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Vade Retro! (1ª parte) (novela)

Vade Retro! (1ª parte) (novela)

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Vade Retro! (1ª parte)
La ascensión del caído
(The Risen Devil)

por Alfredo M. Pacheco

Alfredo M. Pacheco

Vade Retro! primera parte. La ascensión del caído.
© Alfredo Martinez Pacheco, 2000, 2002

Edición electrónica en formato PDF. Versión modificada septiembre 2008: • Apartado Acerca de la edición electrónica (…) ha sido reescrito. • Realizadas algunas correcciones ortográficas. • Añadido texto Commons Deed. • Añadida licencia Creative Commons en los metadatos del documento. Nota: el presente archivo está maquet
Vade Retro! (1ª parte)
La ascensión del caído
(The Risen Devil)

por Alfredo M. Pacheco

Alfredo M. Pacheco

Vade Retro! primera parte. La ascensión del caído.
© Alfredo Martinez Pacheco, 2000, 2002

Edición electrónica en formato PDF. Versión modificada septiembre 2008: • Apartado Acerca de la edición electrónica (…) ha sido reescrito. • Realizadas algunas correcciones ortográficas. • Añadido texto Commons Deed. • Añadida licencia Creative Commons en los metadatos del documento. Nota: el presente archivo está maquet

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La ascensión del caído
La ascensión del caído
La ascensión del caído

La ascensión del caído

(The Risen Devil)
(The Risen Devil)
(The Risen Devil)

(The Risen Devil)

por Alfredo M. Pacheco
por Alfredo M. Pacheco
por Alfredo M. Pacheco

por Alfredo M. Pacheco

Alfredo M. Pacheco

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Vade Retro! primera parte.
La ascensión del caído.

© Alfredo Martinez Pacheco, 2000, 2002

Edición electrónica en formato PDF.

Versión modificada septiembre 2008:
• Apartado Acerca de la edición electrónica (…) ha sido reescrito.
• Realizadas algunas correcciones ortográficas.
• Añadido texto Commons Deed.
• Añadida licencia Creative Commons en los metadatos del documento.

Nota: el presente archivo está maquetado para ser impreso a doble cara.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Este libro se distribuye bajo una licencia

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Los derechos derivados de usos legítimos u otras limitaciones no se ven afectados por lo
anterior.

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Alfredo M. Pacheco

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Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Acerca de la edición electrónica de Vade Retro! La ascensión del caído

Bien, por dónde empezamos…

Vade Retro! primera parte. La ascensión del caído*

es una novela que tiene copyright. Fue
inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid en 2000. Más tarde, en 2002, fue
publicada por Editorial Jamáis (Vva. del Ariscal, Sevilla). La edición de Jamáis tiene el ISBN 84-95426-
25-0, y la editorial comparte conmigo el copyright. También tiene uno de esos textos, que todos se saben
de memoria aunque nunca se han detenido a leerlos por completo, advirtiendo de que está prohibido
copiar o reproducir todo o parte de la obra etcétera etcétera.

¿Significa eso que si le pasas este PDF te perseguiré como si fuera un inquisidor? ¿No había
una licencia Creative Commons un par de páginas atrás? En efecto, ésta no es la versión impresa de
Jamáis, sino una versión electrónica. Y no, no te voy a perseguir. Sigue leyendo, por favor.

La historia de esta edición es algo tortuosa. Jamáis mostró un comportamiento ciertamente
dudoso desde la firma del contrato de edición hasta la publicación de la novela en papel, hasta el punto
que temí haber sido víctima de una estafa (Jamáis usa el sistema de auto-edición, es decir, que fui yo
quien puso el dinero). Una vez que el libro estuvo en la calle, tampoco se vieron grandes esfuerzos por
parte de la editorial para promocionarlo. La poca difusión que tuvo el libro se debe a mi entorno y al
interés que despertó en Villanueva de los Infantes una novela cuyos personajes se movían por sus calles y
participaban de su día a día. Tuve mis quince minutos de fama, pero a pesar de la enorme acogida que
tuvo el libro, las ventas totales apenas superaron el centenar de ejemplares. Ventas que, cómo no, tuve
que reclamar un par de veces para que me fuesen liquidadas correctamente.

Poco después de esto, un colectivo de autores noveles, clientes de Jamáis, denunció al editor
Santiago Rojas por estafa. Lo que no me hizo a mí si lo hizo con otras personas. De hecho, dudo que la
tirada fuese tan generosa como afirmaba el contrato. Editorial Jamáis desapareció como tal. Probad a
escribir Editorial Jamáis o Santiago Rojas en Google y podréis saber un poco mejor la que se montó.
Poco me importaba todo eso entonces. Había cobrado un año de ventas y en principio la cesión de
derechos ya había terminado. Sabía que, existendiendo Jamáis o no, la relación con la casa editora había
finalizado.

El problema era que tenía una segunda parte para la novela, que a la sazón estaba escribiendo,
y que acabé en 2005. Pero claro ¿cómo podría publicarla? La editorial que había editado la primera parte
había desaparecido. Y aunque no lo hubiera hecho, tal y como habían ido las cosas, dudo que hubiese
vuelto a acudir a ella. No tenía dinero para otra autoedición con alguna otra editorial, y una editorial
convencional no habría aceptado la continuación de un libro prácticamente desconocido. Por aquel
entonces, la saga Vade Retro! había consumido mis fuerzas.

Decidí entonces difundir la versión electrónica a través de internet. No era la mejor solución
pero al menos conseguía darle un poco de salida. La versión electrónica de la segunda parte incluía un
prólogo en el que permitía la libre difusión siempre que se respetase la integridad del texto y la autoría.
Era una licencia Creative Commons sin yo saberlo, aunque lo intuía. En vista la situación, decidí que
también sería lo suyo liberar esta primera parte, que mis lectores (los que habían comprado el ejemplar
en papel) lo entenderían. Los que habían descubierto la saga gracias a internet, podrían conseguir la
primera parte, ya que no es un libro fácil de encontrar.

Así, la edición electrónica de esta primera parte era posterior a la edición electrónica de la
segunda. Curioso, cuanto menos. Cuando preparé la edición electrónica de la primera parte, rescaté un
prólogo escrito por Joaquín Mª Aquirre, profesor titular de la facultad de Ciencias de la Información de la
Universidad Complutense de Madrid. Éste prólogo fue escrito para la versión impresa (la editorial me lo
pidió), pero finalmente no apareció debido al lamentable oficio de la editorial. Por lo demás, contiene
todo lo que podrías encontrar en la edición impresa, incluyendo notas y agradecimientos.

*

El título original era Vade Retro! The Risen Devil, algo así como “El demonio ascendido”, en oposición al “ángel caído”. No me
terminaba de convencer cómo sonaba y decidí hacer un pequeño giro en la traducción (N. del A.).

Alfredo M. Pacheco

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Tras un tiempo en el que las dos novelas estuvieron olvidadas en un cajón, aunque fuera un
cajón virtual del disco duro o de internet, he vuelto a retomar las novelas para aplicarles una licencia
Creative Commons cuyo texto has podido leer ya. Imagino que ya conoces de qué va todo esto: puedes
copiar el archivo, imprimirlo, colgarlo en tu blog o compartirlo a través de redes P2P. Sólo tienes que
mencionar la autoría de esta obra y mantener visibles los términos de la licencia Creative Commons. En
principio, no puedes alterar esta obra. Esta condición la puse porque como novela, quiero respetar la
integridad de su texto. No obstante, si deseas hacer un guión, una obra de teatro, una canción o cualquier
cosa a partir de esta obra, ponte en contacto conmigo y es más que probable que obtengas mi
autoriazación y todas mis bendiciones.

Por lo demás, creo que ya te he aburrido bastante. Te dejo que comiences la verdadera lectura
de la novela. Espero que te guste y disfrutes de la lectura tanto (o casi tanto) como yo disfruté con
dieciocho años cuando estaba inmerso en la creación de esta historia.

A través de la web, podéis contactar conmigo para cualquier duda, sugerencia, comentario,

pregunta o aportación.

www.laspuertasdelacultura.es

Alfredo M. Pacheco

Septiembre 2008

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Prólogo

Siempre se ha dicho que la gran astucia del Diablo era convencernos de que no existe.
Parece que la estrategia ha cambiado y ahora pretende convencernos de lo mismo mediante su
presencia constante de Superstar en todos los medios. Debíamos haberlo temido cuando los
Rolling Stones cantaron su Simpathy for the Devil, cuando se decía que había que escuchar no
sé qué disco al revés y se oirían extrañas voces de rituales siniestros. Las actuaciones de viejo
roquero Alice Cooper también se aproximaban a ceremonias escalofriantes con gran escándalo
de los padres, que veían colgados en las paredes de los cuartos de sus hijos carteles con
ahorcados, guillotinados y serpientes enroscadas en el cuello de unos músicos que parecían
sacados del gabinete del Doctor Caligari. Aquello era contracultura y protesta porque entonces
todavía pasaban las películas de Marisol y Rocío Dúrcal por la televisión y los niños se dormían
con peluches que tenían bordados corazoncitos rosas.

Todo eso pasaba por ahí afuera, cosas de protestantes, como dice un amigo mío. Aquí
teníamos nuestro venerable Diablo cojuelo, algo más asequible a nuestra mentalidad hispana, un
diablo más acostumbrado a levantar tejados y curiosear que a crear problemas nuevos. Eso sí,
presumimos de que tenemos el único monumento dedicado al Diablo, el del ángel caído, junto
al que pasan todos los días muchos madrileños y, por cierto, junto al que un pariente mío
estrelló el coche salvando la vida ¿milagrosamente?

Pero eso pasaba antes; podía haber un diablo hispano y otro, hasta simpático, como el
Mefistófeles goethiano, que, por mucho que se empeñe, no logra caer mal. En el fondo, visto
desde nuestra perspectiva economicista actual, Fausto tendría que haber acudido a la OCU para
resolver lo de las cláusulas abusivas del contrato por el que perdía el alma, o haber acudido a
reclamar a la oficina de Defensa del Consumidor en su ayuntamiento gótico.

Puede que no sean tiempos teológicos, pero sí son tiempos diabólicos. Por mucho que
las pantallas nos muestren series interminables de diablos, por muchos monstruos de dientes
afilados y babeantes que se instalen en las cajas de los video-juegos, por mucho que el
Anticristo llegara últimamente a la Plaza de Castilla intentando hacer de las suyas, por mucho
que sea protagonista de obras literarias... los verdaderos diablos están en otra parte. Están
embarcando niños para venderlos como esclavos, están secuestrando personas para
descuartizarlas y vender sus órganos para transplantes, están construyendo submarinos en la
selva para dedicarlos a burlar la vigilancia naval contra el narcotráfico, se dedican a la

Alfredo M. Pacheco

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organización de viajes de turismo sexual por los países asiáticos, a rociar con gasolina a la
esposa o novia y prenderle fuego después, o a acuchillar a la compañera de estudios para ver
qué se siente. El etcétera podría ser muy largo y de igual intensidad diabólica.

La novela de Alfredo M. Pacheco es diabólica, satánica, generacional y cotidiana.
Inquietante, en última instancia, y con toques de humor. Sí, porque cuando el espacio narrativo
se ve surcado por los autobuses de La Sepulvedana, algunos personajes acaban en la UCM o las
-prontas a extinguirse- pesetas tienen protagonismo, todo tiene que ser por fuerza, eso,
inquietante. Trasladar a ambientes manchegos los géneros cinematográficos de terror, los
ambientes góticos de los juegos de ordenador, etc. contribuye a hacer más cotidiano lo
inquietante. Francisco García Pavón llevó el género policíaco a Tomelloso con su policía
municipal Plinio. Pacheco nos trae ahora un mundo más audiovisual y multimediático hecho
literatura. Pero no vamos a dar más pistas, porque así debe ser dentro del género. A sufrir y
cuidado con las ouijas, que las carga el Diablo.

J. Aguirre

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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UNAS PALABRAS DEL AUTOR…

No es la primera vez ni será la última: esta historia se desarrolla en una localidad auténtica, y los

nombres de calles no han sido sustituidos. Por tanto, es posible que ciertas personas crean verse

identificadas en algunos de los personajes. Eso es totalmente falso. Los nombres los escogí por sus

significados o por ser característicos de la región (para una mayor solidez narrativa), pero nada más. Las

personas de las que haya podido inspirarme para completar a algún personaje ya lo saben. Especialmente

susceptibles a esta identificación son las personas que ocupen cargos públicos nombrados durante el

relato. Sólo he usado el cargo, pues era inevitable. En ningún momento he querido atentar contra su

integridad moral.

En cambio, la mención de noticias y partidos políticos es pura ficción. Sólo son ciertos hechos

que añadí basándome en la situación que había cuando empecé a escribir la historia. Parecerán fuera de

lugar en esta primera parte, pero tienen su fundamentación para que la trilogía prosiga.

A los que no conozcan el mundo del satanismo o espiritismo, pido que no me tomen como

dogma o guía, pues mis conocimientos son escasos y posiblemente erróneos. A los que sí conozcan este

mundo, mis humildes disculpas por los fallos que este relato (porque todos somos humanos y yo no voy a

ser menos a la hora de equivocarme). Especialmente blasfemo por mi parte ha sido el crear mitología (la

figura del demonio ascendido). En cualquier caso, lo siento. Esto es sólo una historia ficticia para que el

lector se entretenga tanto como yo he disfrutado al escribirla.

Muchas gracias a todos los que me han ayudado directa o indirectamente en la creación del hasta

ahora mi relato más largo.

Alfredo M. Pacheco.

Alfredo M. Pacheco

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Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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A Pedro y Lorena, por su enorme confianza depositada en mí

A mi familia por su apoyo (papá, abuelo, y el resto)

A Jorge y Alejandro por su “apoyo”

Y a tantos que no caben

Alfredo M. Pacheco

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Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Juguemos con objetos punzantes

juguemos con objetos cortantes

juguemos con objetos punzantes

y objetos cortantes

que se abra la carne

y que brote la sangre

— Def con Dos

Alfredo M. Pacheco

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Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Capítulo Iº:

Llamando a las Puertas del Infierno.

l empujar la puerta de cristal, el barullo del interior salió al ambiente caluroso, disipándose
en la atmósfera. Pedro pasó al interior de la sala. Así era como la conocían todos. Una
cochera por cuyas paredes se alineaban sendas hileras de máquinas recreativas, como los
modelos resultantes de un montaje en cadena. Algunos pinballs en las esquinas para
deshacer ese efecto monótono. Entre ambas filas, una colección de futbolines grandes (lo mejor de los
recreativos), atestados por chavales de todas las edades. Al fondo a la izquierda estaba el mostrador,
donde el dueño cambiaba monedas y dispensaba golosinas a los ávidos chavales, así como los apreciados
flashes (era principios de Julio), tan refrescantes y baratos. Pedro avanzó mirando a la clientela de los
futbolines. En el último echaban una partida dos chavales totalmente opuestos. Controlando a los peleles
de blanco había un chico alto y delgado (hasta el punto de que se le podría llamar escuálido); vestía
totalmente de negro, vaqueros y camiseta de Manowar; los ojos de color marrón oscuro y el pelo del
mismo color, con varios mechones largos teñidos de morado, cayendo desordenadamente hasta los
hombros. En el equipo contrario, al frente de los azul-grana (ellos lo denominaban Extremadura en lugar
de Barcelona), un muchacho gordo de la misma edad con pantalones cortos y camiseta vieja y blanca
bastante sudada; los cabeños se enmarañaban en su cabeza, más oscuros por el sudor de lo que en realidad
eran; usaba gafas de pasta algo gruesas (tanto montura como de cristales). Pedro permaneció observando
en silencio el partidillo, que finalizó con un potente golpe de los defensas del chico gordo, que proyectó la
pelota a enorme velocidad hasta el agujero de la portería contraria. El delgado levantó los brazos
acompañados de la exclamación “¡mierda!”, mientras que el vencedor le dedicó la victoria con un
orgulloso corte de mangas. Finalizado el encuentro, los contendientes prestaron la debida atención a
Pedro, de cuya presencia se habían percatado pero no habían podido saludar dada la circunstancia de
fuerza mayor que suponía el juego.
— ¿Qué pasa, Pedro? — saludó el delgado estrechándole la mano.
— Ná, que me acabo de levantar y me he pasa’o a ver si habíais vuelto de ver las notas.
— Pues nosotros llevamos aquí media hora— dijo el gordo mientras rodeaba el futbolín para
colocarse junto a los otros dos. Eran las doce del mediodía, lo que a primeros de Julio significaba primera
hora para algunos.— Estamos hechos unos fieras: hemos aproba’o los dos.
— Aquí el Ramoncín ha saca’o media de Sobre— dijo el chico de negro mientras daba palmadas

en la barriga de su amigo.

— ¡La virgen! Bien te han cundí’o las tardes empollando. ¿Y tú, Jesús?
— Aprobados todos los exámenes — contestó como si eso le convirtiese en un dios— Media de
notable entre la selectividad y el instituto.
— ¡Ole ahí, macho!— aprobó Pedro chocando la palma de la mano.— Bueno, voy a pillarme

algo y nos bajamos a la Plaza.

Vista desde arriba, la Plaza Mayor tenía forma trapezocidal. Tenía tres fachadas, al sur, este y
oeste, y en el lado norte, el lado oblicuo, la Iglesia de San Andrés Apóstol. El conjunto daba sensación de
recinto cerrado sin techo. Por el sur llegaba la calle Cervantes, una vía peatonal de unos diez metros de
ancho, que dividía la fachada en dos partes. Otras tres calle desembocaban en las esquinas de la plaza, dos
por el oeste y una por el este. Salvo un coche de la policía local aparcado ante la puerta del ayuntamiento,
no se veían apenas utilitarios; la plaza sólo se podía cruzar de este a oeste (o viceversa) pasando delante
de la iglesia, ya que el resto de la calzada rectangular estaba cortada al tráfico mediante sendas cadenas.
Sí se veían ciclomotores y muchas, muchas bicicletas, ora aparcadas en los pilares cuadrados de los
portales de las fachadas, ora conducidas por críos de alrededor de diez años a pesar de que en una farola
había clavado un cartel de chapa que prohibía explícitamente dicha acción. Como se ha dicho, las paredes
este y oeste gozaban de soportales en los que se refugiaban del sol los chicos y chicas reunidos en
pandillas. A partir de la crítica hora del mediodía, la sombra se iría extendiendo por toda la superficie del
lugar. Dentro del paralelogramo de calzada, se alineaban bancos de piedra, cada uno acompañado de un
arbolillo desproporcionado: muy fino el tronco y de la altura de una persona, pero colmados de hojas que
se agrupaban en una copa de forma esférica. En la mitad sombreada de uno de esos bancos descansaban
Pedro, Ramón y Jesús.

A

Alfredo M. Pacheco

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— Anda, si ha salido a la calle el microchip seboso este. — el ingenioso comentario provenía de
un adolescente de la misma edad de ellos. Estaba de pie, sujetando el manillar de su bicicleta, y un grupo
de amigos suyos dispuestos tras de él rieron la gracia.
— A ti es que no te queda más remedio que salir porque con los cuernos que te ha puesto tu
novia arañas el techo de tu casa.— contestó Ramón.
Las risas se convirtieron en carcajadas, tanto de los tres chicos como de los que antes se reían de
Ramón. El muchacho alto y fuerte había quedado como un perfecto idiota delante del gordo. Eso, allí en
el pueblo, hacía perder mucho prestigio. Lo peor de todo era que su novia había estado liada nada menos
que con Jesús.

— Te ha deja’o tira’o, Paco.— dijo éste— Anda, déjanos en paz y no hagas más el ridículo.
— Tú te callas, gentuzo. — contestó enfadado.
Parecía que se iba a iniciar una pelea, pero los amigotes de Paco le calmaron y se fueron todos
por la calle Cervantes. Eso sí, antes de abandonar la plaza dejó constancia de la amenaza:
— Ten cuidado, Jesús María. Un día de estos nos vamos a ver las caras.
A lo que Jesús contestó con tono cuasi-psicópata:
— Bésale el culo a Satanás de mi parte.
Se fueron como se disponían a hacer y ahí acabo todo. Ramón estaba harto de los estúpidos que
podían ser algunos de los chicos del pueblo. Su mote (allí casi todo el mundo tenía uno) no era
“microchip”, sino Pentium. Se lo pusieron sus amigos cariñosamente cuando se enteraron que un test de
inteligencia, Ramón había obtenido tales notas que se le atribuía un coeficiente intelectual de ciento teinta
y tres (lo que él denominaba “demasiado listo para los mortales pero no tanto como para tener que
apartarse de ellos”). La envidia de los estúpidos como Paco se plasmaba en contínuos comentarios
despectivos. Como era más listo que ellos, tenía que ser un empollón, palabra peyorativa que siempre
asignaban a los chavales que tenían la decencia de estudiar para sacar unas notas considerables y que en
teoría eso les convertía en semi-idiotas de esos de los que se pueden reír porque no son tan guays como
los tontos que no quieren estudiar, que se divierten mucho porque tienen tiempo en toda la tarde al no
estudiar, y que suspenden cuatro o cinco cada trimestre pero da igual porque son mazo guays. Así que
nada, allí están: estudiando las cuatro o cinco asignaturas pendientes que les han quedado porque el
profesor les tiene manía, no les quieren aprobar, etc. Eso sí, siguen siendo mazo chungos y mazo guays,
emborrachándose cada noche, metiéndose con los que han aprobado todo y así no tienen que pegar palo al
agua durante el estío. Ramón decidió usar su inteligencia para no dejarse intimidar por personas como
ellos. En lugar de quedarse callado ante cualquier comentario despectivo, la cabeza gacha y la mirada
llena de odio e impotencia, contestaba con algo ingenioso (se lo ponían bastante fácil) y sin reparo
alguno, con el mismo desprecio con el que le hablaban a él. En el momento en que uno de esos
depredadores carroñeros veía que su presa no tenía miedo, estaban perdidos. Sus amigos (que no eran
tales, sino chaqueteros que se arrimaban al más fuerte para no estar en contra de él) le perdían respeto, y
sin el respeto que extrañamente infundían no eran nadie. Bien era cierto que podían desahogarse
propinando alguna que otra zurra al insolente que había osado contestarles, pero si aún así no
consiguiesen infundir miedo en su presa, su reputación empezaría a peligrar seriamente, por lo que
preferían evitar esa medida (y muchos de ellos en el fondo no eran grandes luchadores). Además, los
otros que todavía seguían callándose intimidados ante sus comentarios podían seguir el ejemplo, y
entonces la cosa sería francamente alarmante. Respecto al potencial peligro de paliza por parte de Paco,
Ramón tenía un seguro de vida llamado Jesús María. Aunque delgado, los golpes secos y dolorosos que
repartía si la situación se ponía fea eran conocidos por buena parte de esos depredadores descerebrados.
Eran cerca de las dos y decidieron irse a comer. Por la tarde quedarían en alguna casa e irían allí
a escuchar música, jugar con la consola o el ordenador y ver alguna película de vídeo. La piscina no les
gustaba mucho (allí siempre iban Paco y toda esa gente).
Iban andando por la Calle Mayor (nombre con el cual se solía designar a la Calle Cervantes)
hablando de lo que pensaban hacer durante el verano.
— Yo me voy a tirar todo el día frente al ordenador. Me quedaré ciego pero me da igual. Me
merezco unas vacaciones después de la selectividad. — decía Pentium— Y por supuesto, a preparar los
papeles para la universidad.

— Yo escribiré todo lo que pueda— comentaba Pedro. — ¡Qué ganas tenía de dar vacaciones!
— ¿De verdad estáis tan contentos?— preguntó súbitamente el tercero.
Pentium sabía que en realidad, aquello no era una pregunta. Aunque diesen respuesta, Jesús
soltaría a continuación un discurso que dejaría por los suelos sus optimistas espectativas. Así era su
personalidad. Ya en segundo de B.U.P. utilizaba esa táctica cuando los profesores echaban la típica charla
moral. En C.O.U. lo seguía haciendo, y al parecer su elocuencia era cada vez más aniquiladora, pero

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

17

Pentium había cogido la opción científico-técnica del C.O.U. y Jesús estaba en letras puras. Por lo que
respectaba a Pedro, estudiaba letras mixtas de tercero, puesto que era un año menor.
— Está bien, Jesús. Dinos cuál es el problema con el jodido verano y tira nuestras ilusiones por

la puñetera taza del váter.

— Vamos a pasarnos dos meses haciendo lo mismo. Aburridos por la mañana, ídem por la tarde
y algo distraídos las noches de los fines de semana. Llegarán Juanjo y Chema en Agosto, la romería, que
está que te cagas y por último, la feria: como si fuesen cinco Sábados seguidos. Y entonces resulta que es
Septiembre y todos los de Madrid han desaparecido. Los de aquí a vendimiar. Nos queda un mes hasta
empezar el curso pero es como si se hubiesen acabado las vacaciones: hace frío y todo el mundo prepara
la llegada del nuevo curso. Antes de que nos demos cuenta, tú estarás en Madrid, estudiando en la
Complutense “Ingeniería Informática de Sistemas”. Yo iré a Ciudad Real para hacer Psicolgía, y tú—
refiriéndose a Pedro— te quedarás aquí haciendo C.O.U.
Jesús María, como siempre, diciendo verdades como puños: dolorosas y contundentes. Visto
desde su perspectiva, el verano había perdido su gracia y su hechizo. A Jesús no le gustaba en absoluto la
monotonía ni la inactividad. Necesitaba constantemente estímulos que pusiesen en funcionamiento su
cerebro, y Villanueva de los Infantes, un pequeño pueblo de siete mil habitantes, cabeza de comarca, no
ofrecía muchas alternativas. El cine traía con meses de retraso los estrenos de Madrid, y la biblioteca se la
conocía de pies a cabeza.

— ¿Entonces, qué sugieres, Jesús?— inquirió Pedro.
— No lo sé, pero éste es nuestro último verano y hay que hacer algo que lo consagre.
— ¿Qué tal una orgía en plan “Baco” y así perdemos los tres la virginidad? — Pentium, como
siempre, tenía que poner la nota de humor.
— No está mal. Lo decidiremos esta tarde. Venid a las seis a mi casa.— conluyó Jesús. Dicho
esto, tocó la hora de separarse e ir cada uno por su camino hacia casa, a comer.

La habitación de Jesús María era un paraíso de retiro para el adolescente. En primer lugar, tenía
televisión, la cual recibía la señal del vídeo del salón y así se podían ver películas alquiladas o grabadas
con total tranquilidad y sin ser en absoluto molestado. En segundo, tenía un aparato de radio con doble
pletina y lector de compact-disc. Complementando a esos dos aparatos electrónicos, las estanterías de las
paredes exhibían la videoteca, compactoteca (complementada con casettes en las que grababa música de
la radio), y biblioteca. Allí pasaban muchas tardes de verano él y sus dos amigos, y en Agosto se unían
Chema, que vivía en un pueblo de Madrid pero veraneaba en el pueblo, y Juanjo, de Valencia, que
también venía a pasar las vacaciones en Infantes (el nombre del pueblo, al ser tan largo, quedaba
apocopado y se conocía popularmente asi).
Jim Morrison iba soltando su monólogo de la canción The end mientras Pedro y Jesús María
hojeaban algunas revistas y libros. A Jesús le gustaban mucho los Doors. En ese instante apareció por la
puerta Pentium, que se disculpó con la excusa de que su partida al ordenador de ajedrez se había
prolongado más de lo previsto. Jesús sotuvo la teoría de que Pentium había estado disfrutando de su
colección (muy amplia) de imágenes eróticas que almacenaba en un directorio oculto del disco duro. La
discusión se quedó ahí.

Después del delirante guitarreo de Krieger, Morrison recitó la última estrofa de la canción. La
odisea épica de once minutos y medio finalizó y con ella el álbum.
— Ponte a Dover— dijo Pedro. Su ruego le fue concedido y la habitación se llenó de los graves

acordes de Devil came to me.

Y entonces, cuando Cristina Llanos pronunció el primer verso (que coincidía con el título de la
canción), Jesús encontró la solución que buscaba para hacer de aquel su último verano antes de irse a
Ciudad Real un momento de la vida para guardar en el recuerdo.
— ¿Y si hiciésemos espiritismo?
Los otros dos reaccionaron con algo de incredulidad. No era una propuesta común para un

Miércoles por la tarde.

— ¿De qué vas? — dijo Pedro.
— Sería algo diferente. Quien sabe, a lo mejor convocamos al Morrison.
— Sí, y a Elvis. O si no a Tino Casal. Sabes que me gusta lo sobrenatural, pero todas esas
historias que salen por la tele son un cuento; además, Pentium es un científico. Su mente lógica no admite
esas supercherías.

Jesús y Pedro miraron a Ramón esperando una respuesta. Pentium permaneció unos instantes
callado, meditando su respuesta. Se avecinaba un pequeño discurso. Comenzó a responder pausadamente.

Alfredo M. Pacheco

18

— En Madrid se graba un programa. Un enorme palitroque de hierro retransmite las imágenes a
través del aire y aquí las vemos al mismo tiempo que ocurren allí. Pero la gente no lo llama magia: es la
televisión. En la edad media existían las bolas de cristal, sólo que si alguien las usaba o se le acusaba de
usarlas iba de cabeza a la hoguera por hereje.
— ¿Qué quieres decir?— preguntó Jesús María.
— Pues que la ciencia es otra religión: priva de las tres funciones primarias como las religiones.
>> El cristianismo sólo permitía el sexo con el fin de la reproducción. Ahora eso es una tontería,
pero entre el V.I.H., los riesgos de embarazo y demás, no hay quien folle agusto.
>> El islamismo prohíbe la carne de cerdo por ser un animal impuro. Hoy, aunque no seas
mahometano, el colesterol se te dispara y cada dos por tres tienes que estar con la dieta.
— Esas son la funciones de reproducción y nutrición, ¿y la de relación?— dijo Pedro.
— Los monjes y frailes se encierran en monasterios. La medicina no suele prohibir el verse con
otras personas, salvo cuando tienes alguna enfermedad contagiosa. En cambio, cada día son más los
adictos que se pasan las horas frente al ordenador charlando con algún pirado de véte a saber dónde.
Pentium no era el más indicado para criticar esa actitud, lo que originó carraspeos y toses en sus
dos amigos advirtiéndole de que viese primero la viga en su ojo antes que la paja en el ajeno.
— Lo que os quiero decir es que ciencia y religión es casi lo mismo. Las dos intentan explicar la
verdad. La ciencia se basa en pruebas, pero la paleontología y la astronomía sólo disponen de cálculos
matemáticos y de hipótesis: se pueden equivocar en el big-bang tanto como en la creación del mundo de
la Biblia.

— O sea, que estás de acuerdo en hacer espiritismo— concluyó Jesús.
— ¡Anda ya! Para eso hay que tener algo de idea. Si nos ponemos a hacer el idiota con una Ouija
pintada malamente en un cartón acabaremos mal de la olla.
— ¿Es que tienes miedo?
— Hombre, pues un poco. Tengo una base religiosa cristiana, y lo del espiritismo es… no sé,

pero no me acaba de convencer.
— Otro jodido practicante— resopló Jesús.
— Me declaro agnóstico— y añadió a lo Chiquito de la calzada— ¡Que lo sepas! Cada vez que
me acuerdo de lo putea’os que estaban los judíos y los primeros cristianos y lo que hicieron los católicos
en cuanto tuvieron la hegemonía religiosa, me dan náuseas.
— Es decir— puntualizó Pedro—, que tu crítica a la religión es la crítica ideológica de Marx.
— Exacto.
— ¿Y por qué te declaras agnóstico? Eso quiere decir que no tienes razones ni para creer ni para
no creer en Dios, pero no toca el tema de la religión, no tiene que ver con la crítica de Marx — El
inteligente comentario provino de Jesús María.
— Bueno… Una vez que renuncias a la religión, tener un Dios ahí para nada es algo absurdo, y
me planteé su existencia. Teniendo en cuenta que, al no creer en la religión, la veo como una invención de
los hombres y por la misma regla de tres Dios lo sería también, podría decir tan pancho que soy ateo. Pero
mientras no vea en la ciencia explicaciones más sólidas a la creación del mundo y del universo, y al
origen de la energía (que dicen que no se crea ni se destruye, pero de algún sitio habrá salido), tendrá que
haber algo más allá de nuestra comprensión que haya creado el mundo o el universo: una incógnita. Se la
puede llamar x, o se la puede llamar Dios.
— Bien dicho, Pentium. Por lo menos te has planteado las cosas.— dijo Jesús.— Esa es la razón
de que seamos amigos. Pensamos las cosas. Muchos de nuestra edad están bautizados y dicen que creen
en Dios. Y luego resulta que la mitad no ha comulgado desde que hizo la comunión.
— Eso es porque hay sacramentos que se dan muy pronto— continuó Pentium—. Para mí el
bautismo no significa nada. Y la comunión lo mismo. Apuntan a los niños a catequesis y ellos, ¡ala! a
hacer la comunión, que luego hay regalos.
— En Madrid la hacen un año más tarde— puntualizó Pedro.
— Ya, pero en el fondo es lo mismo. Las bodas andan por el estilo: a casarse por la Iglesia, que
queda muy chulo. El único sacramento que veo bien es la confirmación, pero parece que hay que volver a
hacer la catequesis. Además, hay edades fijas para apuntarse. Muchos de los de aquí van de cabeza, como
fueron a la catequesis.

Durante un rato, el diálogo continuó. Hablaron sobre las diferentes religiones, sus pros y sus
contras. Hicieron repaso a la Iglesia del medievo y demás. Entonces, Jesús María cogió un libro que
hablaba sobre misas negras. Lo había comprado la feria pasada de los puestos ambulantes. Una edición
barata de bolsillo donde se hablaba de las misas negras célebres y se daban nociones básicas para su
ejecución.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

19

— El satanismo es la alternativa a la religión que necesitamos. Comenzó como una crítica
ideológica, por el despotismo de la iglesia, permite el sexo por el mero placer que conlleva y niega los
pecados capitales.

— No sé… ¿Qué hay de verdad en estos libros baratos?— preguntó Pentium
— Ni idea. De todas formas, vienen algunas invocaciones. Mira.
Abrió por una de las páginas, que tenía marcadas.
— Viene una invocación para pedir un deseo de destrucción, uno de lujuria, y la invocación a
Satanás. —y recitó leyendo del libro— In nomine dei nostri Satanás Luciferi excelsi.
Leyó toda la invocación al maligno, así como los nombres de los diablos a los que enumerar
como si se les estuviese llamando. Los demás permanecieron callados, escuchando con respeto. No hubo
mofa alguna tras el simulacro de invocación.
— ¿Sugieres que hagamos una misa negra?— inquirió Pedro.
— Necesita demasiados preparativos. En primer lugar, una joven desnuda que haga de altar.
— ¡No digas más!— cortó Pentium— Me pa’ece a mí que no hacemos misa negra si

necesitamos eso.

— Lo mejor será olvidarlo.— se rindió Jesús.

Por fin vuelvo a notar esa sensación. Es lenta, se va produciendo poco a poco. Siento todas y
cada una de las partículas de mi cuerpo etéreo flotar por el aire. Mejor dicho, siento todo mi ser disuelto
entre las moléculas del aire. Mi amo y señor las ha enviado una a una al mundo material para conseguir la
materialización perfecta. Es normal ese interés: la misión es de suma importancia.
El aire comienza a girar en torno a un matemático y perfecto eje designado por el dedo de mi
amo. Las partículas se concentran en un punto inicial. Al principio es una pequeña bola que almacena mi
esencia vital. ¡Ah, sí! las partículas empiezan a cubrirme. Estoy tomando forma. Primero empiezo a sentir
latidos pausados. Después, se le une el ritmo parejo de una respiración. Es aterradoramente tranquila,
como la de un feroz perro que resopla unas cuantas veces antes de lanzarse a despedazar a su víctima. La
respiración y los latidos siguen un compás perfecto. A estos dos sonidos interiores, se le añade un vago
coro de disturbios. Poco después consigo distinguir todas las notas de la sinfonía que se precipita a mi
cerebro: voces, pasos… incluso puedo oír el viento acariciando a los árboles, y si me concentro, hielo
repiqueteando en los vasos vacíos y el propio líquido bajando por la garganta de su consumidor. Ahora le
llega el turno al olfato. Olor a tierra, a árboles, a piedra. Mi sentido se agudiza y huelo hamburguesas y
pinchos morunos, junto con refrescos, cerveza, whisky… Hasta me está entrando hambre, y puedo
percibir una inexistente saliva enjugando mi lengua: el gusto también ha aparecido. Por fin llega el tacto.
La caricia del aire sobre mis brazos hace que se me erice el vello. Puedo sentirlo pasar por cada uno de
los puntos de mi cara. Puedo sentir mi propia cara, y mi cuerpo también: soy cuerpo y alma.
Falta la prueba final. Despego los párpados y entra a mí un haz confuso de luz y oscuridad.
Apenas unos segundos y las luces se ordenan en mi cabeza. Estoy en un pueblo, cerca de una carretera
oscura. Pasean algunas parejas de novios adolescentes, pero está demasiado oscuro. Pueden percatarse de
que hay alguien, pero no precisar quién es. Por eso, nadie me ha visto materializarme.
Al fondo hay algunas farolas. De ahí proviene el barullo. Me dirigiré allí a contemplar las caras
medio ebrias de los jóvenes en medio de su orgía de alcohol. Entre ellos debe estar ella. Los preparativos
deben de cumplirse para que mi amo pueda llegar a la tierra.
El suelo que piso es de una fina tierra rojiza que levanta mucho polvo y se adhiere a los zapatos
y a todo cuanto toca. A mi derecha está la carretera, y a la izquierda hay una pared blanca. Se oye ruido
estridente al otro lado, así como muchas voces: es una discoteca. Llego a la esquina, lugar ya iluminado, y
tuerzo a la izquierda. Un bar de verano, uno de esos “chiringuitos” dispensa vino a diestro y siniestro
mezclado en grandes vasos de plástico con un líquido negro burbujeante. La etiqueta roja de la botella
donde almacenan ese misterioso líquido reza “Coca-Cola”. Por alguna razón, sé que la mezcla se llama
mini de calimocho. Es una sensación rara: puedo reconocer lo que veo, aunque se trate de un mundo en el
que no había estado desde hacía unos trescientos años.
Avanzo unos cuantos metros. La multitud es grande. Hay muchas personas en un espacio tan
pequeño. La gran mayoría son jóvenes. Pensé que iba a ser más fácil encontrarla. Además, no sé ni cómo
es. Satán me dijo que la reconocería. ¿Llevará alguna marca? Desde aquí será difícil apreciar cualquier
signo de distinción.

Será mejor que me aparte de tanta gente. Doy media vuelta y llego a la esquina anterior. En lugar
de adentrarme en el lugar oscuro de antes, voy en dirección contraria. A mi derecha continúa estando la
calzada, esta vez separada por una tapia de poca altura y bastante gruesa. A mi izquierda, los setos de un
jardín que se prolongan de forma geométrica hasta el centro del parque. La zona es también oscura, pero

Alfredo M. Pacheco

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la visibilidad es bastante aceptable gracias a las farolas lejanas y las luces de las terrazas de los bares. Hay
bancos de piedra donde se sientan parejas que se besan a escondidas.
Entonces, la veo.
Camina junto con una amiga, la cual se despide y se marcha, pasando junto a mí. El maligno
tenía razón: la he reconocido. Es alta y tiene el pelo negro muy largo, que cae en una cascada por su
espalda, perfectamente liso, lleno de brillo. Su tez es bastante pálida, parece que no ha tomado mucho el
sol todavía. Los ojos son marrones muy oscuros, casi negros. Allí de pie irradia belleza e ilumina mi alma
oscura. Hasta casi me dan ganas de dar gracias a Dios.
Me acerco a ella, y la saludo.
— Hola. Te he estado buscando.
Ella reacciona inquieta. Por su expresión diría que le resulto atractivo, pero mi apariencia general
es tenebrosa (me doy cuenta de que no me he visto la cara y apenas me he mirado la ropa).
— A mí ¿por qué?— su voz suena como un ángel. Lo sé porque fui uno hace mucho tiempo.
— Porque vas a cambiar el mundo. — me acerco a su cara y la beso en los labios. Nunca me he

alegrado tanto de ser un íncubo.
Después, ella dice:
— No deberías precipitarte tanto. Tengo novio, y va a venir de un momento a otro.
Decido hacerle caso. Me voy por donde he venido. Me topo con un chaval de unos dieciocho
años. Me llama la atención porque es muy distinto a los jóvenes que había visto en mi pequeño paseo.
Lleva el pelo largo, y coloreado artificialmente en un par de mechones. Viste una camiseta negra con un
dibujo infernal de musculosos guerreros paganos.
Heavy metal, me viene a la cabeza, unido a unas notas eléctricas potentísimas.
Miro por encima de mi hombro y compruebo que se trata del novio de la chica (aún no sé su
nombre). Supongo que no me supondrá ningún problema. Mañana domingo le haré una demostración de
mi poder.

Si bien por la mañana la Plaza Mayor era un lugar muy concurrido, por la noche le tocaba el
turno al Paseo de la Constitución (en la tendencia de acortar los nombres, se le llamaba el Paseo). Era un
parque de arena y pavimento al que se llegaba fácilmente desde allí, bastaba con seguir una prolongación
imaginaria de la Calle Mayor. Ésta desembocaba en la plazoleta de Santo Domingo, con su busto severo
del difunto más célebre del pueblo. La mirada pétrea de Francisco de Quevedo y Villegas se orientaba a la
plaza sostenida por un elevado pilar. Continuando la prolongación imaginaria se llegaba a una
bifurcación. La carretera de la izquierda conducía a Montiel (antiguo cabeza de comarca), y la de la
derecha a Almedina. (Un segundo desvío a la derecha en esa carretera discurría sinuoso entre elevaciones
de tierra blanda y tras cinco serpenteantes kilómetros de cuesta abajo se llegaba al Santuario de la Virgen
de la Antigua, patrona del Pueblo.)

Pues bien, el espacio situado entre ambas carreteras (de Montiel y Almedina) era el Paseo. La
primera parte estaba pavimentada (aunque ya con bastantes baches), y después había una extensión de
tierra rojiza muy fina. Una fuente en mitad del pavimento, la cual no estaba en funcionamiento la mitad
de los días, y una ermita con los restos de Quevedo. Tras la ermita, una pared blanca marcando el final del
parque. En dicha pared estaba la puerta de una discoteca de verano, que sólo habría fines de semana (al
menos hasta mediados de agosto). Tres chiringuitos completaban la escena. A finales de Agosto, durante
la semana de la feria, se añadirían muchos más elementos decorativos de ese paisaje veraniego.
Los días de semana normales, los chavales de todas las edades se reunían en pandas y se
sentaban a charlar y pasarlo bien. Las consumiciones se reducían a golosinas de los dos quioscos que
había, aunque tal vez los más afortunados pudiesen permitirse tomar algo en un bar. Los fines de semana,
repletos los bolsillos, los adolescentes se lanzaban a la caza del sitio en la barra o en la terraza e ingerían
alcohol entre risotadas y bromas. Jesús María, Pentium y Pedro estaban entre ellos.
— Pentium, te toca pagarte el mini.— dijo Jesús.
— ¿Cuándo te lo pagaste tú?
— Hace dos semanas, cuando salimos Pedro y yo.
— ¡Eh! Esa noche yo no salí.
— ¡Lástima!— respondió sarcásticamente— Apoquina, coño.
Refunfuñando sobre la madre de Jesús, Pentium sacó de su cartera una moneda dorada de
quinientas. Pidió a duras penas un mini de calimocho con licor de mora. Una vez lo tuvieron, se lo
llevaron a una mesa que cuidaba Pedro. Consumieron la bebida en poco tiempo, mientras charlaban de
cosas triviales. La sugerencia de espiritismos y misas negras del miércoles habían sido prácticamente
olvidadas. Cuando hubieron terminado, Jesús María se levantó.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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— Voy a ver a Adela— era la novia que le había quitado a Paco.— Ya os encontraré.
Abandonó la mesa. El bar donde habían estado se encontraban en la parte izquierda del Paseo,
cerca de la carretera que iba a Montiel. Caminó bordeando el seto. Se le cruzó un tipo extraño de unos
veinte años. Jesús María ya se había percatado antes de su presencia. Había aparecido doblando la
esquina del chiruinguito, venía del lugar donde iban las parejas a enrollarse y los grupos de amigos a
molestar o a liarse tranquilamente un porro. Fuese quien fuera, estaba solo, y Jesús no lo había visto
nunca por el pueblo. Allí, casi todos los jóvenes se conocían “de vista”, ya fueran de Infantes, de pueblos
circundantes o de capitales importantes (durante el verano, Infantes se atestaba de veraneantes fijos). Tal
vez era algún turista que iba a estar allí un par de días, viendo los monumentos históricos del pueblo,
quizá incluso fuese extranjero. El joven se fijó en la camiseta de Manowar que llevaba puesta Jesús y
después siguió su camino.

Frente a Jesús, Adela esperaba en la penumbra (¿había hablado el hombre con ella?). Se acercó a
ella y la saludó. Se besaron y después se sentaron en un banco.
— ¿Has visto al tío ese que se ha marchado por allí?— preguntó Jesús señalando la dirección
— Sí, me ha saludado. Ha dicho algo de que iba a cambiar el mundo o no sé qué.— respondió
ella con naturalidad. Curiosamente, su tono de voz no denotó extrañeza ni burla. Jesús no se dio cuenta de
ese detalle.

— ¿Quién? ¿Él?
— No, dijo que yo. — omitió el detalle del beso. No quería que Jesús se enfadase

innecesariamente.

— Otro flipa’o que ha visto la peli de los Doors.
Ella se rió. Después se volvieron a besar y se quedaron abrazados. La barbilla de Adela reposaba
en el hombro huesudo de Jesús. Permanecieron un rato callados. Al fin, ella rompió el silencio.
— ¿Que hay de la misa negra?
— No creo que la hagamos.
— ¿Y eso?— inquirió
— Hace falta una chica que haga de altar.
— ¿Cuál es el problema?
— Debe desnudarse y tumbarse con las piernas abiertas para que se bendigan las hostias. Luego,
el oficiante suele poseer carnalmente a la chica.
— ¿Vas a ser tú el oficiante?— preguntó algo arrogante.
— Puede ¿Vas a ser tú la chica?— devolvió la pregunta.
— Puede— dijo ella sin más.

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La ascensión del caído.

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Capítulo IIº:

La Lanza en el Costado de Jesús.

a iglesia de San Andrés Apóstol era un proyecto gótico cuya construcción se prolongó
durante los siglos XVI y XVII, de ahí su variedad de estilos. En general era muy sencilla; y
los detalles góticos o barrocos no se apreciaban con facilidad. La fachada dejaba ver una
pared lisa, sin adornos, de sillar. A la izquierda se elevaba el campanario, cuadrado y
aparentemente dividido en su interior en cuatro pisos (a juzgar por las bandas horizontales que lo
surcaban). El último de ellos dejaba ver las campanas, siempre y cuando se observase desde una altura
apropiadada, a través de unos arcos estrechos de medio punto. Había uno en cada pared del campanario,
de grueso intradós y con impostas. Dos arcos ciegos más estrechos a los lados de cada uno de los cuatro
terminaban la decoración del último piso Y arriba del todo, un chapitel bastante plano (se había
modificado varias veces). La nave central tenía la altura de los dos primeros pisos del campanario. Desde
la plaza se veía la puerta sur, con su gran pórtico de estilo renacentista. Éste, algo abocinado, albergaba la
puerta de madera, escoltada por dos columnas a cada lado de fuste liso que reposaban sobre un plinto
cuadrado. El arco del pórtico tenía la altura de la nave, mientras que el de la puerta era de
aproximadamente la mitad de tamaño. Ni gabletes, ni rosetones, ni agujas, ni arbotantes. Sólo el relieve
de una fachada de estructura adintelada con un escudo en el tejado (Infantes tenía una notable heráldica).
Jesús María estaba mirando aquella imagen de postal cuando aparecieron Pedro y Pentium. Eran
poco menos de las doce y la gente entraba en masa para asistir a misa.
— Madre mía, qué dolor de cabeza.— dijo Pedro.
— Si es que no sabéis beber.— respondió Jesús.
— Lo que pasa es que tú, como tienes piva, alternas:— argumentó Pentium— un mini de
calimocho, un rollete. Nosotros como estamos a dos velas… ¡venga, a hincar el codo! así que claro,…
— Ya, ya te he oído. ¡Dios, que pesa’o te pones!
Pedro, que prestaba menos atención al diálogo, vio que Verónica entraba en la iglesia. Era una
chica un año mayor que él, compañera de clase de Adela, y a él le gustaba desde hacía un tiempo.
Hablaban de vez en cuando, pero no eran grandes amigos, sobre todo porque él sentía algo de timidez al
acercarse a ella. Junto con Verónica, pasaron Adela y otras amigas de clase.
— Vamos a misa— sugirió Pedro
— ¡¿Tú estás loco?!— fue la reacción de Jesús.
— A ver si me voy haciendo a la Verónica.
— Veo que te ha dado fuerte con la piva esa. Lo siento, pero no voy a tirarme una hora allí…
…sentado, descansando tan tranquilamente y a la sombrita, fresquito, recapacitó.
— Vale, me has convencido— fue su respuesta definitiva.
— A mí me da igual porque soy agnóstico, pero tú que eres un anti-cristiano…
— A callar, y tira pa’dentro.
Pentium calló y obedeció.
El interior del edificio era oscuro, sin apenas ventanas. La planta de cruz latina terminaba en un
presbiterio poligonal. Las bóvedas eran estrelladas, los arcos, apuntados (algunos, rebajados). El sillar y
el sillarejo se apilaban por toda la pared. En la pared de la capilla había un cristo tallado en piedra
secundado por otras dos figuras.

Cuando pasaron, sólo Pedro, el único que no había renunciado al cristianismo, se mojó los dedos
en agua bendita y se santiguó. Por su parte, Jesús fue objeto de miradas atentas por parte de varias señoras
mayores. Él las conocía a casi todas: vecinas, dependientas de tiendas… la razón de haber captado así la
atención era que llevaba puesta una de sus archiconocidas camisetas de heavy, y esta vez con un dibujo
muy violento. Si dependiese de las mujeres que lo observaban, estaba condenado al infierno por los siglos
de los siglos.

