Taller de poesía – IES Ojos del Guadiana

1. la nostalgia 2. el miedo 3. el amor 4. el desamor 5. el descubrimiento 6. el viaje 7. la autoconciencia 8. realidad social 9. la muerte
El amor es tan lógico: Todas las contradicciones se vuelven condiciones y las proposiciones llegan antes que la lógica: Te quiero porque es así. Henrik Nordbrandt El amor es tan lógico

1. La nostalgia Antonio Machado A Palacio buen amigo Palacio, buen amigo, ¿está la primavera vistiendo ya las ramas de los chopos del río y los caminos? En la estepa del alto Duero, Primavera tarda, ¡pero es tan bella y dulce cuando llega!... ¿Tienen los viejos olmos algunas hojas nuevas? Aún las acacias estarán desnudas y nevados los montes de las sierras. ¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa, allá, en el cielo de Aragón, tan bella! ¿Hay zarzas florecidas entré las grises peñas, y blancas margaritas entre la fina hierba? Por esos campanarios ya habrán ido llegando las cigüeñas. Habrá trigales verdes, y mulas pardas en las sementeras, y labriegos que siembran los tardíos con las lluvias de abril. Ya las abejas libarán del tomillo y el romero. ¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas? Furtivos cazadores, los reclamos de la perdiz bajo las capas luengas, no faltarán. Palacio, buen amigo, ¿tienen ya ruiseñores las riberas? Con los primeros lirios y las primeras rosas de las huertas, en una tarde azul, sube al Espino, al alto Espino donde está su tierra...

2. el miedo MIEDO – R. Carver Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa. Miedo de quedarme dormido durante la noche. Miedo de no poder dormir. Miedo de que el pasado regrese. Miedo de que el presente tome vuelo. Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta. Miedo a las tormentas eléctricas. Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla. Miedo a los perros aunque me digan que no muerden. ¡Miedo a la ansiedad! Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto. Miedo de quedarme sin dinero. Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer. Miedo a los perfiles psicológicos. Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera. Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre. Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable. Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía. Miedo a la confusión. Miedo a que este día termine con una nota triste. Miedo a despertarme y ver que te has ido. Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado. Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo. Miedo a la muerte. Miedo a vivir demasiado tiempo.

Miedo a la muerte. Ya dije eso.

3. El Amor Pablo Neruda Cuando tus manos salen, amor, hacia las mías, ¿qué me traen volando? ¿por qué se detuvieron en mi boca, de pronto, por qué las reconozco como si entonces, antes, las hubiera tocado, como si antes de ser hubieran recorrido mi frente, mi cintura? 4. Su suavidad venía volando sobre el tiempo, sobre el mar, sobre el humo, sobre la primavera, y cuando tú pusiste tus manos en mi pecho, reconocí estas alas de paloma dorada, reconocí esa greda y ese color de trigo. 5. Los años de mi vida yo caminé buscándolas, subí las escaleras, crucé los arrecifes, me llevaron los trenes las aguas me trajeron, y en la piel de las uvas me pareció tocarte. La madera de pronto me trajo tu contacto, la almendra me anunciaba tu suavidad secreta, hasta que se cerraron tus manos en mi pecho y allí como dos olas terminaron su viaje.

4. el desamor La pasión – C. Peri Rossi Salimos del amor como de una catástrofe aérea Habíamos perdido la ropa los papeles a mí me faltaba un diente y a ti la noción del tiempo ¿Era un año largo como un siglo o un siglo corto como un día? Por los muebles por la casa despojos rotos: vasos fotos libros deshojados Éramos los sobrevivientes de un derrumbe de un volcán de las aguas arrebatadas y nos despedimos con la vaga sensación de haber sobrevivido aunque no sabíamos para qué.

Luis Cernuda EL VIENTO Y EL ALMA Con tal vehemencia el viento viene del mar, que sus sones elementales contagian el silencio de la noche. Solo en tu cama le escuchas insistente en los cristales tocar, llorando y llamando como perdido sin nadie. Mas no es él quien en desvelo te tiene, sino otra fuerza de que tu cuerpo es hoy cárcel, fue viento libre, y recuerda.

Luis Cernuda DONDE HABITE EL OLVIDO Donde habite el olvido, En los vastos jardines sin aurora; Donde yo sólo sea Memoria de una piedra sepultada entre ortigas Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. Donde mi nombre deje Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, Donde el deseo no exista. En esa gran región donde el amor, ángel terrible, No esconda como acero En mi pecho su ala, Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, Sometiendo a otra vida su vida, Sin más horizonte que otros ojos frente a frente. Donde penas y dichas no sean más que nombres, Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, Disuelto en niebla, ausencia, Ausencia leve como carne de niño. Allá, allá lejos; Donde habite el olvido.

Me he quedado sin pulso y sin aliento... – A. González Me he quedado sin pulso y sin aliento separado de ti. Cuando respiro, el aire se me vuelve en un suspiro y en polvo el corazón de desaliento. No es que sienta tu ausencia el sentimiento. Es que la siente el cuerpo. No te miro. No te puedo tocar por más que estiro los brazos como un ciego contra el viento.

Todo estaba detrás de tu figura. Ausente tú, detrás todo de nada, borroso yermo en el que desespero. Ya no tiene paisaje mi amargura. Prendida de tu ausencia mi mirada, contra todo me doy, ciego me hiero.

De tanto amarte y tanto no quererte – Luis Alberto de Cuenca De tanto amarte y tanto no quererte te has cansado de mí y de mis locuras y le has prendido fuego a nuestra historia. Tu ropa no perfuma ya la casa. No queda una palabra de cariño suspendida en el aire, ni una hebra de azabache en la almohada. Sólo flores secas entre las páginas del libro de nuestro amor, y cálices de angustia, y un delirio de sombras en la calle.

5. El descubrimiento

Si

- R. Kipling

Si puedes mantener la cabeza cuando todo a tu alrededor pierde la suya y por ello te culpan, si puedes confiar en ti cuando de ti todos dudan, pero admites también sus dudas; si puedes esperar sin cansarte en la espera, o ser mentido, no pagues con mentiras, o ser odiado, no des lugar al odio, y -aun- no parezcas demasiado bueno, ni demasiado sabio. Si puedes soñar -y no hacer de los sueños tu maestro, si puedes pensar -y no hacer de las ideas tu objetivo, si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre y tratar de la misma manera a los dos farsantes;

si puedes admitir la verdad que has dicho engañado por bribones que hacen trampas para tontos. O mirar las cosas que en tu vida has puesto, rotas, y agacharte y reconstruirlas con herramientas viejas. Si puedes arrinconar todas tus victorias y arriesgarlas por un golpe de suerte, y perder, y empezar de nuevo desde el principio y nunca decir nada de lo que has perdido; si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones para jugar tu turno tiempo después de que se hayan gastado. Y así resistir cuando no te quede nada excepto la Voluntad que les dice: «Resistid». Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud, o pasear con reyes y no perder el sentido común, si los enemigos y los amigos no pueden herirte, si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado; si puedes llenar el minuto inolvidable con los sesenta segundos que lo recorren. Tuya es la Tierra y todo lo que en ella habita, y -lo que es más-, serás Hombre, hijo.

6. El viaje Juan Ramón Jiménez El viaje definitivo …Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto, con su verde árbol, y con su pozo blanco. Todas la tardes, el cielo será azul y plácido; y tocarán, como esta tarde están tocando, las campanas del campanario. Se morirán aquellos que me amaron; y el pueblo se hará nuevo cada año; y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado. mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido… Y se quedarán los pájaros cantando.

7. la autoconciencia Oh sí – Charles Bukowski hay cosas peores que estar solo pero a menudo toma décadas darse cuenta de ello y más a menudo cuando esto ocurre es demasiado tarde y no hay nada peor que un demasiado tarde

Pablo Neruda

ALLÁ voy, allá voy, piedras, esperen! Alguna vez o voz o tiempo podemos estar juntos o ser juntos, vivir, morir en ese gran silencio de la dureza, madre del fulgor. Alguna vez corriendo por fuego de volcán o uva del río o propaganda fiel de la frescura o caminata inmóvil en la nieve o polvo derribado en las provincias de los desiertos, polvareda de metales, o aún más lejos, polar, patria de piedra, zafiro helado, antártica, en este punto o puerto o parto o muerte

piedra seremos, noche sin banderas, amor inmóvil, fulgor infinito, luz de la eternidad, fuego enterrado, orgullo condenado a su energía, única estrella que nos pertenece.

8. realidad social Vietnam Mujer, ¿cómo te llamas? -No sé. ¿Cuándo naciste, de dónde eres? -No sé. ¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé. ¿Desde cuándo te escondes? -No sé. ¿Por qué me mordiste el dedo cordial? -No sé. ¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé. ¿A favor de quién estás? -No sé. Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé. ¿Existe todavía tu aldea? -No sé. ¿Éstos son tus hijos? -Sí.

Blas de Otero A LA INMENSA MAYORÍA

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre aquel que amó, vivió, murió por dentro y un buen día bajó a la calle: entonces comprendió: y rompió todos su versos. Así es, así fue. Salió una noche echando espuma por los ojos, ebrio de amor, huyendo sin saber adónde: a donde el aire no apestase a muerto. Tiendas de paz, brizados pabellones, eran sus brazos, como llama al viento; olas de sangre contra el pecho, enormes olas de odio, ved, por todo el cuerpo. ¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces

en vuelo horizontal cruzan el cielo; horribles peces de metal recorren las espaldas del mar, de puerto a puerto. Yo doy todos mis versos por un hombre en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso, mi última voluntad. Bilbao, a once de abril, cincuenta y uno.

9. la muerte

Tara – Elena Medel I La noche de tu muerte Dios acribillaba a gargajos el cristal de mi ventana. La lluvia dolía igual que duele el frío en un cuento navideño con barrios de cartón. El viento golpeaba las paredes, se colaba por las rendijas de la casa, helaba los armarios, componía con sus silbidos una nana que velase por todas nosotras. Escondida bajo la cama, me tapaba los oídos, negando la presencia del viento ante la puerta de mi cuarto. Deberás superar doce pruebas para invadir mis dominios. No lo pondré tan fácil. Me creía etimóloga de las condiciones atmosféricas, experta en acepciones. Al lado de los miedos de mis quince años, cantaban las pelusas en un sueño de Sófocles: abre y verás cómo el frío te espera con su rostro de miedo, para decirte todo lo que no quieres saber. Abre y verás; porque el frío aguarda con su rostro de miedo para leer la biografía de tus manos. Diluviaba más allá de la puerta cerrada de mi cuarto. El agua invadía las sábanas, traspasaba el somier, las pelusas desfilaban -pobres, densísimas- hacia la puerta. Me tumbé, empapada, sobre el colchón. (Fundido en negro) Tumbada, temblorosa, sobre el colchón, colgué el teléfono. Las pelusas -colmadas, orgullosas- reconquistaron

cuanto les robé. La luz empujaba sus partículas contra mis ojos: punzantes como el granizo, imitando en su choque a los aplausos. La lámpara aprendía el gesto de las nubes, descargaba contra mí toda su rabia. No lo impediré: basta con resistir para apagarme. Las pelusas ascendieron trepando por la mesilla de noche, hasta invadir mi cama, y se colaron acampando en la garganta. Mi boca gris, el oráculo con toda la razón, negando unos y otros lo que vendría después. Respiraba con dificultad. No podía pensar en otra cosa. Sucia, desde luego, por meterme donde no me llaman. Escucho cómo, en la habitación contigua, Caravaggio acapara todo el protagonismo. Apenas media hora. La llamada, la marcha de mis padres, tu muerte. Mi pecho topaba con la tela; en mi frente y mi nuca, el sudor se confundía con el agua.

II (Soy Salomón. Pienso construir un altar secreto para los domingos. No busco de vosotros una mano en la espalda, sino que la tendáis para ayudarme a escapar de la marea. El río al que caí multiplica su caudal conforme los otros lloran. Mi corazón es una esponja, una caja negra que recoge todo cuanto sucede. El tanatorio, mientras, ejerce su función. Alquiler igual a frío. Una mujer rubia, pálida, me da la bienvenida. Soy Salomón. Te mostraré mi altar secreto la si me guías hasta donde descansa) Ofelia al otro lado del cristal, Angélica después de cuatro años, respetada por las aguas, mientras yo pataleo para no ahogarme. Pronuncio agua y lloro por aquello de lo que carezco. Como pulsar un botón en lo profundo de mi espalda. Lo conocido me zarandea. Dijiste dos días antes: cuando mejore, iré a la peluquería a arreglar este desastre. El cristal mostraba lo contrario: en tu pelo antes gris,

revuelto, brillarán los bucles durante cuarenta días y cuarenta noches. Nunca vulnerable, nunca muerta: tan hermosa como la última vez en que nos vimos. (Dios, entonces, posó sus manos sobre mis hombros y me sentí sola.

