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LITERATURA ESPAÑOLA MEDIEVAL

LITERATURA ESPAÑOLA MEDIEVAL

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Como ya indicamos, con la invasión de la
Península por los árabes
en el año 711 y la
derrota y muerte del último rey godo, el
legendario don Rodrigo, se inicia un nuevo
periodo en que la fisonomía social, política y
cultural del antiguo reino visigodo de Hispania
cambia de manera radical. Mientras en el norte
se constituyen condados o reinos cristianos
embrionarios, que con grandes dificultades

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Las glosas silenses y emilianenses, de finales del siglo X, eran anotaciones al margen, escritas en
castellano, algunas de ellas en vascuence, apuntadas por los frailes en los márgenes de sendos códices
latinos conservados en los monasterios de Silos (Burgos) y San Millán de la Cogolla (La Rioja).

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resisten al invasor, el resto del territorio, que genéricamente se denominará Al-Andalus,
pasa a formar parte de un emirato árabe con capital en Córdoba, que en un primer
momento dependía de Damasco, en el año 773 fue transformado en emirato
independiente por Abderramán I, y en Califato por Abderramán III el año 929.
Con la derrota y muerte del temible caudillo Almanzor, en el año 1002, se inicia la
decadencia del Califato de Córdoba, la desmembración de la España árabe en reinos
independientes, llamados reinos de taifas, y la consolidación y avance hacia el sur de
los reinos cristianos
, que extienden sus fronteras hasta los ríos Ebro y Tajo2

, haciendo
frente desde finales del siglo XI a una nueva invasión musulmana, la de los almorávides,
procedente del Magreb.

A mediados del siglo XII otra
invasión llegada de África, la de los
almohades, pone en peligro la
seguridad de los reinos cristianos de
la Península, que a partir de entonces
refuerzan sus alianzas para hacer
frente al enemigo común. Fruto de
esa unión fue la victoria de las armas
cristianas en la batalla de las Navas
de Tolosa (1212)
, acontecimiento
militar decisivo que acabó con el
peligro almohade
y dejó abierto el
paso para la conquista de Andalucía
y Levante
. En los años siguientes
Fernando III de Castilla ocupa
Córdoba (1236), Jaén (1246) y
Sevilla (1248), y Jaime I de Aragón,
Mallorca (1229), el resto de las
Baleares y Valencia (1239). La
conquista, e incorporación a Castilla,
del reino de Murcia y de los territorios del estrecho (la actual provincia de Cádiz)
durante los años siguientes, completan esta etapa de expansión y consolidan las
fronteras.

Cuando la Edad Media toca a su fin, a partir del siglo XIV, existen en la Península

cinco estados o reinos independientes

con unos límites, unas instituciones y
unos órganos de poder bien definidos.
Son el Reino de Portugal; la Corona
de Castilla, que en el siglo XV inicia su
expansión por el Atlántico con la
conquista de las Canarias; el Reino de
Navarra; el Reino de Granada, único
territorio de la Península que sigue
dominado por los árabes, y cuya
incorporación a la Corona de Castilla
concluye en 1492; y la Corona de
Aragón, que ampliará sus dominios e
influencia en el Mediterráneo con la

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Ocupación de Toledo por Alfonso VI de Castilla el año 1085, de Lisboa por Alfonso I de Portugal en
1147, de Zaragoza por Alfonso I el Batallador, rey de Navarra y Aragón, en 1118.

