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OTRAS HISTORIAS DEL HUEVO DE ORO, POR AQUILES JULIÁN

OTRAS HISTORIAS DEL HUEVO DE ORO, POR AQUILES JULIÁN

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Variaciones sobre la fábula de la gallina de los huevos de oro, que demuestran que hay muchas historias en una historia.
Variaciones sobre la fábula de la gallina de los huevos de oro, que demuestran que hay muchas historias en una historia.

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Otras historias del huevo de oro / Aquiles Julián

Aquiles Julián

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Otras historias del huevo de oro / Aquiles Julián

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Otras historias del huevo de oro / Aquiles Julián

Otras historias del Huevo de Oro
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Otras historias del huevo de oro / Aquiles Julián

© 2012 Lectofilia digital 1ª edición, febrero 2012 Editado en Rep. Dominicana por: Editorial Libros de Regalo. Se autoriza la reproducción parcial o total de esta obra y su difusión. Imágenes tomadas de la Internet.

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Otras historias del huevo de oro / Aquiles Julián

Dedicatoria
A Cristina Gutiérrez, mi gallina de los huevos de oro.

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Índice
9 16 18 19 20 21 22 23 24 25 27 28 29 30 31 ¿Cuántas historias hay en una historia? Confesión Amor de madre Dilema De gallinas y gallos El motivador Frustración Iniciativa Prodigio Piedra filosofal Caso Paladar exigente Falsificaciones Fracaso Desde Bonao

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Otras historias del huevo de oro / Aquiles Julián
Ambición El presumido Regalo real Amargura Midas El idiota Simple codicia Tonto Desilusión Infanticidio Religión Poeta Ansioso La codicia rompe el saco, dicen Frustración personal Mala voluntad

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Otras historias del huevo de oro / Aquiles Julián

¿Cuántas historias hay en una historia?
Este ejercicio de imaginación es un reto personal. ¿Cuántas historias se contienen en una historia? En este caso elegí la historia de la gallina de los huevos de oro, y a partir de la fábula he ido articulando distintas versiones. Sé, claro, que no las agotaré. Por el contrario, imaginaciones más fértiles me desafiarán con historias más prodigiosas y creativas, mostrándome

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que mi ingenio podía más, que habían más versiones posibles, que nada, absolutamente nada, salvo el cansancio personal, agota a la imaginación. Bienvenidas. Será más que un placer disfrutarlas. Todo producto de la imaginación humana no sólo es algo para disfrutar y compartir, también es un hito que nos reta a producir a partir de él otra cosa, igual o superior. Funciona como un punto de referencia. Marca un lugar en la creación. Nos dice, hasta aquí alguien llegó. Para él fue su máximo logro. Para ti, un punto de partida. Extiéndete a partir de él. Somos continuadores de una tradición de imaginación y belleza, destinados a honrar con obras que lo merezcan y les honren, la labor de los que nos antecedieron. Y también somos las referencias inmediatas de aquellos que están llamados a superarnos. Y esperamos que así sea. La historia del arte requiere ese movimiento de continuidad y ruptura que es su signo mayor. Ninguna obra existe como pieza definitiva sino como punto de arranque, como reto, como desafío. Nuestra tarea es construir a partir de ella. Podemos negarla, cuestionarla, parodiarla, dinamitarla de mil y una maneras. Para eso, no para otra cosa, fue creada.

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De ahí que toda historia no es más que punto de origen de mil y una historias, que, a su vez, serán punto de origen de otras tantas miles y una historias que, a su vez, también darán origen a otras miles de historias. La imaginación humana es inagotable, independientemente de que los humanos si nos agotemos. Siempre hay otra forma de decir, otro tema que decir y otro que quiere decir. Por mi experiencia personal, uno empieza a escribir cuando de alguna manera se convierte en parricida: cree sinceramente que puede no sólo igualar, sino superar al maestro. Se empieza como lector ávido, deslumbrado para luego pasar a imitador sólo para concluir en esa primera etapa como un autoconvencido de que es capaz de decirlo mejor que su modelo. Tal vez somos víctimas de nuestro ego. Pero reclamo que el engaño se mantenga. Sería triste que consideráramos que nadie podría hacerlo mejor y se apagaran las letras en un culto bovino a unos maestros que dejaron de serlo el día en que no tuvieron discípulos que los imitaran y luego los dinamitaran para imponer su propia voz. Necesitamos que haya quienes vean la desnudez del rey y la denuncien.

