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La disciplina de la gratitud

Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con


alegría; (Salmo 100:1)

¿Hemos pensado alguna vez que los verbos de este salmo nos invitan a una
celebración de la bondad de Dios? Todos ellos son órdenes: cantad, servid, venid,
reconoced, entrad, alabadle, bendecid su nombre. El salmista nos invita -en realidad nos
ordena- a que nos detengamos para pensar en nuestra existencia, no con una perspectiva
humana, sino como participantes de una realidad que trasciende lo terrenal. El salmista
confía que sólo detenerse para este ejercicio producirá en nosotros un aire festivo, ¡con
abundancia de alegría, regocijo, gratitud, alabanza y declaraciones de la bondad de
Dios! Pensemos por un momento cuál es nuestra realidad: Él creó los cielos… nosotros
los disfrutamos. Él hizo el aire… nosotros lo respiramos. Él proveyó la comida…
nosotros la degustamos. Él nos regaló amigos… nosotros los atesoramos. Si dejáramos
que su Espíritu nos guiara en este ejercicio, nuestra lista podría ser interminable. Todo,
absolutamente todo lo que tenemos y disfrutamos a diario, viene de su mano bondadosa.
Y la mayor bendición de todas es que Él nos donó la salvación… nosotros la vivimos.

Cuán importante es para nosotros, preocupados con tantos quehaceres durante


este tiempo de adviento ¡detenernos para celebrar las multifacéticas manifestaciones de
la bondad de Dios! El gozo y la gratitud son el gran antídoto contra la desesperación.
Por esta razón, el salmista nos anima a que nos unamos al espíritu de festejo de los que
son parte del pueblo de Dios: “Porque Jehová es bueno; para siempre es su
misericordia”. Y la mayor prueba la tenemos en que se entregó por nosotros mismos en
la persona de Jesús. Dios quiera que este tiempo sea una verdadera celebración en
nuestro corazón, casa, familia, e iglesia.

Con amor,

Jesús Polaino