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EL CARNERO

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La historiografía literaria y sus funciones en el estudio de la literatura.
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EL CARNERO, DE JUAN RODRÍGUEZ FREYLE: RECEPCIÓN EN LOS LIBROS DE TEXTO EN COLOMBIA Fabio Jurado Valencia (Universidad Nacional de Colombia

) Juan Rodríguez Freyle, nacido en Santa Fe de Bogotá en el año 1566, hijo de padres provenientes de Alcalá, embarcados en los viajes de conquista y colonización, es el autor de la que se considera la obra pionera de la narrativa colombiana: El carnero. No cabe duda que esta obra permanece como un referente inevitable en las tres novelas emblemáticas de la literatura en Colombia: María (siglo XIX), de Jorge Isaacs; La vorágine (siglo XX), de José Eustasio Rivera; y Cien años de soledad (siglo XX), de Gabriel García Márquez. El estudio de la narrativa colombiana converge en la reconstrucción de los mundos de estos cuatro textos en su orden diacrónico. Por su valor estético y por los alcances históricos y políticos estas obras son decisivas en la formación de los lectores críticos. Aquí nos detendremos en la obra de Rodríguez Freyle, considerando: 1. 2. La cultura literaria de quienes cursan el bachillerato no puede obviar el estudio de las La labor de los investigadores en los estudios literarios se ve compensada cuando sus

obras fundamentales del canon literario de un país: es el caso de El carnero, en Colombia. hallazgos sirven de material para las mediaciones pedagógicas en la formación de los lectores y porque el sentido del quehacer de la investigación literaria se encuentra principalmente en las prácticas de la docencia. 3. Además de las obras literarias los lectores en formación se encuentran con discursos recontextualizadores que les proporcionan señales, es lo que se espera, para la inmersión interpretativa que presupone la lectura. Estos textos y la voz seductora del maestro deciden las posibilidades de enganchamiento de los jóvenes con la lectura, y más aun con la lectura de los textos del canon. Por lo anterior, es necesario hacer un balance sobre los efectos pedagógicos de los libros de texto y sobre la manera como son objeto de recepción en ellos de las obras del canon de la literatura

colombiana, como lo es El carnero y, en general, la literatura escrita en el período de la colonia. Hemos de considerar que las reflexiones sobre las literaturas novohispanas y virreinales no pueden pasar por alto la manera como son abordadas en los contextos de la educación, porque de la escuela depende que estas obras sean objeto de lecturas nuevas en la perspectiva de la reconstrucción del pasado para comprender el presente y así poder conjeturar sobre el porvenir, pero también porque la competencia literaria deviene del grado de apropiación de las literaturas que han alimentado a las literaturas contemporáneas. LA TRASCENDENCIA LITERARIA E HISTÓRICA DE LA OBRA DE JUAN RODRÍGUEZ FREYLE El carnero está dedicado al “Rey Don Felipe IV”. La dedicatoria nos acerca a las intenciones de la escritura de Rodríguez Freyle*:
(…) Dirijo esta obra a vuestra majestad por dos cosas: la una, por darle noticia de este su reino nuevo de Granada, porque nadie lo ha hecho; la otra, por librarla de algún áspid venenoso, que no la muerda viendo a quien va dirigida, cuya real persona nuestro Señor guarde con aumento de mayores reinos y estados, para bien de cristiandad. (p. 3)

Dos fuentes cercanas sirven de antecedente a la decisión de escribir El carnero, a los 70 años de edad: Las Noticias Historiales, de Fray Pedro Simón, y las Elegías de varones Ilustres, de Juan de Castellanos, sobre quienes el mismo Freyle anota en su llamado al lector:
… aunque el padre Fray Pedro Simón en sus escritos y noticias, y el padre Juan de Castellanos, en los suyos trataron de las conquistas de estas partes, nunca trataron de lo acontecido en este Nuevo Reino, por lo cual me animé yo a decirlo; y aunque en tosco estilo, será la relación sucinta y verdadera, sin el ornato retórico que piden las historias, ni tampoco llevará ficciones poéticas, porque sólo se hallará en ella desnuda la verdad; así en los que le conquistaron como en casos en él sucedidos, para cuya declaración y ser mejor entendido, tomaré de un poco atrás la corrida, por cuanto antiguamente fue todo una gobernación, siendo la cabeza la ciudad de Santa Marta, en que se incluían la ciudad de Cartagena, el río de el hacha y este Nuevo Reino; y con esto vengamos a la historia, la cual pasó como se sigue. (p. 6)