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ocupación del reino de Nápoles y las islas de Cerdeña y de Sicilia.
Las fronteras parecen haberse consolidado, podría reinar la paz, y sin embargo, desde
finales del siglo XIII, y especialmente tras la subida al trono de Pedro I (1350-1369) de
Castilla, son constantes en este reino los conflictos dinásticos, las disensiones civiles,
las luchas entre las facciones nobiliarias y entre éstas y el favorito del rey, los
enfrentamientos entre las familias más influyentes de la nobleza y el propio monarca.
Tal situación, que tratamos con detalle en los párrafos siguientes, se prolonga hasta
finales del siglo XV, cuando, tras el matrimonio de los Reyes Católicos, Isabel I de
Castilla (1474-1504) y Fernando II (1479-1516) de Aragón, los monarcas doblegan a la
nobleza e imponen su autoridad.
Para situar la literatura medieval en su contexto adecuado, conviene conocer, aunque
sólo sea de manera general, tanto la situación política interna del Reino de Castilla
como su relación con los reinos vecinos durante el periodo bajomedieval.
Como ya indicamos, a finales del siglo XII la Península se encuentra dividida en
varios reinos, cristianos y musulmanes, entre los cuales destaca Castilla por su mayor
extensión y su mayor peso demográfico y político. Sin embargo, tal primacía tuvo sus
altibajos hasta la época de Alfonso VIII (1158-1214), durante cuyo reinado se
consolida el poder de los reinos cristianos frente al Islam.
Alfonso VIII accedió al trono en 1158 a la muerte de su padre, cuando contaba tan
sólo tres años de edad, y durante su minoría de edad se originó una sangrienta rivalidad
entre los partidos nobiliarios que se disputaban el poder y pretendían su tutela y la
regencia, que también reivindicaba su tío, el rey de León, Fernando II. Esta rivalidad
fue aprovechada por el rey de Navarra, Sancho VI, para ocupar La Rioja.
Desde su adolescencia, Alfonso se ve obligado a guerrear para mantener a raya a sus
enemigos interiores, dominar a la nobleza levantisca, recuperar la Rioja, rechazar a los
almohades y establecer acuerdos de paz con los demás reinos cristianos. Así, en 1179
firma con el monarca de Aragón Alfonso II el Tratado de Cazorla, que delimitará las
zonas de expansión de cada reino, y aunque será derrotado por los almohades en la
batalla de Alarcos (1195), la coalición y el esfuerzo conjunto de los reinos cristianos
conducen a la victoria de las Navas de Tolosa (1212), que representa el fin de la
amenaza almohade.

Alfonso VIII se casó con Leonor Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra y
Leonor de Aquitania. En el plano político el matrimonio servía para apoyar los intereses
económicos castellanos en el Atlántico y respaldaba a Castilla frente a Navarra; en el
plano cultural, suponía traer hasta la nueva patria la cultura francesa en la que se había
educado la reina Leonor. En cuanto a los apoyos internos, Alfonso VIII contaba con el
respaldo de los religiosos y la nobleza: los primeros eran los grandes obispos y
arzobispos del reino, entre otros el toledano Rodrigo Jiménez de Rada; los nobles,
menos fiables, pertenecían a los grandes linajes, por lo que los reyes debían aprovechar
rivalidades e incompatibilidades para desarrollar su poder en la forma más autónoma
posible.

Tras la abdicación de Enrique II (1214-1217), sube al trono Fernando III, durante
cuyo reinado (1217-1252) el reino de Castilla se consolida y amplía mediante su unión
con el reino de León y la expansión hacia el sur. Después de su matrimonio con Beatriz
de Suabia (1219), Fernando se dedicó preferentemente a dirigir las campañas militares
contra los árabes, en que combinó hábilmente las acciones diplomáticas con
beneficiosas intervenciones bélicas en que aprovechó las discordias existentes en los
distintos reinos musulmanes. Como ya vimos, en los años siguientes ocupó Córdoba
(1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248), y en 1243 convirtió el reino de Murcia en un
protectorado de la Corona de Castilla. A la muerte de Alfonso IX, en 1230, heredó la
corona de León; y con su consuegro, el rey Jaime I de Aragón, estableció las fronteras

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definitivas entre ambos reinos mediante el Tratado de Almizra (1244). Las nuevas
tierras conquistadas fueron repartidas entre las órdenes militares, la Iglesia y los nobles,
lo que dio lugar a la formación de grandes latifundios.
A Fernando le sucede en el trono Alfonso X (1252-1284), de cuya extensa actividad
literaria y cultural nos ocuparemos en el apartado 6.1.2. Aunque durante su reinado
quedan incorporados definitivamente a la Corona de Castilla el Reino de Murcia y los
territorios de Niebla (Huelva) y Cádiz, la política exterior del periodo fue poco
fructífera, especialmente por el frustrado empeño del rey en ser elegido emperador del
Sacro Imperio Romano-Germánico, título al que tenía derecho por ser descendiente de
la casa reinante de Staufen por parte de su madre, si bien la empresa no le acarreó más
que gastos y preocupaciones.
En el último decenio de su vida, además de ver fracasadas de forma definitiva sus
aspiraciones imperiales, Alfonso X tiene que hacer frente a la sublevación de los nobles
en 1272, y al problema sucesorio abierto tras la muerte de su heredero, el infante don
Fernando, en 1275. Según el derecho tradicional castellano, a la muerte del rey el trono
debía de pasar al segundogénito, Sancho; mientras que, de acuerdo con la doctrina legal
romanizante aceptada en las Partidos, ese derecho les correspondía a los infantes de la
Cerda, hijos del fallecido Fernando. Para imponer sus derechos, Sancho, el
segundogénito, se sublevó contra el rey con el apoyo de la nobleza, el alto clero y los
concejos. Todo ello llevará a Alfonso X a recluirse en Sevilla, desde donde buscará el
apoyo de los benimerines marroquíes, sin que le sirva para recuperar el poder. En 1282
el rey será depuesto por Sancho en unas cortes reunidas en Valladolid. En respuesta a
este acto, Alfonso dicta testamento desheredando a su hijo. Más tarde se harán las paces
entre padre e hijo, pero a su muerte, ocurrida en Sevilla el 4 de abril de 1284, el
problema sucesorio quedaba pendiente y no se solucionaría hasta bastante tiempo
después.

