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El último Dinosaurio y Otros Cuentos_María Isabel Quintana

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María Isabel Quintana

El Último Dinosaurio y Otros Cuentos
Editorial Entremilenios colección en rojo

El Ultimo Dinosaurio Y Otros Cuentos

Editorial Entremilenios
COLECCIÓN EN NEGRO

María Isabel Quintana

El Último Dinosaurio y Otros Cuentos

Editorial Entremilenios
colección en rojo

El Último Dinosaurio y Otros Cuentos Segunda Edición: Marzo de 2008 Editorial Entremilenios. Colección en Rojo Queda prohibido, dentro de los límites establecidos en la ley, reproducir parcial o total esta obra por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización previa y por escrito de la autora de este libro. Primera edición: Marzo 2000, Valdivia, Chile, en Ediciones Caballo de Proa En portada pintura de Robinson Mora (Panorama CF)

Agradecimientos:

A Inés por invitarme a formar parte del proyecto

A Gabriel por su inestimable ayuda

PRÓLOGO

A LA 1ª EDICIÓN

El secreto riachuelo bajo el follaje

Desde lo alto de la Trapananda, el profundo sur chileno y el último lugar del planeta, semeja un verde puño cuyos dedos se aferran en el mar. De aquella verde azulina imagen, tremenda,”vertiginosa y atropelladora”- como lo habría descrito Neruda en la búsqueda de la espléndida ciudad formulada por Rimbaud, nace una realidad compartida sin embargo con los asentamientos humanos. Allí crece la irrevocable identidad del individuo y el sello de una escritura a la cual, por nuestra conciencia y sentidos y también por nuestra memoria colectiva no podremos escapar, El oficio queda entrampado en el registro del medio, ya no por la descripción inmediata e inútil del paisaje, sino por el sentido de los términos. La palabra soledad no se dice; se musita y se instala en la piel del lector como una ausencia. Así ocurre con la escritura de María Isabel Quintana en El Ultimo Dinosaurio & Otros Cuentos. Este primer libro, luego de las plaquetas Una decisión correcta, Juegos de Niños y Hombre de Poca Fe, publicadas en forma artesanal en 1999, encarna el espíritu en al extensión del medio. Junto a su testimonio conforma la dualidad desde la cual su escritura dará vida a estas páginas.

Pero su realidad, como bien apuntara el poeta Carlos Henrickson en un taller de cuentos donde participamos con la autora nace en el texto a partir de distintos enfoques y actitudes. En todos los trabajos de El Último Dinosaurio, germina una sensación de pérdida, de corte temporal, de delirio o desquiciamiento. Sus dieciocho cuentos se ubican en tres cuadernillos cuyas anécdotas perviven bajo esta secreta clave. Una suerte de fino riachuelo, tras el hermoso follaje que es la página, recorre su estructura cristalina y frágil, poderosa y rocosa, escondida y entregada a al luz al mismo tiempo, porque la palabra dice y la palabra silencia en su camino secreto. De un solo corte reúne sus seis primeros trabajos. La realidad unívoca ejerce aquí un claro dominio y se establece en el escenario propuesto por la autora. Pero todo es imagen en esta vida. Creemos ver cuanto no es y el sentido no engaña al hombre porque la realidad (lo habremos de comprender ya iniciado el camino) es en verdad equívoca. Sólo el recuerdo, al montar las escenas y las tomas de la memoria en su correcto narrar, podrá iluminar nuestro sendero. Así, en el gozoso cuento Por culpa de Wagner, la certeza de un mundo paralelo se hará más proclive aún, a pesar del soplo que detiene su magia en forma abrupta. En el siguiente texto Juego de Niños, tal corte se evidencia sobre el absoluto registro de las fotografías. El fulgor de las imágenes se entrecruza en Desaparecidos el segundo compendio, para mostrar y ocultar los nombres y los rostros más amados en el rápido barajar del naipe del destino. La pérdida, la sorpresiva, gradual, deseada o maldecida pérdida, no detiene nuestro andar sobre la tierra.

Todo pasado es nuestro, perece decirnos; pero en tanto el presente sea imagen, desde aquel proyectamos el paso siguiente. Siempre hay una esperanza y esa esperanza la hallamos en El Amanecer de los Pájaros, un canto a lo vital y alo adánico a pesar de los tiempos y su actual devenir. Sin embargo, la certeza ha de llegar como delirio o desquiciamiento en un choque de realidades. Hebra sin Fin, el tercer cuadernillo, reúne esta suerte de miradas donde el humor muestra a veces su dolorosa sonrisa. La sonrisa del derrotado, del perdedor, del inútil asoma ahora con un sesgo de triunfo. El personaje virtual, el secreto riachuelo, ha encontrado la ruta en el instante postrero. Y al mismo tiempo renace, como la obra del artista en Autorretrato, en la arcilla de la más íntima verdad humana: su conciencia de ser. El Último dinosaurio & Otros Cuentos le ha valido a su autora, y con justeza, una beca para escritores otorgada por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Para este lector lejano y ajeno, el paisaje de esa Trapananda esfumada en su profunda voz, le ha significado placer en la lectura, imagen e idea a la vez de un mundo desconocido y utópico; pero siempre posible.
Juan Cameron

Valparaíso, diciembre de 1999

PRÓLOGO

A LA 2ª EDICIÓN

Hace siete años, nació El Ultimo Dinosaurio y otros Cuentos; libro primogénito que le permitió a la autora someter sus primeros escritos a la mirada de los lectores. Se asomó en pequeño formato con sus virtudes y defectos, prologado entonces por el laureado poeta Juan Cameron. En siete años, con los avances tecnológicos en el mundo literario, El Ultimo Dinosaurio reclama su espacio y viste moderna tenida de e-book. Este dinosaurio, concepción particularísima en cuanto a temas de género, le trajo a la autora una beca para escritores otorgada por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura, la publicación en la Antología Cien microcuentos chilenos de Juan Armando Epple, editorial Cuarto Propio y el encasillamiento de feminista por parte de algunos furibundos lectores que arremetieron también contra La mancha escarlata, sin aquilatar los abusos que ambos cuentos presentan. Esta edición electrónica llega a ustedes con algunas modificaciones. Se ha eliminado Cuento viejo. Regalo de Cumpleaños sufrió alguna cirugía y Por Culpa de Wagner recuperó el último párrafo que había perdido. Algunos de los cuentos están dedicados a personas identificadas sólo con las iniciales, quizás sea tiempo de develar sus secretos. La protagonista de El Ultimo Dinosaurio, mantendrá su anonimato porque, aún cuando han pasado más de cincuenta años, todavía le duelen los abusos a que fue sometida siendo apenas una niña de cinco años, recuerdos que se agudizan en estos tiempos en que el tema se ha vuelto recurrente. Alfredo, de El Patio 27, no se enorgullece de su paso por la cárcel, demasiado joven y soberbio, ahora piensa que no midió las consecuencias que le podría haber acarreado su actitud. Bendito él, que me confió la historia. M.H, era la cara

visible de la historia, sin embargo el verdadero protagonista se llama Javier y hasta ahora ignora que es el personaje del cuento Huérfanos. Mientras escribía Regalo de Cumpleaños, falleció Sola Sierra, gran defensora de los Derechos Humanos y Presidenta del Agrupación de Detenidos Desaparecidos, de todas formas dediqué el cuento a su memoria y hoy el libro se encuentra en manos de la Agrupación. He dejado para el final la mención a las personas que contribuyeron a la mejor presentación de este libro, en versión papel: A Pedro Guillermo Jara, diseñador y padre lejano, que hizo que el hijo luciera lo mejor posible, gracias por su preocupación constante. Robinson Mora, el autor de “Panorama CF”, que ilustra la portada, es un reconocido artista internacional que pone énfasis en capturar la magia de la Patagonia. Quedó gratamente sorprendido por el resultado de la tapa. Mis agradecimientos eternos por su generosa colaboración y apoyo a mi proyecto literario y mis excusas por haber mutilado una parte de su obra en la presentación digital. Juan Cameron, desconocía el cuadro que ilustraría la portada y sin embargo, su genio poético, apreciable en la lectura del prólogo de la primera edición, coincide plenamente con la intención de la pintura y el espíritu de la autora cuando dice: “Para este lector lejano y ajeno, el paisaje de esa Trapananda esfumada en su profunda voz, le ha significado placer en la lectura, imagen e idea a la vez de un mundo desconocido y utópico, pero siempre posible”. A Carlos Henrickson por su inestimable aporte en la primera edición Gracias al Consejo Nacional del libro y la Lectura por la beca, que hizo posible la realidad de un sueño y por la adquisición de una apreciable cantidad de ejemplares que fueron distribuidos en las bibliotecas públicas del país, lo que me hace pensar que este Dinosaurio puede haber llegado a muchos lectores.

