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Tiempo- Tesis Del Doctorado

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Mario Toboso Martín

Resumen de la Tesis doctoral

Resumen de la Tesis doctoral

TIEMPO Y SUJETO: NUEVAS PERSPECTIVAS EN TORNO A LA EXPERIENCIA DEL TIEMPO

Autor: D. Mario Toboso Martín Director: D. Sebastián Álvarez Toledo

Presentada al Departamento de Filosofía, Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Salamanca, para optar al grado de Doctor en Filosofía. La lectura y defensa de la misma tuvo lugar en Salamanca, el día 7 de Febrero de 2003, ante el tribunal del que formaron parte, en calidad de: Presidente: D. Cirilo Flórez Miguel Vocales: D. Fernando Broncano Rodríguez D. Antonio Sánchez Fernández D. Manuel Liz Gutiérrez Secretario: D. Jesús Vega Encabo Llevada a cabo su lectura y defensa, la Tesis obtuvo la calificación de Sobresaliente

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Mario Toboso Martín

Resumen de la Tesis doctoral

CONTENIDO

PREÁMBULO.

CAPÍTULO 1: Exposición de los elementos fundamentales de un planteamiento alternativo acerca de la naturaleza del tiempo. 1.0) Presentación.— 1.1) La distinción entre «tiempo» y «temporalidad» («tiempo del mundo» y «tiempo de la conciencia»).— 1.2) El argumento realista, referente al advenimiento temporal de la conciencia.— 1.3) El advenimiento temporal de la conciencia considerado a través de la filosofía crítica de Schopenhauer.— 1.4) La paradoja del «primer presente».— 1.5) La paradoja de la «causa primera» y el «guión causal», dictado por el principio de razón suficiente, basado en la ley de causalidad.— 1.6) La «imagen evolutiva» y la «imagen gradativa» del mundo.— 1.7) La Presencia como cualidad del «tiempo del mundo».— 1.8) Distinción y relación entre las nociones de «tiempo ontológico» y «tiempo epistemológico» (tiempos del Ser y del conocer).— 1.9) La Presencia y el tiempo ontológico en relación con la noción tradicional de «eternidad».— 1.10) La articulación entre la Presencia y la distensión, como cualidades respectivas de los tiempos ontológico y epistemológico.— 1.11) El «Ahora» como posición temporal de presencia del sujeto y su distinción frente al «momento presente».

CAPÍTULO 2: Adecuación entre algunos elementos de nuestro planteamiento y el análisis de las representaciones en Schopenhauer. 2.0) Presentación.— 2.1) La noción de «campo de presencia» y la proyección intencional temporalizadora de la conciencia: «retención» y «protensión» como factores de la distensión.— 2.2) El campo de presencia derivado de la capacidad del sujeto para las «representaciones abstractas».— 2.3) La distensión, implicada en el concepto de temporalidad, entendida mediante la noción de «motivación».— 2.4) El «sujeto de la volición» como voluntad «objetivada» que se da a conocer por medio de la distensión.— 2.5) La ley de causalidad, que configura el «guión causal», considerada bajo la perspectiva de la ley de motivación.— 2.6) La identidad entre el sujeto cognoscente y el sujeto volente como «verdad filosófica» y «nudo del mundo».

CAPÍTULO 3: La experiencia íntima del tiempo por parte del sujeto a través de los elementos que integran nuestro planteamiento. 3.0) Presentación.— 3.1) La «estructura retentivo protensiva».— 3.2) Los movimientos asociados al «transcurso del tiempo».— 3.3) Crítica de la hipótesis del surgir del mundo a la existencia actual como indicio de lo «real» del tiempo.— 3.4) La escisión del «esquema Presencia - distensión» por parte de las ciencias.— 3.5) La parametrización temporal no refleja ningún aspecto «real» del mundo.— 3.6) La temporalidad (tiempo de la conciencia) como síntesis de parametrización y distensión.— 3.7) El «fenómeno» parametrizado por la variable temporal es una representación diferente por completo del «grado de objetivación» del que procede.— 3.8) La distorsión de los grados de objetivación por el principio de razón suficiente.— 3.9) El conocimiento con independencia del principio de razón suficiente. El «sujeto puro del conocimiento» y su correlato objetivo, las Ideas.— 3.10) La «Temporalidad» del sujeto como síntesis de Presencia y temporalidad.— 3.11) Las imágenes «evolutiva» y «gradativa» en sus respectivos contextos temporales.

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CAPÍTULO 4: El problema de la «dirección» del tiempo bajo el punto de vista de nuestro planteamiento. 4.0) Presentación.— 4.1) En torno a la denominada flecha «psicológica» del tiempo.— 4.2) Consideraciones complementarias en torno al origen y la naturaleza de la «flecha» psicológica del tiempo.— 4.3) La injerencia de la «flecha» psicológica en el ámbito de descripción de las teorías físicas.

CONCLUSIONES GENERALES.

DESARROLLOS FUTUROS.

PREÁMBULO.
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Saber «qué es el tiempo»1 cuando nadie nos lo pregunta, y dejar de conocerlo en el momento mismo de comenzar a explicarlo constituye, a primera vista, un hecho de naturaleza sorprendente. No obstante, este carácter inesperado se mantiene únicamente hasta que tomamos conciencia clara de la multitud de aporías que merodean y surgen en torno al uso necesario del lenguaje, pues éste se expresa por medio de palabras, conceptos y estructuras que por su propia naturaleza ya pertenecen al tiempo. Puesto que hemos sido nosotros quienes así lo hemos elaborado con el fin de comunicarnos, precisamente, con y entre nosotros mismos, cabrá tomar en consideración la posibilidad de que su temporalidad connatural constituya el reflejo de una relación esencial y reveladora entre el tiempo y el individuo, quien desde la posición temporal de su propio marco vivencial reflexiona, conversa y escribe acerca de él. Expresemos a continuación, de la manera más breve posible, cuál es el propósito de nuestro trabajo. A través del mismo pretendemos aportar una visión de conjunto, renovada, en torno a los diferentes aspectos que conforman la experiencia del tiempo por parte del sujeto. En relación directa con el alcance de este objetivo debemos tener en cuenta, de manera fundamental, cuáles puedan ser realmente tanto los límites como el espectro de dicha experiencia, ya que un error de planteamiento en este punto principal repercutiría de un modo nefasto sobre la totalidad de las cuestiones y los conceptos a tratar. La vivencia del tiempo resulta ser inmediata para el sujeto, quien preso, además, de esta inmediatez es doblegado por aquél en un doble sentido. Por una parte se lamenta al ser aniquilado por su transcurso incesante; por otra, se consume, igualmente, en su permanencia. Pues el tiempo no sólo se obstina en hacer manifiesto el cambio que le hostiga sin descanso, sino también en servir de medida perenne a la perdurabilidad —asimismo hostil— de todo cuanto se resiste a la variación. Es en este «patio de atrás» de la experiencia temporal del sujeto donde arraigan las confusiones e interpretaciones erróneas que proliferan y se mantienen en torno al concepto de «tiempo». Por ello, creemos que uno de los cometidos primordiales de nuestro trabajo debe consistir en tratar de contemplar, bajo nueva luz, algunas de las nociones más básicas de las que el pensamiento acostumbra servirse en su reflexión incesante acerca del mismo. Así, por ejemplo, el lastre de numerosos siglos de tradición al respecto nos ha habituado a concebir la imagen del tiempo en comparación con la de un río que fluyera llevándonos, a la vez, inmersos en su corriente, a la que resultamos ser arrojados en el momento mismo de venir al mundo. Debemos notar, no obstante, cómo esta imagen se está expresando —en nuestra opinión— en un sentido que va mucho más allá de lo meramente metafórico y alberga en sí misma un contenido adicional de marcado carácter interpretativo. A nuestro parecer, nos induce a pensar que el tiempo reinaba ya sobre el amplio dominio del citado mundo mucho antes de que nosotros llegásemos a él —y, por extensión, desde siempre—. En calidad de simples advenedizos no cabría considerarnos más que como cautivos de la autoridad de su mandato, en virtud de la cual se acepta que el tiempo actúa y se expresa no sólo en todo lo que contemplamos, sino también en nosotros mismos, y es por ello concebido, a la postre, como un ente de naturaleza objetiva. Pensamos que consideraciones de esta clase se hallan en la base de la dicotomía que suele establecerse entre el así denominado «tiempo del mundo», también llamado «tiempo objetivo», y la vivencia supuesta del mismo por parte del sujeto, asociada, por lo general, a la noción de «tiempo de la conciencia», o «tiempo subjetivo». Cabe decir, al respecto, que en torno a esta importante dicotomía se articulan y gravitan algunos de los enfoques filosóficos diversos que tienen por objeto la reflexión acerca de las numerosas cuestiones relativas a la naturaleza del tiempo.

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En referencia directa a san Agustín, Confesiones, XI, 14.

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Nuestro planteamiento, no obstante, pretende ser distinto. A lo largo del mismo asumimos una participación —digamos «activa»— por parte del sujeto en relación con los diferentes aspectos inherentes a la noción habitual de tiempo, en lugar de remitirnos a la perspectiva más bien «pasiva» de quien es llevado por la corriente del mencionado río. Si quisiéramos expresarlo por medio de una imagen diríamos que, al hilo de lo que acaba de exponerse a propósito de esta metáfora, el sujeto, ahora como elemento esencial de nuestro planteamiento, no es arrastrado por dicha corriente, sino que se mantiene y permanece fijo en su posición temporal, situado en una especie de «vórtice» o remolino, a partir de la cual es él mismo quien proyecta la corriente más allá de su propia posición por medio de un procedimiento adecuado de representación. La diferencia básica entre este planteamiento, que podríamos denominar «del vórtice», y aquél otro que es más usual «de la corriente» puede comprenderse atendiendo al carácter que revisten las nociones comunes de «ahora» y de «momento presente» consideradas en el contexto particular ofrecido por ambos puntos de vista. A tal respecto, debemos señalar que desde la perspectiva «de la corriente» no se establece ninguna diferencia entre tales nociones, tomándose, de hecho, como términos sinónimos, cuya contrapartida en el ámbito de las nociones espaciales sería el deíctico «aquí». Cabe decir que la equiparación entre ambas nociones constituye una práctica general dentro del marco del lenguaje cotidiano, así como en el terreno propio de las distintas filosofías del tiempo. Contrariamente, desde nuestra perspectiva particular «del vórtice» consideramos que es esencial establecer una diferencia clara entre la significación de lo que denominaremos «Ahora» y la del «momento presente»,2 de la misma manera que —pasando al ámbito de las nociones espaciales— cabe diferenciar «aquí» de la ubicación concreta que se expresa en la noción de «este lugar»; pues, pese a que la posición del sujeto en el espacio siempre pueda venir expresada por el deíctico «aquí», ello no significa que se sitúe siempre en «este lugar» (en el mismo punto coordenado del espacio, podríamos decir). De manera análoga, nosotros vamos a considerar la noción de «Ahora» como representativa de la «posición temporal de presencia» del sujeto, la cual ubicará en sí misma, en todo momento, al denominado «momento presente», si bien no siempre al mismo. Notemos, igualmente, y al hilo de la analogía propuesta que —según queda dicho— el deíctico «aquí» tampoco se refiere siempre a la misma posición espacial. Así, para nosotros, el tiempo no está dado «ahí afuera», en el sentido que le otorga el punto de vista tradicional «de la corriente», sino que ha de ser representado por el sujeto desde su propia posición temporal de presencia, que es el Ahora. Para proceder al desarrollo de nuestro planteamiento situamos su punto de partida en del marco filosófico del «idealismo crítico» o «transcendental» introducido por Kant, del cual nos hacemos eco a través de la crítica del mismo elaborada por Schopenhauer. Nos valemos, al respecto, de las ideas de este último y de su crítica del idealismo kantiano como vía de acceso hacia la consideración de algunas cuestiones básicas referidas a esta perspectiva idealista. En relación con lo señalado acerca del propósito del presente trabajo —encaminado a explorar el carácter de la experiencia del tiempo por parte del sujeto—, notemos que el encuentro con este autor resulta casi inevitable, habida cuenta de la importancia que concede al «sujeto» al plantear la noción de «representación», considerada como la bipolaridad en que se dan cita y se corresponden mutuamente tal sujeto y el así denominado «objeto». Cabe decir aquí que, hasta donde nosotros conocemos, no nos consta que Schopenhauer desarrollara ninguna «teoría del tiempo» particular dentro del contexto de su sistema filosófico. No obstante, y en referencia directa a esta cuestión, pensamos que pueden extraerse del tratamiento de diversos temas por su parte, un cierto número de nociones y elementos de marcado matiz temporal que, como las piezas dispersas de un rompecabezas, pueden ensamblarse de manera que el resultado obtenido —considerado como embrión inicial de una teoría acerca del tiempo— encierre en sí mismo cierta dosis de sentido y coherencia, pese a que en su origen
2 Esta diferencia fundamental entre el «Ahora» y el «momento presente» se introduce en el trabajo a partir de su sección 1.11).

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los elementos que lo integran no formaran parte de ningún proyecto, a tal respecto, prefijado con anterioridad.3 Nos remitimos fundamentalmente al análisis de las representaciones llevado a cabo por Schopenhauer, con el fin de poner de manifiesto las diferentes connotaciones temporales que caracterizan, por un lado, a las denominadas «representaciones intuitivas» y, por otro, a las «representaciones abstractas», destacando en especial el modo en que éstas últimas permiten dar cuenta de una imagen del mundo que puede ser situada y representada más allá de la actualidad característica inherente a la posición temporal de presencia propia del sujeto. Así, posibilitan, por ejemplo, la introducción de los conceptos de «pasado» y «futuro», en calidad de categorías descriptivas abstractas básicas dentro de dicha imagen, en solidaridad con las cuales la noción de «momento presente» —a modo de punto de inflexión situado entre las mismas— es ubicado en todo momento por el Ahora, al que consideramos como el elemento de naturaleza intuitiva en la experiencia del tiempo por parte del sujeto. Interpretamos que mediante tales representaciones abstractas el sujeto, —en lo que se refiere a su vivencia temporal— se arranca a sí mismo de su propia posición de presencia, que es el Ahora, y puede llegar a concebir, a través de la proyección en el tiempo de diferentes motivos abstractos, un marco representativo distendido que vincula así su propia vivencia siempre actual con el punto de vista ya referido «de la corriente».4 No obstante, debe quedar suficientemente claro que nuestro planteamiento no considera que esta «corriente», así como la noción habitual de tiempo transcurrente a que se asocia, estén dadas «ahí afuera» en el mundo, sino que como ya hemos indicado, responden a un proceso de representación abstracta llevado a cabo por el sujeto desde la posición temporal de presencia de su Ahora intuitivo. Teniendo esto en cuenta, nuestro punto de vista particular nos conduce a plantearnos la siguiente cuestión. Dado que el tiempo, interpretado como la «corriente» de los momentos, no se halla «ahí afuera», ¿cuál ha de ser, entonces, la naturaleza característica de aquello que habitualmente se expresa bajo la denominación de «tiempo del mundo»? En nuestra opinión, la naturaleza de este tiempo, en lo que respecta a su cualidad temporal, debe corresponder a lo que daremos en llamar «Presencia», esto es, a una clase de «tiempo» —forzando el alcance de la significación habitual del término— caracterizada por el hecho de manifestar todos sus «momentos» la cualidad de ser «siempre presentes», ajenos, por tanto, a las categorías descriptivas de pasado y futuro, así como al efímero y pasajero momento presente que las separa, derivados todos estos conceptos del mencionado proceso de representación abstracta llevado a cabo por el sujeto.5 Asumimos, asimismo, que la presencia atribuible a la posición temporal del sujeto, que es el Ahora, encuentra su propio origen en la participación de esta posición en la «Presencia» característica de la cualidad temporal del «tiempo del mundo».6 Retomando la imagen que hemos propuesto, podríamos decir, al respecto, que el referido «vórtice», en cuanto estructura que sitúa al sujeto en su posición temporal

El papel jugado por las ideas de Schopenhauer dentro del marco de desarrollo de nuestro planteamiento acerca del tiempo, es objeto de exposición a lo largo del capítulo 2. 4 La representación de este marco temporalmente distendido por parte del sujeto, dentro del cual tienen cabida los conceptos de «pasado», «presente» y «futuro», es objeto particular de análisis de las secciones 2.2), 2.3) y 2.5); así también de las secciones 4.1), 4.2) y 4.3) hasta las cuales, en aras de una mayor claridad en la exposición, postergamos la consideración de algunas de las cuestiones implicadas en el mencionado proceso de representación, tales como la definición del carácter representativo —ya sea abstracto o intuitivo— de los diferentes elementos implicados en la experiencia del tiempo. 5 La noción de «Presencia», como cualidad temporal de esta clase de «tiempo» que denominamos «tiempo ontológico», se introduce en el trabajo a partir de la sección 1.7), en contraposición con la noción de «distensión» temporal, propia de la experiencia del tiempo basada en sus elementos representativos abstractos, que interpretamos como la cualidad temporal de la clase de tiempo que denominamos «tiempo epistemológico». 6 Nos hacemos eco de este origen del Ahora en la sección 1.10), a propósito de la articulación entre la Presencia y la distensión temporal como cualidades respectivas de los tiempos ontológico y epistemológico.

