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15 posts de Golem Blog

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GOLEM

BLOG 15

3.0

A modo de introducción del post ‘Ventanas y espejos’ [16/11/2006]

ntes, el objetivo era dejar hijos que continuaran la sangre familiar, una entelequia persistente. Ahora tal vez podamos ser más ambiciosos y aspirar a ser algo más que la máquina perpetuadora de nuestros genes (Dawkins dixit) ya que hemos inventado el más poderoso instrumento de inmortalidad: la escritura. Pero no todo es tan fácil. Decía Borges que bastaba con un libro o unos pocos. Era mentira y él lo sabía y, al menos a mí, la sensación de lo inabarcable me desazona. Soporto mal que el tiempo se me acabe y los libros por descubrir no disminuyan. Mis lecturas pueden dividirse en dos grupos. Las científicas son, paradójicamente, las que menos me descubren cosas nuevas. O al menos esa es la impresión que me dejan. A veces encuentras cuatro o cinco páginas memorables pero lo más frecuente es que en un buen montón de artículos sólo media docena de párrafos tengan vocación de permanencia. Cierto que debo leerlos porque es mi profesión hacerlo y lo hago con placer pero sin sorpresa. A estas alturas los mejores momentos vienen del otro grupo de lecturas. Las de los libros sacados casi al azar de un estante de la biblioteca las conocía hace tiempo. Las de esas cosas que llamamos blogs han sido una sorpresa reciente. Frecuento blogs de varios tipos pero tengo media docena de los que siempre espero algo más, momentos de luz. Son blogs que no estarán nunca en los primeros puestos de los rankings. Ni maldita falta que les hace. Tienen el feeling de algunas músicas, con entradas únicas, de cantautor, en un esforzada construcción verso a verso. Son a la vez una ventana y espejo, para asomarse desde dentro o para atisbar desde fuera, para reflejar al autor y, en momentos efímeros, al lector. No creo en eso que llaman “comunidades sociales” en la "blogosfera", pero sí en las relaciones personales construidas en esta suerte de gota a gota que construye y alimenta los blogs. Raras relaciones, en la distancia, pero que disfruto intensamente, una sensación nueva cuando ya creía que lo tenía todo visto. O casi. No dejeis de escribir.

A

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1.

Golem

G

olem es, en la mitología judaica, un ser fabricado a partir de materia inerte, una versión primigenia de la criatura de Frankenstein. Podemos usarlo aquí como una metáfora de la ciencia cuando sobrepasa sus límites y, a modo de aprendiz de brujo, provoca consecuencias incontrolables e irremediables. También como un reflejo de las acciones de aquellos personajes que manejan, manipulan, desinforman, alimentan falsedades o, simplemente, gestionan desde la ignorancia o desde la incompetencia.

27/7/2007 Ampliación La biblioteca (de Totum revolutum). Leí El Golem de Gustav Meyrink siendo adolescente y casi lo olvidé. Pero años más tarde visité a una persona en Ribadesella, un pueblo de Asturias. Era extranjero y no recuerdo su nombre pero tenía una biblioteca. El motivo de mi viaje era intentar verla. Esa persona había sufrido un derrame cerebral hacia unos meses y, aunque lúcido, apenas hablaba por lo que me dio a entender que el que debía hacerlo era yo, que él escucharía. La biblioteca era sorprendente. Estaba formada por una secuencia de habitaciones, fuera de la casa, construidas en la ladera sobre el último meandro de la ría. Habitaciones cuadradas que se comunicaban entre sí por pequeños vanos y que tenían, de vez en cuando, una mesa y una silla en el centro. Todas las paredes estaban cubiertas de suelo a techo por estanterías y éstas estaban repletas de libros, lo mismo que las mesas. Entre muchos otros que ojeé, encontré de nuevo El Golem en una edición alemana de los años 30. De alguna manera, hablarle del libro fue la llave de su confianza y me dio la oportunidad de deambular unas horas entre miles de libros, hablando en parte para él y en parte para mí, encerrados (¿abiertos?) en ese mundo inabarcable donde otras personas habían dejado escritos sus recuerdos, su imaginación y su experiencia.

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2.

Libros, grutas y arqueólogos
Donde un arqueólogo consigue la biblioteca perdida

A

la famosa biblia de Gutenberg le corresponde el honor de ser el primer libro impreso con el sistema de tipos móviles, mientras que anteriormente era necesario esculpir, generalmente en madera, las planchas que se usarían para imprimir en serie cada página. Pero eso fue en Europa. Como en todas estas cosas, en el continente asiático todo se había hecho antes. Parece que los tipos móviles habían sido inventa dos por un tal  (pronúnciese  ) allá a mediados del siglo XI y que eran de arcilla endurecida al fuego. Pero hoy quería hablarles del libro impreso más antiguo que se conoce y de su peculiar aventura. Se trata, cómo no, de un libro chino y ha podido datarse con exactitud: año 868, hace 1138 años. La historia comienza en un lugar perdido en medio del desierto del Gobi, a cuatro días de camello de Dunhuang, una población del Norte de China donde confluían los caminos norte y sur de la Ruta de la Seda (8000 km de nada para conectar todo el Sur del continente asiático). Ese lugar se ha llamado de varias formas; entre ellas las Grutas de los Diez Mil Budas o, con algo menos de espectáculo, las grutas de Mogao. Se trata de un gran complejo de santuarios excavados en un cortado rocoso de algo más de 1.5 km de longitud. Fue un lugar estratégico donde los viajeros invocaban protección ante el incierto futuro que suponía internarse en el desierto de Taklamakan o, para los que hacían la ruta de Oeste a Este, para agradecer el regalo de haber sobrevivido.

Una pequeña parte de las grutas en una foto antigua

El origen de los santuarios se remonta a mediados del siglo IV, cuando al monje Lotsun se le aparecieron mil Budas simultáneamente convenciéndole, supongo que por

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abrumadora mayoría, de la oportunidad de decorar las grutas con imágenes y textos sagrados. Poco a poco las grutas existentes fueron decoradas hasta alcanzar más de mil, de las cuales quedan actualmente algo menos de la mitad. Este lugar atesoró pinturas y esculturas durante más de un milenio, circunstancia desconocida para los europeos hasta primeros del siglo XX. Antes había estado allí algún aventurero y explorador como el ruso Nikolai Mikhaylovich Przhevalsky, o el húngaro Lajos Loczy, ambos pioneros en la exploración de las remotas regiones del Tibet e Himalayas (remotas para nosotros, claro). El caso es que un 12 de marzo de 1907 apareció en Dunhuang un notable personaje llamado Marc Aurel Stein. Stein fue un explorador sobresaliente que acabó siendo nombrado Sir por el gobierno británico (aunque era húngaro de nacimiento) y doctor honoris causa por Oxford y Cambridge, además de obtener la medalla de oro de la Royal Geographic Society. Nada raro porque Stein abasteció durante décadas al Museo Británico con tesoros traidos de sus expediciones al Taklamakan, en viajes imposibles donde lo mismo atravesaba el Karakorum que excavaba en invierno con temperaturas glaciales.

Stein con su perro y su peculiar equipo arqueológico

Stein quería ver las grutas poco menos que en plan turista porque acababa de descubrir en las profundidades del desierto de Lob lo que parecían ser restos del extremo occidental de la Gran Muralla (y que, por cierto, lo eran, con 2000 años de antigüedad y 500 km de longitud). Allá le cotillearon que había un monje llamado Wang Yuanlu que ejercía de guardián de las grutas y que había encontrado una biblioteca en una cueva antes desconocida. Al oir la historia, a Stein se le pusieron las orejas como a un perro perdiguero y se acercó a las cuevas para encontrar que el monje estaba ausente y que la gruta en cuestión estaba cerrada a cal y canto con una sólida puerta. Mientras esperaba al monje taoísta, le contaron que había miles de manuscritos y que la puerta había sido puesta por orden del gobernador de la provincia, al que había llegado la noticia.

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Stein se dedicó en las semanas siguientes a engañar al monje. Primero le ofreció dinero (donaciones para restaurar el lugar), intentó halagarle fingiendo lo interesado que estaba en las restauraciones (parece que horribles) y finalmente logró interesarle al referirse a un santo que reverenciaba. Con esta última estrategia consiguió ganar su confianza, hablándole de los lugares que había visitado en pos del santo (muy viajero al parecer). Wang acabó enseñándole algunas pinturas donde el santo salvaba libros sagrados sacándolos de India y llevándolos a China. Esta “santa salvación” de los libros sirvió de turbio argumento para convencerle de que Stein había llegado con la misión de examinar los antiguos textos y sacarlos del olvido otra vez. El momento en el que Wang abre la cueva a Stein queda reflejado en su relato: “una apretada masa de manuscritos enrollados y apilados en estratos sin orden surgió bajo la luz de la pequeña lámpara del monje. Alcanzaban los tres metros de altura y llenaban ciento cincuenta metros cúbicos como pude medir posteriormente” (luego se supo que la gruta contenía unos 40000 documentos). Wang no le dejó sacar los manuscritos aunque sí examinarlos uno a uno en una pequeña cueva vecina. A eso se dedicó Stein durante meses, encontrando que los rollos estaban en un perfecto estado de conservación. Seleccionaron cientos de ellos convenciendo a Wang de que los llevarían a un “templo del saber” en Inglaterra a cambio de una donación al santuario. Al cabo de un año y medio, una pequeña caravana con 24 cajas llenas de manuscritos y 5 más con pinturas sobre seda llegaron a la British Museum Library (luego British Library).

