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La escuela que queremos

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LA ESCUELA QUE QUEREMOS

Una jornada de trabajo celebrada en marzo de 2010, con Francesco Tonucci como invitado de honor, origina un proyecto en el que los escolares tienen “voz” para exponer sus ideas y deseos sobre la escuela que quieren y necesitan. Las autoras del artículo exponen el análisis realizado sobre las propuestas más relevantes de dicho evento.

ALBERT CAMPILLO

SUSANA MONTALVO PERIANE
CEIP Manuel Siurot, Sevilla (Coordinadora). Correo-e: susanamonper@hotmail.com

MARTA MARTÍNEZ BARCO
CEIP Pedro Garfias, Sevilla. Correo-e: chulappa@yahoo.es

SANDRA ROMERO ROMERO
IES Ponce de León. Utrera (Sevilla). Correo-e: sandra2romero@gmail.com

88 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº 417 NOVIEMBRE 2011 } Nº IDENTIFICADOR: 417.022

opinión
En Sevilla, hace ya algunos años, surgió el Foro por Otra Escuela, un colectivo pedagógico integrado principalmente por profesoras y profesores de diversas especialidades y niveles educativos, y que pertenece, a su vez, a otro de ámbito más amplio, la Red Ires (www.redires.net). Sus inicios se encuentran en la necesidad de compartir y analizar nuestras prácticas educativas, así como de difundir públicamente una idea de escuela alternativa a la tradicional. Desde entonces, hemos ido desarrollando diversas acciones puntuales, entre las que se encuentra la elaboración y difusión del Manifiesto Pedagógico “No es Verdad” (http://www.redires.net/?q=node/51). El Proyecto que presentamos en estas líneas, “La Escuela que queremos”, (http:// www.redires.net/?q=node/1246), surge como forma de continuidad a ese trabajo. En esta ocasión, desde el colectivo hicimos una convocatoria on-line en la que se invitaba, a los docentes de cualquier nivel educativo, a participar en una Jornada en la que cada grupo se comprometería a trabajar, previamente, sobre la escuela que les gustaría tener. Con la intención de facilitar la puesta en común, establecimos los siguientes ejes sobre los que vertebrar las propuestas: la organización de los espacios y los tiempos; contenidos, metodología y evaluación; las relaciones interpersonales y el profesorado; la participación en la toma de decisiones. La Jornada tenía dos momentos: durante la mañana se expondría públicamente, a modo de congreso, el resultado de estos trabajos y, por la tarde, Francesco Tonucci daría una conferencia con las aportaciones recogidas durante el día. A continuación, nosotras, relatoras de esta actividad y miembros del colectivo, participantes en la acción y aún embriagadas por ella, trataremos de introducir al lector o lectora en aquella jornada, intentando contagiarlo de la magia que supusieron aquellos momentos de encuentro y reflexión compartida, para, seguidamente, presentar las reflexiones que nos ha generado participar en ella. de sentirse incluidos en un espacio agradable estéticamente y que les pertenezca, sobre el que puedan aportar y decidir. Frente a esto, y echando un vistazo a lo que nos rodea, no es raro encontrarnos con una escuela a menudo fría, fea, llena de chismes y despersonalizada. ¿Por qué la escuela de hoy no se esmera en tener un espacio cuidado y acogedor? En las escuelas se presta poca atención a cómo nos sentimos, y menos a cómo sentirnos mejor. Pensamos que la tradición escolar, que proviene del modelo de escuela de la industrialización, está en la base de este pensamiento. A menudo, la mayor parte del tiempo se dedica a las materias “importantes” –para algunos solo Matemáticas y Lengua– a las que se da prioridad porque, en teoría, es más productivo; en cambio, todos necesitamos sentirnos a gusto en el lugar donde pasamos largas horas y es sabido que, cuando el niño se siente mejor, sus aprendizajes resultan más consistentes y de mejor calidad. Otras muchas propuestas formuladas por los escolares, y relacionadas con el espacio, que no pueden quedar en saco roto, nos recuerdan que los aprendizajes pueden y deben traspasar las paredes del aula, porque esto amplía sus posibilidades de enriquecimiento; así decían: “Queremos que tenga gimnasio, piscina, zonas verdes…”, “Que vayamos al laboratorio”, “Queremos ir a más salidas y excursiones porque aprendemos más viviendo las cosas”, “En la calle aprendemos, por ejemplo, que los adultos no cumplen sus propias normas”. Con respecto a las propuestas en torno al tiempo, por encima de todo, los niños y niñas piden “flexibilidad”. Una escuela no flexible no atiende a las necesidades humanas. Quieren que se permita la integración de tareas, pero no con horarios rígidos. También piden tiempo para hablar entre ellos, para relacionarse. Frente a esta petición, a nosotras nos viene a la cabeza una imagen de aula frecuente, por desgracia, la de un alumnado sentado en filas de uno, de forma que están unos al lado de otros, pero no juntos, ni comunicados… ¡Es triste! Necesitan tiempo para ellos, para conocerse, y, si lo tuvieran, se evitarían muchos problemas de convivencia en los centros. “Estar mucho tiempo hablando en la alfombra”, quería alguna niña de Educación Infantil; y otra de Primaria: “Nos gusta hablar de nosotros para conocernos y mejorar”. Seguramente estaremos de acuerdo con la afirmación de que solemos dedicar el tiempo a aquello que consideramos importante, pero entonces se nos plantea como necesidad cambiar la visión sobre el “aprovechamiento” del tiempo, porque en nuestra sociedad vivimos presos del reloj, con prisa para no llegar tarde y miedo a perder el tiempo... ¿Todo lo que hacemos en el aula nos parece relevante? ¿Hay algo que estemos dejando de hacer y sabemos que es importante? ¿Invertir el tiempo en hablar con los demás, en conocernos y favorecer la cohesión del grupo es perderlo? ¿Por qué a menudo no se hace? ¡Ya está bien de excusas! A veces merece la pena dar marcha atrás. Otras propuestas se referían a cómo el tiempo escolar invade el de casa, “No deberían mandar deberes para casa”, y nosotras estamos de acuerdo con esto. Pensamos que los pequeños deben disponer de tiempo libre; el tiempo escolar es suficiente, solo es cuestión de gestionarlo adecuadamente.