Se abrieron paso y se sentaron en el banco donde estaba Verónica, uno al lado del otro. Pentium
ocupó el sitio de su derecha, y el siguiente, Jesús. Allí estaba también Adela, pero prefirió no sentarse con
ella. Aquello no era la iglesia de postguerra, donde los chicos ocupaban los bancos a un lado del pasillo y
se pasaban todo el rato observando a las chicas del otro lado. Ya tendría tiempo de charlar con ella. Pedro
saludó timidamente. Ella respondió con normalidad. Para Verónica, Pedro era un crío estúpido con
delirios de grandeza gracias a la influencia de su amigo Jesús María, pero Jesús María era el novio de
Adela y tenía que aguantarlo. Cuando coincidían ambos grupos, a ella no le quedaba más remedio que
reirle las gracias y conversar con Pedro, que no se separaba de ella nunca. Y ahora, para colmo, hasta la

L

Alfredo M. Pacheco

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seguía a la iglesia. En realidad, no era muy devota de la misa, pero supuso que el sacro suelo sería
territorio prohibido para un satánico, un agnóstico y su perrito faldero.
La ceremonia comenzó, y Verónica, junto con sus amigas, siguieron todos los pasos que tenía.
Pedro, que aún recordaba cómo había que actuar, siguió el juego. Intentó decir frases ingeniosas para
ganarse la confianza de ella, lo cual tuvo escasos resultados. Pecó de grosero e incluso algo escatológico,
y Verónica vio con muy malos ojos sus chistes.
Pasaron unos tres cuartos de hora. Jesús María permaneció sentado durante todo el ritual. No se
levantaba para orar como hacía el resto de los fieles, y Pentium seguía su actitud. Se estaba quedando
prácticamente dormido cuando recibió un codazo de su grueso compañero. Pentium tenía la cara algo
pálida y los ojos muy abiertos, como si hubiese visto algo alarmante. En cuanto a Pedro, estaba de pie,
como el resto de la congregación, con los ojos entreabiertos, musitando oraciones mecánicamente, igual
que Verónica, e igual que…
E igual que toda la maldita iglesia.
Se puso en pie sobresaltado. Todos rezaban en voz baja, de forma que las voces se convertían en
un murmullo ininteligible. Los únicos que se mantenían despiertos eran él, Pentium, y Adela, que miraba
en derredor también asustada. Estaba en el mismo banco, un par de sitios a la izquierda de Verónica.
Cruzó una mirada con Jesús María y formó con los labios la pregunta “¿Qué pasa?”. Jesús se encogió
exageradamente de hombros y respondió con un mudo “No lo sé”. Una señora del banco de al lado torció
la cabeza y los miró con desprecio, como si estuviesen montando un gran escándalo en mitad de la misa,
y les instó a callarse acercando el dedo índice a los labios. Aunque aquello parecía un sueño, algo le
indicaba a Jesús que no lo era, que intentar cualquier acción sería un escándalo o un sacrilegio, algo que
interrumpiría la misa. Y sobre todo, aquello parecía a todas luces el presagio de algo peor.
Entonces, se abrió la puerta y entró una ráfaga de viento gélido que heló la piel de los tres chicos.
El resto de la gente hizo caso omiso del suceso. Entró un hombre alto, con un hábito de monje. Caminó,
provocando un sonido reverbante de pisadas. Jesús se percató de que el murmullo de voces era apagado,
sordo, no hacía eco como las pisadas del monje, que sonaban claramente por encima del mar de
oraciones. La temperatura de la iglesia comenzó a disminuir. El monje caminó por el pasillo central entre
los bancos corridos. Cuando pasó al lado de Jesús, éste notó un frío intenso. Era como si la ropa talar
absorbiese el calor allí por donde pasaba. Adela se frotó los brazos. Tenía frío y algo de miedo. A ella
pareció que el manto helado de las tinieblas comenzaba a cubrir la casa de Dios. Y eso, por supuesto, no
era nada nuevo.

El monje descubrió su cabeza. Era la de un joven de unos veinte años, con el pelo rubio, corto y
revuelto. Las facciones eran cuadradas y fuertes, bastante atractivas para tratarse de un siervo de
Jesucristo. Los ojos eran totalmente grises, enamoradores a la vez que aterradores. Jesús María ya había
visto esa cara, la noche anterior, y Adela también. Era el hombre que la había besado.
— Despierta, tú que te atribuyes ser el hijo de Dios, y contempla el inicio del fin de tu reino para

dar paso al de tu hermana.

Esas fueron las palabras pronunciadas en desafío por el joven. Acto seguido, sacó una lanza de
madera del interior de su túnica. Los pliegues del grueso tejido de la ropa azotaron el aire. Un viento aún
más gelido que el anterior recorrió en espiral creciente la iglesia. Los tres sintieron un desagradable
escalofrío por su médula espinal que les hizo erizarse la piel. En el fondo, todos los asistentes lo notaron,
pero no reaccionaron (o no pudieron reaccionar). El joven monje lanzó su arma, la cual surcó el aire
velozmente. Algunas personas empezaron a despertar del extraño letargo y giraron vagamente la cabeza,
mirando con curiosidad al recién llegado. Le veían, pero sus cerebros no reaccionaban, no interpretaban la
actitud herética del joven. Jesús María se concentró en la lanza. Había algo extraño en la parábola que
describió, como si se tratase de un video manipulado, pero no sabía exactamente qué era. Pentium, en
cambio, si reconoció lo antinatural de ese lanzamiento. La velocidad fue aumentando conforme se
desplazaba. Cuando un cuerpo se lanza de esa forma, el momento de máxima velocidad es después de que
se le aplique la fuerza inicial. En cambio, la lanza aumentó de celeridad hasta llegar a su objetivo: el
costado de Jesús.

En la figura de piedra, el palo de madera con punta de metal fue incrustado con fuerza y
precisión. El mármol se resquebrajó ligeramente en la zona de la hendidura. Entonces, la faz inexpresiva
del cristo comenzó a articularse. Adoptó un gesto contraído y lanzó un grito de dolor que retumbó por
todos los rincones del edificio, y se mezcló con la risa macabra del joven. Pentium creyó que la iglesia iba
a irse abajo. El sonido era horrendo, increíblemente alto y ralentizado; parecía no acabarse nunca. El
cristo se retorció en su cruz de piedra y el marmol se rompió en las partes en que el mártir se intentaba
doblar. Aquello debió provocarle más dolor (si es que la figura de piedra sentía de verdad), ya que los

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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gritos se hicieron más estridentes. La risa del monje, en cambio, fue más macabra, más sádica, más
inhumana.

— ¡Sufre!— dijo el joven con una voz gutural.
Pentium empezó a notar otro efecto anormal: el tiempo. Era cinco veces más lento, se había
dilatado. Los sonidos se oían muy graves. Los celebrantes dirigieron sus miradas hacia arriba,
comenzando a percatarse del sacrilegio cometido. Tanto Jesús María como Pentium quisieron detener al
monje, pero sus cuerpos se movían en cámara lenta. Aquello les causó gran confusión. Sus pensamientos
se daban a velocidad “normal”, pero sus acciones precisaban transcurrir en ese tiempo dilatado. Cuando
iban a salir corriendo y observaron su lentitud, intentaron parar, agitar los brazos, mirar frenéticamente a
uno y otro lado, y parecía que las órdenes que emitían sus cerebros no se ejecutaban, pero sencillamente
no se daban tiempo.

Pronto, la estancia se llenó de gritos. La gente estaba horrorizada al ver al Jesús empalado y
agrietado. Los chillidos agudos reverbaron en las bóvedas y parecieron multiplicarse. Para los tres chicos,
escuchar esos sonidos (que perforaban los tímpanos) de forma tan prolongada y deformada pareció
volverles locos.

El joven huyó de la iglesia por donde había venido. Se movía más deprisa de lo que permitiría el
tiempo ralentizado, pero no tanto como para igualar a la velocidad normal. Jesús, Pentium y Adela vieron
que al desplazarse dejaba tras de sí un rastro de imágenes copias de él que iban desapareciendo, algo así
como si viesen cuatro o cinco fotogramas montados no encima de otro y fuesen eliminando el último para
poner uno nuevo. Pentium había visto ese efecto en algunos juegos de lucha, como los de la saga de
Street Fighter o Samurai Shodown. Lo denominaba “modo místico”. De un salto portentoso, el misterioso
hereje se plantó en la puerta y desapareció tras ella.
La velocidad del tiempo volvió a la normalidad. Hubo un instante en que los frenéticos
pensamientos de los chicos también aumentaron de velocidad. Para ellos fue como recibir una descarga
eléctrica en el cerebro. Cerraron los ojos y cuando los abrieron, contemplaron la caótica escena.
Respiraban entrecortadamente, víctimas del pequeño shock. Mientras, todo el mundo lanzaba chillidos al
aire. La gente por fin había reaccionado. Gritaban entre asustados e histéricos. Las señoras mayores se
santiguaban repetidas veces ante la nueva imagen que mostraba Jesús en su cruz, con la cara contraída en
un gesto de dolor y una lanza atravesando su costado izquierdo (por cierto, aunque los muchachos no se
habían dado cuenta en un , ahora era también de piedra). Se buscaba entre la multitud al culpable. Aunque
muchos le habían visto, nadie recordaba su cara. Se oían contínuas voces: “¡Afuera! ¡Se ha ido fuera!”
— ¡Vamos!— ordenó Jesús a Pentium— Afuera, hay que buscarle. ¡Adela, Pedro!¡Vamos a la

calle!

Salieron a la Plaza. Había bastante gente, tanto niños y jóvenes, como personas mayores y
abuelos. Paco rondaba por allí. Se acercó y preguntó con su eterno tono arrogante.
— ¿A quién buscas, payaso?
— Un monje.
— ¿Qué?
— Un tío rubio con hábito, gilipollas.— Jesús María estaba muy exaltado.— ¿No ha salido de la

iglesia hace un momento?

— Y a mí que me cuentas. ’Amos, ni que estuviese to’ el día pendiente de quién entra y quién

sale.

Pedro estaba francamente desconcertado. No entendía lo más mínimo lo que había pasado. Las
amigas de Adela salieron percipitadamente. Todas la interrogaron frenéticamente. Ella respondió con
evasivas mientras miraba a un lado y a otro buscando algún indicio de la dirección que había tomado el
chico.

La gente de la plaza ya se había percatado del caos que había en la iglesia y entraba impulsada
por una curiosidad salvaje, al tiempo que por cierto temor a lo que hubiese podido pasar. Pronto, la
entrada estaba totalmente colapsada. Dos policías que hacían la ronda en ese momento intervinieron sin
éxito para poner un poco de orden. Tuvieron que solicitar refuerzos.
— Larguémonos, aquí hay mucha gente.— instó Jesús.
Los tres chicos fueron calle arriba. Adela se separó de ellos y se fue con sus amigas.
— ¿Qué cojones ha pasado ahí dentro?— preguntó Pedro cuando ya se hubieron alejado.
— Un tío muy raro vestido de monje ha tirado una lanza y se ha clavado en el cristo de piedra.

—fue la explicación de Pentium.
— ¡Venga ya!
— ¡Lo has visto, Pedro! El cristo había cambiado de posición.

Alfredo M. Pacheco

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— Sí, es verdad… pero no recuerdo cómo. Me adormecí, y luego vi a un tío vestido de fraile…
estaba borroso, como si fuera un sueño… y cuando me dí cuenta, todo el mundo gritaba.
— Aquí pasa algo, y tenemos que averiguar qué es.— fue la conclusión de Jesús María.

Villanueva de los infantes; Miércoles 15 de Julio del año de nuestro enemigo Jesucristo 1998.

Estimado Señor Satanás:

Me hallo en el lugar escogido por vosotros para llevar a cabo tan especial misión que me habéis encargado.

Hace tres días, el pasado domingo, decidí mostrar mi tarjeta de presentación a los elegidos. Entré en la iglesia y

lancé una lanza a la imagen de Jesucristo que había en el presbiterio. Con ayuda de mis poderes malignos,

modifiqué la posición de la estatua. Los habitantes lo consideran un milagro, y los medios de comunicación modernos

han acudido a cubrir la noticia.

Mis nociones sobre la sociedad pre-apocalíptica son notables ahora que he pasado unos días para establecer

contacto. He reservado una habitacón en la Hospedería Real El Buscón de Quevedo bajo el nombre de

Ángel Berriartúa. Tengo amplios bienes gananciales depositados en una cuenta bancaria tal y como me dijisteis

que ocurriría. Permaneceré aquí hasta finales que la misión quede completada. Después regresaré a los avernos y

recuperaré furezas para el año próximo, cuando se ejecutará la segunda parte de vustro plan.

Os agradezco el aspecto físico del que me habéis provisto. Es a la vez angelical y aterrador. Retoqué mi

imagen en uno de esos locales para mejorar la estética del pelo, y compré vestuario elegante en diversas tiendas de los

pueblos cercanos.

Hay algo que me gustaría comunicaros antes de despedirme:

Cuando arrojé la lanza al costado de Cristo, todos los presentes estaban adormecidos y no notaron la

dilatación al tiempo que hice. Como tenía previsto, la chica y su novio fueron inmunes a la dilatación y vieron mi

sacrilegio. Pero hubo otro chico que también lo vio. De hecho, fue el que hizo reaccionar al elegido y evitar que

también quedase bajo los efectos de la hipnosis colectiva. Era un muchacho también de dieciocho años, gordo, pero de

gran inteligencia, según pude sentir. No creo que sea de importancia, pero es algo con lo que no contaba. Tal vez

pudiese ser el presagio de que vuestra misión puede tener más ostáculos de los previstos.

Sin más novedad que la presente se despide vuestro más leal siervo.

Aghro-Mayinis

En la fría habitación de la hospedería, el misterioso visitante registrado como Ángel Berriartúa
Domínguez permanecía en silencio, arrodillado en mitad de un círculo con una estrella de cinco puntas
inscrita en su interior. Dos velas le franqueaban, una blanca y otra negra. En realidad, podía añadir tantos
cirios negros como quisiese para iluminar la estancia según su conveniencia, pero en aquella ocasión
decidió emplear sólo lo imprescindible. Rezó una oración de invocación y permaneció con los ojos
cerrados. Cuando los abrió, la habitación había desaparecido. En su lugar se extendía un fondo de tonos
rojizos que cambiaban como si fuese fuego. Sólo se mantenía el pentáculo y las dos velas. Una figura
demoníaca se materializó ante él. Era roja, con musculosos brazos y piernas, argollas en tobillos y
muñecas, cuernos y rabo. Tenía tres cabezas, una humana, otra de sapo y la tercera de gato.
— A vuestras órdenes, Arimán.— dijo la cabeza humana.
— Bael, te he llamado para hacerle llegar esta misiva al Maligno. Entrégasela a Satán y
mándame su respuesta en el acto.— Ángel, con los ojos cerrados, en la habitación, quemó la carta en la
llama del cirio negro. Ésta apareció en las manos del demonio, ante la mirada del yo astral de Arimán.
— Lamento deciros, Arimán, que primero deberá pasar por manos de mi amo Lucífugo y luego
por los dos grandes señores, Astarot y Lucifer. Sólo entonces podrá llegar a manos de Satanás.
— ¡Esto es importate, monigote de feria! Dales una patada en el culo a tu amo y a los cabrones
de los grandes señores. Si en cinco minutos no estás de vuelta con la contestación del Gran Cabrón, me
personificaré en los infiernos para exterminar tu alma, aunque tenga que enfrentarme con todas tus
odiosas legiones.

Las tres cabezas de Bael soltaron un gruñido de resignación

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

27

— De acuerdo. Supongo que podré lograrlo tratándose de ti y tu misión. Pero ten cuidado:

Lucifer no se fía de ti.

Arimán permaneció concentrado hasta que llegó la respuesta que esperaba.
Bael se la entregó en la mano, un folio doblado en tres partes, lacrado con el sello del pentáculo.
Bael se fue y Arimán finalizó la invocación. Despertó de nuevo como Ángel Berriartúa en la habitación
de la hospedería. Apagó las dos velas y las guardó en un cajón. El pentáculo estaba hecho con tiza (las
habitaciones eran limpiadas cada mañana y no podía por tanto grabarlo en el suelo), con un trapo esparció
el polvo hasta que sólo quedaron manchas borrosas en el suelo. Una vez hecho todo eso, se tumbó en la
cama y leyó la respuesta de Satán escrita con tinta de sangre.

Mi querido amigo Aghro-Mayinis:
Disculpa esta nueva burocracia que he impuesto en los infiernos para hacerme llegar los
mensajes. La razón se debe a un asunto en parte relacionado con tu misión. Por supuesto, cuando
desees comunicarme algo, procede como lo has hecho hoy, no dejes que tus cartas pasen por las
manos de Astarot y Lucifer: ellos no saben nuestra misión, aunque creo que sospechan algo,
especialmente después del incidente del Domingo y de lo que pasó ayer. Pero vayamos por partes.
En primer lugar, tu profanación del templo cristiano me ha parecido algo perversamente
encantador. Confiaba en que no me defraudarías. Ahora tienes al pueblo con el miedo metido en el
cuerpo. Lo que debes hacer es encargarte de tu misión. No tengas prisas, hasta finales de Agosto no
deberás cumplir el objetivo fundamental, pero puedes ir allanando terreno.
Por lo que respecta a los tres muchachos, hay algo que debes saber. El elegido hizo ayer un
ritual de espiritismo. Poco a poco se van interesando por las misas negras. Aunque sabes que la ouija
es un juego de niños inofensivo, pasó algo inesperado. El chaval del que me hablaste tuvo tanta
fuerza mental que consiguieron atraer a un espíritu de fase veinte que estaba prisionero en una
cárcel de penumbra. Esto es más de lo que estoy acostumbrado a ver. Por desgracia, estos rituales
son realizados sin la seriedad que les corresponde, y se ejecutan con unas nociones básicas y en
muchos casos incorrectas. Ellos dejaron que el espíritu del demonio viajase a la tierra. Mañana,
busca al demonio y devuélvele a mis dominios. Yo seguiré atento a lo que hagan, y les concederé sus
deseos para que confíen en mí y en ti. Así la misión se completará con total éxito.
Casos como este están ocurriendo por todo el mundo. Se está empezando a generar una
psicosis colectiva sobre el fin del mundo que ocurrirá antes de acabar el milenio. Las misas negras
se suceden sin parar y todo el mundo quiere contactar conmigo o con Lucifer. Por eso tengo que
tener este control de correspondencia.
Eso es todo, mi fiel brazo ejecutor. Vigila a tus enemigos, tanto terrenales como espirituales.
Sin otro particular se despide el Principe de los Avernos y Señor de las Tinieblas.

SATANÁS.

Alfredo M. Pacheco

28

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

29

Capítulo IIIº:

El Inicio de la Cuenta Atrás.

inalizar el curso con buena nota era el objetivo prioritario para José María, conocido entre
sus amistades como Chema. Una vez que lo consiguió y aprobó la Selectividad con un
promedio bastante aceptable, se encontró con un lapso de tres meses antes de ir a la
universidad que se le estaba haciendo increiblemente largo. Después de dos meses
cargados de stress como fueron Mayo y Junio, en los que tuvo que preparar respectivamente los
exámenes finales de C.O.U. y los de Selectividad, el verano se le había aparecido como un paraíso de
inactividad en el que podría dejarse caer en la inopia para descansar del curso. Pero Chema necesitaba
mucha actividad intelectual. Si no, comenzaba a aburrirse. El estío comenzaba a hacerse tedioso. No le
importaba mucho el calor, lo aguantaba mejor que el frío, pero el hecho de pensar en que el día siguiente
sería igual que el posterior y así indefinidamente le hacía caer en un estado casi de locura. Para colmo, sus
amigos se habían ido de vacaciones y no tenía con quién compartir las eternas tardes y noches de verano.
Podría llamar a sus compañeros de clase, pero prefiría no hacerlo. En general, la mayoría eran buenos
chicos, sólo que con su clase de C.O.U. pasaba lo mismo que con la de tercero de B.U.P., y que con la de
segundo…: una panda de adolescentes que practicaban la religión de la apariencia y de la miseria
intelectual. Los logros de esa clase de chicos eran haber cogido una borrachera muy grande y haberse
ligado a muchas chicas (o chicos, las féminas no lucía una actitud mejor en aquellos aspectos). De vez en
cuando, se podía mantener una conversación semi-inteligente sobre cine o música. En esas ocasiones, las
actitudes siempre resultaban arquetípicas: los adoradores de bazofias cargadas de efectos especiales y los
intelectuales forofos de Amenábar y el cine de clásico (con Hitchcock en el número uno del ranking); o si
se entraba en el campo de la música, se encontraban a los que se dejaban guiar por la inercia de la moda y
sólo conocían las canciones que sonaban actualmente por la radio (en esas fechas significaba la temida
“canción del verano”) o los más radicales, que escuchaban grupos tan chungos como Héroes del Silencio
o Metállica en su nueva época con cambio de imagen. En general, toda esa conformidad con los gustos
mayoritarios se trasladaba a cualquier tema de diálogo, y Chema tenía auténtica aversión a las mayorías.
Eso no significaba que no las siguiese de vez en cuando, pero si lo hacía, no era por el mero hecho de que
fuese lo predominante (más bien era un aspecto en contra), sino porque él estaba de acuerdo.
Por eso, Chema deseaba que llegase el próximo fin de semana. Era día diecisiete de Julio, y el
veinticuatro se marcharía al pueblo natal de sus padres: Villanueva de los Infantes. Abandonaría la
ciudad-dormitorio donde residía y estudiaba para encontrarse con sus amigos. No eran los mismos que los
de Leganés, con los que tenía una relación casi de hermandad, pero eran igual de buenos o incluso
mejores. En las ciudades había de todo, y encontrar alternativas a la vida rutinaria, hipócrita y
estereotipada del adolescente era cosa fácil si uno se lo proponía. Allí, en Infantes, era más difícil, así que
encontrar a un amigo como Jesús María, un auténtico amante del heavy metal en lugar de la música
comercial, o como Pentium, alguien que dominaba la informática sin que ello significase conocer los
juegos más recientes, era algo que se apreciaba realmente. Pero de momento, a Chema le quedaba una
semana de estancia en Leganés.

Era Viernes por la mañana y Chema salió a comprar el periódico en un quiosco cercano a la
estación de Zarzaquemada. Después, se dio un paseo de veinte minutos hasta el centro comercial para
pasar el rato. Por el camino, hojeó las noticias más importantes.

Nuevo bombardeo a Irak por parte de Estados Unidos

La tensión entre Clinton y el resto de países miembros de la O.N.U.
aumenta. España declaró su desacuerdo con la actitud
norteamericana

F

Alfredo M. Pacheco

30

WASHINGTON.— El presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, decidió ayer lanzar un nuevo ataque a Irak. La
ciudad de Bagdag se está viendo seriamente afectada por los daños materiales y humanos que ha causado el bombardeo.
Las vías de comunicación han quedado inutilizadas en su mayoría, y se espera la pronta rendición del líder Sadam
Husein. Sin embargo, no acaba aquí el conflicto. La actitud ostentosa que ha exhibido el presidente Clinton al lanzar este
ataque sin dar previamente un ultimátum a las fuerzas iraquíes ha desatado una amplia polémica en la Organización de
Naciones Unidas. Aznar declaró ayer en una rueda de prensa su desacuerdo con el conflicto, sumándose al bando
liderado por Francia y su presidente Jacques Chirac.

Pags 16 y 17. Editorial en pág. 3

La noticia llamó la atención de Chema. El ataque anterior había sido hacía escasos días, y no
esperaba un segundo bombardeo. En su opinión, los norteamericanos (los bastardos yankis, como los
llamaba él) necesitaban una guerra en la que fuesen atacados directamente, y sufrir ellos los horrores de
las bombas. Después de una buena derrota, se tragarían gran parte de su orgullo. Lo peor era que al ser la
primera potencia económica, política y militar no era bueno hacerles frente abiertamente. Echó un vistazo
al interior del periódico para profundizar en la noticia. El bando de naciones que se oponían a la decisión
de Clinton en pro de una solución diplomática iba en aumento. Francia estaba a la cabeza, secundada por
Inglaterra, Alemania, Rusia y otras naciones, a la que se le unía ahora España. A Chema le resultó casi
divertido. Parecían un puñado de niños pequeños haciéndole frente tímidamente a una persona mayor, y a
los que se les van uniendo los más débiles ahora que cuentan con la unión como única fuerza.
En la última página, Umbral poniendo el dedo en la llaga sobre el tema en su habitual columna.
Por lo que respectaba al resto, nada especialmente interesante, salvo en las páginas de sociedad. Una secta
anunciaba el inicio del fin del mundo para Junio del 99. Lo más gracioso, a juicio de Chema, era que una
de las señales que anunciaban tan funesto destino era el suceso ocurrido en Infantes el fin de semana
anterior. Nadie sabía cómo, pero el Cristo de la Iglesia había aparecido de repente con una lanza de piedra
clavada en su costado, como si fuese parte de la estatua. Al parecer, la muchedumbre había entrado en
una especie de hipnosis colectiva en mitad de una misa y al salir de la estupefacción, observaron el
cambio en el crucificado. La semana próxima, Chema podría hablar con sus amigos para ver qué había
sucedido realmente.

En una maniobra arriesgada, el motorista pasó por la línea contínua de la carretera, de sólo dos
carriles, esquivando hábilmente dos coches que venían en ambos sentidos y se encontraban en ese preciso
momento. Aún así, su implacable perseguidor, agente de la ley, le seguía a unos diez metros de distancia.
En pocos segundos, ambas motos corrían parejas cambiando de carril contínuamente. El motorista
fugitivo golpeó con un bate de baseball repetidamente al policía, pero éste aún aguantaba. La
maniobrabilidad se hacía difícil con una mano, y en una curva, se acercó peligrosamente a la cuneta.
Rozó con la valla de protección, y entonces, cuando con un golpe más arrojaría al policía al suelo, se
estrelló contra una señal de tráfico. La caída fue espectacular y aparatosa. Mientras el motorista yacía en
el suelo, otros corredores de la carrera ilegal le adelantaron. La moto de policía paró a su lado, y los
gráficos de la pantalla se hicieron más pequeños como en un efecto de zoom que se aleja.
Chema soltó un taco. El ordenador comenzó a leer el compac disc y mostró un vídeo de la
detención del jugador. Más suerte la próxima vez. Decidió que por hoy ya había tenido suficientes
emociones y salió del juego. El monitor volvió a mostrar el entorno de Windows 95. Se agachó y pulsó el
botón

para

que

la

unidad

de
CD-ROM expulsase la bandeja con el compacto. Entonces, el procesador empezó a leer frenéticamente el
disco duro. A Chema no le llamó la atención. Había veces que se ponía a leer unos segundos, debido a
que usaba memoria virtual. Cuando volvió a colocarse erguido, vio que la pantalla estaba totalmente
negra, y el disco duro leía sin parar. Aquello ya era más sospechoso. No podía ser el protector de pantalla:
no había pasado suficiente tiempo.
—¡No me jodas que ahora voy a tener un virus!— masculló en voz no muy alta.
Tras alrededor de medio minuto leyendo, en el monitor apareció un dibujo. Era sencillo. Trazos
simples, colores rellenando los huecos, sin sombras ni tonalidades, como los dibujos de un niño pequeño.
Parecía tratarse de un logotipo.

Quince estrellas, cinco amarillas y diez azules, formaban un círculo algo irregular. Parecían
agruparse en grupos de tres y cuatro, una estrella grande, otra más pequeña, y otra aún más pequeña… y
de nuevo otra estrella grande. Las estrellas amarillas no parecían obedecer a ningún criterio… no eran ni
las más grandes ni las más pequeñas, aunque siempre había dos azules entre ellas… Detrás del círculo,
una cruz formada por una pluma y un lápiz… una cruz que parecía la del Anticristo.
Debajo, lo que parecía un slogan:

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

31

F.E.U.N.E.
(Federación Española para la Unión de Naciones Europeas)
<>
<>

¿Qué demonios era aquello?¿Una broma?¿Un virus? No entendía nada. Aquella imagen no podía
salir de la nada y plantarse en la pantalla por las buenas. No tenía internet, por lo que debía haberse
colado a través de un disquette o un CD. Hacía tiempo que no cambiaba ninguna de las dos cosas con sus
amigos, ya que se habían ido de vacaciones. ¿Entonces qué era? ¿Magia? Pulsó la tecla Impr Pant para
mandar la imagen a la memoria. Movió el ratón y pulsó después algunas teclas, pero la imagen no
desapareció. No podía apagar el ordenador, pues perdería la imagen alamacenada en el portapapeles, y
quería llevársela a Pentium para ver si él sabía cómo podía haberse colocado allí; además, pulsar el
interruptor de encendido y apagado para desconectar el ordenador no era la forma ortodoxa desde que
tenía Windows 95: el endemoniado sistema operativo tenía que encargarse él mismo de cerrar el cistema,
y si no, cuando se volvía a encender el ordenador, había que cargar en modo a prueba de fallos o la carga
se interrumpía para efectuar un scandisk, aunque a decir verdad, el ordenador no sufría ningún daño
grave.

El ordenador volvió a leer la unidad C y el anagrama comenzó a transformarse mediante un
proceso de morphing. La pluma y la espada dieron lugar, como había intuido Chema, a una cruz invertida,
con el brazo de arriba afilado como si fuese una daga. Las estrellas se transformaron en un círculo de
color metálico con una estrella de cinco puntas (Ahora, Chema vio el porqué de las estrellas amarillas:
eran los vértices de aquella nueva.) inscrita en su interior. En esta ocasión, la estrella tenía una punta
hacia abajo y dos hacia arriba, tal y como el satanismo lo prefería. En esa posición, atraía las influencias
astrales maléficas. Por otro lado, las dos puntas hacia arriba se relacionaba con los cuernos del macho
cabrío, representación por autonomasia de Satán, mientras que una sola punta hacia arriba se relacionaba
con la unificación de poderes en una única entidad: Dios. Si Chema no recordaba mal, la posición normal
(la que simbolizaba a Dios) significaba Teurgia, y la invertida, Goecia. El mensaje que había en el
anterior dibujo había desaparecido, pero apareció otro lema mucho más siniestro, que rezaba:

SATANÁS
<>

<>

Después de eso, la imagen desapareció y el sistema volvió a la normalidad. Chema fue al editor
de imágenes de Windows y recuperó el recorte del portapapeles. Eliminó el fondo negro, lo guardó en un
archivo y sacó la imagen por la impresora. Antes de apagar el ordenador, movió el archivo a un disquette
en lugar de dejarlo en el disco duro. Sintió como si hubiese capturado a un pequeño demonio. Marcó el
disco con una X a lápiz y lo dejó en un cajón, junto con otros tantos. No le gustaba el asunto, pero por
alguna razón, intuía que sus amigos de Infantes le aclararían algunas cosas. Jesús María (a Chema le
resultaba un nombre extraño, pero en esa región era bastante popular) tenía mejores nociones que él de
satanismo, o al menos, nociones más certeras que sus vagos datos.

Como el Viernes anterior, Chema compró El Mundo por la mañana. La crisir de Irak se
acentuaba y la tensión en la O.N.U. se hacía palpable. Volvió a su casa para terminar de hacer su maleta.
Estaba casi todo: ropa, libros, cintas de música (algunas apartadas para poder oírlas durante el viaje en
autobús), y el disco con la fatal imagen. La copia impresa iba en una carpeta donde tenía algunas de las
historias que escribía (a sus amigos les gustaba leerlas), notas para futuras historias, y dibujos, además de
varios folios blancos. Repasó a fondo una lista y comprobó que estaba todo en la maleta, o preparado si se
trataba de algo que debía coger justo antes de salir. Hizo memoria por si se le ocurría algo que podía
hacerle falta. De todas formas, sus padres vendrían un par de fines de semana después, y a mediados de
agosto se quedarían toda la quincena restante hasta finalizada la feria.
Viendo que todo estaba a punto, Chema leyó el periódico. Una noticia casi le causó un infarto.
Se acababa de legalizar un nuevo partido conocido como la FEUNE (Federación Española para la
Unión de Naciones Europeas). Al parecer, abogaban por la unión no sólo económica sino política y
centralizada de Europa. Estaba liderado por un tal Fernando Luengo, concejal del ayuntamiento un pueblo
de Castilla y León. Era un partido fuertemente apoyado por los intelectuales (según explicaba el
periódico), y que prometía plantear conceptos totalmente innovadores durante la siguiente temporada
política. Aunque conscientes de que el verano no era buen momento para campañas ni promociones,

Alfredo M. Pacheco

32

dejarían el mes de agosto para ir tomando contacto con el público a través de una serie de mítines
alrededor de toda España, ir adquiriendo miembros y presentar listas de candidatos a ayuntamientos y
autonomías. El candidato a las próximas elecciones generales sería su líder. Por último, se preveía la
aparición de diversas federaciones equivalentes en el resto de países europeos. El periódico incluía una
foto de su principal figura, un hombre de treinta y tantos, muy elegante, bastante atractivo y en apariencia
simpático. Añadía el logotipo del partido: la pluma y el lápiz cruzados y el círculo de estrellas.
¿Acaso la gente era ciega? Se preguntó Chema. ¿No se veía bastante clara una cruz invertida en
el lápiz y la pluma, ni los vértices del pentáculo en el círculo de estrellas?
Antes de la hora de comer, mientras su padre veía las noticias por televisión, Chema le comentó

el asunto.

— ¿Cuánto se tarda en legalizar un partido político?
— No sé, Chema. ¿Por qué me lo preguntas?
— Por ése que ha salido nuevo. No sé… pensé que eso se sabría antes de que se inaugurase, que
en la tele dijesen que se estaba preparando… cosas de esas.
— Ah, entiendo. Sí la verdad es que parece que ha salido de la nada. No hay ningún político
conocido, sólo concejales de ayuntamiento. De todas formas, me parece a mí que a esos no les van a votar
muchos.

La conversación finalizó ahí. Por supuesto, no dijo nada del incidente de la semana anterior.
Comió y pasó parte de la tarde leyendo y oyendo música. A las seis, se preparó y cerró la maleta. Tenía el
billete en la cartera. Aguantó las sempiternas recomendaciones de última hora que le hizo su madre, y por
fin partió.

El coche estaba en el taller, por lo que tendría que coger el tren para ir a Méndez Álvaro y allí
dirigirse a la estación Sur de Autobuses. Chema insistió en que no era necesario que sus padres le
acompañasen, ya que había hecho el viaje otras veces. El autobús de la compañía La Sepulvedana tenía
anunciada su salida a las siete menos cuarto, llegando allí entre las nueve y media y las diez. En realidad,
el viaje en coche a Infantes desde Leganés no llevaba mucho más de dos horas, pero al salir desde la
capital, tener y que hacer varias paradas, y el mero hecho de que un autocar no corría tanto, producía ese
retraso.

Así que, tras conocer lo que debía y no debía hacer al llegar a casa, el dinero del que dispondría,
la fecha en la que llegarían sus padres, el cuidado que debía tener, y esa serie de cosas, se despidió
definitivamente de sus padres y se fue a la estación de trenes de cercanías de Zarzaquemada, a unos
cuantos metros de su casa. Eran las seis y cuarto. Tardaría unos veinte minutos en llegar allí. Pasaría unos
minutos en la estación y más de dos horas en el autobús. Y cuando llegase, se ducharía y saldría a dar una
vuelta con sus amigos.

A las siete, estaba sentado al junto al cristal en el autocar. Cogió el walkman y una de sus cintas,
en la cual tenía grabado el American Prayer de Jim Morrison. Lo escuchó mientras miraba por la ventana
la carretera y los coches pasar.
Is everybody in? preguntó Morrison con voz reverbante.
Is everybody in? insistió elevando la entonación de la pregunta.
Is everybody in? la tercera vez sonaba casi a afirmación, por lo que concluyó:
The ceremony is about to begin. Y tras esto, Morrison estalló para pronunciar las siguientes

frases.

WAKE UP!
You can’t remember where it was
Has this dream stopped?
Después de la introducción, se iniciaron los primeros compases de Ghost Song. Chema los
escuchó mientras se dirigía tras un aburrido mes de Julio por fin al pueblo. Por alguna razón, sentía que
iba a ser un verano especial allí. Quizá porque el año era especial, pues acabó el instituto y comenzaría la
universidad.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Capítulo IVº:

Poder en Manos Inexpertas.

amón, (es decir, Pentium) permanecía sentado en la terraza del bar junto con sus dos
amigos Jesús María y Pedro. Eran poco más de las diez. Llevaban un buen rato
contemplando sus respectivas jarras de cerveza, jarras pequeñas, de veintitrés centímetros
cúbicos, que salían bastante económicas (ciento veinticinco pesetas, al menos hasta que el
Euro erradicase la vigente unidad monetaria). Por alguna razón, ninguno hablaba, aunque todos tenían en
la mente el mismo tema para conversar. Pero una vez que había pasado la mañana y la intensidad del
instante, el hecho resultaba lejano e incluso irreal. El resto del pueblo no cesaba de comentarlo, y las
posibles versiones sobre lo que había pasado se contan por decenas, a cual más disparatadas. Infantes era
así, los rumores se extendían y se propagaban como un virus terriblemente infeccioso. En la gran mayoría
de los casos, las versiones distorsionadas, exageradas y modificadas por el interés del comunicante se
afianzaban en la creencia general más que la versión cierta. Había que tener bastante cuidado, cualquier
acto (o presunto acto) moral o políticamente incorrecto (robar algo, ser especialmente dado a la bebida, ir
a sitios indebidos…) se iba marcando a fuego en la reputación del sujeto, igual que se hacen las muescas
en un revólver. Cuando había alguna discusión, esas muescas resurgían a la luz todas a la vez, igual que
viejas heridas vuelven a doler de súbito.
Claro que aquella situación era distinta. El fenómeno en sí era imposible que hubiese sucedido, y
todos, estando allí, lo habían visto y al mismo tiempo no se habían dado cuenta. Obviamente, por la tarde,
los asistentes a la misa de las doce empezaban a “recuperar” la memoria. Todos querían creer recordar la
misteriosa figura embozada que entró en la iglesia y arrojó la lanza. Pero nadie sabía que la lanza era de
madera y se recubrió de mármol cuando se clavó en la imagen, nadie sabía que el chico que la arrojó tenía
unos veinte años, el pelo rubio y los ojos grises, nadie salvo Adela, Pentium y Jesús.
— ¿Lo que pasó esta mañana fue como lo contáis?— fue Pedro el que rompió el silencio.
— Sí— dijo Jesús.— El tiempo se hizo más lento, nosotros pensábamos, ordenábamos a nuestros
músculos moverse, pero nuestros cuerpos tenían la velocidad física que se había creado en la iglesia, tan
lenta… y claro, nos pusimos nerviosos y quisimos hacer treinta mil cosas: correr, gritar, todo.
Jesús María continuó explicando a Pedro cómo sus cuerpos se bloquearon ante un torrente tal de
pensamientos, y cómo sus pensamientos aumentaron de velocidad cuando el tiempo volvió a comprimirse
para hacerse normal, y la especie de descarga eléctrica que sintieron. Cuando señaló lo extraña que le
pareció la trayectoria de la lanza, Pentium aclaró el asunto (dijo que aumentó de velocidad según
avanzaba). Comentaron después que era posible que el pueblo recibiese la visita de algún programa
basura para hacer un reportaje, alguno de fenómenos paranormales o tal vez uno de esos informativos que
constaban sólo de reportajes.

— ¿Recordáis el pasado Martes, cuando estuvimos hablando en mi casa sobre qué hacer durante

el verano?

— Sí, fue el día que planteamos todas las historias de misas negras y espiritismo— respondió

Pentium

— Bueno, creo que después de lo que ha pasado esta mañana, tal vez deberíamos probar.
— ¿Tú crees? Esas cosas suenan un poco a fraude, a juego de niños.
— Tal vez, pero dime ¿lo de esta mañana ha sido un juego de niños? Tú lo has visto, Pentium.
Yo ya vi a ese cabrón ayer por la noche, y estaba hablando con Adela. Ese tío, si es que es una persona,
está aquí por algo. Tiene que estarlo por cojones.— se exaltó Jesús— ¿Y si está implicada Adela?¿Y si lo
estamos nosotros? Ella, tú y yo le vimos. Tal vez fue él el que lo permitió. Joder, aquí se cuece algo raro.
— Estoy contigo, Jesús.— dijo Pedro con voz apagada— Esto parece la boca del infierno, lo que
decían en la serie esa del Canal + que echaron en Navidades.
— ¿La de Buffy, la cazavampiros?— dijo Pentium
— Sí, esa.— los otros dejaron escapar una risa— Sé que suena estúpido, pero es lo que me ha
parecido. Puede que el tío ese sea un vampiro, o un demonio, qué se yo.
— ¿Un vampiro en una iglesia?— reflexionó Jesús María— me extraña, pero es posible, aunque
era mediodía. Le preguntaremos a Chema cuando venga, él sabe de eso mazo. Lo de un demonio… sí, por
qué no.

— ¿Cuándo venía Chema?— quiso saber Pentium
— Dentro de un par de fines de semana, creo. Tal vez para entonces sepamos lo que pasa aquí.
Acabaron sus respectivas cervezas. Pagaron y abandonaron la terraza. Antes de pasar al siguiente
chiringuito, se alejaron hacia la zona de los jardines. Era un intermedio entre el paseo pavimentado y la
parte de los bares. Consistía en un área abierta sin arbustos ni nada, sólo la incómoda tierra típica del

R

Alfredo M. Pacheco

34

Paseo y un par de quioscos de helados. Se podía ir desde allí a sendas carreteras laterales. Durante la feria
levantaban un escenario para que actuasen los grupos típicos, justo delante de la ermita. Ésta estaba más
visitada de lo habitual. Las abuelas se arrodillaban en los bancos y rezaban fervorosamente para que el
sacrilegio de la mañana no precediese al apocalipsis. Jesús María pensó por un momento que si pudiese,
Quevedo levantaría la cabeza de la fosa donde rescansaban sus restos y echaría a todas las viejas para
poder descansar en paz.

En una de las tapias bajas (la misma altura que cualquier banco) que cercaban los jardines
estaban sentadas Adela y sus amigas. Ellos se acecaron y la pareja de novios se saludó con un beso de
cortesía en la boca. Pedro se fijó en Verónica, quien ignoró la llegada del grupo y continuó hablando con
sus amigas. Él quería decirle algo, pero no veía el momento, necesitana estar a solas con ella y había
instante en que se despegase de sus compañeras.
— Oye, vente un momento, que quiero comentarte algo.— dijo Jesús María a Adela.
Se separaron del grupo de chicas. Jesús se llevó a sus dos amigos, ya que sabía que las chicas no
les aguantaban y además quería hablar con los tres a la vez. Cuando se habían alejado cierta distancia, él
le expuso sin tapujos lo que tenía pensado hacer. Ella escuchó atenta y comprensivamente. Después miró
a los otros dos chicos.

— ¿Tú quieres hacer espiritismo, Pedro?— preguntó ella con amabilidad.
— Sí.— respondió él sin más.
— ¿Pero en serio? Estas cosas, si las hago, que no sean a broma.
— Yo estoy con Jesús María. Sabes que estas cosas me gustan y también me las tomo en serio.
— ¿Y tú, Pentium?— dirigió una mirada hacia el chico.
— Si es en serio…
— Me gustaría que nos ayudases. Tú eres muy listo, tienes una concentración muy alta, y eso es

bueno.

Jesús María confirmó la sentencia de Adela. Ella sonrió y Pentium devolvió el gesto con toda la
simpatía que pudo. Tanto a Pedro como a Ramón les resultaba muy agradable la presencia de Adela, tan
seria y bella, y a la vez tan inteligente y simpática.
— Entonces estamos todos de acuerdo.— dijo ella. Parecía haberle robado a Jesús la iniciativa
de hacer una sesión de espiritismo.— ¿Qué necesitamos?
— Una tabla de cartón. La haremos de tamaño A3, y yo dibujaré el tablero en un pliego. Luego
se lo pegaremos encima.— explicó Jesús.
— ¿Hay que quemar la ouija cuando acabemos, no es así?— se cercioró ella.
— Sí. Yo, al menos, es lo que tengo entendido.
— ¿Y qué vas a dibujar en el tablero?— siguió preguntando ella.
— Pues… no estoy muy seguro del dibujo que necesita. Lo de siempre, supongo: las letras del
abece-dario, los números del cero al nueve, las palabras SÍ y NO, y algunos círculos con estrellas de cinco
puntas.

Los cuatro chicos discutieron pacíficamente sobre el diseño exacto del tablero. Sobre la tierra
dibujaron un boceto esquemático indicando dónde iría cada elemento. Decidieron también, usar un
tablero de madera en lugar de cartón, ya que este material presentaba a menudo irregularidades en la
superficie que impedirían un correcto deslizamiento de la moneda o vaso sobre el dibujo. Quedaba el
tema del objeto a utilizar para desplazarlo por la ouija. Con la implantación definitiva de las nuevas
monedas, cuyo valor era proporcional al diámetro, necesitarían al menos una de cien pesetas (antes, las de
cinco duros eran las mejores, pero sólo quedaban las del agujero). La moneda de doscientas era bastante
gruesa, y una de quinientas era excesivo, puesto que la moneda debía enterrarse al finalizar la sesión. No
encontraron otro objeto adecuado, así que al final decidieron la moneda de doscientas.
— Diez duros cada uno y ponemos una de doscientas.— concluyó Jesús.— Con una de veinte
duros se da muy mal poner los dedos todos a la vez. Y además, según lo que pongamos, así nos saldrá el
espíritu.

Repartieron el resto del trabajo. Jesús haría el dibujo junto con Pentium, que le ayudaría a
dibujar los pentáculos (Jesús María ya no se acordaba de cómo hacer una estrella de cinco puntas regular
con compás y regla, Pentium había dado dibujo técnico ese año, por lo que sí sabía). Pedro se ajenciaría
una tabla de madera de las dimensiones del pliego y algo de cola para pegar el papel. Ella ayudaría con la
rotulación y el diseño de las letras.

Volvieron con las otras chicas. Adela susurró algo al oído de Jesús María que el resto no pudo
entender. El hizo un gesto de afirmación. Adela dijo que iba a comprar algo, y pidió a Verónica que la
acompañase. Jesús María, poco después, dijo que los tres se iban al bar a tomar un mini. A medio camino
dijo:

— Bueno, Pedro, a ti te molaba la Vero,¿no?
— Sí, pero…

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

35

— Nada, nada. Ven pa’cá.— Fueron a una zona poco apartaba, donde aguardaban Adela y
Verónica.— Ahí la tienes. Habla con ella.
— Joder, macho, no sé que decirle.
— Como dicen en las series, sé tu mismo. Y si no, improvisa, coño, como si jugases al rol.— dio
un empujón a Pedro, que avanzó unos pasos torpemente. Adela se marchó; quedaron los dos solos.

Pedro regresó unos veinte minutos más tarde. Jesús y Pentium consumían la bebida, y le
ofrecieron un trago al llegar. Pedro bebió sin decir una palabra, con el gesto serio.
— Por lo que veo no te ha ido bien.— dijo Jesús
— No, no me ha ido bien. Me voy a casa.
— ¡Venga ya, no me jodas! Dime qué te ha dicho.
— Nada, a mí nada.— Pedro dejó el mini sobre la barra y se marchó.
— Espera aquí, Pentium, voy a ver lo que le pasa. ¡Ah! Y no te acabes el mini, que todavía

queda medio.

— No prometo nada— fue la respuesta de Pentium con una sonrisa de triunfo.
Jesús María corrió hasta alcanzar a su amigo. Le paró y le instó a que contase lo que había
pasado en esos veinte minutos. Tras responder con evasivas, Pedro por fin aceptó contar la verdad:

— Hola, Vero.— dijo Pedro con timidez. Miró a un lado y otro con la esperanza de encontrar a
Jesús o a Adela, pero ya se habían marchado.— Bueno, verás…— no sabía cómo decírselo.— En fin, era
solamente decirte que…
— ¿El qué?— apremió ella.
— Bueno, pues… pues que me caes y muy bien y… y me gustas. Sólo eso. Si quieres salir

conmigo…

— No, lo siento.— se adelantó ella. Dudó un poco para explicar la razón— No sé, aquí ya sabes
que se sabe todo… y a mis padres… ya sabes.
— Sí, lo entiendo— dijo bajando la cabeza.— No te preocupes, gracias de todas formas.
Ella esbozó media sonrisa dando a entender un hipócrita “lo siento, otra vez será”. Él se alejó
para volver a encontrarse con sus amigos. Antes de volver a zambullirse en el mar de gentío y bullicio,
notó que Adela volvía a aparecer en escena. Se detuvo, retrocedió sigilosamente y se pegó al seto como
una lapa, hundiendo las ramas y ocultándose, concentrando su oído en las dos muchachas.
— …¿Y cómo es que le has dicho que no?
— ¡Anda ya! El Pedro es gilipollas. Un niñato que está todo el día pendiente de tu novio, y como
es su amigo se cree muy macho, oyendo
heavy y leyendo to’as las tonterías esas del satanismo.
— Luego no es mala persona, seguro que os hacíais buenos amigos
— Es tonto, Adela, es tonto. A mí todos los tíos esos que se las dan de listos porque no son como
los demás me caen muy mal, y ya está (…)
Pedro ya había oído suficiente, volvió a caminar hacia el bar, sin poder retener una lágrima,
que resbaló pesadamente hasta la barbilla. Se secó y fue al encuentro de Jesús y Pentium.

— Así que es eso. No le hagas caso, yo ya te dije que esa tía era gilipollas.
— ¡Sí, pero a mí me gustaba! Tú lo tienes muy fácil, porque ya tienes novia.
— ¿Y qué? ¿Tenemos que tener novia todos? Mira Pentium, está gordo y todos se metían con él,
y las tías ni le pueden ver. ¿Tú has oído que a alguna le guste?
— No, pero…
— Pues ya está. Y sin embargo, mírale, con dos cojones y una beca para irse a Madrid.
— Sí, pero es porque tiene un coeficiente de ciento treinta y tres.— replicó Pedro.
— Si se fuese todos los días de cachondeo y estuviese enchocha’o con alguna, el C.O.U. se le

habría ido a tomar por culo.
Pedro se rindió y guardó silencio.
— De todas formas, déjame irme a casa. No tengo ganas de quedarme.
Jesús María le concedió su petición y regresó con Pentium para comprobar que el muy ruin había

acabado con el mini.

Un Martes por la noche, en un rincón oscuro a las afueras del Paseo, donde hubiera aparecido
días ha el misterioso chico que atravesó a Cristo con su lanza, los cuatro jóvenes se reunieron con
doscientas pesetas y una improvisada tabla de ouija. La única iluminación eran las ventanas de las casas
al otro lado de la carretera y los faros de los coches que pasaban ocasionalmente. Aún así, tenían la
luminosidad necesaria para realizar la sesión. La zona estaba provista de mesas de piedra para poder ser
usadas de día. Allí colocaron la lámina de madera con el pliego pegado a ella. El trabajo era pulcro, sin

Alfredo M. Pacheco

36

gotazos de cola ni superficies arrugadas. En el papel estaban escritas las veintisiete letras del abecedario
(omitieron la ch y la ll). Se alineaban en la parte superior formando dos arcos rebajados, uno con catorce
letras (de la A a la N) y otro con trece (de la Ñ a la Z). En el centro, calculado con exacritud mediante las
dos diagonales, se veía el pentáculo con la estrella invertida, de cinco centímetros de radio. La misma
figura se repetía en las esquinas con un radio menor. A los lados, las palabras SÍ y NO. Bajo el pentáculo,
los números del cero al nueve formando una curva hacia arriba, y por último las palabras HOLA y ADIÓS.
Fue idea de Pentium añadir una interrogación entre ambos vocablos, como complemento del SÍ y el NO,
puesto que un espíritu no era una computadora, que funcionaba a base de ceros y unos, sino que era algo
complejo que admitiría el elemento duda. Todo ello rotulado con tinta negra por la mano hábil y precisa
de Adela, y supervisado por el ojo crítico de Jesús María. A los chicos les daba lástima tener que
quemarlo tras la sesión.

