21 – MICHAEL GUNPOWDER.

EL MEJOR BAILARÍN DE MIRRORBALL

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¡¡¡COMIDA!!!

Sin previo aviso y de forma repentina. Una única palabra que, alargándose de forma indefinida con el poderoso grito hambriento de Dianne, calle arriba, anunciaba la llegada a Mirrorball de los que ya empezaban a ser conocidos como los “Piratas de Golden”. ¿¡¡PERO ADÓNDE VAS!!? – gritó el capitán de dicha tripulación. ¡No montes tú también el numerito! – le reprendió John, el ex-librero y segundo de abordo. En el puerto no había rostro que no se hubiera girado intrigado ante el grito descerebrado de su compañera. Lo mejor era evitar que esas miradas repararan también en ellos – ¡Tarde! – maldijo entre dientes, al ver como los curiosos se volvían en su dirección. Mala cosa. La cabeza de su compañero estaba demasiado bien valorada. ¿Vosotros no sois de aquí, verdad? – un pescadero se acercó hacia los dos piratas, todo sonrisas. Tenía un cierto aire amigable. No. Es la primera vez que echamos ancla aquí – saludó Jim – Me llamo Jim… hizo ademán de estrecharle la mano pero su compañero le interrumpió con un codazo – ¿¡Qué coño te…!? Sí, somos forasteros – aclaró John ignorando a su amigo – Me llamo Tazuna, y éste es mi socio, Jimkatsu – mintió, señalando a Jim – Somos mercaderes. Hemos venido a disfrutar del ambiente del Dance Contest de la ciudad, a ver si podemos hacer negocio. Pero parece que a nuestra ayudante le apasiona la

comida local hasta el punto de abandonarnos a toda prisa – esbozó una sonrisa de disculpa. ¿Mercaderes, eh? – el pescadero se llevó la mano al mentón, pensativo – ¿Y no frecuentáis la zona, decís? – John negó con la cabeza – Pues la cosa es que la cara de tu amigo me suena… – miró a Jim con detenimiento – Y no es que tenga pinta de mercader, que digamos… – retiró la mano de la barbilla – Más bien parece un pi… ¡Un pirata, sí señor! – repitió John con nerviosismo – Modales rudos y parco en palabras. ¡Si ya se lo digo yo! – bromeó, entre risas – Figúrese que hasta se empeña en llevar esa espada consigo – comentó – Pero bueno, ¿quién soy yo para negarle ese derecho? Es diestro con ella y en estos tiempos que corren… … mejor cuidarse bien las espaldas, sí – asintió el lugareño. Su rostro de incertidumbre volvió a ser sustituido por ese aire de simpatía de antes – ¡Bueno! Pues me alegro que hayan decidido considerar esta isla durante su ruta. Les aseguro que no les va a defraudar – sonrió. No lo pondré en duda – sonrió también John – Por ciento, en cuanto a lo de nuestra amiga… – el pescadero parpadeó un par de veces hasta caer. ¡Ah, sí! La muchacha inquieta – señaló – Pues… Si su amiga tiene tan buen olfato como el mío, probablemente se deje caer por la Tasca de Whoopi. Le aseguro que esa mujer hace los mejores guisos de todo el East Blue. Tomo nota – asintió – Muchas gracias por la información – el hombre se despidió de ellos con la mano y John le devolvió el gesto – A la Tasca de Whoopi pues – señaló, dispuesto a emprender el paso. Jim le siguió sorprendido. Me dejas de piedra, letrado – comentó – Menuda labia la tuya. Qué manera de mentir…

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Todo escritor que se precie debe de tener una cierta inventiva – comentó sin darle demasiada importancia – Además, la última vez que tú respondiste por nosotros acabamos en la horca. No es algo que quiera repetir.

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También tienes razón – comentó Jim frotándose la cabeza en señal de disculpa. John puso los ojos en blanco y apretó el paso.

No tardaron en dar con el lugar mencionado por el pescadero. Si el cartel con el rótulo, bien visible, no bastaba para reparar en él, la larga fila de curiosos en torno al local hacía el resto: Ya me lo estoy imaginando – comentó John mientras se movía entre la multitud antes de entrar. Jim se limitó a sonreír para sí. En el interior del local, Dianne parecía haberse convertido en el espectáculo del día. Ocupando una mesa para ella sola, comía sin parar todo aquello que le iba llevando la sonriente cocinera. Los platos y cuencos se apilaban junto a ella: Esta tía carece por completo de término medio – sonrió el capitán pirata, mientras alzaba las manos dejándolo estar. John frunció el ceño y avanzó con paso rápido hasta la joven. ¿¡Se puede saber qué haces!? – la increpó agarrándola por la muñeca. Dianne se giró hacia él, con un muslo de pollo aún en la boca. ¿Quef pafza? – inquirió extrañada. ¿¡Es qué no tienes modales!? – preguntó él enojado. ¿Modalef? ¿Quef ezo? – ladeó la cabeza intrigada – ¿Eftá buefo? Porquef fi eftá buefo no te doyf – John se cubrió la cara con la mano. Ya lo ves – rió Jim – Esa palabra ni siquiera está en su vocabulario. Carece por completo de pudor o saber estar.

