A principios del siglo XXI la mayor parte de la población mundial vive en ciudades y la urbanización continúa su marcha ascendente.

El escenario urbano se presenta como el resultado de un sistema cada véz más complejo y sujetos a cambios permanentes. Las ciudades son el corazón de la vida económica, social y cultural: la gente y las empresas convergen en las ciudades para intercambiar bienes, dinero, información e ideas. Pero las ciudades, también, expresan los problemas sociales de una población que se urbaniza cada vez más: aumenta el número de pobres, la criminalidad, el tráfico de autos se vuelve más lento y se eleva la contaminación del aire. El presente texto constituye un manual introductorio a este campo de problemas. Pensado para quienes recién se introducen en el estudio de las Ciencias Sociales y, fundamentalmente para estudiantes de Trabajo Social la pretensión teórica de este texto es instalar el debate y la discusión sobre temas que todavía no han recibido la suficiente atención de los trabajadores sociales, o por lo menos, no han sido percibidos como atendibles por algunos de ellos. A partir de pensar ala ciudad como el lugar de las relaciones sociales —de sus problemas y conflictos— dentro una estructura social mayor de la que forma parte, el texto examina el proceso de urbanización y se presenta modelos y explicaciones teóricas que pueden ayudar a entender la vida urbana contemporánea.

Alejandro Del Valle

Alejandro Del Valle

I ntrod ucción a Problemas y teorias de Sociologia Urbana

INTRODUCCIÓN A PROBLEMAS Y TEORIAS DE SOCIOLOGIA URBANA

Facultad de Ciencias de la Salud y Servicio Social Universidad Nacional de Mar del Plata

IN T ROD U C CIÓ N A P RO BL EM A S Y T EOR Í A S D E SO CI OLOG Í A U R BA NA

Alejandro Del Valle

INTRODUCCIÓN A PROBLEMAS Y TEORÍAS DE SOCIOLOGÍA URBANA

Del Valle, Alejandro Hugo Introducción a teoría y problemas de sociología urbana / A l e j a n d r o H u g o D e l V a l l e ; c o n p r ó l o g o d e A l i c i a R u s k o ws k i . 1a ed. – Ma r d e l P l a t a : U n i v. N a c i o n a l d e Ma r d e l P l a t a , 2 0 0 8 . 2 7 0 p . ; 2 1 x1 4 c m . ISBN 978 -987-544-274-0 1 . U r b a n i s m o . 2 . S o c i o l o g í a U r b a n a . I . R u s k o ws k i , A l i c i a , p r o l o g . I I . Tí t u l o CDD 307.66 Queda rigurosam ente prohibida, sin la autorización escrita de los t i t u l a r e s d e l c o p y r i g h t , b a j o l a s s a n c i o n e s e s t a b l e c i d a s p o r l a s l e y e s, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o p r o c e d i m i e n t o, c o m p r e n d i d o s l a f o t o c o p i a y e l t r a t a m i e n t o i n f o r m á t i c o.

Foto de Tapa: Angel Alfonso - Fundación ph15 http://www.ph15.org.ar © 2008, Alejandro Del Valle Primera edición ISBN: 978- 987- 544-274- 0

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en el mes de Noviembre d e 2008 en Bibliog ráfika, de Voros S.A., Buenos Aires, Argentina.

INDICE INTRODUCCIÓN ...................................................... 11 CAPÍTULO PRIMERO ............................................... 17 El Surgimiento de la Moder nidad y las Condiciones del Análisis Sociológico. ................................ .......... 17 Liber tad, Naturaleza y Razón ............................... 23 La noción de Derecho y el orden democrático ...... 26 El surgimiento del mercado y la cuestión social ... 30 El mer cado como promotor de paz social. ............ 35 El mito de la paz social ................................ ........ 39 El surgimiento del 'yo' ................................ .......... 48 La sociedad moder na ................................ ............ 54 CAPÍTULO SEGUNDO ............................................. 61 Lo Rural y lo Urbano ............................................... 61 Algunas definiciones teóricas ............................... 68 Dimensión y actividad ................................ .......... 68 CAPÍTULO TERCERO ............................................... 75 La Evolución de la Problemática Urbana en el Marco de la Teoría Social ................................................... 75 Los paradigmas de la teoría social ........................ 75 El marxismo: una teoría social al margen de lo urbano. ................................ ................................. 76 El esquema conce ptual del materialismo histórico 78 El Estado y la lucha de clases ............................... 88 Weber y la sociología comprensiva ........................ 92 Sociología comprensiva y teoría de la acción. ....... 95 El capitalismo y la sociedad moder na ................... 98 La sociología positiva: Durkheim. ....................... 102 El hecho urbano ................................................. 112 CAPÍTULO CUARTO ............................................... 115 Apor tes de la Ciencia Social al Análisis del Espacio Urbano. ................................................................ .. 115 Simmel y las for mas de la vida mental. ............... 116 La Escuela de Chicag o: La Ecología Humana ..... 121 La ciudad y el extraño: el hombre marginal ........ 129 Las teorías del desar rollo urbano ........................ 134

El urbanismo como modo d e vida ...................... 138 CAPÍTULO QUINTO ............................................... 143 Economía política de la ciudad y análisis Marxista 143 La escuela Francesa: Lefebvre ............................ 143 La vida cotidiana ................................................ 147 La g entrificación ................................................. 156 La Escuela Anglosajona ................................ ...... 160 Teorías de la acumulación: Har vey y Scott. ......... 162 El planteo de Manu el Castells ............................. 165 CAPÍTULO SEXTO .................................................. 169 División inter nacional del trabajo y procesos urbanos en América Latina .................................................. 169 Dependencia y urbanización. .............................. 169 La Urbanización en Latinoamérica: Teorías Y Discursos ............................................................ 170 La Teoría de la Dependencia .............................. 171 La Teoría de Ciudad Mundial .............................. 176 Las ciudades latinoamericanas ............................ 180 La ciudad y la cotidianeidad en América Latina .. 187 CAPÍTULO SÉPTIMO ............................................. 195 Pobreza, excl usión y marginación .......................... 195 Los estudios sobre pobreza ................................ 201 Desigualdad, Pobreza Y Exclusión ...................... 203 Pobreza y exclusión social ................................ .. 207 El problema de la exclusión social en América Latina ................................ ................................. 214 CAPÍTULO OCTAVO ............................................... 220 Los procesos de Estratificación social ................... 220 La estr uctura social latinoamericana ................... 230 La estratificación desde la perspectiva de la estr uctura de clases................................. ............ 234 CAPÍTULO NOVENO ............................................. 243 La ciuda d como espacio de convivencia política .... 243 Continuidad histórica de la ciudad ...................... 245 BIBLIOGRAFÍA ................................ ....................... 249

En los inicios del siglo XXI asistimos a un mundo convulsionado donde los habitantes de este planeta intentan org anizar sus vidas constr uyéndose y constr uyendo su espacio en un marco de crecientes dificultades y per manentes confrontaciones. De esta m anera, es necesario ref lexionar sobre las nuevas dinámicas sociales que van emergiendo en el marco de la aceleración de los procesos científico tecnológicos y las nuevas configuraciones espaciales en un mundo altamente urbanizado, que ref leja las fuer te d isparidades socio- económicas y dificulta, cada vez más, las posibilidades de una re producción humana más ar mónica. Grandes son los dilemas, numerosos los nuevos problemas que van emergiendo con una velocidad sorprendente y por lo tanto este texto es opor tuno para crear un espacio de debate crítico alrededor de las nuevas cuestiones urbanas. Este libro constituye un manual sencillo para que los estudiantes lig ados al campo de las ciencias sociales puedan realizar lecturas e interpretaciones de los fenómen os urbanos lig ados a la tradición del pensamiento social que surge con la moder nidad y al debate de ideas que se instala con los apor tes de la teoría marxista y los pensadores que instituyen una rama novedosa de la joven sociología, la sociología urbana. Desde el surgimiento y los desar rollos de la Escuela de Chicag o y toda la producción que, a lo larg o del siglo XX, se ocupó de este naciente campo de problemas, el texto elabora un hilo conductor que per mite introducir nos en las principales tesis, teorías y debates.

Asimismo, el texto nos introduce a algunas de las principales problemáticas que enfrenta hoy el munod urbano. Durante los últimos cien años, se ha registrado un crecimiento acelerado de la población urbana. La concentración de la población en las g randes ciudades y conourbanos no tiene precedentes en la historia del hombre. Estos procesos son acompañados por el crecimiento de una economía mundial cada vez más integ rada y basada en las ciudades: la producción, el comercio y las comunicaciones así como las g randes innovaciones científico- tecnológicas se realizan en una red de ciudades cada día más inter relacionadas. Por este motivo, pensar la ciudad como un hecho complejo y dinámico que expresa el avance del modo de producción capitalista en su fase de globalización a escala mundial, implica analizarla en sus mutuas deter minaciones e interdependencias. La abundante literatura e investig ación en este campo, la confrontación de miradas desde diferentes disciplinas y saberes, el trabajo desde difer entes campos temáticos nos indican que prácticamente todo lo que atañe al ser humano ocur re en las ciudades. Es altamente positivo poder acceder a un texto donde se realiza un amplio recor rido integ rador desde perspectivas teóricas diversas y que son abordadas por el autor con sencillez pero también con extrema rigurosidad. ¿Es posible constr uir una teoría sobre la “ciudad”?; ante este inter rog ante el autor con g ran honestidad intelectual intenta constr uir un abordaje crítico donde pone en cuestión el c riterio de 'verdad' sobre el que las diferentes disciplinas intentan constr uir, de for ma arbitraria, la interpretación de los procesos urbanos.

Éstos procesos, en tanto procesos sociales deben ser abordados en toda su complejidad donde el autor r esalta que "el compr omiso ético es ayudar a los demás en la solución de sus pr oblemas". Quisiera, por último, resaltar el esfuerzo teórico para proponer una mirada sobre la problemática urbana de América Latina lig ada a las manifestaciones de un orden mundial injusto que impacta sobre la dinámica de los asentamientos humanos en esta par te del mundo y que fue objeto de numerosos abordajes desde el campo de las ciencias sociales y núcleos académicos e institucionales. Las estadísticas de Naciones Unidas sobre los g randes desigualdades en el mundo resultan escalofriantes y ello, podemos obser varlo en las condiciones de vida de g randas masas de población que habitan en las ciudades latinoamericanas. Desde fines del siglo XX se realizan numerosos llamados a los g obier nos para colocar como prioridad en la agenda inter nacional la lucha contra la pobreza. Y dig o esto, no solo por lo que ello significa conce ptualmente, sino por la magnitud de los compromisos que adquieren los países en cuanto a la for mulación de políticas económicas y sociales para combatir la pobreza en las ciudades de nuestro continente. En este contexto, pobreza es una condición humana que no está deter minada exclusivamente por montos de ing reso. El nivel educativo, la expectativa de vida, la cantidad y calidad de la alimentación y las condiciones del entor no físico y social, son factores que deter minan las condiciones de pobreza. Las opor tunidades de trabajo, el acceso a los bienes culturales y la liber tad política son también aspectos que contribuyen a definir esta línea divisoria que profundiza los fenómenos de exclusión social que

padecen g randes contingentes de población que habita los núcleos deg radados de las ciudades latinoamerica nas. En este marco, el autor, lleva adelante su análisis e interpretación de los fenómenos urbanos de nuestra América Latina. El ag ravamiento de los fenómenos de exclusión a par tir del desar rollo de políticas neolibera les que se implementaron desde la década de los 70 y que, bajo ningún aspecto, pudieron dar cuenta de la injusta distribución de la riqueza producida socialmente sino que tendieron a la profundizaron de las desigualdades poniendo en riesg o la sobrevivencia de la propia especie humana. Hag o votos para que este libro pueda se analizado y discutido por las nu evas generaciones de estudiantes en un contexto donde se der r umban viejas cer tezas omnicomprensivas dentro de un mundo que atraviesa fuer tes conf lictos yque poseen un fuer te impacto en la vida cotidiana de cada uno de los habitantes de nuestras ciudades. M ucho de penderá de la percepción que demuestre la sociedad mundial para desentrañar los inmensos riesg os a que está sometida y de su capacidad para movilizar a los Estados y a sus g ober nantes para promover profundas transfor maciones, muchas de las cuales, c hocan con estr ucturas de poder francamente adversas. En ello está puesto el compromiso de aquellos que apostamos a “que otro mundo sea posible” Alicia Ruszkowski

INTRODUCCIÓN
A principios del siglo XXI la mayor par te de la población mundial vive en ciudades y la urbanización continúa su marcha ascendente. Las ciudades se convier ten en sistemas cada vez más complejos y el panorama urbano aparece en cambio per manente. La complejidad urbana y el cambio continuo son resultado de dos fenómenos aparen temente contradictorios. Por un lado, las ciudades son el corazón de la vida económica, social y cultural: la gente y las empresas convergen en las ciudades para intercambiar bienes, dinero, infor mación e ideas. Por otro lado, las ciudades expresan los problemas sociales de una población que se urbaniza cada vez más: aumenta el número de pobres, aumenta la criminalidad, el tráfico de autos se vuelve cada vez más lento y se eleva la contaminación del aire. Visto así, la intención de este libro es presentar, de un modo breve, un campo de problemas. El objetivo de componerlo, es modesto, ya que se trata de un texto introductorio cuyo lector imaginario es un público que no posee conocimientos profundos sobre las temáticas que se presentan. Por otra par te, ha sido pensado para estudiantes que se inician en la car rera de trabajo social. Considerando estas cuestiones, la pretensión teórica que persig o es instalar el debate y la discusión sobre temas que, a mi entender, hasta la fecha no han recibido la suficien te atención de los trabajadores sociales, o por lo menos, no han sido percibidos como atendibles por algunos de ellos. En las páginas que siguen, se examinará el proceso de urbanización y se presentarán modelos y explicaciones

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teóricas que pueden ayudar a entender la vida urbana contemporánea. Aunque los ejemplos se toman de todo el mundo, el texto, se orienta, principalmente a las ciudades latinoamericanas y par te de asumir que la ciudad es el lug ar de las relaciones sociales — de sus problemas y conf lict os—de una estr uctura social mayor de la que for ma par te. Esta idea está presente en el análisis de los factores propiamente locales ya que las relaciones sociales llevan, implícitamente, a la cuestión del poder. Por ende, se al conjunto urbano como un to do y sus problemas, deben ser considerados en el marco de una economía política de la ciudad. El libro, no obstante, deja sin desar rollar temas de la sociología urbana sobre los que existe abundante literatura (movimientos sociales urbanos, mig ración campo - ciudad, suburbanización), porque es un manual de carácter introductorio. El texto se org aniza en nueve capítulos. El primero, se ocupa del mundo cultural en el que nació la ciudad moder na y analiza las principales transfor maciones que supuso la emerg enc ia del capitalismo. El segundo, analiza las diferencias entre lo r ural y lo urbano en el contexto de las transfor maciones de la moder nidad, entendida, como fenómeno cultural. En el capítulo tercero, se analizarán las principales teorías sociales y como h an buscado explicar el impacto de algunas problemáticas urbanas. Los capítulos cuar to y quinto, pueden ser comprendidos como una continuación del tercero, en el sentido, que se analizan diversas teorías y escuelas que centraron sus esfuerzos en el entendimiento del mundo urbano. En el capítulo sexto, se analizan diversas teorías que han ser vido como marco g eneral para el análisis de los problemas urbanos latinoamericanos. En el capítulo

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séptimo, el texto se centra en el análisis de uno de los principale s fenómenos urbanos de nuestro tiempo: la exclusión. En el mismo se repasan teorías y modelos que han intentado definir y estudiar el problema. Lueg o, el capítulo octavo, revisa diversos trabajos relacionados al estudio de la estr uctura social latinoamericana y sus transfor maciones recientes, el objetivo es brindar her ramientas teóricas y analíticas para la comprensión de los procesos de cambio que actualmente se viven en nuestro continente. Finalmente, en el último capítulo, se analizan las relaciones entre el Estado y los sistemas de bienestar existentes en América Latina. Si bien el libro tiene un afán integ rador, cualquier lector avanzado, podrá constatar que cier tos temas se encuentran ausentes en esta obra. La razón es sencilla: el tema es vasto y el libro breve y, aunque no se nieg a la posibilidad de futuras ampliaciones, espero haber tratado a las temáticas propuestas con la sencillez y la rigurosidad como para hacerlas entendibles para el lector sin haber desvir tuado las ideas de sus verdaderos autores. Asimismo, he intentado que los planteos den lug ar a ref lexiones y críticas actuales sobre las problemáticas urbanas por lo que el texto naveg a, en cier tas páginas entre la filosofía social, la sociología, la antropología, la economía y la histo ria. La explicación es simple, no creo que el trabajo científico, sea división real de lo real sino que simplemente es una abstracción conceptual que ha de ser comprobada. Se podrá argumentar que, ante el saber científico, la imag en que surge es la de un a sociedad confor mada por regiones: clases, g r upos, comunidades, org anizaciones, etc. Ante este punto de vista, es útil recordar que el discurso ‘científico’, elevado a la categ oría de discurso sobre lo real, lo único que tiende a hacer es ‘cer rarse sobre sí’ y tender a

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afir mar el poder de aquello que se encuentra establecido como ‘supuesto’ elemento fundamental de cada disciplina y que, solo en apariencia, se refieren a ‘cosas’ (realidades o situaciones) que son distintas. Casualmente esa apariencia, es la que establece campos de actuación que, aunque son simbólicos, no por ello son menos reales en la medida que constituyen e instituyen diferencias que nos separan y dificultan la acción interdisciplinaria. Los científicos sociales que buscan definiciones ‘a priori’ de un objeto supuestamente propio, olvidan un hecho simple: toda realidad es el efecto de la inter pretación que hacemos; la realidad es, en sí misma, una totalidad vacía que log ra traducir se en una abstracción eficaz, en cuanto es inter pretad a. La preocupación por la búsqueda de ‘autonomía’ ha conducido a las ciencias a abandonar al sujeto para justificar su existencia. Dig o, la existencia de la ciencia y el saber científico. Así, por ejemplo, la psicología lo reemplazó por estímulos, resp uestas y compor tamientos. La historia, por deter minismos sociales. La antropología, por estr ucturas. Si aún hoy, existen quienes creen en la capacidad de sintetizar que posee la razón, recordemos que toda síntesis supone alg o que la opere, que le dé ex istencia, alguna esencia que la trascienda y la subordine al devenir de su racionalización por ello, esta creencia acaba en la búsqueda por desentrañar la ‘apariencia’, ya que supone que existe alguna realidad definitiva pero como dicha realidad no aparece nunca; tiene que luchar también para log rar imponerla. Claro esta, no ha sido la razón sino la capacidad crítica la que nos ha dejado avanzar en el entendimiento del mundo. En los últimos años, he defendido (cada

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vez con más convicción) que es necesario oponerse a las demarcaciones demasiado rigurosas entre el trabajo social, la economía, la historia, la sociología, etc. porque nos hacen olvidar que en algún punto, como toda demarcación, son arbitrarias. Fuera de las múltiples deter minaciones históricas que se presentan de diversas for mas en los procesos sociales, la ciencia social, abandona el ter reno de lo social y avanza hacia la metafísica. No existe una economía pura como no existe un trabajo social puro ni una sociología pura, etc. por lo que la división científica no se identifica nunca, por decirlo con Kosik, con la estr uctura de la cosa. Si la razón se transfor mase en imperativo, es decir, si la crítica cediese su lug ar, el lenguaje tendría como fin imponer la verdad, comunicar decisiones tomad as de antemano, juzg ar y condenar y la explicación devendría en una tautología sumamente efectiva, porque daría lug ar a opiniones que motivasen conductas concretas que reafir men lo predicado por la tautología. El lector podrá legítimamente preguntarse, e ntonces, ¿qué puede apor tar este manual a la for mación de los futuros trabajadores sociales ? Poco. ¿Qué puede apor tar este manual a la for mación de una conciencia crítica como elemento clave de la for mación de los futuros trabajadores sociales? Espero q ue alg o. Para quienes sentimos que toda verdad que se pretenda crítica ha de realizar, en primer lug ar, una crítica de lo verdadero, es evidente que estamos bajo la exigencia de un compromiso práctico: combatir contra toda for ma de pensamiento que atente contra la crítica y, al mismo tiempo admitir que cada vez que las for mas no críticas se presenten, tenemos que estar allí para combatirlas ya que, como simples hombres, tenemos el

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compromiso ético de ayudar a los otros en la solución de sus problemas. Esta es una oblig ación que, al mismo tiempo, le per tenece a todas las ciencias, y esto se debe a que la búsqueda del conocimiento, por el conocimiento mismo, acaba en el fetichismo. De este modo, los lectores de este manual, no esperen aquí encontrar verda des ya que, no se trata de buscar la VERDAD sino de ar ribar a la verdad crítica. No existe ciencia social que teng a un método preestablecido ni un objeto definitivo ni una metodología específica que pueda ser aplicada como decálog o de preceptos (más propios de la escolástica que de la ciencia) y esto, se debe a que la actividad científica nos oblig a a no ser una re producción de lo supuestamente real en el pensamiento y, por ello, la crítica se nos presenta como la for ma de romper los dogmas y superar los l ímites de lo concebible, como confrontación de la cosa con el conce pto y; si en nombre de una pretendida validez científica acabásemos viendo las cosas solo del modo en que ‘cier tos’ métodos nos oblig an a verlas sin confrontación alguna con lo real (es decir con el significado que le atribuyen los sujetos) es claro que no tendremos una imagen de las cosas como son sino que, además, tendremos una imagen totalmente falsa.

CAPÍTULO PRIMERO El Surgimiento de la Moder nidad Condiciones del Análisis Sociológico. y las

Se puede afir mar que el crecimiento de la vida en las ciudades ha sido un resultado de la extensión de las relaciones capitalistas. Al mismo tiempo, la ref lexión y el estudio de lo social también. En este sentido, se puede realizar una afir mación de orden metasociológico: la sociología nace, es decir, se constituye como disciplina científica como resultado de un cambio social. Es el producto de la r uptura con la tradición encar nada en el ‘antiguo régimen’ y es también la crisis posterior de esta r uptura que en el plano sociopolítico se expreso en la doble revolución de los siglos XVIII y XIX. Por otra par te, estamos oblig ados a una segunda afir mación de orden epistemológico: la sociología es el resultado de la continuidad y de la tradición científ ica heredera del positivismo racionalista. Así, r uptura sociopolítica y continuidad racionalista son las condiciones en las que la sociología se hizo posible y, por esta razón mientras Comte, en el Curso de Filosofía Positiva acuñó la palabra sociología; en el mismo contexto, Saint Simón afir maba: “...La verdad entera y desnuda que debe decirse bajo las circunstancias actuales reza así: el momento de la crisis ha lleg ado...” (Haber mas, 1987: 227). La crisis que obser vaba Saint Simón, era el resultado de la aceleración de un proceso que se inició con la Revolución Francesa y la disolución del Antiguo Régimen pero fue también el proceso por el cual comenzó a establecerse un nuevo orden secular al cual

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Tocqueville 1 e incluso Paine 2 caracterizaron nacido de la igualdad natural entre los hombres.

como

En tér minos generales, el nuevo orden secular de la ilustración intentó dejar atrás a la sociedad feudo estamental y, con ella, al mundo premoder no. Ese mundo, se concebía a sí mismo desde la desigualdad natural del hombre, por lo que, tanto el privilegio y el nacimiento eran los principios de ordenamiento social. No obstante, la noción de liber tad del mundo medieval era la ‘liber tad del g obier no doméstico’ que se encontraba en oposición con la noción de ‘liber tad’ del mundo antiguo que se definía como ‘liber tas’. Esta noción de liber tas, era entendida como liber tad política en un sentido positivo, es decir liber tad ‘en y para’ el Estado y ha sido claramente expuesta por Shakespeare cuando en la segunda escena de Julio César con la sang re todavía en las manos, Marco Br uto expresa a la ciudadanía romana la razón del asesinato: “…no porque amaba a César menos, sino porque amaba a Roma más. ¿Preferiríais que César viviera y morir todos esclavos, a que esté muer to César y vivir todos libres? Porque César me apreciaba, le lloro; porque fue afor tunado, le celebro; como valiente, le honro, pero por ambicioso lo maté … ¿Quién hay aquí tan abyecto que quiera ser esclavo? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido! ¿Quién hay aquí tan estúpido que no quiera
Ver al respecto la introducción de Furet (1981) a la Democracia en América. Allí sostiene que el pensamiento de Tocqueville esta vertebrado por dos parejas de conceptos. En el plano sociocultural existen dos estados históricamente concebibles: la aristocracia, sinónimo de independencia y libertad individual y, en el plano político se vincula al gobierno local; la democracia, en cambio, es sinónimo de igualdad y se expresa por una creciente tendencia a la centralización del poder político. 2 Paine (1984:86) afirmaba “...men are all of one degree...”.
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ser romano? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido! ¿Quién hay aquí tan vil que no ame a su patria? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido ! Cabe destacar que la conce pción re publicana clásica de la liber tas, como liber tad política positiva es contraria a la idea de igualdad que se establece en la moder nidad y, consecuentemente, radicalmente diferente a la idea moder na (liberal) de la liber tad. Obviamente, el universo nor mativo del concepto de ‘liber tas’ nos puede sonar excesivamente extraño a nosotros porque somos moder nos. En primer lug ar, la igualdad, en el universo nor mativo clásico, es un privilegio político que solo puede tener el hombre libre, es decir, el ciudadano; en segundo lug ar, l a ‘liber tas’ solo puede ser definida dentro del ámbito público y su sujeto es, en primer lug ar, un sujeto político y no, el hombre. Pero el entrar en el ter reno de la moder nidad, obser vamos que el liberalismo invir tió esta relación entre liber tad e igualdad per mitiendo que la primera pueda ser definida dentro del ámbito privado y, solo lueg o, de manera derivada la recibe el ciudadano. En este sentido, pudo establecerse la idea moder na de igualdad, como ‘atributo natural’ y como elemento político -nor mativo clave. Por ello, se transfor mó en una par te esencial de nuestro horizonte nor mativo desde el cual, hasta la actualidad, la sociedad ha pasado ha concebirse a sí misma, más allá que las desigualdades crecientes, sobretodo en el plano material, se hayan tran sfor mado en uno de los elementos claves de las crisis que ha enfrentado la época moder na: la contradicción entre el ser (mayores y crecientes desigualdades) y el deber ser (igualdad).

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Arendt (1988: 31- 32) ha sostenido que lo específicamente moder no es la i dea ‘prepolítica’ de la igualdad. Y aunque la filosofía clásica ya había realizado ref lexiones en tor no a esta idea 3 , lo que tenemos que destacar es que la idea moder na de la igualdad se apoya en una abstracción, a saber : la creencia de una naturaleza hum ana pre- sociopolítica sobre la cual esta igualdad será predicada por todo sujeto del derecho ya que su asiento preferencial se encuentra en la LEY. La concepción de una ley universal fundada en la creencia de una naturaleza humana preexistente y la construcción del derecho como atributo natural de cada individuo, en tanto hombre, son las características principales del discurso liberal moder no. Y esos derechos fundamentales enunciados tanto por los revolucionarios franceses como por los nor teamericanos 4 s on el fundamento ideológico (liberal) sobre el que se desar rollará todo el constitucionalismo y el orden sociopolítico posterior hasta nuestros días: “...La moder na constitución del Estado burgués de Derecho es, por lo pronto, según su devenir histórico y su esquema fundamental, una Constitución liberal, y liberal en el sentido de la liber tad burguesa. Su sentido y finalidad es (...) la protección de los ciudadanos frente al abuso del estado...” (Schmitt, 1982: 138). Por este motivo, podemos afir mar que frente al orden jurídico medieval, en el que cada individuo g ozaba de
Un ejemplo es la diferenciación que los griegos hacían torno a isonomia, igualdad ante la ley; isotimia, igualdad respeto; isegoria, igualdad de palabra en la Asamblea. 4 En el primer caso me refiero a la ‘Declaración universal los derechos del hombre y el ciudadano’ (1789) y, en segundo a la ‘Declaración de Derechos del Estado libre Virginia’ (1776).
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en de de el de

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privilegios nacidos de su status social o político; los liberales constr uyeron el orden jurídico de la moder nidad en el que cada individuo, por su categ oría de hombre, g oza de derechos a p ar tir de una abstracción eficaz de la idea de hombre. Así, tanto la igualdad como la liber tad emerg ente encuentran su límite en el individuo mismo donde tienen su inicio y su fin y, en ellas, no existe la par ticipación del estado. De allí que el principal problema de la conce pción liberal del estado de derecho sea la legitimación misma del contenido del derecho y cuyo origen es extrajurídico – social, político, económico - . Al respecto, Voltaire, como sostenía Luckács (1985: 38) encontraba esa fundamentación – legitimación- en la razón: “¡Quemad vuestras leyes y haced otras nuevas! (...) ¿De donde tomar otras nuevas? ¡De la razón!...”. Y aunque dicha ‘razón’, no podía fundarse en presupuestos racionales y desde una perspectiva epistemológica estaba condenada al fracaso 5, el prog rama liberal avanzó y se consolidó para lleg ar a establecer la existencia de una igualdad for mal entre los individuos. Es claro, para nosotros, y lueg o de más de dos siglos de liberalismo que la igualdad for mal no g arantiza iguald ad política ni social y esto se debe a que se apoya en el conce pto de derecho de propiedad, al cual Marx
Me refiero a fracaso en el sentido que no podía fundamentarse racionalmente partiendo de la creencia de los derechos naturales. Tal como afirma Schmi tt (1985: 174) “...El hecho que no pueda justificarse en la ley natural el derecho liberal no quiere decir que éste no tenga un contenido objetivo: es, muy al contrario, derecho positivo. Así tanto los derechos fundamentales del hombre como los derechos p olíticos del ciudadano (...) otra cosa muy distinta es la cuestión epistemológica de su fundamentación racional ...”.
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interpretaba como: “...la aplicación práctica del derecho humano de la liber tad...” (Marx, 1992: 45) y que es, indudablemente, el pilar del constitucionalismo liberal moder no. De allí, que la doctrina de los derechos fundamentales del hombre se subsume a la división de clases y, la lucha de clases, sobre la que el marxismo ha hecho hincapié, es el resultado de este escenario: es la lucha por la materia lización de éstos derechos fundamentales, es una lucha política y social. Es la lucha por la democratización de los derechos políticos – sufragio - y por la democratización de los derechos sociales – igualdad económica – y, por todo esto, no nos puede extra ñar entonces que la moder nidad sea el escenario de múltiples conf lictos entre posturas reaccionarias y revolucionarias, en la medida que, el propio discurso liberal da cober tura nor mativa al reclamo igualitarista de los desposeídos 6 . De este modo, el proceso de constitución de la moder nidad es un proceso paradigmático: por un lado es la lucha política encabezada por la burguesía por el establecimiento de constituciones liberales tras la restauración y, al mismo tiempo, es la lucha, también política, de la s clases populares contra la burguesía
Nietzsche (1993:121 -122) expresaba este aspecto crítico de la modernidad así: “...La necedad, o mejor dicho, la degeneración del instint o que late en el fondo de todas las necedades, es lo que hace que haya problema obrero. (...) Con imperdonable aturdimiento se han destruido los instintos que hacen posibles a los trabajadores como clase. Se ha declarado al obrero apto para el servicio militar, se le ha concedido el derecho de asociación, se le ha otorgado el voto; ¿qué tiene de extraño que su existencia le parezca una calamidad? (...) Si se quiere el fin, hay que querer los medios. Si se quieren esclavos, es locura otorgarles lo que les c onvierte en amos...”.
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misma con el objetivo de trascender la igualdad for mal hacia el ter reno económico y social. Rosemberg (1981: 100) afir ma que “...a par tir de 1848: la cuestión de la propiedad –y no tanto la for ma de g obier no - empieza a ser la cuestión política decisiva...” Y, por ello, fue la propia burguesía la que abdicó, sobre todo tras su triunfo sobre la Comuna de París, de los principios liberales para abrazar una alianza con las fuerzas más conser vadoras de Europa que dieron el apoyo político y económico indispensable para la expansión colonial. Ante esta situación, el movimiento obrero sólo atinó a recuperar el prog rama liberal del cual, lo único que parece haber sobrevivido a los avatares del siglo XIX fue su concepción del estado de derecho por lo que, el comunismo, el anarquismo y la socialdemocracia aparecen hoy, ante nosotros, como los herederos de la Revolución Francesa de 1793 ya que ésta se expresó en el radicalismo de los jacobinos y tuvo su continuación post- ter midoriana en Babeuf, Blanqui y, obviamente en Marx.

Liber tad, Naturaleza y Razón
Retomando el concepto ‘liberal’ de la igualdad, según hemos visto, se puede afir mar que su apoyo es el supuesto de una naturaleza humana ‘pre -política’ cuya sustanciación sólo puede realizarse en el ter reno nor mativo, en la LEY. En este sentido, el prog rama liberal retomó los postulados ‘iusnaturalistas’ y concibió a la LEY como absoluta universalidad dando lug ar a la constr ucción del derecho como atributo propio de cada individuo en tanto hombre. De allí se sigue que el concepto de ‘derechos fundamentales’ sea liberal, en el sentido que, su ‘télos’, no es la gloria del estado ni la potencia de la comunidad

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sino que es la ‘liber té. ¿Quién es el sujeto de esa liber té? El individuo aislado, la idea, aquel sujeto que no per tenece a ninguna clase ni género, sin sexo ni religión, en fin, el HOMBRE. Si en el mundo clásico las liber tades solo se podían predicar sobre el ciudadano, que se encontraba sujeto a su comunidad política, por el contrario, el sujeto del liberalismo es sujeto de derechos fundamentales pero es, ante todo, un sujeto abstracto ya que sólo en ese ámbito, los liberales podían definir y org anizar el universo de la liber tad de todos los hombres. De este modo, el principio ‘pre -político’ de la igualdad ha ser vido como orientación al principio nor mativo de la liber tad, por lo que, el derecho de un individuo cualquiera a ejercer su liber tad empieza y ter mina con el derecho, igualmente legítimo de cualquier otro individuo, a ejercer la suya. Por liber tad, se entiende así, al derecho legítimo a que cada uno hag a con su vida lo que desee, por ende, se trata de un derecho privado que sólo se vuelve público en la medida que supong a una trasg resión al derecho ajeno. Los derechos fundamentales e inalienables del hombre son derechos abstractos y ‘pre -nor mativos’ que definen esferas de liber tad, a par tir del establecimiento de una igualdad for mal entre individuos abstractos, pero no dan g arantías de igualdad política ni económica. De aquí que “es un hecho característico de la esencia del derecho el que incluso una nor ma nacida contra derecho pueda ser nor ma jurídica, o sea, el que la condición de su origen según derecho no pueda asumirse en el conce pto de derecho…” (Kelsen citado po r Luckács, 1985: 38). No nos detendremos en las conocidas relaciones entre el prog rama iusnaturalista y el racionalismo moder no no obstante, es necesario obser var la ecuación entre

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naturaleza y razón. Si la ley es universal, lo es porque es racional y si la racionalidad podía ser considerada, la esencia misma de la naturaleza humana y su vía de acceso para el conocimiento de la esencia última e inmutable de las cosas, entonces, también podía ser concebida en relación a la justicia, la ley y el derecho. Al respecto, no solo todo el derecho natural podía fundamentarse en la razón sino también todo el resto del derecho positivo: “…los derechos naturales son aquellos que per tenecen al hombre en vir tud de su existencia. (…) Los derechos civiles son aquellos q ue per tenecen al hombre por ser un miembro de la sociedad. Todo derecho civil tiene como fundamento algún derecho natural preexistente en el individuo, pero para cuyo g oce su poder individual no es, en todos los casos, suficientemente competente…” (Paine, 1984: 68). Con estas ref lexiones, queda claro que la idea de igualdad, tal como se constr uyó desde el orden moder no se presenta como una idea y una realidad deficiente y con consecuencias político –nor mativas. En primer lug ar, el liberalismo ha fracasado en la constr ucción de una idea de bien común, lo suficientemente amplia y sólida como para que, junto con la solidaridad y el altr uismo, puedan expresarse lo que podemos denominar intereses g enerales. En segundo tér mino, la separación entre bien público y privado, sentenció la división del hombre como burgués y como ciudadano por lo que no se prestó suficiente atención al problema del orden político, en el sentido, de constr ucción de una comunidad política. La idea de la autor regulación social y la generación de beneficios públicos, por medio de la ‘mano invisible’, ter minaron reconociéndose como un espejismo, es decir que, se aceptó que la mano invisible habría de ser constantemente vigilada sino no se deseaba la autoextinsión de la sociedad. Por último , y derivado de esto, la solución liberal, no solo no ha

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conseguido sino que, ha entorpecido la resolución del principal problema de toda comunidad política: definir desde un conjunto de principios las características de una ética social apoyada en alguna noción, más o menos sustantiva de bien común y solidaridad social.

La noción de Derecho y el orden democrático
Todo sistema político es un sistema de dominación y, con la moder nidad; es decir con el establecimiento de Constituciones liberales, esta dominac ión ha tomado la for ma del ‘derecho’ por lo que, su ejercicio, se realiza confor me a nor mas jurídicas. Esto es lo que hemos venido a denominar ‘estado de derecho’. Sin embarg o, podemos afir mar que cualquier ordenamiento jurídico (incluso el medieval o el romano) da for ma a algún ‘estado de derecho’ aún cuando el g obier no no se hubiere encontrado democratizado. Sin embarg o, desde Locke hasta K ant, se ha ido desar rollando un concepto de derecho que tiene como exigencia: la positividad y el carácter g arant izador de la liber tad propios del derecho coactivo. Por derecho coactivo, me refiero a que las nor mas se encuentran protegidas mediante la amenaza de sanciones estatales. Sin embarg o, esa coacción, se apoya por lo menos en teoría, en un principio nor mativo, a saber : toda nor ma constituida se basa en la decisión (modificable) de un legislador político cuya legitimación nace del voto. Es, en este sentido, que la democracia representativa se relaciona con la exig encia de legitimación, consistente, con la i dea liberal según la cual un derecho establecido debe asegurar de igual modo la autonomía de todas las personas jurídicas. Aquí reside la intima conexión que existe entre la teoría de nuestro ordenamiento jurídico y la teoría de la

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democracia. Se puede afir mar que existe una dialéctica entre ordenamiento jurídico y democracia y, que es en el marco de esa dialéctica, donde el liberalismo dota de concreción política al ‘todos los hombres son creados iguales’ debido a que abraza la facticidad de la aplicació n estatal del derecho con la fuerza fundamentadora de legitimidad de un procedimiento con pretensión de igualitario porque se apoya en la liber tad. Es en función de este supuesto de la liber tad que se acepta la ambivalencia característica con la que el d erecho se dirige a sus destinatarios y de los que a la vez espera obediencia. Esa ambivalencia deja, al buen criterio, el considerar las nor mas sólo como una limitación fáctica de la acción y per mite manejar de modo estratégico las consecuencias calculabl es a las posibles transg resiones de las reglas, per mitiendo a cada individuo la posibilidad de extraer las consecuencias de las leyes. De este modo, el liberalismo acepto las nor mas jurídicas a la vez como leyes coactivas y como leyes de liber tad y, a es a doble dimensión, per tenece nuestra comprensión del derecho moder no y la democracia. En otras palabras, consideramos la validez de una nor ma jurídica como el equivalente a la explicación de que el Estado g arantiza al mismo tiempo la aplicación fáctica del derecho y la creación legítima del derecho. El Estado g arantiza, por un lado, la leg alidad de la conducta, en el sentido, de un cumplimiento generalizado de las nor mas, que si es necesario es impuesto por medio de sanciones, así como, por otro lado, la legitimidad de la regla misma, que tiene que hacer posible en todo momento el seguimiento de las nor mas por respeto a la ley.

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El problema central radica, nuevamente en el conce pto de LEY. Para el liberalismo iluminista LEY es equivalente a ‘orden natural ’ y, por ende se pretende como inmanencia de la sociedad. Al respecto Hegel dirigió una par te de su crítica a la concepción de esta inmanencia como mediación de las voluntades par ticulares como un modo de salvar al derecho positivo de la temporalidad. En otras palabras, mientras fue posible apelar al derecho natural, fundamentado en tér minos religiosos o metafísicos, con la ayuda de la moral se supuso que podía contenerse el torbellino de la temporalidad en el que se ve ar rastrado el derecho positivo, est e había sido, en par te, el trabajo K antiano sobre todo en la Introducción a la Teoría del Derecho. De tal modo, el derecho positivo temporalizado, en el sentido, de una jerarquía de leyes debía per manecer subordinado al derecho moral eter namente válido y recibir de éste sus orientaciones per manentes. Pero la concepción liberal tanto del derecho como de la Ley, es subjetivista, es decir, apoya la legitimidad en el concepto de voluntad general y reduce a ésta última a una ética de ventajas mutuas: “…muchas veces hay diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general. Ésta se refiere sólo al interés común, la otra al interés privado, y no es más que una suma de voluntades par ticulares: pero quitad de esas mismas voluntades los más y los menos que se destr uyen entre sí y quedará como suma de las diferencias la voluntad general…” (Rousseau citado por Althusser, 1967: 170 - 171) Este es el fundamento del Contrato Social, a par tir del cual la legitimidad del Estado pasará a fundarse en la idea de un acuerdo entre individuos sobre la for ma de su convivencia, una for ma de realización de los intereses par ticulares expresados en la ‘voluntad general’.

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Es claro que para el liberalismo moder no, el individuo ‘espontáneo’ introduce la LEY por medio del acuerdo mutuo y, el contrato social, per mite concebir al Estado como un instr umento de la sociedad civil y no, como en Hegel, como exterioridad de la Ley frente a la sociedad. Ha sido, en ese sentido que consideré que la noción de derechos de la moder nidad separó al individuo de las oblig aciones morales impidiendo la constr ucción de una ‘ética colectiva’. En última instancia, el objetivo del derecho es otorg ar a los individuos un espacio de acción en el que actuar confor me a sus propias preferencias por lo que hac e valer el principio g eneral de que está per mitido todo lo que no está explícitamente prohibido. Sin embarg o, el carácter vinculante de las nor mas jurídicas no se funda en los procesos de for mación de la opinión y del juicio o en nor mas consideradas desd e una ética colectiva sino en las disposiciones colectivamente vinculantes procedentes de las instancias que legislan y aplican el derecho; de este modo, la autonomía que en el ámbito moral se presenta como unidad, en el ámbito jurídico, aparece bajo una d oble dimensión: como autonomía privada y autonomía pública. La primera, predica las liber tades propias del individuo abstracto (del burgués); la segunda, la autonomía del individuo como sujeto público, como ciudadano; por lo que quedó sentenciada la escisión entre público- privado; esto es, entre interés público e interés privado; entre el hombre y el ciudadano. Y si esta división no se presentó como problemática fue debido a que se especuló con la idea de la autor regulación social y la generación colateral de beneficios públicos. El laissez faire, generaría, a través del interés privado el beneficio público y por ello, el liberalismo no consideró ni considera como un

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problema la tarea de resolver el problema del orden político, de la comunidad política. Y no ha sido hasta entrado el siglo XX que la teoría del derecho y la teoría de la democracia han tendido a dar respuesta al problema de la legitimidad de las nor mas públicas, y casi siempre lo han hecho mediante la referencia constante al principio de la soberanía popular asumiendo, de este modo, que el derecho se legitima como medio para asegurar, de for ma paritaria, la autonomía pública y la privada. Esto significa que la autonomía política de los ciudadanos toma cuer po en la autoorg anización de una comunidad que se da a sí misma sus leyes a través de la voluntad soberana del pueblo mientras que la autonomía privada toma cuerpo en los derechos fundamentales que g arantizan el imperio anónimo de la LEY. En síntesis, se puede afir mar que, con el nuevo orden secular de la moder nidad, se estableció una tensión constante entre la autonomía pública de los ciudadanos, frente a las liber tades surgidas de una igualdad ‘pre- política’ de las personas privadas. Una tensión que se presumía podía ser zanjada por el mer cado.

El surgimiento del mercado y la cuestión social
Resulta claro para nosotros que avance liberal del siglo XIX significó el desar mado del tejido social sobre el que se establecieron las relaciones feudales con sus derechos y oblig aciones desiguales, pa ra dar paso a la liberación del individuo de las relaciones económicas patriarcales, por medio de la destr ucción de la mediación orgánico comunitaria que históricamente lo había protegido. De lo dicho hasta aquí, podemos obser var que el individuo, ahora, se encontraba aislado, libre e

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impotente pero podía parapetarse detrás de una igualdad abstracta, frente a él emergía el nuevo estado. Es decir, crecimiento del individualismo y centralización del poder son, dos procesos concomitantes del siglo XIX y XX 7 ya que sin la centralización del poder estatal el liberalismo no hubiera podido consolidar el moder no estado de derecho porque no habría contado con g arantías institucionales para imponerse al pater nalismo ni al poder de las familias locales. Resulta paradójico, sin embarg o, que el mismo liberalismo haya intentado constantemente poner límites al poder de dicho Estado mediante el uso del derecho pero, al mismo tiempo, haya pedido constantemente la autoridad del Estado para imponer coercitivamente los derech os de toda la ciudadanía como una for ma de cubrir el vacío dejado por la r uptura del antiguo régimen, o mejor dicho, el vacío asociativo comunitario que ter minará siendo el factor que producirá la crisis de la moder nidad y que se tratará de cubrir por medio del análisis social 8 . Pero de este esto se no fue
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esto es sólo una par te. Decíamos, al comienzo capítulo, que se trató de una doble revolución y debe a que la transfor mación de la moder nidad solamente de orden político e ideológico sino

Obviamente, la burguesía hereda la centralización del poder político de las antiguas monarquías y, en este sentido se produce una modernización de dicho estado. Un análisis detallado de este fenómeno se puede consultar en (Tilly, 1992), especialmente el capítulo IV. 8 Adelanto la idea que los clásicos de la sociología intentaron buscar respuestas en este camino: Durkheim se refirió a la ‘anomia’ al observar el paso de la solidaridad orgánica a la mecánica. Marx, se refirió a la exp lotación como el elemento que generador del conflicto y sostuvo que la crisis solo se podía resolver por la vía revolucionaria.