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«siempre presente», esto es, en el Ahora, entierra su raíz en la cualidad determinante del «tiempo del mundo», que es la Presencia. De esta manera, la experiencia temporal por parte del sujeto adquiere un carácter y una naturaleza completamente distintos de aquellos que se le atribuyen a partir del punto de vista tradicional «de la corriente», pues implica la doble participación de aquél, por medio de su posición temporal —que es el Ahora—, tanto de la Presencia, en cuanto cualidad inherente al «tiempo del mundo», como de los elementos representativos abstractos vinculados a la noción de «distensión» temporal en términos de las categorías de pasado y futuro, que puede llegar a considerarse como la cualidad característica del denominado «tiempo de la conciencia». Nosotros hemos supuesto que la participación posible de la vivencia del sujeto en sendos marcos temporales requiere tomar en consideración un contexto lo suficientemente amplio como para dar cabida tanto a la Presencia como a la distensión, y hemos asumido que este contexto vivencial más amplio puede describirse, de manera adecuada, por medio de la noción de «Temporalidad».7 Ésta debe dar cuenta en sí misma de los diversos aspectos enmarcables dentro del espectro total de la experiencia íntima del tiempo por parte del sujeto, como puedan serlo, por ejemplo, el fenómeno de su «transcurso» en términos de los elementos representativos abstractos, la naturaleza «siempre presente» y actual de la posición temporal del sujeto, en cuanto participación de ésta en la Presencia que caracteriza la cualidad, podríamos decir «real», del tiempo, así como la «fractura» que en la vivencia subjetiva del mismo se impone entre las categorías descriptivas de pasado y futuro. A lo largo del capítulo final del trabajo nos hacemos eco de este último aspecto y, en extenso, tomamos en consideración el papel jugado por tales categorías abstractas en el contexto de las diversas teorías que, como elementos explicativos, se integran en las diferentes ciencias. En ese momento abogamos en favor del planteamiento según el cual dichas categorías se introducen, exclusivamente, como aportaciones del sujeto a la comprensión del conjunto de fenómenos que son objeto de estudio de tales teorías; de manera que, en todo momento, deberá quedar fuera de cualquier duda cuál pueda ser la procedencia originaria de los conceptos de pasado y futuro pese a que, con frecuencia, suelan introducirse de modo subrepticio como elementos supuestamente objetivos dentro del marco de descripción propio de aquéllas. En contra de las exposiciones que respaldan esta equivocación —lo suficientemente común y preocupante como para tratar de mitigarla—, nuestro planteamiento se posiciona con claridad y firmeza en la consideración de tales conceptos como categorías descriptivas abstractas derivadas a partir del contexto particular en que se enmarca la experiencia del tiempo por parte del sujeto, más allá del cual carecen por entero de aplicabilidad.

CAPÍTULO 1: Exposición de los elementos fundamentales de un planteamiento alternativo acerca de la naturaleza del tiempo.

A lo largo de las diferentes secciones de este primer capítulo procedemos a exponer los elementos principales del conjunto de nociones y conceptos que fundamentan nuestra formulación particular acerca de la problemática asociada a la naturaleza del tiempo. El desarrollo de tales elementos, así como su aplicación a circunstancias diversas y marcos concretos, es objeto de capítulos posteriores. Comenzamos presentando, en la sección 1.1), dos de las nociones más básicas
7 Esta noción se introduce en la sección 3.10), con la intención de permitirnos considerar en perspectiva todos los desarrollos previos necesarios llevados a cabo a lo largo del trabajo.

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que cabe derivar a partir de los varios enfoques desde los que se afronta el análisis de la citada problemática; tales nociones son las de «tiempo» y «temporalidad», que suelen considerarse también, en una forma alternativa, como «tiempo del mundo» y «tiempo de la conciencia», respectivamente. En cuanto a los puntos de vista de que nos hacemos eco en dicha sección, estos hacen intervenir, por un lado, un planteamiento «realista» de las dos nociones recién citadas, a confrontar, por otra parte, con una perspectiva basada en consideraciones de tipo «fenomenológico». Igualmente damos cabida en nuestra exposición al enfoque que denominamos crítico —y también transcendental— derivado a partir del «idealismo kantiano», que consideramos, en sus aspectos esenciales, a través de la crítica del mismo por parte de Schopenhauer. Por medio de las consideraciones propias de este enfoque reinterpretamos y llegamos a hacer inteligibles las conclusiones paradójicas que se derivan de un argumento de carácter realista, que se expone en la sección 1.2), referente al «advenimiento temporal de la conciencia», y que se esgrime en contra de las pretensiones subjetivistas implícitas en el planteamiento fenomenológico acerca del valor de realidad atribuible a la noción de «tiempo». Este argumento puede plantearse, de una manera concisa, como sigue: Si el tiempo, tal y como pretende el razonamiento fenomenológico, fuese únicamente la distensión de la conciencia —que denominamos temporalidad—, no podría precederla, por lo que su propio advenimiento en la Naturaleza resultaría ininteligible, ya que si el tiempo sólo existiese en la conciencia, ésta no podría advenir en el tiempo. De la reinterpretación de este argumento realista nos ocupamos, en un primer momento, en la sección 1.3), en la que esbozamos, además, una muy breve toma de contacto con algunos de los puntos fundamentales del sistema kantiano, siguiendo para ello, en gran medida, las indicaciones críticas de Schopenhauer, cuya formulación del «principio de razón suficiente» —en cuanto forma general de toda representación por parte del sujeto cognoscente— exponemos haciendo notar su cuádruple raíz. La importancia de este principio obedece a que sólo dentro del marco del mundo como representación adquieren sentido algunas de las nociones temporales que, una vez expuestas en este capítulo, manejamos a lo largo de todo el trabajo. En la sección 1.4), desde el punto de vista particular del «idealismo crítico», proseguimos con el análisis de las conclusiones paradójicas que se derivan del argumento realista expuesto en la sección 1.2), en relación con el advenimiento temporal de la conciencia y del sujeto cognoscente. Éstas nos enfrentan a la necesidad de concebir, para la noción de «tiempo», la idea de un «nacimiento sin origen en el tiempo». Nuestra presentación de tales conclusiones se hace bajo la forma de lo que denominamos la paradoja del «primer presente». Al hilo de estas cuestiones tenemos ocasión de tomar en consideración el planteamiento de san Agustín a propósito de la «precedencia» de Dios con relación a todo tiempo posible, así como el punto de vista, al respecto, de Platón, por medio del relato de la cosmogénesis expuesto en el Timeo. Todo ello hace cobrar fuerza a la idea, en apariencia paradójica, según la cual el tiempo podría hallar su fundamento último en algo que, de manera esencial, fuese «no-tiempo». En relación directa con la paradoja del «primer presente» situamos la paradoja de la «causa primera», que es expuesta en la sección 1.5). Así, a la imposibilidad de concebir un origen temporal para el nacimiento mismo del tiempo se añade, además, lo paradójico de que no pueda atribuirse a causa alguna la efectividad de dicho nacimiento. De lo cual se concluye que la cadena de causas y efectos —que constituye la ley de causalidad, en cuanto modo del principio de razón suficiente— carece de un origen en el tiempo. No obstante, y a pesar de ello, suele denotarse a tal «origen», de una manera contradictoria, como «causa primera». Al margen de esta cuestión, el nexo causal entre los fenómenos no deja de mostrarse como algo necesario, razón por la cual imaginamos su evolución, según la ley de causalidad, como procediendo de acuerdo con las directrices de lo que denominamos el «guión causal», dictado, dentro del marco del mundo como representación, por el principio de razón suficiente. La paradoja de la «causa primera» nos ofrece la ocasión de analizar cómo esta noción contradictoria constituye el punto débil de las interpretaciones denominadas «creacionistas», relativas al origen del mundo. Frente a
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las mismas afirmamos la validez del punto de vista basado en el planteamiento idealista crítico, libre de la paradoja. En este sentido, retomamos el mito platónico de la creación, de carácter «emanantista», y lo comparamos con la perspectiva asumida en la doctrina cristiana, expuesta por san Agustín. Uno de los objetos de estudio de la sección 1.6) es la imagen del mundo como representación que resulta de la evolución de sus fenómenos de acuerdo con el mencionado «guión causal», basado en el carácter necesario de la ley de causalidad; denominamos a la misma «imagen evolutiva». Tal y como lo expuso Kant, tales fenómenos no se corresponden con la cosa en sí. Hemos de notar, además, que entre ambas nociones media la jerarquía de lo que Schopenhauer denominó los «grados de objetivación» de la voluntad que, como representantes de las Ideas platónicas, conforman lo que damos en llamar la «imagen gradativa» del mundo, la cual encierra la representación más adecuada e inmediata —que se ofrece al conocimiento del sujeto— de la cosa en sí o voluntad. En esta sección tenemos ocasión de considerar, desde la perspectiva crítica de Schopenhauer, el modo como Kant introdujo en su sistema esta cosa en sí, en relación con el proceso de la intuición empírica que, asimismo, desarrollamos. La consideración atenta de este proceso nos sirve para comprender la construcción del mundo objetivo por parte del intelecto, basada en la presencia de sus formas puras conocidas a priori, de las cuales depende todo el entramado de la representación, noción ésta en la que se ligan mutuamente, y sin escisión posible, el sujeto cognoscente y el objeto conocido. Dedicamos el contenido de la sección 1.7) a la exploración de los aspectos cualitativos de aquello que en la sección 1.1) denominamos «tiempo del mundo», en oposición al «tiempo de la conciencia». Al margen de las proyecciones intencionales de ésta, que pueden concretarse en el recuerdo del pasado y la anticipación del porvenir, surge como forma esencial del «tiempo del mundo» la de una clase de tiempo cuyo carácter «presente» permanece «siempre presente», cualidad ésta a la que damos el nombre de Presencia. Los diferentes aspectos asociables a esta cualidad son objeto de análisis, así como las reticencias que surgen a la hora de considerar como «tiempo» algo que cualitativamente se halla tan alejado de su noción habitual y de sentido común; entre los mencionados aspectos tratamos, por ejemplo, acerca de la naturaleza de los «momentos» atribuibles al «tiempo del mundo» en su cualidad de Presencia, en analogía con algunas reflexiones clásicas en torno al concepto tradicional de «eternidad». En la sección 1.8) se introducen las nociones de «tiempo ontológico» y «tiempo epistemológico». La primera de ellas se vincula a lo ya expuesto en la sección 1.7), a propósito de la Presencia como cualidad del «tiempo del mundo». La segunda, por su parte, se relaciona con el concepto de distensión temporal, que se expuso en la sección 1.1), necesario para el desarrollo de la «temporalidad» y del «tiempo de la conciencia», y ligado de un modo inherente al sujeto cognoscente; por esta razón proponemos interpretar como tiempo del conocer el citado tiempo epistemológico. Por contra, el tiempo ontológico, por su relación con la cualidad de Presencia y con el tiempo del mundo, lo interpretamos como tiempo del Ser. En función de los tiempos ontológico y epistemológico, recién definidos, procedemos a reformular la paradoja del «primer presente» —expuesta en la sección 1.4)—, la cual nos permite señalar el tipo de relación existente entre ambas clases de tiempo, de la que nos hacemos eco posteriormente, en la sección 1.10). Antes de llegar a ello, a través del contenido de la sección 1.9), profundizamos en la relación de analogía que cabe derivar entre los conceptos de tiempo ontológico y Presencia, por un lado, y la noción tradicional de «eternidad», por otro. Tenemos ocasión de considerar, al respecto, los puntos de vista de san Agustín y Boecio, elaborados a partir del pensamiento neoplatónico, así como la posición idealista transcendental de Schopenhauer acerca de dicha noción tradicional. Asimismo, retomamos el punto de vista de las interpretaciones «creacionistas», esbozado en la sección 1.5), y el del planteamiento «crítico» a la hora de considerar la naturaleza de la relación entre las nociones de tiempo y eternidad, reformuladas en la sección 1.8) en términos de los
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tiempos epistemológico y ontológico, respectivamente. La misma consideración nos ocupa al final de la sección, en referencia, en este caso, no a los aspectos temporales implicados en la «creación» del mundo, sino a los que conciernen a su «final último», que son el objeto de estudio de la escatología. En la sección 1.10) tratamos acerca de la relación entre los tiempos ontológico y epistemológico, por medio de la cual se articulan sus respectivas cualidades, que son Presencia y distensión. Esta articulación implica el surgimiento de una serie de elementos temporales, comunes en la experiencia íntima del tiempo por parte del sujeto, de cuya consideración atenta nos ocupamos tanto aquí como en la sección siguiente. Cerramos este primer capítulo con la sección 1.11), que tiene su centro de gravedad en la noción de «Ahora», como posición temporal de presencia del sujeto, surgida a partir de la articulación entre las cualidades, Presencia y distensión, de los tiempos ontológico y epistemológico. Uno de los objetivos fundamentales de esta sección consiste en establecer una distinción clara entre el mencionado «Ahora» y el «momento presente», nociones que, por lo general, y no sólo desde el punto de vista del sentido común, tienden a confundirse. En virtud de esta diferencia, la noción de «Ahora» que se propone en esta sección goza de un alcance mucho mayor que el que normalmente se le atribuye, mucho más allá del limitado margen temporal del «momento presente». Esta mayor amplitud de significado del Ahora se muestra con claridad en lo que denominamos su «doble naturaleza», a través de la cual el Ahora figura como el elemento responsable de la referida articulación entre las cualidades respectivas de los tiempos ontológico y epistemológico.

CAPÍTULO 2: Adecuación entre algunos elementos de nuestro planteamiento y el análisis de las representaciones en Schopenhauer.

