Kilómetro Cero

El despertador iba a sonar a la hora acostumbrada, las 06:30 de la mañana. Pero su fino olfato de madrugador lo paró antes de que estallara la estridente alarma. Su chica se lo agradecería. En el negro pálido de la habitación solo se adivinaban los dígitos de la hora y los centelleantes avisos rojos del teléfono inalámbrico, el vídeo digital y los ingenios telefónicos que estaban cargando sus baterías. La acción de levantarse de la cama estaba bien estudiada tratándose de un neurótico del orden como Andrés. Seguía un protocolo estricto. Primero, abría los ojos; después, se estiraba recto; unos segundos más tarde, sus brazos se alzaban en vertical como si estuviera celebrando un gol de su equipo; finalmente, y ya pensando en el entrenamiento del día, se levantaba. Pero su cuerpo también seguía un método invariable. Sus ojos estaban cubiertos por una telaraña de legañas producto del continuado uso de las lentillas. Los miopes como Andrés debían pagar ese tributo. Suerte que a esas horas, y en la oscuridad de la noche, nadie le podía ver en aquel estado. Le repugnaba dar una sensación de desaliño y desidia. Tenía entumecidas las piernas como si aún no se hubieran despertado y le quisieran gritar que no lo hiciera él también. La espalda envió un aviso a navegantes: hoy no sería un buen día para lanzarse al asfalto con pantalón corto y zapatillas. En fin, eso era todo y eso era lo habitual, así que no se sorprendió ni le dio demasiada importancia. Sabía que su terca voluntad se impondría a todas las prevenciones en esta especie de juego continuo en el que siempre se daban las mismas condiciones. Cuando ya había decidido mentalmente poner pie en tierra y abandonar la nave de los sueños en que se había convertido su cama le llegó una señal de la entrepierna. El mástil de los deseos ponía rumbo al techo y pugnaba por liberarse de sus ataduras textiles. Le 1

dio vueltas a una idea mejor y más divertida que irse a correr en la negritud de la noche pero, en vista de la hora y del contexto, que podría resultar hilarante para una hazaña de ese calibre, ni se dignó a considerarla siquiera fuera como una remota posibilidad. Su henchida verticalidad debería esperar una mejor ocasión, so pena de quedar en ridículo con su partenaire al proponerle tal quimera en el susodicho tiempo y lugar. Después de otras consideraciones más prosaicas, reunió fuerzas suficientes como para abandonar una laxitud que solo llega cuando uno lleva horas entregado en los brazos de Morfeo. Su delgado cuerpo se puso en pie no sin hacer antes una última escala sentado en el lecho. Desde esa atalaya miró en derredor y no atisbó nada que no estuviera fuera de lugar. Le producía una placentera sensación mental, y de bienestar físico también, saber que todo estaba en orden y que no había ninguna cosa que, de la noche a la mañana aún incierta, hubiera perdido su predestinada ubicación. Algo que sacaba de quicio a Andrea y que había sido fuente inagotable de conflictos, desavenencias y desencuentros entre ambos. Ella odiaba estas manías y nunca las llegaría a entender por más que se esforzara. Y mira que lo había intentado. Hasta que, después de unos primeros años de matrimonio sin hijos, se dio cuenta que sería imposible. Lo mejor era separarse de estos asuntos de una manera física. No se trataba de divorciarse, porque se querían mucho y bien, con una pasión arrebatadora en ocasiones pero, en el resto de trasuntos domésticos, refrenaban esa audacia en beneficio de una practicidad elástica que les permitía alcanzar una dorada mediocridad en la que se sentían tan a gusto y tan felizmente entremezclados. La separación alcanzaba solo una división física de espacios. Un armario para cada uno, una mesa de cama doble, un lavabo con una frontera, cual línea Maginot, en la que a veces se pasaban productos de higiene bucal, como si fueran espaldas mojadas, de un lado para otro con el consiguiente cabreo de Andrés. Un largo sinfín de nimiedades de dormitorio, que son las que más enredos e insatisfacciones

