Réskalon, aún siendo humano, era con creces el mejor ingeniero de construcciones de la tierra conocida.

Ningún shimbio alcanzaba su destreza mental para idear los edificios más eficientes, los puentes más sólidos y las armas más sofisticadas. Muchos reinos de la tierra conocida requerían sus servicios, no sólo por el nivel técnico que aplicaba en sus creaciones, sino también por la belleza de las mismas. Era habitual que las hadas pusieran en sus manos todo aquello que quedaba fuera de la magia a la hora de construir. Nadie había recibido nunca tal cantidad de permisos para visitar las zonas de otras razas, pues además de las hadas, el resto de las razas también confiaban en él. Su nombre era reconocido en casi todos los lugares, su fama era impoluta, nadie hablaba mal de él, todo eran elogios hacia su persona... hasta que por razones ajenas a su voluntad se vio involucrado en un hecho que estuvo a punto de ensombrecer todo su renombre. Fue solicitado en un reino menor de humanos, Ocsalev, nada más terminar un bello palacio encargado por el Gran Señor de los alados. A Réskalon le gustaba tratar con sus congéneres, se sentía más cómodo. Sus puntos de vista eran más cercanos, sus explicaciones mejor entendidas y los percances mínimos. Pero esta vez nada de eso iba a suceder.

- Bienvenido a Ocsalev amigo Réskalon. - Gran placer – contestó mientras observaba la tosquedad del palacio real. - No ha tardado mucho en estudiar nuestra actual morada ¿verdad? – preguntó a media sonrisa aquel enviado del rey, puesto que por el momento su representado se negaba a aparecer. - Es costumbre natural. Mis ojos se desvían sin que yo pueda evitarlo al estudio de cualquier edificación cercana.

- Habrá notado el deplorable estado en que se encuentra. Es el motivo de nuestra llamada al auxilio. - No exagere – replicó el ingeniero -. El paso de los años ha desmejorado su imagen, su lustre no es el de antaño, cierto es que debido a la elección de los materiales, resistentes como construcción pero frágiles como ornamentos. Pero el estado del palacio más allá de lo que el ojo ve es bueno. Muy bueno. - ¿Eso cree? – el asombro asomaba en el rostro del anfitrión sin disimulo -. Mi rey piensa que su palacio se derrumba ante sus ojos. - Nada más lejos de la realidad. Aquí hay palacio para muchos años.

Lejos de calmar, las palabras de Réskalon parecían incomodar a su destinatario, y el primero se dio cuenta de ello. Algo no cuadraba en todo esto, y debía de resolver las incógnitas antes de aceptar el trabajo. Era su manera de operar y nunca se había fallado a sí mismo: si no existía motivo estrictamente estructural u ornamental (o una mezcla de ellos), declinaba el trabajo sin que le temblara la mano. En más de una ocasión había perdido amistades e incluso lugares a los que volver, pero su profesionalidad estaba por encima de todo eso.

- ¿Cuándo veré el rey? - Cuando este así lo desee – contestó con hastío el cuestionado. - Me gustaría que lo deseara pronto. Suelo hablar antes de cualquier gestión con aquel que me solicita. - Yo soy responsable de comunicarle las líneas maestras del trabajo. No será necesaria la presencia de nuestro líder.

- Lo será en mi caso. Imprescindible. Pero por el momento, puede usted relatarme qué es lo que desea hacer con este palacio – pronunció cediendo Réskalon, al ver que su anfitrión se tensionaba sobremanera.

Entonces, sucedió. Un shimbio saltó desde las sombras armado con un afilado chuchillo. El grito del representante del rey pidiendo ayuda se ahogó cuando aquella arma atravesó impíamente su corazón. Los soldados se lanzaron a su búsqueda tras unos instantes de perplejidad, instantes que el asesinó aprovechó para dirigirse hacia Réskalon...

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful