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Ensayo sobre la Evolución - Bernardo Lira

Ensayo sobre la Evolución - Bernardo Lira

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Un ensayo de principiante que discute acerca de las alternativas sobre la teoría de la evolución sintética.
Un ensayo de principiante que discute acerca de las alternativas sobre la teoría de la evolución sintética.

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Ensayo de la evolución - Bernardo Lira

Primera parte: sobre el ensayo Trataré este tema como a mí me gusta: en primera persona, dirigiéndome al lector como si le conociera, aunque no sea así. Y además voy a tomar ventaja del hecho que soy el único que habla aquí; sin embargo, y por más que parezca un monólogo, cosa que es cierta, de todas formas haré el intento de no aprovechar demasiado esta dulce prerrogativa. El caso, eso sí, es que como voy a recorrer dificultosos caminos, en donde hurgaré zonas sensibles para muchas personas, tendré a bien dejar establecidos mis principios o axiomas para esta lectura. El primero es el afán por ser desapasionado. Admito que no es tarea fácil cuando se tocan temas que penetran en las convicciones profundas de las personas, y que, como será discutido también, nada de lo que yo diga puede ser presentado como una verdad por sí sola exclusivamente porque está en blanco y negro, uno suele entusiasmarse y desviar la atención desde lo objetivo hacia las apreciaciones y los paradigmas. Me anticipo a declarar que por más que intente no involucrar mis propias emociones, es sumamente posible que no lo consiga, igual que quien lea este ensayo sentirá una cariñosa afinidad o un irritante desconsuelo porque ha leído lo que concibe como verdadero o a la inversa, según sea el caso. De cualquier forma, si hablara sobre técnicas para regadío quizá no despertaría mucho interés, excepto para quienes las técnicas de regadío son un tema relevante, y no conozco mucha gente asidua a tal tema. Sin embargo, voy a tratar temas duros para muchos. Segundo axioma: aunque he investigado, debo decir que el contenido de este ensayo es principalmente material personal que incluye conclusiones que aplican exclusivamente a mi propia visión del tema. Puede que autores versados hayan obtenido los mismos resultados, o muy divergentes, pero seré honesto desde el principio; en función de mi aprendizaje, mis experiencias y mi propio análisis es que llegué a los desenlaces que pronto dejaré impresos -al final de cuentas, plantear el tema así refuerza esa visión que tengo del tema; esto lo discutiremos también- y confío que cualquier sutil o evidente variación respecto de las obras de autores reconocidos sea un apoyo en el sentido que no es imprescindible un profundo conocimiento de la materia para poder formarse una opinión, aun si se trata de alguien de la ignorancia del autor. Tal vez, y sólo tal vez, mi iniciativa tiente a otros humanos más o menos conocedores del tema a decidirse a redactar sus propias interpretaciones respecto del tema, y se produzca un fresco y ennoblecedor debate en torno a un tema tan peliagudo. Al final del día, mi propósito es acercar, con terminología simple y coloquial, el debate acerca de uno de los asuntos que ha traído de cabeza a los pensadores desde que Darwin nos anunciara su flagrante teoría de la evolución de las especies. Podría rellenar de principios esta obra, pero creo que hasta aquí nos basta: mi ensayo es el texto de una persona que no es versada en las materias que trata aunque sí ha hecho su buena parte de investigación, es un documento hecho para comprender cómo una mente “normal” que no se ha sometido a un intenso entrenamiento -en ninguna de las direcciones que toma el debate-, como la
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de cualquier persona escogida al azar en cualquier lugar del mundo civilizado. Mi ensayo intentará abordar el tema sin menoscabar las posiciones o los intereses, aunque es difícil porque desde ciertos ángulos las posturas contrapuestas son excluyentes y para que una triunfe la otra debe ser destruida. Usando estos axiomas como punto de partida, me siento emocionado por empezar a sumergirme en uno de los temas más entretenidos de la historia del conocimiento de nuestra atribulada humanidad. Daré el puntapié inicial, pues, a mi ensayo sobre la evolución.

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Segunda parte: el origen de la evolución Dudo que exista gente que no cree en la evolución, siempre y cuando no le pongamos apellido al término. Me refiero al hecho que las cosas cambian y se ajustan, para mejor o para peor, según sean las circunstancias. A lo largo de nuestra vida, nuestros cuerpos cambian, la apreciación que tenemos acerca de los demás -y de nosotros mismos- va variando sutil o significativamente. Nuestras comunidades se trasladan en varios planos, como el físico, el social o el ético, entre otros movimientos en apariencia caóticos. Indudablemente, se producen cambios, pequeños o grandes, a lo largo del tiempo, en la escala en la que miremos. La palabra misma “evolución” es en sí un término correcto, usable y muy adecuado para montones de circunstancias. Las huellas de sociedades anteriores a las actuales nos muestran un mundo humano primigenio burdo e ignorante, carente de muchos de los aditamentos que hoy consideramos esenciales para el desarrollo de nuestra civilización. Hallazgos arqueológicos nos enseñan que alguna vez nuestra especie fue cavernaria e ignoraba los principios y las técnicas para la construcción. De común decimos que la humanidad pasó por distintas eras, las primeras de las cuales giraron en torno de la piedra como material principal para la fabricación de herramientas, e incluso hemos comprendido que antes de ser maestros en adaptar y bruñir la piedra fuimos harto bastos, y por ello a las primeras muestras de entendimiento del uso de la piedra para moldear herramientas le llamamos “paleolítico” para referirnos a un uso antiguo, en verdad simplote y tosco, de la piedra. Yo preguntaría ¿Qué ha ocurrido desde el paleolítico hasta nuestros días, en que construimos máquinas que mandamos al espacio exterior? La respuesta usual sería que hemos progresado o que hemos evolucionado. No es desfachatado usar el término evolución, porque se refiere a “cambio”. Cuando Charles Darwin promovió la idea de la evolución de las especies, tuvo por primer impulso seguir la lógica de estos “cambios” pero a un nivel nunca antes imaginado. No se refería a sociedades que mejoran -o empeoran, si se prefiere una mirada más pesimista- o a herramientas que se construyen con más habilidad, mejor técnica o materiales más adecuados. Estaba hablando de “cambios” en la biología de los individuos, “cambios” que, según su idea, podían haber moldeado la fabulosa variedad de vida que hierve sobre la corteza de nuestro planeta. Demos a Darwin el crédito de haber imaginado una idea audaz y comedida, y digamos que habría sido absurdo que, una vez nacida, no se hubiera puesto sobre la palestra. Independiente de si estaba o no en lo correcto, homenajeo a Darwin porque fue cándido y muy atrevido, y porque tomó la acción correcta una vez que hizo un descubrimiento a partir de una noción vaga, basada exclusivamente en la observación. La historia nos cuenta que Darwin hizo su famosa inferencia a partir de, entre otros acontecimientos, un viaje a las islas Galápagos. Según sabemos, en ese sitio habitan especies animales que no se encuentran en otro lugar y, avispado, Darwin pensó que la misma naturaleza había moldeado a esos curiosos animales, como iguanas nadadoras, cormoranes de patas azules y las afamadas tortugas gigantes, entre otros. Semejante variedad de vida silvestre nunca antes vista
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en otro lugar le dio a Darwin la idea que las condiciones de ese ambiente habían propiciado el surgimiento de vida distinta a la que se encuentra en otros lugares del mundo. La consabida relación de causa y efecto llevó al pensador a imaginar que existía una correlación entre dos factores que nunca se habían asociado: las condiciones del entorno y la habilidad de un individuo para subsistir bajo esas condiciones. He aquí la grandiosidad de su hallazgo. Darwin creó la relación entre la naturaleza y las especies. Pero fue más allá. Nos dejó como legado la idea que las especies debían adaptarse para sobrevivir donde habitaban, y creó para ello el término “Selección Natural” para referirse a esa fuerza invisible que provoca que ciertas especies desaparezcan mientras otras cambian porque desean ser “seleccionadas”. Pero el origen de la evolución no explica la evolución misma. Y me detendré para intentar explicar, según mi comprensión, de qué se trata esta fuerza que, según los evolucionistas, ha moldeado la vida en nuestra Tierra. La Evolución -he usado el término en mayúscula para indicar que me estoy refiriendo a la teoría de la evolución de las especies- puede explicarse con dos grandes ideas y la relación que une esas dos ideas. La primera idea es la de la mutación genética. Y antes de hablar de la mutación, sería bueno dedicarle unas pocas palabras a la “genética”. Un gen es una secuencia de ácido que va dentro de una célula y que aporta en la transmisión de caracteres hereditarios, que a su vez son los rasgos que nos describen, tanto física como psicológicamente, e incluso -según se sabe- arrastran la definición de muchas de las enfermedades que nos aquejan. Podemos ver el conjunto de genes como un plano de construcción de un ser vivo, de ese ser vivo en particular. Y la Genética, como ciencia que aborda este tema, es reciente. En 1866, Gregor Mendel, un monje austriaco, publicó unos trabajos que hizo con unos guisantes y que le dieron la idea de que en el cruce de esas plantas actuaba algo parecido a leyes que establecían ciertas relaciones entre los padres y sus hijos. Las “leyes de Mendel” no fueron muy apreciadas sino hasta 1900, y a partir de ahí hubo científicos que se tomaron en serio la noción de la evidente relación entre padres e hijos, disparando la Genética en un cohete hacia un nuevo nivel de aprendizaje. Desde Mendel hasta nuestros días, los científicos han estudiado y comprendido muchísimo. Esta noción, que cualquiera puede comprobar porque es prácticamente intuitiva, dice -en términos fáciles- que los hijos se parecen a los padres porque éstos aportan su material genético a aquéllos. Pero los hijos no son exactamente una combinación de los genes de sus padres, sino algo más, y es aquí donde entra la mutación genética. Ésta anuncia más o menos que un individuo particular de una especie dada nace con, digamos, tres proveedores de su propio material genético: el material genético del padre, el material genético de la madre, y ciertas alteraciones a la combinación de los
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materiales genéticos de los padres. Ello explica que el hijo no es igual a ninguno de sus progenitores, aunque se parezca a uno de ellos o a ambos, y al fin de cuentas se trata de un individuo peculiar y único. (Es interesante notar que una de las características evolutivas más interesantes estriba en el hecho que el surgimiento de individuos se produzca por el aporte genético de dos partes, padre y madre. Según los científicos, los hijos recogerían -en su mayoría- las mejores componentes del padre y la madre y por eso la sexualidad es tan abundante en el universo de los seres vivos. Más adelante, dispondré de unas líneas para hablar de esto.) Así, un individuo nace con cambios en su estructura porque se aplicaron ciertos matices a los planos de construcción del individuo, planos que como ya dijimos descansan en el material genético del mismo. La mutación genética tiene algunas características que enunciaremos. La primera es que es continua: siempre un individuo incorporará mutaciones respecto de sus progenitores. A lo largo de la historia del planeta, siempre la descendencia ha sido diferente de los padres, causando, en buena medida, el efecto bien visible de que, contando el tiempo, tengamos semejante variedad de individuos en todas las especies. Con otras palabras, la mutación no se detiene. La segunda característica relevante es que ocurre al azar. Los cambios en los genes de un individuo en gestación no siguen un patrón dado ni buscan cumplir algún objetivo, sino que son totalmente aleatorios y algunas veces provocan alteraciones en el individuo que no son en absoluto deseables o útiles. Es muy importante internalizar este concepto, porque cuando vemos especies con características muy particulares, podemos caer en la tentación de creer que la mutación ocurrió para potenciar ciertos rasgos útiles y que son notables, como el cuello de la jirafa o los excelentes camuflajes de ciertos insectos. En realidad la mutación genética no persigue lograr algo con el individuo, y simplemente provoca cambios en su composición genética. El ejercicio de admitir que la mutación genética es aleatoria y no determinista es un ejercicio duro pero imperioso para entender la Evolución. La tercera es que no se circunscribe a un cierto aspecto y, al contrario, puede afectar a cualquier característica del individuo que sufre la mutación. Si pudiéramos dibujar la mutación, en vez de verla como una línea recta de cambios la veríamos más bien como un arbusto que se ramifica en infinidad de variedades conforme la especie va produciendo más y más generaciones de individuos. Hay un factor que ya insinué y quisiera desarrollar un poquito más, y es el factor sexual. Sabemos con certeza que existen especies que se reproducen sin sexo y otras que requieren la participación de machos y hembras para producir descendencia. Los seres asexuados se reproducen a sí mismos y, por tanto, transfieren sus genes sin incluir más novedades que el azar de la mutación genética.

