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La soberanía de los Estados ha quedado fuertemente cuestionada
bajo el impacto de la globalización. Mas debemos tener presente que la
noción de soberanía no puede considerarse en términos absolutos.

La soberanía de los Estados a lo largo de la historia ha sido bastante
relativizada, ya sea por el ejercicio de que ha sido objeto por parte de los
gobiernos, que en muchos casos no la hicieron prevalecer debidamente,
-gobiernos entreguistas-, como por las características del escenario
internacional en que interactúan los Estados en diferentes épocas.

Nos estamos refiriendo al hecho de que la existencia de estados con
diferentes niveles de poder económico, político y militar, ha determinado
generalmente balances de poder en los que unos Estados sometieron a
otros a relaciones de dependencia.

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Así, durante la época de la guerra fría, el mundo se encontraba
dividido en dos grandes bloques bajo el liderazgo respectivo de la URSS y
de los Estados Unidos y la soberanía de los estados se encontraba
subordinada a los factores ideológicos. En el campo capitalista, los Estados
Unidos aplicaban mecanismos de intervención para impedir las “fugas”,
como en los casos del derrocamiento del gobierno nacionalista de Jacobo
Arbenz en 1954 en Guatemala, de Salvador Allende en 1973 y del
movimiento Nueva Joya en Granada, por sólo citar algunos ejemplos
relevantes.

Pero incluso, dentro del campo socialista, en países que realizaban
proyectos avanzados de justicia social, la soberanía nacional quedó
supeditada para los países del Este a la necesidad de la conservación del
sistema, lo que pudo apreciarse en Hungría 1956 y Checoslovaquia, 1968.
Y de modo más dramático en la sujeción umbilical de aquellos regímenes
al modelo soviético de desarrollo, impidiendo alternativas nacionales.

En este caso, la globalización lo que ha hecho es destacar un
problema que venía presentándose antes, básicamente por la
internacionalización de las relaciones de producción capitalistas, afectando
sobre todo a los países subdesarrollados.

En el caso de México, los problemas de su soberanía ya no implicaron,
como en el siglo XIX, serias amenazas territoriales e intervenciones
militares, pero sí intervenciones de otro tipo.

Aquí vale retomar las apreciaciones del notable historiador Eric
Hobsbawn, quien al referirse a los vínculos de México con Estados Unidos
traía a colación una famosa frase de Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos
de Dios y tan cerca de Estados Unidos “.

Efectivamente, sobre la actuación soberana del Estado mexicano

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gravita poderosamente el peso de la cercanía geográfica y los intereses de
los Estados Unidos.

Para Eric Hobsbawn

“...lo que pase en México es políticamente de gran interés en
Washington, y el gobierno norteamericano intervendrá en una
u otra forma, pero específicamente, ¿de qué forma?. No
invadirían, pero intervendrían económicamente.” (14)

Esa presión intervencionista ha estado y estará presente en los
marcos de la actuación exterior y aún interior de México. También
determinadas medidas de corte doméstico en los Estados Unidos lesionan
los intereses del Estado mexicano o de sus nacionales, como las leyes
sobre inmigración.

Volviendo al contexto de la intensificación de los procesos de
globalización, estamos asistiendo a un fuerte y múltiple cuestionamiento
de la viabilidad histórica de los estados nacionales y a un debilitamiento
real de los mismos. La soberanía como atributo que define al Estado ha
sido uno de los principales elementos de su integridad tradicional
afectados.

En épocas anteriores se producían intervenciones y muchos Estados
tenían limitada de modo permanente su soberanía. Pero formalmente se
les reconocía tal. Hoy, al contrario, se le cuestiona, en un espectro de
opiniones que va desde quienes sostienen la idea de la obsolescencia total
del Estado y la necesidad de suprimirlo, (Gingrich, speaker de la Cámara
baja del Congreso de los Estados Unidos y su “Contrato con América”),
hasta los que, reconociendo los imperativos actuales, hablan de su
redimensionamiento, ya sea en beneficio del propio Estado o del orden
transnacional. Es importante precisar que el cuestionamiento a la

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viabilidad de los Estados parte de la creencia ideológica neoliberal según la
cual los controles estatales son contrarios a la libertad individual.

El investigador Francisco Javier Peñas se ha referido al hecho de que
los principios fundamentales del Derecho Internacional: la soberanía, la
libre determinación y la no intervención están siendo fuertemente
cuestionados, señalando en particular, la contradicción entre soberanía y
libre determinación, la degradación de la no intervención y la
subordinación de la independencia a otros principios de las relaciones
internacionales, lo que ha puesto en cuestión la propia vigencia del
Derecho internacional.

En este sentido, ha afirmado que:

"Sería quizás demasiado pronto para abandonar una teoría de las
relaciones internacionales y un derecho internacional
basados en la primacía del Estado y de la soberanía. No hay
todavía claridad, pero no sería de extrañar que los Estados,
sobre todo los poderosos, en la busqueda de la estabilidad y
en la defensa de esa su cultura, se vieran tentados de
revisar los principios que han fundamentado la sociedad
internacional durante siglos".(15)

No obstante, de algún modo está ocurriendo la erosión de esos principios. Así,
el Dr. Silvio Baró ha llamado la atención sobre el hecho de que en las Naciones
Unidas, so pretexto de los derechos humanos, se ha cuestionado la soberanía y
defendido el “derecho” de intervención, bajo el argumento de que la problemática de
los derechos humanos borra las fronteras entre lo interno y lo externo.

Este tipo de posición se ve un tanto respaldada por la conflictividad en
el Tercer Mundo, que propicia la aparición de un sedicente derecho de
intervención, bajo la fórmula de intervenciones humanitarias.

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Nos encontramos, entonces, - escribe el Dr. Baró - , en el
momento en que se desarrollan las argumentaciones dirigidas
a justificar las condiciones en que se podría desarrollar una
intervención humanitaria. En tal sentido, ya se enuncian las
siguientes: (a) violación grave de los derechos humanos
fundamentales, (b) situación de urgencia y necesidad de
actuar, (c) agotamiento de otros medios de protección, (d)
proporcionalidad entre el uso de la fuerza y los objetivos
perseguidos, (e) carácter limitado de la operación en el tiempo
y en el espacio, y (f) información inmediata de la operación al
Consejo de Seguridad.” (16)

En este sentido habrá que continuar el debate, internacional, a fin de
evitar su entronización con las peores consecuencias para el Tercer Mundo.

