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Diez Mandamientos

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LOS DIEZ MANDAMIENTOS

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

ARLOS KNOTT CARLOS TOMÁS KNOT T
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LOS DIEZ MANDAMIENTOS

CARLOS TOMÁS KNOTT
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LOS DIEZ MANDAMIENTOS

Portada: puertas decorativas del Arca del Torah, de la sinagoga del Siglo XIX, en Mantova Italia. Ahora están en la sinagoga italiana en Jerusalén. Título en inglés: To Heaven By Keeping The Ten Commandments Copyright © 1986, Carl T. Knott Jr. Todos los derechos reservados Traducido, revisado y ampliado Editorial Discípulo Apartado 202 22080 Huesca, España Copyright © 1998, Carl T. Knott Jr. Todos Los Derechos Reservados Impreso en Romanyà/Valls, S. A. Verdaguer, 1- 08786 Capellades (Barcelona) ISBN: 84-89870-08-X Depósito Legal: B-42.664-1.998

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Índice ¿Al Cielo Por Los Diez Mandamientos?
1. No Tendrás Dioses Ajenos 2. No Te Harás Imagen Ni Semejanza Alguna 3. No Tomarás El Nombre De Dios En Vano 4. Mas El Séptimo Día Es Reposo Para Tu Dios; No Harás Obra Alguna 5. Honra A Tu Padre Y A Tu Madre 6. No Matarás 7. No Adulterarás 8. No Robarás 9. No Mentirás 10. No Codiciarás El Inmaculado 7 27 31 41 45 49 53 63 69 73 77 83

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¿Al Cielo Por Los Diez Mandamientos?
Caminando por una calle en Haifa, Israel, vi un letrero rotulado y elevado en un asta. Representaba las dos tablas de la Ley, y en ellas estaban escritos en hebreo los Diez Mandamientos. Era bonito. Arriba, sobre las tablas, decía: “La Ley: Camino de Vida”. Esto ya no era tan bonito, porque no es verdad. Sin embargo, es un concepto generalmente aceptado, aunque no todo lo que tiene notorio arraigo es verdad. Muchas personas creen esto, no solamente en Israel sino también en muchos otros lugares, como la ciudad donde vive un servidor, lejos de Israel:

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—“Si usted muriera hoy, ¿estaría segura de ir al cielo?” le pregunté. — “Oh, nadie lo sabe, pero espero y creo que sí, vamos”, ella me contestó. — “¿Por qué lo cree?”— continué. Ella sonrió y dijo: “¡Bueno! Creo que soy una buena persona, sé que no soy perfecta, de hecho nadie lo es, ¿verdad? Pero tampoco he robado, ni matado a nadie, ni cometido adulterio. Siempre intento comportarme lo mejor posible. Como dice el refrán: "Haz bien y no mires a quién". ¡Pues, esto, o sea, procuro cumplir los Diez Mandamientos!" Esta escena y otras semejantes se repiten una vez tras otra, con algunas variaciones; miles de personas religiosas creen, más o menos sinceramente, que mediante el cumplimiento de los Diez Mandamientos se llega al cielo. ¿Está usted entre ellas? ¿Cree que la verdadera religión es procurar ser bueno, e intentar guardar los Diez Mandamientos? ¿Piensa que los que cumplen los mandamientos bíblicos irán al
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cielo, y los que no, tendrán el infierno como destino? ¿Es esto cierto? Siga leyendo, por favor, y veremos si es así o no. Estas personas de buena voluntad no lo saben, pero están dividiendo el mundo en dos categorías: los que guardan la Ley de Dios, y los que no la guardan. Digo dos categorías, pero en realidad, es peor, porque están poniendo a todo el mundo, a toda la humanidad en una categoría: la de los transgresores de la Ley de Dios. Sí, porque según dice Dios, en esta categoría se encuentra todo ser humano. A lo mejor usted no cree lo que acabo de decir, pero veremos si es así o no. Aquí no valen opiniones humanas, ni la suya ni la mía, sino lo que Dios dice en Su Palabra, la Sagrada Biblia. ¿Creería usted que nadie cumple los Diez Mandamientos en su totalidad? ¿Lo creería si lo dijera Dios? Pues es cierto; la misma Biblia que nos da los mandamientos también nos dice lo siguiente: “De aquí
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que por las obras de la Ley nadie será reconocido justo ante Él” (versión NácarColunga, Romanos 3:20). [búsquelo en su propia Biblia de esta manera: se cita primero el libro: “Romanos” = Epístola del Apóstol San Pablo a los Romanos. El índice al principio de su Biblia dirá en qué página comienza este libro. Después del libro, viene el número del capítulo: 3, luego dos puntos y el número del versículo: 20.] ¿Se ha fijado en la palabra: “nadie”? Esto es lo que Dios dice. Es un absoluto, sin excepciones. Nadie se justificará por la Ley de Dios. Ahora sabe lo que Dios dice, y es cuestión de si cree a Dios o no, pero si no le cree, entonces esto es otro pecado. ¿Por qué nadie puede ir al cielo por los Diez Mandamientos? Nos han dicho toda la vida que hay que guardarlos, total, ¿para qué? Buena pregunta. Démosle la respuesta a la misma, explicando lo que usted debería hacer si quisiera llegar al cielo guardando
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los Diez Mandamientos. Preste atención, ya que esto lo requiere, especialmente si usted tiene basadas sus esperanzas de alcanzar el perdón de Dios, la vida eterna y el cielo, cumpliendo los Diez Mandamientos. Sepa que no está en buen camino, porque intenta hacer, justo lo que Dios afirma que nadie hará. En primer lugar, usted debe saber cuáles son los mandamientos, ¿verdad?, porque si no, ¿cómo podrá cumplirlos? Si está fundando su destino eterno tanto para una felicidad sin límites, como para un sufrimiento de perdición eterna, seguro que debe saberse los Diez Mandamientos de arriba abajo, ¿verdad? Entonces, vamos a hacer un pequeño test. Sólo para que se lo demuestre a sí mismo y se asegure de ello, escríbalos en el espacio en blanco a continuación, sin referencia o ayuda alguna, ¿vale?

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Los Diez Mandamientos son: 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. ¿Qué tal lo ha hecho? ¿Ha conseguido escribir los diez sin que falte ninguno? Esto es muy importante, porque el mero hecho de transgredir o quebrantar un solo mandamiento, una sola vez, ya le identifica a usted como transgresor de la Ley de Dios, y le tacha de pecador. ¿Necesita repasarlos para escribir correctamente los diez? Bueno, si es así, hágalo, y mejor si es ahora mismo. No debería tomarle más de un minuto, porque si usted es una persona religiosa, seguro que sabe al dedillo dónde se encuentran los
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Diez Mandamientos en la Biblia. Simplemente para demostrar que lo sabe, anote aquí la cita: el libro, capítulo y los versículos: ___________________ ¿Ha escrito la cita dónde se encuentran en la Biblia? Si no es así, si no sabe con certeza ni cuáles son, ni dónde están los Diez Mandamientos, eso es un problema. ¿Cómo irá al cielo guardando los Diez Mandamientos, los cuales no sabe a ciencia cierta ni qué dicen, ni dónde encontrarlos en la Bíblia? Bueno, vamos a darle una pista, porque no queremos criticarle sino ayudarle como un amigo a otro. Mire por favor en su Biblia, en el libro de Éxodo (el segundo libro de la Biblia, después de Génesis), el capítulo 20, los versículos 1 al 17. Lo puede mirar ahora si quiere, casi mejor, y así refresca su memoria. Sin embargo, si usted no sabía cuales son, incluso desconocía la referencia bíblica aludida, bien se podría decir que es bastante incongruente seguir
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diciendo que está fundado en ellos como camino al cielo, cuando ni siquiera está familiarizado con ellos. En tal caso, lo siento, pero usted no ha comenzado muy bien, ¿verdad? Permítame darle el beneficio de la duda; probablemente es una persona sincera y conoce los Diez Mandamientos. Pero aunque sea así, el desafío no es tanto saberlos, sino cumplirlos perfectamente desde la cuna hasta el ataúd, porque esto es lo mínimo para agradar a Dios. ¿Cree que me equivoco? No acepte mi palabra, sino la de Dios. En Gálatas 3:10, el apóstol San Pablo nos enseña: “Pero cuantos confían en las obras de la Ley se hallan bajo la maldición, porque escrito está: 'Maldito todo el que no se mantiene en cuanto está escrito en el libro de la Ley, cumpliéndolo'"(NácarColunga). Repito, para hacer esto, tendría que ser perfecto, tendría que ser Dios.

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Entonces, lo difícil no es saber la Ley, sino cumplirla, y no es que sea difícil, es que para nosotros, es imposible. ¿Cree que conoce los Diez Mandamientos? Si hace referencia a la Biblia para saberlos, bien, pero si usted se fía de misales o libros de catecismo, es posible que se lleve un desengaño, porque muchos catecismos, incluso el CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA de 1992, que es el catecismo universal de la Iglesia Católica Romana, no dicen claramente la verdad acerca de los Mandamientos. Por ejemplo, mire esta comparación de la Biblia Católica, versión NácarColunga, con el CATECISMO universal y oficial de la Iglesia.

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Sagrada Biblia: Versión Nácar-Colunga Éxodo 20:1-17
1º “Yo Soy Yavé, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. No tendrás otro Dios que a mí”. 2º “No te harás esculturas ni imagen alguna de lo que hay en lo alto de los cielos, ni de lo que hay abajo sobre la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas y no las servirás”. 3º “No tomarás en falso el nombre de Yavé, tu Dios, porque no dejará Yavé sin castigo al que tome en falso su nombre”. 4º “Acuérdate del día del sábado para santificarlo”. 5º “Honra a tu padre y a tu madre para que vivas largos años en la tierra que Yavé, tu Dios, te da”. 6º “No matarás”. 7º “No adulterarás”. 8º “No robarás”. 9º “No testificarás contra tu prójimo falso testimonio”. 10º “No desearás la casa de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto le pertenece”.
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Catecismo De La Iglesia Católica (1992), págs. 455-456
1º “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. ¿¿¿ ???

2º “No tomarás el nombre de Dios en vano”. 3º “Santificarás las fiestas”. 4º “Honrarás a tu padre y a tu madre”. 5º “No matarás”. 6º “No cometerás actos impuros”. 7º “No robarás”. 8º “No dirás falso testimonio ni mentirás”. 9º “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”. 10º “No codiciarás los bienes ajenos”.

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Como puede verse, el Catecismo ha hecho desaparecer el segundo mandamiento, acerca de las imágenes. Absorber así a uno de los Diez Mandamientos haría que quedaran en nueve, y se notaría que falta algo. Pero para salir del problema han dividido el último mandamiento en dos, para tener diez en lugar de nueve. Esto no es otra cosa que engaño, ¿y cuántas personas habrán creído sencillamente todo lo que la Iglesia Católica dice en su catecismo, sin examinar la Palabra de Dios, y así han sido inducidas a pecar en cuanto al segundo mandamiento? ¿Qué sería la Iglesia Católica sin imágenes? ¡Pero esas personas ni siquiera saben que Dios nos prohíbe tajantemente la fabricación y el uso de imágenes religiosas! Entonces, todas ellas han roto el segundo mandamiento, y se han constituido transgresores de la Ley. ¡No podrán decir a Dios que han guardado los mandamientos, ni que han hecho bien, porque le han ofendido, haciendo
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justamente lo que Él prohíbe y dice que le es abominación. Así que, lo dicho, que el primer aspecto, lo fácil, que es conocer la Ley de Dios, es dónde usted debería empezar y asegurarse que sabe por la Sagrada Biblia cuáles son los Diez Mandamientos. ¡Que no le den gato por liebre! En la página 473 del Catecismo, intenta explicar la razón por la que emplean imágenes aunque la Biblia claramente las prohíbe. La sección 2130 dice: “Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce (cf Nm. 21, 4-9; Sb. 16, 5-14; Jn 3, 1315), el arca de la Alianza y los querubines (cf Ex. 25, 10-12; 1 R. 6, 2328; 7, 23-26)”. Este es todo el apoyo bíblico que encuentran. Su siguiente sección, la
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2131, pasa ya al Concilio de Nicea, que es extra-bíblico y no forma parte de las Escrituras, sino de las tradiciones de la misma Iglesia Católica Romana. No pudiendo citar más, a menos que citara el culto idolátrico que aparece mucho en la Biblia y siempre condenado, los catequistas se detienen ahí. Es un argumento sumamente débil y fallido. Como mucho, lo único que prueba es que en circunstancias poquísimas y muy determinadas, Dios lo permitió, pero nunca en el sentido de consentir las ideas de los hombres. No, al contrario, las únicas veces que fue válido hacer una imagen fueron cuando Dios ordenó fabricarlas. No consintió que el hombre hiciera nada como invento ni idea suya. Sólo por ordenes divinas. En primer lugar, fueron los querubines y el arca de la Alianza, y en otra ocasión más tarde, una serpiente de bronce. A la serpiente nadie debía rezarle, ni encenderle velas, ni inclinarse, ni rendirle culto alguno. No había imágenes de ella en cada casa, ni la pasaron de casa
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en casa como algunas vecinas mías hacen con una imagen de la Virgen, echándole monedas y quemándole velas como ofrendas. No había estampas de “santa serpiente de bronce” para llevar, ni llaveros de la serpiente, ni pendientes de ella, ni nada de eso. Era ejemplar único. Dios nunca mandó hacer una antes, ni tampoco después. Ni siquiera debían haberla llevado consigo más allá en el desierto, y cuando años más tarde el rey Ezequías la encontró, la destrozó, la hizo pedazos, llamándola “nehustán”, es decir, “cosa de bronce”, nada más. Si la Iglesia Católica quiere obedecer los mandamientos de Dios, que haga con sus imágenes lo que Ezequías hizo con aquella serpiente... ¡Imagínese! Pero quedan los querubines que adornaban el tabernáculo, más tarde el templo, y el arca de la Alianza. Es verdad que fueron hechos por orden divina. Dios no lo permitió, repito, sino que mandó fabricarlos. Si el hombre hubiese hecho
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esto sin órdenes, su atrevimiento habría sido idolatría. ¿Para qué servían? Nadie les rezaba. No había copias de ellos en las tiendas de los israelitas, ni estampas, ni pendientes de querubines. Nadie les ponía velas. Los que leemos y estudiamos la Biblia sabemos que los hijos de Israel ni siquiera vieron a aquellos querubines, porque quedaban dentro del tabernáculo, en el Lugar Santo, y sólo los sacerdotes que entraban allí podían verlos. Los dos querubines del arca de la Alianza solamente fueron vistos una vez al año por el Sumo Sacerdote cuando entraba en el Lugar Santísimo, el día de Yom Kippur, día de expiación. ¿Qué culto se les rindió a ellos? Ninguno. Exceptuando estos pocos hombres, nadie más llegó a verlos. Así que, el punto es este: que de nada sirve que los catequistas romanos citen estos pasajes como si se diesen a sí mismos base bíblica para fabricar y usar imágenes. Al contrario, estos textos demuestran que si no tenemos Palabra de Dios, capítulo y
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versículo de la Sagrada Biblia, donde Él interviene y da una orden explícita, no se puede hacer imágenes. Siendo que el resto de la Biblia carece de órdenes divinas o instrucciones acerca de imágenes, está claro que el que las hace y usa está quebrantando la Ley de Dios. ¿Dónde dice la Sagrada Biblia hacer imágenes de ángeles, santos y vírgenes? Seamos honestos, y admitamos que si no hay mandamiento bíblico, con capítulo y versículo, donde Dios ordene hacerlas, entonces, es idolatría. Vuelvo a insistir, que la Iglesia Católica misma es idólatra, pero es orgullosa y no lo quiere reconocer, ni se arrepentirá. No sea usted como ella, estimado lector, y como muchos que prefieren quedarse en ella, equivocados, porque es más cómodo esto que cambiar. Pasemos ahora al segundo aspecto de la Ley, que es más difícil: cumplirla. Una cosa es saber los Diez Mandamientos (y venimos demostrando que muchos no
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los conocen bien y quebrantan uno de ellos por la tradición de su Iglesia). Otra cosa es, después de saberlos, guardarlos, cumplir la Ley. Un día unos amigos me llevaron a ver la iglesia de San Pablo en Valladolid. Allí nos encontramos con un señor de edad avanzada, bien vestido, apoyándose sobre su bastón, y hablándonos con cierto orgullo acerca de la iglesia. Tomando ocasión de su interés obvio en cosas espirituales, le pregunté si me podía decir cómo llegar al cielo. “Guarda los Diez Mandamientos”, me aconsejó sin parpadear. Le pregunté: “¿Pero usted sabe los Diez Mandamientos?” Se enderezó y mirándome fijamente, comenzó a recitarlos de memoria en voz bien alta que retumbaba en la iglesia. Cuando terminó, le felicité pero le advertí que le faltaba uno de ellos, según la Sagrada Biblia. Se sorprendió y no se lo pudo creer, hasta que sacamos un ejemplar de la Biblia para mostrarle cómo le habían engañado en cuanto al
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segundo mandamiento. ¡Cuál no fue su sorpresa! Salimos a la plaza delante de la iglesia, y allí le preguntamos si él había guardado los mandamientos siempre, toda su vida, sin fallar nunca. Entonces, una sonrisa apareció en su rostro, y se disculpaba afirmando que nadie es perfecto. Por supuesto. Pero eso es exactamente lo que la Ley de Dios demanda a todo aquel que pretende guardarla para obtener vida eterna: perfección. Solamente hay una opción más, y es reconocerse un pecador culpable, no hay medias tintas. En cuanto a la Ley, o usted la ha guardado perfecta, siempre, o es pecador culpable, una de las dos. ¿Cree usted que ha cumplido perfectamente y guardado toda la Ley de Dios desde su juventud, sin haber cometido un sólo “pecadillo”? Sea honesto, porque no se trata de si usted procura cumplir la Ley, ni si tiene intención de hacerlo, ni si más o menos la cumple, ni si la cumple relativamente
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más que otras personas. No señor, porque la Ley de Dios es una entidad, una unidad, la cual o se guarda enteramente, o se rompe, una de dos. Verá. Si tenemos una cadena hecha de diez eslabones, ¿cuántos eslabones hay que romper para romper la cadena? ¿Nueve, la mitad, o sólo uno? Claro, si se rompe tan solamente un eslabón, aquella cadena queda rota. Efectivamente, y así es con la Ley de Dios, los Diez Mandamientos. Si uno no los guarda siempre y enteramente, sin fallar siquiera una vez, entonces ha roto la Ley. Nadie puede “medio romper” ni “medio guardar” la Ley. Vamos a repasar los Diez Mandamientos en los siguientes párrafos, para ver cómo le va a usted eso de guardarlos.

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1. No tendrás dioses ajenos.
Dios debe ocupar siempre el primer y único lugar en su corazón, de forma absoluta. Él exige una lealtad exclusiva, y además, exige amor: “Amarás a Dios sobre todas las cosas” dice el catecismo. Dios puede demandar esto, porque Él es Dios, nuestro Creador y Sustentador. En S. Marcos 12:30, el Señor Jesucristo afirmó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Este Dios único, verdadero y viviente, que se revela en la Sagrada Biblia y en la Persona del Señor Jesucristo, ¿ocupa el lugar exclusivo en el corazón y la vida de usted? ¿Ha puesto a la familia, las vacaciones, la diversión, el trabajo, la carrera, la libreta, las posesiones, los deportes, o cosas así
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por encima de la búsqueda de Dios y la comunión con Él? ¿Encuentra su placer en Dios, o en cosas y actividades? El domingo, día del Señor, por ejemplo, ¿hace usted culto a la cama y luego al kiosco, al vermouth y al vídeo, o busca comunión con Dios a través de la lectura bíblica, la oración y la adoración? ¿Ha puesto la novia o el novio antes que a Dios? ¿Ha creído en un dios o dioses (o poderes) que la Biblia declara ser falsos, por ejemplo, el hinduísmo (incluso el yoga, que es parte de la religión hindú), el budismo, la fuerza de la nueva era, la reencarnación, los espíritus o el ocultismo? Eso es tener dioses ajenos, y sin ir más lejos, si ha hecho algo de eso siquiera una vez en su vida, ya ha roto los Diez Mandamientos. Aún sin usar imágenes, ¿ha rezado a algún ángel o santo, buscando ayuda o favores de los que no son Dios, como si tuviesen poder para ayudarle? Cuando uno atribuye a otros seres creados, o busca de ellos lo que sólo Dios puede hacer, eso es tener
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dioses ajenos, ocupando el lugar en la vida que solamente Dios debería ocupar, y que Dios rehúsa compartir con nadie. Si usted ha hecho o practicado alguna de estas cosas, entonces, lamento decirle que ha roto los Diez Mandamientos, y es culpable.

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(El mandamiento invisible)

2. No te harás imagen, ni semejanza alguna.
Eso es todo uso de iconos, imágenes, esculturas de barro, piedra, madera, metal, u otro material. Está tajantemente prohibido. Además del texto previamente citado de Éxodo 20, está Deuteronomio 4:15-18, que dice así: “Puesto que el día en que os habló Yavé de enmedio del fuego, en Horeb, no visteis figura alguna, guardaos bien de corromperos haciéndoos imagen alguna tallada, ni de hombre ni de mujer, ni de animal ninguno de cuantos viven sobre la tierra, ni de ave que vuela en el cielo, ni de animal que repta sobre la tierra, ni de cuantos peces viven en el agua, debajo de la tierra” (Nácar-Colunga). En seguida pensamos en los hindúes con sus ídolos, figuras de ratas, elefantes,
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vacas sagradas, y los sacrificios de flores y comida que les ponen delante. O quizás pensemos más bien en alguna tribu en África, o en una isla del Océano Pacífico donde adoran imágenes como muñecas de apariencia fea o extraña, o quizás los aztecas, mayas o incas con sus imágenes del sol, y cosas por el estilo. Pero no hay que ir tan lejos. ¿Ha visto usted cómo emplean imágenes de un cordero para representar a Jesucristo, o una paloma para representar al Espíritu Santo, imágenes o iconos de vírgenes, ángeles y de santos? ¿Ha visto en la catedral de San Pedro en el Vaticano, el símbolo del sol y aquel ojo en el retablo sobre el altar? ¿Y qué se hace además de rezarles? ¿No las llevan a cuestas en procesiones religiosas, porque tienen pies pero no pueden andar? ¿No le presentan ofrendas, como por ejemplo al patrón de un pueblo en el día de su fiesta? Claro que sí, y aunque uno dé explicaciones largas de las costumbres y la cultura, a fin de cuentas es exactamente lo que Dios prohíbe: hacer imágenes,
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inclinarse delante de ellas y rendirles culto. Todo eso es romper el segundo mandamiento. Si la tradición rompe los mandamientos de Dios, es tradición pecaminosa y los hombres deben arrepentirse de ella si realmente quieren agradar a Dios. Entonces, si es así el asunto, uno pregunta, ¿por qué la gente insiste en hacer estas cosas? No son simplemente costumbres o tradiciones inocentes y sin importancia, como algunos alegan. No, al contrario, el pueblo lo hace porque espera ser protegido, bendecido o de alguna manera tener suerte por eso. ¿Acaso pone alguien un San Pancracio en su tienda porque sí? ¿Y el San Cristobal en los coches? Aunque la Iglesia lo retiró, el pueblo no, debido a su superstición y su postura aferrada a sus tradiciones. ¿Nadie hace reverencia ante el crucifijo, o ante el Niño Jesús, o el Belén en Navidad? ¿No ha visto a nadie llevar estampas de santos o vírgenes, y colocarlas en exámenes para aprobarlos? ¿No dicen algunos estudiantes: “Santa Rita, Rita, Rita, lo que da, nadie
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quita”? Y con algunos se presenta la escena absurda de la chuleta empleada en el examen, y la estampa colocada en los papeles al final, ¡por si a caso! ¿No has oído de las mujeres mexicanas que guardan y veneran las tortas de harina porque dicen que milagrosamente aparece el rostro de Cristo allí? ¿¿¿Santo Cristo de la torta??? Dicen que no cambiarán, que es parte de su fe, pero Dios dice que es pecado, no fe, y las imágenes le son abominables. ¿Cómo puede una abominación ayudarnos a acercarnos a Dios? ¡Qué ridículo! Todo este uso de imágenes, claro, supone una gran fuente de ingresos para la Iglesia y los suyos, los “hacedores de templecillos” como en los días de los apóstoles, que hacían miniaturas del templo de Diana de los efesios, y de la misma diosa Diana. Estas cosas no tienen fondo bíblico ni apostólico, sino pagano, pero el revisionismo hecho en la historia ha procurado mantener al pueblo ignorante de estas verdades,
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quizás en parte por la cuenta que les trae. Todo este uso de imágenes quebranta el segundo mandamiento: “No te harás esculturas ni imagen alguna... No te postrarás ante ellas, y no las servirás” (Éxodo 20:4-5 Nácar-Colunga). Aunque el uso de imágenes no es apostólico en absoluto, sí que es romano, porque ¿qué sería la Iglesia Católica Romana sin imágenes? Su religión depende mucho de lo audiovisual, que apela a los cinco sentidos y los agrada. No es espiritual, no adora al Padre “en espíritu y en verdad”, aunque el Señor Jesucristo dijo claramente: “tales son los adoradores que el Padre busca” (S. Juan 4:23 Nácar-Colunga). Escuchemos también al apóstol San Pablo, hablando acerca de las imágenes: “no debemos pensar que la divinidad es semejante al oro, o a la plata, o a la piedra, obra del arte y del pensamiento humano. Dios, disimulando los tiempos
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de la ignorancia, intima ahora en todas partes a los hombres que todos se arrepientan” (Hechos de los Apóstoles 17:29-30 Nácar-Colunga). ¿De qué arrepentirse sino del uso de imágenes? Dios no es semejante a ellas, ni puede ser representado por “obra de arte”, dice el apóstol, en su doctrina apostólica. ¡He aquí la tozudez y obstinación del ser humano, que se aferra a su tradición porque le gusta, a pesar de que Dios claramente condena el uso de imágenes y demanda que los hombres se arrepientan! ¿Es usted una persona arrepentida, o un defensor obstinado de sus tradiciones, en contra de la Sagrada Palabra de Dios? ¿Ha utilizado usted alguna vez una imagen para algún motivo religioso: adoración, veneración, o como accesorio o ayuda en ello? ¿Se inclinó en alguna ocasión ante una figura, le rezó, o la besó? ¿Tiene alguna imagen o figura en estampa, o crucifijo en su casa o lugar de trabajo, o “sagrado corazón” en su puerta? ¿Es usted inocente o culpable de la idolatría? Quizá sea el principal pecado de
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las personas religiosas, y les cuesta reconocerlo como pecado ya que lo tienen tan arraigado en su corazón. Si ha hecho o hace cualquiera de estas cosas, entonces usted ha roto la Ley de Dios, no ha guardado los Diez Mandamientos sino que es condenado por ellos, como culpable de idolatría. No vale el tratar de excusarse, diciendo que muchos lo hacen, porque como dice el refrán: “mal de muchos, consuelo de tontos”. ¿Y qué del pecado de avaricia: vivir para el dinero y su poder adquisitivo? Es otra clase de idolatría, y es un pecado que aun los pobres cometen, porque uno no tiene que ser rico para amar el dinero y estar obsesionado con ganar dinero, adquirir y poseer cosas. El Señor Jesucristo declaró: “Mirad de guardaros de toda avaricia, porque, aunque se tenga mucho, no está la vida en la hacienda” (S. Lucas 12:15 NácarColunga). El apóstol San Pablo declara que la avaricia es idolatría (Epístola a los
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Colosenses 3:5). Luego, ¿es usted rico? ¿Y abandonaría sus riquezas por Jesucristo? Si no, entonces su dinero o sus bienes ocupan el lugar de un ídolo en su corazón. Si dice que sí, que lo dejaría, sepa que la prueba está en hacerlo, no en decirlo. En el Evangelio según S. Marcos 10:17-25, puede leer acerca de un hombre rico que quería seguir a Jesús, y que pensaba que había guardado todos los mandamientos desde su juventud. Pero el Señor Jesucristo le enseñó cómo él había roto los mandamientos, porque le enseñó su avaricia con estas palabras: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz” (versículo 21). El siguiente versículo dice: “Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones”. Había ido corriendo al Señor, en busca de vida eterna, pero cuando el Señor puso el dedo en el ídolo del materialismo, a ese joven rico se le vio el plumero, que no quería dejarlo todo y seguir a Cristo,
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aunque el Señor le prometió tesoros en el cielo, ¡que son mejores! Y si usted es como ese hombre, también es avaro y culpable de romper la Ley de Dios. Hay otros ídolos invisibles, que caben en el corazón. Unos aman el deporte o el ocio por encima de todo. ¿Dios antes que el fútbol? Esto es idolatría. Otros viven para divertirse de otros maneras, pero a fin de cuentas es hedonismo, el vivir para los placeres, lo cual es idolatría. Algunos aman a una persona más que a Dios, y si tuviesen que poner a Dios primero y sufrir pérdida de esa relación humana, prefieren dejar a Dios en segundo lugar. La familia es buena, pero algunos la hacen su dios. Sean estas cosas o el uso de las imágenes religiosas, si usted está involucrado en algo de todo esto, ha roto el segundo mandamiento. ¡Culpable!