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Los seres sexuados añadimos a las mutaciones genéticas los genes de nuestros padres. ¿Por qué parece más beneficioso que la especie deba reproducirse mediante el sexo? Pues porque una mutación genética obra de mejor manera en los seres sexuados. En primer lugar, porque las mutaciones beneficiosas se transmiten más rápido en los seres sexuados. Digamos que tenemos dos mutaciones genéticas beneficiosas. Las poblaciones sexuadas podrán incorporar individuos con las dos mutaciones más rápido que en las asexuadas -en tanto estas últimas requerirán del azar solamente para lograr incluir las dos mutaciones en un solo individuo. Y en segundo lugar, porque las mutaciones dañinas pueden eliminarse más rápido en especies sexuadas. Para las especies asexuadas, una mutación dañina puede destruir a la especie con mucha mayor probabilidad. (En último término, y casi como dato anecdótico, el sexo es bien antiguo. Según los investigadores, la sexualidad comenzó hace unos 850 millones de años. Lo feo de la historia es que el sexo comenzó por la falta de oxígeno en el planeta, carencia que llevó a ciertas células a comerse a otras de la misma especie, en un proceso cuyo nombre técnico es “fagocitar” pero que también puede describirse como un comportamiento decididamente caníbal. Un origen poco digno para una actividad tan llamativa, sobre todo para nuestra especie. En algún momento la célula caníbal debió suponer que en lugar de absorberse toda la célula fagocitada, resultaba más beneficiosa la fusión -meiosis, técnicamente hablando-, éxito que resonó en innumerables especies en el futuro.) Es la mutación genética la fuerza que mueve el cambio. Y es una fuerza inexorable, pero -y ésta puede ser una cuarta característica aunque no aplique siempre- es extraordinariamente lenta. Podemos aducir que nuestros hijos siguen naciendo con dos manos, dos piernas, una sola cabeza, etcétera, y que de hecho lo que sabemos del hallazgo arqueológico del Hombre de Cromañón (de Cro-Magnon para ser más puristas aunque ya no se usa esta denominación y simplemente se le llama Homo sapiens), tenemos que nuestra especie permanece inalterada por alrededor de ¡40 milenios! Eso es mucho, pero mucho tiempo: la civilización humana entera parece sumar no más de 10.000 años. ¿Cómo es posible que la mutación genética como fuerza evolutiva sea aceptada si en tanto tiempo no ha pasado nada? En efecto, 40 mil años es mucho tiempo, pero es poco en la escala evolutiva, que en realidad -para especies grandes como la nuestra- requiere de contar el tiempo en términos de millones de años. Eso sí que es mucho tiempo; la ciencia ha teorizado que el universo no tiene más de 7.500 millones de años, que nuestro planeta Tierra tiene una edad aproximada de 4.500 millones de años, y la primera aparición de vida se cree que ocurrió hace 3.700 millones de años. Para ayudar en la lucha por la comprensión de tan groseros números, prefiero escribirlos con todos sus ceros, porque así pueden dar la idea del tamaño. Dije que los científicos -que aún debaten estos números- han estimado que el primer organismo vivo surgió en el planeta hace 3.700.000.000 de años. El más añejo cromañón descubierto parece haber muerto hace míseros 40.000 añitos… y

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nuestra humanidad civilizada pudo existir hace unos 10.000. Y dicho en milenios la cosa empeora: la vida, 3.100.000 milenios; el cromañón, 40. La diferencia es de 3.099.960 milenios. Con estos antecedentes, el hecho que no hayamos visto cambios evidentes en nuestra especie no es nada extraño, porque haría falta muchísimo más tiempo y registro como para que nuestros descendientes -miles de generaciones adelante, si es que aún existimos como especie- nos vean como criaturas extintas. Es imperioso abrir la mente y comprender que nuestra cortísima existencia personal -80 años en buenos casos- nos factura con una ilusión óptica que nos hace creer que nada en el plano biológico cambia. Pero el que las cosas ocurran lentamente no significa que no ocurran. Incluso en la lentitud pasmosa de la mutación genética que afecta a la especie del Homo sapiens podemos identificar algunas mutaciones interesantes y muy bien que se ven en la perspectiva del tiempo. Es de conocimiento común en las esferas científicas que los primeros humanos surgieron en el continente que llamamos África, y que el color de la piel de esos primeros humanos era decididamente negra (por ciertas razones técnicas relacionadas con los rayos UV, que no voy a mencionar, la piel negra resultaba muy útil en esas zonas tropicales), pero el color fue variando al blanco cuando los humanos migraron al norte y al sur de esas regiones (por otras razones técnicas relacionadas también con los rayos UV, el cambio de color de piel también resultó provechoso). Otras especies tienen historias más conocidas. Descienden del mamut los elefantes, y fijémonos en este detalle: hubo un tiempo en el que no existían elefantes pero sí mamuts, y otro -el actualen el que existen elefantes pero no mamuts. ¿Es posible que el elefante haya reemplazado al mamut? Sí, muy posiblemente así fue. Lo mismo pasa con el tigre dientes de sable: hay una cadena histórica que muestra que ese felino redujo sus colmillos, de manera que podemos dibujar la línea de tiempo que prueba que el dientes de sable se “transformó” en (o bien, evolucionó hacia) el tigre moderno. O sea, ahí tenemos: la mutación genética existe. Pero, ¿cómo es que hay ciertas especies, y no están todas? Ciertas especies existieron, no lo dudamos, pero dejaron de existir, mientras en nuestra época actual vemos que hay otras especies, y es sensato preguntarse por qué algunas especies no continuaron pero otras sí. Para resolver el puzle de la extinción de las especies, viene en auxilio la segunda idea que aporta en la Evolución -la que en fin le da sentido-, la selección natural. Cojamos un oso polar y pongámoslo en un desierto. La pobre bestia no duraría mucho tiempo: su gruesa capa de pelo y grasa, su metabolismo particular y sus hábitos de alimentación relacionados con un entorno helado le harían morir en un ambiente tan brutalmente hostil para él, como lo sería un desierto. El mismo resultado ocurriría si llevamos un hipopótamo africano al polo norte. Es del todo evidente que las especies, en general, dependen de su entorno para subsistir, pero esa dependencia no se halla sólo en el plano de los hábitos, sino también si se la mira desde el punto de vista de la biología del individuo. Los peces necesitan vivir bajo el agua y si se les saca mueren
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asfixiados. Las ballenas, aunque respiran aire y son mamíferos, dependen tanto del entorno que si se las saca a tierra firme morirían asfixiadas, pero porque su estremecedor peso corporal les aplastaría los pulmones. Y meter bajo el agua a animales que respiran aire los mata en breve (a unos más rápidamente que a otros, desde luego). Obviamente, la naturaleza no es tan abrumadoramente ridícula como para hacer nacer un oso polar en el desierto, pero actúa más o menos así, en unas formas increíblemente más sutiles. Aceptaríamos de buen grado que un oso polar con la piel más delgada tendería a morir de frío, mientras otro oso polar con una capa de grasa demasiado gruesa también moriría, tal vez porque sería incapaz de moverse con agilidad para cazar. Cierto umbral en el grosor de la piel del oso polar hace que éste sobreviva en el frío ambiente del extremo norte del hemisferio norte, y si algún oso polar nace con un grosor de piel fuera del umbral, éste tenderá a morir. Así es cómo opera la selección natural: cualquier mutación genética transmitida mediante la herencia -es decir, el aporte de los padres- que resulte útil continuará existiendo en los genes, mientras las mutaciones negativas provocarán que quienes las tengan no puedan aparearse y por tanto esas mutaciones tenderán a desaparecer de la especie. En una forma sutil -aunque más evidente ante nuestros ojos-, la selección natural opera en las luchas por el apareamiento o la elección de pareja en el reino animal. Por ejemplo, entre los ciervos destacan los machos con las cornamentas más intrincadas y poderosas, y merced a las luchas en que se enfrascan los machos tiende a ganar el ciervo con los cuernos más robustos. Éste será quien se aparee, y sus genes, que llevan la orden de producir cornamentas espectaculares, se mezclarán con el de las hembras, por lo que es lógico creer que la descendencia tendrá “planos de construcción” que incluyan un acápite que exija buenos cuernos. Los ejemplos abundan. El pavo real con la cola más estrambótica se aparea y el que tiene la cola más discreta no lo hace. ¿El resultado? Pavos reales cada vez más ridículamente ataviados. En muchos mamíferos es la fuerza física la que determina al semental; en algunas aves lo es la habilidad para construir nidos; entre otras especies las razones son más sutiles -pero ello no implica que no haya motivaciones-, e incluso entre ciertas especies la lucha por el poder genético es tan brutal que, por ejemplo, para los leones una toma de poder de un macho sobre una manada implica el asesinato de todas las crías, acto desgarrador que asegura al nuevo rey que será su descendencia, y no otra, la que sobreviva -además porque, sin crías, las leonas se ponen inmediatamente fértiles. La selección natural opera en varios planos notorios, comenzando por las características anatómicas y fisiológicas del individuo: la forma, consistencia y ubicación de las extremidades, el color y el grosor del pelaje, el peso o volumen del individuo completo, etcétera, y en general todos los rasgos del individuo determinan qué tan preparado está para resistir. Los hábitos son un segundo plano visible en el que opera la selección natural. Mientras ciertos animales taciturnos y alelados tendrán menos posibilidades de aparearse -igual que uno menos robusto-, los que muestren más determinación o habilidades tendrá mejores posibilidades. Otro plano es el social, que puede impactar mucho en especies donde sólo la pareja alfa de la manada-la pareja que
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componen los líderes del grupo- tiene derecho de aparearse. Los individuos más abajo en la jerarquía social tienen pocas o nulas chances de proseguir su caldo genético. Y claro, la suerte también viene al caso. Cogerse una enfermedad mortal o sufrir un accidente fatal no están en los planes de nadie, pero esas cosas ocurren (sin embargo, vale decir que los eventos fortuitos tienen una menor incidencia en tanto afectan a individuos particulares pero no están en la tendencia. Recordemos que estos procesos son sumamente lentos y sólo tienen efecto en grandes números). En todo caso, la suerte también jugó un papel preponderante en la historia evolutiva: pensemos en el supuesto asteroide que extinguió a los dinosaurios. Así que tenemos las mutaciones genéticas y la selección natural, ambas fuerzas que describen la Evolución. Ahora toca decir cómo se relacionan estas dos fuerzas. Recordemos que la mutación genética es continua, aleatoria y masiva. Esta fuerza actúa como una especie de laboratorio, donde se operan ciertos cambios -más o menos absurdos- sobre ciertos individuos de la siguiente generación. Esos cambios, de los que ya hemos hablado, son tremendamente sutiles y serán transmitidos a la siguiente generación, de modo que las mutaciones exitosas tenderán a ser más ostensibles, en la medida que esas mutaciones aporten en la continuación de la especie. De otro lado, las mutaciones que no den buenos resultados no proseguirán. Pero, ¿cómo se transmite una mutación genética? Simplemente, a través de la herencia. Un individuo que no puede transmitir sus propias y particulares mutaciones no dejará la huella de su innovación como obsequio a la especie. Si por el contrario la mutación aporta, entonces muy probablemente -aunque no con total certeza- ella será transmitida a la siguiente generación, que a su vez hará lo propio durante muchas generaciones. Podemos decir que la mutación es el objeto que queremos comprobar, y la selección natural es la manera cómo comprobamos el objeto. Parece simple, pero es muy complicado. Como son tantas variables, tenemos muchísimas posibilidades, tanto en el plano de las mutaciones genéticas como en el de la selección natural. Individuos muy peculiares pueden ser exitosos aunque a simple vista no lo parezca; mutaciones no exitosas pudieran transmitirse en individuos exitosos; violentos cambios climáticos pueden llevar a exitosas especies a la extinción. Singulares adaptaciones -provocadas por la mutación genéticapueden causar una revolución en una especie, cambiándola por completo; y tenemos un larguísimo etcétera que nos lleva a descubrir que, después de todo, esta combinación de lentas e inexorables fuerzas, la mutación genética y la selección natural, sí hayan sido capaces de producir la profusa variedad de vida en el mundo. En resumen: todo individuo nace con unos planos de construcción -su material genético- que definen todas las características de ese individuo. El material genético en cuestión es resultado de tres ingredientes, el material genético del padre, el de la madre, y una serie de mutaciones en ese material resultante -tales mutaciones pueden ser muy pequeñas y en todo caso son al azar-, que en la cocción resulta único y describe al individuo casi del todo, mientras otros cambios vendrán de la interacción del individuo con el medio.

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Ese individuo, con sus particularidades derivadas del exclusivo material genético que posee, interactuará con el entorno de manera que se comprueben sus aptitudes para subsistir, o dicho de otra forma, será sometido a la selección natural. Los individuos más aptos podrán transmitir su material genético -herencia- a las generaciones siguientes, repitiendo la transferencia al individuo que nace, otra vez, con unos planos genéticos que le definen. El proceso es horrorosamente lento pero continuo, y tras innumerables pruebas conducidas por la aleatoria mutación genética y la selección natural, tenemos las especies que cohabitan en nuestro planeta. Todas. Sin embargo, esta teoría no es roca sólida, y tiene, por el contrario, muchísimas zonas grises y de ninguna manera, así descrita, lo explica todo. En primer lugar porque, como su nombre lo indica, es una teoría y las teorías son susceptibles de ser corregidas e incluso anuladas si el conocimiento nos enseña otra cosa. Sólo enunciar una teoría, por linda, coherente o lógica que parezca, no la convierte en una realidad. Como estamos hablando de toda la vida en el planeta, es ciertamente muy difícil poner a prueba todos los parámetros de la Evolución y, por ello, aún no se confirma del todo. Es lo mejor que tenemos, pero eso tampoco transforma a la Evolución en la elucidación. Entonces, ¿qué opciones tenemos para describir la inmensa variedad de especies en el planeta? En rigor, no hay mucho. A la apreciación continua de la Evolución (o “síntesis evolutiva moderna”, para incorporar todas las adecuaciones que ha sufrido desde que se enunció por vez primera) se opone una que cree que las especies cambian a saltos, de manera que entre una especie y la siguiente hay un punto notorio de reemplazo. Es una sutileza o complemento de la teoría moderna, y no la contradice aunque la idea de cambios radicales en lugar de continuos es una idea que no tiene mucho asidero en la comunidad científica. También se ha propuesto que la selección natural es menos importante y el azar lo es todo -o sea, las especies no existen por adaptación, sino porque han aparecido aleatoriamente. Con otras palabras, la teoría sintética de la Evolución ha sido corroborada por el conocimiento científico, aunque ciertas teorías complementan o corrigen ciertos aspectos de la principal. Si eliminamos la idea que la adquisición del conocimiento es la descripción de la realidad en lugar de la representación mental -del autor- respecto de esa realidad, entonces en este plano no queda más que la Evolución, con sus pequeños matices o sabores. Al final, la alternativa está fuera de la ciencia. La primera consideración que debe hacerse en el contexto de esta discusión es que las teorías dogmáticas no pueden discutirse, puesto que son, precisamente, dogmáticas. La segunda es que, mientras sigamos aceptando que la de la Evolución no es más que una teoría, puede estar errada en su forma, en detalles o por completo. Finalmente, no profundizaré en las variadas controversias científicas -ya mencionadas- alrededor de la Evolución misma pero que no la desacreditan sino que la enriquecen. Quiero en cambio llegar al fondo del asunto.

