendentales de la higiene moderna, como la influencia benéfica del sol, son conocidas por los irracionales y aprovechadas por ellos con acierto.

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Y hasta parece que supieran lo que vosotros olvidáis: que si el reposo de la noche cura del día, que es una enfermedad, el reposo continuado puede curar mayores males. Algo más extraordinario aún confunde vuestra muy limitada sabiduría. No sólo tiene o debería tener cada organismo el instinto que advierte en forma indudable lo que le conviene o perjudica sino que cada órgano y también cada célula poseen un instinto propio, una especie de singular inteligencia que tiende a mantener su integridad y la normalidad de sus funciones. Si el estómago recibe variados alimentos y se produce el vómito, no los devu8elve en el orden que fueron ingeridos, sino en razón inversa a su digestibilidad, como si los tuviera ya clasificados. Al producirse una herida, con maravillosa prontitud la sangre trae hasta allí los elementos necesarios para detener su propia salida y para reponer el tejido que falta. Pervertido o anulado su instinto, estrujado por múltiples prejuicios, el hombre civilizado es incapaz de vivir naturalmente. Muchas veces se ve forzado a imitar procedimientos de los irracionales. La higiene moderna busca la recuperación de las normas instintivas para el mantenimiento de la salud.

IV La inteligencia viene en vuestra ayuda. Tenéis, gracias a ella, la medicina, ciencia y arte que previene muchos males, normaliza las funciones orgánicas y suprime o alivia los sufrimientos físicos. Cuando estéis en pleno goce de vuestras facultades distinguiréis a los verdaderos médicos. Mercaderes que están siempre en la cuenta de sus caudales, y a la pesca de lo que pueda acrecentarlos, debieron ser alejados del que padece y dedicarse a su oficio. Son los que al desdichado que se retuerce de dolor le dicen: “Procurare curarlo si usted me paga tanto”. Son quienes se jactan en los hospitales de menospreciar la vida y el sufrimiento ajenos y dividen a los dolientes en ricos y pobres, y según esto les hablan y les tratan. Mas por tales excepciones no ha de juzgarse a los médicos dignos de este título, siempre abnegados, encendido su corazón en amor al prójimo, embellecida su alma por el sublime anhelo de disminuir sus dolores.

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Ellos luchan, no sólo con las enfermedades, sino también con la muy humana resistencia a la verdad, con las majaderías de la ignorancia, con la presunción de que la salud se obtiene con el empleo de ingeniosas tretas. Bien sabe el médico que lo infinitamente pequeño es tan inaccesible como lo infinitamente grande; que de igual modo percibe el débil ojo humano el misterio de los mundos celulares, como lo que sucede en la Vía Láctea; que observar un fenómeno y bautizarlo con un nombre, no implica saber la causa ni mucho menos poder evitarlo o producirlo. Imprescindible es el médico, más aún porque la mente enferma junto con el cuerpo, y entonces las ideas son confusas y por lo común absurdas. Alguien, que sabe el arte de curar, y que ve y raciocina con la debida claridad, ha de pensar por vosotros lo que os conviene.

V Pero, engreída como un adolescente por sus magníficas conquistas, también la inteligencia se extravía cuando quiere ir demasiado lejos. Con la naturaleza no valen artimañas. Es tan rígida e inexorable como la suponen los irracionales. Las supersticiones curativas atestiguan la influencia de la mente y del espíritu en el cuerpo. La ignorancia del vulgo se manifiesta al explicar la curación, y la del médico cuando no aprovecha la verdadera fuerza curativa. El ser humano es, principalmente, un producto de la imaginación y ésta actúa de manera decisiva en el organismo. El buen medico comprende mi parábola de Alicharan. ¿Qué diríais de un astrónomo que, por que conoce el peso, la distancia, el aspecto, la composición, la atmósfera y la órbita de los planetas, pretendiese gobernar sus cambios y evoluciones? Sería el caso del médico que intentara sustituir lo natural por lo artificioso. No es el médico responsable del papel a veces fatuo y absurdo que se le asigna. El vulgo le atribuye la omnisciencia, le reclama lo que no depende de él y lo impulsa a la simulación.

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El ingeniero calculará con exactitud la resistencia de un puente; el militar, la trayectoria de un proyectil; el astrónomo, el día en que será visible determinado cometa. Recabáis la opinión de los demás ingenieros, militares y astrónomos, y todos ellos llegan a idéntica conclusión. Pero diez médicos delante de un paciente pueden ser diez interrogantes inclinadas ante un enigma. Y se explica. Si no se existen dos hojas de una planta ni dos gotas de agua iguales, tampoco puede haber dos organismos, ni dos enfermos iguales. Es prueba de locura suponer que con astucia se suprimirá un dolo que la Vida juzgue adecuado a sus designios, frecuentemente impenetrables para nosotros. Cada aparente triunfo contra lo inmutable es indicio seguro de que aparecerán males peores que los conocidos. Así ocurre con la disminución de la natalidad, con la abstención de la lactancia y con otros muchos cambios. Cal mitades orgánicas y morales evidencian lo que son estas victorias. A veces cuando el médico declara que nada queda por hacer y que sólo un milagro puede salvar a un enfermo, se produce algo parecido a la suspensión de hostilidades entre los ejércitos. La Naturaleza suele aprovechar esta tregua para salvar al organismo de su disolución. Ella anda por caminos que nuestra inteligencia no conoce. La medicina realiza verdaderas proezas para disminuir vuestros padecimientos. No le exijáis el milagro de sustituir vuestra voluntad en la conquista de aquella normalidad orgánica que es un reflejo de la paz de la conciencia.

VI No hay mayor infortunio que la enfermedad, ni miseria más extremada, ni estado que tanto exija piedad, ayuda y consuelo. Es cuando el mundo ilusorio se desploma, y habla el dolor, y no entendéis lo que os dice. Y si el mal es incurable, y se apagan todas las luces de la tierra, quisierais haber sido lo que no fuisteis, y quisierais haber hecho lo que no hicisteis, y os volvéis con los ojos cerrados hacia el cielo. Entonces, esto, y aquello, y lo otro ya son nada, y veis lo que mirabais, y escucháis lo no oído y buscáis lo que fué menospreciado.

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En nada más patente la diferencia entre el hombre y el irracional que en las enfermedades, por que en el irracional todas llegan de fuera y en le hombre las más graves provienen de la ausencia de la vida espiritual, de la falta de contacto con lo eterno de comunicación con lo divino. Temerario es el desorden dentro del orden que rige en el Universo, y nadie sin padecer pretenderá quebrantar su majestuosa armonía y su sagrado ritmo. Nunca estáis más enfermos, de la triple enfermedad que roe el cuerpo, el intelecto y el alma, que cuando, a espaldas del Señor, buscáis sus bienes, y siendo trotacalles y buscaplaceres, queréis el dulce sosiego, que rueda en gotas de serenidad por el firmamento del espíritu y cae como bienhechor rocío sobre la carne. Confiad en la plegaria, por que sois ignorantes o por que sabéis algo, por que sois poderosos o muy débiles, por que os sentís tristes o contentos, porque estáis sanos o enfermos, o por que os llega la hora de la muerte. Confiad en la plegaria, que os une a lo invisible, al Regidor Supremo, al Dispensador de todo bien. Ella es luz encendida dentro de vosotros, alba que se levanta de la tierra al cielo y que os orienta hacia la única felicidad posible. Pues la salud integral viene de adentro y es la bondad que se manifiesta y crece bajo el influjo de vuestra voluntad, la voluntad que os ha de redimir. No la conquistareis con arrogancias, novedades o malicias, no la tendrán jamás el iracundo, el glotón, el envidioso, el holgazán, el avaro, ni el soberbio, ni el codicioso de los placeres fugaces. Es la conciliación con las verdades supremas, es la fe, es el trabajo, es el amor a cuantos tienen en el cielo a un mismo Padre. Huye de los inquietos y ambiciosos, y se asienta en los de humilde corazón, en los que saben de la frescura del reposo, y buscan el aroma de la soledad y escuchan la gran voz que habla en el silencio. Mansedumbre de arroyuelo que se desliza suavemente como un rezo; florecilla que brota en lo escondido como una dádiva del todo poderoso.

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CARTAS INTIMAS
A una madre. Ayer te vi que golpeabas el cuerpo de tu hijo. Fué un mal momento tuyo; lo comprendo. En seguida te arrepentiste. Pasaron horas y no podías olvidar aquella tierna carne estrujada por tus manos. ¿No te pareció, al dormirte, que el niño te miraba y te preguntaba con sus ojos cómo, habiéndole dado la vida, se robabas así? Me has dicho que tu hijo es malo y que si no lo corriges será peor. El no hace nada que no aprenda de ti, de tu marido o de otras personas. ¡No es posible que un niño sea tan sabio y tan santo para discernir siempre entre lo bueno y lo malo, y no hacer lo malo jamás! Si es violento, ¿de guíen copia la violencia? Si miente. ¿A quien oyó mentir? Si es nervioso, ¿Cómo podremos exigirle que restablezca por sí mismo el equilibrio de su organismo? ¿No has visto que los caballos tratados con rigor son más díscolos y enflaquecen y mueren antes de tiempo? ¿No sabes que los niños flagelados juntan odio y cuando llegan a hombres este odio perdura en su corazón y devora su bondad y su alegría? Sé dulce con tu hijo, madrecita. Sonríe y bésalo cuando menos bueno te parezca. Quizá la visión de las acciones incorrectas, los ritos y los castigos han trastornado su naturaleza. Pero se curará con tu ternura. Convéncelo de que es bueno, y con tus palabras y caricias ayúdalo, madrecita, para que comprenda el bien, para que su corazón se dulcifique y su mirada sea franca y luminosa.

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A LA HIJA QUE SE FUE Vuelva al hogar la ovejita descarriada! No conozco a tus padres, pero es seguro que te abrazarán llorando de alegría. Si te asustan sus gestos y amenazas, comprende que los hacen para que te detengas, como cuando eras chiquita y correteando te acercabas a un abismo. Vuelve, que, como ellos, nadie te querrá; como su corazón, ninguno comprenderá tu tontería. El amor de los padres es tan puro que cree con la traición del ser amado. Imagina que de noche, tu padre, desvelado, oye el suspiro de tu madre y dice: “¡Que vergüenza!... ¡Sufrir por esta perdida!” Y es bien posible que ella, entonces, finja que duerme, y él también, y que las cabezas blancas cambien de cada sitio a cada rato sobre la almohada húmeda de lágrimas. ¡Vuelve! Dormirán tranquilos y en secreto se dirán que ya eres buena y que aquello… ¡No importa! AL QUE ANHELA RIQUEZAS Yo también veo la reverencia del mundo para los poderosos y sé que con voluntad y tiempo de es posible acumular una gran fortuna. Yo, como tú, como todos los seres, busco el placer; así que consulté a mis consejeros. La conciencia me dijo: Quieres apoderarte del río entero, y basta para tu sed un jarro de agua. Grandes riquezas reclaman una gran inteligencia, pues para nadie pueden ser ellas mas dañosas que para quien las posee. Lo que sobra se emplea generalmente en adquirir estorbos, enfermedades, falsos amigos y arrepentimientos a montones. Considera, además, la dificultad que existe para alcanzar la opulencia sin robar el tiempo, la salud y la alegría de muchos semejantes. Y si, al llenar sus arcas, dejas vacía tu alma, nada te impedirá que en tus días de soledad y de morir recuerdes a los que despojaste de lo que ellos y sus hijos necesitaban. El corazón me dijo: No seas malo contigo. Tus vecinos creyéndote feliz, te clavaran los dardos de su envidia; los ladrones rondarán alrededor de tu persona y de tu casa; tus hijos, endurecidos por esa especie de orfandad a que habría de condenarlos tu ambición y siguiendo tu ejemplo de codicia, esperarán con impaciencia tu muerte.

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Para retener grandes riquezas deberás ser todos los días egoísta, cruel, avaro, hipócrita… Y cuando a solas te preguntes si eres feliz, ¿quién ya muerta tu madre, te absolverá y consolará? Así me aconsejaron, igual casi los dos, como si la conciencia y el corazón fueran lo mismo. Acaso, alguna vez, detuviste tu mano que iba a herir un pajarillo, escuchándolos a ellos. Ahora, que tu vida entera está en peligro, ¿Por qué no los consultas? A UN PRESIDIARIO Cuando pasan los días y los años y no recibes ninguna carta, deseo que ésta te lleve mis pensamientos. Hace ya tanto tiempo que vives sepultado, que quizá no recuerdas que también la ciudad y el mundo entero son sitios de expiación y de arrepentimiento, donde la condena del dolor se cumple por los delitos más ocultos. Yo te pido que pienses en otro mundo inmenso, poblado de estrellas ahora invisibles; aquel a donde irás cuando te mueras. Y te pido también que te convenzas de que no estás tan encerrado que no puedas llegar a Dios. A través de esos muros y por encima de tus guardianes y compañeros de desdicha, hay quien te mira y sabe si siempre eres el de antes, o eres ya otro por la serenidad y la pureza de tu alma. Él también entra en las celdas. Pesa con igual medida la conciencia de un santo que la tuya. Y la perenne dulzura de su amor cabe en el corazón de un presidiario. A UN VANIDOSO Vivía hace siglos un señor tan inclinado el lujo como tú. Tenía muchos criados, primorosos vestidos y una carroza casi más espléndida que la del rey. Su palacio estaba lleno de tesoros. Era su preocupación constante sobresalir de los demás. ¡Como le atormentaba cualquier detalle que le parecía impropio de la morada de un gran señor! ¡Cuánto anheló cierta joya y al fin la obtuvo y la ostentó con orgulloso júbilo! ¡Que tremenda contrariedad le produjo, cierto día, sorprenderse de paseo sin la hebilla de plata en un zapato! Y mas no puedo contarte, por que enterraron toda su enorme vanidad con él. ¿Cómo se llamaba?... No sé. ¡Nadie en la tierra lo recuerda!

