Domingo V Tiempo Ordinario 5 febrero 2012

Evangelio de Marcos 1, 29-39
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Y la fiebre la dejó y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:  Todo el mundo te busca. Él les respondió:  Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido. Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios. ****** CUERPO ESPIRITUAL Y SILENCIO CREADOR Prácticamente al inicio de su evangelio, Marcos nos ofrece un sumario, en el que parece querer sintetizar la obra de Jesús, subrayando su actividad sanadora, su dimensión orante y la comprensión de su misión como anuncio de la Buena Noticia (eso significa la “predicación”). Jesús fue un sanador o, por decirlo con un térmico técnico, un “taumaturgo” (literalmente, “hacedor de milagros”). En un nivel de conciencia mágico o incluso mítico, el taumaturgo era considerado como un mago, alguien poseedor de poderes especiales o que, gracias a la ayuda sobrenatural, podía realizar acciones portentosas que no estaban al alcance del común de los humanos. Precisamente por haberse vinculado el “milagro” con la “magia”, en el nivel racional de conciencia, todos los hechos considerados “milagrosos” son puestos en cuestión y, frecuentemente, considerados falsos, invención de unos pocos y objeto de la credulidad de la mayoría. Desde nuestra perspectiva parece que es posible adoptar una actitud más ajustada: existe un nivel de realidad que escapa a

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nuestra mente consciente y que, sin embargo, no es reducible a la magia ni a la ingenua credulidad de la gente. Progresivamente vamos aprendiendo a ser más humildes ante la realidad. Si la ciencia nos dice que apenas vemos el 4% de la realidad de la que ella puede dar razón –existiría un 23% de materia oscura y otro 73% de energía oscura-, ¿qué credibilidad podemos dar a nuestros sentidos y a nuestra mente cuando salimos del pequeñísimo espacio que ella puede controlar? Simultáneamente, es también la propia ciencia la que empieza a hablarnos del poder de la mente sobre la materia. Algo que no debería ya extrañarnos, si tenemos en cuenta que todo lo que existe no es sino energía en diferentes niveles de “condensación”: determinadas actitudes mentales y vitales, desde el amor hasta la autosugestión, pueden “canalizar” la energía de una forma determinada y provocar reacciones que resultan incomprensibles para el grado de conocimiento del que hoy disponemos. Por citar un solo caso: si las investigaciones de Masaru Emoto han demostrado que un simple pensamiento puede modificar el “dibujo” de la estructura de las moléculas del agua, ¿cómo dudar del impacto de nuestros pensamientos y sentimientos en el mundo que nos rodea? (M. EMOTO, Mensajes del agua. La belleza oculta del agua, La Liebre de Marzo, 11ª edición, 2010; pueden también consultarse diversas páginas web, comentando esos experimentos). En lo que se refiere a nuestro tema, si bien los relatos de milagro han sido, en su mayoría, elaborados (y “magnificados”) en forma de catequesis por la primera comunidad cristiana, parece claro que Jesús realizaba obras que llamaban la atención y que eran consideradas “milagrosas” por sus contemporáneos. De hecho, en el evangelio se afirma que el debate no estaba centrado en torno a si el maestro de Nazaret obraba prodigios, sino en la discusión sobre a qué habría que atribuirlos: al poder de Dios o a fuerzas demoníacas por las que estaría poseído (Marcos 3,22). La lectura que los propios evangelios hacen de ello se resume en una sola expresión: “Toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos” (Lucas 6,19). A mi entender, eso es la definición de que lo está llamado a ser todo cuerpo: un “cuerpo espiritual”, es decir, un cuerpo que comunica una fuerza sanadora, como “canal” por el que fluye la Vida en beneficio de todos. Hablar de la fuerza que salía de su cuerpo, significa reconocer la transparencia, la verdad, la profundidad, la unificación y la bondad amorosa del propio Jesús, cauce limpio del Amor en una conciencia de Unidad. Según el texto, Jesús alimentaba su vida en la oración. Si tenemos en cuenta que lo que estamos comentando es un “sumario”, podemos concluir que el hecho de “levantarse de madrugada y marcharse al descampado a orar” era algo habitual en él; formaba parte de su actividad cotidiana.

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La “noche” y el “descampado” –el silencio que precede al nacimiento del nuevo día- han sido siempre buscados por aquellas personas que deseaban vivir conectadas con su Anhelo más profundo, con su “maestro interior”. Todos tenemos experiencia de la multitud de “voces”, externas e internas, que nos bombardean constantemente, hasta el punto de correr el riesgo de convertirnos en marionetas de unas y otras. Cuando esto nos ocurre, sobrevivimos en una superficialidad vacía o quedamos enredados y reducidos a pensamientos inestables y egocentrados. Necesitamos del silencio, que no es sólo ausencia de ruidos externos –si bien esto lo puede facilitar-, sino, sobre todo, acallamiento de nuestro “murmullo interno” y del protagonismo de nuestro ego. Javier Melloni lo ha expresado de una forma inspirada: "El silencio comienza por ser una práctica y acaba convirtiéndose en un estado. Porque el silencio no es ausencia de ruido, sino ausencia de ego. Acallar el ego significa pasar de una perspectiva autocentrada y depredadora a una actitud receptiva y reverente ante la realidad. Este cambio de perspectiva opera como una espaciosidad que se abre entre nosotros permitiendo que se haga transparente la Presencia que todo lo sostiene". Ese Silencio nos pone en contacto inmediato con lo que realmente somos. Por eso –quien lo experimenta, lo sabe-, es fuente de libertad interior, de compasión y de creatividad. El Silencio es la Quietud de donde todo brota, tal como cantan estos versos atribuidos al maestro Lao-Tsé (siglo VI a.C.), de quien se suele decir que es el autor del Tao te Ching: Treinta radios convergen en el eje de la rueda, pero es su vacío el que la hace útil. Se recoge arcilla y se modela la vasija, pero es su vacío el que la hace útil. Se abren puertas y ventanas al edificar una casa, y es el vacío interior el que la hace útil. Así, el Ser nos da el Servicio y el No–Ser da la utilidad. Para terminar, quiero ofrecer una sencilla “guía” para ejercitarnos en la práctica: Escucha el silencio… Percibirás enseguida los ruidos que te rodean… Pero permanece atendiendo al silencio, y notarás cómo los ruidos caen en ese vacío.

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Vendrán pronto pensamientos… Pero permanece atendiendo al silencio, y notarás cómo los pensamientos caen también en ese vacío: un pensamiento es mucho menos que ese puro estar despierto y atento. Sigue escuchando el silencio…: ningún concepto, ninguna imagen, sólo silencio… Vuelve a esa práctica, una y otra vez… www.enriquemartinezlozano.com

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