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económico y fue así porque el mundo actual es heredero también de la Revolución Industrial y el desar rollo del sistema fabril. El incremento de la productividad, la expansión imperialista y el proceso de división inter nacional del trabajo dieron fuerza al crecimiento y a la consolidación del mercado y con él, el valor de cambio se extendió más allá de las esferas de la producción y condujo a que el intercambio de mercancías ter minase invadiendo las antiguas economías domésticas y destr uyendo los sectores pre- industriales y ag rarios. Suponían los liberales que el mundo de los valores de cambio era un mundo autor regulado y que por obra de la ‘mano invisible’ y sin la inter vención del estado, la economía regiría a la economía. Este proceso de ‘emancipación de la sociedad bur guesa de la política’ (Marx, 1992) significa que la economía (y no el estado) debe regir a la sociedad y para que esto fuera posible tuvo que universalizarse la for ma mercancía hasta conver tir en valor de cambio aún ‘hasta los factores de producción, traba jo, tier ra y dinero; asignándoles un valor de mercado cor respondiente, salario, renta, interés’ (Polanyi, 1989). Así, la desocialización de lo social (redes comunales, asociacionismo, etc.) y la mercantilización de la sociedad fueron y son, un solo aspec to de este proceso cuyo objetivo era que los individuos considerasen a sus relaciones sociales como medios económicos, de tal modo, que las principales motivaciones de la vida social fueran el interés y el beneficio. Si éste proceso no se hubiere consolidado no podríamos hablar del capitalismo. La mercantilización del factor trabajo es, en efecto, el cambio decisivo ya que sin mercado de trabajo no hay capitalismo posible. La conmoción provocada por la creación de éste

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mercado produjo que la cuestión social surgiese, paralelamente, con la clase obrera que, entre la abundancia material y el crecimiento económico, veía como se pauperizaban sus condiciones de vida. Por ello, desde Bentham hasta Saint Just encontramos la necesidad de aumentar la confianza en la perfectibilidad del orden social y del prog reso: “...la felicidad humana no se debe a la for tuna o el orden natural de las cosas sino al modo en que se org aniza la sociedad. Y si ‘la filosofía del siglo XVIII, como decía Saint- Simon había sido revolucionaria; la del siglo XIX debía ser reorg anizadora...’ (Moya, 1970: 26). Debía reorg anizar a la sociedad y, para ello, tenían que encontrarse aquellos factores y las causas que producían la desinteg ración y el conf licto. Pero si la burguesía sólo puede existir a condición de “...revolucionar incesantemente los instr umentos de producción, que tanto vale decir, las relaciones de producción y, por tanto, todo el régimen social...” Marx, (1992: 250) por ello mismo sólo puede ser, en el ter reno político, la c lase más reaccionaria. La transfor mación revolucionaria de la moder nidad, había sido interpretada como el resultado de una liberación larg amente esperada, como una victoria final de la razón sobre las fuerzas oscuras y el inicio de una nueva humanidad qu e comenzaría a controlar su propio destino por medio del uso del intelecto y de la ciencia. La expansión industrial, el crecimiento del proletariado urbano, la explosión demog ráfica, la expansión imperialista y colonialista, el incremento de los conf lictos sociales, etc. condujeron a una conclusión: la revolución no traía los resultados esperados y la desdicha humana continuaba sin poder ser suprimida. Se buscaron e incluso existieron tentativas por comprender la situación, diagnosticarla y

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rever tirla. Las críticas más radicales fueron contra el iluminismo de tradición liberal y la conclusión podía resumirse así: “...la razón, en el sentido de la capacidad de abstracción o de cálculo intelig ente, o de clasificar y analizar la realidad en sus componentes últimos, o en el sentido de una facultad capaz de desar rollar una ciencia empírica o deductiva del hombre, era una quimera de la imaginación de los philosophes...” (Berlin, 1992: 109). Y el mismo Comte, tal como afir ma Nisbet (1977: 85) “...retomó conceptos que habían sido desar rollados por Bonal y Maistre ya que el rechazo positivista de lo metafísico estaba profundamente lig ado al rechazo de la idea liberal ilustrada que sostenía el derecho del hombre a alterar y org anizar sus instituciones sociales de acuerdo a su propia razón...”. De allí la creencia en el supuesto orden social regido por leyes invariables que se ubican independientemente de toda voluntad. Por este motivo Marcuse pudo afir mar que “...Comte adjudicó a la sociología la tarea de difund ir esta enseñanza como medio para establecer los límites generales de toda acción política. La acepción del principio de leyes invariables que rigen a la sociedad daría al hombre una disciplina y una actitud de obediencia ante el orden existente y prepara ría su ‘resignación’ con respecto a él...” (Marcuse, 1998: 335). No existió en el orig en de la sociología ni del pensamiento social, ninguna dualidad ya el pensamiento sociológico no se proyectó como afir ma Haber mas (1987: 277): “...en dos versiones ir reconciliables: como ciencia de oposición por Saint Simon, como ciencia de estabilización según De Bonal...”. Es cier to, sin embarg o, que la sociología ha nacido de una profunda crisis pero no por ello existió una versión prog resista y otra reaccionaria. Ha ber mas se equivoca al sostener la tesis que existe una sociología que nace de

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la revolución y otra de la Restauración porque no existieron en el ter reno propiamente sociológico pensadores que, oponiéndose al ‘antiguo régimen’ apostasen por el prog reso industrial. Antes bien, como intento argumentar, podríamos encontrar intentos por llevar adelante el establecimiento de un orden racional en el marco de la crisis que se obser vaba. Comte asumió la tarea de intentar conce ptualizar lo que sucedía, pero no fue e l único. Desde Saint Simón a Weber se puede obser var que la crisis se interpretó en tér minos de desequilibrio ‘disfuncional’ entre fuerzas que tendían a la integ ración social y fuerzas que tendían hacia la diferenciación. Saint Simon se refirió a ‘períodos orgánicos en contraposición a períodos críticos’; Comte a ‘estado teológico/metafísico en contraposición al estado positivo’; Durkheim a ‘solidaridad mecánica en contraposición a la solidaridad orgánica’; Weber a la ‘dominación basada en la tradición en contraposición a la basada en lo leg al’

El mercado como promotor de paz social.
Lévy- Strauss, sostuvo que “los intercambios son guer ras resueltas pacíficamente, y las guer ras son el resultado de transacciones fallidas”. La riqueza de esta imag en nos recuerda la obser vación que Mauss (1971) realizó entre los maoríes. En éste g r upo, por ejemplo, ‘manú’ es la ‘mano invisible’ que preside todos los intercambios y, al mismo tiempo, es el Dios de la guer ra. En la mitología clásica, Her m1es es quien dirige los intercambios entre los hombres y para ello utiliza los mismos procedimientos que Mar te –el Dios de la guer ra - para resolver los conf lictos. Por lo que aquello que éste último denomina ‘guer ra’, para Her mes, es simplemente competencia.

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Pero a pesar de éstas obser vaciones, interpretar a las relaciones económicas en tér minos de guer ra pareciera remontar nos a un pasado lejano y que carece de utilidad para pensar a las sociedades y a las actuales relaciones sociales. Por ello, éstas imágenes nos interesan mucho menos de lo que, en realidad, tendrían que interesar nos y esto es así debido a que la ideología contenida dentro del proyecto de la moder nidad tendió a marcar las diferencias entre las ‘antiguas’ sociedades y las ‘moder nas’ y, en esa búsqueda por difer enciarlas, quedaron escondidas todas las semejanzas que aún subsisten. Aunque la diferenciación de las actividades sociales (economía, política, etc.) sea un rasg o característico de la moder nidad, podemos afir mar que la institucionalización del mercado y la primacía de lo económico sobre el resto de las actividades ha enmascarado la primitiva relación entre guer ra y economía. Subsiste, claro esta, esa relación cuando uno pronuncia la palabra ‘guer ra’ y de allí que, ante ella, pensemos rápidamente en causas económicas, conf lictos financieros o comercio entre países. El enmascaramiento se produce en ese plano, es decir, el conf licto se desenvuelve en un nivel político donde se piensa en países pero no alcanza para pensar, en los mismos tér minos, a los vínc ulos sociales; y el g rado de diferenciación y separación de lo económico y lo social refuerza aún más esta tendencia que se intensifica por la independencia de la esfera económica. Con esta obser vación, no neg amos que han existido numerosos esfuerzos por indicar la inseparabilidad de las actividades económicas y productivas del conjunto de actividades y esferas sociales aunque resulta llamativo que, la mayor par te de éstos trabajos, hayan

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sido realizados por economistas –sobre todo de la escuela institucionalista- y no por sociólog os o historiadores, por ejemplo 9. Se puede afir mar que desde el pensamiento social han sido numerosos los estudios que se han realizado sobre la vida moder na. En casi todos ellos, se acentúa una característica del pensamiento d e la época y se favorece, por decirlo de algún modo, una visión que resalta el anquilosamiento de las instituciones hipostasiando a la acción social, en esquemas epistemológicos (como el positivista, el estr ucturalista, el funcionalista, el sistémico) en l os que tras el orden, no se vislumbra la acción; tras la sociedad, no se adivina el trato humano y; tras las instituciones, no existen otros protag onistas que los automatismos y las inercias refor mulados como leyes y lógicas (de la historia, de la sociedad, de los códig os, de los sistemas) 10.
Desde otras Ciencias Sociales se destacan los trabajos del antropólogo Bataille, (1987) o Sahlins (1983) podríamos incluir también a Pierre Clastres. 10 A esto mismo me referí cuando sostuve que: “...Cuando en el siglo XX, asistamos a la invasión de la ‘cientificidad clásica’ en las ciencias humanas y sociales ya se habría consumado la expulsión del sujeto de la psicología y se lo había reemplazado por estímulos, respuestas, comportamientos. Se habría expulsado al sujeto de la historia, se habían eliminado sus decisiones, las personalidades, para sólo ver determinismos sociales. Se le habría expulsado de la antropología, para ver sólo estructuras, y también se lo había expulsado de la sociología. Se puede incluso decir que, en determinado momento y cada uno a su manera, Lévi -Strauss, Althusser, Lacan liquidaron a la vez la noción de hombre y la noción de sujeto, adoptando la inver sa de la famosa máxima de Freud. Que decía: “Ahí donde está el ello (das Es) debe advenir el yo”. Según la visión estructuralista y cientificista, ahí donde está el yo, hay que liquidarlo, debe advenir el ello...” (Del Valle, 1997: 40).
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Visto de este modo, podemos quedar nos con la apresurada impresión que la moder nidad surgió como una ‘criatura que nació con parálisis’: es decir, nació encorsetada entre la reglamentación burocrática y mercantil y vin o al mundo descreída y sin fe alguna que la alentase. Sin embarg o, al profundizar en el alma de la sociedad moder na podemos obser var que, detrás de su tendencia secularizadora y racionalizante, existió una fibra mítica que estimulaba sus actos y que, cond ujo a muchos a creer y, por ende, a er rar. Cuando líneas ar riba, hablamos de ‘fracaso’ del proyecto o de crisis de la moder nidad, es necesario aclarar que ni el fracaso ni las crisis, son privativas de los actuales modelos de sociedad. Antes bien, se tr ata de alg o consubstancial a una realidad (de la que el hombre for ma par te) en la que, como bien apunta el saber trágico, lo que siempre existe es una fractura, una falta. Siguiendo esta línea argumental, podemos afir mar que la misma acción humana sólo y ú nicamente es posible porque esa falta, que atraviesa la realidad del mundo y del hombre, facilita la visita del ‘daimon’ que se nos impone como necesidad y destino desatando nuestro actuar y, por lo mismo, encaminándolo fatalmente hacia el desatino: “el hombre yer ra mientras tiene aspiraciones” decía en su prolog o del Fausto Goethe (1991: 116) y, es notable la inf luencia de esa idea en el pensamiento sociológico, por ejemplo, de Max Weber. En éste último, son frecuentes las referencias al ‘daimon’ que, desd e el fondo de la conciencia humana mueve los hilos de nuestras vidas sin saberlo. Al igual que el pathos mefistofélico que, a lo larg o del Fausto, mueve una acción humana que cursa sin saber de dónde procede y a dónde va.

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Es probable que Weber haya tomado esta imag en g oetheiana, entre otras cosas, para hacer manifiesto el tenor ambivalente que posee la acción del empresario moder no movida por el espíritu (daimon) del capitalismo. Así, el efecto final teñido de incer tidumbre, zozobra y tedio con el que se cier ra La ética protestante y el espíritu del capitalismo es la síntesis, el momento de cosificación que pareció definir al entramado institucional de una época. Como resultado, tenemos que la realidad axiológica de la moder nidad es el reverso (trágico) de haber anhelado, de haber confiado en un ideal, en definitiva, de haberse inventado como mito su propia utopía. Durante el siglo XIX Nietzsche (2000), defendía la tesis sobre el olvido como el principal factor de estabilización de las conductas, por med io de sanciones morales que generaban un individuo ‘impotente’; y más tarde, Ador no y Horkheimer (1994: 275) apoyaron la idea que ‘cualquier principio de estabilización (y de cosificación) de la sociedad se apoya en un olvido’. Se puede afir mar que el olv ido, en el que se apoya el orden moder no, es el de su momento de creación, de su comienzo (ocultado por el paso del tiempo) pero también es el olvido que seguramente indica que habrá de tener un fin. En este sentido, la moder nidad tuvo su utopía, la utopía de un mercado que traería la paz social, orden y prog reso.

El mito de la paz social
En Las Pasiones y los Intereses Hirschman (1999: 71), analizó la fe que alentó a la sociedad moder na en sus inicios y sostuvo que ésta se apoyaba ‘en el mito del comercio/ mercado como mecanismo social pacificador de las conductas humanas’. Según éste autor, fue la

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economía política la disciplina que encar nó a la voluntad economicista en la que el hombre occidental de la moder nidad incipiente creyó ver el principio de la prosperidad humana y de la paz entre las diferentes culturas del mundo. En este sentido, la moder nidad cometió un er ror (trágico) al encantar la realidad, ya que intentó unir, en función de una imag en, los poderes ir reconciliables que mueven el mundo y, en su afán por explicar los orígenes de la cultura capitalista/moder na, creyó con tal intensidad que se olvidó que se trataba, como toda creencia, de un acto de fe. El resultado fue que, forzosamente, tuvo que ter minar integ rando su fe dentro del nuevo método científico para la interpretación del mundo. Para ello, hipostasió a la realidad para lueg o universalizarla e integ rarla al conjunto de la cultura humana bajo su autoimagen racionalizadora y secularizadora (K ant). Fue por medio de este proceso de encantamiento, que la moder nidad se definió dibujando un horizonte ideal (el comercio) en el que comparece, como imag en más emblemática, el individuo propietario que se caracteriza por una acción orientada hacia el intercambio económico e impregnada de disciplina, cálculo y austeridad. Aunque se trata de una disciplina que, al mismo tiempo, necesita para su desar rollo de instituciones especialmente significativas como el tiempo homogéneo, la ciudad, la técnica, el libre examen de la religión protestante y el dinero (entre otras). Pero en su condición de mito experimentado por la sociedad, es decir, de horizonte de acción común y compar tido, la moder nidad necesitó y necesita antes que nada, de un consenso social para que pueda emerger como ideal y para que pu edan establecerse las

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condiciones políticas, económicas y morales que faciliten su realización en cada hombre. En otras palabras, no impor ta que la manifestación de este mito teng a que ser, necesariamente, ‘individual por su objeto’ (Durkheim, 1987: 205) debido a que, no por ello deja de ser el encantamiento de la sociedad su condición de posibilidad. En última instancia, “...es indudablemente de la sociedad de donde extrae todo lo que tiene de fuerza, pero no es a la sociedad a la que nos lig a, (sino que) es a nosotros mismos...” (Durkheim, 1987: 205). Este ‘consenso social’ es el preliminar epistemológico de la moder nidad; es el resultado del destino compar tido por una época que insta a todo hombre (inde pendientemente de su posición social, confesión re ligiosa, cultura y género), a realizarse como individuo propietario de su vida y de sus bienes; como ciudadano de una comunidad política (el Estado) a la que se adhiere libre y autónomamente a par tir de decisiones que emanan de la soberanía de su concienci a. Se trata de un fenómeno de la historia de occidente al que Nietzsche (1992) sintetizó con la ‘muer te de Dios’, es decir, es el desmoronamiento del dominio metafísico (desde el que las sociedades tradicionales g estionaban el devenir del mundo y de los hombres) y que, cedió su lug ar a un nuevo mito que ag r upó y movilizó todas las esperanzas de una sociedad que comenzaba a surgir, la moder na. Esta ‘nueva sociedad’ no supera la necesidad de iconos sino que antepone un icono nuevo, el hombre, y a éste nuevo icono le cor responde un nuevo escenario de interacción social, el mercado. Este es el punto de par tida, es lo que podríamos denominar la base sociológica de la economía moder na y, para su desar rollo, se apoya en una nar rativa simbólica que sacraliza la idea de ‘prosperidad del género humano’ a

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par tir de derivarlo de las emociones – pasiones- . Es conocido el análisis de la ‘simpatía’ que desar rolla Adam Smith, y que a su entender “...transfor ma las relaciones de mercado en principio catalizador del lazo social a escala universal...” (Mizuta, 1988: 114). Por ello, la moder nidad se concibe como “sociedad civil mercantil” (Smith, 1997: 55) en la que los encuentros sociales se orientan al intercambio de mercancías en vir tud del cual los individuos, desde el e jercicio de la más plena liber tad y sin ninguna autoridad exterior a su conciencia (Iglesia, Estado, etc.), dan salida a su interés económico al tiempo que, colateralmente, el orden social se robustece. La perspectiva productivista y comercial impregna, así, una for ma de ‘ser’ y ‘hacer’ basada en el convencimiento que “...la acción económica está por sí misma orientada hacia el bien, (y) posee un carácter moral que le es especial...” (Dumont, 1982: 87). Pero aunque este consenso social pareciera dar a luz a una nueva fe colectiva, no por ello, el hombre deja de considerar la fragilidad y la vulnerabilidad de sus obras (por oposición a la consistencia y solidez de las del Todopoderoso ya inexistente), lo novedoso de la moder nidad es que, esa fragilidad, es interpretada como la manifestación de la persistente e insidiosa presencia de las pasiones humanas (vanidad, ambición, envidia, etc.) en el trato social, y que hacen tambalear los ya de por sí débiles cimientos que sostienen el nuevo edificio social. Sucede que, aunque suene per turbador, la moder nidad sabe que (a pesar de las continuas naturalizaciones en que desembocan los actos humanos) ha de librar batalla con lo otro del orden: la ambivalencia (la indeter minación, la contingencia, el caos) que, terca y tenazmente se opone a desaparecer. Es precisamente la

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constatación del caos religioso y político (la Guer ra de los Treinta Años y la revocación del Edicto de Nantes) que rodea a la incipiente moder nidad lo que crea las condiciones de un modelo social ba sado en la omnipotencia de un hombre que deposita toda su suer te a la aplicación del método, el plan y el medio técnico para introducir previsión y orden en su entor no. De allí, la trascendencia que comienzan a tener, en el quehacer del hombre moder no, l os medios como sopor tes técnicos que fascinan por evocar la seguridad ya perdida ante los imponderables de la existencia. Este modelo de sociedad, cuya afinidad con los promotores del pensamiento liberal representado por A. Smith, J. Locke, D. Hume y otros es incuestionable, cree en el g esto productivista del individuo propietario como mecanismo que ar moniza el beneficio económico y la consolidación del orden. En este sentido, si alguna pasión puede canalizar positivamente las tendencias per versas de las o tras pasiones, ésa es la de la búsqueda del enriquecimiento económico, debido a que éste apunta al potencial salutífero que transmite al orden social el continuo intercambio de mercancías de unos individuos que, a pesar del culto que se les profesa en esta sociedad, se saben necesitados de lo que producen otros. En palabras de Adam Smith “...sólo los pueblos y las culturas que han montado su estr uctura productiva sobre una eficiente división del trabajo tienen g arantizados la prosperidad y el bienestar de sus miembros...”. (1997: 40). Esta división del trabajo (cuyos efectos fueron atacados por Simmel) a nivel de la acción social, se sustancia en una “...g ran multiplicación de la producción de todos los diversos oficios...” (Smith: 1997: 41) y desemboca e n una situación que va a ser vir para poner de manifiesto alg o consubstancial a la vida

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humana como es “...la propensión a trocar, per mutar y cambiar una cosa por otra (ya que) (…) cada trabajador cuenta con una g ran cantidad de productos de su propio traba jo, por encima de lo que él mismo necesita; y como los demás trabajadores están exactamente en la misma situación, él puede intercambiar una abultada cantidad de sus bienes por una g ran cantidad o, lo que es lo mismo, por el precio de una g ran cantidad de bienes de los demás. Los provee abundantemente de lo que necesitan y ellos le suministran con amplitud lo que necesita él, y una plenitud general se difunde a través de los diferentes estratos de la sociedad...” (Smith, 1997: 41). El modelo de sociedad que promueve la Ilustración escocesa sólo es comprensible desde la autonomía e ir reductibilidad de los procesos sociales de intercambio económico ya que si las sociedades tradicionales – ag rarias- conferían prioridad a la división de funciones sobre los intercambios sociales, la moder nidad al modificar ese escenario, debe conceder más impor tancia a éstos últimos. Esto constituye, por decirlo de algún modo, la revolución coper nicana en el campo de las ciencias sociales ya que la economía se libera de la cuest ión de las necesidades que desembocan en un modo de intercambio de suma cero. No en vano, la sociedad tradicional se concebía como un org anismo natural, global y estático, en cuyo interior las funciones están distribuidas desde el principio y donde predomina una economía basada hasta entonces en el disfr ute de unos bienes limitados y centrada en una justa distribución de la riqueza que ofrece la naturaleza (Aristóteles) y, por ello, sujeta a un fér reo control moral. Por el contrario, en la sociedad moder na, el intercambio se libera de la rigide z religiosa y moral de

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antaño y, al mismo tiempo, se desvincula de las cuestiones de distribución para abrirse a las de producción, en el marco de un modelo de sociedad que se autoconstr uye teniendo como referente di recto a la dinámica de las prácticas humanas apoyadas en un tiempo ilimitado y abier to. El nudo g ordiano de este proceso lo constituye el trabajo, ya que el nuevo modelo de hombre pasa de tener una actitud colaboradora con la naturaleza a sustituirla por mecanismos o procesos ar tificialmente diseñados por el hombre mismo. Se trata de una nueva idea de trabajo que se ajusta con la creencia en las posibilidades ilimitadas del Homo faber sobre la que se apoyaba el nuevo antropocen trismo que sustituyó al an tiguo orden religioso. El motor de la actividad económica ya no es la necesidad sino la sed de enriquecimiento individual que abre las puer tas hacia el consumo superf luo como combustible del nuevo sistema capitalista. En este sentido, el comercio, el in tercambio económico y el mercado expanden su protag onismo y universalizan un modo de vida dinámico y en perpetuo cambio que se encuentra perfectamente simbolizado por la innovación técnica (máquina de vapor y fer rocar ril), y que tienden a una diferenciación funcional cada vez más acentuada y, dan inicio a un movimiento de emig ración y colonización que implica la movilización de la propiedad y la aparición de nuevas necesidades, por medio del establecimiento de relaciones a larg a distancia: colonialismo e im perialismo. En este escenario urg en, como indicó Norber t Elías (1993: 296) “...medios móviles de cambio...” como el dinero, que af luyen a los centros urbanos donde la omnipresente vida financiera para expandirse necesita de un lenguaje universal, simple y preciso.

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Por ello Simmel (2000: 316-330) lanzaba su ataque a éste aspecto de la moder nidad en la medida que es el ejemplo de una sociedad que lucha frontalmente contra la for ma, contra su quietud; en definitiva, contra el reposo de la vida dando espacio a un modelo de sociedad en el que la economía del Homo faber, creador y renovador de bienes y mercancías, ejemplifica la impor tancia dada al dinamismo y al rápido envejecimiento de las cosas. Es precisamente este envejecimiento per manente de las mercancía s lo que per mite pensar en el desar rollo, la prosperidad y la ar monía de la sociedad y la cultura humana en general. El comercio entre individuos y entre culturas diferentes, pasó a ser visto como el hilo que conduce a la autocontención emocional, al refinamiento en los gestos, a la exquisitez en el trato, al respeto a la diferencia, al compromiso con lo pactado. Todos estos rasg os, además de favorecer la obtención de beneficio individual, for talecen indeliberadamente el nomos cohesionador de la sociedad, apuntalan el orden de la convivencia entre los individuos. De hecho, no conviene olvidar que de las pasiones indobleg ables que atraviesan la existencia humana, la economía tiende a for talecer el rasg o predecible de nuestra conducta individual ya que se trata de la pasión menos voluble y azarosa, la más consistente (Hirschman, 1999: 71). Por ello, el amor hacia el dinero, que el hombre moder no profesa en detrimento de otras pasiones nutre la estabilidad de un orden colectivo en el que la actuación de los individu os es previsible, constante y transparente. Por tanto, la moder nidad, en su estado inaugural encuentra en la economía racionalidad, prog reso y prosperidad. El mismo desar rollo técnico que tuvo lug ar en esos momentos, con un g ran inf lujo en la

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producción y en el transpor te; el descubrimiento de América como un nuevo mercado, todo contribuyó a un proceso de difusión mundial de la cosmovisión moder na sustentada en la idea que el comercio acerca a las culturas, per mite conocer e integ rar lo diferente y, con e llo, postular “...el cosmopolitismo comercial que no es sólo un inter nacionalismo de las relaciones, sino el resurgir de una antigua aspiración, el hombre universal (“ya no hay dester rados, hay cosmopolitas”), cuyo agente social no podía ser otro que las n uevas y pujantes clases burguesas que promovían viajes científicos comerciales por todo el planeta...” (Marín, 1997: 231). Sin embarg o, a la par que emerge este nuevo mito social, se produce una profunda metamorfosis que afectará a las for mas de representación de lo real: la emergencia de la autoconciencia del hombre como ar tífice de su destino, coincide con la conciencia (manifiesta o latente) de la transitoriedad de sus constr ucciones institucionales. La añoranza de una consistencia de la que el mundo y la sociedad empiezan a carecer se compensa con una proyección hacia el futuro al que se pretende controlar y predecir. Esta apuesta por anticiparse a los acontecimientos y privar al tiempo de sorpresas y desórdenes sólo es posible por el manejo de medios e instr umentos técnicos (ciencia, dinero, Estado) que estabilizan y unifor mizan el curso de las cosas y hacen previsible lo que va a ocur rir. Se trata de una lucha contra el tiempo. Precisamente la fe que anima al hombre moder no no le per mite ver los ob stáculos que, en for ma de riesg o y contingencia, nacen de una infinidad de decisiones individuales. En este nuevo mundo, la función de los medios e instr umentos, consiste en igualar lo desigual, en

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homogeneizar lo heterogéneo, en reducir la complejidad co n el objetivo de predecir el futuro antes que teng a lug ar. Así, por ejemplo, el medio técnico dinero, tan esencial para este mundo social envuelto en la pasión económica, facilita el cálculo sobre los (posibles) resultados futuros de operaciones económicas que han de decidirse en el presente porque ese medio técnico, dinero, no es sino la prolong ación en el tiempo de la voluntad humana de remedar a Dios. Por ello, como aquel, deter mina la indeter minación en un mundo carg ado de contingencia. La omnipresencia de los medios y de los instr umentos supone, sin embarg o, una paulatina (de)simbolización del mundo natural, supone el silenciamiento del lenguaje incorporado en los procesos naturales y el ocultamiento de las for mas arquetípicas presentes en la materia. Es decir, la relación hombre -entor no natural se modifica, ya que la sobrevaloración del yo en sus aspectos cognitivos deriva en una visión cosificadora de un entor no a su entera disposición.

El surgimiento del 'yo'
En las sociedades tradicionales del ‘yo’ brotaban for mas y figuras con las que, por semejanza, el hombre se autor re presentaba el mundo con la ayuda de mitos; ahora, para g anar la batalla al tiempo y a la incer tidumbre debe homog eneizar su realidad exterior despojándola de mensajes simbólicos q ue, por su imprecisión semántica, no encajan en los moldes expresivos con que empiezan a imponerse los signos o medios técnicos. Por ello Foucault, sostenía que la for ma del saber de las sociedades pre- moder nas, basadas en la semejanza y la similitud supo ne que “...el mundo está cubier to de signos que es necesario

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descifrar y estos signos, que revelan la semejanza y afinidad, sólo son for mas de la similitud. Así, pues, conocer es interpretar : pasar de la marca visible a lo que se dice a través de ella y q ue, sin ella, per manecería como palabra muda, ador mecida entre las cosas...” (Foucault, 1989: 40). En el escenario pre- industrial, el vehículo de expresión era el símbolo que acogía la connaturalidad entre el significante y el significado; por oposición a éste, en la moder nidad, aparecerá el signo, que ser virá para profundizar el proceso de distanciamiento del hombre con respecto a lo real. Así, la fuerza está escrita sobre el cuerpo del león; la realeza, en la mirada del águila; la paz, en el vuelo de la paloma; la exuberancia de la naturaleza, en el rápido crecimiento de la vaca. Como vemos, la comprensión simbólica del mundo no puede, por tanto, atrapar y dominar la realidad porque su interpretación no tiene fin, una imag en lleva a otra, pero sin encon trar un discurso absolutamente fundacional. El hombre moder no, como producto social y cultural, no puede dudar acerca de quién es, pero ese ‘no poder’ es lo que provoca que entre en crisis, de manera constante y cíclica en distintos momentos de la histor ia. Esto sucede por el desar rollo de una lógica del lenguaje que lo único que busca es imponer la verdad, que usa el lenguaje no para crear sino para comunicar decisiones tomadas de antemano y para juzg ar y condenar 11; de modo que, el pensamiento funciona como un códig o penal, como una tautología: “...se vive bien si se tiene dinero se tiene dinero y por eso se vive bien...”. Y esta tautología es sumamente efectiva porque suele dar lug ar
Esta idea es pe rfectamente resumida en el aforismo: ¡maldita metafísica del lenguaje! Jamás llegaremos a desembarazarnos de Dios porque todavía tenemos demasiada fe en la gramática.
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a frases que motivan conductas concretas que reafir man lo predicado por la tautología. Así, los discursos se encuentran cer rados sobre sí mismos y no dejan lug ar a dudas ya que tienden a afir mar el poder de aquello que se encuentra establecido como elemento fundamental de cada juicio que, en el plano simbólico, da lug ar a la constitución de espacios que, aunque simbólicos, no por ello son menos reales, en la medida que constituyen e instituyen diferencias que separan seres que, en el fondo, no se encuentran tan separados porque lo único que culminan haciendo es vivir la propia ilusión. Lo común que ha generado la moder nidad, es ese deseo, esa necesidad de no querer ver la realidad, aunque la realidad siempre persiste, está allí, trascendiendo el jueg o de necesidades, o si se prefiere, de inter pretaciones. Sin embarg o, par a el hombre moder no, es inadmisible la idea de una realidad que es par te de un jueg o sin sustancia, sin final; por ello, por medio de la interpretación es necesario recubrir ese vacío con discursos que, se transfor man en un jueg o de inter pretaciones dentro de un campo semántico de luchas donde lo único factible es levantar las banderas de aquella ‘instancia superior’ en la que la humanidad, como ser genérico, puede poner sus ideales. La crisis sobreviene constantemente como resultado de las tensiones que p rovoca la noción de sujeto a las que es sometido el hombre real. La idea de ‘sujeto’ es susceptible de una doble interpretación: sujeto, como voluntad ontológica de ser (tal como lo ha venido planteando el racionalismo desde Descar tes en adelante) o sujet o como voluntad ontológica de estar. De este modo, si pensamos al hombre como un ser de razón, se nos aparece como un ser soberano y por ende, responsable de sus conductas; si en cambio lo concebimos como sujeto psíquico se encuentra sometido y su existen cia es absolutamente

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ir responsable. conciencia.

Liber tad del espíritu o alienación de la

El surgimiento del hombre unidimensional, implica la aparición de un sujeto que pone su empeño en constituir su autonomía mediante el dominio de lo real y que no du da en usar la misma racionalidad y el mismo lenguaje para justificarse frente a los otros, y en ese mismo acto, interioriza el lenguaje y el discurso que él mismo intenta dominar y, al hacerlo moldea su propia conducta y ter mina ag obiado por los propios ideales que se había constr uido. En suma, la moder nidad vive ese compromiso con el mito del mercado porque la misma razón que creyó que la libraría atavismos metafísicos funciona como un instr umento metafísico, que domestica y constituye como sujeto, al mismo hombre moder no que, por ello mismo, acaba funcionando como consecuencia y no como oposición a la metafísica. La crisis moder na ha de comprenderse, como el resultado del impulso desbordante de vivir y la tendencia racionalizante que obligó, al hombre, a suponer la existencia de un orden superior, de un ideal con capacidad suficiente para conjug ar una síntesis de ambos tér minos antagónicos y heterogéneos. Y toda síntesis, llámese ‘yo’, ‘mercado’, ‘capital’, etc., supone alg o que la opere, que le dé exis tencia, alguna esencia que la trascienda y la subordine al devenir de su racionalización. Esta es la doble lucha del sujeto contemporáneo, por un lado intenta desentrañar la mentira porque supone que existe alguna verdad definitiva; pero como dicha verdad no aparece nunca; tiene que luchar también para log rar imponerla. La ‘totalidad’, se presenta como un efecto de la interpretación que se realiza de la misma; en sí misma es una totalidad vacía pero que log ra traducirse en una

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abstracción eficaz, en cuanto es interpretada. La idea del mercado, culmina siendo la idea de un poder que no está encar nado en ninguna sustancia, pero su eficacia radica casualmente en esa capacidad de no encar nar. Es por eso que log ra romper todas las fronteras entre aquello que es concebido y lo que efectivamente podemos llevar a cabo, per mitiendo que aquello que los sujetos producen sea inconcebible desde un punto de par tida. No existen fisuras, ya que en el discurso moder no, cer rado sobre sí, el sujeto es producto de un poder siempre totalizador. De allí que la moder nidad no anuncia la muer te del valor sino que se lanza a la tarea de transfor marlo. En este sentido, se puede afir mar que al ‘desencantamiento del mundo’ propugnado por Weber le precede, tanto ontológica como lógicamente, el encantamiento del yo (sujeto). El yo propietario, obsesionado por dominar a su antojo el devenir de lo real. Se argumentará que el carácter calculador, la ‘ semiologización’ del mundo, la disciplina en la conducta, etc. son rasg os que per tenecen a un gesto humano ya racionalizado, y es cier to. Pero no es menos cier to que le alimenta una pasión que se expresa de manera oculta, es decir, de for ma desapasionada. No en vano, es fe e ímpetu lo que mueve las acciones de unos hombres que, bajo la for ma de individuo propietario, potencian un compor tamiento económico como mecanismo ar monizador de los intereses y g arante de la convivencia ordenada entre los hombres y las culturas. Este argumento de la pasión moder na y de su for ma austera de expresión, se verá con más nitidez en la explicitación de la religión protestante que predomina en ese ambiente cultural. Y es que con el advenimiento de la moder nidad, el hombre inter r umpe la for ma her menéutica de conocimiento y la sustituye por la

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representación precisa de cuanto ocur re en el mundo exterior. La diferenciación entre las palabras y las cosas desemboca en la constr ucción de signos (conce ptos, fór mulas científicas, for mas monetarias) que, sin connaturalidad entre el significante y el significado, pro duce que el pensamiento sienta que se cor responde con alg o que se encuentra entre los hechos del mundo. Y por ello el hombre cree tener una imagen precisa de lo que rodea en ese momento. Cada signo se her mana unilateralmente con un objeto de la experiencia, de modo que el orden natural puede ref lejarse cor rectamente en el pensamiento tal como puede hacerlo un obser vador cuando se encuentra frente a un dibujo en perspectiva. Ajeno a las for mas que se dibujaban en la materia de las que, por similitud, el hombre tradicional extraía estímulos para la acción; el pensamiento calculador org aniza el mundo. Para ello se dota de los signos, es decir, de los medios e instr umentos que le per miten trabar contacto exitoso y eficiente con la espontaneidad del entor no. La obsesión del hombre moder no es el orden y sobre éste madura la hegemonía de los medios (como el dinero). Sólo desde él pudieron haber lleg ado a adquirir el protag onismo obtenido en los dos últimos siglos. El descrédito de la materia, la pretensión do minadora, la expresión semiológica de la realidad, todo ello contribuye al nacimiento del g esto racionalizador de una cultura que, basándose en lenguajes técnicos dotados de precisión y univocidad, pretenden org anizar la experiencia y alcanzar el futuro an tes que éste se produzca. Ya no cosas, es monedas significa es la semejanza la que une las palabras y las la utilidad. Así, por ejemplo, el sopor te de las que acuñan los estados moder nos ya no nada y tan sólo sir ve por su divisibilidad,

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durabilidad, trans por tabilidad, etc. para ejercer como sopor te material de monedas de curso leg al que llevan el signo del Estado. No vale porque evoque la sag rada estabilidad del Ser, como en Grecia, sino porque es útil y hasta puede calcularse el valor de su fabricación. Es más, el proceso de paulatina desimbolización del oro se acentúa en el momento que los estados ya no lo utilizan para sus monedas y lo sustituyen por otros metales (menos valiosos) como el cobre y, más tarde, por el papel moneda y el plástico. Estos sopor tes materiales del dinero, recordémoslo, representan oro. Pero abundan en mayor proporción que aquel, por lo que en realidad no significan nada sino que tan solo son más útiles en el manejo y en el transpor te del dinero y, en definitiva, facilitan la re alización de operaciones económicas a lo larg o y ancho del planeta.

La sociedad moder na
Al ‘desencantamiento del mundo’ propugnado por Weber, le sucede un reencantamiento del yo que, necesariamente, se traslada al mundo y, más específicamente a los espacios de interacción social: al mercado, la fábrica, la bolsa; desde ellos, el individuo da salida a su ansia ilimitada de beneficio y contribuye al for talecimiento del orden colectivo. Así, el simbolismo económico extiende su red hasta conver tirse en el vehículo de expresión y de representación que dota de unidad y coordinación a esta for ma de ser y hacer social que no apunta a un más allá del mundo, sino a su propia inmanencia. Cier tamente, el yo ‘reencantado’, es el yo del hombre burgués y su aspiración es conver tir al mundo fenoménico en alg o previsible y homogéneo; como

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homo faber su aspiración última es fabricarlo. Se constr uye así, un universo cultural que mitifica lo sólido porque, precisamente, siente cercana la fragilidad de las cosas y ve el aumento de la ambivalencia por lo que cor re a buscar “...una verdadera fe que creía en la salvación del hombre aquí abajo g racias a un mercado autor regulador...” (Polanyi, 1989: 223). De allí la incidencia del impulso religioso que anima la for ma de vida capitalista (Weber) porque el capitalismo sir ve, esencialmente, a la satisfacción de las mismas preocupaciones, suplicios e inquietudes a las que daban respuesta antiguamente las llamadas religiones. Por ello incorpora, un modelo laico de religión que no promuev e un paraíso fuera del mundo y alcanza autonomía frente a las condiciones religiosas que le vieron nacer al conver tirse en religión subrayando la presencia de un ideal trascendente que lleva a actuar, al hombre, hacia un horizonte (inmanente) de salvación como es el de la riqueza económica. El valor semiológico de iconos como el dinero, la mercancía, el trabajo, la ciudad, el proletariado, el burgués, etc. reside en que son condensaciones culturales de la nueva fe social donde la realidad se expresa en tér minos económicos. La significación económica de la realidad es “monetaria” o conver tida, por una par te, en una multitud de significaciones referidas a objetos concretos (los bienes producidos, los instr umentos de producción, etc.) y, por otra par te, en un a multiplicidad de expresiones “abstractas”, pero socialmente efectivas y activas (así, en la economía capitalista, capital, stock, trabajo, salarios, renta, beneficio, interés, son significaciones “abstractas”, tematizadas y explicitadas como tales por y para los par ticipantes y cuya

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explicitación es condición fáctica de la operación de esta economía). En el contexto productivista y utilitarista de esta for ma social, la dimensión cultural, tiende a quedar oscurecida o, mejor dicho, es absorbida por aquella dimensión económica que se sitúa en el mundo y con cuyo esclarecimiento se relativiza la idea promovida y difundida desde ella misma: la necesidad material se constituye como la necesidad de las necesidades, la necesidad universal del hombre. En otras palabras, la cultura se economatiza (si es lingüísticamente posible esta expresión): “...la producción, en consecuencia, es alg o más que una lógica práctica de la eficacia material y alg o distinto de ella. Es una intención cultural. El proceso material de la existencia física es org anizado como un proceso significativo de ser social, que representa para los hombres, puesto que siempre están definidos culturalmente en deter minadas for mas, su único modo de existencia...” (Sahlins, 1976: 169). No obstante, todo el substrato imaginario de la sociedad moder na contiene diferentes condensaciones simbólicas que guardan, entre ellas, una afinidad electiva por copar ticipar de un mismo gesto cultural. Son momentos que expresan el fondo cultural unitario del mito del mer cado y, cada una, y la adecuación entre las mismas, carece de sentido fuera de este marco simbólico. Como se indicó, una de las significaciones culturales de este escenario social es la del individuo propietario, que encar na la deificación del hombre y su omnipotencia técnica. Esta figura cobra especial protag onismo bajo la for ma de sujeto que se sujeta a sí mismo en lo tocante a decisiones políticas y cognitivas. En las primeras, el yo, decide desde la soledad de su conciencia, como g arante de su liber tad, la adhesión (o

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no) voluntaria a una comunidad política (el Estado) en la que el primado de la ley ha de velar por su vida y sus bienes. En las segundas, el yo, hace de su conciencia el eje indubitable del cual hacer derivar con g arantías cualquier pro ceso cognitivo orientado a descubrir las leyes que rigen el devenir del mundo. El yo, por tanto, adquiere máxima relevancia simbólica hasta el punto que caracteriza a una moder nidad que, por el culto que rinde al individuo, difícilmente puede autopercibi rse como sociedad. Por eso, si consideramos al surgimiento de la idea del yo como el inicio, a par tir del cógito car tesiano, de la filosofía moder na hemos de notar que éste yo ocupa, de hecho, el lug ar de Dios en el escenario de la historia. El yo, libre de las cadenas del pasado, pasa a convier te en ar tífice de su propia biog rafía gestando día a día una obra, una empresa en la que busca inmor talizarse. La esfera económica constituye el “...escenario de esa búsqueda pacífica de reconocimiento y distinció n que antaño se libraba en el desafío y en la competencia bélica entre los hombres...” (Veblen, 1974: 35). Frente a la vida feudal con sus lazos de sang re; en la sociedad moder na, la vida económica for talece la obsesión individual por eng rosar la lista de las celebridades sociales. Porque ahora, no tienen valor los azarosos precedentes familiares, culturales o sociales. Lo que brilla con luz propia es la autor realización individual. Para esa autor realización, la org anización del futuro es nuclear, sólo el sistema, el plan, el cálculo, la abneg ación, la austeridad facilitan el reconocimiento como llave de entrada en el Olimpo de la memoria colectiva. Esta descripción encaja con la que comúnmente se ha difundido del burgués (Sombar t), del usurero (Marx) , del capitalista (Weber). Estas imágenes, son una

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caracterización del individuo que hace del beneficio económico su vida, que parece no dejar nada sin atar, que aleja la sorpresa, acalla su espontaneidad y lleva el control de su gestión y de su vida hast a límites insospechados para dar muestras de una enor me desconfianza ante el resto de la sociedad hasta poner en pelig ro los vínculos de solidaridad con los otros, todo lo cual preludia la jaula de hier ro en que se convier te una for ma de vida que acaba desencantándose 12 y neutralizando ‘el proyecto emancipador’. Esa neutralización es la que ha aparecido en los clásicos de la ciencia social al ref lexionar en tor no a la transfor mación ocur rida, por lo que, utilizaron expresiones como el ‘desencantamiento del mundo’ (Weber), la ‘tragedia de la cultura’ (Simmel), o el ‘mundo administrado’ (Ador no). Todas son, como se ve, expresiones que se refieren a una suer te de proceso por el cual, aquello producido por el hombre se emancipa y g ana autonomía respecto de qui en le creo para, al cabo, ter minar dominando y marcando los ritmos del propio compor tamiento humano.
Es el mismo proceso de extrañamiento que en la filosofía moder na, quedó expres ado con la separ ación entre sujeto y objeto que parece insalvable y a la qu e Nietzsche le dedicó varias r ef lexiones ya que, más que auto expr esión del sujeto - hombr e, lo que queda siempre
En cualquier caso, identificar unilateralmente la conciencia moderna con la racionalidad medios-fines es un error, ya que ésta constituye el resultado fatal de un modelo de acción que, a fuerza de cuantificar y prever, se hace uno con el cálculo. En la conciencia (según el mito del comercio pacificador) anida la soberanía del individuo que decide desde sí y que da cuenta ante los demás de sus decisiones, alimentando con ello un espacio público que quiebra en la posmodernidad por la hegemonía de las mónadas privadas que navegan por la red virtual sin control político de ningún tipo.
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es el vacío, la confusión y la incer tidumbr e que son el resultado y, a la vez, la expres ión del fracaso del proyecto iluminista que proponía la lleg ada de la ‘mayoría de edad’ para el hombre por medio del establecimiento de un nuevo orden social apoyado en la razón.

