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"El pecado de Pablito" (cómo un joven monje sucumbe ante el pecado que no puede controlar)

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La existencia de un monje debe regirse por una moral muy exigente y no puede permitirse ningún arrebato pecaminoso, pues ello le puede costar muy caro
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02/09/2012

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“Cuentos desde Gotiasan” – Vol. I Todos los Derechos Reservados

Alfredo Milano Santiago, 14 de Marzo, 2008 1Pablito tenía un doctorado en hambre, la conocía desde niño. Nacer en Santa Rosa en esa época era empezar la vida con mal pie. Un caserío que había sido encrucijada de caminos en sus buenos tiempos. Dejó de ser interesante y, al poco tiempo, se convirtió en pequeñas casas arruinadas que lentamente se iban diluyendo en el olvido. La escasa gente que quedaba estaba pegada al pueblo por el peso de la inercia. Lograr la comida diaria era sumamente difícil. Precaria agricultura, algunos animales de granja, pero cero actividad que fuera más allá. A duras penas sobrevivía una Jefatura Civil, con el único empleado público de Santa Rosa. Claro, éste no cobraba, con la condición de dormir en la cárcel. Ahí funcionaba todo lo burocráticamente posible en 4 grandes libros, donde se asentaban: Matrimonios, Nacimientos, Defunciones, y otro sobre las Propiedades, si es que algún día el destino mejoraba la vida del poblado. Y precisamente ahí, en ese miserable villorrio tuvo Pablito la ocurrencia de nacer. Sólo conocía el hambre y, por supuesto, su único pensamiento era: Comida. Se había enterado en las conversaciones de los mayores, de que en tiempos anteriores las personas se sentaban alrededor de la mesa y comían carnes, vegetales, panes, sopas. Todo lo que se hacía entonces era en plural. Pablito nada más conocía el singular, el número 1, mejor dicho la fracción de 1. Un pedacito de pan, un pellizquito de carne, una migajita de pollo. A veces había comido 1 papa, 1 batata, y varias veces se había comido 2 nabos. ¡ Qué vida tan dura para esa gente y sobre todo para los niños de Santa Rosa ! En un punto medio entre varias aldeas como Santa Rosa, quedaba el Monasterio de los Hermanos de la Piedad. Cerca de él nacía un riachuelo que aprovechaban los Hermanos para sus siembras y la cría de animales. El Monasterio, aunque pobre, estaba muy bien administrado. Los frailes practicaban la caridad con mucha dedicación y recorrían los alrededores llevando alimento a los hambrientos. En esas ocasiones, Pablito saboreaba verdaderos manjares. Pocos, es verdad; pero buenos y nutritivos. Además, los buenos monjes también curaban a los enfermos. Pablito recordaba cuando -pequeñito y barrigón por los parásitos- Fray José le dió a tomar aceite de ricino y lo hizo comer rodajas de piña. Le salió un enorme anquilostomo,

“El pecado de Pablito”

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que él mismo terminó de halar. Se había quedado viéndolo con su cara de hambre... Fray José lo detuvo a tiempo. Pablito siempre recordaba a los religiosos con mucho cariño y devoción y esperaba sus visitas como lo mejor que le podía pasar. Lamentablemente era sólo una vez al año y a veces tardaban más. A medida que Pablo se iba haciendo hombre, crecía su interés por ingresar como Hermano al Monasterio. Todavía no sabía si era por devoción cristiana o por hambre. Y llegó el día. Los monjes lo recibieron con alegría. Luego cenó. Aunque poco, por lo menos lo hizo. Al otro día lo llevaron a conversar con Fray Manuel, el Superior, quien se mostró serio pero amable. Lo interrogó sobre los motivos para convertirse en un fraile, sobre su fe católica, siempre viéndole a los ojos. A pesar de su apariencia severa, Fray Manuel era un alma de Dios. Era el motor de todo el Monasterio, era al único al que llamaban “Padre” con verdadero respeto. Le explicó a Pablito la rutina del monasterio; que la vida de un fraile era buena, pero tenía sus partes duras. Que tendría que empezar por un período de aislamiento, en rezo y meditación, el cual podría ser largo, y durante el cual se pondría a prueba su amor a Dios. A todas éstas, Pablito se abalanzó arrodillándose ante el Superior, abrazando las piernas de éste y sollozando. Le pidió que lo pusiera a prueba, le dijo que su fe era muy grande y que haría de todo para estar cerca de Dios. El Padre quedó gratamente impresionado, le dió la bendición y ordenó que lo llevaran a su celda de aislamiento. Dos años de encierro comiendo frugalmente, rezando y meditando, habían hecho de Pablito un hombre diferente. Cuando su prueba terminó, cada uno de los Hermanos lo felicitó con mucha discreción y en silencio. Esa noche volvió a cenar con los otros Frailes la misma cena escuálida de la bienvenida. Pablo había aprendido a callar y a no preguntar nada. Su trabajo inicial sería la limpieza de todo el monasterio, excepto las áreas a las cuales todavía no tenía acceso: la clausura, las habitaciones del Superior, la cocina, la enfermería. Esto sería algo agotador. Se aproximaba la Semana Mayor. En la primera noche de Cuaresma los frailes se levantaron con rezos y caminaron varias veces por el claustro. 2

