Está en la página 1de 1

Si no veo...

no creeré
Si no veo... no creeré. (Juan 20:25)

Sí, Tomás tuvo la pretensión de ver “antes” que de creer. Pero yo conozco muchos
cristianos que tienen unas ganas locas, obsesivas de ver “después” de haber creído, o
“después” de haber afirmado solemnemente que creen; pensando que si no “ven” lo que
piden o esperan no pueden creer. En efecto, no dejan escapar ocasión alguna para correr allí
donde se publicita que ocurren cosas prodigiosas, algo que proporcione pruebas decisivas
para su fe, la garantía de no haber sido engañados. ¡Bonita fe!, vaya. Jesús proclama
bienaventurados, a los que creen sin haber tenido necesidad de ver, no a aquellos que se
sienten más seguros “después” de haber visto, o que han creído ver (porque también pasa
esto). Y encuentro también predicadores, curanderos, frailes, monjas, visionarios que
presentan el ver –refiriéndose a ciertos milagros, pseudas revelaciones y apariciones- como
argumentos decisivos del creer, y olvidan que la única demostración de la fe es..., la fe y
ésta seguida de frutos dignos de arrepentimiento.

De todos modos, yo me encuentro en ocasiones en el itinerario de Tomás, salpicado


de incomprensiones, desfallecimientos, caprichos, resistencias, dudas. Desde el corazón
pienso que una duda auténtica, una meditación atormentada, es mejor que una seguridad
barata que dispense de cualquier inquietud y camino personal. Tomás, para suerte nuestra
no es un héroe, un primero de clase, un aguerrido de vanguardia. Pero, es alguien que llega.
Ha llegado el último, pero lo ha conseguido. Ha caminado con piernas trémulas,
desalentado por la desconfianza, atribulado por su carácter pragmático, pero no se ha
separado de sus hermanos, ha seguido asistiendo a la comunión con ellos. Y Jesús le ha
esperado, ha acudido también paciente y generosamente a su encuentro. Ojalá nosotros
también podamos decir ¡Señor mío y Dios mío!

Con amor,

Jesús Polaino