Es este tono prolijo lo que hace de la obra de Rodríguez Freyle un texto que persuade y modela a un lector a quien el autor quiere cultivar poniéndolo al tanto de lo acontecido, más concretamente
*

Todas las citas de la obra objeto del análisis provienen de la edición Biblioteca de Ayacucho: Juan Rodríguez Freyle. El carnero, Caracas. Biblioteca Ayacucho. 1979. Prólogo, Notas y Cronología de Darío Achury Valenzuela.

en Santafé del Nuevo Reino de Granada, el Nuevo Reino, y para lo cual considera necesario remontarse a situaciones pasadas (“tomaré de un poco atrás la corrida”) dado que todo tiene un origen y su intención es la de dar cuenta diacrónicamente de los eventos que anteceden al presente de la narración. Esta escritura nos revela, de un lado, el conocimiento de textos contemporáneos desde los cuales el autor puede hacer una evaluación y concluir que nada se ha tratado sobre el Nuevo Reino, más sí sobre las conquistas. Rodríguez Freyle quiere decir que nada se ha dicho sobre la cotidianidad del Nuevo Reino y es lo que intentará, no como
el conquistador que vino de España, ni su hijo, el criollo aún amarrado al tronco de su estirpe, sino el primer hispanoamericano que se ha soltado a hablar sobre el haz de este solar neogranadino en su idioma propio, con su acento peculiar, con su intención característica, con su aire inalienable, condiciones y cualidades todas estas que son las resultantes del choque y compenetración de dos culturas, de dos estilos de vida, de dos modos de sentir, de vivir y de morir. (Achury Valenzuela 1979: LXI).

De otro lado, están los topois, tan recurrentes en la escritura virreinal (la modestia subyacente en enunciados como “tosco estilo”, “sin el ornato retórico” y la “relación verdadera” por oposición a las “ficciones poéticas”). Como lo hará en todos los capítulos remata con un enunciado que abre la expectativa del lector y que reconfirma una voz que pone el acento en la preocupación por mantener el contacto con su lector, a la manera de codas orales, y escritas también para su tiempo, en el acto de contar historias:
quiero volver a la narración de lo sucedido en mi patria, como se verá en el siguiente capítulo. (p. 12) … a donde podrán descansar un poco mientras cuento la guerra que hubo entre Guatavita y Bogotá, que pasó como se verá en el siguiente capítulo. (p. 19) A donde lo dejaremos por ahora, con los capitanes españoles que también me esperan; pero descansen los unos y los otros, que bien lo han menester, mientras tanto trataré de los ritos y ceremonias de esta gentilidad, y a quien tenían por dios. Lo que se verá en el siguiente capítulo. (p. 32) De la gente que vino con el licenciado Jerónimo Lebrón volvió mucha con él, otra parte subió al Perú y Gobernación de Popayán, otros se fueron a Castilla con buenos dineros; los hombres casados y mujeres quedaron en este Reino, que fueron las primeras; y con esto, pasemos adelante con la historia. (p. 191)

Entonces hay un conocimiento en Rodríguez Freyle sobre las especificidades de la escritura y sus géneros, así como de sus efectos pragmáticos, habilidad aprendida sin duda en los estudios de