María Isabel Quintana Viña del Mar, enero de 2008

De un solo corte

Todo lo viejo, lo rancio, lo inútil tendrá que desaparecer. Habrá que talar el jardín de los cerezos

Antón Chejov

EL ULTIMO DINOSAURIO a R.O. Fue necesario un solo corte. El cuchillo era grande y afilado. No dudó ni por un segundo. Desde pequeña supo que existían, y conocerlos fue inevitable. La primera exhibición de un dinosaurio le fue hecha por su padre adoptivo; luego vinieron otros y otros más. A corto plazo fue una jauría de ellos que la acosaban a toda hora y en cualquier lugar. Ella odiaba los ridículos animalejos de cuello largo que habían convertido su vida en un eterno huir. Decidió que esta vez sería el último y con la fuerza que le daba la furia fue necesario un solo y certero corte. El hombre con los ojos desorbitados, por el dolor y el ultraje, no vio cómo ella sonreía con inocencia al pensar, que al fin y al cabo, los dinosaurios eran una especie en extinción.

ARBOL GENEALOGICO

En aquel tiempo, un pastorcillo que paseaba por el Jardín del Paraíso, encontró en medio de la floresta un árbol cargado de frutas. No comas de él —le habían advertido, pero la tentación pudo más y con puntería certera derribó la más alta que luego de un golpe sordo en el suelo, se perdió dando tumbos colina abajo. Tras una nueva pedrada cayó a sus pies una fruta magnífica. Tan extraordinaria era que vaciló un segundo antes de propinarle un mordisco, con tal violencia, que el jugo escurrió por el dorso de su mano. En el instante que mordía, escuchó perplejo una mezcolanza entre fruta triturada y plegaria divina. Atemorizado el niño la arrojó lejos y emprendió la huida. Corría despavorido cuando el viento azotó ante su cara un manojo de blancos cabellos. El abuelo yacía inmóvil al pie de la colina. Lleno de espanto divisó, un poco más allá, a su padre que sangraba profusamente por una herida abierta en el costado.

DIET

A DIETA HIPOCALÓRICA ICA A Maya Desde mi silla observé a la recién llegada. Sobre sus cortas piernas balanceaba rítmicamente sus casi ciento veintitantos kilos. La Directora la llevó a pasear por las avenidas, los jardines colgantes, las cascadas artificiales bordeadas de helechos y las numerosas escaleras que ayudaban en forma natural a realizar los ejercicios diarios. La mujer volvió radiante aunque algo cansada. Por su amplia sonrisa se notaba que le había gustado el sanatorio. Con voz entrecortada, elogió la arboleda plagada de diversas clases de pajarillos que acompañaban con sus trinos a los seis canarios enjaulados para entretención de los residentes. Las actividades se iniciaban temprano. Después del magro desayuno venía la clase de gimnasia. Yo esperé que llegara la señora Elsa que todas las mañanas me arropaba en mi silla y se sentaba a charlar mientras picaba manzanas para repartir en las jaulas de los canarios. A la hora del almuerzo las mujeres que debían hacer dieta, devoraban las verduras cocidas, las frutas y los abundantes vasos de agua de hierbas que en total sumaban escasas ochocientas calorías por día. Era un régimen estricto. Para olvidar el hambre, dormían largas siestas. Para mí, este era un momento de ensueño. Cerraba los ojos y soñaba con otros tiempos, cuando era joven y correteaba por los campos junto a mis hijas, antes del accidente allá en el sur. El prolongado maullido del gato quebró de golpe mis recuerdos. Abrí los ojos sobresaltada y alcancé a divisar a la gorda, roja de ira, lanzando puntapiés al aire. Me alejé antes que me descubriera y salí al encuentro del escritor alcohólico, un hombre de conversación amena a ciertas horas del día, porque la mayor parte del tiempo se sumía en una

profunda depresión y podía pasar horas mirando al suelo, quizás en busca de las raíces de su infortunio. El segundo día fue aún más duro para la nueva residente. Mientras los demás dormían, ella deambulaba por las avenidas. La escuché cuando le hacía arrumacos a los canarios metiendo sus dedos regordetes entre los diminutos barrotes de las jaulas. En la mañana del tercer día los pajarillos se veían tristes. -Qué raro- comentó la señora Elsa- suelen comportarse así cuando tienen hambre, tendré que dejarles doble ración de manzanas. Al mediodía vino a visitarme mi hija. Como siempre, trajo chocolates de regalo. En treinta años no había logrado comprender que no me gustaban los chocolates. Desde hacía un tiempo había espaciado las visitas. Verme en silla de ruedas le alteraba profundamente y al no poder controlar su disgusto, terminábamos peleando. A poca distancia la gorda escuchaba nuestra discusión mientras miraba con ojos codiciosos la enorme caja de golosina. Su cara se había tornado de un color ceniciento y con los labios semiabiertos se saboreaba con anticipación. Mi norma era no interferir con los reglamentos del sanatorio y aunque me partía el alma, le regalé la caja de chocolates a la señora Elsa, cuando vino a recogerme al atardecer. No disfruté la puesta de sol como otros días porque el rezongo de la gorda, deambulando entre las jaulas, puso una nota oscura entre los arreboles. Las ruedas de mi silla rechinaron a la hora del silencio y antes de retirarme, me despedí lanzando un beso a cada uno de los seis canarios. El sexto beso traspasó la jaula vacía y se perdió en el aire. ¡Señora Elsa! grité. Ella no me miró. Su vista perseguía un enorme bulto de casi noventa kilos que se perdía entre los árboles, balanceándose sobre sus cortas piernas.

PATIO 27

El hombre más temido del penal se paró en la puerta llenando con su humanidad aquel vacío que me permitió medir su altura y corpulencia. En forma violenta depositó a mis pies un canasto con ropa, y sin preámbulos exigió: ¡La quiero lavada y tendida, cabrito! La O rebotó en el suelo donde yo estaba sentado. Subió por mis rodillas hasta mi garganta y salió por mis asombrados ojos. Deambuló por veinte pares de ojos expectantes, se adentró en las arrugas y los ceños fruncidos de algunos, escudriñó las cicatrices y las heridas de otros tantos y se quedó suspendida, sin poder traspasar el aire denso del patio 27, como esperando mi respuesta. Mi metro ochenta se alzó desafiante sobre mis piernas exageradamente abiertas y los músculos tensos de mis brazos colgando en estado de alerta. —¡Si querís también te la plancho! Esta vez la O se acomodó a la perfección en mis labios contraídos y se la lancé al rostro, casi como un escupitajo. Su desconcierto duró el tiempo suficiente para que yo volviera a sentarme.

POR CULPA DE WAGNER

La puerta de la vieja casona se quejó con dolor de bisagra enmohecida. Mi amigo, sin soltar el picaporte me invitó a entrar con un gesto malhumorado: ¡ Apúrate que me interrumpes ! No me molestó su impertinencia, nuestra amistad databa de largo tiempo. Nos habíamos conocido bailando en un lugar de moda. El movimiento increíblemente sincronizado de la danza nos sorprendió por su magia indefinible, como la luna en el espejo, como yo soy tú . Desde entonces habíamos cultivado una amistad a toda prueba. —¿Conoces Sigfrido? —me pregunta, aludiendo a la música espantosa que estaba escuchando. —No, pero si se parece a ti, me encanta— bromeo. Mi risa sonaba nerviosa por el hecho de constatar, una vez más nuestras eternas coincidencias. Esa misma tarde yo había estado leyendo sobre amores mitológicos de la épica germana. Sigfrido y Brunilda, me cautivaron El, sin haber visto jamás una mujer, se fascina ante la doncella vestida de armadura que lo encandila con su cabellera de de oro. Ella, al igual que su homóloga “Bella Durmiente” despertará a la vida tras el beso de un héroe sin miedo. Yo desconocía la admiración de mi amigo por Wagner. Me lo confirma su actitud embobada, sentado en el sofá, con su cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, ignorándome. —¡ Hey, estoy aquí ! Se gira hacia mí y a un tiempo ambos cruzamos una pierna y extendemos un brazo sobre el sofá, en un juego inconsciente del espejo hemos formado el círculo perfecto: No se sabe dónde empieza uno y termina el otro. Es nuestro propio universo redondo. La música hasta ese instante no me agradaba, demasiado lóbrega: fagots, tubas, metales ruidosos. De pronto una explosión de

luz en medio de tanta oscuridad. La música gira hacia una brillante uniformidad tonal que ilumina el cuarto. La energía alcanza nuestro círculo y nos envuelve la magia. —Dich lieb´ich. Sigfrido solicita la correspondencia a su amor, fuerte y rotundo. Brunilda con voz enronquecida se resiste. No necesito saber alemán para comprender el diálogo. En un sospechoso tono monocorde mi amigo intenta relatar la historia. Sumida como estoy en mi propia aventura, apenas logro entender. Trompetas y trombones se desordenan. Ella suplica; él argumenta. Las pulsaciones compartidas navegan al ritmo de los violines. El aire se siente tibio. Voces, luz, calor, los metales se convierten en oro. Brunilda aún se resiste, yo también. Los ojos en los ojos, los labios entreabiertos, el aire gira en círculos concéntricos, equidistantes de los besos que no fueron. Sigfrido ha encontrado la mitad que le faltaba, se siente completo y entona el leit motiv como una marcha triunfal. Brunilda irrumpe en mis venas a fuerza de timbales; la tormenta se desata en mi mar interior. El corno, ya no es el apremiante convocador, ahora suena dulce y suave. Es el llamado del amor (para mí son las trompetas de Jericó que derriban la muralla tanto tiempo levantada). Brunilda, en franca fusión erótica, se une al llamado de Sigfrido. Las voces se entrelazan, se acarician, se beben, se exaltan. El dueto sube de intensidad, se torna esplendente. Mi amigo me mira con luz en sus pupilas. Las mías se esconden tras los párpados entornados. La música llega a su fin. Brunilda se entrega, vencida, en un vibrante Do, extenso, estremecedor. Cierro los ojos en el momento que la música sucumbe a la fuerza del amor y por mis oídos penetra un espantoso rechinar de bisagra enmohecida. Una voz apenas conocida, grazna: - ¡Hola amigos! ¿interrumpo? La sonrisa intrusa muerde la burbuja que estalla, desintegrándose. Ojos desorientados flotan en un íncomodo mar de

desconcierto. Toses y carraspeos se suman a clarinetes y trombones. Con cierta torpeza recojo mi máscara llena de dientes y respondo: Hola. Mi otro yo, colgando de un jirón de la burbuja, masculla improperios en contra de Wagner y todavía no sé por qué.

