#FINDELPERIODISMO

Y OTRAS AUTOPSIAS EN LA MORGUE DIGITAL

NICOLÁS MAVRAKIS @nmavrakis

- 2011 -

Nicolás Mavrakis, @nmavrakis. Buenos Aires, 1982. Crítico, escritor, periodista #freelancer y productor de contenidos digitales. Miembro del Centro de Estudios Contemporáneos. En Amphibia escribe sobre cibercultura.

Contenidos

A propósito de un concierto de Andrés Calamaro en Nueva York Una viuda embarazada El affaire Lewkowitz #Freelancer Contra la aristocracia de la subjetividad Internet y Egipto Wikileaks a contrapelo Territorios medios Copiapó Mining Disaster 2010 Periodismo hackeado #Inception #findelperiodismo Lo que muere con Steve Jobs Veinte días con un e-reader Tesis de la filosofía de Taringa

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A PROPÓSITO DE UN CONCIERTO DE ANDRÉS CALAMARO EN NUEVA YORK
“Soy periodista, man. Cuento lo que veo. En una crónica, el culo tenía que estar”

I La disección de la frase de @HernaniiNY ilustra el proceso de desgaste de una maquinaria simbólica en decadencia, mientras que su soporte la coloca en la sintonía del destino inevitable de toda aristocracia. @HernaniiNY: Tranquilo, man. Sos uno de los músicos que más escuché y admiré en mi vida. Sólo me pareció que el jueves la cachereaste. Nuevamente: ¿qué es hoy la crónica sino una viuda embarazada? II Vuelvo a las frases intercambiadas. La defensa de un supuesto plano definido por lo jerárquico y el reclamo de una posición de relevancia particular –donde la enunciación ya lacónica en primera persona del singular es clave– sintetizan en acto a qué nos referimos cuando hablamos de una aristocracia de la subjetividad. @HernaniiNY: En 2001 me mudé de Madrid a Buenos Aires. Cuando el avión aterrizaba, puse “No tan Buenos Aires” y lloré, como un cliché Horizontal, no mediada, instantánea e incontrolable, la barbarie –en forma de comment, en forma de twitt; en forma de lo que fuera que sea mañana– arrasa el penoso sesgo aristocrático e instala una nueva cultura. @barksdale666: MIra los youtubes, sordo ! @barksdale666: Llora ahora, pibe … porque mi mama (que tiene noventa años) debe estar preocupada leyendo tu basura. III Incidentalmente, @barksdale666 se vuelve un agente dinamizante de una cultura distinta; una cultura digital dondesus partituras –y

la crónica sobre cómo son ejecutadas “desde Nueva York”– son una anécdota menor, en el plano de una disputa ancha y ajena. Entre tanto, la aristocracia de la subjetividad tiene, al menos, la dignidad de hacer del espectáculo de su propio aniquilamiento un evento público, entregado a la posibilidad del análisis sincrónico. Tal vez sea la última dignidad de la crónica en tanto territorio medio del #findelperiodismo. Es posible imaginar para los historiadores la lástima –una verdadera lástima– ante la imposibilidad de que Luis XVI haya podido registrar con su smartphone los instantes previos al cadalso y al sonido auténtico de la guillotina. Interrumpido, de repente, por los aplausos de lo nuevo.

UNA VIUDA EMBARAZADA

[Texto leído en el Primer Encuentro Iberoamericano de Jóvenes, durante el IV Congreso Iberoamericano de la Cultura, Mar de Plata, Argentina 2011.]

I Preguntarse por el #findelperiodismo es preguntarse –siempre– por un complejo sistema de tensiones entre lo viejo y lo nuevo. Los viejos y los nuevos modelos de gestión y negocios de la industria de la información. El viejo y el nuevo rol de esa entelequia decimonónica que todavía se llama periodista. Preguntarse por el #findelperiodismo es –sobre todo– asumir el ocaso de un imaginario simbólico y la mutación de las plataformas de producción y circulación del periodismo. De la crisis de sus soportes tradicionales. Y en especial de sus agentes. #findelperiodismo es que aún haya periodistas que se aferran al esquema arbóreo de un “público” al que se considera un commodity al que se le puede conceder todavía la publicación en papel de cartas de lectores, mientras una semiosis infinita y rizomática de consumidores digitales de información construyen a diario a través de sus propios comments aquello que es su propia noticia, en sus propios tiempos y bajo sus propias formas. II El #findelperiodismo no es una maquinaria de gestos éticos – no se trata de condenar al periodismo, como suelen creer muy ofendidos algunos periodistas– sino un cuadro definido del estado tardío de la autonomía del discurso periodístico en un contexto tecnológico que avanza –y que seguirá avanzando– a la misma velocidad que el periodismo, como se lo entendía y practicaba hasta ahora, lucha sin demasiado sentido contra su propia extinción. El #findelperiodismo –especialmente visible en Iberoamérica– es también la emergencia inédita y desnuda de los eslabones y las cadenas del periodismo bajo la forma en que Orson

Welles retrató a su Charles Foster Kane en 1941: una industria dedicada a la tarea de fabricar e imponer sentidos congruentes con sus necesidades productivas, aún mediante la intervención (directa o indirecta) en la esfera pública ¿Esto es nuevo? Absolutamente no. Pero el #findelperiodismo es su estado inédito de visibilidad. La web por papel. Bloggers por periodistas. Agencias de noticias por Twitter. Noticias por eventos. Público cautivo por flujos de interés. La falsa profesionalización por el verdadero hobby: la res publica ya no necesita intermediarios para saberse a sí misma, ni los mecanismos tradicionales del discurso periodístico resuelven un modo de mostrarse vehículos de algo más que de sus propios intereses y de su propia agenda. III Hablar del #findelperiodismo es también abordar el problema de una aristocracia de la subjetividad. Un ejemplo concreto: el desastre minero de Copiapó, en Chile. La mera mención del subject implica el acto de recordar. El “evento histórico”, el “acontecimiento emocionante”, fue prácticamente diluido del imaginario mediático en sólo una semana. La lección técnica del #findelperiodismo redunda en que ya no son los medios aquellas entidades capaces de designar qué es un tema de interés –aquello “histórico”, aquello “emocionante”– sino apenas aquellas entidades obligadas a ofrecer el sostenimiento técnico –siempre fugaz– de una demanda caprichosa y errática. A mayor construcción discursiva de una eventualidad histórica memorable y perdurable desde las maquinarias mediáticas, menor el tiempo en que el evento per se persiste como elemento relevante para los flujos de interés del público consumidor. Unas 48 horas después del histórico y emotivo rescate, el tema había quedado olvidado. Y no se sientan culpables ahora si necesitan consultar en Wikipedia exactamente en qué mes y en qué año ocurrió el rescate en Copiapó. Esto no habla de un empobrecimiento de las posibilidades sincrónicas de considerar qué será histórico, sino del modo cada vez más acelerado en que los medios se ven impedidos de inventar de un modo sustentable y renovable sus propios eventos históricos.

¿Pero a qué me refiero con aristocracia de la subjetividad? A la fantasía de que existe una capacidad única y legítima, atribuida a sí misma por una minoría específica y definida, tal que les permite detentar no solo el monopolio simbólico de ciertas herramientas técnicas (narrativas), sino también la pertenencia VIP al dominio de una primera persona del singular adecuada para establecer y presentar, bajo una subjetividad única, un orden específico y adecuado del mundo. La crónica tradicional, en la que un sujeto único construía una representación única del mundo a partir de una subjetividad única en contacto con un bagaje limitado de impresiones, hoy es un dispositivo textual en clara tensión con un nuevo sujeto colectivo, que construye una representación colectiva del mundo a partir de una subjetividad colectiva en contacto con un bagaje ilimitado de impresiones. Si el desafío del eBook es comenzar a incluir links donde antes había un acotado pie de página, el desafío de la crónica en los tiempos de los flujos de información, la descentralización de las subjetividades y la construcción compuesta de sentidos —para describir un poco qué debe entenderse por era digital— debería ser desarticular el entramado añejo de lo unívoco hacia modelos cada vez más colectivos. La versión fatalista de la misma pregunta podría ser formulada del siguiente modo: ¿qué rol le cabe a la aristocracia de la subjetividad frente al infinito e instantáneo potencial de la barbarie representada por las nuevas destrezas de los nativos digitales? IV #findelperiodismo es continuar creyendo que vale la pena o es posible descifrar qué es el #findelperiodismo, y no cómo funciona el #findelperiodismo. «La muerte de las formas contemporáneas del orden social debería alegrar más que conturbar el espíritu. Lo pavoroso, sin embargo, es que el mundo que fenece no deja tras de sí un heredero sino una viuda embarazada. Entre la muerte de uno y el nacimiento del otro habrá de fluir mucha agua, habrá de discurrir una larga noche de desolación y caos», dijo Alexander Hersen. ¿Qué es hoy el periodismo, sino una viuda embarazada?

