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Popayán, Noviembre 2009

ISSN1794-0362

Año Cinco N o 7

Popayán, Noviembre 2009 ISSN1794-0362 Año Cinco N o 7 Revista Cultural PRIMER CONCURSO REGIONAL DE CUENTO
Revista Cultural
Revista Cultural

PRIMER CONCURSO REGIONAL DE CUENTO JOHANN-RODRÍGUEZ BRAVO

EDITORIAL CUENTO GANADOR: “Contigo no se puede jugar” Rodolfo Villa Valencia SEGUNDO LUGAR: “Telaraña” Hugo
EDITORIAL
CUENTO GANADOR:
“Contigo no se puede jugar” Rodolfo Villa Valencia
SEGUNDO LUGAR:
“Telaraña” Hugo Andrés Rosero Ocaña
PRIMERA MENCIÓN DE HONOR:
“Uppercut” Raúl Harper
SEGUNDA MENCIÓN DE HONOR:
“Mami, me dijo doña Concha” Daniel Alberto Zapata
Gordillo
TERCERA MENCIÓN DE HONOR:
“El pollito” César Ernesto Maya Arteaga
CUARTA MENCIÓN DE HONOR:
“El cielo de sus ojos” Juan Carlos Pino Correa
QUINTA MENCIÓN DE HONOR:
“Estás Muerto” Jorge Mario Echeverry Hurtado
SELECCIÓN DE CUENTOS BREVES
DE JOHANN RODRÍGUEZ BRAVO
Director Rubén Varona rubenandresvarona@yahoo.com Subdirector y Editor Carlos Mauricio Muñoz karbermeo@yahoo.com
Director
Rubén Varona
rubenandresvarona@yahoo.com
Subdirector y Editor
Carlos Mauricio Muñoz
karbermeo@yahoo.com
Coordinador de Producción
David Enríquez
jdavid_90@yahoo.com
Diagramación
María Fernanda Martínez Paredes
SAMAVA
mafermar@hotmail.com
Impresión
315 5786204
Fundadores
Carlos Mauricio Muñoz, David Enríquez, Rubén
Varona, Christian Joaquí, Jorge Vásquez, Nancy López y
Johann Rodríguez-Bravo.
FUNDACION ABIGAIL TEJADA CAMPO EDUCACION Y ARTE SOCIEDAD, POLITICA Y CULTURA Cra. 8 # 10-25
FUNDACION ABIGAIL TEJADA CAMPO
EDUCACION Y ARTE
SOCIEDAD, POLITICA Y CULTURA
Cra. 8 # 10-25
Tel.: 822 45 51
Popayán
“Porque solo la Educación puede cambiar
las condiciones de Vida del Hombre
Profesora: Abigail Tejada Campo
L legamos a la edición número 7 de la Revista Cultural La Mandrágora. En esta

Llegamos a la edición número 7 de la Revista Cultural La Mandrágora. En esta ocasión nos complace compartir con nuestros lectores los resul- tados del “Primer Concurso Regional de Cuento Johann Rodríguez-Bravo” convocado en el año 2009 con el fin de incentivar los valores y talentos artísticos del suroccidente colombiano.

Se presentaron 97 trabajos al concurso, provenientes de los departamentos de Cauca, Valle y Nariño. Se seleccionaron dos ganadores (que obtuvieron un reconocimiento económico de $1.000.000 y $500.000 respectivamen- te) y se entregaron cinco Menciones de Honor. Los textos finales aparecen editados íntegramente en esta publicación.

El concurso fue convocado por LA REVISTA CULTURAL LA MANDRÁGORA, la FUNDACIÓN OFICINA DE TURISMO DE POPAYÁN, la emisora UNICAUCA ESTÉREO 104.1 FM y el portal de internet WWW.COLOMBIASELECTA.NET. Gracias al esfuerzo conjunto de las entidades mencionadas se llevó a buen término este proyecto.

Queremos presentar un agradecimiento especial a Andrés Mauricio Mu- ñoz, quien colaboró activamente en el “Primer Concurso Regional de Cuen- to Johann Rodríguez-Bravo” (que nació precisamente por una sugerencia suya). Además queremos brindar un reconocimiento especial a los escrito- res Juan Esteban Constaín y Carlos Fernández, quienes, junto al primero, participaron como Jurados de la convocatoria. Sus brillantes trayectorias en el campo de la literatura brindaron prestigio, idoneidad y transparencia al concurso.

Agradecemos por su colaboración incondicional a Carmen Leonor Acosta, Henry Rodríguez, Imelda Bravo, Diego Ignacio Torres, Carlos Alberto Valen- cia, Flordelis Urrea, Rafael París y Pedro Pablo Garcés. Sin su apoyo esta empresa hubiera resultado imposible.

Finalizamos el editorial con un aparte del Acta del Jurado, que hoy -más que nunca-, nos parece pertinente: “Una vez más, y como siempre, Johann Rodríguez- Bravo se llevó la Mención de Honor de este concurso. El suyo; el que celebra su vida y su vocación”

Rodríguez- Bravo se llevó la Mención de Honor de este concurso. El suyo; el que celebra
Rodríguez- Bravo se llevó la Mención de Honor de este concurso. El suyo; el que celebra
Rodríguez- Bravo se llevó la Mención de Honor de este concurso. El suyo; el que celebra
—Eso depende —dijo David y abrió el maletín. Sacó un marcador. Lo apoyó contra la
—Eso depende —dijo David y abrió
el maletín. Sacó un marcador. Lo apoyó
contra la pared e hizo un círculo del tama-
ño de una moneda. Miró hacia la puerta
para cerciorarse de no haber sido visto
por su madre. Después añadió—: ¿Ves
esta mancha?
—Sí —asintió Saúl.
—Bien. Puede ser de este tamaño, o sea
pequeño —aseguró. Luego hizo un círcu-
lo
de mayor tamaño que el anterior—. O
más grande. Eso depende.
—¿De qué? —interrogó Saúl sin entender
ni
una sola palabra.
—De si es con un revólver, un fusil o una
escopeta.
A
las ocho en punto doña Abigaíl, su ma-
dre, servía la comida. De modo que, dejando de lado su
conversación, David y Saúl se sentaron en la mesa. Los
jueves eran fríjoles, al almuerzo y la comida. La señora se
fijó en las manos de David.
—Ve a lavarte las manos, cochino —le dijo, pegándole
suavemente en la cabeza.
Saúl sonrió sin que su madre lo viera. Siempre que quería
burlarse de su hermano mayor tenía que hacerlo a es-
condidas para evitarse un castigo. Para todos en la casa
estaba claro quién era el preferido.
David regresó y se sentó. Revolvió la comida y levantó
una cucharada. La miró. Se le ocurrió que los fríjoles ser-
virían para explicarle mejor a Saúl y, sin que su mamá
—Mira —le dijo David a su hermano estando en el cuar-
to—, con estos te explico mejor.
—¿Qué es? —preguntó Saúl.
—Fríjoles. Los saqué de la comida.
Eran en total dieciséis granos. Así que hizo tres grupos:
uno de ocho, otro de cinco y otro de tres.
—Pon cuidado —dijo. Aplastó el primer grupo—. Así
debe ser el de un fusil. Dicen que cuando sale, deja un
hueco inmenso.
Saúl cerró la puerta del cuarto. David aplastó los otros
dos grupos y preguntó:
lo
viera, se llevó algunos granos al bolsillo del pantalón.
Antes de terminar la comida guardó más.
Terminada la cena fueron a lavarse los dientes. Doña Abi-
gaíl los revisó. Sin problemas. Preguntó por las tareas.
Dijeron que ya las habían hecho.
—¿Entendiste?
—Tengo una idea —dijo Saúl. Fue a la puerta y la abrió.
Se fijó en el corredor para asegurarse de que doña Abi-
gaíl no andaba por ahí.
—¿Cuál? —dijo David.
—¿Te acuerdas que el otro día vimos al tío Alejandro
guardando una pistola en el cuarto de herramientas?
Rodolfo Villa Valencia, Santiago de Cali, 1978. Estudiante de último semestre de Licenciatura en Literatura de la Universidad
del Valle. Ganador en el primer concurso nacional de cuento, convocado por el Ministerio de Educación Nacional y RCN (2007).
Primer puesto en el primer concurso nacional de cuento “Helcías Martán Góngora”, convocado por la Universidad Libre, seccio-
nal Cali (2008). Publicado en la Segunda antología del cuento corto colombiano, hecha por la Universidad Pedagógica Nacional,
Bogotá, 2007.

David lo miró. Le dijo que bajara la voz. Apagó la luz y se metió
David lo miró. Le dijo que bajara la voz. Apagó la luz y
se metió bajo la cobija. Invitó a su hermano a hacer lo
mismo.
—¿Qué pasa con eso? —interrogó David.
—Pues que podemos, al menos, saber cómo es el de una
pistola. ¿No te parece?
—Y cómo vamos a saber —respondió David—. ¿A qué le
vamos a disparar?
—Es lo de menos —susurró Saúl—. Lo importante es te-
nerla con nosotros, ya veremos lo demás.
Se levantaron sin encender la luz. Abrieron la puerta.
Acordaron que primero saldría Saúl, porque él fue el de
la idea. Se deslizaron sin afanes por el corredor. Pasaron
por el cuarto de su madre y se alarmaron al ver la luz en-
cendida. Se asomaron. Ya sabían qué excusa dar en caso
de ser sorprendidos, pero doña Abigaíl había caído ven-
cida por el cansancio acumulado del día, y dormía con las
gafas puestas y la Biblia abierta sobre el pecho.
Bajaron las gradas. Saúl tropezó en el último escalón y
David lo reprendió. Continuaron camino a la cocina:
a un lado de esta quedaba el cuarto de herramientas.
Abrieron la puerta y David fue directo al baúl donde su
tío guardaba el taladro y otras cosas. Tomaron el arma y
David la guardó en la pretina del pijama.
—¿Qué tal? —preguntó. Se llevó las manos a la cintura—
. Parezco un vaquero de esos de la televisión. ¿O no?
Saúl lo miró.
—Pareces más bien un ladrón de carteras —dijo y sonrió
tapándose la boca.
Cerraron la puerta y regresaron al cuarto con el mismo
sigilo con que habían ido. Cuando pasaron por el cuarto
de la señora, notaron que ya la lámpara había sido apa-
gada. Entraron a la habitación. Primero David; después
Saúl.
—Ahora sí —dijo David.
—Ahora sí, pero ¿cómo vamos a hacer? —pregunto
Saúl.
Sintieron pasos en el corredor. Se metieron bajo la cobi-
ja. Doña Abigaíl abrió la puerta y ojeó dentro del cuarto.
Cerró y fue a acostarse nuevamente.
—¿Ya?
—Sí —asintió David.
—Tenemos que dispararla y no sabemos —inquirió Saúl,
mirando a su hermano sacándose la pistola.
—Yo sí sé —aseguró David.
—¿Y dónde aprendiste?
—En la televisión. Además es como las de juguete: se jala
aquí y listo.
Saúl fue hacia la puerta y la aseguró.
—Haremos mucho ruido —dijo.
—No. Colocamos una almohada y eso evita que suene
duro.
—¿Y eso dónde lo aprendiste? Imagino que también en
la televisión —dijo Saúl, pasándole una almohada a Da-
vid.
—Esta no; la otra que tiene más espuma.
—Toma —dijo Saúl.
—Acuéstate —ordenó David.
—No.
—Gallina.
—Estas son balas de verdad —increpó Saúl.
—¿Cómo se te ocurre? —dijo David. Agregó—: Son como
las de la televisión. ¿Acaso no has visto que los actores
nunca se mueren?
—Mamá no me deja ver televisión a mí —dijo Saúl—.
Como a ti.
—Porque yo soy el mayor.
—Pero yo soy mejor que tú en colegio —dijo Saúl—. Y le
hago caso a mamá.
—Eso no importa. Cuando seas grande te dejará, ya ve-
rás —aseguró David—. Ahora créeme. Las balas de las
pistolas son de salva, o algo así. Eso dijo el tío.
Saúl se acostó. David colocó la almohada en la cabeza
de su hermano e intentó disparar. No pudo. Puso, en-
tonces, los dedos índices juntos, como había visto en la
televisión, y apretó el gatillo. Oyó la bala salir. Sintió un
jalonazo. Escuchó a su madre salir del cuarto. Se acostó
al lado de su hermano.
—No hagas bulla que mamá despertó —dijo.
Doña Abigaíl intentó abrir la puerta del cuarto. No pudo.
Llamó a David. No respondió. Llamo a Saúl. Tampoco. Re-
gresó a su habitación.
—Saúl
Saúl
—susurró David. Ocultó la pistola bajo el
colchón. Se volteó y abrazó a su hermano. Lo besó en la
mejilla, como todas las noches, y añadió—: El problema
es que te duermes muy rápido. Contigo no se puede ju-
gar.

Por: Hugo Andrés Rosero Ocaña <<Está jugando con usted, mi querida Ce- A pesar de
Por: Hugo Andrés Rosero Ocaña
<<Está jugando con
usted, mi querida Ce-
A
pesar de su prescripción
leste, no cabe la menor
duda. Ayer me citó a
las
cinco en el café del
parque, tomé asiento
en el balcón, había mu-
cho viento y ‘arrastraba
sombras’, sinceramente
hubiera preferido que no
llegara; ‘cuanto viento
arrastrando sombras y el
ocaso parecía caer más
de prisa sobre la capital,
arrastrado también entre
las copas de los árboles
que viven extraviados en
la plaza, arrastrado tam-
bién entre las fisonomías azules que se le escapan a los
últimos rayos del sol’; usted debió estar conmigo. En fin,
psiquiátrica y de su pade-
cimiento, había vuelto a
fumar marihuana con una
constancia preocupante,
lo había hecho también
la
tarde previa a la noche
él llegó antes de las seis, lo sentí agitado y vacilante, su
cabello azaroso había logrado una nueva significación
del desorden y en el balcón, por el viento, su cabello me
pareció una incómoda trifulca de ociosidades. No sé qué
le pudo ver usted a ese flaco muchachito, su solo rostro
era tan débil que fácilmente creí poder deshacerlo con
un soplo, lo único que hubiera persistido en el aire ha-
bría sido el color de su mirada, ahora, su vestimenta…
no me agrado verlo; sin embargo, por usted, disimulé mi
desagradó y lo recibí cordialmente, pedimos un par de
cervezas y me agradeció la espera. Por unos segundos,
con su mirada perdida en el nadir, no dijo nada, yo creo
que trataba de impresionarme con eso de su supuesta
sensibilidad ante lo que se marcha de la que usted tanto
me habló alguna vez; yo tampoco dije nada, no me in-
teresó seguirle la corriente. Luego encendió un cigarro y
sin dejar de ver al nadir comenzó a decirme que si usted
confiaba en mí como psicólogo y amigo él haría lo mismo;
además, estaba encantado de que la cita no haya sido en
mi
consultorio y claro, de que no haya sido yo el que la
propuso (su mano izquierda con la que sostenía el cigarro
temblaba impunemente), definitivamente estaba ansio-
so. En resumidas cuentas esto fue lo que me contó:
de su disputa. Esa tarde,
según él, había caminado
la montaña para intentar
alejarse de la sensación
de extrañeza que le pro-
voca la ciudad, de la sen-
sación de sentirse ajeno
de sí mismo. En un reco-
veco del monte encontró
un sendero oculto que lo
llevó hacia una cascada ‘se-
creta’, allí, adosado a una ‘roca oscura’ encendió la hier-
ba. Drogado sintió que todo en aquel ‘recinto inaugural’
estaba tallado con ‘silogismos sin premisas’, las hojas,
los guijarros, el musgo, incluso ‘el borboteo mareado
del agua’; sintió luego una ‘descomunal abundancia de
vida’. Dentro de las rocas, me dijo, escuchó fuegos arti-
ficiales y se dejó llevar por ‘la bienvenida’. Entonces, re-
costado en la ‘filigrana verde’ fue cuando sucedió: sintió
un malestar angustiante y resonando bajo el ‘ampuloso
silencio’ escuchó ‘un arrecife de insectos socavando su
atención, exhumando de aquella largos hilos transpa-
rentes que luego se anudaban solos y con glauca sono-
ridad a todo cuanto hay de extraño en el mundo’. Dijo
sentirse atado al ‘herbaje rojo’, ‘al viento sibilante de sus
palabras’, a los rayos del sol que ‘temblaban en las alas
de una libélula’, a los pájaros, etc. Lo que me llamó la
atención fue que aquella experiencia de sentirse atado
al mundo le haya causado un malestar que rayaba en la
nausea. Siguió relatándome que luego de unas horas, al
salir de allí, sus ataduras se prolongaban a todo lo que
veía, escuchaba, olía, palpaba, en fin, sentía. Tuve que
soportar una enumeración incansable de imágenes de la
montaña, de la autopista, de la ciudad… hablaba verti-
ginosamente, estoy seguro que fue esa tarde cuando se
disparó su manía.

En la ciudad, me dijo, sintió pavor bajo el alero de una casa vieja. Los
En la ciudad, me dijo, sintió pavor bajo el alero de una
casa vieja. Los hilos de su cuerpo estaban atados a todo
cuanto le rodeaba y nada podía hacer para desatarse,
simplemente no tenía ninguna libertad, se sintió parte
de una telaraña. Bajo la lluvia que comenzaba a arreciar
corrió y fue cuando llegó a su casa, mi querida Celeste,
empapado, loco, a gritarle, sin saber por qué, que usted
era la araña, que él no era sino otra parte de su red y
que el insecto a devorar era, absurdamente, su voz (la
de él)…
Me aclaró que, lúcido, no hacía otra cosa sino hablar de
usted, me aclaró que antes, incluso,
ni siquiera amaba al viento, ese ‘in-
diferente enemigo’ fueron sus pala-
bras, me dijo que fingía amarlo para
poder acercarse más a usted pues
sabía de su admiración por esa ‘cua-
lidad ciega’ del espacio.
Por fortuna le hizo beber el somnífe-
ro. Pero eso no es todo, mi querida
Celeste, al siguiente día, cuando des-
puntó la mañana, me dijo, abando-
nó su apartamento, sin despertarla,
para caminar el barrio alto donde en
medio de la melancolía que entonces
había reemplazado a su éxtasis, tuvo
una ‘iluminación’, sí, tal cual inmen-
surable es esa palabra, ‘iluminación’;
imagínese, ahora resultó un ilumina-
do. Me dijo que una voz le susurró:
teligencia medianamente aceptable, pero su condición
hace de él un fuego impredecible y para serle honesto
me preocupa que usted sea víctima, no solo emocional,
sino también físicamente, de sus desvaríos… Cuando
acabó de hablar se levantó de golpe con la cerveza en
sus manos, acabó de beberla, me dijo que desahogarse
era todo para lo que él me necesitaba y salió del lugar
como una canción que se interrumpe abruptamente. Me
pareció extraño que cuando él salió un silencio incómo-
do quedó flotando en el recinto y yo tuve la sensación de
haber quedado en un lugar en el que no quería estar. No
importa. Lo que vale aquí es que haga caso de mi con-
sejo y termine de una vez por todas esa
relación, por el bien de ambos, el único
lugar al que los está llevando esa relación
es a una sala de sanatorio donde usted vi-
sita y él recibe; créame, si desea yo puedo
ayudarle a superar lo perdido, que no es
mucho. Seguramente él volverá a hablar-
le, esté prevenida… ¡Ah! ‘Cuanto viento
arrastrando sombras’ había en la plaza la
noche de ayer, me hubiera gustado que
usted estuviese conmigo, conversando
todos esos temas que los dos sí tenemos
en común… bueno, le dejo esta carta con
el coordinador de la facultad, no quise
interrumpir sus clases, llámeme cuando
salga, sé que necesita alguien con quien
hablar, y no se olvide de la fiesta de des-
pedida el viernes por la noche, si quiere
podemos ir juntos…>>.
‘deberías, por el contrario, sonreír,
pues al estar atado a todo, puedes
moverlo todo a tu antojo, con una impecable precisión
violeta, ajeno a cualquier pesadumbre que tú mismo no
hayas provocado’.
Posdata: Mi ridículo y despreciable amor
violeta, esta mañana en la terapia de gru-
po para internos alguien soltó una frase que me hizo ca-
gar de la risa, dijo “para perdonar a tu agresor tratá de
ver las cosas como tu agresor” o algo por el estilo. De mi
parte pensé que era una sandez pero terminé cediendo
Imagínese, mi querida Celeste, el tamaño de su delirio.
En menos de cinco horas pasó de ser el esclavo a ser el
amo. A las once de esa mañana volvió al apartamento
e intentó moverla a usted a su antojo, intentó que lo
disculpara y que todo volviera a ser como era antes; sin
embargo, para su bienestar, usted ya me había llamado y
yo ya la había prevenido, así que él fracasó en su intento
de moverla, aún así, fue tan obstinado que hasta el día
de ayer seguía creyendo ciegamente en su ‘iluminación’.
Lo único satisfactorio fue lograr convencerlo de que me
llamara.
al
ejercicio para matar el tiempo; pensé que la mejor for-
ma de ver las cosas como el otro es hablar como el otro,
entonces decidí transcribir la carta que le dio el estoque
final a nuestra procelosa relación, ‘mi querida celeste’;
palabra por palabra fui él. (Las comillas las coloqué yo
pues lo que encierran fueron las frases que él me robo
para convencerte o… no importa). Creo, ahora, que esta
ha sido la empresa más dolorosa, masoquista, que he
acometido, y sin lugar a dudas, la más inútil. Creo, ahora,
que he caído en otra red, quizás en la misma red, pero
esta vez, atrapado sin gritos, a ustedes los odio más, pero
Está jugando con usted, mi bellísima Celeste, repito, no
cabe la menor duda. Usted no es más que otra ficha en
el juego de sus delirios. Pobre Esteban, posee una in-
vos te amo igual… y por cierto, eso jamás fue un jue-
go.
a

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Por: Raúl Harper Duán se para enfrente y me dice, baby ha llegado tu asalto.
Por: Raúl Harper
Duán se para enfrente y me dice, baby ha llegado tu
asalto. Como detesto verme el rostro amoratado intento
lo mío que es la diplomacia, vamos hermano, esto no le
conviene a ninguno de los dos. Papá y el abuelo se ha-
brían avergonzado de mi cobardía. Ellos solían darse de
puños con frecuencia; una mala costumbre que disfruta-
ban. Duán heredó esa tendencia al pugilismo que tanto
me atormenta a diario. Asegura que será un boxeador de
los profesionales y que entonces podrá comprar un saco
de arena y mandar a rehacerme la nariz, pero que sin
entrenamiento se quedará en este pueblo pescando tila-
pias y gripes. ¿Y por qué no te das de golpes con tus ami-
gos?, le recrimino, a lo que responde que si los noqueara
habría resentimientos, mientras que los hermanos se lo
perdonan todo.
Yo prefiero la actuación y lo que quiero es ser un galán
de telenovela. Tengo nariz respingada, una mirada pro-
funda y unos labios seductores. Cierro los ojos e imagino
a Pachita besándome tal si fuera capaz de morir por mí.
Pachita es mi vecina, y vale anotar que si me viera arras-
trado por un río ni me lanza una soga ni se despide. Eso
estoy seguro que cambiará tan pronto me vea en la te-
levisión y el sex appeal de la fama la ilumine, porque las
mujeres de este pueblo se deslumbran, no se enamoran.
Cuando mi padre consiguió chamba con una lotería se
dio el lujo de casar-
se con la mujer más
hermosa del pue-
blo. Al mismo Duán
lo acorralan las mu-
chachas cada que
gana una pelea,
pero no hay quien
le sobe las heridas
cuando lo arrojan a
la lona. Por eso se
preocupa tanto por
entrenar.
por ser ganadores en algo para ennoviarse o casarse con
quien elijan. Duán lanza unos uppercuts al aire que se
detienen a escasos centímetros de mi rostro. Es dos años
mayor, más alto, más fornido. Seguro me destrozará la
nariz, y con la nariz chata no me van a querer contra-
tar para ningún estelar. Entonces Pachita se irá detrás de
Joanjo, por ejemplo, que se ha ido a la ciudad a sacarse
un título de ingeniero. Ya deja de rehuirme y hazte el ma-
cho, se dirige Duán hacia mí, moviendo los pies en una
especie de danza caribeña. No quiero camorra, muevo
las manos hacia él en señal de bajar la guardia. La puerta
principal suena y me siento a salvo. Entra Pachita y mi
hermano la presenta como nuestra árbitro para el com-
bate. La sangre boxística de la familia vs. la ovejita negra
con ambición de farándula.
Por fin Duán se abalanza sobre mí. Recibo uno tras otro
golpe y hasta un gancho que preveo definitivo. Pero no
caigo. Pachita sobará mis heridas esta noche, me digo,
por ahora lo importante será no caer. Al menos en la
televisión los golpes son fingidos, y las ambiciones y el
amor. Es el paraíso en que te tocan y nunca duele. La
golpiza dura tres minutos. Duán se para victorioso en-
frente y me dice, baby prepárate para otro asalto, ve a
tu esquina y tomate un aire.
Ya me siento hinchado, magullado, una diminuta corta-
da se insinúa bajo mi ceja izquierda. Pachita se acerca a
mi
hermano y le seca el sudor con una toalla, sonriente,
para mí ni sogas ni despedidas. Una mala trama de tele-
novela. Camino hacia ellos y lanzo un perfecto, un subli-
y noqueador uppercut; que de haber dirigido a Duán
hubiera enorgullecido a papá y al abuelo.
me
Aquí todos los hom-
bres se esfuerzan

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Por: Daniel Alberto Zapata Gordillo - Mami, me dijo doña Concha que de pronto viene
Por: Daniel Alberto Zapata Gordillo
- Mami, me dijo doña Concha que de pronto viene su sobrino con unos amiguitos a pasar el fin de
semana acá en el pueblo.
La mamá siguió lavando los platos con una extraña sensación de dolor y de lástima hacia su propio hijo.
Las lágrimas pronto fueron secadas por un trapo sucio que logró alcanzar antes de que el niño la viera.
Sonaron tres golpes en la puerta. El tío Eneas, como le
decían todos en el pueblo, se paraba frente a la puerta
a saludar y a recibir su taza de café a las 4:30 de la tarde
cuando, según él, era la hora perfecta para tomar la
merienda. Ese era uno de los buenos hábitos que lo lle-
naban de una profunda tristeza con respecto al pasado,
que no tenía que explicarle a la señora. Cuando estaba
en la Guerra eso ni se soñaba porque pasaban los días
sin que pudiera comerse una galleta o un pedazo de pan,
como ese que mojaba entre la taza del cate para luego
llevárselo a la boca en un movimiento que dejaba aso-
mar una sonrisa sublime.
sabía con seguridad si su hermana lo iba a dejar venir.
Doña Concha llegó a esa misma hora con el vestido de su
mamá, para que la señora se lo arreglara. Con un poco
de pena le dijo que le encomendaba encarecidamente
que lo ajustara lo más pronto posible, porque era para
colocárselo para la misa del aniversario. La señora lo
tomó entre sus manos y lo abrió para ver el estado en
que se lo entregaba, mientras lo miraban le preguntó si
era verdad que su sobrino venía ese fin de semana; doña
Concha sonrió y le dijo que eso le habían dicho pero no
El niño le daba fuerte al balón para que cuando pegara
en la pared volviera a él. Eneas lo miraba, seguía son-
riendo con el pan en la boca. Las dos mujeres miraban
al niño con una alegría que escondía el dolor de saber
que ese niño estaba completamente solo en el pueblo
y que su único amigo de travesuras era el tío Eneas, que
ni si quiera podía correr; utilizaba un bastón porque una
herida de bala lo había dejado rengo de por vida y los
años le fueron quitando poco a poco la virilidad de la que
siempre se jactaba ante todos y la que nadie le negó nun-
ca. Eneas rápidamente se limpiaba las manos sobre el
plato y bajaba los escalones con una especie de desafío
juguetón hacia el niño.
El niño ya había juntado las piedras que delimitaban las
dos “canchas de fútbol”, la del tío un poco más angosta,
la de él mucho más grande. Para el segundo tiempo -el
primero duraba a lo sumo 10 minutos- el tío se sentaba
en un mecedor y el niño daba vueltas por toda la cancha
simulando destreza frente a jugadores inexistentes has-

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ta que lograba llegar al arco y disparar lo que de seguro sería un “golazo”
ta que lograba llegar al arco y disparar lo que de seguro
sería un “golazo” que cantaba arrodillado sobre el polvo
mientras con sus manos le regalaba besos a su mamá.
Al final del partido, el tío Eneas lo aplaudía y le pasaba a
través de la nuca una toalla para que se secara el sudor.
el tío Eneas se armó de valor y se paró justo enfrente de
la puerta de doña Concha y trató de escuchar hacia den-
tro de la casa, el maullido de un gato lo sacó despavorido
de allí. Para el segundo tiempo con el tío Eneas se con-
venció de que tal vez había escuchado mal y el sobrino
llegaría al otro día.
“Cada vez que veo a mi niño tan contento me doy cuenta
que nunca vamos a dejar de llorar la muerte de nuestros
esposos. Voy a hacer todo lo posible porque el vestido
esté listo misiá Concha”. La tarde se desplomaba sobre
los techos de las casas. El polvo se elevaba con las ráfa-
gas de viento que lo golpeaban.
Esa noche se fue a la cama mucho más temprano, la
mamá volvió a sentarse frente a San Antonio. Al otro día
el
gallo no había cantado, estaba jugando con los carritos
sobre la cama.
En la noche estuvo jugando parqués con su hijo; esta-
ba emocionado porque al otro día llegaría el sobrino de
doña Concha. Le hizo prometer a su mamá que cuando
terminaran de jugar le ayudaría a bajar los carritos que
tenía sobre el armario y los limpiarían, luego buscarían la
bomba para inflar el balón.
Esa noche la señora no pudo dormir, ni si quiera sacó de
la bolsa el vestido que tenía que organizar, estuvo senta-
da frente a una mesa que tenía la estatua de San Antonio
y un velón que permanecía encendido.
Se arreglaron para ir a la misa, el tío Eneas iba a tomar
solo el café y saldrían para la capilla. La señora se en-
contró con doña Concha y su madre, esta última le lan-
zó una mirada de reproche, doña Concha la abrazó y le
dijo que no se preocupara que finalmente lo del vestido
no era tan importante. Ambas se miraban con la tristeza
de siempre, aquella que había sellado una amistad y un
amor eterno entre las dos. El niño había dormido toda la
eucaristía. Se había despertado justo cuando la mamá se
disponía para comulgar, la tomó del brazo y la acompa-
ñó mientras miraba con curiosidad la hostia que el padre
le colocaba sobre la lengua. Cuando regresaban a tomar
asiento le preguntó si esa cosa era de hielo.
Al día siguiente el niño se levantó más temprano de lo
habitual, corrió la cortina del cuarto de su mamá; ella
estaba acostada pero no había dormido en toda la no-
che, se quedó quieta con los ojos entrecerrados, el niño
colocó un pie sobre la baranda de la cama y comenzó a
cantar como un gallo, la mamá continuó el juego: movió
una de sus piernas como si apenas estuviera regresando
de un sueño eterno, profundo, el niño agitaba sus brazos
y sacudía el rabito, volvía a cantar, esta vez recorriendo
todo el cuarto y moviendo la cabeza de atrás hacia ade-
lante; la mamá se levantó y comenzó a corretearlo por
toda la casa.
El tío se quedó con el niño mientras la mamá hablaba
con doña Concha, después de un breve intercambio de
palabras se abrazaron y fueron a sus casas.
El niño pasó casi todo el día sentado en las gradas de
su casa, por momentos se asomaba por la casa de doña
Concha pero la puerta cerrada no le dejaba ver nada; vol-
vía de nuevo a las gradas. A la hora que estaba por llegar
Al otro día la mamá fue a la habitación de su hijo, se que-
dó frente a la cortina cuando lo vio dormido abrazado a
un carrito que le había dado el papá. Sintió que el llanto
le iba a ganar, que la fuerza se le había acabado; salió
apurada de allí, tomó el vestido que tenía que arreglar y
comenzó su trabajo. Ella escuchó un ruido dentro de la
casa, se asomó y vio al niño caminar hacia el baño, éste
se detuvo frente a una pared y orinó allí. La mamá se
tapó la boca para no despertarlo, el niño volvió a su cama
y
durmió hasta el medio día. La mamá le contó lo suce-
dido pero el niño nunca le creyó, ella había cometido el
error de limpiar la pared antes de que él despertara.
Cuando la tarde se desplomaba llegó doña Concha. El
niño esperaba al tío, sentado en las gradas, iban a ser las
5:00 y él no llegaba; cuando lo vio cojear la felicidad fue
tal que lo abrazó como si fuera su padre el que estuviera
regresando del trabajo. Al ver esto las dos mujeres aga-
charon la cabeza.
El niño ni si quiera lo dejó tomar la merienda.

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Por: César Ernesto Maya Arteaga Me contó que esa noche llegó a su casa a
Por: César Ernesto Maya Arteaga
Me contó que esa noche llegó a su casa a eso de las
ocho y treinta, que abrió la puerta, tiró su bolso encima
de la cama y comenzó a preparar la cena porque tenía
mucha hambre. Que se quedó descalza adrede porque
le encantaba sentir el frío de la cerámica quemándole los
pies así corriera el riesgo de sufrir de pulmonía y que por
cosas del destino, cuando ya había picado la cebolla, el
tomate, las patatas y todo lo demás, destapó la olla más
grande que tenía y se asustó al observar un pollito de co-
lor amarillo chillón observándola con ojos de ¿Tú eres mi
mami? Ella al igual que yo no gustaba mucho de la carne
de pollo y menos si viene de un animalito tan pequeño
que no alcanzaba en el peor de los casos a improvisar un
canapé y entonces recordó que en esa semana su novio
que tenía la costumbre de desayunar con huevos compró
cuatro y solo se comió tres y que accidentalmente había
dejado uno dentro de la olla en cuestión; también me
contó que luego de pensarlo mucho le parecía curioso
encontrar ese pollito nacido de un huevo comprado en
una tienda de aquellas, que según la costumbre popular
no pueden germinar nada, solo se preparan para el con-
sumo humano y entonces comenzó su dilema ¿Qué haría
con el pollito? Mi amiga es práctica, pero no escapa
de las esquizofrenias propia de las mujeres, por lo cual
sacó al pollito de la olla, pulverizó una galleta y la regó
en el piso para que el animalillo se alimentara y mien-
tras tanto lavó la olla, la limpió de los restos del cascarón
despedazado por el disparo inclemente de la vida y si-
guió en su tarea de prepararse la sopa que tanto deseaba
(Haciendo un paréntesis en esta historia, recuerdo que
cuando niños, en el colegio al cual asistíamos mi amiga y
yo, ella siempre se distinguió por su inteligencia y por un
especial amor hacia los animales, pese a que como me
enteré con el paso de los años y la confianza ganada, sus
padres le tenían prohibido antojarse de una mascota, así
se tratase de un gato, un perro, un pajarillo o hasta unos
peces. Por eso, ella se la pasaba metida en mi casa, ya
que mi familia gozaba de los delirios de tener su propio
zoológico criollo en el cual no faltaban los perros, los ga-
tos, la tortuga, los peces, los loros y demás. Se me hace
verla sentada al borde de mi cama, cargando a Coco, el
perro de mi casa, como si fuese un bebé y hablándole en
silencio cosas de las que nunca me enteré, porque las de-
cía casi como un murmullo, hasta que Coco se quedaba
dormido en sus brazos).
Retomando la historia, dice mi amiga que después de co-
mer su sopa, mirando por momentos de reojo al pollito
que apenas había probado algo de su alimento improvi-
sado, siguió preguntándose qué haría con el plumífero

