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3. TRES INDETERMINACIONES1 1988 Willard V. O.

Quine
[En: Acerca del conocimiento científico y otros dogmas, Paidós, Barcelona, 2001, pp. 75-98]

[75] Tres tesis sobre la indeterminación han figurado visiblemente en mis escritos: la indeterminación de la traducción, la inescrutabilidad de la referencia y la subdeterminación de la teoría científica. Cada una de ellas presupone un tema específico adicional que le concierne de suyo. El tema presupuesto por la traducción es la estimulación; el tema presupuesto por la inescrutabilidad de la referencia es la reificación y el presupuesto por la subdeterminación de la ciencia es el contenido empírico. Hay todavía un tema más, que procede de la subdeterminación de la ciencia: la verdad de las teorías empíricamente equivalentes. Por tanto, me encuentro ante siete temas conectados entre sí. Dos de ellos, la estimulación y el contenido empírico, son inseparables de un octavo: la observación. En mi imaginario juego de béisbol, propongo tocar las ocho bases, comenzando por la octava. 1. LOS ENUNCIADOS OBSERVACIONALES Cuando la epistemología rondaba el giro lingüístico, el discurso sobre objetos observables dio paso al discurso sobre términos observacionales. Fue una buena maniobra, pero no lo bastante buena. Los términos «palo», «piedra», «leche», «mamá» están muy bien, pero muchas proferencias que registran observaciones no son términos, ni anuncios de objetos; por ejemplo «Hace frío» o «Está lloviendo». Otro fallo era que, al tomar términos como punto de partida, trucamos la reificación: concedemos referencia objetiva sin control, sin considerar su propósito o lo que conlleva. [76] Por tanto, constituyó una mejora adicional el pasar de términos observacionales a enunciados observacionales. Los ejemplos anteriores aún valían, puesto que «Palo», «Piedra», «Leche» y «Mamá» cuentan igualmente como enunciados de una sola palabra, a la par con «Está lloviendo» y «Hace frío». Todos cuentan como enunciados ocasionales, verdaderos en algunas ocasiones y falsos en otras. El asentir selectivamente a ellos puede condicionarse a estimulaciones sensoriales apropiadas. Cuando el niño comienza a hablar de su entorno, los enunciados observacionales serán su medio, pues pueden aprenderse sin la ayuda del lenguaje previo. Algunos de ellos —«Palo», «Piedra», etc.— adoptan el estatuto de términos cuando la reificación se inserta en ellos. He argumentado que la más clara manifestación de ese estadio es la variable ligada, o su prototipo, el pronombre en subordinadas de relativo. Véanse §§4 y 6. Pero insistamos en los enunciados observacionales. Se ha puesto de moda remarcar la relatividad de la observación. Cuando los científicos ordenan y comprueban sus propios datos o los de otro, no van más allá de lo necesario para asegurar el acuerdo entre los observadores versados en la materia, pues son personas razonables. «La mezcla está a 180o» y «El sulfito de hidrógeno se escapa» son lo bastante observacionales para todos ellos e incluso algunos enunciados más rebuscados también lo son. La noción práctica de observación es, así, relativa a una u otra comunidad limitada. Un enunciado observa1

Estoy en deuda con Burton Dreben, quien, como de costumbre, me ha proporcionado útiles sugerencias en los borradores.

cional es un enunciado ocasional que los miembros de la comunidad pueden establecer, mediante observación directa, a su total satisfacción. Sin embargo, con fines filosóficos podemos profundizar más y lograr unos patrones sencillos para la comunidad lingüística completa. En este sentido, observable es cualquier cosa que pueda atestiguar inmediatamente cualquier observador que domine una lengua y se halle en posesión de sus cinco sentidos. Si los científicos persistieran, de forma perversa, en exigir evidencia adicional, más allá de lo que bastaba para el acuerdo, sus observables se reducirían en su mayor parte a los de la comunidad lingüística completa. Sólo unos pocos, como el olor indescriptible de algún gas raro, resistirían la reducción. Los enunciados observacionales, incluso en este sentido último, constituyen informes, no de los datos de los sentidos mismos, [77] sino de circunstancias externas corrientes, como mis primeros seis ejemplos muestran. Sin embargo, muchos de ellos se aprenden mediante el condicionamiento directo a la estimulación sensorial, y de hecho todos pueden condicionarse de ese modo. De ahí su significación epistemológica como vínculo entre nuestra estimulación sensorial y nuestras teorías sobre el mundo. De ahí también su significación semántica para la traducción radical. Para el traductor, constituyen la cuña de entrada en el lenguaje cognoscitivo, así como para el niño en su tierra nativa. Otras proferencias —saludos, órdenes, preguntas— también constarán entre las adquisiciones tempranas, pero los primeros enunciados declarativos que se dominan están destinados a ser enunciados observacionales y se hallan habitualmente constituidos por una palabra. El lingüista trata de emparejar enunciados observacionales del lenguaje de la selva con enunciados observacionales propios que posean los mismos significados estimulativos. Es decir, el asentimiento a los dos enunciados resultaría inducido por las mismas estimulaciones, y lo mismo con el disentimiento. 2. LA ESTIMULACIÓN Podría entonces parecer que tal emparejamiento de enunciados observacionales depende de la identidad de estimulación por ambas partes: el lingüista y el informante. Sin embargo, un acaecimiento de estimulación, en mi uso del término, es la activación de algún subconjunto de los receptores sensoriales del sujeto. Puesto que el lingüista y su informante no comparten ningún receptor, ¿cómo puede decirse que comparten una estimulación? Podríamos decir, más bien, que experimentan una estimulación similar, pero ello todavía supondría una homología aproximada de las terminales nerviosas de un individuo a otro. Seguramente tales minucias anatómicas no deben importar aquí. Expresé tal incomodidad ya en 19652 y en 1981 ello me indujo a reajustar mi definición de enunciado observacional. En mi de-[78]-finición original había recurrido a la identidad de significado estimulativo entre hablantes,3 pero en 1981 lo definí más bien para el hablante individual, con la siguiente condición:
Si preguntar el enunciado induce el asentimiento del hablante en una ocasión, lo inducirá similarmente en cualquier otra ocasión cuando el mismo conjunto total de receptores se halle activado, y lo mismo para el disentimiento.4

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Por ejemplo, en la conferencia «Propositional objects», publicada en Ontological Relativity and other Essays (trad. cit.). 3 Así sucede en Word and Object, pág. 43 (trad. cit.). 4 Theories and Things. pág. 25 (trad. cast.: Teorías y cosas, México, UNAM, 1986).