Comenzamos este segundo capítulo exponiendo, en la sección 2.1), el significado de la noción de «campo de presencia», en relación con los aspectos implicados en la experiencia temporal por parte del sujeto. Definimos, asimismo, las dos proyecciones intencionales de la conciencia, la «retención» y la «protensión», que sirven de base para la distensión de dicho campo en las dos vertientes que le son características, a saber, el pasado y el futuro. En la sección 2.2) comenzamos a explorar acerca del origen de la mencionada distensión, la cual hace que la experiencia temporal por parte del sujeto se extienda más allá del momento presente. Señalamos la posibilidad de que esta experiencia, así como su distensión temporal asociada, puedan encontrar su origen en el propio proceso representativo llevado a cabo por las facultades cognoscitivas del sujeto, y fijamos nuestra atención —de una manera concreta— en su capacidad para las denominadas «representaciones abstractas». Ofrecemos, además, en esta sección, una breve exposición de las «representaciones intuitivas» ligadas, igualmente, al proceso subjetivo de la representación y relacionadas de un modo estrecho con las anteriores. Las representaciones abstractas, o «conceptos», sirven de argumento para el proceso denominado «motivación», que puede ser interpretado como una especie de causación contemplada por el sujeto cognoscente a través de la óptica de su «sentido interno», que junto con el «sentido externo» fueron objeto de estudio en la sección 1.7). Dicho proceso, como tipo de causación que se da de una manera exclusiva en los seres dotados de conocimiento, presupone, como causa, la existencia de un «motivo», el cual, en calidad de representación, puede ser de naturaleza tanto intuitiva como abstracta. De todo ello tratamos en la sección 2.3), donde también destacamos la idea de que la motivación —entendida como una forma de «causalidad que actúa a través del
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conocimiento», ligada en el sujeto a su capacidad inherente para las representaciones abstractas— puede considerarse como responsable de la distensión temporal que configura el «campo de presencia», pues, como veremos, no es sino en calidad de motivos abstractos como el sujeto llega a representarse para sí mismo tanto el pasado como el porvenir. En la sección 2.4) nos ocupamos de la clase de objetos que el sujeto conoce de una manera inmediata por medio de la recién citada distensión temporal, asociada al sentido interno. Esta clase de objetos, según destacamos, contiene, de hecho, uno sólo, a saber, el propio sujeto cognoscente convertido en objeto para sí mismo, que como tal objeto se ofrece al conocimiento en la forma de sujeto volente, o voluntad «objetivada»; su correlato subjetivo es, en este caso, la así denominada autoconciencia o el conocimiento de sí mismo por parte del sujeto que conoce. Por medio de tales consideraciones —y atendiendo, en igual medida, al conocimiento que el sujeto tiene de la clase de objetos de la experiencia ligados al sentido externo—, esbozamos las primeras consideraciones acerca de la relación importante que cabe establecer entre la denominada ley de motivación y la ley de causalidad, interpretables ambas como diferentes derivaciones del mismo principio de razón suficiente según la clase concreta de objetos tenida en cuenta. El desarrollo de estas primeras consideraciones corresponde al contenido de la sección 2.5). En ella retomamos la idea del «guión causal» introducida con anterioridad en la sección 1.5), para interpretar aquí su naturaleza temporalmente distensiva a la luz de la ley de motivación, en lugar de atribuirla, como sugeriría un tratamiento superficial de la cuestión, a la ley de causalidad. Pues, según habíamos anticipado en la sección 2.3), es la ley de motivación la responsable de ofrecer la distensión temporal en la que cursa el mencionado «guión»; por ello, todo cuanto podamos hallar de esta distensión en el desarrollo mismo de la ley de causalidad ha de venirle ofrecido por la operación que en el ámbito del sentido interno desempeña la ley de motivación en el conocimiento de sí mismo por parte del sujeto cognoscente, que de una manera muy estrecha depende de su propia capacidad para las representaciones y los motivos abstractos. En la sección 2.6) —con la que damos fin a este segundo capítulo— exploramos la relación íntima esencial que, por medio de la noción de voluntad, puede establecerse entre las diferentes clases de objetos consideradas en la sección 2.4), vinculados entre sí, en cuanto representación que son, tanto por la ley de motivación como por la ley de causalidad. En este sentido, lo tratado en esta sección nos ayuda a comprender en profundidad la exposición de las secciones precedentes 2.4) y 2.5), a propósito de la dependencia temporal distensiva de la segunda ley con respecto a la primera ley, recién citadas. Igualmente ahondamos en los aspectos que ligan, de una manera fundamental, al sujeto cognoscente con su correlato objetivo inmediato, esto es, con el sujeto volente, en lo que se refiere a la naturaleza del conocimiento derivado de la autoconciencia que aquél, en cuanto sujeto, logra alcanzar a propósito sí mismo, considerado en calidad de objeto conocido.

CAPÍTULO 3: La experiencia íntima del tiempo por parte del sujeto a través de los elementos que integran nuestro planteamiento.

En este tercer capítulo tratamos acerca de diversos aspectos relacionados con el carácter de la experiencia temporal de la que es partícipe el sujeto, teniendo en cuenta para ello los diferentes elementos que conforman la formulación que venimos desarrollando. En la sección 3.1) introducimos la noción de «estructura retentivo protensiva» (ERP), en la que se combinan tanto el «Ahora», en cuanto posición temporal de presencia del sujeto, como las proyecciones intencionales de la conciencia, que son «retención» y «protensión», a través de las cuales se originan —
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según mostramos en la sección 2.1)— las dos vertientes del «campo de presencia», esto es, el pasado y el futuro. Asimismo, sugerimos que la propia conciencia del sujeto, en lo que respecta a su capacidad y naturaleza «temporalizadora», cuestión de la que ya nos ocupamos en las tres primeras secciones del capítulo 2, sea interpretada y tenida en cuenta como una ERP. La sección 3.2) tiene por objeto el análisis de los diferentes aspectos que se relacionan con el fenómeno del «transcurso del tiempo». Para ello planteamos dos esquemas, o movimientos, a través de los cuales la conciencia trata de representar la experiencia íntima decurrente implicada en el mencionado fenómeno. Según una primera imagen, se nos presenta el transcurso del tiempo como una corriente en la que todo momento futuro vendría hacia el presente y se alejaría, finalmente, hacia el pasado. Por otra parte, se puede también imaginar que dicho fenómeno de transcurso consiste en un avance progresivo del momento presente hacia el futuro. Dentro de la configuración particular propia de tales movimientos procedemos a identificar los diversos elementos que se han ido presentando hasta el momento, a lo largo de las diferentes secciones y capítulos del trabajo. En la sección 3.3) tomamos en consideración un nuevo esquema, asociado a un «tercer movimiento», relacionado, no tanto con el fenómeno del transcurso del tiempo, como con en el hipotético «surgir» del mundo a la existencia actual en cada momento en la posición del sujeto. A lo largo de esta sección sometemos a crítica el fundamento en que se basa esta hipótesis, la cual plantea el citado «surgir» del mundo como una especie de fenómeno de naturaleza «ultratemporal», en cuya propia dinámica se hallaría la base «real» del tiempo. El alcance de nuestra crítica se extiende, igualmente, hasta estos aspectos dinámicos, señalando en ellos —y en el fundamento mismo de la hipótesis— la presencia de una forma evidente de antropocentrismo, derivada de un error manifiesto de apreciación. La sección 3.4) da entrada en el trabajo a una cuestión fundamental, de la cual nos hacemos eco en diferentes secciones del mismo. Se trata de analizar el tipo de relación existente entre la naturaleza de la experiencia temporal por parte del sujeto y su correspondiente reflejo en el marco fenoménico, conceptual y formal de las denominadas «ciencias positivas». A tal respecto, tenemos ocasión de hacer notar de qué manera numerosos aspectos de la citada experiencia son obviados en el proceso representativo que concluye en la «parametrización» en términos de la variable temporal «t», considerada ésta como elemento característico y esencial de tales ciencias, así como de las diversas teorías que en ellas se integran. El objetivo de la sección 3.5) es mostrar con claridad que la consabida imagen de un «mundo parametrizado» en función de la variable temporal no refleja ningún aspecto «real» del mismo, al contrario de lo que en ocasiones se pretende concluir. Para ello proponemos interpretar lo contenido en dicha parametrización como una mera imagen representativa y sometemos a crítica un argumento dogmático —de carácter esencialmente realista— que trata de ver en dicha imagen mucho más que una simple representación; es decir, más allá del alcance de este concepto, en que se solidarizan —según se expuso en la sección 1.6)— el objeto y el sujeto, el citado argumento pretende afirmar, a través de un razonamiento que estimamos incorrecto, la independencia de dicha representación con relación al sujeto. En la sección 3.6) afrontamos el análisis de la experiencia íntima del tiempo por parte del sujeto, destacando en la misma la presencia de dos componentes fundamentales. Por un lado, figuran ciertos aspectos denominados cuantitativos, asociados a la noción de «parametrización» en términos de la variable temporal «t»; por otro lado, analizamos los aspectos cualitativos de dicha experiencia, que se vinculan de una manera directa a la noción de «distensión». Tomamos en consideración los dos aspectos indicados para proponer que la referida experiencia temporal por parte del sujeto sea interpretada como una síntesis adecuada de los mismos, a la que denominamos «temporalidad». La sección 3.7) supone una continuación de las cuestiones ya planteadas en la sección 3.5), acerca de la naturaleza meramente representativa de la parametrización temporal. En esta oca—12—