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LO MEJOR Bueno es tener de sobra, y mejor sólo tener lo necesario; bueno es gozar la vida, y mejor aún conocerla; bueno es que te ayuden, y mejor triunfar solo; bueno es saber hablar, y mejor saber callar; buena es la adecuada compañía, pero es mejor poder estarse solo; bueno es vivir exento de trabajos, pero mejor es tenerlos; bueno es que te aplaudan, mejor aún que te señalen los defectos; bueno es ser libre, pero es mejor la esclavitud del recto; bueno es llegar a ser grande, pero es mejor aún que sigas siendo niño; bueno es que te amen, pero es mejor que ames tú; bueno es saber viviendo todo esto, y mejor aún vivir como ignorándolo. A UN IMPACIENTE Todo, en efecto, lo tienes para realizar lo que deseas. No obstante tu obra te resulta imprecisa y confusa. Y esta imperfección te aflige. Olvidas, amigo mío, que nada completo se hace sin el concurso del tiempo. Sólo con él se transforma el carbón en diamante, sólo con él cristaliza un pensamiento y adquiere la obra de arte serenidad, pureza, luminosidad, armonía. No te presuras ha hacer lo que concibas. Si tu propósito esta de acuerdo con tus posibilidades, alguien, sin que lo notes, trabajará y adelantará lo necesario para facilitarte la tarea y asegurar el éxito. Si al dormirte has pensado en una realización y eres despertado durante el sueño, sorprenderás a ese alguien que sigilosamente trabaja en tu problema. Si al concebir una obra dejas a ese obrero misterioso el tiempo necesario para que te ayude, la obra saldrá de tu cabeza y de tus manos como una cosa que estaba casi hecha. Tu mente puede ser como un herrero que, con el firme propósito de forjar una pieza, la coloca sobre el yunque, enciende la fragua, espera… y halla luego la pieza casi pronta. A UN AMIGO No vengas a buscarme para asistir a la solemne ceremonia. No me pidas el elogio de tu caridad. No te conduelas de la muerte de mi hija. No deplores que los hombres me calumnien. No me justifiques, no me elogies. Es verdad que se muere poco a poco. Para todo eso morí.

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A UNO QUE ES COMO MUCHOS Cuando a tu amada le rindes tu voluntad a cambio de la suya; Cuando me cuentas el favor que le prestaste un amigo; Cuando enumeras los gastos que te imponen los hijos; Cuando te quejas del olvido hacia tus sacrificios por el pueblo: ¿Cómo dices que diste, si lo cobras? A UNOS PADRES AFLIGIDOS Comprendo que el inmenso dolor os anonade; pero es la hora de que miréis al cielo, y su paz descenderá poco a poco a vuestro espíritu. Es la hora de la humildad, y ella os dice cuantos padres que hoy viven, y trabajan, y sonríen pasaron por igual trance y que nada os autoriza a creeros privilegiados entre ellos. Es la hora en que la inteligencia ha de ayudaros a echar tiempo sobre vuestro infortunio y a suponeros diciendo: “Hace diez años perdimos a nuestro hijo” Es hora de reflexionar cuan poca cosa es el hombre y que aquello que no depende de su voluntad reclama su juiciosa sumisión a las inescrutables leyes que rigen nuestro destino. A UN PORTERO Eres el más indiferente y frío de los porteros. Abres la puerta para cada persona, y determinado número de ellas en cada jornada. Esa puerta es la única salida de este mundo. No sabes para quiénes la abres cada día, ni te importa; solo sabes que vendrán y pasarán hacia la eternidad. Si un día quedan algunas fosas disponibles, esperas a los rezagados con la misma actitud que tu colega el de los ataúdes. No obstante la dureza de tu oficio, te suplico que ahondes más esa fosa y que la alises amorosamente: es para un hombre que dijo la verdad y se identificó con la justicia… ¡No cuenta con otro cariño más que el tuyo!

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A OTRA MADRE Te equivocas, ¡Oh madre! Tu hijo es bueno. Es extraño que yo lo sepa y tú lo ignores. Este es aquel a quien recibiste como a un ángel; a quien pusiste la corona de tus besos para que fuese tu rey. ¡Tu voz era tan dulce!... ¡Tus manos eran tan suaves! Ahora sus ojos preguntan por todo eso, por que él es pequeño aún, lo será toda la vida para ti. -Hijito, tú que eres tan bueno… -Nuestro hijo, que es muy bueno… Así se habla en las casas de donde salen los hombres de bien. Nada te quite tu convencimiento de la bondad de tu hijo. No lo despojes de la confianza maternal, porque esto es arrebatarle la vida que le diste. Si tu voz y tus manos lo degradan prematuramente ¿Quién lo podrá redimir? No habría fe, si las madres la perdieran; ni esperanza en el futuro, si las madres la destruyeran en su hijo. Yo sé que ansía ser feliz. Ayúdalo con tu amor para que lo consiga; bésalo a cada error, para que perciba tu pesar, y nunca le anticipes las crueldades del mundo. Yo sé que sufrirá mucho, que andará penosamente la senda de su vida y que, al cabo morirá en padecimiento. ¡Dulcifícale y bríndale tu ternura mientras vivas! A MIS HIJOS No tengo que deciros algo distinto que a los demás hombres. Solo debo pediros que me superéis en rectitud. Lo mejor que hallé en el mundo fue el trabajo. Cada cual en el suyo sirva a Dios. Vivid con la inocencia del niño y la sencilla naturalidad del insecto y tened el gozo del premio merecido en vuestra obra. Si me habéis entendido, no me llorareis por muerto, pues os compadecería en vuestra ignorancia. Seguid por mi camino, y yo iré con vosotros, y me sentiréis a vuestro lado.

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A UNO QUE ME ESCRIBIO Te agradezco tu carta, pero no puedo ocultarte mi perplejidad al leerla. Me dices que deseas conocerme y escucharme. Si mis obras no te sirvieron para ello, menos aún lo conseguirás en una visita. Me hablas de un proyecto de homenaje. El mejor homenaje para un autor consiste en leer sus libros. Y para ello es lo mismo que el autor viva o no, es lo mismo ahora o después. En cuanto a tus alabanzas cara a cara, no puedo de ningún modo dedicar mi tiempo a oírlas. Aun cuando fueren fundadas, las preferiría silenciosas, lejanas, ignoradas por mí. Así las recogería Aquel a quien únicamente corresponden, el Supremo Inspirador de todo pensamiento generoso y de toda expresión noble. A FULANO Siento mucho tener que incomodarte para decirte que olvidas lo principal. Lo principal es lo otro, aquello que está mas lejos de tus ideas y de tus ambiciones, lo que supones que no llegará jamás. En tal olvido, acomodas tu vida para millares de años. Es como si te mandaras hacer el traje de diez metros de largo, y habitaras en casa de cincuenta dormitorios, y te pusieran en tu mesa para tu personal servicio cien cubiertos. No te distraigas, no pierdas la noción de lo que eres y de lo que te espera. Por mucho que te aturdas, acabarás por verlo claramente. Por más que rías hora, te pondrás serio después. Y aunque ocultes tus pasos y tus designios, sabido es a donde vas. NO ESPERES No esperes para ser bueno, ni para dar lo que puedes, ni para reparar una injusticia. No esperes oportunidad para realizar una acción noble: buscala. No esperes a que venga el ofendido: vee hacia él. No esperes para perdonar a tu enemigo: perdónalo ahora mismo. No esperes que los demás te hagan justicia: háztela tú en tu conciencia. No esperes el día siguiente para comprender cuán vanos son los halagos corporales y el amor a la riqueza. No esperéis hasta la hora de morir para reconciliarte con Jesús y para entregarle tu alma.

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A MI ESPOSA Juntos subimos la cuesta de la vida. Juntos estuvimos siempre en el dolor y en la alegría. Paseamos de la mano por los jardines floridos de la primavera. Dormimos junto al fuego en los inviernos. Unidos vamos hacia lo invisible. Mezclaste tu ser al mío, en los años y el los hijos. Tenía una voz, un cuerpo, una mirada. Ahora te has vuelto múltiple. Ahora tu vida florece en cada uno de nuestros hijos. En todos ellos recobras tu juventud y me brindas tus encantos. Llegamos a la cumbre y descendemos por el lado opuesto. Sucederá algún día la extraña cosa de la separación. Con sus gemidos, uno llamará al otro. ¡No olvide el que se quede unos días más en la tierra que la muerte es una ilusión de los sentidos! A MI MADRE La vejez viene a mí, viene con tu mismo andar; me mira con tus ojos. Yo pienso que eres tú misma; tú, que vuelves a buscarme y que me encuentras donde me dejaste; niño como me dejaste. Parece que no hice más que esperarte, pero se menos que cuando tú me hablabas. Tengo menos que cuando estabas tú conmigo… ¡Hazme reír; hazme llorar de nuevo, madre mía! Te busqué siempre y te esperé todos los días. Te vi una vez como una estrella enorme y temblorosa en la noche de mi pena. Te oí una tarde divina, cuando ya se ponía el sol. Eras aquella calandria que desde lo invisible inundaba mi alma de armonía. Todo se transformaba con su canto en el cielo. Como hiciste conmigo, hice yo con los hombres. Arranqué de mi carne y de mi alma cuanto pude y se lo di. No me habías dicho que duele. No encontré nada en el mundo con que comparar tus manos. Pasaban por mis cabellos como besos que se rompían de ternura. ¡Ponlas ahora en mis sienes, encima de mis ojos, y sobre todos mis dolores! ¿Qué dices tú, madre mía? ¿Es o no tu hijo el que vuelve? La vida me ha desfigurado pero tú sabes quien soy. Tú, únicamente, me verás como yo era. Prepárame bien la cuna de tu cuerpo. Tengo mucho que decirte; pero no te diré nada, tan chiquito voy a ser en tu regazo; tan chiquito y tan callado; todo encogido para que puedas esconderme bien contra tu seno; todo dormido para que tú, madrecita, me sonrías y me beses como antes.

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SIEMBRA DE AMOR

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Levántate sembrador. Es la hora de que comiences la tarea. La campana del cielo vibra cada vez más cerca, y ya resuena en el gallo. Adelante y detrás de ti esta lo infinito. Arriba y debajo de ti esta lo infinito. Prende la luz de tu espíritu. Enciende el fuego de tu corazón. Tus bueyes son el amor y la justicia, y tu cuchilla, la verdad. Corta la dura tierra, desde Oriente hasta Occidente y desde el Norte al Sur. Que tus pasos retumben en las concavidades de la tierra. Que su matriz se estremezca para recibir tu siembra. Tu mano reproduzca el movimiento de tu corazón. Empuja la soledad. Quiebra el silencio. Y avanza. Siembra, como Él te dijo, la palabra del bien y del amor. Día llegará en que tu siembra se levante como una bendición sobre la tierra.

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II Avanza firme y serenamente en tu camino. No hay grandeza posible sin paz intima. La hierba y el ratón tiemblan ante el menor soplo, y el grano de arena no conoce el reposo. ¡Cobra la serenidad de los espíritus puros en la inmensidad del tiempo! Tu tarea es hacer el bien, ir adelante hasta llegar a Dios. Defiende a los que no puedan defenderse; di las verdades que no están en manifiesto. Nada busques, nada esperes aquí abajo. El aire del cielo te alimentará. -Si te amo –dice el Señor,- ¿Por qué desearás ayuda o gloria? Purifica tus oídos para escucharlo. Tus ojos, para verlo. Tus manos, para aliviar a los que sufren. Tu lengua, para repetir sus enseñanzas. El pondrá en tu corazón todo el valor que hace falta para cumplir tu destino. ¿Qué esperas?... ¡A ti te esperan! Señala cada jornada con un alivio para muchos seres. Nada te turbe en tu afán de cada hora. El bien sale de ti con tu palabra. Ponla en los tristes, en los desconcertados y en las cárceles. Los árboles, ¿son las plegarias de la tierra? Los pájaros, ¿son las penas que se llaman?... Sigue, sigue, sembrador. Nada de esto es para ti. Ayuda a los que en las tinieblas se debaten. Ablanda con tu voz los corazones. Háblales a los niños, a los ancianos y a las madres. Que Tu amor se derrame y que no sepas donde. Que tus esperanzas como abejas vuelen y regresen cada día, y junten y elaboren y no veas el panal.