El enunciado observacional para una comunidad completa lo expliqué entonces como el que fuera observacional para cada uno de sus miembros. Me pareció que de este modo la cuestión de la identidad intersubjetiva de estimulación podría sortearse en los estudios sobre el método científico y transferirse a los estudios sobre la traducción. Sin embargo, allí continuaban molestando. El asunto fue muy discutido en el curso de un seminario restringido con Davidson, Dreben y Føllesdal en 1984.5 Dos años más tarde, en el congreso de San Luis sobre mi filosofía,6 Lars Bergström observó que mi propuesta de sortear el asunto en los estudios sobre el método científico tampoco funcionaría, pues un enunciado podría ser observacional para diversos hablantes sin que éstos estuviesen dispuestos a asentir a él en las mismas situaciones. Es extraño que esto me pasara por alto, pues ya en una conferencia de 1974 había yo señalado que el enunciado del pescador «Sentí sólo un mordisqueo en el anzuelo» cuenta como observacional sólo para el individuo y no para el grupo.7 En el congreso de Stanford, Davidson propuso estipular la similitud intersubjetiva de estimulación localizando el estímulo, no en la superficie corporal, sino más hacia afuera, en la causa compartida más cercana del comportamiento pertinente de los dos sujetos. En el caso de que para ese objetivo fallara un conejo u otro [79] cuerpo, quizá el estímulo consistiría en una situación compartida, si es que a las situaciones puede dárseles sentido ontológico. Sin embargo, me mantengo firme en localizar la estimulación en la entrada neuronal, pues mi interés es epistemológico, por más que naturalizado. Estoy interesado en el flujo de la evidencia desde la activación de los sentidos a los pronunciamientos de la ciencia; también lo estoy en el núcleo racional de la reificación y en las credenciales de la noción de significado cognoscitivo, si es que hay alguna. Tales preocupaciones epistemológicas son lo que motiva mis especulaciones sobre la traducción radical y no mi interés incidental en la lingüística. Por descontado, de ahí procede mi indiferencia por los aspectos literarios o poéticos de la traducción y, por ello, para mí la reificación de los conejos —y similares— que lleva a cabo el sujeto constituye decididamente parte del argumento, que no debe descuidarse como si fuera parte del escenario. Por otro lado, mi propia aceptación de las terminales nerviosas, y desde luego de los conejos, es parte del escenario naturalista de mi investigación. La concepción a la que he llegado, respecto a la similitud intersubjetiva de la estimulación, es más bien que podemos simplemente apañarnos sin ella. El enunciado observacional «Conejo» tiene significado estimulativo para el lingüista y el enunciado observacional «Gavagai» tiene significado estimulativo para el informante. El lingüista observa a los nativos asintiendo a «Gavagai» cuando él, en su posición, habría asentido a «Conejo», así que trata de asignar su significado estimulativo de «Conejo» a «Gavagai» y de intercambiar «Gavagai» en ocasiones posteriores con objeto de obtener la aprobación de su informante. Animado por ello, adopta tentativamente «Conejo» como traducción. La empatía domina el aprendizaje del lenguaje, tanto para el niño como para el lingüista de campo. En el caso del niño, se trata de la empatía de los padres, que valoran lo apropiado de los enunciados observacionales del niño, advirtiendo su orientación e imaginando qué aspecto tendría la escena desde allí. En el caso del lingüista de campo, se trata de su propia empatía, cuando hace su primera conjetura acerca de «Gavagai» a partir de la orientación y la proferencia del nativo y de nuevo cuando pregunta «Gavagai» para obtener el asentimiento del nativo en una situación ulterior [80] prometedora. To5

Del 14 al 17 de julio, patrocinado por el Centro para el Estudio del Lenguaje y la Información de Stanford. 6 «Perspectives on Quine», Washington University, 9-13 de abril de 1988. 7 «The nature of natural knowledge», pág. 72.

dos tenemos una misteriosa habilidad para la empatía con las situaciones perceptivas del otro, por más que ignoremos el mecanismo fisiológico u óptico de su percepción. Esa habilidad es casi comparable a la que tenemos para reconocer los rostros, aun siendo incapaces de dibujarlos o describirlos. La empatía guía al lingüista aun cuando se eleve sobre los enunciados observacionales, a través de sus hipótesis analíticas, aunque aquí lo que intenta es proyectarse a las asociaciones y tendencias gramaticales del nativo, más bien que a sus percepciones. Algo muy parecido debe cumplirse en el niño que crece. En cuanto a la laguna que Bergströn señaló en mi definición de enunciado observacional, mi nueva línea de pensamiento sería mantener mi definición de enunciado observacional de 1981 para el hablante individual y definir entonces el enunciado observacional para un grupo de hablantes como el enunciado que sea observacional para cada miembro del grupo y tal que cada uno de ellos esté de acuerdo en asentir a —o disentir de— él, al presenciar la ocasión pertinente. Al igual que en el caso de la traducción, lo que cuente como presenciar la ocasión se juzgará mediante la proyección de uno mismo a la posición del observador. 3. A CADA UNO LO SUYO Un manual pionero de traducción halla su utilidad como ayuda para el trato con la comunidad nativa. El éxito en la comunicación se juzga por la fluidez de la conversación, por la frecuente predecibilidad de las reacciones verbales y no verbales y por la coherencia y plausibilidad del testimonio nativo. Es más bien un asunto de mejores y peores manuales que de manuales abiertamente correctos o equivocados. Los enunciados observacionales continúan siendo la cuña de entrada para el niño y para el lingüista de campo y continúan imponiendo el acuerdo más firme entre manuales rivales de traducción; pero su característica objetividad resulta ahora enturbiada por el rechazo del significado estimulativo compartido. Lo enteramente táctico es sólo la fluidez de la conversación y la efectividad en el trato que uno u otro manual de traducción contribuyen a inducir. [81] La discusión con Dreben ayudó a clarificar estas consecuencias de mi nueva concepción. En Word and Object [Palabra y objeto] había ya señalado que la comunicación no presupone similitud en las redes nerviosas; la conducta verbal es inculcada sólo en base a la fuerza de la estimulación superficial. Ése fue el sentido de mi parábola de los matorrales podados (pág. 8): parejos en su forma externa, pero brutalmente disimilares en sus brotes y ramas internos. Proteged la superficie y lo protegéis todo, en palabras del fabricante de pintura; pero ahora, al dejar la superficie misma a los tiernos cuidados del pintor, huyo aún más del individuo, con lo que su privacidad se amplía al mismo ritmo. A diferencia de Davidson, dejo las estimulaciones en la superficie del sujeto y el significado estimulativo privado con ellas. Sin embargo, en lo que a mi concierne, pueden ser tan características como el mismo cableado interno del sujeto. Lo que flota en el aire es nuestro lenguaje común, que cada uno es libre de internalizar a su modo neuronal peculiar. El lenguaje es el lugar donde la intersubjetividad se asienta, así que la comunicación tiene el nombre correcto. Un manual de traducción del idioma de la jungla al idioma del traductor constituye una definición inductiva de una relación de traducción junto con la afirmación de que esa traducción correlaciona, de forma compatible, los enunciados con el comportamiento de todos los sujetos relevantes. La tesis de la indeterminación de la traducción

