CUENTO: LA CASA DE SORPRESAS Ella salía de su casa, agitada, angustiada, impaciente y quizá vulnerable.

Aquella casa estaba saturada, se respiraba tensión y miedo; así lo sentía ella, era una sensación - sentida que se produce cuando una puede sentir más de lo que comprende, cuando en la experiencia algo todavía no está claro, abierto o liberado. La escalera que bajaba era el primer paso de libertad, reduciendo sus escalones de forma apresurada y sin aliento. Ya en la calle, corría llenando de aire sus pulmones y ensanchando su cuerpo hacia…, otra casa que a ella le parecía un pequeño paraíso porque allí se sentía cómoda, relajada, acogida, aliviada… Aquella casa, tenía su historia peculiar. No parecía una casa. Siempre había alguien y siempre estaba la puerta abierta hasta altas horas de la madrugada. Te adentrabas en ella y al fondo había un pequeño patio lleno de trastos inverosímiles. A la derecha una puerta que invitaba a entrar, abierta, esperando recibir a quien pasara. A la izquierda, se producían idas y venidas, dimes y diretes, unos pasaban y saludaban y otros se quedaban y dialogaban o callaban. Ella se dirigía a la puerta de la derecha, conocía a la familia que habitaba en ese recinto reducido, la casa. Nada más entrar veías un pequeño comedor, con su sofá, con su aparador y la tele, su mesa cuadrada y sillas y también había una mecedora ; a la izquierda estaban las habitaciones, dos, pequeñas, como de juguete; a la derecha la cocina, antigua y estrecha; detrás del aparador y la tele, se escondía el cuarto de baño y en frente había otra habitación, la de matrimonio. A veces, la casa parecía un baúl que lo abres y te encuentras lo que esperas ver, ropa de colores, libros, un toro negro, cuadros, zapatos, tazas…y también te puedes encontrar lo que no esperas ver, un reloj de pared grande, un ambiente distendido, un padre reconfortado, una madre generosa, una hermana libre, un hermano entretenido y una amiga excitada, curiosa, vehemente, cercana, bien dispuesta… Ella entraba en la casa con el peso de la responsabilidad y las ganas de diversión, dispuesta a vivir y compartir las noches que le eran posibles. Las noches eran silenciosas y en ese silencio se concentraba y descentraba, vivía y soñaba y sobre todo, se reía. Le gustaba abrir el baúl y encontrarse con la amiga, adentrarse en la noche, juntas. Subiendo y escalando montañas de alegrías y pesares; alzando sus vuelos por cielos y mares inmensamente azules, profundos, donde las emociones bailaban una danza y los sueños eran reales.

Una amiga. Premios Matute 2011.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful