POESÍA

Fernando Vargas Valencia

ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS

© 2010, Fernando Vargas Valencia © 2010, Isla Negra, por la presente edición. ISBN: En trámite. Depósito Legal: En trámite. Concepto y Diseño de Portada: Jean Paul Zapata Impresión y encuadernación: TorresCely Ltda. Tel. 321-4912018 Estos poemas son patrimonio de las mujeres y hombres que los han inspirado por luchar en medio de un país en guerra. No caben restricciones sobre su reproducción. Autor: fervarva@yahoo.com Editorial: grupoliterarioescafandra@hotmail.com Impreso en BOGOTÁ, COLOMBIA.

ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS

A las desheredadas y desheredados que deja la guerra en Colombia.

A mi madre, Myriam Valencia, toda mi poesía.

PRÓLOGO
¿Y qué es la poesía? Nadie lo ha dicho todavía. Lo que existe son acercamientos, inmediaciones donde el poema es sólo una nave, y si esta nave, el poema, no está conjurada, entonces su estructura puede averiarse, y disolverse sin hallar el sentido de su desplazamiento, sin dejar rastro en el océano de las palabras. El conjuro para que esta nave despliegue toda su fuerza con la que se desplaza ante una adversa gravitación está precisamente en la materia de la que está hecha: en las palabras. Con esta premisa del conjuro la nave se hace invulnerable al vacío, porque una palabra puede nombrar el mundo, o vaciarlo, la fuerza de las palabras prefiguran la realidad, o la destruyen. Nada hay en la realidad que no haya sido previamente nombrado, el nombre de las cosas no es una llana titulación, es un llamado. El poeta es el que escucha el llamado y lo descifra en las palabras, el poeta conoce el tenebroso vacío de la palabra sin magia. Tal vez por esto dice Fernando Vargas Valencia “hay una terrible soledad

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que el poema no conjura”, no basta el poema, ningún poema es suficiente y además es necesario que sea suficiente el poema, es la paradoja de las palabras, quien escribe está balanceándose permanentemente en una paradoja, el contrasentido es el pulso de las palabras, si las palabras nombran la herida, es para que dejen de sangrar los cuerpos. La poesía como conjuro del dolor es uno de los más buscados sentidos de la poesía colombiana, poesía que oscila entre el esteticismo que evade el mundo exterior y la llanura de la denuncia exteriorista, es decir, una cierta lealtad con la realidad que esta poesía reproduce y rechaza a la vez. De allí la dificultad del momento para el poeta colombiano que no quiere eludir su entorno, y al mismo tiempo busca recrear esa trama de realidad. El momento de la poesía de Fernando Vargas Valencia vive ese pulso, esas pendulaciones entre la necesidad del sueño y las contingencias propias de una vigilia amenazada. Los temas de la guerra, de los desplazados, de las masacres, del poder, son los temas más difíciles de

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tratar en la poesía colombiana, tal vez por su terror y su cercanía. María Mercedes Carranza intentó hacer un registro de las masacres en los diferentes lugares de Colombia, y sus palabras, sus poemas, se ahogaron en la sangre, esos poemas no fueron el conjuro de nuestra ominosa realidad, por esta razón esos poemas fueron prontamente olvidados después de su publicación. Otro tanto busca Fernando Vargas Valencia con sus incursiones en el tema de las masacres, en un lenguaje sencillo, sin poses preconcebidamente poéticas. Fernando busca distanciarse de esa vertiente de la poesía colombiana buscando un propio horizonte, sin dejar de correr los riesgos que acompañan a esta clase de temas en la poesía. Hay algunos elementos en su estilo que llaman la atención, especialmente la contención imaginativa y la sobriedad en el lenguaje. Álvaro Marín

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“Amor: aleja mi ser de sus primeros escombros, y edificándome, dicta una verdad como un soplo. Después del amor, la tierra. Después de la tierra, todo”.
MIGUEL HERNÁNDEZ (1910 - 1942)

ÉPICA DEL DESHEREDADO

(A la amistad de los que no son nacionales; al cuerpo insular de mi amada)

He inventado un país sin los límites torpes de la permanencia. Territorio abandonado a sí mismo, se multiplica y contrae como la épica de sus gentes. He inventado un país de cuerpo derrochado, de dinamita mojada por el tiempo, por la lágrima mortal de los desheredados. Un país que detenta sus misterios con golpes de instante e imágenes de victoria, un país que nace y respira al compás de una brújula que no marca el Norte. He inventado un país sitiado por la angustia de ser isla en medio de fronteras yuxtapuestas, una geometría torpe y mestiza que sabe a mujer desnuda, entregada al sueño.