consiste en decir que tales afirmaciones, por parte de los dos manuales, podrían ser ambas verdaderas y, sin embargo, resultar que las dos relaciones de traducción podrían no ser alternativamente utilizables, de enunciado a enunciado, sin producir secuencias incoherentes. Por decirlo de otro modo, los enunciados prescritos por los dos manuales rivales, como traducciones de un enunciado determinado de la lengua de la jungla, podrían no ser intercambiables en los contextos del idioma del traductor. El uso de uno u otro manual podría desde luego producir diferencias posteriores en el habla, como señaló Robert Kirk en relación con el discurso de actitud proposicional; pero los dos harían justicia por igual al statu quo. Es poco probable que la indeterminación de la traducción sea un obstáculo en la práctica, incluso respecto a la traducción radi-[82]-cal.8 Existe una buena razón para ello. El lingüista supone que las actitudes y formas de pensar del nativo son similares a las suyas, hasta el punto en que aparezca evidencia en contra. De acuerdo con ello, impone su propia ontología y sus propios patrones lingüísticos al nativo, dondequiera que ello sea compatible con el habla y con el resto del comportamiento del nativo, a menos que un proceder contrario ofrezca sorprendentes simplificaciones. No podríamos desear que fuera de otro modo. La intención de la tesis de la indeterminación de la traducción es sacar a relucir que el traductor radical está destinado tanto a imponer abiertamente como a descubrir. 4. LA SINTAXIS Ciertos lectores han supuesto que extiendo mi tesis de la indeterminación a la sintaxis. Ello me produjo perplejidad, hasta que recientemente detecté una razón sutil de ese malentendido. En Word and Object (págs. 53, 68-72) afirmé que nuestro aparato característico de reificación y referencia está sujeto a la indeterminación de la traducción. Tal aparato incluye los pronombres, la identidad, las terminaciones del plural y, desde luego, cualquier otra cosa que contribuya a los fines lógicos de los cuantificadores y las variables. Pero tales recursos, como han aducido algunos de mis lectores, son parte de aquello de lo que trata la sintaxis; por ello, suponen que la indeterminación se extiende a la sintaxis. La tarea de la sintaxis es delimitar las concatenaciones apropiadas de fonemas del lenguaje. Más de una serie de construcciones gramaticales y de vocabulario podrían probablemente generar el mismo producto total de concatenaciones, pero en esa libertad no existe una indeterminación análoga a la de la traducción. La indeterminación de la traducción consiste más bien en el conflicto en las mismas concatenaciones producidas.9 [83] Lo que confundió a esos lectores fue la indeterminación de la traducción de los pronombres y de otros recursos referenciales. Sin embargo, la indeterminación consistía sólo en saber si hay que identificar ciertas locuciones del lenguaje de la jungla con tales recursos o con otra cosa. El traductor los acomodará de todas formas, cualesquiera que sean sus traducciones. Puede llamarles pronombres, plurales, cuantificadores, etc. o puede no hacerlo, según lo que piense en términos de uno u otro manual de traducción. La diferencia será sólo verbal o, a lo sumo, consistirá en la elección de una estructura

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Véase Levy, págs. 594-600, para un ejemplo artificial de indeterminación de la traducción basado en la geometría y la física. 9 El especialista en sintaxis puede por supuesto ejercitar algo de libertad al establecer los límites del lenguaje, pero sólo marginalmente. Véase From a Logical Point of View, págs. 53-55 (trad. cit.).

sintáctica, más bien que de otra, para generar uno y el mismo producto total de concatenaciones en el lenguaje de la jungla. Un factor que puede haber contribuido al malentendido es la variación en el uso de la palabra «gramática», que a veces se aplica de forma bastante amplia. Con ello en mente he estado usando ahora el término «sintaxis». 5. LA INESCRUTABILIDAD DE LA REFERENCIA Una gruesa e imponente revista de filosofía del lenguaje se publica semestralmente en español en las islas Canarias bajo el título de Gavagai. Un libro de David Premack, sobre sus experimentos con chimpancés, apareció más tarde bajo el título de Gavagai. Hubert Dreyfus lleva las placas de matrícula de California en su Volkswagen Rabbit con la palabra «Gavagai». El término ha devenido el logotipo de mi tesis de la indeterminación de la traducción y se está abriendo camino a un mundo más amplio. Irónicamente, ilustrar la indeterminación de la traducción en un sentido más fuerte no fue la razón de que acuñara la palabra «gavagai». Considerada como un término, la palabra ilustraba la inescrutabilidad de la referencia; considerada como un enunciado, la palabra no ilustraba la indeterminación de la traducción holística de enunciados, que es la tesis más general, pues «Gavagai» es un enunciado observacional, traducible de manera bastante segura como «(Ahí hay un) conejo». La traducción de «Gavagai» por «(Ahí hay un) conejo» es insuficiente para fijar la referencia de «gavagai» como término; ésa [84] fue la intención del ejemplo. La inescrutabilidad de la referencia, en ese sentido, era escasamente discutible. Resultó de hecho ilustrada por los clasificadores japoneses y chinos (Ontological Relativity [La relatividad ontológica], págs. 35-38) y apareció un argumento más abstracto para ella en las funciones sustitutivas (Theories and Things [Teorías y cosas], págs. 19-22). Las expresiones «inescrutabilidad de la referencia» y «relatividad ontológica» dominan mi explicación de estos temas y ciertos amables lectores han tratado de buscar una distinción técnica entre ellas que no estaba clara en mi propia mente. Sin embargo, puedo ahora decir de forma más sucinta de lo que lo hice en las conferencias, el artículo y el libro de ese título con respecto a qué es relativa la relatividad ontológica: es relativa a un manual de traducción. Decir que «gavagai» denota conejos es optar por un manual de traducción en el que «gavagai» se traduce por «conejo» en lugar de optar por cualquiera de los manuales alternativos. ¿Se extiende de algún modo la inescrutabilidad, o relatividad, también al lenguaje propio? Así lo afirmé en «La relatividad ontológica», pues el lenguaje propio puede traducirse a sí mismo mediante permutaciones que materialmente se diferencian de la mera transformación de identidad, como las funciones sustitutivas confirman. Pero, si escogemos la transformación de identidad como nuestro manual de traducción, tomando así el lenguaje propio en su valor literal, la relatividad se resuelve. La referencia se explica entonces por medio de paradigmas análogos al paradigma de la verdad en el sentido de Tarski; así, «conejo» denota conejos, sean éstos lo que sean, y «Boston» designa Boston. 6. LA REIFICACIÓN Nosotros, y nuestros compañeros los mamíferos, tenemos un robusto sentido de la realidad de los cuerpos grandes en nuestro entorno. Ello depende de manchas integradas

y sobresalientes y de bordes agudos en el campo visual, reforzado por estimulaciones táctiles u olfativas correlacionadas y básicamente sujetas sólo a distorsión gradual en el tiempo. Seguramente aquí está la raíz de la reificación. Sin embargo, empezaré por decir que la presenta-[85]-ción recurrente de un cuerpo constituye un fenómeno bastante paralelo a otras similitudes estimulativas que no producen reificación. En principio, el encararse repetidamente con una pelota está a la par con la exposición repetida al sol o al aire fresco; la cuestión de si se trata de la misma pelota no tiene más sentido que la de si se trata del mismo rayo de sol o de la misma brisa. Es cierto que se observa al niño esperar la reaparición de un objeto moviéndose en línea recta, después de pasar tras una pantalla, pero todo esto sucede dentro del presente especioso y es evidentemente más bien una cuestión de simple extrapolación que de nada que merezca el nombre de reificación. También el reconocimiento por parte del perro de un individuo repetido está fuera de lugar aquí, pues el perro responde a un olor característico o a otro rasgo que no están disponibles en el caso de pelotas cualitativamente indistinguibles. Para nosotros, la pregunta de si estamos viendo la misma pelota o la misma moneda o sólo una parecida es significativa incluso en casos en los que queda sin respuesta. Es aquí donde la reificación de los cuerpos surge en toda su plenitud. Esta venerable teoría de la persistencia y recurrencia de los cuerpos es característica del uso de la reificación al integrar nuestro sistema del mundo. Si tuviera que intentar decidir si la moneda que está ahora en mi bolsillo es la misma que estaba ahí la semana pasada o se trata sólo de otra igual, trataría de reconstruir la explicación más simple y plausible de mis movimientos, ropas y gastos en el ínterin. Las cosas reificadas sirven como nodos o puntos de referencia en la estructura que hemos elaborado progresivamente como nuestra teoría de la naturaleza. Los cuerpos fueron lo principal, pero posteriormente logramos vínculos adicionales para nuestra estructura teórica, mediante la reificación de los números y de otros objetos abstractos y también de la de objetos concretos imperceptibles. La contribución técnica de todas esas reificaciones parece consistir en un fortalecimiento de las implicaciones entre las observaciones y la teoría superior, apretando así las flojas relaciones veritativo-funcionales. Véase «Events and reification», págs. 169-171. La enseñanza de las funciones sustitutivas es que todos los servicios técnicos aportados por nuestra ontología podrían igualmente lograrse mediante cualquier ontología alternativa, con la [86] única condición de que podamos establecer una correspondencia biunívoca entre ambas. Así, los mismos cuerpos grandes, miembros privilegiados de nuestra ontología, podrían reemplazarse por sus representantes y no ser echados en falta. Las manchas visuales primordiales todavía prevalecerían en toda su integridad y remarcabilidad y los mismos enunciados observacionales anteriores estarían igualmente vinculados a ellas, pero la denotación de los términos habría cambiado, así como los valores de las variables. 7. LA EXPERIMENTACIÓN La indeterminación de la traducción de enunciados considerados globalmente es, por tanto, una cosa y la indeterminación de la traducción de esas mismas expresiones, u otras, consideradas como términos, es otra completamente distinta, a saber, la relatividad ontológica o inescrutabilidad de la referencia. Pues bien, hay todavía una tercera cosa: la subdeterminación de la teoría científica. Hablando toscamente, consiste en que distintas teorías del mundo pueden ser empíricamente equivalentes.