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Y los que inventen trajes mágicos mejores que los de aquel par de pícaros que engañaron al rey y a toda una población. Somos lo que somos porque podemos imaginar. Y de hecho, esa sería una buena definición de la especie: el animal que imagina. Y el animal que se imagina a sí mismo. Primero soñamos. Luego nuestra imaginación desafía a nuestra mente y sus capacidades prácticas para llevar a la realidad lo soñado. Estamos, un día de estos, a punto de vivir lo que Adolfo Bioy Casares soñó en Plan de Evasión: las imágenes holográficas. Ya casi es un hecho que todos tendremos la posibilidad de tener un reloj pulsera como el de Dick Tracy. Cada sueño del hombre, cada imagen nacida de la cabeza de alguien verbaliza una aspiración que los hombres de ciencia y los tecnólogos se encargan de aterrizar en inventos sorprendentes. Lo que no existe, no existe “por ahora”. Sólo indica nuestras limitaciones tecnológicas y científicas. No una imposibilidad, sino una posposición. Nos hemos habituado al asombro. Pero en realidad, aunque no nos demos cuenta, vivimos la magia.

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Recursos asombrosos, como la Internet o las redes sociales, han expandido nuestro universo a niveles verdaderamente impresionantes. La autoedición permite a autores, a los que los circuitos editoriales formales, pasan por alto, crearse un espacio propio y dejar oír su voz. Y expandir su audiencia allende los mares e incluso los continentes. Soy un ejemplo de ello. Recientemente leí en El País digital, España, sobre un novelista que empezó a escribir sus novelas a la edad de 58 años y hoy ha vendido más de un millón y medio de e-books por la Internet. No edita sus libros convencionalmente. Ni lo necesita. Sus lectores en Amazon promueven sus libros, los comentan, los recomiendan, les ganan nuevos amigos. Y todo con prácticamente cero inversión. Es un fenómeno de lo que estos nuevos medios pueden hacer por los escritores. Basta tener algo que decir. Y atreverse a decirlo. Decir su propia historia o apoyarse en historias de otros para construir la propia, como parodia o como pastiche. La literatura todo lo permite. Como una vez me dijo mi querido Efraím Castillo, animándome a escribir novelas: “Aquiles, la novela lo aguanta todo”.

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No sólo la novela, queridísimo y admirado comander, la literatura lo aguanta todo. Es más, no es que lo aguante, es que lo reclama, lo pide a gritos, nos lo exige. Simplemente digamos lo nuestro. Y seamos generosos, abiertos y receptivos con los que otros digan, hagan, escriban. Animemos a todos a que se expresen. Que digan su verdad y se abran a la verdad de otros. Que hilvanen su versión y aprecien la versión que hilvanan otros. Que celebren la diversidad, la variedad, la diferencia. Porque ese es el signo de una literatura viva y en efervescencia. No la repetición ni la imitación falaz. La obra que amplía, complementa, cuestiona, explora, discrepa, arde, esculpe, muerde, vocifera, escupe, clama, susurra, explota. La que ve en cada historia algo que reventar, desafiar, extender, deformar. La que honra a un autor extremándolo a los límites y llevándolo más allá de los límites. La que se propone escribirlo mejor. Decirlo mejor. Soñarlo mejor. Todo escritor quiere ser tomado no como modelo sino como punto de partida. Originar él, su obra, una escuela. Fundar un decir. Dar comienzo a una revolución literaria.

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Es el sueño secreto que todos soñamos alcanzar. Y sólo unos pocos logran. Bendiciones para ellos. Y bendiciones para todos los que quizás no alcanzaremos esa meta. Lo importante es soñarla. E inocular ese sueño en nuestros lectores. Buscando a los que quedarán contaminados por el mismo y le darán continuidad. A ellos mi fervoroso abrazo. De ellos me siento hermano.

