Autoestop Hacía calor. Y sólo estamos en Junio, pensó.

Al meter la llave en la cerradura del coche se dio cuenta que estaba aparcado al sol. Se preparó para recibir una bofetada de bochorno; tomó una bocanada de aire, de espeso aire caliente, que le dejó sin respiración; por un momento sintió un ahogo. Bajó las ventanillas, puso en marcha el motor y el automóvil echó a andar, dejando entrar una corriente áspera que aliviaba el fuego que había dentro del coche, pero que no lograba refrescar el ambiente. En la radio sonaba una canción de El último de la fila, cuando abandonaba la ciudad, -un núcleo urbano del área metropolitana de Barcelona-. Al terminar los últimos bloques de pisos detuvo el coche y recogió a dos autoestopistas jóvenes, de veintitantos años, delgados y espigados; no se dio cuenta de su desaliño hasta que estuvieron sentados, uno delante y otro detrás, y notó el olor ácido a ropa sudada y a traspiración reciente. Él también notaba su ropa pegajosa. Vaya calor, no?, comentó para iniciar una conversación. Y todavía no ha llegado el verano, respondió el de atrás. Yo voy hasta Barcelona, y vosotros?. Nos quedamos en L´Hospitalet, confirmó el que tenía a su lado. Las señales horarias dieron las cinco de la tarde. Noticias: Han encontrado muerto el camionero desaparecido en el día de ayer. Vaya, parece que tenemos atasco, dijo, por decir algo. Es que hay muchos coches, tronco, y, claro, no cabemos todos, terció el que ocupaba el asiente delantero. Se encontraba dentro de su camión en una carretera local próxima a Igualada. Y así parados, no corre el aire, insistió, mientras notaba como se la espalda, empapada, se pegaba a la camisa, y ésta al asiento. Todavía no se conoce la causa de la muerte, pero todos los indicios apuntan hacia un asesinato. No prestaba atención a la información de la radio porque el olor de la ropa sucia y del sudor constante de los viajeros envolvía todo el interior del vehículo. Bueno, parece que esto se mueve, dijo el conductor. No ha sido muy largo, comentó el ocupante del asiento de atrás. Algunos testigos afirman haberle visto recoger a un hombre que estaba haciendo autoestop. Y por lo menos corre un pelín de aire, pero con tantos coches como hay, con todo el mundo queriendo ir en su propio buga, cómo no va a estar esto a tope, insistía el otro joven. La investigación policial se centra en la búsqueda de dicho sujeto. Tira por el desvío de Castelldefels, le dijo el que ocupaba el asiento trasero. Pero.... yo voy hasta Barcelona, por ahí… Se trata de un individuo joven, de unos treinta años, de complexión atlética, pelo castaño. Te ha dicho que tires hacia Castelldefels, confirmó el compañero. Sintió un ligero pinchazo a la altura del riñón derecho, e instintivamente giró la cabeza. El que estaba sentado detrás le amenazaba con un cuchillo de monte, mientras el que estaba sentado a su lado le mostraba un cuchillo grande de cocina. Sintió un golpe de calor invadiéndole la cabeza, al tiempo que le temblaban las piernas, y el sudor le apretaba la camisa contra el pecho. En el momento de subirse al camión, el hombre vestía unos vaqueros y ropa clara. Oía las voces que salían de la radio, pero no atendía a las noticias. Con el pulso tembloroso abandonó la N-II y se dirigió hacia el sur. Pasada esa curva hay un desvío; tira por él. Dejaron la carretera amplia que se dirigía hacia la costa y se internaron por una carretera estrecha, que en seguida abandonaron para continuar por un camino amplio de tierra. Quien pueda facilitar alguna pista sobre este sujeto, póngase en