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3. No tomarás el nombre de Dios en vano.
Es el peor de los pecados de la lengua, aunque no es el único de ellos. El tercer mandamiento dice claramente: “No tomarás en falso el nombre de Yavé, tu Dios, porque no dejará Yavé sin castigo al que tome en falso su nombre” (Éxodo 20:7 Nácar-Colunga). Dios advierte que no tendrá por inocente al que toma Su nombre en vano. Hay muy pocos pecados que enseñan más claramente lo depravado que es el corazón humano, y la podredumbre que yace allí. La vileza del ser humano se pone a flor de piel cuando el hombre abre su boca y abusa del nombre del Dios Santo, Justo, Perfecto, Bueno, Alto y Sublime. El nombre de Dios, que es bello y admirable, fuente de consuelo y esperanza para los que le aman, y debería ser invocado en adoración e intercesión, es atropellado y ensuciado cada día, tanto por personas que dicen que creen en Él, como por las
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que no creen. ¡Qué absurdo, blasfemar el nombre de un Dios que uno no cree que existe, pero se hace a menudo! Toman ese Nombre sublime, el cual Jesucristo enseña que debemos decir: “santificado sea tu nombre” (S. Mateo 6:9), y lo acoplan a lo más sucio y asqueroso que surge de la mente humana. ¡El nombre que los ángeles susurran, cantan y adoran, los pecadores lo usan para desahogar su ira y frustración! ¿Ha dicho usted alguna vez una palabrota, una palabra soez? ¿Siquiera una vez aunque haya sido en voz baja? o quizás solamente la pensó, pero estaba en su mente. ¿Sabe lo malo y abominable que es asociar el nombre de Dios o cosas asociadas con Dios, con algo feo, sucio o malo? ¿Usted diría que hace sus necesidades en su padre o en su madre? ¡Claro que no! ¿Y le gustaría que otros hablasen así de su madre? ¡Claro que no! Entonces, ¡todavía peor decir algo así con el nombre de Dios! ¿Lo ha dicho o pensado, aunque sea una
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palabrota disimulada, como “ostras” en lugar de “hostia”, o “me cachis” en lugar de “me c...”, o “me cachis en diez” en lugar de “...en Dios”, o “mariquita” en lugar de “mari...”? ¿Ha mencionado el nombre de Dios en un momento de frustración, ira o rabia? ¿Ha jurado o exclamado “por Dios” acerca de algo? Salmo 139:19-20 dice así: “De cierto, oh Dios, harás morir al impío; apartaos, pues, de mí, hombres sanguinarios. Porque blasfemias dicen ellos contra ti; tus enemigos toman en vano tu nombre”. Algunos responden: “oh, sólo es una expresión, no quiere decir nada”, pero esta excusa no vale. Si no quiere decir nada, entonces, todavía más es “en vano” que hable así. Y el Señor Jesucristo afirmó: “Y yo os digo que de toda palabra ociosa que hablaren los hombres, habrán de dar cuenta el día del juicio” (S. Mateo 12:36 Nácar-Colunga). Las blasfemias y palabrotas no tienen disculpa, pero sí, tienen juicio y son punibles. ¿Ha tomado
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el nombre de Dios en vano? Entonces, ¡culpable!, y rota la Ley.

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4. Mas el séptimo día es reposo para tu Dios; no harás obra alguna.
Alguien dirá: “Pero, yo creía que eso era para los judíos”. Lo es, y se ve claramente en Éxodo 31:12-17, donde Dios afirma: “Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel”. El día de reposo viene reflejado en el cuarto mandamiento, y es el único de los Diez que no se repite en el Nuevo Testamento. Es una señal entre Dios y el pueblo de Israel. Pero, si uno quiere cumplir la Ley, buscando así ser justificado ante Dios, Gálatas 5:3-4 dice que está obligado a guardar toda la Ley. No se puede escoger, ni dividir la Ley en partes y guardar una parte, porque es una unidad, una entidad, no un “autoservicio” de mandamientos a elegir cada uno a gusto suyo. No se puede escoger, así que,
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puestos a guardar los Diez Mandamientos para ir al cielo, habría que guardar también este mandamiento. Entonces, veamos, ¿ha trabajado usted algún sábado? O si lo prefiere de otra manera, digamos el domingo, para los que alegan que es el “día de reposo” de los cristianos. ¿Ha trabajado usted alguna vez en tal día, o lo ha utilizado para hacer algo que no fuera descansar y adorar a Dios, aunque haya sido solamente una vez? ¿Ha mirado cosas mundanas en el día de reposo, en lugar de la Palabra de Dios: la tele o el vídeo, el periódico, novelas, cómics, etc.? ¿Se levanta tarde, a media mañana, va al kiosco, compra un periódico, vuelve a casa, lo lee, mira el telediario, come, sale a pasear o visitar a los amigos, y así pasa todo el día sin leer la Palabra de Dios, sin buscarle, sin adorarle, sin aprender nada acerca de Él? Entonces, su “reposo” es egoísta, no espiritual, y no difiere en nada del reposo de los que no creen en Dios.
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¿Ha usado el día de reposo para deportes, bailes y juergas, o para dormir todo el día porque se emborrachó o trasnochó en juergas el día anterior? ¿Ha sido capaz de ignorar a Dios todo un día de reposo, entreteniéndose con todo y cualquier cosa menos Dios? Entonces, ya sabe la sentencia: ¡culpable!

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5. Honra a tu padre y a tu madre.
Dios estableció la autoridad y responsabilidad de los padres, y es Dios quien demanda que los hijos sean respetuosos y obedientes hacia sus padres. ¡Sea honesto! ¿Es o fue usted un niño sin reproche alguno? ¿Desobedeció a sus padres siquiera una sola vez? ¡Más bien sería muchísimas veces! ¿Verdad? No busque refugio diciendo que todos los niños desobedecen y deshonran, que no es nada más que cosa normal de niños, una fase del desarrollo. Recuerde: “mal de muchos...” Además, si es una fase del desarrollo, bien se puede decir que es el desarrollo del pecado, la voluntad rebelde que no quiere sujetarse, que planta cara a los padres y dice “¡no!”. ¿Ve que los niños no son ángeles ni inocentes? Al contrario, nacen pecadores, y no tardan mucho en
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ponerlo de manifiesto. Piense en su propia vida. ¿Ni tan siquiera hizo un gesto enfadado, ni tuvo un mal pensamiento hacia su madre o su padre? Aunque lo disimulara, da igual, el pecado estaba ahí. El mandamiento divino está claro: “Honra a tu padre y a tu madre”, y se repite en el Nuevo Testamento (Efesios 6:1). No hay que honrar a uno de ellos, al que más le guste o que más le deje hacer lo que quiere, sino a los dos. Verdad es, que muchos hijos tienen más cuidado en cuanto a cómo hablan y responden a su padre, pero no dan el mismo honor a su madre. Esto es pecado. ¿Nunca ha mentido o engañado a sus padres? Claro que sí, y no diga que fue una inocentada, porque Dios dice que es pecado. Eso también es faltarles la honra que Dios demanda. Y lo mismo se puede decir acerca de los hijos que tratan de manipular a los padres, para salirse con la suya. Si su padre le había dicho que no podía hacer algo, ¿fue luego usted a
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preguntar a su madre aparte, sin mencionar lo que su padre le había dicho, buscando que ella le diera permiso? Esto es deshonesto, y es deshonrar. ¿Ha hablado con su madre usando palabras, tonos o expresiones que no usaría con su padre, o ha discutido con su madre de manera que no haría con su padre, llevándole la contraria, alzando la voz? Repito, la Biblia dice: “Honra a tu padre y a tu madre”. ¿No habrá dicho: “vete perdido”, “déjame en paz”, o algo parecido a los padres, o desafiado diciéndoles que no iba a obedecer? ¿No ha discutido enfadado y sin respeto? ¿No ha hecho muecas o gestos obscenos a sus padres a sus espaldas? ¿No ha dicho a otros que sus padres son tontos, estúpidos, retrasados, etcétera, etcétera? ¿No los ha llamado “mis viejos” u otros nombres de forma despectiva? ¿Les ha amenazado con denuncias si le castigan? El hecho de que en escuelas públicas les enseñan a los niños a denunciar a sus padres es índice de perdición para una sociedad que exalta sus "derechos
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personales" por encima de la Ley de Dios. Si usted ha enseñado a los jóvenes a denunciar a sus padres, o si usted ha denunciado a los suyos porque le han corregido, ha quebrantado la Ley de Dios. ¿Siempre actuó tal y como sus padres exigieron, al 100%, sin ninguna queja, como un hijo perfecto? Si no es así, entonces, ¡culpable! Ha roto los Diez Mandamientos en el quinto.

