20 – se busca a jim golden

El recluta Jason le observaba con curiosidad mientras redactaba el informe. Railbold pudo entrever con el rabillo del ojo como su acompañante fruncía el gesto en una mueca de dolor cada vez que cambiaba de postura en aquel sillón. Había sido el único superviviente de la última travesía del “Great Kaboom”, el navío capitaneado por Edward Boomwell. Según había relatado días después de su rescate, en la cama de la enfermería del cuartel, habían sido abordados por piratas. Una comitiva reducida de no más de cinco hombres, pero lo suficientemente preparados como para derrotar a todo el regimiento y hacerse con el barco. O así debería de haber sido. Por extraño que pareciera, el enfrentamiento se acabó saldando en tablas. Los marines y los piratas se habían aniquilado entre ellos. Y el único que había quedado para recordar algo de aquellos hechos era el mismo Jason. La venda que le cubría aquel enorme tajo, desde el hombro izquierdo hasta la derecha de la cadera, era prueba suficiente para demostrar que aquello había sido real. Y ahora le había tocado a Railbold hacer de niñera. Dejó la pluma en la mesa y se giró hacia el recluta: No tienes por qué estar aquí si no quieres – comentó – Puedes salir al patio a ver los entrenamientos. ¿¡Para recordar que tardaré más de un mes en volver a esgrimir una espada!? – inquirió con cierto sarcasmo – Paso. Estoy mejor aquí.

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Cómo quieras – Railbold se sacudió de hombros mientras maldecía en su fuero interno la terquedad del recluta. No se sentía a gusto trabajando ante la mirada de extraños.

Volvía a la mesa cuando el caracolófono empezó a sonar. Fue a cogerlo y entonces cayó en el traqueteo del caracolfax, al lado del comunicador. Se puso al aparato mientras retiraba la fotografía. Mostraba a un joven sudoroso y de perfil, al que parecía faltarle la oreja izquierda, teniendo un muñón cicatrizado en su lugar: Al habla el recluta de primera Railbold, desde la oficina del Cuartel General – saludó. Aquí Gilbert, de la decimoquinta división – respondió el animal – ¿Os ha llegado la imagen? Afirmativo – señaló – ¿De quién se trata? Es un pirata novato – siguió el extraño molusco – “Capitán” pirata – remarcó – Acabo de enviar un documento con sus datos – el caracolfax volvió a traquetear. Railbold recogió la hoja y la leyó por encima: ¿¡Cómo que “eludió la pena de muerte”!? – se extrañó. Se oyó un silencio incómodo, hasta que el animal respondió. Pese a que logramos atraparle, – empezó – se nos pasó por alto uno de sus nakamas, que acabó liberándoles a él y a un segundo compañero, justo cuando íbamos a ejecutarles en el mismo cadalso. ¿¡Y aun así no pudisteis capturarlos!? – inquirió. Hubo otra pausa. Te sorprendería saber las capacidades de combate de esos tres – comentó el caracol – De hecho, te sorprendería saber con quién va embarcado ese miserable – se paró un momento – ¿El nombre de Boa Dianne te es familiar?

Railbold se quedó paralizado por un momento. Boa “Somnolienta” Dianne, la fugitiva de Amazon Lily. Aunque el por qué le era desconocido, el Gobierno Mundial parecía haber despertado un gran interés en esa muchacha, y había ordenado poner un elevado precio por su cabeza. Sesenta y tres millones de berries era una suma por la que más de un cazarrecompensas se frotaría las manos con avidez. Y sin embargo, nadie la había cobrado. De hecho, la Marina llevaba bastante tiempo expectante, sin saber del paradero de la fugitiva. Hasta ahora. Railbold se volvió a acercar el aparato: ¿Estás seguro de eso? – preguntó dubitativo. Es idéntica a la del cartel, – afirmó el caracol – y derrotó por si sola a toda la escuadra enviada al patíbulo. ¿¡Y semejante amenaza está a las órdenes de este niñato!? – miró la foto del joven pirata, perplejo. Todo parece apuntar que así es – siguió el animal – Queremos que se tomen estos hechos en consecuencia. Ese sujeto es peligroso. Y sus acompañantes son igualmente peligrosos, especialmente “Somnolienta”. ¿¡Y se os ha escapado semejante pieza!? – inquirió el recluta. El capitán Sakemaru se hace cargo – el caracol parecía disculparse – Partirá personalmente en unos días junto a algunos de sus mejores hombres para darle caza. Así que necesitamos que enviéis a unos cuantos reclutas a la isla – señaló. Railbold asimiló la situación durante un breve lapso de tiempo. Está bien – concedió – Llevaré esto al almirantazgo. Pero dile a Sakemaru que más le vale capturarles y pronto. Su posición depende de ello – advirtió. Descuida – le tranquilizó el molusco. Railbold juraría que una sonrisa se estaría dibujando en el rostro de su interlocutor, al otro lado del aparato – No hay pirata