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No mires hacia atrás, ni te detengas ante los que ya vuelven de la vida. Bien sabes que desde lo insondable te acompañan los que murieron y viven, y que el polvo que pisas es lo que vivió y murió. El viento pasará sobre tu siembra y la arrebatará; mas tu vuelve a sembrar y no te aflijas. Tú no tienes, no esperas, no recoges. A veces eres el río, por el que pasan los bajeles del Señor. O la portada en que Él entrega sus dones. O la hendidura de la tosca piedra de donde brota el misterioso manantial.

III Ten por cierto que el mundo te aguardaba; que tu amor entra en las almas como un amigo en casa del amigo, y que vas por el sendero que Él recorre cuando desciende a la tierra. Oye su voz que baja desde el cielo y sube de lo hondo. Llénate de su palabra, y no escuches nada más. Los otros que te amarán no llegaron a la vida todavía. Uno solo a tu lado. Uno solo tu camino. Uno solo tu día a través de los días y las noches. Piensa en los que esperan de ti alivio. Imagina que son tantos que amargaron con sus lágrimas el mar y en su aflicción resquebrajaron las rocas y formaron las arenas. ¡Toda palabra de bien caiga en el surco del dolor! ¡Toda palabra de fe llene el vacío de la duda! Conoce a las multitudes, y no las desampares. Difunde la realidad de la otra vida; levanta el alma del hombre sobre las bajas pasiones. Como si cada día sea el único día sobre la tierra; como si cada palabra fuera tu postrer palabra para los que padecen y maldicen; como si al mostrarte ahora, fuera la última vez que apareces en el horizonte humano. Cuando el mundo comprenda tu destino, ya el Sol se habrá ocultado en el horizonte y la gaviota volará para oros mares.

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IV ¿Que silencio hay comparable al que te envuelve? ¿Qué soledad cual la tuya? Guíete la luz del espíritu. Se apaga el fuego de tu corazón. La campana que vibra es a de antes; pero ya no resuena para ti. Un tallo creció y dio fruto. Secóse luego y no existirá más. Voces celestes atraviesan tu alma como a ventana abierta entre dos inmensidades. Un pájaro nacerá a cantar donde caíste. El pide para sus ojos la ceniza de tu corazón. Para sus alas, la ceniza de tus ojos. Duérmete ya, sembrador. Es la hora que descanses. Tu amado llega y te besa.

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LOS CASTIGOS
La verdad más evidente para el hombre es su propia imperfección. Puede definirse el hombre como el ser terrenal consiente de su imperfección, y la vida, como un incesante esfuerzo, sin otro objeto lógico y visible que disminuir esta desgracia. Todo esta unido. Cada ser es como el nudo de una malla por cuyos hilos circulan en perenne reacción mutua las causas y los efectos. Pero el hombre ha llegado al fatal error de considerar sus abstracciones como existentes en la realidad, y así el don maravilloso de la abstracción se ha convertido en fuente de fracasos y amarguras. Quiere el médico moral infundir la salud de la fe en el alma que habita un cuerpo enfermo; busca el médico del cuerpo restablecer el equilibrio en el organismo cuya alma esta perturbada. Ved al legislador, como al educador y al padre de familia, obstinados en considerar la culpa como un acto espontáneo, con prescindencia de la doble serie de causas fisiológicas y morales que la determinaron; obstinados en no ver en el culpable más que un momento particular de la existencia; obstinados en conseguir la regeneración por el castigo. Mas ni el padre de familia ni el legislador conocen la relación que existe entre las imperfecciones que pretenden corregir y los castigos que aplican. Uno y otro degradan más aún la naturaleza humana creyendo que la mejoran. No es apto el ser humano para castigar. Carece esta desdichada y frágil criatura del poder y la sabiduría necesarios para redimir por el dolor. ¡Cuan fácil es maltratar a un pobre niño! ¡Cuan fácil condenar a un irresponsable a “secarse” en una celda! Pero, ¿Con que derecho se hace todo esto? Parece cosa de menor cuantía que los padres empleen la violencia para corregir a sus hijos. ¡Desdichada humanidad! Nunca saldrá del laberinto de sus penas mientras vuelva la espalda a la ancha vía de su redención, considerándola un atajo inútil;

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mientras el ser humano sea estrujado y envilecido a medida que crece, y se transforme para siempre su delicada organización, y la torpeza y la amargura de la especie caigan sobre las generaciones que se levantan, en los castigos que los padres infligen a sus hijos. ¡Claro que estas criaturas al ser adultas mirarán sin temblar de espanto vuestras cárceles; desgarrarán como fieras la carne de la mujer que no los ama; empuñarán siempre el látigo, vengándose de la afrenta recibida! Sabéis ahora que la inquisición no infundía la fe; que el despotismo no asegura el orden; que “la letra con sangre NO entra”. Comprenderéis también que la justicia actual no produce la virtud, sino precisamente lo contrario. La virtud es la unión del cuerpo sano y el alma depurada de lo ruin. Es el agua transparente, en que lo denso y turbio fué a lo hondo, por un milagro de la serenidad. El castigo somete “lo visible” del ser humano; ser que es en su mayor y esencial parte invisible. El castigo es maldad y provoca una reacción de igual naturaleza. ¿Por qué ha de castigarse al que soporta anomalías hereditarias o el contagio de un ambiente depravado? ¿Influirá en el bienestar de la especie el sufrimiento infligido a un efecto de nuestras imperfecciones, a una consecuencia de nuestros vicios, al que lleva mayor carga de la miseria común? Perpetúase así la contradicción entre la calidad íntima –la verdadera vida- con la realidad aparente – que es ficción de la vida. Nadie, por el castigo, dejará de pensar mal, ni adquirirá un elevado concepto de la vida. En cuantos pretenden infundir bondad a viva fuerza; en el obtuso maestro, que al maltratar groseramente al niño se propone embellecerlo; en el tirano que a hierro y fuego quiere moldear la vida a su capricho, persiste la satánica obsesión de regenerar a la humanidad por los tormentos y la muerte. La sensatez y la cultura os enseñaron a preservaros por medios racionales del rayo, del desbordamiento de los ríos, de la sequía, de las pestes. Se ha redimido de “la culpa” a la naturaleza; pero no al hombre, como si no fuera parte de ella. Es que con frecuencia las pasiones, para sobrevivir, cobran como algunos animales engañosas apariencias. La venganza, con traje civilizado, finge ser aleccionamiento, y se llama castigo. Es siempre aquel ciego impulso que movió al hombre inferior a vengarse del daño recibido.

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No ha mucho que también los animales eran sometidos a proceso y condenados a espantosas penas. ¡Con el mismo resultado que en los infelices locos que hoy llenan las prisiones! Consiste vuestra justicia en cobrar en sufrimiento el sufrimiento, en menospreciar la vida de quien la ha menospreciado en los demás; en matar al que mató. ¡Y decís que es una advertencia para los otros! ¡Y consideráis infame la vieja ley de Talión! Pena de muerte deberíais decretar para las causas de la degeneración; para los robos de salud y de alegría, para los crímenes y vicios que perpetúan el hambre y la ignorancia. Cuando estéis limpios de ferocidad, cuando al ladrón de algo no le robéis la existencia, cuando detengáis el brazo que castiga, podrá entrar en vosotros la felicidad anhelada. Cambiará vuestro destino. Se levantarán los caídos. Resucitarán los muertos que andan entre vosotros: aquellos que mató vuestra crueldad. No esperéis piedad del cielo sin apiadaros vosotros; ni subir más, mientras holléis brutalmente a los de abajo. No pretendáis mayor gracia de Dios mientras ella no tenga sitio en vuestra alma, pues os la da sin medida y no podéis recibirla. ¡Que mal habéis entendido lo que os decía Jesús! Os pedía que dejarais a los niños ir hacia él. No pueden ir. Vuestra dureza no los deja. ¿Y en quién vendrá, sino en ellos, la bienaventuranza que esperáis? ¡Ay amigos míos, qué pena: inspira odio en vez de compasión el infeliz que roba o asesina! ¡Ay, amigos, qué pena: al más sediento se le priva del agua y al más impuro se le esconde el sol! ¡Ay, amigos, qué pena: se olvida que todo se cura con amor! La justicia de Dios premia el esfuerzo hacia el perfeccionamiento. Puso al hombre en este vasto taller de alfarería, donde todo es de barro. Quiere que cada cual tenga la vida en sus manos y la modele lo mejor posible.

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La justicia del hombre será aquella que ayude para orientarse hacia el bien. Conocerá los resortes que convierten al criminal en un ser bueno y los muros que no permiten la evasión. Mirará como más locos a los que hacen y ahora están en la cárcel, que a los que hablan de hacer y están en el manicomio. Verá en el suplicio fuente de males peores que los que lo provocan y de mayor perturbación; fuente de ciegas furias vengadoras que circulan por los siglos en la sangre de la especie. Comprenderá que todo hombre busca el placer y ayudara a la inteligencia y a la sensibilidad para encontrar los verdaderos goces.

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LOS CIRCULOS
La Tierra parece un círculo que describe una curva cerrada alrededor del sol que parece otro círculo. Todos los astros son, a nuestros ojos, círculos; todas las rutas celestes tienden a la forma circular. Concebimos el espacio como un círculo. La materia es un círculo o una suma de círculos. Solo el círculo da la sensación de plenitud. El sol evapora las aguas del mar; pero ni una sola gota deja de volver al mar. Las aguas roen la tierra y se la llevan, mas luego la devuelven en nuevas formaciones de tierra firme. Sube otra vez hasta la rama del árbol la dulzura del fruto que cayó, y hasta otra flor el aroma de la flor ya destruida. Siglos, muertos y enterrados, permanecen los árboles y se convierten en hulla, pero al cabo ésta despierta, sube en humo a lo alto, forma castillos de ensueño, y después baja a transformarse en árboles. Mientras el brazo del sembrador, con un arco de círculo, hoz impalpable, corta la nada, su puño le enseña al germen, abriéndose hasta diseñar el círculo, cómo se ha de expandir. Y traza el gallo con la punta de un ala el círculo nupcial mientras recibe el germen el impulso de vida que es un movimiento circular. Todo lo mira el hombre con su pupila circular; todo lo más que puede andar en cada dirección es una circunferencia; todo cuanto hace es deshecho para ser rehecho otra vez; todo en él sale de un punto y a él retorna en una curva cerrada. Rigen idénticas leyes para las cosas y las almas, para las ideas y los sentimientos, para los individuos y las civilizaciones. Cuanto existe en la Tierra describe su propia órbita a semejanza de la que recorren los planetas alrededor del Sol. Todo tiene su aurora y su mediodía, su crepúsculo y su noche, en un continuo morir y renacer, como los días, como las estaciones.

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El año traza su círculo en el tronco del árbol; forma la piedra, cuando cae en el lago, inacabable número de círculos; vibra el bronce y se estremecen los invisibles círculos del aire; vuela la luz en círculos concéntricos; golpea el pensamiento en el espacio, y, a este conjuro, los círculos van poblando lo infinito. Gira la vida, que es un círculo, en movimiento circular; trazan los vientos y las aguas sobre la superficie de la esfera circunferencias en número infinito; giran los insectos alrededor del foco luminoso, y los derviches de la India alrededor del Signo Espiritual, y los planetas alrededor del Sol, mientras revolea el hombre su honda mental bajo el círculo de la bóveda celeste. Imposible le es al ser humano contar todos los círculos; a medida que los cuenta, él y la naturaleza entera describen nuevos círculos. Imposible le es al alma seguir a una sola alma en su vuelo en espiral. Imposible le es al pensamiento herir con su golpe de honda lo infinito. El círculo limita la razón y la existencia planetaria del hombre. Sale su alma de lo invisible y a lo invisible regresa; sale su inteligencia de la ignorancia, y a ella retorna, después de andar por la sabiduría. Cuanto más se engrandece, mas echa a ver su pequeñez; cuanto mas se aleja de sí mismo en busca de la verdad y de la dicha, menos puede encontrarlas; cuanto más tiempo domina, mas crece el tiempo; cuanto más agranda su visión, más se agranda el espacio. ¿Cuál de los deseos y de las ambiciones terrenales, cuál de los goces y de los cambios que anhelamos escaparán a la fatalidad del círculo? ¿Qué voluntad, alejándose de la virtud y describiendo una circunferencia, no volverá a la virtud? ¿Cuál de nuestras pasiones, al apartarnos de la verdad y el bien, no llevará a nuestra alma en círculo de pena a la verdad y al bien? ¿Quién es el insensato que no siente una fuerza irresistible que lo conduce por el círculo del dolor, del arrepentimiento y de la enmienda, al punto aquel donde empezó su extravío? Como la paloma soltada para que vuelva al palomar, llega a la tierra el espíritu del hombre. Como la paloma en sucesivos círculos se remonta a cierta altura, asimismo el espíritu en sucesivos círculos se desprende y se aleja de la tierra. Como la paloma que por fin se orienta y va hacia el palomar, así también el espíritu del hombre de orienta y vuela hacia la Gran Verdad.

