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EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA Y PASTORAL EDUCATIVA - Adelina Bergamín

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COLEGIO LA SALLE – LA COLINA PROGRAMA DE FORMACIÓN GERENCIAL LASALLISTA- VENEZUELA MODULO III PEDAGÓGICO PASTORAL ADELINA BERGAMÍN FERRANTE

EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA Y PASTORAL EDUCATIVA

La misión de la Iglesia y de cada uno de los cristianos es la de evangelizar, pero no siempre se tiene claro qué es eso de evangelizar. En algunas ocasiones se confunden los métodos con los objetivos, las buenas intenciones con la eficacia pastoral. Evangelización es la proclamación del Evangelio con el fin de atraer a todos a Cristo y a su Iglesia. Consiste en transformar a la humanidad, y esta transformación sólo es posible mediante la transformación de cada hombre a través del bautismo y de la vida según el Evangelio. Evangelizar no solamente significa enseñar una doctrina, sino anunciar al Señor Jesús con palabras y acciones, es decir es hacerse instrumento de su presencia y de su acción en el mundo. El Evangelio, y por consiguiente la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura, son independientes con respecto a todas las culturas. Evangelio y evangelización, no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna. La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo. La nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura. Para hacerlo es necesario anunciar el Evangelio en la lengua y la cultura de los hombres. La cultura es la vida misma, un complejo de ideas, modos de vida y productos materiales de un grupo de personas. La cultura tiene que ver mucho con la manera de vida de las personas: cómo dan sentido a esta vida, cómo la valoran o cómo la detestan. La cultura entonces abarca todo: nuestras ideas, sueños, pesadillas, cómo y qué comemos, cómo vemos el mundo, cómo nos ubicamos, lo que pensamos de nosotros mismos (aunque, la idea de que tenemos un sí mismo, una identidad también es determinada culturalmente), cómo hacemos el amor y con quién, cómo enterramos a nuestros muertos, nuestras contradicciones, nuestros valores y normas, nuestras dudas e inseguridades y las mentiras que llevamos con nosotros. La enumeración es infinita y es diferente para cada persona y cada cultura.

No vivimos en una sola cultura, sino formamos parte de una sociedad pluralista y multicultural con muchos puntos de vista desde los cuales se puede definir esta misma sociedad.

La cultura no es un hecho estático que heredamos y al que podemos atribuir valores y normas fijos, tampoco es una ley universal con variables estáticas. La cultura consiste en significados, normas y valores que las personas producen activamente, partiendo de sus experiencias y relaciones sociales. La cultura es el contexto en el cual la gente construye su identidad. Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión. La inculturación, está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. En este encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para futuro desarrollo. El encuentro entre la fe y las culturas se opera entre dos realidades que no son del mismo orden. Por tanto la inculturación de la fe y la evangelización de las culturas, constituyen como un binomio que excluye toda forma de sincretismo. “La síntesis entre la cultura y la fe no es solamente una exigencia de la cultura sino también de la fe. Una fe que no se convierte en cultura es una fe no aceptada plenamente, no pensada enteramente, no vivida fielmente”1 Cuando nos preguntamos cómo son los destinatarios (niños y jóvenes y adultos) a quienes se dirige nuestra evangelización, no podemos dejar de hacer referencia al contexto socio-cultural en que nos movemos. El momento actual, que percibimos como un cambio de época, está marcado por un giro antropocéntrico: la persona es el centro organizador de la realidad que le rodea, tiene conciencia de su ser absoluto frente a cualquier instancia externa y quiere tener la última palabra sobre sí misma. Predomina la subjetividad en la interpretación del mundo y el crecimiento personal se fundamenta en las relaciones interpersonales. Fruto de la sensibilidad social hacia valores como la libertad, la igualdad y la fraternidad, surge con fuerza la conciencia de la dignidad personal en la matriz de un mundo globalizado. La necesidad de autorrealización de cada ser humano nos hace pensar que no hay niñez ni juventud, sino niños y jóvenes concretos y diversos. Así, se impone .la integración en el mismo acto y en la misma persona la instrucción, la educación y la evangelización de esos niños y jóvenes. Necesitamos nuevos enfoques educativo-pastorales que den respuesta a una sociedad en la que emergen con fuerza nuevos valores. Ya no es la sociedad de
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Juan Pablo II, Alocución en el Consejo Pontificio para la Cultura. Roma, 16.I.1982.