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He soñado un territorio sin muertes recostadas en sus esquinas. Un círculo sin centros ni matices. Un breve homenaje a mis muertos gárrulos y a los ríos rojizos que les sirven de lecho. Una geometría de niño que repuja el papel sobre el que descansan animales y mendigos. He inventado un país que no es tal, que es tu cuerpo ensombrecido por mis ejércitos clandestinos. He inventado el amor, cada vez que te toco.

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INVOCACIÓN A LOS RÍOS PARALELOS

(A las víctimas del paramilitarismo en Colombia, cuyos cuerpos mutilados fueron lanzados a los ríos)

Alguien trajo el rumor: Una suerte de injuria contra el río; Dejamos de desangrar nuestras ropas en sus orillas, De beber de sus aguas. Situamos cruces imaginarias en la creciente, para sospechar la dignidad de un camposanto. Fulgor atravesado en la hechura que sacrificó su cauce para ser más que la sangre propagada. Aún no sabemos qué rumor ha llegado al mar, es como si las almas atascadas a las vorágines nos quisieran mostrar entre sombras que la luz de este río ya no es la misma. Para la ceremonia de los incendios,

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sólo nos queda el espejo inmóvil del río agujereado: maraña de cuerpos sin lecho.

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EL SALADO I

“Los paramilitares que hace nueve años participaron en la masacre ocurrida en El Salado (Bolívar) obligaron a varias mujeres a desnudarse y bailar delante de sus esposos o padres, que después fueron asesinados”. Periódico El Tiempo.

La vergüenza de bailar ante tantas miradas. La vergüenza de mi piel desnuda cuarteada por las sombras de las aves tuertas. El miedo que eriza mis senos y que me hace temblar. No puedo bailar así, no con este olor a pólvora y a muerte pospuesta. Sé que voy a morir

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y no quiero hacerlo bailando. Mi madre me enseñó la danza como juego de cortejos. Nunca me habló de esta preñez fúnebre, de esta sensación de terrible soledad sin música. Este ejército de hombres va a arrojar la rabia en cualquier momento. No puedo, no quiero bailar si la música es un golpe de luz en la boca abierta de la noche. Las ráfagas prometen venir pronto y me parece demasiado impuro recibirlas danzando. No, no quiero bailar desnuda si mi padre me observa.

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EL SALADO II

“Con una pistola en la mano, y un puñal en la otra, el paramilitar conocido como El Gallo buscaba casa por casa a la mujer que él creía era la novia de Martín Caballero, el jefe del Frente 37 de las Farc... Hasta que encontró a Nayibis Contreras... ella apenas sobrepasaba los 16 años... Ahora Nayibis, apalada en todo el cuerpo, estaba en el cadalso, atada al único árbol que le da sombra a la plaza". REVISTA SEMANA (30 de Agosto de 2008).

Aquel hombre que contempla mis senos ignora la tempestad de agujeros que ha dejado huellas en mi cuerpo. Ignora los profundos terremotos, el cruel abatimiento de saberme ausencia,

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el arrebato que arranca sombras a mi árbol, los holocaustos y terrores de mi piel contraída como un latido reservado para el insomnio. Aquel hombre que atina a sonreírme ignora el temblor de estas manos con las que he cedido nadas e incertidumbres. Ignora también la playa que ofrecí a cambio de un beso prófugo que alguien me dio en el atrio de la iglesia que ahora contemplo. Pobre hombre que ignora los temblores de mis huesos, la profunda evasión del atardecer

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que es la última promesa del amante que huye. Pobre de ti que ignoras que no estoy hecha para el amor y que por ello habré de morir cuando caiga la tarde.

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MONÓLOGO DE UNA ISLA

“Ahora las llamadas «Águilas Negras», arrojan a ríos y lagunas plagadas de caimanes los restos de esos cadáveres para hacerlos desaparecer por segunda vez”. Agencia EFE

El río ensombrecido respira el óleo de sus propias manos. Sobrevive al reflejo de pequeñas vorágines en las que se exasperan y calman los tragaluces de sus gestos. El río evade las fijezas de aquel que quiere repujar sus márgenes con la torpeza exacta de un geómetra oblicuo. La evasión recurre al viejo conjuro de mover el cabello, extraño círculo que se dilata

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y contrae en un juego de cielos desordenados. El río para jugar a ser una mujer contemplada, habrá de dibujarse una espalda con las ráfagas momentáneas de los pescadores de medusas. Esa espalda ondea el cabello imaginado y es la sangre saboreada por la medusa que también mastica agujeros de agua. (Resultará acaso vino para el geómetra o aceite para sus manos ciegas). Dialéctica de la evasión y del relámpago, el río ignora la causa de su incendio.