En una cueva de Dunhuang

Entre estas riquezas estaba el Sutra del Diamante, el libro impreso más antiguo que se conoce. La datación se debe a que la fecha está escrita en el rollo de casi cuatro metros de largo: “décimotercer día del cuarto mes del noveno año de Xiantong” que, con la misma velocidad que yo, habrán identificado sin dificultad como el 11 de mayo del 868.

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El rollo está impreso a partir de 7 bloques de madera. La técnica era, al parecer, pintar los caracteres sobre papel. Este se superponía a un bloque de madera con lo que se transfería la imagen especular de lo escrito. Sólo quedaba rebajar a mano la tabla para poder imprimir cientos o miles de copias. Actualmente, el Sutra del Diamante se expone en el Museo Británico muy cerca de la biblia de Gutenberg. Lógicamente, mientras Stein fue un arqueólogo heroico para Occidente, en China se le considera un vulgar saqueador. Pero no se retiren aún. Rebuscando por internet encuentro un par de maravillas. La primera es el Digital Archive of Toyo Bunko Rare Books1, donde encontramos el original escaneado y pasado por OCR de The Thousand Buddhas2 de Stein con magníficas imágenes. La otra es el Sutra del Diamante también escaneado y que podemos desenrollar a voluntad3 en Turning the pages4 de la British Library junto con otros 14 libros excepcionales. Finalmente, la Biblia de Gutenberg5 no ha sido menos y ha sido digitalizada por la Universidad de Texas. Actualmente The International Dunhuang Project6 está en proceso de digitalización de miles de documentos dispersos por varios países. Piérdanse un rato por sus páginas y que tengan un buen año.
Escrito el 27/12/ 2006, revisado el 29/7/2007.

1 2

http://dsr.nii.ac.jp/toyobunko/language/en.html.en http://dsr.nii.ac.jp/toyobunko/LFc-5/V-1/ 3 http://www.bl.uk/collections/treasures/sutra/sutra_broadband.htm 4 http://www.bl.uk/onlinegallery/ttp/ttpbooks.html 5 http://www.hrc.utexas.edu/exhibitions/permanent/gutenberg/web/pgstns/01.html 6 http://idp.bl.uk/

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3.

Mujeres y primates

omos primates aunque a alguno le duela. Los estudios sobre los grandes monos tuvieron su época dorada en estos últimos 30 años, entendiendo como tal la de los pioneros que en la más absoluta incomprensión decidieron dedicar su vida a la tarea de conocer a nuestros primos buscando información algo más allá de las leyendas decimonónicas. Hacer un barrido por unas cuantas especies de grandes monos y sus investigadores es más que interesante, fíjense:

S

Gorila de montaña (Gorilla beringei beringei, una subespecie del gorila oriental). Dian Fossey (1932, sin formación académica) fue a África en 1963 y se estableció definitivamente en la zona Virunga en 1966. Aunque se trataba de estudiar la biología y comportamiento de los gorilas, Fossey se implicó personalmente de forma apasionada en su protección y en la lucha contra el furtivismo, tarea tan peligrosa que acabó con su asesinato en 1985. Recibió un doctorado en zoología por Cambridge en 1974.

Chimpancé común (Pan troglodytes). Jane Goodall (1934, sin formación academica) fue a África en 1960 a estudiar los chimpancés y se quedó para siempre. Como Fossey compartió sus estudios con la lucha contra la caza furtiva. En 1965 creó el centro de estudios Gombe Stream y recibió un doctorado por Cambridge en reconocimiento a sus estudios sobre etología.

Orangután (dos especies: Pongo pygmaeus y Pongo abelii). Biruté Galdikas (1946, antropóloga) comenzó su estudio de los orangutanes en 1971 siendo aún estudiante, estableciéndose en la reserva natural de Tanjung Puting, al sur de Borneo. Responsable de la Orangutan Foundation International7. Como las demás, se implica en su conservación hasta extremos que deja claros en una entrevista:

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http://www.orangutan.org/

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o o

P.- Ha estado luchando por la conservación durante 35 años. ¿Cómo describiría estos años de lucha? R.- ¡Oh, muy, muy difíciles! Cuando intentas evitar que la gente gane millones de dólares, se utilizan tácticas violentas. Es horrible. Pero no me quejo, estoy muy contenta de estar viva y de la protección que me ha dado el Gobierno indonesio.

Babuino (Papio sp.). Shirley Strum (1947, antropóloga) estudió los babuinos en Kenia desde 1979, año en que también se implicó en la conservación siendo actualmente responsable del Uaso Ngiro Baboon Project.

Bonobo (Pan paniscus). Amy Parish (19??, antropóloga). Directora científica de la Bonobo Conservation Initiative cuyo proyecto de mayor importancia es una reserva en la República Democrática del Congo para el mantenimiento de la población de bonobos en la zona.

Hay ciertas similitudes. Todas son mujeres. Todas se implican más allá de lo puramente científico. Las tres primeras, las pioneras, fueron convencidas (parece que fácilmente) por Louis Leakey, el paleoantropólogo, que pensaba que el estudio de nuestros primos era necesario y conveniente para entender mejor a nuestros antepasados fósiles. Tal vez Leakey tuvo la intuición de que las mujeres eran más generosas a la hora de no dosificar el esfuerzo y de entregarse a la dura tarea de años de observación. Y, sobre todo, que eran más empáticas ante sus objetos de estudio de forma que podían comprenderlos mejor. No fue mala idea. Para terminar, una foto de Jane Goodall que me encanta: 8

Escrito el 7/6/ 2006, revisado el 29/7/2007.

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4.

De la Alhambra a Tombuctú por una biblioteca

E

n España ha habido raros momentos de tolerancia y convivencia en paz de culturas diferentes. El de esta historia no es uno de ellos y nos recuerda, una vez más, que todos somos emigrantes y exiliados. La historia trata del improbable pero real nexo entre la Granada española y el Tombuctú de Mali. Aunque la ocupación de la colina llamada la Sabika era anterior, la historia de verdad empieza en el siglo XIII, cuando la Alhambra, antes sólo un fuerte, se convierte en residencia real de la corte nazarí. Un tal Mohammed ibn Yusuf ben Nasr construyó su palacio en esa colina, con buenas vistas y el río al fondo ¿qué más se puede pedir? En los dos siglos siguientes, la construcción creció con la alcazaba a un lado y la medina al otro. Granada fue conquistada por el ejército de los Reyes Católicos ante los que Abu 'Abd Allāh (Boabdil para los cristianos) capituló en 1492 después de más de un año de asedio. Con este acontecimiento finalizó en España el periodo musulmán, nada menos que siete siglos de más luces que sombras si los comparamos con las características de la Edad Media del resto del continente. El éxodo de los antes residentes en al-Ándalus se hizo retornando al Norte de África a lo largo de los dos siglos siguientes. Con ellos se fueron costumbres, cultura y escritos. Cierto es que no se fueron solos porque coincidieron al principio con la expulsión de los judíos sefardíes, algunos de cuyos descendientes mantienen el judeo-español o ladino como idioma. Volviendo al tema, la mayoría de los exiliados se extendieron por el Norte, Marruecos, Argelia... Pero algunos llegaron más lejos atravesando media África. Y aquí llegamos a un episodio más notable aún de la historia porque una parte de su legado se conserva en Tombuctú, la mítica ciudad origen y destino de las caravanas que cruzaban el Sahara. Se conserva en forma de biblioteca. La biblioteca tuvo su origen muy atrás, en un exiliado llamado Ali ben Ziyad al-Quti, que cruzó el estrecho a mediados del siglo XV con una carga de cuatrocientos manuscritos. Ceuta, Fez, Tuwat, Walata, Gumbu... un larguísimo camino donde compró muchos más libros en una historia apasionante y amarga. A través de los años, la familia conservó y amplió la biblioteca aunque en varias ocasiones las circunstancias políticas les aconsejaron su dispersión por casas y aldeas para preservarla del saqueo. La última reunificación se hizo en el siglo XX y permitió darse cuenta de los daños de las humedades, incendios e insectos. El fondo Kati (un derivado del al-Quti original) contiene ahora unos 3000 ejemplares que versan sobre ciencia, arte, historia, religión... con ejemplares como el Corán de Ceuta, fechado en 1198. Nombres que casi todos desconocemos llenan esas páginas: Al Fazzazi, poeta, nacido en Córdoba en 1229; Es-Saheli, arquitecto, nacido en Granada en 1290, o una mujer, Arkia Ali-Gao "la más erudita de su tiempo". Ejemplares del Corán, biografías, tratados matemáticos... un reflejo de la vida cultural de aquellos siglos y de los siguientes porque Tombuctú fue un foco cultural y religioso de gran importancia donde crecieron las bibliotecas hasta que se abrieron las rutas marítimas y las del desierto cayeron en el olvido.

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Pagina del Corán de Ceuta, escrito sobre vitela y fechado el 13 de noviembre de 1198.

La historia parece acabar bien: la inauguración de la Biblioteca Andalusí de Tombuctú8, construida por la Junta de Andalucía, se hizo en septiembre de 2003. Un nuevo edificio con condiciones adecuadas que garantiza una mejor conservación para el futuro. El fondo está gestionado por la Fundación Mahmud Kati9 cuyos objetivos son la preservación, restauración y digitalización de los fondos bibliográficos.

Un arcón de la biblioteca Mohamed Tahar.

8 9

http://www.sum.uio.no/research/mali/timbuktu/privates/kati/index.html http://www.fundacionmahmudkati.org/

11

En Tombuctú, el fondo Kati no es único, hay más bibliotecas agrupadas en The Timbuktu Libraries10: Mamma Haidara, Cedrab, Al-Wangari... Todas ellas están siendo digitalizadas por lo que su futuro se aclara poco a poco. Y leyendo las sucintas historias de algunas de ellas, nada tienen que envidiar a la que ha sido objeto hoy de esta entrada. Si alguien quiere echar un vistazo a algunos manuscritos escaneados aquí están11. De Tombuctú no puedo ponerles fotos mías pero sí de la Alhambra, uno de los origenes de esta historia. Y así cerramos el ciclo.

Escrito el 17/5/ 2007, revisado el 29/7/2007.

10 11

http://www.sum.uio.no/timbuktu/index.html http://www.loc.gov/exhibits/mali/mali-exhibit.html

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5.

El extraño caso de la babosa que se movía por energía solar
ablamos de los líquenes hace una temporada en una breve entrada titulada formas de vida12. Tan breve que, aparte de la foto, sólo decía lo siguiente:

Los líquenes no son plantas, son organismos simbióticos donde un alga y un hongo se unen para vivir complementándose mutuamente. A los líquenes se les asignan nombres específicos como si fueran organismos únicos en vez de comunidades simbióticas donde los papeles se reparten en beneficio mutuo: el alga fotosintetiza para ambos y el hongo la protege de la desecación. Una unión fructífera porque los líquenes aparecen en hábitats realmente extremos. El esquema basado en dos simbiontes es sólo el caso más simple porque a veces las especies implicadas forman tríos: en los líquenes del género Lobaria, al hongo y al alga se les asocia una cianobacteria que añade al grupo la capacidad de fijar el nitrógeno atmosférico. Tampoco son infrecuentes los organismos simbióticos formados por cuatro biontes y hay sospecha razonable de organismos formados por cinco. Estas “complicaciones” no son raras en la naturaleza, donde el concepto clásico de especie falla más que una escopeta de feria si queremos abarcar a la vida en su conjunto. Un caso llamativo de estrategia para vivir es el de un grupito de moluscos que ha tomado afición a apropiarse de organismos externos para su propio provecho. Elysia chlorotica es una especie de babosa marina que se alimenta de un alga llamada Vaucheria litorea. El alga es digerida en su totalidad con una notable excepción: los cloroplastos, orgánulos celulares capaces de realizar la fotosíntesis. Sorprendentemente, los cloroplastos del alga se incorporan a los tejidos del molusco en una forma llamada endosimbiosis intracelular. Los cloroplastos simbióticos son plenamente funcionales y generan nutrientes que son utilizados por la babosa. El resultado es que el molusco puede vivir mediante la fotosíntesis de sus adquiridos cloroplastos durante meses (siempre que haya luz, claro). La endosimbiosis comienza en los moluscos juveniles, que no heredan los cloroplastos y nacen libres de ellos. Aún no se sabe gran cosa sobre como reconocen y seleccionan los cloroplastos del resto de componentes celulares del alga, ni como las células del animal los fagocitan para incorporarlos a su citoplasma. Lo que sí está claro es que esta simbiosis es algo notable por varios motivos. El más llamativo es que el cloroplasto simbionte no es un organismo completo sino un orgánulo celular semiautónomo. Aunque posee su propio ADN y se divide independientemente de la célula en la que está inmerso, la necesita para el suministro de proteínas que no puede sintetizar por sí mismo. Esto significa que la célula del molusco debe disponer de los mecanismos adecuados para que los cloroplastos no mueran rápidamente: el éxito está claro ya que viven durante bastantes meses en el medio intracelular del molusco y sólo unos días en un medio extracelular. No se conoce con certeza cómo Elysia puede replicar las funciones presentes en el alga y generar las proteínas específicas necesarias para el mantenimiento de los cloroplastos pero hay una hipótesis que a mí me resulta enormemente atractiva: hay evidencia de que

H

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http://golemp.blogspot.com/2006/09/formas-de-vida.html

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existe una transferencia génetica del alga a las células de los animales jóvenes antes de que la simbiosis se establezca.

Elysia chlorotica en un acuario. Los cloroplastos de dan un intenso color verde y permiten que ejerza una fotosíntesis "prestada" pero funcional.

Si esto es así, podria explicarse la síntesis de proteínas necesarias para el cloroplasto porque la trasferencia lateral de genes permite a las células animales satisfacer las necesidades del cloroplasto. Si no es así habrá que buscar explicaciones alternativas para la excepcional pervivencia de estos orgánulos en un medio donde, en principio, no podrían mantener más que unos días. Hay más ejemplos de esta extraordinaria habilidad. Por ejemplo, una babosa marina pariente de la anterior, Elysia timida también retiene cloroplastos pero de un alga diferente llamada Acetabularia acetabulum. Otra sólo se alimenta y usa cloroplastos de Caulerpa, otra de Halimeda. Todo un despliegue de adaptaciones con una base común y, flotando sobre todo el proceso, esa transferencia genética que hace pocos años sólo se reconocía en bacterias y que, poco a poco, parece no limitarse a ese caso.
Un par de referencias: Mujer, C.V. et al., 1996, Chloroplast genes are expressed during intracellular symbiotic association of Vaucheria litorea plastids with the sea slug Elysia chlorotica. PNAS, 93(22): 12333-12338. Rumpho, M.E. et al., 2000, Solar-Powered Sea Slugs. Mollusc/Algal Chloroplast Symbiosis. Plant Physiology, 123: 29-38.

Escrito el 13/1/ 2007, revisado el 29/7/2007.

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6.

De las cuevas y sus habitantes
La verdad está allí adentro

n 1689, Johann Weichard Valvasor menciona por primera vez un extraño habitante de las inmensas grutas del karst esloveno. Hubo que esperar hasta 1768 para que se le diera nombre formal por el naturalista austriaco Josephus Nicolaus Laurenti: Proteus anguinus. Parece ser un ejemplo temprano de robo científico porque se dice en los programas rosa que Laurenti describió un ejemplar procedente de otro científico, esloveno él, llamado Giovanni Scopoli. A estas alturas quién sabe… El bicho fue analizado y sometido a disección por otro personaje llamado Charles Schreibers cuyo informe, publicado en 1801 en las Philosophical Transactions of the Royal Society of London, he tenido el placer de encontrarlo en perfecto estado PDF gracias a que esta sociedad ha abierto sus archivos desde el año catapum.

E

Dibujo del proteo en el trabajo de Schreibers de 1801

El proteo reune varias características exóticas en sus 30 cm de fuerte personalidad. Es troglobio, aunque se rumorea que sale de las cuevas a veces, probablemente arrastrado de forma involuntaria. Como buen habitante de la oscuridad ha perdido casi toda su pigmentación en la piel. Además, visto donde vive, es ciego, aunque el hecho de que evite la luz indica que puede distinguir si está o no en la oscuridad, parece que mediante la reacción de la piel a la luz (sensibilidad dermatóptica) más que por la visión convencional. En el agua puede respirar mediante tres pares de branquias rojizas que son externas al cuerpo pero, por si acaso, también dispone de unos pulmones poco desarrollados. Lo mismo que sus patas, casi vestigiales, con sólo tres dedos en las anteriores y dos en las posteriores. La suposición de que es una cría de dragón blanco de la suerte tiene poco fundamento. El proteo es un caso especial porque es el único urodelo troglobio de Europa pero tiene unos pocos parientes en América del Norte. Allá se han descrito apenas media docena de especies más, encontradas en las cuevas de Tennessee, Texas y Florida, algunas con nombres tan impronunciables como Gyrinophilus palleucus o Typhlomolge rathbuni. Merece mención especial otra llamada Haideotriton wallacei, tan esquivo que durante 30 años sólo se conoció un ejemplar que hizo su último y psicodélico viaje en una tubería, aspirado por una estación de bombeo en Albany, Georgia, en 1939. Todas estas especies tienen una característica muy peculiar: son neoténicas. Recordemos que los anfibios tienen su vida separada en dos partes: la fase larvaria y la fase adulta. Entre ambas se produce el fenómeno de la puesta de largo o metamorfosis, una reordenación morfológica y fisiológica que transforma al jovencito anfibio en rana, sapo, tritón o salamandra.

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Los individuos neoténicos no sufren esa metamorfosis, al menos de forma completa, pero adquieren la madurez sexual y consecuentemente la capacidad de reproducirse. Los motivos de la neotenia no están claros aunque sí se sabe que la metamorfosis, una cascada compleja de reacciones y cambios, depende estrechamente de la tiroxina, la hormona producida por la glándula tiroides. Al contrario de lo que se creía hace tiempo, el proteo tiene una tiroides normal así como receptores funcionales de tiroxina pero no responde a ella (Svob et al., 2005, DOI:10.1002/jez.1401840307). Esta falta de respuesta parece debida a una rotura en la cadena de dependencias, que hace que los genes desencadenantes de los cambios morfológicos no se vean afectados por la hormona (Safi et al., 1997, DOI: 10.1007/PL00006182). La neotenia se produce con cierta frecuencia en los troglobios aunque en los trabajos que he revisado nadie da una razón para el fenómeno. Lo mismo pasa con la pigmentación: muchos organismos estrictamente cavernícolas son blancos o transparentes por ausencia de pigmentos cutáneos, desde los crustáceos hasta el mismo proteo pasando por los insectos, arácnidos, miriápodos… La ausencia de pigmentos no permite la vida en la superficie, donde la luz tiene efectos mortales. Abajo no importa, obviamente, aunque tampoco se sabe la razón de esa característica general. El habitat del proteo tiene más consecuencias. Vive a temperaturas realmente bajas, entre 5 y 10 ºC, lo que condiciona su metabolismo. El crecimiento y la madurez son paralelos a la regresión de los ojos, que son más evidentes en el estado larvario y cuya progresiva pérdida no depende de que el entorno sea o no oscuro. Aún así, el proteo no está insensibilizado ni mucho menos: se han encontrado electrorreceptores en la piel, así como órganos similares a la línea lateral de los peces y una elevada sensibilidad a los sonidos en el medio acuático (Bulog y Schlegel, 2004, DOI:10.1007/s004240000132). Otros sugieren capacidad para orientarse usando el campo magnético terrestre, aunque las pruebas son poco sólidas. Tal vez encontremos algún día un GPS en el sorprendente bicho o descubramos su parentesco con el “cuélebre”, una serpiente mitológica del Norte de España que, como todas las serpientes mitológicas, era grande y de pésimo carácter. Primera referencia del proteo: Schreibers, Charles, 1801, Historical and Anatomical Description of a Doubtful Amphibious Animal of Germany, Called, by Laurenti, Proteus anguinus, Philosophical Transactions of the Royal Society of London, 91: 241–264.