Sancho IV (1284-1295), que se había alzado como rey sin respetar la voluntad de su
padre, fue coronado en Toledo en el año 1284. Fue reconocido por la mayoría de los
pueblos y de los nobles, pero se tuvo que enfrentar a un grupo bastante numeroso de
partidarios de los infantes de la Cerda, que reclamaban el acatamiento del testamento
citado, lo cual provocó una guerra civil que se prologó durante casi todo su reinado.
Finalmente, en 1292, el rey logra la paz interior y la concordia en sus alianzas
internacionales con Francia y Aragón, aunque disfrutará poco de estos logros, pues
murió en 1295, dejando como heredero a su hijo Fernando.
Cuando Fernando IV (1295-1312) sucedió a su padre sólo tenía nueve años, por lo
que, hasta su mayoría de edad (1301) ejerció como regente su madre, María de Molina,
en medio de enormes dificultades. A Fernando se le había proclamado rey en Toledo en
1295, con numerosa representación de los tres estamentos de León y de Castilla, pero
este acto no fue sino el comienzo de unos años turbulentos en que no cesaron las
intrigas y las luchas por el poder por parte de ciertos sectores de la nobleza y de los
hijos del infante don Fernando de la Cerda, que no habían renunciado a sus pretensiones
a ocupar el trono. A los conflictos internos vinieron a añadirse diversos litigios con los
reyes de Aragón, Portugal y Francia. Durante catorce años se desató una gran anarquía
contra la que luchó con bastante tino la reina regente, mujer muy sabia y de gran
inteligencia y dominio político, que logró contener los desafueros y mantener en el
trono a Fernando.

A Fernando le sucedió su hijo, Alfonso XI (1312-1350), que accedió al trono cuando
sólo contaba un año de edad, por lo que durante su minoridad volvió a ejercer la
regencia su abuela, María de Molina, que falleció en 1321. El reinado de Alfonso XI
será uno de los de más significativo en toda la Edad Media castellana, entre otras
razones porque el monarca consiguió contener al poder nobiliario, crecido durante las

