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Mark Emme

Técnicas de
Masturbación

Manual de técnicas
de masturbación masculina

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Titulo original:
De la masturbation

Traducción;
Juan Ortiz

1ª Edición: septiembre 1993

© Editions Ramsay, 1990


© Ediciones B, S.A., 1993

Printed in Spain
ISBN: 84-406-4043-9
Depósito legal: B. 24.411-1993

Impreso por LITOGRAFÍA ROSÉS

Cubierta:
Jordi Vallhonesta

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PREFACIO
¡Rásguense las vestiduras los hipócritas, los estrechos y los falsos beatos
ante este nuevo ultraje a su pudor! ¡Casi doscientas páginas consagradas a la
mayor gloria de ese vicio infame por el que Onán fue justamente castigado por
un Yahvé escandalizado!¡Un libro que incluso podrá ser comprado por los
adolescentes!¿ Qué se espera para prohibir tales libelos a los menores de
dieciocho años? ¿Cuándo tomará la policía cartas en el asunto?
No obstante, alégrese el resto: todos aquellos que piensan acerca de su cuerpo
en términos de amistad y lo consideran su compañero más generoso; aquellos que
se complacen con sus apetitos antes que avergonzarse de ellos.
De hecho, las ocasiones de instruirse acerca de uno mismo no son tan
frecuentes como para desperdiciarlas, por lo que merece el homenaje más cálido el
altruismo del que la obra de Mark Emme es testimonio. Lástima que Sócrates, el
viejo maestro, tan sabio como libertino, no pueda leer a Mark Emme. Se sentiría
orgulloso de un discípulo que con tanta originalidad y acierto ha sabido seguir su
inmortal consejo: «Conócete a ti mismo.»
¿He dicho altruismo? ¿Es posible, sin embargo, conciliar la masturbación con
la atención hacia los demás?
Mark Emme logra resolver de modo brillante esta paradoja pues, además del
gran placer que le ha procurado dedicarse a sus «estudios de campo», no puede
sino ser admirado por la paciencia y el tesón de que da pruebas para poner de
manifiesto los procesos -tan diversos como complejos- de la autosatisfacción
masculina. ¡Cuánto rigor y cuánta entrega científica al servicio de verdaderas
dotes pedagógicas! ¡Qué pensamiento de envergadura!
Mark Emme no se contenta con proporcionar unas pocas recetas banales de
masturbación a la curiosidad del lector, aunque esto ya sería algo habida cuenta
del analfabetismo casi general que reina en este terreno. Encara el onanismo como
un mundo sexual autosuficiente, con sus llanuras bien cultivadas y sus regiones
inexploradas, sus monótonas estepas y sus oasis de abundancia. Un mundo en el
cual el pene es el dios fundador y el placer la más alta creación.
Un mundo que el hombre, empujado por la pasión de saber y por el gusto del
goce, no cesará de explorar hasta que sus capacidades físicas le abandonen.
¿Cómo encontrar mejor guía que Mark Emme? Nada le escapa de nuestras
fuerzas ni de nuestras debilidades: sabe cómo oponer un dique al desbordar
prematuro de un esperma demasiado entusiasta, o, por el contrario, despertar los
ardores de un miembro ya satisfecho; nada ignora de las múltiples sensibilidades
de nuestras mucosas; combina con enorme acierto los placeres del tacto y los de la
vista y no olvida las repercusiones que en el psiquismo tienen las manipulaciones
físicas... Un nuevo Pico della Mirandola revoloteando sobre nuestras cabezas de
pobres ignorantes, dispuesto a prestarnos el auxilio que necesitamos.
Puede que algunas mentalidades puntillosas se inquieten por el carácter
exclusivamente masculino de los objetivos de Mark Emme. En efecto, ¿por qué el

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afán de instruir a los representantes del sexo masculino y dejar en tinieblas, en la
ignorancia y en la atonía a nuestras amables compañeras? ¿No hay en esta
monomanía pseudoviril un regusto de sexismo?
No cabe duda de que las mujeres merecen tanto como nosotros acceder a los
placeres inocentes, siempre renovados y garantizados de la masturbación -de
hecho, pocas son las que se privan de ellos-, pero también es cierto que nadie
puede reprochar a Mark Emme que no sea hermafrodita. Sólo habrá que limitarse
a esperar con ansia un libro de próxima aparición, obra de una Mark Emme, tan
dotada como su homónimo masculino, para ofrecer a las mujeres un regalo
semejante al que reciben ahora los hombres.
La lectura de Mark Emme puede asimismo aconsejarse a las mujeres
interesadas por saber algo más sobre la fisiología de sus compañeros: estos
nuevos conocimientos servirán para hacerlas aún más seductoras.
Nadie duda que este libro será pronto un punto de referencia. También
resulta indudable que se convertirá en el libro de cabecera de numerosos lectores.
Sea pues loado el Gran Masturbador.

GUILLAUME FABERT

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PROLOGO
Esta obra contiene tres partes bien definidas:

- un primer conjunto de ejercicios que conciernen exclusivamente a la


erección;
- un segundo grupo de ejercicios referidos a la masturbación;
- una última parte, variada, en forma de tests y de controles, que gira
alrededor de la eyaculación.

Estos ejercicios van dirigidos a todos los hombres, desde la adolescencia


hasta las puertas de la senectud. Para muchos serán una revelación. Su
presentación en tres partes específicas permite aportar soluciones prácticas a
los inconvenientes mayores de la virilidad: la dificultad de erección y la
eyaculación precoz.
La puesta en práctica de estos ejercicios debe hacerse en completa
desnudez y tranquilidad, sin presiones, sin aprensiones ni prejuicios,
otorgándole su tiempo.
Han sido escritos «en directo», es decir, en tiempo real y en la acción;
redactados de ese modo garantizan lo «vivido». Como suelen estar nutridos de
comentarios y de descripciones acerca de las sensaciones, podrán convencerte,
en el momento oportuno, de la autenticidad de mi propósito.
Admito que ciertos gestos y ciertos movimientos para estimular o
masturbar te parecerán insólitos e incluso insípidos para ti, pero pueden ser
muy estimulantes para otros. ¡Tanto somos idénticos y diferentes a la vez! Pero
no me cabe duda de que, en conjunto, muchos de ellos tendrán para ti grandes
atractivos, incluso te proporcionarán una satisfacción sincera o una adhesión
entusiasta.
Son el resultado de un largo aprendizaje y de experiencias que debo a los
tiempos de mi nacimiento. Pero si sólo se tratara de eso, este libro no se
hubiera escrito jamás. En efecto, verificando profesionalmente miles de veces la
eficacia de estas estimulaciones, he llegado a la certeza de que no se trataba de
desviaciones personales y que podría ser útil divulgar mis habilidades.
Si hasta el momento te masturbas a escondidas de tu compañera, es
importante que ella se entere de tus prácticas: es la única manera de acceder a
una desculpabilización completa. Así liberado, podrás emprender con sereni-
dad el descubrimiento de ti mismo y revelar a tu conciencia la sensualidad que
te faltaba. Después te será fácil compartir este conocimiento.
Si eres una mujer y te has comprado este libro, debo, ante todo, felicitarte.
Ello prueba que eres curiosa acerca de la sexualidad del hombre, que quieres
otorgar «sorpresas», que quieres convertirte en una compañera experta en
masturbación. Si ése ha sido tu motivo, te sugiero, para no quedarte en el

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simple conocimiento teórico, trabajar sobre un objeto cuyas formas evoquen el
miembro masculino, con el fin de memorizar bien los ejercicios.
Para concluir, debo recordarte que el saber revelado por estos ejercicios te
dará el privilegio de explotar una nueva sexualidad, que tiene el mérito de
carecer de riesgos por lo que concierne al sida...

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PRIMERA PARTE
PARA VENCER LAS DIFICULTADES DE ERECCION

Muchos son los hombres que carecen por completo de fantasía. Se


masturban según reglas inmutables, sin buscar ni la originalidad ni la
improvisación.
El principal motivo de semejante actitud reside, sin duda, en la angustia
de dichas personas. Muy a menudo, a partir de la cuarentena, cuando ya no
antes, las preocupaciones referidas a la erección los sumen en una ansiedad
casi enfermiza. Sólo una cosa cuenta una vez que la han logrado: hacer todo lo
más rápidamente posible, aunque lamentando no poder retenerse un poco
más. Por consiguiente, el objetivo del éxito a todo precio los priva de lo mejor y
de lo esencial. Ese es el motivo por el que todos estos ejercicios de estimulación
directa constituyen una llamada a la mayor distensión.
Antes de comenzar, repítete que se trata de un juego. En efecto, la
masturbación puede convertirse en algo muy agradable si la practicas desde el
principio como una actividad lúdica, sin obligaciones y, sobre todo, sin una
meta. Si el resultado no es satisfactorio, no tiene importancia: sólo se trata de
que no estás en las mejores condiciones de receptividad. No puedes liberarte de
las presiones sociales y educacionales, o, más simplemente y con mayor
sutileza, piensas que todo eso es perfectamente estúpido, que tu cometido no
consiste en acariciarte.
Si éste es tu caso, estás desbordado por un orgullo totalmente fuera de
lugar. Lo que más detestas y temes es volverte ridículo ante tus propios ojos.
Piensas que semejante comportamiento es digno de adolescentes a la caza
de nuevas sensaciones. Toma conciencia de tu inocencia y vuelve a encontrar
tu alma de niño. Así, todo será más fácil.
Asimismo, has de convencerte de que estos ejercicios no son el fruto de
una imaginación débil o etérea, de que han sido comprobados y de que, a pesar
de tu escepticismo, dan resultado. Pero, para que calle tu incredulidad, es ne-
cesario que estés solo durante tu período de aprendizaje.
Descubrirás poco a poco hasta qué punto resulta gratificante conducir con
destreza una estimulación voluntaria, antes que aprovecharse de una erección
provocada ante una revista o una fotografía. Entrarás en un mundo de
sutilezas insospechadas.
Muchos hombres y mujeres están persuadidos de que el fenómeno de la
erección, por ejemplo, es automático. Muy a menudo, los hombres se
encarnizan sin piedad y sin ninguna sensualidad con un pene fláccido,
mientras que las mujeres, persuadidas de que sus manos tienen un poder
milagroso, se contentan con estimulaciones aproximativas y demasiado rá-
pidas. Sin duda, para un heterosexual, la presencia de una mujer puede hacer
que nazca una erección a pesar de que las manipulaciones sean torpes. Pero

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sucede con frecuencia que loables esfuerzos queden sin recompensa. Un rostro
bonito y un físico agradable no compensan, por desgracia, la completa ignoran-
cia de los numerosos puntos de estimulación del sexo del hombre. A la inversa,
una mujer menos atractiva pero que se muestra experta podrá fácilmente
superar las dificultades aparentemente imposibles de resolver.
Nada puede reemplazar a la técnica: el placer es tanto más intenso cuanto
más profundo es su conocimiento y más perfecto su dominio.
Antes de abordar los primeros ejercicios de este manual, quiero darte un
último consejo: escucha con atención las menores sensaciones que te
transmitan tu mano y tu pene. Puede suceder que una estimulación convenga
perfectamente a la mano derecha y que la izquierda procure en tal caso sólo el
ochenta por ciento de lo realizado por su compañera. A veces, y precisamente
porque un determinado movimiento se adapta peor a la mano izquierda, es
recomendable confiarle a ella su realización después de que lo ha probado lo
bastante la mano derecha. Ello permite disminuir la excitación y contenerla al
tiempo que se la prolonga. Puede asimismo que un ejercicio no te convenga
para la mano que te indico. En este caso, no dudes en cambiar de mano; así
llegarás quizás al resultado que describo. Evidentemente, los zurdos se
encargarán de realizar las permutaciones de rigor.
Por último, puede que, a partir de mis explicaciones, sientas algo que, sin
alejarse de mis descripciones, no funciona del todo. Sé entonces imaginativo y
permeable a la más fluctuante de tus sensaciones. Basta una nada, una va-
riante o una modificación ínfimas para que se despierte la armonía que en ti
dormitaba.

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EJERCICIO 1

Siéntate en el borde del asiento, siempre perfectamente derecho, con los


muslos ampliamente separados, con tus testículos y tu pene pendientes en el
vacío, libres de cualquier presión. Míralos. Poco importa si tu glande está
expuesto, pues la estimulación va a realizarse sobre el cuerpo del miembro. De
todos modos, aun cuando se halle expuesto al comienzo, el prepucio lo
recubrirá en el curso de la maniobra.
Coloca tus manos con los dedos juntos a cada lado de la base de tu pene,
lo más cerca posible de la inserción de los testículos, y enderézalo en vertical.
Así, tus dedos sin separar formarán una vaina a tu pene. Luego procederás de
la siguiente manera: moviendo hacia arriba la mano izquierda, con la punta de
los dedos envías tu pene completamente fláccido al hueco formado por los
dedos de tu derecha, mientras que los de tu izquierda vuelven a su sitio inicial
en la parte lateral de la base de la verga. Es ahora el turno de la mano derecha
para arrojarlo en la izquierda, y así sucesivamente...
Estos movimientos deben ser lo bastante lentos al comienzo (del orden de
dos por segundo), pero han de ser lo suficientemente secos, es decir, que tus
dedos deben desplazarse a lo largo de tu pene de manera rápida y nerviosa. Es
esta sequedad del movimiento la que expele el pene a la otra mano.
Sé muy regular y no permitas que haya un tiempo muerto entre dos
«expediciones».
Asimismo, conviene asegurarte de que sólo las puntas de tus dedos se
hallan en contacto.
Cuida de conservar los índices delante de tu pene para recuperarlo, ya
que su blandura, de otro modo, haría que volviese a caer de inmediato entre
tus muslos; al comienzo, lo más importante es la regularidad y la firmeza del
ritmo. No tengas «inquietudes» respecto a tus testículos que, evidentemente,
continúan colgando. En poco tiempo subirán de modo muy agradable.
Prosigue con esta cadencia durante más o menos un minuto, es decir,
aproximadamente, cien veces de ida y vuelta, sin dejar de contemplar lo que
haces. No flexiones la espalda; por el contrario, consérvate bien recto y con las
piernas bien separadas.
A1 término de esta preparación sentirás un endurecimiento muy ligero,
sobre todo si empujas tu vientre hacia delante. Es entonces el momento de
acelerar la maniobra, no de modo progresivo sino instantáneamente; una co-
rriente de vibraciones pasará entonces por el interior de tus muslos; ya no son
las puntas de tus dedos las que eyectan tu pene, sino las dos primeras falanges
en su totalidad. Tienes que sentir chocar tus dedos a cada movimiento. Echa
tu vientre hacia dentro; ahora tus testículos se balancean con fuerza y
comienzan a tocar el borde del asiento. La aceleración y el frotamiento incisivo
y firme de tus dedos alargan tu pene; separa los muslos, bloquea tu

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respiración, tus testículos ascienden, acelera un poco más: ¡la erección está
cerca!

EJERCICIO 2

Adopta una posición medianamente relajante, con las nalgas a medio


camino entre el borde del asiento y su fondo, con los brazos reposando
naturalmente, las manos sobre los muslos. Déjate ir hacia atrás, con la cabeza
relajada y los ojos cerrados. Es indispensable que te distiendas totalmente en
el transcurso de todos estos ejercicios, ya que los preliminares vinculados a
cualquier actividad sexual sólo son realmente estimulantes en medio de la
mayor laxitud física y mental. Si te sientes enervado o contrariado vale más
dejar el ejercicio para otro momento. Si tu espíritu o tu cuerpo no se
encuentran de una manera armónica, convéncete de que no captarás tus
sensaciones con toda la sensibilidad necesaria; es más, la eventual exaspera-
ción corre el riesgo de provocar una crispación que, incluso en el caso de que
haya placer, no liberaría para nada tus tensiones.
Procede siempre a lentas y profundas ventilaciones respiratorias; sólo
cuando sientas la regularidad de tu ritmo cardíaco y un apaciguamiento
podrás emprender la estimulación.
Si esto no se produce, suéltate. Con las manos apoyadas en tus muslos
medianamente separados, con las piernas replegadas, coloca tus pulgares
juntos más o menos a un centímetro de la corona de tu glande. Los índices han
de estar en oposición justo a nivel del frenillo. Tus testículos reposan con
naturalidad en la raíz de la entrepierna, sin que antes los hayas «arreglado».
Comienza con un movimiento de báscula del glande tirando los índices
hacia abajo y llevando hacia arriba los pulgares, que, inevitablemente,
arrastrarán el prepucio y harán que cubra el rodete. Este movimiento debe
estar alternativamente sincronizado, ser regular y tener muy poco apoyo. Los
cuatro dedos en cuestión no deben desplazarse, mientras que los restantes han
de estar replegados.
Al cabo de un tiempo de entre treinta y sesenta «movimientos de báscula»,
notarás con nitidez la hinchazón de tu pene. Tensándose de manera
progresiva, los pulgares llevan cada vez menos la piel por encima del glande.
Proseguirás entonces estos movimientos dándoles mayor apoyo a los
dedos. Mediante una presión más fuerte y un movimiento de báscula hacia
delante cada vez más acentuado, la estimulación se amplifica. Entonces es
necesario tirar hacia abajo los índices, cada vez más fuerte y más lejos,
imprimiendo francas sacudidas. El movimiento debe hacerse más brusco y con
mayor amplitud hacia abajo, ya que los índices realizan lo esencial del trabajo
mientras los pulgares se limitan a seguir el movimiento alternativo. No tires tu
pene hacia abajo; al contrario, manténlo hacia atrás, un poco como si quisieras
hundirlo en tu vientre.

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A partir de entonces verás que su talla ha variado considerablemente.
Aprieta entonces las piernas y las nalgas una contra la otra sin preocuparte de
los testículos, que se hallan aprisionados; aumenta más la fuerza de los
movimientos, ejecútalos de manera seca y dinámica.
Llega el momento en que puedes contemplar el resultado de tus
manipulaciones y, con ello, acrecentar tu excitación. Aplasta con fuerza las
rodillas una contra la otra, tensa el vientre, tensa los músculos de las nalgas;
tu glande se ha puesto de color púrpura y el pene ha llegado al tamaño justo.
Conserva la velocidad, apoya aún más tus pulgares que chocan y rebotan sobre
la corona, extiende tus piernas siempre apretadas, cruza los pies. ¡Formidable
erección!

EJERCICIO 3

Para ser bien percibida por la parte implicada, toda estimulación debe
mantenerse durante cierto tiempo. Hay que evitar pasar con demasiada
velocidad de una a otra forma de excitación antes de haber explotado lo
bastante la precedente. Ten en cuenta que, muy a menudo, es abordando la
dificultad mediante un rodeo cómo se llega a resolverla de modo más
satisfactorio. Incluso si resulta indispensable efectuar estimulaciones directas
en tu sexo para lograr la erección, la solución más eficaz no suele ser la más
directa.
Aquí se presenta otro ejercicio que lleva rápidamente a la erección y que
tiene la ventaja de mantener desde un comienzo la mano en una posición muy
similar a la que adopta en la masturbación clásica. Puede hacerse a partir de la
posición sentada tanto como a partir de la posición de pie; es una base de
excitación muy recomendable en caso de pene particularmente apático y de
testículos «debiluchos». Si prefieres permanecer sentado, resulta totalmente
necesario colocarte al borde del asiento a fin de que la ejecución sea perfecta.
No olvides la distensión mental, sobre todo si fallan un poco los recursos
físicos; la cabeza es absolutamente fundamental para todo, y con mayor razón
en materia sexual.
Separa tus muslos al máximo cuidando de mantener recta la espalda:
repito que esto es importantísimo. Por otra parte, durante las primeras tres
cuartas partes de la estimulación mantén los párpados cerrados.
Libera tu glande. El borde de tu mano derecha reposa en la cara interna
del muslo; colocarás el pulgar y el índice en oposición a la base del glande,
mientras que los otros dedos han de mantenerse extendidos. El pulgar y el
índice de la mano izquierda se colocan frente a frente en los lados de tu verga,
pero siempre implantados en la base de ésta; así pues, tu pulgar izquierdo
debe estar sobre el lado derecho.
Con estos dos dedos es necesario mantener un apoyo firme al tiempo que
se efectúa una tracción constante hacia abajo. El pene no debe estar vertical,
sino paralelo a los muslos.

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Cuando se ha adoptado esta posición correcta, comienzas a imprimir de
inmediato a tu mano, y a partir de la muñeca, vibraciones muy rápidas de
arriba hacia abajo, con el antebrazo rígidamente bloqueado. A continuación
bloquearás el antebrazo a partir de la muñeca, luego agitarás con mucha
velocidad el glande con tus dos dedos apenas apretados; la estimulación se
hará cada vez mayor. A menudo la erección aparece al cabo de un tiempo
extremadamente corto.
Tu pene se alarga y se endurece con excesiva velocidad; al mismo tiempo
es necesario apoyar aún más los dedos izquierdos y estirar con mayor fuerza
hacia abajo. Para conservar este ritmo sin mella, puesto que el pene tiene ten-
dencia a escaparse hacia el interior de tus dedos, aprieta tus otros tres dedos
contra la palma: ya estás casi en erección.

EJERCICIO 4

Sin ninguna duda, para la mayoría de los hombres, la posición de pie es la


más estimulante y, en cualquier caso, la actitud preferida de los europeos
durante el coito.
Por otra parte, es la actitud que mejor favorece la erección.
Estás, pues, de pie, desnudo, bien firme sobre tus piernas separadas por
unos treinta centímetros. Miras tu sexo: desde el comienzo debes aprender, al
sentirte excitado por la visión de tus órganos genitales, a conservar la lucidez
indispensable para conservar tu distensión muscular. Sin lugar a dudas, esto
no resulta evidente desde el comienzo, sino progresivamente; repitiendo
aprenderás a dominar el asunto.
Cuida descubrir tu glande en caso de que él no lo haya hecho por sí
mismo y controla tus nalgas con tus manos a fin de tomar completa conciencia
de tu relajación.
Sobre el miembro relajado coloca tres dedos de la mano derecha: el
mayor en la base del glande, el índice separado de los demás y situado justo
por delante del meato, el pulgar sobre el dorso del pene (en la zona media),
sin tocarlo.
La mano izquierda se limita a coger la nalga izquierda, simplemente
apoyada sobre ella y no apretada, con el fin de llevar a cabo en todo momento
la verificación del relajamiento.
Sacude lentamente y sin esfuerzo el pene de arriba a abajo sólo con el
auxilio de tus tres dedos inferiores, que mantienen un contacto permanente.
Este movimiento de poca amplitud hace que el dorso de tu pene golpee suave-
mente en tu pulgar.
A1 cabo de unos cincuenta golpecillos, sentirás que se endurece. Tus
nalgas se contraen y también tus muslos se endurecen. Distiéndete y no
pienses ya en masturbarte.
Sólo se trata de buscar una deliciosa estimulación; nada más.

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Poco a poco, al ver hincharse tu pene, sacúdelo con un poco más de
vigor, con el pulgar siempre sin adherir.
Es necesario imprimir al glande, con una velocidad apropiada, una
separación lo suficientemente neta respecto al cuerpo de la verga.
A partir de este momento, ésta debe percutir en la punta de tu índice. A1
cabo de algunos segundos sentirás un ligero dolor causado, precisamente, por
este cacheteo. Es un buen signo, el dolor cesará: sin abandonar la maniobra,
con las nalgas distendidas, entrarás en erección...

EJERCICIO 5

Entre todos estos ejercicios, algunos son más excitantes que otros.
Algunos, incluso, se revelan particularmente eficaces para conducir a la
erección en un lapso sorprendentemente corto. Otros, sin dejar de ser
estimulantes, requieren una espera netamente superior. Por último, hay otros
que no te resultarán demasiado evidentes. Puede incluso que algunos no te
procuren ningún placer, mientras que encantarán a otras personas.
Antes de saber lo que es apropiado, hace falta haberlo probado, y más de
una vez, pues lo que un día es negativo puede perfectamente resultar positivo
al siguiente.
No conviene subestimar tampoco la imperfección de tus manipulaciones
respecto a la técnica de manipulación presentada en el ejercicio. Puede que no
la hayas captado bien y, en tal caso, el resultado no estará a la altura. Cada
detalle tiene, o puede tener, una extrema importancia: un dedo colocado muy
arriba o demasiado apoyado en un determinado momento puede, en efecto,
contrariar de modo irremediable el efecto perseguido.
No olvides nunca que la menor variación es a veces suficiente para
trascender tu placer.
El ejercicio que te propongo en este capítulo se revela muy excitante en la
posición de pie y, por el contrario, más bien decepcionante en posición
acostada. Pero, a pesar de su aparente simplicidad, su perfecta ejecución
requiere mucha delicadeza y una excelente agilidad en la muñeca.
Sobre tu pene completamente relajado rodeas el glande descubierto con
los extremos de los cinco dedos de la mano derecha colocados justo por detrás
de la corona, con el pulgar colocado naturalmente sobre el dorso del pene. Lo
mismo ha de suceder cuando sea una compañera la que produzca esta
estimulación.
Levanta el pene hasta llevarlo a la horizontal, con el pulgar y el índice
izquierdos colocados en oposición respecto a la base de éste.
Debes lograr que la muñeca se halle completamente flexible y relajada,
claramente separada de la mano, formando prácticamente un ángulo recto.
Comienzas con la mayor rapidez posible un movimiento de vibraciones
laterales izquierda-derecha de muy poca amplitud: ¡imagina que se trata de
ultravibraciones! Para ello se requiere que la punta de los dedos se hagan par-

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ticularmente ligeras, con un apoyo lo bastante superficial. La excitación
comunicada se logra mediante esta impresión de incitación eléctrica y no
mediante el tacto; tus dedos están allí sólo para mantener el pene en posición
horizontal y para servir de paso a esta corriente emitida directamente a partir
de la muñeca. Evidentemente, cuanto más capaz seas de producir esta
aceleración de ultravibraciones, más sentirás tu sensación como una corriente
que electrifica la zona sensible del glande.
Conserva siempre con suficiente apoyo los dedos agarrados a la raíz del
pene, que, al mismo tiempo, tensan la totalidad de la piel.
Cada dos o tres segundos reajusta estos dos dedos por medio de
desplazamientos imperceptibles de adelante a atrás. Tu pene comienza a
hincharse: duplica la velocidad sin aumentar la amplitud del movimiento. Se
hace todavía más grande; tus vibraciones deben hacerse entonces más secas,
pues la aparición de la rigidez del pene obliga a los dedos a separarse: ya no lo
mantienen, pero le sirven de dique. Las puertas de la erección están abiertas...

EJERCICIO 6

Es éste un ejercicio particularmente estimulante.


Toma tu pene con la mano izquierda, con los cuatro dedos por debajo de
su eje, apoyando simplemente las yemas; el pulgar se coloca, sin ejercer
presión, justamente en la mitad de la cara superior.
Comienza a ejercer presiones muy suaves con los cinco dedos; el pulgar se
apoya y desciende por la masa del pene, mientras que sólo el índice, situado en
la base del glande, justo sobre el frenillo, responde simultáneamente mediante
presiones de abajo a arriba.
Este movimiento se lleva a cabo sin fuerza, con una cadencia de dos
impulsos por segundo, y da a tu pene una angulación acentuada,
prácticamente de noventa grados.
A1 cabo de unas decenas de segundos podrás constatar una renovación
de la excitación; el pene comienza a hincharse ligeramente. Continúa con el
mismo ritmo, solo que imprimiendo mayor vigor a tu estimulación.
En este estadio, el efecto no se hace esperar demasiado, es el momento de
hacer que tu pulgar se deslice algunos centímetros hacia atrás, a mitad de
camino entre la raíz y la zona media del pene. Tu índice también se desplaza de
modo que es su parte media la que se apoya en el costado derecho del glande.
Continúas la misma forma de estimulación, sin aumentar la velocidad; también
el pulgar prosigue sus presiones, aunque cada vez con mayor apoyo; el índice
se cierra con sequedad y tu pene sufre entonces un desplazamiento oblicuo de
abajo a arriba.
Tus dedos se hallan constantemente en contacto con él; a medida que se
produce la hinchazón, le imprimes sacudidas más breves y con mayor apoyo.
Comienza entonces a endurecerse, tu índice ya no puede mantenerse en su
colocación inicial, se desplaza hacia abajo con estiramiento de la piel, pero

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continúa el mismo movimiento con el mismo ritmo; entonces debes imprimirle
más fuerza. Tu pene recibe ahora una estimulación más viva y viene a chocar
con el hueco de la mano en el sitio en que se unen el pulgar y el índice. A1
mismo tiempo, y a medida que la vivacidad de la cadencia y la erección
comienzan a aumentar, los dedos restantes se desplazan un poco más sobre el
lado derecho del pene y participan en la acción del índice mediante una presión
más sostenida.
Cuando tu glande comience a adquirir una tonalidad púrpura, cesa toda
clase de estimulación, sin retirar, no obstante, la mano. Conténtate con dirigir
tu atención a otra parte; basta sólo con medio minuto para que la incipiente
erección se disipe un poco.
Vuelve a emprender la estimulación desde el comienzo: constatas
entonces que te es necesario menos tiempo para volver a dar a tu pene el
estado en que lo habías abandonado. Prosiguiendo tus manipulaciones con
acrecentado vigor, llegas entonces a una erección completamente satisfactoria.
Si quieres aumentar la intensidad de tu placer, continúa masturbándote
variando el ritmo de tus incitaciones, así como la amplitud y la naturaleza de la
presión mediante un poco más de fuerza. Resístete a cambiar de movimientos y
pon mucha atención en el desplazamiento del índice.
Manteniéndote muy concentrado, serás capaz de estimularte durante
largo rato.

EJERCICIO 7

En ocasiones, la dificultad de erección proviene de falta de interés y de la


laxitud que se experimenta ante la masturbación.
Sin ninguna excitación proveniente del exterior, el cuerpo se encuentra
saciado y la necesidad sexual experimenta su punto más bajo. Es un momento
en que el sexo no está presente en la cabeza.
La apatía sexual, fruto de satisfacciones anteriores, no puede disiparse si
no es gracias al tiempo necesario para la recuperación.
Durante este período, sin embargo, si el cuerpo no tiene ganas de
reaccionar, el cerebro, por su parte, experimenta incitaciones involuntarias.
Puede tratarse de toda suerte de representaciones sexuales capaces de esti-
mular indirectamente nuestros sentidos: la vista, en primer lugar y casi
esencialmente, pero también, en menor medida, el olfato. En cuanto al tacto,
que en otras circunstancias es la mejor fuente de excitación, puede resultar
totalmente ineficaz, aun si voluntaria o involuntariamente se desea: resulta
pues normal y perfectamente justificado rehusar forzar la naturaleza. No
obstante, no puede tacharse de insensatez el querer reencontrarse deliberada-
mente con el estado de satisfacción mediante una estimulación voluntaria que
no hará más que anticiparlo.
El siguiente ejercicio no tiene otra finalidad que la de probar que esto es
posible en un tiempo señaladamente corto. Sólo es necesario conjugar el

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espíritu y el tacto cuando por separado resultan insuficientes. Con una ma-
nipulación táctil particular y un pensamiento preciso utilizados
conjuntamente, descubrirás una estimulación realmente positiva.
Sobre tu pene por completo fláccido y con el glande descubierto, colocas
en oposición el pulgar y el índice derechos justo detrás de la corona del glande,
mientras que los otros dedos se mantienen alejados por completo. Colocas el
pulgar y el índice izquierdos igualmente en oposición en la raíz del pene,
cuidando de que el índice se apoye en la parte más profunda de aquélla, es
decir, profundamente en el centro de tus testículos.
En estas circunstancias es necesario que no te contemples: has de
mantener los ojos cerrados como en la mayor parte de las estimulaciones en
posición sentada (mientras que es más gratificante en los ejercicios que deben
ejecutarse de pie ver los órganos genitales desde el comienzo de la búsqueda de
excitación). Evocas con intensa concentración tu eyaculación precedente, sobre
todo si ha sido potente; de otro modo, buscarás una eyaculación anterior
particularmente satisfactoria. Has de poner atención únicamente en el instante
que la ha precedido en el transcurso de la masturbación.
Los dedos izquierdos deben apoyarse con firmeza apretando
estrechamente la base del pene, mientras que los de la derecha deben, por el
contrario, mantener un tacto delicado. Esta diferencia de presión entre las dos
manos es indispensable desde todo punto de vista.
Comienzas un movimiento muy lento y clásico de masturbación, pero que
abarque un centímetro, no más. Con la piel del prepucio cuidadosamente
estirada, tu pulgar no debe desplazarse sino que, por su movimiento hacia
delante, ha de venir a desplazar la corona. A1 mismo tiempo, el pulgar
izquierdo se apoya con sacudidas muy netas mientras que el índice, hundido
cada vez más en la base, la aprieta.
Así pues, ha de haber sincronización entre los dedos derechos que estiran
y los dedos izquierdos que presionan hacia atrás. No es necesario demasiado
tiempo para experimentar una sensación muy agradable y el deseo de volver a
encontrar el placer. Mantén muy fuerte la concentración mental en tu eyacula-
ción anterior. Aumenta poco a poco la amplitud de tus manipulaciones: la
fuerza, pero no la cadencia (ésta debe proseguir muy lenta). Alterna entonces
los dos movimientos opuestos de ambas manos. Podrás constatar que...

EJERCICIO 8

He aquí un ejercicio que constituye un ejemplo de estimulación de todo


punto inhabitual y que, además, puede tomarse como una forma de diversión.
Tus pulgares se hallan colocados frente a frente, detrás de la corona del
glande; los tres dedos siguientes de tus manos se colocan debajo del pene, a
cada lado de su eje y también frente a frente, con los dos meñiques en un
mismo plano, aunque separados de los otros, a nivel de la inserción de los
testículos. Repliega los dedos inferiores alternativamente. Este movimiento

17
procura una especie de cizalladura que debe efectuarse a una velocidad aproxi-
mada de tres impulsos por segundo para cada mano. Así pues, la piel que
rodea el miembro se halla pinzada y sentirás rodar el cuerpo de tu pene en la
yema de tus dedos.
En el transcurso de este movimiento, tus meñiques alzan las envolturas
de los testículos, que, así, resultan estimulados por este balanceo.
A1 cabo de algunas decenas de segundos de esta incitación tan rápida y a
la vez tan poco apoyada, desplaza hacia atrás uno o dos centímetros los
pulgares, sin abandonar el movimiento que venías realizando. Ahora son so-
lamente tus índices los que se ocupan del glande. Siempre de modo alternativo,
los repliegas ejerciendo una presión un poco más fuerte; la cizalladura resulta
ampliada y tu glande experimentará los efectos. Es necesario inclinar aún más
la punta de los índices, los cuales, debido a su nueva posición, tiran hacia
abajo el glande, que comienza a hincharse; la corona adquiere una tonalidad
púrpura y frota los lados de las primeras falanges de los índices. A medida que
prosigue el entumecimiento del pene, los pulgares se separan y se apoyan con
un poco más de firmeza mientras se acrecienta la excitación. Pero debido a la
erección naciente, tienen progresiva dificultad para mantenerse en el medio.
Por ello debes volverlos a su posición inicial, justamente detrás del glande.
Agrupa entonces los dedos inferiores, cuatro por un lado y cuatro por el
otro, siempre frente a frente y siempre a los lados del eje inferior de tu pene; los
medios se encuentran entonces mirando a los pulgares. Con mayor velocidad, y
sobre todo con mayor presión, sigue ejerciendo el movimiento de cizalla
alternado, pero ahora con la punta de los dedos.
Para percibir todo el encanto de esta sensación particular es necesario que
los pulgares tomen apoyo sobre una pequeña porción de prepucio que se
encontrará bloqueada alrededor de la corona del glande. Los dedos, pues, se
desplazan lateralmente siguiendo la curva de éste y dan la impresión de rodar
en este canal. Los pulgares y el resto de los dedos tiran de la piel (y así se
encuentran) y hacen que el pene efectúe un desplazamiento lateral netamente
más acentuado a nivel del glande, el cual, en este momento, parece escaparse
de los dedos. Estás llegando a una hermosa erección.
Suelta los dedos, con excepción de los pulgares y los índices, que se
conservan en la misma posición, sólo que con los pulgares un poco más de
plano. Puedes seguir ejecutando estos tirones de izquierda a derecha con
mucha fuerza y muy rápidamente, siempre que continúen siendo alternados.
Puedes continuar esta estimulación a voluntad sin sentir la necesidad de
eyacular.

EJERCICIO 9

Siendo la posición acostada la que corresponde naturalmente al reposo, es


normal que resulte menos excitante. En ella más que en cualquier otra, si la
imaginación falta a la cita, la laxitud termina por imponerse y destruye todas

18
las buenas intenciones. La comodidad (y el caer rendido sobre la almohada...) e
incluso la pereza, madre de todos los vicios, no encuentran en estas
circunstancias un estimulante para las expansiones sexuales.
Para apreciarlas y conocerlas de verdad, es necesario «aprender la cama».
Y es precisamente porque el hombre suele ser ante todo sexual que el
lecho, después de algunos años, termina por dormirlo. Deja de tener otro
atractivo y pierde cualquier poder de evocación.
Si fuera sensual, cedería a la curiosidad que genera toda innovación. Mas
para ser sensual en el lecho, hay que acostarse desnudo. Los sondeos de
opinión arrojan una proporción enorme de personas que se acuestan en pija-
ma, chándal o pasamontañas.
Para jugar con el propio cuerpo o para gozar del cuerpo del otro, el
verdadero acercamiento pasa por las caricias, y las caricias sólo se dan sobre
un cuerpo desnudo. La sensualidad pasa sobre todo por la desnudez.
No deja de haber motivos para espantarse de la cantidad de personas que
ignoran hasta el simple placer de tumbarse desnudo entre las sábanas o sobre
el colchón.... Estirarse, frotar las nalgas, remover los muslos, dejar deslizar los
brazos y acariciar la ropa de cama, hacerse un ovillo y replegarse, ronronear,
hacer crujir la sábana con la yema de los dedos, desovillar sus pliegues sobre
el sexo... y todo esto puede ser un lujo supremo sobre unas sábanas de raso
nuevas, limpias, planchadas y perfumadas.
Así, la desnudez en el lecho, cuando se le toma gusto, cobra las
apariencias de un rito, de una comunión. Es algo más que un placer raro y
refinado: es el arte del tacto extremado y cómplice que confina con la
voluptuosidad. Así considerada, la desnudez puede dejar de ser un medio para
convertirse en un fin.
Este ejercicio consiste, para todos aquellos que ignoraban estas sutiles
alegrías, en aplicar lo que precede. ¿Cómo podrían ellos otorgarse un tacto
refinado si no ponen su cuerpo en armonía con su medio ambiente más pró-
ximo?
Haz más dócil tu cuerpo, el lecho también está hecho para eso. Acaricia
con las telas que te rodean todo tu cuerpo, saborea ese contacto. Pronto te
reprocharás el no haber sabido 0 querido apreciar antes estos instantes extáti-
cos. Deja vagar tus manos por su superficie, por todas partes, acaríciate, sin
otra finalidad que la de entregarte a tu desnudez.

EJERCICIO 10

Este ejercicio no tiene la pretensión de ser universal, pero a muchos


puede permitirles realizar el verdadero descubrimiento de su cuerpo. Un gran
número de hombres se sienten extremadamente molestos al saber que cuentan
con otras zonas erógenas además de su sexo; hombres que, por añadidura,
están persuadidos de que sólo las mujeres tienen sensaciones diversas,
múltiples y difusas.

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Si bien la glándula mamaria y la lactancia pertenecen a la mujer, las
terminaciones nerviosas y los corpúsculos táctiles de la piel son una constante
común a ambos sexos.
Existen otras zonas erógenas diversamente distribuidas y apreciadas. La
piel, en su conjunto, cuenta con la particularidad de detectar la gama completa
de las reacciones al tacto, yendo desde una increíble insensibilidad hasta el
paroxismo de la sensibilidad.
Este ejercicio te incita vivamente a conocer tu cuerpo para despertar tu
sensibilidad. Es completamente posible obtener una erección sin ninguna
manipulación del sexo. Sólo hace falta acariciar las zonas erógenas con la
ayuda de las manos o de los dedos.
Dispón tu pene relajado en posición levantada, apoyado contra el vientre,
cierra los ojos, distiéndete, separa las piernas.
Comienza por rozar suavemente tu abdomen con tus dedos y luego hazlos
ascender en dirección a tus pectorales. La punta de los dedos debe estar
temblorosa y desplazarse de manera casi imperceptible. Vuelve a bajar y sube
otra vez, enseguida; la punta de los senos resulta estimulada en el curso de
esta manipulación.
Aléjate de ellos y vuelve después, con mayor insistencia; los pezones se
endurecen, se experimenta una primera oleada de placer difuso en la parte
superior del cuerpo. Excítalos ahora con los pulgares, humedécete los dedos
medios con saliva, prosigue el conjunto de estas manipulaciones de modo
alternado, cuida de pasar por el vientre y las nalgas; vuelve a los senos, frota
las nalgas contra las sábanas, dobla las piernas y curva los riñones.
Continúa recorriendo todas las partes con los dedos, a veces ligeros, otras
en forma de caricias más sostenidas, juega con las uñas, pero con la mayor
frecuencia posible vuelve a los senos, estimulándolos con los dedos humede-
cidos.
El pene comienza a hincharse; no lo toques, acaricia solamente sus
alrededores. Separa una vez más las piernas, repliégalas, contrae los músculos
pelvianos. Aprieta las rodillas mientras mantienes las piernas replegadas.
Extiende entonces las piernas apretadas, con los talones hacia afuera;
mediante esta maniobra, los testículos quedarán aprisionados y estirados entre
tus muslos.
Tu pene se levanta; continúa levantando los riñones, apretando las
nalgas, removiéndote. Retoma el conjunto de estas manipulaciones
mezclándolas, sobre todo no olvides los pezones... mojados, y los músculos
pelvianos.

EJERCICIO 11

El presente ejercicio se asienta un poco sobre las mismas bases de


estimulación que los precedentes, aunque más puntualizadas y precisas. Las
sensaciones son muy notables, especialmente para quien tenga una particular

20
sensibilidad en los senos, pero, para poder apreciarla y sobre todo prolongarla,
conviene ser cerebral. En este caso también, sin masturbarte, y sin las manos,
puedes no sólo tener una erección sorprendente, sino que puedes empujar la
excitación hasta la eyaculación.
A1 contrario que el ejercicio anterior, que recurre en gran parte a la
estimulación de tu cuerpo en movimiento, éste aborda sólo dos puntos durante
la fase de logro de la erección, permaneciendo tú completamente inmóvil.
Acostado de modo perfectamente recto, dispón tus órganos sexuales de la
siguiente manera:
Estiras los testículos para pinzarlos entre los muslos, con la piel de las
envolturas bien tensa, de modo que, a la vez, tu pene descanse verticalmente
sobre tu vientre; vuelves a juntar los muslos, sin apretarlos, así como las
rodillas y los tobillos.
No te muevas más y mantén los ojos cerrados. Concéntrate de manera
absoluta, pronto experimentarás sensaciones picantes. Es necesario que
estimules tus pezones cogidos entre las yemas del pulgar y el índice,
estirándolos y pellizcándolos con fuerza. Arquea moderadamente los riñones,
expande los pectorales, hunde las nalgas en la cama, bloquea la respiración.
Cuando los pezones comiencen a endurecerse, pasa un dedo sobre ellos
estirando de arriba a abajo. Humedécelos con saliva, gira tus mayores también
húmedos alrededor de las aréolas, rasca las puntas con las uñas y vuelve a
empezar esta serie de manipulaciones alternándolas para hacer que tus
sensaciones fluctúen. Hunde el vientre al tiempo que aprietas las nalgas
mediante suaves sacudidas.
Tus pies se tocan, tensa los músculos de los muslos y, sin desplazarlos,
da fuerza al interior de los mismos para que se eleven ensanchándose
aproximadamente un centímetro. Relaja los músculos de los muslos apretando
las rodillas y separando las nalgas, de modo que obligues a los riñones a
ahuecarse aún más hundiendo un poco más las nalgas.
Estos movimientos deben ser exteriormente apenas perceptibles; se trata
de estimulaciones internas. Retómalos según una cadencia lenta y regular y
conserva una concentración intensa sobre tus sensaciones.
Evidentemente, el pene aumenta de tamaño, se hace más grueso y se
estira. Continúa la excitación de los senos y prosigue la estimulación del sexo
mediante iguales movimientos, aunque esta vez permaneciendo con los muslos
apretados con fuerza uno contra el otro. Cuando contraes las nalgas se
produce una elongación de tus piernas y, cuando las abres hundiéndolas, un
apisonamiento y una elevación de las rodillas. Todo esto se logra esencialmente
por el juego de contracción y relajación de los músculos pelvianos sin que la
amplitud de estos movimientos exceda uno o dos centímetros. No es necesario
recurrir a fantasmas poderosos; se trata sólo de una simulación de los
movimientos de mete y saca del coito, según un ritmo lento y regular.
Mantén permanentemente la excitación de los pezones y de las aréolas
acompasadamente con tus vibraciones. Con la ayuda de una mano pellizca con
mayor profundidad aún la piel de tus testículos y estírala bien.

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Estira la punta de los pies al mismo tiempo que contraes los músculos de
los muslos, los cuales se deslizarán frotándose uno contra el otro; esto refuerza
la estimulación de tu pene, que se pone erecto cada vez con mayor intensidad.
Mantén sin cesar la excitación en la punta de los senos de manera muy aguda,
presta mucha atención a tus sensaciones, siempre con los ojos
cuidadosamente cerrados.
Puedes entonces cruzar los pies; esta maniobra distiende al máximo el
pene, y tu placer aumenta considerablemente. A partir de este momento,
amplifica los movimientos hacia delante y atrás de la pelvis. ¡Gozarás si prosi-
gues!

EJERCICIO 12

He aquí otro ejercicio que estimula la erección, pero que se ejerce sólo
sobre la base del pene. Es necesario que tengas el ánimo tranquilo y la
seguridad absoluta de que no vas a ser molestado. Es indispensable que los
preparativos se efectúen como si se tratase de una fiesta íntima. Ocúpate de
disponer de una iluminación tenue y de una música apropiada; dispón todo de
suerte que tus sentidos participen en esta consagración del tacto.
El erotismo requiere un escenario de calidad y necesita cuidados y tiempo
para traer consigo el deseo; nada hay más nefasto que la precipitación.
El siguiente ejercicio no hace excepción a esta regla: el comienzo de las
estimulaciones te parecerá, sin duda, fastidioso, pero constatarás
progresivamente que la relativa lentitud con la que hará que sobrevenga la
excitación se atenuará para dejar su lugar a sensaciones originales. No te
desalientes a causa de los dos o tres primeros minutos, es necesario ser per-
severante.
Acuéstate, déjate llevar, con las piernas bien separadas y el cuerpo
hundido.
Coloca los pulgares en el dorso del pene, cara a cara, justo debajo de la
inserción e incluso un poco más adentro. Por encima de la curva que dibuja
sobre el pubis. Debe descansar hacia arriba, con el glande apuntando hacia tu
cabeza.
A la altura de la ingle hunde los dedos mayores a una y otra partes de los
testículos. Coloca tus índices en la base de la verga, a cada lado de la línea
media, reposando en la inserción de los testículos y hundiéndose en ella. Cuida
de estirar la piel del pene a fin de que descienda. Dispuestos de este modo, los
dedos se reencuentran casi alrededor de la raíz interna de tu miembro, lo más
adelante posible.
Comienza de la siguiente manera: acerca alternativamente los índices a
los mayores, sin cambiarlos de sitio. Así, apoyados en la parte interna del pene,
encierran algo de la piel de los testículos, bien tensa; el pene se halla con la
base comprimida por los dedos, que se encuentran en disposición de retorcer el
conjunto lateralmente. Con los pulgares mantén una fuerte presión sobre el

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dorso del pene durante la estimulación transmitida por los índices dispuestos
de plano.
Estos movimientos deben ser lentos y profundos; el pene no tiene que
tocar ni el vientre ni los dedos. Si los apoyos son firmes y la piel está bien
tensa, se mantendrá en equilibrio, a igual distancia del vientre y de la vertical;
presta mucha atención al movimiento de los índices. La sensación de torno en
la raíz del pene no tardará en manifestarse.
Los muslos se tensan poco a poco, sin dejar por ello de mantenerse
abiertos. Sin abandonar estas manipulaciones, aporta con los dedos una
estimulación simultánea, pero siempre de forma alternativa; lleva hacia abajo
un centímetro las manos, sin dejar de mantener firmemente su presa.
El pene comienza entonces a hincharse, más a lo ancho que a lo largo
pues su piel está demasiado tensa. No muevas más los dedos. Apoya con
mayor fuerza los pulgares y empuja hacia abajo todo el bloque; las manos han
de quedar apoyadas de plano sobre las ingles. Puedes entonces acelerar
progresivamente la cadencia, y luego cada vez más vigorosamente hasta, por
último, hacerse muy rápida.

EJERCICIO 13

El ejercicio que ahora se presenta es del mismo tipo de los precedentes;


permite, con la condición de estar en un estado particular, obtener una
erección total sin hacer que intervengan las manos.
Dicho esto, conviene aclarar que no se trata de imaginarse manco o de
exagerar la importancia que tiene lo cerebral, ya que el pene no se levanta
mediante órdenes a distancia. Hace falta, pues, que resulte estimulado
indirectamente haciendo intervenir paralelamente las manos sobre otras partes
del cuerpo, precisamente sobre las zonas erógenas secundarias, pero de
especial importancia, es decir, los senos y el ano.
Comienza así este ejercicio: acuéstate sobre el dorso, con la pierna
izquierda distendida y la derecha replegada sobre aquélla; el pene queda así
comprimido en su base entre ambos muslos; el glande resulta liberado del
prepucio y emerge sólo en la intersección. Incorpórate apoyado sobre el codo
izquierdo de modo que el torso se disponga en una inclinación de cuarenta y
cinco grados con respecto al plano de la cama.
Con mucha rapidez el glande adquirirá un color púrpura como
consecuencia de la estrangulación de su base.
Comprime y afloja los músculos pelvianos. Sin mover la pierna izquierda,
lleva hacia delante la rodilla derecha sin despegar los muslos. En este
momento es cuando hay que contraer los músculos pelvianos; este movimiento
se apoya masivamente sobre el cuerpo de la verga, la cual experimenta una
fuerte presión por todos lados.
Al estirar la rodilla, propulsa hacia dentro el vientre para tensar la cincha
abdominal.

23
Cuando el muslo vuelve a su sitio, como consecuencia de la retirada hacia
atrás de la nalga derecha, los riñones se ahuecan y parece que el pene
desapareciese entre los muslos.
A cada nuevo empuje de la rodilla hacia arriba y hacia abajo, ésta aplasta
con mucha fuerza las masas de los muslos entre sí.
A partir de este instante puedes aumentar considerablemente la sensación
de bienestar y de placer estimulando la punta de los senos con cada una de tus
manos. Humedece los dedos mayores, gira alrededor de las aréolas, con
delicadeza y rapidez y luego con mayor presión y más lentitud; con golpes
incisivos emplea alternativamente tus uñas.
Acelera la cadencia de los lomos, con los ojos constantemente atentos al
glande, que se vuelve francamente turgente, lo que aumentará la excitación. A
partir de ese momento no desearás otra cosa: continuar aún durante largo
tiempo de este modo, dándote un placer que puedes dominar por completo. Ni
siquiera tendrás deseos de gozar.
Esta sensación es intensa, aguda, permanente; no deseas masturbarte y
tienes la impresión de que la eyaculación no puede sobrevenir.
Si te complace estimular tu ano, ello resulta muy cómodo con los dedos de
la mano derecha, mientras que la izquierda prosigue con la excitación del seno
izquierdo.
Puedes hacer variar la intensidad de tus sensaciones y tomarte un respiro
de recuperación dejándote caer sobre la espalda, manteniendo las piernas en la
misma posición, los movimientos son todavía más amplios y la base de tu pene
resulta más comprimida. Puedes cambiar de lado, alternar, volver a empezar.
Este paroxismo de la excitación resulta verdaderamente delicioso.

EJERCICIO 14

Este ejercicio no parecerá fácil en una primera lectura pues en él la


estimulación se aleja voluntariamente de las zonas sensibles.
En efecto, ni los testículos ni la raíz del pene ni el glande reciben la
excitación de las manos. Es, pues, el cuerpo de la verga el que experimenta el
juego de éstas; no hay que olvidar que él también reacciona perfectamente bien
al tacto y que incluso es el lugar casi obligado de aferramiento durante la
masturbación, la felación e incluso el coito. Pero en el transcurso de estas tres
últimas incitaciones, el glande no resulta disociado; por el contrario, es su
prolongación, hacia la cual afluye la mejor de las sensaciones. Ese es el motivo
por el que, en un tiempo demasiado corto para la mayoría, la eyaculación se
produce ineluctablemente poco después.
Curiosamente, además, la estimulación exclusiva del glande o sólo del
cuerpo del pene no aguza con tanta intensidad el deseo de gozar. Así
disociados, la posibilidad de mantener un período infinitamente más largo se
realiza casi sin esfuerzo, con la condición de no ceder a las ganas de acabar ya
que, instintivamente, es muy lógico no querer restringirse. Si se está bien, se

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quiere siempre estar mejor; ése es el motivo por el que uno se deja conducir
con facilidad a la aceleración de la fase preparatoria.
Hay que hacer el esfuerzo de mantener la excitación a un nivel soportable,
a igual distancia de la apatía inicial y de la eyaculación.
Logrando este compromiso se tiene casi la seguridad de no tener que
lamentar una eyaculación prematura, y se puede apreciar todo el valor del
placer producido por la espera.
Siempre perfectamente extendido sobre la espalda, las piernas a cada
lado, tocándose pero sin presiones, dejas caer normalmente los testículos, cuya
piel inferior resulta retenida sin esfuerzo por los muslos, sin ninguna tensión.
En el punto medio del pene, que descansa sobre el abdomen, coloca, sobre
su dorso y cara a cara, los dos pulgares debajo y, frente a frente, los tres dedos
siguientes de cada una de las manos. Los meñiques quedan, netamente
separados del resto, a cada lado de la base misma del pene; sólo sirven aquí de
apoyo, sin participar directamente en la estimulación dirigida por los dedos
restantes.
Comienza entonces con presiones simultáneas de los pulgares en
dirección al grupo de dedos correspondiente, el papel de los cuales es bloquear
el enderezamiento de tu pene. Hazlo con mucha lentitud y regularidad, cui-
dando que tus pulgares se toquen siempre, justo en el medio. A1 comienzo,
estas presiones no son muy intensas. Durante aproximadamente un minuto
mantienes este ritmo concentrándote bien en el cuerpo de tu verga. Poco a
poco sientes una mayor firmeza y las primeras oleadas de bienestar. Sobre todo
no precipites el movimiento. Por el contrario, tienes ahora que aminorarlo
apoyando aún más los pulgares. Estas presiones conjuntas de los dos pulgares
deben ser gradualmente más profundas, como si quisieran hundirse cada vez
con mayor firmeza en el cuerpo del pene. Estas presiones no son constantes,
sino progresivas: hay que apoyar un poco más fuerte al terminar cada
movimiento.
El pene comienza a endurecerse; sólo ahora se requiere la estimulación
directa y combinada de los demás dedos.
Como los pulgares se hallan colocados de frente a los mayores y a los
anulares desde un principio, los índices resultan emplazados más arriba. Con
estos dos últimos dedos imprimes entonces una presión análoga a la de los
pulgares, quienes, por su parte, continúan a su ritmo lento. Así, estos cuatro
dedos conjugan su presión de modo simultáneo; de ello se sigue una
compresión cada vez más insistente.
La erección no está lejos. Repara en que desde el comienzo de esta
estimulación no has desplazado para nada tus dedos.
Para terminar, los mayores y los meñiques juntan sus presiones, lo que
aumenta considerablemente la dureza del pene.

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EJERCICIO 15

El ejercicio que se expone a continuación da excelentes resultados para


obtener una nueva erección si has tenido una eyaculación una o dos horas
antes.
Incluso si el pene ha entrado en una fase de profunda resolución y
cuando, precisamente por eso, un inicio mediante la masturbación clásica se
declara inoperante, el movimiento que vas a descubrir superará tus esperanzas
y borrará tu escepticismo.
Pero una vez más no se trata sólo de hacer el gesto adecuado, sino de
hacerlo en el momento preciso. Si bien la imperfección es desde todo punto de
vista normal, es necesario combatirla, pues su resultado es casi tan
decepcionante como si se tratara de un gesto completamente negativo. Sólo
mediante la repetición terminarás por encontrar la precisión del movimiento
explicado, e incluso harás nacer de él tus sensaciones mediante una
adaptación personal.
Tienes que colocarte del modo siguiente: acostado y con las piernas
entreabiertas, colocas el pulgar y el índice derechos en oposición a una y otra
partes y lateralmente respecto a la base profunda del pene, que está fláccido,
por supuesto.
Estirando ligeramente hacia abajo y hacia el lado izquierdo, los testículos
son atrapados por los demás dedos. El pene descansa inclinado hacia la
derecha y sobre la ingle; el glande está totalmente descubierto. Colocas el
pulgar derecho y el meñique del mismo lado en la cara dorsal del pene. Se
encuentran formando casi un anillo a nivel del collar del glande. Los tres dedos
restantes se hallan a lo largo del resto del pene y vienen a tomar posición en su
base, tocándose el índice y el pulgar derechos; el mayor se coloca en el eje,
mientras que el meñique y el índice lo hacen a cada uno de los lados.
Comienza entonces la estimulación.
Los dedos izquierdos aprietan, mientras que los derechos se hallan
simplemente apoyados. La muñeca derecha debe ser extremadamente móvil.
Los codos descansan sobre la cama, contra las caderas. Los brazos no se
mueven. Sólo la muñeca debe estar en actividad. Comienzas de la manera más
rápida posible haciendo que la muñeca produzca vibraciones derecha-izquierda
con una amplitud de un octavo de círculo.
Este movimiento no es en absoluto fatigante, sólo hace falta mucha
levedad: se ha de proscribir cualquier clase de crispación. Estas vibraciones a
velocidad «supersónica» electrizan el cuerpo del pene, que apenas resulta ro-
zado por la yema de los dedos derechos, mientras que el pulgar y el índice se
contentan con retener, simplemente, la parte anterior del pene.
A1 cabo de algunas decenas de segundos de esta estimulación, el pene se
hincha y se estira nuevamente. Aprieta cada vez con más fuerza el pulgar y el
índice derechos y luego relájate y vuelve a comenzar.
Conserva la misma cadencia de la muñeca derecha; luego, durante
algunos segundos, adopta un ritmo muy lento, de unas cuatro o cinco

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sacudidas de la muñeca derecha. El pulgar y el índice derecho abandonan su
posición en anillo y se vienen a colocar a lo largo del cuerpo del pene y sobre su
dorso.
Retoma las vibraciones, acelera, quiebra nuevamente la cadencia, retoma
la velocidad inicial, estira los testículos con la mano izquierda: el pene se
alarga más todavía, pero debe permanecer en el interior de tu mano derecha.
Los dedos derechos se ven obligados a abandonar la base del pene y se colocan
más cerca de la zona media del mismo.

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SEGUNDA PARTE
MASTURBACIÓN PROLONGADA

La masturbación prolongada comprende dos partes distintas: la primera


concierne a la masturbación seca; la segunda, a la masturbación con
lubricante.
Si bien los movimientos de ciertos ejercicios tienen bases comunes, su
ejecución varía considerablemente. La sensibilidad del pene lubricado es más
importante puesto que resultará manipulado en el estado en que suele estar en
el transcurso del coito. El control es más difícil de conservar. Retenerse sin
debilidades y con constancia aparece como una hazaña imposible para un gran
número de hombres, ya que su voluntad no es suficiente para contener su
placer.
En tales condiciones, poner un dique y dejar pasar sólo una parte de esas
sensaciones, para mantener lo esencial de la excitación en el sentido físico, no
es por cierto realizable para la mayoría; no hay más remedio que trabajar y
mejorar; la mejor forma de adquirir estas virtudes es pasar por los peldaños de
los ejercicios de estimulación prolongada seca. Conviene seguirlos al pie de la
letra.
Esta masturbación prolongada recurre a movimientos que resultan
relativamente fáciles de controlar, para evitar el goce, pero también puede ser
conducida a su paroxismo para desembocar en la eyaculación.
La primera regla de rigor para llevar a buen puerto un control eyaculatorio
perfecto es conservar durante el mayor tiempo posible el movimiento de
estimulación del comienzo y no ceder al deseo natural de retomar el gesto
ritual de la masturbación o del coito, ya que esto te haría concluir muy
rápidamente.
Así, durante toda la duración del ejercicio, el movimiento es idéntico. Lo
mismo se cumple rigurosamente en lo que concierne a la velocidad y a la
presión, sólo con pequeñas diferencias propias de la sensibilidad de cada uno.
Para los que lo ignorasen ha de decirse que cuanto más largo es el período de
excitación, más potentes son la eyaculación y el placer.
Hay algo aún más importante: es totalmente posible obtener un placer
prolongado y constantemente renovado sin ir hasta la eyaculación. Si ésta es
necesaria para liberar las tensiones sexuales normales, no es absolutamente
indispensable.
En el terreno fisiológico, las estimulaciones múltiples con retención
eyaculatoria aumentan de modo considerable la tensión sexual hasta el punto
de alcanzar una congestión máxima que, cuando se libere, desencadenará el
más voluptuoso de los orgasmos.
Es justamente por el hecho de que el acrecentamiento paulatino del placer
es a menudo muy rápido por lo que eyaculación y goce se confrontan.

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Esto es tan habitual que prácticamente la totalidad de los hombres, y con
mayor razón las mujeres, consideran que hay goce cuando sobreviene la
eyaculación o, de forma recíproca, que el goce se produce cuando aparece la
eyaculación.
Realmente, esta asimilación vale sobre todo por su aspecto visual y no
siempre es justificable; todos lamentan, sin embargo, que el período
preeyaculatorio no pueda durar más.
Ello equivale a decir que la eyaculación no constituye la totalidad del
placer o incluso que el goce no es más que el punto extremo y más alto tanto
del placer como de su punto de no retorno.
Los que tienen esta «suerte» de acrecentar la duración o de retenerse más
tiempo podrían confirmarte que es mucho mejor «antes de». Por otra parte,
existe una manifestación indudable de falta de excitación real en los hombres
que confunden el placer con la eyaculación: ausencia de secreción mucosa
uretral bastante tiempo antes de la eyaculación.
Digamos aquí simplemente, para aquellos que lo ignoran, que se trata de
una secreción transparente y mucilaginosa de origen no espermático que
aparece a veces en el meato con el pene en reposo y, más generalmente, con la
verga en estado de erección. Su papel es la autolubricación natural del glande,
y así, facilita la penetración vaginal.
Cuanto más grande es la excitación, esta secreción mucosa que traduce el
bienestar se hace más presente y se renueva una y otra vez. Las eyaculaciones
muy rápidas se producen prácticamente siempre cuando el glande está todavía
seco: es la prueba de la poca excitación debida a una estimulación sumaria.
Si tú formas parte de estos hombres apresurados, conviene que hagas los
ejercicios de este capítulo siguiendo escrupulosamente su desarrollo. Cierto
que eso no será siempre fácil: a veces cederás al impulso de tu reflejo habitual
y llegarás a efectuar la manipulación sobrante que te llevará al punto de no
retorno; entonces eyacularás, te tomarás todo tu placer, sin remordimientos,
sin lamentos y sin amargura, ya que habrás tomado la decisión de terminar
con este sentimiento sórdido y funesto; habrás decidido enriquecer tu
sexualidad y liberarte de este tabú totalmente nefasto.
No tengas ya más, pues, este sentimiento de culpabilidad, ya que no serás
nunca culpable por hacerte el bien.
Muchos de estos ejercicios no recurren al movimiento clásico de la
masturbación, demasiado excitante como para que puedas prolongarlo más
allá de sus límites, lo que llevaría a excluir todo progreso posible y real. Algu-
nos retoman de forma más perfeccionada movimientos y estimulaciones
propios de los ejercicios de la parte precedente de este libro.
Sin embargo, te convencerás de que podrán, si tú lo quieres, hacerte
eyacular.
Has de saber, además, que tu constancia será doblemente recompensada
por el conjunto de todos estos ejercicios, ya que alcanzarás los objetivos de un
placer inigualado: desde todo punto de vista excepcional en la masturbación y
de un perfecto control eyaculatorio en tus coitos.

29
Por ello no conviene que espacies demasiado estos ejercicios. Para coger
gusto e interés en ellos es necesario que sean relativamente frecuentes; de otro
modo corres el riesgo de dejarte seducir una vez más por tu inclinación
natural. De todos modos, si un día u otro no estás en forma o no sientes el
menor deseo, déjalos para más tarde. No obstante, recuerda que el hambre
viene comiendo.
Probando sucesivamente los ejercicios propuestos en un orden aleatorio,
pero respondiendo a todas las sensibilidades, el lector podrá establecer por sí
mismo un orden creciente de dificultades.

30
MASTURBACION SECA

EJERCICIO 1

Estás sentado al borde del asiento, con los testículos parcialmente


aprisionados entre los muslos apretados uno contra otro. Comienza la
estimulación de la siguiente manera:
Los cinco dedos de tu mano derecha se colocan detrás de la corona del
glande y la rodean, con el pulgar sobre el dorso y con el glande liberado por
completo.
Dos dedos de la mano izquierda participan de esta estimulación
colocándose en la base del pene: el índice a la derecha y el pulgar a la
izquierda; estos dos dedos se encuentran en el punto de unión de las uñas.
Conviene que mantengas tus piernas cruzadas y dobladas; asimismo, has
de permanecer con la espalda totalmente recta.
Los dos dedos de la mano izquierda comprimen el pene estirándolo hacia
abajo. Los dedos derechos sujetan con firmeza el glande al tiempo que
emprenden un movimiento clásico de arriba a abajo y de poca amplitud. Los
dedos no se desplazan sobre el cuerpo del pene, sino que permanecen
firmemente sujetos detrás de la corona, y mientras se alargan, la mano
izquierda bien apoyada en el muslo no se mueve; se limita a mantener
bloqueada la base con firmeza y ejerciendo una presión constante.
Este estiramiento del pene comienza a provocar que éste se hinche. Haz
este movimiento con la suficiente lentitud: de cuatro a cinco idas y vueltas por
segundo. Cada vez que los dedos llegan al punto superior se estrechan más
que cuando se desplazan hacia abajo; estás ahora con una erección o al menos
a punto de tenerla.
Es el momento de aumentar la velocidad de esta estimulación. Los dos
dedos izquierdos se hunden, por medio de sacudidas regulares, en el interior
del pene en el momento en que los dedos derechos están en el punto más alto
de su desplazamiento.
La combinación de estas dos presiones aumenta considerablemente tus
sensaciones. Has llegado al momento en que sientes mayores deseos de
masturbarte con mucha rapidez y de la forma habitual. Resiste a este deseo ya
que el objetivo es prolongar la excitación el mayor tiempo posible aumentando
la presión sanguínea en el pene y, particularmente, en el glande.
Déjate ir contra el respaldo sin desplazar las nalgas y conservando las
piernas en la misma posición. Este simple desplazamiento hace que el pene se
endurezca, mientras que el glande se vuelve turgente. Irás a continuación cada
vez más rápido, lo que te obliga a modificar este movimiento que se hace casi
doloroso en el nivel en que descansa tu pulgar.
Mediante un juego muy ligero de muñeca proseguirás por vibraciones
laterales que alternarás con el movimiento precedente. Sientes una oleada de

31
comezón que se desplaza por el exterior de los muslos, desde las nalgas hasta
las rodillas.
Entras ahora en la fase en la que puedes prolongar tus sensaciones de
bienestar tanto como lo desees; para ello has de decirte que no sientes deseos
de eyacular, sino sólo de recoger el placer que te produce esta manipulación.
Los dedos de la mano izquierda se encuentran formando un anillo al que
desplazas lentamente a todo lo largo del cuerpo de tu pene, sin apretar, sino
deslizándose de una manera un poco más apoyada en el momento del mo-
vimiento hacia arriba. Durante todo este ejercicio la mano derecha continúa
sus vibraciones.
Sientes un placer cada vez más vivo y, a la vez, una especie de irritación.
Te parece que va a sobrevenir la eyaculación, pero no debes darle importancia.
Detente medio minuto manteniendo las manos en la misma posición.
Cierra los ojos, distiéndete, inspira profundamente. Retoma los movimientos,
pero esta vez con más fuerza y más rapidez. Cuando sientas una nueva oleada
que presagia lo que será la eyaculación, déjalo: estabiliza la respiración y
cálmate.
En este instante constatas la aparición en el meato de ese famoso líquido
preeyaculatorio que es el indicador de la tensión extrema de tu excitación. No
te toques durante algo más de un minuto, hasta que tu erección disminuya;
luego recomienza. Serán necesarios pocos segundos para que vuelvas a
«trempar» intensamente.
La mano izquierda se aferra ahora por completo al pene; te masturbas
lentamente conservando la posición de los tres dedos alrededor de tu glande,
sin desplazarlos.
A partir de este momento deberías poder «retenerte» mucho más, pues
esta estimulación puede proseguirse durante unos cuantos minutos antes de
que sobrevenga una vez más el deseo de eyacular. A partir de que sientas otra
vez esa necesidad, detente de inmediato y aprieta con fuerza el pene: el líquido
de placer surge con mayor abundancia por tu glande: muy bien, ello prueba
que has logrado conservar tu dominio en la excitación.
Después de dos o tres minutos, vuelve a la masturbación clásica, pero
sólo con la mano izquierda. Te aconsejo los desplazamientos cortos y una
presión moderada.
Hazlo con lentitud y con mucha regularidad. Siempre con la espalda
apoyada, completamente relajado, distiende bien las piernas, más separadas
que juntas, con lo cual se liberan los testículos, que estaban parcialmente
aprisionados entre los muslos. Los ojos están cerrados y te concentras en el
placer que te invade; se trata de un punto fijo, ya no tienes deseos de eyacular,
no deseas más que una cosa: que dure.
Entonces sigue este consejo: ten la voluntad de detenerte un buen cuarto
de hora, de manera que tu erección desaparezca por completo. Este largo
período de descanso es indispensable para que la excitación desaparezca del
todo.
Vuelve entonces otra vez a estimular tu pene. A1 cabo de muy poco tiempo
vuelve la erección; en este momento sólo la mano izquierda masturba,

32
siempre con lentitud. Para evitar una gran amplitud en el movimiento de
vaivén, lo mejor es apoyar el antebrazo en el brazo del sillón o, a falta de éste,
en el muslo; esto es extremadamente importante ya que su posición limita de
forma obligada el juego de la muñeca. Cuida asimismo que la mano no vaya
más allá de la corona del glande: el vaivén debe detenerse justamente debajo
de ésta. Una tercera precaución: insensiblemente, a medida que crece tu
placer y sin que lo adviertas, aprietas las nalgas o, dicho de otra manera,
pones rígido tu cuerpo acumulando una gran tensión que, si continúas,
precipitará el advenimiento de tu placer.
Relaja entonces las nalgas, distiende las piernas, concéntrate bien en tu
firme masturbación, lenta y suave pero sobre todo extremadamente regular.
Es necesario que llegues a disociar por completo tu pene de tu cuerpo.
¡Permanece laxo mientras él está duro!
Una vez que hayas recomenzado la masturbación, cierra los ojos a fin de
concentrarte mejor. Si hasta aquí has seguido a la perfección estas
indicaciones, llegarás pronto a un punto de equilibrio muy fácil de mantener:
el pene está duro, el movimiento siempre regular puede durar
indefinidamente sin que experimentes la necesidad de gozar.
De tanto en tanto, para reforzar la tensión sexual, mírate fijando la
atención sólo sobre el glande, mientras contraes las nalgas y extiendes las
piernas.
Esta combinación hace que ascienda por ti un repentino flujo de placer.
Continúa la masturbación sin acelerar hasta el punto en que sientas que
el proceso de eyaculación va a sobrevenir: escozores en la zona sacra, ondas a
lo largo de tus muslos. Detente rápido, cierra los ojos, conserva la mano alre-
dedor del pene. Recomienza sólo después de dos o tres segundos.
Esta vez continuarás sin necesidad de detenerte, siempre que no te mires
ni aprietes las nalgas. Prácticamente ya no puedes eyacular
involuntariamente. No lo harás hasta que lo decidas.
Tu cabeza da vueltas, te sientes invadido asimismo por un placer sordo y
aguzado a la vez. ¡Te puedes retener una hora si quieres!