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CARTAS AL PUEBLO
PRIMERA CARTA Apercibido siempre para el gran viaje, me entristece el recuerdo de tus desdichas, por que siempre te quise con ternura, y nací siempre inclinado sobre tus hambres y tu angustia, y estuve siempre mirándolas y llorándolas a escondidas, pesaroso de irme sin darte un poco de alivio. Yo tengo siete hijos de mi sangre y de mi alma; pero nunca los ame como cosa distinta de ti. Los contemplo confundidos contigo, partícipes de tus pesares y alegrías, sujetos a tu destino. Si ellos van lejos y tú te quedas atrás, ¿Qué harán en la soledad de su camino? Si ellos gozan de los bienes de la vida y sigues en tu martirio, ¡Miserable de mí que los hice tan duros y crueles!; y si eres sabio y misericordioso, ¿Qué les faltará a mis hijos y a sus hijos para edificar su dicha? Por eso te juzgo mi hijo, por que te doy de lo que tengo, y nada espero de ti. Y no te llamo mi padre, a pesar de tu grandeza al lado mío, por que nunca medré con tu cariño, ni me alimenté de tu trabajo, ni te amargué con mis penas, ni me volví por tu aplauso. Y no te siento mi hermano, porque, en verdad, no lo eres. Buscas lo que no deseo; ignoras lo que yo sé; amas lo que creo ficciones; olvidas lo que más tengo ante los ojos. Se que muchos te exhortan y aconsejan; y que no pocos aplican su inteligencia a conquistar tu voluntad y convencerte de que te dejes guiar por ellos. Yo mismo, hace muchos años que traduzco tus ansiedades en lenguaje inteligible para todos. Tú juzga, pues, y discierne quién te habla por su bien, quién por el tuyo. Solamente he de advertirte que si no te halagué cuando los sensualismos tentaban mi juventud, no he de halagarte hoy, cuando es mi gozo y mi gloria servir a Dios. Te dije en todas las horas las palabras de la sinceridad. Pero no entraban en ti ¡Todas las puertas cerradas! Y volvían a mi alma, y mi alma las tenía que recibir, y esperar al día siguiente para decirlas de nuevo. ¡Cuántas veces! ¡Cuánta pena! Pero irán siempre en tu busca, y algún día la acogerás y les abrirás las puertas de tu entendimiento y de tu corazón.

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SEGUNDA CARTA Las palabras ilusorias Lo más singular que he visto en este mundo –después de tus recelos en creer en Dios y en la existencia de ultratumba- es tu fe en los habladores. A casi todo le encuentro alguna explicación; de extravagantes acciones suelo penetrar la lógica, y de muchos caminantes que parecen extraviados descubro la oculta meta; pero tu fe en las palabras no la puedo comprender. ¿Quién logra, en los trajines del comercio, saldar deudas con discursos? ¿Qué obrero acepta en pago de su salario algunas hermosas frases? ¿Qué padre ofrece por almuerzo a sus hijos una peroración? Pero al tratarse de los magnos intereses y de los trascendentales problemas colectivos, entonces las palabras te bastan, y por palabras truecas los más caros bienes. Una sola palabra –libertad- te convierte esclavo. Otra palabra –igualdad- es repetida mientras subsisten innumerables privilegios. Exiges el reinado de la justicia, mientras lo esperas indefinidamente. Cuando tu conveniencia te induce a avanzar, un discurso te hace retroceder, una arenga basta para que marches adelante. Quienes especulan con tu honor, tu patriotismo, tu candidez y tu abnegación sin límites te repiten a través de los siglos, idénticas promesas; es un traje cortado a la medida de tu ingenuidad. Las palabras sonoras te seducen y no escuchas las que encenderían tu voluntad, harían más vivas tus necesidades y te obligarían a satisfacerlas con el trabajo y el sentido común. Tus ideales caben en tu corazón; pero no todavía en tu cerebro. Anhelas, no sabes qué. Buscas algo, y no sabes dónde hallarlo. Preferible seria que oyeras a tu niño o a tu madre; a tu cuerpo, a tu conciencia, al viento, al mar, y no a los que te hablan demasiado.

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TERCERA CARTA El patriotismo Ama a su patria el hombre que es honrado y laborioso, que gobierna su hogar con rectitud y entrega noblemente al porvenir parte de sus energías. El que rompe la tierra con su arado, el que levanta un muro ladrillo por ladrillo, quienes tienden un riel con dolor de su cintura, quienes dan su trabajo en los talleres y en los laboratorios, quienes se afanan para disminuir la ignorancia y los sufrimientos de la especie, los que buscan la verdad, los que forjan belleza, todos ellos sirven y honran a la patria y la engrandecen cada minuto con su esfuerzo. El hogar, la patria, la humanidad, la vida espiritual, forman círculos concéntricos con el individuo como centro y que no tienen por qué invadirse ni rozarse. El verdadero patriotismo no empequeñece a nadie; no es dolor para nadie; es trabajo y es amor; alegría en el corazón y paz en la conciencia.

CUARTA CARTA El gobierno Han ensayado los sistemas de gobierno más diversos en apariencia, y todavía no sabes cual te conviene más. Mientras en un pedazo de la tierra te declaras señor de tu destino, en otro te sometes a la voluntad de un amo. Un mismo país pasa de un régimen otro, convencido de que adopta en cada caso el mejor. Para tu gobierno, todos los sistemas continúan en uso, porque las diferencias son aparentes y sólo cambian las denominaciones y las exterioridades. Mientras la Ley no sea la autoridad suprema servirás a los ambiciosos del poder, serás pasto de la simulación y del engaño y veras acrecentadas tus miserias.

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QUINTA CARTA El voto Tus intereses son sacrificados en holocausto de ideales que íntimamente no llegan a convencerte. Preferible sería que te atuvieras como ciudadano a las normas que sigues en el trabajo y en el hogar, y que para interpretar el bien colectivo te guiaras por tu propio bienestar y por lo que juzgues útil y beneficioso para los demás. Repudia los programas ampulosos y las frases grandilocuentes. Prescinde de los intérpretes que te adulan, te engañan y te traicionan sin piedad. El bien es cosa sencilla y las palabras que lo expresan son pocas, simples y claras. Evolución y progreso expresan algo real si se refieren al incremento de tu inteligencia y tu cultura. Nadie en la tierra te eximirá de recorrer por ti mismo, palmo a palmo, el camino de tu dignificación, pues no existe conquista sin esfuerzo, ni felicidad sin merecerla. Camina con tus piernas, piensa con tu cabeza, escucha a tu corazón. Si algunos se te adelantan, salúdalos y diles: Os seguiré en mi hora. Y persevera en la lucha con el hambre, la ignorancia y el dolor.

SEXTA CARTA La tierra Se habla hace siglos, hace millares de años, de vaguedades y ficciones, y continúan en el olvido las tremendas realidades de tu existencia. Entre los privilegios creados por las leyes y a cuya sombra vegetan tus ensueños, el mas absurdo es el que permite acaparar la tierra. Puede un hombre amontonar papeles representativos del ahorro, metales, piedras preciosas, objetos artificiales de toda especie, sin que con ello te perjudique mayormente. Pero quitarte la tierra es apoderarse de ti mismo y convertirte en un intruso en el planeta; es quitarte el pan y la paz, la libertad y la alegría, el aire, el sol y la lluvia.

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SEPTIMA CARTA La violencia Nadie está menos capacitado para beneficiarte que quienes te impulsan a la incomprensión del orden y a las violentas reivindicaciones. Por un crimen es posible apoderarse de la riqueza ajena, o librarse de alguna tiranía; pero queda el asesino más miserable y más esclavo que antes. Aherrojar, herir, matar, fueron los medios usados desde remotas edades para mejorar la vida, como si el bien pudiera venir del mal. Con la fuerza buscóse abreviar camino, y se le ha hecho interminable. Delante de una cabeza perturbada, delante de un corazón endurecido, la humanidad ha dicho siempre lo mismo: Cortad, romped, destruid; poned eso bajo tierra, y estaremos salvados. La fuerza que mueve y cambia la materia nada puede con las almas. La mala cabeza quedará bajo tierra; pero sus torpes ideas continuarán andando por el mundo. Un hombre encarcelado no dañara con sus manos, pero no es esto lo que más importa, sino que su corazón no odie, y, así, tampoco con sus sentimientos dañará. Cuando la muchedumbre mata a los privilegiados, para suprimir los privilegios, y a los que no piensan como ella, para asegurar la libertad, mata en sí misma las mejores ideas y os más nobles sentimientos. Cree avanzar, y retrocede a la barbarie; supone haber hallado su salvación, y se envilece hasta sentir la náusea de si misma. OCTAVA CARTA La redención Dales la espalda a quienes te halagan en tu vanidad, a quienes especulan en tu buena fe, a quienes te condenan a ser siempre rebaño, para ser ellos pastores. Te engañan cuando te ofrecen traerte el porvenir soñado como si fuera un dulce o un juguete. Elige el camino largo del trabajo y de la fe. Dignifícate, y te salvarás de lo peor de tu martirio. Mejora tus ideas y tus sentimientos, y mejorarás tu condición.

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Cuando seas más inteligente, más ilustrado y más bueno, comprenderás que civilización, educación, regeneración. Igualdad, democracia, equivalen a una sola palabra: autonomía, tanto en el individuo como en la colectividad; educaras a la mujer para madre de lo porvenir; redimirás a la humanidad en el niño; harás que sea la tierra para quien la trabaja, y la mujer para quien la ama; sustituirás lo complicado por lo simple, lo artificioso por lo natural; verás serenamente que cada hombre tenga sus creencias; mostrarás en tus obras la generosidad; será para ti un crimen matar, un delito robar, una perfidia la mentira, una iniquidad el privilegio, en todo tiempo y en todas las circunstancias. Entonces la cultura te permitirá discernir entre lo real y lo ficticio, el amor ennoblecerá tus egoísmos y la alegría embellecerá tu esfuerzo. Elévate con tus sentimientos, y gozaras e la calma luminosa de las cumbres. Florezca la virtud en tu corazón, y su semilla caerá en la sangre de la especie. Enciéndase tu espíritu, y su luz alumbrará a los que llegan a la vida.

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LOS QUE VENDRÁN
Anoche las estrellas brillaban como nunca. Hoy saludaron los pájaros al Sol mucho antes de la aurora. Comprendo que están cerca. En tanto que los aguardo, que mi corazón se dulcifique como la fruta madura. Que mis ojos se aperciban para verlos aunque enceguezcan, y que mis manos se tornen cada día más suaves, aunque se sequen y arruguen. ¿Alguien –decíame- comerá los frutos del árbol que yo planto? ¿Alguien comprenderá lo que yo digo? ¡Benditas aquellas horas, las mas puras de la vida, consagradas a los que llegarán, acaso, cuando ya no estaremos en el mundo! ¡Benditas nuestras obras ennoblecidas por el supremo amor, el amor que alumbrará a los que, acaso, no veremos nunca! El río corre más ligero ¿Va a buscarlos? Esos misteriosos pájaros que dibujan un sobre a gran altura ¿Les llevan algún mensaje? Los árboles erguidos en largas filas ¿Acaso los esperan? Sin verlos, siento el influjo de su mirar sincero y penetrante. Sin oírlos, mis más tiernas palabras son para ellos. Envejezco con el encanto de esperarlos Sus pies están teñidos con el color de la aurora, por que vienen por el camino por donde viene el día. Avanzan; pero aún son débiles sus piernas. ¡Y traen tan pesada carga! Son mi fe que renace. Son mis ensueños que vuelven. ¡Agranda, Señor sus pasos! ¡Prolonga, Señor mi vida hasta poder contemplarlos, como la oculta enredadera para que alcance la luz!

