El último lugar cálido

Pablo Valle (Al Negro Olmedo.) De todas las experiencias que viví como cónsul honorario de Costa Dura en Estocolmo, la que voy a contarles debe haber sido, sin dudas, la más trascendental. Probablemente haya sido, también, la única. Es verdad que incluso no me ocurrió directamente a mí… en un sentido meramente personal. Pero, por muchas razones que ustedes comprenderán más temprano que tarde, fue una experiencia que no sólo involucró en lo más íntimo a quien habla, sino también a nuestro glorioso país en su totalidad. A la sazón me encontraba, como ya adelanté, cumpliendo la grahamgreeniana función de cónsul honorario en la fría capital de Suecia, tan lejos de mi patria como un ser humano podría estar: en otro país, en otro clima, tratando de hablar un idioma que es como cantar una guaracha masticando piedritas de canto rodado. Para colmo de males, yo era el único costadurense que vivía en la zona, al menos desde la muerte del viejo Graciliano Wilson Ortugué, decano de los fabricantes de antigüedades caribeñas en la Península Escandinava. (En realidad, aunque no esté bien divulgarlo a estas alturas, la verdadera fuente de ingresos del viejo Ortugué era el tráfico de nuestra droga nacional, la llamada Coca costadurensis, o “crack de los pobres”, muy apreciada entre los adolescentes nórdicos por sus virtudes estimulantes del suicidio.) Como es imaginable, mi condición de único nativo de nuestro bello país en aquellos inhóspitos parajes dificultaba en grado sumo mi misión; mejor dicho, la volvía técnicamente inexistente. Pero, por otra parte, ser cónsul, aunque fuera honorario, vale decir sin retribución pecuniaria alguna, no carecía totalmente de satisfacciones. Entre ellas, no era la menor el extraordinario ascendiente que había obtenido en un grupo de encantadoras suecas, todas integrantes de una institución social de amplio prestigio en la capital y en el resto del país. Si bien la obligatoria modestia que todo costadurense que se precie debe exhibir respecto de sus irresistibles encantos viriles me prohíbe entrar en más detalles sobre la índole de estas relaciones, no puedo dejar de anotar que las mismas solían sorprenderme hasta a mí mismo, hombre inauditamente avezado en lides eróticas de todo tipo. Tal éxito me sugirió la idea de remozar mi, debo decirlo, pobre actuación al frente del cargo, solicitando en esa institución un préstamo stand-by que restañara siquiera un poco las lamentables finanzas de nuestro castigado pero nunca rendido país. (Todo el mundo sabe que Costa Dura

arrastra desde hace tiempo una deuda externa de quinientos mil millones de “ecuatoriales”, suma aproximadamente equivalente a setenta mil dólares al cambio de hoy, y empleada en su mayoría para pagar una octogésima parte de los intereses de la deuda anterior, contraída en “costaduros”; moneda ésta que engalana con su colorido pintoresquismo un rincón desfavorablemente iluminado del Museo Antropológico de Frankfurt.) Debo decir también, sin caer en mayores alardes, que mi solicitud fue, en principio, favorablemente recibida por la institución a la que hice referencia más arriba. Se trataba del Club de Baloncesto “El Séptimo Sello”, campeón nacional de la especialidad y varias veces cabeza de serie en torneos internacionales de bien ganado prestigio. Un día gélido de diciembre, la presidenta, Ingrid Kalverssen, me recibió en su despacho particular, con algo parecido a una sonrisa en su cara color de leche de coco maduro. —Señor Martiniano Washington Mendaz… Pronunciaba mi nombre de tal manera que sonaba como los quejidos de Harriet Andersson en los primeros veinticinco minutos del filme Gritos y susurros, cuando parece que se dispone a escupir pedazos de pulmón hacia la cámara. Aproveché el recuerdo para hacerle notar que todas las suecas, y ella no era la excepción, me recordaban a la bellísima Liv Ullman, gloria artística del país. —Liv Ullman es noruega —observó con frialdad, dejando ver un milímetro de una perfecta dentadura de mujer de treinta años (probablemente postiza). Superada la gaffe con el aire de hombre de mundo que en mi país me ha valido el mote de “El Retozón”, quise entrar de lleno al tema que me acercaba a esta augusta institución deportiva, cuando un brusco cambio de luces en la oficina me hizo ver un detalle hasta entonces no advertido. La pared en la que se recortaba la opulenta figura de Ingrid lucía un gran cuadro desde el cual me miraba un rostro impactante. Me quedé sin habla de inmediato (lo que es mucho decir). Esa mirada cetrina, esa piel aceitunada, ese pelo brillante como engominado con el preparado de excrementos de iguana diarreicas que usan nuestros naturales… Me encontraba casi delante de un espejo, primera parte de la revelación que me aguardaba y que, sin yo buscarla especialmente, descubriría el secreto de mi inaguantable atracción sobre esas eficaces manipuladoras del balón. —Ese hombre… —llegué a balbucear. Ingrid asintió con la cabeza, acentuando su sonrisa, si así se puede llamar a esa mueca que le cortaba la cara como un sexo femenino horizontal e intocado. —Un compatriota suyo —confirmó, ante mis ojos aguados por una varonil emoción. —¿Qui… qui… quién? —quise articular.

—Su nombre era Robustiano Jackson Roble —y esta vez nuestro bello idioma fue adecuadamente homenajeado por esos labios que parecían denunciar a gritos la práctica cuantiosa y reverente de un nombre idolatrado —. No creo que usted conozca su existencia… aunque debería. Si está dispuesto… Mis ojos y toda mi apostura debieron ser una convincente afirmativa, ante la resistencia emocionada de mi labia. Ingrid suspiró y comenzó su relato, que traduzco a continuación. El lector perdonará (o apreciará, según sus dotes) que lo haga en tercera persona y con los agregados que mi impecable manejo del castellano y mi imaginación me han sugerido. Hace poco menos de diez años, ocurrió uno de esos frecuentes accidentes aéreos cordilleranos que sacuden a la opinión pública durante algunos días, hasta ser reemplazados por algún golpe de Estado o algún golpe de suerte en la Lotería. Fueron sus protagonistas las integrantes del equipo femenino de baloncesto “El Séptimo Sello”, que a la sazón cruzaban la cordillera de los Andes luego de un triunfo resonante y en marcha hacia, ¡oh ingenuidad nórdica!, otro igual. Ingrid era entonces la capitana, aguerrida defensa y líder emocional del grupo: veinticuatro diosas rubias, entre titulares, suplentes y allegadas. En pleno viaje, el pequeño e irresponsable aparato que las transportaba comenzó a vacilar. Sus motores fueron defeccionando uno tras otro hasta que todos los tripulantes debieron admitirlo: se iban en picada hacia la muerte blanca. Las palabras pretendidamente tranquilizadoras del piloto no surtieron el efecto buscado, en especial luego de que se oyó el disparo de un arma automática en la cabina. Ya sin conductor, la desdichada máquina se precipitó a tierra, dando contra las nieves eternas de una ladera. Quisieron los Hados, o tal vez san Barsanufio, patrono del baloncesto, que el choque fuera amortiguado por tanta nieve (diríase que ángeles trasandinos sostuvieron el impacto a último momento, por cortesía con sus similares del otro hemisferio) y, por consiguiente, los estragos fueran menores de lo esperable. Sí, aunque sea increíble: todas las integrantes del equipo habían sobrevivido. ¿Víctimas fatales? También: el apresurado piloto y una gorda pasajera que nadie conocía y que había subido en la última escala, acompañada por quien sería a la postre el héroe de toda la aventura, y de nuestro relato en curso. Robustiano Jackson Roble… En él sí habían reparado las valkirias, aunque bien que habían disimulado. Cuando el esbelto costadurense subió al avión, detrás de esa lamentable bola de grasa (que en paz descanse), un murmullo, podríamos decir, silencioso, se propagó entre todas las tripulantes. La señora resultó ser una locuaz millonaria cubana que recorría el mundo tratando de