Se habla también de la presunta desaparición de los Estados, pero, ya
son muy pocos los defensores a ultranza de la desaparición próxima de los
Estados. Es una idea que no resiste un análisis serio si se mira la realidad
actual, donde son muchos los Estados y aún las nacionalidades que
reivindican su existencia independiente. Entre tanto, la idea de la
sustitución de los Estados por un gobierno mundial sigue siendo prematura
y sumamente improbable por la ausencia de entidades internacionales o
supranacionales suficientemente representativas y capaces de asumir esa
función, pese a que se habla ya de un protoestado mundial representado
por el FMI, BM, OTAN, G-7 y otras entidades del mismo corte.

La ONU, enfrascada en un proceso de reforma que ya es
indispensable, no acaba de adoptar mecanismos suficientemente
democráticos y se encuentra sumida en el debate de intereses
particulares, especialmente de las grandes potencias en torno a derecho al
veto y prerrogativas globales.

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Existen otros organismos internacionales con poder económico y
político suficiente como para ejercer como actores políticos independientes
con autoridad supranacional, como los arriba citados: FMI, BM, etc., pero
ligados profundamente a los intereses de los Estados Unidos y otras
grandes potencias, son incapaces de realizar una política mundial
verdaderamente constructiva.

Con todo, se ha producido un relativo debilitamiento de los Estados,
debido fundamentalmente a la transnacionalización económica, que
dificulta el control de las economías nacionales y las relaciones con otros
países, que pasan a ser controladas por las CTN.

Vista del modo que se analiza en el primer capítulo, la globalización
ejerce una influencia cardinal sobre la soberanía al afectar el
funcionamiento de los Estados en su conjunto. Dicha influencia se verifica
desde dos puntos de referencia: desde el proceso objetivo de
transformaciones mundiales y desde las políticas que impulsa el
capitalismo central, de actual sentido neoliberal.

Conviene precisar que globalización y neoliberalismo son dos
fenómenos diferentes. La globalización es un proceso objetivo fruto de un
alto nivel de liberalismo económico, internacionalización de los flujos y
acelerada revolución científico – técnica, entre otros factores. Entre tanto,
el liberalismo es un pensamiento político y económico, también una praxis,
que aprovechando el proceso objetivo de la globalización, intenta imponer
un discurso que pregona la libertad absoluta - del mercado – como ideal
de realización de las aspiraciones de los individuos y las naciones, pero
que en el fondo responde a los intereses del capitalismo central.

A su vez, la globalización en razón de sus orígenes, ejerce un
novedoso impacto sobre el principio de la soberanía de los Estados.

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Aunque estos referentes tienden a aparecer unidos, intentaremos un
análisis separado. En primer término, la globalización como fenómeno
objetivo afecta la soberanía desde dentro y desde afuera por aquellas
fuerzas, (CTN de diferente índole, medios de comunicación, nuevos actores
como los grupos ecologistas), que insertados al interior de un estado o
desde afuera, tienden a operar globalmente. El ejemplo más socorrido que
puede emplearse es el de Internet, la cual viabiliza un flujo de información
que generalmente escapa al control de los Estados. Por esta vía puede
entrar, - junto con valiosa información científica, comercial o cultural -, otro
tipo de información no deseable referidas a la pornografía, redes de
prostitución, narcotráfico o neofascismo.

También a través de ella pueden concertarse convenios comerciales
que podrían eludir regulaciones nacionales. Por estas y otras razones está
surgiendo una nueva rama del derecho: el Derecho Informático.

Este ejemplo también nos sirve para ilustrar la conjugación de los dos
referentes arriba mencionados: siendo Internet un producto de alta
tecnología generado en los países industrializados, - concretamente
Estados Unidos -, se corre el peligro de un nuevo tipo de dependencia: que
los países subdesarrollados se vean obligados a aceptar las normas de
gestión informática originadas en los centros de poder y también tengan
que adquirir de ellos, - como ya ocurre -, hard y software. Un síntoma de lo
anterior ya está vigente: la obligación de los usuarios de Internet de
mantenerse on line (en línea) aún cuando no estén utilizando los servicios
de la red de redes. Ello no sólo representa gastos adicionales en equipo y
energía, sino principalmente el peligro de que cualquier intruso pueda
penetrar las bases de datos. De ahí la necesidad de que los países
subdesarrollados diseñen sus propias redes y las normas de vinculación
con el exterior. La TV por satélite y la inmediatez de la información es otra
vía de insospechable poder de influencia, no sólo cultural sino también

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política al interior de los estados.

El otro punto de referencia, el de la globalización dirigida, es decir,
neoliberal, desde el punto de vista de las relaciones internacionales se
expresa en la actuación de los países industrializados, directamente o a
través de organismos multilaterales para introducirse en la política interior
o exterior de los Estados y modelarla a su conveniencia. Esto se aprecia en
un definido fundamento teórico, y en propuestas concretas acerca de la
reforma del Estado en sí y en sus relaciones interiores y exteriores,
aprovechando el curso objetivo de la globalización.

En el plano teórico, el neoliberalismo predica el abandono de las
concepciones noekeynesianas y el “retorno al individuo” como sujeto
político, lo que significa a la renuncia al estado benefactor, es decir, al
estado que se preocupaba por cierta estabilidad, aplicando políticas
sociales y que regulaba las relaciones económicas estimulando la inversión
y redistribuyendo, hasta cierto punto, la riqueza social.

El nuevo estado, según la concepción neoliberal, deberá rediseñarse y
asumir el mercado como elemento determinante, autorregulador de todos
los vínculos: económicos, políticos, culturales; mediante el abandono
paulatino de sus funciones tradicionales, en un proceso que se ha dado en
llamar, desregulación.

En este mismo sentido, lesivo del concepto tradicional de soberanía
operan las tendencias que pretenden un cambio en la correlación entre lo
público y lo privado al interior de los Estados, a favor de este último,
considerando lo privado más apto para promover la globalización.

Sin embargo, antes de analizar algunos elementos de la reforma del
Estado, debemos subrayar dos cuestiones cardinales que restan
credibilidad y coherencia al proyecto neoliberal.

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En primer lugar, el “retorno al individuo” como sujeto representa un
mito, en tanto que el capitalismo contemporáneo, basado en la vigente ley
de acumulación capitalista, ha dado lugar a un contexto en el que
predominan las corporaciones transnacionales, que hacen nulas las
posibilidades de la libre actuación de los individuos, aparte del hecho de
presentar al individuo como un ente abstracto, aislado de comunidades
más amplias.