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sucesivas minorías de edad. Por esta razón le veremos enfrentándose, entre otros, con el
infante don Juan Manuel, cuya obra estudiaremos en el apartado 6.2.3. Además, durante
su reinado consiguió llevar los límites del reino de Castilla hasta el Estrecho de
Gibraltar tras la importante victoria en la batalla del Salado en 1340 y la conquista de
Reino de Algeciras en 1344.
Mientras que el reinado de Alfonso XI trajo estabilidad y grandeza, durante el del rey
Pedro I (1350-1369), al que unos llamaron Pedro el Cruel y otros Pedro el Justiciero,
Castilla vuelve a desgarrarse por culpa de la discordia civil.
El reinado de Pedro I estuvo presidido por la grave crisis castellana de mediados del
siglo XIV, originada por la peste negra y las malas cosechas, y por una guerra civil casi
permanente. Desde que inició su reinado, Pedro se erigió en defensor de los intereses
económico-sociales de la incipiente burguesía de la época –los judíos conversos, los
concejos castellanos y los comerciantes andaluces–, y en partidario de la primacía de la
autoridad real sobre los privilegios nobiliarios y la potestad feudal, por lo que tuvo que
hacer frente a la nobleza agraria, apoyada por la corona catalano-aragonesa, que temía
una posible hegemonía comercial de los castellanos en el Mediterráneo occidental.
En 1353 tuvo lugar la primera sublevación nobiliaria, acaudillada por el infante
Enrique de Trastámara, hermano bastardo del rey, que fue derrotado y hubo de exiliarse
en Francia, desde donde reorganizó una nueva ofensiva contra don Pedro. Enrique y el
partido nobiliario pronto contaron con la alianza aragonesa, y Pedro I con la de Navarra,
Granada y Portugal. El conflicto se convirtió desde 1357 en un aspecto más de la guerra
de los Cien Años que enfrentaba a Inglaterra y Francia. Mientras el rey de Inglaterra
apoyaba a Pedro I –con el que había firmado el tratado de Londres en 1362–, el rey de
Francia, que deseaba instalar en Castilla a un monarca que le proporcionara los auxilios
navales necesarios para la ofensiva contra los ingleses, decidió apoyar a la aristocracia
castellana reunida en torno a Enrique. La guerra se desarrolló con intervalos pacíficos
de escasa importancia y concluyó en 1369. En ese año Pedro I, que ya no contaba con la
ayuda inglesa, fue derrotado en Montiel y conducido con engaños a la tienda del
caudillo de los mercenarios franceses, Bertrand du Guesclin, donde lo asesinó su propio
hermanastro, Enrique de Trastámara, que le sucedió en el trono de Castilla.
Antes de ver consolidado su poder, Enrique II (1369-1379) tuvo que derrotar a dos
aspirantes al trono: Fernando I de Portugal, biznieto de Sancho IV de Castilla, y Juan de
Gante, duque de Lancaster, casado con la infanta Constanza, hija de Pedro I. Para
afianzarse en el trono, Enrique hubo de recompensar de manera generosa a los nobles
que le habían apoyado en sus pretensiones, por lo que se le conoce como Enrique “el de
las mercedes”, aunque también supo defender los intereses de Castilla en el exterior. En
política interior inició la reconstrucción del reino, protegió a los judíos que él mismo
había perseguido en la guerra civil, aceleró la transformación de la administración regia
y convocó numerosas cortes.
A Enrique le sucedió en el trono su hijo, Juan I (1379-1390), cuyo breve reinado se
caracterizó por el fortalecimiento de las relaciones exteriores del reino de Castilla.
Según vimos antes, Enrique de Trastámara ya había contado con la ayuda de Aragón en
la guerra que mantuvo con su hermano Pedro. Juan I, por su parte, se casó con Leonor
de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso, con lo que el segundo hijo del
matrimonio, Fernando de Antequera, pasó a ocupar el trono aragonés desde 1412, en
cumplimiento del acuerdo adoptado por los representantes del reino, conocido como el
Compromiso de Caspe. Juan I también continuó la alianza con Francia, a la que siguió
apoyando en su lucha contra Inglaterra durante la llamada Guerra de los Cien años.
La política exterior de Juan I es inseparable de los conflictos internos, que se
arrastraban desde la época de Pedro I. Las hijas de éste último, Constanza e Isabel, se
habían casado con los duques de Lancaster y de York, hijos del rey Eduardo III de

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Inglaterra. Con estas uniones, y considerándose, como lo eran, herederas legítimas de
Pedro I, reclamaban el trono de Castilla. En 1388 el litigio se solventó con el
matrimonio de Enrique, heredero de Juan I, y Catalina, hija de Constanza, a quienes se
les otorgó la condición de Príncipes de Asturias por el acuerdo de Bayona. Así quedaron
unidas las dos ramas sucesorias de Alfonso XI y se instauró el título que a partir de
entonces ostentará el heredero de la corona de Castilla.
Enrique III (1390-1406), al que se llamó “el doliente” por su delicada salud, ostentó
el título de Príncipe de Asturias tras su matrimonio con Catalina de Lancaster, según
vimos en el párrafo anterior. Asumió el poder efectivo en agosto de 1393, a la edad de
trece años, después de un tumultuoso período de cambios en la regencia. Pudo pacificar
a la nobleza y restaurar el poder real, derogó algunos de los privilegios concedidos a los
nobles por las Cortes, impulsó la figura de los corregidores en las ciudades, saneó la
economía del Reino y controló las persecuciones contra los judíos, promulgando varios
edictos contra la violencia, que había sido particularmente grave en 1391. Durante su
reinado, la flota castellana obtuvo varias victorias contra los ingleses, y en 1402
comenzó la colonización de las Islas Canarias, a las que envió al explorador francés
Jean de Béthencourt.