Estaba todo preparado para empezar. Habían comprobado antes de llegar que tenían todos los
elementos necesarios: la moneda, un mechero y papel para hacer una pequeña hoguera. No faltaba nada.
Antes de comenzar, Jesús María pidió que si alguien tenía miedo o recelo de hacer espiritismo, o bien si
no se lo tomaba en serio, abandonase al grupo. No quería risas una vez comenzada la sesión. Dicho
aquello, colocaron la moneda en el centro de la ouija. Colocaron todos el dedo índice de la mano derecha
el el borde, sin presionar ni empujar, según las instrucciones de Jesús. Pidió concentración y esperó unos
segundos, casi un minuto. En el fondo, les estaba probando. Eran esos los momentos en que se dejaban
escapar risas y chistes. Viendo que se mantenía la seriedad, comenzó una improvisada oración
introductoria.

— Espíritus del más alla.— musitó— Queremos hablar con vosotros. Por favor, si alguno está

allí, danos una señal.

La situación podría ser tomada perfectamente a broma. Pentium esbozó media sonrisa, aunque
sin intención de mofa, y Pedro contuvo la risa, que asomó involuntariamente; después, su cara se volvió
de nuevo seria. Adela, en cambio, permaneció con la mirada fija en la moneda, concentrando toda su
atención. Jesús comprobó que ya estaban todos concentrados. La invocación sólo fallaría si alguien o algo
les distraía desde el exterior.

— Espíritus del más allá.— repitió con voz monocorde— Queremos hablar con vosotros. Si

estáis ahí, hacednos una señal.
Otra pausa.
Silencio.
No había respuesta alguna.
— Espíritus del más allá.
La oración fue repetida varias veces, con una pausa entre una y otra. Jesús variaba ligeramente

las palabras cada vez.

— Seguid concentrados todo lo que podáis, chicos.— murmuró con voz apagada.— Imaginaos
que la moneda es un portal al otro mundo, un túnel de luz. El espíritu tiene que acudir a él.
Adela, con los ojos cerrados, pronunciaba una y otra vez la frase en su mente, moviendo los
labios sin emitir ningún sonido. Pentium veía superpuesta una imagen mental: una realidad virtual en la
que el espíritu acudía como un torrente de información a la realidad mundana a través del módem
simbólico en forma de moneda. Pedro no sabía muy bien en qué pensar. Simplemente dejó su mente en
blanco mientras miraba la moneda. Jesús pidió de nuevo la llegada de los espíritus.

¿Qué es esa luz que diviso al fondo de mi eterna oscuridad? ¡Por fin! Una vía de escape. Tras
permanecer una eternidad castigado a la contínua penitencia en la penumbra, voy a tener una alternativa.
Trataré de escapar, de abrirme paso al otro lado. Es el día rompiendo la noche. Es la luz, la chispa de la
vida.

¡Mierda!
Este puto túnel es muy estrecho para mi alma. Puedo oíros, hijos de puta, concentraos más.

— Si estás ahí, por favor, mueve la moneda fuera del círculo.— repitió una vez más Jesús.

Imbéciles, no puedo mover la moneda desde aquí. En fin, si necesitáis una señal, tomad una
señal. Desde aquí puedo introducir el brazo a través de la luz y golpear una mínima parte del mundo
corpóreo. Con suerte, moveré la moneda, pero si no os concentráis mejor no podré salir. Todo esto me
pasa por acudir a las llamadas de unos espiritistas aficionados.
Allá va.

La moneda dio un pequeño respingo y se desplazó ligeramente.
— Chicos, la habéis movido vosotros, ¿verdad?— preguntó Pedro con voz nerviosa.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

37

Nadie le respondió. Al ver una respuesta aumentaron al máximo su concentración. Pedro supo
por sus expresiones que nadie había hecho trampa. Fuera lo que fuese, algo había movido la moneda. Se
unió a sus compañeros y elevó su concentración cuanto pudo. Los resultados se mostraron pronto.

¡Señor Satanás! ¿Cómo es posible esto? La luz ahora me rodea, ha aumentado. Su concentración
es excelente, salvo en uno de los cuatro focos. Ahora sí que puedo divertirme. En fin, lo primero será
saludar. Es tedioso hablar a través de la moneda, pero qué remedio.

La moneda se deplazó lenta y uniformemente por el papel hasta alcanzar la palabra HOLA.
— Bien, ya lo tenemos. Ahora seguid concentrados, yo haré las preguntas.— dijo Jesús María a
sus compañeros.— Por favor, espíritu, indícanos tu fase.
Pedro mantuvo el dedo índice en la moneda, que se dirigió hacia los números ornamentados.
Notaba como si estuviese empujando la moneda y a la vez la moneda tirase de su dedo. Tal vez era un
movimiento inconsciente de la mano, que al dejarse muerta se movía involuntariamente. La cuestión era
¿las cuatro manos se dormían a la vez y movían la moneda en la misma dirección? No lo creía posible.
Tampoco pensaba que Jesús o Adela, o incluso el propio Pentium estuviesen moviendo la moneda. Lo
sabía con extraña certeza. Si alguien la moviese él lo notaría. Siguió concentrado mientras se movía la
moneda. Se posó en el número 2, y después retrocedió al 0. Después, volvió al centro de la ouija.
— Es de fase veinte— explico Jesús—. Eso significa que es un espíritu maligno.
Hubo cierto temor en los otros.
— No os asustéis. Simplemente seguid con la sesión. Sólo espero que no se empecine en
quedarse. —dirigió su concentración a la moneda— ¿Cómo te llamas, espíritu?
La moneda bajó lentamente a la interrogación. Parecía que no entendía la pregunta, o bien que

no tenía nombre.

—¿Tienes algún nombre?— replanteó la pregunta Jesús. La moneda se desplazó de nuevo.
NO.
Jesús se dirigió a sus compañeros.
— ¿Queréis hacerle alguna pregunta?
— Yo sí— dijo Pentium—. Espíritu, hace dos días ocurrió un hecho sobrenatural en una iglesia.

¿Sabes lo que pasó?
SI.
— ¿Puedes decirnos quién lo hizo?
La moneda se desplazaba con más destreza, relativamente rápido. Avanzó hacia las filas de letras
góticas y se fue posando en cada una de ellas formando un mensaje.
MUCHA INFORMACIÓN.
Aquello debía ser algo importante. Jesús rogó al espíritu que respondiese a la pregunta. La
moneda poco a poco fue desplazándose hacia la letra A.
Pasó a la R.
Después, la I.
La M.
Otra vez la A.
Por último, la N.
— Arimán.— leyó Jesús.— Creo que sé quién es, pero tengo que estar seguro. ¿Qué os parece si

lo dejamos aquí?

Los otros chicos estuvieron de acuerdo. Sólo esperaban que el espíritu quisiese irse también.
— Si quieres irte, ve a la palabra ADIÓS y después da tres vueltas al pentáculo.
Así lo hizo. Primero visitó la palabra, y después rodeó el pentáculo. Las tres vueltas fueron en
realidad una espiral que terminó justo en el centro del tablero.
Jesús dio la vuelta a la moneda.

¿Qué has hecho, maldito aficionado? La luz me envuelve, me atrapa. Estoy cegado. ¡Ah, no
puedo ver! Vas a transportarme a tu mundo, y allí no tengo poder. ¡Me las pagarás, maldita sea!
Empiezo a caer. Me precipito por el habismo al mundo terreno. Es vertiginoso, terrorífico.
Alcanzó velocidades vertiginosas. En mitad de la claridad empiezo a ver un veteado marrón claro
pasando vertiginosamente a mi lado. Cada vez se hace más intenso. ¡Oh, no quiero pensar en lo peor! Eso
no, eso no…

¡Aaaaaaaaaah!

— Ahora tenemos que enterrar la moneda y quemar la ouija.
Hicieron un hoyo poco profundo y enterraron la moneda.

Alfredo M. Pacheco

38

Acto seguido, quemaron varios papeles y comenzaron a prender el tablero.

¡Maldita sea! He quedado atrapado entre la madera. Me han enviado al tablero, y aquí pasaré el
resto de la eternidad. Antes, en la oscuridad, al menos tenía libertad de movimiento. Ahora he quedado
inmovilizado entre un entramado de partículas color marrón con aspecto de celulosa petrificada.
Un momento. Percibo calor, cada vez más intenso. Están quemando el tablero. Es mi
oportunidad de salir de aquí. Concentraré mi poder para servirme del fuego como liberardor.

La ouija, tras unos segundos de combustión dificultosa y con mucho humo, ardió de repente en
una gran llamarada. Jesús la soltó entre sorprendido y enfadado dejando escapar un taco. El tablero quedó
reducido a cenizas en un tiempo récord.
— Bueno, creo que ya está.— concluyó Jesús.— Vayámonos a dar una vuelta.
Se aseguraron de no dejar en el lugar indicios de su presencia y volvieron junto a la civilización.
Nadie mencionó el tema. Todos quedaron callados pensando en lo que habían visto.

¿Dónde demonios estoy ahora? Os puedo ver, aficionados de pacotilla, pero hay algo que falla.
Los humanos no son de color azulado. Por alguna maldita razón, veo los colores invertidos, como en los
negativos de una película fotográfica. Esta nueva panorámica es realmente paranoica. Y eso no es bueno
para un demonio asesino como yo. Os he intentado tocar, pero os traspaso. Sea lo que sea, averiguaré lo
que habéis hecho de mí.

Nos volveremos a ver las caras, maldito.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Capítulo Vº:

Un Alma por Otra.

n mitad de la oscuridad, en mitad de una calle onírica pero real como la vida misma, unos
pies descalzos pisan con sonido apagado el pavimento irregular de alquitrán. Minúsculas
gotitas de sangre brotan de las plantas laceradas por las piedrecitas de la calzada. Aún así,
siguen corriendo, siguen sufriendo una improvisada penitencia de nazareno en una
procesión… pero no es Semana Santa. Las piernas suplican descanso, los pulmones, arden al recibir el
aire fresco de la noche, el corazón se debate por conseguir espacio en la caja torática con bruscos
espasmos que repercuten en el resto del pecho. Detrás de la pobre víctima, el verdugo la sigue con una
maléfica sonrisa. Observa con divertimento el maratoniano esfuerzo que realiza. Es una muerte roja, pero
sin máscara.

El Paseo de la Constitución. Los pies suben los pequeños escalones de la entrada y continúan los
últimos metros de carrera. La persona, una chica de quince años, cae de rodillas, al borde del
desfallecimiento, junto a la fuente ahora apagada. Respira profunda y rápidamente, intentando
recuperarse. Tras el agotador esfuerzo anaeróbico, ahora no puede recuperar energía para reanudar la
huida. Mira con ojos muy abiertos a su perseguidor, y una nueva emoción se abre paso entre el pánico que
ha bloqueado su mente. Se da cuenta de que es el fin, de que no tiene salida, y espera lo peor.
No puede evitar derramar una lágrima.

La noche del Jueves, Virginia regresó a su casa con una sonrisa romántica dibujada en su cara de
pan. Volvía a las doce y media del Paseo. Siempre iba allí por las noches, igual que el resto de los chicos
del pueblo. La gente se reunía y charlaba, cada cual con sus amigos. Su casa estaba cerca del
polideportivo Fernando Luna, al final de una agotadora cuesta, y a unos veinte minutos a paso lento desde
el Paseo.

Cenó y vio un poco la televisión. Sus padres se fueron a la cama y ella hizo lo mismo, no sin
antes escribir unos párrafos en su diario.

Jueves 16 de Julio.
Esta noche he estado en el Paseo, con mis amigas. Estoy muy feliz porque durante un
buen rato he estado charlando con él. Es muy simpático, y es uno de los pocos chicos de este
pueblo que no huye de mí por estar gorda. Me ha tratado bien, sin importarle el físico y me ha
escuchado de verdad. Me pregunto si tengo una pequeña posibilidad de gustarle yo a él, pero
creo que no. Sólo somos amigos, nada más. Además, ya tiene novia, y les gusta a muchas
chicas. Aunque quién sabe, tal vez pueda ocurrir un milagro. No sé si se hará realidad, pero no
pierdo la esperanza, me queda mucho por vivir.

Decidió concluir así. Al día siguiente, cuando pudiese ordenar todos sus pensamientos y sus
sentimientos que se agolpaban en su cabeza y su corazón, escribiría con más detalle, más ordenadamente
y con las palabras adecuadas.

Y así, emocionada y contenta, se acostó. Pasó un buen rato pensando en lo ocurrido esa noche, y
dando vueltas de un lado a otro de la cama. El agravante del calor hacía aún más costoso poder conciliar
el sueño. Tras el periodo de vigilia quedó profundamente dormida.
Despertó de nuevo, soñolienta y como en mitad de un sueño. Seguía en su cama. Con intención
de volver a dormirse, se tumbó sobre el costado derecho. Entonces, algo tiró de la sábana, echada de mala
manera sobre su cuerpo. No le dio importancia. Un segundo tirón la alertó. Fue consciente de que había
algo o alguien en su habitación. El primer asomo de miedo se hizo presente. ¿Miedo a qué? Posiblemente
era sólo el miedo a pensar que había algo allí, en aquella oscuridad. Se dio la vuelta para encender la luz
de la lámpara de noche.

Se encontró con una gruesa y fuerte mano.
El grito no tardó en escaparse por su garganta. Había tocado una mano. Era robusta, de piel tersa
que no parecía humana. Había alguien allí y no podía ni siquiera encender la luz para verle. Tenía que
pensar rápido. Conocía su habitación palmo a palmo. Se incorporó y se acercó a los pies de la cama, con
la intención de bajar por allí. Respiraba jadeando, nerviosa, casi al borde de un infarto. Caminó a tientas
hacia la puerta, pero se topó con el intruso. Gritando de nuevo, ahora más fuerte y más asustada,
retrocedió unos pasos. Tropezó y perdió el equilibrio. Cayó aparatosamente al suelo, donde se quedó
sentada, y encogiéndose en una posición casi fetal comenzó a llorar con miedo e histeria.
La luz se encendió. Virginia cesó el llanto, todavía con la cabeza hundida en su regazo. Miró
hacia la puerta con miedo, despacio, esperando ver a su madre allí y comprobar que había sido todo una
pesadilla.

E

Alfredo M. Pacheco

40

En su lugar, había un demonio.
Una bestia roja, de forma humana y dos metros de altura. Se apoyaba sobre la punta de los pies,
como un animal ungulado. En ellos había un dedo en la parte posterior a modo de espolón de gallo. Las
piernas eran dos robustas columnas que ascendían recargadas de músculos hasta el torso, hinchado como
el de un culturista. Virginia vio la mano que antes había tocado en la oscuridad. Una mano grande,
robusta, pero en la que resaltaban unos portentosos nudillos y una maraña de venas y nervaduras. Los
dedos, sin uñas, remataban en forma afilada. Antes de que Virginia pudiese seguir observando, el
demonio saltó y apareció en la cama, agachado como un animal de presa, con la cara a escasos
centímetros de la suya.

— Corre, gorda.— dijo con voz gutural.
Ella, gritando de nuevo, se levantó y salió de la habitación.
Una desesperada huida en la oscuridad hacia todos los rincones de la casa. Una desesperada
huida mental para escapar del miedo, pero allí donde iba, el miedo la encontraba. Virginia se sobresaltaba
una y otra vez al encontrarse con su predador en su carrera ciega. Y tuvo miedo, más que nada, porque
nadie se despertó para ver qué pasaba, nadie encendió una luz para guiarla. Sufrió el desesperante terror
de la ceguera.

El demonio la persiguió hasta conseguir que saliese de la casa. Por fin, ella pudo ver. Desde allí,
la carrera hacia la plaza, y después por la Calle Cervantes hasta llegar a la fuente del Paseo. Virginia
intentó recomponer en su mente la faz roja y sobrenatural que había visto. Era un rostro anguloso,
huesudo, robusto, en la misma línea que el resto del cuerpo. ¿Tenía cuernos, como solían ser
representados los demonios? No estaba segura. Estuvo tan cerca de él que no pudo observar toda la
cabeza, sólo un primer plano de película que reflejaba los rasgos significativos de la faz.
Su huida acabó en la fuente apagada del Paseo de la Constitución.

Y allí estaba el demonio rojo, tan típico de los relieves románicos esculpidos bajo el pantocrátor
de los tímpanos de las iglesias. Ella aún jadeaba para recuperar el aliento. Tal vez, sólo tal vez, tuviese
tiempo de recuperarse y reanudar la huida. ¿Pero a dónde? Si continuaba esa dirección se internaría en
una de las dos carreteras. Podría incluso ir hacia el santuario de la Virgen de la Antigua, a cinco
kilómetros de allí. ¿Tan lejos? No. No podría aguantar tanta distancia a ese ritmo, porque ella…
Ella era sólo una gorda incapaz de correr como todo el mundo.
Vio la cruel verdad por primera vez. Admitió que si había llegado allí, a la fuente, era porque el
demonio la había dejado. Se había estado riendo de ella, como todo el pueblo. Todos se reían de la gorda.
Y no tenía motivo para autoconvencerse de lo contrario. Los chicos de su clase no se molestaban en
insultarla en voz baja a sus espaldas, no eran tan ruines (al menos tenían un aspecto algo positivo). Ellos
la llamaban vaca, foca, y cualquier otra cosa en su cara, con crueldad inhumana, como si creyeran que no
tuviese dignidad y no sufriese por los agravios. Aún peor, encontraban divertido hacerla llorar. ¿Qué clase
de personas eran? Eran aún peores que el demonio que la perseguían. No pudo evitar llorar
abundantemente.

Miró hacia arriba y encontró a su preseguidor ante ella. Aquella perspectiva infundía un cierto
respeto. El demonio contempló su cara hinchada por el llanto con morbosa sonrisa. “Sí. Tiene cuernos”,
observó ella. Por un momento pensó que debería haber aguantado hasta llegar a la capilla, que sólo estaba
a unos metros de la fuente. Puede que allí habría conseguido un refugio seguro, en la casa de Dios. Aún
así, dudaba que el demonio la hubiera permitido llegar.
La mano firme del diablo agarró su cabeza y la levantó con brusca suavidad. La levantó hasta
que sus miradas se cruzaron a la misma altura. Y mientras la sostenía en vilo, le anunció metafóricamente
que el momento de su muerte había llegado.
— Tus pulmones deben estar ardiendo. Refréscalos un poco con agua.
La bajó y acercó hasta poner su cara a escasos centímetros del agua. El muy cabrón había
adivinado uno de sus grandes temores. Detestaba que la hundiesen. Cuando lo hacían en la piscina, se
asustaba, creyendo que no podría aguantar el tiempo suficiente y que empezaría a tragar agua y a
ahogarse. Pero antes de hundirla, le dijo algo que la atemorizó aún más.
— No temas por hundirte… Todos flotan.

It.

Esa espantosa película que tanto odiaba. El payaso Pennywise y su voz gutural, su risa macabra,
antes de matar a sus víctimas. Le daba mucho miedo, y el demonio también lo sabía. Recurriendo al
chiste fácil, el diablo iba a matarla atacando todos sus miedos. Era espantoso.
Mientras pensaba aquello, fue hundida en el agua sin previo aviso. Tragó algo de líquido y tosió
un poco. Oyó la risa diabólica del demonio fuera del agua, y oyó también la risa igual de macabra del
payaso dentro de la fuente. Incluso con los ojos cerrados, podía ver la cara blanca y los mechones naranja,
y las manos estrangulándola, arañándola… matándola.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

41

— ¡Muere, gorda!— gritó complacido el demonio.
Ella empezó a tragar agua. Era una sensación agonizante. Mientras veía pasar una síntesis de su
vida y sus pensamientos, Virginia se debatió con todas sus fuerzas. Se golpeó los brazos y las piernas con
el pavimento y la fuente. Se estaba muriendo. Estaba siendo asesinada. Pensar eso le hacía tragar aún más
agua. Comenzaron las toses desesperadas y los gritos ahogados de socorro.
Lo peor para Virginia no fue la muerte: fue la forma de morir.
Igual que un cocodrilo, el demonio soltó a su víctima cuando dejó de patalear y cuando las
burbujas del agua cesaron de aparecer. Soltó a continuación una estruendosa carcajada de satisfacción que
retumbó en las paredes del pueblo muerto. Pero algo hizo que dejase de reir. Unos tintes rojos mancharon
el agua de la fuente. Sacó a Virginia del agua y vio un profundo corte en la garganta. ¿Quién lo había
hecho? Fue él quien empezó a tener miedo entonces. Soltó al cadáver y éste cayó en la posición en que
había muerto. Miró hacia abajo y vio un reguero de sangre esparcirse por el suelo.
Él no había dejado caer ninguna gota de sangre en el suelo. Todo había ido a parar al agua de la

fuente.

Un humano se aterrorizaría por aquella irracionalidad, pero no un demonio. Era otra cosa la que

temía.

Antes de darse cuenta, el reguero formó en torno a él un círculo, e inscrito en la circunferencia,
una estrella de cinco puntas. La sangre se movió con vida propia. Formó el signo y no dejó rastro de su
posición anterior. Era como si no hubiese caído al suelo, sino que alguien hubiese pintado el pentáculo
directamente. Ahora no podía moverse. No podía escapar del círculo. Alguien le había tendido una
emboscada. ¿Pero quién? ¿Sería el mismo que le invocó y le trajo al mundo terrenal? ¿Era ese, era el
elegido?

— ¡Sal de dónde estés, hijo de puta!— gritó exasperado.
La orden fue cumplida.
Del agua de la fuente emergió la figura de un joven de unos veinte años, de pelo rubio y ojos
grises. Una robusta mandíbula y una nariz recta daban aspecto anguloso al rostro. El diablo reconoció al
ser sobrenatural que se escondía tras el disfraz de mortal.
— ¡Arimán!— exclamo aterrado.
— Dos días.— dijo Arimán mientras salía de la fuente. Estaba impecablemente seco.— Dos días
en el mundo terrenal y ya has matado a una persona. Y eso, teniendo en cuenta que sólo podías actuar a
través de los sueños. Me he pasado todo el día indagando, buscando la puerta que te había traído aquí. He
gastado mucha energía para seguirte el rastro, y he convertido un crimen perfecto en un acto de
aficionados al tener que pintar el puto pentagrama para aprisionarte. Ahora, el elegido va a tener
problemas. Este es un pueblo pequeño: los rumores no tardarán en apuntarle como culpable. Y todo por tu
culpa.

Sacó una moneda plateada con algunos restos de tierra. Eran las doscientas pesetas que habían
usado los cuatro chicos para la invocación.
— Doscientas miserables pesetas. Por ese precio ridículo te has vendido.—continuó mientras

caminaba alrededor del círculo.

— ¡No es mi culpa! No tenían ni puta idea, entiendes. ¡El elegido no tiene ni puta idea de
invocaciones…!— un fuerte golpe de Arimán cortó su exasperada disculpa.
—¡Cállate!— vociferó— Aún así te trajeron aquí. Ya ves que no tienen experiencia, pero sí

poder.

— Fue gracias al otro— murmuró el demonio dejando caer un hilillo de sangre.
— ¿Qué?
— El otro chico, el gordo. Tenía igual o más poder que tu elegido. ¿No será que él es el Otro?
Siempre son dos los elegidos: uno lo decide Satán, y otro lo escoge Dios. Y esta vez… ja, ja, ja… joder,
esta sí que es buena: los muy gilipollas han escogido a dos amigos. Uno es el mejor amigo del otro— le
poseyó una risa irracional, cada vez más fuerte— creo que nuestro amo y el viejo de arriba están
empezando a chochear— más carcajadas— Sus enfrentamientos son cada vez más patéticos— las últimas
palabras se ahogaron en la demoníaca risa.
— ¿Qué te parece si se lo dices a Satán en persona?
— ¡Oh, claro, Arimán! Para eso estás aquí, para mandarme de vuelta al infierno. Eres su bracito
derecho ¿verdad, Arimán? Apuesto que tú tienes que fecundar a esa putilla que estaba en la invocación.
Satán te ha escogido a ti y no a Lucifer para la gran misión. Cuando se lo diga, se va a cabrear contigo, te
lo aseguro. ¡Lucifer te va a dar por el culo, cabronazo!— más risas. El tono de voz era realmente
istriónico.

Arimán estalló en cólera. No sólo le había ofendido, sino que tenía razón. Lucifer aún esperaba
ingenuo que le encargasen la gran misión que llevaba esperando dos mil años para vengarse de Jesucristo

Alfredo M. Pacheco

42

y de su padre. Si se enteraba y venía a la tierra, podía haber serios problemas. Lo mejor era, pues, no
enviar a aquel demonio al infierno… pero por supuesto, tampoco le esperaban las puertas del paraíso.
Se había ganado el peor de los castigos.
— ¡In nomine dei nostri Satanas Luciferi excelsi! Yo, Arimán, principio del mal, ejecutor de las
órdenes de Satán, invoco los poderes del señor absoluto de los avernos. — la improvisada oración de
Arimán aterrorizó al demonio, quien a pesar de todo no cesó su carcajada— Tengo en mi poder la puerta
que te trajo a este mundo, tu vínculo con el más allá, el cordón umbilical que te suministra la vida. Yo
romperé esa puerta y tu alma perecerá. Dame ese poder por el bien de la gran misión, oh, Satanás.
¡Destruye esta miserable alma!

Arimán lanzó un alarido de poder y la moneda resplandeció. La rompió en dos pedazos y en ese
instante, un haz de luz se abrió paso a través de la piel del diablo, y lo dividió también en dos. Segundos
después, no había nada. Ni sangre, ni restos. Simplemente desapareció, sin dejar de reír ni de gritar.

El timbre del teléfono despertó a Pentium. Un rato después, su madre abrió la puerta de su

habitación.

— Ramón, es para ti. Es Jesús María.
¿Acaso no dormía ese condenado? Eran las diez en punto. Ellos habían quedado a las once y
media para ir al mercadillo que se ponía todos los viernes en el pueblo. Se levantó, salió al salón y cogió
el auricular.

— No hemos quedado hasta las once y media, déjame dormir en paz.
— Pentium, se han cargado a una piva.
— ¿Qué?
— Llama a Pedro y estaros en la plaza en un cuarto de hora. ¿Te dará tiempo?
— Sí, creo que sí.
— Vale, nos vemos.— y colgó.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Capítulo VIº:

Verdades a Medias.

esde primera hora de la mañana de aquel viernes día diecisiete, el pueblo se hallaba
conmovido por la incomparable tragedia de la muerte de la chica de quince años recién
cumplidos. Como ocurría siempre cuando moría una persona, especialmente si era joven,
la conciencia colectiva del pueblo borró de sí cualquier defecto que pudiese tener aquella
persona, y se autoengañaba intentando dejar en el recuerdo a un modelo de conducta ejemplar, casi con la
categoría de mártir o incluso de santo. Y así ocurría con Virginia. Haciendo honor a su nombre, la chica
había muerto sin conocer varón. Más que eso: Virginia era lo que la juventud denominaba “pura”.
Ninguna cita con un chico; ningún rollo de una noche de esos que si te he visto no me acuerdo (aunque
aquello era difícil en un pueblo tan relativamente pequeño); en definitiva, ningún tipo de relación
sentimental, nada. Ella había muerto con el sentimiento del amor inmaculado en su obeso corazón,
propenso más de lo normal al infarto por el nivel algo alto de colesterol.
Durante el día, las mismas madres que habían mirado con asco a Virginia, que se sentirían
avergonzadas si tuviesen que críar a un ser tan desagradable físicamente (al menos ante sus ojos), que
cuestionaban la educación que recibía de su familia (por permitir que engordase tanto), y que
inmediatamente después exponían las virtudes de sus hijos, lloraban amargamente la pérdida de una
persona tan humilde, tan estudiosa y tan buena. Se encomendaban a Dios por su alma y daban gracias por
tener a sus hijos vivos, sanos y salvos, quizá con razón, pues Virginia había muerto asesinada.
Por supuesto, aquella hipocresía tan típica del catolicismo provocaba náuseas a Jesús María. Para
él, Virginia seguía siendo, aún muerta, lo que había sido en vida: una gorda, una inmunda foca con un
complejo tan grande como su culo. No tuvo compasión por ella ni por su alma. Su muerte le produjo
indiferencia. Era en parte por la aversión a ese estereotipo perfecto de la chica que empezaba a surgir en
el pueblo.

Pentium tuvo que esperar para que Jesús María le contase lo que en realidad estaba pasando. Lo
único que sabía era la noticia de la muerte de una joven. Cuando llegó a la plaza, Jesús ya estaba allí, y
casi al mismo tiempo llegó Pedro. Subieron la calle mayor. Pasaron Santo Domingo y entraron en el
Paseo.

— ¿Quién ha sido?— quiso saber Pentium.
— Virgina. Tenía quince años. La conocíamos los tres: era esa gorda de la que se rieron hace un

par de semanas.

— ¿La que se cayó en un charco de bruces porque vio a alguien y corrió a saludarle?— preguntó

Pedro.

— Esa. La muy torpe, en cuanto dio dos pasos, se tropezó ella sola y acabó de mierda hasta las

orejas.

— Ya sé quién es.— concluyó Pentium.
En esos instantes llegaron a las inmediaciones de la fuente. La zona estaba acordonada con la
típica cinta de plástico. Habían retirado el cadáver y vaciado la fuente. Aún se veían algunos restos de
color rojo en el interior de la misma. A unos metros, la circunferencia con la estrella de cinco puntas
inscrita. Tenía alrededor de un metro de diámetro, y una punta apuntaba a ellos y dos a la fuente.
La zona estaba especialmente concurrido para ser un viernes por la mañana. Salvo por la noche,
el Paseo no era lugar frecuente en el que estar (los viernes, además, la gente solía ir al mercadillo).
Muchos niños se escabullían por los setos de los jardines laterales e intentaban aproximarse por detrás o
por un lateral para ver mejor la escena. Dos miembros de la policía local mantenían más o menos a
distancia al interminable desfile de curiosos e instaban a los niños a desistir de sus incansables pesquisas.
Había también un equipo de televisión de Antena 3. El reportero intentaba hablar con alguno de los
policías, en vano. Ante la mirada curiosa de los chicos, el cámara y el entrevistador se acercaron a ellos.
— ¿Sabéis lo que ocurrió aquí anoche?
— Sí— respondió Jesús— que me fui de putas y me encotre con tu madre.
El reportero bajó el micrófono, llamó “niñato cabrón” a Jesús María y se fue con el cámara en
busca de más testimonios. Los chicos se alejaron de la zona. Ya habían visto cuanto podían.
—Esto no no estaba así cuando lo he encontrado.— dijo Jesús María a sus amigos.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto?— inquirió Petium. Le fascinaba la capacidad de su amigo
para madrugar por naturaleza. Él, en cambio, era bastante perezoso y no se levantaba antes de las once si
no era con un despertador y para una causa justificada.
— Bueno, más o menos…

D

Alfredo M. Pacheco

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Más o menos eran las siete de la mañana. A Jesús le gustaba ver el amanecer, esa hora mágica
donde el manto de la noche se retiraba para dejar una sábana azul en el cielo. Renacía un mundo de
tonos fríos y aplastados, sin sombras ni volúmenes. Las primeras luces entraron por la ventana y le
despertaron. Se vistió, cogió la bici y se fue, aún sin desayunar.
El sol todavía no había aparecido tras el horizonte. Si se daba prisa, podría verlo salir desde
algún sitio donde los edificios no tapasen la vista. Decidió que un buen sitio era la Cruz del Siglo. Era
una cruz levantada a las afueras del pueblo, en la carretera hacia Almedina. Formaba además una
bifurcación, igual que el paseo, de la que partía la carretera hacia el santuario de la Virgen de la
Antigua, la patrona del pueblo. El terrerno era elevado, y la vista consistía en una extensión plana de
campo, una era. En Castilla-La Mancha no había un paisaje muy espectacular, al menos en aquella
zona. N i bosque ni montaña, sólo llanura y campo.
Pues bien, cuando llegaba al paseo adviritió la presencia en la fuente de algunos policías y
varias viejas en torno a la fuente central. Algo sucedía. No era de su incumbencia, y no le gustaba ser un
pasante igual que el resto del pueblo, pero algo le decía que se trataba de algo gordo. Cuando iba a
adentrarse en la carretera, advirtió de reojo la cinta acordonando la zona.
Frenó.
Bajó de la bicicleta y se adentró en el Paseo por un lado llevando la bici por el manillar (no
estaba permitido circular con ella por el Paseo). Allí, inerte, con el torso sumergido en agua, estaba el
cadáver de una chica en camisón. Los pies estaban hinchados y llenos de pequeñas heridas que habían
dejado de sangrar. El agua de la fuente estaba teñida de rojo. Cuando la sacaron para meterla en una
bolsa, pudo ver un corte profundo en su garganta. En ese instante, un policía le dijo que no debía estar
allí.

— Hay algo que no entiendo.— dijo Pentium. Caminaban en dirección al mercadillo, casi en la

otra punta del pueblo.

— ¿El qué?— preguntó Jesús María.
— Bueno… aparte de que no entiendo cómo puedes levantarte a las siete de la mañana… hay
algo que no me encaja. Verás, tú dices que Virginia tenía un corte en la garganta, y el pentáculo estaba
hecho con sangre.

— ¿Qué es lo que insinúas?
— Vamos a suponer que el corte se lo hicieron para dibujar el pentáculo. A lo mejor la mataron
así y la dejaron tirada en la fuente, o a lo mejor la ahogaron primero y luego hicieron la pintada de marras.
No lo sé y no es lo que me interesa. Lo que yo me pregunto es: ¿y el resto de la sangre?
Jesús María hizo un gesto con las manos para indicarle que expusiese sus pesquisas.
— Si a alguien le cortan la garganta, sangra como un puto cerdo. En cambio no había sangre en
los alrededores. Ni en la fuente ni en el suelo. Sólo la pintada. Si le han cortado el cuello, la sangre
saltaría no solo al suelo, sino que se derramaría por la garganta y por el camisón. ¿Viste manchas de
sangre?

— No, creo recordar que no.
— Crees recordar. Bien, tomaré eso como un no definitivo.
— Se le borrarían al estar sumergidas en agua— sugirió Pedro.
— La sangre no se borra así como así, y menos de los tejidos. Creedme, lo sé por experiencia.
— Otra cosa.— añadió Jesús María.— Cuando levantaron el cadáver, echó mucho agua por la
garganta. También por la boca, pero menos. Con el corte no llegaba.
— Te refieres a que esa agua venía de los pulmones. O sea, que había muerto ahogada.
— Exacto.
— Tenemos un asesino muy peculiar, amigos.
En esos momentos, llegaron al mercadillo. Era bastante pequeño. Un par de puestos con las
mercancías de costumbre. No había nada interesante. Después de un par de vueltas, abandonaron el lugar.
Se dirigieron a la plaza. Eran más de las once para entonces.
— Creo que es el momento de ponernos filosóficos.— Pentium iba a continuar con su

razonamiento.

— ¿Pretendes que me ponga a recordar la puñetera metafísica?— a Jesús María no le gustaba el
razonamiento de Aristóteles ni de Santo Tomás.
— Es sólo un pequeño ejercicio de teleología. ‘Amos, que tenemos que pensar una causa y un fin
de este precioso incidente. ¿Para qué se quiere un pentagrama?
— Es el símbolo por excelencia de la magia. Se usa para invocaciones y esas cosas.
— ¿Crees que los que lo hicieron querían invocar a alguien o a algo?
— Has presupuesto demasiado pronto que son varios.
— No os pongáis pedantes— Pedro amenizó la seriedad de la situación.

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La ascensión del caído.

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— Una invocación necesitará varios miembros— supuso Pentium.— Además, para conseguir
mantener a esa piva sumergida habría que tener mucha fuerza.
— Bueno, tal vez. De todas formas, lo habrían hecho en algún otro lugar, más escondidos. Le
habrían quitado la sangre y la habrían ofrecido en sacrificio. ¡Yo qué sé!
En ese momento, Pedro encontró más enigmas.
— ¡Un momento! Se nos olvida lo fundamental.
Hubo miradas extrañadas.
— Virginia estaba en camisón, y según tú, seguramente estuvo corriendo descalza un buen rato,
por las heridas. En pocas palabras, que algo la ha hecho venir desde su casa hasta el Paseo.
— Espera, ¿dónde vivía?
— Por la piscina— aclaró Jesús.
— Bien, bien. Se nos acumulan demasiadas cosas. Creo que deberíamos hacer lo siguiente:
dejamos el tema y lo pensamos a la hora de la comida, y esta tarde ponemos en común nuestras
conclusiones, así tendremos algo que hacer.
— Suena a trabajo de ética.— comentó Pedro.
— Sí, tienes razón, pero ¿tienes algo mejor?
— No, por mí vale.
— Vale. Hagamos repaso de las piezas del rompecabezas. Primero, cómo y por qué llegó
Virginia de su casa a la fuente. Segundo, la forma exacta en qué murió y se pintó el pentáculo. Y por
último, para qué coño lo querían y por qué se cargaron precisamente a ella.

A las siete de la tarde, después de un acalorado debate en casa de Jesús María sobre un crimen
sin sentido, comenzaron a sentarse las primeras conclusiones sobre el misterioso asesinato de Virginia.
Según se habían enterado durante la mañana, ella había abandonado la casa por su propio pie.
Esto es, que nadie había entrado para llevársela. La puerta había sido abierta desde dentro, sin ningún
signo de haber sido forzada desde fuera. Las fuentes de información eran los rumores que siempre
cundían en aquellos casos, pero tras un trabajo de comprobación y comparación de versiones, la fiabilidad
de éstos parecía alta. Descartaron la posibilidad de un caso de sonambulismo, de que hubiese salido
dorminda de la casa (y una vez fuera, hubiese sido raptada). En primer lugar porque intuían que si
Virginia hubiese sido sonámbula, ya se habría comentado en el pueblo y ellos lo sabrían; en segundo,
porque los dormitorios suelen estar en las plantas altas y sería muy dificil descender las escaleras y
recorrer media casa sin sufrir algún percance (aunque esto último era una suposición de sentido común,
pues ninguno sabía sobre el tema): Virginia se habría despertado, se habría puesto a gritar histérica, como
lo hacían los sonámbulos al despertar bruscamente, y todo habría acabado allí. Por tanto, algo o alguien
había inducido a salir a Virginia de la casa.
Tenida por segura la muerte por asfixia bajo el agua, el tema del corte en la garganta supuso la
mayor parte de la discusión. Se plantearon soluciones, como por ejemplo, que hubiese sido efectuado bajo
el agua y el pentáculo se hubiese dibujado con otra sangre o con pintura roja. Curiosamente, pese a ser la
ecuación más lógica, a tenor de las circustancias, resultaba a la vez la más incoherente. Pentium había
insinuado con su primera pregunta aquella mañana que el caso bien podría estar relacionado con el
incidente del domingo anterior o con la sesión de espiritismo del martes. Así que les vino a la memoria el
nombre de Arimán. Jesús María había encontrado ese nombre en su libro sobre misas negras. Era una
deidad persa, cuyo nombre originario era Aghro-Mayinis, y era principio del mal. Por el contrario,
Onomazes constituía el principio del bien. Con todo, seguía siendo un dios, sólo que convertido en
demonio por el cristianismo, como tantos otros. Los antiguos judíos, por contacto con la anterior cultura,
también lo tenían por principio del mal en forma de serpiente, señor de las tinieblas, la muerte y la
destrucción. En este caso, el principio del bien se llamaba Ahura-Mazda, el dios del fuego, la luz y la
vida.

Así, pues, presuponiendo la intervención de Arimán en el asunto, intentaron reconstruir el
crimen. Uno de los detalles que les llamó la atención era que nadie, absolutamente nadie, había visto ni
oído nada durante aquella noche, cuando muchas casas tenían ventanas desde la que se podía observar la
escena del crimen. Era mucha coincidencia con la aparición en público del demonio en mitad de la
iglesia. Le atribuyeron el asesinato inmediatamente a Arimán y supusieron que pintó el pentagrama con la
sangre de Virginia utilizando métodos sobrenaturales. Aquello no estaba sujeto a la lógica, así que todo
valía. Sólo quedaba por resolver esa teleología aristotélica que, según las especulaciones de Pentium,
regía aquel acto atroz.

— ¿Creéis que lo ha hecho por dejar una firma?— Pedro inició la tertulia sobre la cuestión.
— Está demasiado cuidado para ser una firma.— dijo Pentium— Además, la firma ya la dejó la

otra vez, en la iglesia.

Alfredo M. Pacheco

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— Tal vez nos ha tendido una emboscada.— Añadió Jesús María, con la mirada fija al frente, sin

dirigírsela a sus amigos.

— ¿A qué te refieres?— preguntó Pentium.
— Ese cabrón debe de saber que fuimos los únicos que pudimos verles. Somos de los pocos que
les gusta el espiritismo y el satanismo. Me juego lo que queráis a que dentro de poco alguien dice que
pudimos ser nosotros.

— Cago en la puta, lo que nos faltaba. Si seguimos con este juego vamos a acabar mal.
— ¿Pero por qué quiere jodernos de esa forma?— planteó Pedro— No creo que sepa que
conocemos su indentidad. Pensará que sólo sabemos que es un tío rubio que entró en la iglesia.
— Ya, a no ser que…— Jesús abrió mucho los ojos. Parecía haber completado el rompecabezas.
Pentium pareció leerle el pensamiento— ¡El muy hijo puta ha invocado al espíritu que llamamos! Me
juego el cuello.

— Creo que hay una forma de comprobarlo.— Aclaró Pentium.— Vamos al Paseo, ya.
La moneda.
Si había encontrado la moneda, seguramente podría haber realizado la invocación. Tenían la
sensación de encontrarse en peligro, por lo que pudiera pensar el pueblo de ellos y por lo que pudiera
hacer Arimán con ellos. La certeza de que el demonio persa tenía un propósito que cumplir se cernía
sobre ellos como una mano que oprime la garganta.

— No está aquí.— dijo Jesús María.
— ¿Seguro?
— Sé dónde dejé la moneda ¿vale? Se la han llevado.
— A lo mejor la ha encontrado alguien.— propuso Pedro.
Jesús lanzó una mirada expresando que no dijese tonterías. Solía hacer de abogado del diablo
con frecuencia, y rompía el clímax de entusiasmo que reinaba en los chicos.
— La moneda estaba bien enterrada, no se veía así como así.
— ¿Pero y si…?
— Aquí la gente viene a enrollarse, no a buscar tesoros.— antes de que Pedro lanzase una nueva
pregunta, añadió— Y no, Pedro, no nos vio nadie, de eso estoy seguro.
Abandonaron el lugar. Volvieron cada uno a su casa. Por la noche, verían de qué modo
evolucionaba el tema de la muerte de Virginia. Tal vez alguien ya tuviera sospechosos pensados y
apuntados en su particular lista negra.
Tal vez se tratase de ellos. Todo se vería.

La vida sigue a pesar de todo y esa noche de viernes no era una excepción. Salvo las ausencias
de las más íntimas amigas de Virginia, el pueblo se movía por la noche como de costumbre. La fuente
tenía otra vez agua limpia, se había quitado la cinta de policía que acordonaba la zona y el pentáculo de
sangre ahora se reducía a unos borrosos trazos rojos apenas visibles bajo la luz de las farolas.
Jesús María, Pentium y Pedro ya habían ocupado posiciones en el chiringuito y consumían las
habituales cantidades de alcohol, un poco a modo de celebración por la bonanza económica que llegaba
los viernes, hasta que la crisis del lunes les devolviese de nuevo a la economía en números rojos del resto
de la semana. Así era siempre el ciclo de la particular economía de aquellos jóvenes. Ese viernes, sin
embargo, en la dulzura del vino se escondía un pequeño matiz amargo. Un matiz que les recordaba que
Arimán podía estar rondando por allí y acechar a una nueva víctima. O peor aún, a ellos.
La noche transcurrió con normalidad hasta pasadas las doce. La discoteca de verano empezaba a
llenarse y era una buena hora para entrar a echar un vistazo. Si había ambiente, se quedarían un rato allí.
Pasaron y se encontraron con una pista de baile medio llena y el sempiterno sonido del bakalao.
Decidieron quedarse, en parte porque también estaban Adela y sus amigas. Por lo general sucedían dos
cosas. En primer lugar, a las amigas de Adela no les gustaba la compañía de Jesús María ni de sus
amigos. En segundo, el efecto contrario, ni Jesús, ni Pentium, ni Pedro se llevaba bien con las amigas de
Adela. Había una excepción, por supuesto: la atracción que sentía Pedro hacia Verónica. Con todo,
decidieron hacer una tregua y todos juntos se fueron de la pista de baile y se sentaron en unas mesas de la
terraza del local. Allí, el estruendo de la música era considerablemente menor y podían hablar en un tono
de voz moderado. Se establecieron en seguida tres grupos claramente delimitados e impermeables como
estamentos de la época medieval. Jesús tenía sentada sobre sus piernas a Adela, se dedicaban miradas
melosas (algo que en Jesús María sólo se daba en presencia de la chica) y se besaban ocasionalmente;
Pedro y Pentium, para no molestar, dejaron en paz a la pareja y se pusieron a hablar sobre temas triviales
como cine, música y videojuegos; el grupo de cinco amigas que acompañaba a Adela hicieron un
exhaustivo repaso a la vida de la chica muerta, hablaron sobre un chico de Madrid que al parecer le
gustaba a ella, etcétera. De vez en cuando, Pedro desviaba la mirada y se encontraba con el rostro y el

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La ascensión del caído.

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cabello de Verónica. Y algunas veces, Verónica le intercepaba la mirada, arrogante, con desdén, y
obligaba a Pedro a apartar la vista humillado.
La tensión era palpable, aunque no había motivo para ello, sólo la manía que se tenían los dos
grupos. Claro que, nada dura eternamente y las chicas decidieron regresar a la pista de baile. Adela, para
evitar que los dos chicos pareciesen unos sujetavelas, fue con ellas. Los tres se quedaron allí charlando.
Pedro controlaba los movimientos de Verónica.
— No te comas más el tarro con la guarra esa.— le aconsejó Jesús.
— Eso es fácil de decir. Tu tienes piva.
— Tal vez, pero lo digo por tu bien. Te vas a amargar el verano inútilmente.— para animarle,
añadió— Luego en Agosto vendrán las de Madrid y te buscaré un buen rollo.
La conversación se desvió a otro tema. Jesús María podía ver desde ahí a Adela. Observó como
algunas de las chicas dejaban la pista para ir al baño. Adela se quedó con un par de amigas. Por un
momento, le pareció que quedaba aislada de sus compañeras, como si las otras dos no le prestasen
atención.

Entonces, vio a alguien más.

Adela no podía oir con la música la conversación de sus otras dos amigas. Miró a un lado y otro
de la pista. Las caras aparecían y desaparecían con el parpadeo de la luz blanca. Era como ver una
película antigua, en la que los movimientos tienen ligeros saltos. Adela lo pensaba cada vez que el disc-
jockey
utilizaba aquella luz. De pasada, vio un rostro aterradoramente familiar.
Arimán.
Jesús le había contado quién era Arimán. El espíritu de la ouija les había revelado aquel nombre
que ocultaba la personalidad del joven rubio de ojos grises. En esta ocasión, el pelo revuelto estaba
peinado con raya a la izquierda, y era bastante más corto.
Con espanto, advirtió que se acercaba uniformemente por entre la gente que empezaba a
abarrotar la pista. No parecía dar pasos, no tenía que zigzaguear para evitar los grupos de gente. Se
acercaba en línea recta como un espíritu. Los halos de luces que emitían los focos iluminaban sus
facciones rectas. Éstas, arrojaban tétricas sombras sobre la mitad del rostro. Los ojos parecían brillarle, y
esbozó una sonrisa perversa y malvada.
Adela abrió los ojos e hizo una mueca de horror. Su boca formó una O casi perfecta. Estaba
asustada, muy asustada. De nuevo le pareció que la gente caía en un estado de ensoñación. Seguían
bailando, hablando y riendo, pero parecían estar ausentes. Aquella realidad se hacía borrosa y distante
como una secuencia onírica, y sólo quedaba la solidez de ella y de Arimán.
Aterrada, retrocedió unos pasos y después se giró. Apartó a un par de personas, dispuesta a
abandonar la pista y salir en busca de Jesús María.
Arimán la detuvo.
Estaba allí, ante ella. No sabía cómo había llegado allí, pero así era. ¡Qué más daba! Era un
demonio, una divinidad. Supuso que podía permitirse hacer esas vulgares demostraciones de su poder.
Sintió de nuevo el frío que notara una semana atrás. A pesar de que ella era bastante alta (algo más de un
metro setenta), tuvo que levantar la vista para mirarle a los ojos. Hasta entonces no se había enfrentado
directamente a sus ojos. Se sintió acongojada, acorralada. Entonces, él le mostro la palma de la mano.
Sobre ella, una moneda de doscientas pesetas rota en dos partes iguales.
— Creo que esto te pertenece.— dijo él.
A pesar del volumen de la música, ella oyó con claridad las palabras, incluso aunque él no había
gritado para decírselo. Extendió su mano, y él dejo caer las dos piezas en la palma de Adela. Ella las
guardó en el bolsillo de sus vaqueros.
De repente, un grito de Jesús María la despertó de su ensoñación.
Arimán ya no estaba allí.

Jesús María vio desde su asiento a Adela mirar a un lado y otro de la pista, sin hacer caso a sus
amigas. Entonces fue cuando notó que ella se quedaba pasmada y con la vista fija en un lugar. Siguió la
trayectoria de su mirada y alcanzó a ver una figura más alta que el resto. Era Arimán.
— ¡Joder!¡Está aquí!
Pedro y Pentium tardaron unos segundos en encontrar al joven rubio en mitad de la multitud.
Para entonces, Jesús ya había tirado la silla al salir disparado a su encuentro.
Había venido. Jesús lo presentía, y así fue. Ahora iba a por ella. Podía hacerle daño, raptarla o
incluso matarla en otro atroz y macabro ritual. Debía interceptarle y rápido. Se abrió paso por entre la
gente, mientras observaba impotente cómo Arimán avanzaba sin dificultad hacia Adela. ¿Qué hacía,
flotar? No tenía que apartar a nadie, no parecía ni siquiera que daba pasos. En un último esfuerzo

Alfredo M. Pacheco

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desesperado, empujó con brusquedad a los últimos que se interponían entre él y el demonio. Estaba justo
a su espalda.

— ¡Quieto, cabrón!¡No la toques!—dijo mientras le agarraba por el hombro.
Se dio la vuelta un extranjero de pelo rubio y ojos azules. Algún nórdico, seguramente. En todo
caso, su cara no se parecía en absoluto a la del demonio. Jesús hizo un ademán pidiendo disculpas, dando
a enterder que se había equivocado de persona. Por suerte, el extranjero no había entendido lo que Jesús
había dicho.

