Te busqué en otros cielos: en apacibles tardes de domingo, en días con sol, en cuerpos donde la luz dejaba huella; olvidando

que siempre deseé nubes más oscuras, tardes de cielo en gris, días de lluvia: el momento en que tus besos se hacían agua en mi vida.

INSTRUCCIONES PARA DAR LA MANO A UN ASESINO Así se da la mano a un asesino: se dice, es un ejemplo, me llamo José Mari, y esta es tu tierra; quiero ser tu osito de peluche, jugar a ser tu perrito de guerra hasta lamer todos tus misiles. Esta es tu tierra, se dice, camina por mi cuerpo como caminas por el mundo, oh, emperador, amo de todas mis vidas. Sólo quiero de ti lo que tú eres: cuerpo de oportunidades en que penetrar mi alegría hasta ser tú. Siempre tú. Abrázame, me siento tan solo.

A Pilín, luz de toda luz A todo amor le nacen lunes: paseos que acaban tropezando en piedras, juegos de manos incapaces de superar el fregadero, caricias que naufragan entre sábanas, tiernas miradas incapaces de penetrar en el cristal de nuestras gafas. Se acabó la magia de dedos imposibles que acabaron en lápices que señalaban domésticas tareas. Cómo decirlo. Crece el reloj de todas las mañanas, sólo quedan las cenizas de lo cotidiano, los rescoldos de una llama que nos consumió durante tantas noches. Tantos errores cometidos. Se me ocurre barrer tus huellas de todos los rincones, se me cansan los ojos de encontrar tu imagen en tanto suelo limpio, se fatigan los brazos de acariciar el tatuaje sin más de tus pechos. No sé encontrar la luz que tantas veces me llevó a tus pasos. Parecemos, hoy, agotados de nadar a contratiempo, hartos de observar, a veces, que es sola nuestra ropa la que hace el amor en la cocina, hastiados de sentir en nuestras lenguas el anodino sabor de las comidas. Cómo decirlo, sin engañarnos demasiado. Ya no está, siempre clara, siempre cálida, tu desnudez en todos los espejos, piezas de crueldad que apenas saben devolvernos el resultado de todo nuestro esfuerzo, que muestran cómo el laberinto de nuestra monotonía va en aumento. Ya no estás entre las sombras, ya no estás en las esquinas, sólo tu sujetador en las alfombras. Se me olvidó el modo de encontrar tu cuerpo entre los restos sucios de la lavadora. Parecemos, hoy, agotados de nadar a contratiempo, de olvidar que hemos olvidado nuestros nombres. Todo es menos. Cuidado, la realidad se instala en las baldosas. Todo es menos, ahora.

A veces siempre ayer una imagen primera de tus días en mi cuerpo: quien sino tus labios conocieron de mi sed su existencia…

Quise, en días de verano sin playa, agotar en tus piernas el escaso amor que se nos escapaba; quise, en días de invierno sin frío, avivar en tus manos el pequeño fuego que se nos apagaba. Cae la luz, salgo de casa.

De los despojos de tu vértigo, ángel caído, nació mi dicha, letra a letra, deseo a deseo: hombre, en la pena, la tristeza y la muerte: la vida, letra a letra. Y nunca, nunca estuve solo, alegre compañera de fatigas en que aprendí a olvidar todo lo aprendido: hombre sin más, letra a letra, en la palabra y la risa, nunca, nunca solo.

Una mañana cualquiera: se ofrece máscara al tiempo, la mueca irónica de quien finge en un cuerpo que cuenta todas las tardes en que se ha ido deshaciendo.

Adiós, muy buenas, no me esperes levantada, ya he llegado a la otra orilla, quedamos a la tristeza y poco; ya sabes, siempre llego tarde a mi vida, no te enfades, demasiado: olvido que mis gafas caminan, salgo sin disfraz a la calle, total, sólo son dos días; y has de comprender que son mis dedos bizcos los que te escriben adiós, otra vez será, es sólo que... -no sabría decirloes hora de crecer sin tus raíces.

Es esta vida, otra vez, este libro de instrucciones para cadáveres cuyo compás se me escapa: es esta vida, este salir a las tardes sin zapatos en mis dedos, no me culpes, es este libro; siempre quise vivir descalzo.

Qué sé yo del tiempo en que te he vivido; hoy, para no mentirte, han vuelto tus veinte años, la belleza virgen de quien se sabe desnuda por primera vez. Y sólo es el caos de las pieles que acuden a mis sábanas, cuando aún no he hecho, nunca te mentiría, la cama.

A Noe Imagina que ahora, porque una mano puede escribir tu rostro en sus dedos, te acercas a pedir un vaso de agua. Porque es tu sed la que hace que estén abiertas las puertas de mi casa para que puedas entrar cuando te venga en gana.

Has dormido a mi lado esta noche, como tantas otras. Y no había nada. Calles con mal tiempo, aceras con odio, gente que pasa. Nosotros perdidos: dentro, muy adentro.

Una habitación en el silencio. Sombras de raíces a los pies: es otra la luz que nos desnuda.

Luis Cernuda Me hablabas, desde tus labios efímeros, de cuerpos en forma de ballesta, amándose bajo la lluvia. Yo era pobre muchacho de deseo, hombre que se perdió a sí mismo, anclado, tristemente, a la realidad. Tú dormías entre seres de papel, olvidabas todo excepto el sueño de escribir en tus manos la noche. Anodinos seres de carne y huesos, ratas de paisaje derruido, derrotaban, entretanto, mi vida.

A José María Barrera Dejas tras de ti las huellas de mi derrota, labios ahogándose en la ausencia, versos en gris que denotan la melodía del olvido, que señalan la épica del fracaso.

Volver, pasados los años, al mismo cuerpo, descubrir que son otras las heridas, aunque sean otros los gestos son siempre las mismas despedidas: muy buenas, la vida sigue, y muy a menudo merece la pena.

El mundo es un equívoco. Para olvidar la realidad hemos decidido ver las noticias.

Una vez sentí mi vida equivocadamente. Eran otros estos días. Conocí a una mujer, me llevó a su cocina. Apenas hubo palabras. Nosotros fuimos la comida. Blanco y negro: colores. Olvidé cuánto la quería.

Y sentiré lástima de mí y me invadirá como si fuera el amor el recuerdo vacío de estas lágrimas. Enrique Lihn

Cuanta tristeza en tus ojos, dicen, digo: será la vida que pasa a veces sin ternura. II En los días que vendrán, yo te amé, me gustó cuando reías para otros; haremos del amor, dices, un rostro, y mucho más: era otoño, y todo se nos va en los labios. Fingiré recordar una historia, decirme que, alguna vez, alguien, pero he olvidado todas las palabras.

Ya nunca nada nos será devuelto.

Aquí, en esta tierra con sombras que otros llaman patria; aquí y ahora, dos de junio de dos mil tres; aquí, y entonces, existió una larga noche de piedra, en que se perdió tanto, tanto hombre, intentando derribar tanto ladrillo. Y tarda tanto en llegar la luz del día todavía. Con franqueza, vivíamos mejor. Y erais, claro, más jóvenes.

Palpé la pulpa de tus pechos en flor hasta arrancarte todas las raíces, acaricié tu sombra a destiempo, cáliz vacío en mis dedos. Saldré a buscarte ebrio de lluvias y deseo, húmedo, desnudo , cuando no seas nada excepto jugo, agua de sol en mi garganta.

A Ana Viajamos en círculos; repetimos los mismos gestos. Salí a la calle, y dije: hola; alguien gritó: mañana. A veces, en mis bolsillos, encuentro restos de una vida: monedas, unas llaves, algunos besos, viejas palabras por si alguna vez nada tenemos que decirnos.

Collage para Irene Despierta al día: quien que me regale palabras esté en mis dedos. Tanto apenas entregado ya: quien que recoja el jazmín que cae y cae. Ahora es invierno en tus labios: sólo besos del mar con que dormir en la orilla. Calidez de los días que escriben este nuestro cuento: algunos levantamos la cabeza, y nos encontramos. Sí, nos vemos y nos decimos hola. Y palabras no dichas profanan nuestros cuerpos. Punto y aparte...

Caminemos, el mundo espera. Hay sol en los zapatos, sonrisas en las esquinas. Dos cuerpos que aprendieron a amarse en la distancia, se piensan por primera vez. Será corto el camino.

Es difícil cambiar de manos un martes de frío en los dedos y lluvia en la garganta. Y decimos, digo, lo que callamos tantas veces; se me rompieron tantas cosas: un reloj de arena, una foto en blanco y negro, un cuerpo a contraluz. Se me atraganta el tiempo, se me atraganta.

Uno espera tantas cosas: un cambio de peinado, una llamada por llegar, un poco de abril en tus dedos, unos labios con palabras, una canción para dos, una nota a pie de página, una historia por contar. Uno espera, tantas cosas.

A Ro
The first time I ever saw your face... Roberta Flack

La última vez que contemplé un domingo era viernes en tu sonrisa y yo vivía en tus labios, se te dibujaban flores en el pelo y yo quería estar en tu jardín. Era la vida entonces. Y el dolor estaba lejos.