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SOMBRAS

(A las colombianas y colombianos en situación de desplazamiento forzado)

Precaria lejanía, profunda evasión. Rostro crepuscular que se sostiene en el aire como gota de sangre, cristalizada por el tiempo. ¿Qué clase de ignominia señala como dedo manchado, lo posible de este círculo de terrores yuxtapuestos? Falsa sensación de creerse a salvo de la muerte, cuando la línea de fuego se entrecorta en la mirada. Migaja de tiempo

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en la memoria torpe que supone el rostro en la vestidura del cadáver. Hipócrita suspiro del que demarcó sus límites con recuerdos de hambres fugitivas. Si contemplo el río, un presagio de cuerpos amontonados enturbia la mirada (espejo quebradizo que ya no puede contener el silencio sin raíces). Si elijo caminos transitados por el erizamiento de la piel, una agujereada huella de sangres plurales extravía el retorno. Falsa diferencia en la que se es igual a lo lejano, límites trazados a cuenta

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de orín y escupitajos, no son más que reflejos de infligida permanencia. Aunque el rostro de la muerte, busque sombras vacías, me sigue mirando. Tatuada la exclusión en la propia piel. El otro sigo siendo yo.

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OMARA NACE EN CADA CANTO

(A Omara Portuondo, En su voz, a las mujeres desplazadas de Colombia)

Renovada en la resistencia de las pausas, rota hasta lo más hondo del misterio, mi susurro de mujer enamorada es el golpe de luz para el mulato que sueño. La nostalgia es un asunto de los dioses, el silencio es la torpeza de los juramentos. Soy la mujer que recorrió el mundo entero en busca de alimento para su hijo. Soy la abuela que recorre la memoria para saber que ha fundado una canción en cada [grito. Soy la mujer que vio morir a su amado, que se consuela al presentir los gestos difuntos en el hijo sobreviviente. Soy la voz que recorre las sombras

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marchitando su ignominia con el fuego pausado de la nostalgia. Llevo el cansancio de todos los golpes en las palmas de las manos. Puedo leer mi futuro en los árboles que dejé carcomidos por la ausencia, una noche que martilla mi tacto cada vez que la evoco. Sé que puedo volver a enamorarme. Sé que seré capaz de dejar los ardores y las furias, liberándome de los recuerdos que llegan como una música henchida de misterios. Soy el amor que rozó una piel, la estremeció con su hálito de promesas desangradas que deja cicatrices y manchas imborrables. Me gustan las tardes que se parecen al mar, aquellas que van evadiendo la lágrima tras un color que se niega al olvido. En mi, canta lo sentimental, los días arden en cada goteo del recuerdo.

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Soy la soledad de mis amorosos padres sacrificados a cambio de una raíz que se pudre. Soy el misterio de saberme ajena a mi propia [sombra. La muerte presagiada en el árbol susurrante. Soy la hija que nunca tuve.

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CONJURO DEL BAUDÓ

(A las víctimas del paramilitarismo en el Chocó)

Madre: Qué dolor saber que soy un espanto. No me enterraste como lo habían prometido los abuelos: Con el oro reclamado del río, con el canto de las ancianas que se van llevando el alma hacia el horizonte de la muerte, donde uno se va sintiendo mariposa, ángel o cigarra, espiral del Baudó. Pero a pesar de esta condición de alma en pena que boga entre las heridas del río, me espantan más los vivos, aquellos que ya no pueden embriagarse de arena sin envenenarse las entrañas.

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Aquellos que se van haciendo niños con el pasar de los años, a quienes la vejez se les fue rompiendo como un árbol que abandonaron los pescadores y los pájaros. Ese mismo árbol que contemplé al nacer y junto al cual, madre terrible, no me enterraste.