JUEGO DE NIÑOS Un olor a recuerdos añejos invadió la habitación cuando abrí la pesada caja con revistas y fotografías que he llevado conmigo durante cincuenta años. Abro el viejo álbum de fotografía y los recuerdos me acercan a Coyhaique, mi tierra natal. En esta primera página se ve nuestra casa, de madera nativa, al natural. Tiene un largo corredor con las tablas de piso ligeramente separadas. Nunca supe si había sido construido con madera verde o si era para que escurriera el barro que todos traíamos en los zapatos. Enfrente se aprecia una gruesa vara horizontal sobre dos robustos soportes  varón se llamaba y era como el estacionamiento en que los visitantes amarraban sus cabalgaduras. Mario y El Cholo montaban en este varón y a galope tendido, realizaban interminables viajes rumbo a ninguna parte. Nosotros los más chicos, no sabíamos de otro poblado en leguas a la redonda. En esta fotografía está mi papá, sentado detrás de su escritorio, de impecable guardapolvo blanco, frente a él, un montón de frascos etiquetados a los que teníamos prohibido el acceso. “Los remedios son peligrosos y muy escasos, se usarán bajo estricta receta médica”. Aunque en la foto no se alcanza a leer, recuerdo perfectamente el cartel que se ve a su espalda. Esta instantánea es genial: ¡mi mamá tejiendo! Está en el salón y a pesar de la cámara sin flash, de todas maneras se ve el brillo del piso. Era la manía de mi madre. “Salgan de aquí niñitos, que traen los zapatos sucios”. Salíamos. A correr por las calles de tierra, a encaramarnos en los árboles y a comer frutas en verano. A confeccionar monos, a librar batallas con nieve en el invierno, o a fabricar coronas de flores en primavera. Nuestros juegos eran siempre afuera, hasta muy entrada la noche. Y aquí está la patota. Esta la tomó mi papá cuando cumplí siete años, no se ven gorros, serpentinas ni globos. Recuerdo que en vez de challa, nos lanzábamos puñados de pasto tierno. Ese grande del fondo es Ricardo. El del pelo tieso es Raúl; Mario y el Cholo, los inseparables. La de trenzas es Rebeca y la flacuchenta,

su hermana Flora. La más gorda, la que ocupa la mitad de la foto, soy yo. No sé por qué tengo esta fotografía del cementerio si yo la había escondido en el fondo de un cajón. Si no fuera por las cruces de madera, se diría que era la réplica de la ciudad. Estaba situado en la calle Baquedano. Nos quedaba lejos, pero valía la pena el viaje porque era nuestro lugar favorito para jugar. Allí concurríamos todas las tardes después de la escuela. Estas casas en miniatura, idénticas a las del pueblo, en su mayoría eran de tejuela. Algunas tenían un cerco pintado de blanco, otras, un corredor. Había una algo más grande que tenía un altar, ideal para nuestros juegos. Extendíamos un mantel que manteníamos oculto en el hueco de un árbol y nuestras colaciones se transformaban en verdaderas comidas de etiqueta. Después venía el juego de ser adultos: — Buenos días, señora... ¿Cómo está usted? La invito a tomar unos matecitos. — Gracias vecina, le voy a aceptar porque quizás a qué hora llegará el hombre, salió hace rato a buscar unos caballos ariscos y no bajará hasta que junte toa la tropilla. — Invitemos también a la señora Rebeca. — Buenos días señora... ¿Cómo está usted? La invito a tomar unos matecitos. — ¡Listo no más!, total este otro tiene pa’ rato, le dio por trabajar unos cueros, dice que le faltan maneas y que ya queda poco pa’ la señalá. — Y usted como está, pues ¿ha sabido de su marido? — No me hable de ese, oiga, desde que se fue pa’ l’argentina no he sabido más de él. — Y su niño, señora, ¿Está mejorcito? — No fijesé, parece que el último resfrío le atacó el pulmón.

En

otras

ocasiones,

nos

dedicábamos

a

la

siembra,

aprovechando la tierra recién removida de alguna tumba. Para estos menesteres, enterrábamos pequeñas ramas de ñirre, flores de ciruelillo, las pepas de las manzanas, ciruelas y guindas que nos habíamos comido. La nostalgia me arranca un suspiro, vuelvo a las fotografías. En ésta nos vemos todos más grandes. A Ricardo le ha salido bigote y dejó de jugar con nosotros. Raúl se quedó chico y tiene cara de enfermo; el perro que está a la derecha es el Guante, que le regaló mi mamá como compañía porque Raúl ya no iba a la escuela. Recuerdo que tosía tanto que nos asustaba. Tengo varias fotografías más, pero me da pero me da pena mirarlas porque falta Raúl. Desde que se murió no fuimos nunca más a jugar al cementerio. El álbum cae desde mis manos y lágrimas de nostalgia empapan las hojas secas que han estado aprisionadas por cincuenta años entre sus páginas. Una fragancia silvestre inunda la habitación y se cuela en lo más hondo de mis recuerdos.

Desaparecidos

¡Qué vasto y dulce el aire! Todo lo que perdí Volverá con las aves

Jorge Guillén

HUERFANO A Javier Como en la guerra, ordenaban los cadáveres uno al lado del otro. Yo había contabilizado por lo menos veinticinco. La gente corría tratando de llegar a la orilla con la secreta esperanza que entre los ahogados no se encontrara alguno de sus seres queridos. Perdido entre la multitud, descalzo, con las manos en los bolsillos del diminuto pantalón, un pequeño había logrado acercarse a la ribera. Parecía mirar la macabra tarea sin ninguna emoción. Yo no sabía a ciencia cierta por qué, desde hacía rato, este niño había acaparado mi atención. Con disimulo observé sus ojos y pude apreciar el dolor latente en sus pupilas negras: las contraía en un sollozo sin lágrimas. Más tarde me enteraría que el pesquero encargado de transportar desde Valdivia a Corral a la delegación deportiva junto a sus familiares, había volcado, por el exceso de pasajeros. Incontables pasajeros, incluida la familia del pequeño, había depositado su alegría en una sola borda. La quilla apuntando al aire, acusaba el desastre. Alguien intentó sacarlo de allí. El niño lo miró sin poder articular una sola palabra. Dio unos pasos hacia delante con la clara intención de entregarse, él también, a ese río traicionero. Al pasar por mi lado lo atrapé con decisión y lo miré a los ojos, quería empaparme de esa valentía que lo hacía hombre a su corta edad, presenciando el rescate de los cuerpos. De un tirón sorbió la angustia cuando colocaron a su hermano menor, muy lejos de donde yacía su madre, al inicio de la

fila. Con inusitada fuerza se deshizo de mi abrazo y echó a correr sin detenerse. La masa de personas se cerró y no logré darle alcance. Desde entonces no he dejado de buscarle. Nos entenderíamos, estoy seguro, porque nadie cómo yo sabe lo que es estar solo en este mundo.

EL REGRESO

La niña entrecierra los ojos hasta convertirlos en una línea y los mantiene así mientras el sol se oculta. Un estallido de luz sonroja a las nubes; chispitas de colores saltan frente a sus pupilas. Se siente feliz. Con los brazos abiertos gira hasta perder el equilibrio. Hundida en la arena tibia se queda profundamente dormida. Despertó de golpe, comenzaba a oscurecer y debía regresar a su casa, distante unos quinientos metros. Esta es la hora del día en que se siente más sola porque la penumbra borra los contornos conocidos, como hace el viento con sus dibujos sobre la arena. No se atreve a cruzar el potrero de los calafates porque hace poco sepultaron allí a la abuela y desde que ella se fue, no articula palabras. Dicen que es sorda porque mira con los ojos muy abiertos cuando la gente le habla: “Esta es sorda cuando le conviene”, diría la madre en más de una oportunidad. Debajo de la noche las sombras del silencio comienzan a moverse. El miedo entorpece sus pasos. Decide entonces tomar el camino que bordea el río, a sabiendas que es más largo y peligroso. La senda es irregular, avanza con cautela, las piedrecillas se incrustan en sus pies y maldice la hora que debió salir sin zapatos, escapando del acoso del abuelo. El viejo era famoso en los alrededores por su afición a las niñitas, hasta el día en que la bala de un padre lo dejó rengo para siempre. Afortunadamente ahora es más fácil escabullirse de sus garras. La oscuridad ha inundado todo, en cada nuevo paso siente que las fuerzas la abandonan. Abre la boca para tragar aire, trata de conseguir que el terror baje un poco y no se atragante en el cuello