EL AFFAIRE LEWKOWICZ
I El affaire Lewkowicz es una de esas incandescentes oportunidades que algunos de los privilegiados testigos del #findelperiodismo esperamos para poder volver a escribir en el agua. Nos ha sido dado atravesar, camaradas, el final de una especie agotada de sensibilidad y de hábitos. El final de una especie agotada de costumbres pero, sobre todo, el final de una especie agotada de lógica. La simiente verdadera de este final tal vez sea una profunda #derrotacultural, cuyo estado último de decadencia todavía está por verse. Lo supieron ya aquellos benditos formalistas rusos: antes de su agotamiento definitivo, a toda forma le resta consumirse en el estadio grotesco de la parodia. El #findelperiodismo no es más que la veta más interesante —y tal vez allí conserve el sentido público que alguna vez tuvo— para detenerse a observar algunos puntos de un fenómeno más rico, más interesante y aún —por eso mismo— menos evidente para sus más obtusos actores: un #finaldeepoca. Mann, Kafka, Marai y Walser son escritores a tener en cuenta a la hora de hablar de un #finaldeepoca. Sobre todo porque fueron los principales retratistas del derrumbe de mucho de aquello que casi todos a su alrededor consideraban inmutable. Liberal teórico e impracticable, la aseveración siguiente debe ser tomada como de quien viene: no hay que temerle a lo nuevo, camaradas. Si me preguntan a mí, al #findelperiodismo — sinécdoque grosera del fin de múltiples hábitos técnicos e ideológicos— nada parece encajarle mejor que esta frase, cuyo autor ni importa, ni recuerdo: «Era como si la vergüenza debiera sobrevivirle». Si todavía no se ha escrito el epitafio del #findelperiodismo, que alguien comience los trámites de copyright (no hacerlo y caer en alguna trampa corporativa sería una imperdonable #derrotacultural).

II El affaire Lewkowicz implica una serie de detalles de índole sexual que no interesarán a nadie, excepto a los mismos periodistas. Eso puedo afirmarlo, como traducirían los malos traductores de I-Sat, positivamente. Lo interesante va por otro lado, como siempre. (Acerca del origen sexual de este episodio del #findelperiodismo, apenas diremos que fue originado por una joven rubia, presumiblemente bella, una suerte de Helena más bien intrascendente para una gigantesca Troya). Ante todo, el affaire devela una vez más el agotamiento de los hábitos productivos de los medios tradicionales. Encapsulados en una lógica de soportes, tiempos, circulaciones e interlocutores agotados, sobre la que ya se ha dicho casi todo lo que podía decirse, la novedad toca a su propia #derrotacultural cuando su llegada como fenómeno se verifica entre editorialistas, canales de cable e intenciones de escándalo clase B. Es un dato a tener en cuenta. Es la verdadera teoría del derrame, incluso en la economía del fracaso. (Joaquín Morales Solá, digamos, ya ha temido meses atrás). A propósito, ¿qué es la #derrotacultural? No podríamos definirlo ahora, pero estamos seguros de algo: los deseos de pertenencia tardíos a un club ya cerrado y en decadencia son #derrotacultural. III ¿Qué más resulta valioso entonces del affaire? La validez de un blogger como interlocutor ha sido legitimada por los propios editorialistas de Clarín, con el plus de un vistazo instantáneo —no percibido por los obtusos— de cuáles son los cambios más inmediatos en el horizonte cercano del periodismo y sus actores. No es que se trate de una guerra ni mucho menos. Se trata, en todo caso, de una ocupación consumada: de las nuevas invasiones

bárbaras, en el sentido más admirativo del término. Pero si se tratara de una guerra, los actores actuales se encontrarían con la desaparición de sus armas, sus botas, sus suministros y hasta de sus trincheras. De hecho, si llegaran a mirarse en su espejo —y esos serían los lectores, camaradas melancólicos— ni siquiera podrían verse. Imaginen el estrés. La activación patológica de todos los mecanismos de negación posibles capaces de negar que uno mismo y todo aquello en lo que cree se extingue. El terror a la desocupación, pero sobre todo el terror al vacío simbólico y técnico en el corazón de las trincheras decimonónicas del periodismo contemporáneo —que aún se resiste a pensarse como en extinción— se evade inútilmente en un cinismo irónicamente fuera de época y fuera de sus propias posibilidades materiales. Si existe tal cosa como el Ángel de la Historia, este no sólo avanzará de espaldas al futuro, sino que se bajará la bragueta y orinará sobre los restos. Es una afirmación positiva. En este punto es importante insistir en que el #findelperiodismo no se remite al agotamiento de su deseo de credibilidad —las convenciones del pacto de lectura que lo volvía verosímil han sido violadas irreparablemente—, sino al agotamiento de toda su estructura. Todos sus principios. Todos sus fines. El New York Times, camaradas, ha anunciado ya que dejará de imprimirse. Y ese es el verdadero #finaldeepoca. Hemos de reconocer llegado este punto, camaradas, el valor que como retratista tuvo Esteban Schmidt. Y no es porque un lúcido ideólogo radical pueda estar demasiado lejos de Mann que sus apuntes del Fin del Periodismo deban leerse periódicamente. Esto es un reconocimiento intelectual pero también una coordenada historiográfica posible: el #findelperiodismo argentino, sin dudas, se inaugura con su retrato del cierre del diario Crítica de la Argentina. Y el abaratamiento abrupto de una mano de obra lanzada con ferocidad hacia los bolsones más recalcitrantes de resistencia al cambio.

(A propósito, ¿qué es un #finaldeepoca? Ya se irán haciendo un cuadro general, pero les digo también qué más podría calificar: especular, en septiembre de 2010, que «una presidencia de Macri sería buena para el periodismo de revistas», por ejemplo, es un claro síntoma de #finaldeepoca). IV El affaire habla también de la desertificación completa de eso que solía llamarse «agenda periodística», es decir, de la idea de que las empresas periodísticas podían atribuirse el poder de determinar qué era de interés. (Disculpen que conjugue algunos verbos en pasado, pero así son los #finaldeepoca). Esto nos lleva a una reconceptualización del valor y sentido de aquello que ahora se considera de interés. Y también nos lleva a concentrarnos en «el interés mismo» como flujo errático de usuarios a la caza permanente de entretenimiento fugaz. (Pero esto, por supuesto, no nos interesa tanto como para continuar aquí y ahora). V En algún lugar leí que Aníbal Fernández no inventó a los bloggers K, sino que los bloggers K inventaron a Aníbal Fernández. Debe ser la síntesis más cristalina e inmejorable de la perfecta combinación del #findelperiodismo y #derrotacultural en un contexto claro de #finaldeepoca. VI Antes de terminar, lean esto. Entonces sí.
PatoBullrich @AlfredoLeuco Cuando te amenazan a vos amenazan a la prensa que no se calla. Ya lo anuncio Morales Sola! PalaciosMarcelo @AlfredoLeuco Alfredo me quería solidarizar contigo, contás con todo mi apoyo, por la actitud mafiosa y criminal de este individuo Carrasco.

JMoralesSola Como Jorge Lanata, estoy del lado del más débil, del más infeliz, del incapaz. Por eso en este caso, estoy del lado de @AlfredoLeuco

“Era como si la vergüenza debiera sobrevivirle”.