A Helena Después de tantos años, treinta y tres, para ser exactos, mi espejo descubrió, ahí es nada, que es bizco: si un ojo es Londres, el otro es, que sé yo, el otro es California. Y el corazón entre dos tierras, con alas en los pies y pájaros en la cabeza, con un mundo en los dedos y nadie que lo entienda.

Se acerca la noche. Ha llovido desde entonces; olvido todas las palabras que olvidé, los trenes en los que me quedé dormido, se me fue un amor que me dolía en el brazo y me hacía estar vivo. El tiempo, sabes, se hizo caricias cuando yo estaba en tus besos. Y te sé viva algunas veces, y sé historias que hablan de tus lágrimas, de una tarde en la que no estuvimos, de un dolor que se hizo luz cuando yo vivía en tus dedos.

Estamos perdiendo. Alguna vez, hace tiempo, imagino, nos acercamos a la victoria; teníamos la voz y la palabra, pero pasó el tiempo, como siempre, siempre pasa, olvidamos la lucha, perdimos la paz y la palabra.

Érase una vez un beso con lengua. Una lengua enamorada. Una lengua con corazón. Un corazón que vagaba. Un corazón con dolor. Un dolor que se acaba. Un dolor con mundo. Un mundo con cama. Una cama con amor. Un amor con ventana. Ventana de tu cuerpo a la que mi lengua se asomaba.

Para Ida Andamos buscando respuestas, un pedacito de corazón para sobrellevar las penas, un poquito de imperfección para gozar de la alegría de un poquitito de amor en las venas que nos haga disfrutar con pasión de las cosas que están más cerca.

Cosas que pasan cuando abril florece en tus dedos: crece la ebriedad de cuerpos que se entregan a otro cuerpo derramándose en la lluvia, nace el deseo de manos que se dan a otras manos haciéndose en la brisa, surge el idilio de pieles que se buscan en otras pieles diluyéndose en la risa. Mientras abril crece en tus labios. En días como estos: con frío de enero en las aceras, y calor en las pupilas. En los que bebo de tus labios tanto amor. Tanto amor como me fue posible en tardes de café con tristeza y postre. Y dormimos la siesta: nosotros ante al invierno. Un corazón se arropaba en otro a la espera de un sol que llegara a sus días. Quedaba un poco de ti en los dedos. Y escarcha de fresa en tus cabellos. Y me dediqué a vestir las paredes con tu sonrisa. Mientras tú paseabas por las calles. Esperando que mis pies en tus pies se calzaran. Para dejar las huellas de una cama en común en las ventanas. Hacía frío de enero en las aceras y calor en las pupilas. Bajo nubes de verano en que todo pudo esperar, menos nosotros. Desnudos entre castillos de arena en que habitar un mundo. Sobre la luz cansada de todas las cosas que nos habían abandonado sobre la orilla. Intentando colmar apetitos de naufragio en nuestras bocas. Un poco de ti se hundió en mis raíces: yo no quería otro color que el de tu vida. Se acerca otoño, y las raíces de los días por caer te me traen a la memoria. Ahora que tú no estás. Perdida como te encuentras entre otras vidas que a tu vida llegan. Y te recuerdo así: con frío de invierno en las aceras, y luz en tus pupilas. Un poco de ti. Una pequeña parte que me despierta al ocaso. Para que estas letras me entreguen la lumbre de tus noches en vela. De cuando en cuando. La lumbre de tus noches en vela.

A Susen. A María Ángeles Cayó un día mi vida sobre la nieve en Jena. Importó vivir entonces bajo la misma luna que descubrimos por vez primera cuando éramos niños, imaginando que, alguna vez, de vez en cuando, alguien nos haría sentir menos solos. Importó vivir, entonces. Importa vivir, ahora.

A Lourdes Están sobre la calle los restos sucios de la gente que vive. Y hay labios que hablan de puertas que no se abrieron nunca. Y ventanas que no dan a ningún sitio. Había gente en los trenes y dedos que desdibujaban sus rostros. Nadie podrá salir de la ciudad. Nadie. Y no había luces en las casas. Y no había nada en las aceras. Nada. Estaban lejos mar, historias, un secreto; quedaba un poco de esperanza en algunos ojos. Un poco de esperanza.

Encontré a un extraño en mi espejo. Y no supe descifrarlo. Descubrí que el enemigo estaba en casa. Pero no supe encontrarlo.

Cayeron las primeras gotas de lluvia un día de domingo y tú despertaste al mundo, pero el mundo estaba en otro sitio. Abriste los ojos a la lluvia, un momento, sólo un momento. Y descubriste entonces que el mundo seguía girando, mientras tú cerrabas los ojos a las calles de una ciudad por la que nunca caminaste.