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Veámoslo, entonces, desde otra mirada, la mirada de la historia del conocimiento en esta disciplina y las distintas alternativas que nos ofrece el mercado de las ideas. Durante milenios la pregunta del origen de la humanidad ha sido respondida a través de los distintos dogmas -religiones, para ser preciso- que, leyendas mediante, nos han explicado que el hombre proviene de la sangre o el semen de algún dios, o que fue creado a partir del barro, o tallado en madera, o bien fabricado con algún material singular. Según mi apreciación, diría que estas explicaciones iban muy bien con los tiempos que corrían en cada caso. El ser humano daba sus primeros pasos como ser consciente y su falta de conocimiento era supina. Es evidente que hace, digamos, 3.000 años, ignorábamos muchas cosas que ahora conocemos, como los fenómenos naturales que ahora no nos sorprenden salvo por su belleza o la impresionante capacidad destructiva. Volcanes, inundaciones, plagas de langostas, la electricidad, etc., son fenómenos para los que tenemos buenas explicaciones pero que antes no teníamos. Lógicamente, antes sabíamos menos que ahora. Y de hecho, hubo un tiempo en que sabíamos realmente muy poco, y como una de nuestras fortalezas como especie es la curiosidad, siempre quisimos -y seguimos queriendo- saberlo todo. A falta de una respuesta razonable, cabía muy bien una sólida explicación dogmática que despejaba el tema y nos dejaba tranquilos. Somos hijos de los dioses, o sus obras o caprichos. Después de todo, necesitamos dignificar nuestra existencia y darle algún sentido, satisfaciendo de paso otra inveterada condición humana, la necesidad de propósito. Para algunos más excitables también podría decir que tales explicaciones han servido de mucha ayuda a los grupos de poder de las distintas sociedades humanas y, a falta de alguien que haya podido dar una respuesta satisfactoria, tales grupos poderosos prefirieron ser ellos los propietarios de la verdad y con eso, de paso, mantenían un poco más de control sobre sus pueblos. No puedo decir con certeza que esto es verdad, pero tengo mis sospechas de ello. En fin, el caso es que desde tiempos inmemoriales sentimos la curiosidad por saber de dónde venimos y como no teníamos respuesta, nos hizo muy bien creer que éramos parte de una Creación. Cuando el método científico se asentó en la sociedad universal, todas las cuestiones relacionadas con el saber fueron sometidas a su rigor, y descubrimos que nuestras nociones preconcebidas eran erradas o, más fuerte aún, simplemente unas asombrosas estupideces. Los griegos creían que el Universo era un conjunto de esferas concéntricas -en cuyo centro estaba la “perfecta esfera terrestre”- adheridas a las cuales brillaban las estrellas. Esta explicación bien resolvía los movimientos estelares, pero cuando pudimos mirar de cerca el espacio exterior, descubrimos que las esferas concéntricas eran una idea irreal (no es que sepamos ahora exactamente qué es el Universo, pero sí podemos decir con certeza que no es un conjunto de esferas concéntricas). Los mismos griegos decían que toda la materia estaba compuesta por cuatro elementos (los nórdicos, vikingos y sus descendientes, añadían un quinto elemento, el hielo) y que todo lo que existía era producto de la combinación de esos elementos. En realidad, heredamos el término pero no su definición, y gracias a Mendeleiev y una pléyade de científicos sabemos que los elementos son más de ciento veinte, y tal vez sigamos descubriendo que el número es mayor.

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Más de los griegos. La Vía Láctea era leche derramada y lo que podíamos ver eran las gotas del líquido. Como en el caso anterior, también copiamos el nombre pero ahora sabemos que la Vía Láctea es una galaxia, y que no es leche. Podría abrumarlos con ejemplos, pero prefiero quedarme aquí, aunque antes debo decir que los descubrimientos e invenciones que la ciencia nos ha legado nos permite tener certeza de fenómenos que antes nos parecían obra de dioses enamorados, enojados o inspirados. A partir de este comentario se sobreviene a mi cabeza una pregunta muy interesante: si ahora nadie cree en los dioses antiguos y sus milagros, entonces ¿por qué habríamos de creer que el ser humano es obra de esos dioses ya desacreditados? O bien, si ya hemos aceptado que las erradas interpretaciones del pasado en términos de la explicación de fenómenos no tienen cabida como conceptos que puedan tomarse en serio, ¿por qué habríamos de creer que las explicaciones hechas por esas mismas personas en relación con el origen del hombre son menos inverosímiles? ¿Qué sentido tiene aceptar una historia extraña contada por alguien que nos contó otras historias tan o más carentes de base para explicar cosas que ya sabemos cómo son? Pero me estoy adelantando. Desde Darwin y su obra “El Origen de las Especies” de 1859, se ha abierto un debate que nunca antes vimos, propiciado inicialmente por cuestiones que nada tenían que ver con el mentado documento. De esto ya hablaremos, también. El punto es que como la discusión se acaloró, surgieron nuevas teorías más o menos científicas (la mayoría harto menos científicas) creadas para rebatir a Darwin. La más importante es el Creacionismo, con el Diseño Inteligente, como su gran hijo. El Creacionismo no es en sí una teoría, sino más bien el compendio de razonamientos religiosos que llevan a discurrir -con base en el dogma de la fe- que el hombre, en lugar de haber evolucionado desde especies anteriores, ha sido creado por un ente superior, un dios. Los motivos para esta explicación son tres, en esencia: el primero permite dar cabida a la existencia del alma humana (salvo que aceptemos que todo ser vivo tiene alma, incluyendo bacterias, amebas, plantas y canguros) en tanto ella se creó junto con el hombre. La segunda da cuenta de la enorme complejidad biológica, psicológica y espiritual de nuestra especie; la última consiste en incluir a la deidad correspondiente en el proceso (si fuéramos obra de la evolución, no habría mucho sentido en seguir preceptos morales o sentirnos espiritualmente vinculados con los dioses). El Creacionismo es a fin de cuentas un conjunto de creencias que no sólo nos dice que todo ha sido creado por una deidad, sino que además le asigna a esa creación un propósito o meta; además, propone que la Evolución es aberrante, e incluso sugiere -o exige- que cese la enseñanza de la teoría evolutiva. El problema con Darwin para el Creacionismo es que echa leña al materialismo filosófico -para qué un dios-, lo cual es sinónimo de blandir un puñal que apunta directo al corazón de la fe. Cosa que los creacionistas hallan infame.

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Pero la presión de la teoría abrió una brecha entre los creacionistas, dividiéndolos en dos grupos, el primero concentrado en los dogmas -un sector “bíblico” o cristiano que negaba cualquier explicación diferente de la que cuenta la biblia-, y el segundo intentando combinar la noción darwinista con la creacionista. A los adherentes al grupo uno se les llama partidarios del Creacionismo Clásico, puesto que rechazan alterar lo indicado por el dogma. El Creacionismo cristiano considera absolutamente adecuada la explicación descrita en el Antiguo Testamento -el Génesis- en relación con el origen de la Tierra, las especies y, en particular, el ser humano. Antes de referirme al segundo grupo de creacionistas, quisiera detenerme para analizar el Creacionismo Clásico. Dios habría concebido la idea de inventar el planeta y llenarlo de animales y plantas, pero luego pensó qué bien vendría poner en ese sitio un animal especial, conectado por medio de un alma, capaz de poseer conciencia, y en ese plan ideó al hombre, particularmente diseñado “a su imagen y semejanza”, o bien, parecido a Él. Según nos indica esta doctrina, la mujer habría surgido a partir de una costilla del primer hombre -quien, a su vez, fue moldeado con barro-; el resto fue poblar el mundo a punta de hijos entre esa pareja prístina. Es difícil debatir con base en evidencias ante un dogma porque en sí mismo el dogma exige que no haya debate, aunque es interesante notar, por ejemplo, que aunque es cierto que los registros fósiles con que contamos nos muestran que antes de existir el hombre -la especie- existieron los animales, el tiempo que separa ambos grupos -al de los hombres del de los animales- es más largo que una semana, y en realidad ese tiempo debemos contarlo en términos de miles de millones de años. Incluso si descartamos las teorías que hablan de tantos eones, deberíamos aceptar que, por ejemplo, fósiles de dinosaurios prueban que durante su existencia -que en promedio ocurrió hace más de sesenta millones de años- no había hombres y que éstos aparecieron, según los mismos registros, hace cien mil años, a lo sumo, por lo que hay una ventana de, digamos, sesenta millones de años entre el último dinosaurio y el primer humano. Eso es más que el par de días que defiende el Creacionismo Clásico. (El mismo Génesis está lleno de alegorías y frases poéticas que poco tienen que ver con la realidad. Para ceñirse a ese texto, por ejemplo, habría que rechazar el que las estrellas hayan existido después que la Tierra, o que el día y la noche en nuestro planeta sea anterior a la existencia del sol.) El Creacionismo Moderno -el segundo grupo, el de los creacionistas escindidos- intenta mezclar creacionismo y evolución. El resultado es una pseudociencia que poco tiene para aportar, porque para que calcen los dogmas con las explicaciones científicas, se hace necesario “editar” o francamente tergiversar las teorías científicas a fin de tener una historia más o menos consistente. La comunidad científica no acepta desde ningún punto de vista el Creacionismo Moderno en tanto de ciencia no tiene absolutamente nada. Así, el asunto está en el fondo. La ciencia, y la rama de la que estamos hablando aquí como todas las demás, tiene por definición una visión autocrítica y emplea dentro de su propia estructura un
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conjunto de herramientas para rebatirse a sí misma. Cada pensador es libre de proponer la teoría que le plazca en tanto disponga de evidencia que le apoye, y que el resto de la comunidad científica, hechas las consiguientes evaluaciones poniendo a prueba la teoría en cuestión, y con base en las evidencias, acuerde que lo propuesto hace sentido y es comprobable. Es usual que las nuevas invenciones en determinadas áreas -por ejemplo, instrumentos de medición- incidan en el conocimiento actualmente aceptado, y se sometan las teorías a esos nuevos métodos cuyo fin es elucidar cualquier interrogante. Sabemos que los griegos usaban el método del paralaje para medir grandes distancias (un método que puede comprobarse de manera muy sencilla: si pone usted un lápiz frente a sus ojos, a unos 20 centímetros y, usando un punto de referencia en el fondo, puede ver el paralaje si cierra un ojo y luego abre éste, cerrando el otro. El lápiz parecerá haberse movido respecto del punto de referencia). Este método sirvió a los griegos, entre otras cosas, para verificar que la Luna está más cerca que las estrellas. Naturalmente, el paralaje es eficiente pero no infalible e inútil para distancias muy grandes. Mucho más adelante en el tiempo, se usaron otros métodos más sofisticados -como las ondas de luz- para medir distancias, de modo que todo lo que antes se había medido por la vía del paralaje se midió nuevamente con los nuevos métodos. El aumento de precisión permitió afinar muchísimos resultados y, en particular, desechar viejas teorías. Muy posiblemente, nuevos métodos reemplazarán en el futuro a los actuales -que consideraremos obsoletos pero muy cándidos-, y tendremos algunas teorías rechazadas producto de las nuevas técnicas. La ciencia provee los medios para criticarse a sí misma, corregir sus postulados y mejorar la precisión o la realidad de nuestros conocimientos. El método científico no sólo sirve para saber más, sino también para descubrir si lo que creíamos saber es o no correcto. Esta característica cardinal de la ciencia -su falta de pasión, su objetividad- no existe en las doctrinas no-científicas que, por el contrario, operan con base en la pasión y la falta de objetividad, o dicho con otras palabras, no podría existir si no hubiera fogosidad en la defensa de sus postulados, precisamente porque la búsqueda de evidencia no se realiza de una manera desapasionada. Los dogmas requieren ser indestructibles e irrefutables, y estas dos características son condición sine qua non para el desarrollo del conocimiento religioso. Pues bien, ¿cómo podemos ser objetivos si debemos partir de la base de eventos o definiciones que no pueden discutirse? La alternativa a la objetividad es la obcecación y, de ello desprendemos la pasión, que en ciertos extremos se parece o iguala con la irracionalidad. Es importante recordar que el que ignoremos algo no significa, de manera alguna, que su explicación se encuentre en un mito y, de hecho, es así como adquirimos las primeras nociones poco objetivas en relación con muchos fenómenos, como los que ya describí. A falta de entendimiento sobre los ciclos del clima terrestre muchas culturas antiguas pedían a ciertas deidades que les regalaran con una buena lluvia en tiempo de sequía, acto que en nuestra época actual parecería ridícula. En su lugar, acudimos a la meteorología para anticipar esos períodos de escases de lluvias y -si es posible- tomar acciones para paliar sus efectos. En realidad, la ciencia derriba mitos pero no es su objetivo. Podría decir que arrastra al mito en su búsqueda. Un buen analista científico debe (¡debe!) suprimir todo prejuicio antes de trabajar una teoría. Las concepciones previas no son más que espacios donde es ilegítimo buscar, y es un error