La equivalencia empírica tiene que ver con la relación entre la teoría y la observación. Esa relación sale a relucir más claramente en la experimentación, así que echémosle una ojeada. El científico posee una reserva de teoría ya aceptada y está considerando una hipótesis para una posible incorporación a ella. La teoría le dice que, si la hipótesis bajo consideración es verdadera, entonces siempre que cierta situación observable tenga lugar, cierto efecto debería poder observarse. Así, pone la situación en cuestión en marcha y, si el efecto predicho no aparece, abandona la hipótesis, mientras que, si el efecto aparece, la hipótesis puede ser verdadera y, por tanto, puede tentativamente añadirse a la reserva de teoría. Supongamos un equipo de mineralogistas de campo que ha encontrado un mineral cristalino desconocido, con un aspecto distintivamente rosado. Se refieren a él provisionalmente como litolita, a falta de mejor nombre. Uno de ellos conjetura su composición química, lo cual constituye la hipótesis, cuyos detalles obviaré aquí. A partir de su reserva de saber químico razona que, si su hipótesis química es verdadera, entonces un trozo de litolita [87] debería emitir sulfito de hidrógeno al ser calentado por encima de 180° C. Estas últimas estipulaciones constituyen lo observable, pues nuestro mineralogista y sus colegas reconocen la litolita cuando la ven, el sulfito de hidrógeno cuando lo huelen y, además, pueden leer un termómetro. Por tanto, la comprobación de una hipótesis depende de una relación lógica de implicación. Del lado teórico tenemos la reserva de teoría aceptada más la hipótesis; esta combinación constituye el antecedente de la implicación. Del lado observacional, tenemos una generalización implicada que puede ser directamente comprobada, es decir, directamente desafiada: en este caso calentando un poco del material rosado y oliendo. 8. LOS CATEGÓRICOS OBSERVACIONALES Una generalización que se compone de observables en esta forma —«Siempre que esto, eso»— es lo que llamo un categórico observacional. Se compone de enunciados observacionales. El «siempre» no intenta reificar los momentos de tiempo y cuantificar sobre ellos; lo que se intenta es una generalidad irreductible previa a toda referencia objetiva. Se trata de una generalidad al efecto de que las circunstancias descritas en uno de los enunciados observacionales vayan invariablemente acompañadas por las descritas en el otro.10 Aunque compuesto de dos enunciados ocasionales, el categórico observacional es en sí mismo un enunciado firme: es juego limpio para la implicación a partir de la teoría científica. Ello resuelve el problema de vincular lógicamente la teoría a la observación, al tiempo que resume la situación experimental. Tal situación es donde una hipótesis se comprueba mediante un experimento. Una situación opuesta resulta igualmente fami-[88]-liar: una observación casual puede inducirnos a conjeturar un nuevo categórico observacional y podemos inventar una hipótesis teórica para explicarla. Por ejemplo, podemos percibir sauces inclinados sobre un arroyo. Ello sugiere el categórico observacional: «Cuando un sauce crece al borde del agua, se inclina sobre ella»; a su vez, ello sugiere una hipótesis teórica: «La raíz de un sauce alimenta principalmente su propio lado del árbol». Tomados junto con trocitos previos de teoría, como por ejemplo que las raíces obtienen más nutrientes del suelo húmedo y
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El categórico observacional no debe confundirse con el condicional observacional, una noción menos fructífera que aventuré en 1975. El condicional observacional está formado por dos enunciados firmes, cada uno de los cuales se ha construido sobre la base de un enunciado observacional, con la ayuda de la teoría. Véase Theories and Things, págs. 26-27 (trad. cit.).

que la nutrición promueve el crecimiento de ramas, hallamos que la hipótesis implica el categórico observacional. Otros categóricos observacionales resultarán también implicados y la comprobación continuada de las hipótesis procedería comprobando varios de ellos, junto con la comprobación adicional del que de hecho sugiriera la hipótesis. Sin embargo, debe advertirse que el categórico observacional de este ejemplo particular excede mi definición de un modo sutil: no se compone de dos enunciados observacionales autosuficientes. Su segundo componente, «se inclina sobre el agua», se refiere de nuevo al sauce del primer componente. Lo que aparece, pues, aquí puede llamarse un categórico observacional objetual, como algo distinto de uno primitivo. El categórico primitivo tenía la forma «Siempre que esto, aquello»; era, pues, una generalización irreductible, sin incluir pensamiento alguno sobre cuantificación o variables ligadas. Por otro lado, el categórico observacional objetual depende de hecho de la cuantificación o de algo equivalente. Se trata de una construcción sofisticada: «Siempre que así y asá, ocurre también que así y asá» o, por supuesto, «Todo S es P»: «Todo sauce en el borde del agua se inclina sobre el agua». Ello presupone la reificación de los sauces. Los categóricos observacionales primitivos, a diferencia de los objetuales, son expresiones ontológicamente inocentes respecto a la expectativa generalizada. Sería de esperar que algunos de ellos entraran a formar parte del repertorio del niño, al poco de sus primeros enunciados observacionales, y mucho antes de que tuviera lugar la predicación y la referencia objetiva o reificación. Ellos serían sus primeros enunciados firmes. Sin embargo, hasta cierto punto tales enunciados pueden ya simular la predicación y la referencia objetiva. Compárense «Tab-[89]-by es blanco» y «Siempre que Tabby, blanco». El primero requiere que toda presentación de Tabby ocupe una parte blanca de la escena, mientras que el segundo requiere meramente que Tabby aparezca sólo cuando lo blanco se halle presente en algún lugar. El primer enunciado es un categórico observacional objetual y el segundo, uno primitivo. Sin embargo, el niño puede adquirir «Tabby es blanco» en el modo primitivo de «Siempre que Tabby, blanco», sin percatarse de la discrepancia durante un tiempo, pues las escenas primeramente asociadas con el enunciado observacional «Tabby» mostrarán a Tabby en el punto sobresaliente, mientras que las asociadas con «blanco» tendrán el blanco en su punto sobresaliente. El gato y lo blanco tenderán a estar en el registro, como dicen los impresores. Después de todo, subsumir el primer conjunto de escenas bajo el segundo casi determinará suficientemente que el gato es blanco. Así, los categóricos observacionales primitivos pueden incluso poner al niño en el camino de la reificación. Pienso que la utilidad inicial de la reificación consiste sólo en tal agrupamiento de cualidades: expresar que el gato y lo blanco constituyen la misma porción de la escena. 9. PRUEBA Y REFUTACIÓN El estímulo bajo el que un hablante está dispuesto a asentir a un enunciado observacional constituye lo que he llamado el significado estimulativo afirmativo que el enunciado tiene para él. Si el significado estimulativo afirmativo de un enunciado observacional se incluye en el de otro, el categórico observacional que se compone de tales enunciados observacionales, en ese orden, será analítico. Un ejemplo, que me comunicó Thomas Tymoczko, es «Donde haya tres palos, hay dos palos». Otro ejemplo es «Si es un petirrojo, es un pájaro», o más brevemente: «Los petirrojos son pájaros». El ejemplo de Tymoczko es un categórico observacional primitivo, a pesar de su carácter aritmético, y el otro es objetual.