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CANTO ABACUA

(A la América de los muertos y desaparecidos)

El cascareo de los muertos, está a la espera de un Imperio de agua en el silencio disidente de los ríos; sed de un futuro mutilado en los cañaverales. Golpe de maderos que son la protesta de los muertos contra los fantasmas que firmaron su destino con sangre en la ceremonia sorda del grito y ahogaron la memoria con gredas blanquinegras. Un bembé construye el presagio del rumor opaco. Estos gritos que no llegan aún a la ciudad, hacen parte de los ruidos ingenuos. El tambor desea ser el puente que colme de fuego los museos transparentes; el canto es la risa del pájaro asesinado en el combate de los pinceles truncos,

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imitación cruel de su desparecido eco. Alguien, desde el bostezo inicial de la tierra, nos llamó soldados de la desesperanza. Nos invocó negándonos: Fuimos su aseveración oblicua. Con nuestros gritos de dolor, hicimos nuestra música y nuestra vocación. Con la pantomima de sus contradicciones, erigimos una tempestad salvadora. Sus galerías y salones, prisiones de la memoria, se desplomaron sin testigos. Se nos obligó a pronunciar discursos sobre la línea indomable del tiempo. Se nos ofreció inmunidad a cambio de loar falsas hazañas. Pero otear los pueblos desde el hambre de hartazgo, no merece la dignidad del canto. Nos negamos e hicimos parte de la orilla de sus enemigos. Nuestra palabra se hizo arma

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y el tambor, invocante del fuego. Nos hicimos hombres de maíz, incendio de la tierra que se resiste a la bandada de cuervos que no sacian su rabia. Fuimos el presagio del insomnio, de cierta fe en los otros que alguien soñó en un verso y que su doble, en otro tiempo, en otro espacio, registró en el círculo mudo de una acuarela gárrula, de un cuadro atiborrado de voces que se niega a permanecer en la noche sorda de los museos.

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ODA AL QUE BUSCA UNA FALANGE

“Cristina: me conformo con un fragmento de tu cuerpo” René Guarín Cortez
(En homenaje a su hermana, desaparecida en la Retoma del Palacio de Justicia en 1985)

El cuerpo fragmentado. La memoria que juega a atribuirle infinitas formas, como si se tratara del más breve conjuro en medio de la alucinación de una tragedia. Un labio dibujado en el aire, al mejor estilo de los amantes que huyen de sus [islas para encontrarse en el madero imposible de sus naufragios. Mutuas emanaciones clandestinas,

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golpes sobre el espejo que insiste en dibujar ese rostro, ese fragmento de cuerpo apenas recordado. La necia convicción de que un día aquel cuerpo se completará con el paso claudicante de las horas y los instantes, torpe contemplación que erige en canto lo que el silencio atiborra de angustias. Insistida respiración del que ansía la danza pendular del ausente. Juego infame de la memoria que insiste en unir círculos de helio en los que la imagen insistida suple el vacío. Cuerpo ceremonioso cuyo peso y medida es la dimensión del consuelo de aquel que en su suprema soledad supone que lo ha perdido todo al derrochar los trazos del cuerpo que pueblan la noche

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con esencias disgregadas. Oh amorosa contemplación de lo que alcancé a suponer de ti cuando estabas. Amada torpeza de mi memoria, me conformo con un fragmento de tu cuerpo.

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PRISIONEROS

(A Javier Díaz y en él, a los presos políticos)

El prisionero sólo tiene para protestar su propio cuerpo. Habrá de emanciparse en la herida. Habrá de cantar con los miembros decantados. Prisioneros somos y nuestra única alternativa de luz consiste en reunir nuestras sombras de tal forma que los fantasmas que hemos inventado en el encierro mueran hastiados de carcomer nuestras heridas.

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1948: TROCHAS DE EL DOVIO HACIA ROLDANILLO, 4:00 A.M.
(A mi abuelo Alberto Valencia y en él, a todos los campesinos de Colombia)

Mientras corrías hacia el refugio, tu mujer preñada, a lomo de mula, el primero de tus hijos aún en brazos, soñaste una ventana clavada en el corazón de una metrópoli donde trazaste tu propia imagen a través de las fuertes voces que, con promesas de muerte, detuvieron tu paso. Caminaste las trochas machete en mano. Abriste caminos con tu sombra a cuestas en medio de balas asesinas, de hombres con sombreros altos y caídos, pañuelos azules al cuello y escapularios brillantes cuya luz les manchaba la camisa.