gramática y en su formación transitoria como religioso, como el mismo lo dirá en los pocos apartados autobiográficos que aparecen en su libro. El remonte narrativo, en efecto, contribuye a que el lector realice los enlaces históricos y pueda representarse dos universos culturales opuestos, si bien semejantes en el perfil de la condición humana: el de los conquistadores entrando por Santa Marta y su arribo diezmado al Nuevo Reino, y el de los conquistados, asentados en las sabanas de lo que es hoy Cundinamarca y referente principal del mito del Dorado. Respecto a los primeros, se narra a partir de las fuentes de Fray Pedro Simón y Juan de Castellanos (la primera parte de la conquista) y como testigo (la segunda parte de la conquista). Respecto a los segundos, el narrador cuenta lo que le contó el sobrino de uno de los últimos caciques: el cacique de Guatavita, sobre la confrontación con su capitán Bogotá –o Bacatá-, quien lo traiciona, a la vez que ingresan los conquistadores españoles, derrotan a Bogotá y le restituyen el poder a Guatavita. Entre las digresiones, con las que da lugar a sentencias, refranes y juicios morales se narra también la búsqueda ansiosa del Dorado por los conquistadores, así como los ritos religiosos y festividades de los indígenas. Hacia el capítulo VIII, entre XXI que constituyen el libro, se opera un cambio de tono en la narración: se da fin al remonte narrativo (lo que le contaron sobre los indígenas y los pasajes beligerantes, y “sufridos”, de la conquista), para dar paso a la vida cotidiana del Nuevo Reino. LA RECEPCIÓN DE EL CARNERO EN LOS LIBROS DE TEXTO De acuerdo con las revisiones a un corpus de diez libros de texto editados por editoriales diferentes entre el año 1999 a 2006, puede concluirse que es a partir del capítulo VIII de El carnero que estos libros incorporan fragmentos, paráfrasis y juicios sobre dicha obra. Se infiere que se lo hace a partir de este capítulo porque quizás se ha podido percibir como intrincados los capítulos anteriores, por la reiteración en los catálogos y por las continuas descripciones topónimas. En ningún libro de texto se intenta reconstruir lo que se narra sobre la vida de Guatavita y su comunidad. No deja de ser interesante contrastar las versiones de Fray Pedro Simón y de otros cronistas con la versión de El carnero, que es una versión de una versión (la que le contara Juan, sobrino de Guatavita), sobre el cacique Guatavita y su contrincante Bogotá. Hay un mundo por reconstruir en torno a la vida social de los chibchas y el liderazgo espiritual y

político de Guatavita; ese mundo aparece mostrado desde un fondo inefable, en la narración en estilo indirecto de los primeros capítulos de El carnero. A partir del capítulo VIII el tono que prevalece es el del lenguaje de la calle, que es el lenguaje del murmullo, del chisme y de la noticia, materiales fundamentales en una novela. Quizás por ello los libros de texto tiendan a calificar a El carnero como una novela: los libros de texto identifican una novela en un texto polifacético que magistralmente juega con diversos géneros. En el libro de texto, leemos:
¿De qué trata El carnero? La obra de Juan Rodríguez Freyle es, en principio, una crónica. Allí, encontramos mitos, historias sobre la fundación de ciudades, pero, poco a poco, van apareciendo chismes de la época que nos ilustran sobre los vicios, los pecados y los falsos títulos de algunos ilustres españoles. Así que el documento histórico se funde con la ficción, convirtiéndose en una novela, rica en matices, en personajes y puntos de vista. Si alguna vez has ido a Pamplona, te divertirás conociendo algunos detalles de sus habitantes. Igual que Tunja y Santafé de Bogotá, entre otras ciudades importantes de la época. (Libro de texto 2006: 22)

Los libros de texto se mueven en el dilema de los géneros a los que consideran han de pertenecer las obras escritas (se espera que correspondan a algún género específico). Constituye una constante el enmarcamiento en un género canónico (poesía, cuento, novela, crónica, drama, epístola…). Para los libros de texto una obra se clasifica en un determinado género y punto. Respecto a la obra de Rodríguez Freyle los libros de texto se mueven entre si es crónica o es novela. En el ejemplo anterior se asume finalmente que es una novela “rica en matices, en personajes y puntos de vista”. En lugar de problematizar el género, esto es, de poner en cuestión las estructuras de este tipo de texto, se acude con ligereza a una referencia extratextual: referencia a las ciudades de Pamplona, Tunja y Santafé de Bogotá. Este libro de texto recalca en el carácter de novela de la obra de Rodríguez Freyle:
“El carnero El carnero es, tal vez, la obra más importante de la Colonia. Escrita en 1638 por el santafereño Juan Rodríguez Freyle, circuló clandestinamente en la época, encontrando muchos lectores. En sus páginas, se hacía un retrato de la sociedad colonial desde distintos ángulos: el primero, sobre los falsos títulos ostentados por muchos españoles en estas tierras; el segundo, los chismes y anécdotas sobre personajes principales, por ejemplo, el oidor Juan de Mesa, y, especialmente, sobre mujeres, como doña Inés de Hinojosa. No es, por tanto, una novela de un solo personaje, o más bien, el personaje es colectivo, sobresaliendo en cada historia ya uno, ya otro. Cada historia, a la manera medieval, se utiliza como

un ejemplo para no ser imitado. Hace un exordio, es decir, una reflexión moral sobre lo acaecido. Estas características son propias del Barroco. Sin embargo, es tal la trama construida sobre el tejido social, que bien puede considerarse como una novela en todo el sentido de la palabra, y tal como lo dijera el escritor colombiano Rafael Humberto Moreno Durán, una de las primeras novelas de la violencia en Colombia. En la novela de Freyle, los personajes pertenecen a la alta sociedad, burla que no pasó inadvertida en la época, convirtiendo a sus héroes en antihéroes y, de alguna manera, en antipicaros. (Libro de texto 2007: 22)

