María Luisa, ¡cállate un poco!

María Luisa, ¡cállate un poco!

Eso le decían pero ella no parecía que escuchara. María Luisa estaba cansada, se palpaba y sentía que su cuerpo había mermado, se había convertido en algo ridículo, no abultaba nada. Se sentía así porque hacía mucho tiempo que no se veía ni a ella ni a su alrededor. No recordaba desde cuando sus ojos se habían quedado secos. Ya había perdido la cuenta, en realidad era como si las cosas siempre hubieran sido así. Se sentía como una pasa, ya no tenía peso, era como si levitara y sus ropas se hubieran quedado huecas, creando un espacio enorme entre la ropa y su cuerpo. Sólo deseaba que la pusieran limpia, pero no lo podía expresar. Ya se había acostumbrado a estar como en una cueva, a oscuras, incómoda y extraña al tacto, la piel seca y pegada a los huesos. Se oía diciendo: - ¡señorita, señorita, señorita! No decía otra cosa. En su cabeza se mezclaban lo sueños y los recuerdos. Se le venían de forma intermitente y aleatoria. Uno de ellos era agradable y le llegaba cuando la sacaban a la terraza, junto a los demás, a tomar el sol. Se veía por el paseo, el único que había, saltando a la comba, con el aire fresco dándole en la cara, con la cabeza alta mirando al cielo azul sin nubes. Su cola de caballo se balanceaba al ritmo que saltaba. Su madre la llamaba desde el balcón que daba a la plaza: María Luisa sube…….y ella no hacía caso, porque había un chico que la miraba mientras movía el flequillo en la esquina de enfrente. Su coleta, ya sin movimiento, le rozaba la espalda y le hacía sentirse erguida. Pedro era el chico que salía cada tarde del portal de enfrente y se quedaba esperándola a que ella llegara a casa, siempre tan risueña, parecía que le daban brillo cada día antes de salir. Tan guapa… con ese pelo tan rubio. Él sabía de ella que se llamaba María Luisa, un ángel y que era un fruto prohibido porque su padre era el farmacéutico y, según le habían dicho, un alto cargo de la Falange en la zona. Se conformaba con mirarla. Ella había indagado y sabía de él que se llamaba Pedro, que había llegado nuevo al barrio porque era hijo de la nueva portera de la finca, viuda de un rojo. Pero… era tan guapo …. Sabía que no debía fijarse en él porque era pobre y del grupo de los vencidos, que tenía la miseria en la cara y que parecía triste y que en sí era un problema, pero no podía evitarlo le gustaba más que el vecinito del 2º, José Antonio, el hijo del notario, desgarbado y flojo. El que decía su madre que pronto sería su marido.

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María Luisa, ¡cállate un poco!

Cuando se iba el sol entraban en la residencia, sentía la umbría que le calaba hasta los huesos y volvía a tener miedo. Había perdido la cuenta del tiempo y se sentía débil y vulnerable. Temía tener hambre, tener la boca seca, pero sobre todo temía tener frío. Le horrorizaba tener frío en los pies. Habría la boca y sólo le salían unos sonidos guturales, absurdos y repetitivos: Ahrr! Ahrr!, las auxiliares le acababan poniendo calcetines a esos pies secos y desnudos que movía sin parar al ritmo de sus gemidos. Entonces ella se callaba. Cuando le ponían los calcetines entonces se acordaba de otros de sus recuerdos. Éste era su preferido. Se veía volviendo a su casa en bicicleta y pensando: ….. pues hoy le echo cuento y me paso por el portal de enfrente, hago como que me caigo, me tuerzo un tobillo de mentira o algo así y…….Así fue como Pedro la vio llegar y no salía de su asombro pero, de pronto, la tenía en sus brazos, en la portería, dándole unas friegas en el tobillo dañado. Ella agarrada a su cuello le decía a su oído, que tenía los pies fríos, que tuviera cuidado, porque le podía hacer daño. Pedro le contestó que se los calentaría siempre que ella quisiera. María Luisa aprovechó el momento para dejarle un papelito, que llevaba preparado, en el bolsillo de su chaqueta de punto, en el que ponía: Mañana, cuando vuelva de las clases de piano en casa de doña Socorrito Ramos, te espero a la espalda del cementerio. María Luisa

Al día siguiente disfrutaron a escondidas de más que caricias y se hicieron todo tipo de promesas. Así fue como encontraron un lugar donde disfrutar furtivamente de un amor prohibido. Sentía hacer movimientos absurdos y repetitivos. Siempre estaba sentada. Levantaba una pierna a la vez que se llevaba el brazo a la cabeza. Era como si le tiraran de unos hilos de forma sincronizada. Empezaba y no acababa. A la vez que gritaba: ¡señorita, señorita, señorita!… Las auxiliares cuando pasaban cerca de su silla hacían un requiebro para no tropezar con su pierna. Preferían acercarse a María porque esa, aunque gritaba también, no hacía movimientos tan bruscos. ¡Ahrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! ¡María Luisaaaaaaa!, ¡Cállate un poco!

Había un recuerdo o sueño, que no sabía si era mentira o verdad, si era de su vida o no…No lo sentía cercano. Se veía junto a un hombre mayor, calvo y delgado, triste y resentido, con arrugas duras en la cara, en una sala de estar llena de ganchillos y adornos. Ella se levantaba torpemente de su sillón, sin ver y se caía un jarrón de una mesita, de las múltiples que había en aquella habitación y, se rompía, haciendo mucho ruido. El señor se levantaba y gritaba, como con monotonía y sentía que una voz de dentro de ella, que no parecía que lo fuera, le decía también gritando: ¡Ya has vuelto a liarla!, te tengo dicho que te estés quieta y callada. José Antonio, yo no te quiero, nunca te he querido, me casé contigo y ya estaba embarazada de Pedro, quiero que lo sepas, ahora que estoy perdiendo facultades pero que todavía sé lo que digo, quiero que sepas que siempre lo quise a él. No puedo más y rompió a llorar. Me da igual lo que hagas conmigo. María Luisa, eso siempre lo supe, pero nunca pensé que te atreverías a decírmelo. Eres, y siempre has sido, una desvergonzada. Además de una ingrata. Eres mala y por eso el Señor no permitió que ese hijo del pecado naciera y además ya no pudiste tener más porque yo te repudié. Pero ahora diré a todo el mundo que ya estás loca, además de ciega y que has intentado hacerme daño y que tengo miedo. Con toda la medicación que tomas, tus depresiones habituales y tu pronóstico, a nadie le extrañará. Te meteré en una residencia. A ver quién va a querer ir a verte si no tenemos hijos ni amigos. Haz lo que quieras…..ya no tengo miedo.

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Cuando la pusieron a merendar, no llegaba a la taza y tenía hambre. - ¡Señorita, señorita, señorita! - ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! - María Luisa, ¡cállate, por favor! Ya vamos a darte la merienda.

Aquella tarde se paró en la puerta de la residencia un taxi del que descendió un hombre mayor, de pelo blanco y aire cansado, que llevaba de la mano una niña con una muñeca. Preguntaron por una tal María Luisa Villaverde y en el mostrador le tomaron sus datos y le indicaron que subiera a la primera, que estaba en la planta de dependientes. El abuelo se dirigió a la niña: María Luisa espera aquí un poco a tu abuelo, que voy a visitar a una antigua amiga. Pero abuelo Pedro, no quiero quedarme aquí, quiero ir contigo. Como quieras, pero si no estás a gusto, si te asustas, te das media vuelta y te vienes a esta sala y me esperas. Vale.

9 de noviembre de 2011 Verónica Voz

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