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LA ORACIÓN INTERCESORA

LA ORACIÓN INTERCESORA

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LIBRO SOBRE LA ORACION DE INTERCESIÓN
LIBRO SOBRE LA ORACION DE INTERCESIÓN

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Similarmente al de Cristo, a menudo nuestros encuentros con Dios son para
afectar otros encuentros —una reconciliación. Nos encontramos con Él pidiéndole
que se encuentre con otra persona. Nos convertimos en los intermediarios: "Padre
celestial, hoy vengo a ti (un encuentro) pidiéndote que toques a Tomás (otro
encuentro)". Al otro lado del espectro, de la manera en que Cristo lo hizo a través de
la batalla espiritual, nuestro encuentro con el enemigo es para deshacer otro
encuentro —romper, separar, desunir. Todas nuestras intercesiones en oración
involucrarán una o ambas facetas: reconciliación o rompimiento; unión o desunión.
Primero, veremos un par de Escrituras que describen lo que Cristo hizo
cuando se encontró con el Padre para crear un encuentro entre Dios y la
humanidad. Luego veremos el aspecto de la batalla. El Salmo 85:10 declara: "La
misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la
paz se besaron". Examinemos de una forma más completa esta hermosa
descripción de la Cruz.

La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y
la paz se besaron. Y al hacerlo, ¡lo mismo hicieron Dios
y la humanidad!

Dios tenía un dilema que se ve a través de las cuatro palabras de este
versículo. El no es únicamente un Dios de misericordia (la cual representa Su
bondad, amor y perdón), sino que también es un Dios de verdad (la cual representa
Su integridad y justicia). Él no representa meramente la paz (seguridad, sanidad y
descanso), sino también justicia (santidad y pureza) sin la cual no puede existir la
paz.

El dilema es el siguiente: Dios santo, justo y verdadero no puede perdonar
simplemente, otorgar misericordia o dar paz a una humanidad caída sin tener que
comprometer Su carácter. El pecado no puede tener excusa. Tiene que ser juzgado

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y junto con él el pecador. Así que, ¿cómo puede este Dios santo, que sin embargo es
amor, unir a estas dos cosas? ¡POR LA CRUZ!
En la cruz la misericordia y la verdad se encontraron. La justicia y la paz se
besaron. Y al hacerlo ¡lo mismo hicieron Dios y la humanidad! ¡Nosotros besamos al
Padre a través del Hijo! ¡Nos encontramos con El a través de la sangre de Cristo!
Jesús se puso a nuestro lado y fue presentado a Su novia.
En un insondable y soberano acto de sabiduría, Dios satisfizo tanto Su amor
como Su justicia. Estableció la justicia al igual que la paz. "¿Quién como tú, oh
Señor? ¿Quién puede describir Tu gran misericordia, Tu asombroso poder y Tu
infinita sabiduría?".

Cuando esto sucedió, el ministerio de reconciliación de Cristo estaba siendo
terminado: "...Quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo... Dios estaba en Cristo
reconciliando consigo al mundo" (2ª Corintios 5:18,19).
Como ahora representamos a Cristo en Su intercesión, apliquemos estos
versículos a nosotros mismos. El versículo 18 dice que Él "nos dio el ministerio de la
reconciliación". En otras palabras, a través de nuestra intercesión por medio de la
oración, liberamos el fruto de lo que El hizo a través de Su acto de intercesión.
Traemos a individuos delante de Dios por medio de la oración pidiéndole al Padre
que se encuentre con ellos. A nosotros también se nos ha dado el ministerio de la
conciliación. Ya sea por una persona o por una nación, sin importar cuál sea la
razón, cuando somos utilizados para crear un encuentro entre Dios y los humanos,
liberando el fruto de la obra de Cristo, el paga se ha efectuado.
Esto se puede dar conforme realizas una caminata de oración a través de tu
barrio y le pides a Dios que se encuentre con las familias y las salve.
Podría ser un viaje de oración a otra nación. Nuestra iglesia ha enviado a
equipos de intercesores a algunos de los países con más tinieblas de la tierra con el
único propósito de que oren —creando encuentros entre Dios y la humanidad—
conexiones divinas a través de conductores humanos.

Encontrando esa sanidad.

He sido testigo de milagros de sanidad conforme Dios se encontraba con
personas. En 1980 me encontraba en otro de mis muchos viajes a Guatemala. En
una ocasión mi esposa, otra pareja y yo estábamos ministrando a una anciana que
había sido salva recientemente. Habíamos ido a su casa para compartir con ella
algunas enseñanzas.

Aproximadamente seis meses antes, esta anciana había caído de una silla de
madera y se había roto un tobillo. Como ocurre a menudo con los ancianos, la
fractura no sanaba correctamente. Su tobillo seguía demasiado inflamado y tenía
mucho dolor. Mientras la visitábamos, el otro hombre y yo sentimos que Dios quería
sanar su tobillo —en ese momento.
Después de compartirlo con ella y obteniendo su consentimiento, le dijimos
que levantara su pierna sobre un banco. Y yo empecé a orar, o algo parecido.
¿Alguna vez Dios te ha interrumpido? A mí me interrumpió en esta ocasión.
(Oh, ¡qué siempre sea así de "irrespetuoso"!) Cuando me coloqué de intermediario
entre ella y Dios para llevar a cabo un encuentro, la presencia de Dios vino de una
manera tan poderosa a la habitación que me detuve a la mitad de la frase. Había
dado un paso hacía ella y había pronunciado una palabra: "Padre".
¡Eso era todo lo que El necesitaba!
Fue como si hubiese estado tan deseoso de tocar a esta mujer que no pudo
esperar más. Me doy cuenta de que lo que estoy a punto de decir puede sonar
demasiado dramático, pero es exactamente lo que sucedió.