Al revisar el artículo que sobre El carnero escribiera Moreno Durán, en el tomo I del Manual de Literatura Colombiana, se observa que en ningún momento este autor establece la fijación del texto como una novela; al contrario, señala su carácter ecléctico:
… El carnero es un libro que, no obstante el propósito de su autor, el santafereño Juan Rodríguez Freyle, se resiste a ser ubicado en una nomenclatura específica (…). Y es precisamente esta naturaleza ecléctica, en la que alternan secuencias históricas, folklóricas, sociales, eróticas, políticas y picarescas, la que le brinda al libro su extraño y sugestivo alcance. (Moreno Durán 1988: 56).

El libro de texto, además de tergiversar, reproduce con ligereza los juicios de los críticos, lo cual revela que no siempre se expone la experiencia de recepción de la obra que es objeto de referencia (informativa mas no interpretativa), sino la recepción de algunos historiadores o de algunos críticos. En el libro de texto 2, leemos:
“Juego de apariencias Así como los lectores se valieron de las más ingeniosas estrategias para introducir y divulgar obras de ficción en los territorios de Indias; (sic) los escritores también crearon sus propias artimañas para publicar sus escritos novelescos. Y aunque no se publicaron novelas propiamente dichas, sí circularon relatos de ficción, generalmente camuflados bajo la apariencia de géneros en boga – permitidos- como la crónica o la épica. Así encontramos numerosos textos híbridos que simulan ser una cosa cuando en realidad son otra (tal y como era la sociedad que los produjo). Es el caso de la famosísima obra de Juan Rodríguez Freyle, El carnero. Con el aspecto de ser una crónica formal acerca de los primeros cien años de historia de Santafé de Bogotá, El carnero es un compendio de los principales chismes, escándalos callejeros y casos hallados en los archivos de la inquisición en esa población. Rodríguez Freyle se solaza recreando los más sórdidos sucesos de la vida santafereña de la época: secuencias de hechicería, hazañas picarescas con un desenlace no siempre amable, levantamientos de indios y sometimientos no muy piadosos, adulterios, robos sin montos establecidos, torturas y ajusticiamientos, querellas, fratricidios y venganzas por motivos de honor, fugas, raptos, conciliábulos nocturnos y decenas de crímenes pasionales de diversos tipos, en los que intervienen oidores, capitanes, frailes y personas de bien de la naciente, pero flamante, sociedad neogranadina. ¿Cómo llegó a publicarse esto? Rodríguez Freyle, nada ingenuo y conocedor de los sistemas de la Santa Audiencia, ideó algunos trucos para evadir la censura oficial. El sabía que los lectores del Santo Oficio no tenían tiempo para leer la totalidad de los libros que llegaban a sus manos; apenas revisaban el índice y los primeros apartados. Así que, como popularmente se dice, bajo una piel de oveja ocultó el más fiero juez de la hipocresía ciudadana.

(Libro de texto 1996: 106)