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sión, retomamos lo expuesto en la sección 1.6), en la que se introdujeron las categorías objetivas de «fenómeno» y «grado de objetivación», con el fin de mostrar de qué manera aquello que se representa en la parametrización —en cuanto aspecto cuantitativo de la temporalidad— pertenece sólo a la primera de ellas, no llegando a participar de la segunda categoría; la cual es reflejo, por su parte, de una clase de representación de carácter más inmediato y más cercana a la esencia «en sí» de los fenómenos, como ya se expuso en la referida sección 1.6). En la sección 3.8) continuamos haciéndonos eco de tales consideraciones, y destacamos, a este respecto, el importante papel que cabe otorgar al «principio de razón suficiente» en lo tocante a la diferencia fundamental que media entre la categoría representativa de los fenómenos y la de sus correspondientes grados de objetivación. Señalamos que tales grados no pueden, de hecho, ser considerados como objetos para el sujeto cognoscente, puesto que se le ofrecen distorsionados, precisamente, por los modos que constituyen el principio de razón, en los cuales se expresa la forma más general de todo su conocimiento. No obstante, en la sección 3.9) se exponen las primeras ideas en torno a la posibilidad de concebir una clase de conocimiento con independencia de los modos del principio de razón suficiente. Esta clase nos remite a los ya expuestos grados de objetivación de la voluntad, o Ideas platónicas, en cuanto representaciones que no se hallan sometidas a los modos —tiempo, espacio y causalidad— del mencionado principio. Tomamos también en consideración esta clase de representación en lo que se refiere a su correlato subjetivo que, en calidad de sujeto, no es ya el sujeto cognoscente, limitado a los fenómenos por el principio de razón, sino el denominado «sujeto puro del conocimiento». La sección 3.10) se dedica a explorar las implicaciones relativas a la transición del sujeto cognoscente al sujeto puro del conocimiento, en lo que concierne a la experiencia íntima del tiempo por parte de ambos. En cuanto «representación» que son, las Ideas no se ofrecen al sujeto puro por medio de la distensión temporal inherente a la noción de tiempo epistemológico, sino que encuentran su marco representativo más adecuado en la naturaleza atemporal que les brinda la cualidad de Presencia, que caracteriza al tiempo ontológico. A partir de tales consideraciones proponemos ampliar la noción de «temporalidad» —elaborada en la sección 3.6)— a una nueva síntesis que tenga también en cuenta al tiempo ontológico y su cualidad de Presencia, como aspectos integrables en la experiencia íntima del tiempo por parte del sujeto. Denominamos «Temporalidad» a esta nueva síntesis ampliada, la cual abarca por completo el espectro de representaciones temporales posibles en que puede participar el sujeto, ya sea como sujeto cognoscente (en el caso de los fenómenos, en el tiempo epistemológico), o como sujeto puro del conocimiento (en el caso de las Ideas, en el tiempo ontológico). Por medio del contenido de la sección 3.11), con la que cerramos este tercer capítulo, tratamos acerca de la vinculación de tales representaciones con las nociones de «imagen evolutiva» e «imagen gradativa» del mundo, introducidas en el trabajo a partir de la sección 1.6), y de las cuales dichas representaciones son sus objetos respectivos. Analizamos, asimismo, los aspectos temporales implicados en cada una de tales imágenes, así como su mutua relación, que se ofrece a través de la distorsión ejercida por los diversos modos del principio de razón suficiente sobre los objetos de la imagen gradativa, que conduce de los grados de objetivación a la representación de los fenómenos, propia de la imagen evolutiva.

CAPÍTULO 4: El problema de la «dirección» del tiempo bajo el punto de vista de nuestro planteamiento.

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A lo largo de este cuarto capítulo dirigimos nuestra atención hacia el problema de la «dirección» del tiempo, que abordamos, primeramente, a través de la noción de flecha «psicológica», en la sección 4.1). Comenzamos matizando la significación más habitual y común de dicha noción que, en un cierto sentido, estimamos restrictiva. Nuestro propio planteamiento se sitúa dentro del marco de la denominada «estructura retentivo protensiva» —introducida en el trabajo en la sección 3.1)—, en su relación con los diferentes elementos que configuran la experiencia íntima del tiempo por parte del sujeto. Hacemos notar que entre los mismos cabe distinguir elementos tanto de naturaleza abstracta como intuitiva, atendiendo a las propiedades de las dos clases fundamentales de representaciones que se expusieron en la sección 2.2). Los primeros se refieren a los conceptos de «pasado», «presente» y «futuro», en tanto que como elemento intuitivo de dicha experiencia señalamos el «Ahora», introducido a partir de la sección 1.11). El carácter siempre actual de esta clase intuitiva de representación nos sugiere ubicar los conceptos abstractos de «pasado» y «futuro» en el ámbito de lo posible, más allá de aquél en que se expresa lo real, acerca de los cuales ya tratamos en la sección 2.5); a partir de lo cual procedemos a caracterizar, de una manera cualitativa, la representación abstracta de tales conceptos por medio de un nivel de incertidumbre, que trata de cualificar la falta de certeza aplicable a todo lo que escapa del ámbito siempre «presente» del Ahora. La diferencia entre las nociones de lo «pasado» y lo «futuro» en la experiencia íntima del tiempo por parte del sujeto nos lleva a otorgar valores desiguales a tales niveles de incertidumbre, cualidad ésta en la que basamos lo que vamos a denominar la «distinción ontológica» entre dichas nociones. Señalamos, asimismo, cómo estos aspectos se integran en la referida «estructura retentivo protensiva», con el fin de dar cuenta de la vivencia temporal disimétrica propia del sujeto. En relación con esta vivencia proponemos que la citada desigualdad —que sirve de base a la «distinción ontológica» entre el pasado y el futuro— sea considerada como una característica esencial al Ahora, en cuanto posición temporal de presencia del sujeto, y sea supuesta como la condición primaria implícita en la noción de «flecha» psicológica del tiempo. La misma incluye también una serie de condiciones secundarias derivadas de ciertas conceptualizaciones abstractas que remiten a la significación más habitual —si bien restrictiva— de dicha noción. A través de la sección 4.2) continuamos desarrollando diferentes aspectos relacionados con la noción de «flecha» psicológica, introducida en la sección precedente. Nos ocupamos, de manera fundamental, de analizar la tentativa de reducción de esta «flecha» a la denominada flecha termodinámica, asociada al incremento de la tasa de la entropía en los procesos físicos de carácter irreversible. Introducimos, asimismo, la propuesta según la cual vamos a asumir que los conceptos de «pasado», «presente» y «futuro» no pertenecen al ámbito de la física, ni encuentran representación alguna en sus teorías. Partiendo de aquí, señalamos que cualquier movimiento —objeto de las mismas— que se desarrolle en el marco de la parametrización en términos de la variable «t», se halla desposeído de la cualificación temporal que otorgan los mencionados conceptos. A propósito de su «distinción ontológica» en la vivencia íntima del tiempo por parte del sujeto, destacamos la diferencia existente entre los registros del pasado y las señales del futuro, correspondientes ambos a acontecimientos de los que aquél se sirve para llevar a cabo la proyección temporal por medio de la cual se distiende más allá del momento presente ubicado en su propia posición de presencia. Tal proyección implica la intervención de elementos de carácter tanto retrodictivo como predictivo integrados, como norma general, en una determinada teoría, descriptiva de los procesos y fenómenos que acontecen en un cierto ámbito de su experiencia. La «finura» de tales elementos nos informa acerca de la naturaleza de la teoría que los integra; así, por ejemplo, en el caso determinista la precisión asociada a retrodicciones y predicciones será completa y, consecuentemente, la representación paramétrica de los conceptos de pasado y futuro, elaborada a partir de los acontecimientos retrodichos y predichos sobre registros y señales, muestra un carácter «cierto»; lo cual no implica la anulación de los niveles de in-

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certidumbre introducidos en la sección 4.1), asociados a dichos conceptos, en cuanto representaciones abstractas derivadas a partir del Ahora intuitivo. En la sección 4.3) tratamos acerca de la «injerencia» de la «flecha» psicológica en el ámbito propio de las teorías que pretenden describir el mundo físico. Retomando el contenido de la propuesta introducida en la sección 4.2) ilustramos la consideración de dicho ámbito a partir del punto de vista denominado del «Universo bloque». Asimismo, señalamos la naturaleza temporalmente simétrica de las principales leyes y ecuaciones que se utilizan para la descripción del mencionado mundo físico, el cual, como consecuencia, debe mostrar el mismo aspecto simétrico. Contrariamente, el mundo de la experiencia del sujeto exhibe características temporales marcadamente disimétricas. Nos detenemos en el análisis de esta diferencia entre ambos mundos mediante el análisis del ejemplo de emisión de radiación electromagnética a partir de una fuente. Tomamos en consideración las conclusiones extraídas con el fin de argumentar en favor de la idea según la cual el sujeto elabora la representación paramétrica de los conceptos de pasado y futuro mediante la proyección temporal de acontecimientos que son objeto de ciertas teorías, las cuales, por lo tanto —y en los términos expuestos en la sección 2.3)—, suministran a aquél el conjunto de motivos abstractos que se distribuyen en el contexto de su campo de presencia, a partir de cuya motivación sobre el sujeto adquiere sentido la noción misma de distensión temporal.

CONCLUSIONES GENERALES.

