Notas del autor

El nombre de Marco Vitruvio Polión (Marcus Vitruvius Pollio) se asocia al más grande ingeniero y arquitecto romano. Es poca la información que se dispone de él, pero se sabe que vivió en el siglo I a. C., sirvió en las legiones de Julio César y al retirarse del ejército se dedicó a la arquitectura civil, ya durante el mandato de Augusto. A este emperador dedicó, hacia el año 25 a. C., De Architectura, tratado de diez libros compendio de la arquitectura clásica inspirado en modelos helenísticos en el que se hacía un estudio integral: materiales, diseño, técnicas, tipos de edificios, hidráulica, mecánica, decoración; todo, en fin, cuanto envuelve a la ciencia y al arte constructivos. Este tratado fue un libro indispensable durante la Edad Media y se reeditó en el Renacimiento. Leonardo da Vinci realizó el famoso dibujo del cuerpo humano precisamente para ilustrar una de esas ediciones basándose en las referencias que sobre las proporciones del hombre daba el autor romano. Esa ilustración, tal vez uno de los iconos más universales, se encuentra en la Galleria dell'Accademia, en Venecia. Seguramente la imagen de ese hombre ideal sería dibujada una y otra vez en el taller de Vitruvio por los técnicos y aprendices. Esa idea ha sido la guía inspiradora de esta historia. En la actualidad no se conserva ninguna obra cuya autoría pueda atribuirse con seguridad a Vitruvio, aunque algunos autores señalan como muy probable la de una basílica encontrada en la ciudad de Ordona (Oria), en el sur de Italia. Para tal afirmación se basan en la coincidencia de su estructura con la descripción que el arquitecto hace en su Libro V. En la novela, para la construcción de la Basílica de Lucus Augusti, en la que participa Marcelo, se siguen las indicaciones del gran maestro, puesto que realmente éstas son las que debieron seguirse en su tiempo para edificar el templo de la ciudad. Las palabras “ingeniero” y “arquitecto” son una en el mundo romano y describen un mismo oficio. He utilizado la segunda cuando me he referido a la construcción de edificios y la primera cuando pretendía describir las grandes infraestructuras: calzadas, acueductos, o las minas. Tal disyunción es un concepto moderno que no existía en aquellos tiempos. Con el fin de ser fiel a los hechos históricos y a los protagonistas que los propiciaron, mi deseo es que el lector separe sin la menor duda lo que es realidad de lo que es ficción; por esta razón decidí resaltar en cursiva los nombres de los personajes, dioses, instituciones y lugares que se encuentran históricamente documentados.

La narración se desenvuelve entre los años 19 a. C. y 15 d. C. en tres escenarios diferentes: la Provincia Transduriana, Hispania y Roma. A lo largo de la obra se presenta el mundo romano a través de las vicisitudes de un ciudadano sin entrar en la ampulosidad de los grandes relatos históricos. Para tal empresa he recurrido a una amplia bibliografía de la cual me quedo, por su decisiva influencia en la obra, con tres libros: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, de Jerome Carcopino; La vida amorosa en Roma, de Juan Eslava Galán; y Yo, Claudio, de Robert Graves, a la cual se hace un breve homenaje introduciendo la figura del joven tullido en uno de los capítulos. A estos autores y a cuantos eruditos trabajan para desentrañar los misterios del pasado, mi más sincero reconocimiento. Gracias a Milagros Cavada Nieto, profesora de Historia Antigua de la Universidad de Vigo, por el interés puesto en esta novela y por las excelentes aclaraciones y precisiones históricas con las que la ha enriquecido. Gracias también a todos los amigos que con sus consejos, con sus críticas y recomendaciones, la han hecho posible.

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