Revista Cultural

Año Cinco No 7 ISSN1794-0362 Popayán, Noviembre 2009

PRIMER CONCURSO REGIONAL DE CUENTO JOHANN-RODRÍGUEZ BRAVO

EDITORIAL CUENTO GANADOR: “Contigo no se puede jugar” Rodolfo Villa Valencia SEGUNDO LUGAR: “Telaraña” Hugo Andrés Rosero Ocaña PRIMERA MENCIÓN DE HONOR: “Uppercut” Raúl Harper SEGUNDA MENCIÓN DE HONOR: “Mami, me dijo doña Concha” Daniel Alberto Zapata Gordillo TERCERA MENCIÓN DE HONOR: “El pollito” César Ernesto Maya Arteaga CUARTA MENCIÓN DE HONOR: “El cielo de sus ojos” Juan Carlos Pino Correa QUINTA MENCIÓN DE HONOR: “Estás Muerto” Jorge Mario Echeverry Hurtado SELECCIÓN DE CUENTOS BREVES DE JOHANN RODRÍGUEZ BRAVO
315 5786204 Fundadores Carlos Mauricio Muñoz, David Enríquez, Rubén Varona, Christian Joaquí, Jorge Vásquez, Nancy López y Johann Rodríguez-Bravo. Director Rubén Varona rubenandresvarona@yahoo.com Subdirector y Editor Carlos Mauricio Muñoz karbermeo@yahoo.com Coordinador de Producción David Enríquez jdavid_90@yahoo.com Diagramación María Fernanda Martínez Paredes SAMAVA mafermar@hotmail.com Impresión

FUNDACION ABIGAIL TEJADA CAMPO EDUCACION Y ARTE SOCIEDAD, POLITICA Y CULTURA
Cra. 8 # 10-25 Tel.: 822 45 51 Popayán
“Porque solo la Educación puede cambiar las condiciones de Vida del Hombre...”
Profesora: Abigail Tejada Campo

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legamos a la edición número 7 de la Revista Cultural La Mandrágora. En esta ocasión nos complace compartir con nuestros lectores los resultados del “Primer Concurso Regional de Cuento Johann Rodríguez-Bravo” convocado en el año 2009 con el fin de incentivar los valores y talentos artísticos del suroccidente colombiano. Se presentaron 97 trabajos al concurso, provenientes de los departamentos de Cauca, Valle y Nariño. Se seleccionaron dos ganadores (que obtuvieron un reconocimiento económico de $1.000.000 y $500.000 respectivamente) y se entregaron cinco Menciones de Honor. Los textos finales aparecen editados íntegramente en esta publicación. El concurso fue convocado por LA REVISTA CULTURAL LA MANDRÁGORA, la FUNDACIÓN OFICINA DE TURISMO DE POPAYÁN, la emisora UNICAUCA ESTÉREO 104.1 FM y el portal de internet WWW.COLOMBIASELECTA.NET. Gracias al esfuerzo conjunto de las entidades mencionadas se llevó a buen término este proyecto. Queremos presentar un agradecimiento especial a Andrés Mauricio Muñoz, quien colaboró activamente en el “Primer Concurso Regional de Cuento Johann Rodríguez-Bravo” (que nació precisamente por una sugerencia suya). Además queremos brindar un reconocimiento especial a los escritores Juan Esteban Constaín y Carlos Fernández, quienes, junto al primero, participaron como Jurados de la convocatoria. Sus brillantes trayectorias en el campo de la literatura brindaron prestigio, idoneidad y transparencia al concurso. Agradecemos por su colaboración incondicional a Carmen Leonor Acosta, Henry Rodríguez, Imelda Bravo, Diego Ignacio Torres, Carlos Alberto Valencia, Flordelis Urrea, Rafael París y Pedro Pablo Garcés. Sin su apoyo esta empresa hubiera resultado imposible. Finalizamos el editorial con un aparte del Acta del Jurado, que hoy -más que nunca-, nos parece pertinente: “Una vez más, y como siempre, Johann Rodríguez- Bravo se llevó la Mención de Honor de este concurso. El suyo; el que celebra su vida y su vocación”

— so depende —dijo David y abrió el maletín. Sacó un marcador. Lo apoyó contra la pared e hizo un círculo del tamaño de una moneda. Miró hacia la puerta para cerciorarse de no haber sido visto por su madre. Después añadió—: ¿Ves esta mancha? —Sí —asintió Saúl. —Bien. Puede ser de este tamaño, o sea pequeño —aseguró. Luego hizo un círculo de mayor tamaño que el anterior—. O más grande. Eso depende. —¿De qué? —interrogó Saúl sin entender ni una sola palabra. —De si es con un revólver, un fusil o una escopeta. A las ocho en punto doña Abigaíl, su madre, servía la comida. De modo que, dejando de lado su conversación, David y Saúl se sentaron en la mesa. Los jueves eran fríjoles, al almuerzo y la comida. La señora se fijó en las manos de David. —Ve a lavarte las manos, cochino —le dijo, pegándole suavemente en la cabeza. Saúl sonrió sin que su madre lo viera. Siempre que quería burlarse de su hermano mayor tenía que hacerlo a escondidas para evitarse un castigo. Para todos en la casa estaba claro quién era el preferido. David regresó y se sentó. Revolvió la comida y levantó una cucharada. La miró. Se le ocurrió que los fríjoles servirían para explicarle mejor a Saúl y, sin que su mamá lo viera, se llevó algunos granos al bolsillo del pantalón. Antes de terminar la comida guardó más. Terminada la cena fueron a lavarse los dientes. Doña Abigaíl los revisó. Sin problemas. Preguntó por las tareas. Dijeron que ya las habían hecho.

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—Mira —le dijo David a su hermano estando en el cuarto—, con estos te explico mejor. —¿Qué es? —preguntó Saúl. —Fríjoles. Los saqué de la comida. Eran en total dieciséis granos. Así que hizo tres grupos: uno de ocho, otro de cinco y otro de tres. —Pon cuidado —dijo. Aplastó el primer grupo—. Así debe ser el de un fusil. Dicen que cuando sale, deja un hueco inmenso. Saúl cerró la puerta del cuarto. David aplastó los otros dos grupos y preguntó: —¿Entendiste? —Tengo una idea —dijo Saúl. Fue a la puerta y la abrió. Se fijó en el corredor para asegurarse de que doña Abigaíl no andaba por ahí. —¿Cuál? —dijo David. —¿Te acuerdas que el otro día vimos al tío Alejandro guardando una pistola en el cuarto de herramientas?

Rodolfo Villa Valencia, Santiago de Cali, 1978. Estudiante de último semestre de Licenciatura en Literatura de la Universidad del Valle. Ganador en el primer concurso nacional de cuento, convocado por el Ministerio de Educación Nacional y RCN (2007). Primer puesto en el primer concurso nacional de cuento “Helcías Martán Góngora”, convocado por la Universidad Libre, seccional Cali (2008). Publicado en la Segunda antología del cuento corto colombiano, hecha por la Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, 2007. 