Justo detrás estaba Adela. Se acercó a ella y la llamó. Ella reaccionó algo asustada, como si

hubiese salido de un trance.
— Arimán ha estado aquí.— dijo él.
— Creo que le he visto de pasada, pero luego me he fijado y no era él. Estamos obsesionados
con él y creemos verle en todas partes, suele pasar.— respondió ella gritando.
Justo en ese momento, los otros dos chicos llegaron.
— ¿Dónde está?— preguntó Pentium. La respuesta fue un gesto por parte de Jesús: se había

esfumado.

También aparecieron las chichas que habían ido al baño. Preguntaron a las otras dos que habían
permanecido allí, qué era lo que pasaba. Ellas no lo sabían, no habían visto nada salvo a Jesús María
alterado empujando a la mitad de la pista de baile.
Decidieron salir a despejarse un poco.
Una vez fuera, las chicas se fueron por su lado. Adela le dijo a Jesús que esperase, pues dentro
de un rato volvería con él. Justo antes de cumplir lo prometido, Adela pasó por el lugar donde aquella
tarde los tres chicos no habían encontrado la moneda que ella tenía en el bolsillo. Cavó un hoyo y enterró
las dos piezas.

Por su parte, los chicos decidieron ir a sentarse. Pentium fue un momento a comprar un polo a un

kiosco cercano.

— Jesús:— dijo Pedro mientras él estaba comprando— tenemos que hablar.

A las cuatro de la tarde de ese viernes, una furgoneta con el logotipo de Antena 3 viajaba por la
carretera de Infantes a La Solana. Dos periodistas (los que habían intentado hablar con Jesús) volvían a
Madrid tras haber recogido los testimonios de las personas del pueblo acerca del asesinato y el incidente
de la iglesia. Llegarían a Madrid poco después de las seis, para montar el reportaje y emitirlo en las
noticias de la noche. El cámara conducía a ciento veinte. A la altura del kilómetro once llegaron al
pantano. La carretera describía una ese abierta. El joven pisó el freno.
— ¡Mierda! ¡No funcionan!
El vehículo se precipitó hacia la valla protectora dejando un rastro de líquido negruzco. El
conductor se quedó paralizado por el terror y lo único que pudo hacer fue pisar frenético repetidas veces
el pedal del freno. Ni siquiera intentó dar un volantazo para no despeñarse los cinco metros que tendría la
caída. Cuando la furgoneta aterrizó a las orillas del agua, un chispazo salido de ninguna parte incendió el
depósito y los ocupantes se consumieron por las llamas, atrapados en la cabina. Las cintas de la cámara se
derritieron y el reportaje no llegó a emitirse nunca.

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Capítulo VIIº:

La Filosofía del Diablo.

tra vez era sábado por la mañana. Otra vez los paseos bajo un sol insoportable
buscando un sitio en el que refugiarse, sufriendo el mareo de la resaca tras la velada del
viernes. Y, en el caso de Jesús María, Pedro y Pentium, fue otra mañana en la que
iniciaron las conversaciones sobre fenómenos paranormales, demonios y otros asuntos
relacionados con el tema. Aquello comenzaba ya a ser la rutina del verano. La cuestión era cuánto tiempo
continuaría siéndolo. En esa ocasión, el suceso era la hipotética aparición que había efectuado Arimán la
noche anterior.

— No sé, Pentium. Adela estaba ayer muy rara. Ella también lo vio, estoy seguro. Me…
— Sí, lo sé, te juegas el cuello.— el comentario por parte de Pentium no era en absoluto

despectivo o burlón— Continúa.

— Si yo vi a Arimán fue gracias a ella. Tenía la mirada fija en él. Lo noté y fue entonces cuando
pude verle. Pero en cambio, cuando estuve con ella, no mencionó apenas el tema. Yo se lo comenté, pero
me dijo que ya no estaba muy segura. Tal vez ella tenga razón, y sólo nos lo imaginamos. Estamos
prácticamente obsesionados con él.
— Sí, en eso tienes razón. Esto me recuerda a la duda metódica de Descartes.
El celebérrimo cogito ergo sum. La frase que daba pie a todo el razonamiento del filósofo de
estufa. Aquella máxima era la única que podía superar las tres dudas que se planteaba Descartes
sistemáticamente y que los dos habían estudiado en la asignatura de Historia de la Filosofía.
— Dudar de los sentidos, de la vigilia y de la razón.— recordó Jesús.— Es posible, pero en
realidad, y me planteo otra cuestión filosófica sobre el Diablo.
— ¿Cuál?
— Que se trate de un noúmeno.
Pentium tardó un segundo en situar el término dentro del marco histórico de la filosofía. Era una
palabra acuñada por Kant durante el periodo de la Ilustración. Correspondía a ciertas ideas sobre las que
el hombre podía pensar, pero que traspasaban las barreras de la experiencia (base del conocimiento a
través de los sentidos, es decir, el conocimiento empírico). Entre esas ideas estaban algunas que hacían
referencia a la ética, como la libertad, pero también estaba la idea de Dios. Su otra cara, Satanás, también
podía justificarse como noúmeno por analogía.
— Lo dices porque al igual que Dios es algo que no podemos conocer realmente.
— No, lo digo porque puede traspasar las intuiciones empíricas.
— ¿Espacio y tiempo?
— Sí.
— Chicos, me he perdido.— apuntó Pedro.
Tuvieron que detenerse para darle unas lecciones esenciales sobre el uso teórico de la razón, de
Kant. Pedro las asimiló con facilidad y pudieron continuar.
— Es posible que para Arimán pueda traspasar el espacio a su antojo. Eso incluye desde
atravesar paredes a la teleportación a cualquier distancia, o incluso hacer que cosas muy grandes quepan
en espacios reducidos, y también tener varias presencias al mismo tiempo.
— Bastante literario. ¿Y qué pasa con el tiempo?
— Eso es lo peor. Nosotros tenemos una noción lineal del tiempo: un orden cronológico. Arimán
es una divinidad y puede ir más allá. No me refiero a que pueda viajar en el tiempo, ir al futuro, luego
volver y cambiar el destino… no, en absoluto. Eso implicaría al fin y al cabo un orden cronológico, sólo
que distinto. No sé muy bien como explicarlo… es como si para Arimán, la línea del tiempo fuese un
punto. Podría obrar en cualquier momento de la línea, e incluso actuar en varios momentos temporales.
¿Entendéis? Es algo que nosotros no podemos llegar a entender.
— O sea, que tal vez Arimán no esté realmente aquí. Sólo se ha manifestado a través del espacio
y del tiempo y hemos ido a coincidir.
— Algo así.— aprobó Jesús.
— ¿Creeis que podrá cambiar de aspecto?— preguntó Pedro.
Aquello representaba un serio problema. Tal vez sólo le habían visto dos veces porque no
guardaba siempre la misma apariencia. Contando con eso, las cosas se complicarían demasiado para ellos.
No podrían fiarse de nadie, absolutamente de nadie.
— Esperemos que lo que haya hecho sea una especie de reencarnación. Que se haya
materializado en un cuerpo.— dijo Jesús María.
— ¿Y si pasa como en Fallen?— Pedro, como siempre, poniendo pegas.

O

Alfredo M. Pacheco

50

— Ese era Azazel, no Arimán.
— Joder, esto es demasié pá mi body. Ni siquiera con un coeficiente de ciento treinta y tres

puedo digerirlo.

— Será mejor que lo dejemos.
— Vale, pero yo sigo con lo que te dije: la duda metódica. No te fíes de lo que veas u oigas. No
te fíes de los sueños. Y no te fíes de la razón. Nunca se sabe cuándo dos y dos pueden ser cinco.

Jesús María abrió la puerta. Allí estaba Pedro. Eran alrededor de las cinco y hacía un calor
horrible, pero las cirscustancias requerían esa discreción que ofrecía la hora de la siesta.
— Pasa.— dijo Jesús frotándose la cara. Se había echado un rato y se había quedado dormido sin

querer.

— ¿Va a venir luego Pentium?— preguntó Pedro mientras iban hacia la habitación de arriba.
— No. Le he dicho que tenía algo de resaca y quería descansar.— no era ninguna mentira.
Llegaron al santuario adolescente. Jesús le indicó, por rutina, que se acomodase donde quisiera.
El motivo de aquella furtiva visita planeada de antemano provenía de la noche anterior.

— Jesús: tenemos que hablar.
— ¿De qué se trata?
— Es sobre satanismo… me preguntaba si… bueno, uno puede — a Pedro le costaba sacar cada
palabra, las iba meditando y escogiendo una a una— conseguir el “amor” o la simpatía de alguien.
— Viene Pentium. Ven mañana por la tarde y hablamos con más calma.

Jesús María cogió el libro que les había mostrado un par de semanas antes. Trataba de las misas

negras.

— Se supone que las misas negras son una parodia blasfema sobre el ritual cristiano. Comenzó
en tono de denuncia contra la hipocresía de la Iglesia. Luego se le sacó partido, ya sabes: Satán mata a
bebés sin bautizar, y el Sacramento alejaría al bebé del Demonio. Se aseguraban la adhesión de todos los
fieles y se forraban con los donativos que daban los padres.
— Me parece cojonudo, pero he venido a otra cosa.
— Tranquilo. He estado ojeando el libro. A la misa negra se le atribuyó un carácter más literario,
más sectario, si lo prefieres. Eso sí, una misa negra se realiza para obtener favores de Satanás.
— ¿Cómo se hace una misa negra? Dijiste algo sobre una piva desnuda.
— Exacto, pero hay muchas formas de hacerla. Tiene, por decirlo de alguna manera, mucha
flexibilidad. En primer lugar, hay tres tipos de misa: de compasión, de destrucción, y la que a ti te
interesa, con motivo de saciar un deseo de lujuria.
— ¿Destrucción?— y poniendo cara aún más rara— ¿Compasión?
— La caridad empieza por uno mismo. Serviría para obtener bienes gananciales y ayudarte a ti o
a alguien que lo necesitase. La misa negra de destrucción tiene como objeto acabar con un enemigo.
Suelen surtir buen efecto, porque la víctima cree que son accidentes casuales. Aunque no crea en cosas de
ésas, no importa, al contrario, es casi mejor. Se empeña en que son casualidades, y así hasta— hizo una
pausa— hasta que muera, supongo.
— Vayamos al meollo.
— Bien, te explico. En teoría, la misa negra es un ritual en grupo, una equivalencia a la
eucaristía cristiana. En cambio, el primer tipo de misa negra, que es el tuyo, se puede hacer
individualmente.

— ¿En qué consiste?
— Primero, diferenciaremos dos partes. Una formal, donde se hace una pequeña ceremonia, y
otra donde debes concentrar tu energía y tu pensamiento en tu deseo. Coincide con el final de una misa
negra en grupo, cuando se da una especie de orgía. Hay bailes lascivos, y toda esa parafernalia, el
sacerdote posee a la piva que hace de altar, y la gente empieza dale que te pego, a quien pillen.
Pedro hizo un gesto con las manos indicando que todo aquello le parecía muy bien, pero que su

ritual era en solitario.

— Tío, tu caso es simple: el onanismo.
Pedro no pudo reprimir una mueca.
— No es tan grave. Lo vas a hacer tú solo. Considéralo… una paja bien montada.
— Ya te vale.
— Bien, mientras te…— carraspeó a modo de eufemismo— debes pensar contínuamente en
Verónica. En pocas palabras: pélatela a su costa. Procura estar concentrado, supongo que el “morbillo” de
la ceremonia ya te dejará en disposición. Hay una oración que debes recitar justo antes de empezar. Sería
el fin de la parte formal. Por cierto, si quieres, puedes hacer el rito en una habitación y luego irte a otra

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

51

sala más privada, a tu habitación, y esas cosas. De todas formas, si sigues viendo el pentagrama y todo
eso recordarás mejor que en realidad estás haciendo una misa negra.
— ¿Y qué pasa con la parte formal?
— La parte ceremonial es algo más complicada. Por lo general, este libro dice que algunos de los
elementos que da se pueden omitir o modificar.
Fueron examinando la lista de elementos y, posteriormente, la forma en la que se debía proceder.
En general, parecía un ritual relativamente sencillo, y además de “quita y pon”. Pedro podía montarlo
perfectamente en su casa y al acabar, recogerlo todo sin dejar ningún tipo de evidencia. Nadie lo sabría
nunca. Decidieron las cosas que emplearían y cuáles no. Después, Jesús copió en una hoja de papel la
oración para que venía en el libro.

— Apréndetela durante estos días, mientras preparamos todos los elementos. Se puede modificar
un poco, no pasa nada, sólo es un mecanismo de concentración. Si te consideras un bluesman y quieres
improvisar un poco, tú mismo. Recuerda, lo importante es que, concentrándote en Verónica, llegues al
orgasmo.

Hubo risas por la expresión tan formal que había empleado Jesús. Dejaron el tema y pasaron un
par de horas viendo una película manga de tema erótico-festivo. La ventaja de aquellos dibujos era que
las chicas siempre eran perfectas. Cuando terminaron de verla, Pedro se fue a su casa, preguntándose si
podría encontrar el momento apropiado para celebrar ese tipo de ritual en su casa.

— ¡No quiero hablar más de esto, Jesús!— sentenció Adela.
— ¡¿Es que no te das cuenta?!— exclamó algo enfadado él— Ese cabrón ha venido aquí para
algo. Ya se ha cargado a una piva, y ahora va a por ti.
— Eso es una gilipollez. El viernes te confundiste de persona. Cuando le vi también me pareció

Arimán, pero luego no lo era.
— ¿Y qué pasa con la otra vez?
— No hubo ninguna otra vez.
— Sí que la hubo. El día antes de que Arimán entrase en la iglesia de la plaza me crucé con él
cuando iba a verte. Y tú — hizo énfasis en el pronombre personal— también lo viste.
Adela se quedó callada. Era verdad. Fue la ocasión en que Arimán la besó. Cuando la ouija dijo
que se trataba de él se preocupó. Más tarde, Jesús les explicó de qué demonio se trataba. Tuvo miedo,
pues pensó que tendría la misión de ir a matarla, o a Jesús… El viernes, cuando se encontró de nuevo con
él, creyó que moriría. Pero no fue así. Él aún quería algo de ella ¿pero qué? Intentaba convencerse de que
fue un sueño, una mala pasada de su imaginación, cuando comprobó que Jesús (por la forma en la que
contó los hechos) no había visto exactamente lo mismo que ella. Ya era Miércoles, y hasta entonces no
había dicho nada del tema. Se sentía culpable, como si estuviese engañando a Jesús María.
— Tengo miedo— dijo finalmente. Él la abrazó y la besó.
— Tranquila, todo saldrá bien.
Llegaron al Paseo. Bullicio de gente. Los más aférrimos madrileños ya habían llegado durante el
pasado fin de semana para iniciar su estancia de vacaciones, casi todos adolescentes que se quedaban en
casa de su abuela mientras a sus padres les daban las vacaciones. La afluencia de forasteros (como los
llamaban los infanteños) iría aumentando a partir de Agosto, y llegaría a su cénit en la última semana, la
de la feria. Después, como una vela que hace un último esfuerzo por brillar más que nunca antes de
apagarse, se irían todos. Quedarían algunos trabajando durante Septiempre y parte de Octubre en la
vendimia, universitarios en su mayoría, ya que las clases se iniciaban más tarde. Y así, a volver a
empezar.

Adela vio a sus amigas, y Jesús aprovechó para ir a los recreativos a encontrarse con sus amigos.
Al poco rato estuvieron de vuelta. Se sentaron los tres en un banco, acompañados de ciertos víveres:
polos, pipas, algunos chicles…

— Tenemos que volver a hacer espiritismo.—dijo Jesús María de pronto.
— ¿Y eso?— quiso saber Pentium.
— Arimán quiere algo de Adela. Con el viernes ya hicieron dos veces. Se acerca a ella y después

se va… o se esfuma.

— Hasta el lunes nada, me temo.— dijo Pedro.
Le miraron con curiosidad.
— Tardaremos en hacer otro tablero. Y yo no creo que pueda conseguir más madera.
— Pues usaremos cartón, aunque salga peor. Y si no se compra, tampoco vale tanto. Tardaremos

sólo un par de días en prepararlo.
— A eso me refería: ¿quieres hacer espiritismo un viernes?

Alfredo M. Pacheco

52

El problema estaba fundamentado. El lugar donde realizaron la sesión la otra vez (apodado con
nombres tales como la Avenida del “te quiero”), solitario durante la semana, era bastante visitado los
viernes y sábados. Pensaron un rato en busca de un lugar alternativo.
— ¿Qué os parece detrás del pabellón?— sugirió Jesús.
El pabellón estaba a unos cien o ciento cincuenta metros de los recreativos, en una carretera que
describía una curva hacia la derecha y luego se bifurcaba en dos calles del pueblo. Había allí algunas
viviendas de protección oficial de reciente construcción, pero por lo demás, todo era descampado. Si
esperaban hasta anochecher (hora en que las pistas de tenis del pabellón dejaban de ser utilizadas),
podrían asentarse allí, sin ser vistos. Hubo un gesto general de asentimiento.
— De acuerdo: el viernes por la noche allí. Repartiremos el trabajo como la otra vez.— confirmó

Jesús.

— Alto ahí.— intervino Pentium.— Creo que esta vez deberíamos estar sólo los tres, sin Adela.
— ¿Por?
— Bueno… ya sabes como se extienden las noticias: el interesado es el último en enterarse.
Había gran sabiduría en las palabras de Pentium. Aunque sonase a chiste en un primer momento,
habría más posibilidades de obtener información sin la presencia de Adela. Exactamente igual que con los
rumores; podían llegar a oídos de cualquiera (tuviese o no interés por saberlo) salvo si el rumor en
cuestión versaba sobre él o ella.

La labor de rotulación que cumplió Adela en la vez anterior fue repartida entre Jesús y Pentium,
encargados de diseñar de nuevo la ouija. Pedro inentaría hacerse por segunda vez con un tablero de
madera.

En esos momentos, Adela regresó con sus amigas, Verónica entre ellas. Hubo saludos generales.
Adela besó a Jesús María. Se entabló una conversación que rozaba la estricta diplomacia.
— ¿Que tal, Pedro?— era Verónica la que había formulado la pregunta. El grupo de chicas se
había sentado junto a ellos (la piedra que enmarcaba el seto hacía las veces de banco corrido), y Verónica
estaba justo a su lado. Comenzaron a hablar sobre temas triviales, pero por iniciativa propia, y no por
guardar las apariencias. No era sino una charla entre amigos, entre verdaderos amigos en lugar de meros
conocidos. Parecía que ella estaba dispuesta a iniciar una tregua.
Más tarde, cuando las chicas se fueron y ellos volvieron a quedarse solos, Jesús pudo dejar de
morderse la lengua y decirle por fin a Pedro:
— ¡Ya está, tío! La tienes en el bote.
— No, que va…— Pedro respondió avergonzado igual que un chiquillo de doce o trece años, y a
punto estuvo de ruborizarse— Si sólo hemos estado hablando.
— Ya, seguro. Mi querido amigo Pedro. ¿No tendrá esto que ver con cierto favor que te debe
alguien que yo me sé?— Jesús empezaba a ponerse literario.
— Bueno, ayer…

El martes por la noche, Pedro regresó a su casa a eso de las doce de la noche, después de la
rutinaria velada en el Paseo. Su hermana mayor se había ido el domingo a la playa, al apartamento de
una amiga suya de la facultad. Ella y unas amigas más iban a pasar diez días allí. En cuanto a sus
padres, estaban en Valdepeñas. Un primo de su madre estaba ingresado en el hospital. Se trataba de uno
de esos parientes que Pedro ni siquiera conocía, salvo de oídas. Pasarían allí la noche, acompañando a
la esposa del enfermo. Era el momento idóneo para celebrar el ritual.
Durante aquellos días, habían puesto a punto todas las cosas que iba a utilizar. Pedro comenzó
a prepararlo todo. Arrimó una mesa redonda del comedor a la pared, sobre la cual había colgado un
crucifijo. Pedro colocó la cruz en posición invertida. La mesa haría las veces de altar, y sobre ella
descansarían todos los símbolos. Colocó una cartulina grande con un pentagrama dibujado, de tal forma
que una estrella le apuntaba a él, y dos a la pared. En las puntas laterales puso sendas velas, una blanca
a la derecha y otra negra a la izquierda, y otras alrededor del círculo para ofrecer mayor iluminación.
Era fácil conseguirlas, se podían comprar en cualquier tienda de las de “todo-a-cien”. Encendió las
velas. En el centro dejó una copa de plata que solía estar de adorno en un mueble. Fue a la cocina y
trajo vino y Coca-Cola. La idea de un kalimocho como elixir para la misa le parecía ridícula, pero Jesús
le explicó las razones. El elixir era una bebida estimulante, cualquiera de ellas. El vino era la utilizada
por la simbología cristiana, por lo que no podía usarse en una misa negra; pero “contaminado” con una
bebida en cierto modo pagana, era perfecto, una parodia ideal, burlesca y casi blasfema. Pedro añadió
licor de mora del mueble bar, para darle sabor y un poco más de chispa. Los otros elementos eran una
campanilla, un pergamino (en realidad era papel endurecido) con el deseo que deseaba cumplir, y una
hostia hecha de pan de molde integral (era lo que más se parecía al pan de centeno). Después subió a su
habitación y sacó de su armario una túnica negra. Se la había hecho su madre para un disfraz de
carnaval ese año. Se sentía ridículo, pero era un ingrediente más para “dar ambientación”.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

53

Comenzó la ceremonia.
Agitó la campanilla nueve veces, con fuerza, girando hacia su derecha. El intenso tintineo
inundó la sala, y no oyó ningún otro sonido externo hasta que finalizó el ritual.
Alzó la hostia hacia la cruz en señal de ofrenda, y pronunció la frase
In nomine Satanás dei
nostri luciferi excelsi. El corazón le latía con golpes secos y fuertes. Mojó la hostia en el kalimocho y se
la comió. Después se bebió todo el contenido de la copa, alrededor de un tercio de litro. A continuación,
leyó el deseo escrito en el pseudo-pergamino.
— A ti, mi señor Satán, te ruego me concedas mis deseos lujuriosos con la chica que me rechazó.
Quemó el pergamino, que ardió con lentitud. Cuando hubo terminado, vino la parte más
embarazosa. Debía recitar la oración antes de comenzar a masturbarse. Respiró profundamente y
balbuceó los primeros versos

— ¡Acude, oh gran señor de los abismos y manifiesta tu presencia! Yo he concentrado mis
pensamientos en el resplandeciente pináculo que brilla con la lujuria que crece con el deseo.
Pedro tragó saliva. En su mente fue apareciendo la imagen de Verónica. A medida que iba
recitando la oración, aumentó su confianza y su tono sonó más solemne, más autoritario y seguro.
— Envía a tu mensajero de incontables deleites voluptuosos, y permite que las oscuras visiones
de mis deseos obscenos tomen forma en proezas y hechos futuros.
>> De la sexta torre de Satanás llegará un signo que conmoverá mi carne a su compás.
>> Yo he reunido y preparado ya mis ornatos de lo que ha de ser, y la imagen por mí creada se
remueve como un tremendo basilisco que espera ser soltado.
>> La visión se tornará realidad y, a través del alimento dado por mi sacrificio, los ángulos de
la primera dimensión se convertirán en la sustancia de la tercera.
>> Sal del vacío de la noche, luz del día, y penetra esta mente que responde con pensamientos
que conducen a los senderos de la lujuria más desenfrenada.
>> ¡Oh, Satanás!
>> ¡Oh, Lilith!
>> ¡Oh, Lucifer!
>> ¡Oh, genios infernales y príncipes del Averno!
>> Inflamad mis deseos sexuales, y haced que los mismos tengan feliz cumplimiento y plena

satisfacción.

>> ¡Loado seas, Satanás, señor de los abismos!
Pedro se sumergió después en un sinuoso mar formado por las ondulantes curvas de Verónica.
Sus ampulosas caderas, sus senos turgentes, sus labios gruesos, su pelo rizado… Él recorrió toda su
geografía con la mente, y llegó a concebir imágenes tan lujuriosas que llegó a asustarse. El alcohol del
vino le había inunduado ya la cabeza a pesar del poco tiempo que había transcurrido, tal vez por lo
deprisa que lo había ingerido. Puede que la culpa fuera en parte de eso (aunque no había bebido nada
comparado con la cantidad que estaba acostumbrado a beber los fines de semana). Cinco minutos
después finalizó la ceremonia, después de haber alcanzado su cénit. Lo recogió todo, sin dejar el más
mínimo rastro.

Aquella noche durmió intranquilo. Las reminiscencias diabólicas golpeaban su cabeza
atemorizándole. Se sentía ebrio y asustado sin motivo. Le asustaba también la forma en que había
imaginado a Verónica, como un objeto de lascivia en vez de un amor platónico. Y cuando durmió, creyó
que se le aparecía en sueños y luego le ocurría algo malo… algo que le hacía el Demonio. Pero al
despertar no recordaba apenas nada.

— Tío, tu debes de estar volviéndote loco.— decía Pentium.
Desde que escuchase la historia el miércoles no había cesado de decírselo. Pedro estaba algo
asustado, lo que no era del todo bueno para una sesión de espiritismo. Eran poco más de las diez de la
noche del viernes, y los tres chicos rodeaban el pabellón municipal, provistos de una linterna, para
asentarse en el descampado que había tras éste. El pabellón contaba con una pista de tenis anexa que
podía ser alquilada por horas, bien para un partido de tenis o bien para una informal “pachanga” de fútbol;
al anochecer, sobre las diez, finalizaba el alquiler. Dentro, sucedía prácticamente lo mismo. Los chavales
solían coger una hora de la tarde para jugar al fútbol-sala. Aunque la pista valía para baloncesto,
balonmano o voley, no se juagaba a aquellos deportes salvo en el caso de que se organizase un torneo (al
menos en verano). El ruido de los chicos dando patadas al balón se oía desde fuera.
— Espero que no nos vean al salir.— comentó Pedro.
— No os preocupéis.— contestó Jesús.— La habrán cogido para las diez y estarán hasta las
once. Para entonces nos habremos ido. Además, la puerta da al otro lado, y nos hemos alejado bastante.
No creo que nadie nos vea.

Alfredo M. Pacheco

54

Dejaron de caminar y pusieron el tablero en el suelo. El dibujo era el mismo, aunque se notaba
que esa vez Adela no había perfilado las letras. Se sentaron alrededor y Jesús sacó una moneda de
doscientas pesetas, igual que la vez anterior.
— Si no funciona tendremos que usar una de quinientas la próxima vez.— dijo Pentium. Y
añadió— ¡Joder, pues sí que nos va a salir caro el espiritismo!
Jesús pidió silencio. Dejó pasar unos instantes. Se mantuvo el silencio y no hubo risas. Eso era
bueno: estaban predispuestos a la concentración. Ya se podía iniciar la sesión. Jesús colocó la moneda en
el centro del tablero. Los chicos apoyaron sus índices de la mano izquierda sobre ella.
— Concentraos. Vamos a empezar.
Los chicos no oyeron, a pesar del silencio, el ruido de la hierba aplastada bajo los pasos de

alguien que se aproximaba.

— Espíritus del más allá. Queremos hablar con vosotros. Si estáis ahí, hacednos una señal.
Hubo un momento de silencio antes de que una voz grave les cortase la respiración.
— ¡Oye!¿Se puede saber qué diablos hacéis?

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Interludio:

Epístolas.

Villanueva de los Infantes. Viernes 17 de Julio de 1998.

Mi señor Satán:

Ya he cumplido con vuestras ordenanzas. Anoche logré localizar al demonio que invocaron los chicos

durante la sesión de espiritismo del martes. Se hallaba atrapado en un submundo al que los humanos pueden acceder

mediante sueños. Por desgracia, él se dio cuenta de ello y cuando logré darle caza, había asesinado a una chica de

unos quince años. Creo que ya sabréis que destruí por completo al espíritu, pero para el ritual dejé una marca de sangre

que puede poner en peligro a los elegidos. Si los rumores se extienden por el pueblo, pronto comenzarán a ser

señalados por ellos. Aún así, todo lo que les puede pasar es una pésima reputación.

Mi vida como mortal transcurre sin incidencias. Visito la hospedería a las horas de las comidas y para

reposar. El resto del tiempo abandono el pueblo y me adentro por las llanuras castellano-manchegas, con el fin de

evitar que mi rostro se haga familiar en la localidad.

Antes de despedirme, quisiera que me aconsejarais sobre una pequeña cuestión. Tengo en mi poder las dos

mitades de la moneda que vinculaba al demonio con el mundo terrenal (en su caso, el submundo). Ruego me dictéis

sobre qué hacer con ellas si es que tenéis algún propósito particular.

Se despide vuestro fiel servidor:

Aghro-Mayinis

Estimado Arimán:

Las cosas se nos han complicado un poco. Aunque el demonio que exterminaste no sabía con
precisión los datos de la misión, sí tenía una idea demasiado parecida como para haberle dejado de
nuevo en el infierno, indefenso ante Lucifer. Como de costumbre, has obrado correctamente.
El próximo viernes, Lucifer iniciará su misión particular en la capital. Es, en realidad, parte
de toda la maquinaria que mueve el plan maestro. Por supuesto, no sabe de tus obligaciones aquí. De
todas formas no hay que bajar la guardia: nunca se sabe el tipo de información que pueda conseguir
cuando esté en la metrópoli. Con todo, me encargué de que el reportaje que se iba a emitir a
propósito de los sucesos acontecidos en la villa no llegase a su destino. También he dado el primer
aviso al otro elegido, el que ha designado Dios. Va a ser un enfrentamiento singular, pero podemos
ponerle de nuestro lado, y así hacernos con una segura victoria.
Respecto al asunto de las monedas, úsalas en tu favor. Haz una nueva aparición ante Ella y
entrégaselas, y de paso pon sobre aviso al elegido. El juego pronto empezará a desarrollarse de
verdad. De momento, sólo estamos jugando la apertura.
Espero una nueva misiva mañana sobre este asunto. Sin otro particular se despide vuestro

amo:

SATANÁS.

Sábado 18 de Julio.

Mi señor:

Vuestro plan ha resultado. La pareja ahora pasa por un momento de inseguridad, y él está furioso contra

mí, aunque no tiene ningún medio para hacerme frente. Por lo que respecta a ella, mantendré las distancias por el

momento, pues me teme demasiado como para acercarme abiertamente. Mantendré la vigilancia sobre el grupo de los

tres muchachos a fin de poder descubrir algún modo de… atraerles.

No es necesaria una respuesta por vuestra parte, ya son bastantes los problemas burocráticos que nos

separan. Con los más ansiosos deseos de victoria se despide vuestro más leal siervo:

Aghro-Mayinis.

Alfredo M. Pacheco

56

Miércoles 22 de Julio, 1998.

Arimán:

Este es el momento que esperábais. Ayer, uno de los tres chicos (el más débil) me imploró,
en un ritual en solitario de misa negra, que concediese sus deseos de lujuria. No dudaré en
concedérselos con creces, hasta tal punto que se sentirá abrumado.
Ya conoces el modus operandi que nos caracteriza. Llegaremos hasta ellos de tal forma que
nos reciban con brazos abiertos, igual que las gotas de rocío se infiltran por la roca, cosa que no
consigue el más recio de los vientos. Una vez desde dentro procederemos a su propia
autodestrucción… justo después de terminar la misión; de la misma forma en que el agua se
convierte en hielo con el frío de la noche y despedaza la piedra. ¡Ah, sí! Le llevamos gran ventaja a
nuestro rival.

Un último consejo: cuídate de lo que pueda saber Lucifer hasta el día en que inicie su
misión (justo cuando se inicia la segunda fase de nuestro plan). Mantenme informado de los sucesos
de este mundo y yo haré lo propio de éste.
El señor de los Avernos:

SATANÁS.

Sábado 25.

Satanás:

El elegido ya está sobre aviso. Anoche se desplazó la última pieza de la apertura. Ambos se han reunido

y permanecerán juntos hasta que finalice mi misión. Además, realizaron una segunda invocación y saben algo sobre

mis propósitos aquí en la Tierra. Por suerte, la chica no estaba presente. Debo obrar con cuidado. Por lo que

respecta al chico que realizó el ritual, ha sido más que satisfecho. Es más: tiene auténtico miedo. Pero es un traidor,

y ahora busca consuelo y protección espiritual en nuestros enemigos. El castigo será ejemplar, os lo aseguro.

Esto es todo lo que deseaba comunicaros. Por favor, hacedme saber vuestra respuesta. Se despide

vuestro brazo derecho:

Aghro-Mayinis.

En respuesta a tu epístola:

Se inicia el juego medio de la partida. Ahora no son válidos los protocolarios movimientos de
la apertura. Todo depende de tu astucia. Es a partir de este momento cuando debe empezar a cundir
el TERROR en el pueblo. Atemoriza a esos chicos, asústales, llévales al borde de la locura. Con la
chica deberás tener más cuidado. Tu misión es ganártela para poder llevar a cabo el último objetivo.
Con respecto a la misión de Lucifer, la ha iniciado hoy. El otro elegido está realmente
anonadado. Es deliciosamente demencial. Ya no se acercará (Lucifer) a ti a menos que ellos logren
invocarle, cosa que podría llegar a darse si los elegidos desarrollan su poder prematuramente.
Recuerda que Lucifer es casi tan poderoso como yo, así que correrías verdadero peligro.
Confío en tu buen obrar.

SATANÁS.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

57

Capítulo VIIIº:

El Otro Elegido.

e voy a cagar en tu padre.— Exclamó Jesús María cuando descubrió al que les
había asustado de aquella manera. Frente a él había un chico delgado y de
apariencia bastante normal. Vestía de negro, tenía el pelo moreno muy corto y
los ojos marrones oscuros. —¿Cuándo cojones has llegado?
Se trataba de Chema, uno de sus amigos de Madrid. Bueno, no exactamente. Era de un pueblo
cercano. ¿Cúal era?¿Móstoles?¿Alcorcón?No, era Leganés. Nunca conseguía acordarse.
— Más o menos a las nueve y media.— respondió Chema— Iba para los recre, a ver si os veía,
pero voy y me encuentro con que os metéis aquí a haceros unas pajas mutuas o algo así.
Hubo risas en general. Jesús María le aclaró que iban a hacer espiritismo, y resumió todos los
incidentes que hubo desde el quince de Julio: los encuentros ocasionales con Arimán (le aclaró quién era),
la anterior sesión de espiritismo, el asesinato de Virginia… e incluso la misa negra que Pedro realizó en
solitario. Chema por fin pudo enterarse por una fuente fidedigna de los sucesos que había comentado la
televisión de pasada en algunos programas de reportajes, aunque sin poder aportar imágenes, no se sabía
por qué.

— Tío, os estáis volviendo como unas putas cabras.
— Sabía que no se tragaría ni media.— comentó Pentium.
— Eso sería lo normal. Pero si no me trago ni media… explicadme esto.— Sacó un folio de
papel de su bolsillo. Lo desplegó y mostró el anagrama con la pluma, el lápiz y las cinco estrellas
amarillasy las diez azules.
— Coño. ¿Qué es?— preguntó Jesús.
— ¡Ah! Ya sé: es el logotipo de un nuevo partido político, la…— Pentium no recordaba el

nombre.

— Federación Española para la Unión de Naciones Europeas, la FEUNE.—aclaró Chema.
— ¡Eso! Lo han fundado hoy. ¿Cómo es que lo tienes sacado por ordenador?
— Lo tengo desde la semana pasada.
Chema explicó su pequeño acercamiento a lo sobrenatural con aquel salvapantallas fantasma que
le había aparecido por las buenas, y su metamorfosis en la cruz y el pentagrama invertido. Aclaró que
hacía tiempo que no utilizaba disquettes o compactos de otras personas.
— ¿La transformación era un morphing? ¿No sería un archivo GIF animado?— preguntó

Pentium.

— No, estoy seguro. He visto esas animaciones otras veces, pero lo que vi era un archivo de un
morpher. Y claro, yo no tengo nada que lea esos archivos.
— Interesante…— murmuró Jesús.— Creo que también está interesado en ti.
— ¿Arimán?
— O Satán. Quiere algo de nosotros y de Adela.
— ¿Y qué pintaba Virginia en todo esto?— Pedro, como siempre, añadiendo la pieza que no

encaja del rompecabezas.

— En primer lugar,— respondió Chema— las cosas no siempre tienen un motivo. Esto no es
meta-física. Y en segundo, la primera víctima es siempre aleatoria. Si de verdad quiere algo de nosotros,
nos podemos ir cagando.
— ¿Por?
— Las normas de las películas de terror…
— Esto no es Scream— dijo Jesús.
— Muérete y déjame hablar. En teoría empezarían a rodar cabezas. El que tenga el privilegio de
ser el protagonista vivirá para ver cómo mueren sus colegas. Claro que… es el que pasa más cague. Si os
sirve de consuelo, se supone que se cargará al malo.
— No veo cómo podamos matar a Arimán… o al menos devolverle al infierno— dijo Pentium.
— En primer lugar, debemos saber lo que quiere— afirmó Jesús— ¿Te apuntas, Chema?
— ¡Claro, cómo no!
Y empezó la segunda sesión de espiritismo. Todos volvieron a guardar silencio y a concentrarse.
Se consiguió de nuevo una atmósfera de seriedad y cierta inquietud. Jesús inició su oración monocorde
que pedía acudir a los espíritus. Chema la repetía sin voz, con la mente prácticamente en blanco. Pentium
guardaba silencio mientras visualizaba su mundo virtual igual que la vez anterior. Pedro tenía miedo.
Mucho miedo. La última vez había muerto una persona dos días después de hacer espiritismo. Respiró

— M

Alfredo M. Pacheco

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nervioso. Sentía que jugaba con una bola de fuego entre sus manos, y que iba a quemarse de un momento
a otro. Estaba yendo demasiado lejos con todo aquello: la misa negra, dos sesiones de espiritismo…
Chema puso su mano derecha (la que tenía libre) sobre el hombro de Pedro para calmarle.
Continuó la concentración. Al poco rato, la moneda acudió a la palabra HOLA. Chema tuvo la misma
sensación que los otros tuvieron la primera vez. Una moneda que se mueve sin ser movida. Una mano
inconsciente que arrastra y se deja arrastrar a su vez. Espíritus o fuerza mental. Satanás o Freud. Tal vez
todo o tal vez nada.

— Indícanos tu fase, por favor.— pidió Jesús.
25
— Vamos mejorando chicos.— les animó. Más tarde, Chema entendió qué quería decir con ese
comentario. — Espíritu. ¿Quieres que te llamemos por algún nombre?
NO
— Está bien. Como quieras. Sólo queremos que nos digas una cosa y te dejaremos en paz. Dinos,
por favor, si Arimán está aquí por alguna razón.

— ¿Cuál?
MISIÓN
— ¿Qué misión?
Una interrogación. El espíritu no lo sabía. Pedro preguntó precipitadamente:
— ¿Corremos peligro?
SI
Y después, la moneda deletreó:
MUCHO.
— No vuelvas a hacer eso, Pedro.— Espetó Jesús María.— ¿Quién nos lo podría decir?
Con trabajo, la moneda aclaró la pregunta.
SATÁN. MEDIANOCHE.
— ¿Queréis que pregunte algo más?
Hubo gestos negativos con la cabeza por parte de los otros tres celebrantes. Por tanto, Jesús le
indicó al espíritu que diese tres vueltas alrededor del pentagrama con la moneda y la situase
posteriormente en el centro del tablero. Así lo hizo.
— Bueno, chicos. Ya está. Media vuelta a la moneda y se quema la ouija.
— Deja la moneda así.— ordenó Chema— Si le das la vuelta, traes al espíritu a la tierra.
Los otros tres abrieron mucho los ojos al oír aquel dato. Eso significaba que habían traído al
espíritu de la anterior sesión a este mundo. Eso abría nuevas posibilidades sobre la muerte de Virginia.
¿Habría tenido el espíritu poder suficiente para haberla matado? ¿Dónde se encontraría? Tal vez podrían
invocarlo de nuevo en otra sesión de ouija… pero ¿Cómo? No les había dicho ningún nombre para
identificarse. Enterraron la moneda y después quemaron el tablero. Aquella vez ardió con normalidad, no
como la anterior. Jesús comentó el detalle. Chema dedujo que podría deberse a que en la otra ocasión
liberaron al espíritu. Chema propuso invocarlo de nuevo con la moneda que habían usado la primera vez,
y también con la ayuda de Adela. Le indicaron que no era posible, pues ya intentaron buscarla pero no se
hallaba allí; debieron de encontrarla algunos muchachos que estuviesen jugando.
Puesto que habían acabado todo lo que habían venido a hacer en aquel lugar, bajaron hacia el
Paseo para disfrutar del fin de semana que empezaba. Llegaron a la zona de chiringuitos. Se veían algunas
caras nuevas: algunos veraneantes que, igual que Chema, ya estaban allí, tal vez sólo por un fin de
semana o por un intervalo corto de tiempo, pero se encontraban allí. Vieron en uno de los locales a Adela,
Verónica y el resto de sus amigas. Jesús besó a Adela como forma de saludo. Verónica y Pedro se besaron
en las mejillas. Era el protocolo de la juventud: aunque dos amigos se viesen contínuamente, los fines de
semana por la noche debían saludarse estrechando las manos o besándose las mejillas (en el caso de que
hubiese una chica). Adela saludó mediante dicho procedimiento a Chema, ya que acababa de llegar al
pueblo, y le presentó a las chicas del grupo, algunas de las cuales también saludaron a Pedro y a Pentium
sólo por guardar las formas. Ellos sintieron a ambos lados de la cara las efusiones, no el contacto, de
aquellos besos tan falsos como los de Judas.
— ¿Desde cuando están estos dos lia’os?— preguntó Chema a Pentium.
— Llevan mes y medio. Jesús María le ayudó a Adela con un par de asignaturas para la
Selectividad. Lo malo es que tenía novio.
— ¡Ah, sí! El Paco.
— Sí. Nos tiene un poco de rabia a mí y a Jesús María, pero no nos ha dado mucho la lata. Ya

sabes que es un poco subnormal.

— ¡Eh, venga!— imperó Jesús, ajeno a lo que habían hablado— Vamos a pillar unos minis.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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— ¡Hoy me los pago yo!— dijo Chema al instante, y sacó de su cartera un billete de mil
pesetas— Esto para celebrar que he llegado. Pilla dos de kali
Pronto, el grupo de chicos y chicas estaban alrededor de la barra con la bebida que ya habían
comprado las chicas antes de que ellos llegaran, con los dos vasos de un litro que les dieron por las mil
pesetas, y con otros dos litros de cerveza que compraron los otros tres chicos formando un fondo común.
Hubo muchas risas y chistes. Chema contó con desparpajo un par de anécdotas que le habían acontecido
desde primeros de mayo (última ocasión en que visitó el pueblo) hasta entonces: exámenes, incidentes de
fin de semana… Jesús y Chema se mostraron especialmente eufóricos. Eran dos buenos amigos, y se
alegraban enormemente de volver a estar juntos. Jesús besaba con frecuencia Adela con ímpetu (a alguna
de las chicas le parecía un machista que lo hacía igual que el que muestra un trofeo para vanagloriarse).
En una ocasión, los dos cogieron un mini de kalimocho cada uno y bebieron con los brazos entrelazados
de la manera en que lo hacen los recién casados en su boda. A Chema le resbaló parte de la bebida por la
comisura de los labios hasta la barbilla; lo mismo pasó con Jesús, pero en su caso el líquido corrió por el
cuello y se detuvo al ser absorbido por su camiseta negra. Pedro se contagió de la alegría y se olvidó de
sus temores por un momento. Verónica solía estar cerca de él y hablaban. Cuando el alcohol comenzó a
hacer efecto, a Pedro se le veía esporádicamente rodeando con su brazo los hombros o la cintura de la
chica, contacto que se hizo mutuo en seguida. Allí estaban, disfrutando como grandes amigos. Pentium
permanecía algo más callado, pero igualmente eufórico. Bebía alegremente hasta que llegó una parcial
obnubilación etílica. Se encontraba agusto así, bebiendo, escuchando cosas y también contándolas, y
viendo cómo Pedro se ganaba poco a poco el corazón de Verónica. ¿Quién sabe? Tal vez lo de las misas
negras no era un cuento chino y realmente funcionaba.
Alrededor de las doce, la bebida había desaparecido.
— Sexo, calimocho y rock & roll.— dijo Jesús— Así es mi estilo de vida.
— ¿Y por qué no sexo, drogas y rock & roll?— Chema sacó de su bolsillo un pequeño objeto
marrón oscuro envuelto en papel de plástico transparente. Jesús abrió los ojos al tiempo que mostraba una
amplia sonrisa de satisfacción: era costo.
— Adela, pide por ahí un par de cigarros y vente con nosotros.
— ¿Habéis traído?— quiso saber ella
— Sí.
— Bien.— exclamó al mismo tiempo que Pentium, quien lo había escuchado.
Jesús María se acercó a Pedro, justo a tiempo de ver cómo él y Verónica se besaban. ¡Había dado

resultado!

— ¿Qué?¿Vienes a fumar?
— ¡Ah, ah!— contestó ella.— Se viene conmigo.— le cogió de la mano y se lo llevó fuera de

allí.

Jesús llamó la atención de Pentium y de Chema para que los viesen irse a algún sitio a enrollarse.
Adela vio también la bonita escena. Le dijo a los chicos que ya tenía tabaco, y los cuatro se fueron de allí.

Chema caminaba por la Calle Cervantes el Miércoles por la mañana. Había sido un fin de
semana bastante intenso. El lunes y el martes había estado bastante ocupado ordenando todo su equipaje
en los armarios y haciendo la compra para la semana. Sus padres telefoneaban por la noche, un día sí y
otro no: llegarían allí el día catorce. Eso le daba algo menos de tres semanas de libertad absoluta.
Llevaba en la mano un par de juegos de ordenador para que los probase Pentium. Allí no tenía
ordenador y no le servían para nada. También traía cintas de música heavy que le daría a Jesús para que se
las grabase. Desde luego, Jesús María era un ejemplar realmente insólito en Infantes. Entendía como
nadie del pueblo de heavy metal y otras tendencias similares. La mayoría de los chicos de allí se creían
algo porque habían descubierto a Nirvana. En cambio, Jesús conocía a casi cualquier grupo: Megadeth,
Pennywise, Stratovarius, Manowar, Gamma Ray, Hamerfall… A pesar de eso no presumía ni se hacía el
chulo, ni hacía prácticamente nada para que la gente de allí abriese sus perspectiva y también los
escuchase. La mayoría de los chicos del pueblo acababan por asimilar la moda de las grandes metrópolis
un par de meses después de que cobrasen auge allí, principalmente cuando llegaban los periodos de
vacaciones y el pueblo se llenaba de forasteros.
“Forasteros”. Con aquel vocablo propio de una película del oeste, los infanteños designaban a
cualquiera que no residiese en el pueblo. Su forma de hablar era digna de ser incluida en el temario de
Lengua de C.O.U. como dialecto. Poseían rasgos diferenciales en la pronunciación (una excesiva apertura
de las eses finales) y en el vocabulario (el más famoso era pasante, que significaba “cotilla”). Esas y
otras muchas cosas más le daban al pueblo un estilo único… bueno, casi. Los de Cruz y Raya habían
hecho populares algunas expresiones parecidas por televisión, puesto que uno de ellos había nacido en un
pueblo cercano. Jesús y el resto, como otros chicos cualesquiera, eran conscientes de lo gracioso que
resultaba a los de ciudad aquella forma de hablar, y muchas veces se reían de ellos mismos exagerándolo.

Alfredo M. Pacheco

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Mientras pensaba esto, Chema llegó a la plaza. Al poco rato encontró a Jesús María y a Pentium.
Se saludaron y empezó el pequeño trueque.
— Toma: Roadrash y Karmaggeddon— dijo entregándole a Pentium dos compact discs— Y
para ti: el Visions of Europe de Stratovarius y el American Prayer del Morrison.
— Chicos, yo ya no salgo de casa.— decía Pentium mientras miraba los juegos deseoso de jugar

hasta que se le cansase la vista.

— Lo que me pediste: — Jesús le dio un par de cintas a Chema— Manowar y Helloween. Luego

me traes Blind Guardian.

— Chachi, se me haía olvidado.— en esos momentos apareció Pedro. Tenía aspecto soñoliento y
también muy preocupado.— ¿Estás bien?¿Te pasa algo?
— Hoy he vuelto a tener esa pesadilla. Desde lo del fin de semana…
— Joder, Pedro, eres el caso más traumático de pérdida de virginidad que he visto.— dijo Jesús.
— ¡No tiene gracia! Aquello no debió pasar. Tengo miedo, estamos jugando con fuego.
— ¿Y qué esperabas? Pediste satisfacer tus deseos de LU-JU-RIA.
— No sé, Jesús María— añadio Chema— lo del viernes fue muy heavy para todos.
— Sí, demasiado para el body— confirmó Pentium.
— Ya, lo sé.— Jesús también se preocupó.— Adela está rara. Tendré que hablar con ella.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Capítulo IXº:

Delusions.

oco después de que Adela consiguiese dos cigarros, ella, Pentium, Chema y Jesús María
caminaban por una explanada que se destinaba cada año, a finales de agosto, a albergar las
atracciones de la feria. La carretera de Almedina pasaba por allí, varios metros a la
derecha, y el tramo que entraba dentro del término municipal del pueblo estaba iluminado
regularmente por farolas. La luz les llegaba a ellos débilmente, pero era suficiente para la tarea que les
ocupaba. Chema quemaba un poco de la mercancía que había importado desde Leganés. Jesús vaciaba el
tabaco de uno de los cigarros en un papel para fumar. Pentium y Adela observaba miestras tanto a la
espera de que el porro estuviese listo.
— ¿Cuánto has traído?— preguntó Pentium para romper el silencio.
— Un talego. Lo siento, pero me pilló una racha de depresión económica. No tenía literalmente
ni un duro. Os habría llamado para ver si queríais otro talego para vosotros, pero aunque me lo pagaseis
cuango llegara, no habría podido conseguir otras mil pelas.
— Entiendo. ¿Cuánto te falta?
— Ya está. Jesús, dame el papel que lo líe.
Cuando hizo esto, el nuevo cigarro sin filtro empezó a viajar a la boca de cada uno de ellos en
riguroso orden. Poco después comenzaron los chistes tontos, seguidos de estruendosas carcajadas.
Aquello subía de verdad para la poca droga que había… sería un subidón psicológico: la emoción del
reencuentro, los minis previos, poder volver a fumar… Chema recibió el porro de manos de alguien.
Aspiró profudamente cerrando los ojos al tiempo. Retuvo el humo en su boca y después lo expiró
suavemente.

— Pillad.— dijo extendiendo su mano.
Nadie lo cogió.
Abrió los ojos y miró a ver qué hacían.
Estaba solo.
De repente se espabiló. ¿Qué era lo que pasaba? Ellos no estaban allí. No podían haberse
marchado. Él seguía en el mismo sitio, en la explanada. Miró a la carretera. Podía ver las farolas, ahora
apagadas. ¿Apagadas? pensó. Volvió la vista hacia el pueblo. Algunas siluetas fantasmales se distinguían
del firmamento azul muy oscuro, pero no había luces, ni ruido. Esto no es efecto del porro, los petas te
suben pero no te hacen alucinar
, se dijo. Se imaginó siendo el protagonista de alguna serie puritana cuya
moraleja del capítulo era lo perjudicial que eran las drogas. Se sintió como si todas aquellas hipócritas
asociaciones en contra de la drogadicción le restregasen por la cara que tenían razón. Pero él no era
ningún drogadicto. Estaba sufriendo algún tipo de alucinación por alguna causa ajena al alcohol y el
costo.