impidiéndole respirar, como le ocurre con frecuencia cada vez que alguien le grita por sus normales torpezas de niña. Respira profundo y un aroma conocido la invade de golpe, tranquilizándola. Es la vieja lenga que le presta sus ramas para amarrar el columpio que tanta veces en su vuelo le ha hecho soñar con perderse en las nubes. Recoge unas hojas y las conserva en su mano. Levanta la cabeza y a lo lejos una ventana apenas iluminada parece venir a su encuentro. Falta poco. Sin embargo a estas alturas, el miedo se ha hecho irracional. El río se ha vuelto su enemigo y la enloquece con ese rumor incesante. Sombras fantasmales se le vienen encima. Trata de correr, pero sus articulaciones están trabadas por el terror; la piel endurecida le impide moverse. Algo salta hacia un costado. Sus ojos horadan la oscuridad buscando al enemigo invisible. Nada. Con gran esfuerzo consigue dar un paso y queda paralizada. Una sustancia pegajosa resbala por sus pies. Mientras cae le acompaña un alarido descomunal que luego de rebotar en los cerros entra por sus oídos y estalla en pánico y oscuridad. La familia sale desde la casa. El padre, premunido de un chonchón, encuentra su cuerpo desvanecido sobre la tierra húmeda. Le alumbra el rostro y la luz devuelve un rostro pálido, desencajado, unas manos que gesticulan al aire como un pájaro herido. El haz de luz se desplaza y descubre a sus pies atontado.  ¡Muchacha estúpida, tanto escándalo por una rana! El vozarrón indignado del padre la vuelve a la realidad. Había olvidado la dulzura de su voz. Había olvidado el cariño de las hermanas que en medio de risotadas la bambolean de un lado a otro. Había olvidado el silencio cómplice de su madre. De regreso a casa, la fragancia de las hojas en el hueco de su mano hace más llevadero lo que queda del día. un pequeño animalejo, todavía

REGALO DE CUMPLEAÑOS A la memoria de Sola Sierra

La niña se estiró con energía al despertar; el sol de primavera entraba a todo color por la ventana. Sus ojos capturaron el violeta mientras su sonrisa iba del amarillo al azul. Todos los días, el arco iris jugaba a penetrar los infinitos colgantes de vidrio que adornaban la habitación para, finalmente, posarse en la pared opuesta que desnuda de pintura recibía esta explosión de luz como un regalo. El cuarto era una pequeña ampliación de medio piso que su madre había empezado a construir hacía un par de años, pero que debido al esquivo presupuesto no fue posible continuar. A Marisa no le importó este detalle, insistió en mudarse porque la encontraba perfecta para su "Museo de Cristales", como le llamaba su mamá a la cantidad de colgantes, botellas y artesanías en vidrio, inusual decoración en la pieza de una adolescente. Esa mañana de septiembre, olía a primavera. Una leve brisa repartía pétalos en colorida nevazón. Era el día de tu cumpleaños y yo caminaba a tu encuentro cuando escuché voces que venían hacia mi. Era un largo desfile de manifestantes en su mayoría mujeres que marchaban gritando consignas. Algunas llevaban fotografías de sus esposos o hijos desaparecidos colgando desde su cuello, como un gran escapulario. Otras portaban retratos ampliados como pancartas y los esgrimían al aire, desafiantes. En la primera fila a todo lo ancho de la calle portaban un enorme lienzo donde se leía: EXIGIMOS JUSTICIA ASOCIACION DE DETENIDOS DESAPARECIDOS

El tamaño del lienzo parecía no pesarle al grupo, que marchaba aceleradamente hacia la plaza gritanddo al unísono: ¿ Dónde están nuestros maridos ? ¡¡Desaparecidos!!...¡¡Desaparecidos!!... contestaba la columna enardecida, sin disminuir el paso. A mi madre, por lo menos, le quedaba el consuelo de haber sepultado a mi padre. Lo ametrallaron un día a la salida del trabajo, junto a otros compañeros. La historia oficial dijo que había sido un ajuste de cuenta entre militantes. En cambio tú ignorabas todo acerca del tuyo. Por fin apareciste. Espanté mis recuerdos, frené tu loca carrera con mi abrazo de cumpleaños. Te veías radiante estrenando tus trece años. La clase más importante, fue para ti la de la señora Gladys, nuestra profesora de Biología. Todas sabíamos que eras su alumna preferida. Al pasar la lista ella te observó largamente. “Qué triste tiene la mirada comentaste, se parece a la de mamá.” La señora Gladys sabía cómo mantenernos atentas, siempre traía a su clase un tema actual para comentar. Esta vez nos habló de la fecundación in vitro, de cómo se podía crear vida en probetas de vidrio; de cómo se podía congelar óvulos o espermios para ser utilizados aún después de muerta las persona. Era tan fascinante el tema que nos tenía a todas con la boca abierta por el asombro. Quizás porque le habíamos contado de tu cumpleaños, pero la profesora te miraba con cierta insistencia y la clase parecía tener un objetivo concreto. Las preguntas y comentarios se prolongaron mucho más allá de la sala de clase. El grupo de alumnas que formábamos la brigada ecológica debió acelerar su tarea para terminar a tiempo. ¡Apúrate Marisa! ¡Nos vamos! Antes que rompieras a llorar, como en otras oportunidades, corrí a auxiliarte para sellar las cajas y etiquetarlas con fecha: 10 de Septiembre de 1989.

Tu estado de ánimo se había esfumado y aunque sabías que tu tristeza se ahondaría, te empeñaste en observar la manifestación que se estaba desarrollando en la plaza. Me cogiste de una mano y gracias a tu pequeña estatura, te abriste paso entre la muchedumbre y nos ubicamos en primera fila. Sobre el enorme telón, instalado en el estrado principal, se proyectaba el rostro de un hombre joven; bajo la fotografía un nombre y una inscripción: Desaparecido en Septiembre de 1974. Te apoyaste en mí, pálida y a punto de desmayarte. Tus ojos negros permanecían fijos en aquellos otros, idénticos a los tuyos, que te observaban desde el telón. No, no puede ser... mi madre nunca me dijo... nunca me dijo. Quince años desaparecido, no puede ser...no puede ser..., musitabas como en una plegaria, arrastrando tu incertidumbre colgada de mi brazo en el regreso a casa. Tu madre te esperaba en la puerta, acompañada de la señora Gladys, que fue la primera en acercarse. Te atrajo con cariño infinito en un abrazo sin palabras, y con todo el amor del mundo te entregó el resto de la información que tú necesitabas. Yo quedé tan asombrada como tú; la profesora parecía estar dictando la misma clase de la mañana sobre la fecundación in vitro, pero ahora con nombres y fechas reales. La aparente rigidez de tu cuerpo la desmentían las lágrimas que se deslizaban mansamente por tu rostro, sin que nadie intentara enjugarlas. Tu madre te abrazó temblando. Por primera vez la vi erguida al estrecharte, liberada por fin, del pesado secreto que por años encorvó su espalda. Tímidamente buscó tus ojos y sonrió con dulzura al encontrar la aprobación de tu mirada “¡Feliz cumpleaños, hija!”, murmuró en un hilo de voz, y te entregó un paquete cuadrado y plano con un enorme rosetón negro, el mismo color que ella había vestido desde antes que tú nacieras. La serenidad con que te movías en tu habitación me contagió y juntas guardamos en cajas las coloridas compañeras de tu infancia. Ahora que habías asumido la verdad sobre tu origen, tu adoración por los cristales había desaparecido.

A partir de ese momento, los negros ojos del retrato, esos ojos idénticos a los tuyos, te observaban con ternura desde lo alto del desnudo tocador.

LA CORBATA Un grito espeluznante resonó en la habitación vacía. Mauricio, jadeante, sin reconocer su propia voz, se pasó una mano temblorosa por el cabello húmedo de terrores nocturnos, desplomándose sobre la cama con los ojos muy abiertos. Su mirada recorrió la buhardilla enclavada en una antigua casona. Era una estancia larga y estrecha con las vigas al descubierto que habían pintado de blanco para atrapar la escasa luz que entraba por la pequeña ventana en A. Como telón de fondo sólo se veían tejados y chimeneas. Dispersa por el suelo su ropa deportiva, atuendo del día anterior, que según su hermana quinceañera, le sentaba muy bien. “¡Humm! qué buen poto”, le decía, tras un pellizco al pasar mientras él la perseguía riendo por las amplias salas de la residencia paterna. Desvió la mirada para contener las lágrimas. Sus ojos se detuvieron en el perchero de pie, único lujo del pequeño departamento , que sostenía el terno azul, la camisa blanca y la corbata de seda roja — su tenida formal— la misma que llevaba el día que huyó de su casa, hacía un par de semanas. Se levantó pesadamente, las pesadillas, cada vez más frecuentes, lo agotaban. Se acercó al perchero, que así vestido, parecía tener vida propia, erguido, desafiante como su padre. Le pareció escuchar su voz, en uno de los tantos sermones que le amargaban la vida : “¡Quítese esa porquería de ropa y vístase como un caballero!, hoy me va a acompañar a la Bolsa. Ya va siendo hora jovencito de empezar a preocuparse por el patrimonio familiar.! ¡Y apúrese! ¡La puntualidad es lo primero!” La voz odiosa resonaba aún en sus oídos. En su delirio lo veía enfrente .Se abalanzó sobre él y comenzó a golpear con furia. Su recia figura, adquirida con la severa disciplina deportiva había transformado al joven de dieciocho años en un hombre fuerte. Sus pies, describiendo círculos golpeaban sin cesar. Sus puños demolían sin piedad. Jadeaba. En un último esfuerzo lo asió por la corbata y apretó sin tregua el nudo