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Te cruzaste con Pedro Antonio, le sonreíste y silbaste como un ángel enjaulado. Los asesinos no pudieron seguir su rastro, el pájaroverde y el mancogutiérrez titubearon ante el brillo mágico de tu machete que se iluminó con la sangre de los buitres y los cuervos. Es por ello que cada vez que hablabas, altivo y generoso, un canto de mirlo herido te seguía cuando reunías a los hombres en la Plaza. A lomo de mula recorriste los filos escarpados, soñaste una tierra más digna y vocinglera, menos silencio cómplice, como el triste cementerio de Quebrada Nueva. Con machete puliste la tierra sobre la cual tus hijos construyeron sus casas. Poblaste lo que ahora es una ciudad torpe y que a tu llegada era apenas una aldea para cultivar hortalizas y frutos. Empuñaste la sangre de cada uno de tus hijos,

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los salvaste de las balas, las matanzas y el hambre con dignidad de campesino, con voluntad de obrero silencioso. En medio de la tristeza siempre estuvo a tu lado una mujer vital para seguir luchando, mujer sencilla y noble la única capaz de descifrar el brillo de tus ojos análogo al filo de tu machete. En algún pueblo perdiste la mula. En alguna ciudad extraviada descansaste las heridas que el polvo del monte iba cicatrizando. Llegaste al mundo de los muros, a ese extraño círculo inventado de las máquinas. Tu machete seguía cuidándote en medio del entablado de tu cama. La pared en blanco fue la promesa y la victoria, Épica cenicienta de los amigos muertos y recordados. Un día, tu cuerpo no contuvo más tanto camino y trocha. Tu silencio, cada vez más diáfano

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inmortalizó, en lo más profundo de su inocencia, el cruce de miradas con los fantasmas que dejaste en la montaña. Ahora pasas tu tiempo frente a la ventana que un día soñaste, esa misma que tu fundación mítica clavó como un alfiler negro en el corazón de la metrópoli. Ahora sé qué es lo que tanto miras en ese cielo repetido a través del cinematógrafo de tu ventana: estás mirando al Hombre en su esplendor y en su [locura, estás recordando la victoria que aún no alcanzamos pero que soñaste una noche de incendios cuando el miedo despertó a tu mujer preñada y te entregó, para la fuga y la señal, el fuego enorme de tu machete.

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JUAN RULFO RELATA UNA TRAVESÍA DE APARTADÓ A BARRANQUILLA

“Llueven piedras grandes y filosas por todas partes” Juan Rulfo

El viento va trayendo el olor de los pocos que siguen en el pueblo, mientras la sed no encuentra saciedad en la dura corteza de esta tierra falsa. El mar es áspero como el llano y los remolinos inclinados que mecen el resuello inútil de las palabras atoradas por el calor en la garganta. El calor deshabita la memoria, la piel va colmándose de estigmas, tu suspiro va entrando en los poros como una palabra que ya no puedes invocar. Habría que preñarte con las luces ebrias de mis manos para poder saborear la leche tibia de tus pechos,

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remitir aquel sabor al salobre hálito de la sangre, para que al fin el fruto sacie los torpes instantes del hambre y tu cuerpo florecido ataje el miedo que tengo de morirme. Al hambre, la mezclaron con humo y gritos, con la mirada insaciable de muertos que impartían órdenes en aullidos mientras los pechos se henchían de espanto. Por ello, el pueblo se fue quedando solo y estéril como tus senos agotados por la brisa, poblado apenas por muertos indóciles y por el olor salino de la sangre incrustada en los empedrados como una sola mácula de tiempo. Por ello los hijos se fueron quedando inmóviles, haciendo del resuello su único juguete, fabricando anillos de viento con los polvorines, jugando a sacudir las flores sobrevivientes al rumor de la metralla. Por ello puedo decirte, amada,

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que en aquel pueblo la gente se fue acabando. Pocos soportamos el pesado silencio y la terrible ansiedad de seguir viviendo a tan altas horas de la noche. Ahora saboreo la esquirla y el agotado eco de esta tierra seca desde donde atisbo a lo lejos, la mancha negra del pueblo. Ahora sé, amor mío, de la promesa blanca de tus senos que crecen lentamente como la luz de la luna: Sé que para acortar las veredas tendré que morir cuando yo quiera y no cuando Dios lo disponga. Para entonces, habrá que esperar la tempestad, el olor nauseabundo del agua revuelta. Habrá que soñar con que pronto el río perderá sus orillas. Para el conjuro de la leche tibia en mi boca,

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tendremos que habitar la casa de los muertos y amarlos en su rumor cotidiano; así nos sabremos dignos de estar de pie y murmuraremos ferocidades de una memoria limpia de ellos, absuelta de ellos, los andados muertos.