contacto con la Guardia Civil. Para aquí. Estaban en el campo, rodeados de pinos, sin que se viera ninguna casa cercana. Al detenerse el polvo del camino se metió dentro del coche. El aire seco, cargado de calor y suciedad se pegaba a la garganta, no llegaba a los pulmones. Se ahogaba. No se te ocurra quitarte el cinturón, y no hagas ninguna tontería. Vamos a ver…..danos la tarjeta de crédito que vamos a sacar unas pelas y te dejaremos en paz. Sólo necesitamos dinero. El que tenía su lado parecería llevar la iniciativa, no sin cierta inseguridad. ¡Tranquilo que no te va pasar nada!, intervino el ocupante del asiento de atrás, mientras continuaba amenazándole con el cuchillo de monte Venga, dinos el número secreto. Comenzó a balbucear unos números, pero el del asiento delantero le cortó en seco, alzando la voz: ¡Oye, no seas listo, tío!; vamos a ir los tres a un cajero, mientras yo voy a por la guita, mi colega se va quedar contigo, y como no sea el número te vamos a pinchar. Dos, cinco,….. la voz le temblaba más que las piernas; una gota de sudor resbaló por la parte derecha de la nuca, le hizo unas ligeras cosquillas, que le produjeron un profundo escalofrío. Ya no sudaba, chorreaba. ¡Vamos tío, tranquilo! ¡Me cago en dios, como voy a estar tranquilo!. ¡Dos tíos apuntándome con cuchillos, y queréis que me tranquilice! El pánico le hizo estallar, sin pensar muy bien lo que decía. ¡Sólo queréis dinero, pues venga, pero quitad esos pinchos de ahí!.Vale tronco, vale, tranqui, ya los escondemos. Dinos el número, sacamos las pelas, te devolvemos la tarjeta y nos piramos, entendido; no vamos a hacerte daño, vale, necesitamos la guita pa comprar caballo, ¿vale tío? Dos, dos, cero, seis, esa es la clave. Venga da la vuelta, vuelve a la carretera en dirección a Gavá; al entrar en el pueblo ya te indicaremos. Después del desahogo se encontraba algo más tranquilo, aunque el sudor le empapaba la espalda y las ingles, el pecho y las axilas; los zapatos le apretaban tanto como el cinturón del pantalón, provocándole una sensación de hinchazón, como un obeso sudoroso, sentado en la terraza de un bar, con las piernas abiertas, buscando una briza de brisa, que nunca llega. Es que necesitamos dinero pa meternos un pico, ya sabes como es el caballo, hay que alimentarlo todos los días. Hemos ido a Esparraguera a cobrar unas pelas que nos debe un julay, pero no lo hemos encontrao, así que necesitamos la guita ya. Vale, vale, tíos yo sé lo que es el caballo; he perdido algunos amigos por el rollo del caballo, porque, claro, cuando hay heroína por medio, no hay colegas que valgan; sólo importa si tienes para meterte o no tienes; los amigos, sólo existen para que te den platita para un pico. El ambiente se había distendido un tanto, mientras se dirigían a Gavá, ya por la carretera principal. El calor parecía haber cedido un poco, será la cercanía de la costa, pensó, pero al cruzar su mirada con su copiloto un chorro de sudor recorrió el espinazo, encogiéndole los testículos. Qué nos vas a decir a nosotros, tío; esto es una mierda. El que ocupaba el asiento trasero tenía ganas de charla. La semana pasada no tenía ni un puto duro, estaba malísimo; llevaba tres días sin pillar nada; ningún camello quería fiarme una pepelina; y yo que no me podía tener en pié, arrastrándome por la calle; hasta le pedí a mi vieja, pero ya me dijo: “Para drogas no hay dinero”; así que le birlé las pelas que tenía pa hacer la compra; ví donde las guardaba, y en cuanto salió de casa, las pillé. ¡Hasta a mi vieja, le he dao un palo! Parecía compungido, mientras lo contaba. Yo quiero dejarlo, pero, claro, no es fácil, estuve el verano pasado en un centro de desintoxicación; todo el día

cavando, haciendo agujeros en la tierra; “forma parte del tratamiento” me decían, “suda, eso te ayudará a expulsar toxinas”; una mierda, tó el puto día con la pala; eso no vale pan ná, tronco. Una puta mierda. Pero tú tranquilo, que no te va pasar ná. Otro día que vayamos por Esparraguera te devolvemos la guita; es que hoy no tenemos na, pero.´... ¿tú conoces la Plaza del Rosel, el bareto de la Fermina, esa granaína gorda?, pues nosotros solemos para por ahí. De verdad, te estás por tanto como un colego, ya verás, si nos vemos tomando unas birras…. Claro que conocía el bar de la Fermina; había ido alguna vez por allí, a pillar cien duros de jachís, y en más de una ocasión de había tropezado con un yonqui, que andaba sin mirar, dándose encontronazos con todo aquel que se cruzara en su camino, y en más de un ocasión había visto a los camellos del caballo, con sus trapicheos, y a los yonquis calentando la cuchara con el polvo blanco, agazapados entre dos coches, compartiendo la jeringuilla, dejándose caer en el suelo de la calzada, abandonados de si mismos. Yo no conozco Gavá, vosotros me indicáis. Sigue de frente, tío, así tranquilo, con calma. Ahora hablaba el que ocupaba el asiento delantero. Lo tienes claro, no?; no intentes nada y nada te pasar; mientras yo voy por el dinero, mi colega se queda contigo; ni se te ocurra hacer ni un gesto, ni a un municipal, ni a esa gorda que cruza el semáforo, porque te rajamos, vale? El calor se había vuelto más denso y pegajoso al deambular por las calles de la ciudad. Tú quieto, sin tocar el cinturón, sin moverte, así, tranquilo, a esperar. Los temblores habían dado paso al agarrotamiento de todos sus músculos; conducía por las calles de Gavá de manera automática, sin pensar en los distintos movimientos, de manos y piernas coordinados, que se requieren para llevar un coche. Estaba menos nervioso, pero temía por cómo pudiera terminar aquello. Llegaron a una plaza pequeña, con una sucursal de La Caixa. Lo dicho, tío, no hagas nada raro y no te pasará ná. El que ocupaba el asiento del copiloto se marchó con la tarjeta y volvió a los pocos minutos, con el gesto distendido, y un esbozo de sonrisa en la boca. Le devolvieron la tarjeta. Se despidieron con un “hasta luego, tronco, ya nos veremos”, y echaron a andar calle adelante sin prisa, sin volver la vista a atrás, en busca de su objetivo. Se desabrochó el cinturón de seguridad y respiró hondo varias veces. Estaba paralizado. El olor a sudor y a ropa sucia, a aliento espeso y rancio, fue lo que le sacó del coche. Se palpó. Estaba entero. Sin rasguños, apestando a ese sudor maloliente que produce el estrés, sorbiendo lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Estaba a salvo. Calimero

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