Se están muriendo los que no se han muerto nunca, y el mundo gira, el mundo sigue girando. Quieta está la ventana desde la que tú y yo, contemplamos, inmensamente solos, cómo las puertas que un día se abrieron empiezan, quién lo quiso así, a cerrarse.

Para Ivana Hambrienta es la noche en tus muslos aunque mis labios no tengan sed, profundo el cielo en tus ojos aunque mis pies no sepan caminar: llegó un miércoles, tres de la mañana, un miércoles cualquiera, y caí bajo tu risa, bajo tu lluvia, me perdí en tus tierras, en tus sombras, en las sábanas de tu cuerpo, desnudo ya. Y no quedó otra luz que tu semilla.

A estas horas de la tarde, apetece, cuanto menos, estar solo, la vida y yo, Joni Mitchell en mis labios, chocolate con letras, todo el tiempo del mundo para gastar en nada, para saber que a veces vivir no tiene precio: apenas un susurro, un silencio.

Mejor el polvo, el humo, la ceniza, si no son tus labios los que en mi habitación se encienden, si no son tuyas las manos que en mi reloj madrugan, si no son tuyos los pasos que en mi pared caminan, si no son tus pies los que amanecen en mi almohada. Alguna vez, al alba, crecen raíces y besos, nubes que se sueñan horizontes: sorberte en cafés que nos lleven a hacer de cada rincón un mundo, cafés que dibujan paraísos en cualquier mapa. Fatigas de amantes que perecen en bostezos. Ternura de seres que enarbolan sus siluetas al despertar. Nunca sabremos el camino que hizo de nuestros besos una sola luz con que vencer el miedo. Alguna vez, estuvimos cerca. Allí donde muere el olvido, alguna vez aprendimos, nacen deseos en las ramas, surgen caricias que se harán de piedra, dura memoria con que castigar desidias, a voluntad única de todos los barcos de papel en que nos arrojamos al mar para contemplar juntos soles en calma. Placeres de amor que el cuarto enseña, placeres de amor que la tarde deja.

Mejor la duda, la espera, quedar a oscuras, si no son tuyas las palabras que en mi pecho gritan, si no son tus ojos, constante vigía de mis ojos, los que mi tarde velan, si no son tuyas las alas, ángel de tierra y fuego, que en mis brazos se incendian. Alguna vez, el día: tardes de cielo en gris, relojes que se despiertan latidos: palparte en los aromas que hagan de toda brisa lluvia, aromas que nos traigan el calor en que nuestros corazones dormitan. Apetito de seres que derrotan al silencio. Dulzura de amantes que vencen sus miedos al soñar. Alguna vez, a flor de piel, nuestras imágenes se buscan hasta hacerse carne en los espejos, hasta hundirse en la semilla de todos los frutos en que nacemos. A flor de piel, en días sin fecha, de entre las ruinas de un palacio que cae al ocaso, es nuestro el reino en que todo nombre se crea, en el que todo lo vivido comienza. Sólo tú y yo. Solos, tú y yo. Inicios de amor que el día enseña, inicios de amor que la vida empeña.

Dance me to the end of love http://elbeso.blogsome.com Me perdí en tus brazos, tu corazón estaba lejos y nunca nunca supe encontrar el camino. Tu voz no había llegado, eran noche tus dedos todavía. Te dije, sonreíste a la mañana, me gustaría tenerte entre mis sábanas, que estuvieras a mi lado. Que al despertar, tus alas, aún estás dormida, me hicieran cosquillas. Que trajeras a mi cama tus ternuras: aquí tienes, café solo y magdalenas con besos. Así sería vivir entonces: un cuerpo que se piensa en otros gestos. Todo nos olvidaría entonces. Me acurrucaría, el calor no existe en nuestras pieles, en tus pestañas. Y tu corazón viviría en mis sombras. Qué más da. Saludarías contenta a la mañana, al saber que alguien duerme en tus ojos, te piensa en tus lágrimas. Qué más da: somos la tierra, el mundo, el barrio. Y serían tus labios un río sin retorno. Saldríamos a la calle, y seríamos mejor que todas las historias que nos han contado. Estaría la casa sola sin abrazos. Sin silencios que le hablen, sin caricias que la habiten. Y no nos echaríamos de menos al llamarnos. Las calles, gritaría alguien, llevan horas esperándoos. Qué más da. Tendría tu pecho barro en los zapatos. Te buscaría otra vez; sería mi boca algunas letras: hola, mi amor, alegre hueles; hola, mi vida, a punto llegas.

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