encontrar algún jefe de Estado dispuesto a invadir su país de origen para derrocar al barbado dictador. Ya había intentado en Corea del Sur, Irlanda del Norte, Zambia, y ahora regresaba de Chile, luego de recibir una cordial pero vaga promesa del general Pinochet. No estaba desalentada, todo lo contrario, y contaba a quien quisiera escucharla (ninguna de las suecas, por cierto) que en Viña del Mar había “pescado” (tal era su afrentosa expresión) a esa joya (se refería a Robustiano, por supuesto), decidiendo de inmediato convertirlo en su masajista personal. El eufemismo provocó más de una fría sonrisa en las caras siempre inexpresivas de las sílfides. La esférica libertadora frustrada se limitó, entonces, a producir ampulosos gestos, imputando ese silencio de sus forzadas interlocutoras a una por demás invencible envidia. Algo de eso había, sin embargo… Imaginando la escena (me refiero al corto trayecto entre esa afortunada escala y el impacto final), no puedo menos que sonreírme, evocando la actitud del pasaje ante la apostura del “masajista”. Y también, conociendo cómo las gastan nuestros compatriotas, puedo conjurar la propia actitud de Robustiano: altivo, indiferente en apariencia, pero con las fosas nasales distendidas hacia las posibles presas, reconociendo de inmediato el inconfundible olor del deseo femenino. Así estaban las cosas cuando ocurrió lo ya narrado, con audaz técnica literaria (aprendida, justo es decirlo, de nuestro escritor nacional, Fernandiano Johnson Gómez, eterno postergado por esos politicuchos de la Academia Sueca... con perdón del país que me cobija). Constatados los decesos de la gorda y del piloto, el recuento de pasajeros dio el resultado que el lector ya habrá deducido: veinticuatro esculturales baloncestistas y Robustiano. Otros recuentos fueron más descorazonadores: no había provisiones, no había elementos para hacer fuego, no tenían la menor idea de dónde estaban y ni siquiera tenían un diario para leer la crónica sobre el reciente triunfo. La situación era desesperada, ¿vale la pena aclararlo? Bueno: la situación era desesperada. La propia Ingrid debía reconocer (ahora, cuando me lo contaba todo desde la seguridad de su oficina) que estaba desconcertada. Sus cualidades de liderazgo la predisponían a decisiones rápidas y certeras, pero asimismo la exponían a las ardientes expectativas de sus pelirrubias compañeras. Bueno, al principio, los restos retorcidos del avión les sirvieron como refugio contra el céfiro, un recomendable vino chileno como consuelo en módicas cantidades y la de pronto providencial gorda difunta como primera comida cordillerana. Debo aclarar que la dietóloga del equipo se opuso tenazmente a esta antropofagia antideportiva, sobre todo en vistas al próximo match con un combinado de la argentina provincia de Santiago del Estero, al parecer, famoso por su juego rápido. Ante la sórdida realidad (y