#FREELANCER

«Don´t waste my mother fucking time»

I ¿Qué es un #freelancer? Un empleado autónomo ajeno al circuito mercantil formal. Sí, ¿pero qué más? Entre los pliegues del #findelperiodismo circula un agente que brota de la intensa precariedad organizativa bajo la cual se rigen las empresas de medios tradicionales: el #freelancer. «Precariedad organizativa» no debe remitir sólo a un trecho jurídico. No se trata de explorar un «territorio minado» sino de marchar por un «territorio de nadie». La «precariedad organizativa» es también tecnológica simbólica. Hablamos, siempre, de un territorio medio. ¿Quién padece realmente esa precariedad? II Las empresas mantienen con el #freelancer una relación ambigua. Lo necesitan para subsistir –todas las empresas de medios tradicionales tercerizan en mayor o menor medida la producción de sus contenidos– aunque no por eso necesitan contribuir directamente a su subsistencia. Precarización: la caducidad de las herramientas habituales y de los paradigmas habituales: ruinas sobre las que el #freelancer camina con comodidad y con privilegios. Un vago horror sagrado, que se parece mucho al que provocan los flujos de consumidores. y

¿Quién es el verdadero precarizado? Un #freelancer circula por los vastos territorios de la precarización y la tercerización alrededor de las empresas de medios tradicionales con nada a su favor. Pero, en general, tampoco con nada en contra. Eso ya es una ventaja. La llegada de nuevas audiencias capaces de customizar su propia demanda de contenidos provocó un nuevo universo de ofertas en el mercado de la información y de los sentidos. Las prácticas empresariales y los roles jerárquicos pasados –incluido el periodista– están irreparablemente descolocadas ante ese escenario. ¿Quién hace hablar al periodismo cuando ha quedado incapaz de articular sus viejas cuerdas vocales? Cuerdas que se angostan y que se extinguen. ¿El #freelancer plañe esas cuerdas como quien ejecuta el pentagrama de una marcha fúnebre desde la periferia? III La customización provoca efectos inmediatos. Las empresas de medios se encuentran en un grado profundo de estupefacción. Sin capacidad de respuesta y con escasa capacidad reflexiva, sin margen para la improvisación, la vista se eleva hacia arriba y hacia afuera. El #freelancer habita siempre el high ground, mientras que las organizaciones tradicionales de medios vagan sin brújula a lo largo de un paisaje que muta sin dejar siquiera huellas firmes a seguir. El #freelancer, en un contexto tecnológico en el que los usos y las costumbres tradicionales ligados a la producción de información han licuado su relevancia simbólica, recorre con mayores posibilidades de autonomía e improvisación los intersticios de lo nuevo. No busca huellas, las construye. El tiempo se articula con las audiencias al punto en que se funden (@mancini). Tiempo/Audiencia es una misma cosa: un mismo fin: una misma mercancía. Sujeto migrante, desarraigado, libre, el #freelancer hace de su tiempo una construcción constante de valor. Forma parte de las audiencias (@mancini) porque es audiencia y forma parte de los contenidos porque es contenido. El #freelancer también es tiempo y su tiempo es valor.

Si hay un himno #freelancer, se canta a viva voz, en un inglés universalista y con una sola consigna: Don´t waste my mother fucking time! IV La pregunta es por las instancias ciertas de ventaja/desventaja. Si la producción de valor necesita de las destrezas del #freelancer, lo que no necesita del #freelancer, en cambio, es el valor absoluto. WikiLeaks es una versión radicalizada de tiempo/valor/audiencia pero también lo es de la organización. En ese sentido, prescinde del #freelancer como prescinde de todo aquello que no es sí mismo. ¿Es el territorio #freelancer un mundo finito? Probablemente. Mientras tanto, si el #freelancer habita la periferia de los medios tradicionales, ¿los medios tradicionales, por su lado, pueden elegir dejar de ser habitados por el #freelancer? Con un horizonte infinito de improvisación por delante, el #freelancer representa como «unidad operativa» todo aquello que las empresas tradicionales ya no pueden decodificar «por sus propios medios». El nuevo ecosistema de medios e información obliga a una convivencia que, como muchas veces en la misma Naturaleza, suprime por ahora la posibilidad del mutuo exterminio. El #freelancer como agente visible del #findelperiodismo.

CONTRA LA ARISTOCRACIA DE LA SUBJETIVIDAD

I Confesión: me resulta casi imposible leer «crónicas». Es una infalible cuestión de gustos, sobre la que es casi tan vago como irrelevante dar explicaciones. Y casi es un atenuante diplomático para decir que en mi lista de lecturas voluntarias no hay ninguna. Eso no quita que sea un género interesante, sobre todo, porque juega al filo de un #finaldeepoca. Como aparato textual, pensar la «crónica» hoy debe ser probablemente más entretenido que leer o escribir una. II La «crónica» entendida como género narrativo en el que una primera persona del singular presupone que ciertas destrezas técnicas —la recolección de datos— y ciertos protocolos constructores de verosimilitud —la recolección de descripciones espaciales— regulan y certifican su pertenencia a una aristocracia de la subjetividad es, al menos, una definición que los nuevos entornos tecnológicos obligan a revisar. ¿A qué me refiero con una aristocracia de la subjetividad? A la idea —que no deja de arraigarse en las jerarquías esclerosadas del #findelperiodismo— de que solo existe una minoría legítimamente capacitada para construir esos dispositivos textuales, pero no solo por el monopolio simbólico de ciertas herramientas técnicas —que sería lo de menos— sino por una pertenencia VIP al monopolio de una primera persona del singular adecuada para establecer y presentar bajo una subjetividad única un orden específico y adecuado del mundo. III La «crónica tradicional», en la que un sujeto único construía una representación única del mundo a partir de una subjetividad única en contacto con un bagaje limitado de «impresiones», es cada vez más un dispositivo textual en tensión con un sujeto colectivo que construye una representación colectiva del mundo a partir de una subjetividad colectiva en contacto con un bagaje ilimitado de «impresiones». Si el desafío

del eBook es comenzar a incluir links allí donde antes había un acotado pie de página, el desafío de la «crónica» en los tiempos de los flujos de información, la descentralización de las subjetividades y la construcción compuesta de sentidos —para describir un poco qué debe entenderse por «la era digital»— debería comenzar a desarticular el entramado añejo de lo unívoco hacia modelos cada vez más polifónicos. ¿Cómo podría construirse esa nueva «crónica sincrónica»? Con un vistazo hacia lo que ocurre con la dinámica de mutación y relevancia del resto de los discursos informativos. IV ¿Se trata de un pedido de popularización? No necesariamente. En todo caso, se trata de la urgencia de abandonar la lógica aristocrática de los sentidos y comenzar a explorar las nuevas herramientas tecnológicas disponibles para «conocer el mundo y sus impresiones». ¿Puede la tecnología actual reemplazar la «experiencia subjetiva»? Por supuesto que no. ¿Puede enriquecerla de un modo mucho más potente y productivo que la mera «presencia en el lugar de los hechos»? Por supuesto. Un ejemplo común: los conciertos musicales. Video. Imagen. Sonido. Textos a través de blogs, redes sociales, teléfonos. Miles de «impresiones subjetivas» fluyendo a la par, complementándose, enfrentándose, sirviéndose las unas de las otras en un equilibrio dinámico permanente. ¿Importa allí una subjetividad única? No solo no importa, sino que en tanto subjetividad arbitraria y limitada obtura las posibilidades contemporáneas mismas de «la experiencia». Sin un lazo de naturaleza sincrónica con la multiplicidad de posibilidades — accesible a través de cualquier plataforma digital en N cantidad de espacios y tiempos simultáneos— la «crónica» se vuelve un dispositivo textual conservador. V ¿Debe la «crónica» desaparecer? Por lo pronto, deberá necesariamente mutar o aferrarse —como los nodos duros del #findelperiodismo— a su propia aristocratización. Qué ha ocurrido con las tradiciones aristocráticas en el resto de las prácticas políticas, sociales y culturales debería, por lo menos, sentar un precedente lo suficientemente inexcusable al respecto.

¿Cuál es entonces la «crónica» interesante? La que precisamente se desapega en tanto dispositivo, forma y discurso textual de la subjetividad única y desnuda a partir de su propia exploración la angustia del género. Esto es: la angustia del cronista que se reconoce incompleto e incapaz de insertarse con gusto en el Olimpo de las subjetividades aristocráticas que ofrecen la seguridad del sentido único, ordenado y completo del mundo. Misoginia Latina, de Joaquín Linne, es precisamente ese desordenamiento del mundo como «sucesión de impresiones» y la crónica no como objeto lumínico sino como «desesperación». El cronista de Misoginia Latina necesita de las redes sociales, necesita de internet, necesita completar sus impresiones a partir de las impresiones de los otros, sin caer en el sincretismo de «la experiencia subjetiva» como síntesis privativa de las experiencias ajenas. ¿Es esa una crónica polifónica? Si lo fuera, no sería una crónica sino un reportaje. ¿Entonces qué es? Escrita en fragmentos en la web y por un outsider de aquella privativa esfera de los «especialistas del género», Misoginia Latina es en principio, la desarticulación y la desesperación de la voz única. Huele a lo nuevo y eso la convierte en una de las mejores crónicas argentinas publicadas en la década. VI ¿Podría haber alguna reestructuración formal semejante para el discurso periodístico tradicional? Se me ocurre una propuesta: la tercera persona y el narrador omnisciente. ¿Por qué continuar disimulando la omnisciencia del discurso periodístico, si en definitiva esa misma es la operación estética más primitiva del periodismo? ¿Por qué simular que lo que dicen y piensan «los otros» en realidad les pertenece de manera verificable, cuando solo se trata de palabras e ideas recortadas, seleccionadas y editadas a gusto y necesidad del narrador?

