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El Promotor Del Nuevo Siglo

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Red de Gestores Culturales de Colima
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EL PROMOTOR CULTURAL DEL NUEVO SIGLO México es un país con una tradición notable en el campo de la promoción cultural; con

José Vasconcelos al frente de la Secretaría de Educación Pública, se dio inicio (en la década de los veinte), a la formación de promotores culturales que bajo la mística de servicio, su incansable andar por comunidades y un inquebrantable compromiso social, elevaron el nivel cultural y educativo de millones de campesinos e indígenas por todo el territorio nacional; me refiero a los Misioneros Culturales y a los maestros de la “Escuela Rural Mexicana”, auténticos pioneros en esta actividad, que promovieron la salvaguarda de nuestros legados identitarios, entendiendo la identidad como proceso, como el anhelo de ser y pertenecer a una nación. Durante la primera mitad del siglo pasado, el estado creó tres instituciones fundamentales para profundizar y modernizar la política cultural: el Instituto Nacional de Antropología e Historia (1939), el Instituto Nacional de Bellas Artes (1946) y el Instituto Nacional Indigenista (1948) que en su conjunto dieron sustento a la irrenunciable tarea del estado en materia de preservación del patrimonio cultural, la educación y difusión artística, así como la “integración” de los indígenas al desarrollo nacional. Pero no fue sino hasta la década de los setenta, cuando desde el campo de la antropología mexicana se cuestionaron una serie de conceptos en torno a lo cultural y que marcaron casi todo el siglo la pauta de las políticas culturales: los conceptos de identidad y cultura nacional y otros que parecían haber sido “tocados” de muerte, pero lograron sobrevivir a pesar de su contradictoria construcción epistemológica (“bellas artes”, “arte culto”, “alta cultura”, “ballet folclórico”), se confrontaron con los del pluralismo cultural, la multiculturalidad, el plurilingüismo y la diversidad como signo de los nuevos tiempos. Los principales voceros del nuevo paradigma no se limitaron a renovar el discurso, sino se avocaron a crear las nuevas instituciones que desde el estado volverían más compleja la gama de visiones y posiciones; tan sólo por mencionar algunos, Rodolfo Stavenhagen creó la Dirección General de Culturas Populares (1978); en los
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ochenta, Leonel Durán fue el primer antropólogo que ascendía a la Subsecretaría de Cultura mientras defendía su teoría de la “Quíntuple Recuperación”; Guillermo Bonfil Batalla creó el Museo Nacional de Culturas Populares (1982) y desarrolló su teoría del “Control Cultural”, que sustentó en gran medida el lanzamiento de la primera Convocatoria del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC) (1989); Luis Garza Alejandro, por su parte, dio origen al Programa Nacional de Formación de Promotores Culturales (1984) y al Plan de Actividades Culturales en Apoyo a la Educación Primaria (PACAEP) (1983) cuyo propósito fue reestablecer el vínculo educación-cultura a través de la recuperación del papel del maestro como promotor cultural por antonomasia para articular ese otro binomio entrañable y a veces abismalmente distanciado: la escuela y la comunidad. La comunidad, concebida como fundamento y formadora de todos sus miembros, particularmente cuando se trata de comunidades pobres, en donde la cultura es la clave para su reproducción y preservación. Por ello las culturas populares generan identidad, pertenencia y singularidad universal al tiempo que sintetizan pasado y futuro, tradición y modernidad, permanencia en el cambio, ritual y vida cotidiana, unidad en la diversidad. La comunidad dinámica y cambiante que se actualiza permanentemente para garantizar su propia renovación. De esta idea parte el fundamento básico de la promoción cultural como una actividad que estimula la creación, la difusión y la reproducción de fenómenos culturales como actos que permiten un conocimiento y comprensión más allá de las posibilidades individuales. La naturaleza siempre contradictoria del estado mexicano, permitía la coexistencia y confrontación permanente de posiciones antagónicas, que a veces alternaban en la preeminencia de la práctica cultural: quienes como funcionarios o promotores, privilegiaban la difusión artística de manera autoritaria y paternalista, orientados por un “eurocentrismo” que impulsaba un tipo de arte, refinado y producido en el extranjero, se confrontaban con quienes buscaban un mayor equilibrio estratégico entre investigación, capacitación, promoción y difusión de la diversidad y el respeto a la cultura de cualquier pueblo que, con independencia de sus formas y expresiones, contiene la
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identidad colectiva. Todos ellos en la búsqueda de consensos y legitimidad para su posicionamiento en el marco de las definiciones de política cultural. En los años ochenta se crean por todo el país institutos, consejos y secretarías estatales de cultura, casas municipales de cultura, unidades de culturas populares, asociaciones civiles con vocación cultural y en 1988 nace el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), en sustitución de la Subsecretaría de Cultura asumiendo la política cultural del estado mexicano. Desde entonces, se impulsó con mayor intensidad y recursos, la creación y el fortalecimiento de una infraestructura cultural de la mayor importancia para el desarrollo de los servicios culturales de carácter estratégico, a partir de los noventa: la red nacional de bibliotecas, la red de museos institucionales y comunitarios, programas de fomento a la lectura, actividades diversas en teatros, auditorios y plazas, talleres en casas de cultura y casas del pueblo, innumerables concursos, festivales y programas de animación cultural, de fomento y difusión de las culturas populares e indígenas, educación artística, becas al extranjero, circuitos artísticos regionales, nuevas y mejores formas de utilización de los medios de comunicación masiva, estímulos a la producción cinematográfica y cooperación internacional. En todos ellos, participaron promotores culturales con características muy peculiares: provenientes de todo el país y de distintas disciplinas artísticas o carreras profesionales y técnicas, de todas las clases sociales y edades, sin una especialización profesional para llevar a cabo las funciones encomendadas para la acción cultural, con mística y vocación de servicio social. Generalmente eran poco remunerados y más bien guiados por la intuición, diseñaban proyectos a partir de gustos e inclinaciones personales o instrucciones jerárquicas, haciendo diagnósticos y evaluaciones más para llenar cédulas que para medir, analizar y corregir oportunamente. Como la promoción cultural no se enseñaba de manera sistemática y disciplinada, el “método” básico del quehacer era la improvisación con sus inevitables consecuencias empíricas: desorden metodológico, ineficiencia, dispersión, fragmentación y bajo impacto de las acciones en relación al trazado de objetivos y metas, mismas que eran
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enunciadas sin un diagnóstico sólido y actualizado del entorno social sobre el que se actuaba. Una paradoja constante, en gran parte de los promotores culturales es que, a pesar de su estrecha vinculación con la gente de las comunidades y su vocación de servicio social, la falta de recursos metodológicos para el fomento de la participación comunitaria en todas las fases de la promoción cultural (y a veces también una disfrazada desconfianza en la gente y sus potencialidades humanas y organizativas), lo orilló a una práctica autoritaria–paternalista: el promotor hacía los estudios, diseñaba y operaba los proyectos, conseguía los espacios, escogía los temas y las acciones, las gestionaba, era anfitrión e invitado a la vez; ponía el listón, cortaba el listón, tomaba la foto del corte del listón... y evaluaba todo lo realizado... trabajaba sin la comunidad. Al mismo tiempo, se propuso un tipo de promoción cultural alternativa sustentada en la relación promotor-comunidad, que poco a poco se desarrolló en varias regiones de México. Guiados por pensadores latinoamericanos de la talla de Paulo Freire, Ezequiel Ander-Egg, Adolfo Colombres, Lourdes Arizpe, Octavio Paz, Roger Bartra, Carlos Fuentes, Ernesto Cardenal, Gabriel García Márquez, Juan Liscano, Rafael Salazar, Manuel Capella y Ángel Parra, entre otros, la promoción cultural se arraigó más en las comunidades populares y la revaloración de su riqueza cultural, de sus necesidades, su propia visión del mundo y de futuro; su construcción se realizaba a través de procesos de comunicación horizontal, de respeto y diálogo permanente. Para poder superar inercias y renovar su papel transformador, la promoción cultural era concebida como una praxis de la libertad a la manera freiriana, es decir, como proceso permanente de reflexiónacción colectiva para el cambio social; que fuera capaz de construir “puentes” que permitan los diálogos culturales, por los que puedan transitar promotores para crecer y promover el crecimiento de sus comunidades mediante el conocimiento del “otro”, esa curiosa experiencia de la “alteridad” que facilita la confrontación a cada rato con lo ajeno para fortalecer los procesos de autoafirmación. Una promoción plena de respeto al otro, sin actitudes colonizadoras y con