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ELOGIO DE LA LOCURA

(A las “madres de Soacha”, a quienes envían a los psicólogos para convencerlas de que sus hijos muertos no eran trabajadores sino terroristas)

No me digan ahora que inventé a mi hijo. No vengan a decirme que lo soñé, sobre todo si el dolor de mi vientre sigue revocando sus huellas como una herida abierta recién florecida. No me digan que volverá. Ustedes me lo quitaron al nacer. Ahora quieren devolvérmelo como un tumulto de huesos que se resquebrajan en mi voz. No me digan que no soy madre: Nadie sabe a ciencia cierta lo que significa una caricia última

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para quien me cambió la vida con su nacimiento y confunde mis espirales con su presentida ausencia. Podría perdonarlos si cuanto menos lograra suponer en silencio que podría haber sido yo quien hubiera elegido partir en lugar de mi hijo. Pero no tuve elección y el ruido de sus jueces y uniformes bestiales, la parsimonia de sus homilías dilatadas, no me dejan jugar a los simulacros y los conjuros. Por ello, debo decirles que mi lágrima tampoco fue inventada: La parí en soledad como el primer vestigio del hijo transmutado.

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MEMORIA

(A Colombia, contestándole a Darién)

Coincido con usted, la vida se sostiene de un hilo pero ese trozo de abismo que es la sorda respiración del sobreviviente, habrá de desvanecer y llegar al tiempo que le corresponde. No somos contemporáneos, el tiempo silencioso que nos agota a cada paso es la promesa de esta muerte en la que nos obligan a detenernos. Los tambores agitan el compás del que asesinó la semilla e insiste en el falso hálito de los silencios. Ya somos el pasado.

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Fuimos instante en el que presagiamos el futuro. Seremos la tierra poblada de espantos. Nuestra inmortalidad sólo es posible si admitimos por fin en nuestras casas, en nuestros cuerpos manchados, la elíptica victoria de coincidir cuanto menos, en un olvido libertario que evada por fin a los falsos héroes y nos permita renacer de nuevo.

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CATUMARE
“Mátenme, si me van a matar, pero no me hagan todo esto” Catumare – víctima de la Masacre de Mapiripán

Padre: ¿qué oculta la montaña salpicada de voces nocturnas, atravesada por el susurro de los pasos que nadie quiere desandar en el orgasmo tísico de la noche? Dime dónde puedo erigir la premura de un cielo protector, si este horizonte ametrallado fue cómplice de la negación severa de los cuerpos, del fuego voraz de la tempestad. No me digas que esta tierra dará frutos inocentes, no si fue regada con el grito y la fuga, con la señal del vidente, del que jugó sus ojos para descifrar el artificio del cielo,

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del foco estallado que un día quiso parecerse al sol. Dime ¿qué será de las prisiones si aquí los cafetines y mercados han sido instrumentos de tortura? No digas que no, no llores, tú sabes que es tortuoso creer que allí sigue habiendo un cafetín o un mercado cuando intuimos enmudecidos la delgada señal del que imploró su muerte ante los macerados astros del pecho. Nuestros cuerpos han sido poblados por fantasmas de lo que nunca fuimos. No me mires así, no llores, el alma de las bestias muertas deja presagiar que aquí vendrá el relámpago de la lucidez, la intermitencia de la ola, la ruptura radical con los rugidos sedientos que espantamos con evasiones circulares, con miradas que traspasan los cerrojos. No somos, padre:

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Tenemos la memoria masacrada, no somos sin aquellos que dieron el suspiro mayor, el más nocturno de todos, no somos más que torpe permanencia, oquedad reseca, geografía de lágrimas oscuras que van delineando las fronteras de lo que callamos. El hedor de los recuerdos nos calcina. Los frutos de esta tierra nacen rancios, nos queda poco de lo sagrado. Mañana vendrán a arrebatarnos lo que sobra de tanta humedad, esta abundancia de fingidas blancuras en las [paredes. Es ilimitada la prisión: el cielo es la jaula. Huir es la derrota y estamos clavados en el corazón [de este valle. La soledad es algo más que no tener mujer o hijos, la soledad es este vacío que explota en el vientre, derrama sus luces como lo hicieron los cadáveres invisibles