Julián Aquiles Julián

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Confesión

Cierto es, su Señoría, que penetramos en el hogar de dicho señor de madrugada. También que rompimos las ventanas y nos introdujimos a hurtadillas. Que nuestra intención era robar. Que cometimos el robo. Y que nos le llevamos su famosa gallina de los huevos de oro. Todo eso es verdad, su Señoría. Pero es oportuno decir que él nos engañó. Nos timó. Y que lo que hicimos fue descubrirle su estafa. Al irnos a nuestra guarida, convencidos de que íbamos a hacernos ricos, sobre todo porque la cotización del oro está en alza en la Bolsa de Valores, anidamos la gallina con todo el amor del mundo y nos dispusimos a esperar que pusiera. A eso de las 9 de la mañana un insufrible cacareo, que a nosotros nos sonó a gloria, anunció el portento. Corrimos al nido y, sí, allí estaba, reluciente, salvo uno que otro embarre de heces, el huevo dorado. Lo tomamos, lo limpiamos y pulimos, le sacamos brillo y lo colocamos en la cajita de terciopelo que teníamos preparada para la ocasión. Lo miramos, embelesados, por un rato. Por fin, la riqueza soñada la veíamos llegar. Corrimos, más que caminamos, a la joyería a tasarlo. No nos poníamos de acuerdo en

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cuánto pedir. Al llegar, el joyero nos recibió con alegría. Unos minutos después su expresión cambió. Desilusión. Preocupación. Irritación. Nos devolvió el huevo con visible incomodidad y nos aseguró que no era oro, era plomo revestido de una capa de golfilled. La ira nos embargó, su Señoría. ¿Y cómo querría alguien que no volviésemos a su hogar a darle una golpiza a aquel rufián que nos había estafado?

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Amor de madre
Luego de pasar la noche en vela, acechando a su dueño, para robarle la gallina de los huevos de oro, los ladrones se la llevaron presurosos a su guarida. La metieron en la jaula preparada para el caso y, cansados y muertos de sueño, se echaron a dormir. Les despertó horas más tarde el aroma del sancocho de gallina que la madre del Jefe les había preparado para que se repusieran de la mala noche.

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Dilema

Cuando le robaron la gallina de los huevos de oro, aquel hombre se sintió mal por dos razones: primero, porque descubrirían que no era verdad que la gallina tuviese la facultad de poner los áureos huevos; segundo, porque robada la gallina, no sabría ahora a quién atribuir los huevos que él ponía.

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De gallinas y gallos

Para adueñarse de la gallina de los huevos de oro, asfixiaron al gallo para que no hiciera bulla y despertara a los propietarios. Craso error: no sabían que era precisamente ese gallo y no otro el responsable de que aquella gallina pusiese huevos de oro. De ahí en adelante todos los huevos lo único dorado que traían era la yema que sólo servía para hacer un omelet.

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El motivador
Se cuenta de aquel avicultor que diariamente entraba al gallinero, mostraba a sus gallinas la foto de la gallina de los huevos de oro y les peroraba un par de horas enrostrándole que si no les daba vergüenza, ellas poniendo huevos comunes y corrientes cuando podrían alcanzar la gloria con un solo huevo de oro que pusieran. Para su pesar, las aves ni caso le hacían.

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Frustración
Otro cuenta la historia del avicultor que crió una gallina a la que cada noche sugestionaba mediante hipnosis, diciéndole: “¡Tú tienes que poner huevos de oro! ¡Tú tienes que poner huevos de oro!”, y se sintió peor que un fracasado cuando la infeliz, cacareando desesperada, en vez de huevos de oro ponía calditos de pollo, eso sí, con todo y su envoltura dorada.

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Iniciativa
Enterada la autora de dos libros de cocina gourmet y famosa personaje de la televisión de la existencia de los huevos de oro, se apresuró a sacar un libro de recetas que incluía omelets, tortillas y otros platos cuyo ingrediente principal eran los famosos huevos, para que nadie más le tomara la delantera en la primicia.

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Prodigio
Tanto escándalo y sorpresa porque aquella gallina pone huevos de oro. ¿Y qué? Al final son simples huevos, aunque sean de oro. Yo voy más lejos, cuando empollo mis huevos salen patos, gansos, ocas y hasta avestruces. ¿No es un prodigio mayor? ¿No merezco más que esa gallina el reconocimiento y el aplauso?