perfecto, el que no soltaba y que su padre le enseñara a hacer. Siguió apretando. El dolor lacerante de sus manos lo volvió a la realidad.Se sintió ridículo lidiando con lo que restaba del colgador. Se cubrió la cara, avergonzado. Dejó que las lágrimas corrieran libres y atenuaran el golpe recibido de parte de su padre al rechazar su petición de apoyo para integrar el Seleccionado Nacional. —¿Atleta? Había comentado displicente. Deje esas diversiones para el populacho. Un hijo mío no nació para hacer circo. Para apaciguar su ira comenzó a deshacer el retorcido nudo de la corbata “el nudo que jamás aflojaba”. Luego se dió la tarea de alisarla, acariciándola, sintiendo la suavidad de la seda como la piel de Gabriela, suavísima como la curva de su cintura ¡Gabriela! El grito escapó espontáneo. Gabriela lejana, Gabriela, ahuyentada por no ser hija de familia. Sus labios recorrieron la seda, cerró los ojos sintiendo el contacto de la piel de Gabriela. La corbata revoloteaba entre sus manos. Serpenteaba, se deslizaba entre sus piernas, subía, bajaba, subía, bajaba, apretaba ¡Gabriela!...¡Gabriela, mi amor !... Ga-brielaaa!!. Permaneció inmóvil, aturdido, deslumbrado por sensaciones jamás sentidas y —hasta ahora— persistentemente vigiladas y prohibidas. Se incorporó con lentitud y se dejó caer abatido sobre la única silla. La corbata colgaba inerte entre sus manos húmedas. En forma maquinal comenzó a rehacer el nudo mil veces repetido —el nudo que jamás aflojaba—. Su mirada se concentró en las blancas vigas en forma de A.

LA MANCHA ESCARLATA

Como todos los días, el hombre despertó ansioso de placeres. El silencio de esa madrugada era tan absoluto que por un momento pensó que estaba solo. A su lado, la mujer que era su esposa, fingía dormir. Tenía el ceño fruncido y en la boca un rictus de asco, como todos los días. Por cierto, para él, este detalle carecía de importancia. Se cubrió apenas y salió a la calle. Su cuerpo se tensó frente al espectáculo: en las crestas nevadas despertaba el amanecer, rosado como pezones de adolescente. Tragó saliva, incrédulo. Sus ojos abarcaron el extenso paisaje blanco. Avanzó, con timidez al comienzo, luego, con fuerza en las pisadas. Giró varias veces. La bata suelta flameaba como una bandera de conquista. Todo el territorio inmaculado era suyo. Saltaba, revolvía el cuerpo enardecido. Cerró los ojos para saborear el placer de ser el primero en hollar tan espléndida blancura. No vio las luces del camión que había girado en la esquina. Una mancha roja se extendió en forma circular. En medio, los despojos se advertían insignificantes. La mujer se abrió paso entre la gente y se acercó al cordón policial. Recorrió el lugar del accidente con expectación en la mirada. Levantó la cabeza con gesto altivo, se desprendió de la bata roja (regalo de su esposo) y de espaldas, la arrojó en dirección al escenario que se había vuelto más oscuro conforme pasaba el tiempo. La bata danzó flojamente en el aire y se posó en el centro de la mancha, que se abrió como una enorme y obscena flor escarlata. El frío de la mañana sobre su cuerpo le hizo descubrir la nieve. No la conocía. La recogió con ambas manos sin apretarla. Se sentía suave y fresca. Hundió su rostro en ella y pareció despertar. Comenzó a frotar los rasgos endurecidos, a refrescar la boca amarga y dio libre curso a la náusea contenida. Se alejó sin prisa.

Los observadores quedaron pasmados cuando la vieron reír y rodar desnuda, en medio de la blancura, allí donde la pureza no había sido mancillada.

EL AMANECER DE LOS PAJAROS

A Idania Yañez El muchacho detuvo su marcha y permaneció inmóvil en estado de alerta, las fosas nasales muy abiertas. Olfateaba, al mismo tiempo que hacía rápidos movimientos con los ojos en un desesperado intento por captar aquello que producía ese olor indefinible, ese olor que no estaba impreso en su mapa cerebral. El aire se enfrió súbitamente; amenazaba lluvia. Dejó de olfatear y se sentó un momento. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando. La luna había aparecido innumerables veces, sin contar aquellos días en que en el bosque se cerraba de tal forma que la noche más bien parecía un día sin luz. Ya no olía a nada. Quizás había sido una mala pasada de su imaginación. Aquella mañana despertó con el bullicio ensordecedor de los pájaros, que cada año concurrían en bandadas a anidar en el alto murallón rocoso a un costado de la gruta natural donde vivía. Le pareció que esta temporada las aves habían adelantado su llegada. Se volvió para comentarle al viejo, pero no obtuvo respuesta. El viejo debió haber muerto esa noche. Lo miró a los ojos; los tenía muy abiertos, con una rara expresión de felicidad. En cambio el muchacho se mostró disgustado; quería al viejo, era lo único que tenía en el mundo. No debió morirse y dejarlo solo. Hundió la cabeza entre las manos sin saber qué hacer. ****** El enorme puño se estrelló con fuerza contra la cara de la muchacha que cayó de espaldas en el camastro y se quedó quieta, sabía lo que venía: el hombre la acometería con furia, con toda la furia que había acumulado en espera del hijo que no llegaba, un heredero para

su hacienda. La muchachita le había costado una buena yunta de bueyes, precio que le pareció justo para asegurar su descendencia. El hombre había llegado a su vida la tarde que buscaba una yegua escapada de la estancia. —¡Maldito animal, yo te viá enseñar a obedecer!, repetía en cada rebencazo que descargaba en las ancas de la potranca. El animal levantó ambas patas traseras y asestó dos contundentes patadas directo a las bolas del infeliz. En el mismo lugar lo encontraron el peón y su mujer. La niña ayudó a cuidarlo hasta que se sintió recuperado. Desde entonces el hombre se obsesionó con la idea de tener un hijo. Esa mañana, ella decidió que no aguantaría una noche más. Metió una porción de charqui en un saco, cogió un cuchillo, se echó una manta sobre los hombros y partió. ****** Luego de la rabieta, el muchacho supo lo que tenía que hacer: una vez que hubo desnudado al viejo, lo arrastró fuera de la cueva. Estaba tan flaco que no le costó trabajo llevarlo hasta el chenque.* En algún lugar de su memoria tenía grabada la ceremonia ancestral. Como un autómata procedió a cavar una fosa de unos veinte centímetros de profundidad. Luego con delicadeza —temiendo que el esmirriado anciano se le fuera a desarmar— lo tendió de costado con las piernas ligeramente encogidas y comenzó a cubrirlo con piedras hasta hacer un túmulo, algo más grande que el ya existente. Derramó un par de lágrimas, tal como había visto hacer al viejo en las escasas veces que lo había llevado a visitar el chenque. El anciano permanecía largas horas sentado frente al pequeño túmulo y ocasionalmente el niño recibía una caricia. El muchacho espantó los recuerdos con un manotazo. Aquel olor indefinible parecía venir junto con la lluvia y a pesar del frío, una sensación ardorosa se apoderaba de su cuerpo moreno.

En un intento de borrar el presente trajo a su memoria el aciago momento en que había partido. Era temprano cuando regresó del chenque y sin embargo la oscuridad se había apoderado de la cueva; de seguro, Gualicho* reinaba en el lugar y luego de llevarse al viejo, seguiría haciendo de las suyas. Este hecho le indicó que era tiempo de abandonar el nido donde había transcurrido toda su vida. Así fue como esa mañana cogió la bolsa con charqui, el cuchillo abandonado al pie de la roca en la que había marcado la última raya de sus primaveras —quince, le había dicho el viejo— se echó una piel de guanaco sobre los hombros y partió. ****** La muchacha no demoró en salir de la hacienda, un verdadero oasis en la enorme extensión amarillenta de la pampa. A poco andar, la realidad la golpeó de frente, la pampa entera se le metió por los ojos en forma de arenisca que el viento arremolinaba a su paso. Un color rosado grisáceo se filtraba entre sus pestañas cargadas de polvillo, debía ser el sol que se levantaba inundando el paisaje a todo lo largo. Enceguecida, caminó hacia cualquier lado. Total, el horizonte era redondo y prefería morir antes que regresar. No llevaba la cuenta de cuántos días había caminado. El sol estaba ahora parado sobre su cabeza y la luz penetraba con tanta fuerza que el mundo entero se había vuelto amarillo rojizo. Fantasmas de arena se levantaban y se desmoronaban frente a sus ojos. Toda ella era una estatua de arena con el pelo reseco y duro, semejante a los coirones. Kooch* no podía abandonarla de esa manera. Abrió los brazos en actitud implorante, sujetando la manta con los puños apretados. El viento la arrastró varios metros. La suerte hizo que un raquítico calafate se interpusiera en su camino y la manta quedó milagrosamente clavada en las espinas formando un salvador refugio. Agradeció al cielo y se dejó caer rendida. ******

Un ligero ruido volvió al muchacho a su estado de alerta, no estaba familiarizado con los animales y aves de la pampa. El pasto duro hería su cuerpo acostumbrado a la alfombra verde de su terruño. No estaba seguro si había hecho bien al abandonar su cueva. Todo en este territorio le era extraño. —Viejo, ¿Por qué no me dijiste que lejos de casa, los árboles desaparecían, el agua se convertía en arena y el viento resecaba la tierra? Atrás había quedado la gruta oculta por la cascada —cortina líquida que la madre naturaleza había confeccionado—y que los aislaba del mundo. Allí tenían una buena vida y el viejo nunca había mostrado disposición por marcharse. Atrás habían quedado sus dibujos en la roca, la impronta de sus manos de niño y el registro de sus primaveras, imitación fiel de los que en algún día lejano habían habitado la misma cueva. La tupida selva por la que se internó, los grandes coigües, las olorosas lengas, habían desaparecido. Este mundo inhóspito por el que ahora transitaba, no era su mundo. La curiosidad por desentrañar el misterio que encerraba este olor que a ratos percibía con fuerza, este olor dulzón como a fruta madura, lo mantenía con ánimo de seguir adelante. Se sentó bajo un raquítico calafate que tenía enredado entre sus espinas unos largos cabellos. El perfume se percibía más cercano. ****** La niña había despertado cubierta de arena. Un pequeño piche* se acercó a curiosear y ella lo volteó de un manotazo. —Perdoná bicho—, le dijo en un hilo de voz. Sus oídos no reconocieron sus palabras; eran las primeras que pronunciaba desde aquella mañana. De un certero corte y a su pesar, degolló al animalito. El viento había amainado, hacía frío y el cielo oscuro presagiaba lluvia. A lo lejos podía ver una formación rocosa y hacia allá se dirigió. Kooch estaba con ella: al interior había una amplia gruta. Encendió fuego con las matas de coirón, lanzó el piche al centro de las llamas y al

cabo de un rato la caparazón se había desprendido. Apartó el pequeño cuerpo sangrante para asarlo más tarde. Un estruendo exterior señaló el comienzo de las lluvias; alborozada salió con los brazos en alto y dejó que el agua escurriera por su pelo, se introdujera en su garganta reseca y mojara todo su cuerpo maltrecho. A sus pies la caparazón, convertida en improvisada vasija, recibía el agua. ****** El muchacho reinició su marcha. Tenía hambre; en este lugar era difícil conseguir alimento. Hasta ahora no le había faltado; en el trayecto había encontrado huevos de avutardas y caiquenes, brotes frescos de quila y hasta alguna liebre pequeña enredada entre las duras guías de una muticia*. Caminaba lentamente, agobiado por la distancia y aplastado por la espesa neblina que no se decidía a convertirse en lluvia. A lo lejos alcanzó a divisar una alta formación rocosa, justo antes que el cielo se abriera y dejara caer un estruendoso aguacero. La lluvia torrencial le hacía ver visiones: un muchachito con el pelo tan largo como el suyo, levantaba los brazos al cielo. El agua pegaba la vestimenta a su cuerpo, un cuerpo diferente al suyo, más fino en algunos lugares y más rellenos en otros. Quizás era una diosa de esas que alguna vez le habló el viejo. Al acercarse vio que era real y el olor que tanto lo había inquietado provenía de allí: reconoció a una hembra. Se agazapó para saltarle encima como había visto hacer a los animales. Ella recogió una piedra de bordes cortantes como arma de defensa. Giraron en redondo mirándose a los ojos. El tiró una zarpa de uñas largas y sucias, con restos de nidos y rastrojos de la tierra. Ella retrocedió atemorizada con una mirada llena de dolor y desesperanza. El muchacho, que jamás había visto unos ojos como ésos, se conmovió y algo en su interior se enfrió. Bajó las manos y fue acercándose lentamente. Ella dejó caer la piedra junto con las lágrimas, que en su rostro se confundían con la lluvia que seguía cayendo a torrentes. El

se acercó, apartó el pelo con sumo cuidado para observar otra vez los ojos; y despacio, intentó secarle la cara con la lengua, trabajo inútil bajo la lluvia. La cogió en brazos y la introdujo al interior de la cueva. La acomodó sobre la piel de guanaco y se echó a su lado. Olía cada centímetro de su piel, al tiempo que con sus labios la recorría. La suavidad de sus pechos despertó algún recuerdo enterrado muy profundo. Ambos emitían sonidos como arrullos. Ninguno de los dos había estado antes en situación similar y no conocían las palabras. Embriagado con su descubrimiento y alentado por la sonrisa de ella. Acomodó la cabeza sobre su regazo y antes de caer en profundo sueño, le pareció verla a través de la cascada enseñando a volar a un torpe pajarillo que este año había adelantado su llegada.

*chenque: cementerio tehuelche *Gualicho: espíritu infernal *Kooch : dios tehuelche *piche : armadillo *muticia : clavel del campo

Hebra sin fin

“¿Por qué impedir que la esperanza muerta resurja ufana para bien del triste?”

Amado Nervo

DALILA

Margarita vagaba sin rumbo; no quería regresar a casa por eso de los perros. ¡Los perros! Sólo pensar en ello la descomponía. Sentíase así cada vez que debía tomar una decisión importante. Se enfermó  y lo recordaba claramente el día que no tuvo valor para rechazar a la pequeña Dalila, la hija de su hermana liceana, que sin explicación, un día la dejó abandonada. Se descompuso también al descubrir un extraño comportamiento en la pequeña, pero por temor al diagnóstico, no se atrevió a consultar con un médico y simplemente prefirió ignorar el hecho. Su vida se había llenado de sobresaltos desde el día que decidió, mejor dicho, desde el día que Alfonso decidió ir a vivir con ella. Alfonso adiestraba perros en un teatro chino. Margarita había asistido a varias funciones porque Dalila se fascinaba con los canes bailarines. Desde que el hombre llegó a la casa, la niña se pegó a sus talones. Corría tras él como un perrito faldero. Alfonso se encariñó con Dalila y para su quinto cumpleaños le regaló un cachorro blanco con largas orejas negras, sin mucho pedigree pero simpático e inteligente. El cachorro tenía una extraña forma de echarse sobre la alfombra: estirado como un tapete, con las manos y las patas extendidas, modalidad que la niña adoptó muy pronto y que inquietaba profundamente a Margarita. Alfonso cuidaba con esmero de ambos: el perro lucía brillante y perfumado, Dalila muy limpia, con el pelo negro prolijamente peinado con dos moños que semejaba un par de simpáticas orejas. Sansón, el joven cachorro, progresaba en su adiestramiento, se mantenía erguido sobre sus patas traseras y bailaba al ritmo de viejas melodías chinas. Cada logro era premiado con galletas, que lamía con fruición de las manos de su entrenador. Dalila aplaudía con el entusiasmo reflejado en sus ojos oblicuos, mientras salivaba un poco más de lo habitual. Margarita se sentía cada vez más relegada; definitivamente no le agradaban los perros. Disgustada salió sin rumbo a caminar. El aire

frío le sentó muy bien y regresó a casa; como al descuido acarició la cabeza de Dalila. La niña levantó ambas manos arquedas y con la lengua colgando respiró entrecortadamente con claras muestras de alegría. El rostro de Margarita se desfiguró aún más cuando Dalila corrió a tenderse como un tapete sobre la alfombra. La mujer huyó a encerrarse en su habitación. Comenzó a pasearse a grandes zancadas y a gritar. Sus gritos se confundían con la pegajosa melodía china que martillaba sus oídos. En un esfuerzo máximo decidió afrontar la situación. Abrió de par en par la puerta...y quedó petrificada con los ojos desorbitados: la niña y el perro bailaban sin distinción de movimiento. Después de cada giro realizado sin equivocaciones, Dalila obtenía de premio pequeñas galletas que lamía con fruición de las manos de su entrenador.