INTERNET Y EGIPTO
“Si tu gobierno apaga internet, apaga tu gobierno” Usuario de Twitter en Egipto

I En este momento, Egipto es muchísimas cosas y probablemente seguirá siendo más en la medida en que la maquinaria textual de los medios globales continúe su excursión por el Nilo. La naturaleza de esta excursión seguramente podría ser un tema de interés más vasto para interlocutores válidos. Por lo pronto, el #findelperiodismo ha vuelto a mostrar que, para la autonomía de su derrota simbólica, lo esencial del conflicto «es el conflicto en sí mismo». Y aún cuando millones de espectadores han visto decenas de escenas de violencia, represión y muerte –con una cámara fija que registra aquello que no requiere el valor agregado de explicación alguna, como si fuera Gran Hermano–, yo mismo jugaría algunas fichas negras a que poquísimos de esos mismos millones de espectadores podrían explicar cuál es la naturaleza institucional del gobierno egipcio. En definitiva, ese es un efecto más de la autonomización tardía del discurso periodístico. Y, por eso mismo, no es lo que ahora importa. Lo que importa es internet. II Egipto es un objeto de reflexión potable en un sentido tan acotado como significativo: el intento fallido de desmantelamiento que allí ha hecho el Poder (en su sentido extensivamente foucaltiano) de internet. Esta intrusión directa –de la que se ocuparon, sobre todo, los medios europeos– es, si no uno de los hechos capitales del siglo en tanto prueba efímera pero efectiva de cómo la tecnología ha reterritorializado y resignificado «esferas de interacción», al menos un cuadro cabal que pinta sobre qué nuevas trincheras se darán las próximas disputas entre ciudadanía y Poder.

III Si bien es cierto que en Honduras y Ecuador ha habido coletazos en una versión estrictamente televisiva, la versión egipcia del asunto es intrínsecamente importante desde el momento en que demuestra hasta qué punto la web se ha vuelto no solo un campo infinito de negocios y creatividad, sino también una plataforma vital –y no olvidemos la muerte como parte de toda vida– para el Poder. Un análisis no demasiado brillante del conflicto podría arrojar las siguientes conclusiones. Desglosarlas aquí y ahora, por supuesto, no tiene otra causa que advertir al Poder, que no suele ser demasiado brillante, acerca de los modos cada vez más veloces y masivos que tiene de ser desmontado allí donde esté. Primero: al optar por desconectar a la ciudadanía de internet, el Poder ha reconocido que la web –lo cual podría leerse en una línea coetánea al affaire Wikileaks– es un campo de organización más allá de su control. Segundo: El rol y la capacidad de organización ciudadana desde la plataforma digital (*), por su lado, han sido legitimados por el Poder mismo como amenaza efectiva. En ese mismo sentido, es de esperar que los soportes del siglo pasado –la televisión, que suele ser siempre el más conservador de todos– no solo pierdan cada vez más interés tanto para la ciudadanía como para el Poder, sino que, en caso de una disputa semejante a la egipcia, en el futuro esta siga trasmitiendo su basura extemporánea sin interrupción: es decir, de nadie y para nadie. Tercero: ciudadanía y Poder saben –y es calculable que futuros conflictos alrededor del mundo cristalizarán la situación cada vez con mayor profundidad– que «la interrupción de la web» no solo es una experiencia a través de la cual el Poder trasparenta su propia claudicación, sino también una experiencia a través de la cual la ciudadanía bajo amenaza –y, nuevamente, de esto seguramente servirá como mejor lo venidero– recibirá de manera inmediata la solidaridad –no necesariamente moral, sino sobre todo técnica y cultural– de una «comunidad global», supranacional y definitivamente más allá de cualquier Poder en conflicto. Es por eso que el caso egipcio, sin dudas, replantea para unos y otros cuál es hoy, dónde está y cuáles son los modos del verdadero poder. ¿Serán los nativos digitales quienes en un

futuro mediato terminen por dar forma a lo que desde el Egipto de 2011 apenas se vislumbra? IV En síntesis, el affaire internet en Egipto, lejos de inyectar una fantasiosa dosis de filantropía geopolítica al rol de las empresas privadas propietarias de las redes sociales –como Facebook y Twitter–, a través de las cuales mucho del activismo ciudadano egipcio se ha organizado, parece venir a probar que, más allá de la especulación de las elites tecnológicas, culturales y empresariales que consideran a internet un espacio donde solo el dinero asigna el rol concreto del «player», la vieja democracia también puede recalcular y redefinir bajo estrategias de una eficacia mucho mayor y potentes que antes, efectos que el Poder, por ahora, es incapaz de prever, contener o dominar.

* La aclaración obvia –y por eso mismo necesaria– es que las revoluciones no las hace internet, ni la banda ancha, por más fe que se tenga en ellas, y ni siquiera la hacen las personas, sino los ciudadanos. Son estos los que, mediante una plataforma digital, pueden organizarse para concretar sus objetivos.

WIKILEAKS A CONTRAPELO

“Peronist ideology–which can lead to political paranoia–” ID: 243823 desde Wikileaks

“El infinito, querido, es bien poca cosa; es una cuestión de escritura” Paul Valery

Henry Ford debe haber viajado en un buen carro empujado por caballos mientras iba hasta su taller con la mente ocupada en esa idea vanguardista que alguien después llamaría «el automóvil». Pero nadie documentó en video el espacio vacío entre ese carro empujado por caballos y el motor del primer automóvil. Esa brecha entre un cambio rotundo de época. Por suerte, el #findelperiodismo sí es capaz de registrar su propia autopsia. Leer Wikileaks a contrapelo. No se me ocurre un modo más productivo de colocar en tensión las ideas de lo que escribí sobre Wikileaks hasta el momento. Si hay un esfuerzo que vale la pena, es el de desconcertar incluso las ideas propias. Flexionar aún más la ilusión de los discursos condensados que pretenden objetivar el affaire Wikileaks en un único sentido posible (cualquiera fuere este). El affaire Wikileaks un punto de inicio válido para «la puesta en goteo» de todas aquellas prácticas discursivas que se consideran inexpugnables. La puesta en goteo de todos los sentidos. I La fantasía milenarista. Cuando un uso libertario de la tecnología se articula con un discurso periodístico radicalmente independiente, todavía pueden producirse algunos destellos de eso que hace ya muchos siglos el racionalismo liberal llamó verdad. El milenarismo es ante todo un proyecto revolucionario que consta de la destrucción reparadora del presente y que ubica su edad de oro en el futuro. El milenarismo –explica Beatriz Sarlo– es radical. Julian Assange es, en ese sentido, un héroe milenarista.

Como todo «héroe negativo» construido desde la web, la negatividad de su discurso tiene como objeto destruir el discurso pauperizado, deslegitimado y consumido del periodismo tradicional. Assange es un catalizador del#findelperiodismo en acto. Némesis técnico y político de un cúmulo de prácticas ideológicas, culturales y económicas que perecen. ¿Es el suyo un discurso radicalmente independiente? Assange afirma que sí. Dado el estado de impotencia del periodismo, me parecería ofensivo que me llamaran periodista, dice. La cuestión es delicada y su resolución demarcaría inmediatamente la segunda pregunta: ¿Wikileaks es un uso libertario de la tecnología? La impotencia de la que habla Assange se remite al estado inerte del «valor» del periodismo como proyección incuestionable de «la opinión pública». Un «valor» que ya no está bajo el control de quienes siempre lo tuvieron y que por lo tanto ubica al periodismo como se lo practicaba desde el siglo XIX hasta hoy en ese abismo final de sentido que es el #findelperiodismo. Wikileaks no es sino un gran «territorio medio» donde habitan todas las ideas que antes del #findelperiodismo se tenían por certezas. Entre ellas, la idea de verdad. Pero este proceso es anterior, sincrónico y también será posterior a Wikileaks. Hay que remarcarlo por una razón: evitar esa construcción hagiográfica de Julian Assange, en la que una discusión política acerca de los efectos de su trabajo parece mutilarse a favor de una discusión cultural acerca de los efectos de aquello que representa. Y la discusión, para que resulte productiva, no debe obturarse. II Los informes de Wikileaks parecen esta vez develar, ante todo, el curioso andamiaje de datos que respaldan una arquitectura de espionaje que aún aspira al dominio imperial. La palabra clave es «curioso» y en realidad debería ser «frágil». La fragilidad no se trata del modo en que la información supuestamente secreta fue goteada –el hacking ya fue leído como parte nuclear del #findelperiodismo-, sino de la fragilidad de esa información en tanto información supuestamente valiosa. Esto le gustaría a Enrique Vila-Matas y a sus máquinas de escritura portátiles: Wikileaks revela al sistema de espionaje americano bajo la forma de una enorme máquina de producir textos. Pero no textos analíticos –tal vez hoy los aparatos de