11

extraño que salido de un huevo había venido a alterar todo el orden de su
extraño que salido de un huevo había venido a alterar
todo el orden de su rutina de adulta. Mi amiga encendió
el televisor, se recostó en la cama y sentó al pollito casi
en su regazo para que no muriera de frío, ya que el pobre
temblaba y sus plumas se alborotaban con cada choque
de sus frágiles huesos. Por eso, después de terminada la
novela, mi amiga tomó una de las cajas en la cual guar-
daba un par de zapatos que solo utilizaba para ocasiones
especiales, lo llenó con el Jersey más tupido que tenía
como un colchón improvisado y puso al pollito a dormir
ahí, debajo de la lámpara, porque se le ocurrió que si
en las avícolas que había visto en los documentales de
la televisión los huevos se mantenían en incubadoras
vigiladas por bombillas perpetuas, el pollito no vería me-
lla en que eso siguiera ocurriendo fuera de su cascarón
iba acompañada por las conversaciones ficticias entre
ella y el pollito, que ya tenía sus parlamentos resueltos
con la voz imaginaria que mi amiga le otorgaba. Aún así y
ya transcurridos varios meses, el pollito seguía igual que
al principio, no había crecido nada y mi amiga le pregun-
taba ¿Quién eres? ¿De dónde saliste? sin que jamás su
inquietud fuese resuelta, pero qué importaba, de todas
formas de ser tantos interrogantes se podría decir que se
había convertido en una respuesta a su soledad de solte-
ra suburbana y así, el pollito entró a ser un miembro de
una nueva familia: la conformada por él y mi amiga.
El
tema del pollito se volvió de dominio público en el nú-
y
menos dentro de una caja de zapatos. Muchas cosas
pasaron por la mente de mi amiga: regalar el pollito a
la señora que limpiaba todos los lunes la oficina donde
trabajaba, pero al momento descartó dicha idea al recor-
dar que esta señora si no era amable con nadie menos lo
sería con alguien tan indefenso. Estaba bien deshacerse
del pollito, pero tampoco era un objetivo que terminara
sazonando un sancocho o algo parecido. También creyó
cleo de nuestras amistades, y digo esto, porque a este
grupo pertenecemos mi amiga y yo. Se nos hacía extraño
que mi amiga conocida por su reticencia a hablar de las
contingencias de su cotidianidad se expresara con tanta
vehemencia y apasionamiento por un animalejo de asa-
dero y no faltaban los chistes tratándola de convencer
de darle un destino gastronómico al objeto de su afecto,
pero ella con su elocuencia típica y su irónica forma de
responder, terminaba por demostrar que el asunto del
pollito iba en serio.
que si lo llevaba a uno de esos sitios donde venden miles
de pollitos como él, lo meterían con sus congéneres y así
estaría mejor
pero una venta de pollitos no es preci-
samente un kindergarden ni nada que se le parezca, así
que esa salida tampoco servía. Sus padres también fue-
ron descartados y sus hermanos igual, porque si alguna
vez tuvieron apego por los animales en la actualidad con
sus esposas e hijos ya tenían suficiente.
Cuenta mi amiga que un el martes pasado, saliendo de
la oficina, observó a un chico alto, de cabellos castaños,
pálido y de mirada perdida, tratando de cruzar la ace-
ra. Ella se detuvo y recordó que él fue su novio, aquél
que gustaba de desayunar con huevos revueltos todas
las mañanas y entonces sin que él se percatara se quedó
detallándolo, parada en la mitad de la calle como si el
tiempo se hubiese detenido, y cayó en cuenta en ese
Al día siguiente el pollito se había levantado más tempra-
no que ella y sentado encima del televisor parecía tran-
quilo y ajeno a su destino, como si fuese precisamente el
estar ahí su sino definitivo. Mi amiga también creyó que
el
asunto del pollito podría esperar y se fue a trabajar, no
sin antes picar más pan para que el animalito se alimen-
preciso instante de toda la falta que le hacía, el vacío tan
grande que había dejado al irse sin explicaciones y todas
las promesas y sueños sin cumplir, que sin aliento se es-
condió detrás del primer poste que encontró, tomó algo
de aire para no dejarse noquear por el abatimiento y
después de unos minutos reemprendió su camino a casa.
tara y de llenar un pocillo con agua por si las moscas. Pa-
saron los días y por una extraña resignación, mi amiga y
Y
fue así como aquel martes, mi amiga volvió a meter la
el
pollito entraron en confianza y entonces las migajas de
pan cambiaron a un buen concentrado, la hora de la no-
vela ya era solo de ella sino de los dos y la cena siempre
llave en el cerrojo, a abrir la puerta, a tirar la cartera en-
cima del sofá y no encontró rastro alguno del pollito. Lo
buscó en todas las habitaciones de su apartamento, por
debajo de los muebles, encima de las lámparas y nada.
Revisó ventana a ventana para percatarse de que todas
estaban cerradas y que ningún gato pudo haber entrado
y
devorar al pollito de su corazón y efectivamente, todas
estaban cerradas. Finalmente, fue a la cocina, auscultó
la licuadora, microondas y de pronto, cuando ya rozaba
el borde de la desesperación destapó la olla y al fondo
yacía un huevo solitario, perfecto, de aquellos que solía
olvidar su ex-novio todas las mañanas.

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Por: Juan Carlos Pino Correa Inmóvil, mirando fijamente la pared de enfrente, ella espera- ba.
Por: Juan Carlos Pino Correa
Inmóvil, mirando fijamente la
pared de enfrente, ella espera-
ba. Inmóvil, como una estatua
de sal, como una estatua
de arena, de mármol, de
hierro, de carne y sangre.
Como una estatua de hie-
lo. Inmóvil, sin parpadear,
sin llorar, sin gemir, sin de-
cir una palabra, respirando
apenas. ¿La recuerdas? ¡Yo
sé que la recuerdas, no pue-
des haberla olvidado! Su piel es-
taba ahora más blanca, más pálida,
y
no asomaba ningún rubor candoroso
en sus mejillas, ninguna sonrisa en sus labios.
La luz entraba plácida por el poniente y a través de la
ventana se podía observar la cordillera. En uno de los ce-
rros se elevaban impetuosas tres cruces de cara a la ciu-
dad, la del centro mucho más grande que las otras. Pero
ella no las miraba. Sólo estaba absorta en el azul cielo de
la pared, un azul que se parecía al de sus ojos.
—¿En qué piensas? —pregunté.
Yo la miraba, inmóvil también, desde una silla junto a la
ventana y me quedé aguardando largamente la respues-
ta. Pero ella no me oyó o no quiso oírme. Su silencio me
hirió más que el dolor de su indefensión y más que el
sopor desértico de esta tarde que se mostraba bulliciosa,
de este diciembre que había empezado con esperanzas
renacidas. Mirándola recordé que nuestro ingreso al la-
berinto había sido momentáneamente tenebroso, como
siempre, aunque luego habíamos caminado por la ciu-
dad cogidos de la mano, asomándonos a los escaparates
a través de algún ventanal vimos
un patio olvidado con una
fuente en desuso por don-
de daba brincos cortos
un gorrión madrugador.
También el eco lejano
de una puerta tirada
con violencia, como
de ataúd que se cierra,
rebotó por las paredes
para morir a nuestros
pies. Ella iba feliz porque
le gustaba esta época que
recién empezaba y que le recor-
daba la alegría de la infancia en su
pueblo, pero los ruidos lejanos la sobre-
saltaron y se volvió a mirarme con una huella de miedo e
incertidumbre en los ojos. Acaso era un presagio, un mal
presagio, y entonces apretó mi brazo y apuró su andar.
Yo no dije nada pero sentí su temblor mientras avanzába-
mos por aquellos pasillos que se entrecortaban y se inter-
ponían, que se bifurcaban a cada paso y parecían no ter-
minar jamás. Era Creta y no teníamos alas, y tú lo intuías.
¿Intuiste también que de aquel laberinto no podríamos
volver a salir? ¿O acaso ya lo sabías con certeza? Cuando
encontramos la puerta buscada ella había recobrado la
sonrisa y entonces nos sentamos en las sillas de enfrente
a
esperar. Yo había llevado “Esperando a Godot” con la
esperanza de empezar a leerlo si se demoraba nuestro
turno pero apenas lo había abierto cuando nos llamaron.
o
entrando a alguna tienda para satisfacer algún capri-
cho, antes de la aciaga llamada vespertina. En los largos
pasillos flotaba un hálito que a veces era de asepsia y a
veces, las más, de abandono, pero siempre, siempre, de
soledad. Nadie transitaba por entre aquellos muros y era
apenas lógico ya que habíamos visto afuera a los traba-
jadores saliendo de sus carpas para agitar pancartas y
gritar consignas. Adentro, en cambio, el silencio era cor-
tado apenas por nuestros pasos o nuestros murmullos y
La aguja, el rojo y un fugaz dolor, algunas sonrisas. Luego
salimos a la calle, a los escaparates y a las compras, sin
saber que su sangre no había podido encontrar el hilo
de Ariadna salvador. Una llamada en la tarde nos lo dijo
con certeza. Ahora recuerdas eso como yo, con la misma
claridad. Sí, estoy seguro que lo recuerdas.
—¿En qué piensas? —volví a preguntar.
Unos meses antes, en el verano, habíamos estado en una
consulta en ese mismo lugar después de tropezar en el
parque de entrada con las mismas pancartas y consignas,
y
de tropezar adentro con el mismo retumbar de pasos
y
murmullos, con el cierre de alguna puerta. El médico