David lo miró. Le dijo que bajara la voz. Apagó la luz y se metió bajo la cobija. Invitó a su hermano a hacer lo mismo. —¿Qué pasa con eso? —interrogó David. —Pues que podemos, al menos, saber cómo es el de una pistola. ¿No te parece? —Y cómo vamos a saber —respondió David—. ¿A qué le vamos a disparar? —Es lo de menos —susurró Saúl—. Lo importante es tenerla con nosotros, ya veremos lo demás. Se levantaron sin encender la luz. Abrieron la puerta. Acordaron que primero saldría Saúl, porque él fue el de la idea. Se deslizaron sin afanes por el corredor. Pasaron por el cuarto de su madre y se alarmaron al ver la luz encendida. Se asomaron. Ya sabían qué excusa dar en caso de ser sorprendidos, pero doña Abigaíl había caído vencida por el cansancio acumulado del día, y dormía con las gafas puestas y la Biblia abierta sobre el pecho. Bajaron las gradas. Saúl tropezó en el último escalón y David lo reprendió. Continuaron camino a la cocina: a un lado de esta quedaba el cuarto de herramientas. Abrieron la puerta y David fue directo al baúl donde su tío guardaba el taladro y otras cosas. Tomaron el arma y David la guardó en la pretina del pijama. —¿Qué tal? —preguntó. Se llevó las manos a la cintura— . Parezco un vaquero de esos de la televisión. ¿O no? Saúl lo miró. —Pareces más bien un ladrón de carteras —dijo y sonrió tapándose la boca. Cerraron la puerta y regresaron al cuarto con el mismo sigilo con que habían ido. Cuando pasaron por el cuarto de la señora, notaron que ya la lámpara había sido apagada. Entraron a la habitación. Primero David; después Saúl. —Ahora sí —dijo David. —Ahora sí, pero ¿cómo vamos a hacer? —pregunto Saúl. Sintieron pasos en el corredor. Se metieron bajo la cobija. Doña Abigaíl abrió la puerta y ojeó dentro del cuarto. Cerró y fue a acostarse nuevamente. —¿Ya? —Sí —asintió David. —Tenemos que dispararla y no sabemos —inquirió Saúl, mirando a su hermano sacándose la pistola. —Yo sí sé —aseguró David. —¿Y dónde aprendiste? —En la televisión. Además es como las de juguete: se jala aquí y listo. Saúl fue hacia la puerta y la aseguró. —Haremos mucho ruido —dijo. —No. Colocamos una almohada y eso evita que suene duro. —¿Y eso dónde lo aprendiste? Imagino que también en la televisión —dijo Saúl, pasándole una almohada a Da-

vid. —Esta no; la otra que tiene más espuma. —Toma —dijo Saúl. —Acuéstate —ordenó David. —No. —Gallina. —Estas son balas de verdad —increpó Saúl. —¿Cómo se te ocurre? —dijo David. Agregó—: Son como las de la televisión. ¿Acaso no has visto que los actores nunca se mueren? —Mamá no me deja ver televisión a mí —dijo Saúl—. Como a ti. —Porque yo soy el mayor. —Pero yo soy mejor que tú en colegio —dijo Saúl—. Y le hago caso a mamá. —Eso no importa. Cuando seas grande te dejará, ya verás —aseguró David—. Ahora créeme. Las balas de las pistolas son de salva, o algo así. Eso dijo el tío. Saúl se acostó. David colocó la almohada en la cabeza de su hermano e intentó disparar. No pudo. Puso, entonces, los dedos índices juntos, como había visto en la televisión, y apretó el gatillo. Oyó la bala salir. Sintió un jalonazo. Escuchó a su madre salir del cuarto. Se acostó al lado de su hermano. —No hagas bulla que mamá despertó —dijo. Doña Abigaíl intentó abrir la puerta del cuarto. No pudo. Llamó a David. No respondió. Llamo a Saúl. Tampoco. Regresó a su habitación. —Saúl... Saúl... —susurró David. Ocultó la pistola bajo el colchón. Se volteó y abrazó a su hermano. Lo besó en la mejilla, como todas las noches, y añadió—: El problema es que te duermes muy rápido. Contigo no se puede jugar. 

<< stá jugando con usted, mi querida Celeste, no cabe la menor duda. Ayer me citó a las cinco en el café del parque, tomé asiento en el balcón, había mucho viento y ‘arrastraba sombras’, sinceramente hubiera preferido que no llegara; ‘cuanto viento arrastrando sombras y el ocaso parecía caer más de prisa sobre la capital, arrastrado también entre las copas de los árboles que viven extraviados en la plaza, arrastrado también entre las fisonomías azules que se le escapan a los últimos rayos del sol’; usted debió estar conmigo. En fin, él llegó antes de las seis, lo sentí agitado y vacilante, su cabello azaroso había logrado una nueva significación del desorden y en el balcón, por el viento, su cabello me pareció una incómoda trifulca de ociosidades. No sé qué le pudo ver usted a ese flaco muchachito, su solo rostro era tan débil que fácilmente creí poder deshacerlo con un soplo, lo único que hubiera persistido en el aire habría sido el color de su mirada, ahora, su vestimenta… no me agrado verlo; sin embargo, por usted, disimulé mi desagradó y lo recibí cordialmente, pedimos un par de cervezas y me agradeció la espera. Por unos segundos, con su mirada perdida en el nadir, no dijo nada, yo creo que trataba de impresionarme con eso de su supuesta sensibilidad ante lo que se marcha de la que usted tanto me habló alguna vez; yo tampoco dije nada, no me interesó seguirle la corriente. Luego encendió un cigarro y sin dejar de ver al nadir comenzó a decirme que si usted confiaba en mí como psicólogo y amigo él haría lo mismo; además, estaba encantado de que la cita no haya sido en mi consultorio y claro, de que no haya sido yo el que la propuso (su mano izquierda con la que sostenía el cigarro temblaba impunemente), definitivamente estaba ansioso. En resumidas cuentas esto fue lo que me contó:

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Por: Hugo Andrés Rosero Ocaña A pesar de su prescripción psiquiátrica y de su padecimiento, había vuelto a fumar marihuana con una constancia preocupante, lo había hecho también la tarde previa a la noche de su disputa. Esa tarde, según él, había caminado la montaña para intentar alejarse de la sensación de extrañeza que le provoca la ciudad, de la sensación de sentirse ajeno de sí mismo. En un recoveco del monte encontró un sendero oculto que lo llevó hacia una cascada ‘secreta’, allí, adosado a una ‘roca oscura’ encendió la hierba. Drogado sintió que todo en aquel ‘recinto inaugural’ estaba tallado con ‘silogismos sin premisas’, las hojas, los guijarros, el musgo, incluso ‘el borboteo mareado del agua’; sintió luego una ‘descomunal abundancia de vida’. Dentro de las rocas, me dijo, escuchó fuegos artificiales y se dejó llevar por ‘la bienvenida’. Entonces, recostado en la ‘filigrana verde’ fue cuando sucedió: sintió un malestar angustiante y resonando bajo el ‘ampuloso silencio’ escuchó ‘un arrecife de insectos socavando su atención, exhumando de aquella largos hilos transparentes que luego se anudaban solos y con glauca sonoridad a todo cuanto hay de extraño en el mundo’. Dijo sentirse atado al ‘herbaje rojo’, ‘al viento sibilante de sus palabras’, a los rayos del sol que ‘temblaban en las alas de una libélula’, a los pájaros, etc. Lo que me llamó la atención fue que aquella experiencia de sentirse atado al mundo le haya causado un malestar que rayaba en la nausea. Siguió relatándome que luego de unas horas, al salir de allí, sus ataduras se prolongaban a todo lo que veía, escuchaba, olía, palpaba, en fin, sentía. Tuve que soportar una enumeración incansable de imágenes de la montaña, de la autopista, de la ciudad… hablaba vertiginosamente, estoy seguro que fue esa tarde cuando se disparó su manía. 