EJERCICIO 2

Siempre sentado, pero esta vez en el fondo del sillón, llamarás a tu sexo a
la actividad mediante una estimulación, para obtener una erección y una
preparación a una masturbación prolongada que recurren prácticamente al
mismo movimiento.
Tu actitud es medianamente relajada, con los muslos separados y las
piernas algo extendidas. Concentra la mirada en tu sexo.
En primer lugar, la mano izquierda contiene los testículos, con los dedos
casi juntos cerca de la raíz externa del pene.
La mano derecha retira el prepucio, y solamente con el índice y el pulgar,
situados frente a frente, harás que sobrevenga la erección. Siempre mantenidos

33
en su posición detrás de la corona, no comprimen el glande sino que se apoyan
en él con delicadeza. En un primer tiempo, la mano izquierda conserva su
inmovilidad y los dos dedos derechos desplazan muy lentamente el pene de
arriba a abajo. No realices otra cosa más que esta sencilla incitación. El calor
que transita por los testículos pasa con mucha rapidez al pene, que gracias a
este desplazamiento suave y lento se hincha con sorprendente rapidez.
Si al cabo de algunas decenas de segundos, y no más, no sientes ni ves
ninguna modificación, no precipites las cosas: de nada sirve ser impaciente, ya
que lo importante es que la erección se produzca gracias a este movimiento; el
mismo movimiento que te masturbará para aprovechar un placer que durará
indefinidamente.
Ninguna otra estimulación podrá lograr una prolongación tan perfecta.
Contempla pues con mucha atención los dos dedos y el desplazamiento
del glande que hasta ahora se niega a aumentar de tamaño, e imprime
impulsos muy sutiles al pulgar y al índice derechos. Esta combinación es sufi-
ciente para producir un comienzo de modificación notable.
No detengas el movimiento, dale sólo mayor amplitud. Es casi imposible
que al cabo de uno o dos minutos no llegues a una erección semirígida.
A medida que aumenta la progresión, la piel del pene se pone tensa y los
dedos derechos ganan un contacto mucho más estrecho en el lugar sensible en
que están apoyados.
Sin desfallecer, y con igual constancia en la regularidad, puedes proseguir
durante muchos minutos; el pulgar y el índice izquierdos se hunden
progresivamente en la base del pene, mientras contraes los músculos
pelvianos: debes sentir la contracción del ano. Se ha establecido la erección.
Ahora se trata de aumentar la intensidad del placer, todavía difuso, sin
precipitarte en una masturbación clásica.
Amplifica al máximo el desplazamiento del pene estirándolo hacia arriba al
tiempo que intensificas la presión en su base. Si continúas el tiempo suficiente,
tu propio placer no querrá sino prolongarse de este modo; empezarás entonces
a hacerlo fluctuar alternando estos grandes movimientos axiales y los
desplazamientos más restringidos, aunque también más rápidos, sin modificar
ni un detalle en lo que respecta a la posición de los dedos.
A1 cabo de algunos minutos, la rigidez del pene alcanza su apogeo y el
glande adquiere una tonalidad púrpura; es el momento de modificar la
estimulación de base adaptándola a la totalidad de la mano derecha.
Apoya cómodamente el antebrazo en el brazo del sillón; el movimiento que
harás a continuación no será perfecto sin este apoyo. Rodea ahora con los
cinco dedos el glande, pero sin cogerlo; no ejerzas ninguna presión, sólo se
trata de imprimirle el mismo movimiento, pero con una velocidad que un domi-
nio firme haría imposible. Es tu puño el que transmite el impulso a los dedos
mediante una vibración de muy poca amplitud y gran rapidez. Los golpeteos
que así se obtienen se producen sobre la corona del glande, con el pulgar
colocado en el dorso y los cuatro dedos restantes delante.
No dejes de contener con firmeza los testículos prosiguiendo con las
presiones y las relajaciones. Modifica entonces ligeramente esta incitación.

34
Bloquea los cinco dedos y estira por arriba el glande como si quisieras arran-
carlo del resto del miembro. Ejercidas unas veinte veces, estas tracciones
aumentan considerablemente el aflujo sanguíneo hacia el glande. Retoma el
movimiento precedente, que ahora alternas con éste: la excitación se hace, en
efecto, cada vez más intensa, experimentas escozores difusos en toda la zona
de la pelvis.
Después realizas estos movimientos vibratorios, aunque sin abandonar tu
glande; entonces tus sensaciones comenzarán a ser más vivas; esta corriente
de placer que parte de arriba desciende a lo largo de todo el pene hasta los
testículos. Los dedos de la mano izquierda se desplazan en la base misma del
pene, y por consiguiente, liberan los testículos. Con el pulgar, el índice y el
mayor realiza a este nivel masajes cortos pero decididos que, a su vez, harán
que la corriente remonte hasta la cima.
La alternancia de todos estos movimientos provoca una mezcla de placer e
irritación que por momentos querrás mantener y por momentos desechar.
Siguiendo largo rato todavía esta combinación de movimientos, franquearás un
límite tras el cual desaparecerá la irritación para dejar su lugar a una intensa
sensación de placer.
Sigue pues con esta alternancia. A1 cabo de un tiempo (muy variable para
cada persona) la excitación se hace brutalmente intensa: esto corresponde a la
aparición del líquido lubricante del que muchos hombres ignoran la existencia
y la significación. Esto te está diciendo que no tardarás mucho tiempo en eya-
cular.
Detente. No te muevas, cierra los ojos y haz un vacío mental, sin pensar
en otra cosa que en tu respiración (realiza al mismo tiempo fuertes
inspiraciones); esta manera de proceder te calma al cabo de pocos segundos; la
tensión cae y recuperas la lucidez.
Es normal que en este momento constates una pérdida parcial de la
erección, ya que la excitación ha superado el estado en el que deberías haber
eyaculado. Esto presagia una masturbación que podrás proseguir durante un
tiempo que al comienzo ni siquiera eras capaz de imaginar. La estimulación ha
exacerbado tu glande y la sangre se estanca en espera de su reactivación.
A partir de ahora puedes masturbarte de la siguiente manera: con la
mano izquierda, con un movimiento de vaivén pronunciado, por
desplazamiento de la piel, sin abordar el glande, que se ha vuelto muy irritable;
hazlo con lentitud, luego retoma el movimiento con la mano derecha, pero con
mucha rapidez, y cambia de mano cada veinte movimientos de ida y vuelta
aproximadamente. Esta alternancia de las manos influye considerablemente en
la prolongación de la masturbación y, por lo tanto, de tu placer.
Como consecuencia de la excitación prolongada que ha precedido a esta
masturbación, puedes ahora controlar con mucha mayor facilidad la ascensión
del esperma.
En efecto, durante varios segundos, cuando sientes claramente que se va
a producir, eres capaz de proseguir sin riesgos y de detenerte cuando lo
juzgues indispensable.

35
Haz menos rápido el movimiento y disminuye la presión un cincuenta por
ciento. El deseo de eyacular desaparece entonces muy pronto. Puedes volver a
empezar, sin esfuerzo, con un dominio total.
Es preferible abandonar el ejercicio antes de eyacular.

EJERCICIO 3

Adopta la misma posición que en el ejercicio precedente, un poco más


relajada, sin embargo, en lo que respecta a las piernas.
El presente ejercicio es excitante en extremo y procura sensaciones
particularmente agudas. Su originalidad reside en que sólo involucra la parte
situada debajo de la corona del glande, sin otros tocamientos fuera de la zona;
pero lo más picante radica en el hecho de que se lleva a cabo con los dedos
únicamente (e incluso con la punta de los dedos), desde el origen de la
estimulación hasta la eventual eyaculación. Basta con dos o tres
modificaciones en los movimientos para que puedas variar tu placer con
eficacia.
Los muslos se hallan ampliamente abiertos, los testículos libres y sin
presiones, tu mirada se concentra en la acción de los dedos. Debes notar que
puedes, hasta el final, mantener los ojos bien abiertos contemplando tu
actividad sin que ello tenga la más mínima influencia sobre una posible
eyaculación prematura.
Aun si el procedimiento te parece al comienzo un poco insípido, no te
inquietes, no te lo reprocharás si perseveras.
Libera el glande pero sin estirar por completo el prepucio; deja la
cantidad de piel justa para formar una especie de rodete alrededor de la
corona. Coloca los dos pulgares sobre este rodete cara a cara, y los dos
índices por debajo y frente a frente. Como el pene estará fláccido, se trata de
no brutalizarlo con torpeza. Deja que el tiempo actúe.
Haz que los dedos ejecuten un movimiento alternado de báscula.
Mientras los pulgares ascienden, los índices descienden, todo ello sin
discontinuidad y con mucha lentitud.
Suele suceder que durante el primer minuto no se produzca ningún
efecto; no obstante, es necesario proseguir, pues los signos de la modificación
no tardarán en aparecer.
Poco a poco el pene se hincha. Cuida siempre de que los índices estiren
cada vez más hacia abajo mientras los pulgares no cesan de echar el prepucio
sobre la corona, sin cubrir el glande; esto es importante porque la excitación
no se efectúa más que en esta parte.
De tanto en tanto vuelve a poner los dedos en el lugar inicial, pues tienen
tendencia a desplazarse, especialmente los pulgares, que no deben descender
al dorso del pene, para lo cual es necesario que su desplazamiento sea extre-
madamente corto.

36
A medida que se modifica la consistencia del pene, acelera estos
movimientos de báscula apoyando más los pulgares. Esta nueva relación
amplifica el alargamiento del miembro y te conduce a la erección. Mantén esta
cadencia durante varios minutos hasta que el glande comience a henchirse; a
partir de este instante las sensaciones se hacen muy agudas. Es el momento
indicado para dar a tu miembro una fuente de excitación diferente.
Los cuatro dedos, situados frente a frente, efectuarán el movimiento
inverso: en lugar de alternarse pulgares e índices, el índice y el pulgar
izquierdos pasan a oponerse al índice y al pulgar derechos. Aproxímalos uno
a uno pinzando la piel del prepucio, siempre de modo alternativo y
lateralmente. Tirando de la piel, el estrechamiento de los dedos empuja el
cuerpo del pene al interior del hueco formado por los otros dos dedos, que se
abren y lo vuelven a enviar mediante el mismo movimiento a los dedos del
comienzo.
Para que esta estimulación surta efecto es necesario comenzarla con
bastante rapidez y aumentar la velocidad de forma progresiva a medida que los
propios movimientos se adaptan a los dedos. Si esto es sencillo cuando se lleva
a cabo con cierta lentitud, es cada vez más difícil de hacer a la perfección si se
aumenta la velocidad. En efecto, los dedos opuestos tienden a pellizcar al
mismo tiempo, lo que provoca cierto displacer y, eventualmente, dolor. Las dos
manos deben estar impecablemente sincronizadas para alternar como se debe
la estimulación efectiva.
Más tarde vuelves a comenzar el movimiento inicial, que se modifica
ligeramente como consecuencia de la tensión del pene. La erección hace que la
piel se tense en dirección de la base. Hace falta pues abreviar aún más el mo-
vimiento de los pulgares, que rechazan el glande hacia arriba mediante el
pliegue del prepucio. Apoya bien en el centro, con los pulgares hacia delante y
presionando; los dos índices se desplazan más abajo en su proyecto y estiran al
máximo el frenillo.
La excitación prosigue, el glande se hincha y enrojece, sobreviene un
placer real.
Vuelve a comenzar con las estimulaciones laterales, siempre muy cerca
del glande, como si quisieras separarlo del resto del pene, el cual, a su vez, se
vuelve extremadamente rígido. Durante muchos minutos alterna estos dos
movimientos sólo con la finalidad de acrecentar la concentración sanguínea y la
radicación de la erección.
Más tarde aporta una tercera variante a los dos movimientos de base:
desciende simultáneamente los cuatro dedos y vuélvelos a subir (a lo largo de
uno o dos centímetros, no más) en un movimiento de vaivén clásico, y luego
desplázalos de dos en dos, pero en sentido contrario: mientras el pulgar y el
índice derechos suben, el pulgar y el índice izquierdo bajan. Aumenta la
velocidad y la presión; al acelerarse, el movimiento adopta una forma elíptica,
lo que acrecienta la excitación.
A partir de este punto puedes combinar los tres movimientos haciéndolos
alternar según se le antoje a tu fantasía y a tus sensaciones preferidas.

37
La excitación gana las nalgas, que se endurecen y empujan a la pelvis
hacia delante. Las piernas se ponen rígidas, la erección es completa, llegas así
al estadio en el que sientes deseos de empuñar tu pene para masturbarte.
Evidentemente, si ése es tu deseo, nada te lo impide.
Pero no olvides que cuanto más seas capaz de mantener tu excitación en
el grado más alto, más podrás retrasar tu eyaculación... con todas las ventajas
que resultan, tanto para tu propia masturbación, que ejecutas tú mismo u otra
persona, como para un coito prolongado y bien controlado.
Al cabo de pocos minutos tu perseverancia es recompensada, comienzas a
sentir un intenso placer, que realmente te da deseos de proseguir el mismo
gesto.
Acabas de franquear el paso delicado: el glande, intensamente requerido,
se ha ingurgitado por completo de sangre y se hace muy sensible y, sin duda,
turgente. Pero lo más importante es la aparición en el meato de dos o tres
gotitas del famoso líquido que indica tu inmenso grado de excitación y la
inminencia de tu eyaculación.
No te detengas, no es necesario; reduce velocidad y presión, ello basta
para que disminuya la tensión sexual; no tienes necesidad ni siquiera de cerrar
los ojos: entras en una fase en la que es posible hacer durar tu placer todo el
tiempo que quieras.
Se instala una especie de oleada picante que parece no detenerse nunca.
A partir de este estadio, tienes tres posibilidades: hacer que cese esta
exasperación recurriendo a la masturbación habitual; detenerte en este punto
o detenerte un poco después sin que tengas ninguna necesidad de eyacular (no
sentirás por ello ninguna frustración), y, por último, continuar con este único
movimiento. En la postrera posibilidad, constatarás que el placer
extremadamente agudo que precede a tu eyaculación tiene un sabor muy
diferente al que obtienes por medio de la masturbación tradicional.

EJERCICIO 4

Éste es un ejercicio de estimulación prolongada verdaderamente


sorprendente.
Estás sentado, en una actitud relajada; comienzas a excitarte con ayuda
de las manipulaciones extraídas de algún ejercicio para favorecer la erección.
Cuando tu pene comience a estar lo bastante hinchado y levantado, rodea
con el pulgar y el índice derechos la corona del glande formando un anillo a su
alrededor. La mano izquierda comienza un masaje suave de los testículos. Te
masturbas clásicamente de arriba abajo, sin que se desplace el anillo que
aprieta con fuerza la base del glande.
A1 chocar contra la corona, el pene se estira. Es exactamente el mismo
procedimiento que el del primer ejercicio de esta parte, pero con una colocación
diferente de los dedos. El anillo se desplaza uno o dos centímetros, no más.
Insisto en el hecho de que la piel del prepucio no se desplaza y no cubre el

38
glande en cada movimiento; sólo se produce estiramiento del pene. Este
movimiento muy corto choca contra el glande, que aparece estrangulado y
dirigido hacia arriba. La erección se produce y, casi al mismo tiempo,
aparecen los primeros anuncios del placer.
La cadencia adoptada desde el comienzo es lenta y muy regular. A cada
movimiento de ascensión debes apretar el anillo ejerciendo una compresión
seca. Los otros dedos están abiertos y, por consiguiente, no tocan la verga.
Cuando se manifieste un aumento de la tensión, aprieta mucho el anillo,
como si quisieras reventar el glande. Detente un breve instante; con cuatro o
cinco segundos es suficiente. Recomienza aumentando la velocidad y
apretando menos, luego aminora la velocidad y, más tarde, vuelve a apretar.
Este es el momento en que la mano izquierda cesa de excitar los
testículos. Retírala por completo y relaja el brazo. La mano derecha y su anillo
continúan solos su movimiento. Ahora la erección es realmente muy fuerte.
Repliega las piernas para favorecer la distensión muscular de los muslos. El
glande se hincha y adquiere una tonalidad púrpura. Ahora no tienes que
hacer prácticamente nada más que algunas variaciones de presión y de
velocidad pero conservando la amplitud inicial y siempre por intermedio del
anillo. Cuando entreveas el deseo de que sobrevenga la eyaculación, reduce la
velocidad al mínimo.
Esta estimulación se hace terriblemente excitante y la cabeza te da
vueltas; a partir de este momento eres capaz de hacer disminuir la tensión y
de acrecentarla acto seguido: sólo hace falta que aprietes el anillo lo más
fuerte posible manteniendo tus piernas plegadas y luego estirarlas al mismo
tiempo que aflojas un poco la presión de tus dedos. Entonces aparece el
líquido lubricante preeyaculatorio.
Llegas ahora a la «fase de meseta», un período que podrás prolongar a tu
antojo.
Para que aparezca el deseo de eyacular y luego para hacerlo desaparecer
en el momento indicado sin que tengas que detener la estimulación, pasarás a
una velocidad superior.
Retira del pene el anillo que formaba tu mano derecha y mastúrbate con
la izquierda, en toda la longitud del pene y con marcado vigor, sin que por el
momento cubras el glande; aguantas mucho tiempo antes de que vuelvan las
ganas. La estimulación que has ejercido desde el principio te permite un
control absoluto. Sientes realmente que «te viene» y puedes, si es tu gusto,
renunciar a ello.
También puedes constatar que tu erección es sólida y, por así decirlo,
definitiva. Para comprobarlo, cesa de masturbarte y no hagas nada con las
manos: tu erección se mantiene durante decenas de segundos, se trata del
«bloqueo venoso» logrado. En verdad, se requiere mucho tiempo para que
comience a desaparecer.
Vuelve a comenzar tu masturbación con la mano izquierda, pero esta vez
dejando que tu mano frote el glande: el placer renace, pero se trata de un
placer que estás seguro de controlar.

39
Luego continúas y tu cabeza girará más deprisa. Te hallas en una especie
de «estado segundo»; te puedes imaginar incluso en el interior de una vagina y
estar seguro de controlar tu eyaculación a la perfección.
Ahora llevarás tu excitación al máximo, alternando tu masturbación con
la mano izquierda y con la derecha. Cuando reaparezca con mucha fuerza el
deseo de «acabar», vuelve a colocar el anillo alrededor del pene: unos pocos
movimientos idénticos conducirán tu tensión hasta el límite de la situación sin
retorno.
Decide entonces, por intermedio de tu voluntad, dominar tu inminente
eyaculación. Aprieta muy fuerte o, si ello te parece insuficiente, desplaza
ligeramente tus dedos para realizar un squeeze*: al producirse el reposo
muscular, el peligro se soslaya.
Recupérate durante algunos instantes, suelta las manos. Tu pene se
mantiene.
Has llegado a un nivel de placer tan intenso, debido a la progresión de las
estimulaciones, que durante bastantes minutos no querrás que cese, lo harás
durar.
Nada más sencillo: recoge las piernas o estíralas sin dejar de masturbarte.
Con la única condición de «cerrar los ojos», no eyacularás.
Extiende las piernas, contrae la musculatura y observa tu pene; el efecto
es inmediato: te «viene».
En este punto, tu decisión te pertenece ya que eres perfectamente dueño
de tu control: o bien te detienes sin sentir el menor atisbo de frustración, o
bien «decides» eyacular.

* En inglés, «estrujón». (N. del T.)

EJERCICIO 5

Es éste un ejercicio de masturbación prolongada realmente extraordinario.


Lo harás cuando te halles particularmente excitado 0 bien cuando la
eyaculación precedente ha sido reciente.
Su interés es doble: la erección llega muy rápido al pene fláccido y
recalcitrante, pero puedes sobre todo mantener la masturbación sin la menor
detención y durante todo el tiempo que lo desees.
Sin ninguna duda, la mejor posición es aquella en la que estás sentado y
completamente apoyado contra el respaldo de un sillón o de un sofá.
Traigo una vez más a colación las múltiples constataciones que he podido
realizar acerca del comportamiento universal de los hombres (y de las mujeres):
suelen «dar manivela» mediante un arriba-abajo inmediato a un pene apático,
con obstinación y a menudo sin grandes resultados.
Una de las mejores maneras de proceder en este caso no radica en el
movimiento sino en la «vibración».
Te hallas, pues, sentado; inserta total o parcialmente los testículos entre
los muslos, apretados uno contra el otro, con las piernas estiradas.

40
Coloca el pulgar y el índice de la mano izquierda apoyados, sin apretar, en
la parte inferior del pene, que está en el interior de la mano derecha, con los
dedos abiertos, el pulgar en oposición respecto al dorso y el puño angulado
respecto al antebrazo. El pene, aunque disminuido de tamaño, se encuentra
así estirado en el hueco de tus dedos y paralelo a éstos.
Mediante un rápido juego de báscula de la muñeca, imprime una alta
velocidad a los dedos que encierran el pene: son vibraciones extremadamente
rápidas que lo hacen chocar alternativamente con el pulgar y con el resto de
los dedos.
A1 cabo de pocos segundos, el resultado aparece: el pene comienza a
hincharse ligeramente; mientras aumenta en longitud, ten cuidado sobre todo
de no detenerte. A1 tiempo que prosigues con estas vibraciones, los dos dedos
de la mano izquierda transmiten, mediante presiones moderadas e intermiten-
tes, una estimulación a la raíz de la verga. Extiende bien tus piernas, endurece
los músculos, bloquea las nalgas. De modo inexorable, el pene cambia y accede
a un estado de semierección.
Desplaza entonces los dedos de la mano derecha, apriétalos contra el
glande y prosigue con las vibraciones con la mayor rapidez posible, sin soltar
tu presa. Las vibraciones agitan la parte media del pene; ello te recuerda las
ondulaciones que hace una cuerda sacudida con rapidez por uno de sus
extremos.
Desplaza los dos dedos de la mano izquierda, júntalos en la base del pene
y lleva a cabo ligeras fricciones de arriba abajo y desde el medio del pene hasta
su raíz. Más tarde agrega, de modo progresivo, otro dedo, masajea con un poco
más de firmeza, luego otro dedo más y, para terminar, tras una serie de
movimientos idénticos, toda la mano.
Continúa estas dos estimulaciones de manera conjunta (vibraciones con la
mano derecha y masaje con la izquierda) hasta el momento muy cercano en el
que las vibraciones ya no pueden provocar este movimiento ondulatorio;
entonces, sin cambiar de actitud, estira el pene mediante un movimiento
arriba-abajo lento pero decidido. A1 mismo tiempo, la mano izquierda, que
realizaba un masaje muy apoyado de arriba abajo, ejerce presiones sin des-
plazamiento pero también muy firmes. Cuando hay presión de la izquierda, hay
estiramiento de la derecha. Luego mezclas las dos estimulaciones con la mano
izquierda, tres o cuatro presiones cada vez más acentuadas y masajes cada vez
más pronunciados.
Es el momento en el que, por tu propia voluntad, sientes ganas de
proseguir de otra manera. Hazlo pues: por un encadenamiento lógico, el masaje
se convierte en masturbación, pero conserva un tiempo los dedos sin moverlos
alrededor del glande, hasta abandonarlo definitivamente. La mano izquierda,
entonces, realiza el movimiento de arriba abajo sin tocar el glande; comprime
con mucha fuerza el cuerpo de la verga haciendo muy lento el movimiento.
Las piernas, que estaban apretadas desde el comienzo, se abren y liberan
los testículos. Sientes que eres perfectamente capaz de prolongar la
masturbación hasta el infinito. Te sientes bien, aunque no experimentas la
llegada inminente de un placer irresistible.

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Aligera entonces la presión sobre el pene y pasa a una velocidad muy
rápida. A1 cabo de pocos segundos eres consciente de que no tardarás mucho
en eyacular.
Desconcéntrate de modo repentino, relaja los músculos y haz más lentos
los movimientos apretando con mucha fuerza el pene. Luego continúa con
mucha ligereza y rapidez: renace la intensidad del placer.
A partir de entonces puedes cambiar de mano y seguir con un ritmo
normal y con mucha regularidad. Curiosamente, y sin que lo adviertas
realmente, acabas de pasar la fase crítica.
Te hallas entonces en el «estado segundo»; experimentas confusamente la
sensación de que te estás masturbando, pero tu conciencia está como dormida:
tus gestos no te pertenecen y parece que se llevan a cabo por sí solos.
Tu sentimiento más agudo, independiente de tu satisfacción sensual, está
construido sobre el orgullo, orgullo de un éxito del que, quizá, no te creías
capaz.
Para volver a experimentar los intensos segundos que preceden a la marea
eyaculatoria puedes retomar con la mano izquierda las dos estimulaciones ya
descritas, pues es un hecho que se ejercen mejor con dicha mano.
Ahora, más aún que con la derecha, prolongarás tu placer hasta el punto
más alto y todo el tiempo que desees.
Tras la masturbación lenta y firme, y luego de que se disipe un poco el
deseo de eyacular, aumenta poco a poco la velocidad en lugar de reactivarla,
todo ello aligerando la presión. No precipites el cambio: la operación debe ser
continua.
Para terminar, llegas al mismo punto que antes pero después de tomarte
el tiempo necesario para habituarte: así descubres este goce preeyaculatorio.
Basta con dejar que tu espíritu flote y marche a la deriva. Si quieres
eyacular, concéntrate en el pene.

EJERCICIO 6

Esta clase de estimulación puede interesar a todas las personas del sexo
masculino, sobre todo a aquellas que aprecian una cierta firmeza desde el
comienzo.
Se trata de hacer que sobrevenga la erección según una «adaptación» del
movimiento usual de la masturbación en un pene fláccido y fatigado.
Por regla general, y en el caso de una excitación natural, no es
indispensable proporcionar estimulaciones a los testículos. El pene
moderadamente dispuesto no tiene necesidad de ayuda complementaria; es
más, ciertas maniobras manuales no hacen más que aumentar con demasiada
rapidez el placer y precipitar la eyaculación.
En el caso del pene perezoso, la complementariedad de las estimulaciones
es prácticamente obligatoria, mas puede variar según la firmeza o la ligereza de
éstas; es cuestión de gusto, pero, más aún, de oportunidad.

