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El reto de la interculturalidad y la equidad de género ante la migración jornalera rarámuri

El reto de la interculturalidad y la equidad de género ante la migración jornalera rarámuri

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El municipio de Cuauhtémoc, Chihuahua, ubicado en la región frutícola más importante del país, está atravesado por fenómenos sociales de gran complejidad: tal es el caso de las relaciones entre población mestiza, menonita, rarámuri y de otras etnias y regiones de México que confluyen en este territorio alrededor de la producción de manzana; y el incremento de la violencia,en particular, la violencia de género.
La presente investigación aborda el fenómeno migratorio
rural-rural, que se da alrededor de la dinámica de los mercados de trabajo de las empresas frutícolas de esta región, las cuales demandan grandes contingentes de fuerza de trabajo durante ciertas temporadas del año, conformando rutas migratorias a las que se integran familias indígenas, de origen rarámuri, provenientes de la Sierra Tarahumara. Se analiza, desde la perspectiva de género y etnicidad, la problemática de los grupos domésticos rarámuris migrantes, al tiempo que se examinan las percepciones y prácticas de las y los integrantes de Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) locales y de otros actores sociales, al respecto.
El trabajo expone los retos de la sociedad local para el establecimiento de diálogos interculturales que superen la diferenciación social y la inequidad en las relaciones presentes en el entramado
social analizado
El municipio de Cuauhtémoc, Chihuahua, ubicado en la región frutícola más importante del país, está atravesado por fenómenos sociales de gran complejidad: tal es el caso de las relaciones entre población mestiza, menonita, rarámuri y de otras etnias y regiones de México que confluyen en este territorio alrededor de la producción de manzana; y el incremento de la violencia,en particular, la violencia de género.
La presente investigación aborda el fenómeno migratorio
rural-rural, que se da alrededor de la dinámica de los mercados de trabajo de las empresas frutícolas de esta región, las cuales demandan grandes contingentes de fuerza de trabajo durante ciertas temporadas del año, conformando rutas migratorias a las que se integran familias indígenas, de origen rarámuri, provenientes de la Sierra Tarahumara. Se analiza, desde la perspectiva de género y etnicidad, la problemática de los grupos domésticos rarámuris migrantes, al tiempo que se examinan las percepciones y prácticas de las y los integrantes de Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) locales y de otros actores sociales, al respecto.
El trabajo expone los retos de la sociedad local para el establecimiento de diálogos interculturales que superen la diferenciación social y la inequidad en las relaciones presentes en el entramado
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Beatriz Martínez Corona

Doctora en Ciencias, con especialidad en Estrategias para el Desarrollo Agrícola Regional por el Colegio de Postgraduados (CP). Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores. Ha realizado estancias de investigación y actualización en diversas universidades del extranjero. Es profesora investigadora titular del CP. Derivadas de las líneas de investigación que desarrolla, cuenta con múltiples publicaciones, libros, artículos, capítulos en libros sobre temas como: mujeres rurales, género, trabajo y transformaciones sociales; empoderamiento y sustentabilidad en organizaciones de mujeres; metodologías de capacitación de género; género y educación; políticas públicas, fortalecimiento de competencias teórico metodológicas de la sociedad civil organizada; entre otros.

José Alvaro Hernández Flores
Economista egresado de la UNAM y doctor en Ciencias con especialidad en Estrategias para el Desarrollo Agrícola Regional por el Colegio de Postgraduado. Ha realizado estancias de investigación en la Universidad de Buenos Aires y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Actualmente forma parte del Sistema Nacional de Investigadores. Sus intereses de investigación abarcan los movimientos sociales por el territorio, las estrategias de reproducción social en grupos domésticos campesinos y la configuración territorial de espacios rurales y periurbanos, entre otros.

El municipio de Cuauhtémoc, Chihuahua, ubicado en la región frutícola más importante del país, está atravesado por fenómenos sociales de gran complejidad: tal es el caso de las relaciones entre población mestiza, menonita, rarámuri y de otras etnias y regiones de México que confluyen en este territorio alrededor de la producción de manzana; y el incremento de la violencia,en particular, la violencia de género. La presente investigación aborda el fenómeno migratorio rural-rural, que se da alrededor de la dinámica de los mercados de trabajo de las empresas frutícolas de esta región, las cuales demandan grandes contingentes de fuerza de trabajo durante ciertas temporadas del año, conformando rutas migratorias a las que se integran familias indígenas, de origen rarámuri, provenientes de la Sierra Tarahumara. Se analiza, desde la perspectiva de género y etnicidad, la problemática de los grupos domésticos rarámuris migrantes, al tiempo que se examinan las percepciones y prácticas de las y los integrantes de Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) locales y de otros actores sociales, al respecto. El trabajo expone los retos de la sociedad local para el establecimiento de diálogos interculturales que superen la diferenciación social y la inequidad en las relaciones presentes en el entramado social analizado.

EL RETO DE LA INTERCULTURALIDAD Y LA EQUIDAD DE GÉNERO ANTE LA MIGRACIÓN JORNALERA

Relaciones sociales y exclusión en una región frutícola
Beatriz Martínez Corona José Alvaro Hernández Flores

EL RETO DE LA INTERCULTURALIDAD Y LA EQUIDAD DE GÉNERO ANTE LA MIGRACIÓN JORNALERA

EL RETO DE LA INTERCULTURALIDAD Y LA EQUIDAD DE GÉNERO ANTE LA MIGRACIÓN JORNALERA

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ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS PRÓLOGO
Beatriz Martínez Corona José Alvaro Hernández Flores
Autores

9 13 17 27
32 34 37 41 48 50 56

INTRODUCCIÓN I. JORNALEROS AGRÍCOLAS, UNA APROXIMACIÓN TEÓRICA A LOS PROCESOS MIGRATORIOS
La perspectiva de género en los estudios rurales Género y migración Relaciones interétnicas entre jornaleros agrícolas migrantes y la población local Los jornaleros agrícolas migrantes en México Procesos migratorios e interculturalidad La sociedad civil en México La sociedad civil organizada a favor de los derechos de las mujeres y la equidad de género

Blanca Suárez San Román
Revisión técnica

Bertha Laura Alvarez Sánchez
Diseño Editorial

Beatriz Martínez Corona José Alvaro Hernández Flores Sara Martínez Corona Rosario Figueroa
Fotografía

Primera edición, 2012 © Colegio de Posgraduados Campus Puebla Derechos reservados conforme a la ley ISBN: 978-607-715-034-3 Impreso en México. Printed in Mexico. Las opiniones vertidas en este libro, son responsabilidad exclusiva de sus autores y no representan necesariamente el punto de vista y la política de las instituciones auspiciantes. Este libro fue publicado gracias a los auspicios del Colegio de Postgraduados, Campus Puebla, y del Instituto Nacional de Desarrollo Social, Sedesol. Este programa es público, ajeno a cualquier partido político, queda prohibido el uso para cualquier fin distinto al desarrollo social.

II. EL CONTEXTO DE LA INVESTIGACIÓN

El municipio de Cuauhtémoc, Chihuahua La producción de manzanera en Cuauhtémoc Los rarámuri: un pueblo indígena Características socioculturales y el sistema de género rarámuri

63
66 69 74 79

III. CONDICIONES DE VIDA Y DE TRABAJO DE LA POBLACIÓN JORNALERA RARÁMURI
Factores de expulsión en la Sierra Tarahumara Pautas migratorias entre la población rarámuri Condiciones de vida y trabajo en las zonas receptoras Las relaciones interétnicas en el proceso migratorio

93 102 113 121

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IV. RELACIONES DE GÉNERO Y MIGRACIÓN JORNALERA

Condicionantes de género en la migración rarámuri Relaciones de género en el ámbito laboral-productivo Relaciones de género y violencia entre la población rarámuri

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132 135 142

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AGRADECIMIENTOS

V. PERCEPCION DE LA POBLACIÓN MIGRANTE RARÁMURI DESDE LA SOCIEDAD CIVIL Y OTROS ACTORES SOCIALES CONCLUSIONES BIBLIOGRAFÍA ANEXO 1 ANEXO 2

159 175 183 201 207

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Nuestro reconocimiento y gratitud a todas las personas, organizaciones civiles, e instituciones que nos brindaron su confianza y colaboración para la realización de esta investigación, centrada en la situación de la población jornalera rarámuri migrante, cuyos resultados principales presentamos en este volumen. A los hombres y mujeres rarámuris jornaleros que superando barreras culturales impuestas, nos hablaron de sus necesidades y problemas. A la Sra. Herminia Prado (+) quien por muchos años dio abrigo a numerosas familias rarámuris, y nos abrió las puertas del albergue a su cargo, faciltando con ello un espacio para establecer diálogos interculturales con ellas. A las y los integrantes de organizaciones civiles de Cuauhtémoc, Chih., preocupados por la situación de la población rarámuri en esa localidad, por su interés y participación. A productores manzaneros que nos permitieron observar su empeño y relación con sus trabajadores. A Zenaida Guanapa y Josefina Olivas, traductoras y lideresas rarámuris por su soporte y esperanzas de un futuro mejor. Al Pronim, y su coordinador estatal, Horacio Echavarría, quien hoy facilita que, por primera vez, los niños y niñas alojados en el albergue “Minita”, accedan a la educación básica. Al Instituto Nacional de Desarrollo Social (Indesol), que a través de su convocatoria: Fortalecimiento de Equidad de Género, proporcionó los recursos para llevar a cabo este proyecto, y al Colegio de Postgraduados por su respaldo institucional. Y, finalmente, gracias a mi hermana Sarita, y a mis hermanos Fernando y Salvador, por su apoyo y solidaridad para ayudarme a cumplir la promesa hecha a mi padre, Fernando Martínez M., de regresar a mis raíces y contribuir en algo, en favor del entorno, ahora por demás complejo, que me vio crecer. Beatriz Martínez Corona Diciembre, 2011.

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PRÓLOGO

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El proceso migratorio tiene gran significación en distintas regiones del México rural e indígena en la medida que ha venido a formar parte sustantiva como estrategia de reproducción social, lo mismo si se refiere a la migración interna o internacional. En ambos casos la decisión de salir del lugar de origen se asocia a la necesidad de asegurar los medios que permitan la sobrevivencia de las familias, dado el abandono que enfrenta el campo y las limitadas alternativas de empleo e ingreso para sus pobladores. El estudio que realizaron Beatriz Martínez Corona y José Alvaro Hernández Flores en el municipio de Cuauhtémoc, ubicado en la región manzanera de Chihuahua, aborda el fenómeno migratorio rural-rural, que implica conocer a las y los jornaleros agrícolas como parte de un amplio grupo de la población campesina e indígena que se relaciona a la dinámica de los mercados de trabajo rural en torno a las empresas agro-exportadoras o de elevado consumo para el mercado interno, propiciando con ello una mayor demanda de mano de obra, que ha llevado a intensificar las corrientes migratorias internas a lo largo y ancho del país. Generar conocimiento acerca del proceso migratorio de la población jornalera rarámuri es el objetivo principal de este volumen, así como acercarse a la problemática de las mujeres rarámuris trabajadoras agrícolas y los integrantes de los grupos domésticos migrantes desde la perspectiva de género, y también aproximarse a las prácticas que las y los integrantes de las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) y otros actores sociales realizan a favor de la población rarámuri en la región productora de manzana en el noroeste del estado de Chihuahua. Señalan quienes documentan la investigación, que las y los rarámuris indígenas viajan en familia. Hombres y mujeres se contratan para desempeñar diversas labores y su experiencia migratoria incide sobre sus condiciones de vida. Se afirma en el texto que para las y los jornaleros rarámuris, el “hambre” es un tópico recurrente, principalmente cuando se explican las causas que originan la migración, ello revela las extremas condiciones de pobreza que privan en la Sierra Tarahumara.

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Respecto a las condiciones trabajo de las y los rarámuris se precisa que no son diferentes a las que predominan con las y los jornaleros migrantes en otras partes del país. La contratación es informal, empresas y patrones no firman ningún tipo de contrato, por lo que en términos legales el vínculo laboral no existe, no generan antigüedad laboral, ni derecho a las mínimas prestaciones y los patrones no asumen responsabilidad legal frente a los riesgos asociados al trabajo. Los servicios como comida, albergue, guarderías y consultas médicas son concesiones que se otorgan de manera voluntaria y la mayoría de las veces tienen un costo. Las jornadas de trabajo son extensas a cambio de salarios ínfimos; existe hacinamiento y falta de higiene en los albergues y campamentos donde se instalan las familias; se presenta una alta incidencia del trabajo infantil en los campos de cultivo; carencia de servicios básicos de salud, educación y alimentación; y discriminación y exclusión social. Todo esto, ante la indiferencia de las autoridades y empresas agrícolas hacia las necesidades de la población indígena jornalera, en particular, la conformada por niños y mujeres que les acompañan. Frente a lo anterior, la importancia de las organizaciones civiles, como promotoras y defensoras de los derechos humanos de los jornaleros agrícolas, radica en que, tanto a nivel nacional como internacional, estos trabajadores conforman uno de los sectores más desprotegido de la población migrante. En el caso de las y los jornaleros agrícolas en México, la incidencia de las organizaciones civiles se torna más necesaria y urgente, dadas sus condiciones de vida y de trabajo. Los resultados y las propuestas que se presentan en esta investigación pueden contribuir, si hay voluntad política, al diseño de estrategias, planes y programas que abonen a la solución de la problemática compleja que enfrentan hoy en día, las y los jornaleros rarámuris. Blanca Suárez San Román GIMTRAP, A.C.

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INTRODUCCIÓN

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El municipio de Cuauhtémoc, en el noroeste del estado de Chihuahua, está considerado como una de las zonas de producción frutícola más importantes del país. Año con año, está región atrae a más de 5 mil 500 trabajadores migrantes –la mayoría de ellos de origen rarámuri–, aunque diversas fuentes señalan que al considerar a los y las integrantes de los grupos domésticos jornaleros, pueden acudir durante el período de cosecha, hasta 10 mil personas de la etnia rarámuri. Esta población se integran a partir de la venta de su fuerza de trabajo a la cosecha de manzana, cuyo valor de producción, tan sólo en este municipio, supera los mil millones de pesos anuales (SIAP, 2010). A diferencia de otros circuitos migratorios, donde los varones emigran temporalmente en busca de empleo a las grandes ciudades o campos de cultivo, las y los rarámuris indígenas que se desplazan hacia la zona manzanera de Cuauhtémoc suelen viajar en familia. La inmersión de los grupos domésticos indígenas en el contexto urbano implica, entre otras cosas, la conformación de nuevos arreglos familiares, la integración a nuevos entornos de trabajo, y la adopción de esquemas culturales inéditos (Sentíes, 2007). Diversos autores (Pombo, 2007) señalan que la población jornalera indígena de México afronta una serie de desventajas, derivadas de su origen étnico y su condición de pobreza y exclusión, que la coloca en una situación vulnerable, en medio de la indiferencia, el racismo y la subordinación. A la exclusión de etnia que enfrentan la mayor parte de los jornaleros agrícolas, habría que agregar la de género y generación que afecta a las mujeres, niños y niñas indígenas migrantes, quienes en su conjunto, integran la población más indefensa y marginada del país (De Grammont, 2001). A partir de las características del contexto socio cultural de la región, es importante conocer la forma en que la experiencia migratoria incide sobre las condiciones de vida de la población jornalera rarámuri, diferenciando sus vivencias y

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INTRODUCCIÓN

afectaciones por género y generación. Asimismo, se considera relevante detectar la relación e interés de las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) por atender esta problemática, así como sus necesidades de fortalecimiento y formación en materia de género, etnia y relaciones interculturales. El objetivo principal de este trabajo consistió en generar conocimiento sobre el proceso migratorio de la población jornalera rarámuri, así como sobre la problemática de género y etnia de las mujeres rarámuris trabajadoras agrícolas y los integrantes de los grupos domésticos migrantes, asimismo explorar la percepción y prácticas de las y los integrantes de las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) y otros actores sociales interesados en la atención de esta población en la región manzanera del noroeste del estado de Chihuahua. Para guiar la investigación se plantearon las siguientes hipótesis de trabajo: I. Durante el proceso migratorio, mujeres y hombres rarámuris integran cambios en sus relaciones de género e identidades a partir de la relación que establecen con otros grupos sociales diferenciados culturalmente. II. Las expectativas de hombres y mujeres rarámuris en relación a mejoras en alimentación, atención a la salud, condiciones de trabajo y educación en el proceso migratorio, están mediadas por su cosmovisión y construcciones genéricas. III. Las acciones de las y los integrantes de Organizaciones de la Sociedad Civil en Cuauhtémoc, Chih., se caracterizan por ser de tipo asistencial; su percepción de la problemática está permeada por el desconocimiento de la cultura rarámuri y de las metodologías para impulsar procesos locales de desarrollo con perspectiva de género, etnia e interculturalidad. Debido al énfasis de este trabajo en la subjetividad y percepción de las y los sujetos de estudio, se planteó como fundamento de la investigación el uso de técnicas cualitativas que permitieran analizar, interpretar y comprender las prácticas sociales y culturales que despliegan en sus respectivos contextos, al tiempo de expresar la interrelación existente entre sus condiciones de vida y los significados subjetivos que otorgan a las mismas. Este tipo de aproximación metodológica, de carácter interpretativo, inductivo, multimetódico y reflexivo, emplea métodos de análisis y de explicación flexibles y sensibles al contexto social en el que los datos se producen; y presupone la práctica real y el intercambio de subjetividades entre el investigador y las y los sujetos de la investigación (Vasilachis, 2007). Un aspecto de vital importancia en las investigaciones de índole cualitativa es el que se desprende del adecuado manejo de las técnicas de recolección y análisis de la información, las cuales están orientadas básicamente a la comprensión de significados. Las técnicas de obtención de información empírica que se utilizaron en el estudio fueron las siguientes:

a) El análisis de contenido. Utilizada fundamentalmente durante la etapa de documentación. Consistió en una extensa revisión bibliográfica y hemerográfica con la finalidad de construir teóricamente el problema y documentar el contexto de la investigación. La revisión incluyó estadísticas oficiales generadas a nivel estatal, municipal y local, planes de desarrollo, notas publicadas en diarios y revistas, y bibliografía académica, entre otros. Esta técnica se utilizó tanto en la elaboración del marco teórico y de referencia, como en la sistematización y análisis de los datos. b) La observación. Reconocida como una poderosa herramienta para la investigación social (Ruiz, 1999) la observación es el proceso de contemplar sistemática y detenidamente cómo se desarrolla la vida social, sin manipularla, ni modificarla, tal cual ella discurre por sí misma. En el presente estudio se utilizó de manera particular la observación participante, la cual implica la interacción social entre el investigador y los informantes en el contexto en el cual se desenvuelven estos últimos. Esta técnica fue utilizada a lo largo del trabajo de campo, tanto en las visitas exploratorias, como en las entrevistas, y los recorridos en huertos frutícolas, que se desarrollaron durante la temporada de desaije y cosecha de la manzana (mayojunio y agosto-septiembre-octubre) en el municipio de Cuauhtémoc, Chihuahua, durante 2010. c) La entrevista. Definida como una situación construida o creada, con la intención de que un individuo pueda expresar en una conversación ciertos aspectos esenciales sobre sus referencias pasadas o futuras, la entrevista fue la herramienta principal que se utilizó a lo largo de este trabajo (Vela, 2001). El tipo de entrevista que se llevó a cabo fue la entrevista no estructurada en su modalidad de entrevista a profundidad. Este tipo de entrevistas permiten registrar y entender las perspectivas de los entrevistados acerca de su vida, experiencias o situaciones personales, tal y como éstas son expresadas, con sus propias palabras. Previo a las entrevistas, se elaboraron guías de entrevista con las categorías y los temas básicos a tratar en cada sesión. Las entrevistas se aplicaron a un total de 49 hombres y mujeres rarámuris que trabajan de forma temporal en los campos agrícolas de Cuauhtémoc, o que forman parte de los grupos domésticos de las y los jornaleros y que pertenecen a los municipios de Carichí, Bocoyna, Urique, Guachochi, Uruachi, Batopilas, Chihuahua y Cuauhtémoc. Cabe señalar que dado el desconocimiento de la lengua rarámuri, hubo en algunos casos dificultades para lograr la confianza y comunicación con los y las entrevistadas, pese a que se contaba con el apoyo de traductoras. Por otro lado, se llevaron a cabo 26 entrevistas a integrantes de la sociedad civil, funcionarios municipales, estatales y federales, y otros informantes clave, para conocer su percepción y actuación con respecto a la situación y condiciones de vida de la población rarámuri migrante. También se entrevistó a empresarios y productores miembros de la población menonita y mestiza involucrados con la

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INTRODUCCIÓN

producción de manzana. Todas las entrevistas fueron grabadas y transcritas, y se elaboró una base de datos con la información básica de las y los entrevistados. Cabe señalar que para proteger la identidad de las personas entrevistadas, sus testimonios aparecen referidos con otros nombres. d) Grupos focales. El grupo focal es una técnica de investigación cualitativa que permite enfocar un tema o problema de manera exhaustiva, apelando a un determinado número de personas con características homogéneas entre sí (Kruger, 1991). Al igual que en la entrevista en profundidad, en el grupo focal se establece una conversación directa, abierta e informal con las y los sujetos de estudio; la diferencia radica en que las opiniones y los temas son tratados de manera grupal o colectiva, lo cual enriquece la información obtenida, como consecuencia del intercambio de opiniones y la discusión de los temas. Esta técnica permite conocer diferentes motivaciones, percepciones, aprendizaje, actitudes, rasgos psicológicos y creencias que influyen finalmente en el comportamiento de las y los sujetos (Ibid), así como identificar problemáticas comunes, utilidad que comparte con los diagnósticos participativos y otras técnicas. Como parte de esta investigación se desarrollaron dos grupos focales. El primero, con integrantes de la OSC Albergue Tarahumara Minita y 30 huéspedes de dicho albergue, quienes forman parte de la población rarámuri migrante que acude a laborar, principalmente, en la cosecha de manzana. El segundo grupo focal se llevó a cabo con integrantes de nueve organizaciones de la sociedad civil, interesadas en el desarrollo de acciones a favor de la población jornalera migrante de origen rarámuri. La intención de este grupo focal fue conocer qué acciones realizan las OSC como parte de su objeto social, cuáles de éstas se dirigen a la población rarámuri migrante, y cuál es la percepción que tienen acerca de la problemática migratoria en Cuauhtémoc. Los temas que se exploraron fueron: la migración jornalera rarámuri en el contexto urbano; la perspectiva metodológica de los modelos de atención dirigidos a dicho sector poblacional; y la presencia, o no, de la perspectiva de género, etnia e interculturalidad, como componentes transversales de las acciones desarrolladas por los organismos de la sociedad civil. Asimismo, a través de este grupo focal, se pudo detectar la valoración que las y los participantes tienen de sus conocimientos y saberes sobre temas relacionados con la gestión de proyectos de desarrollo social. En el capítulo uno de este trabajo, se hace una revisión teórica de los principales enfoques académicos utilizados para el análisis del fenómeno migratorio, en particular aquellos que retoman los ejes de género, etnia y clase para el estudio de las condiciones de vida y de trabajo de los jornaleros agrícolas migrantes. Asimismo, se señalan algunas de las características generales de la migración jornalera en México, así como de la sociedad civil organizada a favor de los derechos de las mujeres y la equidad de género.

En el capítulo dos se presenta una descripción del contexto regional en el cual se desarrolló la investigación, enfatizando aquellos factores que contribuyen a la conformación de Cuauhtémoc, como polo de atracción agrícola para la fuerza de trabajo indígena de la Sierra Tarahumara y de otras regiones del país. En el capítulo tres se describen las pautas migratorias de la población jornalera rarámuri, los factores de expulsión de sus localidades de origen, así como las condiciones de vida y trabajo en las zonas receptoras, incluyendo un apartado en el cual se analiza la forma en que se presentan las relaciones interétnicas a lo largo del proceso migratorio. El capítulo cuatro se centra en el análisis de la situación de las mujeres rarámuris migrantes, tanto en el ámbito doméstico, como en el laboral-productivo; en donde destacan aspectos tales como: la presencia de doble y triple jornada, la discriminación y violencia de género, los procesos de cambios identitarios, y el empoderamiento relativo de algunas mujeres; enfatizando la necesidad de incorporar la perspectiva de género en las prácticas institucionales y los modelos de atención dirigidos a la población jornalera rarámuri. En el capítulo cinco se describen los principales resultados de los grupos focales, entrevistas y talleres realizados con la sociedad civil organizada de Cuauhtémoc, destacando la percepción de los y las integrantes de las OSC locales con respecto a problemática que vive la población migrante rarámuri en la localidad, así como las metodologías y modelos de atención que sustentan sus intervenciones. Finalmente, se presentan las conclusiones finales de este trabajo, las aportaciones académicas del mismo sobre la problemática de los y las migrantes rarámuris, así como recomendaciones de política y posibles líneas de investigación.

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Ellos [los rarámuris] vienen algunas veces a las aldeas, empujados por un ansia de viajar, de ver, dicen ellos, cómo son los hombres que han errado. Para ellos, vivir en las aldeas es errar. Antonin Artuad

La migración está considerada como uno de los fenómenos sociodemográficos más relevantes de las últimas décadas. Para el ámbito académico y gubernamental, así como para las organizaciones de la sociedad civil, representa un enorme desafío en torno al cual se han desarrollado a lo largo de los últimos años innumerables investigaciones, programas, políticas públicas, instituciones y organismos que buscan regular los flujos migratorios y salvaguardar los derechos humanos de los y las migrantes. Hoy en día, la migración temporal o permanente de jornaleros agrícolas constituye una práctica social que cumple un papel primordial como parte de los sistemas de estrategias de reproducción1 que emprenden los grupos domésticos que habitan en el medio rural, y que con su trabajo, aportan a la producción y a la generación de capital en diversas regiones agrícolas del país. Arizpe (1980) ubica las prácticas migratorias como parte de una estrategia de adaptación de las familias campesinas a las condiciones que impone la modernización; en cuanto a la migración femenina, señala que el análisis debe partir de la relación entre los procesos macroestructurales, la división del trabajo por género y los condicionamientos relacionados con el ciclo vital femenino (Arizpe, 1989).
El sistema de estrategias de reproducción social es definido por Bourdieu (1990: 87) como “el conjunto de estrategias a través de las cuales la familia busca reproducirse biológicamente y, sobretodo, socialmente, es decir, reproducir las propiedades que le permiten conservar su posición social”.
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De acuerdo a esta autora, es a partir de la migración permanente de algunos de sus miembros, pero sobre todo, a través de la migración estacional y la temporal, que las familias campesinas captan recursos que les permiten continuar con la producción agrícola, así como asegurar su reproducción social. El estudio de procesos migratorios a partir del análisis de la unidad o grupo doméstico, permite la vinculación de procesos macroestructurales y microsociales, siempre y cuando se flexibilice o supere la noción de solidaridad social de los integrantes de la unidad o grupo doméstico (Ariza, 2000). Para ello, se deben incorporar al análisis, las relaciones sociales de género, parentesco y generación, introduciendo con ello la conflictividad y tensiones existentes en su interior; así como la noción de estrategias de reproducción y otros aspectos de orden cultural, como las ideologías de género y la etnicidad, además de cuestiones económicas y materiales Resulta notable cómo cada vez más familias campesinas e indígenas de México han incorporado a la migración como una parte importante, y a veces fundamental, de sus estrategias de reproducción. Si en el pasado la migración era vivida como una estrategia para complementar el ingreso de las actividades agropecuarias, hoy en día representa, para un número considerable de grupos domésticos, la opción primordial en torno a la cual se estructura la vida y el porvenir (D’Aubeterre, 1995). En su investigación sobre el papel de la migración interna e internacional en las estrategias familiares de reproducción de las poblaciones del Sotavento, en el sur de Veracruz, Del Rey y Quesnel (2004), señalan que en esta región la migración laboral representó durante décadas un recurso al que recurrían los campesinos más necesitados y carentes de medios que trataban de asegurar la sobrevivencia de su familias. En este sentido, la migración constituía sólo una práctica más, integrada a un sistema de estrategias de reproducción social que giraba fundamentalmente alrededor de la producción agrícola y de la tierra. A decir de estos autores, a partir del profundización de procesos de “desagrarización campesina”, así como de las implicaciones económicas y sociales derivadas de la adopción del modelo neoliberal que tuvo lugar durante la década de los ochenta, la migración comenzó a ocupar un papel central en las estrategias de reproducción social de las familias campesinas de esa región, de modo tal que en la actualidad, las prácticas migratorias han dejado de ser una opción, para convertirse en una actividad necesaria para garantizar la reproducción social de las familias, cuestión que se constituye como alternativa para grupos campesinos indígenas de diversas regiones del país. En el caso de la migración temporal –proceso cualitativamente distinto al de la migración de carácter permanente, en tanto que está directamente relacionada con la reproducción social de las familias campesinas e indígenas en sus lugares de origen– las prácticas migratorias forman parte inherente del ciclo reproductivo de los grupos domésticos, trastocando aspectos diversos de su vida cotidiana e

induciendo cambios en las dimensiones simbólica y subjetiva de sus identidades. Un ejemplo de ello es el caso de las poblaciones rurales del sur de Veracruz, anteriormente citado, el cual da cuenta de la forma en que las condiciones económicas y sociales adversas, derivadas de la aplicación de las políticas de cambio estructural promovidas por el gobierno mexicano en los últimos años, han trastocado las estrategias de reproducción social de las familias campesinas más desfavorecidas, orillándolas a migrar a otras regiones para seguir subsistiendo. Si bien el estudio de la migración internacional (Massey, et al., 1994) y de la migración rural-urbana (Arizpe, 1980) han acaparado buena parte de los esfuerzos académicos e institucionales en el país, la dimensión intrarrural del fenómeno migratorio ha cobrado interés en los últimos años (Lara, 1996; De Grammont, et al., 2004; Barrón, 2007), en particular, a partir de la incorporación del Programa Nacional de Jornaleros Agrícolas (Pronjag) –hoy, Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA)– como parte de la política social del Estado mexicano. En el caso de las políticas dirigidas al agro, éstas han privilegiado la producción agrícola apegada a estándares de competitividad internacional, sin considerar las necesidades y las condiciones de vida de una amplia franja de población rural constituida por unidades de producción minifundistas que practican una agricultura de subsistencia que no garantiza su reproducción social; las cuales sufren, además, los efectos de la degradación ambiental y del cambio climático, aún no suficientemente estudiados. Esto ha propiciado que amplios grupos de campesinos y de población indígena, consideren la venta de su fuerza de trabajo en mercados laborales que están lejos de sus lugares de origen, para garantizar su reproducción. En efecto, buena parte del movimiento poblacional en las zonas campesinas e indígenas de México se vincula a la dinámica de los mercados de trabajo rurales, en particular aquellos que se conforman alrededor de las unidades agrícolas de carácter empresarial, orientadas a la producción de cultivos para la exportación o de alto consumo nacional. Las transformaciones que estas unidades agrícolas han experimentado en los últimos años en términos de organización, tecnología, expansión de la frontera agrícola, e incluso, nuevos patrones de cultivo, han incidido en la reorientación tanto del volumen, como del movimiento de las y los trabajadores agrícolas, generando variaciones en los patrones de movilidad estacional. Así, la migración rural-rural que emprenden los jornaleros y jornaleras agrícolas, tiene su origen tanto en el deterioro de las condiciones de vida en las comunidades expulsoras y en la falta de alternativas locales de desarrollo, como en la demanda estacional de mano de obra en las zonas de atracción (Barrón, 2007). De esta forma, son los factores combinados de oferta y demanda, así como las necesidades de reproducción de las familias campesinas, principalmente, las que determinan el sentido y la dinámica de las corrientes migratorias internas.

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Por otro lado, tanto la dimensión intrarrural de la migración interna, como la internacional, están incorporando en las últimas décadas, estudios desde la perspectiva de género, en donde se analizan las relaciones de poder y desigualdades entre hombres y mujeres en los procesos migratorios, así como los cambios o transformaciones en sus subjetividades y en las relaciones entre intragenéricas al interior de los grupos domésticos. En ese sentido, destaca la necesidad de realizar estudios regionales en los que se examinen las relaciones de poder existentes entre la población jornaleras y los actores sociales presentes en el entorno socioeconómico y cultural donde se inserta temporalmente su fuerza de trabajo. La perspectiva de género en los estudios rurales La perspectiva de género irrumpe en el análisis social y se incorpora en los estudios rurales como una alternativa teórica y metodológica, de carácter incluyente, que permite analizar las relaciones de poder y desigualdad entre hombres y mujeres, develando las estructuras y los mecanismos sociales sobre las cuales se erigen las relaciones de dominación y subordinación que se dan entre los géneros. Como categoría analítica, el género alude a la construcción sociocultural de la diferencia sexual, es decir, a la manera en que hombres y mujeres aprenden a relacionarse e interactuar dentro de la sociedad (De Barbieri y De Oliveira, 1992; Hartog, 2001). Desde un punto de vista descriptivo, podríamos definir al género como la red de creencias, rasgos de la personalidad, actitudes, valores, conductas y actividades que diferencian a mujeres y a hombres (Burín y Meler, 1998). Tal diferenciación, es producto de un largo proceso histórico de construcción social, que no sólo determina o asigna lo que es propio o relativo a cada sexo, sino que además, valoriza a uno sobre otro, dando lugar a desigualdades y al establecimiento de jerarquías entre ambos (Van Dam, 1991). En términos generales, los estudios de género revelan la existencia de una percepción dominante de la cultura y de la historia, estructurada desde una postura androcéntrica, que se fundamenta en la arraigada creencia de que es la naturaleza biológica lo que determina lo que es natural o antinatural entre hombres o mujeres. La traducción de estas percepciones en principios organizadores y rectores de la vida social constituye el principal fundamento de una sociedad patriarcal e inequitativa, que está pensada y estructurada en función de los varones y sus necesidades (Dorr y Sierra, 1998). Así, las relaciones de poder que se establecen entre mujeres y hombres están atravesadas por la desigualdad. Este hecho tiene importantes secuelas en la estructura social, en la división del trabajo y en el ejercicio de derechos, en particular en los espacios rurales, donde existen pocas oportunidades para nuevas socializaciones que trastoquen los patrones que refuerzan y reproducen los estereotipos y patrones de género dominantes, y en donde la desvalorización de las

mujeres se ve reflejada en la escasez de oportunidades de trabajo bien remunerado, en barreras para el fortalecimiento de sus capacidades, en el aislamiento social, la exclusión y la pobreza, de manera que el proceso migratorio puede convertirse en un proceso que dé pauta a cambios en las identidades y subjetividades de las personas y, con ello, a la construcción de relaciones de género más equitativas. La perspectiva de género se sitúa como una visión crítica y explicativa de las relaciones entre los géneros, que ubica las relaciones de dominación entre hombres y mujeres como un producto cultural (Martínez, 2000). Al mismo tiempo, contribuye con elementos metodológicos útiles en la deconstrucción de la cultura de dominación, por lo que constituye una herramienta para la denuncia y la transformación de modelos inequitativos que se traducen en relaciones desiguales y opresivas entre los géneros. La inclusión de dicha perspectiva como parte de los estudios rurales, ha permitido rendir cuenta de fenómenos sociales inéditos, tales como la feminización de la agricultura y otros aspectos vinculados a la migración internacional (Suárez, Bonfil y Escamilla, 1997; Barrón, 2007); la incorporación de las mujeres a los circuitos migratorios regionales y transnacionales (Arias, 1995; D’Aubeterre, 1995; Woo, 2007) las transformaciones identitarias de las mujeres campesinas (Alberti, 1999; Fagetti, 1995; Nava, 2007); así como de otros fenómenos sociales, que si bien han estado siempre presentes en el medio rural, habían sido invisibilizados en la literatura científica como consecuencia de la ceguera de género en los espacios académicos. Algunos de ellos son: la violencia hacia las mujeres en las zonas rurales e indígenas (Oliveira, 1996; Martínez y Mejía, 1997); las dinámicas sociodemográficas y las aportaciones de la participación femenina a la reproducción social de los grupos domésticos campesinos (Menkes, 2008; González, 1991, Arizpe, 1993) y la feminización de la pobreza, entre otros (Szasz, 1994; Salles y Tuirán, 1999; Garza, Gómez y Zapata, 2007). La incorporación de la perspectiva de género como un eje transversal en los estudios rurales, ha propiciado el desarrollo de investigaciones orientadas a visibilizar la problemática compleja que afrontan las mujeres campesinas en sus diferentes ámbitos de interacción, incidiendo en la introducción paulatina de políticas públicas a favor de la equidad de género, la reducción de la discriminación, y el fomento de acciones que favorezcan o faciliten el empoderamiento. Asimismo, los acuerdos firmados por el gobierno mexicano en conferencias de las Naciones Unidas para eliminar todas las formas de discriminación hacia las mujeres y los movimientos sociales de mujeres, han influido en la agenda de las agencias internacionales de cooperación y de las instituciones nacionales, las cuales destinan recursos a la incorporación de la perspectiva de equidad de género en leyes, políticas y programas gubernamentales, acciones de la sociedad civil organizada, así como la investigación con esta perspectiva, además de impulsar el desarrollo de capacidades y participación de las mujeres en varios contextos.

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Si bien algunos tópicos como la participación de las mujeres en el mercado laboral, la discriminación en el acceso a recursos, y la violencia doméstica, aparecen en investigaciones desarrolladas desde la perspectiva de equidad de género, existen una serie de temas emergentes, que no han sido lo suficientemente explorados. Uno de ellos, es el que se vincula con el fenómeno migratorio –en particular, el de carácter interno– desarrollado por las y los jornaleros campesinos e indígenas, que año con año se desplazan de sus comunidades de origen hacia los campamentos agrícolas en busca de trabajo e ingresos que contribuyan a la reproducción de sus familias. Género y migración El contexto académico de los estudios que abordan la relación entre género y migración se puede sintetizar en el recuento que desarrollan diversos autores y autoras (Rodríguez, 2005; Rea, 2007; Szasz, 1994a) quienes coinciden en señalar que fue hasta la década de los setenta que los estudios sociodemográficos y antropológicos comenzaron a cuestionar la idea de que la migración era un fenómeno exclusivamente masculino. Hasta entonces, la participación de las mujeres había sido poco atendida por las y los estudiosos del tema ya que se consideraba a éstas únicamente como acompañantes del padre, esposo o marido, es decir, no eran contempladas como un actor significativo en el proceso migratorio. La ausencia de una perspectiva que visualizara a la migración como un fenómeno diferenciado a partir del género, propició que los distintos procesos que viven hombres y mujeres por separado, fueran ignorados desde la investigación académica, e incluso, pensados, descritos y comprendidos como un mismo fenómeno. A mediados de la década de los setenta, a partir de los estudios sobre los mercados laborales, comenzó a abrirse una brecha en los estudios sobre migración, reconociendo el papel de de las mujeres migrantes como trabajadoras y no como simples acompañantes. Rodríguez (2005) refiere que a lo largo de este periodo fueron tres las dimensiones analíticas más estudiadas: el efecto del trabajo extradoméstico remunerado y las condiciones de vida y trabajo de las mujeres migrantes; las implicaciones de las experiencias laborales; y las cambiantes vinculaciones entre el género y otros ejes de inequidad (clase y etnia) con relación a los procesos migratorios. No obstante, fue hasta la década de los ochenta, que se incorporó plenamente la perspectiva de género como categoría de análisis en el estudio del fenómeno migratorio, haciendo posible la identificación de las formas y características que asume la participación de las mujeres, así como de los procesos de continuidad, cambio cultural a nivel individual y comunitario que se originan a partir de la migración interna e internacional.