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CAPÍTULO SEGUNDO Lo Rural y lo Urbano
En el capítulo primero, hemos visto como se fue consolidando el proceso de la moder nidad, entendido como un proceso cultural y no sólo social y político. Ahora bien, desde que la sociedad industrial, es decir, la sociedad moder na, se definió como un proceso civilizatorio (en el sentido de preeminencia del orden social constr uido racionalmente), uno de sus conceptos fundamentales fue la urbanización. Lo r ural siempre ha sido concebido, como una categ oría residual para referirse a aquello que -aún- no -es- urbano. Del mismo modo que, desde que hace alg o más de un siglo se inició la ref lexión sociológica sobre las consecuencias de la Revolución Industrial, con su acumulación de masas de población en las ciudades (lo que vulg ar mente se asimila al proceso de urbanización), la dicotomía r ural urbano, se planteó en tér minos de polarización y lueg o de oposición. Desde el positivismo se ha tratado el tema, en tér minos de sucesión histórica de etapas y, en consecuencia, de jerarquización: si la revolución industrial traía el prog reso económico a las sociedades, la urbanización conllevaba el prog reso social. Esta valorización no ha sido siempre explícita, pero ha estado, desde lueg o, latente en la teoría (al menos en Spencer, Durhkeim, Simmel, Töennies o Redfield...). Así se hablase de solidaridad mecánica o solidaridad orgánica, de comunidad o asociación, de lo folk y lo urban y, aún cuando se manifestara cier ta preocupación por el tipo de desórdenes sociales provocados por la

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urbanización, se estaba poniendo en lo alto de la escala a lo urbano y en lo más bajo a lo r ural. Desde sus orígenes, las ciudades, supusieron un avance hacia for mas de org anización social más democráticas, y basadas en el imperio de la LEY. Se ha atribuido repetidamente a Marx una frase que Weber rescató de la puer ta principal de una vieja ciudad alemana: "El aire de la ciudad nos hace libres"(Weber, 1987:40). Al mismo tiempo, la ciudad facilitó el proceso de acumulación de capital y una concentración demog ráfica que volvió factible al incremento de la creatividad social. Al respecto, se ha sostenido la tesis de que no sería, de hec ho, la ag ricultura lo que explicaría la ciudad sino que, por el contrario, sería la ciudad, la concentración demog ráfica, la que explicaría el desar rollo de las sucesivas revoluciones productivas ag rícolas (Jacobs, 1971). En estos tér minos, la definición e identificación de lo r ural y lo urbano ha sido relativamente simple. No obstante, el proceso de urbanización dejó de ser, hace mucho tiempo, un simple proceso cuantitativo, de acumulación demog ráfica en tor no a una acumulación de recursos, para pasar a ser un proceso de carácter cualitativo. Así, se ha hablado de la urbanización como ‘modo de vida’ (Wir th) porque, cier tamente, ya no puede verse en tér minos de acumulación exclusivamente sino en cuanto extensión de estilos culturales, de modos de vida y de interacción social. Es decir, lo urbano ya no está únicamente en las ciudades. Cuando se ha hablado de la urbanización del mundo campesino (Lefebvre, 1969) , (Gaviria, 1975) , (Baig or ri, 1980b y 1983), se ha querido expresar ese proceso que se veía como de colonización cultural, y que no es, en realidad, sino la extensión del núcleo

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civilizatorio - capitalista e industrial durante los siglos XIX y XX - a la totalidad del ter ritorio social. Como se verá a lo larg o de este capítulo, la urbanización es un proceso indisociable de la revolución industrial y el capitalismo: de for ma que únicamente allí, donde las for mas de intercambio y de relación no sean de tipo capitalista podríamos hablar tal vez de cultura r ural, es decir preindustrial, y en este sentido precapitalista. Pero "allí donde triunfan el intercambio de mercancías, el dinero, la economía monetaria y el individualismo la comunidad se disuelve, es reemplazada por la exterioridad recíproca de los individuos y el 'libre' contrato de trabajo" (Le febvre, 1971:27. La urbanización no se trata tan solo de la desaparición física del campesinado como g r upo social (Barón, 1971), sino de la desaparición de una cultura resultado del proceso por el cual, el capitalismo "ha sometido el campo a la ciudad" (M arx, 1971: 336). Asimismo, la desaparición, no es sólo por el efecto de la concentración demog ráfica, sino también por la r uptura de las relaciones sociales y de producción tradicionales. Entonces, ¿qué puede significar hoy esa polaridad r ural-urbana , en un planeta donde se ha hablado ya de metrópolis, lueg o de meg alópolis, y últimamente de ciudades - mundo? Cuando se plantea la existencia de cuatro o cinco ciudades - mundo que constituyen el auténtico centro económico e intelectual del planeta (Jones, 1992 : 29- 33), e incluso se plantea el surgimiento – más hipotético que real - de las tecnópolis, como quintaesencia de las ciudades- mundo (Castells Hall, 1994). Es claro que, actualmente, lo r ural y lo urbano no son categ orías con vida propia. Es decir, sobrevi ven como

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‘supuestos’ campos científicos, como nominalismos: sociología r ural, sociología urbana, g eog rafía r ural, geog rafía urbana, ordenación r ural, ordenación urbana... etc. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), por ejemplo, para censa r y cuantificar a la población, habla de zonas r urales, zonas inter medias y zonas urbanas, sin otro criterio, como en casi todos los países, que el tamaño demog ráfico. Sin embarg o, en las áreas metropolitanas existen municipios clasificados como r urales. En el entor no de todas las ciudades hallamos situaciones en las que, la definición podría llevar a discusiones inacabables; del mismo modo, que podríamos plantear nos hasta qué punto son urbanas, si tenemos en mente las tipologías de Hall, muchas de nuestr as pequeñas ciudades, incluso capitales provinciales. El problema no es menor ya que, la clasificación arbitraria dificulta seriamente, en la actualidad, la realización de análisis más afinados de la realidad social. En este sentido, tendríamos que hablar de g radaciones, de un continuo que iría desde lo más r ural - o menos urbanizado - a lo más urbano - o menos r ural- . Sin embarg o, resulta difícil fijar las variables que nos per mitan establecer esa g radación, y situar empíricamente un objeto de investig ación dado en una supuesta escala por lo que, desde Redfield hasta hoy la atribución de un mayor o menor g rado de r uralidad/urbanidad se hace, básicamente, de un modo más intuitivo que científico. Tal vez, uno de los déficits que ha esterilizado tanto a la Sociología Rural como a la Urbana es la desatención por la for ma. Una y otra se han ocupado de estr ucturas; a lo sumo, de funciones; desaprovechando

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así los avances de la Ecología Humana, como las apor taciones de la Geog rafía. Asimismo, el análisis de las for mas de ag r upación e inter relación social en el espacio puede ayudar nos a matizar esa g radación facilitándonos la constr ucción de vectores más estrictamente sociológicos que demog ráficos. Por otra par te, tenemos que considerar que el proceso de urbanización ha sido conceptualizado en el momento que su finalidad no fue analítica sino transfor madora y apareció, por ello mismo, bajo denominaciones, interpretaciones y valoraciones diversas. A las primeras obser vaciones marxistas sobre la dialéctica campo c iudad, Kropotkin, desde el anarquismo, respondería a finales del XIX con su propuesta de equilibrio ecológico: "Tened las fábricas y los talleres cerca de las huer tas y tier ras de labor, y trabajad en unas y otras alter nativamente" (Kropotkin, 1972: 148). Paradójicamente, la propuesta sería asumida por los ordenadores r urales; primero, en Nor teamérica, a par tir de la segunda década del siglo XX y que ha dado lug ar al surgimiento de la ag ricultura a tiempo parcial. Por su par te, K austky, también adver tía de la necesidad de una "facilidad de relaciones entre el campo y la ciudad", como base para la "difusión de la civilización en el campo y para bor rar el antag onismo cultural que separa a éste de la ciudad"(K austk y, 1974: 225) y, atribuía a la industria ser el i nstr umento que per mitiría - como ha ocur rido- la moder nización del campo debido a que "…en las zonas que continúan siendo puramente ag rícolas y que, a causa de lo inaccesible de su ter ritorio o de la tozudez de sus habitantes, per manecen cer radas a la penet ración de la industria, la población decae desde el punto de vista del número, de la fuerza, de la intelig encia, del nivel de

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vida, y con ello se empobrece el suelo, y decae la explotación ag rícola…"(K autsky, 1974: 323). En última instancia, el nacimiento de la propia Sociología Rural estuvo deter minado, justamente, por este tipo de preocupaciones que se materializaron, a través de la Comisión para la Vida Rural creada por Theodor Roosevelt. En este sentido, la ordenación r ural de la Sección de Población A g rícola y Vida Rural del Ministerio de Ag ricultura de los Estados Unidos perseguía justamente, desde 1919, la plena incor poración ‘sin traumas’ de los espacios r urales que desde siempre, en los Estados Unidos, se rigieron por criterios capitalistas propio s de la sociedad industrial. Así, no se trataba de una colonización por el capitalismo, sino por la civilización urbana. A medida que esta colonización se producía, se extendían las preocupaciones que dieron lug ar a una andanada de lamentos ante la pérdida de una Arcadia y fomentaron la defensa de la tier ra contra el desar raig o del prog reso mientras que otros, como bien afir ma Costa (s/f: 191) clamaban contra "los pueblos que se duer men en medio del día, como las vírg enes fatuas, lleg an tarde y con las lám paras apag adas a las puer tas ya cer radas del pereg rino, sin alcanzar a donde se celebran los desposorios del mundo antiguo con esta espléndida civilización moder na". Lueg o de la segunda guer ra mundial, desde el campo del urbanismo se habló de la necesida d que "lo mejor de la civilización urbana llegue 'a la tier ra'", y se propuso el tér mino de r uralística, complementario de la urbanís tica, como concepto provisional hasta que se desar rolle uno urbano- r ural (Bardet, 1963: 114 y 18). Otros, en cambio, plantearon la impor tancia de lo ag rario y distinguir a la ag ricultura como sistema productivo que, con las adaptaciones per tinentes a las

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transfor maciones tecnológicas, siempre será necesaria e incluso imprescindible, de la r uralidad. En América latina, por ejemplo, el planteo de la refor ma ag raria (no su efectiva realización) convir tió a los campesinos, durante los años 60 y 70 en sujetos del máximo interés. Aunque lo que se estaba planteando era la urbanización del campo, entendida como proceso civilizatorio ; en otras palabras, como proceso de incor poración de los espacios sociales r urales a la moder nidad ciudadana. El resultado, paradójicamente, fue un contrasentido. Al tomar al campesinado como un sujeto histórico, se les consideraba como un objeto de val or y, como tal, a conser var. Las razones eran diversas. La inf luencia del marxismo (par ticular mente, a par tir de los años '60, del maoísmo) hizo que muchos considerasen al campesinado poco menos que, como sujeto revolucionario que debería oponerse a la pe netración del capitalismo. Por aquel entonces, los estudios antropológicos comenzaron a ponerse de moda y los sociólog os dejaban de hacer sociología y se aplicaban a la etnología bajo la inf luencia del modelo de Eric Wolf, para quien los campesinos seguí an estando "entre la tribu primitiva y la sociedad industrial (...), ni son primitivos ni moder nos" (Wolf, 1975: 5). A pesar de esto, la evidencia mostraba que los campesinos se manejaban perfectamente con la moder nidad de los complicados tractores y cose chadoras. No obstante, el trasfondo romántico dio por resultado que muchos se lamentasen que el capitalismo se lanzase a "inser tar al campesinado cada vez más dentro de los mecanismos del sistema económico global y a modelar sus explotaciones de acuerdo c on sus intereses" (Sevilla- Guzmán, 1979:240).

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Algunas definiciones teóricas
Queda claro que la definición de la ciudad y la deter minación del límite inferior de lo urbano han sido cuestiones ampliamente debatidas por los investig adores y por los org anism os oficiales de estadística. El problema presenta dos ver tientes muy distintas. Por un lado, está la cuestión de la definición teórica del hecho urbano en contraposición a lo r ural y la enumeración de los rasg os esenciales de la ciudad. Por otro, la defi nición concreta utilizada en cada país para deter minar con fines estadísticos lo urbano, y fijar el límite a par tir del cual puede empezar a hablarse de ciudad como entidad distinta de los núcleos r urales o semir urales. Desde un punto de vista teórico, las definiciones que se han dado de lo urbano son de dos tipos. Por un lado se encuentran las que se basan en una o dos características que se consideran esenciales. Por otro, se encuentran las definiciones eclécticas, que intentan dar idea de la complejidad de lo urbano sintetizando las diversas características previamente definidas. Los rasg os que, con más frecuencia se han considerado para caracterizar el hecho urbano han sido, fundamentalmente, el tamaño y la densidad, el aspecto del núcleo, la actividad no ag rícola y el modo de vida, así como cier tas características sociales, tales como la heterogeneidad, la "cultura urbana" y el g rado de interacción social.

Dimensión y actividad
El tamaño, medido en número de habitantes, se ha considerado con g ran frecuencia como una carac terística fundamental, aunque, en g eneral, a un nivel

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teórico, ha sido utilizada junto con otras características. Lo más frecuente es considerar la densidad de habitantes o de edificios. Estos criterios fueron utilizados de for m a casi exclusiva, tanto por sociólog os como por geóg rafos, en los primeros momentos del desar rollo de los estudios urbanos. Un ejemplo de este tipo de definición es la que, en 1910, propuso el sociólog o francés Maunier al definir la ciudad como "una socie dad compleja, cuya base g eog ráfica es par ticular mente restringida con relación a su volumen y cuyo elemento ter ritorial es relativamente débil en cantidad con relación al de sus elementos humanos" (citado por Ledr uc, 1971: 3). No obstante, los problemas comienzan cuando se quiere fijar la densidad, a par tir de la cual, puede empezar a hablarse de ciudad como alg o distinto a lo r ural. La existencia de áreas ag rícolas densamente pobladas, como es el caso de cier tas huer tas mediter ráneas o algunas regiones deltaicas de China, ha hecho que la cifra se eleve hasta más de 1.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Asimismo, queda, sin resolver el problema de las áreas suburbanas, que pueden presentar densidades inferiores a esta cifra y a las que, sin embarg o, g ran número de autores no dudan en asignar caracteres urbanos. Por otra par te, tanto la for ma como el aspecto de la aglomeración han sido utilizados como criterio esencial. Un ejemplo es el planteo de Dör ries cuando sostiene que una ciudad se reconoce "…por su for ma más o menos ordenada, cer rada, ag r upada alrededor del núcleo fácil de distinguir y con un aspecto muy variado, acompañada de los elementos más diversos…" (citado por Sor re, 1952: 182). Las funciones económicas y concretamente el predominio de unas actividades no ag rícolas es alg o en

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lo que coinciden numerosos autores a la hora de definir la ciudad. Se trata de un punto de vista for mulado, en 1891 por Ratzel en su Anthr opogeographie al considerar a la ciudad como "una reunión duradera de hombre s y de viviendas humanas que cubre una g ran superficie y se encuentra en la encr ucijada de g randes vías comerciales" (citado por Chabot, 1948: 15). La impor tancia asignada por Ratzel a las actividades comerciales tiene su complemento poco después en Richt hofen, el cual, resalta las actividades no ag rícolas, tanto comerciales como industriales. Para Richthofen, una ciudad es "un ag r upamiento cuyos medios de existencia nor males consisten en la concentración de for mas de trabajo que no están consag radas a la ag ricultura, sino par ticular mente al comercio y a la industria" (citado por Beaujeu Gar nier y Chabot, 1970: 30). Aurousseau incluye, junto a la industria y al comercio otros ser vicios especializados por lo que la contraposición entre lo r ural y lo urbano se for mula explícitamente: "r urales son aquellos sectores de población que se extienden en la región y se dedican a la producción de los ar tículos primarios que rinde la tier ra; los sectores urbanos, en cambio, incluyen a las g randes masas concentradas que no se interesan, al menos en for ma inmediata, por la obtención de materias primas, alimenticias, textiles o de confor t en general, sino que están vinculadas a los transpor tes, a las industrias, al comercio, a la instr ucción de la población, a la administr ación del Estado o simplemente a vivir en la ciudad" (citado por Dickinson, 1961: 42). Dickinson (1957), a su vez, caracteriza a las ciudades de la Europa occidental y de América del Nor te como "núcleos de poblamiento compacto, dedicados principalmente a ocupaciones no ag rícolas".

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Una for ma diferente de presentar esta definición funcional es la que insiste en el hecho que los ciudadanos no producen directamente sus alimentos. Así, Sombar t considero a la ciudad "como un establecimiento de hombres que para su mantenimiento han de recur rir al producto de un trabajo ag rícola exterior" (Sombar t, 1932: 449). Esta dependencia del exterior se vincula, necesariamente, a lazos de dominación e intercambio desigual con un espacio más o menos amplio al que la ciuda d "org aniza" por lo que "la ciudad, g rande o chica, se abastece desde fuera, no se basta para su aprovisionamiento, y existe en función de una región más amplia a la que org aniza, a la que sir ve, para la que es el nexo de unión con el resto del mundo" (Casas Tor res, 1957: 262). Deffontaines y Br unhes (1926) sostuvieron que: "hay ciudad cuando la mayor par te de los habitantes pasan la mayor par te del tiempo en el interior de la aglomeración". En síntesis, es claro que la concentración de población y activ idades en un lug ar dado se ref leja en la aparición de un paisaje, de una morfología y, este elemento puede ser vir también para caracterizar este fenómeno. Al mismo tiempo, tenemos que considerar la existencia de unidades urbanas que rebasan los límites ad ministrativos de municipio, así como de fenómenos de urbanización discontinua que se extienden por el espacio circundante de las ciudades, ha conducido en algunos países a la definición estadística de áreas urbanizadas de distinto carácter. Así, la Oficina Federal del Censo de los Estados Unidos distingue, desde 1950, por encima de los municipios urbanos las Urbanized Ar eas y las Standard Metr opolitan Ar eas utilizando, para

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ello, criterios precisos de población, densidad, actividad e integ ración. Las Areas Urbanizadas se definieron para todas las aglomeraciones que poseen una ciudad central de 50.000 habitantes o más. Los ter ritorios circundantes a la misma for man par te del A. U. si poseen alguno de los siguientes caracteres: núcleos urbanos de 2.500 habit antes o más, contiguos a la ciudad central; los espacios contiguos de menos de 2.500 habitantes, si poseen una densidad de 500 viviendas por milla cuadrada (equivalente a 2.000 habitantes por igual superficie) o una concentración de por lo menos 100 casas y la densidad anterior; los núcleos situados hasta 1,5 millas por car retera del casco urbano principal; los espacios inter medios o contiguos con usos industriales, recreativos o de equipamientos e infraestr ucturas en relación con la ciudad (cementerios, aeropuer tos, etc.). En cuanto a las áreas metropolitanas (A.M.) definidas en 1950, incluyen una o más ciudades de 50.000 habitantes, "que constituyen - como dice la Oficina del Censo- una unidad económica integ rada con un amplio volumen de viajes y comunicac iones diarios entre la ciudad o ciudades centrales y los espacios exteriores del área". Los condados (county ) contiguos se incluyen si cumplen cier tos criterios de población, actividad e integ ración; a saber : 1. Cada condado debe tener 10.000 trabajadores no ag rícolas, o 10 por 100 de los trabajadores no ag rícolas en el A. M., o más de la mitad de su población resi diendo en divisiones administrativas contiguas con una densidad de población de 150 o más habitantes por milla cuadrada. 2. Cada condado debe tener por lo menos dos terceras par tes de su población activa total empleada en actividades no ag rícolas.

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3. Cada condado debe estar integ rado económica y socialmente con el condado que posee la ciudad más impor tante del A. M. S. Un condado se considera i nteg rado: a) si un 15 por 100 o más de los trabajadores que viven en el condado trabajan en el que posee la mayor ciudad; b) si el 25 por 100 de los que trabajan en el condado viven en el que posee la mayor ciudad: c) si las llamadas telefónicas desde el c ondado a la ciudad principal alcanzan una media de cuatro o más llamadas por abonado al mes". Al margen de la morfología que pueda presentar el espacio urbano, uno de los principales apor tes que ha realizado la sociología al entendimiento del hecho urbano consistió en la definición del mismo a par tir del conce pto de "cultura urbana". Para concluir con este capítulo, es impor tante retener que la urbanización no es la proporción de población que habita en ciudades sino las inf luencias que las ciudades ejer cen sobre la vida social del hombre. El proceso de urbanización es más amplio que el porcentaje de población urbana e incluye a los supuestos espacios r urales. Esto se debe a que el campo ya no es más - nada más- que los alrededores de la ciudad, su horiz onte, su límite. El campesino no trabaja para los ‘señores’ sino que produce para la ciudad, para el mercado urbano y, como ha indicado Lefebvre, “ellos saben que los neg ociantes de trig o o madera los explotan, no obstante, encuentran en el mercado el camino de la liber tad" (Lefebvre, 1972:18).

CAPÍTULO TERCERO La Evolución de la Problemática Urbana en el Marco de la Teoría Social
Los paradigmas de la teoría social
En este capítulo, nos centraremos en las diversas escuelas y teorías que han buscado un modelo de interpretación para lo urbano. Pero antes de concentrar nos en esta tarea, es necesario realizar una serie de ref lexiones en relación a algunos de los diversos paradigmas que existen actualmente en el campo de la teoría social. En este sentido, el pluralismo que hoy existe en las ciencias sociales nos per mite disponer de variadas referencias teóricas para el análisis del urbanismo desde una perspectiva social. Sin embarg o, “…el indefinido reper torio de sociologías par ticulares existentes, cada una de ellas desmembrada en varias cor rientes metodológicas, remite a cuatro g randes paradigmas, cuya exposición resulta suficiente para desenvolverse en ciencias sociales y, desde lueg o, en el ámbito de los métodos. Estos paradigmas son el “durkheimniano, el neopositivista, el weberiano y el marxista” (Mar tín Ser rano, 1978: 10). En las páginas que siguen, dejaremos de lado, el paradigma neopositivista, más entroncado con las cor rientes neoclásicas de la ciencia económica, para centrar nos en los otros tre s. Al respecto, tanto Marx, como Weber y Durkheim desar rollaron sus teorías a par tir de la transfor mación

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que el capitalismo venía experimentando en el mundo occidental y, esta transfor mación presentó, como uno de sus rasg os más significativos el enor me cr ecimiento de las ciudades. Sin embarg o, lo urbano no fue considerado, en cuanto tal, como un fin fundamental de sus preocupaciones teóricas sino más bien, como la consecuencia o el efecto del funcionamiento global de la sociedad pero dada la impor tancia a lcanzada por sus conce pciones teóricas y metodológicas y, por su posterior inf luencia en las ciencias sociales, que desde comienzo del siglo XX trataban de interpretar el fenómeno urbano, en el siguiente apar tado nos detendremos para analizar algunos de su s puntos de vista.

El marxismo: una teoría social al margen de lo urbano.
El análisis marxista de la realidad social se apoya en dos principios. El primero, aunque no pueda ser considerado como exclusivo del marxismo, se refiere al carácter holista del conocimiento sobre lo social, de tal modo que, ningún aspecto de la realidad puede ser analizado de for ma parcial sin una referencia a la totalidad de la cual procede. Esta for ma de relacionar lo par ticular en lo g eneral se encuentra integ rada a una concepción dialéctica. Asimismo, el método dialéctico remite a una lógica, donde encuentra su fundamento la constr ucción de la ciencia social: “…La dialéctica propone un proceso de comprensión que per mite la interpretación de los contrarios, incorpora contradi cciones y paradojas y apunta a los procesos de resolución…” (Har vey, 1976: 15). Se puede afir mar que la concepción dialéctica implica una profunda diferencia con la primitiva idea del evolucionismo lineal que presuponía que, ni en la naturaleza ni en la historia

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acontecen cambios repentinos y, que todo cambio acaecido en el mundo se realiza g radualmente. Esto implica que, si la realidad es contradictoria y puede ser superada, el sujeto puede actuar, contribuyendo a su transfor mación. El segundo principio consiste en afir mar que la conciencia humana que, procede de la realidad es, la mayoría de las veces, falsa pero no por ello es ir real, por lo que “…la realidad esencial que la ciencia intenta descubrir puede resultar oscurecida por las for mas exter nas, tal como la realidad se nos presenta en nuestra diaria experiencia. Por lo tanto, para Marx, la tarea de la ciencia es penetrar en las relaciones esenciales por encima de las apariencias (Saunders, 1981: 15). El intento por constr uir un análisis científicamente fundado que sir va de orientación para los procesos de transfor mación social condujo a que el marxismo, al comprobar que la ciencia social for mula conceptos, categ orías, relaciones y métodos, que no son independientes de las relaciones sociales, teng a que fundarse a par tir de estudios concretos. De este modo, el camino para superar el pelig ro de caer en la ideología sería tener presente que las categ orías verdaderamente científicas tienen un origen histórico y, como tales, deben ser deducidas directamente de la praxis. Se establece así un nexo entre teoría y praxis que concibe a la realidad en una dirección deter minada con objeto de transfor marla. A par tir de estas dos referencias: conce pto holista de la realidad social desde una perspectiva dialéct ica y carácter ideológico de la mayoría de las constr ucciones teóricas existentes, se desar rolla todo el edificio epistemológico marxista. Su aplicación al conocimiento de la historia ha dado lug ar al materialismo histórico.

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El esquema conceptual del materialismo histórico
Uno de los conceptos centrales del materialismo histórico es el de ‘modo de producción’. Éste se refiere a la manera en que una sociedad se apropia del excedente. Se trata de un conce pto abstracto que estr uctura los diferentes campos de la realidad social en tor no a tres instancias: la económica, la jurídico- política y la ideológica. La primera, representa la infraestr uctura de la sociedad, mientras que las dos últimas integ ran la superestr uctura. La diferencia existente entre un co ncepto teórico como éste, cristalizado por la interpretación de la realidad, y los resultados de un análisis concreto en un contexto deter minado, queda salvado por medio del conce pto de ‘for mación social’ que representa, para el marxismo, una realidad histórica deter minada en cuya base económica coexisten varios modos de producción. A su vez cada modo de producción se encuentra integ rado por : las fuerzas productivas (representan una combinación deter minada de los medios de producción y la fuerza de trabajo en un proceso de trabajo) y las relaciones de producción (que son relaciones de explotación en un contexto de lucha de clases). La visión marxista del desar rollo de la historia introduce momentos de r uptura, caracterizados por las dificultades de las fuerzas productivas para reproducir el sistema social debido a las contradicciones de las relaciones de producción que, en deter minados momentos, ‘sir ven de apoyo para el desar rollo pero, dado que las fuerzas productivas son más dinámicas, pasan a transfor mars e en un obstáculo’ (Marx, 1992: 352). El análisis marxista de la sociedad moder na lleva implícita la crítica a la misma sociedad. Por un lado, lo concreto, aquello con lo que el hombre lleg a al mundo

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es su fuerza de trabajo, por medio de ésta, el ser humano transfor ma la realidad natural por lo que supone la interacción del hombre con el mundo exterior y, como resultado de la misma, la fuerza de trabajo, da lug ar el desar rollo de la producción: “...Lo mismo que la naturaleza alimenta al trabajo, en cuanto que el trabajo no puede vivir sin objetos sobre los que actuar, así también le alimenta en sentido estricto, suministrándole al trabajador mismo los medios para subsistir físicamente...” (Marx, 1992: 94). Par tiendo de esta ref lexión abstracta sobre la relación hombre/entor no natural, Marx lleg a a la conclusión que éste – el hombre - se convier te en un sujeto de la naturaleza, que es su objeto. En el caso concreto del capitalismo la relación hombre /naturaleza se encuentra inver tida por lo que el trabajador – sujeto- queda prisionero del producto de su trabajo –objeto - y comienza lo que denomina un proceso de ‘ extrañamiento’. Este extrañamiento es la alienación y su ámbito de desar rollo es la producción del trabajo: “... la enajenación no se muestra sólo en el resultado, sino en el acto de pr oducción, dentro de la misma actividad pr oductiva. Si el trabajador no se enajenase en el mismo acto de producir, tampoco el producto de su actividad se le podría enfrentar como algo ajeno. (...) La producción misma ti ene que ser extrañación activa, la extrañación de la actividad, la actividad de la extrañación (...) En la enajenación del objeto del trabajo no hace más que resumir se la enajenación, la extrañación de la actividad misma, del trabajo...” (Marx, 1992: 95- 96 ). En el ámbito de la producción como actividad alienante, el trabajo per mite que el objeto de la producción, que es producto del trabajo, aparezca como alg o ajeno al trabajador pero que a la vez lo esclaviza ya que éste pierde el control sobre los objetos que

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produce. El producto del trabajo (objeto) aparece como alg o extraño al trabajador (sujeto) ya que otras personas se apropian de él, es decir, de sus energías y del trabajo creador que el obrero vier te sobre el producto en el proceso de producción. Así, en la medida que las mercancías se compran y se venden en un mercado que se encuentra fuera del control de quienes las han producido, el trabajo mismo se transfor ma en una mercancía más y pasa a conver tirse en un medio y no en un fin en sí mismo por lo que el obrero considera a los demás hombres como simples medios mientras que él mismo se considera como medio. “...la relación del hombre consigo mismo, no se halla realizada hasta que se expresa en su relación con otro hombre. Por tanto en la situación del trabajo enajenado cada hombre ve al otr o tal y como él mismo se ve en el trabajo ...” (Marx, 1992: 101). En el plano social, la alienación del trabajo es el resultado de la racionalización económica de las relaciones sociales y trae consig o una ambival encia: el trabajo capitalista aliena, pero a la vez contiene el ger men del hombre como ser genérico o sea como especie. Ya que “... como conciencia de su especie, el hombre confir ma su vida social real, del mismo modo que lo que es la especie se confir ma en su conciencia existiendo para sí, como ser pensante, en su generalidad ...” (Marx, 1992: 131). De allí, que el trabajo posea un doble sentido como liberación y como alienación, como creador y como mutilador, y el resultado de éstas ambigüedades es el mayor empobrecimiento del trabajador cuanto mayor sea la riqueza que produce porque esa riqueza no le per tenece y se le opone como alg o extraño a él. “... y cier tamente el trabajo produce maravillas para los ricos, pero expolia al trabajador. Pr oduce palacios, pero al trabajador le da cuevas. Produce belleza,

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pero al trabajador, defor midad y mutilación. Sustituye al trabajador por las máquinas, pero devuelve violentamente a muchos a un trabajo br utal y convier te al resto en máquinas...” (Marx, 1992: 95). La ambigüedad del trabajo, por su doble condición, será el fundamento para la elaboración de la teoría del materialismo histórico y la teoría del desar rollo social. El materialismo histórico, par te de un hecho empírico “... para que exista la historia se debe par tir de “la existencia de individuos humanos vivientes ...” (Marx, 1992: 149). Éstos hombres, se encuentran inser tos en un mundo materialmente condicionado y al que condicionan por medio de su acción que se define como un proceso de ‘ cr eación, satisfacción y nueva cr eación de necesidades’ y es, en principio, una de las diferencias entre el hombre y los demás animales y, uno de los fundamentos para comprender al trabajo como ‘ intercambio cr eativo entr e el hombr e y su medio ambiente natural y fundamento de la sociedad al cuál solo se puede ar ribar por medio del estudio empírico de los pr ocesos concr etos de la vida social que son, a su vez, los fundamentos de la existencia humana’. Entendida así, toda sociedad se halla deter minada por “... la naturaleza misma de los medios de vida con que se encuentran - los hombres- y que se trata de reproducir” y en la medida que esto ocur re se reproducen los medios de existencia necesarios para la actividad humana o dicho de otro modo “... las condiciones materiales de su pr oducción...” (Marx, 1992: 148). Por este motivo todo individuo, “... con sus acciones cotidianas vuelve a crear y r eproduce la sociedad de cada momento y de esta lucha pr oviene lo que podemos identificar como estable de una sociedad y

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a la vez, fundamento d e una inter minable...” (Marx, 1992: 150).

modificación

En el ter reno cotidiano es donde el hombre crea y recrea la sociedad en la que vive, por medio de la producción. Ésta aparece como el primer hecho de la historia por lo que el concepto de ‘ r elaciones de pr oducción ’ es un concepto clave, tal como dijimos, en la teoría del materialismo histórico debido a que “... en la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre los otr os. (...) Para producir, l os hombres contraen deter minados vínculos y relaciones, y a través de éstos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es como se relacionan con la naturaleza y como se efectúa la pr oducción ...” (Marx, 1992: 150) La vida humana se halla deter minada por : el desar rollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que deter minan el g rado de división del trabajo y expresan diferentes for mas de propiedad: “... cada etapa de división del trabajo deter mina también las relaciones de los i ndividuos entre sí, en lo tocante al material, el instr umento y el producto del trabajo...” (Marx, 1992: 151). Estas tres dimensiones de la vida humana le dan, a la misma, un doble carácter natural y social 13 ya que implica, por un lado, la re producción del género humano – procreación - , la producción de bienes para satisfacer sus necesidades y la acción de satisfacerlas con la consecuente aparición de necesidades nuevas – trabajo -.

Por soc ial se comprende a la cooperación entre varios individuos. Ver Marx, 1992: 161.
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Bajo las relaciones capitalistas de producción, la sociedad se presenta como un campo de conf licto entre quienes poseen el capital y quienes se ven oblig ados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Éstos últimos, los obreros, tal como lo hemos notado antes toman a su propia vida – su fuerza de trabajo como una m ercancía per mitiendo que la explotación se reproduzca y con ella aumenten los beneficios de los propietarios ya que el capital “...Consiste en que el trabajo vivo sir va al trabajo acumulado como medio para conser var y aumentar su valor de cambio ...” (Marx, 1992: 317). En otras palabras, el trabajo alienado consiste en la producción de bienes – no para sí- sino para el mercado, producción de mercancías. Cada mercancía posee un valor de uso , referido a la satisfacción de una necesidad deter minada que se consi gue con ese bien; y un valor de cambio, referido al valor que posee ese mismo producto cuando se destina al intercambio y no a la satisfacción inmediata de una necesidad. La diferencia es relevante cuando se intenta analizar el trabajo dentro de una economía de mercado debido a que todo valor de uso presupone una relación económica deter minada y su valor se obtiene a par tir de su relación con otras mercancías. La teoría del valor trabajo par te de este presupuesto: “... para que algo tenga valor es preciso que se haya fijado en él ‘fuerza de trabajo – trabajo vivo – ya que de otro modo sería imposible producir lo...” (Marx, 1992: 301). El valor de cambio y su medida – el tiempo empleado por el obrero para la producción de un bien son categ orías indispensables para la comprensión del funcionamiento del mercado.

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En su análisis sobre el capitalismo, Marx par te de considerar el trabajo abstracto 14 ya que sostiene que en “... el valor de uso de un bien se objetiva o materializa trabajo humano abstracto ...” (Marx, 1992: 366). Esto significa que el valor de uso depende de la cantidad de tiempo que un hombre necesita para producir ese bien – tiempo de trabajo socialmente necesario - . Ahora, si el trabajo es, en una economía capitalista, un valor de cambio más, o sea, una mercancía, su valor depende del tiempo socialmente necesario para producirla o sea, por la cantidad de productos que el obrero necesita para poder subsistir y reproducirse: “...el coste de pr oducción se cifra siempr e en los gastos de existencia y r eproducción del obrer o ...” (Marx, 1992: 314). Es claro que un trabajador produce, en una jor nada, más de lo que sería necesario para el coste de su subsistencia y reproducción y, este excedente es lo que denomina ‘plusvalía’ – trabajo productivo no remunerado -. Así, entre el trabajo socialmente necesario y el trabajo excedente lo que media es la plusvalía o simplemente la g anancia del capitalista. El trabajo es, entonces, la base a par tir de la cual el capitalista re produce y ejerce las condiciones de explotació n sobre el obrero, es la fuente principal de explotación y, podríamos denominar trabajador a aquella persona que se vea oblig ada para subsistir a ‘ vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario’ (Marx, 1992: 306- 308).

Marx utiliza aquí el concepto de trabajo abstracto ya que se refiere a que ‘ la fuerza de trabajo de la sociedad representada en los valores del mundo de las mercancías figura (...) como una sola fuerza de trabajo humana, aunque consta de innumerables fuerzas de trabajo individuales...” (Marx, 1992: 366)
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En tér minos de la sociedad moderna “…el proceso que engendra al capitalismo solo puede ser uno: el proceso de disociación entre el obrero y la propiedad sobre las condiciones de su trabajo, proceso que de una par te convier te en capital los medios sociales de vida y de producción, mientra s que de otra par te convier te a los productores directos en obreros asalariados…” (Marx, 1978: 608). Este proceso histórico no se produjo de for ma igual en todos los países, pero aún con modalidades diferentes, se llegó al mismo resultado: la r uptura de todos los lazos feudales que ataban al hombre a la tier ra, su transfor mación en mercancía en el nuevo orden económico y la prog resiva concentración de los medios de producción en manos de los capitalistas. De esta for ma, el nuevo obrero asalariado fue oblig a do por la fuerza a conver tirse en mercancía en el nuevo proceso de producción capitalista, a la vez que debería obtener en el mercado las mercancías necesarias para su subsistencia. Pero ¿Cuál es el hecho esencial que diferenciaría al capitalismo de los mo dos de producción anteriores? Según los economistas clásicos, el g ran desar rollo experimentado por las fuerzas productivas que ha dado lug ar a la sociedad moder na, estaría lig ado al prog resivo incremento sufrido por la división del trabajo. La especialización y el intercambio ventajoso para todos los productores serían los factores claves que explicarían la creciente productividad y el desar rollo gig antesco del industrialismo. Sería, en palabras de A. Smith, una consecuencia del cambio, actividad inheren te a la sociedad humana. Para Marx, sin desdeñar estos factores, el hecho fundamental es la producción de mercancías, el valor de cambio. Puede existir división del trabajo sin que,

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indefectiblemente, ello conduzca a la producción de mercancías. No es e xtraño, entonces, que el nuevo régimen de producción aparezca como “un inmenso arsenal de mercancías” (Marx, 1978). De los dos valores que las mercancías encier ran, Marx se desentiende del valor de uso, para centrarse en el valor de cambio. Como vimos, e n el régimen de producción de mercancías éstas son fabricadas para ser cambiadas, después de ser puestas en circulación. El intercambio se producirá mediante una nueva mercancía: el dinero. El régimen de producción de mercancías establece, pues, el proce so M -D- M compuesto de la fase de venta M -D (mercancía- dinero) y compra D- M (dinero mercancía). Este proceso de producción y funcionamiento aleja al productor del momento del consumo del producto (fábrica para vender), a la vez que homog eniza a todas las me rcancías entre sí, per mitiendo su comparación mediante la mercancía dinero. La conexión entre la producción de mercancías y la generación de capital se establece cuando, el primitivo ciclo de producción M -D- M se transfor ma en D- M- D, cambiando el origen y el final del mismo. El primer ciclo (M- D- M) comienza y acaba en la mercancía y su fin último es el consumo o valor de uso, mientras que en el segundo el motivo fundamental es el valor de cambio. El esquema real de este segundo ciclo es D -M D', siendo D' > D, lo que supone que el capitalista produce mercancías que lueg o vende a mayor precio con la única finalidad de aumentar el valor de su capital. En el segundo volumen de El Capital, Marx estudia, de manera detallada el ciclo capital - dinero. El ciclo com pleto estaría integ rado por tres fases diferentes. En la primera, “el capitalista aparece en el mercado de mercancías y de trabajo como comprador; su dinero se

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invier te en mercancías, recor re el acto de circulación D M” (Marx, 1978). La segunda fase la con stituye el proceso de producción, el resultado es una mercancía de mayor valor que la composición de las iniciales (M...M'), mientras que en la tercera, el capitalista retor na a l mercado como vendedor; sus mercancías se convier ten en dinero (M'- D'). Para Marx, el verdadero momento de producción de valor cor responde a la segunda fase. El verdadero objetivo del capital es su reproducción ampliada. El capitalista, no se queda con el plusvalor de la fuerza de trabajo para consumir sino para aumentar su capital. Su fin no sería, el valor de uso sino acumular. La abstinencia obtiene al final su premio: el éxito social. Por este motivo, el estudio de la reproducción simple (sin aumento de capital) lo realiza Marx como paso oblig ado para el desenmascaramiento del verdadero proceso de reproducción ampliada. El capital se reproducirá con mayor rapidez, cuanto más reducido sea el tiempo total que tarda en producirse la plusvalía y que comprende, tanto el tiempo de producción como el de circulación, estando, así, de n uevo en condiciones de volver a ser inver tido. De las tres fases de la reproducción, el tiempo de producción suele ser el más reducido, debido al prog resivo aumento de la productividad, mientras que el tiempo de circulación absorbe la mayor par te del tiempo total, sobre todo, en la venta, la par te más difícil de la metamorfosis. De aquí la impor tancia de disminuir al máximo el tiempo de circulación. La función comercial y los g astos de transpor te son analizados por Marx, fuera de la fase productiva y son co ncebidos, no como un efecto útil deliberado sino como un mal inevitable, destinado a limitar, al máximo, el tiempo de rotación del capital.

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El Estado y la lucha de clases
Desde las primeras for mulaciones de Marx donde obser vaba al estado como el ‘ administrador de los inter eses de la burguesía ’ 15 hasta la de Miliband (1969: 49) de que el ‘ estado como tal no existe’ y pasando por la conocida afir mación de Lenin de que el estado es esa fuerza que consiste en “...Destacamentos especiales de hombres ar mados, q ue tienen a su disposición cárceles y otros elementos...” (Lenin, 1993: 16), el planteo marxista ha avanzado por distintos caminos para dar una definición operativa del estado. Lo que suele remarcarse son las dimensiones que hacen al uso del poder de éste , con la finalidad de la dominación política; el rol de la lucha de clases en el desar rollo del mismo y; la vinculación con la economía. A diferencia del planteo de la ‘teoría pluralista’ donde el poder aparece solo como un recurso político dentro de un sistema que se automantiene g racias al conf licto entre g r upos rivales mediante un proceso de entrada de inputs y salida de out puts que son decisiones ‘imperativas’ que genera el sistema (Easton, 1971: 39 56). El estado, en la teoría marxista, posee un rol fundamental debido a que “...De acuerdo con los axiomas del materialismo histórico, el Estado y las clases se condicionan mutuamente; donde no hay clases no hay estado . Además, en las sociedades de clases las relaciones sociales son, primero y principalme nte, relaciones de clase...” (Therbor n, 1987: 155).
“...Hoy, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses comunes de toda la clase burguesa...” (Marx, 1994 a : 249)
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De este modo, la noción del estado aparece consustancialmente con el nacimiento de las clases sociales como un órg ano que “apenas creado se independiza de la sociedad, tanto más, cuanto más se va convir ti endo en órg ano de una deter minada clase y más directamente impone el dominio de esta clase” (Marx, 1978). A su vez, las clases sociales, pueden ser definidas como ‘conjuntos de agentes sociales deter minados, principal, pero no exclusivamente, por su lug ar en el proceso de producción, es decir, en la esfera económica’ (Poulantzas, 1977). No obstante, la composición de las clases ha ido transfor mándose desde el primitivo estadio capitalista hasta el momento actual de for ma paralela a la creciente división de l trabajo que se ha operado en la sociedad por lo que no puede hablarse, únicamente, de relaciones de propiedad, para expresar la posición de una clase en el entramado social sino que habría que considerar su situación respecto a las relaciones de producci ón. Por ende, en una sociedad no existen, simplemente dos clases enfrentadas entre sí por medio de relaciones de explotación, ya que dentro de las clases sociales se distinguen igualmente fracciones y capas de clase, según ‘las diversas clases, a par tir d e diferenciaciones en lo económico y el papel, muy par ticular aquí, de las relaciones políticas e ideológicas’ (Poulantzas, 1977). En este sentido, el funcionamiento de los aparatos del estado ref lejaría la situación de la lucha de clases en una for mación social deter minada. Por lo tanto, el rol del estado en una sociedad capitalista, consiste en atemperar los enfrentamientos de clase, facilitando la reproducción del sistema social, tanto a nivel económico (asegurar la acumulación del capital y la reproducc ión del trabajo en las for maciones

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sociales), como en las demás instancias, política y jurídico -institucional. Es necesario recordar, que en el centro del planteo marxista, se encuentra una necesidad de orden político moral: superar la sociedad de clases. Así, el objetivo principal de la teoría continúa siendo el de transfor mar y superar la sociedad actual mediante la lucha política, para facilitar la emancipación de la clase social explotada: el proletariado. En este sentido, la afir mación realizada por Marx y Engels en el Manifiesto de que el objetivo inmediato de los comunistas continúa siendo el der rocamiento de la dominación burguesa y la conquista del poder político por el proletariado, es aún, válida. Las diversas estrategias elaboradas desde el siglo pasado para su consecución dieron lug ar a diferentes de marxismos, cuyo análisis excede las posibilidades de este texto. Para concluir, analizaremos el significado de lo urbano dentro del planteamiento teórico marxista. Uno de los puntos de concorda ncia de los autores marxistas que han tratado el tema espacial, es la imposibilidad de encontrar una teoría específica del espacio al margen de una teoría g eneral de lo social. Esta circunstancia, unida al limitado crecimiento experimentado por las ciudades en el momento que Marx vivía, explica un cier to desinterés en el tratamiento del tema urbano en los primeros momentos del desar rollo teórico marxista. Más preocupado por develar los mecanismos de la sociedad y del propio capitalismo, el nivel espacial q uedaba releg ado a un segundo plano, en aquellos limitados casos en que el tema quedó planteado. Para Marx y Engels la separación “existente entre el campo y la ciudad, que caracteriza a todas las sociedades desde la antigüedad hasta el período del moder no capitalismo es, a la vez, la expresión y la base de la división del

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trabajo” (Saunders, 1981: 18). Sin embarg o, el contraste entre el campo y la ciudad significaba más un objeto de estudio propio de los modos de producción anteriores al capitalismo, que de éste último ya que, “…la disolución del modo de producción feudal y la transición al capitalismo encontró en la ciudad un sujeto con identidad propia. La ciudad rompió el sistema feudal medieval, transcendiéndolo de for ma que se convir tió en un sistema parcial con fuerza coherente, capaz de mostrar la existencia del sistema global y además de destr uirlo…” (Lefebvre, 1972: 71). Por el contrario, el capitalismo se asienta sobre la nueva for ma de producción de mercancías. La ciudad desempeña un papel secu ndario, de aquí que “…las nuevas manufacturas hubieran sido constr uidas en los puer tos marítimos de expor tación o en lug ares del campo alejados del control de las antiguas ciudades y de su régimen g remial…” (Marx, 1978: 638). Engels en su descripción de las condiciones de miseria en las que vivía la clase trabajadora inglesa, sostiene, que “…el problema de la vivienda que afectaba a los trabajadores y a una par te de la pequeña burguesía en las ciudades moder nas es uno de los innumerables males de impor tanci a menor y secundaria que resultan del modo de producción capitalista. Para su solución sólo existiría un medio: eliminar definitivamente la explotación y la opresión de la clase obrera por la clase dominante…” (Eng els, 1977: 15). No es extraño, que fuera imposible para Marx, en 1877, aceptar a la ciudad y al campo como conce ptos y categ orías autónomas, leg adas por la historia, para per mitir engendrar el tiempo histórico al nivel de la inteligibilidad teórica. “Estas categ orías debían subordinarse a categ orías más generales, salidas por una par te de rasg os más comunes en toda sociedad (la

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producción, el consumo y su conexión inter na), y por otra par te de rasg os específicos de la sociedad moder na” (Lefebvre, 1972). De lo expuesto, cabe deducir que no existen en el trabajo de Marx y Engels bases suficientes para el desar rollo de una teoría específica de lo urbano. Sin embarg o, el explosivo crecimiento experimentado por las ciudades durante el presente siglo ha per mitido reconocer su impor tancia como lug ar de c oncentración de la producción y el consumo y, el lug ar por excelencia, donde se realizan los ciclos de la reproducción, más complejos que los de la producción, a los que envuelven por lo que han sido otros autores los que, desde los planteamientos clásicos de la tradición marxista, han intentado facilitar la comprensión de los complicados procesos sociales que subyacen en la ciudad.

Weber y la sociología comprensiva
El planteamiento de Weber supone un giro respecto al marxismo. En primer lug ar, Weber “pretende delimitar un objeto de análisis, separando lo científico de la política y los hechos de los valores. (Se trataría, al entender de Weber) de hacer un esfuerzo por deslindar ambos planos, el de ciencia social (ordenamiento conce ptual de los hechos); pero inevitablemente también de política social (la exposición de los ideales)…” (Weber, 1973: 49), sin que lleguen a mezclarse y confundirse. A diferencia de Marx, Weber cree en la posibilidad de elaborar una ciencia social desde una perspectiva no comprometida políticamente. El concepto clave de la sociología weberiana es la suposición de la existencia de

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un individuo libre, cuya conducta exterior en relación con otros está motivada por factores racionales. Así, cualquier conce pto deducido de la realidad social como clase social, estado... etc., no debe ser concebido como un ente social con vida propia, sino como el conjunto de individuos que lo integ ran. Por este motivo, cualquier explicación de una deter minada acción social, concebida siempre en un se ntido subjetivo, debe buscarse por la conf luencia de diversos factores exter nos: “…No hay, en efecto, para Weber una deter minación del proceso histórico por la economía, ni siquiera en última instancia. Lo que si hay es una pluralidad de factores causales. Cual sea la ar ticulación y/o el peso especifico de estos factores es tema de investig ación empírica, pero, por el momento, ya que reconocer que, a este respecto, hay, si, explicaciones específicas convincentes o persuasivas, pero no hay teorías generales satisfactorias. Esto no remite sino, simplemente, a constatar la pluralidad e independencia o autonomía recíproca de aquellos factores, y tratar de descubrir de qué for ma se ar ticulan entre sí, con objeto de explicar fenómenos específicos, tomando estas explicaciones como elementos de referencia para teorías de un orden de generalización mayor, es decir aplicadas a campos de fenómenos cada vez más amplios…” (Pérez Díaz, 1980: 71). Frente al positivismo, que postula la aplicación de un método generalizante, fundado en la abstracción y apto para expresarse con precisión matemática, par ticular mente en la física. Y el historicismo, propio de las ciencias de la cultura, que trabaja con un método individualizante, dependiente de la intuición, apto para comunicar la significación, par ticular mente en la historia, Weber, plantea la necesidad de buscar un conocimiento más ‘perfecto’ de los objetos sociales que

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explique al mismo tiempo, el significado par ticular y la ley general del acontecer social. La solución, la encuentra en la constr ucción de los tipos ideales que, a su entender, “… no son simplemente, como se ha dicho, hipótesis análog as a las leyes científicas hipotéticas. Pueden funcionar como hipótesis de acontecimientos concretos. Por este motivo, si una ley de la naturaleza hipotética fracasa definitivamente en un solo caso, colapsa de una vez y por todas como hipótesis. Las constr ucciones de tipo ideal de la economía política, sin embarg o, no pretenden una validez general, mientras que una ley de la natural eza tiene que tener esta pretensión si no quiere perder su significación…” (Jiménez Blanco, 1978: 374). Estos tipos- ideales pueden ser individuales (capitalismo, burocracia...etc.), no denominados así por su referencia a un fenómeno individual, sino por su relación con una época histórica deter minada, y genéricos, de carácter a - histórico y que sir ven para especificar los elementos a par tir de los cuales los tipos individuales son constr uidos. Weber pretende demostrar que la elaboración de estos tipos ideales o categ orías de análisis no suponen un corsé que limite la liber tad humana. Así lo manifiesta al señalar “…que la creencia de que, en cualquier zona del conocimiento, los postulados deter ministas incluyen el postulado metodológico de establecer categ orías y leyes como la única pretensión, constituye tan g ran er ror como la presunción que sostiene lo contrario que una creencia metodológica en el libre albedrío debe excluir la aplicación de categ orías y reglas para la conducta humana. No existe ninguna base para la creencia de que el libre albedrío humano tiene que estar conectado con una específica incalculabilidad o en cualquier manera

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con cualquier clase específica de ir racionalidad objetiva de la acción humana. Hemos visto que lo contrario es lo que acontece…” (Jiménez Blanco, 1978: 378).