inteligencia globales le deban más al imaginario de lo infranqueable y contundente instalado desde el cine de Hollywood que a sí mismos– sino textos producidos alrededor de percepciones frívolas y triviales. “Chismes y rumores”, como dijo Hillary Clinton. Más escritos sobre cuerpos –a la manera de Kafka– que sobre proyectos estratégicos. Pero una máquina infinita –y portátil a través de todos los edificios diplomáticos del mundo– de producir textos implica por lógica interrogarse acerca de los modos en que esos textos son escritos y leídos. ¿Cuál es el criterio de «valor» a la hora de escribir estos textos? ¿A qué «competencias de lectura» apelan estos textos? “Massa described NK as a master tactician who enjoyed a good fight”, dice el cable 225062. Afirmaciones de un tenor retórico más sólido y ante receptores que demandarían argumentos más críticos se pueden documentar en cualquier peluquería de barrio. Incluso si el tema en cuestión fuera algún inminente candidato a edil en Montevideo. O las proyecciones de algún vecino con tiempo libre para copar el consorcio de su edificio. La embajada porteña no es una subsidiaria menor para pensar ese roce entre las estrategias a través de las cuales la Argentina intenta escribirse y aquellas a través de las cuales los informantes de la embajada intentan leerla (“die-hard kirchneristas” se llama a las voces más oficialistas en el cable 242241). Replanteo las preguntas: ¿Cuál es el criterio de «valor» a la hora de escribir? ¿A qué «competencias de lectura» se apela? Un análisis correctamente geopolítico de aquello que Wikileaks ha revelado podría prestarse a innumerables congresos sobre un fenómeno de #findeépoca para muchos elementos más que la mera vulnerabilidad técnica de los firewalls o la cuestionable lealtad de los agentes del Departamento de Estado.

III Este video enternecedor de los periodistas de El País –que me envió el camarada @jkusunoki– sería solo enternecedor si fuera falso, como la autopsia de aquel extraterrestre en Roswell, pero no lo es. Este video de 2:48 minutos es real. El gore del #findelperiodismo en YouTube. Escenas crudas de una masacre simbólica inusitada. Mírenlo, por favor.

¿Qué se ve? Se ve a una de las últimas legiones romanas del periodismo tradicional arrasado por una barbarie digital que no comprende. Porque si la estructura digital de Wikileaks necesitó servirse de las plataformas web de las corporaciones del «periodismo tradicional», fue únicamente para concretar el doble golpe de su aniquilamiento técnico y simbólico. Digamos: para poder demostrar que todo aquello que el «periodismo tradicional» trafica cada día no sólo es irrelevante, sino para demostrar también que se le puede hacer pagar el costo público de su propia irrelevancia. Porque los bárbaros no acabaron con Roma cuando guerreaban contra sus legiones –como ya sonó por aquí alguna vez–, sino cuando se integraron a las legiones. «Y les digo, camaradas, que el discurso periodístico contemporáneo está cada segundo más plagado de los más maravillosos bárbaros, que no son precisamente quienes se aferran todavía a líneas editoriales o acusan a Wikileaks de desvalorizar el verosímil». Lo enternecedor surge precisamente del contraste. De esos hombres del «periodismo tradicional» que sonríen y celebran el haberse convertido en profilácticos difusores de Wikileaks, como si no supieran que son partícipes de su propio vacío y de su propio fin. Se me ocurre otra escena: un cuerpo de soldados troyanos que acabaran de lustrar ese magnífico caballo recién obsequiado por los griegos y luego se marcharan a dormir satisfechos y entre risas (después de subirse a YouTube). “Con nuestras acciones de ahora determinamos el destino del entorno mediático internacional de los próximos años”, dice Julian Assange. En ese video se puede ver la clara extinción de uno de los caminos del pasado.

TERRITORIOS MEDIOS

Hay algo que fait date, diría yo en francés, «hace época», y éste es su impacto, el impacto mismo de aquello que es, por lo menos, sentido, de manera aparentemente inmediata, como un acontecimiento que marca, un acontecimiento singular o, como se dice en inglés, unprecedented. Jacques Derrida

I Hay un nodo de sentidos contradictorios alrededor del #findelperiodismo respecto a qué significa el propio fin del periodismo. Recorto dos líneas. En un plano simbólico –llamémoslo así–, el #findelperiodismo es el modo en que han emergido irreparablemente del falso piélago de la objetividad los intereses materiales –y por lo tanto ideológicos– que moldeaban las plataformas tradicionales del discurso periodístico tal como se lo ejercía –o tal como se hacía creer que era ejercido– hasta ahora. «Ahora» no es una categoría menor en este esquema, sino más bien un «valor» de forma caprichosa y dinámica. Lo importante es que «ahora» es un «valor» que ya no está bajo el control de quienes siempre lo tuvieron. Y en tanto forma, ha muerto. La demostración del argumento sería: ¿qué produce «ahora» un anchorman que se presentara como portavoz de la objetividad periodística? Nada más que risa. En un plano técnico –llamémoslo así–, el #findelperiodismo es el modo en cambiaron irreparablemente los soportes, los agentes, los modos de circulación, emisión y recepción de la «información», otra forma sobre la que se pueden afirmar muchas cosas, aunque la más trascendental es que se trata de otro concepto en crisis. Y en tanto concepto en crisis, es por varios motivos que el #findelperiodismo flota en aquello tenso, indescifrable, ensombrecido, que podríamos llamar un «territorio medio». II Un «territorio medio» es allí donde «ahora» habitan todas las ideas que antes del #findelperiodismo se tenían por certezas.

El #findelperiodismo es también la inestabilidad crítica de todo aquello de naturaleza técnica, ideológica, social y material que lo sostiene (o lo sostenía). Si la organización política depende de la estabilidad de la determinación conceptual, la organización del #findelperiodismo será entonces necesariamente des-organizada, des-determinada, des-conceptual. III En noviembre del 2010, incluso las experiencias estéticas colectivas se hunden en el «territorio medio» del estar y el noestar. Llevado a una cuestión de registros (donde lo oral se enfrenta a lo escrito y viceversa), que el recital de Paul McCartney en Buenos Aires haya llegado a la web vía YouTube mucho antes de que los periodistas tradicionales tipearan sus “impresiones personales” sobre los temas que tocó, es una cuestión, dirían los viejos periodistas de escritorio, «no menor». Incluso la teoría del retorno de lo performativo ante lo compositivo que explica la teoría del Paréntesis de Gutenberg puede ubicarse en un «territorio medio», que reflota el viejo debate platónico alrededor de la filosofía del lenguaje. Apelo a una cita de Richard Beadsworth sobre Derrida donde se marcan los puntos relevantes de este tema en el Curso de lingüística de Saussure: «Es el habla lo que permite esta ilusión de trascender la inscripción porque el sistema de oírse hablar a través de la sustancia fónica se presenta como el significante no-exterior, nomundano y, por lo tanto, no-empírico o no-contingente. En otras palabras, la “intangibilidad” de la voz conduce a la creencia de que existe una diferencia cualitativa entre lo no-mundano y lo mundano». Para el #findelperiodismo, la pregunta acerca de lo no-mundano y lo mundano hoy es tan esencial como la diferencia entre producir contenidos para un caudal potencial de consumidores o morir en la Nada del ciberespacio.

IV La tensión oralidad-escritura es uno de esos nodos de sentidos contradictorios, donde la fase técnica del #findelperiodismo se aproxima a una pregunta imprescindible acerca de lo Real. ¿Qué será a partir del #findelperiodismo lo Real? ¿Cuál será el lenguaje del #findelperiodismo? La pregunta acerca del lenguaje y sus registros hoy suena incluso donde la cuestión no es el #findelperiodismo sino la política misma y sus espacios de militancia. V Otra experiencia estética «no menor». Una película teóricamente intrascendente pero en algunos aspectos valiosa, The Social Network. Facebook hoy es un «territorio medio». E insisto en qué quiero decir cuando hablo de esto: un «territorio medio» es allí donde «ahora» habitan todas las ideas que antes del #findelperiodismo se tenían por certezas. El modo en que una red social se gesta como un espacio exclusivo para alumnos de Harvard y en menos de una década –durante la que la fuerza de internet se traduce en un alud expansivo que logra incapacitar el poder normativizador del proyecto– acapara también a los agentes más silvestres de la Policía Bonaerense, chocando finalmente –en menos de una década– con una película tradicional que exige a los «nativos digitales» encerrarse en una sala de cine paga para consumirla, eso, exactamente eso, ubica a todo el proyecto Facebook en un «territorio medio». Tal vez David Fincher lo supo antes que nadie y se abocó a la representación constante de un «territorio medio» como escenario privilegiado de su relato. El propio Zuckerberg se pasa toda la película hablando de la digitalización completa de la vida, mientras está sentado en una mesa de conciliación definiendo cifras para un arreglo extrajudicial junto a una larga serie de abogados (por eso mismo Zuckerberg no se equivoca al afirmar solamente que “lo único real de The Social Network son las camisetas”). Otra vez, la cuestión de los registros. La convivencia forzada y en tensión. Ese «territorio medio» donde flota el #findelperiodismo.