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que flotan en el río porque se nos prohibió enterrarlos. Ya entiendo el secreto de la montaña: Nunca nacimos. Tuvimos que renunciar a nuestros cuerpos para que alguien nos nombrara. Escucha, padre, en el asma del silencio, tu verdadero nombre. ¿Nos consolará saber que nunca hemos existido? La respuesta es aquella montaña del sur que niega con su pereza bestial la hipócrita ansiedad del cielo. Nunca me dijiste el por qué de tu ausencia, El origen del día que arrancó tu noche a punta de disparos. Ya entiendo el secreto: eras el guardián de la montaña. Ahora sí, padre, alcanzamos la sublime destreza del nacimiento.

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TORTURA DEL QUIJOTE
(Desde la sonrisa de Bernardo Jaramillo)

Llegan días en que son los muertos quienes te torturan. Burócrata de las dicciones, la nube se pudre mientras un dedo de polvo arroja sus latidos. No sirve la memoria de aquello que nunca fue palabra o imagen, apenas una prolongada estancia en los nenúfares de la ausencia. Noches en las que la muerte se desboca, suspira y enardece. Los perros ladran y tú has dejado de cabalgar. ¿Por qué ladran los perros? ¿Serán acaso los ecos de los muertos dilatados? No hacen falta la sonrisa o el misterio: estás sumergido en la misma niebla que corroe la claridad de aquellos muertos cuya presencia agita la música de tus cielos olvidados.

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FOTOGRAFÍA DE UNA NINFA
(A Sancho Panza, buen juez)

Proteo labrador de algas, olvidaste los dialectos. Memoriosa, esclava del tiempo, tu mano no alcanza a abarcar la dignidad de la mentira, eres farsa omnipotente porque el aroma de tus focas te llegaba como un dulce recuerdo, agujereada convicción de los espacios curvos. Tú lo sabías todo, excepto el enigma de Menelao, la acupuntura del fuego, la tempestad del silencio que se te aparecía en círculos. Proteo, labrador de agujeros marinos que gritan paradojas, olvidaste el dialecto

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de las geometrías imposibles, línea memoriosa, atravesada por el olvido de sí misma.

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AITANA

(A Ciénaga, Magdalena, donde vi el mar invadiendo una ciudad de pescadores, primera revelación del color de mi hija)

Tambor de manglar acariciado por la suave brisa de un pájaro. El pez nutre de semillas cada silencio nacido desde la soledad nocturna de la nube en explosión. El árbol busca el silencio ceremonioso del mar y se sabe perdido en este horizonte de golpes amontonados como rocas sobre la piel fruncida de un animal perezoso. El niño sabe del mar desde su memoria láctea, torpeza fijada al seno de una madre que lanza las redes del amor para que un pescador rompa su sonrisa

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en la casa breve erigida en medio del abismo como una ceremonia inconclusa de gemidos y compases. La muerte es ciega y por ello tus ojos son un trozo de mar en la embriaguez de quien juega desde tu orilla a ser tiniebla. Blancura del cangrejo cuando quiere morder la sangre de la palmera, vendrá la libertad y tendrá tus ojos. Para ese instante, seré pescador y tu madre tendrá los senos cargados de leche de coco. Para ese instante, seré pájaro y fundaré de un grito el golpeteo de un tambor al unísono de las caderas del océano, que habrá de parirte en la euforia rota del silencio.

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IPSEIDAD
(Al pueblo de Honduras)

Época perdida en la que los lobos miraban la luna. El trozo de bosque se marchita conquistado por la ceremonia del beso. El cielo: un tablón que resiste la chispa de monedas que un lobo arroja a su mar a la inversa como intentando masticar el asco. Hay algo en esta luna como de testigo o pared rota. Espejo en trozos en el que el ojo son dedos y los dedos, memoria del ladrido. Aquella luna que dibujaste en tu torpe pretensión de astrolabio, se pudre y gotea

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sobre el bosque marchito. Ya no estamos en los tiempos en los que los lobos sólo se contentaban con contemplar la luna.