En los implícitos de estas valoraciones se lee el programa de la pedagogía prescriptiva: esos escenarios con sus eventos picarescos no parecen ser dignos de narrarse. Entonces, como los textos literarios han sido canonizados y dicen lo que ya está dicho, pero que no deberían decir (según los enunciadores implícitos), la voz de quien instruye –el libro de texto- ha de cumplir la función de orientar moralmente a los lectores; así, para esta voz autoritaria, no se entiende “cómo llegó a publicarse esto”. Rodríguez Freyle aparece en este retrato como un hipócrita y un hombre que se vale de “artimañas”: “las artimañas de un escritor: el título, que se solaza recreando los más sórdidos sucesos de la vida santafereña”. Quiere decir el libro de texto que Rodríguez Freyle se propuso escribir una novela aparentando escribir una crónica. Esto es lo que Umberto Eco (1992) ha denominado como lo propio de una lectura aberrante: en la recepción de un texto (si acaso la hay) al lector se le ocurre una idea y esta se asume como conclusiva sin hacer la travesía semántica por el texto mismo: es lo que se percibe en los libros de texto. Cabe preguntarse si estos juicios devienen de la experiencia de la lectura directa del texto o si, como parece, es la reproducción sin ponderación de lo que historiadores de la literatura colombiana, como José María Vergara y Vergara, ya habían dicho. Este historiador había calificado a Rodríguez Freyle de hombre astuto, con la habilidad de engañar: “… y esta se la descubrimos en el modo como enlazó los hechos de su vida con los de su crónica, de tal manera que no se pueden separar unos de otros”. Pero como bien llama la atención Achury Valenzuela “es raro el empleo de la primera persona a todo lo largo de El carnero. Algunos de los hechos que narra ocurrieron cuando él no había nacido aún, y otros, como aquellos que constituyen la materia de sus historielas, aparecen, las más de las veces, como vistos, oídos o referidos por una tercera persona.” (Achury Valenzuela 1979: LXV). Por otro lado, no hay ningún lugar en El carnero en el que Rodríguez Freyle, o sus narradores, expresen el afán por publicar lo que se está contando, ni aparecen signos textuales o extratextuales sobre cómo engañaba “a los lectores del Santo Oficio”, o si estos leían solo por encima. Rodríguez Freyle reitera que quiere contar las verdades que no han sido dichas sobre la vida cotidiana en el Nuevo Reino y la imagen que nos queda es la de que sólo la posteridad podrá decidir sobre qué hacer con estas “historielas”. Al respecto, Achury Valenzuela, quien ha realizado sin duda el mejor estudio filológico y crítico de El carnero, señala que la primera

edición data del año 1859 y “la precede un prólogo en que se analiza acertadamente el estilo, la intención y alcance de la obra de Rodríguez Freyle. El prologuista es el doctor Felipe Pérez, editor del libro” (Achury Valenzuela 1979, LXII). Es decir, sólo hasta la segunda mitad del siglo XIX El carnero es objeto de la primera edición. Posteriores ediciones son las de Ignacio Borda (1884 y 1890) y siete ediciones en el transcurso del siglo XX. Así pues, aquella imagen según la cual se hubo leído profusamente y de manera clandestina es otra apreciación ligera del libro de texto; antes de la primera edición sólo circularon unos pocos manuscritos del autor y algunos, señala Achury Valenzuela, estaban incompletos. Es paradójico que los autores de los libros de texto invoquen la seriedad, sobre lo que no fue escrito con ese fin, y a la vez sean tan asistemáticos en el modo de ubicar las obras literarias y la destinación de sus mensajes a los jóvenes de bachillerato; en el texto 3 hallamos:
El Carnero, escrito aproximadamente entre 1636 y 1638 por Juan Rodríguez Freyle, es de difícil clasificación, ya que es a la vez historia general, relación de actos locales, civiles y eclesiásticos, crónica local de la vida privada, memoria de sucesos vividos o conocida a través de testigos presenciales y narración con visos novelescos. Esto no lo hace más ameno o científico. Al contrario, muchos temas que debían ser tratados con seriedad como la esclavitud de los indígenas o la corrupción administrativa de los funcionarios virreinales, por ejemplo, son estudiados frívolamente, en juego o en forma de chisme quitándole cualquier importancia como fuente de información para comprender históricamente lo que pasó en aquellos años. Se nota, pues, una visión de la vida social negadora de la realidad y que estaba de acuerdo con los designios impuestos por el Tribunal de la Inquisición. ¿Qué significa el título El Carnero? El Carnero constituye un libro singular de la literatura hispanoamericana. Es el primer intento de índole cuentística. La posteridad y no Rodríguez Freyle le puso el nombre de El Carnero. Cuál haya sido el móvil para esta denominación no consta con certeza. (…) El historiador, cronista, novelista, moralista y cuentista Rodríguez Freyle se revelan en El Carnero. Con el retrato malicioso y burlón de una época participa de los caracteres de la literatura picaresca. El bribón es el mismo Freyle quien averiguó escándalos para describirlos luego en el escenario del mundo santafereño. (Libro de texto 2000: 134)