En segundo lugar, aunque se pregona el abandono de la intervención
del Estado en la economía, es precisamente el Estado el que aplica una
activa política intervencionista, desreguladora, que como tal acentúa la
influencia del Estado en el rumbo de las naciones.

Tanto los ideólogos neoliberales como otros disímiles representantes
del pensamiento político contemporáneo, desde la derecha hasta la
izquierda, coinciden en afirmar que en las condiciones de la globalización,
el Estado no será más que lo que hasta ahora ha sido.

En lo atinente a su soberanía, que en el fondo es la condición sine
qua non de su existencia, los principales planteamientos giran en torno a
su presunta obsolescencia. Este planteamiento tiene que ver tanto con la
creciente interdependencia de las naciones como con el problema global
de la gobernabilidad y estabilidad de la sociedad transnacionalizada.

Partiendo del núcleo duro de la teoría noeliberal, es el mercado y no el
Estado el gran regulador social, por lo tanto la noción de soberanía se le
subordina, apareciendo una fuerte tendencia a debilitar y aún
desacreditar la autoridad de los estados, tanto en el orden interno como el
externo. Así lo afirman los autores del libro Globalizacion y Conflicto:
Cuba – Estados Unidos
:

“El discurso político liberal y las acciones que emanan de los

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centros están orientados a instaurar en el sistema
internacional los mecanismos que aseguren que los estados del
Sur se conduzcan acorde con las directrices trazadas, para lo
cual tratan de desacreditar – en nombre de la modernidad -,
principios que deben regir las relaciones internacionales, como
son, la soberanía, la autodeterminación, la no intervención....”
(17)

Aquí cabe subrayar con los autores, que no es únicamente mediante el
discurso político, sino que ya se emprenden acciones en esta dirección, lo
que se aprecia en el intento de imponer su modelo de organización política
y de derechos “en clara intención de homogeneizar los comportamientos
políticos de los Estados” (18)

Se trata de debilitar por numerosas vías la soberanía, ya sea
mediante órganos supranacionales o de mecanismos de monitoreo. Estas
vías están constituyendo ya un gran riesgo para la soberanía de los
Estados, pues se ha comenzado a utilizar a la ONU como instrumento para
legitimar las nuevas concepciones y prácticas, que tienden a concentrar el
poder económico y político del mundo en manos de un pequeño número
de países lidereados por Estados Unidos, recurriendo a nuevos conceptos,
(enunciados en su momento por el ex – Secretario General de la ONU,
Boutros Ghali), como los de “soberanía limitada”, “diplomacia preventiva”,
“mantenimiento y construcción de la paz”, ”intervención humanitaria”,
“restablecimiento de la democracia”, todos ellos concatenados en sendos
proyectos denominados Un programa para la paz y un programa para
el desarrollo
, publicados en 1992 como documentos oficiales de las
Naciones Unidas.

Boutros Galhi desarrolló toda una teoría en torno a la idea de la
“soberanía limitada”. Reivindicó el derecho de la comunidad internacional,

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a través de las Naciones Unidas a intervenir en los asuntos internos de los
Estados en caso de presuntas violaciones de los derechos humanos por
Estados no basados en principios democráticos o por actos que hicieran
peligrar la paz y seguridad internacionales.

Concibió la “diplomacia preventiva” como la capacidad de la ONU
para tomar medidas de presión sobre Estados transgresores, y la
“intervención humanitaria” como recurso definitivo para imponer
militarmente a dichos supuestos transgresores.

El “restablecimiento de la democracia” y el “mantenimiento y
construcción de la paz” equivaldrían a la intervención en los asuntos
internos de un Estado una vez suprimida la situación anterior (guerra civil,
guerra local, dictadura) para moldear las estructuras económicas y
políticas acordes a lo que la ONU pudiera entender como satisfactorio.

Ello implicaría en la situación actual, la imposición de los criterios de
las grandes potencias y de sus intereses geopolíticos, amén de pisotear la
soberanía de los Estados del Tercer Mundo, quienes quedarían a expensas
de lo que decidieran las grandes potencias y consagraría el derecho de
intervención y con él la muerte de la soberanía.

Fue este un precedente muy importante relacionado con el
cuestionamiento de la soberanía nacional. Y aunque no se le haya
aprobado como política oficial de la ONU, El espíritu de sus
planteamientos ha estado presente en las intervenciones contra Haití,
Somalia y otros Estados.

Frente a estas nuevas tendencias el mundo subdesarrollado se
encuentra inerme, pues comportan generalmente el uso de la fuerza, con
sanciones económicas, presiones políticas e intervención militar.

La existencia o surgimiento de situaciones de crisis, donde los

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derechos de los ciudadanos de un Estado son violados, justifica en cierta
medida la adopción de decisiones internacionales. Sin embargo, hasta
ahora, la experiencia ha demostrado que la comunidad internacional no
puede, - carece de fuerza -, para enfrentar estas situaciones; son en la
práctica los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, y
particularmente Estados Unidos, quienes intervienen y deciden, por
encima de la comunidad internacional y de los derechos soberanos de los
Estados.

En el fondo de este tipo de enfoque a la soberanía, subyace el
problema de la gobernabilidad del sistema internacional. Se pretende
imponer la “soberanía limitada” en aras de crear un mundo estable para
los intereses de las grandes potencias, que son los mismos que los de las
transnacionales. Pero además de ceder soberanía, y ante la acumulación
de un conjunto de problemas globales, (sociales, medioambientales), se
esgrime la tesis de la corresponsabilidad de los estados, o sea que todos,
desarrollados y subdesarrollados tienen igual responsablidad por los
problemas del medio ambiente, tráfico de drogas, etc., de lo que se deriva
que los países subdesarrollados tendrían que hacer un esfuerzo semejante,
- que significa mayor en términos económicos -, en la solución de
problemas que ha generado el mundo industrializado.

Muy maltrecha queda la soberanía de los países subdesarrollados
cuando se habla de igualdad soberana, por cuanto esta viene a expresarse
en proporción al poder económico, de modo que el concepto
interdependencia, objetivamente necesario, tiende a ser mediatizado por
la capacidad del Estado para ejercer sus derechos frente a otros más
poderosos, lo que genera asimetrías en convenios de apariencia
mutuamente ventajosos y equitativos.

El presidente Fidel Castro, en su intervención televisiva posterior a la

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visita del Papa a Cuba se refirió ampliamente al tema:

... los Estados desaparecerán, es decir, los Estados nacionales
creados en un período de la historia desaparecerán. Están
desapareciendo ya, es un parto difícil, pero están
desapareciendo. La soberanía de los Estados venía
desapareciendo ya como una secuela inevitable de la
hegemonía del imperialismo norteamericano, del mundo
unipolar, del orden y las instituciones que ellos han
establecido, que merman y erosionan cada vez más la
independencia de los Estados y de los países, en primer lugar
de los medianos y pequeños. (19)

A su modo de ver, los Estados nacionales desaparecerán como una ley
natural de la historia para dar lugar a “una sola familia humana”, lo que se
ajusta a la concepción marxista del progreso social. Esto, consideramos, es
un proceso de larga duración, y Fidel lo tiene en cuenta, para afirmar que
se acelera con la globalización:

“ Vemos multiplicarse las comunicaciones de todo tipo, la
velocidad de esas comunicaciones: aéreas, marítimas y
terrestres, electrónicas, telefónicas, radiales, televisivas, las
cuales van ejerciendo una influencia enorme en los
acontecimientos.” (20)

Añade que estos fenómenos están ligados a los avances de la ciencia
y la técnica y al desarrollo caótico y desordenado de la civilización
humana, para afirmar que el mundo del porvenir no puede ser ese mundo
egoísta, irracional e insostenible que se nos anuncia, porque es necesario
hacerle frente al neoliberalismo, oponiéndole resueltamente la solidaridad,
-“la globalización de la solidaridad” -, y el reparto equitativo de los bienes
que crea el hombre.

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Desde la óptica del mundo subdesarrollado, los procesos vividos en la
actual década evidencian un serio deterioro de la soberanía de los Estados,
principalmente a causa de imposiciones exteriores, generalmente
vinculadas a la necesidad de ajustarse a determinados cánones
económicos y políticos, en aras de acceder a una relación aparentemente
equitativa con el mundo industrializado. Sin embargo, esta relación resulta
asimétrica: igualdad soberana aparente, apertura a las transnacionales
que ahogan a los productores nacionales y extraen las riquezas del país.

Esta situación amenaza con convertir a los Estados periféricos en
meros instrumentos de una política global generada en los países del
capitalismo central. Ciertamente, es necesario abrirse al mundo, aceptar la
interdependencia, asumir colectivamente la solución de los problemas
globales, pero sin perder de vista las necesidades y proyectos de cada
nación.

La soberanía no desaparecerá a corto o mediano plazo, pero sí
cambiará la forma de su expresión y realización; tendrá que
redimensionarse. La independencia debe conservarse en los nuevos
marcos de la interdependencia creciente. Interdependencia no debe
significar renuncia a la soberanía, sino cesión convenida y mútuamente
beneficiosa de espacios de soberanía, con la garantía de una retribución
real y no engañosa, como la que representan a veces, convenios de
apariencia equitativa. Ello depende en gran medida de la voluntad de las
fuerzas gobernantes, que deben realmente expresar la voluntad general de
la nación, porque, en el orden de las relaciones económicas, los conceptos
de autonomía en las decisiones son enterrados bajo el peso de la creciente
interdependencia, que debe entenderse literalmente cuando se habla de
naciones con un nivel económico semejante, pero cuando se refiere a
naciones del Norte y del Sur, esta interdependencia suele ser asimétrica,
con el gran riesgo de convertirse en dependencia.

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Las contradicciones Estado nacional – CTN.

La
transnacionalización económica ha conducido a la apertura de los
mercados, el libre comercio, el flujo internacional de capitales, la creación
de zonas de libre comercio, la eliminación de barreras arancelarias y
administrativas al comercio internacional, la integración en bloques
económicos, el libre flujo de mercancías, servicios y capitales, el amplio
uso del dinero electrónico, todo ello con el subsecuente fortalecimiento de
las CTN, que se han convertido en émulos del Estado.

Las funciones soberanas del Estado, principalmente en el terreno
económico, pero también en el político, se han visto subsumidas en los
nuevos mecanismos de la economía globalizada. El Estado ha perdido, - o
ha cedido – potestades en materia de aranceles, movimiento de capitales,
control de cambios, reglamentación a la inversión extranjera, lo que ha
sido asumido por los grandes mercados financieros, monetarios, bursátiles
y comerciales, que tienden a unificarse por encima de los Estados.

El capital internacional en forma de CTNs y de “organismos
multilaterales” tipo FMI, ha encontrado su propia “soberanía”. Es libre de
moverse internacionalmente, elige al Estado en que invierte, salta las
fronteras nacionales y emigra en cuestión de minutos hacia mercados más
prometedores. Cuando un país no ofrece condiciones “atractivas” para la
inversión, el capital puede bloquearlo, retirar las inversiones existentes o
incluso ocasionarle dificultades comerciales y financieras, y el Estado no
puede evitarlo: ha perdido el control sobre buena parte de su economía y
de su capacidad para diseñar políticas económicas independientes al ser
menoscabada externamente su soberanía, y también por la imposibilidad
de encarar proyectos de desarrollo aislados del contexto internacional.

Las facultades de gobierno sobre la economía han ido a parar a los
directivos de las CTN, que son las que planifican la industria y el comercio

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a nivel mundial y toman decisiones que en la práctica resultan de
obligatorio cumplimiento para todos.

Un ejemplo muy revelador de estas realidades es lo ocurrido a un país
de una solidéz económica indudable como Suecia: las empresas Volvo y
Ericson amenazaron con invertir 50 mil millones de coronas fuera de
Suecia si el país no se integra a la Unión Europea. “¿Qué podemos hacer?,
-dijo Lars Anell, embajador ante la UE-, “Suecia necesita a Ericson,
Ericson no necesita a Suecia.” (21)

Así, el poder del Estado está siendo suplantado por la planificación y
operación de las CTN, que bien articuladas entre sí disponen en las cosas
económicas y con frecuencia, también políticas.

Pero el conflicto no puede considerarse concluido, ni mucho menos
que el Estado desaparecerá o perderá totalmente sus atribuciones. En
primer lugar, porque, como sostiene Eric Hobsbawn, “...la creación de una
economía mundial neoliberal sin el Estado sólo puede alcanzarse a través
del Estado.” (22)

Es decir, que es el propio Estado el que impulsa las políticas
neoliberales desde una posición fuerte, prácticamente sin contrarresto; es
él mismo quien renuncia a la intervención en la economía, aunque para el
Tercer Mundo funcione más como imposición externa; pero de todos
modos, es el Estado quien dirige esos cambios.