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Piedra filosofal
El alquimista mezcló con extremo cuidado la pócima. Todos sus cálculos previos coincidían: aquel menjurje era capaz de mutar el plomo en oro. Estaba seguro; largos años de desvelos, pruebas, estudios, consultas e intentos fallidos se resumían ahora. Vio bullir, humear, burbujear la mezcla que lanzaba destellos iridiscentes. Tomó la brocha y embadurnó el pedazo de plomo con el brebaje, mientras mascullaba oscuros conjuros, fórmulas mágicas, palabras de poder. No sucedió nada. La untura se escurrió y el plomo siguió igual de plomo. La frustración lo invadió: toda su vida la sintió perdida, absurda, persiguiendo una idea vana. Se avergonzó de sus cálculos fallidos. De su ilusión insensata. De un manotazo derramó al piso el pozuelo con la fórmula.

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“¿Qué sentido tiene vivir?”, pensó. Tomó una soga, hizo un nudo y con los ojos anegados de lágrimas se colgó. Su cuerpo, aún tibio, pendía del techo, balanceándose, cuando unos minutos más tarde, una gallina, de varias que criaba en su patio el alquimista para su sustento, entró volando por la ventana abierta de aquel laboratorio primitivo. Se paseó en la habitación, picoteando aquí y allá, a su libre albedrío y encontró un resto de pozuelo con un poco del brebaje. La gallina, sedienta, lo tomó por agua y lo ingirió. Luego alzó vuelo de nuevo y salió por la misma ventana hacia el patio. En la mañana, el aprendiz del alquimista llegó y encontró a su maestro pendiendo de la cuerda. Se asustó muchísimo. ¿Por qué aquel hombre sapientísimo y bondadoso haría tal cosa? Luego, el cacareó en el patio de una gallina lo distrajo y llamó su atención. Salió a ver qué pasaba y, oh prodigio, en uno de los nidos relucía, esplendoroso, un huevo de oro.

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Caso
Aquella gallina empollaba muy oronda sus huevos de oro y sacaba pollitos, de goldfilled sí, pero muy monos.

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Paladar exigente
Cuando quisieron almorzarse la sopa de gallina que prepararon con la que ponía los huevos de oro, a la primera cucharada desistieron porque pese a todo el condimento utilizado aun así les sabía demasiado a metal.

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Falsificaciones
La proliferación de gallinas que ponían huevos de oro dio origen a una desvalorización del metal, que de noble y escaso se hizo común y vulgar, al grado de que hoy sólo las baratijas que nadie valora y desea son hechas de oro, las que suelen recubrir los estafadores con baños y aleaciones de cobre y otros metales, para engañar a los incautos.

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Fracaso
Lo último que supe fue el caso del productor avícola que se sentía un fracaso total, pues quiso criar una gallina que pusiera huevos de oro, y tras mucho esfuerzo, sólo logró criar una que regurgitaba pepitas de oro, pero cuyos huevos eran tan normales como los de cualquier otra, para frustración de su dueño.

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Desde Bonao
En Bonao, las gallinas que se alimentaban con desechos de la planta de la Falconbridge comenzaron a poner huevos de ferroníquel. Pero dada la baja en el precio del compuesto en el mercado mundial y a que dichos huevos eran incomibles y no servían para nada, los productores locales decidieron sacrificar sus gallinas y vender sus carnes a los puestos de pollos fritos de los chinos y a las fondas de la zona.

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Ambición
Se dedicó a la experimentación genética, cruces y mutaciones buscando transferir a avestruces el donde poner huevos de oro, no por ganar renombre como científico sino por pura codicia.

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El presumido
Aquel hombre tenía un ego inflado. Era insoportablemente presumido. Se tenía a sí mismo por la gran cosa y las personas a su alrededor lo padecían porque no podían hacer otra cosa. De ahí que, cuando lo invitaron al programa La Respuesta Millonaria, conocedores de que su vanidad iba pareja a su crasa ignorancia, se dispusieron a verlo quedar en ridículo cuando fuera descalificado. No tuvieron que aguardar mucho. A la pregunta de en cuáles repúblicas se dividió la antigua Checoslovaquia, el insufrible personaje balbuceó dos o tres incoherencias antes de decir algo así como chocolate y vasquio, improvisando. El conductor del programa lo miró, divertido, y le dijo estando en el aire: ¡Ha puesto usted un huevo!

A lo que el ególatra, respondió emocionado: ¿De oro? ¿Fue de oro?

