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LA FUERZA DE LAS CIRCUNSTANCIAS

Aún faltaba un buen trecho para llegar a la parada del autobús, y ya el agua chorreaba por todo
el abrigo. Martín pensó en la bronca que le echaría su mujer, cuando volviera a casa, por no
haberse llevado el paraguas. ¡Otra bronca! Una más, como cada día. Total, ¿Qué más da?
Si no es por una cosa, será por otra. Pensó.
Ya no se preocupó y siguió andando, entre el fango y el agua. Todavía no amanecía y con
las negras nubes y la lluvia ya era muy oscura y fría la jornada. Una típica madrugada de
mediados de invierno, pero Martín era inmune a todo esto, porque hacía muchos años que ya se
había resignado y casi todo le daba igual. Se había acostumbrado a vivir automáticamente, sin
pensar mucho en sus circunstancias. Seguramente, no era feliz, claro. Sin embargo había
conseguido hacer de su vida un cúmulo de momentos irrenunciables y rutinarios, que le
compensaban, que le daban una cierta sensación de control y seguridad en sí mismo y en su
vida.
Como la vulgar agua en el árido desierto, o el recreo de los presos en pena... Uno de
aquellos momentos era encontrarse con Andrés, en la parada del autobús que les llevaba
caminito de la fundición. Le alegraba poder saludarle cada mañana y charlar con él yendo al
trabajo.
No hablaban de nada especial, nada importante, pues Martín procuraba no decir nunca lo que,
de verdad, pensaba. Creía que era malo ser sincero. Ya la vida se lo había mostrado largamente
y él, sumiso, lo aceptaba porque, ya dijimos antearriba, todo le era indiferente. De esta manera,
conseguía permanecer por encima del pesar. El tenía un rumbo que imaginaba un puerto en el
horizonte. O una esperanza, según se vea. Pero como ninguno tenemos cartas para navegar por
estos mares él, orgulloso, no escuchaba nada, sólo vivía. Y consecuente consigo mismo,
pensaba que un día se libraría de sí mismo y su condena. " Un día, me marcharé de aquí para
siempre" , resumía su pensar. Esto le consolaba y le hacía seguir, aunque triste. Pues era su
deseo muy fuerte.
Relloviendo y lloviendo más, Martín luchaba contra sus elementos metido de lleno en su
inconsciencia. Se ausentaba del frío y del agua, porque cuando llevaba un rato andando, se
hundía en la oscuridad de su pensamiento y ya el tiempo se paraba, o corría sin él darse cuenta.
Cuando llegó a la entrada del Páramo. Era éste, un gran solar destinado a la construcción de
viviendas, desde hacía tanto tiempo que ya parecía ser aquella su condición definitiva. Tan lentas
eran las cosas. Era éste, enorme y muerto con la nada alrededor. Un pedazo de vacío, dentro de
un agujero. En fin, propio del barrio. Martín lo utilizaba como atajo, conocía cada ladrillo
abandonado, cada montoncito de arena fina, como de playa. Sus húmedos zapatos repisaban
viejos paquetes vacíos de tabaco, hundiéndolos en el barro porque sí. Era interesante ver que
cada día desaparecían un poco más, se estropeaban un poco más, pero allí seguían.
Cambiaban de color, quedaban tiesos y resecos, o blandos y desteñidos como el propio barro
que los sujetaba. Parecía imposible acabar con ellos, siempre se los podía reconocer. Eran como
los hechos de su conciencia.
¿De dónde salió aquello de " Páramo" ? Martín no lo sabía, pero era lo que mejor pegaba con
aquél oscuro rincón de la subconsciencia del barrio.
Frente a sí, a través del agua que caía por sus ojos, podía ver de nuevo, la débil luz de la
marquesina. Tanto tiempo allá, que la luz era débil por la suciedad, que la envolvía.
Andrés ya le esperaba y le recibió con una sonrisa:
-- ¡ Jesús, Martín! ¡Cómo te has puesto! ¿Es que no tienes paraguas?
--¡Buenos días, Andresito! --canturreó-- Pues si, si que tengo, pero no me da la gana de llevarlo
porque es un coñazo y luego no hay donde dejarlo.
Andrés, divertido, no salía de su asombro...
--Pero, ¡Si estás empapado!
Y Martín zanjó el tema:
-- ¡Me da igual, joder! Ya me secaré en la fábrica. --sentenció--
Andrés, viendo que su compañero tenía un mal día, terminó a modo de disculpa.
--¡Vale, vale! Cada uno es cada cual y baja los escalones como quiere, oye!
A lo lejos se veían unas luces, corriendo por la carretera y Martín se sorprendió de poder