COPIAPÓ MINING DISASTER 2010

“Más de 600 millones de búsquedas en Google desde el martes hasta el viernes”

I Algunas lecciones más sobre el #findelperiodismo. Pero no en su veta ideológica sino técnica. Que es, promediando el cercenamiento de la primera década del siglo veintiuno, la veta más pasmosa y lacrimógina de un final. El subject es el desastre minero de Chile. Epifenómeno menor de un tema ligeramente más extenso en su versión aletargadamente tercermundista: esto es, los modos en que las empresas mineras llevan adelante la explotación prácticamente impune de sus empleados –temario productivo para los Bee Gees–, en concomitancia con las vanas ilusiones mediáticas de una historia sustentable y renovable. II La mera mención del subject implica el acto de recordar. El “evento histórico”, el “acontecimiento emocionante”, fue prácticamente diluido del imaginario mediático en sólo una semana. La lección técnica del #findelperiodismo redunda en que ya no son los medios aquellas entidades capaces de designar qué es un tema de interés –aquelllo “histórico”, aquello “emocionante”– sino apenas aquellas entidades obligadas a ofrecer un sostenimiento técnico –siempre fugaz– de una demanda caprichosa y errática. III Con permiso de Mr. Jones, creemos que el subject minero expone una nueva máxima: A mayor construcción discursiva de una “eventualidad histórica memorable y perdurable” desde las maquinarias mediáticas, menor el tiempo en que el evento per se persiste como auténtico elemento de interés para los flujos de público. La prueba está a la vista: unas 48 horas después del “histórico y emotivo rescate”, el tema había quedado olvidado.

Esto no habla de un empobrecimiento en la caracterización sincrónica de aquello a considerar histórico, sino del modo cada vez más acelerado en que los medios se ven impedidos de inventar de un modo sustentable y renovable sus propios eventos históricos. IV En tanto despliegue técnico –cámaras, móviles, reporteros, fotógrafos, corresponsales– también habrá que conservar como postal del #findelperiodismo lo que probablemente será la última gran cobertura tradicional de un evento. Y por tradicional queremos decir: lo obsoleto y casi decimonónico de las presencias in situ, las inversiones en recursos técnicos materiales añejos y –en especial, porque se presenta como el factor más tierno– el concepto de la “trasmisión en vivo desde el lugar de los hechos”. En este sentido técnico, el #findelperiodismo ha atravesado “en vivo y en directo” su terminal fase beckettiana: allí en el desierto sudamericano, senil y derrotado, el periodismo in praesentia aguardaba con sus recursos agotados la posibilidad de construir un hecho donde en realidad sólo había imágenes – limitadas y aburridas y repetidas 33 veces: una monotonía gris acorde a lo que la televisión aún considera entretenimiento– y también silencio –acerca de los motivos por los cuales todo había ocurrido en un principio–. Ese era el verdadero #pozo. El del periodismo, profundizándose cada vez más. En vivo y en directo. Quien ha recorrido el tendal histórico de fracasos del #findelperiodismo puede suponer que gran parte de la presencia periodística in situ tuviera la expectativa –también decimonónica, pero en su veta amarillista– de un desastre durante el rescate. Aquel era el Godot esperado con ansiedad. Godot que, por supuesto, nunca llegó (fundamentalmente por razones que no analizaremos aquí). V No hace falta un doctorado en #periodismo_hackeado para comprender que ya no existen ni los hechos, ni los lugares, ni las trasmisiones en vivo. Existe, en cambio, un flujo constante, errático y casi nunca predecible de eventos –llamarlos “hechos noticiosos” o “información” también sonaría penoso– que se

agotan en su propia instantaneidad: esto es, todo aquello que circula, como tal, por la web. Un continuo poliforme que aún al momento de terminar de leer este breve opus sobre el #findelperiodismo habrá vuelto a cambiar una, otra y otra vez.

PERIODISMO HACKEADO
[Las siguientes son notas apresuradas sobre el #findelperiodismo. No tienen por finalidad delinear la ocurrencia de una serie de hechos inminentes, sino almacenarse como aperitivo cultural para que, en un tiempo prudencial, digamos, en un año, los excavadores del #findelperiodismo puedan contar de manera paulatina con eso que los historiadores sólo llaman «persepectiva histórica» una vez que han construido lo que querían con el pasado. Así, entonces, veíamos algunos el #findelperiodismo en octubre de 2010. Esta era nuestra «perspectiva histórica».]

I La web por papel. Bloggers por periodistas. Agencias de noticias por Twitter. Noticias por eventos. Público cautivo por flujos de interés. La falsa profesionalización por el verdadero hobby: la res publica ya no necesita más intermediarios para saberse a sí misma, ni los mecanismos tradicionales del discurso periodístico resuelven un modo de mostrarse vehículos de algo más que de sus propios intereses y de su propia agenda. En una instancia más colorida, la módica batalla pasajera entre convencidos y mercenarios, acusándose filosóficamente de no ser nunca aquello que declaman. Una contemporización. El discurso periodístico del siglo XIX. Afluencia positivista y del mercado –que en este contexto ya no podrán pensarse por separado– sobre una plataforma de receptores en expansión. Si había una masa, esa masa se estaba volviendo cada vez más rápidamente letrada. El discurso periodístico del siglo XIX goza del soporte papel. Construye a sus receptores dentro de su credo ideológico y se propaga con éxito bajo las banderas liberales. II Este proceso continúa sin mayores modificaciones durante todo el siglo XIX y XX –donde si les parece bien, camaradas, podemos incluir a los primeros medios de izquierda, bajo la misma lógica–: el discurso periodístico se lleva adelante como herramienta de intervención fehaciente sobre la res publica, constituyendo roles interdependientes: el periodista (que incluye hasta el siglo XX al intelectual como algo más que un anexo dispensable) y el lector.

Si algo ha dejado dicho Orson Welles, es que la concentración de soportes para el discurso periodístico conduciría inevitablemente a la fagocitación de los principios de intervención sobre la res publica y a la construcción, por lo tanto, de espacios de confrontación de poder entre un polo público y un polo privado. De eso se trata, si rescatan algunas de las mejores escenas, casi vanguardistas, referidas al #findelperiodismo, la película Citizen Kane. III En algún punto, el discurso periodístico, entendido como un todo operacional y bien constituido, fue hackeado. Y el entramado de relaciones materiales que le daba un sustento ideológico ya no tuvo a quiénes ni cómo convencer. IV El defacing, sin dudas, será reivindicado con el tiempo como un vestigio menor pero premonitorio. Las contemporizaciones siempre son bastante imbéciles, pero desentenderse de las posibilidades de intervención de un elemento novedoso sobre un elemento hegemónico fue seguramente un error común entre aquellos pretorianos que en el siglo III se codeaban para decir: «¿Bárbaros en las filas de nuestras legiones romanas? ¿Quién puede apostar algo a esos animales? ¡Mercenarios sin fe! ¡Si ni siquiera los entendemos cuando hablan!» No sabían que la barbarización sería el final de toda una época. V Teóricos más finos registran como primer fenómeno de disrupción moderna en el discurso periodístico la llegada del spam, en la forma de aquellas cartas que Rodolfo Walsh enviaba denunciando lo que el discurso periodístico ya no. Si las anteriores eran intervenciones esporádicas, el hackeo sólo debe leerse como la deconstrucción definitiva de todos los principios, soportes, roles y contenidos del discurso periodístico. La irrupción de lo nuevo sobre lo anquilosado. Este proceso ya ha sido analizado en numerosas ocasiones.

Para el discurso periodístico como se lo entendía hasta finales del siglo XX, el hacking es un proceso de revisión sumaria. Ni de crisis ni de revolución –porque, finalmente, el discurso terminará vacío y desembocará en una forma secular más del entretenimiento–, sino al menos de revisión. Una revisión que ordene –al menos por su propia curiosidad– el evento de su propia extinción. Los bárbaros no acabaron con Roma cuando guerreaban contra sus legiones, sino cuando se integraron a las legiones. Y les digo, camaradas, que el discurso periodístico contemporáneo está cada segundo más plagado de los más maravillosos bárbaros, que no son precisamente quienes se aferran todavía a líneas editoriales o acusan a Twitter de desvalorizar el verosímil. (En este caso, la intención, por parte del discurso periodístico anquilosado, de hackear lo nuevo desde la eyección de letras de molde resulta en una delicada ironía, cuya risa se provoca hoy y tal vez sólo resulte oída en un futuro cercano: el polo público se burla abiertamente del #findelperiodismo). VI Sólo parece interesante añadir que el hacking no es necesariamente algo negativo o positivo. Es sólo algo inevitable. Un epifenómeno propio de un #finaldeepoca. Nuestra época, lectores del 2011, como la época de los últimos colchoneros y deshollinadores, era un #finaldeepoca.