Y en segundo lugar, porque las CTN necesitan de un marco político
donde actuar, un marco que establezca garantías legales, estabilidad y
orden social. Y esto lo puede crear y mantener sólo el Estado. Es
sobradamente conocido que en países donde se producen crisis políticas,
guerras civiles o inoperancia del Estado, las transnacionales no invierten.

De modo que las contradicciones Estado-CTN tienen un límite: el de

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la gobernabilidad. Mientras no exista otra forma de regulación política,
jurídica y administrativa, digamos, un gobierno mundial, el Estado no está
amenazado ni en su existencia ni en el ejercicio de determinados aspectos
de su soberanía.

Como sostienen notables personalidades del mundo científico, entre
ellos Eric Hobsbawn y Noam Chomski, las soberanías nacionales no
desaparecerán, tampoco las nacionalidades. Ocurrirá un
redimensionamiento necesario, porque incluso las CTN necesitan los
marcos legales y de estabilidad que sólo garantizan los Estados.

Se impone la necesidad de que los estados del Tercer Mundo ejerzan
un control efectivo de sus recursos naturales, que se implementen políticas
distributivas más equitativas, y a nivel político, la fortaleza de Estado y la
búsqueda de la unidad, mediante agrupaciones de estados con intereses
semejantes para enfrentar las relaciones asimétricas.

Hará falta tambiém una política interna mundial que aborde los
problemas globales de la agenda tercermundista, especialmente los
derivados de la transnacionalización económica.

La soberanía podrá asumir las consecuencias de la interdependencia
en le medida en que los mutuos condicionamientos no afecten los
intereses nacionales de los respectivos actores, lo que implica la reforma
de todo el orden internacional vigente.

C.- Efectos de la globalizacion sobre la soberania mexicana.

Es sabido que después de la Segunda Guerra Mundial el principal reto
para la soberanía mexicana ha sido la penetración económica,
particularmente norteamericana. Con la globalización dicha penetración se
intensifica, amenazando con subsumirla en un espacio económico, - y
político -, transnacionalizado, gobernado por las CTN y los organismos

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multilaterales como el FMI y el Banco Mundial, tras los que se encuentran
ineluctablemente, los intereses de los Estados Unidos.

Sin embargo, México viene a ocupar un lugar privilegiado dentro de la
estrategia de los Estados Unidos hacia América Latina en la postguerra
fría. México es objeto de mayores atenciones y “privilegios” de parte de los
Estados Unidos. Pero, desafortunadamente, no principalmente en función
de los intereses mexicanos.

Nuestra posición geográfica nos hace perfectamente elegibles en
términos de oportunidades y otorgamiento de prioridades. La cercanía a un
gran centro de poder es el primer elemento que facilita el interés de los
inversionistas, con los alicientes adicionales de los bajos costos de
producción, (salarios más bajos, materias primas más baratas, menores
gastos en transportación) y las facilidades de todo tipo otorgadas por el
Estado.

Pero aún más importante es el hecho de que Estados Unidos aplica
una política de Estado deliberada hacia México, en el sentido de otorgarle
esas prioridades, pues quiere convertirlo en la gran barrera que absorba
todos los efectos negativos de una mayor polarización mundial de las
riquezas y sirva para contener las presiones migratorias y de otro tipo
provenientes del Sur.

De modo que el papel hegemónico que se abroga Estados Unidos no
sólo en el Continente, sino en el ámbito mundial, coloca a México en una
posición intermedia, solamente beneficiosa para los Estados Unidos.

La rápida intervención de los Estados Unidos y los organismos
financieros multilaterales para salvar a nuestro país de la bancarrota
financiera en 1994, es un indicador suficiente para demostrar el interés de
los Estados Unidos por su estabilidad. Este tipo de intervención a su vez

51

compromete aún más a los gobernantes mexicanos con los Estados Unidos
y revela el carácter profundamente asimétrico de esta relación.

El agotamiento y crisis del modelo desarrollista existente en México en
décadas anteriores determinó la necesidad de formular un modelo
alternativo de desarrollo que a la vez permitiera al país insertarse en la
economía globalizada a partir de que sólo mediante esa inserción en esos
procesos mundiales es posible acceder al desarrollo.

La materialización de estos propósitos vino a concretarse con la
apertura al exterior y la adopción de fórmulas noeliberales. Es sumamente
importante subrayar que este rumbo no fue el resultado de una proyección
de las perspectivas nacionales hacia la situación exterior, sino más bien
consecuencia, de una parte, de la imposición de estas políticas por el FMI y
el Banco Mundial, y de otra, por la simpatía de la clase política y
empresarial del patio hacia las potencias económicas, particularmente
Estados Unidos. No se adoptó un proyecto consensuado que tuviera en
cuenta las aspiraciones nacionales sino los intereses de los grupos de
poder económico, aunque se presentó el proyecto, - en sintonía con el
discurso neoliberal internacional -, como la vía maestra del desarrollo,
como el único camino para garantizar progreso y bienestar a todos los
ciudadanos. Este discurso también se articuló con el de la Revolución
Mexicana: soberanía, progreso, bienestar.

En su introducción al libro La Sociedad Global, el destacado
politólogo mexicano Luis Javier Garrido, sostiene que desde los años ´50
un grupo de políticos e intelectuales que sólo tenían en común el hecho de
encontrarse al servicio de los grandes consorcios, - denominado Grupo
Mont Pèlerin -, se dio a la tarea de instrumentar un nuevo proyecto cuyo
objetivo esencial era ponerle fin, en nombre del mercado, a la intervención
estatal en la economía. Según Garrido, formaron parte de este grupo los

52

mexicanos Antonio Ortíz Mena, dos veces secretario de Hacienda y su
cuñado, el secretario de Industria y Comercio; Raúl Salinas Lozano, padre
de Carlos Salinas de Gortari, quien sería el principal impulsor del
neoliberalismo en México.

En este contexto se habla entonces de una “nueva política” del
capitalismo central hacia el Tercer Mundo que en la práctica será el “nuevo
injerencismo”, aunque de “nuevo” no tenga otra cosa que el cambio de
los paradigmas en que se basa: ya no interesa el control territorial ni la
injerencia militar como instrumentos principales, basta el control
económico y parcialmente político para asegurar los intereses de las
grandes potencias y de las CTN.