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la conciencia de que en la diferencia y la diversidad siempre habrá mayor riqueza que en la uniformidad y la homogeneización. Para ello, el promotor cultural del nuevo siglo no puede limitarse al uso de la intuición (siempre útil, pero insuficiente) ni de la improvisación, por creativa que ésta sea. Su perfil deberá complementar actitudes de respeto, liderazgo, apertura, servicio y disciplina, con aptitudes en el manejo teórico-conceptual que enmarca a la práctica de la promoción: identidades, campos culturales, globalización, políticas culturales, atención a sectores diferenciados, legislación, las industrias culturales, la cibercultura, el patrimonio tangible e intangible, religión, migración, tendencias actuales de los consumos culturales. De igual importancia es la adquisición de metodologías básicas para la planeación estratégica, diagnósticos, elaboración de proyectos, métodos de evaluación, la procuración de fondos, la organización de eventos, talleres o festivales, el “marketing” creativo, así como metodologías para la administración por objetivos, la formación de públicos, la adecuada utilización de técnicas y dinámicas de animación sociocultural, la difusión o el periodismo cultural. La profesionalización de la promoción cultural, su especialización y su aplicación multidisciplinaria, conduce a un nivel superior de eficiencia y calidad: la gestión cultural, como un proceso más complejo (que no es lo mismo que complicado), integral, colectivo, experto y con un mayor impacto en sus resultados. La gestión cultural implica la ruptura de esquemas burocráticos, líneas de mando arbitrarias, chantajes laborales (en los que unos hacen como que trabajan y otros hacen como que pagan), desconfianza, centralismo en la toma de decisiones, autoritarismo e ineficiencia en cascada. La gestión cultural se sustenta en el ejercicio participativo de un equipo en el que la opinión de todos es importante; donde todos inciden en las decisiones y son implicados en todas las fases de la planeación que se caracteriza, por ser sistemática y siempre actualizada; se legitima permanentemente a través de sus resultados y actitudes de respeto y apertura que la guían; se actualiza y diversifica en su relación entre teoría y práctica; expone sus políticas y resultados