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6. No matarás.
Muchos afirmarían sin duda alguna que en esto sí que son totalmente inocentes, ¿verdad? Veamos a ver si realmente es así, porque existe más de una forma de matar. El Señor Jesucristo dijo que si uno se aíra contra su hermano sin causa, o si se es violento y temperamental, se da origen en potencia al homicidio, o al asesinato. Observe lo que S. Mateo 5:21-22, NácarColunga, dice al respecto: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás; el que matare será reo de juicio. Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijera “raca” será reo ante el sanedrín y el que le dijere “loco” será reo de la gehenna del fuego”. Entonces, según la enseñanza de Cristo, que es definitiva y autoritativa, este
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mandamiento, “no matarás”, incluye palabras fuera de tono e insultos, sin que haga falta mencionarse el asesinato físico. Como bien ha sido dicho, el odio y la ira del hombre son las semillas del homicidio. ¿Se ha enfadado usted con alguien y le ha dicho que se vaya perdido, o aun sin decirlo ha deseado que desapareciera esa persona? ¿Ha dicho acerca de alguien: “¡si le pillo, le mato!” o algo parecido? ¿Ha dicho alguna vez: “¡que te parta un rayo!”? Esta ira y este desprecio son violaciones del sexto mandamiento. ¿Dice: “¡Todos lo hacen!”, para disculparse? La respuesta es sencillamente: si todos lo hacen, todos pecan y rompen la Ley de Dios. Pero algunos no pueden limitarse a esto, porque sí, han matado, han tomado la vida de otra persona. Como el primer homicida, Caín, que mató a su hermano, derramando su sangre, la
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triste historia se ha repetido muchas veces. Una discusión, una subida de ira, intercambio de insultos y amenazas, y la situación llega al momento crítico cuando salta la ira en sobremanera, y en un instante el crimen toma lugar. Veloz como el rayo y con destrucción repentina, el golpe es dado, el gatillo es asestado, el cuchillo es clavado, y ya no hay vuelta atrás. Dios habló a “Caín, que era del maligno y mató a su hermano” (1 Juan 3:12), y le dijo: “la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4:10). Pero el Nuevo Testamento añade: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3:15). El odio es la semilla del homicidio. ¿Ha deseado alguna vez la muerte de alguien, quizás en secreto, en privado, en su corazón sin decirlo a nadie? Dios lo sabe, y sabe que ha roto la Ley en el sexto mandamiento. ¡Culpable!
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Otros han sido homicidas de forma indirecta. Es decir, han ocasionado la muerte de alguien sin ensuciarse las manos. Dan la orden, para que lo hagan otros, pero también son culpables quienes dan la orden. Los que venden droga, aunque no hayan tocado a nadie, han provocado la muerte de muchas personas. Por ejemplo, un hombre religioso estaba detenido en la cárcel en nuestra ciudad, acusado de traficar en heroína. Profesó haberlo hecho solamente para ganar dinero, y que nunca había usado droga él mismo, ni hecho daño a nadie. Pero fue instrumento para arruinar y quitar la vida de otras personas. Fue homicida pasivo. Hoy en día, más que nunca, atestiguamos de otro homicidio, el holocausto silencioso del aborto provocado, por madres privadas de afecto natural que insisten que tienen el derecho de matar. Si lo que sufrieron los judíos en el holocausto de la segunda guerra mundial fue terrible, ¡cuánto más un
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niño matado en el vientre de su madre, o arrancado vivo de allí, ahogado y tirado en la basura! El lugar donde tendría que estar más seguro y tranquilo, la matriz, se convierte en cámara de muerte despiadada. A menudo es fruto de una generación que quiere el placer del sexo sin las consecuencias y la responsabilidad. Algunos anticonceptivos en muchos casos provocan abortos en la primera fase de la concepción, cuando ya ha sido concebida una vida, y matar es quitar la vida. A veces personas religiosas matan, o bien en las llamadas: “guerras santas”, como por ejemplo, las cruzadas de la Iglesia Católica Romana para matar a los musulmanes y controlar la “tierra santa”. Otro ejemplo sería la guerra santa que los musulmanes proclaman contra países occidentales. La llamada “Santa Inquisición” no fue nada más que homicidio masivo, mandado y aprobado por el “Santo Padre” y el “Santo Oficio”, los cuales no tenían nada de santo, ni
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mucho menos gozaban de infalibilidad. El día de San Bartolomé se hizo famoso en Francia por la matanza de los “protestantes”, no por individuos, ni milicias privadas, sino organizado y promovido por la misma Iglesia Católica Romana. Miles fueron torturados y “ajusticiados” o “relajados” —eufemismos por “matados”— por los fieles siervos y devotos de la Iglesia Católica Romana, durante aquellos terribles años. Los “autos de fe” y la hoguera quedaron grabados en la historia de España a través del arte de personas como Goya y otros que vivieron mucho antes. Es verdad que algunos “protestantes” también mataron a católicos, a anabaptistas, y otros, pero esto no limpia la Iglesia Romana de la sangre que mancha sus manos y sus vestiduras. No matarás queda grabado en la Ley, y el homicidio no puede ser consagrado porque un "Papa" lo mandó. Habría que plantearse, pero muy seriamente, cómo puede uno participar
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en una Iglesia que trafica en “almas de hombres” (Apocalipsis 18:13) y “en ella se halló la sangre de los profetas y de los santos, y de todos los que han sido muertos en la tierra” (Apocalipsis 18:24). San Juan apóstol dijo: “Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús” (Apocalipsis 17:6). Disculparla como si fuese un mero patinazo de ignorancia en la historia, decir que no es nada más que una pequeña arruga en la historia y que exageramos la estadística, es mostrar una falta de tristeza y arrepentimiento. Aunque fuera exagerada la cifra, ¿es más buena la Iglesia porque solamente mató a miles en lugar de decenas de miles? ¿Sería un hombre menos homicida si matara a mil personas en lugar de diez mil? Está claro que es una forma inválida de razonar y escabullirse. Quien comulga en una “iglesia” así, comulga con un homicida y participa en su culpa.

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¿Ha sido testigo de situaciones en las cuales encontrándose alguien en dificultades, usted ha preferido no complicarse la vida? Hacerse el ciego, el sordo o el despistado, y así dejar morir a otro, es homicidio pasivo. Luego hay el homicidio más egoísta que nunca: el suicidio. Dios es quien fija los límites de la vida, pero el hombre, insistiendo que no quiere aguantar más, no quiere sufrir más, etc., decide tomar su vida como la última escapatoria, pensando encontrar alivio. Pero después de cerrar los ojos y suspirar por última vez, irá al encuentro del Dios que ha dicho: “no matarás”. En la Epístola de San Pablo a los Romanos, leemos lo siguiente acerca de los hechos pecaminosos de los seres humanos: “quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (Romanos 1:32). Esto hace referencia a
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un punto que muchos ignoran, quizás entre ellos, usted: el pecado vicario. ¿Qué es esto? Vicario se dice de algo que tiene las veces, poderes o facultades de otro, o le sustituye. Alguien que actúa en lugar de otro es vicario. El pecado vicario, entonces, es el pecado disfrutado a través de un sustituto. Otro peca, y usted le observa para distraerse. ¿Ha mirado algún homicidio en el televisor o el cine, y así se ha divertido sin mancharse las manos con sangre? Estimado lector, recuerde, los que han hecho cualquiera de estas cosas, u otras parecidas, son culpables de romper el sexto mandamiento. ¡Culpables!

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7. No adulterarás.
El mundo habla de la revolución sexual, pero esto es un mito. ¿Cree usted que la moralidad es una cosa relativa? Un día se va a llevar una sorpresa grande y amarga, porque Dios afirma que es algo absoluto. No es cuestión de lo que su profesor de ética le haya dicho, porque su profesor no le va a acompañar como abogado o consejero ante el tribunal de Dios. Hay personas que afirman que no son adúlteras, pero quizás lo afirman demasiado rápido. Una vez una viejecita comentaba con indignación: “¿Cómo piensa usted que una mujer vieja y beata como yo puede ser culpable de pecados como adulterio y cosas así? ¡Por favor! ¿Qué puedo hacer yo? Lo decía como si fuera una ocurrencia absurda que
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alguien pensara que ella sería capaz de romper este mandamiento. Pero la respuesta fue ésta: “¿Nunca tuvo usted 18 ó 20 años?” Su semblante cambió y ella se calló. Dios todavía se acuerda de las obras de la juventud, pues todo está escrito en Sus libros de obras. Pero si se dijera toda la verdad, hay personas mayores, casadas, viudas y viejas que son culpables de hechos inmorales. Se recrean leyendo novelas, viendo películas e imaginándose en esas situaciones, soñándolo en privado, sin que nadie vea la pantalla de su mente. Pero Dios la ve, y sabe que es adulterio en el corazón. ¿Usted ha cometido alguna vez actos promiscuos? ¿Se ha vestido provocativamente, o ha tonteado con otros para provocarlos? ¿Ha toqueteado a alguien que no sea su cónyuge, aunque sólo haya sido una vez para flirtear, o quizás con los ojos, o dejando correr su imaginación un poquito, disfrutándolo?
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¿Ha usado los ojos, parpadeando o mirando descaradamente, para atraer la atención o provocar, o para encenderse en pasión? El Señor Jesucristo dice que el desear así a una persona es adulterio: “Habéis oído que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” (S. Mateo 5:27-28, Nácar-Colunga). Lo mismo se puede decir acerca de chicas o mujeres que miran a chicos u hombres y los desean. La sociedad no ve nada malo en ello, pero la sociedad no es Dios, y Dios lo condena. ¿Ha sido infiel con su cónyuge, aunque haya sido una sola vez y nadie haya llegado a saberlo? Dios lo sabe. Aunque solamente fuera en los deseos y pensamientos, esto demuestra que en su corazón usted es pecaminoso y rompe la Ley de Dios en sus pensamientos. ¿Se ha casado, quizás, con una persona divorciada, incurriendo así en adulterio según S. Mateo 5:32? ¿O se ha
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divorciado en contra de Mateo 5:32, ocasionando el adulterio? La Iglesia Católica Romana tiene su manera de circunnavegar este mandamiento, y permitir a la gente romperlo. Se llama “anulación”. Es un truco filosófico a través del cual alegan que, aunque la Iglesia les casó en el sacramento del santo matrimonio, y les bendijo, realmente el matrimonio nunca llego a existir en el corazón de las dos personas, así que la Iglesia anula el matrimonio. Esta forma de hablar le permite decir que no es un divorcio, y por eso no adulteran, porque nunca estuvieron casados. Entonces, si no estaban casados, son fornicarios, y los que los unieron en nombre de Dios y de la Iglesia, como un sacramento, son hallados mentirosos y engañadores. Córtenlo como quieran, la Ley de Dios queda rota. ¿Se permite el “lujo” de la fantasía erótica? ¿Ha usado la línea erótica? ¿Usa palabrotas que hacen referencia a hechos de inmoralidad? Ha usado los ojos que
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Dios le dio para mirar fotos o dibujos de personas cometiendo actos inmorales? ¿Ha ojeado alguna vez revistas, calendarios, o cualquier otra cosa con mujeres u hombres desnudos, que es pornografía? ¿Ha leído novelas o artículos sensuales y provocativos? ¿Ha visto películas o vídeos pornográficos? ¿Ha contado o escuchado chistes verdes; ha encontrado alguna gracia y se ha reído de ellos? Proverbios 14:9 dice: “Los necios se burlan del pecado” (Nácar-Colunga). Aunque usted no haya cometido ningún hecho de adulterio, ¿lo habrá mirado en la tele, o el cine, usándolo para divertirse? Recuerde el texto de Romanos 1:32 acerca del pecado vicario, el pecado disfrutado a través de otros. Quien haya cometido cualquiera de estas cosas es culpable de adulterio, y de romper la Ley de Dios en el séptimo mandamiento. ¡Culpable!