Un juicio analítico para Kant era uno cuyo sujeto estaba contenido en su predicado. Así, nuestra presente variedad, también basada en la inclusión, resulta algo evocadora de la suya. Los categó-[90]-ricos observacionales analíticos, así definidos, son analíticos estimulativos en el sentido de Word and Object (págs. 65-66), y supongo que en su mayor parte analíticos en el sentido de The Roots of Reference [Las raíces de la referencia] (págs. 78-80). Es el otro tipo de categórico observacional, el sintético, el que reclama comprobación y la obtiene, para la verdad o la falsedad, mediante pares de observaciones. No resulta verificado concluyentemente por observaciones que se ajusten a él, pero resulta refutado por un par de observaciones, una afirmativa y otra negativa; así sucede con la observación de litolita a 180° C en ausencia de sulfito de hidrógeno o con la observación de sauces ribereños que se inclinan en sentido contrario al agua. El categórico observacional primitivo «cuando el sol sale, los pájaros cantan» resulta refutado observando el amanecer entre pájaros silenciosos. A su vez, la prueba observacional de las hipótesis científicas y desde luego de los enunciados en general consiste en la comprobación de categóricos observacionales sintéticos implicados por ellos. Aquí, de nuevo, como en el caso del categórico observacional mismo, no hay verificación concluyente, sino sólo refutación. Refútese un categórico observacional, mediante una observación afirmativa y una negativa y se habrá refutado cualquier cosa implicada por él. Pero permítaseme recordar que la hipótesis sobre la composición química de la litolita no implicaba, ella sola, su categórico observacional; lo implicaba con la ayuda de una reserva de teoría científica aceptada. Con objeto de deducir un categórico observacional de una hipótesis dada, podemos tener que lograr la ayuda de otros enunciados teóricos y de muchas trivialidades de sentido común que van implícitas, y quizás incluso la ayuda de la aritmética y de otras partes de la matemática. 10. EL HOLISMO En esa situación, la falsedad del categórico observacional no refuta concluyentemente la hipótesis; lo que refuta es la conjunción de enunciados que se necesitaba para implicar el categórico observacional. Con objeto de negar esa conjunción no necesita[91]-mos negar la hipótesis en cuestión; en lugar de ello, podríamos negar algún otro enunciado de la conjunción; de hecho, cualquiera de ellos. Se trata de la importante idea llamada holismo. Pierre Duhem logró bastante con ella a principios de siglo, aunque no demasiado. El científico concibe su experimento como una comprobación específica de la nueva hipótesis, pero sólo porque ése era el enunciado que se estaba cuestionando y que estaba listo para rechazar. Además, hay también situaciones en las que el científico carece de toda hipótesis preconcebida, en las que sencillamente se fija en un fenómeno anómalo. En este caso, repara en un contraejemplo de un categórico observacional que, de acuerdo con su teoría global vigente, debería haber sido verdadero. Así, contempla su teoría con ojo crítico. Haciendo el proceso exageradamente lógico, podemos representar la asimilación de un categórico observacional fallido como sigue. Tenemos ante nosotros un conjunto S de creencias y hallamos que S implica globalmente el categórico falso. La implicación puede tomarse aquí simplemente como la deducibilidad mediante la lógica de las funciones de verdad, la cuantificación y la identidad. (Podemos siempre suministrar consecuencias más sustanciales incorporando explícitamente premisas apropiadas a S.) Ve-

mos entonces que uno o más de los enunciados de S tendrán que ser revocados. Exceptuamos a algunos miembros de S de esa amenaza al determinar que la fatal implicación todavía se mantiene sin su ayuda. Toda verdad puramente lógica resulta así exceptuada, pues nada añade a lo que S implicaría lógicamente en todo caso, y diversos enunciados de S serán exceptuados también. De los restantes miembros de S revocamos uno que parece el más sospechoso o el menos crucial para nuestra teoría global. Prestamos atención al máximo de mutilación mínima. Si los restantes miembros de S todavía conspiran para implicar el categórico falso, tratamos de revocar otro y restauramos el primero. Si el categórico falso resulta todavía implicado, tratamos de revocarlos a ambos. Continuamos así hasta que la implicación resulte desactivada. Sin embargo, esto es sólo el principio. Debemos también seguir la pista de conjuntos de enunciados en otra parte, en nues-[92]-tra teoría global, que impliquen a esos enunciados recientemente revocados, pues ellos deben ser desactivados también. Continuamos así hasta que la consistencia parezca restaurarse: tal es la mutilación que el máximo de mutilación mínima intenta minimizar. En particular, en nuestra elección de los enunciados de S que debemos revocar, ese máximo nos constriñe a salvaguardar toda verdad puramente matemática, pues la matemática se infiltra en todas las ramas de nuestro sistema del mundo y su destrucción reverberaría de forma intolerable. Si se le preguntara al científico por qué preserva la matemática, quizá respondería que sus leyes son necesariamente verdaderas, pero me parece que lo que obtenemos así es más bien una explicación de la necesidad matemática en sí misma: reside en nuestra política implícita de proteger la matemática ejercitando nuestra libertad para rechazar otras creencias en lugar de ella. Así, la elección de las creencias a rechazar es indiferente sólo en lo que concierne al categórico observacional fallido, y nada más cuenta. Como vimos, está bien no desequilibrar la situación más de lo necesario. Sin embargo, la simplicidad de la teoría resultante es otra consideración a servir de guía y, si el científico ve el modo de ganar mucho en simplicidad, estará incluso listo para desequilibrar la situación muy considerablemente en función de ello. Pero el objetivo último consiste en escoger la revisión de forma que maximice el éxito futuro en la predicción: la futura cobertura de categóricos observacionales verdaderos. No hay receta para ello, pero la maximización de la simplicidad y la minimización de la mutilación son principios que la ciencia se esfuerza en vindicar para las predicciones futuras. Es difícil ver cómo puede alguien cuestionar el holismo, en el sentido que tenemos ahora ante nosotros. Desde luego, Grünbaum ha argumentado contra el holismo, pero en un sentido del término que yo no he mantenido nunca. Su construcción del holismo consiste en afirmar que, cuando una predicción falla, podemos siempre salvar la hipótesis amenazada revisando la reserva de teoría aceptada de forma que esa teoría, más la hipótesis amenazada, impliquen el fallo de la predicción. No reconozco tal pretensión. La desactivación de la implicación falsa es lo único que está en [93] cuestión. Explicar lo que inesperadamente sea contrario a la observación constituye otro paso muy diferente del progreso científico, que con el transcurso del tiempo puede o no hacerse. El holismo, en este sentido moderado, constituye una evidente pero vital corrección de la concepción ingenua de los enunciados científicos, considerados como dotados cada uno de su propio contenido empírico separable. El contenido está compartido, incluso por la matemática, en la medida en que ésta resulte aplicada. Un conjunto o conjunción de enunciados lo bastante inclusivo para implicar categóricos observacionales sintéticos sin la ayuda externa puede llamarse comprobable. Algunos enunciados individuales aislados cuentan como comprobables, notablemente los categóricos observacionales mismos. Sin embargo, la mayor parte de las veces un conjun-