III La franela protege mi vida subterránea. El mundo, bajo las sábanas, se percibe diferente: su grosor iba a alejarme de colmillos y radiactividad, iba a librarme del ataque de los monstruos. Tulipanes amarillos sobre fondo azul. Prozac para las horas oscuras. Costaba respirar bajo las sábanas. Las pesadillas formaban parte de un estrato ajeno a mi dormitorio, por encima de las nubes, allá donde la asfixia ocurre con la misma frecuencia que debajo de la manta. Justo cuando no podía respirar me rescatabas, y yo dormía abrazada a ti, mis cuatro, cinco años, y las pesadillas se digerían con el desayuno. Todo cuanto tengo te lo debo. Aprendiste a leer con cinco años. Con ochenta escribiste, en un cuaderno de hojas cuadriculadas, tu vida. Felicidad fue tu última palabraAhora que has muerto, más allá de la puerta cerrada de mi cuarto, mientras las hermanas viejas corren a refugiarse bajo los soportales, alguien que no soy yo, pero se me parece, escribe en una cabina telefónica con rotulador negro permanente: Dios, ven aquí, atrévete a volver a hacerlo, ahora soy más grande que tú. IV La lluvia forma en su caída toboganes de barro, alumbra arcenes y calzadas para el tránsito nocturno, expulsa de su reino a los habitantes más hermosos, provoca envidias, desmanes, firmas de tratados. Transforma, también, sus caprichos en notas dispuestas sobre un tablón de corcho: debo recoger la terraza, ordenar

mis papeles, resguardarme para cuando llegue la tormenta. La lluvia consigue todo esto Igual que el viento decreta qué árboles no sirven, qué hogares deberán pasar la noche en vela, y deshoja tendederos y periódicos, e interrumpe el sueño de quienes se piensan a salvo, golpeando contra los cristales de nuestras ventanas. Y la muerte no respeta tu puerta cerrada, derritiéndose aprovecha los resquicios translúcidos, y se arrastra y se cuela estancada en el lugar en el que duermes, ensuciándote los pies al despertarte, impregnándote los huesos y la carne con su olor, hasta que respiras muy hondo y decides gritarle sin sábanas, incorporada en el centro de tu dormitorio, acabando con todo, aquello que en el fondo busca con su presencia: ya no temo a la muerte, porque me reunirá con Ella.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos... – C. Pavese Vendrá la muerte y tendrá tus ojos -esta muerte que nos acompaña de la mañana a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un vicio absurdo-. Tus ojos serán una vana palabra, un grito acallado, un silencio. Así los ves cada mañana cuando sola sobre ti misma te inclinas en el espejo. Oh querida esperanza, también ese día sabremos nosotros que eres la vida y eres la nada. Para todos tiene la muerte una mirada. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Será como abandonar un vicio, como contemplar en el espejo el resurgir de un rostro muerto, como escuchar unos labios cerrados. Mudos, descenderemos en el remolino.

10. El erotismo

Para ser más de ti... Para ser más de ti he querido estrenarme por la fiebre, sofocar los aleros de tu risa, reventar como un trueno. Encenderme o morir anónima en tu vértigo, para ser más de ti. Para ser menos mía y de las cosas he querido velarme por tu anchura, deshabitarme entera por dentro de tu piel y de tu sangre y anclarme donde el Mar derrota sus fronteras. He querido, escalando hasta tu vértice, recorrer el oleaje de tu boca, trazarme geometría más allá del abismo y de la esfera, circular por tu puño, exactamente, hasta hacerme destino de tu mano. Ceñido, como un tacto por la piedra, me alcanza el alambique de tus ojos, súbito y necesario como un rezo. Desertora de venas transitivas he querido vivirte, amor, para vivirte, para ser más de ti, para oficiarte, amor, sobre la Vida. "De Lava de labios" CARMINA CASALA ( España, 1949 )

Carpe noctem Carpe noctem, amor. Coge el brusco deseo ciego como adivino, los racimos del pubis y las constelaciones, el romper y romper de besos con dibujos de olas y espirales. Miles de arterias fluyen mecidas como algas. Carpe mare. Seducción de la luz, de los sexos abiertos como tersas actinias, de la espuma en las ingles y las olas y el vello en las orillas, salpicado de sed. Desear es llevar el destino del mar dentro del cuerpo. De "Poemas para la siesta de Epicuro" 2008

Capítulo 7 de Rayuela (Cortazár)

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

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