¿Cómo nos relacionamos en “La Escuela que queremos”?
Si bien antes aludíamos a la cuestión de las relaciones, desde la perspectiva de dar tiempo para que se produzcan, ahora queremos analizarlas desde su propia naturaleza. Ellos quieren: “Una escuela de amigos”, donde “Aprender con besitos”, “Aprender de los más pequeños”, “Trabajar en equipo” y “Con las familias”. Es evidente que, como seres sociales que somos, nos necesitamos unos a otros, y eso nos ayuda en nuestros procesos de socialización e individualización, tan necesarios para vivir en sociedad. ¿Cómo responde la escuela a esta necesidad? ¿Realmente se preocupa por favorecer y propiciar relaciones positivas entre el alumnado? Nosotras pensamos que, salvando excepciones notables, a menudo no es así; de ser así, posiblemente los conflictos negativos no irían aumentando proporcionalmente al número de años que las niñas y niños están escolarizados, como frecuentemente ocurre. Encontramos razones semejantes a las dadas en el apartado anterior. Los contenidos propios de una educación emocional han sido desterrados de la escuela durante años, y ahora cada vez se visibiliza más la necesidad de que estén presentes, en aras de un desarrollo integral del individuo. Frente a los problemas de

Los tiempos y espacios que queremos
De entre las muchas proposiciones que los escolares formularon en relación al espacio, nos parece fundamental destacar, como denominador común, la necesidad