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7.

Jirafas, satélites y arena, mucha arena

n medio del Sahara se encuentra un macizo montañoso llamado Tassili-n-Ajjer (las transcripciones varían). Está en Argelia aunque creo que aquí las fronteras son, más que nunca, entelequias humanas. En los recovecos de este paisaje extraño que se extiende como una franja rocosa de 50 km de anchura a lo largo de 800 km se han catalogado más de 15000 pinturas y grabados, lo que lo convierte en la más importante galería de arte antiguo del mundo. Las más antiguas se han datado en 8000 años (6000 A.C.) y una selección puede verse en Les sites du Sahara central.

E

El rectángulo encuadra el macizo Tassili-n-Ajjer

Este lugar fue descubierto para Europa por Henri Lhote que hizo su primer viaje al Tassili en 1935 pero no fue hasta la década de los 50 que hizo el primer estudio sistemático de los grabados y pinturas acompañado de fotógrafos y pintores. Podríamos preguntarnos qué hacen todas estas pinturas aquí, en medio de unas rocas perdidas en el mar de arena. La pregunta todavía es más pertinente cuando encontramos que se representa una fauna donde aparecen gacelas, elefantes, avestruces, jirafas... hipopótamos. Además de escenas de caza, bueyes, vacas, carros...

El mural de las Jirafas

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Es obvio que algo ha cambiado y que ese lugar no siempre fue lo que ahora, el centro de la nada. Esta suposición tiene su historia pero hoy sólo les enseñaré la imagen que dió la primera respuesta. El 12 de noviembre de 1981 un sensor bautizado SIR-A despegó a bordo de la lanzadera Columbia. SIR son las siglas de Shuttle Imaging Radar, un radar que estuvo tomando imágenes de la Tierra durante apenas dos días desde 260 km de altura. Algunas de ellas fueron sobre el Sahara:

Imagen tomada del Remote Sensing Tutorial

La parte coloreada es una vista más o menos convencional tomada por el satélite Landsat y muestra en un color bastante saturado el mar de arena que cubre esta enorme zona. La parte central, en tonos grises, está tomada por el SIR-A y descubre lo que la arena oculta. Las microondas (este radar funciona en los 1.275 Ghz) pueden penetrar en la arena incluso más de 5 m siempre que la humedad sea mínima. Esta capacidad de devolver ecos del subsuelo es suficiente para mostrar que, bajo el actual paisaje se esconde una antigua red fluvial.

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Hubo ríos aquí hace tiempo pero, como al ejército de Cambises, los cubrió el mar de arena hace milenios. En efecto, árboles y pastos cubrieron el Sahara, lo que permitió el poblamiento, la agricultura y la existencia de la fauna representada en las viejas pinturas rupestres. ¿Cuándo ocurrió este gran cambio? Algunos trabajos se han ocupado de ello. Uno de ellos habla de un sistema fluvial de unos 800 km de longitud en el Sudeste del Sahara que fluía hacia el Nilo: el Wadi Howar. Restos de fauna típica de sabana permiten decir que este valle era fértil hace menos de 4000 años. Otro menciona que la zona es compleja y en modo alguno homogénea: el Gran Mar de Arena parece existir desde hace al menos 25000 años aunque hay evidencia de arenas aún más antiguas, hasta 86000 años, en la actual Túnez. Otros muestran que hace 9800 años comenzó una época húmeda en Egipto y Sudán que finalizó hace unos 5000-6000 años. Una realidad compleja. Algunos autores (El-Baz 1998 por ejemplo) dicen que la arena tiene su origen primario en la erosión fluvial sobre las masivas areniscas del Sur en las épocas húmedas. Las arenas han rellenado las depresiones preexistentes que probablemente representaron extensas zonas de agua en los periodos húmedos. El Gran Mar de Arena (72000 km2) a caballo entre Egipto, Libia y Sudán muestra numerosos wadis (valles) secos que discurren desde las montañas de areniscas del Sur (Oweinat y la meseta de Gilf Kebir). Según este autor, el cambio climático descubrió estos sedimentos y los expuso a la erosión eólica. Este segundo efecto, propio de la época más seca, hace intervenir los vientos, que en esta zona son preferentemente del NE, y que modelan las dunas que hoy conocemos. Ha sido necesario esperar hasta hace apenas unos meses para que se analice una zona amplia, buscando el diseño de la red fluvial olvidada. Robinson y colegas (2006) lo han hecho sobre una extensa zona del SE de Libia mediante imágenes tomadas por el Radarsat-1 canadiense y han delineado dos grandes cuencas fluviales que se extienden más alla de los 347000 km2 cubiertos por las imágenes. Los autores comparan morfológicamente la gran cuenca con la actual del Río Negro del Amazonas, con la salvedad de que el canal africano era 4 veces más ancho. Los dos paleocauces confluyen en el actual oasis de Kufra, en Libia. Véanlo en la página siguiente. Lo antiguo y lo nuevo se unen otra vez para dar respuestas a viejas preguntas.
Algunas referencias: El-Baz, F. (1998), Sand accumulation and groundwater in the eastern Sahara, Episodes, 21(3): 147-151. Haynes, C.V. (2001), Geochronology and climate change of the Pleistocene-Holocene transition in the Darb el Arba'in Desert, Eastern Sahara, Geoarchaeology, 16(1): 119-141. Mathieu Schuster, M. et al. (2006), The Age of the Sahara Desert, Science, 311: 821. Robinson C.A. et al. (2006) , Use of radar data to delineate palaeodrainage leading to the Kufra Oasis in the eastern Sahara, Journal of African Earth Sciences, 44 (2): 229-240. Williams K.K. y Greeley R. (2001), Radar attenuation by sand: laboratory measurements of radar transmission, IEEE Transactions on Geoscience and Remote Sensing, 39 (11): 2521-2526.

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Mapa de la red fluvial oculta por el actual desierto

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8.

Eldorados y otros objetivos improbables
Donde no todos los aventureros son famosos ni terminan sus búsquedas comiendo perdices

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ercy Harrison Fawcett era un ingenuo. En el mejor y en el peor sentido de la palabra. En el libro que les reseño al final relata sus viajes por la Amazonia. Viajes de los que ni ustedes ni yo quisiéramos ser protagonistas. Comenzaba el siglo pasado cuando le encargaron deslindar las fronteras de Bolivia lo que le llevó a explorar territorios que sólo eran un espacio blanco en los mapas. Los viajes fueron cualquier cosa menos envidiables: legiones de moscas, de mosquitos, de avispas, parásitos, hombres, serpientes de todos los tamaños, hambre, agotamiento… Pero su relato es apasionante porque viene de una personalidad única, capaz de ver la muerte y las penalidades con un distanciamiento sorprendente y con una visión límpida y sin dobleces. Era de otro mundo por lo que no se encontraba bien en éste. Tal vez por eso dio crédito a todas las leyendas que llegaron a sus oidos: ciudades perdidas, gigantes prediluvianos, civilizaciones ocultas. Y eso le costó la vida cuando en 1925 salió a buscarlas y no volvió. Por el camino nos deja visiones de anacondas de veinte metros, de rumores de grandes animales desconocidos para la ciencia y toda la mitología que los lugares vírgenes generan inevitablemente en nuestra mente.

P. H. Fawcett, A través de la selva amazónica, 395 p., Biblioteca Grandes Viajeros, Barcelona, 2003. ISBN 84-666-1105-3.

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Y al leerlo me recordó a otro personaje, esta vez español, empeñado en metas igualmente innacesibles. Este se llamaba Jordi Magraner y se ilusionó con encontrar al yeti o bar-manu en las montañas de Chitral, en Pakistán. Tuvo la misma mala fortuna que Fawcett y tras unos años de vida en los valles del norte de ese país fue asesinado en el año 2002. Fawcett y Magraner son igualmente respetables porque eran personas convencidas de la razón de su aventura y no hay que mezclarlas con los infames que hacen del engaño su profesión. Ingenuos, simplemente, pero honrados. Fawcett dedica los últimos tres capítulos de su libro (escrito en realidad por su hijo a partir de las notas originales) a exponer una teoría delirante sobre las civilizaciones perdidas del Amazonas, con evidencia basada en relatos indígenas y leyendas. Algo muy lejos de sus rigurosos levantamientos topográficos en condiciones imposibles y de sus notas que permitieron llenar poco a poco los vacíos en los mapas. Magraner esgrimía argumentos similares (“yo sé que está ahí”) a partir de declaraciones de pastores y de cuestionarios que paseaba por los pueblos buscando testimonios que confirmaran aquello de lo que él ya estaba convencido. Su trabajo parece haber sido realizado con rigor y consecuentemente los resultados fueron claros: nada. Apenas he encontrado textos suyos, ahora que la web de la Sociedad Española de Criptozoología parece cerrada pero recordaba haber leído hace un año una comunicación sobre las características de los sonidos que emiten los bar-manu y las consecuencias en la comprensión de la evolución del aparato fonador humano. He reencontrado el texto en otro lugar por si tienen curiosidad, se titula Oral statements concerning living unknown hominids: analysis, criticism, and implications for language origins. Es un curioso ejercicio, bien escrito, bien documentado y carente de toda evidencia.
Escrito el 17/11/ 2006, revisado el 29/7/2007.