Sociología comprensiva y teoría de la acción.
El planteo Weberiano, par te entonces, de la pretensión de fundar una sociología compr ensi va, es decir una “...ciencia que pretende inter pretándola, la acción social para de esa manera explicar la en sus desar rollos y efectos ...” (Weber, 1944: 5). Para ello, Weber define a la acción social como cualquier tipo de proceder humano que significativamente “...se orienta por las acciones de otros, las cuáles pueden ser presentes o es peradas como futuras...” (Weber, 1944: 16). El énfasis puesto en su constr ucción de una sociología interpretativa y en el sentido subjetivo de la acción hace que la acción humana sea entendida como aquella cuyo sentido subjetivo hace referencia a otro indi viduo o g r upo. Pero ya sea que la acción sea realizada en referencia al significado subjetivo de quién la ejecuta o, por su relación con un tipo ideal, es decir, con una constr ucción conce ptual nacida en la razón y fundada en la experiencia; en principio, esto no alcanzaría para establecer una distinción clara entre los modos de obrar basados en causas racionales y los compor tamientos meramente ir ref lexivos. Debido a que muchas de las acciones humanas se hallan inf luidas por emociones o valores Weber establece el principio de constr ucción racional de los ‘ tipos ideales’. Metodológicamente el tipo ideal constituye lo que podría denominarse un principio de ‘acción racional’ por lo que, si éste es especificado, el hecho de desviársele es útil para el estudio de la acción

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en su relación con el posible inf lujo de elementos ir racionales. Por este motivo, el tipo predominante de inf lujo - racional o emotivo- deter minará la clase de ‘captación inter pretativa de sentido’ que se realizará 16 . En tér minos generales Weber distingue cuatro tipos de orientación del proceder social 17: racional con ar reglo a fines; racional con ar reglo a valores; afectiva y tradicional. En el primero, se pondera el elemento racional en tér minos de cálculo de medios para alcanzar un fin val orando racionalmente las probables consecuencias de los actos y comparando la efectividad relativa de los diversos medios como las consecuencias que se puedan derivar de su obtención y de los medios utilizados para
Giddens hace hincapié en la importancia que Weber otorga en este sentido a la ‘empatía ’ como un medio importante para llegar a comprender la acción que acontece por un fin emotivo, aunque destaca que no debe confundírsela con la comprensión propiamente dicha ya que “...esta última requiere no sólo un sentimiento de simpatía personal por parte del sociólogo, sino también el captar la inteligibilidad subjetiva de la acción...” (Giddens, 1994: 246). Cabe aclarar que Weber diferencia dos tipos principales de captación interpretativa: la ‘comprensión directa’ por medio de la que podemos captar directamente el sentido de una acción mediante la observación; y la ‘explicativa’ -que se divide en dos sub-tipos- y que básicamente implica establecer un vínculo de motivos entre la actividad que observamos y el sentido que le otorga quién la ejecuta. Así podemos afirmar que la captación interpretativa de una acción es subjetivamente adecuada si la motivación que posee no contradice a los modelos habituales o normativamente establecidos. Véase (Weber, 1944: 9). Asimismo para la diferenciación entre lo que Weber denomina la ‘racionalidad formal’ y la ‘práctica’ bien se puede remitir a la citada obra. 17 Las consideraciones que a partir de aquí realicemos se fundan en algunos de los análisis de Quiroga Lavié, 1970.
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alcanzarla; en el segundo, la acción racional con ar reglo a valor es implica la orientación del accionar hacia la consecución de un ideal que constituye objetivos coherentes hacia los que el individuo dirige su actividad. De este modo la principal diferencia entre este tipo de acción y la afectiva es que la última no supone que el individuo posea un ideal definido a través del cuál orienta su accionar, por lo que podemos comprender que la acción afectiva se desar rolla bajo el inf lujo de un estado emotivo y, siguiendo el esquema weberiano, se halla ría en los límites de lo significativo y no significativo, debido a que su sentido no se establece en la instr umentación de medios hacia fines sino en realizar un acto ‘ por que sí’; finalmente, en el cuar to caso, el impulso del acto se desar rolla bajo el i nf lujo de la costumbre y el hábito y procede de un conjunto de ideales o símbolos que no poseen una for ma coherente y precisa. Esta suer te de taxonomía conceptual desar rollada por Weber no tiene por objeto establecer una clasificación general de la acción social sino que podría ser comprendida como un esquema típico ideal cuyo fin es establecer mediciones racionales sobre las cuáles analizar las desviaciones ir racionales de la acción 18. La condición de predecibilidad de la acción humana se apoya en su carácter relacional (toda acción implica necesariamente una relación social) lo que supone unifor midades de conducta que se establecen por medio del ‘uso’ 19 y la ‘costumbre’ 20.

Esto mantiene una estrecha relación con la afirmación de que el análisis de la acción social permite realizar su predecibilidad. 19 “...Por uso debe entenderse la probabilidad de una regularidad en la conducta, cuando y en la medida que esa probabilidad de una regularidad dentro de un grupo de
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El capitalismo y la sociedad moder na
En la ‘Ética Pr otestante y el espíritu del capital’, Weber intenta “...deter minar la inf luencia de cier tos ideales religiosos en la f or mación de una mentalidad económica, de un ‘ethos económico’ ...” (Weber, 1984: 33). Para esto, par te de la premisa que existe una relación entre la ‘ética económica moder na y la ética racional del pr otestantismo ascético’ (Weber, 1984: 33) por lo cual su investig ación se orienta a descubrir la relación entre capitalismo y refor ma 21 . Según él, la característica principal de las sociedades moder nas no es el lucro sino ‘ el compr omiso disciplinado con el trabajo ’. El ‘espíritu del capitalismo’ se fundaría, precisamente, en combinar la g anancia de dinero mediante la realización de actividades económicas legítimas con un uso moderado de los ing resos en el consumo personal. “... La ganancia de dinero – cuando se verifica legalmente - representa, dentr o del orden económico moder no, el resultado y la expresión de la vir tud en el trabajo ...” (Weber, 1984: 59) Weber intenta demostrar que existe una tendencia creciente a la racionalizació n de la vida “...sobre la base del estricto cálculo, el hallar se ordenada, con
personas no se basa en otra cosa que en su práctica efectiva ...” (Weber, 1944: 23). 20 La costumbre es definida como “... un uso que descansa en un arraigo duradero ...” (Giddens, 1994: 256). 21 En este sentido, Weber aporta evidencias empíricas sobre las correlaciones que existen entre el culto religioso y la elección profesional. Así, por ejemplo, “...los católicos se orientan ha cia carreras humanísticas con mayor frecuencia que los protestantes que optan, generalmente por estudios técnicos y profesiones de tipo industrial y mercantil...” (Weber, 1984: 44).

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plan y austeridad, al log r o del éxito económico aspirado ...” (Weber, 1984: 67). De allí, que la tradicional for ma de org anizar la actividad productiva fue suplantada por el act ual cálculo contable y la racionalidad económica que condujeron a la “... desaparición del idilio, al que sustituyó la lucha áspera entre los concur rentes; se constituyeron patrimonios considerables que no se convir tieron en plácida fuente de renta, sino que fueron de nuevo inver tidos en el negocio y el género de vida pacífica y tradicional se trocó en la austera sobriedad de quienes trabajaban y ascendían porque ya no querían gastar, sino enriquecer se ...” (Weber, 1984: 74). En este sentido, la idea del trabajo, como una vocación, se produce cuando el protestantismo, por medio del desar rollo del concepto ético -religioso de profesión log ra que ‘ el individuo considere como un deber el cumplimiento de su tar ea profesional en el mundo ’ (Weber, 1984: 91). La verdadera transfor mación que dio paso a la sociedad moder na se encuentra entonces en los ideales de la ética protestante que dieron lug ar al surgimiento de un nuevo tipo empresarial estimulado, en primer lug ar, por la conce pción Luterana que oblig aba a ‘cumplir’ con el deber religioso a través de la “... gestión moral de la vida día a día...” (Giddens, 1994: 216- 217); más tarde, por medio de la conce pción Calvinista de la ‘ pr edestinación’, que significaba que la salvación de las almas está asegurada para un det er minado número de personas pero al ser imposible saber quiénes son ellas, la única for ma de asegurarse la propia salvación es una intensa actividad en el mundo y una vida disciplinada y rigurosa, el trabajo comenzó a poseer la más alta valoración ética ya que el éxito

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económico comenzó a ser visto como el signo de encontrarse bajo la salvación divina. La conclusión a la que ar riba Weber es que los puritanos escogieron de manera subjetiva trabajar en una profesión, “... la división del trabajo en el moder no capitalismo obliga al hombr e a seguir el mismo camino ...” (Weber, 1983: 222-224). Destaca que las ideas religiosas cumplen una función legitimadora ya que “... no las ideas, sino los inter eses materiales e ideales, gobier nan directamente la conducta de los h ombres. No obstante, muy a menudo las ‘concepciones del mundo’, que han creado las ‘ideas’, han deter minado, a modo de guarda gujas, las vías por las que las dinámica del interés ha impulsado la acción. ‘De qué’ y ‘para qué’ deseaba uno redimir se y, no lo olvidemos, podía ‘ser redimido’, dependía de la pr opia concepción del mundo ...” (Citado por War ner, 1982: 142) Si bien Weber matiza su postura al sostener que la inf luencia del calvinismo tuvo mayor inf luencia en los g r upos empresariales, su idea fundamen tal seguirá siendo que la ascética protestante se divulg a y produce cambios en el funcionamiento económico, las actitudes hacia el trabajo y otras esferas de la vida social. Con ello, intentaba refutar las tesis materialistas que sostenían el la esfera ma terial deter minaba el desar rollo de las ideas: “...Conviene emancipar se de aquella concepción que pretendía explicar la Ref or ma como debida a una necesidad de la evolución histórica, deduciéndola de deter minadas transf or maciones de orden económico...” (Web er, 1969: 50). Weber había percibido los cambios que traía aparejado el desar rollo de la economía capitalista y el sistema industrial: “... el proceso de división del

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trabajo y de especialización y, sobr e todo, el proceso de fraccionamiento del trabajo en l as g randes empresas moder nas; la transfor mación del proceso de trabajo por la introducción de nuevas máquinas o por cambios en las existentes; la transfor mación de la jor nada laboral y de las pautas en el trabajo; la intr oducción de sistemas salariales dir igidos a pr emiar deter minados rendimientos cualitativos y cuantitativos; todos estos procesos significan, en cada caso concreto, una transfor mación de las exigencias planteadas al sistema psicofísico del obrero...” (Weber, 1994: 77). La impor tancia de su análisis reside en su concepción del inf lujo racionalizante de la esfera económica sobre la actividad laboral y, desde allí, sobre la sociedad. Sin embarg o, el tratamiento del tema de la ciudad es limitado, debido a que Weber, considera la ciudad, como una constr ucción válida para un momento par ticular de la historia, centrándose sobre todo en la ciudad europea medieval y su impor tancia en el desar rollo del capitalismo, verdadero objeto de estudio del autor. La ciudad debe ser concebida con un doble carácter, económico y político. Desde el primer punto de vista, la ciudad es el lug ar de mercado per manente, donde la población satisface unas necesidades de intercambio. A ella habría que añadir la capacidad de administrar un presupuesto de ing resos y g astos. La especificidad de la ciudad de occidente sería la constitución de una comunidad, que para Weber debe estar marcada por un conjunto de rasg os, lo que le per mite constr uir otro de sus tipos ideales. “…Son ellos: 1) una for tificación, 2) un mercado, 3) un tribunal judicial autónomo, 4) una for ma relativa de asociación y 5) una autonomía, al menos parcial, y por tanto, una administración dirigida por autoridades en cuya selección par ticipen los burgueses…” (Weber, 1958).

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Este tipo de ciudad ideal contrasta, para Weber, con la ciudad antigua, o con la ciudad oriental y asiática, donde la comunidad como tal, no existía y; donde el conce pto religioso no cristiano, ayudaba a la per manencia de las estr ucturas tribales o de clan. El conce pto de ciudad, como lug ar de asociación, sólo se produce para Weber en el occidente medieval europeo. En este sentido, al igual que Marx, Weber tampoco considera a la ciudad como un área impor tante de estudio debido a que, a su entender, la ciudad no constituye la base de la asociación humana y, por lo tanto, carecería de sentido la constr ucción de una teoría del urbanismo de las sociedades capitalistas.

La sociología positiva: Durkheim.
A diferencia de Weber, la concepción de la acción humana, en Durkheim, se halla vinculada con su i ntento de fundar una ‘sociología positiva ’ que par ta del principio de mostrar a la sociedad como una realidad exter na al individuo y regida por diferentes modos de cohesión social que, a su vez, condicionan los diferentes modos de ‘ conciencia colectiva ’ por medio de la que se moldean los caracteres individuales. Su tesis es que la división del trabajo dentro de la sociedad moder na y el paso de la solidaridad mecánica a la orgánica implica el aumento de intensidad de la conciencia colectiva así “...en for ma general, el precepto que nos ordena especializar nos es impugnado por todos lados por la máxima contraria, que nos ordena realizar todos un mismo ideal ...” (Durkheim, 1967: 33). Durkheim se aleja del criterio subjetivo de los individuos como par ticipantes de la acción social, para centrarse en la conciencia colectiva transmitida de

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generación en g eneración, que coacciona y modela a la conciencia individual. Durkheim se sitúa claramente en la línea del positivismo francés. Buscando un objeto de estudio, qu e asegure la objetividad y el empirismo necesario a todo conocimiento científico, considera que “…los fenómenos sociales son cosas y como cosas deben ser tratados... Es cosa, en efecto, todo lo que es dado, todo lo que se ofrece o, mejor aún, se impone a l a obser vación. Tratar los fenómenos como cosas equivale a tratarlos como data que constituyen el punto de par tida de la ciencia…” (Durkheim, 1965: 35). Por ello Durkheim “…asignará a la sociedad y, en par ticular, a los hechos sociales una existencia y una realidad independientes de los individuos que la componen, en lug ar de limitarse a consignar la pluralidad y la complejidad de los niveles de análisis de la realidad social…”· (Pérez Díaz, 1980: 85). Una vez fijado el objeto material de análisis y la cosificación como realidad tangible de los hechos sociales, la teoría sociológica para Durkheim debe ser constr uida inductivamente por medio de la obser vación. Ello es posible de efectuar porque aunque los individuos cambien, continúan manteniéndose los efectos del hecho social. “…Si los individuos que componen una sociedad cambian de un año a otro, sin embarg o, el número de suicidas es el mismo…”. ¿Pero como medir la esencia fundamental de estos hechos sociales? Durkheim supone que existe una relación fundamental entre lo que puede ser directamente obser vado y lo que define el hecho social en sí, pudiéndose utilizar indicadores capaces de medirla. “…Dos principios básicos sir ven para establecer un nexo de relación causa- efecto: 1. Que la causa deter minante de t odo hecho social debe ser buscada entre los hechos precedentes y no entre los estados de

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conciencia individual. 2. Cada efecto procede de una única causa. Si aparecen varias causas, ello significa que varios fenómenos deben ser explicados…” (Durkheim, 1965a: 35 ). El método a utilizar para el descubrimiento de las causas sociales es el de la variación -concomitante. El propio autor se manifiesta así al señalar que solo existe una manera de demostrar que un fenómeno deter minado es la causa de otro: comparar l os casos en que ambos están presentes o ausentes, y comprobar si las variaciones que presentan en diferentes combinaciones de circunstancias indican que uno depende de otro. Esta afir mación abre la posibilidad de utilizar las cor relaciones obser vadas para expresar relaciones de tipo causal. Quizás sea El suicidio la obra en que mejor ilustra Durkheim los principios metodológicos expuestos en las reglas, demostrando que “…actos tradicionalmente considerados como estrictamente íntimos, circunscritos al fuero inter no y ajenos a toda explicación social, pueden ser analizados sociológicamente…” (Giner, 1982: 613). El carácter social del suicidio obedece a causas de orig en sociológico. Utilizando un abundante material estadístico, Durkheim dedujo la cor relación existente entre religión y suicidio. Con valores extremos, a un lado y otro del espectro se encuentran los librepensadores y los judíos y en medio protestantes y católicos. También aparece en un mayor g rado en los solteros que en los casados, lo que per mite al autor sacar conclusiones sobre la inf luencia de la anemia y la falta de lazos afectivos más profundos, como la causa del mismo. Por todos estos motivos, Durkheim concluye que el suicidio puede ser tratado como una “cosa” y que es por tanto un objeto de estudio de la sociología.

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El mismo método se re pite en el análisis del fenómeno religioso. En Las for mas elementales de la vida r eligiosa, Durkheim postula que la religión es una cosa social, rechazando los planteamientos de tipo psicologista e individual. Analizado el material empírico de una sociedad primitiva australiana, lleg a a la conclusión de que en los momentos de concentración con otras personas, el hombre trasciende su propio yo personal, de manera que las creencias, ideas y prácticas religiosas simbolizan al g r upo social, convir tiéndose Dios mismo en una representación colectiva de la propia comunidad. En este sentido, intenta dar una explicación del cambio social y sus efectos en las relaciones entre los individuos. Así, se puede afir mar que La División Social del trabajo es un estudio sobre las consecuencias de la moder nización, o si se prefiere, sobre el paso de una sociedad org anizada de manera ‘simple’ a una sociedad caracterizada por procesos de diferenciación y una org anización ‘ compleja’. Y, como el título de su obra lo indica, le asigna a la ‘ división social del trabajo’ un rol fundamental en estos cambios. A diferencia de Marx, que consideraba a la sociedad como el resultado de las relaciones entre los individuos que se org anizan, de mod o tal que, se establecen las pautas a par tir de la cual la sociedad se apropia del excedente; Durkheim la considera como una realidad exter na al individuo y regida por diferentes modos de cohesión social, los que a su vez condicionan los diferentes modos d e ‘conciencia colectiva’ por medio de la cual se moldean los caracteres individuales 22. De allí las
Es interesante, aunque excede la intención de este trabajo, observar com o Durkheim toma como indicador de la división anómica del trabajo a la tasa de suicidios y la considera como un hecho ‘objetivo’ para la medición de la fuerza que la
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profundas diferencias en la inter pretación del conf licto entre capital y trabajo que se pueden obser var entre ambos autores. La División Social del Trabajo, como análisis y obra, se encuentra dividida en tres par tes: abcLa función de la división social del trabajo Las causas y las condiciones de la que depende Las f or mas anor males de su desar rollo.

La premisa básica del análisis Durkhemiano es que la división social del trabajo es el hecho fundacional de las sociedades y, “...el principal promotor y pr oductor de la solidaridad entr e sus miembros ...” (Durkheim, 1992: 84). Esta solidaridad queda demostrada por la imposibilidad de cada individuo de satisfacer por sí solo todas sus necesidades y es, en sí misma, un hecho de índole moral por lo que como tal, es imposible de obser var de un modo objetivo. Durkheim, solucionará este problema metodológico de la ‘subjetividad’ considerando al sistema jurídico como la cod ificación de las nor mas sociales imperantes, o sea, como la expresión objetiva del orden moral existente. Las conductas individuales surgen como alg o condicionado per manentemente por el entor no social y por ello, no pueden ser estudiadas ni explicadas por referencias a motivos individuales debido a que, en tér minos generales, aún las categ orías más inter nas de nuestro pensamiento se derivan y proceden de la experiencia social y solo en sociedad podemos lleg ar a concebirlas. La diferencia entre los hombres y los animales es que a los primeros la capacidad de
moralidad posee en la ‘conciencia colectiva’ y como esa fuerza se vincula con el grado de desarrollo social. (Durkheim, 1992: 69).

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imaginación le es estimulada por su entor no inmediato que se halla regulado nor mativamente. Esta regulación es necesaria y adquiere el significado de fuerza moral ya que el individuo por sí solo no podr ía limitar todas sus pasiones por lo que es necesario que las personas se realicen bajo la coerción de una fuerza moral exterior. Así, la existencia del derecho penal queda interpretada, como la aplicación de un castig o ante una conducta socialmente establ ecida como transg resora y su función social es for talecer en cada individuo los sentimientos de unión con su colectividad. En otras palabras, la función de la división del trabajo es afir mar la ‘conciencia colectiva’ 23 por medio de for talecer la solidarida d entre las personas de una sociedad. Cuando esto no es posible la sociedad se reasegura su mantenimiento por medio del derecho penal cuya principal función es la “...proteger y r eafir mar la conciencia colectiva frente a actos que cuestionan su santidad ...” (Giddens, 1992: 142). Es de esperar que, cuanto más avance la división del trabajo mayor sean los lazos y las relaciones entre las personas y, por ende, aumenten en cantidad las leyes que rigen sus conductas: “...Cuanto más solidarios son los miembr os d e una sociedad, más relaciones diver sas sostienen, bien unos con otr os, bien con el g r upo colectivamente tomado, pues, si sus encuentros fueran escasos, no dependerían unos de otros más que de una manera inter mitente y débil. Por otra par te, el número de éstas relaciones es

Se refiere al “...conjunto de creencias y de los sentimientos comunes al término medio de los miembros de una misma sociedad, (y que) constituye un sistema determinado que tiene vida propia ...” (Durkheim, 1992: 104).
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necesariamente proporcional a las reglas jurídicas que las deter minan ...” (Durkheim, 1992: 85). Desde esta perspectiva, cuanto más avanza la división del trabajo vemos que surgen dos tipos diferentes de derechos: el penal y el civil, ‘a mbos funcionan como ‘ pr ece ptos jurídicos/legales’ a las nor mas de conducta socialmente sancionadas’ (Durkheim, 1992: 90). Éstas sanciones, a su vez, son de dos tipos: represivas Derecho Penal - o restitutivas - Derecho Civil- éstas últimas implican la re paración de la trasg resión por medio de un acto que restablezca las relaciones tal como se hallaban al momento de ser transg redida la ley. Toda sociedad se encuentra unida por diversos tipos de cohesión que dan for ma a la ‘conciencia colectiva’ de esta proposición, dijimos, par te el análisis Durkhemiano. La existencia de dos tipos de derecho, tal como lo indicamos antes, implica que existen dos modos diferentes de cohesión social y, la distinción clave que realiza Durkheim se refiere a los rasg os que caracterizan a una sociedad que se funda en lo que él denomina ‘solidaridad mecánica’ frente a una sociedad que se basa en lo que denomina ‘ solidaridad or gánica’. En su obra no desar rolla un estudio histórico detallado sobre las dos for mas de org anización soci al sino que se limita a oponer ambos tipos de org anización con el fin de indicar sus diferencias. De este modo, la solidaridad mecánica o por semejanza cor responde a un tipo de sociedad en la que la ‘totalidad de creencias y sentimientos comunes a la medi a de los miembros’ es más fuer te debido a que la individualidad no se halla aún plenamente desar rollada por lo que, en ella, la ‘conciencia colectiva, envuelve completamente a la conciencia individual que acepta de manera espontánea los valores y creencias como así también el lug ar que le toca ocupar en la división del trabajo. El tipo de

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derecho que expresa éstas relaciones es el derecho penal – represivo - , al que Durkheim le otorg a un carácter fundamentalmente social ya que su aplicación implica que se h an violado o afectados valores colectivos 24 . Mientras en las sociedades tribales el modo de cohesión social era la solidaridad mecánica a medida que se desar rolla la división del trabajo, comienza a aparecer un nuevo tipo de solidaridad, la orgánica . Con e lla, los hombres se especializan y desar rollan su singularidad individual y la sociedad se constituye por medio de su interdependencia y no por la aceptación espontánea de sus nor mas. Por ello, “...En el primero (el caso de la solidaridad mecánica) lo que denominamos así es un conjunto más o menos organizado de creencias y sentimientos comunes a todos los miembros del g r upo: es el tipo colectivo. ...” y, al ser espontánea su aceptación, no es necesaria la existencia de aparato coercitivo alguno para producir la ni para mantenerla. (Durkheim, 1992: 247). “...Por el contrario, la sociedad, de la que en el segundo caso somos solidarios, es un sistema de funciones diferentes y especiales unido por relaciones definidas ...” cuyo origen es la interdependencia perso nal y se desar rolla a medida que crece y se for tifica la individualidad y, en la medida que esto sucede, la sociedad necesita asegurarse su desar rollo por medio de la existencia de un apar to coercitivo elaborado para tal fin.
Durkheim diferencia entre delito y crimen. Un acto es criminal “...Cuando ofende los estados fuertes y definidos de la conciencia colectiva...” (Durkheim, 1992: 106). Mientras que un delito se encontraría más vinculado al ámbito privado y, la pena se aplicaría de manera privada ya que “...posee una sanción represiva y una sanción restitutiva...” (Durkheim, 1992: 120).
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A medida que la división del trabajo avanza los individuos comienzan a ag r uparse “... con ar reglo a la naturaleza par ticular de la actividad social a la cual se consa g ran. (Por lo que) Su medio natural y necesario no es ya el medio natal sino el medio profesional...” (Durkheim, 1992: 226 - 227). Por este motivo comienza a extenderse el derecho civil – de carácter restitutivo - que regula los contactos inter individuales y g r upales 25. En lo que Durkheim denomina ‘circunstancias nor males’ la sociedad proporciona a los individuos nor mas morale s que son consideradas como legítimas para disciplinarlos restringiendo su modo de obrar. Sin embarg o, en circunstancias anómicas no es capaz de ejercer esta inf luencia. Durkheim introduce uno de sus conce ptos principales para su análisis de la sociedad moder na: la anomia, su argumento es que si bien división del trabajo dentro de la sociedad moder na y el paso de la solidaridad mecánica a la orgánica implica el aumento de intensidad de la conciencia colectiva éste entre en contradicción con el los principi os de la división social del trabajo, de allí que “... en for ma general, el precepto que nos ordena especializar nos es impugnado por todos lados por la máxima contraria, que nos ordena realizar todos un mismo ideal...” (Durkheim, 1967: 33). La división del trabajo en la sociedad moder na necesita, por esto de la incor poración de nuevas for mas complementarias de compor tamiento ya que es indispensable que los individuos se comprometan en múltiples relaciones de intercambio entre sí. Para Durkheim no es tan i mpor tante que un individuo sig a
A éste crecimiento Durkheim lo denomina ‘densidad dinámica’.
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un curso de acción preestablecido como que sí existan mecanismos que regulen nor mativamente su interacción 26 ya que, “... A cada instante y a menudo de improviso nos encontramos contrayendo éstos lazos, ya sea que compremos, v endamos, ya que viajemos (...), etc. La mayoría de nuestras relaciones con nuestr os semejantes son de naturaleza contractual. Por lo tanto quedaríamos inmovilizados si fuera necesario, cada vez emprender nuevamente las luchas, las negociaciones necesaria s para establecer mejor las condiciones del acuerdo en el presente y en el futur o ...” ( Durkheim, 1967: 263) Si bien no el autor no realiza un análisis en profundidad sobre las causas que dan lug ar a la división del trabajo señala, entre otras, la concentración de la población en espacios ter ritoriales limitados; la for mación y desar rollo de las ciudades y el prog reso de las comunicaciones. Y, tal como afir mé anterior mente, hace hincapié sobre todo, en los conf lictos sociales que se obser van en la sociedad capitalista de su tiempo. Según él, éstos conf lictos tienen su orig en en una división ‘ anómala’ del trabajo ya que “... la falta de reglamentación de las relaciones entre los órganos que la componen pr oducen una falta de solidaridad y, el anta gonismo...” (Durkheim, 1967 : 273 -27 4).

Durkheim insiste en el principio, según el cuál, los fenómenos soci ales deben ser estudiados según sus funciones que son específicamente sociológicas y que podrían ser distintas de los propósitos que guiaban a los individuos que las realizasen, merced a lo cuál “...la función de un hecho social debería siempre buscarse en relación con algún fin social...” (Durkheim, 1992: 121) cuya orientación es la de armonizar a la sociedad y la relación de ésta con su medio ambiente.
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Durkheim señala, no obstante, otra for ma de división del trabajo, la coercitiva pero argumenta que la misma no alcanza para generar solidaridad de manera que cada individuo pueda ocupar un lug ar y poseer una función social definida, ya que es necesario y ‘conveniente’ que esa función le resulte conveniente y apropiada. Bajo la coerción a algunos individuos se les otorg an funciones que deben cumplir por oblig ación, y, en ese sentido la solidaridad que genera es imperfecta. La conclusión podría resumirs e diciendo que la falta de regulaciones en los contactos entre capital y trabajo dan lug ar a una situación anómica que pueden ter minar haciendo crónico el conf licto de clases. A diferencia de Marx, Durkheim no analiza las consecuencias de la división del trabajo en los individuos ya que tiende a mirar los aspectos positivos de dicha división: desar rollo de la personalidad individual con mayores márgenes de iniciativa para los sujetos; mejoramiento de la actividad funcional y del rendimiento de la persona comprometida con un papel profesional o, mayores posibilidades para g arantizar la movilidad social de los trabajadores. El análisis Durkhemiano concluye afir mando la necesidad de establecer mecanismos que g aranticen la igualdad y que inter medien el conf l icto entre clases y, al mismo tiempo critica aquellas posiciones económicas, utilitaristas e individualistas, que solo ven a la sociedad como un ag reg ado de acciones individuales sin una reglamentación moral que opera por encima de ellas.

El hecho urbano
El planteamiento de Durkheim respecto a la ciudad es dual. Por una par te, el ter reno de la vida verdaderamente moral sólo comienza allí donde se inicia

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el campo de la vida colectiva. Como vimos, Durkheim, opone a las sociedades de solidaridad mecánica la s sociedades de solidaridad orgánica basadas en la división del trabajo, con diferentes órg anos, cada uno de ellos con un papel a desempeñar. “…Este paso de un tipo de sociedad a otra lo explica Durkheim, de una par te, por el acercamiento material de los i ndividuos, que se realiza a través de la transición del nomadismo a la ag ricultura, de la for mación de las ciudades y del crecimiento del número y la rapidez de las comunicaciones; y, de otra, por el aumento del volumen de la sociedad que multiplica las re laciones intrasociales…” (Remy y Voye, 1976: 257). En consecuencia, se considera a la ciudad como elemento clave para comprender el paso de la sociedad de un estadio a otro, al favorecer el desar rollo de la división del trabajo. Para investig ar las causas y la marcha de la división del trabajo de la estr uctura moral de la sociedad, Durkheim eligió el sistema del derecho. Las sociedades primitivas pueden ser definidas por un derecho represivo, donde el individuo no existe absolutamente como tal y cualquier conducta que se separe del compor tamiento esperado es castig ada br utalmente. Por el contrario, en las sociedades moder nas el hombre está lig ado a la sociedad por lazos indirectos por medio del derecho contractual. Este tipo de ley es un indicativo de la so lidaridad derivada de las diferencias complementarias de los individuos. Para Durkheim, el incremento de la densidad material, unida directamente a la ciudad, puede conducir al de la densidad moral, aunque, en algunos casos anor males, la división del traba jo no produzca solidaridad y deba ser mantenida por la coacción y la represión. La guer ra de clases sería concebida de esta manera, como una división coactiva del trabajo impuesta por la sociedad civilizada.

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Desde esta perspectiva, la conce pción durkheimn iana se aleja del org anismo y del funcionalismo, donde los diversos órg anos sociales ‘funcionan’ siempre de manera integ rada y complementaria. En consecuencia, además del reconocimiento de lo urbano como una fuerza positiva para el desar rollo de la liber ta d individual, queda asociado con los aspectos patológicos de la ciudad moder na. En resumen, Durkheim “…se refiere a la cuestión urbana de dos for mas diferentes. Primero, como una condición históricamente impor tante para el desar rollo de deter minadas fuerzas sociales (al crear la concentración material estimula la división del trabajo, lo que facilita el desar rollo que rompe los lazos con la moral tradicional). En segundo lug ar, la ciudad moder na favorece el desar rollo de la desorg anización patológica que ref leja el estado anómico de la sociedad moder na…” (Saunders, 1981: 47).

CAPÍTULO CUARTO Apor tes de la Ciencia Social al Análisis del Espacio Urbano.
En el capítulo anterior vimos que ni Marx, Weber o Durkheim lleg aron a la elaboración de una teoría sobre la ciudad. Como consecuencia, los primeros apor tes de la teoría social al estudio del fenómeno urbano, tendrán lug ar, bien dentro del marco ecológico de carácter biologista, característico de la tradición evolucionista, entonces dominante; o bien, a par tir de la concepción culturalista de la sociología urbana clásica, con el planteamiento dualista campo -ciudad donde se contraponen lo r ural y lo urbano como dos for mas culturales radicalmente diferentes. Ambas concepciones dominaron durante mucho tiempo el tratamiento teórico -social de la ciudad. Únicamente el paradigma de Durkheim inf luyó, de for ma decisiva en el planteamiento metodológico utilizado por los ecólog os urbanos de la Escuela de Chicag o, al per mitir establecer una relación directa en el estudio del compor tamiento humano, entre las fuerzas ocultas del mundo sub -social y su objeto directo de análisis: la comunidad. Por su par te, los apor tes teóricos de Marx y Weber quedaron oscurecidos, en un primer momento, y sólo fueron retomados con fuerza a par tir de los años sesenta. En el desar rollo de la primera etapa del estudio de la ciudad, los principales apor tes provinier on de la escuela sociológica alemana, principalmente de George Simmel, quien marcaría la pauta, al exponer la impor tancia de la

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co ncentración espacial en la transfor mación de las relaciones sociales. Posterior- mente, la inf luencia en Louis Wir th será decisiva en el intento por constr uir, dentro de la nueva perspectiva culturalista, una teoría atemporal de la ciudad. A comienzos del siglo XX, el crecimiento experimentado por las ciudades constituyó una motivación fundamental para el estudio del fenómeno urbano. En este sentido, “…uno de los g randes inter rog antes de los años veinte en los Estados Unidos venía constituido, sin duda alguna, por el br utal crecimiento de las ciudades; y en la medida en que un cier to número de investig adores de la Escuela de Chicag o había estudiado en Alemania o, al menos, había leído los trabajos sociológicos de la Escuela alemana, era perfectamente lógico esperar que el enfoque adoptado por ésta volviera a aparecer en la manera en que estos sociólog os iban a abordar la cuestión urbana…” (Remy y Voye, 1976: 199).

Simmel y las for mas de la vida mental.
Simmel entiende su proyecto sociológico como la búsqued a del completo significado de cada pequeño hecho cotidiano. En el prefacio de Philosophy of Money (1990b), expone sus dos principales orientaciones: dar cuenta de las interacciones sociales cotidianas y sobrepasar el materialismo histórico, de manera de ex plicar el orden económico como el resultado de valores y condiciones psicológicas. La opción de Simmel por lo cotidiano, por la for ma en que los individuos experimentan los cambios de su época y cómo éstos afectan su condición inter na, lo aleja de las for mas positivistas de hacer sociología.

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Cuando Simmel escribe La metrópolis y la vida mental se basó en su experiencia urbana de Berlín a principios de siglo. Como lo ha explicado Frisby (2001), este ensayo está anclado en un ter ritorio definido y especifico – Berlín - , y sus obser vaciones despeg an de obser vaciones concretas. Para Simmel, la cultura no existe sino a través de relaciones sociales, y para entender la cultura moder na del Berlín de principios de siglo, él obser va a los individuos; vivos, ensimism ados, urbanos. La primera obser vación que realiza es que, en el mundo moder no, todo interactúa con todo lo demás, que esa for ma múltiple, compleja y simultánea de interacción es la característica de la condición moder na. Por ende, su objetivo, en La metrópolis y la vida mental es explicar cómo el individuo se acomoda en esta red de interacciones en las que se ve inser to en la metrópolis moder na: “Inter rog o acerca del significado de la vida moder na y sus productos, para ello, (…) es necesario responder a la pregunta acerca de cómo la personalidad se acomoda para ajustar a las fuerzas exter nas…” (Simmel, 1990: 55). Simmel basa sus análisis en las for mas de coordinación horaria, el transpor te, la diversidad de la población, las larg as distancias, los medios de comunicación. Su tesis central, puede resumirse en que, en la ciudad, ‘el mundo exter no se vuelve el mundo inter no del individuo’ (Frisby, 1985). Por lo que, la esencia de la moder nidad sería que la experiencia y la interpretación de la realidad exter na , como si ésta fuese lo que constituyera el mundo inter no de las personas. El f lujo y ritmo del mundo exter no es incorporado al mundo inter no del sujeto, y con ello, la experiencia de la moder nidad se vuelve presente inmediato; el habitante de la g ran ciudad no puede escapar de ella ni posponerla porque la ha incor porado a su respiración.

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“No voy a detener me en las consecuencias que tiene este proceso para el hombre moder no, ni en las estrategias – como la actitud blasé - que desar rollan los individuos para sobrellevar la avalancha de estímulos de la ciudad, ya que no hay mejor fuente para adentrarse en esos temas que el ensayo mismo. Mi interés ahora es explorar cómo La metrópolis y la vida mental sir ve de guía para obser var procesos de objetivación en ciud ades contemporáneas en las que otras moder nidades se desar rollan…” (Simmel, 1990: 32) La preocupación es la ciudad, en la medida que, es en este espacio específico donde se producen los procesos de moder nización. Ahora bien, Simmel no entiende a la moder niz ación como desar rollo económico y bienestar, sino como condición moder na, como cultura. Por ello, no sólo la describe desde el punto de vista psicológico, que es el que se desar rolla en La metrópolis y la vida mental, sino también desde la obser vación de la estética, las relaciones de género y poder, la percepción del otro como individuo y como límite físico. En otras palabras, su intención es realizar una descripción de la condición moder na y, para ello utiliza diversas fuentes materiales, obser vables y tangibles. En este sentido, si asumimos a la moder nidad como cultura y aceptamos que ‘ésta puede adoptar múltiples for mas’ (Eisenstadt, 2000); la mejor for ma de intentar describir las par ticularidades, de cada una de esta múltiples condiciones moder nas e s, a través de las interacciones sociales y de la exploración del encuentro entre el mundo moder no – como sea que éste se manifieste - y el mundo inter no de los individuos. La etnog rafía, como método de investig ación social, aparece especialmente ‘apropiada para concentrarse en los fragmentos de la condición moder na en contextos específicos’ (Miller, 1987), y a través de ellos adentrarse en la lógica de cada moder nidad.

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Es claro, entonces, que los procesos de la moder nidad son procesos (y crisis) de la urba nización. En este sentido, Simmel, antes que pensar a la urbanización toma a la ciudad como alg o dado y desar rolla una psicología social de la moder nidad que Rober t Park llamaría, más tarde, sociología del urbanismo o “sociología urbana.”. Para Simmel, la moder nidad es la transición de una sociedad tradicional caracterizada por relaciones de parentesco en una economía feudal (ag rícola) de tr ueque, a una sociedad industrial dominada por relaciones impersonales, especializadas y con funciones muy compar tamentalizadas regidas por el cálculo racional de la g anancia o pérdida de dinero. A diferencia del marxismo, sus sociología es más analítica que crítica, y por ello estudia el ambiente extensivo del individuo, más que su ambiente inmediato (relaciones de cla se trabajador- jefe, de producción: la máquina, la línea de ensamble, el edificio de la fábrica y los tur nos de trabajo diario) y, considera que éste ambiente, el urbanismo, se caracteriza por ocho aspectos. Para ilustrarlo, tomemos el caso hipotético de “Juan” un campesino que lleg a a la ciudad: (Primer aspecto) desar rolla una actitud de blasé — una saturación de los sentidos que le lleva a un descar te del r uido alto y escandaloso y de todo lo que es ir relevante a sus necesidades personales. La reser va emoc ional y la indiferencia en el ámbito urbano reemplaza n a la atención aguda de los detalles del ambiente r ural. (Segundo aspecto) reemplaza la calidad de su trabajo por la cantidad de horas trabajadas, por las que percibe un salario. A su empleador solo le interesa el trabajo, no se preocupa por las necesidades de salud, espirituales, comunitarias, sexuales o de cualquier tipo. (Tercer

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aspecto) su vida per tenece ahora a un mundo impersonal de puro intercambio monetario. (Cuar to aspecto) es un consumidor anónimo de bienes producidos en masa. (Quinto aspecto) asiste y par ticipa del espectáculo en masa del consumo que se exhibe en las tiendas de depar tamentos. (Sexto aspecto) su vida cotidiana de consumo está nor mada por el mismo cálculo racional con que fue deter m inado su salario. La vida cotidiana está dominada por relaciones asociadas al dinero y al cálculo racional como medios para sobrevivir en el mundo capitalista. El éxito de Juan depende de su conocimiento y del dominio de la técnica para la buena administr ación del dinero. Si log ra esto, subestimará a sus primos ignorantes del campo. (Séptimo aspecto) Mientras que la naturaleza impone su ritmo a la vida del campo, la ciudad exige ajustes a una segunda naturaleza, dominada por el reloj y en los confines de un espacio constr uido. El cálculo racional del tiempo y del dinero es prer requisito para la sobrevivencia del Juan en su segunda naturaleza del medio urbano (el medio constr uido de concreto, acero y vidrio que se llama ciudad). (Octavo aspecto) Finalmente, Juan, se convence de que esta transfor mación inter na no es mala, sino que lo ha liberado de las limitaciones de la sociedad tradicional y de sus dictados releg ados en el tiempo. Ahora es “libre” de escoger amig os, trabajo y lug ar para vivir. Se ha afir mado que, el análisis de Simmel, no es un espejo de la condición moder na de las ciudades contemporáneas sino que es útil para orientar la atención a las interacciones sociales. A par tir de este planteo, Thrift (2000), refor mula lo dicho por Simmel entendie ndo a las ciudades como un sistema de órdenes prácticos diversos que interactúan entre sí, donde la for ma de interacción es más impor tante que el orden.

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En esta línea, no podemos hablar de una condición moder na completa y cer rada y entender la descripción de Simmel como estática. La actualidad de Simmel reside en su preferencia por obser var las interacciones sociales, entendidas como fragmentos, y desde ellas intentar explicar lo social. Pensemos, por ejemplo, en las for mas de socialización en las g rand es ciudades. Esta se produce por medio de la disociación del Otro, es decir, se desar rollan estrategias para relacionarse con el Otro de manera distante, aunque se esté inmerso en la multitud. A esta suer te de estado de indiferencia de los habitantes de las g randes ciudades, descrito por Simmel, se suma la inter nalización del ritmo acelerado de las metrópolis y la sustitución del mundo inter no del individuo con el mundo exter no, el resultado es que el sujeto pierde su capacidad de asombro y reacción al no diferenciar su individualidad de su entor no.

La Escuela de Chica go: La Ecología Humana
El origen de la Sociología Urbana en los EE UU es en la University of Chicag o 27. A diferencia del análisis de Simmel, la ‘Ecología Humana’ se presenta como una perspect iva que intenta aplicar los procesos y conceptos biológicos al mundo social. Su tesis principal es que la ciudad y la vida, en ella, es producto de la competencia en el medio natural.

Sobre las escuelas de Chicago y Manchester es posible consultar a Hannerz (1993) o Signorelli (1999), que presentan de manera amplia las contribuciones principales de ambas escuelas, así como las críticas que recibieron tanto por su trabajo como por los presupuestos teóricos o metodológicos desde los que partieron sus estudios.
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A su vez, el medio natural es entendido como una fuerza instr umental que deter mina las características de la ciudad, por lo que, la ciudad opera en dos niveles: el biótico y el cultural. El primero, da como resultado la estr uctura de la ciudad que surg e de la competencia de los habitantes por los recursos escasos (for ma de org anización); el segundo, es la for ma de vida que surge como una respuesta adaptativa a la org anización de la ciudad resultante del nivel biótico, por lo que, es un proceso de ajuste simbólico y psicológico que da por resultado que la ciudad se manteng a por un acuerdo de sentimientos compar tidos y de cooperación entre los actores sociales. También es necesario decir que, los trabajos de Rober t Park no se interesaron tanto como Simmel en el estudio del encuentro del individuo con la moder nidad sino que se enfocaron, en el análisis específico del medio de Chicag o y, mientras los pensadores europeos como Weber, Marx y Simmel vieron la ciudad como un ámbito donde las mayores fuerzas del capitalismo interpretaban un drama humano, los urbanistas de la escuela de Chicag o evitaron el estudio del capitalismo per se; en su lug ar, prefirieron conceptualizar la vida humana de for ma biológica. Para ellos, el análisis urbano, era una rama de la ecología humana. Bajo la inf luencia de las tesis de Spencer, que también vio a la sociedad como dominada por la biología más que por las leyes económicas del desar rollo, entendieron a la competencia económica como un caso especial de la lucha por la sobrevivencia y asumieron que todos los individuos en la ciudad se enfrascan en e sta lucha y se ajustan a ella de distinta for ma. Aunque los análisis de la industrialización, de Marx a Durkheim y a Weber hayan tomado, marginalmente, en

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consideración el hecho urbano, la afir mación de una teoría sociológica específicamente aplicable a la ciudad no toma fuerza sino hasta la publicación de los trabajos de Park, Burg ess y Mc Kenzie, puntualmente, “The City” (1925). Park ve en la ciudad la imagen viva de la nueva sociedad, el laboratorio que pone a disposición del sociólog o la más completa y variada g ama de nuevos fenómenos sociales y, entre éstos, especialmente, todos los relacionados con la integ ración y cohesión de una for mación social sometida a un ritmo de cambio fulgurante y sin precedentes; por otra par te, esboza y ‘prefigura el tema de la cultura urbana que, recogido y desar rollado por Wir th, vendrá a constituir uno de los pilares básicos de la sociología urbana, y a conver tirse en sonsonete inevitable de todo discurso sobre el cambio social’ (Castells, 1971: 46). Su trabajo se centró en el estudio de los problemas sociales de las minorías étnicas y las for mas de seg reg ación del espacio urbano. Su modelo fue la ciudad de Chicag o que, en aquella época presentaba un fuer te crecimiento demog ráfico a causa de la inmig ración. Así, tanto la desorg anización social como la desmoralización de los individuos en el seno de sociedades en transición y sometidas a transfor maciones estr ucturales, más o menos br uscas, ocuparon un lug ar central en la literatura sociológica de Rober t E. Park. Se puede afir mar que la sociología urbana, tal como la comprende la escuela de Chicag o, adopta una orientación similar y los procesos de org anización y desorg anización social, de aculturación y asimilación de g r upos e individuos en la complejidad de las g randes a glomeraciones urbanas, pasan a un primer plano en sus investig aciones sociales.