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cardinal en el método evadir áreas ilegítimas. De esto se desprende otra virtud de la ciencia: su amplitud de criterio, la capacidad que tiene para desechar visiones preconcebidas y buscar a partir de su mismo método respuestas a preguntas corrientes o trascendentes, sin percatarse del juego ético detrás de las preguntas -y menos de las respuestas-. Si una conclusión trasgrede algún dogma, no se descarta por ese hecho y, aunque los científicos también son personas cargadas de creencias y prejuicios, en general ella misma dispone de resortes con los que se combaten esos paradigmas. Abundan en el anecdotario histórico científico las ocasiones en que ciertas teorías rebatían por completo otras teorías, científicas también, que parecían del todo comprobadas. De hecho, la ciencia misma nació como consecuencia de las creencias y prejuicios de las personas, conceptos que chocaban con las observaciones de los más escépticos y con los resultados de esas observaciones. En primer lugar está la honesta falta de conocimiento. Los primeros registros históricos conservados desde civilizaciones antiquísimas -y de otras no tan antiguas- dan muestra de la falta total de interpretación de los fenómenos naturales. Por el contrario, aquellas civilizaciones pretéritas, en lugar de buscar una explicación, se proveyeron de una motivación para esos fenómenos. No se preguntaban la causa de la fermentación de la uva pero sí dijeron para qué fermentaba la uva, qué motivación había para ese fenómeno. Lo asociaron a un dios parrandero sin descubrir que el proceso consiste en la transformación del azúcar en alcohol. De otro lado, los charlatanes, abundantes en toda la historia de la humanidad, han podido subsistir gracias a la falta de rigurosidad en el análisis de los incautos que aceptan mentiras como si fueran verdades. Muchas ideas preconcebidas del mundo han sido influidas por las certezas presentadas por carismáticos líderes que falsearon la realidad con descaro, y si no hubiera un criterio común para desechar las falsedades de lo que es considerado como correcto, la charlatanería haría nata. También los inocentes que han creído que sus propias observaciones son correctas cometen errores que la ciencia siempre ha pretendido enmendar. Quizás el ejemplo más conocido es el de la teoría de la generación espontánea, muy difundida -una verdad incontrovertible en su época-, se basaba en la simple observación para inferir que la vida podía surgir de la nada, puesto que resultaba muy evidente que ciertos alimentos en putrefacción causaban el nacimiento espontáneo de moscas. En 1668 un médico italiano (Francesco Redi) hizo un sencillo experimento que probaba que la abiogénesis -nombre con el que suele denominarse la generación espontánea- no era cierta, pero le llovieron los detractores, al punto que hizo falta aún que Luis Pasteur, a mediados del siglo XIX, confirmara la falsedad de la abiogénesis, desterrándola del conocimiento científico. Sin embargo, todavía pasarían años antes que desapareciera del todo. Me imagino si alguien me dijera que tiene una teoría respecto de cualquier tema. Mi primer impulso sería cotejar la teoría con mis conocimientos, paradigmas y creencias. Cuanto dijera mi interlocutor pasaría por una serie de cedazos que incluyen el sentido común, las creencias, experiencias pasadas, conocimientos adquiridos y certezas personales, y en último término adoptaría una posición en relación con ella, indicando al final que la creo, o que no la creo. En
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último término, uno suele reducir las explicaciones o teorías a un sí o un no, en función de si calzan o no con nuestro punto de vista. Eso es un error, ha sido un error toda la vida, pero sin un método que permita explicar y entender el mundo y sus fenómenos, es muy difícil llegar a un acuerdo, particularmente porque todos tenemos conocimientos, creencias y una peculiar intuición -el sentido común- que son muy individuales. Entonces, se hace necesaria una manera -un método- a través de la que obtengamos certezas sin necesidad de basar las explicaciones en la confianza que tenemos en nuestro saber o en nuestro interlocutor. Ese método es el científico: ya está dicho, es desapasionado, objetivo, provee sus propias barreras y se cuestiona permanentemente, y nos regala un idioma común junto a una forma -el método mismo- con la que podemos asegurar que lo que ella dice tenga base. (Les daré un ejemplo personal. Digamos que yo le pregunto ¿hay vida inteligente en otros mundos en el universo? Tal vez su respuesta varíe entre un «sí, porque el universo es tan grande que sería extraño que no hubiera condiciones similares en algún otro lugar de semejante vastedad», y un «de ninguna manera, sólo hemos visto vida inteligente en la Tierra y, como no hemos hallado nada más, entonces lo descarto». Desde mi punto de vista, o desde lo que yo diría que es el punto de vista científico, la respuesta correcta sería «lo ignoro, porque no tengo ninguna evidencia que me pruebe que la hay, o que no la hay». Una cosa es lo que queremos creer, y otra muy distinta es lo que podemos decir con base en lo que sabemos. La discusión puede crecer mucho, si consideramos el tamaño del universo, la falta de conocimiento que tenemos de él, o si admitimos que las condiciones para la vida en la Tierra son tan particulares y quizá muy difíciles de repetir en otro sitio, o bien que lo que nosotros conocemos como vida inteligente, e incluso lo que entendemos por vida, pueden ser conceptos muy estrechos y tal vez ya nos hemos topado con seres inteligentes de otros mundos pero no lo hemos notado porque desconocemos esas formas de inteligencia.) La ciencia es la manera cómo los humanos organizamos nuestra curiosidad en preguntas, respuestas, descripciones y explicaciones que damos a esos fenómenos que despiertan esa curiosidad que nos hace tan singulares. A través de su método -el método científico- podemos volcar ordenadamente toda nuestra curiosidad, especialmente si queremos dar respuesta a una pregunta. Por regla general, el método sigue unos pasos bien conocidos, descritos por Francis Bacon alrededor del siglo XVII, que comienzan con la observación e inducción, siguen con la formulación de una hipótesis -la respuesta preliminar que se desea confirmar-, y concluyen con la experimentación, demostración, refutación y teoría -o conclusión-. Dicho parece fácil, pero claramente no lo es. El método pretende corregir los vicios de la adquisición del conocimiento en tanto su objetivo es validar el conocimiento obtenido. Gracias al método hoy podemos confiar en la ciencia. Darwin es uno de los más relevantes representantes de esa nueva forma de ver el mundo y de intentar explicar sus fenómenos, y su teoría de la evolución fue sometida, como todas las teorías

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científicas, al rigor de la ciencia, pero además, debido a su cariz iconoclasta, al rigor de una sociedad profundamente religiosa y que miró con horror los postulados de dicha teoría. Muchos años después de enunciada, luego de múltiples befas, ataques, cuestionamientos y correcciones, tanto conocimiento esparcido y nuevas disciplinas del saber creadas luego de su nacimiento, la teoría de la evolución moderna ha demostrado ser la explicación más apropiada para aglutinar el entendimiento de la biología de nuestro planeta. La teoría se sometió a su antítesis, a la comprobación, a nuevas observaciones, al enriquecimiento de la evidencia gracias a la genética y otras ramas científicas, y finalmente tenemos un cuerpo más o menos organizado de conocimiento que explica por qué los seres humanos estamos aquí, y cómo es que llegamos a ser lo que somos.