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públicamente para obtener consensos, corregir errores y legitimar su proyecto. La gestión cultural no tiene límites entre lo público, lo privado y lo social, ya que se mueve en todos los terrenos sin compromisos ideológicos ni partidistas; hace uso de reglas que, si es necesario, cambia (en principio todo se negocia, menos los principios); cuestiona y modifica los procesos impulsados, que generalmente son más importante que los resultados; aprende de los errores porque posee las herramientas para detectarlos; los miembros que participan de ella gozan de mayor autonomía que la existente en estructuras burocráticas, porque asumen una responsabilidad privada y compartida frente a las acciones programadas, acordadas bajo criterios de eficiencia colectiva y con resultados previsibles; juega con la globalidad logrando calidad de excelencia en lo local para posicionarlo en el exterior, e incorporar elementos, expresiones, productos, experiencias y conocimientos externos para el fortalecimiento interno. Los campos del gestor cultural hoy son más variados y competitivos porque éste puede apoyar o asumir la conducción de importantes procesos vinculados al patrimonio cultural, las artes, las culturas populares, las industrias culturales, el turismo, la educación, la ecología y las culturas étnicas, desde las gestión pública, privada o comunitaria. Tradicionalmente los promotores culturales provenían del magisterio, o eran artistas; poco a poco y se han ido sumando antropólogos, sociólogos, pedagogos, abogados, filósofos, comunicadores, psicólogos, economistas, periodistas, historiadores y diseñadores. No existen aún en nuestro país estudios universitarios de grado o postgrado vinculados a la gestión cultural; sin embargo, el Conaculta creó la Dirección de Capacitación Cultural (2001) para atender esta demanda tan sentida y compartida por un amplísimo sector de promotores culturales en toda la república y creada por un vacío de más de una década, ya el último programa oficial que impartió cursos a promotores concluyó en 1988. Algunos diplomados que se ofrecieron entre 1993 y el 2000 fueron dispersos en tiempo y espacio, por lo que hay que zanjar una brecha de años en los cuales miles de
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promotores se han incorporado al sector sin capacitación especializada y de otros con urgentes necesidades de actualización. Actualmente la política cultural del estado mexicano aspira a ser más democrática y participativa y a estar más cerca de los intereses de los ciudadanos y sus comunidades; una política que favorezca la construcción de una ciudadanía cultural en la que además de ampliar el acceso de los servicios culturales a un mayor número de personas, favorezca que los ciudadanos decidan cada vez más, el tipo y la naturaleza de los bienes y servicios culturales con los que desean relacionarse; una política que vuelva esa relación más crítica, informada, creativa, lúdica y gozosa. El papel de promotores y gestores en esta tarea es de la mayor trascendencia, porque a través de ellos se concreta el servicio comunitario de las instituciones, organizaciones y asociaciones culturales. México se encuentra ante una oportunidad histórica de transitar hacia la democracia y la promoción cultural tiene mucho que aportar, pues por ella pasa también, la posibilidad de fomentar una cultura política en la que los ciudadanos aprendan a tomar más y mejores decisiones en todos aquellos aspectos de la vida que los involucren como sujetos hacedores de historia.
JOSÉ ANTONIO MAC GREGOR C. MÉXICO D.F. ENERO DEL 2002

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