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se mostró impasible ante la pregunta que llevábamos preparada y fue también impasible su respuesta,
se mostró impasible ante la pregunta que llevábamos
preparada y fue también impasible su respuesta, sin un
dejo de emoción triste o esperanzada en la voz. En ese
momento, ella no perdió la tranquilidad ante las palabras
pero en la casa dejó fluir su llanto desconsolado y sin ori-
llas. «¿Qué quiso decir? ¿Dime, qué quiso decir? ¿Que
sólo es cosa de tiempo y ya?». Yo no tuve palabras para
responder. Recordé que aquella cita había sido rutinaria,
como todas en el último año, y recordé también que le
habíamos dado muchas vueltas a la manera adecuada
con que debíamos soltar allí la pregunta. Fue ella quien
la hizo, vacilando un poco, al principio con una voz queda
pero luego subiendo el tono, porque era sobre todo una
ilusión, una posibilidad de atravesar los límites de su in-
defensión, de desafiar al abismo. Ella la hizo y en ese ins-
tante, lo recuerdo bien, una emoción incontenible aso-
mó en sus ojos con un fulgor de esperanza. Sí, el médico
se tomó un tiempo prudente para responder y, después,
juntando sus dedos con tranquilidad como en un gesto
místico, aunque nosotros sabíamos que él no creía en
dioses, nos miró impasible. Primero la miró a ella y des-
pués a mí, y luego a ella otra vez. «Es una bendición que
Isabel tenga una madre aún —le dijo—. Y que vives para
contarlo». Hubo entonces un silencio largo, incómodo,
un silencio que era como una puñalada, como un grito
nocturno en una calle desierta, como una gota que cae
solitaria y rumorosa en un patio abandonado. Sin duda
los silencios pueden ser gritos o puñaladas o gotas ru-
morosas que caen. Pueden ser, incluso, el premonitorio
aullar de un perro, el quejido de una pesadilla en la ma-
drugada, un llanto apagado a tiempo. La bendición que
pedíamos había quedado sólo en la mención de la pala-
bra bendición a la que seguía la aridez y la incertidumbre
de un desierto. El oráculo se había manifestado.
—¿Piensas en algo? —se oyó mi voz.
Todo había empezado dos años antes, con un dolor y una
fiebre en una mañana de finales de septiembre que lue-
go fue otra y luego otra. A la semana yo ya me desvelaba
en el sofá de un cuarto piso, a los pies de una cama don-
de ella se debatía funámbula en el umbral de su agonía.
Una de aquellas mañanas, cuando le comunicaron que el
Hado le había abierto las puertas del abismo, se quedó
también silenciosa y solitaria contemplando otra pared
azul cielo hasta que yo volví a su lado. Y no lloró tampoco.
Sólo se juró entereza mirándome enternecida y mencio-
nando repetidamente el nombre de Isabel. Seguro que
lloraba por dentro porque el firmamento de sus ojos es-
taba nublado, pero mi lluvia sí se había desbordado como
se desbordaría luego muchas veces, infinitas. No era la
cobardía sino el dolor el que me superaba, era impoten-
cia, era esa inefable sensación de abandono que precede
al descreimiento. Era el desierto que asomaba por aque-
lla ventana de un cuarto piso desde donde podía verse,
abajo, un patio que no tenía fuente ni gorriones pero sí
seres ensimismados
que trasegaban sin
rumbo. En esa ha-
bitación, o en otras
similares de ese mis-
mo piso de paredes
también azules don-
de pasamos tempo-
radas interminables,
vimos las sustancias
alquímicas del Paraí-
so o del Apocalipsis
que se introducían
gota a gota en las
venas y sentimos sus
náuseas desbocadas,
y
contemplamos la
sangre que colgaba
o que aparecía en la
piel, el cabello que
caía y aparecía, las
manchas rosadas en
el rostro triste de la
batalla o en el rostro
esperanzado del mu-
chas veces inminente
regreso a casa donde Isabel esperaba. Y luego de nuevo
la
reclusión y la salida y la reclusión y la salida, una y otra
vez, hasta desembocar en esta condena en una habita-
ción de un sexto piso azul lejos de casa, lejos de la ciudad
que amábamos.
—¡Dime en qué piensas! —supliqué.
La
tarde empezó a caer pero ella siguió inmóvil, silen-
ciosa, bebiendo absorta de la pared con el cielo de sus
ojos. Mirándola yo intenté recordar ahora los días de
la
felicidad construida con ella pero eran tantos que se
amontonaron todos y terminaron esfumándose sin com-
pasión. Tú también los recuerdas. Recuerdas la alegría
abrasadora que se quebró irremediablemente en los días
aciagos de septiembre y que luego sólo pudimos recons-
truir a fragmentos con olvido y con devoción como si la
vida pendiera de milagros. Pero no habría ninguno. Ha-
bría, en cambio, una llamada en la tarde decembrina del
laberinto, una llamada para decir, aunque no fueron esas
las palabras, que la ilusión se acababa, que la habitación
fría con una cama y un sofá en el cuarto piso nos espe-
raba. Sin embargo hasta en eso las cosas eran diferentes
porque no habría cuarto piso, como antes, mientras se
mantuvieran los gritos y las consignas en el parque de
entrada frente a aquel hospital que era un elefante mori-
bundo. Y nadie moribundo recibe a un moribundo.
Antes de que pudiéramos asimilar la voz aciaga del men-
sajero, se soltó a llover sobre la ciudad, con los diluvios
de
siempre, y el día nos contagió de su angustia. Y llora-

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mos hasta que se nos secaron las lágrimas. Afuera aún llo- vía cuando sa- limos
mos hasta que
se nos secaron
las lágrimas.
Afuera aún llo-
vía cuando sa-
limos de aque-
Niche tal vez. Y después acabó de llegar la noche. Yo,
que a tanto había comprendido que, aunque imprevisto,
aquel ritual místico era un consuelo, un desarraigo, no
me
atrevía a moverme para no importunarla, para no in-
terponerme entre sus ojos y el azul cielo que se parecía a
sus
ojos, y por eso miré a través de la ventana. Las casas
lla ciudad cual
si estuviéra-
mos huyendo,
de
los cerros refulgían como un pesebre, acaso hacién-
dole homenaje a la época, y sobre ellos se levantaban
impetuosas tres cruces iluminadas. Y en la penumbra me
y
la noche no
era más que
las gotas que
como dardos
envenenados
volví a mirarla: estaba aún inmóvil, como una estatua de
sal, como una estatua de arena, de mármol, de hierro,
de
carne y sangre. Como una estatua de hielo. Inmóvil,
sin
parpadear, sin llorar, sin gemir, sin decir una palabra,
respirando apenas. Así la recuerdo yo hoy en esta ciudad
caían del cielo
no
imaginaria. Y sé que tú también.
y
que aunque
rebotaban in-
clementes en
el parabrisas
igual nos he-
rían. Ella se
quejaba de
tristeza más
que de dolor y
yo la abrazaba
intentando un
consuelo. Un viaje en medio de la lluvia, como nunca an-
tes, cual peregrinos en busca de refugio.
—¿En qué piensas, en qué? —me escuché murmurar en
voz baja ahora.
Estaba vacía esta ciudad cuando llegamos y parecía otra
muy distinta a la que muchas veces habíamos visitado
antes. Sin duda era otra. Esta vez no tendríamos un cine,
un helado de frutas, un concierto de Serrat, la compra de
Pasó mucho rato cuando noté que ella se movió de nue-
vo.
—¿En qué piensas? —insistí, vislumbrando que podía te-
ner
al fin una respuesta.
Entonces regresó de su extravío y volvió hacia mí su ros-
tro como si quisiera verme ahora en el claroscuro de la
habitación.
—En nada, ya no pienso en nada —murmuró suavemen-
te, intentando una sonrisa.
Yo
me acerqué y acaricié sus cabellos, su rostro impasi-
ble, sus labios marchitos. Y aunque no pude ver el cielo
de
sus ojos, supe que no estaba llorando. Por eso puse
mi
rostro en su regazo y sollocé sin decir nada. Larga-
mente. Fue ella quien acarició entonces mis cabellos,
una y otra vez, y otra vez, con la suavidad y la ternura de
la eternidad.
—Vivirás —me dijo—. Vivirás.
Y nos quedamos los dos así largo rato, abatidos en medio
de la bruma del silencio y de la soledad.
un libro o de un vestido, la entrada al zoológico con Isa-
bel. Tendríamos apenas la habitación seis diecinueve y
al
lado un rumor de enfermos y de agónicos en la noche
o
alguna solitaria oración adolorida. Eso apenas, y todo
el tiempo para esperar. Como aquella tarde, unos días
después, en que ella estaba inmóvil, silenciosa, mirando
el azul cielo de la pared que se parecía al de sus ojos.
Mientras la observaba había dejado a mi lado un libro
de título ahora olvidado que no volvería a abrir si caían
sus párpados y que había reemplazado a “Esperando a
Godot” que en nuestro presuroso viaje dejé olvidado
en algún lugar incierto. Afuera, de repente, la bocina de
un auto empezó a sonar repetidamente y un estruendo
de fuegos artificiales retumbó cálido en el firmamento.
Pero ella seguía sin moverse, ¿recuerdas?, seguía inmó-
vil como un ángel de piedra. Luego las bocinas fueron
de dos, de tres, de cuatro autos, de caravana entera
por la Avenida Sexta y entonces supe que en esta ciu-
dad alguien había ganado un campeonato. Luego llegó
el rumor lejano de alguna canción del trópico, el Grupo