to o conjunción de enunciados comprobable ha de ser bastante grande y ésa es la carga del holismo. Se trata de una cuestión de masa crítica semántica. 11. EL CONTENIDO EMPÍRICO Los científicos pueden sentir que mi explicación de la prueba y la refutación es todavía bastamente simplificadora, a pesar de su encomiable holismo. En la práctica, una predicción que falla es a menudo disculpada y la hipótesis salvada, hallando o asumiendo alguna interferencia. Sin embargo, la excusa puede analizarse, en mis términos, como el descubrimiento de un error lógico en la deducción del categórico observacional que se estaba comprobando. Alguna cualificación tácita de ceteris paribus requería ser eliminada. Alguna de sus cláusulas tácitas habría hecho falta entre las condiciones experimentales —y, por tanto, en el antecedente del categórico observacional— para que la implicación resultara fijada rigurosamente. El científico no tabula de antemano el fondo total de principios y suposiciones técnicas, y mucho menos las trivialidades de sentido común y las leyes matemáticas, que hay que añadir a la hipótesis en consideración con objeto de implicar el categórico observacional del experimento. Sería una labor hercúlea sacar a relucir todas las premisas y líneas lógicas de implicación que fi-[94]-nalmente vinculan las amplias leyes de la física con la observación, si es que están vinculadas, o en la medida en que lo estén. Pero mi preocupación versa sobre la estructura lógica central de la evidencia empírica. El propósito de mi esquematismo de los categóricos observacionales es sugerir cómo, en principio, la ciencia empírica podría proceder si todo fuera explícitamente establecido: ¡el cielo lo impida! Uniendo las expresiones de Kant y de Russell, estamos ante la cuestión de cómo es posible nuestro conocimiento del mundo externo. Nuestra construcción nos permite definir el contenido empírico de un enunciado o de un conjunto de ellos. Podemos definirlo como el conjunto de todos los categóricos observacionales sintéticos implicados, más todos los categóricos observacionales adicionales que puedan ser estimulativamente sinónimos con cualquiera de ellos. Dos categóricos observacionales son estimulativamente sinónimos si sus enunciados observacionales componentes tienen el mismo significado estimulativo. Recordando las reflexiones de § 2 sobre el significado estimulativo, advertimos ahora que se trata de una cuestión de sinonimia estimulativa para cada hablante relevante, no de sinonimia entre hablantes. Hemos dejado ya muy atrás la concepción de los términos como vehículos de significado. Al comienzo trasladábamos la carga a los enunciados y vemos ahora que en su mayor parte debemos colocarla más bien en conjuntos o grandes conjunciones de enunciados. Un enunciado o conjunto de enunciados está desprovisto de contenido empírico a menos que sea comprobable. Estas palabras constituyen un eco de la vieja teoría verificacionista del significado, pero ganan nueva fuerza a partir de nuestro patrón holístico de comprobabilidad. ¿Escapan nuestras leyes científicas a la evidencia, en su conjunto? Yosida escribe (págs. 207-208) que nuestras leyes «pueden pasarse de moda, [...] nunca son refutadas mediante la observación directa, son los viejos soldados que nunca mueren, sino que sólo desaparecen». Muy bien: si en una explicación final éste es el estado de la cuestión, entonces tales leyes deben considerarse desprovistas de contenido empírico sobre la base de cualquier estimación, sea la mía u otra.

[95] 12. TEORÍAS EQUIVALENTES Lo que resulta es que diferentes teorías globales del mundo, incluso si son lógicamente incompatibles, pueden ser empíricamente equivalentes; esto es, similares en contenido empírico. El ejemplo de Poincaré viene a la mente: una teoría supone un espacio infinito donde los cuerpos rígidos familiares se mueven sin cambiar de tamaño; la otra teoría supone un espacio esférico finito donde tales cuerpos se encogen uniformemente, a medida que se alejan del centro. Las dos son empíricamente equivalentes. Uno puede preguntar qué cuenta como diferentes teorías y qué cuenta meramente como diferentes formulaciones de la misma teoría. Si dos formulaciones empíricamente equivalentes de una teoría son convertibles entre sí enunciado a enunciado, mediante la reinterpretación de sus términos, seguramente deberíamos considerar que formulan la misma teoría. Si en un tratado de física intercambiamos sólo las palabras «protón» y «electrón», tenemos ya dos formulaciones que se relacionan de ese modo trivial. Por otro lado, las dos teorías de Poincaré no son convertibles entre sí de ese modo, pues una de ellas individualiza un punto central del espacio, mientras que otra no proporciona tal singularidad. De todas formas, ya no considero la cuestión de la identidad de las teorías un tema en el que merezca la pena detenerse más. Podemos sencillamente hablar de formulaciones de una teoría que son drásticamente diferentes, es decir, no reducibles la una a la otra mediante ningún sistema conocido de reinterpretación enunciado a enunciado, y dejar de lado la noción de teoría. Mantendré el término, pero puede reinterpretarse como una abreviatura de «formulación teórica». Hay un aire de paradoja en la equivalencia empírica de teorías lógicamente incompatibles. Sin embargo, el ejemplo de Poincaré es una instancia de ello, como lo es también el ejemplo trivial donde «protón» se cambiaba por «electrón». Existe, no obstante, un ajuste casi igualmente trivial, señalado por Davidson, que basta para resolver cualquier conflicto lógico entre teorías empíricamente equivalentes. Dada su equivalencia empírica, cualquier enunciado implicado por una de las teorías y negado por la otra tendrá en su contenido algún término teórico que no resulte fir-[96]-memente determinado por criterios empíricos; podemos, pues, explotar ese defecto reescribiendo el término en una de las teorías como un término diferente e independiente, resolviendo así la inconsistencia. 13. TEORÍAS RIVALES Queda entonces por decidir qué línea adoptar respecto a una teoría que sea lógicamente compatible con nuestro sistema global del mundo y que presumimos empíricamente equivalente a él, pero que no sea reducible a ese sistema, enunciado a enunciado, mediante ninguna interpretación conocida. Cuatro alternativas se han ido destacando en años recientes. Una es la línea dura que adopté en Theories and Things, págs. 21-22. Aquí consideramos nuestra teoría verdadera y la otra falsa, incluso creyéndolas empíricamente equivalentes. El argumento es que el predicado verdad tiene sentido sólo dentro de nuestra teoría, no existiendo ningún tribunal más alto. Somos libres de oscilar entre las dos teorías para obtener una perspectiva más rica del mundo, pero la teoría que consideramos verdadera es aquella en la que nos hallamos en ese momento. Ofende a nuestra sensibilidad empirista el distinguir tan injustamente entre teorías empíricamente equivalentes si son también igualmente elegantes. Adopté una segunda

