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Literatura Latinoamericana I

Teórico N° 7

Secretaría de Publicaciones
Materia: Literatura Latinoamericana I
Cátedra: Colombi

Teórico: N° 7 – 24 de septiembre de 2007 5/722 31copias


Tema: Martín Rivas de A. Blest Gana – dictado por José Barisone

Hola, buenas tardes.


Ustedes ya hicieron una aproximación a la novela con la profesora Susana Santos,
que hizo una introducción. Hoy vamos a retomar algunas ideas y vamos a ir más
específicamente al texto. No vamos a poder hacer una lectura exhaustiva porque es un texto
extenso, que tiene muchos aspectos para analizar. Entonces veremos algunas cuestiones y
dejaremos otras para la próxima clase o para que ustedes completen el análisis en los
prácticos. Para ello tienen un dossier con material suficiente para completar el estudio de
esta obra.
Susana Santos ya les comentó la centralidad que posee Alberto Blest Gana, no sólo
en la novela chilena del siglo XIX sino en la novela hispanoamericana del siglo XIX. Si
ustedes consultan cualquier manual o historia de la literatura latinoamericana siempre van a
encontrar alguna referencia a este escritor. Es un autor que tuvo una larga vida y ejerció con
una gran profesionalidad su tarea. Esto de la profesionalización y la especialización, que es
propia del Modernismo, ya se plantea en Blest Gana (que no es un modernista). El asume
con conciencia y una gran lucidez esta apuesta a un tipo de discurso literario (que es la
novela), y a un tipo de novela (que es la novela de costumbres). Y esto lo va a hacer con un
método riguroso y una gran prolijidad. De hecho, cuando se ve involucrado, por razones de
trabajo, en cuestiones diplomáticas, deja de escribir durante más de treinta años. Todo el
tiempo que le insuma la función pública, va a dejar de publicar.
Blest Gana vive noventa años y, durante esa larga vida, se va a mantener muy fiel a
un determinado tipo de búsqueda estética, salvo en su tramo final, cuando hace alguna

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incursión rozando la estética naturalista. Pero, en general, se mantiene fiel a ese plan que
fija muy tempranamente.
Cuando hablo de los textos más programáticos me estoy refiriendo a un discurso
que leyó cuando se incorporó a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile, el
3 de enero de 1861. Se llama “Literatura chilena, algunas consideraciones sobre ella”. Es
un texto breve, pensado para ser leído en una sesión extraordinaria, donde él plantea con
una gran claridad lo que se propone. Allí se refiere particularmente a una “especie
narrativa”, que es la novela, y va a hacer una clasificación de los tipos de novelas que
podían darse en ese momento, que eran tres.
Menciona la novela fantástica y dice que esa variante es muy difícil de aclimatar en
Chile, porque carece de la tradición más legendaria que puede tener en los países europeos.
Él la ve como poco proclive para que se fecunde en su patria. La segunda era la novela
histórica, si bien no dice a qué se refiere, sabemos que el público culto de la época entendía
por tal a la novela de Walter Scott. Allí hay una consideración mayor, se dice que es muy
útil, pero que tiene un interés más limitado, etc. Y el tercer tipo que señala es la novela de
costumbres, a la que le va a dedicar un mayor desarrollo programático. La novela de
costumbres es la que va a presidir su propio proyecto narrativo.
Alberto Blest Gana escribió dieciocho novelas, entre las cuales hay una sola novela
histórica, que se llama Durante la Reconquista. Fue un hombre muy prolífico, sobre todo si
consideramos que se dedicó durante treinta años a la función pública. Las otras diecisiete
novelas son novelas costumbres y hay cinco o seis que lo aclaran de su propia pluma. Las
otras no tienen esa aclaración, pero encuadran dentro de esa categorización.
La novela de costumbres era algo recurrente entre los novelistas del período. En
nuestro contexto podríamos mencionar a Lucio Vicente López, que escribió La gran aldea,
que es de 1884 y que lleva como subtítulo “Costumbres bonaerenses”. Casi todos los
novelistas adscriptos al Realismo (y algunos al Romanticismo) persiguen esa finalidad, que
se explicita en los subtítulos de muchas de estas obras.
Volviendo a esta caracterización que él hace de la novela de costumbres, señala que
está dotada de tres elementos. Son obras donde van a aparecer cuadros de la vida diaria.
Eso lo acercaría a una modalidad muy representativa de las literaturas hispánicas, que es el
cuadro de costumbres, de larga tradición. En España tenemos el caso de Larra o de

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Mesonero Romanos y en América son muchísimos. En Chile se destacan José Joaquín


Vallejo, “Jotabeche”, José Antonio Donoso. Blest Gana, en el discurso, está diciendo que
entre los elementos que configuran esta modalidad, están los cuadros de la vida diaria. El
segundo elemento es la descripción a partir de la observación atenta. Esto tiene que ver con
uno de los presupuestos del Realismo. Esto lo veremos en el modo como funciona en el
orden de los caracteres y de los espacios de Martín Rivas. Hay toda una minuciosidad de
elementos que se consignan, con una función bastante referencial. Y, si lo llevamos al
artículo de Barthes que ustedes deben consultar, serían esos tramos descriptivos, ese
excedente de detalles, lo que busca crear un efecto de realidad, una ilusión referencial.
Además, dentro de la economía del texto, cumplen con un presupuesto de coherencia
interna.
Por último, el tercer elemento es lo que tiene que ver con la intriga. Esto él lo va a
manejar de una manera excelente. En Martín Rivas vamos a ver que hay varios personajes,
en varios niveles, y él va sosteniendo cada uno de esos relatos y va encontrando nudos
donde se cruzan e interceptan. Más allá de esa diversidad de planos, el texto tiene una gran
coherencia interna. En general, esa intriga se consigue, no por efecto del azar (como ocurría
en los folletines o las obras románticas), sino por leyes más causales. No son esos golpes de
efecto inverosímiles, sino que todo está justificado a través de un contexto social o de
ciertos elementos ideológicos o psicológicos. Blest Gana aparece como en contigüidad con
lo que dice el narrador y representa, en cierta forma, el personaje que da título a la novela.
Esos elementos conjugados contribuyen a obtener este tipo de obras. Se va a
encargar de señalar que la presentación de vicios y virtudes propios de la vida real,
permitirá al narrador condenar unos y exaltar a las otras. Acá hay una evidente intención
pedagógica que consiste en darle al discurso literario una función que va más allá de lo
estético. Estamos todavía en una concepción de la literatura que le asigna al discurso
literario valores que van más allá de lo estético. Tiene que haber algo de utilidad que
propenda al perfeccionamiento social. En Martín Rivas hay una propensión a la elevación
moral y personal; hay toda una puesta en escena del perfeccionamiento individual y social
como un modelo a seguir.
Eso lo dice en la dedicatoria, donde señala que Martín Rivas es un ideal a imitar.
Allí está colocando al personaje como un paradigma. Esto es algo común a todos los

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escritores del XIX, con sus matices; y variará con los modernistas, donde se produce un
cambio en la concepción de la literatura y en la concepción y colocación del escritor. Hay
una suerte de autonomía estética concientemente buscada y, en muchos casos, conseguida.
Con los modernistas aparece una nueva conciencia del oficio y una apuesta por lo estético
que es casi absoluta. Blest Gana nace bastante antes que Darío y lo va a sobrevivir, pero no
se involucra en absoluto con el proyecto modernista. El corresponde a una etapa anterior de
la literatura y sigue viendo al discurso literario como un discurso que avala otros valores.
Hay un reformismo social y una apuesta por lo ético, que tienen que ver con el
afianzamiento de las nacionalidades, con cierta idea de la patria y del ciudadano probo.
Concientemente, Blest Gana se propone ser un poco el Balzac de Chile. Eso lo dice
explícitamente en una carta. Hay una intención que excede lo estrictamente literario. De
todas formas, lo literario está sometido a un gran control, en el sentido de buscar una forma
adecuada. No hay desprolijidad o una configuración de las obras que las deja libradas la
inspiración. Por el contrario, hay un método y una práctica muy conciente para lograr un
determinado universo narrativo que represente ese tipo de valores.
Se va a preguntar en el trabajo que estamos comentando si es posible construir una
novela de costumbres en Chile y, por supuesto, responde que sí. Eso es lo que él propicia en
este texto que lee en la Facultad de Humanidades. Éste es trata de un ámbito muy
prestigioso, que había sido fundado y dirigido por Andrés Bello. Por otro lado, Lastarria le
va a asignar a la novela un valor central.
En una carta que le escribe, por la misma época, a su amigo Vicuña Mackena
expresa en referencia a su opción: “Desde un día en que leyendo a Balzac hice un auto de
fe en mi chimenea, condenando a las llamas las impresiones rimadas de mi adolescencia,
juré ser novelista y abandonar el campo literario si las fuerzas no me alcanzaban para
hacer algo que no fuesen triviales y pasajeras composiciones. Desde entonces he seguido,
incansable, como tú dices, mi propósito, sin desalentarme por la indiferencia, sin irritarme
por la crítica. Escribo, no por el culto a la gloria, sino por necesidad del alma”. Acá se ve
lo de la tenacidad, la laboriosidad y la constancia en el trabajo. Esto en cuanto al
posicionamiento del autor y a qué persigue con su literatura. La búsqueda de una literatura
nacional a través de la novela es coincidente con otros letrados hispanoamericanos de la
época, que también plantean, con sus matices, una búsqueda semejante.