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Pero no de apetito – la cocinera volvía a la mesa con una olla humeante, que dejó con maestría servicial – ¿Es amiga vuestra? Porque de ser así, creo que tendréis que responder por ella.

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Y más sabiendo lo mal que le sienta que la dejemos y nos vayamos sin pagar… añadió Jim mientras contemplaba a la muchacha, y una mueca de dolor se dibujaba en su rostro al recordar su último enfrentamiento. Se giró hacia el exlibrero – ¿Cómo andamos de capital, letrado?

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Pues… – el ex-librero sacó del bolsillo una bolsita de cuero y rebuscó en ella. Frunció el ceño preocupado y le dirigió una mirada temerosa a la cocinera – ¿Cuánto le debemos por lo de nuestra amiga? – la mujer le miró y parpadeó un par de veces, para luego suspirar.

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No tenéis suficiente para pagarme, ¿eh? – comentó. Para sorpresa de los piratas, más que enfado, mostraba un gesto de decepción. Como cuando una madre ve que su hijo viene con la ropa sucia de jugar fuera – En fin... – sonrió – Si fuera por dinero, con cobrar lo que dan por la cabeza de vuestra amiguita tendría más que suficiente para jubilarme.

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¿¡Cómo!? – Jim y el ex-librero se sobresaltaron. Aquella mujer había reconocido a Dianne (algo en cierta manera complicado, dado la mueca obscena con la que la muchacha había sido fotografiada para el cartel).

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Y tu cara también me suena – indicó señalando a Jim – Por ti creo que la Marina también daba un buen pellizco – el aludido se hecho hacia atrás. Al parecer, iba a tener que prepararse una buena huida – Pero bueno, – la mujer se sacudió de hombros – yo no soy quién para juzgar a nadie. Hay muchas clases de pirata, y a fin de cuentas, no parecéis mala gente. Sólo espero que no seáis de la misma calaña que mi difunto marido. ¡Dichoso bucanero bribón! – rió para sí, y Jim

parpadeó extrañado. La tensión del ambiente se disipó con la carcajada de aquella mujer. ¿Entonces no va a denunciarnos a la Marina? – preguntó John, sorprendido. ¿La Marina? – repitió la cocinera – Mirrorball es una isla de todos y para todos. Aquí ya no hay nada parecido a un cuerpo de marines. La Marina sólo consideró dejar al cargo a dos reclutas bastante incompetentes. De hecho, su única ocupación en los últimos años ha sido la de hacerse cargo del Dance Contest, donde dejan participar a civiles y piratas por igual. Entiendo – asintió el ex-librero, más aliviado. De todas formas, civil o pirata, todo el que viene a mi tasca tiene que saldar su deuda – señaló la cocinera – Así que por lo pronto, os cobraré la mitad de la cuenta. Cubriréis la otra mitad trabajando para mí lo que queda de día. Y mirad por dónde, hoy tenéis suerte. Cerraremos antes por el dichoso Dance Contest. Ahora que comenta lo del Dance Contest, señora – señaló John. Llámame Whoopi, joven. Sí – asintió – Como iba diciendo, sobre el Dance Contest, ¿sabe a qué hora tendrá lugar? Vaya, vaya – exclamó Whoopi – ¿Acaso tenéis intención de ver el festival local? Más bien querríamos participar en él – puntualizó el letrado. La cocinera soltó una carcajada. Hay que ver – rió – Sin duda sois unos piratas la mar de inusuales. Cualquier bucanero optaría antes por robar el premio que por conseguirlo de forma legal participando – Jim le dio un golpe en el hombro al letrado. ¡Te lo dije! – le reprendió.

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De todas formas, ya podéis ser buenos bailarines, porque el nivel de la competición es muy alto.

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¿¡En serio!? – inquirió John, algo abatido. Nadie dice que no podáis llevaros el premio – comentó – De hecho, hay varias categorías. Pero tenga la sensación de que mi hijo se acabará llevando el de la categoría individual.

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¿Es bueno? – preguntó Jim. O, sí – señaló Whoopi – Aunque de mí no lo ha sacado. Y dudo que los ebrios bailes tabernarios de su padre le hayan servido de algo. Es algo, con lo que ha nacido – comentó – Como su talento con el revólver.

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¿¡El revólver!? – inquirió Jim – ¿Es un buen tirador? – se giró hacia John – Porque si es un buen tirador podríamos hacer que se una a nuestra banda. El exlibrero le devolvió la mirada, y luego reparó en la cocinera, que le sonrió.