algunos tenedores amenazantes), la dietóloga tuvo que recapacitar y abandonar su ortodoxia profesional, so pena de convertirse en dieta ella misma. Casi podía decirse que la buena alimentación de la contrarrevolucionaria (propaganda viva —hasta ese momento— de los fulgores de la era Batista) había solucionado provisoriamente el primer problema. Pero ¿y el frío atroz que ya mordía esas pieles prístinas? Por más acostumbradas que estuvieran a los rigores árticos, no dejaban de sentir esas primeras mordeduras como la promesa cierta de un escaso futuro. El exiguo fuselaje del avionzuelo detenía la nieve hasta cierto punto, pero el mercurio descendía, implacable. Apiñadas en el reducido espacio antes volador, las veinticuatro ninfas (y el fauno) se daban y se quitaban mutuamente los restos de calor acumulados en las grasas de la cubana. Y en este punto hizo su aparición el genio del Caribe, el hombre de ese remoto lugar cuyo nombre las suecas apenas hubiesen podido pronunciar, en el caso de que lo conocieran. Sin que nadie lo advirtiese, casi con timidez, Robustiano se acercó a Ingrid, en quien había reconocido instintivamente a la conductora del conjunto, para susurrarle algo al oído. Sea porque la dorada doncella champurrease algo de español, o porque nuestro héroe acompañase sus sugerencias con expresivos ademanes, lo cierto es que de inmediato una solución inesperada vino a quebrar el angustioso clima del refugio. Ha de decirse, no obstante, que, antes de comunicar su hallazgo a las otras muchachas, Ingrid vaciló un tanto, asediada por algún puritanismo ancestral, aunque parezca mentira dada su nacionalidad, legendaria por su desprejuicio. En ese minuto de duda, un nuevo golpe de viento glacial sacudió la improvisada cueva y bastó para decidir la situación. Ingrid expuso lo sugerido. Mientras la capitana hablaba con una convicción que yo podía verificar diez años después (arrastrados ambos por el fragor del recuerdo), Robustiano procedía con toda naturalidad a bajarse los pantalones, por lo menos hasta la mitad de los muslos. Su gesto graficó adecuadamente la propuesta: la fuente de calor humano más extraordinaria jamás vista fue puesta al descubierto ante el asombro de las deportistas. Contra lo que Ingrid, en su excesiva previsión, había imaginado, no se reprodujo en las pupilas aquel escrúpulo suyo. Podría decirse, por el contrario, que cuarenta y ocho manos se abalanzaron atropelladamente hacia ese lugar que, pese a su buena voluntad (evidente de inmediato), no podía contenerlas a todas. Hubo que establecer rigurosos turnos. Aquí otra vez brilló el don de mando de mi actual interlocutora; un rápido sorteo a ojo determinó quiénes eran las primeras doce beneficiarias de ese prodigioso calefactor.

Relevándose cada quince minutos, los dos improvisados equipos (como elegidos para un entrenamiento) combatieron lealmente por el precioso trofeo… ¿Qué elogios no vienen a mi pluma? ¿Qué ditirambos delirantes no me tientan? La modestia nacional me impide ceder a estos fáciles apuros, pero todavía hoy, cuando transcribo casi con desapego este relato mil veces recordado, un líquido salobre asoma por el extremo de mis patrióticos lacrimales. Pero continúo con mi narración, de la que ya sólo quedan las heces. Establecido el procedimiento, el accidentado grupo recobró confianza, para esperar el rescate oportuno. Sin duda, estaban de milagros: cuando ya sólo les quedaba para comer un caldo de huesos “a la cubana” (calentado por los medios que ustedes ya pueden imaginar), escucharon el taladrar de un helicóptero de patrulla, que no tardó en divisarlas. El resto es previsible. Aunque nadie supo nunca toda la verdad, gran parte de ella apareció en los diarios de esa semana. Las veinticuatro deportistas suecas fueron rescatadas con vida y llevadas al hospital más cercano. ¿Y Robustiano Jackson Roble?, preguntará algún alma sensible. Robustiano Jackson Roble, queridos amigos (y ya las francas lágrimas acuden incontenibles), no sobrevivió. Antes de llegar al hospital, en el corto trayecto helicopteril hacia la salvación, Robustiano murió de un enfriamiento. Sí, una pérdida colosal de calorías lo había convertido prácticamente en un pedazo de hielo con entrepiernas. Ninguna de las muchachas, a quienes sería injusto calificar de ingratas, dado el evidente estado de shock que las obnubilaba, atinó a devolverle al héroe siquiera una mínima parte del calor que de él había recibido… Este perro San Bernardo había agotado su barrilito (y el diminutivo es una figura de modestia apreciable), sin posibilidades de repuesto. Ingrid también lloraba, a su manera contenida, cuando terminaba de contarme esta inusual aventura. Y recuerdo que mi primer pensamiento fue, entonces, mirando el retrato del Hombre: ¿estaré yo a tu altura, oh excelso compatriota? ¿Seré digno de compartir contigo la paternidad de una patria que no por relegada ha dejado de dar ejemplo a otras naciones más pretenciosas? Sí, porque la historia de Robustiano Jackson Roble nos señala con humildad, pero con firmeza, que todavía quedan lugares cálidos en un mundo obscenamente orgulloso de su frialdad.

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