que haya escapado de las ebrias garras del “Oso Borracho” – y dicho esto, la voz se cortó. El recluta colgó el aparato, que se echó a dormir nada más hacerlo. Jason se había puesto de pie: ¿Quién es el nuevo? – inquirió con cierta curiosidad. Railbold parpadeó varias veces ante la pregunta pensando en la conversación que acababa de mantener, y luego le enseñó la fotografía. Para su sorpresa, el recluta empezó a palidecer nada más verla. ¿¡Te pasa algo!? – se extrañó. Jason se echó hacia atrás y cayó de culo, soltando un quejido de dolor – ¡Oye…! ¡Y-Y-Yo conozco a ese tipo! – soltó el recluta con nerviosismo – ¡E-Es uno de los piratas que abordó nuestra nave! ¿¡Qué…!? – se extrañó él – ¿¡Pero no dijiste qué…!? ¡S-Si ese tipo está vivo, probablemente tuvo algo que ver con la muerte del capitán! ¿¡De Boomwell!? – Railbold miró de nuevo la fotografía, extrañado. Aquel niñato al que casi doblaría en edad, podría haber acabado con uno de los mejores oficiales de la Marina del East Blue. Había burlado a la muerte en la cara de una de las divisiones más respetables asignadas a dicho mar, y había enrolado en su tripulación a una fugitiva realmente peligrosa. En el cartel, los ojos de aquel muchacho parecían tener un cierto brillo desafiante. “¿Quién eres, Jim Golden?”.

***

El estómago de Dianne se quejó de forma ruidosa, por enésima vez: Tengo hambre… – arrastró las palabras famélica, repitiendo aquello también por enésima vez. El ex-librero y su capitán la observaron con gesto de reproche. Tampoco era la primera vez: ¡Ya te hemos oído! – se quejó Jim poniéndose en pie, y haciendo que el balandro se balanceara ligeramente – ¡No es la primera vez que lo dices! Ni será la última… – refunfuñó la joven. Miró al cielo abatida y suspiró – Qué hambre… ¿¡Cómo tienes la desfachatez de quejarte si estamos sin provisiones precisamente por tu culpa!? – le increpó a voces al oído, mientras ella hacía oídos sordos y seguía contemplando el cielo con desánimo. Jim resopló y se giró hacia el ex-librero – ¡En cuanto a ti! – le señaló de forma acusativa – ¿¡No te dije que no le quitaras el ojo de encima!? ¡¿Qué le iba a hacer?, hombre! – comentó John – Llevaba un día entero sin dormir, y fui incapaz de mantenerme despierto – habían pasado ya dos días desde que partieran de Bôhanno, y tras su breve pero intensa pelea con Dianne, el pelele del capitán había estado completamente K.O durante un día entero. Así que todas las guardias habían recaído en él, algo por lo que Jim no parecía sentir consideración. ¡Pues nos ha salido bien caro! – se quejó nuevamente el capitán pirata. John intentó mantener la calma. Una segunda paliza no arreglaría las cosas. La actual causa de todos sus problemas parpadeó varias veces, contemplando la escena. No tardó en volver a las andadas.

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¡¡¡Tengo ham…!!! – Jim no la dejó terminar la frase, y le tapo la boca con la mano, mientras la joven balbuceaba intentando hablar.