reconocer aquel autobús, hasta por sus faros.
La puerta se plegó, chirriando sin grasa, y ambos subieron. Andrés saludó como siempre al
chofer:
--¡Saludos, Pedro, " O Rey Da Ruta" !
--¡Buenos días, Pedro! --saludó un serio Martín--
--¡Buenos días, titis! --rió el conductor, mientras contaba el dinero-- ¿A currar un poquitín, eh?
--¡Pues, si!, es que nos aburrimos en casa, tan solos. --se justifica Andrés--
--¿Es que ya no está tu mujer, mañico? --rie Pedro--
--¡Pues por eso! Pero, ¿Es que no te jode? --responde, pregunta Andrés--
--¡También es verdad! --acordó Pedro--
El autobús estaba completamente vacío, como siempre, porque era el primero del día. Los dos
se dirigieron a su sitio de costumbre, detrás del conductor, y éste arrancó.
El motor protestó y sonó un fuerte chirrido de engranajes y estropajos de metal basto. Aquello
parecía sonar a tremenda avería, pero Martín siempre lo había escuchado igual. Era la
" Producción Nacional" .
Andrés aprovechaba para ensalzar la calidad de la mecánica:
--¡Hombre! Ya veo que hoy está mejor de la tos, ¿eh?
--¡Si! Un dia mejorará tanto, que ya no arrancará más nunca de los jamases. --contestó Pedro,
cachondo, al tiempo que sobrepasaba bruscamente las revoluciones máximas, aconsejables,
para cambiar de marcha-- Sonó un tremendo crujido, también habitual.
--¡Ostras, Pedrín! ¿Ya pisa usted el embrague? --preguntó Andrés, con sorna-
--¿Cuál embrague? Aquí no hay ningún embrague, esto es " utomástico" --reía Pedro--
--¡Ah, claro! Pues por eso rasca, si ya lo decía yo. --sigue Andrés--
--¡No, que vá! Si rasca, es porque le pica, ja ja. --contestó Pedro, que conocía todas las
respuestas al respecto--
Mientras aquellos dos continuaban con su duelo particular, Martín callaba; estaba pensando.
Pensando, curioso. Se sentía particular, esta mañana, y se fijaba en todo de forma ¿distinta?
Sentía que las cosas, significaban extrañezas profundas y complejas. Se le escapaban.
Había una ventanilla --pensó-- que nunca se pudo abrir. Alguna vez, en verano, lo había
intentado para nada. Siguió igual que el dia en que la instalaron. Martín no entendía si es que no
querían repararla, o es que era así. Quizás debía preguntar.
Remiraba también, el interior. De color amarillo viejo y amarillo, desgastado. Aquí y allá se
distinguían pequeñas roturas y partes de óxido sobresaliendo que, curiosamente hacían de aquel
autobús, algo íntimo y familiar. Era lo entrañable contra la eficacia, concluyó.
También había un pequeño cartel, que garantizaba la desinsectación del vehículo, por un
período mensual. Martín se había dado cuenta de que lo cambiaban cada primero de mes, pero
ahora caía en que no podía existir una empresa desinsectadora tan puntual porque, ¿Para qué?
Los insectos no esperan a primero de mes para entrar en un autobús tóxico y además
estábamos en invierno.
Estos pensamientos, sumían a Martín en una especie de perplejidad mística, cuando Andrés le
despertó de sí mismo.
--Oye, Martín ¿Atí qué te van a traer los Reyes?
--A mí, nunca me traen nada. --contestó, muy en serio-- ¿Y a tí?
--No sé, pero siempre caerá alguna cosilla, digo yo. --Andrés, incrédulo--
Martín le miró y vió la tristeza en sus ojos, así que para no fastidiar más...
--Si, seguro que alguna cosa. Ya te contaré.
Andrés guardo una pausa y soltó:
--Hoy estás de un raro...Me parece que lo que te pasa es que piensas demasiado.
--¿Tú crees? Puede que si. --concedió Martín-- Es que no he dormido bien esta noche.
--¡Ah, pillín! ¿Qué habrás estado haciendo tú, eh? --rió Andrés--
El autobús frenó con saña y el chófer les anunció:
--¡Ya hemos llegado, caballeros! Hala, a pasar buen día.
Se levantaron y Andrés se despidió:
--Dile al jefe que te compre un Mercedes, tío.
Y Pedro acertó:
--Si le digo eso, me manda a Alemania a buscar trabajo, ja ja.
--¡Buen servicio, Pedro! --se despidió Martín--
El autobús marchó vacío. Era aquél, un paraje donde confluían otras líneas más pobladas.
Algún otro autobús había llegado poco antes y sus ex-ocupantes subían por la cuesta, en
dirección a la fábrica de acero. Martín y Andrés corrieron, para unirse a ellos y se saludaron unos
a otros.

Aquella nave, era más bien una caja, un contenedor de techo inclinado y sucio que se
aguantaba sobre sus paredes sucias y metálicas. De estética "Capitalismo a Ultranza". Diríase
que un observador imparcial no habría podido distinguir si se había diseñado antes de la
construcción, o bien era el producto de un crecimiento improvisado, debido al éxito industrial de
la época.
Tenía un cierto aire de parroquia. Vieja, grande y desmadejada... Aquel lugar no tenía sentido
sin ella, porque hasta la naturaleza original era fea y desaliñada, con un río, al fondo, convertido
en cloaca espumosa del polígono y rodeado de barro sucio y piedras. Salpicado el conjunto de
curiosos restos industriales en metal, plástico y fibras pica-pica.
Un arqueólogo del futuro, que no conozca el significado del dinero, podrá decir que allí
acudían, en fiel peregrinación, miles de feligreses para intervenir en los oficios religiosos. Todos
en ropas gris-marrón, que cambiaban, al entrar, por sucios monos que simbolizaban sus
humildes espíritus, frente a los Hornos Creadores, forjadores de una sociedad resignada,
predestinada y dirigida hacia, hasta, para, por y según los deseos de la Estirpe Dominante,
compuesta por aquellos que saben que es "Lo Mejor Para Todos". Auténtica Piedra Filosofal de
una sociedad amontonada, que se limita a pedir que no les peguen más, por favor y les den más
fútbol y circo, que es lo que distrae.
Como iglesia moderna, la campana tenía voz de sirena, que "aleja" más y se oye mejor, porque
no tiene matices que entender, Y el párroco capataz llevaba casco y una lista. Siempre una lista.
Alejándose del Ruido, se podía percibir un murmullo, como orando a lo lejos. La Liturgia se
seguía a través de altoparlantes, estratégicamente situados a los lados y de dos en dos. Uno
para cada oreja. Estéreo se llama.
En vez de vino y hostias, se gritaban órdenes por escrito, que formaban parte del Cuerpo del
Supremo Hacedor Capitalista, o el que tiene la "Pasta".
A la entrada de la iglesia figuraba un cartel equivocado que rezaba: "Llevamos 6 días sin
accidentes", y a su lado, crucificado, el horario de misas laborables para la vista de la inspección
sindical, que no para la memoria de los corderos.
Todo ello, rigurosamente documentado y rigurosamente inútil para el espíritu, allá donde esté.

En el fondo y en las formas, según la escala que se utilice, todos los Tiempos se parecen
sospechosamente. Alguien, malpensado, podría pensar que se trata de agrupar a las gentes en
rebaños, grupos, comunas... según la moda, con un único fin: Uniformar para evitar que cada
individuo piense por sí mismo y se de cuenta de lo importante que es ser diferente. Te educan
para ser un animal social, compungido y atormentado por unos graves sucesos en los que no
puedes intervenir. Así, solamente queda camuflarse y seguir como si nada y el domingo a la
playa. Es lo que hay ¿Qué se le va a hacer?