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convivencia que existen, ¿la escuela responde o reprime?, ¿realmente los alumnos son tan violentos? Pensamos que una adecuada intervención pasa por adoptar un nuevo enfoque de relación más amplio, que implique un cambio de mentalidad, y este cambio pasa por involucrar a los jóvenes en la vida cotidiana del centro, por hacerles sentir responsables de lo que les ocurre, dejarles tomar decisiones y enseñarles a ser consecuentes con estas. Pero, para que esto ocurra, hay que darles la oportunidad, la palabra, el tiempo, el espacio… La escucha tiene sus reglas, hay que escuchar, después reflexionar sobre lo que han dicho y, entonces, hablar con ellos sobre lo que hemos escuchado. Francesco Tonucci en su obra Cuando los niños dicen ¡Basta! nos habla al respecto: “Si se reflexiona sobre la difícil relación con las jóvenes generaciones, sobre cómo se sienten, a menudo extrañas y hostiles respecto de los adultos, de sus instituciones, de sus ciudades […] se comprenderá mejor el valor que pueden tener estas experiencias de participación infantil y el error que comete el adulto si no cumple con las promesas hechas. Si no las escucha, ni las tiene en cuenta, si no intenta llevarlas a cabo, de verdad” (Tonucci 2002, pág. 23). Curiosamente, nos encontramos en Educación Secundaria con un aluvión de propuestas que ponen el acento en la relación con el profesorado y el trato que los alumnos reciben de este, casi ignorando las relaciones con su grupo de edad. Y decimos “curiosamente” porque donde mayores conflictos entre iguales suelen generarse es donde menos se abordan. Los más pequeños lo tienen claro, quieren que el profesorado “enseñe, no riña, y sonría más”, pero en Educación Secundaria nos encontramos con propuestas mucho más duras y desgarradoras, quizás porque llevan más tiempo viviendo la situación con amargura, y al final uno se cansa… Los jóvenes de Secundaria piden “más respeto y comunicación”, “que no parezca una dictadura”, “que enseñen sin altanería”, “con un trato cordial”, “que la escuela no sea una cárcel...”. “Queremos que se enseñe con el ejemplo: somos una nueva generación y, como cualquier persona, no nos gusta que nos comparen con generaciones pasadas. Son nuevos tiempos, con nuevas tecnologías y nuevos avances. También cambia nuestra forma de pensar y de vestirnos, por eso creemos que no se nos debería juzgar esto, pues en la escuela también se inculca respeto”.
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¿Qué estamos enseñando a nuestros jóvenes? ¿Los adultos realmente nos comportamos como modelos deseables? ¿Tratamos a los menores como exigimos que nos traten? ¿Hasta dónde se impone un respeto que, sin embargo, no se está dando? Además de la escucha atenta que nos propone Tonucci, creemos que el diálogo se presenta como instrumento necesario e imprescindible para alcanzar una educación liberadora. En este sentido, y de la mano de Freire (1977), recurrimos a las condiciones para el diálogo, que expone en su obra Pedagogía del oprimido, donde nos propone que la relación entre los maestros, maestras y su alumnado esté basada en el amor, en la humildad y en la fe sobre las posibilidades de aquellos a quienes se educa. Una relación en la que prevalezca la esperanza de que su trabajo acabe dando fruto. Una relación presidida por una reflexión crítica sobre el mundo, que ayude a tomar conciencia de la realidad y a asumir nuestra capacidad de poder transformarla.

Contenidos, metodología y evaluación
“Leer y escribir, dibujar, pintar, bailar, los castillos, los mapas, las banderas, el arte, las ciencias, la música, la naturaleza, la informática, el deporte, los libros, los periódicos…” Todo esto les interesa. El mundo les interesa. Dicen los alumnos y alumnas: “Los contenidos tendrían que estar apoyados en nuestras experiencias de hoy y servir para la vida diaria”. “Estudiamos tantas y tantas fechas, y vidas de personas nacidas en siglos muy lejanos, aspectos que nos sirven para tener una cultura mínima, pero, al fin y al cabo, no nos enseñan cómo aprender a vivir en sociedad”. Frente a la multiplicidad de intereses que los niños demuestran tener, desde tempranas edades, la escuela en muchas ocasiones responde centrándose solo en algunos, ofreciendo unas opciones muy limitadas de desarrollo, que poco potencian aprendizajes ni satisfacen intereses. En cierta medida a nosotras nos parece que el paso por la escuela acaba provocando que los estudiantes se desinteresen por el mundo en el que viven. Pongamos en cuarentena lo que acabamos de decir y pensemos, por un momento, lo que va ocurriendo en la vida de un estudiante que llega a la escuela cargado con una mochi-