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8. No robarás.
Es otro eslabón de los Diez Mandamientos que a menudo se rompe. Antes de afirmar “yo no robo”, recuerde que esto también es en el sentido absoluto. No piense solamente en atracos, porque el mandamiento divino va mucho más allá. No se puede robar nada, ni siquiera una vez, por poca cosa que sea. Aunque haya sido tomar sólo un bolígrafo de la oficina, un trozo de tiza del colegio, unos clavos del taller de trabajo, un poco de pintura o pegamento, o cualquier cosa. Hay personas que afirman que no han robado, simplemente porque ellas no lo definen como Dios. Se montan su propia definición para después declararse inocentes, pero esto no tendrá valor en la presencia de Dios. Hay personas que roban tiempo de otros, defraudando así. ¿Llegó
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tarde al trabajo en alguna ocasión, o abusó del tiempo de descanso en el trabajo? ¿Puso más horas de las que trabajó en su hoja de trabajo? ¿Ha usado el teléfono de alguien sin permiso? ¿Ha intentado viajar en autobús o tren sin billete? ¿Ha sido usted siempre honesto en su declaración de renta, pagando todo lo que debía? Si tiene un negocio, ¿ha empleado dos juegos de libros, doble contabilidad? ¿Ha trabajado sin contrato correcto y legal, o sin pagar seguridad social? ¿Ha pagado los impuesto en las compras, o en lugar de esto ha arreglado una compra sin factura, para no tener que pagarlos? ¿Ha estado cobrando el paro o una pensión del gobierno, y luego se ha ido a trabajar clandestinamente? ¿Ha puesto suficiente dinero en sellos/ timbres al enviar sus cartas por correos? ¿Intentó en alguna ocasión pasar la aduana con algo escondido en el coche o la maleta, sin declarar honesta y abiertamente todos los objetos comprados? ¿Ha hecho copias de cintas
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de música, o de programas o juegos de ordenador, o ha aceptado semejantes copias para su uso personal? Todo esto es robar. Si ha hecho cualquier cosa de estas, ¡Culpable!

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9. No mentirás.
Más precisamente: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”. Es un pecado particularmente reprochable, por cuanto fue a través de la mentira que el diablo engañó a Eva en Edén, induciéndole a pecar, diciéndole: “no, no moriréis” (Génesis 3:4 Nácar-Colunga). Dios es verdad, y veraz, y la mentira le es una afrenta. El Señor Jesucristo clasificó a Satanás: “mentiroso y padre de la mentira” (S. Juan 8:44 Nácar-Colunga). De modo que no existe ninguna mentira piadosa. No se trata solamente de un testimonio dado en un juicio ante un juez, sino de todo uso de la boca para falsificar. Aun el hecho de chismear puede ser falso testimonio, y cuando arruina el buen nombre o la reputación de otro, también es
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robar. ¿Dice siempre la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? ¿Se ha puesto alguna vez a criticar a los demás, poniendo trajes a todos, y diciendo cosas que no puede asegurar que son ciertas? ¿Ha escuchado algún rumor acerca de alguien, y lo ha repetido después a otros? ¿Ha exagerado los detalles de algo que contaba a otra persona? ¿Ha chismeado o escuchado a otros hacerlo? ¿Ha pedido un día de fiesta en el trabajo para hacer un puente, diciendo que era para asuntos personales o cuestiones familiares? ¿Ha llegado a llamar por teléfono a su trabajo diciendo que estaba enfermo cuando realmente no era así? ¿Ha fingido estar enfermo para evitar un examen en la escuela? ¿Ha mentido al decir su edad o peso? ¿Ha rezado el PadreNuestro sin nacer de nuevo? Entonces Dios no es su padre, y ha mentido. ¿Ha copiado en un examen o ha usado chuletas? ¿Ha intentado impresionar a los demás con la forma de vestir, tiñendo
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su pelo de un color que no es su color natural, o llevando ropa que exagera su figura y da impresiones falsas? ¿Ha ocultado la verdad en cuanto a sus finanzas cuando declara la renta? ¿Ha tratado de engañar al gobierno, viviendo con una persona pero declarándose soltero o viudo, para que los dos puedan cobrar la pensión o los beneficios del gobierno? ¿No ha dicho nunca una mentirijilla, una de esas que las llaman “piadosas”? (¡aunque son diabólicas en origen!) ¿No ha dicho nunca una verdad a medias, que a más de ser media verdad es media mentira? ¿No ha tratado de engañar o decepcionar a nadie? ¿No ha dicho: “se me olvidó” para librarse de culpa, cuando en realidad no se le olvidó? ¿No ha dicho a un cliente: “el camión no ha llegado” cuando en realidad ni siquiera ha hecho el pedido que tenía que hacer? ¿No ha dicho: “no tengo dinero” cuando lo tenía pero no quería gastarlo? ¿Nunca se ha hecho el sordo o despistado, cuando realmente ha oído o visto a la persona?
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Los políticos a menudo han hecho promesas que no tienen ninguna intención de cumplir, y afirmaciones que claramente sabían que no eran así, y todo para ganar la elección y hacerse con el título, la fama, el poder y el salario. Dios no miente, y no da permiso para mentir, antes al contrario, Su mandamiento es: “no mentirás”. Si ha hecho algo de todo esto, otra vez ha roto la Ley de Dios, los Diez Mandamientos, en el noveno mandamiento. ¡Otro eslabón roto y otra vez desaparece la esperanza de llegar al cielo por medio de los mandamientos! ¡Culpable!

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10. No codiciarás.
Este mandamiento es cometido muchas veces en lo secreto de la mente. Alguien ha dicho que de todos los pecados, es el menos confesado, y sin embargo, el que todos cometen. Aun el apóstol Pablo admitió que había cometido este pecado (ver Romanos 7:7-8). Es el pecado de los pensamientos, se puede practicar de forma oculta, y en cualquier lugar. Es el pecado de la actitud de no estar contento, sino de querer más, y desear lo que tienen otros. Es debatible si es cometido más en países ricos o pobres, porque los ricos quizás ven más cosas que codiciar, pero los pobres codician a toda hora la vida y las posesiones de los ricos. Los pobres critican a los ricos, pero luego codician su forma de vivir y sus posesiones, así que además de codiciosos, hipócritas. La
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codicia no es el materialismo de hecho, sino de deseo, en espíritu. El presidente de una multinacional, y el hombre que no tiene más que una manta sucia, que duerme en la calle, ambos pueden codiciar. La mujer que lava la ropa a mano en un arroyo, y la que vive en un chalet de lujo en la capital, ambas pueden ser codiciosas. La codicia es el pecado de amar al mundo y las cosas que están en el mundo, y quienes aman al mundo así, no tienen el amor del Padre en ellos, por religiosos que sean (1 Juan 2:15-17). ¡Fíjese hasta dónde se puede llegar! Alguien puede estar sentado en una capilla o templo, supuestamente adorando o pensando en las cosas de Dios, ¡y ahí mismo estar codiciando algo que tiene la persona a su lado! ¿Nunca ha mirado un catálogo de un centro comercial o gran almacén, y deseado algo que no necesita? Los comerciantes son expertos en suscitar en nosotros la codicia, porque yace en
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nosotros, y ellos saben provocarlo. ¿Nunca ha envidiado el dinero, la casa, la popularidad o la posición de otra persona? Dicen que la envidia es el pasatiempo nacional, y casi nadie lo discute, al contrario, ¡casi parece ser un deporte! ¿No ha codiciado nunca la mujer de otro, o el marido de otra? ¿No ha deseado para sí las habilidades y talentos de otras personas? ¿O la ropa de otros? ¿O los electrodomésticos de otros? ¿O el trabajo de otros? ¿O el sueldo de otros? ¿O el reconocimiento de otros? ¿O el oficio de otros? ¿O la suerte de otros? ¿O el cuerpo o pelo de otros? Todas estas cosas y otras semejantes son brotes del pecado de codicia, y rompen los Diez Mandamientos. Alguno dirá: “¿qué más da?”, protestando que a su parecer, codiciar no hace daño a nadie, así que, ¿para qué criticar y denunciarlo tanto? A ellos les parece un mandamiento muy severo, demasiado, y se niegan a confesar la codicia como pecado. Pero esto
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demuestra la depravación del corazón humano, cuando uno no ve que la codicia es síntoma de un corazón ingrato y descontento. ¡Qué joya más rara es la del contentamiento! Y San Pablo declara: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (1 Timoteo 6:1). Hay quienes profesan piedad en órdenes religiosas, pero sin contentamiento, porque pasan sus vidas deseando las cosas que tienen los que están fuera del convento. O las llevan adentro para tenerlas también en clausura, pero esto no es piedad con contentamiento, sino codicia bajo hábito. La piedad profesada externamente, sin contentamiento interior, es falsa y sin provecho, y puede ser incluso hipocresía. Este mandamiento a no codiciar cosas que no son suyas, descubre y denuncia nuestra insatisfacción y falta de conformidad. ¿Ha codiciado algo, alguna vez? ¿Ha pasado por su cabeza, en algún momento, una codicia? Entonces, ha roto los Diez Mandamientos, y no puede usarlos para ir al cielo, porque le
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condenan, diciendo: ¡Culpable! Así que, después de repasar los Diez Mandamientos, ¿qué tal le ha ido? ¿Ve que ha cumplido todos los mandamientos perfectamente, durante todo el tiempo que ha durado su vida hasta ahora? Si ha transgredido uno, tan sólo uno, lamento informarle que usted no puede decir que guarda los mandamientos, ni usarlos como esperanza para ir al cielo. No es opinión mía, se lo aseguro, porque la Biblia dice: “Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10). Siendo que Dios lo dice así, ¿sabe cuál es Su veredicto acerca de usted? No el mío, porque yo no puedo condenar ni absolver a nadie; soy solamente un mensajero. ¿Habrá adivinado cuál es el veredicto divino acerca de usted? ¡Culpable!