Al contemplar por primera vez al género como categoría de análisis para explicar y dar cuenta de los procesos migratorios y la migración femenina, se avanzó en la problematización y formulación de proposiciones teórico-metodológicas e interpretativas sobre el papel de las relaciones genéricas en tales procesos y su impacto en las unidades domésticas, lo que permitió incorporar nuevos temas a la agenda de investigación. Así, además de profundizar sobre el tema de los mercados de trabajo, se hicieron estudios sobre las estructuras de autoridad y las relaciones familiares de género como condicionantes de la migración (De Oliveira, 1984); las características de la migración femenina intrarrural desencadenada a partir de la expansión de los mercados de trabajo femeninos en zonas rurales y semi rurales (Arias, 1995; Arias y Mummert, 1987; Lara, 1986; Roldán, 1982); así como del impacto de la movilidad espacial y de la inserción laboral femenina en la condición de subordinación de las mujeres (Mummert, 1986, Rosado, 1990, Barrón, 1993), entre otros aspectos relevantes. Para Ariza (2000) la década de los noventa marcó el inicio de un periodo de apertura y enriquecimiento del género como categoría analítica en los estudios migratorios, el cual es reconocible a partir de los esfuerzos interdisciplinarios que se realizaron en el plano metodológico por concebir a la migración como un fenómeno en el que el género aparece como un principio estructurante. En términos temáticos, a partir de esta década se dio una diversificación de las áreas de investigación, desplazando el foco de interés de la migración y los mercados de trabajo, hacia la vinculación dinámica del fenómeno con otras variables sociodemográficas (la dinámica familiar, la oposición entre espacios públicos y privados, la identidad femenina, las redes sociales, entre otros) con la idea de evaluar el impacto en la situación de las mujeres. En el plano analítico, por su parte, destacó el interés por acentuar la heterogeneidad de los procesos migratorios antes que su generalidad. La incorporación plena de la perspectiva de género ha permitido entender la migración de las mujeres como un fenómeno social que encierra diferencias en relación a la movilidad espacial de los varones. Hoy en día, se reconoce que la migración femenina responde a influencias económicas, sociales y culturales que aparecen vinculadas a la construcción social de lo masculino y lo femenino, y que afecta y es afectada por las relaciones de género (Chávez y Lozano, 2008), además de su vínculo con las estrategias de de reproducción de los grupos domésticos. Dado que las relaciones de género aparecen como determinantes de la movilidad espacial de las mujeres, se considera que la condición y posición2 desigual
Mientras que la condición alude al estado material en el que se encuentran las mujeres (pobreza, falta de educación y capacitación, excesiva carga de trabajo, desnutrición, falta de acceso a tecnología moderna, etc.), la posición se refiere a su ubicación social y económica con relación a los hombres, medida en términos de diferencias salariales y de oportunidades de empleo entre ambos, mayor vulnerabilidad de las mujeres a la pobreza y la violencia, acceso diferenciado a la propiedad de recursos productivos y al poder político, entre otros.
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que guardan las mujeres en la sociedad, influye y moldea las causas, motivaciones, características y consecuencias de sus movimientos migratorios (Moser, 1943). Ivonne Szasz (1994b) identifica una serie de factores sobre los cuales se erige la desigualdad de género y que inciden sobre la movilidad femenina. Destacan entre ellos, las diferencias en el acceso al mercado de trabajo por sexo y la asignación exclusiva de las tareas de la reproducción a las mujeres. A estos factores habría que sumar las construcciones sociales y culturales de hombres y mujeres que afectan el ejercicio de derechos de las mujeres –como las que regulan la sexualidad, la formación de uniones, la procreación y los condicionamientos sociales sobre el comportamiento de las mujeres casadas y solteras– las cuales limitan y moldean las decisiones que ellas pueden tomar, restringiendo severamente sus posibilidades de autonomía personal, de participación social y de movilidad geográfica. De esta manera, aunque los procesos que originan las migraciones femeninas y masculinas pueden tener elementos en común, su impacto y la manera en que la experiencia migratoria es vivenciada por unas y por otros, está diferenciada por género. Algunas de las principales aportaciones de la incorporación de la perspectiva de género al estudio de las migraciones son (INM, 2007): 1. El reconocimiento de las migrantes como trabajadoras y no solamente como acompañantes o migrantes asociadas a la migración de los varones, hecho que se manifiesta en la elaboración de numerosos trabajos que abordan la relación entre migración femenina y mercados de trabajo. Destacan en esta línea, el análisis de las diferentes formas de inserción de hombres y mujeres al mercado laboral; así como de las prescripciones socioculturales que pesan sobre unos y otras al momento de incorporarse en determinados espacios ocupacionales, físicos y sociales en los lugares de destino. Asimismo se contemplan las motivaciones y expectativas de las mujeres que migran y sus aportaciones a la economía familiar y comunitaria. La identificación del impacto que tiene el fenómeno migratorio en la vida de las mujeres, así como de las consideraciones culturales, económicas, sociales, familiares y personales que motivan la decisión de desplazarse. La descripción de las pautas migratorias, así como de las diversas situaciones que experimentan las mujeres a lo largo del tránsito entre sus comunidades de origen y destino, y durante su permanencia temporal definitiva en otras regiones. La generación y sistematización de información acerca de cómo se transforman las relaciones de género, la dinámica familiar y la organización social comunitaria a partir de los procesos migratorios y de la participación de las mujeres como un actor relevante en los mismos.

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La influencia de las condiciones de género sobre prácticas sociales y laborales de carácter discriminatorio que limitan las oportunidades de desarrollo de las mujeres, tanto en el ámbito económico-laboral, como en el humano, y que se manifiestan en la violación constante de sus derechos como mujeres y trabajadoras (trasgresiones a sus derechos sexuales y reproductivos, falta de servicios de salud vinculados a la función reproductiva, el desarrollo de dobles y hasta triples jornadas) más aún en contextos de pobreza y exclusión por su origen étnico o su estatus de migrantes indocumentadas.

Al ofrecer la posibilidad de estudiar a actores sociales que han permanecido “invisibles” no sólo en el campo académico, sino también en la esfera de las políticas públicas, la perspectiva de género se configura como una importante herramienta de análisis. En los estudios sobre migración, la incorporación de esta perspectiva ha permitido visualizar a las construcciones de género y a las relaciones de poder como mediadores de las transformaciones político-económicas macroestructurales y de las migraciones internas e internacionales (Chávez y Lozano, 2008). Asimismo, en tanto que la movilidad geográfica supone el intercambio no sólo de tecnologías, bienes materiales y mercancías, sino también de ideas, normas, símbolos y diversas expresiones del espacio donde se nace y se vive, el enfoque de género ha aportado elementos suficientes que permiten concebir a la migración femenina como un fenómeno que repercute en múltiples aspectos de la vida societal y cotidiana, tales como: la estructura familiar, las relaciones interpersonales, los roles de género, las actividades productivas, los modos de vida y las identidades (Rea, 2007) . Relaciones interétnicas entre jornaleros agrícolas migrantes y la población local Los pueblos indígenas son identificados generalmente por variables de idioma y autoidentificación, así como otros aspectos relacionadas con las costumbres y formas de organización propias. La definición de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) toma en consideración la autopercepción y determinación por preservar su existencia como pueblo, independientemente de su espacio de residencia, destacando el papel de sus ideas, creencias y costumbres comunes (Rodríguez, 2005). El Programa Nacional de Jornaleros Agrícolas, ubica en 58% el porcentaje de jornaleros que forman parte de la población indígena en todo el país (Pronajag, 1997) lo que evidencia la importancia que asume la migración temporal como parte de sus estrategias de reproducción social. La migración interna de población proveniente de diferentes entidades de la República Mexicana, es un fenómeno que se presenta de forma periódica y constante en regiones que acusan un acelerado desarrollo agrícola o agroindustrial. Este tipo migración tiene su origen en el empobrecimiento y descapitalización de los habitantes

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de las comunidades indígenas y campesinas del país, quienes ante la imposibilidad de mantener una actividad económica permanente durante todo el año en sus lugares de origen –ya sea por las precarias condiciones de sus sistemas productivos o por la existencia de conflictos políticos y agrarios–, se ven obligados a emigrar a otras regiones en busca de ingresos económicos que permitan su reproducción social. La movilidad de la población jornalera ha sido una de las limitantes en cuanto a su estudio como clase social; en este proceso participan una gran diversidad de etnias que coexisten bajo diversas modalidades, dando lugar a estrategias de resistencia cultural o a la absorción paulatina por otras formas culturales, significados, papeles o asignaciones de la sociedad dominante (Chávez y Landa; 2007). En este sentido, se trata de una población que se encuentra inmersa en luchas por el espacio territorial y sus significados socioculturales (Lara, 2010). Año con año, numerosos contingentes de trabajadores agrícolas, de origen indígena, se desplazan de sus localidades de origen hacia los complejos agrícolas y agroindustriales para desempeñar diversas labores. En las comunidades de origen esta modalidad de migración puede traducirse en la desintegración del núcleo familiar, el rompimiento del tejido social y la pérdida de valores comunitarios tradicionales. Asimismo, para los indígenas sin tierra, puede también presentarse la opción de asentarse en las regiones de atracción, enfrentando también nuevas situaciones y adaptaciones culturales que garanticen su sobrevivencia. En las zonas de destino, la mayor parte de los migrantes indígenas enfrentan una situación de alta vulnerabilidad al encontrarse lejos de sus comunidades de origen y de sus estructuras de apoyo tradicional, por lo que sus condiciones, de por sí precarias, tienden a agravarse (Sentíes, 2007). La ausencia de alternativas en los lugares de origen, aunada a la insuficiencia de políticas públicas orientada a la atención de la población migrante, trabajadora agrícola, se suele manifestar en graves problemas de salud, desnutrición, exclusión social, discriminación, maltrato y violación de sus derechos humanos por parte de las autoridades locales y otros actores en las zonas de atracción y de trabajo. Si bien la precariedad y marginalidad son elementos compartidos por la población migrante, el caso de las y los jornaleros indígenas es particular, ya que además de la problemática inherente a su condición de clase, enfrentan una serie de limitantes y restricciones derivadas de su adscripción étnica. Los migrantes indígenas, pertenecientes a diversos grupos étnicos3 del país, son en su mayoría monolingües, hablan sus propias lenguas con sus diferentes formas dialectales. Pese a su carácter itinerante, conservan ciertos rasgos esenciales de su
La etnicidad ha sido entendida como los procesos presentes y actuantes de la subjetividad colectiva de un grupo culturalmente identificado con sus raíces ancestrales, que las actualiza a través de procesos complejos de resignificación, donde los contenidos de género están relacionados a los contextos históricos (Díaz, 2011).
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identidad y su cultura originaria, manteniendo vigente una cosmovisión que por lo regular suele contraponerse a la occidental dominante. Frente a la expresión de estas manifestaciones culturales, es probable que los actores urbanos o institucionales con los cuales interactúan durante su tránsito y estancia migratoria, desarrollen y fortalezcan prejuicios étnicos y prácticas discriminatorias que se traduzcan en indefensión social y legal que acentué su ya de por sí precaria condición de migrantes. Adicionalmente, se debe considerar la compleja problemática que supone el encuentro entre dos o más culturas en un mismo espacio geográfico. Raesfeld (2006) señala que todo proceso de migración, sea a nivel local, regional, nacional o internacional, implica el contacto de los grupos o personas con un nuevo contexto cultural distinto al propio. Estas situaciones de contacto o “traslape” cultural conllevan el establecimiento de una comunicación entre miembros de distintos grupos. Es el caso de las zonas de destino, en donde conviven población nativa y migrantes; y de los albergues y campos de cultivo donde trabaja la población jornalera, integrada por campesinos e indígenas pertenecientes a diferentes grupos étnicos y culturales. Las diferencias culturales4 originan gran diversidad de relaciones que pueden ir desde la convivencia pacífica y cooperación mutua hasta la indiferencia, intolerancia, discriminación y explotación. Por otro lado, el uso de diferentes idiomas en situaciones de de encuentros multiculturales dificulta aún más el entendimiento entre grupos y personas. París Pombo (2007) señala que a lo largo del proceso migratorio, los encuentros y las confrontaciones interétnicas no sólo se multiplican, sino que adquieren diversos matices dependiendo del contexto de la sociedad receptora. Esta investigadora pone como ejemplo el caso de los triquis que laboran en los campos agrícolas de Sinaloa, Sonora y Baja California, los cuales conviven de forma muy intensa con grupos de mixtecos oaxaqueños y guerrerenses, y en menor medida con mestizos de otros lugares de la República, que junto con los mixtecos que migran hacia el Noroeste de México, han ido conformando a lo largo del tiempo un sentido común de etnicidad5. En contraparte, señala, este mismo grupo étnico, en los campos de California, constituye el grupo de jornaleros indocumentados más explotado y más vulnerable de la región por su evidente visibilidad, su falta de dominio del español, y su diferencia étnica. Por otro lado, diversos estudios (Bello, 2007; Muñoz, 1997; Rodríguez, 2005) muestran cómo la interacción comunitaria en el nicho migratorio está reforzada por
La multiculturalidad implica la interacción entre personas o grupos de diferentes culturas, entendiendo la cultura de pertenencia no únicamente como la cultura material, sino como un sistema de sentidos, válido para un gran grupo de personas, que incluye la organización social y la comprensión de los significados simbólicos del grupo (Raesfeld, 2006). 5 De acuerdo con Bartolomé (1997:60), la etnicidad es un conjunto de emblemas que le dan un contenido político al hecho de pertenecer o sentirse parte de un grupo particular; se trata, en este sentido, de la conciencia étnica llevada a la práctica.
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el hecho de que en los campos agrícolas, la asignación de viviendas y cuadrillas de trabajo suelen corresponder al criterio del paisanaje, situación que refuerza la identidad étnica y comunitaria en base a la cual, las y los jornaleros indígenas contrarrestan el carácter precario y transitorio de la experiencia migratoria y conforman mecanismos de defensa frente las relaciones de discriminación social y cultural de la que son objeto. Aunque los jornaleros agrícolas que trabajan en territorio nacional no se ven expuestos a las degradantes condiciones de inseguridad jurídica y legal que enfrentan sus pares en Estados Unidos como consecuencia de su estatus como indocumentados; no se puede dejar de lado que en nuestro propio país, hombres y mujeres indígenas conviven con la sociedad nacional bajo relaciones de dominación de origen colonial y de discriminación étnica y racial. A esta condición se añade su ubicación entre los sectores marginados y extremadamente pobres en una estructura social clasista, crecientemente jerarquizada y polarizada (Oehmichen, 1999). Si bien estas condiciones son compartidas tanto por hombres como por mujeres indígenas, las relaciones sociales de género colocan a estas últimas en una condición de vulnerabilidad extrema que se deriva, por un lado, de las relaciones que las mujeres mantienen al interior de sus grupos de adscripción y, por otro, de la interacción de sus grupos de pertenencia con la sociedad dominante y hegemónica (Alberti, 1994, González, 1993; Lagarde, 1993; Sánchez y Barceló, 2008). En efecto, las mujeres indígenas migrantes tienen como común denominador, una situación de mayor desventaja debido a que están sometidas a cuatro tipos de exclusión: la de clase, la étnica, la que acompaña a su condición de migrantes y la que se deriva de su condición de género6. Pese a que el género, junto con la etnia y la clase constituyen los tres grandes modos de diferenciación y jerarquización social (Millán, 1993), el cruce entre las dimensiones de género y etnicidad en los estudios migratorios constituye uno de los temas menos abordados de la literatura (Sánchez y Barceló, 2008). No obstante, en los escasos estudios realizados, se analiza la influencia de los procesos migratorios en las relaciones e identidades de género, en la conyugalidad, así como las diferencias y desigualdades presentes en los mismos para hombres y mujeres (Rodríguez, 2005; Chávez y Guevara, 2007). Por otro lado, junto con el análisis de género, etnia y clase es necesario incorporar las variables de ciudadanía, dominación cultural y redes sociales, las cuales determinan, en su conjunto, la posición social del migrante en las distintas sociedades receptoras (Lara, 2010).
Este análisis ha sido discutido también considerando las posibles implicaciones etnocentristas construidas a su alrededor, esto es, tomando en consideración quién hace el análisis, para develar posibles sesgos etnocentristas “occidentales” en el estudio de la articulación entre género y raza, entre identidades culturales e identidades de género, y del vínculo entre el racismo, la posición de dominación u opresión y las prácticas e ideologías patriarcales (Hernández y Suárez, 2008).
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Rodríguez (2005) señala algunas prácticas sociales discriminatorias dirigidas a las mujeres pertenecientes a grupos étnicos diferenciados. Destacan entre éstas los prejuicios, que son opiniones o ideas que una persona se forma con relación a otra, o en relación a un grupo determinado, obedecen a cuestiones subjetivas adquiridas y reproducidas socialmente, y generalmente se traducen en reserva o rechazo. Los estereotipos, por su parte, son creencias rígidas y generalizadas sobre grupos de personas, que son concebidas como portadoras de un conjunto de características similares; entre estos pueden ubicarse los estereotipos de género, que atribuyen determinadas características o atributos a las mujeres; o los relacionados a la identidad indígena, en donde, desde la sociedad mestiza nacional, se les considera flojos o se les menosprecia por el simple hecho de ser diferentes. Finalmente, está la intolerancia, práctica asociada a la incomprensión, temor o rechazo a lo que se considera diferente, en donde no se respetan las distintas opiniones, costumbres, tradiciones y modos de vida distintos a los propios. Todos estos elementos son a la vez causa y efecto de la discriminación. La realización de estudios e investigaciones que recuperen estas dimensiones básicas en el análisis de los flujos migratorios internos y de las situaciones que enfrenta la población migrante, resulta de vital importancia para la construcción de condiciones locales que permitan a los y las jornaleras indígenas desarrollar sus potencialidades para lograr la equidad entre los géneros, la interculturalidad y una vida digna. Los jornaleros agrícolas migrantes en México Como se ha señalado, las y los jornaleros agrícolas migrantes son aquellos que año con año se mueven de su localidad de origen a las regiones que cuentan con un mercado de trabajo dinámico, en donde laboran por espacio de varios meses, y en las que una vez concluida la cosecha, regresan a sus comunidades, conformando con ello un patrón migratorio de carácter circular o pendular. Así, la migración temporal con fines agrícolas, de carácter estacional, se puede definir como “aquella que se orienta a cubrir las necesidades de mano de obra en determinadas actividades del ciclo agrícola; por lo común, en las cosechas de cultivos con un elevado insumo de trabajo, las cuales, al concluir el periodo de demanda intensa, hacen que estos trabajadores retornen a sus lugares de procedencia” (Rodríguez, 2005:45). Dos, son las principales razones que explican la migración rural-rural de la población jornalera en México. Por un lado, el deterioro de las condiciones de vida de los campesinos e indígenas del país como resultado de los procesos de reestructuración económica inducidos por la adopción del modelo económico neoliberal, así como el incremento de la población rural que carece de tierra o cuyas condiciones de producción se han visto deterioradas por causas ambientales. Por otro lado, la

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incorporación de México al proceso de globalización económica, ha repercutido en el reacomodo de las regiones productivas, consolidando nuevas zonas de desarrollo agrícola y agroindustrial que en determinadas épocas del año demandan mano de obra en cantidades que no puede satisfacer la oferta local. Al respecto, Barrón (2007) afirma que entre 1990 y 2000, mientras la mayor parte de los productos agrícolas experimentaban un decremento en la superficie cosechada, los cultivos industriales, los forrajes, las frutas y las hortalizas –cultivos intensivos en mano de obra– tuvieron una tasa de crecimiento positiva, resultado del aumento en las exportaciones, además de la expansión del mercado interno. La concentración del desarrollo agrícola empresarial en regiones con grandes ventajas agroecológicas y comerciales –en donde también se agrupa la infraestructura y los capitales nacionales e internacionales–, aunada a la descapitalización de las unidades productivas rurales y a la incapacidad de los mercados de trabajo locales para absorber la mano de obra desocupada, han generado a lo largo del tiempo, patrones migratorios pendulares que van de las zonas pauperizadas a los polos de atracción en un movimiento de ida y vuelta. Figura 1. Rutas migratorias: Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas

De acuerdo con estimaciones de la Sedesol (2006) existen en el país, al menos 73 regiones agrícolas conocidas como mercados de trabajo rural con fuerte demanda de trabajadores migrantes. Arroyo (citado por Rodríguez, 2005) consigna las principales rutas migratorias identificadas por el Pronjag por las que transitan las familias jornaleras del país: la ruta del Pacífico, la ruta del Golfo, la ruta del Sureste, la ruta del Pacífico Centro, la ruta Centro-Norte y la ruta Centro. Cada una de ellas posee características particulares en cuanto a al origen de los migrantes, el número de campos agrícolas que integran el circuito, la duración de los periodos de cosecha, el destino final de los cultivos y el carácter multiétnico de los jornaleros, entre otros aspectos. Al interior de cada corriente migratoria es posible identificar a las diferentes entidades que conforman las zonas expulsoras, de atracción o intermedias. Cada zona posee características y rasgos particulares de acuerdo a la forma en que se presenta el fenómeno migratorio (IMJ, 2008). La zona de atracción está integrada principalmente por los estados de Sinaloa, Sonora, Baja California Sur, Tamaulipas, Nuevo León, Morelos y la Comarca Lagunera que abarca parte de los estados de Durango y Coahuila. Esta zona cuenta con condiciones agroclimáticas e infraestructura propicias para el desarrollo de una importante producción agrícola comercial, basada, en buena medida, en la concurrencia masiva de mano de obra migrante. Figura 2. Zonas de atracción, expulsión e intermedias

Fuente: Sedesol (2006).

Fuente: Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (2004).

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Por su parte, las entidades que integran la zona de expulsión –entre las que destacan Oaxaca y Guerrero– presentan condiciones de minifundismo, caciquismo, erosión de los suelos, desempleo y altos índices de marginación que inducen a la población local a migrar en busca del trabajo asalariado que les permita subsistir. Finalmente está la zona intermedia, integrada por Veracruz, Puebla, Chihuahua, San Luis Potosí, Jalisco, Guanajuato, Colima, Michoacán, Nayarit, Durango, Tabasco y Chiapas, entidades en donde a la vez que se expulsa población local hacia los estados que integran la zona de atracción, se generan empleos para otras personas que llegan a establecerse en la región. La dinámica de estos mercados agrícolas es de carácter regional o local e incluye a jornaleros locales y circunvecinos que no implican grandes desplazamientos territoriales. De acuerdo con Sedesol (2006) en México la población jornalera está integrada por un grupo social muy heterogéneo de 3.1 millones de trabajadores y trabajadoras, de los cuales 1.2 millones son migrantes que en su mayoría provienen de los estados más pobres del país, como son Hidalgo, Guerrero, Oaxaca, Puebla y Veracruz. Si tomamos en consideración que este mismo organismo estima en 55.6% el porcentaje de jornaleros agrícolas que viajan con su familia, podremos percatarnos de que la migración temporal con fines agrícolas es un fenómeno que involucra a todo el grupo doméstico (PAJA, 2004). Para la población rural que se ve obligada a migrar con el objetivo de trabajar como jornalero o peón en la agricultura, ésta es una actividad transitoria en un doble sentido: por una parte, permite la incorporación de las y los jóvenes al trabajo asalariado, mientras que por otra, permite a las comunidades reproducir la experiencia migratoria. Los datos del Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA) muestran que la quinta parte de los jornaleros del país son jóvenes de 14 a 19 años, es decir, tres de cada diez jornaleras y dos de cada diez jornaleros que se emplean en el país, tienen menos de 20 años de edad (Sedesol, 2006). Dentro de las condiciones de vulnerabilidad y marginalidad económica propia de la condición de migrantes agrícolas, destacan en particular tres grupos sociales: el de los niños que acompañan a sus padres durante el viaje y que se ve expuestos a las mismas condiciones de vivienda, higiene y alimentación que sus progenitores, con el agravante de que muchos de ellos se ven obligados suspender su formación educativa básica; el de los indígenas que se ven discriminados durante el trayecto y su permanencia en los campos de cultivo por su condición socioeconómica y su origen étnico; y el de las mujeres que acompañan al trabajador con sus hijos, quienes además de trabajar en los campos de cultivo, cargan con la responsabilidad de desarrollar actividades reproductivas y de cuidado de sus respectivos grupos domésticos. En el caso de la población infantil, el Programa de Apoyo a Jornaleros Agrícolas calcula en cerca del 20% el porcentaje de niños y niñas de 6 a 14 años que for-

man parte de la población jornalera migrante (Sedesol, 2006). Los niños empiezan a trabajar entre los 7 y los 8 años. Para muchos de ellos, la jornada laboral es igual a la de los adultos, es decir, excede las 6 horas de trabajo máximas para los menores de 16 años, prescritas por la Ley Federal del Trabajo. Por lo regular, a partir de los 10 años, los niños son considerados formalmente como jornaleros y, debido a que su contratación depende de su capacidad física, es posible encontrarlos sujetos a las mismas cargas de trabajo que los adultos (Sedesol, 2010), o a salarios más bajos, a pesar de desempeñar la misma jornada de trabajo que sus padres. Este hecho se agrava por las carencias alimentarias y de salud que privan entre las familias jornaleras migrantes. De acuerdo con la UNICEF (2006), alrededor de 42% de los niños y niñas hijos de jornaleros agrícolas en México padece algún grado de desnutrición. Los padecimientos que sufren con mayor frecuencia estas niñas y niños son infecciones de las vías respiratorias, enfermedades gastrointestinales, dermatopatías, intoxicaciones, avitaminosis y desnutrición (ver imagen 1, anexo 2). Dada su condición de itinerante, muchos de ellos no logran recibir completas sus dosis de vacunas –el 43.4% de los niños menores de 8 años carece de cartilla de vacunación– lo que los hace vulnerables a enfermedades graves (PAJA, 2004). Si bien la incorporación de las y los hijos de los jornaleros agrícolas, al trabajo en los campos de cultivos ayuda a resolver el problema del ingreso familiar, contribuye a la deserción escolar, cancelando con ello las posibilidades de tener un empleo mejor remunerado en el futuro. En el ámbito educativo se estima que cerca del 61.1% de los hijos de familias jornaleras agrícolas –de entre 6 y 14 años de edad– no asiste a la escuela (PAJA, 2004). De hecho, se estima que uno de cada cuatro niños —de entre 6 y 14 años de edad— nunca ha asistido a la escuela; y una proporción similar abandona sus estudios para incorporarse al trabajo de tiempo completo. Sedesol (2006) ubica en 36% a la población jornalera de 5 años y más de origen indígena que migra de sus localidades hacia las zonas de atracción. Las diferencias socioculturales entre la población jornalera mestiza e indígena son evidentes y se traducen por lo regular en discriminación y condiciones mucho más precarias para estos últimos. Salmerón (2009) señala que mientras el 25% de la población mestiza es analfabeta, este porcentaje alcanza 50% entre la población indígena. La escolaridad, de por sí baja entre los jornaleros mestizos (quinto grado los hombres y cuarto las mujeres) se reduce en el caso de la población de origen indígena (cuarto grado los hombres y tercero las mujeres). Datos desagregados por sexo, han sido incluidos en datos presentados por el PAJA, por entidad de atracción de fuerza de trabajo, que muestra el índice de feminización de la fuerza de trabajo.

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Cuadro 1. Jornaleros atendidos por el PAJA, 2002

Cuadro 2. Jornaleros atendidos por el PAJA, 2003

Fuente: Barrón (2007).

Por asignaciones de género, las mujeres jornaleras están obligadas a desempeñar, además del trabajo en el campo, las labores domésticas. Para ellas, la jornada empieza de madrugada al preparar los alimentos, después se integran a las labores agrícolas y por la noche atienden tareas de mantenimiento y cuidado de las y los integrantes del grupo doméstico. Pese a ello, según la encuesta del Programa Nacional con Jornaleros Agrícolas (Pronjag) levantada en las 23 zonas agrícolas de alta demanda de mano de obra, mientras los hombres recibieron en promedio 1.9 salarios mínimos generales diarios, las mujeres recibieron sólo 1.6 y los menores de 11 años apenas 1.4 salarios mínimos diarios (Sedesol, 2010). Figura 3. Árbol de problemas, jornaleros agrícolas migrantes
Fuente: Barrón (2007).

No obstante, en cuanto a la proporción de mujeres dentro de la población jornalera, el porcentaje varía dependiendo la fuente de información. Los censos de INEGI, por ejemplo, sugieren que a nivel nacional las mujeres jornaleras representan apenas poco más del 10% del total. Sin embargo, los registros levantados por el Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas, tanto en las zonas de atracción como en las de expulsión, marcan una proporción distinta. Tal como puede apreciarse en los siguientes cuadros, el registro de población atendida por sexo en el 2002 y 2003 marca un alto porcentaje de mujeres jornaleras –que varía de entre 45 a 50% dependiendo del grupo de edad y la ubicación geográfica– del cual no rinden cuenta las estadísticas del INEGI. Barrón (2007) atribuye estas diferencias significativas a las limitaciones de los registros censales y a que las agregaciones estatales desdibujan la participación de las mujeres y sugieren un subregistro7.

Entre las limitaciones censales básica que señala, Barrón (2007) destacan las siguientes: 1) Los registros del censo suman jornaleros y peones de la actividad agropecuaria y de la construcción; 2) En el censo la unidad de análisis son los residentes habituales y las viviendas; 3) La definición actual de migrante interno tiene la limitación de que se considera migrante el que cambió de residencia de forma permanente, dejando en el limbo a los migrantes temporales.
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Fuente: Sedesol (2010).

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Las condiciones laborales y de salud son aún más precarias que las de sus cónyuges. Por desconocimiento de sus derechos laborales, las mujeres embarazadas se ven forzadas a trabajar prácticamente hasta el momento del alumbramiento, situación de suma gravedad si se toma en cuenta que sólo el 46.9% de las mujeres jornaleras embarazadas lleva algún control médico (Sedesol, 2004). Como se puede apreciar, la población jornalera migrante es un grupo heterogéneo, con características de vida y trabajo que aunque pueden parecer similares, adquieren en su contexto geográfico y socioeconómico, formas y aspectos específicos que pueden verse afectados por variables diversas, tales como, su adscripción genérica, etaria o étnica, sus pautas migratorias, sus localidades de origen y el tipo de labor y cultivo en el cual se ocupan (Sedesol, 2006). Lo anterior obliga desarrollar metodologías y estrategias de investigación, que profundicen sobre la problemática compleja de las y los jornaleros migrantes, de manera tal que se pueda focalizar sobre las necesidades concretas de este grupo poblacional en relación a los contextos regionales o locales particulares en los que éste se desenvuelve. Procesos migratorios e interculturalidad La migración es un fenómeno histórico universal que a lo largo del tiempo ha permitido la formación de grandes culturas tal y como las conocemos en la actualidad. En las últimas décadas, el contexto en el cual ocurre este fenómeno sociodemográfico ha propiciado que sus impactos sean más profundos. El fuerte flujo migratorio al que estamos asistiendo y el proceso de asentamiento cada vez mayor de grupos culturales diferentes, está poniendo a prueba la capacidad de los implicados para crear una comunidad nueva. El resurgimiento de fenómenos como la xenofobia, el racismo y la exclusión social, aunque con intensidad y manifestaciones distintas, según el contexto sociocultural en el que acontecen, son muestra patente de ello. No es exagerado afirmar que salvo excepciones, las sociedades actuales no están preparadas para las transformaciones que conllevan los contextos de interacción cultural (González, 2007). Quizá por eso, no resulta extraño que la discusión en torno a la interculturalidad se vincule principalmente a los problemas relativos a la migración (Zamora, 2003). De acuerdo con González (2007) el multiculturalismo inherente al fenómeno migratorio se ha traducido en conflictos intergrupales de diversa índole. De acuerdo a este autor, un fenómeno que se produce en numerosos intercambios culturales es el denominado “estrés de aculturación”, el cual es definido como la aparición de sentimientos de ansiedad y sorpresa ante las dificultades para adaptarse a los nuevos contextos culturales. El estrés de aculturación se manifiesta en una pérdida de referentes culturales propios; en la pérdida o alteración de normas y valores sin que

existan otros que los sustituyan; y confusión en la identidad individual y/colectiva que pueden implicar para la persona sentimientos de marginalidad o alienación. Entre las principales causas de este estrés se encuentran: la acumulación de traumas que se originan en el abandono de la localidad de origen, con todo lo que ello implica en términos afectivos y emocionales; las dificultades para insertarse en el nuevo contexto social y los problemas a los que han de enfrentarse los migrantes en el ámbito económico, laboral, administrativo, social y cultural; el sentimiento de pérdida familiar, de estatus y de rol social que implica el traslado temporal o definitivo del migrante; y el aislamiento social derivado de la ausencia de redes de apoyo, el desconocimiento del idioma y los usos cotidianos de interacción social, así como el rechazo por parte de la población mayoritaria (Ibid). Un aspecto fundamental que define el resultado de los intercambios culturales en contextos multiculturales, es la conducta que asume la sociedad de acogida en este proceso. Por lo regular, el etnocentrismo de las sociedades receptoras, que se manifiesta en la discriminación sutil o manifiesta hacia lo diferente, es un factor que suele generar frustración, impotencia y anomia entre los migrantes. Cabe señalar que la aparición de prejuicios étnicos o de discriminación ocurre tanto en las personas o grupos que migran, como en los que los acogen o reciben. En este sentido, el intercambio cultural constituye un proceso activo, de carácter bidireccional, en el que ambas partes son importantes para la definición de un modelo de interacción social, el cual puede incorporar elementos que van desde las vertientes asimilacionistas, segregacionistas o compensatorias, hasta aquellas que de carácter relacional, pluricultural, intercultural o incluso, antirracial (Ibid). El modelo intercultural propone la interrelación y conexión entre las diferentes culturas mayoritarias y minoritarias. Es un modelo en el cual se respeta la diferencia cultural y se promueve el diálogo y la comunicación entre los diferentes grupos étnicos y culturales que componen la sociedad. Tal como afirma Vallejos (2007) este modelo no apela al fortalecimiento de una cultura en detrimento de las demás (universalismo cultural); tampoco consiste en un respeto sagrado hacia las distintas tradiciones bajo la supuesta igualdad de las culturas (relativismo cultural); se trata más bien de un modelo relacional que, al tiempo de enriquecer y transformar la identidad cultural individual, está orientado a la creación de valores, normas y equipamientos comunes, que apunten a la construcción de un espacio común de convivencia en donde los distintos grupos culturales puedan interactuar. Un planteamiento de esta naturaleza implica la puesta en práctica de tres principios fundamentales que deben promoverse (Monzón, 2003: 59): 1) El principio de ciudadanía, el cual implica el reconocimiento pleno y la búsqueda constante de igualdad real y efectiva de derechos, responsabilidades, oportunidades, así como la lucha permanente contra el racismo y la discriminación.

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2) El principio del derecho a la diferencia, que implica el respeto a la diversidad de identidades y a los derechos de cada grupo étnico o grupo social. 3) El principio de unidad en la diversidad, que descansa sobre la construcción de la unidad nacional, siempre y cuando ésta no sea impuesta sino asumida por todos voluntariamente. Así, la interculturalidad aspira a la interacción entre culturas a través del respeto y el reconocimiento de las diferencias, haciendo del diálogo, uno de sus elementos más importantes y necesarios. El diálogo intercultural presupone que ningún grupo está por encima del otro, favoreciendo en todo momento la integración y convivencia. En este sentido, el establecimiento de relaciones interculturales involucra negociaciones e intercambios que apuntan al desarrollo de una interacción social equitativa entre personas, conocimientos y prácticas diferentes; partiendo del reconocimiento de las desigualdades sociales, económicas, políticas y de poder que median toda relación social (Servindi, 2005). Por supuesto que las relaciones interculturales, no están exentas de conflictos. Sin embargo, la perspectiva intercultural considera que estos podrán resolverse a través del respeto muto, el intercambio de saberes y experiencias, la escucha mutua, la concertación y la convivencia social. De esta forma, en la medida en que se pongan sobre la mesa las necesidades, intereses, percepciones y valores de los distintos grupos culturales, y que los actores estén convencidos de emprender un diálogo que se rija bajo los lineamientos que prescribe la interculturalidad, será posible que incluso las visiones más encontradas puedan conocerse, comprenderse y confluir en proyectos de largo plazo que beneficien a todos. En un entorno donde prevalecen grandes desigualdades económicas y sociales y en donde la distribución asimétrica del poder político y económico se traduce en la imposición de una sola voz y una sola manera de interpretar la realidad, la apuesta por la interculturalidad constituye una modalidad de resistencia, que se opone a esa tendencia homogenizante, culturalmente empobrecedora, que aísla y excluye al “otro” negándole toda posibilidad de desarrollo. De ahí la importancia de promover procesos que apunten a la construcción de relaciones interculturales, sobre todo en contextos culturalmente diversos, como el que caracteriza a los territorios en los que confluyen migrantes provenientes de diversas etnias, con diferentes modos de vida, esquemas de percepción y patrones de comportamiento. La sociedad civil en México Una de las transformaciones más destacadas de las últimas décadas, ha sido el enorme crecimiento que se ha registrado en nuestro país de las organizaciones civiles. En efecto, las últimas tres décadas se han caracterizado por un incremento cuantitativo, pero también en grado de complejidad, del tejido asociativo mexicano. Este creci-

miento inédito viene aparejado de la puesta en escena de un concepto que en los últimos años ha cobrado relevancia académica e ideológica: la sociedad civil. Desde las concepciones liberales (Pérez-Díaz, 1996) que la conciben indisolublemente ligada al mercado, hasta las posturas normativas (Cohen y Arato, 2000) que acentúan el proceso de institucionalización y generalización mediante leyes de los derechos objetivos que estabilizan la diferenciación social, pasando por las que enfatizan la dimensión política (Keane, 1992) o sociocultural (Alexander, 1998), la sociedad civil constituye un concepto polisémico, cuya definición ha estado sujeta –casi desde su origen– a fuertes debates teóricos8. Frente a la diversidad de marcos analíticos e interpretativos para abordar la sociedad civil, Olvera (2004: 29) recupera una serie de nociones a partir de las cuales es posible reconstruir el significado de este concepto: a) la sociedad civil es un conjunto heterogéneo de múltiples actores sociales con frecuencia opuestos entre sí, que actúan en diferentes espacios públicos y que tienen sus propios canales de articulación con los sistemas políticos y económicos; b) la sociedad civil no porta en sí misma ningún proyecto de transformación radical, ni un programa político específico, normativamente tiende a promover el principio de control social sobre el Estado y el mercado, y a defender el estado de derecho y la cultura de la tolerancia como fundamentos mínimos que le permiten sobrevivir y desarrollarse; c) las relaciones entre sociedad civil y los sistemas políticos y económicos no son reductibles a un modelo único, la propia heterogeneidad de la sociedad civil plantea la existencia de formas diversas de vinculación entre dichas instancias; y d) la sociedad civil moderna no puede concebirse sin instituciones como el Estado, el mercado, el derecho y la libertad de asociación. Dado que dichas instituciones se han desarrollado débil y desigualmente en los diferentes países del mundo, se debe considerar que la sociedad civil tiene una composición variable en cada país, además de diferencias regionales al interior de cada país, de acuerdo con las condiciones históricas y específicas de su formación y desarrollo. En suma, la sociedad civil implica la existencia simultánea de tres niveles de realidad: el del sistema jurídico, en particular el que prescribe los derechos civiles, políticos y sociales que se encuentran institucionalizados en una red de prácticas y agencias de carácter público; una red de movimientos sociales y asociaciones civiles heterogéneas y social y políticamente plurales; y una cultura de la tolerancia y la crítica (Olvera, 1999). En este panorama amplio y diverso, las organizaciones de la sociedad civil (OSC) son apenas un subconjunto del sector asociativo de la sociedad civil. Si
Para una discusión más detallada de los diferentes enfoques teóricos que abordan el tema de la sociedad civil, consultar el libro coordinado por Jorge Roa (2004) Las organizaciones civiles mexicanas hoy, UNAM, México.
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bien la definición de las organizaciones civiles es problemática, debido a que con este término se suele aludir a una amplia constelación de organizaciones que se dedican a actividades muy diversas; en términos generales, las organizaciones de la sociedad civil –también llamadas organizaciones sin fines de lucro, del tercer sector, organismos filantrópicos u organismos no gubernamentales– son asociaciones voluntarias de ciudadanos que actúan en el espacio público con la intención de coadyuvar a la solución de diversas problemáticas sociales, cubriendo los vacíos de atención a las necesidades de la población creados por los déficit de la acción del Estado y las consecuencias negativas del mercado, así como influir en las decisiones públicas y la normatividad (Olvera, 2004). Asimismo, ante la reducción del Estado en cuanto a la atención de población en desventaja, se observa también cómo se destinan recursos a través de diversos programas, para que estas organizaciones suplan las funciones de asistencia social y desarrollo. Así, las organizaciones civiles son agrupamientos organizados, con estructura de relaciones, reglas de funcionamiento y objetivos relativamente estables, que tienden a profesionalizar las acciones que realizan y que, en la mayoría de los casos, cuentan con personalidad jurídica (Canto, 2004). En México, las organizaciones de la sociedad civil se multiplicaron de manera importante en la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, no existe a la fecha un registro riguroso y actualizado que rinda cuenta de las dimensiones cuantitativas de este fenómeno emergente9. A partir de la sistematización de información procedente de distintas fuentes, Calvillo y Favela (2004) identificaron en el año 2000 un total de 10 mil 805 organizaciones. Si bien este cifra refleja una tendencia creciente en el número de organizaciones con respecto a las registradas en años anteriores (16 .4% con respecto a la cifra consignada en 1999, y ésta a su vez 7.7% mayor que la registrada el año anterior), el volumen de organizaciones de la sociedad civil se sigue ubicando muy por debajo del que prevalece en otros países desarrollados10. Sin considerar el año en que estuvieron vigentes, el número organizaciones diferentes identificadas en todo el país entre 1998 y 2000 ascendió a 19 mil 869. De éstas se pudo identificar la zona de procedencia de 16 mil 917, de las cuales el 26.41% se concentra en el Distrito Federal, seguida por Coahuila que concentra un 6.37%, Jalisco (5.31%), Estado de México (5.09%) y Nuevo León (4.89%), Baja
Los pocos esfuerzos provienen de instituciones académicas y dependencias gubernamentales que más que información estadística han elaborado directorios. Algunos de ellos son el Sistema e Información sobre Organizaciones Sociales (SIOS) del instituto Nacional de Desarrollo Social (Indesol) y el Centro de Documentación e Información sobre OSC (CEDIOC) de la UAM Iztapalapa. 10 En Francia, por ejemplo, para 1996 sumaban entre 175 y 200 mil; en Bélgica con apenas 10 millones de habitantes se registraron en 1994 cerca de 37 mil; en Alemania se contabilizaron para 1997 unas 240 mil asociaciones y 6 mil fundaciones con objetivos sociales; y en Estados Unidos existen referencias de que para 1997 existían 1 millón 400 mil asociaciones de este tipo (Calvillo y Favela, 2004: 79).
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California Norte (3.46%), Michoacán (3.36%), Guanajuato (3.18%), Chihuahua (3.02%), Oaxaca (3%), Veracruz (2.65%), Chiapas (2.42%), Puebla (2.41%), Morelos (2.40%), Yucatán (2.35%), Querétaro (2.25%), Sinaloa (2.18%), San Luis Potosí (2.07%), Sonora (2.05%), Campeche (1.65%), Hidalgo (1.55%), Tamaulipas (1.53%), Aguascalientes (1.52%), Quintana Roo (1.46%), Baja California Sur (1.41%), Guerrero (1.23%), Durango (0.92%), Colima (0.86%), Tabasco (0.76%), Zacatecas (0.76%), Tlaxcala (0.75%) y Nayarit (0.73%). Por cobertura geográfica, estos autores encontraron que el 30.5% de las organizaciones identificadas trabajaban dentro de los límites de su localidad; el 14.45% a nivel municipal; el 30.7% se consideraban de alcance medio, es decir, con incidencia estatal y regional; el 17% tenía cobertura en todo el país; y apenas un 7.35% trascendía las fronteras nacionales. En cuanto a su formalización jurídica, el 35.98% de las organizaciones detectadas carecía de registro legal. Del resto, el 53.62% figuraba como asociaciones civiles; el 5.27% como instituciones de asistencia privada; el 3.23% como sociedad civil; y los porcentajes restantes correspondían a las categorías de asociaciones de beneficencia privada (0.61%), asociaciones de beneficencia pública (0.52%); sociedades de solidaridad social (0.47%) y sociedades de producción rural (0.14%). Finalmente en cuanto a sus ámbitos de trabajo, Calvillo y Favela (2004) detectaron que en México las organizaciones de la sociedad civil tenían que ver con cuestiones tales como: la asistencia social a terceros, la ayuda mutua, la promoción del bienestar y el desarrollo humano, la promoción y gestión de intervenciones públicas y privadas, el financiamiento de proyectos y programas diversos, denuncias y reivindicaciones cívico jurídicas. De la clasificación que los autores hicieron con respecto a las diversas actividades realizadas por las organizaciones civiles, interesa destacar, para fines de este trabajo, un par de datos relevantes. Cuadro 3. OSC por rubro de actividad

Fuente: Calvillo y Favela (2004).

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El primero tiene que ver con el gran porcentaje de organizaciones de la sociedad civil cuyo rubro de actividad era la provisión para el bienestar y el desarrollo humano (73.26%). De estas organizaciones, el 77% cubrían el ámbito del desarrollo social, económico y cultural, y el 22% el de la defensa de los derechos humanos. Cuadro 4. OSC promotoras del bienestar y desarrollo por ámbito de acción

Fuente: Calvillo y Favela (2004).

El segundo tipo de acciones que en mayor medida constituyen las funciones de las OSC, es señalado por el porcentaje de organizaciones que brindaban asistencia social, el cual alcanzaba el 16.77%. De ellas, el 41.28% cubría la temática de alimentación y vivienda; el 26.97% la asistencia médica; el 26.45% la asistencia legal; y el 5.3% la asistencia sicológica. Cuadro 5. OSC por tipo de asistencia social

Fuente: Calvillo y Favela (2004).

En estricto sentido, estos dos rubros de actividad, son los que ofrecen mayor soporte a la población más vulnerable del país, como la de los jornaleros agrícolas migrantes, cuyas condiciones de pobreza y exclusión, han sido descritas en los apartados anteriores. No obstante, como se ha señalado, la participación de las OSC en la atención a esta problemática, encuentra fuertes diferencias interregionales en México, en donde se observa la existencia de mayor número de organizaciones en el centro y sureste del país, y escasa presencia en los estados del norte y noroeste; cuestión que debe ser estudiada en mayor profundidad para conocer también aspectos relacionados con su visión y con las formas en que estas organizaciones se relacionan con la población atendida. La importancia de la presencia de organizaciones civiles como promotoras del bienestar y defensoras de los derechos humanos de los jornaleros agrícolas, radica

en que, tanto a nivel nacional como internacional, estos trabajadores conforman el sector más desprotegido de la población migrante. En el caso de las y los jornaleros agrícolas en México, la incidencia de las organizaciones civiles se torna más necesaria y urgente, dadas sus condiciones de vida y de trabajo que son, en términos generales, peores que las que privan en los campos de cultivo de Estados Unidos por varias razones. En primer lugar, porque se trata de la población más pobre del país, la cual carece tanto de recursos económicos, como de condiciones educativas y culturales para migrar a los Estados Unidos. En segundo lugar, porque a diferencia de los jornaleros que trabajan en suelo norteamericano, los sueldos son más bajos. Asimismo, las condiciones de vida de la mayoría de los campamentos y albergues en los que se instalan no cumplen con las necesidades mínimas de higiene, situación que se agrava ante la pésima cobertura social y de salud que prevalece en nuestro país. Finalmente, porque en el caso de los jornaleros agrícolas que se desplazan a lo largo del territorio nacional, existe la tendencia de procesos migratorios que incluyen familias completas que, debido al nivel de pobreza en sus pueblos y a los bajos salarios que ofrecen las empresas agrícolas, se ven obligadas a incluir a sus miembros más jóvenes en el trabajo jornalero para obtener un ingreso mínimo que permita la supervivencia (De Grammmont, 2001) exponiendo a los y las niñas menores a situaciones de vulnerabilidad, ante la inexistencia de servicios de estancias infantiles y de educación preescolar, por ejemplo. El papel de la sociedad civil en la atención y protección de los jornaleros agrícolas migrantes está reconocido institucionalmente por la Sedesol en las reglas de operación del Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA) en donde se señala que las organizaciones de la sociedad civil podrán ser –junto con las delegaciones estatales de la Sedesol y diversas dependencias y entidades de los gobiernos federal, estatal o municipal– instancias ejecutoras del programa (Sedesol, 2010). Asimismo, en los mecanismos de participación ciudadana establecidos por la propia Sedesol para el programa de jornaleros se subraya el importante papel de las organizaciones de la sociedad civil como instancia de contraloría social. Más allá de los esfuerzos institucionales, la compleja problemática que representa la atención de los jornaleros agrícolas migrantes, requiere de la participación y el involucramiento de la sociedad civil bajo esquemas que favorezcan la construcción y el fortalecimiento de la población jornalera como sujeto de derechos, así como la conformación de redes de apoyo que acompañen y brinden respuesta a las necesidades de este sector, acompañando sus demandas y presionando a las instancias gubernamentales pertinentes para que dirijan acciones y recursos en su favor.

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La sociedad civil organizada a favor de los derechos de las mujeres y la equidad de género Dentro de la gran diversidad de organizaciones de la sociedad civil, se encuentran aquellas que trabajan a favor de la democratización de las relaciones entre los géneros. En México, la trayectoria de estas organizaciones ha sido analizada desde diversas perspectivas. En cuanto a sus orígenes, existen organizaciones relacionadas con iglesias católicas o cristianas, y otras ligadas a movimientos sociales de diversa índole (Tarrés, 1999; Bartra, 2002; Espinosa, 2009). Asimismo, su surgimiento y desarrollo ha estado vinculado a diferentes momentos históricos y coyunturas políticas, como es el caso de las conferencias internacionales convocadas por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a favor de las mujeres, y con ello, los compromisos políticos adquiridos por el gobierno mexicano para superar la discriminación dirigida hacia las mujeres, así como el flujo de recursos internacionales y nacionales, destinados para atender sus necesidades. Lo anterior ha propiciado un crecimiento exponencial de estas organizaciones, aunque con diferencias en cuanto a su presencia y visibilidad, en las diferentes entidades del país, lo cual se atribuye a la cultura política y las reivindicaciones sociales presentes en los diferentes territorios, entre otros factores. Para Espinosa (2009), las organizaciones no gubernamentales que trabajan con mujeres no son homogéneas, su origen político y su forma de trabajo pedagógico, por ejemplo, son variables analíticas que permiten ubicar su postura teórica y metodológica; la autora señala la existencia de organizaciones que tienen una postura dialógica y constructivista en su trabajo, en la construcción de un discurso crítico y alternativo a visiones asistenciales, impulsando la construcción de sujetos en la generación de conocimiento y concienciación hacia el lugar que las mujeres han ocupado en la sociedad. Asimismo, en estudio realizado por Martínez y Díaz (2005), se observan diferencias metodológicas y escasez de sistematización de experiencias en cuanto a la atención a mujeres indígenas y campesinas, por lo cual es necesaria la inversión de recursos públicos dirigidos a la profesionalización de la sociedad civil desde la perspectiva de género, interculturalidad y derechos humanos. Las OSC en nuestro país han privilegiado el trabajo con grupos de mujeres que conjugan la reflexión, la organización y acción en relación a diversos temas. Así, se encuentran organizaciones de origen católico que incorporaron en las células eclesiales de base (CEB), por ejemplo, la reflexión sobre las problemática de las mujeres. Asimismo, hay organizaciones vinculadas en torno a necesidades sociales, gremiales, económicas con una reflexión metodológica y pedagógica orientada a construir sujetos sociales capaces de asumir su problemática y definir acciones y proyectos para su solución, incorporando reflexiones críticas sobre la desigualdad de género. Para Tarrés (1999) en las organizaciones de la sociedad civil feministas en

México se observan diversas posturas y estrategias; aquellas basadas en la defensa de la autonomía, que definen al gobierno como el contrario al que hay que exigir mayor compromiso con la sociedad y que están ligadas a los movimientos sociales gremiales, de clase y otros; un segundo tipo de estrategias que incluyen el trabajo político, con una visión pragmática relacionada con la puesta en práctica de acciones en donde las instituciones gubernamentales se requieren para generalizarlas y su compromiso se ubica entre lo políticamente correcto y lo políticamente posible; y finalmente, un tercer tipo de estrategias, que se presentan entre aquellas organizaciones que buscan socializar y generalizar discursos alternativos sobre género en grupos y categorías sociales que favorezcan su proyecto a través de políticas públicas y que buscan la incorporación de cambios en la política para que se reconozcan los aportes de las mujeres a la democracia y la integración de las mujeres a la ciudadanía plena. El cabildeo, el fomento de relaciones estratégicas con autoridades, alianzas, la conformación de espacios de diálogo y movilizaciones para el logro de sus objetivos, son acciones frecuentes en las organizaciones que emprenden este tipo de estrategias. Se observa también en las OSC, la participación de recursos humanos, formados y sensibilizados sobre el discurso y la práctica de la equidad de género, que se integran en el sector público. Esto les ha permitido tener acceso a información, hacer propuestas y desarrollar experiencias en políticas públicas, además ampliar las oportunidades para mejorar su práctica educativa e incidir en la planeación, seguimiento y evaluación de procesos de desarrollo y capacitación que podrían impactar en la condición y posición de las mujeres. Sin embargo, este ejercicio no ha estado libre de obstáculos, pues como se ha señalado, en la discusión sobre la institucionalización del discurso de la equidad de género en las políticas públicas, las iniciativas individuales de funcionarias, coordinadoras y ejecutoras que trabajan al interior de estas agencias gubernamentales, se han encontrado con fuertes resistencias (Martínez y Díaz, 2005). Las OSC feministas o comprometidas con la equidad de género, junto con la academia y los movimientos sociales de mujeres, han contribuido al fortalecimiento y promoción de procesos de institucionalización del discurso de la equidad de género en las políticas públicas y han influido con sus aportes y apoyado otras iniciativas de desarrollo o de reivindicación de derechos de organizaciones y movimientos sociales de mujeres, de redes ciudadanas o especializadas en diversos temas. En particular, en el estado de Chihuahua se observa el incremento de organizaciones en defensa de las mujeres, en relación a la violencia de género de orden estructural y social, en medio de la enorme y compleja conflictividad social presente en esa región, cuestión que no se generaliza en el resto del estado, ni en otras zonas en que cada vez más se hace más visible esta problemática en el país.

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En términos generales, los nuevos discursos y prácticas de las organizaciones de la sociedad civil que trabajan con y para las mujeres rurales o urbanas, buscan transformar una cultura sexista, enfrentando ideologías y proyectos políticos conservadores que están en contra del ejercicio de los derechos de las mujeres. Para ello han utilizado la perspectiva de género, y recientemente, su impulso a través de políticas de transversalización de dicha perspectiva. Lo anterior obliga a desarrollar capacidades y conocimientos, tanto en quienes diseñan y ejecutan políticas públicas, como en las organizaciones civiles involucradas en su retroalimentación, para contribuir con diagnósticos de inequidad, la identificación de sus causas y acciones concretas para su erradicación (Espinosa, 2009). No obstante, es necesaria la supervisión, evaluación y vigilancia del uso de recursos públicos, en cuanto a su aplicación y ejecución en los objetivos y metas planteados, aspecto en el cual la sociedad civil tiene un importante papel que desempeñar. La orientación política de los procesos de capacitación de las mujeres, dirigidas desde las organizaciones civiles con perspectiva de género, tiene un posicionamiento político que busca impulsar cambios estructurales en el orden de género prevaleciente. Busca contribuir con aportaciones teóricas, metodológicas y empíricas que permitan, a partir de las necesidades prácticas e intereses estratégicos de las mujeres, definir las bases de un modelo de capacitación alternativo (Martínez y Díaz, 2005). Como señala Stromquist (2001), la tarea de las organizaciones civiles feministas ha sido reivindicatoria, exigiendo para las mujeres, derechos iguales a los que disfrutan los hombres; pero también emancipadora, construyendo nuevas identidades y relaciones sociales; de aquí que el carácter de esta tarea sea considerado eminentemente político, fundamentado en una educación orientada a la construcción de sujetos y a la democratización de la sociedad. Existen organizaciones civiles que desde hace tiempo han estado acompañando procesos organizativos de mujeres indígenas, pertenecientes a diversos grupos étnicos del país. Particularmente se observan estos procesos de asesoría, capacitación y acompañamiento en proyectos relacionados con la superación de la pobreza, proyectos productivos, el ejercicio de derechos humanos y de la ciudadanía, en donde se establecen relaciones de respeto a las diferencias culturales. Asimismo, algunas mujeres indígenas, además de participar en movimientos sociales que reivindican su derecho a la autonomía y la defensa de sus usos y costumbres, han conformado organizaciones (Martínez, 2000; Espinosa, 2009; Canabal, 2006) en donde, como señala Teresa Sierra (2004: 146):
...activamente se encuentran no sólo discutiendo sus tradiciones, sino contribuyendo de manera sensible a la construcción de proyectos indígenas innovadores, e incluso al frente mismo de sus gobiernos sin que esto implique atentar contra su cultura (…) los pro-

cesos que observamos en las organizaciones indígenas constituyen insumos fundamentales para repensar la diversidad cultural desde los distintos contextos históricos que la definen, apuntando a construir alternativas dialógicas, interculturales y críticas, en donde el reconocimiento del otro no implique su negación o su subordinación. Se trata, en efecto, de construir “un mundo donde quepan todos los mundos”, como dicen los zapatistas, en donde los puentes culturales y las interconexiones sean la base de una nueva relación con un proyecto de nación incluyente pero diverso.

Así pues, ante la condición y posición de subordinación, de etnia, clase y género que enfrentan las mujeres indígenas en México, las organizaciones de la sociedad civil tienen un compromiso de justicia y responsabilidad social con ellas y sus grupos domésticos y comunitarios, en un marco de respeto mutuo y como mediadoras ante el Estado para demandar el cumplimiento de los compromisos adquiridos ante organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas, o la Organización Internacional del Trabajo, entre otros. La herramienta teórica y metodológica de la perspectiva de género resulta de gran utilidad para la reivindicación de los derechos humanos y ciudadanos de las mujeres indígenas, puesto que se basa en un concepto –el género– que es incluyente y relacional, en el análisis de las relaciones sociales en donde se hacen patentes diferencias y desigualdades, como el nivel socioeconómico, la comunidad étnica, la generación, entre otros; esto la convierte en herramienta privilegiada para la transformación social y la construcción de la equidad entre e intra los géneros, así como para fomentar la igualdad en otras dimensiones de la relaciones sociales.

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Nosotros somos los rarámuris, nosotros somos los que sostenemos el mundo, nosotros somos el pilar de este mundo. Tenemos que recordar lo que decían los antepasados, así seremos más rarámuris. No hay que entristecernos sin nos hacen sufrir, hay que ser fuertes, aunque nos hagan sufrir. Dolores Batista (poeta rarámuri)

Chihuahua es el estado más grande de la República en cuanto a extensión territorial se refiere (247 mil 878 km2). Por sí mismo, este estado representa el 12.6% del territorio total del país. En él habitan más de 3 millones 406 mil habitantes (INEGI, 2010) la mayor parte de los cuales (71.7%) se encuentran distribuidos en los cuatro principales centros urbanos: Ciudad Juárez, Chihuahua, Cuauhtémoc y Delicias. Con una orografía conformada por dos cordilleras –la Sierra Madre Oriental y la Occidental– y grandes planicies y llanuras, Chihuahua cuenta con una topografía diversa y una enorme variedad de climas y vegetación. De particular importancia para este estado, es el enorme potencial hidráulico y la infraestructura de extracción de agua y almacenamiento que le permite canalizar un volumen considerable de agua para uso agrícola, hidroeléctrico y doméstico, principalmente11. Las condiciones agroecológicas de esta entidad son favorables para el desarrollo de la agricultura, actividad que se desarrolla a lo largo de 1.3 millones de hectáreas (5% de la superficie estatal), de las cuales 429 mil hectáreas (33%) son
Según estimaciones de la Comisión Nacional del Agua (CNA) de la entidad, el potencial hidráulico superficial es de 93 mil 893 millones de m3. Asimismo, cuenta con infraestructura para almacenar 4 mil 268 millones de m3 y extraer del subsuelo 2 mil 942 millones de m3.
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de riego y representan una fuente de empleos e ingresos para más de 220 mil productores. Tan sólo en 2006 la derrama económica generada por el sector agrícola en Chihuahua alcanzó 12 mil 250 millones de pesos (Callejas, 2007) La región en donde se desarrolla esta investigación, está ubicada al noroeste del estado de Chihuahua, a 104 kilómetros de la capital, en el municipio de Cuauhtémoc, el cual está considerado como una de las zonas de producción frutícola más importantes del país (Ramírez, Palacios y Velasco, 2006). El municipio de Cuauhtémoc, Chihuahua El territorio en el cual se asienta el municipio de Cuauhtémoc está situado en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental, en la zona de transición entre la meseta y la sierra, lo que le da un relieve accidentado en su parte oeste, mientras que en la parte este es principalmente plano. Considerado como la puerta de entrada a la sierra Tarahumara, este municipio –el cual tiene una superficie de 3 mil 18 km2– se localiza en la latitud norte 28º 25’’; longitud oeste 106º 52’; con una altitud de 2 mil 60 metros sobre el nivel del mar, colindando al norte con Namiquipa, al este con Riva Palacio, al sur con Cusihuiriachi y Gran Morelos; al oeste con Bachíniva y Guerrero (Inafed, 2005). Figura 4. Ubicación geográfica Cuauhtémoc, Chihuahua

Fuente: Inafed (2005).

Predomina el clima de transición de semi-húmedo a seco, con una temperatura media anual de 18°C. El municipio suele ser muy frío durante el invierno, llegándose a registrar temperaturas extremas de los –15°C por las noches. Durante el verano la temperatura es agradable y el termómetro llega a registrar máximos del orden de los 38°C. Su precipitación media anual es de 400 mm, siendo de 66 días la temporada de lluvia, y llegándose a registrar fuertes tormentas de granizo que afectan de forma importante los campos agrícolas de la región. Cuauhtémoc no cuenta con ríos, sin embargo su territorio es atravesado por varios arroyos, la mayor parte de los cuales sólo llevan agua en tiempo de lluvias. El agua superficial en este municipio se localiza básicamente en las lagunas de Bustillos, en la del Pájaro, en la de Los Mexicanos y en Los Nogales; así como las presas La Quemada, Napavechi, de El Burro, El Picacho, Tres Lagunitas, Seis de Enero, Cuauhtémoc, Barraganes y Táscate del Águila. En cuanto al tipo de vegetación dominante, las regiones norte, noroeste y suroeste se encuentran ocupadas por bosques de pino-encino y encino, mientras que en la región sur se localizan pequeñas áreas aisladas dominadas por táscate, el cual generalmente se presenta acompañado por diversas especies de pastos. El tipo de suelo que ocupa la mayor parte del territorio es el feozem –al norte, suroeste y sureste del municipio–, seguido del planosol y el litosol, además de otros como el cambisol y regosol. Cabe agregar que el uso de suelo predominante en el municipio de Cuauhtémoc es agrícola y ganadero. La tenencia de la tierra, por su parte, es en su mayoría de carácter privado, sumando un total de 156 mil 573 hectáreas, equivalentes al 51.9% del territorio del municipio. Por su parte, el régimen ejidal comprende 64 mil 307 hectáreas, que representan el 21.3%; y los usos urbanos corresponden a 75 mil 472 hectáreas, que significan el 25.04% de la superficie total (Inafed, 2005). Según el Censo de Población y Vivienda del 2010 realizado por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), la población del municipio de Cuauhtémoc es de 154 mil 639 habitantes, de los cuales 75 mil 936 son hombres y 78 mil 703 son mujeres. El municipio tiene un total de 396 localidades, siendo las más importantes Cuauhtémoc, Anáhuac, Álvaro Obregón, La Quemada, y Lázaro Cárdenas. En cuanto al índice de marginación, éste es reportado como muy bajo para el año 2000 (SNIM, 2010). La región de estudio presenta una problemática de alta complejidad por estar atravesada por diversos fenómenos sociales. Destaca entre estos la convivencia multicultural (mestizos, menonitas y rarámuris) en donde se observa escaso diálogo intercultural, puesto que las relaciones sociales existentes, contienen diferencias inequitativas de género, clase, raza y etnia.

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INEGI (2010) registra que en el municipio de Cuauhtémoc habita un total de 2 mil 284 personas que hablan alguna lengua indígena (rarámuri). Este número no toma en cuenta la presencia de la población indígena migrante, ya que ésta, por su condición de estacionalidad, no suele ser considerada dentro de los registros censales. Al mismo tiempo, Cuauhtémoc incluye una de las poblaciones menonitas más numerosas e importantes del país, registrando un total de 30 mil 800 habitantes pertenecientes a este grupo poblacional, de los cuales 17 mil 900 son mujeres y 12 mil 900 son hombres (PMD, 2007). La población menonita, establecida en Cuauhtémoc desde 1922 a raíz del experimento colonizador del presidente Álvaro Obregón, se encuentra aglutinada en dos grandes colonias, que son la Manitoba y la Swift Current. Esta población convive de manera cotidiana en relaciones de trabajo y comerciales con indígenas y mestizos, ya que en otros aspectos de la vida societal, mantienen distancia; por ejemplo, en cuanto al uso de su lengua (alemán antiguo), la mayor parte de las mujeres no hablan español; asimismo mantienen su propio sistema escolar, asociado principalmente a contenidos religiosos. No obstante con su presencia y participación forman parte de un complejo tejido multicultural que no está exento de conflictos. Entre las actividades productivas que desarrollan destaca la producción de queso, que es una de las principales fuentes de ingreso del municipio, así como también la producción de granos básicos, y en alguna medida, la producción de manzana (ver imagen 2, anexo 2). De acuerdo con INEGI (2005) el municipio de Cuauhtémoc cuenta con 6 mil 610 trabajadores agropecuarios, mil 359 de los cuales aparecen registrados como jornaleros o peones12. El último censo (INEGI, 2010) señala que de los 59 mil 297 personas que conforman la población ocupada, el 19.7% está ocupada en el sector primario, en tanto que el 23.72% en el secundario y el 55.7% restante en los sectores comercial y de servicios. De esta forma, a diferencia de Juárez y Chihuahua, donde la industria maquiladora es el motor de la economía, en el municipio de Cuauhtémoc prevalece un patrón diversificado de actividades, que si bien tiene su fortaleza en el sector comercial y de servicios, muestra un importante dinamismo en los sectores agropecuario y agroindustrial, el cual ha contribuido a colocar al municipio en la tercera posición en importancia dentro en el estado. Para constatar la escala que alcanza el sector agropecuario, basta con señalar el caso de la comunidad menonita, que durante todo el año genera riqueza a través de la producción de leche, quesos y sus derivados, así como la elaboración de varios tipos de embutidos; además destaca en la producción a gran escala de granos básicos. No es gratuito que a Cuauhtémoc se le siga considerando como el “granero del
Por cuestiones metodológicas, el censo no considera a los jornaleros agrícolas migrantes, por lo que existe un subregistro en este rubro en particular.
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estado”, ya que en las colonias menonitas conocidas como Swift Current y Manitoba se cultivan en promedio 36 mil hectáreas de maíz con alta tecnología, de las cuales se obtienen cerca de 430 mil toneladas de granos anualmente (PMD, 2007). Por otro lado, cabe mencionar también el caso de la producción de manzana, el cual constituye una de las principales fortalezas productivas del municipio, que junto con las regiones de Guerrero, Namiquipa, Bachíniva y Cusihuiriachi, han posicionado a Chihuahua como primer productor nacional de este cultivo. La producción de manzanera en Cuauhtémoc La ciudad de Cuauhtémoc se encuentra en la llamada “Ruta de la Manzana” que cubre los municipios de Cuauhtémoc, Cusihuiriachi, Carichí y Guerrero, entre otros. A lo largo de esta ruta se produce manzana de calidad reconocida a nivel nacional e internacional. En el 2010 se cosecharon en México 57 mil 742 hectáreas de manzana, que representaron 584 mil 655 toneladas con un valor de producción superior a los 3 mil 253 millones de pesos. En ese mismo año, el estado de Chihuahua se posicionó como el principal estado productor de manzana, cosechando 23 mil 79 hectáreas (39.9% del total nacional) que significaron una producción de 398 mil 155 toneladas de manzana cuyo valor en el mercado fue de más de 2 mil 276 millones pesos (69.9% del total nacional). Como se mencionó anteriormente, Chihuahua es el principal productor de manzana de México. Las condiciones de clima y suelo le permiten obtener rendimientos muy similares a los de la manzana que se produce en los Estados Unidos. De hecho, el rendimiento por hectárea que registra este cultivo es –junto con el del estado de Veracruz– el más alto de todo el país. Las principales variedades que se cultivan en la entidad son la Golden Delicious, la Red Delicious y la Rome Beauty, aunque también se tiene registro de la producción de otras especies sin clasificar (ver imagen 3, anexo 2). Se calcula que en el estado de Chihuahua existen alrededor de 2 mil 500 productores de manzana, de los cuales 25% son pequeños productores, 50% son medianos productores y el 25% son grandes. Los pequeños poseen pequeñas extensiones de huertos, carecen de maquinaria suficiente para todas las labores que realizan, no cuentan con tecnificación de riego y mallas antigranizo, y algunos productores, incluso, tienen huertos de temporal. Por otro lado están los productores medios y grandes que poseen superficies mayores de huertos, y que se destacan por producir en su mayoría manzana de primera (manzana de mesa). Por lo regular cuentan con maquinaria suficiente para los trabajos que requieren realizar en sus huertas y su riego está tecnificado. Algunos incluyen otros eslabones de la cadena productiva como: empaques y cámaras de enfriamiento, comercialización y transporte, pudiéndose encontrar todos reunidos en un productor, o en otros casos, productores con dos o tres de estos eslabones (AMSDA, 2005)

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Cuadro 6. Estadísticas nacionales de la producción de manzana, 2010

El principal destino de la manzana es para el consumo fresco (70%) y el resto se destina para la agroindustria, principalmente para la elaboración de jugos y néctares. Se calcula que la actividad manzanera genera alrededor de 3.5 millones de jornales anuales, lo que la convierte en un generador neto de empleo temporal (Callejas, 2007). En el 2010, el municipio de Cuauhtémoc, se configuró como el principal municipio productor de manzana de Chihuahua, al sumar 7 mil 925 hectáreas cosechadas (34.33% del total estatal) que derivaron en 133 mil 446 toneladas, con un valor de poco más de 811 millones de pesos (35.6% del total estatal). Cuadro 8. Estadísticas de la producción de manzana en Chihuahua, 2010

Fuente: Elaboración propia con base en el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, 2010.

Cuadro 7. Principales labores y tipo de fuerza de trabajo en la producción de manzana en Cuauhtémoc

*El nivel tecnológico varía en cuanto al número de labores culturales de acuerdo al tipo de productor e inversión. ** Tipos de maquinaria empleada en la producción: tractor, desvaradora, aspersor, riego tecnificado, mayas antigranizo, calentones o abanicos para control de heladas, entre otros. *** Destaca en esta labor la fuerza de trabajo de jornaleras rarámuris migrantes. **** Algunos grandes productores cuentan con su propia empacadora. Fuente: Elaboración propia a partir de trabajo de campo, 2010.

Fuente: Elaboración propia con base en el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, 2010

En Cuauhtémoc se cultivan principalmente dos variedades de manzana: la Golden Delicious en la que este municipio se encuentra a la cabeza de la producción

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estatal aportando el 28.4% de la superficie cosechada de esta variedad y el 26.8% del valor de la producción estatal; y la Red Delicious, donde Cuauhtémoc también lleva la delantera aportando el 53.1% de la superficie cosechada y el 56.7% del valor de la producción estatal. Cuadro 9. Producción de manzana Golden Delicious, Chihuahua, 2010

Como se puede apreciar, tanto por la cantidad de hectáreas cosechadas anualmente, como por el valor que representa dicho cultivo, Cuauhtémoc constituye el municipio más importante de Chihuahua y de todo el país, en lo que a la producción de manzana se refiere. La producción de manzana constituye uno de los principales pilares económicos de la región y representa un polo de atracción para las y los trabajadores agrícolas por la demanda de fuerza de trabajo que origina, particularmente en la época de cosecha que tiene lugar entre los meses de agosto y octubre (ver imagen 4, anexo 2). Ante la imposibilidad de cubrir la demanda de jornales que se requieren durante la temporada de cosecha de la manzana, se calcula que cada año migran hacia Cuauhtémoc, cerca de 5 mil 500 trabajadores migrantes –la gran mayoría, indígenas rarámuris– que salen de la Sierra Tarahumara y otras regiones aledañas, para contratarse en los huertos de manzana (Ramírez, Palacios y Velasco, 2006). Cuadro 11. Regiones con mayor concentración de jornaleros migrantes

Fuente: Elaboración propia con base en el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, 2010.

Cuadro 10. Producción de manzana Red Delicious, Chihuahua, 2010

Fuente: Ramírez, Palacios y Velasco (2006).

Fuente: Elaboración propia con base en el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, 2010.

En términos generales, las condiciones de trabajo de la población indígena que se emplea durante la temporada de cosecha en los huertos de manzana de Cuauhtémoc, son por lo regular, las mismas que se describen para el resto de los jornaleros migrantes del país: largas jornadas de trabajo a cambio de salarios de subsistencia; hacinamiento y falta de higiene en los albergues y campamentos donde se instalan las familias; carencia de servicios básicos de salud, educación y alimentación; y discriminación y exclusión social, la cual se manifiesta en la indiferencia de las autoridades hacia las necesidades propias de la población indígena jornalera, en particular la conformada por niños y mujeres que les acompañan, y las escasas

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acciones en su favor por parte de las grandes empresas agrícolas. Sin embargo es objetivo de la presente investigación profundizar en este tema. Los rarámuri: un pueblo indígena En el estado de Chihuahua conviven cuatro grupos étnicos nativos que en su conjunto suman aproximadamente 110 mil personas, de las cuales el 90% son tarahumaras o “rarámuris”, el 8% son tepehuanos u “odames”, el 1% son guarojíos o “makuráwe” y el 1% restante pertenece al pueblo pima, también conocido como “o’oba” (PED, 2004). El 85% de la población indígena de Chihuahua se localiza en 23 municipios serranos entre los que destacan Guachochi, Balleza, Bocoyna, Batopilas, Guadalupe y Calvo, Urique, Guazapares y Morelos. Cuadro 12. Principales grupos étnicos en Chihuahua, 2010

comparten los valores y costumbres, pero no la lengua rarámuri. León (1992) ubicó a principios de los noventa esta población en más 80 mil personas, cifra que en la actualidad podría estar cercana los 100 mil. En varias ciudades del estado de Chihuahua se encuentran asentamientos de población rarámuri, situación que está presente también en Cuauhtémoc (ver imagen 5, anexo 2). Cuadro 13. Principales grupos étnicos en Cuauhtémoc, 2010

Fuente: INEGI (2010).

Fuente: INEGI (2010).

Una característica particular de los grupos étnicos que habitan en este territorio es que se encuentran ubicados en asentamientos dispersos. En efecto, de las 6 mil 988 comunidades registradas en la región tarahumara, el 86% tienen menos de 50 habitantes y están ubicadas en zonas de difícil acceso, en lo más intrincado de la compleja geografía serrana (Gobierno del estado de Chihuahua, 2006). Los tarahumaras o rarámuris, son el grupo étnico mayoritario de Chihuahua. De los 109 mil 378 personas registradas por INEGI (2010) que hablan alguna lengua indígena en Chihuahua, 85 mil 316 pertenecen al grupo rarámuri. A esta población, obtenida bajo un criterio estrictamente lingüístico, habría que agregar a los que

Las variantes lingüísticas identificadas para el estado de Chihuahua, dado el carácter pluricultural de nuestro país y, de acuerdo al Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (2008) presentadas en el Diario Oficial, las cuales pertenecen a la familia Yoto-nahua, se muestran en el cuadro 14. Esta variabilidad muestra cómo generalizaciones en cuanto al lenguaje, pueden ocasionar dificultades en la comunicación entre quienes hablan las diversas variantes del tarahumara o rarámuri, además del tepehuano, guarojío y pima, presentes en diversos municipios del estado y particularmente en la Sierra Tarahumara. Se dice que antes de la conquista española, los rarámuris vivían en amplias zonas de fértiles valles en las estribaciones orientales de la Sierra Madre Occidental y en las llanuras contiguas (Kennedy 1970). Tras siglos de persecuciones, escaramuzas y repliegues sucesivos, la población rarámuri asumió una estrategia de resistencia pasiva frente a los conquistadores, huyendo hacia los lugares más inaccesibles de la Sierra Tarahumara (Neumann y González, 1991) lo que les permitió estabilizarse demográficamente, e incluso aumentar su población, aunque a un ritmo menor que

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el de la población mestiza, y al costo de una pobreza económica vinculada la ínfima productividad de sus tierras y a la carencia de servicios. Cuadro 14. Variantes lingüísticas de pueblos indígenas en el estado de Chihuahua

Fuente: Elaboración propia en base a Catálogo de las Lenguas Indígenas Nacionales.