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Tercera parte: La historia completa Ignoramos cómo fue que pasó todo, pero si nos basamos en el molde ofrecido por la Evolución, entonces podemos hacernos una buena idea de qué ocurrió. Como los números no son exactos ni mucho menos, y tampoco están probados a fuego y están permanentemente ajustándose, usaré los que yo recuerdo o conozco. En primer lugar, debemos decir que la Tierra tiene una edad aproximada de 4.570 millones de años. A partir de aquí podemos dividir la historia del planeta en 4 eones (un eón es un período muy largo y de hecho los cuatro eones suman esos 4.570 millones de años de historia). Los cuatro eones se llaman Hadeico, Arcaico, Proterozoico y Fanerozoico, en ese orden desde el más antiguo. En el eón Hadeico (4.570.000.000 - 3.850.000.000) la corteza terrestre se enfrió, surgiendo el planeta mismo. No aburriré describiendo las cuatro eras en que se divide el eón Hadeico (ni las explicaré). Se supone el fin del eón junto con el término de su última era, cuando concluye cierto bombardeo de meteoritos que azotó a la Tierra y, muy posiblemente también, a la Luna. Desde luego, en ese tiempo no cabe ni imaginar que habría vida, aunque su estudio puede describir los ingredientes primordiales para su surgimiento. Luego viene el eón Arcaico (3.850.000.000 - 2.500.000.000), con cuatro eras también, comienza más o menos con las primeras señales de vida en el mundo, descubiertas en la forma de estromatolitos -una fea palabra que significa “cama de piedra” porque las células primordiales aparecen petrificadas como grupos que forman láminas o camas-. En este eón se manifiesta la vida y también cierta forma de fotosíntesis, además de hallarse una glaciación y la aparición del valioso oxígeno en el planeta. El tercer eón es el Proterozoico (2.500.000.000 - 600.000.000) e incluye tres eras (Paleo, Meso y Neoproterozoico; hay que tener paciencia para leer los nombres). El proterozoico marca el inicio de la oxigenación del planeta, y su fin se mide aproximadamente con el surgimiento de criaturas pluricelulares, puesto que durante todo el eón anterior la única clase de seres vivos que habitaba el planeta era unicelular -sólo una célula. El eón actual se llama Fanerozoico (600.000.000 - hoy), tiene tres eras -Paleozoico, Mesozoico y Cenozoico- y prácticamente toda la teoría de la evolución se desarrolla en él. Algunos eventos interesantes del eón Fanerozoico incluyen la aparición de plantas, peces y seres terrestres. Varias extinciones masivas y cambios climáticos de importancia cardinal moldearon la vida, junto con las fuerzas que describe la Evolución. De estos grandísimos factores aparecieron -y salieron de escena- criaturas tan emblemáticas como los trilobites, los helechos gigantes y los dinosaurios, los pequeños mamíferos; más tarde, los primates y, en fin, nosotros. Un dato anecdótico: la subdivisión temporal considera el eón (ya dijimos que son cuatro), que a su vez se separa en eras, las cuales se dividen en períodos y estos últimos en épocas. Nuestros días, según la ciencia, son del eón Fanerozoico, era Cenozoica, período Cuaternario y época Holoceno. Por si un día le preguntan.
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(Algunos científicos quieren dar por concluido el Holoceno y dar paso a la época del Antropoceno “la época del Hombre”-, especialmente por el efecto del desarrollo de las sociedades humanas en el medio ambiente.) Se entiende que la era Cenozoica cuenta la historia a partir de la extinción de los dinosaurios -la teoría menos alocada que explica la desaparición de esos animales acusa a un asteroide que chocó con el planeta-. La nuestra es la era de los mamíferos, de los cuales somos parte integrante. En relación con el asteroide, o meteorito si queremos ser más precisos, cabe decir que en México existen unos curiosos accidentes geográficos llamados cenotes, que son galerías de cavernas sumergidas, que en una escala de kilómetros de diámetro, describen una circunferencia casi perfecta, señal que ahí pasó algo serio. Comparado, el accidente es increíblemente parecido a otros producidos por caídas de meteoritos, a excepción de que éste es significativamente más grande. Se ha estimado la época en la que cayó el meteorito de México, y coincide con la era en la que desaparecieron los dinosaurios. En fin, los antecedentes -o la evidencia, para usar terminología más adecuada- parecen apuntar al meteorito como causantes de semejante extinción masiva. Antes de seguir, quisiera hacer un paréntesis para hablar de la vida, al menos indicando una definición que sea satisfactoria o comprensible para todos. Es fácil ver la vida en términos del tiempo que transcurre entre el nacimiento y la muerte, y con eso bastaría para explicarla si nos detenemos para mirar aquellos seres que sí podemos ver. Decimos que un ser está vivo cuando se encuentra en algún momento entre su nacimiento y su muerte. Sin embargo, para efectos de un análisis más completo de la Evolución, debemos hilar un poco más fino. La vida puede entenderse como la virtud de ciertas combinaciones de moléculas -una molécula es un grupo de átomos- con la cual dicha estructura interactúa con el entorno para vencer a su destrucción, o mantener lo que los científicos llaman un intercambio de energía homeostática -o que mantenga condiciones estables-. Las características que definen algo vivo suelen ser seis: organización, reproducción, crecimiento, homeostasis, movimiento y evolución. Cualquier cosa que cumple esas seis características, que puede hacer esas seis cosas, es considerada un ser vivo, y a ese ser vivo le llamamos organismo. Hay decenas de definiciones de vida, que van desde la filosófica hasta la genética, pasando por la química y metabólica. La más completa definición de vida la podemos encontrar desde el prisma de la termodinámica -la parte de la física que se dedica al estudio del calor-, que dice que los sistemas vivos son regiones localizadas donde hay incremento de orden -aumento de cantidad- sin intervención externa. Esta definición trae implícita la lucha contra la entropía. La entropía es la tendencia a perder el orden, y se supone que en el universo entero la entropía es la regla, puesto que si nos dejamos estar, lo lógico sería que al cabo de un tiempo se imponga el caos. La vida, según la definición anterior, es cualquier sistema que tiene medios para combatir la entropía. He dicho mucho, y voy a resumir. El universo está moviéndose en la dirección de su autodestrucción -podemos decir que hay entropía en el universo-, ciertos sistemas que existen en el universo han descubierto la forma cómo romper la tendencia entrópica, y esos sistemas están
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vivos; a cada sistema vivo le llamamos organismo y hasta donde podemos saber, (a) hemos hallado vida sólo en nuestro planeta, y (b) esa vida apareció hace 3.700 millones de años. La vida en la Tierra aparece en el eón Arcaico, después que el planeta se enfrió y la corteza se endureció. Se sabe que en esos tiempos el cielo terrestre no tenía oxígeno, pero había una fuente de calor -el Sol- y un conjunto de elementos útiles para la formación de sistemas capaces de romper la tendencia impuesta por la entropía universal. Esos sistemas empezaron por obtener energía a partir de la radiación solar para usarla en su propio beneficio -a esta forma de intercambio energético la llamamos fotosíntesis-, especialmente para reproducirse -“incrementar el orden”- y, así, no desaparecer. Tomó a la Tierra alrededor de mil millones de años -una cifra espantosa- hacer que sus condiciones permitieran el surgimiento de la vida. Desde ahí, y durante tres mil setecientos millones de años, esa vida ha ido cambiando de manera vertiginosa para formar todo cuanto está vivo en nuestro planeta hoy, incluyendo modelos extintos y aún existentes. En algún momento, el laboratorio descubrió que había más beneficio para esos sistemas vivos si se unían entre ellos para formar sistemas más complejos. Al término del eón Arcaico aparecieron los primeros sistemas pluricelulares -sistemas compuestos por varias células, cada una especializada en alguna tarea particular, como algunas células dedicadas a intercambiar energía mientras otras usaban esa energía para el movimiento, en la forma de colas o flagelos, o la reproducción-. Un elemento que coadyuvó fue la masiva extinción de la generación anterior de sistemas vivos, también al final del Arcaico, que provocó la ascensión de oxígeno a la atmósfera. Es decir, más o menos hace 2.500 millones de años la Evolución aprovechó dos ventajas cardinales: el oxígeno y la especialización de las células. Aproximadamente en esos tiempos teníamos ya todas las condiciones para la vorágine de la Evolución. (Se entiende, también, que la agrupación de células para su especialización forma parte del mismo proceso evolutivo, puesto que alguna vez una asociación de células dio resultado y prosiguió con la transferencia genética a las siguientes generaciones.) De los organismos pluricelulares a las plantas y los peces hubo que esperar hasta “apenas” dos mil millones de años en que ocurrieron cambios extremadamente significativos pero excesivamente técnicos, que no voy a describir, para que aparecieran los anfibios, insectos y reptiles. Podemos decir con cierto nivel de certeza que los primeros animales salieron del agua hace 570 millones de años. Las siguientes eras se distinguen por el clima, el movimiento tectónico -de las placas que componen la corteza terrestre- y la forma como esas placas formaron diversos continentes que se fundieron y se separaron, y también por las especies de organismos más populares. Algunas eras también se destacan por grandes catástrofes planetarias. Las extinciones masivas parecen haber ocurrido algunas veces, seis de hecho, y cambiaron las especies preponderantes. El antecedente científico más notable de estos fenómenos nos señala que alrededor del 99 por
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ciento de todas las especies que alguna vez existieron en el planeta está extinto. La flora y fauna actuales representan, así, apenas el 1% de todo el esfuerzo evolutivo en la historia del planeta. ¿Qué tiene esto de importante? Pues que el experimento evolutivo parece tener una base sólida en este antecedente. La Evolución es un proceso que puede mirarse como un ejercicio de prueba y error -no es que la Evolución consista en prueba y error porque no hay voluntad en ella, pero es posible identificar un patrón parecido-, donde cada mutación genética es, digamos, puesta a prueba en el entorno y, si el individuo no es apto, entonces desaparece del todo. Casi todos los ejercicios evolutivos llegaron a callejones sin salida que enviaron a las especies a su inapelable extinción, y este efecto es esperable en un proceso continuo, masivo y aleatorio. Igual que cazar a escopetazos con los ojos vendados, es posible que demos en el blanco algunas veces aunque la inmensa mayoría de los perdigones de cada balazo se perderá inexorablemente sin acertar ninguna presa. Lo diré de otro modo. El que 99 por ciento de las especies haya desaparecido es una prueba que, como quiera que se llame, el proceso que las crea no puede seguir un patrón previamente definido; además, tiene que ser continuo y masivo, para poder provocar la evolución de tantas especies (ejercitemos las matemáticas: hoy día se conoce un número aproximado de dos millones de especies -número que aumenta a una tasa de 10 mil o más por año-, entre animales, plantas, hongos y otros, y si consideramos que ese número es el 1% de todas las especies existentes, entonces podemos decir que la historia de la Tierra ha visto pasar doscientas millones de especies exclusivas). El Diseño Inteligente es la corriente de pensamiento que plantea que el origen y la evolución del universo -incluidos el origen y la evolución de la Tierra- son resultado de acciones deliberadas hechas por seres inteligentes (Dios). Esta corriente fue levantada a fines del siglo XX esencialmente por religiosos evangélicos con miras a demostrar que toda la evolución tiene un director de orquesta y una meta clara. Mi pregunta sería ¿es 99% de fracaso la obra de un ser inteligente que sabe lo que hace y tiene una meta preconcebida? Y mi respuesta es, obviamente, no. Ya seguiremos sobre el Diseño Inteligente, de tanto en tanto. Volvamos a la historia. Luego de la última de las seis extinciones masivas registradas en la historia planetaria -la que nos interesa-, el cetro pasó de los dinosaurios a los mamíferos, como los animales preponderantes, la voz cantante de la era. La extinción de los dinosaurios da término a toda una era del eón Fanerozoico, la era del Mesozoico, para dar paso a la nueva era llamada del Cenozoico -la era actual-, en la que, entre otras cosas, los continentes siguieron derivando hasta llegar a la posición que conocemos hoy en día. Cenozoico significa más o menos “animales nuevos”, y también se la conoció en algún tiempo como la Era Terciaria. Recordemos que eso pasó hace unos 65 millones de años. He dicho que esta extinción, o este cambio de era, nos interesa particularmente, porque gracias a la desaparición de los dinosaurios fue que se produjo el auge de la clase de los mamíferos -a falta de una clase más apropiada-. Si es cierto que un meteorito extinguió a los dinosaurios, entonces deberíamos venerar al asteroide por su espectacular aporte al origen de nuestra propia especie.
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De los mamíferos sabemos mucho, quizá más que de cualquier otra clase animal en todo el mundo, tal vez porque como pertenecemos a esta clase, nuestra egolatría nos ha llevado a estudiarlos más que al resto. La zoología, diríamos, debería así llamarse mamiferología o algo parecido. El nombre científico de la clase de los mamíferos es, dicho sea de paso, Mammalia. En especial, sabemos que los mamíferos tienen características comunes entre ellos, y que además son características exclusivas de los mamíferos que no se encuentran en ninguna otra clase de animales del reino: todos los mamíferos tienen pelo -al menos en estado embrionario-, todos los mamíferos tienen leche -al menos las hembras, gracias a glándulas sebáceas modificadas con las que se alimenta a las crías, y todos los mamíferos tienen tres huesos en el oído medio -salvo, quizá, el equidna-. Entiendo que la placenta también es exclusiva de esta clase, pero no estoy del todo seguro. Las distinciones de los mamíferos, que parecen irrelevantes, en realidad no lo son. Los mamíferos no son ni con mucho animales excepcionales, que destaquen por alguna razón particular, excepto en ciertos planos. Si comparamos a los mamíferos con otras clases, no son ni más rápidos ni más fuertes. Me atrevería a creer que el famoso asteroide hizo, al fin de cuentas, toda la diferencia. Pero no lo creo del todo porque hay muchos elementos que ayudaron a los mamíferos. (Entre los mamíferos, eso sí, está el ser vivo más grande que jamás haya existido en toda la historia de la Tierra, la ballena azul. Y ciertamente, encontramos entre los mamíferos al más excepcional de todos los animales que jamás ha poblado el planeta, el ser humano.) El origen de los mamíferos parece remontarse al período Pérmico de la era Paleozoica, hace unos 280 millones de años, aunque “apenas” 80 millones de años después recién aparecerían los primeros mamíferos verdaderos, ya en el período Triásico -el primero de la era Mesozoica-. Esos primeros mamíferos, que cohabitaron alrededor de 130 millones de años durante la dominación sauria, permanecieron relegados a un segundo plano muy inferior. Las especies de esta clase que se conocen contemporáneas de los monumentales dinosaurios son por lo general pequeñas y miserables, obligadas a competir en ambientes donde los grandes saurios no llegaban: de noche y en sitios fríos, ambas exigencias que los mamíferos pudieron suplir gracias a la capacidad homeotérmica -habilidad para mantener una temperatura corporal estable pese a los cambios de temperatura ambientales-, capacidad hallada sólo en mamíferos y aves, y excepcionalmente en algunos tiburones, que son, como sabemos, peces. El frío les llevó a producir pelo y la noche a desarrollar una visión apta, ambas características que los dinosaurios no tenían, por lo que los mamíferos pudieron progresar en entornos no conquistados por aquéllos. El tiempo añadiría otras mejoras en la estructura de los mamíferos, como cráneos y esqueletos más livianos, pero el principal avance de los mamíferos fue la gestación interna y la producción de leche, logros que permitieron dar a las crías mejores posibilidades de subsistencia. Mientras los ovíparos echan la vida del embrión a suertes, los mamíferos mantienen al embrión protegido por una madre que ya lucha por sobrevivir; y mientras los animales que no tienen leche deben salir a buscar la comida para sus crías -al menos para las especies que buscan alimento para sus crías-, los

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mamíferos pueden prescindir de esa búsqueda en las primeras etapas de la infancia de la progenie. Y quedaba más. El avance significativo en la mayor eficiencia de los organismos de los mamíferos en sus esqueletos, sentidos, músculos y sistemas internos -circulatorio, digestivo y respiratoriotrajo aparejado el desarrollo de uno de los sistemas más relevantes para mi análisis, el del sistema nervioso. Éste es, tal vez, el más notable de todos y uno de los diferenciadores más relevantes que hacen que los mamíferos destaquen por sobre el resto de las clases animales. Ante la pregunta del éxito evolutivo es difícil dar una respuesta acertada o categórica, especialmente porque, según parece, la Evolución no busca nada en particular. Por eso, creo, la definición del éxito dependerá más o menos de las preferencias de quien pregunte. Alguien puede creer que las especies exitosas son aquellas que cuentan con el mayor número de individuos vivos -podríamos llamar a esta medida el “aporte a la biomasa”-; otro podría decir que el éxito se mide por el tiempo que la especie ha pervivido en el planeta -edad de la especie-, o bien por el grado de especialización. Y en último término, por la complejidad del individuo. No podemos decir con certeza, por ejemplo, que los cocodrilos son más exitosos que los ñus, o que los perros son más exitosos que las pulgas. ¿Cómo mido yo el éxito? Pues de ninguna forma, porque el término éxito trae implícito un juicio de valor, pero si me apurasen podría decir que una especie es exitosa cuando no se extingue, o bien se extingue, pero a causa de la especie siguiente que evoluciona de ella misma. Dicho de otro modo, todas las especies que actualmente existen en el planeta -ese 1%son exitosas. Pero claramente se puede ver que los mamíferos -la clase Mammalia- produjeron especies muy peculiares. Y esas especies surgieron a partir de los desafíos del entorno y el continuo proceso evolutivo, reforzado por una excelente transmisión hereditaria beneficiada por la gestación interna y la disponibilidad de leche. Los mamíferos aprovecharon su oportunidad cuando se extinguieron los dinosaurios y en 65 millones de años lograron copar virtualmente todos los ambientes del planeta -salvo la Antártica-, algo que ninguna otra clase ha podido hacer. Se pueden ver mamíferos en las mayores profundidades del océano y hasta los 6.500 metros de altitud, en zonas tan heladas como el polo norte y las costas antárticas, e incluso bajo tierra y sobre los árboles. Es cierto que hay especies de otras clases que habitan lugares muy hostiles, pero como clase, los mamíferos produjeron una variedad tan grande que se extiende a más hábitats que ninguna otra clase. Entre los mamíferos, un orden -subdivisión de la clase- en particular es de nuestro interés. Es el orden de los Primates. Aún se debate si el origen de los primates puede encontrarse en el Cretáceo -140 millones de años atrás-, cuando aparece un animal llamado Purgatorius ceratops. Lo que sí está claro es que, provenientes de ese animal o no, los primeros primates con certeza aparecen en escena en el Eoceno, hace 55 millones de años. En general, los primeros primates eran muy parecidos a los actuales lémures. El primer mono apareció hace 42 millones de años. (Cuidado: solemos decir que el hombre desciende del mono, lo cual es decididamente incorrecto, y por cierto entraña uno de los más poderosos rechazos hacia la teoría de la Evolución. Lo correcto
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sería decir que los hombres y los monos descienden de alguna especie común como la del Purgatorius ceratops, algo que es muy distinto.) En el Mioceno -hace 23 millones de años- surge el primer homínido, específicamente en la actual África, al que conocemos con el peculiar nombre de Procónsul. En particular, el homínido es un mono sin cola y el procónsul parece haber sido aún cuadrúpedo. La Evolución nos indica que el camino del procónsul prosigue con el Afropiteco, el Kenyapiteco y el Moropiteco, todos encontrados en África. Se descubrió luego que estos homínidos y sus descendientes circularon hacia la actual Europa y luego Asia. En la época del Plioceno, hace 5,3 millones de años, aparecieron con claridad los primeros homínidos bípedos y, en especial, uno que mucha gente conoce, el Australopiteco, bípedo y con un cerebro tan grande como el de los actuales grandes simios -gorilas, orangutanes, chimpancés-. El australopiteco viene a ser el padre del género Homo, del cual surgirían todas las especies de homínidos que evolucionaron hasta nuestra propia especie. El Homo habilis -la especie más antigua del género Homo-, fue hallado junto a herramientas de piedra labradas por él mismo, hecho corroborado por el estudio de las manos de este animal. El H habilis además aumentó el tamaño de su cerebro, y se cree que debió ser de unos 600 centímetros cúbicos. El Homo rudolfensis anda por las mismas y aún se debate si es de la misma especie del H habilis o se trata de una especie distinta. En todo caso, le sigue el Homo erectus, de quien se dice que aparentemente fue contemporáneo del H habilis y que lo habría extinguido en una guerra competitiva. Entre los más famosos H erectus están el Hombre de Java, al que se llama Homo erectus erectus, y el Hombre de Pekín (Homo erectus pekinensis), del que se hallaron decenas de restos acompañados de miles -sí, miles- de herramientas de piedra, incluyendo tajadores, cuchillos, martillos y puntas, además de instrumentos de hueso. Otro hallazgo notable es que el Hombre de Pekín cocinaba con fuego -aunque ello no significa que hubiera sabido hacer fuego. En realidad, se supone que los hombres de Java y Pekín son una variedad de Homo erectus asiáticos que luego se extinguieron, pero los H erectus africanos continuaron evolucionando. Entremedio del Homo habilis y el Homo erectus aparece el Homo georgicus -se descubrió una familia completa de 5 en la actual república de Georgia, que parece haber muerto asfixiada tras una erupción volcánica-. El H georgicus era cazador y usaba también herramientas. Hay en Europa también algunos restos que algunos científicos separan para distinguirlos, y a esos restos le han llamado el Homo antecessor, aunque puede que este homínido, muy parecido al hombre moderno, sea un estadio avanzado de Homo erectus u Homo ergaster. En Italia apareció un Homo cepranensis, muy particular porque su cerebro tenía un volumen de 1.200 cm 3, bastante más grande que el de los más grandes de entre los Homo erectus. El otro increíble hallazgo europeo corresponde al Homo heidelbergensis (hallado en Heidelberg, desde luego), que se supone antepasado del Homo neanderthalensis, más conocido como Hombre de Neandertal (del valle -thal- de Neander).