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Por: Jorge Mario Echeverry Hurtado Inventamos el juego en las últimas vacaciones de diciembre. Llevába-
Por: Jorge Mario Echeverry Hurtado
Inventamos el juego en las últimas
vacaciones de diciembre. Llevába-
mos pistolas de juguete al cinto, nos
dividíamos en dos grupos y nos re-
partíamos el barrio. Jugábamos en la
complicidad de la noche, cuando los
ventanales proyectaban una película
de luz opaca sobre las zonas verdes
y
los edificios parecían gigantes dor-
midos que inhalaban la tranquilidad
citadina, exhalando la paz perezosa
de las familias acolmenadas en los
bloques.
De manera tácita obedecíamos las ór-
denes de los hermanos Núñez. Eran
mayores. Golpeaban más fuerte. En
el
juego fluctué muchas veces bajo el
liderazgo de uno u otro, en campañas
que rebosaban los límites del barrio, entregados a una
guerra que se hacía cada vez más cruel.
rostro grasoso e intentó unir sus
labios gruesos a los labios de mi
amigo. Y mi amigo le incrustó los
dedos en las cuencas de los ojos.
El hombre emitió un gemido de
angustia y Edwin descargó desde
el fondo de su garganta un grito
de guerra. Los que estaban en la
sala entraron al cuarto e hicieron
uso de una astucia ciega deter-
minada por el peligro. Lo aga-
rraron a patadas y lo golpearon
con todo cuanto pudiera hacerle
daño. Gritaron de forma tan alar-
mante que los vecinos salieron
de los apartamentos. El hombre
intentó calmarlos pero ya iban
en tropel, bajando la escalera
que daba al primer piso.
- Vamos a quebrarle los vidrios-. Propuso Edwin Núñez.
Yesid Núñez era el menor. Poseedor de una precocidad
que reñía con su inteligencia y hábil administrador de tal
sagacidad para el sarcasmo que lo ponía en segundo lu-
gar al mando.
Por su parte, Edwin, corpulento y más alto que su herma-
no, era tan volátil como la pólvora. La violencia se apo-
deraba de su cuerpo al punto de que cualquier discusión
terminaba en narices reventadas o dientes partidos. Un
día, mientras nos preparaban una emboscada, Edwin lle-
vó al grupo que comandaba hasta el apartamento de un
hombre que les prometió juegos de video y revistas por-
nográficas. Ya en la sala, cuando unos jugaban Nintendo y
otros trataban de auscultar los misterios apretados en el
culo de una suiza enorme, el hombre llevó sigilosamen-
te a Edwin a un cuarto apartado. Lo sentó en la cama y
mientras Edwin observaba con extrañeza el decorado de
las cenefas, saturadas de mariposas, el hombre se bajó
los pantalones y quedó en pantaloncillos. Procedió a pei-
narle el cabello con ternura maternal. Le preguntó que si
alguna vez había besado a su padre en la boca. Edwin le
contestó que sí. El hombre dobló las rodillas. Le acercó el
Esa hermosa noche fue la noche de nuestra insurrec-
ción. La noche donde las sombras habitaban imperiosas
los rincones, profundas, abrazadas en una oscuridad tan
poderosa que nos tocaba con sus dedos de sombra la su-
perficie del corazón. Esa hermosa noche cómplice mien-
tras nos desplazábamos entre los callejones, serpentean-
tes, al acecho.
Ya frente al bloque de apartamentos elegido tomé una
roca pesada. Esperé a que otro arrojara la suya y que-
brara el ventanal de persiana. Cuando sucedió, arrojé mi
proyectil tan lleno de miedo que apenas alcanzó la pared
del primer piso. Los hermanos Núñez hicieron su ataque
con determinación, asestando el golpe al igual que lo
hizo Frank Sánchez y el hijo del ferretero, Andrés Castro.
El Enano Manuel tuvo la misma suerte que yo y hasta
peor. Su roca fue a parar al césped. Otros ni siquiera hi-
cieron el intento; pero su valentía seguía en pie porque
estaban ahí, como testigos de nuestra lucha. Después del
estrepitoso sonar de vidrios que se rompían, los berridos
nerviosos de un bebé y los gritos de una madre confundi-
da emanaron de una de las habitaciones del apartamen-

1

to del hombre. Entonces corrí a la par de los otros, hasta llegar a mi
to del hombre. Entonces corrí a la par de los otros, hasta
llegar a mi apartamento, hasta abrazar a mi madre y hun-
dirme entre su pijama, llorando tal maldad mezquina.
ser prisionero de la zozobra. Además disfrutaba el hecho
de no estar bajo el mando de Edwin porque en el fondo
de mis tripas gozaba con la certeza de atraparlo algún día
y
Por Edwin nos enteramos de que su hermano se había
partido un brazo en la huída. El papá lo envió a Tuluá
la semana siguiente a pasar año nuevo con sus tíos. En-
tonces quedamos a merced del hermano mayor de los
Núñez. Él ideó lo de secuestrar al enemigo y llevarlo al
apartamento del muerto. Era algo enervante, violento. El
apartamento del muerto quedaba en un quinto piso. Se-
gún la historia, en su interior habían encontrado muerto
a un hombre viejo. Dicen que el hombre tenía la mano
pegada al cerrojo de la puerta. Y dicen, también, que tu-
vieron que arrancado del suelo. Su muerte estaba gra-
bada ahí, en ese suelo, y lo sé porque si uno se asomaba
por el espacio que hay en la parte inferior de la puerta,
era posible ver la mancha que dejó impregnada sobre las
baldosas después de reventarse.
llevado maniatado y amordazado hasta el apartamento
del muerto.
Nuestra primera víctima fue el Enano Manuel. Andaba
atrincherado entre los autos del parqueadero cuando fue
sorprendido por la banda de Edwin. Si alguno era atrapa-
do el juego terminaba y todos nos concentrábamos en
torturar al infortunado. Edwin apoyaba un pie en la nuca
de la víctima mientras los otros le ataban los pies y las
manos. Y le decía como si estuviera pisando una rata:
-
¡Estás muerto!
En ocasiones no podía dormir porque me trasnochaba
viendo alguna película de terror. Entonces, desde la ven-
tana de mi apartamento veía la ventana del apartamen-
to del muerto. Al ventanal le faltaban algunos vidrios y
era posible ver las cortinas que hondeaban lúgubres con
la oscuridad al fondo. Era tan mórbido mi miedo, que
me quedaba toda la
noche mirando hacia
allá. Y deseaba en lo
más profundo de mi
propia tortura que su
cara blanca se asoma-
ra y me saludara con
la mano. Eso nunca
pasó. La emoción del
juego suspendía la
amarga incertidum-
bre de mis noches te-
nebrosas.
Luego lo amordazábamos y le tapábamos la cara con una
bolsa de basura. Así, entre las risas y los gritos del se-
cuestrado, las carcajadas de quienes lo llevábamos y la
mirada atónita de los vecinos, nos apurábamos a subirlo
escaleras arriba hasta el quinto piso. Lo arrojábamos en
el corredor, frente a la puerta del apartamento del muer-
to, le dábamos unos cuantos pisotones y emprendíamos
nuestra huída cobarde. En ese momento la víctima era
poseída por el pánico, la soledad, el abandono de toda
la humanidad.
Y
recuerdo que mientras co-
rríamos, aún después de ha-
ber avanzado varias cuadras,
escuchábamos los gritos agó-
nicos del Enano, que intenta-
ba soltar nuestras ataduras
diabólicas para escapar rápi-
do de ahí antes de ser tocado
por las manos frías de ese
fantasma que se había con-
vertido en nuestra obsesión.
Cuando todo terminaba y de-
Con lo del muerto
las cosas tomaron un
sutil nivel de violen-
cia. Nos dividíamos
en dos grupos, como
siempre. Si Edwin per-
tenecía al equipo con-
trario al mío, quedá-
bamos asfixiados en
una terrible sensación
de anarquía y éramos
presas fáciles. He go-
zado de pertenecer
siempre al caos. De
jábamos a un lado el recuer-
do de aquel amigo, volvíamos
a
nuestros apartamentos
para ratificar en la memoria
de cada uno y en los posibles
recuerdos indelebles, que
esa
sensación de placer que
deja el mal no era más que
la
emoción superficial de un
juego de niños.