En la ciudad, me dijo, sintió pavor bajo el alero de una casa vieja. Los hilos de su cuerpo estaban atados a todo cuanto le rodeaba y nada podía hacer para desatarse, simplemente no tenía ninguna libertad, se sintió parte de una telaraña. Bajo la lluvia que comenzaba a arreciar corrió y fue cuando llegó a su casa, mi querida Celeste, empapado, loco, a gritarle, sin saber por qué, que usted era la araña, que él no era sino otra parte de su red y que el insecto a devorar era, absurdamente, su voz (la de él)… Me aclaró que, lúcido, no hacía otra cosa sino hablar de usted, me aclaró que antes, incluso, ni siquiera amaba al viento, ese ‘indiferente enemigo’ fueron sus palabras, me dijo que fingía amarlo para poder acercarse más a usted pues sabía de su admiración por esa ‘cualidad ciega’ del espacio. Por fortuna le hizo beber el somnífero. Pero eso no es todo, mi querida Celeste, al siguiente día, cuando despuntó la mañana, me dijo, abandonó su apartamento, sin despertarla, para caminar el barrio alto donde en medio de la melancolía que entonces había reemplazado a su éxtasis, tuvo una ‘iluminación’, sí, tal cual inmensurable es esa palabra, ‘iluminación’; imagínese, ahora resultó un iluminado. Me dijo que una voz le susurró: ‘deberías, por el contrario, sonreír, pues al estar atado a todo, puedes moverlo todo a tu antojo, con una impecable precisión violeta, ajeno a cualquier pesadumbre que tú mismo no hayas provocado’. Imagínese, mi querida Celeste, el tamaño de su delirio. En menos de cinco horas pasó de ser el esclavo a ser el amo. A las once de esa mañana volvió al apartamento e intentó moverla a usted a su antojo, intentó que lo disculpara y que todo volviera a ser como era antes; sin embargo, para su bienestar, usted ya me había llamado y yo ya la había prevenido, así que él fracasó en su intento de moverla, aún así, fue tan obstinado que hasta el día de ayer seguía creyendo ciegamente en su ‘iluminación’. Lo único satisfactorio fue lograr convencerlo de que me llamara. Está jugando con usted, mi bellísima Celeste, repito, no cabe la menor duda. Usted no es más que otra ficha en el juego de sus delirios. Pobre Esteban, posee una in-

teligencia medianamente aceptable, pero su condición hace de él un fuego impredecible y para serle honesto me preocupa que usted sea víctima, no solo emocional, sino también físicamente, de sus desvaríos… Cuando acabó de hablar se levantó de golpe con la cerveza en sus manos, acabó de beberla, me dijo que desahogarse era todo para lo que él me necesitaba y salió del lugar como una canción que se interrumpe abruptamente. Me pareció extraño que cuando él salió un silencio incómodo quedó flotando en el recinto y yo tuve la sensación de haber quedado en un lugar en el que no quería estar. No importa. Lo que vale aquí es que haga caso de mi consejo y termine de una vez por todas esa relación, por el bien de ambos, el único lugar al que los está llevando esa relación es a una sala de sanatorio donde usted visita y él recibe; créame, si desea yo puedo ayudarle a superar lo perdido, que no es mucho. Seguramente él volverá a hablarle, esté prevenida… ¡Ah! ‘Cuanto viento arrastrando sombras’ había en la plaza la noche de ayer, me hubiera gustado que usted estuviese conmigo, conversando todos esos temas que los dos sí tenemos en común… bueno, le dejo esta carta con el coordinador de la facultad, no quise interrumpir sus clases, llámeme cuando salga, sé que necesita alguien con quien hablar, y no se olvide de la fiesta de despedida el viernes por la noche, si quiere podemos ir juntos…>>. Posdata: Mi ridículo y despreciable amor violeta, esta mañana en la terapia de grupo para internos alguien soltó una frase que me hizo cagar de la risa, dijo “para perdonar a tu agresor tratá de ver las cosas como tu agresor” o algo por el estilo. De mi parte pensé que era una sandez pero terminé cediendo al ejercicio para matar el tiempo; pensé que la mejor forma de ver las cosas como el otro es hablar como el otro, entonces decidí transcribir la carta que le dio el estoque final a nuestra procelosa relación, ‘mi querida celeste’; palabra por palabra fui él. (Las comillas las coloqué yo pues lo que encierran fueron las frases que él me robo para convencerte o… no importa). Creo, ahora, que esta ha sido la empresa más dolorosa, masoquista, que he acometido, y sin lugar a dudas, la más inútil. Creo, ahora, que he caído en otra red, quizás en la misma red, pero esta vez, atrapado sin gritos, a ustedes los odio más, pero a vos te amo igual… y por cierto, eso jamás fue un juego.

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Por: Raúl Harper

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uán se para enfrente y me dice, baby ha llegado tu asalto. Como detesto verme el rostro amoratado intento lo mío que es la diplomacia, vamos hermano, esto no le conviene a ninguno de los dos. Papá y el abuelo se habrían avergonzado de mi cobardía. Ellos solían darse de puños con frecuencia; una mala costumbre que disfrutaban. Duán heredó esa tendencia al pugilismo que tanto me atormenta a diario. Asegura que será un boxeador de los profesionales y que entonces podrá comprar un saco de arena y mandar a rehacerme la nariz, pero que sin entrenamiento se quedará en este pueblo pescando tilapias y gripes. ¿Y por qué no te das de golpes con tus amigos?, le recrimino, a lo que responde que si los noqueara habría resentimientos, mientras que los hermanos se lo perdonan todo. Yo prefiero la actuación y lo que quiero es ser un galán de telenovela. Tengo nariz respingada, una mirada profunda y unos labios seductores. Cierro los ojos e imagino a Pachita besándome tal si fuera capaz de morir por mí. Pachita es mi vecina, y vale anotar que si me viera arrastrado por un río ni me lanza una soga ni se despide. Eso estoy seguro que cambiará tan pronto me vea en la televisión y el sex appeal de la fama la ilumine, porque las mujeres de este pueblo se deslumbran, no se enamoran. Cuando mi padre consiguió chamba con una lotería se dio el lujo de casarse con la mujer más hermosa del pueblo. Al mismo Duán lo acorralan las muchachas cada que gana una pelea, pero no hay quien le sobe las heridas cuando lo arrojan a la lona. Por eso se preocupa tanto por entrenar. Aquí todos los hombres se esfuerzan

por ser ganadores en algo para ennoviarse o casarse con quien elijan. Duán lanza unos uppercuts al aire que se detienen a escasos centímetros de mi rostro. Es dos años mayor, más alto, más fornido. Seguro me destrozará la nariz, y con la nariz chata no me van a querer contratar para ningún estelar. Entonces Pachita se irá detrás de Joanjo, por ejemplo, que se ha ido a la ciudad a sacarse un título de ingeniero. Ya deja de rehuirme y hazte el macho, se dirige Duán hacia mí, moviendo los pies en una especie de danza caribeña. No quiero camorra, muevo las manos hacia él en señal de bajar la guardia. La puerta principal suena y me siento a salvo. Entra Pachita y mi hermano la presenta como nuestra árbitro para el combate. La sangre boxística de la familia vs. la ovejita negra con ambición de farándula. Por fin Duán se abalanza sobre mí. Recibo uno tras otro golpe y hasta un gancho que preveo definitivo. Pero no caigo. Pachita sobará mis heridas esta noche, me digo, por ahora lo importante será no caer. Al menos en la televisión los golpes son fingidos, y las ambiciones y el amor. Es el paraíso en que te tocan y nunca duele. La golpiza dura tres minutos. Duán se para victorioso enfrente y me dice, baby prepárate para otro asalto, ve a tu esquina y tomate un aire. Ya me siento hinchado, magullado, una diminuta cortada se insinúa bajo mi ceja izquierda. Pachita se acerca a mi hermano y le seca el sudor con una toalla, sonriente, para mí ni sogas ni despedidas. Una mala trama de telenovela. Camino hacia ellos y lanzo un perfecto, un sublime y noqueador uppercut; que de haber dirigido a Duán hubiera enorgullecido a papá y al abuelo.

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Por: Daniel Alberto Zapata Gordillo ami, me dijo doña Concha que de pronto viene su sobrino con unos amiguitos a pasar el fin de semana acá en el pueblo. La mamá siguió lavando los platos con una extraña sensación de dolor y de lástima hacia su propio hijo. Las lágrimas pronto fueron secadas por un trapo sucio que logró alcanzar antes de que el niño la viera. Sonaron tres golpes en la puerta. El tío Eneas, como le decían todos en el pueblo, se paraba frente a la puerta a saludar y a recibir su taza de café a las 4:30 de la tarde cuando, según él, era la hora perfecta para tomar la merienda. Ese era uno de los buenos hábitos que lo llenaban de una profunda tristeza con respecto al pasado, que no tenía que explicarle a la señora. Cuando estaba en la Guerra eso ni se soñaba porque pasaban los días sin que pudiera comerse una galleta o un pedazo de pan, como ese que mojaba entre la taza del cate para luego llevárselo a la boca en un movimiento que dejaba asomar una sonrisa sublime. Doña Concha llegó a esa misma hora con el vestido de su mamá, para que la señora se lo arreglara. Con un poco de pena le dijo que le encomendaba encarecidamente que lo ajustara lo más pronto posible, porque era para colocárselo para la misa del aniversario. La señora lo tomó entre sus manos y lo abrió para ver el estado en que se lo entregaba, mientras lo miraban le preguntó si era verdad que su sobrino venía ese fin de semana; doña Concha sonrió y le dijo que eso le habían dicho pero no sabía con seguridad si su hermana lo iba a dejar venir. El niño le daba fuerte al balón para que cuando pegara en la pared volviera a él. Eneas lo miraba, seguía sonriendo con el pan en la boca. Las dos mujeres miraban al niño con una alegría que escondía el dolor de saber que ese niño estaba completamente solo en el pueblo y que su único amigo de travesuras era el tío Eneas, que ni si quiera podía correr; utilizaba un bastón porque una herida de bala lo había dejado rengo de por vida y los años le fueron quitando poco a poco la virilidad de la que siempre se jactaba ante todos y la que nadie le negó nunca. Eneas rápidamente se limpiaba las manos sobre el plato y bajaba los escalones con una especie de desafío juguetón hacia el niño. El niño ya había juntado las piedras que delimitaban las dos “canchas de fútbol”, la del tío un poco más angosta, la de él mucho más grande. Para el segundo tiempo -el primero duraba a lo sumo 10 minutos- el tío se sentaba en un mecedor y el niño daba vueltas por toda la cancha simulando destreza frente a jugadores inexistentes has-

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ta que lograba llegar al arco y disparar lo que de seguro sería un “golazo” que cantaba arrodillado sobre el polvo mientras con sus manos le regalaba besos a su mamá. Al final del partido, el tío Eneas lo aplaudía y le pasaba a través de la nuca una toalla para que se secara el sudor. “Cada vez que veo a mi niño tan contento me doy cuenta que nunca vamos a dejar de llorar la muerte de nuestros esposos. Voy a hacer todo lo posible porque el vestido esté listo misiá Concha”. La tarde se desplomaba sobre los techos de las casas. El polvo se elevaba con las ráfagas de viento que lo golpeaban. En la noche estuvo jugando parqués con su hijo; estaba emocionado porque al otro día llegaría el sobrino de doña Concha. Le hizo prometer a su mamá que cuando terminaran de jugar le ayudaría a bajar los carritos que tenía sobre el armario y los limpiarían, luego buscarían la bomba para inflar el balón. Esa noche la señora no pudo dormir, ni si quiera sacó de la bolsa el vestido que tenía que organizar, estuvo sentada frente a una mesa que tenía la estatua de San Antonio y un velón que permanecía encendido. Al día siguiente el niño se levantó más temprano de lo habitual, corrió la cortina del cuarto de su mamá; ella estaba acostada pero no había dormido en toda la noche, se quedó quieta con los ojos entrecerrados, el niño colocó un pie sobre la baranda de la cama y comenzó a cantar como un gallo, la mamá continuó el juego: movió una de sus piernas como si apenas estuviera regresando de un sueño eterno, profundo, el niño agitaba sus brazos y sacudía el rabito, volvía a cantar, esta vez recorriendo todo el cuarto y moviendo la cabeza de atrás hacia adelante; la mamá se levantó y comenzó a corretearlo por toda la casa. El niño pasó casi todo el día sentado en las gradas de su casa, por momentos se asomaba por la casa de doña Concha pero la puerta cerrada no le dejaba ver nada; volvía de nuevo a las gradas. A la hora que estaba por llegar

el tío Eneas se armó de valor y se paró justo enfrente de la puerta de doña Concha y trató de escuchar hacia dentro de la casa, el maullido de un gato lo sacó despavorido de allí. Para el segundo tiempo con el tío Eneas se convenció de que tal vez había escuchado mal y el sobrino llegaría al otro día. Esa noche se fue a la cama mucho más temprano, la mamá volvió a sentarse frente a San Antonio. Al otro día el gallo no había cantado, estaba jugando con los carritos sobre la cama. Se arreglaron para ir a la misa, el tío Eneas iba a tomar solo el café y saldrían para la capilla. La señora se encontró con doña Concha y su madre, esta última le lanzó una mirada de reproche, doña Concha la abrazó y le dijo que no se preocupara que finalmente lo del vestido no era tan importante. Ambas se miraban con la tristeza de siempre, aquella que había sellado una amistad y un amor eterno entre las dos. El niño había dormido toda la eucaristía. Se había despertado justo cuando la mamá se disponía para comulgar, la tomó del brazo y la acompañó mientras miraba con curiosidad la hostia que el padre le colocaba sobre la lengua. Cuando regresaban a tomar asiento le preguntó si esa cosa era de hielo. El tío se quedó con el niño mientras la mamá hablaba con doña Concha, después de un breve intercambio de palabras se abrazaron y fueron a sus casas. Al otro día la mamá fue a la habitación de su hijo, se quedó frente a la cortina cuando lo vio dormido abrazado a un carrito que le había dado el papá. Sintió que el llanto le iba a ganar, que la fuerza se le había acabado; salió apurada de allí, tomó el vestido que tenía que arreglar y comenzó su trabajo. Ella escuchó un ruido dentro de la casa, se asomó y vio al niño caminar hacia el baño, éste se detuvo frente a una pared y orinó allí. La mamá se tapó la boca para no despertarlo, el niño volvió a su cama y durmió hasta el medio día. La mamá le contó lo sucedido pero el niño nunca le creyó, ella había cometido el error de limpiar la pared antes de que él despertara. Cuando la tarde se desplomaba llegó doña Concha. El niño esperaba al tío, sentado en las gradas, iban a ser las 5:00 y él no llegaba; cuando lo vio cojear la felicidad fue tal que lo abrazó como si fuera su padre el que estuviera regresando del trabajo. Al ver esto las dos mujeres agacharon la cabeza. El niño ni si quiera lo dejó tomar la merienda.

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Por: César Ernesto Maya Arteaga

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e contó que esa noche llegó a su casa a eso de las ocho y treinta, que abrió la puerta, tiró su bolso encima de la cama y comenzó a preparar la cena porque tenía mucha hambre. Que se quedó descalza adrede porque le encantaba sentir el frío de la cerámica quemándole los pies así corriera el riesgo de sufrir de pulmonía y que por cosas del destino, cuando ya había picado la cebolla, el tomate, las patatas y todo lo demás, destapó la olla más grande que tenía y se asustó al observar un pollito de color amarillo chillón observándola con ojos de ¿Tú eres mi mami? Ella al igual que yo no gustaba mucho de la carne de pollo y menos si viene de un animalito tan pequeño que no alcanzaba en el peor de los casos a improvisar un canapé y entonces recordó que en esa semana su novio que tenía la costumbre de desayunar con huevos compró cuatro y solo se comió tres y que accidentalmente había dejado uno dentro de la olla en cuestión; también me contó que luego de pensarlo mucho le parecía curioso encontrar ese pollito nacido de un huevo comprado en una tienda de aquellas, que según la costumbre popular no pueden germinar nada, solo se preparan para el consumo humano y entonces comenzó su dilema ¿Qué haría con el pollito? Mi amiga es práctica, pero no escapa de las esquizofrenias propia de las mujeres, por lo cual sacó al pollito de la olla, pulverizó una galleta y la regó

en el piso para que el animalillo se alimentara y mientras tanto lavó la olla, la limpió de los restos del cascarón despedazado por el disparo inclemente de la vida y siguió en su tarea de prepararse la sopa que tanto deseaba (Haciendo un paréntesis en esta historia, recuerdo que cuando niños, en el colegio al cual asistíamos mi amiga y yo, ella siempre se distinguió por su inteligencia y por un especial amor hacia los animales, pese a que como me enteré con el paso de los años y la confianza ganada, sus padres le tenían prohibido antojarse de una mascota, así se tratase de un gato, un perro, un pajarillo o hasta unos peces. Por eso, ella se la pasaba metida en mi casa, ya que mi familia gozaba de los delirios de tener su propio zoológico criollo en el cual no faltaban los perros, los gatos, la tortuga, los peces, los loros y demás. Se me hace verla sentada al borde de mi cama, cargando a Coco, el perro de mi casa, como si fuese un bebé y hablándole en silencio cosas de las que nunca me enteré, porque las decía casi como un murmullo, hasta que Coco se quedaba dormido en sus brazos). Retomando la historia, dice mi amiga que después de comer su sopa, mirando por momentos de reojo al pollito que apenas había probado algo de su alimento improvisado, siguió preguntándose qué haría con el plumífero

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extraño que salido de un huevo había venido a alterar todo el orden de su rutina de adulta. Mi amiga encendió el televisor, se recostó en la cama y sentó al pollito casi en su regazo para que no muriera de frío, ya que el pobre temblaba y sus plumas se alborotaban con cada choque de sus frágiles huesos. Por eso, después de terminada la novela, mi amiga tomó una de las cajas en la cual guardaba un par de zapatos que solo utilizaba para ocasiones especiales, lo llenó con el Jersey más tupido que tenía como un colchón improvisado y puso al pollito a dormir ahí, debajo de la lámpara, porque se le ocurrió que si en las avícolas que había visto en los documentales de la televisión los huevos se mantenían en incubadoras vigiladas por bombillas perpetuas, el pollito no vería mella en que eso siguiera ocurriendo fuera de su cascarón y menos dentro de una caja de zapatos. Muchas cosas pasaron por la mente de mi amiga: regalar el pollito a la señora que limpiaba todos los lunes la oficina donde trabajaba, pero al momento descartó dicha idea al recordar que esta señora si no era amable con nadie menos lo sería con alguien tan indefenso. Estaba bien deshacerse del pollito, pero tampoco era un objetivo que terminara sazonando un sancocho o algo parecido. También creyó que si lo llevaba a uno de esos sitios donde venden miles de pollitos como él, lo meterían con sus congéneres y así estaría mejor... pero una venta de pollitos no es precisamente un kindergarden ni nada que se le parezca, así que esa salida tampoco servía. Sus padres también fueron descartados y sus hermanos igual, porque si alguna vez tuvieron apego por los animales en la actualidad con sus esposas e hijos ya tenían suficiente. Al día siguiente el pollito se había levantado más temprano que ella y sentado encima del televisor parecía tranquilo y ajeno a su destino, como si fuese precisamente el estar ahí su sino definitivo. Mi amiga también creyó que el asunto del pollito podría esperar y se fue a trabajar, no sin antes picar más pan para que el animalito se alimentara y de llenar un pocillo con agua por si las moscas. Pasaron los días y por una extraña resignación, mi amiga y el pollito entraron en confianza y entonces las migajas de pan cambiaron a un buen concentrado, la hora de la novela ya era solo de ella sino de los dos y la cena siempre

iba acompañada por las conversaciones ficticias entre ella y el pollito, que ya tenía sus parlamentos resueltos con la voz imaginaria que mi amiga le otorgaba. Aún así y ya transcurridos varios meses, el pollito seguía igual que al principio, no había crecido nada y mi amiga le preguntaba ¿Quién eres? ¿De dónde saliste? sin que jamás su inquietud fuese resuelta, pero qué importaba, de todas formas de ser tantos interrogantes se podría decir que se había convertido en una respuesta a su soledad de soltera suburbana y así, el pollito entró a ser un miembro de una nueva familia: la conformada por él y mi amiga. El tema del pollito se volvió de dominio público en el núcleo de nuestras amistades, y digo esto, porque a este grupo pertenecemos mi amiga y yo. Se nos hacía extraño que mi amiga conocida por su reticencia a hablar de las contingencias de su cotidianidad se expresara con tanta vehemencia y apasionamiento por un animalejo de asadero y no faltaban los chistes tratándola de convencer de darle un destino gastronómico al objeto de su afecto, pero ella con su elocuencia típica y su irónica forma de responder, terminaba por demostrar que el asunto del pollito iba en serio. Cuenta mi amiga que un el martes pasado, saliendo de la oficina, observó a un chico alto, de cabellos castaños, pálido y de mirada perdida, tratando de cruzar la acera. Ella se detuvo y recordó que él fue su novio, aquél que gustaba de desayunar con huevos revueltos todas las mañanas y entonces sin que él se percatara se quedó detallándolo, parada en la mitad de la calle como si el tiempo se hubiese detenido, y cayó en cuenta en ese preciso instante de toda la falta que le hacía, el vacío tan grande que había dejado al irse sin explicaciones y todas las promesas y sueños sin cumplir, que sin aliento se escondió detrás del primer poste que encontró, tomó algo de aire para no dejarse noquear por el abatimiento y después de unos minutos reemprendió su camino a casa. Y fue así como aquel martes, mi amiga volvió a meter la llave en el cerrojo, a abrir la puerta, a tirar la cartera encima del sofá y no encontró rastro alguno del pollito. Lo buscó en todas las habitaciones de su apartamento, por debajo de los muebles, encima de las lámparas y nada. Revisó ventana a ventana para percatarse de que todas estaban cerradas y que ningún gato pudo haber entrado y devorar al pollito de su corazón y efectivamente, todas estaban cerradas. Finalmente, fue a la cocina, auscultó la licuadora, microondas y de pronto, cuando ya rozaba el borde de la desesperación destapó la olla y al fondo yacía un huevo solitario, perfecto, de aquellos que solía olvidar su ex-novio todas las mañanas.

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Por: Juan Carlos Pino Correa

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nmóvil, mirando fijamente la pared de enfrente, ella esperaba. Inmóvil, como una estatua de sal, como una estatua de arena, de mármol, de hierro, de carne y sangre. Como una estatua de hielo. Inmóvil, sin parpadear, sin llorar, sin gemir, sin decir una palabra, respirando apenas. ¿La recuerdas? ¡Yo sé que la recuerdas, no puedes haberla olvidado! Su piel estaba ahora más blanca, más pálida, y no asomaba ningún rubor candoroso en sus mejillas, ninguna sonrisa en sus labios. La luz entraba plácida por el poniente y a través de la ventana se podía observar la cordillera. En uno de los cerros se elevaban impetuosas tres cruces de cara a la ciudad, la del centro mucho más grande que las otras. Pero ella no las miraba. Sólo estaba absorta en el azul cielo de la pared, un azul que se parecía al de sus ojos. —¿En qué piensas? —pregunté. Yo la miraba, inmóvil también, desde una silla junto a la ventana y me quedé aguardando largamente la respuesta. Pero ella no me oyó o no quiso oírme. Su silencio me hirió más que el dolor de su indefensión y más que el sopor desértico de esta tarde que se mostraba bulliciosa, de este diciembre que había empezado con esperanzas renacidas. Mirándola recordé que nuestro ingreso al laberinto había sido momentáneamente tenebroso, como siempre, aunque luego habíamos caminado por la ciudad cogidos de la mano, asomándonos a los escaparates o entrando a alguna tienda para satisfacer algún capricho, antes de la aciaga llamada vespertina. En los largos pasillos flotaba un hálito que a veces era de asepsia y a veces, las más, de abandono, pero siempre, siempre, de soledad. Nadie transitaba por entre aquellos muros y era apenas lógico ya que habíamos visto afuera a los trabajadores saliendo de sus carpas para agitar pancartas y gritar consignas. Adentro, en cambio, el silencio era cortado apenas por nuestros pasos o nuestros murmullos y

a través de algún ventanal vimos un patio olvidado con una fuente en desuso por donde daba brincos cortos un gorrión madrugador. También el eco lejano de una puerta tirada con violencia, como de ataúd que se cierra, rebotó por las paredes para morir a nuestros pies. Ella iba feliz porque le gustaba esta época que recién empezaba y que le recordaba la alegría de la infancia en su pueblo, pero los ruidos lejanos la sobresaltaron y se volvió a mirarme con una huella de miedo e incertidumbre en los ojos. Acaso era un presagio, un mal presagio, y entonces apretó mi brazo y apuró su andar. Yo no dije nada pero sentí su temblor mientras avanzábamos por aquellos pasillos que se entrecortaban y se interponían, que se bifurcaban a cada paso y parecían no terminar jamás. Era Creta y no teníamos alas, y tú lo intuías. ¿Intuiste también que de aquel laberinto no podríamos volver a salir? ¿O acaso ya lo sabías con certeza? Cuando encontramos la puerta buscada ella había recobrado la sonrisa y entonces nos sentamos en las sillas de enfrente a esperar. Yo había llevado “Esperando a Godot” con la esperanza de empezar a leerlo si se demoraba nuestro turno pero apenas lo había abierto cuando nos llamaron. La aguja, el rojo y un fugaz dolor, algunas sonrisas. Luego salimos a la calle, a los escaparates y a las compras, sin saber que su sangre no había podido encontrar el hilo de Ariadna salvador. Una llamada en la tarde nos lo dijo con certeza. Ahora recuerdas eso como yo, con la misma claridad. Sí, estoy seguro que lo recuerdas. —¿En qué piensas? —volví a preguntar. Unos meses antes, en el verano, habíamos estado en una consulta en ese mismo lugar después de tropezar en el parque de entrada con las mismas pancartas y consignas, y de tropezar adentro con el mismo retumbar de pasos y murmullos, con el cierre de alguna puerta. El médico

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se mostró impasible ante la pregunta que llevábamos preparada y fue también impasible su respuesta, sin un dejo de emoción triste o esperanzada en la voz. En ese momento, ella no perdió la tranquilidad ante las palabras pero en la casa dejó fluir su llanto desconsolado y sin orillas. «¿Qué quiso decir? ¿Dime, qué quiso decir? ¿Que sólo es cosa de tiempo y ya?». Yo no tuve palabras para responder. Recordé que aquella cita había sido rutinaria, como todas en el último año, y recordé también que le habíamos dado muchas vueltas a la manera adecuada con que debíamos soltar allí la pregunta. Fue ella quien la hizo, vacilando un poco, al principio con una voz queda pero luego subiendo el tono, porque era sobre todo una ilusión, una posibilidad de atravesar los límites de su indefensión, de desafiar al abismo. Ella la hizo y en ese instante, lo recuerdo bien, una emoción incontenible asomó en sus ojos con un fulgor de esperanza. Sí, el médico se tomó un tiempo prudente para responder y, después, juntando sus dedos con tranquilidad como en un gesto místico, aunque nosotros sabíamos que él no creía en dioses, nos miró impasible. Primero la miró a ella y después a mí, y luego a ella otra vez. «Es una bendición que Isabel tenga una madre aún —le dijo—. Y que vives para contarlo». Hubo entonces un silencio largo, incómodo, un silencio que era como una puñalada, como un grito nocturno en una calle desierta, como una gota que cae solitaria y rumorosa en un patio abandonado. Sin duda los silencios pueden ser gritos o puñaladas o gotas rumorosas que caen. Pueden ser, incluso, el premonitorio aullar de un perro, el quejido de una pesadilla en la madrugada, un llanto apagado a tiempo. La bendición que pedíamos había quedado sólo en la mención de la palabra bendición a la que seguía la aridez y la incertidumbre de un desierto. El oráculo se había manifestado. —¿Piensas en algo? —se oyó mi voz. Todo había empezado dos años antes, con un dolor y una fiebre en una mañana de finales de septiembre que luego fue otra y luego otra. A la semana yo ya me desvelaba en el sofá de un cuarto piso, a los pies de una cama donde ella se debatía funámbula en el umbral de su agonía. Una de aquellas mañanas, cuando le comunicaron que el Hado le había abierto las puertas del abismo, se quedó también silenciosa y solitaria contemplando otra pared azul cielo hasta que yo volví a su lado. Y no lloró tampoco. Sólo se juró entereza mirándome enternecida y mencionando repetidamente el nombre de Isabel. Seguro que lloraba por dentro porque el firmamento de sus ojos estaba nublado, pero mi lluvia sí se había desbordado como se desbordaría luego muchas veces, infinitas. No era la cobardía sino el dolor el que me superaba, era impotencia, era esa inefable sensación de abandono que precede al descreimiento. Era el desierto que asomaba por aquella ventana de un cuarto piso desde donde podía verse, abajo, un patio que no tenía fuente ni gorriones pero sí

seres ensimismados que trasegaban sin rumbo. En esa habitación, o en otras similares de ese mismo piso de paredes también azules donde pasamos temporadas interminables, vimos las sustancias alquímicas del Paraíso o del Apocalipsis que se introducían gota a gota en las venas y sentimos sus náuseas desbocadas, y contemplamos la sangre que colgaba o que aparecía en la piel, el cabello que caía y aparecía, las manchas rosadas en el rostro triste de la batalla o en el rostro esperanzado del muchas veces inminente regreso a casa donde Isabel esperaba. Y luego de nuevo la reclusión y la salida y la reclusión y la salida, una y otra vez, hasta desembocar en esta condena en una habitación de un sexto piso azul lejos de casa, lejos de la ciudad que amábamos. —¡Dime en qué piensas! —supliqué. La tarde empezó a caer pero ella siguió inmóvil, silenciosa, bebiendo absorta de la pared con el cielo de sus ojos. Mirándola yo intenté recordar ahora los días de la felicidad construida con ella pero eran tantos que se amontonaron todos y terminaron esfumándose sin compasión. Tú también los recuerdas. Recuerdas la alegría abrasadora que se quebró irremediablemente en los días aciagos de septiembre y que luego sólo pudimos reconstruir a fragmentos con olvido y con devoción como si la vida pendiera de milagros. Pero no habría ninguno. Habría, en cambio, una llamada en la tarde decembrina del laberinto, una llamada para decir, aunque no fueron esas las palabras, que la ilusión se acababa, que la habitación fría con una cama y un sofá en el cuarto piso nos esperaba. Sin embargo hasta en eso las cosas eran diferentes porque no habría cuarto piso, como antes, mientras se mantuvieran los gritos y las consignas en el parque de entrada frente a aquel hospital que era un elefante moribundo. Y nadie moribundo recibe a un moribundo. Antes de que pudiéramos asimilar la voz aciaga del mensajero, se soltó a llover sobre la ciudad, con los diluvios de siempre, y el día nos contagió de su angustia. Y llora-

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mos hasta que se nos secaron las lágrimas. Afuera aún llovía cuando salimos de aquella ciudad cual si estuviéramos huyendo, y la noche no era más que las gotas que como dardos envenenados caían del cielo y que aunque rebotaban inclementes en el parabrisas igual nos herían. Ella se quejaba de tristeza más que de dolor y yo la abrazaba intentando un consuelo. Un viaje en medio de la lluvia, como nunca antes, cual peregrinos en busca de refugio. —¿En qué piensas, en qué? —me escuché murmurar en voz baja ahora. Estaba vacía esta ciudad cuando llegamos y parecía otra muy distinta a la que muchas veces habíamos visitado antes. Sin duda era otra. Esta vez no tendríamos un cine, un helado de frutas, un concierto de Serrat, la compra de un libro o de un vestido, la entrada al zoológico con Isabel. Tendríamos apenas la habitación seis diecinueve y al lado un rumor de enfermos y de agónicos en la noche o alguna solitaria oración adolorida. Eso apenas, y todo el tiempo para esperar. Como aquella tarde, unos días después, en que ella estaba inmóvil, silenciosa, mirando el azul cielo de la pared que se parecía al de sus ojos. Mientras la observaba había dejado a mi lado un libro de título ahora olvidado que no volvería a abrir si caían sus párpados y que había reemplazado a “Esperando a Godot” que en nuestro presuroso viaje dejé olvidado en algún lugar incierto. Afuera, de repente, la bocina de un auto empezó a sonar repetidamente y un estruendo de fuegos artificiales retumbó cálido en el firmamento. Pero ella seguía sin moverse, ¿recuerdas?, seguía inmóvil como un ángel de piedra. Luego las bocinas fueron de dos, de tres, de cuatro autos, de caravana entera por la Avenida Sexta y entonces supe que en esta ciudad alguien había ganado un campeonato. Luego llegó el rumor lejano de alguna canción del trópico, el Grupo

Niche tal vez. Y después acabó de llegar la noche. Yo, que a tanto había comprendido que, aunque imprevisto, aquel ritual místico era un consuelo, un desarraigo, no me atrevía a moverme para no importunarla, para no interponerme entre sus ojos y el azul cielo que se parecía a sus ojos, y por eso miré a través de la ventana. Las casas de los cerros refulgían como un pesebre, acaso haciéndole homenaje a la época, y sobre ellos se levantaban impetuosas tres cruces iluminadas. Y en la penumbra me volví a mirarla: estaba aún inmóvil, como una estatua de sal, como una estatua de arena, de mármol, de hierro, de carne y sangre. Como una estatua de hielo. Inmóvil, sin parpadear, sin llorar, sin gemir, sin decir una palabra, respirando apenas. Así la recuerdo yo hoy en esta ciudad no imaginaria. Y sé que tú también. Pasó mucho rato cuando noté que ella se movió de nuevo. —¿En qué piensas? —insistí, vislumbrando que podía tener al fin una respuesta. Entonces regresó de su extravío y volvió hacia mí su rostro como si quisiera verme ahora en el claroscuro de la habitación. —En nada, ya no pienso en nada —murmuró suavemente, intentando una sonrisa. Yo me acerqué y acaricié sus cabellos, su rostro impasible, sus labios marchitos. Y aunque no pude ver el cielo de sus ojos, supe que no estaba llorando. Por eso puse mi rostro en su regazo y sollocé sin decir nada. Largamente. Fue ella quien acarició entonces mis cabellos, una y otra vez, y otra vez, con la suavidad y la ternura de la eternidad. —Vivirás —me dijo—. Vivirás. Y nos quedamos los dos así largo rato, abatidos en medio de la bruma del silencio y de la soledad.

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Por: Jorge Mario Echeverry Hurtado rostro grasoso e intentó unir sus labios gruesos a los labios de mi amigo. Y mi amigo le incrustó los dedos en las cuencas de los ojos. El hombre emitió un gemido de angustia y Edwin descargó desde el fondo de su garganta un grito de guerra. Los que estaban en la sala entraron al cuarto e hicieron uso de una astucia ciega determinada por el peligro. Lo agarraron a patadas y lo golpearon con todo cuanto pudiera hacerle daño. Gritaron de forma tan alarmante que los vecinos salieron de los apartamentos. El hombre intentó calmarlos pero ya iban en tropel, bajando la escalera que daba al primer piso. - Vamos a quebrarle los vidrios-. Propuso Edwin Núñez. Esa hermosa noche fue la noche de nuestra insurrección. La noche donde las sombras habitaban imperiosas los rincones, profundas, abrazadas en una oscuridad tan poderosa que nos tocaba con sus dedos de sombra la superficie del corazón. Esa hermosa noche cómplice mientras nos desplazábamos entre los callejones, serpenteantes, al acecho. Ya frente al bloque de apartamentos elegido tomé una roca pesada. Esperé a que otro arrojara la suya y quebrara el ventanal de persiana. Cuando sucedió, arrojé mi proyectil tan lleno de miedo que apenas alcanzó la pared del primer piso. Los hermanos Núñez hicieron su ataque con determinación, asestando el golpe al igual que lo hizo Frank Sánchez y el hijo del ferretero, Andrés Castro. El Enano Manuel tuvo la misma suerte que yo y hasta peor. Su roca fue a parar al césped. Otros ni siquiera hicieron el intento; pero su valentía seguía en pie porque estaban ahí, como testigos de nuestra lucha. Después del estrepitoso sonar de vidrios que se rompían, los berridos nerviosos de un bebé y los gritos de una madre confundida emanaron de una de las habitaciones del apartamen-

nventamos el juego en las últimas vacaciones de diciembre. Llevábamos pistolas de juguete al cinto, nos dividíamos en dos grupos y nos repartíamos el barrio. Jugábamos en la complicidad de la noche, cuando los ventanales proyectaban una película de luz opaca sobre las zonas verdes y los edificios parecían gigantes dormidos que inhalaban la tranquilidad citadina, exhalando la paz perezosa de las familias acolmenadas en los bloques. De manera tácita obedecíamos las órdenes de los hermanos Núñez. Eran mayores. Golpeaban más fuerte. En el juego fluctué muchas veces bajo el liderazgo de uno u otro, en campañas que rebosaban los límites del barrio, entregados a una guerra que se hacía cada vez más cruel. Yesid Núñez era el menor. Poseedor de una precocidad que reñía con su inteligencia y hábil administrador de tal sagacidad para el sarcasmo que lo ponía en segundo lugar al mando. Por su parte, Edwin, corpulento y más alto que su hermano, era tan volátil como la pólvora. La violencia se apoderaba de su cuerpo al punto de que cualquier discusión terminaba en narices reventadas o dientes partidos. Un día, mientras nos preparaban una emboscada, Edwin llevó al grupo que comandaba hasta el apartamento de un hombre que les prometió juegos de video y revistas pornográficas. Ya en la sala, cuando unos jugaban Nintendo y otros trataban de auscultar los misterios apretados en el culo de una suiza enorme, el hombre llevó sigilosamente a Edwin a un cuarto apartado. Lo sentó en la cama y mientras Edwin observaba con extrañeza el decorado de las cenefas, saturadas de mariposas, el hombre se bajó los pantalones y quedó en pantaloncillos. Procedió a peinarle el cabello con ternura maternal. Le preguntó que si alguna vez había besado a su padre en la boca. Edwin le contestó que sí. El hombre dobló las rodillas. Le acercó el

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to del hombre. Entonces corrí a la par de los otros, hasta llegar a mi apartamento, hasta abrazar a mi madre y hundirme entre su pijama, llorando tal maldad mezquina. Por Edwin nos enteramos de que su hermano se había partido un brazo en la huída. El papá lo envió a Tuluá la semana siguiente a pasar año nuevo con sus tíos. Entonces quedamos a merced del hermano mayor de los Núñez. Él ideó lo de secuestrar al enemigo y llevarlo al apartamento del muerto. Era algo enervante, violento. El apartamento del muerto quedaba en un quinto piso. Según la historia, en su interior habían encontrado muerto a un hombre viejo. Dicen que el hombre tenía la mano pegada al cerrojo de la puerta. Y dicen, también, que tuvieron que arrancado del suelo. Su muerte estaba grabada ahí, en ese suelo, y lo sé porque si uno se asomaba por el espacio que hay en la parte inferior de la puerta, era posible ver la mancha que dejó impregnada sobre las baldosas después de reventarse. En ocasiones no podía dormir porque me trasnochaba viendo alguna película de terror. Entonces, desde la ventana de mi apartamento veía la ventana del apartamento del muerto. Al ventanal le faltaban algunos vidrios y era posible ver las cortinas que hondeaban lúgubres con la oscuridad al fondo. Era tan mórbido mi miedo, que me quedaba toda la noche mirando hacia allá. Y deseaba en lo más profundo de mi propia tortura que su cara blanca se asomara y me saludara con la mano. Eso nunca pasó. La emoción del juego suspendía la amarga incertidumbre de mis noches tenebrosas. Con lo del muerto las cosas tomaron un sutil nivel de violencia. Nos dividíamos en dos grupos, como siempre. Si Edwin pertenecía al equipo contrario al mío, quedábamos asfixiados en una terrible sensación de anarquía y éramos presas fáciles. He gozado de pertenecer siempre al caos. De

ser prisionero de la zozobra. Además disfrutaba el hecho de no estar bajo el mando de Edwin porque en el fondo de mis tripas gozaba con la certeza de atraparlo algún día y llevado maniatado y amordazado hasta el apartamento del muerto. Nuestra primera víctima fue el Enano Manuel. Andaba atrincherado entre los autos del parqueadero cuando fue sorprendido por la banda de Edwin. Si alguno era atrapado el juego terminaba y todos nos concentrábamos en torturar al infortunado. Edwin apoyaba un pie en la nuca de la víctima mientras los otros le ataban los pies y las manos. Y le decía como si estuviera pisando una rata: - ¡Estás muerto! Luego lo amordazábamos y le tapábamos la cara con una bolsa de basura. Así, entre las risas y los gritos del secuestrado, las carcajadas de quienes lo llevábamos y la mirada atónita de los vecinos, nos apurábamos a subirlo escaleras arriba hasta el quinto piso. Lo arrojábamos en el corredor, frente a la puerta del apartamento del muerto, le dábamos unos cuantos pisotones y emprendíamos nuestra huída cobarde. En ese momento la víctima era poseída por el pánico, la soledad, el abandono de toda la humanidad. Y recuerdo que mientras corríamos, aún después de haber avanzado varias cuadras, escuchábamos los gritos agónicos del Enano, que intentaba soltar nuestras ataduras diabólicas para escapar rápido de ahí antes de ser tocado por las manos frías de ese fantasma que se había convertido en nuestra obsesión. Cuando todo terminaba y dejábamos a un lado el recuerdo de aquel amigo, volvíamos a nuestros apartamentos para ratificar en la memoria de cada uno y en los posibles recuerdos indelebles, que esa sensación de placer que deja el mal no era más que la emoción superficial de un juego de niños.

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SELECCIÓN CUENTOS BREVES JOHANN RODRÍGUEZ-BRAVO
La Revista Cultural La Mandrágora publica en esta edición siete cuentos breves del autor colombiano Johann Rodríguez-Bravo (1980 – 2006). El concurso que lleva su nombre fue convocado como un homenaje a su memoria.

La bala perdida
La bala debía incrustarse en su cabeza, pero sólo rozó la ceja y salió por la ventana; pasó por el tejado de la planta baja; continuó por el aire; atravesó las ramas de un arbusto; asustó a los pájaros de un nido; siguió su trayectoria y se incrustó en el pecho de una niña que jugaba en el jardín vecino. Al ver lo sucedido, el suicida dejó el arma sobre el marco de la ventana y corrió a prestar ayuda. El papá de la niña, asustado, la tomó entre sus brazos, la subió a su automóvil y arrancó despavorido atropellando violentamente al hombre que acababa de pararse en la mitad de la calle. El cuerpo quedó con la cara boca arriba y la mirada, apagándose entre el aire, el nido de los pájaros, las ramas del arbusto, el techo de su casa, la ventana y el cañón del revólver que humeaba.

ses y sus músculos macizos; visitó a presidentes y militares disfrazado con la figura de un amigo personal. Pero pasó el tiempo y cuando faltaba un año para cumplir con la promesa de entregarse en la muerte a quien le obsequió el poder de convertirse en otros, decidió trasformarse, para siempre, en el ser más piadoso y devoto que jamás pisó la tierra desde San Francisco de Asís. Ahora, al cumplirse el plazo, su alma se halla contrariada y sola en una bodega, mientras los arcanos jueces del purgatorio definen la patria potestad del encartado.

Historias Nocturnas II
Un mañana, al despertar, encontró que el orden de los objetos en su casa había cambiado. Donde estaba el televisor reposaba el mueble de los libros; en el lugar en que usualmente estaba el escritorio, había una matera; donde siempre estuvo el equipo de sonido, un perchero. No logró dar con la respuesta al enigma y dejó así. A la mañana siguiente, descubrió que alguien había estado hurgando en el refrigerador: el pastel de su cumpleaños estaba manoseado; la botella de gaseosa no estaba bien tapada y la leche había desaparecido. El ver todo mordisqueado y el pánico por no entender qué pasaba, le produjo un retortijón que lo mandó al baño de inmediato. Al otro día, su estudio parecía los vestigios de una ciudad bombardeada; alguien había puesto todo patas arriba. Como sabía que antes de dormir él siempre pasaba el seguro de la puerta y ajustaba con fuerza las ventanas, el autor del desorden debía ser él mismo o ese otro que

Un pacto luciferino
Veinticinco años atrás, había hecho un pacto con el Diablo. Éste, procurándose un alma más para sus ejércitos, había consentido su petición: poder convertirse en cualquier cosa cuando lo pidiera. Socarrón, el Diablo hizo una salvedad: “sólo podrás convertirte en otros humanos”. Pasaron los años y así, con su poder de mutar en cuanta persona le viniera en gana, se paseó por diferentes rostros y personalidades: cruzó fronteras como un nacional más; se acostó con modelos que admiraron sus ojos gri-

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despierta cuando él cae en sueño; así que un día, para no encontrarse más sorpresas redactó una nota que pegó a la puerta: “por favor, dejar lavando los platos”; a la mañana siguiente encontró una respuesta: “por favor, no comer mucho antes de dormir, eso me quita el apetito”.

Una casa en La Candelaria
Sebastián Pineda me contó que en La Candelaria, en Bogotá, había una casa en la cual, en una de sus paredes, un orificio dejaba ver el pasado. Después de averiguar y preguntar con algunas personas, di con la casa. Me recibió una anciana que arrastraba con ritmo la suela de sus chanclas; sonreía. Le dije directamente lo que me interesaba; ella me invitó a pasar y dijo que lo hacía porque podía adivinar la intención de las personas con sólo mirar a los ojos. Me señaló una habitación oscura al final de un pasillo. “Siga”, dijo. En el cuarto no había nada, salvó un pequeño hilo de luz que se proyectaba desde un hoyuelo en la parte inferior de una pared. Me acerqué con nervios y me arrodillé para poner mi ojo en el hueco. Al principio, la luz me encandiló y sólo pude ver dos hombres caminando, pero al arrugar el entrecejo para enfocar, vi a Sebastián Pineda junto a mí, hablando de que, en La Candelaria, en Bogotá, había una casa en la cual, en una de sus paredes, un orificio dejaba ver el pasado.

el jabón. Salió goteando hasta el closet. La mujer seguía dormida. Sacó su traje más elegante. Le costó ponerse el pantalón. Tardó un minuto en rehacer el nudo de la corbata. Se peinó con una mano. Buscó su reloj de pulsera. Casi olvida el teléfono celular. Tomó las llaves del automóvil. Bajó al garaje. Abrió el portón con el control automático. Encendió el carro. Salió. Presionó los pedales. Aceleró. Transpiraba. Volvió a peinarse con los dedos. El teléfono timbró tres veces y no quiso contestar. Pensó en la reunión. Golpeó con las manos la cabrilla. Maldijo el tráfico. Pasaron varios minutos. Por fin llegó al edificio. Hizo un gesto y exhaló. Estacionó el automóvil. Salió corriendo y casi lo atropella un carro que retrocedía. No saludó al portero. Siguió corriendo. No saludó a las secretarias. Subió las gradas a una velocidad supersónica. La reunión había empezado. Interrumpió. Todos voltearon a verlo. Se sintió extraño. Y, entonces, cuando alguien le iba a hablar, recordó que él no usaba corbata, que no tenía mujer y que no se llamaba Antonio Boas.

Una sombra y nada más
Juan amaneció sin sombra. La buscó con desespero en medio de la ropa sucia; pensó que quizás se hubiera quedado encerrada en el carro; miró por encima del armario donde su madre guarda los adornos de navidad, pero no estaba. Juan se sintió muy mal, en 37 años jamás había salido a la calle sin su sombra. ¿Qué le iba a decir a sus amigos? Una sombra no se va así nomás. Juan resolvió no salir de casa, encerrarse hasta la noche para disimular algo que sentía como una pérdida irreparable, como un hondo vacío. Tres días después, sintió que alguien abría la puerta (en silencio, discretamente) y se hizo el dormido para no interrumpir lo que pasaba. Era ella, la sombra, un poco sucia. Juan no la quiso increpar, dejó que descansara y disfrutara su secreto.

La velocidad de la memoria
Antonio Boas despertó sobresaltado. Miró el reloj despertador. Junto a él dormía su mujer. Se levantó rápido. En un segundo estuvo en el baño. No tuvo tiempo para

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