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La fiesta impostergable

Entonces Jesús le dijo: “Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos”.
(Lucas 14:16)

Esta es una de las tantas historias que usó Jesús para ilustrar los principios del
Reino. La historia contiene varios detalles interesantes. En primer lugar, el hombre
decidió por sí mismo hacer una fiesta. Así también nuestro Dios. Creo que nunca
podremos entender con claridad por qué decidió crear al hombre, aunque la Palabra nos
da indicios de que su motivación principal era compartir el gozo de la comunión
perfecta entre el Padre, el Hijo y el Espíritu.

En segundo lugar, debemos tomar nota de las excusas que presentaron los
amigos e invitados. Ninguno de ellos presentó una explicación sin sentido. Cada uno
tenía motivos legítimos para no participar de la cena, motivos relacionados a la vida y
las responsabilidades que llevaban. Este es el gran peligro al que nos enfrentamos a
diario los discípulos de Jesús, que es permitir que lo cotidiano nos absorba tanto que
dejemos de participar en la vida sobrenatural que nos ofrece el Padre. Podemos estar tan
absortos en los diferentes proyectos de nuestra vida que percibimos la invitación de
Cristo como una interrupción, en lugar de verla como la oportunidad para entrar a otra
dimensión de la vida.

Si nosotros hubiéramos organizado esta cena, de seguro la hubiéramos cancelado


frente a la negativa de los invitados. ¿Cómo se puede hacer una fiesta si las personas a
quienes se desea agasajar rehúsan participar? Pero este hombre decidió extender la
invitación a otras personas diferentes. Es en esto que nos encontramos frente al punto
más notorio de esta historia: Dios va a seguir adelante con sus proyectos, aunque
decidamos no unirnos a ellos. Esto claramente revela que ninguno de nosotros es el
centro de la historia, tan imprescindibles que la vida no puede continuar si no estamos
presentes. Nuestro Señor es el principio y el fin de todas las cosas, el único sin el cual
nada puede avanzar. Recae sobre nosotros, ahora que finaliza este año, reflexionar sobre
la responsabilidad de aceptar su invitación a vivir celebrando la vida con nuestro gran
Dios.

Con amor,

Jesús Polaino