Todo el proceso de reformas que de manera accidentada transcurre
en México en los últimos años, está permeado por esos dos grandes
factores exteriores que desde los centros capitalistas se promueven: es el
mercado y no el Estado el regulador social por excelencia; y la fórmula
homogenizadora democracia-multipartidismo-derechos humanos, que
pueden interpretarse como

“...acciones de presión que éstas, (las potencias centrales),
realizan con vistas a debilitar a los Estados nacionales o
adecuarlos en función de los intereses de la globalización.” (23)

Estas motivaciones externas han sido determinantes del proceso de
reforma del Estado en México, que en sus diferentes vertientes busca
adecuar el país a los acondicionamientos externos en lo económico,
político y social. (Consultar al respecto epígrafe dedicado a este tema.)

Creemos legítima la readecuación o redimensionamiento del Estado
para adaptarse a las condiciones de la globalización: pero este proceso
pierde legitimidad cuando se realiza, como es el caso, soberanía pretexto

53

del progreso nacional, cuando en realidad responde a intereses foráneos.

La inserción de México en el TLC es otro elemento que subvierte la
soberanía. Se inscribe en las tendencias del capitalismo central hacia la
creación de entidades supranacionales que suplanten el papel del Estado,
en este caso en el orden económico comercial, pero con profundas
repercusiones políticas, al privar al Estado de la capacidad para
instrumentar políticas independientes.

Aunque en el discurso político las autoridades siempre se han
manifestado por el control soberano de los recursos de la nación y del
ejercicio de su capacidad política, tal como establece la Constitución, en la
práctica, con la instrumentación de las políticas neoliberales y con el TLC,
especialmente al abrir aún más el país a la inversión extranjera, se ha
intensificado la cesión del control de los recursos naturales y humanos. Su
explotación se revierte en beneficios para las transnacionales y muy pocos
para el país. Subsecuentemente, cede soberanía en dos planos: al
renunciar en la práctica al control de esos recursos y al permitir su
explotación intensiva e indiscriminada por entidades extranjeras. Y un
elemento fundamental: el Estado, o sus representantes, abdican
voluntariamente a su prerrogativa de ejercer la capacidad decisoria,
cediéndola a terceros. Muy sintomático es, por ejemplo, el proceso de
reforma a la ley sobre los sindicatos, actualmente en curso, que, como se
reconoce públicamente está condicionado por los compromisos asumidos
en el Tratado de Libre Comercio.

El TLC supone para México una interdependencia asimétrica respecto
a sus socios, económicamente mucho más poderosos. Aún duplicándose
en breve tiempo el PNB de México, no alcanzaría a ser suficiente para
elevar su capacidad negociadora, puesto que en un lapso semejante, la
economía de sus socios también se habría duplicado.

54

Otra consecuencia del Tratado de Libre Comercio que debilita a México
en sumo grado es que condiciona sus relaciones con terceros países, pese
a que se afirme lo contrario. Y en este contexto, por sus compromisos
crecientes con el Norte, tiende a verse imposibilitado de realizar una
política común con otros países subdesarrollados para promover la agenda
tercermundista. La disyuntiva a esta cuestión aparece reflejada en una
reciente intervención de la secretaria de Relaciones Exteriores ante la
Asamblea General de la ONU, donde abogó por la búsqueda de soluciones
multilaterales a los problemas derivados de la globalización, como el
“efecto dominó” de la crisis asiática, en lo que se revela un lenguaje, si
bien realista, más contemporizador que reivindicativo, al asociar las
inevitables ayudas que una crisis implica, con los costos que se derivan
para los donantes.

La inserción de México en los procesos globalizadores, por las
características que asume, puede crear situaciones impredecibles para el
país. El mencionado “efecto dominó” de la crisis financiera asiática es una
de las consecuencias negativas de la interdependencia en las condiciones
de libre acción de las fuerzas del mercado y un elemento de riesgo que
pende sobre la economía mexicana.

En otro plano, la revolución científico-técnica contemporánea,
originada en los países del capitalismo central, modifica totalmente las
perspectivas del futuro. La posesión de determinados recursos naturales y
energéticos ya no es garantía absoluta o suficiente del desarrollo: se
imponen las nuevas tecnologías y los nuevos materiales, el dominio de las
mismas y del know how, que dan lugar a una industria totalmente
diferente de la actual, convirtiendo a nuestra actual planta industrial en
parcialmente obsoleta.

Por último, pero no menos importante, si afirmamos con Marx que la

55

política es la expresión concentrada de la economía, y sostenemos que el
poder político en México es un poder oligárquico, cuando el poder
económico va trasladándose al control transnacional, el poder político no
puede menos que gravitar ineluctablemente en esa dirección, hacia la
conversión del Estado en un “Estado gerente” (Chomski), sin fines, mero
intermediario entre el productor y el verdadero dueño: las CTN.

Si entendemos por soberanía, en primer lugar la soberanía económica
y política, bajo este punto de vista se impone la lucha de los sectores cada
vez más marginalizados en defensa de la soberanía nacional, que es
condición primaria, básica, no sólo de la preservación de nuestra identidad
nacional, también de nuestro derecho y de nuestras esperanzas de
desarrollo.

Como puede observarse, hemos venido analizando los problemas
vinculados a la soberanía desde sus vertientes económicas y políticas
principalmente. No intentamos un estudio exhaustivo desde el punto de
vista del Derecho, - aunque en momentos se aborda -, porque en la política
de poder contemporánea el Derecho ocupa un lugar secundario: se ha
impuesto el pragmatismo, la lucha de intereses. Y el Derecho se interpreta,
- o se manipula -, según las conveniencias de los actores.

D.- La crisis del contrato social: la reforma del estado.

Como se indicó en el epígrafe anterior, el Estado mexicano busca
adecuar el país a condicionamientos externos, y en este sentido se inserta
el problema de la reforma del Estado.

Los múltiples efectos que produce la globalización y los
condicionamientos que trazan las políticas neoliberales han puesto en serio
cuestionamiento al Estado en sus funciones tradicionales. Se necesita
adecuarlo para que no sea un obstáculo a los flujos de la globalización y

56

también se imponen generalmente desde el exterior políticas neoliberales
encaminadas a minimizar su papel. En esta relación causal queda
implicada la soberanía, en el sentido de un serio cuestionamiento, lo que
sugiere la necesidad de abordar el curso actual de la reforma del Estado en
México en relación a su impacto sobre la soberanía.