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El Inmaculado.
Éste es el tercer punto: no sólo debe conocer los Diez Mandamientos, y cumplirlos, sino que además debe cumplirlos desde su infancia hasta su muerte, y los debe cumplir absolutamente todos, de forma perfecta, porque si no es así, usted no es cumplidor sino transgresor de la Ley. Olvídese de las comparaciones con los demás, porque Dios considera a los demás igualmente culpables como a usted. El mal de muchos no le va a ayudar. ¿Dónde nos deja esta situación? Quizás usted, de alguna manera, no puede creer que el asunto sea tan estricto y tajante. Probablemente le habrán dicho mucho que “Dios es amor”, que tiene misericordia y compasión, y quizás esto le haya creado un concepto de un Dios
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que comprende que no damos la talla, pero nos dejará entrar en el Paraíso al final, porque nadie es perfecto. Pero si cree esto, se ha engañado. Quizás no quiere creer que Dios quiera enviarle al infierno, ni que se lo merezca, pero ahora debe admitir que la pretensión de cumplir los Diez Mandamientos es al menos un error grave, y tal vez una estupidez de primera (lo digo sin ánimo de insultar a nadie). Pero es más. Los Diez Mandamientos le condenan como culpable y hacedor de maldad. Dios los emplea para demostrarnos lo que Él sabe, pero que nosotros NO QUEREMOS creer, y nos cuesta duro trabajo creer, que no somos básicamente buenos, sino malos, y necesitados de una gran obra de Su poder y gracia para salvarnos. La Ley de Dios da testimonio en contra de nosotros, nos pilla en todos los lados, y deja expuesto lo que escondemos en el corazón y no queremos que nadie vea. Es la forma en que Dios, como médico, nos enseña los resultados del análisis, para decirnos cuán grave es nuestro
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problema y nuestra necesidad de Su intervención. El Salmo 5:5-7 dice: “Pues no eres tú Dios que se agrade del impío, ni será tu huésped el perverso. No pueden los insensatos estar ante tus ojos; odias a todos los obradores de iniquidad. Das a la perdición al mentiroso; al sanguinario, al fraudulento, los abomina Dios” (Nácar-Colunga). Salmo 7:12 dice: “Dios es justo Juez; cada día nos amenaza con su ira” (Nácar-Colunga). Sea cual sea su opinión de sí mismo, o la opinión de las demás personas, que usted puede haberles convencido que es bueno, según la Palabra de Dios, usted es un pecador culpable, y Dios es juez justo. Usted tiene un corazón malo, pero Dios es bueno, Dios, y nadie más. Usted tiene maldad en su corazón, y ha hecho maldad, pero Dios no se complace en la maldad. Comparado con Dios, usted es malo, no bueno, y el malo no habitará junto a Él.
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Ha procurado guardar los Diez Mandamientos, pero lo único que ha conseguido con ello es demostrar que no los guarda, y que no es bueno. Puede que esto a usted le frustre, pero es así el diseño divino de la Ley. Según Romanos 3:19-20, la Ley de Dios no sirve para justificar a nadie, sino: “para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado”. Sólo para esto sirven los Diez Mandamientos, no como escalera para llegar al cielo, sino como mazo de juez para pronunciar su culpa y necesidad del perdón divino. La Ley es para convencerle a usted de que es un pecador condenado, para hacerle conocer, digamos, en colores vivos, el pecado en su vida. Su misión y propósito es hacerle ver que cuando la Biblia dice: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”, es un
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retrato suyo (Romanos 3:23). Esto es difícil de admitir, sobre todo, para personas religiosas y practicantes de su religión, porque la religión hace al hombre creerse bueno, mejor que otros, cuando la Ley de Dios enseña todo lo contrario. Es como si usted tuviera un cáncer maligno, que representa su pecado, que le conduce a la muerte, y un pariente, que representa la religión, no le quisiera decir que tiene cáncer, porque es muy duro y desagradable, y puede deprimirle. Así que, su pariente le dice: “es un virus” o “tiene bronquitis” o “tiene úlceras” cuando en realidad es cáncer y va a morir. Pero engañado, usted va al médico y toma sus pastillas, que no pueden quitar el cáncer, y cada día está más cerca de la muerte, pensando que no es nada grave. La religión le dice que es bueno, quizás un poquito malo, pero que no es nada grave, y si sigue practicando los sacramentos todo le irá bien. Al que cree esto, ¡cuán difícil le es darse cuenta
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del cáncer, del pecado, que tiene! Por un lado, porque no se lo dicen los más allegados, y por otro lado, porque él mismo no quiere saberlo. Pero entra la Ley de Dios, y es cómo si viese los resultados del análisis que el médico guarda en su consultorio, y ahí dice la verdad, porque los Diez Mandamientos demuestran que usted es malo, es pecador y va a morir. Créase a aquellos que le dicen que es bueno o no tan malo, si quiere, pero recuerde, es mentira, le están engañando. La realidad es que usted es un pecador condenado ante el tribunal de Dios. Siendo que es así, bien podría preguntar por qué Dios no le ha fulminado ya en ira santa y justa. No es porque a Dios no le importen sus pecados, sino porque Dios, en Su misericordia y amor, quiere salvarle de esta condición terrible. ¿Qué quiere hacer? Quiere limpiarle de todos sus pecados, perdonarle de todos ellos, declararle justo, y darle una vida nueva y eterna, con una naturaleza nueva.
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¿Cómo puede ser? Precisamente porque Dios, además de ser santo y justo, es clemente y misericordioso, y ama a Sus criaturas, ¡y éstas son buenas nuevas! Debido a este gran amor de Dios, y Su gracia (no nuestros méritos) existe una forma de salir del embrollo, de salvarle a usted de la condenación eterna que merece como pecador. Y es aquí donde aparece una palabra que a lo mejor ha oído mucho pero entendido poco: “evangelio”. Los religiosos y los que han sido educados desde pequeños en la religión, han oído muchas veces la palabra “evangelio”, pero pocos saben qué es. ¿Qué es el evangelio? No es la Biblia, ni los cuatro evangelios, ni que Dios es amor. Es algo mucho más preciso que todo esto. “Evangelio” viene de una palabra griega, y significa simplemente “buenas noticias”. El evangelio es la buena nueva para el pecador, para todos aquellos que se reconocen culpables ante Dios. El problema es, si uno no se
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ve tan malo, que quizás sea el problema de usted, entonces el evangelio no le parece tan maravilloso. Por eso, Dios prepara nuestro corazón con la Ley, para que cada uno vea lo malo que es. Al que reconoce su naturaleza pecaminosa, y ve que el pecado mora en su corazón y sale en sus hechos, y desea ser perdonado y estar en paz con Dios, ¡no hay nada como el evangelio! Llevamos largo camino en este libro, demostrando a través del espejo de la Palabra de Dios, que en usted no mora el bien. La consecuencia es, que merece el juicio de Dios. Merece ser separado de Dios en tormentos por toda la eternidad, en el lago de fuego, porque es malo de corazón. Pero a esto voy, que la buena noticia es una sorpresa; es algo que Dios no estaba obligado a hacer, pero quiso hacerlo: que Cristo murió en la cruz por sus pecados. Él hizo Suya la culpa de todos nosotros, de todos nuestros pecados, incluso los suyos, y fue juzgado en la cruz como Sustituto. Pagó
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con Su sangre, derramando Su vida inmaculada, en lugar de usted, porque es lo que demanda la Ley de Dios: “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). Jesucristo, como Dios Hijo, fue capaz de ofrecer Su propio cuerpo así: “una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados” (Hebreos 10:12). Cuidado, que no se puede continuar ofreciendo a este Cristo en “el sacrificio de la Misa”, de forma misteriosa e incruenta, porque fue un sacrificio perfecto y completo. El sacrificio fue consumado, y esto fue declarado en voz alta por el Señor Jesucristo, cuando gritó en la cruz: “¡Consumado es!” (S. Juan 19:30). ¡Atención! No dijo “comenzado es”, porque no fue el comienzo de un sacrificio, sino “consumado es”, fíjese en la diferencia. Por eso la Misa (palabra que no está en el Nuevo Testamento) no pertenece a los verdaderos cristianos apostólicos, porque contradice el evangelio y el testimonio de la Palabra
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de Dios. Es un sacrificio (declarado así por dogma católico-romano, que falsifica y despista a los hombres de la obra que Jesucristo terminó en la cruz hace casi 2.000 años. Seamos honestos, y fijemos la atención en esta frase: “habiendo obtenido eterna redención” (Hebreos 9:12), que no habla de nada “en proceso” sino de algo terminado y obtenido. También vemos la misma verdad en éstas: “una sola vez” (Hebreos 9:28), “una vez para siempre” (Hebreos 10:10), “una vez para siempre un solo sacrificio” (Hebreos 10:12), “con una sola ofrenda hizo perfectos” (Hebreos 10:14). Ahora considera estas citas del Catecismo De La Iglesia Católica: “Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz...” (pág. 305, sección 1323).