Todo esto rugía y rugía en la mente de Martín y claro, él se decía: "¡Qué cosas se me ocurren,
hay que ver! ¡Si la realidad fuese tan fácil de entender...!"
...Pero lo es! Gritan a coro las conciencias de aquelos que ya no escuchan.

A todo esto, se hizo la hora de entrar y el Encargado y su lista tañeron la sirena de inicio de
jornada. Afortunadamente el trabajo era muy rutinario y sencillo, así que uno podía llegar a
ignorar su tiempo. Y éste pasó y pasó su mitad y mitad de otro tiempo. Hora del descanso para
almorzar. Era otro de los momentos fundamentales del día, para Martín. Se reunían los
compañeros, al sol del patio, como en el colegio. Comparaban sus "bocatas" y el periódico que
los envolvía y que les daba un sabor difícil de olvidar, sobretodo si era de tortilla francesa o
sobreasada. Comentaban la película de la "tele", de la noche anterior y alguna novedad social o
laboral. Todo siempre entre risas y chistes varios, que servían para levantar el ánimo y no pensar
mucho en el asunto de las "letras" de fin de mes.
El placer de comer y de hablar con sus compañeros reconcilia a cualquiera consigo mismo. A
Martín también, que además se le habían secado los huesos junto al horno de lava de acero.
Andrés, su amigo, le encontró a la puerta de la gran nave y le comentó:
-¿Te has enterado de lo de Juan Manuel?
-¡No! -contestó- ¿que ha pasado?
Andrés le cogió del hombro y se le acercó más, para hablar bajito...
-Le hechan, Martín.
- ¿Cómo?
- Hoy ha venido, con el brazo en cabrestillo, a ver al jefe. Le traía los papeles del hospital y todo,
para que se viera que había que pasarle a la oficina o a la caseta del vigilante, ya sabes. Porque
con el brazo así, como le ha quedado...
- ¿Y qué le han dicho? -preguntó Martín-
- Pues que sobra gente y que el accidente fue culpa suya, ya ves. La excusa perfecta.
- Y ahora, ¿Qué va a hacer este pobre hombre? -Reflexionó Martín-
- No sé, no sé. La cosa se está poniendo cada vez peor. -Cabeceaba, mirando al suelo, Andrés
en un gesto suyo característico-
Que mañana tan rara aquella, pensaba Martín. Parecía como si los sucesos y los pensamientos
se amontonaran.

De camino al bar, Andrés le explicaba que la culpa era de los papeles, según su abuelo.
-¿ Y por qué de los papeles? -Preguntó, ingenuamente, Martín-
- Porque mi abuelo decía que los papeles son como sentencias y que más vale que no te den
ninguno. -Respondió Andrés, acercándose mucho para hablar bajito. Como quien te cuenta una
Gran Verdad-.
- ¿Billetes, tampoco? -Ironiza, con el rabillo del ojo, Martín-
- Si, si... Tú ríete, que el dinero es lo peor de todo. - Aclaraba Andrés- Lo que pasa es que está
todo montado así y no puedes hacer nada.
Ese "no puedes hacer nada", se quedó rondando en su cabeza, como si fuera algo muy
personal y cosa del Destino.
- Pero, ¿Qué pasa, que tu abuelo era un vidente marxista... O qué? -Se regocijaba Martín, ante
la seriedad exagerada de su amigo-
- ¡Peor! Era funcionario. -Susurró muy grave Andrés, a modo de explicación terminal-
- ¡Ah...! -Callaron y entraron al "bareto del polígono"...-
- A ver, César...Dos "sol y sombra", con mucho sol y sin mala sombra, -Exigió Martín, por encima
de un mar de cabezas-
- Joder, tío -Reía Andrés-, que gracia eso de "a ver, César", ¿De dónde lo has "sacao"?
-De una de los romanos - se ufana Martín-, ¿Es que no has visto nunca una de esas?
- ¡No, si digo que el dueño se llama Jose, coño!
- ¡Ostias! ¡Por eso nunca me entiende! -se parte Martín-
- ¡Oyetú, Josecoño, dos copazos aquí, cullons! -gritó en todo el medio del bar y en medio de la
risa de todos. Andrés se ahogaba-.