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Si, antes incluso de cualquier forma de estimulación, te encuentras muy
excitado, todo toqueteo, toda caricia, toda manipulación resultan indicados.
Pero el problema es inverso y doble: tratar de retrasar el momento,
«aguantar el mayor tiempo posible» o, lo que no constituye un problema, aliviar
en las pausas más indicadas, una tensión excesiva.
En el caso de relativa apatía sexual, cuando por una estimulación fortuita
o querida, constatas una modificación positiva, no cambies, sobre todo, con
demasiada rapidez el origen de ésta; en la mayor parte de los casos no harás
más que retrasar, o incluso interrumpir, el proceso que ya se ha
desencadenado.
Justamente, este ejercicio se refiere a este estado preciso. A1 realizarlo
podrás poner en aplicación este principio.
Elige estar de pie, pues esta posición, con mucho la más tónica, aporta su
contribución a la solución.
Mantener las piernas apretadas es prácticamente «obligatorio», pues es
necesario que tu estimulación manual se vea reforzada por una tensión
muscular apropiada. En efecto, si mantienes las piernas juntas puedes
bloquear más tus nalgas; los músculos así contraídos favorecen el
advenimiento de la erección al comprimir la zona pelviana.
Con la totalidad de la mano izquierda coges los testículos, con el pulgar y
el índice apoyados a una y otra partes de la base del pene: el pulgar flexionado
resulta aún más efectivo. Ambos dedos se hunden en la raíz mientras los
restantes comienzan a realizar tracciones del escroto.
Coloca el pulgar de la mano derecha en el dorso del pene, con el glande
sólo parcialmente descubierto ya que es necesario que el prepucio pueda
deslizarse y cubrirlo posteriormente. El índice y el mayor se colocan debajo, de
frente al pulgar y bien situados sobre el eje.
Con cierta firmeza pero sin ejercer una presión excesiva, y con sólo estos
tres dedos, comienzas por un movimiento de masturbación clásica.
Empieza por ocuparte de tu pene conservando el apoyo de los dedos,
estables, es decir, sin que se desplacen hacia el exterior pero que, mediante el
movimiento de vaivén, obliguen a estirarse al pene. Así pues, es el cuerpo de
éste el que se ve estirado y contraído. Tu movimiento comienza con un ritmo
medio, sensiblemente similar a la velocidad de un coito «bien montado». La
mano izquierda tensa el escroto, estira los testículos y los masajea; el pulgar y
el índice continúan su presión. Contrae las nalgas de modo intermitente, alter-
nando relajamientos y compresiones, pero con un ritmo más lento que el de la
masturbación.
En los primeros segundos, estas incitaciones no demuestran su efecto. No
cedas, no cambies nada, prosigue al tiempo que intensificas tu mirada.
Al cabo de pocas decenas de segundos (en todo caso siempre antes del
minuto) es casi imposible que no constates un hinchamiento del pene. Apoya
cada vez con más firmeza, con la fuerza y la convicción apropiadas, y pon el
acento sobre el siguiente detalle de gran importancia: cuando los dedos
derechos estiran hacia delante el pene, el efecto de fuerza y de presión muy
localizado a nivel de su impacto debe afirmarse más; imprímeles un impulso en

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forma de sacudidas que vengan a percutir contra el glande. El efecto es
completamente satisfactorio, más aún que la no lejana erección; este impulso
es el que transmite la mejor sensación, pero ésta no se experimenta plena-
mente si la masturbación no se practica con «nervio».
A medida que el pene se hincha y se estira resulta más difícil proseguir sin
que los dedos no se desplacen sobre la piel, que, debido al estiramiento, pone
el glande al descubierto. Resulta prematuro masturbarte gracias al desliza-
miento normal de la piel por el cuerpo del pene. Realiza pues apoyos más
alejados, es decir, «gana piel» situando tus dedos más atrás; se trata de
proseguir durante mucho tiempo todavía, hasta el límite en que una imposibili-
dad real requiere otra cosa.
No olvides la enorme estimulación de tu mano izquierda que masajea
ahora con extremado vigor: extiende las piernas y aprieta definitivamente las
nalgas.
Esta permanencia de las tres incitaciones lleva no sólo a la erección
deseada sino que también se acompaña de cierta molestia en lo que respecta al
movimiento central, creando así un cierto dolor o, mejor dicho, cierta inco-
modidad. No cedas todavía, tu glande puede aún impregnarse más y ello te
parecerá aún más fácil a efectos de prolongar tu masturbación.
Cuando al fin comiences a hacer deslizar los tres dedos, la sensación será
bien desagradable y casi sentirás deseos de retomar el movimiento precedente.
No dura mucho; mastúrbate ahora vigorosamente, siempre de la misma
manera; sobre todo, no cojas tu pene con la mano. El pulgar, el mayor y el
índice son indispensables para acceder a este estado de gracia que se
mantendrá tanto como desees. Ahora sientes la oleada de placer que parece
subir desde las piernas hasta el miembro y descender para volver a subir: se
trata de un placer real que querrás prolongar.
La verdad que no es difícil hacerlo: tus muslos, si permanecen cerrados,
precipitarán la eyaculación.
Disloca las caderas tomando apoyo sobre una sola pierna y separa el
muslo no bloqueado; instantáneamente el flujo de la excitación disminuye y
casi desaparece sin que tengas que limitar o detener la masturbación.
Mantente así durante algunos segundos; luego vuelve a aproximar los muslos;
en cuanto a la mano izquierda, prosigue con ella el masaje cada vez con más
vigor.
Cuando reaparece el deseo de eyacular, vuelve a comenzar.
A1 cabo de cuatro o cinco de estas alternancias, la necesidad se hace cada
vez más urgente y el tiempo de recomenzar tu masturbación aumenta, lo que, a
su vez, hace necesario una mayor separación de las caderas. ¡Cuida que no sea
demasiado tarde!
Llegado justo al límite, dislócate al tiempo que contraes las nalgas: de este
modo detendrás por completo el precipitarse de la eyaculación.
Es entonces que aparecen las «perlas lubricantes» que traducen tu
sobreexcitación.

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Has franqueado el límite en el que la eyaculación puede sorprenderte, eres
ya completamente capaz de retenerla sin que ceses de masturbarte. Hasta que
decidas concluir.

EJERCICIO 7

Tomarse tiempo para hacer el amor, tomarse tiempo para acariciar a otro,
tomarse tiempo de hacer el amor consigo mismo, tomarse tiempo para
masturbarse.
He aquí las claves y las palabras más rigurosamente indispensables para
alcanzar la verdadera voluptuosidad.
Pero ¿cuántos hombres, en realidad, lo saben? ¿Por qué, tratándose
incluso de su egoísmo, son capaces de considerar por sí mismos lo que podría
ser aún mejor?
Simplemente porque siempre han pensado que la pulsión sexual es
demasiado imperiosa, desde el instante en que la causa de la excitación se ha
presentado, como para poder ser dominada.
Así, se dejan llevar por la facilidad que representa el camino más corto. En
este sentido el hombre es la imagen apenas matizada de la bestia, ya que, más
que una carencia evidente de inteligencia, es la «voluntad» lo que realmente
falta; o, si se prefiere, su inteligencia no lo determina en esos momentos en que
es necesario dar pruebas de voluntad.
Sólo ella permite controlar el placer, dirigirlo, canalizarlo, hacerlo fluctuar,
hasta someterse, cuando lo desea, a él y en él sumergirse.
La afirmación puede formularse de una manera netamente menos teórica:
Cuanto más largas son la estimulación sexual y la exacerbación de la
sensualidad, más se mantiene la erección y más desgarradora es la
eyaculación. Los ejercicios de esta parte del libro no tienen otra finalidad que
hacerte descubrir y apreciar esta verdad.
Síguelos al pie de la letra para realizar el aprendizaje del control de la
voluntad.
La estimulación propuesta en este capítulo es prácticamente la misma
desde el comienzo hasta el final. Estás de pie, con las piernas sin apretar y los
músculos de las nalgas laxos. Por supuesto, el pene se halla en reposo; la
mano izquierda, si eres diestro, se ocupará de él durante toda la duración, con
excepción de los últimos segundos (si deseas eyacular).
Pon los dedos en la posición siguiente: el pulgar sobre el dorso del pene, a
mitad de camino entre la zona media y la corona del glande, que se halla
descubierta. Los cuatro dedos opuestos se disponen en línea separados entre
sí, con el índice situado en el frenillo y el meñique en la inserción del escroto,
hundiéndose en éste. El apoyo de tus cinco dedos es firme desde el comienzo
de esta estimulación. Los cuatro dedos inferiores estiran la piel hacia atrás al
máximo sin que se produzca ningún desplazamiento. Sólo el pulgar rechaza

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hacia delante el glande apoyando con fuerza; con esto hace que la piel del
prepucio envuelva ligeramente la corona.
Resulta muy agradable contemplar el miembro durante todo el ejercicio.
El pulgar prosigue su movimiento arriba-abajo y choca contra la corona de
manera profunda, lenta y regular. Puedes constatar que el glande se oscurece
muy rápidamente y que, por su parte, el resto del pene se hincha de modo
gradual.
Cuando estas modificaciones se acerquen a una semierección, prosigue la
misma estimulación, pero esta vez con un desplazamiento de los dedos
inferiores debido al estiramiento de la piel. De ello se sigue que el pulgar y los
dedos opuestos hacen un movimiento contrario, el frenillo resulta estirado
hacia atrás y el pulgar, debido a su empuje, hace que el glande bascule hacia
delante. Ten mucho cuidado de que este movimiento no caiga en una
simultaneidad que se parecería demasiado a la masturbación tradicional. En
efecto, la manipulación aquí descrita permite mantener una estimulación
extremadamente prolongada sin desencadenarse el deseo de una eyaculación
demasiado precipitada.
Cuando sientas, precisamente, que tu placer se hace más exigente, no
modifiques ni el ritmo ni la presión: limítate a disminuir ligeramente la
amplitud. Lo más importante es apartar sin dilación la mirada. Ello basta para
reducir la tensión hasta un nivel controlable.
Cuando la erección esté completamente establecida, has de permanecer
atento pues este movimiento tiene también la particularidad de ser
extremadamente eficaz para engendrar una eyaculación.
La ventaja de esta disposición de los dedos radica en que facilita la
operación de squeeze (uno o varios). Te corresponde comprimir con decisión el
pene entre el pulgar y el índice: al cabo de algunos segundos, el deseo eya-
culatorio se disipa, sin que ello, no obstante, comprometa la erección.
A partir de este límite constatarás que la erección se mantiene. Puedes
incluso cesar toda clase de estimulación durante algunas decenas de segundos
sin que aquélla se reduzca. Por lo tanto, puedes fácilmente alternar estas
estimulaciones con paradas voluntarias. Tu placer será un poco más intenso
cada vez y resultará perfectamente controlado.
A partir de este instante puedes incluso acentuarlo. Deja que los dedos se
coloquen en ángulo abierto con relación a tu muñeca (como en la culata de un
fusil); los dedos inferiores se tocan, estiran siempre hacia atrás sin dejar de
comprimir, el pulgar acentúa la presión de su masaje y ello obliga al pene a
inclinarse hacia la derecha.
Como en la mayor parte de estas estimulaciones originales, puedes
perfectamente detenerte sin querer eyacular; habrás conocido un placer
duradero sin que intervenga la frustración. Cultivarás un orgullo del todo
justificado ante este nuevo comportamiento. Sin embargo, también puedes
gozar legítimamente sólo a partir de este momento, ya que habrás puesto a
prueba la capacidad para contener la eyaculación.
Habida cuenta de la duración muy larga del mantenimiento del placer, tu
goce será terriblemente intenso y tu eyaculación muy poderosa.

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Conserva tu mano en su primera posición y agita tu pene con los
movimientos arriba-abajo usuales, aunque con la amplitud más corta posible
y, asimismo, con la mayor de las velocidades.
Bastan dos o tres segundos.
Si quieres gozar aún con más intensidad, hazlo con la mano derecha,
siempre y cuando la coloques en una posición idéntica.

EJERCICIO 8

Se presenta ahora un ejercicio que conviene en gran medida a quienes son


víctimas regulares de eyaculaciones precoces, tengan o no dificultades de
erección.
Es necesario que adquieran el conocimiento profundo de sus sensaciones
sexuales, pues es indispensable que descubran sobre todo cómo controlar
progresivamente sus eyaculaciones intempestivas.
Es también evidente para todos que cuando se habla de eyaculaciones
precoces se hace referencia al coito y nadie, absolutamente nadie, habla de
estas eyaculaciones igualmente rápidas cuando aparecen en el curso de la
masturbación.
Personalmente pienso -y puedo probarlo a los desafortunados que a
despecho de la consideración que manifiestan por el coito prosiguen
paralelamente con sus masturbaciones solitarias- que su «enfermedad» tiene
todas las posibilidades de remediarse, precisamente por intermedio de la
masturbación y en el curso de ésta... a condición de que admitan previamente
su justificación, no como un fin con pequeños medios, sino como una subli-
mación del placer.
La originalidad de este ejercicio es doble. Ante todo, recurre a
estimulaciones diferentes; luego, cada una de ellas se ejecuta con lógica, pero
separadas entre sí por un período de reposo.
El principio es simple: es necesario que el pene que se resiste a obedecer
se vea obligado a habituarse a estimulaciones repetidas pero espaciadas. Se
requieren estimulaciones breves al comienzo, y luego cada vez más
prolongadas y períodos de inactividad inversos.
Lee acto seguido el camino a seguir, incluso si no padeces ese otro
inconveniente que es la dificultad de erección.
Te hallas de pie y tienes, necesaria e imperativamente, que mirar tus
maniobras durante todo el ejercicio. Esto es en extremo importante para aunar
juiciosamente la estimulación visual, que te empuja a gozar rápidamente, con
las técnicas masturbatorias, las cuales, debido a su programación, tienen como
efecto un retraso de tu goce.
Si eres diestro, la mano izquierda sola comienza la estimulación. Sólo
colocas el pulgar, el mayor y el índice un poco por delante de la mitad del pene,
mirando hacia el abdomen. La cogida debe ser ligera, suave. Mediante cortos
impulsos, le imprimes sacudidas de arriba abajo; la flexibilidad debida a su

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flaccidez permite un movimiento axial importante de su parte anterior, en la
que, evidentemente, se hallará el glande al descubierto.
A1 cabo de un tiempo que varía según seas más o menos sensible a esta
incitación (a menudo en menos tiempo del que imaginas), tu pene se hincha y
se alarga. No cambies nada en tu gesto, ni la moderada velocidad que has
imprimido desde el comienzo, ni la ligera presión de tus dedos.
Cuando el pene adquiere un estado de semirigidez, mantén la cadencia
haciendo sólo un poco más fuerte el apoyo del pulgar.
Prosigue entonces esta estimulación simple durante el mayor tiempo
posible, pues es la primera base seria para corregir la eyaculación precoz. En
primer lugar, el glande experimenta los impulsos indirectos que le aportan
excitación, sin que haya el menor contacto. En segundo lugar, la parte que está
en contacto con los dedos es la menos sensible del miembro. Por último, esta
estimulación mantiene indefinidamente una erección muy correcta y no se
parece en nada al clásico movimiento de vaivén.
Cuando, por último, la rigidez del pene ya no permite el quiebro por
encima de los dedos, hazlos retroceder hasta la raíz, apriétalos aun mas y
acelera netamente el movimiento. El pulgar apoya dos veces más que los dedos
inferiores allí donde se han encontrado con el meñique. Estas sacudidas deben
ser ahora muy marcadas e incluso nerviosas.
Si perteneces al grupo de hombres que padece «dificultades de erección»,
bloquea los músculos de las nalgas con mucha fuerza para aumentar la
tensión sexual; en el caso contrario, cuida de relajar la musculatura.
Ha llegado el momento de la erección: el pene se balancea en su totalidad,
el glande cobra un color púrpura. Tienes que continuar esta manipulación
durante quince minutos por lo menos; no te expones para nada a la
eyaculación ya que este movimiento contribuye al aumento de la presión
venosa en el cuerpo del pene, pero no favorece la expulsión del esperma.
Detenlo todo ahora y deja tranquilo al miembro durante por lo menos cinco mi-
nutos.
Una vez que ha pasado este tiempo, coloca suavemente los dedos tal como
se hallaban antes de la interrupción. Sin duda tu pene se habrá «deshinchado»;
retoma la estimulación en el punto en que la habías interrumpido; pronto el
miembro recobrará su aspecto anterior. Compensa la presión del pulgar
mediante una presión análoga de los otros dedos; el pene ostenta ahora una
sólida erección y, gracias a la conjunción de estas dos fuentes de apoyos vi-
gorosos con balanceo de arriba abajo, experimenta una rotación alrededor de
su base en sentido antihorario.
Nuevamente mantén este ritmo durante el mayor tiempo posible y luego
detén una vez más la manipulación, menos, no obstante, que la primera vez:
basta con uno o dos minutos.
Puedes constatar que la pérdida de erección es mucho menos importante
y que la reanudación de la estimulación es, a su vez, más rápida.
Cuando el pene vuelve al punto en que se encontraba anteriormente,
modifica la colocación de los dedos inferiores; se hunden en el escroto y lo

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estiran con fuerza hacia abajo; sólo el índice permanece en la raíz externa del
pene.
Recomienza entonces con el movimiento de balanceo de arriba abajo: las
inflexiones se hacen muy cortas, incluso secas, y hacen que el «placer» viaje por
el pene; la piel se halla por completo replegada hacia atrás, el glande ostenta
su máxima turgencia.
Mantén entonces esta estimulación el mayor tiempo posible. Tampoco en
este caso tienes que temer una eyaculación, que no puede tener lugar y que, de
cualquier modo, ya no sería prematura, habida cuenta del tiempo que has
dedicado a tan agradable excitación.
Es el momento en que sientes ganas de «masturbarte». No lo hagas,
detente unos veinte a treinta segundos. Tu erección se mantiene sólida hasta el
momento en que realmente sientas deseos de «acabar».

EJERCICIO 9

Así como es más fácil retrasar la eyaculación cuando las estimulaciones


sexuales se alejan del esquema de la masturbación tradicional, existen
asimismo técnicas de masturbación prolongada que se adaptan al vaivén
clásico.
El presente ejercicio se apoya principalmente en este gesto milenario.
Es absolutamente necesario que se realice de pie pues esta actitud es la
única conveniente para ejecutar este simple movimiento del cuerpo, frenando
la marea eyaculatoria.
Los eyaculadores precoces tienen especial interés en controlar las
detenciones cuando están indicadas, para luego acortarlas de modo progresivo
y, al fin, suprimirlas. La finalidad de esta estimulación, clásica por sobre todo,
reside en una prosecución continua de la excitación, es decir, que el pene debe
estar en condiciones de soportar mucho más allá de lo soportable, siempre que
no haya interrupciones.
Evidentemente, todos los otros artificios naturales ya expuestos en otra
parte, intervienen según el momento y según el estado: la mirada que se fija o
se aparta, los músculos de los alrededores tiesos o relajados, la zona erógena
de los senos «agredida» o dejada de lado.
Comienza la estimulación como te guste, según tu método propio o por
uno correspondiente a los ejercicios precedentes; aquí el comienzo tiene poco
importancia.
Me ocupo, pues, del ejercicio desde el momento en que experimentas una
erección persistente, a sabiendas de que has superado el estadio preparatorio.
Entras ahora en el período durante el cual se manifiestan las primeras
ondas del placer. Es la fase más atractiva y que, precisamente por eso, hace
que los hombres tiendan a precipitarla en lugar de contenerla.
Atención, eyaculadores precoces: abandonen inmediatamente el pene; un
segundo más y podéis arrepentiros.

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Tras un tiempo de tregua que varía según la sensibilidad de cada uno,
reemprende tu masturbación mediante el clásico vaivén. No olvides la
contracción y la relajación de las nalgas, pues en ello radica toda la diferencia.
Una nueva advertencia a los «desafortunados»: desde el momento en que
aparece una onda de placer más aguda que las precedentes, tened el coraje de
suspender instantáneamente. Todos os tenéis que acordar de que el goce será
tanto más intenso cuanto más veces haya sido contenido vuestro placer.
Por último, aparece la fase capital, que precede en muy poco tiempo al
«punto de no retorno».
Separa discretamente las piernas, si se tocaban, unos treinta centímetros;
inclínate hacia delante, sin dejar de masturbarte, ahueca los riñones y echa
hacia atrás las nalgas, pero sobre todo intenta llevar el pene a una posición
paralela a la horizontal e incluso más abajo.
Esta vez es inminente: sientes el brusco aumento de tu tensión. ¡Dos o
tres segundos más y eyacularás!
Sigue ahora con la mayor exactitud estas indicaciones, sin cesar de
masturbarte: de una manera espontánea, pero sobre todo coordinada a la
perfección, flexiona las piernas unos diez centímetros echando hacia delante
las nalgas y hacia atrás el vientre; no muevas los muslos y toma simplemente
un ligero apoyo en las piernas; pero sobre todo, sobre todo, masturba el pene
en posición vertical, bien apretado contra el vientre.
El efecto es inmediato y espectacular; el deseo de eyacular desaparece
instantáneamente. Puedes proseguir durante algunos instantes así, incluso
bastante tiempo; has retrocedido lo suficiente como para permitírtelo.
Para que renazca este placer sordo y muy sutil que precede al
desbordamiento del esperma, vuélvete a poner en la posición anterior, y así
sucesivamente. Cada vez podrás constatar la eficacia sorprendente de este
ejercicio que consiste en jugar con fuego sin interrumpir jamás la
masturbación. Se trata del absoluto control de las fluctuaciones del placer.

EJERCICIO 10

Sin lugar a dudas, la posición acostada sobre la espalda es la que permite


una mejor relajación y, por consiguiente, la que ofrece la ventaja de mantener,
durante el mayor tiempo posible, una masturbación prolongada y, sobre todo,
el placer de la fase preeyaculatoria.
Precisamente a causa de esta inmovilidad obligada del cuerpo, el cerebro
disocia con mayor nitidez la parte correspondiente a lo físico; pero en esta
relativa facilidad, lo más difícil no es tanto tener la voluntad de detenerse a
tiempo, sino la de seguir «desconectando» lo cerebral.
Te tumbas en una actitud de gran relajación, con las piernas ampliamente
separadas, ya que así te será más fácil no dar rigidez a tus piernas ni activar la
musculatura de las nalgas. Ya por tu predisposición y por tu desnudez, sin
ninguna excitación sofisticada, tu erección adviene. Desde este momento, el

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deseo de gozar, superior al propósito de hacer durar tu placer, te empuja
habitualmente a una masturbación frenética cuya duración no excede unas
decenas de segundos.
De hecho, puedes optar por ello para renovar tu placer al cabo de una
hora o dos; ¿quién te lo reprocharía? Sólo que no hay que olvidar que este
segundo placer, aun si dura mucho tiempo, no es por ello más fuerte: es de
intensidad variable y siempre más restringido en lo que respecta a la
eyaculación.
Lo ideal es conquistar el control que se pone en el segundo para realizar el
primero. Allí, y sólo allí, reside la dificultad enorme de la gran mayoría de los
hombres.
Asimismo, hay que saber que la mano que masturba, si es extraña,
acelera mucho el proceso de la eyaculación y que su impacto no se halla en el
tacto sino en la idea que uno se hace de él; es pues más psíquica que física.
Hete aquí por qué es indispensable realizar este aprendizaje aisladamente,
para conocerse bien, si uno quiere sacar beneficio de la duración y del placer
acrecentado de ser masturbado.
Empiezas de modo muy clásico; antes de que sobrevengan los primeros
signos de la ascensión del placer, empero, conduce la mano derecha a la mitad
superior del pene, sin que el glande sea frotado jamás con tus manos. Ejecuta
un vaivén muy corto de modo que la piel del prepucio lo recubra casi por
entero; no desciendas más allá del rodete del glande, es decir, del anillo
formado por tu pulgar y tu índice.
Cuando la mano asciende nuevamente, es necesario hacer desaparecer el
vértice del pene en su interior rodeándolo lo más completamente posible.
La mano izquierda puede entonces coger la mitad inferior del pene y
ejercer allí una presión fuerte y constante. Esta disposición de las manos, si
tienes cuidado de colocar el pene en la vertical (perpendicular a tu vientre),
cobra la apariencia de una penetración vaginal.
Para que disminuya la intensidad del placer, ejerce tracciones muy
marcadas hacia arriba; para aumentarla, reduce la amplitud del vaivén -ya de
por sí corto- y limítalo a la corona del glande, siempre bien cubierta por el
prepucio, de modo que el vértice del glande no sobresalga de la mano.
Asimismo puedes combinar con estas variaciones los efectos que procuran
los cambios de velocidad: cuando la masturbación se lleve a cabo mediante
tracciones hacia arriba, aminora la velocidad hasta el extremo; cuando la
masturbación se circunscribe a la corona del glande, hazlo con mucha mayor
rapidez. También puedes hacer intervenir las modificaciones obtenidas
mediante la presión: fuerte y marcada cuando te hallas arriba, y ligera en la
base del glande.
Cuando el placer comience a hacerse más apremiante, afloja la mano
izquierda y conserva sólo el índice y el pulgar, a los cuales haces descender
hasta la base del pene; rodeándola, apriétala con fuerza. Ello es suficiente para
estabilizar tu placer en un punto soportable. Si a pesar de esta maniobra
sientes la inminencia de la eyaculación, interrumpe durante algunos segundos

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la masturbación y acerca el pene al abdomen; no hace falta más para que el
deseo desaparezca.
A partir de este instante podrás constatar la rigidez de la erección, ya que
cuanto más dure la masturbación, más definitiva será la acumulación
sanguínea.
También aquí el cerebro debe desempeñar su papel director; cuando
gracias a la voluntad has rozado apenas el punto de no retorno, la fase de
meseta puede prolongarse indefinidamente si logras disociar plenamente lo
físico de lo mental. Concretamente, es necesario que la mano continúe
masturbando de una manera casi automática mientras dejas «flotar» la mente.
No debes pensar en lo que estás haciendo, no buscar imágenes precisas de
parejas, de penetración y de eyaculación. Sólo así llegarás a ese «estado
segundo» en el que tu cerebro, privado de toda excitación complementaria, no
captará más que las sensaciones localizadas exclusivamente en tu sexo; no son
éstas las que te harán eyacular, sino la emoción creada por la representación
de un goce precedente.
Esta capacidad para disociar el placer de la emoción (y por lo tanto de
prolongar todo lo que desees este exclusivo placer), puede lograrse de la misma
manera si eres masturbado por tus propias manos o por otras. Por el contrario:
¡reconduce tu espíritu a tus manipulaciones y eyacularás al cabo de tres
segundos!