#INCEPTION

Para contextualizar, primero hay que leer esto. Pero tal vez no haya que leer exactamente más nada. No se me ocurre una manera más prístina de presentar el caso que la siguiente: que el canciller @hectortimerman confunda entre sí y en medio de una penosa disputa online a las versiones @pepeeliaschev y @peliaschev, es uno de los eventos más significativos de nuestra época. Y mediante ese nosotros inclusivo no me refiero a una de esas apelaciones de sesgo tecnológico a nuestros tiempos modernos– iniciados hace 2 siglos y acabados hace medio–, sino a uno de esos eventos azarosos, inesperados y a la vez casi formales –en el sentido formular– donde la #derrotacultural y el #findelperiodismo se fusionan en un cono perfecto de Vacío de Sentido. Escribe @hectortimerman: Dice @pepeeliaschev si huggies saca a florencia peña de sus filas, la campaña podría hacerla Timerman que no va a lo de leuco porque se cagó. La línea de los soñadores soñados. Atraviesa Descartes, toma curvas ambivalentes en Hume, se expone en Unamuno, se estiliza para siempre en Borges y termina masificada al alcance de la chusma palurda en Christopher Nolan. Yo los llevo a Twitter. Entretenimiento filosófico de calidad. Parpadeos oníricos en ciento cuarenta caracteres. Los invito a seguir la batalla de percepciones –no se trata de si son reales o falsas, sólo se trata de percepciones– entre un canciller y las versiones de un periodista. No importa quién es quién, porque ninguno representa algo distinto que nuestra época.

@peliaschev acusa a @pepeeliaschev de ser “una mera operación doméstica de saqueo”. La palabra importante, de todos modos, es ser. ¿Pero cuál de los dos creerían ustedes que escribió lo siguiente? Mi identidad se sustenta en más de cuarenta años de labor periodística, enfrentando dictadores y dictatorzuelos. Nos vemos esta noche. ¿Y lo siguiente? ¿Qué hacer en un pais cuyos gobernantes derrapan por twitter sin filtro ni control de esfínter? Por incontinencia, pueden hacer un desastre. ¿Y qué tal esto? En Brasil designaron póstumamente a Vinicius como embajador. En nuestro país, el ministro de relaciones exteriores es un muerto. ¿O esto? Moraleja melancólica al atardecer: ¡cuánta energía al servicio de las peores pasiones! El twitteo oficial K es puro cinismo, mera patanería. ¿Y esto? El célebre rabino Bergman nos dice: “no confundir Perón con Nerón”. Yo agregaría: “no confundir octubre del 17 con 17 de octubre”. Por supuesto, ustedes han leído demasiadas novelas policiales. O en todo caso, han visto demasiados capítulos de Hércules Poirot recreados por la BBC. Entonces quieren saber cuál es el real. Quién es el soñador y quién es el soñado. Entiendo que tal vez no perciban la belleza en toda esta situación. La ambigüedad profunda. La paradoja existencial. El dichoso goce de que, finalmente, nada es real. No estoy seguro, pero @hectortimerman infiere la metafísica de lo que ocurre. Entonces termina diciendo: mis condiciones eran, los dos sólos hablando y debatiendo. Yo no tengo archivos ni videos ni equipo de producción. Leuco quiere un show. Da exactamente igual. De todos modos, la palabra importante es show. Lean las dos Bio en Twitter de @pepeeliaschev y @peliaschev. Traten de asignar cuál le corresponde a cuál.

Bio Journalist. B. Buenos Aires 1945. Author, essayist, radio and TV personality. Nine books. Bio Periodista independiente. Ex alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires. ¿Se preguntan quién tiene más followers? Se sorprenderían. “Non, je ne regrette rien”, espera escuchar uno desde algún lugar más allá de las nubes, y después recibir #lapatada. Pero créanme, hermanos y hermanas, ya no hay ninguna realidad esperándonos después del golpe. Eso es nuestra época.

#FINDELPERIODISMO

¿De qué hablamos cuando hablamos de #findelperiodismo? De la crisis de sus soportes, del abaratamiento de sus plataformas, de la disminución dramática de sus consumidores frente a los nuevos canales de circulación de datos, ese flujo que aceita el devenir mismo de las redes sociales. Pero también hablamos de la emergencia -nunca antes tan nuda- de los eslabones puros y los mecanismos engrasados de la industria periodística. Un núcleo legible de esta emergencia puede darse en los tenues enfrentamientos entre el gobierno demócrata de Obama y la cadena republicana Fox. Una lectura de mayor intensidad, sin embargo, resulta más inmediata -en Latinoamérica y en especial en Argentina- en la puja de intereses constante entre el polo público (gobierno, parlamentarismo, institucionalidad) y el polo privado (juntas de directorio, corporatividad monopólica, recursos productivos). Desnudado de los valores románticos del siglo XIX y XX -la persecución de la verdad, la persecución de la justicia, la intervención en la res pública-, el periodismo se vuelve una materia inerte y desmitificada. La suya se vuelve -vamos a reelaborar pecaminosamente a Giorgio Agamben- nuda vida: vida como asunto sin límites de la filosofía y vida como materia sin forma. Un recipiente en el que se vehiculizan en un éxtasis obsceno los intereses de un postor. ¿De qué hablamos cuando hablamos de #findelperiodismo? También hablamos de episodios de tensión entre lo nuevo y lo viejo. Y por tensión quiero decir: rebordes donde lo mejor de lo nuevo se entremezcla con lo mejor de lo viejo. Por ejemplo: un proyecto de investigación periodística tradicional montado sobre una plataforma técnica de vanguardia. The Washington Post: Top Secret America es exactamente eso. Una investigación al modo tradicional de distintas zonas secretas militares en los Estados Unidos, presentada del único modo viable: en la intangibilidad de la web y mediante una summa multimediática. Haciendo click sobre el video -la investigación periodística se fusiona con la palabra escrita y con el cine, en ese trompo tan posmo del entretenimiento como valor absoluto (aunque bien

entendido)- también se visibiliza la tensión comercial que tanto desnuca a algunos camaradas. El financiamiento de una investigación de más de dos años y más de una docena de periodistas profesionales -tiempos y formas que exceden escandalosamente las expectativas actuales de lo viable en el nuevo mercado de la información digitaltambién puede lograr sus anunciantes. Ahí está -como paratexto mercadotécnico- la promo, el comercial, el miserable capital, dispuesto a financiar un proyecto interesante, lacerando el credo absoluto del abaratamiento de la mano de obra y de la depresión de las expectativas del público consumidor.

LO QUE MUERE CON STEVE JOBS

I Las almas sensibles deben agudizar su percepción de un hecho que en primera instancia no parece más que un recursivo episodio entre tantos otros de ese magro engendro hermético llamado “la crónica económica”. La renuncia de Steve Jobs a Apple, a menos de un mes de que su empresa fuera reconocida como la más importante del mundo, se convirtió rápidamente en una representación mediática muy interesante sobre la muerte. No de la muerte de Steve Jobs –cuyo cáncer se negó de manera inversamente proporcional a la difusión del cáncer de Hugo Chávez, demarcando áreas muy particulares de ciertos deseos biopolíticos- sino de la muerte del Capitalismo. Por supuesto, no se trata de la muerte del Capitalismo como sistema –de eso ya se ocupará #unmilagroparaAltamira– sino de esa zona más profunda y cotidiana de sí: la que logra modelar con éxito –el éxito más grande del mundo– las subjetividades contemporáneas del consumo mientras reproduce fantasías seriadas en cada uno de esos compradores aspiracionales de iPhones, Macs, iPads y iPods: basta prestar atención en el cúmulo previsible de actores socio-económicos específicos para identificar quiénes habrán de sentirse –durante unos pocos pero trascendentales segundos– abatidos por la renuncia de Jobs al almirantazgo de la contemporaneidad. II La misa negra del Capitalismo alrededor de Steve Jobs –cuya renuncia, de acuerdo a cómo esta afecte la cotización de las acciones de Apple, podrá darle a la hipotética noticia de su “muerte” una dimensión real– es también la puesta en crisis de uno de los valores claves de una época que el propio Jobs ayudó a crear: la creatividad. Diseñadas creativamente en Occidente –que encumbra a la creatividad como el valor máximo de un revivificado capitalismo ligado a la tecnología y la información–, y con sus piezas