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Alumna: ¿La novela María es de este mismo grupo?

Profesor: María, de Jorge Isaacs, es una novela de 1867; es decir, cinco años después que
Martín Rivas. Pero, María es una obra que se adscribe más a la estética romántica y a un
tipo de Romanticismo en particular. Se trata de una obra epigonal, que aparece tardíamente.
La novela de Isaacs es una novela romántica por la índole sentimental de la historia que
narra, por el tratamiento que recibe esa historia de fin trágico, por el tono elegíaco que la
tiñe, por la configuración de los personajes, el tratamiento de la naturaleza, etc. En
consecuencia, como se puede advertir, el proyecto de María no es el que sustenta Blest
Gana. Los críticos, como Fernando Alegría, incluyen a Blest Gana en una transición del
Romanticismo al Realismo. Pero, como pasa con muchos escritores hispanoamericanos, el
de él es un Realismo que todavía tiene muchos elementos de la estética romántica.
Yo pensaba en un escritor mexicano, llamado Ignacio Manuel Altamirano. Es un
indio aculturado que va a ocupar un lugar central en cuanto al diseño de una literatura
nacional. El va a ser el autor de dos novelas muy conocidas, llamadas El Zarco y
Clemencia. Pero tiene textos programáticos y también propicia la búsqueda de una
literatura nacional. En el caso de Altamirano, esa construcción de una literatura nacional
pasa también por la forma novela, pero en su vertiente de novela histórica. Siempre está el
afán pedagógico, la necesidad de que el público letrado conozca los acontecimientos de la
historia de su país. Esto denota una confianza bastante firme en las transformaciones que el
discurso literario puede generar en la sociedad.
Nos fuimos a un ejemplo de México para que vean cómo en el otro extremo de los
países hispanoamericanos, en la misma época, tenemos una figura central que participa de
estas búsquedas. No sólo son textos programáticos que sustentan estas ideas, sino que la
práctica novelística de los escritores procura llevar a cabo este proyecto. Las novelas de
estos señores se encauzan dentro de esta configuración. Si vamos a Perú, podemos
mencionar a novelistas de la primera etapa, como Luis Benjamín Cisneros (autor de una
novela que se llama Julia o escenas de la vida en Lima, de 1861), y tenemos a dos
escritoras como Mercedes Cabello de Carbonera y Clorinda Matto de Turner, que también
van a plantear la necesidad de mostrar la sociedad con el fin de propender a la construcción

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de una comunidad imaginada, que es la nación. Son muchos los escritores del siglo XIX
que están embarcados en esta orientación.
Vamos a entrar ahora en el análisis de la novela. Su título completo es: Martín
Rivas. Novela de costumbres político-sociales. Apareció como folletín entre el 7 e mayo y
el 18 de julio de 1862 en La voz de Chile. Durante este mismo año se publica como libro.
La obra tiene una dedicatoria que no está en todas las reediciones pero, como todos los
paratextos, nos dice cosas acerca de la propuesta del autor. Dice la dedicatoria: “Al señor
Don Manuel Antonio Mata. Mi querido Manuel, por más de un vínculo te corresponde la
dedicatoria de esta novela. Ella ha visto la luz pública en las columnas de un periódico
fundado por tus esfuerzos y dirigido por tu decisión y constancia para la propagación y
defensa de los principios liberales. Su protagonista ofrece el tipo, digno de imitarse, de los
que consagran un culto inalterable a las nobles virtudes del corazón. Y, finalmente, mi
amistad quiere aprovechar esta ocasión de darte un testimonio de que al cariño nacido en
la infancia se une ahora el profundo aprecio que inspiran la hidalguía y el patriotismo
puestos al servicio de una buena causa con entero desinterés. Recibe, pues, esta
dedicatoria como una prenda de la amistad sincera y del aprecio distinguido que te
profesa tu afectísimo Alberto Blest Gana”.
De esta dedicatoria nos interesa destacar tres aspectos. El primero es la
circunstancia de que, como tantas novelas del siglo XIX, Martín Rivas apareció en un
diario (La Voz de Chile, que estaba dirigido por Manuel Antonio Mata). El segundo es que
se hace una referencia explícita a los “principios liberales”. Aquí ya tenemos la adscripción
del autor, que comparte con este otro letrado, una determinada posición política. En este
momento, en Chile (como en casi todos los países latinoamericanos), la escena política se
repartía entre Conservadores y Liberales. En ese momento, en el poder estaban los
conservadores, representados por el presidente Montt. En la novela tenemos una profesión
de fe por el Liberalismo. El tercer aspecto que me interesa de este paratexto es la
presentación de un protagonista que ofrece el tipo digno de imitarse. Aquí tenemos una
referencia a la ejemplaridad que encarna el personaje que da título a la novela.
En la obra, salvo algún momento particular, todo transcurre en la ciudad de Santiago
de Chile. Hay algún momento en que el personaje se desplaza hacia el interior pero, el
escenario privilegiado es Santiago. La perspectiva del narrador se ubica diez años después

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de los hechos que presenta en el mundo narrado. Cuando comienza la novela, la


temporalización está muy marcada; este es uno de los elementos clave que le da un efecto
de realidad. Los espacios remiten a un contexto perfectamente reconocible por cualquier
persona que haya estado en Santiago de Chile. Hay uno o dos lugares que no existen hoy,
pero lo demás aún está todo: la calle Las Monjitas, de Estado, la Alameda, etc. Lo que no
está, por ejemplo, es el Campo de Marte. Además, como les decía, la datación es muy
precisa. A veces, por si el lector se olvidó (y también tiene que ver con la técnica del
folletín), avanzada la obra se nos recuerda que la acción transcurre en 1850. Pero, ya
cuando empieza, el texto dice: “A principios del mes de julio de 1850 atravesaba la puerta
de la calle de una hermosa casa de Santiago, un joven de veintidós a veintitrés años”. Hay
una fuerte referencialidad y una contextualización muy precisa. Luego, en el capítulo III, el
narrador indica: “Por aquel tiempo, es decir, en 1850…”.
Entonces estamos en Santiago a mediados del siglo XIX. El eje de la historia tiene
que ver con la llegada de un joven (Martín Rivas) que procede del interior, de la ciudad de
Copiapó, una ciudad minera que fue muy importante, ubicada a la altura de Catamarca.
Acaba de fallecer su padre y él queda a cargo de su madre y de su hermana. Martín Rivas
tiene la intención de estudiar leyes y, para ello, tiene que trasladarse a la capital. Tiene una
carta que le ha dejado el padre para que lo reciba y lo proteja una persona con la que él tuvo
algún tipo de vinculación comercial en el pasado. Quien lo recibe es Dámaso Encina, cuya
familia es la que va a ocupar una de las tramas centrales de la novela. Martín Rivas llega a
esa familia, que está compuesta por el matrimonio y dos hijos. El intertexto sentimental, o
la historia de amor, tiene que ver con el enamoramiento de Martín por Leonor, que es la
hija de Dámaso Encina.
La novela, como dijimos, va a desarrollar varias tramas. Una es el camino de
perfección, de crecimiento, que va a llevar a cabo Martín Rivas. Es un crecimiento que
tiene que ver con un ascenso social, intelectual y amoroso, porque va a ver coronado su
proyecto mediante el matrimonio con Leonor. A través de este desplazamiento de Martín,
que llega a la capital, se abren las otras líneas que tienen que ver con la presentación de
distintos niveles de la sociedad. Vamos a ver, en varios personajes, el arribismo, la
especulación financiera, el afán de ostentación, etc.

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Por otro lado, la acción se va a focalizar también en otra familia, porque una de las
estrategias es comparar costumbres en distintos ámbitos sociales. Está toda esta pintura de
la alta burguesía capitalina, que se diversifica entre quienes ascendieron por el dinero y
aquellos cuya fortuna se asienta en la posesión de bienes raíces. Por otro lado, tenemos la
focalización en una familia de medio pelo, a la que se va a llamar “siúticos”. Es también
una clase perteneciente a la burguesía, pero más pobre y cursi. Lo que la define es, en parte,
el mal gusto; ellos quieren copiar, en sus prácticas sociales, códigos y vestimentas, a los
presuntamente finos. A estos los presenta a través de una familia emblemática, que son los
Molina.
Todo esto se ve relacionado a partir de una serie de vínculos que tienen que ver, por
un lado, con el móvil del dinero y, por el otro, con el móvil del amor. Son como dos
motores que impulsan la acción para que los personajes se muevan y se vayan relacionando
estos distintos grupos. Esto permite ensamblar las distintas secuencias y que no quede
como una suma de cuadros de costumbres, porque la obra no es eso. El tema amoroso y el
tema del dinero van a mover una serie de relaciones y de conductas entre los personajes.
Por otra parte, tenemos algunos acontecimientos históricos (muy pocos) que
contribuyen a enmarcar la acción y darle un anclaje en el referente extratextual concreto.
Sin embargo, estos acontecimientos no alcanzan para conformar lo que sería una novela
histórica. El acontecimiento más importante es el Motín de Urriola. Urriola era un militar
liberal que va a organizar un levantamiento para oponerse a una serie de medidas y de
prácticas que impulsaba el sector conservador. En relación con el Motín de Urriola, está la
referencia a una agrupación política, que es la Sociedad de la Igualdad. Eso lo explica muy
bien Luis Alberto Romero, en un libro titulado ¿Qué hacer con los pobres? Elite y sectores
populares en Santiago de Chile 1840-1895.
La Sociedad de la Igualdad era una agrupación entre cuyos fundadores estaban
Santiago Arcos y Manuel Bilbao, dos figuras muy importantes en el Chile de la época. Esta
agrupación perseguía una reforma electoral, luchaba por la libertad y la justicia, quería
llevar a cabo una revolución pacífica. Hay una serie de principios que tienen que ver con
nuclear a artesanos y obreros para ilustrarlos. Se busca crear una conciencia en un momento
en que este sector se veía amenazado por la hegemonía de los conservadores. Esto empieza
de modo muy pacífico, que apenas se involucra en la cosa política concreta. Era, más bien,

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una suerte de espacio para crear una conciencia; pero hubo incidentes que provocaron una
acción más directa. Va a haber un atentado realizado por esbirros del régimen contra el
local al que acudían estas personas. Esto va a ocasionar un rechazo e implicar que haya más
adherentes a este grupo.
Después, al calor de ciertos acontecimientos que se avecinaban va a surgir más
orgánicamente este levantamiento que, además, se va a dar en varios lugares de Chile. La
novela atiende básicamente a los hechos que se llevaron a cabo en la capital, conducidos
por este señor Urriola, que aparece mencionado en el texto. Aquí hay una operación
selectiva del autor, respecto de cómo presentar esta referencialidad histórica. Él escoge sólo
este momento, pero no recupera todas las resonancias que el levantamiento tuvo en el
interior. Esto no es un defecto, pero nos muestra cómo está eligiendo concientemente
algunos elementos que le permiten anclar la historia en un contexto determinado.
Estos son los elementos históricos concretos, más allá de todas las referencias
generales a la época. Se habla de las exportaciones a California, del tema de la minería y
hay una serie de referencias a la economía (que se apoyaba en la minería y en lo
agropecuario). Esto también es histórico, pero aparece de un modo más difuso en la
referencia intratextual. Lo que es explícitamente reportado como histórico también se va a
anudar con las historias de ciertos personajes, particularmente de Martín Rivas y de Rafael
San Luis. Ambos se van a involucrar en este acontecimiento, lo cual va a determinar una
serie de posicionamientos y de consecuencias dentro de la trama.
Tenemos esta contextualización que va a ser el marco en el cual se desarrolle esta
historia que hace foco en el camino de perfección que lleva a cabo Martín Rivas: el traslado
del interior a la capital y el pasaje de un sector burgués empobrecido a una colocación más
que respetable dentro de la nueva clase con la que se va a codear. Esta nueva colocación la
va a adquirir a través de una serie de atributos marcadamente positivos. Es todo mediante la
laboriosidad, el trabajo, el estudio, la dedicación y nunca merced a triquiñuelas o caídas
morales. Esto lo vemos en otros personajes que sirven de contrafigura a Martín Rivas.
Ese mejoramiento también se va a ver en la historia sentimental, que es una herencia
del Romanticismo. En él es un enamoramiento inmediato, pero en el personaje femenino es
un enamoramiento paulatino. Eso se cruza con estas otras historias de otros personajes que

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corresponden a distintos niveles, que van a ir relacionándose a través de vínculos


sentimentales o comerciales.
Vamos a ver ahora cómo se va trabajando esto mediante algunas consideraciones
particulares. Tenemos los personajes, la cuestión de los espacios y el narrador. El narrador
es personal, que utiliza la primera persona del plural (“Hemos visto…”, “Nosotros…”,
“Hemos referido…”), aunque tiene una omnisciencia total, pues posee un conocimiento
total de los acontecimientos, pensamientos y móviles de todos los personajes. Asimismo se
trata de un “narrador intruso” porque, además de ir narrando y escondiéndose tras el relato
de los hechos, también editorializa. Frecuentemente, interrumpe la acción, aunque mucho
menos que en otras novelas de la época. Salvo en casos como María, donde la estrategia es
darle la voz al personaje principal, en casi todas las novelas del siglo XIX hay una fuerte y
casi molesta presencia de la voz narradora, que va explicando, comentando y evaluando. La
visión del mundo que transmite es afín al pensamiento liberal.
Quiero repetir que hay una absoluta correspondencia entre lo que pensaba y lo que
dijo Blest Gana de la novela como género, lo que hizo en sus novelas y lo que piensan los
narradores y grafican muchos de sus protagonistas. La distinción, que ya conocemos, entre
el narrador y el escritor, acá presenta un trasunto transparente entre la ideología de Blest
Gana y la ideología que sustenta el narrador de esta novela. Además, se vale de numerosas
frases conectoras, “de embrague”, cuya función es ir ensamblando los episodios para
organizar el relato. Hay mucha autorreferencialidad, momentos en que el texto se dirige a sí
mismo, a distintos momentos de la narración.
Como narrador liberal va a apoyar, como vemos en la obra, al personaje que
concentra todas las perfecciones, que es Martín Rivas. Y, en esos acontecimientos
históricos, va a colocarse del lado de los liberales. Ustedes también van a ver que usa
chilenismos para referirse a los conservadores y a los liberales, a los que llama “Pelucones”
y “Pipiolos”, respectivamente. A propósito de esto, cabe señalar que Blest Gana utiliza
diferentes niveles lingüísticos en la novela. Como acabamos de ver, aparecen chilenismos
(“siútico”, “lacho”, etc.), palabras en francés, galicismos, deformaciones léxicas. El registro
de variedades diafásicas y diastráticas contribuye a alcanzar la verosimilitud en la
representación de los diversos grupos sociales y de los personajes, de varios niveles
sociales y, en este sentido, se cumple con la regla de los realistas de darles la peculiaridad

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lingüística que los caracteriza. Cada personaje va a hablar y va a utilizar un registro


lingüístico afín a su condición social y también a su personalidad, porque algunos son del
mismo nivel pero no hablan igual. Por ejemplo, para mostrar la banalidad y el esnobismo
de Agustín Encina, éste emplea en su discurso, palabras en francés. En cambio, Martín
Rivas, que viene del interior, utiliza una lengua mucho más despojada, un castellano más
formal. Los personajes de medio pelo van a usar términos vulgares, deformaciones
lingüísticas, etc.
El narrador de la novela tiene el progresismo y la apuesta propia de los liberales.
Este narrador, que se ve tan progresista y evolucionado en las ideas (comparado con los
conservadores), presenta ciertas contradicciones o ciertos matices que lo muestran con
ciertos prejuicios. Ya sea a través de la voz directa del narrador o de lo que sostiene Martín
Rivas, vemos que el igualitarismo es más teórico que realmente asumido.
Hacia la mitad del capítulo II, está hablando de cómo ha hecho su fortuna Dámaso
Encina y dice: “Gracias a ésta, la familia de Don Dámaso era considerada como una de
las más aristocráticas de Santiago. Entre nosotros [en ese “nosotros” inclusivo vemos
nuevamente al narrador], el dinero ha hecho desaparecer más preocupaciones de familia
que en las viejas sociedades europeas. En éstas hay lo que llaman aristocracia de dinero,
que jamás alcanza con su poder y su fausto hacer olvidar enteramente la oscuridad de la
cuna. Al paso que en Chile vemos que todo va cediendo su puesto a la riqueza, la que ha
hecho palidecer con su brillo el orgulloso desdén con que antes eran tratados los
advenedizos sociales. Dudamos muchos de que éste sea un paso dado hacia la democracia,
porque los que cifran su vanidad en los favores ciegos de la fortuna, afectan
ordinariamente una insolencia con la que creen ocultar su nulidad, que les hace mirar con
desprecio al que no puede, como ellos, comprar la consideración con el lujo o con la fama
de sus caudales. La familia de Don Dámaso Encina era noble en Santiago por derecho
pecuniario y, como tal”, etc.
Hay un cierto prejuicio, porque aquí no se ve con tan buenos ojos esto. Después
Martín Rivas aconseja a Rafael San Luis, sobre las no convenientes relaciones con
personajes de distinto medio social. Vemos, entonces, que la movilidad social o las mezclas
entre personajes de distintas esferas no están respaldadas por la voz narradora.

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Vamos a ver ahora la configuración de los personajes, comenzando por el que da


título a la novela. Martín Rivas es este joven que, “a principios del mes de julio de 1850
atravesaba la puerta de la calle de una hermosa casa de Santiago”. El párrafo siguiente es
un retrato del personaje en su aspecto externo. El trabajo del narrador en la presentación del
personaje es de afuera hacia adentro. Empieza por la imagen externa, por la ropa, en
relación con el modo en que lo van a apreciar los actores sociales de la familia a donde
llega. No empieza dando los atributos que lo caracterizan en cuanto a su espiritualidad o
moralidad, sino la imagen pública que presenta.
Dice: “Su traje y sus maneras estaban muy distantes de asemejarse a las maneras y
trajes de nuestros elegantes de la capital. Todo en aquel joven revelaba al provinciano que
viene por primera vez a Santiago: sus pantalones negros, a la usanza de los años 1842 y
1843”. Está mostrando ese anacronismo que muestra el personaje, respecto de “los
elegantes de capital”, en general, y de los personajes pertenecientes a esa familia, en
particular. Martín Rivas llega a Santiago vestido con diez años de atraso. Hay una
presentación deslucida y anacrónica, en medio de un ambiente caracterizado por la
fastuosidad, el lujo, la opulencia, la afectación, la elegancia, etc.
Haciendo un paréntesis, podemos decir que en La Gran Aldea, de Lucio Vicente
López, también aparece esta caracterización de la opulencia de la alta burguesía argentina
de fines del siglo XIX. Volviendo a la novela de Blest Gana, por supuesto que toda esa
referencia al lujo y el derroche merece una reprobación por parte de la voz narradora. El
narrador, que pertenecía a ese nivel, ve esa suerte de apego al gusto y a la figuración
meramente externa como elementos censurables.
Tan pobre es la presentación de Martín Rivas, que despierta la actitud burlona del
sirviente, que lo recibe cuando llega a la casa de los Encina. En la página siguiente, se
completa la descripción del personaje haciendo referencia al semblante. De la ropa
pasaremos a la imagen física y, de ahí en más, se profundizará en todos los aspectos que
tienen que ver con la interioridad y, sobre todo, los atributos del plano moral. Es un joven
organizado, responsable, perseverante, con un absoluto control de sí mismo. Tiene además
una actitud metódica, que es lo que le permite elevarse en la consideración de los demás y
en la escala social.

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Enuncia: “Era un joven de regular estatura y bien proporcionada forma. Sus ojos
negros, sin ser grandes, llamaban la atención por el aire de melancolía que comunicaban a
su rostro. Eran dos ojos de mirar apagado y pensativo (…), un pequeño bigote negro, que
cubría el labio superior y la línea un poco saliente del inferior, le daban el aspecto de la
resolución, aspecto que contribuía a aumentar lo erguido de la cabeza, cubierta por una
abundante cabellera color castaño. (…) El conjunto de su persona tenía cierto aire de
distinción que contrastaba con la pobreza del traje y hacía ver que aquel joven, estando
vestido con elegancia, podía pasar por un buen mozo a los ojos de los que no hacen
consistir únicamente la belleza física en lo rozado de la tez”, etc.
Ahí se completa el retrato del personaje que va a encarnar los valores del perfecto
burgués. En la presentación del personaje no sólo tenemos estas intromisiones del narrador
con sus descripciones, sino que su modo de ser se irá mostrando a través de la diégesis, de
la historia narrada. En las circunstancias en las que se vea involucrado, siempre va a primar
su compostura, el manejo de la situación, el sentido de la ubicación, la corrección y todos
los rasgos que señalábamos hace un momento. No es un contemplativo, sino, como ocurre
con los personajes realistas, está volcado a la acción, al hacer. Por ejemplo, en el capítulo
LIII, Rivas le dice a Rafael San Luis tras escuchar sus cuitas de amor y en un contexto
político de creciente agitación: “– … en vez de llorar desengaños como mujeres, podemos
consagrarnos a causa digna de hombres”. Esta circunstancia lleva a los personajes a
involucrarse en el motín de Urriola, el 20 de abril de 1851.
Va a haber varios personajes que podemos ver, en la economía de la obra, colocados
para resaltar esta individualidad. Algunos son absolutamente opuestos y otros son
parecidos, pero tienen algún rasgo que los diferencia. De algún modo esto va a determinar
la suerte que le quepa a cada uno de ellos. Un personaje con el cual Martín Rivas va a tener
bastante afinidad es Rafael San Luis; pero él comete algunos excesos que, a juicio del
narrador, merecen una sanción. Esto tiene que ver con distanciarse de su amada y,
finalmente, morir en el motín. La falta que cometió tuvo que ver con haber mantenido
relaciones ilícitas con un personaje de medio pelo. Esa trasgresión, sumada a la pérdida de
la fortuna paterna, va a determinar esa suerte futura. Hay una causalidad que explica cierto
destino. Rafael comparte atributos positivos con Martín Rivas, con quien tiene afinidad. En
el capítulo VIII el narrador nos presenta su retrato físico y moral (buen mozo, idealista,

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arrebatado, descuidado en el vestir, parecido a un busto de Byron). Este conjunto de rasgos


se verán confirmados en las actitudes y acciones que desarrollará a lo largo de la historia.
Es un personaje de cuño romántico. No obstante las afinidades apuntadas entre Rafael y
Martín, los separan los excesos, las pasiones, y la poco concentración al estudio y al trabajo
del primero, en contraste con la rigidez y el ascetismo puritanos, y la laboriosidad de Rivas.
Otro personaje que sirve de contrapeso, con el que también guarda muchas
semejanzas y algunas diferencias radicalizadas, es Dámaso Encina. Entre las
correspondencias podríamos mencionar que Dámaso Encina también vivió en el interior,
era un joven pobre (trabajaba de dependiente en un almacén de Valparaíso) y su suerte va a
cambiar cuando se case con una mujer rica. En esto estamos en una correspondencia
bastante ajustada con Rivas.
En cuanto a las diferencias, tienen que ver más que nada con el plano de los valores,
con los móviles que empujan una conducta y otra. En Dámaso Encina predomina la
especulación; se va a decir que se casa sin amor, con una mujer fea, y se habla de ciertos
negocios no tan transparentes. Una parte de la fortuna que obtiene, la consigue a través de
la relación con el padre de Martín Rivas, lo cual permite vincular las historias. Esto que
para José Rivas significó la ruina, para Dámaso Encina significó un progreso económico.
Entonces, un casamiento oportunista, prácticas no muy honestas y alianzas de poder son los
pilares de su posición. Las alianzas de poder, con uno y otro bando de la política, no las va
a determinar tanto una cuestión ideológica sino especulativa. Él estaba con los liberales y
después se pasa del lado conservador, porque eso le garantiza una mayor libertad en sus
transacciones. Los móviles de la conducta de Dámaso Encina están viciados por ciertas
notas de inmoralidad. Sin ser un delincuente, es presentado como el típico arribista,
trepador, que no tiene escrúpulos y se vale de las oportunidades que se le presentan para
ascender.
En cambio, Martín Rivas va a tener un ascenso, pero no como producto del cálculo
interesado, sino de esa conducta que va a desarrollar, mediante el estudio y mediante el
trabajo. En cuanto a su casamiento, desde el principio, se deja establecido que hay un amor
genuino y no una búsqueda matrimonial promovida por el interés. Una especie de réplica,
en otra esfera, de Dámaso Encina, sería Amador Molina. Es el varón de la familia de medio
pelo, que está compuesta por Bernarda Cordero de Molina, dos hijas (con una de las cuales

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se enreda Rafael San Luis) y Amador. Estos están en un nivel más grosero porque, en
consonancia con la búsqueda de un verosímil, están mostrados de un modo mucho más
vulgar.
Es como si el narrador quisiera representar que, a través de Dámaso Encina, se ve
un cierto momento de la burguesía, pero de una etapa anterior a la del presente, a esa que él
propicia para Chile. A través del personaje de Dámaso Encina se presenta al típico burgués
que hizo su fortuna mediante la especulación no siempre honesta. En cambio, Martín Rivas
(propuesto como modelo a seguir) es el joven virtuoso que consigue colocarse en una esfera
superior. El va a triunfar en todos los órdenes: en el económico, en el social, en el de la
imagen y en el sentimental. Pero todo lo ha obtenido a través de los rectos principios y
sólidos valores morales.
La técnica de contraste que emplea Blest Gana para el diseño de los personajes
también se nota en la caracterización que hace de otros pertenecientes a la alta burguesía,
como Fidel Elías y Simón Arenal, quienes, al igual que Encina, están movidos por el lucro,
la codicia y la ambición de poder. Por ejemplo, Elías propició la ruptura del noviazgo de su
hija Matilde con Rafael San Luis porque el padre del novio había quebrado
económicamente y la familia se había empobrecido. Posteriormente, no duda en permitir el
reanudamiento de la relación sentimental cuando de esto depende la continuidad del
arriendo de un fundo que venía explotando. En definitiva, el móvil del dinero determina sus
elecciones.
En cuanto a Dámaso Encina y Simón Arenal, se puntualiza que provienen de un
nivel social inferior, pero que logran encumbrarse mediante el arribismo. Este tipo de
movilidad social fundada solo en lo pecuniario y en la búsqueda del provecho propio es
juzgada negativamente por el narrador.
Otro sector dentro de la alta burguesía está representado por la esposa de Encina,
cuya riqueza proviene de la posesión de tierras. No es una clase tan advenediza que se
enriqueció a través de las vueltas de la fortuna financiara, sino que su poder se asienta en
los bienes raíces. La obra va a presentar el tema del dinero desde muchos ángulos. Rafael
San Luis, como ya dijimos, tiene una trasgresión en el plano privado, una relación sexual
socialmente asimétrica, que lo condena. Pero también están ahí los avatares de la fortuna,
porque él pierde a su amada porque a su padre le va mal en los negocios.

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En la obra muchas veces se habla de esto, que era un tema recurrente en la narrativa
de la época. Recordemos lo que fue aquí el ciclo de novelas en torno de La Bolsa. En
Martín Rivas, el dinero no sólo es un bien a conseguir, que mueve la conducta de muchos
personajes, sino también que puede resolver algunos destinos y destruir otros. El mismo
padre de Rivas tenía una colocación mejor y se vio arruinado por malos negocios.

[Se realiza un breve receso]

Estábamos hablando de los personajes. Ya nos referimos a Martín Rivas y vimos su


configuración. Vimos también cómo el narrador va trabajando con otros personajes que le
sirven de contraste para perfilarlo mejor. Otro personaje central es Leonor Encina. Aquí
también tenemos un bildungroman, o novela de formación. Así como Martín Rivas va a
atravesar un camino de perfección, creciendo en todos los planos, Leonor también lo hará.
Ella es, tal vez, el único personaje que tiene algún cambio. Los demás personajes están
plasmados y se mantienen bastante inalterables. Los podríamos considerar personajes
planos, sin evoluciones.
Leonor, en cambio, va a experimentando una serie de modificaciones positivas. El
narrador la presenta señalando sus atributos de notable belleza física, pero también de
soberbia, altanería y una serie de rasgos moralmente negativos. A través de todo un proceso
de formación, sin embargo, irá cambiando. Es una joven que no lee demasiado, pero toca el
piano. Hay varias escenas de lectura en la obra y hay referencias (del narrador o de algún
personaje) a lo que se lee. Leonor no es una lectora voraz, sino alguien que toca el piano.
Con esto se hace referencia a una cierta educación de su sensibilidad. Asimismo, el amor
completará su mejoramiento.
En este proceso de enamoramiento, ella va creciendo y desarrollando una serie de
rasgos positivos en lo moral y espiritual. El proceso de enamoramiento, como dice el
narrador, está sustentado en ciertos elementos de Del Amor, de Stendhal. Este hace una
clasificación de los tipos de amor y describe el proceso de lo que ocurre en el alma: la
admiración, la esperanza, el nacimiento del amor y la cristalización. Esta consiste en un
mecanismo psíquico subjetivo por el cual el espíritu descubre nuevas perfecciones en el ser
amado. La voz narradora de Martín Rivas, va explicando cómo se enamoran estos dos

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sujetos, mediante la glosa y las citas de Stendhal. Es un proceso que tiene que ver con
cuestiones espirituales, pero también con algunas manifestaciones que trasuntan lo
orgánico. El enamoramiento parece ser la causa que explica la elevación de Leonor.
En el caso de Martín Rivas, ya está marcado desde el principio que es un joven de
suma corrección; entonces, el cambio tiene más que ver con los logros que alcanza, pero la
configuración de su personalidad permanece inalterable. Paulatinamente logra comprender
cómo son y qué mueve a los personajes del entorno y va actuando en consecuencia. Triunfa
por su fuerte carácter y por su honestidad. Más que un arribista, como el Rastignac de
Balzac, con el que comparte ser un joven provinciano que llega a la capital, Martín Rivas es
un escalador social que asciende por sus méritos.
Aparte de las individualidades, tenemos también la incorporación de ciertos sectores
sociales. En este afán de querer representar las costumbres de Chile a mediados del siglo
XIX, dentro de la trama, se da cabida a una serie de personajes de distinto nivel. Por
supuesto, no todos tienen el mismo grado de desarrollo o profundización. El narrador se
concentra fundamentalmente en la pintura de dos clases sociales: la alta burguesía (como
son los Encina y otros personajes) y del medio pelo (como son los Molina). Estos últimos
son presentados como una mala copia, a veces hasta grotesca, de la clase más acomodada.
Después aparecen los otros niveles, a través de lo que se acerca a los cuadros de
costumbres. Van a aparecer en las escenas colectivas. Hay una secuencia al comienzo de la
obra, en la Plaza de Armas, cuando el personaje de Martín Rivas sale a dar un paseo. Llega
a la Plaza de Armas, donde están los vendedores de zapatos y, como él ya notó que está mal
vestido y es objeto de alguna mirada irónica, quiere ponerse a tono. Ahí surge una escena
de cuadro de costumbres con esos vendedores. La diferencia está en que aquí se integra
perfectamente a la trama y no es una interrupción del hilo narrativo para mostrar una
secuencia pintoresca. Las reacciones y actitudes están en consonancia con el
comportamiento del personaje que, más allá de su humildad económica, tiene un cierto
orgullo, en el buen sentido, que hace que se haga respetar.
Toda la situación pinta una escena de aire de época, pero está perfectamente
ensamblada con la trama. Ahí aparecen elementos de un sector inferior, como son los
vendedores ambulantes. Después aparecen cocheros, mucamas, etc. Pero el sector inferior
no es el más desarrollado. Por ejemplo, el “roto”, que es el pobre urbano chileno no

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aparece. Blest Gana incorpora este tipo en dos novelas muy posteriores: Durante la
Reconquista (de 1897) y El loco estero (de 1909). El pueblo aparece un poco como una
masa en los eventos de carácter colectivo. En la obra hay dos de estos acontecimientos, que
son un recurso del que siempre echan mano los narradores del siglo XIX para representar a
este otro sector social y los espacios urbanos. En este caso se toma la fecha patria, que es el
18 de septiembre. Todos los preparativos de esta celebración le permiten ver al narrador
hacer una descripción muy minuciosa de ese ambiente, donde va a incluyendo también a
los niveles inferiores.
El segundo hecho es el Motín de Urriola, donde también aparece el pueblo, pero
como un colectivo. No hay demasiado detalle, sino que es más una presencia. Está incluido
en un registro serio, lo cual era uno de los objetivos del Realismo.
Volviendo a los personajes tendríamos que ver cómo se van relacionando. En torno
a la temática del amor se configuran triángulos. Por ejemplo, Leonor, que es el personaje
femenino más importante, es cortejada por dos figurantes (Emilio y Clemente), que
pertenecen a su mismo nivel social. Y, por supuesto, también es pretendida por Martín
Rivas, que es de una burguesía más pobre. Otro caso es el de Rafael, Matilde y Adelaida.
Rafael es del mismo nivel social que los Encina, pero empobrecido por los avatares de
fortuna del padre; y Matilde es prima de los Encina, de modo que la relación amorosa es
entre pares. Pero ahí aparece, conformando el triángulo, la historia con Adelaida,
trasgresión que va a significar que el personaje reciba una suerte de sanción. Rafael San
Luis es el otro personaje que podría haber sido Martín Rivas, pero no tenía todos los
atributos que Blest Gana requería para ese ciudadano destinado al éxito.
También tenemos el tema del dinero que no sólo es una búsqueda, sino que también
es un móvil que va determinando la acción. Martín Rivas, en el primer momento, no puede
obtener a la mujer amada porque es pobre. Rafael San Luis pierde a Matilde porque se
empobrece su padre (y luego la pierde por cuestiones morales). El dinero no sólo está como
la ocupación o colocación de los distintos personajes, sino que también determina su suerte
y sus peripecias.
El amor, que es uno de los temas que lleva una de las líneas principales de la trama,
tiene distintas posibilidades. Va a tener distintos desarrollos según el comportamiento de
los personajes, el temple y las circunstancias. Una alternativa es el amor que confluye en el

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matrimonio; eso va a estar reservado para los “héroes”, como Martín Rivas. En cambio, en
el caso de Rafael San Luis no va a obtener el bien deseado, lo cual va a derivar en el
fracaso y la muerte. Después está el amor extramatrimonial, entre grupos de distinto nivel,
que también conduce al fracaso y a la muerte.
Para no caer en un maniqueísmo absoluto, en los dos grandes grupos que el narrador
caracteriza, siempre hay algún personaje que no obedece al estereotipo. La familia Molina
es grosera, vulgar y todos están interesados en sacar réditos económicos (ya sea casando a
sus hijas con un joven adinerado, ya sea jugando o mediante alguna treta). Pero hay un
personaje, dentro de la familia, que escapa a esa tipología. Edelmira es el personaje noble,
recto y moralmente probo. Inclusive, su cúmulo de perfecciones se corona con el
autosacrificio final, que consiste en casarse con un hombre que no quiere para salvar a
Martín Rivas. Ella está enamorada de Martín Rivas, lo cual da forma a otro triángulo, pero
lo que pasa es que no prospera. Así como Martín Rivas se enamoró de Leonor desde el
primer momento, sin esperanzas, lo mismo le ocurre a Edelmira con Martín. Edelmira, en
un primer momento, piensa que Martín es como los demás muchachos de su clase, como
Rafael San Luis y como el hermano de Leonor. Ahí está el tema del manejo interesado de
estos jóvenes, que utilizan sexualmente a estas muchachas de clase inferior como un
pasatiempo.
A raíz del Motín de Urriola, Martín Rivas es apresado y recibe una condena a
muerte que después se conmuta. El festejante de Edelmira es un oficial de la policía que la
ama y no es amado por ella. A través de esa aceptación matrimonial que ella hace por
abnegación, se completa esa imagen de autosacrificio y de valores positivos, dentro de una
familia que ostenta rasgos negativos.
Acá vuelve otra vez el prejuicio clasista del narrador. Uno podría preguntarse por
qué, si Edelmira hizo todo lo posible, y encarna todos los valores morales, no ve su vida
coronada por el éxito y por lo que desea. Para la perspectiva de este liberal progresista, sin
embargo, no es viable la unión entre distintos grupos sociales. Ya, por si no nos quedó
claro, Martín se lo aconseja a Rafael: no debió involucrarse con un personaje de clase
inferior. Uno puede leer entonces que Edelmira está “condenada” por razones sociales y
económicas a no acceder al hombre que ama. Es una lectura posible.

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Lo mismo pasa en el grupo de la clase adinerada. Tenemos a Leonor que se eleva


por el desarrollo del amor y de aciertas cualidades personales. Pero también tenemos el
caso de Francisca, que es hermana de Dámaso Encina, pero no es como él. Es una mujer
lectora, que lee tanto literatura española como a George Sand. Ella es una de las mujeres
pensantes, que tiene independencia de criterio. En público es desvalorizada por su esposo,
pero ella tiene una conciencia de su valía que denuncia a una mujer de tipo más moderno.
Además no se involucra en las estrategias interesadas de sus pares. Vemos que en cada uno
de los grupos en que se focaliza la acción hay excepciones a la configuración genérica
global. La antítesis de Francisca es Engracia Encina, la esposa de Dámaso, mujer tonta,
necia, solo preocupada por su perra.

Alumna: Francisca lee pero es desvalorizada por su esposo y por parte del grupo. Es como
que no se acepta la igualdad intelectual…

Profesor: En la historia narrada, no se acepta la igualdad intelectual ni política de la mujer.


Blest Gana muestra el cuadro social de una época en la que no predominaba la educación
intelectual de la mujer. En la trama se presenta a los personajes femeninos realizando
diversas prácticas sociales (ocuparse de la ropa, tocar el piano y, en menor medida leer
folletines). El hecho de que doña Francisca piense y se exprese con inteligencia e
independencia de criterio y que sea una lectora culta es muy valorado por el narrador. Ella
opina sobre los hechos que se están desarrollando; pero sus opiniones son relativizadas o
desmentidas por el esposo, quien queda mal parado desde la óptica del narrador.
Volvamos al tema de los espacios. Ya dijimos que la obra hace foco en Santiago de
Chile y la acción de los hechos narrados abarca un año y medio (1850-1851). No hay casi
ninguna presentación de la naturaleza, a diferencia de los novelistas románticos que se
fijaron mucho en la naturaleza americana. Acá eso no aparece representado para nada. Hay
un momento en que van de excursión y después se dice que el personaje va a Copiapó, pero
no hay descripción del paisaje natural. Es una novela estrictamente urbana. Por omisión
tendríamos la oposición entre interior y ciudad. La ciudad está vista como un centro
dinámico, pero también tiene los elementos negativos relacionados con la especulación
financiera, con la ostentación y con el lujo desmedido. Además tenemos a estos “elegantes”

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que adoptan poses, sobre todo a través de la vestimenta y de rituales sociales. En las
escenas de exterior la acción se desarrolla en eventos colectivos.
Aunque no lo desarrolla parece decir que el interior puede estar más atrasado, pero
de ahí viene el único personaje que tiene las reservas morales para triunfar. Porque San
Luis, que es de la ciudad, tiene esas “caídas” que lo tornan un personaje de un
romanticismo trágico. En cambio, las reservas morales e intelectuales están en Martín
Rivas, que viene del interior.

Los espacios de la novela corresponden a la ciudad de Santiago de Chile, que


aparece como un macrocosmos y, particularmente se privilegian las escenas de interior.
Hay momentos en los que aparece la Plaza de Armas, la Alameda, el Campo de Marte, etc.
Pero la novela transcurre fundamentalmente en ámbitos cerrados, como la casa de los
Encina y la casa de los Molina. Esto cumple con el requisito de mostrar costumbres en dos
ámbitos diferentes. Dentro de esas casas hay espacios absolutamente privados, como la
alcoba, y espacios de sociabilidad, que eran las salas. La sala es como una suerte de
intermedio entre lo público y lo privado. Tanto en la familia acomodada como en la de
medio pelo se recibe gente; constantemente hay una entrada y salida de personajes.
Después está el despacho, el escritorio, donde Encina desarrolla su tarea. Martín Rivas es
una suerte de secretario, para devolverle el favor de que lo hospede.
En la casa de los Molina hay una sala de estar, que no es tan elegante, donde se
llevan a cabo las escenas de “picholeo” (un chilenismo que significa “tertulia”,
“conversación”, etc. de un ámbito popular). Allí sí hay mezclas sociales, pero son estas
mezclas que nunca terminan muy bien. Están los Molina: la madre (viuda), dos hijas y un
hijo; y está Castaños, oficial de policía (que es aún inferior a los Molina), que se ha
enamorado de una de las damas. Aquí es donde llegan los señoritos, Rafael y Agustín, que
se hacen acompañar por Martín Rivas. Ellos van a conversar, a pasar el rato y encuentran
en este tipo de intromisión en otro ambiente, la posibilidad de algún affaire. Agustín dice
que en París todos los señoritos tienen este tipo de vinculación, sin pensar por ello que se
van a casar con estas muchachas.
Los interiores son de estas familias y de algunas otras semejantes y permiten, a
través de estos espacios de sociabilidad, mostrar estas prácticas en los dos ambientes.

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Después están las secuencias que tienen que ver con las escenas públicas que permiten la
inclusión de personajes de otros niveles y ver cómo se cruzan entre sí. En todos estos
momentos aparecen cuadros costumbristas, pero siempre integrados a la acción principal.
Nunca quedan desprendidos, como secuencias independientes, sino que están en función
del perfil de los personajes o de la evolución de la trama.
Otra cuestión que habíamos planteado tenía que ver con el narrador. En el capítulo
XXIX dice: “Amaneció el domingo en que Leonor había anunciado que saldría con su
prima al Campo de Marte. Algunos pormenores que daremos acerca de estos paseos en
general están más bien dedicados a los que lean esta historia y no hayan tenido ocasión de
ver a esta gloriosa capital de Chile, cuando se preparaba para celebrar los recuerdos del
mes de septiembre de 1810. Estos preparativos son la causa de los paseos al Campo de
Marte, en que nuestra sociedad va a lucir las galas de su lujo. Allí primero y, después, a la
Alameda”.
Vean cómo el narrador asume una función didáctica. Está fuertemente atravesado
por su posición ideológica, sobre todo cuando evalúa y juzga. Pero también ejerce esta
función más cognoscitiva, a través de informaciones que textualiza para justificar
determinadas situaciones. En el mismo capítulo, más adelante, podemos ver cómo trabaja la
descripción de ciertos ambientes y los cuadros de costumbres, etc.
Dice: “A las tres de la tarde había gran gentío en el Campo de Marte, presenciando
las evoluciones y ejercicios de fuego de los milicianos. Los coches, conduciendo hermosas
mujeres, corrían sobre el verde pasto del Campo, flanqueado por elegantes caballeros que
trotaban al lado de las puertas, buscando las miradas y las sonrisas. Alegres grupos de
niñas y jóvenes galopaban en direcciones distintas, gozando del sol, del aire y del amor.
Entre estos grupos llamaba la atención el que componían Leonor, su prima y los
caballeros que las acompañaban”.
Esto, que podría quedar como algo intruso, se integra muy bien porque ahí van a
aparecer los personajes fundamentales. Se justifica que vayan allí porque después del
distanciamiento entre Rafael y Matilde se pergeña que se encuentren. Esto tiene que ser en
un espacio neutro y se elige el ámbito de esta fiesta para que “casualmente” estos amantes
vuelvan a tener contacto. Este telón de fondo, que parece como una digresión pintoresca, se
engarza con el plano diegético, con la historia que se va narrando. En este momento

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aparecen los personajes y, dentro de ese contexto, van a establecer relaciones. En ese
sentido, yo decía que el costumbrismo de la novela supera al simple cuadro de costumbres
y se articula muy bien con la economía general del relato.
Esto le permite al narrador conferirle ese efecto de realidad para anclar la historia en
un determinado contexto verosímil. Ya sabemos que el Realismo es una convención, pero
es una convención que juega a la transparencia. Al respecto, como señala Auerbach: “el
Realismo como representación seria de la realidad social cotidiana contemporánea sobre
la base del incesante movimiento histórico” se ve bastante claramente en el modo como
Blest Gana realiza esto de la representación de la realidad. Lo hace a través de ese método
que conjuga el documentalismo y de la aplicación de ciertas leyes de causalidad. No
aparece el azar como aquello que explica los comportamientos, sino que todo encuentra una
cierta ubicación relacionada con la evolución de los personajes.
Esta búsqueda de objetividad (que es absolutamente ilusoria) está en la presentación
de este contexto y de la articulación de la trama. Blest Gana obtiene esta verosimilitud a
través de una contextualización, en un momento determinado. Además de la datación muy
estricta, tenemos la incorporación de costumbres y usos de la sociedad que él pretende
retratar. Son cuadros funcionales porque dependen de la trama.
En esta representación de la vida colectiva e individual hay una matriz realista. Esto
es lo que va creando esta especie de ilusión de referencialidad que tiene la obra. Para un
lector actual la constante intervención del narrador puede ir quebrando el hilo. En el
capítulo LIX dice: “Hemos referido las principales peripecias del sangriento combate que
tuvo lugar en Santiago el 20 de abril de 1851, tratando de ceñirnos a los partes oficiales de
aquella jornada y a la relación que anteriormente citamos”. Aquí tenemos la pretensión de
objetividad, al decir que se ciñe a ciertos partes oficiales. Hay muchas de estas
intervenciones del narrador que van manejando todos los hilos de la trama.
En el capítulo LIII dice: “La narración de los sucesos acaecidos en la vida privada
nos ha tenido apartados durante largo espacio de tiempo de la escena pública, cuya
animación recuerdan todavía los que habitaban en la capital de Chile a fines de 1850 y a
principios de 1851. Ligeramente bosquejamos en los primeros capítulos” etc. Observamos
que hay una narración sumaria, una recapitulación de lo dado para que el narrador siga el
hilo de los acontecimientos principales.

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Dice: “Ligeramente bosquejamos en los primeros capítulos el espíritu político que


por entonces traía divididas a todas las clases sociales de la familia chilena y,
especialmente, a los habitantes de Santiago, foco de la activa propaganda liberal que
principió a levantar su voz en la Sociedad de la Igualdad (…) Sin avanzarnos en el
dominio de la historia debemos dar una rápida ojeada a la situación política en que se
preparaba un grande acontecimiento público, de gran trascendencia para algunos de los
personajes de que nos hemos ocupado. La efervescencia de los ánimos, mantenidas por las
lides sangrientas que la prensa de ambos partidos hacía presenciar la público, llegó a su
fondo con la noticia del motín popular que estalló en la capital de Aconcagua el 5 de
noviembre de 1850”.
Hay toda una descripción y una explicación de este acontecimiento histórico, que es
uno de los puntos de referencia histórica que aparecen en la novela. Hay más ejemplos,
pero sería redundante insistir en ellos. Sí volvemos a puntualizar la posición del narrador en
cuanto a los ideologemas que transmite. Ya dijimos que es un liberal, progresista, y todo
eso lo trasunta a través de sus continuas intervenciones. Es un narrador que asume una
posición paternalista y manifiesta una firme confianza en la capacidad de la literatura para
conocer la realidad. No sólo para conocerla sino también para interpretarla y promover
cambios que el progreso requiere. La visión del mundo es laica. La religión solo aparece
como una práctica social más, como una rutina que cumplen los personajes femeninos,
cuando van a misa o pasan por el templo.
Amén del registro serio que predomina durante toda la novela, en algunos
momentos va a exhibir un costado más irónico y sarcástico que lo aproxima al grotesco.
Esto se ve, sobre todo, cuando sanciona todo lo que tiene que ver con lo inauténtico. Si uno
tuviese que buscar un disvalor o un antivalor sancionado por la voz narradora, debería ser la
inautenticidad, además del lujo y todo lo que tiene que ver con un exhibicionismo obsceno
carente de valores reales de patriotismo y demás. La inautenticidad es censurada en todos
los planos. Cuando caricaturiza a la gente de medio pelo no lo hace porque están
empobrecidos, sino porque son pobres que quieren emular las malas costumbres de los
ricos. Ellos no pretenden copiar lo positivo, sino la figuración y lo meramente externo o
frívolo.

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En orden a esta falta es que el grupo aparece parodiado. Lo mismo va a ocurrir con
los actores sociales de la clase acomodada: hay apariencia, especulación, arribismo, etc.
Siempre hay intereses subalternos para conseguir una mejor colocación social, un rango en
la esfera política o ventajas económicas. Para obtener cualquiera de esas metas no se
escatima en sacrificar el amor de un hijo. Se ponen en juego opciones que, en el fondo, son
inmorales. Esto está fuertemente criticado por el narrador.
Hoy un alumno me comentaba un párrafo de la bibliografía y me preguntaba cómo
se podía ver esto. Yo le decía que la bibliografía teórica sobre Realismo no está pensada
para las obras hispanoamericanas. Aunque nuestros novelistas toman modelos franceses
(como Balzac o Stendhal) no siempre hay una traslación mecánica y exacta de la ideología,
de las actitudes y del universo narrativo de los franceses. La reflexión teórica la tenemos
que acomodar a las particularidades que adopta en nuestra propia tradición. Lo que hacen
los hispanoamericanos es una “nacionalización” de estos proyectos y modelos
hegemónicos. A veces, hasta cambia el signo ideológico. El Naturalismo
hispanoamericano, por ejemplo, no en todos los casos tiene el mismo carácter o la misma
base doctrinaria que el de Zola. En el plano de lo ideológico no siempre resuelven o
propician los mismos valores. Blest Gana se propuso ser una especie de Balzac, pero no
hace todo lo que hacía Balzac, porque el contexto en el que escribe y para el cual escribe
tiene otras posibilidades y otros requerimientos.
En la obra tenemos a la clase adinerada, la alta burguesía (representada por Encina,
Elías y otras familias), después están los de medio pelo (representados por los Molina) y
finalmente están los sectores más populares. Martín Rivas sería de una burguesía
empobrecida del interior. Si bien no se describe la procedencia de la clase de él, queda claro
que por sus modos, comportamiento y lenguaje la única diferencia sería de grado, porque
tiene poco dinero. El también es un burgués. Lo que muestra la obra es el ascenso y el éxito
de ese burgués en la sociedad. Ese éxito se va a sustentar en una moral y un conjunto de
valores que esgrime el narrador. Le va bien porque exhibe la condición de ser auténtico.
Una de las conclusiones que uno saca de Martín Rivas es que triunfa sin traicionar los
principios que guiaron su conducta.
Lo interesante es que él logra acomodarse a los códigos sociales y a las pautas de
sociabilidad de la clase a la que va a insertarse. A lo largo de la obra deja de ser un

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anacrónico en su vestimenta, va a estudiar, etc.; pero eso nunca implica un renunciamiento.


A diferencia de Dámaso Encina, que para triunfar deja en el camino unas cuantas
cuestiones, Martín Rivas se mantiene fiel a sus principios. Dámaso Encina, por ejemplo,
por conveniencia se casa con una mujer fea. De todos modos, el personaje se va a adaptar al
medio donde tiene que moverse. Al final Martín es quien maneja los asuntos de la familia
Encina. Eso corona el éxito final, porque se queda con la hija y se ubica en ese contexto.
Pero esto no implica un renunciamiento, sino que es un camino de progresión y de
perfeccionamiento. En definitiva son atributos del buen burgués y, de acuerdo con Blest
Gana, los atributos del ciudadano que necesita Chile en aquel momento.
Retomando lo que decíamos antes, acá vendría bien retomar de Balzac el tema del
dinero. Eso no era una simple traslación de algo que ocurría en una literatura ajena, porque
acá estaba todo eso del auge a través del dinero. En el caso de Chile la economía estaba
sustentada en la minería y las exportaciones; mientras que en el caso de Argentina se
explotó más lo agropecuario. Acá podemos ver lo que presentan los autores del ’80, tanto
en las obras realistas, como La gran aldea, como en otras de cuño más naturalista, como En
la sangre o Inocentes o culpables. También está en ciclo de La Bolsa, con lo financiero, lo
bursátil y las fortunas que se hacen y se deshacen. Esa es una cuestión que tenía que ver
con el contexto inmediato de los autores. ¿Alguna duda o algún comentario?

Alumna: Habían quedado pendientes las referencias a la lectura.

Profesor: Las referencias a lo que se lee están de muchos modos. Hay varias escenas de
lectura, de personajes que leen. En el caso se Francisca, que es la más culta, se dice que le
molesta cuando llega el marido y tiene que interrumpir la lectura de tal obra. Después se
dice que tiene aversión al matrimonio como “Jorge” Sand. Hay varios momentos donde se
presenta la acción a través de los personajes que están leyendo y la interrupción de esa
lectura. Pero también tenemos las consideraciones, por parte del narrador o de algunos
personajes, de lo que leen las mujeres. Ahí se sanciona el folletín y cierto tipo de novelas.
Hay apreciaciones del narrador del tipo de: “Esto no son novelerías”. La referencia aparece
a partir de asociar cierto tipo de novela con el artificio y lo que no tiene nada que ver con el
proyecto que presenta Blest Gana.

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En ese sentido, en muchos autores está la diferenciación (que no existe en


castellano) entre novel y roman. La clasificación no es por la extensión, sino porque
“romance” está más asociada a la evocación de episodios fantasiosos narrados en estilo
elevado, hechos que nunca ocurrieron, y “novela”, en cambio, designa el tipo de obras
vinculadas a la captación de historias sociales, con un referente concreto y un microcosmos
tangible. Las que reprueba el señor Blest Gana son esas “novelerías”, esas ficciones
meramente pasatistas y fantasiosas. Pero nunca se reprueba las de Balzac o Stendhal, que le
sirven para explicar comportamientos…

[Pregunta Inaudible]

Profesor: Ahí está haciendo una sanción de lo que podía producir en la educación
femenina la lectura de ciertos novelones, que no eran formativos, sino que “creaban
ilusiones perdidas”.
En el capítulo XXVII, el narrador va a señalar que la novela es un estudio social. Se
refiere a la transparencia total respecto de la ideología y la posición del señor Blest Gana.
En contraposición a esa defensa de la novela como estudio social (la novela de costumbres)
se desacredita las de otro tipo. Concretamente, cuando Martín Rivas va a participar en el
Motín de Urriola le escribe una carta a Leonor confesándole su amor. Esa confesión, según
el narrador “evitó… el amanerado romanticismo puesto en boga por las novelas para el
estilo amatorio epistolar.”. Antes, en el capítulo XII, cuando Rafael San Luis describe a
Edelmira Molina señala que: “es una niña suave y romántica como una heroína de algunas
novelas de las que ha leído en folletines de periódicos…”.
Hay muchas menciones, tanto a lo que se dictamina como positivo como a lo
nocivo. Cuando Martín Rivas se va a fugar, el narrador dice: “Su fuga fue sencilla, no hubo
todas esas peripecias que describen los folletines románticos”. Aquí y allá hay muchas
referencias a cuál es la opción narrativa que sustenta el autor. También se hace mención a
lo que leen, por ejemplo los hombres mayores; en este caso su lectura es de diarios y
periódicos. Por su parte, Rivas y San Luis leen textos más formales referidos a su carrera.
Esto aparece a través de múltiples alusiones. La profesora Zanetti tiene un trabajo sobre la
lectura en las obras hispanoamericanas. La obra se llama La dorada garra de la lectura y

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allí estudia, no sólo lo que se leía en el plano real, sino también las escenas de lectura en las
propias obras. Se analiza, por ejemplo, qué se lee en María y después se ve que en muchas
obras se lee María. Ella estudia un corpus impresionante y hace referencia también a esta
novela de Blest Gana. Aplicado a la literatura hispanoamericana yo no conozco otro trabajo
como éste.

Profesora Colombi: En cuanto a lo que comentabas del folletín romántico y del novelón,
es interesante ver cómo la novela representa la capacidad de imitación que tiene la
literatura. Porque la propia novela pretende ser un objeto de imitación. Es interesante cómo
también está trabajando con el elemento imitativo que tiene la lectura. La novela tiene el
impacto de poder ser un relato ejemplar en lo social.

Profesor Barisone: Yo quería comentar que Martín Rivas es una novela que tuvo
muchísimo éxito. Blest Gana escribió dieciocho novelas, pero ésta es la más famosa y la
más leída. Hasta los años ’70 Martín Rivas se leía en la escuela media en Chile. La cuestión
es por qué Martín Rivas tuvo tanto éxito entre el público chileno. Muchos críticos esgrimen
como razón la ejemplaridad que el lector común encuentra en Martín Rivas, como también
la fascinación de su progreso y éxito en la sociedad. Hay algo de justicia poética en la
novela, porque en el fondo Martín Rivas vuelve a tener lo que le correspondió porque la
fortuna del padre de Leonor, además del casamiento por interés, tuvo que ver con esa
transacción que hizo con el padre de Martín. Parte de lo que tiene Encina lo debe al
sacrificio de José Rivas. Andando la vida, es como que eso vuelve a donde correspondía.
Es una obra que tuvo una consideración alta casi desde el comienzo. Hay varios
trabajos que, ya desde épocas tempranas, están dedicados tanto al autor, como a esta novela
en particular. Hay muchísimos trabajos, tanto chilenos como extranjeros.
Digamos ahora una palabra sobre el manejo de la temporalidad. Todos los hechos
contados en presente narrativo abarcan un poco más de un año, desde julio de 1850 hasta
octubre de 1851. Hay una gran precisión con respecto al tiempo porque se menciona el
mes, el día y, a veces, hasta la hora. Esto, además de contribuir a la creación de un efecto de
verosimilitud, tiene que ver con mostrar el doble proceso de transformación de Leonor y de
la suerte de Martín. Todo se va contando paso a paso y se va marcando paulatinamente.

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Hay una puesta en escritura de ese “paso a paso” que tiene que ver con los ideales
burgueses, sustentados por el narrador: la laboriosidad, el freno a los desbordes, etc.
En cuanto al tiempo narrativo, al trabajo con el discurso, hay un esquema
relativamente lineal y progresivo, pero con abundantes analepsis. Hay varios cortes, varios
flashback, que iluminan situaciones del pasado. Explican, por ejemplo, la fortuna de
Dámaso Encina, la muerte del padre de Martín Rivas, el pasado de Rafael San Luis, etc.
Hay muchísimas situaciones en las cuales se interrumpe el hilo narrativo del presente de la
enunciación y se refieren acontecimientos del pasado.
Muchas veces el narrador tiene dificultades para manejar todos los hilos de la trama
y entonces se ve obligado a construir un cierto narratario interno de la obra. A él le dice que
va a dejar tal situación y se va a dedicar a explicitar tal otra. Por otra parte, hay que señalar
que Martín Rivas presenta una gran riqueza en los tipos discursivos que la conforman.
Además de narración, descripción, uso del estilo directo, explicación y argumentación del
narrador, se incluyen otros formatos textuales, como cartas, coplas, etc.
Esta novela de Blest Gana conserva algunos clisés románticos, patentes en la
caracterización e idealización de algunos personajes (Rafael San Luis y Edelmira) y,
fundamentalmente, en el tratamiento del amor. El proceso del enamoramiento de Martín y
Leonor está descripto desde la óptica romántica, lo que también se trasunta en el estilo, en
la retórica con que el narrador da cuenta de lo que experimentan los personajes.
Blest Gana, como Balzac, muestra una sociedad dominada por el lucro y la codicia.
El dinero actúa como una fuerza social que condiciona los comportamientos. En Martín
Rivas, presenta un estudio de las costumbres de la sociedad chilena contemporánea, no de
las costumbres del pasado. La representación de la sociedad parte de un corte horizontal, lo
que le permite mostrar parecidos o idénticos móviles en diferentes niveles, específicamente
en dos, como ya vimos. Más allá de la pintura de la sociedad chilena de mediados del siglo
XIX, la novela pone en escena un conjunto de ideologemas (ideas liberales, progreso,
laboriosidad, honestidad, autenticidad), propuestos como un modelo a seguir. Para llevar a
cabo este proyecto, Blest Gana tomó de Balzac el método de observación minuciosa, el
gusto por la intriga bien elaborada, con momentos de clímax y suspense y toda la cuestión
del dinero.

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La novela tuvo diversas lecturas y su autor ha sido objeto de varias obras


especializadas. Ya cuando empieza su carrera como escritor va a tener un premio. Hay una
convocatoria, que tiene que ver con la búsqueda de una novela de tema chileno. En el
jurado, entre otros, estaba Lastarria, que era una figura central en Chile, y Amunátegui. Allí
el primer premio lo obtiene Blest Gana por una de sus novelas: Aritmética en el amor, en
1860. Esto le va a permitir que lo publiquen y tendrá su primer espaldarazo. En su propio
momento gozó de prestigio y aceptación, más allá de alguna crítica o de alguna polémica.
Ya en el siglo XX se le han dedicado trabajos completos que abarcan tanto la
personalidad (ideas, formación y proyecto narrativo) como también el estudio de sus obras.
Yo acá traje dos trabajos, pero hay muchos más. Uno es de Raúl Silva Castro, que tiene dos
obras sobre Blest Gana. Resultaron como respuesta a una convocatoria hecha por un
organismo estatal. Otro trabajo general se debe al crítico chileno Hernán Díaz Arrieta,
“Alone”. Otra es la de Hernán Poblete Varas, que está publicada en Buenos Aires, en la
serie “Genio y Figura”, de EUDEBA. Algunas son más bien semblanzas biográficas, pero
en todas hay apreciaciones sobre todas o algunas de sus obras.
Ustedes tienen un módulo de bibliografía, que incluye varios artículos de distintos
autores. Hay uno de Jaime Concha, que escribió muchos artículos; él tiene una formación
marxista y todo el análisis de Martín Rivas lo hace desde esa óptica. Jaime Concha es un
crítico muy inteligente que estudia de modo muy fino y muy claro el ascenso del burgués,
la carrera del mérito, etc.
También tienen un trabajo muy interesante de Cedomil Goic, un profesor chileno
muy importante. Él tiene mucha producción escrita, que incluye varios trabajos que hablan
de la novela hispanoamericana, como también una historia de la novela chilena. Escribió
varios trabajos de conjunto que son de corte monográfico y académico que se caracterizan
porque hace un análisis bastante textual. Goic está formado en los años del estructuralismo
y tiene muy asimilados los aportes narratológicos. Maneja todas estas nociones que hoy
pueden parecer un poco perimidas o que no se tocan tanto como el narrador, los espacios, la
trama, etc. Hace un trabajo bastante textual apoyado en los soportes teóricos de estas
corrientes.
Tienen también el trabajo que repone toda la información del contexto que hay que
conocer mínimamente para ver estas operaciones que hace Blest Gana en el proceso de

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ficcionalización. Lo interesante de este trabajo es que va creando los contextos de las


distintas situaciones o eventos que tienen que ver con la novela. Creo que la selección de
distintos trabajos obedece a la intención de que tengan distintas aproximaciones para
completar un poco todo esto.
Por último, está el aporte de Doris Sommer, que es el más moderno en el que
propone observaciones muy iluminadoras. El capítulo elegido es parte de un libro en el que
analiza las novelas en este período, del siglo XIX, en distintos contextos latinoamericanos.
Es el proceso de incorporación de las estéticas decimonónicas y el trabajo que se lleva a
cabo para adaptar y reformular dichos presupuestos. La novelística del XIX fue muy
desdeñada por los escritores del Boom. Carlos Fuentes desacredita mucho esta narrativa. Es
como que ellos se colocan en una situación medio fundacional.
Ya en las distintas comisiones de trabajos prácticos, cada profesor les indicará qué
lecturas tendrán que hacer para completar el estudio de Martín Rivas. Quedan muchas
puntas abiertas y, de ningún modo, hemos agotado el análisis de la obra.
Por hoy vamos a dejar acá. Hasta la próxima.

Versión CEFyL

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