¿Espíritus?
Después de lo que habían contado Jesús y el resto, aquello podía ser posible. ¿Y si veía a
Arimán? Estaba solo, y eso le hacía estar en peligro. Pero entonces vio a alguien. No podía distinguirle.
¿Era Jesús María? Se acercó hacia él, y vio cómo el otro a su vez se aproximaba a su encuentro. La cara
cada vez era más grande y nítida. Pronto podría identificarle. ¿Jesús? No, tenía el pelo corto. Era otra
persona, era…

Demonios, era el propio Chema.
Avanzó unos pasos con cautela. Allí estaba, reflejado en tres dimensiones, igual que un
hipotético holograma. En cambio, la cara no era idéntica. La piel era más clara y totalmente lisa,
angelical. Las facciones eran de aspecto más delicado. Era una cara perfecta. El clon mejorado hacía sus
mismos movimientos. Viendo que parecía inofensivo, se colocó a escasos centímetros de él. No percibía
aliento ni respiracion alguna. Giró la cabeza a la izquierda y vio el otro lado de la cara de su reflejo.
Aquello le dejó casi sin respiración. Gradualmente, y sin que Chema notase cambio alguno hasta que vio
la totalidad del otro lado de la cara, la piel dejaba paso a la carne putrefacta, llena de granos y erupciones
palpitantes que amenazaban con reventar y liberar alguna clase de pus. Frente a la gran belleza anterior, el
horror de la fealdad. La cara, antes seca, ahora se mostraba cubierta de sudor y otras secrecciones
asquerosas. Un ojo vidrioso, como el de un tuerto o un ciego, le miró con la estrecha pupila, y el engendro
esbozó una macabra sonrisa que dejó a la vista una hilera irregular de dientes ennegrecidos.
Chema no pudo evitar dejar que un grito saliese de su garganta. Jesús, en ese momento, volvió a
la realidad de su particular alucinación.

P

Alfredo M. Pacheco

62

Él estaba en alguna clase de iglesia oscura y tenebrosa. Caminaba lentamente y el ruido a cada
paso reverberaba en las paredes y los techos abovedados. El aspecto era típicamente gótico. Las vidrieras
sólo mostraban tonos azulados y grises. Todo estaba agrietado. Al fondo, en el altar, candelabros de velas
negras iluminaban una figura humana. Avanzó por entre el bosque de columnas y se acercó a ella. Vestía
una túnica negra con brocados de plata, y ostentaba un gorro similar al del Papa. Parecía algún tipo de
sacerdote, y muy importante. Cuando subió un par de escalones hasta el altar, pudo ver su rostro. Era un
hombre de aspecto demacrado de unos treinta y tantos años, tal vez cercano a los cuarenta. El pelo, sucio
y desarreglado, caía algo más abajo de los hombros. Levantó los brazos desnudos, escondidos bajo la
túnica hasta entonces, muy delgados y huesudos. Los elevó hasta hacer un ademán de invocación a algún
tipo de divinidad del cielo y comenzó a proferir aterradoras carcajadas. Jesús se fijó en su cara. Esa
fisonomía tan familiar… era ¿la suya? ¿Era él? Fue justo entonces cuando el grito de Chema le devolvió a
la realidad, junto con los otros.

Pentium, por su parte, también lo veía todo oscuro y sin luces, como Chema. No había ni rastro
de los otros. En dirección opuesta al pueblo vio algo de luz en la explanada. Era luz verdosa, tal vez de
neón, pero a ras del suelo. Por encima de ésta, destellos de azul eléctrico surcaban el aire oscilando
intermitentemente como las ondas de un electrocardiograma. Corrió hacia esa dirección y cuando se dio
cuenta saltó a un damero formado por las líneas verdes. En ese instante, su cuerpo experimentó un
extraño cambio. Se miró y descubrió que parecía poseer luminosidad propia, pero no uniforme, sino que
su cuerpo imitaba estar recibiendo luz de algún foco inexistente. Además, las diferencias de tonalidad se
podían distinguir limitadas por líneas rectas: ¡estaba hecho a base de polígonos!¡Era un jodido gráfico
renderizado en tres dimensiones!

Joder, soy Hommer Simpson en ese capítulo tan paranoico donde le dibujan por ordenador.

Cuando volvió a mirar al frente, él también vio otra figura humana, igualmente renderizada. Era
un ejecutivo, algo más alto que él. Mientras se acercaba, Pentium sentía en su interior cómo no tenía
cuerpo, sino información. Su cerebro era un disco duro, podía sentir cada byte formado por bits… pero no
eran ocho bits, sino cinco. Y había tres elementos distintos y no dos. Él no estaba compuesto de unos y
ceros como la información ordinaria de cualquier ordenador. Había unos, ceros y algo opuesto al uno (por
analogía, un hipotético menos uno). Mientras pensaba esto, se vio frente al ejecutivo. Tenía una buena
presencia, algo lícito en ese tipo de gente, supuso. Le mostró una cordial sonrisa de bienvenida y le
estrechó la mano. No hubo verdadero contacto, en realidad, como no lo habría realmente si se reprodujese
ese gesto con dos renderizaciones. Pentium sintió un cierto cosquilleo debido a, supuso él, el contacto de
dos corrientes de información. A Pentium le cayó bien aquel ejecutivo. Parecía tener buenas intenciones,
pero tras esa sonrisa… no dudaba de que fuese un buen tipo, pero desde luego, no era ningún santo.
No tuvo tiempo de pensarlo más puesto que de repente estaba junto a Jesús, Chema y Adela.
Dio un respingo igual que los otros dos chicos, pero ella, en cambió, soltó un grito de terror antes de
reaccionar y darse cuenta de que estaba a salvo.
En su caso, el mundo se había vuelto también oscuro. Las luces de las farolas y del pueblo
estaban apagadas, pero seguía, en teoría, en el mismo sitio. Caminó con temor hacia la oscuridad en busca
de su novio y sus amigos. Sin darse cuenta, estaba en un sendero flanqueado por tumbas y lápidas: era un
cementerio. Asustada dio media vuelta para deshacer el camino, pero en esa dirección se extendía
también camposanto hasta donde su vista alcanzaba. Se dijo que no debía de tener miedo, que era una
alucinación, e intentó pensar en algo alegre y familiar. Y encontró algo familiar en todo aquello, sí. Las
lápidas reflejaban los nombres de los habitantes del pueblo ya fallecidos. Era el cementerio del pueblo.
Vio la lápida de sus abuelos, la de Virginia, muerta recientemente, la de Verónica (¿estaba en peligro?,
pensó asustada) y la de…

Era la suya. El mármol frío mostraba su nombre grabado su nombre y el año de su nacimiento,
1980. La tumba estaba abierta y vacía. No pudo evitar ver el año de su muerte: 1999.
Asustada, retrocedió un paso y se topó con alguien a su espalda. Giró sobre sí misma para ver
quien era. Se trataba de una chica exactamente igual a ella. Pero también había diferencias en su reflejo.
No era morena sino rubia, un precioso color rubio. La tonalidad de sus cejas corroboraron la autenticidad
del color del pelo. Otra diferencia eran los ojos. Frente a las piedras de azabache, dos lagunas de cobalto
dentro de un contorno almendrado perfecto. Aquella versión alterada de sí misma parecía asimismo algo
mayor que ella, uno o dos años. Pero sus ojos… revelaban una sabiduría centenaria, sobrenatural.
— Ha llegado tu hora, Adela.— dijo la chica con voz suave.
— ¡No! Aún falta un año.
— Te equivocas.
Adela miró su reloj y comprobó la fecha: 1999, Junio, día seis. La chica acercó una mano al
vientre de Adela. Algo resplandeció tras la camiseta. Era su piel la que lo hacía. O algo bajo la piel. Adela
sintió calor debajo de su estómago. Entonces, la chica la empujó y ella cayó a su propia fosa. Gritó antes
de darse cuenta de que estaba junto a los otros tres chicos.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

63

Pedro caminaba de la mano de Verónica.
— ¿Dónde vamos?— quiso saber él.
— A mi casa, me apetece tener intimidad.
Apenas cinco minutos después, los dos estaban besándose en el sofá del salón. Pedro se
encontraba inmerso en el mayor de sus sueños. El miedo que tuvo durante la sesión de espiritismo se
había esfumado por completo. Verónica le besaba frenéticamente, presa del deseo. Por un instante, Pedro
sintió que algo iba mal. Ella se mostraba ansiosa, impaciente, y su actitud era francamente lujuriosa. Y
entonces, ella se quitó la blusa. Pedro se asustó realmente.
— ¿Qué vas a hacer?
— ¿A ti que te parece? Vamos a hacerlo.
¿Iban a hacer el amor? Aquello no era posible. La mente de Pedro no podía concebirlo. Se
suponía que hacer el amor era la culminación de una larga y sincera relación amorosa, que había que
pensarlo, que se debían tomar precauciones necesarias. No era ningún juego. Se maldijo por ese repentino
ataque de beatería, pero tenía razón. ¡Por el amor de Dios, aquello parecía una película de CANAL+! . Pero
antes de que se diese cuenta, los propósitos de Verónica se habían cumplido. Fue atrapado por la
voluptuosidad de sus formas. Allí sentado, con ella encima de él, sintió el dolor de perder algo que nunca
más recuperaría mientras ella buscaba más y más placer. ¿Y si la dejaba embarazada? ¿Y si alguno le
contagiaba al otro Dios sabía qué enfermedad? Una lágrima le resbaló por la mejilla, y un instante
después, comenzó una sensación en el vientre que se proyectó poco a poco fuera de él: había consumado
el acto. Al tiempo, Verónica cesó de moverse y de jadear. Al parecer, también le había llegado el
orgasmo. Se retiró de Pedro, que respiraba profundamente, al borde de la hiperventilación. Se sentía
extenuado y al mismo tiempo al borde de un colapso. El corazón palpitaba con golpes secos en su pecho.
Cada latido parecía tener cuatro movimientos en lugar de dos. Se abrochó los pantalones y salió corriendo
de aquella casa dejándola allí.

Durante las noches siguientes, la misma pesadilla le atormentaba. Era sobre lo ocurrido el
viernes. Soñaba que también la poseía, con lujuria, casi con maldad. Y entonces… algo malo. Nunca lo
veía, o al menos no lo recordaba, pero siempre acababa con la imagen de una cabeza como la de un
zombie sostenida por alguna malévola mano. Y sangre, mucha sangre goteando del cuello.
Pedro rezaba cada día asustado, pidiendo perdón por su alma todas las mañanas, arrepentido de
todo lo que había hecho: el espiritismo, la misa negra, y (sobre todo) sus consecuencias. Estaba realmente
aterrorizado, y sobre todo, se arrepentía de corazón. Se sintió apartado de la mano del Señor, se sintió una
oveja negra, descarriada, por cursi o pueril que pudiese sonar.
El miércoles por la noche, vio esas confusas imágenes demasiado claras. Y bien era cierto que
deseaba haber seguido viéndolas borrosas, muy borrosas.
Estaba en el salón de una casa. Un simple escenario onírico cosmopolita y abstracto como fondo
para el desarrollo de su sueño. Naturalmente, Pedro lo asociaba con el salón de la casa de Verónica.
Entraba desde allí a un dormitorio, pasando por un umbral adornado con exóticas cortinas. En un lecho de
satén descansaba Verónica, esperándole. El escenario estaba salpicado de tintes árabes. Una especie de
Babilonia hecha de una sola habitación con una sola mujer que recibía a un solo viajero. Ella le llamaba a
entregarse como ya lo hizo el fin de semana. Pedro no podía evitarlo y en unos instantes ambos se fundían
con las sábanas rojas oscuras en un abrazo. El tejido de raso le envolvía, asfixiándolo, y a ella le sucedía
lo mismo. Cuando se retiró, comprobó que la cama era mucho más estrecha:
Era un ataúd.
Se levantó y retrocedió. Tropezó con algo y cayó al suelo, sentado. Ella trató de salir al instante
de allí. Emergió del tumulto de las sábanas y se puso de pie. Pero entonces…
Arimán.
Estaba detrás de ella. Agarró su melena rizada y ella se quedó quieta sollozando
compulsionadamente, muy asustada. Los dos allí, de pie sobre el féretro. Ella se cubría púdicamente con
las sábanas (actitud antagónica a la que había mostrado hasta entonces), pero Arimán la retiró, y le mostró
a Pedro por última vez la desnudez de su cuerpo. La mano libre de Arimán bajó rozando el torso de
Verónica. Pedro se cubrió la cara con las manos y no miró la escena. No quería más pornografía. Tras
unos momentos de respiración entrecortada, Verónica empezó a gritar, cada vez más fuerte.
— ¡Me está devorando! ¡Me está destrozando por dentro, Pedro!
Levantó de golpe la vista, acurrucado en un rincón. Verónica se había llevado los brazos al
vientre. Gritaba de dolor sin cesar, y fue subiendo los brazos hasta el estómago. El dolor, fuese lo que
fuese, cambiaba su localización. Pedro observó entonces con horror que la carne se había secado y se
arrugaba sobre sí misma igual que un papel que se quema. La piel se retrajo hacia dentro y fue
adquiriendo un tono verdoso. Las costillas inferiores se marcaron detalladamente. Se estaba desinflando
como un globo, como una muñeca llena de aire. Era un proceso acelerado de putrefacción, le pareció a

Alfredo M. Pacheco

64

Pedro. El fenómeno se extendió a las piernas con rapidez. Los pechos perdieron la turgencia hasta
convertirse en dos pellejos inútiles que solapaban el tórax. En ese instante, los gritos se hicieron ahogados
y dificultosos, hasta que soltó una última bocanada de aire a modo de expiración.
Los pulmones. Ha perdido los pulmones, pensó Pedro.
Por último la cara. Verónica expulsó un borboton de sangre antes de que la tez suave y tersa
dejase paso a un amasijo nervudo que cubría mandíbulas y pómulos. Los ojos cayeron dentro de las
cuencas, y sólo quedaron dos cavernas negras. El pelo se tornó gris, de aspecto ceniciento, sucio y seco.
— ¡Hijo de puta!— vociferó Pedro con todas sus fuerzas.
— Vaya. Veo que en esto del sexo hay que tomar precauciones. Fíjate en la pobre Verónica.
Pedro gritó presa de la furia, impotente. Arimán comenzó a reir en señal de triunfo. Unos
momentos despues, pareció cansarse del ruido. Agarró con ambas manos el cuello del cadáver y lo forzó
hasta que desprendió la cabeza. La sangre negruzca de la yugular se derramó torrencialmente sobre las
sábanas. Profirió de nuevo una carcajada y arrojó la cabeza hacia Pedro. Éste la apartó de un manotazo
presa de un llanto histérico.

— Vamos, Pedro.— decía Arimán mientras descendía por el ataúd como si allí hubiera una
escalera — Hay que guardar siempre un trofeo de todas las mujeres con las que se hace el amor.

— ¿Diga?— contestó Jesús con el auricular en la mano.
— Jesús, soy yo, Adela.— su voz sonaba frenética. Algo malo había pasado— Ven rápido:

Verónica se ha muerto.

Bajo el calor sofocante de media mañana se reunieron Jesús, Chema, Adela y Pentium. Las
amigas de Adela y Verónica hacían las veces de coro de tragedia griega cantando la estrofa y la antístrofa
de su réquiem en sollozo menor.
— Falta Pedro— dijo Chema.
— Le he llamado ya.— contestó Jesús— Tiene que estar a punto de llegar.
— ¿Sabe lo de Vero?— preguntó Adela.
Jesús negó con la cabeza.
Minutos más tardes, Pedro apareció. Su cara reflejaba gran preocupación. Tal vez ya sabía la
noticia. Cuando se halló junto a sus amigos preguntó con ansiedad qué ocurría. Había recibido la llamada
telefónica de Jesús María. Le había dicho que se reuniera con ellos en la plaza, como de costumbre. Pedro
supo en ese instante que algo malo pasaba, algo muy malo que Jesús no quiso contarle. En el fondo, sabía
de sobra lo que era, pero quería asegurarse, como el que sabe que ha suspendido un examen pero aguarda
hasta el momento de recibir la nota para “hacerlo oficial”. Al ver a chicas de la pandilla de Verónica
llorar y consolarse las unas a las otras, supo que llevaba razón.
— ¡Es Verónica! ¿Qué le ha pasado a Verónica?— vociferó al borde del colapso.
— Escucha, Pedro.— comenzó Adela— Esto también me ha pillado de sorpresa…
— ¿Ha muerto?
Ella derramó una lágrima mientras asintió débilmente con el mentón. Pedro lanzó un desgarrado
grito y comenzó a llorar desesperado. Le temblaban las piernas y se sintió sin fuerzas para permanecer de
pie. Se abrazó a sus amigos, que le sujetaron y le llevaron a sentarse a un banco.
— ¿Qué le ha pasado?— pudo preguntar, sin entonación, cuando estuvo algo más calmado, unos
cinco minutos después— ¿Por qué ha muerto?
— Su madre nos ha dicho que por una hemorragia interna. — explicó Adela— No están muy
seguros, y no saben por qué ha sido causada.
— ¡Yo sí sé por qué ha sido causada!— estalló en cólera— ¡Ha sido Arimán! ¡Se supone que
está interesado en ti, pero ya ves, la ha matado a ella! ¡A VERÓNICA!
— Pedro, cálmate…— dijo Jesús, pero en el acto, Pedro se levantó y corrió hacia algún sitio, tal
vez a su casa. En realidad fue desesperado hasta la cruz del siglo y rezó allí de rodillas durante más de
media hora, pidiendo salvación para su alma y la de Verónica.
— No sé por qué, pero me creo lo que ha dicho Pedro— sentenció Chema.
— Estoy totalmente seguro.— añadió Jesús.
— ¿Estamos en peligro?— dijo Pentium— Es decir: tú tenías razón, Chema. Va a por Adela.
¿Eso significa que vamos a morir todos nosotros?
— Supongo que depende de quién sea el protagonista. Tal vez las que mueran sean las chicas.
— No, ellas no estaban metidas en esto.— desmintió Jesús.
— ¿Y Verónica sí?— insinuó Chema.
— Sí. Era la chica que le gustaba a Pedro, que es uno de los que hemos hecho espiritismo. Adela,
Pentium y yo estuvimos metidos en esto desde que vimos a Arimán en la iglesia. Pedro se metió más
tarde, y Verónica estuvo de alguna manera relacionada desde entonces. Luego, vino lo de la misa negra.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

65

Verónica se metió en esto a saco. Al final era cierta una cosa: Virginia, la primera víctima, era aleatoria.
Debemos estar preparados.

Volvieron a guardar un silencio sepulcral. Adela estaba con ellos, escuchando cada una de las
palabras. Tenía más miedo que ninguno. Al fin y al cabo ¿qué querría un demonio de la categoría de
Arimán (una antigua divinidad) de ella?

No habían vuelto a ver a Pedro desde esa mañana de Jueves. Por fin pareció superarlo y se
encontró con sus amigos el domingo por la noche, en el Paseo. Parecía alguien nuevo, más despreocupado
y no tan triste.

— ¿Qué tal te encuentras?— preguntaron uno detrás de otro
— Bien, bien…— repetía él cada vez. Y era cierto, se le veía en la cara. No se trataba de una
respuesta metódica para quitarse a la gente de encima.
Tomaron algo en la terraza de un bar y charlaron. Cuando el ambiente era totalmente distendido,
tuvo que aparecer otra vez Paco, el antiguo novio de Adela. Hacía tiempo que no les molestaba, pero todo
lo bueno dura poco.

— Anda, mira: los satánicos.— un agudo comentario propio de él.
— ¿Qué, Paco?— preguntó Pentium— Esta feria viene José Tomás a torearte un rato, ¿no?
Los cuatro echaron a reír para humillación de Paco, que estaba delante de sus amigotes. Soltó un
nuevo comentario a propósito del peso de Pentium, cosa que no le molestó en absoluto.
— ¿Y qué me dices de tu peso?— Chema salió en defensa de su amigo— ¿Qué
son?¿Veinticinco kilos por cuerno?— aquello fue el match point, el gol de oro. Todos se rieron, hasta los
amigotes de Paco. Éste se lo tomo bastante mal y agarró la camiseta de Chema.
Jesús María se levantó al instante, apartó el brazo de Paco de un golpe y se interpuso entre
ambos. Ahora, Jesús y Paco quedaron enfrentados. Chema se puso de pie alerta de una pelea en potencia.
Hubo un prolongado duelo de miradas. Los compañeron de Paco (los que no se habían ido ya a la
discoteca) lo calmaron para que la cosa no llegase a las manos.
— Vamos, caballeros.— dijo Chema — No querrán dar un espectáculo en presencia de tanta
gente.— era verdad: las miradas de casi todas las mesas se centraban en ellos.
Paco se marchó.
— Venga, venga.— dijo Jesús en un intento de mitigar la tensión generada— Un brindis por
Pedro, que por fin ha salido a la calle.
Todos brindaron alegremente y dieron un trago.
— Pareces encontrarte muy bien ¿has ido al psiquiatra?— bromeó Pentium
— Bueno, casi… — miradas de asombro quedaron espectantes — Esta mañana fui a misa y

luego me he confesado.

— ¿Qué has hecho qué?— a Jesús pareció enfadarle mucho aquello
— Necesitaba desahogarme… quería salvar mi alma.
— ¡No, no, no, no y no! Tío, eso es traición. Primero haces una misa negra y ahora vas y te

vuelves un beato.

— No es eso. Lo necesitaba, estoy arrepentido.
— Dime qué coño le has contado al cura.
— Nada… que antes de que Verónica muriese la deseé y…
— ¿Y qué hicisteis el amor?
— Sí— admitió Pedro.
— Dios.— suspiró Jesús— Eso no es bueno, nada bueno… ahora él va a estar furioso contigo,
me juego el cuello. ¿No le habrás hablado de la misa negra ni del espiritismo?
— ¡No, claro que no! No os nombré a vosotros.
— De todas formas, lo que haya dicho es secreto de confesión.— calmó Chema.
— Eso aquí no existe: lo que haya dicho éste lo sabran las cuatro viejas de siempre a estas horas
y mañana se habrá enterado Dios antes de las doce.
Dejaron el tema. Chema vio durante aquella noche cómo toda clase de chicos le daba una y otra
vez el pésame a Pedro y a las amigas de Verónica. Hipócritas. La mitad de esos muchachos no conocían
ni a Pedro, ni a Verónica ni a sus amigas, pero todo fuese por el maldito juego de quedar bien delante de
la gente. Era detestable.

Pedro se marchó poco antes de las doce. Había dormido poco debido a las pesadillas. Desde la
muerte de Verónica no superó las dos horas seguidas ninguna noche, y eso se notaba. Los otros se
quedaron un rato más.

— Estoy harta— le dijo Adela a Jesús.— La gente no para de hablar de lo de Verónica. ¿Sabes la
cantidad de tonterías que dicen de su muerte?
Jesús la abrazó y caminaron un rato.

Alfredo M. Pacheco

66

— Vuelves a ser tú.
— He estado bastante preocupada con este asunto. Cada vez que pienso que ese demonio anda

tras de mí…

— En lugar de huir del problema, afróntalo.
Adela miró interrogante
— Arimán tiene aquí alguna misión, pero el espíritu que invocamos no sabía cuál. Según él, sólo

Satán puede decírnosla.

— ¿Cuándo invocásteis un espíritu?
— El viernes, cuando vino Chema, hicimos una ouija.
Adela permaneció callada. Jesús continuó:
— Escucha, tenemos que hacer un ritual de invocación. No una sesión de espiritismo, sino una

auténtica misa negra.

— Conmigo como altar ¿verdad?
— No, no es necesario. Prescindiremos de él.
— Mmmm… no estoy segura, han pasado muchas cosas desde que empezamos estos juegos, y
todavía está muy reciente la muerte de Verónica. Mejor esperemos un par de semanas.
— Está bien. Pero piensa que si no continuamos con “estos juegos”, tal vez Arimán haga que

ocurran muchas más cosas.

Pedro volvía a su casa por la solitaria calle. La iluminación era escasa, pero no había ningún
problema. Aquello no era Madrid. Ningún ratero le asaltaría ni nada por el estilo. Además, la gente
vigilaba. A través de las rendijas de las persianas se veían las luces de los salones y los dormitorios.
Alguien detrás de una cortina no podía ser visto desde la calle, pero sí podía observar con precisión los
acontecimientos de afuera. Mientras bostezaba, sintió como si miles de miradas estuviesen puestas en él,
en el pobre chico que estaba enamorado de Verónica. Creía ver varios pares de ojos apiñados por
escrudiñar tras cada ventana. Cerró los ojos y sacudió la cabeza: tenía sueño de verdad. Cuando llegase a
su casa tomaría algo y dormiría por fin de un tirón, con la conciencia tranquila. Volvió a abrir los ojos
para ver el camino.
¿Y las luces?
Todo estaba apagado: farolas y ventanas. Veía las casas en tonos azules apagados, sin relieve.
Nada alumbraba el camino, pero veía a la perfección. Continuó sintiendo la presencia de miles de
miradas, pero esta vez sintió más miedo. Creía ver cientos de ojos rojos tras los cristales y las cortinas;
una reunión de bestias que estaban pendientes de sus actos. Entonces, oyó unos pasos apagados.
— Ego te absolvo tui pecati…— decía una voz
Entonces, Pedro vio a alguien aproximarse hacia el desde la distancia. Al instante dio media
vuelta y corrió en dirección contraria. Pero… de repente lo encontró justo ante él.
Arimán.
Vestía ropas oscuras, más bien de otoño que de verano. ¿Por qué Arimán le perseguía ahora? ¿Y
qué hacía pronunciando esa frase en latín? Arimán le señaló con un dedo y luego lo movió a izquierda y
derecha, en señal de negación. Chasqueó la lengua ligeramente varias veces. Parecía disgustado con algo,
como si Pedro hubiese hecho algo malo, o algo mal.
— ¿Estás tranquilo ahora que te has confesado?— preguntó
— ¿Qué es lo que quieres?
— Nos has decepcionado, traicionado. Si no estás con nosotros, estás contra nosotros. Y tú ahora

mismo estás contra nosotros.
— ¿Contra quiénes?— Pedro no entendía muy bien.
— Pues contra mí y contra el resto del infierno. Confesarte ha sido como revelar información al
enemigo. Eres un chivato, y a los chivatos se les ejecuta de inmediato por traición.
Antes de que Pedro pudiese hacer o pensar nada, una mano rápida le agarró por el cuello.
— Pero no te preocupes. Yo no te voy a matar.
Arimán, con la otra mano desgarró su camiseta. Pedro observó unas uñas largas y negras, de
aspecto bastante sólido, más que las uñas normales. Con el dedo índice, dibujó una cruz invertida en el
lado derecho de su pecho. El contacto de la uña con la carne le produjo la sensación de estar quemándose.
Y en efecto, la cruz le quedó marcado como si se la hubiesen prendido con acero al rojo. Pedro apretó los
dientes, entornó los ojos, y aguantó estoicamente el dolor. Arimán hizó un gesto de aprobación. Dibujó a
continuación un pentagrama sobe la cruz. El trazo de su uña producía un ruido de metal semifundido en
contacto con el agua, o simplemente, de metal semifundido en contacto con la carne, que era lo que Pedro
sentía. Una vez hecho el círculo y la estrella, acercó los dedos índice y corazón a los ojos de Pedro.
—¡No!¡No!¡¿Qué vas a hacer?!

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

67

Pedro agarró con ambas manos la muñeca de Arimán en vano intento de apartar el brazo de su
trayectoria. Cuando vio los dedos casi tocando sus ojos, los cerró con fuerza. Arimán situó la punta de las
uñas en la coyuntura de los párpados. Después, empujó con lentitud. Pedro sufrió la torura de perder la
vista con un método tan brutal. Sus pupilas se quemaban, y los ojos comenzaron a sangrar. Arimán soltó a
su pelele. Pedro cayó arrodillado al suelo y se llevó las manos a los ojos, gritando de desesperación.
Cuando pudo abrirlos, sólo vio oscuridad y sangre.
— ¡No puedo ver!¡Auxilio!¡No puedo ver!— se desgañitó.
¿Dónde estaban todas esas miradas que presentía al volver a su casa? ¿Es que nadie veía la
escena? Estaba desesperado. El miedo le paralizaba. No sabía qué hacer ni qué le esperaba. Sintió que
Arimán le cogía una mano. Se agitó intentando liberarse, pero no lo consiguió. Entonces, comprobó con
asombro que Arimán le entregaba un puñal.
— Estás ciego, Pedro.— el chico notaba la voz cerca de su oído derecho, no así su aliento— El
resto de tu vida estará sumido en la oscuridad para siempre. Mátate ahora mismo, y acaba con tu dolor.
— ¡No! No pienso hacerlo.
— Entonces…— la voz se alternaba en ambos oídos. Pedro estaba totalmente desorientado
respecto a la posición de Arimán— te golpearé la espalda dolorosamente hasta dejarte paralítico, y si ni
aún te quitas la vida, te dejaré tetraplégico, y tu vida será una pesadilla larga y agonizante. Cuando estés
desesperado será demasiado tarde, porque serás una carga inútil, incapaz de hacer nada por ti mismo,
ciego y postrado en una cama. ¡Y si es necesario— la sibilante voz de Arimán aumentó el volumen— te
dejaré sordo y mudo! Pero no te quitaré la vida. Prefiero ver cómo la tuya se convierte en un infierno.
Mátate ahora que puedes usar los brazos. Después será demasiado tarde.
Pedro supo que hablaba en serio. La idea de vivir ciego le espantaba, pero aún más la condena
que le tenía reservada Arimán. ¡Cielo santo! Sin poder ver, oír ni hablar; y postrado en una cama el resto
de su vida… ¿cómo comunicarse?¿cómo podría aguantar aquello? Se acercó al pecho tembloroso el
cuchillo. Sintió el calor de la mano de Arimán al cogerle de nuevo sus manos. Guió la daga con pulso
firme hasta apoyarla justo delante del corazón, pero no la clavó. Pedro sollozó tembloroso. Las lágrimas
arrastraron la sangre de los ojos y sus mejillas se tiñeron de rojo. Después empujó el puñal contra su
pecho. El arma se deslizó entre dos costillas y alcanzó el corazón.
Mientras Pedro expulsaba su último aliento, Arimán susurró a su oído:
— A los ojos de Dios tu alma está condenada. Te has dejado tentar por el mal, al hacerme caso;
has pecado de soberbia por preferir la muerte a una vida de adversidades; y sobre todo, te has quitado lo
único que tiene derecho a arrancarte Dios: la vida.— sonrió con malicia— Puede que tu vida hubiera sido
un infierno, pero tarde o temprano habría terminado y después te aguardaría el cielo seguro. Ahora te
espera la eternidad en los Avernos; cuando termine mis propósitos, bajaré a verte… y te torturaré hasta el
ocaso de los tiempos.

Pedro escuchó horrorizado las palabras antes de derrumbarse inerte en el suelo.

Alfredo M. Pacheco

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La ascensión del caído.

69

Capítulo Xº:

Un Buen Escarmiento.

la mañana siguiente, según parecía, la madre de Pedro le había encontrado muerto en su
habitación, con los ojos quemados y unas marcas, hechas también a fuego, en el pecho.
Después de eso, se clavó el mismo cuchillo que había puesto al rojo para causarse las
mismas heridas en el corazón. Murió por hemorragia interna a los pocos segundos. Fue
enterrado ese mismo lunes a las ocho de la tarde en tierra no consagrada (no lo permitieron debido a que
había cometido pecado mortal al suicidarse y a las connotaciones satánicas de su muerte). Sus tres
amigos, junto con Adela, acudieron al funeral. No derramaron ni una lágrima. Mantuvieron en todo
momento la entereza, la mirada fría, ausente, el pensamiento más allá de aquella situación.
La versión oficial de la razón de su suicidio apuntaban al dolor por la pérdida reciente de

Verónica.

Era totalmente inconcebible.
Los chicos sabían que por la mañana se había confesado. Su alma estaba en paz, y su conciencia
tranquila… o casi: no había relatado al cura las sesiones de espiritismo ni la misa negra que hizo con
deseos de lujuria. Con todo, la noche anterior se le había visto absolutamente recuperado, descargado de
toda culpa. Era ilógico que se hubiese quitado la vida, pues. Alguien o algo le había matado, o le había
obligado a matarse. Y ese alguien o algo tenía nombre propio: Arimán.
Volvieron andando del cementerio. Eran poco más de las nueve, anochecía y el cielo se divisaba

una delgada C invertida de plata.
— ¿Vamos a salir esta noche?— preguntó Pentium.
— Aunque sea, estamos un rato en el paseo…— sugirió Chema.
— Nos van a poner a parir— anunció Adela.
— ¡Pues me da igual!— replicó— Además, no nos vamos a ir de juerga ni emborracharnos.
Hablamos un rato, comentamos esto, porque tiene tela, y dejamos que el medio pueblo que no ha ido al
entierro nos dé el pésame.

Se fueron cada uno a su casa a ponerse ropa más cómoda (se habían arreglado para el entierro).
Y acordaron verse en los bancos de la fuente en unos veinte o treinta minutos.

Adela había llegado la primera. Resultaba curioso, pues lo usual era que la chica siempre era la
que tarda más en arreglarse, maquillarse… En su caso, simplemente cambió el vestido por unos vaqueros
y una camiseta, y los zapatos por unas playeras. Se dejó la escasa sombra de ojos y el rímel que había
llevado para el funeral. No solía ir maquillada, y ahora pensaba que debía haberse desmaquillado antes de
salir. No era normal en ella, y menos tratándose de un lunes. La gente podría pensar…
Qué más daba lo que pensase la gente. Chema tenía razón. Preocuparse por aquello era ridículo
con los sucesos que habían ocurrido ese verano.
Mientras esperaba, caminaba distraidamente de un lado a otro. Se adentró entre los arbustos para
salir cerca de la carretera. Veía la estación de autobuses. Miró a la espera de que apareciese Chema a lo
lejos. Él venía por esa parte. Dio media vuelta y se internó de nuevo entre los setos.
— Ese rímel realza tus ojos.— dijo alguien a su espalda. Giró sobresaltada y se encontró a

Arimán.

— ¿Qué es lo que quieres?— preguntó nerviosa.
— Quiero ser el primero en darte el pésame.— dijo él con sobriedad.— Ha sido una tragedia.
— Tú le has matado.
— ¡Oh! Eso no es cierto. Yo sólo le hice una visita para darle una regañina por haber confesado
sus secretos al… bando contrario. Eso es todo. Mi intención no era matarle ni mucho menos. Fue él el que
se suicidó.— y añadió— Mi más sentido pésame. No somos nadie.
— ¿Y tuvo que quemarse los ojos primero?
— Tch.— chasqueó la lengua con cara de circustancias.— Ahí he de admitir un mea culpa.
Verás, era parte de la regañina. No creerías que iba a soltarle un sermón. Claro que Pedro demostró una
gran dosis de sensatez: la represalia… aún incluía un par de cosillas más.— sonrió con algo de malicia.
¿Cómo se atrevía? Había matado a su amiga Verónica y obligado a Pedro a suicidarse. En
cambio, el seguía hablando con cortesía igual que un gentleman inglés, rebosante de humor negro. Se
acercó a ella y se miraron a los ojos muy de cerca.
— Adela. No he venido para hacerte daño. No creas que disfruto con lo que he tenido que hacer.
Mentía. Mentía como un bellaco. Pero no podía odiarle. Adela contempló entre fascinada y
asustada los ojos de Arimán. Quería amarle pero no debía. Debía odiarle pero no podía. Y entonces se

A

Alfredo M. Pacheco

70

besaron. Adela se sintió culpable. Estaba engañando a su novio, Jesús. Aunque no era la primera vez que
engañaba a un novio suyo. Engañó a Paco cuando se enrolló con el propio Jesús. Y le engañó un poco a
Jesús cuando Arimán le besó la primera vez. Le pasó por la cabeza que el cielo le deparaba un terrible
castigo divino por aquella sacrílega infidelidad.
— Adela.
La voz de Jesús María la devolvió a la realidad. Ella se encontraba sentada en el banco, frente a
la fuente. Reflexionó y recordó haber vuelto cuando no vio a Chema llegar. Pero también recordaba haber
estado hasta ese instante con Arimán, en el camino de tierra flanqueado por los setos… habían pasado las
dos cosas.

—Hola, Jesús.— dijo ella distraida, y se dieron su habitual beso de presentación.
Jesús María había hecho una excepción y se había puesto una camisa negra lisa para el funeral.
Ahora volvía a vestir sus camisetas heavy habituales. Traía el pelo aún algo mojado. Parecía que acababa
de ducharse.

— ¿No ha venido nadie?— preguntó.
— No. Llevo aquí unos cinco minutos y nada.
— Ahá.— guardó unos instantes de silencio, como si no se decidiese a decirle algo.— Oye, lo he
estado pensando y creo que deberíamos hacer… una misa negra. La aplazamos por lo de Verónica, y
ahora Pedro ha muerto. Necesitamos saber cuanto antes qué se propone Arimán.
Adela asintió resignada.
— Sí, supongo que tienes razón.— miró apesadumbrada a Jesús— Yo seré una de las
participantes ¿no? Quiero decir, que no tengo que hacer de altar.
— No, por supuesto que no. Tenemos que hacerlo. Por todos nosotros. Y sobre todo por ti. Es a
ti a quien quiere y no queremos que te haga nada malo.
Arimán no me va a hacer daño, ya me lo ha dicho, pensó ella.
— Si quieres que te diga la verdad, no creo que hacer un ritual sea lo mejor en estos momentos.
Dejemos que se enfríen un poco las cosas. No sé… la muerte de Virginia, Verónica, Pedro…
— Sí, tienes razón. Lo prepararemos todo con calma. Pero será mejor que procuremos que sea
pronto. No se sabe lo que nos puede pasar— se acercó a ella y la besó.
Alguien forzó un carraspeo.
— Hombre, Chema. Siempre tan inoportuno.
— Es mi sino. ¿No ha venido Pentium?
— No, parece que se retrasa.
— Mala señal: cuando Pentium viene tarde es que se acaba el mundo.— bromeó.
De repente, se dio cuenta de lo que acababa de decir. ¿Y si Pentium estaba en grave peligro? No
podían esperar más, había que ir a buscarle. Se pusieron en pie. Se dirigieron hacia su casa, con el fin de
encontrárselo en el camino. A la entrada del Paseo, se toparon con él. Estaba vivo, pero su aspecto no era
muy saludable

Tenía desgarrones en las mangas de la camiseta. Las rodilleras de los vaqueros estaban rotas y
dejaban entrever unas rodillas arañadas y con algo de sangre. La nariz estaba hinchada, tal vez rota, igual
que las gafas. En la ceja derecha se apreciaba un corte como guinda para el chichón que allí se formaba.
— ¿Qué coño te ha pasado?— preguntó Jesús.
— Nada, sólo que voy a comprar una pistola y a vaciar el cargador en la puta cabeza de Paco.—

bufó resoplando Pentium.

— ¿Te ha pegado? ¿Cómo coño ha sido?— insistió Jesús.
— ¿Quieres que te lo cuente?

Pentium salía de su casa, cerca de la Plaza Mayor, apenas cinco minutos después de haber
vuelto del funeral. Intentar establecer la ruta más directa hacia el paseo era inútil. Había que zigzaguear
por las callejuelas hasta salir a la Calle Santo Tomás, paralela a la Calle Mayor; o también se podía
atajar por la Calle Carros y salir a la Calle Almenas, que desembocaba en Santo Domingo. Avanzó
descuidado sin pensar qué camino tomaría.
Y entonces sucedió.
La Glorieta era un parque ajardinado cuyos limites se delimitaban concisamente mediante
verjas. Había dos puertas: la principal, que daba a la Ronda de la Glorieta; y otra trasera, por llamarla
de algún modo, que se encontraba en la calle por la que pasaba. Ambas se habrían supuestamente de
ocho de la mañana a once de la noche. Pues bien, de la puerta trasera surgieron Paco y su
prole, como si
se tratasen de una banda de rateros gitanos que sorprendiesen a un pobre transeúnte de las calles de
Madrid. En aquella ocasión había dos chicos acompañando al ex-novio de Adela, sus dos mejores
amigos (o sus más fieles seguidores).

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

71

Agarraron a Pentium y le hicieron entrar a empellones al parque. Allí, los dos chicos lo
sujetaron por los brazos mientras Paco propinaba una serie de golpes.
— ¡Esto por reirte de mí, gordo de mierda!— se desahogaba Paco.
Golpeó con sus puños grandes la cara del chico. Cogió sus gafas y las estrelló contra el suelo
arenoso, para después romperlas de un pisotón. Pentium se quejaba de dolor a cada golpe. En las
películas el héroe aguantaba los golpes estoicamente y guardaba sus quejidos para las escenas en que la
chica curaba las heridas.
Aquello no era ninguna película.
Un certero puñetazo se estrelló contra la nariz de Pentium. Sintió que el dolor le inundaba la
cara. El apéndice comenzó a sangrar escandalosamente. Pentium resopló, expulsando sangre negruzca y
algo de moco, manchándose la camiseta.
Se debatió furioso y forcejeó intentando zafarse de los chicos que le inmovilizaban. En el
intento, la camiseta se desgarró. Los chicos cambiaron la posición y le sujetaron por los hombros,
asiendo esta vez la carne y no el tejido.
— Eres un mierdoso, ¿sabes?— dijo Pentium.— Tienes que esperar a cogerme solo y me tienen
que sujetar tus dos amigotes para que puedas pegarme…
— ¿Ah, sí? Soltadle.
Suelto de sus cadenas humanas, respiró entre dientes, cargado de furia. Se abalanzó a por Paco,
cargando su peso como en un placaje de
rugby, pero la jugada le salió mal. Paco le recibió y soportó la
carga girando sobre sí mismo y aprovechando así la fuerza de su atacante. El cuello de Pentium había
quedado en el costado derecho de Paco y éste lo había agarrado con los antebrazos. Se desplazó
lateralmente, obligando a hacer lo mismo a Pentium para no caer, y lo empujó hacia un banco de piedra.
Pentium trastabilló y se golpeó la tibia dolorosamente. Cayó hacia delante aparatosamente y se precipitó
contra el suelo. Los chicos lo levantaron y lo volvieron a empujar hacia Paco. Pentium no mantuvo el
equilibrio, al ser lanzado en posición encorvda, y volvió a caerse. Esta vez resbaló por la arena y se
desgarró las rodillas de los pantalones. Era muy divertido ver caerse con torpeza a un gordo. Les
divertía cómo una mole de grasa perdía la coordinación y acababa en el suelo.
Pentium no podía más. Le dolía todo el cuerpo. Intentó volver a levantarse, pero le dolían las
rodillas y los codos. Paco le dio una patada en el costado. Pentium volvió a desplomarse y rodó con las
manos en la zona afectada, quejándose de dolor. Estaba vencido. Quería que aquello acabase.
Impotente, dejó escapar unas lágrimas. Se maldijo por ello. Lo último que deseaba que viese aquel
cabrón era que lloraba como una nena, como un marica.
— Para que vuelvas a reirte, puto gordo seboso.
Escupió desde arriba y la saliva empapó la mejilla de Pentium. Se fueron sin más, dejándole allí
tirado. Al poco rato, Pentium comenzó a despotricar iracundo.
— TE VOY A MATAR, HIJO DE PUTA. TE COGERÉ Y TE MATARÉ YO MISMO. Y CUANDO
ESTÉS EN EL INFIERNO, SATÁN LE DARÁ POR CULO A TU ALMA. HIJO DE PUTAAAA…

— ¿Por qué coño has venido aquí? Haber vuelto a tu casa.— dijo Chema.
— No sé… supongo que si no venía, os preocuparíais… pensaríais que…
— Entiendo. ¿Y ahora, qué hacemos contigo?
— Vamos a llevarle al Centro de Salud— ordenó Adela.
Caminaron lentamente, cuesta arriba, al lado de la estación de autobuses. Algunas de las
personas con las que se cruzaron les miraban y después murmuraban algo.
— A saber qué coño estarán diciendo.— comentó Chema en voz alta.
— Nos dirán de todo menos “bonito”.— ironizó Pentium— Seguro que es por lo de la muerte de
Pedro. Creerán que somos unos sectarios, vete a saber.
— Y tú encima con estas pintas— añadió Jesús María.
— Pues anda que tú…
— ¿Os habéis fijado que nadie nos da el pésame?— apuntó Adela.
— Sí…— coincidió Jesús, y al ver que una anciana le observaba con descaro, le dijo— No
somos nadie, señora; de un polvo nacimos y a polvos moriremos.
La mujer se santiguó y siguió su camino más deprisa. Los chicos se rieron, pero Chema en
seguida le encaró que la gracia había sido excesiva, en vista de lo que había ocurrido entre Pedro y
Verónica.

— Lo siento. ¡Si es que estoy hasta los huevos, joder! Tanto comentario de lo satánico y tanta
polla. Por cierto, de Pedro tenemos que hablar cuando salga éste— señaló a Pentium con el pulgar— de
urgencias. Anda, pasa, que ya hemos llegado.

Alfredo M. Pacheco

72

El siguiente fin de semana parecía estar más animado. Cada vez había más gente de vacaciones.
Las noches se animaban por momentos. Chema y sus amigos habían pasado una noche distraida, sin
incidentes especiales. Se cruzaron con Paco en contadas ocasiones, pero no hubo ninguna discusión. El
verano iba a llegar a su apogeo, se decía Chema mientras llegaba a la Plaza Mayor. Era sábado día ocho.
El próximo fin de semana se celebraría un maratón de fútbol sala, que traería a muchos equipos de los
alrededores, y éstos a sus mejores jugadores; al siguiente se celebraba ya la Romería en el santuario de la
patrona, y después sólo quedaban los cinco días de feria. El verano pasaría pronto… en circustancias
normales.

Chema llegó por fin a la plaza y miró en derredor en busca de sus amigos. Parecía que nadie
había llegado. Caminó distraído bajo el sol aplastante y se acercó a la iglesia. En la pared, cerca del
pórtico, una cuartilla anunciaba cada día los fallecimientos y funerales. Alrededor había gente joven.
¿Y ahora quién se ha muerto? pensó Chema.
Se acercó curioso y consultó la cuartilla enmarcada en negro.
Cuando llegaron Pentium y Jesús María, lo encontraron allí, atónito, boquiabierto (en el sentido
más literal de la palabra), y sin reaccionar.
— ¿Qué pasa, Chema? ¿Se ha muerto alguien?— preguntó Jesús María.
— Paco.— respondió él mecánicamente.
Los otros dos chicos abrieron los ojos y miraron la esquela expuesta.

ROGAD A DIOS EN CARIDAD POR EL ALMA DE

Francisco Pérez Bravo

que falleció anoche a las cinco y media de la magrugada.
— R.I.P.—

La esquela continuaba anunciando la hora del funeral y el resto de cosas pertinentes.
— ¿Y de qué ha muerto?— preguntó Pentium
— Yo qué sé.
Al final de la mañana, los rumores apuntaban a que Paco había muerto por insuficiencia cardíaca
debido a una ingesta masiva de alcohol. En pocas palabras, había sufrido un coma etílico. Según parecía,
se había derrumbado de camino a su casa, y el corazón se le paró. En mitad de la noche, y sin amigos, la
ayuda médica no pudo llegar a tiempo.
— Y una mierda.— fue la reacción de Chema— Ayer le vimos y no iba ciego. Y si estaba tan
borracho, no habría ido solo a su casa.
Pero otro rumor se extendió bajo el primero y arraigó en un selecto círculo socioeconómico
formado por personas de edad media viculadas al mundo agrícola. Se habían encontrado algunos indicios
que apuntaban a la presencia de perros merodeando por los alrededores del pueblo durante la noche del
viernes. Al parecer, algunos perros de caza habían escapado de sus fincas y cortijos. Los perros, según
aseguraban algunos pocos, rondaron también por las calles del pueblo. Y así se llegó a la especulación de
que Paco pudo sufrir un ataque por parte de estos animales. La familia desmintió rápidamente la noticia,
así como algunos médicos que aseguraban haber atendido a Paco cuando ingresó en urgencias mientras
ellos permanecían de guardia.

Chema, por su parte, al margen de la causa de la muerte, encontró terriblemente sospechoso
aquel incidente apenas una semana después de la pelea que Paco tuvo con Pentium. La reputación de los
chicos volvía a ponerse en entredicho: primero lo de Pedro y ahora Paco. Pero ¿y si había algo de cierto?
— Pentium… ¿no habréis hecho nada raro esta semana, verdad?

Paco regresaba terriblemente molesto a su casa la noche del viernes.
Eran alrededor de las cuatro y media. Normalmente, a cesa hora la noche estaba en su cénit para
él. Los niñatos se había ido a acostar ya y permanecían sólo los mejores, los vampiros de fin de semana
que se alimentaban de alcohol en lugar de sangre y permanecían despiertos, celebrando una fiesta no
convocada, hasta transgredir el límite del amanecer. La noche ejercía esa particular selección natural, y
Paco siempre sobrevivía, mientras fracasaban los que no podían aguantar el beber más, los que se
quedaban sin dinero, los que se retiraban debido al cansancio…
Paco había fracasado aquella vez: no tenía ni una peseta más. El jueves, mientras volvía en
motocicleta desde el cercano pueblo de Montiel (al que había ido a ver a un amigo), el carburador falló en
pleno viaje y él sufrió una aparatosa pero inocua caída. La moto sufrió varios desperfectos aparte del
carburador: la chapa estaba repleta de abolladuras, se había pinchado el neumático trasero (no sabía muy
bien con qué), y con el golpe se le agujereó el depósito, que estaba casi lleno. Fue un milagro que la moto
no explotase. Por lo demás, tres mil pesetas de gasolina derramadas por el asfalto antes de poder ser
quemadas, multitud de pequeños golpes y moratones, y una enorme factura del taller. Paco tuvo que

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La ascensión del caído.

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invertir gran parte de sus ahorros para abonar esa factura, y por eso su capital para la noche del viernes
fue tan escaso.

La semana había estado francamente gafada para el chico. Había perdido un futuro “ligue de
verano” a manos de un guaperas valenciano. Eso lo enfureció bastante, y el chaval en cuestión quedó
apuntado en la lista negra particular de Paco. También estuvo el incidente de aquella misma mañana del
viernes: un coche derrapó en una curva en el camino hacia el santuario de la patrona y se salió de la
estrecha calzada. Pasó muy cerca de la bicicleta de Paco. Casi dos accidentes en dos días consecutivos.
No estaba mal. La Muerte parecía hacer silbar el aire con su guadaña a escasos centímetros de Paco, sobre
todo después de la pelea con aquel gordo… pero Paco era un chico con una mente demasiado simple para
establecer esa relación. Para él, era sólo una racha de mala suerte, una sucesión de coincidencias, y nada
más.