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Secuencias poco probables: del oso Yogui a CSI

ueno, no fue el oso Yogui pero sí ocurrió en Yellowstone. Thomas D. Brock era bacteriólogo y profesor de la Universidad de Wisconsin-Madison y en un paseo en 1967 se le ocurrió recoger una muestra de un lodo amarillento de un charco hirviente llamado Mushroom Pool, uno más de los que abundan en el parque. Mushroom Pool era una charca no apta para el baño: 80 ºC, ácida y llena de azufre, justo nuestra idea de un infierno ortodoxo. A pesar de ello bullía de vida: una bacteria que bautizaron después Thermus aquaticus se encontraba muy a gusto en semejante caldo. Como curiosidad, esta bacteria no lo era. Era un organismo tan diferente que se acuñó un nuevo Dominio en el árbol de la vida para ella y algunas colegas: Archaea. Posteriormente se han añadido a este grupo un buen número de especies, todas ellas diferentes de las bacterias convencionales y de los organismos eucarióticos. Hasta entonces se suponía que la vida tenía un límite térmico de unos 50-55 ºC pero aquí se superaba ampliamente el supuesto umbral. ¿Por qué la vida no soporta esas temperaturas? La causa básica es la desnaturalización de las proteínas y, en concreto de las enzimas, catalizadores de reacciones orgánicas: la pérdida de la estructura tridimensional (el “plegado”) hace que dejen de funcionar y el organismo muere. Cuando cocemos un huevo podemos observar este efecto, aunque sólo sea visualmente: la albúmina de la clara pierde su aspecto coloidal y se transforma en una sustancia sólida, de un blanco opaco que pide a gritos un toque de sal y pimentón, pero de donde ya no saldrá nunca un pollo. ¿Y cómo aguantan estos organismos el calor? En una referencia que he localizado sobre este asunto, dicen que la resistencia se debe a cambios menores en unos pocos aminoácidos de la superficie de la proteína; sólo eso hace cambiar drásticamente los umbrales en los que la vida puede mantenerse. Estos organismos especialistas en medios más bien cálidos se denominaron muy apropiadamente “termófilos”. Actualmente hay bastantes más ejemplos, como el que lleva el bonito nombre de Sulfolobus acidocaldarius que, además, soporta valores de pH de 1, o los aún más espectaculares Pyrococcus furiosus, que vive a 105 ºC, y Pyrolobus fumarii, que crece a 113 ºC pero no a menos de los 90 ºC (demasiado frío). El libro de Brock titulado Thermophilic microorganisms and life at high temperatures está disponible en internet por si les interesa saber más. El interés de todos estos organismos es, lógicamente, que contienen enzimas termorresistentes que podrían potencialmente ser utilizadas en reacciones a altas temperaturas donde las normales se desnaturalizarían. En el caso que nos ocupa, el de Thermus aquaticus, se descubrieron varias enzimas de este tipo entre las cuales figura la llamada TAQ ADN-polimerasa. Las polimerasas son enzimas que tienen como función principal catalizar la producción de nuevo ADN (o ARN) usando una “plantilla” de ADN/ARN preexistente. La TAQ ADN-polimerasa lanzó a la fama la técnica llamada PCR (Polymerase Chain Reaction) cuyo objetivo es replicar mínimas cantidades de ADN generando copias en cantidades ingentes lo que permite un análisis efectivo a partir de los minúsculos restos originales. En la PCR se llega a temperaturas de más de 90 ºC con lo que inicialmente las polimerasas se desnaturalizaban y había que reponerlas continuamente. La disponi-

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bilidad de la TAQ ADN polimerasa, termoestable, fue decisiva para la mejora de la técnica que actualmente es completamente automática. O sea, que cuando vemos a Greg Sanders usar la pipeta para introducir un líquido sobre una muestra de sangre ya sabemos lo que está comenzando: una PCR automatizada en un aparato llamado termociclador y que usa una enzima aislada a partir de una arqueobacteria encontrada en este charco de Yellowstone (no se dejen engañar por su aspecto inocente).

Mushroom Pool

Escrito el 18/9/ 2006, revisado el 29/7/2007.

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Formas de viajar: del Camino de Santiago a la psicodelia
Donde los viajes toman diferentes sentidos acordes con los tiempos

n la Edad Media europea estaba comprobado que peregrinar a Santiago de Compostela (o un poco más allá, a Finisterre, decían algunos menos piadosos) era remedio seguro para curarse de una enfermedad extremadamente desagradable. Los casos, a veces aislados, a veces epidemias que diezmaban pueblos enteros, asolaron la Europa Central en los siglos X y siguientes, tal vez antes, aunque no hay registros fiables. Parece que había dos tipos de enfermedad. El primero, más benigno se manifestaba por diarreas, vómitos y cefaleas acompañados a veces de alucinaciones y convulsiones. En la otra, mucho más grave, los dedos se ennegrecían, se necrosaban y se perdían. A esta última variante se la llamó “fuego de San Antonio”, por San Antón Abad, tal vez porque un caso grave bien documentado surgió en Dauphiné (Francia) donde estaba enterrado. Este santo contaba con conventos a los largo del Camino, regidos por los Antonianos, que asumieron un papel importante en la cura de la enfermedad: "Los ciudadanos nórdicos y centroeuropeos, atacados de forma endémica por del fuego de San Antón, acuden en peregrinación a Compostela. A lo largo de la andadura piden a los clérigos Antonianos que mitiguen el daño de sus extremidades gangrenadas tocándolas con el báculo en forma de Tau. Así las extremidades iban mejorando poco apoco encontrándose sanos al llegar a Santiago." El toque de báculo antoniano funcionaba: los peregrinos mejoraban y su enfermedad desaparecía progresivamente al adentrarse en España. La explicación se descubrió mucho más tarde. El centeno era el cereal base de la alimentación en Centroeuropa en la Edad Media (digresión: hasta que empezaron a venir las plantas de América aquí comíamos peor que los ingleses actuales). Como en aquellos momentos no se conocían los fungicidas, las plantaciones eran invadidas por un hongo llamado actualmente Claviceps purpurea o, en nombre común, cornezuelo del centeno. Estas plagas se producían ocasionalmente cuando las condiciones climáticas de la primavera eran propicias: años húmedos y no muy fríos. A pesar que que el hongo era claramente visible, el centeno no se limpiaba e iba todo junto y revuelto a los molinos. La biología, siempre sorprendente, hizo que este hongo contuviera cantidades significativas de ergolinas, unos alcaloides con un poderoso efecto vasoconstrictor. Ingiriendo cantidades significativas de centeno (o harina de centeno) contaminada se desarrolla la enfermedad llamada ahora ergotismo que es, como podrán suponer, la que tenían los europeos medievales. ¿Por qué los peregrinos mejoraban al hacer el Camino? Pues porque al hacerse el clima más benigno, los campos de centeno eran progresivamente sustituidos por los de trigo, cereal poco o nada afectado por el cornezuelo. La dieta cambiaba, la intoxicación desaparecía progresivamente y con ella sus tremendos efectos ya que era la vasoconstricción la responsable de que el riego de las extremidades se redujera y estas acabaran necrosándose. El hongo siguió estudiándose con intensidad en el siglo pasado, buscando la composición química de los diversos alcaloides que contenía y sus usos medicinales. Se llegó a descubrir casi simultáneamente por varios laboratorios la ergobasina, un alcaloide rela-

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tivamente simple con un fuerte poder hemostático y potenciador de las contracciones del útero, un descubrimiento relevante para la medicina. El siguiente paso en la peculiar biografía de este hongo se produjo hacia 1940, cuando un tal Albert Hoffman estaba trabajando en la síntesis artificial de la ergobasina para la empresa Sandoz. Hoffman contaba después el ambiente en los laboratorios: 6 personas (3 químicos y sus ayudantes) trabajando en la misma sala en cuestiones diferentes, con pésima ventilación y ningún lujo ni comodidad. En 1938 generó combinaciones diversas de alcaloides que fueron mayoritariamente descartadas por su escaso interés médico y que fueron almacenadas y condenadas al olvido. Sin embargo, Hoffman volvió a sintetizar en 1943 unos centigramos de una de esas sustancias, etiquetada con el número 25. Durante la purificación y cristalización tuvo que parar el trabajo tal como refleja en un informe de aquel momento: Last Friday, April 16, 1943, I was forced to interrupt my work in the laboratory in the middle of the afternoon and proceed home, being affected by a remarkable restlessness, combined with a slight dizziness. At home I lay down and sank into a not unpleasant intoxicated-like condition, characterized by an extremely stimulated imagination. In a dreamlike state, with eyes closed (I found the daylight to be unpleasantly glaring), I perceived an uninterrupted stream of fantastic pictures, extraordinary shapes with intense, kaleidoscopic play of colors. After some two hours this condition faded away. Los efectos que notó le llevaron a probar cantidades mínimas de la sustancia. El 19 de abril de 1943, a las 16:20 h, diluyó en agua unos 250 microgramos. A las 17:00 h descubrió el enorme poder psicoactivo de la sustancia, dietilamida del ácido lisérgico, más conocida hoy como LSD. Hoffman se había tomado una dosis que casi triplicaba la considerada posteriormente “normal”. La LSD es probablemente el alucinógeno más potente que existe: su dosis activa mínima es de menos de 1 microgramo por kg, entre cinco mil y diez mil veces la actividad de la mescalina. El producto fue utilizado en psiquiatría durante años, vendido normalmente bajo el nombre de Delysid, y se difundió ampliamente a partir de los años 60 en los EE.UU. coincidiendo con el movimiento hippie. Posteriormente fue prohibida a pesar de no ser adictiva y de no tener los efectos colaterales devastadores de la heroína, la droga que acabó siendo el verdugo de una generación que pudo ser mágica.

