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Lc. 2.21-24. Presentación de niños

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Presentación de niños

Introducción Estamos aquí reunidos para, además de alabar al Señor como Su pueblo y agradecerle por su misericordia, presentar al Señor a un niño: Kilo. Quisiera clarificar algunos conceptos que quizá no tengamos claro. La presentación de niños al Señor se hunde profundamente en nuestras raíces judeocristianas. Es una tradición muy antigua que no tiene nada que ver con la salvación del niño. Una tradición antigua (Lc. 2:21-24) Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuera concebido. 22 Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos conforme a la Ley de Moisés, lo trajeron a Jerusalén para presentarlo al Señor 23 (como está escrito en la Ley del Señor: “Todo varón que abra la matriz será llamado santo al Señor”), 24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la Ley del Señor: “Un par de tórtolas o dos palominos”. (Lc. 2:21-24)
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I.

La redención del primogénito. Según la ley Exo_13:2), todo primogénito varón, o macho en el caso del ganado, estaba consagrado al Señor. Esta ley puede ser el reconocimiento del poder misericordioso de Dios que es el que da la vida, o tal vez sea el equivalente de la ley de otros pueblos que sacrificaban a los hijos primogénitos a sus dioses. No cabe duda de que, si se hubiera cumplido literalmente, habría desbaratado la vida. Por eso había una ceremonia que se llamaba la Redención del Primogénito (Num_18:16 ), y que consistía en pagar cinco siclos para, como si dijéramos, que los padres pudieran seguir teniendo a su hijo. La ceremonia incluía volver a comprar “redimir”, el niño de Dios mediante una ofrenda. Esta ceremonia nos parecerá extraña y antigua; pero expresa la convicción de que un hijo es un don de Dios. Los estoicos solían decir que los niños no se les dan a los padres, sino se les prestan. De todos los dones de Dios, del que más se nos van a pedir cuentas es del de un hijo. II. No está relacionada con la salvación (Jn. 3:1-11) 1 Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, dignatario de los judíos. 2 Este vino a Jesús de noche y le dijo: -- Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. 3 Le respondió Jesús: -- De cierto, de cierto te digo que el que

no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le preguntó: -- ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? 5 Respondió Jesús: -- De cierto, de cierto te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es. 7 No te maravilles de que te dije: “Os es necesario nacer de nuevo”. 8 El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu. 9 Le preguntó Nicodemo: -- ¿Cómo puede hacerse esto? 10 Jesús le respondió: -Tú, que eres el maestro de Israel, ¿no sabes esto? 11 De cierto, de cierto te digo que de lo que sabemos, hablamos, y de lo que hemos visto, testificamos; pero no recibís nuestro testimonio. (Jn. 3:1-11) Nicodemo era fariseo. En muchos sentidos los fariseos eran las mejores personas de todo el país. Nunca fueron más de seis mil; formaban lo que se llamaba una jaburá o hermandad. Se ingresaba en esa hermandad comprometiéndose delante de tres testigos a consagrar su vida al cumplimiento de todos los detalles de la ley tradicional. ¿Qué quería decir eso? Para los judíos, la Ley era la cosa más sagrada del mundo. La Ley eran los cinco primeros libros del

Antiguo Testamento. Creían que era la perfecta Palabra de Dios. El añadirle o sustraerle una sola palabra era pecado mortal. Ahora bien, si la Ley era la Palabra completa y perfecta de Dios, eso quería decir que contenía todo lo que una persona necesitaba saber para vivir una vida buena, si no explícitamente, por lo menos implícitamente. Si no todo se encontraba en ella con todas las letras, tenía que ser posible deducirlo. Decían: “La Ley es completa; contiene todo lo necesario para vivir una vida buena; por tanto, en la Ley tiene que haber una regla que gobierne cualquier incidente posible de cualquier momento posible para cualquier persona posible.” Cuando Nicodemo se encontró a solas con Jesús Le dijo que nadie podía por menos de sentirse impresionado con las señales y milagros que realizaba Jesús. Jesús le contestó que lo realmente importante no eran las señales y los milagros, sino el cambio radical en la vida de una persona, que sólo se podría describir como un nuevo nacimiento. Cuando leemos este pasaje nos parece que Nicodemo entendió la palabra de nuevo solamente en el sentido literal. ¿Cómo puede uno que ya es mayor, dijo, meterse otra vez en el seno materno y nacer por segunda vez? Pero la reacción de Nicodemo no era tan simple. Nicodemo podía ser cualquier cosa, pero no era tonto. Había una gran ansia insatisfecha en su corazón; y es como si dijera, con un anhelo sincero y profundo: “Tú hablas de nacer de nuevo, de ese cambio radical y fundamental que necesitamos. Yo sé que es necesario; pero, en mi experiencia, es imposible. No hay nada que yo desee