El viernes no pudo lucir la moto delante de las chicas. Bebió cuanto pudo con su menguada paga,
hasta que no le quedó ni una peseta. Intentó olvidar lo ocurrido durante los últimos días. La bebida era
una buena piscina a la que arrojarse, pero no tenía dinero suficiente para pillar una buena cogorza. Se
encontró un par de veces con ese chico grueso al que tanto odiaba, ese microchip seboso ¿cómo era el
estúpido mote que en realidad tenía? era un nombre relacionado con la informática que nunca conseguía
aprenderse. Ahí estaba, sonriente, con gafas nuevas de metal que no dejaban de hacerle parecer un cuatro
ojos
. Le miraba de forma extraña, como si hubiese sido él el que le propinó la paliza a Paco, cuando fue al
revés. Supuso que se reía por dentro del accidente que había sufrido. Bastardo… Cuando se fue, él seguía
ahí, divirtiéndose con sus amigotes satánicos. ¡Maldita sea, se iba a casa antes que esa rata de biblioteca,
que apenas si había salido durante todo el curso! Eso le hacía sentir muy molesto. Mientras andaba por la
curva que describía la carretera que iba del paseo al centro de salud y al pabellón municipal, intentó
reconfortarse con la idea de que el lunes le había dado su merecido. Le tenía ganas desde principios de
curso. Un mierda de su calaña no podía responder tan insolentemente como lo hacía Pentium. Tenía que
haberle dado esa paliza hacía mucho tiempo. No podía permitir perder tanto prestigio ante el gordo ése. Y
encima, no podía regocijarse en su victoria final por todo lo que había pasado durante esos días…
… Y por un momento, atisbó a ver una relación entre ese hecho y su racha de mala suerte.
La carretera se bifurcaba después de la curva en dos calles. Tomó el camino izquierdo, la calle
del Gato. Bajó la continua pendiente. Se sentía algo mal. Parecía que la bebida le había afectado más de
lo que creía. Encontró una explicación factible a aquello. Generalmente, siempre comía algo en los
chiringuitos durante las noches de fin de semana: un bocadillo, una hamburguesa, un par de pinchos
morunos… Pero suprimió esos caprichos y se tragó su hambre en pos de poder consumir más bebida, y
así conseguir a un tiempro que ésta le afectase más. Sus amigos encontraron este comportamiento muy
extraño en él, y les extrañó aún más que se marchase tan pronto. Supusieron que se debía a esa racha de
mala suerte y le dejaron ir solo, mientras ellos se quedaron disfrutando del resto de la noche.
Continuó caminando sin darle mucha importancia. Peores borracheras había cogido, eso podía
asegurarlo. Tras pasar algunos cruces, un perro pequeño le salió al encuentro. Paco no vio que llevase
collar, debía de tratarse de algún perro callejero, abandonado y sin amo. El animal retozó en torno a él,
ladrando, amenazando, incordiando, en definitiva. Paco se paró y lo miró fijamente. El perro permaneció
frente a él, encrispado, gruñéndole… y entonces el chico dio un paso y le propinó una certera patada en el
hocico. El cánido salió despedido, rodando sobre sí mismo, emitiendo un lastimero y agudo gemido de
dolor. Paco corrió de nuevo hacia el perro y dio un fuerte pisotón al lado de éste, acompañado de un grito,
para espantarle. El animal dio un respingo y huyó a toda velocidad, igual que lo hubiera hecho un gato.
— Cago en Dios…— murmuró para sí— Se me va a poner gamba a mí un puto perro.
Justo cuando se dispuso a continuar su camino, escuchó tras él un gruñido amenazante. Giró en
redondo y se encontró con un enorme doberman. Estaba en tensión, igual que lo estuviese el pequeño
unos instantes atrás. Mantenía la cabeza baja, enseñando unos enormes y afilados dientes. Los ojos,
inyectados en sangre, desafiaban la propia mirada de Paco de una forma tan humana que le asustaba; y
como colofón, un collar en torno al cuello salpicado de esas características púas. Paco retrocedió
intimidado. El doberman podía lanzarse a por su garganta en cualquier momento. Instintivamente, el
muchacho levantó el antebrazo para cubrirla.
De pronto se escuchó una autoritaria voz.
— Cancerbero.— llamó, y el perro levantó las orejas y se irguió sobre sus cuatro patas.
Permaneció así, jadeando, con la lengua asomando por entre los dientes y dejando caer algo de saliva.
Paco vio detrás de Cancerbero a un hombre de perfil. Más bien su silueta. Permanecía de brazos

cruzados y con la mirada baja.
— Ven aquí— añadió, y palmeó un par de veces en el muslo.
Cancerbero dio media vuelta y corrió alegre junto a su amo. No parecía el mismo perro. Retozó
en torno al hombre, quien le acarició la cabeza.

Alfredo M. Pacheco

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— La próxima vez que su perro me amenace le voy a pisar la puta cabeza— dijo Paco airado.
¿Quién sacaba a pasear al perro a aquellas horas? Continuó su camino a casa, pero cual fue su sorpresa al
ver que el amo de Cancerbero estaba justo ante él. El doberman asomó la cabeza por detrás del hombre,
esbozando una burlona sonrisa… de nuevo demasiado humana.
Paco miró cara a cara el rostro joven de aquel chico. Debía de sacarle un par de años de edad y
una cabeza de altura. Era rubio, con el pelo revuelto, ligeramente peinado hacia arriba. La mirada de sus
ojos grises le asustó más de lo que estaba.
— ¿Decías algo?
— No, yo… — balbuceó Paco. Cancerbero se adelantó de nuevo, insolente, amenazante— Oiga,

coja al perro, por favor.

— ¿No has dicho que si te amenaza otra vez le pisarás la cabeza? Está deseando comprobarlo.
— Yo no lo decía en serio…
Sin previo aviso, el doberman se abalanzó sobre Paco y lo derrivó. El chico quedó tumbado, y
Cancerbero colocó sus mandíbulas en torno al cuello de aquél, presionando levemente. El perro estaba
justo encima de Paco, lo tenía totalmente a su merced. Paco sintió el aliento cálido del animal, y el
contacto igualmente cálido de sus jugos salivares. Gritó pidiendo auxilio y suplicó al joven que apartase a
Cancerbero de él. En respuesta, el perro apretó las mandíbulas e impidió la entrada del aire a los
pulmones de Paco. Cuando éste dejó de intentar gritar y se calmó de nuevo, la presión volvió a aflojarse.
El amo de Cancerbero se acercó a Paco. Se puso en cuclillas al lado de su cabeza.
— Tch, tch, tch…— chasqueó el joven en señal de desaprobación— Eres un bronquista, Paco.
No se puede ir por la calle pegando a la gente sólo porque te deje en ridículo delante de tus amigos.
— ¿Cómo sabe que…?— Cancerbero volvió a apretar las mandíbulas y Paco no pudo terminar la
pregunta. Aquel joven sabía lo de la pelea con Pentium.
— Un depredador no debe mostrar miedo de su presa. Si ésta da muestras de insurrección, hay
que darle muerte en el acto, y demostrar quién está en lo alto de la pirámide. Pero tú… tch, tch… tú dejas
que te humille durante todo un curso y luego llamas a un par de amigotes para darle unos azotes. No
mereces estar en lo alto, no eres un cazador. Te has convertido en una miserable sabandija que se vale de
la unión para obtener la fuerza.

Paco respiraba angustiadamente, presa del miedo. No entendía muy bien por qué el joven
establecía aquella relación entre él, Pentium y los depredadores y las presas. Sólo podía interpretar (más
bien intuir) que aquello era una amenaza.
— Pues bien,— continuó— ahora estás solo. Es justo que te atengas a las consecuencias de tu
status. Comprueba con tu propia experiencia cómo debe actuar un depredador… Lástima que no puedas
encontrarte entre sus filas.

Dios mío, ¿qué me va a pasar? pensó Paco.
Cancerbero se apartó. Paco se levantó aprisa y adoptó una posición a la defensiva. Cancerbero
esbozó una sonrisa de desdén y se perdió en la oscuridad. Su dueño también había desaparecido. La calle
se había quedado totalmente oscura ¿por qué? Fuera lo que fuese, lo que iba a ocurrir no podía ser nada
bueno. El fantasma del miedo continuaba ahogando el ánimo de Paco. Avanzó un par de pasos…
Aullidos.
Paco los escuchó con claridad. Había lobos. Intentó discernir de dónde provenían, y las respuesta
fue de todas partes. Optó por correr y llegar lo antes posible a su casa. Pero al llegar al siguiente cruce…
allí estaban. Dos ejemplares fuertes y robustos le salieron al encuentro, y le obligaron a dar media vuelta.
Avanzó ascendiendo la pendiente. El corazón dio síntomas de estar cansado. La percepción comenzó a
fallarle: los aullidos se oían en todas partes y a cualquier distancia, la vista se le nublaba. Otros dos lobos
le cortaron la retirada. Se detuvo, jadeante. Los lobos formaron un círculo en torno a él, y comenzaron a
dar vueltas. Paco hizo un par de amagos para intentar escaparse, pero los animales lo intuían rápidamente
y se agrupaban para frenarle los pies.
Eran más rápidos que él, y también más listos. Paco se esperó lo peor.
Los cazadores decidieron dejar de jugar y se lanzaron a por él. Volvió a caer de espaldas al
suelo, y se golpeó dolorosamente la nuca. Dos de los lobos le apresaron mordiéndole las muñecas. Los
dientes se clavaron en músculos y tendones, la sangre brotó, el dolor comenzó. Un tercer lobo, el que
parecía el macho alfa, se subió en su pecho y le miró a la cara. Con una zarpa arañó divertido la cara de
Paco. De nuevo una expresión asquerosamente humana, como la de un dibujo Disney.

No pueden ser lobos, son demasiado humanos, demasiado despiadados.

Paco por fin lo comprendió todo, aunque demasiado tarde. Se estaban divirtiendo con él, como el
lo hizo con Pentium el lunes. Comenzó a llorar arrepentido. Aquello era una venganza, un escarmiento, y
no sólo eso, sino que lo había sido todo lo que le había sucedido durante la semana. Las lágrimas le
resbalaron por las sienes. Sabía que se lo merecía, pero no quería padecerlo. Suplicó patéticamente

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La ascensión del caído.

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perdón. Parábola divina, castigo sagrado, era hora de expiar los pecados antes de abandonar este mundo
para afrontar una nueva vida.

Se arrepintió de su odio injustificado hacia Pentium. En el fondo era envidia; envidia hacia un
chico muy inteligente, libre de complejos, y alegre. Pentium era en realidad lo que a el le hubiera gustado
ser, o en realidad lo que al padre de Paco le hubiera gustado que fuese. Su fracaso en los estudios había
frustrado los sueños de su familia de tener un hijo licenciado, que trabajase en algún próspero empleo en
la ciudad ganando mucho dinero, que abandonase el tedio y la miseria del campo. Y sólo por eso, Paco
había dejado canalizar su rabia hacia él. Ahora entendía lo que era estar en el lugar del débil. Ahora sabía
que no debía haberlo hecho…
Perdió la consciencia.
Aún así, seguía notando un dolor vago y lejano en las entrañas, como si los lobos comiesen de su
vientre. Había muerto, y no había sido por los lobos ¿o sí? A él no le parecía eso. Sentía como si el
corazón hubiese parado, junto con su vida. ¿El alcohol? No estaba seguro. Pero entonces el dolor le
volvió a invadir. Un dolor como jamás había experimentado, no por brutal, sino por extraño. Los lobos
seguían allí, con su ¿alma? Y seguían comiendo. Sintió la presencia del dueño de Cacerbero, que le
observaba disfrutando macabramente de su castigo. Se le iba algo, y no era la vida. Rogó a Dios por una
redención, una última oportunidad para abandonar el tormento. Comprendía que lo que le iba a ocurrir era
algo mucho más grave que la muerte del cuerpo:
La muerte del alma.
Antes de la desaparición definitiva, se escuchó un quejido sobrehumano: era Pedro.

Alfredo M. Pacheco

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Capítulo XIº:

Charlas.

asi tres cuartos de hora tardaron en atender a Pentium en el centro de salud una vez
llegaron los chicos. Tras otros veinte minutos, volvieron a salir. Habían lavado y
desinfectado las heridas del chico, cosieron el corte de la ceja y comprobaron que el
tabique de la nariz no estaba fracturado… por muy poco. Salieron del centro y regresaron

al Paseo.

— Con la coña son ya las once.— dijo Adela fastidiada.— ¿Vas a irte ya tu casa, Pentium?
— Creo que sí. Me duele todo. Además, prefiero que mi madre me vea y le explique lo que ha
pasado de verdad antes de que alguna vecina le diga que también estoy muerto.
— ¿Os importaría quedaros un momento?— comentó Jesús María.— Todavía debemos hablar

de lo que le ha pasado a Pedro.

Hubo un sepulcral silencio. Caminaron un poco más y se sentaron en un banco. Nadie parecía
estar dispuesto a iniciar el tema, así que tuvo que ser Jesús de nuevo el que hablase.
— Nos ha traicionado.— sentenció sin mostrar rencor o ira.
— ¿Cómo puedes decir eso?— reaccionó Adela.
— Cálmate, Adela.— dijo Chema— Creo que en parte, Jesús María lleva razón. A nosotros tal
vez no, pero sí a Arimán, o a Satán. ¿No es así, Jesús?
Jesús permaneció callado, sosteniendo la mirada a una chica que pasaba ante ellos y los miraba
de soslayo, furiosa. Una amiga de la hermana mayor de Pedro.
— Supongo que de algún modo, estamos del lado de Arimán.— habló al fin cuando la chica se
fue— Hacemos espiritismo, y los cinco aborrecemos a la Iglesia… salvo Pedro, tal vez.
— Él seguía siendo cristiano.— razonó Chema— Simplemente que no practicaba con
frecuencia, supongo que por nosotros… él era, por decirlo así, el más normal.
— Creo que nunca llegó a encajar en esto de la movida satánica.— continuó Pentium— Cuando
hizo la misa negra en solitario, él…— Pentium no sabía muy bien cómo expresarlo, cómo definirlo—
tenía miedo. Se mostraba inseguro de lo que hacía, abrumado… ¿recuerdas cuando nos contó lo que
ocurrió?— le preguntó a Jesús María.
— Sí, él mismo se sorprendió de lo que podía llegar a imaginar. Pedro no sentía esos deseos de
lujuria, sino un amor bastante platónico. De alguna manera, es como si lo que hizo le hiciera sentir
culpable… moralmente culpable — enfatizó—. Y las consecuencias lo traumatizaron aún más.
Adela escuchaba atentamente. Sabía poco sobre aquel turbio asunto de la misa negra. Ahora
entendía un poco mejor aquellas muertes. Sus amigas pasaron por delante de ella. No hubo pésames ni
saludos, sólo murmullos.

— Por eso surgió el católico que encerraba en lo más hondo de él— continuó Chema—, sobre
todo tras la muerte de Verónica. Su educación cristiana le pesaba demasiado. Se sentía una oveja
descarriada, y buscó la redención.

— ¡Y la cagó!— terminó Jesús María.— ¿Veis como nos ha traicionado? No es que haya
deseado en ningún momento la muerte de Pedro, pero de repente va él y se confiesa. No le vimos en
cuatro o cinco días y cuando hablamos, había tomado la decisión de soltárselo todo al cura. — respiró. Se
estaba exaltando, así que continuó con un tono más sosegado— Creo que debería haber hablado antes con
nosotros, contarnos cómo se sentía, y sobre todo, habernos pedido opinión sobre la idea de confesarse y
venderse al cabrón del cura.

— ¿No estás siendo un poco duro con el pobre chico?— apuntó Adela— No dijo nada sobre
nosotros, sólo que se acostó con Verónica, y ni siquiera que lo consiguió pidiendo favores al Maligno.
— En primer lugar, fue Verónica quien se acostó con Pedro. En segundo lugar, respecto a
nosotros, no dijo nada ni falta que le hacía. No creo que lo que le pudiera haber dicho al cura hubiese sido
nada nuevo.— fue la respuesta.

— Bueno, pandilla— anunció Pentium—, ahora sí que me abro. Os veré otro día.
— Hagamos nosotros lo mismo.— sugirió Chema— El ambiente empieza a cargarse.
— Sí, tienes razón. — admitió Jesús— Siento mi reacción, Adela.
— No importa.— respondió ella — Todos estamos algo alterados por los sucesos que han

pasado.

Volvieron a sus casas, callados. Cada vez que uno se separaba, se despedía con un débil adiós y

recibía idéntica respuesta.
No hubo pésames.

C

Alfredo M. Pacheco

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Sólo murmullos a sus espaldas.

Chema apareció en casa de Pentium a eso de las seis. Tras el extraño fin de semana, marcado por
la misteriosa muerte de Paco, Pentium había finalizado una serie de observaciones sobre el enigmático
símbolo de la recién inaugurada F.E.U.N.E., y quería comentárselas a Chema. Había cosas realmente
interesantes.

— Perros.— fue la primera palabra que pronunció Chema al entrar en el cuarto de Pentium.— El
viernes por la noche varios perros se escaparon de sus fincas y estuvieron rondando por las calles del
pueblo. Ahora todo el mundo quiere relacionar su muerte con ellos.
— ¡Bah!— Pentium restó importancia a aquella coincidencia— Parece mentira que no conozcas
cómo somos aquí en el pueblo. Después de todas las muertes que ha habido, y sobre todo con la primera,
que habían pintado una estrella con sangre, la gente está paranoica. Paco se murió de coma etílico por
borracho.

— No.— fue la tajante conclusión de Chema.— Ya os lo dije la primera vez que escuché esa
versión. Paco no sufrió un coma etílico, le vimos en el Paseo, iba un poco puesto pero no ciego. Y no iba
ciego porque tuvo un accidente esa semana y se dejó un pastón en arreglar la moto, así que no tenía
dinero para emborracharse. Tuvo que pasar por cojones algo más. Dicen que en realidad no fueron perros,
sino lobos, pero aquí no hay lobos, así que lo de los perros ha colado mejor.
Pentium tragó saliva y desvió la mirada al suelo.
— Pentium— Chema pusó las manos sobre los hombros de su amigo y le obligó a mirarle a los
ojos.— Te lo voy a repetir: ¿No habréis hecho nada raro la semana pasada?
El chico respiró cerrando los ojos.
— Está bien. Sentémonos y te lo contaré antes de explicarte lo que había descubierto.
>> Todo empezó el martes, al día siguiente de la paliza…

Jesús María abrió la puerta. Pentium había vuelto de la óptica para pedir unas nuevas gafas.
De momento, se apañaba con unas viejas, que cambió hacía un par de años cuando se revisó la vista
puesto que había adquirido media miopía en cada ojo. De momento, le podían valer hasta el jueves o el
viernes, cuando le diesen las nuevas.
— ¿Qué tal?— preguntó Jesús por rutina.
— Psh. Como las gafas eran de pasta, no pueden soldar la patilla. He tenido que pillar otra
montura. Me las dan dentro de un par de días, cuando hagan los cristales.
— ¿Te ha cambiado la graduación?
— No. Supongo que es lo único bueno. Lo que pasa es que las nuevas son de metal y de otra
forma, y además también tenía un cristal jodido.
— Valiente cabronazo. Si te sirve de consuelo, opino que unas gafas de metal te sentarán mucho
mejor. Son más… discretas, no cantan como las que tenías antes.
Pentium no se ofendió por el comentario. Antaño ya habían tenido esas pequeñas discusiones
sobre la estética de sus gafas y las alternativas posibles. Eran lo suficientemente adultos como para
hablarlo tranquilamente, sin acabar peleándose.
— También estoy pensando en usar lentillas. No sé, tal vez cuando empiece el curso.
— Eso sí que es una sorpresa. No te imagino sin gafas. A todo esto… ¿a qué has venido? no te
estoy echando, sólo es por saber si vienes a algo especial o solamente a pasar el rato.
— No me apetecía volver a casa, eso es todo… Estoy a punto de estallar.
Jesús posó una mano en el hombro de Pentium en señal de apoyo.
— ¡Que le den por culo al cabrón de Paco! Es un puto rabioso. Le dejabas tira’o cada vez que
intentaba insultarte, y por eso tuvo que esperar a pillarte solo para poder desahogarse. Y encima, ni
siquiera pudo hacerlo solo. Si no fuera por los dos que te sujetaban…
— ¡No, eso es a lo que me refiero!— interrumpió Pentium. Las lágrimas parecían asomar por
sus ojos, pero se mantuvieron a raya.— Todo eso ya lo sé, pero lo que más me jode es que esos dos me
soltaron y aún así me dio dos hostias. Eso es lo que me jode.
— Tranquilo. Creo que entiendo cómo te sientes.— Pentium no se molestó en contradecirlo.—
No es agradable comprobar que un capullo como ése al final sí puede cumplir sus amenazas. Cuando lo
veía intentar ofenderte y quedar por los suelos con tus respuestas, me decía: “Nunca le hará nada. No
quiere arriesgarse a salir también derrotado en su terreno, en el físico” ¿Entiendes?
— Sí, creo que sí. Los tíos como Paco deben mantener la imagen de “soy el más chungo”. Por
eso no soportaba quedar mal delante de mí. Ahí se joda.
— Pero decidió arriesgar un poco. Se aseguró con sus dos colegas, y se enfrento contigo él solo
cuando ya estabas toca’o. Necesitaba jugárselo todo: o darte un escarmiento en el terreno físico o la
derrota definitiva. Y ganó… de momento.

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La ascensión del caído.

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— ¿De momento?
— Creo que este asunto no está cerrado. Quien ríe el último, ríe mejor ¿no es cierto?
— Sí, y yo quiero reír el último.— titubeó un momento antes de decidirse a hacer la pregunta—
Las… misas negras. Sirven para la destrucción, ¿verdad? Era una de las clases de ritual.
— Sabía que habías venido a por algo en particular.— confirmó por fin Jesús con una sonrisa
triunfal. — Es hora de irse de compras. Vamos.
Por un momento, Jesús se acordó de la última vez que alguien (Pedro) vino a su casa a pedir
asesoramiento satánico para satisfacer deseos personales. Sólo esperó que no tuviese consecuencias tan
terribles como la anterior.
Al menos para él y sus amigos.

— Así que, ese martes, mientras creías que llevaba toda la tarde en Valdepeñas— continuó
explicándole Pentium a Chema—, Jesús María y yo nos pateábamos las tiendas de Todo-a-Cien en busca
de velas y otros accesorios. Las dependientas nos tienen ficha’os ya.
— Tío, ¿cómo se te ocurre…?
— Déjame acabar.— interrumpió— Será un momento. No tienes prisa, ¿verdad?
— ¿Yo? ¡Qué va! Continúa.

Esa tarde compraron vino, Coca-Cola, un paquete de pan integral, cuatro velas negras, dos
cartulinas tamaño Din-A 4 y otras dos cuatro veces más grandes. Jesús se encargaría del resto de los
componentes del ritual. Pentium se tiró el resto de la tarde y un par de horas por la noche para trazar las
estrellas de cinco puntas. A la mañana siguiente, Jesús rotuló los dibujos y añadió a uno de ellos la
cabeza de un macho cabrío como fondo. Quedaron en reunirse de nuevo, a las cuatro y media, para
culminar la misa.

— No habrá miedo esta vez, ¿verdad?— dijo Jesús en tono grave— Sin preocupación ni
conciencia ni burla, sólo respeto y honor, y deseos de venganza.
— Te lo prometo— fue la tajante respuesta de Pentium.
A la hora señalada, se encontraban los dos en casa de Jesús María. Sus padres no estaban en
casa, y no aparecerían hasta la noche.
— ¿Puedes memorizar esto?— preguntó Jesús. Era una fórmula similar a la que en su día
recitase Pedro, pero en este caso con objeto de destrucción.
— Sí, creo que sí. Dame diez minutos.
Mientras Pentium leía y repetía la oración para almacenarla en su cabeza, Jesús bajó al salón y
preparó el lugar para la ceremonia. Cuando por fin bajó, Jesús le esperaba con un impermeable azul
oscuro puesto. Le entregó otro igual. Pentium no pudo evitar que se le escapase una risa.
— Mal empezamos si te ríes de la indumentaria.
— Perdona, no volverá a pasar.— en el acto, volvió a recuperar el gesto serio. Era consciente
de la dimensión que podía alcanzar lo que iban a hacer.
— En el fondo, esto es un poco decadente: calimocho como elixir, pentagramas en cartulina,
pergaminos también de cartulina, pan integral en lugar de pan de centeno… Pero piensa que la
eucaristía también es un ritual, y que también es decadente. Nosotros sólo vamos a parodiarla, ¿de
acuerdo?

Pentium asintió solemne.
— Bien.— dijo Jesús con un gesto de aprobación.— Vamos allá. Empecemos.
El pentagrama con el rostro del macho cabrío presidía la ceremonia apoyado en la pared. En la
mesa, la otra estrella para convertirla así en altar. En lo alto, un crucifijo invertido. El Cristo de bronce
contempló con cara agonizante a Jesús encendiendo las cinco velas. Cuatro eran negras y rizadas, una
de ellas colocada a la izquierda del altar, las otras tres en los muebles para iluminar la estancia. Un
velón de iglesia completaba la media decena de cirios. Jesús había recortado el plástico rojo que lo
protegía hasta la mitad. Pentium observó que no era nuevo, sino que ya había sido encendido para
iluminar anteriormente.

— Esta vela— explicó Jesús al tiempo que la encendía, como si hubiese leído los pensamientos
de Pentium— fue la que encendió mi familia en el funeral de Pedro. Los cirios que han alumbrado a los
difuntos son más efectivos en los rituales satánicos.
Bajaron las persianas y el salón quedó en penumbra. La congregación de siluetas observaban
con movimientos inquietos al oficiante y al ayudante. Jesús cogió la campanilla y la agitó solemnemente
nueve veces girando sobre sí mismo. El sonido exploró los recovecos de la sala cuadrada y se agazapó
por entre los muebles para no salir. Después, bendijo la habitación agitando un falo de madera en
dirección a las cuatro paredes.
— In nomine Dei nostri Satanás Luciferi excelsi, in nomine…

Alfredo M. Pacheco

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Le llegaba el turno al cáliz, una jarra de bronce de una pinta. La alzó hacia el crucifijo.
— Hoc enim corpus meum est1

.
Alzó después la hostia de pan negro y la sumergió en el elixir; sacó la lengua más de lo
comedido y engulló el pan. Hizo lo mismo con una segunda hostia para dársela a Pentium. Le dio
también de beber directamente de la jarra hasta que el calimocho se desbordó por las comisuras. El
contenido que quedaba lo bebió él de un trago.
Era momento de proceder con el objetivo de la ceremonia. Jesús cogió los dos pergaminos
falsos en los que habían escrito sus deseos de puño y letra. Le entregó el suyo a Pentium, quien lo leyó
con voz firme en contraste con las sombras de su cara.
— Que a Paco, aquél que me hizo mal, le sea dado su merecido.
Le devolvió la cartulina a Jesús, y él la quemó en el cirio blanco. Jesús le había explicado
anteriormente que los deseos de destrucción se queman en ésa vela, la que representa a la hipocresía de
los magos blancos. A continuación leyó su pergamino.
— Que aquél que dañó a mi amigo reciba
justo castigo.— y lo quemó igualmente.
Se hizo de nuevo el silencio. Ahora, Pentium debía pronunciar la oración final. Tragó saliva y
comenzó. Pedro se mostró inseguro en las primeras frases hasta que se dejó llevar. Pentium no cometería
aquel error.

— ¡Atención! Las poderosas voces de mi venganza rompen la quietud del aire y permanecen
fijas como monolitos de cólera sobre una pradera de sinuosas serpientes.
— Yo me he convertido— prosiguió Jesús— en una monstruosa máquina de aniquilación para
separar los fragmentos del cuerpo del enemigo que desea mi perdición.
— Es preciso que mis voces superen al ruido del viento que multiplica mi amargura ¡Que todas
las formas de la venganza más ruin surjan de los negros pozos y vomiten su pestilencia en el podrido
cerebro de mi enemigo!

— Yo convoco a los mensajeros del Destino fatal para que azoten con gran deleite a la víctima
que hemos elegido. Callado es el pájaro que se alimenta con la pulpa cerebral de mi enemigo que tanto
me ha atormentado, y deseo que la agonía de mi víctima sea duradera y mortal…
—… sirviendo de castigo por los daños que me ha inflingido.
>> ¡Oh ven tú en nonmbre de Moloch y destruye a ese cuyo nombre he hescrito en mi

pergamino!

— ¡Oh, grandes hermanos de la noche…..
—… vosotros que me sonsoláis, que cabalgáis sobre los vientros racheados y cálidos del
infierno, que moráis en los insondables pozos de negrura y maldad, apareceos a mí ahora mismo!
— Presentaos a él, que mantiene la pobredumbre de su mente, esa mente que mueve su boca
burlona, y destrozadle la lengua y la garganta.
— ¡Oh, Lucifer, atraviesa sus pulmones con los aguijones de mil escorpiones!
— ¡Oh, Sekmeth, hunde su sustancia en el vacío abismal!
— ¡Oh, poderoso Satanás, ayúdame en todo cuanto te pido!
— Yo te ofrendo mi sacrificio para poder saciar mi sed de venganza, te cedo mi alma, todo lo
que tengo y todo lo que soy, para verme asistido por ti y tus legiones de diablos en esta petición que te
formulo y que deseo ver cumplida cuanto antes.
— ¡A ti te imploro, Satanás, que eres el verdadero sonido, la verdadera carne, la verdad del

mundo sin principio ni fin!
Y exclamaron los dos:
— ¡Gloria a ti, Satanás! ¡Gloria a todas las furias infernales!
Ése fue el fin de la oración. Sin haberse puesto de acuerdo, fueron alternando las frases con un
resultado óptimo, sin confusiones, sin pararse sin saber quién debía proseguir. Apagaron las velas y la
ominpresente luz del sol devolvió la realidad a la antes tenebrosa estancia. Recogieron todo con
tranquilidad. Cuando hubieron acabado, el salón estaba exactamente igual que siempre. Sólo quedaba
esperar los resultados.

Los efectos empezaron a notarse aquella misma noche.

— ¡Mierda, lo sabía!— exclamó Chema— Desde entonces, de mal en peor hasta que murió.
Sólo espero que esta vez las consecuencias no se vuelvan de nuevo contra nosotros.
— No hay motivo. Yo no soy Pedro. Jesús tenía razón: fue su inseguridad lo que acabó con él.
Yo me mostré firme, seguro de mí mismo, y…

1

“Este es también mi cuerpo”

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

81

— Y no te pesa la conciencia por la muerte de Paco. Pedro se sintió culpable, pero tú no, por lo
que parece. Pues bien, sí así consigues sobrevivir, mi enhorabuena por tu victoria.— no había ironía en la
voz de Chema. No le reprochaba su actitud. Todo lo que había dicho era sincero.
— ¿Sabes? Creo que Jesús está incluso satisfecho.
— Debemos tener cuidado. Somos los favoritos de Satán, por decirlo así. No importa ser buenos
o malos, simplemente mantener el respeto y la mesura.
— Mmmm.— observó Pentium con mirada de aprovación— Veo que has hestado recapacitando
sobre esto. ¿Tienes alguna hipótesis sobre esto?
— Pues la verdad es que sí.— Chema vio cómo su amigo le indicaba que la expusiese.— Ser
malo no importa, como ya te he dicho. Lo que no hay que hacer es… pasarse de listo. Si abusamos,
seremos derrotados ¿entiendes? Piensa en cualquier película y entenderás lo que te quiero decir. Akira,
por ejemplo.

— Ahá. Quieres decir que tenemos poder, y que debemos usarlo con cuidado. De nuestras

decisiones dependen nuestras vidas.

— ¡Exacto!— aprobó entusiasmado.— Lo que tenemos que hacer es mantenernos lo más
neutrales posibles… pero en el bando de los malos, si quieres. Es una posición difícil pero en mi opinión
es la mejor para evitar más problemas.
— Ya entiendo. Alejarse de compromisos, evitar participar.
— Ahí te equivocas. No me refería a la no beligerancia. Me resulta escabroso hablar del tema,
pero… pienso que eso es lo que buscaba Pedro.
Hubo un brusco silencio. Poco después, Chema continuó.
— Esto es como un juego de rol, ¿sabes? Adela, Jesús, tú y yo somos los jugadores. Hay
personajes no jugadores y algún narrador que mueve los hilos. Satanás, supongo. Nos ayudará si le
dejamos seguir controlando la partida, si la arruinamos, usará la táctica “te cae un rayo y te mueres”.
Pentium soltó una carcajada.
— Eso ha tenido gracia. Y en parte es la verdad.— hubo otro silencio— ¿Intentará joder la
partida Jesús? ¿No se le subirá el poder que parece que tenemos a la cabeza?
— Por su bien espero que no. Démosle un voto de confianza. Si nos mantenemos todos juntos,
no podrán destruirnos. El mal en realidad actúa así, dividiendo y destruyendo. A todo esto… he venido
porque decías que tenías algo interesante y querías que lo viese.
Pentium se palmeo exageradamente la frente.
— Hostia, es verdad. Es sobre el anagrama de la FEUNE.— encendió el ordenador y se oyó el
zumbido característico del ventilador y el procesador iniciando el sistema.
— Un equipo potente.— observó Chema.
— Sí, hasta que dentro de dos meses los procesadores vayan al doble. Éste se viene conmigo a la

residencia cuando empiece el curso.
— Claro, te hará falta para preparar programas en él para la carrera.
— Sí, bueno, eso también. Estaba pensando en montar redes entre habitaciones y esas cosas. —
el ordenador terminó de iniciarse en pocos segundos.— Veamos, aquí está.— había varios documentos
con el nombre FEUNE y un número detrás. Parecía ser que Pentium había estado modificándolos y
guardando los cambios.— Hay que felicitar al delineante de la Feune.
— La pluma y el lápiz son una cruz invertida. Eso descara’o.
— Sí, pero son las estrellas lo que me interesan. ¿No has notado nada raro?
— Son irregulares… hacen como un círculo, pero no exactamente. Y no están centradas, tienen

puntas más largas…

— Exacto. Veamos. La primera cosa de la que me di cuenta es que sí es un círculo, pero no es un

círculo.

— ¿Mande?
Pentium abrió el segundo archivo con el anagrama de la FEUNE. La única variación era una
circunferencia que había trazado alrededor de las quince estrellas. Era tangente a todas ellas en al menos
una de las puntas.

— La disposición circular— dijo Pentium— es exacta, al menos por el exterior. El círculo se
mantiene, pero quiere formar otro dibujo de forma más sutil. Ahora fíjate en la orientación de las
estrellas. ¿Encuentras alguna diferencia con las de la bandera europea?
— En la UE todas las estrellas están orientadas hacia arriba, aquí cada una va hacia un lado…

parece que siguen el círculo.

En efecto, de entre las puntas irregulares de las estrellas, siempre la más larga era la de la parte
exterior, la que tocaba el círculo añadido por Pentium.
— En el fondo, una estrella tiene dos orientaciones básicas: hacia arriba y hacia abajo. Cualquier
posición intermedia tendemos a interpretarla como una de ellas pero un poco descolocada. Y además,

Alfredo M. Pacheco

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para invertir una estrella sólo hay que girarla unos treinta grados, quizá menos. Pero sin embargo…—
abrió un tercer archivo. En él las estrellas tenían una línea divisoria vertical que las cruzaba por el centro
(en el supuesto de que fuesen regulares)— ninguna está orientada hacia arriba, aunque formen un círculo.
Fíjate: la mayoría están hacia abajo, pero como no son regulares no lo parece, y hay algunas en posiciones
intermedias, eso sí, siempre tirando más hacia abajo que hacia arriba. La única que tendría que estar por
huevos bien sería la de arriba del todo, pero se las han ingeniado para no ponerla. Arriba no hay una en el
centro, sino dos cerca, aunque no simétricas. Es abajo — Pentium señalaba con el dedo sus
indicaciones— donde hay una que está claramente invertida.
— Me estoy dando cuenta de que es una de las dos que a la vez es de las grandes y de las

amarillas.

— Sí, la otra está aquí — Pentium señaló un grupo de tres estrellas, de las que la amarilla era la
más grande—, pero mira hacia la izquierda más que hacia abajo. Pero es casi por casualidad: es el único
grupo de tres estrellas, los otros son de cuatro.
— ¿Qué crees que significarán las estrellas?
— Los quince países de la Unión Europea.
— Ya, pero ¿por qué cinco amarillas?
— Es algo que me intriga. Serán cinco países especiales, tal vez los que formen más
federaciones. Juraría que la estrella de abajo es España: el país más meridional…
— Y el primero con esta federación. El líder: la estrella más grande de las amarillas, y la que está

claramente invertida.

— Exacto. Y sólo nos falta el meollo de la cuestión ¿qué coño es lo que dibujan?
— No estoy seguro… parecen unas aspas, o algo así.
— Parecen. Ahora imagina esas aspas unidas por las estrellas grandes al centro del círculo.
Chema trazó líneas imaginarias desde el círculo al centro. De izquierda a derecha formaban un
diámetro casi horizontal. Estaba más alto por la derecha que por la izquierda. El radio que iba a la estrella
de abajo era totalmente vertical, pero el de arriba se inclinaba un poco hacia la izquierda, haciendo
noventa grados con el diámetro cuasi-horizontal. Salvo por la irregularidad del radio de abajo, el que iba a
España (Chema recordó la frase Spain is different), hacían un signo de suma algo torcido.
Un signo + y unas hélices… Eso era más o menos…
— ¡Una esvástica!
— Premio al caballero, te acabas de llevar la muñeca chochona.— abrió el último archivo con el
dibujo de la FEUNE y se mostraba una especie de esvástica circular, con los brazos acabados en punta.
Parecía más bien una especie de cuchilla para batidora de las que se anuncian en teletienda a altas horas
de la madrugada.

— Como ves— continuó explicando— la han hecho en sentido inverso, tal vez para que no dé
mucho el cante. Y ha salido un poco mal porque son muchos motivos: el círculo, la estrella inscrita…
supongo que tendrían unos elementos prioridad sobre otros, y todo no podía ser.
— Y así da menos el cante, como tu dices. Anunciar un partido filonazi no sería viable, no
tendría ningún éxito, pero uno satánico…
— Tampoco, gilipollas. Somos un país católico, apostólico y romano.
— Y también somos más tontos que la madre que nos parió. Ya verás como sacan votos.
— Bueno, eso no es lo que me interesa de momento. Lo que me preocupa es qué tiene que ver
todo esto con Arimán. Al fin y al cabo, te apareció a ti. Se supone que debe haber conexión.
— ¿Das por supuesto que apareció en mi disco duro?
— Que apareció y que se fue, porque no encontraste nada sospechoso.
— Nada, le hice una inspección al disco y no encontré ni cadenas perdidas, ni virus, ni nada en la
papelera de reciclaje… Supongo que si Satán puede hacer aparecer un objeto, puede hacer aparecer un
puñado de información ¿no?

— Sí, supongo. Fue una suerte que pudieses guardarlo en disco.
— A lo mejor es que quería que lo vieses.
— ¿Por qué?
— Bueno, tú le has sacado todo el jugo al dibujo. Ahora ya sabemos lo que hay detrás. Nos ha
dejado hacer espiritismo ¿por qué no iba a dejar vernos esto?
— Sí, es posible. Dejemos que pasen un poco los acontecimientos. O por lo menos,
preocupémonos por lo que nos pasa aquí, que no es poco. Si hay alguna conspiración política, no
podremos evitarla. Yo de momento, voy a borrar los archivos ahora que los has visto, no sea que me
hagan alguna putada.

Pentium borró manualmente los archivos desde el MS-DOS. Después apagó y Chema volvió a su

casa.

Había muchas cosas en las que pensar.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

83

Sentados en la cama, uno junto a otro, Jesús y Adela se besaban como dos enamorados en un

banco del parque.

Ya era jueves. Jueves día trece. Aquel fin de semana habría un maratón de fútbol-sala. Era uno
de los acontecimientos más sonados del verano, aparte de las fiestas y de la romería. Además, con la
llegada de la segunda quincena de agosto, el pueblo se llenaría de gente. Gente que desaparecería como
por arte de magia el día uno de septiembre.
En cuanto a ellos dos, disfrutaban de un momento de intimidad en casa de Jesús María antes de
salir al Paseo y reunirse con los demás. Jesús continuaba besándola sin descanso. No había palabras, sólo
besos y caricias. Poco a poco, Jesús fue recostándola en la cama y comenzó a desabrochar los botones de
su blusa.

Hagamos el amor, Adela.
Adela abrió de repente los ojos y apartó bruscamente a Jesus María de ella, gritando un No como

respuesta.

— ¿No el qué?
Adela se quedo callada, dubitativa, con la mirada esquiva recapacitando en lo que había pasado.
Ella había escuchado una voz, pero no era la de su novio. Era Arimán el que se lo había dicho. Incluso
creyó verlo una décima de segundo sobre ella, en el puesto de Jesús María. Ahora debía confesárselo a él
o continuar la conversación procurando hacerla coherente.
— No… creo que debamos seguir. Es decir… no quiero que este rollo llegue demasiado lejos.
Jesús se retiró, dándose por enterado. El clímax ya se había roto.
— Lo siento. Es que no creo que debamos dar ese paso. No llevamos tanto tiempo juntos.
— Ya. Entiendo. ¿Y cuánto tiempo es suficiente para dar ese paso?
— No lo sé, pero tres meses desde luego no.
— Mira, sabes que no quiero forzarte, sólo que esto no tiene nada de malo si los dos estamos de
acuerdo y lo hacemos sin complejo de culpa ni por compromiso.
— Está bien.— admitió ella.— Entonces creo que podrás esperar a que yo tenga la misma

decisión que tú tienes en este tema.

— Sí, claro que puedo.— Miró el reloj de la mesilla— Son casi las diez. ¿Vamos para allá?
— Vamos.

En uno de los bancos del Paseo, los cuatro chicos repasaban mentalmente una lista con los
elementos para el ritual de invocación.
— Yo tengo el signo fálico y la campanilla— decía Jesús mientras contaba con los dedos—, el
vino y el pan se compra o se trae de casa.
— Los cartones con los pentagramas ya los tenemos de la otra misa negra— añadió Pentium.
— Mis padres vienen mañana— dijo Chema—, pero creo que podré pillar un crucifijo de
strangis, y también algo a modo de túnica sin que lo echen en falta.
— Chicos— señaló Adela—, si hicisteis la misa negra vosotros dos— señaló a Pentium y a su
novio—, entonces tenemos todos los elementos para el ritual.
— Sí, eso es cierto.— corroboró Jesús— La misa negra en grupo necesita más elementos que la
individual, pero ya los reunimos porque la que hicimos era en cierto modo en grupo.
— Nos falta decidir el sitio.— puntualizó Chema.
— Necesitamos un lugar donde sepamos que no va a pasar nadie, para que podamos estar de pie
y recitar las oraciones… Necesitamos espacio.
— ¿Qué os parece detrás de la Cruz del Siglo?— sugirió Pentium.
— No, ahí no— contestó de inmediato Chema—. Un colega mío de Leganés que para por aquí
hizo el verano pasado una pachanga de rol allí pensando que por la noche no habría nadie. Y resulta que
todas las parejas de viejos que paseaban por allí se empezaron a sentar y acabó con una grada entera de
público.

Todos se rieron con el incidente a carcajada limpia. Jesús, que recordaba algo de lo sucedido,

añadió algunos detalles a la historia.

— Me dijeron que hizo la partida con velas, y uno le pidio fuego porque le traía una vela de
ofrenda a la cruz. Desde entonces tiene una fama de satánico peor que la nuestra.
— Pobrecillo— se compadeció Adela—. Pero no caigo ahora mismo.
— Sí, hombre— explicó al momento Chema—. Es uno con gafas que se va con los Kubagotchis.

Se llama Alfredo.

— Algo me suena, sí.— hubo un silencio y se restableció la seriedad.— ¿Entonces, dónde?
— ¿Qué tal La Virgen?— fue la propuesta de Jesús
— ¿Una misa negra al lado de un santuario católico?— se extrañó Pentium

Alfredo M. Pacheco

84

— Para más “inri”. El satanismo es una burla grotesca del catolicismo y del cristianismo en
general, así que no hay nada más apropiado que hacer un ritual de invocación justo al lado de una

fortaleza enemiga.

— Jesús tiene razón— apuntó Chema—. Además, seguro que por los alrededores vemos algún

descampado que pueda servirnos.
— En la Virgen entonces. ¿Cuándo?
— Vamos a dejar que pase el fin de semana. Lo haremos el martes o el miércoles por la noche.
— Hay que hacerlo a medianoche, según nos dijo el último espíritu.— advirtió Pentium.
— Sí. Las invocaciones se hacen a esa hora. Es la hora de las brujas por excelencia. O lo era en
la Edad Media. Hoy en día a las doce de la noche están despiertos hasta los criaturos.
— Ya está todo decidido, pues— dijo Chema—. Así que, señores— hizo un gesto de bienvenida
con las palmas hacia fuera—, y por supuesto señorita, la noche es joven, es jueve, tengo pelas y hoy abren
la discoteca. Vamos a disfrutarla.

— Estoy de acuerdo— contestó Adela— pero con su permiso, caballero— imitó divertida el
trato que había empleado Chema—, voy a ver a mis amigas y después me reuniré con vuestras mercedes.
Cada uno por su lado, disfrutaron de una tranquila noche en terrazas de bar y bancos de parque,
ella con sus amigas y los tres chicos por su cuenta. Los jueves, una especie de pre-fin de semana, el
ambiente era algo más animado. La discoteca hacía apertura para reforzar ese ambiente (claro que, a
partir de ese fin de semana, abriría todos los días, pues ya estarían allí todos los veraneantes). Y
precisamente alrededor de las doce, los tres amigos entraron a dar algunos energúmenos botes en el centro
de la pista, a pesar de que ninguno apreciaba la música que allí se ponía. Pero ése era el inconveniente de
los pueblos: no había oferta, por lo que no había elección (y por mucho que molestase, tampoco había
demanda que justificase la oferta).

Adela se encontraba sentada en las mesas de la terraza del local. Había poca gente en la pista y
podía ver a los chicos pasarlo bien. Jesús, bastante contento (parecía haberse excedido en las ingestiones
etílicas) agitó euforicamente el brazo para saludarla. Ella sonrió y asintió con la cabeza.
Pero no a él.
Una figura tras Jesús María la había saludado cortesmente.
Arimán.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

85

Capítulo XIIº:

Dos Cortas Visitas.

acia las siete de la tarde llegaron los padres de Chema a su casa. Se quedarían allí hasta el
último día de Agosto (día en que acababan las fiestas locales), y después se irían los tres
de vuelta a Leganés. Ése supondría el fin del verano y el inicio del papeleo para la
matrícula de la universidad: la vuelta al cole, pero ahora en tamaño grande.
Pero la llegada de los padres de Chema no era la única, ni mucho menos. Ya sólo quedaba una
quincena de verano, y era la elegida por todas las familias que, como la de Chema, vivían cerca de algún
núcleo urbano pero tenían su hogar allí, en Infantes, para pasar una merecida jornada de descanso
haciéndola coincidir con la romería y las fiestas. Y eso se notaba. A las diez y media, cuando Chema
llegó a la sala, pudo ver que el número de sus visitantes era sensiblemente mayor. Distinguió algunas
caras familires, chicos y chicas que veraneaban allí, como él, pero que no habían llegado hasta entonces.
Eso estaba bien. Aquella noche sería con toda seguridad muy animada.
De entre la pequeña multitud, Chema pudo distinguir a Adela, que jugaba acompañada de sus
amigas una partida al Pang (¿cuántas entregas llevaban ya?). Se acercó a ella para preguntarle por Jesús y
Pentium.

— Hola, Adela. ¿No han venido todavía estos?
— Ah, hola, Chema.— respondió cuando tuvo un instante para mirar por el rabillo del ojo de
quién se trataba.— Sí, han llegado, pero han bajado ya al Paseo. Me dijeron que querían ver a alguien.
— Muy bien, voy para allá. Ahora nos vemos.
Chema salió de la sala extrañado. Normalmente, sus amigos preferían matar al menos una hora
en los recreativos y en el bar de al lado tomando algo. La noche era muy larga, la discoteca no habría
hasta las doce, y no había ambiente hasta la una o una y media, por lo que no tenía sentido llegar al Paseo
antes de las once y media, si uno no quería pasarse tres horas en un chiringuito o esperar una hora en la
pista de baile hasta que aquello se llenara. Era todo cuestión de horarios. Cada sitio tenía hora. Como
decía la canción de Loquillo: Unos vinieron muy pronto, otros llegaron muy tarde… en el Paseo era
mejor ser de los que llegaban tarde, porque estar pronto en un sitio equivocado era como llegar justo en el
momento en que no había nadie
. Por supuesto, también quedaba otra pregunta: ¿a quién querían ver Jesús
y Pentium? Dedujo rápidamente que algún amigo o conocido habría llegado por fin al pueblo. Echó
cuentas de quién había venido y quién no, y creyó saber de quién podía tratarse.
Llegó al Paseo. Ricky Martin berreaba por los altavoces de un chiringuito su tema del verano.
Hasta el sonido ocupaba zonas delimitadas, y cuando se entraba en el territorio del siguiente puesto, se
dejaba de oír súbitamente al portorriqueño y se escuchaban los golpes monótonos del bakalao (o lo que se
emitiese en ese momento). Chema caminaba despacio, mirando hacia todos los lados, buscando a sus
amigos. Los vio al final del todo, en la esquina de una barra, cada uno con un mini de kalimotxo en la
mano. Les acompañaba otro chico con camiseta ajustada y el pelo cortado enteramente al dos. Llevaba
también unas gafas muy características, ahora colgadas del cuello de la camiseta. Si hubiese que
describirle con una sola palabra, sería bakala.
Chema sonrió. Había acertado en sus conclusiones: había llegado Juanjo.
Se reunió con los tres chicos y saludó contento al recién incorporado. Una noche de
reencuentros. La excusa ideal para celebraciones, alegrías y alguna copa de más. Iba a ser una gran noche.
Conociendo la condición de heavy de Jesús y de Chema, era difícil comprender qué hacía un
bakala entre ellos. La amistad, en muchos casos, formaba extraños compañeros. Juanjo era un chaval de
Valencia, que acudía al pueblo sólo en verano y navidades. Por lo general no le gustaba estar allí.
Acostumbrado a interminables noches en la costa levantina, a ritmo de hardcore, progressive y house,
Infantes le parecía una aldeucha en el culo del mundo. Sentía cierto desprecio hacia los chicos del pueblo.
Los veía como paletos que creen saberlo todo porque se compraban el Thunderdome con dos meses
retraso, cuando algún amigo se lo traía de Madrid. El estaba hecho de otra pasta, y vivía en otro mundo
completamente distinto. En un principio, a Jesús María le había parecido un asqueroso facha al que con
gusto le daría una paliza a él a otros tantos de su especie. Pero una vez llegaron a conocerse, hubo algo
extraño, una especie de punto en común. Por muy bakala que fuese Juanjo, eso le hacía huir de lo
comercial. Aunque para Jesús el bakalao (tecno, dance o lo que fuese, él no lo distinguía) no era música,
Juanjo entendía de ello. Y desde el punto de vista de Juanjo, más o menos lo mismo. Jesús no era el típico
chulo de pueblo. Iba completamente a su rollo, y detestaba la música comercial, como él.
Aunque era una amistad un poco cogida por alfileres, acabaron haciéndose buenos colegas. A
través de Jesús María, Juanjo conoció al resto, y se fueron tolerando mutuamente. Así que allí estaban,
otra vez los cuatro. Juanjo notaba la ausencia de Pedro, pero en realidad no le importaba, e incluso se

H

Alfredo M. Pacheco

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alegraba (no sabía que había muerto). Pedro le parecía un pringao que iba todo el tiempo tras sus amigos.
Lo veía como un complemento sin personalidad ni iniciativa propia. Suponía que había dado una endeble
excusa y que estaría en su casa amargándose, aburrido como una ostra. Bebió un buen trago, sonriente,
mientras pensaba que le gustaría estar en Valencia, disfrutando de una noche de marcha, y no regresar
hasta el mediodía del sábado. Pero, dentro de lo malo, el estaba en “lo menos malo” (se refería a sus
amigos). Y además, había traído el equipaje necesario para hacer un buen viaje

Adela tardó más de lo que ella creía en bajar al Paseo. Tras unas partidas excepcionalmente
buenas a las máquinas recreativas se quedó con sus amigas en el bar de al lado. Sentadas en la terraza del
local, se tomaron unos refrescos y unas claras. Igual que les pasaba a los chicos, entre su grupo también
había recién llegadas, y relataban con entusiasmo sus vivencias de verano, bastante más excitantes que el
monótono estío en Infantes (bueno, casi…). Contaban qué guapo era el chico que habían conocido en la
playa durante la primera quincena, o la pareja que se había formado entre dos chicos del grupo con el que
cada una iba en sus respectivas ciudades de residencia. La nota triste que empañó toda aquella alegría fue
la noticia de la muerte de Verónica y posteriormente de Pedro, no sin antes anunciar la pérdida de la
virginidad de ambos. Prácticamente todas ya se habían enterado a través de cartas, llamadas telefónicas o
de sus padres. En general, la llegada de las restantes amigas fue un soplo de aire fresco para el grupo, una
necesaria revitalización del ánimo. Adela olvidó por un momento que aquél parecía ser el verano del fin
del mundo y se sumergió de lleno en la alborotada conversación, retahíla de frivolidades y cotilleos, en
ocasiones fragmentada en grupitos, y en general de un bajo nivel intelectual. Por fin sentía tener de nuevo
dieciocho añitos.

