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Botana y Gallo - De La Republica Posible a La Republica Verdadera Documentos

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(1896)

La Biblioteca, Vol. II, Buenos Aires, 1896.

[…] La comparación de una sociedad humana con un organismo es más antigua que
Spencer, Bacon y el mismo Aristóteles: es anterior a toda enseñanza didáctica; ya se en-
cuentra en Homero, casi al principio de la Ilíada, la analogía verbal de démas (cuerpo) con
dêmos (pueblo), que parece revelar el parentesco y origen común. De ahí, en política, el
cúmulo de imágenes y locuciones tomadas de las ciencias médicas. Puede que los soció-
logos modernos se excedan en su cotejo de la circulación comercial con la vascular, o de
la administración nacional con el sistema nervioso: en sus términos latos, el procedimien-
to es legítimo y guarda más ventajas que inconvenientes. Encuentro utilidad en estudiar,
por ejemplo, el estado reciente de que convalece la República Argentina, como una enfer-
medad generalizada, una distrofia constitucional cuyo pronóstico depende de sus causas
primitivas, y cuyo tratamiento, parecido al de la anemia globular, habría de ser muy pro-
longado para alcanzar plena eficacia. Pero no debe echarse en olvido que estas aproxima-
ciones son metafóricas y provisionales; sobre todo, conviene no abusar del paralelo: ne
quid nimis.
Si tiene alcance profundo, v. gr., la observación de que así en el organismo in-
dividual como en el colectivo, el estado anémico ––insidioso y rebelde cuando secunda-
rio–– se cura casi espontáneamente si proviene de hemorragia accidental; sería pueril in-
sistir demasiado en la analogía funcional de la circulación metálica, cuya merma caracteriza
la crisis monetaria, con los glóbulos rojos cuya penuria constituye la lesión anémica.
En estas páginas arriesgadas bajo mi sola responsabilidad, lo que critico, pues, no
es tanto la clásica asimilación que he mencionado, cuanto su abuso peligroso en cuan-
to afecta a los métodos y conclusiones. Por lo demás, muy lejos de desechar el cómo-
do cotejo, me atrevería a sentar, apurando la hipótesis contra el parecer general de los
economistas: que si una sociedad, en cualquier momento de su evolución, es un orga-
nismo, una sociedad civilizada, es una persona. Es decir, que también consta de un cuer-
po
y de un alma (no retrocedo ante la terminología): un cuerpo con sus funciones y ne-
cesidades determinadas; un alma con sus facultades o aptitudes determinantes, de las
cuales es mero instrumento el “aparato director” de los sociólogos. Yeste viejo concep-
to dualista que, al parecer, todo lo complica, es el que en realidad todo lo explica.

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Natalio R. Botana – Ezequiel Gallo

De la República posible a la República verdadera (1880-1910)

En mi sentir, la flagrante esterilidad de las “ciencias políticas y sociales” ––sobre to-
do de la economía–– proviene de un fundamental error de método: se ha generalizado
antes de tiempo, se ha pretendido inducir prematura y temerariamente, en lugar de com-
probar hechos sencillos y múltiples, de observar durante años, para deducir después, con
precaución paciente y sabia, verdades circunscriptas y provisionales. El gran achaque de
la ciencia humana es la fatuidad, o el incurable anhelo de lo inaccesible. Lo que urge al
niño eterno no es indagar cómo se fabrica el cristal de la ventana, sino saber al pronto
qué son esas estrellas que divisa al través. Antes de conocer y observar los “elementos”,
los filósofos griegos se valían de ellos para disputar del origen del mundo. Las hipótesis
sobre la esencia de la vida ––la generación y corrupción, como decían los escolásticos––,
precedieron por mucho la verdadera fisiología. Así, deslumbrados por la marcha triun-
fante de las ciencias experimentales, los economistas no quieren extraer de su historia
la, para ellos, única enseñanza real: el convencimiento de que los descubrimientos físi-
cos anteriores a Galileo ocurrieron fortuitamente y a despecho del método reinante, en
tanto que las increíbles divagaciones de la escuela eran producto lógico de dicho méto-
do. No paran atención sino en las vastas teorías que, después de siglos, coronan hoy la
física moderna; y para imitarla, comienzan su casa por la cornisa.
Hace cien años que ese laboratorio internacional arroja al viento sus hipótesis va-
cías; proliferación enfermiza que, como dije, equivale a la esterilidad. Más pululantes
y diversas que las herejías de los primeros siglos cristianos, brotan las sectas del humus
económico, efímeras y enemigas, exterminándose al nacer en su despiadada concurren-
cia vital. En sus contadas horas, cada capilla se apresura a promulgar su ley “universal”
que excomulga invariablemente a las demás. ¡Yentonces es el florecer de definiciones
dogmáticas y teoremas cuyo rigor se condensa en el enunciado, sin trascender a la de-
mostración! Allí también han hecho estragos las fórmulas matemáticas y diagramas: a
tal punto que, por momentos, se llega a echar de menos la filosofía de tendero retirado
y las gracias burguesas de “nuestro inmortal Bastiat” ––¡ese Labiche de la economía!––.
En homenaje a la estupenda ley de Malthus “que sería cierta si no encontrara siempre
obstáculos”, ya no se imprime opúsculo departamental sin su flamante ley matemática:
razón directa o inversa, progresión por diferencia o cociente. Es admirable, sobre todo,
la variedad de progresiones geométricas ––que para ellos equivalen siempre a duplica-
ción–– así deslizadas en nuestra vida alimenticia. ¡Con todo, y a pesar de tanta progre-
sión, es doloroso confesar que la economía no progresa, y que esa ciencia de la produc-
ción no ha producido sino economistas!
No debemos exagerar. Es indudable que entre esos metros cúbicos de “literatura te-
diosa” ––como la llamó Thiers en un discurso que contiene más sustancia económica
que todas las arengas de Cobden y su liga–– no faltan páginas elocuentes e ideas feli-
ces. Desde la teoría venerable del trabajo que inicia la obra de Smith, hasta las parado-

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jas omni-cambistas de Macleod, son muchos los capítulos macizos de cuya compaci-
dad se extraería “por razón directa o inversa” alguna enseñanza ––como se extrae alco-
hol de la patata––. Por eso me pareció excesiva la resolución de la Asociación británi-
ca para el adelanto de las ciencias,
cuando quiso proscribir a los economistas por
carecer sus interminables discusiones de carácter científico. Felizmente triunfó la sana
doctrina: se admitió que más de un sabio ilustre encontraba en estas distracciones eco-
nómicas
descanso para sus fatigas, y que era lícito ocuparse de economía, puesto que
el químico Crookes se ocupó de espiritismo. La “ciencia” de Malthus y Ricardo, pues,
con su admirable conjunto de contradicciones coordinadas e irreducibles, ha salvado su
existencia oficial. Vivirá como disciplina universitaria, al lado de la terapéutica, y por
las mismas razones. Y––seamos justos–– en el plan facultativo, no es dudoso que llena
con ventaja el puesto vacante de otra enseñanza jurídica cuyos gloriosos servicios no
pretendo negar, pero cuyos métodos no corresponden decididamente a las exigencias
modernas: adivina el lector que me refiero a la astrología judiciaria.

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De la República posible a la República verdadera (1880-1910)

PAULGROUSSAC

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