Lo que subyace en estas valoraciones es la espera de un discurso que enseñe algo de manera directa, ya sea la introducción de información histórica y no su parodia o ya sea la censura explícita a los hechos mundanos; frente al carácter carnavalesco del discurso de El carnero los libros de texto esperan la monología del discurso de la verdad y la enseñanza de las “buenas costumbres”. El prejuicio y la ambivalencia moralizante es una constante en este tipo de libros “educadores”, reveladores de una visión anacrónica de la educación en la que la literatura y el

arte como prácticas significantes se constriñen a la acumulación de información y eluden la lectura crítica-textual: esa posibilidad de reconstruir los correlatos socio-culturales representados en las estructuras profundas de los textos y que propician aprendizajes significativos y crecimiento intelectual en los lectores. La inconsistencia en los criterios estéticos deviene de la ausencia de una experiencia de lectura que recale en la interpretación de las singularidades del texto, esto es, desde su mismidad; no aparece la conciencia de un lector crítico que se pone en el lugar de la conciencia provocadora del texto, si hemos de considerar que los textos piensan y, en consecuencia, nos hablan. Al eludir sus singularidades, sus mundos propios, la comunicación no se constituye como tal (cfr. Bajtin, 1982). Si no se realiza el paseo intertextual, activando la Enciclopedia, como insinúa Eco, y el texto de Rodríguez Freyle así lo demanda, entonces no es posible identificar un proceso de recepción. ¿Y si los libros de texto no dan cuenta de procesos genuinos de recepción, cómo se proponen orientar para la formación de los lectores críticos que se invocan en los currículos? Respecto al problema del género de El carnero, el dilema permanece en los prólogos de las distintas ediciones y en los juicios de los historiadores de la literatura y de los críticos. Oscar Gerardo Ramos escribe, como Prefacio a la edición de 1968, el ensayo “El Carnero, libro único de la colonia”, en donde reivindica el género de la historiela:
Si se les llama historielas en vez de cuentos, es porque no son rigurosamente historias, ni leyendas, sino hechos presumibles de historicidad, tal vez tejidos con leyenda y matizados por el genio imaginativo del autor que toma el hecho, le imprime una visión propia, lo rodea con recursos imaginativos y, con agilidad, le da una existencia de relato corto. En este sentido, pues, las historielas se asemejan al asunto: son, por tanto, precursoras del cuento hispanoamericano, y Rodríguez, como historielista, se acerca a la vocación del cuentista… (Ramos 1968: 23).

El mismo Juan Rodríguez Freyle reivindica las historielas, como los escritos más apropiados respecto a lo que se propone: “No se ha de entender aquí los que escriben libros de caballerías, sacadineros, sino historiales auténticos y verdaderos” y por ello entiende a las narraciones que le han contado y que, aunque sean fantásticas algunas, supone algo de verdad. Ramos identifica 23 historielas que constituyen prácticamente la mitad del libro. Las historielas más recurrentes que en forma de fragmentos aparecen en los libros de texto, son básicamente dos:

1. La que da cuenta de la mujer que en ausencia del marido queda embarazada y pide ayuda a Juana García, “negra horra”, quien como pitonisa le hace ver, en un librillo con agua, al marido en Santo Domingo acompañado de una mujer en el interior de una sastrería; se refleja en el agua a un sastre elaborando un vestido de grana para la mujer; al cortar una manga, Juana García la sustrae, la entrega a la mujer embarazada y le dice: “Ya habéis visto cuán despacio está vuestro marido, bien podéis despedir esa barriga, y aún hacer otra”. 2. La que da cuenta de las pasiones de Inés de Hinojosa y la serie de homicidios que ocurren en torno a sus amoríos y seducciones, en donde la digresión le permite al narrador introducir algunas sentencias:
… con razón llamaron a la hermosura callado engaño, porque muchos hablando engañan, y ella, aunque calle, ciega, ceba y engaña… La hermosura es un don dado de dios, y usando los hombres mal de ella, se hace mala. En otra parte la toparé, y diré otro poquito de ella. ¡Oh hermosura! Los gentiles la llamaron dádiva breve de naturaleza, y dádiva quebradiza, por lo presto que se pasa y las muchas cosas con que se quiebra y pierde. También la llamaron lazo disimulado, porque se cazaba con ella las voluntades indiscretas y mal consideradas. Yo les quiero ayudar un poquito. La hermosura es flor que mientras más la manosean, o ella se deja manosear, más pronto se marchita. (pp. 222, 223).