más que eso; pero es como si me dijeras a mí, un hombre hecho y derecho, que me meta en el vientre de mi madre y nazca otra vez.” No ponía en duda el que tal cambio fuera deseable, eso lo sabía y reconocía Nicodemo demasiado bien, sino que fuera posible. Nicodemo se enfrentaba con el eterno problema del que quiere cambiar, pero no puede cambiarse a sí mismo. Ésa es también nuestra experiencia vital. Nicodemo era un hombre religioso. Amigos, hermanos, no seáis hombres o mujeres religiosos, sino cristianos. Un religioso cumple con los ritos correspondientes y se puede participar de ellos aun sin poner el corazón; un cristiano ofrece toda su vida a Dios para que Dios la transforme en una vida abundante en la confianza de que Dios está a nuestro lado (Emmanuel, Dios con nosotros) y por eso somos más que vencedores en medio de las dificultades. Sí, en medio de las dificultades porque ahí es donde se prueba la validez de nuestra fe, no cuando las cosas nos van bien. Un médico muestra que su buena reputación es real cuando consigue realizar con éxito una operación muy arriesgada, no cuando prescribe una aspirina para el dolor de cabeza. Implicaciones de “nacer de nuevo”

III.

Ahora fijémonos en la vida eterna. Es mejor llamarla eterna que perdurable. Lo principal de la vida eterna no es simplemente una cuestión de duración. Está claro que una vida que se prolongara indefinidamente podría ser un infierno lo

mismo que un cielo. La idea que subyace en la vida eterna es la de una cierta calidad de vida. ¿Cuál? Hay sólo Uno al Que se le puede aplicar este adjetivo eterno, y es Dios. La vida eterna es la clase de vida que vive Dios, la vida de Dios. El entrar en la vida eterna es llegar a participar de la clase de vida que es la vida de Dios. Es estar por encima de todo lo meramente humano y pasajero, y entrar en el gozo y la paz que pertenecen solamente a Dios. Está claro que no se puede entrar en esa íntima comunión con Dios a menos que le ofrezcamos el amor, la devoción y la obediencia que le son debidos y que nos introducen en ella. Cuando eso sucede, nacemos de agua y del Espíritu. Aquí hay dos ideas. El agua es el símbolo de la limpieza. Cuando Jesús toma posesión de nuestras vidas, cuando le amamos con todo nuestro corazón, nuestros pecados pasados son perdonados y olvidados. El Espíritu es el símbolo del poder. Cuando Jesús toma posesión de nuestras vidas, no es sólo que nuestros pecados pasados son perdonados y olvidados; si eso fuera todo, podríamos volver otra vez a arruinar la vida, pero entra en ella un nuevo poder que nos permite ser lo que por nosotros mismos no podríamos ser, esto es , hijos de Dios, ni hacer lo que por nosotros mismos no podríamos hacer, o sea, obras que glorifiquen a Dios y traigan Su Reino a la tierra. El agua y el Espíritu representan la limpieza y la fortaleza del poder de Cristo que borra el pasado y da la victoria en el futuro. Conclusión

Nacer de nuevo es experimentar un cambio tan total que sólo se puede describir como re-nacimiento o re-creación. Este cambio se produce cuando amamos a Jesús y le dejamos entrar en nuestro corazón. Entonces se nos perdona el pasado y el Espíritu nos capacita para el futuro; entonces podemos aceptar la voluntad de Dios de veras. Y entonces llegamos a ser ciudadanos del Reino del Cielo, e hijos de Dios, y a entrar en la vida eterna, que es la vida misma de Dios. Por eso decimos que la presentación de Kiko al Señor no tiene nada que ver con su salvación, no se puede identificar con ese “nacer de nuevo” del que habla Jesús. Kiko aun no tiene la voluntad de cambiar porque ni siquiera la siente; él no puede aceptar nada más que no sea la leche materna, no tiene capacidad de comprensión para saber cuál es la mejor decisión que se puede tomar. Pero tú, hermano, amigo, sí tienes esa capacidad. ¿Qué decisión vas a tomar hoy?

Preludio musical Bienvenida - Amigos - Coro Checo Oración invocación Himno 230 “Oh Dios eterno tu misericordia” Llamado a la alabanza: Salmo 107:1-8 Alabanza musical - Grupo iglesia - Introducción pastor checo - Coro checo Ofrenda Lectura Jn. 3:1-15 Predicación Lectura Salmo 34:2-5 (Dani) Presentación de Kiko Himno 5 “A nuestro Padre Dios” Agradecimientos - Coro checo - Iglesia Oración despedida (Simarro) Bendición apostólica: 1Pe. 5:10-11 Postludio musical

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