Actualmente, los rarámuris están dispersos a lo largo de la denominada Sierra Tarahumara, un macizo montañoso que forma parte de la Sierra Madre Occidental, el cual ocupa una extensión de más de 60 mil kilómetros cuadrados, sobre un territorio muy accidentado cuya altitud oscila entre los 300 y 3 mil metros sobre el nivel

del mar. Ecológicamente se distinguen dos regiones claramente diferenciadas: la Alta y la Baja Tarahumara, zonas cuyas diferencias climáticas hicieron que en un pasado no lejano muchas familias rarámuri cambiaran de residencia temporalmente en los meses de invierno, acompañando sus rebaños de chivos o vacas, en busca de lugares más cálidos y prósperos (Acuña, 2007). Los niveles de vida en esta región, de acuerdo a Stefani y Urteaga (1994) son dos veces inferiores al promedio nacional, y en el caso de los municipios con mayor población rarámuri, tres veces inferiores a dicho promedio. Como se mencionó anteriormente, el patrón tradicional de asentamiento entre los rarámuris es disperso. No hay pueblos, sino pequeñas agrupaciones de casas denominadas “ranchos”. Un grupo de varios ranchos, distantes entre sí, compartiendo un pequeño valle o meseta conforman una ranchería. Se calcula que el 52% de los rarámuris viven en rancherías donde habitan menos de cien personas. La dispersión poblacional ha dificultado el desarrollo de los rarámuris desde la perspectiva modernizadora. Debido a que los ranchos no sólo se ubican en zonas de difícil acceso, sino que además se encuentran sumamente retirados unos de otros, la infraestructura y el acceso a los servicios de esta parte de la población es muy limitada: el 90.6% no cuenta con servicios de salud, el 78.9% no tiene agua entubada, el 96.6% carece de drenaje, el 91.6% no posee energía eléctrica y el 80.5% de las viviendas tienen piso de tierra. Por otro lado, la educación formal, escolarizada, es muy deficiente. La mitad de los rarámuri son analfabetas, el 28% tiene la primaria incompleta y el 24.2% es monolingüe (Pintado, 2000). Como casi todos los grupos indígenas, los rarámuris viven principalmente de la agricultura. Esta actividad es muy limitada debido a las condiciones agroecológicas que privan en la región. Los productos principales de su dieta son el maíz, el frijol y la calabaza. Su alimentación se complementa con chile, plantas silvestres y algunas frutas en pequeñas cantidades. Algunos cuentan con animales domésticos, principalmente aves y ganado caprino y ovino. La invariabilidad de la dieta provoca desnutrición que afecta sobre todo a los niños y que se refleja en una tasa de mortalidad infantil del 23%, la cual es considerada la más grande de todo México13. Al carecer de servicios básicos de salud, las causas de muerte más comunes entre la población rarámuri son las infecciones gastrointestinales, influenza y neumonía, enfermedades que con un adecuado tratamiento no resultarían mortales en otros contextos (Gabrielova, 2007). La zona Tarahumara, donde se asienta la población rarámuri, presenta en general altos niveles de pobreza, ya que 16 de los 23 municipios que la integran
Gabrielova (2007) señala que de acuerdo con INEGI el promedio de la mortalidad infantil para la población indígena en México es de 16.3%.
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presentan categorías de muy alta y alta marginación, mientras que tres se ubican en un rango medio y sólo cuatro en el de baja marginación. Esta situación, aunada a la incapacidad para abastecer su propio consumo, ha orillado a las familias rarámuri a migrar a las zonas urbanas –principalmente Chihuahua, Ciudad Juárez y Creel–, o a los campos agrícolas donde se contratan por temporadas en la cosecha de fruta y verdura en los estados circunvecinos de Sonora, Sinaloa y Durango, o en la cosecha de manzana en los huertos que circundan las ciudades de Cuauhtémoc, Guerrero, Namiquipa y Cusihuiriachi en Chihuahua. De esta forma, las familias rarámuris se han vuelto dependientes del trabajo asalariado y de las relaciones con los mestizos o “chabochis” como ellos los llaman. El gobierno del estado de Chihuahua (2006) estima que en Ciudad Juárez existen 16 mil indígenas migrantes; mientras que en Chihuahua, Delicias y Cuauhtémoc existen poco más de 15 mil. Si bien es cierto que no todos los indígenas pertenecen al grupo rarámuri14, la gran cantidad de población indígena migrante que se asienta en estas ciudades ofrece una idea de la dimensión que tiene el fenómeno. Además de las condiciones de marginación y de pobreza que enfrentan cotidianamente los rarámuris, existen una serie de situaciones complejas, e interrelacionadas, que forman parte de la problemática contemporánea de este grupo étnico. La tala indiscriminada, y muchas veces ilegal, que tiene lugar en la Sierra Tarahumara ha generado a lo largo de los años erosión, alteraciones climáticas, reducción de biodiversidad y sequías prolongadas que inciden directamente sobre la productividad, de por sí baja, de la tierra. Al mismo tiempo, la contaminación de los mantos acuíferos y de las corrientes superficiales ha derivado en el aumento de las enfermedades parasitarias entre la población rarámuri (Gabrielova, 2007). La pobreza, el fracaso escolar y el analfabetismo, han orillado a los rarámuris a buscar alternativas de ingreso para sostener a sus familias. Una de ellas es su participación voluntaria o involuntaria en la siembra y cultivo de enervantes, el cual se lleva a cabo a partir de la siembra de amapola y marihuana. Esta actividad, que en los últimos años ha aumentado ostensiblemente, se ha convertido en fuente de inseguridad, violencia e intranquilidad en las poblaciones rarámuris15. Otro problema que amenaza a hombres, mujeres y adolescentes por igual es el del alcoholismo, fenómeno que si bien está presente en la mayor parte de las comunidades indígenas del país, en el caso de los rarámuris se expresa con particular
Los asentamientos indígenas migrantes en diferentes ciudades del estado de Chihuahua están integrados por personas de diferentes comunidades de los pueblos rarámuri, ódame, guarojía y o’oba. En lo que concierne a los grupos indígenas que han llegado de otras partes del país, los más numerosos son los mazahuas, mixtecos, zapotecos, triques y huicholes. 15 La influencia del narco varía de una región a otra: existen zonas con mucha violencia, armas y alcohol, y otras en donde los rarámuris, a pesar de trabajar en la pizca de estos cultivos ilícitos mantienen una distancia razonable con los grupos delictivos y no se involucran tanto.
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intensidad a partir de la descomposición social, las relaciones de dependencia que se establecen con la población mestiza y la pérdida de referentes identitarios que acarrean los procesos migratorios. Finalmente, es necesario mencionar la penetración del modo de vida occidental (chabochi) en las localidades rarámuri, y la consiguiente pérdida de identidad y erosión de las costumbres y tradiciones que este proceso implica. Núñez (1994) atribuye al trabajo asalariado y a la acumulación de capital que éste supone, la introducción de un sentido individual de la vida, del trabajo y del uso de los bienes, el cual se contrapone a la cosmovisión y a las formas comunitarias de este grupo étnico. En efecto, la búsqueda permanente de trabajo y de otras fuentes de ingreso, han orillado a gran parte de la población rarámuri a salir de sus localidades para asentarse de forma temporal o definitiva en ciudades del mismo estado de Chihuahua o en otras regiones, donde se ven obligados a interactuar con otros grupos sociales en condiciones de desigualdad, alterando su modo de vida y sacrificando en muchas ocasiones sus valores tradicionales. Características socioculturales y el sistema de género rarámuri Las características culturales del grupo étnico rarámuri han sido documentadas por diversos investigadores que dan cuenta de sus particularidades (Gabrielova, 2007; Pintado, 2004; Rodríguez, 1999, entre otros). De acuerdo a sus investigaciones, puede afirmarse, que en términos generales, el estilo de vida rarámuri, difiere en muchos aspectos de la vida chabochi o mestiza. El aislamiento geográfico, evidente a partir del escaso contacto socioeconómico entre familias y personas, forma parte del patrón cultural clásico de los rarámuris, el cual se refleja en las actitudes, y en general, en la forma en que se conducen los individuos que pertenecen a este grupo social (Aguirre, 1981). La percepción del tiempo entre los rarámuris es distinta. En su vida cotidiana carecen de un horario preciso para realizar sus labores, lo que en otros contextos dificulta su inserción dentro del mercado de trabajo asalariado. Las comunidades rarámuris se rigen a partir de un sistema de cargos tradicional, en el que las funciones civiles y religiosas se encuentran entrelazadas. Si bien la estructura de dicho sistema difiere de una comunidad a otra, los cargos más comunes en todos los pueblos son: el de gobernador, también llamado siríame, elegido libremente en una asamblea donde participan hombres y mujeres, y que por tiempo indefinido preside todas las reuniones comunales, reparte justicia, aconseja y manda en el pueblo; el de general o jineraí, que ayuda al gobernador en el cumplimiento de sus funciones; los capitanes o igapitani, que vigilan el orden en las reuniones y cuidan los bastones de mando que son símbolo de autoridad y que se utilizan en fiestas, sermones o juicios comunitarios; los policías o arowashi, que

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controlan el orden público en las comunidades rarámuri; los soldados o fiscales, también llamados, sontárushi, que son jóvenes entre 16 y 20 años que guardan el orden y sirven como mensajeros del gobernador; y finalmente, el mayora, que es quien concierta matrimonios, aconseja a los jóvenes en cuestiones de sexualidad y casamiento, y vigila el buen comportamiento conyugal (Gabrielova, 2007). Como parte de las costumbres características de los rarámuri destaca la llamada córima o kórima, institución de protección mutua definida como “la ayuda que todos tienen derecho a solicitar a cualquier hermano de raza en mejor situación económica cuando se encuentre en necesidad grave” (Núñez, 1994: 82). En condiciones extremas, como las que privan en la Sierra Tarahumara, el córima facilita la supervivencia de los rarámuris, es una especie de seguro contra las sequías, las plagas, las enfermedades y otros infortunios que ponen en riesgo la supervivencia de las familias. A la vez de servir como mecanismo de supervivencia, el córima cumple una importante función en la distribución e igualación de la riqueza (Gabrielova, 2007). El córima no implica alquiler, préstamo ni limosna, y por tanto, no genera deuda, ni vergüenza, ni humillación, aunque sí otorga prestigio a la persona que la otorga. Un aspecto a destacar, es que a diferencia de otras instituciones indígenas similares, en el caso del córima el derecho y la obligación de reciprocidad no son directos, es decir, cada cual comparte con la persona que lo necesita y no necesariamente con la que en su momento la ayudó. La existencia de redes sociales de apoyo, visibles a partir de esta práctica social, apunta a que el aislamiento geográfico típico de las familias de origen rarámuri no se traduce necesariamente en un aislamiento social. Asimismo, en las actividades agrícolas, acostumbran convocar a los vecinos y parientes a participar con el único compromiso de que puedan ingerir tesgüino (bebida fermentada de maíz) durante la jornada. Algunos investigadores señalan que este desprendimiento y falta de apego de los rarámuri, es una situación que suele ser aprovechada por algunos chabochis, quienes recurren a la generosidad de los rarámuris, sin corresponder de la misma manera (Rodríguez, 1999). Como se mencionó, en contraparte del aislamiento geográfico que rige buena parte de la vida cotidiana de los rarámuris, prevalece en este grupo étnico la costumbre de compartir el batari o tesgüino, una bebida embriagante hecha de maíz fermentado, que está presente en todas las actividades sociales importantes. Considerada como una bebida sagrada, el batari se consume únicamente durante las llamadas tesgüinadas, reuniones comunitarias que no sólo son de carácter religioso o ritual, sino también de carácter económico y de trabajo compartido. Es el caso del llamado tesgüino de trabajo, un esquema de cooperación comunitario y gratuito, en donde se convoca a la comunidad a participar en la realización de labores a favor de una familia o individuo en particular, y que termina con una fiesta

–tesgüinada– a la que acuden todos los que aportaron su trabajo libremente. De esta manera, al tiempo que se facilitan cierto tipo de tareas que resultarían complicadas para una sola familia, se fortalecen y reactualizan los lazos comunitarios (Ibid). Prácticamente toda la interacción social entre los rarámuris se da en el contexto de una tesgüinada: el inicio de una relación de pareja, la concertación de un matrimonio entre dos familias, la resolución de alguna disputa conyugal, parental o vecinal, la concertación de carreras, las operaciones de trueque o compra-venta, el intercambio de noticias y la discusión de asuntos políticos o económicos. De esta manera la convivencia alrededor del batari se concibe como un requisito de la reproducción de la vida social y biológica16 (Ibid). Figura 5. Calendario ritual, región Tarahumara

Fuente: Diagnóstico sociocultural de diez municipios de la Sierra Tarahumara (Martínez, et al. 2010).
Kennedy (1970) afirma que tomando en cuenta el tiempo dedicado a la preparación del batari, a la libación en todas las tesgüinadas y al descanso que se requiere para recuperar se la intoxicación, el rarámuri promedio está comprometido 100 días al año con el tesgüino (Rodríguez, 1999).
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En términos generales, la construcción identitaria de la persona rarámuri se construye de acuerdo con un sistema de categorías o atributos que se desarrollan en oposición al no rarámuri o chabochi. En la idea de analizar el papel de las mujeres en la cosmovisión y ritualidad rarámuri, Acuña (2007) identifica los principales referentes identitarios de este grupo étnico, ubicando las nociones que determinan los roles de género y señalando las actividades asignadas a las mujeres a lo largo de su ciclo vital. Este autor señala que para ser considerado una persona rarámuri es preciso poseer entidad física (un cuerpo que posea los rasgos fenotípicos característicos del grupo étnico); entidad espiritual (almas); filiación consanguínea (en algún grado) y participación sociocultural (compartir formas de ser y pensar, valores, creencias y prácticas tradicionales). Estos factores permiten afirmar una identidad que les sirve a los rarámuris para distinguirse de sus opuestos, pero además, sirven también como criterios para delimitar dos maneras distintas de ser rarámuri: como hombre y como mujer (Ibid). Entre los pueblos indígenas, los diversos mitos y leyendas suelen explicar algunas de las principales diferencias socioculturales que existen entre los géneros. El mito rarámuri sobre el origen, sin embargo, no hace alusión alguna a diferencias destacadas con relación al sexo. La oposición dentro del mito es, en este caso, más bien étnica: Onorúame (el dios que es padre y madre a la vez) coció a la figura humana y la dotó con un soplo de alma para crear al rarámuri, en tanto que su hermano mayor coció de forma inadecuada su figura, dejándola blanda y blanca, de la cual salió el chabochi (hombre blanco y barbudo)17. Una primera diferenciación radica en el número de almas que los rarámuris atribuyen a hombres y mujeres. Para los rarámuris, la vida deviene del soplo divino que Onorúame otorgó alma a aquellas figuras de barro primigenias. Al hombre le dieron tres soplos y a la mujer cuatro. Las razones que explican esta diferencia no están del todo claras. Algunos investigadores señalan que el cuarto soplo femenino se atribuye a las mujeres porque éstas son consideradas por los rarámuris como seres más fuertes y resistentes y porque cuentan con la capacidad de engendrar un nuevo ser (Pintado, 2000; Acuña, 2007). No obstante, el número de almas que se cree que poseen hombres y mujeres no se traduce en una diferencia de género. Para los rarámuris, la debilidad o fortaleza de las almas depende de las relaciones de armonía con la divinidad y no de su condición sexual (Ibid). Sin embargo en las relaciones de género se observan diferencias y desigualdades asociadas a las asignaciones sociales y su valoración. Los primeros años de vida de los rarámuris transcurren sin distinciones entre niños y niñas. Es a partir de los diez u once años, cuando se empiezan a diferenLa mitología rarámuri, sin embargo, sí diferencia las entidades protectoras de ambos sexos, el sol protege a los hombres y la luna a las mujeres, estableciéndose una dualidad por asociación de ideas con astros de características opuestas y complementarias que condicionan y determinan la vida sobre la tierra (Acuña, 2007).
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ciar las labores de acuerdo al sexo, realizando cada uno las tareas que les serán más propias después del matrimonio. Acuña (2007) señala que durante esta etapa, algunos de los juegos tradicionales están prescritos para uno u otro sexo. Las mujeres practican la rowera (carrera con lanzamiento de aro) como contraparte al rarajípari (carrera con lanzamiento de bola) de los hombres18; así como el nakíbuti (lanzamiento de palitos unidos por un cordel) en oposición a la ra’chuela (lanzamiento de bola). Sin embargo, los juegos de lanzamiento y puntería tales como el rujíbara (cuatro con teja), el júbara (cuatro con palillos) y la choguira (lanzamiento con arco y flecha) son exclusivamente para varones, así como los juegos de azar (romayá) y también la lucha (najarápuami)19 (ver imagen 6, anexo 2). Con la llegada de la pubertad, hombres y mujeres están listos para el matrimonio. La tradición prescribe que sea la mujer quien tome la iniciativa, atrayendo la atención del varón que ha elegido en espera de ser correspondida. Velasco (1987) afirma que los primeros meses de vida en común de la pareja se consideran culturalmente como un periodo de prueba, tras el cual el compromiso puede disolverse sin dificultades u obligaciones. Tras ese periodo, una vez que se cuenta con el consentimiento de los padres, del mayora y del gobernador, la pareja recién formada empieza a convivir sin que medie ceremonia alguna o fiesta especial. Pocos son los que se casan por la iglesia católica y menos aún quienes lo hacen fuera del grupo étnico, aunque son las mujeres las que en algunos casos lo hacen. Llama la atención que aunque el matrimonio es monógamo y existe la exigencia tradicional de fidelidad, se contemplan posibles rupturas y rechazos sin que eso implique culturalmente una sanción moral. Cabe mencionar que en la cultura rarámuri no existe repudio hacia los hijos que nacen fuera del matrimonio ni hacia sus padres (Gabrielova, 2007). En este sentido, se puede afirmar que existe cierta flexibilidad en las relaciones afectivas y sexuales. La liberación del orden sexual se da principalmente durante las fiestas, donde al calor del tesgüino se relajan los criterios morales y se desafían las normas sociales. Águeda Gómez (2009) señala la existencia de poligamia (un hombre con varias esposas) y poliginia (una mujer con dos hombres) entre los rarámuris. Estas conductas, si bien no suelen ser aprobadas por la comunidad, lo cierto es que tampoco suelen ser sancionadas socialmente con severidad.
El interés de las carreras estriba principalmente en las apuestas entre dos comunidades o zonas. Al igual que en las fiestas religiosas, las personas de cada zona se reúnen al caer la tarde para realizar sus apuestas, que consisten principalmente en ropa y algunas veces, en dinero. 19 Llama la atención que en algunos juegos la diferencia radica en el objeto que se lanza o con el que se juega. Tal es el caso de las carreras, en donde las mujeres persiguen un aro y los hombres una bola. Algunas especulaciones de los investigadores tienen que ver con las características físicas opuestas de los objetos, que con imaginación podrían asociarse con las características sexuales de los respectivos jugadores, y más aún, con los astros a los que están vinculados (mujer-luna-aro en contraposición de hombre-sol-esfera). Sin embargo Acuña (2007) señala que no existe evidencia dentro de la propia cultura que permitan ir por ese camino. “En dado caso sólo podemos decir que se trata de objetos complementarios, como complementarios son los papeles del hombre y la mujer para la producción y reproducción de la vida social” (Ibid:51).
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Con el matrimonio, los jóvenes rarámuris cambian de estatus y adquieren compromisos y responsabilidades de las personas adultas. Aunque existe una división tradicional del trabajo al interior de la familia rarámuri, tanto hombres como mujeres saben hacer todo lo que hace su compañero, esto como medida preventiva para asegurar la supervivencia en caso de quedar solos por tiempo prolongado, cosa que suele ocurrir con frecuencia en ese contexto. Por lo regular, los hombres se ocupan del trabajo agrícola, la caza, la recolección y acarreo de leña y la construcción y reparación de la vivienda. Las mujeres por su parte, se encargan del pastoreo, aunque además tienen a su cargo el trabajo y funciones reproductivas, tales como la crianza y cuidado de los hijos, la preparación de alimentos, el acarreo de agua, el lavado y arreglo de ropa, así como la manufactura textil, la cestería y la cerámica. En cuanto a la tenencia de la tierra, en la mayor parte de los casos, se hereda por igual a hombres y mujeres. De hecho, es práctica habitual en la conyugalidad, que aunque los bienes se compartan durante el matrimonio, cada cual mantiene el derecho de propiedad sobre lo suyo, derecho que seguirá acompañándole ante la separación. Esta medida garantiza la independencia económica de los cónyuges al interior del grupo doméstico (Acuña, 2007). No obstante, en lo que respecta a la vida pública, las mujeres tienen restringida la participación durante las asambleas, así como el acceso para ocupar cargos de representación y autoridad dentro de la comunidad20. Asimismo, durante las celebraciones rituales (tesgüinadas y bailes) existe una importante diferenciación de roles por género, el cual se evidencia en las diferentes tareas y responsabilidades que son asignadas, así como los espacios de interacción para cada uno de los sexos, sin embargo hay referencias de la participación de mujeres como gobernadoras, tema que deberá ser estudiado en cuanto a los factores concretos que favorecen tal situación. En cuanto a funciones como curanderismo, son principalmente hombres quienes las ejercen. Como se puede apreciar, contrario a lo que pudiera pensarse, el sistema de género rarámuri es bastante flexible en comparación con el de otros grupos indígenas. La división del trabajo, por ejemplo, no se ajusta al patrón convencional que funciona en otros pueblos donde prevalece una economía de subsistencia basada en el agropastoreo. En el caso rarámuri, son las mujeres las que ejercen de pastoras. Lejos de estar sometidas económicamente al varón, las mujeres rarámuri mantienen cierto grado de independencia debido a que tradicionalmente se encuentran en igualdad de condiciones para heredar la tierra, poseer propiedades y tomar deciAunque fuera de la estructura tradicional se ha dado el caso de mujeres que ocupan posiciones de representación, principalmente en organismos creados por el propio Estado.
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siones en el ámbito doméstico21. Asimismo, en la esfera privada, son ellas quienes normalmente llevan la iniciativa en el matrimonio y en el divorcio o separación. Por otro lado, si bien sigue estando bajo su tutela la carga productiva y reproductiva del grupo doméstico, en caso de necesidad los roles al interior de la familia rarámuri pueden intercambiarse. En este caso se observa cómo el sentido práctico orientado a la complementariedad de papeles de género asegura la subsistencia en un entorno físico bastante duro y difícil para ello (Ibid). Pese a todo lo anterior, el régimen patriarcal de esta sociedad queda en evidencia al analizar la forma en que está conformada la estructura de autoridad –y por tanto de poder– en las comunidades rarámuris, en donde los cargos de representación sólo pueden ser ocupados por hombres, y en donde existe toda una serie de tareas y actividades que a lo largo del ciclo de vida están restringidas para las mujeres, tales como: la intervención dentro de las asambleas comunitarias, la participación en ciertos juegos y danzas tradicionales, y en general, en todas las ocupaciones que son propias del ámbito público. De igual modo, las diferencias en el grado de escolaridad y de alfabetización entre hombres y mujeres que prevalece en las comunidades rarámuris, no sólo denotan inequidad en el acceso a las oportunidades, sino que se convierten además, en una de las principales limitantes para el desarrollo de las mujeres en su entorno. A todo esto habría que agregar la carga de la violencia doméstica, machismo, y alcoholismo que han reforzado el modelo patriarcal que predomina en la sociedad rarámuri.

La idea de que existe una equidad absoluta en la repartición de la tierra y la herencia de otros bienes, debe ser matizada. En otros contextos similares donde predomina un sistema hereditario de tipo bilateral, –donde la tierra se reparte a hombre y mujeres por igual– se ha constatado la existencia de mecanismos correctores que privilegian la herencia a los hijos varones. Incluso algunos investigadores (Gómez, 2009) ubican a la propiedad de la tierra como parte de las proscripciones del mundo femenino rarámuri
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Todo el día pienso qué voy a hacer cuánto debo cómo voy a pagarlo a dónde iré a dar. Todo el día pienso... ¡Ay! ¡Mejor ser un coyote una ardilla, un pájaro! Dolores Batista (poeta rarámuri)

En México se calcula que hay poco más de 3.4 millones de jornaleros agrícolas22. Esta cantidad representa más de la mitad de los 5.7 millones de los trabajadores agropecuarios en el país (Arroyo, 2001). Según la Encuesta Nacional de Jornaleros Migrantes elaborada en 2008, el número de jornaleros agrícolas que califican bajo la categoría de migrantes se ubica alrededor de un millón 200 mil trabajadores, de los cuales el 40.5% son indígenas (Pronjag, 2000), aunque actualmente esta cifra podrías ser mayor. Chihuahua, está considerado uno de los estados del noroeste del país que más jornaleros agrícolas emplea. Si consideramos solamente a la población jornalera que migra cada año hacia esta entidad, los registros del Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas Migrantes señalan que en el 2002, se atendieron a 4 mil 678 jornaleros; de los cuales 2 mil 573 eran hombres y 2 mil 105 mujeres. Sin embargo, diversas fuentes ubican la importancia del estado de Chihuahua como estado de atracción de fuerza de trabajo jornalera, pero también como expulsora de ese mismo tipo de trabajadores.
Por jornaleros agrícolas se entiende, personas que han dejado de depender exclusivamente de su economía campesina y deben de subordinarse a una relación de capital-trabajo.
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[La fuerza de trabajo local] yo creo que no es suficiente, yo creo que no hay suficiencia de recursos [para atender], por ejemplo, a 35 mil personas indígenas de otros estados del país que vienen durante unos meses, año con año a Chihuahua; en un proceso que terminan aquí y se van a Sinaloa, terminan en Sinaloa y se van a Sonora, terminan en Sonora y se van a Baja California. Es un proceso migratorio ya muy formado desde hace tiempo. Somos un estado receptor en el caso de jornaleros agrícolas, pero también somos un estado expulsor en el caso de los indígenas nativos, es decir los rarámuris, quienes no sólo migran al interior del estado a las principales ciudades: Camargo, Parral, Cuauhtémoc, Ciudad Juárez y Chihuahua [capital] sino que también hoy están migrando a Torreón, Coahuila, Sinaloa, Sonora e inclusive hasta Baja California para realizar actividades de tipo agropecuarias y forestales (Funcionario, Coordinación Estatal de la Tarahumara, Chihuahua).

La Unión Agrícola Regional de Fruticultores del Estado de Chihuahua, A.C. (UNIFRUT) estima que en la región manzanera de Chihuahua (Bachíniva, Namiquipa, Guerrero y Cuauhtémoc) existen 35 mil trabajadores agrícolas permanentes laborando en los campos de manzana y 10 mil jornaleros migrantes. Por su parte el IMSS estima que cada año, durante la temporada de cosecha, se integran más de 10 mil jornaleros al trabajo en las huertas23. La ciudad de Cuauhtémoc, considerada la zona productora de manzana más importante del país, demanda año con año la concurrencia de fuerza de trabajo para su empleo intensivo durante las temporadas de desaije y cosecha de este producto. Cifras conservadoras, como se ha señalado previamente, ubican en más de 5 mil 500, el número de jornaleros migrantes que se trasladan a Cuauhtémoc para contratarse en los huertos de manzana, la mayor parte de los cuales –cerca del 90%– pertenecen al grupo indígena rarámuri (Ramírez, Palacios y Velasco, 2006). Actualmente no existe información estadística disponible que muestre, a nivel local, la procedencia, el status migratorio y la composición etaria y genérica y otras características sociodemográficas de los jornaleros migrantes que laboran en los huertos de manzana en Cuauhtémoc. Los registros censales, tanto de INEGI, como del PAJA, evidencian contradicciones sobre las que diversos académicos han hecho énfasis24. Sin duda, las condiciones de vida y trabajo de las y los jornaleros se vuelven más complejas por la invisibilidad estadística de la que son objeto. La falta de un
En prensa: http://www.xepl.com.mx/busqueda.php?Q=jornaleros&P=0. En cuanto a las cifras del PAJA, una de las principales limitaciones es que muestra únicamente concentraciones de jornaleros que están declarados como tales en sus respectivas regiones expulsoras. Por otro lado los datos de INEGI muestran limitaciones básicas que algunas autoras como Barrón (2001) han señalado: por ejemplo los registros censales suman jornaleros y peones de la actividad agropecuaria y de la construcción. Además las definiciones actuales de migración y migrantes internos sólo se refieren a la persona que cambio de lugar de residencia habitual de forma permanente y excluye a quienes lo hacen de forma temporal. De esta forma no queda claro cómo se registra a los migrantes temporales-permanentes, es decir, son permanentemente jornaleros, pero su movilidad geográfica los hace temporales en una localidad.
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registro adecuado, impide definir políticas sociales que atiendan de forma eficiente la problemática los jornaleros migrantes y sus familias (ver imagen 7, anexo 2). Esta situación afecta de forma particular a las mujeres rarámuris. La ausencia de información cualitativa y cuantitativa referente a la forma en que participan en el trabajo agrícola, así como su proporción, sus características, motivaciones e impactos, dificulta la posibilidad de incorporar la perspectiva de género en el análisis y diseño de políticas públicas en ese ámbito. Como veremos a continuación, las condiciones de vida y de trabajo de los jornaleros agrícolas que trabajan en los campos de manzana de Cuauhtémoc, difieren en términos de sus adscripciones étnicas y genéricas, así como de su estatus migratorio, por lo que una conclusión preeliminar de este trabajo, apuntaría al diseño, generación, publicación y análisis de estadísticas confiables que rindan cuenta de estos relevantes aspectos. Factores de expulsión en la Sierra Tarahumara Si bien la migración poblacional entre la Alta y la Baja Tarahumara es una práctica social arraigada como parte de la cultura tradicional de este grupo étnico, el desplazamiento hacia las zonas agrícolas y las grandes ciudades en busca de trabajo, es un fenómeno relativamente nuevo, inducido por las difíciles y extremas condiciones de pobreza que se viven en la Tarahumara. En efecto, la población que habita en la sierra, enfrenta condiciones adversas que se reflejan directamente en sus necesidades básicas de alimentación y salud. Figura 6. Región Tarahumara

Fuente: Diagnóstico sociocultural de diez municipios de la Sierra Tarahumara (2010).

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Entre las ocupaciones relevantes de indígenas y mestizos destacan la agricultura y la ganadería, así como la explotación forestal. La Encuesta Nacional de Empleo en Zonas Indígenas (1997) señala que la agricultura es la principal rama de actividad en las comunidades indígenas en la que participa el 70% de la población ocupada. El resto se ocupa en el trabajo artesanal (13%), el comercio (6.4%), la industria de la construcción (3%) y otras actividades (6.4%). La dependencia de las actividades agrícolas en la Sierra Tarahumara coloca a los habitantes indígenas y mestizos de esta región en una situación de vulnerabilidad, en tanto que se calcula que de las aproximadamente 160 mil hectáreas de terreno cultivable, el 95% son de temporal, con suelos pobres y delgados que no tienen vocación agrícola, erosionados entre otras razones, por la sobre explotación de los bosques. En estas condiciones, la agricultura y ganadería son prácticamente actividades de subsistencia. Según la ENEZI (1997) del total de la población indígena, el 42.8% trabaja por cuenta propia, el 33.4% corresponde a familiares que trabajan sin percibir ingresos y el 19.3% son trabajadores asalariados con un trabajo más o menos permanente de baja remuneración. A esta precaria situación habría que agregar los imponderables climáticos que en los últimos años se han vuelto crónicos. En efecto, la deforestación, la erosión de la tierra, y la escasez de las lluvias que desde hace décadas asolan a la Sierra Tarahumara han dado lugar al surgimiento de hambrunas en algunos de los municipios indígenas, lo que ha incentivado la migración hacia las ciudades (Acuña, 2007)
[En la sierra] ya no es tanto lo que siembran, ahora no siembra la gente por allá, no sé por qué, ya no le gusta sembrar, ya no le gusta el trabajo, no se da muchas veces, se echa a perder, muchas veces falla la lluvia (…) parece que sí ha cambiado [el clima] porque ahora que fui, no vi a nadie en la agricultura, sembrando maíz. (María, 34 años, jornalera rarámuri) ¿A qué venimos? Pos es que de allá, en mi pueblo no hay trabajo. No hay trabajo y necesitamos (…) No hay en la sierra trabajo, por eso vienen a buscar trabajo, ya aquí los ocuparon en lo que hay aquí, hay grupos acá de trabajo, porque en la sierra ya no tienen trabajo para todos (Entrevista grupal, jornaleros rarámuris, albergue de La Norteñita)

que suponen una incapacidad de los grupos domésticos para cubrir la más vital de sus necesidades: la alimentación.
Es muy triste, no hay trabajo en la sierra (…) no pus [la comida] se acaba ya para diciembre, en enero, por ahí ya se acaba, es muy poquita tierra, ¡puro barranco, pues! No es tierra (…) nos trajimos desde allá, porque allá no había qué comer. (Felicitas Durán, s/e, jornalera rarámuri) Aquí no sufro de comida, aquí trabajamos y allá en la sierra no. (María del Rosario, s/e, jornalera rarámuri) [Venimos porque] no hay comida allá. (Lucía Nazaria, 16 años, jornalera rarámuri)

A lo largo de las entrevistas a los jornaleros rarámuris la palabra “hambre” es recurrente cuando se indagan acerca de las causas que suscitan la migración. El hambre como categoría analítica, nos permite hacernos una idea de las extremas condiciones de marginación que privan en la Tarahumara, condiciones que rebasan la esfera de la dotación de servicios básicos, infraestructura, salud y educación y

Las estadísticas en torno a este problema concuerdan con los testimonios de los jornaleros rarámuris. El Informe sobre Desarrollo Humano de los Pueblos Indígenas de México (PNUD, 2006) posiciona a Chihuahua como el estado con mayores desigualdades interétnicas, al menos en lo que al índice de desarrollo humano se refiere. Chihuahua, a pesar de estar considerada como una entidad con alto desarrollo (0.8471) muestra una diferencia de 26.1% entre indígenas y no indígenas (0.6379 en indígenas, 0.8633 para no indígenas). Si uno revisa los niveles de marginación de la Sierra Tarahumara se puede percatar de que los niveles que se registran en esta región son muy altos, ya que 16 de los 23 municipios que integran la zona presentan categorías de muy alta y alta marginación, mientras que tres se ubican en el rango de medio y sólo cuatro en el de baja marginación. Sin duda este tipo de estadísticas ha incidido en que algunos autores (Stefani y Arteaga, 1994) afirmen que en términos generales, los niveles de vida en esta región, sean dos veces inferiores al promedio nacional, y en el caso de los municipios con mayor población rarámuri, tres veces inferiores a dicho promedio. La muestra más evidente de esta situación, es el alto índice de mortalidad infantil que registran las comunidades indígenas de la Tarahumara. El Informe sobre Desarrollo Humano de los Pueblos Indígenas de México (PNUD, 2006) señala que los dos municipios con la más baja sobrevivencia infantil del país corresponden a Morelos y el municipio de Batopilas en la región Tarahumara de Chihuahua. Asimismo afirma que dentro de esta misma región, situada al noreste del país, se encuentran dos comunidades rarámuris –Uruachi y Urique– las cuales se encuentran entre los 20 municipios con menor sobrevivencia infantil de todo el país. Así, la región Tarahumara registra la tasa de mortalidad infantil más alta de todo México, que es de 23% (Gabrielova, 2007).

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Cuadro 15. Grado de marginación, Sierra Tarahumara

a enfermedades cuya síntomatología coincide con la de enfermedades gastrointestinales, en vías respiratorias y desnutrición, todas ellas enfermedades que en un contexto urbano no representan un peligro para la vida.
[Mi mamá] pues nomás tuvo algunos, como unos doce [hijos]. Le vivieron nueve. (María, 34 años, jornalera rarámuri) Tuve cinco [hijos] pero se murieron muchos (…) unos dos se murieron así en la panza (…) y tres hombrecitos más se murieron (…) uno tenía como tres meses, tenía una bola aquí, de este tamaño así (...) otro tenía un dolor de sarampión, no lo curó el doctor, pero sí lo llevé allá a Chihuahua, al hospital. “Está bien, está bien”, dijo el doctor [pero murió] y ya lo dejé nomás ahí. (Isabel, s/e, jornalera rarámuri) Somos siete herrmanos (…) que yo me acuerde a mi mamá [se le murieron) cuatro, creo. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri) -¿Cuántos hijos ha tenido? -Yo nomás cinco. -¿Y todo se lograron? -No, nomás uno tengo ahora. -¿Y qué le pasó a los otros? -Enfermos, tres se enfermaron y a uno le pasó un accidente. -¿De qué murieron? -Diarrea, uno nomás tenía seis meses, niñas eran dos. -¿Y qué les pasó? -También diarrea. (Maricruz, 50 años, jornalera rarámuri)

Fuente: COESPO, con base en el XII Censo general de Población y Vivienda, INEGI.

En el último informe sobre desarrollo humano del PNUD (2010) se señala que en general, la población originaria en los municipios de México alcanza niveles de desarrollo humano inferiores a la población no indígena. Haciendo una comparación internacional, este informe señala que el municipio con menor índice de desarrollo humano de los pueblos indígenas de México, está en Batopilas, Chihuahua, en la Sierra Tarahumara, con un índice de 0.3010, cifra menor que el país con menor desarrollo humano en el mundo, que es Níger con un IDH de 0.3300. Los testimonios que se recogieron entre los jornaleros rarámuris durante el trabajo de campo concuerdan con estas estadísticas. La mayor parte de las mujeres entrevistadas reveló haber perdido uno o más hijos menores de cinco años debido

El principal problema de salud de los niños indígenas es la desnutrición crónica. Esta condición no solamente afecta a la población infantil sino también a las mujeres, sobre todo las embarazadas y que están en periodo de lactancia. Datos de la Coordinación Estatal de la Tarahumara (2006) señalan que el 40% de las mujeres indígenas tiene anemia, lo que aumenta la probabilidad de complicaciones durante el embarazo o de dar a luz a niños prematuros o con bajo peso al nacer, situación también que pudo ser detectada en algunas de las entrevistas realizadas.
De mi mamá no sé [cómo murió] no me saben explicar, que según iba a aliviarse creo y no salió bien. (José Gonzalo, s/e, jornalero rarámuri)

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La más chica de mis hermanas se murió el año pasado, [tenía] catorce, dicen que se murió de anemia, porque casi no comíamos bien cuando se murió mi papá (…) [Mi mamá tuvo] muchos, como doce o quince, pues ahorita ya estamos viviendo, como siete nomás quedan. (Lucía, 33 años, jornalera rarámuri)

De acuerdo a un diagnóstico realizado por la Coordinación Estatal de la Tarahumara, la situación nutricional y de salud de las mujeres que habitan en la sierra aparece más deteriorada que la de otros estratos de las propias sociedades indígenas, situación que desde su perspectiva se debe a que “la distribución de los alimentos al interior de la familia privilegia a los adultos varones por lo que las mujeres y los niños presentan el mayor grado de desnutrición” (CET, 2006: 11). Además de las condiciones de marginación y de pobreza que privan a lo largo de la Sierra Tarahumara existen una serie de situaciones complejas, e interrelacionadas, que forman parte de la problemática contemporánea del grupo étnico rarámuri, y que influyen en la intensidad con que el fenómeno migratorio se ha venido presentando en los últimos años. Una de ellas, es la que se vincula con la tala inmoderada, una actividad que muchas veces asume un carácter ilegal y que a lo largo de las últimas décadas ha dejado tras de sí una estela de erosión, alteraciones climáticas, extinción de flora y fauna endógena, así como sequías prolongadas que afectan la de por sí ya baja productividad de la tierra. Chihuahua es uno de los estados de la República con mayor riqueza forestal y dentro de éste, la región Tarahumara ocupa la mayor parte de la superficie. La principal masa forestal en la que predominan pino, encino, táscate y pinabete se localiza en la zona denominada Alta Tarahumara. Los pueblos indígenas que durante siglos habitaron esta región desarrollaron formas de interacción socioeconómica y cultural con los ecosistemas que permitieron crear y perfeccionar complejas prácticas de manejo que combinaron la conservación, la capacidad productiva y la regeneración natural de los recursos. Sin embargo, a principios del sigo pasado, las compañías madereras llegaron a las comunidades indígenas y comenzaron a explotar los bosques como consecuencia de la demanda de madera que derivó de la expansión del ferrocarril y la explotación de las minas. Durante varias décadas, los bosques de la Sierra Tarahumara sufrieron una explotación irracional sin que existiera acción alguna de reforestación. La modificación de los patrones tradicionales que las comunidades indígenas perfeccionaron para garantizar el equilibrio entre aprovechamiento y conservación de los recursos naturales de su entorno, dio como resultado la ruptura del equilibrio socioecológico en amplias regiones de la Tarahumara, reduciendo la calidad y can-

tidad de los recursos naturales disponibles, y acentuando todavía más la pobreza de la población indígena. Actualmente, en muchas regiones de la Tarahumara, las familias indígenas ya no pueden reproducirse sin el apoyo del trabajo en la empresa forestal y, paradójicamente, es la explotación forestal la que ha provocado el empobrecimiento de los indígenas al propiciar, con la deforestación y la contaminación de ríos y arroyos con aserrín, una degradación del ciclo ecológico en la región (Molinari, 2010). Si bien es difícil vincular de forma directa la deforestación de los bosques, con procesos de índole global como los de cambio climático, lo cierto es que los habitantes de estas regiones señalan que fue a partir de la sobreexplotación de los recursos forestales por parte de las compañías madereras, que se comenzaron a observar cambios en los patrones climáticos que definían los ciclos agrícolas y el potencial productivo de la agricultura de temporal en la Sierra Tarahumara. El siguiente testimonio es muestra plausible de ello:
Se cuenta que hace tiempo andaban los camiones sacando pinos con camiones cargados y que alguien comentó que se estaban acabando la sierra con los pinos y por eso no llovía y el dueño de los camiones dijo que no era cierto porque estaban naciendo pinos y reforestando el bosque; un tarahumara que les escuchaba dijo: “sí es cierto, pero ellos están chicos y todavía no saben pedir el agua como esos grandes que ya mataste”. (Francisco, integrante de OSC, Cuauhtémoc)

Pintado (2000) señala que el auge destructivo de las compañías madereras fue entre 1950 y 1990. Para esta fecha muchos de los aserraderos ya habían cerrado. Hoy en día subsisten en la Tarahumara algunas compañías que tienen contratos de explotación con algunas comunidades y cuya actividad coexiste con la tala ilegal de los bosques por parte de los propios comuneros y ejidatarios. En muchas regiones de la sierra, el trabajo asalariado en el corte de madera y como mano de obra en los aserraderos, es actualmente la única actividad productiva, ya que las tierras se encuentran sumamente deterioradas, inutilizadas para el uso agrícola. Cuando las labores en los aserraderos se paralizan, grandes contingentes de población se quedan sin trabajo y por tanto sin ingresos económicos para mantener a sus familias, factor que impulsa el éxodo fuera de sus comunidades.
Hay muy poca chamba, como ya no hay el pino, ahorita está cabrón (…) no trabajaron nomás porque se está acabando el pino, yo creo que casi no hay pino ya. (Entrevista grupal, jornaleros rarámuris, albergue La Norteñita)

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Allá [en la sierra] estoy nomás un tiempo, tres meses. Se trabaja en aserraderos y a veces ya no hay cupo para los demás, ocupan muy poco y pues hay que buscarle a otro lado. (Miguel, 26 años, jornalero rarámuri) Allá trabajo en el monte, en la madera, de temporaditas trabajo en la madera nomás, un mes si acaso, [el resto del año] pues buscarle, a ver qué sale, pos en lo que sale, trabajitos así para poderse mantener. (Manuel, 47 años, jornalero rarámuri)

y las condiciones de marginación y pobreza, los habitantes de la Tarahumara se han involucrado en la siembra de marihuana y amapola. Así, bajo la influencia del narcotráfico, algunos de ellos obtienen ingresos que difícilmente podrían obtener de otra forma.
[Allá en la sierra] consumen marihuana más bien, porque es lo que siembran, tienen más acceso a eso. En esa zona de Norogachi hay mucho, mucho. Yo conocí dos compañeras que eran de Guadalupe y Calvo, bueno allá en el municipio ellas platicaban que sí sembraban, son tepehuanas, sembraban ahí, ayudaban a regar y todo lo que se tiene que hacer para hacerle cuidados a esas plantas. (Luciana, 28 años, jornalera rarámuri)

En las regiones forestales se ha tratado de corregir la explotación ilegal a través de la participación del Estado, de los comuneros y ejidatarios. Sin embargo, esta medida no ha evitado el deterioro ni la destrucción del recurso, lo que impide un aprovechamiento racional del mismo. Otro factor de expulsión, relativamente reciente, el cual aparece de forma recurrente en las entrevistas realizadas a los jornaleros rarámuris en Cuauhtémoc, es la inseguridad y la violencia asociada al narcotráfico en las comunidades indígenas de la Sierra Tarahumara. Para nadie es desconocido que el cultivo de la marihuana y amapola en la región de la sierra, proporciona ingresos jugosos a sembradores, e intermediarios a distintos niveles. Esta actividad da lugar a conflictos armados, territoriales, sociales e interétnicos que afectan la vida de la población en la sierra, haciendo de la inseguridad una constante. Los conflictos asociados al narcotráfico son fuente de violencia, y colocan a los municipios de la sierra, junto con Ciudad Juárez, como los de mayor número de homicidios en el estado. No existen cifras oficiales de cuánto narcocultivo se realiza en la Tarahumara ni de las organizaciones que lo operan. George Mayer (1996) en su estudio sobre la conflictividad de la Sierra Tarahumara, menciona que el valor de una cosecha por hectárea de maíz en el año en que desarrolló su investigación era de 500 pesos, en tanto que una de marihuana podía llegar a los 500 mil pesos. Asimismo señala que los municipios con mayor participación en la producción y traslado de marihuana son Guadalupe y Calvo, Morelos, Guachochi, Nonoava, Chínipas, Urique y El Tule. A nivel empírico, se percibe cierta tensión social por la presencia de la Policía federal y el Ejército mexicanos. El narcotráfico (propiamente, el narcocultivo) es una actividad que permea toda la vida social serrana. De una u otra manera todos se ven afectados, aunque en algunos casos extremos, se ha llegado a dar el destierro obligado de familias por la presencia del narco (Molinari, 2010). En la actualidad, el narcocultivo ya no es un problema circunscrito a las comunidades de difícil acceso, sino que su tráfico y otras acciones de violencia relacionadas afectan a los habitantes de toda la sierra. Frente a presiones externas

Aunque la influencia del narco en la vida rarámuri varía de una región a otra, lo cierto es que en los últimos años, las actividades ilícitas han introducido inseguridad, violencia e intranquilidad en las comunidades indígenas y cabeceras municipales, incluso aquellas que se habían mantenido al margen de estos procesos. Algunos de los testimonios recopilados en Cuauhtémoc rinden cuenta de la violencia cotidiana en algunas zonas de la Sierra Tarahumara y de su influencia en los procesos migratorios.
En veces vienen de la sierra para acá, los corrieron los bandidos de allá y vienen para acá, se quedan dos o tres días y se van. (Josefina, 38 años, jornalera y gobernadora rarámuri) [En la sierra] sí que está peligroso ya hasta llevar dinero. Por allá han asaltado, pues, en el mismo pueblo han asaltado, asaltaron ahí la tienda (…) la gente dice que hay [narcotráfico] pero así que se vea totalmente abierto, no. (Romualda, s/e, jornalera rarámuri) A la mamá le dieron un balazo. Le pasó por aquí así, la fregaron, porque ya no puede hablar la señora (…) a un encargado de la Conasupo, estaba tocando el acordeón ahí en su casa muy a gusto, alzó el acordeón y se salió afuera para lavarse los dientes y ahí fue cuando le dieron un balazo en la espalda y lo mataron. Era un conocido mío. Era la noche, como a las nueve. A la señora la dejaron inconsciente, tirada, le robaron dinero (…) A unos los dejaron amarrados y se llevaron lo mejorcito que tenían y por eso prefirieron irse al pueblo mejor. Hay unos que tenían familiares aquí y se vinieron directamente pa´ acá y otros a San Juanito. (Manuel, 47 años, jornalero rarámuri) Ahora ya ves que hasta pistolas usan, sí, porque allá abajo es donde viven esas personas que son más agresivos, no se les puede decir nada o siquiera estar viendo (…) de San Juanito para allá ya no los puedes ver así nomás, luego, luego te dicen que por qué los ves. Me estaba diciendo mi hermano que después de las ocho de la noche ya no puedes

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andar por la calle porque te levantan, te golpean o te matan por ahí. Más si te encuentran desconocido. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri)

Como se puede observar, la vida en la Sierra Tarahumara está marcada fuertemente por la pobreza extrema, así como por el surgimiento de fenómenos emergentes, de índole ambiental o social, que inciden en la conducta migratoria de la población, particularmente de los grupos indígenas. En un contexto donde la actividad agraria no es suficiente para la superviviencia, y donde la violencia y la inseguridad se han convertido en parte de su cotidianidad, los y las rarámuris salen de sus comunidades en busca de oportunidades de empleo y de ingreso para sus familias, aunque como veremos en el siguiente apartado, esto implique colocarse en una posición vulnerable, ya sea en las ciudades o en los campos agrícolas. Pautas migratorias entre la población rarámuri La migración, como estrategia de reproducción familiar, no es una práctica nueva entre los grupos indígenas que habitan en la Tarahumara. Claudia Molinari (2010) señala que en el caso de los rarámuris, es posible reconocer con claridad dos tipos diferentes de desplazamientos. Por un lado, el movimiento migratorio estacional cumbre-barranco, propio de su dinámica cultural y vital. Este movimiento, que podría considerarse de carácter “tradicional” se da entre los rarámuris que poseen dos o más propiedades generalmente ubicadas, una en las tierras altas de la cumbre y otro en las tierras bajas del barranco, donde cultivan el maíz que se destina para el consumo familiar. Se trata de un desplazamiento estacional porque pasan el verano en la cumbre y el invierno en el barranco, evitando con ello el mal tiempo y asegurando una cosecha relativamente suficiente para el año (Pintado, 2000). Otro tipo de movimiento es la migración propiamente dicha, es decir, el desplazamiento fuera del territorio étnico, generalmente estimulado por necesidades económicas. Bajo esta categoría se pueden distinguir dos tipos de migrantes. En primer lugar, destacan los migrantes temporales, cuyo desplazamiento hacia los centros agrícolas durante las temporadas de cosecha, responde a una estrategia familiar que les permite complementar la cada vez más precaria economía familiar. Estos migrantes dejan la sierra durante unos meses para emplearse como jornaleros agrícolas en la pizca de manzana en los municipios de Cuauhtémoc, Bachíniva, Namiquipa y Guerrero; o bien, en Sonora, Sinaloa o Durango, donde trabajan también como jornaleros agrícolas en las temporadas de cosecha de distintos productos hortícolas y frutícolas. Al concluir este periodo, las y los trabajadores retornan a sus lugares de procedencia para ocuparse de las labores agrícolas, estableciendo una migración de tipo “pendular”.