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Regalo real
Aquel rey se sintió más que humillado, ultrajado cuando la comitiva del vecino Estado, en son de paz y buena vecindad, le visitó con fines de halagarle y concertar un tratado de amistad y buena voluntad. Al recibirlos en Palacio, con toda la ostentación y el boato de su corte, sus ministros y consejeros ataviados con sus mejores galas, sus servidores y cortesanos con sus uniformes relucientes, la guardia real exhibiendo sus ornamentos y oropeles, sus generales con el tintineo de sus medallas y sus espadas bruñidas, esperaba que la comitiva mostrara el respeto y aprecio que les merecía en los cuantiosos y exuberantes presentes que les ofrecieran para ganar su buena voluntad. Las sonrisas de los embajadores y emisarios enviados, que antes se le antojaba gratificante y amistosa, las entendió entonces burlonas, atrevidas, insultantes. Al abrir el baúl en que debían relucir joyas, piedras preciosas y otros presentes de singular valor, lo que ofendió su vista fue la presencia de una simple gallina.

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¿Era eso lo que el rey del vecino Estado pensaba de él? ¿Tenía el descaro y la imprudencia de enviar súbditos a una muerte segura con el fin de insultarlo a él frente a su corte? ¿A ese grado de imbecilidad y soberbia llegaba el gobernante vecino? Mientras sus generales, estupefactos, no salían de su asombro, el rey le quitó al más próximo la espada y de un tajo certero y violento le voló el cuello a la infeliz gallina, signo que fue entendido por sus generales que, rugiendo de rabia y odio, hicieron una carnicería con los desprevenidos visitantes. No quedó nadie vivo de aquellos. Todos fueron muertos por las espadas coléricas de los generales de Su Alteza Real, que se sentía vengado por los suyos ante el ultraje. Al final, curioso, quitó de la mano inerte del principal embajador, una misiva que estaba por entregarle. ¿Qué nuevo insulto contendría? Iba, de hecho, a alistar sus ejércitos para reducir a polvo a aquel reino ultrajante. La carta, sellada con lacre y con el sello real del vecino Estado, decía: “En muestra de mi mayor aprecio y amistad, tengo a bien enviarle mi gallina de los huevos de oro, para que acreciente el tesoro de Su Majestad”.

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Amargura
Se quejaba, ante quien quisiera oírlo, de su mala suerte. ¿Cómo era posible que su gallina, la de él, le hiciera eso? Y cuando le preguntaban, que qué, él plañía a su gusto, que sus huevos eran apenas de 18 kilates, en vez de 24 como debían de ser.

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Midas
Vivió una fuerte crisis de identidad, una pérdida de fe en sí mismo, que lo arruinó y llevó al alcoholismo primero, a las drogas después, hasta que lo encontraron muerto en aquel callejón, devorado parcialmente por las ratas. Y todo porque, envanecido como lo estaba por el don de convertir en oro todo lo que tocaba, cuando tocó a aquella gallina, y eso que no sólo la tocó, la manoseó con tal furor que casi la despluma, si no fuera porque, a punta de picotazos, logró hacerse soltar y huyó despavorida. La crisis de identidad le restó el don adquirido. Volvió a una vida anodina y gris, en que la botella y las malas compañías, que solían hacer burlas de sus historias de convertir las cosas en oro, y le choteaban: “A ver, convierte en oro esta botella, o esa silla, o esta mesa, para que sigamos bebiendo, jablador”, eran su realidad. Nunca supo más de aquella gallina a la que casi mata ( y a la que muchas veces, en sus delirios alcohólicos, deseó una y otra vez matar y desintegrar pluma a pluma).

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De ahí que nunca se enteró, perdido en las interminables borracheras en que ahora transcurría su vida, de que se había vuelto famosa por poner los huevos de oro que hoy era la comidilla del país.

