P. 1
perro 13

perro 13

|Views: 26|Likes:
Publicado porrevistaelperro
el perro,mexico,revista,cultura,poesia
el perro,mexico,revista,cultura,poesia

More info:

Published by: revistaelperro on Nov 07, 2011
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

06/29/2012

pdf

text

original

el perro

Año dos Número trece Veinte pesos

Self-righteous bastards
L
legaron a mi casa casi todas las personas que he ofendido en mi vida. Me dijeron que habían formado una asociación o algo así, se habían organizado para venir a cobrar retribución de la única persona que podía otorgarla. Era una fila bien grande que terminaba a media cuadra del edificio donde vivo. Las primeras juntas se habían cocinado en un cuarto de azotea después de una fiesta donde abrí la boca de más, como siempre, y les solté a tres hermanos que su música era poco convincente, renga. Me rebasa la idea de que alguien pueda guardar ese tipo de rencor por una observación estética. Una guitarrita solemne, una partitura épica que insistía en un clímax mentiroso, innecesario. Esa letra de amor narciso y barato me daban la razón: pierden su tiempo, esa bandita es un despropósito. Al principio se reunieron para reírse de mí y para seguir escuchando el grupete ese de rocksito barato, pero al desdeñar mi opinión se daban cuenta de que iba cobrando cada vez importancia. Como un tufo ilocalizable, la apreciación sobrevolaba el aparato de sonido hasta que ninguno de los tres la pudo obviar. El riff de la guitarra, efectivamente era solemne y resultaba obvio que aquél hombre que cantaba como levantando una espadita de cartón se quería mucho más a sí mismo que a la musa. Un encuentro fortuito conmigo les había echado a perder ese gusto y de paso,
Ira Franco nació en la Ciudad de México en el siglo pasado con una habilidad sobrenatural para ofender que aún no aprende a usar a su favor.

había introducido una semilla de discordia entre los hermanos. Se echaban la culpa uno al otro de magnificar un simple comentario que nunca debió tener tanta importancia. Un día estuvieron a punto de agarrarse a golpes porque alguien notó cómo se forzaba el clímax a la mitad de la melodía. Al poco tiempo tomaron una decisión; dejarían de pelear entre ellos y me irían a buscar. El plan sonaba violento, pero no quedaba otra solución: eran ellos o yo. Uno de los hermanos cuestionó pues entendía que una vez frente a mí quedaban pocas opciones para ser retribuidos: yo tendría que retirar lo dicho sinceramente, lo cual era poco probable, o bien, habría que recurrir a métodos menos ortodoxos. Así fue que se les ocurrió poner un aviso en el periódico e imprimir unos cuantos flyers para dejarlos en las fiestas que yo frecuentaba. Quizás si había más personas en la misma situación, con el mismo deseo de venganza, no tendrían que explicarle a nadie su proceder: cuando muchos resienten algo, tienen derecho a organizarse para que se les restituya, quizás tienen derecho a regresar todo ese odio que el otro les provocó, hacerlo pedazos, dañarlo en serio. Después de tres meses habían captado cinco personas más que se unían a la causa. Uno de ellos aseguraba que yo me había atrevido a cuestionarle un adjetivo en un recital de poesía; otro llevaba siguiendo mi blog durante años, sólo para documentar su odio: estaba claro que yo era una lanza-opiniones, sin ningún filtro y con un aire de superioridad que enfermaba. Alguien tenía que detenerme. Ellos tenían que detenerme. La puerta del cuarto de azotea en la que ahora sostenían sus juntas cargaba un pizarrón blanco con la famosa frase que usa Tarantino en sus películas, pero que en realidad pertenece a un viejo manual chino sobre el arte de la guerra: “La venganza es un plato que se come frío”. Odio a Tarantino, por cierto. Es una máquina de trivialización. También a él le había escrito para compartirle mi opinión sobre sus películas, aunque dudo que haya recibido nada. No importa. El caso es que llegó el día en que ya nadie pudo más con la indignación. Poco a poco iban resumiendo en sus mentes que yo era la única razón por la que no podían seguir siendo felices. Llamaron a mi puerta; cuando los vi supe que todo había acabado. Cada uno reclamaba un pedazo de mí, nada más un pedazo, un arete, un dedo, un mechón de pelo que iban cortando y jalando, pellizcando levemente y por partes. La fila era larga.

2

Hoy me lo jugaré todo al diez

M

e pondré mis mejores playeras, le diré a la más limpia de todas que se ensucie conmigo esta noche, que no hace falta el pantalón blanco, que mejor será bailar

sin ropa, (da igual el origen o el destino), que pida lo que quiera pedir, que la vida, por mucho que lea, no se puede ordenar en un taxi (para eso están la zapatillas), que nadie nos trazará el camino, que disfrute del atardecer y coleccione cada detalle, que se rompa las cuerdas vocales gritando los sueños que no alcanza, que no se deje engañar por ellos, que hay vida más allá de los tropos, que me bese con todas sus fuerzas en la mejillas más desgastadas, que me mire los dedos más largos de la mano que tenga más cerca, que se acerque al oído más fino y susurre alguna obscenidad, que nunca nadie le pida cuentas por amar sin freno a una farola, que vuele todo lo alto que pueda y que se estrelle con las estrellas de alguna constelación absurda (así nos sentiremos más vivos), que mire fijamente a los ojos de los que llevan gafas oscuras, que deje de pintarse los labios y haga malabares con manzanas, que se quite los dos calcetines y haga las señales de emergencia, que acaricie todos los bordillos y bese en el pico a las palomas, que firme el suelo con otro nombre, y también los bancos de los parques, que arranque corbatas con la boca, que cambie los sombreros de percha, que se vacíe los dos bolsillos y floten papeles en el aire, que el amor es tan sólo un columpio que baila en la rama de un gran árbol. Y luego me iré como si nada.

Pablo Medel (Madrid, 1978). Autor del libro Paraíso en ruinas (Ediciones del primor, 2007).

3

Tunic (o las desventuras de un trovador)
er trovador es mucho más que tocar la flauta o hablar de las cruzadas. Él era trovador. En la Toscana abundaba la niebla por la mañana y se construían carreteras que no llevaban a ninguna parte. El trovador tocaba la flauta sobre su burro, cojo por la gracia de Dios y a falta de otras hipótesis. Y carecer de amor no era un estigma, pues entonces uno carecía de casi todo, menos de brazos. El día era para las mujeres y la noche para los hombres. En el crepúsculo se hacía el amor y al amanecer nacían los hijos. Mientras tanto el rey comía uvas en su catedral. Los caballeros con sus símbolos heráldicos se quitaban el yelmo y tenían cara de actores de cómic. Como no había farolas casi todos eran albinos y tenían visión nocturna. A veces había guerras y los soldados se echaban en suertes sus espadas, luego el trovador cantaba matanzas y añadía la sangre. Los acuerdos diplomáticos se firmaban por teléfono pero para engañar a los espías se enviaban palomas mensajeras. Todo el mundo trabajaba en las artes esotéricas, principalmente, y a veces en mecánica cuántica, aunque lo habitual era ser campesino o doctor en cábala. El trovador sonaba su flauta marchando por la aldea. Era de día y sólo había mujeres. Así fue como se sentó en la plaza mayor, bajo unas placas solares y entre dos Fiat modelo Lancelot (tracción de cuatro caballos mestizos del reino de Arabia, pintura metalizada blanca y crin estilo neo-punk) y empezó a narrar los hechos acaecidos durante la

S

invasión Ostrogoda. A los Ostrogodos les gustaban los pinchos de Merluza y las mujeres depiladas, por eso bajaron hasta Italia, porque tenían ganas de conquistar el secreto de la pizza. Había dejado la flauta y ahora tañía la lira. Aparecieron en los soportales los primeros espectadores tímidos, que removían en sus canastos la ropa sucia y tenían vergüenza de mostrarse al sol. Eran mujeres. Fue una de ellas, la más bella y de rasgos orientales, largos brazos de estrecha pasión paralela, quien se acercó al trovador, que vio bloqueada su declamación musicada ante el espasmo de belleza sarracena que se le puso ante los ojos. Desconocía, en efecto, que eran posibles otros ojos más allá de los mediterráneos, y que la piel a veces tenía sabor a chocolate si se iba hacia el sur de la tierra plana. Por Jasón, dijo, tras guardar un silencio, tu encantadora boca es un piñón. La dama, que no podía ruborizarse porque era negra, se blanqueó y jugó con los dedos diciendo hola en latín medieval, casi italiano primigenio, un ciao deforme aprendido en el río. Cayó el trovador en las redes de un amor sudoroso (o bien hacía mucho calor), el corazón palpitaba La muchacha se acercó y dejó el canasto en el suelo, se sentó junto al pozo y lanzó piedras a la profundidad. Ti amo, dijo el trovador, en un momento me has quitado todo y has puesto silencio en los

Víctor Balcells Matas (Barcelona, España, 1985). Autor de la novela Hijos apócrifos.
El perro. Año dos. Número trece. Octubre-Noviembre de 2009. Camerino Mendoza 304, Pachuca, Hidalgo. Impresa en Icono, Covarrubias No. 207, Col Centro. Pachuca, Hgo. Editor responsable: Alejandro Bellazetín. Editores: Juan Álvarez Gámez, Daniel Fragoso Torres, Yuri Herrera. Diseño gráfico y diseño de Logo a partir de un alebrije de Sergio Otero: Enrique Garnica. No se devuelven textos no solicitados. Se permite la reproducción de los textos con permiso por escrito de los autores. Todos los textos son responsabilidad de quien los firma. “Esta revista cuenta con apoyo otorgado por el Programa “Edmundo Valadés” de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes 2009 del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes”.

4

más suaves acentos. Citar a Petrarca estaba de moda, lo hacían incluso en Polonia, donde Gengis Khan había plantado su tienda de campaña. Estoy casada, dijo esa mujer preclara. Pues no veo a tu marido, cantó el trovador en tonalidad de La menor. Porque yace en el campo cultivando hasta la noche. ¿Acaso cultiva fresas?, dijo el trovador, que se burlaba de los trabajos solares, que cuando caminaba también bailaba. Que cuando masticaba hacía canciones con las muelas del juicio. (Arrancadas, eso pasará un día, que le serán arrancadas por el herrero y ya no habrá canción ni alegría de los incendios en su boca). No, cultiva anacardos y estudia para ser caballero en la Universitá di Bologna. Ella estaba así, en apertura siciliana defensiva. Pero al trovador le daba igual, su sangre era una especie de vino falerno y su pelo el de Caracalla. Ven conmigo y mi burro a Napoli, donde en nochevieja los ciudadanos se tiran platos a la cabeza. Seremos felices, te prometo un poema por noche y uno por día, te prometo que en noviembre no entraré en letargo, te prometo que cuando sea viejo y no tenga ni lengua ni ojos, aún gritaré tu nombre. Qué cosas más bonitas me dices, poeta, dijo ella, en el borde del pozo, embaucada por la sibilante lengua que había aprendido el trovador en Delfos. Pero debes saber, dijo ella, que ya tengo siete hijos, uno de los cuales es cobrador de impuestos. Entonces no me muestres las piernas de esta manera, en el borde del pozo, que mi corazón enferma y ya no te puede olvidar. El trovador dio un paso adelante y dejó atrás el centro de la plaza. La mujer se cubría los pechos. Sonaban tambores a lo lejos. Entonces apareció el sacerdote con la cruz en la boca y fue hacia ellos. Dios me ha dicho, dijo, que en la plaza se estaba cometiendo adulterio. ¿Acaso es adulterio el que un poema penetre por los oídos y construya una casa en la vagina?, dijo el trovador. El sacerdote alcanzó a la muchacha. Sabrás tú, le dijo el sacerdote al trovador, que un río es fácil de cruzar cuando nace, basta con saltar sobre él, pero dime, ¿cómo lo cruzarías cuando está a punto de desembocar? ¡Nadaré hasta que mis pies no alcancen el fondo y mi amor será pura fluctuación bajo el signo de las corrientes!, contestó el trovador enamorado.

Había empezado el combate dialéctico entre la palabra de Dios y la palabra de los poetas, en cuya casa los esclavos desfilan con el culo al aire. La chica los miraba alternativamente. Tú, mujer adúltera, o a punto de serlo, dijo el sacerdote, tendrás que volver a coser las bufandas para el invierno, márchate a casa y espera a tu marido, no mancilles el nombre de esta aldea y no te vayas con el trovador. Tú, mujer hermosa, o a punto de serlo aún más, dijo el trovador, cruza conmigo el Helesponto y por la ruta de la seda fumaremos marihuana mientras me descubres tu pezón violeta. No te haré más hijos, pero sí te prometo que me amarás más de lo que aman las legumbres. ¡Trovador lascivo!, gritó el sacerdote. En el nombre de Dios y del santo Papa o la virgen concebida sin pecado, yo impediré este adulterio. Y se movió en frenesí geométrico hacia el cuerpo de la muchacha y, tocando su espalda, la empujó hacia el pozo. La linda mujer cayó al pozo y su grito tuvo un eco prolongado que aún hoy los turistas escuchan si ponen su oído en las piedras. ¡La has tirado al pozo!, gritó el trovador. Tu iglesia sólo nos quita la vida (y las monedas), tu iglesia no recuerda que San Agustín estuvo la semana pasada en los prostíbulos de Cartago. Corrió hacia el pozo y se asomó a la espesura negra. Amor mío, dijo, pero no hubo respuesta. La mujer había muerto ahogada. El sacerdote reía bonachonamente. Tu amor ya entra en el infierno, dijo comiendo una uva que tenía en el bolsillo. Un pedazo de llanto cayó en el pozo. Luego el trovador se giró y vio que todos lo miraban desde los soportales. Así crecen los poetas. Ante la pérdida y el dolor. Y con un temblor de más le salieron unas últimas palabras: ¡Muerte, has descolorido el más bello rostro! Los más bellos ojos ahora están apagados. Y fue hacia su burro. Lo montó y con una suave melodía de flauta fue marchándose de la aldea, triste, acaso hacia otra aldea, en busca de mujeres de pequeños ojos negros, hechos de granito. Sólo la fruta madura que cae al suelo nos puede tentar. Pero, escuchadme, dijo Empédocles una vez, no todas las cosas que maduran lo hacen para nosotros...

5

Bernhard en el cementerio
A Miguel Sáenz
stabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: “Herta Pavian, cuarenta y seis años”. No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. Continuamente nos corregimos y nos corregimos a nosotros mismos con la mayor desconsideración, porque a cada instante nos damos cuenta de que todo (lo escrito, pensado, hecho) lo hemos hecho mal, y corregimos hasta que en algún momento llega la verdadera corrección. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo y estabas realmente cualquier cosa menos sano. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, “pavian” es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna,/ antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reirte, Pavian, querían que te corrijas y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.
Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) es escritor. Su última novela publicada es Los vivos y los muertos (2009).

E

6

Manual práctico del denuesto
ada más simple, pensarás tú, querido lector. No más abrir la boca para soltar algún improperio, mientras más ofensivo más eficaz, y si es original y de contra gracioso, puedes empezar a cultivar tus triunfos retóricos. ¿Pero cómo se miden esos triunfos? ¿En qué consiste la utilidad del insulto? Sí, eso que oyes. Triunfo. Utilidad. No te me vas a esconder tras las teorías del desahogo o el lapso del ofensor: “No fue lo que quise decir…”, “Imagínate, en el calor del momento…”, “Quería que me odiaras…” Los insultos son más o menos efectivos de acuerdo a la mella que produzcan en el receptor, y son infinitamente rentables. Sería fácil aducir que nos entrenamos para el insulto desde pequeños. Ahí están los consabidos catalizadores de riñas y perretas, testigos de los designios perversos de la supuesta crueldad infantil. Composición de lugar: escuela primaria, hora del receso. Figura de autoridad más próxima: unos 7 metros. ¿Cuál eras tú? ¿El cuatro ojos? ¿La meona? O peor, ¿el albino? ¡¿La gorda?! ¿Tenías un nombre imperdonable?¿O acaso resol-

N

viste adoptar el papel de rey de la merienda y escondías tus complejos bajo el avatar de castigador? Desafortunadamente, estos procesos formativos no cultivan las artes de la vejación. Ahora sí, nos disciplinan a resignarnos a nuestros defectos y a ser inmunes al insulto elemental. Para ser rigurosos habría que factorizar detallitos circunstanciales, cosas como la importancia del ofensor para el aludido en proporción directa a la intensidad del bochorno. Pero nos interesa el insulto en sí mismo, así veamos nuestras opciones. Ahora bien, como adulto ya estarás familiarizado con las tres categorías agraviantes fundamentales: los performativos, los epidérmicos y los insultos a la medida. Sabrás también que un cóctel cualquiera, una mixtura realmente innovadora, puede resultar mortífero. El pintoresco: "Me cago en las tetas de la Virgen para que el Niño mame mierda", puede ser performativo y a la medida si se lo dices a tu abuelita católica luego de una monserga moralista. Pero vayamos por partes. El performativo, por ejemplo, supone un cambio en el status quo

una vez enunciado por un sujeto socialmente privilegiado. El caso típico es “Los pronuncio marido y mujer” dicho por algún infeliz acreditado para hacer infelices a la comunidad de imbéciles buscadores de felicidad que lo rodean. “Te vas al carajo” sería un caso de insulto performativo, excepto que no tenemos la potestad para forzar a nadie a pasar un rato recapacitando en el carajo. Mucho menos, por mucho que nos caguemos en Dios, podríamos embarrarle las canas a diosito con una bosta potente. En esta categoría entran también los impersonales, esos insultos comunes pero inofensivos que podrían decirse de cualquiera en un momento dado. En el mejor de los mundos, una vez pronunciados, serían arrastrados como marca de ganado o como los puntos negativos de la licencia de conducir: hijoeputa, pendejo, mamón, sarnoso, retentivo anal. Son taxonomías demasiado efímeras. ¿No ahorraríamos mucho tiempo de interacción social si los comemierdas llevaran sus estrellas de identificación visibles, previamente otorgadas por el primero que los clasificó como tal? Pero no, no tenemos la jurisdicción para declarar a nadie

Paloma Duong (La Habana, 1983). Este producto no tiene garantías. Servicio al cliente, quejas e insultos pueden ser tramitados vía los editores de el perro.

7

comemierda per omnia saecula saeculorum. A esta categoría le siguen los insultos epidérmicos. Como todos los fenómenos sociales estos también tienen nombre y legislatura, se llaman violencia psicológica e incorrección política. Se originan a partir de defectos físicos visibles: caraeculo, tarado, bocaepiano, enano; o pertenencias a grupos históricamente rechazados por el punto de vista hegemónico del injuriador: lisiados, maricones, mujeres, negros, palestinos, indios, gringos. Con éstos la comisión de embullo en defensa de lo políticamente correcto rápidamente te sale al paso y te desarma con su evidencia más poderosa: los insultos ya bien reflejan, ya bien perpetúan, las jerarquías explotadoras y los prejuicios infundados de las relaciones sociales. Pero no hay que dejarse vencer así no más. Como todo intento de reforma social radical han dado en la clave del diagnóstico, pero han jodido la solución. Es cierto que como sociedad deberíamos superar esas idioteces. Y como individuos, qué vergüenza: caer en el cliché de la caricatura por falta de recursos. Lo más probable es

que esos complejos hayan sido superados hace mucho tiempo o hayan mutado en aberraciones psicológicas inmunes a los registros lingüísticos más inmediatos, L.Q.Q.D. en el segundo párrafo. Lo más que puedes sacarles es la devolución del vilipendio. De hecho, lo más probable es que tu intención no sea perpetuar ninguna jerarquía abstracta sino darle en la crisma a otro ser humano con un propósito específico y localizado en tiempo y en espacio. Lo que hay es que ser victimarios más creativos. Sondear territorios no explorados de la vulnerabilidad mental del destinatario y desempolvar los diccionarios. Aquí entran los insultos hechos a la medida, dado que conozcas de qué pata cojea tu oponente. Las peleas domésticas, los duelos entre amigos, las demandas legales por calumnia, son todas eventualidades generadas por un insulto intolerable donde subyace algún secreto traumático: impotente, fracasada, frígida, mediocre, tarrudo, histérica, cobarde, neurasténico; más virulento aún si está anclado en algún hecho del pasado, de esos que hacen llorar y se te quedan en replay por muchos días en la

cabeza. En la mayoría de los casos no vale el esfuerzo, ya que esto implica que la víctima probablemente también tiene las herramientas para sacarte un trapito sucio, o para adivinarte una flaqueza inconfesable, y de ahí a un altercado innecesariamente largo, o peor, a irse a las manos, no va nada. Un riesgo excesivo. Ahora bien, hay un cuarto método de denuesto para el cual pocos elegidos poseen disposición y temple. La navaja de Ockham, señoras y señores: en igualdad de condiciones la solución más sencilla es probablemente la correcta. Te acuerdas de aquel chiste, donde va un paciente al psiquiatra y le dice: —Doctor, la gente me ignora. Y el médico: —¿Quién sigue? Pues bien, no abras la boca, la indiferencia es letal en todos los casos. Se sentirán más ofendidos de que no los insultes. Quizá el desasosiego de la insignificancia no sea interiorizado inmediatamente por el ofendido, pero subrepticiamente la sensación de abyección comenzará a ganar terreno. Sólo entonces podrás aprovechar el éxito del sometimiento incondicional ajeno.

8

El despojo
…Cuando dormimos, el sufrimiento, que no olvida, cae gota a gota sobre el corazón hasta que, en nuestra propia desesperación, contra nuestra voluntad, llega la sabiduría por intermedio de la portentosa gracia sobrenatural. Esquilo

A patadas arrancó sus besos de mi boca por la escalera rodaron mis brazos y piernas por el suelo mis uñas brillantes diminutas puntiagudas astillas de un espejo que nunca pudo reflejarme A puntapiés me separó de su cuerpo con esos pies desnudos que en tembloroso embeleso besé a labios abiertos pies amados en donde mi lengua succionó el oscuro perfume durmiente entre sus dedos Pies desgastados con los que me voy sin blusa y sin rostro hacia una calle cubierta de todas las costras de la existencia que llegan a encharcarse Se mueven los engranes de nada sirve mi congoja la piel se va empolvando Esta noche no llueve pero sé que en esa ventana un niño se destroza en llanto
Adriana Tafoya. Ciudad de México. Tiene cuatro libros publicados y dicen que tiene carácter fuerte. Los hombres la odian.

9

Martillo de brujas
“Ninguna fuerza, ni la del fuego ni la del viento, ninguna arma mortal deben temerse tanto como la lujuria y la ira de una mujer que ha sido repudiada” Séneca, Tragedias, VII “When I look back upon my life, it's always with a sense of shame, I've always been the one to blame. For everything I long to do, no matter when or where or who, has one thing in common too: it's a sin…”. Pet Shop Boys

1
1485 La luz de una vela a punto de extinguirse condujo a Heinrich Kramer, inquisidor general de Colonia, por los largos corredores del monasterio. Ante su paso apresurado un grupo de jóvenes monjes le ofreció una venía de respeto. En realidad le temían. Estaba cerca la hora en la que el insulto pronunciado hacía treinta años por la hermosa prostituta de Bohemia se apoderaba de la mente del inquisidor. Una vez en la habitación, como si la sombra que lo cubría hubiese tomado control de su cuerpo y lo obligara a actuar, Kramer quemó la carta enviada por los doctores de la universidad de Colonia. En ella rechazaban la publicación de su obra inquisitorial. —Es sin duda otra de sus maniobras —dijo Kramer en voz baja, convencido de que la reprobación de su libro, en la que los teólogos le acusaban de antiético, era un acto del demonio que así trataba de impedir una vez más su desenmascaramiento. Para el inquisidor, este suceso era otra señal que reclamaba la urgencia de que el mundo conociera cuanto antes la verdadera naturaleza del mal que le aquejaba. Si para dar cuenta del verdadero rostro de Satanás tenía que desobedecer órdenes, correría cualquier riesgo; incluso usaría la reciente bula del Papa Inocencio, en la que se instaba a investigar e inquirir la herejía de las brujas, como prólogo de su texto para legitimar la empresa ante cualquier autoridad. Decidido, inició la redacción de una falsa nota de apoyo de los expertos catedráticos de Colonia: “Mientras algunos han tenido la osadía de afirmar que no existen las brujas, nuestros aguerridos inquisidores, que con toda su alma y energía desean finalizar con tales aberraciones y contrarrestar tales peligros, con amplias investigaciones han compuesto un tratado que sienta las bases legales para que las brujas pestilentes puedan ser enjuiciadas, sentenciadas y condenadas…”.

Miguel Mendoza Luna. Investigador de historia del crimen y asesinos seriales. En su lista de situaciones que encuentra insultantes están los comerciales de Axe y los de detergentes. Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogota 2009 por su libro Cruentos cruzados.

10

Cansado de escribir, Kramer apartó la pluma sobre el precario escritorio. Se asomó por la ventana que daba al patio del monasterio y disfrutó el tránsito apacible de un grupo de monjes enfilados a la perfección. Retomó fuerzas y se apresuró a revisar el extenso manuscrito; buscó el apartado dedicado a argumentar que las prácticas de brujería eran propicias para las mujeres. Tomó la pluma y sin reparar en ninguna raíz etimológica verdadera, introdujo un fragmento de su total invención donde afirmaba que la palabra femina significaba falta de fe. Expuso una vez más que la mujer era un ser débil, incapaz de mantener la creencia espiritual y por lo tanto era susceptible de ser seducida por el demonio. Terencio, Lactancio, Catón, Séneca, ya habían sido convocados en las páginas de su libro para demostrar la realidad de la malignidad femenina. Todos los posibles defectos de las mujeres, a las que por supuesto consideraba inferiores y proclives al pecado, estaban consignados a lo largo de setecientas páginas. Incluso se valió de la guerra de Troya para insistir en que los males del mundo eran convocados por ellas. Ni siquiera la belleza se salvaba: la voluptuosidad y sensualidad femeninas eran, según su pluma, las formas perversas de las sirenas que conducían a los hombres a la perdición. La escritura de los diferentes capítulos estuvo siempre animada por el recuerdo de las mujeres que había procesado los últimos diez años en Tirol, Salzburgo, Moravia y por supuesto en Bohemia, señaladas de haber copulado con demonios y de haber realizado actos de hechicería. Durante las sesiones de interrogatorio por tormento, en todas las acusadas se superponía siempre el rostro de la hermosa prostituta que le había insultado en el pasado; era el momento en que ordenaba a los verdugos que las torturas y castigos se hicieran más dolorosos. Cubierto por el recuerdo del voluptuoso cuerpo que no pudo gozar aquel día, confundido con el de cualquier mujer amarrada en el potro de castigo, Kramer insistía en el uso de crueles artefactos: desgarrador de senos, peras vaginales. Siempre procurando conseguir a toda costa las confesiones de las concubinas de Belcebú. Un joven fraile abrió la puerta de la habitación. Kramer, sin saludarlo siquiera, le entregó las nuevas páginas: —Que lleguen pronto a las manos del prior Sprenger —ordenó el inquisidor al joven. Jacobus Sprenger era su compañero de escritura, en realidad sólo había redactado unos pocas apartes dedicados a la forma de combatir a los íncubos y súcubos; Kramer lo había hecho participe del proyecto para impostar mayor autoridad a la futura publicación. Antes de apagar la vela para fingir el sueño, Kramer imaginó que su Malleus Maleficarum sería la fuente definitiva con que los inquisidores de toda Europa eliminarían de una vez por todas a las temibles brujas. Cubrió su cabeza con una gruesa cobija, barrera inútil cuando las palabras del insulto se apoderaran del recinto. No sospechaba que esa noche sería peor, que el insulto de la hermosa prostituta de Bohemia que lo había rechazado en su juventud vendría acompañado de un inmenso lamento de cientos de mujeres torturadas. Era la noche de su cumpleaños número cincuenta. 2 En las primeras horas del día siguiente, alrededor del cuerpo de Kramer destripado en el centro del patio, los monjes cruzaron versiones de lo ocurrido. Al cerrarse la tarde se aceptó una sola: un súcubo había entablado batalla directa con Kramer provocándole la locura y su suicidio final. Un elemento se reiteró en todas las narraciones de los testigos: la horrible carcajada de una mujer y una serie de insultos vergonzosamente irrepetibles ahogaron los gritos de auxilio del inquisidor.

11

Tatacha fú
y
opi remotamente estaba en el sueño guajiro harto de ju(e)gos culoidales pero la pinche almohada impregnada con té de lechuga, no sueño húmedamente, no salen cuerpazos, tal vez porque siempre me la chiflo siendo el chicle de NAIDEN, aunque la sobazón de las vainas es una buena movida, riquísimo, sí, mamita, cuando te toca, pero se va en un dos por tres y despuecito yopi encañonando las clavículas y el buche silenciado, silenciado (ALBUR METE el choclo a diestra y siniestra,,,) ¡ERES UNA CALIENTACHONES, VILLEDITA! niguas, niguas: lo cachirul y fijada que eres, VILLEDITA, si por mí fuera me lanzaría con el chamán pa' una limpia emperejilada ahora mismito, culero mal de ojo de "ti deseo" a la voz de “ave maría sin pecado concebida”, me sorprende que este (mí) deseo siga vivito y coleando en mí, debe tener siete vidas como el micifuz tonces, a FALTA DE CATEMACO, Ver. ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡TOLOACHE!!!!!!!!!!!!!!! achicalado mi deseo achicalado mi deseo por embichiarte VILLEDITA, yo fardero de tu ropa, por agarrarte en curva y pasarme todos los altos del calendario, escamando ese mejurge entrepiernadotuyo aplicarte una inyección INTRAPIERNOSA, traqueteo occipucial haciéndole cola a tu venida en mi bembona, apapacharte, ponerte el dedo, ponerte en cuatro, achicalado mi deseo en saña por henchir cada bache de tu cuerpo, abriéndome cancha pa'un cambalache lingual en tu carreteta (yo no digo “chichi” porque eres refresa VILLEDITA), quemarte llanta, decirte “o le bajas o te bajas”, achicalado mi deseo sinquerencia de agasajo, tenerte bofeada, parcharte, jugarte chueco y desconchinflar tu cuerpo, enchufarte con la lira, echarte las perras, agandallarte en tu catre achicalado mi deseo quebrándome la choya en cómo ostentarte en S italic de SEPSO, alivianándote pa que menees el tambo, pero sólo papas moscas,

Karen Villeda (Tlaxcala, México, 1985). Blog: http://ka.vientopm.com.mx

12

achicalado mi deseo de aventarte el chon, ser un arrastrado, serpenteando tu esqueleto pa desaguarte, nunca agüitarte como tú a mí no soy un cafre pero sepa Pancha qué pasó aquí pérate que nada es de a grapa, VILLEDITA, nada es de a grapa, nomás no te digo que ahí muere, no te doy aire, no te tiro de a Lucas, nomás no me ardo ni me retacho porque ¡aún! ando tras tus huesitos, mamita, estás tan buena como pa cachetear banquetas, pa enchinarme el cuero, nomás y no, porque yo no me aprieto vamos a entrarnos, vamos a entrarnos un friego aunque ahí se va, ahí se va y tú te vienes guanga, yopi traía tablas, cavilándote chorroscientos a fuercioris de no antojárteme, de darte la vuelta, de piñarte, pero no soy tan pinche, paso de estar jullido por sacarle a la mala parada en tu chafeo a decirte que: ¡QUIERO VILLEDITA!, sí, pasado cuasiexponiéndote que nel pastel mi nalgatorio, tambacheando chorazos pa darte ñañaras entre las naranjas y el simón a jijo tu nomás no a jijo el achicopalamiento a jijo con ese cuenteo a jijo las charras MAMACITA VILLEDITA: LAS PALABRAS NI PICHAN NI CACHAN NI SE DEJAN BATEAR, YO POR ESO SILENCIADO, SILENCIADO pero, ándale CHíNGAME CHíNGAMEQUEDITO con agarrones de cajón, plomazo y guamazos HÁZME manita de cochi PÓNTEME AL BRINCO SUELTA la mera mata NO ME HABLES BONITO y CHíNGAMEQUEDITO que a curtas me agarra en bajada por lo “sepsi” que te sale de churro Chingaquedito, así, y si fuera vieja, VILLEDITA, me dejo dedear por angas o por mangas, me dejo manosear el retazo macizo y te doy el hachazo, estoy más puesto que un calcetín x tu petaca, me mocho con mi cuerpo Y NO TE LA ACABAS VILLEDITA, dispensa mi trompabulario, sobres contigo no es correcto según el manual de carroña, ora le hablo de UD., Señora de todos mis respetos, MI REINA, ya no le eche crema a sus tacos, ya no hay que barajearla más despacio, ya no me la haga de tos, ya no le cascabeleamos más, ya chafearon los rollos, no más “chou”, basta de tangos, desmas y trinquetes, todo chiqueon, mire, ¡NO HAY BRONCA! clarinetes me le aflojo, VILLEDITA, clarinetes, me aperingo, aunque UD. No sepa jalarmela, aunque UD. ya rebasó la fecha de caducidad en su yogur, aunque UD. ya regó el tepache

13

conmigo, aunque UD. ya rayó mi cuaderno, no le hace, mire, ya todo está tan quemado, que yopi no me las doy de nada, mi deseo ahí la lleva, ahí la lleva a más de jodido por los martillazos de tus pinchurrientadas, a menos de madreado por tus alebrestaciones, no le saco, no le saco mi deseo aplatanado quiere papaya mi deseo nunca betabel mi deseo chilapastroso se pone pantalones mi deseo bombo es requete campechano mi deseo azorrillado te zorrea (yet, siendo pocha) mi deseo al cuas mi deseo argüendeado le da la vuelta a tu cuatrapear mi deseo choteado no pasa de moda mi deseo descuachalangado tiene remedio mi deseo te echa el ojo, no te echa madres mi deseo valemadrista mi deseo de a peso no es marro regio mi deseo enchilado quiere darte más chile mi deseo no se abre mi deseo no se patrasea mi deseo se da color mi deseo rifa mi deseo trucha mi deseo no se petatea mi deseo contra el Tumbaburros que me avienta mi deseo no está colgado mi deseo no se hace guaje mi deseo pandeado aún jala mi deseo aguanta la vara mi deseo está del cocol pero quiere concha VILLEDITA y no quedara chiflando en la loma achicalado mi deseo, achicalado mi deseo, MI DESEO MANDAMÁS Y DICE: ¡QUIERO, QUIERO! achicalado mi deseo, achicalado mi deseo mexicano no es PIRATA AHÍ LOS VIDRIOS

14

Malas gracias
e es hombre siempre, aunque todavía seas un chiquillo. Se acostumbra uno a ser hombre. No hay que cantar en la escuela, no aplaudir a quien habla, y tampoco hacer gestitos estúpidos cuando las monjas se ponen a entonar rarezas queriendo que hagas el payaso junto a las muchachas. Hay que sentarse en los lugares más peligrosos y, si se puede, mero en el borde, con las piernas bien abiertas, para hacer ver a los otros que no te hace miedo nada. Aunque tengas miedo dentro de ti, porque miedo sí que se tiene, eh, sí. Por más que se diga que no. Y también sentimientos. Se anuda el corazón, a veces, con las cosas que nos pasan alrededor, pero —hasta que puedas— hay que hacer finta de no sentir nada. Eso es ser hombre. El único sentimiento que te dejan sacar es el que te sale cuando ves una bella muchacha. Ahí sí que puedes hasta aullar. Ah, y también la rabia, que es un sentimiento hecho para los hombres. Se puede usarla para desfogar todo aquello que tiene uno dentro. Bueno, una vez había un montón de muchachos en una escuela. Todos estaban acostumbrados a ser hombres. Algunos lo hacían mejor que otros, pero todos, a su manera, sabían qué decir, cómo sentarse, cuándo gritonear, porqué callar. En esa escuela había un muchacho que no sabía bien cómo ser hombre. De que era hombre, lo era, pero no sabía cómo hacerlo ver, o su manera de serlo era un poco diferente, y entonces sufría: todos se burlaban siempre, y él sufría, pero también creía que eran así con él por miedo de que otros se burlaran de ellos. En fin. Una vez este muchacho conversó con uno de sus amigos de la escuela. La plática fue muy buena. Pudo hasta preguntarle dos tres cosas sobre su vida, su familia, y también sobre la lastimada que tenía en el brazo. Ese amigo platicaba muy bien, no parecía ni siquiera ser un hombre con la obligación de no decir nunca nada. El muchacho, después de platicar con este amigo, vio que la vida tenía también sus buenas cosas y sintió que le gustaba ser hombre, ser joven, ir a la escuela cada día. Cierta vez estaban formados para entrar al salón. El muchacho miedoso escuchaba las palabras de las monjas. Pero, como tantas otras veces, los que había atrás lo estaban tomando como burla: le pegaban en la cabeza, le reían detrás. El muchacho sabía que así sus amigos podían sentirse más hombres que él, y había hasta entendido que en ocasiones es necesario que unos se dejen hacer malas gracias para que los otros estén contentos. Era su función ahí. Lo había tomado con esa filosofía y, después de tanto, se había hasta acostumbrado. A lo mejor había entendido que, terminados esos coscorrones, sus amigos no sabían cómo seguir siendo hombres. Se puede decir que el muchacho miedoso supo que su sufrimiento dolía como un coscorrón, pero que sobraban cosas más dolorosas. Esa mañana pasó algo mero de no creerse. Su

S

amigo, con el que había platicado días atrás, lo defendió. Pidió a los otros que acabaran sus malas gracias, que lo dejaran estar. —¿No les da lástima? —oyó que les preguntaba despacito a los malagraciosos. Calambre. El muchacho miedoso se sintió mal cuando supo que podía dar lástima a los demás, y, peor, a su amigo. Luego, reponiéndose, pensó en lo bonito de haber sido defendido por él. El motivo no importaba, en última. El muchacho miedoso siguió platicando mucho con el otro. Resultó que tenía una parienta que le gustaba a su amigo y, entre clase y clase, éste le pidió de favor que le ayudara para atraerla. El muchacho miedoso le dijo que sí, pero cuando, tras mucho dudar, preguntó a su parienta si le gustaba su amigo, la muchacha rió mero cruel, le dijo que no estaba loca, que ese estúpido no le gustaba ni siquiera regalado. El muchacho miedoso probó a insistir, pero un día ella, gritando, le pidió que no le volviera a decir nada sobre «ése». Cuando su amigo quiso saber, el muchacho miedoso contestó que ella se hacía rogar, pero que a lo mejor sí que le gustaba, que esperara un poco, que él seguiría ayudándole. El amigo, ahora medio callado, habrá entendido la verdad. Ninguno dijo más. Le venían muchas ganas de ayudarle de veras a su amigo, quería convencer a

Eduardo Montagner Anguiano (Chipilo, Puebla, 1975). Autor de Toda esa gran verdad (Alfaguara, 2006; Punto de Lectura, 2009). Escribe en véneto, fue antologado en la antología de cuento Grandes Hits, y acaba de hacerse acreedor a la beca del FONCA en el área de novela.

15

su parienta de hacerse su novia. Hasta le venían ganas de haber sido él esa muchacha, para decirle que sí a su amigo. Sólo que no se podía, no, ayudarle. Qué feo, ¿ah?, pero era la verdad. Otro día estaban haciendo educación física. Saltar, agacharse, darle bien al balón, correr, todas esas cosas. El muchacho miedoso vio que su amigo hacía escándalo con otros dos compañeros. Hacían finta de pegarse, se tropezaban uno con otro, se inventaban malas gracias como nunca antes. Cosa de locos. Acostumbrado a esos espectáculos, el muchacho miedoso miraba aquello como riesgo viejo, un poco lejano; le hacían miedo los muchachos así, escapaba siempre que había peligro de enredarse en esos circos estrepitosos, crueles. Su amigo y los otros dos compañeros estaban en un lugar más alto, donde las monjas subían para agarrar el micrófono y ordenar. Cualquiera podía verlos. Se oyó sonar la campana para acabar la clase y entrar al salón. Los tres muchachos del desorden seguían haciéndolo, sin importarles el fin de la clase ni que el maestro los hubiera regañado más de una vez. Los demás, sudorosos, cansados, obedientes, comenzaron a formarse. Pero, en eso, uno de los muchachos malagraciosos le pegó, sin querer, sobre los huevos, al amigo del muchacho miedoso. Mero fuerte, fue, el golpe, porque quien se lo dio quería pegarle al otro compañero, pero ése se lo supo esquivar, y el amigo del muchacho miedoso lo fue a recibir, y mero de lleno. Se oyó un

grito tan espantoso que todos voltearon a ver, oh, uh, qué pasaba. El amigo del muchacho miedoso se torció para abajo rápido y comenzó a aullar. —¡Ay, mis huevitos! —balaba—. ¡Ay, mis huevitos! Los dos compañeros escandalosos se espantaron y se alejaron del pobre desventurado aquel: ahora sí que fueron a formarse, como buenas almas. Lo dejaron allí. Reían uno con el otro porque no sabían qué hacer. El muchacho miedoso sintió de repente la necesidad de ir a ayudar a su amigo, pero todos callaron y se quedaron quietos. Dos o tres reían, algunos miraban a otro lado, como si se avergonzaran de lo que pasaba, como si les viniera vergüenza que las muchachas supieran que los hombres podían ser débiles así, sólo por un golpe en esa parte. Las muchachas hacían finta de no darse cuenta de nada: eran mujeres, y les habían enseñado a voltear la cara cuando pasaba algo con el cuerpo de los hombres. Y el muchacho miedoso tampoco supo qué hacer. Quieto, se quedó. Para él, ese no hacer nada era una desesperación: a lo mejor como quien tiene un accidente y no consigue mover algún miembro. —¡Ay, mis huevitos! —seguía su amigo, saltoneando con las manos ahí. —¿Contentos? —preguntó el maestro a los dos compañeros escandalosos. El amigo del muchacho miedoso fue hacia los escalones que encontró más cerca. Allí se sentó y se puso las manos en la cara. Todos hacían como si él no estuviera ahí, es más: como si no hubiera existido nunca. Cuando caminaron al salón, el muchacho miedoso se quedó atrás (era la primera vez que hacía algo así, que no obedecía la fila), sin que nadie se diera cuenta, y fue ahí donde estaba su amigo. Seguía sentado, las manos sobre la cara, como cuando tenemos un problema mero grueso y sufrimos tanto. —¿Te sientes mejor? —le preguntó, con vergüenza. —Sí —le dijo solamente. —¿Necesitas algo? —No... Aunque quisiera estarle pegado a su amigo, el muchacho miedoso se fue. Se sentía mal y bien. Mal porque la voz de su amigo había sonado enojada, toda llena de “déjame estar”, y también porque entendió que era necesario haberle ayudado antes, cuando chillaba como perro: debía haber ido, llevarlo fuera, a un lugar donde pudiera mugir su dolor sin ser visto; o debían haber ido varios a hacerle círculo alrededor, porque nadie sabe si se ha de necesitar que te hagan círculo alguna vez. Después de todo, un golpe ahí, merecido o por error, puede llevárselo cualquiera. Pero se sentía bien porque sólo él fue a preguntarle algo. Quién sabe. A lo mejor su amigo, a solas, en alguna penumbra, si se acordaba de su muy masculina e inevitable humillación, recordaría también que el único en ir a hacerle dos tres palabras fue su amigo, el miedoso.

16

Cacaíto

Hasta hace no mucho se pensaba que los loros parlanchines no eran capaces de comprender lo que decían. La ciencia los concebía como simples máquinas reproductoras de pequeñas fórmulas con una misteriosa predilección por los insultos. Es más, parte del efecto humorístico que provocaban sus frases soeces radicaba en el hecho de que no fueran conscientes del sentido de las mismas. Por alguna razón nos resulta cómica esa desconexión entre los mensajes y su significado. Durante los años más oscuros de la violencia bipartidista, el abuelo Arturo Cárdenas solía pedirle a mi padre, entonces un niño de cinco años, que entrara a los bares de los conservadores y gritara vivas al partido Liberal. El abuelo usaba a su hijo como un loro. Como se sabe, todas estas ideas cartesianas se tambalearon con la aparición de Álex, el animal que maravilló a los científicos durante más de dos décadas gracias a sus impresionantes habilidades lingüísticas y matemáticas. Numerosas pruebas demostraron que Álex, un loro gris africano, podía reconocer cincuenta objetos diferentes, contar hasta seis, identificar siete colores y cinco formas, y lo que es mejor, era capaz de aplicar conceptos como “más grande”, “más pequeño”, “igual” o “diferente”. Su vocabulario llegaba a las 150 palabras, distinguía varios materiales y, según se nos informa en www.alexfoundation.org, el loro había desarrollado por sí solo un concepto similar al del número cero, podía inferir la conexión entre numerales escritos, series de objetos, así como la vocalización de los números. Su extraña muerte, ocurrida en 2007, sólo ha contribuido a agrandar la leyenda y ha dado lugar a toda clase de especulaciones. Para aquellos inclinados a las teorías conspiratorias la inteligencia de Álex resultaba sencillamente insultante. Sabía demasiado. Pero la lista de loros geniales no es corta. Cabe mencionar también al memorioso Prudle, que durante años ostentó el record Guinness del vocabulario más extenso para un loro, con 800 palabras. O qué decir de su sucesor en el record, el flemático N'kisi, famoso por su magistral uso de la lengua inglesa y por haber dado muestras de poseer un críptico sentido del humor. 2. Durante un tiempo salí con una veterinaria que tenía un albergue para animales abandonados. El lugar estaba situado en una carretera comarcal, a las afueras de Madrid. La primera vez que estuve allí me sorprendió ver que había una formidable colección de bichos exóticos. Mi amiga me explicó que la gente caprichosa compra animales procedentes de países tropicales y, cuando se aburre de ellos, los tira a la calle como quien se deshace de una cosa vieja. Todos los fines de semana yo iba a echar una mano en las labores de mantenimiento del albergue, que consistían básicamente en limpiar las jaulas y dar de comer a los animales. Mi amiga era una persona reservada y valoraba el silencio, así que muchos de mis recuerdos de aquellos días son estampitas beatíficas atravesadas de vez en cuando por horribles gruñidos, aullidos o chillidos salvajes. Un día llevaron a un loro. Lo habían encontrado en un descampado, medio muerto bajo un montón de chatarra. Gracias al esmero con que mi amiga se dedicó a cuidarlo, el animal fue recuperando su esplendor. Unas pocas semanas después descubrimos que era, en efecto, muy bonito, con sus plumitas verdeazules, el pico amarillo y los ojos oscuros rodeados por un diminuto salvavidas blanco con pintas rojas. Con todo, el animal parecía incapaz de superar el trauma del abandono: comía poco, se mostraba siempre circunspecto y dormía con los ojos abiertos en un rincón de la habiJuan Sebastián Cárdenas (1978). Escritor y traductor colombiano residente en Madrid. Ha publicado el libro de relatos Carreras delictivas (451 editores) y a comienzos del próximo año saldrá su primera novela, Zumbido (también en 451 editores).

17

tación de mi amiga, a quien retribuyó sus cuidados con una celosa vigilancia. Si alguien, incluido yo, intentaba acercarse a ella en presencia del loro, éste profería un lastimero chillido. Uno de esos días, mientras limpiaba las jaulas, escuché una voz. —Ey, tú. Levanté la cabeza y vi al loro aferrado a un palo que sobresalía del techo de zinc. —Ey, tú, sudaca. Me quedé atónito, claro. No era para menos. Pese a todo, sonreí. —Sudaca de mierda —continuó—. ¿Por qué no te largas, compadre? Noté entonces que tenía un fuerte acento peruano. —¿Perdón? —contesté. —Ya, pues, patita, deja de hacerte el gringo. Mejor te vas, ¿no? Intenté pensar en un insulto a la medida, pero en ese momento estaba demasiado apabullado por la arrogancia del loro. A menudo me sucede que los mejores insultos se me ocurren demasiado tarde, mucho después de la confrontación en la que habrían resultado oportunos, de modo que volví a poner mi sonrisa de tonto. —Vete a tu país que aquí estamos hartos de mantener a tanto negro. —¿Y tú dónde aprendiste a hablar así? —le pregunté, no del todo convencido de que debía sentirme indignado. —En el rancho de tu vieja, negro. En ese momento apareció mi amiga y el loro cerró el pico al instante. Luego caminó de un lado a otro del palo, contoneándose con coquetería y emitiendo uno de sus lastimeros chillidos. Mi amiga dijo que se le partía el alma cada vez que lo escuchaba hacer eso. 3. Cuando yo era niño, en mi pequeña ciudad natal se le enseñaba a hablar a los loros dándoles a beber un jarabe de color verde oscuro que vendían en botellas recicladas de aguardiente caucano. El jarabe se conseguía por unos pocos pesos en los puestos de las yerbateras de la galería de La Esmeralda, donde también se vendían muy bien los azabaches para evitar el mal de ojo. La persona encargada de instruir al animal rellenaba una tapita con el jarabe y, a medida que el loro iba bebiendo, el maestro pronunciaba las palabras que aquel tendría que memorizar y repetir. En casa de mi vecino había un loro y a mí me gustaba asistir a las clases que le daba un muchacho aindiado cuyo nombre no recuerdo ahora. Cuando el maestro se marchaba yo me quedaba durante unos minutos hablándole al loro, esperando en vano que me contestara. La tarea requería mucha paciencia y a mí me resultaba algo frustrante. Demasiado esfuerzo para obtener tan solo unos pocos balbuceos. Y sin embargo, el día en que el loro empezó a hablar con claridad creí hallarme ante un milagro. Las primeras palabras fueron: “Cacaíto, cacaíto”. El muchacho me miró con aire satisfecho y yo deduje entonces que aquel jarabe misterioso era una poción mágica capaz de aumentar la inteligencia y de otorgar a quien la bebiera el don de la elocuencia. Por supuesto, me llevé la botella envuelta en un trapo. Al día siguiente fui al colegio y en la hora de descanso les enseñé el jarabe a mis compañeros a la vez que les hablaba sobre sus maravillosas propiedades. Y para demostrarlo me bebí una tapita. Tenía un sabor dulzón, nada desagradable, que lo hacía resbalar con facilidad garganta abajo. Pasaron unos instantes y como no percibí ninguna mejoría evidente en mis facultades intelectuales, me tomé otras cuatro tapitas. Segundos después repetí la dosis. Excitados, mis compañeros no me quitaban el ojo de encima. Al rato empecé a notar un leve mareo. Luego vi bailar unos pequeños fogonazos muy veloces que, gradualmente, se fueron estabilizando en discretas alucinaciones de colores muy vivos. Las formas geométricas de las baldosas fluctuaron y una deliciosa euforia me electrizó todo el cuerpo. Sentí deseos de respirar aire fresco y empecé a correr por el salón, agitando los brazos como intentando volar. De repente tropecé, o quizás alguien me hizo zancadilla, no sé, el caso es que caí al suelo raspándome los brazos y la cara sin sentir ningún dolor. Fue así, echado en el piso, como se completó la metamorfosis: me salieron plumas, los ojos se me redondearon y se desplazaron hacia los costados de la cabeza. Ahora estaba en un palo, en el último patio del colegio, mis compañeros me alimentaban con trozos de fruta y me enseñaban a insultar a los profesores. Yo hacía un esfuerzo por hacerles saber que era un ser humano, pero por alguna razón no lograba hacerme entender. Luego venía el muchacho aindiado y me obligaba a aprenderme tangos. Yo sufría mucho, lloraba desconsoladamente pidiendo ver a mi mamá, pero era inútil. No podía comunicarme. Aún así, no me rendiría tan fácilmente. Sabía que era mi última oportunidad. Reuní todas mis fuerzas, tomé una gran bocanada de aire y después de un terrible esfuerzo conseguí escuchar el sonido de mi propia voz, haciendo retumbar una última palabra de desahogo: “Cacaíto”.

18

19

La fascinación de lo difícil
Para Bárbara Balcells Has dried the sap out of my veins, and rent Spontaneous joy and natural content Out of my heart. W.B. YEATS

De amor he escrito mucho y de amor sé poco, por no decirte casi nada. Y sin embargo cada vez comprendo mejor a los pingüinos suicidas (los pingüinos de Herzog ¿los has visto?) que rechazan el mar que rumbo a la montaña son dichosos. Porque hay en este pulso una verdad: sólo las tierras bárbaras ofrecen la conquista, la noche ultimísima cuando el César, solo, murmura caminando hacia la orilla; Nihil nobis metuendum est, praeter metum ipsum. Y yo, que de amor dije demasiado, camino hoy con el César y el pingüino, pensando cada cual en sus pasiones con miedo sólo al miedo a lo difícil.
Ben Clark (Ibiza, España, 1984). En 2006 obtuvo el premio Hiperión de Poesía por su libro Los hijos de los hijos de la ira.

20

You're Reading a Free Preview

Descarga
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->