manufacturadas en China, esa zona franca del aparato jurídico de la producción, donde las condiciones más salvajes del trabajo manual no han variado demasiado en los últimos siglos, pocas mercancías –y aquí opera un componente estético que tal vez sea el verdadero factor decisivo del éxito curvilíneo, etéreo y níveo de Apple– han alcanzado de un modo tan perfecto la categoría de fetiche. ¿Podría tener el actual Capitalismo occidental, golpeado por sus crisis periféricas en Santiago de Chile, o por sus crisis centrales en Londres, motivos de congoja más profundos que el derrumbe de un hombre capaz de restituir en una serie de objetos tan específicos y exitosos las contradicciones de una época? ¿Podría tener el actual Capitalismo occidental un motivo de congoja más profundo que el derrumbe de un hombre que construyó, bajo los parámetros más empíricos del mercantilismo, el mito contemporáneo de la creatividad como summa de todos los atributos del moderno precursor? III Palpitante, lo que el Capitalismo ofrece a través del imaginario conmovido de sus medios no es otra cosa que una representación de la muerte de Steve Jobs en el Capitalismo, pero como parte y no como todo. Ese es el registro trágico de la ascesis privada de su renuncia: su épica hagiográfica –incluida la unción de su discípulo más fiel, Tim Cook–; la carta imbuida en la fe de los profetas y los mártires: “los días más brillantes e innovadores de Apple están por delante”. La ilusión de que todo continuará, siempre, más allá de la muerte.

VEINTE DÍAS CON UN E-READER

I Hace falta sostener un e-reader durante cinco minutos y usarlo otros diez para preguntarse: ¿por qué todavía no se «discografizó» el mercado editorial en papel? ¿Qué sostiene a los grandes grupos editoriales en esa posición privilegiada del mercado para que, al menos en América Latina, continúen vendiendo esas masas de celulosa entintadas y encuadernadas que llamábamos libros? La pregunta, por supuesto, es acerca de ciertas prácticas conservadoras que contribuyen a la volatilidad de ese otro tópico denominado #derrotacultural. II La imagen de un millón de libros en la soledad de un container se vuelve desoladora precisamente porque alguien nota su ausencia. Y la padece. El dolor es netamente material y lo han expresado ya algunos lobbistas sensibles. Basta googlear. Ahora bien, ¿por qué necesitan ser recordados los libros olvidados en un container; libros producidos con papeles caros y vendidos al público a precios ultrajantes? A un 10% de ganancia por el precio de tapa a cobrar en dos semestres, los escritores no los extrañan. Y vendidos a precios dolarizados aun cuando se produzcan en las periferias de las capitales sudamericanas, tampoco los lectores. La cuestión es la obsolescencia. Ni siquiera de un modelo de negocios –los dueños jamás sueñan que podrían dejar de serlo– sino del microcircuito de pertenencias al que corresponde la palabra escrita bajo un soporte digital. Utilizado con un mínimo de inteligencia, un e-reader puede almacenar y distribuir más de un millón de libros hackeados, sin mayor costo que el de una conexión a la web. No hay container que pueda controlarlo. Tampoco hay ningún lobby empresarial editorial que pueda impedirlo.

III La «discografización» editorial no es una apología de la violación de la propiedad intelectual sino una apología del deber de repensar la relevancia de los lectores ante políticas culturales y políticas de mercado que pretendan apartarlos de una mercancía cuyas condiciones de consumo, como se las conocía hasta entonces, han desaparecido. Si los precios, los tiempos y las formas de la industria cinematográfica se hundieron ante las nuevas prácticas y las nuevas costumbres de los usuarios, ¿por qué no debería hundirse también la industria editorial del papel? ¿A quién le interesa, excepto a los conservadores y a los nostálgicos, el periplo privado y público de su agonía ? ¿Por qué no asumir que el libro es ya otro de los nombres del software? Por lo tanto, ¿qué hay en un container que no esté al alcance en la red?

TESIS DE LA FILOSOFÍA DE TARINGA

«La bibliocultura seguirá haciendo la competencia, todavía durante un cierto tiempo, a muchas otras formas de publicación que se sustraen a las formas heredadas de la autorización, de la autentificación, del control, de la habilitación, de la selección, de la sanción, incluso de mil otras formas de censura» Jacques Derrida

I La muerte de las formas contemporáneas del orden social debería alegrar más que conturbar el espíritu. Lo pavoroso, sin embargo, es que el mundo que fenece no deja tras de sí un heredero sino una viuda embarazada. Entre la muerte de uno y el nacimiento del otro habrá de fluir mucha agua, habrá de discurrir una larga noche de desolación y caos. II Argentina tiene 20.000.000 de usuarios de internet. El crecimiento de usuarios fue del 700% en la última década. En el 2009 fueron dados de baja por intercambiar archivos de manera ilegal en Argentina 74.353 blogs, 740.014 links, 166.670 foros, 16.670 links P2P, 1.981 archivos de eDonkey y 32.378 sitios de música. Las industrias más afectadas son las de software, música y cine. III Si alguna vez conversaron con un abogado de los que representan a las multinacionales productoras de soportes para distintos capitales simbólicos, habrán percibido lo rápido que tratan de infundir la idea de que tipos como Bill Gates son víctimas a la vez que los tipos que bajamos contenidos de toda clase desde la web somos criminales. La tesis se repite, ahora, tal vez, con cierta desesperación. También con cierto patetismo, ya que quienes denuncian a Taringa no son el lobby internacional de los grandes monopolios del software –representados por la Business Software Alliance– sino un conjunto gris de editoriales del inframundo jurídico.

IV La ley vigente prevé hasta seis años de prisión para quien edite, venda o reproduzca “obras artísticas, científicas y literarias”. Trasladada sin consideraciones del ámbito real al digital, subir material a internet se considera “difusión”. Y bajarlo, “reproducción”. En el caso de la compra callejera, en cambio, la figura legal sería la de “encubrimiento”. Por lo que -según el artículo 277 del Código Penal- quien comprara cualquier material de origen fraudulento debería ser penado con hasta 3 años de prisión (algo sobre lo que no hay registro). V Horacio Potel sabe de qué se trata enfrentar las prácticas oligopólicas ejercidas sobre la circulación simbólica y material de bibliografía académica. Y es sintomático que el principal perseguido por el lobby editorial haya sido un docente que multiplicaba las posibilidades de acceso online al conocimiento filosófico. VI ¿Alguna vez se molestaron en leer detalladamente qué es realmente lo que preocupa a quienes todavía recurren a la triste insistencia ontológica de ser los únicos amos del conocimiento? Hay algunos detalles interesantes, incluso sobre Taringa. En el informe del año pasado de la IIPA(International Intellectual Property Alliance), dedicado exclusivamente a la Argentina, por ejemplo, afirman que el sitio, “con más de 2.577.263 usuarios”, ha estado “respondiendo positivamente a los avisos de baja” luego de sus encuentros con “la industria discográfica”. ¿Se necesita algún tipo de traducción detallada para comprender el significado de “respondiendo positivamente”? Según el reporte de este año, Taringa “elimina el 31.94% de los links subidos diariamente por razones de contenido pirata”.

VII

Por supuesto, es ridícula la necesidad de declararse a favor de Taringa porque, como en tantas otras esferas, su alternativa, ahora, no representa sino barbarie y reacción. Taringa (lo que Taringa representa como práctica social y tecnológica, más allá de sus propietarios) debe prevalecer. Sin embargo, las implicancias de estas afirmaciones hechas por la IIPA respecto a cómo ha actuado realmente Taringa hasta el momento en lo que se refiere a la libre circulación y eliminación de links y cuál es, por lo tanto, ahora, la verdadera naturaleza de su urgente apelación a una conciencia colectiva “que abarca a todos los que participamos de internet y las redes sociales” se vuelve, por lo menos, objeto de inminentes discusiones por parte de los usuarios. VIII La cuestión de la piratería es hermenéutica antes que legal. Por lo tanto, no se trata de una discusión del orden de lo jurídicorepresivo, sino del orden de los modos en que se comprende el estado actual del mundo y sus posibilidades. Los grados de persecución jurídica, en ese sentido, deben leerse de manera inversamente proporcional a la capacidad de comprensión acerca del fenómeno digital. Como la industria discográfica y la industria cinematográfica, la industria editorial –en todas sus formas– es otra viuda embarazada.

#FINDELPERIODISMO
Y OTRAS AUTOPSIAS EN LA MORGUE DIGITAL

de NICOLÁS MAVRAKIS @nmavrakis. Ediciones CEC. Buenos Aires, Argentina, 2011.

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