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El idiota
Lamentó en el alma haber salido a robar con aquel idiota. Se lo habían advertido: es un sirve para nada, nunca entiende, hace siempre lo contrario de lo que se le manda; pero él era de los que creían que a las personas no se les debía prejuzgar y que siempre eran merecedoras de una oportunidad. ¿No era ese su caso? Él era tartamudo. Muchos lo habían menospreciado por ello. “Si estamos en una situación de peligro”, se burlaban, “en lo que intentas avisarnos nos atrapan a todos. Porque te volverías simplemente un “pepe”, ¿oíste?” Y cuando preguntaba qué era un “pepe”, ellos se reían diciendo: “pe, pe, pe, pe, pe… ligro!!!” Eso le dolía. Por eso se negó a discriminar al infeliz al que motejaban de idiota. Y el idiota fue él. Al notar que las personas de la casa en que incursionaban despertaban, alarmadas, porque les había ido a robar los huevos de oro de su gallina que mantenían a bien resguardo en el hogar y no en el

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gallinero, como habían con las otras gallinas. Apenas tuvo tiempo de ordenar al ayudante lerdo: “El oro”, “el oro” y salir huyendo sólo para encontrar que aquel cretino, en vez de los huevos de oro había echado en la funda, desde la que revoloteaba y lanzaba picotazos, colérica, a la cotorra de la casa.

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Simple codicia
El imbécil aquel que escuchó a la hermana decir de su esposo que tenía unos huevos de oro, por lo que lo acechó y de un hachazo lo decapitó para luego castrarlo, y sólo por codicia.

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Tonto
El huevero, inadvertidamente, le entregó a su pregonero, entre los huevos sancochados que le daba a vender, aquel huevo de oro en que cifraba su inminente prosperidad, que le sacaría de la rutina de aquel oficio que sólo daba para sobrevivir. Y aquel imbécil, ah, qué ganas de matarlo le recomían, creyéndolo dañado, lo tiró a la basura y no recuerda dónde.

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Desilusión
Creyéndose afortunado, hizo empollar al huevo de oro con las miras puestas en iniciar, a partir de él, toda una generación de gallinas ponedoras de huevos de oro que lo llevara fulminantemente a la riqueza. Para su desgracia, lo que engendró aquel huevo fue un gallo común y corriente que ni siquiera mostraba interés alguno en pisar a las gallinas.

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Infanticidio
Cuando el niño le fue a informar al padre sobre el prodigio, con el huevo tibio aún en la mano, el hombre salió de sus cabales creyendo que el menor lo había robado. El niño iba a hablar, pero el bofetón lo hizo rodar por el piso. Acto seguido, le cayó a garrotazos diciendo que prefería matarlo él mismo, y no pasar por la vergüenza de que la policía se lo matara por ladrón. Cada vez que, de alarido en alarido, el niño intentaba hablar, una patada del padre lo dejaba sin aliento. La paliza fue tan cruenta que sólo paró cuando el padre reparó en los estertores postreros del mejor. Entonces, poseído por la rabia, echó en la letrina inmunda de la casa la prueba del delito. Exangüe y moribunda, encontró en el gallinero a la infeliz gallina, que fenecía agotada por el esfuerzo que hizo de pujar aquel huevo de oro que el niño llevó emocionado para mostrarlo a su papá.

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Religión
Aquel reino había prosperado por la curiosidad que tenían los habitantes de los reinos vecinos, incluso visitantes de lejanas tierras, por ver aquel prodigio: el huevo de oro, resguardado celosamente en medio de una sala especial, en pleno palacio, protegido en una urna de cristal y por una guardia pretoriana a su servicio. Desde la urna el huevo esplendía con dorados fulgores, deslumbrando a la fila apretujada de alelados turistas que lo circundaba boquiabiertos, mientras mecánicamente respondían al grito de los guardias que ordenaban moverse, avanzar, imperativamente. El turismo dio origen a un lucrativo comercio de souvenirs, artesanía alusiva al huevo áureo, camisetas, fotos trucadas en que el visitante aparecía tocándolo, incluso de décimas y oraciones milagrosas, en que se endilgaban a la imagen del huevo poderes sobrenaturales para la curación de los más disímiles padecimientos. Se llegó a difundir que el simple contacto de una imagen del huevo o una reliquia del huevo, algo así

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como un souvenir o una artesanía del huevo procedente del reino en que se hallaba, tenía el poder de hacer remitir padecimientos y dolencias. De ahí surgió el culto del Santo Huevo y toda una secta que lo venera, que tiene ritos propios y una parafernalia sacra que la distingue, la cual juzga que el huevo sacro es la encarnación de un dios que permanece allí, en estado larvario, vegetativo, a la espera de que sus fieles crezcan lo suficiente en número para el hacerse manifestación, presencia, y venir al reinar y a poner orden en este mundo cada vez más atribulado.