ADVERTENCIAS

Llueve a cántaros. No oigo ni veo nada; siento los pies mojados y los nervios a punto de estallar. Mi único consuelo y refugio es un enorme paraguas heredado de mi madre, un paraguas de esos antiguos de dieciséis varillas con una cabeza de perro tallada en la empuñadura de madera. Ingresar al edificio me tranquiliza. Arrastro mi perro - paraguas que deja tras sí un chorrillo que desciende de escalón en escalón. En la puerta me asalta el primer letrero: por favor tocar una sola vez. El agudo sonido del timbre rasga mi precioso silencio recién adquirido. Mi vista traspasa a la secretaria para fijarse en un aviso de letras negras sobre papel blanco: se ruega a los pacientes no abrir la puerta ni contestar el teléfono. Me molestan profundamente las advertencias, tanto que mi voz suena destemplada: ¡Señorita, el paraguas se queda conmigo!, y lo introduzco hasta la sala de espera. “Inadecuada”, pienso. Tiene las paredes de vidrio y el consabido anuncio: se ruega no abrir puertas ni ventanas. A la izquierda, entre el gran ventanal y un infranqueable muro, corre un estrecho pasillo invitando a no entrar. No tiene aviso, no hace falta. Estoy sola, hay un tabique que me aisla de la secretaria. Me siento, cruzo las piernas, las descruzo, trato de no morderme las uñas, me pongo de pie, me acerco al letrero, no lo miro, busco árboles pero sólo encuentro un espantoso rompecabezas de techos que se elevan pintando con óxido las nubes. El chirrido del teléfono me sobresalta, no, el doctor no ha llegado. Me paseo, examino el rincón que forma las otras dos paredes en donde mi paraguas se orina impúdicamente dejando una enorme poza que se extiende por la alfombra. Me siento nuevamente y le acaricio la cabeza para sentir compañía. La estridencia del ding dong me estremece, me encojo casi en posición fetal. Hace su entrada un adolescente moreno, delgado, nervioso. Respiro aliviada al encontrar un centro de interés. Se queda de pie

apoyado en la arista que forma la puerta por un lado y el muro infranqueable por el otro. No sabe qué hacer con sus manos, y su mirada no encuentra un punto donde fijarse. Comienza a ensortijar su cabello entre los dedos; separa un rizo y lo anuda con otro, en un lento girar. El ring del teléfono nos descontrola. El muchacho apreta los dientes y se arranca los negros rizos de un tirón, los mira, al parecer sin saber de dónde salieron. Quiero irme, no me agrada este lugar. Ahora el joven se interpone en el camino hacia la puerta. Me resigno a observarlo. Se muerde las yemas desprotegidas: hace rato que las uñas desaparecieron trituradas por sus dientes. Comienza a brotar sangre y lame uno a uno sus dedos. De espaldas a la pared, se aferra a la saliente del muro. Sus ojos huyen aterrorizados cada vez que su mirada se vuelve hacia el pasillo estrecho y los amplios ventanales. Repentinamente me mira. Parece que acaba de descubrir mi presencia. Inicia un movimiento que me intranquiliza. Cojo mi paraguas y lo abrazo. Pero no, la cosa no es conmigo. Se para frente al letrero, intenta arrancarlo y sólo consigue mancharlo con sus yemas ensangrentadas. Sacude la cabeza, se balancea con vigor, toma impulso... y en mi cabeza rebota el eco de cristales estrellados. En forma instintiva abro el paraguas para protegerme y oculta bajo él, trato de alcanzar la puerta; atropello a la secretaria que corre como loca. El silencio del espacioso vestíbulo me brinda por fin la calma. El piso de parquet brilla inmaculado. Levanto un poco el paraguas y ahí esta otra vez: se ruega no manchar el piso. Con estudiada lentitud hago girar la cabeza de mi perro y observo como las gotas rojas se descuelgan, una a una, por sus dieciséis varillas.

HOMBRE DE POCA FE A mi madre

El esfuerzo de la tripulación por mantenerse a flote estaba resultando estéril. De pie, aferrado al mástil y dando la cara a la tormenta, la persona que los había contratado para realizar la travesía por los canales, lucía como negro espantapájaros con la larga vestimenta completamente empapada. Sentadas frente a él, tres mujeres de piel morena parecían ser parte de la pequeña dalca. Sus cuerpos ondulaban siguiendo el desbocado galope de las olas. El hombre las traspasó con su mirada, confundido ante la pasividad que mostraban frente al inminente desastre. El hubiera querido mantenerse de pie, erguido en su metro ochenta —actitud que hasta ahora le había valido un alto grado de respeto frente a las infieles— , pero una violenta sacudida lo convenció que era mejor disminuir la altura y optó por permanecer de rodillas, rezando incansablemente. Sus plegarias se perdían en medio del ruido escandaloso. El viento, convertido en bestia, rugido, azote, castigaba sin piedad. A sus bramidos se sumaba el lamento del mar, que a cada nuevo golpe levantaba crestas de espuma, amenazando con volcar la primitiva embarcación. Las nativas sintieron de pronto el desequilibrio y se aferraron a la borda. Las manos como garfios, la boca apretada en una sola línea y los ojos muy abiertos fijos en el mástil. La más vieja de las mujeres miró al hombre que musitaba una plegaria tras otra, sin detenerse. Qué sacará este pobre mortal con pedirle a ese Dios que venga la calma. Sumida en sus pensamientos, ella recordaba cómo hacía su padre en estos casos, cuando invocaba al viento con las palabras "Munai, munai" y lo decía con temor y respeto.

Lástima que esta tarea no sea de mujeres, porque desde que ellos hacen cruces con los dedos en su cara han perdido todos sus poderes. Un fuerte barquinazo la sacó de su ensimismamiento y volvió a fijar sus ojos en el mástil. Munai munai, la súplica parecía no salir de sus labios, pero la repetía internamente con toda la fuerza de sus creencias. Si tenía suerte, podía engañar al viento haciéndole creer que era uno de los suyos el que suplicaba. El hombre continuaba de rodillas, rezando. Había perdido la cuenta del número de Padrenuestros que llevaba. Los labios amoratados ya no respondían y las lágrimas se confundían con el agua salada que bañaba su rostro. Con un sollozo ahogado, esperando lo peor, cambió el tenor de su rogativa: Creo en Dios Padre todo poderoso, las manos crispadas sobre el rudimentario mástil, los ojos elevados al cielo plomizo que más parecía una lápida, creador del cielo y de la tierra, deshilachándose las palabras convertidas en sonidos inútiles, hechas lluvia y viento. ¡Maldito seas! gritó. La respuesta a la maldición no se hizo esperar. Una ola, alta como una iglesia, rompió peligrosamente cerca. El hombre perdió el equilibrio y aterrizó en medio de la embarcación contra un baúl. La fragancia del ciprés aminoró, en parte, el martirio del golpe y el contenido se derramó a la vista de todos. Sucio, empapado, despojado de su dignidad y en el colmo de la desesperación recogió un santo de madera y aún a costa de caer al agua, se alzó desafiante. Amenazó con lanzarlo por la borda si Dios no respondía a sus plegarias. La deforme criatura, desnuda de las pomposas ropas con que lo vestía en la iglesia, lo miró desde los enormes ojos pintados de azul. Parecía implorar misericordia. La mirada caló hondo en su fe y el impío cayó de rodillas, por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa, se golpeaba el pecho sin rastros de soberbia. Demasiado tarde para arrepentimientos. El mar se agitaba cada vez con mayor violencia. El agua y el viento mostraban el mismo tono grisáceo. Parecía un monstruo bramando enloquecido que se sacudía

tratando de eliminar la insignificante nave, que con porfía cabalgaba sobre su lomo. Con un aullido descomunal hizo dar varias vueltas a la pequeña embarcación, y en una mezcla de furia y espuma, vomitó hombres, cajas, maderas y harapos. La calma llegó sin aviso. El mar acunaba plácidamente a la pequeña indígena que flotaba en apretado abrazo con el muñeco de madera. Por su parte, la savia del bosque reconocía a sus habitantes. Las dos mujeres, se mecían aferradas al baúl de ciprés. La gente que salió en su búsqueda, antes de llegar a ellas, avistó a lo lejos un revoltijo de ropas bordadas en oro y los negros jirones de una sotana que, estirada a lo largo, se perdía en la inmensidad del archipiélago.

EL HORARIO A Eduardo, que odia los trabajos formales

El horario de trabajo enloquece al hombre, repetía mi padre, cada vez que intentaba dormir una corta siesta después de almuerzo. Comentaba que lo hacía para producir un quiebre en la rutina. Se dormía tan profundo que mamá le mojaba la cara para despertarlo. Ahí mismo, medio dormido, lo peinaba e intentaba colocarlo de pie y le ponía una manga del abrigo. Salía a tropezones, semi dormido, acomodándose el abrigo en el camino. De tanto repetir la misma hazaña, llegó el día en que realizó los movimientos de siempre, en forma automática. Cruzó la calle y al más puro estilo Isadora Duncan, enredó su abrigo en las ruedas de un camión. Toda la familia, parada en la puerta de casa, vio un revoltijo de tela gruesa, miembros sangrantes y canas desperdigadas, que el camión arrastró durante un largo trecho. Papá no alcanzó a enterarse de nada, ni siquiera despertó. En el comienzo todo parecía ir bien. Yo era joven, soportaba la interminable jornada de trabajo —colación incluída— y podía llegar entero a casa. Además era, podría decirse, un buen hermano y un buen hijo. Realizaba pequeñas reparaciones de los artefactos después de cumplida su vida útil, fallaban todos los días. Luego mis hermanas solicitaban mi ayuda en sus tareas o en sus juegos. Un par de veces a la semana podía salir con mis amigos. Estas trasnochadas creía yo no afectaban para nada el cumplimiento de mi jornada laboral hasta que llegó el día de la primera advertencia: —Jovencito, si continúa llegando atrasado es mejor que vaya despidiéndose de la pega. Esa tarde regresé afirmando mi amargura en los bolsillos, no podía darme el lujo de perder el trabajo.