Durante el reinado de Juan II de Castilla (1406-1454) ejerció un poder omnímodo
el maestre de la orden de Santiago, don Álvaro de Luna, privado y consejero del rey,
con lo que se abre un nuevo periodo de luchas y disensiones civiles. En el partido
opuesto militaban los hijos de Fernando I de Aragón (1412-1416), don Juan y don
Enrique de Antequera, primos de Juan II y enemigos irreconciliables de don Álvaro. El
hecho más grave de este enfrentamiento fue la batalla de Olmedo (1445), en que murió
el infante de Aragón don Enrique. Los nobles consiguieron finalmente derrocar a don
Álvaro, que fue detenido y ejecutado en Valladolid en 1453.
Durante el reinado de Enrique IV (1454-1474) la situación se agravó. Frente al rey y
su valido, don Beltrán de la Cueva, se levantó el partido nobiliario encabezado por don
Juan de Pacheco, primer marqués de Villena y maestre de Santiago, muerto en 1474, y
don Pedro Girón, maestre de la orden de Calatrava, muerto en 1466. El rey fue
destronado en efigie en 1465, en la llamada farsa de Ávila, y sus enemigos coronaron a
su hermano Alfonso, que entonces sólo tenía once años, y que murió al cabo de poco
tiempo, en 1468.

Enrique IV había nombrado Princesa de Asturias y heredera del trono a su hermana
Isabel (Tratado de Toros de Guisando, 1468), con lo que su hija Juana, llamada “la
Beltraneja” por considerársela hija de don Beltrán de la Cueva, quedaba desheredada, si
bien al cabo de dos años, en 1470, el monarca revocó su decisión y reconoció
nuevamente a Juana sus derechos. En tales circunstancias, a la muerte del rey Enrique,
en 1474, se desató en Castilla una guerra civil en que se vieron implicados los otros
reinos vecinos, y en que lo que estaba en juego no era sólo la sucesión al trono, sino
también la política de alianzas de Castilla con vistas a la futura unión de los reinos
peninsulares. En ella se enfrentaron de un lado los partidarios de Isabel, apoyados por
su esposo, Fernando II de Aragón, y de otro los de la princesa Juana, que contaban con
la decidida ayuda de Portugal, cuyo rey, Alfonso V (1438-1477), se había casado con
Juana en 1475. La derrota de los portugueses y juanistas en la batalla de Toro (1476)
decidió el curso de la guerra, que concluyó con el Tratado de Alcáçovas (1479), por el
que el Reino de Portugal y los partidarios Juana reconocían a Isabel y Fernando como
reyes de Castilla.

Durante el reinado de Isabel I de Castilla (1474-1504) y Fernando II (1479-1516)
de Aragón, además de la unión de las dos coronas, tienen lugar acontecimientos
fundamentales, entre los que destacaron la conquista del Reino de Granada y su
incorporación a la Corona de Castilla (1492), la llegada de Cristóbal Colón a América

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(1492), la ocupación definitiva de las Islas Canarias, que concluye en 1496, la anexión
del Reino de Navarra (1512). En política exterior destacan el Tratado de Tordesillas
(1494), por el que se delimitaban las áreas de influencia, y futura conquista, de Castilla
y Portugal en el Nuevo Mundo; y las campañas de Italia, iniciadas en 1494, que
concluirán con la incorporación del reino de Nápoles a la Monarquía Española.
En política interior, aunque los nobles ven respetados y confirmados sus privilegios
estamentales y dominios señoriales, los reyes imponen su autoridad sobre la nobleza
levantisca, que a partir de entonces quedará sometida a la Corona. La autoridad real se
ve reforzada con la consolidación de un ejército profesional permanente, una
administración centralizada y un cuerpo de orden público denominado la Santa
Hermandad. Frente a las minorías religiosas, los monarcas adoptan una actitud
intransigente, presidida por la idea de la unidad religiosa. Las consecuencias más
conocidas de esta política fueron los intentos de obligar a los musulmanes a renunciar a
su religión, lengua y costumbres; el establecimiento de la Inquisición (1478), la
expulsión de los judíos (1492).

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