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Cenaron frugalmente. Los Viernes se ayunaba y sólo se les permitía beber agua. En esos días Pablo no quería pensar en nada, sin embargo -con el ayuno practicante de los frailes- las imágenes de su infancia volvían una y otra vez, cuando tenía hambre. Los recuerdos lo devolvían a Santa Rosa... Terminada la Cuaresma retornó la normalidad. A Pablo lo pasaron a la cocina como aprendiz. ¡Oh, sorpresa!, una cocina enorme donde el fuego de los fogones y los hornos nunca se apagaba. Por un lado, entraban vegetales y animales sacrificados, y por el otro, salían sabrosas comidas, que eran envasadas y sacadas en carretas para ser distribuidas entre los pobres de los lugares cercanos; como los alimentos que él había ingerido cuando niño. Aunque la comida era frugal, Pablo comprendía el trabajo y el gran corazón de los monjes. Así pasó un tiempo, preparando viandas para los pobres y comiendo escasamente con los otros curas. Una noche de mucho ajetreo lo dejaron solo en la cocina. Dice el refrán: “Zamuro cuidando carne”. De nada valieron los rezos ni las buenas intenciones para evitar lo que finalmente hizo. Comió opíparamente... ¡¡como jamás en la vida lo había hecho!!. Todo estaba tan sabroso: carnes, panes, ensaladas, vegetales... Por la falta de costumbre de comer tanto, se quedó dormido. Cuando los frailes lo descubrieron. lo llevaron a su habitación. Lo dejaron dormir y al otro día fue llamado al despacho del Superior. Pablo estaba asustado, no quería que lo expulsaran. Sabía que ahí, aún con lo poco que podía comer, por lo menos lo hacía. Fray Manuel se sentó en su silla y le indicó a Pablo que siguiera de pie. Habló: --- “¿Qué te ha pasado hijo mio...?” Cuando Pablo iba a empezar a decir algo, el Prior, con un ademán, le pidió silencio. --- “Hijo mío, déjame hablar”. Con toda calma, empezó a decir: --- “Hijo mío, la gula es un gran pecado. No sé en qué hemos fallado, pero estoy seguro de que quieres redimirte. Bien sabes que esa comida que nosotros hacemos es para los pobres de todo este territorio con hambre. Nosotros, a través del rezo y de nuestros ejercicios espirituales, aprendemos a controlar nuestros deseos. 3

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Somos hombres hechos de carne y, no obstante, nuestra fe nos aparta de los pensamientos terrenales. ¿Sabías que en mi vida anterior fui un pecador? Yo amaba a las mujeres; sin embargo, ahora Dios me da fuerzas y las aparto de mis pensamientos. Aquí cada fraile huye del pecado que lo atormentaba: Muchos, de las mujeres; otros, de la bebida, o del juego. A ti, Hermano -y no me digas que no, porque no acepto que en éste, tu pecado, me lleves la contraria- a ti, querido hermano Pablo, es LA GULA. Recuerda también que tienes que respetar tus votos de silencio y obediencia. Fray Pablo, por tu bien -créeme- te retiro de la cocina y te traslado a la biblioteca. Pero antes, debes pasar un fin de semana en tu retiro, en completo ayuno. Necesitas aprender a controlar ese impulso que te lleva a ese horrible pecado de la gula. Arrodíllate”. Pablo se arrodilló. Lloraba, lloraba, lloraba... Fray Manuel le dió la bendición. Pablo se fue a su retiro. Los demás religiosos lo seguían con rezos, pidiendo a Dios que al Hermano, Fray Pablo, dejaran de atormentarlo los demonios que lo llevaban a su pecado: la Gula. Pablo se tocaba la barriga con las dos manos y lloraba.

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