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Al destacar los procesos en sí mismos, se advier te que lo transitorio ejerce, en esta escuela, un inf lujo muy peculiar y poco disimulado. Lo transitorio, de hecho, recibe un estatuto privilegiado como tiempo y proceso sociales, como ámbito en el que explorar tendencias, actividades y tipos de compor tamientos innovadores. La continua referencia a las "áreas de transición" resulta muy ilustrativa en este sentido. Si lo efímero y fugitivo representa la experiencia de la moder nidad, hay que admitir que lo transitorio define, en lo esencial, la experiencia urbana de Chicag o, la ciudad que habría de conver tirse para Park y sus discípulos, en el laboratorio de obser vación clínica de la vida social. Para comprender cómo se ar ticula, en la teoría ecológica y sociológica, el trabajo de Park, consideremos que un factor esencial en la constitución de Chicag o fue la mig ración que recibió, tanto por su volumen como por su composición. Las nociones de movilidad social y ter ritorial, volumen poblacional, heterogeneidad, densidad y desorg anización social y personal. En efecto, la explosión demog ráfica relativamente re pentina supuso la transfor mación de las condiciones sociales de los g r upos afectados, nativos e inmig rantes. De ahí algunos de los planteos que, en par te, nos recuerdan las tesis evolucionistas (acerca de las bifurcaciones y r upturas en el desar rollo social) y que, en cualquier caso, están presentes en la concepción ecológica de las crisis de los ecosistemas, incluidos los ecosistemas urbanos y que puede resumirse así: un factor exter no precipita una fase crítica de la que surgirá una nueva división del trabajo, una nueva distribución de los g r upos y un ajuste del conjunto. Como todo proceso de adaptación es problemático y genera tensión entre los g r upos implicados, esa tensión se manifiesta en la desmoralización de los individuos

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afectados y da lug ar a compor tamientos desviados, unas veces en for ma de tumultos colectivos y otras en conductas de aislamiento o desviación individual. Visto así, para Park, el individualismo, aun cuando sea tan g rato para la conciencia del hombre moder no, puede lleg ar a constituir un problema, incluso ,en una sociedad como la nor teamericana ya que po ne en jueg o el problema de la constr ucción del entramado social: "Vivimos (...) en un período de individualismo y de desorg anización social. Todo está en estado de agitación - todo parece que está cambiando. Parece como si la sociedad fuera una constelación de átomos". Y continúa Park: "El simple movimiento de la población de un lug ar a otro -por ejemplo la actual mig ración de neg ros hacia el nor te - es una inf luencia per turbadora. Desde el punto de vista de la g ente que emig ra, este movimiento tiene un aspe cto liberador, en el sentido que les abre nuevas opor tunidades económicas y culturales, pero desequilibra tanto las comunidades que han abandonado como las que comunidades a las que se dirig en…" (Park, 1996: 380). Los intentos por comprender la situación social de los recién lleg ados a las g randes aglomeraciones e inter venir pragmáticamente fueron numerosos; su objetivo, era abordar la cuestión de la asimilación social y cultural, la desorg anización social y la desmoralización de los inmig rantes. Desde es te punto de vista, se buscó una explicación sociológica que per mitiera eludir las implicaciones deter ministas de la teoría del medio cuyas tesis, cabe recordar, sostenían que los climas eran deter minantes en la confor mación de las diversidades culturales y raciales, éstas tesis podían tener connotaciones racistas de la interpretación fisiológica,

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al modo en que venía for mulada en el discurso de Gobineau 28 . Los planteos de Park, dejaban al margen los factores extrasociales y se orientaron por la máxima de qu e lo social sólo puede explicarse por lo social. En este sentido, el problema de los inmig rantes (que era también y cada vez más un problema con los inmig rantes) no residía en su raza sino, en el conjunto de cambios al que estaban sometidos al desplazarse de un lug ar a otro: cambios en los universos culturales (campo -ciudad, tradición- abstracción racional), familiares (modelo extenso frente al nuclear, cambios en la concepción y práctica de la autoridad), económicos (actividades primarias y empleos que por su originalidad bien merecían per tenecer al club de los neg ocios raros de Chester ton), etc. Cabe destacar que Las investig aciones de Thomas y Znaniecki sobre los inmig rantes polacos inauguraron una línea de trabajo que después se mostraría fr uctífera por su andamiaje teórico y las técnicas empleadas. En “El campesino polaco”, a par tir de la elaboración de una serie de hipótesis, her ramientas de trabajo y conce ptos -actitud, org anización social, desmoralización individual y el ciclo org anización- desorg anización reorg anización de los inmig rantes- éste trabajo, sentaría las bases teóricas y metodológicas de investig aciones posteriores, sobre todo, en la interpretación de los

Arthur de Gobineau (1816-1882) ofrece en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-55) una interpretación de la importancia del factor racial en el desarrollo social. El determinismo racial elaborado por Gobineau se sustenta -si acaso esto es posible - en la arbitrar iedad de las variables elegidas e ignoradas; dicho de otro modo, no tiene justificación científica sino ideológica.
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procesos de asimilación y cambio cultural en las g randes aglomeraciones. La inf luencia de Thomas 29 se puede obser var en Park y su concepción sobre el ciclo de las relaciones étnicas como un proceso de org anización- desorg anización reorg anización que marcan el conjunto de las interacciones entre inmig rantes y nativos. Éste esquema, se apoy a en la distinción de cuatro etapas prog resivas a las que, les cor responde un orden social par ticular, g ráficamente:

PROC E SO SOC I AL Rival id ad Co nf l ic t o Ad a pt ac i ó n A si mil ac i ó n

ORD E N S OC I AL Equ il ib r i o e c o n óm ic o Or d e n po lí tic o Or g a ni za c i ó n soc ia l Pe r so na lid ad y he r e nc i a c ul tur a l

La primera etapa, no es sino una for ma elemental de interacción donde el contacto social, en sentido estricto, está ausente por completo. La relación se reduce a un universo de coexistencia económica que deter mina la distribució n del trabajo y del espacio. El orden que llamamos moral, no surg e hasta etapas posteriores. El conf licto, en este sentido, pone de manifiesto una toma de conciencia por par te de los sujetos rivales en situación de co -presencia. "De un modo general -afir man Park y Burgess en “Introducción a la Ciencia de la Sociología” - puede decirse que la rivalidad deter mina la posición de un individuo en la
Aunque no solo de éste sino también de William James, Josiash Royce, John Dewey y, especialmente, de Georg Simmel.
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comunidad; el conf licto le asigna un lug ar en la sociedad". De lo impersonal e inconsciente se pasa a la concie ncia del otro, y al establecimiento de una cor riente de solidaridad entre iguales minoritarios. La tercera fase, la adaptación, supone una mutación donde remite el conf licto en un esfuerzo de reajuste entre los g r upos e individuos: se toleran y controlan mutuamente. La asimilación culmina el ciclo de relaciones étnicas y supone una fase de acercamiento, fusión y mezcla de los valores de los g r upos implicados así como la elaboración de un patrimonio común de nor mas y valores, en definitiva de nuevos re per torios de conducta; también supone la constr ucción de una nueva memoria común que es producto del g r upo que se hace junto a ella y sobre su base. Se puede adver tir una cier ta visión optimista y prog resista de Park y de la escuela de Chicag o acerca de las mig raciones: la movilidad socioter ritorial y la asimilación (concretada en el mito del ‘melting pot’), representan un avance cultural y un prog reso de la humanidad a diferencia del estancamiento moral de las identidades únicas: el mestizaje es, a todas luce s, culturalmente provechoso aunque, toda asimilación presenta ‘lagunas’ para deter minados g r upos en la medida que, el distanciamiento y la seg reg ación social tienen una base económica. De for ma tal que, algunos g r upos, al sufrir un ataque exterior, refuerzan su disciplina comunitaria y su identificación racial. Este habría sido el caso de los neg ros para los que la asimilación se presentaba más como alg o cultural que social. A título de ejemplo, hay que adver tir la seg reg ación sistemática y los compor tamientos de huida de la población blanca ante la presencia de los ‘neg ros’ en deter minados sectores,

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conducía a una significativa reducción de los precios de la vivienda en tales áreas. Otro tanto podríamos afir mar en el caso de la población asiática en las g randes ciudades nor teamericanas de la costa del Pacífico: la explotación a la que se vieron sometidos dio lug ar a un profundo rencor hacia ellos como mano de obra barata y competencia desleal ("el pelig ro amarillo"). Las segundas y posteriores g eneracio nes pudieron, sin embarg o, avanzar hacia la asimilación en tanto que se vuelven, como los judíos, híbridos sociales. Los híbridos culturales, hijos del contacto y de la mezcla social entre g r upos y culturas diferentes inmig rantes y nativos- son la evide ncia de la asimilación, aunque su existencia transcur ra, en ocasiones, bajo condiciones material y espiritualmente dramáticas. La ciudad constituye su escenario, y en par te su condición y resultado ya que la ciudad misma es un híbrido.

La ciudad y el ext raño: el hombre marginal
Park estima que la g ran ciudad, por su extensión, tamaño demog ráfico y densidad, por su diversidad étnica y profesional, por las numerosas y variadas for mas culturales y tecnológicas que muestra y por la división del trabajo que r ige en su interior define una nueva for ma de existencia: nuevos y distintos patrones de interacción social, de compor tamiento y de org anización comunitaria. Esta argumentación, que sienta las bases de lo que se conocerá más adelante como las tesis de la c ultura urbana, se apoya sin duda en la teoría simmeliana, pero se aprecian ecos de la morfología social durkheim niana, ya que la for mación social en transición que nos

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describe de continuo Park puede ser entendida en tér minos del paso de una solidaridad mec ánica a una solidaridad orgánica. Como expresión de una org anización social compleja, la ciudad se sitúa en los antípodas de la pequeña comunidad donde impera el ‘espíritu de campanario’. En efecto, el ambiente urbano se caracteriza por una potente carg a secularizadora y un racionalismo difícil de hallar en el medio r ural, mucho más concreto y par ticular, mucho más apeg ado al ter r uño, a sus ritmos cotidianos, a sus interacciones previstas y necesarias. En dichas comunidades, el todo se impone a las par tes, que son homogéneas y unifor mes. En cambio, en la g ran ciudad, nos hallamos ante la individualización de la persona y ante una org anización social fundada sobre intereses racionales y preferencias temperamentales. De ese modo, se comprende que en “Mig raciones Humanas y el Hombre marginal” (1928), Park, retome una fór mula bastante usual en sus escritos: “…En las ciudades el viejo clan y los g r upos de parentesco se han disuelto y han sido reemplazados por una org anización social basada en intereses racionales y en preferencias temperamentales. De un modo más concreto, la g ran división del trabajo que rige en las ciudades per mite y más o menos oblig a al hombre individual a concentrar sus energías y su talento en la tarea específica que mejor desempeña, y en este sentido él y sus compañeros se emancipan del control de la naturaleza y de las circunstancias que tan rigurosamente dominan al hombre primitivo…” (Park citado en Coulon, 1994: 38). Para Park, el habitante metropolitano se caracteriza por una cier ta c or tesía distante, un trato ar tificial y despeg ado, lejos de lo concreto y lo local, dominado por el espíritu er rante y cosmopolita que guía sus

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interacciones. En buena medida estos rasg os se explican, en la teoría parkiana, por la difusión de la economía monetaria y el uso del dinero - patrón de las relaciones sociales dentro de una comunidad de intereses que pone el acento en lo objetivo cuantificable, o dicho de otro modo, en la instr umentalidad del otro. "El dinero -dice Park en clara alusión simmeliana - es el medio fundamental de la racionalización de los valores y de la sustitución de los sentimientos por los intereses. Precisamente porque no experimentamos frente al dinero ninguna actitud personal o sentimental (…) se convier te en el medio más preciso de intercambio". Pero además, el hombre de la g ran ciudad no sólo no teme sino que gusta de la movilidad, del anonimato y de la liber tad que este medio le g arantiza. Esa movilidad ter ritorial y social parecen asegurar la for mación de una mentalidad pecul iar (…) Mientras el hombre está unido a la tier ra y a sus lug ares, mientras la nostalgia y la mor riña hag an presa de él y susciten inevitablemente el reg reso a los sitios familiares y a los lug ares que conoce bien, nunca realizará plenamente otras ambiciones características de la humanidad, a saber : moverse libremente y sin límites sobre la superficie de las cosas mundanas y vivir, como puro espíritu, en su conciencia y en su imaginación...” (Park, 1999: 125 - 130). Sin duda, la exposición de g r upos e individuos a nuevos estímulos en la for ma de significados, actividades, patrones de pensamiento o nor mas de conducta, suponen en mayor o menor medida un replanteamiento - cuando no una modificación de hechode las maneras propias de obrar y pensar. La ciudad constituye el escenario privilegiado de esa movilidad sin desplazamiento o estimulación cultural. Una de las características de las g randes ciudades es su configuración espacial en áreas seg reg adas, donde

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residen g r upos sociales distintos. Estos sectores na turales y sociales, constituyen, para Park, ámbitos diferenciados por su composición y costumbres, valores, universos de discurso, nor mas de decencia y de presentación, coloreando vivamente el ambiente urbano. El individuo puede moverse entre estos g r upos y escapar, así, de las constricciones del g r upo primario, de los vínculos locales. Es por este motivo que el ambiente urbano posee una diversidad social y cultural, una liber tad que estimula y educa al ciudadano en nuevas referencias de compor tamiento posible. Así, el conce pto de ‘El hobo’ se refiere a un tipo social que representa esa movilidad y ese patrimonio nor mativo típicamente urbano y deslocalizado: el vag abundo, el trabajador ocasional que deambula de acá para allá, sin patria, sin techo y sin d ueño, al modo en que Walt Whitman lo hacía ("Qué supones que ha de satisfacer el alma / sino el caminar libre y no reconocer dueño"). Aunque se ha visto en ese vag abundo al hombre marginal, en r ig or, el "hombre marginal" de Park es en lo esencial el judío, el judío emancipado. Unos y otros compar ten esa tendencia, voluntaria y forzada hacia el movimiento continuo, que proporciona esa mentalidad tan peculiar. El hobo no sufre el malestar difuso de la dicotomía moral y su referencia g r upal es consus tancialmente débil. El ‘judío er rante’ constituye, en Park, al tipo social que re presenta, mejor que ningún otro, el cosmopolitismo típicamente ciudadano: el espíritu de la abstracción y lo racional f rente al sentimiento (el dinero como medio parece ser instr umento y causa); un ser móvil que está a caballo de dos mundos contiguos y casi siempre ajenos. Ese es el drama de Heine como antes fue, en cier to modo, la tragedia de Silok, el judío que retrató

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Shakespeare en El mercader de Venecia. El hombre marginal, que trata de abandonar su g r upo original quedando en esa medida expuesto a su ira y a su oprobio - con el fin de alcanzar e integ rarse en el g r upo mayoritario. Es ese hombre el que representa la figura del conf licto y del avance cultural, porque viene a constituir de algún modo el fer mento, el reactivo o catalizador social. En estas consideraciones se advier te el interés de Park por los efectos subjetivos de la movilidad (emig ración en este caso, que se manifiesta no como movimiento de pueblos sino de individuos), su interés por los tipos modificados que genera; e igualmente se pone de manifiesto sus inf luencias intelectuales, en par ticular la de Simmel, él mismo judío. Si la emig ración, en cuanto significa la no vinculación a un punto del espacio, constituye el conce pto opuesto al sedentarismo, la for ma sociológica del 'extranjero' representa, en cier to modo, la unión de ambas deter minaciones, aunque revelando que la relación con el espacio no es más que la condición por una par te, y el símbolo por otra, de la relación con el hombre. El extranjero, el inmig rante, es un ser móvil (el comerciante, a lo larg o de la historia, con su impor tancia en los procesos de intercambio material y cultural, y en la for mación misma de las ciudades o en el desar rollo del capitalismo). El extranjero viene hoy y se queda mañana; está sin lleg ar a per tenecer. La gestión de la proximidad y del alejamiento le confiere una posición par ticular y distante - el próximo está lejano; el lejano está próximo - que le otorg a una objetividad y una claridad de juicio de la que carecen los miembros de la comunidad porque se encuentran perdidos entre los afectos y las oblig aciones de los vínculos locales. Esa y no otra, es la historia del judío y de la diáspora:

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movilidad y racionalidad (abstracción); el sesg o intelectual, el sesg o del urbanita moder no que deviene un extraño ante los demás. Posiblemente un ser desar raig ado, pero en esa medida un hombre libre.

Las teorías del desar rollo urbano
Los trabajos de la Escuela de Chicag o no se ag otaron en Park, al respecto, Roderick McKenzie, concentró sus investig aciones en el análisis de los patrones de uso del suelo. Para ello, siguió la tesis que éstos son resultado de la lucha/competencia (bajo una división del trabajo) por la localización. Así, las mejores localizaciones son g anadas por los mejores “luchadores” o los más poderosos y, los menos poderosos, reciben las localizaciones de la ciudad menos deseadas. Mc Kenzie estudió a la ciudad, en tanto que, sistema ecológico, al tratar de establecer las condiciones de su funcionamiento orgánico, situándose en una perspectiva intelectual similar y paralela a la de Malinowski, es decir, en la perspectiva originaria del funcionalismo. Cabe destacar que en tanto sistema ecológico, para McKenzie (1933: 26), existen áreas naturales, que se encuentran en una relación simbiótica y competitiva constante de unas contra otras. En cier tas circunstancias la ‘invasión’ de una comunidad establecida, por el avance de la tecnología, la política o las mig raciones, producen cambios drásticos con efectos diversos para cada área, tal como ocur rió en el caso de la Ciudad de Nueva Cork con la lleg ada del fer rocar ril. Siguiendo la línea de trabajos de McKenzie, Amos Hawley (1972) se centró en la sistematización de las bases de esta perspectiva pero, superando la supeditación de la sociedad al espacio, la concibió como una ar ticulación prog resiva de ‘comunidades humanas

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especialmente definidas’ (Hawley, 1972: 227 y ss.). Que lueg o, dará lug ar al planteo de Otis Duncan (1959) quien elaborará la noción de “complejo ecológico” constituyendo, así, una teoría de la regulación y del cambio del sistema social de la comunidad, a par tir de la interacción de los cuatro ele mentos que la componen: medio ambiente, población, tecnología y org anización social’ (Castells, 1971: 47). En lo esencial, el planteo de Hawley y Duncan, acabaron de dar for ma a la ecología humana a par tir del desar rollo del concepto de ecosistema social. Según esta teoría, lo único que tienen en común los seres humanos con otros seres vivos es la necesidad de sobrevivir con los recursos que encuentran en el medio ambiente, pero, a par tir de ahí, la adaptación humana es totalmente diferente. La de las especies no humanas es una adaptación mecánica, mientras que la del ser humano es siempre social, ya que se lleva a cabo a través de la cultura y sus elementos materiales (tecnología) y no- materiales (for mas de org anización social, ideologías, creencias, valores, etc.…). El ecosistema humano, se define, por lo tanto, como un sistema dinámico relativamente autónomo, compuesto por una comunidad natural y su ambiente físico y está for mado por cuatro elementos , población, medio ambiente, tecnología y org anización social, en continua interacción entre sí, por lo que los cambios en cualquiera de ellos tienen repercusiones en los demás, lo que implica que, aunque el ecosistema siempre tienda hacia un equilibrio, éste no se alcanza nunca, ya que la continua interacción entre los cuatro elementos provoca desajustes, tensiones y conf lictos, que se tienen que resolver necesariamente a través del cambio social.

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Dentro de los apor tes de la Escuela de Chicag o a la teoría de la urbanización, es necesario destacar a Er nest W. Burgess (1925) que desar rolló la Teoría de zonas concéntricas. Su tesis principal es que las ciudades crecen y se desar rollan hacia el exterior en círculos concéntricos que resultan de un proceso competitivo. De acuerdo con el modelo de círculos concéntri cos de Burgess, una ciudad crece “hacia fuera” desde un distrito central comercial donde se localizan los empleos, la industria, la diversión, las oficinas administrativas, etc. en una serie de anillos aproximadamente concéntricos (como los del cor te del tronco de un árbol), cada uno con diferente uso del suelo. La zona en transición contiene industria y vivienda de bajo ing reso. La industria es confinada a un distrito y tiene diferentes submercados de vivienda. Las áreas, siguientes: definidas por Burguess serían las

Zona I: coincidiría con el Central Business District, centro de los neg ocios y área neurálgica de funcionamiento económico, social y cultural de la ciudad. Sería la zona de precio del suelo más elevado y con uso intensivo. Rodeando a este núc leo central se localizaría un área de venta al por mayor, industria lig era y a veces un mercado. La función residencial sería mínima. Zona II: es una zona de transición, que rodearía a la anterior. Primitivamente sería una franja suburbana, lug ar de resi dencia de comerciantes y otros ciudadanos. Con el crecimiento de la ciudad, el área entraría en fase de deterioro, convir tiéndose en una zona de vivienda de baja calidad, par te de la cual estaría ocupada por los bar rios bajos. Zona III: sería el área trabajadores independientes. de residencia de los Su población estaría

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integ rada por trabajadores de fábricas y tiendas, con un nivel superior al anterior. Zona IV: sería el área de las mejores residencias, zona de viviendas dirigidas a las clases media y superior, de calidad elevada. Zona V: es el área de commuters, situada entre las isocronas de 30 y 60 minutos. Sería un área de viviendas unifamiliares suburbanas, la clásica ciudad - dor mitorio. Zona VI: de carácter fundamentalmente ag rícola. Zona VII: hinter land de la metrópoli. El apor te original de Burguess, consistió en comprender que existe una estrecha relación entre desar rollo económico, transfor maciones sociales y org anización del espacio. No obstante, su teoría del crecimiento urbano en sucesivas zon as concéntricas no representa, como puede parecer a primera vista, una generalización empírica un tanto ingenua, sino que es más bien una afir mación de la dependencia del espacio — y, por lo tanto, de la ciudad— con respecto a una deter minada estr uctura soc ial. La “ciudad producto de la sociedad” marca la pauta y la orientación básica de toda cor riente historicista de la sociología urbana en Estados Unidos, con autores como Mumford, Sjoberg, Firey, For m, etc. Cor riente que ha ejercido singular fuerza atract iva sobre los sociólog os europeos en general, y sobre los franceses en par ticular (Chevalier, Lefebvre). (Castells 1971, 46). Las principales críticas al planteo de Burgess, provinieron de Hoyt (1939) quien sostuvo que la ciudad se desar rolla por sectores que se diferencian por actividades económicas. Es decir, una ciudad crece “hacia fuera” desde un centro comercial, en una serie de ejes o sectores centrados en r utas de transpor te.

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Har ris y Ullman (1945) también han criticado a Hoyt y se han diferenciado de este al sostener la teoría de los núcleos múltiples. Según ésta, las ciudades no tienen un solo dentro, sino que tienen muchos “minicientros”. Las actividades similares se localizan en la misma área y crean “miniciudades” dentro de la ciudad mayor. Según el modelo de núcleos múltiples de Har ris y Ullman, las ciudades se desar rollan alrededor de una serie de centroides o núcleos. Los usos del suelo más conocidos se identifican en áreas que cor responden a distintos núcleos alrededor del centro histórico y comercial y, sobre todo, en los suburbios. No obstante, ninguna ciudad sigue la for ma pura de algún modelo. La mayoría de las ciudades tienen aspectos visibles de los tres modelos y son, por lo tanto, compuestas.

El urbanismo como modo de vida
Dentro de la Escuela de Chicag o pero alejándose de la cor riente de la Ecología Humana, podemos citar a Louis Wir th. Sus estudios, a diferencia de los autores anteriores, se enfocan en el estilo de vida más que en la estr uctura urbana. Su tesis principal es que el urbanismo o for ma de vida urbana es función de la densidad, tamaño y heterogeneidad de la población. En su trabajo “El urbanismo como modo de vida” (1938) intenta definir las características y la for ma de producción de la cultura urbana. Se trata de un esfuerzo teórico en el seno de la sociología por establecer un objeto teórico (y por consiguiente, un campo de investig ación) específico de la sociología urbana. Sus ecos, treinta y tres años después [Castells escribe en 1971], continúan dominando la dis cusión. Lo que nos incita por una vez a intentar una exposición sucinta, pero fiel, de su perspectiva con el fin de definir

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los temas teóricos sobre la “cultura urbana” a través de sus pensadores más serios. Para Wir th [“Urbanism as a way of life,” American Jour nal of Sociolog y, julio, 1938], el hecho característico de los tiempos moder nos es la concentración de la especie humana en gig antescas aglomeraciones, a par tir de las cuales la civilización ir radia su luz. Frente a la impor tancia del fenómeno es urg ente establecer una teoría sociológica de ciudad que supere, de una par te, los simples criterios geog ráficos y, de otra, no la reduzca a la expresión de un proceso económico, por ejemplo, la industrialización o el capitalismo. Decir “sociología” equivale para Wir th a centrarse sobre los seres humanos y sobre las características de su relación. A par tir de aquí, toda la problemática gira sobre una definición y una inter rog ación. Una definición sociológica de ciudad: “Localización per manente, relativamente e xtensa y densa, de indivi duos socialmente heterogéneos”. ¿Cuáles son las nuevas for mas de vida social producidas por estas tres características esenciales de dimensión, densidad y heterogeneidad de las aglomeraciones humanas? Wir th se consag ra a destacar la impor tancia de estas relaciones causales, entre características urbanas y for mas culturales. En primer lug ar, en lo concer niente a la dimensión de una ciudad: cuanto mayor es, más amplio del abanico de variación individual y más g rande será también la diferenciación social, lo que deter mina el debilitamiento de los lazos comunitarios, reempla zados por los mecanismos de control for mal y por la concur rencia social. Por otra par te, la multiplicación de las interacciones produce la segmentación de las

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rela ciones sociales y suscita el carácter “esquizoide” de la personalidad urbana. Los rasg os distintivos de un sistema de comportamiento tal son, por consiguiente, el anonimato, la superficialidad, el carácter transitorio de las relaciones sociales urbanas, la anomia, la falta de par ticipación. Esta situación tiene consecuencias sobre el proceso económico y sobre el sistema político: de una par te, la segmentación y el utilitarismo de las relaciones urbanas acar rean la especialización funcional de la actividad, la división del trabajo y la economía de mercado; de otra, ya no es posible la comunicación directa, los intereses de los individuos no son defendidos más que por representación. En segundo lug ar, la densidad refuerza la diferenciación inter na, porque, paradójicamente, cuanto más próximo se está físicamente, más distantes son los contactos sociales a par tir del momento en que resulte necesario no comprometerse más que parcialmente en cada una de las per tenencias. Hay, por tanto, yuxtaposición, sin que nece sariamente se produzca una combinación de medios sociales diferentes, lo que implica el relativismo y la secularización de la sociedad urbana (indiferencia a todo lo que no está directamente lig ado a los objetivos propios de cada individuo). En fin, la cohabitación sin posibilidad de expansión real desemboca en el salvajismo individual (para evitar el control social) y, por consiguiente, en la ag resividad. Por su par te, la heterogeneidad social del medio urbano per mite la f luidez del sistema de clases y la tasa elevada de movilidad social explica que la filiación a los g r upos no sea estable, sino lig ada a la posición transitoria de cada individuo: hay por tanto, predominio de la asociación (basada en la afinidad racional de los intereses de cada individuo) sobre la comunidad,

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definida por la per tenencia a una clase o estatuto. Esta heterogeneidad social cor responde también a la diversi ficación de la economía de mercado y a una vida política fundada en los movimientos de masas. En fin, la diversificación de las actividades y de los medios urbanos provoca una fuer te desorg anización de la personalidad, lo que explica la prog resión del crimen, del suicidio, de la cor r upción, de la locura, en las g randes metrópolis. Para Wir th, en quien se obser va la inf luencia d e Tönnies, el g r upo primario o las relaciones personales íntimas caracterizan a las áreas r urales. En la ciudad, en contraste, las relaciones son secundarias y de carácter temporal, superficial e impersonal. El dominio de las relaciones secundarias produ ce anomia y distancia a los habitantes urbanos, que raramente conocen a las personas con las que interactúan tales como el empleado del super mercado, compañeros en el transpor te público, de trabajo, y aún vecinos. De tal modo que las relaciones secundarias llevan a la r uptura familiar, el alcoholismo, el crimen y otros aspectos neg ativos de la vida urbana, en la medida que producen un tipo de vida o cultura urbana cuyos problemas pueden ser explicados por el tamaño de la población (en 1000s de habitantes), su densidad (hab. por km2) y composición o heterogeneidad social (y/o étnica) (en % de niveles de ing reso o hab. que hablan deter minada lengua). Así, la ciudad recibe un contenido cultural específico y se convier te en su variable explicativa. Y ‘la cultur a urbana lleg a a proponerse como modo de vida’ (Castells, 1971b). Gans (1972) ha criticado estos planteos al considerar que el ambiente urbano no afecta la vida de las personas. Las diferencias entre la ciudad y los suburbios

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se deben a las diferencias de clase, edad, y estilo de vida pero no existen, a su entender, cualidades propias de la vida urbana que causan problemas específicos tales como el divorcio, sino que los factores responsables son las características de la población tales como estrato social , estado civil, edad, pobreza, raza y nivel educativo. Fischer (1975), a su vez, ha sostenido que el enfoque de Gans y sus críticas descuidan el rol especial de las ciudades en la interacción social porque la vida en la ciudad intensifica las culturas loca les. Si bien la ciudad puede tener efectos adversos sobre la conducta al facilitar, por ejemplo, el desar rollo de la subcultura criminal, la causa no se encuentra en la facilidad de acceso sino que ‘todas las for mas de desviación social f lorecen en ambientes urbanos porque hay más individuos que expuestos a esa conducta’. De aquí que la vida urbana no lleva automáticamente a la desorg anización social, sino que en las ciudades la posibilidad de ser expuesto a la desviación de una conducta social y al riesg o de inf luencias neg ativas es mayor (la probabilidad estadística de que ocur ra un problema social es mayor donde hay más gente). Así, las ciudades no son las únicas con problemas sociales pero dada su naturaleza espacial y la de los suburbios densamente poblados, se hace par ticular mente severo el desar rollo desigual resultante de la raza, la clase, el género o la edad en éstos espacios.

CAPÍTULO QUINTO Economía Marxista política de la ciudad y análisis

La escuela Francesa: Lefebvre
En el capítulo tercero analizamos algunos aspectos del planteo marxista. En el presente capítulo analizaremos como, desde esta cor riente teórica, ha sido entendido el espacio urbano. Henri Lefebvre mostró que es posible aplicar categ orías económicas tales como inversión de ca pital, g anancia, renta, salarios, explotación de clase y desar rollo desigual al análisis de las ciudades. A su entender, el desar rollo urbano es, en g ran medida, un resultado del sistema capitalista, como cualquier otra cosa (la producción de zapatos, por ejemplo). En su análisis, Lefebvre, introdujo la idea de circuitos de capital y, par ticular mente, la noción de bienes raíces como un circuito de capital separado dentro del espacio urbano. De este modo, la actividad industrial es el “circuito primario de capital” y los bienes raíces el “circuito secundario de capital”. Por ende, la inversión en suelo urbano no sólo es un impor tante medio para la adquisición de riqueza sino también, para deter minar la dirección del crecimiento urbano y la for ma de la ci udad. Las actividades sociales no sólo se refieren a la interacción entre los individuos, sino a la creación del

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espacio urbano al crear objetos. En la inter pretación de Lefebvre, el proceso de creación de una ciudad, por ejemplo, involucra la producción de un cier to espacio que se presenta como dualidad, es decir, condiciona nuestra conducta y ella, a su vez, modifica el espacio urbano. El estado, el g obier no, usa el espacio de distintas maneras: a) para atender adecuadamente las demandas sociales o res ponder rápidamente a situaciones de tensión social (deleg aciones de policía, bomberos, ser vicios de salud), b) para el control y administración de los recursos (i.e., regionalización o sectorización de áreas para asignar recursos de apoyo a la pobreza). Al mismo tiempo, cada clase social constr uye el espacio urbano de distinta manera. Mientras los empresarios (i.e., fraccionadores o desar rolladores inmobiliarios) y el estado consideran las cualidades abstractas de dimensión (tamaño, amplitud, área, localización) y g anancia del espacio; los ciudadanos lo consideran como un lug ar para vivir. Estas diferencias en la percepción y uso del espacio urbano generan conf lictos sociales. El uso propuesto del espacio abstracto por el estado y los empresarios, tal com o la planificación de toda la ciudad o el desar rollo inmobiliarios en par tes de ella, pueden entrar en conf licto con el espacio social de los residentes actuales. Aunque diferente en su naturaleza, la intensidad del conf licto entre los actores del espacio abstracto y los residentes (espacio social) puede ser similar a la del conf licto entre clases sociales. En este punto, Lefebvre, parece distanciarse del análisis marxista que considera el conf licto de clases como la fuerza básica en el desar rollo de la historia ya

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que, a su entender, el tema de la vida cotidiana se ha tor nado tan impor tante en las sociedades contemporáneas, que ameritaría una ref lexión y publicación per manente y regular y, en cier ta for ma, esto es lo que ter mina haciendo, ya que él mismo s e dedica explícitamente a pensar y escribir sobre la vida cotidiana a lo larg o de cuatro décadas. En la Crítica de la vida cotidiana (1946) su objetivo es analizar : “…La lenta y profunda r uptura entre lo no cotidiano (ar te, filosofía, religión) y lo cotidi ano, cor relativa a otras r upturas (por ejemplo, entre lo público y lo privado, entre la obra y el producto), que han sido consideradas por distintos autores como rasg os esenciales de la moder nidad…” (Lefebvre, 1972:54). Para el autor, estos rasg os eran: el deterioro de los estilos y su sustitución por la cultura; la separación entre el hombre y la naturaleza, la dislocación de los ritmos, el aumento de la nostalgia; la eliminación de los símbolos y simbolismos en provecho de los signos y lueg o aun, en beneficio de las señales; la atenuación de lo sag rado y lo maldito, desplazados aunque no sustituidos, por lo profano; la acentuación de la división del trabajo, que trajo la se paración entre el trabajador y su obra (la tragedia de la cultura de Simmel);la inqu ietud ante la invasión de lo insignificante. En línea con el marxismo, Lefebvre planteaba que este conjunto de fenómenos se debían al papel de la burguesía, entendida como clase y, a dos procesos muy lig ados a esta: “el fetichismo de la propiedad privada” y “el predominio de lo económico sobre el resto de la vida social” (Lefebvre, 1972: 55). Uno de los temas principales que aborda en su obra es la relación entre la vida cotidiana y el devenir : ¿De qué manera es posible que la actividad creadora

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conduzca hacia el análisis de la re producción? En otras palabras, de qué for ma las actividades productoras (de objetos y de obras) se reproducen a sí mismas, vuelven a comenzar, reanudan sus relaciones, o bien son capaces de transfor marse por g raduales saltos, pa ra producir la innovación o el cambio social. El estudio de la vida cotidiana en tér minos del devenir y la repetición requiere del encuentro de las ciencias parcelarias, nuestras ciencias sociales y humanas, “aquellas que poseen conce ptos, métodos, objet os, sectores y campos de estudio definidos y recor tados” (Lefebvre, 1972:35). La relevancia – pero también el desafío- del estudio de la vida cotidiana radica en que atraviesa todos esos campos parcelarios, porque es el lug ar donde se for mulan los problema s de la producción de sentido; es decir, la for ma en que es producida la existencia social de los seres humanos, tanto bajo for mas innovadoras como repetitivas. La vida cotidiana desborda los límites de cada una de las ciencias sociales. De esta for ma, pa ra Lefebvre, estudiar lo cotidiano es enfocarse sobre hechos y fragmentos de la realidad que tradicionalmente han sido desdeñados por los filósofos (un claro ejemplo es Hegel) y fragmentados, separados, por las ciencias sociales: “…Los especialistas de las ciencias parcelarias recor tan los hechos cada uno a su manera, los clasifican según categ orías empíricas y abstractas, los atribuyen a sectores diferentes…” (Lefebvre, 1972:39). En este sentido, Lefebvre plantea una profunda crítica: Una vez que los cien tíficos sociales han fragmentado la vida para estudiarla, se acepta como alg o natural que la tarea última de integ rar esos fragmentos y darles coherencia, cor responde a los técnicos.

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La vida cotidiana
Desde las primeras páginas de “La vida cotidiana en el mundo moder no”, Lefebvre ofrece algunas pistas – más o menos enmascaradas - acerca de su conce pto de vida cotidiana, o al menos de qué entiende por vida cotidiana. Para ello, comienza mostrando que es posible constr uir este concepto entrando por varios ángulos no necesariamente convencionales. Uno de ellos, y al que recur re desde un inicio, es la literatura y, dentro de ella, escoge a un autor y una obra muy par ticulares, como son Joyce y Ulises. A través de esta obra, muestra que lo cotidiano puede obse r varse – en este caso, a través de la literatura - en la trama de las 24 horas de un día cualquiera y de un sujeto anónimo. Las 24 horas son lo cotidiano, o mejor dicho, una de las tantas for mas que toma la cotidianidad: “La historia de un día engloba la de l mundo y la de la sociedad” (Lefebvre, 1972:11). Lefebvre aborda de un modo claro y sencillo el dilema de la transición micro/macro: la trama de un día contiene fragmentos de la historia del mundo o de la sociedad. Así, a través de una célebre nar ración de las 24 horas (el 16 de junio de 1904 en Dublín), va insinuando la presencia y emerg encia de los componentes esenciales de la vida cotidiana. Estos son el espacio, el tiempo, las pluralidades de sentido y lo simbólico. El espacio: constituye un referente, un lug ar como conjunto tópico (toponímico y topog ráfico), que es dotado de sentido por los sujetos y al mismo tiempo, les otorg a sentido a los mismos actores. En el caso considerado, la ciudad de Dublín, o más precisamente, el área más deteriorada de la ciudad, la de las cantinas y

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los locales de apuestas; el área delimitada por los canales, perímetro que “evoca una especie de mediter ráneo fantasmagórico, poblado con los caóticos desplazamientos de todos los personajes” (Pimentel, 2001:192). El tiempo: lo cotidiano no podría prescindir del tiempo. La introducción de la temporalidad es compleja ya que se la entiende en varias escalas que operan simultáneamente y están incr ustadas unas dentro de las otras: Hay un tiempo vivido o cotidiano (el ciclo de la s 24 horas), hay un tiempo cósmico, que en segundo plano lleva consig o otro tiempo cíclico (repetición, evocación, resur rección). El tiempo cotidiano es el de las prácticas de los personajes, el del transcur rir constante, pero simultáneamente, está dentro de un cier to tiempo histórico, que a su vez está inser to en un devenir. La vida cotidiana no consiste en la vida en el trabajo, ni la vida familiar, ni las distracciones y el ocio; es decir, la vida cotidiana no es ninguno de los retazos que las ciencias sociales acostumbran fragmentar. Y, sin embarg o, la cotidianidad es todo esto. Es la vida del ser humano que va del trabajo a la familia, al ocio y a otros ámbitos; es la vida del ser humano que se hace y se rehace en todos y en cada uno de estos ámbitos. “La vida cotidiana no son las actividades especializadas de estos ámbitos (usualmente llamadas prácticas) sino los deseos, las capacidades y posibilidades del hombre con referencia a todos esos ámbitos, las relaciones del hombre con los bienes y con los otros, sus ritmos, su tiempo y su espacio, sus conf lictos” (Lefebvre, 1972:88). En última instancia, la vida cotidiana, para Lefebvre, es la vida del ser humano despleg ada en una pluralidad de sentidos y simbolismos; en espacios que lo modelan

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y al que t ambién da for ma, dentro del f lujo incesante de la vivencia del tiempo. La propuesta teórica de Lefebvre para el estudio de la vida cotidiana se opone a la simple recopilación inter minable de hechos al modo de un etnóg rafo porque no hay hechos sociales o humanos que no teng an un lazo de unión. Entonces la cotidianidad puede tomarse como ese lazo que une, o bien como el “hilo conductor para conocer la sociedad” (Lefebvre, 1972:41). No impor tan tanto los hechos sino los hilos que los conectan: “…no es tan relevante conocer cómo era el ar mario, la cama, el ajuar en otros momentos históricos, sino conocer la unidad entre sus for mas, funciones, estr ucturas, en suma, conocer el estilo. Para comprender sociedades pasadas no parece un buen camino estudiar la casa, el mobiliario, la ropa, la alimentación, etc., clasificándolos según sistemas de significaciones separadas, pero tampoco reunir todo en un concepto unitario y global, como el de cultura…” (Lefebvre, 1972:43). El análisis de Lefebvre sobre la cotidianidad en la sociedad actual se inicia con la revisión de algunas for mas que se han hecho frecuentes para nombrar a la sociedad que se confor ma a par tir de mediados del siglo XX en Francia. De esta manera, revisa críticamente tres expresiones par ticulares y muy usuales: Sociedad de la abundancia, sociedad del ocio y sociedad de consumo. Lueg o de evidenciar las debilidades de las tres, propone otra expresión síntesis que da cuenta de manera más precisa de los rasg os centrales de este tipo de sociedad en la cual la cotidianidad se ha constituido en un verdadero reino: la “sociedad burocrática de consumo dirigido”.

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Con respecto a la expresión “sociedad de la abundancia”, su crítica plantea que esa for ma de nombrarla oculta un rasg o característico de esta sociedad y que, en esencia, discute la idea misma de abundancia: Las nuevas for mas de escasez. Una de las que le interesa par ticular mente es la “escasez del espacio”, cuya expresión máxima se adquiere en las ciudades. No obstante, encuentra otras for mas de escasez, por ejemplo la escasez del “deseo”, la escasez de “alimentos”, etc. La paradoja de la ‘sociedad de la abundancia’ es que los productos para elaborar los alimentos se han hecho abundantes en el mundo. Por otra par te halla que aun en los ámbitos en los qu e hay abundancia, ésta ha perdido el sentido que tuvo anterior mente, pero no es un simple cambio de sentido sino más bien un “sinsentido”: En otro tiempo, la abundancia se canalizaba en la fiesta, y ésta per mitía la renovación de la sociedad. Por todo esto, la expresión “sociedad de la abundancia” resulta encubridora de las nuevas for mas de escasez y también de la pérdida de sentido de la propia abundancia que ya no renueva ni recrea la vida social. Otra expresión usual para nombrar la sociedad actual que r evisa Lefebvre es la de “sociedad del ocio”. En este caso reconoce que efectivamente el ocio ha incrementado su impor tancia con respecto a otros tiempos históricos y también que los valores lig ados al trabajo se han perdido, en par te, por aquella separación entre el trabajador y su obra, resultante de la división del trabajo. El trabajador no reconoce su trabajo en el producto ter minado. Así se pone de manifiesto que la expresión sociedad del ocio es igualmente inapropiada. Por un lado, encuentra que el peso que está adquiriendo el ocio

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en las sociedades actuales se debe a que la fatig a de la vida moder na lo exig e como una necesidad. Pero las for mas que toma este ocio, no las crea el ser humano, le son dadas, su ocio se le entreg a org anizado. Asimismo, la expresión sociedad del ocio es inapropiada porque no se ha constituido una esfera del ocio independiente del trabajo sino que opera como contraste del trabajo. No hay valores propios del ocio. Frente a esto, recupera como más apropiada la idea de “soci edad del espectáculo” que incluye tanto el cine, como la televisión y el turismo (Lefebvre, 1972:71- 72), for mas de ocio “necesario” pero sin vínculo alguno con valores propios por lo que se le presentan al individuo como un espectáculo frente al cual solo debe ser un pasivo obser vador. Finalmente, revisa una tercera expresión con la cual se nombra a la sociedad actual y a un estilo de cotidianidad: “La sociedad de consumo”. En este punto plantea que el consumidor es un ser humano “pasivo” que ha sustituid o al actor “activo”, y cuya felicidad es el consumo en sí mismo. El punto medular para Lefebvre radica en que lo relevante no es ni la figura del consumidor, ni el objeto consumido, sino la constr ucción imaginaria respecto a la felicidad que produce el consumo. Esto ha incor porado en las sociedades actuales “el ar te de consumir” (Lefebvre, 1972: 75), que encuentra una expresión par ticular en el esteticismo, es decir, el discurso sobre el ar te y lo estético pero sin ar te ni cultura. De este análisis, Lefebvre desprende una crítica central, como es el surgimiento de nuevas alienaciones que vienen a sumarse a las anteriores. Entre las nuevas for mas de alienación se ubica la r uptura entre el discurso sobre el ar te y el ar te mismo;

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entre las tradicionales, está la se paración entre el trabajador y su obra. ( Alienación). Pero el carácter dece pcionante del consumo también tiene otra faceta: El acto de consumir es un acto imaginario (y por lo tanto, ficticio) y al mismo tiempo un acto real coaccionado. Simultáneamente se consumen objetos, imágenes, signos y re presentaciones. El ar te de consumir ha transfor mado los deseos en necesidades, y éstas se resuelven a través del consumo hasta que se produce la saturación. Para que la necesidad resulte rentable se la estimul a nuevamente de for ma apenas diferente. El consumo y las necesidades son org anizad os como alg o exter n o al individuo. Esta lógica del consumo no podría ser operativa sin el mecanismo de la obsolescencia. Los objetos deben ser efímeros y lo mismo las motivacio nes (expresión social del deseo). Es preciso que las necesidades envejezcan, que nuevas necesidades las reemplacen. Para el consumo dirigido, “…lo efímero es el método que hace rentable lo cotidiano…” (Lefebvre, 1972: 105). La centralidad del consumo tie ne una expresión en tér minos de la espacialidad de la vida cotidiana que profundiza la alienación: Los lug ares de paso, de tránsito y de encuentro - como la calle, el café, las estaciones, los estadios - son espacios inter medios que han adquirido más impor ta ncia e interés en la cotidianidad que los lug ares que enlazan. En otro tiempo, la casa o el taller tenían tanta realidad como la calle. Los medios de comunicación estaban subordinados a los hombres (Lefebvre, 1973: 92). Las calles eran para lleg ar al t rabajo o a la casa, para circular, ahora el estar en las calles toma sentido en sí mismo. El circular sustituye al habitar y, en este contexto “el automóvil es el objeto rey” (Lefebvre, 1972:128).