De vuelta al trabajo, Martín volvió a sumirse en su inconsciencia temporal y, afortunadamente,


el tiempo volvió a correr y la sirena cantó el final de la jornada.
Él y Andrés, bajaban muy cansados de aquella fábrica cuyo logo crístico decía: "Aceros Pómez y
Franco, S.A." y como casi cada día, Andrés le pregunta:
- ¿Nos hacemos?
- ¿El qué...?
- ¡Pues tú Pómez y yo Franco, ja,ja!
- ¡Joder, nen! ¡...Y que siempre me hagas picar! -Se queja Martín-
- ¡Si es que estás hecho polvo, tío!
- ¡"Tic" esgotat, nen! ¿Y por qué Franco?
- ¡Pues "pa" mandar, tío, que no "tenteras"!
- ¡Pues no "mentero", no! ¡"Tic" fatal, tú!
Y es que Andrés se divertía mucho cuando Martín se quedaba pensativo, "como si fuese a
inventar algo", según él.

Ya era de noche cuando, el ahora abarrotado autobús, les llevaba protestando a casa. Flotaba
en el ambiente un olor a aceite quemado y Andrés se preguntaba:
-¿De quién será?
Y Martín le seguía la broma, con sus ojos hinchaditos de cansado:
- No sé, espera que pregunto...
Y preguntaba:
- A ver, ¿Quién se quema?
Y siempre contestaba alguién...
- ¡Un voluntario, exceso de cupo! -Contestó un chaval atrás, al fondo,vestido de militar-.
Todos los hombres reían y alguna mujer también, aunque no lo entendiera...

Aunque ya no conducía Pedro, el de la mañana, y casi no se podía hablar, por el gentío, este
era otro de los momentos especiales de Martín. El momento de la vuelta a casa. Le hacía
recordar cuando era niño y llegaba del colegio, con su hermano pequeño, para merendar su
tazón mientras veía llover por la ventana. Si había suerte, hasta les había comprado su madre
aquellas pastas que traían cromos. Unos cromos de un olor inolvidable: A imprenta fresca y pan
tierno con fresa y chocolate... Y aunque aquél no fue un hogar completo, nunca importó. Los
niños no acostumbran a medir sus vidas por cosas de adultos.
Claro que ahora no era igual, Martín ya estaba crecidito, pero siempre es agradable la
sensación de volver a casa. Nada más éso... Volver a casa. Todos recordamos lo agradable que
es volver a casa. ¿O no?
Los sentimientos similares, se reparten entre las situaciones y momentos que nos parecen
iguales. Aunque nunca lo son. Por eso, nuestro sentir nos remite, con frecuencia, a nuestra
infancia. Cuando sentimos muchas cosas, por primera vez...

Finalmente, el autobús llega a la parada de Martín y Andrés, y se despiden hasta el otro día.

-Bueno, Martín, ¡Hasta mañana! -dice Andrés-


-Oye, Andrés, perdóname lo de esta mañana, que estoy un poco raro. Igual tengo un virus -rogó
Martín-
-Nada, hombre. Eso no es nada. Duermes un poco y ya está. Ya lo verás. -le recetó su amigo-.
-Entonces, ¡Hasta mañana, Andrés! -le contesta Martín-. Nos vemos en el "Curratorio".
-¡Chao, macho! Y no le des tanta cuerda a la pelota... que eso no es bueno -le advirtió Andrés-.
Y así, marcharon en direcciones opuestas.

Cuando Martín entraba en "su" Páramo, todo estaba silencioso. Era lo único que le gustaba de
su barrio, que estaba tan despoblado, que no había ruidos, ni nada parecido. Aquí y allá, se
habrían huecos entre grupos de casas, muy viejas. Grandes solares, pendientes de promoción y
especulación inmobiliaria. Antiguamente, todo aquello, fue un pueblecito de las afueras, hoy era
un barrio fantasma y mañana... todos calvos ¿Qué más da?
Sin embargo, ahora había silencio y eso le gustaba a Martín. Así podía dar rienda suelta a sus
pensamientos.
Él creía, desde pequeño, que el silencio era sagrado y había que respetarlo y aprovecharlo. Por
eso, le gustaba el largo paseo del autobús a casa y viceversa.