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¡Cállate ya…! ¡Ay! – el pirata retiró la mano con un grito de dolor, y se la agarró dolorido – ¡La muy cerda me ha mordido! – se quejó mirando al ex-librero. Luego entornó los ojos hacia la muchacha – ¿¡A ti qué te pa…!?

Jim se paró al ver como la chica se arrastraba a cuatro patas sobre la cubierta, mirándole sin parpadear, como ida: Ten-go ham-bre – articuló por partes, mientras empezaba a salivar. El capitán se echó hacia atrás inquieto. ¿¡Pero qué…!? – antes de poder decir nada más, Dianne se lanzó sobre él como una leona sobre su presa, intentando hincarle el diente. Jim forcejeó con pies y manos. John ignoró la extraña situación y miró al cielo con apatía. Era un día cálido y la mar estaba tranquila. No había razón para estar peleándose. Divisó una figura blanca y familiar sobrevolando la zona, y la hizo una señal con la mano. Como buena gaviota adiestrada que era, el News Ku recibió el mensaje y descendió suavemente hasta posarse en el balandro, no sin antes girar el cuello con curiosidad para contemplar la extraña pelea que estaba teniendo lugar: Ni te molestes en comprenderlo – saludó el ex-librero al animal, mientras rebuscaba en el bolsillo unas cuantas monedas. El ave asintió con su trinar particular – Ten – el News Ku extendió el cuello para que pudiera introducir el dinero en la bolsa que le colgaba de este, y John recogió el periódico. ¿¡Quef efof!? – Dianne les miraba con gran curiosidad, mientras mordía la cabeza del capitán. John alzó el periódico extrañado.

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¿El qué, esto? – inquirió – Pues un… Nof… – la joven despegó la mandíbula de la cabeza de Jim y se limpió las babas con la manga – El pajarraco – el ex-librero se giró hacia el animal, que se disponía a emprender de nuevo el vuelo. Se volvió hacia la muchacha.

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Es un… – Dianne había desaparecido. Fue entonces cuando cayó en la cuenta, y se giró rápidamente, justo cuando una sombra pasaba como una exhalación junto a él – ¡No! – gritó alarmado. Se lanzó en el aire y placó a la joven, tirándola al suelo. El golpe hizo que el News Ku trinara asustado, y emprendió el vuelo de forma apresurada.

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Maldita sea… – Dianne se incorporó dolorida – ¿¡A qué ha venido eso!? – le increpó al ex-librero cuando este se levantaba – ¡Por tu culpa se me ha escapado el almuer…! – un fuerte golpe en la cabeza la hizo callarse en el acto.

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¡Mira que querer comerte al pobre pájaro! – comentó Jim malhumorado con el puño apretado. La muchacha le miró con rencor, mientras se frotaba la cabeza dolorida – ¿¡Qué, quieres más!? – la amenazó.

John dio un suspiro, mientras sus dos compañeros volvían a enzarzarse en aquel intercambio de golpes. Por extraño que pareciera, aquello ya se había convertido en rutina. Abrió la prensa por la página central dejando el asunto a un lado. Entonces se percató de que algo caía en su regazo. Carteles de recompensa. El ex-librero ojeó los avisos de búsqueda y captura sin demasiada curiosidad hasta que se topó con dos que le hicieron abrir los ojos de par en par. “No puede ser”, pensó. Se giró hacia Jim, que en aquel momento apartaba de un empujón a su compañera. El capitán pirata reparó en su presencia y le miró extrañado:

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¿Qué sucede? – inquirió – Te noto algo pálido… – el ex-librero parpadeó una vez y le mostró los carteles sin mediar palabra. Jim respondió con otro parpadeo y luego desencajó la mandíbula, boquiabierto. Dianne también se fijó en los dos carteles, enarcando una ceja. Luego miró a su capitán con curiosidad, y le volvió a encajar la mandíbula en su sitio sin miramientos.

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Sólo son once millones – comentó con desdén – No deberías poner esa estúpida cara de incredulidad por tan poca cosa.