Allá, ahora en este tiempo vamos a cortar los troncos esos, ver el maíz, pizcar, todo eso. Ya después empezamos a barbechar y ya al último a sembrar. Yo, por decir, yo dejo mi siembra allá en la sierra y vengo a trabajar aquí una temporadita, nomás unos meses, unos dos meses y luego vamos pa’ atrás. (Entrevista grupal, jornaleros rarámuris, albergue de La Norteñita) Cuando no hay trabajo [en Cuauhtémoc] vamos a ir a la sierra. Luego, cuando hay pizca de manzana, venimos a trabajar para acá. (Lupe Francisca, s/e, jornalera rarámuri) No pues mi idea es yo ir y venir, y así como le estamos haciendo, porque yo tengo en la sierra allá, tengo que sembrar, tengo que preparar la tierra (…) uno pide permiso cuando llega el patrón [le dice]: ya voy para la sierra, hay que sembrar mi tierra y ni modo patrón, hay cuando vuelva. Y como queda mucho más gente, pues llega otra persona a trabajar ahí. (Félix, 56 años, jornalero rarámuri)

Cuando las posibilidades económicas lo permiten, una parte de la familia se queda en la sierra, y otra –generalmente el jefe de familia o los hijos mayores– se desplazan a las ciudades o los centros agrícolas en busca de trabajo.
Tres [de mis hijos] están allá, cuidando la siembrita. Ahorita están deshierbando la siembrita, vienen también, todos vienen [a Cuauhtémoc] y a veces también todos vamos cuando vamos a levantar la siembra, cuando ya no hay nada que hacer allá, se vienen a trabajar. (Félix, 56 años, jornalero rarámuri) Me gusta aquí porque hay trabajo. Ya nomás se acaba aquí y me voy para allá. [Estoy] en las dos partes (…) Cuando hay desaije [también] vengo, pero ahora no vine. Vino mi señora y estuvo trabajando. Yo me quedé allá en la sierra. (Manuel, 47 años, jornalero rarámuri)

Si bien, buena parte de los jornaleros rarámuri establece un patrón migratorio pendular, desde sus comunidades de origen hacia los principales centros agrícolas de la región, en las entrevistas realizadas en Cuauhtémoc, durante esta investigación, se pudo detectar la existencia de un buen número de jornaleros cuyo patrón migratorio es de carácter itinerante o “golondrino”, es decir, que se desplazan de forma permanente o semi-permanente, entre diferentes regiones agrícolas, siguiendo las cosechas y buscando la continuidad en el empleo, por ejemplo, entre los entrevistados provenientes de los municipios de Urique y Guachochi, se identificó este tipo de migración.

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En Guachochi casi no me la paso (…) Allá [estoy] nomás un tiempo, un rato, tres meses (…) yo estaba trabajando por Sonora y de Sonora me pasé para acá (…) y pues yo creo que estaré por aquí hasta que se acabe el trabajo de la pizca de la manzana, luego, a ver cómo se ve más adelante. De aquí pienso irme para Sonora, donde estaba trabajando la otra vez, y al año, pues regresar. (Miguel, 26 años, jornalero rarámuri) Antes de que nos viniéramos para aquí nos íbamos a la pizca de tomate, de chile, todo eso allá en los campos [de Sinaloa] y ya después nos vinimos por acá (…) el primero de agosto venimos aquí, apenas empezaba la pizca (…) ya vamos a tener un mes y nos pensamos regresar el mes que entra. (Cristina, 32 años, jornalera rarámuri) Yo vengo aquí a trabajar cada año [tengo viniendo] más o menos como unos diez años. [El resto del tiempo] estoy en Sinaloa, en el tomate, los chiles, en todo (…) en la casa, ya nomás estamos un mes y nos venimos otra vez para acá (…), luego tres meses estoy en Sinaloa, luego en la casa estoy un mes y luego para acá. (Ignacio, 37 años, jornalero rarámuri)

Otra modalidad de migración temporal entre los rarámuris, es aquella en donde se desplaza toda la familia a las principales ciudades del estado (Chihuahua, Juárez, Delicias, Parral) durante los meses subsecuentes a una mala cosecha con la intención de conseguir recursos económicos a través de empleos eventuales: en el caso de los hombres, regularmente la albañilería; y el trabajo doméstico o la recolecta de “córima”, entre las mujeres y los niños. Una vez que la familia ha reunido el recurso mínimo, o que ha pasado la temporada de invierno, regresa a sus comunidades de origen para preparar los trabajos de la siembra del maíz o frijol.
No pues casi toda la sierra se viene para acá (…) todos se vienen a trabajar, a veces cuando hay trabajo, se desparraman por donde quiera: Chihuahua, Juárez, donde quiera van (…) cada vez hay más gente que llega aquí, cada año, porque a veces no levanta cosecha allá en la sierra, o les va mal porque no llueve, o a veces le llega la plaga a las cosechas, por eso se viene más gente a la ciudad, porque en la ciudad como quiera se consigue comida, le dan ayuda por las casas donde están viviendo, y allá ¿quién le va a ayudar? si todo está igual, nadie progresa. (Félix, 56 años, jornalero rarámuri) Las temporadas fuertes son de abril a mayo y luego empiezan a venir ahorita, en agosto hasta que se termina la pizca en los primeros de octubre, luego se vienen en diciembre, se vienen a pasar aquí el invierno, se están hasta el primero de febrero. (Herminia, responsable de Albergue Minita, Cuauhtémoc)

Algunos autores ubican a la propiedad de la tierra como un factor de anclaje a las comunidades de origen (Balán, 1980; Sánchez, 2000; Nemecio, 2005). Bajo esta idea, las familias que cuentan con tierra establecerían procesos migratorios pendulares; mientras que las familias que carecen de tierra contarían con incentivos para migrar en busca de trabajo sin las restricciones que impone el ciclo agrícola en la Sierra Tarahumara. Las entrevistas realizadas en Cuauhtémoc confirmaron en parte esta idea; sin embargo, tal como lo veremos en el siguiente apartado, también se encontró evidencia de la existencia de otro tipo de factores que estarían presionando a las familias rarámuris a desplazarse fuera de sus comunidades por periodos más largos. Cabe señalar que aunque la distinción entre migración pendular y golondrina sirve para referir a ciertos patrones generales de comportamiento entre los jornaleros, conviene retomar la propuesta de Sánchez (2000) quien puntualiza que no se trata de categorías cerradas, ya que en contextos rurales concretos, estos patrones migratorios pueden presentarse simultáneamente, y la condición de migrantes individuales puede variar en el tiempo, o incluso, presentarse de forma distinta al interior de un mismo grupo doméstico. Cuadro 16. Tipos de migración rarámuri

Fuente: Elaboración propia. Trabajo de campo, 2010.

Con respecto a este tipo de desplazamiento, durante las entrevistas a jornaleros y jornaleras rarámuris se detectaron diversas formas migratorias vinculadas relaciones de apoyo y solidaridad que brindan soporte durante el trayecto y la estancia migratoria: familias extendidas integradas por padres y madres con hijos, nueras, yernos, nietos y nietas, en donde una o dos mujeres se hacen cargo del cuidado de los niños menores y de la preparación de alimentos, mientras el resto acude al trabajo en las huertas; familias nucleares en donde las mujeres se quedan en el espacio de acogida con los niños pequeños y los hombres van a trabajar a los huertos, o ambos van a trabajar y dejan a sus hijos con las abuelas en sus comunidades de origen; grupos de mujeres, hermanas, primas solteras que se organizan para acudir juntas al trabajo de desaije y cosecha de la manzana; grupos de mujeres jóvenes acompañadas por suegra, tía o madre, en donde todas acuden al trabajo jornalero; y mujeres jóvenes acompañadas por un familiar. Se observa también la migración individual, particularmente entre los varones, cuando ya han establecido cierta experiencia y trayectoria en el trabajo y han establecido relaciones con empleadores.

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Cuadro 17. Tipo de migración temporal

Cuadro 18. Características de la población jornalera entrevistada

Fuente: Elaboración propia. Trabajo de campo, 2010.

En segundo lugar, destacan los migrantes permanentes que comenzaron siendo sólo temporales y que establecieron su residencia en Chihuahua, Ciudad Juárez o incluso en algunos centros agrícolas como Cuauhtémoc. Estos migrantes no quedan del todo desvinculados de la economía tradicional, pues transfieren regularmente recursos a sus familiares en la sierra o aceptan en sus casas a nuevos migrantes, constituyéndose, así, como un eslabón más en la cadena migratoria (Molinari, 2010). Datos de la Coordinación Estatal de la Tarahumara25, señalan que en el estado existen más de 70 asentamientos de inmigrantes indígenas, 49 de los cuales se encuentran en la ciudad de Chihuahua, donde viven 746 familias, con un total de 3 mil 464 personas, aunque pueden sumar hasta 4 mil 500 en épocas de cosecha. En el caso de Cuauthémoc, destaca el asentamiento “Rayénare” en donde habitan familias tarahumaras que se han establecido de forma permanente en este municipio chihuahuense (ver imagen 8, anexo 2). En lo que concierne a las pautas migratorias, cabe señalar que la población rarámuri tiende a permanecer dentro del territorio nacional sin cruzar la frontera hacia los Estados Unidos. En este sentido, los centros de migración escogidos por los indígenas chihuahuenses son las ciudades del mismo estado, o bien de Sinaloa, al suroeste de Chihuahua, donde sólo temporalmente se emplean como jornaleros agrícolas. Así, considerando la propuesta de tipología elaborada por el Pronjag (1996), encontramos los siguientes tipos y características entre los y las jornaleras agrícolas entrevistados:

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Organismo del gobierno del estado de Chihuahua responsable de la atención a la población indígena de la entidad.

Fuente: Elaboración propia, trabajo de campo 2010.

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Como se mencionó previamente, la migración rarámuri hacia Cuauhtémoc es propiciada principalmente por la actividad frutícola y en alguna medida por otros cultivos (maíz, frijol), en particular, la producción de manzana que requiere de numerosa fuerza de trabajo que pueda adaptarse a las condiciones de flexibilidad que la caracteriza (temporalidad, trabajo intensivo y barato, gran informalidad y pocos requisitos en cuanto a condiciones de vida). Las temporadas de mayor demanda de mano de obra se concentran durante los meses de abril, mayo y junio durante el desaije o raleo (se eliminan algunas manzanas para garantizar mejor tamaño y calidad de la fruta), y durante los meses de la cosecha que empieza en agosto y termina en octubre. En esos meses la población rarámuri migrante que se asienta en Cuauhtémoc y sus alrededores, alcanza su mayor concentración. Otra temporada corta en la que suelen llegar indígenas rarámuris a Cuauhtémoc, comprende los meses de diciembre y enero, cuando muchas familias migran hacia las zonas bajas de la Tarahumara para huir del frío de la sierra. Dado que los albergues de las empresas productoras de manzana y de Sedesol se encuentran cerrados durante esa época, los migrantes se ven obligados a hospedarse en los hogares de sus familiares y conocidos o en los albergues de las asociaciones civiles o instituciones de beneficencia. Sánchez (2001) señala que para cada cultivo y región particular, el sistema de intermediación a partir del cual se suministra fuerza de trabajo a los campos agrícolas, adopta características particulares, dependiendo de la magnitud de la demanda estacional, de las fuentes de suministro de mano de obra, del grado de tecnificación y división de trabajo en las labores agrícolas y del tipo de productor, entre otros factores. En el caso de la producción de manzana en Cuauhtémoc, es posible identificar varios tipos de estructuras organizativas a partir de las cuales se desarrolla el reclutamiento de mano de obra. Por lo regular, los rarámuris recurren a contratistas locales –también llamados enganchadores– que se ocupan del traslado desde sus comunidades de origen hasta los campos agrícolas de Cuauhtémoc, a cambio de cierta cantidad de dinero, la cual será pagada antes o después del traslado, con los primeros jornales obtenidos en las huertas de manzana. Estos contratistas o enganchadores están apalabrados con las principales empresas productoras de la región. De modo tal, que los contingentes de jornaleros arriban directamente a los albergues controlados por dichas empresas, en donde permanecen alojados durante el tiempo que dura la cosecha.
Ellos [los rarámuris] llegan ya contratados directamente por La Norteñita. No sé si con los lugares especificados. Colaboran con la gente [de la sierra], con los gobernadores

indígenas y los tratan de ubicar ya para que lleguen directamente al trabajo. (Funcionaria, Coordinación Estatal de la Tarahumara, Cuauhtémoc)

Así, los enganchadores locales no sólo facilitan el ingreso al mercado laboral, sino, también su permanencia en él. Al financiar el transporte y proporcionar alojamiento a los jornaleros, los enganchadores condicionan la relación entre las y los trabajadores con sus fuentes de empleo, obligándolos a trabajar para cubrir las deudas contraídas con el intermediario. El siguiente extracto de una entrevista realizada en las instalaciones de La Norteñita, ejemplifica este tipo de casos.
-¿De dónde es el señor que las trajo? -De ahí, de La Lagunita. -¿Cuánto les cobró? -100 pesos. -¿Tenían dinero para venir? -Yo no traía ni un cinco. -¿Y ya vino a cobrar? -Ayer. -¿Cuántas personas vinieron con ustedes? -Como unas cuarenta, yo creo. (Maricruz, 50 años, jornalera rarámuri)

En el caso de los jornaleros que provienen de otras partes del país, la mayor parte de ellos se trasladan hasta Cuauhtémoc en virtud de la relación que las empresas frutícolas mantienen con contratistas o enganchadores, que mueven a cientos de jornaleros provenientes de otras partes de la República, los cuales se comportan como pequeños empresarios que surten de mano de obra a las empresas durante la temporada de cosecha de la manzana. Estos grandes contratistas convencen a los jornaleros migrantes que trabajan en los campos agrícolas de Sinaloa u otras entidades cercanas, para que una vez terminada la cosecha, retomen el circuito migratorio y se trasladen hasta Cuauhtémoc donde la pizca apenas comienza. Asimismo, ante la situación de insuficiencia de mano de obra en la temporada de cosecha, algunas empresas productoras de manzana han recurrido a la contratación de jornaleros provenientes de Oaxaca los cuales se trasladan con apoyo de la Secretaría de Economía del gobierno federal. En muchas ocasiones, con tal de convencer a las y los trabajadores, los enganchadores ocultan o alterna información sobre las condiciones de trabajo y ofrecen prestaciones y servicios que no siempre se cumplen a cabalidad en los términos acordados. Esto suele ser foco de conflicto entre la población jornalera y los repre-

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sentantes de las empresas de manzana, quienes por tal motivo, prefieren contratar a la población de origen rarámuri. Los directivos de La Norteñita, refieren algunos de estos casos:
A ellos les prometen a veces algo y no se lo cumplen, por eso protestan; pero si les dijeran la verdad desde un principio, no habría ningún problema. Tuvimos un caso de gente que trabajaba en maquiladoras y venía con su ropa de vestir, y pensaban que así se iban a ir a las huertas, no les dijeron en qué consistía el trabajo, no sabían hacerlo, el desaije requiere un trabajo de cuidado, la pizca también, todo eso es mala información, a la hora de decirles hay trabajo en tal estado tendrían que decirles realmente en qué consiste. (Teresa, empleada de La Norteñita, Cuauhtémoc)

De hecho, buena parte de los empresarios agrícolas contratan preferentemente población de origen rarámuri; en tanto que las grandes empresas, como La Norteñita, que por sus niveles de producción requieren de la concurrencia de volúmenes considerables de fuerza de trabajo, contratan principalmente a jornaleros locales mestizos y población rarámuri y complementan sus contingentes de trabajadores agrícolas con jornaleros mestizos e indígenas provenientes de otras regiones del país. La marcada preferencia hacia el grupo étnico rarámuri evidencia de forma muy clara cómo el origen y la composición de la fuerza de trabajo constituyen factores decisivos para la imposición de condiciones más precarias de trabajo a las y los jornaleros, cuya vulnerabilidad se deriva de su condición económica, migratoria, social, de género y étnica.
Por su forma de ser [los rarámuris] son muy reservados muy respetuosos, nunca se meten en problemas, no ofenden a nadie, no crea, son dóciles, saben trabajar, vienen a trabajar, tenemos gente de muchos años; en cambio, no por nada, pero me ha tocado ver otros casos, por ejemplo, viene gente de Chiapas, ellos traen a su líder, ponen condiciones, o sea, cosas que no. Ellos [los rarámuris] llegan tranquilamente, preguntan, pero la gente más para el sur tiene otra forma de pensar (Teresa, empleada de La Norteñita, Cuauhtémoc).

lado, diversas investigaciones (Fisher, 1953; Mines y Anzaldúa, 1982; Paré, 1987; Zabin, 1992; Villarejo y Runsten, 1993) apuntan al uso del intermediarismo como medio eficaz para disuadir, contrarrestar y combatir la organización laboral. La ausencia de organizaciones sindicales o de otros organismos de defensa de los derechos laborales entre las y los jornaleros rarámuris que trabajan en Cuauhtémoc, parecerían constatar estos señalamientos. Si bien los enganchadores ocupan un papel primordial en el reclutamiento de buena parte de la mano de obra que se utiliza en la cosecha de la manzana, lo cierto es que esta forma de vinculación con las empresas agrícolas, coexiste con el autoreclutamiento. La difusión de oportunidades de trabajo en las comunidades rarámuris ocurre fundamentalmente a partir del establecimiento de redes sociales que establecen los propios migrantes, así como del uso de algunos medios de comunicación local, como la radio. Es así como los jornaleros se enteran hasta sus localidades de origen de las fechas en que darán inicio las temporadas de desaije y pizca de la manzana, así como de los montos y las características de la mano de obra que demandan las grandes empresas.
[Nosotros] escuchamos por el radio, [que había trabajo] en La Norteñita, y así nos venimos, pues yo sola me vine y ahora viene conmigo la niña que tiene cinco años, los otros [niños] se quedaron en la casa con mi mamá. (Cristina, 32 años, jornalera rarámuri) [Vine] a La Norteñita. En el radio nos dieron aviso allá en el rancho [que estaban contratando]. (Romelia, 29 años, jornalera rarámuri]

Como se puede observar, los enganchadores representan un eslabón más de la compleja cadena de intermediaciones que articula a las zonas expulsoras de los jornaleros migrantes con las fuentes de empleo. Algunos autores (Barrón, 1997; Lara 1996) señalan que este mecanismo de traslado y contratación de jornaleros permite la creación artificial de una sobreoferta de fuerza de trabajo que le permite a los empresarios agrícolas evitar desequilibrios en la demanda estacional de trabajo, facilitar los esquemas de flexibilización laboral y condicionar el salario. Por otro

En términos generales, tanto el autoreclutamiento, como el reclutamiento a través de intermediarios, reporta ventajas a los empresarios agrícolas. Gracias a estos mecanismos, los productores transfieren el costo del viaje a los jornaleros, al tiempo que evaden la responsabilidad legal sobre las condiciones del traslado. Asimismo, constituyen un instrumento eficaz para abaratar el costo de la mano de obra, así como atomizar las demandas de las y los trabajadores, desempeñando un papel clave en las condiciones de trabajo (ver imagen 9, anexo 2). Las difíciles condiciones en que los jornaleros rarámuris se ven obligados a salir de sus comunidades de origen para trasladarse hasta Cuauhtémoc –largas esperas que les obligan a permanecer a la intemperie, así como insuficiencia de alimentos y hacinamiento durante el viaje– son apenas el anuncio de las precarias condiciones de vida y de trabajo que les aguardan. Al llegar a Cuauhtémoc, mujeres y hombres rarámuris se incorporan a las actividades productivas en condiciones de inseguridad laboral, entre otras razones porque su posibilidad de empleo, su tiempo

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de ocupación, sus jornadas de trabajo, obedecen generalmente a la necesidad que tenga el productor de colocar sus productos en el mercado y no a lo que estipula la ley laboral. La contratación de los jornaleros agrícolas es informal, empresas y patrones no firman ningún tipo de contrato, por lo que en términos estrictamente legales el vínculo laboral no existe. Los jornaleros no generan antigüedad laboral, no tienen derecho a las mínimas prestaciones y los patrones no asumen ninguna responsabilidad legal frente a los riesgos asociados al trabajo. De esta forma, servicios como el de comida, albergue, guarderías, consultas médicas y otros, son concesiones que se otorgan de manera voluntaria por el patrón y que en muchas ocasiones tienen un costo. En el albergue de La Norteñita, por ejemplo, el hospedaje dentro de las instalaciones de la empresa tiene un costo, lo mismo que la comida que se ofrece a las y los trabajadores agrícolas durante la jornada de laboral; situación que mina los de por sí precarios salarios de los jornaleros.
Diario estamos gastando unos 60 pesos y aparte estamos pagando, nos están quitando diez pesos a la entrada del albergue. (Ignacio, 37 años, jornalero rarámuri) Aquí están pagando 120 diarios por día, pero hay que gastar 10 pesos para comprar boleto para entrar aquí [al albergue] el sueldo está un poco bajo porque nomás en comida si está caro comprar en la tienda. El año pasado sí daban un plato de comida aquí, pero quién sabe ahora por qué no dan. (Entrevista grupal, jornaleros rarámuris, albergue de La Norteñita) Ahora últimamente tenemos que comprar la comida. Primero estaban dando y ahora hay que comprar uno la comida. Nos queda poco, como de 50 a 80 pesos. (Miguel, 26 años, jornalero rarámuri)

bían recortado gente. De nosotros habemos varios que no [nos contrataron]. Mi esposo sí fue a trabajar, nada más como unas veinte personas [fueron], pero nos dijeron que mañana van a inscribir a más, a lo mejor para el lunes. (Cristina, 32 años, jornalera rarámuri) Trabajé más aquí, en el desaije cuando había, y ahora en la pizca (…) pero a veces de trabajo no completo una semana, trabajo tres, cuatro veces a la semana, no todos los días. (Félix, 56 años, jornalero rarámuri)

Para los jornaleros y sus familias, no existe seguridad en el empleo: al ser trabajadores eventuales se encuentran siempre expuestos a la desocupación. Durante el periodo en que se realizó el trabajo de campo, por ejemplo, las empresas manzaneras estaba contratando preferentemente a hombres, por lo que las mujeres que los acompañaban, debían de permanecer a la espera de que aumentara la demanda de trabajo en los campos agrícolas, para estar en posibilidades de ser contratadas. Mientras tanto, tenían que sufragar los costos de alimentación y albergue.
[No me quedé en La Norteñita] porque ya no estaban ocupando mujeres, nomás puros hombres, hasta que empezara bien la pizca iban a solicitar mujeres, y nos platicaron de este albergue que estaba aquí [Sedesol] y nos venimos para acá. (Cristina, 32 años, jornalera rarámuri) Se paró el trabajo de las mujeres, porque el de los hombres todavía continúa. (Romelia, 29 años, jornalera rarámuri]

En este sentido, la ausencia de una regulación laboral específica que garantice los derechos de los jornaleros agrícolas y reconozca la diversidad, características y necesidades específicas de los grupos que la integran: niños, mujeres, indígenas, es una de las asignaturas pendientes. Condiciones de vida y trabajo en las zonas receptoras Los jornaleros migrantes que llegan a Cuauhtémoc acusan condiciones sumamente precarias de vida y de trabajo durante el tiempo que duran las temporadas de desaije y pizca de la manzana. Si en sus lugares de origen los jornaleros padecen pobreza, en las zonas a donde acuden a vender su mano de obra su condición no varía mucho. La diferencia, en todo caso, es que a partir de la venta de su fuerza de trabajo en los campos agrícolas, obtienen un ingreso que difícilmente podrían acceder en sus localidades de origen. Durante el trabajo de campo que se desarrollo en Cuauhtémoc durante 2010, pudieron identificarse dos factores que inciden en las condiciones de vida y de

Por otro lado, la sobreoferta de mano de obra permite a los empresarios limitar la contratación a los momentos en que ésta es indispensable, reduciendo considerablemente los gastos salariales y evadiendo de paso el goce de prestaciones y servicios a los que tienen derecho los asalariados permanentes. De esta forma, incluso en las temporadas de alta demanda de fuerza de trabajo, los jornaleros rarámuris que bajan de la Tarahumara no cuentan con la garantía de un empleo. En ocasiones pasan varios días o semanas, antes de que sean contratados por las empresas manzaneras o por los agricultores de la región.
Fíjate que llevo muy poquitos días [trabajando] apenas una semana ya trabajada, de la semana pasada, y de ésta pues nomás tres días, porque ayer nos dijeron que no, que ya ha-

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trabajo de los jornaleros rarámuri. El primero de ellos es la modalidad bajo la cual se desarrolla el proceso migratorio (individual o familiar); el segundo de ellos tiene que ver con el tipo de empresa con la cual se contratan los indígenas rarámuri: las empresas agrícolas locales o La Norteñita, empresa líder en el ramo manzanero a nivel nacional. De estos factores dependerá en gran medida la estabilidad en el empleo, el tipo de servicios a los cuales tienen acceso (vivienda, alimentación, educación, salud) y la calidad de los mismos; así como el monto del salario que perciben por su trabajo. La mayor parte de los jornaleros que migran de forma individual se contratan con la empresa La Norteñita. Esta empresa, considerada la más grande del país en su tipo, cosecha alrededor de 70 mil toneladas de fruta fresca cada año, la cual se vende principalmente en el mercado local. La Norteñita posee más de 3 mil hectáreas con más de dos millones de árboles sembrados. La empresa genera cerca de 7 mil 500 empleos, de los cuales 2 mil 500 son empleos directos y 5 mil empleos eventuales durante las temporadas de desaije y pizca de la manzana (Reforma, 2010). Dada la cantidad de fuerza de trabajo que demanda La Norteñita, la empresa ha adecuado desde hace varios años un sistema de albergues que entran en funcionamiento durante las temporadas de desaije y pizca de la manzana, los cuales cumplen con una doble función: por un lado, proporcionan alojamiento a los jornaleros migrantes que bajan de la Sierra Tarahumara o que llegan de otras regiones del país; y por otro, aseguran la permanencia y disponibilidad de la mano de obra durante las temporadas de mayor demanda (ver imagen 10, anexo 2). Contar con albergues, permite a las empresas agrícolas establecer condiciones e imponer restricciones en el tipo de mano de obra utilizada. Por ejemplo, al interior de los albergues de La Norteñita, los dormitorios de hombres y mujeres están separados, y al menos durante el periodo en que se realizó esta investigación, la presencia de niños y niñas estaba restringida, pese a que sus directivos aseguran que desde 2006 la empresa cuenta con una guardería. La separación entre hombres y mujeres, y el acceso restringido a menores, son factores que desincentivan la llegada de jornaleros que viajan en familia, los cuales se ven obligados a buscar alojamiento en otro tipo de albergues y a buscar trabajo en otras empresas. Pese a que el salario que paga por día a los jornaleros agrícolas es el más bajo del mercado (120 pesos), La Norteñita cobra a los jornaleros 10 pesos diarios por el hospedaje. Asimismo, la comida que se ofrece dentro del albergue y/o durante la jornada laboral en los campos agrícolas, tiene también un costo. Todos los días, los jornaleros se levantan a las cinco de la mañana para abordar los camiones que los transportan hasta las huertas de manzana, donde realizarán sus actividades hasta las cuatro de la tarde, cuando su jornada laboral termina.

Dado que no todos los jornaleros que trabajan en La Norteñita viven en los albergues que habilita la empresa, desde temprana hora una flotilla de camionetas se coloca a las afueras de la ciudad, en los lugares donde los rarámuris suelen alojarse, para trasladarlos a los diferentes campos de cultivo. El sobrecupo, el mal estado de los vehículos, la falta de control por la autoridad y otros factores han propiciado accidentes graves en el traslado de estos jornaleros hasta los campos agrícolas. Basta con hacer una revisión hemerográfica en los medios locales, para percatarse de estos hechos. En abril de 2008, por ejemplo, se volcó un tractocamión propiedad del Grupo La Norteñita que transportaba a 210 trabajadores jornaleros dejando como resultado 35 personas lesionadas y un jornalero indígena muerto. En mayo de 2007, un camión que transportaba jornaleros volcó la carretera Cuauhtémoc-La Junta, y cuyo accidente dejando como saldo 19 personas lesionadas, dos de ellas de gravedad. En febrero de 2010, una persona murió y veinte más resultaron lesionadas tras registrarse un fuerte encontronazo entre dos pick up, una de las cuales trasladaba jornaleros de La Norteñita (XEPL, 2010). Algunos de los testimonios que se recogieron entre la población jornalera rinden cuenta de esta penosa situación.
Hace como unos cuatro meses o más que se volteó una troca de Salvador Corral, has de cuenta que se murió un muchacho que vino de la sierra a trabajar, ese muchacho estaba manteniendo a su mamá, dice la señora que el venía a trabajar aquí, que le mandaba mandados, que sí la mantenía. Fui [con la empresa] a ver si le podían ayudar a la mamá con algo, les dije yo que le ayuden porque se quedó sola sin hijos y no va a poder ni trabajar, con quién va a vivir, y has de cuenta que me trajeron como tres meses que espéreme y espéreme y no pude sacarles nada, me dijeron que trajera a la señora acá y la trajimos y la llevamos a la oficina y no nos pelaron. (Josefina, 38 años, jornalera y gobernadora rarámuri) Para el transporte cuando nos trasladaban de la bodega a trabajar nos echaban a todos en el tráiler, apretaditos, y con el calor a veces, estaba lloviendo, así nos íbamos mucho muy apretados y así, juntos todos (…) creo que sí fallecieron unos [en un accidente reciente] se volteó un tráiler, no fueron muchos, pero sí iban en el tráiler. (Exjornalero y capacitador rarámuri, Coordinación Estatal de la Tarahumara, Chihuahua)

En términos generales, las condiciones laborales que privan en los huertos de La Norteñita y en los de los agricultores locales, son prácticamente las mismas. Se trabaja de ocho a nueve horas diarias, el pago es por jornal e indiferenciado por género. Los agricultores locales suelen pagar más (un promedio de 150 pesos diarios) pero la demanda de trabajo es menos constante, lo que impacta de forma importante en los ingresos de las familias migrantes. Aun así, mucho de los jor-

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naleros rarámuris entrevistados señalaron que prefieren trabajar con ellos, ya que según su percepción, el trato que les brindan durante la jornada laboral es mejor.
No pues a mí me gusta [trabajar] con los menonitas, también nos dan trabajo, tratándonos bien, pagan bien, la verdad. Los menones también nos tratan bien y a veces nos dan botana también, los menones les dan botana y dinero. (Félix, 56 años, jornalero rarámuri)

Los albergues de la empresa La Norteñita cuentan dormitorios, baños, lavaderos, regaderas y agua corriente. A decir de los directivos de esta empresa, se proporciona a los jornaleros que lo requieran atención médica, al tiempo que se promueven prácticas deportivas y culturales, actividades de recreación y conferencias sobre violencia y adicciones a las drogas o alcohol. A su llegada a este albergue los jornaleros se sujetan al reglamento establecido por la empresa, el cual establece los horarios de entrada y de salida al albergue, la prohibición de consumo de alcohol y drogas, y otras medidas de seguridad. Como se había mencionado anteriormente, en este albergue se hospedan por lo regular, jornaleros agrícolas provenientes de otras partes del país e indígenas rarámuris que migran de forma individual, sin su familia; aunque existen casos de grupos domésticos que al no encontrar hospedaje en otro lado, deciden alojarse en los albergues de La Norteñita, aunque esto implique la separación temporal de la familia y la cohabitación con otros grupos étnicos en condiciones de hacinamiento. Además de los albergues de La Norteñita existen otras alternativas de vivienda temporal para los jornaleros rarámuris que migran a Cuauhtémoc. Una de ellas es el albergue de Sedesol, el cual, además de contar con dormitorios colectivos para los migrantes que viajan solos, cuenta con espacios reservados para el hospedaje de las familias. Estos cuartos son multifuncionales, ya que sirven como dormitorios, cocina y comedor. Los enseres domésticos son mínimos, apenas una hornilla para cocinar, platos y sartenes, un colchón y algunas sillas. El albergue de Sedesol en la ciudad de Cuauhtémoc cuenta con canchas deportivas, terrenos destinados para el cultivo de alimentos, así como infraestructura escolar para atender a la población indígena infantil. Al igual que en los albergues de La Norteñita, cuenta con servicio de agua potable, sanitarios, regaderas y lavaderos; y existe un reglamento que los propios usuarios se encargan de vigilar y hacer cumplir. El costo por cuarto, para cada familia, es de 50 pesos semanales, al igual que en el albergue de La Norteñita, la alimentación corre por cuenta de los propios jornaleros (ver imagen 11, anexo 2). Otra alternativa de vivienda es la de los albergues particulares, en donde las condiciones de vida son sumamente precarias, pero en donde a diferencia de los casos anteriores, el hospedaje no tiene costo, y en ocasiones, la comida y otros servicios –como la atención médica– están subsidiados. Ejemplo de ello, es el

Albergue Tarahumara Minita, donde desde hace varias décadas acuden familias rarámuris en busca de refugio, durante su estancia en Cuauhtémoc. Este albergue, ubicado a las afueras de la ciudad llega a recibir más de ciento cincuenta rarámuris durante las temporadas de desaije y pizca de la manzana, los cuales cohabitan en condiciones de hacinamiento. Los cuartos destinados a las familias son escasos, por lo que la mayoría duerme sobre el piso, en una bodega techada parcialmente, mientras que el resto se ve obligado a dormir a la intemperie. Durante la temporada de mayor demanda, las instalaciones sanitarias no son suficientes y los baños y el agua no siempre están disponibles, lo que deriva en una incidencia notable de enfermedades gastrointestinales, sobre todo entre la población infantil. Cabe destacar que a diferencia de los albergues mencionados anteriormente, este no es un albergue temporal, es decir, sus puertas están abiertas durante todo el año para las familias rarámuri. La política de sus administradores es que el hospedaje no tiene costo y no se le niega la entrada a nadie. Curiosamente, son este tipo de albergues, ampliamente recurridos por la población de origen rarámuri, los que acusan mayores problemas para solventar su operación, ya que dependen exclusivamente de las donaciones públicas y privadas de algunas organizaciones altruistas locales, lo que inevitablemente se traduce en una atención limitada a las necesidades básicas de las familias rarámuri (ver imagen 12, anexo 2). Las condiciones e insuficiencia de servicios que privan en la mayoría de los albergues, favorecen la propagación de enfermedades gastrointestinales, y conflictividad, dado el hacinamiento y diferencias culturales en cuanto a aspectos de higiene personal y alimentación, entre quienes los habitan. Además de los albergues, existen otras modalidades que permiten subsanar el tema de la vivienda temporal. Una de ellas es el hospedaje con familiares establecidos de forma definitiva en Cuauhtémoc, y otra es la renta de cuartos por semana, o incluso, hasta por día, en las periferias de la ciudad. Sin duda, uno de los sectores de la población que se ven más afectados con la migración, es el de los niños y las niñas rarámuris. Alejados de sus comunidades, la gran mayoría suspende sus estudios para acompañar a sus padres. Los niños pequeños, por lo regular, se quedan al cuidado de la madre en los albergues, mientras el jefe de familia trabaja. En el caso de los adolescentes, la mayor parte prefiere incorporarse a las tareas agrícolas antes que continuar con la educación básica. Más allá del poco sentido práctico que tiene para ellos la educación formal, existen otros factores que desincentivan las actividades escolares. Uno de ellos tiene que ver con el burocratismo de las instituciones públicas que exigen una serie de requisitos, como actas de nacimiento y certificados escolares, que las familias indígenas no pueden cubrir, ya sea porque no los tienen, o porque la mayoría migra sin ellos por temor a extraviarlos durante el viaje. Lo mismo sucede con las cuotas

