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Renovación interna 18 abril 2008

Hoy viernes se cumple un mes ya desde que me operaron


de emergencia del apéndice. Y durante todos estos días he
podido observar los cambios que se han ido dando en mí.
Lo primero fue el hecho de enfrentarme ante la posibilidad
de morir. Típico en mí, dejé mil instrucciones a mi amado
esposo por si llego a faltar. La operación fue bastante
traumática, por mil razones, sufrí mucho y me sentí
profundamente humillada y profanada.
Pero, gracias a Dios, salí con vida de tan terrible y
angustiante experiencia. Al principio me dediqué a percibir
las sensaciones físicas, el dolor, los cambios que tenía que
hacer YA en mi alimentación, así como en mis hábitos de
sueño.
Leo esto y me río involuntariamente pues son las 3.30
de la madrugada. Siempre escribo mejor cuando todos
duermen. Las ideas bullen en mi interior y no me permiten
descansar.
La primera semana estuve muy enfocada en mi
malestar físico, sobre todo en el dolor y en las náuseas. Las
visitas me agobiaban, de drenaban.
La segunda semana me di permiso de analizar
qué estaba cambiando dentro de mí y me percaté de
muchas cosas, muy importantes y valiosas, que tal vez ya
sabía, pero que por vez primera tomo en serio.
Para empezar empecé a valorar la vida desde un
ángulo muy diferente, quiero gritar al cielo cuán agradecida
estoy por cada segundo de vida, quiero hacer locuras sin
importarme más el “qué dirán”, quiero dejar viejos tabúes
que me han atado desde la infancia y que me han impedido
crecer en el aspecto emocional. Ahora le digo a los seres
que quiero, amigos y familiares cuánto los amo y cuán
valiosos son en mi vida. No me siento sola ya, me siento
amada, cuidada, protegida por tanta gente…
También viví en carne propia el síndrome de
abstinencia de los medicamentos que suelo tomar para que
mis estados de ánimo estén bajo control. Definitivamente
los necesito y he vuelto a tomarlos, pues mi vida se estaba
volviendo nuevamente una “montaña rusa” emocional,
para susto, temor y dolor de quienes me rodean.
Pero creo que la parte más importante de esta
“renovación interna” es comenzar a poner límites sanos,
para no permitir que algunas personas me puedan seguir
lastimando en mi vida. Hasta ahorita me doy cuenta de que
YO lo he permitido, nadie tiene autoridad sobre mi dolor o
mi placer más que yo, y de mí depende seguirlo tolerando.
Y con lo siguiente voy a desnudar mi alma: desde muy
pequeña crecí bajo el mando de un padre por demás
estricto, autoritario, cambiante, colérico… generoso y
dadivoso por demás. Durante 38 años de mi vida mendigué
migajas de amor, de aprobación, de caricias y de ternura…
38 años, sin cansarme jamás, soportando humillaciones y
dolores emocionales, una escasa autoestima.
Un día antes de su muerte recibí un beso en la frente y
escuché las palabras tan anheladas: “te quiero hija”. De
modo que cuando murió, al día siguiente, quedamos en
paz.
“Curiosamente” me casé con un modelito idéntico a mi
padre, un joven frío, distante, incapaz de demostrar ningún
tipo de afecto o ternura. Y durante 9 años morí en vida.
Finalmente nos separamos y cuál va siendo mi sorpresa
al encontrar que el mismo patrón de conducta se había
perpetuado en la sangre de mi amada hija. Los mismos
rasgos, el mismo distanciamiento, la incapacidad de
mostrarse vulnerable, su alejamiento de mí. Y cómo ya era
mi costumbre me dediqué a “sufrir” de nueva cuenta
durante 21 largos años. Pero ahora, después de que Dios
me regaló vida nueva, pienso hacer algo mucho mejor con
ella. De mí depende establecer los límites sanos, para que
sus comentarios ya no me lastimen, en mis manos está el
poder de sentirme herida y juzgada, rechazada tantas
veces.
Esta operación ha traído solamente cosas buenas,
pues me estoy cuidando ya en todos los terrenos de mi
vida, y me siento agradecida y orgullosa por estarlo
logrando.
No daré pie a que la depresión se apodere de mí, a
que un comentario dicho en un mal momento me tire en
cama sollozando, ni que la falta de sus besos y abrazos me
hagan sentir devaluada. Tengo un esposo amante, un hijo
que es mi orgullo y una nieta que es mi sol. Si mi hija se
niega a formar parte de esta vivencia de amor poco puedo
hacer por ella. Me resta esperar a que llegue el día en que
madure y ella misma deje de sufrir.
Mientras tanto yo estoy renovada, con el corazón
pleno de amor y energía para dar, para recibir, para
convertir mi existencia en un círculo perfecto de amor.
¡Bienvenidos sean a mi nueva vida!