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¿Llevaros a mi pequeño? – inquirió – Sí, porque no. Aunque dudo que el muy tonto vaya a aceptar de buenas a primeras – sonrió, esta vez para sí – En fin, en cuanto a tu pregunta, el Dance Contest empezará a las doce de la noche. Nosotros cerraremos a las nueve. Así que basta ya de cháchara y a trabajar. Vuestra cuenta no hace sino aumentar mientras hablamos – Jim y John repararon alarmados en que Dianne seguía comiendo. Whoopi se alejó de ellos y caminó hacia la multitud de curiosos – ¡Y vosotros, fuera de aquí, que esto no es un espectáculo! – les reprendió – ¡¡A la tasca de Whoopi se viene a comer!!

***

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¿Y su hijo a qué hora piensa venir? – preguntó Jim mientras pasaba un trapo por las mesas. Eran ya las siete de la tarde y la tasca estaba casi vacía. El Dance Contest parecía despertar más expectación de la que el capitán pirata había supuesto.

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Pues como siempre, a la que se le antoje – comentó Whoopi, con una sonrisa sarcástica – A veces se va a dar una simple vuelta y no vuelve hasta tarde, o bien se deja caer por la galería de tiro de Flitch. ¿Verdad, viejo truhán? – si giró al hombre que empinaba el codo en una de las esquinas del establecimiento.

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¡Hoy no he visto a tu mocoso, vieja tacaña! – le reprendió él – ¡Así que no me mires como si fuera el responsable de meterle pajaritos en la cabeza al chaval y ponme otra jarra! – la mujer sonrió.

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Ya le has oído, joven – se dirigió a John. El ex-librero avanzó apremiante con la jarra servida, mientras lanzaba con el rabillo del ojo una mirada de reproche a Dianne, que aún seguía tragando. Whoopi también la vio y rió con ganas – ¡Vaya, vaya, muchacha! ¡Nunca me había topado con nadie que tuviera un apetito como el tuyo! – se llevó la mano a la barbilla, pensativa – Lo que me gustaría saber es dónde carajo lo metes…

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No te preocupes, que luego lo quema con creces – comentó Jim. Aún le quedaban moratones de su pelea con ella.

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¿Ah, sí? – comentó la cocinera, divertida.

Antes de decir nada más, la puerta del local se abrió de golpe y con fuerza. Todos los presentes, a excepción de Dianne, giraron la cabeza, curiosos o alarmados, hacia la entrada. Dos hombres irrumpieron, portando sendas pistolas: ¡¡¡QUE NADIE SE MUEVA!!! – gritó el que había entrado primero, un tanto obeso – ¡¡Esto es un atraco!!

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¿Un atraco? – inquirió Whoopi, arqueando una ceja – ¿Y no podríais haber elegido una tesorería? Aquí no es que haya mucha recaudación, que digamos.

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¡¡Calla, vieja!! – le instó el otro hombre, más cuadriculado que redondo – ¡¡Será mejor que dejes de hablar y nos des todo lo que tengas!!

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¿Es una amenaza? ¡¡Pues claro que lo es, imbécil!! – gritó el hombre obeso, apuntándola con su pistola. Jim contempló la escena, alarmado. Había dejado su espada en la cocina, y poco podría hacer contra alguien armado. Y encima, por su comportamiento, aquella cocinera parecía querer llevarse un tiro.

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Sinceramente, – siguió Whoopi – dudo que sepáis como disparar un arma. ¿¡Serás!? – el hombre la encañonó con más rabia. ¿Por qué no les enseñas como se dispara un arma, Michael?

Al oír el nombre, Jim reparó en el hombre que acababa de entrar en el local, a la espalda de los dos atracadores. Aunque había entrado con disimulo, no era alguien que fuera a pasar desapercibido. Vestía un traje blanco bastante hortera, con mangas y pantalones en forma de campana, y flecos en ambos. Enseñaba gran parte del pecho, cubierto de una amplia aunque bien acicalada mata de pelo. Y su cabellera era frondosa y algo rizada. Un pelo salvaje y alborotado. Unas pequeñas gafas de sol redondeadas y sin patillas le cubrían los ojos. Y su cabeza se ladeaba rítmicamente ante el sonido del aparato que se ceñía a la cabeza, cubriéndole los oídos. Jim también notó que su piel era particularmente morena, casi del color del café con leche. OK – respondió el tal Michael, con un acento que el capitán pirata no había oído en su vida. Antes de que los dos atracadores se dieran la vuelta hacia él, ya los tenía encañonados con sendos revólveres – First rule sobre disparar guns. No se

disparan con threats, motherfuckers – el moreno apretó ambos gatillos, y los atracadores cayeron muertos en el acto. Joven, – la cocinera se giró hacia Jim – me temo que te toca limpiar. S-Sí – asintió él, que todavía estaba sorprendido ante la escena – ¿E-Ese es tu hijo? Así es – sonrió Whoopi. Se apoyó en el hombro de este, quién, valga decirlo, era más alto que ambos piratas – Os presento a… …Michael Gunpowder – saludó él mismo – That’s me! ¡El mejor bailarín de Mirrorball, bro!

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece”, del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

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