Así que eran ya las doce cuando ella y sus amigas invadieron literalmente el mismo chiringuito
donde habían estado antes Jesús, Pentium, Chema y Juanjo. Habían pasado por los otros dos y no les
había visto. La discoteca estaba recién abierta y no era probable que hubiesen pasado ya. Se preguntaba si
estarían en algún banco del parque, o sí se habrían ido en dirección contraria, a la par de la carretera
(donde en su momento hicieron la sesión de espiritismo). Echó un vistazo, y en ese segundo sitio vio a lo
lejos un grupo de chicos que podrían ser ellos.
— Voy a buscar a Jesús ¿vale? Nos veremos más tarde.— anunció.
Con el beneplácito de las recién llegadas y un mohín de asco de las otras, Adela se encaminó por
el camino de polvillo rojizo. Y apenas hubo perdido de vista a sus amigas, una voz la sorprendió a su
espalda.

— Hace una noche espléndida ¿no es cierto?
Con aquella frase de James Bond, Arimán se mostró ante Adela. Allí estaba, vestido
elegantemente, como un caballero que pretende cortejar a una dama.
— ¿Qué haces tú aquí?— preguntó ella temblorosa.
— ¡Oh! Solamente estoy echando un vistazo. Hoy ha venido mucha gente nueva.
— ¿Cómo te atreves…? Verónica, Pedro, Paco… ¿y ahora quién más?
— ¡Por favor, querida!— ¿Querida? pensó Adela— Sois vosotros los que provocáis todo esto.

Yo… sólo cumplo órdenes.

— Ya basta. Jesús está allí mismo. Por favor, déjame ir con él.— suplicó ella.
— Por supuesto— accedió él complaciente. Cuando ella iba a irse, la sujetó por un brazo—
Escucha: no me queda mucho tiempo aquí. Cuando me vaya, no impidas que ocurra lo que es inevitable.
Con aquel enigma, Arimán dio media vuelta y desapareció entre la multitud. Adela se quedó
mirando unos instantes, consciente de que cuando conseguía superar su miedo, encontraba debajo una
extraña atracción hacia el demonio. No sabía si era amor o deseo, pero si era cierto lo que decía, sabía que
ella sucumbiría a él en poco tiempo.

Se encaminó hacia los chicos procurando apartar de sí todos aquellos pensamientos. Cuando
llegó al grupo, se encontró con un cuarto miembro. Tan pronto como pudo verle bien la cara lo reconoció.
Era Juanjo, un chico de Valencia que se les unía durante sus más bien escasas estancias en Infantes. Los
cuatro estaban fumando unos porros, y al parecer ella había llegado justo en mitad de algún chiste, pues
ellos se estaban riendo a carcajada limpia.
— Vaya, vaya…— dijo con los brazos en jarras— Parece mentira, han venido seis chicas de
Madrid al grupo hoy y ninguna ha traido costo. Y el único chico que viene va y os trae… veinte petas.
— Para que veas, Adela— contestó Jesús María con el cigarro entre los dedos— que los chicos
somos mejores amigos— antes de acabar la frase soltó una carcajada, que se contagió al resto.
— Bueno, por lo menos podré meterme ahora en el corro ¿o no?
— Tranquila, Adela.— dijo Juanjo con aires de superioridad.— Aún no hemos empezado la
fiesta de verdad… y tú tienes reservado tu trozo del pastel.
Juanjo sacó del bolsillo trasero lo que parecía un cartón de aspirinas. Cuando se fijaron, vieron
los cuadraditos de colores y entendieron de lo que se trataba.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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— ¿Has traido tripis?— preguntó Adela. Miró a su novio, con quien cambió unas silenciosas
palabras. Los dos estaban de acuerdo.
— ¡Claro! Venga ¿los empezamos ya? ¿Quién quiere ser el primero?— ofreció a Pentium.
— No, tronco. Uno de esos haría que mi corazón reventase. Ya sabes, el colesterol…
— Marica… ¿y tú, Chema?
— No, lo siento. A esos niveles no llego.
— ¿Adela?— ella negó con la cabeza— Pues sólo quedamos tú y yo, Jesús. ¡Nos vamos a poner

ciegos.

— Escucha…— explicó Jesús— Dadas las circustancias, no podemos permitirnos el uso de estos

alucinógenos.

— ¿Qué coño me estás diciendo?
— Verás… Por determinadas razones, dudar de nuetras sensaciones es demasiado peligroso para
nosotros. Debemos asegurarnos de que todo lo que vemos es real.
A continuación, decidieron explicarle los misteriosos sucesos del verano, tal y como ellos los
conocían. Le contaron sus sesiones de espiritismo y misas negras, y qué tipo de consecuencias habían
tenido. Le dijeron por qué habían muerto realmente Pedro y Verónica, y lo escabroso del fallecimiento de
Paco. Juanjo escuchó con atención, sin pronunciar palabra. Una vez hubieron terminado, se hizo el
silencio.

Y de pronto él estalló en carcajadas.
— ¡Cómo mola, tío! Es una historia buenísima. Escríbela y te dan un premio, te lo juro.
— ¡Imbécil! Crees que todo esto es un cuento.— exclamó iracundo Jesús.
— ¡No, no es un cuento! Es una resaca muy mala.— continuó riéndose, doblándose sobre su

vientre.

Jesús, muy enfadado, agarró a Juanjo por la camisa y le llevó hasta un muro. Allí le dijo.
— Escúchame, bakala facha de mierda: si no estás en su bando te matará ¡¿lo entiendes?! Ya
mató a Pedro por confesarse y a Paco por estar contra nosotros. Ya estás en esto, si nos traicionas tú
también morirás.

Adela y los otros dos separaron inmediatamente a los chicos.
— Ya basta, Jesús, déjale.
— Sí, Jesús, déjame…— se burló Juanjo— Oye, no debería haberos dado para fumar. Estáis
acostumbrados a la mariconada de costo de Madrid— hizo un gesto con la mano hacia Chema— y la
calidad os afecta demasiado. Sabéis lo que os digo, que yo me voy a dar botes. Os veré más tarde, cuando
os haya bajado.

— ¡Ya estás muerto! ¡¿Te enteras?! ¡Estás muerto, gilipollas!— gritó desesperado Jesús.
Los demás lo calmaron, y se quedaron allí un rato, parados, en silencio.
Parecía que la noche no iba a resultar tan buena como en un principio parecía.

Chema entró en el pabellón de fútbol. Los partidos entre las nueve y las doce de la noche eran
los más vistos de la primera ronda. La gente salía a esas horas y se pasaba a echar un vistazo. Debía de ser
el penúltimo partido antes de iniciar los octavos de final. Chema anduvo por el pasillo del fondo de la
grada, escrutando entre la multitud del público. Al fondo por fin encontró a Jesús y Adela. Bajó por una
de las escaleras y se metió por la grada hasta sentarse junto a ellos. En esos momentos, un delantero se
internó por la banda y lanzó a portería. El portero, con el número sesenta y nueve en la espalda se lanzó
hacia su derecha, pero aún así no pudo parar el balón.
— ¿Cómo van?— preguntó Chema.
— Pierden de dos.— informó Jesús— Estos mata’os no llegan a cuartos de final ni hartos de

vino.

— No te jode: la segunda ronda es un crimen. Encima les ha tocado de los últimos. Si ganan
tienen que jugar a las ocho de la mañana. Si te toca de los primeros y juegas los octavos a la una, todavía.
— En fin, pobres Porreros Muertos, otra vez será. Total, en este maratón siempre ganan los

mismos.

— ¿Y Pentium?
— Ahí, pillando una lata de la máquina.— señaló a su espalda y Chema vio bajar a Ramón hacia

donde estaban ellos.

— ¿Qué pasa, Chema?— saludó.
— Ya ves, viendo la Champions League.
— No sé ni por qué venimos, si luego ganan siempre los mismos.
— Venimos— explicó Jesús— porque no sabemos de qué forma perder el tiempo. Así que en
vez de pudrirnos en los recreativos o en un chiringuito, nos tragamos un partidillo, que es otra castaña,
pero diferente.

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La conversación finalizó ahí. Continuaron viendo el partido, haciendo escasos comentarios de las
jugadas (ninguno era un gran entendido en la materia). En ocasiones los pensamientos se escapaban lejos
de allí, pensando en trivialidades. Cuando finalizó el encuentro, se levantaron. Eran las once, y sólo
quedaba un partido de la primera ronda. A partir de las doce serían los octavos de final. El pabellón estaba
a rebosar, en cualquier caso. El público se levantó bien para irse, bien para comprar algún refrigerio, o
bien simplemente para estirar las piernas. En el caso de los chicos, para irse. Tal vez, si la noche estaba
aburrida, fuesen a ver algún partido de madrugada (no había descansos hasta la tarde del domingo, antes
de la final y el tercer y cuarto puesto), cuando el pabellón estuviese semidesierto y pudiesen estar
tranquilos.

— ¿No habéis visto a Juanjo?— preguntó Chema, casi por protocolo.
— Pues no— contestó Jesús antipático—, y francamente no pienso perder el culo buscándole.
— Pica’o por lo de ayer ¿eh?— sugirió Pentium.
— ¡Pues sí! Entiendo que no se lo crea, pero se pasó de listo.
— Tíos, deberíamos buscarle. ¿Y si le pasa algo? ¿Y si Arimán va a por él?
— No sé si os dais cuenta— dijo Adela—, pero cada vez que muere alguien es más bien por
nuestra culpa. Arimán actúa sólo como brazo ejecutor.
Los cuatro miraron extrañados a Adela. No se esperaban en ella, presuntamente la víctima, una
benevolencia tan grande para con Arimán. Era como si le estuviese perdiendo el miedo.
— En fin— admitió Jesús a regañadientes— Vamos abajo al Paseo. Seguro que le vemos allí.
Total, no hay muchos sitios a los que ir.

Juanjo se lo había pasado de fábula aquella noche. No había visto a aquellos paletos en toda la
noche. Al menos él no los había visto a ellos, pero suponía que ellos a él tampoco. El truco fue tan simple
como invertir horarios. Llegó al Paseo a las doce, e inmediatamente se metió en la discoteca, pues sabía
que estaría vacía y ellos no pasarían aún. Antes de llegar había hecho una pequeña escala en un callejón
para fumar e ir preparado para la juerga. Se desahogó en mitad de la pista, él solo, dando rienda suelta a
su instinto, botando como un energúmeno, sin importarle las miradas de asombro o burla. Durante aquella
sesión de baile, creía recordar, entre la una y las dos, tomó su primer ácido. Le quedó la suficiente cordura
como para salir del recinto a eso de las dos, justo cuando empezaba a llenarse. Sabía que era entonces
cuando pasarían, así que procuró darles esquinazo. Su siguiente parada fue un chiringuito, el que ellos
solían frecuentar. Cuando comprobó furtivamente que ya no estaban allí, pidió un cubalitro de JB. Bebió
deprisa, animado, consciente del inminente efecto del alucinógeno. Después, sólo recordaba haber pedido
un segundo cubalitro de la misma bebida, el cual se llevó para bebérselo perdido en algún sitio donde
pudiese tener su viaje tranquilamente, sin molestar ni ser molestado. También recordaba que se tomó otro
ácido, porque el primero parecía negarse a hacerle efecto.
Así estaban las cosas cuando se despertó. O cuando volvió a tomar conciencia. Desde la mitad
del segundo cubalitro todo se volvía borroso. Pero ahora de nuevo era plenamente responsable de sus
actos. Se encontraba en algún lugar árido, en mitad del campo. Bajo sus pies, la característica arenilla del
pueblo y del Paseo. No conseguía vislumbrar ni la carretera ni el pueblo. Suponía que debía estar en algún
punto indeterminado entre las carreteras de Montiel y Almedina, que se bifurcaban como un delta. Por lo
tanto, entre las cuatro direcciones posibles (norte, sur, este y oeste), una le llevaría al pueblo, otras dos a
sendas carreteras, y una última le haría perderse aún más en mitad de ninguna parte.
La cuestión era orientarse.
Miró al cielo. Estaba totalmente despejado y salpicado de estrellas. Y entre el manto azulado, de
un color sorprendentemente claro, la luna. Se encontraba justo después de su fase de cuarto menguante,
alta en el cielo, casi observándolo. Juanjo se quedó mirándola con estupor.
Y de pronto, la luna se movió.
Se desplazó hacia la izquierda (y en consecuencia, menguando más y más) y hacia abajo,
haciéndose más grande por momentos. Juanjo siguió la trayectoria con una sonrisa estúpida en la cara.
Masculló un bobo Ala, qué flipe, y siguió observándola. Cuando ésta rozaba el horizonte, Juanjo vio
cómo aparecía otro cuerno de luna en la fase creciente, creando una luna simétrica. Después, los cuernos
se separaron ligeramente y cada uno creció de nuevo hasta que se formaron sendas lunas llenas.

Sigue a la luz, la luz de la luna.

No sabía si aquella frase la había pensado o alguien se la había susurrado. Le resultaba bastante
familiar. El loco que sigue el camino de la iluminación, y cosas por el estilo. Comenzó a caminar,
trastabillando, con los brazos laxos, sin dejar de reírse como un retrasado mental. Avanzó hacia aquellos
dos insólitos ojos, en el fondo consciente de que nunca los alcanzaría. Suponía, en cualquier caso, que
llegaría a alguna parte, que las lunas eran una señal para mostrarle la dirección correcta a seguir. Cuando
llevaba un rato andando, los dos círculos empezaron a disminuir su tamaño, y parecían ocultarse en
alguna hondonada.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

89

— ¡Eh, no os vayáis tan pronto! Volved, volved.
Juanjo avanzó con paso más rápido, un desacompasado trote que le hacía inclinarse a uno y otro
lado. Tropezaba con piedrecitas del suelo, y adquiría posturas de precario equilibrio, de las que se
recuperaba gracias a la inercia de su carrera. Pero en una de esas ocasiones, el bache fue más grande, y
dio con sus huesos en el polvo. Rodó un par de veces y cayó en algún sitio más profundo. Se levantó algo
dolorido, pero las molestias formaban parte de un conjunto de sensaciones relegadas a un segundo plano,
que se precibían lejanas, atenuadas. Según parecía, había caído en una especie de zanja enorme, de unos
cuatro metros de anchura, y que se prolongaba hacia el infinito en ambas direcciones. Eso sí, volvía a ver
las lunas. Parecía que se hubiesen ocultado en la zanja, a muchos metros lejos de allí. Las veía
desdibujadas y brillantes. Dio un paso inseguro. Entonces notó algo metálico bajo sus pies.
Unas vías de tren.
No recordaba que pasase ningún tren cerca de allí, pero las vías allí estaban. Se había caído en un
paso para trenes. Entonces las dos lunas, que ahora parecían luces eran…
Tenía que salir de allí.
Se hizo a un lado, e intentó desesperadamente trepar para ponerse a salvo, pero era inútil. Las
paredes tenían unos dos metros de altura. No podía agarrarse a ningún saliente, y contínuamente soltaban
ese odioso polvillo rojo, lo que le impedía trepar por ellas. A lo lejos, aproximándose, oyó un pitido que
parecía provenir del tren. En vista de la situación, probó a huir del tren a lo largo de las vías, con la
esperanza de encontrar algún refugio en el que preservarse de su llegada. Corrió y corrió, pero el tren le
ganaba terreno.

Como ocurre siempre en los peores momentos, tropezó y cayó al suelo.
Dio media vuelta, y se quedó sentado viendo la locomotora aproximarse. Apoyado sobre manos
y pies, retrocedió los últimos metros, pero el pie izquierdo se le quedó cogido entre unas piedras y el raíl.
Observó con horror la locomotora a punto de arrollarle. Era antigua, como la de una película del oeste, y
de la chimenea salía humo amarillento, de azufre. Tenía dibujado un círculo rojo con una estrella de cinco
puntas inscrita en su interior. También vio al maquinista. Un chico rubio, de su edad, o tal vez algo
mayor, que se asomaba por un lateral y le sonreía con sadismo, terriblemente orgulloso de lo que le iba a
ocurrir a Juanjo. Debía de ser ese tal Arimán. Se parecía bastante a la descripción que le dieron Jesús y
los demás. Comprendió que ellos tenían razón. En el pueblo estaba sucediendo algo, y todo aquel que
fuese su enemigo de una u otra forma, corría la suerte que estaba a punto de correr él. Así que cerró los
ojos y esperó el final.
El tren le arrolló.
Juanjo supuso que a partir de entonces estaba muerto. Tal vez aquel había sido un mal viaje, y lo
que le atropelló fue un coche. Deseó que simplemente estuviera alucinando y que pudiera despertarse sin
haberle pasado nada. Pero no ocurrió nada eso. Por alguna extraña razón, su viaje no acabó ahí. Un
pedazo de sí mismo se fue en aquel tren. Pudo ver su cuerpo tirado en la vía, detrozado. Lo que
sobrevivió se fue e un lugar espantoso.
El infierno, supuso.

— ¡Joder, joder, joder, joder, joder! ¡NO!— exclamó Chema iracundo. Y no era para menos.
Aquella tarde habían recibido la noticia de la muerte de Juanjo. Lo encontraron a siete kilómetros del
pueblo, más cerca de Montiel que del propio Infantes. Algún furtivo coche lo había atropellado y se había
dado a la fuga. Según se comentaba, no había huellas de frenazos ni evidencias que indicasen que el
coche se hubiese detenido lo más mínimo. Como en casi todos aquellos casos, se sospechaba que el
conductor estuviese ebrio. Los rumores también hundían la cucharilla en el postre del morbo y
especulaban que el chico había sido arrastrado al menos cincuenta metros antes de desprenderse del
vehículo y morir en la carretera, pero eso no lo corroboraba ninguna fuente oficial. Jesús y el resto
también habían oído que Juanjo murió bajo los efectos (que no a causa de) las drogas, lo que le confería al
asunto un asqueroso puritanismo aleccionador con castigo incluido. Chema no sentía especial lástima por
la pérdida (al menos no tanta como la pérdida de Pedro). Lo que le preocupaba era otra cuestión. Por la
noche del domingo, después de discutir mucho con Jesús, los chicos consiguieron arrancarle la temida
confesión: el sábado por la tarde hizo otra misa negra similar a la que realizó con Pentium.
— Eso ha sido demasiado, Jesús María.— aseveró Pentium.
— De eso nada, ya se lo advertí. Nadie se ríe así de mí.
— Eso no justifica tu actuación— contestó Chema— ¡Joder, es que no te das cuenta! Somos los
preferidos del Demonio. Es a nosotros a quienes nos escucha primero.
— Tú lo has dicho. Somos sus favoritos. Deja de actuar como si fueses el bueno de la historia.
No— enfatizó el adverbio— somos los buenos. ¿Tanto miedo te da hacer de malo?

Alfredo M. Pacheco

90

— No lo entiendes— dijo Chema abatido—. Dejando aparte tu absurda y precipitada venganza,
si continúas así cavarás tu propia fosa. Al final el poder se volverá contra ti y contra nosotros, por eso
debemos tener mucho cuidado.
— Raja’o…— acusó despectivamente Jesús.
— Adela tenía razón— intervino Pentium. La propia Adela alzó la cabeza sorprendida, y esperó
a que se explicase—: todo este jaleo de muertes es casi enteramente culpa nuestra.— y añadió con
rotundidad— Hay que acabar con esto YA. Esta vez no nos vale la excusa de que hay que dejar que se
enfríe el asunto. Jesús, tenemos todo lo que nos hace falta ¿no es cierto?
— Gasté un poco las velas en la misa negra. Se me había ocurrido que mañana, en el funeral,
podía coger uno de los cirios. El que alumbró en el funeral de Pedro no aguantaría la sesión de mañana.
— Entonces el martes a medianoche realizaremos el ritual. Mañana me acercaré a la Virgen en

bici y buscaré un buen sitio.

— Yo te acompaño, Pentium.— dijo Chema— Que Jesús y Adela se encarguen de tenerlo todo a
punto. Mañana iremos como personas decentes a dar el pésame y nos llevaremos una vela de estrangis.
Terminaron sus consumiciones y optaron por irse. No hablaron mucho.
Jesús volvió portando el secreto que se había callado a sus amigos. Era un secreto pequeño, pero

bastante relevante…

Debían de ser cerca de las siete cuando Jesús María despertó parcialmente. El viernes por la
noche hizo mucho calor y había dejado la persiana subida para dejar pasar el aire. Con la primera
claridad del día, la habitación se iluminó más de lo necesario y eso hizo a Jesús salir de su sueño. Se
levantó soñoliento y caminó casi sonámbulo hasta la ventana. Bajó la persiana y sólo dejó un par de
juntas separadas para que el sol entrase entre los agujeros. La habitación estaba ahora en penumbra.
Dio media vuelta y regresó a su cama.
Pero al girarse se encontró con un inesperado visitante. Envuelto en sombras, parado ahí de
pie, sin moverse, estaba Arimán. Jesús contuvo la respiración a fin de no gritar.
— No te preocupes, no estoy aquí para hacerte daño.
— ¿A qué has venido, entonces?
— Quiero que sepas que no hay razón para que nos confrontemos. Al fin y al cabo, ambos
estamos de parte de la misma persona.
— ¿Sólo quieres decirme eso?
— No. He sabido de cómo tu “amigo” Juanjo…
— No es mi amigo.
— … ha insultado tus creencias. Tan sólo quería recordarte que ya sabes lo que debe hacer un
verdadero seguidor de Satán en estos casos ¿no es cierto?
Jesús entendió lo que le estaba pidiendo.
— Lo haré esta misma tarde.
— Bien. Yo cumpliré personalmente tus peticiones.
Se esfumó sin más. Desapareció entre las sombras sin dejar ni rastro. Jesús se sintió tentado de
preguntarle el motivo de su estancia ya bastante prolongada en el pueblo, pero supuso que no se lo diría.
Se acostó y se durmió al instante.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

91

Capítulo XIIIº:

La Hora de las Brujas.

ran las once y media pasadas cuando los cuatro chicos llegaron con sus bolsas al santuario
de la Virgen de la Antigua, la patrona del pueblo. Llevaban ya una hora caminando: cinco
kilómetros desde las afueras. Habían salido de sus casas casi con furtividad, cada uno
llevándose parte de los elementos que les hacían falta para el ritual. Se reunieron
directamente en la Cruz del Siglo, y desde allí se encaminaron por el angosto y sinuoso camino asfaltado
que les conducía directamente al santuario. Éste tenía forma cuadrada, dejando un claustro en el interior
adornado con una fuente central y cuatro parterres simétricos a su alrededor. Desde el patio se accedía a la
capilla donde se guardaba a la patrona. El domingo siguiente, a las siete de la mañana, los habitantes la
llevarían en procesión hasta la iglesia del pueblo (de ahí que hubiese romería el sábado por la noche).
— ¿Dónde está el sitio?— preguntó Adela.
— Hemos encontrado uno que nos servirá— le contestó Pentium—. Tiene un gran árbol talado
que nos puede servir como altar. Está cerca del río, no tardaremos.
Aunque el paisaje era totalmente árido, en las inmediaciones del santuario había un pequeño
pinar, que a tenor de las líneas rectas que dibujaban los árboles, debía de haber sido formado por la mano
del hombre. Avanzaron por entre los árboles, ya cansados, sin pensar en lo que estaban a punto de hacer.
Por fin llegaron a la orilla del río, conducidos por Pentium y Chema. En efecto, allí había lo que parecía
una encina desmesuradamente grande, talada seguramente hacía más de un siglo. La funcional mesa les
llegaba hasta las rodillas. Tal vez un poco baja, pero por lo demás perfecta. No se podía pedir más en
aquel paisaje.

— ¿Crees que aquí estamos lo suficientemente escondidos?— les dijo Adela.
— Bueno…— Pentium miró en derredor— Por aquel lado está la Virgen, y esto está al lado del
río… así que quien venga lo hará por donde hemos llegado nosotros. Es todo lo que puedo decirte.
— Aquí sólo vienen parejas a darse el lote en el coche— continuó Chema— si llega gente les
oiremos con tiempo de desmontar el tingla’o. Y además, si ven que hay gente, a lo mejor son ellos los
que se piran. Vienen aquí con más miedo que nosotros.
— No estaría tan seguro. — terció Jesús— Si ven gente, lo primero que harán es ver lo que
hacen, es decir, lo que hacemos. Y cabe la posibilidad de que vengan cuatro criaturos mierdas a hacer de
voyeurs.

— Es posible— aceptó Chema— pero cuando vimos el sitio pensamos que era adecuado.
Además, un martes por la noche no suele haber mucha gente por aquí. A los sumo cuatro amigos que
hayan comido en la Virgen. Venga, empecemos con esto.— hizo un gesto con la mano hacia Jesús— Tú
dirás.

— Vosotros id trazando una estrella en el suelo alrededor del altar, yo colocaré el resto de las

cosas.

Obedecieron, y con rapidez buscaron una rama para hacer los trazos. Jesús, con ayuda de Adela,
dispuso todos los elementos sobre el altar: una cartulina con una estrella de cinco puntas inscrita en un
círculo sobre el árbol, y otra más que colocó sobre un soporte de cartón que él mismo había
confeccionado. Sabía que allí no dispondrían de ninguna pared para apoyar algunos de los símbolos, así
que había venido preparado. Colgó un crucifijo invertido en la propia cartulina. Después, distribuyó las
cinco velas que habían traído en las cinco puntas de la estrella. Una era un velote de iglesia que habían
robado del funeral de Juanjo el día anterior. Las otras era negras y rizadas, compradas de nuevo en una
tienda de Todo-a-Cien. Dejó en el altar una espada y un falo de madera, así como la campanilla. Preparó
el elixir (kalimotxo, como siempre) en la misma jarra de bronce de la vez anterior, y con un vaso hizo
cuatro hostias de pan integral. Y por último, y para sorpresa de los demás, dejó un cuchillo y una bolsa de
fieltro. Fuera lo que fuese lo que había dentro, cuyo tamaño era no mucho más grande que un puño, se
movía.

— ¿Qué coño…?— preguntó Chema.
Jesús abrió la bolsa (cerrada mediante un cordón anudado) y sacó de ella una cría de gato,
adormilado por el trayecto en la bolsa oculto bajo todos los accesorios.
— Joder.— se le escapó a Pentium.
— ¿De dónde has sacado ese gato?— quiso saber Adela.
— No te preocupes, es callejero. He pensado que esto saldría mejor con un sacrificio.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Chema. Ya era consciente de que lo que iban a hacer
no era ningún juego, pero matar a sangre fría aunque fuese a un insignificante gato, no entraba en sus

E

Alfredo M. Pacheco

92

planes. Le confería una extraña solemnidad, pesada como una losa. Al tiempo, un extraño morbo
horadaba su mente ante la idea de quitarle la vida a aquel encantador felino.
Jesús metió el gato de nuevo en la bolsa. Éste no se resistió, y no emitio sonido alguno salvo un
ronroneo. Adela tuvo que tragar saliva.
— Son casi las doce, tenemos que empezar. Poneos la ropa.
Todos sacaron de sus bolsas las improvisadas túnicas. Jesús traía dos impermeables, uno para él
y otro para Pentium. Chema sacó un pesado abrigo de invierno con capucha, azul oscuro y hasta más
abajo de las rodillas. En cuanto a Adela, uso la cartulina sobre el soporte como biombo para cambiar su
camiseta, sus vaqueros y sus deportivas por una sujestiva falda negra hasta los pies, una blusa de licra y
unos zapatos abiertos con algo de tacón. Se había tomado la molestia de salir ya de casa con ropa interior
negra, para seguir la línea siniestra. Sacó un espejo de mano y algo de maquillaje. Se pintó con rapidez
los labios, se dio un poco de rímel y de sombra de ojos y se pintó las uñas. Todo negro.
— ¿Alguien va a querer un poco?— ofreció asomándose por un lado de la cartulina.
Los chicos se maquillaron deprisa y mal bajo la divertida mirada de Adela, quien les dio algunos
consejos y supervisó el proceso. Era curioso ver aquella escena de pseudo-travestismo protagonizada por
los tres inexpertos varones. Pero al final, el efecto era más siniestro que esperpéntico. Habían aprobado
con suficiente.

— Pentium, señálame el norte.— le pidió Jesús. Pentium miró el cielo en busca de la estrella
Polar. Después señaló en la dirección que habían venido.— Perfecto. Colocaros detrás de mí y
concentraros. La fiesta empieza ya.

Jesús se puso frente a la estrella vertical con las manos entrelazadas y la cabeza gacha. Adela
estaba tras él en idéntica posición, flanqueada a izquierda y derecha por Chema y Pentium
respectivamente, quienes miraban inexpresivos el altar. Jesús dejó un minuto de silencio para centrar la
concentración. Todos tomaron consciencia de lo que estaban a punto de hacer. Tal vez esa noche tuviesen
que mirar a la cara al Diablo.

Una vez establecido el clímax, Jesús María inició el rito. Cogió la campanilla y la agito con
movimientos amplios de brazo, de arriba a abajo, nueve veces, girando en el sentido de las agujas del
reloj. Dejó la campanilla y con el falo de madera bendijo los cuatro puntos cardinales (norte, este, sur,
oeste) usando la fórmula In nomine dei nostri Satanás Luciferi excelsi. Una vez acondicionado el lugar,
procedió a la eucaristía. Bendijo las cuatro hostias con la misma frase, trazando en el aire una cruz
invertida con la mano izquieda, y se las fue dando a los otros tres chicos. Primero a Pentium, luego a
Adela, y después a Chema. Las mojaba en el elixir y tras ponerlas en las bocas de sus compañeros les
ofrecía un trago de la jarra. Él finalizó la eucaristía alzando su hostia y tomándola tras decir Hoc enim
corpus meum est
. Se puso de nuevo mirando hacia el altar, y agarró la espada, usándola como extensión
de su propio brazo a la hora de gesticular y como focalización de su poder.
— En nombre de Satanás, que rige el mundo, y es el Rey de la Tierra, yo ordeno a lsa fuerzas de
las Tinieblas que me otorguen todos sus infernales poderes.
>> Que se abran las puertas del Averno y salgan los poderes del abismo para saludarme como
hermano que soy de todos los demonios.
>> ¡Concédeme el favor de que aquí hablo!
>> ¡Yo he tomado tu nombre como parte de mí mismo, oh, Satanás! Yo vivo como las bestias
del campo, favoreciendo lo malvado y aborreciendo lo bondadoso.
Los demás escuchaban la oración aterradora de Jesús. El temor y la incertidumbre se apoderaba

de ellos. Jesús continuó su letanía.

— Por todos los Señores del Gran Pozo, ordeno que tus poderes pasen a mi espíritu y a mi carne.
Ven y haz honor a tu nombre, concediendo tus poderes a mis deseos. Que todos los demonios que están a
tus órdenes me ayuden en mi petición
Tomó aliento y cerró los ojos para concentrarse. Ahora venía la parte más difícil de la oración:

los nombres de los demonios.

— Abaddon, Adramelech, Ahpuch, Arimán, Amon, Apolión, Asmodeo, Astarot, Azazel,
Baalberith, Balaam, Bafomet, Bast, Belcebú, Behemoth, Beherit, Bilé, Chemosh, Dagon, Damballa,
Demogorgon, Diábolus, Drácula, Emma-O, Euronimus, Fenriz, Gorgon, Haborim, Hécate, Istar, Kali,
Lilith, Loki, Mammon, Mania, Mantus, Marduk, Mastema, Melek-Taus, Mefistófeles, Metzli, Mictiam,
Midgard, Milcom, Moloch, Mormo, Naamah, Nergal, Nihasa, Nija, O-Yama, Pan, Plutón, Proserpina,
Pweca, Rimmon, Sabazios, Sammael, Samnu, Sedit, Sekmeth, Seth, Shaitan, Shamad, Shiva, Supay,
T’an-Mo, Tchort, Tezcatlipoca, Thamuz, Thoth, Tunrida, Typhon, Yaotzin, Yen-lo-Wang.
Inmediatamente hubo terminado, los chicos sabían que debían arrodillarse para las últimas
aleluyas antes de finalizar la invocación. La adrenalina fluía en cada uno de ellos ante la incertidumbre
del resultado.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

93

— ¡Creo en vosotros, furias infernales y, sobre todo, en ti, Satanás, Señor de los Abismos! ¡Y
por eso te conmino a concederme todo cuanto le apetece a mi noble deseo!
— ¡Gloria a ti, Satanás!— gritaron todos.
Se levantaron. Como último paso, quedaba el sacrificio del gatito. Jesús lo sacó de la bolsa y lo
sostuvo sobre el centro del altar, con el brazo recto y horizontal. Asió el cuchillo con la mano izquierda y
acercó la punta a la garganta del animal, haciendo una leve presión. El gato ronroneó y se frotó la cara
soñoliento con la pata delantera. Adela tragó saliva. Jesús hizo un brusco movimiento y el cuchillo rasgó
la garganta y el vientre del animal, que soltó un maullido de dolor, miedo y enfado. Adela reunió todas
sus fuerzas para no cerrar los ojos y volver la cabeza. No quería que su miedo, que mostrarse reacia a
presenciar el espectáculo trajera problemas, como en su día los trajo el puritanismo de Pedro. Jesús apretó
la mano y la sangre del sacrificio cayó con virulencia sobre la estrella. El pobre gato se quejó
lastimeramente, cada vez más bajo, hasta que dejó de emitir sonido alguno. Cuando el animal feneció,
Jesús lo dejó reposar sobre el charco de su sangre. Ahora sólo quedaba esperar.
Los minutos pasaron lentos y en silencio. Nadie se atrevía a decir nada. Todos esperaban algún
indicio. Pasaron más de cinco minutos, hasta que por fin, Jesús bajó la cabeza decepcionado y dijo:
— Es inútil, aquí no pasa nada.
Los demás, firmes hasta entonces como si estuviesen en el servicio militar, dejaron caer los

hombros abatidos.

— ¿Por qué?— preguntó Adela, refiriéndosa a qué era lo que les había fallado.
— No lo sé— respondió Jesús mientras rasgaba la cartulina ensangrentada.— Lo hemos hecho a
medianoche, como se nos indicó, y hemos empezado a las doce en punto. ¿Qué quería, que lo hiciésemos
según la hora oficial, ni un minuto antes ni después?
— Será que el demonio lleva la hora de Canarias— dijo Chema absurdamente, sin reírse ni

esperar risa.

A Pentium entonces se le iluminaron los ojos. Tenía en la cara la mirada del detective que
resuelve un enrevesado crimen o de un colegial que por fin resuelve el problema que se les resistía a
todos. Él también había descubierto el fallo en el ritual.
— ¡Ya lo tengo!— exclamó, y el resto dio un respingo sobresaltados por la súbita intervención
del chico, callado hasta aquel momento.
— ¿Qué es lo que tienes?— inquirió Chema.
— El espíritu dijo Medianoche, no a las doce. ¿Y qué es la medianoche?
— La mitad de la noche— respondió Chema sin más, encogiéndose de hombros— Las doce de

la noche.

— Error. Es la mitad de la noche, es decir, el momento en que un sitio está lo más alejado
posible del sol y de la zona iluminada, y hay la misma distancia en oscuridad hacia el Este y el Oeste.
— ¿A dónde quieres llegar?— preguntó Chema.
— Las doce es la hora de la medianoche, sí, pero en el meridiano Greenwich.
— Ese meridiano pasa por España— aclaró Jesús.
— Sí, pero no tenemos su franja horaria. Nosotros tenemos la franja de París-Madrid, que suma
una hora a Greenwich. Por eso no ha aparecido nadie.
— ¿Quieres decir que tenemos que esperar una hora, entonces?
— Dos. Ahora estamos en horario de verano.
— ¡Vaya por Dios!— exclamó Adela fastidiada— Podríamos llevar la hora de Greenwich ¿no?
— Piénsalo: según esa hora, amanecería a las cuatro de la madrugada y anochecería a las ocho

de la tarde.

Adela no contestó nada, dándose cuenta de que la razón estaba de parte de Pentium.
— ¿Tenemos que esperar hasta las dos para repetir el ritual?— preguntó Chema.— Llegaremos

más tarde de las tres a casa.

— ¿Tenéis prisa?— contestó Jesús a modo de desafío.
— Por mí de acuerdo— dijeron Pentium y Chema
— Está bien, nos quedaremos…— aceptó Adela— pero ya has roto una cartulina.
— ¡Mierda! Joder, necesitamos otro altar.
— ¿Por qué no grabas la estrella en la superficie del árbol?— sugirió Pentium.
Tenía razón. Así quedaría más auténtico. En cuanto al hecho de que tendría que quedarse
grabado… no era tan grave. Ya había alguna que otra inscripción declarando un amor perdido. La poca
gente que iba por allí no le prestaría atención. Al fin y al cabo, sólo sería una estrella, e in extremis, se
podría encubrir un poco una vez que acabase todo aquello.
— Chicos, id grabando la estrella como estaba en la cartulina— les ordenó Jesús—. Ahora

vengo.

— ¿Dónde vas?— preguntó Adela.

Alfredo M. Pacheco

94

— Me voy de gatos.

Jesús María regresó en media hora. Los otros habían grabado ya la estrella, y se habían desecho
de la cartulina ensangrentada con el cadáver del gato dentro. Por su parte, Jesús había encontrado otro
ejemplar, esta vez un poco más arisco. Después tuvieron que sentarse a ver literalmente pasar el tiempo.
La espera fue larga y algo aburrida. Hubo algunos síntomas de sueño y algo de hambre. No habían
contado con este imprevisto, y no tenían nada para tomar salvo rebanadas de pan integral. Aún así, le
dieron unos bocados. Bebieron Coca-Cola para que la cafeína les quitase el sueño (aunque en general
estaban bastante inmunizados a los desvelos de aquel refresco). Procuraron dejar cantidad suficiente para
llenar otra jarra a la hora del ritual. Jesús repasó de nuevo la oración de invocación ya que, aunque la
había pronunciado correctamente, no quería que se le olvidase nada, en especial la lista de los nombres de
los demonios.

A las dos menos veinte, impacientes, se prepararon. Se pusieron las túnicas (salvo Adela, que
seguía vestida así) y volvieron a maquillarse, pues los chicos, no acostumbrados a los cosméticos, se
sentían incómodos y se habían quitado el maquillaje. Todo estaba a punto a menos cinco. Se colocaron
como la vez anterior y Jesús dejó de nuevo un minuto de silencio antes de iniciar la invocación. Después
repitieron el ritual paso por paso igual que la vez anterior: la eucaristía, la oración, el sacrificio…
Jesús dejó el gato recién muerto sobre el charco de su sangre, en el centro de la estrella.
Permanecieron callados por un momento, temiendo que de nuevo sus esfuerzos resultaran inútiles. Pero
no fue así.

El viento comenzó a soplar y arrastró una gran polvareda. Formó un gran remolino justo donde
se encontraban los chicos, y éstos tuvieron que cerrar los ojos y cubrirse los rostros con las manos.
Cuando el viento cesó, volvieron a mirar al altar. Una columna de humo se disipó y dejó ver a un
demonio que permanecía erguido en el interior de la estrella. La piel era rojiza, y el cuerpo parecía
henchido, a punto de explotar, rebosante de músculos y venas. Tres cabezas observaban apoyadas sobre
los hombros: una humana en el centro, y a ambos lados una de gato y otra de sapo. El demonio hincó una
rodilla y su cabeza humana miró con humillación al suelo.
— Estoy a vuestra disposición.
Jesús miró al demonio que se arrodillaba ante él. No era Satán. Intentó hacer memoria, pues el
detalle de las tres cabezas era muy característico. Por fin recordó de quién se trataba.
— Bael…
— A vuestras órdenes, sacerdote.
— No, no…— Jesús titubeó mientras intentaba decidir si debía parecer autoritario o no.— No es

a ti a quien he llamado.

— Lo sé y lo lamento, pero mi Señor está muy ocupado y yo soy quien atiende sus asuntos aquí

en la tierra.

— No, no todos sus asuntos.— aclaró Jesús— Arimán está aquí para alguna misión, y queremos

saber de qué se trata.

Bael se levantó y se quedó de pie con los brazos cruzados. La cabeza humana (que parecía ser la
única que hablaba) sonrió. Parecía que sabía de qué se trataba.
— Así que sois vosotros los pobres chicos a los que Arimán está atormentando con sus
fechorías…— dijo algo irónico. Se fijó especialmente en Adela, a la que dirigió una mirada lasciva. Ella
bajó los ojos con pudor.

— ¿Sabes de qué se trata?— preguntó Jesús-
— Algo sé, sí, pero no me corresponde a mí decirlo. Necesito del permiso de una autoridad
mayor. Ya sabéis a lo que me refiero. Lo siento mucho, pero no voy a poder satisfacer vuestros deseos.
— ¿Qué podemos hacer?
— Aguardad unos días y realizad una nueva misa. Yo me presentaré y os diré de qué se trata si
tengo la autorización, o tal vez os lo comunique Satán en persona. Por cierto… no deberíais prescindir de
un detalle tan importante en estos rituales, especialmente con una chica tan apropiada entre vosotros.
Adela contuvo la respiración. La idea de ser un altar para aquello le encogía el corazón.
— ¿Necesitáis algo más?
— No, Bael. Gracias por atendernos. Pero ¿tendremos que esperar a la medianoche la próxima

vez?

— No si contáis con el detalle del que os he hablado, pero procurad de todas formas que se

realice una vez haya anochecido.
— De acuerdo. Eres libre de irte.
— A vuestras órdenes.
El viento volvió a soplar, y el polvo se llevó a Bael de la misma forma en que lo había traido.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

95

Recogieron todo sin hablar. Adela les dio de nuevo unos frascos con leche limpiadora y un
líquido azul para desmaquillarse cara y uñas. Rasparon la estrella del árbol para disimularla y borraron la
del suelo. Adela se volvió a vestir en un lugar apartado, y todos regresaron en silencio, pensando en lo
que habían visto en lo que en teoría deberían hacer.
Durante el camino, Adela y Jesús fueron distanciándose de los otros dos. Caminaban cogidos del
brazo, incapaces de decirse nada acerca de usar un altar humano. Pentium, cuando vio que la pareja se
perdía casi de vista, le dijo a Chema:

— Me preocupa que Jesús realice otra misa. Sabe que tiene poder, y a este paso se le va a volver
en su contra. ¿Y si consigue usar a Adela como altar? No quiero ni pensar en lo que pueda pasar entonces.
Chema no respondió. Andaba sumido en sus pensamientos y a la vez no pensaba en nada.
Añadió las palabras de Pentium a las imágenes que acababa de ver en el ritual. Y dejó ahí los recuerdos,
sin atreverse a tocarlos o manipularlos, a pensar sobre ellos, a interpretarlos.
Jesús María y Adela llegaron al pueblo diez minutos antes que los otros dos chicos. Tras una
hora de caminata, Jesús rompió el silencio con una especie de conversación inglesa.
— ¿Qué te han dicho tus amigas sobre la Romería?
Ella caviló un segundo, como si regresase a la vida cotidiana.
— Sí, podéis venir con nosotras. Os han admitido a regañadientes. Comprarán ellas, así que no
podréis hacer “peticiones”, lo siento. Supongo que iremos todos juntos. No creo que sean tan guarras
como para haceros ir por vuestra cuenta.
— No importa. Dales las gracias a tus amigas de nuestra parte. No os enteraréis de que estamos

con vosotras.

Iba a seguir hablando, pero llegaron al final del camino. Cada uno debía ir por un lado. El pueblo
estaba en silencio, dormido. Se dieron un beso de despedida y sin palabras fue cada uno a su casa.

Alfredo M. Pacheco

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Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Capítulo XIVº:

La Primera Estrella Flamígera.

omo cada año, el ambiente bullía ante la llegada de la Romería, una de las fechas más
señaladas en las vacaciones de verano allí en Infantes. La Romería a Nuestra Señora de
la Virgen de la Antigua se celebraba en Agosto, la noche del sábado anterior al inicio de
las fiestas locales. Los habitantes del pueblo pasaban la noche alrededor de las hogueras
en las inmediaciones del santuario. Se compraba comida y bebida, y se podía disfrutar de un poco de baile
en la plaza de toros (al lado del propio santuario). Al amanecer, la Virgen era llevada en procesión a la
iglesia de San Andrés Apóstol. La velada había perdido su connotación religiosa para muchos de los
celebrantes, y quedaba degradada a una noche de juerga, una excusa para emborracharse y (en el caso de
los jóvenes) una ocasión para atrapar un ligue hasta finales de agosto. Con todo, la llegada de la Romería
se podía percibir en el ambiente. Había algo que era distinto, una ilusión colectiva por disfrutar de tan
señalada fecha, por pasar una velada nocturna con los amigos en mitad de un ambiente espléndido.
Por desgracia, Chema no sintió, o al menos no compartió, todas aquellas emociones. Ni Chema
ni ninguno de los otros chicos. Y Adela, aunque celebraba la Romería con sus amigas, estaba demasiado
abrumada por los acontecimientos de aquel verano como para disfrutarla en su justa medida. Además, los
chicos estaban bastante descontentos con la forma en que habían organizado la Romería de ese año…
aunque en realidad no tenían otra opción. Los grupos de amigos que celebraban aquella fiesta solían tener
una media de diez miembros, e incluso más, muchos más. Ellos eran sólo tres, no podían ir por su cuenta.
Por eso, decidieron hacer un pacto con el grupo de Adela para poder celebrarla con ellas. Adela ejerció de
mediadora y consiguió convencerlas de ello. Sus amigas accedieron de mala gana, pero impusieron
ciertas condiciones. Los chicos no pudieron participar en la compra de bebidas ni comida. Las chicas
compraron solamente lo que ellas quisieron, sin respetar los gustos de ellos; y como es normal, no faltó la
arpía que, conocedora de las preferencias de los chicos, confabuló para evitar que se comprasen y llevar
bebidas que no fuesen de su agrado. Adela mantuvo más de una acalorada discusión la tarde en que se
hizo la compra. Por otra parte, mientras que las chicas fueron llevadas al santuario en un remolque de
tractor (que se quedó allí como almacén de las provisiones, igual que hacían muchos otros grupos), los
tres muchachos no tuvieron más remedio que buscarse la vida para llegar allí. Aquello fue una jugarreta
ruin y rencorosa sin ninguna razón de ser. Había sitio de sobra para ellos, pero argumentaron las jóvenes:
“Es que ellos no son del grupo”. Una de ellas, cuyo padre condujo el tractor que las llevó, aseveró que
éste no lo haría si veía chicos entre ellas, y que además tendría una buena bronca, etc. etc. Por suerte, el
padre de Chema, en uno de tantos viajes que tenía que realizar para llevar enseres y sobrinos, trajo a los
tres consigo de buena gana. El viaje fue muy ameno: cuando el padre de Chema se interesó en por qué no
habían podido ir con ellas y los chicos le expusieron la situación, en seguida empezaron a despotrincar los
cuatro sobre el sexo femenino, igual que neanderthales, y eso suavizó bastante los ánimos.

La noche transcurría aburrida y monótona. Jesús pasaba la mayor parte del tiempo con Adela,
por lo que Pentium y Chema estaban solos ante el grupo de chicas como dos náufragos en un mar de
tiburones. Llevaban un buen enfado encima. Cuando se sirvieron un cubata, una de las chicas les tachó de
gorrones y cosas por el estilo. Lo hizo por lo bajini, al oído de una compañera suya, pero el descaro era
tan evidente que los dos chicos se percataron. Se bebieron el vaso de un trago y lo rompieron enfadados
contra el remolque, para más irritación de la fémina. No volvieron a tocar la bebida.
Chema esperaba sentado, apartado del remolque. Estaba asqueado, enfadado por un
comportamiento tan pueril y rastrero. Y presumían de maduras… Vio a Adela llegar con alguien cogido
de la mano. Pensó inmediatamente que se trataría de Jesús, pero para su sorpresa, éste venía detrás,
escuchando cómo Pentium le contaba los acontecimientos. Quien estaba con Adela era una chica de su
edad. Llevaba una camiseta gris y unas mallas cortas. La cara sucia dejaba adivinar algunas pecas y dos
ojos con un brillo risueño y alege. Era pelirroja, y se recogía el pelo rizado en un caótico tocado, realizado
al parecer de forma improvisada. Chema no recordaba haberla visto por el pueblo durante su estancia
veraniega, pero sí entre el grupo de Adela durante ese día. Aunque no era especialmente atractiva (iba
muy informal dadas las características de la Romería), se dijo que por la noche, arreglada, maquillada y
peinada debería de tener un aspecto bastante agradable. Aquella mirada tenía un no sabía el qué, algo que
le atraía. Seguro que debía ser muy fotogénica. ¿Cómo era la expresión? ¿”Le cantaban los ojos”, tal vez?
— Chema— le preguntó Adela— ¿tú pediste Comunicación Audiovisual de carrera?
— Sí.— respondió. — Ya me ha llegado la carta de admisión. Al final me la han dado.
— Mira, ésta es Merche. Ella va a estudiar lo mismo.
Chema lanzó una mirada interesada.

