PALABRAS teñidas de CAFÉ

Por Alexander Marroquín - alxmarroquin@gmail.com

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Con el vientre recordando dolosamente aquellas frases crueles con las que la noche pasada se golpeó a quien se quiere. Su mirada cálida y envuelta en el amor desconocido, el misterioso sentir que solo los ángeles practican. Y claro, sus tibias lágrimas que por orgullo no rebosaron la inocencia de sus párpados son peores a las tempestades de llantos menores y escandalosos que llenan de falsos sentires los devenires de nuestras cortas vidas. Sentado al frente de un tibio café, viendo a través de él los acontecimientos que la humanidad latente en medio de mi pecho materializa de cuando en vez. Encerrado en recuerdos como el necio que no asimila la verdad, no he aprendido en realidad. La servilleta sobre mi mesa grita que un pequeño infante demuestra ser más sabio al convertir con un par de pliegues una hoja de papel en una nave voladora, tan sencillo es ver el mundo con buenos ojos pero simplemente nos oponemos. Mi hoja de papel suele ser difícil de plegar, irregularmente y sin darme cuenta, en contadas ocasiones y sin necesidad de planos me sorprendo al ver cuán alto puedes volar si te entregas a la vida de manera simple. A pesar de todo, cuando al parecer logro salir de órbita mi terquedad vuelve a sumergirme en mi humana realidad y de nuevo se me hacen invisibles las alas de los ángeles que me acompañan. Con dolor mi vientre me impugna el predicado de todos mis años, el mismo que a diario olvido. La realidad deseada que siempre está a mi lado y esquivo tontamente. Florece el infante que se esconde en mi estómago y no se ha retirado, recrimina mis faltas a su atención y se enerva por mi hipocresía. Es a ese pequeño a quien debo regresar, son sus ojos los que debo utilizar y su mente la que debo cultivar.

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