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SELECCIÓN CUENTOS BREVES JOHANN RODRÍGUEZ-BRAVO La Revista Cultural La Mandrágora publica en esta edición siete
SELECCIÓN CUENTOS BREVES JOHANN RODRÍGUEZ-BRAVO
La Revista Cultural La Mandrágora publica en esta edición siete cuentos
breves del autor colombiano Johann Rodríguez-Bravo (1980 – 2006). El
concurso que lleva su nombre fue convocado como un homenaje a su
memoria.
La bala perdida
La bala debía incrustarse en su cabeza, pero sólo rozó la
ceja y salió por la ventana; pasó por el tejado de la planta
baja; continuó por el aire; atravesó las ramas de un ar-
busto; asustó a los pájaros de un nido; siguió su trayecto-
ria y se incrustó en el pecho de una niña que jugaba en el
jardín vecino. Al ver lo sucedido, el suicida dejó el arma
sobre el marco de la ventana y corrió a prestar ayuda. El
papá de la niña, asustado, la tomó entre sus brazos, la
subió a su automóvil y arrancó despavorido atropellando
violentamente al hombre que acababa de pararse en la
mitad de la calle. El cuerpo quedó con la cara boca arriba
ses y sus músculos macizos; visitó a presidentes y milita-
res disfrazado con la figura de un amigo personal. Pero
pasó el tiempo y cuando faltaba un año para cumplir con
la promesa de entregarse en la muerte a quien le ob-
sequió el poder de convertirse en otros, decidió trasfor-
marse, para siempre, en el ser más piadoso y devoto que
jamás pisó la tierra desde San Francisco de Asís. Ahora, al
cumplirse el plazo, su alma se halla contrariada y sola en
una bodega, mientras los arcanos jueces del purgatorio
definen la patria potestad del encartado.
y
la mirada, apagándose entre el aire, el nido de los pája-
ros, las ramas del arbusto, el techo de su casa, la ventana
y
el cañón del revólver que humeaba.
Historias Nocturnas II
Un pacto luciferino
Veinticinco años atrás, había hecho un pacto con el Dia-
blo. Éste, procurándose un alma más para sus ejércitos,
había consentido su petición: poder convertirse en cual-
quier cosa cuando lo pidiera. Socarrón, el Diablo hizo una
salvedad: “sólo podrás convertirte en otros humanos”.
Pasaron los años y así, con su poder de mutar en cuanta
persona le viniera en gana, se paseó por diferentes ros-
tros y personalidades: cruzó fronteras como un nacional
más; se acostó con modelos que admiraron sus ojos gri-
Un mañana, al despertar, encontró que el orden de los
objetos en su casa había cambiado. Donde estaba el te-
levisor reposaba el mueble de los libros; en el lugar en
que usualmente estaba el escritorio, había una matera;
donde siempre estuvo el equipo de sonido, un perchero.
No logró dar con la respuesta al enigma y dejó así. A la
mañana siguiente, descubrió que alguien había estado
hurgando en el refrigerador: el pastel de su cumpleaños
estaba manoseado; la botella de gaseosa no estaba bien
tapada y la leche había desaparecido. El ver todo mordis-
queado y el pánico por no entender qué pasaba, le pro-
dujo un retortijón que lo mandó al baño de inmediato.
Al otro día, su estudio parecía los vestigios de una ciudad
bombardeada; alguien había puesto todo patas arriba.
Como sabía que antes de dormir él siempre pasaba el
seguro de la puerta y ajustaba con fuerza las ventanas,
el autor del desorden debía ser él mismo o ese otro que

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despierta cuando él cae en sueño; así que un día, para no encontrarse más sorpresas
despierta cuando él cae en sueño; así que un día, para no
encontrarse más sorpresas redactó una nota que pegó a
la puerta: “por favor, dejar lavando los platos”; a la ma-
ñana siguiente encontró una respuesta: “por favor, no
comer mucho antes de dormir, eso me quita el apetito”.
Una casa en La Candelaria
el jabón. Salió goteando hasta el closet. La mujer seguía
dormida. Sacó su traje más elegante. Le costó ponerse
el pantalón. Tardó un minuto en rehacer el nudo de la
corbata. Se peinó con una mano. Buscó su reloj de pul-
sera. Casi olvida el teléfono celular. Tomó las llaves del
automóvil. Bajó al garaje. Abrió el portón con el control
automático. Encendió el carro. Salió. Presionó los peda-
les. Aceleró. Transpiraba. Volvió a peinarse con los de-
dos. El teléfono timbró tres veces y no quiso contestar.
Pensó en la reunión. Golpeó con las manos la cabrilla.
Maldijo el tráfico. Pasaron varios minutos. Por fin llegó al
edificio. Hizo un gesto y exhaló. Estacionó el automóvil.
Salió corriendo y casi lo atropella un carro que retroce-
día. No saludó al portero. Siguió corriendo. No saludó a
las secretarias. Subió las gradas a una velocidad super-
sónica. La reunión había empezado. Interrumpió. Todos
voltearon a verlo. Se sintió extraño. Y, entonces, cuando
alguien le iba a hablar, recordó que él no usaba corbata,
que no tenía mujer y que no se llamaba Antonio Boas.
Sebastián Pineda me contó que en La Candelaria, en Bo-
gotá, había una casa en la cual, en una de sus paredes,
un orificio dejaba ver el pasado. Después de averiguar y
preguntar con algunas personas, di con la casa. Me reci-
bió una anciana que arrastraba con ritmo la suela de sus
chanclas; sonreía. Le dije directamente lo que me intere-
saba; ella me invitó a pasar y dijo que lo hacía porque po-
día adivinar la intención de las personas con sólo mirar a
los ojos. Me señaló una habitación oscura al final de un
pasillo. “Siga”, dijo. En el cuarto no había nada, salvó un
pequeño hilo de luz que se proyectaba desde un hoyuelo
en la parte inferior de una pared. Me acerqué con ner-
vios y me arrodillé para poner mi ojo en el hueco. Al prin-
cipio, la luz me encandiló y sólo pude ver dos hombres
caminando, pero al arrugar el entrecejo para enfocar, vi
a Sebastián Pineda junto a mí, hablando de que, en La
Candelaria, en Bogotá, había una casa en la cual, en una
de sus paredes, un orificio dejaba ver el pasado.
Una sombra y nada más
La velocidad de la memoria
Antonio Boas despertó sobresaltado. Miró el reloj des-
pertador. Junto a él dormía su mujer. Se levantó rápido.
En un segundo estuvo en el baño. No tuvo tiempo para
Juan amaneció sin sombra. La buscó con desespero en
medio de la ropa sucia; pensó que quizás se hubiera que-
dado encerrada en el carro; miró por encima del armario
donde su madre guarda los adornos de navidad, pero no
estaba. Juan se sintió muy mal, en 37 años jamás había
salido a la calle sin su sombra. ¿Qué le iba a decir a sus
amigos? Una sombra no se va así nomás. Juan resolvió
no salir de casa, encerrarse hasta la noche para disimu-
lar algo que sentía como una pérdida irreparable, como
un hondo vacío. Tres días después, sintió que alguien
abría la puerta (en silencio, discretamente) y se hizo el
dormido para no interrumpir lo que pasaba. Era ella, la
sombra, un poco sucia. Juan no la quiso increpar, dejó
que descansara y disfrutara su secreto.

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Contamos con: Biblioteca, actividades culturales, información y orientación para estudios en Francia. Cursos para
Contamos con:
Biblioteca, actividades
culturales, información y
orientación para estudios en
Francia.
Cursos para niños,
jóvenes y adultos.
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ambiente cultural francófono.
Dirección: Calle 1A No. 1E 44
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