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Del Neandertal se sabe mucho. Su cerebro alcanzaba los 1.500 cm3, eran robustos y bajos, vivían en clanes de a 30 y tenían gran adaptación al frío de las regiones donde habitaron. Ahora está prácticamente demostrado -aunque quedan debates- que el Neandertal y nosotros no tenemos relación alguna salvo un ancestro común hace 400.000 años. El Neandertal apareció hace 230 mil años y subsistió hasta hace 29 mil años, aunque lo hizo en Europa, mientras que nosotros comenzamos nuestra existencia en África. Finalmente, hace unos 40 mil años surgió el más pródigo de todos los hijos de los primates, de los simios y de los homínidos, el Homo sapiens, el ser humano (sapiens obviamente significa sabio). Ninguna otra especie de homínidos subsiste hoy, y en particular respecto de la única que existió en paralelo -los neandertales-, de entre todas las causas que pudieron provocar su extinción, la más cruel de todas es la más probable: el Neandertal fue arrasado hasta su desaparición por el Hombre. ¿Parece historia conocida? (El Homo floresiensis de Indonesia también parece haber existido hasta hace unos 12 mil años, pero sólo se ha encontrado una población tan paupérrima que el debate de si son una especie distinta aún continúa.) Resumiendo, la historia de la vida en la Tierra tiene unos 3.700 millones de años y apenas hace 40 mil que llegamos. Aunque es cierto que todos provenimos de ese primer hálito de vida, también tenemos que racionalizar y admitir que sólo gracias a los dinosaurios y su extinción es que la clase de los mamíferos pudo -merced a las fuerzas del medio- hallar un camino evolutivo exitoso, que produjo a los lémures, los homínidos, monos, simios -todos primates- y finalmente al ser humano.

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Cuarta parte: la evolución del hombre Aunque ya cité algunos pasajes de la evolución supuesta del Hombre (pongo en mayúscula la palabra para referirme a la especie, al Homo sapiens), es obvio que su sola mención no explica en modo alguno cómo hemos evolucionado, particularmente porque, como es notorio, nuestra especie es realmente muy distinta de las demás especies que conocemos. Podría analizar este capítulo en ambas direcciones. Es decir, podría ver los ancestros más antiguos e ir verificando los cambios descubiertos en cada especie para encontrar las particularidades de nuestra especie; o bien, podría preguntarme cuáles son las características que nos diferencian y, a partir de ahí, retroceder en el tiempo para buscar el origen de esas características. La forma de analizar es irrelevante o, al menos, puedo hacer ambas cosas a la vez. Pero sí es interesante y muy entretenido revisar qué nos hace tan distintos a los demás animales del mundo. Si miramos las características por su efecto, podemos decir que el ser humano es el único ser vivo conocido que ha logrado poner un individuo en la Luna mientras puso a otro individuo en la mayor profundidad del océano. Somos la especie que ha volado más alto, que ha cavado más profundo, que ha ascendido a la mayor altitud terrestre y que ha viajado más rápido. También hemos creado las sociedades más complejas del planeta, somos los únicos que mantenemos un registro no cerebral de nuestra historia, ninguna especie ha construido tanto con tantos diversos materiales, ninguna crea y usa tantas herramientas como nosotros, somos la única especie que domestica otras especies en un régimen no simbiótico; ningún otro animal puede darse el lujo de decidir no depredar tanto, de decidir proteger a otras especies, y tampoco hay por ahí especies capaces de destruir la vida del planeta. Pero también somos los únicos con un sistema de lenguaje abstracto, porque somos los únicos que podemos usar la abstracción, y por ello ninguna especie más puede crear arte, literatura, filosofía ni ciencia. Somos, así, los únicos seres racionales que además podemos gastar voluntariamente nuestro tiempo en actividades inútiles o incluso dañinas. Además, nuestra especie es exclusiva en la interacción, la creación de medios de producción, el acuerdo en el uso de la moneda y el comercio, pertenecemos a la única especie que estudia a otras especies y que tiene laboratorios, zoológicos e invernaderos. Sólo nosotros hemos llevado la crianza al punto de tener escuelas, universidades y academias. Ninguna otra especie hace deporte -ni caza por deporte-, y nuestra capacidad de planificación, organización y ejecución de proyectos es inigualable e incomparable. Hasta donde sabemos, no hay animal alguno salvo el hombre que tenga creencias, fe y una noción de la existencia de la vida y la muerte, y que busque respuestas sobre la vida y la muerte. No encontraremos animal alguno distinto a nosotros que pueda escribir este texto, y tampoco leerlo. Es difícil identificar qué hace al hombre una criatura tan singular, aunque haya muchas características que parecen obvias: lenguaje, inteligencia, capacidad de abstracción, conciencia de ser son todas virtudes que no encontramos -o encontramos en muy miserables cantidades- en
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otras especies. Según me parece, nuestras dos características más desarrolladas son una curiosidad fuera de todo límite, y la inteligencia necesaria para satisfacer esa curiosidad. Incluso, al combinar ambas logramos eso que muy adecuadamente se denomina “conciencia del ser”, la asombrosa capacidad de saber que existimos, puesto que -parafraseando a Descartes- pienso, luego existo, o bien, debido a que pensamos es que existimos. Desde mi punto de vista, la especie humana siempre fue inteligente y curiosa. Antes bien, nuestros ancestros también lo fueron aunque en escalas menores, de modo que podríamos hacer una relación entre el tiempo transcurrido y la cantidad de inteligencia y curiosidad del homínido. La curiosidad, para empezar, no es privativa de nuestra especie, y está presente en muchas otras, aunque en menor medida. Sospecho que la curiosidad es una cualidad que se desarrolla en especies más adelantadas, y me atrevo a decir que podemos medir el adelanto de la especie en función de su curiosidad: entre más curiosa la especie, más adelantada es. Esta relación, creo, se produce precisamente porque la curiosidad es una característica que sólo puede desarrollarse en la medida en que las necesidades previas, más básicas, están satisfechas. Mientras haya carencias, se soslayan los bienes suntuarios y la curiosidad, desde el punto de vista de la supervivencia, es decididamente suntuaria. Pero lo es sólo en el corto plazo. Aparentemente, las especies inferiores son incapaces de notar cuánto beneficio les aportaría ser un poquito más curiosas. En un plano de supervivencia pura, el reflejo y los sentidos aguzados resuelven los problemas asociados con la depredación y la muerte de una forma muy eficaz en lo inmediato. Muchos animales que conocemos son destacados por sus increíbles habilidades físicas, que incluyen músculos bien tonificados, sensibles sentidos del oído, la vista o el olfato, o una distribución anatómica ideal para brincar y huir con extraordinaria rapidez. Estos excelentes aditamentos, sin embargo, parecen meter a las especies que los poseen en un callejón sin salida evolutivo. Pondré un ejemplo. La gacela de Thomson es un pequeño antílope africano que sobresale por su notable agilidad y su tremenda velocidad. Representa la cumbre del bovino en términos de rapidez, tanto en respecto a sus reflejos como a su velocidad máxima. Quizá toda su anatomía esté concebida para este fin. Su depredador más notorio es el guepardo (chita), el mamífero terrestre más rápido del planeta, un felino absolutamente diseñado para correr. Este singular binomio depredador-presa está atrapado. Mientras siga habiendo gacelas de Thomson que depredar, los guepardos seguirán existiendo, y las mutaciones genéticas que no tiendan a mejorar la velocidad de ambos terminarán extinguiéndose. Si alguna mutación genética aumenta el peso, estropea el diseño aerodinámico o reduce la potencia física, entonces la gacela morirá cazada por el guepardo. La selección natural preferirá, entonces, gacelas más y más rápidas en desmedro de gacelas con alguna característica distinta. Un guepardo incapaz de correr a la velocidad requerida para cazar una gacela tampoco podrá sobrevivir, y la selección natural se inclinará indefectiblemente por los guepardos más rápidos. Esta carrera armamentista guepardogacela ha cerrado toda posibilidad a ambas especies, y a partir de esa relación es que es bien improbable que nos encontremos con una gacela especialmente curiosa, si como es de imaginar
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tienen que pasar prácticamente toda su vida huyendo o preparadas para huir. Dicho de otro modo, ¿qué espacio queda para la curiosidad, si para sobrevivir hace falta exclusivamente ser sumamente veloz? Esta pregunta calza también para la chita y por eso también es razonable pensar que no nos toparemos con una chita particularmente curiosa. La Evolución tiende sus trampas -involuntarias, desde luego- a cientos, o miles, de especies en todo el mundo, y ellas lo ignoran porque están sometidas a una tensión permanente que les impide cambiar el estado de las cosas. Podemos creer que géneros animales, o familias enteras, están contenidas en un conjunto cerrado de posibilidades y esa contención les hará imposible mejorar aspectos distintos a los estrictamente necesarios, que componen el conjunto cerrado que antes dije. Los ancestros del guepardo, casi con toda certeza, eran menos veloces, y su descendencia fue haciéndose cada generación más rápida que la anterior. Cabría suponer -aunque no es necesariamente así- que los descendientes seguirán mejorando sus cronos. Sólo una debacle para la especie, una especie de revolución o shock, podría revertir la tendencia en una especie. El mismo análisis sobre la curiosidad resulta para la inteligencia. Así como la curiosidad es menos deseable para un guepardo o una gacela -puesto que reducirían el promedio de velocidad y la capacidad de reacción-, también la inteligencia lo es. Tanto husmear desinteresadamente como detenerse a reflexionar son estados físicos claramente incompatibles con los requeridos para sobrevivir al ataque de un guepardo, o para cazar una gacela, y por otro lado la inteligencia exige invertir muchísima energía en el cerebro. Obviamente, los animales rápidos quisieran invertir su energía en los músculos en lugar del cerebro. Las especies más avanzadas han despejado ciertos aspectos de su existencia, tales que hacen que la vida deje de ser una lucha por sobrevivir, y se transforme en algo más complejo y profundo. Las amebas y bacterias, parece, sólo tienen por propósito reproducirse -a sí mismas- para seguir existiendo como especies. Algo similar ocurre con casi todos los artrópodos, moluscos, peces, aves y reptiles, y con muchos mamíferos. El afán por subsistir es tan grande que se pierde el foco en lo que es realmente importante -o al menos lo que parece más importante-: evolucionar. Apenas si algunas especies de mamíferos, quizá ciertas aves y muy pocos peces han logrado resolver su problema de sobrevivencia, y ahora pueden prestar más atención a otros aspectos de la existencia. Un ejemplo claro de esta manifestación se da en los animales domesticados. Cuando se despeja el desafío de proveerse de alimento, los animales en cautiverio suelen perder cierto interés en aquello que en otras circunstancias habría sido el casi exclusivo fin de la vida, y en su reemplazo aparecen la curiosidad y la habilidad de aprender algo nuevo. Creo que los animales que podemos domesticar son los que representan a las especies que no han entrado en un callejón evolutivo que no tiene escapatoria: perros, focas, delfines, etc., son los animales que tienen cierto margen para mover sus anhelos evolutivos desde una perspectiva de supervivencia a otra de vida misma. Creo por otro lado que las especies vivíparas están mejor adaptadas para asumir el desafío de obtener características suntuarias como la curiosidad o la inteligencia, puesto que ofrecen a sus crías la posibilidad de, efectivamente, explorar nuevas mutaciones genéticas.

