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Valle de los cipreses

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Tomás Aguiló Forteza

La serenidad y hermosura de la tarde me habían convidado a dar un largo paseo por las afueras de la ciudad, y bien que no recuerde precisamente cuáles eran los diversos pensamientos que a solas iba rumiando, sé que encerraban algo de triste y sombrío análogo al estado de mi corazón. Siempre me ha parecido que al declinar las tardes de otoño conducen a la melancolía. Con el codo apoyado en la rodilla y la cabeza en la palma de la mano, descansaba un rato sentado en una piedra del camino, y en esta actitud meditaba. Poco o nada tendrían de risueñas las ideas que me asaltaron. Esparramábase a mi izquierda el caserío que lleva el nombre de pequeña Vila, a mi derecha escondía su tortuoso cauce el torrente que lame los muros de Palma, enfrente de mí levantaba las ásperas crestas de sus fragosas ondulaciones la sierra poblada de espesos pinares sobre la cual asomaba su limbo superior el astro del día. Aquella postrer mirada, aquella despedida del sol me hizo una impresión semejante a la que produce el improviso adiós de apuesta doncella en el ánimo del mancebo que al pie de los balcones deseaba prolongar su plática amorosa. Quizás me hubiera distraído de mis tristezas una magnífica puesta de sol, pero no hubo aquella tarde nubes doradas por los últimos reflejos, ni ráfagas de carmín y violeta cambiando por momentos sus abrillantados matices. Una ligera neblina se había extendido por todo el cielo, y sobre esta cenicienta gasa destacábanse a lo lejos las desnudas ramas de los almendros, formando caprichosos dibujos, parecidos a los que aparecen puliendo una con otra dos tersas superficies de alabastro humedecido. La soledad y el silencio empezaron a serme desagradables, y los pensamientos mismos con quienes voluntariamente me había entretenido volviéronse como aquellos huéspedes que agasajados al principio acababan por convertirse en carga molesta e importuna. Traté de regresar antes que me sobrecogiera la noche; pero ¿.quien podrá explicarme lo que entonces me aconteció? Cómo es posible que siéndome tan conocido el camino llegare a perderme en un extraño laberinto? Ni sé cómo fue ni me atrevería a señalar el punto en que empecé a desviarme; pero tengo muy presente en la memoria la extrañeza que me causó el verme internado en un angosto y solitario valle. En vano era preguntarme: ¿de qué podía depender que nunca hubiese yo descubierto, que nunca a mis oídos hubiese llegado la más leve indicación de aquel sorprendente y exótico paisaje? ¿Era un capricho del arte, o una aberración de la naturaleza lo que efectuaba allí un cambio de escena tan completo? ¿Por qué en vez de la grata sensación que producen los sitios aun más agrestes y sombríos, el encanto de la novedad cedía el puesto a una especie de terror indefinible? Aquel era un largo valle flanqueado de dos altas colinas coronadas en su cumbre y cubiertas en sus faldas de infinito número de árboles todos de una misma especie. Y estos árboles eran cipreses, que bien los conocí por el fúnebre colorido de su ramaje, por su tétrica inmovilidad y :su fuerte aroma, extendíanse en torno mío en simétricas y prolongadas calles como los almendros de aquellas cercanías, o veíase más allá revueltos y apiñados como las encinas de espeso bosque. Ni selváticos arbustos, ni menudo césped cubrían la aridez de aquel terreno, y sobre los troncos de los apreses, desnudos como los pies de un esqueleto, levantábanse sus copas sombrías como las pirámides de un mausoleo. Y yo