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A veces me despierto a media noche. ¿Llegan ya? A veces subo a una altura. ¿Se les ve? ¡Felices los que marcháis hacia el Oriente, por que los veréis mas pronto! ¿Cómo pensé que el Sol era una brasa que cae al mar y mi alma una sombra que se perdía en lo infinito? ¿Cómo sentí que la noche se acercaba cubriendo todo con su gran manto de escarcha, y también mi corazón? Vienen por el sendero de mis meditaciones. Borran las huellas que dejó mi pena. Todo en ellos lo hice. Todo en ellos lo dejo. Mientras yo duerma, ellos edificarán el porvenir. No traen espada ni pico. ¡Y matarán tantos odios! ¡Derribarán tantas murallas! Escucharán de mi boca, cerrada para siempre, mis palabras de amor. Recogerán de mi mano, abierta para siempre, mi enseña de justicia. ¿Qué importa que mis palabras y mis ilusiones vuelvan todas las tardes a mi alma, como palomas sorprendidas por la tormenta? Mujer que tejes: quizá eres tú el misterio y él es tan inocente como el movimiento de tus manos. Quizá la eternidad eres tú ahora, y esta naciendo en tu espíritu el mañana de amor y de justicia. Permaneces inmóvil, ¡y viajas tanto! ¡Vas tantas veces al día donde ellos están! ¡Teje cuanto antes la vida que vendrá en ellos! ¡Diles con el lenguaje que ahora hablas en secreto, mientras piensas en tu hijo por nacer, que hay mucha angustia en el mundo, y aguarda a sus salvadores! ¿Acaso llegaron ya?... ¡Son tan chiquitos aún! ¿Acaso llegaron ya, y no los veo? Cual viejo árbol curvado sobre el arroyo, he de sentir su frescura. ¡Ha de llegar a mi alma el olor a infinito de sus frentes! ¡Fíjate bien madrecita! Si tu niño es de aquellos que yo aguardo, descubrirás en sus ojos una extraña claridad; sentirás en sus labios el estremecimiento de la palabra redentora. ¡Dichosa tú, si cual cóncavo espejo, inclinada sobre él, recibes ya la luz del nuevo día! Si así fuere, Señor, pon en mi alma la miel de tus abejas. Que sea mi pecho cántaro de tu agua para darle de beber. Que tu bondad, Señor, exceda a mis culpas; que tu clemencia me redima de mis imperfecciones. ¡Seame dado contemplarlos!

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Brille la nueva estrella de la verdad, hínchese el río de justicia y cante el bosque entero paz y amor. ¡Adelante! ¡Adelante!... ¡Hijitos míos!... Aún después de mi muerte seguiré en vuestras legiones, ¡Y siempre oiréis redoblar mi corazón al compás de vuestra marcha hacia el futuro!

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MISERERE
Compadécete de tu madre. Compadécete de tu padre Compadécete de tus hermanos. Compadécete de ti. Cosa triste es el hombre. El pez tiene su elemento natural en el agua. El pájaro, en el aire. El hombre en la compasión. Ningún ser sabe que es feo; ninguno, que es ignorante; ninguno, que es desgraciado. Ninguno, excepto el hombre. ¡Misericordia para él! Compadécete de cuanto te rodea, pues todo esta impregnado de tu dolor. El árbol a tu lado crece menos, crece torcido, y sus débiles ramas no pueden sostener todos los frutos. Por tí perdió el caballo la libertad y la hermosura. ¿No sentirás piedad por tu caballo, por tu árbol y por todos los seres que te sirven y no pueden expresarte lo que sufren? Ten compasión del soberbio, quizá lo que hincha su pecho no es soberbia, sino angustia. Ten compasión de tu enemigo. Quizá lo que juzgas odio, es miedo Ten compasión del ladrón. Quizá el bien que te quita sólo lo usa en su daño. Aquel que menos compasión te inspira, ¿Piensas que tardará mucho en pasar acostado y dormido hacia el camposanto? Demasiado dolor hay en el mundo. ¡Compasión para todos! ¡Todos los seres necesitan tu amor! No te avergüences de sentir piedad. Las plantas tienen, tras el bochorno de la tarde, el rocío de la noche. Derrama tu misericordia sobre las multitudes.

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Este era un Rey… Compadécelo. ¡Que pena la de ser rey en un mundo de ilusiones! Compadece al hombre de superior inteligencia y a la mujer de singular belleza. ¡Cuánto duele el pensamiento si ahonda mucho, y cuánto la hermosura que provoca la simulación del amor! Falta hacen los sabios, los audaces, los rectos y los mansos; pero también son necesarios quienes de ellos se compadezcan. Si el poderoso señor sintió piedad por un prójimo, y le brindo su casa y sus favores, y con esto se atrajo un enemigo. ¡Que alguien se compadezca del poderoso señor! Hay sensatos, y fuertes y abnegados a millares. Pero son pocos los que sienten piedad, cuando se entregan al sueño, por el infinito numero de seres que pasan la misma noche sin paz, ni abrigo, ni techo. Ten piedad del sacerdote, del abogado, del juez, del médico. Imagina sus ansiedades, sus dudas y sus torturas. Grande es el hombre que por su virtud gobierna; grande el que se adelanta para allanar el camino por donde avanza su pueblo; el que redime a sus semejantes de múltiples dolores, afrontando un dolor mayor que todos; pero son mas grandes aun cuando se compadecen de alguien, así sea de un elefante, de un buey o de una paloma. Cuando en la serena noche contemplas los diamantes que resplandecen en las Invisibles Manos y ves correr de pronto una lágrima de los Invisibles Ojos, compadece a quienes buscan la riqueza en las entrañas de la tierra. Al que es más gordo de lo que conviene, más bajo de lo que desea, más torpe de lo que su condición reclamaría, ¡Que tu compasión lo alivie! Haz con ese malvado lo que consideres razonable; pero, al hacerlo, apiádate de él. Reprime los abusos; pero que tu corazón se apiade de los abusadores. Lucha, si eres soldado, contra el invasor; mas compadécete de su mujer y de su huérfano. Apártate de la mujer que se ha burlado de su fe; mas ten piedad de ella. La espina de su burla queda clavada en su carne.

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Compadece al que te debe y no puede pagarte, y sufre su impotencia. No sabes cómo se llama, no conoces su patria, ni su oficio, ni sus merecimientos, ni sus culpas. Acaso se ha escapado del presidio. Acaso habita en las cumbres de la inmortalidad. Compadécelo: es un hombre. Cuando preguntes al Señor. ¿Qué hago con este enemigo?, tres veces, sin escuchar tus quejas, te dirá: Compadécelo. Y agregará el Señor: Yo me apiado de tí. Yo tiendo ante tus pies mi compasión cada vez que caminas. Agrada al manco que se compadezca a un sordo, y al sordo, que se pondere la desgracia de un manco; pero los disgustará que se deplore ante cada cual la propia falla. Pero tú, que sabes esto, compadécelos a todos, en secreto; más, todavía, al que repudia la compasión como una ofensa. Ten piedad de los hombres que parecen duros y ásperos como una roca, y brota de ellos la pura y amorosa palabra que consuela y alienta. ¡Cuántos siembran en el cambio de la vida, y con la misma intención! ¡Cuántos se encorvan para llamar con su azada a la puerta de la próvida Naturaleza y depositan la humildísima ofrenda de la simiente, con la esperanza de recoger ciento por uno, o mil por uno, o millones por uno! Y aguardan el milagro de la abundancia y la perenne alegría; y se encorvan de nuevo para cosechar su parte. A unos la espiga les resulta llena. A otros vacía. Compadece a cuantos siembran. ¡Ninguno sabe lo que recogerá! --¿Quién va? --Uno que no sabe por donde camina, ni a donde se dirige: un hombre. --¡Compasión para él! --¿Qué es lo que gime entre Marte y el Sol? --La Tierra. --¡Compasión para sus moradores!

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--¿Quiénes ríen sarcásticamente del infierno? --Los que en el se debaten, quemándose en su fuego. --¡Compasión para ellos! Ten piedad cundo vaciles en el juicio sobre alguien. Ten piedad, y acertarás. Ten piedad de los que llegan hasta tí, y adivinarás en ellos lo que más necesitan. Ten piedad de los que pasan. Los ciegos llevan un cartel colgado al cuello, que dice: “Soy ciego”. Los demás también uno en la espalda, que dice: “¡Compadécete de mi!” ¡Compasión para tu hijo, cuya torpeza provoca tu furor! ¡Compasión para su alma, sus huesos y su carne! ¡Compasión para ti si malogras en tu hijo su destino y el porvenir de la especie! El año tiene 365 angustias; el día, 24 desencantos; la hora, 60 inquietudes. Cuatro son los caminos para llegar al Señor: la sabiduría, la justicia, la belleza y, el más seguro de todos, la compasión. Cada hombre reputa a su país el mejor del mundo, a su comarca, la más hermosa del país; a su casa, la más digna de estima y alabanza, y a su persona, lo mejor de su casa. Cada hombre ve morir al semejante, y lo vela, y lo lleva al cementerio, y sabe que morir es natural y fatal, más cuando él llega a su término, se espanta y clama: ¿Qué es esto? Cada hombre es un río que corre en busca de agua. ¿Y no compadecerás a cada hombre? Cuando mueras, el mundo quedará lleno de dolor. Continuarán incomprendidos los niños, muchos ciegos sin quien los lleve de la mano, mucho sedientos sin saciar su sed. ¡Compadécete de los que quedaran cuando tu mueras! Compadécete de mí, que no supe dar al mundo siquiera el amor de un día de mi madre.

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PALABRAS PARA EL CAMINO

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La voluntad es la piedra filosofal buscada por la alquimia. Todo lo convierte en oro. Hay una especie de avaricia honrosa, y es la de las palabras. Si queréis conocer la ingratitud del hombre, oídle hablar de la mujer. El mejor corazón es el que late mas cerca de la tierra, por que está contagiado de su serena y humilde fortaleza. Con la gracia de Dios, logra el gusano apartarse del camino para no ser pisado. Vivir ochenta años es hacer en la Tierra un viaje de ida y vuelta. Devolver bien por mal es el mejor negocio. Aun aquellos que niegan la inmortalidad, andan por caminos que van más allá de la muerte. Buenos son los viejos libros, pues solamente los buenos llegan a viejos. El cerebro preside; pero todos los órganos deliberan y votan. La decisión depende del estado de cada uno de ellos. Quien anda demasiado de prisa hará lo mismo varias veces. Sólo es posible realizar cierto número de cosas. En muchas existencias que parecen truncas, lo que se suprimió fué la repetición. Al aprender el nombre de cada cosa, algunos se consideran muy enterados de lo que pasa en el cielo y en la tierra. La única literatura honrada es la que puede mejorar al hombre. Ser hoy mejor que ayer; mañana, mejor que hoy: éste es el gran objeto de la vida.

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Quien considera compatriotas a todos los buenos extranjeros, engrandece su nación hasta igualarla al mundo. Si el pasado no muere, no nacerá el porvenir. De la bondad de la especie depende la disminución de sus dolores. Nada son las cosas en sí; pero ellas poseen una especie de alma. El dinero y los honores nada son en sí; pero despiertan en el hombre la actividad, la previsión, la puntualidad, la iniciativa la paciencia, la perseverancia y otras cualidades. La gloria nada es en sí, pero obliga a la abnegación y al heroísmo. El dolor y el placer material nada son en si, pero enseñan que conviene la templanza, la sobriedad y otras virtudes. Toda la vida actual nada es en sí; mas constituye una oportunidad para que el alma se purifique y engrandezca. En uno de sus juegos los niños hacen corro, y uno le pega a otro, y dice: “Que pase”; el que recibe el golpe lo transmite a un tercero, y dice: “Que pase”; el tercero a un cuarto, y así sucesivamente. Cada cual cree quitarse su dolor inflingiéndolo al vecino. ¡Cuantos, ya adultos, continúan el mismo juego! La mitad de la vida consiste en dos que se buscan. Y los que se han encontrado se buscan todavía, para identificarse más aún. Dios no hizo nada “uno”. Excepto Él, todo es dos. Hasta el sol marcha en busca de una estrella. ¿Se encontrarán? ¡Desea en tu corazón que así suceda! La simulación de sentimientos elevados no es del todo inútil. El esfuerzo del simulador favorece al cabo determinadas actitudes espirituales, como ciertas posturas concluyen por modificar el cuerpo. Los antiguos llorones asalariados adquirían y suscitaban en los demás un piadoso concepto de la vida y de la muerte. Sin trabajo no hay descanso. Aquellos que solo quieren descansar ¡Cuánto trabajan para conseguirlo! El exceso de palabras es síntoma que reclama tratamiento curativo.

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Una recóndita angustia proviene de que, al nacer, hemos perdido los verdaderos bienes, de los que conservamos un vago recuerdo. Si se comprende que pueden recuperarse al morir, vuelve la paz a nuestra alma. Los hijos sobrellevan las más dolorosas consecuencias de la general inclinación a beneficiar al ser amado, sin averiguar qué es el amor y qué es el bien. Quien con frecuencia dice que te quiere da a entender que no te quiere. Es preferible bajar en la estación, y no arrojarse del tren en marcha por la ventanilla del suicidio, sin saber dónde se cae. Hay en el mundo, como en las tragedias del teatro, cándidos espectadores que creen que la muerte del actor es real. En esto es en lo que más se parece el teatro a la vida. Se observa en muchos actos íntimos, y en la mayoría de los sociales, un cierto aire macabro. Los esqueletos de la cordialidad, el afecto, la alegría, se inclinan, danzan, acarician… El corazón no participa de ello; el alma está en otra parte. Nuestro propio pensamiento tiene misterios para él. Lo que pensamos en la vigilia influye silenciosamente en los demás. Lo que pensamos dormidos influye en nuestras ideas y en nuestros actos futuros, por lo cual es conveniente purificar las ideas al conciliar el sueño. La vanidad tiene hijos que remedan muy bien serlo de la virtud, y a veces el engaño no se descubre nunca. Todo lo inútil es malo, y debe suprimirse. La ignorancia completa y la sabiduría son extremos que con frecuencia se asemejan. El estado intermedio, el saber a medias, es el común y el más peligroso. En él prosperan con facilidad los errores, las engañosas presunciones y las esperanzas ilusorias. Por ello, en la antigüedad, los conocimientos trascendentales eran secretos: sólo se transmitían a quienes eran capaces de adquirirlos plenamente. Los problemas humanos han de resolverse en el niño. En el hombre, bien o mal, ya están resueltos.