Ampolla de Delysid, de Sandoz Escrito el 22/9/ 2006, revisado el 29/7/2007.

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El trompetista de jazz y el científico absorto

a pregunta de qué o quién es un científico no es irrelevante. Hay personas que quieren ser tomadas por tal para que sus afirmaciones ganen credibilidad. Otras usan el término “investigadores” con fines semejantes. Que algunos de estos personajes se llamen investigadores es como si yo me compro una caja de gubias y pretendo pasar por ebanista: un fraude. Intentaré hoy contarles mi visión de este asunto. Por un lado, y con la venia de los matemáticos, definiría “científico” como un conjunto borroso. Es decir, la pertenencia a este conjunto no es una dicotomía sí/no sino que responde a una escala continua en el rango 0-1. En el 1 estaría gente como Ramón Margalef o Mariano Barbacid y en el 0 estarían el alcalde de Valdescorriel o mi querida suegra (cada uno con sus peculiaridades). Yo, en este caso, propongo extender la escala hacia los números negativos dando cabida a la antipertenencia. Así podríamos incluir personajes de todos conocidos que intentan vender gato por liebre haciendo de la mentira una forma de vida. Mi opinión es que aproximarse al 0 en la escala no significa nada negativo. Lo sería, en cambio, para valores menores que 0 donde, en el sentido que le estoy dando a esta historia, predominaría la superstición y la creencia irracional sobre el conocimiento crítico. Creo que si todos estuviéramos en valores positivos, aunque fueran pequeños, la sociedad avanzaría en ese camino que ya he desarrollado en posts anteriores. La pregunta directa ¿qué es un científico? no es más difícil de responder que ¿qué es un músico?. En el primer caso es “el profesional de la ciencia”, es decir, aquella persona que hace de la práctica de la ciencia su profesión. En el segundo sería lo mismo: el profesional de la música. Pero si un día compro una trompeta y me dedico a amenizar las tardes a mis vecinos eso no me convierte en músico. Ser un profesional es algo más que dotarse de herramientas: es necesario conocer la profesión, los materiales, saber leer las partituras, conocer las técnicas adecuadas en cada caso... y eso son años de trabajo y práctica. En el caso de la ciencia ocurre lo mismo: un científico debe tener un buen conocimiento de sus herramientas y de las técnicas de su disciplina. Como en la música, sólo cuando la técnica deja de ser un obstáculo se puede entrar en la fase de creatividad. Un científico es, por tanto, un profesional de la ciencia con un cierto dominio de su oficio. Y del mismo modo que si yo empiezo a tocar la trompeta con estusiasmo el resto de la orquesta sabría inmediatamente que no soy músico y que intento engañarles, trabajos como los de Von Daniken o Immanuel Velikovsky, por poner ejemplos conocidos, son muy fáciles de reconocer como un fraude desde el punto de vista de la ciencia. La pertenencia del autor al conjunto “científicos” tendría valores próximos a -1 porque ignora o viola las reglas del método científico, que son las que hacen que la ciencia tenga un nivel elevado de credibilidad. Dentro de los profesionales de la música o la ciencia tendremos diferentes grados de originalidad y de creatividad. También encontraremos de todo en calidad, desde los mediocres hasta los virtuosos. Es cierto que en la ciencia hay pocos solistas porque ya no suele ser un ejercicio individual. Hay directores de orquesta, que marcan líneas de trabajo, distribuyen tareas y coordinan para que todo suene lo mejor posible. También pueden reconocerse pequeños grupos de rock, orquestas de cámara y hasta grandes sinfóni-

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cas. Hay buenos intérpretes de obras ajenas, también hay compositores, otros se dedican a la innovación paseando por las fronteras de lo ya conocido… También hay diferentes personalidades y algún rasgo común. Por ejemplo, no he conocido ningún buen científico ni músico (esos que pasan del 0,8) al que no le apasione su trabajo. Eso es fácil de entender porque al ejercicio de la ciencia o de la música no se llega rápida ni fácilmente. Los que llegan lo hacen a fuerza de voluntad y de mucho trabajo aunque como premio pueden decir que se dedican a lo que más les gusta, lo que hace de estas profesiones algo privilegiado. Por eso, al mentiroso, al estafador, se le reconoce por la falta de oficio y la ausencia de trayectoria, lo que lleva a productos de mala calidad, desafinados cuando no cacofónicos. Para investigar hace falta algo más que vestirse de bata blanca (un tópico de todas formas): hay que saber ciencia, su historia, sus éxitos y sus fracasos, sus métodos, sus técnicas... Por eso los buscadores sinceros del chupacabras desconocen el análisis del ADN y los grabadores entusiastas de psicofonías no saben qué es el ACI y los estudiosos de la transmisión del pensamiento no saben qué es la estadística no paramétrica: porque no dominan sus herramientas, porque quieren saltarse el esfuerzo y la adquisición de los conocimientos necesarios para hacer bien su trabajo. Y eso no los coloca muy altos en la escala ni hace de su trabajo algo demasiado fiable (¿se han fijado en mi delicadeza?).
Escrito el 1/8/ 2006, revisado el 29/7/2007.

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De ratones paracaidistas y otras leyendas vivas

o sé si les comenté que estoy de vacaciones en un pueblo de Tierra de Campos. Para los de fuera les diré que se llama así a un paisaje de Castilla donde los árboles han sido sustituidos por campos de trigo, centeno y girasoles. Apenas ondulado, algunos chopos y álamos flanquean los ríos y en cada pueblo no falta la iglesia, una o más, construida cuando se hacían esas cosas. A falta de convento, estoy en una casa pequeña de adobe, con las paredes revestidas de barro mezclado con paja, ya que aquí nunca hubo piedra, y vigas de madera. Este pueblo no es Macondo pero tampoco desmerecería en una novela. Por la tarde, cuando afloja el calor, la gente saca las sillas a la calle y se sienta a hablar. Los temas son limitados porque la vida no aporta muchas novedades y la política, que tanto da de sí en otras tertulias, es del color único del cacique local. La Castilla profunda tiene fama de hosca, de silencios cuando pasas a su lado y eres forastero mientras te siguen con miradas tan expresivas como la de Charles Bronson. A veces me acerco en bicicleta hasta otro pueblo donde me dejo caer por el bar antes de comer. Este me gusta porque se considera que la cháchara en las mesas es privada pero si se produce de un lado a otro de la barra (mostrador, se decía antes) es pública y puedes intervenir sin mayores problemas. Si lo haces con acierto puede que la dueña, buena conversadora, te invite a una ronda rellenando el vaso sin preguntarte. El otro día lo hizo dos veces porque la conversación derivó sobre los topillos, unos roedores cuyas poblaciones sufren variaciones demográficas explosivas de vez en cuando, según venga la primavera. La explicación local es otra, por supuesto: —Pues este año el ICONA no ha soltado ratones. —No, pero soltaron serpientes porque el otro día mataron una grande en X por la tarde de esas que no hay por aquí. —Mientras no hagan como en XX, que soltaron chacales. Aquí, la dueña, que no me quitaba ojo desde el principio de la conversación, me rellenó por primera vez el vaso a ver si me sacaba del estado cataléptico. La media hora siguiente fue de lo más ilustrativo. ICONA fue el acrónimo del Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza, organismo extinto hace un par de décadas aunque aquí sigan sin enterarse. Y allí intenté explicar los rudimentos de la dinámica de poblaciones bajo un amable pero impermeable silencio. Intenté decirles que yo conocí bien el ICONA y que jamás soltaron ratones ni serpientes, que eso era una leyenda recurrente. Que la serpiente que mataron en X la otra tarde fue en mi calle y que era una culebra de agua, una Natrix despistada de apenas 90 cm, inofensiva, de las que hay en el arroyo de más abajo. Que XX era mi tierra natal, Asturias, donde aún hay lobos y zorros pero nunca chacales, especie que sólo puede verse en España en los documentales de la tele. Mi poder de convicción fue escaso y dio lugar a que surgieran otras pruebas de mi ignorancia. —Entonces usted tampoco creerá que… Y en ese “que” reaparecieron todos los mitos rurales que aprendí en mi infancia: las lechuzas que entran en las iglesias a beber aceite de las lámparas (siguen haciéndolo, parece ser, aunque ya no hay lámparas de aceite). O las serpientes que entran a la cuadra (la corte en Asturias) a mamar leche de los tetos de las vacas. O que las vacas paren con 29

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luna menguante o que cuando el mochuelo se pone pelmazo desde la torre de la iglesia es que va a morir alguien. El segundo vino que me puso la dueña fue cuando uno comentó que el ICONA tiraba los ratones desde avionetas pero que, como se mataban muchos, habían terminado metiéndolos en bolsas con agua. Atados rápidamente de cuatro en cuatro, los echaban por la ventanilla. El que tenía la mala suerte de caer debajo se espachurraba pero los otros, rota la bolsa antes de ahogarse, salían corriendo empapados pero felices. Finalmente, la variante más eficaz fue, parece ser, tirarlos con pequeños paracaídas, siempre de noche para que la gente no se diera cuenta. Los argumentos manejados eran irrebatibles: “pues lo vio fulano, que estaba a la puerta de la bodega”, o “me lo dijo el médico, que un hermano suyo vive en Madrid”. Razones de autoridad ante las cuales no caben doctorados en biología. La conversación siguió agradablemente, aderezada con pimientos picantes fritos, hasta que llegó la hora de comer. Al irme me recomendaron sinceramente que no fuera caminando por la chana de noche, una especie de páramo local, porque a veces se oyen voces.
Escrito el 8/8/ 2006, revisado el 29/7/2007.