El “contrato social” vigente en México se configuró tras la Revolución
de 1910. En las décadas inmediatamente posteriores se consolidó el
estado post-revolucionario mediante la unión política de las organizaciones
obreras con el partido oficial y los grupos empresariales. La Reforma
Agraria, la expropiación petrolera y el modelo de desarrollo capitalista
instrumentado fueron pivotes fundamentales de este consenso.

Un papel relevante correspondió al sindicalismo mexicano, que aceptó
integrarse al bloque de poder, contribuyendo a la estabilidad, al absorber
la disconformidad social. Como contrapartida a ese apoyo sindical, el
Estado adoptó medidas de premio, como la creación del Instituto Mexicano
del Seguro Social, IMSS, en 1943 y el Instituto de Seguridad y Servios
Sociales para Trabajadores del Estado, ISSSTE, en 1960. De esta forma se
creó una complementariedad objetiva entre el Estado y los sindicatos, no
exenta de complicidades y compromisos con patronos y funcionarios.

“La atipicidad del sistema político mexicano, - escribe José
Miguel Candía -, se explica en gran parte, por la persistencia
que adquirió la subordinación de las dirigencias obreras y de
otros grupos sociales populares a los dictados y
condicionamientos que se originan desde el Estado”. (24)

De otra parte, sustentaba esta situación, la sustitución de las clases
rentistas por una burguesía de nuevo tipo, moderna, que creció al amparo
del estado interventor y proteccionista promotor de la industrialización.

57

La estabilidad lograda estuvo basada en la legitimidad y
representatividad del Estado surgido de la guerra civil, en la misma medida
en que rompía con las rígidas estructuras de poder heredadas del
colonialismo, en los planos económico, político y social, a niveles mucho
más radicales que en la mayoría de los países latinoamericanos.

La “revolución institucionalizada” dio lugar en México a un Estado de
tipo corporativo, fuertemente centralizador y “asistencial”, con alta
capacidad decisoria en los asuntos interiores y exteriores.

Pero el compromiso histórico fundado en el régimen de monopolio
político del PRI, con el tiempo se ha tornado obsoleto. El cambio de las
condiciones económicas y la reorientación de las políticas
gubernamentales cuestionan el sistema de alianzas que permitieron aquel
consenso, imponiéndose ahora el reto de formular nuevas reglas del juego.

La aparición pública en 1994 del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional ha sido una clara demostración de esta necesidad.

Los cambios iniciados a mediados de los años ´80 con las medidas de
ajuste y la reformulación del modelo de desarrollo, marcaron una nueva
etapa totalmente diferente de lo que había caracterizado al México post-
revolucionario.

Comenzaron a abandonarse el modelo de industrialización sustitutiva,
el protecionismo y las políticas del ”welfare state”.

La reforma del Estado viene a insertarse en los procesos globales: la
expansión del modelo neoliberal, y los cambios en el clima político
nacional e internacional.

Colocado entre los extremos del “welfare state” y el “laissez faire”, la
reforma del Estado es un proceso que opta por el último extremo,

58

encarando las facetas económica, política y social.

Para Alejadro Lambreton, la reforma del Estado en México

“ ... es la piedra de toque para poder alcanzar plenamente la
modernidad y el desarrollo...Resulta vital, porque nuestro país
ha estado inmerso en una crisis recurrente desde 1982,
generada en parte por los excesos populistas de la década
previa, pero también por las inconsistencias de un
neoliberalismo que en los últimos dos sexenios puso
demasiado énfasis en la apertura hacia fuera y muy poco en la
equidad hacia adentro.”. (25)

Esta es una apreciación muy justa, aunque planteada en términos de
expectativas. El autor, con una gran dosis de utopismo plantea una
reforma que conduzca al bienestar de toda la sociedad, cuando en la
práctica se está viendo que en su esencia el nuevo proyecto estratégico
está destinado a lograr una inserción funcional de nuestro país en el
mundo transnacionalizado y en función de las clases y sectores
dominantes.

Pero una cuestión cardinal sobresale dentro del discurso oficial: la
necesidad de reconstruir la legitimidad del poder, fundar un nuevo
contrato social acorde con las tendencias mundiales en boga, teniendo
muy en cuenta que el Estado se desliga cada vez más de los compromisos
sociales (empleo, seguridad social), que estuvieron en la base del
consenso anterior y que la apertura económica y privatizacion, (incluso de
funciones del Estado), está significando una creciente marginalización de
importantes sectores sociales.

El elemento principal de la reforma del Estado es hoy la reforma
política. El monopolio del poder por el PRI es seriamente cuestionado y hay

59

quienes suponen que la democracia mexicana se perfecionaría si se
lograra la alternancia de partidos, lo que en el contexto actual del estado
corporativo es poco menos que imposible, por el control que a nivel del
Estado y de la sociedad aún conserva el PRI.

Ante estos retos, la dirigencia del PRI se ha propuesto “refundar” al
Partido, cambiando la ideología del “nacionalimo revolucionario” por el
“liberalismo social”, transfiriendo a los ciudadanos los mecanismos de
participación y selección de candidatos para mantener el poder con base
en la alianza histórica con el pueblo mexicano. Gustavo Gordillo,
subsecretario de Reforma Agraria lo resumió así:

“Una de las grandes apuestas del proyecto modernizador es
lograr transitar del corporativismo estatal, caracterizado por la
supeditación de las fuerzas sociales a un corporativismo
societal”. (26)

Los demás partidos, especialmente el PRD fundan su proyecto más en
el combate a la línea neoliberal oficial que en propuestas alternativas. Hay
aquí más lucha política que programas.

Las demás prioridades de la reforma política para el gobierno son, el
nuevo federalismo, fortalecimiento del poder legislativo, reforma electoral
y nueva relación Estado – indígenas. Son metas, además, la atenuación
del centralismo, frenar los vínculos clientelares en las relaciones
territoriales y descentralización administrativa.

¿Darán esas medidas mayor poder decisorio al pueblo? , en otros
términos, ¿Significarán la implementación de un ejercicio más democrático
del poder? El discurso oficial propone un mayor ejercicio de la soberanía
popular. Veamos.

El problema del federalismo radica en la necesida de que se canalicen

60

de manera más óptima, recursos suficientes a los estados y municipios,
pero también hace falta crear los mecanismos institucionales que
garanticen su uso eficiente. En algunos estados se ha reproducido una
especie de caudillismo, lo que determina la necesidad de superar estos
vicios, de modo que el freno a la influencia excesiva de los gobernadores
debe apoyarse en la creación de instancias que garanticen la distribución
de los presupuestos hasta las localidades.