En aquel momento, comenzó a llover de nuevo. Esto contrarió a Martín. Ahora si que Ana -su
mujer- se cabrearía por no haberse llevado el paragüas... ¡En fin! Ya no había remedio. Para qué
las prisas. Así que siguió caminando despacio y distraído, mirando todo lo que aparecía por el
suelo, como solía hacer.
Entonces, al cruzar por delante del portal de una vieja casa en ruinas, vio un billete en el suelo.
Si, un billete y de cinco mil "pelas", además. ¡Qué suerte! -se dijo-. Recordaba como su padre,
muchas veces, había querido quitarle el vicio de mirar al suelo. Pero sobretodo, cuando
paseaban todos juntos cogidos de las manos...
-Martín, ¡tira "palante", que te cruzo la cara de un bofetón! -le había dicho muchas veces- y más
de tres o cuatro, habían caído, pero es que Martín no podía evitarlo. Aquella... necesidad, era
más fuerte que él mismo.
Toni, su hermano pequeño, se reía mucho con el espectáculo -aunque procuraba que ni su
padre ni su madre lo notaran mucho- y esto enfadaba mucho a Martín. El "peque", en cambio,
para evitar problemas hacía siempre todo lo que le decían y así se ponía a salvo de cualquier
contingencia. Son tácticas y carácteres.
Pero un día, mientras volvían los dos del colegio, Toni cruzó la calle sin mirar, ¿Quién sabe por
qué? Era la primera vez que hacía algo así en su vida... y un camión de cerveza lo mató.
Fue el primer trauma en la vida de Martín y el más profundo. Nunca pudo dejar de tenerlo
presente. Después de aquello, despertó bruscamente a la vida y su casa ya nunca le pareció
aquel sueño irreal de antes. Los gritos, las broncas y las peleas de sus padres, acabaron por
amargarle y, muy joven todavía, se marchó para siempre. Huyó. Nunca quiso volver a saber
nada de ellos. Rompió con todo y volvió a empezar.
Pero su carácter, herido y sensible y la falta de un apoyo, le hicieron arrastrarse por la vida ya
sin solución. Aunque esto a él no le importara.

Un golpe de viento, le devolvió al presente. Se guardó el dinero y se dijo entre dientes que
sería para él solo. Pensaba gastarlo en algo importante. Algo que, de verdad, le hiciera falta. Y
se prometió a sí mismo que la gorda de su mujer, jamás lo sabría.
Su mujer...¡Vaya tela! -pensó-. Nunca le había querido y nunca le había entendido. Vivían
juntos y dormían en la misma cama, pero hacía mucho tiempo que ni se tocaban. Solo
ocasionalmente, como por obra de magia, surgía aquella chispa antigüa y mal recordada, que les
reunía.
Habitualmente, ella le esperaba en casa rendida a su propia impotencia, para recordarle que
estaban en la miseria y que seguían allí, por culpa de él. Martín, por su parte, discutía con
muchas ganas y le gritaba, para desahogar su frustración. La sangre nunca llegaba al río. Era un
pacto tácito, una simbiosis. Ella cocinaba y cuidaba la casa y él traía un sueldo. Los dos se
necesitaban, sin comprender el porqué. Y es que, es triste vivir en soledad, sin nadie que se
ocupe de tí, del modo que sea.

Martín no había llegado a reunir sus dispersos pensamientos, cuando ya estaba a la puerta de
su casa. Entró y saludó con cuidado.
-¡Buenas noches, Anita. Ya estoy aquí!
Ana, que como por intuición, se dirigía hacia la puerta en aquel justo momento, se le quedó
mirando.
-¡Joder, Martín! Estás poniendo el suelo perdido. ¿Por qué no te llevas el puto paragüas?
-¡Porque es una mariconada! -chilló él-
-¡Tú si que estás hecho un buen maricón! -replica ella,con aquel doble sentido que usan ellas y
que tanto ofende-
-¡no empecemos -advierte él-, que me cago en Dios!
Ella continuó impertérrita, como acostumbraba.
-¡Anda! Pasa al baño, inútil, que eres un desastre de marido.
Martín se puso de varios colores, pero se calló. No tenía solución de continuidad...
Entró en el lavabo y se aseó un poco. Cuando salió, se dirigió al comedor. Allá, quizás le
esperaba una taza de café con leche, calentito. Ana le esperaba, sentada a la mesa y con dos
tazas de humo.
-¿Este es el mío? -pregunta él-
-¡No! Es del vecino -ataca ella-, ¿pues no te jode...?
-Bueno, vale. Es el mío -concede él-.