la modernidad, de la razón organizadora, de los sistemas de contenidos, sino de la postmodernidad, que pone el acento en lo emocional, en las relaciones, en lo fragmentario y en el cambio. Un gran reto que hemos de asumir, por nuestra parte, es la capacidad de generar un estilo educativo-pastoral que ofrezca al alumno el protagonismo que necesita para educarse; un proyecto centrado en el aprendizaje experiencial a través de las competencias. Necesitamos hacer de la escuela un ámbito de vida que potencie los valores positivos en alza, con los que pueden conectar más fácilmente nuestros alumnos: la ecología, la justicia, la solidaridad, la paz, el respeto a las minorías, la interculturalidad, la comunicación interpersonal, el diálogo constructivo en la búsqueda de la verdad, la participación voluntaria en la mejora del mundo... Se trata de valores encarnados en personas, colectivos y organizaciones que son referenciales en medio de una cultura de la satisfacción, entendida como libertad del consumidor para colmar todos sus deseos, que promueve el individualismo como forma de vida y el éxito social como aspiración irrenunciable. Cada uno de nosotros como bautizados, tenemos la responsabilidad de evangelizar en cumplimiento con el mandato de Jesús. Somos corresponsables en la misión de la Iglesia: ir a evangelizar. “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación”. Marcos 16, 15. Por ello, la Pastoral Educativa conciente de esta corresponsabilidad de los laicos y laicas en la misión eclesial, les invita a ser evangelizadores en el centro educativo donde laboran y puedan ser: evangelizadores educando. En cumplimiento con este mandato, todos los laicos y laicas, y en este caso los educadores y las educadoras tienen la hermosa misión de contribuir en la formación de mejores personas, mejores cristianos y mejores ciudadanos para la patria. Considerando que la educación es parte fundamental en el engranaje de la sociedad, pues en ella se fragua la formación de las personas que en el presente o en el futuro tomarán las riendas de una familia, de una comunidad, de un centro educativo, de un centro médico, de una parroquia, de un convento, de un país, de una organización internacional, otros. Es fundamental que el aporte que haga la educación a la sociedad y a la iglesia, tenga bases sólidas y duraderas, educación que prevalezca durante toda la vida y con oportunidades para todos y todas, una educación permanente que abarque todo el arco de la vida. Tomando en cuenta lo anterior, hago alusión a las palabras de nuestro recordado Papa: Juan Pablo II, quien afirmó en la Exhortación Post- Sinodal: CHRISTIFIDELES LAICI: “Es la hora de los laicos”, “es la acogida por parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta magnífica y

dramática hora de la historia, ante la llegada inminente del tercer milenio”. # 3 (1 988). En esta exhortación nos anima a los laicos y laicas que ya estamos viviendo en el tercer milenio, para que allí donde nos desenvolvemos como profesionales de la educación, podamos ejercer nuestra misión de evangelizadores. Podríamos preguntarnos: ¿Cómo estamos llevando a cabo, este compromiso adquirido en nuestro bautismo? Por otra parte, el Papa Benedicto XVI nos dice: “Los laicos deben pasar de colaboradores del clero a corresponsables de la acción de la Iglesia” (ZENIT.org).- El Papa apeló a la corresponsabilidad de todos los bautizados en el ser y actuar de la Iglesia. “Debe haber una renovada toma de conciencia de nuestro ser Iglesia y de la corresponsabilidad pastoral que, en el nombre de Cristo, todos estamos llamados a ejercitar”, indicó. Exige un “cambio de mentalidad, especialmente respecto a los laicos, pasando de considerarlos colaboradores del clero a reconocerlos realmente “corresponsables” del ser y del actuar de la Iglesia, favoreciendo la consolidación de un laicado maduro y comprometido”. Refiriéndose a los laicos comprometidos, destacó que “no debe disminuir su conciencia de que son “Iglesia” porque Cristo, Palabra eterna del Padre, les convoca y les hace su Pueblo”. Para iluminarnos aún más en este tema, la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano: APARECIDA, nos dice que para evangelizar hay que tomar en cuenta los nuevos “areópagos”, son esos nuevos espacios para evangelizar. Les animo a seguir en este hermoso proceso de sensibilización, animación y evangelización en el campo educativo, al cual todos y todas estamos llamados y llamadas desde nuestro bautismo. Cristiano es el que toma en serio las palabras de Cristo y lo sigue. Él nos invita a ser "luz del mundo y sal de la tierra". Mateo 5,13-16. Al evangelizar desde la asignatura o materia que se enseña, no solo debe dominar técnicas de cómo enseñar, conocer el contenido de lo que se enseña, el maestro cristiano debe aceptar la responsabilidad de quien es. Recordando que el objetivo de la enseñanza es cambiar actitudes y conducta. Para un maestro es más importante lo que él es. Es en esta dimensión personal que su enseñanza adquiere autoridad moral. Cuando la verdad de Dios, forma parte de la vivencia del maestro antes de ser enseñada, y se enseña mediante el poder del Espíritu santo las necesidades personales tanto del maestro como del alumno son satisfechas. El Colegio De la Salle, tiene sus raíces en el siglo XVII cuando San Juan Bautista de la Salle fundó el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (hoy

conocidos como lasallistas) para responder a las necesidades de instrucción, educación y evangelización de los niños y jóvenes. La escuela Lasallista es el lugar de evangelización y de formación humana y científica en donde las personas se desarrollan, construyen y vitalizan una comunidad educativa, se comprometen en la promoción de la justicia y en el servicio del necesitado, buscando la propia realización y la de su comunidad a la luz de los valores evangélicos. Como institución lasallista, tiene como valores la Fe, la Fraternidad, el Servicio y la excelencia formativa. La Fe ocupa el lugar primordial en nuestro quehacer, mediante ella valoramos el mundo, la historia y la cultura. El «celo» y «la entrega» a los alumnos distinguen al auténtico educador cristiano. Aceptamos la acción educativa como una misión confiada por Dios; anunciamos explícitamente el Evangelio configurando nuestra vida a sus principios y fines. Orientamos y coordinamos toda la misión educativa, para que el alumno sea agente de su propia formación, constructor de una comunidad fraterna y promotor de la justicia y la paz.

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