Textos como el anterior podrían ser objeto de discusión entre los estudiantes y constituir un referente para explorar puntos de vista que frente a la belleza, la mujer y el amor circularon en las literaturas de los siglos XVI y XVII en España. El otro lugar común en los libros de texto lo constituye la preocupación por el significado del título de la obra de Rodríguez Freyle:
La riqueza narrativa ya se anuncia en el título mismo, pues la voz carnero tiene en la novela distintas acepciones. En primer lugar, en la época, se llamaba carnero a la sepultura; posteriormente, pasó a designar la calle por donde pasaba el sepulcro; y finalmente, significó el acto sexual. Si pensamos en esta relación de vida y muerte como caras de una misma moneda, entenderás en qué consiste el Barroco. Generalmente, un acto público tenía como causa un acto privado. Así detrás de las traiciones del oidor, había una historia pasional, y lo mismo pasaba con los Pedros de doña Inés. Ya te imaginarás, entonces, qué tipo de sociedad era la colonial. (Libro de texto 2006: 22)

Ahora lo que resalta es la perspectiva reductora del barroco, asociado con los comportamientos

morales de hombres y mujeres; la dimensión estética y lingüística del texto, para sustentar algunos rasgos del barroco, no son objeto de explicación en ninguno de los libros que constituyen este corpus. Así entonces, no es en los jóvenes en donde hallamos las interferencias para la formación de ciudadanos ilustrados y sensibles al arte, sino en los materiales didácticos que con ligereza asumen los legados literarios de nuestros países. Achury Valenzuela identifica 17 acepciones semánticas de la palabra carnero, nombre que no aparece explícito en la entrada del libro de Rodríguez Freyle; se supone que este nombre fue introducido por alguien en el trajinar de las versiones halladas. Entre esas 17 acepciones no aparece la relacionada con “acto sexual”, lo cual parece ser infundado por el libro de texto; esta acepción no aparece ni en el Diccionario de Autoridades ni en el Diccionario del Uso del Español, de María Moliner. En este balance sobre las acepciones y su ajuste al universo narrado de El carnero, Achury Valenzuela propone acoger
las locuciones gauchescas en que la palabra carnero, construida con los verbos echar, ir y cantar, expresan la idea de muerte con tácita alusión a fosa, sepultura. Osario o túmulo, a donde van a parar, como ya antes se dijo, todos los personajes de la crónica de don Juan: capitanes, generales, oidores y escribanos, prelados y doctrineros, provinciales y legos, encomenderos e indios, damas y brujas, hermosas y celestinas, hidalgos y pícaros, burladores y curanderos de su honra. A este carnero van a dar, en revuelta confusión, todas las grandezas y miserias de los cien primeros años de nuestra vida colonial… (Achury Valenzuela 1979: LIV).

En consecuencia, “carnero” es la metáfora con la que se nombra un gran túmulo o una gran fosa en donde se encuentran los restos de quienes protagonizaron la historia en las fases de conquista y de fundación (siglos XVI y XVII) de lo que es hoy Bogotá.

BIBLIOGRAFÍA ACHURY VALENZUELA, Darío (1979). “Prólogo”. En: El Carnero, Caracas. Biblioteca Ayacucho, pp. 475 BAJTIN, Mijail (1982). Estética de la creación verbal, México. Siglo XXI, pp. 396 ECO, Umberto (1992), Los límites de la interpretación, Barcelona, Lumen, pp. 405 GENETTE, Gérard (1972). Figures III. Paris. Éditions du Seuil. LIBRO de texto (1996). Palabra abierta 8, Bogotá, Oxford University Press, pp. 288 LIBRO de texto (1999). Lenguaje significativo 8, Bogotá, Editorial Libros & Libros, pp. 280 LIBRO de texto (2000). Nuevo castellano sin fronteras 8, Bogotá, Voluntad, pp. 256 LIBRO de texto (2006). Metáfora 8 Castellano y literatura, Bogotá, Norma, pp. 304 MORENO DURÁN, Rafael H. (1988). Manual de literatura colombiana, tomo 1, Bogotá, PROCULTURA – Planeta. RAMOS, Oscar Gerardo (1968). “El Carnero, libro único de la colonia”, en Prefacio a El Carnero, Medellín, Bedout, pp. RODILLA, María José (2004). “El Carnero y la misoginia medioeval”, en: Rodilla, Escrito en los virreinatos, México, UNAM. RODRÍGUEZ FREYLE, Juan (1979). El Carnero, Caracas, Biblioteca Ayacucho, pp. 475 VERGARA Y VERGARA, José María (1958). Historia de la literatura en Nueva Granada, Bogotá, Biblioteca de la Presidencia de la República, pp.

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