línea, opuesta a la anterior, en el siguiente artículo, ocho páginas después (aunque la cancelé en una edición posterior), a saber, la consistente en aceptar ambas teorías como verdaderas. La dificultad señalada más arriba, acerca del predicado verdad, se resuelve entonces fusionando las teorías empíricamente equivalentes como una sola teoría en tándem. Una porción central, que comprende la lógica y mucho más, será común a las dos teorías; las alas salientes serán redundantes, en el sentido de que cualquiera de ellas, pero no las dos, podría suprimirse sin pérdida de contenido empírico. Dagfinn Føllesdal y Roger Gibson expresaron dudas sobre la solución tándem, pero aún la encuentro buena si ninguna de las alas usa términos extraños al resto del sistema, pues la mezcla enriquece nuestro fondo de verdades sobre el mundo, tal y como es-[97]peramos. Si, por otro lado, un ala utiliza términos adicionales e irreductibles, engendrados quizá por el método de Davidson para resolver la incompatibilidad, no veo buenas razones para coincidir con Føllesdal y Gibson. La subteoría que abarca los términos extraños es comparable a un anexo centrado en algún término científicamente indigerible, como «entelequia», «gracia» o «nirvana», siendo su única excusa que su incorporación es indiferente al contenido empírico de la teoría global. Ello ofende al ideal de economía de los científicos y a los estándares de significación de los empiristas. Así, mi posición actual es que la segunda línea, o línea tándem, es buena si ninguna de las teorías empíricamente equivalentes dadas contiene términos irreducibles a la otra y mala si ocurre lo contrario. Para este último caso se sugiere una tercera línea: descríbanse los enunciados que contienen los términos extraños como no siendo ni verdaderos ni falsos, pues el predicado verdad tiene sentido sólo en relación con nuestro lenguaje y con las traducciones a él. Una cuarta alternativa, que es la que me atrae ahora más, fue encarecidamente recomendada por Davidson en el encuentro de Stanford arriba mencionado. La idea aquí es que la economía, contraria a la concepción tándem, es imperativa sólo como un ideal de construcción de teorías, pero no de lenguaje. La aplicación significativa del predicado verdad, por otra parte, se extiende al todo del lenguaje y no está limitada a ninguna formulación teórica particular. Las teorías empíricamente equivalentes y lógicamente compatibles pueden aceptarse como descripciones verdaderas del mundo, incluso si una de ellas utiliza términos irreduciblemente extraños a la otra. No existe aquí el deber de fusionarlas en una teoría redundantemente única. Nuestro lenguaje puede abarcar los vocabularios completos de ambas teorías, y nuestro predicado verdad puede, pues, aplicarse a cada una por sus méritos propios. Esta línea está en el espíritu de la práctica científica, que en su mayor parte genera teorías de alcance limitado y considera verdaderas a cada una. Un sistema coherente total del mundo subsiste como ideal científico y filosófico, pero de nuevo múltiples modos de lograrlo pueden ser considerados verdaderos. La economía permanece todavía como algo imperativo en cada uno, co-[98]-mo también en cada una de las teorías de sentido común de alcance más modesto. Las teorías diferirán una de otra en sus ontologías, en los ámbitos de sus variables. Tales divergencias pueden acomodarse dentro del lenguaje inclusivo, asignando a cada teoría un predicado que pretende ser verdadero de todos y sólo los objetos de esa teoría. Los cuantificadores usados en la teoría han de ser, pues, construidos como restringidos tácitamente por ese predicado. Las cuantificaciones «∀x (...)» y «∃x (...)» deben leerse como «∀x (Fx →...)» y «∃x (Fx →...)», donde «F» está por ese predicado.

BIBLIOGRAFÍA Grünbaum, Adolf (1962), «The falsiability of theories», en Synthese, 14, págs. 17-34. Kirk, Robert (1969), «Quine's indeterminacy thesis», en Mind, 78, págs. 607-608. Levy, Edwin (1971), «Competing radical translations», en Boston Studies in Philosophy of Science, 8, págs. 590-605. Poincaré, Henri, Science and Hypothesis, cap. 4. Premack, David, Gavagai, Cambridge, Mass., MIT, 1986. Quine, W. V. (1960), Word and Object, Cambridge, Mass., MIT (trad. cast.: Palabra y objeto, Barcelona, Labor, 1968). — (1969), Ontological Relativity and Other Essays, Nueva York, Columbia (trad. cast.: La relatividad ontológica y otros ensayos, Madrid, Tecnos, 1974). — (1973), The Roots of Reference, La Salle, Ill., Open Court (trad. cast.: Las raíces de la referencia, Madrid, Alianza, 1988). — (1981), Theories and Things, Cambridge, Mass., Harvard (trad. cast.: Teorías y cosas, México, UNAM, 1986). — (1975), «The nature of natural knowledge», S. Gutteplan (comp.), Mind and language, Oxford, Clarendon, págs. 67-82. — (1985), «Events and reification», E. LePore y B. McLaughlin (comps.), Action and events, Oxford, Basil Blackwell, págs. 162-171, Yosida, Natuhiko (1984), «Scientific laws and tools for taxonomy», en Annals of Japanese Association for Philosophy of Sciencie, 6, págs. 207-218.