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M-M-Mi… ¿M-Mi cabeza tiene precio…? – consiguió preguntar el capitán. John asintió.

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Ahora sí que estamos jodidos – indicó – No sólo por tu recompensa. También han distribuido la de Dianne… – suspiró abatido – El East Blue ya no es un…

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¡¡Mi cabeza tiene precio!! – exclamó Jim con entusiasmo – ¡Once millones! ¡¡No está nada mal!!

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Sigo superándote por cincuenta y dos millones – se jactó Dianne – Aunque claro, es lógico que la Marina no se tome en serio a un debilucho como tú – alzó los brazos como señalando lo evidente.

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¡A callar! – la recriminó el capitán – ¡Tú eres un monstruo del Grand Line y no cuentas! ¡¡Yo nací en este mar y soy…!!

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¿¡Por qué coño os alegráis!? – estalló por fin John, que ya no podía oír más de aquello – ¡Ahora tú también eres un criminal en búsqueda y captura!

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Pues el que me busque, me va a encontrar, no te quepa duda – se volvió a jactar Jim. El ex-librero se llevó la mano a la cara, resignado.

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Está claro que no lo entiendes – se lamentó. Déjalo estar – Dianne si acerco hacia él – Si el imbécil es feliz con eso… – miró con curiosidad por encima del hombro – ¿Y tú? ¿¡Cuánto da la Marina por ti!?

John parpadeó varias veces ante la pregunta, y luego cayó en la cuenta: Pues…, ahora que lo dices… – revisó los carteles con rapidez. Jim se acercó a ellos dos y se inclinó junto a la joven hacia delante con curiosidad – Parece que aún no me han fichado… – indicó extrañado el ex-librero. Sus compañeros se retiraron, compartieron miradas durante un breve lapso de tiempo, y luego, estallaron en carcajadas, tirándose al suelo muertos de la risa. ¡Un secundario! – rió Jim – ¡¡Es un puto secundario sin trascendencia!! ¡Un perdedor, eso es lo que es! – comentó Dianne mientras se revolcaba por el suelo – ¡¡Le toman menos en serio que a ti!! ¡¡Cerrad la boca!! – estalló John, rojo de rabia – ¡Dejaros de tantas estupideces! ¡Me trae sin cuidado que la Marina me busque o no! ¡Es más, mejor si no lo hace! – tomó aire – ¡¡Sea como sea, el East Blue ya no es un lugar seguro!! Jim se incorporó aún entre risas. El ex-librero le miró con rabia mientras poco a poco se calmaba: ¿Y qué propones que hagamos? – comentó mientras se limpiaba las lágrimas, sonriente. Está claro, ¿no? – respondió él – Aunque sea salir del Estigia para entrar en el Hades, debemos hacerlo – le dirigió una mirada cargada de decisión – ¡Debemos poner rumbo al Grand Line! Ese mar no es ningún paseo – intervino Dianne – Marina de por medio o no, a su lado, el East Blue te parecerá un grato recuerdo. La marimacho tiene razón – siguió Jim. La joven le dirigió una mirada de odio – Y con esta cáscara de nuez, no vamos a llegar a ningún lado – John miró a ambos. Recogió el periódico, y se acomodó a un lado del balandro para leerlo.

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Precisamente por eso, tenemos que hacernos con un buen barco – indicó. Ya hablamos de ello – informó Jim – Conozco un buen astillero que está a unos días de navegación.

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¿Y el dinero para pagar el barco? – inquirió Dianne. Pues…

John leyó algo particularmente interesante. Miró a su capitán: Creo recordar que dijiste que el lugar al que quieres ir quedaba cerca de Mirrorball, ¿no? – preguntó. Sí – asintió Jim – ¿Por qué lo dices? Me parece que he encontrado una forma fácil de hacer dinero – les sonrió mientras giraba el periódico y les mostraba el anuncio que acaba de leer. Jim y Dianne parpadearon varias veces y luego abrieron los ojos de par en par: ¿¡¡QUÉEEEEEEEEEEE!!? – gritaron al unísono – ¿¡¡EL “DANCE CONTEST”!!?

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece”, del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

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