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producen

y

que

ambos

tenían

perfectamente

delimitadas,

completaban la lista. Era como si viviesen en un permanente armisticio de una guerra no declarada en la que los contendientes lo habían pactado todo. Así pues, no había posibilidad de iniciar las hostilidades porque ambos eran muy conscientes de sus responsabilidades y porque sabían que, si se enzarzaban, el combate sería largo, duro y sin vencedor. Los dos serían cruentas víctimas de un pleito sin final que les dejaría hecho añicos el corazón. Andrea era una mujer fuerte, con un carácter decidido y audaz. Muchas amistades nunca entendieron esta unión y, los más listos, llegaron a predecirles toda suerte de desgracias. Algunos, los más atrevidos, les pronosticaron que no se comerían juntos los turrones. Y su boda fue con el inicio del otoño. Nada más lejos de la realidad. Su unión, que ya superaba las veintidós anualidades, iba camino de eternizarse. Le echó un ojo a su media costilla mientras pensaba en todo ello. Andrea yacía en el tálamo ajena a cuanto él imaginaba o, al menos, eso creía. Fisgonear en sus sueños sería lo más excitante que se podía aventurar a esas horas de la madrugada. Mucho más que los cantos de sirena que antes seducían a su virilidad. Husmear en sus intimidades oníricas sería algo propio de un obsceno psicoanalista. Seguro que el puritano de Freud, con todo su inconsciente, su mucho superego y su toda relevancia al impulso sexual; no se había parado a pensar que lo más morboso que le podía pasar a un macho era merodear en las fantasías noctámbulas de su hembra. Mirar sin ser visto los vericuetos de la ansiedad, el deseo, la repulsión y tantas otras desviaciones del alma, seguro, sería una tarea muy excitante. El puritano del psiquiatra vienés no había llegado a tanto. Aunque saber lo que en sus sueños pensaba de él, las insatisfacciones que, en más de una ocasión, le habría provocado, o aquellas necesidades que a su media costilla no le hubiera dispensado, le habrían sumido en una depresión tan profunda que, con solo pensarlo, le daban arcadas. Andrés tenía en casa, y las había leído casi todas, las completas de

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Sigmund y, de muy joven, hizo proselitismo del psicoanálisis como de la ciencia filosófica y psiquiátrica más convincente y revolucionaria del siglo XX. Incluso se llegó a enfrentar intelectualmente con su gran amigo Alberto por un quítame allá tal o cual terapia. Antonio, que se licenció en Psicología, fue partidario del conductismo que imperaba en los setenta y que sentó sus reales entre la comunidad universitaria española de la psicología oficial. Llegaron a decir del psicoanálisis que era una pseudo ciencia. Esos capullos revestidos de cátedra, tesis y extensa bibliografía en su intachable currículo. Desde hace años, Antonio cambió de bando y ejerce la clínica con terapias freudianas. Ha lamentado con lágrimas de cocodrilo no haber hecho alguna especialidad en psicoanálisis y siente una terrible envidia por Andrés que, al viajar a Viena, no se perdió la obligada visita a la residencia del doktor en Bergasse, 19. Allí, en una tranquila calle de la capital austriaca, todo se conserva tal y como lo dejó Freud antes de salir por piernas al exilio londinense. Ya en el lavabo, el rito siguió su rutinario proceso: abluciones, fijación de lentes de contacto, peine, cepillo y vestimenta para correr. Si hoy era lunes le tocaban 6 kilómetros hacia la ciudad y su vuelta correspondiente, es decir 12.000 metros en la casi oscuridad de una noche que iba perdiendo su tétrica mirada para adentrarse en la inmensa luz del día. El otoño ya le recordaba que, en esa latitud, el astro rey no aparecía hasta casi las ocho y media. Salió al balcón para ejercitarse con los estiramientos. Un vacío de luz y un sobrecogedor silencio lo impresionaron. No se escuchaba nada. Hasta los insectos más extraños dormían. Pero, en mitad de la serie de brazos, un gallo despistado lanzó un kikirikí lastimoso y grave que sonó muy a lo lejos, como si no quisiera romper el hechizo de una noche que exhalaba su último aliento. Se enfundó el iPhone, los auriculares en las orejas y una copia de llaves para no molestar a la vuelta. El asfalto le recibió con una suave capa de humedad. Hacía un poco de fresco, de ése que la noche recolecta y nos entrega al amanecer, las luces de las

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calles vomitaban un chorro de incierta luz que proyectaba sombras difusas de su cuerpo en las aceras, y también había una extraña sensación de irrealidad, como de tiempo detenido, de foto fija y absurda de un hombre con zapatillas, pantalón corto y camiseta de tirantes que empezaba a correr calle abajo. La aplicación que controlaba sus entrenamientos le avisó con una voz femenina de máquina metálica que se iniciaba la actividad de hoy. En cada kilómetro le daría un puntual aviso de tiempo, distancia recorrida, velocidad media y los segundos arriba o abajo del objetivo que llevaba. Andrés se había fijado desde antes del verano la media de cinco minutos por kilómetro.