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Los primeros homínidos, nuestros abuelos evolutivos, muy posiblemente hallaron un hábitat seguro en el que pudieron desatar su curiosidad. Como pertenecieron a una familia (familia es un término usado en Biología para hacer referencia a una cierta agrupación mayor de especies) intrínsecamente inteligente, combinaron esa propiedad natural con la circunstancia ambiental -un entorno seguro para curiosear- para liberar la carrera evolutiva más espectacular que el planeta haya visto. Es moneda común en el mundo científico decir que los primeros homínidos, o sus antepasados directos, eran criaturas arborícolas herbívoras. Ciertos cambios en la vegetación -el surgimiento de las sabanas- permitieron a los homínidos bajarse de los árboles y conocer “mundos” nuevos, que trajeron también una dieta revolucionaria: la carne. La adquisición de proteínas permitió el desarrollo del cerebro de esos ya astutos animales, que fueron progresivamente deshaciéndose de atributos físicos antes imprescindibles para sobrevivir, como la vista aguda, la velocidad, las garras, etc. La inteligencia deterioró las virtudes anatómicas y morfológicas del homínido, que ya no necesitaba ser ni tan poderoso ni tan rápido. Su inteligencia pudo suplir en gran medida las carencias físicas que le habrían hecho sumamente vulnerable en un entorno de cazadores bien pertrechados. La selección natural probó que el ensayo de desarrollar el cerebro, en lugar de las patas o el sistema respiratorio, daba muy buenos resultados. La carrera armamentista arrojó sobre la mesa el nuevo aditamento a mejorar: la capacidad cerebral. A partir de este “hallazgo”, la Evolución fijó un nuevo curso, sin callejones sin salida. Costó poco al homínido entender que era posible intervenir la naturaleza para crear herramientas que extendieran las capacidades físicas del animal. ¿Para qué garras si se puede tener un buen cuchillo de piedra? ¿Quién querría ser más rápido si arrojando una lanza se podía cazar lo mismo? ¿Para qué desarrollar un agudo sentido del oído, si con fuego era posible mantener a las bestias a raya? No parece extraño, así, que el proceso evolutivo del hombre moderno haya sido tan vertiginoso y haya dado tantas especies nuevas en tan poco tiempo. Al fin de cuentas, la selección natural consiste en dejar pasar a quienes son más aptos. El homínido primitivo fue herbívoro, pero pronto comenzó incluir carne en su dieta, alimentándose de carroña. Por siglos, los homínidos vivieron a la saga de los grandes predadores mundiales. El Homo habilis es el primero del género Homo y no le quedaba otra que ser oportunista, puesto que era pequeño -130 centímetros- y no tenía posibilidades ante los mamíferos cazadores de su tiempo, entre los que cuentan el león de las cavernas -el felino más grande que haya existido- o el oso de hocico corto, entre otras imponentes especies. De hecho, el habilis debió carroñar y especialmente recolectar. El nombre de este homínido significa “hombre hábil”, obviamente, porque tenía la destreza para fabricar herramientas, particularmente de piedra. De hecho, los arqueólogos llaman a su época el Paleolítico, la época de la piedra antigua, en referencia a que surgieron con el habilis las primeras -o más antiguas- herramientas de piedra. Durante el Paleolítico inferior se han descubierto fósiles de homínidos hábiles solamente en África, hace unos dos y medio millones de años.
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La primera especie del género Homo debía haber sido ya inteligente, al menos con la clase de inteligencia que conocemos. Su cerebro pequeño -entre 600 y 800 centímetros cúbicos- de todas formas le regaló muchísimas nociones antes inexistentes en el reino animal. Hasta ahora los científicos no han encontrado ninguna otra especie anterior que haya manipulado su entorno de la manera que el hábil lo hizo. La intervención de ciertos elementos para transformarlos en objetos útiles para desarrollar otras actividades representa un cambio o avance sumamente trascendental. El hábil fue el primer animal que deseó transformar su entorno para sacarle provecho, y parece lógico que ese primer hombre tuviera ya la inteligencia necesaria no sólo para sobrevivir, sino particularmente para ser exitoso en su territorio. Al habilis le sucedió el erectus, que caminaba erguido -de ahí su nombre-. Este homínido es el más extendido entre nuestros antepasados y se cree que con él se inauguró la era de los descubrimientos, que no se detendría ya nunca más. El Homo erectus fue el primer ser vivo capaz de manipular el fuego, una herramienta y un arma tan eficaz que, diríamos, moldeó en definitiva nuestra existencia y, por extensión, la del mundo. El erecto era un homínido muy grande, 180 centímetros de estatura, con un cerebro también muy grande, cuyo volumen aumentó significativamente a lo largo de su dilatada existencia, cerebro que claramente supo usar. Hay un debate científico que agrupa a algunos del lado de la teoría de la extinción del habilis a manos del erectus, especialmente debido a la pelea por los recursos, mientras que del otro bando están quienes aducen un proceso evolutivo natural, o bien que el habilis se convirtió en erectus. Independiente de la razón, el nuevo homínido se expandió por Europa, Medio Oriente y Asia. El “hombre de Pekín” fue encontrado en China y pertenece a esta misma especie. Junto al conocimiento del fuego, este diestro animal elaboró incluso herramientas para fabricar herramientas, como yunques, y otros utensilios harto modernos, como palas para cavar o cuencos para contener líquidos. Experimentó también con otros materiales como la madera, el asta y el hueso, aunque se han hallado menos vestigios de estos últimos, obviamente debido a la descomposición. La variante africana del erecto se conoce como Homo ergaster, aunque todavía se debate si éste es una especie distinta o no. Sea como fuere, el caso es que el ergaster es el más adelantado de los homínidos y muy probablemente haya sido ya un humano, particularmente porque desarrolló el lenguaje articulado, quizá la herramienta más poderosa con la que un ser vivo puede contar para evolucionar hacia estadios superiores. Con el lenguaje oral, el hombre ya pudo comunicarse a un nivel antes inimaginable, logró constituir una sociedad muchísimo más compleja y crear interacciones avanzadas entre miembros de esa sociedad. Nace la transmisión oral de las experiencias y tradiciones sociales. La humanidad como la conocemos hoy hace su aparición en el planeta, gracias a la curiosidad, la inteligencia, el manejo de herramientas y el fuego, y el lenguaje. De hecho, podemos suponer con buen grado de certeza que el lenguaje -y por tanto la abstracción- produjo el nacimiento de primitivas formas de religión. Claramente, un animal inteligente y con esa capacidad para abstraerse, puede hacerse preguntas más allá de lo
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estrictamente pragmático. Es cierto que probó distintos materiales para crear herramientas, pero también cuestionó ciertos aspectos de la existencia -la muerte, por ejemplo-, y para ello creó sistemas de creencias que sirvieran para explicar los fenómenos naturales, según su propia experiencia. Pronto las transmisiones orales de la historia se transformaron en mitos, luego leyendas y finalmente certezas, creencias relatadas a través de narraciones singulares que describen causas de formas peculiares usualmente basadas en el mal llamado “sentido común”. Creo que no es muy importante buscar al primer humano moderno (Homo sapiens) porque ya en el ergaster tenemos los ingredientes suficientes con los que se construyó la civilización como la conocemos. Sin embargo, haremos el ejercicio. Las distintas especies son temporales, pero también geográficas, y además presentaré una simplificación para no profundizar el análisis, aunque explorar nuestros ancestros sea una experiencia sabrosa. Hace 2 millones de años, en África, existió el Homo ergaster, que parece haber desaparecido más o menos hace 1,4 millones, o evolucionó hacia dos especies distintas, paralelas en tiempo pero diferenciadas por región. En África y Europa prosperó el Homo antecessor, cuyas principales variaciones son, en Europa el Homo neanderthalensis, y en África el Homo rhodesiensis. Del Homo ergaster surge en Asia el Homo erectus, que se extingue hace menos de 200 mil años. El H. antecessor de Europa se transformó, hace 230 mil años, en el H. neanderthalensis, extinguido hace apenas 29 mil años; el H. rhodesiensis de África se convirtió, en fin, en el humano moderno. Se supone que el humano moderno, también llamado Homo sapiens, convivió exclusivamente con el H. neanderthalensis o al menos ambas especies se toparon en las regiones meridionales de Europa y, producto de esa coexistencia, estos últimos fueron exterminados por los humanos. En fin, el caso es que nuestros ancestros -los que hayan sido- ya traían todas las componentes necesarias para nuestra sociedad, y nosotros somos los herederos modernos de esas importantes componentes. Sea que nos mezclamos con, o exterminamos a, los neandertales, en concreto nuestra aparición en el planeta, hace unos 40 mil años como especie exclusiva -no existe hoy ninguna otra especie del género Homo- traía ya el germen del éxito que disfrutamos en nuestra época. El humano moderno ya era una especie absolutamente singular cuando apareció. Desde hace cuarenta milenos que somos el mismo animal. Las religiones se saltan todo este intrincado análisis para dar al origen del ser humano un cariz particular. Algunas historias nos hacen nacer de una planta, de la unión sexual de dioses, de árboles, barro, maíz, etcétera, y que en realidad no provenimos de un proceso evolutivo propiamente dicho. La más popular de estas historias en Occidente la cuenta el Antiguo Testamento, que se refiere a Jehová creando al hombre a partir del barro, y a la mujer con la costilla del hombre. Estos nuevos habitantes del mundo surgieron provistos de un alma con la que se conectaban con Dios, y desde esta pareja primigenia se pobló el mundo entero. El dolor del parto, el trabajo y, en rigor, todos los males de la humanidad fueron causados por ese primer delito -el pecado original- debido al deseo