A continuación tomamos en consideración las conclusiones generales más importantes que, según pensamos, pueden extraerse en relación con el desarrollo del planteamiento expuesto a lo largo del trabajo. Recordemos que —como ya señalamos en el Preámbulo— nuestro propósito fundamental consiste en dirigirlo hacia el estudio de los diferentes aspectos que conforman la experiencia del tiempo por parte del sujeto. De las numerosas cuestiones en él planteadas cabe destacar por su notable importancia y su carácter vertebrador aquélla que se refiere a la distinción entre el «Ahora», en cuanto posición temporal de presencia del sujeto, y el «momento presente», introducida en la sección 1.11). Para aproximarnos a la comprensión del peso específico de esta cuestión tengamos en cuenta que ya en la presentación del trabajo llegamos a vincularla a las diferencias existentes entre la consideración del tiempo desde el punto de vista tradicional «de la corriente» y desde la perspectiva «del vórtice», que aquí proponemos. Cabe notar que tanto en el lenguaje cotidiano como en el contexto de la mayoría de los estudios acerca de la naturaleza del tiempo se establece y acepta la relación de sinonimia entre las nociones de Ahora y momento presente. Nosotros, en cambio, hemos abogado en favor de una clara distinción entre ellas, según la cual no quepa considerar al Ahora como un momento —lo que frecuentemente se hace—, sino como la posición temporal de presencia del sujeto, desde la cual aprehende el transcurso de los momentos. Por lo tanto, no le son aplicables al Ahora las categorías descriptivas abstractas de pasado, presente y futuro, exclusivas de los momentos. Al contrario, podríamos decir que la cualidad que caracteriza al Ahora implica una actualidad — digamos «atemporal»— por medio de la cual se vincula, precisamente, a la Presencia, en cuanto cualidad inherente al «tiempo del mundo» o «tiempo ontológico», según se expone en las secciones 1.7) y 1.8). Por efecto de esta vinculación, el Ahora se muestra como la posición que posibilita la articulación entre las dos clases básicas de experiencia temporal que configuran el espectro de la vivencia subjetiva del tiempo, que se sintetizan en la noción de «Temporalidad» — presentada en la sección 3.10)—, lo cual no resulta factible desde la efímera ubicación temporal
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del momento presente. Destaquemos que, en nuestra opinión, tal momento recibe su cualidad de ser «presente» como un reflejo de su posición en el Ahora y de la participación de éste en la Presencia. Al adentrarnos en el análisis de la experiencia del tiempo por parte del sujeto, interpretada como un proceso adecuado de representación, que ilustramos por medio de la «estructura retentivo protensiva» (ERP) —introducida en la sección 3.1)—, exponemos que la misma contiene un elemento central de naturaleza intuitiva, el Ahora (su vértice, que sitúa el momento presente), y dos elementos abstractos, asociados a las vertientes «pasado» y «futuro» en que se distiende el campo de presencia, tal y como se expone a partir de la sección 4.1). Así, mostramos que ni el pasado ni el futuro pueden ser interpretados como «objeto» para la experiencia temporal inmediata (actual) por parte del sujeto —limitada al Ahora intuitivo—, sino que implican la consideración de un proceso abstracto de «representación» por parte de aquél. Esto no significa que la apertura de la posición temporal del sujeto hacia las vertientes de su campo de presencia obedezca tan sólo a la proyección representativa de hechos concretos pasados o futuros, sino que exige, primeramente, remitirnos a la «distinción ontológica» entre dichas vertientes, en cuanto categorías temporales y condiciones de posibilidad, en las que tales hechos y acontecimientos concretos puedan tener cabida y llegar a representarse así, de una manera abstracta, como «objeto» para las diferentes teorías, más allá de la posición temporal de presencia del sujeto, según se expone en las secciones 4.2) y 4.3). En relación directa con esta cuestión, debemos comprender que el Ahora no separa entre sí acontecimientos futuros y acontecimientos pasados —de lo cual, más bien, se encargaría en cada momento concreto el correspondiente «momento presente» en él ubicado—, sino que, en cuanto posición de presencia del sujeto, en el Ahora ha de resultar posible la articulación de las categorías descriptivas abstractas de «pasado» y «futuro», en términos de las cuales (y de su «distinción ontológica») deben plantearse —según pensamos— todos los aspectos temporales implicados en la idea de «subjetividad», llegando a considerar aquéllas como las categorías descriptivas propias y características de ésta. Es así como, para un sujeto particular, adquiere sentido la referencia a acontecimientos concretos pasados y futuros ubicados en tales categorías, las cuales resultan ser inherentes a la idea general de «subjetividad» de la que dicho sujeto participa por medio de su propia posición temporal de presencia. Cabe decir, asimismo, que la «fractura» por medio de la cual se expresa tal «distinción ontológica» entre las categorías de pasado y futuro supone —en nuestra opinión— mucho más que una mera imagen gráfica relativa a la desigualdad entre los niveles de incertidumbre Np y Nf en el Ahora, pues representa, como se menciona en la sección 4.1), la «condición primaria» en la vivencia del tiempo por parte del sujeto, en virtud de la cual éste «conoce», precisamente, que su campo de presencia se distiende en dos vertientes —una «pasada» y otra «futura»— completa y cualitativamente diversas, por serlo el valor respectivo de los niveles de incertidumbre que las caracterizan. Es importante que, a efectos de una comprensión clara de los aspectos temporales implicados en la subjetividad, no nos dejemos llevar por una «objetivación» exagerada de dicha «fractura» considerando, tal vez, que en su vivencia temporal el sujeto particular «se instalase» —digámoslo así— en la misma como si se tratara de una posición accesible, desde la que le fuera dado experimentar su propia vivencia distensiva del tiempo; antes bien, proponemos que la idea de «subjetividad», en su aspecto temporal, consista primariamente en esa «fractura», al margen de la cual no es posible tomar en consideración, como tal, la noción misma de sujeto. Así pues, remitirnos al sujeto, en lo temporal, y haber de tener en cuenta la mencionada «fractura» pensamos que deben constituir una y la misma cosa. Por ello, en síntesis, proponemos interpretar al sujeto, ubicado en su posición temporal de presencia, como «fractura» entre los niveles de incertidumbre relativos a las dos vertientes de distensión de su campo de presencia, que corresponden a las categorías descriptivas abstractas de «pasado» y «futuro» propias y características de la «subjetividad».
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En lo tocante a la vivencia de la disimetría temporal asociada a la noción de «flecha» psicológica, en su relación con los procesos mentales de recuerdo y predicción, pensamos que, a tal respecto, la conciencia del sujeto con relación a los mismos no es ajena a dicha «fractura», pues recordar no es para él algo «diferente» de predecir por el simple hecho de que los registros lo sean de las señales, sino porque recuerdo y predicción —retención y protensión en la ERP del sujeto— constituyen las determinaciones intencionales que le orientan hacia vertientes «diferentes» de su propio campo de presencia; «diferentes», digámoslo, por ser 0 < Np <<< Nf en el Ahora, en cuanto «condición primaria» de la experiencia temporal, por medio de la cual se da cuenta de la «distinción ontológica» entre los conceptos de pasado y futuro, condición ésta que se resume en el ya mencionado carácter disimétrico de la vivencia subjetiva. Así, pese a que registros y señales puedan coincidir como condiciones iniciales dadas al sujeto en un determinado momento presente, aquél es capaz de distinguir en todo caso, por medio de la referida «distinción», las retrodicciones de las predicciones, teniendo en cuenta que ambas operaciones le vinculan respectivamente a las vertientes pasada y futura de su campo de presencia, de cuya «distinción ontológica» da cuenta la «fractura» inherente a su propia subjetividad, como ya hemos señalado. En conclusión, el posicionamiento temporal del sujeto en el Ahora implica la experiencia inmediata de la «fractura» por medio de la cual se articulan en el mismo las dos vertientes de su campo de presencia —correspondientes a las categorías abstractas de «pasado» y «futuro»—; y es esta «fractura» la que debe ser considerada —en nuestra opinión— como la «condición primaria» responsable de dar cuenta de los diversos aspectos temporales inherentes a la idea de «subjetividad», que nos remiten a la vivencia del tiempo por parte del sujeto y tienen por denominador común la referida «distinción ontológica» entre tales categorías.

DESARROLLOS FUTUROS.