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La presencia del Espíritu Santo llenó la habitación con tanta fuerza que me
quedé como una piedra. Dejé de hablar y empecé a llorar. Mi esposa y la otra pareja
también empezaron a llorar. La mujer a la que ministrábamos comenzó a llorar. Su
pie empezó a brincar sobre el banco, agitándose sin control durante varios minutos
conforme ella tenía un poderoso encuentro con el Espíritu Santo — ¡un encuentro! El
Señor la sanó y la llenó con su Espíritu Santo.
Durante la misma visita a Guatemala, a mi esposa y a mí, junto con la pareja
que mencioné anteriormente, se nos pidió que orásemos por una mujer que estaba
hospitalizada con tuberculosis. La encontramos en una habitación junto con otras 40
mujeres, las camas estaban separadas unos 90 centímetros las unas de las otras.
Simplemente era un área del hospital en la que los doctores y enfermeras podían
atender a la gente muy pobre. Ni siquiera había biombos que separaran a las
mujeres. Y sí, la mujer estaba tosiendo con tuberculosis sobre todos aquellos que la
rodeaban.

Conforme hablamos y oramos con ella, notamos que la mujer de la cama de
al lado nos observaba con atención. Al terminar nos preguntó si estábamos
dispuestos a orar por ella.

Por supuesto que lo estábamos, así que le preguntamos cuáles eran sus
necesidades. Sacó sus dos brazos de debajo de las sábanas y nos mostró las dos
manos, retorcidas hacia su cuerpo, como si estuviesen congeladas en esa posición.
Le eran completamente inservibles. Sus pies se encontraban de la misma manera.
Mientras estaba en el hospital para una operación de la espalda, el doctor
accidentalmente había cortado un nervio de su columna vertebral, dejándola en
estas condiciones. No había nada que pudieran hacer para corregir este problema.
La compasión llenó nuestros corazones conforme le pedíamos a Dios que
supliera su necesidad. Nada notorio sucedió, pero la animamos a que confiara en el
Señor y nos dirigimos al otro lado de la sala para ver si podíamos compartir de Jesús
con alguien más. No estaba presente ningún empleado del hospital, así que
teníamos una libertad relativa para hacer lo que quisiéramos.
Conforme empezamos a visitar a otra mujer al otro lado de la habitación,
escuchamos una repentina conmoción y a alguien gritando: — ¡Milagro! ¡Milagro!
¡Milagro! —Nos volvimos y vimos a la mujer moviendo sus manos, abriéndolas y
cerrándolas, moviendo sus dedos, pateando con sus pies debajo de las sábanas y
gritando la palabra milagro. ¡Un encuentro se había llevado a cabo!
No sé quién fue el más sorprendido —la mujer que fue sanada, las otras
mujeres de la habitación o yo. Esperaba un milagro pero no creí que sucedería.
Recuerdo que pensé: Esta clase de cosas sólo sucedían en los tiempos bíblicos.
Lo próximo que supimos fue que todas las mujeres de la habitación nos
rogaban que les ministrásemos. Fuimos de cama en cama —como si supiéramos lo
que estábamos haciendo— llevando a las mujeres a Cristo y orando por su
recuperación. Recuerdo que pensaba: Esto es una locura. ¿Es real o estoy soñando?
¡Estamos teniendo un avivamiento en una habitación del hospital! Varias mujeres
fueron salvas, la mujer con tuberculosis también fue sanada y otra mujer que ya
tenía hora para una operación de reconocimiento para la siguiente mañana fue
enviada a casa ya sanada. En general, ¡tuvimos un tiempo grandioso! Incluso
cantamos un par de canciones. Probablemente no debimos hacerlo porque nos
escuchó una empleada del hospital, entró en la habitación y nos pidió que nos
marchásemos. Ella se marchó, pero nosotros nos quedamos. Muchas mujeres nos
rogaban que orásemos por ellas. Unos minutos después regresó y "amablemente"
nos acompañó a la salida del hospital.
¿Quién puede convertir una triste habitación de hospital llena de
enfermedades y sin esperanza en un servicio de iglesia? ¡Dios! ¡Dios encontrándose
con las personas! ¡Y los encuentros de oración crean encuentros con Dios!

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No quiero engañarte y que pienses que los milagros siempre suceden con
tanta facilidad como ocurrieron en estas dos ocasiones. Sin embargo, podemos traer
a un individuo en contacto con Dios y ese es el significado de la palabra intercesión.
A menudo se requiere mucha intercesión; pero ya sea que tome días o minutos, el
esfuerzo siempre vale la pena. Lo importante es que lo hagamos.

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