Con referencia las comunidades indígenas, tradicionalmente la
relación con ellos, de signo “civilizatorio”, ha significado el ataque a sus
tradiciones y costumbres, bajo el criterio de que todos los ciudadanos son
iguales ante la ley. La cuestión central es hoy si se otorga o no, autonomía
a las comunidades indígenas, lo que puede significar, de una parte, el
respeto a sus costumbres, pero de otra, la exclusión social.

Con relación a la democracia directa, es decir, establecer los
mecanismos de consulta popular como el referendum y el plebiscito,
mediante una reforma constitucional, círculos oficiales opinan que este
derecho debe ser limitado por lo que denominan el “carácter voluble de la
opinión pública” y porque este sistema otorgaría derecho directo de
participación a los ciudadanos, suplantando el régimen de partidos y aún
las atribuciones del Congreso.

Aunque éstas objeciones son evidentemente exageradas, dejan
traslucir el temor que tiene la clase política de perder el control de la
sociedad, cosa que está muy lejos de lo posible.

Y un asunto de gran importancia es el de la reforma electoral, en lo
que se refiere a otorgar derecho al voto a los ciudadanos mexicanos en el
extranjero, que tiene que ver principalmente con los residentes en los
EE.UU. Existen algunas limitaciones como la imposibilidad de elaborar un
padrón confiable, los problemas del control de las propias elecciones y el

61

carácter extraterritorial que tendrían las decisiones que tomara cualquier
tribunal en la solución de un conflicto de este tipo. Es decir, los tribunales
mexicanos, en caso de conflicto, tendrían que pronunciarse sobre unas
elecciones realizadas dentro del territorio norteamericano, y,
eventualmente también las autoridades norteamericanas podrían verse
involucradas en la solución de problemas entre mexicanos.

Por último, en el plano social, asumiendo la heterogeneidad cultural
del país, se reconoce que las políticas culturales han entrado en un
proceso de franca declinación, esto es particulararmente válido en el plano
educativo y teniendo en cuenta la penetración, por via del consumo, de
valores culturales extranjeros. De aquí se ha inferido la necesidad de una
reforma educativa. Las ideas más recientes al respecto fueron formuladas
en el Plan Nacional de Desarrollo, 1995 – 2 000 del presidente Zedillo.
Partiendo de la necesidad de adecuar el sistema educativo a las demandas
del cambio y modernización del Estado, se plantea la modificación de los
contenidos de la enseñanza, mejorar la capacitación de los agentes
educativos y perfeccionar el apoyo didáctico con vistas a profundizar la
calidad de la enseñanza, en una sociedad donde la adaptación a los
procesos productivos cambiantes y a los retos de la apertura, constituyen
imperativos esenciales.

En este contexto se plantea la necesidad de formar cuadros
científicos y técnicos altamente calificados, que contribuyan a la formación
de los jóvenes, al desarrollo de investigaciones sobre la realidad nacional,
sobre los avances científicos internacionales, en la adecuación de las
nuevas tecnologías a la realidad nacional, al estudio de la cultura y las
artes, consideradas en el contexto de la soberanía nacional y del desarrollo
sustentable.

Sobre estos proyectos la psicóloga Mirta Bicecci señalaba el peligro

62

que se corre de “reducir el saber a las leyes de mercado, donde todo el
problema se reduce a un valor económico” (27)

El Estado es una institución necesaria para el desarrollo de las
potencialidades de la sociedad. El individuo y el Estado están ligados de
manera que sus intereses deben converger. A lo largo de la historia, la
convergencia del concepto jurídico de Estado con la noción sociológica de
nación dio lugar a la idea moderna del Estado nacional. Y por cuanto, a
través del Estado el individuo debería alcanzar sus fines más elevados, no
podría imponérsele límites a aquel para promover los intereses del
individuo, lo que dio lugar a la noción de soberanía del Estado.

Es así como toda reforma del Estado implica a la soberanía, en tanto
la política del Estado debe establecer un equilibrio entre soberanía y
libertad.

En un mundo caracterizado por una creciente interdependencia de las
naciones en los marcos de la globalización, cada país debe lograr un
balance entre la práctica de la acción estatal y los nuevos escenarios para
esa acción, de lo que se deriva la necesidad de reformas.

La reforma del Estado, en las vertientes analizadas, constituye la
preparación de México para la asimilación de nuevas formas productivas y
la apertura exterior.

Replanteando entonces la pregunta realizada más arriba, hemos de
reconocer que el conjunto de las reformas proyectadas ataca vicios y
limitaciones de todo el sistema institucional mexicano, pero no están
dirigidas, como se pretende, a garantizar el bienestar, la justicia y la
equidad. Una mayor participación del pueblo en los asuntos públicos busca
fomentar un nuevo consenso social que desligue al Estado de compromisos
asistenciales, a la vez que asegurar la gobernabilidad, uno de los

63

problemas básicos del mundo de hoy y exigencia de los grandes
inversionistas y acreedores. También hay que considerar los llamados a
ajustarse a las “normas” internacionales de democracia.

La reforma del Estado, en su conjunto, tiene importantes efectos para
el ejercicio de la soberanía. Muchas decisiones que se tomen a nivel local
pueden tener efectos nacionales y aún exteriores. En este orden, el
ejercicio de la soberanía, la capacidad de decisión a diferentes niveles de
la sociedad, puede asegurar su defensa, pero también que aquella se
diluya en regímenes de atribuciones.

La reforma, indudablemente afectará la capacidad del ejercicio
centralizado por el Estado de la soberanía. Pero es un reto que hay que
enfrentar, y diríamos, una forma nueva de rediseñar al Estado y a la propia
noción de soberanía. Sin embargo, ello entraña extraordinarios riesgos, no
por el hecho de que se vayan a democratizar las capacidades de decisión
sino, sobre todo, porque es el interés de los grupos políticos que en un
momento dado predominen aquí o allá, y en última instancia el interés
económico de los poderosos, el que con más probabilidades se impondrá.

La reforma del Estado es un proyecto de riesgo, pero no para los
grupos de poder, es un riesgo para el ejercicio de la voluntad soberana de
la nación en su conjunto, que solamente podria expresarse mediante un
régimen que realmente tuviera en cuenta las necesidades del pueblo y de
toda la nación. Pero para un consenso de este tipo se requeriría una
transformación radical, en la esencia y no en la forma, de la
institucionalidad actualmente vigente.

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