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Gurús de arte y ensayo

Donde declaro mi apostasía de algunos gurús de la cultura y casi caigo en el intimismo

llá por los 70 del siglo pasado se pusieron de moda los cines de arte y ensayo. En Oviedo, donde yo estudiaba, había sólo uno, que se llamaba Palladium. Eran tiempos en los que vestíamos con el uniforme de la época. Los fachas de abrigo loden, zapatito fino y pelo con gomina (me sigue pareciendo de pésimo gusto); los progres, de chirucas, pelo más casposo y anorak. No creo que sea necesario matizar qué grupo era el asiduo al Palladium. Ahora debo reconocer que íbamos a ese cine casi como otros van a la misa, con cara de transcendencia, como si se tratara de una ceremonia de iniciación por capítulos, a película por semana. Como esos que ahora flipan con Coelho13, vamos. Vimos mucho cine. Desde alguna rareza como "If..." con un primigenio Malcolm McDowell (creo que fue su primera película) y con un subtítulo que nos iba al pelo: an anarchist punk dream. Pero de repente todo se vino abajo: se les ocurrió hacer un ciclo de Pier Paolo Pasolini. Y ahí acabó todo el encanto, el anarchist punk dream y la madre que lo trajo. Como consecuencia del shock ahora defiendo que Pasolini es el peor director de cine de la historia, con bodrios infumables de los cuales sitúo en primer lugar Il Vangelo secondo Matteo (versión original subtitulada), seguido muy de cerca por casi todos los demás Edipo Re, Teorema, Porcile, su trilogía erótica... Para finalizar con Salò o le centoventi giornate di Sodoma, banal, ofensiva, zafia y, lo que es peor para el cine, insoportablemente aburrida. Pasolini rompió el encanto y la sensación reverente que teníamos ante supuestos gurús del arte. Le debemos un favor, por tanto, pero no está solo. Habiendo hecho apostasía de Pasolini no me costó nada vomitar por otros directores como Rainer Wender Fassbinder cuyo mayor bodrio fue probablemente Querelle. Pero tampoco se salvan otros directores de culto. ¿Ejemplos? Pues el mismísimo Stanley Kubrik, que después de los venerables 'Senderos de Gloria' o 'La naranja mecánica' engendra 'El resplandor' o, al final ya de su vida, Eyes Wide Shut, que parece una pasarela de descerebrados. En otras ramas de las artes (sensu lato) hay ejemplos sin fin. Por poner algunos conocidos: ¿qué le pasó a Fernando Sánchez Dragó? Escribió Gárgoris y Habidis, una historia mágica de España, más falsa que un euro de chocolate, pero atractiva, incluso apasionante. Y luego, aparte de soltar soplapolleces en mil tertulias de la radio y televisión nos cuela de rondón cosas como 'El camino del corazón' o 'La prueba del laberinto', tan vacías como la filosofía de tres al cuarto de Carlos Castaneda. Y si nos vamos a la pintura, el colmillo me gotea veneno. No quiero entrar en detalles pero a varios pintores/creativos actuales españoles les dedicaría a decorar papel de regalo de grandes almacenes. Y gracias. Aparte de demostrar mi obvia mala leche, con esta entrada quiero insistir en que la gurulandia del arte es muy similar a las demás, cada santón tiene su secta y sus prosélitos. es que estamos en unos tiempos donde decir que no te gusta nada de lo que Lo que pasa pintó Miró es considerado una herejía, y no poner los ojos en blanco ante algunos personajes idolatrados por los medios de comunicación te hace muy poco cool. En este
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http://golemp.blogspot.com/2005/11/paulo-coelho-richard-bach-y-dems.html

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sentido lo siento pero no me gusta Martirio y sus discos-fusión, ni Berlanga con sus películas-algarabía, ni Amenábar y su "Mar adentro". Falta de sensibilidad, sin duda. Yo tengo mis preferencias en música, cine y demás, pero no son a personas sino a obras concretas. Creo que las personas tenemos raros momentos de lucidez entre periodos grises, por lo que es imposible salvar la obra completa de nadie (ni siquiera de Borges). A esos momentos mágicos pertenecen The River de Bruce Springsteen, o Janis Joplin cantando Me and Bobby McGee, o la "Laura" de Lluis Llach. más difícil porque tantas páginas exigen una lucidez perseverante y En la novela es nadie la tiene, tal vez por eso prefiero, por ejemplo, a Juan Rulfo con sus cuentos de "Pedro Páramo" o "El llano en llamas" o a Borges. En el cine Coppola crea la luz (o las tinieblas) con Apocalypse Now y Rumble Fish, o la rareza de Dead Man donde a Johnny Deep se le unen las guitarras atormentadas de Neil Young.

Escrito el 26/2/ 2006, revisado el 29/7/2007.

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De idiomas oprimidos y opresores
spaña es una suma de intolerancias y su historia una secuencia de navajazos. Nuestras relaciones han sido exactamente como pinta Goya en su cuadro. Y nuestra estupidez colectiva ha hecho de las lenguas una "víctima colateral".

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Primero pegó el garrotazo el de la izquierda del cuadro, que hago símbolo de una dictadura que hizo del catalán, vasco, gallego y de algunos más un síntoma de traición. Esos infames consiguieron que el español fuera considerado un patrimonio del franquismo. Y otros infames consintieron en creerlo, dándoles el patrimonio de una lengua con siglos de historia y que hablan 400 millones de personas en el mundo. Y ahora, le toca al de la derecha devolver el garrotazo, marginar allá donde se pueda, vengar una afrenta que el idioma no hizo sino sus ejecutores. Las lenguas son inocentes, no así sus hablantes. ¿Y saben cuando la "cuestión lingüistica" estará normalizada? Pues cuando veamos cumplidos dos hechos, por ejemplo en nuestro parlamento: que todos los idiomas, lenguas y lo que sea menester sean oficiales y, simultáneamente, que teniendo el derecho a expresarse en cualquiera de ellas, todas sus señorías se avengan voluntariamente a debatir en una única lengua de trabajo. Pero en este país de navaja y posta lobera este ejercicio de generosidad no llegará mañana. Mientras tanto les animo a leer un texto de Fulgencio Argüelles14, escrito en 1997 y publicado entonces en "La Nueva España", diario de Oviedo. Dice todo lo que hay que decir con una rara mezcla de corazón, lógica y bondad y no merece caer en el olvido. Sea este mi pequeño grano de arena a la causa de los idiomas inocentes.
Escrito el 8/1/ 2006, revisado el 29/7/2007.

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http://158.49.116.95/pdf2/la_mio_llingua.pdf

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Azar

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n 1485, una refriega entre soldados de Al-Ándalus y otros cristianos al mando de un tal Rodrigo Ponce se resolvió con dos docenas de muertos por bando. Tras el combate un soldado sarraceno revisaba los cadáveres del enemigo. Uno aún no era tal y con ojos nublados llegó a ver como el otro desenfundaba una hoja de metal. Sus miradas se cruzaron y tal vez el musulmán decidió que ya tenía suficiente o tal vez no era de los entusiastas de la muerte rápida. El caso es que volvió a guardar el terciado y abandonó al herido a su suerte. Una suerte que le permitió recuperarse y, tras la conquista de Granada, tener seis hijos de los que dos sobrevivieron a la infancia. En el siglo anterior, en 1350, un bisabuelo del soldado vivía en un pueblo de la Alta Normandía. La peste negra asolaba Europa y les rondaba desde hacía tres años. Abélard huyó con su familia atravesando Francia y los Pirineos buscando las tierras más cálidas y acogedoras del Sur. Los bandoleros y el hambre se encargaron de que sólo llegaran él, su esposa y una hija llamada Adrienne. Por el camino se quedó el resto, hasta contar once parientes. Cambió su nombre francés al llegar a Toledo y allí fue cantero, el oficio con el que se había ganado la vida en las interminables construcciones de las catedrales de Rouen y de Metz. Murió en un accidente en la construcción del claustro de la catedral de Santa María pero su hija sobrevivió hasta la nada despreciable edad de 47 años dejando vivos dos varones y una mujer, Juliana, la abuela del soldado castellano. Un tataranieto de este participó en la campaña que sofocó a sangre y fuego la rebelión de Bohemia contra Fernando II. Allí se cruzó, aunque él nunca lo supo, con un tal René Descartes que también formaba parte del ejército de la Liga Católica. De su compañía apenas llegaron una docena a España, diezmados más por la enfermedad que por la guerra. Harto de penar en el nombre de nobles y reyes que nunca vió, se estableció en un pueblo en las faldas de la sierra de Francia donde le sobrevivieron tres hijas. Dos milenios antes la cadena era aún más frágil pero ya había avanzado mucho y estaba muy lejos de su principio, allá en los albores, donde nuestros antepasados ni siquiera tenían forma humana. Y hoy, el descendiente de Adrienne y de Juliana, que desconoce su pasado, mira la vida como si no fuera un regalo, sin darse cuenta de que su presencia, y la tuya, que lees estas líneas, y la mía, que las escribo, es un acontecimiento de una absoluta improbabilidad.
Escrito el 25/1/ 2007, revisado el 29/7/2007.