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La mejor moral es el placer. No existe guía mas seguro. La realidad del placer esta en la razón directa de su duración Hacer el bien es el placer más durable. Se sirve a Dios, que es eterno, y eterna es su recompensa. Las ideas nacen grandes. Se empequeñecen al conformarlas el hombre a su persona. Preguntar a los sentidos si existe vida de ultratumba es como meter la mano en el estanque para atrapar una estrella reflejada en sus aguas. La mayor obra de beneficencia es respetar la beneficencia de Dios. Él dio a todos sus hijos el mundo por asilo y el derecho a las dulzuras de la vida. Desvarían los filántropos que pretenden superar la bondad de Dios y corregir sus olvidos, errores o injusticias. Ciertas actividades dejan la propensión hereditaria a ejercitarlas. Por ello, existen aún verdugos y bufones que obran por cuenta propia y sin que nadie les pague. Asombra un hombre bueno, y nadie se avergüenza de su asombro. Vibración del alma es el amor, el odio, la esperanza, la fe: Vibración del átomo es el calor, el color, el sonido, la electricidad, la luz. Más no sabemos. ¡Y hay quienes niegan a Dios, por que no saben definirlo! Amar es cambiar de casa el alma. Sabrá ese hombre lo que busca; pero ello no es lo que él ansia. Se le niega importancia a la mentira cuando se ignoran los desatinos que procrea en la fecunda matriz de la ignorancia. Mientras la mujer no los asimile y los infunda en la especie, los más bellos ensueños peregrinaran en este mundo semejantes a espíritus sin cuerpo. Los corazones hospitalarios los acogerán como a huéspedes gentiles, merecedores de deferente cortesía; pero siempre y en todas partes serán huéspedes. Así andan, de corazón en corazón, la fraternidad, la tolerancia, la justicia.

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La sociedad aguarda, para respetar la vida, que tomen la iniciativa los asesinos. Mientras ellos maten, ella se considera obligada a matar. La verdad puede ser dulce o amarga; pero no mala. La mentira puede ser dulce o amarga; pero no buena. Una ley prohíbe el trabajo de los niños, por que los perjudica. Otras leyes los condenan al hambre, que les perjudica mucho más. Los soldados son hombres. En la paz, nadie lo duda; en la guerra, nadie lo recuerda. Olvidados de las leyes divinas, los pueblos andan siglos como la ardilla en la jaula del armero. Corre la ardilla, gira la jaula, unida a una correa sin fin, y la correa mueve la piedra en que un hombre afila su espada. Quien no ama la paz es extranjero en América. Quien no sirve a la causa de la paz no sirve a Dios. Como la hulla en diamante, así el dolor humano se convierte en inteligencia. Hay quienes pretenden gobernar millones de almas, y son incapaces de gobernar su estómago. El dinero es la juventud de la vejez. Esto explica la avaricia de los viejos. Patente prueba de la sabiduría divina es el dolor inicial de la maternidad, que advierte claramente a la mujer de su destino. Ser madre es destruirse para erigir un porvenir mejor. En este sacrificio reside la más alta sublimidad y la más pura belleza de la mujer. ¿Cómo convencer a Juan de que Pedro es grande y sabio –Aunque lo sea, en efecto,-si nació en su mismo pueblo y en una casa próxima a la suya? Las religiones son caminos que van hacia Dios, pero no todos los que andan por ellos llevan igual dirección. Maravilla comprobar de cuán diversos modos se perpetúa la esclavitud.

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Por ir en pos del placer, se aparta el hombre del bien. Cuando lo piensa mejor, vuelve al bien, y se topa con el placer perseguido y no alcanzado. El microscopio invita a observar los actos humanos aparentemente insignificantes. Sea tu trabajo tu plegaria a Dios. La vida es sed. No lo que dices, sino como lo dices. No lo que pintas, sino cómo lo pintas. No lo que das, sino cómo lo das. No cuanto amas, sino cómo es tu amor. No cuanto vivirás, sino cómo es tu vida. La previsión es el alma de la filantropía, pero le hablas al Estado de la pobreza moral y fisiológica de los padres y dice: Intervendré en ello. Le muestras los futuros criminales, tuberculosos y holgazanes, y exclama: No lo olvido. Vuelves para decirle que ya avanza la muchedumbre de los desamparados y se convierte en un peligro social, y te asegura que el problema le preocupa. He aquí, ya llegó lo previsto; ¡Ved que hombres y que mujeres resultaron de aquella infancia miserable y vil! Entonces, grave y solemnemente, el Estado abre las puertas de los manicomios, de los hospitales y las cárceles, y dice: --Me costaréis un dineral; pero no importa. Entrad y acabad de morir. También me encargaré del entierro. Si oyes decir que alguien es bueno, piensa: Dios muestra su bondad en él. Dios dice algo a los hombres valiéndose del sabio y del arista. Solo de Dios se recibe la verdad. Y cada vez que en tu soledad lo nombres, una nueva energía brotará en tu corazón. Unas convicciones dependen de la edad; otras, de las peculiaridades físicas; la mayoría, del grado de cultura que se ha alcanzado. Necedad es disgustarse con alguien por sus convicciones. Inclínate para escuchar y ver bien a ese niño: él no puede elevarse hacia tí.

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Cédele al paso al hombre que lleva una carga mayor que tú. Delante de una mujer, nunca olvides a tu madre. En los surcos del arado sepulta el hombre sus vicios. Frecuentemente se dice que es malo un hombre por que se conoce una mala acción de él; que es torpe quien incurrió en un error; iluso, quien creyó en una quimera. Y siendo así, ¿Qué se puede esperar de la justicia de los hombres? Bastaría que aquel hombre se propusiera diferenciarse de las bestias para mejorar su destino, pero contesta: “No quiero”. Y si no quiere, ¿Qué se puede hacer? Pobreza es en el rico menospreciar al pobre; ignorancia en el sabio menospreciar al ignorante. El tiempo, como el viento, seca las lágrimas. Como el agua, disuelve. Como el Sol, ilumina. Como el fuego, reduce las cosas a cenizas. Aclara lo confuso, descubre lo más oculto, encuentra lo perdido, propicia la tolerancia, reconcilia a los enemigos, pone a prueba el amor y la amistad, se lleva las ilusiones y el orgullo. Quien va contra él, fracasa. Quien lo aguarda, se torna poderoso. Quien lo tiene por aliado, se arma de sabiduría. La mayor alabanza que puede hacerse de un hombre es compararlo a un niño. Los vicios corresponden a necesidades del espíritu o del cuerpo, interpretadas equívocamente o que no pueden de ninguna manera ser satisfechas. Habla hijo mío, con palabra simple y clara. Toma para ti la angustia que causaría a los demás descifrar lo que piensas. Vierte lo que no sea amor en el arcano del silencio. Las flores son los pensamientos de las plantas. Si la muerte es verdadera, la vida es falsa. Si la vida es real, la muerte es una ficción.

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La bóveda estrellada, ¡Cuán semejante al mundo de los espíritus! Es vehemente y unánime el anhelo de estar lo más posible en este mundo. Aun los que mucho padecen, y poquísimo disfrutan, aún los huérfanos de la ilusión y la esperanza, quieren prolongar su vida. La razón es impotente para descubrir el beneficio; pero la Vida sabe que eso le conviene; la Vida busca y espera algo más allá de la muerte. En un problema moral están todos los problemas de la vida. Ignorancia: punto en que muchos “sabios” que regresan de dar la vuelta al mundo se hallan con los que no han dado un paso. Los hermanos se explican. En el hermano leeréis lo que de un hombre os parezca incomprensible. No está mal que dijera Carlos V: “En mis dominios nunca se pone el Sol”. La cuestión es que todos los hombres puedan decir lo mismo. La mejor cosa del mundo, mal colocada o en un sitio impropio, resultará perjudicial. El que mata se mata; el que roba se roba; el que engaña se engaña... ¡Cuánto más sabias que las leyes humanas son las divinas! Hay quien ríe del peluquero, cuya cabeza es como bola de billar, que ofrece un remedio para la calvicie; pero oye y reverencia a muchos calvos que brindaban la salud, el bienestar y la felicidad. No conoce este mundo quien ignora que más se goza al esperar un placer que después de alcanzado. Los hijos muestran como fueron sus padres; no como son actualmente. Contemplas, a veces, la montaña, sin subir a la cumbre; ves el río, y continúas en la ribera; miras al rey, y no ambicionas su trono. Deja a veces, pasar la multitud, y envuélvete en tu soledad; deja pasar el torrente de palabras, y sigue tu plegaria. Imagina que las estrellas son palabras y que para entender lo que significan es preciso leerlas en un orden preestablecido: he aquí lo infinito respecto a la mente humana.

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La tolerancia es prueba de convicción. Egoísmo bien entendido es la filantropía bien practicada. Ninguna puerta se abre a la palabra sin amor. La pureza se perfecciona con la experiencia de los placeres terrenales. Ellos son ilusorios y aleccionan para menospreciarlos. Singular afán el de meterte con tus ideas y sentimientos en un saco con rótulo. Si te preguntan “Qué eres”, di simplemente: “fulano”. Hay personas que tienen la desgracia de algunos vasos: la mas pura de las aguas se ve turbia en ellos. A todo lo natural, inclusive a la muerte, hay cierta satisfacción de someterse. El soplo de la vida verdadera viene de una sola parte; sólo un fuego calienta el corazón; una sola agua llega a nuestra alma y puede calmar su sed. Al necio, todas las cosas se le vuelven malas en sus manos; y él supone que ya eran malas antes. No separes a los hombres, para apreciar su virtud, por los vestidos, los oficios, la fortuna, la desdicha o los honores que reciban. El porcentaje de buenos y de malos es siempre el mismo Todas las alegrías son fugitivas; menos la de sentirse puro y bueno. Imposible que el hombre luche por subsistir, sabiendo el fin que le espera, sin cierto grado de imbecilidad, o cierta forma de divina ayuda. Cualquier trabajo lícito puede ser meritorio para el Divino Juez. El merito depende del trabajador. Da el bueno su bondad en obra magna o humilde, realizada con amor, a lo que añade lo que no se paga. Y es asimismo indiferente el tema para que el sabio muestre su saber y diga su enseñanza.

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Un día del hombre, su sueño y su despertar, es la imagen de su vida, de la vida y de cuanto existe. Todo se halla regido por una misma Ley, por divina, perfecta; y por perfecta, inmutable. Entre el océano y una lagrima, entre la célula y el ser organizado, entre la molécula y nuestro sistema planetario, la diferencia es de volumen. Un insecto tiene mucho parecido con un hombre. Una colmena se asemeja a una nación. La tierra es un animal que anda en el espacio. Don de la inteligencia poder achicar el mundo la medida del deseo, y así vivir más a gusto. Yo no puedo juzgarte por este acto tuyo. Tendría que conocer toda tu vida. Es sabiduría de Dios dar los bienes poco a poco. Cuando se tienen unos, faltan otros. Redimir a los hombres es difícil; pero necesario. Míralos mientras viven y mientras mueren, y los conocerás mejor aún… ¡Qué contraste terrible! Si crees que hay algo fácil en la vida, prueba lo que mas puede parecértelo: prueba hacer el bien. He leído que un hombre, hallándose en extrema pobreza, declaró que consentía en separarse de su esposa, y que dejaba a esta en libertad para buscar otro amor. Buen hombre el que así procede. Pero un ejemplo de honradez más grande sería que tal hombre no se hubiera casado. Y mejor aún, que, unido a una mujer, luchara heroicamente para no abandonarla como un despojo a las fieras. La lira y el ser humano vibran según quien los pulsa. La juventud es intransigente por que supone la perfección; pero los años embotan los dientes de su sierra y el filo de su hacha. Ella piensa en rehacer la casa para acomodar los muebles. Se acaba por adaptar los muebles a la casa. Comprenderás al fin que, entre tantos que lo disimulan, el soldado muestra la fuerza sin hipocresía y el comerciante dice claramente lo que quiere.