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El proceso por el cual la sociedad de consumo dirigido ha avanzado sobre las calles, no es ajeno a que éstas también han resultado funcionales para la prog ramación de la producción: “Las calles son el espectáculo de todos los bienes ofrecidos al consumo” (Lefebvre, 1973:96). A par tir de esto, Lefebvre propone nombrar la sociedad actual y las for mas que en ella toma lo cotidiano, como “sociedad burocrática de consumo dirigido”. En ésta, lo cotidiano ha dejado de ser sujeto rico en subjetividad (sentidos y significados) para ser objeto de org anización exter na. El hombre actual está deter minado - e incluso prefabricado- desde fuera por coacciones, estereotipos, funciones, modelos, ideologías, pero paradójicamente siente que la técnica lo hace cada vez más autónomo (Lefebvre, 1972:86). Dicho con otras palabras, coexisten “las coacciones” y la “vivencia de la liber tad”. Al respecto, señala que (Lefebvre, 1972:181) “la diferencia entre la conciencia dirigida desde afuera y la que se dirige a sí misma desaparece, puesto que lo que aparece como interior no es más que el exterior investido y disfrazado, interiorizado y legitimado”. Como un ejemplo de esta coexistencia aparentemente contradictoria, pong amos por caso un ejemplo de nuestra propia cotidianeidad: los sectores excluidos. En el caso de los sectores populares más excluidos de la periferia de la ciudad de Buenos Aires. Aquí, encontramos que su relocalización en la periferia, recientemente fraccionada en condi ciones de ileg alidad, casi siempre fue vivida como una llave de acceso a la liber tad en el sentido de ter minar con los conf l ictos con la parentela co - residente o poner fin a la situación de rentar un pequeño cuar to. Es significativo que, en tér minos del proceso de expansión de la ciudad, sea

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indudable que estos habitantes han sido expulsados de otras áreas de la ciudad más céntricas, hacia esa nueva periferia, por procesos que los dejan excluidos de una mejor localización, de vivien da, de ser vicios e infraestr uctura urbana y de “vida ur bana”. Sin embarg o, desde el punto de vista del actor se da lo planteado por Lefebvre: Aun que esa expulsión es una coacción social, es vivida como liber tad y se ha constr uido un mito respecto al log ro, respecto a la “casa propia”, respecto a esa nueva vida en la periferia ir regular y colmada de carencias. Este ejemplo reafir ma aun más la propuesta de Lefebvre si se considera que ese mito de la casa propia usualmente se constr uye sobre una vivienda que ocupa un lote que no ha sido regularizado en cuanto a su propiedad leg al. En tér minos prácticos, el fenómeno por el cual el individuo resulta prefabricado desde afuera y vive la coacción como liber tad, se asocia con la ampliación de los ámbitos en los cuales ha penetrado la g ran empresa moder na que, del ámbito económico, avanzó al político y lueg o aun, al de la vida cotidiana, invadiéndola e imponi éndole su racionalidad ha moldeado las necesidades del ser humano. Visto así, lo cotidiano ya no es un espacio- tiempo abandonado, dejado a la liber tad y a la razón e iniciativas individuales; ya no es el ámbito de la condición humana en el que se enfrent an su miseria y su g randeza. Lo cotidiano se convier te en objeto de la org anización, espacio -tiempo de la autor regulación voluntaria y planificada. Este fenómeno, es la “la instauración de lo cotidiano”, es decir, la cotidianidad deviene el principal pro ducto y escenario de la sociedad burocrática de consumo dirigido (Lefebvre, 1972:95 -99). Otro rasg o central de esta cotidianidad prog ramada para el individuo que destaca Lefebvre, es su

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desdoblamiento. La vida cotidiana es práctica y es imaginario. Así, lo imaginario for ma par te de lo cotidiano y tiene una función: enmascarar el predominio de las coacciones y la intensidad de los problemas reales (Lefebvre, 1972:115). La publicidad es constr uctora activa de esa dimensión imaginaria ya que no solo proporciona una ideología del consumo, una representación del yo consumidor que se realiza en cuanto tal. También produce la existencia imaginaria de las cosas. La publicidad incluye una retórica, un discurso e incluso poesía, en el acto mismo de consumir. En nuestra propia investig ación empírica (Lindón, 1999), hemos hallado que aun en condiciones materiales muy restringidas para todas las for mas de consumo (pobreza urbana), aparece otro fenómeno que apoya lo propuesto por Lefebvre: La “fantasía del consumo”. Esto quiere decir que, en esencia, no se realiza el acto de consumo en tér minos materiales; sin embarg o, se constr uye una fantasía sobre el consumo en un futuro. La ‘fantasía del consumo’ como fenómeno empírico, no deja de ser relevante, sobre todo si se considera que Lefebvre en algunas ocasiones advier te que sus inter pretaciones se refieren a Francia y, en sentido estricto, no quiere generalizar a otros contextos. Por ello resulta impor tante que, aun en contextos diametralmente o puestos, como son los bolsones de pobreza urbana de algunas de las g randes ciudades latinoamericanas y varias décadas más tarde, emergen expresiones de lo desar rollado por nuestro autor. Por último, es necesario subrayar que Lefebvre busca algunos resquicios en los cuales no t odo deseo sea transfor mado en necesidad a satisfacer, en donde no toda obra sea transfor mada en producto, ni las coacciones sean vividas necesariamente como liber tad.

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En suma, encuentra resquicios por donde el individuo pueda ser capaz de conquistar su cotidianidad, para que la vida cotidiana vuelva a ser “miseria y riqueza”, y no solo miseria. En esta búsqueda hace una apuesta por la vida urbana y la ciudad, aunque evidentemente esto solo podrá resultar de una conquista activa por par te de sus habitantes, ya que la ciudad también es acechada y controlada por las fuerzas que mueven a la sociedad burocrática de consumo dirigido. En este sentido es impor tante señalar que llama la atención sobre un proceso apenas esbozado en esos años, aunque muy discutido actualmente, como es la ‘gentrificación’.

La gentrificación
Lefebvre contrasta la vida cotidiana de las clases medias que han emig rado a los g randes conjuntos habitacionales de la periferia, con la cotidianidad que se vive en los centros de las ciudades, y también, con la vida de la g ran burguesía. En el caso de la g ran burguesía, encuentra que no son realmente “habitantes” de ningún espacio, no están anclados al espacio: “ni siquiera tienen domicilio fijo, con el poder reconstr uyen un vag abundeo libre” (Lefe bvre, 1972: 119) y por ello no tienen vida cotidiana, ni cotidianidad que reconquistar. Tal vez esta idea haya sido una anticipación del posterior concepto de “no- lug ares” desar rollado por Augé a inicios de los noventa, aunque el antropólog o francés no lo ancla en un g r upo o clase social como si lo hace Lefebvre. Para el habitante de un g ran conjunto habitacional de la periferia -las clases medias- el uso del tiempo cotidiano “le está prescrito, for mulado, está escrito en las paredes, en lo que queda de las calles, en los centros

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comerciales, en los estacionamientos, en las paradas del colectivo y del subter ráneo [y a pesar de ello] el habitante de los bar rios nuevos (...) reclama más org anización. Lo imaginario para el habitante de los g randes conjuntos [habitacionales] es la racionalidad de las prescripciones que legitiman el empleo del tiempo, el consumo de la vida (...). Realizarse es tener una vida sin historia, la cotidianidad perfecta” (Lefebvre, 1972:154), aunque con huidas periódicas, por ejemplo a través del turismo que también le lleg a prog ramado aun cuando lo viva como liber tad. Así, para las clases medias de los g randes conjuntos de la periferia su vida cotidiana les es dada, está prog ramada para ellos a pesar de que lleguen a sentirse libres. E n suma, desde estos sectores sociales y estos espacios de la ciudad tampoco encuentra posibilidades para la reconquista de lo cotidiano. Aquí lo cotidiano parece que solo puede ser “miseria”, es decir reproducción social. Con miras a la reconquista de la cotidianidad, la apuesta de Lefebvre se ubica decididamente en los habitantes del centro de la ciudad. Dice: Aun si son pobres, son privilegiados. Los centros de las ciudades tienen una característica que los diferencia de lo extendido en la sociedad burocrática de consumo dirigido: En los centros hay objetos “diferentemente fechados”, incluso superpuestos unos y otros. El espacio del centro de la ciudad podría ser pensado a través de la metáfora del collag e de temporalidades, o los diferentes tiempos que se cristalizan en un espacio. Por ello, los centros de las ciudades integ ran objetos que no han podido ser reducidos a signo y menos aun a señal. Los centros de las ciudades per miten la per manencia de distintas simbologías superpuestas. La historia que se ha cristalizado en el espacio de los centros urbanos les otorg a riqueza semántica.

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En esta perspectiva, para Lefebvre, los habitantes de los centros urbanos, “aun siendo pobres se benefician del pasado y su margen de iniciativa sigue siendo considerable. La existencia de la ciudad, alrededor de ellos, es menos ficticia y decepcionante que en la periferia. Los monumentos, los encuentros en la calle y las actividades múltiples, apoyan lo imaginario. Lo imaginario urbano exalta la apropiación del tiempo y el espacio. Los habitantes [del centro] de la ciudad se apropian de la centralidad por disponer de una masa de significantes poco se parados de los significados. En estos lug ares favorecidos, lo urbano, ger men de una posible sociedad urbana, se mantiene y se confir ma. Lo urbano es la resistencia efectiva y victoriosa frente a la cotidianidad. Lo urbano supera la cotidianidad deg radada, releg ada, funcionalizada y estr ucturada” (Lefebvre, 1972:156). Estos espacios que resisten la prog ramación y la coacción, así co mo la reducción semántica a la señal y la alienación resultante de la separación entre significantes y significados, esbozan procesos -aun relativamente incomprensibles en los años sesenta - como es el caso de la gentrificación, pero ya identificados por su relevancia en el pensamiento de Lefebvre. Esa riqueza en objetos diferentemente fechados e indisolublemente lig ados a un significante propio de los centros de las ciudades, lo lleva a Lefebvre a introducir de for ma pionera el problema de la gentrificació n. Y no lo incluye solamente como un fenómeno urbano reciente, como una “novedad” o una nueva tendencia. Lo considera precisamente como uno de esos resquicios por los cuales se pueda iniciar la reconquista de la cotidianidad, aunque con el riesg o de ser me tabolizado por la sociedad burocrática de consumo dirigido.

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Así, se pregunta: “… ¿Cómo es posible que se restaure el centro de las ciudades, más o menos abandonado, deteriorado? ¿Por qué la gente del cine y el teatro, así como los burgueses cultivados y di stinguidos abandonan los bar rios distinguidos y los conjuntos residenciales, para instalarse en estos núcleos reconstituidos? Mañana, el centro de las ciudades per tenecerá sin duda a los privilegiados del poder y del dinero. La ciudad y lo urbano cor ren el riesg o de conver tirse en la riqueza suprema de los privilegiados, en el bien superior de consumo que confiere un cier to sentido a este consumo (...) ¿Por qué la gente acomodada se precipita sobre las antigüedades, los muebles de estilo?...” (Lefebvre, 1972:99). Posiblemente, la respuesta a estos inter rog antes se puede hallar en la propia propuesta. Porque estos objetos antiguos se resisten a ser desprovistos de sus diferentes historias y en consecuencia, no han podido ser reducidos a señales, no han podid o entrar en el proceso de reducción semántica, ser despojados de sus contenidos simbólicos. La gentrificación puede ser, así, una puer ta para que cier tos sectores de las clases medias reconquisten su cotidianidad alienada, pero también puede ter minar forza ndo la reducción semántica a la que hasta ahora los centros de las ciudades han resistido. Si la gentrificación fuera la puer ta para la reconquista de la cotidianidad, entonces ésta podría constituir una expresión par ticular del “enigma del devenir”. En otras palabras, así como la revisión del trauma en el psicoanálisis, per mite superarlo; en la vida urbana, la g entrificación sería una for ma de reg reso al pasado que per mite la renovación, el cambio, es decir, decir recuperar la “riqueza de la vida cotidiana ”.

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La Escuela Anglosajona
En la línea del pensamiento marxista, David Gordon (1982), introdujo el concepto de conf licto de clases para la explicación del desar rollo urbano. Su tesis, sostiene que las localizaciones escogidas por las empresas son deter minadas no sólo por las necesidades económicas sino por alejar a sus trabajadores de las áreas con sindicalismo avanzado. La necesidad de controlar los conf lictos laborales lleva a la relocalización de las industrias hacia las áreas periféricas de las g randes ciudades. Por ello, la suburbanización de las empresas es una de las razones por las que el desar rollo urbano siguió una for ma regional multicéntrica. En la misma línea que Gordon, Storper y Walker (1989), señalaron que las cualidades del trabajo son los factores deter minantes de la localización industrial y elaboraron una teoría de la localización industrial fundada en las características del trabajo. Estas características no sólo dependen de los atributos físicos del trabajador sino también de su ent renamiento y de su interés sindical. Por ejemplo, la relocalización de las manufacturas en Asia, se debería, básicamente, a las características de la fuerza de trabajo que incluyen no sólo bajo salario sino otras cualidades como fuerza de trabajo femenina joven y soltera, dócil y fácilmente controlable. En este enfoque de conf licto de clases, la calidad del trabajo, asociado a diferencias en la calidad escolar y las facilidades de entrenamiento, varía entre las regiones de una nación. Otros factores que consideran son la tradición sindical y las condiciones culturales del área. Ejemplo de estas últimas es la existencia de un patriarcado que per mite tener una fuerza de trabajo dócil. Stor per y Walker (1989) usan estas ideas para explicar el desplazamiento de la industria al sunbelt en

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EE. UU, que ocur rió porque las regiones del sur y del oeste tenían una org anización sindical débil o inexistente. Estos autores sugieren que su enfoque puede hacerse extensivo a todo el planeta porque las decisiones locacionales de las empresas transnacionales obedecen a la “división inter nacional del trabajo.” Esto es, las corporaciones multinacionales se localizan en lug ares del mundo con trabajo barato y complaciente. Sin embarg o, aunque el conf licto de clases puede explicar el movimiento de muchos propietarios de la periferia durante periodos de huelg as intensas, no puede explicar esa relocalización en otros momentos. La razón es que hay otros factores de atracción: tier ra barata, impuestos menores y otros incentivos públi cos que subsidian al capital. No hay duda que la fuerza de trabajo es una de las principales razones para la transferencia de las manufacturas a los países menos desar rollados, tales como México o Malasia. Esta razón, sin embarg o, no explica porqué muchas multinacionales siguen constr uyendo plantas y oficinas en EE.UU., Japón y Alemania. Aunque el costo y la calidad del trabajo cuentan mucho en las decisiones locacionales, también hay otros factores locacionales: la fragmentación del producto, contenido tecn ológico del proceso productivo que se relocaliza, estabilidad del g obier no, cercanía al mercado. Storper y Walker (1989: 3-5) replantean la teoría de localización desde la economía política, y la orientan hacia la elaboración de una teoría de la industrial ización geog ráfica y ter ritorial: “…La interacción ter ritorial ocur re a través de una amplia variedad de procesos sociales, desde f lujos medibles de capital, bienes y trabajo a relaciones sociales de poder menos tangibles,

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tradiciones e ideologías relacionadas a un lug ar (Stor per y Walker, 1989: 184). El ar reglo ter ritorial de actividades es central en la constitución económica, social y política de cualquier sociedad (Storper y Walker, 1989: 226). Lo que se plantea a par tir de esta refor mulación es que se tiende a un nuevo patrón espacial en el que, las regiones muestran par ticularidades diferenciadas. El espacio se caracteriza por sus propiedades emergentes, de org anización e interacción, y por la par ticipación de diversos actores sociales en la coordinación de los sistemas productivos.

Teorías de la acumulación: Har vey y Scott.
Siguiendo el planteo de Engels, David Har vey (1985) define a la ciudad como un nodo espacial que concentra y circula capital y busca explicar las diversas for mas en que se desar rolla el conf licto de clases dentro de la ciudad. Para ello, señala que el conf licto toma varias for mas porque las clases se subdividen en g r upos o fracciones. La clase capitalista, por ejemplo, se subdivide en inversionistas financieros (capital financiero), propietarios de tiendas de depar tamentos y otros activos de mercado (capital comercial), y propietarios de fábricas (capital industrial o manufacturero). Los trabajadores también se subdividen, por ejemplo, en empleados de cuello blanco, analistas fin ancieros profesionales y, en g eneral, todos los que trabajan por un salario. Cada una de estas fracciones tiene intereses distintos en el desar rollo urbano, así el conf licto y la asociación son la nota constante de la vida en la ciudad. Esto no implica per der de vista que el conf licto básico es entre el trabajo y el capital.

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La clase capitalista necesita del apoyo del Estado para beneficiarse de las ciudades. Los beneficios del capital no pueden estar supeditados a los vaivenes de las contiendas de los trab ajadores y los fraccionadores. Es necesaria la inter vención del Estado para volver atractivas a los inversionistas áreas urbanas en decadencia (i.e., prog ramas de renovación urbana). Siguiendo a Lefebvre, Har vey (1985, 98 y ss.) argumenta que los circuitos de capital identificados por aquél tienen distintos intereses. Al circuito industrial le interesa principalmente la localización dentro de la ciudad y la reducción de los costos de producción. El circuito secundario toma como parámetros el interés sobre los préstamos bancarios o la renta de la propiedad urbana. Esto hace que el capital en los distintos circuitos se compor te de manera diferente. Dentro del mismo enfoque teórico, Scott (1988), defiende un punto de vista diferente al sostener que el desar roll o urbano puede ser explicado por las necesidades de la industria manufacturera. A su entender, la dinámica del capitalismo pude ser explicada por el proceso de producción mas que por el proceso de circulación del capital por lo que no es fundamental la co mprensión de las fracciones de clase, el contexto político del desar rollo, el papel de los bienes raíces y los factores de atracción de la inter vención pública debido a que no son relevantes al proceso de producción per se. Los impactos espaciales de los procesos de producción son los que explican los cambios en la for ma de las ciudades. Scott señala que las empresas multinacionales desar rollan un proceso mundial de desinteg ración ver tical del proceso de producción que se acopla con otro de integ ración hor izontal. Esto hace al capital muy volátil y exige a los trabajadores, en lug ares específicos, volverse produc -

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tivos a escala mundial y atractivos a la inversión trans nacional. Así como Marx se refirió a los rentistas (g r upo de desar rolladores inmobiliarios) Har vey Molotch, definió a las ciudades “máquinas de crecimiento”. Para Molotch (1976), el contexto global del capitalismo es responsable de muchos de los cambios que ocur ren en las ciudades ya que éstas se encuentran empujadas desde atrás por las deman das de la comunidad y jaladas desde el frente por las actividades ag resivas de los “rentistas”. De esta manera, los g obier nos locales responden, haciendo del crecimiento y el desar rollo urbano su preocupación principal. Pero éste crecimiento no ocur re de manera serena sino que es resultado de situaciones de “tensión” constante entre los que no son par te de la clase rentista y los miembros de esta clase debido a que un mayor crecimiento de la ciudad (o de algún sector de ella) amenaza la calidad de la vida de su comunidad. Por ejemplo, la g ente de un bar rio pacífico y bien diseñado puede resentir la constr ucción de un Shopping y de un edificio multifamiliar en renta en las inmediaciones de su fraccionamiento. O los residentes de un área urbana central pu eden discre par de iniciativas de demolición de vivienda barata para constr uir nuevos depar tamentos de lujo. En estos y en otros casos, el desar rollo urbano es moldeado, y quizás detenido, por divisiones en la comunidad de g r upos que se oponen al crecimiento urbano. De aquí que la política local es en general una batalla entre fracciones sociales a favor o en contra del desar rollo urbano.

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El planteo de Manuel Castells
En Problemas de Investig ación en Sociología Urbana (1971: 5), Castells sostenía que la pol ítica debía cuestionar la relación de clases establecida debido a que la única posibilidad de desar rollo era la eliminación de los mitos de ideologías de las clases dominantes. En este sentido, Castells consideró que las transfor maciones en la estr uctura tecno- social, fundamento de la sociedad, conducen a nuevos tipos de relaciones sociales y a una nueva for ma de org anización espacial. Por ende la planificación urbana y los movimientos sociales son inseparables, aunque en el primero se par ta de las estr ucturas y en el segundo de las prácticas (Castells, 1971: 66). En un contexto de creciente discusión sobre la ‘sociedad post - industrial’ (Bell, 1971), Castells sostiene que las investig aciones sobre urbanización y desar rollo económico “...constatan una co -v ariación históricamente dada entre nivel técnico económico y nivel de urbanización, no proporcionan una explicación del proceso y sobretodo, contradicen otra constatación igualmente impor tante, la de la aceleración del crecimiento urbano en las regiones ‘ subdesar rolladas’ con un ritmo superior al del despegue urbano de los países industrializados y esto, sin crecimiento económico con comitante”.(Castells, 1974: 50). Su análisis se concentra en los procesos de urbanización de las g randes ciudades latinoamericanas y sostiene que en éstos casos, a diferencia de Europa, la concentración en g randes ciudades, sin integ ración en una red urbana, diferencian a las aglomeraciones gig antes de los países subdesar rollados con las regiones metropolitanas de los países a vanzados. Al mismo tiempo, en las regiones sub -desar rolladas se amplia la distancia social y cultural entre las aglomeraciones urbanas y las regiones r urales.

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A su entender, en América latina, a diferencia de Europa, las for maciones sociales anteriores a la colonia fueron destr uidas físicamente o desinteg radas socialmente, “las nuevas sociedades constituidas a par tir de éste impacto, nacieron y se desar rollaron bajo el signo de la dependencia, sin apenas presentar par ticularidades relativas a la estr uctu ra social preexistente como en el caso de Asia” (Castells, 1974: 62). De este modo, la historia del desar rollo económico y social en América Latina, y por lo tanto de su relación con el espacio; es la historia de los diversos tipos y for mas de dependencia por las que sucesivamente se fueron org anizando estas sociedades. “La coyuntura urbana no expresa sólo la relación de dependencia presente sino las super vivencias de otros sistemas de dependencia así como su modo de ar ticulación…” (Castells, 1974: 72). A diferencia de Europa, la urbanización en América Latina no es el ref lejo de un proceso de “moder nización” sino la expresión, a nivel de las relaciones socio espaciales, de “…la agudización de las contra dicciones sociales inherentes a su modo de desar ro llo que se encuentra deter minado por su dependencia específica dentro del sistema’ (Castells, 1974: 78) . Por lo tanto, el crecimiento poblacional no está lig ado necesariamente al desar rollo económico y tecnológico. La preocupación por las for mas que asume el cambio social queda expresada en La Ciudad y Las Masas (1983). En esta obra, afir ma que ni la tecnología per se ni la propia estr uctura de la economía son la fuerza impulsora del proceso de urbanización donde, no obstante, los factores económicos y e l prog reso tecnológico desempeñan un papel de primer orden a la hora de establecer la configuración y el significado del espacio, sino que este proceso viene deter minado por el

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proceso social a través del cual la humanidad se apropia del espacio y el tiem po y constr uye una org anización social, a la que se opone sin cesar la producción de nuevos valores y el surgimiento de nuevos intereses sociales. En la búsqueda de un apor te a una visión general de la interacción de las ciudades, las sociedades y el cambi o histórico avanza en la elaboración de un marco analítico que per mita captar la riqueza de la experiencia urbana. Castells, concibe a la ciudad como un producto social resultante de intereses y valores sociales en pugna y precisa a los movimientos sociale s urbanos como movilizaciones populares capaces de transfor mar la estr uctura urbana. En este sentido, para Castells, los movimientos urbanos surgen de las demandas centradas en el consumo colectivo, la defensa de la identidad cultural asociada a un ter ritorio concreto o a la movilización política en relación con el g obier no local. En la interpretación de Castells, la ocupación ileg al de tier ras es el resultado de la acción política del estado ya que “…cuanto más usa el Estado o un agente político poderoso, las invasiones de ter renos para establecer su inf luencia, más se expanden los asentamientos ileg ales (Castells, 1983: 274). Esta situación se presenta de modo funcional ya que “la carencia de derechos de los ocupantes ileg ales proporciona al sistema polí tico un ar ma fundamental para controlar y forzar su lealtad política” (Castells, 1983: 294). A diferencia del mundo desar rollado, la ciudad dependiente se caracteriza por : “la pobreza, la crisis general de vivienda, la falta de control social de los residentes sobre el desar rollo urbano, una producción del espacio por sus moradores como si no fueran propietarios de tal espacio, la dependencia de la

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benevolencia del Estado y de los f lujos cambiantes de capital extranjero” (Castells, 1983: 296). Los movimientos urbanos, en este sentido, persiguen tres objetivos: log rar para los residentes una ciudad org anizada en tor no a su valor de uso, en contra de la noción de la vida y los ser vicios urbanos entendidos como una mercancía que entraña la lógica del valor del cambio; búsqueda de la identidad cultural, étnica o histórica; búsqueda de poder creciente para el g obier no local, descentralización de bar rios y autog estión urbana, en contra del Estado centralizado y una administración ter ritorial subordinada e indiferenciada (Castells, 1983: 430).

CAPÍTULO SEXTO División inter nacional del trabajo y procesos urbanos en América Latina
Dependencia y urbanización.
En el presente capítulo analizaremos como se org anizan las ciudades en América Latina, las características que presentan, las mismas consideradas como sistemas urbanos, y los cambios experimentados desde 1980. Desde una perspectiva teórica, pondremos nuestro énfasis en tres conceptos inter relacionados: el Desar rollo Desigual, la Teoría de la Dependencia y la Teoría de la Ciudad Mundial. Estos conceptos, nos serán indispensables metodológicamente para examinar la redistribución de las relaciones económicas entre ciudades, especialmente porque per miten examinar la posición de ellas, en función de las relacione s asimétricas entre países en el intercambio, y la consolidación de unas relaciones centro -periferia. En la primera par te de este capítulo, realizaremos una ref lexión teórica sobre la lectura de las ciudades latinoamericanas. Lueg o, analizaremos la here ncia de la estr uctura urbana, específicamente el carácter fragmentado de la urbanización regional y sus transfor maciones según procesos diferenciales de inserción en la economía mundo y por último, las caracterizaremos a par tir de los cambios que, desde 19 80, se han experimentado en nuestra región.

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La Urbanización en Latinoamérica: Teorías Y Discursos
Plantear una discusión sobre las teorías de la urbanización latinoamericana resulta par ticular mente problemático porque no es fácil identificar teorías concretas orientadas a explicar la morfología y org anización de nuestras ciudades. De hecho, aunque la historiog rafía urbana nos per mite reseñar una amplia riqueza ideológica que ha inf luenciado las acciones sobre las ciudades y, el urbanismo latinoamericano pu ede demostrar una variada historia de ensayos de inter vención, la mayor par te cor responde a impor taciones y ‘adaptaciones’ de modelos urbanísticos europeos y nor teamericanos, muchos de ellos en el contexto del debate sobre barbarie y civilización (Almandoz , 2002; 2003). Por este motivo, el debate teórico sobre la urbanización mantiene una estrecha relación con la discusión de los problemas del desar rollo y, en sentido estricto, “…el planteo de una teoría de la urbanización latinoamericana enfrentará dificu ltades…” Jaramillo y Cuer vo (1993: 10). La preocupación por elaborar un discurso sobre la urbanización nace del debate en los años veinte sobre el papel de los países periféricos en la economía mundial y, la presunta búsqueda de alter nativas a las condiciones crónicas de atraso de los países de América, Asia y África. Una discusión, que de otro lado, simplemente daba continuidad a los discursos moder nistas de finales del siglo XIX, cuando en muchos países de América Latina se iniciaron profundas transfor maciones económicas y sociales a fin de alcanzar la moder nidad que promovían activamente los imperios europeos por medio de las denominadas ‘elites moder nizantes’ locales.

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Solo hacia la década de 1950, comienza a plantearse de manera más precisa la necesidad de una teoría sobre la ‘urbanización tercer mundista’ Santos (1979). Asimismo, durante la década de 1970, se comienzan a consolidar discursos concretos sobre la urbanización latinoamericana, esencialmente en la tradición culturalista liderada por Angel Ram a (1984) y Jose Luis Romero (1999) surgen discursos moder nizadores derivados de las teorías clásicas de la moder nización (Potter 1999) y la Teoría de la De pendencia.

La Teoría de la Dependencia
La Teoría de la De pendencia tiene sus antecedentes directos en la propuesta desar rollista cepalina de los años 50 y, especialmente, en los trabajos de Raúl Prebisch, quien defendía el inter vencionismo keynesiano pero que, en su análisis de la realidad económica latinoamericana, hizo evidente dos situaciones: una que el camino de la moder nización vía especialización en expor tación de materias primas no conllevaba la generación de empleo industrial suficiente para ocupar el creciente f lujo de mig rantes hacia las ciudades latinoamericanas y en segundo lug ar, ‘la imposibi lidad de analizar la dinámica de los países en desar rollo sin considerar que la economía mundial se org anizaba a par tir de unas relaciones asimétricas centro -periferia y más específicamente que en la periferia el carácter dependiente, tecnológicamente, de la industrialización, más la baja capacidad regulatoria del Estado, oblig aba a actuar bajo condiciones de fuer te competencia y no las condiciones monopólicas en las que las empresas de países desar rollados podían for talecerse y expandirse’ (Baer, 1971).

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Sin embarg o, la Teoría de la Dependencia ha estado asociada con los discursos neomarxistas surgidos entre éxito de la Revolución cubana y el cor to ejercicio socialista de Chile. Las tesis de Gunder Frank, su más reconocido exponente, sostenían que en el an álisis del funcionamiento del capitalismo en la periferia, era necesario reconocer el leg ado colonial como un condicionador del desar rollo económico. además de romper la idea imperante de la dualidad del desar rollo capitalista, a cambio de una lectura int eg ral en la que se reconocía que el capitalismo penetraba todas las esferas de la vida económica y por tanto, por ejemplo, economía for mal e infor mal estaban estrechamente ar ticuladas (Frank, 1979). A la obra de Frank se añadiría el ‘trabajo de numerosos intelectuales latinoamericanos como Dos Santos, Alonso Quijano, Osvaldo Sunkel, Enrique Cardoso’ (Dos Santos 1998). Los puntos clave de la teoría son: Primero, el desar rollo de las metrópolis subordinadas, excepto el de la metrópoli mundial que no es sub ordinada a ninguna, es siempre limitado por su condición de satélite (Gunder Frank, 1969: 25) Segundo, los satélites conocen su mayor desar rollo cuando sus vínculos con la metrópoli son más tenues con las regiones centrales (Gunder Frank, 1969: 25). Tercero, las regiones más subdesar rolladas son aquéllas que tuvieron en un pasado los vínculos más estrechos con las metrópolis, especialmente como expor tadoras de materias primas (Gunder Frank, 1969: 29). Dentro de ésta línea de trabajos, pero rechazando el exc esivo énfasis sobre la dependencia exter na, pero aceptando la imposibilidad de se parar los procesos

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inter nos de las sociedades de pendientes de aquellos que son inherentes a su situación dentro del sistema de interdependencia, Quijano (1975) sostuvo que ‘la interdependencia moldea y deter mina las estr ucturas de las sociedades dependientes’ (Quijano, 1975: 124) y, por ello, la estr ucturación del ter ritorio no cor responde necesariamente a una inadaptación inter na a las demandas exter nas o a los requerimientos coyunturales del desar rollo sino a una posición en una división regional e inter nacional del trabajo. Por este motivo, la de pendencia no sería el resultado directo de la relación entre centro y periferia, sino que está amalg amada por los intereses locales y encadenada en una serie de inter relaciones que involucran desde la metrópoli exter na, hasta los espacios subsidiarios más periféricos de la unidad ter ritorial dependiente; una situación que per mite sobre pasar la explicación reducida del colonialismo y r econocer que la desigualdad espacial en el desar rollo, se reproduce también a otras escalas (Rober ts, 1995). Cier tamente, la denominada Teoría de la Dependencia per mite inser tar una perspectiva espacial en el problema del desar rollo, a la vez que nos per m ite trascender el examen puramente cuantitativo que, hasta entonces, había caracterizado el análisis del sistema urbano, y par ticular mente de la primacía urbana 30; para integ rar el análisis de la dinámica de la red de ciudades a la evolución e inserción de los países en el desar rollo capitalista. Si bien la preocupación fundamental de los teóricos de esta cor riente fueron los problemas del desar rollo,
Además de superar la trivial discusión que caracteriza el estudio de la primacía respecto a si corresponde a anomalías en el desarrollo económico o si es un expresión del parasitismo urbano.
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sus argumentaciones pudieron extenderse a la explicación de la org anización del ter ritorio y la configuración del sistema de ciudades, en la cual se materializaban las relaciones de dependencia que eran consideradas la ‘deter minante estr uctural en la evolución ter ritorial de América Latina’ (Jaramillo y Cuer vo 1993). De hecho, se ha reconocido claramente que algunas características especiales de la urbanización latinoamericana como: la ocupación dominante de la costa, la presencia de g randes vacíos interiores y la existencia de una fuer te primacía de cier tas regiones sobre otras, se relacionan con asimetrías en el poblamiento ‘asociadas a posiciones subsidiarias en la hegemonía de diferentes potencias en distintos periodos de tiempo: colonial, republicano y contemporáneo’ (Morse 1964). A esta situación, podríamos añadir, el hecho que América Latina surgió como una economía mercantil volcada al comercio mundial. Cier tamente, la relación urbanización- dependencia deja planteado el problema de la división ter ritorial del trabajo 31 en la que tradicionalmente América Latina ha estado subordinada a las diferentes potencias, generalmente ejerciendo la función de proveedora de materias primas, fuese para el imperio español, para Por tug al, para el imperio británico en la post -independencia y para Estados Unidos en el siglo XX. En este sentido, el impacto de la dependencia q ueda ref lejado, igualmente, en la tendencia de los países latinoamericanos a concentrar el poder político en las capitales, situación que solo varió en períodos de crisis
Concepto planteado por Milton Santos (2000) para argumentar que la reconocida división del trabajo también tiene una dimensión espacial.
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o como resultado de la económicos radicalmente González, 1997).

emergencia diferentes

de enclaves (Cuer vo y

Esta circunstancia coincide con algunos de los fundamentos de la Teoría de la Dependencia respecto a que la tendencia a ‘sistemas primaciales’ en América Latina es resultado del dominio de economías de expor tación, pues la infraestr uctura tiende a conectar puer tos y centros administrativos, dejando el resto del ter ritorio como una vasta periferia (Chase -Dunn 1985; Gwynne 1985). A lo anterior se añade la evidencia acumulada que per mite establecer como la org anización espacial, y par ti cular mente la jerarquía del sistema de ciudades, tienen unas bajas tasas de cambio y más bien tienden a consolidarse las tendencias primaciales iniciales, especialmente, en razón a que los espacios, inicialmente más ar ticulados a la economía inter nacional, tienen más posibilidades de aprovechar los nuevos ciclos, aún cuando estos mismos espacios, dependen de la explotación de recursos alejados. Y esto se debe a que ‘la infraestr uctura y la conexión a mercados inter nacionales necesariamente pasan por las re des preestablecidas’ (Por tes 1989; Potter 1989; Rober ts 1995; Por tes y Dore 1996). En última instancia, como señala Santos (1979: 7): “…la constitución del espacio en países subdesar rollados es condicionado por intereses exter nos que frecuentemente operan en una escala mundial y su impacto sobre factores espacializados es localizado y sujeto a una considerable inercia”. La relación dependencia - urbanización es claramente identificable en la jerarquía del sistema urbano y más par ticular mente en el fenómen o de la primacía urbana, identificado como un factor fundamental en la

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org anización del ter ritorio y una variable deter minante en las trayectorias de desar rollo de nuestros países.

La Teoría de Ciudad Mundial
La teoría de la dependencia ha estado sujeta a fuer tes críticas pero no, por ello, ha perdido vigencia. Algunos autores sugieren que a par tir de ella, se podría constr uir una alter nativa frente al evidente fracaso del modelo neoliberal y la caída del socialismo real. En este sentido, se tiende a resaltar la vigencia del estr ucturalismo cepalino y la Teoría de la Dependencia, como marcos generales para explicar la agudización de las asimetrías espaciales que genera la globalización pero, par ticular mente, el hecho que los problemas del desar rollo se inscriben en un contexto global, es decir, en ‘un mundo interde pendiente’ (Gwynne y K ay, 2001). Efectivamente puede demostrarse que América Latina, a pesar de la expansión económica de la década de los noventa y su entrada en las llamadas economías emergentes, continua siendo una región subordinada en las relaciones capitalistas globales; subordinación que se materializa en una par ticipación mínima en el mercado inter nacional (3.5% de las expor taciones y 2.8% de las impor taciones), dependencia en la expor taci ón de recursos mineros que, en el 2005 por primera vez superaron la expor tación de manufacturas (World Trade Org anization, 2006) y, en general, un reforzamiento de su condición periférica que ha llevado que de un 12.3% de las expor taciones mundiales que te nía en 1958, en el 2000, solo par ticipe con el 5.8%, a igual nivel que en 1983 (World Trade Org anization, 2006). De otro lado, la teoría de la dependencia, ha evolucionado y hoy, muchos, ven en la Teoría de Sistema- mundo y el discurso de Ciudad Mundial

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(di stinto al de Ciudad Global), una ‘refor mulación de las teorías dependentistas’ (Dos Santos 1998). Gonder Frank ha señalado que, su enfoque en par ticular, ‘siempre par tió de la consideración del análisis de la realidad latinoamericana en el contexto de un sistema capitalista de alcance global’ (Frank, 1992), por lo que considera que no existe diferencia fundamental en los dos enfoques; contrario a la opinión de algunos de sus críticos que ven la Teoría de la Dependencia excesivamente restringida al sur y an otan que su principal contribución fue haber elaborado, junto con Wallerstein, Ar rigi y Amin, la Teoría de Sistema- mundo (K ay, 2005: 81). Las primeras referencias a la Teoría de la Ciudad Mundial, se remontan a la obra de Patrick Geddes (1915) en alusión directa a las capitales de las g randes potencias que se erigían como centros económicos y de poder a nivel mundial. No obstante, el concepto sería retomado por Peter Hall (1966). Recientemente, la idea de ciudad mundial tomó renovado vig or con el trabajo de Johnn Friedmann (1986), donde tal categ oría deriva directamente de la posición resultante de los núcleos urbanos y su área de inf luencia en la cambiante división inter nacional del trabajo. Friedmann ha sostenido que la Ciudad Mundial es un punto oblig a do de referencia en la org anización global del capitalismo y resume sus dinámicas, tanto las de la localización de los centros de poder y decisión de los g randes capitales, como aquellas referidas a la polarización de clases y la mig ración. Posterior mente, en una refor mulación de su teoría, Friedmann (1995) sostuvo que esta hipótesis de Ciudad Mundial se refiere a un tipo concreto de ciudades que interconectan las economías regionales, nacionales e inter nacionales, en un espacio de acumulación global. Sin embarg o, a su entender, lo global no necesariamente

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incluye la extensión total del planeta, si no una red excluyente de la mayor par te de la población. La Ciudad Mundial aparece, entonces, como resultado histórico de procesos de acumulación y por tanto h an sido una constante en la historia del capitalismo. El discurso de Ciudad Mundial, sin embarg o, mantiene impor tantes diferencias con el de ‘Ciudad Global’. Este último, fue desar rollado por Saskia Sassen (2001) y tiene un impor tante impacto, en la medid a que restringe el análisis a los procesos recientes de globalización y evalúa, a la ciudad global, como el resultado de procesos recientes de globalización económica. El trabajo de Sassen, se centra en el estudio de la estr uctura económica de las ciudade s en la cima de la jerarquía y sobre variables económicas, especialmente, la concentración de actividades terciarias y de comando de la actividad de las g randes transnacionales. Metodológicamente, Sassen (2001) privilegia el estudio de las ciudades como lug ares de mercado y producción, expresando un par ticular interés en el sistema financiero y el poder de las g randes corporaciones (Sassen, 2001: 7). Si bien la Ciudad Global tiene una función dentro de una red; también responde a las necesidades de un ca pital que a pesar de su alta movilidad, esta condicionado por cier ta ‘rigidez’ o ‘fijación’ (Sassen, 2001: 350). Asimismo, la Ciudad Global también se identifica como un lug ar fuer temente atado a las condiciones impuestas por las realidades económicas reg ionales y nacionales otorgándosele un papel relevante al estado, el cual Sassen, señala como frecuentemente excluido en el análisis de la economía global (Sassen, 2001: 350). Como resultado, procesos de nos encontraríamos reestr ucturación con unos espacial ,

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fundamentalmente, diferentes de aquellos de las ciudades globales del mundo desar rollado, par ticular mente, porque no son solamente los procesos asociados a las g randes cor poraciones, sino que en tales ciudades inter vienen también los intereses de las com pañías locales que compiten con las transnacionales (Sassen, 2001: 358). Al respecto Grant y Nijman (2000) recalcan la ironía que, la mayor par te de los estudios sobre globalización se centran en las ciudades de Europa y Estados Unidos, mientras que, en nu merosas ocasiones cuando en el Tercer Mundo se invoca la globalización, se hace a par tir de la presunción que existe una homog eneidad tal, que no se analiza a las ciudades latinoamericanas, como si en su funcionamiento y estr uctura se asemejasen a ciudades del Primer Mundo. Dick (1998), por ejemplo, ha lleg ado a sostener que ‘la globalización ha homog eneizado los procesos urbanos’. En este sentido, se vuelve fundamental comenzar a entender los procesos de la Ciudad Mundial desde la periferia, principalmente cuando las ciudades del Tercer Mundo se convir tieron en el foco para la expansión del capital inter nacional y combinan, de manera dramática, la excentricidad consumista de la expansión económica, con la marginalidad propia de la exclusión económica de va stas regiones de nuestros países. Por este camino, por ejemplo, Gugler (2003) ha incor porado la idea de la par ticularidad de la urbanización tercer mundista señalando que: el proceso de la Ciudad Mundial manifiesta unos contrastes impor tantes. Frente a las ciudades globales del Primer Mundo, las tercer mundistas, dada su condición dependiente respecto al poder económico y político de los ag entes extranjeros; la escasez de recursos para responder a las exig encias exter nas de inversión en

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infraestr uctura y la estr uctura demog ráfica de la ciudad, son mucho más vulnerables a las crisis. Grant y Nijman (2000: 322) sostienen que existe una brecha entre los estudios empíricos sobre la urbanización del Tercer Mundo y la teoría sobre las ciudades globales. Según es tos autores, la urbanización periférica, al ser conectada a los cambios en la economía política global, se analiza a par tir de unas fases en el desar rollo de la economía mundo: precolonial, colonial, nacional y global. La novedad del discurso de Ciudad Mu ndial, entonces resulta de que, en su readecuación frente a una nueva lógica de concentración y dispersión de las actividades económicas, las ciudades se transfor man en su estr uctura social y en su org anización espacial: “la hipótesis de Ciudad Mundial también establece que el carácter local de una ciudad y su estr uctura inter na económica y social, ref leja la posición par ticular y la función de la ciudad en la economía mundial” (Grant y Nijman, 2000: 321).

Las ciudades latinoamericanas
Según un infor me de las Naciones Unidas sobre las aglomeraciones urbanas realizado en el 2003, de las 24 meg aciudades del mundo (con más de 8 millones de habitantes), cuatro se encuentran en América Latina: Ciudad de México (18,7 millones, la segunda ciudad más g rande del mundo), São Paulo (17,9 millones), Buenos Aires (13 millones) y Río de Janeiro (11,2 millones). Lima, con 7,9 millones pronto for mara par te de estas cifras oficiales que la colocarán entre las meg aciudades latinoamericanas. Entre 1950 y el año 2005 el porcentaje de la población urbana en América Latina y el Caribe pasó de 41,9% a 77,6%. Se estima que para el

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año 2030 esta cifra aumentará a 84,6%. Actualmente la mayoría de la población en América Latina y el Caribe es urbana, más que la población urbana europea (73,3%) y un poco menor que la población urbana nor teamericana (80,8%). Según un infor me de la CEPAL, sobre el Panorama Social de América Latina y el Caribe 2004 , del total de l a población pobre en el año 2002, el 66,2% vivía en zonas urbanas. En otras palabras alrededor de 146,7 millones de personas pobres viven en la ciudad. Con respecto a la distribución geog ráfica de la población pobre, casi la mitad se concentra en tan solo dos países: Brasil (30%) y México (17%). En Colombia y en el Istmo Centroamericano la población pobre en el año 2002 representó alrededor de un 10% del total regional . En ese mismo infor me de la CEPAL se señaló, que uno de los rasg os más sobresalientes de la situación social de América Latina es la marcada desigual distribución del ing reso que prevalece en la mayoría de los países, con la consiguiente polarización y seg reg ación so cial. Los g r upos más ricos reciben en promedio el 36,1% del ing reso de los hog ares, aunque en países como Brasil, ese porcentaje supera el 45%. La descripción general de algunas cifras y porcentajes del panorama urbano en América Latina nos per mite contextualizar y comprender de for ma sintética el complejo panorama que caracteriza a estas ciudades en la actualidad: crecimiento urbano sin planificación, producto de la mig ración inter na, tanto de zonas r urales, de otras ciudades y de países limítrofes, por e jemplo, y que ha provocado la for mación de las meg aciudades y g randes aglomeraciones; la extensión de los cinturones de miseria en las periferias urbanas; la continua seg reg ación de la población en ghettos y

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residenciales exclusivos; la transfor mación del espacio público y la perdida de significación de los lug ares públicos tradicionales como las plazas o parques y del creciente aumento de las desigualdades. Los altos niveles de contaminación del aire y de los ríos, el colapso de algunos ser vicios públicos, la insuficiencia de recursos de las municipalidades para hacer frente a las necesidades de la población, el precario transpor te público y el cong estionamiento del tráfico urbano, se podrían sumar a esta lista de problemas urbanos que son de la cotidianei dad de los habitantes de estas ciudades y que se traduce en el deterioro de las condiciones de vida de los habitantes en las urbes, especialmente, en los sectores pobres y de extrema pobreza que cada día son más numerosos. Las for mación de meg aciudades aglomeraciones en América Latina, retos y for mas para el análisis ‘fundamentalmente, en su dimensión Canclini, 1999: 76). y otras plantean de lo cultural’ g randes nuevos urbano, (García

Hardoy, ha sostenido que lo que prevalece en América Latina desde hace varias décadas es una ciudad -región que combina las peores consecuencias de un masivo crecimiento demog ráfico y de un crecimiento físico sin controles, que han producido a la vez dos ciudades paralelas: la leg al y la ileg al. La primera, es par te de la historia oficial. La segunda, está for mada por los bar rios pobres y las urbanizaciones ileg ales y constituye un componente esencial de la ciudad latinoamericana contemporánea. La ciudad ileg al, con un mosaico de nombres diferentes de acuerdo con cada país lat inoamericano (callampas en Chile, pueblos jóvenes en Perú, favelas en Brasil, villas miseria en Argentina, vecindades o colonias populares en México, tugurios en Costa Rica,

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ranchos en Venezuela y Guatemala), ha transfor mado la estr uctura y el paisaje de l as ciudades latinoamericanas. Estos asentamientos se localizan en los sitios menos favorecidos de la ciudad, generalmente en las laderas de las montañas o en los cauces de los ríos y están propensos a inundaciones y deslizamientos que ponen en riesg o la v ida de sus pobladores. Si los asentamientos no son inter venidos por las autoridades, con el tiempo se convier ten en per manentes y se comienzan a instalar algunos ser vicios públicos. En Lima y en sus desér ticos suburbios hoy viven más de 2 millones de perso nas en los denominados irónicamente “pueblos jóvenes”. El ejemplo emblemático de la consolidación de un asentamiento ileg al y de su exitosa org anización comunal es la Villa El Salvador en Lima, pero, la mayoría de estos asentamientos en medio del desier to, no cuentan con los mínimos ser vicios como agua potable. El aumento de la economía infor mal es otro de los muchos problemas que aquejan por igual a las urbes en la región. Este sector, representado de manera más visible por los miles de vendedores ambulan tes, está presente en las calles y aceras a lo larg o y ancho del continente y plantea serios problemas de índoles social y económico. Según un infor me de la Org anización Inter nacional del Trabajo, el empleo urbano infor mal aumentó entre 1990 y 2003 del 43% al 46% en toda la región. La proporción de hombres empleados en la economía infor mal urbana también aumentó en la última década del 39,5% al 44% y afectó más a las mujeres, cuyo porcentaje se incrementó del 47,5% al 50%. En países como Perú, Bolivia y Ec uador y varios países centroamericanos este sector infor mal representa más del 60% de la Población económicamente activa (PEA) (OIT, 2004).