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La mío llingua
Fulgencio Argüelles
En aquellos años de los mandilones azules y la leche en polvo el tiempo se alargaba hasta dormírsenos encima, y las canciones de la radio se ensanchaban y se incrustaban por toda la casa para ser el preludio de la eternidad. En aquel tiempo en que nadie envejecía había una lengua que estaba prohibida. Era la mía, aquélla con la que me habían enseñado a hablar. (Escribía Gayo Suetonio Tranquilo, en sus Vidas: In civitate libera lingua et mens liberae esse debent: En una tierra libre, lengua y mente deben ser libres.) En mi pueblo no había libertad. El maestro, que era gallego y tenía cara de pan recién hecho, nos daba en las uñas con la vara de saúco cuando se nos escapaban expresiones como: Ta lliento asgaya, toi anoxáu, faime rebulguinos, duelme un deu, aterecióse, atapez, ñeva quel pinga’l mocu, méxase pela nueche, manquéme nel calcañu, ye llistu comu la fame, fála-y a la oreya y nun retruca, to rixu de dir vela, nun entamo, escaézseme o nun hai llibertá. El gritaba, señalando a la foto de un gordito con bigote que era más que general (algo así como un militar superlativo), que el único idioma admisible en aquella escuela (xelada de cutiu) y en todas las demás escuelas posibles era el idioma del imperio (...que siempre la lengua fue compañera del imperio, dice Nebrija en su Gramática castellana), y al pronunciar don Manuel esta última palabra se le inflaban tanto los carrillos (papiellos, decíamos nosotros en nuestra lengua maltrecha) y la cara entera se le ponía tan roja que talmente parecía el fuelle de una gaita. Después de ejecutar los castigos, los cuales, dado el apego que aún teníamos a nuestras palabras, eran tenaces y perseverantes, después de azotarnos las uñas con la vara de saúco (también las usaba de avellano), tocaba con ella el mapa y decía, con la voz transformada (atiplada y lenta como un susurro de consagración), que España, lo que se dice España, no había más que una. Yo no alcanzaba a entender qué tenía que ver aquello con el hecho de que nosotros a los nidos les llamáramos niales, a la babosa llimiagu y xabú al árbol del cual cortaba las varas el maestro. Tampoco entendía aquella proclamación imperativa y casi sagrada de unidad para un mapa que estaba decorado con tantos colores diversos. Yo, en la clase, apenas hablaba, y prefería pasar por tonto (panguatu, decían en mi casa) y no responder a las preguntas del maestro antes que sufrir la flagelación de las yemas de los dedos. Pero una vez don Manuel me preguntó: «A ver, tú, mosquita muerta, ¿dónde queda este pueblo?» «Onde'l diañu punxo la pata», le dije yo. Las uñas me estuvieron doliendo una semana. Pero peor fue lo de aquel compañero a quien el maestro interrogó sobre cuál era la profesión más digna, y la respuesta fue: «Trabayar nel alambre». Aquel día, en clase hubo truenos y relámpagos (restallos y esclarones, que decía mi abuela). Fui creciendo y aprendiendo nuevas palabras de aquel idioma que nos imponían los maestros, y también fui olvidando muchas palabras de las que consideraba mías porque con ellas había aprendido a relacionarme por primera vez con todo lo que me rodeaba y con ellas había expresado mis primeros sentimientos. Me dolía perderlas (algunas ya nunca las he recuperado), pero era un asunto de supervivencia. Mi padre me decía (en asturiano, claro) que la diversidad de las lenguas no está en los diferentes sonidos o signos, sino en una forma distinta de comprender el mundo. Yo ya iba entendiendo un poco la maniobra política del supuesto imperio. «Esta desigua nun pue allargase muncho», me decía mi padre, quien, además de ser optimista preceptivo, era un

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hombre instruido que sabía, entre otras muchas cosas, arameo y latín (lo digo para que alguno no se confunda, vamos, que nun trafulque los sos camientos). Un día, los Reyes Magos me trajeron un diccionario de castellano, una escopeta de corcho y bramante, y un par de naranjas. «Pa que persepas falar comu ellos si algames la Universidá, y escopeties a tiru fiju coles sos propies pallabres, y te dexe, sin embargu, too esto bon tastu na boca». Siempre que como naranjas me acuerdo de mi padre. El año que entré en el intemado, en las vacaciones de Pascua, encontré al maestro en el bar de la bolera. Estaba borracho y hablaba en gallego. «Cuandu ta chispa fala na so llingua», me dijo alguien. Yo no me emborrachaba, pero soñaba (que pal casu ye lo mesmo), y lo hacía en asturiano. Pero con el tiempo hasta los sueños aprendieron el castellano. En el intemado había profesores que restaban puntos a quienes, en los exámenes, se les escapaba alguna palabra asturiana. Otros no. Otros incluso dejaban escapar de vez en cuando alguna expresión en la lengua de mi infancia. Y entonces yo pensaba que había profesores que creían en eso de la unidad de España como argumento para correr hacia no sé qué destino en lo universal (como enrollar el mapa de don Manuel en la bandera del Ayuntamiento y viajar con él a la luna), y que había otros (mucho más entrañables) que hablaban como se soñaba. Llegaron los años de Universidad en Madrid y ya fui entendiendo yo aquel asunto de las lenguas. El profesor de Lengua, en primero de Psicología, habló un día con mofa o ludibrio de los dialectos de España (deformaciones rústicas del lenguaje, decía él). Los asturianos respondimos con ímpetu y eficacia a sus argumentos. Tanto, que nos lanzó un desafío: «Si me construís una gramática de esa lengua vuestra, tenéis un notable sin examen final». Se reía, pero trabajamos duro, y en el mes de junio tuvo encima de su mesa una gramática completa del asturiano. Con mucho estupor y algo de fascinación cumplió su promesa. «Quedó-y la tablica más retorcía que’l rau d’un gochu», dijo alguien. Ahora yo escribo en castellano, que es una lengua noble –exenta de culpas–, y lloro por aquella lengua maravillosa (sonora y atrevida como los rabiones de los ríos de la tierra que la parió), lengua que sigo estudiando y en la que también escribo porque es mía y porque me siento culpable con respecto a ella. «Cuando un pueblo es hecho esclavo, mientras conserve su lengua, es como si tuviera la llave de su prisión», escribe Daudet en La dernier classe (Contes du lundi). Ejemplos tenemos muy actuales. Se me ocurrió este escrito por varios acontecimientos recientes. Por un lado, unos políticos (casi todos de aquellas familias que creían en la extraña consigna del destino en lo universal y despreciaban la lengua de la tierra por ser asunto de pobres y aldeanos ignorantes) han salido a la palestra (sitio donde se controvierte sobre cualquier asunto) proclamando la no existencia del asturiano como lengua. Y entonces a mí me dio mucha lástima y me acordé de la vara de saúco de don Manuel. «Hay muchos que siempre tienen en la boca el no, con que todo lo desazonan; el no es siempre el primero en ellos, y, aunque después todo lo vienen a conceder, no se les estima, porque precedió aquella primera desazón», apunta Gracián, en Oráculo manual y arte de prudencia. Otro hecho reciente fue la noticia ésa de unos muchachos (probes guajes) castigados a llevar piedras en las mochilas por no hablar vasco (que es un asunto como aquél del maestro, pero a la inversa). Y del mismo modo me apesadumbró (mancóme enforma), por idénticos fundamentos, el abucheo, en un acontecimiento público, a un artista catalán, de los que siempre defendieron la libertad, por cantar en la lengua de su tierra. ¿Será verdad aquello que escribía Morales en Ardor con ardor se paga de que España es una suma de intolerancias? A causa de la intransigencia yo ahora debo esforzarme en aprender mi propia lengua. Confieso que, al hacerlo, siento como que vuelvo a nacer. Puede que algún día los personajes de mis sueños se vuelvan a expresar en asturiano.

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Pero será despacio (adulces, pasín a pasu...), y, mientras, que cada uno se entienda consigo mismo como mejor le parezca, y que cada uno descubra en esa palestra (reparada y apuntalada tantas veces) al político que más disimuladamente le mienta, o a su maestro perdido de la infancia, o a su filólogo más incauto y confidencial. Cometimos un error muy grave: el de hablar a medias para que todos nos pudieran entender, y ahora vienen diciendo que no sabemos hablar. ¡Ye comu pa mexar y nun char gota!

Salvo el texto de Fulgencio Argüelles, este trabajo está bajo licencia Creative Commons y puede ser copiado, distribuido y adaptado libremente para cualquier fin con la única condición de citar su procedencia: Golem Blog http://golemp.blogspot.com/

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