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Pequeñito o adulto, el hombre da los primeros pasos de la mano de una mujer. ¿Traes a la vida ayuda, consuelo, alivio?... ¿Qué esperas para dejarlo? Como tarda la luz de las estrellas en llegar a la Tierra, tarda en llegar al vulgo la luz de los espíritus superiores. Los muertos son los que más realmente están a nuestro lado. Ellos nos entienden, nos acompañan en nuestros anhelos y velan nuestro sueño cada noche. El arte es maternidad en el hombre. A nadie daña tanto la excesiva riqueza como a quien la posee. Ama hasta que tu espíritu se convierta todo en luz como una estrella. Aunque diga lo contrario, ¡Cuán poco es lo que comprende, desea y ama de verdad el hombre! Cuesta entenderse, por que cada palabra significa una cosa distinta para cada persona. Ante la pura belleza de los astros ¿Depende de la distancia a la que los contemplamos? … ¿Y para hacer polvo y humo tanto afán? … Unos mucho y otros poco, pero todos tienen lo mismo. Morir es también vivir. Me dices que tu hijo es una calamidad. Y yo pienso que lo es el padre. Confórmate con el hoy y deja el mañana a Dios. En el breve camino terrenal, de pronto nos sentimos en el cielo, de pronto en el infierno. Y es por que uno y otro se hallan también aquí.

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No se sorprende el niño cuando pone un diente debajo de su cama y los ratones le traen una moneda. No se sorprende el hombre si pone el la tierra un grano de maíz y después recoge mil. El merito de las personas esta en razón inversa del que ellas se atribuyen. Aún lo persigue, y aún lo crucifica diariamente, mientras exclama: -- ¡Venga a nos tu Reino! ¡Así es la humanidad! Hay dos clases de tontos: los que lo disimulan y los que se empeñan en evidenciar su tontería. El tiempo destruye al hombre y vivifica su obra. Lo más pequeño es lo que más se mueve. Hombre inferior es el que todo lo busca fuera de si mismo. Hombre superior es el que sabe y siente el Universo dentro de él. ¿Poderío? ¿Riqueza? ¿Fama? … ¿Para qué? … Nada revela mejor la poca inteligencia de los hombres que esta afanada y obstinada búsqueda de la felicidad donde ella no estuvo, no está, ni estará jamás. ¡Cuántas cosas de este mundo resultarán después como el espacio y el tiempo, que no existen para el espíritu! Es el más importante de los males el que se experimenta, y de las obras, la que se está realizando, y del futuro, lo que se ambiciona, aquello que no se puede conquistar. La Voluntad Divina es que se encuentre la propia felicidad al buscar la ajena. Pero el hombre común cifra la dicha en servirse a sí mismo y a sus pasiones, por lo cual sus triunfos, en vez de complacerlo, lo anonadan. Camina humanamente quien dirige sus pasos y sus días para aproximarse a Dios. Muchos caminos hace el hombre; pero muy pocos dentro de si mismo. No te creas nunca a solas.

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¡Si todos esos que pasan apresurados supieran al menos adónde van, qué buscan y qué desean! Odio, envidia, venganza, soberbia, guerra, son diferentes nombres de la ignorancia. Confía el necio en que el Sol ha de buscarlo para brindarle sus dones. Los peores enemigos del libro, son los malos libros. Los peores enemigos del arte son los que se creen artistas y no lo son. Y así en todo. ¿Es la culpa de aquellos que únicamente buscan el oro o de quienes menosprecian los otros bienes? ¡Cuán poco humana es la humanidad! Todos montamos en caballito de palo, y es cuando creemos ir más lejos. ¡Pobrecita humanidad, que callas los merecimientos de los vivos y reservas tu elogio para los muertos! El hombre en toda mujer busca a su madre. En la vejez, hasta los peces viven en aguas profundas y tranquilas. A unos todo les sobra, y a otros todo les falta, y no depende de la naturaleza, ni del acaso, ni de los otros hombres, ni de Dios, que nos dió el libre albedrío. ¡Como seria la humanidad de antes, si a cinco siglos de la invención de la imprenta asombran su ignorancia, y su simpleza, y sus guerras! Hay palabras que solo a Dios conciernen, y que equivocadamente se atribuyen los humanos. Entre ellas: todo, eterno, nunca, siempre, único, perfecto. El día y el verano están en algunas almas. En otras, reinan la noche y el invierno. Unos por que están arriba, otros por que están abajo, lo cierto es que a los hombres les gusta ser engañados.

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Yo tengo patentes muchas pruebas de la existencia y presencia de Dios, de su poderío omnímodo, de su amor incomparable, de su infinita sabiduría. Y las tendrás tú también, si de veras las deseas. El hombre es ni más ni menos el niño agrandado en todo. La diferencia está en las dimensiones. Giran en su órbita los espíritus alrededor de Dios, giran los planetas alrededor del Sol, y los satélites alrededor de los planetas. Y esto es el universo. ¡Abrid las alas que tenéis plegadas en el corazón y en el espíritu, y no os parecerán quiméricos los ángeles! Los partidos se forman principalmente con quienes fingen o creen entender lo que no entienden. Existen individuos, pueblos, razas enteras en estado de sonambulismo. Esto explica muchos hechos del pasado y del presente, que, de otro modo, derian inexplicables. A quien desea enorgullecerse de si mismo, cualquier pretexto le sirve. Inclusive la bajeza y la ignorancia. El odio pasa de un individuo a otro, de una generación a otra, hasta que el perdón lo ataja y lo aniquila. Sublime obra del perdón que no comprenden los simples. Aun lo bueno sólo es bueno en este mundo mientras no pase cierto límite. Así ocurre con el amor y con la misma bondad. Ningún viaje mas largo y trabajoso que el destinado a encontrarse a sí mismo. Pena incurable el saber que hemos de morir dejando al mundo tan necesitado de sentido común como lo hallamos. Olvidar es enterrar. En la soledad las almas se serenan y purifican. Y el silencio es el puente por el cual ellas se unen.

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Si tanto supiera el joven como el viejo, sabría más de lo que a la Vida le conviene. Lo mejor de este mundo es lo del otro. Ni aunque se lo suplicaran de rodillas, perdonarían algunos la excelencia en el prójimo. La superabundancia de palabras es la enfermedad mortal de casi todos los libros. Descendieron las almas a este mundo para poseer un cuerpo, y ahora que lo poseen esa misma avidez de bienes materiales las lleva más abajo todavía. ¡Cuántos suponen que viven y no hacen más que gemir bajo la pesada carga de lo superfluo! Una sola rosa es más que un ramo, y también, en vez de muchas, una amistad, una esperanza, una conquista. Se adelantan a la prueba quienes aseguran que el Cristianismo ha fracasado. Ningún pueblo siguió las enseñanzas de Jesús. ¿Vivir? Eso quieren todos; pero la vida es para cada uno diferente. ¿La dicha? La buscan todos; pero no la buscan donde está. ¿Trabajas? Eso lo hacen todos; y es un valor distinto en cada hombre. ¿Tu muerte? Por esa puerta pasan todos; pero ¿A dónde pasa cada cual? Pensaste que el caballo era la causa de que anduviera el carro con su carga. Mas sin las ruedas el pesado carro no se movería. Y éstas, sin la lisura del pavimento, no podrían girar. Pero ¿acaso sin el aire andaría el carro? ¿Daría el caballo un paso privado de la sustancia que lo nutre? Esta, ¿Hubiera crecido sin el trabajo del Sol que levantó las aguas del océano y las derramó en la tierra?... ¡Cuán difícil enumerar las causas de una sola cosa que sucede! ¡Y algunos quieren saber cómo, por qué y para qué fue creado el Universo! Quien mucho ama, muere y renace muchas veces en lo amado. Primero enseñan los padres a los hijos; luego los hijos les enseñan a ellos.

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El desorden engendra la fealdad. La belleza es hija de las virtudes. A veces nace una u otra prontamente; a veces la gestación se opera en generaciones. La sobriedad embellece el cuerpo; la paciencia, el alma; la caridad, el espíritu. La bienaventuranza es un milagro de serenidad y pureza, y resplandece aquí abajo lo mismo que una estrella. Para todo es necesaria la paciencia. Para callar y escuchar, para el adecuado empleo de las energías, para aprender, esperar, soportar a los demás y soportarse a si mismo, para pedir y dar, para sembrar y cosechar, para subir y para descender por la montaña de la vida. Sin la paciencia se eclipsan o debilitan las demás virtudes; a nada bueno se llega, nada se tiene; ninguna cosa que valga se consigue y ni siquiera el alma nos pertenece. La caridad de Dios es aquella que en su arte o en su ciencia, en su misión, en su profesión u oficio, entregan lo mejor que ellos poseen. Es la de aquellos que al tiempo que dan algo, dan su corazón. Es también la de los pobres, que pueden hacer y hacen tanta caridad como los ricos. Dios tiene tantos ojos como todos los ojos que miran con amor; tantos oídos, como todos los que escuchan con paciencia y con piedad; tantas bocas, como son las que defienden la verdad y la justicia, y tantas manos, como todas las manos laboriosas y buenas de este mundo. Recuerda que las leyes divinas son inmutables y eternas, rigen ahora y después, aquí y en todas partes. No digas: Me recompensará el Señor en la otra vida, pues soy bueno. Dios no tiene por que esperar para que se cumpla su justicia. El más bueno, dondequiera que esté, es el más feliz. Pero no basta parecer bueno al mundo para serlo ante Dios.

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HIJO MIO
La vida anda ligero. Los días pasan al galope a nuestro lado, como manada de corceles desbocados. Unos hombres no hacen más que apartarse y dejarlos pasar. Otros, son tumbados y pisoteados como cosas. Los menos saltan sobre los corceles y asidos fuertemente de sus crines llegan a la eternidad y vuelven a pasar a nuestro lado como centauros del tiempo. Pero el tiempo no es, en definitiva, sino fuego. Todo lo trueca en cenizas. Todo acaba como si el fuego lo abrazase. Contempla el fuego, hijo mío. Él realiza en unas horas, a veces en minutos, la obra que en lo material cumplen los siglos. Nos anticipa con maravillosa prontitud lo que será cada cosa. Alarga nuestra visión sobre el futuro. El futuro sale de lo pasado, como la ola sale del océano. Y vuelve a él, después de encantar los ojos con brillantes encajes de blanda espuma tornasolada por el sol. El Sol, el fuego grande, es el pastor de las cosas. Congrega y guía cuanto se halla bajo su mirada ardiente. Regula la duración de cada forma. No se detiene nunca. En su avance triunfal lo sigue todo. Todo existe y sucede para lo mismo. Por una sola cosa, el Universo entero se mueve y se transforma sin cesar. Con diferente paso y por diversos caminos, marchan hacia un mismo punto los astros y los insectos. Este punto está en lo más profundo de los cielos, en lo más remoto de los días.

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Más ningún corazón, ni un solo átomo, pierden la esperanza de llegar. Recibieron la consigna de ir hacia allá –quién sabe cuando, quién sabe donde, quién sabe cómo,-- y hacia allá se dirigen, a través de la vida y de la muerte, a través de la luz y de la sombra. La sombra asusta a los niños, como la muerte a los hombres, son lo mismo. La muerte sigue al ser desde que nace, y se alarga al final, como la sombra al declinar la tarde. Los misterios de la muerte son los de una habitación iluminada cuando se apaga la luz. Lo invisible subsiste. Desaparecemos aparentemente. La luz explica la sombra, y la vida, la muerte. Recuerda que te digo: A condición de que no se la busque, la muerte es un gran bien. El bien puede ser obra de la palabra, y también del silencio. Muchos bellos valores de la vida, sólo se manifiestan en el silencio, el cual llega en algunos casos a ser sublime. No hay silencio más santo que el de los viejos cuando en sus reflexiones van muy lejos y al regresar sonríen dulcemente y callan. II Vengo desde muy lejos. Veía sin mirar. Andaba igual en la claridad que en las tinieblas. Todos los caminos daban en uno, todas las verdades, en una sola verdad. Todas las cosas eran una sola, como los ríos cuando se vuelven al mar, como las penas cuando se refunden en la angustia. Tenía en mi corazón la paz que ansías, y en mi espíritu la luz mucho más pura que la de aquellos astros que hace tiempo murieron y aún alumbran. Oh, sabio que no comprendes por qué cantan los gallos en la noche, y los perros ladran a la luna. Déjame hablar con mi hijo, que es todo hombre que me oye y me comprende. Tiene sed y tus palabras lo resecan. Está afligido, y lo llenas de perplejidades. Verdad es, hijo mío, que quien sabe ver, ve tanto si se inclina sobre el brocal de su pozo, como si escruta el Universo constelado; que el tiempo existe para quien lo cuenta, y el espacio, si se mide.