El del café era, claro, otro de aquellos buenos momentos para Martín y lo disfrutaba pensativo.
Como si se tratara de una ceremonia. Y puede que lo fuera. Aquello era una tregua, pero cuando
se acabó el café, Ana volvió a la carga.
-¿Qué, Martín, ya le has dicho algo al jefe?
-No. No le he dicho nada -reconoce él, en voz baja-.
-¡Coño! -grita ella- ¿Por qué no? Con lo que ganas, no tenemos para nada.
-¿Y qué? -replica él- ¡Están echando gente y tú quieres que le pida un aumento al jefe!
-¡Pues otros compañeros tuyos ganan más y no pasa nada! -gruñó ella-
-Si. Y otros ganan menos -se defiende él-.
-¡Pocos serán, seguro! -insiste Ana-
-Bueno, pues pocos -concedió Martín-, pero otros están en la calle ¡Joder!
-¡Eso! Tú sigue pensando así, que vamos cojonudamente -le advierte ella-.
-Bueno, mira...¡No aguanto más! -explota Martín- ¡Me largo a dar una vuelta!
-¡Eso! ¡A ver si te estrellas! -sentencia ella-.
Martín sorbió el café que le quedaba, se levantó y salió a la calle, dando un portazo, mientras
escuchaba como a lo lejos...
-¡Cualquier dia te quedarás con la puerta en la mano, jilipollas!

Seguía lloviendo, pero a Martín le daba igual .No es que, en realidad estuviera enfadado, ni
Ana tampoco, seguramente. Es que los dos estaban hartos de sus vidas y se gritaban, para
sentirse mejor. Lo necesitaban. Cosas de misería. Martín lo sabía porque ya lo había vivido,
cuando niño. Su padre llegaba borracho a casa y se armaba la gran bronca. Por eso él nunca
quiso tener un hijo.
En aquella época, Martín y su hermano asistían, asustados, a aquellas peleas. Hasta que
empezaron a acostumbrarse a esa especie de normalidad y esperaban a que terminaran. Luego,
todo se calmaba y seguían juntos y felices. Al menos, eso creía él en aquel tiempo. Hasta que
sucedió lo de su hermano...
Martín no quería pensar más. ¡Siempre lo mismo! -se decía- ¡Ya basta! Y se puso a caminar,
bajo la lluvia.