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escolares y los gastos que supone la adquisición de material escolar, uniformes y otras exigencias, que resultan imposibles de cumplir, bajo las condiciones de pobreza y marginalidad que privan entre la población rarámuri migrante. Asimismo, pese a que en Cuauhtémoc, como en todo Chihuahua, existen al menos dos instancias educativas del sistema de educación bilingüe intercultural en las que se supondría que los contenidos son impartidos por maestros bilingües; la realidad es que la mayor parte de estas instituciones han perdido su carácter intercultural, optando por la enseñanza en el idioma español , ya que la mayor parte de su población escolar es de origen mestizo, invisibilizando con ello la presencia de los niños y niñas indígenas. Al no profundizar y hacer efectiva la interculturalidad en el ámbito escolar, se ven reflejados los prejuicios existentes en la sociedad mestiza en la interacción con los y las niñas rarámuris. En el grupo focal realizado con mujeres y hombres rarámuris en el albergue Tarahumara Minita, las mujeres participantes que reflexionaron sobre las necesidades de educación, señalaron los conflictos que enfrentan para poder incluir a sus hijos durante su estancia migratoria en la escuela intercultural bilingüe (Venancia Vidal) cercana al albergue.
No van (a la escuela los niños y niñas), porque nosotras no tenemos los recursos para mandarlos. Piden uniforme, que les compremos los cuadernos, lápices, libretas. Y nosotras no tenemos con qué comprar, entonces no los mandamos. Allá en la escuela les cobran por el desayuno y por la comida y no tenemos. Allí era antes escuela intercultural indígena, luego ya entraron unos chabochis (niños y niñas mestizos) y luego ya exigieron más. Que los uniformes, que compren lápices, cuadernos y todo eso, ya no quieren que vayan vestidos con la ropa que acostumbramos y se burlan porque llevan huaraches. Por eso algunas ya los sacaron, porque no pueden comprar todo lo que les piden. Le dije al director que no teníamos los recursos para todo eso. Por eso, porque somos muy pobres, no tenemos para pagar la escuela, apenas tenemos para comer, ya no podemos mandarlos, nos piden muchas cosas. Sería más fácil si nos ayudaran con esos gastos. Antes esa escuela era para rarámuris, antes no era así. Necesitaría haber una escuela en donde no nos cobren nada de eso, que tengan cuadernos para usar ahí y no tener que andar batallando para que los carguen. (…) porque entonces sí irían todos. Algunos padres se preocupan por eso, porque les cobran y no tienen con qué pagar. (Grupo focal, mujeres rarámuris, Albergue tarahumara minita)

tural bilingüe dirigida a pueblos indígenas en México. La autora considera que los principales problemas a los que se enfrenta la educación preescolar y primaria de ese sistema son: a) el inadecuado funcionamiento de las escuelas que no cumplen la normalidad mínima que suponen las condiciones para que pueda darse el hecho educativo, el elevado ausentismo de los docentes, el tiempo desaprovechado y la falta de las condiciones mínimas de infraestructura y equipamiento; b) la falta de preparación de docentes indígenas ante la inexistencia de sistemas de formación inicial para este tipo de maestros; algunos de los cuales no dominan la lengua del grupo indígena al que atienden, pese a que éste es un requisito obligatorio; y c) falta de participación de los y las integrantes de las comunidades indígenas en la incorporación de contenidos, así como en la vigilancia del cumplimiento de la normatividad mínima en las escuelas indígenas. Otro tema que conviene destacar es el de los servicios de salud. A pesar de que en teoría, la atención médica para la población rarámuri es gratuita en cualquier centro de salud del estado de Chihuahua, para los rarámuris que migran a las ciudades constituye el último y desesperado recurso en la búsqueda de una curación y no una alternativa básica y ordinaria de salud; en primer lugar, porque si bien la atención médica no tiene costo para ellos, acudir a un centro de salud implica perder una jornada laboral, situación que en sus precarias condiciones no pueden permitirse; en segundo lugar, porque existe una incomprensión mutua entre los prestadores de servicios médicos y los rarámuris que vuelve difícil la relación entre unos y otros. Y es que además de las barreras culturales y las nociones divergentes en torno a la naturaleza de la salud y la enfermedad26, existe entre el personal médico que labora en las instituciones públicas la percepción de que la atención a los migrantes rarámuris representa una carga de trabajo adicional a la que desarrollan en sus respectivos centros laborales, lo que se traduce en desinterés y en una cobertura deficiente de los servicios de salud, que en ocasiones deriva en complicaciones graves y hasta en la muerte. A lo largo del trabajo de campo se pudieron rescatar varios testimonios al respecto. Incluso, hubo algunos rarámuris que señalaron que la guardería que en 2006 había inaugurado la empresa La Norteñita en uno de sus albergues tuvo que cerrarse debido a la muerte de varios niños rarámuris, situación que, cabe señalar, no pudo ser constatada con los directivos de dicha empresa.
Para los rarámuris estar sano es un sinónimo de tener fuerza para trabajar y vivir. La salud es, según su cosmovisión, el reflejo de la calidad de sus relaciones con otros seres en el universo, todos los cuales pueden potencialmente afectarlos si no mantienen con ellos relaciones de armonía. La idea de la salud está relacionada también con el hecho de tener todas las almas dentro del cuerpo. En este sentido, la enfermedad es entendida como la pérdida de fuerza física que se produce por la salida de alguna de las almas que habitan el cuerpo, pérdida que, dicen, sólo puede ocurrir durante el sueño, la embriaguez o la enfermedad. De esta forma la enfermedad es resultado de alguna alteración en el equilibrio de fuerzas entre las personas y el mundo que los rodea. Esto puede ocurrir por causa de un hechizo, por recibir un susto muy fuerte, por mantener relaciones sexuales con personas chabochis, por alejarse demasiado de su territorio, por no cumplir con sus deberes éticos de bailar, hacer fiesta y tesgüino para Dios, por no ofrecer alguna ofrenda oportuna al diablo, por no haber recibido curación (Molinari, 2010).
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Como se observa, los niños y niñas rarámuris migrantes están siendo excluidos al derecho a la educación. El incumplimiento de la normatividad en las escuelas interculturales bilingües, concuerda con lo señalado por Schmelkes (2005) en relación a las desigualdades y necesidad de transformación de la educación intercul-

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Con los Corral no quieren a los que tienen hijos, es que se enferman mucho. Ahí viven los que no tienen hijos (…) ahí en la guardería se enfermaban mucho y se morían mucho, por eso cerró la guardería, eso fue antes, cuando yo no tenía [hijos]. (María del Rosario, 19 años, jornalera rarámuri)

Las condiciones de salud entre la población rarámuri, se ven agravadas por la dieta que se ven obligados a llevar fuera de sus localidades de origen. Ante la imposibilidad de consumir los productos agrícolas que ellos mismo producen, y frente al gasto que representa la adquisición de alimentos preparados en las ciudades, los indígenas rarámuris, optan por el consumo de comida “chatarra”, de bajo costo, pero con escaso nivel nutricional. Durante el trabajo de campo fue frecuente observar a los jornaleros rarámuris consumiendo sopas instantáneas, burritos de frijoles, galletas, y latas de sardina. Asimismo, las tortillas que consumen están hechas con harina de maíz industrializada y no con maíz criollo, como es su costumbre en la sierra. A decir de los jornaleros, la comida es el rubro que ocupa la mayor proporción de sus gastos durante su estancia en Cuauhtémoc. Ahorrar en comida, deteriora aún más sus bajos niveles nutricionales (ver imagen 13, anexo 2). En cuanto a las prestaciones sociales se aduce principalmente que es la falta de estabilidad en el trabajo de los jornaleros y jornaleras rarámuris, lo que dificulta proporcionarles, por ejemplo, seguro social.
La Norteñita maneja un gran número de trabajadores, es una población inestable, muy difícil el trato de verdad, menos personalizado, por ejemplo, de tener una familia con cinco hijos, atenderlos y asegurarlos, por el volumen de población (…) se me presenta a un día a trabajar y al día siguiente no vuelve. Llega uno, trabaja una semana y ya no volvemos a saber de él. Entonces es muy diferente por las situaciones de masas que manejan de gente. (Funcionaria, Coordinación Estatal de la Tarahuamara, Cuauhtémoc)

Ellos los menonitas, conozco casos, les dan habitaciones, baño, estufa, refrigerador, su televisión, en invierno, su calentador, agua caliente en su cuarto cuando pueden (…) cuando se les pide lealtad y se les trata bien [a los rarámuris] ellos responden. Cuando llega la lluvia, se van a sembrar sus pedacitos de tierra y tienen sus fiestas, avisan y se van. Es algo que no se da con los mestizos. (Federico, integrante de OSC, Cuauhtémoc).

Si bien esta situación no es generalizada, muestra ciertas diferencias en las condiciones de trabajo que se ofrecen a las y los trabajadores rarámuris, dependiendo el grupo cultural al que pertenece el empleador. Las relaciones interétnicas en el proceso migratorio Al integrarse al trabajo jornalero, las y los rarámuris en los campos frutícolas, en los albergues y en general en su estancia en la ciudad, establecen relaciones con población mestiza y menonita, situación que representa cierta conflictividad y distancia cultural, como lo señala el siguiente testimonio.
[Los rarámuris enfrentan] un gran choque cultural porque vienen de comunidades indígenas cuyas característica en Chihuahua, a diferencia del sur del país, son comunidades dispersas, estoy hablando de 7 mil localidades en las que viven menos de 50 personas por pueblo, el 60% de las 7 mil comunidades son menores a 60 personas por localidad. En estas comunidades reproducen sus usos y costumbres su acervo cultural de siempre, música, danza, cantos, juegos, organización tradicional, procuración de justicia y, al salir salen a enfrentarse como grupo minoritario a la mayor parte de la población del estado, que es mestiza. El choque cultural es muy fuerte porque no es ni su espacio y tampoco pueden reproducir su acervo cultural, es un espacio totalmente ajeno a los pueblos (…) igual la cuestión de la procuración de la justicia, la discriminación. Si bien tienen acceso los rarámuris o tarahumaras a los servicios de salud, a los servicios de educación, estos se ubican principalmente en las zonas donde ellos habitan. Al salir, dejan su situación de alimentación, de educación, de salud y al venirse a vivir a las ciudades y buscar esos servicios, sí hay procesos de discriminación, de falta de conocimiento de los mestizos de la vida de los pueblos indígenas. (Funcionario, Coordinación Estatal de la Tarahumara, Chihuahua).

No obstante, cabe destacar que algunos productores de manzana de origen menonita ofrecen condiciones de trabajo y alojamiento superiores a los de las grandes y medianas empresas productoras de Cuauhtémoc, incluso algunos se han acercado a los servicios de la Coordinación Estatal de la Tarahumara para tramitar documentos (actas de nacimiento) que les permitan poder otorgar prestaciones sociales a sus trabajadores.
Le otorgan el seguro al empleado que van a tener, acuden conmigo y hacemos todo el registro, todo el trámite. El Seguro Social, me ha tocado con ellos, los menonitas, los registran muy bien. (Funcionaria, Coordinación Estatal de la Tarahuamara, Cuauhtémoc)

Al interior de los campos agrícolas y albergues también se da cierta conflictividad en la convivencia entre jornaleros procedentes de diversas regiones del país, tanto mestizos, como pertenecientes a otros grupos étnicos culturalmente diferenciados, además de la población rarámuri procedente de la Sierra Tarahumara.

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CONDICIONES DE VIDA Y DE TRABAJO DE LA POBLACIÓN JORNALERA RARÁMURI

Se generan problemas de relación, principalmente en función de la diferencia que hay entre los pueblos originarios del sur de México con los del norte, por usos y costumbres, por espacios, por jerarquías en el trabajo. Sí hay relaciones, no imposibles, pero sí a veces difíciles (Funcionario, Coordinación Estatal de la Tarahumara, Chihuahua).

La influencia de hábitos de consumo de las zonas urbanas, también afecta la situación de vulnerabilidad de la población rarámuri migrante (ver imagen 14, anexo 2). Uno de los problemas más graves que acusa la población rarámuri, en las ciudades, es el acceso a bebidas alcoholicas de bajo precio y calidad, lo que propicia graves intoxicaciones derivadas de su consumo. En apartados anteriores se habló de la importancia que reviste el batari o tesgüino para la vida religiosa y sobre todo, económica y social de los rarámuris, al punto de que para algunos autores, la convivencia que se da alrededor del tesgüino, constituye un requisito de la reproducción de la vida social y biológica de este grupo étnico (Kennedy, 1970; Rodríguez, 1999). En las ciudades, alejados de la dinámica social que prevalece en sus localidades de origen, y enfrentados a condiciones de vida y de trabajo extremas, los indígenas migrantes recurren al alcohol con mayor frecuencia. El pago por jornal, les permite contar con recursos que gastan en la adquisición de bebidas alcohólicas adulteradas, que nada tienen que ver con la bebida tradicional elaborada a base de maíz. Estas bebidas denominadas vulgarmente por los indígenas como “alcohol malo” o “gasolina” suelen causar estragos en la salud física y mental de los rarámuris, sin contar los perjuicios económicos inherentes a la adicción. La mayor parte de las detenciones de indígenas rarámuris que se dan en la vía pública y las posteriores consignaciones a la autoridad, se deben a faltas administrativas cometidas bajo los influjos del alcohol. En muchas ocasiones, el grado de embriaguez que manifiestan es tal, que más que la detención en las agencias de seguridad pública, amerita la internación de emergencia en un centro de salud. La falta de sensibilidad, tanto del personal policiaco, como de las instituciones de salud que se niegan a recibir o atender a los indígenas que se presentan en ese estado, ha dado lugar a situaciones trágicas. De hecho, la Comisión Estatal de Derechos Humanos investiga actualmente la muerte de tres indígenas rarámuris, acaecidas en meses pasados en las instalaciones de seguridad pública de Cuauhtémoc, tras su ingreso en estado de intoxicación etílica. La gravedad de este tipo de casos es un indicativo de la intensidad con que el fenómeno del consumo de drogas (legales e ilegales) se presenta entre la población indígena migrante. Entre estas, destacan la marihuana, el pegamento, el thinner, y otras sustancias adictivas, además del alcohol, con las que la población migrante –sobre todo la más joven– entra en contacto a su llegada a la ciudad. Los testimonios sobre el consumo de drogas aparecen de forma recurrente a lo largo de las entrevistas.

Todos los días, a la orilla de las vías del tren, es posible observar cómo se congregan grupos de indígenas rarámuris a consumir drogas o inhalar solventes (ver imagen 15, anexo 2). Durante los recorridos de campo fue posible observar cómo incluso durante la jornada laboral algunos jornaleros de origen rarámuri consumen marihuana. Al tema de las adicciones, habría que añadir el de la inseguridad jurídica que afrontan los migrantes indígenas durante su estancia en Cuauhtémoc. En las comunidades rarámuris de la Tarahumara, la justicia se imparte de manera pública y abierta, de acuerdo a los usos y costumbres que prescribe la tradición oral. Cuando se presenta algún asunto de justicia –por lo regular delitos como el robo, la injuria o el adulterio– el gobernador o siriame convoca a un juicio que se celebra al aire libre y donde todos los adultos pueden participar y dar sus opiniones. La sentencia o castigo se establece de forma consensuada, de común acuerdo entre el infractor y la parte agraviada, tomando en cuenta las posibilidades económicas del acusado y buscando siempre la restitución o compensación del daño. Esta forma particular de impartir justicia, contrasta con la forma en que se imparte justicia en el mundo occidental. Si a esta situación añadimos las barreras culturales y de idioma entre la población rarámuri y el personal encargado de imponer el orden, así como la indiferencia por parte de autoridades civiles y habitantes en general, hacia la problemática de los migrantes, lo que tenemos es una población vulnerable, indefensa ante cualquier tipo de arbitrariedades. De esta forma, es común que durante las temporadas de desaije y pizca de la manzana, los separos y las cárceles de Cuauhtémoc permanezcan llenas de indígenas que son detenidos de forma arbitraria en la vía pública o que cometieron delitos menores y que carecen de medios legales para defenderse. De acuerdo con la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), no existe en los rarámuris una cultura de la denuncia, por lo que la mayoría de las investigaciones se llevan a cabo a solicitud de terceros. Cabe destacar que uno de los reclamos más recurrentes ante la CEDH, tanto en la sierra, como en la ciudad, es el de mujeres o parejas indígenas que son privados de la custodia de sus hijos bajo la acusación de abandono. Asimismo, llama la atención de que pesar las condiciones de informalidad y precariedad que privan en los espacios de trabajo, prácticamente no existen denuncias por cuestiones laborales. No obstante el panorama de las relaciones de la población indígena rarámuri con el sistema judicial presenta una enorme problemática.
Ante las recomendaciones de la comisión [de Derechos Humanos] argumentan que no hay presupuesto, que se tienen que apoyar en las instancias e instituciones que tienen cierta función [relacionada con la salud] la Cruz Roja, hospitales públicos. La Cruz Roja, va, checan a una persona, los paramédicos: “no, tú no traes nada, pura borrache-

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ra” y se van. Y se murió. Y los policías: “hicimos lo que tuvimos que hacer”. Así, muerte por intoxicación, por bronco aspiración, por golpes. Al personal de seguridad no se les puede exigir más porque no saben, no tienen capacidad. Yo les digo: ustedes tienen la obligación de cuidar su integridad, tener planes de alimentación (…) Generalmente los rarámuris son apresados por intoxicación en la vía pública, por agresión y la policía ya está puesta para llevarlos. Los maltratan mucho, hay personas que tienen un desprecio profundo por la vida humana, sobre todo por personas diferentes, ahí se desquitan, me ha tocado ver, los bajan del cabello (…) pero no podemos estar todo el canijo día ahí, vamos un ratito a verificar a ver si no hay golpeados o algo (…) será como el 15% en el Cereso de población indígena. (Funcionario, CDEH, Cuauhtémoc).

Además de la CEDH existen otras instituciones que han incorporado dentro de su oferta acciones específicas para atender a esta población. Tal es el caso del Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA) de Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol); la Estrategia para la Atención de Jornaleros Agrícolas y sus Familias de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), el Programa de Educación Primaria para Niñas y Niños Migrantes y el Programa de Horario Extendido de la Secretaría de Educación Pública (SEP), y algunos otros implementados por el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), el Instituto Nacional de Educación para Adultos (INEA), el Instituto Nacional Indigenista (INI) y el DIF. Mención especial merece la Coordinación Estatal de la Tarahumara, organismo creado en 1987 con el objetivo de integrar, regular y coordinar las acciones destinadas al desarrollo integral de los grupos étnicos de esta región respetando sus usos, costumbres y cultura. Al seno de este organismo convergen: el poder ejecutivo, representantes de las comunidades indígenas, agrupaciones de los sectores social y privado, alcaldes de los municipios ubicados en la Tarahumara, las dependencias y entidades del sector público federal y los titulares de las dependencias y organismos del sector público local. Pese a todo el andamiaje jurídico e institucional diseñado para dar soporte a la población rarámuri, lo cierto es que gran parte de las acciones y programas concentran sus operaciones en las comunidades ubicadas en la Tarahumara, dejando desprotegido al sector migrante. Así, frente a la magnitud de la problemática que viven los migrantes indígenas que llegan a Cuauhtémoc, los recursos materiales y humanos disponibles son insuficientes, y los esfuerzos para atender a esta población, dispersos y desarticulados.

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IV
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Una mujer es como un árbol frutal de ancha sombra. Qué hermosas flores tiene qué bueno es estar a su lado qué bien se duerme. El despertar, qué feliz... Dolores Batista (poeta rarámuri)

La participación de las mujeres en el trabajo jornalero es muy significativa. De acuerdo con INEGI, existe una alta participación de las mujeres indígenas como trabajadoras agrícolas, las cuales representan el 50.8 de las económicamente activas. Por otro lado, estimaciones del Programa Nacional de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA) de Sedesol ubican en 45% el porcentaje de mujeres trabajadoras en los campos agrícolas donde le programa tiene presencia (Nava, 2007). Lo anterior obliga a adoptar un enfoque considere las construcciones y las relaciones de género, como un eje de análisis transversal que, junto con las categorías de clase social, etnia, y generación, atraviesa la problemática de los jornaleros agrícolas migrantes. El género, entendido como la construcción sociocultural de la diferencia sexual, es una categoría social que ordena y establece relaciones diferenciadas entre hombres y mujeres con fundamento en el ejercicio del poder. Desde un punto de vista descriptivo podríamos definirlo como la red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, valores, conductas y actividades que diferencian a hombres y mujeres (Burín, 1988). De acuerdo con Van Dam (1991) tal diferenciación es producto de un largo proceso histórico de construcción social que no sólo determina lo que es propio o relativo a cada sexo, sino que además, valoriza a uno sobre otro, dando lugar a desigualdades.

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El enfoque de género permite visualizar y reconocer la existencia de relaciones de jerarquía y desigualdad entre hombres y mujeres, expresadas en opresión, injusticia, subordinación, discriminación hacia las mujeres en la organización genérica de las sociedades, que se expresan en condiciones de vida y de trabajo inferiores a las de los hombres. En el caso de las indígenas jornaleras migrantes, el análisis de género reviste de particular importancia debido a que estas mujeres tienen como común denominador una situación de desventaja al estar sometidas a cuatro tipos de exclusión: de clase, étnica, de género y las que se derivan además de su condición de migrantes. Condicionantes de género en la migración rarámuri Szas (1994b) señala que las condicionantes de género en la migración femenina se pueden observar en la posición social de las mujeres en los lugares de origen, las características de los mercados de trabajo femeninos en esas zonas, las normas culturales y de la conyugalidad, el papel de las mujeres y la segmentación por sexo en los mercados de trabajo. Para el análisis de dichas condicionantes conviene retomar las nociones de condición y posición de género en el marco del sistema sexo/género que impera entre la población rarámuri, el cual determina las pautas que rigen las relaciones entre ambos sexos, estableciendo modelos de comportamiento que definen lo considerado como masculino o femenino al interior de este grupo étnico. La condición de género entre las mujeres rarámuris está marcada por la precariedad y la pobreza extrema. En sus localidades de origen muchas mujeres rarámuris se casan muy jóvenes (13-14 años). Muy pocas hablan español, y por lo regular, registran niveles educativos y de alfabetización más bajos que los hombres, lo que en una estructura social marcada por la costumbre hace que tengan menos posibilidades de sobresalir.
De joven mi papá no me dejó [estudiar] decía que para qué iba a estudiar ¿para lavar pañales? (Romelia, s/e, jornalera rarámuri) De repente me da miedo, como no se leer y escribir me retiré un poco de ahí (…) a mí de repente me desespera, si yo supiera leer o escribir híjole, pues ahorita ya puedo leer un poquito, pero sí quisiera saber bien para poder ayudar como debe de ser. (Josefina, 38 años, jornalera y gobernadora rarámuri)

Un aspecto a destacar, es que a diferencia de otros grupos étnicos, las mujeres rarámuris sí tiene derecho a heredar y poseer la tierra, lo que en términos de sus relaciones conyugales, se traduce en cierto grado de independencia. En las comunidades de origen, las condiciones de trabajo tampoco son las más idóneas. Además de ocuparse del trabajo reproductivo, el cual comprende las tareas orientadas a la reproducción biológica y social de los miembros de la familia y de la fuerza de trabajo (recolección de agua y leña, preparación de alimentos, cuidado de niños y ancianos, mantenimiento de la vivienda, etc.); las mujeres participan de las labores productivas como la agricultura y el pastoreo27. Sin embargo, la realización de ciertas actividades generadoras de ingreso está proscrita para ellas debido a que implican el traslado a otras comunidades regiones. En términos de su posición de género, las mujeres rarámuris se encuentran inmersas en un modelo sociocultural que se caracteriza por estar apoyado en el dominio masculino. Este modelo patriarcal descansa en varias proscripciones que sufre el mundo femenino rarámuri: a nivel familiar la toma de decisiones compete únicamente a los varones, las mujeres no puede participar en las asambleas ni en ningún cargo político, y le están vedadas también ciertas posiciones y actividades con una alta carga simbólica. Así, el predominio masculino de esta sociedad es visible en la competencia sanadora de los curanderos, en las danzas varoniles de matachines, pintos y fariseos, y en la mayoría de los juegos tradicionales que están reservados sólo para los hombres. También en la incidencia de la violencia de género, un fenómeno sumamente extendido, tanto en la Sierra Tarahumara como en las grandes ciudades, y casi siempre vinculado al consumo de alcohol y otros enervantes.
En Semana Santa las danzas son de los hombres, son de puros hombres. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri) Bailan bien, nomás puros hombres, de Matachines. (Isabel, s/e, jornalera rarámuri) [En la sierra] no las dejan [ser autoridades] porque van andar platicando con los otros hombres, como que las mujeres casi no las toman de cuenta en eso allá en la sierra, nomás los hombres. Si fuera una mujer comisariada, pues si los de otra parte son hombres, pues el señor se va a enojar porque anduvo allá en Chihuahua con ellos o le va a decir: ¿qué estabas haciendo con ellos?, ¿tomaste? Que las mujeres no sé por qué se van a viajar o no sé qué dicen algunos, así, cosas. (Zoila , 28 años, jornalera rarámuri)

A nivel de la atención a la salud, no reciben atenciones especiales durante el embarazo, parto y postparto; y existe una alta incidencia de desnutrición, principalmente entre las aquellas que se encuentran en proceso de gestación o de lactancia.

Según los rarámuris la mujer es más fuerte que el hombre porque es la que tiene hijos y trabaja más, razón por la que tiene un alma (arewa) adicional.
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Las relaciones de dominio-subordinación en las asignaciones de género y la normatividad en la conyugalidad, se hacen más evidentes en los testimonios de hombres y mujeres rarámuris, acerca de lo que consideran que son sus deberes u obligaciones. Por lo regular, el rol asignado a las mujeres está relacionado con las labores reproductivas, de atención, cuidado a la salud, mantenimiento del hogar, que se desempeñan en el ámbito doméstico.
[Una mujer rarámuri] debe portarse bien para que no se enoje su esposo, cuidar su casa, a sus niños bien. (Rosario, s/e, jornalera rarámuri) Una buena mujer rarámuri yo creo que tiene que educar bien a sus hijos, el quehacer de la casa, darle de comer al esposo que llega hambriento después de trabajar en la milpa, qué sé yo, platicar entre ellos mismos, respetar también al hombre, el respeto es lo más importante de una familia. (Capacitador rarámuri, Coordinación Estatal de la Tarahumara, Cuauhtémoc) Los hombres tienen más libertad que las mujeres, porque luego las mujeres no tenemos tiempo de andar allá, por los hijos, la casa. (Cristina, 32 años, jornalera rarámuri) Antes, si alguna mujer lo dejaba al esposo porque era muy celoso le decían: ¿Por qué te juntaste con él? Ahora te aguantas. Es que nosotros las mujeres no debemos dejar a los hombres, y no, pues ellas sí se aguantaban, se tenían que aguantar, has de cuenta como en la Iglesia: hasta que la muerte los separe (…) de allá de la sierra [aprendimos] que no se debería dejar a los maridos. [A mí] me decían lo mismo: el día que se casen no va a andarlo dejando, aunque te salga celoso tú te aguantas, me decían. (Josefina, 38 años, jornalera y gobernadora rarámuri)

hacer guajes, o chiquihuites de palma, regresa por ella en 15 días. Y el papá del muchacho decía: ah, bueno, así sirve que yo le enseño a él a trabajar la tierra. Cuando ya le enseñaban a hace guajes o hacer tortilla, pues entonces ya se podían casar. Ahora ya se reduce eso. Ahora ya nada más son 15 días de novios, se casan y duran un mes o menos de un mes, se separan y regresan a sus casas. Para volverse a casar o juntar, si tardan ahí un poquito más, porque no es muy permitido eso de estar cambiando de pareja, porque sí es muy mal visto por ellos en las comunidades. Eso puede pasar aquí en la ciudad pero allá no, todavía sus costumbres son más duras. Pueden ser hasta castigadas. Incluso si una pareja se viene a vivir aquí, o se separa, es mal visto, no es muy bien aceptado dentro de la comunidad, porque dicen: ya te acostumbras como chabochi. (Margarita, Centro de Apoyo a la Mujer Trabajadora)

Relaciones de género en el ámbito laboral-productivo La migración es un fenómeno que suele afectar de forma ostensible la condición y posición –de por sí precaria– de las mujeres rarámuris. La mayor parte de las mujeres indígenas que emigran a las ciudades no hablan o hablan muy poco el castellano lo que las ubica en una posición de desventaja en el ámbito laboral y social; en cambio los hombres, acostumbrados a buscar trabajo temporal en las ciudades y a convivir con los mestizos, suelen hablarlo con ciertas soltura. Esta circunstancia constituye uno de los principales factores de vulnerabilidad de las mujeres rarámuris, quienes al llegar las ciudades no sólo ven reducidas sus posibilidades de empleo debido a su condición étnica y lingüística, sino que además se ven excluidas del sistema legal y de justicia, educativo y de salud pública.
Cuando yo llego a las comunidades y empiezo a hablar acerca de la ley, lo primero que me sale de la necesidad de las mujeres es que no tienen un intérprete cuando ellas llegan al Ministerio Público, por ejemplo, a hacer denuncias, incluso en los servicios de salud a veces la enfermera no las atiende. (Margarita, Centro de Apoyo a la Mujer Trabajadora, AC)

Pese a ello, diversos autores (Acuña, 2007; Gómez, 2009) señalan que el sistema sexo/género rarámuri posee cierto grado de flexibilidad en el ámbito de las relaciones afectivo sexuales y en el ámbito familiar; donde incluso se sugiere que son las mujeres quienes suelen tomar la iniciativa en la disolución del vínculo conyugal. Sin embargo de acuerdo al siguiente testimonio, se observan ciertos cambios en las relaciones de género y la conyugalidad.
Nos comentaba una señora, una maestra indígena ya jubilada: ahora han cambiado mucho las costumbres. Antes el noviazgo tenía que durar un tiempo, un tiempo que sería un mes, dos meses, ya no como ahora, quince días, [antes] a una, cuando la iban a pedir, el papá le decía: pues no te la puedo entregar porque todavía no sabe tejer, hacer tejido,

Por lo general, las mujeres rarámuris combinan en las zonas agrícolas el trabajo productivo con el reproductivo, e incluso, como veremos más adelante, asumen también actividades sociales o comunales que se traducen en una triple jornada28. Así, además del trabajo agrícola, las mujeres preparan la comida, lavan la ropa, acarrean el agua y elaboran alguna artesanía (regularmente textil o palma) y se encargan del cuidado de los hijos. En algunos casos, cuando la migración es de
Término usado para referirse a la participación femenina tanto en funciones productivas como reproductivas y de gestión comunal a la vez. Tradicionalmente este término se ha aplicado para visualizar la carga laboral de la mujer por su participación en los tres roles.
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índole familiar e implica el traslado de varios niños pequeños, las mujeres deben quedarse a su cargo mientras el hombre trabaja en las huertas de manzana.
[Ya no trabajo] porque no tengo dónde dejarlos [a los niños] no tienen quién los ande a cuidar (…) y si te vas a ir a trabajar, pues me regaña mi esposo, por eso no quiero dejarlos. (Lupe Francisca, s/e, jornalera rarámuri)

Ahorita, por ejemplo, un hombre puede pizcar un árbol completo. No se requiere de una mujer que pase por abajo porque no hay tanta manzana. Cuando no tenemos tiempo y no hay personal es cuando se pasa las mujeres adelante para que vayan bajando la fruta y le vayan haciendo más fácil el trabajo a los hombres (…) sí se van a ocupar [mujeres] al final [de la pizca]. No el mismo tiempo, probablemente no la misma cantidad de días. (Marilupe, gerente operativa, La Norteñita) No, ahorita anda un si acaso un 10% de mujeres ahorita, muy poquitas. Al rato que se ponga más la manzana, que ya este mas madura hay más mujeres por abajo, sin escalera. Todo el tiempo la mujer por abajo, por abajo nomás. (Javier, jefe de cuadrilla, La Norteñita)

Cabe destacar que aunque las estadísticas marcan una alta participación económica de las mujeres jornaleras, en el ámbito familiar el papel de los varones no ha variado, ya que éstos continúan asumiendo que su papel está ligado al mantenimiento económico del hogar, aun y cuando esto no corresponda fielmente a la realidad. En el trabajo productivo, las mujeres rarámuris tampoco llevan las de ganar en las regiones de atracción. Los mercados de trabajo rurales son espacios dinámicos en donde se reproducen relaciones que segmentan a los trabajadores en un sinnúmero de categorías siendo las principales: clase, etnia y género. Esta última categoría es un criterio explícito de contratación en el caso de las huertas de manzana. Durante los recorridos de campo que se realizaron durante la investigación, fue posible constatar la presencia de cuadrillas de trabajadores cuya integración obedece a criterios de productividad y especialización del trabajo, reconocidos por la empresa (ver imagen 16, anexo 2). En términos generales, las mujeres se encuentran al margen de las actividades que demandan una mayor fortaleza física. Tal es el caso de las labores propias de la temporada de la pizca, una de las más largas y mejor retribuidas del proceso de cultivo, en donde existe una marcada preferencia por la contratación de varones, sobre todo durante las primeras semanas, cuando la cosecha no es cuantiosa. Por lo regular, las mujeres son contratadas para estas labores únicamente cuando el volumen de cosecha lo requiere; mientras tanto, la permanencia dentro de los albergues de las empresas agrícolas les está negada, por lo que deben buscar refugio en el albergue de Sedesol o en otros de carácter asistencial a las afueras de Cuauhtémoc.
El trabajo de estar acomodando la manzana, de sacar las que están picadas por los pájaros también es de mujeres, van acomodando la manzana, que vaya a nivel y todo eso. De repente hay gente [mujeres] a las que se les hace pesado andar cargando manzana (…). De hecho a mí cuando me mandan mujeres para hacer el trabajo sólo agarro las necesarias, pero ellos [los hombres] siguen haciendo lo mismo, juntando manzana, porque yo sé que si las pongo a hacer esto [a ellas] no van a dar rendimiento o existe el peligro de que se caigan de las escaleras. (Manolo, jefe de cuadrilla, La Norteñita)

A lo largo de los recorridos en los huertos fue posible identificar ciertas labores, donde existe una marcada preferencia las mujeres. Tal es el caso del desaije, etapa del proceso productivo, que requiere de gran habilidad manual, agudeza visual, destreza y mucha paciencia, pero sobre todo, de la adquisición de un saber especializado en torno al desarrollo de la manzana. Para realizar este trabajo, las jornaleras deben distinguir sus etapas de maduración y las distintas calidades del producto, lo que supone un conocimiento detallado del proceso productivo que se aprende con el tiempo.
No hay pizcadoras, hay puro hombre pizcador. Aquí cuando se ponen mujeres es en mayo, junio, para el desaije.. Mil, mil cien, mil doscientas mujeres trabajando (…) es trabajo de la mujer todo el tiempo en el desaije de la manzana (…) pues aquí andan mujeres pepenadoras y sorteadoras. La pepenadora es la que anda pepenando la manzana tirada en el suelo y la sorteadora acomodando, quitando toda la manzana podrida, mala, picada, de los cajones. (Javier, jefe de cuadrilla, La Norteñita)

No obstante, este conocimiento no es valorado y mucho menos, remunerado por las empresas agrícolas. Por el contrario, a las jornaleras indígenas se les identifica como trabajadoras con escasa o nula formación, porque sus competencias o saberes se suponen innatos y típicamente femeninos en lugar de ser valorados como producto de una formación social (Lara, 1993; 1995).
En el caso de la mujer, por el cuidado que tiene, por sus manos, su temperamento, su paciencia y demás, sí ocupa cargos puntuales. Por ejemplo en la producción de manzana, la selección de manzana que es un proceso importante porque es la calidad que se va a importar o se va a vender al mercado nacional, la que hace ese trabajo por su propia paciencia y su temperamento es la mujer principalmente. (Funcionario, Coordinación Estatal de la Tarahumara, Chihuahua)

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En este contexto, las mujeres rarámuris se perfilan como el sujeto social por excelencia para la implementación de todas las formas de trabajo flexibles porque no conocen otra forma de inserción en la economía (ver imagen 17, anexo 2). La “segregación” es un concepto que ha sido utilizada por diversos autores para referirse a las inequidades de género y someter a un análisis exhaustivo la estructura diferencial de oportunidades en los mercados de trabajo rurales (Rodríguez, 2005). Esta noción alude a la delimitación de espacios diferentes entre individuos o grupos a partir de atributos particulares, institucionalizando con ello un orden social que legitima esferas de autoridad y competencia, y determina un acceso desigual a los recursos. La presencia de ámbitos espaciales y temporales diferenciados de acuerdo al género, a lo largo del proceso productivo de la manzana, evidencia la forma en que opera esta modalidad de control y jerarquización del trabajo. En cuanto al trato que reciben las mujeres en las huertas de manzana, es necesario decir que éstas reciben un salario similar al de los varones, independientemente de la labor que realicen. No obstante, tal como mencionamos en párrafos anteriores, las oportunidades de trabajo son escasas, limitadas a ciertas temporadas y restringidas a ciertas actividades.
Pues llegamos y pedimos trabajo aquí, nos dijeron que no iba a haber trabajo para las mujeres y nos metieron acá. (Lucía, 16 años, jornalera rarámuri) Dicen que no hay trabajo para las mujeres, me estaban diciendo las señoras ésas, que ellas no trabajan ahí con Corral [en La Norteñita] que trabajan con otra persona donde sí ocupan mujeres. (Zoila , 28 años, jornalera rarámuri)

no tiene caso que las traiga, no se van a entender y la única perjudicada pues es la empresa porque se refleja en bajo rendimiento. (María, empleada, La Norteñita)

Las motivaciones que sustentan ambos tipos de comportamiento, responden a nociones preconcebidas y sumamente arraigadas acerca de las mujeres, así como de las competencias y saberes que se vinculan a los estereotipos de lo femenino y lo masculino.
A mí ni me las mencione (…) para mí es más fácil lidiar con hombres. Las mujeres, como que aunque sepan hacer su trabajo, con tal de llevar la contraria, no sé, he trabajado muy poco [con ellas] pero las veces que me ha tocado, les dice uno cómo hagan las cosas, pero si ella no quiere, no gusta de hacerlo y no lo hace (…) a mí si me dicen: ¿quieres hombres o quieres mujeres? yo agarro hombres (…) será que a lo mejor yo he trabajado más tiempo con hombres, o no sé, tal vez me relaciono más rápido con ellos y les doy a entender más fácil. (Manolo, jefe de cuadrilla, La Norteñita) Si por mí fuera yo tendría puras mujeres trabajando ¿Por qué? porque son más responsables, más trabajadoras (…) todo el tiempo tengo mujeres. Ya tengo 25 años con mujeres y traigo hasta mil, mil doscientas trabajando en tiempo del desaije, en mayo y junio. Y no es cierto que ellas cosechen menos, alguna vez han juntado hasta más que las cuadrillas de hombres. (Javier, jefe de cuadrilla, La Norteñita)

En los recorridos de campo fue frecuente encontrar, además de las cuadrillas mixtas de trabajadores, algunas integradas en su totalidad por hombres. A decir de los propios trabajadores de la empresa agrícola donde se hicieron los recorridos, la conformación de estas cuadrillas obedece fundamentalmente a la preferencia del capataz a cargo de la huerta. Así, mientras en algunos de los capataces o jefes de cuadrilla se hacen presentes los prejuicios o estereotipos de género en cuanto a la debilidad de las mujeres y por ello las segregan de ciertas actividades; otros las prefieren porque consideran que son mas detallistas y cuidadosas al momento de realizar sus labores.
Hay quién se adapta más con mujeres, quién se adapta más con hombres (…) El Capi agarraba puras mujeres, se buscó que anduviera con puras mujeres porque él se adapta más a ellas, es el que más las entiende y como por ejemplo, está Martín que [trabaja sólo] con hombres porque él con las mujeres no se entiende. Como no las entiende pues

Además de las actividades productivas y reproductivas, en muchas ocasiones, las jornaleras rarámuris asumen como responsabilidad, labores de tipo comunal o social. Ejemplo de ello, son las llamadas “gobernadoras”, mujeres que han ganado en los asentamientos rarámuris de las ciudades, los cargos de representación que les son negados en sus comunidades de origen (ver imagen 18, anexo 2). El papel de las gobernadoras rarámuris en las zonas agrícolas de Cuauhtémoc tiene que ver con el desarrollo de actividades de salud, educación, saneamiento ambiental, y alimentación. Las gobernadoras indígenas suelen realizar a nombre de la comunidad las gestiones necesarias para la dotación de servicios públicos en los albergues y asentamientos donde viven. La población migrante de origen rarámuri recurre a ellas para solucionar algún problema interno o externo, para que hablen a su nombre frente a las autoridades, para que les ayuden a gestionar apoyos, o para que sirvan como traductores o interlocutores frente a los mestizos.
Duré ocho años [como gobernadora] la gente no quería que saliera, pero como ya tenía al niño más chiquito no podía moverme mucho. Es que también me mantengo ayudando a mucha gente, la traen de la sierra enferma y me voy al hospital y en veces las

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tengo que cuidar y en veces ir hasta Chihuahua con ellos si se trata de una operación o algo, luego la gente tiene miedo a los doctores y hay que explicarles qué es lo que tienen (…) cuando yo era gobernadora me mantenía con Minita [Albergue Tarahumara] a ver qué estaba pasando en el hospital o si venían más señores de los ranchos. [Me decían] es que fíjate que el patrón no nos quiere pagar, y yo buscaba una manera. En todo andaba yo. (Josefina, 38 años, jornalera y gobernadora rarámuri)

El hecho de que los hombres cedan este tipo de espacios de autoridad a las mujeres no es fruto de la casualidad. Desempeñar el cargo de “gobernador” en un contexto urbano, implica erogar una gran cantidad de recursos económicos y de tiempo, por lo que para muchos varones, esta actividad ha perdido valor.
[En el asentamiento rarámuri] escogen gobernadora porque casi no hay hombres que quieran, yo creo (…) no casi nadie quiere participar de los hombres (…) yo creo que no les gusta ponerse a cargo de la colonia (…) acá a los hombres como que casi no los toman en cuenta, ya ves que muchos toman y a veces pues andan trabajando cuando llegan los de Chihuahua, y la mujer está aquí, en la casa, los recibe a quien llegue y un hombre no, se va al trabajo. Y si llegaron en domingo y va haber junta, el hombre anda borracho por ahí tomando y una mujer no, aquí pues hay dos exgobernadoras. La primera fue la que esta aquí, ella fue la primera, la que construyó todo, después pusieron un señor de ahí enfrente vecino de ella pero creo que no hizo nada y después pusieron a La Mariposa, ella a lo mejor sí hizo un poquito; después pusieron a otro señor y ni una reunión hizo, después de ahí lo sacaron a él y pusieron a la que está ahorita. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri)

A todo lo anterior se suman las responsabilidades domésticas de carácter reproductivo en sus respectivos hogares y el cumplimiento estricto de sus jornadas laborales en las huertas de manzana, lo que deriva en una carga extraordinaria de trabajo (triple jornada) que no es remunerada, situación que las coloca en una posición económica vulnerable, dado que independientemente del cargo que ostentan, su situación de pobreza es similar a la de sus representados (ver imagen 19, anexo 2).
Es difícil ser gobernadora porque trabaja uno mucho y luego pues tiene que andar uno muy lejos, lo invitan a Chihuahua y tiene que estar cuatro días de reuniones y luego los niños se quedan en casa (…) nosotros teníamos cada quince días [juntas] pero ahora no veo que hagan nada (…) a veces les decía que no iba a haber junta porque no estaba tampoco, tenía que andar mucho, tenía que andar en la presidencia de Chihuahua. (Josefina, 38 años, jornalera y gobernadora rarámuri)

Por otro lado, muchos de los programas y organismos sociales que atienden a la población rarámuri en las ciudades, canalizan sus recursos y apoyos institucionales a través de la participación de estas mujeres, sin considerar que la gestión de los mismos, representa una responsabilidad adicional que deriva en un incremento de las carga de trabajo. Asimismo, al asignar tareas de servicio, atención y cuidado, ligadas a la reproducción, están replicando a nivel institucional la visión estereotipada del papel que deben de cumplir hombres y mujeres en el sistema tradicional de género (Nava, 2007). Es el caso de las mujeres que en el albergue de Sedesol encabezan los comités de Seguridad y Tesorería.
Nunca había realizado un tipo de cosas así, y andar mandando a la gente, es pues algo que nunca he hecho en mi vida y a veces se me hace pesado porque nunca he hecho esas cosas, se me hace pesado porque [como encargada de seguridad] en la mañana tengo que abrir las puertas para que salgan a las cuatro y media, imagínese. (Romelia, s/e, jornalera rarámuri) [Mi función como tesorera] es cobrar cada semana, cada ocho días cincuenta pesos, y revisar que los cuartos estén limpios porque hay personas que no les gusta hacer el aseo. (Enriqueta, s/e, jornalera rarámuri)

No obstante, para las mujeres rarámuris, asumir el cargo de “gobernadora” constituye una oportunidad para asumir posiciones de representación social y prestigio que en sus localidades de origen les han sido tradicionalmente negadas. Al mismo tiempo, representa un pretexto para la movilidad, así como para el desarrollo y aprendizaje de nuevas habilidades.
[A la gobernadora] la eligen pues entre todas las personas que viven aquí, la que sabe hablar más en español, la que no tiene vergüenza, porque hay muchos [hombres] que como que casi no. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri)

Sin embargo, el hecho de que estas posiciones jerárquicas asumidas por las mujeres no estén remuneradas –aunque sí sean reconocidas simbólicamente– y que con frecuencia sean producto de la desvalorización, más que de un proceso de empoderamiento o de un cambio en el modelo patriarcal imperante, constituye un motivo de reflexión. Sánchez y Barceló (2007), en su estudio sobre mujeres indígenas migrantes, señalan que a pesar de los problemas que enfrentan las mujeres en sus espacios familiares y laborales, y de la pesada carga laboral que supone la realización de las actividades productivas, reproductivas y comunitarias, las propias mujeres reconocen un lado positivo: la posibilidad de tener un empleo, y por tanto, un ingreso (ver imagen 20, anexo 2).