la de ilusión, ingenuidad y ganas. También trae una corta carrera de decepciones… que, con el paso de los años, se sobrecarga de contenidos poco relacionados, repetitivos, sin funcionalidad, horas en silencio, castigos… Nosotras pensamos que el alumnado no está tan desmotivado como parece, sino que es la escuela (y todos los que la conformamos) la que no sabe atender sus demandas. Tal vez se trate de saber escuchar. De saber llegar a ellos. Y creemos que, para llegar a ellos, hay que adoptar una metodología activa e investigadora. En las propuestas de los niños y niñas pudimos comprobar claramente que los que ya tienen experiencia de trabajo con metodologías innovadoras se muestran mucho más ingeniosos y creativos a la hora de formular propuestas: “Una escuela de pensar y jugar”, quieren los más pequeños. “Con talleres, rincones, proyectos, abierta al medio”, los de Primaria. “Más divertida, más práctica, más participativa, más dinámica, más interesante”, en Secundaria. Una escuela en la que los alumnos sean los protagonistas, más diversificada, con otros actores (familia, medio, otros grupos escolares) y en la que el componente imprescindible sea la pasión, el interés. Sin lugar a dudas ellos quieren una escuela mejor, tienen expectativas altas porque se sienten capaces de ir a más. Que no seamos nosotros los que pongamos límite a esto. Hablamos de una escuela donde la presencia de las nuevas tecnologías sea potente, ya que son su medio y les resultan una herramienta eficaz para conocer el mundo y relacionarse con otros. El reto de una escuela del siglo XXI es que debe preparar para una sociedad incierta, como así indican los nuevos paradigmas educativos. La escuela tiene que asumir nuevas formas de enseñanza porque estamos preparando para un futuro en el que posiblemente surjan profesiones que actualmente no existen. Ahora los cambios se producen a un ritmo vertiginoso, y la escuela se adapta, o no sirve. Respecto a la evaluación, en Educación Secundaria parecen rebelarse contra ella, y el número de propuestas es muy elevado y coincidente. Principalmente proponen: “Con otros métodos más eficaces, que no sean exámenes escritos, ya que estos nos someten a mucha presión”. “Valorar la actitud, las ganas de aprender y el trabajo diario”. “Valorar el esfuerzo”. “Que la evaluación sea más clara (sabiendo desde el principio qué se evalúa y cómo se evalúa). “La evaluación perfecta

opinión
abarcará: los contenidos, más experiencias, más prácticas y las ganas de aprender. Tendría que ser total para crear ciudadanos comprometidos con su entorno”. “Que sea una evaluación positiva”. En todo esto estamos de acuerdo con ellos, ya que pensamos que la evaluación debe ser formativa y participativa, abarcar a todos los implicados, impulsando la motivación interna para mejorar y contemplar a las personas en todas sus dimensiones. Nos alejamos así de una evaluación acumulativa, selectiva y sancionadora, que es la que predomina en nuestras escuelas. Esto nos exige nuevamente una re-conceptualización de la propia evaluación y de la forma de trabajo. Resulta evidente, quieren participar más, todo el tiempo. Formémoslos para ello. Si los adultos queremos contribuir a que nuestros jóvenes y menores sean ciudadanos críticos, debemos “responsabilizarlos”, es decir, dejar que asuman cuestiones, como ya decíamos antes, pero no solo relacionadas con sus aprendizajes, sino con su propia vida. Propiciar que cogestionen como resultado de un proceso gradual y adaptado. rea. Tenemos que evitar el miedo a que, de no quitar esa parte de desorden a los niños y niñas, se vuelvan “pasotas” o rebeldes, porque en realidad humanizarlos es dejarlos “ser” con todas sus necesidades y aprendiendo a gestionarlas. No podemos olvidar que los humanos somos animales racionales. ¿Qué sentido tiene renunciar a la parte animal que tenemos dentro? No podemos renunciar a lo que somos, “humanimales” –como le gusta proclamar a una compañera del Foro–. Y si los animales corren, saltan, brincan…, nosotros también. Puede ocurrir que el lector esté de acuerdo con muchas de las ideas que se sostienen a lo largo del artículo, quizás las encuentre repetitivas, pues ya hay material que versa sobre estos temas, pero lo que a nosotras no deja de sorprendernos e inquietarnos es que, si de todos ya es sabido, y se comparte la necesidad de estos presupuestos, ¿cómo es posible que los niños y niñas, los verdaderos usuarios de la escuela, sigan pidiéndolos? Algo falla aquí, no queremos dar una respuesta cerrada ni única a esta pregunta, pues caeríamos en una evidente contradicción, pero sin lugar a dudas, la escuela sigue necesitando un “cambio”, y los niños también lo piden. Tras este torbellino de propuestas, tras la vivencia emocionada de esta jornada, de su organización, de su making off… hemos iniciado un camino sin retorno. “La escuela que queremos” nos ha permitido escuchar sus voces, el proyecto ha supuesto una llave maestra para llegar a nuestras alumnas y alumnos, pero la escuela que queremos no existe, está por construir, lo haremos juntos. No hay una fórmula mágica para llegar a ella. Esto solo supone un empuje.