en tanto, con el estupor en el alma y el razonamiento en los ojos, luchando con una sensación que se acercaba al miedo, y que en vez de acelerar, entorpecía mis plantas, avanzaba por entre aquellos centinelas de la muerte, y seguía un camino semejante a los que en otros tiempos escondían a la mansión de austeros cenobitas. De pronto vi que me precedía una niña como de tres años, que tiraba de un cochecito de cartón atado con un bramante, que correteaba a trechos y a trechos se paraba, que se entretenía en coger del suelo y arrojar al aire piedrecitas. Aquel talle, robusto al par que agraciado, aquellos bracitos que se movían con encantadora ligereza, aquel vestidito color de rosa, aquel sombrerito de paja... ¡Oh. Dios mío! ¡Dios mío! - Niña, niña, exclamé con un grito desatentado, sin ser dueño de contener los rápidos latidos de mi corazón, y ella volvió hacia mí su lindo rostro, clavó en mí sus ojos azules, y echó de nuevo a correr y brinca, a tirar piedrezuelas y flores. Una de éstas cogí y la besé: era una flor de amarillenta corola, flor sin lustre ni aroma de la que recuerdo haber visto espesas matas en un cementerio abandonado. "Aguárdame, niñita, aguárdame, iremos junto a tu madre. ¡Oh sola felicidad mía! ¡Y yo que soñé haberte perdido para siempre! ¡Y yo que pensaba que Dios había descargado sobre mí el más terrible de sus castigos! ¡Ay, cuántas lágrimas han vertido mis ojos! ¡Cuántas cayeron ocultas en torno de mi corazón. Aguárdame, hija mía, que he de darte un tierno y regalado beso. ¿No han sido tus caricias el más íntimo y suave goce que en este mundo he disfrutado? ¿Qué oro bastaría para comprarlas? ¿Qué glorias ni placeres para hacer con ellas un trueque? ¡Oh loca imaginación mía que se las figuraba ya tristemente fenecidas! Párate un momento, hija mía, un momento no más. La alegría de encontrarte me oprime el pecho como una fatiga inmensa. No corras tanto. Vamos, niña, no seas caprichosa: te compraré dulces, todos los dulces que quieras". Y así diciendo esforzábame en apretar el paso y no podía. Apréciame entonces aquel valle interminable, y anhelaba el momento de salir a una llanura despejada con la misma ansiedad que en noche borrascosa desea el marinero que despunten los primeros albores de la mañana. Más y más dolorida se iba volviendo la pálida luz que penetraba en aquel fúnebre recinto, de manera que en el cuerpo de mi niña apenas distinguía ya la esbeltez de sus contornos; pero su gracioso acento hería de vez en cuando mis oídos, resonando en ellos como la más pura y deliciosa melodía. Parábase a trechos, decíame sonriendo: ¡Papa! ¡Papá! y cuando yo creía tenerla a mi alcance escapábase como una sombra de entre mis brazos y seguía corriendo, corriendo con infantil travesura. "¡Niña! ¿así correspondes a mí ternura? Mira que me destrozas el corazón cual si fuera uno de sus juguetes. ¿Por qué haces hoy lo que nunca habías hecho? Detente, amor mío, tesoro mío que voy a llorar lágrimas de sangre si no consigo abrazarte. Yo no sé dónde estoy, dónde me encuentro; pero te veo, te oigo, a ti, mi única delicia, mi única esperanza en los cansados días que me restan por vivir. No, no huyas de mí que te quiero tanto. ¿Ah! que en tus pocos años no te es dado comprehender ni la vehemencia de mi cariño, ni la intensidad de mi amargura! ¡Señor!, ¿qué crimen he cometido para que me inflijáis este horrible tormento? Confieso que no os he agradecido como debía una dicha que era sobrado grande para merecerla yo." Y con estas exclamaciones interrumpidas por sollozos y por las angustias de una respiración desigual y fatigosa, seguía las huellas de la encantadora niña contando ciegamente en que había de alcanzarla. Y la alcancé: pero ¿dónde?, en un paraje igualmente desconocido que no podía distinguir bien por la obscuridad que me rodeaba. La alcancé porque ya no corría sino que estaba tendida de espaldas en el duro suelo con sus manecitas cruzadas sobre el

pecho, y sus párpados cerrados cual si estuviese tranquilamente dormida. ¡Ay de mi! su vestidito color de rosa se había trocado en un manto azul, en una túnica muselina blanca como las alas de una paloma, y su sombrerito de paja en una corona de plateada filigrana. Y yo la miraba sumergido en profundo abatimiento, al favor de la tenue claridad que despedían algunas estrellas. De rodillas a sus pies la miraba con doloroso ahínco, y hubiera querido pasar siglos en aquella extraña situación de consuelo y amargura. Pero el cuerpo de la niña se iba desvaneciendo poco a poco, a semejanza de las nubes que cambian de aspecto y lentamente se separan. Y todo estaba ya a punto de desaparecer cuando resonó en mis oídos un canto de una dulzura indefinible, una música de un ritmo extraño que no podía compararlo a ningún género conocido. Era una cosa parecida a los trinos del misterioso pajarito que por espacio de trescientos años suspendió sus oídos y el alma de aquel monje del Desierto. Era un coro de innumerables voces en que sin confusión ni ruido se oía: Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, y entre esas voces que me tenían como arrobado distinguía yo perfectamente la de mi niña. Pero este himno incesante se iba perdiendo, perdiendo como si se hundiera en el seno de la tierra, como el canto de una procesión de vírgenes que se aleja por tos corredores de su monasterio. ¡Oh mi Pilarcita! ¡Oh ángel del cielo! Un rayo de luna bajó después a iluminar aquel sitio en que continuaba yo de rodillas, y la piedra labrada que tenía enfrente me indicó ser el lugar en que un día reposarán mis ateridos huesos.

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