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El acceso al trabajo remunerado les permite romper hasta cierto punto con los lazos de dependencia económica a las que estaban sujetas en sus comunidades de origen, lo que influye no sólo en la sobrevivencia material y la mejora en las condiciones de vida, sino también en su capacidad de resistencia en el contexto de la subordinación (Ariza, 2000b). Para las jóvenes, se trata de un cambio en los patrones culturales, los cuales van permitiendo la mejora de sus condiciones de vida, y en algunos casos, como veremos en el siguiente apartado, la reconstitución de su identidad de género. Relaciones de género y violencia entre la población rarámuri La violencia es una de las más graves manifestaciones de la violación de los derechos humanos de las mujeres, principalmente por la alta incidencia de su ocurrencia en espacios cotidianos (Martínez y Mejía, 1997). Dicha violencia puede ser en la pareja, de índole intrafamiliar y sexual e incluye formas de agresión, coerción y maltrato de carácter físico, verbal, psicológico y sexual. Diversas investigaciones muestran que la violencia doméstica es una de las formas de violación a los derechos humanos más común en el mundo. Su origen puede ser ubicado en las relaciones de género que subordinan a las mujeres y las hacen objeto de la dominación por parte de los hombres, quienes se adjudican el derecho de corrección sobre su pareja e hijos. Desde el feminismo y la perspectiva de equidad de género se señala que las tendencias a la dominación no están inscritas en la naturaleza masculina sino que son construidas a lo largo del proceso de socialización. Como señala Lagarde (2011) la exaltación simbólica de la violencia y de realización de hechos violentos con impunidad, legitima y favorece la violencia de género contra las mujeres. En este sentido, la violencia contra las mujeres tiene su origen en la dominación de género que produce desigualdad entre hombres y mujeres, y discriminación hacia estas últimas, constituyendo un recurso más de la dominación. De este modo los hombres afirman su superioridad, demostrando fuerza, y control hacia las mujeres, para dirigir, dominar y gobernar a través de un proceso de inculcación que tiene como objetivo alcanzar esa situación que se asimila a la virilidad (Martínez y Mejía, 2007) La población de origen rarámuri no escapa a este tipo de relaciones de dominación/subordinación cuya expresión más radical es la violencia física y sexual, que forma parte de la denominada violencia estructural de género. A lo largo de las entrevistas realizadas a las migrantes, fue posible establecer que la violencia dirigida hacia las mujeres constituye una constante, tanto en las localidades de origen, como en el espacio migratorio en las ciudades donde trabajan (ver imagen 21, anexo 2).

Los testimonios de violencia intrafamiliar que se recogieron durante el trabajo de campo son ilustrativos de la forma en que este tipo de conductas, son reproducidas y de algún modo – naturalizadas– por hombres y mujeres rarámuris desde la edad más temprana.
Mi hermano el mayor es el peor, yo creo, y el otro también, antes la golpeaba mucho a su esposa (…) el segundo ya no le pega a su esposa porque ella se defiende (…) incluso hasta el más chico de nosotros también salió igual a mi papá, le pega mucho a su esposa. [Mi hermano] también golpeaba a mi mamá, mi mamá me decía que mi papá no la había golpeado que había sido él, mi hermano. Si te digo que una vez hasta la trajeron hasta acá porque estaba muy delicada de salud, porque tenía un golpe en la cabeza. Le abrió todo lo que, pues esto de acá, se le infectó a mi mamá la cabeza. Sí, la trajimos desde Carichic, la pasaron hasta acá [decían] que con una piedra le pegó (…) mi hermano decía que mi cuñada se aguantaba porque a mi mamá así le pegaban y porque él quería tratar igual a su esposa y así dicen siempre (…) es lo que vio cuando él era chico, yo creo y él se porta igual. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri) Uno [de mis hermanos] está en el Cereso porque mató a mi papá, porque era bien bravo, le pegaba mucho a mi mamá y tomaron. Tiene como diez años [en el Cereso] y le faltan otros diez (…) [mi mamá] trae dos cortadas en los dos lados y en las dos cejas (…) quedamos nomás seis [hermanos] porque [los otros no nacían] porque la maltrataba mi papá y le pegaba cuando los traía mi mamá. (Rosario, s/e, jornalera rarámuri) Pues dice [mi cuñada] que ya no aguanta esos golpes más bien que a los niños también, porque le pega a los niños y los niños qué culpa tienen y me dice: no pues lo voy a dejar, y le digo pues para que lo aguantas si de todos modos nunca se le va a quitar. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri)

La gran cantidad de referencias que se recogieron con respecto a este tema, es un indicativo de la presencia generalizada de una cultura de violencia hacia las mujeres, la cual está sumamente extendida entre la población rarámuri. Golpes, insultos, vejaciones, violaciones, abandono, son la constante en los relatos de las mujeres migrantes.
Sí allá [en mi comunidad], casi la mayoría, todos, yo creo, le pegan a sus esposas, raro la gente que no le pega a su esposa, habrá como unos cinco nomás, pero todos los demás pues he escuchado que sí, además he visto cómo les pegan también. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri)

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Mi hermana se murió por eso, porque mi cuñado le pegaba mucho y le salieron muchos tumores en el estómago, le pegó hemorragia. Dice mi mama que eso le habían dicho los doctores. (Cristina, 32 años, jornalera rarámuri) Vieras aquí abajo en las barrancas, lo que es de Creel para allá, las mujeres que he visto todas macheteadas en la cara, porque son más agresivos los hombres de allá que los de acá, pues sí las van agarrando a machetazos, son más agresivos los hombres. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri)

Ya estábamos dormidos y luego de repente oigo que a alguien la están ahorcando y que era mi cuñada (…) la estaba ahorcando [su esposo] y luego traía un bebe en la espalda y así la tenía en el suelo y a mí me dio mucho coraje, le dije que se fueran de aquí que me avergüenza que hiciera eso aquí en la casa (…) como mi mamá no decía nada, como mi mamá aguantaba, ¿él también le va hacer lo mismo? (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri)

En el municipio de Guerrero, vecino al de Cuauhtémoc, existe un refugio para mujeres víctimas de violencia intrafamiliar. Los testimonios de las trabajadoras sociales que laboran en dicho centro, ilustran de forma por demás cruda, no sólo la frecuencia, sino la intensidad de los episodios de agresión sicológica, física y sexual hacia las mujeres rarámuris, por parte de sus parejas, o incluso, de sus propios familiares. Resultaría reiterativo incluir en este documento cada uno de los casos que refiere el personal de esta institución. A modo de ejemplo, exponemos un caso que resume la magnitud y grado de violencia al que se han visto sometidas algunas de las mujeres rarámuris que han buscado se refugio en este centro.
Esta muchachita tarahumara tiene once meses conmigo en el refugio, sufrió violación (…) dice que una prima de ella fue de visita la comunidad y le dijo vámonos, ahí hay trabajo y esto y lo otro. Y ella se vino. Estuvo viviendo con la prima y el marido de la prima. Se alcoholizaban, se drogaban y un día en esas fiestas, el marido abusó de ella (…) la canalizaron con nosotros y llegó muy lastimada, en el reporte médico decía que ella fue violada (…) hubo mucho daño, marcada para toda su vida, imagínese, con trece años. (Edith, trabajadora social, Centro de Protección de Mujer a Mujer)

También se da el caso de que las mujeres acepten la violencia como parte de sus circunstancias de vida, lo que genera una cultura del silencio en donde la violencia de género no se cuestiona, ni mucho menos se denuncia por considerarla parte inherente a su condición de género. En otras ocasiones, es la dependencia económica la que obliga a las mujeres a continuar en la relación con su pareja.
El señor golpeó a su señora hasta la navajeó, creo que duró cuatro meses internada en el hospital (…) esa vez sí le hablaron a la Judicial y la Policía llegaron hasta allá (…) el señor estuvo más de un año yo creo aquí en el bote, en la cárcel, pero pasa que después la señora se compuso y no se qué pasó que la señora vino y sacó al esposo de la cárcel y pues ya salió el señor. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri) La muchacha con dos niños se fue [del refugio] y volvió con el marido. (…) me la encontré en la esquina de la comandancia y le dije: qué haces por aquí. Nada, me dice, vine a meter a mi marido. Pero ¿por qué? Es que anoche me quiso ahorcar. (Edith, trabajadora social, Centro de Protección de Mujer a Mujer)

Llama la atención que pese a la gravedad de las agresiones, de acuerdo con la CDH y otras organizaciones de la sociedad civil que atienden esta problemática, la mayoría de los episodios de violencia hacia las mujeres no son castigados. La gran mayoría de las veces porque, ante la indiferencia y falta de atención y seguimiento por parte de las autoridades, son las propias mujeres quienes deciden no denunciar.
La comisaria ejidal me dice, a mí cuando me llega una mujer y me dice que su esposo la golpea le dice [al esposo]: o te compones o te llevo a las autoridades chabochis. Es lo único que puede hacer ella y claro que cuando pasa varias veces y la queja y la queja, ella se comunica acá a la Policía, a la comandancia, pero no le hacen caso y es que tenemos una desventaja porque las comunidades donde ellas viven están a dos horas o el camino no está bien. (Margarita, Centro de Apoyo a la Mujer Trabajadora)

Sin duda, como se señaló previamente, las deficiencias en el sistema penal y de justicia, tanto en las localidades de la Sierra Tarahumara, como en las ciudades, constituye un factor que disuade la denuncia. En la sierra, las autoridades tradicionales, conformadas en su mayoría por varones, minimizan la violencia de género imponiendo castigos que no corresponden a la gravedad de la pena. De esta forma, aunque en la cosmovisión rarámuri aparentemente las mujeres ocupan una posición de privilegio, respeto y complementariedad con respecto a los varones; en los hechos, los usos y costumbres no prescriben ni castigan la violencia hacia ellas por parte de sus familiares o parejas.
Muchas veces ellas no conocen nuestras leyes, ellos se rigen por sus leyes pero cuando llegan a tener violencia o la denuncia, pues bueno, como pasa aquí, que el gobernador es el que pone los castigos (…) el año pasado nos tocó un caso en un asentamiento en el que un hombre estaba persiguiendo una muchacha, la quería violar, la quería abusar. Se la quitó el gobernador y la sanción que le iba a cobrar era de 150 pesos. Llegó la auto-

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ridad municipal pero no pudo hacer nada, por los usos y costumbres. (Margarita, Centro de Apoyo a la Mujer Trabajadora, AC)

Por otra parte, el sistema penal y de justicia que priva en las ciudades no cuenta con recursos materiales y humanos para atender de forma adecuada las denuncias. Los tiempos burocráticos, la falta de sensibilidad del personal hacia la problemática de género y la carencia de intérpretes en los Ministerios Públicos y otras instancias legales, inhiben las acusaciones por parte de las mujeres.
El acceso de justicia no es equitativo hacia nosotras las mujeres. Aunque tengamos una ley que nos protege pero ahorita no vale nada (…) decía un secretario de gobierno del municipio de Guachochi que es preocupante ver cuántas mujeres van a denunciar y que luego las manden a las mesas de negociación ¿De qué me sirve que las manden a la mesa de negociación si a los tres o cuatro días me vuelve a venir la mujer con una violencia más severa? (Margarita, Centro de Apoyo a la Mujer Trabajadora, AC)

[Mi esposo] ya tenemos tiempo que nos separamos, ya hace como diez años, yo tenía seis meses de embarazo cuando nos separamos, ni cuenta me di por qué se fue, no dijo nada, que se iba (…) con cuatro hijos [me dejó] no lo he vuelto a ver desde que se fue. (María, 34 años, jornalera rarámuri) Con el otro [mi anterior esposo] me junté a los 15 creo, y pues me embaracé de la niña y después lo dejé, sí, es que el me maltrataba mucho, no pues era un señor de esos que no entiende, el tenía como unos 24 (…) fui [a verlo] a casa y él estaba con otra mujer, ya vivía con otra mujer, tenía un hijo con la otra señora (…) me fui mejor de ahí, me retiré de ahí. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri)

Las agresiones a nivel doméstico o comunitario son un factor que influye en la decisión de migrar de algunas mujeres que huyen de sus comunidades con la idea de de romper el ciclo de esa violencia y resolver, al mismo tiempo, el problema de garantizar su subsistencia (INM, 2005).
Yo decía que yo no me iba a dejar y el primer esposo que tuve pues sí me maltrataba, pero luego lo dejé, lo dejé y me fui, me vine para acá y trabajé aquí. (Zolia, 28 años, jornalera rarámuri)

Entre los rarámuris existe la práctica de la “prueba”, un periodo que permite el acercamiento de los cónyuges previo al matrimonio religioso o tradicional y en el que la separación de la pareja es una opción que no se sanciona socialmente, con la misma rigidez que en otros contextos socioculturales. En virtud de lo anterior, no es raro, que muchas de las mujeres entrevistadas estén casadas por segunda o tercera ocasión.
[Mi esposo] era de allá, ya tenemos tiempo que nos separamos, ya hace como diez años, yo tenía seis meses de embarazo cuando nos separamos, ni cuenta me di porque él se fue así, no dijo nada, que se iba (…) con cuatro hijos [me dejó] no lo he vuelto a ver desde que se fue. (María, 34 años, jornalera rarámuri)

Asimismo, el entorno agresivo que prevalece en las comunidades de la sierra constituye también un motivo para que algunas mujeres busquen establecer relaciones de pareja y con ello sentirse protegidas de las agresiones o acoso de otros hombres.
Tenía quince años cuando me junte con él, me junte con él porqué vivíamos en el rancho, había mucha gente abusiva que les gustaba agarrar las mujeres, llevárselas así, a fuerza, fue por eso que me junte con él. (Cristina, 32 años, jornalera rarámuri)

Al mismo tiempo pareciera que en el contexto migratorio, la normatividad conyugal entre los rarámuris se ha hecho más flexible. En efecto, una de las principales consecuencias de las prácticas migratorias es que multiplican las oportunidades de conocer personas de otras localidades. En este sentido fue común encontrar mujeres que se separaron de su primera unión y que en la ruta migratoria encontraron una nueva pareja.
Sí, nos dejamos yo y el papá de mis hijos, hace tres años que nos hemos dejado, y me volví a juntar con este chaval ahí en el trabajo (…) el año pasado convivía con ellos [otros jornaleros] pero ahora ya no porque mi nuevo esposo es bien celoso, estamos juntados desde hace tres meses, no puedo platicar mucho, se enoja, para no pasar coraje mejor no platico. Ahora vine de trabajar en Sonora, así nos venimos, viene conmigo la niña que tiene 5 años, los otros dos están en la casa con mi mamá en la Sierra. (Cristina, 36 años, jornalera rarámuri)

Por lo regular, los episodios de violencia conyugal, inician durante los primeros años de vida en pareja, a muy temprana edad, a lo largo de un periodo que suele estar plagado de fuertes presiones y encrucijadas que favorecen desencuentros entre los cónyuges, que en muchas ocasiones derivan, tras varios incidentes de violencia e infidelidad masculina, en la separación definitiva.

En términos generales, la incidencia o gravedad de la violencia de género en los campos agrícolas de Cuauhtémoc, también está presente, aunque con diferentes

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matices. A veces se observa de forma explícita, y otras tantas, enmascarada bajo formas de agresión, subordinación o dominio, que al estar integradas a un sistema genérico patriarcal, resultan menos evidentes. Tal es el caso del aislamiento social y la reclusión en los espacios domésticos, las restricciones a la movilidad espacial y la toma de decisiones con respecto al destino de los ingresos que se traduce en violencia económica.
Una muchacha tarahumara (…) ahora trabaja en la pizca de manzana, pero cuando se acaba se va a Sinaloa a la pizca del tomate. Y así va de pizca en pizca, dice que en la del tomate pagan muy bien, que llegaban a ganar hasta tres mil pesos a la semana, pero él era quien administraba todo. Si mucho, le daba a ella 50 pesos para los pañales, la leche y ya está. Le digo: ¿por qué? si era tu dinero. Pero ella dijo: él es mi esposo y me decía que se lo diera y se lo tenía que dar (…). Tenía tres niños, se le murió uno porque estaba enfermo y el esposo no quiso llevarlo al doctor. Le digo: ¿pero tú no dijiste nada? No, es que yo tengo que hacer lo que él dice. (Edith, trabajadora social, Centro de Protección de Mujer a Mujer) Cuando llegaba borracho [mi esposo] se acostaba a dormir. Al otro día le decía: te tomaste todo el dinero y era mío, si tú quieres tu dinero ponte a trabajar (…), me ponía a reclamarle porque se había tomado todo el dinero que sus hijos comían y así le decía y empezábamos así y al último por eso fue que nos dejamos. (Cristina, 32 años, jornalera rarámuri)

na (…) generalmente nos dicen groserías los hombres a las mujeres, nos dicen mamacita y otras cosas (…) a las rarámuris también les dicen, pero como jugando, los chavos. (Alicia, jornalera mestiza, La Norteñita)

Durante la estancia migratoria, lejos de los lazos familiares y comunitarios, el aislamiento y la vulnerabilidad de las mujeres frente a sus agresores puede verse incrementada. No obstante, algunas mujeres han encontrado apoyo a través de las escasas instancias de mediación y amparo que encuentran en el entorno urbano, las cuales les permiten afrontar las irresponsabilidades y abusos de sus parientes o cónyuges. La mayoría de estas instancias son organizaciones civiles, como el refugio para mujeres en situación de violencia que se ubica en el municipio vecino de Guerrero. Algunas otras, como los albergues donde se hospedan los jornaleros migrantes, cuentan con reglamentos estrictos en los que se prohíbe el consumo de alcohol y donde los episodios de violencia son denunciados y castigados por las autoridades. En el asentamiento rarámuri local también recurren a las instancias policiales para controlar a los agresores.
[Acá le llaman] a la autoridad, a la Policía, y sí vienen, se los llevan de aquí. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri) Yo luego [a los maridos golpeadores] los mando a la cárcel, ya aquí ya casi no [se pelean], ya se controlaron. Antes sí, antes, por ejemplo en la noche, a media noche, ¿qué pasó?, ¿se están pelando? No, pues mejor yo mando a la patrulla, que duerman allá y al otro día que se arreglen. (Josefina, 38 años, jornalera y gobernadora rarámuri)

La violencia que viven las mujeres rarámuris no sólo se encuentra en las relaciones de pareja o al interior de la familia, también en los espacios de trabajo.
[Sufren acoso] sí, y si no quiere o se defiende, la corren. Hemos recibido testimonios de eso, bastantes. Llegan bien tristes, [me dicen] ya me corrieron, es que le dije al señor que no, y ya me dijo que ya no viniera. (Edith, trabajadora social, Centro de Protección de Mujer a Mujer)

Los episodios de acoso que se dan en las huertas afectan por igual a mujeres rarámuris y mestizas, lo que reafirma la naturaleza genérica de este tipo de conductas violentas.
Yo soy de aquí [de Cuauhtémoc] me gusta trabajar en la pizca, vengo toda la pizca y en el desaije, me tratan bien, pero uno que otro falta al respeto (…), ahorita por ejemplo, ya le dije al que nos trae, al Capi [el capataz]: ahorita ése me dio una nalgada. Ya me quejé con el capataz (…) él lo reporta y lo castigan con que no venga a trabajar maña-

Asimismo, existen instancias gubernamentales y civiles que más allá de su desempeño, orientación o enfoque de atención, asisten a las mujeres que viven esta problemática; situación que contrasta con la complicidad de género que en ocasiones se da en las localidades de origen, entre autoridades locales o representantes de las instituciones, donde la violencia hacia las mujeres es tolerada e invisibilizada por las autoridades tradicionales. Algunos testimonios muestran cómo las mujeres migrantes empiezan a afrontar por sí mismas su situación de maltrato haciendo frente a sus agresores, denunciándolos ante las autoridades o abandonando el espacio de la agresión. Sobre todo, son las más jóvenes las que parecen ya no estar dispuestas a soportar situaciones que las dañan y quienes rechazan el modelo familiar que llevaron su padres; incluso algunas de ellas han empezado a desmitificar la supuesta normalidad de su relaciones conyugales.

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Ya no es tiempo de que le peguen a las esposas (..) si me dejo pues siempre me van a estar golpeando y siempre van a querer manejarme como ellos se le antoje o algo, ha de querer que yo sea su esclava, por eso yo no me dejo, si me dicen algo yo luego luego me defiendo (…) a veces veo que [A mi hija] le dicen cosas y no, no se deja, luego también les grita, yo le digo que no se deje, si le dicen cosas que no se deje o que nos diga a nosotros quiénes son los que le dicen cosas. (Zoila, 28 años, jornalera rarámuri)

miento permanente de mujeres rarámuris en la ciudad que trabajan como jornaleras o empleadas domésticas para mantener a su familia (ver imagen 22, anexo 2).
Ahorita la mujer tarahumara es el centro de su casa principalmente. Tengo muchas madres solteras tarahumaras que sacan adelante a sus hijos, que tienen una vida estable, son mujeres de provecho. Trabajan en casas [servicio doméstico]. (Funcionaria, Coordinación Estatal de la Tarahumara, Cuauhtémoc)

Otro factor que ha contribuido a mitigar los efecto de la violencia de género entre los y las jóvenes rarámuris, es la migración definitiva y el consiguiente cambio en el patrón de residencia patrivirilocal que impera en las localidades de la Tarahumara. Actualmente existe un número creciente de jóvenes rarámuris que deciden iniciar su vida conyugal en las zonas agrícolas o sus alrededores, en compañía de otros parientes o parejas que también han migrado. Los ingresos provenientes del trabajo desempeñado como jornaleros agrícolas les ofrece la posibilidad de vivir de manera independiente, rompiendo con el patrón de residencia patrivirilocal que en sus comunidades de origen, es fuente de presiones y conflictos frecuentes entre los cónyuges.
Ya tengo muchas veces de venir, desde catorce años vengo para acá. Sí, estoy casado desde los 16 años, ella también ha venido a trabajar aquí, todavía no tengo hijos, vine con mi señora, ella este julio 18 años cumplió, ella ahora no trabaja, está embarazada, ya mero, el veintisiete, falta como una semana para que nazca. Luego ya en octubre, nos vamos a quitar el maíz donde siembro yo. (Armando, 18 años, jornalero rarámuri)

Por otro lado, el fenómeno migratorio, aunado a la influencia de modelos culturales distintos y el contacto con otros actores, han impactado las formas de organización política de los pueblos indígenas dando mayor protagonismo a las mujeres en la vida pública, tal como sucede en el caso de las gobernadoras rarámuris asentadas en Cuauhtémoc o en las comunidades de la sierra.
Se notan mucho los cambios que estamos teniendo porque por ejemplo, ya las mujeres están accediendo a ocupar puestos, como las gobernadoras, las comisarias ejidales, que incluso ellas ya pueden ser dueñas de la tierra. En algunas comunidades ya las mujeres son dueñas de la tierra, antes no era así, no tenían ni voz ni voto (…) poco a poco van perdiendo el miedo y van ellas involucrándose más con su comunidad (Margarita, Centro de Apoyo a la Mujer Trabajadora, AC)

Si bien no es posible hablar de un proceso generalizado de empoderamiento entre las jornaleras rarámuris; en algunas de ellas, la migración y el trabajo asalariado han sido factores que les han permitido avizorar cambios en sus condiciones de vida y reorganizar nuevas concepciones en torno a las relaciones entre los géneros. En efecto, las identidades de género, y las prácticas sociales que se derivan de éstas, no son estáticas, y pueden ser influidas por cambios de orden socioeconómico como la migración estacional o permanente, el contacto con otros contextos culturales, o el acercamiento a procesos formativos que facilitan la reconstrucción de las mismas. A lo largo del proceso migratorio, los valores, normas, formas de comportamiento símbolos y significados asociados con las relaciones de género sufren cambios profundos. Esto suele provocar conflictos al interior de la comunidad, o como en el caso de las mujeres que deciden separarse de sus parejas, da lugar a procesos de desintegración y/o reconstitución de nuevos núcleos familiares. La disolución del vínculo conyugal ha contribuido al incremento de las jefaturas femeninas de hogar y al asenta-

El empoderamiento, es el proceso a través del cual los actores adquieren control sobre sí mismos, la ideología y los recursos que determinan el poder; y que permite a los individuos desarrollar capacidades nuevas y ser reconocidos como protagonistas, sujetos capaces de superar la vulnerabilidad y la exclusión, así como contribuir al progreso y gozar de sus beneficios. Martínez (2000) afirma que el empoderamiento de las mujeres pasa por transformaciones en su autopercepción, en las asignaciones sociales, la deconstrucción de identidades y la generación de capacidades de negociación, que favorecen la modificación de las relaciones de subordinación. Es difícil hablar de un proceso de empoderamiento generalizado en el caso de las jornaleras migrantes rarámuris. Los cambios ligados a la adquisición y fortalecimiento del poder, así como su puesta en práctica en las diferentes esferas sociales, están vinculados con experiencias individuales, historias de vida, y condiciones socioeconómicas, contextuales y particulares con base en las cuales es posible visibilizar los mecanismos de opresión de género, cuestionar los modelos imperantes y emprender acciones encaminadas a remover las inequidades. Sin embargo, a partir de las entrevistas y los grupos focales realizados en Cuauhtémoc, se puede afirmar que el contacto de la población rarámuri con otros refe-

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rentes culturales durante su estancia migratoria, ha favorecido el cuestionamiento de conductas que son tradicionalmente aceptadas en sus localidades. Durante grupo focal realizado con población rarámuri en el Albergue Tarahumara Minita (Martínez y Hernández, 2010), se pudo observar la preocupación de los habitantes temporales de dicho albergue por detener este tipo de conductas.
Yo a mi esposo sí le digo que se vaya, que llegue cuando ya no esté borracho. Y sí se va. Cuando toma siempre se queda por allá [fuera del albergue]. Porque si los dejamos pasar (…) unos toman y se ponen a golpear a su pareja. Muchos se ponen a pegarle a sus esposas y las agarran a patadas o a golpes a sus señoras, si eso sucede llamamos a la Policía y se los llevan. (María Elena, jornalera rarámuri) Yo digo que también respeten este albergue, porque hay gente que toma. No aquí adentro, se van a tomar afuera, pero llegan noche ya borrachos los hombres, pero como aquí hay familias, pues puede pasar algo. Si eso pasa, lo que hacemos es que llamamos a la Policía. (Félix, jornalero rarámuri)

Pese a ello no se observó el cuestionamiento del maltrato y el abuso hacia las mujeres en sí mismo, por lo cual se considera que los espacios de acogida de las y los migrantes rarámuris pueden ser aprovechados para realizar procesos participativos de reflexión para desnaturalizar las relaciones de género inequitativas y la violencia. Se puede hablar de que la migración, como proceso demográfico y social, ha dado lugar a lo que Mayer (2000) denomina “empoderamiento femenino relativo”, proceso que supone la modificación de asimetría tradicional de género a raíz de la interrelación de los siguientes elementos: el ciclo de vida de los integrantes de la familia, el trabajo femenino asalariado y lo que llama la “masculinidad como factor de riesgo”29. A partir de los testimonios que se recogieron entre la población migrante rarámuri se pudo constatar que algunas mujeres perciben como cambios positivos los vinculados a la experiencia migratoria: la ampliación de espacios de acción y de su capacidad de negociación tanto a nivel comunitario como familiar. Asimismo, muchas de ellas destacan que ha mejorado la comunicación en el matrimonio y que toman más decisiones en forma conjunta que cuando vivían en sus localidades de origen. En este sentido, si bien la migración tiene efectos negativos sobre la condición de las mujeres rarámuris incrementando notablemente su carga de trabajo,
Por masculinidad como factor de riesgo, entiende la constitución misma de la masculinidad y los contenidos identitarios de los hombres en las culturas indígenas y mestizas que hacen a éstos más proclives a contraer ciertos tipos de enfermedades o a tener comportamientos de riesgo: accidentes, enfermedades o muerte como consecuencia de la violencia y el alcoholismo.
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exponiéndolas a la discriminación étnica y genérica, y colocándolas en una situación de vulnerabilidad; es al mismo tiempo un factor que, en algunas de ellas, ha contribuido a generar cambios en su posición de género, induciendo una reconstitución de sus identidades individuales y favoreciendo el tránsito hacia modelos menos inequitativos y autoritarios. Esta conclusión coincide con los hallazgos de otras investigadoras (Meentzen, 2007; Ariza, 2000b; Büjs, 1993; Morokvásic, 1983) que sostienen que la migración abriga la potencialidad de alterar las asimetrías entre hombres o mujeres, aunque reconocen que no es el único elemento que afecta o altera las relaciones de género, que los cambios que induce no todos son necesariamente positivos, y que dependen de una serie de factores conexos contingentes a cada situación migratoria. Finalmente, cabe señalar que aunque existe preocupación por parte de las autoridades estatales y municipales con respecto al problema de la violencia de género, se requiere trabajar más en este tema, no sólo con las víctimas de violencia, sino con el personal operativo que se encuentra a cargo de la atención a la población de origen rarámuri. En el trabajo de campo, fue posible observar prejuicios y resistencias a la introducción de la perspectiva de género como un eje transversal de los programas y políticas públicas.
A veces, nosotros pensamos que la equidad de género o el feminismo es la panacea en función de lo que hacen las alemanas y francesas o las americanas en los procesos de feminismo y los cambios que ha enfrentado el mundo. Eso no corresponde a los pueblos indígenas, la mujer [rarámuri] juega un rol que no es el de la limpieza solamente o el cuidado de los niños, la mujer juega un papel importante en la vida de los pueblos indígenas, concretamente en los tarahumaras a la hora de tomar decisiones, inclusive las tierras donde el hombre vive cuando se casa, son las de los papás de la mujer (…) Yo creo que aquí se trata de que el proceso de equidad de género sea caminar juntos acompañarse en su proceso de vida, que no se proporcionen herramientas que vayan a provocar conflictos, que ha sucedido mucho cuando vienen algunas gentes que desconocen a los pueblos indígenas y les tratan de imponer que no se dejen, que maltraten, que griten, que golpeen. (Funcionario, Coordinación Estatal de la Tarahumara)

Como se puede apreciar en el testimonio anterior, las dificultades para aprehender la realidad de la opresión de las mujeres desde una visión crítica conduce a generalizaciones y comprensiones parciales de dicha problemática, que desembocan en un análisis poco crítico y profundo de los sistemas de género donde se producen y reproducen modelos hegemónicos que sostienen las inequidades sociales, y que se expresan en la condición de pobreza y posición de subordinación de las mujeres. Tal como sostiene Lagarde (2011) existe resistencia por parte de autoridades y fun-

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cionarios a reconocer que la violencia forma parte de la dominación generalizada de los hombres sobre las mujeres, de su supremacía y de la desvalorización de las mujeres frente a ellos. En este sentido, es necesario hacer explícito y establecer los mecanismos necesarios para que la perspectiva de género, como medio para favorecer la equidad en las sociedades rurales, se haga patente. Esto implica superar la idea de que la presencia de dicha perspectiva es motivo de conflictos y desestabilización comunitaria y familiar; en todo caso, esto no es más que un indicador de la problemática de género invisibilizada, tanto en los grupos domésticos como en otros espacios de convivencia y que la perspectiva de género efectivamente los hace visibles (Martínez y Díaz, 2010). En este sentido, es necesaria una mayor calidad en la formación de género que se refleje en las prácticas institucionales y en los modelos de atención hacia la población de origen rarámuri.

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Voy a mirar las flores que se levantan en el campo. Cuidaré las diferentes flores, protegeré todas las que haya para que vuelvan hermosos nuestros montes. Serán sesenta y dos especies de flores unas grandes, otras pequeñas, no importa que sean de formas diferentes. Esas flores son los idiomas que se hablan en todo México cantando por las llanuras los idiomas de todos los indígenas Dolores Batista (poeta rarámuri)

Dado que se caracterizan por perseguir sus objetivos sin fines de lucro, la mayor parte de las organizaciones civiles realizan permanentemente esfuerzos para obtener recursos de manera regular estableciendo lazos de dependencia hacia el Estado y otros donantes. Asimismo, puesto que no existen centros educativos que incluyan un currículo específico para la formación como agentes de cambio y de desarrollo, se esfuerzan también en la especialización y profesionalización. Con ello pretenden superar el llamado voluntarismo, en el que prevalecen las buenas intenciones, pero al carecer de bases teóricas y metodológicas que orienten su trabajo, pueden cometerse errores, e incluso, no lograr los objetivos deseados; afectando a la sociedad en general, dado que las mayor parte de sus acciones se desarrollan con recursos públicos, por lo que existe corresponsabilidad en cuanto al uso de esos recursos y los efectos de sus intervenciones. A lo largo de la presente investigación se pudo constatar, que son pocas las acciones específicas dirigidas a la problemática de la población jornalera migrante desde las OSC y las autoridades municipales en Cuauhtémoc, a excepción de los espacios de albergue y alimentación dirigidos desde las organizaciones civiles. Durante el trabajo de campo realizado en 2010 y parte de 2011 se interactuó con la OSC, Albergue Tarahumara Minita, A.C. impulsada por la señora Herminia

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Prado Bustillos, quien por alrededor de 30 años, empleando parte de su casa, brindó protección y alojamiento a familias rarámuris, la mayoría de ellas sus paisanos, provenientes de San José Baqueachi, municipio de Carichí (ver imagen 23, anexo 2). Su aporte consistió principalmente en darles soporte en cuanto a habitación, complementar en alguna medida su alimentación y proporcionarles atención médica primaria (fue enfermera). El pilar de esta organización, la señora Herminia “Minita”, quien como se señaló, atendió las familias migrantes jornaleras rarámuris por más de tres décadas, falleció el 30 de septiembre de 2011. En el caso del Albergue Tarahumara Minita, A.C. destaca particularmente el servicio de vivienda y la atención primaria de la salud que se brindaba en sus instalaciones, así como también la función mediadora que desarrollaba con otras instituciones que proporcionan servicios de salud en la localidad o con la Coordinación Estatal de la Tarahumara, entre otras.
Desde hace como unos treinta años [los hospedo], primero los recibía en la intemperie, en el patio, ya después, pues con la ayuda del señor presidente municipal, el señor Molina, se empezó hacer un cuarto, porque yo le pedí, que no era justo, eran dos viejecitos, un matrimonio y se quedaban afuera, a la intemperie, porque no había espacio (…) en 1983 sería, ya después el Centro Empresarial me ayudó a hacer unos tejabanes, dos cuartos más y otro cuarto que hay, que es el que tiene dos camas ahí disponibles para los enfermos, me ayudó el DIF de Chihuahua. (…) yo recibo a todos, pero la mayoría son del municipio de Carichi, de Baqueachi, de Tewérichi, Narárachi, y Chineachi, yo los conozco desde que vivía en Carichí, a todos los conozco. (Herminia, integrante OSC, Albergue Minita)

El apoyo de la señora Herminia Prado y el interés de las familias rarámuris hospedadas en el albergue, permitieron la realización de un grupo focal en sus instalaciones y, posteriormente, durante 2011, cuatro sesiones de talleres de reflexión sobre su problemática y la definición de acciones para su posible solución30, actividades que se desarrollaron, en gran medida, a partir de la preocupación del personal del albergue por el futuro de estas familias (ver imagen 24, anexo 2).
Yo lo que quisiera, y no lo que quisiera [lo que] ¡quiero!, es que se busque el terreno y que se haga un albergue como debe de ser. Bueno yo sueño que alrededor queden las casas, ¿verdad? Su cocina, su salita, su baño. Y en medio una cancha para que los niños tengan espacio. Y si pueden, que se haga un saloncito para los chiquillos, que les den ahí sus clases. Y los más grandes, que vayan a la escuela. Yo no tengo más espacio que la casa. Ya no hay más. No hay donde extenderme. Cuando hay gente, cuando hay familias aquí que vienen, ya no hay donde. Yo estoy conforme con lo que Dios me dio y de eso participan ellos [las y los rarámuris]. Es muy duro para uno, fíjese, sobre todo cuando está lloviendo y los tenemos que poner acá adentro y hasta aquí y todo y luego las criaturas y todo el patio se llena de agua y se mojan. Me desespero porque cómo pueden hacer parques, pueden hacer todo y que no se pueda hacer un albergue. (Herminia, integrante OSC, Albergue Minita)

En este espacio ha existido una política de puertas abiertas, tal como la cultura rarámuri lo establece: “a nadie se le niega la entrada, así ellos están acostumbrados” (Minita, 2010); sin embargo, el incremento de la demanda de estos servicios por las familias rarámuris migrantes en últimos años, principalmente durante la temporada de cosecha y en los meses de bajas temperaturas (diciembre, enero), ha hecho insuficientes las instalaciones e infraestructura de este lugar.
Había más de cien, ahora para la pizca había ciento ochenta, nos estaban pidiendo todos los días que los contáramos y llegaron hasta ciento ochenta y dos, ahí tengo la lista, se registró a todos, niños y adultos. Las temporadas fuertes son de abril a mayo y luego empiezan a venir ahorita, en los últimos de agosto hasta que se termina la pizca en septiembre, primeros de octubre, luego se vienen en diciembre, se vienen a pasar aquí el invierno, se están hasta el primero de febrero. (Herminia, integrante OSC, Albergue Minita)