EJERCICIO 11

El siguiente ejercicio puede considerarse una continuación del precedente.


Suponiendo que has terminado por eyacular, menos de una hora después
puedes hacer que renazca el deseo, el placer y una nueva eyaculación. En este
caso, tras el establecimiento de la erección, es evidente que la prolongación de
la masturbación para hacer durar el placer es infinitamente más fácil de llevar
a cabo.
La verdadera «dificultad» puede situarse en el terreno de la erección; según
las naturalezas y las circunstancias, una excitación, aunque sea sumaria,
puede hacer que vuelva; a veces, la satisfacción primera parece no dejar lugar
al menor deseo: el pene completamente apático no pide más que reposo,
mientras que lo cerebral quisiera «gozar» una vez más.
Insisto en lo dicho en los ejercicios de la primera parte, es decir, que no
sirve para nada emprender el gesto clásico en un pene en reposo tras la
satisfacción. Es más, existen todos los motivos para que semejante
manipulación produzca el efecto contrario.
En este caso, una excitación indirecta, no táctil, se revela particularmente
eficaz, pues los estímulos de orden psíquico transmiten casi en toda ocasión
reacciones positivas: una película o unas fotografías pornográficas, a falta de
escenas reales, engendran deseo la mayor parte de las veces.

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Puedes igualmente verificar el automatismo de la reacción por la
estimulación psíquica si en lugar del voyeurismo pones una cierta dosis de
exhibicionismo: sin cometer el menor atentado al pudor, ya que te hallas en
casa y no en el balcón, el hecho de estar desnudo y de poder ser visto desde
una ventana situada enfrente desencadena el mismo proceso: de espectador te
conviertes en actor; estos dos aspectos de la excitación visual son de la misma
esencia que, en otro registro, el sadismo y el masoquismo.
Basta entonces con agregar algunas caricias a tu desnudez para obtener
lo que el encarnizamiento de tu mano no siempre puede alcanzar, con mayor
razón en la intimidad o la oscuridad.
Siempre acostado como en el transcurso del ejercicio anterior, los pulgares
y los índices se colocan en la base del pene, previa liberación del glande.
Estirarán con fuerza hacia abajo, como queriendo hundirse en la pelvis. El
pene aparece entonces completamente suelto y, aun cuando está fláccido, se
conserva en posición perpendicular al vientre.
Sin desplazar los dedos, imprímeles un movimiento de atrás hacia delante
que produzca sacudidas rítmicas y ligeras, siempre estirando con fuerza la piel
del pene hacia abajo. Esta manera de actuar desencadena el comienzo de la
erección, con la condición de continuar de manera muy regular.
A mitad de camino entre la apatía inicial y una nueva erección normal,
comienza sin esperar más con una masturbación clásica pero con lentitud,
sobre todo cuidando de obtener una estimulación contraria, es decir, que la
presión no debe ya ejercerse hacia abajo, sino hacia arriba. Debes pues
presionar más fuerte cuando la mano se remonta hacia el glande. Detén el
gesto justo antes de llegar a éste, antes de que el prepucio pase a cubrirlo.
Debes poder proseguir durante largo tiempo, incluso cuando la erección se ha
hecho más estable, sin que experimentes el deseo de masturbarte con mayor
energía. No precipites nada, al contrario, aprovecha este estado de gracia para
que el placer cobre vuelo y llegue oportunamente a su madurez.
En efecto, de continuar podrías experimentar un nuevo orgasmo, pero a
continuación verás la indicación de un movimiento que te hará descubrir un
placer netamente más prolongado.
La adquisición de su técnica no es fácil pues requiere una destreza y una
agilidad que deben mantenerse durante cierto tiempo para ser controladas y,
por lo tanto, apreciadas; sin embargo, la excitación transmitida, aun cuando
sea aproximativa, es tan virulenta que la eyaculación sobreviene en menos
tiempo que el que se tarda en nombrarla:
Rodeas la base del glande con el anillo formado por el pulgar y el índice,
pero sin que ellos toquen la corona, únicamente sobre la piel del prepucio. Con
anterioridad, «enroscas» dicha piel alrededor del glande; dicho de otra manera,
haces que el prepucio efectúe una rotación justo bajo la corona, al máximo de
su estiramiento en sentido lateral izquierda-derecha ya que es tu mano
derecha con la que has orquestado esta magnífica excitación.
Una vez cumplimentada esta disposición, el glande, posiblemente repleto
ya de sangre, aparece literalmente estrangulado. Tus dedos así colocados sobre

53
el rodete no se mueven más y se contentan con mantener su presa
moderadamente apretada.
Tu mano se abre entonces y los tres dedos restantes se extienden. He aquí
lo que tienes que hacer, sabiendo que es mucho más difícil mantener bajo el
efecto de la estimulación que ejecutarla: de una manera extremadamente rá-
pida imprimes a la muñeca y al antebrazo, mientras el codo no tiene ningún
apoyo, un movimiento de báscula vibratorio alrededor de su eje, de amplitud
muy débil. Tus dedos extendidos aumentan entonces por su percusión sobre el
cuerpo del pene la oposición de su fuerza de inercia.
Todo esto semeja un poco a una estimulación ya comentada, pero difiere
considerablemente a causa de la forma de coger el pene, de la posición de los
dedos extendidos y de la falta de apoyo del codo.
El deseo de eyacular es fulgurante: bastan dos o tres segundos si no se
anda con cuidado y, sobre todo, si por el hecho de la inexperiencia se deja que
el cerebro resulte impresionado por esta estimulación. .
Para habituarse a este placer preeyaculatorio y para aprender a hacerlo
durar mientras es tan intenso, es absolutamente necesario «desconectar» el
cerebro, olvidar por completo lo que hacen los dedos, relajar todas las
tensiones musculares y hundirte en un estado de ingravidez.
Esta manipulación verdaderamente asombrosa puede volver a ejecutarse
con iguales resultados una tercera vez. ¡La verdad es que hace falta estar muy
saciado para que no llegue a su objetivo!

EJERCICIO 12

Este ejercicio da término a la primera parte de la sección consagrada a la


masturbación prolongada seca, en la que ésta se efectúa principalmente en un
pene en reposo y cuyo movimiento rítmico conduce la piel en el interior de la
mano.
Antes de abordar la explicación considero necesaria la siguiente
advertencia:
La zona en que se sitúa la mayor sensibilidad del pene es la corona del
glande y más precisamente, durante la erección, su porción dorsal, allí donde
el prepucio rebrota en estado de turgencia.
Esta advertencia es útil para tomar conciencia de que,
independientemente del papel determinante del psiquismo, y para hablar sólo
del aspecto técnico y físicamente sensual de la masturbación, esta zona
determina el hecho de que se sea o no un eyaculador precoz, el acortamiento
de la fase de meseta y la aceleración de la eyaculación.
La mano, y con mayor exactitud el interior del pulgar que pasa y vuelve a
pasar por encima del rodete, incluso a pesar de la protección que constituye la
piel del prepucio, desencadena una sobreexcitación que abrevia el tiempo de la
masturbación y, por consiguiente, del placer que ésta provoca. Por el contrario,
la mano que sabe detenerse en el momento justo sobre el glande mantiene la

54
erección, contiene al placer y retrasa la eyaculación (esta precaución deja de
ser indispensable cuando se tiene acceso al «estado segundo» del que hablare-
mos a continuación).
El ejercicio que propongo ahora es, sin ninguna duda, el más acabado, el
más difícil, pero también el más eficaz.
Siempre acostado en la cama y siempre con el cuerpo relajado, con las
piernas medianamente separadas, la estimulación sexual comienza por las
manipulaciones que tú desees: reducidas a un modo aproximativo si ya te ha-
llas excitado pasablemente, más elaborado si lo estás menos y francamente
intensas (como las de la primera parte de este libro) si piensas que no lo estás
en absoluto.
A partir del momento en que la erección se manifiesta, mastúrbate con
mucha regularidad, muy lentamente, sin apretar el pene, pero sobre todo hazlo
con la mano izquierda y sin que ésta pase jamás por el glande; debe detenerse
en el borde mismo de éste, como esbozando el movimiento.
A1 mismo tiempo, tu pensamiento debe alejarse de la acción; haz el vacío
absoluto y, para ello, cierra los ojos con mucha vigilancia pues no debes olvidar
que una sola mirada de dos o tres segundos hacia el glande en erección hacen
más que dos minutos de masturbación a ciegas. Esto es primordial al
principio, si no quieres perder el control, ya que la alarma que constituye la
primera ascensión del esperma es, con mucho, más difícil de obedecer; resulta
pues temerario agregar al tacto la injerencia de otros sentidos.
Para ayudarte en esta búsqueda del vacío cerebral, sin dejar de tener la
cabeza inmóvil y relajada, imagina simplemente que la meneas, concéntrate en
la ejecución ficticia de este gesto alternativo que te acuna y te distancia de la
acción que está llevando a cabo tu mano. Este procedimiento imaginario debe
ser constante e intenso como para que tu psiquismo esté en ventaja respecto a
tu físico; más precisamente: debe cobrar mayor altura que las sensaciones que
vendrán a «agredirlo». Preparado de este modo contra ese flujo, sin dejar por
ello de estar «liberado», podrás contenerlas sin dificultades insuperables.
Cuando sobreviene la primera oleada de placer, que precede en pocos
segundos a la eyaculación, tu introspección se hace más atenta; para ello,
aprieta los párpados con más fuerza, estabiliza la respiración sin dejar de
masturbarte cerca de la raíz de tu pene. El deseo debe desaparecer pronto. Si
no es el caso, ya que hace falta cierto entrenamiento, haz squeezes inmedia-
tamente. Más tarde reanuda con el mismo estado de ánimo hasta la próxima
oleada, con la que procederás de la misma manera. Al cabo de dos o tres
alarmas, puedes cambiar de mano, alternarlas, masturbarte sólo mediante el
anillo pulgar-índice, activar los músculos de las nalgas, con el pene estirado y
muy tendido hacia arriba. Luego te distiendes y te masturbas con menos fuerza
y con mayor rapidez limitándote a la parte inferior del pene.
Desde hace algunos momentos, el rocío preespermático ha aparecido.
Puedes reposar unos instantes o incluso durante un tiempo prolongado: la
erección ya no pierde vigor. Al reemprender el contacto manual quedarás
sorprendido de la increíble facilidad con la cual mantienes la presión al tiempo
que la dominas. Te parecerá que entras en una especie de lacinante torpor, no

55
haces ningún esfuerzo para disociar el cerebro del cuerpo, literalmente «flotas»,
se te escapan todas las sensaciones y, a la vez, las percibes.
Llega por fin el momento en que el automatismo «dirigido» de la
masturbación se te escapa hasta el punto de que, en medio de tu
semiinconsciencia, la mano parece que no te pertenece del todo sin que por ello
la atribuyas a alguien ajeno a ti (lo mismo sucede con una masturbación
realizada por otro desde el comienzo).
En este «estado segundo», y debido al entumecimiento de los testículos,
percibes por momentos la realidad del gesto y la constancia de la excitación. El
placer se convierte en una especie de vértigo y cuando, por intermitencia, el
cerebro «se adhiere» y tú continúas la masturbación, parece que tu goce no
quisiera cesar.
Mediante una «fase de meseta» intemporal debida a la «desconexión»
acabas de obtener un goce permanente del orgasmo eyaculatorio.

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MASTURBACION LUBRICADA

EJERCICIO 1

La masturbación lubricada tiene la particularidad de ser apreciada de


modo muy diferente por todos (desde el punto de vista de las sensaciones, se
entiende), a la inversa de lo que sucede con la practicada en un pene seco, que
es de apreciación universal.
Estas sensaciones pueden ir de lo desagradable a lo sublime. Para
algunos, semejante manipulación procura muy pronto una incomodidad que,
si se prolonga, se hace completamente intolerable; para otros es comparable a
la práctica ordinaria; y para otros, por último, conduce, pura y simplemente, a
la cúspide del goce.
La razón principal de esta diversidad es esencialmente «mecánica».
Como ya se ha señalado, la mano que se desliza por el pene lubricado
entra en contacto con el glande muy directa y totalmente, ya que éste se halla
desprovisto de la protección más o menos parcial o total del prepucio. Los
frotamientos que se dispensan así a la verga crean una excitación directa que
puede sensibilizar extremadamente el glande, con lo que a veces se genera una
irritabilidad bastante cercana al dolor. Para otros, asimismo, y sobre todo
aquellos que ignoran la masturbación con un lubricante, esta estimulación,
lejos de retrasar su placer o de amortiguar su intensidad, precipitará la
eyaculación de una manera no habitual. Ellos deben saber muy bien que es
necesario, para conservar todo el control, una arraigada costumbre; los que
encuentren más desagrado que verdadero goce, es importante que renueven la
experiencia. Son muchos los que con algunos golpes de los lomos
desencadenan una eyaculación, y más numerosos todavía los que no pueden
exceder uno 0 dos minutos; asimismo, estos ejercicios de masturbación
lubricada constituyen la mejor «terapéutica»: cada cual debe convencerse de
que la mano obedece fácilmente al cerebro si éste lo quiere de veras, por lo que
puede modificar a placer la forma de estimulación necesaria para temporalizar
la llegada del placer; lo que, evidentemente, no es el caso de las nalgas o de la
vagina, cuya potencia erótica influye más considerablemente sobre el
mantenimiento de la «masturbación».
Felizmente, y en compensación, la mano es una herramienta infinitamente
más traviesa que una vagina o un ano. En el transcurso de sus maniobras sólo
la mano puede hacer abstracción de la parte anterior del pene, es decir, puede
no entrar en contacto directo con ella, lo cual es por completo imposible en el
curso de las demás «prensiones».
Se puede comenzar directamente con la aplicación del lubricante (aceite
de almendras perfumado) en los genitales en reposo, o bien justo después de
que se haya establecido la erección.

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Estás acostado, en una postura hecha de abandono y relajación absoluta;
las piernas, moderadamente separadas. Aceitas la totalidad del sexo: pene,
testículos, vello pubiano, pecando más de abundante que de parco.
Tus dos manos están igualmente untadas y masajean y restriegan
suavemente cada parte del sexo de modo simultáneo y alternativo.
No intentes de ningún modo realizar un movimiento regular de
masturbación; se trata ante todo de transmitir una estimulación global e
informal sin precisión deliberada; obtendrás muy rápido una intensa erección.
Abstente de todo movimiento arriba-abajo; por el contrario, continúa aplicando
una presión más fuerte a los movimientos, globales y a manos llenas, de
masaje, estrujamiento y envoltura.
Estas manipulaciones son muy sensuales y, curiosamente, dan la
impresión de poseer un pene de mayores dimensiones. Puedes continuar así
durante una hora experimentando un placer permanente y verdaderamente
dominado. Ésa es la ventaja que ofrecen estas estimulaciones lubricadas sobre
las ejercidas en órganos genitales secos: una facilidad de contactos más firmes
y suaves, el mantenimiento de la erección sin que haya de sentirse la necesidad
de ir más rápido.
Tampoco olvides las recomendaciones de los ejercicios precedentes en lo
que concierne a la relajación de la musculatura inferior a partir de la pelvis,
con una concentración cerebral «desconectada» y la mirada dirigida más hacia
el interior que al sexo o a las manos. He aquí una última precaución para
mantenerte en este estado durante todo el tiempo que lo desees: mantén las
piernas permanentemente en su posición inicial.
Veamos ahora un conjunto de estimulaciones que puedes llevar a cabo en
un orden perfectamente aleatorio según quieras intensificar tu placer o, por el
contrario, aminorarlo un tanto.
De modo alterno y con firmeza, tus manos se deslizan sobre la totalidad
del pene, pero sólo partiendo desde la base hacia la punta, que quedará
cubierta por el prepucio; dicho con otras palabras, realizas sólo la parte ascen-
dente del vaivén, mezclando fuerza, suavidad, velocidad y aminoramiento de
ésta. Cada tanto haces un solo movimiento descendente (por ejemplo, una de
cada diez veces). Luego masturbas ligeramente el pene sin tocar el glande, pero
alisando bien la piel: es la mano la que se desliza y corre, y no la piel del miem-
bro. Alterna las manos con frecuencia y actúa sobre los testículos con las dos
manos o con una sola si la otra se halla masturbando.
Pon entonces el pulgar izquierdo en el dorso del pene, en la base; apoya
con fuerza para poner la verga en dirección vertical, con la derecha. Te
masturbas lentamente deslizando la mano con bastante firmeza como para
arrastrar ligeramente la piel en el transcurso de la maniobra. Detente antes de
llegar al glande, luego recúbrelo parcialmente. ¡Presta atención a la
eyaculación!
No olvides todas las indicaciones ya señaladas. Si a partir de este
momento sientes que no te puedes contener, ten la voluntad y la sabiduría de
detenerlo todo. Tu erección se mantendrá largo tiempo, más del que imaginas.
Cuando reemprendas las maniobras te sentirás agradablemente sorprendido de

58
constatar la facilidad con que soportas estas diversas manipulaciones: el
«espectro» se ha desvanecido.
Vuelve a la manipulación directa del comienzo del ejercicio, es decir, al
gesto ascendente de vaivén, pero, a medida que crece tu excitación, aumenta el
número de movimientos descendentes, sin estirar demasiado la piel, para
terminar en un equilibrio entre las ascensiones y los descensos.
Cuando tu movimiento se hace estable y regular y piensas que puedes
contener relativamente el placer, coge con una mano los testículos cuidando
que esté bien estirada la piel del pene, mientras con la otra procedes a una
masturbación general en toda la longitud del miembro, incluido el glande. Haz
fluctuar solamente la velocidad y la presión. Puedes sin duda detenerte un
buen rato, o cambiar de mano, o bien calmar la excitación dedicándote a
manipulaciones que puedan controlarse con mayor facilidad. En todos los
casos eres perfectamente capaz de dominar tu instinto: eres capaz de estimular
tu placer al tiempo que lo saboreas.

EJERCICIO 2

Este ejercicio de masturbación lubricada en posición acostada implica un


conjunto de estimulaciones y de movimientos altamente sofisticados.
Si los ejercicios anteriores no se han llevado a cabo con el rigor necesario
y no han podido mostrarse en su real positividad, no podrás llevar este ejercicio
a buen término.
Aquellos ponen en juego no sólo la distensión muscular y la relajación
cerebral que estás comenzando a conocer, sino también «mecanismos técnicos»
particularmente originales y, sin duda, de lo más excitante.
El comienzo del ejercicio es idéntico al anterior. Es recomendable aplicar
el aceite en el sexo en reposo. Provoca después tu erección mediante
manipulaciones masivas que incluyan masajes y frotamientos diversos, antes
que por medio de los movimientos de la masturbación clásica. Controla muy
bien tu actitud lánguida: piernas abiertas y ojos cerrados han de ser actitudes
a mantener hasta el final del ejercicio. A lo largo de toda su duración tendrás
asimismo bien presente la enorme importancia que reviste el abandono
cerebral.
Coloca el índice y el pulgar izquierdos a cada lado del pene: ambos se
hallan extendidos, rígidos y paralelos; el pulgar y el índice derechos se colocan
justamente por encima, en la misma posición. El conjunto se halla a media
distancia de la raíz del pene y la corona del glande.
Entonces efectúas simultáneamente dos movimientos contrarios: la
«tenaza» izquierda ejecuta círculos alrededor de la vertical, en sentido horario,
mientras que la derecha lo hace en sentido contrario. La izquierda parte del
medio y va hasta la corona del glande.
En el plano horizontal, su desplazamiento recíproco va desde la garganta
formada por cada grupo de dedos hasta un poco por delante de sus extremos.

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A1 comienzo, estas rotaciones han de ser muy lentas, poco apoyadas y
regulares; permiten mantener una erección sólida y definitiva. Continúa todo el
tiempo que desees; la sensación de bienestar no te exige seguir adelante por el
camino de la excitación. Más tarde aumenta progresivamente la presión de los
dedos: se forma una especie de doble estuche que frota y aumenta tu placer de
modo duradero.
De tanto en tanto, alterna los movimientos giratorios de las dos manos y
síguelo todo con mayor lentitud y menos fuerza, y luego más rápido y con
mayor apoyo.
Acto seguido modulas la sutileza, de manera casi insensible, de esta
primera excitación, poco común, para lo cual prosigues el mismo movimiento
con la mano izquierda mientras que con tu mano derecha, con los mismos de-
dos, procedes a una masturbación lenta. Siempre sin prisa, los dos dedos
izquierdos sólo producen al frotar un desplazamiento lateral de la base del
pene.
Siempre de forma gradual, la mano derecha refuerza su presión y su
amplitud cuando la totalidad de la izquierda comienza a masturbar.
Es el comienzo de esta tercera estimulación lo que debe hacerse con un
movimiento particularmente difícil de aprender y dominar.
El pene es masturbado con la totalidad de la mano izquierda, y la derecha
hace lo mismo, mas sólo con el anillo. La mano izquierda parte desde la raíz
pero no sobrepasa el rodete del glande; el anillo va desde la mitad del pene
hasta el vértice del glande.
Estos dos movimientos se hacen en el mismo sentido, aunque con un
tiempo de retraso entre uno y otro: cuando la mano izquierda llega abajo, el
anillo ha comenzado su descenso, y a la inversa: sin tiempos muertos ni
desincronizaciones. Al cabo de pocos minutos aumentas la presión de tus dos
manos; o bien sólo del anillo, o bien de la mano.
Aparece entonces el deseo eyaculatorio: haz descender las dos manos
paralelas al pene; los dedos agrupados orillan la ingle, particularmente los
mayores, que se vuelven muy insistentes y se insinúan bajo los testículos para
luego ascender a partir de ellos hasta el vértice del glande. Los pulgares
quedan detrás ejecutando el mismo movimiento de descenso y ascenso
(numerosas veces). El deseo de eyacular se bloquea verdaderamente.
Puedes volver a comenzar varias veces esta masturbación y hacer cesar la
excitación mediante el mismo procedimiento. De más está decirlo: modificas
ritmo y presión según tu deseo, según tu placer.
Es el momento de volver al movimiento inicial, pero con mucho vigor y
mediante impulsos secos, cuando las dos «gargantas» se encuentran y percuten
el pene con cierto desfase entre ellas. Luego vuelves a la masturbación
precedente, que se transforma poco a poco en un movimiento general de la
mano derecha, en toda la longitud del pene, comprendido el glande, mientras
que los dedos retienen la piel del pene agarrándose a los testículos que rodean.
Si aparece una nueva «oleada de esperma», vuelve al procedimiento anterior a
fin de impedir que culmine.