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MENSAJE HALLADO EN EL CASQUETE DE UNA BALA
“Soledades que en el beso guardan el rugido sordo”. MIGUEL HERNÁNDEZ “Al alba comienzan las noches”. EDGAR TREJOS
(A Lorena, que me colma cada día y llorará mi muerte)

Hoy estoy luchando por la vida, por ser cada vez más libre y menos áspero. Hoy siento que la lucha es infinita como el día y su resplandor borroso. Hoy resido en la imagen que se resiste, combate circular del fantasma con su sombra, ebria convicción de que eres la vitalidad de esta [lucha, mi compañera eufórica que saluda al horizonte

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con sus huesos explosivos que difaman cualquier discurso de muerte. La noche es brumosa y etérea, a lo lejos deja escapar gritos voraces, nos colma de pequeños dolores de llanto en las agujereadas coyunturas del cuerpo. Pero tu imagen sigue siendo resplandor futuro y erige el artificio de un parte de victoria. Mareas inauditas en la sangre que te pertenece sostienen el hambre de ti que es también saciedad de círculos concéntricos. Ganas infinitas de arremeter contra el territorio de glorias de tu vientre con mi más íntimo ejército de ansias. Amar es el acto de libertad posible más breve y extenso. Es una dilatación y contracción permanente de emancipaciones. No hay tiempo ya para dejar de amarte. Estás anclada en mi sangre como un tambor de místicos pregones.

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Habré de volver colmado de rupturas. Espérame en el novísimo resplandor del día sin olvidar que aquí, amor mío, la noche comienza al alba. Presiente la muerte a cada paso. Nuestro amor, al sobrevivirnos, se erigirá como la más diáfana convicción de la memoria.

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SIMÓN

(Desde el mar Caribe, soportando la terrible inquietud de no tener un hijo)

El mar es un niño que juega conmigo. Su nombre es Simón si de la noche se trata. Una mujer me enseñó la delicia salobre de la contradicción. Aquella mujer es un barco desnudo que recorro con mi sangre. Desde la otra orilla me está esperando. Es el mar que contiene mi sed de hormiga que erige un castillo en el manglar. Lágrima en el sexo derrotado por el dolor de estar vivo, es todas las mujeres: la mujer. Todos los mares: el mar.

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Pequeña amalgama de tinieblas, el mar es un niño que juega a arrebatarme si de la sacrosanta noche me salvo. Estas palabras deberían llegar como el pregón de un guaguancó. Pero soy torpe en eso de cantarle al infinito desde mi mudez ceremoniosa, por eso doy nombres a la mujer dadora de las playas, hacedora de la luz resquebrajada. Ella elije desde sus ímpetus en pleamar y con su garbo cadencioso, aprueba mi ritmo torpe. Los fluidos de la historia respiran en cada poro de mi piel. Pero mi piel no es dialéctica si no la dejo sumergirse en el mar de su antípoda, piel elegida desde este canto nocturno: mar de la contradicción que juega a ser niño, si del nacimiento de Simón se trata.

78

POST-SCRIPTUM

Sancho Panza, amigo, funda una nación que se derrame en círculos. Ábrete paso con sencillez de desheredado. Que la tempestad al fin sea nuestra. Que la patria sea el cuerpo de la mujer amada.

79

ÍNDICE

Prólogo Épica del desheredado Invocación a los ríos paralelos El Salado I El Salado II Monólogo de una isla Sombras Omara nace en cada canto Conjuro del Baudó Canto Abacua

11 17 19 21 23 27 29 33 37 39

81

Oda al que busca una falange Prisioneros 1948: trochas de El Dovio hacia Roldanillo, 4:00 a.m. Juan Rulfo relata una travesía de Apartadó a Barranquilla Elogio de la locura Memoria Catumare Tortura del quijote Fotografía de una ninfa

43 47

49 53 57 59 61 65 67

82

Aitana Ipseidad Mensaje hallado en el casquete de una bala Simón Post-scriptum

69 71

73 77 79

83

Proyecto Editorial Isla Negra Libros publicados
COLECCIÓN POÉTICA ISLA NEGRA 1. Cantos Sin Cuenta, Fernando Cely Herrán. 2. Silencio Transversal, Fernando Vargas Valencia. 3. Dulce Entrega, Luis Díaz González. 4. Epica de los desheredados, Fernando Vargas Valencia.

COLECCIÓN CUADERNILLOS DE POESÍA 1. Cantos del desamor y el desencanto, Fernando Cely Herrán. 2. Tríptico de la indignación, Darién Giraldo, Fernando Cely y Fernando Vargas.

Este libro se acabó de imprimir en el mes de octubre de 2010 en los talleres de TorresCely Ltda., Bogotá, Colombia. En su composición se usaron tipos Georgia de 9, 11, 12, 14 y 20 puntos.

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