La preocupación de la señora Prado por el futuro del hospedaje y atención de los rarámuris en Cuauhtémoc, la expresaba con cierta angustia, no obstante este problema sigue aún vigente, sin solución. A través de entrevistas y grupos focales se pudo registrar la percepción de la situación de la población rarámuri asentada y migrante, por parte de los y las integrantes de otras OSC, así como también las acciones en las que algunas personas de este grupo étnico se ven beneficiadas. Durante las entrevistas y el grupo focal realizado con los y las integrantes de las OSC, se pusieron de manifiesto tanto la empatía, como el conflicto hacia la situación de la población rarámuri por parte de la población mestiza y menonita en Cuauhtémoc. A continuación se incluyen testimonios que dan cuenta de ambas posiciones. Hubo opiniones diversas, desde aquellas que consideraban que su presencia ocasionaba múltiples problemas a la población local debido a las condiciones bajo las cuales se lleva a cabo la migración, la incidencia de alcoholismo y drogadicEn seguimiento a los resultados obtenidos en 2011, los contenidos de los talleres fueron: derechos humanos de las mujeres indígenas y de la población migrante; género y trabajo productivo y reproductivo; participación de las mujeres rarámuris en la toma de decisiones y ciudadanía; organización social de mujeres indígenas, planeación participativa y definición de acciones; y la participación en encuentro intercultural con la sociedad civil organizada de Cuauhtémoc, Chihuahua.
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ción, la ocupación de los espacios públicos y otras cuestiones vinculadas a las características socioculturales de este grupo étnico; hasta aquellas en donde se reconoce el desconocimiento de la cultura rarámuri y la necesidad de sensibilizarse con respecto a sus necesidades.
Hay muchos problemas de violencia en los niños: no quieren respetar, no quieren obedecer a las maestras, quieren hacer lo que les da la gana, tienen dificultad para que coman, pues quieren comer coca, papitas y salchicha (…) dicen (las maestras) que se pegan con piedras, con palos, que se jalan del pelo, entre ellos, ahí en la escuelita. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)31

Son muy vergonzosos, el hablar les causa mucha vergüenza. Por lo mismo de que por lo regular la gente como nosotros sí se burla un poco de ellos. Y eso a ellos les ha causado un daño. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

Algunas de las OSC participantes en el grupo focal, señalaron que realizan acciones tanto en las comunidades urbanas, como en comunidades de la Sierra Tarahumara.
El proyecto que tenemos ahorita es acercarnos a las comunidades tarahumaras. Hemos ido por Sisoguichi, Cahuachi, por Creel, a las comunidades más apartadas. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) La idea de que ayudarlos a ellos, es ir allá. Y se nos olvida completamente que tenemos un grupo grandísimo que necesita atención aquí. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

No obstante, en referencia a este testimonio, al dialogar con mujeres del asentamiento rarámuri de Cuauhtémoc, ellas señalaron irregularidades en ese espacio educativo –una escuela del Sistema Intercultural Bilingüe de la Secretaría de Educación Pública– que afectan a las y los niños rarámuris, y que consiste en la incorporación reciente de niños mestizos que han sido rechazados de otras escuelas, los cuales realizan actos discriminatorios y de violencia hacia los niños y niñas rarámuris, que entran también en la dinámica de violencia escolar al responder a esas agresiones. Esto genera un ambiente violento y de indisciplina, en detrimento del aprovechamiento escolar, lo que pone de manifiesto la necesidad de incorporar la interculturalidad y el respeto a la diferencia en el acto educativo para superar prejuicios y estereotipos culturales. Los problemas de comunicación son una constante en las relaciones entre la sociedad civil y la población rarámuri; de hecho en ningún caso se hizo el señalamiento del dominio de la lengua rarámuri por parte de los y las integrantes de la sociedad civil.
La niña con la que he trabajado, por ejemplo, son personas a las que les tienes que sacar las palabras a fuerzas. Si les estás llamando la atención por algo, solamente agachan la cabeza y de ahí no salen. No sé si es por la convivencia que tienen en familia o si así es la comunicación, o por qué sea. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

En cuanto a la problemática específica de las mujeres en las relaciones de género que establecen, una integrante de una OSC del vecino municipio de Guerrero, hizo hincapié en ella.
La autoridad de los hombres sobre las mujeres es muy fuerte. Los hombres son los que tienen la decisión de absolutamente en todo. Ellas no cuentan más que para cuidar a los niños, trabajar y aportar algo a la casa. Nada más. Ellas no tienen voz ni voto, no pueden opinar, ni decir en qué ocupar el dinero. [La violencia se da] sobre todo hacia las niñas, hasta de los propios hermanos. Si hay un niño y una niña, el niño es el que la manda. Desde chiquito él es el que tiene el mando, y la niña no tiene opción, no puede decir nada, porque es la mujer: tiene que callarse. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

En cuanto a los problemas que enfrentan las mujeres rarámuris como trabajadoras, señalaron:
Hay un decir, por parte del Señor Corral, que quiere trabajadores, más no trabajadoras. Será por las familias que traen y no los pueden atender a todos. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Muchas veces las mujeres son acosadas por los capataces. Es el problema más grande en las huertas de manzanas, o por otros trabajadores. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

Puede atribuirse esa falta de respuesta al desconocimiento del español de la mayor parte de las mujeres, y más aún, de los niños y niñas que no han accedido a la escolaridad. No obstante, otro testimonio señala otra posible causa de incomunicación:
Un grupo de OSC desarrollan un programa de atención a población escolar en zonas marginadas de. Cuauhtémoc, que incluyeron, entre otras, a dos escuelas bilingües, en donde se proporciona apoyo alimentario y escolar durante un horario extendido para estudiantes de nivel primaria.
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Aunque no se observa la presencia de acciones que incluyan la transversalidad de género, etnia e interculturalidad en sus acciones, existe cierta sensibilización

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en relación a la problemática de violencia que enfrentan las mujeres rarámuris. De hecho, se detectó una organización menonita interesada en atenderla, aunque como señalan los integrantes de esta organización, llevar a cabo este proyecto supone superar enormes retos.
Nosotros32 tenemos un proyecto en el que queremos que las mujeres tarahumaras tengan su propio refugio. Que ellas tengan ahí todas las cosas que usan cotidianamente, que realicen sus usos y costumbres. Si ellas están acostumbradas a la estufa de leña, pues que tengan su estufa de leña, pues no les gusta la estufa moderna, [que tengan] todo aquello que les sirva para no perder sus usos y costumbres, y que se sientan más en confianza. Claro que pensamos incluir que desarrollen hábitos de higiene, de cuidado, de buena alimentación, pero que sea adaptado a lo que ellas están habituadas. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Queremos separar a las mestizas de las tarahumaras, para que no haya conflictos, para que se sientan más en confianza, no se sientan discriminadas, pues son sensibles a las críticas también y así se sentirán mejor. (Integrante OSC) Es un trabajo difícil, pero teniendo cuidado se puede hacer. Hay que tener mucha discreción, tanto el personal que trabaja como las mujeres que entran y salen. Es mucha prevención y teniendo el cuidado necesario con el trabajo que se hace. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

mente, se han iniciado opciones educativas en Cuauhtémoc desde la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, que contempla una oferta educativa más cercana al estudio de problemas sociales y su atención. La constante referencia al consumo de drogas entre la población rarámuri se hace presente en las opiniones de integrantes de la sociedad civil, sin el cuestionamiento de la complejidad del entorno social existente, tanto en las comunidades de origen, como en las zonas de acogida que favorecen este tipo de adicciones. Además se observa que se generaliza esta situación hacia todo el conjunto de la población migrante.
No es que uno los discrimine, pero como andan alcoholizados y drogados, no miden consecuencias y como que uno es el que pone sus límites evitando violentar. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Me ha tocado ir a levantar tarahumaras completamente drogados, golpeados y apuñalados. (…) cargan un cuchillito chiquito y pero bien filoso. (…) me tocó ver a una persona que estaba mala, pues estaba completamente drogada. Era tanto el resistol que había inhalado, que estaba todo lleno en la cara. Nos preguntamos qué podemos hacer, no podemos hacer nada, ni los doctores, pues están totalmente intoxicados. Sólo dejarlos ahí hasta que se les pase, no hay de otra. También me han tocado con marihuana, y es lo mismo. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

Plantearon también que existen dificultades para contar con personal sensible y profesional que pueda trabajar en estos temas.
Es difícil encontrar el personal adecuado que nos apoye. Porque muchas veces el mismo personal no quiere involucrarse, no quiere problemas, no quiere involucrarse. Quiere trabajar nada más por ganar un sueldo. Y eso nos ha costado bastante, conseguir a personal que realmente esté comprometido. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

La formación de recursos humanos profesionales en el estado de Chihuahua se ha orientado en mayor medida hacia aspectos tecnológicos, administrativos y de salud, no así hacia aspectos de desarrollo humano e investigación y promoción social, por lo cual la carencia de personal con este tipo de orientación, es consecuencia de la falta de oferta de espacios educativos con esta vocación. RecienteLa organización: Comité Menonita de Servicios, A.C. tiene una amplia trayectoria de acciones de apoyo en favor de la población mestiza desde décadas atrás con el establecimiento de un hospital que posteriormente donó a la Secretaría de Salud, asimismo ha desarrollado acciones de apoyo a la población rarámuri en sus comunidades de origen.
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Al igual que en otros entornos urbanos, algunos jóvenes adoptan hábitos de los jóvenes locales marginados, entre ellos, el uso de inhalantes y otras sustancias adictivas. Una de las jornaleras rarámuris locales, mencionó que algunos jóvenes le han dicho que lo usan para dejar de sentir hambre. La magnitud del problema hace necesaria la realización de estudios específicos sobre el tema, así como de las alternativas de atención médica ante intoxicaciones, ya que se ha dado el caso de fallecimiento de jóvenes en las cárceles relacionadas con el consumo de drogas, principalmente de alcohol. Es necesaria también la participación de instancias de salud pública que atiendan y prevengan esta problemática. Durante el grupo focal con mujeres rarámuris, ellas expresaron su preocupación sobre la drogadicción: “No queremos que nuestros hijos se hagan drogadictos, ¿qué podemos hacer?”, señalaron. Ante esta pregunta, se observó que varias organizaciones civiles se ocupan de la rehabilitación de personas con adicciones, sin embargo, sólo se tiene referencia de algunas, con vocación cristiana, que hace labores de prevención con población rarámuri jornalera. Otras opiniones hacen referencia a las diferencias en cuanto a aspiraciones y metas que desde su punto de vista poseen los integrantes de la etnia rarámuri, con respecto a la cultura local:

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Ves a los niños sucios, con las moscas parándose en sus caritas y el entorno lo vuelven sucio. Ya viven aquí y ya está el ambiente diferente. Y aun así siguen con sus costumbres. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Cuando tienen hambre y viven en comunidades lejanas, se dan cuenta que sus parientes viven aquí en Cuauhtémoc, dicen: ellos tienen una mejor vida, porque de perdida ellos a diario reciben dinero. Y como ellos no tienen una aspiración de tener una sala, una casa, lo que nosotros estamos acostumbrados a tener como ilusiones y sueños, tal vez el sueño de ellos es tener qué comer ese día. Tal vez el proyecto de vida de 24 horas, es lo que yo voy a tener para vivir este día. Lo demás, como que el mañana no lo voy a pensar, es vivir al día. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

No nos hemos dado a la tarea de acercarnos a su cultura. Queremos cambiarlos, queremos hacerlos a nuestra manera porque decimos “están viviendo mal”. Pero no nos hemos dado a la tarea de ir, por ejemplo con uno de los gobernadores o gobernadoras a platicar con ellos para entender ¿por qué la actitud de barrera? Es decir, “sí me ayudes, pero no me pidas nada a cambio”. Van a pedir ayuda y nosotros les decimos: ven me ayudas a barrer. Y ellos dicen: no, yo te estoy pidiendo tu ayuda, no te estoy pidiendo trabajo. Y eso lo interpretamos como que son flojos y no quieren trabajar. Pero para ellos el “córima” es “comparte conmigo lo que tienes, sin pedir nada a cambio”. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Realmente no les preguntamos qué necesitan. Queremos darles porque nosotros creemos que eso es lo que necesitan. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

Este testimonio contrasta con la preocupación expresada por jornaleras rarámuris migrantes quienes señalan que lo que más les preocupa es que sus hijos accedan a la educación, para así evitar que sean tratados como ellas son tratadas por no haber ido a la escuela. No obstante, manifestaron que en las escuelas locales les imponen reglas que atentan contra sus costumbres, como es dejar de usar sus vestidos tradicionales y le exigen cuotas que para ellas resulta imposible pagar, como ya se mencionó en apartados anteriores. Por otro lado, también a decir de integrantes de la sociedad civil, las y los rarámuris manifiestan resistencia al acercamiento con la población mestiza.
No se permiten recibir ayuda porque también son orgullosos, porque tienen arraigado ese orgullo de ser de esa raza. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

A través de la reflexión durante el grupo focal, las OSC reconocieron la ausencia de diálogo intercultural con la población rarámuri, así como la necesidad de superar las barreras culturales que median su relación, tanto con la población migrante, como con la que ya está asentada en la ciudad (ver imagen 25, anexo 2).
Desconocemos la cultura tarahumara, no la conocemos. Entonces nosotros queremos suplir, supuestamente, necesidades que nosotros tenemos. Si para nosotros la necesidad básica es la alimentación, el vestido, la educación, a fuerzas queremos traerlos a nuestro ambiente y darles eso. Y cuál es nuestra frustración: que lo rechazan; rechazan la educación. Yo, que tengo niños, batallo mucho con ellos, pues no les gusta la escuela y una de las problemáticas que tengo es que llegan a cumplir once, doce años y se van, sin decir agua va. Y ¿dónde está Juan? ¿Dónde está? Y no damos con él, lo buscamos por todos lados y no dimos con él. Así como llegó, así se fue ¿qué pasa?, que no conocemos su cultura, hasta donde sé, ellos no tienen los sueños de poseer. Como no conocemos, no entendemos. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

Como puede observarse el diálogo intercultural se encuentra ausente. Como señala Guisho (2000), para establecerlo es necesario el desarrollo de diseños metodológicos que contemplen la interpretación crítica de la realidad social, entre los que destaca el núcleo histórico, esto es, comprender los sucesos que han marcado identidades, expresiones, intereses, relaciones, para estar en condiciones de entender las motivaciones profundas, las imágenes, saberes y acciones de los sujetos. Asimismo, entender el núcleo territorial en donde confluyen las cargas de sentido, de intereses, motivaciones, así como de conflicto y convivencia, espacios que son de voz y de silencio. De acuerdo a la perspectiva de los y las integrantes de la sociedad civil, las causas de la situación de deterioro de la calidad de vida de la población rarámuri migrante y de los problemas que viven y generan son múltiples,
Al venir ellos de la sierra y asentarse en Cuauhtémoc, aunque allá no tienen un alto nivel, aquí bajan más porque no les queda nada más que andar buscando dónde refugiarse: debajo de un tejado, en un corral, en los arroyos, en donde pueden (…) al no tener un lugar seguro donde estar, donde asearse, refugiarse, están generando cada vez más violencia, delincuencia, alcoholismo, drogadicción, prostitución, estos aspectos negativos crecen por falta de un asentamiento regular, pero que aumenta por miles, aunque suene drástico, se calcula que en la cosecha, aumenta la estancia hasta en diez y doce mil personas, trabajadores y sus familias. (…) diez o doce mil personas asentados en las calles, con una oferta constante de lo que llaman los “truchadores” que los buscan para venderles, desde la botellita famosa de tequila malo que cuesta unos seis, nueve pesos, hasta lo que sigue: algún tipo de droga barata o en fin. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

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Durante los talleres de reflexión con mujeres rarámuris, ellas expresaron claramente la necesidad de contar con espacios de vivienda para ellas y sus familias en situación de migración temporal (ver imagen 26, anexo 2).
También que se hicieran más casas, para que alguna gente sí quepa ahí. Sí, más cuartos, para que puedan caber muchos. Pues ya ves cuando los niños se quedan afuera, y tienen frío y se enferman mucho. Sí necesitamos más casas. Se mojan todas las cosas, y los niños se enferman mucho por el frio. Entonces necesitamos unas casas donde sí quepan todos. Y luego cuando hace frío, pues es peor, [queremos] que se hagan más casas para que puedan caber todos. (Jornalera rarámuri, grupo focal, Cuauhtémoc)

más: cómo realmente es su comportamiento, ante una habitación que está hecha a nuestra forma, nuestra cultura, nuestras costumbres, cómo es su comportamiento (…) [buscamos] llegar a construir una comunidad tarahumara grande. Que resuelva más el problema y sobre todo ubicarlos en un espacio en que sientan en un lugar de pertenencia, que se sientan más libres. Y, entonces sí, poder trabajar con ellos en cosas en que sí les podamos ayudar. Tenemos dos propuestas [de ubicación]: una en el cañón del Cerro del Chiquihuite; y otro, acá rumbo a Casa Colorada. No hay [todavía] lugar definido. También he hecho la propuesta de que tendría que crearse un organismo especial integrado por los tres niveles de gobierno: municipal, estatal y federal. Que sea un organismo fuertemente apoyado. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Desconozco el trabajo que se hace desde la Coordinadora Tarahumara, pero en realidad es una problemática de todos, de toda la sociedad, tenemos que intervenir todos ya, por la situación que se ve venir. Entonces ahí tendríamos que verlo todos como red de asociaciones civiles: ¿qué podemos hacer?, ¿cuál va a ser nuestra función? Por ejemplo, a mí cuántos niños me están llegando, y me llegan del DIF, que de ahí los canalizan. Entonces la pregunta es ¿hasta dónde hay instancias que nada más son el enlace? O sea, yo tengo la problemática y me la quito y te la doy a ti ¿y tú ya verás cómo le haces? (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Otras personas también deberían ponerse la camiseta en ese sentido, yo creo que las problemáticas se irían cubriendo. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Nosotros, la red, estamos abiertas a recibir a nuevas organizaciones, nada más que hay una serie de requisitos para integrarse, pues hay una serie de organizaciones “patito” que no son confiables. Pero en una de las reuniones recientes que tuvimos con las nuevas autoridades de aquí de Cuauhtémoc, nos dimos cuenta que hay mucha disponibilidad, mucha ayuda para las organizaciones civiles. (…) estuvimos viendo la situación que se está dando precisamente en las vías, en el parque San Antonio, con todos los tarahumaras que están llegando. Y dijimos que esa era una plática que se debía tener con todas las asociaciones y las autoridades para volverlo a abordar. (Integrante OSC, Cuauhtémoc)

En cuanto a la responsabilidad de atender ésta y otras necesidades y cómo resolverlas, las y los participantes del grupo focal con OSC opinaron sobre quién recae la responsabilidad y cómo debiera ser atendida. También se mostró voluntad de las organizaciones, en particular de la red de OSC de Cuauhtémoc y de la Fundación Tarahumara local para involucrarse en la atención de esta población.
Yo creo que los tarahumaras sí requieren de mucho apoyo, por parte del gobierno y de todas las instituciones federales que de alguna manera debería involucrarse más en este asunto. Si se necesitan escuelas, pues hay que hacer escuelas, o si necesitan talleres para que la mujer tarahumara aprenda algún taller de costura, decoración, de corte o confección, cultoras de belleza, algo que a ellas les dé real seguridad de salir adelante. A los hombres, no sólo la pizca, también hay que darles carpintería, mecánica, otro tipo de oficios. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Las asociaciones ya tienen una función, entonces es difícil tomar otra nueva de una problemática tan grande (…) sí hay preocupación por atender la problemática en algunas asociaciones, como es el caso de Minita que tiene el albergue hace muchos años. Pero son casos aislados. Pero a la problemática no le hacemos ni cosquillas. Yo he hecho la propuesta de que tendría que crearse un organismo especial por los tres niveles de gobierno: municipal, estatal y federal. Que sea un organismo fuertemente apoyado. La Coordinadora Tarahumara se queda corta. En el programa de jornaleros agrícolas siempre son buenas intenciones, [benefician] a cien, ciento cincuenta. Qué hace eso contra miles, doce mil que llegan, que vienen y que en poco tiempo van a ser 20 mil. Y que al paso que vamos, más del 50 por ciento se va a quedar aquí, se va a asentar. (Integrante OSC, Cuauhtémoc) Lo que Fundación Tarahumara está haciendo, es que se termine de construir esa colonia [asentamiento rarámuri] con otras 50 casas. Y nos está sirviendo para conocerlos

Aunque existen algunas organizaciones civiles preocupadas por los derechos humanos y que proporcionan otros servicios, la dimensión de la situación problemática de la población rarámuri, requiere de mayor compromiso por parte de la sociedad civil y de las instituciones municipales, estatales y federales. La mayor parte de las OSC se ubican en el modelo asistencial y educativo, y son muy pocas las que tienden hacia modelos de atención de desarrollo social e incidencia.

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PERCEPCION DE LA POBLACIÓN MIGRANTE RARÁMURI DESDE LA SOCIEDAD CIVIL Y OTROS ACTORES SOCIALES

Durante 2011, derivado de los resultados obtenidos durante 2010, se diseñaron y desarrollaron talleres de reflexión y análisis, tanto para la población migrante rarámuri hospedada en el Albergue Tarahumara “Minita” y jornaleras del asentamiento local, como para integrantes de las OSC. Dichos talleres culminaron con un encuentro intercultural en donde un comité de representantes (conformado por una gobernadora rarámuri y un comité de apoyo) de las y los jornaleros rarámuris, presentaron sus principales necesidades de atención a las OSC que asistieron a los cursos y a algunas autoridades municipales33, lo que denota su capacidad de agencia (Zapata, Suárez y Flores, 2010) y la importancia de favorecer liderazgos democráticos entre las mujeres rarámuris, contradiciendo la imagen y el estereotipo de la pasividad de las y los jornaleros rarámuris (ver imagen 27, anexo 2). Destacaron entre sus necesidades, el establecimiento de un albergue y la atención a necesidades educativas tanto de adultos/as como de niños y niñas. En el encuentro intercultural, los y las integrantes de las OSC conformaron un grupo de apoyo que se comprometió a atender las principales demandas del comité rarámuri, en particular, la gestión de la construcción de un albergue, entre otras necesidades. Estos dos grupos han iniciado acciones conjuntas dirigiendo solicitudes de manera coordinada a la Presidencia Municipal para la obtención de un terreno donde ubicar dicho albergue. Asimismo, el grupo rarámuri presentó por escrito dicha petición a la representación de la Coordinación Estatal de la Tarahumara en un evento que contó con la presencia del gobernador del estado. Por lo anterior, se puede afirmar que se están dando los primeros resultados de los procesos de reflexión, sensibilización y fortalecimiento, tanto de las mujeres rarámuris migrantes y asentadas, como entre las y los integrantes de OSC (ver imagen 28, anexo 2). Por otro lado, con apoyo del coordinador del Programa Educación Primaria para Niñas y Niños Migrantes (PRONIM) en el estado de Chihuahua, el maestro Horacio Echavarría, la gestión del Comité de Mujeres Rarámuris antes mencionado, y de la señora Maricela Contreras, se ha hecho posible que por primera vez en casi treinta años, desde el mes de septiembre de 2011, se desarrollen actividades educativas para un promedio de 30 niños y niñas migrantes, huéspedes del Albergue Tarahumara Minita y vecinos34. Como se observa, en términos generales, los testimonios aquí incluidos dan cuenta de que la percepción de la problemática que tienen los y las integrantes de
La Oficina de Apoyo a Organizaciones Civiles de la Presidencia Municipal de Cd. Cuauhtémoc, Chih. colaboró con el espacio de trabajo y la convocatoria para los trabajos con las OSC locales. 34 El maestro Tomás A. García Chavira fue comisionado por el PRONIM, para hacerse cargo de la educación de los niños y niñas migrantes de ese espacio de acogida, se espera que estas actividades continúen, y se mejoren las condiciones en que se imparten, puesto que la afluencia de familias rarámuris hacia el albergue es permanente, (van y vienen) aún y cuando la temporada de cosecha haya concluido para el mes de noviembre.
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las OSC locales, como habitantes mestizos y menonitas de la ciudad35, los ubica como poseedores de una cultura que se ha caracterizado por mantener cierta distancia hacia el grupo étnico rarámuri. Esta distancia cultural está mediando las formas de intervención de las OSC, quienes por lo regular emprenden acciones de corte asistencial, que tienen escasa incidencia en las condiciones de vida y de trabajo de la población rarámuri migrante, cuestión que puede ser observada, entre otros aspectos, en la definición de su objeto social (ver anexo 1). Como se ha señalado previamente, la coexistencia de tres grupos culturales distintos otorga complejidad a las relaciones sociales en el municipio de Cuauhtémoc, imponiendo una convivencia social que no está exenta de conflictos debido a procesos históricos, económicos, y territoriales (ver imagen 29, anexo 2). En ese sentido, la promoción del diálogo intercultural entre grupos culturalmente diferenciados, constituye una necesidad de primer orden, ya que como señala Sierra (2004), la multiculturalidad se ha convertido en uno de los rasgos principales de las sociedades contemporáneas, en donde las tensiones producidas por los procesos de globalización económica y cultural, han propiciado el surgimiento de “fundamentalismos culturales” y otros conflictos que justifican la exclusión de los grupos subordinados; tal y como sucede en el caso de los pueblos indígenas de México, a pesar del reconocimiento explícito que hay en la Constitución, acerca del carácter pluricultural de la nación.

Cabe señalar que cuando se habla de menonitas no se alude a una comunidad culturalmente homogénea, ya que existen al interior grupos con prácticas sociales, culturales y productivas muy diferentes en función del apego e interpretación de la religión que profesan. Algunas OSC, integradas por menonitas, insisten en la necesidad de emprender proyectos a favor de la educación de niños, jóvenes y adultos que pertenecen a esta comunidad, cuya formación escolar es deficiente o nula.
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La región manzanera de Chihuahua, –donde el municipio de Cuauhtémoc sobresale tanto por el volumen de producción, como por el número de trabajadores temporales que emplea durante el período de cosecha y los niveles tecnológicos de la cadena productiva–, presenta una problemática compleja al estar atravesada por diversos fenómenos sociales. Destacan entre éstos: la presencia de población indígena migrante que se integra como trabajadora agrícola en condiciones de insuficiencia de servicios y exclusión; la convivencia multicultural entre mestizos, menonitas y rarámuris, marcada por relaciones inequitativas de género, clase, raza y etnia; y la atención insuficiente, por parte de las instituciones públicas y de la sociedad civil organizada hacia la población migrante indígena, entre otros aspectos. Todo esto, en un contexto social altamente conflictivo, agudizado en los últimos años a partir de la presencia del crimen organizado en la entidad y del incremento de la violencia, en particular, la violencia de género, cuya expresión regional más acabada queda de manifiesto en los feminicidios que desde hace varias décadas se presentan en la ciudad fronteriza de Ciudad Juárez. La presente investigación se propuso generar conocimiento sobre el proceso migratorio de la población jornalera rarámuri y sus características, así como sobre la problemática de género y etnia de las los grupos domésticos rarámuris migrantes. Asimismo, se planteó como objetivo conocer la percepción y las prácticas de las y los integrantes de las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) y otros actores sociales interesados en la atención de esta población en la región manzanera de Chihuahua. A lo largo de la investigación fue posible ubicar que el proceso migratorio de la población rarámuri hacia los campos agrícolas de las ciudades aledañas a la Sierra Tarahumara, está asociada principalmente a la situación de pobreza que prevalece en sus lugares de origen. En su mayoría, se trata de una migración de carácter pendular que obedece a la temporalidad de las labores de desaije y pizca

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de la manzana, así como a los ciclos agrícolas de la Sierra Tarahumara; con la particularidad de que, a diferencia de otros grupos étnicos en donde es el jefe de familia o los hijos mayores quienes salen de sus comunidades en busca de trabajo, los rarámuris suelen viajar en familia, situación que genera una problemática específica en las localidades receptoras. Las frecuentes alusiones a la falta de trabajo en sus comunidades, a las dificultades para la producción agrícola –asociadas en su mayoría al deterioro ambiental y el cambio climático que se manifiesta, sobre todo, en la disminución de la frecuencia y temporalidad de las lluvias–, así como la reiteración de palabra “hambre”, fueron una constante en los testimonios de los hombres y mujeres entrevistados, así como las condiciones precarias de vida y de trabajo que predominan en los campos agrícolas y en las ciudades a las que migran. La falta de servicios básicos, en particular del acceso a la vivienda, pone a esta población en situación de riesgo y vulnerabilidad en cuanto a su salud y bienestar, al tiempo que la expone a la delincuencia, a las adicciones y a relaciones conflictivas con el resto de la población local. Los servicios de albergue temporal que prestan los empresarios y productores de manzana no se caracterizan por satisfacer las necesidades de las y los trabajadores rarámuris y sus familias, ya que su proceso migratorio es principalmente familiar. Asimismo, los servicios prestados en cuanto a vivienda, alimentación, educación y salud, entre otros, por instituciones públicas y organizaciones civiles, son insuficientes dada la magnitud de la población rarámuri en el espacio migratorio. Una de las hipótesis principales que se constató durante la investigación es que las mujeres y los hombres rarámuris incorporan, durante el proceso migratorio, cambios en sus relaciones de género e identidades, a partir de las relaciones que establecen con otros grupos sociales diferenciados culturalmente. A partir de las entrevistas, la observación participante y los grupos focales, se obtuvo información que permitió ratificar parcialmente este supuesto. En múltiples testimonios, se pudo dar cuenta del interés por preservar los principales rasgos culturales de este grupo étnico. Particularmente las mujeres, enfatizaron la importancia que tiene para las familias rarámuris la conservación de su lengua, costumbres, danzas, carreras, así como su vestimenta tradicional, entre otros aspectos culturales, sin que esto se traduzca en una limitante para acceder a los servicios de vivienda, salud, educación y al trabajo. Asimismo, se pudieron observar cambios en las identidades individuales, y en alguna medida, procesos de aculturación, principalmente entre los jóvenes rarámuris que migran hacia los campos agrícolas de Cuauhtémoc. En un contexto multicultural, como el de Cuauhtémoc, la dificultad para establecer relaciones interculturales entre los diferentes grupos étnicos, se traduce con frecuencia en prejuicios, discriminación, y en el mejor de los casos, indiferencia. El

rechazo o resistencia por parte de la población rarámuri para establecer relaciones, más allá del ámbito laboral con la población mestiza de Cuauhtémoc, está vinculado a las relaciones de dominio y subordinación histórica que ha caracterizado el encuentro entre estos grupos, en donde el abuso, la explotación y la exclusión hacia los pueblos indígenas, son aspectos que en alguna medida están todavía presentes en la actualidad, sobre todo en la región serrana. Sin embargo, resulta notable como a pesar de esa distancia cultural, a partir del proceso migratorio y del contacto con la cultura y las instituciones locales, algunas mujeres rarámuris han empezado a cuestionar las relaciones de género y los usos y costumbres que las ubican como victimas de maltrato en sus espacios domésticos y comunitarios, lo cual representa un gran potencial de trabajo para las OSC, en lo que respecta a la prevención y atención de la violencia de género. En este sentido, se considera que los varones también deberían ser sujetos de tales intervenciones sociales, puesto que como ha sido señalado en múltiples testimonios, muchos de ellos, al tiempo que ejercen la violencia, son víctimas de la misma en las relaciones interétnicas; además de que también son los más expuestos a la oferta de bebidas alcohólicas y otros enervantes en las zonas urbanas, y por tanto, los más propicios a caer en adicciones. La segunda hipótesis de trabajo planteada al inicio de esta investigación, señala que las expectativas de hombres y mujeres rarámuris en relación a mejoras en los temas de alimentación, atención a la salud, condiciones de trabajo y educación en el proceso migratorio, están mediadas por su cosmovisión y sus construcciones genéricas. Al respecto, las mujeres rarámuris manifestaron en las entrevistas y durante un grupo focal, su preocupación por el bienestar de sus hijos e hijas; principalmente el interés por su acceso a la educación y a los servicios de salud, así como el temor de que, en contacto con la cultura mestiza, pudieran caer en adicciones, lo cual corresponde a sus asignaciones genéricas de cuidado y preocupación por sus hijos e hijas (ver imagen 30, anexo 2). Asimismo revelaron su preocupación por la conservación de su cultura en el espacio migratorio y procesos educativos, como ya se ha señalado. En relación a los varones, se pudo constatar que sus expectativas responden a las asignaciones genéricas propias de su grupo étnico, las cuales los ubican como los proveedores principales de sus respectivas familias y en quienes se centra la toma de decisiones en cuanto al uso de los ingresos, entre otros aspectos. Asimismo, no se observa la presencia de organizaciones gremiales o de defensa de sus intereses como trabajadores, lo cual se atribuye también a sus construcciones culturales, así como a su condición de migrantes temporales. Por otro lado, la oferta de bebidas alcohólicas de bajo precio, enervantes, y otras actividades como la prostitución, asociadas a la disponibilidad de recursos monetarios en contextos urbanos, ha propiciado que muchos jóvenes y adultos

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rarámuris se vean expuestos, durante su estancia en el municipio de Cuauhtémoc, no sólo a los efectos nocivos en su salud por el consumo de estos productos, sino a las acciones del sistema judicial, frente al cual se encuentran con frecuencia en una posición de indefensión. En cuanto al trabajo que desarrollan las OSC de Cuauhtémoc, se pudo observar que son escasas las organizaciones que consideran a los integrantes de esta población como beneficiarios directos de sus acciones. Existen, sin embargo, algunas de ellas que atienden directamente a la población rarámuri, principalmente en temas de vivienda, educación, y adicciones, y existe la intención de iniciar proyectos para la atención de víctimas de violencia de género, entre otros temas. No obstante, a pesar de estos esfuerzos, el trabajo que desarrollan las OSC en el municipio es insuficiente, puesto que requiere de fortalecimiento teórico en aspectos tales como interculturalidad, equidad de género y derechos humanos, entre otros; así como de elementos metodológicos que les permitan fomentar la participación de la población rarámuri en su propio desarrollo y superar la visión asistencial que actualmente prevalece, impulsando con ello procesos de desarrollo humano sustentable. Para esto se requiere de recursos humanos profesionalizados y comprometidos, así como de soporte económico y de infraestructura, dada la magnitud de las necesidades de este sector. En este sentido, se confirma la hipótesis de que las acciones de las y los integrantes de Organizaciones de la Sociedad Civil en Cuauhtémoc se caracterizan por ser de tipo asistencial, con una percepción de la problemática permeada por el desconocimiento de la cultura rarámuri y de las metodologías para impulsar procesos locales de desarrollo con perspectiva de género, etnia e interculturalidad. Frente a este hecho, las OSC mostraron interés en desarrollar habilidades y capacidades, tanto teóricas como metodológicas, para suplir las limitaciones en estos temas, lo que podría contribuir a la eliminación de preconcepciones, prejuicios o estereotipos que limitan el acercamiento y comunicación con la población rarámuri migrante. El desarrollo de habilidades y capacidades teóricas y metodológicas, podría ser también de gran utilidad para considerar a las y los trabajadores rarámuris y sus familias como sujetos capaces de identificar sus necesidades y de definir acciones y alternativas de solución, para lo que requieren del acompañamiento, asesoría, capacitación y apoyo de la sociedad civil organizada como mediadora ante las instituciones y agencias gubernamentales y como promotora de la sensibilización de la población en general. La presente investigación hace patente la necesidad de impulsar en Cuauhtémoc, procesos de sensibilización de la población mestiza y menonita sobre las

características y necesidades de la población rarámuri y de la situación diferencial que enfrentan las y los integrantes de los grupos domésticos pertenecientes a este grupo étnico, tanto en su estancia en la ciudad, como en sus comunidades de origen. Al mismo tiempo, resulta necesario promover el involucramiento de otros actores sociales, como universidades y autoridades locales, estatales y federales, con la intención de promover a todas las instancias y niveles, relaciones de tipo intercultural, aspecto que reviste de especial importancia en un municipio como Cuauhtémoc, donde coexisten grupos culturalmente diferenciados, en un contexto de enorme complejidad social, y donde resulta de suma importancia fortalecer el tejido social para la construcción de gobernabilidad, democracia y justicia social. En términos generales, se considera que los objetivos planteados en cuanto a la generación de conocimiento sobre el proceso migratorio, la problemática de género y etnia de los grupos rarámuris migrantes, y sobre las acciones y necesidades de fortalecimiento de las OSC y otros actores interesados en la atención de esta población, se cumplieron en este trabajo. Como ha sido señalado anteriormente, la generación de conocimiento sobre la problemática de género y etnia que enfrenta de manera cotidiana la población jornalera rarámuri, así como la sensibilización y el fortalecimiento las organizaciones de la sociedad civil en torno a estas dimensiones, resulta de gran utilidad en la definición de programas y en la conformación redes de apoyo que brinden respuesta oportuna a las necesidades de este grupo social vulnerable. Asimismo, a partir de la reflexión y el análisis de las condiciones de vida que enfrentan los jornalero rarámuris en los campos de cultivo y en el contexto urbano, en particular las mujeres y sus hijos, se puede favorecer la identificación y el desarrollo de acciones que contribuyan a su empoderamiento y que incidan en la construcción de equidad a partir del establecimiento del diálogo intercultural entre los actores involucrados. Pese a ello, se considera que es necesario continuar generando conocimiento en el contexto de la investigación realizada, puesto que existen aspectos que requieren ser analizados con mayor profundidad, entre ellos: • Los vínculos existentes entre políticas públicas, procesos migratorios internos, pobreza extrema y violencia estructural en la región norte de México. • Los mecanismos que generan y reproducen situaciones de privación y vulnerablidad entre las mujeres indígenas migrantes, en particular las de origen rarámuri. • El funcionamiento de los mercados de trabajo agrícola y los mecanismos de discriminación en contra de las mujeres, que se reflejan en las desigualdades de acceso a las oportunidades laborales y las condiciones de trabajo según género.

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Los cambios en las estructuras familiares, las relaciones de dominio/subordinación, la conyugalidad y las formas de organización de los grupos domésticos de origen rarámuri, entre otros aspectos que se ven trastocados por la experiencia migratoria. Las relaciones laborales e interétnicas entre las y los trabajadores rarámuris y la población mestiza y menonita. La cultura política de los habitantes de este municipio y su relación con las características de la sociedad civil organizada de la zona. La generación de estadísticas confiables que rindan cuenta de la magnitud y particularidades del fenómeno migratorio vinculado al dinamismo de la agricultura en la región de estudio, así como de las características de las y los trabajadores jornaleros rarámuris, que permitan sustentar las políticas sociales y orientar las acciones de los organismos públicos encargados de su atención.

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De igual modo, resulta prioritario llevar a cabo la generación de conocimiento sobre experiencias de desarrollo y educativas en donde esté presente la interculturalidad, así como la generación de herramientas teóricas y metodológicas para promoverla en la formación y práctica de profesionales que están en contacto con la población indígena: educadoras, prestadores de servicios, funcionarios públicos, e integrantes de OSC, entre otros. La divulgación de los resultados de este tipo de investigaciones contribuirá al diseño de políticas y programas públicos, que contribuyan a dar respuestas a las necesidades y a la problemática de la población jornalera indígena en ésta y otras regiones del país.

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ANEXO 1

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ANEXO 1

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ANEXO 1

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ANEXO 2

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ANEXO 2

Imagen 1. Niña migrante, Albergue Tarahumara “Minita”

Imagen 2. Población menonita en Cuauhtémoc

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ANEXO 2

Imagen 3. Huertas tecnificadas

Imagen 5. Asentamiento rarámuri, Cuauhtémoc

Imagen 4. Jornalero rarámuri

Imagen 6. Apuesta de faldas entre mujeres rarámuri durante las carreras

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ANEXO 2

Imagen 7. Migración rarámuri en Cuauhtémoc

Imagen 9. Proceso de contratación

Imagen 8. Asentamiento rarámuri “Rayénare” Cuauhtémoc

Imagen 10. Entrada, albergue de La Norteñita

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ANEXO 2

Imagen 13. Condiciones de vida, Albergue Tarahumara Minita Imagen 11. Albergue de Sedesol

Imagen 12. Albergue Tarahumara “Minita”

Imagen 14. Ocupación del espacio urbano

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ANEXO 2

Imagen 15. Concentración de migrantes rarámuri en las vías del tren Imagen 17. Mujer rarámuri cosechando

Imagen 16. Cuadrilla de jornaleros, durante la cosecha

Imagen 18. Gobernadora rarámuri

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ANEXO 2

Imagen 21. Mujeres rarámuris, en el desamparo

Imagen 19. El trabajo reproductivo

Imagen 20. Pago del jornal

Imagen 22. Incremento de jefaturas femeninas

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ANEXO 2

Imagen 23. Señora Herminia Prado, Albergue Tarahumara “Minita”

Imagen 25. Curso-taller con OSC

Imagen 24. Taller con mujeres rarámuris migrantes

Imagen 26. Participación de mujeres rarámuris en los talleres

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ANEXO 2

Imagen 27. Encuentro intercultural entre comité rarámuri e integrantes de OSC

Imagen 29. Fomentando el diálogo intercultural

Imagen 28. Comité rarámuri del Albergue Tarahumara Minita

Imagen 30. Mujer rarámuri en la Sierra Tarahumara

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Foto: Fulvio Varetto

Este libro se terminó de imprimir en el mes de diciembre de 2011 en los talleres de El Errante Editor, SA de CV, Privada Emiliano Zapata 5947, San Baltasar Campeche, Puebla, Pue. El tiro consta de 500 ejemplares.

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