Desde ese momento mi mundo se redujo a la pega, al descanso y nada más. El barrio seguía siendo el mismo: una calle estrecha y sucia por donde transitaban camiones cargados que iban y venían. Recuerdo el encuentro contigo un día que regresaba a casa, ¡Compadre, qué alegría verte! Por un momento volví a ser joven como los demás, tu amigo de toda la vida, tu compadre. Me contaste de tu polola, de las salidas nocturnas a tomar una cerveza con los amigos, de las pichangas de fútbol, de tus estudios en la universidad. No lo pude soportar. Me despedí con una sonrisa forzada y regresé a mi cueva. Es que tú no sabes lo que es esto compadre. Yo que criticaba a mi padre, me doy cuenta que estoy repitiendo la misma conducta. He adquirido la costumbre de dormir demasiado; no sé si por cansancio real o para evadirme del mundo. La peor época es el invierno: trabajas y duermes; se borran hasta tus sueños, amigo, porque en el estricto sentido de la palabra no duermes, por lo tanto no sueñas. Sientes que caes en una pesadez tal que más bien parece un estado de coma, te lo juro, un estado de coma profundo. Trata de imaginarte: te despiertas de pronto y no sabes qué día ni qué hora vives. El día tiene un color oscuro que bien puede ser una madrugada o un atardecer. Es una eternidad plomiza que te aplasta y te condiciona a ser gris, vestirte y pensar en gris. Tus días y tus noches traspasan neblinas y penumbras separadas apenas por el tiempo de luz artificial de las horas laborales. Llegas al trabajo arrastrando jirones cenicientos tras de ti que se esfuman, a medias, al entrar al edificio iluminado. Lo importante es que llegaste en el horario establecido. No importa si luego te diriges al casino a compartir una insulsa charla. Transcurrida una hora, o más, recién comienzas a desplazarte. Parapetado tras la cortina pesada de tus párpados, atiendes a las personas que han esperado por horas. Lejos de ser amable, gruñes, te enfadas y luego recapacitas. Es sobrevivencia compadre; entonces te conviertes en zombie y funcionas con el automático durante toda la jornada. No, en realidad no toda, porque hace rato que no queda público por atender, los papeles están

en su sitio; sin embargo la orden es categórica: debes cumplir el horario. Con discreción buscas una esquina oscura donde esconderte, te sientas de brazos cruzados y te balanceas, como en un columpio. Ha finalizado un día más. Regresas a tu casa arrastrando el abrigo; te encoges sobre ti mismo, la cabeza gacha observando el pavimento que une todo tu universo en un halo plomizo, húmedo y silencioso que tus zapatos engomados no logran quebrar. Quizás por esa razón, nadie sale a recibirte. Una vecina te cuenta que el sistema de gas no resistió la última cena y explotó llevándose a tu familia y parte de tu casa. Como gran concesión te dan medio día de permiso. A pesar que no te necesitan, debes cumplir con tu jornada, pase lo que pase. ¡Qué pequeñas se veían mi madre y mis hermanas en sus respectivas cajas negras! ¿Será que la gente se encoge al perder su espíritu? Parece increíble, viejo, eso fue lo que pensé en el último adiós. Y como en esta clase de vida no tienes tiempo para deprimirte, sepultas tu dolor y subes a tu cuarto a la media casa vacía y helada; te comes un pan trasnochado y vuelves a lo tuyo: tu cama, tu sueño. Has olvidado qué otras cosas se pueden hacer en la vida. Duermes a sobresaltos, tratando de no caer en un sueño profundo que te haga olvidar el cumplimiento del horario. Los camiones, como todos los días, van y vienen con sus pesadas cargas en esta miserable calle de doble vía. Van y vienen, compadre. Te das cuenta que ya estás atrasado. Sales colocándote el abrigo a medias y al cruzar la calle, ¡Imagínate el papelón! Sientes que ruedas convertido en un ovillo envuelto en la tela gris. Todo es una nebulosa, trato de incorporarme, debo ir a trabajar. De pronto me doy cuenta que es una estupidez, que no voy a ninguna parte, que estoy acostado y que ¡claro! debo estar soñando. Eso es, una pesadilla como tantas otras. Me reclino sobre los almohadones con cierta dificultad, al parecer alguien me ayuda. Aspiro con fuerza

tratando de despertar pero no reconozco el olor característico de mi almohada: un olor rancio, a ropa sin lavar, a cuerpo sucio, restos de comida y sueños despedazados. Esta almohada tiene olor a limpio, demasiado limpio, casi parece ropa desinfectada. Entonces me doy cuenta: es un sueño. Debo estar durmiendo demasiado contraído porque me duele todo el cuerpo como si me hubiera pasado un camión por encima. Quisiera despertar. Tranquilo, dice una voz, no se mueva. No obedezco, forcejeo. Inútil, como en todos los sueños, las fuerzas se debilitan y no consigo nada. Finalmente abandono la lucha. ¡A la mierda el maldito horario! me escucho gritar antes de caer sobre los almohadones. Me doy cuenta que la cortina gris ha desaparecido, la sala está iluminada por una luz blanca brillante. Es un haz extendido que semeja un camino. Al fondo veo a mi padre con el abrigo sobre los hombros; a su lado mi madre que sonríe, levanta una mano y con gesto infantil, me llama.

AUTORRETRATO A Consuelo Saavedra Sobre la mesa de trabajo torsos descabezados, figuras en bloque, pequeñas madres acogiendo a sus hijos, maternidades incompletas, todo meticulosamente limpio y ordenado. Sentada en medio, la escultora parece lejana. La mirada verde esmeralda hurgando más allá en el tiempo. Yo, fragante a tierra húmeda, reposo entre sus manos, convertida en un ovillo. Un gesto convulso sacude su cuerpo, me aprisiona, me retuerce, intenta modelarme. Vencida, me convierte en una pelota y me lanza al fondo de la mesa. Resbalo entre espátulas, rodillos y miembros fragmentados. Una madre partida en dos detiene mi caída. Me oculto temporalmente en el hueco de su vientre. La artista, deja caer la cabeza entre los brazos y permanece inmóvil por un instante. Resuelta se levanta y se observa frente al espejo. Ensaya algunas posturas, estira el cuello, inclina la cabeza, entreabre los labios, revuelve el cabello. No logra dar con la imagen apropiada. Ahora se observa de nuevo, en forma estática, con una mirada sin contornos. Quedan apenas encendidos los ojos verde esmeralda que buscan más allá, quizás hasta el amasijo de su propia arcilla. Me recoge sin prisa, me acaricia. Sus hábiles manos me esculpen, modelan belleza. Sus yemas afinan mi perfil. ¡Con qué gracia entreabre mis labios en actitud de espera! El aire parece escapar entre ellos y de manera instintiva alborota su cabello. Ensortija el mío, rizo a rizo, rizo a rizo. El roce de sus uñas horada mis ojos, sus lágrimas tibias humedecen los bordes de mis cuencas vacías. La nuca emerge grácil y altiva con una leve inclinación, copia fiel de su imagen, me observa fascinada. ¡Por fin estoy completa! Hay exaltación en sus ojos, la luz verde esmeralda me ilumina, me baña entera y en sublime acto de creación

mis ojos vacíos se apoderan de su brillo. Quisiera parpadear, me observo en el espejo de sus ojos pero no encuentro la luz. Ella, en dimensión estática, no creo que aquilate la complejidad del milagro. En el nombre del Padre me bautizo Consuelo, y tú no eres más que arcilla y en polvo te convertirás.

RESEÑA BIOBIBLIOGRÁFICA María Isabel Quintana, inicia sus actividades literarias en Coyhaique, Región Carlos Ibáñez del Campo y se convierte en activa participante del movimiento cultural de la ciudad. Miembro de la Soc.de Escritores de Chile. Algunas actividades: Dicta taller de literatura a alumnas de séptimos y octavos años en la Escuela Nieves del Sur en la ciudad de Coyhaique. Participa en Lecturas en Feria del libro de Comodoro Rivadavia , Argentina Participa como invitada a encuentro nacional de escritores Valdivia 2000 Integra la Agenda Cultural Feria Internacional del Libro Santiago 2000 como conferencista en “Presencia Literaria Femenina en el Sur de Chile.” Presidenta del jurado en concurso literario Prodemu. Integrante del comité editor de la revista Internacional Francachela (Chile. Argentina. Perú) Columnista durante un año en Suplemento literario Alhuén del diario El Divisadero de Coyhaique Publicaciones: En revistas nacionales y extranjeras. En Antología Binacional. “Cuentos Integrados de la región patagónica”, publicación del ministerio del interior en Buenos Aires Argentina En Antología de Juan Armando Epple Cien Microcuentos chilenos, Editorial Cuarto propio, año 2002 Publicación del libro El Ultimo Dinosaurio y otros cuentos, Ed. Caballo de Valdivia Año 2000 Literatura en la Región de Aisén. Estudio para el Proyecto ACCA de la Patagonia (Area de Conservación de la Cultura y el Ambiente) Publicación del libro “Con la muerte en la cartera”, Ed. Caballo de Proa, Valdivia 2003. Premios: Primer lugar, categoría Cuentos en Juegos Florales Municipalidad de Beca para escritores Fondo del Libro y la Lectura 1999 Coyhaique. Proa

SE TERMINÓ DE REALIZAR ESTE EBOOK EN EL MES DE MARZO DE 2008 EN LOS TALLERES GRÁFICOS DE LA EDITORIAL ENTREMILENIOS REGIÓN DE VALPARAÍSO CHILE

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