C

Alfredo M. Pacheco

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— ¿Vas a ir a la Complutense?
— Sí, a Ciencias de la Información. Aquí no se da esa carrera, así que me tengo que ir a
Madrid.— Merche hablaba con un tono dulce, capaz de encandilar a cualquiera. Iniciaron una
conversación superficial sobre notas de corte y exámenes de Selectividad. Chema consiguió averiguar por
qué no la había visto con todo el tiempo que ya llevaba en Infantes (casi un mes). Ella se había marchado
a la playa el mismo viernes que él llegó, y había vuelto aquella semana.
Pentium se sumó a la charla, escuchando la mayoría del tiempo, e interviniendo muy pocas
veces. Al parecer no todas las amigas de Adela eran unas arpías.
Jesús y Adela, por su parte, dejaron en paz a los contertulios y se fueron a disfrutar de un poco

de intimidad…

Muy cerca del santuario hay unos pequeños riscos pedregosos fáciles de escalar. Desde arriba se
podía disfrutar de una vista aceptable de todas las hogueras y del propio santuario. Pero la gente no subía
allí por la panorámica. La ausencia de luz, ya fuesen hogueras o farolas, propiciaba un escondrijo para las
parejas que subían allí. Por lo general, todos los grupos de jóvenes tenían su hoguera justo en la base de
estos riscos. Así que Jesús y Adela no tardaron mucho tiempo en llegar arriba. Jesús se recostó sobre una
roca plana y los dos empezaron a besarse. Estuvieron algún tiempo así, sin decir ninguna palabra. Por fin,
él le susurró al oído:

— Deberíamos hacerlo.
Adela guardó silencio. Sabía a lo que se refería. Jesús había mencionado ya el tema un par de
veces desde la invocación. Hacer de altar para la misa.
— ¿Sabes lo que me estás pidiendo? Me da vergüenza, y miedo. Yo allí, contigo, y con Pentium

y Chema.

— Ah, ah, ah…— negó Jesús.— Tú y yo solos. Será algo entre nosotros dos. A mi tampoco me
gustaría tener a esos dos mirando mietras te…— Jesús dejó la frase en el aire. No era decoroso comenzar
con la descripción del auténtico ritual.
— No sé, Jesús. Es un paso muy importante para mí.
— ¡No seas cría, Joder! Arimán está ahí fuera y va a por ti. No nos queda mucho tiempo.
— ¡No soy cría!— Adela bajó el tono de voz— Eres tú el crío. Tú eres el que ha originado casi
todo esto con tus jueguecitos. No estoy hablando sólo de perder la virginidad, sino de invocar a Satán. ¿Y
si te ocurre algo?

— No, no a mí. Recuerda que estamos de su parte. No hará nada a sus seguidores.
— El diablo no tiene palabra ni honor. Te puede traicionar.
— Pero sí tinene muchos oídos. Ten cuidado con lo que dices.
Dejaron de hablar. Jesús cruzó los brazos y se quedó callado, como un niño enfurruñado. Adela
sabía que en aquellos momentos la reconciliación sería en vano. Se levantó y bajó abajo.
— ¿Vienes?
— No.
Ella le dejó allí. Sabía que bajaría tarde o temprano. Seguramente él sería quien se disculparía.
Aunque ella también tenía motivos. Todo el asunto del satanismo estaba separándoles más que
uniéndoles. Y en el fondo de su corazón se sentía culpable, porque había otra razón más de su negativa,
pero no se la había contado. La cuestión era que, desde el momento en que empezó todo aquello, ella
había comenzado a dudar de la relación. Y dudó desde que apareció otra persona entre ellos dos.
Arimán.
Hacía una semana que no le veía. De hecho, parecía haberse esfumado. Dijo que le quedaba poco
tiempo allí, que debía regresar. Pero se negaba a creer que ya se hubiese marchado. Tenía la impresión de
que se despediría de ella. Por eso no podía hacer el amor con Jesús, porque no era el único chico en su
vida, al menos en esos momentos. Y si Arimán se iba y sólo quedase Jesús… ¿para qué hacer la misa
entonces?

Siguió bajando hasta llegar al remolque donde estaba su grupo. Durante el camino creyó ver a
Chema subiendo bastante más a su izquierda. La miraba con cara de extrañado. Ella pensó que tal vez
podría hablar con Jesús y hacerle bajar.
De hecho, lo consiguió, pero de una forma muy peculiar.

Chema, lo único que hacía, era buscar un sitio para orinar. Con todas aquellas brujas en el
remolque perfería alejarse cuanto más mejor. Se desvió hacia la derecha y luego empezó a subir. Merche
había vuelto con el grupo. En cuanto vio la reputación que tenía Chema, mantuvo las distancias. No
seguía las bromas sobre ellos que hacían, pero desde luego o hizo nada por defenderle. Se mantuvo
callada, sumisa, sin atreverse a contradecirlas. En el fondo, pensó Chema, eran todas igual de zorras.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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Subió un poco más y vio a Adela bajar sola. Estaba unos metros a su izquierda, encaminada
hacia el remolque. Debían de haber discutido, así que no la llamó, sino que dejó que bajase sin ser
molestada. Jesús estaría arriba, entonces. Lo mejor sería subir a ver lo que había ocurrido, importunarle
(porque seguro que no querría hablar con nadie) e intentar la reconciliación. Al fin y al cabo, no tenía
nada que hacer.

Continuó la ascensión. Se veía muy poco. Había luna nueva y la luz de las estrellas no era
suficiente para iluminar el camino. Salvo las enanas blancas, sólo unas nubes de tormenta moraban por la
bóveda celeste. Al principio de la noche habían amenazado con tormenta, pero pasaron adyacentes al
descampado y ahora se batían en silenciosa retirada para dar lugar a un limpio amanecer cuatro horas más
tarde.

Chema se paró y respiró algo cansado. Sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad. Echó un
vistazo atrás, para mirar la escena que formaban las hogueras. Entonces, el corazón le dio un vuelco. Las
farolas del descampado estaban todas apagadas, y las hogueras no brillaban, aunque intuía que estaban
ahí, bailando y crepitando, tamizadas por una luz azul, una noche americana usada incorrectamente. El
sonido del barullo llegaba apagado, casi inexistente. Recordaba haber vivido algo semejante, el primer
viernes que estuvo en Infantes.
Jesús.
Adela había bajado y se encontraba con todas sus amigas. Pentium estaba con ellas, pero Jesús…
Él estaba solo allí arriba, igual que Chema. Debía correr y encontrarle antes de que ocurriese cualquier
cosa. Dio las últimas zancadas. Se encontraba en unas rocas planas que le hacían de pared. A su derecha
el desnivel era menor, sólo tendría que subir por allí y llegaría al lugar más alto. Desde ahí le buscaría en
una ojeada. Se dirigió deprisa, pero otro salió a su encuentro.
Arimán.
El demonio de inofensiva apariencia y eterna juventud. Parecía tener apenas un par de años más
que el propio Chema. Él nunca le había tenido cara a cara, pero sabía por la descripción de sus amigos
que se trataba de él. Especialmente por sus ojos. Ellos no sabían describirlos, no obstante le dijeron que
cuando le mirase a los ojos sabría que se trataba él.
— Hola, Chema. Por fin nos conocemos.
Chema retrocedió intimidado. Parecía no tener muy buenas intenciones. No quería morir. No en
ese momento, solo, y a manos de aquel bastardo.
Arimán, se abalanzó sobre él y le acorraló contra la pared de piedra. Le apresó del cuello y de la
muñeca derecha. Después, levantó la mano de Chema y la puso contra la pared, dejando la palma al
descubierto.

— ¡Suéltame, cabrón! ¡Jesuuús!— llamó en balde.
— Tranquilo, Chema. Muy a mi pesar, no soy quién para matarte. Estoy aquí por otro asunto.
Hubo un forcejeo prolongado. De hecho, sólo Chema forcejeaba. Arimán usó su cuerpo para
mantenerle atrapado mientras sacaba un círculo herrumbroso con el bajorrelieve de una estrella de cinco
puntas. Le levantó en vilo asiendo tan solo la muñeca del chico. Apoyó ésta en la pared y acercó el hierro
(que sin saber cómo estaba al rojo) a la palma del chico. Chema pataleaba como un títere, sin tan siquiera
acordarse de cerrar la mano. Arimán le marcó la mano con una sonrisa macabra. Chema sintió la
insoportable sensación de calor contra su piel. Apretó los dientes aguantando el aire en los pulmones. Se
oyó el crepitar de la carne y Arimán retiró la estrella y brotó un poco de humo. Entonces Chema no pudo
soportarlo y dejó escapar un grito de dolor.

Jesús yacía recostado en una roca. Se estaba destrozando la espalda. Contemplaba las estrellas
con las manos entrelazadas detrás de la nuca, adormilado. Un grito sobrecogedor lo sacó de su pequeño
trance. Se incorporó con rapidez, asustado, y se encaminó hacia el lugar de donde provenía. Llegó a una
roca que hacía un escalón de más de metro y medio. Abajo se encontraba Chema, doblado sobre su
vientre, sujetándose la mano derecha.
— ¡¿Chema, qué te pasa?!
Chema hizo caso omiso de la llamada de su amigo y corrió desesperado hacia el descampado,
donde estaba el remolque. Jesús saltó el escalón y fue tras él tan rápido como pudo. Llegaron los dos a un
tiempo a la hoguera del grupo de Adela.
— ¡Chema! ¿Qué coño te pasa?
Adela y Pentium, que andaban allí cerca, acudieron alarmados a ver lo ocurrido. Chema recuperó
el aliento y mostró su mano, iluminada por las llamas.
No había marca alguna.
De hecho, ya no le dolía, ni sentía haberse quemado.
— ¿Qué le pasa a ése?— preguntó molesta una de las amigas de Adela.
— Nada de tu incumbencia.— respondió él con voz enérgica.

Alfredo M. Pacheco

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— Payaso.— dijo la chica, y se marchó con el resto.
Cuando hubieron quedado sólo los cuatro, Adela preguntó con más tranquilidad qué había
ocurrido. Chema relató brevemente el encuentro con Arimán y sus consecuencias. Jesús dio su versión
también.

— ¿Para qué querría grabarte una estrella?— se preguntó Adela.
— Los sacerdotes de las misas negras— explicó Jesús— llevan tres estrellas: una en la mano
derecha, otra en la frente y otra en el pecho.
— Bien, pues parece que ya me ha grabado la primera. Tal vez Adela no sea la única persona
que quiere Arimán. Al parecer somos los únicos que hemos sobrevivido a un encuentro con él.
No, no sois los únicos, pensó Jesús.
— ¿Y si te graba las tres, entonces qué?— dijo Pentium.
— Eso es precisamente lo que tenemos que averiguar.— fue la única respuesta de Jesús María.

No hubo más incidencias en la Romería. El tiempo transcurrió lento. A partir de las tres o las
cuatro, la celebración entraba en su fase de depresión. Se había dejado atrás el clímax del ambiente, y sólo
los que habían mantenido la alegría disfrutaban de la fiesta hasta el amanecer. El resto, como Jesús,
Pentium, Chema y Adela, sólo podían esperar a que llegase el alba para regresar a sus casas.
Desde los riscos pedregosos aguardaron a la salida del sol. Primero el paisaje se tiñó de matices
azules grisáceos, sin relieve, y a las siete de la mañana ya se veía con claridad. Abajo, la comitiva
encabezada por la imagen religiosa iniciaba su andanza hasta la Plaza Mayor. Los chicos esperaron a que
pasase y después la siguieron a una distancia prudencial. Caminaron con paso bastante lento, en silencio.
Iban por el lado derecho, flanqueados por una caravana de coches que no avanzaban a mucha más
velocidad que ellos. Tras una hora, llegaron al pueblo. Se citaron a las diez de la noche y se fueron a sus
respectivas casas.

— Piénsatelo.— le dijo Jesús a su novia antes de separarse.
Ella sabía a lo que se refería. Y ahora que sabía que Chema podía estar en peligro, ya tenía una
razón para ofrecerse como altar en aquel grotesco ritual. Atormentada por tantos pensamientos, temerosa
de la temida decisión, llegó a su casa. Aún no había nadie. Con algo de pereza se metió en la ducha. El
agua se llevó toda la suciedad de su piel y de su pelo, y de alguna forma todo su malestar. Salió limpia,
despejada, e incluso más despierta. Ya pensaría después de dormir. Ahora, antes de acostarse, necesitaba
comer algo. Su dieta durante aquella noche habían sido chuletas y chorizos, aderezadas con un sinfín de
bebidas alcohólicas. Necesitaba algo ligero que le sentase el cuerpo.
Miró en la cocina en busca de algo. Había leche, embutido… todo muy pesado. Lo mejor sería
algo de fruta. Buscó en un frutero de la encimera y se encontró con una gran sorpresa.
Una naranja.
Le vino a la memoria la canción Sabor de amor, cuando mencionaban las “naranjas en agosto”.
Era agosto y allí estaba la naranja. Y además tenía una pinta excelente. Su zumo era justo lo que pedía su
maltrecho estómago. Así que cogió un cuchillo y la partió por la mitad. Comenzó a morder la pulpa de los
bordes, sorbiendo el zumo. Tenía un sabor excelente. Siguió comiendo, con la mirada al frente, pensativa,
mientras intentaba razonar cómo podía haber naranjas tan buenas en aquella época del año y por qué en el
frutero sólo había una.
Dejó de comer.
Comprendió de repente que aquello no era normal. Que podría tratarse de un sueño, una
ensoñación o una alucinación. Y evidentemente sabía quién estaría tras ella. Miró la mitad de la naranja,
casi acabada. En el centro, el corazón formaba un extraño bulbo. Adela lo observó, intuyendo que esa
anomalía tenía una forma concreta…
Sí, y la vio. Y tuvo que ir a vomitar.
Intentó autoconvencerse de que lo que había visto no podía ser normal, ni real. Allí, en la
naranja, se criaba un embrión humano. Era similar a la experiencia de abrir un huevo a medio incubar,
pero mucho más macabra. Aquel bulbo tenía una cabecita y lo que luego serían las manos. Todo de color
naranja. Y por una décima de segundo había recordado a la chica que vio en el cementerio y que la
empujó a su propia tumba, aunque todo ello no había sido sino una paranoia.
Asustada, terriblemente asustada, tiró las dos mitades a la basura sin atreverse a mirarlas de
nuevo. Luego, subió llorando a su habitación y se acostó rápidamente. No supo cuando llegó a dormirse
entre sollozos y murmullos, pero cuando despertó, una luz difusa, rosácea, entraba por las rejillas de la
persiana. Allí, en la habitación bañada por un irreal amanecer, Arimán acariciaba con suavidad la cara de
la chica. Estaba sentado en el borde de su cama. La miraba dulcemente, como si esperase a que despertara
para decirle algo maravilloso.
— Estás aquí…— murmuró ella.

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La ascensión del caído.

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— Shhh… Ya te dije que no me quedaba mucho tiempo, pero sabes que nunca me iría sin

despedirme de ti.

Arimán se inclinó sobre ella y la besó en los labios. El miedo de Adela se había disipado por
completo. Por primera vez, se sentía completamente a salvo ante la presencia del demonio. Presentía que
no sería capaz de hacerle daño. Ni a ella ni a ninguno de sus amigos. Y sin el miedo, el amor profano y
adúltero que albergaba se liberó de sus cadenas e inundó su corazón. Posiblemente pensó en Jesús María
durante algún instante, pero fue incapaz de verlo como su novio, como al que legítimamente pertenecía su
fidelidad. Por eso le fue imposible detenerse.
Así fue como Arimán y Adela hicieron el amor.
Fue un sexo hermoso, plagado de caricias y buenas intenciones, hechizado por la magia que le
aporta el amor. Y la sensación que guardó ocupó un lugar muy especial en su alma, allí donde un pequeño
cofre había atesorado su virginidad antes de que se marchara.
Al menos, así fue hasta justo antes del final.
Un brillo de malicia surcó los ojos del demonio. Arimán sonrió con aires de triunfo. Ya no podía
mantener el disfraz por mucho tiempo, y actuó tal como lo que era en ese momento: un íncubo poseso y
despreciable que trataba de fecundar a una mujer mortal. Arimán imprimió unas connotaciones frenéticas
y ansionas que la dejaron agotada, justo antes de llegar al final. Adela sintió sobrecogida la esencia del
demonio bañando sus entrañas y adhiriéndose a las paredes, como aguardando algo más, como la araña
que teje su tela para cazar a la siguiente mosca incauta que pase por allí. Ella fue incapaz de articular
palabra. Tan sólo pudo desvanecerse en la inconsciencia, al igual que él se desvaneció en el aire.
Entre sueños, creyó oírle susurrar a su oído.
Haced la misa negra. No creas que esto ha acabado.
Adela recapacitó mucho sobre lo ocurrido y sobre su decisión. Pero al final, en una furtiva
llamada telefónica a Jesús María martes por la noche, le dijo que estaba dispuesta a llevar a cabo el ritual.
— Muy bien. Has hecho lo correcto.— Jesús hablaba como si ya supiese que ella acabaría
aceptando.— Reúnete conmigo mañana en la Cruz del Siglo y lleva ropa parecida a la de la otra vez.

Alfredo M. Pacheco

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Capítulo XVº:

El Fin del Inicio del Fin.

tro verano estaba a punto de finalizar. Era simplemente el verano de 1998. En un
principio, no había razón para que fuese más especial que cualquier otro. Pero cada
persona es un universo, y en el universo de Pentium, aquel miércoles 26 de agosto por
la mañana, el verano había sido muy especial. Demasiado especial. Sabía (algo se lo
decía en el interior) que todo aquello acabaría pronto, que el ansia de Jesús por conseguir poder y los
favores del Maligno acabaría explotándole en las manos igual que una bomba cuando no se sabe
manipularla. Respiró hondo y continuó contemplando el cielo, absorto en sus pensamientos. Pensaba en
que esa noche empezaba la Feria. Atracciones para montar, muchos más chiringuitos y los mismos actos
de siempre que el ayuntamiento ofrecía magnánimo como el rey que tiene la bondad de divertir a sus
vasallos campesinos con un baile de gala en el patio del castillo. Le venía a la cabeza el significado que
tenían en la época de sus padres: baile con la novia o querida, días para pretender a alguna dama, o la
oportunidad de montar en un tío-vivo. Todo aquello se había perdido, para bien o para mal, y sólo
quedaba la sensación de tener por delante cinco sábados seguidos: noches con mucho dinero y en la
mayoría de las ocasiones sin tener que madrugar al día siguiente.
Chema lo sacó de todos aquellos pensamientos. Venía por una empinada calle haciendo un
último esfuerzo en la bicicleta. Estaban cerca del polideportivo (no el pabellón cubierto, sino el que hacía
las veces de piscina en verano), a las afueras del pueblo, muy alejados del Paseo o la Plaza Mayor.
Pentium estaba sentado en un banco de piedra, y su amigo se sentó junto a él, jadeando y tratando de
recuperar el aire.

— Has madrugado— dijo Pentium mirando el reloj. Eran las diez menos cuarto.
— Me he despertado al amanecer y no podía volver a dormir. He salido a quemar calorías con la
bici, a ver si me cansaba un poco. No sé, hoy me siento nervioso. ¿Y tú? Jesús es normal que se levante
pronto, pero tú eres bastante perezoso.
— Me pasaba lo que a ti. Quería ir a un sitio tranquilo, ver el campo… pero el Paseo ya me da
muy mal rollo, y me he subido aquí. Y entonces va y me encuentro esto.
Pentium hizo un amplio gesto con la mano señalando todo el horizonte. Chema vio petrificado
una inmensa nube gris negruzca que se extendía por toda la parte este del cielo, sobresaliendo aún muy
poco del horizonte.

— ¿Qué coño es eso? ¿Una tormenta?
— Sí, pero no me cuadra. Después de la romería tuvimos encima una borrasca. Por eso ha estado
nublado hasta ayer. Pero ya se retiraba. Todas las cadenas lo decían. La borrasca se iba hacia el
Mediterráneo. Y aún así, la borrasca no tenía esas nubes.
— Tal vez sean nubes de evolución de ésas. Ya sabes, una tormenta de verano.
Pentium negó con la cabeza.
— No a esta hora. Esas nubes se forman a partir del mediodía. No las habríamos visto venir
hasta las doce o la una, y desde luego no con el aspecto que tienen ésas de ahí. A veces hay tormentas al
amanecer, si la noche ha sido calurosa, porque las tormentas de verano se forman con las bajas
temperaturas y el bochorno del día. Tal vez sea una tormenta que haya caído lejos, pero no creo. Debería
haberse ido ya. Y además, fíjate. El contorno de la nube es muy preciso. No hay nubecillas despegadas, ni
se forman relieves. Es todo un gris… uniforme. No quiero ser gafe, pero la he estado observando durante
el rato que llevo aquí y creo que se aproxima. Muy lentamente, pero viene hacia aquí.
Guardaron un momento de silencio.
— ¿Estás pensando lo mismo que yo?— dijo Chema.
— Sí. Esto llega a su fin.
— Tal vez ya se haya acabado.— y añadió— Arimán se ha ido.
Pentium lo miró con los ojos como platos, ordenándole que se explicase de inmediato.
— Te lo contaré. Agárrate al banco, no sea que te caigas.

Chema había salido de su casa con la bicicleta alrededor de las nueve. Pedaleó con fuerza hasta
la Cruz del Siglo y luego dio media vuelta. Volvió con bastante velocidad. Llegó al Paseo y lo dejó atrás.
Entonces redujo la marcha. Se adentraba en el pueblo, y las calles eran peligrosas y algo traicioneras.
Llegó a Santo Domingo, con su busto de Quevedo mirando la calle Cervantes. Como ésta era peatonal,
optó por meterse por la calle de Santo Tomás. Nacía a la par de la primera, y su asfaltado era muy
bueno para poder ir suavemente durante un buen rato pendiente abajo. Pero algo captó su atención a su
izquierda, y se detuvo. Una tercera calle, la calle Frailes, se perdía hacia la izquierda en una sinuosa

O

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curva empinada. Al principio de la calle había una hospedería, de la cual salía uno de los clientes,
tomaba un taxi, y se iba. Chema sólo lo vio unos segundos, de perfil, pero fue suficiente para poder
reconocerle.

Era Arimán.

— ¿Me estás diciendo que Arimán ha estado alojado en la hospedería todo el puto mes?
— No tengo ni idea, pero se ha ido hoy. Piénsalo. Es un demonio, pero ha estado en este mundo.
Seguramente tenía que adoptar forma humana, mejor dicho, cuerpo humano. Si era humano, necesitaba
un sitio para dormir, para estar, para todo.
— ¡Imposible! Si hubiese estado más de un mes viviendo aquí, la gente ya lo conocería. En una
gran ciudad lo admito, pero no aquí. Este es un sitio pequeño.
— Según me contásteis, nadie le recuerda cuando pasó a la iglesia y arrojó la lanza. Es posible
que se mantenga apartado casi todo el día. Entre eso y la amnesia que provoca en la gente, ha mantenido
su secreto.

— Debemos averiguarlo. Hay que cerciorarse de que ha sido así.
— ¿Cómo? Crees que nos lo dirá la recepcionista, así por las buenas. No somos del FBI.
— No, ellas no nos lo dirán. Pero conozco a alguien que puede decírnoslo.

Alfonso era un compañero de instituto de Pentium y Jesús, y de Pedro. Había terminado el
bachillerato ese año, tras repetir tercero, y durante el verano estaba trabajando en la misma hospedería
donde en teoría se alojaba Arimán. Chema y Pentium le buscaron aquella misma mañana, y consiguieron
localizarle poco después de las once (el horario de trabajo del chico no era fijo, y eso les hizo perder algo
de tiempo a Chema y Pentium). Le pidieron que les informase sobre un hipotético cliente que se hubiese
alojado desde aproximadamente el doce de Julio, y que se hubiese marchado a las nueve y media del día
presente. Alfonso se mostró escéptico. Les dijo que era muy poco probable que alguien se quedase allí
mucho tiempo, y que en caso afirmativo lo recordaría, pero que aún así haría lo posible por averiguarlo.
Quedaron en que Alfonso llamaría a Pentium por teléfono una vez lo supiera (que sería aquella misma
tarde) y los tres se reunirían en la plaza para comentarlo.
Pentium se pasó toda la tarde, impaciente, nervioso, alerta del teléfono, sobresaltándose cada vez
que sonaba. La deseada llamada se hizo esperar hasta casi las ocho de la tarde. Alfonso se disculpó por la
tardanza, ya que había tenido un hueco en el trabajo hasta entonces. Pentium llamó a Chema y fueron los
tres a la Plaza Mayor. La nube de esa mañana ahora cubría gran parte del cielo y amenazaba con estropear
la primera noche de feria.

— He mirado la gente que se ha marchado hoy.— les dijo— Hay un tal Ángel Berriartúa
Domínguez que ha estado desde el domingo doce por la tarde. Es todo lo que sé, aparte de que ha pagado
en metálico.

— ¿En metálico?— preguntó Chema.
— Sí, eso es lo que me extraña. Supongo que no tendría ninguna de las tarjetas que acepta la
hospedería y ha estado sacando dinero de algún cajero automático.
— Muy apropiado— dijo Pentium—. Así no se le puede seguir el rastro y hay menos problemas

legales.

— ¿Creéis que se trata de un nombre falso?— preguntó curioso Alfonso, ajeno a quién era
realmente ese Ángel Berriartúa Domínguez.
— Tal vez ¿Dio algún carnet o algo parecido? Ya sabes, para la reserva.
— Supongo— Alfonso se encogió de hombros—. Ahora que lo pienso, creo que ya sé quién era.
Era un pive rubio… bastante joven, como nosotros, un poco más grande. Las veces que me he quedado
toda la noche y le doy la llave a los clientes creo que le he visto alguna vez… De todas formas, no solía
hablar mucho con los empleados: tenía sólo alojamiento y desayuno.
— Entiendo. Tío, muchas gracias. Nos has ayudado mucho. Recuérdame que te pague unos

botijos un día de estos.

— De nada, hombre. Bueno, me tengo que ir otra vez a trabajar. Os dejo. Os veo esta noche ¿no?
— Eso espero.
Alfonso se marchó por la calle Cervantes. Era obvio que se había aprovechado unos minutos
libres del trabajo, pues vestía la camisa blanca y los pantalones oscuros que conformaban el uniforme del
personal del establecimiento.

— Ángel Berriartúa Domínguez…— murmuró Chema— Lo de Ángel significa mensajero. Tenía
una misión ¿no? así que no era más que un mandao. Y de paso, le echa guasa al nombre.
— Domínguez significa “hijo de Domingo”. Recuerdo que hizo su aparición un domingo por la
mañana, en la iglesia. En el día del Señor y en la casa del Señor. Este Arimán es un cachondo. Pero no
entiendo lo de Berriartúa.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

105

Chema había oído aquel apellido antes. Era de alguna película ¿cuál?’
— ¡El día de la Bestia!— exclamó— Es el apellido del cura de El día de la Bestia.
— ¡Dios…! Vaya mamón. ¿Crees que significa que “su misión” tiene algo que ver con el

anticristo, o lo que sea?
— Posiblemente.
— Tenemos que avisar a Jesús inmediatamente. Arimán ya se ha ido. Sea lo que sea, ha hecho lo

que tuviese que hacer aquí.

Jesús María había estado ilocalizable aquel miércoles. Cuando le buscaron por la mañana, había
ido a hacer unas compras. Pentium probó otra vez después de comer, sin éxito. Y aunque en ambos casos
dejó recado de que le llamase en cuanto pudiese, Jesús no había contactado con ellos. También probaron
con Adela, aunque solamente por la mañana, con idéntico resultado. Ahora se encaminaban a casa de
Jesús María, con la esperanza de encontrarle allí esta vez. Por el camino, Chema dudaba sobre la índole
de la misión de Arimán.

— ¿Crees que era el grabarme la estrella en la mano?— de la que no había vuelto a ver señal

alguna.

— No. Vino aquí antes que tú, y no creo que hubiese estado tanto tiempo de todas formas para
hacerte eso. Al fin y al cabo, te lo hizo en vuestro primer encuentro.
— Sí. Y si fuera por eso se habría marchado el domingo pasado, no hoy.
Pentium recapacitó sobre eso último.
— Sí… Eso significa que lo que haya hecho lo ha hecho hoy. O que tal vez se ha asegurado de

que su trabajo estaba bien hecho.

Llegaron a casa de Jesús María. Les abrió su madre, quien les dijo que había salido hacía
alrededor de tres cuartos de hora a ver a Adela. Ellos dieron las gracias y se fueron. Caminaban despacio,
pensativos.

— ¿Si está con Adela, dónde habrán ido?— pensaba Pentium
— Les habríamos visto en la plaza.
Salió a su paso una niña pequeña, de unos siete años, rubia y con una cara de la que hacía caer la
baba a los adultos. Petium la conocía. Vivía en la casa contigua a la de Jesús. Ella les miró a los ojos
curiosa y les preguntó sin rodeos:

— ¿Habéis visto a mi gato? Hace mucho que se ha perdido pero no le encuentro.
— No.— respondió Pentium con amabilidad— Pero si le vemos te lo llevaremos a casa. ¿Es

blanco y pequeño, verdad?

La niña asintió con la cabeza y siguió su camino, llamando a su mascota.
— Mal pueblo para tener un gato.— dijo Chema cuando la niña se hubo marchado— Como se
haya ido de gatos— salir a cazar tales felinos, según el lenguaje del pueblo— algún chaval por la noche…
ya no lo vuelve a ver.

— Y que lo digas.— Pentium sonrió, pero de repente se le borró la sonrisa. De pronto supo quién
había cogido al gato. Y para qué. Miró a Chema aterrado— Tenemos que ir a la Virgen. Ahora.

Fue Jesús el que llegó primero a la Cruz del Siglo. Tan sólo cinco minutos después apareció
Adela. Ambos llevaban bolsas grandes de plástico con todo lo que les iba a hacer falta. Se saludaron
brevemente y de inmediato comenzaron a descender por el sinuoso sendero asfaltado que llevaba al
santuario. Jesús caminaba con paso firme, decidido, seguro de lo que debía hacer. La mirada de Adela, en
cambio, era asusente, como si no terminase de darse cuenta de lo que le iba a ocurrir. Hablaron poco
durante el trayecto, y siempre sobre cuestiones ajenas.
Por fin llegaron al santuario. Estaba anocheciendo, y el hecho de que hubiese una gran nube de
tormenta hacía que se viese aún menos. Aunque sonaba ridículo comparado con la misa negra, a Adela le
fastidió tener que mojarse (si acababa por llover) por culpa de la lluvia. Jesús miró el cielo, pensativo. La
nube también cubría el cielo en esa zona, a pesar de hallarse a cinco kilómetros. Demasiada extensión
para una nube de tormenta.

Buscaron el árbol talado que les sirvió de altar. Allí seguía, con raspaduras en los trazos de la
estrella y manchas resecas de la sangre del sacrificado gato. Jesús comenzó a grabar una segunda estrella.
Adela se encargó de la del suelo. Trabajaron sin interrupciones: la amenaza de lluvia y la inauguración de
las fiestas habían disuadido a la gente de pasar la tarde allí. Jesús dispuso todos los elementos de
costumbre: el falo, la espada, la jarra, los ingredientes del elixir, las hostias… Cuando estuvo todo
preparado y el elixir mezclado, se cambiaron de ropa. Jesús se puso su habitual impermeable, pero aquella
vez, lo hizo directamente sobre su piel. No tenía más ropa que aquella. Adela se maquilló como la otra
vez y luego se desnudó. Jesús la ayudó a tumbarse sobre el altar y la cubrió parcialmente con pañuelos
negros de una tela muy fina, semitransparente. Eso la ayudó un poco. Ocultos su cara, sus pechos y su
sexo, creyó que podría seguir mejor con el ritual. Jesús dispuso la posición de la chica sin resitencia

Alfredo M. Pacheco

106

alguna. Le colocó los brazos abiertos, como en una crucifixión, y le cerró las manos en torno a sendas
velas negras. Le separó igualmente las piernas. El árbol era muy bajo, por lo que ella pudo apoyar las
puntas de los pies en el suelo.

Jesús comenzó la ceremonia. Agitó la campanilla nueve veces en el sentido del reloj. Los
tintineos sonaron amortiguados por el viento. Apuntó después con el falo de madera en dirección a los
cuatro puntos cardinales. Una vez bendecido el lugar, cogió la jarra con el elixir y las dos hostias. Mojó la
primera y, retirando previamente el velo de la cara de Adela, se la dio. Vertió algo del calimocho en sus
labios. La mayor parte se derramó por las mejillas de la chica. La volvió a cubrir y bendijo la segunda
hostia. Esta vez lo hizo entre las piernas de Adela. Ella apartó la mirada y cerró los ojos. Procuró apartar
de su mente el pudor, el miedo, la inseguridad. No quería que por su culpa aquello saliera mal.
— Hoc enim corpus meum est.
Tragó la sacrílega oblea y bebió todo el vino adulterado de la jarra. Ahora le tocaba el turno a la
invocación. Jesús repitió las frases de la otra vez, solemnemente, en voz alta. El viento arreció levantando
las telas que cubrían al altar, y a lo lejos un trueno retumbó amenazante. Tampoco aquella vez faltó un
sacrificio. Jesús había conseguido un gato blanco, pequeño. Esta vez, tenía dueño. Lo rajó en canal como
la otra vez. La sangre aún caliente cayó sobre el vientre de Adela, quien se estremeció de la impresión. Y
por fin, al terminar la invocación, llegó el temido y a la vez esperado momento. El sacerdote oscuro debía
consumar la ceremonia tomando a la chica que ejercía como altar. Jesús María lo hizo con la cara oculta
parcialmente bajo la capucha del impermeable.
Tú también tienes que ocultar tu vergüenza ¿verdad? pensó Adela. Tal vez aquello no resultase
fácil para ninguno. Pero no era así. El tácito protocolo de las misas negras dictaba que los miembros
ocultasen sus rostros y dejasen volar sus instintos sexuales. Para Jesús, aquel estupro (porque Adela no
encontraba ninguna otra palabra para aquella relación sexual) era un triunfo, igual que para Arimán.
Aquella especie de vejación duró poco. Jesús, eso sí, no hizo lo mismo que Onán. Sus semillas
no fecundaron la tierra, sino que quedaron dentro de ella. Adela sintió entonces una sobrecogedora
sensación. Juraría que aquella trampa que había dejado Arimán en su seno surtía efecto, como si algo se
despegase de las paredes de su útero y envolviese el semen recién llegado.
Ahora sólo quedaba esperar.

La FEUNE había decidido hacer una serie de mítines en diversas capitales de provincia de toda la
geografía española. Parecían tener especial incapié en toda la zona central: Madrid y las dos Castillas, ya
que por su idealismo de una Europa única y centralizada primero perseguían una España unida, sin
protestas por autodeterminaciones y autonomías. Su secretario general, Fernando Luengo, hablaba desde
un atril a una congregación de personas sentadas en sillas plegables dispuestas con orden en la plaza de
aquella ciudad, una como otra cualquiera. Explicaba la posición de su partido frente a los problemas de
ese momento: la autodeterminación del País Vasco, la política intolerante de los Estados Unidos.
Denunciaba una política light como la que se practicaba en aquellos momentos en España (y en general el
resto de Europa), donde los demócratas-cristianos se avergonzaban de su condición conservadora y
buscaban una estratagema para parecer más progres, donde los socialdemócratas no se llamaban por lo
que eran y se quitaban lo de “demócratas”, donde todo el mundo tenía buenas intenciones y no se atrevía
a declararse enemigos. El discurso tenía enmudecidas a las masas. A pesar de algunas connotaciones
ultraconservadoras, no hubo abucheos ni murmullos. Aquella oratoria tan sobresaliente recordaba a la de
un personaje demoníaco cuyo blasfemo nombre no se quería recordar…
Sin previo aviso, Luengo calló y respiró con dificultad. Se llevó la mano al corazón e hizo una
mueca de dolor. Se inclinó intentando recuperarse. Se iniciaron los primeros revuelos. ¿Qué le ocurría?
Avisaron al SAMUR, justo cuando Luengo caía al suelo inconsciente.
No tenía pulso.

Una nueva ráfaga de viento y un nuevo trueno. Esta vez parecía que empezaba a llover.
Alguien apareció. Lo hizo tras la cartulina que les servía como única pared para apoyar el
crucifijo invertido. Parecía que hubiese permanecido allí agazapado espiando toda la ceremonia. Cuando
se irguió completamente, Jesús contempló que se trataba de un hombre joven, de no más de treinta años.
Vestía de negro, medía casi dos metros de altura, y su mirada se perdía en el infinito, melancólica,
infinitamente triste. Jesús retrocedió instintivamente y salió del círculo trazado en el suelo. Si era un
demonio invocado, no podría atacarle, pues dicho círculo era su cárcel. Se dio cuenta que había dejado
sola y desprotegida a Adela.

— Buenas noches— dijo amablemente, aunque con tristeza, el supuesto espíritu o demonio—

¿Qué es lo que deseas?

— ¿Quién… quién eres?— preguntó inquisitivo Jesús María.
— Soy el Maligno venido a la tierra, y mi nombre es Lucifer.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

107

Adela se esforzaba por poder ver quién hablaba. Por supuesto, no se atrevía a levantarse, pero
deseaba poder llamar a Jesús para que acudiese a su lado.
— Lucifer, me honra que respondas a mi llamada. Tú eres el único que puede responderme.
— Pregunta, entonces.
— ¿Cuál es la misión de Arimán?
Lucifer miró sorprendido a Jesús. Su tristeza se acentuó. Pero también había algo más en aquella

expresión… ¿Ira, tal vez?

— Así que Arimán tiene aquí una misión.— lanzó un suspiro— Me temo que no soy quién para
responderte. Y no soy quién— su tono denotó enfado esa vez— porque a pesar de ser la segunda
autoridad en el infierno, no sé nada de esa misión.
Lucifer golpeó con furia la cartulina y la derribó junto con el crucifijo que pendía en ella. Adela
lanzó un grito de sorpresa y terror. Lucifer la asió por una muñeca y la levantó con terrible fuerza.
Después, la zarandeó y la sacó del círculo.
— Y aunque intuyo de lo que puede tratarse, por las fechas— hablaba de espaldas a ellos—, lo
mejor será preguntárselo al bastardo de Arimán en persona.
Sin velas, ni ningún otro accesorio, Lucifer pronunció una extraña invocación en alguna lengua
ininteligible para los chicos. Con todo, Jesús intuía que debía tratarse de hebreo. Cuando hubo terminado,
apareció en el altar el espíritu de Arimán. Tenía el mismo rostro que el que habían visto en su forma.
Aparecía cubierto por una túnica negra sin mangas ni capucha. Miró a Lucifer, y esbozó media sonrisa.
— Vaya, vaya… así que por fin lo has descubierto.
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Cuándo te mandaron a la misión?
— Días antes de que a ti te encomendaran la tuya.
— Así que es por eso ¿verdad? Tanto preparativo en la Tierra… y era para ocultarme tu parte.
¡Me corresponde a mí por derecho! ¡Tú lo sabes!
— Sabes que ni a ti ni a mí nos corresponde repartir los papeles. Esta vez, tú dirigirás los
ejércitos aquí en la Tierra y yo he portado la semilla. Y por cierto, ya está plantada.— señaló con la
mirada a Adela. Ella comprendió que todo aquel amor había sido una farsa, un truco para engañarla y
conseguir su objetivo.

— ¿Es ella la madre? ¿Y él el mortal?
— En efecto.
— Pero… ¿cuándo?
Arimán rió estúpidamente.
— Ahora mismo.— su propia risa le interrumpió— Gracias a la invocación, él ha cumplido su
parte sin saberlo, ja, ja… Ya la ha tomado.— miró a Lucifer con aires de prepotencia— Como ves, mi
compañero, ya está todo repartido. Tú no puedes intervenir en esta parte. Sigue con tu papel.
— ¡Maldito! ¡Tú y todos los demonios me habéis traicionado! Bueno, como se suele decir en
estos casos… que paguen justos por pecadores. Claro que tú también eres un pecador ¿no?
Lucifer volvió a recitar una oración en alguna lengua extraña. La recitó celéricamente, colérico,
iracundo. Arimán abrió los ojos y la boca, pues parecía entender lo que decía, y le aterraba. La lluvia cayó
con más fuerza. La tormenta se había desatado definitivamente. Un relampago fue a parar en las
inmediaciones. Arimán se estremeció, como si el rayo le hubiera alcanzado. Miró hacia arriba,
agonizante. Una extraña luz brotó de su boca y ojos, y brilló con intensidad justo antes de destruirle.
Lucifer apoyó las manos en el altar, como si la destrucción de su enemigo le hubiese agotado.
Después miró, de nuevo con aquella expresión triste, a Jesús María. Se le acercó, pero no pudo llegar a él.
No podía salir de su círculo de invocación.
— Bueno… Ya es tarde para tomar represalias. Los dados están echados, al fin y al cabo. Jesús,
quiero darte la bienvenida. Hemos de preparar la llegada del Maligno en la tierra, del Anticristo. Tú has
sido el elegido. Tú has fecundado a la Madre. Tú y Arimán. Me hubiera gustado ser yo, pero tengo mis
obligaciones aquí en la tierra, y no puedo estar en todas partes. No soy Él…— señaló hacia arriba,
sonriendo— más bien todo lo contrario. Ven a mí, y preparemos nuestras tareas.
Jesús se acercó pletórico, maravillado. Los chicos estaban en lo cierto. Eran los elegidos del
Diablo, y Jesús había hecho bien en usar su poder. Entró en el círculo y estrechó la mano de Lucifer.
Sonrió un instante, pero de repente sintió helársele el corazón. Era un frío insoportable, que iba a
detenerle el pulso. Miró lastimero al diablo, ansiando un porqué de aquello. Lucifer soltó una malévola y
estridente carcajada que heló la sangre de los chicos. Él también había triunfado. Le había engañado y
ahora le había matado.

— No te he dicho dónde debemos preparar Su llegada.
Jesús cayó inerte al suelo. Adela no pudo sino lanzar un grito de pavor. Habían matado a su
novio, y ahora ella estaba sola y desnuda ante Lucifer, y no sabía cómo expulsarle. La invocación no
había terminado, y ella no sabía cómo hacerlo. Por suerte, en ese momento llegaron dos visitantes más.

Alfredo M. Pacheco

108

Pentium y Chema no repararon en coger sus bicicletas para ir allí. Cuando quisieron darse
cuenta, habían pasado el letrero que indicaba que faltaban dos kilómetros para llegar al santuario. Había
sido un terrible error el no perder unos minutos para cogerlas, pero en aquellos momentos de casi
desesperación el razonamiento no tuvo cabida en sus mentes. Caminaron con paso rápido (Pentium no era
un buen atleta y ya había perdido el ritmo), ansiando ver su destino detrás de cada curva que doblaban.
Por fin llegaron al santuario. Ahora debían buscar el sitio de la otra noche. Pentium advirtió de que aún
estaban bajo la tormenta. Había tenido razón en sus inquietudes aquella mañana.
Hicieron un último esfuerzo, ya bajo una lluvia que empezaba a descargar con fuerza. Por fin
alcanzaron a ver el sitio. Adela profería un agudo chillido en esos momentos. Se dieron cuenta de que
había alguien más. Un hombre muy alto, que se reía a carcajadas delante del cuerpo de Jesus María.
Corrieron alarmados y llegaron junto a Adela.
— ¿Qué ha pasado?— dijo Chema.
— ¡Lo ha matado!— exclamó Adela entre sollozos— Lucifer lo ha matado. Ha entrado en el
círculo y entonces…— se derrumbó en el llanto y se dejó caer.
Chema se quitó rápidamente la camiseta, dejando su torso desnudo, y se la puso a Adela para que
no se sintiese más violenta en aquella situación. Los dos chicos miraron a aquel extraño hombre. Era
Lucifer… jamás le imaginaron así. Es difícil imaginar el rostro del Demonio. Claro que él era Lucifer, no
Satán, y tuvo un día rostro humano. Lucifer permanecía de pie, impasible a la escena, justo en el límite
del círculo. Entendieron que era su jaula, y que si Jesús estaba muerto era porque había entrado. En teoría
estaban a salvo. ¿Pero por cuanto tiempo? ¿Y cómo iban a expulsar al invocado?
Un nuevo rayo estalló justo en el centro del árbol, con tal violencia que tiró a los chicos al suelo,
no así al diablo. Del mismo corazón del tronco emergió una figura humana, rompiendo la superficie
arañada que les había servido como altar. Lo que allí apareció era una especie de ángel, pero también una
especie de demonio. Era Arimán, con el rostro envejecido más de diez años. Había perdido todo el pelo, y
de sus sienes brotaban dos protuberancias óseas que le habían oradado la piel y el músculo, y alrededor de
cuya base había regueros de sangre. La piel se replegaba nervuda a los pómulos y mandíbula, y el rictus
tenso mostraba una ilera de dientes desiguales y afilados como colmillos. Los ojos, veteados de rojo
fuego y sangre, carecían de pupilas. Aquella mirada fiera era insostenible. Bajó al suelo y caminó unos
pasos. Tenía el torso a la intemperie. En su pecho se marcaba la caja torática y más abajo los huesos de
las costillas. Los brazos eran muy delgados, y por tanto se antojaban exageradamente largos. Los pellejos
colgaban lacios del tríceps. Las manos surcadas de prominentes venas mostraban dedos largos, huesudos,
con uñas afiladas. Una correa descansaba sobre el hombro derecho, y en la espalda, entre dos alas de
águila, la correa tenía una espada envainada. Por último, quedaba otro detalle: un siete marcado a cuchillo
en la frente.

Chema contempló asombrado aquella horrible criatura, pero misteriosamente, dotada de una

belleza más allá de lo humano.

— De entre vosotros— anunció el ser con voz ronca y gutural—, uno es asesino, otro inocente,
otro víctima y otro juez. Yo soy el verdugo. Pasad al círculo los que no estáis en él. El juicio va a
comenzar.

Pasaron los tres, apiñados, y se colocaron junto a Lucifer, que miraba impasible, ocultando su
más absoluta ignorancia respecto a quién era aquel nuevo Arimán. Éste desenvainó su espada. Señaló a
Pentium con ella.

— Tú serás el juez. Por ti sabré a quién ejecutar. Que la justicia te guíe.
Pentium entendió que él debía decirle a quién salvar y a quién no. La cuestión era cómo
decírselo. Miró a Chema y luego a Lucifer. Meditó unos segundos y luego suspiró. Sólo deseó que
estuviese haciendo lo acertado. Se acercó a Lucifer, cogió su rostro entre las manos y lo acercó hasta
besarle en la mejilla.

— A vosotros os sigo, maestro.— susurró. Después dio media vuelta, cogio a Adela de la mano,
y salió con ella del círculo. Ella retrocedió insegura, sin saber lo que había hecho Pentium ni por qué.
Quedaron Chema y Lucifer, separados unos pasos. Los ojos de Arimán se encendieron, y
también la espada. De ella brotaban llamas azuladas, el fuego maligno más temido.
— Habéis juzgado bien.
Descargó con furia un tajo sobre Lucifer, quien gritó con intensidad antes de desaparecer en la
nada. Chema, que había contenido la respiración hasta entonces, expiró por fin tranquilo.

Los enfermeros aplicaron un último masaje cardíaco sobre el pecho del paciente. Si no resultaba,
tendrían que abandonar la operación y declarar muerto al señor Luengo.
Pero resultó.

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

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La respiración y el pulso retornaron, y en poco tiempo fue normalizada. También recuperó la
consciencia. Fernando Luengo Cifuentes fue dado de alta esa misma noche. Los medios de comunicación
comentaron el incidente el jueves, pero no pasó de una simple anécdota en la sección de sucesos o de
sociedad.

En Villanueva de los Infantes, la Feria y Fiestas de 1998 empezó pasada por agua. Entre las
nueve y las diez cayó una tromba de agua (intensa como no la recordaba nadie) que anegó el recinto ferial
y la parte arenosa del paseo. No hubo heridos ni muertos, pero gran parte de las atracciones se averiaron
debido a cortocircuitos. Los daños materiales no pasaron de aquello. Las nubes empezaron a retirarse a
partir de las diez. Para las diez y media, la luna y las estrellas brillaban en el cielo. No volvería a llover,
así que la Reina y Damas de Honor pudieron inaugurar las Fiestas a la hora prevista.
En el santuario de la virgen, la lluvia también había cesado.

Adela terminó de vestirse con la ropa que había traído en la bolsa. Se lavó las piernas,
manchadas de barro, en el río, y se calzó. Arimán miraba la escena sin inmutarse. Una vez hubieron
terminado, Chema se acercó y le dio las gracias.
— ¿Quién… qué eres?
— Una vez fui ángel y caí. Luego, fui demonio y ascendí. Ahora soy las dos cosas: el uno y el
seis. Y cuando el bien o el mal no estén en equilibrio, allí acudiré. Cuidaos los tres. Esto acaba de
empezar.

Arimán (o quien quiera que fuese) se perdió entre los árboles.
— ¿Qué hacemos ahora?— dijo Pentium.
— Tenemos que volver al pueblo. Y me temo que habrá que avisar de la muerte de Jesús.
— Id vosotros, yo me quedaré.— les dijo Adela.
— ¿Qué? ¿Cómo te vas…?
— Id, por favor, y avisad a la policía.
— ¿Qué coño les vamos a decir?— preguntó Pentium al aire.
— Pues la verdad. Que me trajo aquí para practicar un ritual y que entonces…— comenzó a
llorar de nuevo— murió de un infarto.— se derrumbó de nuevo en lágrimas. Chema la consoló
débilmente.— Ahora marchaos.
— Volveremos a por ti.
Caminaron exhaustos por la experiencia, pendiente arriba, hacia el pueblo.
— ¿Cómo sabías que… cómo sabías que besando a Lucifer le mataría a él?
— Me acordé del evangelio. Del beso de Judas y esas cosas.
— Eres un puto Judas, y perdón por la expresión.
— Es posible. Te dieron Comunicación Audiovisual ¿no?
— Sí. Cuando llegue a Leganés tengo que hacer la matrícula. — hizo una pausa y cambió de
tema—¿Sabes? Esta feria voy a comprar un colgante de madera, con forma de cruz, y le voy a hacer un
agujero al otro lado y la llevaré invertida.
— ¿Qué van a pensar los del pueblo?
— Ya estamos. Sabes que me da igual. Es como homenaje a Jesús. Al final tenías razón. Yo…

sólo espero no acabar como él.
— ¿Crees que esto va a continuar?
— Sí. Pero no aquí. No puedo decirte más.
Se agarraron por los hombros como dos borrachos y siguieron subiendo.

Alfredo M. Pacheco

110

Vade Retro! Iª parte

La ascensión del caído.

111

Un Epílogo en Dos Partes.

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