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del hombre y la mujer de morder la fruta del conocimiento, pecado que mandó a la pareja fuera del Paraíso. En verdad, el relato bíblico del Génesis no carece de sentido en varias facetas de su contenido. Recrea a través de su discurso aspectos de la naturaleza animal y humana. Yo diría que cierra algunos círculos y deja bien explicadas las razones para ciertas circunstancias, y eso está muy bien porque hace falta saber muchas cosas, y este relato las explicita de forma coherente con los dictados dogmáticos de la fe. Por ejemplo, establece que la vida en el planeta fue inoculada desde una deidad. Ha sido una confusión científica histórica el determinar cómo es posible que se desarrollen formas materiales dispuestas a luchar contra la entropía. Como somos incapaces de crear vida a partir de la materia inerte, no es insensato pensar que esa enorme tarea recayó en las manos de alguien que sabe mucho más que nosotros. También explica otro inmenso desafío científico, que es entender cómo puede ser que, aun si pudiéramos despejar el origen de la vida, se haya producido el origen de una especie tan singular como la nuestra. Mientras no podamos establecer cómos y porqués de muchas cuestiones esotéricas o misteriosas, es sensato creer que el camino correcto está, también, en la aceptación de un dios interviniendo el asunto para resolver esas materias y, en particular, la del origen de la humanidad. En último término, sensibiliza a la sociedad al otorgarle preceptos morales, en la medida que la conexión del alma humana con la deidad nos somete a un escrutinio permanente cuyo término implica un juicio, el que nos debiera predisponer a obrar de ciertas formas y evitar acciones que arriesgan ensuciar nuestra hoja de vida. Como en todas las concepciones religiosas relacionadas con cualquier cosa, para cualquier religión o secta, el tema no es cómo, sino por qué, aquí descansa todo el problema. Alguna vez dije o escribí algo que me dejó muy satisfecho respecto de la religión. Sabemos que en las épocas en que se transcribieron las leyendas más antiguas de la humanidad se cumplían algunas condiciones muy duras para enjuiciar esos relatos en el presente. En primer lugar, las leyendas primigenias de las nacientes sociedades fueron transmitidas por individuos que carecían totalmente de habilidades o conocimientos para realizar observaciones serias. Algunos investigadores creen que en las primeras etapas de la sociedad aún se ignoraba el mecanismo asociado a la concepción humana, y que como es natural se pensaba que el embarazo resultaba de una acción deliberada de espíritus o divinidades, o de inoculaciones totémicas, siendo muy difícil para el humano súper antiguo encontrar la relación causa-efecto entre el coito y el embarazo. Quienquiera que haya leído las mitologías sumeria o egipcia encontrará que los relatos son extraordinariamente inverosímiles para explicar muchas cosas, como el día y la noche una pelea sempiterna entre un dios que representa al sol y un demonio que representa a la oscuridad-, las crecidas de los ríos o los truenos. No quiero aburrir con la infinidad de temas que abordaron las antiguas tradiciones de civilizaciones extintas y que ya están descartadas, al punto
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que si se me ocurriera preguntar, es posible que un porcentaje abrumador de personas asegurara que no cree una sílaba de lo que está escrito en esas tradiciones. Y no les discutiría, porque ahora sabemos que la Tierra da vueltas sobre su eje y que esa rotación hace que se produzcan la noche y el día, o que por la inclinación de ese eje es que se producen estaciones, y que en ciertas estaciones las aguas se congelan pero en la siguiente se derriten, y bajan por las montañas anegando los suelos más bajos a través del cauce de ciertos ríos. Y también sabemos que las nubes del cielo tienen cargas eléctricas que en ocasiones producen rayos y que parte de la energía de ese golpe eléctrico se gasta en un atronador ruido. Gran parte de esas tradiciones primitivas se transformaron en relatos más consistentes y universales, y fueron aceptados por más y más gente. Nuestra inconmensurable curiosidad encontraba satisfacción cuando se revelaba un secreto mediante una explicación plausible. Aún hoy sigue siendo así, y nos fascinamos -bueno, yo me fascino- cuando encontramos una buena explicación para tal o cual fenómeno. En esos tiempos antiguos de los que hablo, las explicaciones no tenían ninguna base científica y nacían como efecto de ciertas observaciones erradas, o bien producto de algunas mentes “preclaras” muy carismáticas a quienes poco se les discutía porque habían demostrado ya un gran saber en otras disciplinas. Como resultado de ese caldo de ideas es que se originaron los mitos, y todos, absolutamente todos los conocimientos religiosos que poseemos hoy día provienen de esos mitos. De otro lado, la magnífica ignorancia de quienes se inventaron esos relatos entró en los cerebros de otros magníficos ignorantes. A falta de una explicación razonable, más valía tragarse el cuento de un acreditado orador. Pues es tan fácil engañar a un ignorante -me refiero, desde luego, al ignorante que ignora porque no sabe. En último término, esos mismos cuentos se repiten a lo largo de todos los dogmas de fe, sea cual fuere la religión que elijamos para analizar. Algunos antiguos decían que la especie humana nació de unos árboles sagrados; entonces, ¿qué de diferente tiene que nos parezca del todo ridículo que la especie humana naciera del barro? Y más aún, una vez que hemos desacreditado las sonsas historias del origen de la humanidad, ¿podemos tragarnos los cuentos que siguen? Si ya nos mintieron una vez -por trampa o error-, el que aceptemos la siguiente mentira sólo nos deja dos opciones: o somos tontos, o realmente necesitamos creer. Y aquí es donde cierro el análisis sobre el relato bíblico del Génesis: da igual si es sensato o no tragarse todas las historias que escribe -casi cada cosa que se puede leer ahí está científicamente desacreditada-, lo importante es que responde a un “por qué” en lugar de a un “cómo”, y ese “por qué” es relevante en tanto establece las reglas que debemos seguir como sociedad. No se trata de decir que es ridículo que el hombre haya surgido de tierra mojada, sino que el hombre surgió producto de un dios que controla o al menos evalúa su existencia, y es imperioso vivir según las normas determinadas por ese dios, quizá porque rechazarlas implicaría una degradación moral cuyo efecto sería el caos social. Pero, ¿qué pasaría si fuera cierto que el hombre no fue moldeado en barro? ¿Preferimos vivir una mentira, o es mejor encontrar la verdad? Sinceramente, me quedo con la verdad, y claramente,
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por la evidencia desvelada a partir del origen de las creencias religiosas, la verdad no está en el libro del Génesis, por más que queramos que sea cierto que tenemos una conexión divina con algún dios. En fin, dejemos la discusión sobre fe y regresemos al asunto que nos toca. Según mi parecer, la Evolución humana no tiene nada de extraordinario o divino, y las pistas que nos han dejado nuestros antecesores evolutivos -sea que los hayamos exterminado o hayan desaparecido como efecto de su menor habilidad de adaptación- son suficientes para hacernos una idea de cómo es que llegamos al punto en el que estamos hoy. Me refiero, claro, al “misterio” de la aparición en el planeta de tan singular especie. A muchos les parecería realmente notable que al cabo de 4.700 millones de años solamente una especie de este mundo haya sido capaz de los prodigios que la nuestra ha conseguido. Pero a no confundirse, mi opinión también es que somos una especie notable, pero no me parece tan extraño que, en primer lugar, seamos los únicos y, en segundo, que la evolución haya tardado tanto para producirnos. A causa de un sinfín de razones biológicas muy complejas, y como es evidente en cualquier progresión cuyo resultado es de suyo complicado, el mayor tiempo ha sido dedicado a desarrollar mejoras muy difíciles de percibir y que, a fin de cuentas, representan los cimientos para el resultado final. Lo diré de otro modo: prácticamente toda la historia de la vida en la Tierra ha girado en torno a detalles muy menores, pero significativos, que han implicado avances gigantescos sin los cuales no habría la extraordinaria diversidad que conocemos hoy día. Es decir, los bloques de construcción de la vida y sus especificaciones más simples significaron procesos increíblemente largos en términos del tiempo. Tan largos que son virtualmente todo el tiempo que existe la vida en la Tierra, y los avances más notorios -para nosotros- fueron bien recientes y muy sucintos. Brevemente, diría lo siguiente: el primer tiempo, uno muy largo y costoso, fue dedicado a la formación de los elementos necesarios para la presencia de vida, y también para la creación de las formas celulares capaces de progresar, las células eucariotas. Este solo elemento, muy simple como puede parecer, es esencial para crear diversidad. El segundo tiempo, también extenso, se pasó entre el aprendizaje de la combinación y especialización de células, aprendizaje necesario para crear organismos multicelulares, y el aprendizaje del uso del oxígeno como combustible. A partir de este punto, en que hemos recorrido, tal vez, un 85 por ciento de la historia de la vida en el planeta, tenemos todos, absolutamente todos los ingredientes necesarios para producir seres humanos, a excepción de la suerte, de la que ya hablaremos. Hay un tercer tiempo, que copa prácticamente el resto de la historia, en el que la Naturaleza, o digamos más precisamente la Evolución, hizo sus experimentos. Plantas acuáticas, hongos, seres acuáticos (trilobites, moluscos), peces, anfibios, reptiles, artrópodos, plantas terrestres, aves y
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mamíferos -entre otros-, fueron los distintos caminos escogidos por la Evolución para hacer pruebas de campo y desechar especies inhábiles y confirmar especies aptas. En todo este tiempo se desarrollaron cada una de las características biológicas que son la base de nuestra propia naturaleza humana. En este tiempo, se crearon y mejoraron los sistemas de locomoción, respiración, la musculatura, los envoltorios, las estrategias reproductivas y desde luego el sistema nervioso, por mencionar algunos. Los mamíferos, que evolucionaron en este tercer tiempo, lograron un camino particularmente exitoso debido a sus exigencias -subsistir en entornos difíciles a la sombra de los grandes dinosaurios-, camino que incluía entregar a las crías mejores posibilidades para sobrevivir y un progreso significativo de todos los sistemas componentes de sus organismos. El último tiempo, el más miserable en términos de duración, un 0,00085% del total, es el más exquisito y explosivo de todos. No se circunscribe a la Evolución del género Homo, pero claramente la aparición de ese género es lo más sabroso de este último tiempo. (Para tener una idea de lo poco que llevamos en este mundo, podemos hacer una analogía. Digamos que toda la historia del planeta se puede comprimir en un día. Nosotros apareceríamos en las últimas siete décimas del último segundo del día.) Hasta la aparición de nuestro género en el planeta, prácticamente todos los demás sistemas se desarrollaron en niveles supremos, y prueba de ello es el bello asombro que nos causa ver a las especies que llegaron a esos niveles: fortaleza física, velocidad, agilidad, sentidos desarrollados a una altura superlativa e incluso conductas sociales. Curiosamente, ninguna de estas especies tan notables -hasta nuestro género- logró desarrollar de forma superlativa el órgano más poderoso de todos, el cerebro. Me atrevo a decir que la paradoja de la que ya hablé, que se refiere a la íntima relación entre presa y depredador -también podemos establecer una relación especie-medio-, es que se produjo una trampa evolutiva de la que el género Homo tuvo la fortuna de escapar. Si, como creo, el cerebro es tan importante, entonces no es insensato creer que una especie que pudo sobrevivir a punta de desarrollar su capacidad cerebral haya tenido una evolución vertiginosa. Llegamos en tan poco tiempo desde el primer Homo hasta el ser humano porque el camino de la evolución del cerebro tenía que ser exitosa, sí o sí. Es como trabajar con la herramienta equivocada. Gastaremos mucho tiempo y esfuerzo en conseguir nuestro objetivo, y cuando damos con la herramienta correcta, mejoramos nuestro rendimiento de manera dramática. Esto mismo ocurrió con la Naturaleza y la Evolución cuando encontró la herramienta correcta: hacer evolucionar el cerebro, considerándolo algo más que un sistema de gestión automática, para almacenar memoria y controlar el instinto. Diré también que el género no produjo la maravilla desde el comienzo. Los primeros primates fueron exitosos -subsistieron, y evolucionaron- porque acompañaron su fantástico desarrollo cerebral con buenas componentes físicas adicionales de las que nosotros carecemos -como
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colmillos y garras-. En la medida que los individuos de las especies de primates prosperaban con extrema facilidad, fueron progresivamente deshaciéndose de esos innecesarios aditamentos físicos a cambio de la capacidad para suplirlos mediante su inteligencia superior. De ahí en adelante, en la medida que de forma acelerada se desarrollaba el cerebro, podemos cómodamente admitir que una de esas especies tendría entre sus características una inteligencia que estuviera a la altura de su curiosidad. Y eso es todo lo que se requiere para tener un ser humano. Nada más. Los vestigios de nuestro origen y paso por el mundo desde tiempos pretéritos olvidados por los sedimentos nos entregan la explicación que nos falta, y comprendo que los vacíos aún existen porque no disponíamos de medios para registrar esa historia, y porque el tiempo y la erosión han hecho desaparecer muchas señales que podrían haber sido sumamente útiles. Pero somos inteligentes y podemos rellenar los espacios a través de una de nuestras habilidades, la abstracción, que nos permite por ejemplo leer palabras sin tener necesariamente que leer letra por letra. Así mismo es posible construir la historia de la humanidad desde el punto de vista biológico: el primer cerebro poderoso generó una especie exitosa, que, a causa de los factores de la Evolución -la mutación genética y la selección natural-, avanzó sin contrapeso en el crecimiento de su volumen cerebral hasta que aparecieron características que solamente podemos encontrar en quienes tienen un volumen cerebral súper desarrollado: curiosidad factible de satisfacer, capacidad de abstracción, conciencia de ser y lenguaje. Las creencias surgen de la combinación de estos mismos cuatro elementos. Una creencia aparece porque necesitamos saciar el hambre de saber y entender cosas que ignoramos, pero también podemos asociar, gracias a la capacidad de abstracción, metáforas o señales que no son literalmente el significado, por lo que podemos interpretar las realidades a través de esas abstracciones -con las cuales podemos hacer deducciones e inferencias imposibles para otras especies-. Además, el desarrollo de la conciencia de ser -saber que existimos y, por tanto, entender que también dejaremos de existir al menos en la forma que nuestros sentidos entienden esa existencia- nos obliga a empujar nuestra curiosidad hacia fronteras tan particulares como el deseo de saber qué hay antes que nacemos e indagar si existe algo después que morimos. Y en último término, las creencias se nutren de la transmisión, de la que se encarga el lenguaje que, como sabemos, es muchísimo más rico y complejo que las imágenes, y por tanto resulta mucho más útil si lo que queremos transmitir es una noción complicada como una creencia. Sabemos que el Neandertal enterraba a sus muertos, y sospechamos que lo hacía porque con ese acto cumplía una creencia particular. Puesto que enterrar a un muerto es una labor ardua y que rinde pocos beneficios prácticos, sería bien absurdo que hayan hecho esto para cumplir objetivos pedestres, como evitar la aparición de carroñeros o alejar enfermedades y malos olores (en general, es más barato deshacerse del cuerpo arrojándolo lejos). Los neandertales muy posiblemente respetaban a sus muertos, y a ellos les obsequiaban con un ritual de enterramiento, en el que incluían ropas y herramientas en la tumba, de seguro porque esperaban que ese cuerpo fuera útil para el occiso en cierto otro mundo.
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Esta anécdota -que los neandertales enterraran a sus muertos- nos enseña que en un estadio evolutivo anterior y diferente al humano ya se puede desarrollar la noción de una creencia, y que por lo tanto no es necesario ser humano para ser creyente. Esta conclusión es muy importante para reafirmar la idea de que todo lo que sabemos es suficiente para entender de dónde venimos: si especies anteriores a la nuestra -y que incluso pueden no estar emparentadas con nosotroscreían como creemos nosotros, entonces el que nosotros tengamos creencias no nos hace tan particulares, y ciertamente no necesitamos que una divinidad nos haya inyectado alguna característica especial para ser lo que somos. Es decir, ya en especies anteriores a la nuestra existían todas las características que nos hacen tan peculiares como especie. El conocimiento y la formalización del conocimiento son aplicaciones prácticas de las creencias. Así como se transmiten las creencias -que a fin de cuentas explican qué somos, dónde vamos y cuál es nuestra misión-, también hemos disfrutado de la transferencia de otros aprendizajes menos espirituales. Igual que las células eucariotas o los mamíferos, nuestra civilización ha debido gastarse muchísimo tiempo en aprender de los cimientos sobre los cuales la hemos construido en nuestros días. El descubrimiento del aprovechamiento del fuego, el trabajo con la piedra y después con los metales, la invención de la rueda, la navegación, la agricultura y la construcción fueron aprendizajes lentos y tortuosos, pero imprescindibles y, a fin de cuentas, determinantes para el desarrollo de nuestras sociedades. De ahí en adelante todo avanzó como sobre un tobogán, a una velocidad impresionante y con un ritmo inexorable. Era inevitable que llegáramos a este punto, si partimos en aquél, en que por primera vez un animal prefirió desarrollar su cerebro. Nuestra civilización, estas sociedades que tenemos, los paquetes de creencias, sus religiones y también la superchería, el avance del conocimiento, la ciencia, las guerras y las relaciones, todo cuanto somos y el potencial que atesoramos y seguimos descubriendo, todo aquello proviene de ese primer impulso evolutivo que escogió robustecer un órgano considerado de segundo orden en todo el reino animal. Al final del día, me arriesgo, nuestra mera existencia y todo nuestro éxito gira en torno a ese evento prístino del primer humanoide, el procónsul, que tuvo la fortuna de que su mutación genética correspondiente le regalara un cerebro poderoso. Lo demás, según mi modo de entenderlo, es música. El origen de la humanidad tiene caracteres divinos para las creencias porque cuando nacieron esas creencias no éramos capaces de ver con tal claridad todas las evidencias que hoy tenemos, y como las creencias se hicieron para explicar cosas que no entendíamos, tenía que ser un personaje divino el causante de una especie que es exclusiva de su género (no hay más Homo en el mundo que nosotros). Obviamente, si no teníamos idea de esto, era lógico que se nos ocurriera creer -no saber, sólo creer- que nuestro origen era divino, además porque somos un poquitín demasiado ególatras. Tuvimos suerte. El asteroide que parece haber extinguido a los dinosaurios, y las mutaciones genéticas que guiaron a los homínidos a desarrollar sus cerebros luego de eliminada esa brutal competencia -los dinosaurios-, son dos elementos fortuitos cardinales que dieron origen a nuestra especie. Nuestros logros actuales son dignos de encomio, me resultan impresionantes y si hago el
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ejercicio de mirar las primeras civilizaciones humanas y compararlas con la actual, todavía sigo sintiendo un inmodesto orgullo por pertenecer a la especie. Admiro al ser humano porque logra lo que nadie más logra, aunque algo de tristeza me invade porque no tengo otra especie a la cual decirle lo buenos que somos, porque ninguna de las que existe hoy en nuestro planeta me entendería lo que quisiera decirle. El ser humano es notable y hermoso, es realmente un animal aventajado y potencialmente tiene tanto más por conseguir. Quizá ninguna otra especie es capaz de ser más de lo que ya es, pero nosotros no sólo podemos más, sino que además sabemos que podemos más. Tuvimos suerte, pero eso no significa mucho, porque lo importante era que pudiéramos aprovechar la ventaja, y ciertamente la aprovechamos. Somos, en definitiva, una especie extraordinaria, la más extraordinaria, por muy lejos, de todas las más de doscientas millones de especies que jamás hayan existido en nuestro mundo, y eso por sí solo es motivo de plena satisfacción. La Evolución no sólo es una teoría que pinta para acertada, sino que también, por las revelaciones que nos obsequia, cumple con un propósito menos importante pero muy notorio para mí. Gracias a la Evolución también podemos descubrir cuán extraordinarios somos nosotros, los seres humanos. Santiago de Chile, octubre de 2008.

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