Como iba ensimismado, perdía el paso del tiempo que no quería, hasta que se dio con una
pared, en medio de un solar embarrado. Se conservaba, aún, un trozo de cornisa bajo la cual
refugiarse y eso hizo. Aquello parecía una "parada" o un lugar donde citarse. Una pared por
derribar en un solar abandonado, en medio de un descampado. La nada.
Martín encendió un "pito", con que calentarse y distraerse. A su lumbre vió a un hombre bajito,
al otro extremo de esa pared. Iba muy mal vestido, con unos zapatos sucios y rotos y una
americana vieja y raída. Se le veía empapado y se abrazaba a sí mismo, para darse algo de
calor.
-¡Vaya tiempecito! ¿Eh? -le descubrió Martín-
-¡Pues si, hijo, pues si! -se acercó el viejecillo-
-¿Y qué hace usted por aquí, hombre? ¿Es que se ha perdido, o qué? -ironizó Martín-
-¡Pues no, hijo, pues no! He venido por un encargo.
Martín lo miró de arriba a abajo y pensó que aquél se había escapado de algún asilo.
-¡Yo soy un profesional! -continuó el viejo, en tono convencido- Un profesional de los que hace
mucho tiempo que ya no quedan. Sólo estoy yo.
En otro momento, Martín lo hubiera dejado correr, pero aquel tipejo despertó su curiosidad
dormida. De todas formas, seguía lloviendo y no tenía otra cosa mejor que hacer. Así que
continuó conversando.
-Y, ¿A qué se dedica usted, buen hombre? ¿Es usted artesano, o algo así? -de cachondeo-
-¡Pues si, hijo pues si! Soy artesano. -replica, misteriosamente, aquel viejo-
Aquel tonillo, ya se hacía impertinente y Martín quiso resolver el enigma...
-¿Y que clase de artesano? -preguntó-
El viejo echó una mirada enderredor, como para asegurarse de que nadie les escuchaba.
Después, se acercó a Martín y le dijo en voz muy bajita:
-Resuelvo problemas.
Aquello ya era demasiado, pensó Martín. "Estoy hablando con un chalado" -se dijo-.
El viejecillo, leyó su pensamiento y aclaró:
-¡No estoy loco, hijo, no estoy loco! Resuelvo los problemas de la gente y la gente hace cola,
para hablar conmigo -añadió, con un deje de presunción-
"¿Será posible?" Se preguntó Martín, "¿...Tanta osadía?"
-Vamos a ver -propuso al viejo-, ya estoy harto de mi mujer y de mi trabajo. ¿Usted me lo puede
"solucionar"?
-¡Pues si, hijo, precisamente! -contestó aquel-
-¡No me joda, yayo! -le cortó Martín-
Se hizo un silencio y después, Martín que se había picado, siguió...
-¿Y cómo iba usted a arreglar algo así, hombre? ¿Es que se ha creído que es el Genio de la
Lámpara, o qué?
El tipejo aquel, miró a Martín, muy ofendido.
-¡Por cinco mil pesetas -propuso-, soluciono esos y otros problemas! -lo dijo marcando mucho un
descarado acento gallego, de pueblo-.
-¡No me diga...! -se fingió asombrado, Martín-
-¿Llevas el dinero, hijo? -le retó el viejo- ¿Lo llevas?
Martín estaba desconcertado y no comprendía aquella cabezonada. Seguro que aquel "tío"
estaba como una chota.
-¡Pues sí, viejo, pues sí! -le salió- Pero no se lo daré, hasta que no "solucione" mis problemas
-añadió, en tono despectivo-.
-¡De acuerdo, pues, hijo! ¡Es tuyo! -replicó el tipo, mirando fijamente a los ojos de Martín-
Martín no entendía lo que estaba pasando. Devolvió la mirada del viejo y se vió en aquellos
ojillos, tan negros... Sintió un golpe en el vientre y bajó su mirada. Incrédulo, vió un punzón
clavado en su barriga. Le ardía sin dolor. Quiso hablarle, preguntarle...pero la voz ya no salió.
Sus fuerzas se iban y cayó de rodillas. Aquel viejecillo alargó la mano y la metió en el bolsillo
donde Martín guardaba su billete. Lo cogió y se esfumó en la lluvia.
Martín apretaba sus manos contra la herida, aferrándose al deseo de hacerla dejar de manar,
pero al fin se dio cuenta de que aquello era su final. Comprendió, entonces, que ya no tenía
problemas.
Por su mente, empezaron a pasar imágenes de su vida vivida. Se recordó a sí mismo viendo
como su hermano iba a cruzar aquella calle y que no dijo nada, pensando que al ver el camión,
Toni se asustaría muchísimo y él se partiría de la risa. Pero Toni no vio aquel camión, ni se llevó
ningún susto. No tuvo tiempo.
Recordó al abuelo de Andrés y a sus papeles y pensó que tenía razón. Pensó que aquel billete
fue, más que dinero,una sentencia. Recordó a sus padres y a su mujer y contemplando la lluvia,
entendió que no hay crimen ni castigo. Sólo vida. Tan solo eslabones de una cadena, cuyos
extremos desconocemos. Circunstancias y hechos, que nos llevan a un cruce tras otro y en cada
uno de ellos hay que elegir.
Recordó que le contó al viejo sus problemas y reconoció, en fin, que el silencio es un don que
hay que saber aprovechar.
Cayó boca arriba, mirando al cielo y aún pudo ver, antes de morir, que ya no llovía.

FIN. Didak LeRebel.

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