DE DOS MUNDOS

La anciana cepilla sus largos cabellos blancos sentada en una silla baja de enea. Sobre su ropa negra resplandecen con un brillo azulado, tan finos, tan suaves. -No quiero ir. -No vols anar? Per què? El niño, sentado a la mesa, cubre con sus manos un tazón de leche desportillado y medio vacío, como si quisiera calentarse, mientras observa, admirado, cómo la anciana recoge sus cabellos y los retuerce en un moño prieto, que fija con una pequeña peineta negra. Nunca deja de sorprenderle su precisión, su capacidad para peinarse así, sin necesidad de un espejo. -Es que no me gusta, - No t’agrada? Tens por? -Sí, me da un poco de miedo. -No cal tindre por però, si no vols, no anirem. La anciana le espera ya en la puerta. Extendiendo su mano delgada, le sonríe. -Anem? -¡Vamos! El niño le devuelve la sonrisa y le agarra con fuerza la mano. Salen a la calle y bajan en silencio una cuesta terrosa y polvorienta, camino del mar. Al llegar al puerto, el niño duda, asustado, y la anciana le aprieta la mano, entendiendo. Se detienen frente a un pequeño barco, desde cuya proa les saluda un joven marinero, rogándoles que se apresuren. La anciana explica que no van a viajar con ellos, que han cambiado de idea, que el niño se marea. Mientras, le acaricia la mano con su pulgar, arriba y abajo, abajo y arriba. El niño se tranquiliza y ambos emprenden la marcha, pero esta vez no siguen la ruta esperada. La anciana gira hacia la derecha, camino del rompeolas. El niño se asusta de la cercanía de las olas, de su creciente rugido, y el terror le paraliza. La anciana le mira y se inclina con esfuerzo para acercarse a su pequeño rostro. -Tú tens por del mar i jo no vuic anar a l’esglesia. Però si tú vens amb mi, jo aniré després amb tú. Què penses? El niño siente un sudor frío recorriendo su espalda pero, tras de mirarse en la profundidad de esos ojos que le reflejan, asiente y sigue a la anciana; aferrado a su delgada

mano, con la vista fija en esas otras pupilas que le insuflan valor con cada pestañeo de sus abultados párpados, sube uno a uno los escalones de cemento. Ella le anima con su sonrisa y, al llegar arriba, se arrodilla torpe y le abraza. -Tanca els ulls. El niño, tembloroso, obedece. Nota cómo el aire le azota el rostro, virulento; cómo le clava mil espinas, humedeciéndole la piel al salpicarle. La anciana le susurra al oído y, al son de sus palabras, el niño se tranquiliza, poco a poco, muy poco a poco. Aún con los ojos cerrados, comienza a sentir el olor penetrante de la sal, el calor tibio del sol en sus mejillas, la brisa que le acaricia el pelo, la música de las olas al romper en las rocas de la escollera. Sonríe. Abre los ojos y comprueba que sigue allí, sobre las ondas, sobre la espuma, junto a las gaviotas. Sonríe y se suelta de la mano de la anciana. Se atreve a dar unos pasos él solo, riendo. Cuando se gira, feliz, ve a la anciana aún arrodillada en el extremo donde se había quedado. Corre hacia ella y le ayuda a incorporarse. De la mano, nuevamente, desandan el camino y se dirigen al pueblo. La iglesia es grande y fría; inhóspita. Ahora es el niño quien dirige la marcha, sin poder entender porqué la anciana se demora, remolonea en la puerta, se estira la falda negra, la blusa negra, se ajusta las gafas sobre sus ojos azules, comprueba que no se le ha aflojado el moño. Por fin entran y el niño va directo hacia el pasillo central, buscando el altar. Sabe qué debe hacer; se santigua y hace una genuflexión, animando a la anciana con su mirada. Ella, apresada en sus ojos, levanta dos dedos de su mano derecha hacia el rostro pero se detiene y se queda inmóvil, inerte, la vista fija en un sacerdote que arregla un gran libro en el púlpito. El niño espera, observando cómo sólo la barbilla de la anciana parece tener vida, antes de tomar su mano y retroceder con ella hacia un banco del fondo. Se sientan. El niño cierra los ojos y percibe el olor de las velas que se entremezcla con el de las flores, dulzón, intenso; permanece así, tratando de captar los sonidos, de sentir las corrientes de aire. Cuando vuelve a abrir sus párpados, ve que la anciana retuerce un pañuelo en su regazo, junto a las gafas; la barbilla aún le tiembla. Él le toma de la mano y se levanta. Ya fuera, caldeados por el sol, se abraza a su cintura. La anciana le sonríe. El niño no sabe que la anciana, siendo una muchacha joven, casi niña, tuvo un hijo. Que años después un hombre se casó con ella y adoptó a ese crío como propio y le quiso como a la hija que más tarde ambos tendrían. Desconoce que acogieron en su casa a un joven, compartieron con él su comida, ya escasa, sus temores, sus luchas; le ocultaron en los tiempos revueltos. Ignora que después, en los tiempos del miedo, el joven confesó su escondite y el hombre acabó preso; acabó muerto. Nunca sabrá que aquel joven sigue allí, en el pueblo, en la iglesia. El niño y la anciana vuelven a casa, despacio. Ella le habla en su lengua. Él, le contesta en la suya. El niño ríe, feliz. Ha descubierto el mar. La anciana sonríe al mirarle, serena.

Marc

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