Llegados a este punto, pasemos a señalar algunas de las vías que, derivadas a partir del planteamiento que hemos propuesto en el presente trabajo, pueden ser objeto de futuros posibles desarrollos. Tomemos en consideración, en primer lugar, la noción de «estructura retentivo protensiva» (ERP) —introducida en la sección 3.1)—, la cual representa el carácter de la vivencia del «tiempo» (considerado en su significado distensivo más habitual) por parte del sujeto. Albergamos la sospecha de que la ERP, vinculada a los diferentes aspectos de la experiencia temporal de la propia conciencia, como puedan serlo, por ejemplo, los implicados en la distinción pasado/futuro, la vivencia del Ahora como posición temporal de presencia y su relación con el «momento presente», o bien aquellos que se derivan de los fenómenos del transcurso y de la dirección del tiempo, dicha «estructura» —pensamos— puede llegar a considerarse en estrecha analogía con la noción de «estructura disipativa», tal y como ésta se expone en el contexto de la termodinámica de los procesos alejados del equilibrio, y que tiene su origen en los trabajos de Prigogine. Tales estructuras se manifiestan en el comportamiento de los sistemas como consecuencia de una ruptura de su simetría y tienen en cuenta tanto el papel constructivo de los procesos irreversibles, como los fenómenos denominados de autoorganización que acontecen en los sistemas en regímenes alejados del equilibrio. Es propio del comportamiento de las estructuras disipativas tener que disipar, de una manera constante, la entropía por medio de ellas mismas con el fin de mantener al sistema alejado del estado de equilibrio. Para proceder a la disipación de la entropía, es una condición indispensable que la estructura disipativa se halle «abierta» al aporte, tanto de energía como de información procedente del medio o entorno en que se desa—17—

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rrolla. La idea análoga de «apertura» en el caso de la ERP podría hacer intervenir su carácter «abierto» hacia las dos vertientes del campo de presencia del sujeto, que se deriva del valor no nulo de los niveles de incertidumbre Np y Nf introducidos en la sección 4.1). Al tener en cuenta la simetría temporal inherente a las diferentes leyes y ecuaciones de la física, suele ofrecerse el argumento según el cual las estructuras disipativas serían las causantes de romper esta simetría en los procesos físicos que se desarrollan en el mundo «real». De manera que las mismas serían las responsables de abrir a los sistemas el camino hacia la no-simetría en el tiempo característica de tales procesos. En nuestra opinión —interpretada en analogía con la estructura disipativa—, la ERP podría señalarse como la responsable de abrir el camino, por medio de la disimetría característica de la noción de «flecha» psicológica, a la no-simetría del tiempo, implicada en la vivencia íntima del mismo por parte del sujeto.8 Dentro del marco propio de la noción de Temporalidad —expuesta en la sección 3.10)—, figura la clase de experiencia subjetiva del tiempo vinculada a una participación más directa del Ahora en la Presencia. En la misma sección nos referimos a estas vivencias como ocasiones en las que la experiencia temporal del sujeto adquiere la forma especial de un «nunc stans». La justificación neurofisiológica de las mismas, allí esbozada, puede llegar a ampliarse teniendo en cuenta los resultados de las diversas investigaciones que actualmente se llevan a cabo dentro del campo de la denominada neuroteología.9 Cabe decir, no obstante, que no se trata de un área de investigación tan novedoso como en ocasiones se supone, ya que las referidas ocasiones —que podríamos considerar como descriptivas de una vivencia no-temporal por parte del sujeto— han atraído de manera frecuente la atención de quienes desarrollan su labor dentro del terreno propio de los estudios de la «psicología transpersonal». Nosotros pensamos que la introducción de la noción de Temporalidad, considerada como la síntesis vivencial de Presencia y temporalidad, junto con la descripción de los diferentes elementos que la integran y el modo en que se hacen patentes en la experiencia temporal del sujeto, quizá pueda servir como base para el desarrollo de algunas de las cuestiones que se refieren a las mencionadas ocasiones en las que el tiempo es vivido bajo la forma de un «nunc stans», lo cual nos acercaría al tratamiento de uno de los aspectos menos reconocidos del espectro de la vivencia temporal por parte del sujeto. La otra faceta fundamental del mismo —que supone la experiencia de la temporalidad más habitual— se expresa igualmente en la referida síntesis, por lo que la noción de Temporalidad que proponemos articula entre sí los dos aspectos básicos del mencionado espectro, ofreciendo de este modo la posibilidad de explorar la naturaleza de los movimientos de transición entre los mismos. A lo largo del presente trabajo pretendemos aportar un esquema lo suficientemente claro para ilustrar y dar cuenta de las diferentes manifestaciones que constituyen la experiencia del tiempo por parte del sujeto. Consideramos que llegar a disponer de esquemas de este tipo, que contribuyan a la descripción lo más exacta y detallada posible de dicha experiencia, resulta del todo necesario para poder avanzar, de una manera substancial, en el terreno conceptual de la así denominada inteligencia artificial. La justificación, a nuestro parecer, es clara; si el propósito básico de tales investigaciones consiste en la descripción y la simulación de los procesos cognitivos fundamentales que acontecen en la conciencia del sujeto, pensamos que no puede obviarse el hecho principal de que la vivencia del tiempo constituye uno de tales procesos, y no de los menos importantes, ya que, en cierto sentido, aporta la base sobre la que, precisamente, pueden llegar a verificarse otros procesos. Podemos apelar, si cabe, al denominado «criterio de Tu-

A propósito de la noción de «estructura disipativa» véase, por ejemplo, Prigogine y Stengers, La nueva alianza, Madrid, Alianza Editorial (1990) y Entre el tiempo y la eternidad, Madrid, Alianza Editorial (1994). 9 Puede obtenerse una introducción elemental a los experimentos que se realizan en esta rama de la neurología consultando, por ejemplo, Newsweek (14 de Mayo de 2001). Más en profundidad véase J. H. Austin, Zen and the Brain, Cambridge (Mass.), MIT Press (1998).

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ring»10 —que marca ciertas directrices por medio de las cuales se pretende dirimir cuándo el comportamiento de un ente artificial resulta indistinguible del de una conciencia real— para destacar la importancia tácita que el mencionado criterio otorga a los diferentes aspectos implicados en la experiencia del tiempo por parte del sujeto, al margen de los cuales cualquier simulación artificial quedará lejos de poder comportarse como una verdadera conciencia y, por ello, fracasará ante las subrepticias exigencias narrativas impuestas por el ya referido criterio. Si nos remitimos a la sección 3.6) —donde se expone la temporalidad del sujeto como síntesis de distensión temporal y parametrización en términos de la variable «t»—, podremos identificar en ella, de manera conjunta, los diversos elementos necesarios que dan origen a las concepciones tenseless y tensed del tiempo, señaladas en la sección 4.3). La primera de ellas, que hace intervenir únicamente relaciones de anterioridad, simultaneidad y posterioridad entre sucesos, se vincula a la componente métrica de la temporalidad. Así, desde la perspectiva impuesta por el modo tenseless, «para situar temporalmente un conjunto de hechos basta con disponer de un concepto métrico de tiempo y del correspondiente “reloj” que les asignen determinados valores t, determinadas “fechas”.»11 Por su parte, el punto de vista tensed pone en juego las categorías de pasado, presente y futuro, que constituyen la componente distensiva de la temporalidad. El hecho de que en la misma se manifiesten todos los elementos que dan origen a los dos enfoques referidos acerca del tiempo ofrece la posibilidad de que tanto el modo tenseless como el modo tensed sean tomados en consideración conjuntamente dentro del marco concreto de la vivencia íntima del tiempo por parte del sujeto, que se representa en la síntesis de la temporalidad, vinculándose a sus aspectos cuantitativos y cualitativos, respectivamente. Ello permite analizar el carácter de la relación entre ambos modos en el contexto de dicha vivencia y dejar al margen la disyunción electiva comúnmente planteada entre los mismos, que nos induce a decantarnos por uno u otro como la perspectiva más adecuada para la representación del tiempo, sin tener en cuenta que cada una de ellas se asocia a un aspecto diferente de la propia temporalidad.

En Roger Penrose, La Nueva Mente del Emperador, Barcelona, Grijalbo Mondadori (1991), pp. 26 y ss. puede encontrarse una breve discusión acerca del «criterio de Turing»; el trabajo original en Turing, «Computing Machinery and Intelligence», Mind, 59 (1950). 11 Sebastián Álvarez, «Tiempo, cambios e indeterminismo», Análisis Filosófico, vol. XIV, núm. 2 (1994), p. 113.

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