ORÍGENES DE LA ESCLAVITUD MODERNA EN EUROPA

por Julio Izquierdo Labrado

Las relaciones con África constituyeron, sin lugar a dudas, la base fundamental de todo el comercio de la comarca del Tinto y el Odiel, como lo era en el Algarve portugués y la costa atlántica de Andalucía, en la segunda mitad del siglo XV. La pesca primero, y luego el tráfico de esclavos, proporcionaron a los marinos mercaderes de la zona los productos esenciales de sus intercambios. Algunos autores adelantan estas relaciones con el continente africano a fechas demasiado tempranas. Este es el caso, por ejemplo, de Antonio Delgado, quien afirma que:
“En los si glos X IV y XV los mareantes de Palos, Moguer y Huelva frecuentaban la navegación de la costa de Guinea, de donde ext raían esclavos negros para los mercados de Andalucía, dando de ello el quinto para la hacienda pública, y para sostener el monopolio de este lucrativo comercio , hubo contiendas con Portugal , bien porfiadas y por muchos años...” 1.

Según Rumeu de Armas, fue a comienzos de la decimoquinta centuria cuando se inició un comercio entre la Baja Andalucía y el Norte de África. Tánger, Arcila, Azamor y Messa, al sur del Cabo de Aguer, fueron enclaves fundamentales de este comercio2. No obstante, se potenciaron al máximo tras el descubrimiento y posterior explotación que los portugueses realizaron de las costas de Guinea3. Las posibilidades que presentaba un comercio basado en mercancías de gran valor, como el oro, las especias y los esclavos, atrajeron muy pronto la atención de los marinos de la zona, que vieron en esta actividad un óptimo y rápido medio de lucro. El descubrimiento y conquista de estas costas africanas escapa a nuestro objeto de estudio, pero que duda cabe de la importancia e interés de conocer en su medio natural, a través de los cronistas portugueses y castellanos, a los pueblos que serían luego esclavizados, acercarse todo lo posible, siempre a través de las noticias tendenciosas de sus conquistadores, a sus formas de vida, sus creencias, sus costumbres, sus culturas. Así como bosquejar los intereses que llevaron a los cristianos a exagerar deliberadamente o inventar rasgos de crueldad o salvajismo que propiciaran la aceptación de su dominio, como una especie de tutela que les protegiese de ellos mismos, de su barbarie, llevándoles la luz de la fe y la civilización aunque fueran asociadas con el yugo de la servidumbre. Naturalmente, las primeras noticias sobre estos pueblos que llegaron a la Península proceden de los lusitanos, entre los que destaca, por su participación directa en el descubrimiento
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DELGADO, Antonio, "Bosquejo histórico de Niebla", en Boletín de la Real Academia de la Historia. Madrid, 1891, Tº XVIII, págs. 484-551. 2 RUMEU DE ARMAS, Antonio, España en el África atlántica. Instituto de Estudios Africanos, C.S.I.C., Madrid, 1957, 2 Tomos, pág. 69. 3 "El nombre Guinea procede al parecer de la voz beréber Akarn-Inguinauen que, como el árabe Bilâd-al-Sudân o el griego Aithiopía, significa estrictamente "tierra de negros". GRANADOS, V. "Guinea: del <<Falar Guinéu>> al Español Ecuatoguineano", en Epos, II , 1986, pág. 125.

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y conquista de los territorios africanos, Diego Gomes de Sintra4. Sin embargo, las noticias que éste y otros cronistas portugueses ofrecen de los marinos onubenses, así como la semejanza de las actividades que realizaban los navegantes de uno y otro lado del Guadiana en África, justifican plenamente que nos adentremos con ellos en los inicios del tráfico de esclavos por el Atlántico. Las expediciones a Berbería, primero de los portugueses y luego de los andaluces, hay que considerarlas inicialmente como una continuación del mismo impulso que durante siglos llevó a los cristianos de la Península Ibérica a reconquistar los territorios que, según consideraban, les habían arrebatado los musulmanes a sus antepasados visigodos. También eran las “cabalgadas” con las que devolvían a los berberiscos sus incursiones de pillaje en tierras cristianas. Y, por último, la forma de capturar hombres que después serían canjeados por cristianos cautivos en tierras de moros, o “rescatados” por una buena cantidad de oro, o esclavos. Precisamente, el hecho de rescatarse algunos musulmanes por varios de sus esclavos negros puso en contacto a los cristianos con los que, por su color de piel, llegarían a ser sinónimo de esclavitud. La búsqueda de una ruta marítima hacia el oro y los esclavos negros, sin necesidad de que intervinieran los musulmanes como intermediarios, alentó a los cristianos en sus expediciones por la costa noroccidental africana. Muchos consideraron, al principio, vanas o poco rentables estas empresas, y se burlaron de ellas hasta que las ventas de esclavos enriquecieron a algunos de sus protagonistas, que además contaban con mucha mano de obra barata para sus haciendas y servidores para sus casas. Con estos éxitos iniciales, a nadie escapaba ya la importancia que tenía acceder directamente con navíos a unas tierras a las que hasta entonces sólo se podía llegar, con mucha dificultad, venciendo la aridez del Sahara, conocido por estos marinos sobre todo por la abundancia de pesca de su litoral, y al que van a destacar como la franja separadora de dos mundos: el blanco y el negro5. El Infante Don Enrique, maravillado por las noticias que recibía, decidió conquistar aquellas tierras, iniciando el desarrollo de numerosas aventuras, dignas de las mejores novelas de caballería, en las cuales los jóvenes nobles portugueses seguían batiéndose con el secular enemigo sarraceno que, desde antiguo, controlaba por rutas terrestres el comercio que Portugal pretendía arrebatarle con sus naves. La verdad es que estas cacerías no tenían nada de justas, ni siquiera de guerras. Como depredadores, los cristianos actuaban de forma ventajista, con nocturnidad y alevosía, aprovechando el factor sorpresa y la confusión, rehuyendo el combate con auténticos guerreros, mientras se ocupaban en perseguir, con mentalidad de mercaderes más que de militares, a las presas fáciles de capturar, especialmente niños y mujeres. Los episodios que narran las capturas, hay que pensar que son sólo los que se creían confesables, rezuman suficiente dolor y espanto para no necesitar comentarios. Si acaso, recordar que eran realizados por “hermanos de la Orden de Cristo”, que se apoderaban de estos seres “en buena guerra” y que lo hacían “por la salvación de sus almas”:

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"La crónica de Diogo Gomes, almojarife de Sintra, es la principal fuente portuguesa para conocer las navegaciones atlánticas durante unos años cruciales: el periodo que va de 1456 al 1460 (o mejor 1462) y que se cierra con la muerte del infante D. Enrique". GOMES DE SINTRA, Diogo, El descubrimiento de Guinea y de las islas occidentales. Introducción, edición crítica, traducción y notas de Daniel LÓPEZ-CAÑETE QUILES, Universidad de Sevilla, 1991, págs. X - XII del Prólogo de Juan GIL. 5 "...se llama Mar de Arena, y en anchura es de treinta y siete jornadas, separando a los hombres blancos de los negros". "...tierra arenosa como la Arabia desierta, pero el mar era abundante en pesca". GOMES DE SINTRA, Diogo, El descubrimiento de Guinea... Op. cit., págs. 7 – 11.

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Los azanegas, primer pueblo que encontraron estos descubridores, eran musulmanes, de color rojizo, vivían en la costa de la abundante pesca que capturaban con sus redes hechas de corteza de árbol y fueron los primeros esclavos que se desembarcaron en Palos. Debían recelar de los extranjeros, ya que a su llegada se refugiaban en el interior, dejando sólo sus huellas como constancia de su presencia, en una costa llamada Río de Oro, porque parece que los cristianos encontraron un poco de oro en la arena. Las capturas se van convirtiendo progresivamente en una cacería de niños por tres razones: pueden oponer menos resistencia, corren menos en la huida y cabe mayor número de ellos en los barcos. Como se puede ver, razones impropias de guerreros defensores de la fe, y sí argumentos de una aplastante e impía lógica mercantil. Naturalmente, estos azanegas, o azenegues como los llamaban los portugueses, aprendieron pronto a desconfiar de estos extranjeros y debieron establecer sistemas de vigilancia para evitar desagradables sorpresas, así como refugios más alejados de las costas. Era por tanto necesario conocerlos mejor, encontrar entre ellos guías e intérpretes y proceder con más astucia. Realizados los primeros contactos, se hacen las primeras descripciones sobre la forma de vida de estos aborígenes, con un énfasis en la bestialidad de sus costumbres que, más allá de la lógica extrañeza, hace sospechar en un propósito consciente de descalificación cuyo objetivo final no puede ser otro sino la justificación de la esclavitud. Así, el almojarife de Sintra, cuenta que el venerable anciano azanega Adavu le informo de que:
“...todos los que vi ven a orillas del mar sól o comen peces casi cr udos (asados al sol), y quienes vi ven tierra adentro habi tan en tiendas ; se llaman azenegues o árabes y llevan una vida propia de bestias, y comen carne casi cruda y leche, pues en aquella tierra no hay árboles ni hierba, y comen carne sólo cuando pueden conseguirla, calentándola al sol. Hay aquí muchos avestruces y gacelas... ["El país se llamaba Senegal "].". "... y contaron (al Infante ) que aquella sierra esta ba poblada de gente asombrosa, de suerte que los machos tienen cara de perro y una gran cola y son peludos, y las muj eres her mosísi mas y de gran entendi miento, etc. y muchas otras cosas que parecían mentiras”. 6

Además de las exageraciones y descalificaciones, se añaden noticias más verosímiles, según las cuales, los azanegas eran pastores nómadas, con una economía basada fundamentalmente en la ganadería de vacas, carneros, cabras y camellos, y una gran movilidad de sus campamentos, lo que les hacía apreciar, sobre cualquier otra cosa, a los caballos, de los cuales poseían pocos, circunstancia que tendrá, como veremos, su influencia en el tráfico esclavista. Su alimentación estaba lógicamente basada en su ganado, especialmente en la leche, que alternaban con algunos frutos que recolectaban y, en la zona costera, con pescado. Las referencias, un tanto despectivas, de los cristianos sobre sus bebidas, parecen indicar que no tomaban alcohol: Con ojos codiciosos observan los cristianos cualquier atisbo de riquezas que puedan convertir en botín. Llama su atención las buenas vestiduras de los notables y las joyas de sus mujeres. Al mismo tiempo, puesto que la calidez del clima hace poco necesaria la ropa, critican las impúdicas desnudeces como signos de barbarie, sobre todo de las indígenas musulmanas que cubren sus rostros y muestran sus cuerpos. La organización social y política de estos pastores nómadas no debía ser muy compleja, probablemente de carácter tribal sin mucha diferencia entre sus miembros ni normas o jerarquías que los cristianos puedan reconocer. Además de al pastoreo, estos azanegas o alarves, a los que los cronistas consideraban menos peligrosos y fuertes que a los negros, también practicaban con los hombres de piel más oscura el tráfico de esclavos, a los que vendían por un “trozo de pan”. La esclavitud, pues, no era desconocida para
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GOMES DE SINTRA, Diogo, El descubrimiento de Guinea... Op. cit., págs. 17 -19.

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ninguno de los protagonistas de esta historia, ni desde la perspectiva de esclavo ni desde la de amos o tratantes. Los cristianos empezaron ya aquí a interesarse por estos negros, procedentes de un mítico reino, el de Melli, en el que se niegan a creer, como impropio de la barbarie que atribuyen a los hombres de tal color. Y, tal vez para convencer a sus señores de que las ganancias de estas empresas eran fáciles y no requerían de mucha inversión, insistieron una y otra vez en la indefensión de estos pueblos. Conceptos como los de guerra justa y defensa de la fe caen por tierra cuando se argumenta que estas personas no tienen capacidad de resistencia, ni pueden esperar auxilio de los reinos musulmanes vecinos, pues, aunque seguidores de Mahoma, los propios cristianos observan que no deben ser moros como los otros, cuando sus mismos correligionarios los esclavizan: Poco a poco se fue fijando en la mentalidad de la época una equiparación entre esclavos y negros. Y no faltaron sabios teóricos que se empeñaron en encontrar los argumentos necesarios para explicar que Dios, en su omnisciencia y para facilitar las cosas a los torpes humanos, había coloreado de negro a las criaturas que debían estar sometidos a servidumbre para expiar el abominable crimen de ser descendientes del fratricida Caín7. El descubrimiento de estas poblaciones negras en las zonas tórridas, que muchos creían antiguamente que debían estar deshabitadas por la inclemencia del clima, así como la posibilidad, legitimada por Papas y Reyes, de conquistarlos y esclavizarlos, obteniendo así cuantiosos beneficios, animó en gran medida la continuación de las exploraciones a tierras cada vez más lejanas, hacia donde retrocedían los mitos, empujados por la desmedida ambición de los hombres. Además de las posibilidades de conseguir esclavos, así como otras exóticas mercancías entre las que se nombran los colmillos de elefantes, recibieron noticias de que a estos lugares llegaban las caravanas de oro de los árabes, por lo que decidieron instalar allí, en Arguim8, aprovechando la existencia de agua potable, una factoría y construir una fortaleza, lo que, como no podía ser de otra forma, provocó enfrentamientos y matanzas, preparando el posterior comercio con los musulmanes. Sin embargo, la miserable suerte de estos inocentes no dejó de conmover a algunas personas influyentes de la época, los cuales, mientras los cristianos se sorprendían de no encontrar monstruos, si es que no los encontraban adecuando la realidad a imágenes preconcebidas y prejuicios, intentaron ofrecerles el pretendido consuelo de una religiosidad, naturalmente superficial e incomprensible para los indígenas, que aceptarían con la misma resignación que su esclavitud. En definitiva, se trajeron consigo 653 esclavos que, una vez en Portugal, ofrecieron como regalo al Papa y a otras personas notables. La esclavitud a gran escala comenzaba a vislumbrarse como un próspero negocio por los más altos representantes de la Iglesia y la nobleza. Lo malo de esta forma de actuar fue que entre los indígenas se extendió la noticia de la violencia de los cristianos, por lo que, al vislumbrar sus naves huían a esconderse. Así sucedió en la siguiente expedición a Río de San Juan y Cabo de Toffia en la que no consiguieron nada. Había que actuar con mayor tacto y astucia si se quería seguir obteniendo beneficios. De modo que se hicieron

“E aqui haveis de notar que estes negros, posto que sejam Mouros como os outros, sáo porém servos daqueles por antigo costume, o qual creio que seja por causa da maldiçáo que depois do diluvio lançou Noé sobre seu filho Cam (No Ms. de Paris 1ê-se Caim, erradamente), pela qual o maldisse, que a sua geraçáo fosse sugeita a todalas outras geraçóes do mundo, da qual estes descendem, segundo escreve o arcebispo D. Rodrigo de Toledo e assim Josepho, no livro das ANTIGUIDADES DOS JUDEUS e ainda Gualtero, com outros autores que falaram das geraçóes de Noé depois do saimento da arca”. Ibídem, pág. 85. 8 GOMES DE SINTRA, Diogo, El descubrimiento de Guinea... Op. cit., págs. 19-21.
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tratados con estos moros9, se intentó evangelizarlos, se comerció con ellos y se les atrajo para que colaboraran en la explotación esclavista de las tierras del Sur. La suerte de los negros estaba echada. La táctica depredadora ejercida sobre los azanegas esquilmó pronto aquellas costas. Los musulmanes, tal vez únicamente para alejar a los cristianos, como tantas veces sucedió en la historia, les enseñaron el camino, exageraron las riquezas en sus alabanzas y se prestaron a colaborar en la esclavización de los pueblos del Sur, donde la tierra era verde y las gentes todas negras:
“E esta gente desta terra verde é toda negra, e porem é chamada t erra dos Negros, ou terra de Guiné, por cuj o azo os homens e mul heres dela sáo chamados Guineus, que quer tanto di zer como negros” 10.

La primera captura de un verdadero guineo, cuyo dudoso honor parece que correspondió al portugués Esteban Alfonso, de pequeña estatura, puso de relieve la fortaleza física y la valentía de estos negros, que despertaron la admiración y la codicia en sus captores. A pesar de esta violencia, las órdenes del Infante y sus consejeros, que no deseaban en absoluto que estos indígenas recelasen de los cristianos, al menos hasta satisfacer sus deseos de conocimientos sobre riquezas, rutas y medios de obtenerlas, como había sucedido en tierra de moros, se cumplieron en general. Estas nuevas relaciones, aparente y teóricamente pacíficas, que los cronistas en sus apologías no dudan en atribuir a buenos sentimientos cristianos, no son en el fondo más que una nueva estrategia comercial. Se trata de atraerse a los principales de pueblos y tribus, para que ellos mismos se encarguen de traerles su mercancía humana. Un método más astuto que evita la captura directa por los cristianos y puede así prolongar la trata: la compra de negros. De Geloffa trajeron hermosas esclavas, pero la belicosidad de los jelofes dificultó su comercialización, y probablemente contribuyó a que los cristianos evitaran participar directamente en las capturas, “de hecho sólo había un tipo de negros que se consideraban incapaces de soportar la esclavitud, que fueron los jelofes, cuya importación quedó terminantemente prohibida en el siglo XVI”11. Los jelofes unían a su agresividad unas armas terribles, aunque primitivas, porque acostumbraban a poner veneno en sus flechas. Una ponzoña tan eficazmente mortal que llevó el pánico a las filas cristianas, donde empezaron a contarse las víctimas en número apreciable. Los portugueses no dudan en expresar claramente sus deseos de apartarse de aquella “maldita gente”. La trata se va a ir endureciendo. Mercaderes y pequeños nobles van a ser acompañados, cuando no sustituidos por personajes mucho más duros y siniestros que actuarán, llegado el caso, sin piedad alguna. Se producen entonces los episodios más dramáticos. Ya no hay lugar para el respeto a ningún sentimiento, a ninguna ley humana o divina. Hasta el amor materno es utilizado para domar la fiereza con que estos seres humanos están dispuestos a luchar por su libertad amenazada:

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"Después dijo el Señor Infante a su consejo que no hiciesen más contienda con aquella gente en esas tierras, sino que hicieran un tratado y cambiasen mercancías y firmaran la paz con ellos, pues su intención era hacerlos cristianos; y ordenó que las carabelas partieran dispuestas para paz y para guerra". Ibídem, pág. 25. 10 EANES DA ZURARA, Gomes, Crónica de Guiné. Op. cit., pág. 256. 11 LUCENA SALMORAL, Manuel, Los códigos negros de la América Española. Africanía, 1, Ediciones UNESCO - Universidad de Alcalá, 1996, pág. 14.

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“...mas a força da mul her era assaz para mar avilhar, que de tres que se aj untaram a ela, náo havia aí algum que náo tivesse assaz trabalho querendo -a levar áo batel; os quaes vendo a detença que faziam, na qual poderia ser que sobrechegariam al guns daqueles moradores da terra, houve um deles acordo de lhe tomar o filho, e leva -lo áo batel, cuj o amor forçou a madre de se ir apos ele sem muita prema dos dous que a levavam 12.”

La utilización de fómulas en los documentos de venta de estos esclavos como “avidos de buena guerra”, o guerra justa, cobra ante esto un especial significado hipócrita y burlesco. Sólo se observa la rapiña de los cristianos y su crueldad ante la feroz defensa de los negros de su tierra, de sus familias, de sus vidas. Como ya hemos señalado, los cristianos buscaban presas fáciles, por lo que esta resistencia hacía que se tambalease la voluntad de muchos de ellos, aventureros, mercaderes, ventajistas, que no tenían en absoluto ningún valor guerrero, que no sentían escrúpulos de la sangre derramada, pero les aterraba que fuera la suya. Pero, pese a la resistencia, bien sabían los cristianos cuáles eran los puntos débiles de unas poblaciones que, salvo Oadem, carecían de murallas. La cuestión se reducía, pues, a renunciar a enfrentamientos directos y aprovechar todas las oportunidades que una superior técnica, que no civilización, acababa siempre ofreciéndoles. La violencia con que se tuvieron que emplear los blancos para doblegar y someter a estos pueblos fue de tal calibre que justificarla, diciendo que lo hacían por la “salvación de sus almas”, implica el miserable cinismo de una sociedad cuyos dirigentes habían aprendido a interpretar a conveniencia los valores y principios por los que presumían regirse y regir. El negocio de la esclavitud ya estaba en marcha, legalizado y justificado, por lo que, cuando una zona estaba esquilmada, la continuidad en el avance estaba asegurado. Probablemente no se haya valorado lo suficiente la importancia que el tráfico de esclavos ha tenido en los descubrimientos geográficos. Desde el comienzo de los descubrimientos, los portugueses se preocuparon de obtener el monopolio de sus riquezas. La corona lusitana concedió la soberanía de las tierras halladas al Infante, quien, al no tener hijos, las legará a su sobrino el Infante D. Fernando y a la Orden de Cristo, bajo la autoridad del Papa, por lo que Roma ratificó este monopolio:
"El 7 de Junio de 1454, D. Afonso V concedía a la Orden de Cristo la j urisdicción temporal y espiritual de todas l as costas , tierras e islas de Guinea o Etiopía, descubiertas o por descubrir. A instancias del mismo rey y del Infante Henrique, el Papa Cal ixto III confir mó a la Orden de Cristo (bula Inter cetera, del 13 de Marzo de 1456) como administradora espiritual de todos los territorios conquistados o por conquista r baj o la soberanía de Portugal "desde los cabos de Boj ador y de Non, pasando por toda Guinea y más allá de aquella región meridional, hasta la tierra de los indios ". En este mismo sent ido insiste la donación a la Orden hecha por el Infante Henrique a 18 de Septi embre de 1460, casi dos meses antes de su muerte " 13.

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Ibídem, pág. 367. “El Infante, que no tenía hijos, adoptó como heredero al Infante D. Fernando, hijo de su hermano el rey Arturo (Duarte), y le legó las Azores y Madeira, y demás posesiones seculares, pues las espirituales las legó a la Orden de Cristo, Orden que fue antes la de los Templarios, bajo la autoridad del Sumo Pontífice”. (...) "..el Infante D. Henrique recibió la merced, el privilegio y una carta del Sumo Pontífice, que a la sazón era Eugenio, de que ningún príncipe, rey ni señor alguno osara ir a tierras de Guinea sin licencia suya y del rey de Portugal so pena de excomunión". (...) “Como ya vio Godinho, en realidad fue Nicolás V quien, por la Bula Romanus Pontifex del 8 de Enero de 1454, dispensó esos privilegios al Infante, al rey Alfonso V y a sus sucesores”. GOMES DE SINTRA, Diogo, El descubrimiento de Guinea... Op. cit., págs. 29, 108 y 109.

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Asegurada la soberanía, continúan las expediciones y Portugal pone toda la carne en el asador enviando a sus mejores navegantes como Nuño Tristao, que llega a la línea equinoccial, a la altura de Cabo Verde, donde se topan con unos hombres negrísimos, los Serreos, que poseían muchas balsas, cuyo rey “malo” Besegighi, dirigió un durísimo ataque con flechas envenenadas contra los cristianos, en el que murió él mismo, pues más tarde Diego Gomes firmó la paz con el rey Nomimansa. Pese a todo, los lusos iban progresivamente asentándose sobre el territorio. Su colonia del río Senegal funcionaba con regular frecuencia, "cada mes iban allá carabelas a comerciar con mercancías". En un viaje de Diogo Gomes, pasaron de Cabo Verde y llegaron a Río de Santo Domingo. El almojarife de Sintra narra el macareo del Fancaso o Río Grande y ofrece algunos datos sobre su comercio: "..y nos trajeron sus mercancías, a saber, paños de algodón, colmillos de elefante y un cuartillo de malagueta"14. Siguiendo las recomendaciones del Infante, remontaban los ríos cuanto podían para internarse profundamente en el continente, a fin de contactar con el mítico reino etíope del Preste Juan y con un objetivo, como hace ver Teixeira da Mota, político y económico: se buscaba sobre todo el oro en las tierras mandingas de la ribera del Gambia. Por ello, se sintieron muy satisfechos cuando comprobaron que los nobles del rey Bormelli, señor de toda la zona oriental del río Gambia, poseían el codiciado metal. Pero muy pronto se percataron de que, también aquí, podría existir un negocio mucho mayor. Las frecuentes luchas tribales, además de muertos, dejaban numerosos prisioneros, especialmente niños y mujeres jóvenes, mansos y dóciles. Una abundancia que devaluó considerablemente el precio de la vida humana:
“En 1456, Gomes al mando de tres carabelas remonta 400 kms. del río Gambia, hasta la ciudad de Cantor "donde consigue valiosa información sobre el negocio aurífero en tierras mandingas ..[ ].. y también para obt ener negro s al canj e de caballos , género cotizadísi mo en esas latitudes -por un caballo se pagaba hasta quince negros..." 15.

Por fin se había contactado con los poderosos mandingas, cuyos reyes, o “mansas” , aunque no tenían buen vino, animales domésticos provechosos, ni muchos conocimientos arquitectónicos, sí tenían miles de millares de súbditos y acceso a las minas de oro, además de numerosos esclavos. Desbancar con el cristianismo la influencia islámica era, sin duda, un buen negocio. La muerte de Don Enrique fue muy sentida por todos los descubridores, pero la monarquía lusitana, perfecta conocedora de la importancia de estas expediciones, prosiguió su labor, apoyando a los navegantes mercaderes que, al mismo tiempo, se las ingenian para mantener el monopolio y los precios en los trueques: Siguiendo el ejemplo portugués, muy pronto los andaluces aprendieron que los beneficios obtenidos de la pesca podían superarse, o complementarse, con los habidos del comercio con seres humanos. Para los marinos de la comarca del Tinto – Odiel los esclavos eran otra mercancía a transportar -no consta que se dedicaran a capturarlos-, especialmente al mercado sevillano, quedándose en la zona algunos para el servicio doméstico de los que, aún hoy, se conservan huellas en la población:
“...las naves que conducían esta odiosa mercadería aportaban casi siempre a puertos inmediatos a Niebla , donde se negociaban l os esclavos , y comúnmente quedaban muchos en el país, y cuando llegaba el caso de ahorrarlos, moraban en aquellos mismos pueblos, donde la raza se mantiene y perpetúa casi sin mezcla; pero al cabo de tantos años ha perdido su pri miti vo color y
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GOMES DE SINTRA, Diogo, El descubrimiento de Guinea... Op. cit., págs. 33, 34 y 37. Ibídem, pág. 112. Nota 72.

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degenerado en trigueño, y sólo mostrando su origen en la for ma de sus fisonomías y en al gunos rasgos del ángulo f acial de la raza etiópica” 16.

Primero se obtuvieron negros que eran cautivos de los moros de Berbería, entregados por ellos para su propio rescate. Posteriormente se llegaría directamente a la tierra de negros, si bien, dado el dominio de los portugueses, fue menos frecuente que los andaluces llegaran a conseguir ellos mismos los esclavos, los cuales generalmente obtenían de sus asaltos a las naves portuguesas o por compra a los moros, que los ofrecían a bajos precios por la hambruna que sufrían en la época:
“...pri mero las entradas en Marruecos , que suministraron cantidad de esclavos de raza negr a, después las expedi ciones a Guinea , cuya más apreciada mercancía era la humana, más tarde la presencia en los puertos de Sanlúcar, Huel va, Sevilla, Cádi z y Santa María de mer caderes portugueses y no raramente genoveses que a éste tráfico se dedicaban y por fin, las grandes hambres que asolaron Marruecos y obligaron a los habitantes de este i mperio a deshacerse por poco precio de esclavos que de otra suerte perderían, fueron factores que hicieron que los morenos , como se les solía apellidar , fuesen extraordinariamente numerosos en Cádi z, en Jerez , en Sanlúcar , en el Puerto, en suma, en todas las poblaciones de esta punta de Andalucía ” 17.

Así pues, también tuvieron los andaluces que competir con Portugal por los beneficios de un floreciente mercado de esclavos procedentes de Guinea. Los lusitanos habían iniciado la trata ya en 1444. Concretamente, el 8 de Agosto de dicho año, según el cronista Gomes Eanes de Zurara, cuando fueron puestos a la venta en el mercado de Lagos 235 esclavos traídos por la expedición de Lanzarote. La escena de unos seres humanos contemplados con extrañeza por su color y sus rasgos físicos, mientras asustados se lamentaban en lenguas extrañas al ser separados de sus familias, no puede ser más emotiva:
“Mas qual seria o coraçáo, por duro que ser podesse, que náo fosse pungido de piedoso sentimento, vendo assi m aquela companha? Que uns tinham as caras baixas e os rostros lavados com lagri mas, olhando uns contra os outros; outros estavam gemendo mul dolorosamente, esguardando a alt ura dos ceus, firmando os olhos em eles, bradando altamente, como se pe dis sem acorro ao Padre da natureza; outros feriam seu rostro com suas pal mas, lançando -se tendidos no meio do cháo; outros faziam suas lamentaçóes em maneira de canto, segundo o costume de sua terra, nas quaes, posto que as palavras da lin guagem aos nossos náo podesse ser entendida, bem correspondia ao grau de sua tristeza” 18.

Las prácticas de apresamiento directo, o "filhamentos", fueron pronto abandonadas ante la facilidad de conseguir grandes contingentes de negros, prisioneros por sus frecuentes escaramuzas tribales, sólo con ofrecer al reyezuelo de turno algunas baratijas. De la constatación de esta realidad surgirían las factorías: Arguim (1448), Santiago de Cabo Verde(1458), San Jorge

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DELGADO, Antonio, "Bosquejo histórico de Niebla", en Boletín de la Real Academia de la Historia. Madrid, 1891, tº XVIII, págs. 484-551. Citado por LARREA PALACÍN, Arcadio, "Los negros de la provincia de Huelva", en Archivos del Instituto de Estudios Africanos, C.S.I.C. nº 20, año VI, Madrid, 1952, pág. 42. 17 SANCHO DE SOPRANIS, Hipólito, "Las relaciones entre los marinos de Poniente y del Puerto de Santa María en el decenio 1482-1492, según las notas del escribano portuense Hernando de Carmona (1483-1484)”, en Estudios Geográficos. nº 37. Año X. Madrid, Noviembre, 1949. Citado por LARREA PALACÍN, Arcadio, "Los negros de la provincia de Huelva". Op. cit., pág. 41. 18 EANES DA ZURARA, Gomes, Crónica de Guiné. Op. cit., págs. 122 - 125.

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da Mina(1482), Sâo Tomé(1486). En cambio España no tuvo en el África noratlántica mas que la factoría de Mar Pequeña, ubicada en algún lugar indeterminado de la costa de Berbería19. Sin embargo, esta desigualdad, por la cual casi la totalidad de los esclavos que llegaban a Andalucía procedían directamente de estas factorías lusitanas en África, o llegaban a través de los mercados negreros de Lagos y Lisboa, será superada al inventar los andaluces otra forma, y desde luego no la menos importante, de procurarse esclavos: el robo. En efecto, al mismo tiempo que se producía un auge en las actividades marítimas de los palermos en el litoral atlántico africano, durante la segunda mitad del siglo XV, comenzaban a ser frecuentes los testimonios de esclavitud en la villa. La coyuntura propiciaba un aumento del tráfico marítimo en aquellas aguas, que se hacía posible gracias al desarrollo de las técnicas de navegación. Coincidiendo con los primeros contactos con los mercados de esclavos en tierras africanas, la población de Palos crecía y se hacía más rica, convirtiéndose en un importante núcleo de la trata negrera en sus inicios. Los marinos de la costa occidental de Andalucía, y en el litoral onubense concretamente Palos, Huelva, Lepe, Moguer o Gibraleón, se veían a menudo involucrados en acciones piráticas contra las carabelas negreras lusas, a las que esperaban y asaltaban cuando pretendían llegar a Portugal desde Guinea. Una lucrativa actividad que se incrementaría a lo largo de la segunda mitad del siglo XV por tres razones fundamentales: 1º. La desigual presencia de España y Portugal en África ya comentada, a la que debe sumarse la superioridad de la bien organizada armada portuguesa. 2º. Era mucho más barato, y por tanto rentable, apoderarse de estas cargas humanas cuando ya se encontraban próximas a las costas andaluzas, máxime cuando, como afirma el profesor Antonio González Gómez: "...los mercaderes (portugueses), por rebajar los precios de las mercancías porteadas, redujeron el número de personas necesarias para defenderse de tales asaltos"20. 3º. El progresivo apoyo de la Corona castellana a estas actividades, que pasaron con ello a ser corsarias, o sea con patente de corso real, porque los monarcas no estaban dispuestos a perder su correspondiente y substancioso quinto. Así se expresa en la carta firmada por la Católica Isabel en Sevilla el 13 de Septiembre de 1477:
"Sepades que yo he seydo infor mada como agora nuevamente al gunas personas, vezinos de l a villa de Palos, tomaron çiertas caravelas de portogueses, que venían de la Guinea , que trayen or o de la Mina e esclavos e otras mercaderías... Las quales dichas caravelas de por togueses e todo l o que en ellas trayan es mío e me per tenesçe.." 21.

Fue por tanto el robo, asalto, piratería o corso sobre las naves portuguesas, realizados fundamentalmente por marinos de la costa onubense, el principal medio de entrada de esclavos negros en España. Una práctica que se inició casi desde el comienzo mismo de la trata por los lusos, pues ya en 1452, el Infante portugués Don Enrique el Navegante, reclamaba la devolución

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CORTÉS LÓPEZ, José Luis, Los Orígenes de la esclavitud negra en España. Universidad de Salamanca, 1986, págs: 80-81. 20 GONZÁLEZ GÓMEZ, Antonio, Moguer en la Baja Edad Media (1248-1538). I.E.O. Huelva, 1977. 21 A.G.S. - R.G.S. 1477- IX. 13 de Septiembre de 1477.

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de 34 esclavos negros que algunas gentes de Sevilla y Palos habían robado de una carabela portuguesa procedente de Guinea22. También por Real Cédula de 1475, se establecieron en Sevilla receptores autorizados para conceder licencias a las expediciones que se dirigieran a Guinea y a la Mina de Oro, con el objetivo de mantener un control de estas navegaciones y asegurarse, al regreso de las naves, de la percepción del quinto real. Se instituyeron penas de confiscación de barcos y mercancías para quienes violasen el mandato regio. En 1476, se proclamaron en Sevilla, Palos, Puerto de Santa María, y otros puertos, las cartas reales que obligaban a llevar un escribano en cada una de las carabelas que fuesen a los "resgates" de Guinea, cuyo objetivo, obviamente, era el control de mercancías e intercambios para la posterior deducción del quinto23. En definitiva, la guerra entre Portugal y Castilla por las tierras africanas, considerada por muchos autores como la primera guerra colonial europea, supuso una época de auge para los puertos atlánticos andaluces en todos los sentidos, al saberse sus habitantes respaldados por los monarcas, que llegaron a conocer esta comarca por necesidades del conflicto, para abandonarla cuando éste concluyó. No obstante, ni los Reyes Católicos, ni el mercenario de Portugal, Colón, se olvidarían de la extraordinaria pericia marinera mostrada por los palermos durante la contienda. Los testimonios de asaltos a navíos portugueses portadores de esclavos son muy numerosos, sobre todo después de la firma del Tratado de Alcáçovas (1479). Ello no quiere decir obviamente que en estos años fueran más numerosos, probablemente sería todo lo contrario, ya que Alcáçovas supuso en definitiva el reconocimiento castellano de la soberanía portuguesa en África. Lo que ocurre, sencillamente, es que estas acciones fueron ilegales tras el tratado y dejaron, por ello, una mayor constancia documental. Sin embargo, los marinos de la costa suratlántica peninsular encontraron un modo de seguir en el negocio esclavista, y éste no fue otro que enrolarse en los barcos portugueses, cuyos armadores y capitanes les aceptaron de buena gana porque ellos mejor que nadie sabían de la gran experiencia y pericia de estos navegantes, a lo cual se añadió otra razón importante: la mayor posibilidad de poder introducir esclavos de contrabando en América con estos marinos. Naturalmente, se llevaron esclavos a América porque había que sacarles frutos a unas tierras inmensas en unas condiciones tan difíciles que los propios aborígenes sucumbían cuando se les obligaba a realizar trabajos tan duros, o había que eliminarlos cuando se sublevaban para no realizarlos. La poca rentabilidad de los indios se verá siempre reflejada en sus precios. Decir que el esclavo negro se llevó a América para proteger al indio es una contradicción que ya algunos han observado con ironía. Muy pronto América se convirtió en un gran mercado de esclavos, con unos precios muy elevados, por lo que primero se llevaría a los mejores esclavos de la Península y, posteriormente, se iniciaría un tráfico directo desde África hasta América. Fueron los inicios de lo que sería el “comercio triangular”. Los escrúpulos iniciales de no enviar a Indias sino a cristianos viejos fueron pronto superados por la creciente demanda, de tal modo que el tráfico de esclavos hacia América se convirtió en un gran negocio y, como tal, no obedecía a criterios que no fueran estrictamente económicos, aunque, como siempre, se tratase de adornarlos con argumentos morales o, incluso, humanitarios. Es cierto que la Corona española, en las Instrucciones de 1501, intentó evitar que pasaran a Indias los esclavos, judíos y moros conversos, pero pronto tuvo que cambiar esa
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A.M.S. Actas Capitulares 1452, fol. 109. PÉREZ-EMBID, Florentino, Los Descubrimientos en el Atlántico... Op. cit., pág. 185.

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política ante la necesidad de mano de obra. Así que no le quedó otro remedio que permitir y reglamentar la importación de esclavos negros. Este cambio de actitud se justificó, por un lado, argumentando que era necesario importar negros para aliviar el trabajo de los indios. Por otro lado, se utilizó ya entonces una razón de productividad incuestionable: un negro trabajaba como cuatro y hasta como ocho indios24. Inicialmente, los negros fueron vendidos por mercaderes portugueses en Sevilla; desde donde eran embarcados para América. Pero luego se consideró mucho más rentable exportarlos directamente desde África. El Emperador Carlos V otorgó, en 1518, la primera licencia para introducir esclavos en América, con carácter de monopolio, al francés Laurent de Gouvenot. Y diez años después, cuando aquella caducó, concedió otra similar a una casa holandesa. Pero estos monopolios encarecían artificialmente el precio de los esclavos, ya que se producía una reventa de licencias hasta llegar a los “rendeiros” portugueses que dominaban el tráfico en las costas africanas. Esta fue la causa de que, en 1532, se intentara que el negocio negrero fuese controlado totalmente por la Casa de Contratación y el Consulado de Sevilla, que otorgaron numerosas licencias a españoles. No obstante, y pese a este régimen que duró hasta 1582, en la práctica las licencias seguían yendo a parar, en última instancia, a los mercaderes lusitanos que eran los verdaderos traficantes. Así pues, teniendo en cuenta que Portugal se integraba con Felipe II a los inmensos dominios de este monarca hispano, se decidió otorgar directamente las licencias a los portugueses, obligándolos a desembarcar los esclavos en los puertos de ingreso a Indias autorizados, a fin de que fueran debidamente controlados. Pero los portugueses se las ingeniaron, con una variada gama de artimañas, para desarrollar un importante contrabando. Así pues, ya tenemos a portugueses, españoles, franceses, ingleses y holandeses, entre otros, inmersos en la trata esclavista, que no sólo fue el origen de la presencia de africanos en Europa, sino que constituyeron la base del “comercio triangular”: con baratijas se compraban esclavos, vendidos a precio de oro en América, que demandaba ingentes cantidades de mano de obra, y por frutos tropicales, muy cotizados en Europa. Este comercio muchos lo consideramos como la forma en que se amasaron grandes fortunas, que fueron la base de la capitalización de occidente, de su revolución industrial y de la actual riqueza del llamado Primer Mundo. Por tanto, basándonos en la Historia, la ayuda de los países ricos al Tercer Mundo es, por supuesto, solidaridad, pero también debe ser considerada justicia.

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MELLAFE, Rolando. Breve historia de la Esclavitud en América Latina. México, 1973, págs. 19-22.

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