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El centro histórico y/o el casco antiguo de la ciudad, expresión de la traza fundacional propuesta por los colonizadores españoles, la retícula ajedrezada que constituía hasta alrededor de 1950 el corazón de las ciudades latinoamericanas, ha tenido un proceso de clara decadencia y deg radación y una disminución de sus habitantes. El incremento de la contaminación, el tráfico y el fuer te cong estionamiento en esas áreas centrales no estimula tampoco la inversión pública o privada. Los antiguos centros históricos, por ejemplo, en el caso de las capitales centroamericanas, han sido tomados por los vendedores ambulantes que proliferan en sus estrechas aceras y calles y los comercios de baratijas “made in China” ahora colman los viejos almacenes comerciales. Muchos de estos edificios per manecen abandonados y en un continuo deterioro. La ausencia de recursos locales y la falt a de interés para fomentar la inversión, no presentan un futuro muy alentador y existen pocas perspectivas a cor to plazo para la transfor mación y renovación de los distritos centrales. El proceso de deterioro se ha rever tido en algunos casos a par tir de l a década de 1990, como en Lima, Quito, Bog otá y la Ciudad de México, que han llevado a cabo proyectos de restauración de sus antiguos centros históricos. Las que en otro tiempo fueran cong estionadas calles y aceras llenas de ventas ambulantes, han sido literalmente limpiadas y los vendedores relocalizados a otros puntos de la ciudad, el patrimonio arquitectónico ha sido restaurado y se han creado bulevares peatonales y otros ser vicios que intentan recrear o emular a las ciudades de inicios del siglo XX.

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Casi como un modelo repetitivo, se vuelven a instalar faroles, bancas y todo tipo de infraestr uctura de inicios del siglo pasado, para emular ese glorioso pasado urbano que se ha idealizado. En algunas ciudades se impulsan proyectos de repoblamiento del anti guo centro. Por ejemplo, en San José, la Municipalidad como par te del Plan Dir ector Urbano, ha propuesto la reutilización de los viejos comercios, y la remodelación de sus estr ucturas para conver tirlos en edificios de apar tamentos mixtos. Con esas medidas, se intenta dar vida y nuevos usos y funciones al centro tradicional “abandonado” por los sectores medios y altos; pero estos son apenas proyectos que la mayoría se quedan en el papel. Al mismo tiempo, la seg reg ación residencial sigue en incremento y se ha acentuado el proceso con una creciente polarización del espacio urbano. Con los crecientes niveles de delincuencia, secuestros, y otros crímenes, el enclaustramiento de las familias ricas en zonas protegidas, es la nor ma. El modelo de condominio de lujo con sistemas de seguridad privados se ha extendido en las ciudades de América Latina de for ma generalizada. Las clases medias, que cada vez son menos numerosas, también han adoptado un sistema similar de vivienda en condominios o multifamiliares, con org an ización bar rial. El acceso a estas antiguas vías públicas, ahora es privado, y el paso es regulado por los vecinos y los nuevos sistemas privados de seguridad mantenidos por los vecinos. Lo que también ha producido cambios sustanciales en el uso de las vía s públicas, ahora conver tidas en privadas. En suma, la seg reg ación espacial y el abandono del centro tradicional, plantea una transfor mación impor tante en los usos tradicionales del espacio público en la ciudad latinoamericana. No sólo las elites se seg regan cada día más, sino también otros g r upos

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sociales medios y populares siguen un patrón similar por razones de seguridad. Estos factores unidos al crecimiento en la periferia y diversificación de ser vicios, da como resultado que ya no exista un solo centro, sino múltiples centros dispersos. Las meg aciudades latinoamericanas y otras capitales de “menor tamaño” son hoy día policéntricas, con diversos polos de desar rollo. A pesar de que, en algunas de ellas, todavía existe un centro simbólico, en la mayoría de las ciudades ya no es posible definir cuál es su centro. Las meg aciudades y g randes aglomeraciones urbanas latinoamericanas se extienden como una g ran mancha que se pierde en el horizonte, cuyos habitantes difícilmente lleg an a conocer en su totalidad, y mucho menos a transitar o a imaginar en conjunto. Un fenómeno de finales del siglo XX, en la mayoría de las ciudades latinoamericanas, es la proliferación de los macrocentros comerciales a la manera nor teamericana, que representan hoy día un papel cultur al de impor tancia. Los malls han producido nuevos “seudo- espacios públicos” para el consumo de un estilo de vida, que imita la cultura estadounidense, dominados y controlados por g randes franquicias extranjeras. En estos espacios se promueve un modelo de v ida, representado, sobre todo, por los valores y cultura de los Estados Unidos. En ellos se consume desde comida rápida o chatar ra, vestimenta de todo tipo, video jueg os, discos compactos y diversos entretenimientos (como los multicines con el monopolio de la producción hollywoodiense). Además se ofrecen ser vicios públicos diversos, gimnasios, discotecas, oficinas públicas, todo en un solo espacio. Los malls son lug ares donde la arquitectura monumental impor tada, está asociada con el paseo y la recreación, pero ante nada son espacios creados y

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pensados para el consumo. A la vez, son un nuevo espacio público para la distinción y diferenciación simbólica especialmente de las clases altas y medias. La constr ucción ilimitada de estos “moles/males” comerciales, e n diferentes puntos de la ciudad, no sólo ha cambiado el paisaje urbano, sino que también ha transfor mado el uso del espacio público en las ciudades de América Latina, además de reestr ucturar, en for ma concentrada las inversiones, los ser vicios y provocar la desaparición de pequeños comercios y locales que no pueden competir con ellos. La percepción de seguridad que se tiene de estos lug ares, por sus condiciones de infraestr uctura, distinción, higiene y seguridad, también fomentan el uso de estos espacios comerciales para la sociabilidad. Por ejemplo, los padres de familia, preocupados por la seguridad de sus hijos —especialmente de los adolescentes —, prefieren que estos socialicen y se divier tan en el mall con sus amig os, en un ambiente cer rado y seguro, a que frecuenten otras zonas de la ciudad consideradas y percibidas como pelig rosas. En suma, los centros comerciales han transfor mado de manera fundamental el uso del espacio urbano y del consumo, incluido el consumo cultural en las ciudades latinoamericanas.

La ciudad y la cotidianeidad en América Latina
La población urbana adopta diferentes estrategias y for mas de vivir la ciudad de acuerdo con sus condiciones económicas y socio- culturales. Cada habitante tiene for mas diferentes de pensar e imaginar la c iudad, y adoptan prácticas ter ritoriales par ticulares por lo que la ciudad “se concibe tanto como un lug ar

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para vivir, como un Canclini, 1999: 107).

espacio

imaginado”

(García

Las re presentaciones simbólicas o imaginarios urbanos per miten entender como el ciudadano percibe y usa la ciudad y como elaboran de manera colectiva cier tas maneras de entenderla subjetivamente, ya que, la ciudad imaginada ter mina guiando con más fuerza los usos y los afectos que la ciudad “real”. La creación de las meg aciudades en el caso de México, Brasil, Argentina y Perú, entre otras, al igual que la for mación de g randes aglomeraciones urbanas latinoamericanas, han modificado significativamente los usos, las for mas de vivir, pensar e imaginar a la ciudad. Remedi (2000) sostiene que, como par te del proceso de transfor mación urbano de las últimas décadas, en las ciudades latinoamericanas se ha dado una transfor mación del modelo cultural donde, se produjeron cuatro fenómenos espaciales que fueron deter minantes: “la emerg encia de ‘z onas’ y ‘locales’ especializados para el paseo y el consumo, ‘la casa mundo’, ‘el bar rio- mundo’ y el aumento de la impor tancia de los espacios públicos y vir tuales (teléfono, radio, inter net, video)” (Remedi, 2000). La perce pción, por ejemplo, que una zona de la ciudad es la más pelig rosa, es la que incide en la decisión de transitar, habitar, o inver tir en ella. Pero esta percepción, no siempre basada en hechos y datos reales, sino muchas veces definida por la percepción que tenemos de esa zona específica de la ciudad y ese “mapa mental” que nos hemos for mado de ella. Algunos sectores, son considerados, por cier tos g r upos sociales, como “pelig rosos” y, por ende, por esas zonas violentas e inseguras jamás se transita. Para las elites urbanas, que se han r ecluido en sus “burbujas” y mundos exclusivos de condominios cer rados, clubes,

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escuelas, centros comerciales; el antiguo centro ha perdido sentido y valor. Ahora, es un espacio “vacío”, según su nueva reconceptualización de la ciudad, por lo que ya no vale la pena frecuentarlo. Estos centros tradicionales, simbolizados por el parque o plaza central, que todavía confor man el centro histórico y son patrimonio arquitectónico en muchas ciudades latinoamericanas, han sido “tomados” especialmente por los sector es populares en la vida cotidiana, como lug ar de trabajo y diversión, lo mismo que los nuevos inmig rantes que dan nuevos usos y funciones a ese espacio público. Las percepciones reales o imaginadas de la inseguridad en las ciudades, no sólo han motivado a no frecuentar cier tos espacios, sino que también por temor a ser asaltado, secuestrado o ag redido sus habitantes se han literalmente enclaustrado en sus espacios cer rados y privados, como ya lo analizamos. José Fuentes Gómez, menciona que esos “imaginario s asociados al miedo for man un conjuntos de imágenes concretas que en ciudades como Bog otá o México pueden lleg ar a dominar los imaginarios urbanos. Lejos de ser ficticios, tales imaginarios “encar nan la tensión social y el antag onismo de clases” (Fuentes Gómez, 2000: 9). La percepción de la inseguridad se generaliza en la población, el incremento de esta percepción tiene una base real en el aumento de los delitos, pero también está se promueve y se incentiva por el tratamiento de la noticia y sensacionalismo en los medios de comunicación. En muchas de las g randes ciudades latinoamericanas, el encier ro es la nor ma, en Buenos Aires, estos espacios son conocidos como “bar rios con candado” y en la Ciudad de México se les denomina “fraccionamientos privados”. Se vive entre rejas, casa enrejada, bar rio

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enrejado y vigilado, automóviles con múltiples alar mas antirobo, lo que también ha modificado el uso del espacio público para dar paso a una privatización del espacio, y a la vez ha debilitado el sentido comunal d e los bar rios y los lazos de solidaridad. En muchas ciudades latinoamericanas, se vive con miedo, a ser asaltado en la calle, en el autobús, en el auto, pero también dentro de su propia casa. En los bar rios que for man par te del conurbano bonaerense, las v iviendas difícilmente se dejan solas, y sus habitantes se vuelven esclavos de ellas. Se vive refugiado en una for taleza, reforzados con candados y cadenas: una ciudad hecha cárcel. El fenómeno afecta tanto a ricos, como clases medias o populares que invi er ten sumas considerables en instalar sistemas de seguridad para sus viviendas y automóviles, de acuerdo con sus posibilidades y recursos. Se produce un fenómeno de encarcelamiento voluntario. Las viviendas, escuelas, parques, iglesias y hasta monumentos se encuentran rodeados de bar rotes y todo tipo de sistemas de seguridad, se asemejan a cárceles. La g ente comenta por la calle: “los ciudadanos viven entre rejas y los delincuentes andan sueltos.” Esta actitud revela un cambio cultural y social en la ciudad, for ma par te de esos imaginarios urbanos de las g randes aglomeraciones latinoamericanas. Aunque los niveles de delincuencia e inseguridad se hayan incrementado acaban siendo deter minantes las perce pciones de esa inseguridad y miedo que han creado una especie de paranoia que conduce a las personas, de for ma generalizada a protegerse y aislarse. Este aislamiento erosiona el sentido de comunidad en los bar rios. Los niños y niñas de sectores medios y altos salen poco a jug ar en las calles y se vuelven cada vez más sedentarios y dependientes de la televisión o el

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nintendo, como for mas de diversión dentro de su casa. Estas prácticas y for ma de vida, fomentan el individualismo y sedentarismo desde pequeños. Este fenómeno es esencialmente urbano y contrast a con la vida al aire libre, segura y tranquila en que todavía viven los habitantes de las zonas r urales. Por otra par te, la seg reg ación espacial y el crecimiento desmedido de las ciudades dieron como resultado la existencia de muchas ciudades en una sola. Ciudades policéntricas, con una g ran diversidad de for mas de vivirla, pensarla y de apropiarse de diferentes espacios dentro de la misma. Así, por ejemplo, para el caso de la Ciudad de México García Canclini (1996), identificó al menos cuatro diferentes c iudades, y sostuvo que en los usos de la ciudad y los viajes urbanos que realizan sus habitantes se ha perdido la experiencia del conjunto urbano y se ha debilitado el sentido de solidaridad y el sentimiento de per tenencia. Se puede afir mar que, en tanto nuevo mecanismo de socialización, la visión total de la urbe y las perce pciones de la Ciudad, están fuer temente condicionadas por los medios de comunicación, como la televisión y la radio que son deter minantes en la opinión pública. En este nuevo escenario urbano, el helicóptero que sobrevuela la ciudad, y cuenta cada mañana el estado general del tránsito (y de paso se refiere a la cor r upción de sus políticos e inseguridad de los ciudadanos de for ma irónica) es el único que puede dar una visión de conjunto de esa gig antesca mancha urbana. Pero también, son las ciudades latinoamericanas (tanto las meg aciudades como aglomeraciones medianas y de menor tamaño) los espacios donde convergen siglos de historia, y se superponen y entremezclan de muy variadas for mas diferentes momentos históricos.

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Las ciudades latinoamericanas, son más que g randes cifras de pobreza, violencia y desigualdad social. Son también mestizas e híbridas, con una g ran complejidad multicultural. Dentro del caos, también se generan for mas creativas para enfrentar los problemas y se crean expresiones culturales originales que ref lejan y representan ese mestizaje y conf luencia de procesos. En un estudio que realizó Silverio González sobre el significado de Caracas para sus habitantes, obser vó que esa capital es percibida como una ciudad caótica, pero al mismo tiempo, como un lug ar de opor tunidades. En la expresión de un joven estudiante: “Caracas es el centro de muchas cosas, de muchas actividades, es una mezcla de valores, de cultura, de ide as, de ideologías… es como un volcán, ya sea por manifestación de aleg ría o por alg o neg ativo” (González Téllez, 2000: 21). Entender a la ciudad latinoamericana es tratar de conciliar esa diversidad de realidades y discursos, para buscar for mas de coexiste ncia con la diversidad. El problema central de la multiculturalidad urbana, es comprender como coexisten las diversas ciudades y g r upos en la ciudad latinoamericana contemporánea ¿Cómo se puede comprender una ciudad que ya no tiene centro y aparece disg re g ada, ciudades que están llenas de contradicciones, ciudades con los últimos avances tecnológicos y de comunicaciones y al mismo tan incomunicadas y cong estionadas al interior de su propio entor no urbano? En suma, lo esencial es como log rar la inclusión c ultural de diversos sectores sociales, dentro de esa complejidad urbana y retomar los espacios públicos de la ciudad que tienden a la continua privatización del espacio. Cómo incorporar a los 146 millones de pobres — que ar rojan las cifras oficiales— que v iven en los márg enes, excluidos de la ciudad. Tarea ardua e

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imposible con el presente “modelo” de crecimiento urbano y económico que promueve una creciente seg reg ación y polarización social. Y que excluyen a un “ejército” cada vez mayor de indig entes que colman las periferias urbanas, muchos de los cuales intentan g anarse la vida desde muy temprana edad, entre actos de magia y limpieza de parabrisas en las calles y semáforos latinoamericanos.

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CAPÍTULO SÉPTIMO Pobreza, exclusión y marginación
A par tir de las transfor maciones sociales de la industrialización muchos científicos centraron el análisis en esa realidad social que era: la miseria de los trabajadores y los problemas que se derivaban de aquellas situaciones extremas de empobrecimiento, así como en los procesos de acumulación y su lógica. Esto produjo que los estudios sobre la pobreza adquieran una dimensión asociada: el estudio de la riqueza, que incluso perdurará en tér minos como desar rollo, moder nización, crecimiento, etc. Aquí no realizaremos un análisis general sobre todos los estudios y aproximaciones que afectan a la pobreza y la convier ten en objeto de investig ación y ref lexión teórica o empírica. Pero nos detendremos en algunas visiones, más o menos generales, sobre la pobreza con el objetivo de definir qué es y cómo afrontar el empobrecimiento masivo de las personas. Debido a la fuer te impronta economicista que rig e en el campo de las ciencias sociales, una g ran cantidad de los estudios sobre pobreza han buscado medirla por medio de la utilización de datos cuantitativos. Las unidades empleadas son g eneralmente datos ag reg ados (estados o niveles un poco inferiores como los hog ares) y variables muy discutidas como el PIB - PNB o simplemente las rentas familiares. Tradicionalmente se afir ma que una persona es pobre cuando sus ing resos no cubren las denominadas necesidades básicas de alimentación, vivienda, salud y educación y, se afir ma

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que es indigente cuando no alcanza a satisfacer las necesidades alimenticias. En este sentido, INDEC (1990); GICV (1994) utilizan para la medición de la primera un método indirecto, es decir, se calcula en primera instancia el precio de la canasta básica alimenticia y este valor, expresado en tér minos monetarios, se fija como límite de la línea de indigenc ia. Posterior mente, se multiplica esta cifra por el conjunto de g astos necesarios para satisfacer al resto de las necesidades básicas, el índice resultante fija la línea de pobreza. Para obtener la línea de pobreza de una familia, por ejemplo, se pondera a los miembros de la misma en tér minos de un adulto equivalente, de tal modo que el resultado se asemeja a la probabilidad que posee cualquier individuo o familia —dependiendo de la unidad de análisis— de ser pobre. Generalmente, la primera línea identifica lo que denominamos ‘pobreza estr uctural’ mientras que la segunda supone un carácter coyuntural, o sea, que son mayores las posibilidades de salir de dicha situación. La limitación estadística – que tan solo considera indicadores monetarios- nos per mite i nferir que tanto los pobres estr ucturales como los “nuevos pobres” se caracterizan por estar limitados para ejercer en plenitud la reproducción familiar y sus derechos sociales. Primero, porque no pueden asegurar una alimentación y nutrición adecuadas – consumo insuficiente - . Y segundo, porque si sus ing resos alcanzan para la alimentación pero son inferiores a la línea de pobreza, también encuentran severas restricciones para atender otras necesidades básicas, como el acceso a la salud, la vivienda y la educación. Desde la perspectiva sociológica, se han identificado algunos factores que pueden facilitar o no el acceso al ing reso y al consumo de bienes y ser vicios, como así

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también al patrimonio necesario para asegurar avances económicos de los diferentes g r upos y estratos sociales que les per mitan, dentro de cada entor no social, acceder al consumo mínimo de bienes o ser vicios. Existen, entonces, lo que podemos denominar componentes de la pobreza. Éstos desde el punto de vista analítico son tres: adscriptivos; distributivos y de consumo. Los primeros se relacionan con la distribución de bienes económicos y sociales de acuerdo a rasg os que son socialmente atribuidos a las personas, sin tener en cuenta sus talentos o sus habilidades, por ejemplo, género, dis tancia g eneracional, origen étnico. Los segundos, derivan del sistema de distribución de los factores que se encuentra implícito en el estilo de desar rollo. Estos factores abarcan la distribución del ing reso y del patrimonio, incluyendo en éste no sólo s us aspectos físicos sino el patrimonio de conocimiento y habilidades y el acceso a la infor mación. Por último, el componente de consumo se vincula con el umbral de satisfacción de las necesidades básicas, y se traduce en las dificultades biológicas para la manutención y subsistencia. Aunque esta distinción no es novedosa, nos per mite subrayar el carácter multidimensional del fenómeno y sustentar un enfoque analítico sobre las condiciones de vida y de acceso al mercado laboral de aquellos sectores que se encuentran en situaciones de pobreza dentro de una visión más dinámica del conce pto. La Org anización para la Cooperación y Desar rollo Económico ha sostenido en recientes publicaciones (2000: 12) que el concepto de pobreza ha experimentado una considerable expansión en su contenido. Por lo que si, como afir mamos, tradicionalmente abarcaba casi exclusivamente una

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dimensión económica, relacionada con los recursos materiales disponibles por los individuos, actualmente, la pobreza no puede entenderse como escas a capacidad de consumo de las personas ya que, prog resivamente, se fueron ag reg ando otras dimensiones o componentes de la misma. Esos componentes, entre otros, son: los valores que los hog ares pueden capitalizar, de modo que pobreza implicaría carencias de tales "valores" (capital educativo del hog ar); la seguridad (inseguridad en la condición de pobreza); el consumo social; el empoderamiento (dificultades para la par ticipación autónoma de las personas en su entor no social y político) y, finalmente, el tie mpo libre (carencia del mismo sería un factor de ag ravamiento o persistencia de la condición de pobreza). Así, la pobreza resultaría de: Poder de consumo + Valores + Seguridad + Consumo Social + Empoderamiento +Tiempo Libre A esta idea contemporánea sob re la multidimensionalidad del concepto de pobreza ag reg aremos algunas cuestiones: a- los factores y variables de cada una de estas dimensiones interactúan per manentemente en las expresiones concretas que adopta la pobreza respecto de los g r upos o estrato s sociales que se ven afectados por ella. Esto significa que cualquier análisis orientado a comprender su dinámica tiene que sustentarse en una base empírica para tener claridad respecto de las características reales del fenómeno. b- las trayectorias individuales a larg o de estas dimensiones se ven condicionadas por la transmisión

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intergeneracional socialización 32.

de

la

pobreza

por

hog ar

de

c- la for ma en que interactúan las dimensiones de la pobreza dependen también del efecto (o impacto) que log ran alcanzar las políticas públicas en la esfera social, que son adoptadas y puestas en operación por los cor respondientes ag entes guber namentales de la sociedad. En el cuadro que sigue se presenta una aproximación al fenómeno desde un punto de vista estr uctur al. Así, las personas pueden vincularse al problema de la pobreza desde una situación concreta hasta desde contextos sociales donde son sujetos vulnerables a la misma. En este sentido, algunos g r upos inser tos dentro del mercado de trabajo pueden per tenecer a la categ oría de pobres. Si utilizamos el concepto de ocupación – por su comprensión - nos encontraríamos que los g r upos que ing resan en la categ oría de pobres son más amplios. De hecho, aquellos g r upos provenientes de la estr uctura laboral (autoempleados, asalariados infor males y campesinos sin tier ra) y que están generalmente asociados a la dinámica de la infor malidad y de la precariedad económica for marían par te de la pobreza tradicional.

En el caso concreto de nuestra región esto implica revisar la información empírica disponible sobre los principales cambios que ha experimentado la estratificación social en las últimas décadas (en todo caso a partir de mediados de los setenta que corresponde al momento en que se desató con fuerza la crisis externa y en que se iniciaron las experiencias de desregulación y apertura en la región).
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200

CUADRO: pobreza

Sectores

afectados

por

situaciones

de

Po b r e s Gr upos en condiciones de potenciales pobreza actuales - “pobreza - hog ares - mu j e r e s ( y nu e v a o c í c l i c a ” m o n o p a r e n t a l e s niños) en - (ex) clase con altas tasas hog ares que social de de dependencia bordean la línea trabajadores ( es p e c i a l m e n t e de pobreza for males con jefes de - enfer mos y - c l a s e m e d i a h o g a r mu j e r e s o d i s c a p a c i t a d o s - pequeños niños) crónicos propietarios - viudos r urales m a yo r e s - categ orías - refugiados cultur almente - personas c o mu n i d a d e s marginalizadas inter namente r urales aisladas (grupos desplazadas - pastores y é t n i c o s, - extranjeros ag ropastores c o mu n i d a d e s indocumentados con poco indígenas g anado marginalizadas) ag ricultores en tier ras m a rg i n a l e s c o n escaso capital

Po b r e s potenciales autoempleados urbanos - asalariados infor males (y sus dependientes)

trabajadores r urales sin tier ra (y sus dependientes)

Si consideramos las variables expuestas anterior mente, podríamos identificar ‘nuevos tipos de pobreza’ que se expresan en dos sentidos diferentes: a - "nueva" pobreza cor res pondiente a aquellas categ orías sociales afectadas por condiciones de deslizamiento hacia abajo en la escala de la estratificación social (y que respondería al modelo de movilidad social descendente, en la ter minología sociológica más convencional- Columna 1); b- los g r upos culturalmente marginalizados, en los cuales están teniendo un peso cada vez mayor, las condiciones de etnicidad minoritaria; o como en el caso de las mujeres, de género – Columna 2Las características multidimensionales del problema, plantean una realidad: el estudio de la pobreza desde la

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perspectiva de una sola disciplina es un problema epistemológico fundamental. Se podría argumentar que la supuesta síntesis en el estudio de la pobreza podría venir desde una disciplina integ radora como es la sociología. Sin embarg o, esta disciplina no ha ofrecido hasta el momento una definición de pobreza que satisfag a todas las perspectivas. Esto se debe, en g ran par te, a que la definición sociológica de la pobreza es más difícil que la aproximación exclusivamente economicista. Pero es precisamente fr uto de esa dificultad de donde surg en las preguntas que nos hacen pensar en posibles enfoques alter nativos a los que en la actualidad disponemos.

Los estudios sobre pobreza
El desar rollo sistemático de los estudios sobre pobreza, puede ser ag r upado en función de dos ejes: Uno que muestra los niveles de ag reg ación de las variables y unidades (desde el máximo: estados; hasta el mínimo: personas; pasando por g r upos y hog ares) y otro que muestre una serie de dimensiones de la pobreza que van desde la pobreza monetaria (dimensión económica lig ada a las rentas o, dicho de otra manera, a la privación clásica), la dimensión política (que tiene que ver con la par ticipación), la dimensión cultural (que podemos resumir en la capacitación) hasta la dimensión más puramente social (que se puede denotar en el extremo opuesto de la pobreza monetaria y que sin duda se acerca más al concepto de exclusión social y a la (des)igualdad de opor tunidades). Los estudios sobre pobreza en Argentina, en el período previo a la década de los ochenta, presentan

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algunos rasg os comunes, aunque resultados diferentes 33. Esto puede achacarse a la aún escasa disponibilidad de datos cuantitativos, por un lado y, por otro, a problemas conce ptuales. Esta última indicación es un poco más discutible, debido a que para Argentina no existía una línea oficial de pobreza como la que sí se estableció para la década de los 90. El desar rollo de estudios, desde los puramente económicos basados en la Encuesta Per manente de Hog ares, pasando por los Infor mes de org anismos inter nacionales, hasta lleg ar a trabajos específicos a g r upos empobrecidos, han dejado una estela de investig aciones paralelas que abren camino para otras investig aciones empíricas (y ref lexiones teóricas sobre el concepto). No obstante no existe un claro acuerdo sobre qué unidades tomamos, ni qué variables, ni qué dimensiones de la realidad social incidimos (si es que acaso reconocemos que la realidad social es compleja y no todo se reduc e al criterio economicista), por lo que sí podemos reconocer que nos encontramos con un problema conceptual de primera magnitud. Cuadro: Disciplinas que estudian la pobreza.
Disciplinas Pe r s p e c t iv a Objeto Metodología Causas Po l í t i c a s Economía Abstracta Ag reg ados C u a n t i t a t iv a No definidas (el pobre) Re d u c i r ag reg ados Tr a b a j o social Concreta Pe r s o n a s C u a l i t a t iva No definidas (sistema) Mejorar individuos Sociología Ab stracta Ag reg ados/ personas C u a n t i t a t iv a (predominante) C u a l i t a t iva Sistema de causas Red u c i r a g r e g a d o s

Entre los estudios más destacados podemos Bartolomé, 1985; Ramos, 1984; Lomnitz, 1978,1979.
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citar:

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Por ello, cuando hablamos de pobreza, es necesaria una ref lexión conceptual desde la empiria, para evitar soluciones eclécticas, cómodas por otra par te, y empezar a trabajar con metodologías e indicadores si no nuevos, sí, basados en unos nuevos conceptos o en nuevas apor taciones, como por ejemplo las derivadas de la perspectiva de género.

Desigualdad, Pobreza Y Exclusión
Cuando estudiamos la desigualdad, no solemos discutir sobre el concepto, par ticular mente cuando estudiamos la desigualdad de rentas. Sin embarg o, más problemas tenemos cuando nos referimos a conceptos como igualdad (o desigualdad) de opor tunidades o si utilizamos el tér mino desigualdad con matices más sociológicos. Está claro que dos hog ares son diferentes con respecto a sus ing resos monetarios cuando la distribución de éstos en el hog ar A es diferente que en la del hog ar B. Si intentamos ir un poco más allá de lo meramente descriptivo y buscamos explicaciones sociológicas a dicha distribución diferente, encontramos prob lemas para mostrar un consenso de variables sociológicas de desigualdad. Por ejemplo, si queremos analizar la desigualdad dentro de los hog ares, atendiendo a la distribución (o mejor, redistribución) de las rentas por género, comprenderemos las dificultades que ofrecen los datos para poder realizar dicho trabajo. Sobre el concepto de pobreza tenemos más elementos para poder señalar la falta de consenso, no sólo en su definición operativa y empírica, sino también en las variables que for man y explican las situaciones de empobrecimiento. No obstante podemos señalar que

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prevalecen cuatro enfoques, más o menos sistemáticos sobre la pobreza entendida como una realidad mundial que abarca un periodo de tiempo que va desde 1940 hasta nuestros días y constituyen un corpus teórico consensuado para la investig ación sobre pobreza (Cuadro). Cuadro: Cuatro visiones sobre la pobreza mundial (1940 -1990).
Vi s i ó n Vi s i ó n 1 D e f i n i c i ó n Re n t a Tiempo Objeto Materiales 1940-1950 Mundial Re n t a s Vi s i ó n 2 N ive l e s de subsistencia Década de los sesenta Mundial Vi s i ó n 3 «El otro desar rollo» Década de los setenta Mundial/ local/sistema Necesidades humanas b á s i c a s, sociales Satisfacción de las nece sidades humanas Vi s i ó n 4 Desar ro llo humano Década de l o s n ov e n t a Mundial/ sistema Necesidades humanas Satisfacción necesidades

Principios

Po l í t i c a s

N ive l e s de subsistencia Consum o absolutos y u n iv e r s a l e s Incremento Alcanzar de r e n t a s n iv e l e s de para vida como consumir los países desar rollados Locales L o ca l e s Locales (Estado) (Estado) (estados) Cambios estr ucturales a n ive l mu n d i a l

Locales(Esta do) Globales ( ¿ mu l i n a c i o nales?) Globales (¿ONG?)

Hay que señalar que, además de estas visiones conce ptuales sobre la pobreza como realidad social mundial, el debate ha se guido (y sigue) también por otros caminos: definición multidimensional o economicista, dimensión absoluta o relativa u objetiva o relativa y, sobre todo, en la per tinencia de los diferentes indicadores empíricos para su medición.

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Contrario a bienestar, riqueza o desar rollo, la pobreza, el empobrecimiento, la imposibilidad real de ser y g ozar de los beneficios que conlleva vivir en una sociedad humana org anizada, no es una cuestión que puede ser reducida a unas cuantas dimensiones. La pobreza es el resulta do de una relación social y, como tal es un proceso con carácter dinámico en el que las necesidades consideradas básicas no pueden satisfacerse de for ma prolong ada en el tiempo e involuntariamente. Es decir, las personas no son pobres sino que están empobrecidas y, como resultado de esta relación son vulnerables. En este sentido, podemos afir mar que existen demasiadas similitudes en el uso de conceptos tales como pobreza y exclusión por lo que más allá de las diferencias de orig en y de matices que tratan d e separar un tér mino de otro, la utilización de este último en la literatura actual (tanto oficial como científica, que en muchos casos tienden a coincidir) es, casi un eufemismo, es decir, un intento por 'suavizar' la ter minología en la caracterización de los problemas sociales. Históricamente, la pobreza ha sido considerada como el elemento material de la existencia, mientras que la exclusión se ha centrado en elementos más cercanos a la capacitación y for mación. Desde la perspectiva aquí adoptada ambo s elementos son sinónimos dentro de un mismo proceso de desar rollo que impide que las personas se realicen plenamente como seres humanos en todas sus dimensiones posibles y potenciales. Los excluidos del siglo XXI son los pobres del siglo XX, y es ev idente que éstos se concentran en hog ares, g r upos, comunidades, estados (unidades de análisis) y éstas nos per miten hablar de estados dentro del sistema mundial excluidos de los procesos de crecimiento y, al

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mismo tiempo nos per miten señalar g r upos cuyas c aracterísticas sociológicas indican que están iniciando un proceso de empobrecimiento o que ya están plenamente inser tos en él. Pero los procesos de empobrecimiento, desigualdad y exclusión se relacionan de una manera peculiar de tal modo que, en las dif erentes relaciones de empobrecimiento y/o exclusión social encontramos rasg os de sociedades (locales, mundiales) desiguales. Aunque ésta no derive, necesariamente, en un proceso de empobrecimiento34. Un ejemplo de lo anterior lo podemos constatar cuando s obre un eje car tesiano tomamos el PIB estandarizado de los diferentes estados y lo cr uzamos con la esperanza de vida (también estandarizada) de dichos países. Así, países de alto PIB presentan alta esperanza de vida y, al contrario, países de bajo PIB pre sentan una menor esperanza de vida. La pregunta surge cuando nos detenemos en un g r upo de países en los que se da bajo PIB y niveles de esperanza de vida iguales o similares a los g r upos de mayor PIB, cuando conocemos que la esperanza de vida tiene un lími te superior que, de momento, no puede ser variado considerablemente. Por otra par te, es interesante estudiar quiénes son los empobrecidos y sus características para pasar a la búsqueda de explicaciones plausibles de dichas situaciones de empobrecimiento (empíricas o teóricas, y que sir van de apoyo e inicio para futuras investig aciones). Es decir, la diferencia entre estudiar los g r upos de riesg o más claros que par ticipan o
Como bien lo ilustra el caso Latinoamericano donde, a diferencia de Africa (sobretodo subsahariana) no existe, en realidad un problema de pobreza sino de desigual distribución de la riqueza.
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par ticiparán de situaciones de empobrecimiento, y estudiar dichos procesos y g r upos desde la perspectiva de género, por ejemplo, radica en las explicaciones. Los pobres no sólo se pueden contar (muchas veces, eso carece de interés) y en el intento, comprobar que los datos nos ofrecen un porcentaje mayor de mujeres dentro de los pobres qu e de hombres. Ésa es la evidencia empírica. Pero la evidencia sociológica desde la perspectiva de género ofrece inter pretaciones sobre el proceso de empobrecimiento en g eneral, con especial relación a las desigualdades de género.

Pobreza y exclusión social
Pobreza y exclusión suelen ser nociones que se usan indistintamente y cuyo contenido suele ser poco preciso. Pero si se trata de realizar una diagnóstico social a par tir del cual se puedan diseñar y/ o evaluar políticas sociales urbanas que per mitan enf rentar estos g raves fenómenos de nuestras sociedades el esfuerzo académico por distinguirlos puede ser útil. En este sentido, lo primero es preguntarse si pobreza y exclusión social ¿son dimensiones del mismo problema y pueden usarse indistintamente o son problemas de naturaleza diferente y por tanto conviene distinguirlos en el análisis? Si aceptamos la segunda opción el primer paso será definir pobreza y exclusión reg resando a los oríg enes de estos conceptos y a los marcos conce ptuales en los que se insc riben. Para nuestro trabajo hemos par tido de la siguiente proposición: en sociedades de mercado la pobreza urbana es un estado de privación asociado a condiciones de empleo, subempleo e infor malidad que coloca a los trabajadores y a sus familias en una sit uación de precariedad.

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Bar nes, (2002) y Mingione, (1999) atribuyen a Rowntree (1901) ser el primer científico social que estudió sistemáticamente la pobreza en York a par tir de considerar pobres a ‘todos aquellos que son incapaces de log rar una sobrevivencia física’. Su principal apor tación fue el ofrecer una medida absoluta de pobreza al deter minar el nivel de ing reso que provee un mínimo standard de vida basado en la satisfacción de necesidades biológicas de comida, agua, ropa y vivienda, es decir un m ínimo que g arantice la eficiencia física. No obstante, fueron Marx y Engels quienes en el siglo XIX habían explicado cuáles eran las principales causas de la pobreza y de las pésimas condiciones de vida que sopor taban los trabajadores ingleses en los alb ores del capitalismo. Ellos hallaron la clave en los procesos de ‘generación de plusvalía’ durante el proceso de producción de mercancías, encontrando la principal explicación en la deter minación del precio de la fuerza de trabajo, el cual se hallaba por debajo de su valor pero g arantizaba, al trabajador y a su familia, a través del salario el nivel de la sobrevivencia física. Estas explicaciones fueron el núcleo conceptual a par tir del cual se desar rolló en América Latina en los años sesenta la noción de marginalidad. Pero reg resando a los desar rollos conceptuales sobre la pobreza las definiciones de pobreza absoluta han sido ampliamente criticadas desde diferentes puntos de vista. Como señala Bar nes (2002) se trata de un concepto cuya operacionalización presenta diferentes problemas: i) es difícil deter minar el mínimo de la sobrevivencia y cuantificarlo, ii) el standard de vida cambia entre individuos, culturas y sociedades y también en el tiempo y iii) se limita a establecer los suficientes recursos en el nivel de las necesidades físicas pero no considera el amplio número de necesidades culturales y sociales que poseen los individuos.

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En este sentido, es conocido el apor te de Townsend (1975) en su análisis sobre la pobreza en Gran Bretaña y (1993) a esc ala inter nacional, al desar rollar el conce pto de ‘privación’ e introducir la noción de ‘pobreza relativa’ definida como ‘un standard de vida generalmente aceptado en una sociedad y un tiempo dado’. A diferencia de la definición tradicional, Towsend, centró su análisis en la distribución de los recursos y no en los ing resos poniendo, así, énfasis en que los individuos necesitan par ticipar con patrones o trayectorias de vida, costumbres y actividades par ticulares propios de la sociedad en que habitan. De este modo, se define una línea pobreza debajo de la cual se sitúan individuos y familias que son incapaces de par ticipar plenamente en la sociedad a la que per tenecen. A principios de los años ochenta la noción de pobreza ‘relativa’ fue criticada por Sen (1983) argumentando que hay un núcleo ir reductible en la idea de pobreza y que está dado por el hambre y la inanición. La perspectiva que inaugura Sen es ‘original’, en el sentido, que su ref lexión se basa no en la posesión de bienes que tienen las personas sino en la falta de capacidades para satisfacer necesidades básicas que varían ampliamente, según el momento de la vida y las diferentes condiciones sociales y comunitarias que existen en una sociedad. De este modo, los activos, el ing reso y los bienes de consumo son medios para alcanzar cier tas capacidades, mientras que las características personales y el contexto social definen la for ma de transfor mar estos insumos en capacidades específicas. A par tir de la Crisis de 1973 y posterior mente durante la década de 1980, la emergencia del fenómeno de la pobreza condujo, en Europa, al desar rollo de nuevos

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conce ptos pero “Les Exclus” (1974) marcó un hito en la aparición del concepto de exclusión. En el caso de Lenoir, éste concepto intentaba dar cuenta de la in capacidad que tenía una economía expansiva para incor porar a deter minados colectivos, discapacitados físicos, psíquicos y sociales. En este sentido, el conce pto se vinculaba con la idea de ‘quedar al margen’ y se comenzó a utilizar para referirse a lo que se denominó ‘nueva pobreza’. Así, “Marginal” y “nueva pobreza” pasaron a ser los dos tér minos más usados en el contexto europeo. Vincent (1979) sitúa el empleo de estos vocablos entre 1972 y 1973 en Francia para designar aquellos colectivos de jóvenes ‘desclasados’ que se neg aban a ser asimilados y par ticipaban puntualmente en las revueltas posteriores al ‘mayo del 68’. De adjetivo “g ente marginal” paulatinamente se constr uyó un sustantivo que califica a un colectivo, “los marginados” y acabó definiendo un proceso, “la marginación”. Aquellos que la sufren serían los que están lejos del centro, pero dentro de la página de la historia. Un margen geog ráfico e incómodo que podía identificar a quienes par tían de las ciudades para vivir en comunidades, a re voltosos estudiantes, a crecientes insumisos, a quienes no se confor maban con los valores y costumbres dominantes y que a veces buscaban for mas más o menos alter nativas (Castel, 1996). El concepto tenía una doble dimensión, por un lado se utilizaba para descalificar a estos movimientos porque no se los consideraba representativos y porque se alejaban en su disconfor midad de los núcleos centrales. Por otro lado, para referirse al proceso por el que deter minados colectivos están momentáneamente (jóvenes a la búsqueda de trabajo) o más crónicamente (itinerantes, gitanos…) alejados del centro. En este sentido, el marginado sería un punto inter medio, una

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fase más o menos pasajera, entre la integ ración y la exclusión más definitiva, combinándose también una marginación ‘voluntaria’ y una ‘impuesta’. A diferencia de Europa, en América Latina, el conce pto de marginación emergió en los años cincuenta para designar a los habitantes de favelas, colonias y ranchitos, resultado de las mig raciones masivas (Stavenhaguen , 1970) hacia las g randes ciudades. Por lo que, en las g randes ciudades latinoamericanas, la marginalidad fue el núcleo central de los desar rollos teóricos que intentaban explicar las causas y las dificultades de la sociedad latinoamericana para crear mec anismos efectivos de integ ración económica y social ya que si bien, el derecho al trabajo, se encuentra reconocido en las leyes de nuestros países, nunca estuvo g arantizado para el conjunto de la ciudadanía y esta situación se ha reproducido para los demás bienes básicos. El orig en del concepto de marginalidad puede situarse en los trabajos de Rober t Park y la Escuela de Chicag o. Las principales preocupaciones de esta de la sociología urbana eran el alto g rado de conf lictividad social que existía en dicha ciudad, y que provocaba elevados niveles de malestar social. Sus diagnósticos dieron origen a una teoría psicosocial del hombre marginal que consideraba que el espacio urbano deg radado y la pobreza urbana que presentan cier tas zonas de la ciudad, deter minaba el compor tamiento marginal y antisocial, de los individuos. Esta conce pción de la sociología urbana funcionalista fue sistemática y profundamente criticada, muchas décadas después desde el marxismo estr ucturalista por Manuel Castells en “La cuestión u rbana”. e En América latina, hacia finales de los años cincuenta intentando explicar el compor tamiento de los

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pobladores de los bar rios populares que se crearon como consecuencia del intenso proceso de urbanización que protag onizan las ciudades latinoamericanas Gino Ger mani, introdujo en sus estudios sobre el peronismo el conce pto de marginalidad. No obstante, a Ger mani no le preocupaba el individuo marginal sino que pretendía identificar, a un amplio conjunto de trabajadores que no log raba inser tarse en el sistema productivo de manera estable y asalariada y que constituía una masa marginal que políticamente era el principal apoyo del populismo. Asumiendo que tanto la intensidad como las dimensiones que alcanza la pobreza urbana están relacionadas con el fuer te proceso de urbanización que es resultado de las mig raciones campo - ciudad y que puede obser varse en la mayoría de los países latinoamericanos, en los sesenta se desar rollan nuevas teorías sobre la marginalidad. Los trabajos de José Nun y Fer nando Henrique Cardoso abrieron un profundo debate sobre el alcance del conce pto “masa marginal” y sus diferencias respecto al de “ejército industrial de reser va”. Una preocupación subyacente en estos debates conce ptuales de la época gira en tor no al potencial pol ítico que tenían estos conjuntos sociales que se diferenciaban de la clase obrera, para log rar una transfor mación social en un contexto de marcado por un profundo autoritarismo político. Favelas, villas miseria, colonias populares, callampas, bar riadas, ca nteg riles son los nombres que asumen los bar rios populares que se instalan en la periferia (los márg enes) de las ciudades, donde los habitantes autoconstr uyen sus viviendas aceptando condiciones de vida muy precarias y carencias de ser vicios públicos básicos. Pero a diferencia de lo ocur rido en Europa estos marginados no escogen su marginación, ni son marginales, puesto que constituyen una mayoría

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creciente de población, ni han for mado par te de la economía central y for mal, ni hay tampoco esperanzas con re specto a su posible inserción a cor to plazo en las pautas culturales sociales y económicas dominantes. Son una consecuencia de la creciente dependencia inter na y exter na y eng rosan al sector infor mal, concepto que en la década de los setenta va a ser elabo rado en el seno de la Oficina Inter nacional del Trabajo. Hasta cier to punto, la revalorización posterior de este sector infor mal va a desplazar la categ oría de marginación (Bassin, 1996) y ésta queda releg ada a la mirada despreciativa desde el poder : “son unos marginados”. Es claro que la exclusión, no es el resultado, de la voluntad personal sino que ha surgido tras la quiebra que se ha producido en el modelo de integ ración social basado en el empleo asalariado (aumento del desempleo y de los empleos marginales y precarizados) y en las relaciones de solidaridad familiar y social (inestabilidad familiar, debilidad de las solidaridades comunitarias). En este sentido, Castel (1990), señala que existe una división en tres espacios sociales en los que se dis tribuyen los riesg os de exclusión social de for ma desigual: a- Zona de integ ración, seguridad o estabilidad. Cor responde a la situación típico- ideal de la población con trabajo y protección social asegurada y sólida relación familiar y vecinal. Aunque en este g r upo existen g randes desigualdades sociales, éstas no suponen una amenaza para la estabilidad social. bZona de vulnerabilidad, precariedad o inestabilidad. La situación se caracteriza por la fragilidad, la inseguridad de las relaciones laborales pre carias y la inadecuación de los sopor tes familiares y sociales.

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c- Zona de exclusión o marginación. Se caracteriza por una retirada del mundo laboral, la ausencia de otro tipo de protección social y aislamiento social. Este g r upo sufre las for mas más extremas de pobreza, carece de acceso a las for mas nor malizadas de par ticipación social y son incapaces de salir por sí solos de esta situación. En este g r upo se encuentran los tradicionales beneficiarios de la asistencia social. Su reducido volumen no lo hace relevante en la desigualdad social. Según esta conce pción, los individuos basculan de unas zonas a otras en un proceso en el que tiene un peso impor tante la relación con el mercado laboral. Las r upturas son compensadas por redes protectoras como la famil ia, la solidaridad comunitaria o pública. Cuando todos estos mecanismos fallan, las personas y familias se precipitan hacia situaciones de fuer te ir reversibilidad.