60
Nada te impide entonces querer proseguir como te plazca, ya sea mediante
reanudaciones sucesivas de lo que acaba de ser expuesto, ya sea decidiendo
culminar la eyaculación.
Para terminar te presento un movimiento «explosivo» que te dejará
exangüe.
Conserva la mano izquierda sobre los testículos reteniendo al máximo la
piel del pene, coloca la mano derecha «torcida» en la base, es decir, con la
muñeca angulada y el anillo invertido, dejando que el resto de los dedos se
cierren naturalmente contra el pene y alrededor del mismo. Masturba estirando
hacia tu cuerpo y en rotación ascendente de una media vuelta derecha-
izquierda; aprieta progresivamente y cada vez con mayor firmeza hasta el
vértice del glande. Vuelve a poner la mano en el área de partida, ya sea
mediante un simple desplazamiento ligero, ya mediante un frotamiento intenso
y más envolvente, pero en rotación inversa derecha-izquierda.

EJERCICIO 3

Este ejercicio y el siguiente representan la forma más elaborada a que se


puede llegar en la masturbación.
Por motivos de simplificación, y sobre todo para reducir la duración de
cada uno de ellos, se comentan por separado, pero lo lógico es acoplarlos en la
medida de lo que cada cual sea capaz de «soportar».
En efecto, estos dos ejercicios agrupados son la representación más
perfecta de lo que es la masturbación trascendente: ellos por sí solos resumen
la totalidad de esta obra.
Mas todo aquel que desea conocer la conjunción de una sexualidad
primaria y una sexualidad superior se ve obligado a realizar el aprendizaje de
las páginas precedentes. Resultaría a todas luces excepcional que un hombre
ordinario, no preparado, pudiese procurarse por sí mismo o atribuirse
semejante amplitud de manipulaciones justamente en el paroxismo de la
voluptuosidad.
A titulo de comparación es bueno que sepas que dos horas consecutivas,
sin la menor interrupción, dedicadas a esta masturbación no tienen carácter
excepcional y no representan una cifra límite. Como ves, ello se halla muy lejos
de los pocos minutos que generalmente se consagran a esta actividad universal
y necesaria.
Estos dos ejercicios encadenados agrupan un conjunto de estimulaciones
que se superponen en un orden perfectamente riguroso. Abordados de una
manera aleatoria desencadenarían automáticamente su interrupción.
Asimismo, es necesario saber que para llegar al «estado segundo» en el que se
alcanza la «fase de meseta» es absolutamente necesaria una dosis de voluntad,
y que su importancia capital en las dos o tres primeras alarmas disminuye
después hasta dejar de ser indispensable una vez sobrepasada la zona de
peligro.

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Te encuentras de pie; lubricas el pene y los testículos sólo después de un
comienzo de erección, resultado de una excitación sumaria. Esencialmente se
trata al comienzo de acercarte tres, cuatro o cinco veces al punto vecino a la
eyaculación.
Cada vez es necesario lograr una mayor duración de la manipulación
antes de interrumpir y también, paradójicamente, de prolongar cada vez más el
período de reabsorción antes de reanudar la incitación.
Para alcanzar esta capacidad, el ideal reside en un doble mérito de la
voluntad: no ir demasiado lejos pero sí lo bastante como para que el deseo de
eyacular pueda ser dominado, y no ceder al deseo de una reanudación antes de
que el pene haya llegado a un estado próximo a la detumescencia.
Debe proscribirse todo frenesí, puesto que entonces estamos ante la
probabilidad de perder cualquier clase de control, así como aprovechar la
lucidez que proporciona todavía la excitación medida de los preliminares a fin
de analizar la percepción de todas las sensaciones.
El movimiento es el clásico de la masturbación: el ritmo es siempre lento
y, a pesar de la lubricación, la presión de la mano debe ser lo bastante firme
como para arrastrar la totalidad del prepucio alrededor del glande.
No olvides que, en caso de desfallecimiento de tu voluntad, hay un par de
métodos auxiliares que permiten retener con seguridad la marea eyaculatoria:
relajación muscular, squeeze en el frenillo, presiones profundas en los testículos
y, sobre todo, el más eficaz en la posición de pie, el contoneo de las caderas.

EJERCICIO 4

Ha llegado el momento de proceder a estimulaciones diferentes con el fin


de acrecentar el placer.
Es ahora cuando han de encadenarse una serie de movimientos que
aporten intensas satisfacciones que pueden prolongarse sin temer la brusca e
incontenible explosión espermática.
Veamos a continuación el orden y la forma correcta de realizar estas
estimulaciones que te conducirán a una fase de meseta de duración infinita.
Una vez más, lubrica en abundancia y masajea con una sola mano los
testículos y el pene, solamente con movimientos ascendentes. No temas que la
presión sea excesiva, estira masivamente numerosas veces antes de proceder
de igual modo con la otra mano.
Esta primera fase puede durar de hecho mucho rato y, a pesar de que
perpetúa la erección, esta manipulación excluye radicalmente la llegada de la
eyaculación.
Acto seguido podrás efectuar progresivamente algunos movimientos
descendentes con el fin de descubrir el glande.
Procedes entonces a la siguiente manipulación, preferentemente con la
mano izquierda: mediante la zona media del pulgar y el índice, dispuestos a

62
una y otra partes del pene, procedes a un masaje mediante movimientos
elípticos a todo lo largo, con excepción del glande.
Cuida de que este masaje sea lento, muy apoyado al descender y muy
ligero durante el ascenso. Tampoco aquí, si la ejecución es perfecta, has de
temer una eyaculación intempestiva.
Tienes que proseguir durante un largo período, hasta el momento justo en
que percibas cierto entumecimiento en la base del pene.
Con la ayuda de los mismos dedos realizas una vez más los mismos
movimientos, pero en sentido antihorario; esta vez, la presión es mayor
durante el ascenso con la derecha que durante el descenso con la izquierda.
A1 cabo de un tiempo igual, alterna estos dos movimientos a un ritmo de
tres a cinco de cada uno.
Procedes entonces a reemprender el primer movimiento de masaje masivo,
con una duración igualmente prolongada.
Aceita una vez más y procede al movimiento de masturbación ya explicado
alternando tus dos manos: tres ascensos seguidos de un descenso a glande
descubierto.
Gradualmente esta estimulación ha de ser cada vez más profunda y casi
brutal. El goce se hace constante y aparece el deseo de eyacular, al que logras
hacer retroceder por medio de una mayor lentitud del gesto y una reducción de
la presión.
Puedes entonces masturbarte de la manera clásica mediante un auténtico
deslizamiento de tu mano por el pene lubricado y definitivamente rígido.
También acude a la cita la permanencia del placer, pero sin deseo de eyacular.
El glande, ampliamente solicitado, puede entonces soportar durante cierto
tiempo la última excitación explicada en el ejercicio anterior: la mano derecha
girada media vuelta hacia el lado izquierdo efectúa un vaivén de torsión.
Esto aumenta prodigiosamente el goce hasta el punto en que es
extremadamente difícil proseguirlo durante mucho tiempo.
Es pues necesario «temporizar» un poco este placer agudo reemprendiendo
desde el comienzo el conjunto de estas manipulaciones. Evidentemente, nada
impide que las renueves muchas veces, ya que el orden establecido en esta
sucesión permite mantener el equilibrio de un goce permanente sin que
sobrevenga el deseo irreversible del orgasmo, hasta el punto de que resulta
extremadamente fácil suprimir toda excitación suplementaria y rechazar la
eyaculación, sin la menor sombra de frustración.
No resulta exagerado afirmar que no se puede eyacular si no se quiere de
verdad hacerlo. Para aumentar más la amplitud de las sensaciones, y
especialmente antes de la última reconducción de este conjunto de manipula-
ciones, se pueden colocar uno o dos anillos peneanos.
Por último, resulta sumamente conveniente proporcionar un buen
suplemento de aceite y no dudar en cubrir con él los muslos, el abdomen y los
pectorales; los pezones lubricados, si se decide excitarlos durante la fase final,
aumentarán prodigiosamente este fantástico orgasmo.

63
¿Debemos agregar que la noche que seguirá a este ejercicio será
particularmente profunda y que el período refractario será mucho más largo
que lo acostumbrado?

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TERCERA PARTE
EYACULACION CONTROLADA

La tercera parte de este libro está formada por ejercicios que permiten
adquirir el control eyaculatorio.
Para acceder a este último grado se necesita controlar las técnicas de
masturbación prolongada de los ejercicios precedentes.
Estos ejercicios no se presentan según un orden aleatorio de dificultades,
sino en el de una progresión de estimulaciones que procuran excitaciones y
tensiones cada vez más agudas. Como resultado de esta misma progresión,
pueden servir de «tests» con un valor real de confirmación de tu resistencia al
placer.
Para terminar digamos que la diferencia fundamental concierne a la parte
del sexo estimulada más que a los movimientos propios de la manipulación.
Es más fácil resistir a las estimulaciones que se sitúan desde un comienzo
en la base del pene, luego a las que involucran el cuerpo de éste y, por último,
a las que comprometen el cuerpo del pene y el glande.
Pero la dificultad creciente de estos ejercicios no se detienen allí.
Recurren, independientemente de las diferentes formas de estimulación y de
actitud personal, a tu estado de recepción de las sensaciones que te
procurarás. El placer que te concedas dependerá considerablemente del grado
de relajación y de concentración; incluso de que recurras o no a la atención
visual por intermedio de un espejo o directamente, con lo que aumentas la
excitación cerebral y haces más difícil la prolongación de los ejercicios.
No me parece superfluo consignar ciertas puntualizaciones: la excitación
visual varía según sean las partes del sexo que se miran durante la
masturbación. Así, ver la corona del glande aumenta considerablemente el
deseo de eyacular, mientras que la mirada conducida al borde del frenillo
permite mantener la estimulación en su grado máximo y tener menos
dificultades con su control.
Lo mismo es aplicable a la mano que masturba, donde la ergonomía
adquiere todo su sentido. Para un diestro, la mano izquierda, la más torpe, se
muestra más conveniente para hacer durar el placer con la condición expresa
de que no se contente con ser un simple relevo provisorio y que se haga cargo
de la masturbación desde el comienzo hasta su culminación. Ciertos
movimientos realizados con ella procuran incluso sensaciones muy agudas.
Así pues, aplicando escrupulosamente las consignas que te doy en cada
uno de los ejercicios siguientes, estarás en condiciones de sobrepasar la zona
peligrosa de la eyaculación prematura tras haber llegado, mediante una
masturbación prolongada, a hacer durar el placer con tanta intensidad que de
ello resulta un goce permanente que se asemeja quizá, debido a sus
modulaciones, al orgasmo femenino.

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EJERCICIO 1

Sin duda, este ejercicio es el más fácil de dominar; ningún otro puede
convenir con tanta seguridad a los eyaculadores precoces; no obstante, reúne
todas las condiciones de un máximo de excitación con un mínimo de «irrita-
bilidad».
Es absolutamente necesario cuidar que la relajación sea lo mayor posible:
liberación muscular completa, posición acostada, pene seco.
La masturbación concierne exclusivamente a la base del pene, es decir,
desde la raíz hasta la zona media. De modo que es preferible comenzar su
estimulación limitándola a esta «porción».
En la primera parte, que agrupaba ejercicios orientados a vencer las
dificultades de erección, algunas de las estimulaciones se aplicaban ya a esta
zona. Sin embargo, si te parece que ninguna se adapta, elige la forma que
consideres más positiva, rehuyendo siempre un acercamiento excesivo al
glande o restringiendo al mínimo los tocamientos.
La mejor manera es la siguiente: mediante el anillo del pulgar y el índice,
estirando bien la piel, que así deja al descubierto el glande, mastúrbate en una
zona restringida, al principio muy lentamente y con mucha suavidad, después
cada vez con mayor firmeza, por último aumentando la velocidad y la presión
sin que tus movimientos de vaivén excedan la mitad de tu pene.
Si hasta este momento has mirado tu sexo, cierra los ojos a partir del
instante en que constates un comienzo de erección, y concentra tu mente en
las sensaciones que te procura el engrosamiento del miembro.
Prosigue la masturbación sin ningún descanso. Resulta del todo
recomendable cambiar de mano y aprovechar siempre la mano «inactiva» para
hacer que varíe la excitación, en particular en la zona de los testículos pero
también en los pezones o en cualquier otra parte del cuerpo que corresponda a
tu sensibilidad personal.
Una vez establecida la erección, rompe el anillo y coge el pene con toda la
mano. El vaivén debe mantenerse corto, ya que la regla de este ejercicio
consiste en una masturbación reservada a la primera parte del pene.
No obstante, puedes hacer variar la forma de este único movimiento
dentro de un campo tan limitado: apretando más fuerte, ascendiendo o
descendiendo, yendo con mucha rapidez o con extrema lentitud, modificando la
envoltura mediante una forma de coger más sólida o más laxa. Tienes entonces
la convicción muy clara de que no puedes eyacular, ni siquiera si lo deseas
realmente. Tu placer, ya real, reclama otro; no hagas nada, resiste al deseo de
masturbarte por completo: esta especie de coacción voluntaria no durará
indefinidamente. En realidad, cuando tienes la impresión de que tu sexo se ha
agrandado, hallas una especie de voluptuosidad en proseguir de la misma
manera: es el signo de que tu excitación se debe a la acumulación sanguínea;
es el momento, asimismo, de agregar el voyeurismo gracias al uso de un

66
espejo. Si has respetado todas estas indicaciones, este suplemento de sen-
sualidad no alterará irremediablemente tu «irritabilidad». Este grado se supera
con lentitud. En un primer momento te hallas situado frente al espejo; lo más
difícil consiste en no hacer trampas, en interés de esta progresión: no mires
directamente tu pene, hazlo mediante el espejo.
Ya sabes que ver el glande por el lado de su frenillo es menos excitante
que por el lado de la corona; si no lo sabías, la experiencia te lo enseñará.
Dispuesto de esta manera, no hay que olvidar la exhibición ofrecida por tu
cuerpo: piernas separadas y sexo erecto, el cual, además, parece de mayor
tamaño ya que tu mano oculta sólo una parte de él; tu masturbación retoma y
prosigue todas las variaciones «a ciegas». También en este caso constatas que
dominas de modo duradero la situación al tiempo que tu placer también
aumenta.
En este momento aparece el rocío espermático.
Si experimentas bruscamente «la idea» de querer gozar o de que la
sensación verdadera se manifieste, nada es más simple que volver atrás: basta
con que cierres los ojos sin cesar de masturbarte.
Tampoco olvides, según sea tu grado de excitación, que siempre tienes la
posibilidad de efectuar la «desconexión» de tu cerebro, tal como hemos
explicado con anterioridad.
Llegado a este punto «peligroso», no cedas al movimiento completo:
bastarían dos o tres para hacerte perder toda clase de control y no sería cierto
afirmar que has querido tu eyaculación. Por lo tanto, es necesario añadir una
dificultad suplementaria: colócate paralelo respecto al espejo. Ahora no es
posible trampear, al menos que se haga de forma deliberada. Pero se presenta
un nuevo grado de dificultad y aporta un incremento de placer: verse de perfil
es muy excitante; esta nueva disposición está exactamente a mitad de camino
de la precedente y del último agregado que pasaremos a detallar.
En efecto, el pene que sobresale de la empuñadura deja al descubierto el
glande y su reborde, de perfil; así, lo que se dijo anteriormente encuentra su
justificación a nivel del impacto emocional provocado por la visión que se tiene
del rodete del glande, pues se tiene tendencia a mirar con más frecuencia a
éste que a la mano o al resto del sexo.
Una vez más, recurre a todas las variantes que has explotado
precedentemente y siempre en igual grado. Pero ahora tu deseo no sorprende
con tanta facilidad tu vigilancia, pues tu placer se duplica y no sientes la
necesidad de cambiar. Curiosamente, una forma de orgullo debida a tu
seguridad te obliga a admitir que tu eyaculación ya no es necesaria. De todos
modos -y esto se dirige principalmente a los más «emotivos», a pesar de los
resultados y de los progresos que acaban de obtener-, en caso de «duda» deben
recurrir a las «prácticas de frenado»: ojos cerrados y liberación muscular.
Por último, al término de un período durante el cual tu excitación no
aumenta más, te dispones ante el espejo y te miras masturbarte. La solidez de
tu erección y el volumen de tu glande son los primeros argumentos que atizan
tu «emoción».

67
Este último escalón se alcanza con la misma serenidad que te otorga el
control masturbatorio, lo que no hubiera sido así si no hubieras estado
preparado para esta progresión.
Ahora has de actuar según tu voluntad, ya que desde un cierto tiempo
ésta se ha encontrado dominada por el automatismo de tu masturbación.
La opción más sencilla es aumentar la amplitud del movimiento de la
mano, de forma repentina o progresiva. Lo más gratificante es continuar como
hasta ahora, pero haciendo intervenir todo el poder mental: recurrir a los
fantasmas, evocación de la eyaculación, deseo de concluir.
También puedes modificar esta actitud psíquica mediante la tensión
muscular y por medio de la aproximación de tus muslos. Por último, puedes
masturbarte enérgicamente con toda la convicción a que te autoriza tu deseo
de acabar.
Pero en todos los casos, no sufres tu eyaculación: eres tú quien decide
eyacular en el momento elegido.

EJERCICIO 2

Franquearemos en este ejercicio un grado suplementario en el cual al


encadenamiento de las causas responde una idéntica progresión del placer.
Llegar al pleno control masturbatorio y decidir acerca de la eyaculación son he-
chos posibles a condición de respetar ciertas condiciones.
Su ejecución difiere mucho del primer ejercicio. En éste, los tres grados se
sucedían sin que fuese indispensable volver de uno de ellos al precedente. Por
el contrario, en el siguiente, si bien se mantiene el orden, hay una doble e
incluso triple realización del conjunto. Sólo de esta manera llegarás a prolongar
casi indefinidamente el dominio de tu goce.
Te hallas dispuesto de la misma forma que en el ejercicio anterior.
Tras un comienzo de estimulación, mastúrbate naturalmente prestando
atención a cerrar los ojos, como hemos repetido varias veces al tratar de la
relajación. Haz que intervengan todas las variaciones, insistiendo en
particular en las alternancias de velocidad (rápida y muy lenta), siempre que
no prolongues demasiado cada una de ellas.
Los movimientos adaptados a la fase rápida deben tener la máxima
amplitud, un vaivén a todo lo largo del pene, mientras que los de la fase lenta
deben ser un poco esbozados. En toda ocasión, los cambios de mano resultan
extremadamente positivos, pero en este estadio es preferible mantener la
estimulación con una sola mano.
Cuando sientas llegar los signos del placer, detén el movimiento de
velocidad rápida y prosigue sólo con el movimiento lento hasta que se haga
casi inadvertible; asimismo, la presión debe ser la más débil posible.
No hace falta más para que la tensión se atenúe, sobre todo si realizas
un buen control de los músculos de las nalgas.

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Poco a poco desplazas las caricias a la mitad superior del pene y, en un
primer tiempo, sin modificar la velocidad de ejecución, siempre lo bastante
lenta pero con una presión acentuada por parte de la mano; acortas luego el
vaivén, que se detiene a la altura del glande, sobre el cual se deslizará el
prepucio. Entonces juegas más rápido y con mayor fuerza.
Cuando el placer vuelve a renacer, netamente más intenso, detente sin
demora y deja que la mano descienda hacia la raíz del pene; a esa altura se
situará durante algunos minutos una masturbación muy lenta y suave. A1
mismo tiempo te desconcentras.
Hasta aquí mantienes los ojos cerrados. Ahora debes mirar tu mano
asida al sexo, por intermedio del espejo, vigilando siempre la relajación
muscular. Con amplitud, velocidad y presión progresivas acaricias el pene en
su totalidad insistiendo cada vez más en la corona del glande mediante la
pinza formada por el pulgar y el índice. No esperes a sumergirte en una
excitación demasiado acusada, que no podrías contener.
Comprime este anillo durante algunos segundos, no te muevas, inspira
con mucha profundidad, espira a fondo con la mayor lentitud posible y,
mientras tanto, concentra tu mente en esta respiración para controlarla, para
lo que cierras una vez más los ojos.
Esta diversificación conduce naturalmente a un decremento de la
intensidad del placer.
Vuelve al principio del ejercicio, en el mismo orden y las mismas
condiciones. Sin mayores dificultades has de poder proseguir cada una de
estas tres fases durante un tiempo netamente superior; por otra parte,
mediante el control preciso de tus sensaciones, debes abstenerte de cualquier
detención, por más limitada que ésta sea.
Cuando estés en el tercer ciclo: mira tu masturbación en el espejo,
«trampea» una fracción de segundo directamente sobre tu glande. La
constatación de tu excitación es evidente, pero vuelve a coger enseguida el
espejo e intensifica tu mirada sobre la gran amplitud de tu vaivén hasta el
momento en que experimentes un acrecentamiento súbito del placer.
Cierra los ojos por tercera vez y vuelve al comienzo, aunque sin dar
importancia señalada a tu respiración; si decides no eyacular antes del final
de esta tercera serie, debes entrar necesariamente en ese «estado segundo» en
el que tus sensaciones de placer llegan a tu cerebro, exentas de toda «idea
emocional».
Tu deseo latente pasa a segundo plano pues te hallas dichoso de
prolongar tu placer. Desde todo punto de vista es recomendable y accesible
prolongar mucho más el primer período, insertando en tu masturbación glo-
bal y a ciegas la representación mental de su movimiento. Debes ser capaz de
verte con los ojos cerrados.
Si la concentración sobre tu visualización erótica te basta, tu placer se
intensifica de forma prodigiosa. Cuando llegas a la masturbación limitada al
glande tu goce se hace permanente, lo que no podría haber sucedido la
primera vez.

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No obstante, conservas la suficiente lucidez como para alcanzar el último
estadio, en el que la imagen de tu pene en el espejo confirma la que acabas de
imaginar. Sólo entonces, llegado al paroxismo de lo que eres capaz de so-
portar, decidirás eyacular.

EJERCICIO 3

Llegamos ahora al estadio más alto de la resistencia ante una eyaculación


prematura, incluso en las condiciones menos favorables, es decir, en posición
acostada y con el pene seco.
En este caso la excitación visual es total en los tres estadios sucesivos y
hace que la intensidad de placer sea más difícilmente soportable.
Según tu grado de excitación previo y tus posibilidades de «resistencia», la
actitud a adoptar ante el espejo es diferente.
Si eres «sólido» y sabes que has controlado los ejercicios precedentes, te
tienes que acostar paralelamente al espejo; en caso contrario te mantendrás
perpendicular (es decir, de cara) para contener mejor la excitación de tu ima-
gen. Cabe agregar que con la aportación de la mirada, cuanto más seas capaz
de conservar tu dominio en una masturbación, menos difícil será tu resistencia
para que dure el placer procurado por una mano extraña.
En cualquier caso, es importante comenzar, una vez establecida la
erección, por una excitación prolongada del glande.
La mayor dificultad se sitúa en este estadio, pues si tu erección se debe al
vaivén clásico y no a otra estimulación, es necesario resistir el deseo de
proseguirla durante demasiado tiempo.
Debes comenzar por el anillo, ya conocido, formado por el pulgar y el
índice; el movimiento ha de ser lento pero sobre todo firme.
A raíz del estiramiento del pene, la estrangulación del glande debe ser
muy notoria; a medida que el glande cobra consistencia, cúbrelo parcial o
totalmente con el prepucio, según sea la disponibilidad de éste.
Presta atención a la concentración visual, que no debe intervenir más que
por medio del espejo, si quieres aumentar la duración.
Te liberas del espejo sólo después de haber logrado éxito por lo menos tres
veces (y bajo la influencia de un placer cada vez más insistente) en la
contención de tu deseo de masturbarte de forma más completa.
Mírate ahora y prosigue durante varios minutos con la misma
estimulación. De modo muy progresivo, la mano reemplaza el anillo inicial y,
también progresivamente, el gesto aumenta en amplitud.
A fin de mantener el placer dentro de los límites de lo soportable conviene
llevar a cabo las modulaciones siguientes: a partir de un vaivén extendido en la
totalidad del pene, lento, regular y de poca presión, trasládalo hacia la base
adoptando una velocidad rápida de modo que la mano choque con los
testículos; más tarde alterna con el movimiento general que habrás hecho

70
menos rápido, aunque comprimiendo mucho más al ascender que al descen-
der.
Tras retomar otra vez el ritmo lento y regular, invierte el orden de las
manipulaciones precedentes: cortas, fuertes y lentas hacia abajo, y más suaves
y rápidas hacia arriba. El placer persiste, el deseo de eyacular no aparece tan
abiertamente como la primera vez. Se produce incluso un fenómeno contrario:
cuanto más marcas la diferencia entre modulaciones y movimientos generales,
menos se precisa la idea de la eyaculación.
Durante toda la duración de esta segunda etapa, que puede, en efecto, ser
muy larga, es necesario que la mirada se pose esencialmente en la mano y en
la parte del pene que ella masturba; esta condición imperativa es imprescin-
dible para acompañar y contener el placer.
Pasamos ahora a la última fase del ejercicio en la que interviene la
decisión de eyacular.
Mientras prosigues la masturbación normal, lleva intermitentemente la
mirada al glande. A1 comienzo sólo habrás de tener de éste una visión furtiva,
para volver a la parte asida del pene; de manera alternada insistes con la mano
en las inmediaciones del glande. Dicho con otras palabras, cuando tu mastur-
bación se acerca al glande, mira más hacia abajo; cuando se aleja, míralo.
Poco a poco mantén tu mirada un poco más de tiempo en el glande a fin
de «ganar terreno» sobre el tiempo que le dedica la mano.
Se genera entonces un acostumbramiento relativo de tu visión al lugar
más sensible, al más permeable a la excitación.
Para prolongar aún más el placer, y para acentuar el instante del
orgasmo, continúa la masturbación sólo sobre el glande y mira con atención no
ya tu mano y su movimiento sino la base del pene, completamente visible.
Entonces decides gozar; aumenta de golpe la velocidad y la presión y mira
con intensidad hacia el glande.