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Verdad es, también, que si con tu entera voluntad deseas descubrir una estrella, a tal hora, en tal punto del cielo, estará allí para que lo descubras; que cuanto en plenitud concibas, existirá; que cuanto realmente quieras, ocurrirá, porque así es el cielo; y el cielo y el infierno están aquí, lo mismo que en todas partes, y tú eliges la morada de tu espíritu con más certeza que la casa en que vives. ¿Quién sabe lo que puedes? ¿Quién juzga que eres malo, sin comparar tu maldad con su clemencia? ¿Quién penetró en la oscura caverna de tu ignorancia y no quiso alumbrarla? ¿Quién te encontró extraviado y no te trajo para el buen camino? Te suponen sin fuerzas, ¿Y te dejan la más pesada carga? Mísero, ¿Y se te exige el mayor óbolo? Amargado, ¿Y te reclaman la dulzura que falta en esta vida? Ven y pon tu ignorancia con la mía, desahoga tu sollozo en mi aflicción. No temas, que yo no temo. No te avergüences, que yo no me avergüenzo, y soy lo mismo que tú. Más conforme a esta vida es tu humildad y tu confianza que el necio orgullo con que algunos pasean por la cubierta de esta redonda nave, que no tripulan ni saben adónde va. Averiguan que avanza hacia Hércules; pero esta constelación también navega hacia otro punto de inmensidad. Doquiera echan el ancla, cae al abismo sin fin. Tú y yo somos de aquellos que se limitan a viajar mirando el cielo con el mismo candor con que él nos mira. III Baja un mensaje del cielo cada hora, ¡Y cuántos no lo recogen! Para cada dolor existe alivio; para cada esperanza, una dulzura, ¡y el hombre vive y muere en su congoja! ¿No es lo más admirable de los animales y de las plantas, que alguna vez no piden, que alguna vez se muestran insatisfechos? Pero el hombre es una súplica perenne. Pide siempre, aun cuando da; pide más de lo que cabe en su cuerpo y en su alma. Dar, pues, sería lo mas llano. --Dadnos –dicen los simples—y tendremos. –Más no saben qué tendrán.

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--Tomad –dicen los otros, y no saben que dan. Por que ignoran que cada cosa es diferente en cada mano. Por lo cual dice la vida: Tomad según podías. Hay quienes poseen mucho; hay quienes poseen bien poco; pero la medida para la dádiva y para el goce de lo que se tiene es lo que cuesta encontrar y lo que determina su valor. ¡Cuán frecuente es perjudicar a quienes deseamos favorecer! ¡Cuántas veces gozamos al ayudar a alguien y luego reconocemos con arrepentimiento que nuestro gozo era infundado! ¡En cuantas ocasiones el cerrado egoísta y el supremo amador dicen que “no” con idéntico acierto! ¡Cuántos abandonaron su tarea para hacer bien y en ella, únicamente, podrían realizarlo! ¡Cuántos dejan a sus hijos para ayudar al prójimo, y así no ayudan a nadie! ¿Ayudarás a este hombre a levantarse, con olvido de sus músculos? ¿A este otro, en una tarea para la cual carece de aptitudes? ¿A este otro para que gane más de lo que su inteligencia le permite gastar en su provecho? Tal hay que trabaja ahora con el torso desnudo bajo el ardiente sol y es mas feliz que quien le compadece. Pero éste tiene que compadecerle. Y aquel, seguir encorvado bajo el sol. Grandes males ocurren. Soporta el pueblo tantas tiranías como pasiones. Es preciso que surja un libertador para salvarlo; que el libertador se sacrifique y que el pueblo continúe padeciendo. Clama el alma por consuelo, como el desierto por agua, mientras llueve a torrentes la infinita bondad del Todopoderoso. IV Vamos recogiendo y dejando caer. Mas nada recogeríamos si no hubiéramos de llevar algo a alguna parte. Detrás de los que derriban vienen los que levantan. Mas nada levantaríamos si todo fuere polvo. El barro está al alcance de todas las manos, y cada cual lo modela a su albedrío; pero una verdad existe en lo hondo del vaso de la vida. Esta verdad es que somos inmortales.

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El hombre es inmortal en la materia indestructible de su cuerpo; por la facultad de prolongarse en lo pasado y en lo porvenir; en sus ideales; en su espíritu. Para morir, solamente, nadie querría vivir; nadie daría un paso más. La vida entera se dirige hacia la inmortalidad, por que ella existe. Esta vida, hijo mío, no es el principio, ni es el fin; es una parte de la vida; un trecho, único visible ahora, del camino. Cuando lo alfombra, siquiera de penumbra, la verdad que resplandece detrás del abanico de la muerte transfórmase en camino de sabiduría. La sabiduría que más necesitas es la que ve sin los ojos; la que se atiene, no al vaso, sino a su contenido. Es la conciencia de la inmortalidad. Ella coordina el día con la noche; la vida con la muerte; la jornada con el destino total de cada ser. Nos une como hermanos y nos inclina a compadecernos y ayudarnos. Ella te hará comprender que la dicha es un estado del alma. Es la conformidad de la conciencia con la propia vida. Se la llama también cielo. Quien busca la felicidad fuera de sí, es como un caracol que caminara en busca de su casa. Cada objeto que alcanza la mano del aturdido es escudriñado para ver si allí dentro está la dicha, y luego lo abandona con desilusión. El que aguarda la dicha no sabe lo que aguarda. Es una mujer soltera que al caer las tardes espera a su marido. Feliz quien en su interior no distingue la noche del día y, en reposo, camina. El que harto y sin penas sufre el hambre y el desconsuelo de la especie. Feliz el que se siente un poco hijo de cada mujer; un poco padre de cada niño desdichado. Tal hombre vive inmenso numero de vidas; anda todos los caminos; en todas las casas posee algo suyo; en todos los seres se siente vivir. Su dicha no se distingue de la inmortalidad, ni su día de lo infinito.

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V A veces de habla al espíritu con prescindencia del cuerpo. A veces se habla del cuerpo y se prescinde del espíritu. En ambos casos se habla estérilmente. Gira el molino y no muele. Aquel que ayuda a otro a satisfacer su hambre, a enderezar sus vértebras, a normalizar la digestión con sus mandíbulas, le acerca mas a Dios que quien le habla de Él todos los días y lo deja torcido, enfermo, hambriento. La verdadera filosofía no se aparta de la naturaleza. La verdadera religión no se desentiende de esta vida, so pretexto de que no es toda la vida. Respetable es la pauta de nuestras sensaciones. Insensato el que menosprecia aquellos bienes tras los cuales va el hombre desde que alienta en el planeta. Considera tus pies, y donde pisan; tus manos, y los brazos que las sostienen; tu vientre, y las funciones que realiza, tu cuerpo entero, como la inseparable condición de tu ser actual, tu medio de relación y comunicación con cuanto te rodea. No evites demasiado el hambre, el frío, la fatiga, la maledicencia, la riqueza, la fama y demás dolores; por que peor que ser hombre es convertirte en un hongo nacido de tu propia fantasía. Acepta esta existencia tal cual es, gózala, vence cuanto la estorbe en su designio y acábala en la inocencia y la confianza con que la comenzaste. Nada hay insignificante para ti. Cumple, al vivir en el mundo, la voluntad de Dios que en él te puso. Escucha al cuerpo entero; no al cerebro solamente. Vive con plenitud cada minuto. Concentra tu atención en cada acto que realices, cualquiera sea, por insignificante que parezca, No engañes tus necesidades, ni disfraces tus sentimientos. No tengas pereza para nada. No te canses del miedo de cansarte. Vigila tu imaginación. Su poderío es casi ilimitado sobre tí. No discutas, ni hables sin propósito. Acepta apaciblemente la disparidad de opiniones. Necesitas tus energías para otros fines.

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No pretendas ser o hacer más que los otros. Ello puede resultar; pero “no era” lo que tu te proponías. No quieras ser siempre el primero en quejarte, en pasar, en exigir, en protestar. Llénate los bolsillos de serenidad, de valor y de confianza, para usar de todo esto cuantas veces te sea necesario. Y vive con la cándida inocencia de todos los demás seres, que no esperan para cumplir su destino, gozar sus dulzuras y resignarse en sus dolores, que se explique la finalidad del Universo. VI Pobre cosa es el hombre –un dolor metido en el barro, una interrogación hecha de barro;-- y pobre su inteligencia. Pero la importancia de ésta suele ser enorme. Todos los afanes tienden a desarrollarla; conquista muchos de los mejores premios de este mundo; señala las más ostensibles diferencias entre los hombres. ¿Qué es una luz encendida para reemplazar al sol en la mitad de la noche? Y, sin embargo, te salva de las asechanzas de la oscuridad; te guía hasta tu casa; luego en ella, prolonga para tí el día, te conforta y regocija. La inteligencia duele. Todo lo humano duele. Para ella, vivir es aprender. Aprender es rectificarse, aleccionarse, arrepentirse, prepararse. Nos dice que no somos ni ángeles ni bestias. Nos obliga a medir nuestra ignorancia. Nos persuade de que estamos aquí como en una cárcel, con muros de soledad; pero nos deja en la misma incertidumbre que padece el prisionero respecto a lo que ocurre fuera de su prisión. Comprende que los sentidos la engañan y toma la realidad con la cautela de quien coge un tizón en la hoguera. Trasporta la muchedumbre a la ciudad, que es trasportar el bosque del aserradero. Cada día te convencerá otro poco de que los animales son menos torpes de lo que te dijeron. Y, al revés, de los hombres. Comprobarás, asimismo, que el intelecto, con ser grande, es inferior al sentimiento. Lo comprobarás, mejor que en nada, en las obras llamadas intelectuales, en las que el sentimiento resplandece asentado en las ideas como diamante en el engarce. Y oirás grave discusión sobre el principal objeto de la inteligencia. Unos afirman que es la verdad; otros, que la belleza; otros, que el bien.

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Por que el hombre, hijo mío, como un prisma cuyas caras son materia, mente y espíritu, descompone en colores el blanco rayo de luz que llega de lo infinito. ¿Cómo sacaría el mármol de la cantera, sin dividirlo en mármoles de diversos tamaños y matices? ¿Cómo removería una colina sin transformarla en minúsculas colinas? Él, en su pequeñez, determina lo múltiple, lo diverso, lo complejo, allí donde solo existe la unidad, la simplicidad, la identidad. Por esto hay religiones, dioses, patrias. Pasa el hombre por las cosas como el barco por el mar y produce un oleaje multiforme. Detrás de él, la unidad del vasto océano se reconstituye. El misterio se cierra igual que antes. Pero si no es necesario que se diga algo nuevo, si el cielo lo dijo todo desde la primera hora de ese cándido rayo de la luz que llega de lo infinito, hace falta, sin duda, que la verdad penetre en el espíritu del hombre. ¡Bendito sea quienquiera que lo consiga, así se llame bienhechor, sabio o artista.

VII Te he hablado por tu bien, y por esto mis palabras te seguirán, como los perros fieles siguen a sus amos. Te seguirán hasta que las recibas en tu casa y les confíes tu guarda. Velarán por tu dicha; Ahuyentaran a tus peores enemigos y se echarán dócilmente en el umbral de tu paz. Como el agua en casi todos los terrenos, así encontraras la paz, a mayor o menor profundidad, en casi todas las situaciones de la vida. Ahonda tu pozo, hijo mío, con tus pensamientos y mas aún con tu amor, y brotará por fin la pura y fresca agua que, saciando tu sed, serene tu alma. Dale a tu alma su alimento; su oportunidad para crecer y fortalecerse; para estar al diapasón de su destino; para manifestarse. ¡Dale su hora de soledad y de silencio cada día! En el silencio y en la soledad descubrirás el secreto para aumentar y consolidar tu dicha.

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Para tu dicha, hijo mío, levántate con el sol y traza el plan de tu día. Ten una sonrisa a tiempo, una palabra bondadosa a tiempo. No des a quien no merezca. Condena el mal con la alabanza de lo opuesto. Para corregir al malo, elogia ante él lo bueno. Avanza en línea recta hacia tus fines. Abrevia siempre el camino yendo derechamente a tu propósito. Si éste es perjudicial, así lo será menos. Prepárate, hijo mío, para vivir un día o diez mil días. Esta actitud, esta tranquila y valerosa guardia ante lo impenetrable, es la suprema dignidad del hombre. El hombre crea su mundo. Un día es el padre de los días que siguen. Vienes de tu propio ayer. No esperes al porvenir: avanza hacia él. Te aseguro, hijo mío, que llegarás adonde quieras. Te aseguro que puedes lanzar certeramente a tu ser como a la flecha, desde el tenso arco de tu voluntad, y que irá adonde pongas la mirada. Te aseguro que nada de la tierra ni del cielo se opone a tu destino. Tu destino es andar, llenar, sembrar. Los días de tu existencia están contados; no sabes cuantos son, mas sabes que están vacíos, y has de llenarlos. No puedes detenerte. De cada punto adonde llegas parten muchos caminos. Tú eliges el tuyo en cada paso. Cada uno de ellos es una afirmación y una decisión: la causa creadora de lo que has de ser. Cada hombre nace delante de un erial. Cosechará lo que siembra. El erial que encontré queda sembrado. Y ahora soy uno de los que en el crepúsculo retornan a través del vasto campo adormecido. Si con mi siembra no te sientes más feliz, ¿Para qué habré sembrado? Si no arranqué siquiera una espina de tu carne, ¿Para qué habré vivido? ¡Recoge mis palabras! Aunque yo calle, no dejes de escucharme. Pronto seré una sombra que se mueve en la sombra; pero amándote, hijo mío.