El problema de la exclusión social en América Latina
En nuestro continente, para finales de los setenta y principios de los ochenta, quienes viven al margen desaparecen de las páginas de los periódicos y de las preocupaciones de orden público, mientras que sube la presencia de las capas que van siendo víctimas de las consecuencias de la crisis ec onómica y muy especialmente de las refor mas estr ucturales y del mercado de trabajo que comienza a impedir el ing reso de poblaciones que nunca hubieran sospechado verse abocadas a la precariedad. Quizás las figuras más representativas de lo que se va a lla mar la ‘nueva pobreza’ son los obreros calificados expulsados de su trabajo por las reconversiones industriales y los cambios tecnológicos; pequeños empresarios, comerciantes, ar tesanos y profesionales sin posibilidad de adaptarse a

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éstos; personas, especialmente mujeres, que teniendo responsabilidades familiares no pueden obtener trabajo o lo pierden; gente que se endeuda más allá de sus medios. No se trata de inconfor mistas como en el caso europeo; o ineptos para el trabajo y sin relaciones sociales, sino más bien con dificultades lig adas al empleo y a sus ing resos. Los tér minos de nueva pobreza encontraron un cier to eco en España (Candel, 1988), en Inglater ra (Room, 1990), en Francia (Paug am, 1991), en Italia (Saraceno, 1990), e incluso fueron objeto de debates transnacionales pero no lleg aron a cuajar masivamente. De hecho, esta perspectiva de la ‘nueva pobreza’ fue sometida a duras críticas por par te de los que veían en ella una utilización política, una desviación con respecto a la pobreza estr uctural y per manente, un enmascaramiento de orig en más o menos neoliberal con un retor no a las prácticas asistenciales de tipo individual y en definitiva fue rápidamente desplazada por el conce pto de exclusión. Durante, la década de 1970 y 1980, en Estados Unidos, el concepto de exclusión se enmarco en tor no a las discusiones sobre las denominadas subclases urbanas (urban underclass). Estos sectores eran analizados como el resultado de los fenómenos de seg reg ación urbana en las ciudades del mundo industrial, en los bar rios o vecindades de las periferias pobladas con minorías de inmig rantes. Es decir, los efectos generados por el cambio de un régimen social basado en el trabajo asalariado estable a un régimen mucho más homogéneo y precario generador de deterioro d e las condiciones de trabajo y del debilitamiento del apoyo estatal quedó expresado en la “discriminación institucional” hacia los sectores populares, con lo cual

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se reforzó la seg reg ación espacial y el confinamiento de aquellos g r upos que se encuentran pa r ticular mente en situaciones desventajosas. En América Latina la noción de exclusión tuvo un camino diferente porque se aplicó a la situación de precariedad y deterioro en las condiciones de vida que han debido aceptar siempre g randes mayorías, y que, en todo caso que se ha amplificado y/ agudizado con la adopción de políticas económicas durante los 80 y 90. En este sentido, se puede afir mar que la noción de exclusión social, ha ampliado el concepto de pobreza incor porando otras dimensiones no económicas del fenómeno para hacer referencia a nuevas prácticas económico y sociales que surgieron de las modalidades que adquirió el empleo y el nuevo régimen social. La misma pretende describir situaciones g eneralizadas de privación de bienes y ser vicios para los trabajadores y sus familias derivadas principalmente de la inestabilidad, la f lexibilidad y la deg radación de las condiciones prevalecientes del mercado del trabajo urbano y de las mayores restricciones que presenta la acción social del Estado. Las dimensiones del concepto de exclusión social son entre otras: las dificultades de acceso al trabajo, al crédito, a los ser vicios sociales, a la justicia, a la instr ucción; el aislamiento, la seg reg ación ter ritorial, las falta y mala calidad de las viviendas y l os ser vicios públicos de los bar rios de las clases populares; la discriminación por género a que están expuestas las mujeres en el trabajo y en la vida social; la discriminación política, institucional o étnico -lingüística en que se encuentran algunos g r up os sociales. Todos estos procesos y prácticas de las sociedades complejas son “factores de riesg o social” que compar ten deter minados g r upos de las clases populares

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(inmig rantes, colonos, indíg enas, discapacitados). Silver, (1994: 548- 549) ha mostrado las diversas categ orías sociales que han sido estudiadas empíricamente como exclusión y señaló a un conjunto de categ orías que se han utilizado como sinónimos de la misma: desigualdad social, privación, estigmatización, seg reg ación, discriminación, etc. Para finalizar, cabe destacar que, en la actualidad, las preocupaciones en Latinoamérica giran en tor no a describir el mapa de la pobreza y la exclusión y en aprehender los g raves procesos de desigualdad económica y social que hace de nuestras sociedades un e spacio social profundamente dividido, segmentado, confrontado no sólo por las condiciones estr ucturales de trabajo y de vida sino por un conjunto de prácticas sociales que generan la discriminación a que están sujetas las clases populares. Por ello la exc lusión social, aunque es una noción desar rollada originalmente para un contexto económico social bastante diferente contribuye a incorporar estas preocupaciones en la ref lexión conceptual, así como también en la actuación de los g obier nos y org anismos inte r nacionales (BID). Es claro que la pobreza supone complejas prácticas sociales, económicas y culturales que generan exclusión social, o acceso limitado a los beneficios del desar rollo para cier tos g r upos en función de su raza, etnia, capacidades físicas o género. Por ello en el interior del conjunto de los ‘sectores populares’ deben reconocerse g r upos sociales que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad social: los indíg enas, las mujeres, las personas con discapacidad o VIH positivas, por ejemplo, ya que pasan a ser incorporados como sujetos de atención de políticas sociales par ticulares. Las dificultades para acceder a bienes básicos pueden colocar al trabajador y su familia en una situación de

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exclusión social directa. Pero también se puede tratar de un conjunto de mecanismos considerados de “riesg o social” que ag ravan la situación de pobreza, en tanto privación asociada a las condiciones de desempleo e infor malidad. En este sentido, suele existir cier ta cor relación entre pobreza y exclusión social, aunque no necesariamente se debe ser pobre para ser excluido. Lo cier to es que los procesos que generan exclusión social no sólo per tenecen al ámbito de lo económico (desigualdad salarial por género u origen étnico) sino también de lo político (carecer de documentos que per mitan ejercer el más elemental de los derechos políticos, votar a los representantes), de lo social (discriminación en el acceso a espacios públicos, por ejemplo centros comerciales) y de lo cultural (limitado acceso a la cultura, representaciones colectivas de la sociedad generan prácticas discriminatorias). Todo ello impide log ra aceptables niveles de cohesión social y alimenta posibles los conf lictos sociales. En síntesis, en una sociedad cada más compleja los fenómenos como pobreza y exclusión exigen un análisis multidimensional que log re hallar la inter relación entre insuficiencia de ing resos, infor malidad en el empleo, bajas remuneraciones, deficiencias alimentarias, bajo nivel educacional, discriminación por origen étnico, por género, por discapacidad, seg reg ación espacial y en el acceso a ser vicios básicos, limitados recursos de cooperación social (capital social). Por ahora, en América Latina, los trabajos se instalan principalmente en el ter reno de la descripción, la ag reg ación de variables y la medición de la pobreza, y no existe una metodología combinada, cuantitativa y cualitativa, que per mita captar de manera multidimensional el complejo problema de la pobreza y

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la exclusión social en vías a hallar caminos más efectivos para su superación.

CAPÍTULO OCTAVO Los procesos de Estratificación social
La distribución de las personas en función de la posesión o no de medios de producción 35 y, por ende, “…según las actividades que realizan para producir bienes o ser vicios con el objeto de obtener recursos para su subsistencia y reproducción es el objeto de estudio de lo que se denomina ‘estr uctura de clases’ que es el modo como se expresa en una sociedad la división social del trabajo…” (Del Valle, 2006: 88). Por medio de ésta, las personas adoptan diferentes posiciones en los procesos sociales y en las prácticas que se estr ucturan confor me al desar rollo de las relaciones de producción. De este modo, por medio del lug ar que ocupan en la estr uctura social las personas llevan a delante prácticas sociales que pueden ser analizadas por su relación en los procesos que ar ticulan la división social del trabajo. El lug ar que una persona ocupa en la estr uctura social y en la división social del trabajo se expresa, en principio, por medi o de una for ma par ticular de
Al hablar de posesión de los medios de producción, usualmente nos referimos a dos cuestiones de diverso orden: el derecho de propiedad y el control económico efectivo. En el primer caso, significa que una persona o empresa dispone libremente de un bien; en el segundo, que posee el control del recurso de modo efectivo por lo que dispone de su uso, de modo tal que posee el control pero no la propiedad. A esto mismo se refería Wright al referirse a los bienes de organización, bienes de producción y bienes de cualificación (Wr ight, 1994: 70-95).
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obtención de recursos que le per mitirán producir y reproducir sus condiciones de existencia, es decir, renta. En otras palabras, el acceso a los recursos, sean éstos económicos (renta), sociales (tiempo) o políticos (autonomía ), se encuentra regulado por procesos sociales denominados de ‘estratificación’. Éstos dan por resultado que el acceso a los recursos, incluidos los bienes y ser vicios, se distribuya de manera desigual y ubicando a las personas en clases sociales que se e ncuentran jerárquicamente org anizadas según su acceso a los recursos. La estratificación no es un fenómeno inde pendiente sino que responde a patrones org anizados en tor no a distintas dimensiones: existe una dimensión económica dada por la ocupación, a tra vés de la cual las personas acceden a mercados y salarios; una dimensión social, por la que se accede al reconocimiento y una dimensión política, dada por el modo en que el estado inter viene en los procesos de estratificación. El estado posee un rol como asignador de recursos, es decir, toma recursos de unas personas y se los entreg a a otras. Los criterios para asignar estos recursos varían, desde la necesidad y la pobreza hasta los derechos universales. En este sentido, el estado define los niveles de mercantilización que operan en la sociedad ya que las prácticas de asignación de recursos reproducen, amplían o reducen la estratificación social: cuanto más dependen las personas de sus ing resos, más desigual es su acceso a bienes y ser vicios y dado que l a distribución del ing reso es, por definición, piramidal la for ma concreta que asume la pirámide depende de las características de la producción y del mercado de trabajo que se encuentran reguladas por el estado.

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La compleja pero persistente transfor mación ocur rida en América latina desde la década de 1980, hacia una economía de mercado abier ta exige una comprensión más plena y rigurosa de la dinámica social de la transfor mación y de los efectos que tiene en la equidad social. Por ello, en el contexto actu al, vuelve a manifestarse un interés por retomar el análisis de la estratificación y la movilidad social como eslabón de una cadena que va desde las raíces históricas de la estr uctura social hasta el acceso diferenciado a los mercados y a los repar tos soci ales. La vuelta de estos temas nos oblig a a considerar la especificidad histórica latinoamericana frente a la cual existen diversas interpretaciones tanto de los procesos de implantación como de desar rollo del capitalismo en la región. En este capítulo, realizaremos un análisis sobre la investig ación sociológica sobre la estratificación social y la movilidad en América Latina 36. Baño y Faletto (1992) defienden la tesis de la diversidad de perspectivas de los estudios empíricos de estratificación social y m ovilidad social en América Latina que se realizaron en la segunda mitad del siglo XX (1950/1970). El corpus de investig ación latinoamericana que estos autores analizaron se caracteriza porque abarca desde estudios de cor te sistémico funcionalista, hasta aquellos que se nutrieron del enfoque marxista, pasando por los que se inspiraron en el abordaje weberiano de la estr uctura social. Una segunda referencia es el trabajo de Solari, Franco y Jutkowitz (1976: par te 2). En este caso y lueg o de una
Sobre este tema, es especialmente interesante la revisión actualizada de Filgueira (2001).
36

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exhaustiv a revisión y análisis de la sociología latinoamericana, los autores dedican la segunda par te del plan general de su obra a la discusión sobre el tema de los ag entes del cambio. Lo interesante es que lo hacen a par tir de un análisis doble, es decir, de las clases sociales por un lado y las élites por otro. La reseña con la que inician el tema, y cuyo título es: “las g randes concepciones de los sistemas de clase latinoamericanos” es especialmente interesante para ilustrar una visión g eneral sobre la for ma cómo se han estudiado las características y problemas sociológicos de la estr uctura y la movilidad social en la región. En los dos trabajos que utilizaremos como referencia se reconoce la existencia de estudios que se destacan dentro de la agenda de investig ación sociológica latinoamericana sobre la estr uctura de clases, la estratificación social y la movilidad. Al respecto, una referencia oblig ada es Gino Ger mani que se cuenta entre quienes iniciaron la investig ación empírica. El trabajo de Ger mani (1955) se apoya en un modelo evolucionista y de carácter general aplicable a los cambios que se obser van en la estratificación social de sociedades en la moder nización capitalista temprana, ordenando el proceso en tres fases: a- una fase “paleocapitalista” con un sector primario de la economía todavía impor tante; un sector secundario que ya es el eje básico de la economía y un sector terciario embrionario, lo que lleva a una aristocracia declinante, una burguesía consolidada como estrato social básico de la soci edad, proletariado urbano con protag onismo creciente, declinación de los sectores r urales, decaimiento de la antigua clase media (primaria, ar tesanal, comerciante) frente a una nueva clase media que emerge en el funcionariado y las profesiones;

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b- una fase “transicional” donde el sector secundario alcanza el máximo de su expansión con un crecimiento notable del terciario pujante en el área de los ser vicios moder nos, con refuerzo de elementos directivos empresariales y burocráticos en la clase alta que no r ecupera más su viejo carácter aristocrático ya perdido en la fase anterior, proletariado urbano plenamente org anizado y movilizado, continua expansión de los sectores medios pero con inestabilidad, (incong r uencia de status que en varios países alimenta mov imientos de cor te fascista); c- una fase “neocapitalista” con el sector primario reducido a su mínimo, un sector secundario consolidado y un sector terciario en expansión continua, tendencia a la separación entre propiedad y control en la clase alta, brechas atenuadas en la pirámide de la estratificación, clase media estabilizada y comprometida con la situación de de pendencia, proletariado integ rado al sistema por acceso a símbolos de status, sistema social descomprimido pero con amenazas desde sectores ma rginales, periféricos y minoritarios. Si bien Ger mani sostuvo que las tendencias de la estratificación social latinoamericana no se ajustan plenamente a este modelo de transición temprana al capitalismo, los factores propios de este continente que explicar ían el desajuste están en la economía de expor tación de productos primarios con industrialización retrasada, que fue característica de la región en la fase inicial “paleocapitalista”. Esto condujo al predominio de los propietarios latifundistas en la conf or mación de la clase alta, y a la sobre expansión de los sectores de la clase media que le confirieron un notable protag onismo sociopolítico prog resista dada la debilidad o inexistencia a veces del proletariado org anizado.

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La crisis de 1930 y el colapso del sistema económico primario expor tador, en América Latina, ar rastró a la crisis de las clases medias alimentadas por tal sistema, con salidas de cor te fascista en algunos casos nacionales. La post crisis se caracterizaría por una consolidación en la cúsp ide de la estratificación social de un conglomerado for mado por las viejas burguesías ter rateniente e industrial y la nueva burguesía industrial, con clases medias que continúan sometidas a presión, con un proletariado urbano creciente y más org anizado y c on sectores marginales en expansión. Desde una perspectiva más próxima a la sociología weberiana, José Medina Echavar ría (1953), abordó también el tema de la estr uctura y la estratificación social en nuestro continente. Para este autor, los cambios que se producen en la estratificación se vinculan de manera casi directa a los cambios de la estr uctura económica. Así, la creciente ampliación de las ciudades redujo aceleradamente a los g r upos r urales con un cambio general en el patrón de las clases sociales. La aristocracia tradicional pasó a ser la burguesía moder na, surgiendo un nuevo sector en creciente expansión que son las clases medias. La estr uctura tradicional de dominación, en este sentido, demostró una ‘per meabilidad adaptativa’ de los g r upos dominantes. Esta ‘per meabilidad’ distorsionó, sin embarg o, el proceso de moder nización reforzando un dualismo estr uctural que se manifestó en complejas e intrincadas relaciones de coexistencia entre lo tradicional y lo moder no en la región. La causa de este dualismo es que la estr uctura técnico económica se transfor mó, en el sentido, requerido por el tipo industrial de desar rollo pero no así otras esferas como las instituciones, con lo cual se produjo una asincronía: aspiraciones, actitudes hacia el consumo y estilos de vida se ponen en sintonía con el modelo industrial, en

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tanto que “…la producción per manece en un nivel de desar rollo escaso e insuficiente…“ (Baño y Faleto, 1982: 8). Desde el análisis marxista, Florestán Fer nández (1968) sostuvo que en América Latina la sociedad de clases y el capitalismo son dos caras de la misma moneda y no han resultado de una evolución social inter na. De este modo, el capitalismo latinoamericano no es capaz de crear condiciones de desar rollo autónomo y tampoco log ra crear las bases de un crecimiento autosustentado. De allí que el sistema de clases que lo acompaña es reducido porque el orden competitivo – el mercado- es limitado, poco dinámico y no abarca a toda la población, de modo que más que clases, lo que este capitalismo origina son categ orías sociales que se superponen a otras tales como desposeídos, marginales, etc. Para éste autor, en los segmentos impor tantes de la economía la apropiación del trabajo no se da sobre bases propiamente capitalistas, es decir, no hay m ercado de trabajo, en un sentido ‘estricto’ y, por ende, las distinciones sociales básicas se establecen en tér minos de posesión o no posesión de bienes. Los no poseedores de bienes comprenden dos categ orías: a- los que se ubican en las economías de subs istencia o en estr ucturas económicas arcaicas y b- los que se convier ten en asalariados, proletarizados o en vías de proletarización. Entre los poseedores de bienes se distinguen: una burguesía que abraza a la clase alta urbana y r ural, donde la primera comprende a industriales, banqueros, g randes comerciantes, profesionales especializados en ser vicios para la administración;

227

La clase media urbana que tiene dos estratos: uno tradicional (funcionarios públicos, profesiones liberales, profesores, asalariados de cuello y corbata y obreros altamente calificados) y otro moder no asentado en el alto personal de las g randes empresas. Hacia mediados de los años ‘60, Ipola y Tor rado desar rollaron un esquema teórico inspirado en la perspectiva marxista y basado en el proceso de división del trabajo en la sociedad capitalista. A par tir de allí, distinguieron relaciones de producción deter minantes (relaciones de explotación) y relaciones de producción deter minadas. Estas últimas, se establecen entre los agentes de p roducción sobre la base de las primeras. Las relaciones sociales así generadas comprenden: a- relaciones de propiedad, que pueden asumir distintas for mas, tales como privada individual, privada colectiva, privada social (propiedad pública), relaciones de posesión llevan a que deter minados agentes dispong an del poder de dirección y de coordinación del proceso productivo; b- relaciones de posesión, en las que cier tos ag entes productivos inter vienen en el proceso de producción por medio de poder de direcció n y coordinación del proceso, asegurando así su funcionamiento; c- relaciones de control técnico, en las que cier tos agentes productivos se relacionan con los medios de producción que inter vienen en los procesos de trabajo en vir tud de su capacidad de pon er en acción esos medios de producción; detentación, que se refiere a la relación de los productores directos con los medios de producción. El modelo general propuesto por Ipola y Tor rado se traduce en las siguientes categ orías de estratificación social:

228

a- agentes en actividades ag rícolas ag rícolas, mayordomos y capataces

(empresarios

b- burguesía (directores gerentes, profesionales) c- pequeña burguesía propietaria (vendedores propietarios, trabajadores independientes establecidos; indep. en industrias fa miliares, indep. no establecidos). d- clase obrera proletariado calificados y no calificados) (técnicos, obreros

eclase obrera semi -proletariado (agentes comerciales, empleados de oficina y del comercio) fclase domést icas) obrera sub- proletariado (empleadas

g- ag entes ideológicos (burguesía, pequeña burguesía, funcionarios) (profesores universitarios, secundarios, primarios y afines) h- agentes políticos i- Otros. Filgueira y Geneletti (1981) también han analizado el problema de la estratificación 37 y la movilidad pero vinculándola al problema del conf licto social. Su tesis era que el carácter de éste era esencialmente distributivo. En el mismo sentido, K aztman (1984) abordó de manera específica, las transfor maciones del empleo en la región. Utilizand o datos de comienzos de la década de los años setenta, Filguiera y Geneletti desar rollaron un esquema clasificatorio para categ orías ocupacionales
Para Filguiera y Geneletti, la estratificación social alude, en un sentido general, a la manera en que los individuos tienen acceso a los bienes sociales disponibles mientras que la movilidad se refiere a los cambios en los patrones de distribución.
37

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que per mite distinguir un conjunto de estratos, de la siguiente manera: a- Estrato superior secundarias y terciarias y medio con ocupa ciones

b- Estrato inferior en ocupaciones secundarias c- Estrato inferior en ocupaciones terciarias d- Estrato medio y superior en ocupaciones primarias e- Estrato inferior en ocupaciones primarias f- Otros Para el caso del estrato 1, los autores diferenciaron: a- empleados en la industria, comercio y ser vicios; b- personal de categ orías superiores en la industria, comercio y ser vicios; c- empleados por cuenta propia del comercio; d- empleados, vendedores, oficinistas, en la industria, comercio y ser vicios. En todos los demás estratos la desag reg ación inter na se hace distinguiendo entre asalariados y trabajadores por cuenta propia. El principal apor te del estudio de Filguiera y Geneletti, con su for taleza comparativa y empírica, e s que confir mó los cambios que se venían obser vando en el patrón de movilidad predominante en la región: persistente reducción de las actividades primarias, especialmente las r urales; un sector secundario con capacidad limitada de absorción de la fuerza de trabajo que sale del sector primario (una impor tante movilidad geog ráfica mig ratoria r ural- urbana); estabilidad de las actividades urbanas de bajo nivel; crecimiento de los estratos medios y altos. En suma, un patrón de movilidad que muestra dinamismo pe ro “...condicionado

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a que no se afecte fuer temente la distribución básica de los recursos económicos...” (Baño y Faleto, 1992: 16).

La estr uctura social latinoamericana
Pérez Sainz, Andrade- Eekhoff (2003), han sostenido que los principios de estratificaci ón social desde la década de 1980 hasta la actualidad se han modificado. Para estos autores, existe un ‘ex ante crisis de los ochenta’ (basado en la propiedad de los medios de producción y división del trabajo manual y no manual) y, ‘un ex post’ (basado e n la precarización de las relaciones laborales y el acceso a la pequeña propiedad como expresión de crecimiento del autoempleo). En su análisis, identifican cinco categ orías que, a su entender, contienen distintos g r upos socio ocupacionales en los que se r eleva la precarización de las relaciones salariales y el desempleo estr uctural, por sobre la dicotomía for mal e infor mal. Para estos autores, en la actualidad, la for malidad o infor malidad del empleo se ha transfor mado en una variable esencial para la comprensión de los procesos de estratificación en la medida que se vincula al proceso mismo de ordenamiento y jerarquización en estratos por medio de: el ing reso y el nivel educativo. Así, ing reso y nivel educativo, para estos autores, se transfor marían en lo s nuevos factores de estratificación. En este sentido, los autores identifican a los siguientes g r upos sociocupacionales: a- Grandes propietarios: en esta categ oría se distinguen los propietarios y los gerentes y administradores de establecimientos privados y públicos de g ran tamaño. Los capitalistas y sus administradores.

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b- Trabajadores profesionalizados: incluye a los trabajadores que cuentan con acumulación de capital humano y que, por tal razón, ocupan posiciones inter medias en los procesos laborales. Dentro de esta categ oría se contemplan tres g r upos: los del sector público, los del sector privado y los profesionales independientes. c- Asalariados no precarizados: incor pora al resto de los trabajadores estatales y aquellos del privado cuyas relaciones salariales se caracterizan por cier ta regulación. d- Pequeños Propietarios: esta categ oría contempla dos g r upos: el pequeño empresariado y los trabajadores por cuenta propia (que no son profesionales independientes) según rama de actividad y condición urbano r ural. e- Trabajadores vulnerables: esta categ oría contiene tres g r upos socio -ocupacionales: las empleadas domésticas; los trabajadores no remunerados (familiares y no familiares), y el resto de asalariados en el sector privado cuyas relaciones labo rales se caracterizan por su desregulación. Aquí se diferencia entre asalariados ag rícolas y no ag rícolas. Esta propuesta de estratificación descansa, fundamental -mente, en dos dimensiones analíticas: por un lado la distribución de los g r upos socio ocupacionales en estratos sociales (es decir en una diferenciación porcentual basada en la cor relación del ing reso y la educación) y las distancias sociales que establecen, por otro. Así, la composición de los estratos, se realiza por medio de un índice cuya máx ima puntuación es de 100 y que se divide en 5 estratos de 20 puntos cada uno. A su vez, cada estrato se define en comparación al estrato

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que está en la cúspide. Pero no sólo interesa conocer el peso de cada estrato sino además las categ orías socio ocupacionales que lo componen. Para ello, los autores utilizan la variable de la distancia social que nos remite a la distribución de la población ocupada, sin diferenciar g r upos socio -ocupacionales entre los estratos. Para los autores, si bien las for mas de distribución pueden ser variadas, consideran que, en nuestro continente, existen dos tipos ideales de estratificación, a saber. La piramidal y la romboide. En la estratificación de for ma piramidal, el estrato superior es el menor con los niveles inter medios aumentado de manera g radual y con el estrato inferior aglutinando el mayor número de ocupados; por lo que con for man una suer te de pirámide que nos per mite deducir que nos encontramos frente a una sociedad de carácter jerárquico, cuyas causas pueden variar según los contextos históricos de cada país. Por otro lado, la estratificación de for ma romboide representa la existencia de una concentración en los estratos medios con peso reducido en los estratos superior e inferior. En este caso la estratificación es más igualitaria que la piramidal, lo que hipotéticamente, podría llevar a pensar que esta estr uctura es par te de dinámicas redistributivas, cuyo origen cambia según el país y su contexto histórico. De este modo, los procesos de estratificación se desar rollan a par tir de, la combinación de las for mas de estratificación con el tipo de estr uctura social existente, g ráficamente podemos representarlo así:

233
J E R A RQU I C A RIGIDO FLEXIBLE Cer rado In e s t a b l e NO J E R A RQU I C A Mesocrático Abier to

La posibilidad de pensar en procesos de cohesión social se encuentra asociada a una estratificación donde la proximidad entre los estratos nos per mite pensar en una estr uctura social f lexible y con capacidad de manejo de la estr uctura de clase; por el contrario, la lejanía entre estratos, especialmente del superior, revelaría una estratificación más rígida. Para identificar g rados de cohesión social, los autores utilizan el conce pto de distancia social que surge de la com paración entre los diversos estratos. En este sentido, existen tres posibilidades: a- Distancia social máxima: compara el valor del índice estratificador del estrato superior con el del estrato inferior. b- Distancia social relativa: compara el valor del estrato superior con el que aglutina mayor población ocupada. Este tipo de distancia se puede relacionar con las for mas estratificadoras. c- Distancia social intra- estratos: facilita las comparaciones sucesivas entre estratos, per mitiendo apreciar los lug ares en la estratificación donde se mantiene cohesión o, por el contrario , donde comienza a descohesionarse. El criterio utilizado es el mismo rang o atribuido para cada estrato (20 puntos), cuando la distancia entre estratos es igual o menor hablamos de cohesión y cuando lo supera de descohesión.

234

La estratificación desde estr uctura de clases.

la perspectiva

de la

Por tes y Hoffman (2003), han analizado la estr uctura de clases en América Latina durante la época neoliberal a par tir de sostener la impor tancia de recuperar la olvidada noción de clase social como marco conceptual y noción empírica. En tal sentido, señalan que el concepto de clase social “...remite a categ orías distintivas y perdurables de la población que se caracterizan por su acceso difere ncial a los recursos que otorg a el poder y las posibilidades de vida cor respondientes” y ag reg an que “...aunque las teorías marxistas or todoxas solían considerar que los recursos se limitaban a la posesión del capital y de los medios de producción versus l a propiedad del trabajo en br uto las teorías recientes han adoptado criterios más f lexibles que abarca a otro tipo de recursos que confieren poder, tales como el control sobre el trabajo de terceros y la posesión de una habilidad ocupacional escasa”. (Por t es y Hoffman, 2003). La tesis principal que defienden, éstos autores, es que en América Latina, la implementación del capitalismo ha sido imperfecta, por lo que ha dado lug ar a más de un modo de producción y modificando el modo en que se expresan las diversas clases sociales. Es decir, modificando las for mas de la conciencia de clase. En este sentido, existen profundas diferencias en el modo en que se estr ucturan las clases sociales en los países periféricos. De esta manera, la constr ucción de una tipología de clases, por un lado, se apoya en los conce ptos clásicos de clase social pero se complementa con el mayor o menor acceso que los individuos tienen o no, a cada uno de los activos. Por ende, cada clase se define por la falta de uno o más de los rec ursos disponibles. Esto se traduce en una matriz que per mite

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una clasificación séxtuple como lo muestra el cuadro de la página 166. Como se obser va, los indicadores utilizados para la constr ucción de esta matriz descansan, fundamentalmente, en la propiedad de los medios de producción (capitalistas), la administración de nivel superior en las g randes y medianas empresas (altos ejecutivos) la posesión de conocimientos (exper tise) escasos requeridos por las empresas y org anismos públicos (profesionales universitarios), la posesión de algunos recursos monetarios, alguna especialización profesional, técnica o ar tesanal y el empleo de un pequeño número de trabajadores super visados de for ma directa (microempresarios o “pequeña burguesía”) y la for malidad / infor malidad del empleo. El seguimiento de estos indicadores, en un período de veinte años, per mitió a éstos autores, identificar las tendencias de movilidad de estas categ orías y establecer un análisis comparativo de una muestra de 13 países de la región. Finalmente es necesario destacar que, no obstante, la definición de las categ orías y clases antes expuestas, la propuesta identifica dos nuevas variables emergentes necesarias a considerar en la estr uctura, aunque no operacionalizadas dentro de la matriz: la criminalidad y la emig ración. En relación a la primera de éstas, la criminalidad, es analizada como una variable que expresa g rados y for mas de desinteg ración social y, la segunda, la emig ración, como una variable de expulsión de fuerza de trabajo que n o log ra ser retenida por sus países de origen. En ambos casos estamos hablando de variables que son expresión de la incapacidad de integ ración o retención de conting entes impor tantes de individuos que no log ran inser tarse en los mercados laborales.

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Cuadro: Estr uctura de clases en América latina según modelo de Portes y Hoffman (2003)
Control del capital y de los medios de producció n Control de calificacione s escasas y altamente valoradas Modo remuneración de
+ + + Utilidades + +

CLASE

SUBTIPOS

Control de una fuerza trabajadora impersonal, organizada burocráticam ente

Control de calificacio nes subsidiaria s, tecnico administra tivas

Con cober tura y regla menta -ción legal

% de la fuerza de trabajo

I. Capitalistas
+ + + +

1.8

II. Ejecutivas

y Sueldos bonificaciones relacionadas con las utilidades
Sueldos relacionados con conocimientos escasos

1.6

III. Trabajadores de elite + +

+

2.8

IV. Pequeña Burguesía + +/-

Propietarios y socios de empresas gerentes grandes o medianas Gerentes y administrativos de empreasa grandes o medianas Profesionales asalariados con formación universitaria en la a dm i n i s t r a c i ó n p ú b l i c a y en las empresas privadas Profesionales y técnicos independientes y microempresarios con personal supervisado directamente.
+ +/Utilidades
+ +

8. 5

V.a Proletariado formal no manual
-

Técnicos asalariados con formación vocacional y empleados de oficina.

Sueldos sujetos a reglamentación legal
+ Salarios sujetos a reglamentación legal
Salarios no reglamentados, utilidades irregulares no m o n e t a r i a s.

12.4

Vb. Formal manual

23.4
45 .9

VI. Proletariado informal. -

Proletariado asalariado especializado y no especializado con contrato de trabajo. Obreros asalariados sin contrato, vendedores ambulantes y familiares no remunerados.
-

237

En este sentido, si analizamos a la estr uctura de clases desde las relaciones de poder que se establecen entre los diversos g r upos, encontramos que existen clases dominantes, inter medias y subordinadas, g ráficamente:
E s tr a ti f i c a c i ó n C l a s e D o m i n a n te Estr uctura de Capitalistas Clases E j e c u t iv a s Tr a b a j a d o r e s de elite Clase I n te r m e d i a Pe q u e ñ a Burguesía (microempresa) Clase Subordinada Proletariado for mal m a nu a l Proletariado for mal no m a nu a l Proletariado infor mal Asalariados ag rícolas Ar tesanado tradicional Clase Obrera minera Clase Obrera industrial y C o n s t r. Clase obrera del comercio y s e r v. Gr upos marginales

Categ orías Sociales

Empresarios ag rícolas y no ag rícolas

Sectores medios asalariados Sectores medios independientes

Se puede afir mar que la compleja, pero persistente, transfor mación ocur rida en nuestra sociedad hacia una economía de mercado abier ta exige una comprensión más plena y más rigurosa de la dinámica social de la transfor mación y de los efectos que está teniendo en la equidad social. Por este motivo, en el contexto actual, es necesario retomar el análisis de la estratificación y la movilidad

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social como eslabón de una cadena que va desde las raíces históricas de la estr uctura social hasta el acceso diferenciado a mercados y a los repar tos sociales. Si aceptamos que, en contextos urbanos, el mercado laboral aparece como el principal ámbito de obtención de recursos, podemos suponer que una mejor inserción laboral y mejor acceso y per manencia en el sistema de educación for mal son vehículos de movilidad social ascendente, la constatación de esto estaría indicando una estr uctura de opor tunidades caracterizada por un proceso de acentuación de la discriminación del tipo que Rober t Mer ton identificó como “el efecto Mateo”. Este efecto se refiere a la acumulación de ventajas y desventajas dentro de una deter minada estr uctura social. Así, “...los procesos de auto - selección individual y de selección social institucionalizada, interactúan y afectan las probabilidades sucesivas de acceso a la estr uctu ra de opor tunidades...” (Mer ton, 1996:160). Aunque Mer ton aplicó el concepto para referirse a la estr uctura social de la ciencia, donde lo obser vó, el conce pto es aplicable en este caso ya que sostiene que: “...los sistemas de recompensas, asignación de re cursos y selección social operan para crear y mantener una estr uctura de clase por medio de la provisión de una distribución estratificada de opor tunidades entre los científicos para incrementar su rol de investig adores. La acumulación diferencial de las ventajas opera de tal manera que, parafraseando a los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, “al que tiene, se le dará más, y tendrá de sobra; pero al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará...” (Mer ton, 1996: 128). Por ello, podemos suponer que en cier tas situaciones como puede ser el desempleo, los sujetos tenderán a movilizar recursos de diversa índole como para g arantizarse los niveles de consumo. Pero si las

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posibilidades de movilizar recursos, de penden, en par te de los recursos disponibles; entonces, podemos esperar que la brecha de desigualdad entre clases tienda a persistir y ampliarse. Los procesos de infor malización económica que se desenvuelven e interactúan con el mercado for mal, tienden a reducir la desigualdad entre sectores de clase pero no entre clases sociales y esto es así, porque un rasg o propio de toda clase social es que lleva constr uida en su interior un mecanismo de transmisibilidad y reproducción intergeneracional, un re per torio. En este contexto, es vuelve impor tante investig ar qué tipo de procesos clasistas existen actualmente y cómo refuerzan el efecto de acumulación diferencial de las ventajas en el interior de la estr uctura social. Este efecto de acumulación diferencial de las ventajas, entre deter minadas categ orías de estratificación, estaría justamente apuntando en la dirección de una perpetuación de la dimensión de clase en la estr uctura social y por ende, en la estratificación ocupacional que se encontraría cada vez más segmentada. Esto significaría que, en el plan o empírico las manifestaciones de las relaciones de clase se expresan en conductas y compor tamientos que refuerzan más la desigualdad. Durante la etapa sustitutiva, la inserción de las personas en la estr uctura ocupacional se encontraba fuer temente regulada por el estado y los sindicatos que limitaban el desar rollo de las relaciones competitivas de mercado por medio de mecanismos institucionalizados de constr ucción de la solidaridad. En este sentido, la sociedad actual posee una fuer te inf luencia de for mas infor malmente institucionalizadas de regulación de la actividad laboral.

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Se podría afir mar que desde la década de 1980 asistimos al desar rollo de for mas, no institucionaliz a das for malmente, de las relaciones laborales. La característica más saliente de estas for mas es el retor no a la explotación directa sin redistribución del excedente. El impacto de estas transfor maciones se ha producido a nivel de los procesos de socialización y da lug ar al debilitamiento de las for mas de cohesión. La actividad laboral se constr uye, hoy, en función de una situación de conf licto que subyace a la cuestión de la distribución de la ocupación y del producto del trabajo, por lo que, la crisis de la sociedad se presenta no sólo en el orden económico sino también a nivel subjetivo y simbólico. Es en esos niveles, donde se ve claramente afectada la capacidad de super vivencia y los marcos de referencia colectivos- comunitarios debido a que los costos subjetivos de la transfor mación no son, simplemente, una vivencia individual s ino comunitaria e implican la fractura de la cultura del trabajo asalariado y la pérdida de capacidad org anizativa e identidad cultural que, en otro tiempo, se sustentaba en los sindicatos. Las fracturas de los mecanismos institucionales de constr ucción de solidaridad traen aparejados procesos de desocialización de lo social que se caracterizan, por la primacía del opor tunismo, es decir, por una visión pragmática, inmediatista y fundada en una mirada de ‘cor to plazo’. Éste opor tunismo es concomitante con e l individualismo, la ausencia de capacidad credóg ena y la ausencia de solidaridad. En una sociedad de este tipo, lo que queda en cuestión, es la hipótesis acerca de la eficacia del crecimiento económico como condición suficiente que g arantizaría la plena inserción productiva de la fuerza de trabajo en relaciones laborales dentro del mercado

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for mal. En su lug ar, han aparecido y se han desar rollado procesos de estabilización de las modalidades infor males, precarias, f lexibles y de subcontratación que se obser van, aún hoy, en situaciones de recuperación económica. Es necesario continuar pensando en la estr uctura de clases de nuestros países y reexaminar a las clases sociales y los procesos de problematizándolos, en su interacción con situaciones de infor malidad, ileg alidad, pobreza, marginalidad, etc. Es claro, que las relaciones sociales sobre las que se confor man los actores y sus propias representaciones, por el avance del mercado, se transfor man en mercancías (inelásticas, por cier to). La tarea de la ciencia se transfor ma, actualmente, en una oblig ación moral para los científicos: desentrañan los sucesivos enmascaramientos que dan lug ar a que aquellos que poseen, únicamente, su fuerza de trabajo para subsistir acaben percibiéndose, a sí mismos, como sujetos individuales consumidores de ser vicios y no como sujetos colectivos del trabajo.

CAPÍTULO NOVENO La ciudad como espacio de convivencia política
Entre la homogenización y el ag ravado atomismo, entre el movimiento unifor memente acelerado y la heterogeneidad que concentra su espacio, las ciudades son el lug ar donde los seres humanos convivimos. Las ciudades son, en este sentido, el lug ar de enfrentamientos y encuentros, incomodidades y desavenencias, per tenencias y ar raig os generados ya que coexisten, e n su espacio, modos de vida diferentes. Se puede afir mar que como espacio de existencia colectiva, compar tido, con- vivido con otros que habitan en él desde los significados sociales y la valoración subjetiva establecida; la ciudad es por ello un espacio “ de convergencia pero no de igualdad” (Mairal, 1995: 314). La ciudad se presenta como el lug ar propio del ser humano en tanto que ser social por lo que puede considerarse el primer espacio de vida social compar tida: “…El nacimiento de la ciudad – estado significó que el hombre recibía además de su vida privada, una especie de segunda vida, su bios politikos. Ahora todo ciudadano per tenece a dos órdenes de existencia, y hay una tajante distinción entre lo que es suyo (idion) y lo que es comunal (koinon)…” (Ar endt, 1998: 39). Desde el momento de su aparición, la ciudad, supuso una org anización colectiva de la propia convivencia. En este hecho reside el carácter político de esta org anización que se dan los hombres entre sí y que ar ticula los dos órdenes de existencia humana: la propia de cada hombre concreto y la común, de la que todos

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somos par tícipes: “…La ciudad, la polis, exigirá para su existencia ya desde el principio, la existencia del político, del hombre especialmente dedicado a ella. Pero esto supone y a la existencia de un g r upo de hombres iguales entre sí, hombres libres desde lueg o y liberados en tanto que ciudadanos de los lazos de la familia, del lazo de la sang re, de la clase, si se exceptúan los esclavos…” (Zambrano, 1988:105). La comunidad, como relación social implícita en el hecho de la ciudad, apunta al carácter de consustancialidad que guardan seres humanos y ciudades. Aquellos no pueden ser en otro medio y éstas sólo emergen con la aparición del hombre como individuo, como hombre concreto, du eño de un “tiempo de soledad”, un tiempo “... que cor responde al hombre que se sabe y se siente individuo” (Zambrano, 1988: 20). La ciudad es, por tanto, el espacio social comunitario que se dan entre sí los seres humanos como humanos e individuos y sus h abitantes, saben que habitan en un espacio que compar ten con otros cotidianamente. Es por ello, el ámbito eminentemente político de nuestra cultura porque inaugura el espacio en el que desar rollará una vida común sedentaria, dotada de significados cultura les y simbólicos, de institución y de nor mas, con el objetivo de sobrevivir. Para ello, es necesario constituir alguna for ma de org anización política que ver tebre la convivencia social, y cuyo cumplimiento sea exigible a cada uno de los miembros que viven en dicho espacio: “…La regulación de las relaciones basadas en esa condición específica (la localidad común) cristaliza necesariamente en nor mas for males: el derecho legislado frente a las viejas tradiciones orales del clan” (Moya, 1969: 114).

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En la localidad, en ese espacio inmediato en el que habitamos, se expresa, por tanto, la materialidad que adquiere la práctica de la convivencia cotidiana; es la dimensión en la que residen los significados sociales que confor man la org anización social del espacio tiem po sociohistórico surgido a par tir de la convivencia misma entre quienes compar timos y cohabitamos dicho espacio, es la ver tebración social que alude al sentido comunitario de la existencia colectiva que nos ag r upa e incluye a desconocidos y semejantes.

Continuidad histórica de la ciudad
El análisis y entendimiento de cualquier fenómeno de la realidad urbana ha de ser crítico con la propia moder nidad en la que ésta realidad se desar rolló. En par te, por que ha sido, la propia moder nidad, la que sustituyó a la reciprocidad de quienes conviven por lo que ésta ha dejado de ser el principal argumento de la confor mación y la consolidación social. El establecimiento e institución de las prácticas sociales de convivencia, no puede surgir sino es de la convivenci a misma y de las semejanzas y diferencias que la integ ran. De este modo, la ciudad como espacio social urbano puede plantearse como un lug ar que nos per tenece por lo que tenemos el legítimo derecho de transfor marlo hacerlo nuestro: “Lo más relevante para e l ejercicio del poder es el proceso mismo, las prácticas mediante las cuales se clasifican y atribuyen identidades, las maneras en que se reivindican significados con referencia a asociaciones específicas, socio históricamente constr uidas....lo más revelad or es el proceso de institucionalización y no el discurso mismo” (Villar real, 2000: 8).

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Frente a una lógica unidireccional que distribuye el poder a par tir de la línea que separa a los poseedores de los poseídos esto nos oblig a a hacer uso de una conce pció n del poder que conteng a a todos aquellos que conviven y practican relaciones múltiples, variadas y cambiantes. Hablar de la ciudad como asentamiento común también nos oblig a a pensar nos como seres colectivos y no simples individuos ya que el convivir en c ivitas es convivir bajo nor mas, leyes y en definitiva estrategias que inventamos nosotros como protag onistas. De este modo, somos par te de la ‘civitas’ en tanto que somos individuos activos y par ticipamos de aquellos significados, instituidos e instituyentes que ver tebran el espacio social en el que la convivencia resulta ser un acontecer ineludible. La per tenencia y la par ticipación en estos significados que confor man el espacio social, nos impide concebirlos en tér minos exclusivos de oblig atoriedad: “…L a comunidad no implica una problematización crónica del significante, sino que está ar raig ada en significados compar tidos y prácticas r utinarias de base.” (Lash, 2001: 194). Es, por tanto, la sociedad moder na, ar ticulada a través de intereses y de significados, una sociedad en la que la prog resiva individualización habrá de contemplarse como una práctica social que se proyecta sobre la dimensión cotidiana de la cual, los seres humanos, somos par ticipes necesarios. Tanto los significados compar tidos como lo s intereses par ticulares, ar ticulan un conglomerado social y político que transfor ma a la ciudad en el tablero urbano: un espacio histórico en el que desde hace miles de años desar rollamos nuestra existencia vital.

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El urbanismo es una práctica colectiva que tiene como resultado la confor mación de los espacios colectivos y públicos de la ciudad. Es el resultado de la estr ucturación de significados que incluye la disposición de los edificios públicos, de los comercios; la ar ticulación de distintas zonas de la ciudad a través de sus calles, de sus usos y funcionalidades y soledades practicadas. Cuando usamos el espacio urbano lo modulamos, ya que nos adaptamos a los significados y a las prescripciones conductuales que le atribuimos a cada ámbito. Visto así, lo urbano con sus problemáticas no es el resultado, el hecho consumado de una racionalidad for mal y geométrica, sino que es el resultado derivado del protag onismo de los habitantes. Éstos lo configuran desde sus preferencias, sus modos de vida y sus recorridos personales. Esta concepción, de la ciudad y lo urbano, aparecen también en la obra de Lefebvre en una simbiosis metodológica que, como vimos, no admite fisuras o relaciones de deter minación entre ambos, y en la cual podemos seguir viendo la primacía que tienen las prácticas sociales de la cotidianidad sobre la definición objetiva y estática de un sistema de poder autoritario y demarcador de movimientos y haceres. Lo urbano, definido como for ma pura en la que acontece el encuentro en clave de simultane idad está lig ado a la práctica en la medida que los actores hacen reversibles los recor ridos de la for malidad instituida. El uso (valor de uso) de los lug ares, de los monumentos, de las diferencias, y escapa a las exigencias de cambio, del valor de cambio . El paso de la comunidad a la asociación (Tonnies) encontró el consenso de las ciencias sociales como una sustitución paradigmática de la vida social moder na,

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caracterizada fundamentalmente por for mas de org anización abstractas y contractuales. Sin embar g o, la ciudad y lo urbano, en su unión conceptual y metodológica nos invitan a rescatar la idea de una vida social en común ya que el significado de lo comunitario persiste en las ciudades contemporáneas, a través de la dimensión local y cotidiana de la experiencia colectiva que confor man semejantes y desconocidos que se saben conciudadanos, habitantes y vecinos. Los usos son, entonces, las prácticas sociales que nos per miten considerar la ar ticulación de dicha vida en común, la cual, no sólo obedece al or den de valoraciones instituidas, ya que en ella se incluye la recreación constante de lo social a par tir de la recur rencia y de la apropiación, individual y colectiva, que enuncia la cotidianidad de lo local que demarcamos y distinguimos. La concreción local es lo que sostiene los procesos y acontecimientos que componen la realidad social. Todo proceso de neg ociación, apropiación y comunicación se apoya en el hábito, la presencia, la sensorialidad, el cuerpo, la constr ucción cotidiana de la realidad y son inseparables de las for mas de encar nación por las que saber y sentido se ar raig an en nuestra experiencia concreta. La g ravedad de haber hecho del individuo y la sociedad categ orías sociológicamente distintas tiene como consecuencia que el espacio habita do, el lug ar que cada ciudad es, se mecaniza y redistribuye, se disuelve y se olvida porque cuando la sociedad se concibe metafísicamente, desde ar riba o desde abajo, acaba creando una línea for mal y vacía que, se parará a los verdug os de las víctimas.

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