EJERCICIO 4

Los ejercicios en posición de pie son sensiblemente los mismos, pero hay
que señalar, sin embargo, que en ellos es mucho más fácil perder el control de
la eyaculación. No obstante, si se procede con método y según un esquema de
estimulaciones adaptadas, se llega perfectamente a conservar un dominio total
con la condición de que intervenga la voluntad en el momento delicado que
constituye el punto de no retorno.
Esto es una etapa suplementaria en el camino que conduce a la
masturbación trascendente y que desemboca en una eyaculación perfec-
tamente decidida por propia voluntad.
Tras un comienzo de estimulación para desencadenar la erección, no te
masturbes «normalmente». En efecto, tu costumbre, si cada vez te lamentas de
eyacular demasiado rápido, no te permitiría obtener un resultado positivo:
seguramente no tendrías el tiempo necesario para pasar por las diversas fases.

71
No presumas demasiado, pues, de tu seguridad, aun si al comienzo te resulta
insípido.
De pie, con las piernas algo separadas y teniendo siempre presente la
relajación muscular, cierra los ojos y masturba sólo la parte anterior del pene.
Pero, contrariamente al ejercicio 1 de esta parte, no lleves a cabo ninguna de
sus variaciones.
Haz resbalar el pene por el interior del anillo pulgar-índice manteniendo
separados los otros dedos. En esta misma fase haces jugar todos los matices
que modularán tus sensaciones: lo bastante enérgicos al comienzo, luego un
poco menos fuertes pero con mayor rapidez.
Cuando se ha confirmado la erección, es el momento de amplificar muy
netamente tus sensaciones llevando a cabo la preparación necesaria para
mantener la posterior masturbación. Mediante impulsos muy cortos, desciende
con sequedad el anillo hacia abajo, hasta el final de su recorrido, y vuelve a
comenzar varias veces marcando bien el ritmo incisivo. Cada vez que concluye
el movimiento descendente, vuelve a colocar el anillo en su punto de partida
aunque sin llevar a cabo ninguna incitación particular durante su ascenso.
Actúas pues como si no existiera más que la mitad del movimiento. Para
interrumpir bruscamente la marea del deseo, haz lo contrario, deteniéndote en
la mitad del pene durante el ascenso. En este caso, el movimiento ha de ser
más masivo y más lento cuidando de comprimir mucho este anillo, de
apretarlo, al mismo tiempo que estiras hacia arriba.
Alterna estos dos movimientos: cuando uno excita, el otro apacigua.
Mientras no abras los ojos no eyacularás, a pesar de tu permanente goce;
sólo cuando tengas conciencia de tu seguridad por medio de una aceleración
de los movimientos, podrás mirarte al espejo.
A1 comienzo, de frente; luego, de perfil, continuando con el mismo gesto.
A la vez haces que alternen tus imágenes en el cristal (ten en cuenta que la
presentación de perfil trae consigo un aumento de la excitación).
Si sientes que tu deseo aparece y que, a pesar de ello, quieres prolongar
aún más el placer, continúa tu movimiento de manera uniforme, lentamente y
sin presión: constatarás enseguida que el deseo desaparece y que reanudas el
proceso.
A1 cabo de tres recesos, por lo menos, puedes considerar que el punto
difícil ha sido superado.
Ahora sólo te corresponde a ti quererlo 0 no; ello te será mucho más fácil
que en ocasión del primer amago de deseo. A1 tener esta sensación de
seguridad, deja el espejo y mírate. Sentirás nuevamente aumentar la excitación
al cabo de algunos segundos.
En este momento sí que puedes alternar tu movimiento inicial con el de la
mano entera. Mientras te mantengas en la base del pene, contendrás tu
eyaculación con gran facilidad; tú decides cómo has de seguir.

72
EJERCICIO 5

Pasamos al último ejercicio de masturbación seca referido al control


permanente de la eyaculación. Será el más difícil. Si eres capaz de alcanzar la
duración indicada, habrás hecho enormes progresos.
Tras obtener la erección comienzas por una breve masturbación a la
altura del glande, primero de cara al espejo y manteniendo las piernas
separadas a fin de permitir una cierta relajación muscular. La presión ejercida
por el anillo de los dos dedos es débil, pero el movimiento es rápido.
Antes de que sobrevenga el comienzo de un verdadero placer, ponte de
perfil de modo que puedas ver la totalidad del pene; con otras palabras, si el
espejo está a tu izquierda, tu mano derecha masturba. Este modo de proceder
permite que la mirada tenga un campo de visión más amplio al extenderse a
todo el miembro, lo cual va creando un acostumbramiento.
Aumenta ahora la sequedad y la presión del anillo: pronto aparece el
deseo de eyacular. Detente de inmediato adoptando la actitud ya indicada.
Conviene recordar aquí lo siguiente: ya que estás con las piernas
separadas y que te masturbas con la mano derecha, abre las caderas haciendo
que todo tu peso descanse en la pierna izquierda, rígida al máximo; la pierna
derecha se mantiene completamente distendida y el ascenso de la eyaculación
se detiene de forma instantánea.
A1 mismo tiempo, y durante algunos segundos, la mano suelta el pene.
Reanuda entonces el gesto, pero esta vez con la izquierda, con la mirada
dirigida sólo hacia el glande.
Cuando se presente un nuevo deseo, abre tus caderas una vez más del
otro lado y procede de igual manera que antes.
Cuando vuelvas a utilizar la misma mano, adopta una masturbación lenta
y menos firme: sobrevendrá un nuevo deseo, que controlarás de igual modo,
pero esta vez continuando el vaivén, lo más lentamente posible y sin dejar de
mirar el glande. Deja durante algunos instantes que la mente vaya a la deriva
el tiempo necesario para tu apaciguamiento; es el momento de masturbarte
completamente fijando la mirada en la mano y el pene. Si has seguido
correctamente el proceso que ha precedido a esta nueva prolongación, entras
en un período de calma en el que está prácticamente excluido que el deseo de
eyacular reaparezca antes de mucho tiempo. Sin embargo, estás en erección y
te masturbas.
Terminarás volviendo a gestos y a movimientos idénticos a los del
comienzo del ejercicio, con la enorme diferencia, sin embargo, que representa
tu mirada fija en el glande. Haz que tu masturbación, que era global, se
convierta en un vaivén en retirada, insistiendo en los empujes hacia la
turgencia del glande. Inclínate hacia delante, echa hacia atrás las nalgas, haz
que el pene se mantenga lo más cerca posible de la horizontal: pronto se du-
plica el placer. Rectifica la posición; el placer se mantiene en el límite de lo que
eres capaz de soportar.

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Cúrvate flexionando un poco las piernas y haz menos rápido el
movimiento durante el tiempo suficiente para que decaiga la excitación.
Vuelve a la posición inicial, con una masturbación más suave y después
más masiva; combina el vaivén rectilíneo con un empuje hacia abajo de la
mano sobre el pene. Apenas abandonas el pubis, con el fin de realizar co-
rrectamente esta sutil mutación, es del todo necesario que angules tu muñeca
de modo que ya no prolongue el eje de tu brazo. El aumento del goce no tarda.
Por último, para acabar en un sublime orgasmo, vuelve a nivel de la corona
(uno o dos centímetros), inclínate y haz que tu pene descienda.

EJERCICIO 6

Este ejercicio y los siguientes son la exacta continuación de los


precedentes y retoman la masturbación en igual orden y en las diversas zonas
del pene.
La diferencia se sitúa en la lubricación; por sí solo, ello justifica pasar a
nuevas explicaciones.
Como en la segunda parte del libro, la estimulación de base se deja a tu
criterio: puedes comenzar por la aplicación de aceite sobre tu sexo en reposo o
esperar un comienzo de erección mediante manipulaciones en seco. Cuestión
de gustos. Sin embargo, cuando eliges empezar por la solicitación del glande,
es preferible lubricar después de que se haya constituido la erección. Este
primer ejercicio lubricado es, como el primero de esta parte, el más fácil de
dominar. Incluso puedes hacerlo durar mucho más tiempo.
Te encuentras acostado, de frente al espejo, con la misma actitud y la
misma relajación. Comienza a masturbar la base del pene con la ayuda
exclusiva del «anillo». Debido al sitio de la masturbación y a la película
depositada por el aceite, la excitación es relativamente débil al comienzo, por lo
cual puedes encargarla a la mano derecha. Emite impulsos empujando la
muñeca hacia abajo cuando hagas ascender el anillo en la dirección del glande,
pero sin sobrepasar jamás la zona media del pene. Estos impulsos marcan el
ritmo lento de la masturbación, más acentuado al comienzo.
Poco a poco, cuando se acrecienta la erección, el anillo debe apretar cada
vez más fuerte, muy fuerte incluso en ciertos momentos. Colocas entonces el
pulgar izquierdo en el hoyo formado por el ángulo del pene y el pubis; apóyalo
lo más que puedas. El efecto es doble: mantienes la compresión (e incluso la
amplificas) y retienes la piel, que no puede seguir el desplazamiento de tus
dedos que se deslizan.
Abre los ojos y observa tu pene en el espejo: la excitación aumenta y tú la
contienes muy bien.
Se agrega al anillo un dedo suplementario y luego otro, hasta que toda tu
mano entra en acción. Según sea el tamaño del pene, el desplazamiento es más
o menos importante, pero incluso si es corto es primordial no abordar los
alrededores del glande.

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El deseo de eyacular aparece: lo detienes muy fácilmente pues su ascenso
es lento, progresivo, preciso, mediante un squeeze, una disminución de la
velocidad, el cierre de los ojos o la «desconexión» del cerebro.
Continúa o retoma la masturbación mediante esta modulación: los tres
dedos del medio juntos frente a frente en la parte anterior del pene y, detrás, el
pulgar al que se une el meñique. Mantén cuidadosamente el pulgar izquierdo
en su posición y coloca el índice frente a él.
Mírate hacer, aumentando insensiblemente la velocidad; conserva una
actitud ligera de la mano que masturba. Te puedes contener indefinidamente, a
pesar del placer. El deseo renace. Aprieta con fuerza la pinza de los dedos iz-
quierdos, sin abandonar las manipulaciones con la derecha. El deseo se retira.
Vuelve a comenzar, primero mediante el anillo del pulgar y luego con toda
la mano; haz que fluctúen un poco, mediante un cambio de mano, la presión y
la velocidad.
Sólo eyaculas si lo deseas.

EJERCICIO 7

Las habilidades contenidas en este ejercicio convienen admirablemente


cuando, por algún motivo, se desea una nueva masturbación (o un coito), si
una primera eyaculación ha sucedido una o dos horas antes.
Si la satisfacción ha sido total resulta un pene perfectamente saciado y,
por lo tanto, según la edad, más o menos «extinguido».
En la mayor parte de los casos, y sin un motivo muy poderoso de
excitación exterior, el movimiento clásico de la masturbación sobre un pene
ahíto no da resultados demasiado satisfactorios. Al resultar imposible
cualquier forma de penetración, salvo una estimulación bucal (que también
puede resultar inoperante), sólo restan las manos para que se produzca la
erección. Sólo ellas pueden hacerla posible, ya que tienen la exclusividad de
estimulaciones perfectamente únicas y originales.
Lo hemos repetido varias veces: la mejor manera de obtener una erección
en semejantes circunstancias no radica en un movimiento de vaivén, sino en
un movimiento vibratorio. Combinado con la lubricación, presenta garantías
absolutas de eficacia.
Es preferible un comienzo de estimulación sobre el pene seco y lubricar
sólo cuando se haya verificado una cierta hinchazón.
Descubre el glande, coloca los extremos de los cinco dedos de la mano
derecha casi en la base del pene, sensiblemente entre su zona media y la raíz.
El pene se halla pues en el interior de tus dedos extendidos. Estira bien la to-
talidad de la piel hacia abajo y comienza con vibraciones muy rápidas
transmitidas por el movimiento de báscula en rotación de corta amplitud de la
muñeca.
Cabe precisar una vez más que ésta debe estar angulada respecto al
antebrazo; lo mismo es aplicable si la estimulación es realizada por una pareja.

75
Cuanto más rápidas y continuas sean estas vibraciones, menos tiempo es
necesario para que se produzca el cambio. Lo más usual son algunas decenas
de segundos para que renazca un comienzo de erección.
En este momento se ha de lubricar el sexo en su totalidad y recomenzar
luego la misma estimulación vibratoria. El pulgar y el índice se colocan en la
raíz del pene, y con presiones descendentes hacen aumentar la erección.
Apenas ésta aparece, la mano derecha comienza el clásico movimiento de
vaivén aplicado a la totalidad del pene, quedando retenida la piel en la base por
obra de la mano izquierda. No pases sobre el glande hasta que la acumulación
sanguínea sea absoluta, haz intervenir todas las variaciones en alternancia,
piernas apretadas, músculos de las nalgas bloqueados, luego relajación
muscular, velocidad y presión, todo ello según te lo dicten tus sensaciones. El
placer es constante y fluctuante, la erección definitiva, y el deseo de eyacular,
inexistente.
Sólo entonces la mano puede pasar alrededor del glande. A esa altura
alterna vaivenes cortos y rápidos, mientras que el mismo movimiento ha de ser
más corto en el cuerpo del pene, modificando alternativamente la presión en
los dos casos.
Si hasta el momento has tenido los ojos cerrados, puedes ahora mirarte,
pues es casi imposible que no puedas contenerte durante un tiempo casi
indefinido, a pesar de la excitación suplementaria. Constatarás que la eyacula-
ción depende de tu voluntad.

EJERCICIO 8

Este último ejercicio en posición acostada permite conservar una erección


prácticamente ilimitada y proporcionarse (o hacerse proporcionar) una
masturbación que puede prolongarse mucho más allá de lo que hombres y
mujeres suelen creer.
A pesar del placer persistente y fluctuante, el orden perfectamente
riguroso de las manipulaciones permite un control absoluto de la eyaculación
sin que sea necesario interrumpir la manipulación. Si has seguido y respetado
hasta ahora la progresión de los ejercicios precedentes, ya no es posible que no
llegues a un control total de tu acceso al placer.
Para alcanzar este estado de placer prolongado es decisivo reunir estas
dos condiciones: en primer lugar, desde el principio hasta el final, la
masturbación debe hacerse con la misma mano; la izquierda, para un diestro,
o también la izquierda de la pareja; en segundo lugar, la «progresión
planificada» debe hacerse de modo gradual, sin pausas, sin sobresaltos, sin
cambios de ningún tipo hasta la aparición del rocío preeyaculatorio.
Después de la lubricación de la totalidad de los órganos genitales, sea cual
fuere el estado en que te encuentras, excitado o no, ya en erección o con el
sexo en reposo, comienza el vaivén de una manera bastante rápida, pero con

76
una presión ligera; la presión de la mano se limita al contacto del pulgar, el
índice y el mayor.
La estimulación afecta sólo la parte media del pene, para llegar con
bastante rapidez a la totalidad del glande; el prepucio sigue parcialmente el
movimiento, y a lo sumo cubre el rodete. Nada tiene que hacer tu mano
derecha. Cuando el pene se halla completamente erecto, la piel se estira por sí
misma y la presión de la mano se hace débil ahora para no llevarla consigo en
su movimiento.
La aportación de la excitación visual sobre la masturbación se establece
en el mismo orden que en los ejercicios sin lubricación: primero mediante el
recurso del espejo, luego por su localización en la parte inferior del pene, por
último mediante la concentración sobre el glande. De todos modos, es
necesario precisar que es infinitamente más fácil mantener la mirada cuando el
sexo está lubricado que cuando la masturbación se realiza en un pene seco.
La aparición del rocío anuncia la llegada de la eyaculación, que se
contiene con facilidad por la intervención de la voluntad conjugada con una
disminución en la rapidez del vaivén. Cuando el peligro ha sido descartado de
forma provisoria, la presión de la mano puede acentuarse y la velocidad
disminuirse, hasta que se llega a otro ascenso del deseo.
Es el momento de hacer intervenir la siguiente «treta»: la mano gira un
cuarto de vuelta de tal manera que el pulgar y el índice se ponen a los lados de
tu pene. Tu vaivén puede ser muy apoyado en este lugar y, por ello, permite
perfectamente tener a raya la venida de la eyaculación.
Para verla reaparecer basta con volver a la presión normal y todas las
variaciones que te dicte tu sensibilidad.
Los tres ejercicios siguientes pueden encadenarse perfectamente según
sea tu estado de tensión en ese momento. Si estás muy excitado conviene
separarlos. Si estás lo bastante distendido, debes conjugarlos de modo con-
tinuo.
Los tres han de hacerse de pie y permiten la aportación de todos los
artificios «naturales»; de hecho, la progresión de la excitación soporta muy
bien las dificultades hasta llegar al paroxismo de la retención.
Lubrica en abundancia pene y testículos y comienza una estimulación en
forma de masturbación únicamente circunscrita a la raíz del pene por
intermedio del anillo pulgar-índice. Este movimiento debe confiarse a la mano
izquierda hasta la tercera alerta, que dominarás sin dificultades.
Cuando aparezca una semierección, deshaz el anillo: primero tres dedos
y luego la totalidad de la mano.
La mano realiza un masaje firme y poderoso de abajo arriba, desde los
testículos hasta la zona media de tu pene; el aceite facilita esta masturbación
unidireccional: conténtate con estirar hacia arriba acentuando la presión al
llegar al final del trayecto.
Cuando se manifiesta la primera alerta, masturba con mucha rapidez
sólo la base haciendo deslizarse el anillo muy apretado; retoma luego el
masaje masturbatorio. Cuando llegue la segunda alerta, procede de igual ma-

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nera, pero sin exagerar la presión. A la tercera, el anillo, muy estrangulado,
reemplaza a la mano y se desplaza desde la base hasta la zona media.
El masaje, al comienzo con sentido único (abajo-arriba), se equilibra
progresivamente en un vaivén de intensidad uniforme: fuerte al comienzo,
para disminuir cada vez más hasta que la erección pierda un poco de su
rigidez sin que el pene disminuya su grosor. Puedes entonces cambiar de
mano y proseguir casi indefinidamente.

EJERCICIO 9

En el ejercicio precedente se trataba de practicar la masturbación sobre la


primera mitad del pene. A1 no haberse estimulado la parte anterior, hubieran
bastado unos pocos pasos a su nivel para desencadenar la eyaculación.
Antes del último paso se debe transitar por el escalón intermedio que
implica toda la longitud del pene, con la excepción del glande. A pesar de la
acumulación sanguínea de éste, es importante habituarlo a retener una
estimulación más larga en los alrededores de su punto más sensible.
La ventaja que procura la lubricación en relación con el pene masturbado
en seco es crear una continuidad percibida con mayor nitidez, de modo que el
acostumbramiento al placer se establece de una manera casi instintiva. La di-
ferencia más neta consiste en una presión acrecentada por sensaciones más
fuertes cuando ésta aporta al pene seco sensaciones quizás iguales pero
netamente menos prolongadas.
La masturbación se realiza con la mano derecha, según el mismo
procedimiento utilizado en el ejercicio anterior.
Esta diferencia de presión «contra natura» transmite el placer al tiempo
que altera con ventajas el deseo de eyacular.
El movimiento se efectúa ahora en toda la longitud del pene,
deteniéndose en la vecindad de la corona, donde el prepucio rebota.
Alterna este vaivén masivo con un movimiento más suave. De acuerdo
con tus sensaciones siempre perfectamente localizadas, varía la velocidad y la
longitud del vaivén.
Como en la primera parte del ejercicio, debes tener a raya tres alertas
bastante cercanos para estar seguro de ingresar en una «fase de meseta» casi
definitiva.
El encadenamiento preciso de estas manifestaciones en el mismo
movimiento de masturbación hace del todo superfluo el tener que detenerse
bruscamente. La sensaciones son perfectamente analizadas y dominadas con
tal lucidez que pueden ser sometidas a todas la variaciones que se deseen.
Sólo a partir de este momento puedes actuar de manera natural, es
decir, equilibrar en un primer tiempo la presión descendente de la mano en el
ascenso para luego invertirla poco a poco.
También en este caso, la lubricación permite un deslizamiento que
prolonga aún más el placer. Sin brusquedades e insensiblemente puedes

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dejar proseguir la estimulación a nivel del glande, al principio mediante el
recubrimiento parcial con el prepucio, luego liberado por completo.

EJERCICIO 10

La realización del último grado de este ejercicio representa, en verdad, el


estado límite al que puede ser llevada la masturbación trascendente.
En efecto, no es posible sobrepasar este nivel, pero, por el contrario, cada
uno es capaz de llegar a él siempre y cuando esté entrenado. Pienso en especial
en los eyaculadores precoces cuyo acostumbramiento a las dificultades
crecientes de los ejercicios correspondientes a esta tercera parte los conducirá
obligatoriamente a la solución de su problema.
A título indicativo, es perfectamente posible retenerse más de una hora
con esta masturbación, sin interrupción, lo que sin duda no es el caso de la
mayoría de los hombres que practican una masturbación ordinaria; además, se
trata aquí de una masturbación global en la que ninguna parte del pene escapa
a la excitación.
Retoma pues la principal forma de estimulación desarrollada en los dos
ejercicios precedentes para llegar al punto en que éste comienza. Esta
masturbación masiva, ejecutada solamente en sentido «contra natura» -sola-
mente el movimiento de ida-, se equilibra progresivamente hasta hacerse
general (ida y vuelta). El glande es ampliamente requerido en toda su
superficie, el placer se hace permanente, el deseo de eyacular no aparece
todavía.
Procede entonces de la siguiente manera: bloquea el antebrazo sobre la
cadera (de igual modo debe proceder un colaborador), haz que la mano
izquierda se deslice lo más rápido posible alrededor del glande y de sus
adyacencias: la presión es muy ligera; el movimiento muy regular se prosigue
al menos durante cinco minutos antes de hacerse más firme, para acabar
muy apoyado.
Desde este instante, a causa de la lubricación, el prepucio no puede
cubrirlo: se acentúa el goce, pero no el deseo de eyacular. Si liberas el apoyo,
la mano flotante no puede realizar un movimiento por completo rectilíneo; de
ello se sigue una ruptura en la base del pene, que activa bruscamente la
excitación: surge el deseo.
Nada más simple en estas circunstancias que hacerlo cesar sin
necesidad de detenerse: reanuda un movimiento rectilíneo y masivo más
cerca de la raíz y, al cabo de unos segundos, reemprende la masturbación en
su totalidad y sin apoyo.
A1 cabo de un tiempo que depende de tu voluntad, vuelve a comenzar la
misma estimulación aguda y luego su disminución.
Llegas entonces al punto en que por fin te es posible masturbarte de
manera clásica y muy naturalmente, es decir, mediante una manipulación
mucho más apoyada hacia el abdomen. El glande ya no es evitado, la piel

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permanece estirada en su totalidad hacia atrás, el equilibrio entre el placer y
el deseo de eyacular es total.
Tu erección es definitiva, tienes un control absoluto, todo es posible:
cambiar de mano, de velocidad, de presión. La terminación no puede ser
precipitada por nada salvo por tu voluntad.
Es fácil al llegar a este estadio comprender la estrecha relación entre ese
vaivén que se desliza por obra de la mano y otras formas de penetración...
Para gozar, pues esto resulta al fin casi difícil, basta con realizar un
masaje ligero de los testículos y más particularmente del hueco en que el
escroto se une a la ingle, concentrarte bien en tu gesto, mirar intensamente
tu sexo y, sobre todo, ¡quererlo!

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ÍNDICE

PREFACIO ................................................................... 4

PROLOGO .................................................................... 6

PRIMERA PARTE
PARA VENCER LAS
DIFICULTADES DE ERECCIÓN ............................ 8

SEGUNDA PARTE
MASTURBACIÓN PROLONGADA........................... 28
- MASTURBACIÓN SECA ............................ 30
- MASTURBACIÓN LUBRICADA .................. 57

TERCERA PARTE
EYACULACIÓN CONTROLADA ............................. 65

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