La escuela que nosotras queremos
A partir de esta experiencia nos hemos re-situado, desarrollando nuevas estrategias para relacionarnos con el alumnado, y estar de otra forma en la escuela. Hemos crecido como colectivo, ya que se han producido nuevas incorporaciones al Foro por Otra Escuela. Hemos reafirmado que hay que expandir, sin miedo, y con más fuerza si cabe, la idea de lo que queremos, entre el profesorado, las familias y el entorno. Hemos iniciado proyectos que dan continuación de este, empezando por la creación de un blog vinculado a redes sociales, en el que estudiantes y docentes puedan compartir iniciativas, propuestas, acciones y experiencias (http://laescuelaquequeremos.net/ ) “La Escuela que queremos”, la que nosotras –maestras y profesoras– profesionalmente necesitamos, es ante todo humana porque en ella se enseña a personas. Una escuela de los deseos, las necesidades, el interés, la incertidumbre, la curiosidad, el empeño, las ganas, las relaciones, en definitiva… una escuela del mundo. Una escuela que cuida al niño, respetando su principal oficio, el de jugar; así como también respeta sus otras necesidades, no las aplasta. Una escuela que no tiene prisa, por hacerlos adultos, y les enseña a vivir y a disfrutar del momento presente. Sostenemos que hay una idea detrás de ser adulto que no se corresponde con lo que realmente somos. Parece que la supuesta disciplina adulta, que se intenta imponer, va a alejarnos de ese lado irresponsable y caótico –asociado al niño– que por naturaleza todos y todas tenemos y necesitamos tener, para que las cosas funcionen. A estas alturas estaremos de acuerdo en que no se trata solo de blanco o negro, también hay matices, y eso precisamente, es lo que enriquece, aunque, por otra parte, hace más compleja la ta-

¿Cómo se participa en el proyecto?
Nos gustaría establecer ahora una comparación, y de nuevo acudimos a F. Tonucci. Un pequeño del Consejo de los Niños de Fano, haciendo balance del primer año de experiencia del Proyecto “La Ciudad de los Niños”, dijo: “Cuando conocí los problemas de la ciudad y comprendí que podía hacer algo, me sentí responsable”. (Tonucci, 202, pág. 23). Un niño que participaba en esta Jornada decía: “Para cambiar la escuela o el instituto, tenemos que empezar por cambiar la mentalidad, debemos pasar de ser alumnos pasivos a activos”; toda una declaración de intenciones. Nosotras defendemos que si en las escuelas se ofrecen las condiciones necesarias y deseables que hasta ahora estamos sosteniendo en el artículo, los niños y niñas sienten que se les tiene en cuenta y surgen propuestas que expresan su necesidad de tomar decisiones. Ya es visible desde la Educación Infantil: “Queremos una escuela donde decidamos entre todos lo que aprendemos y lo que hacemos”. Y podemos ver cómo en las etapas posteriores ellos mismos siguen demandando esto. En Educación Secundaria dicen así: “Respecto a la toma de decisión: el alumnado debería participar de forma activa en la creación de los contenidos, en el diseño de la metodología y en la evaluación del centro. Si somos la parte más numerosa en la comunidad educativa, ¿por qué se nos oye tan poco? Nuestro compromiso empieza por un cambio de actitud. Queremos ser responsables, desde pequeños, de nuestro aprendizaje, como personas comprometidas”.

para saber más
Freire, P (1977): Pedagogía del oprimido. Madrid: Siglo XXI. Pujolás Maset, P. (2004): “De la opresión a la inclusión, de la liberación a la inclusión”. Cuadernos de Pedagogía, 340 (noviembre). pp. 92-96. Tonucci, F. (2002): Cuando los niños dicen ¡Basta!. Salamanca: Fundación Germán Sánchez Ruipérez.

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