Se echó calle abajo pero aquello fue más un recurso literario que una realidad física. La pendiente duró muy poco y se convirtió en una empinada cuesta. Detestaba las subidas que tenían las calles de la zona en que vivía. A esas horas de la mañana, y a pesar de los estiramientos reglamentarios, el cuerpo no estaba para demasiadas alegrías y el ácido láctico empezó a liberar energía para ayudarle en su esfuerzo. Acabó la cuesta y la angosta calle dejó paso a una amplia avenida en la que coexistía un carril bici con una acera que llamaban “ruta del colesterol”. Un gato negro zahíno, como los toros de Osborne, se le cruzó por delante con gesto soñoliento haciéndole caso omiso. Al felino le pareció que no eran horas ni condiciones de luz para correr pero, en sus reflectantes ojos, Andrés quiso ver su imagen devuelta. En sus siete vidas gatunas, probablemente, no se había encontrado con un tipo tan extraño y chalado a esas horas de la última madrugada. Pero estaba tan equivocado... Al cruzar la primera esquina, casi se da de bruces con otro atleta que, por el sudor y el ímpetu que traslucía, le llevaba una buena ventaja nocturna. Parecía que a esas horas, el territorio de la normalidad había sido tomado por los corredores populares, una auténtica plaga bíblica que igual pulula por 5

caminos polvorientos, carreteras secundarias, calles transitadas o rutas de la salud que los médicos recomiendan a sus pacientes. Unos andan como pueden, mientras arrastran kilos de grasa que han de quemar; otros hacen como que corren para sudar la camiseta; los más buscan su marca personal para la siguiente media maratón o para la completa de Filípides; y los menos se dejan lleva por la corriente y dejan que sus piernas haga lo que buenamente puedan y sepan. Andrés ya había hecho una maratón casi veinte años atrás y ya no tenía que demostrar nada. Esa meta la superó cuando paró el crono en 3 horas y 40 minutos de sufrimiento. Después de lo que a sus allegados pareció una gesta, y al propio Andrés un rasgo de tenacidad, se dedicó a los 21 kilómetros porque le parecía una distancia humana. La carrera de Filípides era una auténtica locura no apta para piernas y corazón tan sensibles como los suyos. En la última convocatoria, en Valencia, bajó de los 100 minutos y se quedó el 162 de su categoría, veteranos C, que le dejó un sabor tan agradable que ya hacía planes para la próxima cita en Santa Pola, un circuito que conocía tan bien como el del Turia porque ya se lo había pateado en otra ocasión. Le gustaba correr y ya no sabía decir porqué... Que si le relajaba, que si para estar en forma, que se había acostumbrado a la segregación de las famosas endorfinas, que para no hacer el ridículo en las carreras, y un sinfín de excusas o pretextos a cuál de ellos más traído por los pelos o sacado de contexto. Todos eran verdad, pero entre todos no sumaban "la verdad". Y puede que ésa verdad no la conociera ni el mismo Andrés. Mientras la chica de la voz metálica le avisó por los auriculares que había cruzado el kilómetro siete, se alivió pensando que el motivo por el cual le gustaba correr era porque se parecía a vivir. Ibas sumando, o restando, kilómetros a tu existencia. Conseguías un ritmo de paso, convivías con alguien durante uno o muchos kilómetros, alcanzabas los avituallamientos oportunos para no desfallecer,... Eso sí, la

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diferencia era que en la vida no sabías nunca qué distancia se trataba de recorrer, ni cuál sería el premio a recibir, ni quiénes de cuantos salieron contigo al inicio llegarían o no a la meta. Y a Andrés siempre le gustaba correr solo. Nunca quedaba con nadie. Pero en la gran carrera de la vida siempre prefería tener a su lado a quienes más quería. A su edad, un veterano C con 47 otoños a la espalda, ya le quedaban pocas certezas. Una era ésa y la otra ya la había olvidado… Pero, en cuanto llegara a casa, no dejaría escapar la oportunidad de ponerse a escribir todo lo que había pensado, o soñado, aquella mañana por estrenar en la que, aún entre las sábanas, ni siquiera había rebasado el Kilómetro Cero de su existencia.

Námreg Oyreg otoño 2011

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