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Poeta
Aquel poeta escribió odas, sonetos, décimas, coplas, romances, himnos y baladas, tanto rimadas como en versos libres, empleando toda suerte de tropos: metáforas, metonimias, sinécdoques, anáforas, símbolos, alegorías, oximorones, símiles, todo el caudal de figuras retóricas, y todo alrededor de un tema único: un huevo de oro que era símbolo apolíneo y a la vez dionisíaco, expresión de colapso y a la vez emersión, muerte y a la vez vida, transformación que canta las fuerza creadora del universo. Como también sabemos, sólo cosechó la burla y el desdén de sus contemporáneos, amigos de versos pedestres, cínicos y pornográficos, que solían reírse de él a mandíbulas batientes mientras lo convidaban, abusando de su hambre, a que se embutiese varios huevos al mismo tiempo en su boca.

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Ansioso
Mató a la gallina porque sus huevos le parecían comunes y corrientes. ¿En qué eran diferentes? ¿Cómo se había dejado engañar, de ingenuo, por aquellos tunantes que le vendieron la gallina asegurándoles que era capaz de pujar huevos de oro? ¡Qué candidez la suya! ¿Por qué no pudo darse cuenta a tiempo del timo? La aterrorizada ave pagó su irritación. La degolló embarrándose de sangre. No la dejó empollar aquellos pollitos de oro que salían fulgurantes de los huevos que ponía, y que dado que no podían comerse, llevó a sus antiguos propietarios a salir de ella vendiéndola.

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La codicia rompe el saco, dicen
Pensó que si se comía la gallina sería él el que evacuaría, sino huevos, por lo menos deposiciones de oro, pero lo más cercano que estuvo de expulsar algo cercano al menos verbalmente al oro, de su cuerpo, era la orina, que no tenía valor alguno.

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Frustración personal
Llegó a lograr que patas, avestruces, palomas e incluso otro tipo de ovíparo como tortugas, caimanes y culebras pusieran huevos de oro pero, para su frustración, nunca, nunca, nunca pudo lograr, contra todas sus expectativas y esperanzas, que lo hicieran aunque sea una de las miles de gallinas que criaba y en lo que invertía las ganancias obtenidas por los huevos que sus otras especies le pujaban. Las gallinas, para su dolor y malestar, sólo le generaban una gran peste y toneladas de excremento.

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Mala voluntad
Se incomodó porque aquellas gallinas, testarudas y sólo por llevarle la contraria, ponían huevos de plata, cobre, plomo, platino y de otros metales y aleaciones, pero nunca de oro, para su cólera, nunca de oro, sólo por hacerle la maldad.

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Colección Lectofilia digital 1/ palabra dada / ensayos Aquiles Julián

2/ Argucias contra el tiempo /poemas Aquiles Julián 3/ Los 7 tesoros a encontrar en un libro / ensayos. Aquiles Julián Aquiles Julián

4/ Cuentos premiados / cuentos

5/ Otras historias del huevo de oro / Aquiles Julián cuentos

Otras historias de huevo de Otras historias del huevodeloro / cuentos oro 53 Aquiles Julián
El libro

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A partir de la fábula de la gallina de los huevos de oro he hecho una serie de versiones que juega con el tema, proponiendo otras vías de contar una historia. Hilvanados estos cuentos con ese tema base, son un divertimiento y, a la vez, una manera de mostrar el potencial de historias que cada historia contiene, de los que estos juegos son apena una pálida muestra. Sé, lector, que eres capaz de inventar otros mejores. Sirvan estos ejercicios para que te animes y me demuestres, a su vez de eres capaz de crear mejores ejemplos de otras historias sobre el huevo de oro. Las espero con ansias. El autor Aquiles Julián (El Seibo, Rep. Dominicana, 1953) Escritor, teatrista y cineasta dominicano. Especialista en neurolectura y neurocompetencias. Ganador de importantes premios literarios en su país. Empresario de network marketing. Vicepresidente ejecutivo de ¡TRIUNFAR! Director de la editorial digital Libros de Regalo. Editor de varias colecciones digitales, entre ellas Muestrario de Poesía, La Biblioteca Digital y Lectofilia digital. Sus artículos se reproducen en medios y blogs de distintos países, entre ellos España, Perú, Uruguay, Argentina y los Estados Unidos.

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