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“Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también santo sacrificio de la misa...” (pág. 307, sección 1330). En la Sagrada Biblia Dios habla de un sacrificio hecho, cumplido, consumado, y la Iglesia habla de otro sacrificio, no en la cruz, sino uno que es perpetuo y necesario para la salvación. Son dos evangelios distintos, porque uno dice “hecho” y el otro dice “haced”. Uno dice “consumado es” y el otro dice “comenzado es”. La Biblia no admite ningún concepto de Cristo sufriendo todavía en una actitud de oblación, como dice la Iglesia Católica Romana en uno de sus textos escolares, sino insiste que la obra de la cruz fue terminada: “una sola vez”. Cuando habla del beneficio de aquel sacrifico, dice: “hizo perfectos para siempre a los santificados”, y éste es el evangelio, la buena nueva de Dios, que lo que Cristo hizo vale y es completo; no hay que ir
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ganando el cielo poco a poco a base de sacramentos y méritos. No hay que pagar, no hay que hacer e intentar para ganar algo. Dios no pide al hombre lo que no puede hacer. Le enseña que necesita un Salvador, y le invita a confiar en Aquel que hizo TODA la obra de salvación en la cruz, y la terminó, “una sola vez para siempre”. ¡Gloria a Dios, la obra de sustitución y expiación de todos nuestros pecados, ya está hecha y consumada! ¡Éstas noticias sí que son buenas! Eso es exactamente lo que aconteció cuando Jesucristo murió en la cruz. Él no era ninguna víctima débil, sino el Dios Todopoderoso, que se humilló en amor, y se ofreció como sustituto, voluntariamente, por usted. Estaba dispuesto a amarle y a morir en su lugar de modo que no tuviera que sufrir la condena eterna que merece como pecador culpable. Usted ha demostrado ser transgresor de la Ley, culpable y digno de muerte. ¡Todo lo contrario en cuánto a Jesucristo! ¡La única
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vida inmaculada, perfecta, el único que no mereció la muerte, y aquella vida santa, perfecta y hermosa, la flor del cielo, fue clavada en la cruz y derramada allí para que personas como usted y un servidor pudiéramos ser perdonados! Pero hace falta una relación personal con Él, y es posible. Este mismo Jesucristo resucitó de la tumba, y vive hoy, pues no se ha quedado como un dato o una ficha en la historia. ¡Él vive, y está sentado a la diestra del Padre en la gloria! Está preparado para salvar a todo aquel que confía en Él, es decir, que deposita su confianza en Él como su Sustituto, y obtiene en Él, perdón de TODOS sus pecados, y vida nueva y eterna. Quienes creen así en el Señor Jesucristo, ejerciendo personalmente fe en Él, son perdonados sin importar cuántos hayan sido sus pecados. Escuchemos las palabras de Cristo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (S. Marcos 2:17). Si usted se cree justo o bueno, contradice la Ley de
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Dios y la Palabra de Cristo. ¿Por qué Cristo no vino a llamar a justos? ¡Precisamente porque no hay ninguno! Romanos 3:10-12 dice: “No hay justo, ni aun uno... no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Así que, Cristo no llama a un grupo de personas que no existe (los justos), sino a todo ser humano: “a pecadores”. Si se ve pecador, puede ser salvo hoy, si se arrepiente de sus pecados y confía en el Señor Jesucristo. Por medio del Señor Jesús, recibirá perdón de todos los pecados, pero TODOS, no a plazos sino de golpe: los pasados, los presentes y los futuros. Los que confían en Él como su Sustituto, pueden decir: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” (Gálatas 3:13). ¿Ha comprendido las buenas nuevas, el evangelio? Si lo comprende, ¡no podrá por menos que decir conmigo que éstas
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son noticias maravillosas, en sobremanera buenas! De hecho, acostumbrados por la religión a pensar en ser perdonados y limpiados “poco a poco”, a base de sacramentos y buenas obras, el verdadero evangelio de salvación por la gracia por la fe, SIN OBRAS, suena como algo increíble, como demasiado bueno o fácil. ¡Pero son buenas nuevas, no buenas recetas o buenos contratos! No hacemos equipo con el Salvador, aportando nuestro granito de arena a Su gran obra de salvación. Él terminó la obra y lo anunció a gritos desde la cruz. Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, dice la Biblia: “habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo” (Hebreos 1:3). Ya no se ofrece, ya no es sacrificado, ya no sufre, sino descansa a la diestra del Padre, y espera que usted deje de confiar en sí mismo, sus obras, sus méritos, o su religión, y deposite toda su confianza en Aquel que hizo toda la obra de salvación. Para que usted sea salvo, Jesucristo no espera sus obras, sino su fe.
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Así que, arrepiéntase de sus pecados, de sus obras, de su religión y falsa confianza en cosas que no salvan y no tienen mérito, y CREA total y únicamente en el Señor Jesucristo. ¡Sólo así podrá ser salvo! No tiene que asistir más a Misa, ni debe hacerlo, puesto que el “Cristo” que sigue sufriendo no representa al Cristo que “se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:3). El Santo Cristo de la Biblia ya ha obtenido redención, y la aplica a cuantos depositan su confianza en Él. El evangelio no le dice: “Haga esto, y será salvo”, sino que declara “hecho está” (“consumado es”). ¿Qué hay que hacer? ¡Arrepentirse y creer la buena nueva, confiar en Aquel que lo hizo todo! El Señor Jesucristo le salvará ahora mismo, si usted se arrepiente de sus pecados, de sus propios esfuerzos (“obras muertas” Hebreos 9:14), su propia religión, y simplemente confía en Él que murió por usted, pagó todo, y resucitó el tercer día. Jesucristo le dará vida nueva por su
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Espíritu Santo, que vendrá a hacer Su morada en su interior cuando crea el evangelio. En este momento usted nacerá de nuevo, por el Espíritu de Dios, como una nueva criatura en Cristo (2 Corintios 5:17). Tendrá el Espíritu Santo morando adentro, para limpiar, guiar y ayudarle como hijo de Dios. ¿Qué hará con semejantes buenas nuevas? Permítame ilustrar este punto con otra cosa. ¿Qué haría con un buen pan? ¿Estudiarlo, o comerlo? El pan en la mesa no le hará ningún bien, porque para el beneficio, hay que comerlo. Así es con Jesucristo, debe recibirlo, hacerlo suyo, y esto se hace por la fe, depositando la confianza en Él. Si cree y confía en el Señor Jesucristo, verá cómo mediante el Espíritu Santo que morará en su interior, podrá agradar a Dios, de forma que jamás ha hecho antes. Entonces, hará el bien no para ganar el cielo, sino como resultado de haber nacido de nuevo. Es decir, hará buenas
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obras no como causa, no para tener mérito o ser aceptado, sino como efecto, como resultado de que Dios le ha salvado y dado una vida nueva (lea cuidadosamente Efesios 2:8-10). ¡La diferencia entre las obras para salvación y las obras por ser salvo, es eterna! Pero después de todo, no piense mal de la Ley, de los Diez Mandamientos, porque a fin de cuentas la Ley no es mala. Es perfecta, buena y santa. Lo único, que no le puede dar poder para cumplirla, sino que solamente le puede enseñar que no es bueno, y condenarle por ser pecador. Pero insisto que esto es bueno, porque si usted admite que es pecador y necesitado de ayuda divina, encontrará en el Señor Jesucristo un Señor para gobernar su vida, y un Salvador para pagar su condena, condena que pende cual espada sobre su cabeza, hasta el momento de creer y refugiarse en Cristo. Si como pecador condenado e incapaz de hacer bien y
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agradar a Dios, viene humilde y deposita su confianza en Cristo, será declarado justo, porque Dios dice: “al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5). Espero que sea usted uno de los que para ser salvos, no obran, mas creen en Aquel. Tenga por cierto que no seguirá intentando ganarse el cielo por sus obras, ni por ceremonias ni liturgias, ya que es del todo imposible. Considere cómo esta poesía expresa lo que venimos diciendo: En cumplir los mandamientos divinos se afana, Pero ni premio ni recompensa le mana. Noticias mejores el Evangelio propaga, ¡Poder y salvación a usted le regala!

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Bibliografía Sagrada Biblia, versión directa de las lenguas originales por Eloino Nácar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O. P., Biblioteca de Autores Cristianos, de la Editorial Católica, S.A., Madrid. 1969. Catecismo De La Iglesia Católica, Asociación de Editores Del Catecismo, Librería Editrice Vaticana, 1992, COEDITORES LITURGICOS ET ALIILIBRERIA EDITRICE VATICANA, versión oficial en español, propiedad de la Santa Sede. Documentos del Vaticano II, Constituciones, Decretos, Declaraciones, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, MCMLXXIV. La Santa Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, Antigua Versión de Casiodoro de Reina (1569) Revisada por Cipriano de Valera (1602), Otras Revisiones: 1862, 1909, 1960. Sociedades Bíblicas Unidas.
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¿A Qué Debemos Ser Leales?, por William MacDonald ¿Dónde Está Tu Tesoro?, por William MacDonald La Doctrina Apostólica del Velo, por J. G. McCarthy Devoción Cristiana, por A. N. Groves Acordaos De Vuestros Pastores, por Carlos Tomás Knott Libro Divino, Amada Palabra, por Carlos Tomás Knott Caín y Abel, por Carlos Tomás Knott Miguel Servet, por Miguel Fernández Lobos Vestidos de Ovejas, por Carlos Tomás Knott La Forma de la Iglesia, por Carlos Tomás Knott - - - - - - - - - - otros materiales - - - - - - - - - El Verdadero Discipulado (CLC), por William MacDonald Piensa en Tu Futuro, por William MacDonald En Pos de Sombras, por William MacDonald Comentario al Nuevo Testamento (CLIE), por William MacDonald Estudios de Cristianismo Básico (DIME), por O. J. Gibson El Evangelio Según Roma (Portavoz) por J. G. McCarthy Una Mujer Cabalga La Bestia (The Beran Call), por Dave Hunt
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Los Diez Mandamientos
Carlos Tomás Knott
¿Cuándo fue la última vez que Ud. repasó los Diez Mandamientos? Tal vez le resulte aún más difícil recordarlos uno a uno. Y lo peor podría ser que, recordando y recitándolos de memoria como los aprendió de niño, estuviese equivocado. Es posible que haya oído o dicho alguna vez “Yo ya los guardo todos”. Así le sucedió al joven rico ¿recuerda? “Él dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud”. Pero la evidencia fue que se equivocó porque no los guardaba. Éste libro le ayudará a recordar, repasar y entender cada uno de ellos. En su lectura honesta descubrirá los auténticos, la razón de su existencia y la relación directa que tienen con Ud. Aproveche esta oportunidad para encaminarse correctamente para la eternidad. Lea, medite y responda a Los Diez Mandamientos.

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Apartado 202, 22080 Huesca, España

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